Decisiones - Timothy Zahn
Decisiones - Timothy Zahn
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Timothy Zahn
Decisiones
ePub r1.0
Titivillus 11.05.2022
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Título original: Choices of One
Timothy Zahn, 2011
Traducción: Albert Agut Iglesias
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Para mamá, que nunca dudó que tanto escribir algún día daría
sus frutos.
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DRAMATIS PERSONAE
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Las decisiones de uno moldean el futuro de todos.
—dicho Jedi.
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CAPÍTULO UNO
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En ese caso, sin embargo, Drusan se equivocaba… Porque aquella orden
en particular no provenía de ningún subordinado del Centro Imperial. Lo
parecía y era lo que querían que pareciera, estaba claro. Pero, a diferencia del
capitán, Pellaeon no había acatado la orden sin más sino que se había tomado
la molestia de rastrear su origen. Había llegado por los canales adecuados
desde el Centro Imperial pero no se había originado allí. De hecho, provenía
de un punto no identificado del Borde Exterior.
Según las comunicaciones altamente confidenciales que Drusan había
compartido con sus compañeros oficiales de mando, allí era donde estaba en
aquel preciso momento el gran almirante Zaarin, bordeando tranquilamente
los confines del espacio imperial a bordo del DEI Predominante.
Lo que sugería claramente que las órdenes del Quimera venían del gran
almirante en persona.
—Se aproxima una nave, capitán —dijo el oficial de sensores desde el
pozo de tripulación de estribor—. Acaba de saltar al sistema. Según los
sensores es un carguero ligero de clase Kazellis.
Drusan lanzó un silbido suave.
—Un Kazellis —comentó—. Un pájaro extraño… dejaron de fabricarlos
hace mucho. ¿Tenemos identificación ya?
—Sí, señor —gritó el oficial de comunicaciones desde el pozo de
tripulación de babor—. La respuesta codificada confirma que es la Esperanza
de Salaban.
Pellaeon arqueó una ceja. Su misterioso pasajero no solo había llegado
sino que había llegado pocos minutos después que el Quimera. O poseía un
sentido de la oportunidad altamente desarrollado o tenía mucha suerte.
—¿Vector? —preguntó Drusan.
—Directamente a estribor —gritó el oficial de sensores—. Rango:
ochenta kilómetros.
Y no solo había aparecido prácticamente al mismo tiempo que el Quimera
sino también casi en el mismo sitio. La admiración de Pellaeon por el piloto
del carguero subió otro par de puntos.
Aunque no todo el mundo lo veía de la misma manera.
—Maldito idiota —gruñó Drusan—. ¿Qué intenta hacer, atropellarnos?
Pellaeon dio unos pasos adelante y miró por el ventanal de estribor. Por
supuesto, apenas se veía el brillo de un solo motor subluz sobre el fondo
estrellado.
Aunque aquel brillo no debería ser visible. No desde aquella distancia. A
no ser que el piloto lo tuviese a toda la potencia que podía dar y un poco más.
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Y el único motivo por el que alguien haría algo así…
—Capitán, le aconsejo que pasemos a alerta roja —dijo con premura
Pellaeon, volviéndose hacia Drusan—. Esa nave está huyendo de algo.
Drusan tardó un instante en responder, mirando por encima del hombro de
Pellaeon al carguero que se les aproximaba. Este tuvo que hacer un esfuerzo
para mantenerse en silencio, dejando que su capitán captase la lógica de su
consejo a su metódica y pausada manera.
Finalmente, para su alivio, Drusan se avivó.
—Alerta roja —gritó el capitán—. Y vuelvan a confirmar el código de
identificación. Por si no escapan de nadie y nos estuvieran embistiendo.
Pellaeon dio la espalda al ventanal, deseando ser capaz de disimular su
perplejidad antes de que el capitán la notase. ¿De verdad creía Drusan que
alguien sería tan estúpido y suicida para intentar semejante locura? Ni los
majaderos de la rebelión eran tan incautos. De todas formas, mientras la
suposición paranoide de Drusan sirviera para subir los escudos y cargar los
turboláseres…
—¡Más naves! —gritó el oficial de sensores—. Seis naves no
identificadas están saltando al sistema en patrón de barrido-racimo tras la
Esperanza de Salaban.
—Viren todo —ordenó Drusan con un punto de impaciencia. El capitán
adoraba disparar los turboláseres del Quimera—. Todos los turboláseres a
máxima potencia.
Pellaeon hizo una mueca. Como de costumbre, Drusan estaba siguiendo el
procedimiento de combate estándar. Pero en ese caso el procedimiento
estándar no iba a funcionar. Para cuando el Quimera estuviese preparado para
disparar, los asaltantes ya habrían llegado hasta la Esperanza de Salaban y se
estarían arremolinando sobre ella.
Pero si el Quimera desviaba potencia a sus motores subluz y se lanzaba
directamente hacia el carguero podía espantarlos, o como mínimo contenerlos
un poco. Reducir la distancia también supondría llegar un poco antes al rango
efectivo de tiro.
—Capitán, si me permite sugerirle…
—No, no se lo permito, comandante —le cortó serenamente Drusan—.
No es momento para sus peculiares teorías de combate.
—Capitán, la Esperanza de Salaban quiere comunicarse con nosotros —
gritó el oficial de comunicaciones—. Lord Odo solicita respuesta inmediata.
Pellaeon frunció el ceño. Lord Odo era el típico nombre de un miembro
de la corte imperial, no de alguien del Borde Exterior. ¿Qué hacía un
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miembro de la corte tan lejos del Centro Imperial?
—Pásemelo —ordenó Drusan.
—Sí, señor —se oyó un chasquido.
—Capitán Drusan, le habla lord Odo —dijo una voz melodiosa por el
altavoz del puente—. Como habrá notado, nos están atacando.
—Así es, lord Odo —dijo Drusan—. Ahora mismo estamos cargando las
baterías de los turboláseres.
—Excelente —dijo Odo—. Entretanto, ¿podría pedirle que desvíe toda la
potencia restante a los rayos tractores y nos…?
—No es buena idea, milord —le advirtió Drusan—. Desde esta distancia
un rayo tractor podría dañar severamente su casco.
—¿…que desvíe toda la potencia hacia los rayos tractores —repitió Odo
con un tono repentinamente extraño— y arrastre a los dos atacantes de los
extremos hacia su nave?
—Y si rompemos… —Drusan se interrumpió—. Oh, sí. Sí, entiendo.
Alférez Caín, tractores sobre los dos asaltantes de los extremos… atrápelos y
arrástrelos hasta aquí.
Pellaeon se volvió hacia el ventanal y sintió un nudo en la garganta. El
fulgor de los motores de las naves atacantes era visible ya, brillando sobre las
estrellas mientras volaban a toda velocidad hacia la popa de la Esperanza de
Salaban. Drusan tenía razón sobre los peligros de los rayos tractores a
máxima potencia desde aquella distancia. Justo lo que Odo esperaba, que los
tractores del Quimera fuesen lo bastante potentes para resquebrajar e incluso
hacer añicos los cascos de los asaltantes.
Pero si sus naves eran más fuertes de lo que Odo pensaba, la maniobra
solo serviría para acercar con mayor rapidez y facilidad a las dos naves hasta
su rango de tiro.
Momento en el que la Esperanza de Salaban tendría láseres enemigos a su
espalda y en ambos flancos, y era muy poco probable que contase con
capacidad de escudos suficiente para lidiar con los tres frentes. Pellaeon lo
observaba todo siseando levemente entre dientes.
Abruptamente, las dos naves perseguidoras de los extremos empezaron a
hacer tirabuzones violentamente, con sus estelas girando como bengalas.
—Tractores activos —gritó el oficial de rayos tractores—. Los atacantes
están fijados y los estamos arrastrando.
—¿Algún rastro de roturas en el casco? —preguntó Drusan.
—No se detecta ninguna, señor —informó el oficial de sensores.
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—Entendido —dijo Drusan—. ¡Qué le vamos a hacer! —añadió hacia
Pellaeon.
—Bueno, como mínimo no pueden disparar a la Esperanza de Salaban —
comentó Pellaeon—. No con esos giros en espiral.
—Así es difícil fijar ningún blanco —coincidió Drusan con reticencia—.
Pero no imposible.
Y entonces, de repente, Pellaeon lo entendió. Odo no solo esperaba que
los tractores del Quimera hicieran pedazos las naves atacantes, estaba dejando
que los imperiales colocasen a los asaltantes junto a él, lanzados en espiral,
para interferir con su capacidad de disparo el tiempo suficiente…
Aún intentaba desentrañar la lógica de todo aquello cuando los láseres de
la Esperanza de Salaban brillaron a ambos lados de la nave, convirtiendo en
chatarra a los dos asaltantes remolcados por los rayos tractores.
Las nubes de escombros se fueron liberando de la sujeción de los rayos
tractores y cayeron natural e inevitablemente más allá de la Esperanza de
Salaban, que aún estaba acelerando. Directamente sobre los cuatro asaltantes
que aún la perseguían.
—Capitán, turboláseres activados —informó el oficial de armamento.
—Apunte al resto de asaltantes —gruñó Drusan—. Bueno, si aún queda
alguno al que apuntar. Y alerte al oficial de guardia del muelle que va a llegar
una nave.
Miró a Pellaeon.
—Si el tal lord Odo es miembro de la corte imperial —murmuró—, como
mínimo es de los competentes.
—Sí, señor —dijo Pellaeon—. ¿Debo asumir el mando mientras baja a
recibirlo?
Drusan hizo una mueca.
—Por fortuna estoy demasiado ajetreado arreglando este desaguisado para
ocuparme de las visitas —dijo—. Vaya usted. Tráigalo a bordo, haga que se
instale… ya conoce la rutina. Dígale que bajaré a recibirlo en cuanto hayamos
saltado a velocidad luz.
—Sí, señor —contestó Pellaeon—. Quizá podría decirme adónde nos
dirige exactamente el rumbo encriptado que nos mandaron.
—No cuente con ello, comandante —replicó Drusan—. La corte imperial
aprecia sus secretos tanto como cualquiera —sacudió una mano—. Puede
retirarse.
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Pellaeon nunca antes había tenido el dudoso honor de dar la bienvenida a
bordo de la nave a un miembro de la corte imperial, pero había oído todo tipo
de historias sobre la arrogancia de aquellos nobles, su amor por la
excentricidad y el lujo, y sus coloridos y serviles séquitos.
Lord Odo resultó ser una auténtica sorpresa. La primera persona que
apareció en el muelle desde el túnel de amarre fue un humano viejo de
aspecto frágil que no iba vestido con colores exuberantes sino con un sencillo
atuendo de piloto. La segunda fue otro humano, o eso supuso Pellaeon,
vestido con una toga con capucha de color gris y borgoña, guantes negros,
botas y una capa, además de una máscara facial completa metálica y negra
como de mimo.
No hubo tercera persona. Si Odo tenía séquito parecía habérselo dejado en
casa.
Pellaeon esperó, queriendo asegurarse, hasta que el piloto hizo un gesto
para sellar la escotilla de embarque. Cuando esta se cerró con un ruido sordo,
dio un paso adelante.
—Lord Odo —dijo, inclinándose hasta la cintura y deseando
fervientemente que su visitante perdonase cualquier lapso no intencionado en
el adecuado protocolo cortesano—. Soy el comandante Gillad Pellaeon, tercer
oficial del puente del destructor estelar imperial Quimera. El capitán Drusan
me ha pedido que lo reciba y le diga que le presentará sus respetos en cuanto
se lo permitan sus deberes en el puente.
—Gracias, comandante —dijo Odo con la misma voz melodiosa que
Pellaeon había oído en el puente, ahora ligeramente amortiguada por la
máscara. No tenía abertura bucal, ni ranuras para los ojos. U Odo podía ver a
través del metal de alguna manera o tenía una pequeña pantalla instalada en el
interior—. ¿Vamos rumbo a nuestro destino?
—Sí, señor —contestó Pellaeon, mirando el panel de datos más cercano
solo para asegurarse—. Creo que los datos del rumbo encriptado que llegaron
con su autorización para subir a bordo decían que el trayecto sería de diez
horas estándar.
—Correcto —confirmó Odo—. Espero que perdone mi aspecto. Los
motivos de mi visita deben ser confidenciales y mi identidad no puede
revelarse.
—No es necesario que dé ninguna explicación, señor —se apresuró a
decir Pellaeon para tranquilizarlo—. Sé cómo hacen las cosas en la corte
imperial.
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—¿Ah, sí? Vaya —dijo Odo—. Excelente. Quizá más adelante pueda
explicarme algunos detalles.
Pellaeon notó que estaba frunciendo el ceño. ¿Acaso Odo se estaba riendo
de un oficial de la flota? ¿O era verdad que no conocía los matices del
proceder y comportamiento de la corte imperial?
Si era así estaba claro que no se trataba de un miembro de la corte. Pero
entonces, ¿quién era?
—Creo que tienen camarotes preparados para nosotros —prosiguió Odo
—. El viaje ha sido largo y ha estado plagado de peligros —la cabeza
enmascarada y encapuchada se inclinó levemente—. Por cierto, aprovecho
para agradecerles su ayuda contra esos asaltantes.
—Ha sido un placer, milord —dijo Pellaeon, preguntándose por una
fracción de segundo si debía comentar que la principal ventaja táctica del
combate en realidad la había proporcionado el propio Odo.
Probablemente no. No sería propio de la flota imperial reconocer que un
visitante civil había urdido un plan de combate mejor que el de sus oficiales.
—Sí, les han preparado camarotes junto al muelle para usted y su piloto
—miró al piloto y arqueó las cejas—. ¿Cómo se llama?
El piloto miró a Odo, como si pidiese permiso para hablar. Este último ni
se movió y el piloto volvió a mirar a Pellaeon.
—Llámeme Sorro —dijo. Su voz era vieja y cansada, como todo él.
—Es un honor conocerlo —dijo Pellaeon, volviéndose hacia Odo—. Si
quieren seguirme, milord, les escoltaré hasta sus camarotes.
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—¿Qué opina de la máscara?
Pellaeon tuvo que hacer un esfuerzo para apartar su mente del misterio de
dónde iban para sumergirla en el misterio de quién era Odo.
—Es evidente que no quiere que nadie sepa quién es —dijo.
—¿Quién o qué? —dijo Drusan—. Hice que Servicios Medioambientales
realizase una exploración del flujo de aire que sale de sus camarotes. Pensé
que…
—¿Que hizo qué? —interrumpió Pellaeon horrorizado—. Señor, las
órdenes dejaban muy claro que no debíamos cuestionar, interferir ni
entrometernos en las actividades de lord Odo.
—Y no lo he hecho —dijo Drusan—. Mantener vigilada mi nave forma
parte de mi trabajo.
—Pero…
—Además, no sirvió de nada —continuó amargamente Drusan—.
Desprende bioseñales de cincuenta especies distintas, ocho de las cuales,
como mínimo, la computadora ni siquiera es capaz de identificar.
—Probablemente provienen de la máscara —murmuró Pellaeon,
recordando las series de ranuras paralelas que había en los pómulos curvados
de la máscara—. Pensé que las ranuras de las mejillas eran meramente
decorativas.
—Pues parece que están repletas de bioseñales —dijo Drusan—. Un tipo
listo, ¿verdad? Aun así, sea cual sea el motivo de su visita, debería ser breve y
podremos llevarlos rápidamente, a su nave y a él, de vuelta a donde los
encontramos.
—Siempre que no quiera que le llevemos a otro sitio —comentó Pellaeon.
—¿Para qué nos necesita? —replicó Drusan—. Tiene su propia nave y
piloto. Que se marche solo —exhaló ruidosamente—. Bueno, no tiene sentido
quedarnos de brazos cruzados mientras esperamos a que vuelva. Me voy a mi
camarote. Le sugiero que haga lo mismo, comandante.
—Sí, señor —dijo Pellaeon. Echó un último vistazo al horizonte y siguió
a Drusan de vuelta por la pasarela de mando.
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Sentado al timón de su carguero, Jorj Car’das siguió mirando fijamente al
horizonte de la luna, deseando ardientemente seguir en su autoimpuesto exilio
del resto del universo. Era evidente que Thrawn no le necesitaba allí. Tanto
como que el Emperador no lo quería allí.
Pero Thrawn había insistido. Car’das no sabía por qué. Quizá se sentía en
deuda con él. Quizá creía que le estaba haciendo un favor volviendo a
relacionarlo con los grandes y poderosos de aquella manera.
Car’das tampoco sabía por qué el Emperador no había protestado por su
presencia a bordo. Quizá tenía a Thrawn en tan alta consideración como para
perdonar las pequeñas rarezas de su acompañante. O quizá le divertía la
evidente incomodidad de Car’das.
Este no lo sabía. Y en realidad no le importaba. Nada.
—Para empezar, el campo de fuerza multifrecuencia que ha instalado
debería ser más que adecuado para proteger la construcción —dijo Thrawn,
señalando por encima del hombro de Car’das hacia la enorme esfera a medio
acabar que flotaba sobre la superficie de la luna—. Confío que el generador
cuente con fuentes de energía redundantes y un escudo-paraguas para
protegerla de un ataque orbital.
—Así es —confirmó el Emperador—. También hay varias guarniciones
completas en el bosque que rodea al generador.
—¿Hay habitantes en la luna?
—Primitivos solo —dijo desdeñosamente el Emperador.
—En ese caso, varias guarniciones son un gasto de recursos innecesario
—señaló Thrawn—. Yo recomendaría quemar cien kilómetros de bosque
alrededor del perímetro del generador y colocar una pequeña fuerza
mecanizada de AT-AT y vehículos de asalto pesados bajo el escudo-paraguas.
Con el apoyo puntual de tres o cuatro grupos de planeadores exploradores, el
resto de tropas y material podrían destinarse a otros puntos calientes del
Imperio.
—¿Está sugiriendo que convierta el generador en completamente
inexpugnable? —preguntó Palpatine.
—Creía que esa era la intención —Thrawn hizo una pausa y Car’das le
miró justo a tiempo para ver que el capitán entrecerraba los ojos—. A no ser
que le esté tendiendo una trampa a alguien, por supuesto.
—Por supuesto —dijo sosegadamente el Emperador—. Usted más que
ninguno de mis oficiales debería conocer la utilidad de una trampa bien
tendida.
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—Sin duda —coincidió Thrawn—. Una última recomendación, no
menosprecie en exceso a esos nativos que ha mencionado. En ocasiones
incluso los seres más primitivos pueden ser mortalmente eficaces.
—No supondrán ningún problema —aseguró el Emperador, desdeñando a
los nativos con un gesto de la mano—. No les gustan los forasteros. Ningún
forastero.
—Eso lo dejo a su criterio —dijo Thrawn.
—Sí —murmuró monótonamente Palpatine—. Bueno, percibo que quiere
pedirme algo. Hable.
—Gracias, Su Alteza —dijo Thrawn. Si estaba sorprendido o incómodo
porque el Emperador le hubiese leído la mente, su voz no lo demostró—. Se
trata de un señor de la guerra llamado Nuso Esva que ha conseguido un poder
considerable en las Regiones Desconocidas.
Palpatine lanzó un breve gruñido.
—A veces me pregunto si no dedica demasiada atención a esos confines
remotos, capitán.
—Fue usted el que me autorizó a realizar ese tipo de investigaciones —le
recordó Thrawn—. E hizo bien. La rebelión es una amenaza pero no es ni
mucho menos la más peligrosa que afronta el Imperio.
—En su opinión.
—Sí —aceptó Thrawn.
Se produjo una breve pausa.
—Continúe —le animó el Emperador.
—El señor de la guerra Nuso Esva se ha convertido en una de esas
amenazas —dijo Thrawn—. Posee una flota espacial inusualmente potente,
además de muchos mundos esclavos o tributarios que llegan hasta el Espacio
Salvaje y las fronteras del Imperio. Creo que ahora mismo planea extender su
influencia al espacio imperial.
—Supongo que es un alienígena —dijo Palpatine con desdén—. ¿Se le
puede comprar?
—No se le puede comprar, ni se puede negociar con él, ni aliarse —
explicó Thrawn—. Le he mandado varios mensajes sugiriéndole todas esas
opciones y las ha rechazado todas.
—¿Y qué le hace creer que desea extender su influencia al interior de mi
imperio?
—Ha iniciado una campaña contra algunos de los mundos de los confines
de los territorios que he pacificado —dijo Thrawn—. Su patrón habitual son
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los ataques relámpago contra los transportes o intentar sobornar de alguna
manera a los funcionarios de esos mundos.
—Todos los cuales son alienígenas —dijo Palpatine sorbiendo entre
dientes—. Ya le advertí que esos seres no pueden adaptarse a ningún tipo de
estructura política permanente. La historia de la República lo demuestra.
—Quizá —concedió Thrawn—. La cuestión es que Nuso Esva está
usando esos asaltos para atacar a mis fuerzas y los únicos objetivos que veo
que merezcan semejantes esfuerzos están en el espacio imperial. Obviamente,
esto no se puede tolerar.
—Pues ocúpese de él —dijo el Emperador monótonamente.
—Eso pretendo —aseguró Thrawn—. El problema es que mis fuerzas ya
están demasiado dispersas y comprometidas. Para asestarle el golpe definitivo
necesitaré un mínimo de seis destructores estelares más.
Car’das vio por el rabillo del ojo que el Emperador entrecerraba los ojos.
—¿De verdad cree que tengo seis destructores estelares desocupados,
capitán Thrawn?
—No se lo pediría si no fuese importante —dijo Thrawn sobriamente—.
No son solo los sectores fronterizos los que están en peligro. Hay indicios que
puede estar haciéndole insinuaciones a la rebelión.
—En ese caso quizá debería hablar con lord Vader —dijo el Emperador
—. Está particularmente interesado en la rebelión. Quizá él pueda
proporcionarle los destructores estelares que necesita.
—Excelente sugerencia, Su Alteza —agradeció Thrawn, inclinando la
cabeza—. Puedo hacer eso.
—Sería interesante oír lo que tienen que decirse ustedes dos —el
Emperador hizo un gesto con la mano—. Hemos terminado, piloto. Llévenos
de vuelta al Predominante.
—Sí, Su Alteza —dijo Car’das. Sujetó con fuerza el volante, realizó una
curva suave con la nave y se dirigió al destructor estelar que orbitaba a poca
distancia de ellos, preguntándose vagamente si Thrawn era consciente de
dónde se estaba metiendo.
Estar allí sentado con el Emperador y un par de guardias imperiales
silencioso a sus espaldas ya era bastante malo. Pero Vader era aún peor.
Desde Yavin todos los informes que Car’das había encontrado indicaban que
el apropiadamente llamado Señor Oscuro de los Sith era cada vez más oscuro.
La mera idea de pedirle algo, mucho menos seis destructores estelares, le
resultaba sencillamente inconcebible.
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No siempre había sido así. Antiguamente, Car’das había sido el líder de
una organización que se había extendido por toda la galaxia, una red de
contrabandistas y vendedores de información que había servido a todo el
mundo, desde los hutts hasta los niveles más altos de la corte imperial. El
propio Car’das había estado en los confines del espacio chiss con Thrawn,
antes de que las Guerras Clon hubiesen asolado la República. Había trabajado
con el joven comandante mientras destruía fuerzas más grandes que las suyas.
Más adelante, a medida que la organización de Car’das crecía, había tenido
muchas ocasiones de hablar directamente con algunos de los hombres más
poderosos del nuevo Imperio de Palpatine. En aquella época, presentarse ante
Darth Vader habría sido poco más que algo inusualmente interesante.
Pero todo aquello fue antes del encuentro casi fatal que había tenido con
el Jedi Oscuro. Antes de su enfermedad, debilidad e inminente muerte
anunciada. Antes de su abrupta decisión de abandonar su organización y
dejarla indefensa ante las luchas intestinas que probablemente la estaban
destruyendo en aquel mismo momento.
Antes de que se hubiese rendido… del todo.
Aun así, incluso con su pasado enterrado y el futuro desconocido que le
esperaba, Car’das pudo sentir un inesperado y poco grato destello de su vieja
curiosidad revolviéndose en su interior.
Era realmente interesante escuchar lo que Thrawn y Vader tenían que
decirse.
Pellaeon había vuelto a su camarote y había dormido unas seis horas hasta
que le despertó el zumbido insistente de su intercomunicador. Rodó sobre sí
mismo y pulsó la tecla.
—Aquí Pellaeon.
—Le habla el capitán —la voz de Drusan casi temblaba con una emoción
contenida—. Preséntese en el puente de inmediato.
El resto de oficiales de alto rango del puente ya estaban reunidos al otro
lado del turboascensor del puente posterior cuando llegó. Se abrió paso hasta
el frente, notando con incomodidad que el grupo incluía también a todos los
oficiales de la sala de motores que no estaban de servicio, a los comandantes
de los contingentes de cazas TIE, y a los soldados rasos y soldados de asalto
del Quimera. Pasase lo que pasase tenía que ser gordo.
Encontró a Drusan esperando rígidamente junto a una de las pantallas. Al
lado del capitán, en silencio e inmóvil, estaba lord Odo.
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—Ahora que estamos todos —dijo Drusan, mirando a Pellaeon—. Tengo
algo que anunciar. Hemos sido elegidos para tener el honor —puso un énfasis
ligeramente excesivo en esta palabra— de ser el transporte personal de lord
Odo en una misión especial.
Torció los labios.
—En esa misión, lord Odo estará al mando del Quimera —continuó—.
Confio en que todos respetarán su posición y le servirán con toda su
capacidad, esfuerzo y obediencia. ¿Alguna pregunta?
El primer oficial, el comandante Grondarle, carraspeó.
—¿Puedo preguntar por la naturaleza de esa misión? —preguntó.
—Es importante —dijo Odo monótonamente—. De momento es todo lo
que necesitan saber.
Se produjo un breve e incómodo silencio.
—¿Ordena algo, milord? —preguntó finalmente Drusan.
La mano de Odo asomó del interior de su capa con una tarjeta de datos en
sus dedos enguantados.
—Aquí está nuestro nuevo rumbo —dijo, ofreciéndole la tarjeta a Drusan
—. Nuestra primera parada será el sistema Wroona.
—¿Y qué hay exactamente en Wroona? —preguntó Grondarle.
—Comandante —reprendió Drusan en tono amenazante.
—No pasa nada, capitán —dijo Odo—. Hay un material especial que
necesitaré para llevar a cabo nuestra misión. Ese material está en Wroona. Y
como no va a venir hasta nosotros, tendremos que ir a buscarlo.
Grondarle entrecerró los ojos. Era demasiado listo para morder el anzuelo.
Pellaeon sabía que oficiales mejores que él habían sido destinados a
estaciones perdidas por reaccionar ante el sarcasmo de sus superiores.
—Sí, señor —contestó.
—Lleve esto a navegación —dijo Drusan, dándole la tarjeta de datos a
Grondarle—. Que se pongan en marcha en cuanto hayan introducido el nuevo
rumbo.
—Sí, señor —Grondarle recogió la tarjeta, avanzó por la pasarela a
medida que le abrían paso y cruzó el arco para entrar en el puente principal.
—Los demás, descansen —prosiguió Drusan, mirando al grupo—. Se
acerca el cambio de turno. No lleguen tarde.
Miró a Odo.
—A nuestro nuevo comandante no le gustaría —añadió.
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Pellaeon volvía a estar en su camarote cuando el Quimera realizó el salto a
velocidad luz. Pensó que aún le quedaba tiempo suficiente para dormir un par
de horas antes del siguiente turno.
Pero no consiguió conciliar el sueño.
Lord Odo no era humano. Eso estaba prácticamente garantizado por el
extraordinario esfuerzo que había hecho para camuflarse, con la máscara y la
confusa mezcla de bioseñales. Pellaeon no tenía nada en contra de los
alienígenas, de hecho había conocido y trabajado con unos cuantos a los que
respetaba mucho.
Pero el Emperador era distinto. Su opinión sobre los alienígenas era de
sobras conocida y, aunque estaba dispuesto a aliarse con ellos cuando servía a
sus propósitos, no había prácticamente ninguno en los puestos importantes de
la corte ni el ejército. La única excepción que Pellaeon conocía era el capitán
Thrawn, aunque lo mandaban frecuentemente a las Regiones Desconocidas
para alejarlo del Centro Imperial una temporada.
¿Y quién era Odo? Aquella era la pregunta que no cesaba de rondarle por
la cabeza. ¿Quién era y cuál era aquella misión lo bastante importante para
sacar al Quimera de sus labores de patrulla y ponerlo bajo el mando de un
alienígena?
Pellaeon no lo sabía y era evidente que el propio Odo no se lo iba a
explicar.
Aunque quizá hubiera otra manera. El Imperio, al fin y al cabo, era el
mayor depósito de información jamás conocido por el universo. Quizá Odo
había dejado algún rastro en algún sitio que pudiera seguir.
Se levantó, se puso una toga y fue a su escritorio. Encendió la
computadora y se comunicó por intercomunicador con el oficial de seguridad
de turno.
—Le habla el comandante Pellaeon —dijo cuando el oficial respondió—.
¿Dónde están lord Odo y su piloto?
—Lord Odo está en el puente —contestó el oficial—. Sorro está en el
camarote que comparten.
—¿Cuándo fue la última vez que Sorro salió de allí?
—Un momento… parece que cuando regresaron de su expedición
planetaria, fue al comedor de oficiales mientras Odo iba al puente.
—Lord Odo no come en el puente, ¿verdad?
—Hasta el momento no lo ha hecho —dijo el oficial—. Normalmente,
Sorro le lleva comida a su camarote.
—¿Algún tipo de alimento en particular?
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—Solo han hecho tres comidas, así que no puedo generalizar —informó el
oficial—. Pero hasta ahora han sido tres menús distintos. ¿Quiere una lista?
—Sí, envíemela —dijo Pellaeon. Los gustos de una persona en comida y
bebida podían ser pistas útiles para establecer su identidad—. Y dé orden
permanente de informarme siempre que Sorro abandone su alojamiento.
Imagino que el capitán Drusan ya le habrá pedido que los tenga controlados a
ambos.
—Sí, señor, así es.
—Bien. Siga con lo suyo.
Pellaeon apagó el intercomunicador y se quedó contemplando el espacio
un instante. Después, acomodándose en su asiento, empezó a teclear en su
computadora. En algún momento del camino que les había llevado a ganarse
la confianza del Imperio, alguien debía haberse cruzado con Odo, Sorro o la
Esperanza de Salaban.
Fuese dónde o cuándo fuese, Pellaeon pensaba encontrarlo.
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CAPÍTULO DOS
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—Ya está —anunció Han, sacando la sonda de la caja.
—Genial —dijo Luke.
Y con un repentino chasquido y siseo el filo azul blanquecino de su
espada de luz brilló en el estrecho conducto para tuberías.
—Eh… ¡Cuidado! —le espetó Han, apartándose del filo que flotaba
demasiado cerca de su cabeza y su brazo—. Te he dicho que ya está.
Por un instante el zumbido y brillo de la espada de luz siguió llenando los
oídos y ojos de Han. Después, para su alivio, el chico finalmente lo apagó.
—Creía que debía ocuparme de la alarma y la cerradura en cuanto
encontrases el empalme correcto —dijo, con un matiz levemente acusatorio
en la voz.
—Claro, si no te importa que todo el mundo sepa que alguien anda
jugueteando con una espada de luz por aquí abajo —replicó Han.
—Quizá crean que se trata de Vader.
—Qué gracioso —gruñó Han—. Mucha gente te ha visto por ahí con esa
cosa, ya lo sabes. Y no solo rebeldes. En cualquier caso, ya está… Le he
hecho un puente.
—Oh —dijo Luke. Cuando los ojos de Han se recuperaron del fulgor de la
espada de luz, vio un fruncimiento de incerteza en la cara del chico—.
Entonces, ¿qué hago aquí?
—Quizá Leia crea que no debo salir de noche solo —Han sacó su
comunicador y lo encendió—. Solo al habla —dijo, identificándose—. Tenéis
pista libre.
—Bien —respondió la voz de la princesa Leia Organa en un tono formal.
Pero Han podía leer aquel tono. Dijese lo que dijese, hiciese lo que
hiciese, estaba loca por él.
Estaba bastante seguro de ello, al menos.
—¿Y ahora qué? —preguntó Luke.
—Nos largamos —dijo Han, guardando las herramientas en su bolsa y
colocando la tapa de la caja de empalmes—. Solo espero que lo que buscan
haya merecido este esfuerzo.
—Y yo —dijo Luke—. Necesitamos desesperadamente una nueva base.
Han frunció el ceño.
—¿Buscan una nueva base? —señaló con la cabeza hacia el edificio que
tenían encima—. ¿Ahí?
—Sí —dijo Luke, aparentemente sorprendido—. ¿Leia no te lo ha dicho?
Es un centro de información minero, con registros de todas las minas
importantes de esta parte del Imperio.
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—Ya sé lo que es —dijo Han pacientemente—. Creía que estábamos
buscando cruceros pesados o cargueros de mineral potencialmente
requisables.
—Esa es la tapadera, claro —explicó Luke—. Pero solo es una pista falsa.
El verdadero plan es encontrar un puñado de lugares en los que se realizasen
actividades mineras y que hayan sido abandonados. Leia cree que…
—Sí, ya sé lo que cree —gruñó Han, limpiándose con aire molesto el
sudor de la frente—. Un lugar sin minería suele ser un lugar del que no hay
nada que merezca la pena llevarse, por lo que no interesa a nadie.
—Eso dijo —confirmó Luke—. Lo siento… Creía que ya lo sabías.
—Parece que no —Han señaló el conducto con el pulgar—. Vamos,
sigamos.
El trayecto de salida del conducto de tuberías resultó ser tan largo,
caluroso y polvoriento como el de entrada. Finalmente, llegaron al punto de
acceso.
—Lástima que Chewbacca sea demasiado grande para este túnel —
comentó Luke, gruñendo mientras levantaba la tapa de acceso y la apartaba,
lo que hizo que entrase una fría ráfaga de aire nocturno—. Si nos hubiese
acompañado él en lugar de Leia…
—Silencio —Han le interrumpió y se colocó junto a él. No muy lejos
pudo oír el silbido de un deslizador terrestre aproximándose—.
Escondámonos… escondámonos.
—¿Qué pasa? —preguntó Luke, apretándose contra un lado del túnel para
dejar pasar a Han.
—Una patrulla de seguridad —dijo Han, asomando la cabeza por la
abertura. La callejuela estrecha en la que estaban tenía unos doscientos metros
de longitud, estaba apretujada entre dos paredes sin ventanas e iluminada por
media docena de paneles lumínicos instalados sobre postes junto a los
edificios. El silbido lejano aumentaba de volumen, lo que significaba que la
patrulla de seguridad se acercaba.
La cuestión fundamental era si se dirigía al edificio que Leia y los demás
debían de estar abandonando justo en aquel momento o si se alejaba de ellos.
No tenían manera de saberlo. Pero no era momento de correr riesgos.
—Dame tu espada de luz —ordenó, saliendo por la abertura.
—¿Qué? —dijo Luke—. Pero…
—Dámela y sal de ahí —le espetó Han—. Necesitamos una maniobra de
distracción.
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A regañadientes, Luke sacó su espada de luz y la subió por la abertura.
Han se la arrebató de las manos y corrió hasta el poste lumínico más cercano,
mirando la empuñadura de la espada. Si lo recordaba bien, el botón activador
estaba justo allí…
El filo azul blanquecino apareció con su habitual chasquido-siseo. Sujetó
el arma con ambas manos, se aseguró de mantener el filo bien lejos de su
cuerpo y se detuvo junto al poste. Si era de diseño estándar, el cable de
energía debía ascender justo por el centro. Apoyó la punta del filo sobre el
poste y le dio un empujón firme.
Tras un pequeño destello amarillo y blanco, el panel lumínico que tenía
sobre su cabeza se apagó.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Luke.
—Llamando su atención —contestó Han, mirando por encima del
hombro. Seguía sin ver el deslizador terrestre, pero cada vez hacía más ruido
—. Vamos —añadió, alejándose del sonido con un trote vivo.
—Antes apaga eso y devuélvemelo —dijo Luke, que corría a una
distancia prudencial tras Han—. Nos vas a matar a alguno de los dos con eso.
—Lo tengo todo controlado —le tranquilizó Han.
—Dámela —repitió con firmeza Luke. Fue a alargar una mano pero
pareció cambiar de idea—. Vamos.
Han puso los ojos en blanco y desactivó el arma.
—Vale… Tú te ocupas del siguiente.
Ya había llegado y acababa de encender el arma cuando el deslizador
terrestre de seguridad apareció ante su vista al otro extremo de la callejuela.
—¡Han! —gritó Luke.
—Sí, los he visto —gruñó Han, desenfundado su bláster—. Apaga esa luz.
La respuesta fue otro chisporroteo al apagarse el panel lumínico que
tenían encima. Entretanto, el deslizador terrestre había entrado ya en la
callejuela y Han pudo ver cuatro hombres dentro del vehículo bajo la luz de
los paneles lumínicos restantes. Levantó su bláster y apuntó cuidadosamente
al borde delantero izquierdo del deslizador terrestre y disparó.
Con un gratificante crujido de metal y plastiacero, el deslizador se ladeó y
se oyó un breve y ensordecedor chirrido cuando rozó el permacreto. Los
cuatro ocupantes salieron despedidos cuando el vehículo hizo un giro brusco a
la izquierda y terminó estrellándose de frente contra el edificio de aquel lado.
—¡Vamos! —le ordenó Han a Luke, volviéndose y echando a correr hacia
el otro extremo de la callejuela. Si podían salir de allí antes de que aquellos
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hombres que tenían detrás se recuperasen y diesen la alerta tenían que poder
llegar hasta Leia y el aerodeslizador antes que sus refuerzos.
Estaban a medio camino de la otra punta de la callejuela cuando frente a
ellos apareció otro deslizador terrestre. Este dio unas leves sacudidas y se
detuvo, bloqueándoles el paso.
—¿Han? —murmuró Luke.
—Sí, sí —dijo Han, deteniéndose en seco y preguntándose qué iban a
hacer. Disparar al acoplador de potencia delantero, como con el otro, no
serviría de nada con aquella cosa ya parada y sus ocupantes en tierra.
Tampoco tenían dónde esconderse ni posible escapatoria.
A no ser que Luke abriese una puerta nueva con su espada de luz.
—Luke…
—No, a nuestra espalda —le cortó este.
Han se dio la vuelta. Su aerodeslizador había aparecido tras ellos, volando
sobre la callejuela con las puntas de sus alas estabilizadoras a pocos
centímetros de las paredes. Medio colgado de una de las puertas laterales, con
los brazos peludos estirados hacia ellos, estaba Chewie.
—Prepárate, chico —dijo Han. Corrió hacia la patrulla de seguridad, que
se había colocado tras su propio deslizador terrestre, realizó unos cuantos
disparos para mantenerlos ocupados y levantó el brazo izquierdo hacia el
cielo. Probablemente aquello iba a doler.
Al cabo de un instante, la mano de Chewie se cerró alrededor de su
antebrazo y lo levantó de un tirón del permacreto.
Luke lanzó un aullido ahogado cuando le agarraron de la misma manera.
Han apretó los dientes, entornó los ojos ante la repentina ventolera que le
daba en la cara y disparó dos veces más contra los guardias de seguridad. El
aerodeslizador flotaba sobre los guardias y su deslizador terrestre, y Han
sintió que se inclinaba hacia un lado cuando el piloto dobló bruscamente la
esquina del edificio. Se enfundó el bláster, cerró los ojos y se preguntó si Leia
pensaba hacer así todo el trayecto hasta el punto de encuentro.
Entonces su cuerpo salió bruscamente proyectado hacia delante porque el
piloto redujo la velocidad y Han sintió un vuelco en el estómago mientras
caían hacia el suelo. Sus pies tocaron el permacreto…
—¡Sube! —gritó Leia cuando Chewie le soltó el brazo a Han.
Diez segundos después volvían a estar en el aire, ahora con Han y Luke a
salvo y dentro del deslizador.
—¿De qué demonios iba todo eso? —preguntó Leia mientras Han se
frotaba un hombro.
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—Oí a una patrulla de seguridad —le contó Han—. Me pareció buena
idea que no supieran quiénes eran los invitados esta noche.
—Y, naturalmente, habéis decidido sacar los blásters a pasear —Leia
miró a Luke—. Y las espadas de luz.
—No lo entiendes, cariño —dijo Han con calma—. Vale, saben que
hemos estado en la callejuela. Pero gracias a nosotros no saben en qué
edificio estabais vosotros.
Leia abrió la boca… y la volvió a cerrar cuando pareció asimilarlo. Saber
en qué edificio del complejo habían entrado los intrusos reduciría
considerablemente las líneas de investigación que tendría que afrontar los
servicios de seguridad.
—Aun así, en esa callejuela solo hay cuatro edificios cuyas alarmas
puedas desconectar —dijo testarudamente.
—Pero no saben cuál de los cuatro es —repitió Han con paciencia—. Ni
vieron por qué puerta salíais.
La cara de Leia se ensombreció. Esta vez había perdido y lo sabía. Si los
servicios de seguridad hubiesen visto salir al equipo, no solo habrían sabido
en qué edificio concentrar sus pesquisas sino que también les habrían dado
alguna pista sobre la parte del edificio en la que habían estado. Ahora tendrían
que registrarlos todos de arriba abajo.
—Está bien… no es necesario que me lo agradezcas —dijo Han para
romper el tenso silencio que se había instalado—. Luke y yo formamos parte
del equipo.
Miró a Luke pero el chico estaba excepcionalmente quieto y silencioso.
De hecho, todos estaban igual.
Volvió a mirar a Leia y descubrió que le estaba dando la espalda y
mirando por una ventana lateral. También estaba quieta y silenciosa.
El viaje de vuelta al punto de encuentro estaba siendo mucho más largo de
lo que había sido el de ida.
Como mínimo el general Carlist Rieekan estaba feliz. Aunque a Han le traía
bastante sin cuidado.
—Excelente trabajo, princesa —dijo el general, inclinando la cabeza y
mirando con gesto de aprobación al resto del grupo congregado alrededor de
la mesa—. Lo han hecho todos muy bien. Con Vader pisándonos los talones,
necesitamos desesperadamente conseguir algo de espacio para darnos un
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respiro. Con suerte, alguno de los planetas de esta lista cumplirá nuestros
requisitos.
Recogió el puñado de tarjetas de datos y las toqueteó como si fuesen una
especie de poción mágica Jedi anti Vader.
—Eso es todo, de momento —concluyó—. Sus respectivos comandantes
les asignarán sus próximas misiones. Princesa Leia, Skywalker, me gustaría
hablar con ustedes un momento. El resto pueden retirarse.
Se oyó un arrastrar generalizado de sillas y pies mientras el equipo se
levantaba de la mesa e iba hacia la puerta. Todos excepto Leia y Luke, claro.
Y Han.
Aparentemente, Leia fue, tras Rieekan, la primera que se dio cuenta que
Han no hacía ningún ademán de marcharse. Le dedicó una mirada perpleja,
después un fruncimiento de ceño y finalmente una mirada amenazante. En
aquel momento, Luke también se dio cuenta de que Han no se había movido,
aunque solo pareció desconcertado. Chewie le dedicó una mirada del estilo
«qué-demonios-estás-haciendo» pero se marchó sin decir nada.
Rieekan, como era de prever, ni se inmutó. Esperó hasta que todos los
demás se hubiesen marchado para hablar.
—¿Algún problema, Solo? —le preguntó con calma.
—Me quedo para la reunión privada —dijo Han con la misma calma—.
Creía que formaba parte del equipo.
Rieekan asintió.
—Y así es.
—Pues adelante —invitó Han, cruzando los brazos frente al pecho.
Rieekan lo miró un instante en silencio. Después se levantó y le señaló
una puerta que había a un lado de la sala de reuniones.
—¿Nos disculpan un momento? —dijo—. Solo y yo tenemos que hablar
en privado.
Han había recibido suficientes reprimendas durante su etapa en la flota
para saber que aquella iba a ser una de primera clase. Pero, para su sorpresa,
Rieekan se limitó a cerrar la puerta y arquear las cejas.
—Muy bien —dijo—. Oigamos qué tiene que decir.
A Han le pareció que una pregunta directa merecía una respuesta directa.
—Nadie me contó cuál era la verdadera misión esta noche —contestó—.
No lo entiendo. Se me ocultó deliberadamente.
—¿Saber que estábamos buscando una nueva base habría modificado en
algo la forma en que ha realizado su parte del trabajo?
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—La mía probablemente no —admitió Han—. Pero podría haber variado
mucho la de Leia. Sé algo sobre explotaciones mineras y habría podido darles
algunas pistas.
—¿Como cuáles?
—Como alejarse de cualquier cosa que huela a hutt —dijo Han—. Y no
me refiero solo a lugares que lleven Hutt en el nombre. Tienen hasta quince
escondites distintos.
—Es bueno saberlo —dijo Rieekan, asintiendo—. Quizá pueda ayudar a
los analistas a examinar los datos, una vez recopilados.
—No se trata de eso —gruñó Han—. Si voy a formar parte de esto de la
rebelión necesito que me informen de lo que está pasando.
—Eso cree, ¿verdad? —preguntó Rieekan.
—Acaba de decir que formo parte del grupo —replicó Han—. ¿Qué tengo
que hacer? ¿Convertirme en oficial?
Rieekan le miró fijamente a los ojos.
—En esencia, sí.
Han le miró boquiabierto. La pregunta había sido un tercio retórica y dos
tercios sarcástica. La respuesta de Rieekan no había sido ninguna de las dos
cosas.
—Bromea.
—En absoluto —dijo Rieekan—. Estuvo en la flota… ya sabe cómo
funciona. Los rangos altos tienen toda la información y la autoridad
necesarias para tomar decisiones. Los rangos bajos solo saben lo
imprescindible para cumplir con las misiones que tienen asignadas.
—Genial —gruñó Han—. ¿Y cómo me gano las barras de oficial?
—También sabe cómo va eso —dijo Rieekan—. Para ser un líder hay que
liderar.
Han gruñó.
—Ahora vuela en círculos.
—En realidad no —replicó Rieekan—. Los rangos más bajos tienen
información y autoridad limitada, como le digo. Pero también su
responsabilidad es limitada. Los líderes no pueden permitirse el lujo de
quitarse las pulgas de encima.
—Ya he liderado equipos antes —le recordó Han—. En Shelkonwa, por
ejemplo. Luke, Chewie y yo lo hicimos bastante bien allí.
—Y también ha trabajado bien en equipo con la princesa Leia —coincidió
Rieekan—. Pero todas esas personas son sus amigos. Más o menos. Gente a la
que conoce y en la que confía. No son un grupo de soldados o pilotos cuyos
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talentos y flaquezas desconoce y no puede manejar. A los soldados hay que
ordenarles que entren en combate siendo plenamente consciente que algunos
de ellos, puede incluso que la mayoría, morirán.
Han sintió un nudo en el estómago.
—Sí. Es muy duro, ¿verdad?
—No es lo peor de todo —replicó Rieekan en voz baja—. Hay un viejo
dicho… no sé de dónde viene. Probablemente sea Jedi. Dice así: «las
decisiones de uno moldean el futuro de todos». ¿Lo había oído antes?
—Existen distintas versiones —dijo Han—. No dice gran cosa.
—Quiero decir que los verdaderos líderes son plena y permanentemente
conscientes de ello —dijo Rieekan—. Entienden las posibles consecuencias
de sus decisiones y están dispuestos a cargar con ese peso —arqueó una ceja
—. La cuestión es si usted está dispuesto a dar ese paso.
—¿Me está diciendo que quiere que sea un oficial y un líder? —preguntó
Han.
Para su leve sorpresa Rieekan no solo no se ofendió sino que incluso
lanzó una breve risita.
—Entiendo —reconoció—. He conocido oficiales que no eran líderes. Y
algunos líderes que no eran oficiales.
Sin ningún motivo en particular la mente de Han volvió a aquellos cinco
soldados de asalto desertores que les habían ayudado a Luke y él a sacar a
Leia de Shelkonwa. El jefe del grupo, LaRone, era sin duda uno de esos
líderes sin rango.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
Rieekan se encogió de hombros.
—Puede reflexionar al respecto —propuso—. Porque quiero que esté muy
seguro de que está preparado para asumir semejante compromiso.
Han asintió.
—Me parece lo más justo.
—Bien —dijo Rieekan—. Entretanto se me ocurre que puede tener un
papel en la misión que iba a contarle a la princesa Leia y a Skywalker. Le
invito a sentarse con nosotros y hacer cualquier comentario o sugerencia que
se le ocurra —hizo un gesto—. ¿Vamos?
Luke y Leia seguían sentados en silencio cuando Han y Rieekan volvieron
a la sala de reuniones. Una tercera persona se había unido al grupo, un
hombre de cara taciturna, probablemente veinte años más viejo que Rieekan,
con los hombros anchos, el pecho de un antiguo luchador sobre hielo y lo que
parecía una permanente curva descendente en las comisuras de la boca.
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Había ocupado, y quizá no era mera coincidencia, la silla en la que antes
estaba sentado Han.
—Ah… maestro Axlon —Rieekan saludó al recién llegado con una
educada inclinación de cabeza—. Gracias por venir.
—Disculpe mi tardanza —dijo Axlon, inclinando la cabeza también—. Mi
reunión con Mon Mothma duró más de lo esperado.
—No pasa nada —le tranquilizó Rieekan—. Permítame que le presente al
maestro Skywalker y al capitán Solo. A la princesa Leia ya la conoce, por
supuesto. Este es Vestin Axlon, antiguo gobernador del distrito Logarra de
Alderaan.
Han hizo una mueca. Un alderaaniano. No le extrañaba que tuviese
aquella expresión permanentemente agria.
—Encantado de conocerle, gobernador —dijo.
—«Maestro» Axlon, capitán Solo —le corrigió sombríamente Axlon con
un gesto aún más decaído en la boca—. De Alderaan. Seguro que se enteró de
lo de Alderaan, ¿verdad?
—Sí, me enteré —dijo Han, incómodo—. De hecho, fui el primero en
acudir hasta allí después de que Tarkin lo volase.
Leia se revolvió en su asiento.
—Han —murmuró amenazadoramente.
—No pasa nada, Su Alteza —aseguró Axlon, con la sombra de una
sonrisa haciendo que la curva de su boca ascendiese fugazmente—. Sí, ahora
recuerdo dónde había oído su nombre, capitán. Mis disculpas. Le debemos
muchísimo.
—Olvídelo —dijo Han. Como mínimo había alguien que se lo agradecía.
—Si es tan amable de sentarse, Solo —invitó Rieekan, señalando la silla
de al lado de Axlon.
—Claro —accedió Han, apartando la silla que había junto a Leia y
sentándose en ella—. ¿Qué está pasando?
—En realidad no estamos seguros —dijo Rieekan, sentándose de nuevo a
la cabeza de la mesa—. O se trata de una gran oportunidad o de una trampa
extremadamente obvia. ¿Maestro Axlon?
Axlon carraspeó.
—Hace unos días recibí un mensaje del gobernador Bidor Ferrouz del
sector Candoras —explicó—. Estoy seguro que un viajero curtido como el
capitán Solo conoce bien Candoras, pero para los demás es una región del
Borde Exterior que bordea con el Espacio Salvaje y las Regiones
Desconocidas. La República lo consideraba un baluarte contra las potenciales
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amenazas de esas dos zonas. Pero el Imperio… —hizo una mueca—, parece
que lo considera prescindible.
—Desde que llegó el mensaje del gobernador Ferrouz, hemos estado
trabajando con nuestras habituales fuentes de información, intentando
descubrir todo lo que podamos sobre la situación en la zona —dijo Rieekan,
pulsando una tecla de su tablero de control. La mesa de holorrepresentación
se activó, mostrando una porción del Borde Exterior y un sector pequeño e
irregular que bordeaba la zona vacía del Espacio Desconocido—. Como ha
comentado el maestro Axlon, Candoras está muy lejos de la vida y el
comercio del Imperio y dispone de una flota de sector formada por cuatro
acorazados anticuados y unas cuantas naves más pequeñas, además de otros
recursos muy limitados.
—Desgraciadamente, al parecer hay un señor de la guerra llamado Nuso
Esva que se dedica a hacer incursiones en sus territorios —explicó Axlon con
aire taciturno—. Según nuestras fuentes, Nuso Esva ya ha conquistado varios
sistemas en las Regiones Desconocidas y se está planteando añadir algo de
territorio imperial a la colección. Según parece, Candoras es el primer sector
imperial de su lista.
—¿Y qué tenemos que ver nosotros con eso? —preguntó Han.
—Tenemos que ver, capitán —dijo Axlon con firmeza—, porque el
gobernador Ferrouz nos ofrece un trato muy intrigante: una base completa
para la Alianza, con apoyo logístico adicional, muelles de amarre y uno de los
mejores depósitos naturales de provisiones de toda la galaxia…
—Un momento —interrumpió Luke, con los ojos como platos—. ¿Nos
está ofreciendo una base? ¿No un fondeadero ni un escondite sino una base?
—Eso dice —respondió Rieekan. Manipuló los controles y la holo amplió
una estrella y después un planeta doble que la orbitaba—. Este es el sistema
Poln, la capital de Candoras. Poln Mayor, el planeta más grande, es la sede
del gobierno. El más pequeño, Poln Menor, solía ser un centro minero-
manufacturero y, aunque su importancia ha menguado a lo largo de los años,
aún tiene una actividad relevante en ambos sectores productivos. Allí es
donde propone que instalemos nuestra base. Ya he confirmado que el sistema
tiene el suficiente tráfico de naves para camuflar nuestras idas y venidas.
—Poln Menor también cuenta con una red de cavernas profundas y minas
abandonadas —dijo Axlon—. Algunas se utilizan como almacenes pero hay
otras vacías que serían ideales para esconder nuestro material —hizo un gesto
con la mano—. Es el perfecto almacén de material. Algunas de las cavernas
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están justo debajo de la superficie pero hay otras lo bastante profundas para
ser completamente indetectables para cualquier escáner exterior.
—Parece idónea —dijo Leia—. ¿Y qué quiere el gobernador Ferrouz a
cambio de semejante generosidad?
—Según el mensaje, nada —contestó Axlon—. Nos asegura que
estaremos a salvo, protegidos por la flota de su sector, y que seremos más que
bienvenidos. También sugiere que planea independizarse del Imperio en un
futuro cercano y darle apoyo oficial a la Alianza.
Han gruñó.
—Como si no hubiésemos oído eso antes.
—Es verdad —admitió Axlon—. Y nadie está diciendo que debamos
creerle. La cuestión es que nos han ofrecido una base en la que, como
mínimo, tendremos muchísimas advertencias previas antes de recibir un
ataque importante.
—La pregunta es: ¿un ataque importante de quién? —preguntó Leia—.
Supongo que todos son conscientes que Ferrouz pretende disponer del arsenal
de la Alianza a mano para potenciar su defensa si ese tal Nuso Esva intenta
alguna maniobra contra ellos.
—O, como ha dicho, podría tratarse simplemente de una trampa —dijo
Luke—. Aterrizamos, aparecen cincuenta destructores estelares y nos atrapan
como ratas womp.
—Es una posibilidad, no hay duda —coincidió Axlon—. Pero quizá les
sorprenda oír que creo que es bastante poco probable. Nuestras fuentes dicen
que Ferrouz solicitó más naves de guerra a la flota imperial hará unos cuatro
meses y que nadie se molestó siquiera en responder a su solicitud. Todo
parece indicar que el Centro Imperial hace mucho que ha olvidado que
Candoras existe siquiera.
—Además, si quisieran tendernos una trampa tendrían lugares mejores
para hacerlo —comentó Leia—. Algún sitio con una flota de sector decente,
para empezar. Desplazar una fuerza de asalto hasta Candoras supondría
movilizar un montón de naves. Eso requeriría mucho tiempo y esfuerzo,
además de que sería bastante visible para nuestros espías.
—Bueno, entonces vamos allí y nos ataca Nuso Esva —dijo Han—. No
veo qué ganamos.
Axlon se volvió para mirarlo, con el ceño fruncido.
—Capitán…
—Ganamos en dos sentidos —le interrumpió Rieekan—. El primero, si la
presencia de las fuerzas de la Alianza hace que Nuso Esva se replantee sus
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planes de invasión ese riesgo desaparece por completo. Y el segundo, si Nuso
Esva ataca nuestras fuerzas podrían ayudar a Ferrouz a derrotarlo.
—¿Desde cuándo nos dedicamos a hacerle el trabajo sucio a la flota
imperial? —preguntó Han.
—Desde que el objetivo último de la rebelión es liberar la galaxia —dijo
Rieekan en un tono de forzada paciencia—. ¿Qué victoria sería derrocar a un
tirano para que lo remplazase inmediatamente otro?
—¿Tan poderoso es Nuso Esva? —preguntó Luke.
—No tenemos ni idea de lo poderoso que es —dijo Axlon—. Lo único
que sabemos es que el gobernador Ferrouz está claramente preocupado.
—Hablemos de Ferrouz un momento —intervino Leia—. ¿Qué sabemos
sobre él?
—Hace diez años se le consideraba un joven político prometedor, uno de
los más brillantes surgidos del Centro Imperial en la última década —explicó
Axlon—. Es joven, apenas ha llegado a la cuarentena, y tiene una mujer y una
hija de seis años. Según parece también es un excelente administrador —se
encogió de hombros—. Desgraciadamente eso es todo lo que sabemos.
—Por eso alguien tiene que ir a Poln Mayor a conocerlo personalmente —
dijo Rieekan—. Mon Mothma y yo creemos que un grupo pequeño podría
infiltrarse sin dificultades…
—Espere un momento —le interrumpió Han—. ¿Vuelven a enviar a Leia
a una situación de peligro?
—En realidad no —dijo Rieekan con calma—. El maestro Axlon se ha
ofrecido voluntario para ejercer de negociador.
Han miró a Axlon con la incómoda sensación de que la cubierta se hundía
bajo sus pies.
—Oh —dijo sin demasiada convicción.
—El plan original era llevarle hasta Poln Mayor en uno de nuestros
transportes —prosiguió Rieekan—. Pero ahora creo que usted y el Halcón
Milenario serán incluso una mejor opción.
—No es mala idea —dijo Axlon, mirando a Han pensativamente—. Con
el deterioro de la infraestructura minera de Poln Menor de los últimos años, se
han instalado un montón de contrabandistas y criminales de todo tipo en el
planeta. Pasará completamente desapercibido.
Han hizo una mueca. ¿La Alianza no conocía a ningún otro contrabandista
al que pudiese utilizar en aquellos asuntos? Abrió la boca para decirlo…
Y entonces vio la mirada de Rieekan. Una mirada fría y analítica que lo
escudriñaba.
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—Suena maravilloso —gruñó—. ¿Cuándo nos marchamos?
Rieekan se volvió hacia Axlon.
—¿Maestro Axlon?
—Me gustaría tener una breve conversación con Mon Mothma para
aclarar un par de cuestiones sobre hasta dónde podemos llegar en nuestras
negociaciones —dijo Axlon—. Podremos irnos en cuanto haya terminado.
—Bien —dijo Han y se puso en pie—. Voy a preguntarle a Chewie
cuánto tiempo necesita para preparar el Halcón —echó a andar y le dio una
leve palmada en el hombro a Luke al pasar camino a la puerta—. Hasta luego,
muchacho.
Ignoró por completo a Leia. Aunque probablemente ella no se dio cuenta.
La reunión había terminado y Luke avanzaba por un pasillo cuando oyó una
voz a su espalda diciendo su nombre. Se volvió y encontró a Axlon
acercándose apresuradamente hacia él.
—Me gustaría hablar con usted —dijo el anciano.
—Claro —accedió Luke frunciendo el ceño. Aún no se le daba muy bien
percibir los estados de ánimo y las emociones a través de la Fuerza pero,
incluso con sus limitadas facultades, Axlon le pareció una extraña mezcla de
calma gélida y pasión ardiente—. ¿Necesita algo?
—La verdad es que sí —dijo Axlon, deteniendo su trote—. Quiero que
venga a Poln Mayor conmigo.
—Agradezco la invitación —dijo Luke—, pero ya ha oído al general
Rieekan. Debo ocuparme de mis tareas como piloto de primera promoción.
—Eso sería malgastar por completo sus talentos —replicó socarronamente
Axlon—. La Alianza tiene hombres y mujeres de sobras capaces de pilotar
naves escolta —levantó un dedo—. Pero solo tiene un Jedi.
—Apenas soy Jedi —dijo Luke—. Aún no.
—Es lo más parecido que tenemos —insistió Axlon—. Eso lo convierte
en la persona que quiero junto a mí cuando me siente a negociar con el
gobernador Ferrouz. No para que me defienda sino por su perspicacia
psicológica.
—Si quiere perspicacia será mejor que le acompañe alguien como el
almirante Ackbar —dijo Luke—. Incluso Leia es mejor que yo en ese sentido.
—Ambos están ocupados con sus propias misiones —dijo con firmeza
Axlon—. No se preocupe, ya he hablado con el general Rieekan sobre esto…
por eso me he demorado. Dice que puede venir conmigo, si quiere.
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Luke frunció los labios. Aunque nunca lo diría en voz alta, no le
entusiasmaba lo más mínimo quedar al margen y organizar una escolta para el
primer destacamento de fuerzas de la Alianza que entrase en Poln Mayor.
Sobre todo después de que Han y Leia le hubiesen estado asignando misiones
mucho más interesantes. Acompañar a Axlon era una mejora, sin duda.
—Si al general le parece bien, por mí encantado. Supongo —contestó.
—Excelente —dijo Axlon—. Una cosa más, quiero que vaya a Poln
Mayor por su cuenta, independientemente del capitán Solo y yo. Como
comodín por si la oferta de Ferrouz no es lo que parece.
—Oh —dijo Luke. Su creciente excitación decayó considerablemente. A
pesar de los muchos achaques del Halcón siempre le gustaba viajar en él,
sobre todo cuando iba bien y Han estaba del correspondiente buen humor. Y
Chewie era una gran compañía—. En ese caso, ¿iré en otro de los cargueros
de la Alianza?
—No, no —dijo Axion—. Irá en uno de nuestros Cazacabezas Z-95.
—¿Un Z-95? —repitió Luke, sintiendo que los ojos se le abrían como
platos—. ¿No nos delatará?
—En absoluto —le tranquilizó Axion—. En esa parte de la galaxia se ven
muchos Z-95. Con un par de horas para quitar todos los distintivos de la
Alianza, cambiar el transpondedor de identidad por uno con una copia del
código contraseña que nos dio el gobernador Ferrouz y grabar el rumbo de
hipermotor, estará perfecto.
—Si usted lo dice —murmuró Luke, cada vez menos entusiasmado. Los
Z-95 de la Alianza tenían buenos hipermotores y, aunque no estaban
equipados con droides astromecánicos, tenían los ajustes necesarios para
realizar un viaje de ida y vuelta al sistema Poln.
Por su parte, los Ala-X no estaban diseñados pensando precisamente en
viajes de larga distancia y las cabinas de los Z-95 eran incluso más estrechas.
—Si cree que es realmente necesario.
—Lo es —dijo con firmeza Axion—. Pues trato hecho. Bien. No sé
cuánto necesitará el capitán Solo para preparar su nave pero no quiero que
llegue mucho después de nosotros.
—¿Después? —repitió Luke con el ceño fruncido—. ¿Ni siquiera
volaremos en convoy?
Axion negó con la cabeza.
—Como le he dicho, los Z-95 son bastante comunes pero suelen trabajar
para empresas de seguridad privadas que solo ofrecen escolta a cruceros y
otras naves de lujo —reflexionó un momento—. Además, quizá sería mejor
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que el capitán Solo no supiera que viene. Cuanta más libertad de movimiento
tenga, mejor.
Luke recordó la reacción de Han en el conducto de tuberías al descubrir
que Leia no le había contado la verdadera naturaleza de su misión.
—No sé si es buena idea —le advirtió—. A Han le gusta saber qué está
pasando.
—El capitán Solo es un soldado —dijo Axlon en un tono más frío—.
Sabrá solo lo necesario para cumplir con su parte de la misión. Ni más ni
menos.
—Claro, entiendo —dijo Luke—. Pero en el caso de Han…
—No tenemos tiempo para discutirlo —le interrumpió Axlon—. He
avisado a los mecánicos para que empiecen a eliminar los distintivos pero
imagino que querrá supervisar personalmente el proceso de cambio de
transpondedor. Buena suerte. Me pondré en contacto con usted cuando
estemos en Poln Mayor —sin esperar respuesta, le dedicó una inclinación de
cabeza seca y se marchó.
Luke lo observó, sobresaltado. A pesar de todas sus pegas aquella era una
misión claramente más emocionante que la que le habían asignado
originalmente y agradecía que Axlon se lo hubiese pedido. Pero a Han no le
iba a gustar nada sentirse engañado en dos misiones. Era muy probable que lo
dejase claro muy ruidosamente y con un bláster en la mano.
Y Luke pensó que Chewie no siempre era buena compañía.
Aunque Axlon tenía razón. Aquello era una guerra y todos debían
obedecer sus órdenes. Han lo superaría.
Esperaba.
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CAPÍTULO TRES
Era un hombre gordo con la cara roja que sudaba profusamente. El tipo de
sudor que solo puede provocar tener el cañón de un pequeño bláster de mano
a un metro de la cara.
Mara Jade había visto muchos hombres sudando de aquella manera.
Demasiados.
—Ya hay veredicto, juez Lamos Chatoor —dijo formalmente—. ¿Quiere
decir unas últimas palabras en su defensa?
—Solo que su supuesto veredicto es disparatado —dijo con dificultades
Chatoor—. Por una sola decisión dudosa, una sola, después de veinte años
como juez, ¿me condena a muerte?
Mara suspiró. El sudor era frecuente. Los argumentos apasionados e
interesados nunca faltaban.
—No me ha escuchado —dijo—. Una sola decisión habría llamado mi
atención sobre usted pero ese no es el motivo de su sentencia.
—Entonces, ¿qué he hecho mal? —preguntó Chatoor en un tono medio
inquisitivo, medio suplicante—. Me he esforzado en impartir la justicia del
Imperio lo mejor que sé en circunstancias muy difíciles que no he creado yo.
¿Cómo puede tenerme en cuenta un error de juicio ocasional?
Mara sabía que solo intentaba ganar tiempo, pero estaba dispuesta a
complacerlo. Aunque las pruebas eran claras y tenía la decisión tomada jamás
se tomaba aquellas cosas a la ligera.
—No estamos hablando de errores de juicio —dijo—. Estamos hablando
de cinco años de extorsión, robo y tráfico de influencias sistemáticos. Se ha
labrado una carrera paralela cobrando multas adicionales y recargos excesivos
que después desviaba hacia sus amigos y partidarios.
—Gente necesitada —insistió Chatoor—. ¿Acaso está mal que un juez
tenga amigos entre los menesterosos?
—Lo está cuando esa supuesta amistad se basa exclusivamente en el
intercambio de dinero y favores —dijo Mara. El destello de una sensación
parpadeó en un rincón de su mente. Dos hombres venían por la sala vacía del
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tribunal, acercándose sigilosamente hacia la puerta que tenía a su espalda—.
Eso no es amistad —prosiguió, cambiando sutilmente el peso para colocarlo
sobre su pie izquierdo—. Eso es connivencia delictiva.
—Pero no he hecho nada ilegal —persistió Chatoor—. Puede mirar los
registros, hable con los implicados…
Y justo en medio de la frase la puerta que había tras Mara se abrió y un
par de descargas de bláster salieron disparadas hacia su espalda.
Los disparos no alcanzaron su blanco. Mara ya había tirado su bláster,
dejándolo caer con un repiqueteo metálico sobre la mesa del juez, se había
dado la vuelta y había desenfundado su espada de luz. El filo magenta cobró
vida con su chasquido-siseo frente a ella, desviando las dos primeras
descargas contra las paredes.
Por desgracia para los pistoleros, siguieron disparando. Mara envió sus
siguientes descargas directamente de vuelta hasta sus respectivos pechos.
Esperó hasta que los dos hubieron caído al suelo. Después se dio la vuelta
apretando los codos contra el cuerpo y haciendo girar su espada con ella, justo
a tiempo para detener el desesperado salto de Chatoor desde el otro lado de su
mesa para intentar alcanzar el bláster de Mara.
Se quedó quieta un momento, con la punta de su espada de luz rozando
casi la garganta de Chatoor y la mano de este petrificada a apenas unos
centímetros de su bláster. El juez estaba blanco y tenía una expresión
retorcida por su miedo y rabia impotente.
—Para que conste —dijo Mara finalmente en un tono firme—, los
inocentes nunca intentan disparar por la espalda a un agente imperial.
—No ganarán —le espetó Chatoor con voz ronca—. Puede matarme,
puede matar a un centenar como yo, pero su querido Imperio está condenado.
Si no lo derriban los rebeldes, se derrumbará por su propia putrefacción
interna —clavó sus ojos en los de ella—. ¿Y dónde estará usted entonces, mi
arrogante y joven agente imperial? Su poder se habrá esfumado, sus
protectores estarán muertos o encerrados. Y no tiene ningún amigo.
Giró la mano extendida, poniendo la palma hacia arriba.
—Pero puedo ayudarla. Yo puedo ser su amigo. Perdóneme la vida,
déjeme conservar mi puesto y puedo ofrecerle un refugio en el que estará a
salvo cuando todo se desmorone alrededor de usted…
Con un giro de muñeca, Mara le atravesó el cuello con la espada de luz,
acallando su voz para siempre.
Se quedó parada un momento, mirando al cuerpo desplomado sobre la
mesa en la que se habían alcanzado tantos acuerdos sucios para robarle al
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Imperio sus legítimos bienes y a los ciudadanos del mismo su vida y libertad.
—En nombre del Emperador —dijo en voz baja.
Apagó la espada de luz, recuperó su bláster y se lo enfundó en la
cartuchera de su antebrazo. Después dio la espalda a aquel nuevo pedazo de
corrupción recién extirpado y se marchó.
Se cruzó con otras quince personas en el trayecto de salida del tribunal.
Todos la miraron al pasar, abierta o furtivamente.
Ninguno fue tan estúpido como para intentar detenerla.
Su aerodeslizador de alquiler la esperaba tranquilamente donde lo había
dejado, a tres manzanas de allí. Como su transporte, una lanzadera de clase
Lambda de Sienar muy modificada que había dejado en un campo apartado, a
doscientos kilómetros hacia el norte.
Estaba sentada ante la computadora de su alojamiento, rellenando su
informe, cuando oyó aquella voz familiar en su cabeza.
«¿Hija mía?».
Ella sonrió.
«Milord», contestó a la llamada silenciosa del Emperador.
«¿Y tu misión?».
«Completada», informó Mara. «Se ha impartido justicia».
«Excelente», dijo el Emperador y Mara pudo percibir su leve sonrisa de
satisfacción.
También percibió que tenía otra misión para ella.
«¿Y ahora?», preguntó.
«Una traición», llegó el pensamiento y pudo sentir que el Emperador
hacía una mueca oscura y siniestra. Una imagen centelleó en su mente, la foto
de un gobernador imperial sorprendentemente joven. Aliado con… ¿los
rebeldes?
Mara sintió que se le torcían los labios. Como el desagradable asunto del
gobernador Choard de Shelkonwa, tres meses estándar antes. ¿Acaso aquellos
políticos de alto rango no aprendían nunca?
«¿Cómo se llama?».
«Ferrouz, del sector Candoras», dijo el Emperador. «Ya he mandado los
datos».
Mara miró el panel del comunicador. La luz de descarga de la
computadora brillaba en color azul claro.
«Confirmado, milord».
«Pues ve para allá», le ordenó el Emperador. «Pero, te lo advierto… no va
a ser fácil».
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Mara no pudo evitar sonreír. Por supuesto que no sería fácil. Las tareas
fáciles se podían asignar a los militares o a los torpes matones del
Departamento de Seguridad Imperial, incluso a lord Vader y el enorme
arsenal del Ejecutor. Los trabajos duros, los trabajos sutiles… aquellos
estaban reservados para la Mano del Emperador.
«Confío en mi entrenamiento», dijo.
«Pues ve y administra justicia».
«Lo haré, milord», prometió Mara.
«Sí», dijo el Emperador, y Mara pudo ver otra vez aquella sonrisa.
«Volveremos a hablar. Adiós, hija mía».
Tras esto, la imagen de su sonrisa se disipó, su voz se apagó y su imagen
desapareció.
Mara se quedó un momento sentada e inmóvil, aferrándose a aquel último
destello de su cara. En cierto aspecto el discurso agónico del juez Chatoor
había contenido parte de verdad. Mara en realidad no tenía ningún amigo.
Pero así estaba bien. Tenía su trabajo, la aprobación y respeto del
Emperador y la certeza absoluta de estar haciendo lo correcto. La amistad era
un lujo que no necesitaba.
El último rayo de la presencia del Emperador se disipó en la oscuridad del
espacio. Mara respiró hondo, dio la espalda a su computadora y pulsó una
tecla para descargar los datos.
Empezó a ojearlos someramente, registrando en su memoria los puntos
importantes. Después los leyó más detenidamente, estudiando cada detalle
que el Emperador había considerado oportuno enviarle. Después, para
asegurarse, se lo volvió a leer todo.
El Emperador tenía razón. Aquello no iba a ser fácil.
Un rugido en su estómago le recordó que no había comido desde que
había salido del tribunal del juez Chatoor, quince horas antes. Se levantó, fue
a la despensa y sacó un paquete de costillenas glaseadas.
Mientras metía las costillenas en el cocinador pensaba que si Ferrouz
tramaba independizarse del Imperio lo estaba haciendo bien. La flota de su
sector, aunque ridiculamente pequeña, se había dispersado por varios sistemas
distintos cercanos a Poln, donde nadie podría aniquilarla en su conjunto pero
donde podían reaccionar rápidamente a cualquier amenaza contra su capital.
Exactamente lo contrario de lo que había hecho con los contingentes de
soldados de asalto del sector, a los que había concentrado principalmente en
Poln Mayor para potenciar la defensa de sus sistemas de comunicaciones y
del propio palacio del gobernador.
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Y después estaba la otra mitad de aquel planeta doble, Poln Menor. Lo
bastante grande para disponer de su propia atmósfera marginal, plagado de
minas, en activo o abandonadas, almacenes, talleres de mantenimiento y
centros de trabajo enormes. Si se veía muy presionado, y si podía cruzar el
espacio que separaba los dos mundos, Ferrouz podría resistir allí durante
años.
Otros lo habían hecho. Poln Menor era célebre por ser el hogar de
centenares de contrabandistas y otros criminales que, a pesar de años de
esporádicos esfuerzos imperiales, no habían logrado desalojar. Puede incluso
que Ferrouz tuviese contactos con algunos de aquellos grupos, pensando en la
posibilidad de que lo apoyasen en un combate o como mínimo de esconderse
tras ellos si las cosas se ponían feas.
Poln Menor también era clave para cualquier trato que pudiese estar
negociando con la Alianza Rebelde. Dentro de aquellas minas abandonadas
podía esconderse un pequeño ejército, junto con una considerable fuerza de
asalto de naves pequeñas lista para lanzarse contra cualquier fuerza que el
Emperador enviase ante la intentona independentista de Ferrouz. Entre los
rebeldes y su propia flota de sector, Ferrouz quizá querría demostrar su
capacidad de causar demasiados problemas a pesar de su insignificancia, en
particular en su ubicación tan remota en los confines del Imperio.
Y, finalmente, para añadirle un poco más de interés, Poln Mayor también
se había convertido en hogar de docenas de distintas especies no humanas,
muchas de ellas grupos desconocidos que aparentemente habían llegado desde
el Espacio Salvaje y las Regiones Desconocidas y se habían asentado en la
capital y sus alrededores. La parte del DSI del informe de Mara advertía que
algunos de aquellos alienígenas podían ser mercenarios contratados por el
gobernador. Aunque resultase ser falso, la mera presencia de alienígenas
desconocidos, con sus peculiaridades y temperamentos desconocidos, siempre
añadía una capa adicional de riesgo a una operación sobre el terreno. Ferrouz
era lo bastante listo para saberlo y explotarlo en su favor.
Como mínimo ahora entendía por qué el Emperador la había elegido para
aquella misión. Alguien tenía que entrar discretamente en Poln Mayor, llegar
hasta Ferrouz y deshacerse de él antes que pudiese activarse ninguna defensa
o respuesta. El probable sucesor de Ferrouz, el general Kauf Ularno, era el
típico comandante militar sin nada de imaginación, pero el DSI lo definía
como inquebrantablemente leal y seguro que era capaz de recuperar el control
de la capital y expulsar a cualquier rebelde que Ferrouz hubiese podido atraer
hasta allí.
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El cocinador emitió una señal, Mara sacó la bandeja y la llevó de vuelta a
la mesa. La dejó junto a la computadora y buscó la sección del mapa del
informe.
El primer paso, obviamente, era llegar al sistema Poln. La nave que usaba
en aquel momento era capaz de hacer el viaje pero no era muy buena idea
llegar a Poln Mayor en una lanzadera imperial. Su primera acción, entonces,
sería hacerse con una nave más discreta.
Una vez sobre el terreno, el siguiente paso sería entrar en el palacio del
gobernador. Teniendo en cuenta todos los soldados de asalto adicionales que
Ferrouz había ido concentrando allí quizá le resultaría útil llevar algunos con
ella, tanto para labores de reconocimiento como posible tapadera.
Sintió que le temblaba el labio y mordió un trozo de carne caramelizada
del hueso de la costillena. En aquellos años había trabajado con fuerzas
imperiales, por supuesto, muchas veces. Pero eso no significaba que le
hubiese gustado. Comandar aliados temporales suponía revelar al menos en
parte su identidad, aunque solo fuera al definirse vagamente como agente
imperial. Aquellas revelaciones la hacían automáticamente más vulnerable.
Peor aún, recurrir a una guarnición local o un fondeadero de la flota
suponía emplear lo que tuviesen, fuesen soldados buenos y competentes o
perezosos e inútiles. Elegir unos cuantos soldados de asalto al azar en
aquellos tiempos era aún más complicado, dada la costumbre de Vader de
analizar periódicamente sus filas y transferir los mejores y más brillantes a su
Legión 501 personal.
Por otra parte, había un grupo de soldados de asalto con el que Mara ya
había trabajado. Un grupo que había demostrado ser capaz, competente y
fiable. Un grupo que tenía hasta su propio transporte de aspecto destartalado.
El inconveniente era que aquellos soldados de asalto en particular eran
desertores.
Tras dar otro bocado, entró en uno de sus archivos privados de búsqueda.
En Shelkonwa, tras los desagradables sucesos con el gobernador Choard, les
había dicho a LaRone y a los otros cuatro soldados de asalto que abandonasen
el planeta, se escondieran en algún sitio y no se metieran en líos.
A lo primero habían obedecido. Al resto no.
Repasó la lista de rumores que su motor de búsqueda había extraído de las
vastas redes de información del Imperio, con solo los últimos tres meses. En
un sitio había desaparecido un señor de la guerra y había terminado su control
sobre una campiña aterrorizada. En otro se había reiniciado repentinamente la
actividad comercial de una colonia granjera y manufacturera después de que
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un nido de piratas fuese arrasado por un incendio de causas desconocidas. En
otra parte un administrador regional había dimitido repentinamente y las
angustiosas quejas de los ciudadanos contra él habían dejado de llegar a la
administración del sector.
Pequeñas injusticias. De aquellas que se colaban demasiado a menudo
entre los resquicios de la gigantesca maquinaría gubernamental. Todas
reparadas, normalmente de un día para otro, acompañadas siempre de
rumores sobre una avanzadilla de soldados de asalto que demostraba que el
Imperio por fin se estaba tomando el problema en serio.
Y siempre cerca de cada uno de aquellos incidentes, sepultado e ignorado
en las voluminosas pilas de los registros de amarre, había estado presente un
transporte Suwantek TL-1800. Siempre con una identidad distinta, por
supuesto, pero siempre la misma nave.
La autodenominada Mano del Juicio seguía viva y coleando, dejando su
particular estela entre los criminales y tiranos de la galaxia.
Mara había seguido los movimientos del grupo desde Shelkonwa con
sentimientos decididamente encontrados. Había contrastado su historia sobre
cómo y por qué habían desertado de sus puestos y por lo que había visto más
o menos encajaba, aunque muchas pruebas clave las habían enterrado o
destruido los especialistas en encubrimiento del DSI. Se había planteado
convocar a LaRone y los demás para ofrecerles un juicio justo y la posibilidad
de volver al servicio imperial, que en definitiva era para el que los habían
entrenado y habían jurado servir… un servicio que necesitaba
desesperadamente hombres de su talento.
Por otra parte, el DSI estaría sediento de venganza y Mara sabía que, con
las distracciones inherentes a su trabajo, no podía garantizarles siquiera un
juicio justo, mucho menos su absolución. Y debía admitir que LaRone y sus
compañeros habían encontrado su propia manera, un tanto informal, de
expandir la justicia imperial por la galaxia.
La cuestión de qué debía hacer con ellos a largo plazo seguía sin tener
respuesta. Pero a corto plazo lo tenía mucho más claro.
La iban a acompañar a Poln Mayor. Les gustase o no.
Aún faltaba encontrarlos, por supuesto. Para hacerlo Mara tenía su
computadora, sus habilidades predictivas y el historial de los movimientos
recientes de LaRone.
Y lo más importante, tenía la Fuerza.
Terminó de rebañar la carne de la última costillena y dejó la bandeja a un
lado. La última noticia que tenía de la Mano del Juicio los situaba en medio
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de una pequeña disputa relacionada con el agua en la provincia Griten del
planeta Hapor. Tomando Hapor como centro, buscó un archivo de solicitudes
y quejas ciudadanas, además de informes militares y policiales. Tras unos
minutos de búsqueda por parte de la computadora y otros más de lectura por
su parte, Mara los tuvo reducidos a tres posibles opciones.
Respiró hondo y se proyectó hacia la Fuerza.
No había pasado mucho tiempo con los renegados pero aquel breve
período se había forjado con el ardor del combate contra enemigos mutuos.
En lo más profundo de su ser, entendía a aquellos hombres, tenía una
percepción indescriptible pero clara de su manera de pensar y actuar. Y
mientras contemplaba las tres posibilidades, dejando que su mente se
concentrase en aquellas misiones y las imágenes multidimensionales de los
cinco soldados de asalto, una de las noticias se colocó lentamente en primer
plano.
Ya los tenía.
Volvió a respirar hondo, dejando que el foco de su mente se abriera,
permitiendo la entrada de las suaves brisas del sistema de ventilación del
transporte, de la frialdad del panel de control bajo sus manos, del delicado y
persistente olor de las costillenas. Se levantó, fue hacia la cabina y tecleó la
secuencia de arranque. El pequeño mundo de Elegasso, donde se habían
amañado descaradamente unas elecciones locales, era el destino más lógico y
la intuición le decía que sería el siguiente objetivo de LaRone. El planeta
estaba bastante lejos pero su nave tenía un hipermotor mejor que la media y
debía poder llegar en uno o dos días. Era muy poco probable que LaRone
pudiese llegar, evaluar la situación, urdir un plan y ocuparse de los políticos
corruptos en tan poco tiempo.
Lo único que tenía que hacer era llegar a Elegasso, ponerse cómoda y
esperar. Hiciesen lo que hiciesen, antes o después, la Mano del Juicio
terminaría topándose con ella.
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—Sigo vivo, si te refieres a eso —gritó LaRone—. ¿Qué demonios les
pasa a esos tipos? ¿Acaso no saben que los soldados de asalto siempre ganan?
—Hay gente que solo aprende por las malas —intervino Taxtro Grave—.
¿Alguno de vosotros puede ver cuánto queda de la fuente? Creo que allí es
donde tienen el bláster de repetición pero no consigo un blanco limpio.
Ignorando las descargas de bláster que iban martilleando incansablemente
la pared que tenía delante, LaRone asomó la cabeza para echar un vistazo. Y
pudo ver claramente el repetidor sobresaliendo tras una de las losas de piedra
rotas.
—Veo el cañón del arma, nada más —informó y se volvió a agachar—.
Está en el extremo sur, entre la fuente y la gran losa rota.
—Si es así, debería tener al artillero en mi ángulo de tiro —dijo Marcross
—. ¿Alguno de los dos puede reducir la lluvia de disparos que me está
cayendo encima?
—Créeme que lo intento —le aseguró LaRone, estremeciéndose al ver
que otro pedazo enorme de pared volaba por los aires y rebotaba contra el
hombro de su armadura—. Estos tipos de por aquí disparan como si tuvieran
una mina de tibanna para ellos solos.
—Igual que los de aquí —dijo Grave—. Sería el momento perfecto para
que Brightwater o Quiller hiciesen una aparición espectacular.
—Vosotros dos, ¿me escucháis? —gritó LaRone—. ¿Brightwater?
¿Quiller?
La única respuesta fue una nueva ráfaga de disparos de los mercenarios.
Los dos miembros restantes del grupo debían de estar fuera del alcance de los
comunicadores.
O muertos.
LaRone mostró los dientes al gruñir, asomando tras su refugio para lanzar
unos cuantos disparos más. No estaban muertos. No podían estarlo. Solo se
estaban tomando su tiempo para traer refuerzos, nada más. Desde la izquierda
llegó un repentino crujido de mampostería y oyó gruñir a Marcross al mismo
tiempo que la caseta desde la que disparaba se le desmoronaba encima.
LaRone abrió la boca para llamarle y asegurarse que estaba bien.
No dijo nada, sus oídos se agudizaron entre el intenso ruido de los
blásters. Alguien gritaba a lo lejos. Alguien o algo. El volumen del grito
aumentó.
Y con la aparición más espectacular que LaRone habría podido soñar,
Brightwater y su moto deslizadora Aratech 74-Z asomaron sobre la colina que
tenían detrás, con el cañón colgante de la moto escupiendo muerte y
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destrucción contra aquellos mercenarios. La lluvia de disparos que se habían
concentrado en LaRone flaqueó cuando algunos de ellos se asustaron o
desviaron la atención hacia aquella nueva amenaza…
Se oyó el estruendo de un bote de gas tibanna al romperse y el silbido del
repetidor se apagó abruptamente.
—¡Le di! —gritó Marcross.
Brightwater pasó volando sobre sus cabezas, girando y dando bandazos
para esquivar las descargas enemigas. LaRone volvió a asomar de su refugio,
colocó su E-11 BlasTech en automático y masacró las posiciones de los
mercenarios.
Seguía intentando atraer sus disparos para cubrir a Brightwater, que estaba
peligrosamente cerca de caer abatido, cuando un rugido ensordecedor se
impuso sobre los ruidos de la batalla. LaRone miró a la izquierda y vio que su
carguero Suwantek TL-1800 trucado se alzaba sobre las ruinas de la vieja
ciudad, con sus cañones láser pesados brillando en el cielo matutino y
masacrando las posiciones enemigas.
La estática se detuvo abruptamente cuando el cañón encontró el
distorsionador de comunicaciones.
