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Poemas Del País Nunca Jamás: Jorge Teillier

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Jorge Teillier

Poemas del país nunca jamás

2003 - Reservados todos los derechos

Permitido el uso sin fines comerciales


Jorge Teillier

Poemas del país nunca jamás


UN DESCONOCIDO SILBA EN EL BOSQUE

Un desconocido silba en el bosque.


Los patios se llenan de niebla.
El padre lee un cuento de hadas
y el hermano muerto escucha tras la puerta.

Se apaga en la ventana
la bujía que nos señalaba el camino.
No hallábamos la hora de volver a casa,
pero nos detenemos sin saber donde ir
cuando un desconocido silba en el bosque.

Detrás de nuestros párpados surge el invierno


trayendo una nieve que no es de este mundo
y que borra nuestras huellas y las huellas del sol
cuando un desconocido silba en el bosque.

Debíamos decir que ya no nos esperen,


pero hemos cambiado de lenguaje
y nadie podrá comprender a los que oímos
a un desconocido silbar en el bosque.

HISTORIA DE HIJOS PRÓDIGOS

Aquí se encienden velas.


Poco a poco nos reconocen los parientes y las cosas.
La arrugada pared de madera que de nuevo recorren nuestras manos.
La escalera quejumbrosa
en donde espera un sueño
que en vano intentará cerrar nuestros ojos.

En el silencio no se sonríe a nadie.


Sólo una niña que aún no sabe hablar
sigue hablando con su sombra.
Quizás es la sombra de una muerta
que quisiera comunicarse con nosotros.

Se cierra rechinante una ventana


abierta hacia el cementerio del cerro. Va a haber temporal.
Van a guardar los animales . Nadie se acuerda de la luna cansada de delatar
a los ratones que roen manzanas en la bodega.
Los postes del telégrafo
hacen más desnudos y vastos los caminos solitarios.

Aquí se encienden las velas.


Un espejo despierta.
En su fondo muestra una calle en donde sentados en la cuneta
veíamos a otros niños elevar volantines.
Una calle atravesada por un tren fatigado (desde la ventanilla del carro mirábamos pasar sin
amor ni odio al pueblo).
Una casa con un cuarto abandonado. El viento se entretiene en lanzar cartas y cuadernos
por la
ventana.
Un sendero olvidado en donde el último caballo de la tierra y una muchacha que aún no
nace
esperan que apaguemos las velas.

(No nos hallábamos aquí.


No nos hallábamos en ninguna parte.

El cuerpo de toda mujer era el fin de una casa extraña y deshabitada.


Las palabras de los amigos
eran las mismas de los enemigos.
Nuestro rostro se transforma en el rostro de un desconocido).

Bajo las oscuras vigas soñolientas


la madre saca el pan recién nacido
del vientre tierno de la cocina.
El padre ofrece el vino
y los vasos se alzan con un gesto inmemorial.

II

Porque una niña que no sabe hablar habla con su sombra.


Porque esta noche de temporal deben encenderse velas y un espejo despierta para contarnos
nuestra historia.
Porque una ventana se ha cerrado rechinando tras una última mirada al cementerio del
cerro.
Porque en un gesto inmemorial nos han sido ofrecidos el pan y el vino,
así como toda la vía láctea cabe en el cuadrado de la ventana,
cabe en un solo momento de esta herrumbrosa noche de invierno
un tiempo verdadero
del que sobreviven las semillas del pan y del vino.
Un tiempo como el girar de un trompo en la mano o el girar de las estaciones y los planetas
en donde todos tenían su tarea perfecta
y artesanos y comerciantes,
pastores y labradores,
escribas y sacerdotes,
bebían en paz el vino fraterno al final de la jornada, rodeados de la música de las
constelaciones y los árboles,
mientras las mujeres aguardaban junto a los niños y frutos dormidos en el hogar, con el
fuego y el amor que no cesan.

III

La niña ha callado.
La madre lleva a dormir a la niña y apaga el fuego de la cocina.
El temporal habla a la casa en un lenguaje que ya hemos olvidado.
El padre nos ha acogido pero somos nosotros los que no lo reconocemos.
Quizás nuestros rostros queden en el espejo
junto al último caballo de la tierra y una muchacha que aún no ha nacido
esperando ser recuperados por nuevos Hijos Pródigos.
Hemos consumido el vino y el fuego.
Los caminos que van a la ciudad nos esperan.

De Poemas del país de nunca jamás, 1963.

