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Los Discípulos

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Los discípulos

Los discípulos, o apóstoles, de Cristo fueron las piedras fundamentales


de su iglesia.
Hombres corrientes, con defectos, con debilidades. Y, sin embargo, Jesús
los llama para ser administradores de la gracia de Dios.
¿Qué es un apóstol?
Un apóstol es un testigo escogido y enviado en misión por el mismo
Cristo. Desde el inicio de su ministerio público, Jesús eligió a unos
hombres de entre los que le seguían y sobre los que edificaría la Iglesia.
A estos hombres los hace partícipes de su misión evangelizadora.
Jesús escogió a doce apóstoles para dirigir Su Iglesia. Oró toda la noche
para escoger a los hombres correctos. A la mañana siguiente, escogió y
ordenó a doce hombres, dándoles el sacerdocio y la autoridad para ser
apóstoles.
Marcos 3:14; Lucas 6:12–16; Juan 15:16

Andrés
Andrés era el hermano de Pedro, e hijo de Jonás. Vivió en Betsaida y
Capernaúm y era pescador antes de que Jesús lo llamara. Originalmente
fue un discípulo de Juan el Bautista (Marcos 1:16-18). Andrés trajo a su
hermano Pedro a Jesús (Juan 1:40).

Juan
Juan, hijo de Zebedeo y Salomé, hermano de Santiago, el apóstol. Fue
conocido como el discípulo amado. Un pescador que vivió en Betsaida,
Capernaúm y Jerusalén y fue miembro del Círculo Interno. Él escribió el
Evangelio según San Juan, 1º de Juan, 2º de Juan, 3º de Juan y
Apocalipsis.

Pedro
Simón Pedro, hijo de Jonás, era un pescador y hermano de Andrés, que
vivió en Betsaida y Capernaúm. Hizo trabajo evangelístico y misionero
entre los judíos, yendo tan lejos como a Babilonia. Fue un miembro del
Círculo Interno y escribió las dos epístolas del Nuevo Testamento que
llevan su nombre. Pedro fue un pescador, fue un hombre casado Entre
los doce, Pedro fue el líder. Él sobresale como el vocero de los apóstoles.
Es él el que primero confesó a Jesús y lo declaró el Hijo del Dios Viviente.
Es él quien estuvo en el monte de la Transfiguración.
Es él quien negó a Cristo ante un criado. Él fue un apóstol y un misionero
que dio su vida por su Señor. Es verdad, Pedro cometió muchos errores,
pero tuvo siempre la gracia salvadora del corazón amante. No importa
cuántas veces se hubo caído y fallado, siempre recuperó su coraje e
integridad.

Santiago, el Anciano
Santiago, el Anciano, Boanerges, hijo de Zebedeo y Salomé, hermano de
Juan el Apóstol; un pescador que vivió en Betsaida, Capernaúm y
Jerusalén. Fue un miembro del Círculo Interno, llamado así porque estaba
formado por los que recibieron privilegios especiales. Fue el primero de
los doce en convertirse en mártir.

Mateo
Mateo, o Leví, hijo de Alfeo, vivió en Capernaúm. Fue un publicano o
cobrador de impuestos. Él escribió el evangelio que lleva su nombre. El
llamamiento de Mateo al grupo apostólico es mencionado en Marcos
2:14, Mateo 9:9 y Lucas 5:27-28. De estos pasajes aprendemos que
Mateo también fue llamado Leví. Era una costumbre común en el Medio
Este en la época de Cristo que los hombres tuvieran dos nombres. El
nombre de Mateo significa “un regalo de Dios”. El nombre Leví le pudo
haber sido dado por Jesús. Es interesante que Santiago el menor, quien
fue uno de los doce apóstoles, fue hermano de Mateo, también el hijo de
Alfeo. Aunque sabemos poco sobre Mateo personalmente, el hecho
sobresaliente sobre él es que fue un recaudador de impuestos.
De todas las naciones en el mundo, los judíos fueron los que más
odiaron a los cobradores de impuestos. Para el judío devoto, Dios era el
único a quien era correcto pagar tributos e impuestos. Pagarlo a
cualquier otra persona era infringir los derechos de Dios. El cobrador de
impuestos era odiado no sólo sobre el terreno religioso sino también
porque la mayoría eran notablemente injustos.
Mateo fue diferente a los otros apóstoles, quienes fueron todos
pescadores. Él pudo usar una pluma de escribir, y por su pluma llegó a
ser el primer hombre en presentar al mundo, en el idioma hebreo, un
relato de las enseñanzas de Jesús. Es claramente imposible estimar la
deuda que la cristiandad tiene para con este despreciado cobrador de
impuestos. El hombre promedio habría pensado que era imposible
reformar a Mateo, pero para Dios todas las cosas son posibles. Mateo
llegó a ser el primer hombre que escribió las enseñanzas de Jesús. Fue
un misionero del evangelio, que cambió su vida por la fe de su Maestro.

Santiago, el Menor (o Más Joven)


Santiago, el menor o más joven, hijo de Alfeo, o Cleofás y María, vivió en
Galilea. Fue el hermano del Apóstol Judas.
De acuerdo a la tradición él escribió la Epístola de Santiago, predicó en
Palestina y Egipto.
Santiago fue uno de los discípulos menos conocido.

