La tesis sexual
Yo, mi primo Rubén, mi amigo Miguel y algunos panas más, nos habíamos
reunido a charlar y tomarnos unas cervezas aquella noche en el parque Duarte de
la zona colonial. En ese momento éramos solo un grupo de hombres y, como
suele pasar con recurrencia entre hombres, se habló del sobradamente tratado,
pero nunca agotado, tema de las mujeres.
Mientras tertuliábamos, noté como Rubén se dejaba convencer por los consejos
de un pana llamado Emanuel, que profería dictámenes sobre el cortejo de mujeres
con los que yo no estaba de acuerdo.
Más temprano esa misma noche una muchacha con quien yo había tenido una
desagradable experiencia hace mucho había aparecido en el parque y en un
momento de descuido intentó besarme. Casi por instinto, me eché para atrás,
eludiéndola, y entonces ella desapareció rápida y sigilosamente, como un prófugo
que huye de la escena del crimen sin dejar rastro alguno de su realización.
Al contar este hecho a mis interlocutores, Emanuel me preguntó si la muchacha
estaba buena, es decir, si era atractiva, a lo que yo respondí que sí. Entonces
recibí de parte suya una reacción predecible:
—Loco, yo hubiera sío tú y le hubiera dao pa allá —dijo—. Yo siempre toy alerta,
no dejo pasá una oportunidá así.
—Osea que tú le metes mano a to lo que aparezca —le repuse—.
—No men, pero ¿por qué no le iba a meter mano a esa jeva? Si según tú se veía
bien.
—Pues por una razón bastante sencilla: porque no solo la apariencia es lo que
importa. Es mejor conocer bien a alguien antes de meterle mano.
—Loco, tú me va a decí a mí que si se te aparece una jeva que ta buenísima y te
dice: “ven, papi, vamo a singar” o una vaina así o se te encuera en un sitio íntimo,
tú no se lo metes durísimo.
—No lo sé, tendría que pasarme para yo poder contestarte. Pero yo te puedo
contar una historia que pudo haberle pasado a cualquiera de ustedes y por la que
pasé de tener un parecer similar al tuyo a lo que preconizo ahora. Es la historia de
cómo yo conocí a la jevita que intentó besarme, a quien, el mismo día que conocí,
intenté singar y terminé escarmentado.
—Dale, cuéntame cómo fue.
—La conocí en el último concierto en que se presentó mi banda. Rubén ya conoce
la historia, él también se quedó a dormir esa noche.
—Ah sí —dijo Rubén mientras sonreía—, esa historia es buena.
—Yo ya la había visto antes en fotos de Facebook. Un culo bacanísmo, eso fue lo
que más me llamó la atención. La noche del concierto ella tenía puestos unos
pantalones negros de lycra bastante ajustados. No podía dejar de mirarle el culo
cada vez que tenía la oportunidad.
—Je je, ya —dijo Emanuel—.
—Mi hermano me la presentó. Yo le dije que se lo quería meter, él me dijo que él
ya se la había mangado y creo que también dijo que sería fácil para mí o algo así.
Después de tocar con mi banda, le pregunté a ella qué le pareció. Con
aspavientos fingidos, me dijo que le encantó, pero yo me daba cuenta de que lo
que realmente quería era mostrar interés en mí y que no le importaba mucho
cómo habíamos tocado.
—Quería mangar contigo —dijo Emanuel sonriendo y con tono jocoso—.
—Así es. Cuando ya estábamos en mi casa Rubén, yo y ella, nos pusimos a
charlar un rato en uno de los dormitorios en el que normalmente dormía mi
hermano, pero esa noche él durmió en el apartamento de mi papá. Recuerdo que
ella mencionó que a veces se masturbaba delante de su madre, no recuerdo cómo
llegamos a ese tema. Yo pensé: “Coño, tienes una madre muy liberal”. Después
de un rato la llevé a mi alcoba, nos acostamos en mi cama y comencé a
besuquearla y a acariciarla. Ella no se dejó besar los labios no sé por qué razón.
—Tal vez tenía herpes —dijo Emanuel bromeando—.
—No lo creo, pero eso no importa. Luego cuando yo ya tenía muchas ganas de
metérselo, ella comenzó a decir que mejor no lo hiciéramos, se puso casi a llorar y
me dijo que la habían violado.
—¡El diablo! —Dijeron al unísono quienes escuchaban mi historia—.