—Quiller, ¿qué tienes? —gritó LaRone, levantando la cabeza para tener
mejor visión.
—Todos los blancos que un hombre podría querer —respondió con
tensión Joak Quiller desde la Suwantek—. Tío, ahí detrás tenéis un verdadero
hormiguero, ¿verdad?
—Ni te lo imaginas —coincidió LaRone—. ¿Puedes ocuparte de ellos?
—Por supuesto —dijo Quiller—. No se puede decir que estén
precisamente preparados para este tipo de potencia de fuego. Deberíamos
haber empezado por esto.
LaRone hizo una mueca. De haberlo hecho la Suwantek habría alertado
inmediatamente a los mercenarios de que aquella no era una unidad de
soldados de asalto estándar, con material y armamento estándar. Una
conclusión que LaRone habría preferido ahorrarse.
Aquello significaba que ahora sus compañeros y él no tenían más elección
que terminar aquel trabajo. Del todo.
—Tú asegúrate de hacerlo —le dijo sombríamente a Quiller—. De hacerlo
todo.
O Quiller captó el repentino cambio en el tono de LaRone o había llegado
a la misma desagradable conclusión por su propia cuenta.
—Entendido —dijo—. Agachaos.
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Afortunadamente, o eso le pareció a LaRone, aquella banda particular de
mercenarios no parecía interesada en sobrevivir si eso equivalía a rendirse.
Para cuando LaRone y los demás pudieron salir por fin de sus castigados
refugios, los cincuenta mercenarios ya habían muerto.
Y hacía mucho que deberían haberse marchado de allí.
Una hora estándar después, habiendo escapado apresuradamente de la
ronda de agradecimientos de los granjeros que habían recuperado sus tierras y
vidas, los cinco soldados de asalto se marchaban a bordo de la Suwantek.
—Bueno, ha sido divertido —comentó Quiller desde el timón mientras el
cielo se disipaba alrededor de ellos, pasando del azul al azul oscuro y de este
al negro estrellado.
—Si tú lo dices —gruñó Grave mientras se ponía un parche para
quemaduras en el brazo. LaRone se dio cuenta que era el quinto, y esos eran
solo los que se veían—. Otra armadura a la basura. Mi tercera en dos meses,
por si alguien lleva la cuenta.
—Eso es porque insistes en apuntar completamente quieto —dijo
Brightwater—. Hazme caso, las motos deslizadoras son lo mejor.
—Sí. ¿Y cómo le va a tu armadura? —contestó Grave.
—No está para un desfile —admitió Brightwater—. Pero sigue entera.
—Por poco tiempo —dijo Grave.
—Como las de todos —intervino Marcross—. LaRone, no podemos
seguir así. Nos están volando las armaduras trozo a trozo, se nos acaba el gas
tibanna, las granadas y más cosas, y el chirrido que hace la deslizadora de
Brightwater significa que también hay algo a punto de averiarse.
—Es el acople del pedal del acelerador —dijo Brightwater—. Ya lo he
reparado dos veces.
—Y la otra moto deslizadora tampoco está mucho mejor, ¿verdad? —
preguntó Marcross.
Brightwater se encogió de hombros.
—Un poco. No mucho. Y debería añadir que el montón de créditos que el
DSI tuvo la amabilidad de dejarnos a bordo de la nave empieza a agotarse.
—Como las identidades de nave —añadió con reticencia Quiller—. Las
quemamos como si fueran promesas de un hutt.
—Aunque no nos estuviéramos quedando sin identidades, ni todas las de
la galaxia nos servirían si hay suficiente gente capaz de relacionar esta nave
con nosotros —dijo Marcross—. No hay tantas Suwantek volando por esta
parte de la galaxia.
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—Lo sé —dijo LaRone, con un dolor en el corazón que no tenía nada que
ver con las quemaduras de sus brazos y pecho.
Desde que habían abandonado sus puestos a bordo del destructor estelar
Represalia (seguía siendo incapaz de usar la palabra desertado, ni siquiera
mentalmente), sus compañeros y él habían estado librando una cruzada
personal contra el mal y la corrupción en aquel rincón de la galaxia.
El hecho de que hubiesen sobrevivido hasta entonces se debía en parte a
sus habilidades de combate, pero también en una porción considerable a la
suerte que habían tenido al hacerse con una nave tapadera del Departamento
de Seguridad Imperial al escapar del Represalia. Gracias a las enormes
mejoras en el armamento de la Suwantek realizadas por el DSI y a sus alijos
de material y dinero se habían podido enfrentar a todas las injusticias que
habían encontrado por el camino. Mercenarios, bandas de motoristas, bases
piratas… nada de todo aquello había podido detener a la Mano del Juicio.
Pero sus compañeros tenían razón. El final se acercaba. Cuando las
provisiones y el dinero se terminasen estarían acabados. No tendrían más
remedio que hacer lo que la agente imperial Jade les había ordenado tres
meses antes en Shelkonwa: esconderse y no meterse en líos.
Y su cruzada privada por la justicia habría terminado.
—Esto no significa que pensemos correr hacia las cápsulas de salvamento
—dijo Quiller, interrumpiendo sus pensamientos—. Aún nos quedan cinco
identidades sin utilizar y probablemente podamos reciclar algunas de las
viejas, las que usamos hace más tiempo.
—Eso no servirá con las armaduras —comentó Marcross—. ¿Qué nos
queda? ¿Un par de armaduras por cabeza?
—Y las dañadas —dijo Brightwater—. No sé vosotros pero yo creo que
podría remendar otra con pedazos y retales de ellas.
—Podríamos hacerlo —admitió LaRone—. Pero no se trata de eso, en
realidad. Se trata de que por mucho que alarguemos nuestros recursos, todos
vemos claramente ante nosotros el final del camino.
Nadie habló durante un rato.
—Ha estado bien —dijo Grave finalmente—. No me arrepiento de nada.
—Ni yo tampoco —le secundó Brightwater—. En estos meses hemos
ayudado a mucha gente que padecía.
—Me atrevería a decir que mucha más de la que ayudamos como
soldados de asalto oficiales —murmuró Marcross.
—Totalmente de acuerdo —dijo Quiller—. Bueno, ¿cuál es el plan,
LaRone? ¿Nos olvidamos de esas elecciones amañadas de Elegasso y
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empezamos a buscar un sitio para escondernos?
—Detesto la idea de pasar por alto algo tan flagrante —murmuró Grave
—. Es un mundo bastante pequeño y en esencia solo son políticos armados.
Debería bastar con asomar con nuestras armaduras para asustarlos, hacerlos
recular y que se convoquen unas nuevas elecciones.
—Que pueden volver a amañar —comentó Brightwater.
—Lo dudo —dijo Grave—. Un BlasTech E-11 apuntado a la cara
mientras un soldado de asalto te advierte que a partir de ahora estará vigilando
tu ética política puede resultar extremadamente convincente.
—Aunque no vayamos a vigilarlos —dijo Marcross—. Claro que ellos eso
no lo sabrán.
—Grave tiene razón —decidió LaRone—. Creo que podemos ocuparnos
de eso antes de retirarnos.
—¿Y qué hay de lo de la cerámica que te comenté? —preguntó
Brightwater.
LaRone se rascó la mejilla. Lo de la cerámica era una información que
había oído un granjero de boca de un primo que vivía en otro mundo. Un
pequeño grupo de artesanos pobres había encontrado un terreno de una arcilla
exótica y única, y por fin había conseguido ganarse bien la vida creando unas
esculturas asombrosas.
Se la habían ganado hasta que el gobierno local se había enterado del
negocio y había decidido controlarlo en su propio beneficio. Como los
burócratas no tenían ni un gramo de talento artístico, la solución fue convertir
a los genuinos escultores en esclavos.
LaRone no sabía nada de arte e incluso menos de escultura, pero sabía
mucho sobre la codicia y la opresión y no le gustaban ninguna de las dos.
Como a ninguno de sus cuatro compañeros.
—No veo por qué no podríamos ocuparnos de ambas cosas —le dijo a
Brightwater—. Pickerin está a solo unas horas de Elegasso y queda más o
menos de camino.
—En Pickerin también hay una base de datos imperial decente —
intervino Quiller, mirando su pantalla de datos—. Quizá podamos infiltrarnos
después de soltar a los escultores, para sacar algunas ideas sobre dónde
podemos… ya sabéis.
—¿Desaparecer en algún lugar tranquilo del universo? —sugirió
Brightwater.
—Algo así —dijo LaRone—. Quiller, pon rumbo a Pickerin. Si vamos a
dejarlo, dejémoslo a lo grande.
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El campo de aterrizaje al que los dirigieron en Pickerin era casi el más
pequeño y aislado que LaRone había visto nunca. Pero estaba a solo unos
kilómetros del pueblo en que los artesanos esclavizados producían sus
estatuas bajo las armas de sus opresores. Quiller aterrizó la Suwantek, dejó
los sistemas en reposo y bajó la rampa de embarque para los agentes de
aduanas, que llegaron con el habitual cuestionario breve y un montón de tasas
de amarre.
LaRone esperaba en lo alto de la rampa con las últimas documentaciones
falsificadas en la mano cuando el aire se llenó de un gas frío de olor acre.
—¡A cubierto! —gritó LaRone y fue a sacar su bláster mientras se
lanzaba hacia los mandos de la rampa.
Quedó inconsciente antes de llegar hasta ellos.
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CAPÍTULO CUATRO
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—Pero eso no tiene sentido —insistió Drusan—. Alguien con el título de
«lord» acompañando su nombre debería estar en el nivel más alto. Sin
embargo, me está diciendo que no es así. Entonces, ¿de dónde sale
exactamente ese título?
—Puede que de alguno de los sistemas más pequeños —dijo Pellaeon—.
Algunos son muy aficionados a los títulos y ese tipo de boato.
—Es posible —Drusan bajó aún más la voz—. ¿Qué opina de él,
comandante? ¿Cree que es de fiar?
—Creo que mi opinión es bastante irrelevante, señor —dijo Pellaeon con
cautela—. Es evidente que alguien que manda se fía de él.
—Es posible —repitió Drusan—. Bueno, supongo que tendremos que
esperar a ver cómo se desarrollan los acontecimientos. ¿Están terminados los
informes de vigilancia?
—Creo que sí, señor.
—Bien —Drusan se dio la vuelta y miró el puente principal.
Pellaeon seguía intentando encontrar algo interesante en el sistema Poln
cuando la puerta del turboascensor volvió a abrirse y la figura enmascarada de
lord Odo entró en el puente de mando.
—Comandante Pellaeon —dijo, saludándolo brevemente mientras se
volvía a mirar la pasarela de mando y las estrellas que llenaban el ventanal—.
He dado órdenes de marcharnos en cuanto la Esperanza de Salaban estuviese
a bordo.
—La demora ha sido decisión mía, milord —dijo Drusan, apareciendo
bajo el arco del puente—. Quería asegurarme de que su expedición había
tenido éxito antes de abandonar la región.
—Lo ha tenido —le aseguró Odo secamente.
—¿Han subido a bordo el material que necesitaba? —insistió Drusan.
—Así es —dijo Odo—. Hable con el timonel.
Drusan pareció ponerse rígido.
—Timonel —gritó—. En marcha hacia el nuevo rumbo. Active el
hiperimpulsor.
—A sus órdenes —respondió el timonel débilmente. Al otro lado del
puente, las estrellas se convirtieron en líneas y el Quimera partió hacia su
nuevo destino.
—Gracias —Odo se acercó al capitán lentamente y se detuvo apenas a
unos centímetros de él—. Capitán, la próxima vez que dé una orden —dijo en
voz baja pero con severidad— espero que se cumpla.
Drusan torció los labios pero no se movió del sitio, no reculó ni un paso.
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—Entendido, milord —dijo.
Odo se quedó allí plantado un momento y después volvió su máscara
hacia Pellaeon.
—Creo que su turno ha terminado, comandante Pellaeon —dijo—. Puede
dedicarse a sus otras tareas.
Pellaeon miró a Drusan. Técnicamente solo el capitán tenía autoridad para
mandar retirar de su turno a un oficial de alto rango del puente.
Pero Drusan parecía haber tenido suficientes enfrentamientos por aquel
día. Balanceó la cabeza una vez y después hizo un gesto microscópico hacia
el turboascensor.
—Sí, milord —dijo Pellaeon. Pasó con una premura ligeramente excesiva
junto a la figura enmascarada, fue hacia el ascensor y escapó de allí.
Ya casi estaba en su camarote cuando su comunicador emitió un pitido.
—Comandante, le habla el teniente Tibbale, oficial de seguridad de turno
—se identificó su interlocutor—. Es respecto a su orden permanente. Quería
informarle que el piloto de lord Odo acaba de salir de su camarote y que ahora
mismo está en el comedor de oficiales.
—Gracias —dijo Pellaeon. Apagó el comunicador, se lo guardó y
modificó el destino del turboascensor.
Odo le había dicho que se ocupase de sus otras tareas. Y esas tareas
podían incluir el almuerzo.
Los distintos comedores del Quimera estaban siempre muy ajetreados en
la primera hora posterior al cambio de turno pero el atuendo civil de Sorro le
hacía destacar entre la multitud. Estaba sentado a solas en una mesa para dos
situada contra el mamparo trasero. Pellaeon se abrió paso entre la gente y
llegó hasta él.
—Buenos días, maestro Sorro —dijo—. ¿Puedo unirme a usted?
Sorro levantó la vista de su bandeja y a Pellaeon le pareció que las arrugas
que rodeaban sus ojos se le marcaban un poco más.
—Era comandante Pellaeon, ¿verdad? —preguntó monótonamente.
—Sí —confirmó Pellaeon—. ¿Puedo sentarme?
Los ojos de Sorro miraron las manos vacías de Pellaeon y después su cara.
—Si quiere información sobre nuestra misión tendrá que hablar con lord
Odo. Yo solo soy el piloto.
—Y yo solo soy el tercer oficial del puente —le recordó Pellaeon—. La
coordinación de la misión es tarea del capitán Drusan, no mía. Solo quería
hablar con usted un momento.
Sorro negó con la cabeza.
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—Lo siento. No estoy de humor para compañías.
Volvió a concentrarse en su comida. Pellaeon no se movió de donde
estaba y Sorro, tras unos cuantos bocados más, volvió a levantar la vista hacia
él.
—¿No me ha oído? —gruñó—. Márchese.
—Esta es mi nave, maestro Sorro, no la suya —le recordó Pellaeon—.
¿De qué tiene miedo?
—¿Quién ha dicho que tenga miedo? —replicó Sorro—. Le he dicho que
no me apetece tener compañía.
—Pues ha elegido el trabajo equivocado —dijo Pellaeon—. Llevar un lord
imperial a bordo de un destructor estelar siempre es garantía de tener mucha
compañía.
Sorro se lo quedó mirando unos segundos. Pellaeon no apartó la vista,
completamente quieto y en silencio.
Sorro lanzó un suspiro y bajó los ojos.
—Dicen que la paciencia es una virtud, comandante —dijo, señalando la
silla que tenía al lado—. Como la perseverancia. ¿De qué quería hablarme?
—De nada misterioso ni inquietante, se lo aseguro —dijo Pellaeon
mientras se sentaba—. Básicamente quería preguntarle si los están tratando
bien, a usted y lord Odo. Sus camarotes, por ejemplo… ¿Les resultan
satisfactorios?
—Lord Odo no se ha quejado —contestó Sorro—. No son mejor ni peor
de lo que se podría esperar en una nave de guerra.
—Aunque supongo que no son a lo que lord Odo y usted están
acostumbrados, ¿verdad? —sugirió Pellaeon.
Sorro miró su bandeja.
—He visto cosas peores —murmuró—. No puedo hablar por lord Odo.
—Ah —dijo Pellaeon—. Disculpe. Creí que era su piloto permanente.
Sorro negó con la cabeza.
—En mi vida ya no queda nada permanente —dijo en voz baja—. Nada
estable —abrió su mano derecha y se miró la palma como si allí hubiera una
clave o un recuerdo que solo él podía ver—. Nada agradable.
—Lo siento —dijo Pellaeon—. ¿Así que lord Odo solo le ha contratado
para este trabajo?
Sorro torció los labios.
—Podría decirse que sí —se miró la mano un segundo más y la cerró en
un puño lleno de arrugas—. ¿Alguna vez lo ha perdido todo, comandante
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Pellaeon? No… déjelo, es una pregunta estúpida. Por supuesto que no lo ha
perdido todo.
—No, todo no —dijo Pellaeon—. Pero he perdido mucho.
—¿Qué? ¿Ascensos? —se burló Sorro—. ¿El último helado de la cantina?
—Batallas —dijo monótonamente Pellaeon—. Subordinados.
Compañeros. Amigos.
A Sorro se le hizo un nudo en la garganta.
—Sí, puedo imaginármelo —dijo, señalando el uniforme de Pellaeon—.
Pero como mínimo tiene claras sus prioridades —abrió la mano y volvió a
mirársela—. No todo el mundo puede decir lo mismo.
—No, es verdad —coincidió Pellaeon—. Pero nunca es tarde para que un
hombre reconozca sus defectos y cambie.
Sorro negó con la cabeza.
—Ojalá fuese verdad. Pero no lo es. No siempre.
—Sí lo es —dijo con firmeza Pellaeon—. Allí donde hay vida, hay
esperanza de cambio.
Sorro gruñó.
—Por favor. Los clichés nunca han resuelto nada.
—No, si se quedan en clichés —dijo Pellaeon—. Tienen que conducir al
arrepentimiento, la determinación y la acción.
De repente las charlas del comedor que los rodeaban se disiparon en un
silencio tenso. Pellaeon frunció el ceño y alzó la vista. Lord Odo estaba en la
puerta y su cara enmascarada estaba mirando a Pellaeon y Sorro.
—Milord —dijo apresuradamente Sorro poniéndose de pie.
Odo hizo un gesto leve y Sorro se detuvo y volvió a sentarse.
—¿Puedo ayudarle en algo, lord Odo? —preguntó Pellaeon, puesto en pie.
—Me cambian de camarote, comandante Pellaeon —anunció Odo. Si le
molestaba haber encontrado a uno de los oficiales del Quimera conversando
en privado con su piloto no se pudo percibir en su voz—. Quería que Sorro
me echase una mano.
—Por supuesto, milord —dijo Sorro, volviendo a ponerse de pie.
—Pero puesto que está en pleno almuerzo —prosiguió Odo cordialmente
—, quizá pueda ayudarme usted, comandante.
Pellaeon titubeó. Cargar con cajas y material no era tarea de los oficiales
de alto rango. Seguro que Odo era plenamente consciente de ello.
Por otra parte, aquella podía ser su mejor oportunidad de echarle un
vistazo a las cosas que Odo había subido a bordo del Quimera. Además de la
oportunidad de hablar con él en privado.
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—Sería un honor, milord —aseguró, apartándose un paso de la mesa.
—Excelente —dijo Odo y giró la máscara ligeramente—. Sorro, cuando
haya terminado vaya al puente. Allí le dirán dónde está su nuevo camarote.
Pellaeon esperó a estar en el pasillo con Odo para volver a hablar.
—¿Puedo preguntarle qué problema tenía con su camarote anterior?
—Ninguno —le aseguró Odo—. Ahora que nos dirigimos a nuestro
destino final ya no necesitamos acceso rápido a la Esperanza de Salaban, así
que deseaba estar más cerca del puente. El capitán Drusan nos ha dado un
nuevo camarote allí.
Pellaeon sintió un nudo en el estómago. Los únicos camarotes disponibles
cerca del puente eran para dignatarios de visita oficial: gobernadores de
sector, grandes moff o agentes imperiales especiales como Darth Vader.
—Seguro que se ajustan más a sus gustos —murmuró.
—Seguro —dijo Odo—. ¿Qué opina de él?
Pellaeon frunció el ceño.
—¿De quién?
—De mi piloto, claro —dijo Odo—. Le ha estado interrogando, ¿verdad?
—En absoluto —dijo apresuradamente Pellaeon—. Tiene gracia porque le
estaba preguntando si sus camarotes les parecían satisfactorios.
—Claro —dijo Odo—. Quizá haya notado su profunda infelicidad.
—Es difícil pasarla por alto —admitió Pellaeon—. ¿Qué le pasó,
exactamente?
—¿No se lo ha contado?
—Solo algunos indicios vagos —dijo Pellaeon—. Me ha preguntado si
alguna vez lo había perdido todo. ¿Qué perdió?
—Lo que le ha dicho, todo —Odo dio unos cuantos pasos en silencio—.
Dígame, comandante, ¿conoce el dicho «las decisiones de uno moldean el
futuro de todos»?
—Sí, diría que sí —dijo Pellaeon—. Es Jedi, ¿verdad?
—Puede que los Jedi se lo apropiasen —dijo Odo—. Pero originalmente
proviene de la Canción de Salaban. En esencia quiere decir que las decisiones
que cada uno tomamos afectan a todos los que nos rodean. Amigos, familia,
conocidos… incluso a completos extraños. ¿Me pregunta qué le pasó a Sorro?
Esto es lo que le pasó: tomó malas decisiones… muchas. Y eso le hizo perder
todo lo que tenía de valor en la vida.
—Lo lamento —murmuró Pellaeon—. ¿Y qué va a hacer ahora?
—Eso es asunto suyo —dijo Odo—. Espero que decida luchar por
recuperarlo —fue hacia la puerta del camarote—. Es aquí.
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El anterior camarote de Odo formaba parte de los alojamientos para
oficiales de bajo rango y disponía de dos camas, un aseo y unos pocos
muebles pequeños. Las cinco maletas de viaje que la tripulación del Quimera
había traído desde la Esperanza de Salaban estaban apiladas sobre un carro
repulsor flotante en el centro de la habitación.
Y en el centro del grupo de maletas había dos cosas nuevas: un par de
cilindros de un metro de largo y unos quince centímetros de grosor con unas
largas asas para colgárselos incorporadas. El material especial que, al parecer,
Odo había traído de Wroona.
Este se acercó al carro y sacó los cilindros de entre el resto de cosas.
—Usted guiará el repulsor, comandante —dijo, señalando los mandos.
—Como desee, milord —contestó Pellaeon mientras ponía en marcha el
carro—. Puede dejar eso, si quiere —añadió, señalando con la cabeza los
cilindros que había recogido—. El repulsor puede con todo esto.
—Lo sé —dijo Odo, metiendo los brazos por las asas—. Sígame.
El resto del viaje hasta la sección de mando lo hicieron en silencio. La
mayor parte de oficiales de rango bajo con los que se cruzaban parecían
ligeramente perplejos al ver a un oficial del puente conduciendo un carro
repulsor, pero nadie dijo nada. Los tripulantes, por su parte, ignoraban
deliberadamente aquel extraño desfile, como si no fuera con ellos.
Un suboficial solitario fue lo bastante valiente o concienzudo para
ofrecerle ayuda y, aunque Odo la rechazó, Pellaeon se aseguró de memorizar
su cara y su sector. Pronto se abriría el siguiente período de ascensos por
recomendación de los oficiales.
Como había previsto, Odo le condujo hasta la suite para dignatarios que
había a dos pasillos del puente. Lo que no esperaba era que el capitán Drusan
les estuviese esperando.
—Lord Odo —dijo el capitán y lanzó una mirada extraña a Pellaeon
mientras le hacía una reverencia a Odo—. Le agradezco que haya cambiado
de camarote. Estoy seguro que este le resultará más que satisfactorio.
—No lo dudo, capitán —contestó Odo, echando un vistazo a la
habitación, demorándose un instante en el tablero de monitores que el
ocupante podía usar para supervisar la práctica totalidad de los sistemas del
Quimera—. El comandante Pellaeon ha tenido la amabilidad de ayudarme
con la mudanza.
—Ya veo —dijo Drusan, dedicándole la misma mirada extraña—. Le
habría asignado un tripulante con mucho gusto.
—Ha sido un placer echarle una mano —aseguró Pellaeon.
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—Sí —murmuró Drusan, bajando la mirada desde la cara de Pellaeon al
puñado de maletas del carro—. Pero estoy seguro que ahora ya podemos
ocuparnos nosotros. Puede retirarse.
—Sí, señor —Pellaeon inclinó la cabeza hacia Odo—. Lord Odo.
Al cabo de un minuto estaba en el turboascensor, de vuelta al territorio de
los oficiales. Normalmente era su hora de comer, leer un poco e irse a dormir.
Pero aquel día la comida y el sueño podían esperar. De repente su cerebro
bullía con distintas posibilidades.
Aún no sabía quién o qué era lord Odo pero por fin tenía una idea de
dónde buscar.
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—Sí —confirmó Han, apretando los dientes. Cuatro días viajando juntos
en un diminuto carguero ligero, cuatro días en los que aquel tipo había
conseguido ponerle de los nervios, le habían dejado con una poderosa
necesidad de abrir la escotilla para dejar entrar aire fresco. O quizá para
encontrar un pedazo de vacío conveniente y arrojar a su pasajero al espacio.
Axlon era educado pero tenía una sutil arrogancia que no igualaba ni Su
Adorabilísima princesa Leia. Hacía preguntas obvias e irritantes y siempre
parecía creer que Han debería estar más que contento de poder
respondérselas. Era un ávido pero inepto jugador de sabbac y cada vez que
perdía era evidente que creía que Han había hecho trampas. Hasta cuando no
las había hecho.
Pero aún peor era lo que bullía tras los ojos de aquel hombre. Allí había
un remolino de ira, tenacidad y nerviosismo, en una combinación fluida y
siempre cambiante que hacía perder los estribos a Han. Ya había conocido
antes tipos con aquella personalidad y normalmente solían terminar
expulsados por la fuerza de alguna cantina o algún planeta.
O alguien se los cargaba.
Chewie también lo había percibido pero el gran wookie era demasiado
educado para mencionarlo siquiera. Aun así, Han había aprendido hacía
tiempo que si algo preocupaba a Chewie era mejor estar atento.
Chewie volvió a murmurar un rugido.
—¿Qué? —preguntó Han, saliendo de su ensoñación.
Chewie repitió el comentario y señaló la pantalla de los sensores traseros.
Han frunció el ceño. El wookie tenía razón… allí atrás había un Z-95,
medio minuto por detrás del Halcón y unos veinte grados a estribor.
Aún quedaban muchos Z-95 rondando por la galaxia, sobre todo allí, en la
periferia, donde los servicios de seguridad no podían permitirse cargueros
más modernos o no querían poner en peligro material más costoso. Y estaba
claro que la nave no llevaba distintivos de la Alianza.
Pero venía en un vector bastante parecido al del Halcón, aunque aquellos
veinte grados de diferencia significaban que el piloto intentaba disimular que
venía en aquel vector.
Y había algo en la manera de manejar el carguero del piloto que le
recordaba poderosamente a Luke.
Han notó que entrecerraba los ojos. Rieekan le había dicho que Luke iba a
ocuparse de liderar a los cazas que acudirían más tarde. Pero no se podía decir
que Rieekan tuviese un historial impoluto en lo que se refería a mentiras. Han
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recordó que cuando se habían despedido de Luke con Axlon, el chico había
sido muy vago sobre lo que iba a hacer durante las siguientes semanas.
Chewie gruñó.
—Sí, sí, ya le veo —dijo Han.
—¿A quién ve? —preguntó Axlon, con una premura ligeramente
excesiva.
—Chewie tiene dudas respecto a la Golan —dijo Han, virando
distraídamente el Halcón hacia la derecha. Si de verdad era Luke, no querría
que se le acercase lo suficiente para poder mirarle directamente por la
cubierta de la cabina.
Evidentemente, cuando Han apenas había empezado a reducir la distancia,
el Z-95 viró hacia la misma dirección que el Halcón, con la misma velocidad.
Mascullando entre dientes, devolvió el Halcón a su vector original. Esta
vez el Z-95 no intentó copiar su maniobra, sino que continuó virando hacia
estribor como si el piloto lo tuviese pensado desde el principio. Ni siquiera
Luke era tan inexperto en aquellas lides para permitir que se notase que estaba
siguiendo todos los pasos del baile del Halcón. Sobre todo cuando estaba
claro que intentaba mantener en secreto su presencia. De hecho, lo intentaban
él, Rieekan y todos los demás.
¿Incluido Axlon?
—Así que estamos solos nosotros tres, ¿eh? —comentó Han—. ¿Tres
personas contra toda una guarnición imperial?
—Oh, por favor —se burló Axlon—. No va a pasar nada de eso. ¿No lo
entiende? El gobernador Ferrouz quiere que estemos aquí. No hará nada que
pueda poner en peligro el acuerdo.
—Sí —masculló Han—. Claro.
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CAPÍTULO CINCO
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—Casi todos —confirmó Jovial—. Reconozco que no parecen gran
cosa…
—Quítales eso —le cortó Voz Fría—. Quiero que me vean mientras les
explico cuatro verdades.
—No estoy seguro de que sea muy buena idea —le advirtió Jovial—.
Puede que no lo parezca pero apuesto que se pondrán muy parlanchines
cuando lleguen al destino de este viaje solo de ida.
—Quizá tú tengas algo que ocultar, Doss —dijo Voz Fría—. Yo no.
Quiero mirarles a los ojos.
—Bien —accedió Jovial con un suspiro—. Tú mandas. Kinker, Shippo…
ya le habéis oído.
Se oyeron unos pasos y una luz apagada brilló repentinamente en los ojos
de LaRone después de que le quitaran la venda. Entornó los ojos bajo la luz
un instante, hasta que se adaptaron a ella.
Estaban en una especie de despacho, probablemente del edificio de
aduanas que había visto desde la Suwantek cuando descendían. El lugar era
típico en campos de aterrizaje de aquellas dimensiones: pequeño y un tanto
decrépito, con un par de mesas de escáneres, dos escritorios y paredes con
estanterías y armarios de material. Como mínimo la mitad de las estanterías
que LaRone podía ver estaban vacías y sospechaba que la mayoría de
armarios estarían igual.
Cuatro hombres los miraban desde el otro lado de la habitación. Un tipo
grande con pinta de malo y mechones marrones y blancos en el pelo estaba
sentado relajadamente ante una de las mesas con escáner. Plantado
rígidamente junto a él había un hombre algo mayor en una túnica oscura y
pantalones a juego. Los restantes dos tipos, que debían de ser Kinker y Shipp,
estaban a ambos lados con cuatro vendas colgando de las manos. En la otra
punta de la habitación, un tercer guardia holgazaneaba junto a la única puerta
visible del edificio.
LaRone sintió que se tensaba cuando algo le llamó la atención. ¿Kinker y
Shippo llevaban cuatro vendas en las manos?
Miró a los lados, intentando parecer distraído. Tenía a Marcross sentado a
la derecha, con las manos esposadas a la espalda, como LaRone. A la derecha
de Marcross estaba Quiller. Y a la izquierda de LaRone estaba Grave.
Brightwater no estaba por ninguna parte.
—Tienes razón, Doss, no parecen gran cosa —dijo el que parecía el jefe
con su voz fría mientras miraba a los soldados de asalto—. ¿Tenéis un líder?
Marcross se estremeció junto a LaRone.
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—Sí, soy yo —dijo LaRone—. ¿Y usted quién es?
—¿Qué? ¿Ni siquiera sabéis cómo me llamo? —replicó el otro—. ¿Venís
a este sector para derrocarme y ni siquiera sabéis cómo me llamo?
—Claro que lo sabemos —dijo con calma Marcross—. Usted es Bok
Yost, recién elegido para el puesto de canciller del distrito Skemp de
Elegasso.
LaRone reprimió una sonrisa, la vergüenza eclipsó momentáneamente el
silencioso temor del final que les esperaba a todos. Debería haber reconocido
a Yost instantáneamente, aunque no llevase el atuendo oficial de su cargo,
con el que le habían visto en todas las holos.
—Así es —dijo Yost—. Recién y legalmente elegido.
—He dicho que lo eligieron —le corrigió cordialmente Marcross—. No
he dicho que fuese legal.
—Te advertí sobre estos idiotas —murmuró Doss—. Siempre tan rectos.
—¿Verdad que sí? —dijo Yost en un tono cada vez más frío—. Veo que
intentar explicarles cuatro verdades sería una completa pérdida de tiempo.
—¿Verdades como que si le pagas a alguien lo suficiente por marcharse
terminará haciéndolo? —sugirió LaRone.
—Exacto —dijo Yost con una leve sonrisa—. Pensaba ofreceros una
suma considerable para que os pasaseis a mi bando. Es evidente que sois muy
competentes… la lista de Doss sobre vuestras proezas de los últimos meses lo
deja meridianamente claro. Pero ahora veo que sería una pérdida de tiempo.
Supongo que la única cuestión es qué vamos a hacer con vosotros. ¿Doss?
—Eso es lo más fácil —dijo Doss con su tono alegre de siempre—. Lo
único que tienes que hacer es llamar a la guarnición de Pickerin y
entregárselos. ¿He olvidado mencionarte que son desertores del ejército?
—Pues sí —gruñó Yost, mirando a LaRone con un renovado brillo en los
ojos—. Me preguntaba dónde habrían robado los equipos de soldado de
asalto.
—Pues ya lo sabes —dijo Doss—. Así que activa tu comunicador y llama
a la guarnición.
Yost resopló.
—No seas ridículo. Ahora soy un funcionario gubernamental. No puedo
hacer eso.
Doss dedicó una mirada confundida a Yost.
—Claro que puedes —dijo—. El hecho de que lo seas dará más peso a los
cargos que…
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—Ser funcionario no me permite recibir recompensas por la entrega de
desertores.
Doss dejó de fruncir el ceño.
—Ah, No, supongo que no. ¿Y me imagino que quieres la mitad?
—Quiero dos terceras partes —le corrigió Yost—. Tus hombres y tú
podéis quedaros el resto.
—¿Qué? ¿Un tercio entero para nosotros? —dijo Doss con sarcasmo—.
Muy generoso por tu parte.
—No seas desagradecido —le advirtió Yost—. No olvides que soy yo el
que identificó el peligro y se inventó ese ridículo rumor de la cerámica para
hacerles morder el anzuelo. De hecho, estoy siendo demasiado generoso.
Sobre todo teniendo en cuenta que también cobrarás tus elevados honorarios.
Los dos tipos se quedaron mirando un instante.
—Sea lo que sea —intervino LaRone en el tenso silencio—, le pague lo
que pague, Doss, le damos el doble.
—Cállate —gruñó Doss—. Bien. Un tercio de la recompensa más
nuestros honorarios. Y podemos quedarnos con su nave.
—Trato hecho —Yost miró a LaRone—. Bueno, subámoslo a tu nave y
vayamos a despertar a los imperiales.
—No será necesario —dijo débilmente una voz desde algún punto a la
derecha de LaRone—. Ya estamos despiertos.
LaRone giró la cabeza hacia la voz. Había una joven entre las sombras,
junto a una hilera de polvorientas taquillas de almacenaje, a veinte metros de
ellos. Tras ella había una taquilla abierta, como si hubiese estado allí
escondida todo aquel rato. Llevaba una túnica de campesina sobre unos
pantalones anchos y unas botas bajas, con una capa con capucha coronando su
rústico atuendo. La capucha estaba echada sobre la cara, cubriendo su pelo y
ocultando su mitad superior.
Los tres guardias de Doss sacaron sus blásters con una sincronía
impresionante.
—¿Qué se supone que significa esto? —preguntó Doss mientras las tres
armas se alzaban para apuntar a la mujer—. ¿Quién es usted? ¿Qué hace
aquí?
—Usted es Mikhtor Doss, ¿verdad? —preguntó ella, dando un paso hacia
Doss y Yost—. He leído sobre usted y sus mercenarios —inclinó la cabeza—.
¿O son piratas? Los informes son un poco imprecisos.
—¿Quién es esta niña? —preguntó Yost—. Doss, si es algún truco para…
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—Cállate —le cortó Doss, sin apartar la vista de la mujer—. No sé qué
rumores ha oído pero todos son absurdos. Somos un grupo paramilitar
perfectamente legal, tenemos una autorización del mismísimo gobernador del
sector.
—Eso no significa nada —dijo con calma la mujer—. Sobre todo aquí,
donde hace tiempo que se debería hacer limpieza en el cargo de gobernador.
—Así son las cosas hoy en día —dijo Doss reflexivamente—. ¿Y qué me
dice de usted? ¿Sus socios y usted nunca se han extralimitado un poco?
La mujer negó con la cabeza.
—No tengo socios. Trabajo sola.
Doss chasqueó la lengua.
—Respuesta equivocada —dijo—. Matadla.
Los tres guardias subieron sus blásters y dispararon…
Y al cabo de un segundo se tambalearon y cayeron sobre el suelo
polvoriento, después de que una brillante espada de luz se materializase frente
a la mujer, interceptase las tres descargas de bláster y las devolviese hacia los
tiradores.
Doss miró con incredulidad aquella repentina e inesperada masacre.
Después, tras lanzarse por encima de la mesa del escáner para ponerse a
cubierto, sacó su bláster y disparó.
Seguía intentando cubrirse con la mesa cuando su disparo rebotó contra él
y le voló un lado de la cabeza. Desapareció tras el borde de la mesa, su bláster
cayó sobre ella y después al suelo, a los pies de Yost.
Y cuando el filo de la espada de luz se detuvo frente a la mujer y su brillo
magenta alumbró su cara con una luz suave, LaRone sintió que se le helaba la
respiración.
Aquella no era una simple campesina ni ninguna importante funcionaría
imperial o cazarrecompensas. Aquella era la agente imperial que les había
dicho que se llamaba Jade.
Aquella era la Mano del Emperador.
Durante un buen rato el único ruido de la habitación fue el zumbido de su
espada de luz.
—¿Y bien? —dijo con calma, mirando a Yost.
Este respiraba con dificultad.
—Soy el canciller Yost —balbuceó—. Canciller de…
—Del distrito Skemp de Elegasso —terminó Jade por él—. Sí, lo sé.
Estaba allí cuando recibió la llamada de Doss.
La lengua de Yost jugueteaba nerviosamente con sus labios.
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—Soy un funcionario gubernamental legítimamente elegido —insistió.
El filo de la espada de luz se elevó.
—¿En serio? —preguntó Jade irónicamente.
Yost lanzó una mirada furtiva a LaRone.
—Yo… puede que haya habido… algunas cuestiones… —dejó la frase
inacabada.
—Probemos con un planteamiento distinto —sugirió Jade—. Doss
capturó a cinco hombres. Aquí hay cuatro. ¿Dónde está el quinto?
Yost volvió a mirar a LaRone.
—A bordo de su nave —dijo—. No la de Doss… la de ellos. Dijo que
necesitaba… convencer… al piloto para que desbloquease el timón.
LaRone frunció el ceño. Aquello tenía bastante sentido. Excepto porque
Brightwater no era su piloto. Lo era Quiller y estaba allí con los demás.
En ese caso, ¿para qué se habían llevado a Brightwater?
—Bueno —dijo secamente Jade. La espada de luz desapareció con un
siseo chisporroteante—. Acaba de salvar la vida. Su nave espera en la otra
punta del campo de aterrizaje. Suba a bordo, márchese a casa y no mencione
jamás este incidente a nadie. Y…
Yost la miró, miró a LaRone y volvió a mirarla a ella.
—¿Y? —preguntó con cautela.
Jade ladeó la cabeza.
—Si tiene que preguntarlo quizá debería matarlo.
Yost tragó saliva visiblemente.
—Puede que haya habido algunas irregularidades en las elecciones —
admitió—. Quizá será mejor que convoque otras.
—Sabia decisión —dijo Jade—. Por supuesto, usted dimitirá hasta que
haya nuevos resultados.
Los labios de Yost retrocedieron en un incipiente gruñido pero bajó la
vista hacia la empuñadura de la espada de luz que llevaba Jade en la mano y
el gruñido se truncó.
—Por supuesto.
—Bien —dijo Jade secamente—. Pues márchese.
Yost no necesitó que se lo repitiera. Rodeó la mesa y fue hacia la puerta
tan rápidamente como pudo sin echar a correr.
—Y recuerde —gritó Jade—, le estaremos vigilando.
El otro no contestó, ni se giró, ni siquiera aminoró el paso. La puerta se
abrió cuando se acercó y salió apresuradamente hacia la oscuridad nocturna.
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—Bien —dijo Jade con brío mientras iba hacia los cuatro soldados de
asalto—. ¿Estáis todos bien?
—Sí, eso creo —contestó LaRone, mirándola con inquietud. Ahora que
habían superado la crisis más inmediata, la duda sobre qué podría estar
haciendo ella allí empezaba a ponerle los pelos de punta.
Porque de buenas a primeras no se le ocurría ninguna respuesta agradable.
—Bien —Jade dio la vuelta a la hilera de sillas y con un siseo el filo de su
espada volvió a bañar la habitación de luz magenta—. Salgamos de aquí y
vayamos a buscar a Brightwater, ¿vale?
—Si Yost no ha mentido sobre dónde lo tienen —dijo Quiller.
—No lo ha hecho —LaRone sintió un golpecito en las muñecas cuando la
espada de luz cortó sus grilletes—. Uno de los hombres de Doss le contó todo
sobre Brightwater mientras venían hacía aquí desde la nave de Yost.
—¿Estabas lo bastante cerca para oírles? —preguntó Grave, claramente
desconcertado.
—Fue bastante sencillo —le dijo Jade—. Vine a bordo de la nave de Yost.
—¿A bordo de su nave? —repitió Quiller, perplejo.
—Es la primera regla para seguir a alguien —dijo Jade mientras desataba
a los demás—. La manera más simple es que te lleve con él.
—¿Esa es la manera fácil? —preguntó Marcross.
—He dicho simple —le corrigió Jade—. No fácil.
—Por favor, no me malinterpretes —dijo LaRone, masajeándose sus
doloridas muñecas mientras se ponía de pie—, pero ¿qué haces aquí?
—Todo a su debido momento —dijo Jade mientras se colocaba frente a
ellos. A LaRone le recordó a un comandante de operaciones preparándose
para liderar sus tropas—. Lo primero es lo primero. Recoged los blásters y
vayamos a buscar a Brightwater.
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los ojos hinchados y medio cerrados—. ¿Quién anda ahí? Cuidado… tenéis a
alguien detrás.
—No pasa nada —le tranquilizó Quiller en un tono oscuro y siniestro.
Grave abrió el botiquín médico—. Es Jade. Ha venido a ayudarnos.
—¿Jade? —preguntó Brightwater, esforzándose por abrir un poco más los
ojos—. ¿Qué…? —sufrió un ataque de tos—. ¿Qué está haciendo aquí?
—Ayudarnos a sacarte de aquí —contestó LaRone—. Estate quieto,
¿quieres?
—Ya puedes deshacerte de esa moneda de la suerte tuya —comentó
Grave mientras llenaba una jeringuilla con analgésico.
—Eh, sigo vivo, ¿no? —comentó débilmente Brightwater.
—¿Moneda de la suerte? —preguntó Jade mientras examinaba los ojos de
Brightwater y le tocaba suavemente la frente. LaRone supuso que era algo
relacionado con la Fuerza.
—Un druggat preimperial sin ningún valor que consiguió hace un par de
meses —le contó Grave—. Un granjero agradecido intentó darnos todos los
que tenía pero solo Brightwater aceptó uno. Ya ves la suerte que da.
—Ya te lo he dicho, sigo vivo —repitió Brightwater.
—Y yo. Y no cargo con inútiles pesos adicionales —replicó Grave
mientras le inyectaba el analgésico.
—Y lo dice un tipo que se pasea con un rifle de francotirador T-28 por
mera diversión —dijo LaRone—. ¿Cómo está?
—Como dice, sigue vivo —contestó Jade—. Pero necesitará unos cuantos
días en un tanque de bacta. ¿Lleváis uno a bordo?
—Una miniatura, sí —dijo sombríamente Marcross—. Nuestras
provisiones de bacta se están terminando pero debería de haber suficiente para
el tratamiento.
—Tranquilos —dijo Jade—. Tengo un tanque lleno de bacta a bordo de
mi nave, en Elegasso. Dadme el código del timón y despegamos.
—No es necesario… Yo pilotaré —dijo Quiller—. ¿En qué parte de
Elegasso estás?
—En el campo Coskone, al norte de la ciudad de Skemp —dijo Jade y
frunció el ceño—. ¿Tú eres el piloto? Entonces ¿por qué lo interrogaban a él?
—Porque son mercenarios —dijo Brightwater—. Es decir, estúpidos.
—Y porque este idiota se metió en la cabina y me sacó cuando el gas
empezó a llenarla —añadió Quiller, dedicando una última mirada de
preocupación a Brightwater cuando este pasó junto a Jade—. Probablemente
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lo encontraron sentado en el puesto de piloto cuando entraron —añadió por
encima del hombro mientras se dirigía a la cabina.
LaRone asintió. Debería haber sospechado algo así. Quiller debía de estar
abandonando la cabina cuando empezó el ataque, por lo que Doss habría
pensado que era a quien debían torturar para sacarle el código. Pero
Brightwater se había asegurado de estar en la cabina cuando sus captores
empezaron a registrar la nave.
—¿Verdad, Brightwater? —preguntó.
—Solo buscaba un sitio cómodo para quedar inconsciente —protestó
Brightwater—. Ya sabes lo duro que es caer sobre la cubierta.
—Claro —dijo LaRone.
—Bromas aparte, ha sido una estupidez —intervino Marcross—. Te
podrían haber mutilado.
—Eh, me gano la vida pilotando motos deslizadoras —dijo Brightwater,
haciendo una mueca al intentar encogerse de hombros—. Trabajo sentado. No
soy de los que tienen que ir corriendo de un lado para otro.
—O podrían haberte matado —dijo secamente Grave.
Brightwater volvió a intentar encogerse de hombros.
—Mejor a mí que a Quiller.
Marcross negó con la cabeza y se volvió hacia Jade.
—¿Vas a preguntarlo, LaRone? ¿O lo hago yo?
LaRone se preparó.
—Ya lo hago yo —dijo—. Creo que ha llegado «su debido momento»,
Jade.
—Así es —aceptó Jade—. Resumiendo, tengo un trabajo que requiere que
me infiltre en una residencia de gobernador fuertemente protegida. El
gobernador en cuestión ha concentrado un montón de soldados de asalto de su
sector para defenderla. Se me ocurrió que unos cuantos soldados de asalto
desconocidos podrían ocuparse eficazmente del reconocimiento y la
infiltración.
La sala había quedado repentinamente en silencio. Incluso la respiración
dificultosa de Brightwater pareció perder intensidad.
—Nos estás pidiendo que trabajemos para ti —dijo LaRone.
Jade arqueó las cejas muy levemente.
—¿He dicho algo de pedir?
La sala quedó aún más silenciosa. LaRone podía notar los ojos de sus
compañeros clavados en él mientras contemplaba la indescifrable expresión
de Jade.
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—Que nadie nos conozca no significa que podamos pasar sin que alguien
nos interrogue o nos reconozca —dijo—. Y si nos cazan estamos muertos.
—No tenéis de qué preocuparos —le tranquilizó Jade—. Tengo la
autoridad necesaria para sacaros de cualquier lío en que os metáis.
—Solo si estás allí en el momento y lugar indicados —dijo Marcross—.
No parece que vayamos a movernos en los mismos círculos que tú.
—¿Y qué se supone que ha hecho ese gobernador? —preguntó Grave—.
Si no es alto secreto.
—Creemos que está intentando cerrar un trato con la rebelión —dijo Jade.
—Vaya —exclamó LaRone, recordando al gobernador Choard de
Shelkonwa—. ¿Es tu especialidad ahora? ¿Ocuparte de los gobernadores
secesionistas?
—Mi especialidad es hacer las cosas discretamente —le dijo Jade—. ¿Hay
algo más que os preocupe?
Grave carraspeó.
—Si esto tiene que ver con la Alianza Rebelde —preguntó—, ¿podemos
terminar encontrándonos con lord Vader?
—Ya os quité de encima a lord Vader una vez —le recordó Jade—. Puedo
volver a hacerlo si es necesario.
La cubierta se sacudió levemente bajo los pies de LaRone cuando Quiller
hizo despegar la Suwantek.
—Antes tenemos que meter a Brightwater en un tanque de bacta lo antes
posible —prosiguió Jade mientras cruzaba la puerta—. ¿Quiller conoce la
disposición acelerada del hipermotor?
—No lo sé —dijo LaRone—. ¿Qué es una disposición acelerada?
—Algo que a veces llevan las naves del DSI —explicó Jade—. Si se
activa aumenta un veinte por ciento la velocidad del hiperimpulsor.
—No, no creo que la conozca —dijo LaRone, notando que arqueaba las
cejas. ¿Después de todos aquellos meses, la nave seguía guardando secretos
que ni sus compañeros ni él habían descubierto?—. Nos podría haber
resultado muy útil en varias ocasiones.
—No siempre lo es porque reduce el combustible un cuarenta por ciento
más deprisa —dijo Jade—. Creo que en este caso el Imperio se puede permitir
el gasto adicional —miró a Brightwater—. Cuidad de él. Es muy probable
que necesitemos un buen explorador en moto deslizadora en la misión —salió
al pasillo y fue hacia la cabina.
Grave lanzó un suspiro silencioso.
—Genial —masculló—. ¿No remata esto un día de por sí maravilloso?
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LaRone hizo una mueca.
—Podría ser peor.
—¿En serio? —replicó Grave—. Quizá deba comentar que las
maravillosas credenciales secretas de Jade solo nos sacarán de líos si el
gobernador y sus soldados de asalto aún no se han aliado con los rebeldes. Si
lo han hecho, no le servirán de nada.
—La espada de luz sí —le recordó Marcross.
—A ella —dijo Grave—. A nosotros no tanto. Y después está Vader.
—Jade puede ocuparse de él —dijo LaRone.
—Al que acompaña la Cinco-Cero-Uno a todas partes —comentó Grave
—. ¿Quieres explicarle a alguno de sus soldados de asalto nuestra presente
carencia de identidad operativa?
—¿Prefieres darle las gracias a Jade y decirle que no aceptamos su
encargo? —dijo amargamente LaRone.
—¿LaRone? —intervino débilmente Brightwater.
LaRone le miró, sorprendido. Creía que Brightwater ya estaba
profundamente dormido.
—¿Sí? —dijo.
—En cualquier caso vamos a retirarnos —dijo el herido—. Todos lo
sabemos —respiró hondo—. Hagámoslo a lo grande.
—Completamente de acuerdo —dijo Marcross—. Si podemos evitar que
un gobernador rebelde arrastre al caos a todo su sector habremos hecho más
por el orden y la justicia de lo que podríamos haber hecho en diez años con
nuestras pequeñas escaramuzas.
—Además —añadió Grave—, tampoco parece que Jade nos dé otra
opción.
LaRone hizo una mueca. Tenían razón.
—Sí —dijo—. Vale. Si esta va a ser la última misión de la Mano del
Juicio que sea digna de quedar para la leyenda.
—Si queda alguien para contarla —murmuró Grave.
—Quedará —LaRone volvió a mirar a Brightwater—. Bueno, faltan tres
horas para llegar a Elegasso. Llevemos a Brightwater al área médica y
veamos qué podemos hacer por él mientras tanto.
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CAPÍTULO SEIS
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—¿De qué está hablando? —preguntó con cautela.
Han suspiró. ¿Solo porque Chewie y él fuesen contrabandistas la gente
como Axlon siempre daba por supuesto que eran estúpidos?
—Hemos visto su Z-95 descendiendo hacia el planeta —le dijo a Axlon
con tanta paciencia como pudo—. No estoy seguro de dónde ha aterrizado
pero por el vector que llevaba diría que está entre los muelles cincuenta y dos
y cincuenta y ocho.
Axlon suspiró.
—Cincuenta y seis —dijo con reticencia—. ¡Maldita sea, Solo! Se
suponía que no debía saber que había venido.
—Sí, ya me lo he imaginado —gruñó Han. Y había decidido que iba a
tener una larga conversación con el general Rieekan en cuanto volvieran—.
¿Piensa quedarse aquí todo el día? ¿O quiere que vayamos a buscarlo?
Todos los puertos espaciales que Han había visitado tenían sus propios
sonidos y aromas, el de Whitestone no era ninguna excepción. A diferencia de
en otros lugares, muchos de los sonidos parecían ser extrañamente
domésticos, incluidos lloros y ruidos de niños jugando, y la mayoría de
aromas parecían ser de comida.
El motivo fue rápidamente evidente. En el lado del puerto en que estaban
solo la mitad de muelles de aterrizaje estaban realmente en servicio. Los
demás habían sido ocupados por lugareños que habían convertido la zona en
una especie de barrio de chabolas. O de campamento de refugiados. Dos de
los muelles por los que pasaron parecían albergar seres de especies que Han
no había visto jamás. Se habían instalado puestos ambulantes de varios estilos
alrededor de las entradas a los muelles que llevaban alienígenas que ofrecían
de todo, desde comida exótica hasta joyas o telas y ropas coloridas.
«Y esto es Poln Mayor», pensó Han sombríamente mientras sus
acompañantes se abrían paso entre la multitud. Estaba impaciente por ver
cómo eran las cosas en Poln Menor, la mitad menos célebre del planeta doble.
Luke esperaba frente a su muelle de aterrizaje, mirando a la multitud con
la misma expresión que Han le había visto en la cantina de Mos Eisley. Los
vio en cuanto doblaron la esquina, más concretamente vio a Chewie
sobresaliendo entre la gente, y Han notó que su expresión cambiaba. No
mucho pero lo suficiente para saber que le sorprendía verlos a los dos
acompañando a Axlon.
Lo que significaba que Rieekan y Axlon no eran los únicos que jugaban a
aquel juego estúpido. Luke también estaba metido.
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—Hola, Han —Luke le saludó dubitativamente cuando los tres llegaron
hasta él—. Hola, Chewie. Creía que… —miró inseguro hacia Axlon—. Que
vosotros…
—No, se suponía que no debía saberlo —dijo Axlon sardónicamente—.
Se suponía que usted debía evitar que le viera.
Luke hizo una mueca.
—Lo siento.
—Bueno, tendremos que arreglárnoslas —continuó Axlon y señaló la
puerta del muelle—. ¿Algún problema?
Luke negó con la cabeza.
—Como dijo, hay un montón de Z-95 por aquí. Y la identidad especial
que me dio ha funcionado de maravilla —miró a Han—. Tú también tenías
una, ¿verdad?
—No, nos interpelaron y abatieron hace una hora —gruñó Han—. ¿Dónde
está ese local de alquiler de aerodeslizadores?
Axlon miró alrededor.
—Debería estar justo… —se quedó callado y abrió mucho los ojos al ver
algo a espaldas de Han—. ¡Cuidado! —gritó.
Han se dio la vuelta y bajó la mano hacia la empuñadura de su bláster.
Venían hacia ellos tres alienígenas de ojos pequeños y ribeteados de blanco
bajo unas grandes cejas, con una piel que era una mezcla de escamas verdes y
penachos aislados de pelaje del mismo color. Llevaban ropa de arpillera
barata y mal combinada, probablemente comprada en alguno de los puestos
de la zona.
Y todos empuñaban un cuchillo largo, exquisitamente tallado y con punta
de gancho.
Tras él, Han oyó el siseo-chasquido de la espada de luz de Luke al
activarse.
—¿Han? —murmuró Luke con tensión.
—Tranquilo, chico —dijo Han, sin sacar el bláster de su funda—.
Relájate.
Los alienígenas no empuñaban los cuchillos en posición de clavarlos o
arrojarlos, los llevaban en la palma de la mano. No eran una banda lanzándose
sobre una presa fácil. Eran un grupo de comerciantes intentando vender su
mercancía. Y a juzgar por lo mucho que abrían los ojos, estaban tan
asombrados con Luke y su espada de luz como Axlon con ellos y sus
cuchillos.
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—Disculpen, nobles amigos —dijo el alienígena que iba delante en un
básico con fuerte acento, mientras los tres se detenían—. Seres tan bien
vestidos y equipados… —se tropezaba con las palabras—. Y equipados como
ustedes seguro que están interesados en unas herramientas únicas talladas a
mano.
—Ahora no —le dijo Han, mirando el cuchillo en la mano extendida del
alienígena. Era un arma bastante elegante, debía reconocerlo. Si sabías
manejarla en las distancias cortas probablemente era tan útil como un bláster.
Distancias cortas como las de una mesa en una cantina abarrotada con alguno
de los cazarrecompensas de gatillo fácil de Jabba el hutt, por ejemplo.
Pero, por prácticos que pudieran ser los cuchillos, Han sabía que era
mejor no comprar ninguno. Al menos allí y en aquel momento. En cuanto
otros comerciantes y vendedores de la zona viesen créditos cambiando de
manos, se les echarían encima como moscas a la carroña, ofreciéndoles telas
y pieles y melones y de todo, gritándoles sus bondades comerciales al oído
mientras intentaban que les comprasen también algo a ellos. Algo que distaba
mucho del inicio de una misión supuestamente discreta.
Hablando de discreción…
—Luke, apaga eso, ¿quieres? —le gruñó.
Oyó un siseo chisporroteante y el zumbido de la espada se detuvo.
—Lo siento —dijo Luke—. Creí que…
—Sí, sí. Ya sé —los tres alienígenas seguían allí plantados, con las manos
extendidas esperanzadamente. Han miró por última vez los cuchillos y se dio
la vuelta—. Cuando lleguemos al aerodeslizador, ¿dónde iremos? —preguntó,
poniendo una mano sobre el hombro de Luke y la otra sobre el de Axlon y
empujándolos a los dos en dirección al letrero del local alquiler de
aerodeslizadores que ya veía flotando a un par de manzanas de distancia.
—Luke y yo tenemos una cita con nuestro nuevo amigo —dijo Axlon—.
Lo que hagan Chewbacca y usted es asunto suyo.
—Genial —dijo Han—. Les acompañaremos.
—Excepto eso —replicó Axlon con firmeza.
—No sé, señor —dijo Luke dubitativamente—. Ahora ya lo saben…
—No los necesitamos —le cortó Axlon—. Solo debían ocuparse del
transporte. No queremos que hagan nada más.
Luke lanzó una mirada furtiva a Han.
—Pero…
—No pasa nada —le dijo Han, sintiendo una punzada de culpa por sus
desagradables pensamientos anteriores. Quizá Luke se hubiese visto
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arrastrado a aquello pero no había sido él quien había decidido marginar a
Han—. Sé cuándo no me quieren en un sitio. Tened cuidado.
—Lo tendremos —dijo Axlon—. Vamos, Skywalker —dio un golpecito
en el hombro a Luke y fue hacia la multitud. Luke miró por última vez a Han
y Chewie, se giró y lo siguió.
Chewie gruñó una sugerencia junto a Han.
—Olvídalo —dijo este—. No pasas precisamente desapercibido entre la
gente, ¿sabes? Nos verían desde tres manzanas de distancia.
Levantó la vista. Más allá de unas nubes finas, Poln Menor era un
pequeño semicírculo pálido que flotaba sobre un cielo azul.
—Dejémosle jugar al negociador —prosiguió—. Tú y yo vamos a ver qué
nos puede ofrecer nuestro presunto nuevo amigo.
Se volvió y fue hacia su muelle de amarre, apartando a los vendedores de
cuchillos con un gesto de la mano cuando volvieron animadamente hacia
ellos.
—O si todo esto no es más que una trampa —añadió.
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sencillas las solían transitar los perezosos, los carentes de imaginación y los
que llevaban placas y listas de los delincuentes más buscados en sus datapads.
Prefirió dirigir el Halcón hacia uno de los puertos más pequeños y
discretos del octante.
Como todo lo demás en Poln Menor, el puerto de Quartzedge estaba
principalmente construido bajo tierra. La organización también era laxa, hasta
el punto que el centro de control solo le dio la instrucción de elegir el muelle
de aterrizaje desocupado que quisiera. Eligió al azar uno de los ocho abiertos
y llevó el Halcón hasta allí. Cuando terminó de apagar los motores, la
cubierta se había cerrado sobre ellos y el muelle había pasado de la marginal
presión aérea de superficie a un nivel estándar más confortable, bajó la rampa
y salió con Chewie.
Mientras descendía vio que el muelle solo tenía una puerta, que
probablemente conducía a una esclusa de aire por si alguien necesitaba entrar
con la cubierta abierta. Junto a la puerta había tres hombres armados, todos
ellos con aspecto de tipos problemáticos de los que solían frecuentar Mos
Eisley. Han fue hacia ellos, abriendo el cierre de la funda de su bláster.
—Buenas tardes —dijo afablemente uno con el pelo grasiento y un bigote
extraordinariamente desaseado que brillaba bajo la luz. Miró a Chewie y
después a Han—. Necesito su nombre y declaración de carga.
—Mi nombre es Darth Vader —le dijo Han—. Y traigo un montón de
promesas imperiales rotas.
Ninguno de los tres sonrió.
—Muy bien —gruñó el del mostacho—. Ahora en serio.
—En realidad, mi bodega de carga está vacía —dijo Han—. Estamos
probando suerte en una pequeña prospección.
Todas las minas de aquella parte de Poln Menor se habían agotado hacía
décadas por lo aquello debería haber suscitado al menos una sonrisa cínica
por parte de sus interlocutores. Pero sus expresiones siguieron imperturbables.
—¿Sí? —preguntó Mostacho en un tono tan inexpresivo como su cara—.
¿Van a algún sitio en particular?
Han se encogió de hombros. La zona más destacada del mapa encriptado
de Axlon era algo llamado Complejo minero de Anyat-en.
—Pensaba empezar por la vieja zona de Anyat-en —dijo, intentando
mirarlos a los tres a la vez.
Y aquello finalmente provocó su reacción. Un leve estremecimiento en
los músculos del pómulo de uno de los compañeros de Mostacho, un hombre
calvo y sin afeitar de ojos oscuros. Pero fue evidente.
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No eran simples cortapescuezos ni contrabandistas. Y estaba claro que
habían oído hablar de Anyat-en.
Mostacho se lo tomó con calma.
—Anyat-en, ¿eh? —preguntó desenfadadamente—. Sí, creo que algo he
oído. ¿Qué hay allí que merezca la pena seguir excavando?
—Aún no lo sé —dijo Han, con la misma calma—. Pero solía ser un filón
de platinum y los precios del platinum están subiendo. Disponía de algo de
tiempo libre y se me ocurrió que valía la pena echar un vistazo.
—Es posible —coincidió Mostacho—. Le diré una cosa, solo porque me
ha caído bien, vamos a dejarle marchar sin pagar la tarifa de amarre habitual.
Pero si encuentra algo, nos quedaremos con la mitad. ¿De acuerdo?
Han se encogió de hombros.
—Una décima parte y trato hecho.
Calvito hizo un sonido desdeñoso con la garganta pero Mostacho se limitó
a sonreír.
—Tenemos tres blásters. Usted solo uno. Dejémoslo en la mitad.
—Un bláster y un wookie —le recordó Han—. La décima parte.
Mostacho miró a Chewie.
—Una cuarta parte.
—Bien —accedió Han. Sabía que era un poco ridículo regatear sobre unos
beneficios que nunca iba a obtener pero puede que Mostacho y sus amigos
creyeran que Chewie y él no eran más que inocentes cazadores de tesoros, por
lo que sería impropio del papel no haber regateado.
—Bien —dijo Mostacho secamente—. Les deseo suerte. Hay una hilera
de deslizadores terrestres justo después de la esclusa de aire… sírvase usted
mismo. De hecho, lo haremos más sencillo. Creo que hay palas y picos en una
de las taquillas de delante de los deslizadores. Puede que estén un poco
oxidados pero deberían servirles, sobre todo teniendo en cuenta que no traen
ninguno.
—Solo pensábamos echar un vistazo a la zona —improvisó Han—. Pero,
ya que los ofrece, de acuerdo. ¿Por qué no?
—Usted mismo —dijo secamente Mostacho—. ¿Necesita un mapa?
—No, gracias —dijo Han—. Se supone que está a unos ciento cincuenta
kilómetros por el corredor CC Cuatro-Cero-Ocho-Siete, ¿verdad?
—Si usted lo dice —murmuró Mostacho—. Diviértase.
—Y vuelva rico —añadió Calvito mientras Han y Chewie pasaban junto a
ellos y cruzaban la puerta.
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Los deslizadores terrestres y las herramientas estaban donde Mostacho les
había dicho. Las palas estaban oxidadas y medio rotas y los deslizadores
terrestres no estaban en mucho mejor estado. Han revisó cada uno de los
vehículos, eligió el que parecía menos proclive a hacerse pedazos en las
siguientes dos horas y se marcharon.
El túnel por el que se habían metido debía de ser habitual en el sistema
minero abandonado. La mayoría de paneles lumínicos del techo estaban
averiados, aunque las luces permanentes de emergencia situadas cada cien
metros en la parte superior e inferior de las paredes seguían funcionando.
Afortunadamente, el deslizador terrestre tenía buenos faros, lo que permitió
que Han esquivase las distintas pilas de piedras que cubrían el suelo del túnel,
residuos de años de pequeños desprendimientos de rocas de las paredes y el
techo. El aire olía a estancado y, aparte del laborioso zumbido de su
deslizador terrestre, todo el lugar estaba en un espeluznante silencio.
Chewie gruñó una pregunta entre el zumbido.
—Claro que no vamos a ir directamente —confirmó Han—. Ya has visto
cómo han reaccionado Mostacho y sus amigos cuando les he dicho adónde
íbamos. O saben algo o creen saberlo.
Chewie volvió a gruñir.
—Claro. Pero que alguien sepa que vamos no significa que sepa desde
dónde iremos —Han le recordó mientras sacaba su datapad y la copia que
había hecho de los mapas de Axlon—. Mira… a ver si encuentras alguna
manera de volver a las cuevas. Quizá podamos sorprenderlos un poco.
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—Gobernador Axlon —saludó Ferrouz con gravedad—. Es un honor
conocerlo personalmente.
—El honor es mío, gobernador Ferrouz —le dijo Axlon—. Deje que le
presente a mi socio, el maestro Luke Skywalker.
—Maestro Skywalker —dijo Ferrouz, frunciendo el ceño mientras
saludaba con la cabeza—. Creo haber oído su nombre antes.
—Estuvo en Yavin —explicó Axlon—. Es uno de los que ayudaron a
vengar la destrucción de Alderaan.
A Ferrouz le tembló una mejilla.
—Por supuesto —murmuró—. Por favor, siéntense. Me he tomado la
libertad de pedirles unos champiñones sharru rellenos.
—Gracias —dijo Axlon, dirigiéndose a la mesa y sentándose a la derecha
de Ferrouz—. ¿Ha oído hablar alguna vez de los sharrus rellenos, Luke?
—No —confesó Luke, sintiéndose incómodo mientras se sentaba junto a
Axlon e intentando no mirar a los tres guardaespaldas inexpresivos que había
tras Ferrouz—. Donde crecí no había.
—Bueno, le gustarán —dijo complacido Axlon, eligiendo una de las
esferas más pequeñas y dándole un mordisco—. Ah… relleno de marisco,
¿verdad?
—Sí —confirmó Ferrouz—. Craykes de la bahía Burnish. ¿Hablamos de
negocios?
—Por supuesto —dijo Axlon. Se metió el resto del champiñón en la boca
y eligió otro—. Para empezar, quiero que me detalle la ubicación exacta del
lugar que tiene pensado para nosotros, incluidos los puertos espaciales y otras
infraestructuras disponibles. También quiero saber qué material y apoyo
piensa proporcionarnos. Y quién actuará de intermediario entre ustedes y
nosotros.
Ferrouz frunció el ceño y miró a Luke.
—Disculpe, maestro Axlon, pero podríamos haber hecho todo esto por
comunicador.
—He dicho «para empezar» —le recordó Axlon—. En cualquier caso, las
reuniones cara a cara siempre son mucho más gratificantes. ¿No cree, Luke?
Luke reprimió una mueca. Allí estaba, haciendo todo lo que podía por
hacerse invisible mientras Axlon parecía hacer todo lo posible por desviar
toda la atención hacia él.
¿Quizá era aquella la razón por la que le había hecho acompañarle? ¿Solo
quería que Luke centrase la atención de Ferrouz y sus guardaespaldas
mientras él…?
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Luke tuvo que hacer un esfuerzo para sosegarse. ¿Para que Axlon pudiese
hacer qué? Nada, no había nada más. No podía hacer prácticamente nada con
cuatro pares de ojos recelosos vigilando cada uno de sus movimientos.
No, Luke estaba allí por lo que Axlon le había dicho cuando le abordó por
primera vez: para ver qué podía percibir de Ferrouz con sus sentidos Jedi.
Respiró hondo, escuchando solo a medias mientras los dos tipos empezaban a
soltar una retahila de nombres y números, y se proyectó con la Fuerza.
Y sintió un nudo en el pecho. Normalmente apenas podía sentir las
emociones que bullían bajo la superficie de las personas con las que estaba
pero Ferrouz no era como Leia o Han. Todos sus sentidos gritaban de
emoción. Todo tipo de emociones: miedo e ira, desesperación y desafio,
tristeza y determinación.
Y traición. Sobre todo traición.
¿Pero la traición de quién? ¿De Axlon? ¿De Ferrouz? ¿De algún otro?
Luke se proyectó aún más, concentrándose en la Fuerza, intentando campear
las turbulencias…
—Luke.
El sonido de su nombre le arrancó abruptamente de su concentración.
Abrió la boca para responder…
—… quizá también quiera venir —prosiguió Axlon. Luke se dio cuenta
que le hablaba a Ferrouz, no a él—. ¿Supongo que puede aceptar?
—Si desea acompañarle —dijo Ferrouz, mirando a Luke. Luke le sostuvo
la mirada, intentando proyectarse otra vez con la Fuerza.
Pero el instante se había esfumado. La turbulencia seguía allí pero Luke
era demasiado débil e inexperto para recuperar aquella conexión.
—Excelente —dijo Axlon—. Pues en el palacio, en cuanto podamos traer
nuestro equipo para examinar las instalaciones de Anyat-en. Digamos, ¿en
una semana, más o menos?
—En cuanto estén listos —asintió Ferrouz—. ¿Tienen el pase que les di?
—Aquí mismo —dijo Axlon, dándose unos golpecitos en la túnica—.
Gracias por su tiempo, gobernador —levantó un dedo—. Una cosa más —
continuó—, le agradecería que se asegurase de sacar a toda su gente de la
zona de Anyat-en, incluidos los puertos espaciales de Yellowstrike y
Quartzedge.
—Ya lo he hecho —dijo Ferrouz—. Los hice marcharse hace un par de
días.
—¿También a los agentes de aduanas? —preguntó Axlon.
—A todo el mundo —dijo ásperamente Ferrouz—. Acabo de decírselo.
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—Es verdad —dijo Axlon, agachando la cabeza en una disculpa. Se
levantó y dio una palmada en el brazo a Luke—. Gracias de nuevo,
gobernador. Seguiremos en contacto.
Habían salido de la cantina y avanzaban entre la multitud rumbo a su
aerodeslizador alquilado cuando Axlon volvió a hablar.
—¿Qué le parece?
—¿El qué? —preguntó Luke.
—El trato, por supuesto —dijo Axlon, dedicándole una mirada extraña—.
El complejo de Anyat-en para nuestra base y almacenes. La zona de aterrizaje
cerrada de Saras-ev para el transporte y la carga y descarga. Y todo lo demás.
¿No estaba escuchando?
Luke negó con la cabeza.
—Estaba intentando interpretar al gobernador Ferrouz.
—¿Intentando interpretarlo?
—Mediante la Fuerza —dijo Luke, frunciendo el ceño—. ¿No me ha
traído para eso?
—Bueno, sí —dijo Axlon, tropezándose un poco con las palabras—. Sí,
por supuesto. Es solo que no creía que pudiera… da igual. ¿Qué ha
descubierto?
—No mucho —tuvo que admitir Luke—. Hay mucha agitación en su
interior.
Axlon gruñó.
—No me extraña, bajo estas circunstancias.
—Pero percibí algo con mucha claridad —continuó Luke—. Traición.
Axlon quedó petrificado.
—¿Traición?
—Sí —dijo Luke. Se detuvo y se volvió para mirar a su acompañante.
Y sintió que se le tensaban los músculos. La mirada de Axlon…
—Pero puede que eso no signifique que vaya a traicionarnos —se
apresuró a añadir—. Puede que se sienta traicionado por el Imperio. O esté
preocupado por que alguno de sus hombres pueda traicionarlo.
—Sí —dijo Axlon, mientras se disipaba parte de la tensión de su cara—.
Sí, podría ser. El Departamento de Seguridad Imperial puede haber infiltrado
a uno o dos agentes en el palacio para vigilarlo. Tendremos que ser cautelosos
cuando vayamos —echó un vistazo alrededor, como si de repente le
preocupase que alguien pudiera oírles, y volvió a echar a andar.
—¿Y qué pasa al final? —preguntó Luke mientras le seguía—. ¿Iremos al
palacio?
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—Yo sí —dijo Axlon—. Si quiere acompañarme ya es cosa suya. ¿No ha
escuchado nada?
—No, ya se lo he dicho —dijo Luke—. Estaba…
—Estaba usando la Fuerza —terminó Axlon por él con un punto de
exasperación—. A veces me pregunto cómo duraron tanto los Jedi. O cómo
duró la República con los Jedi dirigiendo el cotarro.
Luke sintió que se sonrojaba. ¿Cómo se atrevía Axlon a hablar así de los
Jedi?
Respiró hondo y se proyectó hacia la Fuerza en busca de calma, como le
había enseñado Ben Kenobi. «No existe emoción, solo existe paz». Ben le
había advertido que la ira era una trampa tan peligrosa como el miedo.
Además, Axlon hablaba desde la absoluta ignorancia, sin animosidad. Era
Luke quien debía demostrarle qué eran, qué podían ser y qué podían hacer los
Jedi.
Cuando él mismo lo hubiese averiguado, por supuesto. Si algún día lo
hacía.
Suspiró. En el poco tiempo que había pasado con Ben el viejo Jedi le
había enseñado mucho sobre la Fuerza. Pero aún le quedaba muchísimo por
aprender.
Vader le había arrebatado a Ben, igual que sus soldados de asalto habían
matado a sus tíos. Como Alderaan, demasiadas cuentas pendientes de saldar.
—Volvamos a la nave —dijo Axlon—. Veamos si Solo ya se ha calmado
—hizo una pausa—. Por cierto, ¿cree que Ferrouz decía la verdad sobre la
retirada de toda su gente de la zona de Anyat-en?
Luke frunció el ceño.
—No lo sé —dijo—. No soy… No puedo leer el pensamiento de esa
manera. No funciona así. ¿Por qué lo pregunta?
—Por nada —murmuró Axlon—. Por nada.
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CAPÍTULO SIETE
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—¿Está sugiriendo que llevamos un monstruo a bordo?
—Eso me temo, señor —dijo Pellaeon—. Bajo estas circunstancias, le
recomiendo respetuosamente que ejerza los derechos que le otorgan las
directrices de la Autoridad del Capitán y averigüe quién y qué es Odo. Como
mínimo, deberíamos revisar su autorización para subir a bordo de esta nave.
Drusan volvió a mirar por encima de su hombro.
—Muy bien, comandante —dijo, bajando la voz—. Se suponía que no
debía compartir esto con usted ni con nadie a bordo del Quimera pero vistas
las circunstancias… las órdenes de lord Odo no provienen del Centro
Imperial.
Pellaeon asintió.
—Sí, señor, ya lo sé.
Drusan pareció sorprendido.
—¿Lo sabe?
—Rastreé su origen —le explicó Pellaeon, preguntándose con inquietud si
debería de haber dicho aquello—. Me pareció prudente, visto lo extraño del
asunto.
—Entiendo —murmuró Drusan—. ¿Y hasta dónde lo rastreó?
—La orden provino de algún punto del Borde Exterior —dijo Pellaeon—.
No pude localizarlo con más precisión —titubeó—. Mi primera idea fue que
quizá el gran almirante Zaarin había enviado a Odo, ya que se dice que está
en la región. Pero ahora me pregunto si Odo simplemente usó un origen en el
Borde Exterior para que pareciese que las órdenes provenían de Zaarin.
Drusan exhaló con un siseo y parte de la rigidez de su columna pareció
relajarse.
—Estoy impresionado, comandante —dijo—. No muchos oficiales, ni
siquiera de alto rango, se habrían molestado en seguir ese rastro. Aún menos
se habrían entretenido lo suficiente para llegar a alguna conclusión.
Hizo una pausa y esta vez, a pesar del fluido cielo hiperespacial, Pellaeon
pudo ver la sonrisa tensa de su interlocutor.
—Y lo más impresionante es que sus conclusiones han sido acertadas —
prosiguió Drusan—. Lord Odo es un arkaniano y sus órdenes provienen del
Predominante.
—¿Está seguro de eso, señor? —preguntó con cautela Pellaeon. Estaba
pisando terreno resbaladizo, lo sabía, insistiendo en el mismo punto una y otra
vez ante un superior—. Ya se han falsificado órdenes antes. Se han robado
códigos y encriptados.
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—Es cierto —coincidió Drusan—. Pero la comunicación que nadie puede
falsificar es la transmisión del propio Emperador en persona.
Pellaeon notó que se le abrían los ojos como platos.
—¿El Emperador?
Drusan soltó una risita.
—Sí, esa fue también mi reacción —dijo—. Parece que el Emperador se
ha unido a Zaarin en su tranquila ruta turística por el Borde Exterior.
—¿Y contactó con usted? ¿Directamente?
—Muy directamente —dijo Drusan y su sonrisa se convirtió en una
mueca. Pellaeon se mostraba comprensivo… las conversaciones entre el
Emperador y sus subordinados no solían ser agradables—. Sí, comandante —
prosiguió el capitán en voz baja—. A pesar de los misterios que aún rodean a
lord Odo, puede estar seguro de que su misión y su persona vienen
autorizadas desde el más alto nivel.
—Sí, señor —dijo Pellaeon, notando que se sonrojaba. Debería haber
sabido que Drusan se habría asegurado que Odo no supusiera ninguna
amenaza para el Quimera. Sobre todo porque una amenaza para la nave de
Drusan también lo sería para su carrera—. ¿Puedo preguntar cuál es esa
misión?
Drusan resopló.
—Bueno, comandante. ¿No tiene bastante con haber saltado una barrera
de seguridad? ¿Quiere que le ayude a saltar la segunda?
Pellaeon volvió a hacer una mueca.
—Disculpe, señor.
—No se preocupe —dijo secamente Drusan—. ¿Cómo puedo protestar
por su insistencia cuando acabo de alabarla? —frunció los labios—. Pero le
diré una cosa, lord Odo tiene pruebas sobre las negociaciones en marcha para
un acuerdo entre la Alianza Rebelde y un señor de la guerra alienígena
llamado Nuso Esva, de las Regiones Desconocidas. Existe la posibilidad de
que al acuerdo lo esté propiciando el mismísimo gobernador del sector,
Ferrouz. El Emperador le ha pedido a lord Odo que eche un vistazo y ha
designado el Quimera para que le proporcione el transporte y todo el apoyo
que pueda necesitar.
—Entiendo —dijo Pellaeon, sintiendo un nudo en el estómago. ¿Un
gobernador imperial coqueteando con la traición? Era inaudito—. Y ha
elegido un arkaniano porque los espías rebeldes no le seguirán el rastro tan
rápidamente a un alienígena como habrían hecho con alguien de la flota o la
corte imperial.
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—Sí —dijo Drusan, mirándole fijamente—. Sí, exacto. De nuevo,
comandante, debe sentirse orgulloso de su perspicacia. Por supuesto, no
puede repetir nada de esto. A nadie.
—Entendido, señor —dijo Pellaeon—. Vuelvo a disculparme por insistir
en un asunto que no es de mi incumbencia.
—La seguridad de esta nave, de la flota y del Imperio son de la
incumbencia de todos los oficiales imperiales —contestó Drusan
solemnemente—. Se espera de ellos persistencia e iniciativa. Buen trabajo,
comandante. La flota necesita más oficiales como usted.
—Gracias, señor.
Drusan asintió secamente.
—Puede retirarse.
Lord Odo ya no estaba ante la pantalla de la computadora cuando
Pellaeon volvió sobre sus pasos por la pasarela de mando hacia el puente
trasero. Fue hacia el turboascensor preguntándose dónde se habría metido el
alienígena.
Cuando entró en el ascensor le asaltó una duda extraña.
Los arkanianos eran célebres por su arrogancia, además de una actitud de
superioridad racial que ni siquiera los hutts podían igualar. La mayoría de
arkanianos que había conocido creían firmemente que podían hacer cualquier
cosa que otra especie pudiese hacer. Y que podían hacerla mejor.
En ese caso, ¿por qué iba uno de ellos a rebajarse tanto como para
contratar a un piloto humano para su nave?
Por un instante Pellaeon se sintió tentado de regresar ante Drusan y
preguntárselo pero entonces la puerta se cerró y el ascensor puso rumbo a su
camarote y la suave cama en la que últimamente había pasado muy pocas
horas. Y decidió postergar aquel protocolo de seguridad por un día.
Además, aún quedaban cuatro días para llegar al sistema Poln. Iba a tener
tiempo de sobra para hacerle esa pregunta al capitán.
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—Me ayuda a pensar —dijo—. Siempre ando de aquí para allá cuando
tengo que resolver un problema.
—No lo había hecho hasta ahora.
—Bueno, pues ahora lo hago —gruñó Car’das—. ¿Le molesta?
—En absoluto —dijo Thrawn, sus ojos rojos parecían arder sobre la cara
pálida de Car’das—. ¿Puedo ayudarle con ese problema?
—No —le cortó secamente Car’das. Se dio la vuelta y echó a andar otra
vez.
Y se detuvo abruptamente. Faltando aún cuatro días para Poln Mayor y
todo lo desconocido que allí les esperaba, era hora de plantear aquello
abiertamente.
—Sí, en realidad sí —dijo, volviéndose—. Puede decirme por qué
estamos aquí.
Thrawn ladeó la cabeza levemente.
—¿Por qué estamos aquí? —preguntó.
—Vale —dijo Car’das—. Por qué estoy yo aquí. Es absurdo. No sé nada
que pueda interesarle, soy una compañía pésima y usted es como mínimo tan
buen piloto como yo. ¿Por qué no me dejó donde estaba?
Las cejas azules y negras de Thrawn se arquearon.
—¿Se refiere a cuando escapamos? —preguntó mordazmente.
Car’das respiró hondo, los pulmones y el pecho le dolieron al expandirse.
—Me estoy muriendo, Thrawn —dijo en voz baja—. Sé que ahora mismo
no lo parece pero así es. Vivo a base de estimulantes y remiendos, y eso no
puede durar demasiado —señaló vagamente hacia el vasto universo que se
abría ante su nave—. Solo hay un lugar en toda la galaxia en el que me han
dicho que puedo encontrar una cura. Quizá lo haga. Quizá no. Quizá solo
encuentre algunas respuestas. ¿Me culpa por intentar llegar hasta allí?
—Por supuesto que no —dijo Thrawn—. ¿Cuáles son las preguntas para
las que busca respuesta?
Car’das suspiró.
—Ni siquiera lo sé.
Por un instante regresó el silencio a la habitación.
—Pero cuando le llamé, vino —dijo Thrawn—. Si estaba tan ansioso por
marcharse, ¿por qué no me contó todo esto antes?
—Eso tampoco lo sé —negó con la cabeza—. Quizá porque esta es mi
última oportunidad de hacer algo útil para el resto de la galaxia.
—Ha hecho muchas cosas útiles —le recordó Thrawn—. Como salvarme
la vida.
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—Esa es una vieja historia —dijo Car’das, con un nudo en el estómago
por la vergüenza y la culpa—. Durante años no he hecho absolutamente nada
más que levantar mi organización contrabandista. No para ayudar a nadie, ni
cuando enviaba información al Centro Imperial para ayudar al gobierno a
desenmascarar criminales y traidores. Todo estaba destinado a mi propio
engrandecimiento y poder —negó con la cabeza—. He malgastado mi vida,
Thrawn. Estos últimos años… los he malgastado todos.
—Quizá —dijo Thrawn en voz baja—. Pero la necesidad de crear es un
impulso profundamente arraigado en cada uno de nosotros. Todos nos
esforzamos por construir imperios, ya sean de piedra, personas o palabras.
Imperios que esperamos que nos sobrevivan. Pero, al final, todos debemos
dejar atrás nuestras creaciones. Lo único que podemos esperar es dejar
también un sucesor digno que continúe nuestra obra. O que, al menos, pueda
conservarla un tiempo.
—Quizá —admitió Car’das. Thrawn tenía razón, por supuesto. Como casi
siempre. Y Car’das había dejado tras de sí un sucesor digno, un teniente de
fiar llamado Talon Karrde.
La cuestión fundamental era si Karrde sobreviviría a las semillas de caos
que Car’das también había dejado tras de sí.
Pero ya era demasiado tarde para preocuparse por aquello. El futuro de su
organización ya estaba en movimiento y ni regresando en aquel mismo
momento podría restaurar el orden.
Aunque, en realidad, el futuro estaba en permanente cambio. Todos los
futuros lo estaban.
—He notado que no ha contestado mi pregunta —dijo Car’das—. Usted
está aquí para proteger al Imperio del señor de la guerra Nuso Esva. ¿Pero por
qué estoy yo aquí?
—Porque mis fuerzas están ocupadas en las Regiones Desconocidas,
atareadas con la defensa de mis aliados —dijo Thrawn—. Porque estoy solo y
siempre resulta útil tener un par de ojos o manos adicionales.
—¿Pero por qué yo? —insistió Car’das—. Usted tiene acceso directo al
Emperador. ¿Por qué no un Guardia Real o algún joven y brillante oficial de
la flota? —resopló—. ¿Por qué no el mismísimo Vader? Si puede soportar su
compañía.
Thrawn sonrió… y para asombro de Car’das había un punto de tristeza en
la expresión normalmente relajada de su interlocutor.
—Porque —dijo en voz baja— es la única persona en que confío.
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Car’das se lo quedó mirando mientras parte de su autocompasión se
transformaba en un pozo sin fondo de vergüenza. Thrawn lo había
abandonado todo: su hogar, su gente, su prestigio, su vida. Se había
consagrado a proteger las partes civilizadas de la galaxia de piratas, señores
de la guerra y remotas pesadillas anónimas que Car’das apenas podía
imaginar.
Y, aun así, al final, todo aquel trabajo y sacrificio se reducía a aquello. La
mente militar más grande de su época con un solo hombre solitario e
insignificante del que podía fiarse.
—Lo siento —dijo en voz baja.
—No es necesario que se disculpe —le tranquilizó Thrawn—. Soy yo el
que debería disculparse. Con un poco de suerte esto debería terminar en dos o
tres semanas y usted podrá continuar su viaje —inclinó la cabeza—. O
podemos volver los dos al Ejecutor y marcharse ahora mismo.
Car’das hizo una mueca.
—Gracias pero no tengo intención de dejarlo a merced de Vader. Aparte
de todo lo demás, tiene fama de ser más veleidoso que los hutts. ¿Y si de
repente decidiera incumplir su acuerdo?
—No lo hará —le tranquilizó Thrawn—. Impulsivo o no, lord Vader tiene
importantes intereses personales, además de un egoísmo bien informado. No
tengo ninguna duda de que cumplirá con el papel que le he asignado.