TRATEN DE DESPERTAR

Traten de despertar
y acompáñennos
campanas que han olvidado su sed de espacio,
arco iris en dónde quería vivir una niña,
tardes que pasábamos en el tejado de zinc
leyendo a Salgari y a Julio Verne,
tardes como las sandías que poníamos a enfriar en el río,
como los pies desnudos de los niños que caminaban por los rieles del desvío del aserradero,
como el beso de la muchacha en la penumbra de la bodega triguera.
Acompáñennos,
rechinar de las mariposas de hierro,
veletas quejumbrosas,
cielo de la hora de la novena
tan cercano que pronunciar un nombre podría romperlo,
cielo en donde se hundían las palomas cansadas de la iglesia.

Acompáñennos
a nosotros que hemos visto el sol
transformarse en un girasol negro.
A nosotros que hemos sido convertidos
en hermanos de las máscaras muertas
y de las lámparas que nada iluminan
y sólo congregan sombras.
A nosotros
los desterrados en un lugar en donde nadie conoce el nombre de los árboles,
donde vemos todo próximo amor
como una próxima derrota,
toda mañana como una carta que nunca abriremos.

Acompáñennos,
porque aunque los días de la ciudad
sean espejos que sólo pueden reflejar
nuestros rostros destruidos,
porque aunque confiamos nuestras palabras
a quienes decían amarnos
sin saber que sólo los niños y los gatos
podrían comprendernos,
sin saber que sólo los pájaros y los girasoles
no nos traicionarían nunca,
aún escuchamos el llamado de los rieles
que zumban en el medio día del verano en que abandonamos la aldea,
y en sueños nos reunimos para caminar
hacia el País de Nunca Jamás
por senderos retorcidos iluminados
sólo por las candelillas y los ojos encandilados de las liebres.

LOS DOMINIOS PERDIDOS

A Alain-Fournier

Estrellas rojas y blancas nacían de tus manos.


Eran en 189... en la Chapelle d'Anguillon,
eran las estrellas eternas
del cielo de la adolescencia.
En la noche apagaste las lámparas
para que halláramos los caminos perdidos
que nos llevan hacia un laúd roto y trajes de otra época,
hacia una caballeriza ruinosa y un granero de fiesta
en donde se reúnen muchachas y ancianas que lo perdonan todo.

Pues lo que importa no es la luz que encendemos día a día,


sino la que alguna vez apagamos
para guardar la memoria secreta de la luz.
Lo que importa no es la casa de todos los días
sino aquella oculta en un recodo de los sueños.
Lo que importa no es el carruaje
sino sus huellas descubiertas por azar en el barro.
Lo que importa no es la lluvia
sino su recuerdos tras los ventanales del pleno verano.

Te encontramos en la última calle de una aldea sureña.


Eras un vagabundo de barba crecida con una niña en brazos,
era tu sombra -la sombra del desaparecido en 1914-
que se detenía a mirar a los niños jugar a los bandidos,
o perseguir gansos bajo una desganada llovizna,
o ayudar a sus madres a desvainar arvejas
mientras las nubes pasaban como una desconocida,
la única que de verdad nos hubiese amado.

Anochece.
Y al tañido de una campana llamando a la fiesta
se rompe la dura corteza de las apariencias.
Aparecen la casa vigilada por glicinas, una muchacha
leyendo en la glorieta bajo el piar de gorriones,
el ruido de las ruedas de un barco lejano.

La realidad secreta brillaba como un fruto maduro.


Empezaron a encender las luces del pueblo.
Los niños entraron a sus casas. Oímos el silbido del titiritero que te llamaba.
Tú desapareciste diciéndonos: "No hay casa, ni padres, ni amor:
sólo hay compañeros de juego".
Y apagaste todas las luces
para que encendiéramos
para siempre las estrellas de la adolescencia
que nacieron de tus manos en un atardecer de mil ochocientos
noventa y tantos.

A UN NIÑO EN UN ÁRBOL

Eres el único habitante


de una isla que sólo tú conoces,
rodeada del oleaje del viento
y del silencio rozado apenas
por las alas de una lechuza.

Ves un arado roto


y una trilladora cuyo esqueleto
permite un último relumbre del sol.
Ves al verano convertido en un espantapájaros
cuyas pesadillas angustian los sembrados.
Ves la acequia en cuyo fondo tu amigo desaparecido
toma el barco de papel que echaste a navegar.
Ves al pueblo y los campos extendidos
como las páginas del silabario
donde un día sabrás que leíste la historia de la felicidad.

El almacenero sale a cerrar los postigos.


Las hijas del granjero encierran las gallinas.
Ojos de extraños peces
miran amenazantes desde el cielo.
Hay que volver a tierra.
Tu perro viene a saltos a encontrarte.
Tu isla se hunde en el mar de la noche.

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