—Sí, eso mismo pensé yo y le dije que está bien que no teníamos que hacerlo si
no quería y que podíamos dormirnos y ya. Pero al poco rato ella empezó a decir
que cambió de opinión, que ahora estaba caliente y a insistir para que se lo
metiera. Yo le pregunté varias veces si estaba segura y me dijo que sí. Intenté
metérselo pero no entraba. Ya no se me quería parar como al principio, así que le
dije que se volteara para verle el culo que eso me lo iba a parar, pero ella se negó.
Comencé a frotar mi pene contra su pelvis para conseguir que se me parara lo
suficiente como para poder metérselo, pero a los pocos minutos me vine
exhalando un corto y débil gemido que a ella le pareció cómico y por el cual
empezó a burlarse de mí.
—Diablo qué maldita freca —dijo Emanuel—.
Los demás se rieron.
—Realmente —dijo Miguel—.
—Ahí fue cuando descubrí que era eyaculador precoz. Hasta esa noche estaba en
negación y no lo hubiera querido admitir, pero ella me lo restregó en la cara de
una manera tan afrentosa que no lo pude ignorar.
—Debite darle una galleta —dijo Emanuel—.
—No men, yo no soy así.
—Estoy tripeando loco —dijo Emanuel—.
—Yo sé, pero tengo la costumbre de responder seriamente, incluso cuando sé de
antemano que no es seria la proposición a la que respondo.
—No te preocupes por ser precoz, men —dijo Rubén—, eso tiene remedio.
—No me preocupa. Tal vez eso sea lo único bueno que salió de aquel encuentro,
reconocí algo de mí que no quería aceptar.
—Sigue contando, men —dijo Miguel—.
—A eso iba. Ella no se callaba diciéndome que la dejé igualita y más vainas
afrentosas que ahora no recuerdo o simplemente no quiero recordar. Entonces,
como para cumplir con mi sentido de la justicia, me puse a lamerle el toto, solo
para complacerla, para que no pensara luego, y con razón, que yo era uno de
esos hombres que después de satisfacerse sexualmente a ellos mismos se
olvidaban de su pareja. Y creo que también lo hice para que se callara.
—Qué mamagüevo esa tipa, loco —dijo Emanuel—.
—Ya lo sabe —dijo Miguel—.
—Pero no en el sentido literal de la palabra. Ella rechazó una petición inicial que le
hice para que me mamara el güevo antes de haberme venido, aduciendo que ella
no sabía ni le gustaba hacer susodicho acto.
—Qué mamagüevo —dijo Emanuel otra vez—.
—Y bien, después de haberme fajado diligentemente a lamerle el toto por un largo
rato en el que aguanté fuertes jalones de pelo, ella se vino. Pero de una manera
que yo nunca había visto venirse a una mujer antes. Yo no he visto a muchas
mujeres venirse pero aun así puedo asegurarte que esta jevita se ponía bien mal
cuando se venía, por decirlo de alguna manera.
—¿Cómo se ponía?—dijo Miguel—.
—Comenzaba a temblar fuertemente y a retorcerse y a gritar, pero por suerte, no
tan fuerte como para despertar a mi madre quien se encontraba durmiendo en la
habitación de al frente. Por un breve instante me asusté, casi parecía estar
poseída por un demonio. Por suerte se calmó pronto y dejó una gran mancha del
líquido ese que expulsan las mujeres por su vagina cuando eyaculan.
—Eso tal vez sea más normal de lo que te imaginas —dijo Emanuel—.
—¿Tú crees?
—No lo sé y creo que ninguno de nosotros ha estado con suficientes mujeres
como para saberlo. Pero estoy seguro de que no fuera así si no viviéramos en
este país, si viviéramos en Estados Unidos o Europa por ejemplo donde las
mujeres no se hacen tanto las difíciles —dijo Emanuel, haciendo algo que no
esperaba de él: admitir delante de otros hombres que no había estado con tantas
mujeres—.
—Creo que tienes razón, pero no sé si estamos de acuerdo en cuáles son las
causas de esto.
—¿Cuáles crees tú que son?—dijo Emanuel—.
—Yo creo que los hombres dominicanos son demasiado insolentes en sus tratos
con las mujeres y por eso estas…
—Se hacen las difíciles —me interrumpió Emanuel—.
—Más que eso, nos tienen asco. Ser mujer en este país es un desafío constante.