Car’das se estremeció. Un capitán de la flota diciendo abiertamente que
Darth Vader desempeñaba un papel asignado solía ser el camino perfecto para
el ascenso repentino de los primeros oficiales. Razón de más para no dejarlos
juntos más de lo absolutamente necesario.
—Estoy seguro de ello —dijo Thrawn en un tono distante, concentrado de
nuevo en la pantalla de la computadora.
Car’das negó mentalmente mientras se levantaba de su asiento. Aquella
franqueza probablemente era el motivo por el que Thrawn no tenía a nadie
más en el Imperio de quien pudiese fiarse. La flota, como la corte imperial,
estaba llena de evasivas, política y sonrisas fingidas. Cualquier cosa que se
pareciese a la sinceridad era vista con recelo.
Aun así, se daba cuenta mientras avanzaba por el pasillo de que quizá la
honestidad cruda de Thrawn no era tan mala. No había duda de que se sentía
mejor de lo que se había sentido en semanas. En meses incluso. Había creído
que aquel viaje era su última oportunidad de hacer algo bueno y noble. Ahora
estaba seguro de ello.
Solo podía esperar vivir lo suficiente para verlo terminado.
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El sistema de túneles del Séptimo Octante era el laberinto más enrevesado
que Han hubiese visto nunca. Pero los mapas de Axlon eran buenos y tras un
par de horas yendo y viniendo, finalmente volvió a encontrar el camino a la
zona minera de Anyat-en.
Pero esta vez, en vez de llegar desde la dirección del puerto Quartzedge,
como podría esperar cualquier hombre razonable, Chewie y él llegaban al
complejo desde otra de las cuevas mineras abandonadas. Una dirección desde
la que nadie habría esperado compañía.
O eso confiaba.
A cinco kilómetros del borde del complejo, apagó los faros del deslizador
terrestre y redujo a una velocidad en la que podían navegar más o menos a
salvo con la ayuda de la iluminación de las espaciadas luces permanentes. A
un kilómetro del borde, frenó el deslizador terrestre hasta detenerlo.
Pasaron un minuto sentados en silencio, dejando que sus oídos se
ajustasen a la ausencia del zumbido del repulsor. Entonces, a lo lejos, Han
oyó el leve murmullo de voces.
Muchas voces.
Miró a Chewie. El wookie lanzó un gruñido profundo.
—Vale —dijo Han, sacando su bláster mientras bajaba del deslizador
terrestre—. Veamos a qué tipo de problema nos enfrentamos.
Según los datos de Axlon, el complejo Anyat-en estaba formado por ocho
cuevas de formas irregulares, excavadas en la roca en busca de filones de
mineral. Chewie y Han bajaron por el túnel, pasando junto a pequeñas cuevas
laterales que probablemente se habían diseñado como almacenes de
materiales o combustible. Caminaban con cautela, fijándose bien en dónde
pisaban, intentando no hacer demasiado ruido con las piedras que cubrían el
suelo.
Estaban a unos cincuenta metros de la cueva grande más cercana y Han
pudo ver el parpadeo de las varas de luz en las paredes del túnel, cuando oyó
un crujido de gravilla justo detrás de ellos.
—Ya habéis llegado demasiado lejos —advirtió una voz débil.
Han se detuvo y se tragó una maldición. Había echado un vistazo a las
primeras cuevas laterales al pasar junto a ellas pero como todas estaban vacías
dejó de preocuparse, concentrando toda su atención en las voces y luces que
tenían delante. Ahora aquella falta de atención le iba a costar cara.
Mejor dicho, le iba a costar cara al hombre que tenían detrás. Por el
sonido de su voz debía de estar al alcance de Chewie y Han dudaba que nadie
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en Poln Menor hubiese visto jamás lo rápido que podía moverse un wookie.
—Calma —dijo en tono tranquilizador y levantó su bláster por encima de
la cabeza. Si el guardia era lo bastante estúpido para mirar el arma o, incluso
mejor, acercarse para arrebatársela de las manos…
—¿Chewbacca? —preguntó el guardia—. ¿Eres tú?
Han se dio la vuelta para mirar hacia atrás.
No era un contrabandista, ni un pirata, ni un hombre del gobernador
Ferrouz. De hecho, era…
—Coronel Cracken —dijo Wedge Antilles—. ¿Coronel? Tengo una
sorpresa para usted.
El murmullo de voces delante se detuvo abruptamente. Al cabo de un
momento, la luz reflejada de las varas de luz aumentó de intensidad mientras
toda una multitud iba hacia la entrada de la cueva.
Han hizo una mueca y enfundó su bláster. Wedge por aquí, el coronel
Airen Cracken por allá. Lo único que podía empeorar aquello sería…
—¡Han! —exclamó Leia, con aquel tono y expresión entre perpleja y
furiosa que solo ella podía tener—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Sí, ya sé que se supone que no deberíamos haber venido hasta que Axlon
cierre formalmente el acuerdo —dijo Leia en voz baja mientras entraban en la
cueva que habían empezado a examinar—. Y no lo hemos hecho. Solo
pensamos que sería buena idea que una avanzadilla viniera a echar un vistazo.
—Sí —gruñó Han—. Muy bien.
Leia respiró hondo, esforzándose por no perder los estribos. Han había
recibido órdenes de quedarse con Axlon en Poln Mayor. No debería estar allí,
mucho menos fisgoneando y exigiendo explicaciones. O comportándose
como si Cracken y ella estuviesen haciendo algo malo.
Sobre todo porque aquella escapada extraoficial había sido idea del propio
Axlon. Si su negociador jefe creía que era legítimo Han no debía dudar de él.
—Como mínimo ahora sabemos quiénes eran esos tipos de Quartzedge —
dijo amargamente Han—. Podrían habernos dicho algo cuando llegamos.
Leia frunció el ceño. ¿Quartzedge? ¿A quién había colocado Cracken en
Quartzedge? Abrió la boca para preguntarlo…
—¡Eh! —gritó alguien en la cueva, con su vara de luz alumbrando un
trozo de pared rota—. ¿Coronel? ¿Princesa? Esto les va a interesar.
Leia fue hacia allá, preguntándose si debía ordenarle a Han que no se
moviese de donde estaba.
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Pero era demasiado tarde. Ya caminada con largas zancadas delante de
ella. Leia hizo una mueca y se apresuró a alcanzarlo.
Han estaba cerca del hombre de la vara de luz. Leia vio que era uno de los
técnicos, un tipo bajo y entusiasta llamado Anselm. Cracken llegó hasta Han,
le adelantó discretamente y fue el primero en llegar a la grieta.
Bajo la leve luz reflejada en la roca oscura Leia pudo ver que Cracken
abría los ojos como platos.
—Vaya, vaya —murmuró—. ¿Qué tenemos aquí?
Han y Chewie ya estaban junto a él, fijándose en el trozo de pared
iluminado por la vara de luz. Leia aceleró el paso y los alcanzó.
El agujero, como esperaba, daba a otra cueva abovedada, con el suelo un
metro y medio más alto que el de la que estaban. Pero, a diferencia del resto
de minas abandonadas que habían explorado, aquella no estaba vacía. De
hecho, estaba llena de material bien colocado.
No solo material. Material militar. Pudo ver un estante con blásters
repetidores E-Web, otro con granadas y un par de morteros Merr-Son, y lo
que parecían un par de balizas sensoras tipo puesto de avanzada a un lado.
—¿Anselm? —dijo Cracken—. Análisis, por favor.
—Eh… —Anselm titubeó y Leia sintió un destello de simpatía por él. En
esencia era un técnico de naves que pasaba la mayor parte del tiempo
enterrado en motores parcialmente desmontados de cazas estelares. Cracken
lo había traído para comprobar la idoneidad de sus nuevas cuevas para los
muelles de reparación de naves, además de ocuparse de los cuidados del viejo
y maltrecho carguero que Rieekan había elegido para llevarlos al sistema
Poln.
Ahora, de golpe, el trabajo de Anselm en aquel viaje se había ampliado
considerablemente.
—Eh… —volvió a intentarlo.
—Le echaré un vistazo —dijo Han, intentando colocarse delante de
Cracken.
—Yo echaré un vistazo —replicó Leia, sujetándolo del brazo y
obligándole a detenerse—. Para empezar, no cabes por esa abertura.
—No pasa nada —dijo Han, desenfundado su bláster—. La haré más
grande.
—Descanse, Solo —ordenó fríamente Cracken—. Muy bien, princesa,
adelante. Diez minutos, nada más. Y no toque nada. Toksi, échele una mano.
Leia fue hacia el agujero y apoyó un pie con cautela sobre las manos
unidas de uno de los hombres más corpulentos de Cracken. Desde cerca pudo
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ver que el agujero era más pequeño de lo que parecía desde lejos y que sus
bordes eran dentados.
Pero nada iba a impedirle cruzarlo. No con Cracken y los demás
mirándola. Sobre todo con Han mirándola. Hizo muecas de dolor cuando los
bordes le desgarraron el mono y se le clavaron en la piel pero cruzó y entró en
la otra cueva. Sacó una vara de luz y la encendió.
La cueva no era muy grande, apenas tenía unos veinte metros de ancho,
pero su limitado espacio estaba asombrosamente bien surtido. Además del
material que había visto, había más estantes con armas, botes de gas tibanna y
provisiones suficientes para montar un pequeño campamento o puesto de
vigilancia.
En el otro extremo había otra abertura de la que salía un leve brillo de
metal reflejado de su vara de luz. Dio un vistazo rápido al equipo de
acampada cuando pasaba camino de la otra cueva. Esta también estaba
repleta, convertida en un taller mecánico de armas perfectamente equipado y
completado con dos generadores de fusión portátiles que lo mantenían en
funcionamiento todo.
Y en la siguiente sala…
Volvió a la pared rota cinco minutos después de los diez que le había dado
Cracken y cuando llegó encontró a uno de sus hombres más bajitos, aunque
no lo bastante, intentando colarse por la abertura para ir por ella. Lo ayudó a
bajar y después cruzó la grieta.
—¿Y bien? —dijo Cracken, bajando su datapad mientras Toksi la
ayudaba a llegar al suelo.
—Es el bote del sabbac —anunció Leia—. Tenemos blásters, gas tibanna
y un taller de armas. Y más allá hay una cueva llena de aerodeslizadores T-47
modificados para el combate.
—Bromea —dijo Cracken, abriendo los ojos como platos—. ¿Cuántos?
—Doce —dijo Leia—. También hay un túnel a un lado lo bastante ancho
para sacarlos por allí y otro lo bastante grande para nuestros transportes. Y
esa tampoco es la última cueva.
—En eso tiene razón —coincidió Cracken, tendiéndole su datapad—. Por
lo que puedo deducir de estos mapas de Axlon, por allí está el sistema de
minas de Lisath-re.
Leia hizo una mueca mientras examinaba el intrincado plano de cuevas.
—Por desgracia, Lisath-re no entra en nuestro acuerdo con Ferrouz.
—Aún no —dijo Cracken—. Pero quizá podamos cambiar eso. Quiero
que lleve uno de los deslizadores hasta Yellowstrike, donde tendrá una señal
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de comunicación clara, y vea si Axlon puede añadir esas cuevas a la
negociación.
Leia frunció el ceño.
—No creerá que va a regalarnos todo eso, ¿verdad?
—Depende de si realmente es suyo —dijo—. Han Solo cree que no y yo
estoy bastante de acuerdo.
Leia miró alrededor. De repente se dio cuenta que eso era lo que se había
echado de menos desde que había regresado de las cuevas: la voz sonora y la
cara sonriente de Han.
—¿Dónde está?
—Chewbacca y él se han marchado hacia Quartzedge —informó Cracken,
señalando con la cabeza por encima de su hombro—. Dijo que había tres
hombres merodeando por el puerto cuando llegaron. Si no son hombres de
Ferrouz pueden ser centinelas del dueño de este material, sea quien sea. En
cualquier caso, deberíamos hablar con ellos.
—Sí —dijo mecánicamente Leia sin dejar de mirar alrededor. Chewie se
había marchado con él, por supuesto. Pero eso seguía dejando las cuentas en
tres contra dos.
—No se preocupe, he enviado a Erick y Flind con ellos —añadió Cracken
—. No les pasará nada.
—Claro que no —dijo Leia, sintiendo un leve sonrojo. Han ya era
mayorcito para cuidar de sí mismo. Tampoco es que le importase—.
Necesitamos encontrar otra manera de entrar en esas cuevas —dijo, tomando
el datapad de las manos de Cracken—. Veamos qué más nos ha dejado
nuestro futuro benefactor.
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—Solo…
—Esperen, ahora les traigo un escáner —le cortó Han, activando la rampa
de embarque.
—Olvídelo —gruñó Erick—. Tenemos trabajo que hacer.
—Eh, no pasa nada —dijo Han con calma—. Llamaré a Cracken y le diré
que no se quieren molestar en hacer un barrido de la nave del embajador
Axlon.
Erick resopló.
—¿La nave del embajador?
—No puede llamarle —dijo Flind mientras Han subía la rampa—. No hay
comunicación entre aquí y allí, los comunicadores no funcionan.
—No pasa nada —dijo Han, abriendo la taquilla de material que había
junto a la escotilla y sacando dos escáneres de precisión portátiles—. Pero
puedo llamar a Rieekan. O a Mon Mothma. Tengan.
Lanzó los escáneres hacia los dos hombres ceñudos.
—Pueden empezar desde la proa hacia la popa —les dijo mientras Chewie
subía la rampa para unirse a él—. Avísenme si encuentran algo… Quiero
verlo antes de despegar.
Los dos hombres se miraron. Después, sin decir palabra, se marcharon en
la dirección asignada.
—Toma —dijo Han, sacando el último escáner y dándoselo a Chewie—.
Empieza por los motores. Voy a ver si Axlon nos echa de menos.
Así era. El comunicador mostraba al menos seis mensajes. Todos de
Axlon, con unos niveles de irritación y enfado cada vez mayores. Han
escuchó los seis, básicamente por diversión, y después llamó al comunicador
de Axlon.
—Ya era hora —gruñó este después de que Han se identificase—. ¿Dónde
han estado?
—Trabajando —contestó Han—. ¿Cómo le ha ido?
—Tenemos un principio de acuerdo —dijo Axlon—. Volveremos a
reunirnos en unos días para cerrar los últimos detalles. ¿Skywalker dice que
han abandonado el puerto espacial?
—Tenía que hacer unos recados —dijo Han, mirando pensativamente al
comunicador. ¿Luke tenía que decirle a Axlon que el Halcón no estaba allí?
¿Lo había visto el propio Axlon?— ¿Dónde está Luke en estos momentos?
—No lo sé —dijo Axlon—. Supongo que ha vuelto a su nave. He tomado
una habitación en un hotel cercano al palacio. No tiene sentido cruzar la
ciudad cada vez que tenga que reunirme con nuestro amigo.
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—Parece lógico —asintió Han. Sobre todo teniendo en cuenta que los
gastos corrían a cuenta de la Alianza—. ¿También ha alquilado una para
Luke?
—No —dijo Axlon, perplejo—. Supuse que se organizaría por su cuenta.
Han hizo una mueca. Ahora que habían descubierto a Luke, Axlon
esperaba que durmiese a bordo del Halcón con Han y Chewie.
—¿Ya ha hablado con Cracken? —preguntó.
Se produjo una breve pausa.
—¿Cracken? —repitió con cautela Axlon.
—El coronel Airen Cracken —dijo Han, esforzándose por no perder la
paciencia. Empezaba a estar muy cansado de aquellos jueguecitos—. Él y Su
Adorabilísima. Ya sabe, sus antiguos…
—Sí, sí, ya sé a quién se refiere —le cortó Axlon sobriamente—. La
cuestión es ¿cómo lo sabe?
—Probablemente porque soy más listo de lo que cree —le dijo Han—.
Como le decía, debe hablar con Cracken. Hay otra red de cuevas que debería
incorporar a la negociación.
—Otra… oh —se interrumpió Axlon—. Bien. Hablaré con él en cuanto
pueda. En cualquier caso, debo anunciarle que ya puede mandar el equipo de
reconocimiento oficial. ¿Dónde está usted ahora?
—Ocupado —dijo Han—. Si necesita algo, avíseme. De no ser así,
olvídeme.
—Solo…
Han cortó la comunicación.
Se quedó unos minutos mirando por la cubierta de la cabina hacia las
rocas del muelle de aterrizaje, escuchando las inconfundibles voces de Flind y
Erick llegando débilmente desde la rampa.
E intentó pensar. Porque había algo en todo aquello que no encajaba.
Estaba intentando descubrirlo cuando el comunicador volvió a emitir un
pitido. Apretó el botón de encendido con una mueca. Si volvía a ser Axlon…
—Aquí Solo —gruñó.
—Soy Leia. ¿Estás bien?
—Claro —dijo Han—. ¿Por qué?
—Porque dijiste que había unos hombres misteriosos merodeando
alrededor del Halcón —dijo, aparentemente enfadada—. ¿Te acuerdas?
—Oh… vale —murmuró Han—. Bueno, pues ya no están. Cuando
llegamos se habían marchado.
—Vaya —dijo Leia—. Qué extraño.
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—Sí, eso me ha parecido a mí también —asintió Han—. Si estaban
vigilando para ver quién aparecía, ¿por qué marcharse ahora? Sobre todo
cuando dijimos que íbamos a las minas de Anyat-en, justo al lado del pequeño
almacén de armas.
—A no ser que no supieran que se había abierto una grieta que permitía
acceder a la cueva —dijo Leia dubitativamente.
—De todas formas, íbamos a la zona —comentó Han—. Como mínimo
deberían haber esperado a que regresásemos para saber si habíamos
encontrado algo.
—Probablemente no os esperaban tan pronto —comentó Leia—. Quizá
pensaron que les daba tiempo a ir y volver —hizo una pausa—. O solo
querían echarle un vistazo a tu nave mientras no estabas.
—O más de uno —dijo Han—. Tengo a Chewie y los otros dos buscando
rastreadores.
—Buena idea —dijo Leia—. Aunque te habría ido mejor alguno de los
técnicos. ¿Quieres que te mande un par?
—No, podemos arreglárnoslas —le aseguró Han—. También podían ser
hombres de Ferrouz y que los haya mandado retirarse en cuanto cerró el trato
con Axlon.
—Según Axlon no —dijo Leia—. Se lo he preguntado y dice que Ferrouz
le aseguró que su gente ya había abandonado la zona.
—Podía estar mintiendo —replicó Han agriamente—. Hablando de
Axlon, ha dicho algo sobre llamar al equipo de reconocimiento. Creía que
erais vosotros.
—Se refiere al equipo de verdad, al oficial, que está esperando fuera del
sistema —dijo Leia—. Nosotros solo teníamos que echar un vistazo rápido.
Se supone que ellos harán un reconocimiento completo y un análisis de las
cuevas que nos servirá para decidir qué utilidad les damos. Pero, vistas las
circunstancias, vamos a necesitar una comitiva un poco mayor.
—¿Para examinar todo el material que encontramos?
—El material que encontramos nosotros, sí —le corrigió Leia—. El
general Rieekan está organizando un escuadrón de intendencia completo,
además de un grupo de apoyo logístico para clasificar el material y unos
cuantos transportes para cuando podamos sacarlo.
—Espera un momento —dijo Han, frunciendo el ceño—. ¿Nos vamos a
llevar ese material? Aún no sabemos siquiera a quién pertenece.
—De ahí la clasificación —dijo Leia—. Queremos llevarnos el material
más relevante antes de que su dueño se entere.
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—Sí, bueno, no creo que tarde —le advirtió Han—. Y si es de Ferrouz se
va a cabrear.
—Por eso Axlon le planteará la cuestión de las minas de Lisath-re en
cuanto pueda —dijo Leia—. Si no muestra ninguna reacción podremos
suponer que el material pertenece a contrabandistas o piratas. No creo que
haya ningún problema de tipo moral en robar material robado.
—Yo pensaba más bien en bandas de piratas tan despiadadas y
contundentes como el Imperio —gruñó Han—. Me he topado con algunas y si
eso es suyo no dudes que se van a cabrear mucho.
—No te preocupes, Rieekan enviará una escolta con el equipo —le
tranquilizó Leia—. Un escuadrón de cazas como mínimo. Probablemente
acompañados de un par de cruceros ligeros.
Han hizo una mueca.
—Seguro que Ferrouz está encantado.
—Estoy convencida de que le parecerá maravilloso —dijo Leia—.
Aunque parece que tú no opinas lo mismo.
—No, la verdad es que no —dijo Han—. ¿Pero desde cuándo eso le
importa a nadie?
Se produjo una breve pausa.
—Sí importa —afirmó Leia en un tono cuidadosamente neutro—.
Cuídate, ¿vale?
—Siempre lo hago, corazón —la tranquilizó Han—. ¿Quieres que me
quede contigo una temporadita?
—Gracias pero creo que puedo arreglármelas —dijo Leia, repentinamente
gélida. Han supuso que era por haberla llamado «corazón»—. Vuelve a Poln
Mayor. Si algo va mal eres el único medio de huida de Axlon.
—Claro —dijo Han—. Si me necesitas, llámame.
Se oyó un chasquido y la comunicación se cortó.
Han miró un momento el tablero de control. Después, negando con la
cabeza, tecleó la solicitud de un diagnóstico completo de los sistemas del
Halcón.
Mostacho y sus amigos podrían haber estado buscando sus puntos flacos.
O quizá querían saber dónde iba el Halcón y habían instalado uno o dos
rastreadores.
O quizá habían decidido que no querían que el Halcón fuese a ninguna
parte. Nunca más.
Chewie y los hombres de Cracken ya estaban buscando rastreadores. Era
mejor que se pusiera también manos a la obra y buscase rastros de sabotaje.
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CAPÍTULO OCHO
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—Si es lo que quieres que hagamos —añadió Marcross.
—Suena razonable —dijo Jade—. Nada de armaduras… Queremos pasar
desapercibidos.
—Entendido —dijo LaRone—. ¿Vendrás con nosotros?
Jade negó con la cabeza.
—Tomaré uno de los deslizadores terrestres e iré a la zona alta de la
ciudad. Quiero ver si Ferrouz ha añadido más puestos de soldados de asalto
cerca del palacio.
Al cabo de quince minutos estaban en tierra. Los trámites de aduanas
consistían en unas cuantas preguntas, un vistazo somero a sus identidades
falsas y una advertencia igual de somera de que no se metiesen en líos. Más
una cuota de amarre, por supuesto, con el suficiente exceso respecto a las
tarifas habituales para que LaRone sospechase que el inspector aprovechaba
para complementar su salario.
Bajo otras circunstancias, aquel truco flagrante habría hecho que sus
compañeros y él revisasen más detenidamente el sistema de aduanas,
intentando averiguar hasta dónde llegaba la corrupción, pero con una posible
traición acechando el palacio del gobernador, las trampas de aduanas
quedaban bastante abajo en su lista de prioridades.
Jade ya tenía su mochila preparada y cuando el tipo de aduanas se
marchó, ella hizo lo propio en el más elegante de los dos deslizadores
terrestres de la Suwantek, serpenteando con pericia entre la multitud de
peatones y los puestos ambulantes y hogares destartalados que bordeaban la
mayoría de calles. LaRone y los demás salieron del muelle a pie y fueron
hacia el puesto de soldados de asalto.
Las calles eran ruidosas, con los ecos de docenas de idiomas distintos
aparte del básico, que iba desde el más correcto hasta el más chapurreado.
Había muchas especies representadas, incluidas al menos dos con las que
LaRone no estaba familiarizado. Los puestos de venta de todo tipo bordeaban
las calles, añadiendo aromas de comida y el ruido de los vendedores a la
escena.
—Y ese tipo solo está pensando en hacer tratos con traidores —masculló
Grave junto a LaRone cuando pasaron junto a una casa particularmente
miserable que parecía construida por completo a base de cajas de embalaje.
—No puedo culpar a la rebelión por esto —murmuró Brightwater en
respuesta—. Al menos no de todo. He visto suburbios como este en
Coruscant.
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—No culpaba a nadie más que Ferrouz —dijo Grave—. Si aceptas el
cargo de gobernador, parte de tu trabajo es asegurarte que tu pueblo tiene
posibilidades reales de hacer algo bueno con su vida.
Quiller carraspeó.
—Hablando de la rebelión —dijo—, ¿alguien más ha visto el transporte
YT-1300 del muelle cuarenta?
LaRone le miró y sintió un hormigueo en la nuca. Aún había muchos YT
viejos rondando por el Imperio pero por la manera que Quiller lo había
dicho…
—¿La nave de Solo?
—¿Solo? —repitió Brightwater—. ¿Aquí?
—No estoy seguro —dijo Quiller—. Estábamos demasiado lejos para
identificarla con precisión y no quería activar un escáner, no con Jade
viéndonos.
—¿Por qué no? —preguntó Marcross—. Solo es un rebelde. Que esté aquí
prácticamente confirma que Ferrouz es un traidor.
—Eh, ni siquiera sé si era Solo —protestó Quiller—. Aunque lo fuese,
puede tener infinidad de motivos para estar aquí que no tienen nada que ver
con Ferrouz.
—Tienes razón —dijo con firmeza LaRone, interviniendo antes de que la
discusión fuera a mayores. Habían trabajado con Solo apenas unos meses
antes, junto con su copiloto wookie y el joven aspirante a Jedi Luke
Skywalker. Las cosas habían ido bastante bien pero era una experiencia que
LaRone no estaba deseando repetir. Algo que probablemente se debía a que
los tres fuesen rebeldes—. Además, no es asunto nuestro dictar sentencias.
Eso es cosa de Jade.
—¿Y si vemos a Solo? —preguntó Marcross—. ¿Se lo contamos a Jade?
—Creo que debemos hacerlo —dijo Grave—. Nuestro trabajo es hacerle
de apoyo y suministrarle información forma parte de él.
—Estoy de acuerdo —dijo LaRone a regañadientes. Que no quisiera
volver a trabajar con Solo no significaba que quisiera entregárselo a
Seguridad Imperial—. Pero antes de hacerlo deberíamos asegurarnos de
conocer su versión sobre lo que está pasando.
—Suponiendo que quiera hablar con nosotros —comentó Brightwater—.
Teniendo en cuenta que volvemos a ser imperiales.
—Extraoficialmente —le recordó LaRone, frunciendo el ceño. A media
manzana de allí el flujo normal del tráfico se había visto interrumpido por un
puñado de gente que miraba algo que estaba sucediendo en la parte derecha
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de la calle. Más transeúntes se iban parando a mirar a medida que los cinco
soldados de asalto se acercaban.
Marcross también lo había visto.
—¿Una especie de espectáculo callejero? —sugirió.
—Demasiado silencioso —dijo Grave—. Supongo que encontraremos
uno o dos cadáveres.
—O alguien a punto de morir —dijo LaRone con una mueca. Los blásters
no eran extraños allí pero, para pasar desapercibidos, Jade les había ordenado
que solo llevasen blásters de mano, mucho más fáciles de esconder que sus
habituales DH-17 de BlasTech.
Desgraciadamente, los blásters de mano también eran mucho menos
potentes que los DH-17, tanto en alcance como en número de disparos por
carga de tibanna. Si se encontraban en problemas, no tardarían en estar en una
clara desventaja en potencia de fuego.
Pero no podían hacer otra que cosa que intentarlo.
—Incursión en línea abierta —ordenó LaRone, asegurándose de tener su
bláster a mano—. Veamos qué está pasando.
Llegaron al borde de la multitud congregada. LaRone escogió un buen
sitio y empezó a abrirse paso entre la gente, con sus compañeros entrando por
otros puntos en una línea en que se cubrían los unos a los otros. LaRone llegó
hasta la primera fila de mirones, se hizo un hueco entre un rodiano y un
devaroniano y entró en el círculo.
Delante de él, a tres metros, había cuatro alienígenas, unos seres con
plumas color borgoña de una especie que LaRone no reconoció. Sus caras y
los blásters que empuñaban estaban apuntados hacia tres alienígenas de
escamas verdes y mechones de pelaje situados detrás de otros tres de los
alienígenas con plumas. Todos ellos estaban bajo el toldo de una tienda con la
fachada abierta llena de cajas y chatarra.
El primer pensamiento de LaRone fue que los verdes se escondían tras los
emplumados. Pero después vio el cuchillo en manos de uno de los verdes. Vio
que todos llevaban cuchillos, unas armas con punta de gancho y muy mala
pinta que sujetaban con firmeza sobre los cuellos de los emplumados.
Los verdes no se escondían tras los emplumados. Los usaban como
escudos vivientes.
—Le pagaré lo que convenga —estaba diciendo uno de los verdes cuando
LaRone llegó—. Pero no a punta de pistola.
—Pagarás el doble —le espetó uno de los emplumados que le estaba
apuntando. Al pronunciar la última palabra dio un paso rápido a la izquierda,
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probablemente con la intención de cambiar de posición y tener un disparo
claro por encima del sobrio de su hermano de especie. Los verdes se giraron,
rotando a sus cautivos los pocos grados necesarios para mantenerlos en la
línea de fuego de los otros emplumados. Los demás emplumados armados
recularon a su posición inicial cuando otros dos verdes les hicieron un gesto
silencioso.
—Pagarás el triple —dijo el portavoz de los emplumados—. Y una vida
por cada una de las que dañes.
—Solo pagaré el precio original —dijo con firmeza el verde—. Y no le
hará daño a ninguno de nuestros seres indefensos.
LaRone hizo una mueca cuando finalmente vio al grupito de verdes
apiñados a la sombra de la tienda, detrás de los que empuñaban los cuchillos.
Varios de ellos parecían adultos aunque eran un poco menos corpulentos y
tenían menos mechones de pelaje verde entre sus escamas también verdes.
Los demás eran versiones mucho más pequeñas, claramente niños.
Un movimiento a la izquierda de LaRone llamó su atención y cuando
miró vio aparecer a Marcross desde la otra punta de la multitud. Los otros tres
soldados de asalto también estaban allí.
LaRone respiró hondo.
—¿Cuál es el problema? —preguntó, dando un paso hacia los alienígenas.
Uno de los emplumados armados se volvió hacia él y giró el bláster para
apuntarle al pecho.
—Lárgate, humano —gruñó—. Esto no es asunto tuyo.
—La justicia es asunto de todos —dijo LaRone, con las manos colgando a
ambos lados del cuerpo. Sabía que corría el riesgo de que el alienígena le
disparase y allí terminase todo. Pero aunque los emplumados parecían muy
enfadados no parecían lo bastante chiflados para abrir fuego contra unos
completos desconocidos delante de centenares de testigos—. ¿Esa gente le ha
robado?
—Me vendieron un cuchillo —gruñó el emplumado por encima de su
hombro, mirando fijamente al portavoz verde—. El cuchillo se ha roto.
Solicito que me devuelva lo que pagué por él.
—Parece bastante razonable —dijo LaRone, mirando a los verdes—. ¿Y
se niegan?
—Nuestros cuchillos no se rompen si se usan correctamente —dijo el
portavoz verde—. Si tengo que devolverle el dinero, tiene que entregarme el
cuchillo para que pueda examinarlo y encontrar sus defectos.
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—Pero el cuchillo está roto —insistió el emplumado—. Lo que dice es un
insulto a mi honor y mi palabra.
—Por eso pide el doble de lo que pagó —añadió el verde—. Algo que no
podemos permitirnos.
—Entiendo —LaRone señaló a los escudos vivientes de los verdes—.
Cuéntenme cómo ha ido eso.
—Llegaron armados y vociferando sus exigencias —dijo el verde—.
Temimos por nuestros seres indefensos.
—Querían que nos marchásemos sin devolvernos el dinero —dijo el
emplumado.
—Les dije que enfundasen sus armas mientras hablábamos —replicó el
verde.
—Nos atacaron con sus malditos cuchillos.
—Ellos amenazaron a nuestros seres indefensos.
—Sí, está bien —dijo LaRone, levantando la voz para que le oyesen.
Había tenido que lidiar con situaciones como aquella muchas veces durante su
época como soldado de asalto. Con los alienígenas, en particular de especies
desconocidas, todo podía reducirse a una descarnada competición de honor—.
Basta. Muéstrenme el cuchillo roto.
Se produjo una brevísima pausa.
—No lo tengo —dijo el emplumado con rigidez.
LaRone hizo una mueca. Quizá una de las dos partes estaba intentando
engañar a la otra.
—¿Por qué no? —preguntó—. ¿Dónde está?
—No está aquí —contestó el emplumado, su ira volvía a crecer—.
Cuando me hayan dado el doble de lo que pagué, lo devolveré. Pero no pienso
hacerlo hasta tener el dinero en mis manos.
—Lo siento pero las cosas no funcionan así —le dijo LaRone—. Usted
me da el cuchillo roto y yo me ocupo de que el vendedor le devuelva lo que
pagó por él.
—¡El doble!
LaRone negó con la cabeza.
—Eso tampoco funciona así.
El emplumado gruñó algo en un idioma traqueteante. El que apuntaba su
bláster hacia LaRone dio un paso hacia él, levantando el arma para apuntarle
a la cara. Se oyó el crujido breve y seco de un bláster…
Con un aullido gorjeante, el emplumado se tambaleó hacia delante y cayó
sobre su pierna derecha después de que un disparo de Grave le rozase con
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pericia la parte exterior de la rodilla. LaRone estaba preparado, dio un paso
rápido hacia delante y le arrebató el bláster al alienígena. Giro el arma para
colocarla en posición de disparo y la apuntó a los otros tres emplumados
armados.
—Bajen las armas —dijo.
Los tres emplumados empezaron a volverse, deteniéndose abruptamente
cuando Grave lanzó un disparo de advertencia al trozo de suelo que quedaba
entre LaRone y ellos. Se quedaron petrificados un momento, con los blásters
colgando entre LaRone y sus originales objetivos verdes. Entonces el
portavoz de los emplumados volvió a traquetear en su idioma y los tres
guardaron lentamente sus blásters en sus pistoleras de pecho.
—Gracias —dijo LaRone. Giró su bláster prestado hacia los verdes y sus
escudos vivientes—. Les toca a ustedes. Bajen las armas.
El portavoz murmuró algo y los verdes soltaron a sus rehenes
emplumados. Mientras estos se alejaban apresuradamente, los cuchillos
desaparecieron rápidamente en sus fundas.
—Gracias —repitió LaRone, volviéndose hacia los emplumados—. Y
ahora el cuchillo roto, por favor.
—No está aquí —gruñó el emplumado—. Ya se lo he dicho.
—Sí, lo olvidaba —dijo LaRone—. Bien, podemos ir todos a su casa y
recuperarlo —levantó el bláster levemente—. Irán escoltados, por supuesto, y
esposados. Solo por precaución.
Aun sin conocer la especie ni sus expresiones faciales, LaRone no dudó
que la mirada que le dedicó el emplumado estaba cargada de odio. Pero
LaRone tampoco dudaba que alguien que jugaba la carta de su honor tan
orgullosamente haría cualquier cosa por evitar ser escoltado como un criminal
por calles abarrotadas de gente.
—Está aquí —gruñó a regañadientes, metiendo una mano en un bolsillo
lateral de su túnica y sacando un duplicado de los cuchillos que los verdes
acababan de enfundarse.
Mejor dicho, lo dejó asomar por su bolsillo. Allí se detuvo, mostrando
solo la empuñadura y medio filo.
LaRone negó con la cabeza. Justo lo que sospechaba.
—Gracias —dijo, pasando junto al emplumado que seguía retorciéndose
en el suelo. Agarró la empuñadura del cuchillo y, cuando el emplumado lo
soltó, lo sacó entero del bolsillo.
Mientras lo hacía, dio un paso distraído hacia la izquierda, colocando la
manga entre el cuchillo y la multitud expectante.
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—Sí… entiendo —dijo, mirando el filo perfectamente intacto mientras
bajaba el cuchillo hacia un costado y se lo escondía entre la manga y el
muslo.
Se volvió hacia los verdes.
—Tengo el cuchillo —confirmó—. Ahora devuélvanle el dinero.
Por un instante, el portavoz verde le miró en silencio. Después, también
en silencio, dio un paso adelante. Sacó unas monedas de una bolsa que
llevaba en la cintura y se las dio al emplumado.
—Y ahora el honor y la justicia están a salvo —dijo LaRone—. Pueden
seguir cada uno con sus cosas.
Se volvió a mirar el círculo de mirones.
—Ya pueden marcharse todos —dijo con firmeza.
Lentamente, como decepcionada porque el espectáculo se hubiese
terminado, la multitud empezó a dispersarse. LaRone miró al emplumado al
que había disparado Grave, al que habían ayudado a ponerse en pie y estaba
apoyado sobre uno de los suyos, y se volvió hacia el líder de los emplumados.
—No vuelvan por aquí —advirtió serenamente—. El Imperio tiene muy
mala opinión de los tramposos y potenciales ladrones.
El emplumado le miró furiosamente y se le rizaron las plumas de las
mejillas.
—¿Qué es el Imperio? —preguntó.
—El Imperio es el terreno sobre el que pisa —le dijo LaRone—. Es más,
si vuelven los vendedores de cuchillos probablemente le contarán a todo el
mundo que intentaron engañarlos.
La mirada del emplumado se suavizó levemente.
—Lo contarán de todas formas.
—Les convenceré de que no lo hagan —dijo LaRone.
Las plumas rizadas se aplanaron.
—Estoy en deuda con usted —masculló, casi demasiado bajo para que
LaRone pudiese oírle.
—No se preocupe —le dijo LaRone—. Puede pagarla dejando en paz al
comerciante y su gente.
El emplumado se enderezó.
—Nuestra arma —pidió, alargando la mano.
LaRone se lo pensó. Después dio la vuelta al bláster que había tomado
prestado y se lo devolvió.
—Recuerde lo que le he dicho.
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—No creo que lo olvide —el emplumado hizo un gesto hacia sus
compañeros y les dio órdenes en su traqueteante idioma. Dedicaron miradas
funestas a LaRone, le dieron la espalda al unísono y se marcharon.
Grave fue hasta LaRone.
—Bueno, ha salido todo bien —dijo secamente—. Probablemente no
tendrías que haberle devuelto el bláster.
—Si quieren problemas, un arma más o menos no supondrá ninguna
diferencia —dijo LaRone—. Además, es mejor que queden en deuda con
nosotros.
—Sí, me recuerdan un poco a los yuzzem —comentó Brightwater cuando
llegó junto a ellos—. Irascibles pero con un estricto código del honor.
—Eso me pareció a mí también —coincidió LaRone—. Intenté cambiar
su deuda hacia nosotros por la promesa de dejar en paz a los fabricantes de
cuchillos. Veremos si funciona.
—¿Qué deuda? —preguntó Marcross cuando llegó hasta ellos
acompañado de Quiller.
—Esta —dijo LaRone, mostrándoles el cuchillo intacto—. Vamos…
devolvámoslo a sus legítimos dueños.
Los verdes seguían en fila frente a sus seres indefensos, con las manos
apoyadas en las fundas de sus cuchillos mientras miraban cómo los
emplumados desaparecían entre el tráfico de peatones. Tras ellos, las hembras
y niños se habían puesto de pie y empezaban a regresar dubitativamente a sus
quehaceres.
—Gracias —dijo el líder de los verdes cuando los soldados de asalto
fueron hacia ellos—. Estamos en deuda con ustedes.
—No se preocupe —le tranquilizó LaRone—. Celebro que hayamos
podido ayudar —dio la vuelta al cuchillo y le tendió la empuñadura—. Esto
es suyo.
El verde lanzó un gruñido húmedo cuando vio el filo intacto.
—Lo que sospechaba —dijo desdeñosamente—. Debería haber revelado
públicamente su engaño.
—Siempre es bueno que tenga algo más que perder —dijo LaRone
mientras el alienígena recuperaba su arma.
—Y sus quejas no dañarán su negocio —añadió Brightwater—. He visto
muchos cuchillos en mis viajes y los suyos están excepcionalmente
elaborados.
—Es muy amable —dijo el verde—. Soy Vaantaar, líder de este grupito
de troukrees. Estoy en deuda con ustedes.
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—No se preocupe —contestó LaRone—. Yo soy LaRone. Estos son
Brightwater, Grave, Marcross y Quiller.
—No creo haber visto a nadie como ustedes antes —dijo Marcross—. ¿De
dónde son?
—De allí —dijo Vaantaar, señalando al cielo—. De las estrellas que
llaman Regiones Desconocidas. Volamos hasta aquí con esperanza, huyendo
de los estragos que nos estaba causando un terrible enemigo —sus pequeños
ojos de bordes blancos se entrecerraron—. Un enemigo que tememos que
puede acecharnos aquí pronto.
LaRone frunció el ceño. Jade no había dicho nada sobre amenazas
alienígenas en aquella operación.
—¿Quién es ese enemigo? —preguntó.
—Un grupo de seres, algunos aliados, otros esclavos —dijo Vaantaar—.
Atacan y destruyen bajo las órdenes de un malvado señor de la guerra
conocido como Nuso Esva.
—¿Qué tipo de ser es? —preguntó Marcross—. ¿Es uno de los
emplumados que acaban de marcharse?
—¿Los pineath? —los ojos de Vaantaar brillaron con desdén—. No, Nuso
Esva no es un pineath. Aunque puede que se hayan unido a él. Son el tipo de
criaturas malvadas que usa en beneficio propio. Sobre todo aquí, entre el
fango y miedo que dominan este planeta.
—¿Sabe algo más sobre él? —preguntó LaRone—. ¿Su especie o qué
aspecto tiene?
Vaantaar lanzó una mirada furtiva por encima de su hombro hacia las
mujeres y los niños.
—Solo he visto el desafío siniestro que transmite antes de cada uno de sus
ataques —dijo en voz baja—. Tiene una constitución parecida a la suya pero
con una cobertura suave, suave y brillante como un arcoíris.
—¿Una cobertura? —preguntó Grave, dándose unos golpecitos en el
reverso de una mano—. ¿Se refiere a su piel?
—Su piel, sí —dijo Vaantaar—. La cobertura de su cabeza es parecida a
la suya pero los rizos son mucho más largos y completamente negros. Sus
ojos son… no conozco la palabra. Son de un amarillo intenso y emiten
muchos reflejos pequeños.
—¿Multifacéticos, como los de los insectos? —sugirió Brightwater. Sacó
su datapad y buscó una foto de un noheon—. ¿Como estos?
LaRone miró a sus compañeros.
—¿Algo de esto os resulta familiar?
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—A mí no —dijo Brightwater, volviendo a guardarse el datapad en el
bolsillo.
—A mí tampoco —añadió Grave—. Habría dicho que era un casi-humano
hasta que ha mencionado los ojos. Ya no estoy tan seguro.
—No hay duda de que es de las Regiones Desconocidas y es muy
probable que no hayamos conocido nunca a nadie de su especie —comentó
Brightwater.
—Es verdad —dijo LaRone—. Esperaba que fuese algún imperial
jugando a las conquistas.
—Nuso Esva no se anda con juegos —dijo sombríamente Vaantaar—. Él
conquista y destruye.
—Dice que teme que venga aquí —intervino Quiller—. ¿Por qué aquí?
¿Hay algo de especial valor en el sistema Poln?
Vaantaar lanzó un suspiro siseante.
—¿Qué encuentran de valor los señores de la guerra en sus nuevos
territorios? Solo pretenden conquistar, dominar y explotar otros mundos. Eso
es lo único que les importa a ese tipo de seres.
Bajó la vista.
—Se estaba preparando para conquistar y destruir nuestro mundo cuando
escapamos —dijo en voz baja—. Aún seguimos sin saber qué ha pasado.
—Bueno, si intenta aparecer por aquí se llevará una sorpresa —le aseguró
Quiller—. Dudo que tenga nada que pueda enfrentarse a un destructor
imperial.
—Rezo porque tenga razón —dijo Vaantaar—. He visto su rastro de
destrucción. Y no quiero volver a verlo.
—Ni ninguno de nosotros —aseguró LaRone—. Intente no preocuparse
—señaló a sus compañeros—. Ahora tenemos que marcharnos.
—Se lo repito, estoy en deuda con ustedes —dijo Vaantaar. Titubeó,
balanceando el cuchillo que LaRone le había dado sobre la palma de su mano
y los dedos. Después, como si hubiese tomado repentinamente una decisión,
le dio la vuelta al arma y alargó la empuñadura hacia LaRone—. Como señal
de gratitud por su ayuda —dijo.
—Es un honor —dijo LaRone—. Pero no es necesario. Nuestro honor y
placer es ayudar a los demás.
—Y el nuestro saldar nuestras deudas —dijo Vaantaar, tendiéndole aún el
cuchillo.
LaRone miró a Brightwater. Este miraba el cuchillo sin pestañear.
Prácticamente se le hacía la boca agua.
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—Pues lo aceptamos muy agradecidos —dijo LaRone, agarrando el arma.
Otro de los troukrees avanzó en silencio y le dio a LaRone una funda a juego
de una especie de cuero tallado—. Gracias de nuevo —dijo LaRone, metiendo
el cuchillo en su funda. Encajaba a la perfección pero resultaba
sorprendentemente fácil de desenfundar—. Adiós. Lleven cuidado.
Hizo un gesto y los soldados de asalto siguieron rumbo al puesto de los
otros soldados de asalto.
—Toma —dijo LaRone, tendiéndole el cuchillo enfundado a Brightwater
—. Regalo avanzado del Día Transtierra. Disfrútalo.
—Oh, no podría —protestó Brightwater.
—Sí, claro que sí —dijo Quiller secamente—. Vamos, amigo. Quédatelo,
antes de que se te salgan los ojos de las cuencas.
—Bueno, si insistes —dijo Brightwater, tomando el cuchillo casi
reverencialmente y sacándolo de la funda para echarle otro vistazo.
—Primero un druggat antiguo y ahora esto —dijo Grave—. ¿Por qué
Brightwater se queda siempre con todo lo bueno?
—Por mi cara amable y mi personalidad generosa —dijo Brightwater,
guardando el cuchillo a su espalda, tras el cinturón, y cubriéndolo con el
borde de su túnica.
—Sí, debe de ser eso —coincidió Marcross—. ¿Alguno de vosotros ha
oído que Jade mencionase a ese tal Nuso Esva? ¿O alguna otra amenaza en la
zona, aparte de la rebelión?
—A mí no me dijo nada de eso —dijo Grave—. ¿Brightwater? Eres el que
ha pasado más tiempo con ella.
—Si a flotar en un tanque de bacta se le puede llamar estar con ella —dijo
Brightwater—. Y no, no oí nada de eso.
—Pues la vamos a oír y mucho si no sacamos algunos datos del puesto de
soldados de asalto antes de esta noche —advirtió LaRone—. Se acabó el
recreo, caballeros. Volvamos al trabajo.
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CAPÍTULO NUEVE
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había dejado aquí en un arco interrumpido que iba desde uno de los cortes del
montículo al otro. El propio montículo hacía las funciones del resto de pared.
Los terrenos cerrados por el montículo y la pared eran más ovalados que
circulares, con las principales zonas abiertas a derecha e izquierda del palacio.
Mara no podía ver gran cosa de ninguna de las dos zonas desde su posición
elevada pero por los datos que le había proporcionado el Emperador sabía que
a un lado había jardines y al otro un teatro al aire libre y una pequeña selva
fragante.
El montículo se alzaba unos cincuenta metros sobre el palacio y, de
hecho, la punta de la cresta colgaba sobre el tercio posterior del edificio.
Normalmente, eso sugeriría la posibilidad de una incursión descolgándose.
Pero, en aquel caso, era una llegada tan evidente que Ferrouz o sus
predecesores habían puesto mucho empeño en contrarrestarla. Como mínimo
la mitad de los discretos láseres fijados a la pared estaban apuntados hacia
arriba y hacia dentro, con los soportes giratorios bloqueados para evitar que
disparasen hacia el recinto pero perfectamente capaces de abatir a cualquiera
que bajase en rápel como una araña.
Tampoco parecía que el potencial infiltrado tuviese fácil encontrar el
punto desde el que hacer rápel. La base del montículo la patrullaban soldados
exploradores en motos deslizadoras, realizando rondas regulares que cubrían
cualquier acceso a las partes trasera y laterales del montículo. Normalmente,
las motos deslizadoras se detenían donde la pared del recinto se encontraba
con el montículo y daban la vuelta para hacer su ronda en sentido contrario,
acercándose a la pared y pasando frente a la puerta, hasta llegar al otro lado
del montículo. La absoluta aleatoriedad de aquellos vericuetos adicionales
hacía imposible predecir cuándo se produciría un resquicio en el patrón de
patrulla, lo que convertía el acceso al montículo, aún más escalarlo, en
problemático cuanto menos.
La pared en sí era igual de complicada. Tenía unos cinco metros de altura,
con seis torres vigía colocadas a lo largo de ella, ocupadas todas por al menos
tres guardias en todo momento. La pared estaba a unos cincuenta metros de la
calle principal, que pasaba por delante del palacio y su recinto, al final de un
camino pavimentado que iba desde la calle hasta la puerta. Allí había dos
parejas de guardias y la puerta solo se abría cuando entraba o salía algún
vehículo. La parte exterior de la pared era patrullada por cuatro parejas de
soldados de asalto y Mara estaba convencida que habría más en el perímetro
interior. Aún no había visto la rutina nocturna pero seguro que la seguridad se
intensificaba cuando la oscuridad caía sobre la ciudad. Otros soldados de
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asalto y patrulleros armados se movían por las zonas comerciales y
residenciales de los sectores de la ciudad más cercanos al palacio, entrenados
con toda seguridad para detectar cualquier potencial problema.
Mara ya había superado paredes de alta seguridad antes, ya fuese
escalándolas o usando su espada de luz para abrirse una entrada. Pero
aquellos trucos requerían de unos guardias abotargados por la rutina hasta el
punto de caer en la negligencia. El hecho de que Ferrouz usase soldados de
asalto para complementar la guardia del palacio significaba que Mara no iba a
encontrar semejantes negligencias.
Lo que solo le dejaba la puerta.
Centró sus electrobinoculares en ella. La estructura era tan alta como el
resto de la pared y estaba decorada con intrincados bajorrelieves que
mostraban algunos de los sucesos históricos más relevantes de Poln Mayor. A
un lado había una estrecha puerta de personal, apenas lo bastante grande para
que un soldado de asalto con armadura pudiese atravesarla y lo
suficientemente pequeña para que un grupo tuviese que cruzarla poco a poco.
Por lo poco que podía ver mientras cambiaban la guardia exterior, parecía que
la puerta también contaba con un arma y un escáner de fuentes de energía.
Los cuatro guardias apostados en aquellos momentos iban vestidos con
elaboradas libreas azules que, probablemente como los bajorrelieves, tenían
que ver con el pasado lejano de Poln Mayor. No llevaban armadura pero
cuando el viento sopló bien, Mara pudo ver brevemente los leves bultos de los
blásters escondidos bajo sus capas.
La puerta no tenía controles externos. Uno de los guardias tenía que
llamar al interior con su comunicador cada vez que un camión deslizador u
otro vehículo solicitaba entrar. La forma ovalada del recinto suponía que la
puerta también fuese la parte de la pared más cercana al palacio,
probablemente a menos de cincuenta metros de la entrada principal.
Los vehículos con los permisos pertinentes eran autorizados a pasar sin
problemas pero, cuando la puerta se cerraba, Mara podía ver que los hacían
parar entre la pared y el palacio para registrarlos. Con la capacidad de audio
de sus electrobinoculares también pudo oír las órdenes de los guardias a sus
compañeros del interior y era evidente que empleaban un sistema de
contraseñas cambiantes.
Estaba claro, nadie podía entrar sin un batallón de soldados armados o la
invitación de alguien desde el interior. Y era poco probable que un
gobernador implicado en una traición tuviese las puertas abiertas para
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visitantes oficiales, personalidades públicas, marchantes de arte o dignatarios
de mundos menores.
Pero podía abrirle las puertas a un criminal. O como mínimo sus guardias
podían hacerlo.
Guardó sus electrobinoculares en la funda, salió de la habitación y bajó a
la calle. Había un tapcafé al aire libre en la calle principal, en la acera de
enfrente a la pared del recinto y un poco más abajo de la puerta.
Era el momento de hacer un pequeño experimento.
El tapcafé estaba muy animado pero pudo encontrar una mesita para ella
sola en el patio que daba al recinto del palacio. Pidió media copa de uno de
los brandis locales y pasó unos minutos dándole sorbos mientras miraba el
flujo de humanos y alienígenas que pasaban por la pasarela que había entre la
calle y ella. Habría preferido probar aquello cuando hubiese otro vehículo
autorizado a entrar en la puerta pero en los primeros quince minutos no llegó
ninguno.
Acababa de decidir que tendría que hacerlo sin aquel adorno añadido
cuando un camión deslizador con el logo de una panadería se metió en el
camino de acceso y fue hacia la puerta.
Mara se enderezó en su silla, mirando hacia todas partes en busca de un
objetivo posible. Por la derecha, por el carril más cercano al camino de
entrada al palacio, se acercaba un deslizador terrestre descapotable conducido
por una adolescente con el pelo volando al viento. El vehículo pasó
rápidamente junto a Mara y rebasó el camino de entrada.
Mara se proyectó hacia la Fuerza y giró bruscamente el volante del
deslizador terrestre hacia la derecha.
El vehículo entró en el camino, serpenteando y dando sacudidas con la
inercia interrumpida por el giro brusco. Incluso desde lejos, Mara pudo ver el
pánico de la chica mientras intentaba controlar a su vehículo repentinamente
encabritado, intentando desviarlo de su nueva trayectoria. Mara sujetaba
firmemente el volante con la Fuerza, viendo por el rabillo del ojo que la
puerta empezaba a abrirse para dejar pasar al camión deslizador. La
adolescente, que según parecía acababa de ver el camión que tenía enfrente,
abandonó sus intentos por girar y pisó los frenos con todas sus fuerzas.
Lo consiguió. El deslizador terrestre se detuvo y dio una sacudida apenas
a unos centímetros del guardabarros trasero del camión.
Y cuando la puerta volvió a cerrarse apresuradamente frente al camión,
los cuatro guardias se abalanzaron sobre el deslizador terrestre,
desenfundando sus blásters escondidos y apuntando a la pobre chica.
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El conato de accidente y el drama resultante habían provocado que el
tráfico de la calle prácticamente se detuviera porque los conductores
aminoraban y estiraban el cuello para ver qué estaba pasando. Algunos de los
clientes del tapcafé habían abandonado sus bebidas y estaban de pie para
mirar por encima de los vehículos que avanzaban al ralentí.
Mara no se molestó. Ya sabía cómo funcionaban los procedimientos de
guardia estándar, la rutina normal del registro del vehículo y la identidad del
conductor. Lo único que le preocupaba era qué harían los guardias cuando
terminasen con las primeras medidas del protocolo.
No tuvo que esperar demasiado. Apenas un minuto después que los
guardias hubiesen llegado al deslizador terrestre, le ordenaron a la adolescente
que bajase del vehículo y la acompañaron hasta la puerta. La pequeña puerta
lateral se había abierto y un hombre de mediana edad en uniforme gris la
estaba esperando. Mantuvieron una breve conversación con él y después el
hombre de la puerta mantuvo otra por su comunicador. Al cabo de unos
minutos, otros dos hombres en uniforme gris salieron por la puertecita y
fueron hacia el deslizador. Los guardias del exterior se quedaron con la
adolescente, alejándola unos metros de la puerta y manteniéndola apartada
junto a la pared. Por encima del tráfico, aún lento, Mara vio a los dos guardias
de uniforme gris sacando el deslizador del camino y abriendo el capó del
motor. Al cabo de un minuto, la puerta del palacio volvió a abrirse y dejaron
entrar el camión deslizador.
Mara asintió para sí misma. Así que una infracción menor, incluso una
misteriosa, solo le valdría al causante una regañina en el exterior del recinto.
Presumiblemente era más peligroso que te llevasen adentro para someterte a
un interrogatorio más detallado.
Afortunadamente, los peligros eran una de las especialidades de Mara.
Se terminó su copa, dejó unos cuantos créditos que incluían una generosa
propina y fue hacia el mercado, que se extendía unas manzanas desde el
recinto del palacio. En el centro del mercado, atrapada entre las cantinas y
despachos de abogados, había una pequeña tienda de electrónica.
El vendedor era un varón verpine, dos metros de insectoide bípedo y
entusiasmo tecnológico que probablemente le habría descrito todos los
artículos de su tienda con minucioso detalle si Mara le hubiese dado media
oportunidad. Por suerte, sabía lo que quería y se marchó al cabo de diez
minutos con una maqueta de juguete de un aerodeslizador y su control
remoto, además de otros componentes electrónicos baratos. Volvió al hotel,
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pasó unos minutos haciendo volar el aerodeslizador por la habitación para
comprobar su funcionamiento, lo guardó y sacó su comunicador.
—Hazme un informe —ordenó cuando LaRone contestó.
—Hemos hecho una inspección previa —contestó el soldado de asalto—.
Suponiendo que en este puesto se sigan los mismos protocolos y
procedimientos del contingente de palacio, creo que ya tenemos claro cómo
ocuparnos de ellos.
—Bien —dijo Mara—. Volved a la nave, cargad el material en el camión
deslizador y venid aquí. Os esperaré en el tapcafé Vistadehielo, frente al
palacio, dentro de dos horas. También quiero un registro de todas las naves
que han entrado o salido del sistema en los últimos tres días.
—A la orden —dijo LaRone—. ¿Quieres que llevemos algún material en
particular?
—Todo lo que necesitéis para realizar una incursión —le dijo Mara—.
Esta noche, después de cenar, os contaré el plan. —Pues entraremos mañana
por la mañana.
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—No, señor, no la hay —coincidió Pellaeon—. Me pregunto cuándo fue
la última vez que los visitó un destructor estelar.
—Si es que ha venido alguno —dijo Drusan—. Es una pena no poder
ofrecerles más espectáculo. ¿Ve esas ocho naves de ahí, las que cruzan por la
proa del Sarissa rumbo a Poln Menor? ¿Qué le parecen?
Pellaeon miró por el ventanal, resistiendo la tentación de mirar la pantalla
táctica o solicitar una lectura del escáner de comunicaciones. Era evidente que
Drusan quería saber qué era capaz de ver con sus propios ojos.
—Las tres más grandes son transportes GR-75 de Astilleros Gallofree —
dijo—. Las otras cinco probablemente son algún tipo de carguero ligero
corelliano… desde aquí no puedo ver el modelo.
—¿Hay algo inusual en su formación?
Pellaeon dedicó un vistazo rápido al resto del tráfico para comparar.
—La verdad es que no —dijo—. Aún hay bastante minería en Poln Menor
para que transportes de ese tamaño hagan escala, tanto para llevar material y
provisiones nuevos como para sacar el producto terminado.
—Parece razonable —dijo Drusan—. ¿Y si le digo que los informes de los
escáneres de comunicaciones indican que todas las naves están fuertemente
armadas? Lo bastante para bordear la ley, de hecho.
—Eso me despertaría las suficientes sospechas para querer echarles un
vistazo desde más cerca —dijo Pellaeon—. Pero también hay muchos
contrabandistas y bandas de piratas operando en este sistema. Incluso un
convoy legal necesitaría armar tanto sus transportes como sus naves escolta o
correría el riesgo de ser asaltado y capturado —comentó—. Y el hecho de que
pasen junto al Sarissa en vez de esquivarlo implica que actúan legalmente.
—Sí, es lo que se desprende —coincidió en tono grave Drusan—. Pero en
este caso las apariencias engañan. Lord Odo me ha informado que en realidad
son naves de la Alianza Rebelde.
Pellaeon sintió un nudo en la garganta. Si los rebeldes movilizaban tanta
capacidad de carga, debían de esperar obtener gran cantidad de material de su
inminente trato con Nuso Esva. Material o soldados.
Y el hecho de que el Sarissa les dejase pasar junto a sus turboláseres era
un potente indicio de que Odo estaba en lo cierto respecto a la implicación del
gobernador Ferrouz.
—¿Los eliminamos ahora, señor? —preguntó a Drusan—. ¿O esperamos
a que lleguen más?
—Ni una cosa ni la otra —dijo Drusan—. Lord Odo tiene pensado algo
diferente. Pasaremos relajadamente junto a Poln Menor, como si acabásemos
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salir de hiperespacio para recalibrar nuestra trayectoria, y después nos
marcharemos —hizo una pausa—. Hacia las Regiones Desconocidas.
Pellaeon notó que se quedaba boquiabierto.
—¿Las Regiones Desconocidas?
—Tranquilo, no nos adentraremos demasiado —le tranquilizó Drusan—.
Solo estaremos unas horas. Y tenemos datos de navegación de la ruta que
tomaremos. Es completamente segura.
Pellaeon hizo una mueca. Completamente segura… excepto por todos sus
potenciales peligros: piratas, mercenarios y alienígenas como Nuso Esva.
—¿Puedo preguntar en qué consiste nuestra misión?
—Lord Odo ha sido un poco impreciso a ese respecto —admitió Drusan
—. Tengo entendido que vamos a darle una sorpresita a uno de los
escuadrones de asalto de Nuso Esva.
—Ah —murmuró Pellaeon—. ¿Nosotros solos?
—Somos un destructor estelar imperial, comandante Pellaeon —dijo
Drusan en un tono más sombrío—. No necesitamos ayuda de nadie para hacer
respetar la fuerza y el orden del Imperio. Sea quien sea.
—Sí, señor —dijo Pellaeon, bajando la cabeza—. Disculpe.
—Sí —dijo Drusan—. Y no vamos a estar solos. El capitán Thrawn y el
Amonestador también están allí, y lord Odo me asegura que se nos unirán en
algún punto del camino.
—¿Y el capitán Thrawn está al corriente de nuestra inminente llegada?
—Alguien debe de estarlo, seguro —dijo Drusan—. ¿Quién va a ser sino
él?
Pellaeon asintió. También había visto los informes de Seguridad que
indicaban que Odo había usado el transmisor de HoloRed del Quimera para
mandar mensajes a alguien en el Espacio Salvaje o las Regiones
Desconocidas.
—No puede ser nadie más —coincidió.
Lo que les dejaba viajando aún hacia una situación desconocida, en busca
de un enemigo desconocido con recursos desconocidos. Aunque ahora
contarían con la dudosa ayuda de otro destructor estelar y una pequeña flotilla
de naves de guerra más pequeñas, al mando de un oficial alienígena al que al
parecer se le daba tan mal el politiqueo de la flota que siempre terminaban
echándolo de una patada del Centro Imperial y mandándolo a las Regiones
Desconocidas.
Todo bajo las órdenes de alguien cuyos planes concretos aún no conocían.
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Aun así, era el Emperador en persona el que le había dado aquellas
órdenes a Odo. Supuestamente sabía lo que se hacía.
—¿Timonel? —dijo Drusan, interrumpiendo los pensamientos de
Pellaeon.
—¿Señor? —respondió enérgicamente el timonel.
—Complete nuestro arco de observación de Poln Menor y después
sáquenos de aquí —ordenó Drusan—. El rumbo será el que indique la tarjeta
de datos de lord Odo.
—Sí, señor.
Drusan sonrió levemente a Pellaeon.
—Anímese, comandante —dijo—. Nos vamos de cacería.
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Por otra parte solo un tonto creería que el Imperio bajo Palpatine lo estaba
haciendo mejor que la República en términos de unidad.
—¿Y qué viene ahora? —preguntó para cambiar de tema.
—Debo contactar con mi agente en Poln Mayor —dijo Thrawn—. En
cuanto tenga su informe podremos marcharnos.
—A las Regiones Desconocidas —dijo Car’das con una mueca. A él las
Regiones Desconocidas no le traían buenos recuerdos.
—Sí —dijo Thrawn—. Nuso Esva estará allí. Y nosotros también
debemos estarlo.
—¿Para asegurarnos que su juego fracasa?
—Al contrario —dijo en voz baja Thrawn—. Para asegurarnos de que le
sale bien.
La atmósfera de Poln Menor era rala, húmeda y fría, sobre todo de noche.
Muy fría. A Leia nunca le había gustado demasiado el frío y mientras estaba
sobre el terreno rocoso de Poln Menor casi podía sentir la escarcha
formándose en sus cejas.
Pero en aquel momento el frío era lo último que tenía en mente.
El destructor estelar se estaba marchando.
—¿Está segura? —preguntó Cracken, tras ella.
—Completamente —dijo Leia y se apretó los electrobinoculares contra
los ojos, intentando no golpearse la máscara respiratoria—. Está en marcha…
allá va —bajó los electrobinoculares—. Acaba de hacer el salto al
hiperespacio.
Cracken lanzó un suspiro.
—Nos ha ido por los pelos —dijo.
Leia asintió sobriamente. Ningún imperial iba a respetar ningún trato que
Axlon hubiese alcanzado con el gobernador Ferrouz. Y la inesperada aunque
breve llegada de un destructor estelar era motivo evidente de preocupación.
—Me pregunto si alguien sospecha algo.
—Estoy seguro de que sí —dijo Cracken sin dejar de mirar las estrellas—.
Ferrouz no puede haber mantenido este acuerdo oculto a todo el mundo. La
verdadera cuestión es si alguien ha conseguido alertar al Centro Imperial.
—Diría que es muy probable, teniendo en cuenta que la clave de todo es
un gobernador corrupto —dijo Leia—. Me pregunto si deberíamos llevarnos
lo que tenemos y largarnos ahora que aún podemos.
Cracken se rascó la mejilla.
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—No lo sé —dijo—. Aún no hemos reunido todo el material para climas
fríos, ni mucho menos esos bonitos T-47. Me fastidiaría dejar todo eso aquí
sin motivo.
—Hay un motivo —le advirtió Leia. Aun así, si el Centro Imperial tuviese
alguna sospecha seria el destructor estelar se habría quedado el tiempo
suficiente para realizar algunos controles sorpresa. Quizá solo pasaba por allí.
—Se supone que Axlon se reunirá con Ferrouz mañana por la mañana.
Quizá pueda averiguar de qué va todo esto.
—Le llamaré y le diré que lo incorporé a su agenda —dijo Cracken—.
Mientras, quizá sería buena idea reunir un mayor arsenal. Como mínimo el
suficiente para contener un ataque mientras sacamos los transportes de aquí.
Leia hizo una mueca. La idea de poner en peligro más valiosas naves de la
Alianza le ponía los pelos de punta pero Cracken tenía razón. Perder los
transportes Gallofree, mucho más los bienes que había cargados en ellos, sería
un golpe devastador para la capacidad de la Alianza de trasladar hombres y
material por el Imperio.
—Muy bien. Pero nada demasiado evidente —dijo—. Ni cruceros ni
fragatas.
—Lo limitaré a Alas-X y un par de cañoneras quizá —le prometió
Cracken—. Ojalá supiera lo bien armados que están el acorazado y la Golan.
Considerando las prioridades del Centro Imperial supongo que ambos
aguantan enteros a base de buenos deseos y exabruptos pero no hay manera
de saberlo, a no ser que uno de ellos abra fuego contra nosotros.
—Cosa que no queremos —dijo Leia. Una idea extraña le pasó por la
cabeza—. ¿Sabe dónde está Han?
—Creía que había vuelto a Poln Mayor —Cracken arqueó las cejas—.
Donde lo mandó hace tres días.
—Con Han las órdenes no son sinónimo de cumplimiento —comentó
Leia—. Estaba pensando que algunos contrabandistas que rondan por aquí
deben de haber tenido encontronazos con el Sarissa y la Golan en todos estos
años. Quizá podamos hacerle volver para ver si puede preguntar a los
lugareños por nosotros.
—¿Lo quiere por aquí ahora que Axlon está a punto de entrar en el
palacio? —preguntó Cracken, frunciendo el ceño sobre su máscara
respiratoria—. Creía que lo quería cerca de Axlon por si necesitaba una
evacuación rápida.
—Si Ferrouz no nos ha traicionado ya dudo que vaya a hacerlo —dijo
Leia—. Además, tampoco es que Han esté en condiciones de hacer un rescate
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rápido. Está en el puerto espacial mientras Axlon está en la otra punta de la
ciudad, en un hotel cercano al palacio.
—Apuesto que Solo está encantado con esa distribución —dijo Cracken
secamente.
—Le he visto más contento en otras ocasiones —reconoció Leia.
—Yo diría que no —gruñó Cracken—. Pero sí, tiene sentido que hable
con los lugareños. ¿Quiere que le transmita sus nuevas órdenes?
—No, no se preocupe —dijo Leia a regañadientes. Han había sido todo un
maestro haciéndola perder los estribos casi desde el momento en que se
habían conocido a bordo de la Estrella de la Muerte, un talento que había
perfeccionado en los últimos meses. Pero, por irritante que pudiese resultarle
a ella personalmente, había notado también que aceptaba sus órdenes mejor
que las de Rieekan o ningún otro. No bien, mejor—. Yo se lo diré.
—Hum…
Ella le miró.
—¿Qué? —preguntó Leia.
—No hay duda que Solo está capacitado —dijo—. Lo ha demostrado
infinidad de veces. La cuestión es si quiere hacerlo.
Leia negó con la cabeza.
—Eso es asunto suyo.
—¿En serio? —contestó Cracken—. He notado que tiene una influencia
inusual sobre él. Incluso más que Skywalker. Podría bastar con que le
presione un poco para que le haga caso.
Leia hizo una mueca tras su máscara respiratoria.
—¿De verdad quiere que ese sea el motivo que le lleve a unirse por
completo a la Alianza? ¿Mis presiones?
—Estamos en guerra, princesa —dijo ásperamente Cracken—. He
recurrido a desertores, criminales, sinvergüenzas, gusanos de todo tipo… —
hizo una mueca—. Incluso expolíticos. Quiero ganar esta guerra, sea como
sea y echando mano de los recursos que sean necesarios —la señaló—. Si
usted no quiere… —dejó la frase inacabada.
—Ganaremos, coronel —dijo Leia—. Pero no manipulando a la gente.
Mucho menos a la buena gente.
—Admiro su idealismo —dijo él—. Espero que no le salga el tiro por la
culata.
Leia le dio la espalda y sus ojos se llenaron repentinamente de lágrimas.
El idealismo era lo que la había hecho implicarse en la Alianza Rebelde. El
idealismo le había costado su reputación, su estatus y su escaño en el Senado.
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También le había costado su hogar, su padre y casi todo lo que había
querido en su vida.
—Será mejor que volvamos —dijo por encima de su hombro—. Tiene
que llamar a Axlon. Y yo a Han.
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Cracken. No está contento si no ve tres peligros acechándolo desde tres
frentes distintos.
—Supongo que no —dijo Luke, no del todo convencido.
Han negó para sí. Su técnica mintiendo debía de estar flaqueando.
—Ya conoces a los militares —dijo, levantándose—. Incluso los militares
rebeldes. Hay que correr a cumplir sus órdenes.
—Supongo que sí —dijo Luke, poniéndose de pie también.
—Tranquilo… terminad la partida —dijo Han, haciendo un gesto con la
mano—. Os sacaré de aquí.
—En realidad yo no puedo ir —dijo Luke con pesar—. Axlon me ha
llamado mientras hablabas con Leia. Mañana acudirá al palacio para hablar
con Ferrouz y quiere que le acompañe, por si surgen complicaciones.
Han frunció las cejas, recordando la visita del destructor estelar.
—Está más paranoico que Cracken —comentó—. Dile que tienes cosas
mejores que hacer que sentarte a hacerle de droide niñera.
—Lo siento —dijo Luke—. No puedo.
Han hizo una mueca.
—Sí, ya lo sé. Corre a cumplir tus órdenes. ¿Dónde vas a pasar la noche?
¿En tu Z-95?
—Con un poco de suerte, no —dijo Luke—. Hay un hotel a una manzana
del que tiene Axlon. Me ha dicho que me ha reservado una habitación allí.
—¿Un hotel más barato que el suyo?
—Probablemente —dijo Luke—. Pensaba terminar la partida pero si
tienes que marcharte recogeré mis cosas y me iré.
—Sí —dijo Han—. Bueno… cuídate, ¿vale?
Un breve fruncimiento se dibujó en la frente de Luke pero se limitó a
asentir.
—Tú también —dijo y fue hacia el pequeño catre sobre el que estaba su
mochila.
Han miró a Chewie, que le observaba, pensativo. Han sacudió la cabeza
microscópicamente… ya lo hablarían cuando el chico se hubiese marchado.
Chewie asintió y se puso a recoger las piezas del tablero. Después se levantó
del sofá, gorjeó una despedida hacia Luke y se marchó a la cabina.
Al cabo de diez minutos, cuando el Halcón estaba preparado, se
marcharon.
Y finalmente Chewie preguntó qué estaba pasando.
—No lo sé —le dijo Han—. Pero empiezan a suceder cosas extrañas. No
creo que esto vaya a ser tan sencillo como preveía Axlon.
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Chewie masculló algo entre dientes.
—No —dijo Han—. Nunca lo es, ¿verdad?
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su parte. Al día siguiente, cuando hubiese demostrado su culpabilidad más
allá de toda sombra de duda, haría su trabajo.
Y el Imperio sería un sitio mejor.
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CAPÍTULO DIEZ
Uno de los tópicos de los viajeros espaciales era que los puertos
espaciales no duermen nunca y que cuanto más alejados estaban del sol local
menos dormían.
En general, Han había comprobado que aquello era así. También había
añadido una observación propia: cuando el puerto espacial estaba lejos de la
ley, el orden y la gente respetable, aún dormía menos. O nada.
Lo que significaba que el pueblo de Dankcamp de Poln Menor, medio
kilómetro bajo el suelo y habitado casi por completo por contrabandistas,
mercenarios, criminales buscados y la gente que trabajaba para ellos,
probablemente tendría vida toda la noche. No había dado señales de bajar el
ritmo durante las tres horas que hacía que Chewie y él habían llegado al
pueblo, ni durante la media hora que llevaban instalados en una mesa de
aquella cantina, así que pidieron otra ronda.
Desde una de las tres entradas de la cantina, en la otra punta de la sala,
llegaron unas risas bulliciosas. Han vio a un grupo de hombres con barbas
iguales, además de un rodiano con una claramente falsa, entrando en la sala,
todos riéndose de alguna ocurrencia. Probablemente de la barba del rodiano.
Eran una opción evidente pero el breve destello de esperanza de Han se
disipó cuando terminaron de entrar y pudo ver sus armas. La mayoría
llevaban simples blásters, aunque había un par de viejos DC-15 de la época de
las Guerras Clon. O contrabandistas o una banda de motoristas. Frunció el
ceño y volvió a concentrarse en su copa.
Chewie gruñó una pregunta.
—Porque son contrabandistas, no mercenarios —le dijo Han con
paciencia—. Y porque si haces preguntas llamas la atención. No queremos
llamar la atención hasta que estemos seguros de obtener las respuestas que
queremos y largarnos pitando. Así que debemos esperar hasta que
encontremos algún mercenario, ellos seguro que sabrán lo que pasa si te
acercas con una nave grande y armada a la Golan y el Sarissa.
Chewie volvió a gruñir.
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—¿Cómo voy a saberlo? —le gruñó Han—. Vale, vale… si no
encontramos a nadie en diez minutos, probaremos en ese local que vimos al
final del túnel. Si allí no hay nada, tendremos que buscar en otro pueblo.
El gran wookie masculló entre dientes.
—Eh, no me culpes a mí —protestó Han—. Esto fue idea de quien tú ya
sabes.
—¿A qué tipo de persona anda buscando? —preguntó en durosiano una
persona a la derecha de Han.
Han levantó la vista. Allí había un duros con un DH-17 de BlasTech
militar enfundado a un costado.
—De los que saben cómo funcionan las cosas por aquí —le dijo
finalmente Han—. ¿Es de aquí o está de paso?
El duros sonrió, torciendo su boca pequeña solo ligeramente en las
comisuras.
—No se acuerda de mí, ¿verdad?
Han sintió un hormigueo en la nuca. Su durosiano era bastante bueno pero
le costaba interpretar las expresiones faciales de aquella raza. Aquel o estaba
de buen humor o muy, muy cabreado.
—¿Debería? —preguntó con cautela.
—Trabajé para Jaba el hutt hace mucho —dijo el duros—. Usted es Solo,
¿verdad?
Chewie gruñó en tono amenazador.
—Tenga la mente en calma —dijo apresuradamente el duros, levantando
ambas manos hacia el wookie—. Ya no tengo relación con los cárteles hutt y
no tengo ningún interés en la recompensa que he oído que ofrecen por
ustedes.
Han hizo una mueca. Jabba había conseguido hacer correr la voz hasta
allí. Genial.
—¿Pero puede que haya otros menos melindrosos? —sugirió Han.
Los ojos del duros brillaron.
—Tenga la mente en calma —repitió—. Muchos aquí ni siquiera han oído
hablar de los hutt, ni se apiadan de ellos —ladeó la cabeza—. Yo, por
ejemplo, encuentro la inspiración conociendo a otras gentes que han huido de
las garras de Jabba.
—Me alegra oír eso —dijo Han—. En ese caso quizá pueda ayudarme.
Vuela con mercenarios ahora mismo, ¿verdad?
El duros negó con la cabeza.
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—La vida de mercenario no es para usted, Solo —dijo con firmeza—. A
no ser que haya aprendido a acatar órdenes.
—No mucho —reconoció Han—. Lo que estoy buscando…
—Pero esta noche se puede ganar dinero fácil —prosiguió el duros—.
¿Sabe instalar y calibrar misiles interceptores Caldorf VII?
Han sintió que se le tensaba la espalda. Los Caldorf VII eran misiles
pesados de medio alcance que solían cargar las naves capital. La Alianza tenía
un puñado, la mayoría en fragatas de escolta y algunas de sus cañoneras.
—Claro —dijo—. Puedo instalarlos —rectificó—. Y tengo un amigo que
sabe calibrarlos. ¿Qué pasa?
—Una persona extraña ha estado buscando por la ciudad trabajadores
cualificados que quieran dinero y no le cuenten a nadie lo que han visto —
dijo el duros—. Puedo señalárselo si viene, si quiere —volvió a ladear la
cabeza—. Por, digamos, ¿doscientos?
Han se reclinó en su asiento.
—Me parece un poco excesivo —dijo.
—El precio incluye, por supuesto, mi recomendación personal y total
discreción.
—¿Tan importante es su recomendación? —preguntó Han.
—Ya ha contratado a varios miembros de mi grupo —dijo el duros—.
Pero esta noche nos marchamos y nuestros expertos se vienen con nosotros.
Se lo aseguro, lo que le pagarán por el trabajo supera de largo lo que me va a
pagar a mí.
—Así que van a marcharse y pasarán por delante del acorazado y la
Golan, ¿eh? —preguntó Han—. ¿Eso no les supone ningún problema?
El duros sacudió una mano.
—Ninguno de los dos representa ningún peligro —dijo—. ¿Quiere que le
señale al reclutador si viene?
Han miró la abarrotada cantina.
—Le diré una cosa —dijo—, por quinientos, ¿por qué no va a buscarlo y
lo trae aquí?
El duros le miró.
—¿Quinientos?
—Eso es —dijo Han, sacando cien en monedas y tendiéndoselas—. Esto
es un adelanto. Tráigalo aquí y le daré el resto.
—Muy bien.
El duros se dio la vuelta y Han le agarró de un brazo.
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—Por supuesto —añadió—, si intenta tendernos una trampa, como traer
alguno de sus amiguitos para jugármela, tendrá que vérselas con Chewie.
Chewie rugió en un tono más profundo de lo habitual.
—Nada de jueguecitos —prometió el duros—. Jabba me está buscando.
No tengo ningún interés en que ustedes también lo hagan.
—Bien —dijo Han—. Dese prisa.
El duros asintió y cruzó enérgicamente la sala rumbo a la puerta. Cuando
salió a la gran cueva que contenía el grueso del pueblo, Han le vio sacar un
comunicador.
Chewie lanzó un resoplido desdeñoso.
—Claro que va a llamar a sus amigos para que encuentren a ese tipo —
dijo Han, sacando su propio comunicador—. Nadie hace más que lo que le
pagan por hacer. Pero así ganamos algo de tiempo.
Esperaba que a aquellas horas Leia estuviese profundamente dormida pero
si lo estaba no se lo notó en la voz.
—¿Tienes algo? —le preguntó ella.
—Sí pero no es exactamente lo que estás buscando —dijo Han—.
¿Tenemos a alguien por aquí capaz de calibrar interceptores Caldorf VII?
Se produjo una breve pausa.
—¿Caldorf VII?
—¿Sí o no? —gruñó Han—. Me han ofrecido un trabajo para instalarlos
pero necesito a alguien capaz de calibrarlos.
—Sí, tenemos a alguien —dijo Leia—. ¿Para quién es el trabajo?
—Ni idea —dijo Han—. Pero supongo que se puede instalar un Caldorf
VII debajo de un aerodeslizador sin necesidad de demasiadas remodelaciones.
—¿Te refieres a los T-47 que encontramos en la cueva? —dijo Leia
dubitativamente—. No lo sé. No están diseñados para eso.
—Bueno, alguien está intentando instalarlos en algo —dijo Han—. Si son
esos T-47, puede ser nuestra oportunidad de descubrir a quién pertenecen.
—Supongo que sí —dijo Leia—. ¿Dónde estás?
—En la cantina Capperling de Dankcamp —le dijo Han—. ¿Necesitas la
dirección?
—Podremos encontrarla —dijo Leia—. ¿Para cuándo le necesitas?
—Para hace cinco minutos —dijo Han—. No tengo manera de saber
cuánto tardará mi amigo en encontrar a su contacto y volver aquí.
—¿Tienes un amigo ahí?
—¿Quieres charlar o piensas mandarme al técnico? —gruñó Han—. No
tenemos tiempo para esto.
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—El experto ya está de camino —le tranquilizó Leia—. Estoy más
interesada en ese denominado amigo que tan oportunamente has hecho.
—Es más bien un conocido lejano —dijo Han—. Un duros que trabajó
para la banda de Jabba, como yo.
—¿En serio? —dijo Leia con recelo—. El universo es un pañuelo.
—La banda era muy grande —dijo Han—. Y si tuviera que esconderme
de Jabba yo también lo haría aquí.
—¿Y si planea entregarte para cobrar la recompensa?
—En ese caso no se habría molestado en ofrecerme un trabajo —dijo Han
—. No, creo que su plan es ayudarme a ganar el suficiente dinero para seguir
operativo. Cuanto más tiempo pase por aquí llamando la atención de Jabba
menos se preocupará por él.
—Puede —dijo Leia, aún en tono receloso—. Muy bien, espera ahí.
Han apagó el comunicador y puso los ojos en blanco. «Espera ahí». Como
si no tuviera otra cosa que hacer.
—Chewie, ve a echar un vistazo a esa otra sala, ¿quieres? —dijo,
señalando con la cabeza un arco que había a un lado de la barra principal—.
Si el duros planea tendernos una emboscada allí será donde lo organizarán
todo.
Chewie gorjeó una pregunta.
—Claro, si aún tienes sed —contestó Han, meneando experimentalmente
su propia copa medio vacía—. Comprar otra botella es una buena excusa para
volver a la barra principal. Pide lo que quieras… Yo aún tengo.
Chewie asintió, se levantó y echó a andar, serpenteando entre las mesas
hacia el lado de la barra en que estaba el arco. Han le observó durante un
minuto y después miró la puerta por la que se había marchado el duros.
Encontrar los cuatrocientos que aún le debía no iba a resultarle sencillo. Quizá
el duros aceptase un poco menos o quizá podía pedirle un adelanto a su
misterioso empleador. Sintió una corriente de aire cuando alguien se acercó a
su mesa…
Y ante su enorme incredulidad Leia se sentó en la silla que tenía al lado.
—¿Ha sido bastante rápido? —preguntó.
Han necesito dos intentos para que la boca le respondiese.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Hemos estado revisando el túnel de transporte que bordea el extremo
sur del pueblo —le explicó—. El diseñado para los cargueros de mineral.
Queríamos confirmar que son lo bastante grandes para nuestros transportes.
Puede resultarnos útil cuando llegue el momento de…
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—¿Qué estás haciendo aquí? —la interrumpió Han tan pacientemente
como pudo—. ¿En esta cantina? ¿En esa silla?
—Querías a alguien para calibrar los misiles —dijo Leia—. Y aquí estoy.
—Ajá —dijo Han con firmeza—. Ni hablar.
—Es o yo o nadie —dijo Leia con la misma firmeza—. Soy la única a
media hora de distancia capaz de hacerlo —sus ojos miraron por encima del
hombro de Han—. Y si ese es tu duros parece que he llegado justo a tiempo.
Han se tragó una maldición y se volvió en su silla.
Era el duros, sí, junto con un humano y un alienígena enfundado en una
capa con capucha. Este era humanoide, con pelo negro y unos ojos
insectoides amarillos que asomaban de la capucha. Aunque la mayor parte de
su cara estaba en la sombra Han pudo ver que la piel le brillaba en colores al
moverse, como un arcoíris en un chorro de agua.
Han desvió la mirada hacia el humano… y sintió un vuelco en el corazón.
Porque no era un humano cualquiera. Era Calvito, el tipo que estaba con
Mostacho en el puerto de Quartzedge cuando Han y Chewie aterrizaron por
primera vez en Poln Menor.
Han seguía sin saber quiénes eran ni para quién trabajaban aquellos tipos
pero les había dicho que iba hacia las minas de Anyat-en y podía apostar que
ya sabían que Chewie y él pertenecían a la Alianza.
Podía apostar incluso que su jefe, fuese quien fuese, no querría que la
Alianza supiera nada del alijo privado de armamento y aerodeslizadores T-47.
Y dependiendo de lo mucho que quisieran mantenerlo oculto era posible
que abrieran fuego allí mismo. Calvito barrió la sala con los ojos y los detuvo
abruptamente, como turboláseres apuntados hacia la barra.
A la gran, greñuda y altísima figura de Chewie.
—Prepárate para agacharte —le ordenó a Leia en voz baja, bajando la
mano disimuladamente bajo la mesa y acercándola a su bláster. Cuando el
wookie se dirigiese hacia su mesa, Calvito le seguiría con la mirada y vería a
Han.
Se preguntó brevemente si tenía tiempo de llamar a Chewie por el
comunicador o de hacerle algún gesto con la mano pero no lo tenía y
cualquiera de las dos cosas solo habría servido para llamar la atención de
Calvito mucho más rápido. Miró de reojo a la barra, deseando por un
momento que Chewie poseyera parte de los poderes en la Fuerza de Luke.
Pero, para su sorpresa, descubrió que Chewie no le estaba mirando. De
hecho, estaba mirando a Calvito y sus amigos. Durante un par de segundos su
mirada y la de Calvito se cruzaron. Después, mientras el camarero le dejaba
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una botella sobre la barra, Chewie dio la espalda a los tres de la puerta. Hizo
una señal y el camarero sacó dos jarras de debajo de la barra y las colocó
junto a la botella. Chewie le dedicó una última mirada a Calvito por encima
del hombro y recogió la botella y las jarras.
Pero no volvió a la mesa de Han. En vez de eso, se metió bajo el arco y
desapareció en la sala del fondo.
