Cartas de San Jose
Cartas de San Jose
Hoy, que has venido a mi carpintería, déjame trabajar la madera rustica y agrietada de tu corazón,
déjame direccionar tu alma de manera prudente y sabia; porque no quiero que corras el peligro de
perderte y de ser desviado del camino que te lleva al cielo. Tristemente, muchos jóvenes se dejan
seducir por el demonio, el mundo y la carne; no miden las consecuencias que trae consigo el
pecado, no piensan en la vida eterna; no creen que Jesús, algún día, los llamará y les pedirá cuenta
de sus actos. Jamás desvíes tu mirada hacia los placeres efímeros, desconfía de ti mismo,
considérate ávido y necesitado del Señor; proponte vivir en Santidad, dirigir tus pasos según los
delineamientos del Evangelio. Si eres Santo: heredaras el reino de los cielos, experimentaras mi
abrazo paternal, percibirás la mirada pura y amorosa de mi Hijo Jesús, te sentirás protegido y
arropado bajo el manto de mi Virginal esposa.
Este acontecimiento, en mi vida, marcó con un flechazo de amor mi corazón; desde aquel instante
florecían en mí las virtudes que necesitaba para mi desposorio con la Reina del cielo; mis planes ya
no eran mis planes, primero estaba Dios, a Él debía serle fiel por toda la eternidad. Esta
meditación debe llevarte a una reflexión seria y profunda de si realmente estás haciendo la divina
voluntad, si eres merecedor de recibir las gracias provenientes del corazón puro y misericordioso
del Señor, si eres dócil en dejarte pulir y tallar por el divino alfarero, si tienes fe y dejas que Dios
realice en ti proezas.
San José
Felicísimo día de mi desposorio con la Santísima Virgen.
Hij@, vence obstáculos y continúa el camino a la Santidad, invócame en tus tentaciones; pues, los demonios
temen a mi nombre; acude a mi para que salgas más fácilmente del pecado y puedas alcanzar una sincera
conversión a Dios. En primer lugar, confíame tus oraciones, soy el tesorero de las gracias del Altísimo, las
entregaré a la Virgen María para que Ella se las entregue a Jesús; si deseas luz en las dudas, yo seré tu
consejero; si deseas fortaleza en las tribulaciones, yo seré el confortador; si deseas un crecimiento en tu vida
espiritual y acudes a mí, alcanzarás todas las virtudes.
Hoy quiero hablarte del felicísimo día de mi desposorio con la Santísima Virgen. Ese día, me embriagué de la
abundancia de la casa de Dios y bebi del torrente de sus delicias. Ese día, florecí como palmera y como cedro
del Líbano, extendí mi sombra bienhechora en la casa del Señor. Ese día, me hacía cooperador de la obra de
la redención. Ese día, la Mujer del Fiat venía a formar parte de mi vida; desde ese día, era el camino más
corto, más rápido y seguro para llegar a María. Desde hoy, proponte amar a la Santísima Virgen María; hazte
su esclavo de amor, conságrate a su Inmaculado Corazón y compórtate como el mejor de sus hijos. Ella es la
dispensadora divina de los tesoros de Dios, Ella es la obra más perfecta de las manos del Omnipotente, Ella
es la estrella más luminosa y resplandeciente, Ella es el astro más luminoso del firmamento, Ella es la Madre
más tierna y compasiva de los hombres. Reza, para que los esposos se amen con sinceridad, vivan en
fidelidad absoluta, haya honestidad en sus acciones; para que imiten los valores de la Sagrada Familia de
Nazaret.