Nada más mira en las calles como los hombres las miran lascivamente y las
piropean en exceso. Su actitud machista es verdaderamente repulsiva. Si a mí me
repugna que no soy mujer, imagínate como debe de ser para ellas que son
víctimas de ese acoso cotidiano.
—Es cierto men, estoy de acuerdo contigo —dijo Miguel—.
—Sí, yo también—dijo Emanuel—, pero bájale algo, que casi pareces un feminista
radical dando un discurso y nosotros vinimos aquí a divertirnos y ver culos.
Todos rieron.
—Bueno, pero por lo menos háganlo con discreción. Es molesto para una mujer
cuando se da cuenta que le están viendo el culo, y aún más si ella se da cuenta
que tú te diste cuenta que ella se dio cuenta y aun así lo sigues haciendo.
—No te preocupes, yo sé disimular —dijo Emanuel—.
—Hubo un tiempo en que deseaba vivir en un mundo donde el complicado acto
casi ritual del cortejo se haya vuelto anticuado, donde para tener sexo con otra
persona no haga falta más que pedírselo a esta educadamente, yendo al grano sin
insinuaciones y sin ambages, y si esta persona no aceptara, pues sencillamente
buscarías a otra que acepte hasta encontrarla. Pero me he dado cuenta con la
experiencia de que el sexo se disfruta mucho más cuando se hace entre
conocidos quienes se gustan no tan solo físicamente, pero también se gustan por
su personalidad y que además, algo también importante y que ha sido el motivo de
contar mi picante anécdota, se evitan situaciones incómodas como la que yo pasé
aquella vez con la jevita de marras. A veces es mejor resistirse a los imperiosos
caprichos de nuestros apetitos sexuales para no vernos luego metidos de lleno en
una situación de difícil salida de la que podríamos arrepentirnos de habernos
metido.
—Qué bonito suena ese consejo —dijo Emanuel, otra vez con tono jocoso—, pero
no me convence… Como te dije si una tipa durísima se me abre, yo le doy lo suyo.
—A mí sí. No me gutaría que una tipa me salga con lo que te salió esa a ti —dijo
Rubén y con este convencimiento suyo quedé conforme—.
Más tarde, cuando ya casi todos se iban, pedí por teléfono celular un taxi para
regresar a mi hogar. El taxi no tardó mucho en llegar. Lo abordé y le dije la
dirección de mi domicilio al chofer.
—Cuantos maricones hay en ese parque, pana —dijo el chofer al poco rato de
haber arrancado—.
—Sí, así es —me limité a responder—.
—A mí me ha tocado recoger clientes ahí con bastante frecuencia. Yo no tengo
nada en contra de los maricones, pero hay algunos que se pasan de frescos.
—Me lo puedo imaginar.
—Hubo uno que recogí una vez que estuvo bastante amigable todo el trayecto. Ni
siquiera me había percatado de que era maricón, me pareció un hombre normal,
como tú y yo, ¿me entiendes?, pero cuando llegamos a lo que parecía ser su casa
y me pagó lo que me debía, me dijo: “pana, ¿accederías a sacarme la leche por
mil pesos? Tan solo una paja y ya está. Algo breve y sencillo. Dinero fácil.” Yo le
respondí: “¡¿está usted loco?! ¡Yo me gano mi dinero limpio, señor, no haciendo
ese tipo de actos asquerosos!” Entonces el maricón dijo: “te daré dos mil”, a lo que
yo contesté: “¡ni por todo el dinero del mundo! Pase usted buenas noches”, y me
fui.
Cuando arribamos a mi domicilio, después de pagar lo que debía y apearme,
decidí hacerle una broma al taxista e inclinándome en la ventana del taxi con
semblante serio, le dije: “¿cuánto me cobra por sacarme la leche de una paja?”
—Oye lo que hay, si tú me saca la leche a mí también, yo te la saco, ¿bien así? —
dijo el taxista sonriendo y dispuesto—.
Solté una carcajada y le contesté: “pana, yo taba bromeando, no me gutan los
hombres.”
El taxista me maldijo y me despidió con insultos e imprecaciones antes de
marcharse visiblemente enojado.
Qué buen ejemplo me deparó el azar o el destino, dependiendo de si se cree en lo
uno o lo otro, para sumar al de la jevita como refuerzo de mi tesis sexual y para
dejar de remate a este cuento que he escrito.