—¿Qué está haciendo? —murmuró Leia.
—Salvarnos el pellejo —murmuró Han en respuesta, vigilando a Calvito
por el rabillo del ojo. Este le murmuraba algo apresuradamente al alienígena
de ojos amarillos, con la mano apoyada en su bláster enfundado y la mirada
clavada en el arco por el que había desaparecido Chewie. El alienígena le
respondió algo. Calvito asintió y fue tras el wookie, sin apartar la mano de su
bláster. El alienígena se dio la vuelta y le murmuró algo al duros, que asintió
y señaló hacia Han.
Leia no había perdido detalle de lo sucedido.
—¿Han? —preguntó con tensión.
—Muéstrate relajada —le dijo Han mientras el duros y el alienígena iban
hacia ellos.
—¿Y qué pasa con Chewie?
—Sabe cuidar de sí mismo —dijo secamente Han—. No te muevas y no
abras la boca. Yo me ocupo de hablar.
Han sabía que normalmente ella habría hecho algún comentario sarcástico
ante una orden como aquella pero se quedó callada. Han miró a los dos
alienígenas que se le aproximaban, sin quitarle el ojo de encima a Calvito
mientras desaparecía también bajo el arco.
Al cabo de tres segundos el duros y el alienígena estaban sentados a su
mesa.
—Hola —dijo el duros, haciendo un gesto hacia Han—. Este es mi
amigo…
—Llámeme Shrike —le interrumpió Han—. Esta es Payne. He oído que
tiene un trabajito con armamento.
—¿Cuál de los dos es el experto del que me ha hablado? —dijo el
alienígena. Su voz era tan reluciente como su piel y hablaba
entrecortadamente.
—Trabajamos en equipo —dijo Han—. Yo los instalo y ella los calibra.
—Si pagan bien —añadió Leia.
—Yo pago por rapidez y conocimientos —dijo el alienígena, fijándose en
ella—. ¿Puede calibrar misiles interceptores Caldorf VII y Regginis Mol?
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Han sintió un nudo en la garganta. Era una trampa, una pregunta capciosa
que un verdadero programador de armamento detectaría al instante. Debería
haber esperado algo así y habérselo advertido a Leia.
Afortunadamente Leia lo tenía todo controlado.
—Los Caldorf sí —dijo—. Va a necesitar mucha suerte para encontrar a
alguien que pueda hacerlo con los Regginis Mol.
—¿Por qué? —preguntó el alienígena.
—Porque dejaron de fabricarlos hace veinte años —dijo Leia—. Era un
arma de la época de las Guerras Clon. Y tampoco era demasiado buena.
El alienígena se relajó un poco.
—Ha sido fallo mío —dijo—. Pago doscientos por misil instalado y
calibrado. ¿Quieren el trabajo?
—Sí —dijo Han—. ¿Dónde y cuándo? ¿Y cómo debemos llamarle?
—Llámenme Ranquiv —dijo el alienígena—. Nos marcharemos
inmediatamente.
Han sintió que Leia se estremecía junto a él.
—Tengo que pasar un momento por mi habitación a recoger unas cuantas
cosas —dijo Leia.
—Tenemos todo lo que necesitará —dijo Ranquiv—. Nos marchamos
ahora mismo. O no vienen conmigo.
Han miró a Leia, que tenía un gesto tenso en la boca pero asintió.
—Bien —dijo Han, mirando a Ranquiv—. Trato hecho.
—Queda pendiente el asunto de mis honorarios —le recordó el duros.
—Sí —Han le señaló con un dedo—. Le debemos otros cuatrocientos —le
dijo a Leia—. Págale, ¿quieres? —se levantó sin esperar respuesta—. Cuando
quieran.
—Mi transporte espera —dijo Ranquiv—. Será un viaje de seis horas.
Vamos.
Han sintió que se le entrecerraban los ojos.
—¿Seis horas?
—Ya han aceptado —dijo Ranquiv en un tono que pasó de reluciente a
sombrío—. Es tarde para hacerse atrás.
—Y lo hacen por su cuenta y riesgo —añadió el duros a modo de
advertencia—. Pronto llegarán más seres armados a las órdenes de Ranquiv.
Han hizo una mueca. Y el primero que acudiría a aquella llamada
probablemente sería Calvito, a toda velocidad desde la otra sala. En cuanto
reconociese a Han…
—Bien —gruñó—. Esperemos que valga la pena.
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Han había dado por supuesto que el transporte de Ranquiv sería un
vehículo espacial, por lo que las seis horas desde Dankcamp podrían llevarlos
hasta la otra punta de Poln Menor o prácticamente cualquier punto de Poln
Mayor. Pero resultó ser un autobús deslizador de treinta asientos tan
destartalado como el resto de la maquinaria que parecía haber en el planeta.
El autobús iba prácticamente lleno pero Han y Leia lograron encontrar un par
de asientos juntos.
Apenas se habían acomodado cuando el autobús despegó, maniobrando
entre las tenues luces de la media docena de cuevas que formaban el pueblo y
dirigiéndose hacia uno de los amplios túneles principales.
No tardaron en darse cuenta de que no iba a ser un viaje especialmente
agradable. El autobús era viejo, la pintura se desconchaba y olía mal.
También había alguna avería en el circuito regulador de los repulsores y cada
pocos segundos el vehículo daba una leve sacudida y descendía hacia un lado.
Pero con el rugido de los repulsores llenando el autobús finalmente
tuvieron la oportunidad de hablar en privado.
—Han, ¿dónde nos estás metiendo? —preguntó Leia con un brillo
siniestro en la mirada—. No vamos hacia la región de Anyat-en… incluso con
este trasto queda a menos de dos horas de aquí.
—Ya lo sé —admitió Han—. Pero todo esto parece bastante misterioso.
—Si quieres investigar asuntos misteriosos enrólate en la SegCor —le
dijo ásperamente Leia—. Deberíamos habernos negado.
—Oh, sí, eso habría funcionado —gruñó Han—. ¿Recuerdas el tipo que
Chewie hizo que le siguiera? Es uno de los que encontramos en el puerto de
Quartzedge hace tres días. Los que habían desaparecido cuando volvimos.
Los que saben que somos de la Alianza.
—Oh —dijo Leia en un tono algo más suave.
—Sí, oh —la imitó Han—. Si nos veía haciéndonos pasar por trabajadores
independientes, Ranquiv probablemente habría llamado a todos los matones
que el duros dijo que tenía listos para actuar.
—Eso todavía podría pasar. Si su amigo consigue escapar de Chewie —
comentó Leia.
—No lo hará —le prometió Han—. Es imposible. Con Chewie no.
—Espero que tengas razón —dijo Leia—. A ver si lo entiendo bien. Tú y
yo vamos hacia un lugar desconocido, a unos mil kilómetros de distancia,
para instalar misiles para un alienígena desconocido con propósitos
desconocidos sin que nadie de la Alianza sepa dónde estamos. ¿Es todo?
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Han se lo pensó. Y tuvo que admitir que dicho así sonaba peor de lo que
probablemente era.
—Sí, supongo que sí. ¿Por qué? ¿Algún problema?
Leia le dedicó una mirada furiosa y se giró para mirar por la ventana la
absolutamente anodina pared de piedra que pasaba junto a ellos.
Han echó un vistazo desenfadado alrededor. Los demás pasajeros parecían
dividirse entre marginados encallecidos y jóvenes ansiosos con cara de
hambre que probablemente se creían capaces de hacer cualquier cosa con una
computadora y estaban desesperados por ganar algo de dinero. Hizo una
mueca y se reclinó en su asiento. Podía intentar memorizar la ruta con la
esperanza de ser capaz de encontrar el camino de vuelta si era necesario pero,
a no ser que fuese completamente recta, seis horas de zigzagueo iban a ser
prácticamente imposibles de memorizar o trazar siquiera en su datapad.
Además, Leia posiblemente ya lo estaba intentando. Ella era la
comandante de mayor rango allí, al fin y al cabo. Aquel tipo de cosas eran
cosa suya.
El trabajo de Han, como mero acatador de órdenes, solo era conservar su
fuerza y resistencia para cuando la oficial de mayor rango decidiera darle
alguna orden.
Apoyado contra el respaldo de su asiento, sacó su bláster y se lo guardó
dentro del chaleco, cruzando los brazos delante del pecho para que nadie
pudiese tropezar con él.
Todo iba a salir bien. Se iba a asegurar de ello. Aunque solo fuera para
que Su Alteza no le diera la tabarra.
Cerró los ojos y se puso cómodo para intentar dormir un rato.
—Más despacio, Chewie —dijo Luke ante la lluvia de gruñidos y rugidos que
salía de su comunicador—. Apenas te entiendo.
Se produjo una breve pausa mientras Chewie respiraba hondo. Después
volvieron los rugidos, solo un poco más lentos.
Pero esta vez lo suficiente para que Luke lo entendiera todo.
—Vale, cálmate —le dijo al wookie, intentando pensar. Han y Leia se
habían ido, no tenían ni idea de adónde ni tampoco sabían si Chewie había
podido despistar al falso contrabandista antes de que pudiese advertir al duros
y el alienígena desconocido sobre la verdadera identidad de Han—. Lo
primero es lo primero. ¿Qué has hecho con el tipo al que le has dado la
paliza?
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La respuesta de Chewie fue corta y sucinta.
—Vale —dijo Luke—. Será mejor que llames a Leia… perdón, que
llames a Cracken… y le pidas que mande a alguien a sacarlo del vertedero.
Podrían interrogarle cuando despierte y averiguar dónde han llevado a Han y
Leia.
Chewie gruñó afirmativamente e hizo una pregunta.
—Sí, por supuesto que iré a ayudarte —le prometió Luke. Aunque no veía
qué podría hacer por encontrar a Han y Leia que no pudiesen hacer los
hombres de Cracken—. Llama a Cracken y yo le diré a Axlon donde voy.
Marcó el número de Axlon. El embajador había dejado claro que lo quería
cerca del palacio ese día pero, vistas las circunstancias, seguro que estaba
dispuesto a modificar sus planes.
Para sorpresa de Luke no lo estaba.
—Pero es una emergencia —protestó Luke—. Han y Leia han
desaparecido y no sabemos en qué peligro pueden encontrarse. Me necesitan
allí.
—Y yo le necesito aquí —dijo monótonamente Axlon—. Más que
Cracken.
Luke sintió un escalofrío. Había algo extraño en la voz de aquel hombre…
—¿Va a pasar algo pronto? —preguntó con cautela.
Axlon titubeó.
—No conozco todos los detalles —dijo—. Pero creo que la vida del
gobernador corre peligro. Un peligro grave e inmediato.
—¿Lo sabe? —preguntó Luke—. Es decir, ¿no debería avisarlo a él en
vez de decírmelo a mí?
—Lo he intentado —dijo Axlon—. Pero está decidido a tirar adelante
nuestro acuerdo y dice que no piensa huir de sombras.
Luke sonrió. Leia era igual. Un objetivo principal para los agentes
imperiales que siempre se negaba a quedarse a un lado y pasar desapercibida
cuando había trabajo que hacer.
—¿Y sabemos algo acerca de ese ser de quien no quiere esconderse?
—Nada sólido —dijo Axlon—. Pero se rumorea que el arma de ese agente
es una espada de luz. De hecho, puedo decirle que ahora mismo es la
principal razón por la que le quiero aquí conmigo. La única arma que puede
oponerse a una espada de luz es otra espada de luz.
Luke sintió que quedaba boquiabierto. ¿Axlon le estaba sugiriendo
seriamente lo que creía que le estaba sugiriendo?
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—Es consciente que no soy un Jedi, ¿verdad? —dijo con cautela—. Ben
apenas me inició en el combate con espada de luz. No estoy preparado para
enfrentarme a nadie que sepa manejarla.
—No será necesario —le aseguró Axlon—. Tiene que entender la
psicología de la situación. En general nadie lleva una arma como esa a no ser
que sepa usarla. Es decir, el simple hecho de tenerlo a usted y su espada de
luz a la vista, cerca de las puertas del palacio, hará que la agente crea que sabe
combatir con ella y se pregunte qué tipo de obstáculo puede ser. Eso le
obligará a rehacer el plan…
—¿La agente? —preguntó Luke—. ¿Es una mujer?
—Eso he oído —dijo Axlon—. Como le decía, tendrá que rehacer su plan
y cualquier cosa que nos permita ganar tiempo nos favorece.
A no ser que la agente decidiera poner a prueba las habilidades de Luke
en vez de molestarse en rehacer su plan.
Aun así, la Fuerza le acompañaba. ¿Verdad?
—Llamaré a Cracken y le diré que seguimos con el plan original —
continuó Axlon—. Usted solo necesita dormir un poco. Le quiero en la calle,
cerca de las puertas del palacio, mañana a las diez en punto. ¿Entendido?
—Entendido —dijo Luke con un suspiro. Ya le había dicho a Chewie que
no creía poder hacer nada por ayudarle. No le había escuchado. No parecía
tener demasiado sentido decirle lo mismo a Axlon.
—Buen chico —dijo Axlon—. Ahora vaya a dormir un poco —hizo una
pausa y Luke casi pudo ver la leve sonrisa de su interlocutor—. Mañana,
maestro Skywalker, verá cómo la rebelión da el primer paso del camino que
la llevará a la victoria. Se lo garantizo.
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CAPÍTULO ONCE
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que esperasen.
Marcross murmuró algo entre dientes a su espalda.
—Tranquilo —le advirdó en voz baja LaRone, notando el sudor en su piel
mientras intentaba no mirar a los imperiales que se aproximaban—. Y no te
muevas —añadió—. Si te mueves se te marca el contorno.
—Como si eso ayudase —masculló Marcross—. ¿Pero dónde está Jade?
—No tardará —le aseguró LaRone.
A no ser, por supuesto, que el verdadero plan de Jade fuese tenderles una
trampa para que los capturasen. Un par de soldados de asalto desertores
podían ser una distracción lo bastante ruidosa para permitirle infiltrarse en el
palacio sin que nadie lo notara.
Veinte metros por delante de los soldados de asalto que se aproximaban,
salió una figura encapuchada de una callejuela estrecha, moviéndose con la
cautelosa fragilidad de un anciano. Hizo ademán de girar a la derecha, vio a
los soldados de asalto…
Se dio la vuelta y se escabulló por la callejuela abruptamente a una
velocidad claramente acelerada.
LaRone pensó que los soldados de asalto eran humanos. La simple visión
del comportamiento del fugitivo era como lanzarle carne cruda a un rancor.
—¡Alto! —gritó uno en su voz mecánicamente filtrada por el
vocodificador, mientras los dos echaban a correr tras el presunto anciano.
Desaparecieron por la callejuela, con sus BlasTech E-11 colocados en
posición de disparo a la cintura.
LaRone se volvió hacia Marcross.
—¿Le damos un minuto más a Jade? —preguntó.
Marcross arrugó la nariz.
—Es probable que se cabree mucho si nos demoramos —comentó.
—Bien —dijo LaRone, asintiendo—. Vamos.
Encontraron a los dos soldados de asalto tirados en el suelo, a media
callejuela, más o menos en el punto en que no se les podía ver desde ninguno
de los dos extremos. Jade se había quitado la capucha y estaba agachada junto
a uno de ellos con una mano a cada lado de la placa facial del soldado,
mirando fijamente sus visores.
—¿Muertos? —preguntó LaRone cuando llegó con Marcross junto a ella.
—Descargas sónicas —dijo en un tono distante, concentrada en la tarea
que tenía entre manos—. Metidas por debajo del borde del casco. Estarán
recuperados en un par de horas.
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LaRone asintió. Jade era bastante despiadada con los traidores de los que
le encargaban ocuparse pero la había visto desviarse de su camino para
mantener fuera de su línea de tiro a los inocentes y leales.
—Ocúpate de la identidad del otro —añadió.
Marcross ya estaba arrodillado junto al otro soldado de asalto
inconsciente, con una herramienta debajo de la placa del hombro de la
armadura. Las marcas de identificación en blanco sobre blanco de los
soldados eran prácticamente indetectables a la vista normal, incluso desde
cerca, pero resultaban fácilmente visibles para los instrumentos de aumento
de visión de otro soldado de asalto.
Además de otro material secreto, la Suwantek contaba con varias
identidades de hombro falsas. Hasta el momento, LaRone siempre había
optado por que el equipo usase hombreras no identificadas. Le había parecido
preferible a correr el riesgo de tener que explicar cómo se les habían borrado
las identificaciones o por qué tenían las marcas de una unidad que en realidad
estaba en la otra punta de la galaxia.
Allí, visto el plan de Jade, no tenían más remedio que llevar
identificaciones.
Por suerte, sabían las que utilizar.
Marcross había terminado de sacar la hombrera cuando Jade le hizo un
gesto seco con la cabeza.
—Ya está —dijo ella. Echó las manos a los lados del casco del soldado de
asalto y empezó a quitárselo—. ¿Marcross?
—Listo —dijo este, levantando la hombrera suelta mientras se dirigía
hacia el soldado de asalto al que Jade acababa de quitarle el casco. Le dio la
hombrera a LaRone, se arrodilló y empezó a quitarle la suya al otro soldado.
Mientras trabajaba, LaRone le abrió la toga a Marcross y empezó a colocarle
la nueva identificación en su sitio, mirando a Jade por el rabillo del ojo
mientras iba hacia el soldado al que acababa de dejar Marcross.
Además de la identificación de hombro, la segunda mitad de una buena
suplantación era colarse en la red de comunicadores del palacio. Y esa era con
diferencia la mitad más complicada. Los cascos de los soldados de asalto
incluían un interruptor de lengua que había que morder para poder sacárselo.
De no hacerlo, el comunicador cifraba instantáneamente tanto la secuencia de
rotación de frecuencia como la de encriptado, quedando completamente
inservible.
Para la mayoría de aspirantes a infiltradores aquel era un obstáculo
insuperable. Pero no para Jade. Ella tenía la Fuerza y sabía exactamente
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dónde estaba situado el interruptor de lengua.
Una pizca de telequinesis, un delicado golpecito y podían quitar el casco
con el comunicador intacto.
Al cabo de dos minutos, con los dos cascos quitados y las dos hombreras
en su sitio, LaRone y Marcross estaban listos para ponerse en marcha.
—Revisad los cascos —les ordenó Jade al dárselos—. Aseguraos que lo
he hecho bien.
Marcross asintió y se colocó el suyo. Solo necesitó unos segundos para oír
la cháchara de la seguridad del palacio.
—Sí, estamos dentro —confirmó, sellando el casco por el cuello—. Pero
parece que no estamos en la misma frecuencia que los guardias de la puerta.
—Eso no debería suponer ningún problema… vais a hablar con ellos
personalmente —les recordó Jade, revisando por última vez ambas hombreras
—. Meted a estos dos en ese almacén hasta que se despierten de la descarga
sónica… Ya he abierto la cerradura. Después pasad a vuestra frecuencia
privada y aseguraos que Brightwater y los demás pueden ofrecernos una
huida rápida si la necesitamos. ¿Quién lo lleva?
—Yo —dijo Marcross, echándose una mano a la espalda y dando unos
golpecitos al detonador térmico cilindrico que llevaba sobre los riñones. Era
ligeramente más largo que la versión estándar de soldado de asalto, lo que en
opinión de LaRone lo convertía en una potencial amenaza para ellos tan seria
como antes su armadura cubierta por una capa.
Como de costumbre, Jade había restado importancia a sus temores,
afirmando que la misma familiaridad con aquella prenda que impedía que los
ciudadanos notasen ninguna sutil diferencia en las calles probablemente
también evitaría que los soldados de asalto notasen las sutiles diferencias en
aquellas armaduras con las que estaban más que familiarizados.
Había tenido razón con la capa. LaRone esperaba que también la tuviese
con el detonador térmico.
—Bien —dijo Jade, dándole un disco pequeño y plano a LaRone—. Este
es el sónico. Si necesitáis usarlo, recordad que debéis meterlo bajo el borde
del casco y apretar la punta.
—Vale —dijo LaRone. La noche anterior se lo había cantado dos veces
pero nunca estaba de más volver a revisar por segunda o tercera vez las armas
con las que no estaban familiarizados.
—¿Cómo sabremos cuándo debemos actuar? —preguntó Marcross.
—Vosotros estad atentos —dijo Jade, abriendo del todo su toga marrón
para mostrar un vestido azul y plateado que le llegaba hasta los tobillos—.
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Confiad en mí, os daréis cuenta. Y no tardéis.
Fue hasta un lado de la callejuela, se quitó la toga y sacó una pequeña
bolsa de entre la basura que había allí. Se marchó con paso vivo con la bolsa
bajo el brazo.
—¿Qué te parece? —le preguntó Marcross en voz baja.
LaRone hizo una mueca tras su máscara facial.
—Hasta el momento ha tenido razón en todo —dijo.
Marcross gruñó.
—Esperemos poder volver a montar los pedacitos si empieza a
equivocarse. Vamos, quitemos a estos tipos de la vista.
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Cuando llegó al desvío, dio un volantazo fuerte que hizo que se escorase y
entrase en el camino que llevaba hasta las puertas del palacio. Al cabo de un
segundo, cuando ella llegó al desvío, giró y fue tras el camión.
El conductor del camión consiguió superar su sorpresa y perplejidad ante
el errático comportamiento de su vehículo y frenó antes de estrellarse con la
puerta. Apenas tuvo tiempo para lanzar un suspiro de alivio antes de que
Mara se estampase contra su guardabarros trasero, un impacto que proyectó al
camión tres metros más adelante.
El incidente del deslizador terrestre del día anterior había sido un suceso
desconcertante pero aislado. El de hoy, sin embargo, seguía un patrón y Mara
sabía cómo estaban entrenadas las fuerzas de seguridad para reaccionar a
determinados patrones. Mara acababa de apagar su motor cuando tanto ella
como el camionero fueron rodeados por los soldados de asalto que salieron
apresuradamente entre los guardias de las puertas del palacio.
Uno de los guardias con librea llegó hasta Mara.
—Manos arriba —ordenó, apuntándola firmemente al pecho con su
bláster mientras trotaba hacia un lado del deslizador robado.
—No he sido yo —protestó Mara mientras levantaba las manos—. Mi
volante ha girado solo.
—Sí, claro —gruñó el guardia, haciendo gestos con la mano libre—.
Vamos… baje.
Al cabo de un minuto, Mara estaba de pie junto al deslizador terrestre, con
las manos aún levantadas mientras salían más soldados de asalto del recinto
del palacio. El conductor del camión deslizador también estaba junto a su
vehículo, con un grupo de personal de seguridad similar rodeándolo y
escuchándole contar lo mismo que Mara le había contado a su grupo.
—Lo digo en serio, no ha sido culpa mía —continuó Mara, mirando la
cara del guardia con librea mientras su comunicador le susurraba algo al oído.
Su expresión se endureció un poco—. Mire, llego tarde a una reunión muy
importante —añadió, echando a andar hacia un extremo del vehículo—.
Pueden quedarse mi deslizador y examinarlo ustedes mismos… Volveré a
buscarlo más tarde.
—¡No se mueva! —le espetó el guardia, dando un paso largo para
bloquear su huida—. Usted no es la dueña registrada de este vehículo.
—Sí, gracias, ya lo sabía —dijo Mara en un tono de forzada paciencia—.
Es de mi amiga Carolle. Puede llamarla… le dirá que me lo ha prestado.
—Ahí está —dijo la voz vocodificada de un soldado de asalto a la
derecha.
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Mara se dio la vuelta. LaRone y Marcross avanzaban hacia su enjambre
de guardias, con actitud y pose firmes y decididas.
—Retengan a esa mujer… la hemos visto robar algo en una tienda de
electrónica.
—¿Una tienda de electrónica? —repitió el guardia, frunciendo el ceño
mientras miraba a Mara y el deslizador terrestre.
—Eso es ridículo —insistió Mara, cruzando los dedos mentalmente al ver
los ojos del guardia moviéndose metódicamente por el compartimento de
pasajero. Si era necesario, LaRone y Marcross podían ocuparse del siguiente
paso pero sería mejor que un agente de seguridad de palacio lo dedujera por sí
mismo—. Mienten. Yo no he robado nada en mi vida.
—Silencio —le ordenó el guardia cuando sus ojos detectaron la bolsa
arrugada tirada sobre el asiento del pasajero—. Vigiladla —ordenó a los
soldados de asalto y rodeó el deslizador hasta el asiento del pasajero. Recogió
la bolsa con cautela y encontró el mando del aerodeslizador de juguete que
Mara había comprado el día anterior—. ¿Qué es esto? —preguntó.
—¿Cómo quiere que lo sepa? —contestó Mara—. Ya se lo he dicho, el
deslizador es de una amiga que me lo ha prestado.
—Ajá —el guardia recogió el mando y lo hizo girar en su mano,
examinando los controles y mirando con recelo a los dispositivos electrónicos
adicionales que Mara había instalado aleatoriamente en la parte superior y los
lados. Puso los dedos sobre los controles y la miró rápidamente para ver su
reacción. Mara se mantuvo impertérrita mientras se proyectaba con la Fuerza.
El guardia movió uno de los controles tímidamente.
Y, en perfecta sincronía, Mara hizo girar el volante del camión deslizador.
El guardia volvió la cabeza hacia el camión. El camionero hizo lo mismo,
como todos los soldados que lo vigilaban.
—Yo no he hecho nada —protestó frenéticamente el camionero.
—He sido yo —les gritó el guardia de Mara, levantando el mando y
señalando a Mara—. Esposadla. Inmediatamente.
Uno de los soldados de asalto dio un paso adelante y sacó unas esposas de
uno de sus bolsillos multiuso.
—Y atadla —añadió el guardia—. Esta es especial.
Al cabo de un instante, Mara tenía las manos esposadas frente al cuerpo y
ambos tobillos sujetos por una cadena de veinte centímetros.
—Vosotros dos, llevadla para que la interroguen —dijo el guardia,
señalando a dos de los soldados de asalto del palacio—. Y llevad esto al
laboratorio —añadió, dándole el mando a otro de los soldados de asalto.
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—Nosotros la llevamos —se ofreció LaRone, dando un paso adelante.
—No, ya lo harán ellos —dijo el guardia—. Vosotros estáis de patrulla.
—Nosotros la hemos arrestado —dijo con firmeza LaRone—. Nosotros la
llevamos dentro.
El guardia se lo quedó mirando fijamente. Probablemente tenía la
suficiente experiencia con soldados de asalto para saber que eran tan
ambiciosos como cualquier otro militar de profesión. Negarles la oportunidad
de añadir un éxito a su hoja de servicios le haría ganarse dos nuevos
enemigos, algo que nadie quería.
—Bien… podéis llevárosla —gruñó—. Pero no responderé ante vuestro
comandante si os metéis en líos por abandonar la patrulla.
Echaron a andar hacia la puerta, con los soldados de asalto del palacio
caminando frente a Mara y LaRone con Marcross tras ella. Era una procesión
un tanto extraña por la limitación de los grilletes de Mara, que limitaban su
habitual zancada larga. Pero para cuando llegaron a la puerta del palacio y se
colocaron en fila india para cruzarla ya se había adaptado a su nuevo paso.
El día anterior no había podido ver los terrenos del palacio pero había
supuesto que Ferrouz habría doblado o triplicado la guardia estándar de
palacio. Ahora, mientras avanzaba con su escolta por el camino, descubrió
que había subestimado el nivel de cautela del gobernador. Había al menos
treinta soldados de asalto patrullando la zona, incluidas varias parejas de los
exploradores en deslizadores que también había visto rondando el montículo
de piedra blanca que se alzaba sobre el palacio.
Pensó que era una suerte no haber intentado penetrar haciendo un agujero
en la pared.
Las puertas principales del palacio eran grandes y elaboradas, con el
mismo patrón decorativo que había visto en la entrada al recinto. Pero los
sospechosos de espionaje y sabotaje no parecían tener reservado un
tratamiento tan digno. Su escolta de soldados de asalto se dirigió hacia una
puerta lateral más pequeña, medio escondida entre unos arbustos esculpidos.
Cuando se acercaron, la puerta se abrió y salieron a recibirlos tres hombres,
los tres con los uniformes grises que Mara había visto el día anterior. El más
viejo de los tres, que pudo ver que llevaba una insignia de mayor, era el
hombre de mediana edad que había salido al patio para interrogar a la
adolescente.
—Muy bien —dijo el mayor cuando Mara y su escolta llegaron hasta él
—. A partir de aquí es cosa nuestra.
—Tenemos que hacer un informe —dijo con firmeza LaRone.
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—Pues id a hacerlo —dijo el mayor, entrecerrando los ojos mientras
examinaba a Mara—. La recuerdo. Ayer estaba en el tapcafé de la acera de
enfrente cuando aquel deslizador terrestre intentó derribar la puerta.
—No tengo ni idea de qué me está hablando —dijo rígidamente Mara.
—Por supuesto que no —dijo el mayor y se volvió a mirar a los soldados
de asalto—. He dicho que pueden retirarse. Regresen a sus tareas.
—Señor… —empezó a decir LaRone.
—Lleváosla —ordenó el mayor a sus dos hombres mientras daba la
espalda a los soldados de asalto.
Mara se medio giró hacia LaRone e inclinó la cabeza microscópicamente
hacia los arbustos que los rodeaban. Después, cuando los dos guardias de
uniforme gris la agarraron por los brazos, los dejó guiarla. El mayor se hizo a
un lado para dejarlos pasar y los siguió, cerrando la puerta tras él con una
llave maestra del tamaño de una tarjeta de datos.
Los planos del palacio que el Emperador le había enviado a Mara no
incluían ninguna lista de salas de interrogatorio ni celdas de contención, lo
que no era ninguna sorpresa porque se suponía que aquel tipo de instalaciones
no existían en las residencias gubernamentales. Normalmente, dependía de
cada gobernante local realizar las modificaciones discretas y extraoficiales
que quisiera en el recinto.
Mara había visto muchas instalaciones como aquella a lo largo de los
años, desde mazmorras profundas y terroríficas hasta salas de contención
aireadas diseñadas para inducir en los presos una sensación de falsa esperanza
y tranquilidad. Pero, dejando esos pequeños detalles aparte, lo que tenían en
común todos los especialistas en interrogatorios era su interés por mantener
sus actividades tan secretas y desapercibidas como fuera posible.
Aquella no era ninguna excepción. El pasillo en el que se encontró era
corto, estaba desierto y no había ni una sola puerta en las paredes. Además de
la puerta por la que habían entrado solo había la de un turboascensor a veinte
metros de distancia. Era el lugar perfecto para hacer desaparecer un preso y
que nadie volviese a saber de él jamás.
También era el lugar perfecto para que el preso escapase.
Mara les dejó caminar hasta mitad del pasillo, dando tiempo de sobra a los
soldados de asalto del palacio que había fuera para que regresasen a sus
puestos y, con un poco de suerte, no oyeran nada de lo que pasaba allí dentro.
Después se miró las esposas de las muñecas y usó la Fuerza para abrirlas.
Cuando rebotaron contra el suelo, alargó la mano para agarrar el bláster del
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guardia que tenía a la izquierda y disparó sin desenfundarlo junto a su pierna
derecha.
Cuando el guardia se dobló, sorprendido y dolorido, Mara sacó el bláster
de la funda y lo giró hacia el cuello del hombre que tenía a la derecha.
Mientras este caía al suelo siguió girando, apuntando con el arma al mayor,
que intentaba reaccionar tras ella.
—No lo haga —le advirtió Mara.
El mayor quedó petrificado, con la mano aún sobre su bláster enfundado y
una expresión tensa.
—No puede escapar —le advirtió él en un tono rígido y controlado.
—Puede que no quiera —dijo Mara. El guardia al que había disparado en
la pierna empezó a tambalearse hacia ella y Mara desvió su arma del mayor lo
suficiente para darle un golpe en el cuello y tirarlo al suelo, como al otro—. A
lo mejor quiero quedarme a vivir aquí —añadió, volviendo a apuntar al mayor
—. ¿Y usted?
Él gruñó algo entre dientes pero era lo bastante listo para saber que oponer
mayor resistencia equivalía a perder la vida. Mirándola mal, levantó las
manos y las puso sobre la cabeza.
—Gracias —dijo Mara. Bajó el arma y disparó a la cadena que le ataba
los tobillos—. Tire el bláster y su comunicador al suelo.
Tímidamente, el mayor sacó el bláster con dos dedos y lo dejó en el suelo
junto a él, después hizo lo mismo con su comunicador.
—Y ahora la llave maestra —dijo Mara.
—No le servirá de nada —gruñó el mayor mientras dejaba la llave
maestra junto a las demás cosas—. El gobernador Ferrouz no confía en las
cerraduras ni en los droides centinelas. Nunca llegará hasta él… jamás. Y
jamás saldrá viva del palacio.
—Agradezco la advertencia —dijo Mara—. Dé dos pasos atrás y estírese
en el suelo boca abajo, de cara a la pared.
El mayor obedeció con el ceño fruncido. Mara recogió la llave maestra y
volvió sobre sus pasos hasta la puerta por la que habían entrado. Metió la
llave en la ranura.
La puerta se abrió lateralmente.
—¿LaRone? —dijo en voz baja, sin dejar de mirar al mayor.
Sintió una corriente de aire y los dos soldados de asalto entraron en el
pasillo.
—¿Estás bien? —preguntó LaRone—. Hemos oído un disparo.
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—Estoy bien —le tranquilizó Mara—. Dame el sónico… este bláster no
tiene ajuste de aturdimiento.
LaRone se lo tendió y Mara volvió junto al mayor. Al cabo de un minuto
los tres hombres de uniforme gris estaban inconscientes.
—Bueno, esto tiene muy mala pinta —comentó Marcross cuando Mara
regresó con ellos—. Una sola salida, ninguna puerta ni monitor.
—La típica entrada a un centro de interrogatorios —dijo Mara, haciéndole
un gesto para que se diese la vuelta—. Puedes considerarte afortunado por no
haber visto ninguno hasta ahora.
—¿Y ahora qué? —preguntó LaRone—. Espero que no estés pensando en
subir a ese turboascensor.
—Qué va —dijo Mara, desabrochando la tapa del gran detonador térmico
de Marcross y sacando la espada de luz que ocultaba en su interior vacío—.
Los turboascensores de los centros de interrogatorios normalmente suelen
tener solo dos destinos y ahora mismo estamos en el menos desagradable de
ellos. ¿Podéis quedaros en algún sitio en el que nadie pueda preguntaros
nada?
—Hay un puesto de guardia justo al norte de la puerta principal —dijo
LaRone—. O podemos fingir que somos uno de los equipos de patrulleros.
Dudo que nadie nos dirija la palabra.
—Al menos de momento —añadió Marcross—. Al final alguien se dará
cuenta de que el número de soldados de asalto no cuadra.
—Cuando eso suceda, si es que sucede, decidles que el mayor Pakrie os
ha pedido que patrulléis el patio —dijo Mara, mirando el nombre escrito en su
llave maestra prestada—. Tardarán al menos un par de horas en comprobar si
es cierto.
—Suponiendo que nadie pase por aquí y los encuentre —dijo Marcross.
—Tranquilo —dijo Mara, cerrando de nuevo el detonador térmico de
Marcross—. Os avisaré cuando os necesite.
—¿Y cómo vas a avisarnos? —preguntó LaRone.
—Aún no lo sé —dijo Mara—. Os daréis cuenta cuando lo haga.
—¿Como media ciudad?
—Intentaré ser más discreta —dijo Mara con un punto de humor—.
Vamos, en marcha.
Al cabo de un minuto estaban fuera y la puerta volvía a estar cerrada.
Mara echó un vistazo alrededor y encendió su espada de luz.
Como ya había notado, sus planos no incluían la zona de interrogatorios
extraoficial del palacio. Pero sí mostraban lo que había sido aquello antes de
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que Ferrouz o sus predecesores lo remodelasen. Originalmente aquella parte
del palacio había sido un ala para invitados, con suites para huéspedes e
incluso una cocina propia con chefs droides y humanos haciendo turnos para
saciar apetitos a deshoras. Aquel pasillo en concreto conducía desde la cocina
y los puestos de los droides sirvientes hasta un grupo de tres turboascensores
que conducían al resto del palacio.
Mara también sabía que, incluso en una zona de interrogatorios
perfectamente sellada como aquella, la mayoría de gobernadores habrían
intentado instintivamente mantener a distancia miradas y oídos indiscretos.
Eso implicaba que la cocina y los puestos de droides que tenía a cada lado
probablemente estarían cerrados y abandonados, lo que sugería con más
fuerza que la salida más rápida del pasillo quedaba a solo a dos cortes de su
espada de luz.
El problema, como había comentado Marcross, era que no tenían ninguna
garantía de que no llegase alguien en busca del mayor Pakrie y sus hombres,
ya fuese desde el patio o desde la sala de interrogatorios subterránea. Un
agujero en la pared era algo que no pasaría por alto ni el más descuidado
recluta de seguridad.
Pero casi nadie se molestaba en levantar la vista, sobre todo cuando sus
ojos y manos estaban ocupados con otras cosas… como meter una llave
maestra por la ranura de seguridad de una puerta.
El pasillo era de una altura ligeramente superior a la media pero Mara
podía tocar el techo sin necesidad de saltar. Se colocó justo frente a la puerta
y trazó un patrón cónico con el filo de su espada de luz, cortando un círculo
biselado en la plancha de duracreto que tenía sobre su cabeza. Apagó el arma,
se proyectó con la Fuerza, levantó el pedazo que acababa de cortar, lo apartó
de la abertura y lo dejó a un lado. Saltó hacia arriba, se agarró al borde del
agujero y lo cruzó con cautela.
Estaba en la sala de relajación de una acogedora suite para invitados. Por
las cortinas echadas y el leve olor a cerrado tuvo claro que la habitación
llevaba tiempo desocupada.
Aquello probablemente también significaba que la computadora de la
habitación no estaría operativa. Pero habría otras habitaciones cercanas desde
las que podría infiltrarse en el sistema informático del palacio.
Saltó al pasillo y usó la Fuerza para meter a los miembros de seguridad
inconscientes por el agujero del techo. El último fue el más farragoso… por
algún motivo levantar cadáveres siempre le había costado más que mover una
cantidad equivalente de cualquier otra materia inerte pero logró hacerlo sin
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que se le cayera. Después, dio un salto para unirse a ellos y volvió a colocar el
pedazo de duracreto recortado en su sitio.
No quedaba ni mucho menos perfecto pero el biselado sujetaría la plancha
y el corte era lo bastante limpio para que si alguien lo veía se preguntase si
era algo que siempre había estado allí y sencillamente no había visto hasta
entonces. Para cuando sus dudas se hubiesen disipado, ya debería haber
terminado su trabajo.
Y alguien en el palacio habría probado la justicia imperial.
Bajo la tenue luz que se colaba por debajo de las cortinas cerradas, se
quitó el sombrero y el vestido azul y plateado, y se recolocó la larga túnica
verde oscura y las mallas que llevaba debajo. Era un atuendo neutro pero
profesional, un estilo muy en boga en todo el Imperio y que la noche anterior
había visto que usaban muchas de las empleadas del palacio cuando se
marchaba a casa. Sacó la funda de hombro escondida en el forro interior del
vestido azul, la desplegó y guardó su espada de luz en ella.
Ya estaba lista para vagar por los pasillos del palacio.
La puerta estaba doblemente sellada, probablemente desde que se cerró
por primera vez, lo que normalmente impedía que se abriera desde ningún
lado. Pero la llave maestra del mayor Pakrie disponía de códigos para zonas
de acceso restringido y abrió la cerradura sin problemas.
Al cabo de un instante, Mara avanzaba en silencio por un pasillo rumbo a
los murmullos de vida y actividad. En busca de una computadora.
Eran las diez y cuarto y Luke había aterrizado junto a una de las tiendas que
quedaban en la acera de enfrente del palacio del gobernador cuando vio a
Axlon emergiendo de la multitud y dirigiéndose hacia la pequeña puerta para
peatones que había junto a la entrada principal.
Sintió que le recorría un hormigueo desagradable. Axlon tenía el pase que
le había dado el gobernador Ferrouz y, hasta el momento, ninguno de los
soldados de asalto ni los hombres de uniforme azul y rojo que patrullaban
habían mostrado más que un leve interés al ver acercarse al anciano. Pero eso
no significaba que a la multitud congregada en la zona no pudiese picarle la
curiosidad ver a un extranjero vestido de civil entrando en el lugar más seguro
de Poln Mayor.
Y lo más importante, ¿cómo reaccionaría la agente imperial si también
estaba entre los congregados?
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Luke frunció el ceño y sintió un segundo escalofrío. De hecho, ¿qué hacía
aquella multitud alrededor del palacio?
Puede que fuera por los deslizadores terrestres que habían chocado frente
a la puerta. Luke no estaba cuando había sucedido pero debía de haber sido
bastante reciente porque aún había hombres de uniforme gris trabajando en
los vehículos ante la atenta mirada de una docena de soldados de asalto.
Pero la multitud no parecía la habitual congregación de mirones que se
reunía en cualquier accidente. Esta multitud tenía algo de implacable,
desprendía una sensación de expectación que Luke podía sentir sin necesidad
siquiera de recurrir a la Fuerza. Y mientras estaba allí, intentando mostrarse
relajado, le pareció que cada vez le miraba más gente.
Estaba a punto de pasar algo. Quizá era algo que los lugareños no querían
que viera ningún extranjero.
Hizo una mueca. El sentido común le decía que se largase de allí, que
huyese y se buscase algún lugar menos llamativo desde el que observar, pero
Axlon mandaba y le había dicho que se quedase allí.
Esperando a que la agente imperial se mostrase.
Luke tragó saliva con dificultad. No tenía sentido. Si la agente tenía el
más mínimo entrenamiento con la espada de luz podría hacerlo pedazos sin
romper a sudar.
A no ser que Axlon supiera algo que Luke no sabía. Quizá la agente
llevaba la espada de luz como mero farol y no tenía más habilidad en combate
que él mismo. Por el contrario, quizá Axlon tenía razón sobre que la simple
presencia de su espada de luz la frenaría y permitiría que Axlon ganase el
tiempo que necesitaba para lo que fuera que necesitasen el gobernador
Ferrouz y él.
Por desgracia, a pesar de lo que pensaba Han, a Luke no siempre le
contaban todos los detalles de las órdenes que recibía.
Pero le habían dado una orden. Así que esperaría allí hasta que le diesen la
orden de hacer otra cosa.
Las diez y veinte. Axlon llegó a la puerta y le ofreció su pase al guardia.
Este lo conectó a su datapad, se lo devolvió y dijo algo por su comunicador.
La puerta se abrió y Axlon entró.
Seguía sin haber ni rastro de la misteriosa agente imperial que se suponía
que estaba allí para detenerlo.
¿Dónde demonios estaba?
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Con una última sacudida que sacó a Han de su sueño intermitente, el autobús
deslizador se detuvo.
Parpadeó mientras los repulsores emitían un último gruñido gutural y
bajaban el vehículo al suelo. Habían llegado frente a una gran cueva
excavada, más grande que aquellas en cuyo interior estaba construido
Dankcamp.
Hasta donde le alcanzaba la vista había hileras ordenadas de naves. De
buen tamaño. Tenían unos treinta y ocho metros de longitud, un poco más
grandes que el Halcón, con curvas suaves y surcos largos y profundos que
iban desde el morro hasta el culo por cada una de las alas inclinadas.
Zarandeó a Leia.
—Despierta, cariño —murmuró—. Hemos llegado.
—No estoy dormida —murmuró ella en un tono áspero que le dijo que en
realidad sí que había estado dormida hasta que la había zarandeado—.
¿Dónde estamos?
—No lo sé —dijo Han—. Pero sean quien sean estos tipos, vinieron
cargados. Esas de ahí son naves de guerra.
Leia se enderezó.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó, mirando por la ventana—. Nunca había
visto nada igual.
—Suma uno más uno —le dijo Han—. ¿Ves esos surcos en las alas? Esa
es la versión pasiva de baja tecnología de los estabilizadores de estela
mejorados. Esas riostras para armas de las interfaces del ala forman parte del
material original, no son añadidos. La fina aguja que se eleva desde la parte
superior probablemente contiene una serie de cañones láser verticales. Y esa
esfera de la punta es un sensor de puntería. Desde aquí no se ven muy bien los
subluz pero se ve el suficiente fulgor en el morro para saber que son grandes y
están muy separados.
Señaló la proa de la nave más cercana.
—Y el único motivo que explica una cubierta de cabina cruzada es la
máxima protección del piloto sin perder un ángulo de visión de doscientos
setenta grados. Son naves de guerra, no hay duda.
Ranquiv se puso de pie en la parte delantera del autobús.
—Todo el mundo abajo —gritó, con sus ojos amarillos de insecto
brillando extrañamente bajo la tenue luz del autobús—. Es hora de trabajar.
Se oyó un arrastrar de pies generalizado cuando los pasajeros se
levantaron y empezaron a desfilar por el pasillo hasta la puerta.
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—No sé qué está pasando —le dijo Leia a Han en voz baja—. Pero puedo
decirte que estamos a más de mil kilómetros de Dankcamp. Y supongo que a
cincuenta o cien de Anyat-en.
Han miró las naves y sintió un hormigueo desagradable en la nuca.
—¿Cómo lo sabes?
—Estuve vigilando los giros durante las dos primeras horas —dijo—.
Hicimos muchas eses pero no avanzamos demasiado —señaló la ventana con
la cabeza—. Creo que lo único que quieren es que no sepamos dónde
estamos.
—Sí, bueno, si yo tuviese todas esas cosas aquí aparcadas tampoco
querría que nadie lo supiera —añadió Han taciturnamente.
—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó Leia—. ¿Intentar escapar y
encontrar el camino de regreso?
Han se inclinó hacia ella, intentando echar un vistazo por la ventana.
Había al menos otra docena de aquellos alienígenas de pelo negro y ojos
amarillos reunidos en un círculo amplio cerca de la parte delantera del
autobús deslizador, además de otra veintena de humanos alrededor de las
naves de guerra.
Naturalmente, todos iban armados.
—Han… —empezó a decir Leia, intentando apartarse de él.
—Tendremos que quedarnos un tiempo —dijo él, alejándose de Leia y
poniéndose de pie—. Intentemos averiguar qué está pasando y busquemos el
momento.
—¿El momento para qué?
Han hizo una mueca.
—No te preocupes —la tranquilizó—. Ya se me ocurrirá algo.
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CAPÍTULO DOCE
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La computadora le anunció la llegada de un tal maestro Vestin Axlon
cuando terminó de leer la última transcripción de las comunicaciones. Había
notado que el pase de Axlon era sospechosamente impreciso, ofreciéndole
acceso total y con la autorización personal del gobernador. Posiblemente era
el contacto rebelde de Ferrouz. Estaba claro que no era alguien a quien nadie
fuese a interrogar respecto a su cometido una vez entrase en el edificio.
Era idóneo.
Axlon y los dos hombres de seguridad del palacio que lo escoltaban
habían llegado al turboascensor que llevaba a la oficina de Ferrouz en la
cuarta planta cuando llegó Mara.
—Yo me encargo a partir de aquí —dijo secamente cuando llegó junto a
ellos.
—¿Disculpe? —dijo el guardia más veterano, un teniente.
—Digo que yo me encargo de él a partir de aquí —repitió Mara—.
Escoltaré al maestro Axlon hasta el gobernador Ferrouz. Órdenes del mayor
Pakrie.
El teniente emitió una especie de siseo. Al parecer, el nombre de Pakrie
no tenía demasiado peso entre sus tropas.
—Debemos ver su autorización.
—Fue verbal —dijo Mara, sacando su comunicador. Se abrió la puerta del
turboascensor ante ellos y fue hacia él—. El gobernador está esperando… lo
aclararemos por el camino —al pasar junto a Axlon, lo agarró del brazo y tiró
de él hacia el ascensor, alejándolo de los guardias.
Quedó inmediatamente claro que ninguno de los guardias esperaba algo
tan audaz y durante medio segundo los dos se quedaron parados y
boquiabiertos. Entonces despertaron abruptamente de su parálisis y entraron
apresuradamente junto a Mara y Axlon.
—Espere un momento —dijo el teniente severamente mientras agarraba a
Axlon por el otro brazo, claramente dispuesto a emplear la fuerza para
apartarlo de ella si era necesario.
Por segunda vez en apenas segundos un destello de perplejidad cruzó su
cara cuando Mara soltó a Axlon sin oponer resistencia ni discutir. Tecleó en
su comunicador y levantó la mano para pedir silencio.
—Denme un minuto —dijo—. El mayor aclarará esto.
El teniente se encogió de hombros.
—Debo insistir… —se calló cuando Mara le dedicó una mirada severa.
El mayor Pakrie, como era de esperar, aún no había respondido a la
llamada para cuando el turboascensor se detuvo.
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—¿Dónde está? —gruñó Mara al universo mientras se volvía a guardar el
comunicador en el cinturón e incrementaba el nivel de irritación que se
esforzaba en mostrar. La clave para evitar que la gente haga preguntas, había
aprendido hacía mucho, era hacer que esas preguntas pareciesen más
peligrosas que útiles sus frutos. Siempre que mantuviese sus actos por debajo
de un nivel sospechoso, la misma gente que había decidido no preguntar
también terminaría por decidir no entrometerse en su camino—. Bien —gruñó
cuando la puerta del ascensor se abrió, revelando otra puerta a diez metros de
distancia flanqueada por dos guardias y una recepcionista tras una mesa—. Lo
llevaremos juntos.
—Sí, señora —dijo el teniente, aliviado al haber encontrado una solución
que le permitía cumplir sus órdenes sin molestar a una desconocida con
evidentes buenos contactos. Los dos soldados hicieron un gesto hacia Axlon,
salieron del turboascensor y fueron hacia la puerta vigilada. Axlon caminaba
tras ellos, con Mara pisándole los talones.
Pero entonces su postura, expresión y comportamiento cambiaron
repentinamente. En vez del papel de arrogante oficial imperial que había
interpretado para los primeros guardias ahora era una humilde asistente
personal que seguía a su jefe con silenciosa eficiencia y la resignación aún
más silenciosa de aquel que sabe que nunca será más que un sirviente de
otros.
Y cuando se proyectó con la Fuerza pudo ver que los guardias que
flanqueaban la puerta de Ferrouz se habían tragado por completo su papel.
Axlon, al que ya debían de estar esperando, al parecer había traído una
asistente que nadie se había molestado en mencionarles.
—El maestro Axlon tiene cita con el gobernador Ferrouz —dijo el
teniente enérgicamente cuando se acercaron.
—Sí —dijo la recepcionista en un tono cuidadosamente neutro mientras
metía la mano bajo el escritorio y activaba la apertura de la puerta. Por la
tensión en su tono, Mara supuso que conocía o sospechaba quién era el
visitante y le traían sin cuidado las compañías de su jefe—. Le está esperando.
El teniente asintió e hizo un gesto a su compañero. Se detuvieron,
apartándose a un lado mientras Axlon pasaba entre ellos y los guardias y
cruzaba la puerta abierta. Mara, aún medio paso por detrás, entró tras él.
Pensó que habría sido interesante ver la expresión del teniente pero este
no le dio oportunidad. Mara cruzó la puerta, miró a un lado y se proyectó con
la Fuerza para dar al control interior, cerrando la puerta tras ella. Otro
pequeño movimiento telequinético y la puerta quedó sellada.
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La habitación en la que habían entrado resultó ser una pequeña sala de
espera con sofás, mesitas y un gran cilindro de transpariacero en el centro
poblado de mariposas de colores vivos. Cinco metros más allá de la columna
estaba la oficina de Ferrouz, abierta.
—Pase, maestro Axlon —gritó una voz.
Axlon siguió avanzando. Mara se mantenía tras él, aún interpretando el
papel de asistente personal.
Al cabo de un momento pudo ver por primera vez al hombre que le habían
enviado a matar.
En su experiencia, las holos y los vídeos casi nunca reflejaban la
verdadera esencia de una persona. Y aquel era uno de esos casos.
Superficialmente, el gobernador Ferrouz se parecía a sus holos, con su cara
fina pero aún infantil y denso pelo castaño que siempre parecía medio
revuelto, pero ahora, en persona, Mara podía ver una capa de tensión en su
cara, una tristeza profunda que las holos no mostraban. Miró a Axlon
mientras este entraba con ella por la puerta y después desvió la mirada casi
mecánicamente hacia ella.
—Me alegro de volver a verle —dijo, poniéndose de pie—. ¿Quién es su
acompañante?
Axlon se dio la vuelta y quedó boquiabierto al ver que Mara había entrado
con él.
—¿Qué está haciendo? Esto es una reunión privada.
—Vuelva a la sala de espera, maestro Axlon —le ordenó Mara—. Tengo
asuntos que tratar con el gobernador.
Axlon le dedicó una mirada a Ferrouz desde debajo de su capucha y se
volvió hacia ella, frunciendo los labios.
—¿De qué va esto?
—A la sala de espera —dijo Mara, señalando la puerta abierta con la
cabeza—. No pienso repetírselo.
—Hágale caso, maestro Axlon —dijo Ferrouz en un tono rígido pero
controlado—. Y cierre al salir.
Axlon carraspeó.
—Como desee, Su Excelencia —dijo. Tras dedicar una última mirada a
Mara, se dio la vuelta y regresó a la sala de espera.
Mara no le dio opción a obedecer la orden de Ferrouz de cerrar la puerta.
Prefirió hacerlo con la Fuerza.
Se volvió hacia Ferrouz, casi esperando encontrarlo con un bláster en la
mano, pero tenía las manos vacías y estaba en silencio.
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—¿Es quien creo que es? —preguntó en voz baja.
—Soy la justicia del Emperador —dijo Mara, avanzando por la suave
alfombra hacia él. Mientras lo hacía, abrió la bolsa que llevaba a un costado y
sacó su espada de luz—. ¿Hay algún motivo por el que pueda esperar la visita
de la justicia?
—No creo que necesite preguntarlo —dijo Ferrouz. La tensión había
desaparecido de su voz, remplazada por una resignación melancólica.
—No, es verdad —dijo Mara. Apretó el botón de activación de la espada
de luz y con un siseo-chasquido apareció su filo magenta—. Está acusado de
traición, gobernador Bidor Ferrouz. De conspirar para entregar tierras y
material propiedad del Imperio Galáctico a la Alianza Rebelde. ¿Niega los
cargos?
—No —contestó Ferrouz—. ¿Se me permite alegar circunstancias
atenuantes?
—No en un caso de traición —dijo monótonamente Mara—. El
Emperador no acepta excusas. Ni yo tampoco.
Ferrouz lanzó un leve suspiro.
—No, ya lo supongo.
Mara fue hasta el escritorio, colocándose al alcance de Ferrouz.
—Ya se ha dictado sentencia, gobernador Bidor Ferrouz —dijo
formalmente, levantando su espada de luz zumbante—. ¿Tiene alguna última
cosa que decir en su defensa?
—No tengo defensa —dijo Ferrouz—. Pero tengo una petición.
Mara frunció el ceño. Las súplicas, excusas y maldiciones eran algo
normal en los últimos instantes de un criminal condenado. Las peticiones no.
—¿Qué tipo de petición?
Ferrouz respiró hondo.
—Que una vez que haya administrado justicia —dijo—, encuentre a mi
mujer y mi hija y las libere.
Mara notó que entrecerraba los ojos. En aquel momento recordó que había
varias anotaciones en los archivos sobre que Ferrouz había solicitado rastrear
el comunicador de su mujer. En aquel momento no le había parecido
relevante para su misión.
—Expliqúese.
—Mi esposa y mi hija desaparecieron hace tres semanas, después de salir
de compras —dijo Ferrouz con voz temblorosa por la emoción—. Los
secuestradores me mandaron un holo de ella esposada, junto con una lista de
instrucciones —tragó saliva—. El trato con la rebelión era una de ellas.
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—¿Me está diciendo que los rebeldes secuestraron a su familia?
—La verdad es que no creo que hayan sido ellos —dijo Ferrouz. Miró la
espada de luz zumbante y después a la cara de Mara—. Creo que a ellos
también los están manipulando, como a mí.
—¿Quién?
—No lo sé —dijo Ferrouz—. La nota la mandó alguien al que se conoce
como «señor de la guerra» Nuso Esva pero aún no he podido descubrir quién
es, ni si existe siquiera.
Mara se lo quedó mirando con severidad un buen rato, proyectándose
hacia la Fuerza para intentar leer las emociones que se escondían tras aquellos
ojos torturados. Pero la traición era la traición… aunque si Ferrouz realmente
estaba siendo coaccionado valía la pena posponer su sentencia de muerte
hasta haberlo podido comprobar.
—¿Aún tiene la nota? —preguntó.
—Sí —dijo Ferrouz, alargando la mano hacia la mesa y recogiendo una
tarjeta de datos. Titubeó y la colocó en la mano extendida de Mara—. Por
favor, tenga cuidado con ella —dijo—. Es… puede ser la última foto que
tenga de ella.
—Lo tendré —prometió Mara mientras se metía la tarjeta de datos dentro
de la túnica—. ¿Hay algún límite de tiempo para sus exigencias?
—Solo un calendario general —dijo Ferrouz—. Nuso Esva parece más
preocupado porque todo se haga bien que porque se haga rápido.
—Vaya —dijo Mara pensativamente—. Qué interesante.
—¿Por qué? —preguntó Ferrouz—. ¿Significa algo?
—Puede —dijo Mara. De hecho, significaba o como mínimo implicaba
algo bastante importante pero no pensaba compartir aquel pensamiento con
un traidor confeso—. Muy bien, esto es lo que vamos a hacer. Voy a salir del
palacio para investigarlo. Y usted se quedará aquí y le seguirá el juego a Nuso
Esva.
Alargó la mano hasta la mesa y recogió el datapad de Ferrouz.
—También me hará saber inmediatamente si él o algún representante suyo
se pone en contacto con usted —continuó y marcó el número de su
comunicador—. No necesito decirle que no debe comentar nada de esto con
nadie.
—Entiendo —dijo Ferrouz con cierto titubeo—. ¿Y los guardias y la
recepcionista de fuera? Le han visto entrar.
—También hay tres guardias a los que he tenido que quitar de circulación
—le dijo Mara—. Uno de ellos es el mayor Pakrie, quien no debería tener
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semejante rango si desconoce el procedimiento adecuado de escolta de
prisioneros.
—Es un poco nuevo en esto —murmuró Ferrouz.
—Se nota —dijo Mara—. Puede decirles a él y a todos los demás que soy
una investigadora que está repasando los registros sobre actividad rebelde en
su sector y que he decidido revisar la seguridad de palacio aprovechando mi
visita. Si no se lo tragan, hágamelo saber y le enviaré un informe preliminar
que podrá enseñarles.
—Se lo tragarán —dijo con firmeza Ferrouz—. ¿Puedo preguntar dónde
están el mayor y sus hombres?
—Durmiendo, recuperándose de una descarga sónica en la suite de
invitados, sobre la entrada a la sala de interrogatorios —dijo Mara—. Puede
mandar a alguien a buscarlos en cuanto me haya marchado.
—Lo haré —Ferrouz titubeó—. Agente, yo… gracias.
—No me dé las gracias, gobernador —le advirtió Mara—. Sepa que si lo
que me ha contado no se sostiene, volveré.
—Por supuesto —dijo Ferrouz—. Usted debe saber también que lo único
que me importa es la seguridad de mi familia. Si puede traerlas de vuelta,
aceptaré el castigo que considere oportuno.
—Sí, por supuesto —dijo Mara—. Me pondré en contacto con usted
cuando averigüe algo, si lo hago.
Ferrouz asintió, sacó otra tarjeta de datos de un estante y se la entregó a
Mara.
—Aquí tiene la información de mi comunicador y mi encriptado personal.
Mara ya tenía ambas cosas, por supuesto, pero le pareció descortés no
recoger la tarjeta de datos.
—Bien —dijo, guardándosela bajo la túnica con la otra—. Me mantendré
en contacto con usted.
Apagó su espada de luz, se dio la vuelta y fue hacia la puerta con los
sentidos en máxima alerta. No había detectado ninguna doblez en aquel
hombre pero aún seguía siendo levemente posible que todo aquello fuese una
simple mentira. Si lo era, la mejor maniobra de Ferrouz sería intentar
dispararle por la espalda antes de que saliera de su despacho.
Pero no percibió ningún movimiento sigiloso a su espalda ni oyó el
chisporroteo de ningún bláster. Abrió la puerta y salió a la sala de espera.
La ausencia de ataque no demostraba que Ferrouz estuviese diciendo la
verdad, evidentemente, pero era claramente un punto a su favor.
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Axlon seguía en la sala de espera, deambulando incansablemente. Levantó
la vista cuando Mara entró, con una mueca extraña.
—¿Qué está…? Es decir…
—Ya puede pasar —dijo Mara con calma, guardándose la espada de luz
en su funda de hombro. Rodeó el cilindro de las mariposas y fue hacia la
salida.
—Pero… —Axlon miró brevemente la puerta del despacho—. ¿No le
ha… no está…?
—Cálmese, está bien —dijo Mara—. Solo hemos charlado un poco, nada
más.
Estaba a dos metros de la puerta cuando esta desprendió una lluvia de
chispas. Se detuvo y la puerta estalló hacia dentro.
Y mientras se apresuraba a recular, parpadeando por el humo y el polvo,
dos hombres con blásters entraron por la abertura irregular que terminaban de
hacer.
Con la espada de luz guardada en su funda, lo único que la salvó en
aquellos primeros segundos cruciales fue que los dos parecieron sorprenderse
tanto al verla como ella a ellos. Se quedaron petrificados, con los ojos como
platos, bloqueando con su cuerpo la puerta y al puñado de hombres que podía
ver apremiándoles a que se apartasen de en medio.
Pero aquel momento no podía durar y Mara sabía que jamás tendría
tiempo de abrir la bolsa y sacar el arma antes de que se recuperasen y
empezasen a disparar. Dio un largo paso atrás, hacia el cilindro, sacó la bolsa
y la apretó, estrujando la fina tela interior que envolvía su espada. Sus dedos
encontraron el botón de activación.
Y de repente la habitación se llenó de un brillo magenta mientras el filo se
extendía, abriendo un agujero chamuscado en la bolsa.
La visión de la espada pareció sacar a aquellos tipos de su parálisis. Uno
gritó algo y de repente el aire humeante se iluminó con el destello de fuego de
bláster.
Pero Mara ya no estaba en línea de tiro fija. Estaba en movimiento,
rodeando el cilindro mientras intentaba desviar los disparos, aunque el asa de
la bolsa, que llevaba al hombro, restringía enormemente la movilidad de su
espada de luz. Unos cuantos disparos impactaron en el cilindro, los más
directos agujerearon el transpariacero y los oblicuos rebotaron. Mara se
colocó al otro lado, protegiéndose del ataque con el cilindro, y finalmente
consiguió desatarse el asa. Empuñando la espada aún a través de la bolsa, hizo
dos cortes en el cilindro, uno a la altura de la rodilla y el otro inclinado desde
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los hombros hacia arriba, y después lo golpeó con el hombro con tanta fuerza
como pudo.
Con un crujido, la parte que había cortado cayó en el camino de los
hombres que le estaban disparando. Estos recularon abruptamente, se
estrellaron en plena confusión con los que tenían detrás y sus disparos volaron
en todas direcciones mientras centenares de mariposas aterrorizadas les
sobrevolaban y escapaban por el agujero de la puerta.
—¡Aquí! —gritó una voz tras ella—. ¡Aquí dentro! ¡Vamos!
Miró por encima de su hombro. Axlon estaba justo en el umbral de la
puerta del despacho, haciéndole gestos como un loco. Mara retrocedió
rápidamente hacia él, con el filo de su espada de luz entre ella y los intrusos.
Las mariposas habían concluido su frenética huida y el fuego de bláster
volvía a concentrarse en ella cuando llegó a la puerta y la cruzó. Axlon estaba
preparado y apretó los controles para cerrar justo ante sus narices.
—¿Qué está pasando? —preguntó con tensión Ferrouz mientras Mara se
proyectaba con la Fuerza y sellaba la puerta.
—Alguien quiere hacer mi trabajo —le dijo Mara, apagando la espada de
luz y sacándola por fin de la bolsa.
—¿Qué? —preguntó Ferrouz, aparentemente confundido.
—Parece que ahí fuera hay una banda interesada en matarlo —le aclaró
Mara—. Puede que Nuso Esva haya decidido pasar a acciones más directas.
—Espere un momento —protestó Axlon—. ¿Nuso Esva está intentando
matarlo? ¿Por qué?
—Ya nos preocuparemos de eso más tarde —dijo Mara, agarrándolo del
brazo y tirando de él hacia el escritorio de Ferrouz.
Entretanto, el gobernador había sacado un bláster de algún sitio, un
pequeño modelo 16 DDC de mano.
Como mínimo no había aprovechado que estaba desarmada para
dispararle. Otro punto a su favor.
—Concentrémonos en salir de aquí antes de que vuelen esta puerta
también —les dijo.
Apenas había terminado de pronunciar aquellas palabras cuando oyó un
violento chisporroteo a su espalda.
Y cuando se dio la vuelta, empujando a Axlon hacia el escritorio, la puerta
del despacho explotó.
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Luke seguía buscando en vano algún rastro de la agente imperial de Axlon
cuando un grito repentino surgió de algún punto de la multitud que aún
rodeaba el palacio.
—¡El gobernador ha muerto! —gritó alguien—. ¡El gobernador ha
muerto! ¡Larga vida a la rebelión!
Luke contuvo la respiración. ¿El gobernador, muerto? Pero si la agente
imperial no había aparecido.
O quizá sí. Quizá había entrado sigilosamente en el palacio, sin que él lo
hubiese notado.
Luke hizo una mueca. Por supuesto que sí. Le faltaba experiencia en
aquellas cosas y disponía de una limitadísima habilidad en la Fuerza.
Pero las excusas no eran ningún consuelo. El hecho descarnado era que le
habían asignado una tarea y había fracasado.
Axlon se iba a poner furioso. Como Han y Leia. Como Rieekan y Mon
Mothma y todos los demás. La muerte de Ferrouz suponía el fin de las
negociaciones y olvidar cualquier esperanza de instalar una base rebelde en el
sector Candoras…
—¡Aquí está! —gritó una voz de repente desde detrás de Luke,
prácticamente junto a su oído—. ¡Este es el hombre que nos ha liberado de la
tiranía imperial!
Luke se dio la vuelta, el corazón le latía aceleradamente. Tras él había un
hombre rechoncho de ojos rasgados, pelo grasiento y bigote descuidado,
agitando la mano para llamar la atención de la multitud. ¿Aquel era el agente
imperial? Pero Axlon le había dicho que era una mujer.
Y entonces, antes de que Luke pudiese reaccionar, el tipo dio un paso
adelante, le lanzó una mano hacia el cinturón y retrocedió con su espada de
luz en las manos. Luke se lo quedó mirando, dolido, preguntándose cómo
podía haberle pillado tan desprevenido.
—¡Aquí está! —volvió a gritar el hombre, levantando bien alto la espada
de luz—. ¡Aquí está el hombre que nos ha salvado!
Y para horror de Luke, el tipo activó la espada de luz y empezó a agitar el
filo azul blanquecino sobre la multitud.
—¡Larga vida a la rebelión! —gritó—. ¡Larga vida al rebelde Luke
Skywalker!
El informe de Quiller fue tan inesperado que durante los primeros segundos
LaRone estuvo seguro de estar oyendo mal.
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—Repítelo —le pidió—. ¿Una revuelta?
—Afirmativo —la voz de Quiller llegaba con tensión por el altavoz del
casco de LaRone—. Una especie de disparatada revuelta sorpresa que ha
empezado sin ningún preaviso, que yo haya notado. Y nunca dirás quién está
en medio de todo: Luke Skywalker.
LaRone sintió que se quedaba boquiabierto.
—¿Skywalker?
—En carne y hueso, blandiendo su espada de luz como si intentase matar
pájaros —dijo taciturnamente Quiller—. Ya sabes, no me terminé de tragar la
historia de Jade sobre Ferrouz y la rebelión pero empieza a parecer que decía
la verdad.
—No te precipites —intercedió Grave—. No es Skywalker el que blande
el arma. Alguien se la ha quitado del cinturón. De hecho, parece que
Skywalker se limita a intentar recuperarla.
—Confirmado —dijo Quiller—. Ahora lo veo mejor. Y… Oh, oh, ahí
está. Un par de tipos intentan subirlo a hombros.
LaRone miró a Marcross, deseando poder ver su expresión tras la placa
facial. Esta pasó rápidamente de la extrañeza a la absoluta perplejidad.
—¿Qué está haciendo Skywalker?
—Intenta escapar —dijo Quiller—. Y escuchad esto: el tipo con la espada
de luz grita que Skywalker ha asesinado al gobernador Ferrouz.
LaRone notó que entrecerraba los ojos.
—Vale, esto se está desmadrando —dijo—. Quiller, ¿estás muy lejos de
Skywalker?
—A unos cien metros —dijo Quiller—. Y hay bastante gente entre él y
yo.
—Espera un momento… se están moviendo —dijo Grave—. La multitud
está cruzando la calle, van hacia la puerta. El tráfico está detenido… aunque
queda un grupo rezagado, siguen intentando levantar a hombros a Skywalker.
—LaRone, nos llega una orden general —intervino Marcross.
LaRone tecleó el número del comunicador del palacio en su casco.
—… inmediatamente a la puerta —estaba diciendo una voz severa—.
Repito: a todos los patrulleros, acudan inmediatamente a la puerta. Posible
revuelta, nivel de alerta máximo.
—Están mandando a todo el mundo a la puerta —les dijo LaRone a sus
compañeros—. Esto puede terminar en derramamiento de sangre.
—No van a disparar a una multitud desarmada, ¿verdad? —preguntó
Brightwater.
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—No lo sé —dijo LaRone—. Pero si no pueden dejar entrar a los guardias
del exterior a tiempo quizá decidan hacerlo.
—Están realizando disparos de advertencia al aire —dijo Quiller—.
Parece que vienen de las defensas de las paredes.
—Os lo confirmo —dijo Grave—. Dos de los láseres disparan al aire, los
demás al suelo, justo frente a la multitud.
—Esto no pinta bien —masculló Marcross con tensión—. Nada bien.
—Quizá sea precisamente eso lo que pretende el que ha organizado esto
—dijo taciturnamente LaRone—. Un enfrentamiento sangriento con muchos
muertos y heridos.
—No parece la táctica habitual de los rebeldes —dijo Marcross
dubitativamente.
—No estoy seguro de que sean los rebeldes —LaRone miró a los soldados
de asalto y los hombres de seguridad de trajes grises corriendo por el jardín
hacia la puerta. Skywalker en medio de una revuelta, Jade dentro del palacio y
sin ponerse en contacto con ellos, sin saber qué o quién estaba desatando
aquella locura—. Necesitamos información —dijo—. Ahora mismo estamos
disparando a ciegas.
—¿Qué quieres que hagamos? —preguntó Quiller.
LaRone frunció los labios.
—Grave, ¿qué ángulo tenéis con Skywalker?
—Razonablemente bueno —dijo Grave—. Hay algunos letreros
comerciales y un par de sombrillas de tapcafés en medio, nada relevante.
—¿Quiller?
—Ese tipo sigue con la espada de luz de Skywalker —informó Quiller—.
Hay ocho tipos rodeándolos a ambos. Por su posición, supongo que están ahí
para evitar que Skywalker se marche.
LaRone sintió que se le hacía un nudo en la garganta. De repente, como
un destello de un relámpago de una nube negra de tormenta, se dio cuenta de
qué estaba pasando. Al menos en parte.
—¿Brightwater?
—Tengo a Quiller a la vista.
—Vale —dijo LaRone—. Lo primero es sacar a Skywalker de ahí.
Quiller, Grave y tú abrís un camino. Brightwater, tú entras y te lo llevas.
—¿Y la espada de luz? —preguntó Brightwater.
—Dudo que se marche sin ella —dijo Grave.
—Sí, tienes que recuperarla como sea —dijo LaRone—. Desmáyela si es
necesario pero no permitas que se la quede la multitud. Ni con pedazos si
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tienes que destruirla.
—Entendido —dijo Grave—. ¿Y vosotros dos?
—Nosotros vamos dentro a buscar a Jade —dijo LaRone—. Si no me
equivoco, puede estar en grave peligro.
—Tened cuidado —dijo Brightwater.
—Descuida —le tranquilizó LaRone—. Vamos, Marcross. Veamos si la
Mano del Emperador necesita una ayudita.
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Luke hizo un esfuerzo para contener las arenas movedizas de la
desesperación que intentaba engullirle. La Fuerza le acompañaba y tenía que
haber una salida para aquello. Lo único que necesitaba era encontrarla. El
bigotudo volvió a balancear la espada de luz, de forma distraída y burlona.
Y mientras Luke le miraba blandir aquella arma, con la que era evidente
que no estaba familiarizado, se le ocurrió una idea.
Aún no podía recurrir a la Fuerza para atacar físicamente a aquel tipo pero
su vuelo a máxima velocidad por la Estrella de la Muerte había demostrado
que podía recurrir a la Fuerza para buscar orientación.
Quizá bastase con eso.
—No necesito demostrarlo —dijo, bajando la mano para abrir la hebilla
de su cinturón—. Lo único que tengo que hacer es detenerlo. Usted sí puede
demostrarlo.
El bigotudo frunció el ceño mientras miraba a Luke quitarse el cinturón.
—¿Qué está haciendo? —preguntó.
—Lo que acabo de decirle —dijo Luke, deslizando el cinturón entre sus
manos. Al hacerlo, liberó el comunicador, que aterrizó en la palma de su
mano derecha—. Combatir con una espada de luz no es tan sencillo como
parece —prosiguió, terminando de deslizar el cinturón hasta tenerlo sujeto por
una punta, con la hebilla colgando—. Veamos si aprende rápido.
El otro miró el cinturón mientras Luke empezaba a hacerlo oscilar en su
mano.
—Bromea —dijo categóricamente.
—Un amigo mío dice que las falsas religiones y las armas antiguas no son
rival para un buen bláster —dijo Luke, mirando a izquierda y derecha. El
resto de hombres que lo rodeaban, al menos los que podía ver, estaban
contemplando el drama que se estaba desarrollando con la misma
incredulidad y fascinación que el del bigote. Con suerte, eso ralentizaría su
tiempo de reacción cuando Luke hiciera su maniobra—. Eso también incluye
los látigos aturdidores.
El bigotudo resopló.
—¿Lleva un látigo aturdidor en el cinturón?
—Le sorprendería todo lo que llevo —dijo Luke, balanceando el cinturón
un poco más y sujetando con más fuerza el comunicador. Aquello iba a
requerir de tiempo y precisión. Con suerte la Fuerza le proporcionaría ambas
cosas. Proyectándose hacia ella lo mejor que podía, hizo girar la muñeca y
trazó un arco amplio con el cinturón hacia la rodilla derecha del bigotudo,
como si intentase sortear con la hebilla el filo que los separaba.
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Pero el cinturón no era lo bastante largo y el hombre fue más rápido que el
movimiento de Luke. Mientras la hebilla iba hacia él, giró las muñecas, hizo
descender la espada hacia su derecha y cortó el cinturón.
Y con la mano del bigotudo girada ahora hacia arriba y completamente
expuesta, Luke lanzó el comunicador con todas sus fuerzas contra el pulgar
derecho de su oponente, el que apretaba el botón activador de la espada de
luz. El tipo se doblegó por el dolor y apartó su mano herida de la espada en un
acto reflejo.
Y con el habitual siseo chisporroteante, el filo se esfumó.
El tipo reconoció su error al instante, por supuesto. Pero ya era demasiado
tarde para repararlo. Cuando intentó llevar su mano derecha de vuelta al botón
activador de la espada de luz, Luke ya se le había echado encima y estaba
sujetando la empuñadura con la mano izquierda y golpeando con los nudillos
de su puño derecho el reverso de la mano izquierda del bigotudo.
Este finalmente soltó la espada tras volver a doblegarse, se lanzó hacia
delante y le dio un empujón a Luke que lo hizo tambalearse dos metros hacia
atrás. Después agitó su mano derecha herida una vez, se la metió dentro de la
chaqueta y sacó un bláster.
Y no fue el único. Alrededor de él, se produjo un frenesí de movimiento
mientras el círculo de mirones también sacaba sus armas.
Luke apretó los dientes, activó su espada de luz y volvió a proyectarse
hacia la Fuerza, intentando no pensar que era imposible terminar con los
nueve sin que alguno lo abatiera. El hombre del bigote levantó su bláster.
Y salió despedido hacia atrás cuando una descarga de bláster llegada
desde las alturas chisporroteó en el suelo, justo frente a sus pies, volando
pedazos de permacreto de la calle.
Luke levantó la vista desconcertado. En uno de los tejados cercanos había
un soldado de asalto imperial con un largo rifle de francotirador apoyado en el
hombro. El soldado volvió a disparar y su disparo voló más permacreto del
suelo tras Luke y provocó el aullido de uno de los hombres que tenía a su
espalda.
—¡Ahí detrás! —gritó el bigotudo y se echó a un lado mientras una ráfaga
de fuego de bláster llegaba desde aquella dirección.
Luke se dio la vuelta y se agachó. Había otro soldado de asalto en la calle,
a unos treinta metros de distancia, corriendo hacia ellos con aquel trote que
Luke había visto usar a imperiales y rebeldes cuando querían reducir
distancias y disparar con precisión al mismo tiempo.
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Uno de los matones a aquel lado del círculo abrió fuego y su primer
disparo rebotó en el hombro del soldado de asalto. No disparó un segundo.
Cayó maldiciendo cuando un par de descargas de bláster le atravesaron la
pierna. Otro de los matones gritó cuando una descarga del francotirador del
tejado le cortó el antebrazo derecho, haciendo volar su bláster hasta la calle.
Tras el soldado de asalto y los deslizadores terrestres detenidos por la masa
violenta apareció un soldado explorador en una moto deslizadora y se dirigió
hacia ellos.
Aquello hizo que el bigotudo dijese basta.
—¡Nos largamos! —gritó, dirigiéndose hacia una de las calles laterales
que salían del palacio—. Punto de encuentro tres. ¡En marcha!
Con una moto deslizadora y su cañón bláster inferior atacándolos, los
demás matones no necesitaron que se lo repitiera. Se esfumaron, unos cuantos
por la misma calle por la que había desaparecido el tipo del bigote, los otros
metiéndose a toda prisa en el tapcafé o las tiendas cercanas. Dos de ellos se
detuvieron lo suficiente para volver a esconder sus blásters y ayudar al
hombre de la pierna herida. Lo llevaron a cuestas hasta el portal más cercano
y desaparecieron en el interior.
Y ahora, en vez de enfrentarse a nueve matones, Luke estaba ante tres
soldados de asalto armados. Se le ocurrió que, a fin de cuentas, no era una
mejora demasiado considerable.
¿Pero por qué sentía una tranquilidad antinatural fluyendo hacia él desde
la Fuerza?
El soldado de asalto que corría se había detenido, desviando su mirada y
su bláster de Luke hacia la multitud agitada y los sonidos de fuego bláster y
láser que Luke se dio cuenta repentinamente que provenían de aquella
dirección. Concentrado en la Fuerza y el peligro que corría había perdido por
completo la noción de lo que estaba pasando al otro lado de la calle. Hizo una
mueca cuando alguien gritó de dolor o rabia…
Y reculó cuando la moto deslizadora frenó junto a él.
—Sube —dijo la voz filtrada del soldado—. LaRone dice que tenemos
que sacarte de aquí.
Por un segundo no registró el nombre. Después lo recordó y sintió que los
ojos se le abrían como platos. LaRone, Marcross, Grave, Quiller y…
—¿Brightwater? —preguntó.
—¿A quién esperabas, a lord Vader? —le gruñó Brightwater—. Vamos.
Luke seguía sin tener ni idea de qué estaba pasando pero, con una masa
enfurecida y el fuego imperial en una dirección y nueve matones armados y
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cabreados en la otra, no era momento de ponerse quisquilloso. Apagó su
espada de luz, recuperó su comunicador de donde había caído tras rebotar en
la mano del bigotudo y subió a la moto tras Brightwater. Apenas se había
sentado cuando el soldado abrió el gas y salió disparado.
—¿Adónde vamos? —gritó Luke, agarrándose al cinturón multiusos del
soldado mientras pasaban a toda velocidad junto a la multitud y las calles y
tiendas en las que se habían escabullido los matones—. ¿Brightwater?
—No lo sé —le gritó el soldado—. LaRone solo dijo que te sacáramos de
aquí y averiguásemos qué sabes sobre este disparatado ataque contra el
palacio.
—No sé nada —le dijo Luke—. No es obra nuestra, eso seguro.
—¿Quién sois vosotros y qué estáis haciendo entonces?
Luke titubeó. La última vez que Han y él habían tratado con el grupo de
LaRone, los antiguos soldados de asalto habían renunciado a sus contactos
imperiales y estaban trabajando por su cuenta en favor de los pueblos de la
galaxia, llevando justicia y ayuda allí donde consideraban necesario. Pero
ahora estaban allí, al parecer plenamente integrados en las fuerzas de
seguridad del gobernador. ¿Significaba eso que volvían a estar con el
Imperio? ¿O solo con Ferrouz?
¿Y sabían realmente con quién estaba Ferrouz?
—¿Skywalker? —dijo Brightwater—. Vamos, nos estamos jugamos el
cuello en esto.
—Nos invitó a venir el gobernador Ferrouz para que le diésemos nuestro
apoyo contra un señor de la guerra alienígena llamado Nuso Esva —dijo
Luke. No terminaba de comprender qué estaba pasando pero la Fuerza le
había transmitido una sensación de calma cuando Brightwater había llegado
hasta él. Eso le daba pie a creer que LaRone y su grupo eran de fiar.
—¿Estás seguro que se llama así? —preguntó Brightwater con una voz
repentinamente extraña—. ¿Nuso Esva?
—Bastante seguro, sí —dijo Luke—. También se habló de que el sector
Candoras quería independizarse del Imperio pero no estoy tan seguro de eso.
Puede que Ferrouz solo nos los haya hecho creer para que traigamos una
fuerza considerable hasta aquí.
—¿Algo más?
Luke volvió a titubear. Confiaba en LaRone y sus compañeros,
incondicionalmente. Pero debía respetar otras lealtades que no podía
traicionar.
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—Nada más que pueda contarte —dijo—. Pero nuestros planes no
incluían una revuelta en el palacio. Ni en ningún sitio.
Por un instante Brightwater se quedó callado. Después, abruptamente,
hizo un giro seco a la izquierda hacia una de las calles laterales, esta bordeada
básicamente de edificios de apartamentos.
—Tengo que volver —dijo, deteniendo el vehículo—. ¿Tienes algún sitio
al que ir?
—No lo sé —dijo Luke, intentando pensar mientras bajaba de la moto
deslizadora—. Mi nave está en el puerto espacial pero nuestro negociador jefe
sigue en el palacio. Si esa turba consigue entrar en el interior quizá necesite
ayuda para salir.
—¿Piensas quedarte por aquí?
—Al menos de momento —dijo Luke—. Tengo que hablar con mi gente.
No tengo ni idea de qué está pasando.
—Bienvenido al club —dijo sombríamente Brightwater—. Buena suerte.
—Gracias —dijo Luke—. Y gracias por el rescate.
—De nada —dijo Brightwater—. Espera un momento —echó mano a su
cintura y se desabrochó el cinturón multiusos—. Aquí hay raciones de
emergencia y algunas otras cosas que pueden resultarte útiles —le dijo,
tendiéndoselo a Luke—. Si vas a esconderte puede que necesites algo de
material extra.
—Gracias —dijo Luke.
—Buena suerte y cuídate —dijo Brightwater—. Pase lo que pase, lo más
probable es que empeore —dio la vuelta a la moto deslizadora en un círculo
cerrado y se lanzó rugiendo rumbo al palacio.
Luke respiró hondo y miró alrededor. No había vehículos y solo se veían
algunos peatones, ninguno de ellos prestándole la menor atención a pesar de
que acababa de bajar de la moto deslizadora de un soldado explorador. Al
parecer los ciudadanos de Whitestone habían aprendido a disimular su
curiosidad.
Y le parecía perfecto. Cracken debía ser informado inmediatamente y no
tenía tiempo para buscar un lugar privado desde el que llamarlo. Se colgó el
cinturón multiusos de Brightwater al hombro y sacó su comunicador.
Y descubrió que estaba roto.
Se quedó mirando el aparato, notando que se le hacía un nudo en el
estómago. Aunque se lo había lanzado con todas sus fuerzas al bigotudo no
creía que fuesen suficientes para romperlo. Pero era evidente que sí.
Lo que significaba que estaba solo. Más de lo que se imaginaba.
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Respiró hondo.
No estaba solo. La Fuerza lo acompañaba.
Miró alrededor, orientándose, y echó a andar hacia un grupo de tiendecitas
acurrucadas en una esquina de la calle, más allá de los complejos de
apartamentos. Lo primero que necesitaba hacer era conseguir ropa nueva, por
si el bigotudo y su banda seguían buscándolo, después debía encontrar un
lugar tranquilo para vaciar los bolsillos del cinturón de Brightwater y
descubrir con qué tendría que trabajar.
Y cuando hubiese terminado con eso, con un poco de suerte se le ocurriría
un plan para sacar a Axlon del palacio.
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CAPÍTULO TRECE
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Ferrouz hubiesen recibido la alerta y llegasen corriendo en su auxilio. El
hecho de que nadie lo hubiese hecho implicaba que los habían matado o
encerrado o coaccionado de alguna otra manera para que no actuasen.
Lo que significaba que Mara iba a tener que sacar rápidamente a Ferrouz
de allí o cambiar de táctica radicalmente.
En alguna parte del despacho debía de haber una puerta de emergencia, lo
sabía. Casi todos los gobernadores y moffs tenían una, precisamente para
aquel tipo de situaciones. Pero con Ferrouz agachado junto a su escritorio, era
imposible que llegase hasta ella y la pudiera abrir.
Iba a tener que hacerlo por las malas.
Moverse hacia los asaltantes sería peligroso porque reducir la distancia
que les separaba también reducía su tiempo de reacción a los disparos, pero
era la única manera de hacerles retroceder. Cuando se apartasen de la puerta,
podría tener un respiro y Ferrouz algo de movilidad. Dio un paso adelante.
Y entonces, mientras el fuego enemigo se incrementaba, un nuevo sonido
llegó hasta su consciencia en estado de alerta: el sonido más profundo y
pesado del E-11 BlasTech de un soldado de asalto. La cortina de fuego que
caía sobre ella flaqueó y se detuvo por completo, y por unos segundos los dos
ruidos distintos compitieron entre sí. Después los dos tipos de armas se fueron
apagando y se detuvieron.
Cuando Mara volvió a levantar su espada de luz a una postura defensiva,
aparecieron dos soldados de asalto abriéndose paso entre los cadáveres y la
puerta reventada.
—¿Estás bien? —le gritó uno de ellos.
Mara respiró hondo y apagó su espada de luz. A pesar del filtrado
mecánico del vocodificador no tuvo ningún problema para reconocer la voz.