Hoy, quiero manifestarte el dolor que me causó la ausencia de mi castísima esposa en el tiempo que
permaneció asistiendo a su prima Isabel; porque era el compañero inseparable de la bienaventurada Virgen
María, era el custodio fiel de la Madre del Hijo de Dios; el Padre Eterno me había destinado para ser el
esposo de su Hija Inmaculada. Como no extrañar su ausencia, si Ella es el centro de las delicias y
complacencia del Altísimo; Ella es fiel espejo de sus perfecciones divinas; su vientre virginal fue el primer
altar, en el que el Verbo encarnado se ofreció como Víctima del Altísimo. No entiendo como algunas
personas rechazan a la Madre de Dios, se resisten a su amor, la excluyen totalmente de sus vidas; si Ella es la
intercesora de todos los hombres en el cielo, la dispensadora de todas las gracias.
Hacía del trabajo oración y continuamente daba gracias al Altísimo; porque mis manos podían trabajar
laboriosamente, podían hacer una obra agradable a los ojos de las criaturas. Hoy, que has venido a mi
carpintería, déjame pasar sobre tu corazón la garlopa de mi amor, hasta dejarlo liso, sin asperezas, para que
la luz celestial penetre en tu interior con todo su resplandor. Hoy quiero enseñarte a valorar tu trabajo, por
humilde que sea; das gloria y honra a Dios. El trabajo ha de ser para ti una bendición descendida desde lo
alto; te saca del ocio y te hace diligente, responsable, puedes aportar a tu familia, a la sociedad; el trabajo te
dignifica, te hace persona. Mi oficio de carpintero era, también, un medio para llegar al corazón de muchos
de mis hijos: necesitados del amor de Dios, de una palabra de consuelo, una voz de esperanza en el
sufrimiento, una luz en el camino incierto.
San José
Turbación que me causó, el ver en cinta a mi purísima esposa.
Hij@ mí@, al acudir a mí, al consagrarte a mí, te preparo para que salgas airoso en el combate espiritual y
no te dejes derrumbar ante la tentación e insidia del enemigo. Fortalezco tu fe para que camines, aun, sobre
brasas ardiendo; te arranco de las trivialidades del mundo y te llevo a una vida interior profunda. Te haré
vivir una experiencia de amor en la que sentirás un gran deseo de servirles solo a Jesús y a mi Santísima
esposa. Mi corazón jamás se pudo resistir a los atractivos de la Virgen María; Ella era el embeleso de mis
ojos, el consuelo en mis tristezas, el sostén en mis dificultades, mi refugio en las persecuciones, mi
protección en todos los peligros; Ella era la amada de Dios y colmada de todos los dones. Interiormente la
veneraba porque fue puesta en un lugar eminente, para hacerme compañía y ayudarme en las batallas de la
vida. Su abnegación, su silencio, su pureza angelical, su humildad, su mirada cándida, sus dulces palabras
causaban en mi: admiración, asombro, por el enorme privilegio de tenerla a mi lado.
Hoy quiero hablarte de la turbación que me causó, el ver en cinta a mi purísima esposa. Esto fue como un
huracán violento, que arrasó con la paz de mi corazón; los días y las noches se me hacían largos divagando
en la duda e incertidumbre; mi mente no podía dilucidar este misterio que transformaría la historia de la
humanidad, dejaría huellas indelebles por generaciones. Este dolor se cambió en un gran gozo, cuando el
ángel me revelo en sueños el misterio de la Encarnación y me dijo que no temiera, que lo engendrado en
María era obra del Espíritu Santo. Hoy te invito a meditar en este misterio: el Hijo de Dios, hacía del vientre
virginal de mi esposa un hermoso jardín. Estos Sagrados corazones serian como dos árboles de olivo que
derramarían su aceite, para sanar y curar las heridas y enfermedades de los hombres. Estos Sagrados
corazones serian como dos estrellas, que desprendían sus fulgurantes rayos de luz para iluminar el camino
de la humanidad. No dejes que la turbación entre en tu corazón, busca la paz que el Señor te la concederá
en abundancia. No te dejes inquietar ante las circunstancias de la vida, ofrece tus sufrimientos a Dios y
repara por tus pecados.