—Muy oportuno, LaRone —dijo—. Sí, estamos bien.
—No, no lo estamos —gritó Axlon con tensión desde detrás del escritorio
—. Necesito ayuda aquí.
Encontraron a Ferrouz tirado en el suelo, con la cabeza sobre el regazo de
Axlon y un corte ennegrecido en un chichón en la parte izquierda.
—Creo que le ha dado una bala rebotada —dijo taciturnamente Axlon
mientras Mara se arrodillaba junto a ellos—. Intenté decírselo pero creo que
no me oía.
—No, no le oía —dijo Mara, comprobando sus constantes vitales y
acercándose a la herida. Parecía superficial, probablemente había chamuscado
el hueso craneal pero no había penetrado hasta el cerebro. Por segunda vez en
el día, el gobernador Ferrouz había burlado a la muerte—. ¿Medipac?
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LaRone ya había sacado y abierto el suyo.
—No tiene mala pinta —dijo.
—No. Pero su pulso es un poco débil —dijo Mara, sacando una jeringuilla
y cargando un vial revitalizante. Le inyectó la dosis, guardó la jeringuilla y
sacó un par de parches para quemaduras—. ¿Habéis identificado a los
asaltantes?
—No —dijo Marcross—. Pero creo que están compinchados con los
amotinados de la puerta.
Mara frunció el ceño.
—¿Se está produciendo un motín?
—Bastante serio y ruidoso. Y empeora por momentos —le dijo Marcross
—. Todo el contingente de seguridad del palacio ha recibido órdenes de
concentrarse en la puerta para detener a la gente que intenta saltar la valla.
—Lo que también podrían conseguir abriendo fuego y masacrando a unos
cuantos amotinados —añadió LaRone—. Afortunadamente, el general al
cargo parece querer evitarlo.
—Debe de tratarse del general Ularno —dijo Mara mientras ponía los
parches sobre las quemaduras de Ferrouz—. Es muy tranquilo y respetuoso
con las normas. Aunque no muy imaginativo.
—Me lo creo —dijo Marcross—. No deja de llamar al gobernador
Ferrouz para consultárselo todo. Probablemente anda falto de ideas.
—No van a sacarlo por ahí, ¿verdad? —preguntó con inquietud Axlon.
—¿Se refiere a llevarlo donde alguien podría dispararle? —contestó Mara,
cerrando el medipac y devolviéndoselo a LaRone—. No se preocupe.
Encontraremos un sitio para escondernos hasta que este alboroto esté
controlado.
—¿Te refieres a la revuelta? —preguntó Marcross.
—Me refiero al hecho de que alguien me ha tendido una trampa —dijo
Mara secamente—. Le tendieron una trampa a Ferrouz para que cometiera
traición y después a mí para que lo matara —señaló los cadáveres tirados en
la puerta—. Y querían atraparme cuando lo hiciera.
—Hay otra posibilidad —dijo LaRone—. Hay una persona…
—¿Eso no puede esperar? —le interrumpió Mara.
—Sí, claro —dijo LaRone, en un tono levemente incómodo—. Perdona.
—¿Supongo que no vamos a la entrada del palacio? —dijo Marcross,
señalando con la cabeza la puerta del despacho.
—Eso depende —dijo Mara—. ¿Cuántos guardias muertos habéis visto
fuera del despacho cuando veníais? ¿Habéis visto a alguno de los asaltantes
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cruzando el patio mientras me esperabais?
Los dos soldados de asalto se miraron.
—Había dos guardias muertos y una mujer que supuse que era la
recepcionista —dijo LaRone.
—No hemos visto a nadie en el patio que no sea miembro de seguridad o
soldado de asalto —añadió Marcross.
—¿Y qué tiene eso que ver?
—La ausencia de guardias muertos podría significar que una parte
considerable de las fuerzas de seguridad de Ferrouz estaba implicada —le dijo
Mara—. Los guardias habrían preferido dejarlos pasar en vez de correr el
riesgo de que los matasen defendiendo sus posiciones.
—Y puesto que los asaltantes no han entrado por la puerta delantera en la
última media hora, o tenían un acceso privado o llegaron antes y estaban
escondidos en algún punto del palacio —concluyó LaRone—. Puede que los
cuerpos de seguridad, en general, sigan siendo leales pero alguien en el
palacio les está ayudando.
—Pues saldremos por la puerta de emergencia de Ferrouz —dijo Mara,
mirando la habitación—. Dispersémonos para buscarla.
—Prueben ahí atrás —dijo Axlon, señalando uno de los rincones de la
parte trasera—. Creo que iba hacia allí cuando recibió el disparo.
Mara examinó el rincón. Las paredes incluían filigranas talladas a mano
más que adecuadas para ocultar botones de apertura.
—LaRone, vigila la puerta —dijo y cruzó la habitación—. Marcross,
recoge al gobernador y acompáñame.
—No es necesario —dijo Axlon—. Yo puedo cargar con él.
—Parece que no me he expresado con suficiente claridad —dijo Mara,
deteniéndose y volviéndose a mirarlo—. Nosotros nos marchamos. Usted se
queda.
—El gobernador Ferrouz es amigo mío —dijo con firmeza Axlon—. Más
que eso, es mi aliado. No le abandonaré en un momento de necesidad.
—Así que es un rebelde.
Axlon se estremeció y asintió.
—Sí, lo soy —dijo, sin sombra de arrepentimiento ni incomodidad en la
voz—. Pero, le guste o no, a veces los enemigos tienen que trabajar hombro
con hombro para enfrentarse a un enemigo mayor —señaló a Ferrouz—. El
que está intentando matar al gobernador es ese enemigo mayor.
—Solo hay un problemilla —dijo Mara—. No me fío de usted.
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—Ni yo de usted —contestó Axlon—. Así que seamos prácticos. Puede
que ahí fuera haya más problemas, problemas de los que tendrán que escapar
a tiros. ¿De verdad quiere descubrir de la peor manera posible si un soldado
de asalto puede cargar con un hombre inconsciente y disparar al mismo
tiempo?
Mara hizo una mueca. No tenían tiempo para aquello.
Además, aquel tipo tenía razón.
—Debería dedicarse a la política —le dijo y siguió cruzando la habitación
—. Que no se le caiga. Marcross, échale una mano.
Mara sabía que la mayoría de gobernadores tenían sus salidas de
emergencia mecánicamente cerradas, sin cables que alguien pudiese encontrar
con un escáner de energía. Las cerraduras mecánicas solo funcionaban de una
manera determinada y en condiciones normales habría podido encontrar el
mecanismo de apertura en un par de minutos.
Pero ese día no tenía tiempo ni precisión. Activó su espada de luz e hizo
un corte en la pared a la altura de la cintura hasta que una nube de aire frío y
estancado le dijo que había encontrado la puerta escondida y el túnel que
había tras ella. Cortó el resto de la puerta rápidamente y lanzó la espada al
interior. Con el leve brillo del filo, pudo ver que había un corto pasadizo que
salía de la pared del despacho y que terminaba en una escalera estrecha.
—Axlon, ¿podrá arreglárselas con la escalera?
—Sin problema —dijo Axlon. Tenía a Ferrouz sobre un hombro,
sujetándolo según el procedimiento estándar de evacuación—. ¿Quiere que
vaya delante?
—No, yo iré delante —dijo Mara, cruzando la puerta—. Marcross irá
detrás de mí y después usted. LaRone, tú vigilas la retaguardia. Llama a
Grave y los demás y diles que vuelvan al camión, que se quiten los trajes,
dejen sus cosas dentro y esperen mi llamada.
Se volvió hacia el pasillo y respiró hondo. Sabía que, a veces, los
gobernadores ponían trampas en sus salidas de emergencia para evitar ser
perseguidos.
—Vamos.
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Leia no era de ninguna ayuda, por supuesto. Lo intentaba y Han estaba
convencido que ella creía que estaba ayudando pero básicamente estaba por
medio, o le daba las herramientas equivocadas o consejos que no quería.
Pero no podía decírselo. Se enfadaría y una discusión en público
despertaría un grado de atención que no podían permitirse.
Así que Han sufría, sudaba y maldecía, la dejaba ayudar y ocasionalmente
aceptaba sus órdenes, incluso cuando ya sabía lo que tenía que hacer.
Había instalado el soporte en la nave y ya tenía los primeros cuatro
tornillos del revestimiento del misil en su sitio cuando vio a uno de los
humanos, un hombre con un pelo castaño de punta que conversaba
animadamente con uno de los alienígenas de ojos amarillos a un lado de la
cueva, cerca del túnel en que estaba aparcado el autobús deslizador. Mientras
miraba, dos alienígenas más se sumaron al grupo y cuando echó un vistazo
alrededor vio otros tres yendo hacia allí desde distintos puntos de la cueva.
Estaba pasando algo. Tenía que descubrir qué.
Desvió la vista de la conversación.
—Hidrollave —le dijo a Leia, señalando el juego de herramientas que les
habían dado—. La más grande que tengas.
Ella miró en la caja y sacó una de cinco centímetros.
—¿Esta es bastante grande? —preguntó, levantándola.
—Perfecta —dijo Han. La cogió y colocó unos de los tornillos en el collar
hidráulico de la herramienta. Miró discretamente alrededor para asegurarse
que nadie miraba, accionó la herramienta y el collar se cerró sobre el tornillo.
Se oyó una fricción de metal con metal y cuando abrió el collar vio que la
rosca del tornillo se había aplastado un poco por un lado.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Leia cuando sacó el tornillo y puso
otro.
—Inventarme una excusa para escuchar a hurtadillas —le dijo Han,
cerrando el collar sobre el nuevo tornillo—. ¿Tú qué crees? ¿Con dos basta?
¿O voy por el tercero?
Ella no respondió, se limitó a mirarlo como si hubiese perdido la cabeza.
—Sí, que sean tres —decidió Han y aplastó la tuerca del tercer tornillo—.
Ya puedes guardar esto —le dijo, dándole la hidrollave. Recogió los tres
tornillos dañados, se dio la vuelta y cruzó la cueva hacia donde se estaba
desarrollando la conversación.
Todos los alienígenas habían llegado ya al grupo pero el hombre del pelo
de punta parecía ser el más parlanchín.
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—… No tienen más hombres dentro —estaba gruñendo cuando Han llegó
hasta donde podía oírlos—. La cabrona se los ha cargado a todos. Hasta el
último.
—Enviarán más —dijo Ranquiv en un tono sombrío—. Dijiste que
traerías suficientes.
—La cantidad no es el problema —contestó el hombre del pelo de punta
—. El problema es que nadie puede entrar en el palacio hasta que nuestro
hombre de dentro salga de su escondite.
—¿También lo ha matado ella? —preguntó otro de los alienígenas.
—No lo sé —dijo el humano—. Stelikag estaba fuera, organizando la
revuelta. Sabe tanto de lo que ha pasado dentro como yo.
—Debes encontrarlo —insistió otro alienígena.
—¿Tú crees? —dijo sarcásticamente el humano—. No os preocupéis, aún
tenemos… —se interrumpió al ver a Han—. ¿Qué quieres? —preguntó.
—Busco material en buen estado —gruñó Han, levantando los tornillos—.
¿Ven esto? Las tuercas están aplastadas. Tres con las tuercas aplastadas.
¿Cómo esperan que haga mi trabajo si no me dan material decente?
—Allí tienes más tornillos —dijo Ranquiv, señalando hacia una serie de
armarios de herramientas y almacenaje que había en la pared lateral—. Coge
lo que necesites. Y no nos molestes más.
—Sí, ya veo lo ocupados que están —dijo Han agriamente. Se volvió y
fue hacia los armarios.
Mientras caminaba no le quitaba ojo a Leia, que estaba de pie junto a su
misil a medio montar. Costaba saberlo desde lejos pero parecía estar mirando
al grupo de alienígenas.
Lo que probablemente significaba que el humano del pelo de punta y los
alienígenas lo estaban mirando a él.
Llegó al armario sin que nadie le disparase por la espalda, encontró
tornillos de recambio y volvió hacia la nave.
—¿De qué va todo esto? —preguntó Leia cuando Han recogió una de las
hidrollaves y volvió al trabajo.
—Parecían estar hablando de algo interesante —dijo Han—. Quería
descubrir de qué.
—¿Te lo han dicho? —preguntó secamente Leia.
—No exactamente —dijo Han, gruñendo mientras colocaba un tornillo en
su sitio—. Pero he oído lo suficiente para saber que hay problemas en Poln
Mayor. Problemas relacionados con el palacio.
Por el rabillo del ojo, Han vio que Leia se ponía tensa.
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—Han —dijo en voz baja, mirando por encima de su hombro—. Tenemos
que localizar a Luke.
—¿Quién es Luke? —preguntó la voz del humano del pelo de punta tras
él.
Han tuvo que esforzarse por no saltar. Esperaba algo así pero no tan
pronto.
—Un amigo que vuela con nosotros de vez en cuando —dijo
distraídamente, colocando el siguiente tornillo y dando un par de vueltas a la
hidrollave—. Le estaba diciendo a ella que si tienen más de estos por montar
deberíamos traerlo —añadió, girándose hacia el humano, que caminaba hacia
él con una tarjeta de datos en la mano.
—Ya disponemos de mano de obra más que suficiente —gruñó este,
mirándole con recelo—. Si no hubiese sido urgente habríamos podido hacerlo
nosotros solos.
—Sí, ya he visto lo que se desloman —dijo Han—. Solo pensaba que
podían necesitar más ayuda.
—No —dijo secamente el hombre del pelo de punta, mirando el trabajo de
Han—. Bien —dijo—. Nada especial pero debería aguantar. Aún te faltan los
últimos tres tornillos.
—Sí, estoy en ello —dijo Han, colocando uno de los tornillos en la
hidrollave—. ¿Algo más?
—De ti no —el hombre señaló a Leia y movió la cabeza hacia la rampa
que iba desde el suelo hasta un lado de la nave—. Pero la necesito a ella
dentro.
Han miró a Leia.
—¿Para qué? —preguntó con recelo mientras dejaba la hidrollave en el
suelo, viendo de repente el bláster que llevaba su interlocutor en la cintura.
—Quiero empezar con el calibrado —dijo—. No… tú no te muevas. Solo
la necesito a ella.
—Llámeme curioso, pero… —dijo Han, colocándose junto a Leia.
—¿Y si te llamo hombre muerto? —le cortó.
Han no se movió de donde estaba. El hombre le miró severamente un
momento y masculló una maldición.
—Bien —gruñó, señalando la rampa otra vez—. Vamos.
—¿Adónde? —preguntó Han mientras pasaba junto a él, camino a la
rampa.
—A la cabina. Vamos, muévete.
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Han asintió. Rodeó la rampa y la subió, con el otro tras él. Leia iba detrás
y con un poco de suerte sería lo bastante rápida para poder reaccionar si al
hombre del pelo de punta se le ocurría sacar el bláster.
Por suerte para todos, no lo hizo.
Los sistemas de la cabina estaban en modo reposo, con la mitad del
instrumental y las pantallas a oscuras y el resto emitiendo un brillo tenue. Los
controles también estaban iluminados, con etiquetas identificativas con letras
en azul o rojo tan alienígenas como la nave misma.
—Vale —dijo Han al sentarse en el asiento de piloto—. ¿Y ahora qué?
Pelodepunta dio un paso hacia el tablero de mando y metió su tarjeta de
datos en una ranura de la parte baja.
Y con un parpadeo múltiple, todas las etiquetas de los controles pasaron
simultáneamente de los caracteres alienígenas al básico estándar.
Han miró a Pelodepunta.
—No te sorprendas tanto —dijo Pelodepunta con una sonrisa burlona—.
En estas naves vuelan muchos tipos distintos de alienígenas. Esta es la manera
más inteligente de asegurarse que saben qué botón están apretando —señaló
la parte alta del tablero—. Ese es el sistema de calibración. Ella puede
empezar por ahí… y tú puedes levantar el culo de ese asiento y terminar con
la instalación —sin esperar respuesta, se dio la vuelta y pasó junto a Leia, que
estaba plantada en la puerta. Al cabo de un momento, la nave vibró con sus
pasos al bajar la rampa.
Han se levantó del asiento y le hizo un gesto a Leia.
—Te toca, cariño —dijo—. Voy a terminar de atornillar esos tornillos y
vuelvo.
—Tómate tu tiempo —dijo Leia, esbozando una leve mueca cuando Han
pasó rozándola—. La verdad es que no te necesito aquí.
—Pero yo sí —le dijo Han—. Ahora mismo vuelvo.
Terminó con los tornillos pendientes en dos minutos y al cabo de tres
volvía a estar en la cabina.
—Qué rápido —comentó Leia, sin levantar la vista de su tarea mientras
Han se colocaba tras ella, apoyando una mano en el respaldo de su silla—.
Apenas he empezado.
—Tómate tu tiempo y hazlo bien —le dijo él—. Tampoco es que
necesitemos el dinero que pagan.
—¡Eh! —les gritó la voz remota de Pelodepunta.
Han se inclinó hacia delante y miró por la cubierta. Pelodepunta estaba al
pie de la rampa, señalando imperiosamente hacia atrás.
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—¿Qué quiere? —preguntó Leia.
—A mí, probablemente —dijo Han. Saludó afablemente y volvió a
concentrarse en el tablero—. Ignórale… quizá se marche.
No hubo tanta suerte. Al cabo de un instante, la nave volvió a vibrar con
el ruido de sus pasos sobre la rampa de entrada. Y no sonaban como pasos
felices.
—Me necesitas —le dijo al oído Han a Leia en voz baja.
Ella frunció el ceño y Pelodepunta apareció en la puerta de la cabina,
mirándolos con furia.
—¿Estás sordo? —bramó—. Ella se las arregla sola con esto. Tienes que
empezar a instalar el otro misil.
—Lo necesito aquí —dijo Leia en aquel tono firme e irrebatible que Han
le había oído emplear tantas veces en los últimos meses—. Tendrá que
esperar a que haya terminado.
Pelodepunta resopló.
—¿Pero qué hace él? ¿Tomarte de la mano?
—No, se ocupa de todas las comprobaciones de marcado doble, ginelaje y
paridad —le dijo Leia—. Si tuviese profesionales de verdad, ya sabría que ese
es el procedimiento habitual.
Pelodepunta volvió a resoplar.
—¿Crees que aquí a alguien le importa una rata womp el procedimiento
habitual?
—Imagino que les importa una rata womp hacer bien su trabajo —dijo
Leia con calma—. Las calibraciones supervisadas por una sola persona tienen
un porcentaje de error del doce por ciento, lo que significa que una nave de
cada ocho tendrá que volver a tierra y empezar de nuevo desde cero —hizo un
gesto con la mano—. Pero, eh, dijo que pagaban por misiles calibrados.
Nunca dijo que las calibraciones tuviesen que ser buenas.
Pelodepunta respiró hondo.
—Bien —gruñó—. Hacedlo a vuestra manera. Tenéis una hora —la
señaló con un dedo—. Y después revisaré minuciosamente el trabajo.
Personalmente.
Se dio la vuelta y se marchó. La nave volvió a vibrar cuando bajó
enérgicamente la rampa.
—Gracias —dijo Han en voz baja.
—De nada —Leia le miró—. Si pensabas tomarme de la mano, olvídalo.
—Lo que pienso es en memorizar estos controles —le dijo Han,
señalando el tablero con la cabeza—. Tengo la sospecha que Pelodepunta no
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va a dejar que te quedes con esa tarjeta traductora cuando el misil ya esté
calibrado.
—¿Para qué necesitas memorizar el tablero? —le preguntó Leia,
desconcertada—. La única salida lo bastante grande para estas cosas es ese
túnel de transporte de la otra punta.
—Sí, ya lo he visto —dijo Han—. También he visto que tienen el
suficiente arsenal allí concentrado para arrasar un bloque de casas entero.
Nadie va a entrar ni salir por ahí, al menos hasta que Ranquiv lo diga —quedó
pensativo—. A no ser que alguien intente una maniobra suicida.
De repente Leia le estaba mirando muy fijamente.
—¿No lo dirás en serio?
—Nunca se sabe —dijo distraídamente Han y señaló el tablero—. Será
mejor que hagas algo antes de que a ese se le ocurra venir a tomarte de la
mano. Y hazlo bien.
—No te preocupes —dijo ella fríamente, girándose de nuevo hacia el
tablero de mandos.
—No lo haré —dijo, solo para poder decir la última palabra.
Por supuesto que iba a preocuparse. Fuese lo que fuese lo que allí estaba
pasando era digno de preocupación pero en aquel preciso instante su principal
función era entender cómo pilotar una de aquellas cosas. Por si terminaba
necesitándolo.
En realidad no estaba planeando ninguna maniobra suicida. Aunque con
Han nunca se sabía.
Miró por encima del hombro de Leia, notando el leve aroma de su pelo, y
se puso a trabajar.
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Como en este caso. Mara les condujo más allá de la entrada a la sala
segura, que curiosamente estaba casi tan bien escondida como la puerta
secreta de la oficina, y siguió por aquel largo y oscuro pasillo.
El permacreto que los rodeaba había cambiado ligeramente, lo que le
indicaba que habían abandonado el palacio y estaban en alguna parte olvidada
de las infraestructuras de la ciudad.
—¿Cuánto falta para la sala segura? —preguntó Axlon entre jadeos.
—No vamos a la sala segura —le dijo Mara, deteniéndose y apoyando una
mano en la pared del túnel. Era fría al tacto, más de lo que debería, y pudo
notar una leve vibración. Llegó a la conclusión que era una pared
relativamente fina y que al otro lado estaba el aire libre.
—Entonces, ¿adónde vamos?
—Aquí —dijo Mara, haciendo un gesto a los demás para que se
detuviesen. Se apartó un paso de ellos y sacó su espada de luz—. A las
alcantarillas.
—Eh, eh —protestó Axlon—. ¿De qué tipo de alcantarillas estamos
hablando?
—Ahora veremos —dijo Mara. Encendió su espada de luz y cortó una
pequeña abertura en la pared del túnel, a la altura de los ojos. Apagó el arma,
dio un paso adelante y echó un vistazo intrigado por la rendija.
Olía levemente a humedad y a una combinación de vegetación podrida y
tierra pero no apestaba.
—Es un desagüe pluvial —les informó. Volvió a activar la espada de luz,
hizo una abertura del tamaño de una persona y la atravesó.
Era un desagüe pluvial, sin duda, redondeado en la base pero lo bastante
alto para poder ir prácticamente de pie. La vibración que había notado era la
de la corriente de aire por el conducto, además del torrente que caía desde una
rejilla instalada en la parte superior de un corto cilindro vertical de una
docena de metros de altura. La brisa llevaba los sonidos apagados de la
ciudad que los rodeaba.
—Esperad aquí —murmuró—. En silencio.
Fue hasta la rejilla y se colocó debajo un momento, mirándola y
escuchando. La ausencia de peatones y la lejanía de los ruidos del tráfico le
hicieron llegar a la conclusión que la rejilla daba a un callejón. En el cilindro
vertical había una escalera de mano corta, trepó por ella proyectándose hacia
la Fuerza, levantó la rejilla y la apartó. Se agarró a los bordes del agujero y
asomó la cabeza con cautela.
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La rejilla daba a un callejón, un estrecho pasaje de servicio entre dos
hileras de edificios, muy similar al que había usado para esconder a los dos
soldados de asalto aquella misma mañana. Las fachadas de las tiendas que
daban al callejón tenían pequeños letreros que identificaban sus
especialidades. Los letreros, desgraciadamente, eran demasiado pequeños
para que Mara pudiese verlos desde tan lejos y aquella perspectiva.
Pero a cinco puertas de la rejilla vio la parte superior de un montacargas
hidráulico instalado en uno de los edificios. Aquello era sinónimo de tapcafé
o cantina, con el montacargas para bajar a la bodega los barriles de los
camiones de reparto y subir los vacíos.
Por el momento, lo más probable era que se tratase de la bodega de un
tapcafé. Echó un último vistazo al callejón, volvió al desagüe y regresó con el
grupo.
—Hay un tapcafé a cinco puertas de aquí, en la parte sur del callejón —les
dijo—. LaRone, Marcross y tú iréis delante… echad a todo el mundo y cerrad
el local. Cuando hayáis echado todo el mundo…
—¿Que lo cierren? —preguntó Axlon con los ojos como platos—. ¿Cómo
pretende hacerlo?
—Entendido —dijo LaRone, ignorando la interrupción—. ¿Y después?
—Cerrad con llave, bajad a la bodega y subid el montacargas —les dijo
Mara—. Vamos a meter al gobernador ahí.
—¿Vamos a escondernos en la bodega de un tapcafé? —preguntó Axlon.
—Y si tiene mucha suerte —añadió Mara, mirando a Axlon a los ojos—,
quizá el maestro Axlon siga vivo para entonces.
Axlon cerró la boca.
—Entendido —repitió LaRone—. Si prefieres quedarte con Marcross de
guardia, puedo hacerlo solo.
Mara negó con la cabeza.
—Yo me arreglo aquí. Además, la gente reacciona más rápido ante dos
soldados de asalto que ante uno. ¿Los demás han terminado de vestirse?
—Sí. Y esperan en el camión —dijo LaRone.
—Averigua el nombre del tapcafé y hazlos venir —le ordenó Mara—. Por
ahora será mejor que acudan a pie y con un equipo mínimo. Que peinen
discretamente el barrio y se reúnan con nosotros.
—¿Por el montacargas?
—Sí —dijo Mara—. Y que traigan la mochila verde de la parte de atrás
del camión… dentro va mi traje de combate —señaló la rejilla—. ¿Vais a
necesitar ayuda ahí arriba?
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—No, nos las arreglaremos —dijo LaRone—. Hasta pronto.
Los dos soldados de asalto salieron al callejón por la rejilla abierta.
—¿Y nosotros esperamos? —preguntó Axlon.
—Nosotros esperamos —le confirmó Mara—. Pero allí, donde podemos
mirar.
Fueron hasta la rejilla y Mara ayudó al rebelde a bajarse a Ferrouz del
hombro y dejarlo en el suelo del desagüe. El pulso del gobernador parecía
más estable ahora pero su respiración seguía siendo débil. Mara pasó los
dedos por los parches de las quemaduras y deseó haber tenido más
entrenamiento médico.
A Ferrouz se le cortó la respiración de repente y abrió los ojos.
—¿Qué…? —gruñó.
Axlon se arrodilló rápidamente junto a él.
—¡Gobernador! —dijo aliviado—. ¿Se encuentra bien?
—No lo sé —dijo Ferrouz, parpadeando mientras miraba a Axlon y Mara
—. ¿Qué ha pasado?
—Parece que su amigo Nuso Esva no me creía capaz de matarlos a todos
—le dijo taciturnamente Mara—. Y contrató a unos cuantos matones a sueldo
para que me echasen una mano.
—Sí —murmuró Ferrouz, frunciendo el ceño por la concentración—.
Ahora lo recuerdo. Nos atacaron. En mi oficina, ¿verdad?
—Sí —dijo Mara—. Y usted interceptó uno de sus disparos con la cabeza.
No suele ser muy buena idea.
Ferrouz abrió mucho los ojos.
—¿Dónde estamos? —dijo, mirando por detrás de Mara hacia la rejilla
abierta que tenían sobre sus cabezas—. Tengo que volver… me dijo que no
saliera del palacio.
—¿Quién? —preguntó Axlon.
—Nuso Esva —dijo Ferrouz, apoyando las manos en el frío permacreto y
esforzándose por levantarse—. Dijo que las mataría si me marchaba. Tengo
que volver.
—Tranquilo —le dijo Mara, volviendo a acostarlo con suavidad y firmeza
—. Nadie va a matar a nadie. Hoy no.
—Pero dijo que lo haría —insistió Ferrouz.
—¿A quién van a matar? —preguntó Axlon—. ¿Qué pasa aquí?
—Un autoproclamado señor de la guerra alienígena llamado Nuso Esva
ha secuestrado a la familia del gobernador y le ha trasladado una lista de
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exigencias —Mara arqueó las cejas—. Una de las cuales era hacer ese trato
con usted y la Alianza Rebelde.
Axlon reculó.
—¿Qué? —preguntó con cautela.
—Lo ha oído bien —dijo Mara, proyectándose con la Fuerza. Axlon tenía
la cara bajo un rígido control pero no le costó percibir el remolino de ira y
frustración que se escondía tras ella—. No han encontrado a un gobernador
corrupto al que puedan manipular, maestro Axlon, han encontrado un
gobernador leal sometido a una extorsión extrema.
Axlon respiró hondo.
—Entiendo —dijo—. ¿Y ahora qué?
—No se preocupe, no pienso entregarlo a lord Vader —le tranquilizó
Mara—. Ni aunque supiera dónde encontrarlo. Lo más importante es que aún
puede serme útil. Esta es mi oferta: una tregua hasta que recuperemos a la
familia del gobernador Ferrouz. Cuando lo hayamos hecho, les daré dos horas
a usted y sus compañeros rebeldes para salir del sistema Poln. ¿Trato hecho?
Axlon resopló.
—Dudo que vaya a recibir ninguna oferta mejor. Sí, trato hecho.
Mara miró a Ferrouz.
—¿Le parece bien, gobernador?
—Sí —dijo sombríamente Ferrouz—. Siempre que no estén implicados en
el secuestro. Si lo están, los quiero a todos muertos.
—Cuando su familia vuelva a estar con usted ya me habré enterado de
quién ha estado implicado —le prometió Mara—. Dígame qué más entradas
al recinto del palacio hay aparte de la principal.
Ferrouz frunció el ceño.
—Ninguna.
—Claro que sí —dijo Mara—. Como su salida secreta, para empezar. La
usamos para salir, lo que significa que algún otro pudo usarla para entrar.
—Nadie entró por allí.
—Pues entraron por algún otro sitio —dijo Mara—. O alguien con mucha
autoridad les dejó pasar por la puerta y después los escondió en algún sitio
durante al menos varias horas, posiblemente uno o dos días.
Ferrouz exhaló débilmente.
—Es un palacio muy grande —dijo—. Ni siquiera sé cómo se podría
saber que hay alguien escondido.
—Hay formas de hacerlo —dijo Mara—. Suele reducirse al análisis del
gasto de alimentos, electricidad, ordenadores y agua. Pero esconder a alguien
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siempre es arriesgado. Tengo la impresión que alguien dejó a entrar a nuestros
atacantes hoy mismo, más o menos al mismo tiempo que entraba yo.
—Pero no hay más entradas —insistió Ferrouz.
—Pero puede haber algo que nadie pensaría que se pudiese usar como
entrada —sugirió Mara—. Un conducto de residuos o un desagüe cuyas
defensas se puedan anular. O algún pasadizo o puerta añadidos tras la
construcción del palacio, como la sala de interrogatorios y el pasillo de
acceso.
—Como la vía por la que se deshacen de los cadáveres tras los
interrogatorios —masculló Axlon.
Ferrouz le miró con dureza.
—Tiene razón —dijo—. Hay una rampa de desechos que sale de la sala
de interrogatorios. Diseñada específicamente con dimensiones suficientes
para un cuerpo humano.
—¿Adónde lleva? —preguntó Mara.
—Supuestamente a una instalación de seguridad en la que se puede
procesar todo tipo de residuos y derivarlos hacia el sistema de alcantarillado
de la ciudad —dijo Ferrouz—. Pero nunca la he visto así que en realidad no lo
sé.
Mara asintió. Aún había otras posibilidades que explorar pero su instinto
le decía que acababan de descubrir la vía de entrada de los atacantes.
—Otra cuestión, ¿quién tiene acceso a la zona de interrogatorios?
—Solo el personal de alto nivel y el de seguridad —dijo Ferrouz—. Yo
mismo, el general Ularno, el coronel jefe de seguridad Bonze y unas cinco
personas de su máxima confianza.
Mara notó que entornaba los ojos.
—¿Incluido el mayor Pakrie?
—Sí —dijo Ferrouz, frunciendo el ceño ante el repentino cambio de tono
de Mara—. ¿No estará sugiriendo seriamente que…?
—¿Por qué no? —dijo Mara—. Antes dijo que era nuevo en el puesto.
Expliqúese mejor.
—Fue ascendido a mayor hará un mes y medio —dijo Ferrouz, con la
mirada perdida y pensativo—. Después de que su predecesor muriese en un
accidente de aerodeslizador.
—¿Eso fue unas tres semanas antes de que su familia fuese secuestrada?
La cara de Ferrouz se puso repentinamente rígida.
—¿Está diciendo que fue él quien lo organizó todo?
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—Probablemente formaba parte del grupo que lo hizo —dijo Mara—. Lo
sabré con más certeza cuando haya podido repasar su historial. Si me diera
todas las contraseñas y códigos de acceso de seguridad del palacio, me
ahorraría la molestia de tener que piratearlos.
Ferrouz negó con la cabeza, sin poder dejar de pensar en Pakrie.
—Es inútil. No se puede acceder al sistema informático desde fuera.
—Por eso pienso volver en cuanto lo haya dejado en un sitio seguro —
dijo Mara—. Si Pakrie está implicado, habrá dejado algún rastro. Quizá me
sirva para llegar hasta los secuestradores y adivinar dónde retienen a su
familia.
—¿No la estarán buscando? —dijo Axlon.
—Probablemente no —dijo Mara—. Y aunque lo estuviesen tampoco me
iban a encontrar.
—¿Pero usted encontrará a Pakrie? —preguntó sombríamente Ferrouz.
Mara se encogió de hombros.
—Si es listo, ya debe de haber huido. Si lo encuentro, tendremos una
charla.
Oyó a lo lejos un leve crujido de maquinaria.
—Parece que LaRone nos ha abierto la puerta —dijo, poniéndose de pie
—. Deje que lo compruebe y nos vamos.
Marcross estaba esperando en el montacargas cuando llegó con Axlon y
un aún tembloroso Ferrouz.
—Bienvenido de nuevo, gobernador —dijo el soldado de asalto.
—Gracias —contestó Ferrouz.
—¿Algún problema? —preguntó Mara cuando se apiñaron junto al
montacargas.
—No —dijo Marcross, tocando el mando que hacía bajar la plataforma—.
LaRone le ha dicho al dueño que este lugar es sospechoso de albergar agentes
rebeldes y que se lo clausurábamos hasta que hubiésemos terminado de
investigar. Ha estado de lo más servicial, ha echado a todo el mundo y nos ha
dado la llave maestra.
Axlon masculló algo.
—Bien —dijo Mara, ignorándolo—. Con esto solo ganaremos un par de
días pero puede bastar.
La bodega era poco más o menos como Mara esperaba: una gran sala con
paredes y suelo de un permacreto burdo. Junto a las paredes había barriles y
filas de cajas de botellas.
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Aunque no tantas como pensaba. O el dueño se estaba preparando para
hacer un nuevo pedido o el negocio no le iba demasiado bien.
—Hemos visto un par de sofás largos arriba —dijo Marcross mientras
Mara hacía una inspección rápida de la bodega—. La escalera es estrecha
pero creo que podremos bajar uno para el gobernador.
—Estoy bien así —dijo Ferrouz.
—Sí, buena idea —le dijo Mara a Marcross—. Llévate a Axlon y traed
uno. ¿LaRone sigue arriba?
—Sí, buscando provisiones —informó Marcross mientras le hacía señas a
Axlon—. No tiene sentido comer barras de ración si hay algo mejor a mano.
Vamos, Axlon.
Los dos fueron hasta la escalera y subieron por ella hasta desaparecer en
el piso de arriba.
—¿Se fía de ellos? —le preguntó en voz baja Ferrouz.
—Me fío del mío —le dijo Mara—. ¿Se fía usted del suyo?
Ferrouz hizo una mueca.
—Es un rebelde. ¿Se puede confiar realmente en ellos?
—Tiene razón —admitió Mara—. Aun así, el simple instinto de
supervivencia debería mantenerlo a raya el tiempo suficiente para que
acabemos con esto.
—Sí —Ferrouz titubeó—. ¿Hay alguna posibilidad, agente…? Ni siquiera
sé cómo debo llamarla.
—Llámeme Jade —le dijo Mara—. Y sí, la hay. Y creo que muy buena.
Sea lo que sea lo que Nuso Esva pretende, matar a sus rehenes no se lo
proporcionará. Si somos lo bastante rápidos, debería encontrarlas cuando aún
esté planteándose cómo afrontar la nueva situación que se le planteará de
repente.
—Espero que tenga razón —dijo Ferrouz con un leve decaimiento en su
expresión.
—La tengo —afirmó Mara. Se colocó junto a él y le agarró un brazo. Lo
supiera o no, seguía en un estado bastante deplorable—. También soy muy
buena en mi trabajo. En cuanto lo tengamos instalado y descansando, me
pondré a trabajar.
Al cabo de tres minutos, con muchos jadeos y maldiciones entre dientes,
Marcross y Axlon bajaron el sofá y lo colocaron junto a una hilera de botellas.
Cinco minutos después llegaron Grave, Brightwater y Quiller, anunciándoles
que el barrio parecía tranquilo y que su camión deslizador estaba aparcado
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cerca de un taller mecánico, donde pasaba desapercibido y estaba a una
distancia razonable.
Cinco minutos después, vestida ahora con su ceñido traje de combate
negro y sus botas, con la espada de luz y el bláster de mano preparados, Mara
volvía a estar en el pasadizo subterráneo, subiendo la cuesta que llevaba al
palacio.
Y mientras caminaba pensó que iría directamente a la sala de seguridad de
Ferrouz. Si Pakrie o algún otro aliado de Nuso Esva había echado de menos
ya al gobernador, podrían haber deducido que habían escapado. De ser así,
podrían estar alrededor de la puerta blindada aún, intentando entrar.
Casi deseaba que lo estuvieran.
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CAPÍTULO CATORCE
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con sus propios ojos.
Pellaeon se tragó un exabrupto. Más le valía a Geronti tener un buen
motivo de verdad para aquello.
—Teniente Tomslin, el puente queda a su cargo —le dijo al segundo
oficial de guardia mientras iba hacia el turboascensor.
Se detuvo al cabo de dos minutos. La puerta se abrió entre el sonido de
una música metálica y mecánica, y Pellaeon bajó a la enorme sala de control
que servía como centro neurálgico de los gigantescos motores subluz de iones
de la Quimera.
Y quedó petrificado, completamente perplejo.
Había una docena de droides MSE-9 deslizándose por la sala de control,
con sus formas achaparradas y cuadradas serpenteando de un lado para otro,
como en una especie de extraño ballet mecánico. En aquel momento se dio
cuenta también del origen de aquella música extraña que se colaba entre los
zumbidos y rítmicas vibraciones amortiguadas de la enorme maquinaria del
motor que tenía a dos mamparos de distancia.
No le costó identificar al causante de aquella extraña representación.
Sorro estaba a un lado, moviendo los brazos con gestos lentos y distraídos,
como si dirigiese un auténtico coro.
Como cualquier buen ballet, la interpretación también tenía su público.
Los treinta tripulantes de guardia de la enorme sala estaban sentados o de pie
petrificados en sus puestos, mirando fascinados a los droides que se cruzaban
en aquella danza.
Pellaeon volvió a lanzar otro exabrupto. Se suponía que los tripulantes de
guardia estaban de guardia, en sus puestos, concentrados en sus monitores y
no distraídos por cualquier cosa llamativa que pudiese suceder alrededor. El
hecho de que los motores subluz estuviesen en reposo mientras la Quimera
viajaba por el hiperespacio era completamente irrelevante. Respiró hondo,
preparando una bronca lo bastante sonora para que se oyera desde varias
cubiertas de distancia…
—No estoy seguro de cuándo ha llegado —le dijo Geronti a su espalda.
Pellaeon se dio la vuelta, reprimiendo la bronca momentáneamente al
darse cuenta con sonrojo que no se había percatado de la llegada de Geronti.
La danza de los MSE resultaba extrañamente hipnótica.
—¿No está seguro? —gruñó—. ¿Cómo demonios se le puede haber
pasado por alto?
—No me refiero a Sorro —dijo Geronti, señalando al otro lado de la
habitación—. Me refiero a él.
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Pellaeon frunció el ceño y miró hacia allí. Lord Odo caminaba de forma
lenta pero decidida a la sombra relativa de un panel de cajas de empalmes.
—¿Qué está haciendo aquí? —preguntó.
—Por lo que sé, está haciendo una visita a la sala de control —dijo
Geronti con inquietud—. He intentado preguntarle qué quería pero no me ha
hecho ni caso. Ya sé que el capitán Drusan dio órdenes de permitirle el acceso
a cualquier zona que quisiera pero esto es… —no terminó—. No quería
despertar al capitán, así que le he llamado a usted.
—Sí —dijo Pellaeon sin dejar de mirar a Odo. Este hizo una pausa, al
parecer para estudiar los datos de las cajas de empalmes, y después fue hacia
el puesto de control de la alimentación combinada, cuyos tres tripulantes
contemplaban absortos el ballet de droides.
—Bueno. Vamos a hablar con él.
Estaban a medio camino del puesto de control cuando los tripulantes
parecieron notar repentinamente que se les aproximaban oficiales de alto
rango. Volvieron a sus puestos con una velocidad culpable a la que siguió un
estremecimiento colectivo cuando, al parecer, detectaron también la presencia
de Odo. Uno de ellos miró a Pellaeon, fue a decir algo, pareció decidir que los
oficiales se ocuparían de la situación y regresó a su puesto sin decir palabra.
Odo había terminado su inspección del puesto de control y se estaba
alejando cuando Pellaeon y Geronti llegaron hasta él.
—¿Lord Odo? —dijo Pellaeon—. ¿Puedo preguntarle qué está haciendo
aquí?
—El capitán Drusan me ha dado libre acceso a toda la nave —contestó
Odo, sin reducir el paso ni un ápice—. Creía que ya lo sabía.
—Lo sé —dijo Pellaeon. Dio unos cuantos pasos rápidos, adelantó a Odo
y se giró bruscamente, plantándose en medio de su camino—. No le he
preguntado eso.
Odo se detuvo justo antes de estrellarse contra él.
—Le he dado toda la respuesta que necesita, comandante —dijo—.
Apártese de mi camino.
—No —replicó Pellaeon con firmeza—. Puede tener libre circulación por
la nave pero la Quimera sigue siendo una nave de guerra de la flota imperial.
Su piloto y usted la están convirtiendo en una ópera mon cal y quiero saber
por qué.
Los visores de la máscara de Odo parecieron clavarse en la cara de
Pellaeon. Este se obligó a desafiar aquella mirada y Odo encogió los
hombros.
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—Muy bien —dijo—. ¿Ha oído hablar alguna vez de los troukree?
Pellaeon rebuscó en su memoria. El nombre no le sonaba pero había
tantas especies de alienígenas.
—Creo que no —dijo—. ¿Debería?
—Aún no —dijo Odo—. Pero si el señor de la guerra Nuso Esva se sale
con la suya no tardará en conocerlos.
—¿El señor de la guerra qué? —preguntó Geronti.
Pellaeon le hizo un gesto para que se callase.
—¿Por qué? —le preguntó a Odo.
—Porque los troukree son el arma de infiltración preferida de Nuso Esva
—dijo Odo—. Saboteadores expertos y guerreros peligrosos, astutos y
engañosos a más no poder.
—Suena como si conviniera mantenerlos controlados cuando aparezcan
—dijo Pellaeon—. ¿Qué tiene eso que ver con Sorro y usted?
Odo inclinó la cabeza.
—Creo que los troukree pueden haberse infiltrado en la Quimera.
Un escalofrío le recorrió la espalda a Pellaeon.
—Eso es imposible.
—¿En serio? —replicó Odo—. Incluso en el Imperio existen criaturas
como los clawdites con cierta capacidad de mimetismo facial y corporal.
¿Quién sabe los secretos de camuflaje que los troukree pueden haber
desarrollado o poseer de manera innata?
Pellaeon frunció los labios. Aparentemente era una afirmación absurda.
Incluso el más experto de los clawdites mutantes tendría serias dificultades
para superar los procedimientos de seguridad de una nave de guerra moderna.
Pero Odo tenía razón. Había muchos pueblos extraños en la galaxia
conocida. ¿Qué otras criaturas incluso más extrañas podían existir en la
oscuridad inexplorada que había más allá de los confines del Imperio?
—¿Y esta actuación? —preguntó, señalando a Sorro y sus droides
musicales—. ¿Se supone que va a desenmascarar a los troukree?
—La actuación es para distraerlos y aturdirlos —Odo sacó la mano
izquierda de un pliegue de su capa—. Esto para identificarlos.
Pellaeon se fijó en el objeto que Odo tenía en la mano. Era una esfera
metálica de unos diez centímetros de diámetro con un par de antenas sensoras,
un gran escáner visual circular, una pequeña rejilla de análisis de aire y tres
crestas repulsoras.
—Parece un rastreador antiguo —dijo.
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—Lo es —le confirmó Odo—. Un rastreador Marca Dos, concretamente.
Viejo, como dice, y lejos de su mejor momento. El repulsor ya no funciona
pero los sensores siguen operativos. Estoy recorriendo los núcleos vitales de
la nave, buscando bioseñales de troukree.
—¿Y si las encuentra?
Un ruido que un hombre imaginativo podría haber interpretado como una
risita surgió desde detrás de la máscara de Odo.
—No tema, comandante —dijo—. No soy un ser dado a la acción ni la
violencia. Si detecto la presencia de troukree tenga por seguro que se lo
comunicaré inmediatamente al capitán Drusan y los comandantes de tropa y
soldados de asalto a bordo de la Quimera —bajó las manos de nuevo a sus
costados, escondiendo el rastreador en su capa—. Si su curiosidad ya está
satisfecha, ¿me permite continuar?
—Sí, por supuesto —dijo Pellaeon y se apartó.
—Gracias —Odo siguió su camino, rumbo ahora hacia el puesto del
controlador de la alimentación combinada.
—¿Ha entendido algo, señor? —murmuró Geronti.
—Lo suficiente, sí —dijo taciturnamente Pellaeon—. Más que suficiente,
de hecho.
—Entiendo —dijo Geronti—. ¿Supongo que todo lo que he oído es
estrictamente confidencial?
—Extremadamente confidencial —le confirmó Pellaeon, observando a
Odo mientras se detenía junto al controlador de fusión—. Hágame un favor y
no lo pierda de vista. Puede ir donde quiera pero no lo pierda de vista. Le
agradecería que hiciese correr la voz, discretamente, al resto de oficiales de
turno.
—Lo haré, señor —dijo Geronti.
—Y anote los números de registro de esos MSE —añadió Pellaeon,
señalando hacia la colección de droides de Sorro—. Cuando Sorro haya
terminado con ellos quiero que los revisen todos, hasta el cableado y los
microcircuitos. Y asegúrese de que los reprogramen para seguir con lo que
fuese que hacían cuando Sorro se apropió de ellos.
Geronti asintió.
—Sí, señor.
—Vuelvo al puente —dijo Pellaeon—. Avíseme si encuentra algo raro en
los droides o si pasa alguna otra cosa extraña por aquí abajo.
—Lo haré, comandante —dijo Geronti—. Perdone que le haya molestado.
Pellaeon miró la espalda de Odo.
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—No pasa nada —dijo—. No hay nada que perdonar. Ni mucho menos.
El primer grupo de tiendas que había visto Luke al final del complejo de
apartamentos no incluía ninguna de ropa pero a media manzana encontró una
tiendecita de segunda mano en la que había dos estantes con ropa. Unos
minutos y veinte créditos después, salió enfundado en una túnica azul con una
faja amarilla, unos pantalones militares grises de algún ejército en guerra de
los que no había oído hablar y un poncho con capucha que no solo le tapaba
el pelo y ocultaba la cara sino que también escondía oportunamente el
cinturón multiusos de soldado de asalto que ahora colgaba de su hombro.
Los sonidos de la multitud del palacio se habían disipado en el rato que
había pasado dentro de la tienda. De todas formas, no se le ocurrió volver por
allí. Ciñéndose a las tranquilas calles secundarias residenciales fue hacia el
centro de la ciudad, buscando un lugar en el que poder tener un poco de
intimidad.
Lo encontró cuatro manzanas después: un pequeño parque con bancos y
árboles cuyas copas creaban un dosel único. Alrededor había una pared baja y
varias hileras de plantas aromáticas de un metro de altura con flores rosas y
naranjas, hojas multicolor y tallos peludos, más útiles para los propósitos de
Luke. Se sentó en la hierba suave a un metro de una de las hileras, dando la
espalda al resto del parque y la ciudad que había al otro lado del muro, se
quitó el cinturón de soldado de asalto del hombro y empezó a abrir los
bolsillos.
Brightwater le había dicho que allí podría encontrar artículos que le
resultarían útiles. Y tenía razón. Además de raciones de emergencia para tres
días, había dos bengalas de iones, un dispensador de sintecuerda y un gancho
de agarre, un medipac, dos pequeñas granadas de un tipo que no conocía, un
electromonóculo diminuto, una vara de luz y un comunicador de recambio.
También había dos celdas de energía de bláster de recambio, no demasiado
útiles porque no tenía bláster, y una moneda vieja que se parecía ligeramente
a los druggats que usaban antiguamente en Tatooine.
Dejó a un lado el resto del equipo y recogió el comunicador. Finalmente
podía contactar con Cracken.
Aunque, para su pesar, descubrió que no podía. El comunicador no era un
modelo estándar sino que estaba conectado binariamente a un sistema de
comunicación único… presumiblemente el sistema con el que estaban
trabajando Brightwater y LaRone.
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Luke hizo rodar el comunicador en su mano, preguntándose qué se
suponía que debía hacer ahora. Una ciudad de aquel tamaño tendría varias
zonas de comunicaciones repartidas por su entramado, principalmente para el
uso de los ciudadanos que habían perdido o tenían averiados sus
comunicadores. Pero Rieekan le había disuadido repetidamente de usar nada
que no contase con el encriptado de la Alianza. Sobre todo los comunicadores
públicos que probablemente estaban bajo la vigilancia regular del gobierno.
Claro que también dudaba que Rieekan aprobase que llamase a nadie con
el comunicador de un soldado de asalto. Pero en aquel preciso instante no se
le ocurría nada. Se mentalizó y tecleó en el comunicador.
LaRone respondió casi al instante.
—Aquí LaRone —dijo en un tono sucinto y profesional.
—Soy Skywalker —se identificó Luke.
Se produjo una brevísima pausa, como si LaRone esperase a otra persona
y tuviese que reajustar su cerebro a aquella nueva realidad.
—Skywalker —dijo en un tono levemente monótono—. ¿Estás bien?
—Sí, gracias a Brightwater y los otros —dijo Luke—. Quería llamar y
daros las gracias por eso.
—No se merecen —dijo LaRone—. Espero que ya te estés marchando de
la ciudad.
—Aún no. Tenía la esperanza que…
—Bueno, pues lárgate de la ciudad —le interrumpió LaRone—. Intentan
cargarte el asesinato del gobernador Ferrouz.
Luke sintió que se le cortaba la respiración. Había albergado la esperanza
de que todo lo que había gritado el tipo del bigote no hubiese sido más que
mera retórica exaltada.
—¿Eso significa que ha muerto? —preguntó.
—No, en realidad no —dijo LaRone con una voz que de repente sonó
extraña—. Espera un segundo… alguien quiere habla contigo —se produjo un
breve silencio mientras el comunicador aparentemente cambiaba de manos,
con un murmullo demasiado débil para oírlo…
—¿Skywalker?
Luke notó que quedaba boquiabierto.
—¿Maestro Axlon? ¿Qué hace ahí?
—Sobrevivir, gracias a sus amigos —dijo taciturnamente Axlon—. No sé
cómo ni por qué conoce a unos soldados de asalto imperiales. Y creo que
prefiero no saberlo. Olvídelo. ¿Dónde está?
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—En la ciudad —dijo Luke, buscando el nombre de alguna calle. No veía
ninguno desde donde estaba sentado—. ¿Dónde está usted?
—En un tapcafé —dijo Axlon—. Es el… ¿Cómo se llama este local? Es
el Silbido del viento, unas tres manzanas al sur y el oeste de la entrada del
palacio. Tiene que venir lo antes que pueda.
—Espere un momento —le cortó la voz de LaRone y Luke se lo imaginó
arrebatándole el comunicador a Axlon—. Olvida eso, Skywalker. No debes
acercarte por aquí.
—¿Qué está diciendo? —preguntó Axlon débilmente—. Necesitamos
tanta ayuda como podamos reunir.
—No queremos que…
La voz de LaRone se cortó y Luke oyó un leve forcejeo, como si Axlon y
el soldado de asalto estuviesen forcejeando por el comunicador.
—Luke, escúcheme —dijo Axlon—. El gobernador Ferrouz no ha muerto
pero está herido y los que han intentado matarlo pueden asaltarnos en
cualquier momento. Entiendo que LaRone intenta protegerle pero la realidad
es que le necesitamos aquí. Más que eso, soy su superior y le ordeno que
venga. ¿Me ha entendido?
—Sí —dijo Luke con una mueca—. Ahora mismo voy. ¿Tiene noticias de
Han y Leia?
—No desde que me llamó anoche —dijo Axlon—. Pero si quiere puedo
llamar a Chewbacca en cuanto hayamos acabado con esto. Con un poco de
suerte, tendré noticias para cuando llegue aquí.
—Bien —dijo Luke—. Hasta pronto.
Apagó el comunicador y se lo guardó en la faja nueva. Estaba a las
órdenes de Axlon y si este lo quería en el Silbido del viento no tenía más
remedio que obedecer.
Pero también había visto a LaRone y sus compañeros en acción. Si no
querían a Luke por allí tenían que tener un buen motivo.
Así que iría al Silbido del viento, como le habían ordenado, pero con
mucha cautela y atención, empleando toda capacidad de observación y sigilo
que poseyera.
Que no era mucha. Pero tenía la Fuerza. Quizá bastase.
Volvió a colgarse el cinturón multiusos al hombro, bajo el poncho, y se
levantó. Se ajustó la capucha para que le tapase la cara, se orientó y echó a
andar.
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Axlon apagó el comunicador y se lo alargó a LaRone.
—Gracias —dijo—. Es muy amable.
—Ojalá pudiese decir lo mismo —dijo LaRone, esforzándose por no
perder los nervios—. ¿Cómo demonios se le ocurre decirle a Skywalker que
venga aquí?
—Le necesitamos —dijo Axlon con poca paciencia—. Necesitamos tantos
combatientes como podamos reunir —hizo un gesto con la mano—. ¿O
espera que esto nos mantenga a salvo?
LaRone tuvo que admitir que tenía razón al mirar el refugio que habían
improvisado apresuradamente. Ferrouz, estirado en su sofá, volvía a estar
inconsciente y LaRone y Marcross le habían colocado piezas de sus
armaduras delante para protegerlo lo mejor que podían.
Dos metros por delante del sofá habían colocado una hilera de barriles de
un metro de altura, con esos dos metros de espacio para poder agacharse,
disparar y reubicarse si era necesario. En las escaleras había treinta botellas
del licor de mayor graduación que habían encontrado, listas para ser arrojadas
y encender su contenido para crear una barrera de fuego entre ellos y
cualquier atacante que llegase desde aquella dirección. Marcross había
cuestionado la decisión pero LaRone había comentado que gran parte de la
bodega era de permacreto y otros materiales no inflamables y eso garantizaba
que ningún incendio que pudiesen provocar se descontrolaría. Habían reunido
más botellas tras la barrera de barriles para usarlas como granadas
improvisadas, además de las de verdad que el equipo llevaba en sus
cinturones multiusos. Había más botellas a mano, por si las necesitaban, en la
estantería de pared que se alzaba tras el sofá de Ferrouz. Finalmente,
Marcross y Brightwater habían hecho dos cables trampa con sintecuerda, uno
frente a las escaleras y el otro junto al montacargas.
Era un bastión bastante decente, teniendo en cuenta los materiales con los
que habían tenido que trabajar, y no había duda que ralentizaría cualquier
asalto.
Pero no lo detendría. No si los atacantes eran decididos.
—Tiene razón, nos vendrían bien más combatientes —le dijo a Axlon,
dejó su BlasTech E-11 sobre un barril de la barrera y empezó a colocar sus
celdas de energía al lado—. Pero no es a Skywalker a quien necesitamos. Es
más, no lo queremos aquí.
—¿Cómo puede decir eso? —contestó Axlon—. Es un Jedi, ¿no? Se
supone que los Jedi son buenos combatientes.
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—Aún no es un Jedi —dijo Marcross, con un codo doblado apuntando su
E-11 hacia el techo mientras venía desde las escaleras para unirse a la
conversación—. Como mínimo, no lo era hace tres meses.
—Las cosas cambian —dijo Axlon, rodeando el borde la barrera para
echar un vistazo a Ferrouz, que estaba con los ojos cerrados—. La cuestión es
que, hasta que vuelva Jade, Skywalker es nuestra mejor baza.
—¿Nuestra mejor baza para qué? —preguntó Grave, levantándose tras la
barrera, donde había estado recolocando su pila de bombas de alcohol.
—¿No estaba escuchando? —gruñó Axlon, volviéndose para mirarlo—.
Para defendernos, evidentemente.
—¿Está seguro que lo quiere aquí por eso? —le preguntó Grave.
—No será por su chispeante personalidad —dijo mordazmente Axlon—.
¿Lleva el casco demasiado apretado o qué?
—Es por las alturas elevadas a las que trabajan los francotiradores —dijo
Quiller, colocando una celda de energía nueva en su bláster mientras se
levantaba junto a Grave.
—Quizá sea eso —dijo Grave—. Porque hay algo que no termino de
entender, a lo mejor puede explicármelo.
Axlon suspiró.
—Haré lo que pueda. ¿Cuál es el problema?
—Fue algo que sucedió justo antes de que empezase la revuelta —dijo
Grave—. Alguien entre la multitud gritó que el gobernador Ferrouz había
muerto, después agarró a Skywalker y su espada de luz y anunció que él lo
había matado —inclinó la cabeza—. Lo que no entiendo es por qué nadie
puede pensar que el gobernador fue asesinado con una espada de luz.
La bodega quedó repentinamente muy silenciosa.
—Obviamente, se enteró de alguna manera de que Jade estaba en la
ciudad —dijo Axlon—. Probablemente gracias al mayor Pakrie, que sabemos
que trabaja para ellos.
—Pero Pakrie estaba inconsciente y fuera de circulación en ese momento
—comentó pensativamente Marcross—. LaRone y yo vimos a Jade cuando lo
hizo.
—No quiero decir que se haya enterado de la presencia de Jade hoy —dijo
Axlon—. Llevan en la ciudad un par de días, ¿verdad?
—Sí —dijo Grave—. Déjeme que reformule la pregunta. ¿Cómo lo sabía
para asegurar en aquel preciso momento que el gobernador había sido…?
Sin decir palabra, Axlon se sacó un pequeño bláster de la túnica y le
disparó.
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Fue tan inesperado que por un instante LaRone quedó petrificado. Un
instante largo y fatal. Axlon apuntó hacia otra parte, le metió un tiro en la
pierna a Quiller que le hizo tambalearse hasta caer al suelo junto a Grave,
después se giró noventa grados y realizó un tercer disparo por encima de la
barrera que alcanzó y destrozó la celda de energía del E-11 de Marcross,
haciendo saltar fragmentos de plástico y metal.
Y cuando LaRone por fin empuñó su bláster se encontró con el arma de
Axlon apuntándole directamente a la cara.
—Calma, soldado —dijo en voz baja el rebelde—. No es necesario que
muera. Ni ninguno de ustedes. Baje el bláster y todos saldrán vivos de esta.
LaRone no se movió, sujetando su E-11 y ajustando su mente al modo
táctico demasiado tarde. El bláster de Axlon estaba bien centrado cuando a
LaRone aún le faltaba medio segundo para levantar el suyo, apuntarlo y
disparar. Intentar ser más rápido que el rebelde equivaldría casi con toda
seguridad a morir, aunque quizá podía hacer un disparo letal que salvase a sus
compañeros.
Axlon debió de leerle la mente.
—Ni lo intente —le advirtió—. No quiero matarlo… no quiero matar a
ninguno… pero lo haré si es necesario.
LaRone respiró hondo.
—¿Grave? —dijo sin quitarle los ojos de encima a Axlon.
—Le ha dado en el abdomen —le informó taciturnamente Brightwater.
Por el rabillo del ojo, LaRone pudo verlo inclinado sobre el herido—. Abajo.
Puede que haya rozado un riñón. No parece potencialmente mortal pero va a
necesitar un tanque de bacta.
—Cuanto antes terminemos con esto, antes podrán meterlo en uno —dijo
Axlon.
—¿Quiller? —preguntó LaRone.
—Muslo derecho —dijo Quiller entre dientes—. Me recuperaré. Veo que
disparó hacia la izquierda.
—Eso significa que buscaba mi bláster, no mi cabeza —dijo Marcross.
Aún tenía su E-11 inservible apuntado a Axlon, además de un par de hilillos
de sangre que le caían por la mejilla por el estallido de la celda de energía.
—Por supuesto que buscaba su arma —dijo Axlon en un tono que
empezaba a sonar irritado—. Podría haberlos matado a los tres, LaRone, pero
no lo he hecho. Considérenlo un gesto de buena fe.
—¿Entonces, solo quiere matarme a mí? —preguntó débilmente Ferrouz a
su espalda.
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LaRone se puso tenso ante la expectativa. Si Axlon se giraba, aunque solo
fuese un poco, hacia el gobernador…
Pero el rebelde no era tan tonto como para cometer un error tan obvio.
—¿Vuelve a estar despierto, Su Excelencia? —preguntó, con la mirada y
el bláster completamente fijados en la cara de LaRone—. ¿Cómo va su
cabeza?
—¿Se refiere a donde me disparó?
Axlon se encogió de hombros muy levemente.
—Disculpe. Por supuesto, ya estaba inconsciente porque tuve que
golpearle la cabeza contra un lado de su escritorio para que soltase el bláster.
No, por favor, no intente nada. He ayudado a colocar esa barrera, ¿recuerda?
No puede moverse más de tres centímetros sin que se caiga estrepitosamente
algo.
—¿Qué quiere, Axlon? —preguntó Brightwater.
—Quiero que bajen sus armas y se relajen —dijo el rebelde—. Hasta que
llegue Skywalker. Cuando esté aquí y hayamos terminado un asuntillo podrán
marcharse todos libremente y llevarse a sus heridos.
—¿Ese asuntillo es el asesinato del gobernador Ferrouz? —le espetó
LaRone.
Axlon frunció los labios brevemente.
—Por si sirve de algo, se suponía que las cosas no iban a ir así —dijo—.
Me dijeron que el Emperador, casi con toda seguridad, mandaría a la joven
conocida como Mano del Emperador a investigar la traición de Ferrouz. Se
suponía que era ella quien iba a matarlo. Contaban con Skywalker
únicamente para cargarle la culpa.
—Estoy seguro de que habría estado encantado —dijo Marcross.
—Mató a cerca de un millón de hombres a bordo de la Estrella de la
Muerte —dijo secamente Axlon—. Dudo que una muerte más perjudique
mucho su reputación.
—Se sorprendería —dijo LaRone—. Hay una gran diferencia entre las
muertes en combate y un asesinato.
—¿Y me lo dicen los que destruyeron Alderaan? —gruñó Axlon—. ¿Esas
fueron muertes en combate, soldado de asalto?
Por el rabillo del ojo, LaRone vio que Brightwater volvía a ponerse de pie
junto a los dos heridos.
—No se mueva, Brightwater —le ordenó Axlon, consiguiendo controlar
el breve arrebato de ira—. Aún puedo matarlos a todos si no tengo otro
remedio, ya lo saben.
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—No, en realidad no puede —dijo LaRone—. Nos necesita vivos y con
un aspecto más o menos normal cuando llegue Skywalker.
Axlon arqueó las cejas.
—Muy bien —dijo—. Es mucho más listo de lo que jamás habría
esperado de un soldado de asalto. Sí, eso es lo que quiero. Pero no siempre
tenemos lo que queremos, ¿verdad? Si es necesario, tendré que explicarle a
ese tonto inocente por qué están todos muertos. Al menos hasta que me haga
con su espada de luz —se encogió de hombros—. Da igual lo que pase,
seguro que será mejor que esperar que vuelva Jade e intentar arrebatarle la
suya.
—¿Para qué quiere la espada de luz de Skywalker? —le preguntó Ferrouz
débilmente—. Tiene un bláster. ¿Por qué no se limita a dispararme?
—Porque todo el mundo tiene blásters —contestó Axlon—. ¿No me está
escuchando? Necesito que la rebelión cargue con la culpa de su asesinato. La
única manera de hacerlo es usar una espada de luz y acusar a un conocido
rebelde que suele empuñar una.
—Sí, eso ya lo hemos entendido —dijo Brightwater—. ¿Pero por qué
quiere que la culpa recaiga sobre los rebeldes?
—¿De verdad quieren saberlo? —contestó Axlon—. Les ofreceré un trato.
Tiren sus armas al suelo y usted, Brightwater, póngase al otro lado de la
barrera, con LaRone y Marcross, y se lo contaré todo.
—¿Y qué pasa con Grave? —preguntó Brightwater, aún agachado junto a
los dos soldados de asalto heridos—. Necesita un par de parches para
quemaduras. Mi medipac está ahí, junto a ese barril… deje que lo trate y haré
lo que me diga.
Axlon los miró fugazmente, por desgracia no lo suficiente para que
LaRone pudiese intentar algo.
—Creo que ahora mismo Quiller está todo lo operativo que quiero que
esté a ese lado de la barrera —dijo—. Dele el medipac y él puede ocuparse de
parchearse todo lo que sea necesario. Cuando sus compañeros y usted estén
juntos y pueda tenerlos a todos controlados.
Brightwater suspiró.
—Bien —dijo. Alargó una mano sobre Grave, sacó el medipac y se lo dio
a Quiller. Murmuró unas palabras de ánimo a su compañero, le puso la mano
sobre la cabeza y se levantó. Lanzó una última mirada a los heridos, se dio la
vuelta y rodeó el borde de la barrera de barriles.
Miró a LaRone cuando llegó junto a él.
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Este sintió que se le aceleraba el corazón. Brightwater no se había
rendido. No tan fácilmente, no con aquella mirada en sus ojos. Tramaba algo.
¿Pero qué? LaRone se dio cuenta de que cojeaba un poco, que arrastraba
el pie derecho por el suelo al caminar. ¿Había recibido el impacto de algún
disparo de Axlon?
—Ustedes dos hagan lo mismo —ordenó Axlon, desviando su bláster
hacia LaRone y Marcross—. Y den un paso atrás. No quiero héroes
intentando saltar los barriles para abalanzarse sobre mí.
En silencio, Marcross dejó su E-11 sobre el barril que tenía delante y dio
el paso atrás. Se puso las manos en la cabeza, mirando de reojo a LaRone al
hacerlo. Una mirada que le decía que también había detectado la sutil actitud
de Brightwater. A regañadientes, LaRone soltó su E-11, se puso las manos en
la cabeza y retrocedió. Brightwater, arrastrando aún el pie, llegó junto a
Marcross. Axlon, sin dejar de mirarlos y apuntarles, fue hasta la barrera y
recogió el E-11 de LaRone, después caminó de espaldas hasta la fila de
botellas y dejó el rifle bláster al pie del sofá de Ferrouz, donde lo tenía a
mano.
—Bien —gruñó Brightwater—. ¿Nos cuenta la historia ya?
—Un momento —dijo Axlon. Miró brevemente hacia la izquierda, al
gobernador, a Quiller y Grave a la derecha, y finalmente volvió a posar sus
ojos en LaRone y los otros—. Antes tengo que hacer una llamada —continuó,
sacando su comunicador—. Debo asegurarme de que Skywalker tenga el
recibimiento que merece.
Torció los labios.
—Ni más ni menos.
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CAPÍTULO QUINCE
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—No en este caso, general Ularno —dijo—. ¿Qué sabe de las actividades
recientes del gobernador Ferrouz?
—Algo —dijo Ularno, evitando mirar a Mara a la cara—. No mucho.
¿Debería haber sabido más?
—Sabe lo que sabe —dijo Mara—. Busco información, general. No hay
respuestas buenas o malas.
Él sonrió con tristeza.
—Por supuesto que hay respuestas buenas y malas. Esto es el Imperio.
Mara sintió un nudo en el estómago. Así que aquel era el legado del DSI y
hombres como Vader y el gran moff Tarkin. No el imperio de la ley y la
justicia, sino el del miedo.
—Soy interrogadora, general, y administradora de la justicia imperial —
dijo—. Pero por encima de todo soy una investigadora. Lo único que quiero
de usted es la verdad.
Con cautela, Ularno levantó la mirada hasta su cara y por un instante la
miró en silencio. Después lanzó un leve suspiro, de los que lanzan los
hombres que ya no tienen nada que perder.
—El gobernador Ferrouz ha mantenido comunicaciones discretas con
varias personas —dijo—. Personas que muy probablemente son hostiles al
Imperio.
—¿Rebeldes?
—Algunas eran rebeldes —dijo Ularno—. No sabía muy bien cómo
interpretar aquello pero decidí concederle el beneficio de la duda. Esperaba
que fuese alguna operación autorizada oficialmente, que estuviese intentando
atraer a los rebeldes a una trampa.
—Entiendo —dijo Mara en un tono neutro mientras se proyectaba hacia la
Fuerza. Ularno estaba seriamente preocupado por su pellejo pero no pudo
percibir el más mínimo indicio de que estuviese enterado del secuestro de la
familia de Ferrouz—. Dice que algunos de sus contactos eran rebeldes, ¿y los
otros?
—Últimamente también dedicaba mucho tiempo a recibir a varios grupos
alienígenas que han llegado a Poln Mayor y la ciudad de Whitestone en los
últimos años. Esas conversaciones fueron siempre privadas y siempre era
bastante impreciso cuando le preguntaba de qué habían tratado.
Mara asintió. Eso también tenía sentido. Después de que Nuso Esva
hubiese hecho su maniobra, Ferrouz naturalmente intentó averiguar todo lo
que pudo sobre el señor de la guerra. Los viajeros y refugiados llegados de las
Regiones Desconocidas eran una fuente obvia de aquella información.
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—¿Qué la parece el mayor Pakrie?
Eso le hizo resoplar.
—En una palabra, ambicioso —dijo Ularno—. Haría cualquier cosa por
impulsar su carrera e incrementar su fortuna.
—¿Incluso asesinar?
Ularno hizo una mueca.
—Se refiere a las circunstancias bajo las que obtuvo su más reciente
ascenso. Sí, algunos nos lo preguntamos. Pero nadie encontró pruebas de que
fuese algo más que un accidente.
Mara sintió un leve destello de esperanza. Si habían sospechado de
Pakrie…
—¿Esas partes interesadas incluían al jefe de seguridad Bonze?
—Por supuesto —dijo Ularno—. El coronel Bonze es muy concienzudo
respecto a las cualidades de los hombres a su mando.
—Excelente —dijo Mara, sonriendo lúgubremente—. Eso significa que
tendrá un informe completo sobre Pakrie, incluido un rastreo completo de sus
actividades, sus viajes y sus comunicaciones.
—Es probable —admitió Ularno—. Tendrá que preguntárselo a él.
—También podemos saltarnos un paso y acudir directamente a los
archivos de seguridad —dijo Mara, haciendo un gesto a Ularno para que
retrocediera mientras se acercaba a él—. Un poco de espacio, por favor.
Ularno abrió mucho los ojos. Al parecer, la idea de hacer algo tan
escandalosamente fuera del protocolo le resultaba chocante y perturbadora.
—Pero no conozco las contraseñas del coronel —protestó y se levantó
apresuradamente de la silla.
—No pasa nada —dijo Mara—. El gobernador Ferrouz tuvo la amabilidad
de darme todas las contraseñas —se detuvo junto a la silla y miró a Ularno a
los ojos—. ¿Le interesa descubrir la verdad, general? ¿O prefiere seguir con
sus deberes y fingir que no me ha visto?
Ularno se enderezó, como saliendo de una depresión en la que ni siquiera
era consciente de haber caído.
—Gracias, agente —dijo débilmente—. Prefiero quedarme.
—Llámeme Jade —le invitó Mara, sentándose y encendiendo la
computadora—. Veamos qué podemos encontrar.
Si el enorme volumen de datos recopilados era indicativo de algo, el
coronel Bonze había sospechado mucho del flamante mayor Pakrie. Había
investigado toda su vida, desde sus finanzas y amigos hasta sus hábitos
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alimenticios o de consumo de alcohol, sus socios ocasionales y sus gustos en
postres.
Es más, el jefe de seguridad no había limitado sus investigaciones al
período inmediatamente anterior y posterior al ascenso de Pakrie. En realidad
había continuado hasta aquel momento, con una anotación fechada aquella
misma mañana.
Al parecer Pakrie pasaba gran parte de su tiempo libre visitando cantinas,
salas de juego y centros recreativos. Pero todas aquellas actividades eran
legales y, por lo que Mara veía, ninguna se había dado en un lugar que un
secuestrador medianamente competente hubiese considerado seguro para
esconder a sus rehenes. Lógicamente, ningún archivo mencionaba tampoco a
nadie llamado Nuso Esva.
Pero había varias referencias recientes a los tratos de Pakrie con alguien
llamado Dors Stelikag. El archivo de Bonze sobre aquel hombre era breve
pero incluía holos suyas y de varios miembros de su banda. También sugería
que uno de sus objetivos vitales era abandonar los trabajos de matón de poca
monta y forjarse una nueva carrera como intermediario o reclutador entre los
distintos tipos de criminales o semicriminales del sistema Poln. Pensó que
debía acordarse de investigar más al respecto en cuanto pudiera y volvió al
archivo de las actividades recientes de Pakrie para echarle un vistazo más
detallado.
—¿Alguna idea de dónde está Pakrie ahora? —le preguntó a Ularno.
—Hasta hace media hora aún no había aparecido —le dijo el general—.
Lo sé porque fue entonces cuando el coronel Bonze ordenó buscarlo.
—¿Sabe si han revisado la zona que queda sobre el vestíbulo de acceso a
la sala de interrogatorios?
—Creo que la zona de interrogatorios fue lo primero que registraron —
dijo Ularno—. Allí es donde se suponía que estaba yendo cuando los…
cuando entraron.
Mara frunció el ceño cuando una línea del documento llamó su atención.
—¿Los deberes de Pakrie incluyen estar a menudo en la residencia del
gobernador?
—¿Qué quiere decir? —preguntó Ularno, inclinándose hacia ella.
—Parece que Pakrie pasaba mucho tiempo por allí —dijo Mara,
señalando la pantalla—. Particularmente en horario laboral, cuando Ferrouz
está en la parte de oficinas del palacio.
—No es lo que piensa —dijo Ularno en un tono que parecía levemente
avergonzado—. La mujer e hija del gobernador no están allí en estos
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momentos. Se marcharon a su casa de campo hará unas tres semanas para
relajarse.
Mara asintió mientras pasaba a otra página. Era una tapadera obvia pero
razonable, una que Ferrouz podía recordar rápidamente y que la mayor parte
de la gente aceptaría tal cual.
Pero en el archivo de viajes no había registro sobre ningún traslado en
aerodeslizador entre el palacio y la casa de campo durante aquel período de
tiempo, ni oficial ni de ningún otro tipo. Lo que sí había era la confirmación
de la presencia de Pakrie en la residencia de Ferrouz el día que su familia
había desaparecido. No solo una vez sino dos.
Y una de las características de prácticamente todas las residencias de
gobernador era que también tenían acceso a las salidas de emergencia y salas
de seguridad del residente.
—¿Puedo preguntar algo? —dijo dubitativamente Ularno.
—Adelante —dijo Mara, repasando el inventario de vehículos del palacio.
Los tres aerodeslizadores registrados a nombre de Ferrouz y su familia
seguían en el garaje del palacio, según los registros. Pero había un deslizador
de uso comunitario del que no constaba salida ni se ofrecía ubicación. ¿Acaso
había sido aquel el vehículo oficial de huida de Ferrouz, aparcado en la punta
del túnel por el que LaRone y ella habían bajado al gobernador? Aquello
podría explicar por qué los registros de palacio no revelaban más actividad de
los vehículos y quizá cómo habían sacado a las rehenes los secuestradores de
Nuso Esva sin ser vistos.
—¿El gobernador Ferrouz está compinchado con la Alianza Rebelde?
—Hay indicios que apuntan en esa dirección —dijo Mara distraídamente
mientras introducía las especificaciones del aerodeslizador desaparecido.
Cuando entrase en el sistema de supervisión vehicular planetario necesitaría
saber qué estaba buscando.
—¿Los rebeldes han sido responsables del atentado contra su vida de hoy?
—insistió Ularno.
—Es posible —dijo Mara, frunciendo el ceño—. ¿Qué más da quién esté
intentando matarlo?
—Supongo que tiene razón —dijo Ularno—. Es solo que necesito saber
cómo afrontar la nueva directriz del Centro Imperial. Como segundo del
gobernador Ferrouz…
—¿Qué nueva directriz?
—La directriz Cuatro Uno Siete, la que llegó hará unos dos meses —dijo
Ularno, frunciendo también el ceño—. Creía que estaría al corriente.
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—Refrésqueme la memoria —dijo Mara.
—Declara que si un gobernador es asesinado por rebeldes o sospechosos
de serlo, su sucesor debe emitir inmediatamente una alerta a todas las fuerzas
imperiales —dijo Ularno—. Se supone que esas fuerzas deben congregarse en
el lugar del asesinato.
—No, no sabía nada de eso —gruñó Mara. Parecía idea de Vader, lo que
de por sí explicaría por qué no se había enterado. Vader y Mara nuca se
habían llevado muy bien y él estaba concentrado principalmente en
asegurarse de ser siempre el primero en reaccionar a cualquier maniobra
rebelde.
Lo que no dejaba de ser paranoia infundada por su parte. El Emperador le
había asignado al lord Sith la tarea de ocuparse de la rebelión y Mara no tenía
el menor interés en invadir su terreno. Ya tenía más que suficiente para
mantenerse ocupada.
—Nuestra copia está en los archivos —dijo Ularno, como si temiera que
Mara no le creyera—. Supongo que la idea es evitar que los rebeldes
aprovechen el caos posterior…
—Sí, entiendo la intención —Mara le cortó cuando comprendió parte del
rompecabezas. Por eso Nuso Esva había obligado a Ferrouz a mostrarse
amable con la Alianza Rebelde. Esperaba que el Emperador se enterase, como
había hecho, y enviase a Mara a ejecutar al sospechoso de traición, lo que no
había hecho.
¿Pero cómo planeaba Nuso Esva culpar a los rebeldes de la ejecución de
Ferrouz? ¿Y qué ganaba llevando un grupo de naves de guerra imperiales
hasta Poln Mayor?
—Solo lo pregunto porque la directriz no cubre esta situación —prosiguió
Ularno—. Necesito saber cómo debo proceder.
Mara suspiró para sí misma. Por un breve instante, el general había
rebasado sus límites habituales. Todo aquello se salía de la norma. Parecía
haber estado sometido a demasiada tensión y se alejaba de aquel terreno
desconocido, regresando a la seguridad de las pautas y requisitos oficiales. A
partir de aquel momento, sería Mara la que tendría que tomar todas las
decisiones.
Por otra parte, el hecho de cargárselo todo a ella podía demostrar que
Ularno era más listo de lo que parecía. Porque la siguiente decisión que
debían tomar, que debía tomar ella, era potencialmente letal.
Todo se reducía a lo que Nuso Esva haría si las cosas no salían
exactamente como había planeado. ¿Mataría a las rehenes si Ularno le
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anunciaba a la galaxia que Ferrouz seguía vivo? ¿O mataría solo a una para
aumentar la presión sobre Ferrouz para que lo terminasen asesinando de la
forma que había previsto?
Por otra parte, si Ularno fingía que Ferrouz había muerto, ¿Nuso Esva
decidiría que las rehenes ya habían servido a sus propósitos y las soltaría? ¿O
sencillamente las mataría a las dos?
¿Y a quién exactamente esperaba Nuso Esva atraer hasta Poln Mayor con
el anuncio de la muerte de Ferrouz? Mara había hecho una revisión rutinaria
de camino al sistema pero por lo que sabía solo las pequeñas fuerzas del
sector Candoras del propio Ferrouz estaban lo bastante cerca de Poln Mayor
para el tipo de respuesta rápida que la directriz obviamente esperaba.
Tenía que permitir que Ularno hiciese algún tipo de anuncio. Esva estaría
esperando noticias y Mara no podía dejar que sospechase nada.
Tendría que jugársela. No con su propia vida sino con los de una mujer y
una niña inocentes.
—Adelante, haga la transmisión —le dijo a Ularno—. Pero en vez de
decir que el gobernador Ferrouz ha sido asesinado, diga solo que se ha
producido un atentado contra su vida y que se sospecha de la implicación de
los rebeldes.
—Eso puedo hacerlo —dijo lentamente Ularno—. No es exactamente lo
que indica la directriz.
—Se parece bastante —le tranquilizó Mara, apagando la computadora y
poniéndose de pie—. Póngase a ello inmediatamente. Y no le diga a nadie que
he estado aquí.
—¿Ni al coronel Bonze? —preguntó Ularno—. El protocolo marca…
—A nadie —repitió con firmeza Mara—. ¿Entendido?
Ularno tragó saliva.
—Entendido.
—Bien —dijo Mara—. Contactaré con usted por comunicador si tengo
que darle más instrucciones.
—Entendido —repitió Ularno—. Buena suerte.
Mara estaba a mitad del primer tramo de escaleras del pasadizo de huida y
ya había sacado su comunicador cuando se le ocurrió que probablemente no
era buena idea llamar a LaRone en aquel momento. Si los secuestradores
habían usado aquel túnel una vez podían volver a hacerlo, sobre todo ahora
que Mara estaba amenazando al mundo de la superficie con su particular caos.
Aún podía encontrárselos allí y no sería bueno que la oyeran antes que ella a
ellos.
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Los soldados de asalto pronto tendrían mucho trabajo. Hasta entonces,
podía dejarlos descansar.
Guardó el comunicador, sacó su espada de luz y siguió bajando con el
arma preparada.
—No, escucha tú, Stelikag —gritó Axlon, mirando con ira su comunicador
como si su interlocutor realmente pudiese verlo—. Vas a sacar a tu gente de
las cercanías del palacio y no intentarás encontrar, capturar, obstruir ni
siquiera mirar mal a Skywalker. ¿Entendido?
La persona al otro lado de la transmisión dijo algo que LaRone no pudo
oír pero vio cómo se le ensombrecía aún más la cara a Axlon y que su dedo se
ceñía un poco más al gatillo de su bláster.
—Quizá deberíamos ofrecernos para hablar con él —le murmuró a
Marcross—. Según dicen, los soldados de asalto pueden ser muy
convincentes.
—Stelikag no parece de los fáciles de convencer —le respondió Marcross
también en un susurro—. Norte abajo, cuando puedas.
LaRone notó que fruncía el ceño. En aquel momento norte significaba a la
izquierda, abajo significaba en el suelo. ¿Marcross había visto algo allí de lo
que debieran ocuparse? ¿Algún bicho deambulando silenciosamente por la
bodega?
—Porque confía en mí —dijo Axlon con una voz tan tensa como el dedo
del gatillo—. Y porque en cuanto me haga con él y su espada de luz
podremos olvidarnos de Jade. Tú más que nadie deberías alegrarte por eso.
Hizo una pausa, escuchando otra vez, haciendo muecas con la boca por la
frustración. LaRone movió la cabeza distraídamente unos grados hacia la
izquierda y bajó la mirada hacia el suelo…
Hasta los pies de Brightwater y el bonito cuchillo que el alienígena
Vaantaar le había dado, que ahora se balanceaba sobre el empeine del pie de
Brightwater.
Igual de distraídamente, LaRone volvió a levantar la vista hacia Axlon.
Por eso cojeaba Brightwater. Cuando estaba agachado junto a Grave y
Quiller, había conseguido soltar el cuchillo de donde lo tenía fijado, junto a
los riñones. Al levantarse, el arma se había deslizado por la pernera del
pantalón hasta el pie, sujeto entre la tela y la pierna del soldado de asalto.
Ahora, mientras estaba allí de pie con LaRone y Marcross, lo había dejado
caer y lo había movido con el pie izquierdo hasta colocarlo sobre el derecho.
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Y por eso se había rendido tan rápido. Axlon coaccionando a tres soldados
de asalto operativos era una matanza suplicando por desencadenarse. Podía
inducir a Axlon, que se creía en una posición de fuerza, a cometer algún error.
LaRone hizo una mueca. De todas maneras tenía que ser un error del
tamaño de un bantha. Tenía a Axlon a cuatro metros, al otro lado de una
barrera de un metro de altura, y LaRone no había oído nunca que Brightwater
fuese un gran lanzador de cuchillos. Ni nadie en su grupo, de hecho. Axlon se
tenía que despistar mucho para que aquello funcionase.
Quizá Brightwater ya había pensado en algo. O quizá esperaba que alguno
de ellos lo hiciese por él.
—No, déjalos marchar —dijo Axlon—. Ya no necesitamos a esa gente…
mucha gente ha visto ya a Skywalker y su espada de luz. Págales y déjalos ir.
Si Brightwater estaba esperando un resquicio, LaRone era el único que
podía proporcionárselo. Si se echaba hacia la derecha, como si fuese a rodear
el otro extremo de la barrera, podría hacer que Axlon mirase y disparase hacia
allí.
—No lo sé —dijo Axlon—. Vuelve a Poln Menor. Supongo. Y ayuda a
Ranquiv a montar los Caldorf. Los necesitaremos cuando… —se interrumpió
y puso los ojos en blanco—. Pues ayúdale a vigilar a los que saben hacerlo —
gruñó—. Según parece tiene a toda la chusma del sistema por allí. Quizá haya
que disparar a alguien, te gustará. Pero sal de ahí antes de que Skywalker te
vea. Te llamaré cuando hayamos terminado y puedes decirle a Ranquiv que…
Se detuvo y entrecerró los ojos.
—¿En serio? —dijo—. ¿Ranquiv te ha dado una descripción?
—Oh, oh —dijo Marcross en voz baja—. Ferrouz.
LaRone miró al sofá. De alguna manera, el gobernador había conseguido
soltarse una mano sin que ninguna de las piezas de armadura de soldado de
asalto que tenía alrededor hiciese ruido. Moviendo el brazo casi
imperceptiblemente, había alargado la mano hasta detrás del sofá y estaba
sacando lentamente una de las botellas de licor.
«Aún no», suplicó LaRone en silencio, sacudiendo la cabeza de forma
breve y microscópica. «Cuando aún está con el comunicador no. Stelikag y su
banda lo oirán y andan cerca».
Pero Ferrouz no le estaba mirando. Estaba completamente concentrado en
Axlon cuando hizo rodar silenciosamente la botella por la burda madera. Un
minuto más y la tendría en sus manos.
—Intenta llamar su atención —le murmuró Marcross y carraspeó—. Eh,
Axlon —gritó—. Prometió contárnoslo todo. Déjese de cháchara y cuéntenos.
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Axlon desvió ligeramente su arma para apuntar a Marcross.