Hoy, quiero unirte al gozo que tuve cuando el ángel me reveló el misterio de la Encarnación; misterio que
cambiaría el curso de la humanidad y haría historia en todas las generaciones. Misterio que disipó mis dudas
porque mi corazón fue inflamado de una paz celestial; tenía la certeza de su veracidad y esperaba con
alegría el nacimiento del Hijo de Dios. Comprende, hijo mío, que los misterios de Dios son insondables e
inescrutables; hay que creer en ellos, sin hacer uso de la razón. Hoy, quiero hacer florecer en ti la fe. El gran
misterio de la Encarnación debe adherirte, aún más, a Jesús y a mi virginal esposa María; sus Sagrados
Corazones siempre estarán unidos; porque, donde está Jesús, está María; y donde está María, está Jesús. Sé
un gran amante de estos dos Corazones, así como lo fui yo en la tierra y lo sigo siendo ahora en el cielo.
Con cariño, San José
Aflicción y tristeza que sentí, por la orden de César Augusto, que me obligó a emprender el camino
de Belén.
Hij@, si me buscas constantemente, perfeccionaré tu vida interior y te llevaré a recorrer las sendas de la
virtud y de la santidad; recibirás las gracias de renunciar a las cosas del mundo y huir del pecado; te
considerarás débil y necesitado de la misericordia, brotada del corazón amantísimo de mi Hijo Jesús;
aprenderás a descubrir los grandes misterios que te acercarán, cada vez más, a Dios; trabajaré en ti hasta
dejar tu alma sin perforaciones o grietas, que se roben las gracias celestiales que el Señor suele conceder a
los corazones limpios. Cuidaba y protegía a mi virginal esposa. Ella era todo en mi vida, después de Dios. Ella
era mi guía, en los caminos difíciles; de su Inmaculado corazón brotaba torrentes de amor. Ella era el cristal
más puro y el rubí más precioso. Ella era la soberana Emperatriz de los ángeles y de los hombres, que en su
vientre virginal florecía un Lirio Purísimo y perfumado que atraería la mirada de toda la humanidad.
Hoy quiero llevarte a meditar en la aflicción y tristeza que sentí, por la orden de César Augusto, que me
obligó a emprender el camino de Belén; porque debíamos empadronarnos en nuestro lugar de origen. Entré
en un profundo dilema de tener que ausentarme de mi esposa, cuando estaba próximo el alumbramiento
del Hijo de Dios. Ante esta situación, oramos y nos abandonamos a los designios divinos; emprendimos el
viaje; a pesar de las luchas y dificultades: sentíamos alegría, paz de obrar según el santo querer de Dios. Hoy,
te invito a caminar por el sendero que Jesús te tiene señalado; no andes en contravía a su santa voluntad,
cumple a cabalidad su Evangelio y sé un buen cristiano que predica con su testimonio de vida. Te llamo al
cumplimiento de las leyes civiles y religiosas; toma conciencia que sólo en Dios y viviendo para Dios, serás
feliz.
Hij@, déjame transformar tu vida; déjame dejar en ti, un bello recuerdo que nada ni nadie lo borre de tu
mente o de tu corazón. Pon una pequeña dosis de tu esfuerzo personal y ven a mi carpintería durante todos
los días, para yo trabajar en ti y pulirte en la virtud, acrecentar tu devoción por la Santísima Virgen María.
Porque, Ella es la que reparte los tesoros de Dios a manos llenas. Ella es Madre misericordiosa que se
compadece de las debilidades de sus hijos y jamás rechaza a ningún pecador que le pide su ayuda. Ella es la
paloma de la paz, que trae al Príncipe de la paz. Ella es la celestial Señora, que consigue todos los auxilios de
Dios. Tristeza y aflicción experimenté, durante el viaje a Belén; pero, también, la confianza que me infundía
mi virginal esposa me llevaba a sentir alegría y una excesiva confianza en el plan que Dios había trazado en
nuestras vidas.
Llegamos a Belén, en altas horas de la noche; busqué posada para la Reina de cielos y tierra, pero, fue
infructuoso mi esfuerzo: los hombres cerraron la puerta a la Hija predilecta del Padre Eterno. Este rechazo
inundó mi Corazón de amargura, no pude contener el llanto. Pero, la Virgen María me consolaba, me
llamaba a aceptar este acontecimiento como un acto permitido por Dios, a no desesperarme. Después, de
tanto buscar un lugar digno para descansar de nuestro fatigoso viaje, decidimos salir a las afueras del
pueblo, y allí encontramos un establo desocupado para pasar la noche. Hoy, quiero enseñarte a que
permanezcas gozoso en medio de la cruz y las dificultades, a que confíes en el Señor y te acojas a sus
promesas; Él cuidará de ti como a la niña de sus ojos, te prestará su Sagrado Corazón como tu refugio y
hospedería de todas las almas.
De nuevo llegaste a mí, ávido de conocer un poco más de mi vida. Estaba deseoso de hablar contigo. Hoy,
que has venido a mi carpintería, quiero que aprendas de mí: la humildad profunda, la oración continua, el
amor al trabajo; porque debes ganarte el pan de cada día con el sudor de tu frente, debes construir un
proyecto sólido en el que puedas alcanzar tu máxima realización: la felicidad, aun, en las cosas pequeñas.
Hoy quiero compartirte la alegría que sentí, al ver nacido al Niño Jesús en los brazos de su Santísima Madre.
Esta preciosa escena me llenó de gozo y admiración, nunca podre borrar este recuerdo de mi mente: la
siempre Virgen María arrullando al recién nacido, prodigándole amor, ternura, abrigándolo con sus caricias
maternales. Este episodio, en mi vida, me llevó a contemplar la grandeza de Dios hecho hombre, la
extraordinaria misión de la Santísima Virgen, el privilegio de ser custodio y protector de estos Sagrados
Corazones. Jesús y la Virgen María deben significar el todo para ti; tu devoción por mí sería imperfecta, si no
los tuvieras a ellos en primer lugar; pronuncia en tus tribulaciones los nombres de Jesús, María y José; pues,
te servirán de consuelo; la llama de la esperanza arderá en ti con vehemencia, sentirás alivio en tus
sufrimientos y desahogo en tus penas. Acude a mí en tus dificultades, puedo alcanzar de Dios muchos
favores; pues, estoy muy cerca del Redentor y de su divina Madre.
Hij@, gracias te doy por haber venido a mi humilde carpintería; te estaba esperando sabía que no me
dejarías solo; el deseo que tienes de buscar al esposo de la Madre de Dios, te lo ha puesto Jesús; porque, Él
me ha encomendado la misión de protegerte, de llevarte a una vida interior profunda y de conducir tu alma
por las sendas de la santidad; de sembrar en tu corazón lirios perfumados, para que florezcan en ti las
virtudes y cada día te asemejes más al Señor. Porque Él es el camino, la verdad y la vida; en El hallarás la
salvación. Hoy quiero manifestarte el gozo y la alegría que sentí, al ver que los pastores vinieron al portal de
Belén a conocer y adorar al Niño Jesús. Dichosos, ellos, que pudieron apreciar con sus ojos al Rey de reyes y
Señor de señores; dichosos, ellos, que se postraron ante el Hijo de Dios para alabarlo y glorificarlo.