—Es uno de mis prisioneros —dijo por el comunicador—. No, Solo no
debería causar ningún problema… es un bocazas pero suele saber lo que se
hace. De todas formas, deberías hablarle de él a Ranquiv para asegurarnos
que no rompe nada. Y adviértele que no le cuente nada del trato… quiero
decírselo personalmente a Cracken. Terminaré las cosas por aquí, después lo
revisaré con Hapjax y le daré permiso para limpiar el resto. Una hora, quizá
menos, y estará hecho.
Desactivó el comunicador sin esperar respuesta.
—Bueno, ya está —dijo, guardando el comunicador—. No ponga esa
cara, LaRone. Pronto terminará todo.
—Seguro que sí —dijo LaRone—. Pero quizá no como espera. Skywalker
no se dejará cazar tan fácilmente como nosotros.
—Ni matar —añadió Marcross.
—Ya he dicho que no voy a matarlos —dijo Axlon. Su voz era baja,
controlada y tan sincera que LaRone casi le creía. El tipo debía de haber sido
político antes de unirse a la rebelión—. Y tampoco voy a matar a Skywalker.
Solo necesito tomar prestada su espada de luz un minuto.
—¿Cree que se quedará de brazos cruzados, viendo cómo mata al
gobernador Ferrouz? —insistió Marcross.
Axlon se encogió de hombros.
—Para cuando se dé cuenta de lo que está pasando ya será demasiado
tarde para que pueda detenerme. Lo encajará con el ánimo que quiera y
después se marchará al puerto espacial, donde Chewbacca y el Halcón
Milenario deberían estar listos para sacarlo del planeta.
—Espere un momento —dijo LaRone, frunciendo el ceño—. ¿Chewbacca
está aquí? Creía que había dicho que Solo estaba en Poln Menor.
—Y lo está —dijo Axlon—. Al parecer se infiltró en una de las cuadrillas
de trabajo de Nuso Esva.
—Otro cabo suelto que debe atar —comentó Marcross—. Me parece que
todo se le empieza a complicar.
—No demasiado —le dijo Axlon—. Aunque fuese así, Nuso Esva podría
solucionarlo. Es un genio militar —sonrió levemente—. Que pronto estará en
nuestro bando.
—Eso les ha dicho, ¿eh? —preguntó Marcross.
—Ese es el trato, sí —dijo Axlon—. En cuanto el general Ularno
transmita su aterrorizada súplica de ayuda y Nuso Esva y Alderaan hayan sido
completa y adecuadamente vengados, Esva unirá toda su flota al bando de la
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Alianza Rebelde —se encogió de hombros—. En ese momento podrán
contárselo a quien quieran y no cambiará nada. Así que no tengo motivo para
matarlos, ya se lo he dicho.
—Y confía en el tal Nuso Esva, ¿verdad? —preguntó Marcross—. ¿Un
ser especializado en manipulaciones y asesinatos?
—El enemigo de mi opresor es un hermano para mí —dijo Axlon, citando
un viejo dicho—. Nuso Esva tiene cuentas pendientes con el Imperio, como
nosotros. Y el hecho de que su enemigo sea el mismo que ordenó la
destrucción de Alderaan solo hace mucho más agradable nuestra venganza.
LaRone frunció el ceño.
—¿De qué está hablando? He visto los informes. Lo de Alderaan fue idea
de Tarkin y ya está muerto.
—Qué poco sabe —dijo desdeñosamente Axlon—. Pero Nuso Esva sabe
la verdad. Me dijo quién manejaba los hilos tras Tarkin.
—Nadie manejaba los hilos tras Tarkin —dijo Marcross—. Tengo
conocidos que lo trataron personalmente. Nadie le dio una orden jamás,
excepto el Emperador. Apenas hacía caso de las sugerencias de Vader.
—Le han mentido —dijo bruscamente Axlon—. Les han mentido a todos.
Pero yo sé la verdad.
—¿Está seguro? —comentó LaRone, levantando un poco la voz. Ferrouz
ya casi tenía la botella en la mano y podía hacer un poco de ruido al terminar
de sacarla del estante—. ¿Está seguro de que Nuso Esva no le estaba
engatusando con el recuerdo de Alderaan para que hiciese venir a Skywalker?
Axlon resopló.
—No tiene ni idea. En Poln Menor, en este mismo momento, el coronel
Cracken y su equipo están cargando toneladas y toneladas de armas, material
y provisiones imperiales a bordo de nuestros transportes, todo conseguido por
Nuso Esva. Si nos estaba utilizando, ¿por qué no se lo quedaba para él?
—Y lo dice un tipo que nunca ha pagado nada de su bolsillo —dijo
burlonamente Marcross—. Uno solo de los Caldorf vale tanto como la mitad
de la chatarra que les ha hecho cargar en sus transportes. Les da a los niños
unos cuantos juguetitos para que se entretengan mientras se hace con el
verdadero tesoro.
—Puede que tenga razón —dijo Axlon—. Excepto porque ya ha aceptado
darnos todas las naves y misiles que sobrevivan a la batalla que se avecina.
LaRone sintió un escalofrío. ¿Se avecinaba una batalla?
—Todo negociado personalmente por mí, de hecho —continuó Axlon. A
su espalda, Ferrouz sacó la botella del estante—. Estoy deseando ver la cara
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de Cracken cuando le explique nuestro nuevo…
Y cuando el gobernador empezaba a soltar el cuello de la botella, una de
las placas pectorales de soldado de asalto apiladas cayó al suelo con estrépito.
Axlon se dio la vuelta, buscando el origen del ruido con su bláster.
—Vaya, vaya —dijo con tensión—. Buen intento, gobernador —rodeó el
sofá y fue hacia Ferrouz, que sujetaba la botella en la mano—. Deme eso, si
es tan amable.
Y cuando Axlon alargó su mano libre, Brightwater realizó un movimiento
con el pie derecho que hizo volar el cuchillo.
Pero no hacia Axlon, ni hacia la mano de Brightwater. De hecho, el arma
trazó un arco casi perezoso por encima de la barrera de barriles hacia donde
estaban estirados y heridos Quiller y Grave. El cuchillo alcanzó el punto
álgido de su arco e inició su descenso…
Con un gruñido de dolor, Quiller se puso de pie y LaRone pudo verlo.
Atrapó el cuchillo en el aire y se lanzó hacia Axlon, de espaldas a él. Mientras
avanzaba sacó el cuchillo de la funda, haciendo gestos evidentes de dolor
cada vez que apoyaba la pierna herida en el suelo.
Axlon le oyó acercarse pero ya era demasiado tarde. Cuando se volvió, ya
tenía a Quiller encima, agachándose tras la mano del bláster y lanzando una
puñalada ascendente al centro de su túnica.
La pierna de Quiller no pudo más y cayó al suelo. Axlon se derrumbó casi
al mismo momento, aterrizó sobre la espalda del soldado de asalto herido y el
bláster se le cayó de la mano.
LaRone y Marcross casi llegaron antes de que el arma rebotase en el
suelo, agarraron cada uno por un brazo a Axlon, lo levantaron y lo alejaron de
su amigo.
—¿Estás bien? —preguntó LaRone.
—Pregúntamelo cuando la habitación deje de dar vueltas —dijo Quiller
con la cara retorcida por el dolor—. Vale, me he cargado al malo. ¿Podéis
inyectarme más calmante?
—Estoy en ello —dijo Brightwater. Había rodeado la barrera por el otro
lado y estaba agachado junto a Grave y el medipac, cargando la ampolla
adecuada en la jeringuilla—. Buen trabajo, Quiller.
—Los dos lo habéis hecho muy bien —dijo LaRone—. Marcross, ¿puedes
ocuparte de él? Creo que podemos tirarlo en el hueco que hay tras las
escaleras.
—Sin problema —dijo Marcross mientras LaRone le cedía el otro brazo
de Axlon—. ¿Qué vas a hacer?
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—Llamar a Skywalker para decirle que no se acerque por aquí —dijo
taciturnamente LaRone mientras sacaba su comunicador—. Los amigos de
Axlon pueden seguir por la zona y no queremos que los traiga hasta aquí.
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—Oh, yo no me lo creo —gruñó LaRone—. Hasta ahora todo lo que he
visto demuestra que Nuso Esva es un farsante y un estafador. O algo peor.
¿Qué saben los tuyos sobre él?
—No mucho —dijo Luke—. Fue Axlon quien le habló a los líderes de él
pero visto lo que sabemos ahora no me creo nada de lo que decía. ¿Tienes
alguna idea de por dónde empezar a buscar a la familia del gobernador?
—No, ninguna —admitió LaRone—. En estos momentos creemos que lo
mejor que podemos hacer es intentar encontrar al mayor Pakrie para intentar
sonsacárselo. Pero dudo que esté de brazos cruzados, esperando a que le
echemos el guante.
—¿Y si encontrásemos algún otro implicado? —sugirió Luke—. Como
ese con el que Axlon habló. ¿Has dicho que se llamaba Stelikag?
—Podría funcionar —coincidió LaRone—. El problema es que ya debe de
haberse escondido.
Luke sonrió levemente, se llevó el electromonóculo de Brightwater al ojo
y enfocó la mirilla hacia la ventana del lejano tapcafé y el hombre del bigote
sentado tras ella.
—No necesariamente —le dijo a LaRone—. Está sentado en un tapcafé
exactamente a ciento treinta y ocho metros de mí.
—Bromeas —dijo LaRone, más sorprendido de lo que Luke le había oído
nunca—. Eso es genial. Dime dónde… uno de nosotros irá a ocuparse de él.
Luke titubeó, tenía una sensación extraña al mirar a Stelikag. Tenía
sentido que LaRone y los demás soldados de asalto se ocupasen de él a partir
de allí. Estaban entrenados para aquel tipo de cosas, no como él. De hecho, el
gobernador Ferrouz era un imperial. Eso significaba que era asuntos de los
soldados de asalto, no suya.
Pero sentía algo sutil pero definido en la Fuerza que tiraba de él en
dirección contraria. Lógico o no, inteligente o no, asunto suyo o no, allí era
dónde se suponía que debía estar. Aquello era lo que se suponía que debía
hacer.
—¿Y si en vez de eso os centráis en encontrar al mayor Pakrie? —sugirió
—. Yo vigilaré a Stelikag. Así tendremos dos posibilidades de encontrar
alguna pista en vez de solo una.
—¿Estás seguro? —preguntó LaRone—. No es lo tuyo. Y tampoco es tu
guerra.
—Hay gente inocente en peligro —le recordó Luke—. Y se avecina
también una amenaza desconocida. Puede que tengas razón en que esto no es
lo mío pero no hay duda de que esta también es mi guerra.
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—Bueno, no estoy en condiciones de rechazar ayudas desinteresadas —
dijo LaRone—. Bien… tú vigila a Stelikag. Si hace alguna llamada por
comunicador o abandona el tapcafé, háznoslo saber.
—Lo haré —prometió Luke—. Escucha, necesito informar a mi
comandante de lo que ha pasado. ¿Hay alguna manera de desbloquear este
comunicador?
—No, ese no —dijo LaRone—. Pero no te preocupes… llamaré a alguien
de tu grupo y le pondré al día.
Luke notó que se le abrían los ojos como platos.
—¿Los llamarás tú?
—No te preocupes, no los asustaré —le tranquilizó LaRone—. El
comunicador de Axlon debe disponer de toda la información de contacto que
necesito. Tú no le quites la vista de encima a Stelikag. Y no dejes que te
descubra.
—Descuida —dijo Luke—. Buena suerte.
Cortó y sintió que le recorría un destello de inquietud. No había pensado
en el comunicador de Axlon, ni en su datapad, ni en ninguna de las demás
cosas que llevaba encima y que podían comprometer algún aspecto de la
seguridad de la Alianza.
Respiró hondo, obligándose a relajarse. Todo saldría bien. LaRone y sus
amigos podrían estar sirviendo al Imperio en aquel momento pero nunca
volverían a ser verdaderos imperiales.
En el tapcafé, el camarero le llevó a Stelikag y sus amigos una gran
bandeja con algo humeante. Luke sacó una de las barras de ración de
Brightwater y se acomodó para vigilar.
—¿Vamos a contactar con los rebeldes? —preguntó Marcross, mirando
con perplejidad a LaRone mientras guardaba su comunicador—. ¿Te has
vuelto loco?
—No veo otra elección —dijo LaRone y se dirigió hacia donde habían
tirado el cuerpo de Axlon—. Skywalker tiene razón… deben enterarse de la
manipulación de Esva y somos los únicos que podemos contárselo.
Brightwater, ¿cómo está Grave?
—No muy bien —dijo sombríamente Brightwater—. No podremos
moverlo de aquí. Aunque consigamos traer un médico para estabilizarlo, el
viaje en aerodeslizador podría matarlo antes de que llegásemos al tanque de
bacta más cercano.
—Entiendo —dijo LaRone, registrando la ropa de Axlon y quitándole el
comunicador y su datapad—. Creo que se me ocurre una alternativa.
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—Tenemos otro problema —dijo Marcross—. Ahora solo quedamos tres
y este sitio no ofrece la mejor posición defensiva que haya visto en mi vida.
—Tres y medio —dijo Quiller—. Quizá no pueda moverme pero aún
puedo disparar.
—Mi recomendación es que saquemos al gobernador —continuó
Marcross—. Lo llevemos a un lugar seguro y después nos ocupemos de traer
ayuda para Grave.
—No —dijo Ferrouz.
Todos se volvieron a mirarle.
—¿No? —preguntó Marcross.
—No nos vamos de aquí —dijo con firmeza el gobernador—. Dispersar
una fuerza tan pequeña como esta es mala idea, sobre todo cuando uno de
ustedes está malherido —hizo un gesto con la mano para señalar toda la
habitación—. Además, hasta que no sepamos el verdadero alcance de la
traición dentro del palacio, no podemos encontrar ningún sitio más seguro que
este.
—¿Y su sala de seguridad? —sugirió Quiller—. Solo tendríamos que
regresar por el túnel.
Ferrouz negó con la cabeza.
—Consiguieron sacar a mi esposa y mi hija de una instalación imperial
fuertemente vigilada. No confío en nada relacionado con esa instalación, ni
siquiera mi sala de seguridad. No. Si tenemos que resistir será mejor hacerlo
aquí.
—Agradecemos su confianza —dijo Marcross—, pero la realidad es que
defender una posición es cuestión de efectivos. Y no los tenemos.
—No, no tenemos —coincidió LaRone y de repente se le ocurrió una idea
peculiar—. Brightwater, ¿te apetece dar una vuelta?
—Claro —dijo este, frunciendo el ceño mientras se ponía de pie—.
¿Dónde voy?
—De vuelta al puerto espacial —le dijo LaRone—. Si no podemos llevar
a Grave hasta un tanque de bacta quizá podamos traer un tanque de bacta
hasta él.
—¿Te refieres al nuestro, el de la Suwantek? —preguntó Marcross—.
Venga… hasta el modelo en miniatura es demasiado pesado para que
Brightwater cargue con él.
—Lo sé —dijo LaRone—. Y puesto que va a salir quizá pueda conseguir
parte de los efectivos que necesitamos.
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—¿Va a hacer venir a los rebeldes? —preguntó Ferrouz con un tono y una
expresión indescifrables.
—Sí —dijo LaRone—. Y no.
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CAPÍTULO DIECISÉIS
Esta vez Mara fue hasta el final del túnel de huida, más allá de la sala de
seguridad y del punto en que había sacado a Ferrouz al desagüe pluvial de la
ciudad, más adelante la estructura de permacreto que la rodeaba empeoró. Y
por fin llegó al final.
Y eso era exactamente: un final. No había nada más que una pared
desmoronada que impedía seguir avanzando. No había hangar, ni rastro de
aerodeslizador, ni de que lo hubiese habido jamás, ni acceso al mundo
exterior.
De todas formas, dedicó un par de minutos a revisar las paredes y el techo
para asegurarse. Después sacó el comunicador y llamó a LaRone.
—¿Estás bien? —le preguntó él cuando se hubo identificado.
—Sí, pero no he avanzado mucho desde que me marché —le dijo—.
¿Cómo está el gobernador?
—Mejor —dijo sombríamente LaRone—. Ahora mismo es una
excepción.
Con unas cuantas frases delicadas LaRone le contó la traición de Axlon,
su ataque contra Grave y Quiller y su muerte.
—Odio marcharme antes de que empiece lo bueno de la fiesta —gruñó
Mara cuando LaRone terminó—. ¿Qué necesitáis que haga?
Se oyó una voz débil al otro lado del aparato.
—El gobernador Ferrouz dice que podrías buscar a su familia —le
transmitió LaRone—. Y estoy de acuerdo. De momento tenemos las cosas
controladas por aquí.
—¿No dices que Grave está gravemente herido?
—Estamos esperando un tanque de bacta —dijo LaRone—. He mandado
a alguien a sacarlo de nuestra Suwantek y traerlo en nuestro otro deslizador
terrestre.
Mara frunció el ceño.
—¿A uno solo?
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—Tendrá ayuda —dijo LaRone con firmeza, en el tono de quien no quiere
hablar del tema—. ¿Qué opinas del comentario de Axlon de que todo habría
terminado en una o dos horas? ¿Eso significa que las rehenes están cerca?
—No necesariamente —dijo Mara, barajando mentalmente las distintas
posibilidades. Pero si los secuestradores no habían salido por el túnel de
emergencia…—. Quizá pensaba llamar a los secuestradores y decirles que
terminasen el trabajo.
—¿Eso no sería muy arriesgado? —preguntó LaRone—. Hasta nuestra
Suwantek tiene dispositivos que pueden rastrear una llamada de comunicador
si sabes cuál se ha usado. Imagino que un equipo más completo del DSI o de
Inteligencia también podría descifrar la conversación casi en tiempo real.
—No siempre —dijo Mara, frunciendo el ceño con una idea repentina.
Quizá los secuestradores se habían metido en el túnel pero no habían salido
—. Pero tienes razón, sería peligroso para ellos. Pásame a Ferrouz, ¿quieres?
Se produjo un breve silencio y entonces:
—¿Tiene algo? —preguntó Ferrouz.
—Puede —dijo Mara—. ¿Qué sabe de la sala de seguridad?
—La construyó uno de mis predecesores… el moff Frisan, creo. Solo he
estado dentro dos veces. Es mucho más grande de lo que esperaba, seis
habitaciones distribuidas siguiendo el patrón de la suite del palacio, una zona
de cocina y bastante capacidad de almacenamiento.
—¿Cómo se accede a ella? —preguntó Mara—. ¿Por biométrica o hay
alguna contraseña de teclado?
—Contraseña de teclado más clave verbal con huella de voz —dijo
Ferrouz—. Una clave concreta, con entonaciones e inflexiones específicas en
las palabras.
Mara colocó su comunicador en modo grabadora.
—Dígamela.
Era breve, solo media docena de palabras.
—¿Y la contraseña de teclado? —preguntó y apagó la grabación.
La secuencia numérica también era corta, de solo nueve dígitos. El que
había instalado el sistema había preferido sacrificar seguridad a cambio de
facilidad de acceso.
—¿Quién más aparte de usted conoce la contraseña y tiene una huella de
voz registrada?
—Solo mi mujer, mi hija, el general Ularno y el coronel Bonze —dijo
Ferrouz en un tono siniestro—. ¿Cree que están allí?
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—Tiene bastante sentido —dijo Mara—. No se marcharon en
aerodeslizador, el túnel de emergencia no tiene salida y para salir por la
puerta habrían necesitado muchos sobornos o coacciones.
—¿Pero cómo han entrado en la sala?
—Eso es lo bueno de tener dos rehenes —dijo Mara—. Puedes amenazar
a uno para que el otro haga lo que quieres. Supongo que un bláster apuntado a
la cabeza de su mujer habrá bastado para que su hija les diera rápidamente la
contraseña.
Ferrouz maldijo entre dientes.
—Quiero a esos individuos, agente Jade.
—Tengo intención de atraparlos, gobernador Ferrouz —le dijo Mara—.
Usted descanse y recupérese. Le avisaré cuando encuentre algo.
—Muy bien. Espere un momento… LaRone quiere hablar con usted.
Se produjo otro silencio, esta vez más largo y con un sonido de fondo que
le hizo entender que LaRone se estaba alejando del gobernador con el
comunicador.
—Hay otra cosa más —su voz llegó débilmente—. No sé si el gobernador
captó su importancia y no quiero preocuparlo más de lo que está pero Axlon
también dijo algo sobre que la gente de Nuso Esva está instalando Caldorfs.
¿Sabes si el término se usa para algo más aparte de los misiles interceptores
aire-aire?
Mara sintió un nudo en el estómago. ¿Nuso Esva tenía Caldorfs?
—No, son interceptores, sin duda —dijo sombríamente—. ¿Dijo dónde
estaban o qué estaban haciendo con ellos?
—Solo que los estaban instalando —dijo LaRone—. Pero hay otros
indicios que apuntan que lo están haciendo en Poln Menor.
—Menuda ayuda —gruñó Mara.
—Lo sé —dijo LaRone—. Quizá más adelante pueda precisar un poco
más la ubicación.
—Hazlo —dijo Mara—. Entretanto, cuida del gobernador.
—Lo haremos —prometió LaRone—. Una cosa más. Tenemos a alguien
vigilando a uno de los socios de Axlon, un hombre al que llamó Stelikag. Nos
avisará si se mueve, así que si tu plan es agitar las cosas te agradeceremos que
nos avises.
—Si tengo algo os lo comunicaré —le tranquilizó Mara—. ¿Ese vigilante
es de vuestra confianza?
—Sí —dijo LaRone—. Ya hemos tratado antes con Skywalker.
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Mara frunció el ceño ante su comunicador y recordó algo que había
pasado hacía meses: lord Vader en la biblioteca del Emperador, realizando
una búsqueda privada que después Mara pudo recuperar.
La búsqueda de un nombre: Luke Skywalker.
Se desembarazó del repentino mal presentimiento que sentía. Skywalker
era un nombre bastante común, sobre todo en los bordes Medio y Exterior del
Corredor Corelliano. Era muy poco probable que aquel Skywalker fuese el
mismo que Vader andaba buscando.
Aun así era una coincidencia interesante.
—Dile que esté atento —dijo Mara—. A partir de ahora es probable que
todo se desencadene con rapidez. No podemos esperar que nada llegue con
previo aviso.
—Me aseguraré de decírselo —le prometió LaRone—. Buena suerte.
—Y estad atentos también vosotros —añadió Mara—. Os avisaré cuando
encuentre algo.
Apagó el comunicador y volvió sobre sus pasos por el túnel. No, era poco
probable que pudiese prevenir a LaRone y Skywalker.
Con un poco de suerte tampoco nadie podría prevenir a los
secuestradores.
Han estaba instalando su tercer misil cuando Leia se puso rígida de repente.
—Ranquiv viene hacia aquí —murmuró—. Y le acompañan dos hombres
armados.
—Dame la hidrollave grande —susurró Han, concentrándose en la
superficie brillante del misil. A su espalda se acercaban tres figuras, aunque
los reflejos en el metal curvado eran demasiado distorsionados para poder
verlas con detalle—. En una escala del uno al diez, ¿cómo de cabreados se les
ve?
—Mucho —dijo Leia taciturnamente mientras le daba la hidrollave—.
Ahí hay otros dos hombres y dos más de los amigos de Ranquiv de ojos
amarillos vienen unos diez metros más atrás.
—Sí, ya los veo —dijo Han. De todas formas, sabía que llevaban tiempo
viviendo de prestado—. Prepárate para moverte.
—¿Hacia dónde?
Han hizo un examen rápido. Aquella nave era evidentemente la más
cercana pero ir hacia la rampa era sinónimo de ir hacia los problemas que en
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aquel momento avanzaban hacia ellos. La siguiente, la que había tras Leia,
como mínimo les permitiría escapar de los matones de Ranquiv.
—Por esa rampa —le dijo, haciendo un gesto hacia atrás con la cabeza.
—Vale —dijo Leia—. Avísame.
Han hizo una mueca.
—Confía en mí. Lo sabrás.
Levantó la hidrollave, fingiendo que hacía algunos ajustes mientras
observaba a las figuras que se le aproximaban. Los brazos de los dos hombres
se movieron sutilmente cuando empuñaron sus blásters.
Han se dio la vuelta, lanzó la hidrollave contra el grupo y fue a coger su
propio bláster.
Automáticamente, los dos hombres se agacharon mientras Ranquiv
colocaba los brazos entre su cara y la hidrollave voladora. Sus hombres
recuperaron el equilibrio y echaron mano a sus armas.
Y apartaron las manos cuando Han disparó a sus pistoleras, haciendo
volar sus blásters y lanzando descargas de gas tibanna al aire.
—¡Vete! —gritó Han, haciendo gestos con las manos. Los refuerzos que
venían detrás estaban reaccionando, echando a correr mientras desenfundaban
sus armas. Por un instante, Han se planteó hacer otros dos disparos hacia ellos
para intentar ralentizarlos, decidió que no valía la pena, se dio la vuelta y echó
a correr hacia la rampa de la nave que le había indicado a Leia.
Afortunadamente, ella no había esperado su orden para correr. Mientras
Han se agachaba bajo el misil en que estaba trabajando, vio que Leia ya
estaba a media rampa. Se inclinó mientras corría y cuando las descargas de
bláster empezaron a volar alrededor de él ya había llegado a lo alto de la
rampa y había cruzado la escotilla, alargando una mano hacia delante al
estrellarse contra el mamparo del fondo de la estrecha entrada.
Se estaba volviendo para cerrar la escotilla cuando Leia, que estaba de pie
a un lado para no interponerse en su camino, la cerró por él.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella, girando el anticuado cierre de la puerta.
—Nos largamos —le dijo Han, que se apoyó en la pared y entró en la
cabina. Se dejó caer en el asiento del piloto y agarró el arnés, observando los
controles y sus etiquetas en alienígena tenuemente iluminadas. Deseaba haber
tenido al menos otra oportunidad para estudiar la traducción antes de intentar
aquello.
Pero no la había tenido y tendría que apañárselas.
—Átate —le ordenó a Leia mientras esta llegaba dando tumbos hasta el
asiento tras el suyo. La secuencia de arranque… allí. Apretó el botón y un
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leve rugido empezó a crecer a su espalda.
—¿Estás seguro de que sabes lo que haces? —preguntó Leia, inclinándose
hacia delante para mirar por un lado de la cubierta.
—Siempre sé lo que hago —la tranquilizó Han. Una hilera de señales
luminosas pasó abruptamente del rojo al azul. ¿Punto muerto? Probablemente,
porque los repulsores no habían tenido tiempo de calentarse del todo. La
activación del impulsor estaba allí… probablemente no la necesitaría pero no
perdía nada por tenerla preparada. La activó, mirando la sección de
armamento de tablero iluminada en rojo y preguntándose si debía molestarse
en intentar activar los cañones láser.
De repente, toda la nave se sacudió como si algo se hubiese estrellado
violentamente contra la escotilla exterior.
—¡Te has olvidado de subir la rampa! —le espetó Leia.
—No lo he olvidado —dijo Han. Las señales azules del repulsor
parpadearon y volvieron a cambiar, esta vez al morado.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Leia señalándole con un dedo—.
Puedo verla bajada desde aquí.
—Quiero decir que no lo he olvidado —dijo Han al mismo tiempo que
alguien volvía a golpear la escotilla—. Espera —agarró el volante y giró
rápidamente el acelerador de mano.
La nave saltó como un mynock escaldado, subiendo directamente hacia el
techo, y Han oyó un leve ruido cuando el que estaba junto a la escotilla cayó
deslizándose bruscamente por ella. Dio media vuelta al volante y sintió un
nudo en el estómago cuando la nave detuvo su salto adelante y retrocedió.
Leia gorjeó algo mientras Han volvía a intentarlo, girando el volante solo un
cuarto de vuelta esta vez.
La nave se balanceó un poco y se estabilizó, flotando a unos cinco metros
del suelo.
—¿Lo ves? No es tan complicado —dijo Han y echó un vistazo por la
cubierta. Desde aquel lugar privilegiado, el resto de naves que veía llenaban
la cueva hasta el gran túnel para transportes del fondo. Las dos baterías de
láseres cuádruples que Ranquiv había instalado allí empezaban a girar sobre
sus soportes, pasando de la tarea de defender la entrada de la cueva a la más
inmediata de desbaratar aquel inesperado intento de secuestro de una nave.
Entre los cuádruples, media docena más de hombres forcejeaban con uno de
los lanzagranadas de conmoción, girándolo también hacia el interior de la
cueva, mientras otro grupo de alienígenas corría hacia la entrada con rifles
bláster pesados en las manos. Era evidente que nadie iba a salir por allí.
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Menos mal que Han no planeaba salir por allí.
Leia también había visto todo el arsenal.
—¿Han? —le advirtió, señalándolo.
—No mires —le aconsejó Han y volvió a concentrarse en el tablero de
mando. Los controles de viraje… ¿Eran aquellos? No, aquellos. Pasó una
mano del volante a los controles y los giró. La nave se inclinó hacia babor y
después empezó a volar lentamente hacia allí mientras su inclinación
desequilibraba los repulsores. Han dio otra vuelta al control, miró al exterior
de la cabina y giró el volante. El fuego de bláster estaba golpeando la nave,
las descargas martilleaban el casco y la cubierta mientras la nave ladeada
ganaba velocidad.
Vio que los láseres cuádruples ya estaban prácticamente listos al otro
extremo de la cueva. Dio un último giro al control y recordó justo a tiempo
que quería subir el tren de aterrizaje. Encontró el interruptor adecuado a la
segunda, echó mano al acelerador y se preparó.
Con una sacudida violenta, la nave chocó con la pared lateral de la cueva,
justo por encima del túnel por el que habían llegado con Leia y los demás.
Bajó el acelerador y posó la nave en el suelo.
Con el tren de aterrizaje recogido la nave bloqueaba completamente el
túnel.
—Sal —le ordenó a Leia, desenfundó el bláster y se lo puso en las manos
—. Ve al autobús deslizador… a ver si puedes arrancarlo. Si no puedes…
—Abre el panel de acceso para poder hacerle el puente —dijo Leia por
encima de su hombro mientras desaparecía por la puerta de la cabina.
—Abre el panel de acceso para poder hacerle el puente —terminó Han
entre dientes. Desactivó todos los sistemas, se desató y fue tras ella.
Con todo el poder de fuego que había al otro extremo de la cueva,
esperaba que Ranquiv hubiese colocado al menos un guardia o dos en aquella
vía de huida igual de obvia, pero no oía fuego de bláster mientras bajaba por
la rampa maltrecha y no vio cadáveres cuando corrió hacia el autobús. Pensó
que hasta los alienígenas con ojos de insecto capaces de sacarse de la manga
misiles Caldorf cometían errores.
Encontró a Leia dentro del autobús, con el panel de acceso ya abierto.
—Está congelado —le dijo mientras se apartaba.
—Sí, no pasa nada —gruñó, se arrodilló y echó un vistazo al cableado.
Algo tan viejo y decrépito debía de ser sencillo—. Treinta segundos —
prometió—. Cronométrame.
—Date prisa —le espetó Leia—. Pueden llegar en cualquier momento.
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—Relájate —dijo Han, tanteando los cables—. Les va a costar un rato
mover esa nave.
—Quizá ya tienen gente ocupándose de ello —contestó ella, mirando por
encima del hombro hacia el túnel oscuro que tenían a sus espaldas—.
¿Adónde vamos?
—Lejos de aquí —dijo Han. Allí estaba el cable del arranque. Una leve
manipulación…
—Esa no es respuesta —dijo Leia—. Necesitamos volver con Cracken y
los demás. O como mínimo llegar lo bastante cerca de una zona habitada en la
que nuestros comunicadores funcionen.
Se produjo un chasquido y un rugido grave llenó de repente el autobús
mientras los repulsores cobraban vida.
—Allá vamos —dijo Han, se incorporó y se volvió hacia el asiento del
conductor.
Leia fue más rápida, lo adelantó y se sentó.
—Tú eres mejor con esto —le dijo, devolviéndole su bláster—. Yo
conduzco.
—¿Qué tal se te da conducir marcha atrás? —contestó Han—. Porque
aquí no hay sitio para dar la vuel…
Se agarró al respaldo del asiento mientras ella activaba los repulsores,
elevando el autobús bruscamente del suelo. Al cabo de un segundo, con Han
intentando aún recuperar el equilibrio, Leia puso la marcha atrás y volaron
hacia atrás por el túnel.
—Ve detrás —le ordenó Leia a Han—. Avísame cuando lleguemos al
siguiente cruce con otro túnel para que pueda girar esta cosa.
—¿Ya has decidido adónde vamos? —preguntó Han cuando el autobús
empezó a dar sus habituales bandazos laterales.
Bajo la tenue iluminación de las pantallas de datos del tablero Han vio que
Leia fruncía los labios.
—Como has dicho, lo primero es huir de aquí —dijo a regañadientes—.
Supongo que no contaste los giros que hicimos al venir.
—Creía que de eso te ocupabas tú —dijo Han. El autobús dio otro de sus
bandazos, este acompañado de un leve crujir de rocas—. ¿No dijiste que
debíamos estar solo a unos cien kilómetros de las cuevas de Anyat-en?
—Solo me fijé durante la primera parte del viaje —dijo Leia—. Después
me quedé dormida.
—Deberías haberme despertado.
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—No me di cuenta de que me había adormilado hasta que me desperté —
contestó Leia—. No viste cómo se guiaba el conductor, ¿verdad? No veo
pantallas con mapas en ninguna parte del tablero de control.
—Tenía un datapad sobre la pantalla —le dijo Han—. Ranquiv se lo llevó
cuando bajamos todos.
—Eso me temía —dijo Leia—. Supongo que tendremos que ir probando
hasta que encontremos algo que reconozcamos.
—Eso pensaba yo —coincidió Han. La luz que asomaba alrededor de la
nave que bloqueaba la entrada al túnel se disipaba a lo lejos y se dio la vuelta
para mirar al túnel oscuro que tenían detrás—. Podrías encender los faros —
añadió—. Podría ayudarnos ver por dónde vamos.
—Si se te ocurre alguna manera de girar los paneles luminosos traseros
sin girar los delanteros hazlo —dijo Leia—. Si no, saca la vara de luz del kit
de emergencia de debajo del asiento y llévala a la parte de atrás. No quiero
que los faros delanteros le digan a Ranquiv dónde estamos. ¿Qué es ese
ruido?
Han frunció el ceño, repasando mentalmente los dos últimos segundos. El
autobús había dado otro de sus bandazos, acompañado de uno de los ruidos de
fricción con piedra que había oído antes.
—El regulador tiene un problema de retroalimentación —le dijo a Leia—.
Hace saltar el repulsor hacia un lado.
—Eso ya lo sé —gruñó ella—. Te pregunto… oh.
Pisó el freno abruptamente, obligando a Han a agarrarse mientras el
autobús reducía la velocidad considerablemente.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó. Otro bandazo y otro débil crujido. Y
Han volvió a sentir una sacudida cuando el vehículo se detuvo por completo.
Se estremeció cuando Leia encendió los faros delanteros, arruinando los
últimos dos minutos de adaptación a la oscuridad de sus ojos.
—Mira —dijo ella.
—¿El qué? —gruñó Han.
—Eso —dijo Leia con impaciencia—. Ahí delante, a la izquierda. Ese
pequeño círculo. ¿Lo ves?
Han abrió los ojos con reticencia, dándoles un momento para habituarse a
la luz. Allí había un círculo, un punto ligeramente más claro en la capa de
grava que cubría el suelo del túnel.
Y de repente lo entendió.
—Son las salpicaduras de la retroalimentación —dijo, abriendo los ojos
del todo mientras examinaba el círculo—. Las piedras saltan cada vez que los
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repulsores se desvían.
—Dejando un rastro detrás de nosotros —dijo Leia con una leve
esperanza en su voz.
—Va a ser complicado —dijo Han dubitativamente—. Un renqueo cada
dos segundos a cien kilómetros por hora solo nos da una huella cada
cincuenta metros, más o menos. Suponiendo que siempre haya grava en la
que dejar la huella.
—Pero sigue siendo mejor que vagar sin rumbo por Poln Menor —dijo
Leia. Apagó los faros y en la repentina oscuridad Han la oyó levantarse del
asiento del conductor—. ¿Crees que sabrás conducir marcha atrás?
—Casi tan bien como tú en primera —le dijo Han—. ¿Vas a echarte una
siesta?
—Voy a abrir la escotilla trasera y a seguir nuestro rastro de migas de pan
con esto —dijo y, cuando los ojos de Han se volvieron a habituar al tenue
brillo del tablero de control, la vio sacando la vara de luz del equipo de
emergencia del autobús—. Al menos hasta que encontremos un sitio para dar
media vuelta.
—Vale —dijo Han y se puso al volante—. Recuerdas cómo acaba esa
historia, ¿verdad? Los pájaros se comen las migas de pan que el niño ha ido
tirando y termina muriendo perdido en el bosque.
—¿Así lo cuentan en Corellia? —contestó ella mientras bajaba por el
pasillo—. En Alderaan, son uvas y el sol las fermenta y los pájaros que se las
comen se emborrachan, así que el niño solo tiene que seguir el rastro de
pájaros dormidos para volver a su casa.
Han puso los ojos en blanco. Qué manía tenían los alderaanianos de darle
un final feliz a las bonitas y siniestras fábulas infantiles.
De todas formas, el chico del cuento siempre le había parecido un idiota.
—¿Estás preparada ahí detrás? Bueno, allá vamos.
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—Tengo cuarenta y dos naves en la esfera de combate —dijo el primer
oficial desde el puesto táctico del pozo de tripulación de babor—. Tenemos
una línea de ataque imperial pesada: un destructor estelar, el Amonestador,
dos cruceros medianos de clase Ataque y cuatro cruceros ligeros de clase
Carraca. A ellos se enfrentan ocho naves tamaño acorazado y veintisiete
naves escolta del tamaño de patrullera de sistema, todas ellas con
configuración y arsenal desconocido.
—¿Formación en línea?
—Las desconocidas están usando una copa modificada con fuego frontal
concentrado —informó Grondarle—. Los imperiales… no estoy seguro,
capitán. Parece una formación de combate estándar, excepto porque el
Amonestador no está fuera del alcance del fuego enemigo, como debería. Y
las carracas están haciendo una especie de barrido por delante y alrededor de
él.
—Llévennos a distancia de combate —ordenó Drusan, frunciendo el ceño
ante el ventanal mientras Pellaeon llegaba tras él—. La maniobra de las
carracas es absurda —añadió en voz baja—. El Amonestador tiene mucho
más blindaje y escudos que cualquier carguero ligero. Colocar las carracas
delante casi es suplicarle que las vuele por los aires.
—Eso parece —coincidió Pellaeon, mirando la lejana batalla por el
ventanal.
—Es evidente que esta función la dirige un incompetente —dijo
sombríamente Drusan—. Supongo que será mejor que vayamos a echar un
vistazo y arreglemos este desaguisado.
—Señor, el Amonestador se está comunicando con nosotros —anunció el
oficial de comunicaciones.
—Póngalos —dijo Drusan—. Amonestador, al habla el capitán Calo
Drusan del Quimera.
—Bienvenido a Teptixii, capitán Drusan —dijo una voz por los altavoces
del puente—. Aquí el capitán Voss Parck, al mando actualmente de la fuerza
de asalto del Amonestador. No sé qué hacen por estos lares pero no podían ser
más oportunos. Tengo las naves enemigas casi reducidas pero mis refuerzos
más cercanos están aún a veinte minutos de distancia. Necesito que me ayude
a terminar con esto.
—Ya vamos para allá —dijo Drusan—. Entretanto, está poniendo en
grave riesgo sus carracas. Le sugiero que las retire.
—No está arriesgando sus carracas, capitán —intervino lord Odo a su
espalda. Pellaeon se volvió y vio a la figura enmascarada caminando por la
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pasarela, con la capa ondeando tras él.
—Perdone, lord Odo, pero sí lo está haciendo —dijo ásperamente Drusan.
—Perdone, no me he expresado bien —concedió Odo, deteniéndose junto
a Drusan—. Está arriesgando sus carracas pero lo está haciendo para obtener
la victoria. Fíjese que cada vez que las carracas bloquean los disparos de los
cruceros enemigos, el Amonestador puede bajar sus escudos el tiempo
suficiente para lanzarle una ráfaga a una de las naves enemigas.
Apenas había terminado de decirlo cuando se produjo un parpadeo
múltiple de fuego de turboláser desde el lejano destructor estelar y una de las
patrulleras enemigas refulgió y estalló en una bola de fuego azul y blanca.
—Perfecto —gruñó Drusan—. Pero hacer que las carracas bloqueen a las
naves más grandes significa que las únicas naves a las que puede disparar
Parck son las patrulleras. Eso deja intactas a las más grandes y está
arriesgando sus propias naves exploradoras en el proceso.
—No tiene mucha elección —dijo Odo—. Las naves más grandes, las
Hornodefuego, son más poderosas de lo que cree. En cuestiones de láseres,
cinco de ellas pueden combatir contra ese destructor estelar y ahora mismo
Nuso Esva tiene ocho ahí.
—¿Ese de ahí es Nuso Esva? —preguntó Drusan, inclinándose hacia
delante como si así tuviese mejor vista de la batalla.
—Esas son sus naves, al menos —dijo Odo—. El capitán Parck sabrá
mejor si el señor de la guerra está aquí o no. La cuestión es que aunque las
Hornodefuego están fuertemente armadas, sus escudos son inferiores a los
imperiales. Dependen de las naves exploradoras para bloquear los ataques del
Amonestador.
Pellaeon miró la pantalla táctica.
—Pero las naves exploradoras no se están limitando a la defensa, también
están armadas —dijo—. Si pueden abatir los cruceros mientras el
Amonestador les dispara, quedará solo.
—No con nosotros por aquí —dijo taciturnamente Drusan—. Veamos si
Nuso Esva tiene arrestos para un combate en el que no tiene ventaja. Timonel,
aumente la velocidad de virado y llévenos hasta el borde de la formación
enemiga.
—Al borde no —dijo Odo—. Incline treinta grados a babor y ajuste
nuestro vector para colocarnos tras la formación.
—Tardaremos mucho —protestó Drusan—. Aún estamos a unos ocho
minutos del rango de tiro.
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—Eso también nos situará dentro del anclaje del pozo de gravedad del
planeta —advirtió Pellaeon—. Si encontramos problemas no podremos hacer
una huida rápida.
—Olvídese de huir —gruñó Drusan—. La cuestión es que cualquier
demora dará a Nuso Esva el tiempo que necesita para destruir los cruceros de
Parck.
—Afortunadamente, no creo que Nuso Esva tenga interés en destruir
cruceros —dijo Odo—. Las Hornodefuego ya podrían haberlo hecho.
Sospecho que espera inutilizar o destruir el Amonestador y capturar intactas
las naves más pequeñas para añadirlas a su flota. Por otra parte, si llegamos
por detrás como he sugerido… —hizo una pausa expectante, como un
profesor esperando que sus estudiantes diesen con la respuesta correcta.
Pellaeon fue el primero en hacerlo. Como mínimo fue el primero que
habló.
—Le obligaremos a dividir sus naves exploradoras en dos grupos distintos
—dijo—. Algo que no creo que pueda permitirse.
—No puede y no lo hará —coincidió Odo—. En cuanto adivine nuestras
intenciones preferirá romper filas y huir —giró la máscara hacia Drusan—.
No es necesario que el Quimera llegue hasta rango de tiro para ahuyentarlos,
capitán. Nuso Esva se encargará de hacerlo marchar.
—Sí, entiendo —dijo Drusan con amargura—. Timonel: treinta grados a
babor.
La predicción de Odo resultó ser correcta. Menos de un minuto después el
Quimera varió su rumbo, las Hornodefuego rompieron filas, volando en todas
direcciones, y las naves escolta se apresuraron a colocarse cerca de los
cruceros. Mientras el Amonestador intensificaba sus disparos, las naves
alienígenas parpadearon con la pseudomoción del salto hiperespacial y
desaparecieron.
—Y eso es todo —dijo Odo—. Capitán Parck, ¿sigue ahí?
—Sí —dijo Parck—. Gracias a ustedes. Quiero advertirle que no soy el
primer oficial. Mi superior, el capitán Thrawn, está fuera de la nave ahora
mismo.
Pellaeon sintió que se le tensaba la espalda. ¿Aquella era la fuerza de
asalto de Thrawn? ¿El alienígena cuya ineptitud para el politiqueo de la corte
parecía situarlo permanentemente al borde de la expulsión de la flota y la
corte imperial?
¿Y no tenía solo un destructor estelar sino toda una fuerza de asalto?
¿Quién del Alto Mando se había arriesgado a darle todo aquello?
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—Lamento oír eso —dijo Odo—. Se le necesita con urgencia en Poln
Mayor, en el sector Candoras.
—¿Por qué? —preguntó Parck.
—Para responder a una posible insurrección —contestó Odo—. ¿No ha
recibido ninguna comunicación relativa a esa amenaza?
—Ultimamente no he recibido ningún tipo de comunicación del Imperio
—dijo Parck.
Odo masculló algo tras su máscara.
—Lo que me temía —dijo—. Está cerca del territorio imperial pero sigue
fuera del rango de la HoloRed.
—No estamos tan lejos —corrigió Parck—. Nos llegan transmisiones a
puntos mucho más alejados de las Regiones Desconocidas. Puede estar seguro
que de haber existido algún mensaje lo habríamos recibido.
—Pero es evidente que no ha sido así —dijo Odo—. Tendré que
transmitir la petición de Ularno personalmente. Se les necesita urgentemente
en Poln Mayor. La suya, la del capitán Thrawn y la del resto de su fuerza de
asalto.
—¿Y quién es usted?
—Un representante del Emperador en persona —dijo Drusan—. Puedo
confirmar personalmente sus credenciales. Y también puedo confirmar la
presencia de actividad rebelde en el sistema Poln.
—Me compadezco del sistema Poln —dijo Parck—. Pero me temo que
debo ignorar esa petición. Tenemos nuestras propias órdenes y trabajo crucial
pendiente.
—La situación es más crucial que nada de lo que pueda estar haciendo —
insistió Odo—. Unas horas de demora no afectarán a su misión.
—Si es necesario, puedo recurrir a la directriz Uno-Cero-Tres —amenazó
Drusan—. En ausencia de órdenes contrarias, todos los oficiales de la flota…
—Conozco esa directriz —le cortó secamente Parck—. No estamos
obligados a seguirla.
—Forman parte de la flota imperial, ¿no?
—Técnicamente, estamos al margen de la estructura de mando de la flota
—le dijo Parck—. Como le he dicho, el capitán Thrawn tiene órdenes que
cumplir.
Drusan respiró hondo.
—Capitán Parck…
—Un momento, capitán —le cortó Parck en un tono completamente
nuevo—. Estamos recibiendo una transmisión. Probablemente la que ha
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mencionado antes.
Drusan se volvió hacia el pozo de tripulación de babor.
—¿Oficial de comunicaciones?
—Sí, señor, estamos recibiendo la misma transmisión —le confirmó este
—. Se ha producido un intento de asesinato en Poln Mayor y una posible
insurrección rebelde.
—¿Un asesinato? —preguntó Pellaeon, notando que se le abrían mucho
los ojos. Cuando habían pasado por el sistema, unas cuantas horas antes, no
había visto ni rastro de aquel tipo de problemas—. ¿Quién era el objetivo?
—El gobernador Ferrouz —informó el oficial—. El mensaje no deja claro
si ha muerto o no.
—Ha sido la rebelión —dijo sombríamente Odo—. Claro que ha muerto.
—El general Ularno parecía coincidir con usted —regresó la voz de Parck
por los altavoces, quejumbrosa ahora—. A falta de pruebas físicas, se ha
acogido a la directiva Cuatro-Diecisiete, solicitando el apoyo de cualquier
fuerza imperial cercana.
—¿Y cuál ha sido su respuesta? —preguntó Odo.
—Esa directiva, desgraciadamente, es bastante clara —dijo Parck a
regañadientes—. Muy bien, capitán Drusan. Nos prepararemos para acudir
inmediatamente al sistema Poln.
—¿Y el resto de su fuerza? —preguntó Odo—. Ha dicho que tenía
refuerzos por la zona.
—Unos pocos —dijo Parck—. En su ubicación actual, suponiendo que
nos marchemos en la próxima media hora, deberíamos poder llegar a Poln
Mayor más o menos a la vez.
—Excelente —dijo Drusan—. Da lo mismo los recursos que hayan
movilizado los rebeldes, una fuerza de asalto imperial completa debería ser
más que suficiente para derrotarlos.
—Haremos todo lo que podamos —prometió Parck—. Si puede darnos
unos minutos para evaluar los daños e iniciar algunas reparaciones, podemos
volver juntos. Si no, pueden marcharse ya y nosotros les seguiremos.
Drusan miró a Odo y Pellaeon vio que este último asentía muy levemente.
—Esperaremos —le dijo el capitán a Parck—. Será mejor que lleguemos
juntos. Además, las naves de Nuso Esva podrían volver después de que nos
marchemos.
—Tiene razón —dijo Parck—. Gracias.
—Una cosa más —añadió Odo—. ¿El capitán Thrawn llegará a Poln
Mayor con el resto de su fuerza?
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—No estoy muy seguro de dónde está en estos momentos —dijo Parck—.
No obstante, los mensajes que le he mandado deberían llegarle.
—¿Y?
—No puedo hablar por el capitán —dijo Parck—. Pero, vistas las
circunstancias, supongo que encontrará la manera de reunirse con nosotros.
Ahora, si me disculpa, debo ocuparme de mis naves.
—Por supuesto —dijo Drusan—. Avísenos cuando esté listo para ponerse
en marcha.
Car’das levantó la vista del tablero e hizo una mueca por la desagradable
sensación del sudor seco que se había acumulado bajo el collar de su camisa.
—Por los pelos —comentó.
—En realidad no —dijo Thrawn, con sus brillantes ojos rojos
concentrados en el Amonestador y las demás naves que flotaban en medio de
la pantalla—. Nuso Esva quiere que vayamos a Poln Mayor, ¿lo recuerda?
—No, no lo recuerdo —replicó Car’das, mirando a su interlocutor con
recelo—. Nunca me ha contado qué trama exactamente.
—Quiere eliminarme como amenaza, por supuesto —dijo Thrawn con
calma—. Igual que yo a él.
—Sí, ¿pero cómo planea hacerlo exactamente? —insistió Car’das.
Thrawn se encogió de hombros.
—Hay dos formas de destruir a una persona, Jorj. Matándola o arruinando
su reputación.
—Tiene sentido —dijo Car’das, sintiendo una punzada de culpa y tristeza.
Se preguntaba cuánto hacía que no tenía una reputación que proteger—.
¿Alguna idea de cuál de las dos alternativas se plantea Nuso Esva?
Thrawn sonrió levemente.
—Si le conozco bien —dijo— lo más probable es que ambas.
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CAPÍTULO DIECISIETE
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vajilla y víveres. Todo el apartamento estaba impecablemente limpio y
meticulosamente cuidado.
Como el recibidor, estaba desierto.
Mara registró el espacio dos veces, solo para asegurarse de que no había
nadie escondido en un armario o debajo del escritorio tallado a mano del
elegantísimo despacho. Sus esperanzas crecieron un instante cuando encontró
un armario lleno de droides de servicio doméstico pero una rápida revisión de
sus ajustes le mostró que todos llevaban seis días apagados, cargando baterías.
Allí no iba a encontrar ayuda ni información.
Fue en su tercer y más detenido repaso de la suite cuando encontró
purpurina brillante en una de las almohadas del dormitorio. Los pendientes de
hélices pintadas con purpurina eran una de las modas más corrientes entre las
chicas de las clases altas del Centro Imperial y Mara había aprendido hacía
mucho que aquellas modas se propagaban por el Imperio a la velocidad de la
HoloRed. La hija de Ferrouz había estado allí, no había duda. Y
probablemente su mujer también.
¿Pero dónde estaban en aquel momento?
Siguió examinando los cuartos, encontrando más rastros de purpurina en
uno de los sofás del centro de entretenimiento y, extrañamente, en la enorme
bañera vacía. Aparte de la purpurina, no encontró más rastro de las rehenes.
Terminó su registro en el despacho, sentada ante el escritorio y la
computadora.
Ferrouz estaba a salvo pero solo por el momento, con una protección que
ya era escasa para empezar y que en aquellos momentos se había reducido a
menos de la mitad. La familia de Ferrouz también seguía viva,
presumiblemente, pero su seguridad era aún más frágil que la del gobernador
y no tenía ni idea de dónde podían estar. El sistema Poln estaba plagado de
rebeldes y había un señor de la guerra alienígena con pretensiones de
conquistador acechando entre las sombras, moviendo los hilos tranquilamente
desde dentro tanto de la Alianza Rebelde como del Imperio.
Por primera vez en años, estaba completamente perdida respecto a lo que
debía hacer.
Se acomodó en una silla confortable y cerró los ojos. Se dijo que lo que
no iba a hacer era ponerse en contacto con el Emperador para pedirle ayuda.
Era la Mano del Emperador. Se suponía que era capaz de manejar aquellas
cosas por sí sola.
Pero quizá había otra manera de conseguir la ayuda que necesitaba.
Respiró hondo, buscó el sosiego de sus pensamientos y se proyectó hacia la
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Fuerza.
Por un instante no pasó nada. Después su mente se aclaró y sintió la
Fuerza fluyendo por su interior, serpenteando y retorciéndose como un arroyo
de montaña, sacándola de sí misma para volverla a sumergir en su ser.
Parecía estar flotando frente al palacio, elevándose sobre el suelo,
cruzando y sobrevolando las nubes. Vio Poln Mayor a sus pies y Poln Menor
flotando sobre un fondo de negrura estrellada a lo lejos. Múltiples vías de
tráfico de naves se cruzaban ante su vista, con algunas de las naves viajando
entre los dos mundos y otras llegando o saliendo del sistema. La gran
plataforma de defensa Golan I pasaba cerca de ella en su órbita y Mara podía
ver la forma más pequeña del acorazado Sarissa vigilando también Poln
Menor. Ambas protegían los mundos del Emperador con sus turboláseres,
misiles y…
Sus misiles.
Mara negó con la cabeza, volviendo al presente y a la sala de seguridad
que la rodeaba. Necesitó un momento para terminar de deshacerse de aquella
visión, después se inclinó hacia delante y tecleó algo en la computadora.
LaRone le había dicho que los agentes de Nuso Esva se habían hecho con
misiles Caldorf… y ahora que lo pensaba le parecía recordar que los Caldorf
eran precisamente el tipo de misil que solía usarse en los acorazados en
aquella época.
Era una idea disparatada. Un pensamiento estrambótico. Pero Nuso Esva
había hecho los contactos necesarios y ya había demostrado los nervios de
acero imprescindibles para secuestrar a la familia de un gobernador imperial.
Dos minutos después, se apartó de la computadora con un hormigueo
subiéndole por la espalda. Lo había hecho. Hizo una mueca, sacó su
comunicador y llamó al general Ularno.
—Soy Jade —se identificó cuando este respondió—. ¿Está solo?
—Sí —dijo Ularno—. ¿Alguna novedad?
—Sí, malas noticias —le dijo—. ¿Sabe que los cincuenta misiles
interceptores Caldorf VII del Sarissa fueron sacados de allí hace cuatro días?
—Sí, claro —dijo Ularno—. La notificación llegó hace una semana… una
posible avería en el sistema de orientación, según me dijeron. Están en la base
Aguaderramada de la flota para su recalibrado.
—No, ya no —dijo Mara—. Ahora mismo Nuso Esva los está instalando
en sus naves en algún punto de Poln Menor.
Se produjo un breve silencio.
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—Entiendo —dijo Ularno serenamente—. Parece que está en todas las
salsas, ¿no?
—Tener un alto oficial de seguridad como Pakrie en el bolsillo le ayuda
mucho —dijo Mara—. Hablando de Pakrie, ¿hay rastro de él?
—No, aún no —dijo Ularno—. Pero el mayor Pakrie no pudo hacer eso
para Nuso Esva ni para nadie. La notificación y la orden llegaron desde fuera
del sistema Poln.
—Creo que toda esa información estaría en el sistema militar, con claves
y encriptaciones militares —dijo Mara—. Pero Nuso Esva sabía de los misiles
y adónde iban. Por tanto, Pakrie debía de tener acceso a esos mensajes.
—Pues no debería ser así —replicó Ularno—. Se supone que las
encriptaciones militares y las administrativas son estrictamente
independientes.
—Pero es obvio que lo sabe —dijo Mara, tecleando un mensaje rápido en
la computadora—. Si no podemos encontrarlo veamos si puede encontrarnos
él a nosotros. Le estoy mandando una nota con la encriptación militar,
general, firmada por el gobernador Ferrouz en la que asegura que ha llegado a
la sala de seguridad. Quiero que la imprima y la lea en voz alta. Después
monte un gran espectáculo y retire a todos los equipos de búsqueda que tiene
repartidos por ahí. Con un poco de suerte, Pakrie se enterará del cambio de
órdenes, conseguirá desencriptar sus mensajes y descubrirá la nota.
—Sí, entiendo —dijo Ularno lentamente—. Supongo que es consciente
que si va no irá solo.
—Puede traer tantos amigos como quiera —le tranquilizó Mara—. Estaré
preparada.
—Entendido —dijo Ularno—. Ahora mismo me pongo. Buena suerte.
Mara apagó el comunicador y dio un último paseo por la suite. Apagó
todas las placas luminosas y volvió al recibidor. Las placas luminosas no
podían apagarse del todo, así que se limitó a reducir su intensidad al mínimo,
al ajuste de atardecer. Plegó y sacó de en medio la silla del puntal derecho y
se sentó con las piernas cruzadas en el suelo, tras el metal curvado, fuera de la
vista tanto de la entrada como de la puerta de la suite. Revisó su bláster de
mano, se lo guardó en la pistolera de la manga y sacó su espada de luz. La
dejó sobre sus rodillas y se apoyó en el frío metal a esperar.
La señal acordada llegó desde la otra punta de la sala: tres golpes secos en la
parte superior del montacargas. Pero, fuese la señal buena o no, LaRone se
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aseguró de que Marcross y él estuvieran escondidos tras los barriles de metal,
con los E-11 apuntados a la puerta del montacargas, antes de hacerle un gesto
a Quiller para que lo mandase para arriba. Se produjeron una serie de ruidos
metálicos y volvieron a oír la señal de los tres golpes. LaRone asintió a
Quiller y volvió a inclinarse sobre su rifle bláster, listo para disparar.
Cuando el montacargas empezó a bajar y vio los pies con garras y las
patas peludas del recién llegado, levantó el bláster y respiró aliviado. En un
día plagado de errores y traspiés casi fatales, como mínimo una cosa había
salido bien.
Por el momento, al menos, aquella tendencia bienvenida continuó.
Chewbacca metió el tanque de bacta de la Suwantek en la bodega, rechazando
entre gruñidos los ofrecimientos de ayuda de LaRone y Marcross. Colocó el
artefacto contra la pared que había junto a la puerta del montacargas, donde
no molestaría, y la conectó a dos tomas de corriente estándar que juntas le
proporcionaron la energía suficiente. Después, sin aceptar ayuda de nadie, le
puso la máscara respiradora en la cara a Grave, levantó con cuidado al
soldado de asalto herido y lo metió en el tanque. Miró un momento las
pantallas de datos, puso la tapa y llenó el tanque hasta arriba.
Aparte de los gruñidos susurrados del gran wookie, todo se realizó en
completo silencio.
—Gracias —dijo LaRone cuando terminó—. Te debemos una.
Chewbacca rugió algo, le dedicó una mirada indescifrable a Ferrouz,
recogió el cuerpo ensangrentado de Axlon y regresó al montacargas.
Al cabo de un minuto ya se había marchado.
LaRone respiró hondo.
—¿Marcross?
—Pinta bien —confirmó este mientras se agachaba junto a la pantalla de
datos del tanque—. Está estabilizado y su recuento sanguíneo está creciendo
bien. Si puede estar ahí dentro el tiempo suficiente se recuperará.
—Esa es la cuestión, ¿verdad? —coincidió LaRone—. El tiempo y cuánto
dispongamos —se volvió hacia Ferrouz—. ¿Su primer wookie, gobernador?
—Sin duda el primero que veo de cerca —dijo Ferrouz, ligeramente
alterado—. Les seré sincero… por un momento he pensado que me iba a
hacer pedazos.
—Chewbacca nunca haría algo así —le tranquilizó LaRone—. Pero debe
entender que ha recibido un trato bastante nefasto bajo el gobierno del
Imperio, incluidas torturas y algunas temporadas como esclavo. Algunos de
los suyos han sufrido incluso más. No le gustan los imperiales.
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—No lo sabía —dijo Ferrouz en voz baja—. Sé que Kashyyyk está en la
lista de sistemas hostiles del Imperio pero siempre pensé que habría un buen
motivo para ello.
—¿Igual que pensó que Alderaan estaba lleno de simpatizantes de los
rebeldes? —preguntó Quiller en un tono levemente desafiante.
—No sé qué pasó allí —dijo Ferrouz serenamente—. Lo único que sé es
que presté juramento de defender al Imperio y sus leyes. Y pienso cumplir mi
juramento —carraspeó—. Hasta la muerte.
—Esperemos que falte mucho para eso —dijo LaRone y le dedicó una
mirada de advertencia a Quiller. No era momento de hablar de política.
—Puede —dijo Ferrouz trabajosamente—. Jade vino a Poln Mayor para
ejecutarme.
—Quizá descubra que es más razonable de lo que cree —le tranquilizó
Marcross—. Sabe que fue coaccionado para alcanzar ese trato con los
rebeldes.
—Eso no cambia que haya sido una traición —comentó Ferrouz—. Si se
sigue la ley al pie de la letra…
—Un momento —dijo LaRone cuando su comunicador emitió un doble
pitido—. Ya han llegado. ¿Marcross?
Marcross asintió y puso en marcha el montacargas. Este subió hasta la
calle y de nuevo oyeron pasos y los ruidos sordos de los muebles sobre sus
cabezas. El comunicador de LaRone emitió otro pitido y le hizo otro gesto a
Marcross.
Esta vez lo que apareció ante su vista cuando el montacargas volvió a la
bodega no fueron un wookie y un tanque de bacta. Esta vez fue Brightwater,
con unos sacos pesados llenos de material de soldado de asalto de su camión
deslizador…
Y cinco de los troukree de escamas verdes y desaliñados que fabricaban
cuchillos.
—Bienvenidos —dijo LaRone, mirando a los alienígenas y
concentrándose en Vaantaar—. Les agradecemos que hayan querido venir.
—No es necesario —dijo Vaantaar. Sus escamas verde oscuro y los
penachos de pelaje se veían aún más oscuros a la luz de la bodega—.
Lamento no haber podido traer a más de los míos pero no podemos dejar
solos a nuestros seres indefensos.
—Entiendo —dijo LaRone—. Pueden estar seguros de que tendrán lo que
Brightwater les haya prometido a cambio de su ayuda.
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—Brightwater nos ha prometido mucho dinero —dijo Vaantaar, mirando
a Brightwater mientras los demás troukree y él mismo empezaban a descargas
los sacos en la bodega—. No lo hemos aceptado, nos basta la promesa de que
combatiremos contra las fuerzas de Nuso Esva —sus ojos de bordes blancos
miraron a Ferrouz—. A ese no lo conocemos.
—No, aún no —le confirmó LaRone—. Gobernador, le presento a
Vaantaar y sus compañeros troukree, maestros fabricantes de cuchillos y
enemigos del señor de la guerra Nuso Esva. Vaantaar, le presento al
gobernador Ferrouz, administrador imperial de Poln Mayor y el sector
Candoras.
—Es un honor servir a los que también se oponen a Nuso Esva —dijo
Vaantaar haciendo una reverencia hacia Ferrouz—. Y aún más servir al que
permitió generosamente que nos refugiásemos en este mundo, nosotros y
nuestros seres indefensos.
—Me alegro de que todos seamos amigos —dijo Quiller, haciendo una
mueca mientras se sentaba en el suelo, junto al tanque de bacta de Grave, con
su pierna herida estirada en una postura extraña al lado—. Dígame, Vaantaar,
¿alguno de ustedes sabe disparar un bláster?
Vaantaar intercambió una mirada con otro de los troukree.
—Nosotros dominamos los cuchillos —dijo y dio unas palmaditas a los
dos que llevaba enfundados en la cintura—. En un espacio tan reducido, nos
bastará con ellos.
—Puede —dijo Quiller—. Pero un poco de entrenamiento adicional no les
vendrá mal.
—Estoy de acuerdo —le secundó LaRone—. ¿Marcross?
—Está bien… yo puedo hacerlo —Quiller se ofreció voluntario, sacando
la parte trasera de su E-11 y ajustándolo al modo de práctica—. Ahora mismo
no tengo nada mejor que hacer. Traiga a su gente hacia aquí, Vaantaar —
sonrió sin humor a LaRone—. Veamos lo rápido que podemos convertirlos en
soldados de asalto imperiales.
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—Sí, aquí Leia.
—Por fin —gruñó la voz de Cracken—. ¿Dónde han estado?
—No sabemos ni dónde estamos ahora mismo, mucho menos dónde
hemos estado —admitió Leia—. Como mínimo estamos lo bastante cerca de
la civilización para que el comunicador funcione. Han, ¿no podemos parar un
momento para intentar averiguar dónde estamos?
—No es buena idea —gruñó Han, señalando por encima de su hombro
con el pulgar—. Tenemos compañía.
Leia se volvió para mirar. A lo lejos venían unas luces. Varias luces.
—¿Cuánto llevan ahí? —preguntó.
—Unos tres minutos —le dijo Han—. Salieron de uno de los túneles del
último gran cruce.
—¿Crees que nos siguen?
—¿Has visto más tráfico por aquí? —contestó Han.
Leia hizo una mueca.
—No desde que nos marchamos.
—¿Leia? —dijo Cracken.
—Nos están siguiendo —dijo sombríamente Leia—. Al menos tres
deslizadores terrestres, aunque puede que vengan más detrás.
—¿Y qué transporte tienen ustedes?
—Un autobús deslizador —dijo Leia—. De los antiguos. Cuando sepan
que somos nosotros, no podremos escapar.
—Antes tienen que vernos —intervino Han—. Con esta ventaja y sin
luces puede que no se percaten de nuestra presencia.
—¿Oye eso? —preguntó Leia por el comunicador.
—Lo suficiente —dijo Cracken—. Dicen que acaban de pasar un cruce.
¿Tienen alguna idea de cuál?
—No me he fijado —dijo Leia—. ¿Han? ¿Has visto el número del último
cruce?
—El túnel más grande estaba marcado como AF-dos-dos-siete-cinco —
dijo Han—. No pude ver los otros.
—Acabamos de pasar el AF-dos-dos-siete-cinco —le dijo Leia a Cracken
—. Pero no sé en cuál estamos ahora mis…
—Ahí delante hay otro túnel —la cortó Han, señalando hacia delante.
Leia miró por el parabrisas y se puso tensa. Los letreros del túnel eran
pequeños y si pasaban a toda velocidad con las luces apagadas era probable
que no pudiera leerlos.
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Pero si encendían las luces los deslizadores terrestres que les buscaban los
verían inmediatamente.
No tenían más remedio que jugársela. Leia alargó la mano al tablero de
control y encendió las luces.
—¡No! —bramó Han, lanzándose hacia el interruptor.
Leia le apartó la mano, concentrada en el destello de luz que surgió
delante. El letrero del túnel pasó rápidamente.
—RK-cero-uno-cuatro-cero —dijo por el comunicador y alargó la mano
hacia el interruptor de las luces.
Y se estremeció cuando Han se la agarró.
—No te molestes —dijo, apartándosela—. Si no sabían que estábamos
aquí, ahora ya lo saben. Da igual que llevemos las luces encendidas.
—Lo siento —dijo ella, liberando su mano.
—No me digas que lo sientes —replicó Han—. Dime que Cracken tiene
un control de carretera preparado para colocarse en cuanto pasemos.
—Creo que puedo hacer algo mejor incluso —dijo Cracken—. ¿Pueden
aguantar otros cinco o seis minutos?
Leia miró hacia atrás. Las luces que les seguían no parecían estar
acercándose.
—Podemos intentarlo —dijo—. Díganos qué debemos hacer.
—Hay un túnel de suministros que se cruza con el suyo unos seis
kilómetros más adelante —explicó—. Entren por la parte izquierda y vuelen
lo más rápido que puedan.
—Creo que ya lo estamos haciendo —dijo Leia y frunció el ceño. ¿Por
qué no se acercaban aquellas luces? Por lo que veía, sus perseguidores no
estaban reduciendo la distancia con el autobús.
Lo que solo podía significar una cosa.
—Deben tener amigos más adelante —le dijo a Han—. Nos están
llevando hacia allí, intentan hacernos caer en una emboscada.
—¿Y ahora te das cuenta? —preguntó Han.
Leia sintió que se sonrojaba.
—Perdóname por no pensar como un contrabandista —gruñó—. ¿Tienes
un plan? ¿O solo disfrutas con la satisfacción de saber con antelación lo que
va a pasarte?
—Por supuesto que tengo un plan —dijo Han—. Sus comunicadores no
pudieron conectarse con el sistema antes que los nuestros. Eso significa que
aún están preparando la emboscada. Lo único que tenemos que hacer es llegar
antes que ellos al punto en que quieren tendérnosla.
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—Brillante —dijo Leia—. ¿Y si tienen equipos de comunicación
completos en vez de simples comunicadores y han estado en contacto con el
equipo de la emboscada en todo momento?
Un músculo de la mejilla de Han se tensó.
—En ese caso, nuestro plan es abrirnos pasos a tiros y esperar que
Cracken tenga preparada una buena contraofensiva.
Leia hizo una mueca.
—Me lo temía —dijo—. Mira… ahí. El túnel de suministros.
—Ya lo veo —dijo Han—. Agárrate. Esto puede moverse un poco.
—Bien —Leia se colocó en el asiento que había tras Han y se agarró con
las dos manos a las barras de soporte.
El autobús se elevó hacia el túnel de suministros y trazó una curva cerrada
que estuvo a punto de hacerles estrellarse contra la pared antes de que Han
recuperase el control. A lo lejos, Leia pudo ver unos tenues paneles lumínicos
en el techo del túnel, demasiado lejos para iluminarlos. Por un instante, el
autobús derrapó bruscamente pero Han consiguió enderezarlo. Hizo algo con
el tablero y Leia pudo oír los repulsores esforzándose mientras Han intentaba
sacarles más potencia. Miró las lejanas luces del techo, preguntándose si
marcaban otro cruce de túneles…
Contuvo la respiración y sus ojos y su cerebro entendieron abruptamente
que los paneles lumínicos no estaban tan lejos como creía sino que, de hecho,
se movían hacia ellos. Abrió la boca para advertir a Han.
Y sobre el faro delantero del autobús aparecieron tres aerodeslizadores
que pasaron volando sobre sus cabezas.
Leia se dio la vuelta y volvió a verlos cuando aparecieron tras el autobús,
rumbo hacia el corredor que ellos acababan de abandonar. Solo con aquel
vistazo más largo pudo darse cuenta de que los vehículos no eran simples
aerodeslizadores.
Eran cazas Ala-X.
Respiró hondo y se acercó el comunicador a la boca.
—Podría habernos contado lo que planeaba —dijo con tanta serenidad
como pudo.
—¿Ya han llegado? —preguntó Cracken—. Genial. Ese es Antilles… un
piloto tan audaz como Solo.
—Me alegro —dijo Leia—. ¿Y ahora qué?
—Sigan adelante —le dijo Cracken—. Habrá dejado uno de los Ala-X
atrás para que les guíe.
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—Ya lo veo —dijo Han por encima de su hombro—. A medio kilómetro,
más o menos.
—Deben de estar a unos veinte minutos de aquí —continuó Cracken—.
Vengan lo más rápido que puedan.
—Eso haremos —dijo Leia—. Entretanto, reúna a todos los jefes de
división. Tenemos malas noticias.
—Ya están reunidos —dijo taciturnamente Cracken—. No sé cuáles
pueden ser sus malas noticias pero le garantizo que las mías son peores.
Había sido un día largo y duro, y Mara estaba sesteando tras el puntal del
recibidor de guardia cuando el leve chasquido de la cerradura la despertó por
completo. Para cuando la puerta se abrió, se había agachado con la espada de
luz en la mano.
Esperaba que Pakrie fuese de los cautelosos y minuciosos, que mandase
un pequeño ejército de matones o mercenarios, como el grupo que había
atacado a Ferrouz en su despacho. Pero solo pudo oír los pasos de una
persona, cruzando la puerta y acercándose al puntal. A mitad del recibidor los
pasos se detuvieron, como si el visitante estuviese escuchando, y siguieron su
camino hacia la puerta de la suite.
¿Pakrie había ido solo? ¿O su visitante era otro? ¿El general Ularno quizá,
cuya mente rígida y simplista había decidido dejarse caer por allí para ver
cómo estaba? Los pasos dejaron atrás el escondite de Mara y ella se inclinó
unos centímetros para echar un vistazo.
Por suerte para Ularno no era él. Era Pakrie, con un bláster en la mano y
una mirada de siniestra determinación en la cara.
Pero estaba solo. ¿Por qué estaba solo?
Mara decidió que era algo que merecía la pena preguntar. Se pasó la
espada de luz de la mano derecha a la izquierda, se proyectó hacia la Fuerza y
tocó el borde exterior de la bota de Pakrie, como si un animal le hubiese
rozado.
Pakrie reaccionó inmediatamente, saltando hacia la izquierda y girándose
para ver qué había allí abajo. Mara se puso de pie sin hacer ruido, respiró
hondo a espaldas de él y le dio una palmadita suave en el hombro derecho.
Pakrie se estremeció violentamente y se dio la vuelta. Pero un segundo
movimiento cuando aún no había terminado de hacer el primero fue
demasiado para su coordinación. Mientras se esforzaba por recuperar el
equilibrio, Mara le agarró por una mano, le arrebató el bláster y le golpeó con
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la empuñadura de su espada en el estómago. Después colocó el arma de lado
y la apretó contra su estómago, empujándolo hacia atrás.
Al cabo de un instante lo tenía arrinconado contra la pared del recibidor,
junto a la puerta de la sala de seguridad, con la empuñadura de la espada de
luz sobre su estómago y su propio bláster apuntado a la barbilla.
—Bueno —dijo ella en un tono relajado—. Tiene diez segundos para
decirme por qué no debería matarlo por traición.
Durante otros dos segundos él se limitó a mirarla con unos ojos muy
abiertos y aterrorizados. Después sus engranajes mentales parecieron empezar
a funcionar repentinamente y Mara pudo percibir que el miedo se convertía en
indignación.
—¿A mí? —contestó—. El traidor no soy yo… sino Ferrouz. Ha hecho un
trato con los rebeldes…
—Sí, lo sé —le interrumpió Mara—. ¿Y eso le autoriza a secuestrar a su
mujer e hija?
—No fueron secuestradas, están en custodia preventiva —dijo fríamente
Pakrie—. Por su propio bien.
—¿Por el bien de ellas? —preguntó Mara—. ¿O el suyo?
Pakrie carraspeó.
—No sé de qué me habla.
—Deje que le diga lo que pienso —dijo Mara, proyectándose hacia él con
la Fuerza, examinando detenidamente cualquier matiz de sus pensamientos o
emociones—. Creo que alguien le planteó la posibilidad de convertirse en un
héroe. Le dijeron que Ferrouz era un traidor y que podía ayudar a
demostrarlo, con lo que su carrera despegaría como un destructor estelar de
un muelle seco. ¿Le suena de algo?
Pakrie no contestó pero no fue necesario. La rigidez de su cara y el
desagradable remolino de sus emociones eran todas las pruebas que Mara
necesitaba.
—Por supuesto, no mencionaron que tendría que cometer graves delitos
para hacerlo —prosiguió—. Y cuando se dio cuenta ya estaba demasiado
metido para echarse atrás.
—Ferrouz sigue siendo un traidor —insistió Pakrie con un punto de
desesperación en la voz—. Soy oficial de seguridad. Puedo hacer lo que sea
necesario para descubrir y desenmascarar una traición.
—Y yo —dijo Mara, de repente profundamente asqueada de aquel tipo—.
Pero yo no tengo que responder ante nadie después. Usted sí. Dígame dónde
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están la esposa e hija de Ferrouz —por el rabillo del ojo Mara vio que la
puerta de la suite estaba inexplicablemente abierta.
Y desde dentro llegó una descarga atronadora de fuego de bláster.
Mara reaccionó instantáneamente, golpeó con fuerza a Pakrie en el
estómago con la mano izquierda mientras se lanzaba al suelo, disparando un
par de veces a los atacantes desconocidos para intentar demostrarles su
puntería. Podía ver un grupo de figuras moviéndose allí dentro, silueteadas
por la luz que se filtraba por la puerta, y divisó fugazmente una piel arcoíris,
una larga melena negra y unos relucientes ojos amarillos.
Y entonces su espalda se estrelló con el suelo y mientras disparaba un par
de veces más convirtió su inercia en una voltereta que la llevó hasta la
momentánea seguridad del puntal tras el que había estado escondida hasta
unos minutos antes. Los disparos que le lanzaban se desviaron, algunas de las
descargas cortaron el aire a su espalda y el resto se estrelló contra el metal o
pasaron entre las ranuras de observación y disparo. Entre los aullidos del
tiroteo pudo oír a sus atacantes cruzando la puerta en fila india y
dispersándose a ambos lados del recibidor con la intención de rodearla.
Levantó la mano y metió el cañón del bláster de Pakrie por la ranura de
disparo, ajustándola al modo automático. Apretó el gatillo, lanzando una
tormenta de fuego hacia sus atacantes, y encajó el comunicador detrás para
que siguiera disparando. Después, usando la Fuerza para mover el arma
adelante y atrás, se deslizó hasta el otro lado del puntal.
Como venían desde la luz de la suite a la relativa oscuridad del recibidor,
concentrados en el bláster móvil que les disparaba descargas letales, es
probable que no viesen la figura enfundada en un traje negro que rodeó un
extremo de su línea de flanqueo. El primer indicio de que la emboscada había
fracasado fue probablemente el repentino destello de luz a un lado de la sala
cuando Mara activó su espada de luz.
La batalla fue rápida e intensa y los atacantes se encontraron con el
obstáculo de que la línea de flanqueo había quedado ubicada de tal manera
que interfería en el fuego de unos y otros. Mara avanzó rápida y
sistemáticamente junto a aquella línea, alternando las estocadas contra los
atacantes que tenía al alcance con los bloqueos del fuego de bláster de los que
no lo estaban. En algún momento al bláster que había dejado disparando
automáticamente se le acabó la energía y quedó en silencio, colgado aún de la
ranura de disparo.
Ocho cadáveres después había terminado todo.
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Por un instante, Mara se plantó en medio de aquella carnicería, con el
zumbido de su espada de luz resonando en los oídos, confirmando que
estaban todos muertos. Después fue hasta la puerta abierta, apagó el arma y
recurrió a la Fuerza para potenciar su oído. Si los atacantes tenían una
segunda oleada en reserva era el momento de que asomara la cabeza.
Pero no había segunda oleada. No había nada. La suite estaba desierta.
Entonces Mara recuperó su oído normal y se dio cuenta que Pakrie había
desaparecido.
Fue corriendo hacia la entrada, la abrió y salió al túnel. Pero no lo vio por
ningún sitio. No oyó pasos, ni con su oído potenciado.
Maldiciendo entre dientes, volvió al recibidor y cerró la pesada puerta tras
ella. Aunque hubiese estado preocupada por defenderse, debería haber visto a
Pakrie huyendo. Pero no lo había hecho y ya era demasiado tarde.
O quizá no. Fue hasta el puntal, sacó el comunicador del gatillo del bláster
vacío y llamó a LaRone.
—¿Cómo va todo? —preguntó.
—Todo tranquilo —le informó él—. Grave está en tratamiento, el
gobernador se está recuperando y Quiller y Brightwater están dando una
rápida instrucción a nuestros nuevos reclutas. ¿Y tú?
—No tan bien —dijo Mara—. Pakrie ha entrado en la sala de seguridad
con un puñado de alienígenas que encajan con la descripción de Nuso Esva
que me diste. Supongo que son tropas de asalto personales enviadas para
asegurarse que esta vez se hiciera bien el trabajo.
—¿Supongo que no les ha ido mucho mejor que al último puñado?
—En realidad no —dijo Mara—. La mala noticia es que Pakrie ha
escapado. ¿Sigues en contacto con Skywalker?
—Puedo llamarlo —le confirmó LaRone—. ¿Qué necesitas?
—Supongo que Pakrie llamará a Stelikag, si no lo ha hecho ya, para darle
las malas noticias —dijo Mara—. No sé qué se les ocurrirá pero si Pakrie les
advierte que ando por aquí, supongo os buscarán con más ahínco o escaparán
para aumentar la defensa de las rehenes. Con un poco de suerte harán esto
último. En cualquier caso, necesito que Skywalker no pierda de vista a
Stelikag.
—Entendido —dijo LaRone—. Ahora mismo le llamo.
—Y tened cuidado —añadió Mara—. Stelikag podría ir a por vosotros.
—Estaremos preparados.
Mara apagó el comunicador y se lo guardó en el cinturón, sus ojos seguían
mirando los cadáveres alienígenas que cubrían el suelo del recibidor.
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No estaban en la suite una hora antes. No habían entrado por la puerta
principal con Pakrie. Por tanto, en la suite había otra entrada, una que no
había visto cuando había registrado la sala de seguridad.
Era hora de corregir semejante omisión.
Se cambió la espada de luz a la mano izquierda, sacó su bláster de mano y
volvió a entrar en la suite.
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CAPÍTULO DIECIOCHO
—Han salido del tapcafé hará una media hora —le dijo Luke a LaRone,
sujetando el comunicador disimuladamente junto a su capucha mientras
avanzaba por la abarrotada pasarela—. Han recogido un par de escáneres
portátiles de su deslizador terrestre, se han separado en dos grupos y andan
vagando por las calles que rodean el palacio. Creo que se han dado cuenta que
la llamada de Axlon se está retrasando y os están buscando.
—Nos buscarán más intensamente dentro de un minuto —dijo LaRone—.
Creemos que están a punto de recibir una llamada…
—Un momento —le interrumpió Luke y miró por su electromonóculo—.
Stelikag ha recibido una llamada, sí. Y no parece contento.
—No debes perderles —le dijo LaRone—. Pueden llevarte hasta las
rehenes.
Luke hizo una mueca. Genial… excepto porque Stelikag tenía un
deslizador terrestre mientras él iba a pie. Si los secuestradores decidían ir a su
destino en el deslizador no podría seguirles.
Evidentemente, Stelikag dio media vuelta y volvió apresuradamente por la
pasarela, rumbo a su deslizador terrestre.
—Se ponen en marcha —anunció Luke—. ¿Tenéis algún vehículo
aparcado al suroeste del palacio que pueda tomar prestado?
—No, ninguno —dijo LaRone. Se oyó una voz débil al otro extremo—.
Marcross dice que robes alguno si es necesario. Pero no dejes escapar a
Stelikag —y apagó el comunicador.
Luke guardó el comunicador en su funda. Pensó que para Marcross era
muy fácil decirle que robase un deslizador terrestre. Eran antiguos soldados
de asalto que probablemente se pasaban la vida requisando vehículos pero
Luke no estaba ni familiarizado ni cómodo con aquello.
Pero había vidas en juego. Si no tenía que hacerle daño a nadie quizá
podría robar alguno.
Por desgracia le llevó su tiempo y Stelikag ya estaba llegando al
deslizador de la banda. Luke estaba cerca pero no lo bastante para encontrar
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un vehículo antes de que Stelikag llegase al suyo.
A no ser que encontrase la manera de sabotearlo.
No estaba seguro de cómo iba a hacerlo, no sin que los daños fuesen
demasiado evidentes, pero merecía la pena intentarlo. Se agachó, se metió en
uno de los callejones estrechos que corrían paralelos a la otra calle y echó a
correr.
Stelikag había aparcado su vehículo en un callejón parecido, tras el
tapcafé en el que habían estado esperando la llamada de confirmación de
Axlon que nunca llegó. Luke miró alrededor de las pilas de desperdicios
compactados y las hileras de basuras mientras corría hacia allí, se aseguró de
que nadie le veía y se quitó la capucha.
El deslizador terrestre era más grande y elegante que el maltrecho
SoroSuub X-34 que había tenido en Tatooine pero la disposición del motor
era básicamente la misma. Se inclinó hacia la abertura, agarrando la espada de
luz que tenía en su funda, y buscó el clave correcto para cortar.
Quedó petrificado cuando algo duro le tocó la espalda.
—Vaya, vaya, mira a quién tenemos aquí.
Luke giró unos grados la cabeza, con cautela, empuñando aún la espada
de luz. Era uno de los hombres de Stelikag, el tipo al que Quiller había
disparado dos veces en la pierna durante el rescate de los soldados de asalto
frente a la entrada del palacio. Sus heridas le debían haber valido que lo
destinasen a vigilar el vehículo de la banda. Era evidente que Luke no le había
visto al estudiar la zona.
Y si no hacía algo rápido iba a arruinarlo todo.
—Aún estás a tiempo de cambiar de bando —le dijo al matón—. No
podéis ganar… el gobernador está bien escondido y no tenéis efectivos
suficientes para encontrarlo. Pero puedes hacer un trato para salir indemne de
esto.
—Buen intento —dijo el tipo—. La cuestión, Skywalker, es que ya le han
visto en público, por lo que en realidad ya no le necesitamos. Y Stelikag me
pagará la recompensa que da por su cabeza, vivo o muerto —el bláster que
presionaba la espalda de Luke se movió ligeramente cuando el hombre se
colocó directamente frente al corazón de Luke—. Hasta nunca, muchacho.
Luke no podía hacer nada. No tenía tiempo para pensar ni para nada. Se
preparó y encendió la espada de luz.
El filo emitió un susurro-chasquido dentro de su funda, atravesó su túnica
y al pistolero que tenía detrás. La presión del cañón contra su espalda
desapareció y el matón cayó al suelo sin hacer ruido.
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Apagó la espada de luz y se dio la vuelta, con el corazón saliéndosele por
la boca mientras miraba el cadáver que tenía a sus pies. Se dijo con firmeza
que estaba plenamente justificado. Aquel tipo era un secuestrador, un traidor
y un potencial asesino. Y había dejado muy clara su intención de matarlo allí
mismo.
Aun así, matar de aquella manera dejaba una sensación distinta a la de
hacerlo desde la soledad de la cabina de un Ala-X. Una sensación dolorosa y
enormemente distinta. Cada vez que lo hacía le salía una nueva arruga en el
corazón y sospechaba que siempre sería así.
Y todo habría sido en vano si no podía esconder el cadáver y sabotear el
deslizador terrestre antes de que llegasen Stelikag y el resto de la banda.
O quizá había alguna otra manera.