Hoy te pido, que vayas a adorar a Jesús en el sagrario; allí te encontrarás cara a cara con El, te sentirás
abrasado en el fuego de su amor divino; tu alma será inundada de una paz celestial, te sentirás amado y
perdonado por El. Porque, su Corazón sobreabunda en misericordia; experimentarás un gozo tan grande,
que no encontrarás palabras para describirlo. El Hijo de Dios nace en un humilde portal de Belén a la
intemperie, expuesto al frío, en la más extrema pobreza. Los pastores dieron calor al Divino Niño con el
fuego de una oración sentida, cargada de amor y sinceridad, brotada desde lo más profundo de sus
corazones; quedaban extasiados ante su hermosura, perdiendo la noción del tiempo y del espacio. Algo
grande y extraordinario sucedía en ese momento; en ese instante, comprendía que atraería la mirada del
mundo entero; multitudes de hombres lo adorarían y lo aceptarían como al Señor de sus vidas. Espero que,
a través de esta consagración, se despierte en ti un vivo deseo de adorar a mi Divino Hijo en el Santísimo
Sacramento; porque la adoración Eucarística es puerta del cielo, que transfigura toda tu persona y te hace
radiante como la luz del sol.
Hoy, te quiero manifestar el dolor que tuve en la circuncisión del Niño Jesús; quería estar en su lugar; al
verlo tan tierno e indefenso derretía de amor con mi corazón, su llanto me hizo sollozar. Pero, mi fidelidad a
las leyes me mantuvo firme, a pesar del sufrimiento que este hecho me causaba. Guarda en tu corazón mis
palabras y aplícalas en tu vida diaria; cumple a perfección con las leyes de Dios y, de esta manera, serás feliz;
las bendiciones llegarán a ti, como torrenciales de lluvias impetuosas. Recuerda que, en mi carpintería,
siempre me encontrarás como padre y hermano tuyo para alegrarte en tus tristezas, fortalecerte en tu
debilidad.
Quiero, en este día, escribir con letras de oro el nombre de Jesús en tu corazón, para que ni el mundo, ni el
paso del tiempo intenten borrarlo; para que sometas tu vida al dulce imperio de su amor, para que tus ojos
siempre estén puestos en El y jamás se desvíen de las cosas que puedan perjudicarte. Quiero que el nombre
de Jesús, también, lo lleves impreso en tus labios y en tus pensamientos; que tu misma respiración sea acto
de sujeción a su divina voluntad, que tengas la convicción que el nombre de Jesús sana y libera.
En el portal de Belén se hallaba el gran misterio, que pronto sería revelado al mundo entero; misterio de
amor que, también, se encuentra en todos los sagrarios de la tierra; corre presuroso y descúbrelo, te
sentirás abrasado en su fuego de amor; espiritualmente, serás transportado al cielo; no podrás contener
tanto gozo en tu corazón, se desparramará para contagiar a otros de esta locura de amor.
En este día, quiero que aprendas a no cuestionar los misterios divinos, a saber, afrontar las situaciones
difíciles e inciertas, a armarte de paciencia y de valor; porque el Señor todo lo permite, para el bien de los
que lo aman. En este día, haz una seria reflexión de tu vida, saca tus propias conclusiones e identifica tus
fortalezas y debilidades; proponte un cambio, con la ayuda de Jesús lo lograrás. Recuerda que estás llamado
a la santidad, a la práctica de las virtudes, a amar a Dios sobre todas las cosas.
Tuve un gran gozo y alegría, al oír de Simeón que este Niño sería remedio, salud y resurrección de muchos.
Estas mismas palabras van dirigidas para ti; suéltate del yugo que te oprime y corre tras las huellas de Jesús,
no postergues tu decisión, arriésgate y sírvele a Él únicamente; el mundo cambiará el día que los hombres se
arrodillen ante Dios, le reconozcan su soberanía y realiza. Opta por Jesús, experimenta su amor y su
misericordia, reconoce que sin El eres nada; tu proyecto de vida se verá truncado, no prosperarás porque las
bendiciones sólo provienen del Él y las distribuye a todos los que le aman.