El X-34 de Luke no disponía de ningún espacio de almacenamiento. El de
Stelikag sí, un compartimento cerrado impresionantemente grande en la parte
trasera en el que había una docena de rifles bláster grandes encima de una
manta. Al cabo de un minuto, después de tirar los blásters en la basura más
cercana, levantó al matón muerto y lo dejó caer en el compartimento de
almacenamiento.
Y entonces, siendo plenamente consciente del riesgo que estaba corriendo,
subió tras el cadáver. Cerró la tapa sobre su cabeza, se cubrió con la manta y
se estiró lo más plano que pudo, haciendo algunos pliegues en la tela para que
pareciera que solo estaba un poco arrugada.
Justo a tiempo. Mientras hacía los últimos ajustes a la manta, oyó unas
voces que se acercaban. Se proyectó hacia la Fuerza, intentando oírlas mejor.
—¿… Demonios está Kofter? —oyó gruñir a Stelikag mientras sus
hombres corrían hacia el vehículo—. Bams, llámalo por el comunicador.
Todos los demás, subid…
La voz se interrumpió abruptamente cuando, al lado de Luke, el
comunicador del matón muerto empezó a sonar.
El sonido duró unos cinco segundos, acompañado del silencio profundo
de los hombres del exterior. Luke se preparó y sujetó con fuerza su espada de
luz.
Y entonces, con un violento crujido de las bisagras, la tapa del
compartimento de almacenamiento se abrió.
De nuevo, el sonido del comunicador fue el único que pudo oír. Contuvo
la respiración…
El comunicador quedó en silencio.
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—Bueno —dijo Stelikag en el tenso silencio, con una acritud en la voz
que hizo que un escalofrío subiera por la espalda de Luke—. Como mínimo
ahora sabemos dónde se han metido Skywalker y esos soldados de asalto.
Parece que tienen nuestros blásters de repuesto.
—¿Cómo pudieron engañar a Kofter? —preguntó alguien—. No, espera
un momento… quiero ver qué han hecho…
La tapa se cerró con un siseo.
—¿Quieres hacer una autopsia aquí? —gruñó Stelikag, cuya voz llegaba
ahora amortiguada por la tapa cerrada—. ¿Donde cualquiera puede asomarse
a esas ventanas y ver que estamos transportando un cadáver? Y olvidaos de
los blásters… hay más allí donde sacamos esos. Mikks, sube. Los demás,
volved a la calle. Quiero a Ferrouz y lo quiero ya.
—¿Y qué pasa con Kofter? —preguntó alguien.
—Nos lo llevaremos y nos ocuparemos de él cuando hayamos terminado
el trabajo —dijo Stelikag—. Vosotros encargaos solo de encontrar a Ferrouz.
—¿Y Skywalker?
—Oh, sí —dijo Stelikag, en una voz casi demasiado baja para que Luke
pudiera oírle—. Encontradlo también —el deslizador terrestre dio una
sacudida hacia delante y la aceleración lanzó a Luke sobre el cadáver que
tenía al lado.
Respiró con cautela. Hasta el momento, su apuesta estaba funcionando. La
reacción de Stelikag ante el cadáver en su deslizador terrestre había sido
esconderse, en vez de detenerse a investigarlo más detenidamente. Hasta que
llegasen a su destino y probablemente después Luke debería poder evitar que
lo detectasen.
Solo deseaba que LaRone tuviese razón y lo llevasen al lugar en que
tenían retenida a la familia de Ferrouz.
Volvió a guardar la espada de luz en su funda, se proyectó hacia la Fuerza
para sosegarse y se dispuso a esperar.
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—Estoy seguro que Chewbacca dice lo que le han contado —dijo Cracken
—. La cuestión es si usted, Solo, cree al tal LaRone.
—Completamente —dijo Han sin titubeos—. Chewie y yo trabajamos con
LaRone y sus compañeros. Como Luke. Además, no tiene motivos para
mentir.
—¿Por qué? —le presionó Cracken—. ¿Porque el gobernador Axlon era
un rebelde y LaRone un soldado de asalto?
—Antiguo soldado de asalto —le corrigió Han—. Y sí, porque Axlon era
un rebelde. Dan recompensa por todas nuestras cabezas. Ya lo sabe. Un
imperial, cualquier imperial, puede matarnos por la calle. No necesitarían
inventar ninguna historia.
Cracken frunció los labios.
—¿Y qué hay de Luke? —preguntó—. ¿Cree que también dice la verdad
en eso?
Han miró a Leia. Esta estaba sentada en silencio en una punta de la mesa,
mirando su datapad como llevaba haciendo desde que había empezado la
reunión. Como si ni siquiera estuviese escuchando.
—Si LaRone dice que está bien es que lo está —dijo, mirando a Cracken
—. Y no, no sé por qué no se ha puesto en contacto con nosotros. Puede
preguntárselo cuando vuelva.
—Suponiendo que el tráfico entre aquí y Poln Mayor no se interrumpa
violentamente —dijo con aire sombrío Cracken—. Lo que nos lleva a su feliz
noticia. Para empezar, ¿tienen alguna idea de a quién pertenecen esas naves
de guerra?
Han negó con la cabeza.
—No eran de ningún diseño que yo reconociera. Pero dado que Nuso
Esva es el único alienígena de la ecuación y que todo lo que nos contó Axlon
sobre su supuesto apoyo a nuestra causa probablemente es mentira, imagino
que son suyas.
—¿Cree que trabaja para el Imperio? —preguntó uno de los técnicos jefe.
—No, a no ser que el Imperio haya empezado a asesinar a sus propios
gobernadores —un mayor cuyo nombre no había captado Han gruñó—. La
cuestión importante es para qué necesita un contratista independiente
semejante potencia de fuego. En particular aquí.
—Se me ocurren tres posibilidades —dijo Cracken—. Piratería pura y
dura contra los transportes de Poln Mayor, un ataque contra alguna de las
instalaciones imperiales del sistema o un ataque contra nosotros.
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—Voto por lo último —masculló el mayor—. De lo contrario no tendría
sentido atraernos hasta aquí.
—Coincido con él —dijo Cracken—. Lo que nos lleva a la siguiente
pregunta: ¿con qué rapidez podemos empaquetarlo todo y huir?
—Bueno, eso será un problema, ¿verdad? —dijo sombríamente el mayor
—. Aunque abandonemos todo lo que no está ya cargado en los transportes,
necesitaremos un par de horas solo para reunir a todo el mundo y subirlo a
bordo de las naves.
—Y para sacarlos de aquí —dijo uno de los capitanes de los transportes
—, tenemos que llevar los transportes de vuelta al puerto espacial de
Yellowstrike o maniobrar por el laberinto de túneles de suministros y
encontrar una salida alternativa.
—Algo en lo que Nuso Esva ya habrá pensado —comentó otro de los
capitanes—. Es muy probable que tenga un hangar privado en rango de tiro
del puerto espacial.
—Nunca podremos sacar esos transportes por el puerto espacial —
advirtió el mayor—. No con enemigos tan cerca. Esas malditas cosas
despegan como pingüinos obesos.
—Lo que significa que debemos encontrar el nido de víboras y
neutralizarlo —dijo Cracken y se volvió hacia Wedge—. ¿Antilles?
Wedge negó con la cabeza.
—Lo siento, coronel. Probamos todos los túneles de la zona en que
encontramos a Solo y la princesa Leia. No había rastro de los deslizadores
terrestres que les perseguían, ni de nada que pudiésemos rastrear.
Han hizo una mueca. Ahora sabía que los deslizadores terrestres no
pretendían atrapar su autobús, sino que solo los seguían para borrar las
delatoras marcas de los repulsores que Leia y él habían usado para encontrar
el camino de vuelta.
Con todos los giros y desvíos que habían hecho, estaba claro que jamás
podrían volver a la cueva sin aquellas señales. Al menos rápido.
—Debe de haber alguna manera de encontrarlos —insistió.
—La hay —dijo Leia, levantando la vista de su datapad con aire
victorioso—. Y la tengo.
Han miró alrededor de la mesa. Prácticamente todos los presentes la
estaban mirando con mayor o menor grado de asombro e incredulidad.
Todos excepto Cracken. Claro que era el que hacía más tiempo que la
conocía.
—Expliqúese —dijo.
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—Cuando Han y Chewie aterrizaron en el puerto de Quartzedge,
encontraron tres hombres de Nuso Esva de guardia —dijo Leia—. No tenía
nada que ver con nosotros porque cuando Han les dijo que se dirigía a las
cuevas de Anyat-en perdieron todo el interés por él.
—Porque estaban allí vigilando por otra cosa —dijo Han cuando vio
dónde quería llegar Leia—. Estaban trasladando los misiles del puerto
espacial a su cueva.
—Eso creo —le confirmó Leia—. Porque también sabemos que un par de
días después empezaron a contratar gente para instalarlos y calibrarlos. Ahí es
cuando debieron de darse cuenta de que la tarea les iba a llevar demasiado
tiempo si la hacían solos —dio unas palmaditas a su datapad—. Solo hay otro
túnel de larga distancia que salga del puerto de Quartzedge y conecta solo con
unos pocos lo bastante anchos para camiones deslizadores pesados. Si le
sumamos el túnel de suministros que sabemos que hay en la otra punta de la
cueva, la zona de túneles en la que nos encontró Wedge y que la cueva está
cerca de la superficie, tenemos…
—Un momento —la interrumpió Han, con la frente fruncida—. ¿Cómo
sabes que estábamos cerca de la superficie?
—Porque todo el techo estaba cableado con bombas lineales —dijo Leia,
frunciendo el ceño—. Probablemente así es como piensan sacar las naves…
quieren sacarlas todas juntas y por el túnel de suministro tendrían que hacerlo
de una en una. ¿No te diste cuenta?
—Claro que sí —mintió Han. Todo aquel tiempo estudiando las naves, los
túneles, los alienígenas y los matones a sueldo y no se le había ocurrido ni
una sola vez mirar hacia arriba. Aquello era sencillamente embarazoso—.
¿Pero cómo sabes que al volar el techo no saldrán a otra cueva u otro túnel de
suministros?
—Porque los túneles de suministros no están tan juntos y trasladarse a
otra cueva es absurdo —dijo pacientemente—. En cualquier caso, súmenlo
todo, supongan que están a unos doscientos kilómetros de aquí y solo les
quedará una posibilidad —empujó el datapad hacia Cracken por encima de la
mesa.
—Eso haremos —dijo, recogiéndolo y mirando la pantalla—. Excelente
trabajo, princesa. ¿Cómo queremos sacarlos?
—No será con los Ala-X —dijo Han—. El túnel que usamos es demasiado
pequeño y los de suministros están demasiado bien defendidos.
—¿Y nuestros nuevos T-47? —sugirió Wedge—. Ya hay diez revisados y
pueden pasar por los mismos sitios que un autobús deslizador.
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—No están ni mucho menos tan bien armados como los Ala-X —le
advirtió Cracken.
—La potencia de fuego no tendrá importancia si no podemos llegar hasta
ellos —comentó Wedge—. Además, creen que los tenemos escondidos.
Añadiríamos el factor sorpresa.
—Puede —Cracken miró alrededor de la mesa—. ¿Alguna otra
sugerencia?
Se produjo un breve silencio.
—Pues ya tenemos un plan —concluyó el coronel—. Pongamos manos a
la obra y…
—Una cosa más —dijo Han, levantando un dedo—. ¿Qué piensa hacer
con el acorazado y la Golan de ahí fuera?
—Creía que su amigo duros dijo que ninguno de los dos suponía ninguna
amenaza —le recordó Leia.
—Puede que no para los contrabandistas en cargueros ligeros —dijo Han
—. Pero los voluminosos transportes rebeldes son otra cosa. Sobre todo
cuando el código de identidad que Axlon obtuvo de Ferrouz puede haber
expirado ya.
El mayor siseó algo entre dientes.
—Tiene razón, coronel —dijo sombríamente—. Aunque el código aún
esté operativo podemos descubrir que solo sirve para meter nuestras naves en
el sistema Poln, no para sacarlas de allí.
Cracken hizo un gesto hacia Han.
—¿Tiene alguna sugerencia?
—Sí —dijo Han, asintiendo—. Chewie y yo llevamos el Halcón hasta la
Golan, subimos a bordo y empezamos a disparar al acorazado. En plena
confusión, ustedes y los transportes despegan y se marchan.
Se produjo un silencio de perplejidad.
—No puedes decirlo en serio —dijo Leia.
—¿Por qué no? —replicó Han—. Una Golan Uno perfectamente tripulada
solo lleva cuatrocientos hombres…
—¿Solo cuatrocientos?
—… Y esta está funcionando a un treinta por ciento de su capacidad —
prosiguió Han—. Supongo que unos ochenta o noventa hombres, máximo. La
mayoría de los cuales serán técnicos y artilleros de los cañones de turboláser.
Probablemente no habrá más de diez con experiencia real en el campo de
batalla.
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—¿Cómo van a subir a bordo? —preguntó Cracken. Han se dio cuenta
que era el único que parecía estar planteándose la idea en serio.
—Usaremos el pase que Ferrouz le dio a Axlon —dijo Han—. Estará en
el cadáver, ¿no?
—Debería estar, sí —dijo Cracken—. Pero probablemente solo sirve para
entrar en el palacio.
—No pasa nada —dijo Han—. Me servirá para la Golan también.
—¿Cómo? —preguntó el mayor.
—Convirtiéndome en el oficial imperial en misión secreta más
escandaloso y autoritario que hayan conocido jamás —le dijo Han—. Confíe
en mí, he visto unos cuantos. Sé cómo hacerlo.
—Y cuando estén a bordo, ¿tomarán la nave y dispararán a todo el que se
cruce en su camino? —insistió el mayor—. ¿Ustedes dos solos?
—Más o menos —dijo Han—. A no ser que tenga algunos soldados a los
que crea que les conviene un poco de ejercicio.
—Vayan a la armería y tomen todo lo que necesiten —ordenó Cracken—.
Creo que montaremos un pequeño equipo… debería bastar con Toksi y
Atticus. Se reunirán con ustedes en el Halcón.
—Espere un momento —dijo Leia, aparentemente perpleja—. ¿De verdad
va a dejarle hacer eso?
—Es eso o correr el riesgo de perderlo todo —dijo Cracken—. Ya sabe
cómo debemos afrontar estas cosas.
Leia miró a Han con tensión y a él le pareció que se encorvaba un poco.
—Entendido —murmuró Leia.
Cracken volvió a mirar a Han y arqueó una ceja.
—¿Aún sigue ahí?
—No —dijo Han, se levantó y le hizo un gesto a Chewie—. Vamos.
Veamos si tienen algo que nos sirva.
Mientras avanzaba por el estrecho pasillo hacia la popa de la nave se
permitió sonreír levemente.
Oh, sí. Estaba loca por él, no había duda.
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Sintió un doble bandazo cuando Stelikag y Mikks bajaron. Por unos segundos
oyó sus pasos, hasta que se disiparon.
Al parecer habían llegado.
Se inclinó sobre el cadáver que tenía al lado y tanteó en busca de la
palanca de la tapa. La encontró, tiró de ella y la tapa se abrió unos
centímetros. Se inclinó un poco más y echó un vistazo fuera.
Estaba en un túnel largo, débilmente iluminado por lo que parecían ser
paneles lumínicos situados aleatoriamente en el techo. En distintos puntos de
las paredes pudo ver pilas de cajas, bidones, archivadores y bancos de trabajo.
A lo lejos, el final del túnel era un leve brillo de lo que parecía luz solar
difusa. Junto a las paredes había aparcada media docena más de deslizadores
terrestres, además de dos aerodeslizadores. Con la tapa del compartimento de
almacenamiento abierta pudo volver a oír los pasos de los dos hombres y los
escuchó hasta que se fueron disipando.
Esperó un poco más, escuchando atentamente, pero no oyó nada. Sacó su
espada de luz, pasó por encima de Kofter, levantó la tapa lo suficiente para
colarse por la abertura y rodó hasta el suelo de permacreto. Echó un vistazo al
túnel, confirmando que estaba solo, después fue hasta la esquina posterior del
deslizador terrestre y se asomó.
Frente al vehículo se extendía más túnel pero estaba bloqueado por una
barrera pesada de metal y permacreto con resquicios de una amplitud que solo
permitía el paso de peatones. Veinte metros más allá de la barrera, el túnel se
abría abruptamente hacia una gran cueva con paredes que brillaban con una
suave luz rojiza.
Volvió a echar un vistazo a su espalda, sacó su comunicador y llamó.
—Estoy dentro —dijo en voz baja cuando LaRone respondió—. Parece un
túnel que conduce a una caverna o cueva de paredes blancas. Creo… está
iluminada con unos paneles lumínicos rojos, por lo que no resulta fácil
saberlo.
—¿Tienes alguna idea de dónde está exactamente ese túnel?
—No. Pero el viajecito en deslizador terrestre ha durado menos de quince
minutos —le dijo Luke—. Aún debemos de estar en la ciudad. Puede incluso
que cerca del palacio.
—Vale —dijo LaRone—, espera.
El comunicador quedó en silencio. Luke empezó a cerrar la tapa del
compartimento de almacenamiento pero decidió meter la mano y sacar la
manta bajo la que se había escondido. Cerró la tapa, dobló la manta y se la
metió bajo el brazo, después se puso en pie y corrió tan silenciosamente como
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pudo hasta la barrera y se agachó junto ella cuando llegó. Desde su nueva
perspectiva podía ver que había edificios dentro de la cueva, construcciones
bajas de aspecto burdo que era evidente que tenían décadas de vida. No veía a
nadie pero oía voces, una de ellas de Stelikag, que conversaba airadamente en
algún punto del interior de la cueva.
El comunicador volvió a activarse.
—Debes quedarte ahí —le dijo LaRone—. Encuentra un escondite seguro
y vigila y escucha todo lo que suceda.
—¿Y la familia del gobernador? —preguntó Luke—. Si están aquí quizá
pueda sacarlas.
—Lo más probable es que te maten —le dijo secamente LaRone—. No te
preocupes, los refuerzos van de camino.
—¿Uno de vosotros? —preguntó Luke.
—Qué más da quién sea —dijo LaRone evasivamente—. Tú escóndete y
avísanos si cambia algo.
Luke hizo una mueca.
—De acuerdo —dijo—. Venga quien venga, dile que se dé prisa. Stelikag
está sediento de sangre.
—Entendido —dijo LaRone—. Ten cuidado.
Luke volvió a mirar por la barrera. Sabía que Han no se quedaría de
brazos cruzados. Y probablemente Leia tampoco.
Pero él, Luke Skywalker, aprendiz de Jedi e hijo del mejor piloto estelar
de la galaxia, había recibido órdenes de esperar.
Un metro más allá de la barrera había un par de huecos profundos de
escala humana excavados en la pared del túnel, uno a cada lado.
Probablemente puestos de guardia o mantenimiento en desuso. Sin apartar la
vista de la cueva, cruzó la barrera y se metió en el hueco de la derecha.
Esperaría. Pero no pensaba esperar eternamente.
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baño para asegurarse que la aparición repentina de luz no alertase a ningún
vigilante que pudiese haber al otro lado, tocó el resorte que abría la puerta y la
sacó de sus bisagras.
Al parecer el moff que había diseñado aquel lugar era un gran fan de los
túneles. Tras la puerta había otro pasadizo estrecho que conducía a otro tramo
de escaleras. A lo lejos pudo ver un leve brillo rojo. Se guardó la espada de
luz en el cinturón, sacó su bláster de mano y echó a andar.
Había subido tres escalones cuando sonó su comunicador.
Hizo una mueca, bajó rápidamente los escalones y cerró la puerta oculta.
Si no podía permitirse que los hombres de Stelikag vieran luces inesperadas,
aún menos podía permitirse que oyesen voces no familiares. Sacó el
comunicador y lo activó.
—¿Cómo va?
—Skywalker ha encontrado su guarida —dijo LaRone—. Dice que es una
cueva de paredes blancas con iluminación a base de paneles rojos que está al
final de un largo túnel para vehículos. Por la descripción que ha dado del
túnel y las estructuras del interior de la cueva, parece que llevaba tiempo en
desuso.
Mara sonrió levemente cuando por fin lo entendió.
—Desde hace unos cien años —coincidió—. Parece que la salida de
emergencia secreta de la sala de seguridad secreta del gobernador conduce a
una de las minas subterráneas que hay bajo los grandes montículos de cristal.
Probablemente el montículo en el que se construyó el palacio.
—¿Tan abajo? —dijo LaRone con incredulidad—. Parece un poco
excesivo.
—No para un verdadero paranoico —dijo Mara—. Cuantas más barreras y
puertas secretas coloques entre tu enemigo y tú, más tardará ese enemigo en
encontrarte. Cuantos más túneles conecten esas puertas secretas, más probable
es que tus enemigos lleguen a ti de uno en uno, lo que te da más posibilidades
de defenderte. Y haciéndolos desembocar en una cueva grande y espaciosa
con una salida para vehículos, tienes la opción de salir de la ciudad o incluso
del planeta mientras tu equipo de seguridad llena los túneles de cadáveres de
tus enemigos.
—Me sigue sonando un poco exagerado —dijo LaRone—. ¿Qué quieres
que haga Skywalker?
—Que busque un escondite y no haga ruido —dijo Mara—. Puede vigilar
y escuchar, nada más. Iré yo y veré qué debemos hacer.
—A tus órdenes —dijo LaRone—. Buena suerte.
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La escalera era más corta de lo que Mara esperaba, solo quince escalones.
El túnel posterior también era corto, recorriendo unos veinte metros antes de
abrirse hacia la cueva de luz roja que Skywalker le había descrito a LaRone.
Mientras avanzaba por el pasadizo pensó que había hecho bien teniendo
especial cuidado con las luces y las voces. Llegó al final del túnel y se
agachó.
Si el túnel era más corto de lo que Mara esperaba, la cueva era todo lo
contrario. Era gigantesca, con unos ciento cincuenta metros de largo, sesenta
o setenta de ancho y unos veinte o veinticinco de profundidad. Había salido
cerca del centro del lado más estrecho de la cueva, unos tres metros por
debajo del techo. A cierta distancia de ella, un túnel para vehículos salía hacia
la izquierda, probablemente el túnel en que se escondía Skywalker. Justo al
lado de Mara, a la izquierda, una ancha pasarela de metal llevaba desde la
boca del túnel hasta una escalera de caracol de rejilla metálica que descendía
desde el suelo de la cueva. Se estiró boca abajo y reptó hasta la pasarela para
tener mejor vista.
No resultó muy halagüeña. Abajo había quince construcciones de varios
tipos, desde pequeños almacenes de provisiones y cobertizos para
herramientas hasta edificios largos y bajos tipo barracones medio derruidos.
Prácticamente todas, excepto las más pequeñas, eran lo bastante grandes para
albergar a la familia Ferrouz, particularmente si a los secuestradores les traía
sin cuidado la comodidad de sus rehenes. Había otros restos de la vieja
explotación minera, incluidas unas cuantas carretillas de transporte de mineral
oxidadas o rotas, algunas herramientas y un camión elevador inclinado hacia
un lado por culpa de una banda de rodadura rota. Había un grupito de barriles,
también oxidados, apilados contra la pared, cerca del túnel para vehículos,
con sus prominentes etiquetas de aviso de INFLAMABLE bien visibles desde
donde estaba Mara. Probablemente era combustible, ahora añejo, para el
camión elevador averiado. En la cueva había al menos treinta guardias
armados que seguían un patrón de vigilancia a pie aleatoria, algunos de ellos
humanos, otros del mismo tipo de alienígenas de ojos amarillos que había
encontrado en el recibidor de la sala de seguridad.
Y mientras miraba le pareció que algunos lanzaban miradas casuales pero
prolongadas hacia arriba, hacia su túnel.
Lo que la llevaba hasta una conclusión interesante pero inquietante. A
aquellas alturas no había duda que Pakrie habría avisado a sus aliados que
Mara había eliminado a su último escuadrón de ataque. Debían esperar que,
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más pronto o más tarde, terminase encontrando la puerta de la bañera y bajase
a reunirse con ellos.
En ese caso, ¿por qué merodeaban por la cueva en vez de esperarla allí,
con los blásters apuntados hacia el túnel?
Con los años, la pasarela en la que estaba se había separado dos
centímetros de los largos tornillos que la fijaban a la pared de la cueva. Se
echó hacia atrás, clavó la mirada en aquel espacio y después miró fijamente la
escalera.
No había alienígenas empuñando blásters y esperándola porque Pakrie
también les había advertido de su talento para defenderse de aquel tipo de
ataques. Pero por bueno que fuese su dominio de la espada de luz, no podría
protegerse de una escalera minada con explosivos potentes. Entre la rejilla
metálica pudo ver que en cada tramo de escalones había granadas colocadas y
que en los dos últimos escalones había detonadores de movimiento. En cuanto
abandonase la pasarela y pisase las escaleras las bombas trampa estallarían.
Y si la caída de veinte metros no la mataba, la lluvia de chatarra de la
escalera destruida seguro que lo haría.
Volvió a levantar la vista. Había maneras de esquivar trampas explosivas
bien colocadas pero aquellas técnicas solían ser ruidosas. El ruido alertaría a
los guardias y enfrentarse a treinta guardias armados no era algo que
apeteciera ni a la Mano del Emperador. Sobre todo cuando podía haber más
guardias en el interior de los edificios, aunque no los viera.
Pero podía optar por un planteamiento más sutil. Justo a la derecha tenía
un riel de grúa que recorría toda la longitud de la cueva, partiendo de la vieja
y decrépita cabina de control del supervisor a la derecha de la pasarela y
terminando en otra cabina igual al otro extremo. La grúa en sí había
desaparecido pero el riel parecía suficientemente sólido y la mayoría de los
pilares de dos metros de largo y forma de V que lo conectaban al techo
estaban intactos. La cabina del otro lado tenía otra escalera de caracol,
parecida a la que había frente a Mara, que bajaba hasta la cueva. El riel tenía
cerca de medio metro de ancho, era fácilmente reptable, y con cerca de dos
metros entre este y el techo había espacio de sobra para avanzar por él sin
quedar atascada en ningún sitio. Si podía subir hasta allí, probablemente
podría ir hasta la otra punta de la cueva y bajar por la escalera, a la que nadie
estaba prestando la menor atención.
El problema era subir hasta el riel. Había un tramo descubierto de pasarela
de unos tres metros por el que debería pasar y con toda la atención discreta
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que los guardias prestaban a aquella zona sabía que jamás lo conseguiría sin
que alguien la viera. Necesitaba algún tipo de distracción.
O quizá necesitaba un ataque sorpresa desde el túnel de vehículos.
Echó un último vistazo a la cueva, reptó de vuelta hasta el túnel y subió
las escaleras hacia la sala de seguridad.
—Ahí va la buena noticia —dijo cuando LaRone contestó—. He
encontrado la cueva de Skywalker y creo que la familia de Ferrouz está aquí.
Si no, están desperdiciando a un montón de guardias y blásters en una mina
de cristal que probablemente se agotó hace décadas.
—¿Y la mala?
—Son demasiados para ocuparme de ellos sola —dijo—. ¿Crees que
puedes organizar un ataque de distracción?
—Espera un momento.
El comunicador quedó en silencio. Mara sacó el dispensador de
sintecuerda y miró el medidor. Quedaban cincuenta metros de líquido de
secado rápido, más que suficiente para descender desde la pasarela o el riel de
grúa, si era necesario. Pero si LaRone podía llevar a sus hombres hasta allí y
lanzar un ataque lo bastante ruidoso…
El comunicador volvió a cobrar vida abruptamente, el altavoz era un
estruendo de voces lejanas y acaloradas.
—¿LaRone? —gritó Mara.
—Tenemos problemas —contestó este con tensión—. El gobernador
Ferrouz acaba de llamar a Pakrie y le ha dicho dónde estamos.
—¿Qué? —preguntó Mara.
—Dice que quiere alejar a algunos de los vigilantes de su familia para
ayudarte —gruñó LaRone, que parecía más enfadado y frustrado que ella—.
Ha fingido no saber que Pakrie es un traidor, como si tratase con cualquier
otro oficial de seguridad.
Mara apretó los dientes. De todas las maniobras estúpidas aquella…
Respiró hondo y se proyectó hacia la Fuerza para calmarse.
Lo hecho, hecho estaba.
Además, no se podía decir nada malo de alguien que se ponía
deliberadamente en peligro mortal por ayudar a sus seres queridos.
—Supongo que no tenéis manera de salir de ahí —dijo.
—Tendríamos que dejar a Grave —dijo LaRone—. No podemos sacarlo
del tanque de bacta tan pronto. Y Quiller tampoco puede moverse demasiado
—se oyó otra voz débil al fondo—. Quiller se ofrece a quedarse aquí y
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defender a Grave mientras encontramos un escondite seguro para el
gobernador.
Mara hizo una mueca. Era imposible que LaRone y sus compañeros se
planteasen de verdad marcharse y abandonar a dos de sus hombres,
condenándolos a muerte. Ferrouz y ellos eran tal para cual.
—Probablemente ya es demasiado tarde —dijo—. Stelikag no debió
retirar a toda su gente de la vigilancia callejera. A estas alturas lo único que
podéis hacer es llamar al general Ularno…
Se echó hacia atrás cuando una descarga de electricidad estática surgió del
comunicador. Cambió de frecuencia automáticamente, apretó el mando de
supresión de estática e intentó resintonizarlo. Pero no funcionó.
Los hombres de Stelikag no solo habían llegado al tapcafé sino que habían
tenido tiempo de colocar un distorsionador de frecuencias cerca.
Sonrió levemente. Genial. Si LaRone no podía llamar a Ularno para pedir
refuerzos tendría que hacerlo ella.
Se detuvo cuando tenía el dedo sobre el botón de llamada y su sonrisa se
esfumó. Por desgracia, no podía hacerlo. Aún no. No había duda que Pakrie
estaba controlando todas las actividades de seguridad y las comunicaciones
del palacio. En cuanto Ularno mandase un equipo de seguridad al tapcafé,
Stelikag retiraría a sus hombres, incluidos los que pensaba enviar desde la
cueva.
Peor aún, si Stelikag decidía que habían perdido toda opción de llegar
hasta Ferrouz, no tendría ningún motivo para mantener a las rehenes con vida.
Mara hizo una mueca y guardó el comunicador. Por estúpido e
inconsciente que hubiese sido Ferrouz, le había regalado el mejor escenario
posible para rescatar a su familia.
Le tocaba a ella asegurarse de no desperdiciar aquella oportunidad. Ni
malgastar las vidas que iba a costar todo aquello.
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CAPÍTULO DIECINUEVE
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Pellaeon también se volvió, justo a tiempo para ver que el oficial de
sensores reculaba ante la repentina ira del capitán.
—Sí, señor —dijo en tono sumiso.
—¿La sombra? —preguntó Pellaeon, mirando a Drusan.
El capitán hizo una mueca.
—Se suponía que no debía saberlo —dijo a regañadientes—. Se suponía
que nadie debía. Tenemos una nave siguiéndonos desde que pasamos por el
sistema Poln.
Pellaeon notó que quedaba boquiabierto. Ninguna nave seguía a un
destructor estelar por mera diversión.
—¿Qué tipo de nave? ¿Quién va a bordo?
—Es un simple carguero poco peligroso —le tranquilizó Drusan—. Un
mon cal modificado de clase Aguas Profundas. Blindaje decente, escudos
decentes, nada especial. Nada que deba preocuparnos, sin duda.
—¿Pero qué hace aquí? —preguntó Pellaeon—. ¿Es un mon cal?
—Es una nave mon cal —le corrigió Drusan secamente—. No he dicho
que fuese ningún mon cal a bordo —volvió a hacer una mueca—. En
realidad… lord Odo cree que son hombres de Nuso Esva. Puede incluso que
él mismo vaya a bordo.
Pellaeon lanzó una mirada por el ventanal.
—¿Aquí?
—Eso cree Odo —dijo Drusan, frunciendo el ceño mientras lanzaba una
mirada a todo el puente—. Suponía que podríamos asegurarnos de ello…
Oficial de comunicaciones, mande una señal a lord Odo. Ya debería estar con
nosotros.
—Sí, señor —el oficial se inclinó sobre su tablero. Pasaron unos segundos
—. Señor, lord Odo no responde, ni por su comunicador personal ni por el de
su camarote.
—Encuéntrelo —le ordenó severamente Drusan—. Que los equipos de
seguridad acudan a todos los lugares sensibles de la nave —miró a Pellaeon
—. Usted, comandante, vaya a ayudarles.
—¿Yo? —preguntó Pellaeon con incredulidad. Perseguir tripulantes o
pasajeros descarriados no era el tipo de tarea que se suponía que debía hacer
un oficial del puente.
—Ha pasado tanto tiempo con él como cualquier de nosotros —gruñó
Drusan—. Y ha pasado más que nadie con esa sabandija de su piloto.
Encuentre a Odo o encuentre a Sorro y obligúele a encontrarlo por usted.
Hágalo como quiera pero tráigamelo.
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Pellaeon reprimió una mueca de desagrado.
—Sí, señor.
Se dio la vuelta y cruzó la pasarela de mando a paso ligero con creciente
irritación. Pensaba encontrar a Odo. Y más le valía a aquella figura
enmascarada tener una buena excusa para abandonar a Drusan de aquella
manera.
Una excusa realmente buena.
Los sigilosos pasos llevaban varios minutos moviéndose por el tapcafé, sobre
el refugio de los soldados de asalto, hasta que se inició el ataque en sí.
Cuando por fin lo hizo, fue con una abertura igual de sigilosa de la puerta de
la bodega.
LaRone solo pudo atisbar un bláster, una cara sin afeitar y la mirada
perpleja de un tipo antes de que el disparo de su E-11 lo hiciese volar por los
aires.
Y cuando los otros tres hombres escondidos en silencio junto a la puerta
dispararon, LaRone y Marcross cruzaron la puerta, sus armaduras relucieron
bajo la luz del sol que llegaba por las ventanas del tapcafé, y abrieron fuego.
La batalla fue breve. Pero no tanto como esperaba LaRone. Los cuatro
hombres que había junto a la puerta de la bodega resultaron ser simples
señuelos sacrificables, probablemente vagabundos o delincuentes de poca
monta que los hombres de Stelikag habían reclutado por la calle, de camino a
allí. Cuando cayó el último, disparando inútilmente al techo con su bláster, los
tipos agachados tras las mesas del tapcafé y medio escondidos tras sus
separadores también abrieron fuego.
Pero ahora no disparaban a ciudadanos indefensos ni contrabandistas
como ellos. Estaban disparando a soldados de asalto imperiales y estos eran
infinitamente mejores que ellos en aquellas lides. LaRone, con Marcross
disparando fríamente junto a él, eliminó sistemáticamente a todos los
atacantes de su zona, ignorando los pedazos de plástico y metal que saltaban
de su armadura cada vez que le rozaban, ignorando incluso las repentinas
punzadas de dolor cuando un disparo mejor dirigido, o dos o tres, atravesaban
su armadura y le quemaban la piel.
Al cabo de noventa segundos había terminado todo. Dos de los atacantes
habían conseguido salir más o menos ilesos. Los demás estaban muertos.
—Esperemos que la próxima sea igual de fácil —comentó Marcross
mientras iban hacia los cadáveres, barriendo con sus E-11 todo el espacio por
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si Stelikag había sido lo bastante listo para añadir una tercera oleada a su
ataque.
—No lo será —le dijo LaRone cuando llegaron a los dos primeros
cadáveres. Empezó a hacer una ronda de vigilancia, activando los
potenciadores de visión de su casco en busca de cualquier peligro mientras
Marcross enfundaba su E-11 y revisaba los blásters de sus difuntos oponentes
—. En cuanto los supervivientes salgan del radio de acción de su propio
distorsionador de frecuencias, pedirán auxilio a gritos. Si Stelikag aprende,
los próximos serán más profesionales.
—Bien —gruñó Marcross mientras se levantaba con dos armas de los
atacantes—. Quizá deje tan poca gente en la cueva de las rehenes que Jade
podrá entrar.
—Quizá —coincidió LaRone, haciendo una mueca tras su placa facial.
Por supuesto, una situación como aquella era como un juego de vasos
comunicantes. Cuantos menos oponentes encontrase Jade, más iban a
enfrentar LaRone, Marcross y sus compañeros.
Pero aquel era el trabajo que habían aceptado cuando se unieron a las filas
de los soldados de asalto imperiales. Combatir e incluso morir para que otros
vivieran.
—Date prisa —apresuró a Marcross—. Tenemos que volver y colocar
esas botellas en la escalera —se agachó y recogió otro bláster enemigo—. Y
si conseguimos armas suficientes para todos los troukree, quizá podamos
replantearnos un poco la estrategia de disparo.
—Tenemos muy poco tiempo para cambios —le advirtió Marcross.
LaRone hizo una mueca.
—Sí —admitió—. Tienes razón.
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—Sí, ya los veo —gruñó Han en respuesta, mirando a la fuerza de asalto
recién llegada. Así que todo había sido una trampa. Tal como pensaba y como
le había dicho a Rieekan.
—¿Qué pasa? —preguntó Toksi desde el asiento de pasajero que tenía a
su espalda.
—Problemas —dijo Han, frunciendo el ceño hacia las lejanas naves. Por
otra parte, si era una trampa era muy deficiente. Todas las fuerzas imperiales
habían salido del hiperespacio juntas, agrupadas en una formación de pantalla
en el lado de Poln Menor, en vez de en el apropiado patrón de cerco. Incluso
el acorazado que se suponía que debía vigilar Poln Menor estaba en aquel
momento al otro lado del planeta, cerca del resto de imperiales. Si Cracken
hubiese estado listo para marcharse, los transportes podrían haberse limitado a
despegar de Pol Menor y volar en sentido contrario, sin nada más que una
Golan con poco personal como obstáculo de una huida limpia.
Por supuesto, Cracken no estaba listo para marcharse. Quizá aquella era la
cuestión. Quizá los imperiales sabían que tenían tiempo de sobra para
recolocarse y atrapar a los rebeldes aún en tierra.
—¿Qué tipo de problemas? —preguntó Atticus desde el otro asiento de
pasajero.
—De tipo imperial —le dijo Han—. Dos destructores estelares más sus
escoltas, a treinta grados a estribor. Callaos y dejadme pensar.
—¿Qué tiene que pensar? —preguntó Atticus—. Tenemos que volver y
echarle una mano a Cracken…
Chewie rugió por encima del hombro. Esta vez Atticus captó el mensaje y
se calló.
Han martilleó el tablero de mandos con los dedos, alternando su atención
entre los lejanos imperiales y la mucho más cercana Golan. Uno de los
destructores estelares había abandonado el grupo y ahora apuntaba su proa
afilada hacia el Halcón y Poln Mayor pero el resto de naves seguían situadas
sobre Poln Menor, moviéndose lentamente hacia el planeta sin dar muestras
de romper la formación. Como mínimo los Ataque y los Carracas ya deberían
estar volando hacia el otro lado del planeta para cortar cualquier vía de huida
en aquella dirección.
¿Era posible que los imperiales no supieran que la Alianza estaba allí? No
actuaban como si lo supieran. De hecho, casi parecía que las naves recién
llegadas y el palacio del gobernador ni siquiera estuviesen hablando entre
ellos.
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Quizá no lo hacían. Chewie había dicho que LaRone tenía al gobernador
Ferrouz en custodia preventiva. Puede que con todo el caos de Poln Mayor
allí abajo nadie hablase con nadie.
Y si el palacio no se estaba comunicando con las naves imperiales quizá
tampoco lo estuviese haciendo con la Golan.
Tomó una decisión abruptamente.
—Vamos a aterrizar —dijo—. Seguimos con el plan.
—¿Que vamos a hacer qué? —preguntó Atticus—. Solo…
—Aún tenemos la contraseña y hasta el momento nadie nos ha molestado
—le cortó Han—. Y necesitamos dar tiempo a los demás.
—¿Y qué pasa con el destructor estelar? —preguntó Toksi, señalando a la
nave que se aproximaba por encima del hombro de Han—. Viene directo
hacia nosotros.
—Así es —dijo Han—. ¿Prefieres estar aquí o dentro de una gran estación
de combate metálica cuando llegue? —estiró el cuello para mirar por encima
de su hombro—. Puedo dejarte aquí, si quieres —le ofreció.
Atticus le miró con rabia.
—Hágalo —gruñó.
Han se giró hacia la enorme estación, que ya llenaba prácticamente toda la
cubierta, y tecleó en el comunicador.
—Plataforma de defensa Golan, al habla el mayor Axlon a bordo del
carguero civil Gateling —dijo—. Cambio.
—Gateling, aquí la Golan —respondió una voz joven—. Confirme su
identificación, por favor.
—Mayor Axlon —repitió Han—. No se moleste en buscarme en sus listas
de personal, no aparezco. Despeje el puerto número uno para mi amarre
inmediato… subo a bordo.
—Eh… un momento.
El comunicador quedó en silencio y Chewie gruñó una pregunta.
—Sigue adelante —le dijo Han—. Que parezca que vamos a estrellarnos
contra el puerto si no lo abren.
Se oyó un chasquido.
—Mayor, le habla el comandante Barcelle —dijo una voz nueva con
cautela—. ¿Puedo preguntarle qué viene a hacer a bordo?
—No por un comunicador abierto —dijo Han—. Abra el puerto uno y
espéreme allí.
—Sí —dijo Barcelle dubitativamente—. Eh…
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—Y no llame a nadie para confirmar mi acceso —dijo fríamente Han—.
Esta es una operación muy sensible y no pienso ponerla en riesgo por un
exceso de palabrería o la mención descuidada de algunos nombres. Nadie,
nadie, excepto el gobernador Ferrouz sabe siquiera que estoy en el sistema
Poln. Ahora deje de tartamudear y prepare ese puerto.
—Sí, señor —dijo Barcelle en un tono repentino de eficiencia y pánico—.
Ya le estamos enviando los datos de amarre.
Han cortó la comunicación con un giro de muñeca.
—Bien, ya estamos dentro —les dijo a sus acompañantes.
—¿Quién cree que somos, exactamente? —preguntó recelosamente Toksi.
—Agentes imperiales o DSI quizá —dijo Han—. En cualquier caso, nadie
con quien quiera tener problemas.
Atticus gruñó.
—Esperemos que siga teniéndonos un miedo atroz cuando vea que toda
nuestra identificación es una contraseña del gobernador.
—Ya nos ocuparemos de eso cuando estemos dentro —dijo Han,
lanzando otro vistazo rápido al destructor estelar que se les aproximaba. No
había ningún problema, el Halcón debería estar en la estación mucho antes de
que aquella nave llegase a rango de tiro—. Ahora concentrémonos en llegar
hasta allí de una sola pieza.
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—Bueno, nos alegramos de que nos acompañe —dijo diplomáticamente
Wedge—. Allá vamos.
Con una sacudida, el aerodeslizador se elevó del suelo de la cueva y fue
hacia el túnel que Cracken y ella habían calculado que les acercaría más a las
naves de los misiles. Tras ella, pudo ver al resto del escuadrón de diez naves
despegando y colocándose en posición para seguirles.
Hizo una mueca. Nunca le había gustado volar de espaldas pero hacía
tanto que no lo hacía que había olvidado por completo la inquietud que le
creaba en la boca del estómago. Se prometió que la próxima vez que
terminase en un T-47 se aseguraría de ser ella la que pilotaba y miraba hacia
delante.
Miró por un lado de la cubierta hacia la pared de piedra que pasaba a toda
velocidad junto a las puntas de las alas del aerodeslizador. Pensándolo bien,
casi era mejor así.
Con una mueca, se acomodó en su asiento y miró la larga línea de
aerodeslizadores oscuros que seguían su rastro, ordenándole firmemente a su
estómago que se relajase.
Iba a ser un viaje muy largo.
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daños graves, muchas bajas. Hemos perdido el contacto con el puente, no hay
indicios de explosivos allí. Se han sellado todas las puertas de la planta de
mando, todos los turboascensores están parados y bloqueados.
Pellaeon frunció el ceño y miró los indicadores de su turboascensor. El
suyo no estaba parado.
—Estoy a unos cinco segundos del puente —le dijo al oficial—. No corte
la comunicación… volverá a informarle cuando haya evaluado la situación —
se guardó el comunicador en el cinturón sin apagarlo cuando el turboascensor
se detuvo y la puerta se abrió.
Una nube de denso humo blanco entró por ella.
Pellaeon se lanzó hacia el panel de control, con sus rapidísimos reflejos
entrenados dio una palmada al botón de cierre de emergencia mientras se
tapaba la nariz y la boca con la otra. El olor que había notado antes de taparse
la nariz le había permitido identificar el humo como gas vertigon… Que no
era mortal pero que con solo dos bocanadas le habría hecho perder el
equilibrio y le habría tirado al suelo entre jadeos. La única posibilidad de
evitar aquel final era cerrar la puerta y esperar que el sistema de ventilación
del turboascensor pudiese limpiar el gas antes de que necesitase volver a
respirar.
Pero la puerta no se estaba cerrando. Pellaeon volvió a apretar el botón de
emergencia con más fuerza. Nada. Empezaban a dolerle los pulmones, los
hilillos de gas rodeaban los dedos con los que se tapaba los orificios nasales y
la boca. Apretó el botón de emergencia por última vez.
Y entonces, abruptamente, recordó el extintor de emergencia que había
instalado en la pared que quedaba a la derecha del turboascensor. Era un
paquete contraincendios que incluía una máscara respiratoria completa y un
depósito de oxígeno de emergencia.
Con los ojos entrecerrados por el humo, salió del ascensor y apoyó una
mano en la pared para evitar desorientarse en aquella nada blanquecina.
Recordó que el paquete contraincendios estaba a unos dos metros del
turboascensor…
Lo encontró antes de lo que esperaba: un rectángulo naranja apenas
visible entre el humo. Pellaeon tiró de la palanca, lo abrió y tanteó el
contenido hasta que dio con la forma familiar de una máscara respiratoria. La
sacó y se la colocó, apretándosela con fuerza contra la frente, nariz y boca
mientras giraba la válvula del oxígeno. Un aire frío y delicioso fluyó por su
piel y sus orificios nasales, llenándole los pulmones y eliminando los últimos
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restos del gas que había invadido de forma repentina e inexplicable el puente
del Quimera.
Se estaba ajustando las correas de la máscara cuando vio un destello de
luz a la derecha y oyó el chasquido seco del disparo de un bláster.
Se dio la vuelta con el pulso acelerado. Sonó otro disparo y volvió a verse
levemente el destello entre el humo.
Y en aquel breve instante todo cambió. Aquello no era ningún accidente
aislado, ni una cadena de accidentes. El Quimera había sido saboteado.
El Quimera estaba sufriendo un ataque.
Otros dos disparos cortaron el humo y el silencio mientras Pellaeon
retrocedía dando tumbos. ¿Qué había pasado con la pareja de soldados de
asalto que estaban de guardia cuando había abandonado el puente poco antes?
¿Eran ellos los que disparaban? Si era así, ¿a qué estaban disparando?
¿O los soldados habían sido las primeras víctimas?
Tenía que salir del puente y encontrar algunos soldados de asalto que
pudiesen ocuparse de aquello. Los turboascensores estaban parados, excepto
el que había usado él, y teniendo en cuenta lo que sabía a aquellas alturas, no
confiaba que siguiera funcionando. Pero había otras maneras de salir del
puente posterior…
De repente se le enganchó el pie con algo en el suelo. Agitó los brazos
intentando recuperar el equilibrio pero caminaba muy rápido y su pie seguía
atascado. Echó las manos adelante para protegerse de la caída y deseó
aterrizar sin llamar la atención de quienquiera que estuviese disparando pero
terminó cayendo con fuerza.
Justo encima del capitán Drusan.
Pellaeon contuvo la respiración.
—¿Capitán? —dijo. Drusan tenía los ojos cerrados, la cara retorcida por el
dolor y el centro del pecho ennegrecido por la quemadura de un bláster a
quemarropa—. ¡Capitán!
Drusan abrió los ojos.
—¿Pellaeon? —murmuró.
—Sí, señor —dijo Pellaeon, mirando hacia el puente y poniéndose de
rodillas. El medipac de emergencia del puente posterior debía contener algo
para tratar las heridas del capitán.
Hizo ademán de levantarse pero perdió el equilibrio cuando Drusan lo
agarró por la manga.
—No —le susurró el capitán.
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—Señor, está herido —dijo Pellaeon, intentando soltarse. Drusan lo
sujetaba con fuerza, con muchas más fuerza de la que debería tener un
hombre en su estado—. Tengo que traer el medipac.
Drusan negó débilmente con la cabeza.
—Me mintió —murmuró—. Me dijo que juntos podríamos infligir una
derrota asombrosa a la Alianza Rebelde. Que podíamos lograr una victoria de
la que nunca se recuperarían.
—Sí, señor, lo haremos —le aseguró Pellaeon, tirando en vano de los
dedos que lo aferraban—. Pero tengo que traer el medipac…
—Por eso fingí que era un imperial —dijo Drusan—. ¿No lo entiende? Iba
a conducirnos a la victoria.
Pellaeon miró al capitán y sintió un regusto a bilis en la boca.
—¿Lo fingió…? ¿Sabía que era un farsante?
—La victoria sobre la rebelión —dijo Drusan, soltándole por fin—. Y
entonces… sería almirante… Drusan… almirante…
Su mano cayó de la manga de Pellaeon, el brazo chocó con el suelo y
Drusan estaba muerto.
—¿Comandante? —llegó una voz débil desde el cinturón de Pellaeon.
Sacó el comunicador y lo apagó, maldiciendo entre dientes mientras
miraba hacia el puente principal. Las voces por comunicador no solían oírse
desde lejos pero no era momento de correr riesgos. Por suerte, la máscara
respiratoria del paquete contraincendios tenía su propio comunicador
incorporado, con el altavoz junto al oído de Pellaeon, donde solo él podía
oírlo. Lo encendió y volvió a marcar el canal de emergencia.
—El puente está siendo atacado —murmuró apresuradamente—. Repito:
el puente está siendo atacado. Están empleando gas vertigon y creo que están
disparando a la tripulación…
—Identifiqúese —ordenó una voz que no le resultaba familiar.
Pellaeon frunció el ceño.
—Le habla el comandante Pellaeon —dijo—. Tercer oficial de…
—Comandante, soy el capitán Thrawn —dijo la voz—. ¿Cuál es su
situación personal?
Pellaeon notó que abría los ojos como platos. ¿Thrawn estaba allí?
Claro que lo estaba. Parck había dicho que era posible que se reuniese con
ellos en el sistema Poln.
—Llevo una máscara respiratoria del paquete contraincendios del puente
—dijo—. Señor, han matado al capitán Drusan y creo que ha sido lord Odo.
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—No se llama Odo, comandante —dijo sombríamente Thrawn—. El
enmascarado es el señor de la guerra Nuso Esva.
Por un momento aquel nombre no le dijo nada. Después lo reconoció de
repente.
—¿Nuso Esva?
—Sí —le confirmó Thrawn—. ¿Va armado?
Pellaeon respiró hondo para sosegarse.
—No, señor —dijo—. Pero si puedo encontrar a los guardias que estaban
de turno quizá dé con algún bláster.
—No hay tiempo —dijo Thrawn—. Debe impedir que Nuso Esva
abandone la nave. ¿Cómo ha llegado al puente?
—En turboascensor —dijo mecánicamente Pellaeon, intentando aún
asimilar aquella nueva revelación.
—Que evidentemente estaba operativo, aunque me han dicho que el resto
del sistema está desactivado —dijo Thrawn—. De ahí se deduce que planea
usar ese turboascensor en particular para escapar. ¿Sigue ahí, comandante?
Pellaeon respiró hondo el frío oxígeno.
—Sí, señor, aquí sigo.
—Muy bien —dijo Thrawn—. Esto es lo que debe hacer…
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protones aún operativos. Todos nuestros proyectores de rayos tractor están
desactivados, pero…
—¡Comandante! —bramó una voz frenética por el altavoz del muelle—.
Señor, tiene que subir inmediatamente. Tenemos problemas. Problemas
serios.
Barcelle miró el altavoz y después a Han.
—Ahora mismo voy —gritó—. Mayor…
—Estamos perdiendo el tiempo —le espetó Han. No tenía la menor idea
de qué problema podía ser pero probablemente tenía algo que ver con el
Halcón y él, y no quería bajo ninguna circunstancia que el comandante se
enterase antes que él—. Vamos.
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Se quedó callado y abrió los ojos como platos. Tras la máscara no había
un enemigo alienígena desconocido. Era un humano.
Era Sorro.
—¿Sorro? —dijo en un susurro.
Este abrió los ojos.
—Mi familia —murmuró—. ¿He pagado por ellos ya?
Pellaeon miró aquella cara gris, sintiendo que se le encogía el corazón.
Con aquellas cinco palabras todo había quedado repentinamente claro. El
dominio de Nuso Esva sobre el melancólico piloto, un dominio que llegaba
hasta el punto del sabotaje y el asesinato. La oscura leyenda arkaniana de una
trágica figura llamada Salaban.
Y el motivo por el que aquel hombre había tomado el nombre de Sorro[1].
—Sí, has pagado por ellos —le dijo Pellaeon en voz baja—. Ahora los
soltarán.
Una leve y amarga sonrisa asomó en los labios de Sorro.
—Gracias.
La sonrisa seguía allí cuando dejó de respirar.
—¿Comandante? —dijo la voz de Thrawn.
Pellaeon tragó saliva y se puso de pie.
—No era Nuso Esva —dijo amargamente, girándose hacia el arco que
conducía al puente principal. El humo se estaba disipando definitivamente y
podía ver las borrosas figuras de los tripulantes tirados por la cubierta y los
pozos de tripulación. Algunos empezaban a moverse un poco. Otros
mostraban la inmovilidad de la muerte—. Era Sorro, vestido con la ropa y la
máscara de Nuso Esva.
—No pensaría que iba a ser fácil atraparlo, ¿verdad? —dijo otra voz—.
¿Ha muerto Sorro, comandante Pellaeon?
Pellaeon sintió que se le cortaba la respiración. La voz era sutilmente
distinta sin la máscara. Pero indiscutiblemente se trataba de la voz de lord
Odo.
La voz de Nuso Esva.
—Sí —dijo Pellaeon entre sus labios fruncidos.
—Qué pena —dijo Nuso Esva—. Le habría caído bien, ¿sabe? Creo que
podría habérselo contado todo sobre mí, de no haber estado tan preocupado
por su familia. Bueno, capitán Thrawn, nuestros caminos se cruzan por última
vez.
—Puede —dijo Thrawn—. Comandante Pellaeon, haga una evaluación
rápida de los ajustes del puente, si puede.
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—No será necesario, comandante —dijo Nuso Esva mientras Pellaeon se
abría camino cuidadosamente entre los cadáveres esparcidos por el suelo—.
Puedo decirle exactamente lo que mostrarán esos ajustes. El Quimera está
ahora mismo en bajo consumo, con el rumbo fijado y completamente
imposible de cambiar, al menos de momento.
—¿Comandante? —dijo Thrawn.
—Sí, señor, ya casi he llegado —dijo Pellaeon mientras bajaba las
escaleras hacia el puesto del timonel.
—Sus destructores estelares son unas armas de guerra muy considerables
—prosiguió Nuso Esva en un tono casi de profesor de instrucción—. Pero
tienen puntos flacos graves. El sistema de ventilación, para empezar. No solo
es completamente inadecuado para limpiar rápidamente un ataque con gases,
como el comandante Pellaeon ha descubierto personalmente, sino que además
son una entrada perfecta para los rastreadores Marca Dos de Arakyd.
Pellaeon frunció el ceño.
—Usted llevaba el rastreador —dijo—. No estaba en el sistema de
ventilación.
—No era ese —dijo burlonamente Nuso Esva—. Ese era el que los demás
rastreadores debían buscar.
Pellaeon apretó los dientes. Rastreadores en los conductos de ventilación,
siguiendo a Odo mientras paseaba el suyo por la pasarela que conducía a los
tableros de control de motores. Con el gran espectáculo de los droides MSE
solo pretendía distraer a la tripulación.
Y cuando Pellaeon llegó ante el tablero del timonel, destruido por fuego
de bláster, supo por qué.
—El puesto del timonel ha sido destruido, señor —informó, sintiendo que
el corazón se le aceleraba—. El Quimera tiene un vector fijado de colisión
con la plataforma de defensa Golan que órbita Poln Mayor. Tiempo de
llegada estimado… —tragó saliva—. Catorce minutos.
—¡Señor! —gritó otra voz—. ¿Comandante Pellaeon? Los sensores
traseros han detectado un nuevo grupo de naves entrando en la zona. Las
configuraciones encajan con las de las naves de guerra alienígenas del
combate del capitán Parck en Teptixii.
—Pienso destruirle, capitán Thrawn —dijo Nuso Esva en un tono suave y
frío—. Pero antes, sus soldados y subordinados van a verle tomar su última
decisión fatal.
—¿Y qué decisión es esa?
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—Dentro de catorce minutos, a no ser que hagan algo, el Quimera y la
Golan se destruirán mutuamente en una colisión brutal —dijo Nuso Esva—.
Las demás naves de su fuerza de asalto no pueden hacer nada. Las tengo a
todas atrapadas aquí, en Poln Menor, y si alguna intenta abandonar su actual
posición mis Hornodefuego tienen órdenes de interceptarla y destruirla. La
única manera de evitar la colisión es que el Quimera o la Golan abra fuego y
destruya al otro.
Pellaeon levantó la vista hacia el ventanal del puente. Entre los últimos
hilos de humo pudo ver las luces parpadeantes de la plataforma de defensa
Golan a lo lejos.
Y era evidente que el Quimera iba hacia ella.
—Usted, capitán Thrawn, tendrá que tomar esa decisión —dijo Nuso Esva
serenamente—. Usted decidirá cuál de sus preciosas máquinas de guerra
imperiales va a destruir.
»Usted decidirá qué guerreros del Emperador van a morir.
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CAPÍTULO VEINTE
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Desgraciadamente, Luke no tenía ni idea de cómo hacer aquel truco. Lo único
que podía hacer era estarse completamente quieto y esperar que funcionase.
Al parecer lo hizo. Los pasos a la carrera se intensificaron y después se
fueron disipando hasta resonar a cierta distancia. Se detuvieron y los
remplazó el zumbido de media docena de repulsores y de puertas abriéndose
y cerrándose. Después los repulsores también se fueron disipando a lo lejos.
Con cautela, Luke se quitó la manta de la cabeza y concentró sus sentidos.
Aún se oían pasos viniendo de la cueva, además de un leve murmullo de
voces.
No sabía cuántos secuestradores se habían quedado pero el número era
considerablemente menor que unos minutos antes.
¿Lo bastante pequeño para correr el riesgo de intentar encontrar a la
familia de Ferrouz?
Se mordió el labio. Decidió a regañadientes que aún no había llegado el
momento. LaRone le había dicho que alguien iba en camino. Por el momento,
se pondría cómodo y esperaría que quienquiera que fuese tomase la iniciativa.
Se echó hacia la parte trasera del hueco, miró la cueva, toqueteando sin
parar su espada de luz, y se puso cómodo para esperar.
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Cuanto más lo pensaba, más posible le parecía. Sin duda eso le ayudaría a
explicar la decisión de Stelikag de mandar más de la mitad de sus fuerzas.
A no ser que hubiese decidido que no eran necesarias porque pronto ya no
tendrían a nadie a quien vigilar.
Mara sujetó con fuerza su bláster de mano y después relajó su sujeción
lentamente. Permitir que la tensión se apoderase de ella solo iba a servir para
bloquear su acceso a la Fuerza. Deseando que la calma volviese a fluir por su
interior, miró a los hombres que merodeaban a sus pies. Todos sabían dónde
estaba encerrada la familia del gobernador, si podía leer sus ojos y lenguaje
corporal con la suficiente precisión quizá también lo adivinase.
Stelikag estaba cerca del túnel para vehículos, junto a uno de los edificios
tamaño cobertizo, hablando con otros dos hombres. Su expresión era bastante
tranquila pero Mara podía ver en su manera de martillear un pulgar contra la
palma de la otra mano que seguía al borde de un arrebato de ira.
Se concentró en sus ojos. Parecían mirar principalmente a sus
interlocutores. Cuando desviaba la vista no lo hacía en dirección a alguna de
las construcciones del interior de la cueva sino hacia el túnel para vehículos.
Los otros dos tipos estaban de espaldas a Mara pero sus movimientos con la
cabeza tampoco parecían indicar ningún interés particular en ninguno de los
edificios.
Y entonces, justo cuando se estaba preguntando si estaban simplemente
hablando del tiempo o de política, Stelikag señaló hacia atrás. Hacia atrás y
hacia arriba.
En dirección a las escaleras de la otra punta de la cueva y la decrépita
cabina del supervisor del techo.
Mara hizo una mueca. Evidentemente, Stelikag no se había limitado a
meter a la mujer e hija de Ferrouz en algún edificio al azar, necesitaban un
lugar con grilletes o un círculo de guardias para evitar que sus presas
intentasen escapar a la mínima oportunidad. Las había colocado veinte metros
por encima del suelo, con una única escalera de salida que las dejaría a la
vista de todos los vigilantes durante un largo minuto si intentaban salir.
Y también colocaría a cualquier posible rescatador en la misma posición
indefendible.
A no ser que ese rescatador se diera cuenta de todo.
Mara ya se había planteado utilizar el riel de grúa que recorría toda la
cueva como medio para llegar a la otra escalera. Ahora la idea parecía incluso
mejor.
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La clave seguía siendo cómo cruzar el espacio de tres metros y subir al
riel sin que nadie la viera. Aun con el número de enemigos reducido, había las
suficientes miradas casuales en aquella dirección para convertirlo en una
empresa muy arriesgada.
Por un instante sus pensamientos se desviaron hacia Skywalker, que
presumiblemente seguía acechando desde algún punto del túnel para
vehículos, pero se lo quitó de la cabeza rápidamente. Fuese quien fuese, era
evidente que se trataba de un aficionado y aquel era un trabajo para
profesionales.
Con una cierta ayuda de los secuestradores quizá.
Necesitó un minuto reptando lentamente para bajar por la pasarela hasta el
principio de la escalera. Con cuidado de no hacer saltar los detonadores de
movimiento, lanzó un chorro de sintecuerda, pasó un extremo por la rejilla
metálica de la parte superior del elevador y después lo enrolló alrededor de
uno de los pilares del guardarrail. Con ambos extremos de la sintecuerda en
las manos, regresó por la pasarela hasta la boca del túnel. Dejó la cuerda allí,
se metió en el túnel y volvió al refugio de la sala de seguridad de Ferrouz.
Tres minutos después ya estaba de vuelta, con el cadáver de uno de los
alienígenas del recibidor sobre el hombro. En la boca del túnel lo dejó en el
suelo y le ató un extremo de la sintecuerda alrededor del pecho, por debajo de
los brazos. Lo sacó a la pasarela y lo manipuló para que quedase apuntando
hacia las escaleras.
Agarró la punta libre de la sintecuerda y empezó a tirar de ella.
El cuerpo se movió lenta y extrañamente por la pasarela. Mara siguió
tirando, sin dejar de mover el cadáver, concentrada principalmente en los
secuestradores que merodeaban por la planta baja. A diferencia de las
escaleras, la pasarela estaba hecha de metal compacto pero era posible que
desde abajo solo vieran la parte superior del cuerpo.
Aunque hasta el momento parecía que nadie había visto nada. El cuerpo
estaba casi en las escaleras ya y Mara retrocedió un poco para esconderse
mejor dentro del túnel. No quería estar cerca cuando las escaleras trucadas
estallasen.
El cuerpo llegó al final de la pasarela y se tambaleó un momento sobre el
borde. Mara dio un último tirón a la sintecuerda y el cadáver cayó sobre las
escaleras.
Los explosivos de las escaleras detonaron con el estruendo de una
tormenta eléctrica de verano.
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Mara se apretó contra la pared del túnel, cerrando los ojos cuando la onda
expansiva le golpeó la cabeza y reculando cuando piezas de los escalones y el
borde destruido de la pasarela rebotaron contra la pared del túnel y se
estrellaron más o menos inofensivamente contra su espalda y piernas. La
lluvia de metal se detuvo y volvió a la boca del túnel.
Abajo toda la cueva estaba en movimiento, con los secuestradores
corriendo hacia las escaleras derruidas con los blásters a punto. Un par de
ellos miraron la boca del túnel pero sus miradas fueron aún más rutinarias que
antes. Los que hubiesen mirado lo bastante rápido habrían visto sin duda un
cuerpo cayendo al suelo y no podía tratarse más que el de la agente imperial
que estaban esperando.
Y con sus miradas centradas en la pila de escombros y el polvo y humo de
las múltiples explosiones oscureciéndolo todo, Mara entró en la pasarela y se
deslizó hasta la cabina de control. Se agarró con las dos manos a un borde,
impulsó las piernas para llegar hasta el techo, rodó y se agarró al pilar del riel
de grúa más cercano…
Y cuando el polvo empezó a disiparse, se estiró boca abajo sobre el riel.
Sabía que los tipos de abajo no tardarían en examinar los escombros y
descubrir con gran consternación que el cadáver era de uno de los suyos.
Cuando eso sucediera, empezaría la caza.
Para entonces, con un poco de suerte, ya sería demasiado tarde.
Encogió los hombros para colocar los codos bajo su cuerpo y empezó a
reptar.
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naves, no había escapatoria. Nada excepto Han y el Halcón, y este no podía
albergar de ninguna manera a ochenta y tres pasajeros.
—¿Podemos mover esta cosa? —le preguntó a Barcelle—. Ni que sea un
poco.
—Solo podemos rotar —dijo Barcelle, con una voz y expresión tan tensas
como la del operador de los sensores—. Somos una estación orbital. Una vez
llegamos a nuestro emplazamiento se supone que ya no debemos ir a ninguna
parte.
Han hizo una mueca. Desgraciadamente, aquella era la respuesta que
esperaba.
Pero la Golan tenía sus armas, al menos algunas de ellas. Si abrían fuego
contra el destructor estelar…
Este les dispararía. Y dada la disparidad de potencia de fuego, sin duda la
Golan saldría perdiendo en el intercambio.
Tampoco es que eso cambiase mucho las cosas. Probablemente las armas
del destructor estelar ya se estaban cargando con exactamente ese mismo plan
en mente. El sistema de comunicaciones de la Golan estaba en tan mal estado
como el resto de la estación y con toda la estática Han no había oído el
nombre del imperial al cargo pero Nuso Esva había llevado su desafio lo
bastante lejos para saber que aquello era una especie de cuestión personal.
Y ningún comandante imperial podía permitirse perder un destructor
estelar y una Golan el mismo día. Mucho menos en el mismo incidente.
—Podemos rotar para colocar nuestro eje más largo hacia ellos —dijo
dubitativamente uno de los otros oficiales—. Así les ofreceremos un blanco
más pequeño.
—¿Quiere decir que pueden fallar? —preguntó algún otro.
—Es poco probable —dijo taciturnamente Barcelle—. Pero como mínimo
estaríamos haciendo algo. Kater, active el volante. A ver si podemos…
—No —le cortó abruptamente Han—. Dijo que aún tenían un
lanzatorpedos. ¿Dónde?
—En el sector Uno-Uno —contestó Barcelle, frunciendo el ceño hacia
Han—. En este lado de la estación. ¿Está sugiriendo que les disparemos?
—Estoy sugiriendo que disparemos torpedos en ángulo recto al vector del
Quimera —dijo Han—. Disparos a máxima potencia, mínima propulsión,
apuntados hacia donde no impacten en nada. Si podemos darle la suficiente
inercia lateral a la plataforma quizá podamos quitarnos del medio.
—Eso es imposible —dijo alguien—. La masa relativa…
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—¿Quiere quedarse aquí sentado y ver cómo nos atropellan? —le gruñó
Barcelle—. Pastron, active los lanzatorpedos. Nills, ¿cómo está la batería?
—Solo tenemos los dos torpedos estándar en su sitio —dijo alguien con
tensión—. Son todos los que se supone que debemos tener en tiempos de paz.
—¿Y estos le parecen tiempos de paz? —replicó Han, señalando las
lejanas naves alienígenas y el no tan lejano destructor estelar—. Llenen las
baterías. Ahora.
—Sí, señor —dijo apresuradamente Nills, tecleando en sus controles—.
Pero eso llevará tiempo. La grúa número tres es la única que funciona.
—Oh, por… —Han se tragó el exabrupto y sacó su comunicador—.
Chewie, sube —ordenó—. Y trae a los otros dos. Comandante, mande alguien
a mi nave para enseñarles dónde están las baterías y los soportes de
almacenamiento.
—Opfo, ocúpese de eso —ordenó Barcelle—. Mayor, ¿es consciente que
estos son considerablemente más grandes que los torpedos comunes de caza
estelar?
—Confíe en mí… Chewie es considerablemente más grande que su
transportista común —dijo Han—. No cambiaría mi wookie por su grúa ni un
solo día al mes.
—¿Tiene un wookie? —preguntó alguien con incredulidad.
—Lo que tenemos son diez minutos hasta que el destructor estelar se
estrelle contra nosotros —le espetó Han—. Todos los que no estén ocupados,
vayan a echar una mano con las baterías.
—Ya lo han oído —confirmó Barcelle—. En marcha.
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—¿De verdad cree que esto va a funcionar?
—La teoría es perfecta —le recordó Thrawn—. La única cuestión es si la
Arrecife Perdido será capaz de soportar la tensión.
—No se preocupe por eso —le tranquilizó Car’das, dando unas
palmaditas en el borde del panel de control de su nave para añadir énfasis—.
Los mon cal construyen las naves para durar y he añadido un montón de
modificaciones desde que me lo dio. Aguantará —señaló la pantalla—. Mi
duda es si el comandante Pellaeon y el Quimera serán capaces de hacer lo
suyo.
—No tardaremos en descubrirlo —dijo Thrawn—. ¿Posición?
Car’das dio la espalda resueltamente al tentador blanco que era el fugitivo
Nuso Esva. Thrawn tenía razón, por supuesto… necesitaban la máxima
concentración y toda la potencia de la Arrecife Perdido en la operación del
Quimera pero aún estaba deseando hacer aquel disparo.
—Diez segundos.
—¿Capitán Thrawn? —se oyó la voz burlona de Nuso Esva por los
altavoces de la cabina de la Arrecife Perdido—. Se le acaba el tiempo.
—Ni mucho menos —dijo Thrawn con calma—. Me pide que elija entre
la muerte del Quimera y la muerte de la Golan. Ya he tomado una decisión.
Miró a Car’das y a este le pareció que Thrawn esbozaba una leve sonrisa.
—Ni una cosa ni la otra.
—Ahí está —gritó Wedge por encima de su hombro—. Allá vamos —se veía
un leve reflejo de luz en las paredes que pasaban a toda velocidad junto a las
alas del T-47.
Y de repente habían llegado y Leia salió despedida hacia sus ataduras
cuando Wedge realizó un giro cerrado hacia arriba y la derecha con el
aerodeslizador. Por un segundo estaba mirando desde arriba a las naves de los
misiles y después Wedge volvió a enderezar la nave. Leia vio tras ellos a los
demás aerodeslizadores rebeldes entrando en la cueva e iniciando sus propios
ataques. Se concentró en sus monitores de armamento, sujetó los mandos de
disparo…
Y con una repentina sacudida el T-47 viró hacia un lado, chocó con la
punta del ala de estribor y cayó en picado.
Leia tuvo el tiempo justo de lanzar un grito de perplejidad antes de que
Wedge volviera a recuperar la horizontalidad de la nave.
—Tenemos problemas —le gritó él.
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—¿Qué tipo de…? —se interrumpió cuando el T-47 dio otra sacudida,
provocando esta vez un viraje de noventa grados hasta que Wedge recuperó el
control.
Entonces fue cuando Leia vio que, mientras los aerodeslizadores rebeldes
se arremolinaban alrededor de la cueva y disparaban a las naves de los
misiles, los cañones láser instalados en las aletas de las naves estaban
devolviendo el fuego.
Las naves no estaban allí paradas, esperando que los transportes rebeldes
volaran la superficie de Poln Menor. Estaban preparadas, a plena potencia y
listas para volar.
Cincuenta naves de guerra. Y ella había llevado a Wedge y diez
aerodeslizadores poco armados para enfrentarse con ellas.
—¡Manteneos en el aire! —gritó Wedge—. Sus láseres son de disparo
recto. Si os colocáis encima no podrán daros.
Leia hizo una mueca. Aunque no lo harían hasta que los pilotos de las
naves con misiles despegasen.
Pero no podían hacer nada. Nada excepto asegurarse de que el máximo
número de aquellas naves quedasen inutilizadas y no pudiesen volver a volar.
Sujetó los controles, miró las pantallas de puntería mientras Wedge pasaba
sobre las naves de guerra alienígenas y abrió fuego.
LaRone vio que el segundo ataque empezaba como el primero, con pasos
sigilosos moviéndose por el tapcafé que tenían sobre sus cabezas.
Pero esta vez no hubo apertura sigilosa de la puerta de la bodega para
intentar pillar desprevenidos a los defensores del gobernador. En vez de eso,
la puerta se abrió violentamente y alguien lanzó un par de granadas por las
escaleras. Se oyó ruido cuando rompieron dos de las botellas apiladas y
tiraron unas cuantas más.
Al cabo de un segundo se produjo otro ruido más violento mientras
Marcross disparaba hacia la parte alta de la escalera desde su posición, a la
izquierda del pie de esta. Un cuerpo cayó, tirando otra docena de botellas
mientras se deslizaba escalera abajo. Marcross seguía disparando y LaRone
oyó un grito y otro ruido sordo en el suelo de la planta de arriba.
Las granadas detonaron con una explosión ensordecedora que retumbó en
los oídos de LaRone desde la otra punta de la bodega, filtrándose por la
protección auditiva de su casco.
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Durante unos tres segundos el aire fue un mosaico ondulante de
fragmentos de botellas volantes. La lluvia terminó y LaRone miró con cautela
por encima de los barriles de su refugio.
Casi esperaba encontrar una tercera parte de la bodega en llamas por el
alcohol incendiado pero, para su sorpresa, solo había unos pocos fuegos
aislados, la mayoría simples charcos humeantes. Mientras se concentraba en
los únicos dos en los que veían llamas, uno de los hombres de Vaantaar saltó
desde su posición defensiva hacia la derecha y corrió para apagarlos
apresuradamente.
Pero, más allá de los fuegos, las granadas habían dejado en ruinas aquella
parte de la bodega.
—¿Marcross? —gritó.
—Estoy bien —gritó Marcross y LaRone le vio asomar cautelosamente
tras los barriles de su punto de disparo. Parecía casi ileso, a diferencia de los
barriles en sí, que en aquellos momentos estaban derramando su contenido
sobre los escombros y los puntales de anclaje al permacreto que era todo lo
que quedaba de la escalera—. El cadáver ha amortiguado un poco la
explosión.
—Y las botellas probablemente también —dijo Brightwater, a la izquierda
de LaRone—. Parece que la idea era hacer rebotar las granadas en las
escaleras para que llegasen más lejos pero las botellas absorbieron su inercia
y las detuvieron en esa parte de la bodega.
LaRone asintió. No era exactamente aquella la protección que esperaba de
las botellas pero en combate cualquier resultado favorable contaba como
victoria.
—¿Qué intentarán ahora? —preguntó Vaantaar desde la derecha de
LaRone, toqueteando sin parar su bláster prestado.
La respuesta llegó en forma de una repentina lluvia de descargas de
bláster desde la puerta de la bodega que martilleó el suelo de permacreto
donde antes había estado la escalera.
Unas potentes descargas de bláster, en realidad, con el tipo de ratio de
ciclo que no podía mantener ni un T-21. Debía tratarse de un bláster repetidor
pesado E-Web, o algo parecido.
LaRone frunció el ceño, sus instintos de combate le hicieron sentir un
hormigueo de alerta. Era un ataque muy organizado y generoso pero ninguno
de los disparos estaba cayendo cerca de Marcross o los troukree. De hecho, su
patrón de tiro no estaba haciendo nada más que abrir un arco en el permacreto
y provocar más incendios en los charcos de alcohol derramado.
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Y entonces lo entendió. Un patrón en arco.
El E-Web no estaba disparando solo para hacer ruido y crear gravilla.
Estaba construyendo un escudo de fuego.
—¡Ahí vienen! —gritó, levantando su E-11 por encima de la barrera de
barriles y apuntando al centro del arco de fuego del E-Web.
Justo en el momento en que una figura cayó desde la puerta del tapcafé,
aterrizando limpiamente tras la cortina de fuego.
Mejor dicho, dos figuras. La de delante era humana y tenía la cabeza caída
sobre el pecho, mientras que la que iba tras ella era uno de los alienígenas de
ojos amarillos de Nuso Esva.
Apenas habían llegado al suelo cuando LaRone abrió fuego.
Para su sorpresa, sus disparos no parecieron tener ningún efecto. El
humano se estremeció un par de veces con las descargas de bláster que lo
alcanzaron pero no cayó. Tras él, el alienígena puso una mano sobre el
hombro del humano y LaRone se retorció mecánicamente cuando un par de
descargas pasaron rozando su casco.
Marcross ya había abierto fuego con su bláster pero sus disparos tenían
tan poco efecto como los de LaRone. El alienígena se echó a la derecha,
moviéndose al unísono con el humano, apuntando ahora su fuego de bláster
hacia Marcross mientras este lanzaba un aullido agudo.
Y entonces el aullido se cortó abruptamente y con una violenta sacudida
ambas figuras se desmoronaron juntas en el suelo. Al caer, LaRone vio
fugazmente la empuñadura de un cuchillo troukree asomando de la espalda
del alienígena.
Pero seguía lloviendo el abrasador fuego de bláster desde las alturas.
—¿Vaantaar? —gritó LaRone.
—Era un explorador —gritó el troukree—. Llevaba al humano muerto
como escudo mientras iba transmitiendo nuestro número y posiciones.
LaRone frunció el ceño. Era la misma conclusión a la que había llegado
él.
—¿Alguna idea de hasta qué punto ha llegado su descripción?
—Ahora saben que nuestra posición principal es esta —dijo Vaantaar—.
Cuando murió aún no había localizado a Marcross y los que están junto a la
escalera.
—Eso significa que probablemente enviarán a otro para terminar el
trabajo —dijo Brightwater—. ¿Granadas?
—Granadas —coincidió LaRone—. No te muevas… lo tengo —enfundó
su E-11, sacó una granada, saltó hacia la barrera de barriles y aterrizó de
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espaldas en ella con una voltereta. La inercia lo proyectó hacia delante, rodó
sobre la barrera y aterrizó de pie al otro lado. Recuperó el equilibrio y cruzó
la bodega a la carrera hacia el arco de fuego bláster que seguía cayendo
escalera abajo. Lo complicado sería cruzar la cortina de fuego sin recibir las
suficientes descargas de bláster para terminar muerto, al mismo tiempo que se
aseguraba de que la granada no recibiese un impacto que la hiciese estallar en
sus manos. Su mejor baza sería cruzar el fuego a toda velocidad, intentar
lanzar la granada por la puerta y seguir corriendo hasta la pared del fondo.
Y esperar que el artillero del E-Web no pudiese variar su blanco con la
suficiente rapidez para alcanzarlo antes de que estallase la granada.
Estaba a cinco pasos del fuego de bláster cuando vio por el rabillo del ojo
que dos de los troukree abandonaban sus puestos de tiro y echaban a correr
hacia la escalera. Uno de ellos tomó la delantera.
De repente LaRone se dio cuenta de que los dos alienígenas llevaban una
trayectoria que les iba a hacer chocar con él.
—¡Atrás! —gritó.
Pero era demasiado tarde. El troukree de delante se detuvo justo al borde
del arco de fuego del E-Web y se dio la vuelta mientras el segundo alienígena
seguía corriendo hacia él.
Cuando LaRone llegó al arco de fuego, el segundo troukree saltó sobre las
manos del primero y salió proyectado hacia arriba con una pirueta de
gimnasta.
Su cuerpo cruzó la línea de fuego bláster justo por encima de la cabeza de
LaRone justo cuando este la atravesaba.
Puede que el troukree gritase cuando las descargas le hicieron trizas. O
quizá fue el grito de rabia del alienígena que manejaba el E-Web. LaRone no
lo supo. Lo único que le importaba en aquella fracción de segundo era colocar
la granada justo debajo del trípode del E-Web. Lanzó el explosivo y echó las
manos hacia delante para protegerse mientras la inercia lo llevaba hasta la
pared trasera de la bodega.
Y las palmas de sus manos chocaron con el permacreto en el mismo
momento que estallaba la granada. LaRone rebotó contra la pared, se
tambaleó cuando le alcanzó la onda expansiva y se dio la vuelta,
desenfundando su E-11.
El bláster no era necesario. Cuando la explosión se fue disipando y la
protección auditiva de su casco regresó, el silencio se había vuelto a imponer
en la bodega.
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LaRone respiró hondo y miró el suelo. El troukree muerto estaba donde
había caído, con el cuerpo medio destrozado por las múltiples heridas de
bláster y su compañero agachado al lado. A la derecha de LaRone, Marcross
se levantó desde detrás de su barrera y miró primero a los dos troukree y
después a él.
No se podían ver las caras tras los cascos de soldados de asalto pero
LaRone llevaba lo suficiente con sus compañeros para que su lenguaje
corporal fuese tan claro como las palabras para cualquier otro.
Era evidente que Marcross estaba igual de asombrado y admirado por el
sacrificio del troukree como él.
LaRone lanzó un suspiro y cruzó la habitación. El troukree agachado
levantó la vista hacia él cuando se acercó y una docena de palabras
compasivas pasaron a toda velocidad por su mente. Pero todas le sonaban
huecas, repetitivas o inadecuadas.
Al final solo se le ocurrió una cosa. Mirando al troukree muerto a sus pies,
levantó la mano para hacerle el saludo protocolario.
—Buen trabajo, soldado —dijo en voz baja.
El viaje de vuelta a su bastión de barriles le pareció más largo que nunca.
—Increíble —murmuró Quiller cuando LaRone rodeó la barrera y se
colocó junto a él—. He visto soldados de asalto sacrificar su vida por sus
compañeros, pero nunca a un alienígena. Como mínimo, no por alguien a
quien apenas conoce.
LaRone asintió.
—Fuiste tú el que dijiste que podíamos convertirlos en soldados de asalto.
—Es verdad, fui yo —coincidió Quiller sobriamente—. A veces no soy
consciente de mis puntos fuertes —hizo un gesto—. Si el explorador ha
transmitido nuestra posición quizá deberíamos plantearnos cambiarla.
—Sí, deberíamos —coincidió LaRone, echando un vistazo a la bodega.
El problema era que no tenían ningún otro sitio donde ir. Todos los
barriles más grandes se habían alineado para crear el refugio y los puestos de
tiro para Marcross y los troukree y necesitarían una peligrosa cantidad de
tiempo para reubicarlos. Más grave aún era el hecho que cualquier otro sitio
al que quisieran trasladarse estaría más cerca de la escalera derruida o del
montacargas.
Que, por cierto, los atacantes habían ignorado hasta entonces. ¿Acaso
desconocían su existencia? ¿O planeaban algo especial desde aquel frente?
Frunció el ceño cuando nuevos ruidos se colaron por su casco y sus
pensamientos. Un ruido apagado, como alguien dando golpecitos en la pared.
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En la pared de un tanque de bacta.
Se volvió hacia el tanque instalado junto a la puerta del montacargas. Y sí,
Grave tenía los ojos abiertos por encima de su máscara respiratoria y estaba
golpeando el transpariacero con la mano. LaRone se quitó el casco, rodeó la
barrera de barriles y fue hasta él. Hizo que el tanque vaciase parte del líquido
de su espacio de almacenamiento y cuando su nivel era lo bastante bajo abrió
la tapa.
—Bienvenido de nuevo —saludó a Grave mientras le quitaba con cuidado
la máscara respiratoria—. ¿Cómo te encuentras?
—Estoy bien —dijo Grave con un hilo de voz—. Quería decir que estáis
haciendo muchísimo ruido. ¿Tienes idea de lo difícil que es dormir con
semejante barullo?
—Lo siento —se disculpó LaRone mientras Brightwater llegaba a su
espalda—. Ojalá pudiera prometerte que no va a repetirse.
—¿Estás listo para dejar de holgazanear y unirte a la fiesta? —preguntó
Brightwater.
Grave encogió los hombros tentativamente y el movimiento creo
pequeñas olas en el tanque medio lleno.
—Lo siento —dijo entornando los ojos—. No del todo.
Volvió a mirar a LaRone.
—Pero quizá pueda hacer algo desde un rincón. Contadme y veamos si se
nos ocurre algo inteligente.
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CAPÍTULO VEINTIUNO
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seguían yendo hacia allí, algunos habían llegado ya y empezaban a registrar
los escombros.
Pero no todos. Cuando Luke se giró para mirar hacia el otro lado, vio que
aún había tres hombres en el otro extremo de la cueva. Estaban apiñados,
aparentemente concentrados en su conversación, cerca del pie de la escalera
que subía hasta una pequeña construcción colocada contra la pared y cerca del
techo.
Reculó apresuradamente hasta el túnel para quedar fuera de la vista. Fue
hasta la parte izquierda, volvió hacia la cueva y asomó la cabeza por el borde.
Los hombres habían terminado su intenso diálogo. Uno de ellos iba más o
menos hacia donde estaba Luke, mientras los otros dos se quedaban junto a
las escaleras.
Frunció el ceño y tuvo una sensación desagradable. Aquellos dos hombres
no estaban allí porque sí, ni estaban simplemente conversando. Uno de ellos
estaba hablando por un comunicador tocando sin parar con su mano libre un
cuchillo que llevaba enfundado a un costado. El otro estaba cerca,
escuchando, con el cuerpo rígido por la tensión y la vista levantada.
De repente, con aquel tipo de certeza absoluta que estaba aprendiendo a
asociar con la Fuerza, lo entendió. La pequeña cabina en lo alto de las
escaleras era el lugar en que retenían a la mujer y la hija de Ferrouz.
El primer hombre guardó el comunicador y sacó su cuchillo. Lo hizo
rodar en sus manos unas cuantas veces y le dijo algo a su compañero. Quizá
el equipo de asalto que había mandado Stelikag había logrado matar al
gobernador Ferrouz. Quizá no y habían llegado a la conclusión que no
podrían hacerle nada. O quizá alguien había decidido que ya no necesitaban ni
a Ferrouz ni a las rehenes.
Una cosa estaba clara, tan clara como el destello de clarividencia que le
había dicho dónde estaban las rehenes. Los dos hombres iban a subir para
matar a la esposa y la hija de Ferrouz.
No tenía tiempo de pensar. No tenía tiempo de planear. Los dos tipos
estaban en las escaleras, solo él podía detenerlos y solo había un oponente que
se interpusiera en su camino.
Era ahora o nunca. Se quitó el grueso poncho con capucha y lo tiró al
túnel que tenía a su espalda, entró en la cueva y se lanzó a toda velocidad
hacia el secuestrador que venía caminando hacia él.