Hoy quiero hacerte partícipe de la aflicción que sentí, cuando el ángel me dijo, en un sueño, que huyera con
el Niño y su Madre a Egipto; porque Herodes buscaría al Niño para quitarle la vida. Den medio de la
inquietud y de la tristeza emprendimos el viaje; nos pusimos bajo la protección de Dios, confiamos en su
infinito poder; convencidos de que nada nos sucedería, iniciamos la marcha. Teníamos la firme convicción de
que sus planes no serían truncados, todo estaba en orden a su perfecta y divina voluntad. Hoy quiero
decirte, hijo mío, que cuando un alma se abandona totalmente en Dios: El la guía y la protege, la cuida como
a las niñas de sus ojos. No te desesperes ante las situaciones aparentemente inciertas, no pierdas la ruta del
camino que Dios te tiene señalado, recórrelo sin temor a sufrir ningún daño; Dios cuidará de ti porque le
perteneces.
Hoy te quiero compartir el dolor que padecí, al saber de la crueldad que Herodes usó matando a los niños
inocentes de Belén y toda su comarca; el poder y la ambición lo llevaron a cometer el acto más abominable
frente a los ojos de Dios. Pobre hombre, Satanás lo tenía subyugado, lo hizo su esclavo, sembró en su
corazón avaricia y maldad, lo encegueció totalmente, hizo que ardiera en cólera. Qué orgullo y prepotencia
la de Herodes, al pretender cambiar los planes divinos; creía que, con el derramamiento de sangre de los
primeros mártires inocentes, cambiaría el transcurso de la historia, daría fin al Hijo de Dios, al Verbo
encarnado. Padecí gran tristeza porque era señalado, criticado; las familias de estos niños inocentes, en
medio de su dolor, descargaban sobre mí su angustia, su impotencia de no haber podido hacer algo para
salvar la vida de sus hijos. Jamás vayas en dirección opuesta a la voluntad de Dios, acepta los designios que
Él tenga trazados en tu vida, nunca te desvíes del camino ni permitas que se anide en tu corazón el deseo de
fama y de prestigio. Herodes se consideró más que Dios; por eso, su proyecto de vida se derrumbó como un
castillo de arena; no pudo ser feliz porque puso su mirada en las cosas que no perduran; nada pudo llevarse
consigo el día de su muerte, sus manos estaban teñidas de sangre inocente; su conciencia oscura, por su
altivez e ignominia.
Gran gozo y consuelo sentía, cuando tomaba en mis brazos al Niño Jesús para alivio de mis trabajos y
cansancio; sentía una gran paz, el tiempo se deslizaba de mis manos, entraba en un clima de contemplación
profunda, perdía la noción de todas las cosas que ocurrían a mi alrededor. Desde mi humilde taller, te invito
a descansar sólo en el Señor; entrégale tus dificultades y verás como muy pronto obtendrás la solución a tus
problemas. Entrégale tu cansancio para que seas revestido de fortaleza y puedas cumplir con tu misión;
puedas realizar tu trabajo y deberes de estado, glorificando a Dios con tus acciones; mostrándole al mundo
que cuando se tiene a Jesús en el corazón se es completamente feliz; porque se tiene todo, se ha
encontrado la perla de gran valor, el gran tesoro que hace rico a quien lo posee.
Hoy quiero compartirte el gran gozo que me causaba, al mirar la hermosura del Niño Jesús; mis ojos
quedaban abismados de amor y de admiración: La perfección de su rostro, su mirada pura, su sonrisa
angelical; quedaba en una especie de éxtasis, cada vez que contemplaba la belleza de este Niño descendido
del cielo: el color de sus ojos, la perfección de su nariz y de su boca; todo en Él era armonía, paz; percibía su
perfume sobrenatural que me obligaba a exhalar suspiros de amor, ansiaba permanecer en un acto continuo
de adoración. Porque el Rey de reyes estaba frente a mí; el Hijo de Dios era motivo de admiración, de
atracción, para todos los que le veían. Espero que tú, también, aprecies la hermosura sin igual del Niño Jesús
y quedes estupefacto y perplejo de amor; que su presencia eclipse tus sentidos e infunda en tu alma el
inquebrantable deseo de adorarlo y de amarlo por toda la eternidad.