Este lo vio al instante y una expresión de sorpresa y leve desconcierto se
dibujó en su cara.
—¿Quién es usted? —preguntó mientras bajaba la mano hacia su bláster.
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La respuesta de Luke fue correr aún más rápido. Ahora solo les separaban
diez metros. Si podía recorrer aquella distancia antes de que el otro sacase su
bláster…
Pero el hombre era más rápido de lo que esperaba. Antes de haber dado
tres pasos más ya tenía el arma a punto y apuntada a su pecho. Luke vio que
su dedo se ceñía al gatillo.
De repente le pareció tener dos imágenes brillando ante sus ojos. Una era
el hombre y su bláster, con el arma apuntando a su pecho. La otra era el
mismo hombre y el mismo bláster pero en esta había una descarga borrosa
saliendo del arma a una cámara lenta como de ensueño. Instintivamente,
levantó las manos y vio la descarga yendo hacia él mientras colocaba su
espada de luz en posición…
Cuando el filo azul y blanco cobró vida con un chasquido-siseo, las dos
imágenes se unieron abruptamente y la descarga de bláster a cámara lenta
adquirió repentinamente velocidad normal en su trayectoria hacia Luke…
Y rebotó en el filo directamente hacia el hombro de aquel tipo.
Este se dobló por la sorpresa y el dolor y su bláster cayó hacia un lado
cuando el inesperado impacto le lanzó hacia atrás. Recuperó el equilibrio e
intentó volver a apuntar su arma.
Luke se estrelló con él, golpeando con fuerza con su hombro contra el
pecho del secuestrador y lanzándolo un metro hacia atrás, donde aterrizó con
un ruido sordo en el suelo.
El hombre maldijo con saña e intentó apuntar el bláster. Luke se echó
apresuradamente a un lado y levantó su espada de luz, cortando el bláster por
la mitad. El tipo rodó hasta ponerse de lado y volvió a caer cuando Luke le
dio una patada en el estómago. Esta vez ya no se levantó.
Se lo quedó mirando un segundo, respirando pesadamente y asimilando lo
que acababa de hacer.
«Que valga para los remotos es una cosa», recordó el comentario burlón
de Han en su primer viaje juntos. «Que valga para los vivos es algo muy
diferente».
Lo había hecho. Le había valido contra un vivo. Y había sobrevivido.
Levantó la vista hacia las escaleras. Los dos tipos que estaban subiendo se
habían detenido en el primer rellano y miraban hacia abajo con boquiabierta
perplejidad.
Pero aquello no iba a durar mucho. Se enderezó y echó a andar hacia
ellos.
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Otra descarga pasó junto a él, más cerca esta vez. Miró el bláster que
acababa de cortar por la mitad, deseando demasiado tarde no haberlo hecho, y
fue hacia las escaleras. Por el camino había un cobertizo y una carretilla de
mineral extremadamente oxidada. Uno de los dos debería ofrecerle protección
mientras intentaba pensar su próxima maniobra.
Desgraciadamente, ya sabía cuál iba a ser. Debía atrapar a aquellos dos
hombres y tenía que hacerlo deprisa. Aunque aquello supusiera hacerlo a la
vista y al alcance de los blásters del resto de la banda. Aunque aquello
supusiera recibir algunas descargas de bláster por el camino.
Aunque aquello supusiera morir en el intento.
Mara había recorrido una cuarta parte de la viga cuando oyó un grito en la
cueva que tenía debajo.
Se quedó petrificada y miró hacia el origen del ruido. Delante, entre las
escaleras y el túnel para vehículos, uno de los secuestradores había
desenfundado su bláster y lo estaba apuntando hacia una figura mal vestida y
claramente chiflada que había aparecido de ninguna parte y corría
directamente hacia él.
Se estremeció. Skywalker… Tenía que ser el contacto de LaRone. Había
salido de su escondite, algo que le habían ordenado no hacer, había lanzado su
ataque solo, algo que cualquier ser inteligente hubiese descartado, y estaba a
punto de pagar el precio definitivo por su estupidez.
Y Mara no podía hacer nada por evitarlo. Su bláster de mano no tenía el
alcance necesario para abatir al secuestrador y aunque lo hubiera tenido
tampoco podría correr el riesgo de usarlo. En cuanto disparase, el resto de
secuestradores se le echaría encima y la familia de Ferrouz estaría perdida.
Quizá ya lo estaba de todas formas. Ahora que miraba hacia delante, pudo
ver dos hombres subiendo por las escaleras, sus expresiones y lenguaje
corporal eran los de alguien que se prepara para matar.
Maldiciendo entre dientes, se concentró en el riel que tenía enfrente. No
llegaría a tiempo. No con la velocidad que estaba llevando. Probablemente ni
aunque se pusiera de pie y echase a correr.
La mujer e hija de Ferrouz iban a morir. Y Mara no podía hacer nada,
como con la inminente muerte de Skywalker. El secuestrador que seguía
abajo apuntó su bláster y disparó.
Y con el chasquido-siseo de una espada de luz, un filo azul y blanco se
alzó de las manos de Skywalker e hizo rebotar el disparo directamente hacia
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el secuestrador.
Mara notó que quedaba boquiabierta. ¿Skywalker tenía una espada de luz?
¿Y sabía usarla?
Después, sin reducir su velocidad, el chico embistió con el hombro al otro
y lo tiró al suelo. Antes de que pudiese recuperarse, la espada de luz volvió a
brillar y le cortó el bláster por la mitad. El pistolero intentó ponerse en pie y
Skywalker le dio una patada, noqueándolo definitivamente.
Mara notó que torcía los labios. No parecía la táctica de un artista con la
espada de luz. El desvío de la bala debía de haber sido un golpe de suerte.
En las escaleras los dos matones se habían detenido y estaban
contemplando asombrados la escena de debajo. El chico se giró hacia ellos.
Y estuvo a punto de morir cuando le rozaron un par de descargas de
bláster disparadas por el resto del grupo de Stelikag desde el mismo lado de la
cueva en que estaba Mara.
Ella tomó una decisión rápida. No podía llegar hasta los hombres de las
escaleras a tiempo pero Skywalker quizá sí pudiera. Si tuviese un bláster.
Apretó los dientes y se arrodilló sobre el riel de la grúa. Skywalker estaba
lejos e incluso con la ayuda de la Fuerza iba a necesitar toda la potencia de su
tronco superior. El muchacho volvía a correr hacia las escaleras y los dos
matones habían salido de su parálisis hipnótica y estaban subiendo por ellas.
Mara sacó su bláster de mano, echó el brazo hacia atrás y lo lanzó tan
fuerte como pudo hacia Skywalker.
Cayó al suelo tres metros por delante de él y por un instante pensó que iba
a pasar de largo. Entonces Skywalker se detuvo abruptamente, se agachó y lo
recogió mientras las descargas de bláster que le llegaban desde detrás
empezaban a llenar el aire que lo rodeaba.
Y entonces, como un completo idiota, se detuvo y miró alrededor.
«No busques», suplicó Mara en silencio mientras volvía a estirarse en el
riel. «Te están mirando. No me busques».
Pero la buscó, por supuesto.
Y la vio.
Mara se estremeció y se apretó contra el riel. Quizá Stelikag no se diese
cuenta. Quizá no había visto desde dónde caía el bláster.
Pero Stelikag lo había notado. Claro que lo había notado.
—¡Allí! —oyó gritar debajo de ella—. Ahí arriba.
Y de repente el grueso del fuego de bláster que hasta entonces se había
concentrado en Skywalker chisporroteó en el aire alrededor de Mara.
Apretó los dientes. Ahora sí que estaba atrapada.
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Pero como mínimo Skywalker parecía haber entendido por qué le había
lanzado el arma. Volvía a estar en marcha, corriendo hacia la escalera, con el
bláster de mano escupiendo su fuego de pequeño calibre pero letal hacia los
matones.
El chico no tenía mala puntería. Uno de los matones sufrió unos espasmos
como de marioneta, cayó de rodillas al suelo y se agarró una pierna. El otro
subió dos escalones más hasta el siguiente rellano y se lanzó tras el cobijo
parcial del guardarraíl. Sacó su bláster y apuntó a su atacante.
De repente Skywalker estaba en medio del fuego cruzado.
Mara se estremeció. Afortunadamente, el chico sabía qué hacer en aquel
tipo de situación. Siguió corriendo hasta que llegó a una carretilla de mineral
abandonada tirada de costado cerca del pie de las escaleras. Se agachó tras
ella y continuó con su ataque contra el tipo de la escalera.
Pero aquel ataque no iba a funcionar… y mientras Mara miraba hacia
abajo se dio cuenta del poco tiempo que les quedaba y se le encogió el
corazón. Cerca de la mitad de las fuerzas que le quedaban a Stelikag estaban
debajo de ella, colocados en posición de disparo, atenazándola con una lluvia
constante de fuego de bláster. Los demás iban hacia Skywalker, avanzando de
forma lenta y cautelosas pero sin dejar de dispararle.
Cuando llegasen hasta él lo matarían. Y entonces Mara, aún allí estirada,
vería con impotencia como Stelikag o alguno de sus hombres subía
tranquilamente hasta la cabina de control y ejecutaba a la familia de Ferrouz.
Volvió a levantar la vista, concentrándose en el riel que se extendía frente
a ella. Colgaba a dos metros del techo y tenía espacio suficiente para caminar
o correr por él.
El problema eran los disparos que llegaban desde abajo y los puntales en
forma de V que sujetaban el riel al techo. Si no bloqueaba los disparos de sus
atacantes no duraría mucho pero si su espada de luz cortaba demasiados
puntales el riel tampoco duraría.
Lo que solo le dejaba una opción. Una opción desesperada y casi
disparatada.
Pero era la Mano del Emperador y había vidas imperiales pendiendo de un
hilo.
Respiró hondo y encendió su espada de luz.
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—Ya lo veo, señor —dijo el joven operador del rayo tractor mientras sus
dedos volaban sobre los controles—. Tractor activado… y disparando.
Pellaeon contuvo la respiración, mirando cómo la Arrecife Perdido pasaba
rápidamente por delante de la proa del Quimera, de estribor a babor. El
tripulante Mithel no era el operador de rayo tractor más experimentado de la
nave y, de hecho, Pellaeon sospechaba que acababa de terminar la instrucción
particular para aquel puesto.
Pero con las puertas de la cubierta de mando aún bloqueadas, Mithel era
el único disponible. Pellaeon solo podía rezar para que fuese lo bastante
bueno para hacerlo.
Una luz verde parpadeó sobre el monitor.
—Lo tengo —dijo Mithel.
—Confirmado —dijo la voz de Thrawn por el altavoz—. Ahora tire de
mí… poco a poco.
—Sí, señor —dijo Mithel, ajustando los controles—. Estoy tirando de
usted.
Pellaeon estiró el cuello para mirar el ventanal del puente desde el pozo de
tripulación. La Golan seguía encima de ellos y casi podía notar cómo crecía.
Era una ilusión óptica, por supuesto, nacida de la tensión del momento.
Además de la certeza de que solo faltaban nueve minutos para el impacto.
Miró la Golan un minuto más y después volvió a bajar la vista hacia el
monitor.
Se le cortó la respiración.
—¡Se está alejando! —gritó, señalando la imagen de la Arrecife Perdido
—. ¡Se ha soltado del rayo tractor!
—No, señor, no se ha soltado —dijo Mithel—. Primero tengo que dejarla
alejarse para después poder tirar de ella. O no funcionará.
—Pero…
—Tiene razón, comandante —intervino Thrawn con calma—. Primero
tira de la nave, después le da holgura para crear inercia y finalmente vuelve a
tirar de ella.
Pellaeon tragó saliva.
—Sí, señor —masculló a regañadientes. En la pantalla vio que el carguero
se detenía tímidamente mientras Mithel volvía a suministrar potencia al rayo
tractor y volvía a tirar de él.
—Simple física, comandante —dijo Thrawn—. Estrictamente hablando,
el rayo tractor no tira de su presa sino que tira de la presa y el generador hacia
su centro de masa común. Como la masa del Quimera supera enormemente la
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de casi cualquier cosa de la que pueda tirar un rayo tractor, nunca se lo había
tenido que plantear.
—Sí, señor —repitió Pellaeon.
—Ahora la cuestión es, por supuesto, si la Arrecife Perdido y yo podemos
ofrecerle la suficiente inercia para sacarlos de la trayectoria predeterminada
por Nuso Esva —prosiguió Thrawn—. ¿Qué opina usted, Nuso Esva?
—Muy inteligente, Thrawn —dijo el alienígena por el altavoz. Ya no
usaba un tono burlón, lo había remplazado una amargura fría que se clavó
como una daga de hielo en el estómago de Pellaeon—. Muy inteligente.
—Es más que eso —dijo Thrawn—. Toda su computación de combate
dependía de que yo solo tuviese al Amonestador y sus naves escolta. Ahora
también tengo al Quimera y la plataforma de defensa Golan. Quizá quiera
retirar sus Hornodefuego, ahora que todavía puede.
Nuso Esva lanzó una especie de resoplido.
—No me insulte, Thrawn. ¿De verdad cree que no me he preparado para
esta contingencia?
—Sí, lo creo —contestó Thrawn con calma—. Es ahora o nunca, Nuso
Esva.
—Estoy de acuerdo —dijo el alienígena—. Es ahora o nunca.
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—Un momento —dijo Han, frunciendo el ceño ante la pantalla. El
destructor estelar parecía ligeramente distinto.
—No hay tiempo —gruñó Barcelle—. Nills, prepare el lanzamiento
para…
—He dicho que un momento —le cortó Han, colocando una mano entre
Nills y el tablero. De repente vio la diferencia en la nave de guerra—. El
destructor estelar está virando.
—Eso es imposible —insistió Barcelle—. Los datos sobre los daños… —
se calló—. Tiene razón —dijo en un tono aliviado y desconcertado al mismo
tiempo—. Sigue funcionando en bajo consumo pero su vector ahora… no lo
entiendo. ¿Cómo está haciendo eso?
—No lo sé —dijo Han, respirando hondo y soltando el aire en un
resoplido. Habían estado muy cerca. Demasiado. Incluso para él—.
Tranquilos. Amarren los torpedos. Parece que no vamos a necesitar…
—¡Intrusos! —dijo Nills, señalando con un dedo rígido una de las
pantallas—. Comandante, tenemos… tenemos ocho naves alienígenas más
saliendo del hiperespacio… sector tres. Corrijo: ocho naves grandes más
treinta escoltas más pequeñas. Las grandes tienen la misma configuración que
el grupo que se enfrentó al Amonestador.
Han resopló entre dientes mientras estudiaba la pantalla. Al parecer se
había relajado demasiado pronto.
—Comandante, ¿sabemos algo de esas naves? —preguntó.
—No, nada —dijo Barcelle—. Pero por la manera en que el Amonestador
está recolocando sus escoltas no se las toman a la ligera.
Han fue hasta la holo táctica. Ahora había dieciséis naves desconocidas
cruzando el sistema Poln hacia el Amonestador y sus escoltas.
—¿El Quimera podrá llegar a tiempo de unirse a la fiesta?
—Suponiendo que siga con su velocidad de giro actual, como mínimo
debería alcanzar ángulo de tiro —dijo Barcelle—. Y el Sarissa también acude
en apoyo del Amonestador.
—Sí —confirmó Han. Ya había visto que el acorazado abandonaba su
órbita y se dirigía hacia el grupo del Amonestador—. Parece que el que está al
cargo quiere reunir todos los turboláseres de los que dispone.
Barcelle lanzó un resoplido de frustración.
—Excepto los nuestros —dijo—. Parece que somos los únicos que
quedamos fuera de la pelea.
Han hizo una mueca.
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—Sí, lo somos —coincidió. Nosotros, la Golan; más importante aún,
nosotros, la Alianza Rebelde. Solo esperaba que Cracken estuviese listo para
actuar antes de que empezase el gran combate.
Se puso tenso, su mente dio un giro de noventa grados. Las naves de los
misiles escondidas en Poln Menor no estaban allí para interceptar transpones
rebeldes, como habían supuesto con Cracken. Eran la carta que Nuso Esva se
guardaba en la manga.
Tecleó en la holo táctica para añadir una capa con los accidentes
geográficos de Poln Menor. Si Leia estaba en lo cierto, las cuevas debían de
estar allí…
Asintió sombríamente. Si Leia estaba en lo cierto, las naves con los
misiles estaban perfectamente posicionadas para volar el techo de la cueva,
despegar y reagruparse para lanzar un ataque al otro lado del planeta. Con
todas las naves imperiales en aquel momento en esa parte del planeta, las
naves con los misiles podían dispararles por la espalda antes de que nadie
pudiese hacer nada por evitarlo.
Nadie excepto la Golan, claro está.
O, viendo el personal, nadie excepto Han.
Se quedó mirando la holo un buen rato, viendo como las naves de guerra
alienígenas recién llegadas se recolocaban, preguntándose qué hacer. Leia y él
habían ayudado a armar aquellas naves, maldita sea. Si despegaban y volaban
la parte trasera del Amonestador, causarían graves daños antes de que nadie
pudiera detenerlas.
Por otra parte, la Alianza estaba intentando derribar el Imperio. Hacer
algo para ayudar a los imperiales parecía un poco disparatado, aunque fuese
ayudarles a detener a un alienígena que ya había demostrado estar dispuesto a
utilizar a la Alianza en beneficio propio.
Han echó un vistazo furtivamente a la sala de control de fuego. Rieekan le
había sermoneado sobre el liderazgo, que consistía en la responsabilidad y sus
consecuencias. Hiciese lo que hiciese, iba a tener consecuencias, algunas que
quizá no llegara a conocer nunca y otras que podrían surgir al cabo de tres
minutos y golpearle en la nuca.
Pero no había escapatoria. Había ayudado a Nuso Esva a armar las naves
de los misiles. Debía asegurarse de que el alienígena no llegase a usarlas.
Contra nadie.
Por otra parte, si podía hacerlo y ayudar a la Alianza al mismo tiempo…
Se miró con Chewie y le hizo un gesto para que se acercase.
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—Vuelve al Halcón y llama a Cracken —dijo en voz baja cuando el
wookie llegó hasta él—. Dile que retire a Leia y el escuadrón de asalto de su
ataque y los mande para aquí.
Chewie rugió una pregunta.
—Sí, ahora —confirmó bruscamente Han—. Me da igual si ganan o
pierden… probablemente están perdiendo. Sácalos de ahí.
El wookie asintió e hizo ademán de girarse. Han le sujetó por un brazo.
—Y después prepárate para volar —añadió—. Recogeré a Toksi y Atticus
cuando baje.
Chewie volvió a asentir y se marchó.
—¿Comandante? —dijo Han hacia el comunicador—. Tenemos un nuevo
blanco. Saque un mapa de Poln Menor para que le dé las coordenadas.
Wedge hizo otro giro brusco y Leia tuvo que forcejear entre cabezazos y su
visión borrosa para disparar una descarga láser doble a la nave misil que tenía
en la mirilla. Vio las descargas alcanzando el blindaje de la nave y disparó
otra vez mientras Wedge se lanzaba en picado sobre la embarcación…
Y entonces, literalmente en el último segundo, dio la vuelta y lanzó a Leia
contra el respaldo de su asiento.
—Buena puntería —gritó.
Leia apretó los dientes mientras Wedge trazaba un arco con su nave en la
cueva y se preparaba para un nuevo ataque. Puede que estuviese disparando
bien. O quizá solo estaba siendo educado con ella.
Pero ni toda la buena puntería de la galaxia, suya o del resto de los
artilleros rebeldes, parecía servir de nada. Las naves misil estaban más
fuertemente armadas de lo que creían, además de disponer de blindaje contra
rayos, y aunque probablemente la mitad de ellas mostraban ya quemaduras y
deformaciones en algunas placas del casco, aún no habían destruido ni
inutilizado ninguna.
Y se les estaba terminando el tiempo. Las cincuenta naves zumbaban con
el ruido del calentamiento prevuelo y los escasos humanos que habían estado
operando los láseres cuádruples cuando los T-47 irrumpieron en la cueva
habían abandonado sus armas y habían desaparecido por el túnel de
suministros. Las naves misil estaban a punto de irse, listas para volar y
formarse para lanzar un ataque contra los transportes rebeldes cuando
aparecieran desde el subsuelo.
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Y si no les apetecía esperar, podían usar algunos de los misiles Caldorf
para abrirse paso hasta la superficie y destruir los transportes.
Misiles Caldorf que Han y ella habían ayudado a instalar.
El comunicador emitió un crujido en su oído, entre las órdenes breves y
los informes de los otros T-47.
—Comandante a equipo Picaro —dijo la voz de Cracken secamente—.
Nuevas órdenes: retírense… Repito: retírense… y regresen.
Leia frunció el ceño. ¿Retirarse? ¿Ahora?
Wedge tampoco podía creerlo.
—Picaro Uno a comandante, confirme las órdenes —dijo.
—Retírense y regresen —repitió Cracken.
—Comandante, me opongo enérgicamente a eso —replicó Wedge—.
Cuando las naves salgan de cubierto, se dispersarán. No tendremos otra
oportunidad como esta.
—Si no le gusta, puede decírselo a Solo más tarde —dijo Cracken—.
Chewbacca dice que planea algo especial y ninguno de ustedes puede seguir
ahí.
Leia notó que abría los ojos como platos. ¿Aquello era idea de Han?
—¿Cuál es el plan? —preguntó.
—Chewbacca no me lo ha contado —dijo Cracken—. No estoy muy
seguro de que lo sepa. Ahora activen los dispositivos de postcombustión o
tendré que hacerlo yo por ustedes.
—A la orden —dijo Wedge—. A todos los Pícaros…
—Espera un momento —le atajó Leia, concentrada en las cubetas que
había sobre las aletas de las armas—. No sé qué trama Han pero
probablemente saldrá mejor si esas naves no disparan recto.
—Ya lo hemos probado —dijo Wedge—. Las cubetas sensoras tienen el
mismo blindaje antirrayos que el resto de la nave.
—Pues probemos algo distinto —dijo Leia—. Necesitaré un avión de
apoyo.
—Picaro Tres, coloqúese a mi babor —ordenó Wedge.
—Recibido —dijo otra voz y cuando Leia miró por la cubierta, otro T-47
se colocó en paralelo a unos metros de ellos—. ¿Cuál es el plan?
—Limítese a mantener la posición —dijo Leia. Girando su arpón hacia un
lado, apuntó a la aleta de frenado de estribor de Picaro Tres y disparó.
Se oyeron dos gritos simultáneos, del piloto y el artillero, cuando el arpón
magnético se estrelló con un costado del aerodeslizador.
—¿Pero qué…?
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—Ahora bajamos y hacemos una pasada —dijo Leia—. Veamos si el
cable puede arrancar una de las cubetas de…
Se quedó callada cuando el T-47 descendió repentinamente y dio una
fuerte sacudida. Dio otra sacudida cuando Wedge recuperó el control y lo
enderezó… Y cuando los lanzó hacia la otra punta de la cueva, Leia vio el
metal aplastado sobre la aleta que acababan de pasar. El metal y la cubeta
sensora ausente.
Picaro Tres lanzó un grito victorioso.
—¡Funciona! —bramó.
—Se nos acaba el tiempo —dijo Wedge—. A todos los Pícaros, rompan
filas y vuelvan a casa. Cuanto antes.
Se oyeron las respuestas de todos los pilotos… Y Leia vio cómo los T-47
se unían por parejas, lanzando su arpón magnético unas contra la otras. Se
reunían en la pared del fondo de la cueva y daban la vuelta suavemente.
Y mientras volaban por última vez sobre las hileras de naves misil, los
cables arrancaron al menos otra docena de cubetas sensoras.
—¡Suéltelo! —gritó Wedge.
Leia asintió y apretó el botón que soltaba el cable. Justo a tiempo porque
Wedge ya estaba dando un bandazo lateral rápido para meterlos a toda
velocidad en los confines oscuros y claustrofóbicos del túnel. Tras ella, vio al
resto de aerodeslizadores soltando sus cables también, formando y volando en
fila india tras ellos.
El último de los T-47 acababa de entrar en el túnel cuando se produjo un
repentino destello de luz en la cueva que habían dejado atrás.
Los alienígenas habían volado el techo. Las naves misil estaban a punto
de despegar.
Leia se frotó los hombros en los puntos en que el arnés le había rozado.
—Allá vamos, aviador —murmuró—. Planees lo que planees, espero que
ayude.
—¿Cómo? —dijo Wedge.
Leia negó con la cabeza.
—Nada.
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—¿Dónde? —preguntó Pellaeon, levantando la vista del puesto del rayo
tractor hacia el ventanal del puente.
—Octante Siete, al borde de nuestra visión —informó el oficial—. Tengo
una transmisión visual de la Golan, aunque no es mucho mejor.
Pellaeon volvió a mirar la pantalla del rayo tractor. El vector del Quimera
lo alejaba de la Golan ahora. El control de los motores de la nave estaba
averiado pero como mínimo estaban fuera de peligro.
—¿Puede ocuparse de esto? —le preguntó a Mithel.
—Sí, señor —dijo el operador del rayo tractor—. A no ser que lord Odo…
—miró a Pellaeon—. Quiero decir, a no ser que Nuso Esva nos haya dejado
más sorpresas, no debería haber ningún problema.
—Muy bien —dijo Pellaeon con una sonrisa tensa mientras se giraba e iba
hacia las escaleras del pozo de tripulación. Mithel acababa de terminar su
instrucción pero tenía la osadía despreocupada de darle su opinión sobre el
estado del Quimera a un oficial de mando.
—¿Capitán Thrawn? —dijo cuando volvió a la pasarela de mando—. ¿Ha
oído eso?
—Sí, comandante —respondió la voz de Thrawn—. Siga con su
operación en curso.
Pellaeon hizo una mueca. Como si tuviesen elección con el impulsor
bloqueado.
—¿Debo desplegar cazas TIE para investigar la explosión? —preguntó.
—Negativo —dijo la voz de Thrawn—. Necesitaré todos sus cazas
cuando Nuso Esva haga venir al resto de sus naves.
—Entendido —dijo Pellaeon, con un nudo en el estómago mientras
miraba la lejana formación de combate—. Señor, Nuso Esva nos dijo antes
que cinco Hornodefuego son equivalentes a un destructor estelar. ¿Eso es
exacto?
—Bastante, comandante —le confirmó Thrawn serenamente.
Y allí fuera había dieciséis naves alienígenas grandes enfrentándose al
Amonestador y el Quimera averiado.
Thrawn no iba a necesitar los TIE del Quimera, iba a necesitar un
milagro.
—Comandante, veo naves en la zona de la explosión —dijo de repente el
oficial de sensores—. Parece que despegan desde debajo de tierra. Cazas
medianos de diseño alienígena, con misiles suspen… —se interrumpió—.
Comandante, esos misiles suspendidos son interceptores Caldorf VII.
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—¡Turboláseres! —gritó Pellaeon, volviéndose bruscamente hacia el
ventanal. Un grupo de naves armadas con misiles interceptores llegando por
detrás de la formación de combate de Thrawn sería devastador—. Apunten a
esas naves.
—Señor, los sistemas de control de fuego no están operativos —dijo otra
voz—. He ordenado a la tripulación que pasen a control manual.
—Dígales que se den prisa —gritó Pellaeon. Cuando las naves alienígenas
ganasen algo de altitud y velocidad, los tripulantes de la Quimera no tendrían
manera de alcanzarlos con control manual—. Deprisa, teniente —dijo—.
Somos lo único que las separa del Amonestador.
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—¿Y ahora qué? —preguntó Nills con inquietud.
Barcelle se encogió de hombros.
—Usamos los turboláseres —ordenó—. Puede que estemos fuera de la
batalla principal pero aún tenemos un planeta que defender. Pongámonos
manos a la obra.
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CAPÍTULO VEINTIDÓS
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Con el mismo sigilo, dos troukree salieron de su escondite entre cascotes
de las paredes y la escalera cuando los tres hombres pasaron junto a ellos.
—¡Seguid disparando! —volvió a gritar LaRone. El fuego de bláster
eclipsaba cualquier ruido que los troukree o sus víctimas pudiesen hacer pero
un poco más de ruido no les iría mal.
No tendría que haberse molestado. Los troukree llegaron hasta sus
víctimas y con un destello de luz de sus cuchillos los tres atacantes cayeron
sin hacer ruido al suelo.
LaRone desvió su atención hacia los ocho atacantes agachados tras los
barriles. Mejor dicho, a los cinco que seguían disparando, aparentemente
ajenos en aquella tormenta de fuego al hecho de que tres habían caído ya.
Marcross gritó junto a él, una especie de grito de batalla alienígena,
claramente calculado para mantener el nivel de ruido alto. El número de
atacantes de la barricada se redujo a cuatro, después tres, después dos.
De repente los dos restantes parecieron darse cuenta de lo que estaba
pasando. Se dieron la vuelta, agachados de espaldas a los barriles y apuntando
sus armas por encima del hombro…
Hacia Grave, metido en su tanque de bacta ahora abierto, con el bláster
que había escondido cuando los atacantes pasaron junto a él sin mirarlo
colocado sobre el borde abierto. Su arma lanzó un último disparo, con su
habitual precisión letal, y uno de los dos alienígenas cayó al suelo, lanzando
su última descarga contra una pared.
El último atacante seguía apuntando su bláster cuando Quiller le disparó
desde su propia pila de escombros y puso fin al combate.
LaRone se puso de pie con cautela.
—¿Gobernador? —preguntó y se volvió para mirar a la figura acurrucada
tras dos barriles que había a su espalda.
—No se preocupe por mí —dijo Ferrouz. Había protestado cuando los
soldados de asalto le habían colocado mayor protección pero por su cara
LaRone sabía que se alegraba de que lo hubiesen hecho—. ¿Cómo están
ustedes?
—Yo estoy bien —dijo LaRone e hizo una mueca de dolor cuando volvió
a girarse. Con la adrenalina del combate disipándose, el dolor de una docena
de quemaduras de bláster empezaba a aguijonearle en los brazos, pecho y
mejilla izquierda—. Revisión general —gritó.
Uno por uno, los demás fueron informándole. Lo habitual: quemaduras de
bláster, material dañado, celdas de energía gastadas. Pero estaban todos vivos,
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igual que los cuatro troukree restantes. De hecho, los alienígenas de escamas
verdes habían salido de aquello más indemnes que los soldados de asalto.
Algo que Vaantaar había notado claramente y no parecía gustarle
demasiado.
—Asumen demasiado combate para ustedes —riñó a LaRone mientras
sacaba de forma extraña la celda de energía de su bláster para remplazarla.
—¿Cómo puede decir eso? —dijo LaRone—. Sobre todo cuando la única
baja hasta el momento ha sido uno de los suyos.
—Servimos y morimos con honor —dijo Vaantaar—. Pero quisiéramos
ayudar más en la lucha contra los enemigos de nuestro pueblo. La próxima
batalla será nuestra.
—En realidad puede que no haya otra batalla —comentó Marcross—.
Deben de estar quedándose sin efectivos.
—Por no mencionar que incluso con cargas huecas la voladura del
montacargas ha sido un poco ruidosa —añadió Brightwater—. Con un poco
de suerte ya debe de haber patrulleras viniendo para aquí.
—Si no, podríamos llamarlas —sugirió LaRone, revisando el
comunicador de su casco cuando salió de su refugio y fue hacia Grave. Pero
el chisporroteo de estática en su oído le reveló que la distorsión seguía activa
—. O no —añadió—. Buen tiro, Grave.
—Gracias —dijo Grave, respirando con dificultad, con la mano del arma
colgando del borde del tanque—. Me temo que no es el mejor que he hecho.
—Más que suficiente —aseguró LaRone—. ¿Cómo te encuentras?
¿Estarás listo para… lo que nos espera? ¿El cuarto asalto?
—No habrá más asaltos —dijo una voz desde el hueco del montacargas
abierto.
LaRone se giró hacia allí y colocó su E-11 en posición de disparo. Por el
rabillo del ojo vio a Marcross yendo rápidamente hacia el otro lado del hueco
del montacargas. Se puso a cubierto y asintió.
LaRone se asomó con cautela. No veía nada más que los pisos más altos
de los edificios circundantes y un cielo vespertino cada vez más oscuro.
—¿Hola? —gritó.
—Han sido unos oponentes muy dignos —dijo la voz y LaRone, que
ahora estaba escuchando atentamente, pudo distinguir una leve entonación
alienígena en las palabras—. Pero aquí termina todo.
—Por mí perfecto —dijo LaRone—. Baje y acabemos con esto.
—Aquí termina todo —repitió la voz—. Nuestro señor ha logrado su
objetivo de atraer al enemigo hasta este sistema. Ya no necesitamos que el
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gobernador muera.
LaRone sujetó con más fuerza su bláster. Aquello no sonaba bien.
—Los comandantes siempre cambian de idea —dijo—. En ese caso
supongo que aquí se separan nuestros caminos.
—Nosotros seguiremos el nuestro —dijo la voz—. Pero ustedes han
causado muertes entre mi pueblo. Muertes entre los Elegidos. Esas muertes no
quedarán sin vengar.
LaRone hizo una mueca. Se temía que la conversación iba a terminar así.
—No pasa nada —dijo—. Como le he dicho, baje y veremos qué
podemos hacer sobre esa venganza suya.
—La venganza ya está preparada —dijo la voz—. Morid agónicamente,
enemigos de los Elegidos.
Se oyó el leve ruido de pasos alejándose. LaRone activó los potenciadores
de audio de su casco, escuchando atentamente mientras los pasos se iban
disipando callejón abajo. Le pareció que hacia el este.
Volvió hasta el tanque de bacta haciendo gestos a los demás para que se
reunieran con él. Marcross asintió y rodeó el hueco ennegrecido del
montacargas, mirando y apuntando su bláster hacia arriba por precaución.
Brightwater ya estaba saliendo del refugio de barriles, donde había estado
haciendo guardia junto a Ferrouz y, al otro lado de la habitación, Quiller
cojeaba hacia ellos con su pierna herida, ayudado a caminar por dos
troukrees.
—¿Alguna idea? —preguntó LaRone cuando Marcross y Brightwater
llegaron hasta él.
—Supongo que más explosivos —dijo Marcross.
—Sin duda es el plan más sencillo —le secundó Brightwater—.
Probablemente los colocarán en el límite del tapcafé con las tiendas que hay a
ambos lados. Si vuelan esas paredes maestras ambos edificios deberían
derrumbarse sobre nosotros.
—Probablemente las colocarán en el callejón —añadió Quiller mientras
llegaba cojeando junto a Marcross—. La calle es demasiado visible.
—Sobre todo después de la última explosión —dijo LaRone, asintiendo
—. Y si están en el callejón significa que aún podemos detenerlos. Creo que
su portavoz ha ido hacia el este pero creo que deberíamos enviar dos personas
en cada sentido.
—Estoy de acuerdo —dijo Marcross—. Bueno, caballeros, ha sido un
honor servir…
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—¿Cómo que dos? —intervino Grave, agarrándose al borde del tanque de
bacta y sentándose como pudo—. ¿Y yo? ¿Qué pasa conmigo?
—Ahí arriba vamos a tener que saltar un poco —le recordó Marcross—.
No creo que estés en condiciones ahora mismo.
—Como Quiller —contestó Grave, señalando a Quiller, colgado
precariamente del hombro de Brightwater—. Si él sube…
—Un momento —dijo LaRone mirando a Quiller, que había llegado con
ayuda de dos troukrees.
¿Por qué ahora estaba colgado del hombro de Brightwater?
Reculó un paso del grupo y echó un vistazo a la bodega.
Justo cuando dos de los troukree echaban a correr desde la otra punta
hacia el hueco del montacargas.
—¡Esperen! —gritó LaRone, intentando rodear a Marcross.
Se detuvo cuando Vaantaar alargó una mano.
—No —dijo en voz baja el troukree—. Ya se lo he dicho. Esta batalla es
nuestra.
LaRone no podía decir nada. Ni hacer nada. El primer troukree llegó al
centro del hueco y fue lanzado hacia la abertura por un tercer troukree, que le
estaba esperando. Cuando el primer alienígena desapareció de la vista de
LaRone, el segundo llegó al hueco y fue lanzado de la misma manera hacia
arriba, trazando un arco hacia el otro lado del callejón. Se oyó un grito
extraño seguido de una lluvia de fuego de bláster.
Y después nada.
LaRone miró a Vaantaar.
—Se acabó —dijo este, soltando el brazo de LaRone con una expresión
extrañamente serena—. Vamos. Ya podemos marcharnos de aquí.
LaRone asintió. Recordaba vagamente que había algunas culturas
alienígenas que usaban aquella frase como definición de la muerte.
Pero en realidad no importaba. Aún tenían un gobernador imperial herido
allí y una amenaza contra su vida en la calle y LaRone y los demás soldados
de asalto no tenían más elección que salir e intentar acabar con aquello.
—¿Marcross? —dijo.
—Estoy en ello —respondió Marcross, haciendo rodar uno de los barriles
hacia el hueco del montacargas—. ¿Tú y yo?
—Tú y yo —dijo LaRone, colocando una celda de energía nueva en su E-
11.
Y se le ocurrió que había acertado cuando todo aquello había empezado.
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De una manera u otra, la Mano del Juicio iba a desaparecer sin duda con
algo sonado.
Los dos tipos de la escalera volvieron a disparar, uno de sus disparos hizo
saltar parte del óxido de la carretilla de Luke y el otro fue completamente
desviado. Se asomó en su refugio y les disparó… y se volvió a agachar
rápidamente cuando otra ráfaga le llegó desde detrás. Los secuestradores de la
otra punta de la cueva, llegando a toda prisa.
Con una extraña sensación de indiferencia se dio cuenta que estaba a
punto de morir.
Estaba acorralado. Como la persona que estaba en el riel de la grúa. Las
únicas armas de Luke eran un pequeño bláster prestado, que ya casi estaba sin
energía, y una espada de luz que apenas sabía usar.
Quizá el bláster era del otro intruso, estaba seguro de no haber oído que
estuviesen repeliendo los disparos desde aquella dirección.
Y se enfrentaban al menos a doce hombres, contando los dos de las
escaleras. Ante la expectativa de sentencias de muerte para todos por el
secuestro de la familia de Ferrouz, no perdían nada añadiendo otro asesinato a
su lista de crímenes.
Otros dos asesinatos, en realidad. Con gran parte de sus disparos dirigidos
hacia arriba, en cualquier momento podía morir cualquiera de los dos.
Y entonces, entre los aullidos del fuego de bláster, Luke oyó el chasquido-
siseo de una espada de luz. Se asomó por un lado de la carretilla con el ceño
fruncido.
Estaba viendo algo extraordinario. La persona del riel… que ahora podía
ver que era una mujer a la que le brillaba el pelo con la luz rojiza, estaba
moviéndose, corriendo por el riel hacia las escaleras y la pequeña cabina
donde estaba retenida la familia de Ferrouz. Iba balanceando una espada de
luz mientras corría, desviando con el filo la lluvia furiosa de las descargas de
bláster de Stelikag y los demás secuestradores.
Pero el filo no se abría paso entre los disparos bloqueándolos como Luke
hacía en sus sesiones de entrenamiento. Se encendía y apagaba en un patrón
irregular, brillando como una luz estroboscópica magenta. Ella seguía
corriendo, girando gradualmente la mano a medida que pasaba junto a los
atacantes, manteniendo la espada de luz entre los disparos y su cuerpo cuando
empezaron a llegarle más por detrás que lateralmente.
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Axlon había dicho que había un agente imperial en Poln Mayor con una
espada de luz, pero después de todas las mentiras de aquel traidor, Luke había
supuesto que también le había mentido en aquello. Parecía que no.
¿Pero qué estaba haciendo la chica? La espada de luz seguía parpadeando
mientras corría y cada vez que se apagaba abría la posibilidad de que una de
las descargas de bláster alcanzase su blanco. ¿Era algún defecto del arma?
Luke se quedó sin respiración cuando lo entendió. Estaba encendiendo y
apagando su espada de luz mientras corría para evitar cortar los puntales de
apoyo del riel mientras balanceaba el arma para desviar los disparos.
Se quedó parado un momento, petrificado de asombro por el nivel de
control absoluto y maestría que demostraba aquella maniobra. Ella desvió un
disparo, movió la espada de luz hacia el siguiente, la apagó y la encendió para
sortear un puntal y desvió el siguiente disparo…
Un disparó desde las escaleras pasó rozando el hombro de Luke,
rompiendo abruptamente el hechizo.
—Bien —masculló para sí, se dio la vuelta y lanzó otros dos disparos a
los tipos de las escaleras.
Descubrió que mientras se había quedado mirando la exhibición con la
espada de luz del riel, los dos tipos habían conseguido subir otro tramo de la
escalera.
Y se dio cuenta horrorizado de que estaban fuera del alcance de su bláster.
Volvió a cubrirse tras la carretilla y se volvió para encarar al grupo que
aún corría hacia él. Si los de las escaleras estaban fuera de su alcance,
aquellos otros lo estaban aún más.
Pero incluso sus disparos inútiles podían distraerlos de la agente que
corría por el riel. Y entendió con pesar que era lo único que podía hacer.
Estaba fuera de la pelea. A partir de aquel momento todo dependía de ella.
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El riel de la grúa se sacudió y agitó bajo sus pies cuando su espada de luz
cortó uno de los puntales. Era evidente que había desviado demasiada
atención. Volvió a centrar su mente, bloqueando los disparos que le lanzaban
mientras corría.
Y de repente ya estaba allí.
Frenó y estuvo a punto de estrellarse contra la pared de la cueva. A sus
pies estaba el techo de la cabina de control y le hizo un corte con su espada de
luz, seccionando un círculo de metal y plástico que cayó con estruendo al
suelo de la cabina. Desvió las últimas dos descargas de bláster que volaban
hacia ella y se dejó caer al interior.
Y allí estaban la mujer e hija de Ferrouz, con aspecto de cansadas,
desaliñadas y asustadas, aunque con el punto desafiante en sus expresiones
que Mara esperaba de la familia de un gobernador imperial. Estaban sentadas
en sencillas sillas de madera al fondo de la cabina y la mujer rodeaba
protectoramente con sus brazos a la chica.
—No se muevan —ordenó Mara y cruzó la pequeña habitación hasta la
puerta.
Estaba a medio camino cuando la puerta se abrió y apareció uno de los
hombres, jadeando por la subida de las escaleras. Levantó su bláster, abrió
fuego… y murió instantáneamente cuando Mara desvió la descarga
directamente al centro de su pecho. Dio una sacudida, su bláster saltó por los
aires, su cuerpo se estrelló con el hombre que tenía detrás y los dos
retrocedieron dando tumbos por el rellano y cayeron hasta la mitad del primer
tramo de escaleras.
Maldiciendo enfurecido, el segundo hombre apartó el cadáver de su
compañero y levantó su bláster. Disparó y sus maldiciones se convirtieron en
gritos de rabia y dolor cuando Mara atrapó la descarga y la mandó de vuelta
contra su arma, haciendo trizas tanto el bláster como la mano que lo
empuñaba.
Otro disparo llegó hasta Mara desde el suelo. Se agachó en el rellano y
miró hacia el riel.
Cualquier secuestrador razonable se habría dado cuenta a aquellas alturas
que ya estaba todo perdido y estaría corriendo por el túnel para vehículos en
un frenético intento de huir, pero aquellos no. Aquellos seguían yendo hacia
la escalera, seguían disparando sus blásters, aparentemente convencidos aún
de que podían salvar algo de aquel desastre.
Aunque solo fuera matar a una de las personas que había arruinado su
plan.
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Miró hacia abajo. Skywalker seguía agachado junto a la carretilla, sin
disparar el bláster que le había lanzado, empuñando su espada de luz pero sin
encenderla. Esperando que llegasen hasta él.
Mara hizo una mueca. No tenía ni idea de quién era o cómo lo había
conocido LaRone pero había resultado útil, lo quisiera o no, y había tenido su
parte en el rescate de la familia del gobernador. No podía quedarse allí de
brazos cruzados y dejarlo morir.
Desde tan lejos, sin más arma que su espada de luz, no podía matar de
ninguna manera al resto de secuestradores pero quizá podía hacer algo para
disuadirles de hacer nada más. Justo detrás del túnel para vehículos, entre
Skywalker y los secuestradores, estaba la pila de barriles que había visto
antes, los que llevaban la etiqueta de INFLAMABLE. Se levantó, encendió su
espada de luz y la lanzó hacia la pila.
El arma trazó un arco por el aire, con el filo girando como una peonza.
Mara se proyectó con la Fuerza para guiar el camino del arma lo mejor
posible, haciendo que cortase la base de tres de los barriles. Estos se abrieron
y empezó a brotar un chorro de un líquido denso y de mal aspecto.
Habría apostado que ninguno de los hombres de allí abajo sabía que era
inflamable. Aunque estuviesen ansiosos por matar a Skywalker, quizá
decidieran que no lo estaban lo suficiente para afrontar la posibilidad de
terminar en llamas.
Con aquello finalmente captaron el mensaje. Mientras Mara se proyectaba
con la Fuerza para recuperar su arma, se frenaron y pararon. Sus blásters
quedaron repentinamente en silencio, sus ojos dejaron de mirar a Mara y
pasaron al líquido burbujeante que se derramaba por el suelo de la cueva,
frente a ellos.
Todos menos uno. Stelikag ni siquiera aminoró la velocidad, sus ojos
seguían mirando con ardor a Skywalker mientras chapoteaba por encima del
líquido sin prestarle atención y sin que pareciera importarle.
Y sin bláster a su alcance Mara solo podía hacer una cosa.
—¡Dispara! —le gritó a Skywalker mientras su espada de luz volaba el
último par de metros hasta su mano—. Dispara al charco. ¡Ahora!
—¡Dispara al charco! —gritó la voz sobre Luke y sus palabras resonaron por
la cueva—. ¡Ahora!
Miró el indicador de energía de su bláster. Le quedaban unos dos
disparos. Ni de lejos suficiente para detener a todo el grupo de secuestradores
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que estaba arremetiendo contra él pero quizá suficiente para encender el
charco de líquido.
¿Pero podía hacerlo? ¿Podía provocar deliberadamente un incendio que
sabía que mataría a alguien?
Y cuando vio a Stelikag pisando el líquido, las palabras de Ben Kenobi
parecieron resonar en su mente: «Durante más de mil generaciones los
Caballeros Jedi fueron los guardianes de la paz y la justicia en la Antigua
República».
Justicia…
Stelikag era un secuestrador. Había intentado matar a una agente imperial
con su escalera sembrada de bombas trampa y estaba implicado en un plan
para asesinar al gobernador Ferrouz y su familia. De haber tenido la
oportunidad, sin duda habría cometido todos aquellos crímenes.
Y en aquel preciso instante planeaba matarlo a él.
Luke aún no era un Jedi. Quizá no lo fuese nunca.
Pero incluso los no Jedi podían elegir el camino de la justicia.
Levantó el bláster y disparó.
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denso para ver si seguía allí o no.
Lo que si podía ver era que la pendiente de la cueva había alejado la
mayor parte del líquido en llamas del túnel para vehículos. Unos minutos más
para dejar que el fuego amainase un poco y podría marcharse de allí con las
rehenes liberadas.
Se guardó la espada de luz en su cinturón y sacó su comunicador.
Mientras esperaban le daría la buena noticia al gobernador Fertouz.
Después de una carrerilla de tres pasos, LaRone saltó sobre el barril y desde
allí hasta el borde del hueco del montacargas. Tiró su E-11 fuera, sobre el
duracreto, se sujetó con ambas manos al borde y trepó hasta él. Recogió su E-
11 de donde había caído, rodó para alejarse del agujero y se detuvo boca
abajo, con el bláster apuntado al callejón.
Mientras oía a Marcross repitiendo la misma maniobra tras él, se dio
cuenta con perplejidad e incredulidad de que todo había acabado.
Al fondo del tapcafé, justo donde Brightwater había dicho que colocarían
los explosivos, había tres alienígenas de ojos amarillos tirados en el callejón
junto a una carga hueca a medio montar. En el suelo, junto al explosivo,
estaba la familiar forma cuadrada y la enorme antena de un bloqueador de
frecuencias de comunicador Sanchor III. De pie junto a ellos estaban los dos
troukree que habían saltado por el hueco del montacargas un minuto antes, a
los que LaRone había querido detener, los que creía que se habían lanzado
directamente a la muerte.
Junto a los dos troukrees había otros tres, todos empuñando blásters
pesados.
A LaRone le costó recuperar la voz.
—Despejado —dijo.
—Aquí igual —respondió Marcross, aparentemente tan sorprendido como
LaRone—. LaRone…
—Sí, yo tampoco —reconoció LaRone. Los troukree le estaban mirando y
de repente se dio cuenta de que los estaba apuntando—. Vaya, es agradable
que de vez en cuando alguien haga el trabajo duro por ti —añadió mientras
bajaba el bláster y se ponía de pie.
Oyó pasos debajo y de repente Vaantaar salió volando por el agujero del
montacargas, aterrizando con facilidad en el duracreto, junto a LaRone. Sin
decir palabra, fue callejón abajo hasta el grupo de troukrees.
Marcross se colocó junto a LaRone.
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—¿Alguna idea de quiénes son realmente?
—No —dijo LaRone, girándose y mirando por encima del hombro de
Marcross. En aquella parte del tapcafé había otros tres troukrees, junto a otros
dos cadáveres de alienígenas de ojos amarillos—. Pero diría que Vaantaar va
a tener que darnos muchas explicaciones.
Para su leve sorpresa, oyó un pitido en el comunicador de su casco. Al
parecer, los troukree además de abatir a los atacantes habían desactivado
también el bloqueador.
—Aquí LaRone —dijo.
—Aquí Jade —oyó la voz de la Mano del Emperador—. La familia del
gobernador ha sido rescatada.
LaRone lanzó un suspiro de alivio.
—Se alegrará mucho cuando lo sepa —le dijo—. Parece que por aquí
también está despejado. ¿Necesitas ayuda?
—Creo que no —dijo ella—. Solo estamos esperando que el incendio
amaine un poco para marcharnos.
—Muy bien —dijo LaRone y frunció el ceño. Aquello no le sonaba a una
situación muy controlada. Aun así, Jade normalmente sabía lo que se hacía—.
¿Has visto a Skywalker?
—¿Es el de la espada de luz?
—Ese es.
—Ha sido de ayuda —dijo ella—. Si tienes contacto con él, dile que ya
puede retirarse. Está más cerca del fuego que nosotras y probablemente se
debe de estar asando.
—Le llamaremos —prometió LaRone—. ¿Quieres que llevemos al
gobernador Ferrouz de vuelta al palacio?
—Quizá antes deberíais llamar al general Ularno y organizar una escolta
—dijo Jade—. Aún no sabemos a quién más puede tener comprado Nuso
Esva. Asegúrate de que Ularno lleve solo hombres de su absoluta confianza.
—A la orden —dijo LaRone—. Nos vemos allí.
—Bien —el comunicador se apagó.
En el callejón, Vaantaar había terminado de hablar con los suyos y estaba
volviendo.
—¿Marcross? —gritó LaRone.
—Llama a Skywalker y dile que salga de allí —dijo Marcross, asintiendo
—. Ya está.
Se dio la vuelta y LaRone pudo oírle teclear en su comunicador. Frunció
los labios y fue hacia Vaantaar.
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Se encontraron a medio camino.
—Creo que nos debe una explicación —dijo LaRone fríamente.
—Y una disculpa —coincidió Vaantaar, haciendo una leve reverencia con
la cabeza—. Pero las reglas de combate nos impiden disparar a un enemigo
sin tenerlo plenamente identificado. Con todas las comunicaciones
bloqueadas, todo contraataque debía esperar hasta que mis combatientes
pudiesen llegar y señalarles los objetivos adecuados a nuestros refuerzos.
—Muy escrupuloso por su parte —dijo LaRone—. Pero la verdad es que
no nos dijo quiénes son realmente. ¿Por qué no?
—Todos los seres tienen secretos —dijo Vaantaar—. Y en realidad no
fuimos más deshonestos con ustedes que ustedes con nosotros.
LaRone sintió que se le hacía un nudo en la garganta.
—¿Qué quiere decir?
—Que son desertores —dijo bruscamente Vaantaar—. Y como tales,
están condenados a muerte por los líderes de su Imperio.
—Solo si nos atrapan —dijo LaRone entre dientes. Si ajustaba su E-11 a
modo aturdidor y disparaba lo bastante rápido para abatir a Vaantaar y los
demás…
—Ya están atrapados —dijo Vaantaar—. Yo lo sé. Lo saben otros —ladeó
un poco la cabeza—. Lo sabe nuestro señor.
—¿Y quién es ese señor…?
—El Grande —dijo Vaantaar—. El líder de los que nos consideramos los
verdaderos Elegidos.
Un escalofrío le subió por la espalda a LaRone. Uno de los alienígenas de
ojos amarillos que ahora yacía muerto allí había empleado la misma
expresión.
—¿Y ese Grande tiene nombre?
—Por supuesto —dijo Vaantaar—. Pronto lo sabrán porque tiene mucho
interés en conocerlos.
LaRone inclinó levemente la cabeza para mirar por encima del hombro de
Vaantaar. El resto de los troukrees se habían dispersado y no estaban ya al
alcance de un disparo rápido, aunque no le estaban apuntando.
—Suena emocionante —dijo—. ¿Cuándo?
—Ahora.
—Y si me niego.
Vaantaar volvió a ladear la cabeza.
—Preferiría no tener que insistir —dijo—. Por favor, reúna a los demás.
Nos espera un vehículo para llevarnos al puerto espacial.
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El Quimera dio su último pequeño giro, entró en línea de combate y cuando
lo hizo Pellaeon vio finalmente con sus propios ojos lo que ya le había
mostrado la holo táctica.
La flota de Nuso Esva prácticamente llenaba el ventanal del puente:
veintiocho Hornodefuego más cerca de un centenar de naves escolta más
pequeñas colocadas ante el Amonestador, el Quimera, el Sarissa y un puñado
de cruceros. Un enfrentamiento a todas luces dispar.
Pero como mínimo las naves misil del enemigo que acechaban en Poln
Menor estaban desaparecidas. Esa buena noticia se la había dado el
comandante Barcelle hacía solo diez minutos. Las cincuenta habían sido
destruidas, gracias a Barcelle y la oportuna ayuda de un misterioso mayor
Axlon cuya posición en la cadena de mando de la flota no le había dejado
muy clara Barcelle.
Pero si el papel de Axlon era misterioso, el efecto de la destrucción de las
naves misil sobre Nuso Esva no lo había sido en absoluto. El señor de la
guerra alienígena no había dicho gran cosa pero hasta que Thrawn le había
informado del incidente los cuatro últimos Hornodefuego y sus escoltas no
saltaron del hiperespacio.
Nuso Esva quería destruir las naves imperiales. Eso estaba claro.
Lo que no estaba tan claro era por qué Thrawn seguía lanzándole puyas.
—Veintiocho Hornodefuego contra dos destructores estelares —dijo el
capitán cuando el último grupo empezó a desplegarse a sus puestos en la línea
de combate—. ¿Tanto miedo me tiene, Nuso Esva?
—No le tengo miedo a nada —dijo Nuso Esva—. Puede esconderse detrás
de sus subordinados imperiales, a bordo de ese carguero, y permitirles morir
antes que usted. Pero va a morir. Y cuando esté muerto arrasaré los dos
mundos que tiene a sus pies.
Pellaeon se estremeció cuando Nuso Esva hizo una descripción detallada
de en qué consistiría aquello. No iba de farol, lo sabía. Había un puñado de
naves más en la flota de sector del gobernador Ferrouz pero eran viejas y
débiles, y aunque Thrawn consiguiera hacerlas llegar de alguna manera hasta
allí le servirían de muy poco. Si las Hornodefuego eran tan potentes como
Nuso Esva aseguraba, cuando hubiesen terminado de destruir la fuerza
imperial podrían arrasar la superficie de Poln Mayor a placer.
A no ser que no fuesen tan potentes.
¿Thrawn confiaba en eso? ¿En que el Amonestador y el Quimera
guardasen aún sorpresas para las que Nuso Esva no estaba preparado?
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Entonces lo entendió de repente.
Los cazas TIE. Los dos destructores estelares tenían hangares llenos de
aquellos pequeños y letales cazas estelares.
Pellaeon sonrió levemente. No le sorprendía que Thrawn no hubiese
querido que desplegase sus TIE para investigar la explosión en Poln Menor,
los caza TIE habían sido claves para abatir muchas naves rebeldes. Podían
hacer lo mismo con los arrogantes Hornodefuego de Nuso Esva.
—¿Señor? —dijo el oficial de comunicaciones en voz baja—. Algo no va
bien.
Pellaeon reculó un paso y miró el pozo de tripulación.
—Expliqúese.
—La Arrecife Perdido está usando más potencia de la necesaria en su
presente transmisión —dijo el oficial, señalando una de las pantallas—. Lo
más extraño es que también está reemitiendo la parte de Nuso Esva en la
conversación, no solo transmiten desde allí.
Pellaeon frunció el ceño. Aquello no tenía sentido. ¿Por qué gastar energía
propagando las fanfarronadas de Nuso Esva más allá de donde ya estaban
llegando?
—¿Hasta dónde llega esa señal?
—Eso es lo otro, señor —dijo el oficial, señalando otra pantalla—.
También percibo el margen de un relé. Un relé potente. Alguien ahí fuera está
recibiendo la señal del capitán Thrawn, la está ampliando y la está mandando
a las Regiones Desconocidas.
—Supervíselo —ordenó Pellaeon—. Intente localizar ese ampliador —se
volvió para mirar el ventanal y volvió a concentrarse en los desvarios de Nuso
Esva.
Al parecer justo a tiempo para escuchar el final.
—… como le sucederá a todo el que ose oponerse a mí —terminó Nuso
Esva con su florido vocabulario.
—Da por supuesto que la gente de ahí abajo son sus enemigos —comentó
Thrawn—. Yo sin duda lo soy pero ellos quizá no lo sean. La población de
este sector no le tiene mucho cariño al Imperio. Si les dieran a elegir, es
probable que decidieran convertirse en sus aliados, como los stomma y los
quesoth.
—¿Aliados? —Nuso Esva hizo un ruido como si escupiera—. Usted tiene
aliados, Thrawn. Para mí todos excepto los Elegidos son meras herramientas.
Pueden ser herramientas útiles o herramientas averiadas.
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—Interesante —dijo Thrawn—. Imagino que los líderes de los stomma y
los quesoth estarán interesados en saber cuál será su verdadera situación si
eligen unirse a sus dominios.
—Y yo imagino que estará encantado de contárselo —dijo Nuso Esva—.
Aunque no iban a creerle.
—No es necesario que me crean a mí —dijo con calma Thrawn—. Pueden
oírlo de su boca. De hecho, lo están oyendo ahora mismo.
Nuso Esva se quedó en silencio un momento y Pellaeon se permitió
esbozar una pequeña sonrisa siniestra. Allí era donde iba la señal ampliada.
Thrawn estaba pinchando a Nuso Esva para que mostrase su desconfianza
hacia algunas especies que al parecer estaban compinchadas con él.
—Malgasta su ingenio —le dijo fríamente Nuso Esva—. Cuando
hayamos terminado con usted, mi flota viajará hasta el planeta de los stomma
y volveré a convertirlos en herramientas útiles. Su tiempo ha terminado,
Thrawn. Mis naves ya están en sus puestos.
—Lo están —dijo Thrawn—. Y el tiempo ha terminado, Nuso Esva. Señal
cherek, señal esk, señal krill.
Pellaeon miró al oficial de comunicaciones. Cherek, esk, krill… aquel no
era ningún código imperial con el que estuviera familiarizado. Seguro que no
era una orden de lanzamiento de cazas TIE. ¿Qué demonios tramaba Thrawn?
—¡Comandante! —gritó el comandante de sensores con una voz apenas
reconocible—. Nuevas señales saliendo del hiperespacio —levantó la vista
del pozo de tripulación con los ojos como platos—. Señor, es… —se
interrumpió y señaló el ventanal. Pellaeon frunció el ceño y se volvió para
mirar.
Y allí estaban, parpadeando en pseudomoción mientras salían del
hiperespacio, llegando al sistema Poln en perfecta sincronía, en posiciones de
ataque perfectas tras el muro de Hornodefuego.
Destructores estelares. Seis, todos ellos legendarios en todo el Imperio. El
Devastador, el Acusador, el Acechador, el Adjudicador, el Tirano, el
Vengador.
Y en el centro de la formación, el orgullo de la flota. El gigantesco
superdestructor estelar Ejecutor.
Era el Escuadrón de la Muerte.
Era lord Darth Vader.
—Capitán Thrawn —resonó la voz del lord oscuro por el altavoz—.
¿Estos son los enemigos del Imperio de los que nos habló?
—Sí, lo son, lord Vader —le confirmó Thrawn.
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—¿Y quiere que los destruyamos?
—Les he ofrecido la posibilidad de cerrar un acuerdo —dijo Thrawn—.
Oferta que han rechazado repetidamente.
—En ese caso parece que no hay nada más que hablar —concluyó Vader.
—Estoy de acuerdo, milord —dijo Thrawn—. Ahora mismo no estoy en
mi nave. Consideraría un honor que asumiera el mando del Amonestador para
esta batalla.
Pellaeon carraspeó.
—El Quimera también está a sus órdenes, milord —dijo.
—Pues acabemos con esto —dijo Vader—. A todas las naves: fuego a
discreción.
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Leia miró el altavoz, teniendo la familiar sensación de que alguien le
estaba segando la hierba bajo los pies. ¿Por qué lo hacía?
—Bien —dijo entre dientes—. Solo asegúrate de salir de ahí.
Dio un manotazo al comunicador y lo apagó.
—No hay duda —murmuró Cracken.
—¿No hay duda de qué? —preguntó Leia.
—Ese hombre tiene futuro en la rebelión —dijo Cracken, sin dejar de
mirar hacia delante—. No estoy seguro de qué tipo pero no hay duda de que
tiene futuro.
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Era la Mano del Emperador. Era investigadora, juez y verdugo.
Pensó que era bueno tener la justicia en su mano.
—Sí —le dijo a la niña—. No le pasará nada.
La nave a la que los llevó Vaantaar estaba escondida en uno de los muelles de
amarre más oscuros y remotos. Era de un estilo que LaRone no había visto
nunca: treinta metros de largo, alas inclinadas con largos surcos, cubierta de
la cabina cruzada, grandes morros subluz y una alta aleta dorsal que parecía
albergar verticalmente baterías de cañones láser.
—Bonita nave —comentó.
—Estamos encantados con ella —dijo Vaantaar—. Pasen… nuestro señor
espera.
LaRone miró hacia atrás. Marcross y Brightwater estaban en silencio entre
un par de troukrees, completamente inexpresivos. Tras ellos, otros dos
troukrees cargaban con Quiller, con la pierna herida estirada en una posición
extraña hacia delante, mientras otros seis hacían lo propio con Grave, aún
dentro del chapoteante tanque de bacta. Aunque los troukree no hubieran ido
armados, no habrían podido escapar. Como mínimo todos.
—No nos ha dicho qué quiere su señor de nosotros —dijo.
—Han abandonado el Imperio —dijo Vaantaar.
—Fue el Imperio el que nos abandonó a nosotros —le corrigió Marcross.
—Mejor aún —dijo Vaantaar, girándose levemente para mirarle—.
Nuestro señor les ofrece la posibilidad de saldar cuentas.
—¿Cómo? —preguntó LaRone.
Vaantaar sonrió y sus ojos de bordes blancos brillaron.
—Pasen y lo verán.
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CAPÍTULO VEINTITRÉS
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—¿Gobernador? —preguntó una voz tímidamente desde el otro lado de la
habitación. Car’das se volvió y vio a un joven en la puerta derruida, dudando
claramente si debía entrar—. Tengo los datos que ha pedido.
—Déselos al capitán Thrawn —ordenó Ferrouz.
—Sí, señor —el asistente cruzó la habitación apresuradamente, dando un
gran rodeo alrededor de Vader y le entregó una tarjeta de datos a Thrawn.
Este ya tenía su datapad a mano y la insertó mientras el asistente se marchaba
con la misma diligencia.
—¿Qué datos son esos? —preguntó Vader.
Thrawn no contestó, sus ojos ardientes se entrecerraron por la
concentración mientras manipulaba los controles del datapad.
—Es la lista del material que Nuso Esva me hizo dejar en las minas de
Anyat-en y Lisath-re para que lo encontrase el equipo rebelde —dijo Ferrouz.
Vader se giró lentamente hacia él.
—¿Les ha dado material?
—Fue una orden, milord —dijo Ferrouz. Extrañamente, o al menos eso le
pareció a Car’das, el gobernador parecía tranquilo ante la ira silenciosa de
Vader. Quizá era de esos tipos siempre calmados e imperturbables, como
Thrawn.
Probablemente, se debía a que su familia era lo más importante en su vida.
Ahora que estaban a salvo, hasta la ira de un lord Sith era una minucia.
—¿Saboteó como mínimo el material? —le preguntó Vader—. ¿O lo
inutilizó de alguna manera?
—No pudo —comentó Thrawn distraídamente, sin apartar la vista del
datapad—. Nuso Esva no podía prever cuándo llegaría la Mano del
Emperador, ni cuándo concluirían sus investigaciones y ejecutaría al
gobernador Ferrouz. Los rebeldes debían tener motivos para quedarse hasta
que eso sucediese.
La placa facial de Vader se quedó mirando fijamente a Ferrouz unos
segundos más. Entonces, con un ruido amortiguado que pudo ser una
maldición, se dio la vuelta. Sus ojos se detuvieron un momento en el agujero
del otro lado del despacho que antiguamente había sido la escotilla de huida
oculta de Ferrouz. Entonces, con otro resoplido, se volvió hacia Thrawn.
—¿Y bien?
Thrawn bajó el datapad.
—Esto es lo que se llevaron, por orden de carga. Material para climas
fríos y equipos de modificación para climas fríos. Piezas de recambio
fundamentales para un generador de energía SURO-10, un generador de
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escudos KDY DSS-02 y algunos cañones láser Atgar P-torre. Posiblemente
también tienen al menos un cañón antiinfantería DF.9 de Armas Golan, y
varios aerodeslizadores T-47 modificados para combate y material para
modificar más —hizo una pausa expectante.
Vader siguió callado un rato, mirando a Thrawn, sin que su actitud
desvelase nada de lo que pasaba dentro de aquella armadura negra. Car’das
notó que se ponía tenso…
—Un planeta frío —dijo Vader en un tono impactante por su gélida
calma. No parecía enfadado, sino simplemente pensativo—. Deshabitado o
casi. Sin recursos útiles.
Thrawn inclinó la cabeza.
—Coincido con usted, milord —dijo.
—Espere un momento —intervino Ferrouz, aparentemente confuso—.
Entiendo lo del frío, ¿pero cómo sabe que está deshabitado?
—Los SURO y los DSS-02 están diseñados para operar a la intemperie —
dijo Vader, con su placa facial aún girada hacia Thrawn—. En un mundo frío,
sin posibles escondites tras los que cubrirse, se les vería en cualquier sitio si
no estuviese deshabitado. Y ningún mundo con recursos apreciables está
deshabitado.
—Ahora sabe dónde buscarlos —dijo Thrawn—. Y que emplearán
Atgars, DF.9 y T-47, por lo que podrá preparar su ataque para obtener una
victoria rápida.
—Sí —Vader alargó la mano.
Thrawn sacó la tarjeta de datos y se la entregó.
—Milord —dijo, inclinando la cabeza otra vez.
—Capitán —Vader se giró y le hizo un gesto con la cabeza a Ferrouz—.
Gobernador.
Vader miró fugazmente a Car’das, aparentemente decidió que no valía la
pena mencionarlo y, tras hacer un remolino con su capa, se marchó de la
oficina.
Al cabo de dos minutos, con los agradecimientos de Ferrouz aún
resonando en su mente, Car’das siguió a Thrawn en la misma dirección.
—Supongo que vuelve al Amonestador, ¿no? —dijo cuando llegaron a los
turboascensores.
—Sí —contestó Thrawn—. La flota oriental de Nuso Esva ha sido
destruida pero tiene otras dos de las mismas dimensiones. Debo regresar
inmediatamente para aprovechar nuestra ventaja momentánea.
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—Por no hablar de la visita a los stomma y los quesoth —murmuró
Car’das—. Imagino que serán más receptivos ahora que saben la verdad.
—Si no lo son tendrán que asumir las consecuencias —dijo Thrawn—. ¿Y
usted?
Car’das hizo una mueca. ¿Y él?
—No lo sé —confesó—. Aún hay una posibilidad, junto a la Fisura
Kathol, que me han dicho que puede permitirme curarme. Pero no sé.
—¿Si es posible? —preguntó serenamente Thrawn—. ¿O si quiere
intentarlo?
Car’das resopló.
—Nunca he podido engañarle, ¿verdad?
—No mucho.
Llegó el turboascensor y subieron.
—Mientras se plantea si su vida sigue teniendo sentido —prosiguió
Thrawn mientras el turboascensor descendía— hay una trabajo que me
gustaría mucho que hiciese por mí. El informe del comandante Pellaeon decía
que después de que Nuso Esva subiera a bordo del Quimera hizo una breve
visita a un planeta llamado Wroona.
—Y otra más larga a un lugar que aún no han identificado —añadió
Car’das, asintiendo—. Sí, he leído el informe.
—El mundo desconocido es irrelevante —dijo Thrawn—. Ese habría sido
el lugar elegido por Nuso Esva para reunirse con sus comandantes y terminar
de concretar sus planes para la operación pero el otro, Wroona, es donde creo
que los agentes de Nuso Esva tienen secuestrada a la familia de Sorro.
Posiblemente a todo su pueblo, considerando la leyenda que da nombre a la
Esperanza de Salaban. Espero que la familia de Sorro siga viva y pueda ser
liberada.
Car’das sintió que se le hacía un nudo en el estómago.
—Por mí.
—Nadie más puede hacer ese trabajo —dijo Thrawn—. La Arrecife
Perdido tiene el armamento y estoy seguro que usted dispone de los contactos
necesarios para encontrarlos —miró fijamente a Car’das—. La cuestión es si
quiere hacerlo.
La puerta se abrió y echaron a andar por la planta baja del palacio.
Car’das miró a los demás empleados mientras pasaban junto a ellos, notando
sus miradas dubitativas y furtivas.
Pero nadie los detuvo. Llegaron a la puerta, pasaron entre la pareja de
soldados de asalto de la Legión 501 que hacían guardia allí y salieron.
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A Car’das le pareció que uno de los soldados de asalto le hacía un gesto
con la cabeza a Thrawn pero pudieron ser imaginaciones suyas.
Estaban a medio camino del muro exterior cuando Car’das tomó una
decisión.
—Supongo que no pierdo nada por echar un vistazo —dijo—. Hay un
traficante de armas llamado Ba’Seet en Wroona… probablemente es quien le
proporcionó a Nuso Esva los detonadores termales que usó contra el
Quimera. Podría empezar por ahí.
—Gracias —dijo Thrawn, inclinando la cabeza—. Estoy seguro que Sorro
también se lo agradecería, de estar vivo.
—Sí —Car’das miró de reojo a Thrawn—. Por cierto, he notado que no le
mencionaba a Vader que usted fue quien ordenó que sacasen los misiles
Caldorf VII del Sarissa y los enviasen a Poln Menor, donde la gente de Nuso
Esva podría hacerse con ellos.
Thrawn se encogió de hombros.
—Me limitaba a seguir la filosofía de Nuso Esva. Él quería que los
rebeldes estuviesen lo bastante interesados en el material recién descubierto
para no poder marcharse rápidamente. Yo quería que Nuso Esva tuviese el
mismo incentivo para asegurarme que reunía a todas las fuerzas de las que
dispusiera.
—Las cosas se podrían haber complicado si las naves de los misiles
hubiesen salido indemnes —comentó Car’das.
—Contaba con que los rebeldes las destruirían —dijo Thrawn—.
Reconozco que hicieron su trabajo con más inventiva de la que esperaba pero
el resultado fue el mismo.
—Vaya —comentó Car’das, mirándole fijamente—. Parece que
últimamente está más caritativo con la rebelión.
—En absoluto —dijo Thrawn en un tono más sombrío—. Sus habilidades
militares son innegables pero sus opciones de conseguir una estabilidad a
largo plazo son inexistentes. Sencillamente múltiples especies, con múltiples
puntos de vista y filosofías étnicas, no pueden mantenerse unidas mucho
tiempo. La voz cantante debe ser lo bastante sabia para adoptar ideas y
métodos de sus pueblos aliados y miembros. Pero debe haber una voz
cantante o solo habrá caos. En esta parte de la galaxia esa voz es el Imperio.
—¿Y en su parte de la galaxia? —preguntó Car’das.
Thrawn se encogió levemente de hombros.
—Aún no está claro —dijo—. Pero venceremos —se le hizo un nudo en
la garganta—. He visto el futuro, Jorj. Venceremos porque no tenemos otra
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opción.
Mara esperó dos días en la Suwantek antes de llegar con gran pesar a la
conclusión de que LaRone y los otros no volverían.
Lo que les había pasado seguía siendo un misterio. Había hecho pesquisas
y había revisado todas las bases de datos imperiales, tanto las oficiales como
las no tan oficiales, pero no había ni rastro de ellos.
¿La 501 los había atrapado tras la batalla, cuando Vader la mandó
ocuparse de la seguridad mientras Ferrouz y Ularno aclaraban quién de su
gente era de fiar? Pero Vader era muy estricto con los procedimientos, al
menos con sus subordinados, y alguien debería haber redactado un informe.
¿El mayor Pakrie o algún otro agente de Nuso Esva? Pero Pakrie estaba
escondido y por el recuento de cadáveres del tapcafé parecía muy improbable
que hubiese quedado ningún alienígena de Nuso Esva para seguir causando
problemas. Aunque fuese así, y aunque hubiesen logrado matar a los soldados
de asalto, no había ningún motivo para ocultar o deshacerse de los cadáveres.
Mara no tenía ni idea de qué había pasado pero la realidad era que estaban
desaparecidos.
Y así fue como, al final del segundo día, se encontró sentada en el asiento
de piloto de la Suwantek, mirando malhumoradamente el puerto espacial que
tenía delante.
Echándoles de menos.
Pensó que echar de menos a alguien era una sensación nueva para ella.
Las únicas constantes verdaderas que había tenido en la vida habían sido el
Emperador y un puñado de gente como Vader. Vader era como era, sus
estados de ánimo le permitían ser un aliado ocasional pero poco más. El resto
de la corte o la flota eran iguales.
En cuanto al Emperador, estaba disponible para ella en cualquier
momento que lo necesitara, a solo un pensamiento de su cabeza. ¿Cómo podía
echar de menos a alguien que siempre estaba allí?
No le gustaba echar de menos a LaRone y los otros. Le hacía sentir débil
y vulnerable y no le gustaba nada.
Pero los echaba de menos.
Y lo que lo empeoraba todo era la certeza dura y amarga de que lo que les
había pasado, fuera lo que fuera, les había pasado por culpa suya. Era ella la
que les había ordenado que fueran allí y la que los había abandonado a su
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suerte frente a los agentes de Nuso Esva mientras iba a buscar a la familia del
gobernador. Si no lo hubiera hecho…
Suspiró. Si no lo hubiera hecho, ¿quién sabe qué podría haber pasado? La
familia de Ferrouz probablemente estaría muerta. Los soldados de asalto
también podrían estar muertos.
Mara misma podría estar muerta.
«¿Hija mía?».
Mara cerró los ojos y se proyectó hacia la Fuerza. «Milord», contestó.
«¿Va todo bien?».
Mara vaciló, deseando de repente hablarle de aquella sensación de pérdida
para sentir su fuerza y recibir su consuelo.
Pero era el Emperador. Sus responsabilidades se extendían a toda una
galaxia, no tenía tiempo para la debilidad de la emoción o la pena.
Y ella era la Mano del Emperador. Ella tampoco lo tenía.
«Muy bien, milord», le dijo. «Se ha demostrado la inocencia del
gobernador Ferrouz».
«Excelente», dijo el Emperador. «Vuelve al Centro Imperial».
«Sí, milord», contestó Mara.
Y la conexión se rompió. Con un suspiro, Mara tecleó el panel de control
para encender los motores. Decidió que llevaría la Suwantek hasta donde
habían dejado su lanzadera, la amarraría para remolcarla y volvería al Centro
Imperial. Allí devolvería la Suwantek a sus legítimos dueños del DSI.
O quizá no. En definitiva el DSI no sabía que la tenía. Quizá la guardaría
en algún sistema apartado, por si algún día terminaba necesitándola.
O por si, de alguna manera, LaRone y los otros volvían.
Sabía que era muy poco posible pero en aquel universo loco nadie podía
estar seguro de nada.
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quién era.
—Bienvenidos a bordo del Amonestador —dijo el capitán Thrawn
mientras los soldados de asalto entraban en su despacho de mando—. Tengo
entendido que sus heridas han sido curadas.
—Y muy bien tratadas, señor, gracias —contestó LaRone.
—Pero su curiosidad sigue intacta —prosiguió Thrawn—. Es muy
sencillo, comandante de escuadrón LaRone. Le he traído aquí porque
Vaantaar me dice que son unos soldados de asalto excelentes. Los quiero a
mis órdenes.
LaRone sintió que se le secaba la boca. Era una oferta muy halagadora,
sobre todo viniendo de un comandante que había transformado muy
hábilmente una derrota prácticamente segura en una victoria rotunda.
Pero si Thrawn procesaba la petición por los canales adecuados, saltarían
alarmas en todo el Centro Imperial. Y en cuanto llegasen a oídos del DSI…
Marcross, obviamente, estaba pensando lo mismo.
—Agradecemos la oferta, capitán —dijo—. Pero hay algunos problemas
con nuestra situación de los que quizá no es consciente. Nuestra posición
actual en la flota…
—Es que no tienen posición —concluyó Thrawn—. Técnicamente son
desertores. Uno de ustedes… —sus brillantes ojos rojos se desviaron hacia
LaRone—… es técnicamente un asesino.
Y tras eso LaRone supo que se había terminado. Habían conseguido
seguir libres después de haberse topado con Jade e incluso con Vader.
Pero ahora estaban atrapados. Y, en cierto sentido, era un alivio.
—Fue en defensa propia, señor —dijo, aunque no estaba seguro de por
qué se molestaba en intentarlo. Al DSI le iban a importar muy poco las
circunstancias del incidente—. En cuanto a la deserción, obligué a los demás
a acompañarme.
Thrawn arqueó una ceja.
—¿Vaantaar?
—Ya le he hablado de la lealtad del grupo —dijo el troukree—. Esto no es
más que otro ejemplo.
—Cierto —dijo Thrawn—. Pero como puede recordar, comandante de
escuadrón, he dicho que era solo técnicamente un asesino y un desertor. He
visto varios informes, además de la discreta investigación que llevó a cabo la
Mano del Emperador, y creo que he entendido lo que pasó.
LaRone miró a Vaantaar y lo comprendió todo.
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—¿Por eso hizo que Vaantaar nos secuestrase? ¿Para poder mantener todo
esto fuera de los conductos oficiales?
—Exacto —dijo Thrawn en un tono complacido—. Hicieron un trabajo
excelente en Poln Mayor. Todos.
—No sirvió de mucho —dijo LaRone con pesar—. Por lo que vi en los
informes postcombate de la nave, el único motivo por el que Nuso Esva
quería matar a Ferrouz era hacerle venir a usted al sistema Poln para tenderle
una trampa pero en palacio siguieron adelante y de todas formas emitieron la
orden.
—Que cumplí con mucho gusto —dijo Thrawn—. Y ustedes también han
cumplido, han ayudado a salvar la vida de un hombre bueno y valioso,
además de la de su familia.
—Al precio de la vida de otro ser —murmuró Brightwater mirando a
Vaantaar.
—Que estaba dispuesto a darla —dijo Vaantaar gravemente—. Como
todos.
—Pero, aparte de eso, deben comprender el verdadero alcance del plan de
Nuso Esva —prosiguió Thrawn—. Si el gobernador Ferrouz hubiese sido
asesinado cuando tenían planeado, su escuadrón de Poln Mayor y su caza de
clase Susurrante habrían llegado a Poln Menor al mismo tiempo que
despegaba todo el nido de naves armadas con misiles. Su presencia en el
momento crucial podría haber salvado de la destrucción a algunas o todas
esas naves pero como primero retrasaron y después destruyeron aquel
escuadrón, los demás Susurrantes terminaron destruidos.
Sonrió levemente.
—Pero incluso más importante fue, con el escuadrón de Poln Mayor
destruido, el Susurrante abandonado que sacaron del puerto espacial que
Vaantaar y sus combatientes pudieron recuperar intacto. Estudiándolo
pudimos entender interioridades de la tecnología y la filosofía de las naves de
guerra de Nuso Esva.
—Entiendo —dijo LaRone, sintiéndose algo mejor. Quizá todo su ruido y
furia no habían sido tan inútiles como creía.
—Pero las naves de guerra solo son parte de la ecuación —continuó
Thrawn—. Para liberar de sus grilletes a los pueblos esclavos de Nuso Esva
se necesitará infantería. No cualquier infantería sino soldados de asalto
imperiales.
LaRone miró a sus compañeros, parecían tan abrumados por la oferta
como él mismo.
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—Le agradecemos la oferta, señor —dijo mirando a Thrawn—. Pero ya
hemos tenido suficiente acción. Posiblemente más que suficiente.
Thrawn negó con la cabeza.
—No me ha entendido, comandante de escuadrón —dijo—. No quiero
que combatan, quiero que entrenen.
LaRone sintió que se le abrían los ojos como platos.
—¿Entrenar?
—Concretamente, que entrenen a la gente como Vaantaar —dijo Thrawn
señalando al troukree—. Su mundo ha sufrido muchísimo bajo el dominio de
Nuso Esva y los pocos que escaparon han sido aliados potentes y capaces. Por
eso los elegí para que fuesen a Poln Mayor haciéndose pasar por refugiados,
para que vigilasen y me informasen de los movimientos y actividades de los
agentes de Nuso Esva.
»Pero, aunque son excelentes soldados, coinciden conmigo en que pueden
ser aún mejores, que pueden convertirse en verdaderos soldados de asalto
imperiales.
La imagen del sacrificio del troukree en el tapcafé volvió a la mente de
LaRone.
—No lo dudo, señor —dijo—. Pero estoy seguro que el Amonestador ya
tiene su buena proporción de soldados de asalto capaces.
—Así es —dijo Thrawn—. Lo que no tiene son soldados de asalto
capaces que puedan aceptar de forma honesta y entusiasta la idea de
alienígenas uniéndose a sus filas.
Y de repente todo adquirió sentido. LaRone volvió a mirar a sus
compañeros y después se giró hacia Vaantaar.
—¿Es lo que quieren?
—Sí —dijo con firmeza el troukree—. El Imperio que el capitán Thrawn
está moldeando entre el mal que se extiende por nuestros mundos no es el
Imperio que decidieron abandonar. El suyo es un Imperio de justicia y
dignidad para todos los seres. El suyo es un Imperio al que servimos de buena
gana —miró a Thrawn—. Uno por el que estamos dispuestos a morir.
—La decisión es suya, por supuesto —dijo Thrawn—. Aún estamos a tres
días de distancia de mi base. Piénsenlo y debátanlo. Esperaré su decisión.
Seguían a Vaantaar hacia sus camarotes cuando Grave rompió el silencio
pensativo que se había apoderado de ellos.
—Creo que deberíamos bautizar a la unidad como Cinco-Cero-Uno —
dijo.
—Creía que Vader ya tenía ese nombre registrado —comentó Quiller.
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—Dudo que Vader se entere —dijo Grave—. Yo no pienso decírselo.
—Sabia elección —dijo Marcross—. ¿Quieres ese número de unidad por
algo en especial?
Grave se encogió de hombros.
—Se supone que son los mejores, si vamos a aceptar este trabajo debemos
apuntar alto.
—Si aceptamos el trabajo —dijo LaRone.
—No creo que tengamos elección —dijo Quiller sobriamente—. Leiste
los informes, LaRone… viste cómo actúa Nuso Esva. Secuestros de niños,
sobornos a oficiales imperiales, amenazas para someter planetas enteros.
Alguien tiene que detenerlo.
—Y si la gente como Vaantaar va a combatirlo de todas formas, alguien
debe asegurarse de que sean los mejores combatientes que puedan —
coincidió Marcross—. Y podríamos ser nosotros.
—Es decir, la nueva Cinco-Cero-Uno —concluyó Grave—. Como decía.
LaRone miró a Brightwater. Este estaba contemplando la cubierta que
tenían debajo, con el ceño fruncido por la concentración y la pena quizá.
—Brightwater, estás muy callado —dijo LaRone—. ¿Te preocupa algo?
—¿Eh? —preguntó Brightwater, enfocando su mirada hacia LaRone—.
Oh, no, estoy bien. Solo deseaba poder ver a Skywalker antes de que nos
marchemos.
—¿Skywalker? —preguntó LaRone, frunciendo el ceño—. ¿Por qué?
Brightwater sacudió una mano.
—Aún tiene mi moneda de la suerte.
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—Maravilloso —dijo Rieekan, mirándole fijamente—. ¿Algún motivo en
particular para este cambio de opinión? ¿Además de su enfado por ser
marginado de todas las reuniones divertidas?
—Me dijo que el liderato comporta responsabilidad —le recordó Han—.
Y de todas maneras parece que me estoy cargando de responsabilidades. Así
que, ya puestos, me pueden colocar esas estúpidas barras de rango.
—De acuerdo —dijo Rieekan—. Ahora mismo pongo el papeleo en
marcha —alargó la mano—. Enhorabuena, teniente Solo.
Cuando Han volvió al hangar Chewie esperaba junto al Halcón, con el
cañón bláster giratorio destruido en la cubierta, a sus pies.
—Estamos dentro —le confirmó Han, levantando la vista hacia el
compartimento del cañón, ahora vacío—. Vamos, es hora de que solicites una
renovación de material. Ya puedo firmarte la autorización.
El wookie rugió una pregunta.
—No lo sé —dijo Han, dando unos golpecitos con el pie en las partes
ennegrecidas del viejo cañón—. Algo de Blas-Tech… siempre me ha gustado
su material. Un zumbador de tierra quizá, el Ax-108 o el III. Tú asegúrate de
que sea algo que no se sobrecaliente y queme los acoplamientos cada
cincuenta disparos.
Un movimiento al otro lado del hangar llamó su atención. Levantó la
cabeza y vio a Leia caminando hacia las hileras de Ala-X, con Luke y Wedge
sonriendo mientras ella movía las manos enfáticamente para acompañar lo
que les estaba contando.
Chewie rugió junto a Han.
—Por supuesto —coincidió Han, viendo cómo Leia y compañía
desaparecían tras una de las naves—. Vamos, volvamos al trabajo.
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Notas
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[1]Nota del traductor: Sorro es fonéticamente igual que sorrow en inglés.
Sorrow = pena, tristeza, melancolía. <<
Página 352