Hoy quiero unirte al gozo y alegría que sentí, al ordenarme el ángel que, con Jesús y María, regresara de
Egipto para la tierra de Israel. Mi corazón fue rebosado de una paz celestial, me sentí inundado de una
fuerza divina que me impulsó a emprender la marcha; no me detuve a pensar en los peligros que podíamos
encontrar en el camino, nos pusimos en las manos de Dios confiando interiormente en su poder. Durante el
viaje pudimos sentir su presencia, en ningún instante nos sentimos solos. Jesús iba con nosotros, El era
nuestro escudo, nuestro refugio. Aprende a vivir en la divina voluntad, discierne cual es el camino que el
Señor te tiene señalado y no tengas dudas en recorrerlo; nada te sucederá, sentirás regocijo porque estás
haciendo lo que Dios quiere; tu máxima aspiración es llegar a la meta, al destino final, que es el cielo.
Para hacerme digno de ser el esposo de la Santísima Virgen, Dios me concedió muchas gracias y virtudes que
acepté con humildad, sin merecerlas; mi Corazón se consumía en el gran deseo de vivir de acuerdo a la
divina voluntad, y ¿cómo rehusarme a este proyecto de amor? Me puse en sus benditas manos y me dejé
guiar por las sendas que conducen al cielo, a nada puse resistencia; porque sus obras son perfectas y
siempre las lleva a feliz término, cuando se le abre el corazón y se es dócil como barro blando en las manos
del alfarero. Pídele a Jesús que colme tu vida espiritual de todas las virtudes y gracias que son necesarias
para tu estado; a Él se le sirve con entereza, sin vacilación; a Él se le debe entregar lo mejor.
Quiero compartirte el dolor y amargura que padecí, cuando en una de mis jornadas estuvo perdido el Niño
Jesús por tres días. Una gran tristeza invadió mi corazón, sentía un vacío por su ausencia, creía no haber
cumplido fielmente con la misión de proteger al Hijo de Dios. Ante la ausencia del Niño Jesús, me sentí sin
fuerzas, el sol había perdido su brillo. Este sentimiento de nostalgia y de fracaso perduró por tres días. Hoy
te invito a permanecer siempre al lado de Jesús, jamás te separes de Él; no te dejes arrebatar este gran
tesoro, eres el más afortunado de todos los hombres, has encontrado la perla que no tiene precio; a su lado
nada te faltará, te sentirás feliz, protegido, tu corazón rebosará de paz; su amor sana tus heridas, remienda
tu corazón roto, despedazado por las experiencias que han marcado tu vida negativamente; su perfume
celestial avivará, en ti, el deseo que tienes de alcanzar la santidad. En mí carpintería podrás encontrarte con
El, deleitarte ante su divina presencia. No entiendo como tantas personas pueden vivir sin Jesús.
Hoy quiero manifestarte el gozo y la alegría que tuve, cuando hallé al Niño Jesús enseñando a los doctores
en el templo; quedé estupefacto ante su gran sabiduría; me impresionó la propiedad con la que hablaba, sus
palabras eran como flechas incendiarias de amor que penetraban en mi corazón y lo inflamaban de una paz
celestial que me obligaba a derramar unas lágrimas. Mi alegría era inexplicable; sentía una felicidad que
brotaba por los poros de mi piel al regresar a Nazaret, acompañado de Jesús como si fuera mi verdadero
hijo; no comprendo cómo los hombres pueden vivir apartados del Señor, y no sienten la necesidad de
buscarlo, de reconciliarse con El. Te aconsejo que ames a Jesús hasta dar tu propia vida por El; que estés
siempre a su lado: amando, adorando y reparando su Corazón; que no sientas vergüenza de profesar
públicamente tu fe. Muéstrate al mundo como un fiel apóstol del Sagrado Corazón de Jesús y un verdadero
hijo y esclavo de María.