Bartolomé
Bartolomé Natanael, hijo de Talmai, vivió en Caná de Galilea. Un número
de estudiosos cree que fue el único discípulo que provino de sangre real,
o de una familia noble. Su nombre significa Hijo de Tolmai o Talmai (2º
Samuel 3:3). Talmai fue rey de Gesur cuya hija, Maaca, fue esposa de
David, madre de Absalón.
El nombre de Bartolomé aparece en cada lista de los discípulos (Mateo
10:3; Marcos 3:18; Lucas 6:14; Hechos 1:13). Este no era el primer
nombre, no obstante, fue su segundo nombre. Su primer nombre
probablemente era Natanael, a quién Jesús llamó “un verdadero
Israelita, en quien no hay engaño.” (Juan 1:47)
La tradición indica que fue un gran investigador de la Escritura y un
estudioso de la ley y los profetas. Se transformó en un hombre de
rendición completa al Carpintero de Nazaret, y uno de los misioneros
más aventureros de la Iglesia.

Felipe
Felipe vino de Betsaida, el pueblo del cual Pedro y Andrés vinieron (Juan
1:44). El parecido es que él, también, fue un pescador. Aunque los
primeros tres Evangelios registran su nombre (Mateo 10:3; Marcos 3:18;
Lucas 6:14; Hechos 1:13), es en el Evangelio de Juan que Felipe se
vuelve una personalidad viviente.
La Biblia registra que él respondió de inmediato al llamado de Jesús: “Al
día siguiente Jesús se propuso salir para Galilea, y encontró a Felipe, y le
dijo: Sígueme” (Jn. 1:43). Él fue instrumento para traer a Natanael a
Jesús (Jn. 1:45).
Es notable la posición que tenía Felipe entre los discípulos. En el
contexto del milagro de los panes y los peces, Juan lo destaca como el
hombre de logística a quien el Maestro, para probarlo, le pregunta:
“¿dónde compraremos pan para que coman estos?” (Jn. 6:5-7).

Judas Tadeo
Judas Tadeo, o Lebeo, hijo de Alfeo o Cleofás y María. Fue hermano de
Santiago el más joven y primo hermano de Jesús de Nazaret. Fue uno de
los apóstoles de los que se sabe poco y vivió en Galilea.
"Judas" es una palabra hebrea que significa: "alabanzas sean dadas a
Dios". Tadeo quiere decir: "valiente para proclamar su fe"

Tomás
Tomás Dídimos vivió en Galilea. Tomás llegó a creer mediante la duda.
Por naturaleza, él era pesimista. Era uno hombre desconcertado. Aún
así, fue un hombre de valor. Fue un hombre que no podía creer hasta no
haber visto. Era un hombre de devoción y fe. Cuando Jesús resucitó,
volvió e invitó a Tomás a poner su dedo en las marcas que dejaron los
clavos en sus manos y en su costado. Y es aquí donde vemos a Tomás
haciendo la confesión de fe más grande: “Mi Señor y mi Dios.” Las dudas
de Tomás fueron transformadas en fe.
Tomás fue siempre como un niño pequeño. Su primera reacción fue no
hacer lo que le dijeron que hiciera y no creer lo que le dijeron que
creyera. Las buenas nuevas para él fueron siempre demasiado buenas
para ser verdad. Mediante este hecho la fe de Tomás se volvió mas
grande, intensa y convincente.
Simón
Simón, el Zelote, uno de los apenas conocidos seguidores llamado
Cananista o Zelote, vivió en Galilea. El Nuevo Testamento nos dice
prácticamente nada sobre él personalmente excepto que dice que era
un Zelote. Los zelotes eran nacionalistas judíos fanáticos quienes
tuvieron desatención heroica por el sufrimiento envuelto y la lucha por lo
que ellos consideraron como la pureza de su fe. Los zelotes fueron
enloquecidos con el odio por los romanos. Fue este odio por Roma lo que
destruyó la ciudad de Jerusalén.
Desde su entorno, vemos que Simón fue un nacionalista fanático, un
hombre devoto a la Ley, un hombre con un odio amargo por cualquier
persona que se atreviera a comprometerse con Roma. Aún así, Simón
claramente sobresalió como un hombre de fe. Abandonó todos sus odios
por la fe que mostró hacia su Maestro y el amor que estuvo dispuesto a
compartir con el resto de los discípulos y especialmente con Mateo, el
cobrador de impuestos romano. Simón el Zelote, el hombre que una vez
pudo haber matado por lealtad a Israel, llegó a ser el hombre que vio
que la voluntad de Dios no tiene servicio forzado.
Judas Iscariote
Judas Iscariote, el traidor, fue el hijo de Simón quien vivió en Kerioth de
Judá. Él traicionó a Jesús por treinta piezas de plata y luego se ahorcó
(Mateo 26: 14,16).
Judas, el hombre que llegó a ser el traidor, es el enigma supremo del
Nuevo Testamento porque es muy duro ver como alguien que estuvo tan
cerca de Jesús, que vio tantos milagros y oyó muchas de las enseñanzas
del Maestro pudo entregarlo en mano de sus enemigos.
El era un judío y el resto de los discípulos eran Galileos. Era el tesorero
del grupo y estaba entre los que lideraban conversaciones.
Se dice que Judas era un judío nacionalista violento que siguió a Jesús
con la esperanza de que a través de Él sus sueños y su llama
nacionalistas pudieran ser realizados. Nadie puede negar que Judas
fuera un hombre codicioso y a veces usó su posición como tesorero del
grupo para tomar dinero del monedero común.
Milagros de Jesús

Las bodas de Caná (Juan 2)


Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y estaba allí la
madre de Jesús. Y fueron también invitados a las bodas Jesús y sus
discípulos. Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino.
Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora. Su
madre dijo a los que servían: Haced todo lo que os dijere.
Y estaban allí seis tinajas de piedra para agua, conforme al rito de la
purificación de los judíos, en cada una de las cuales cabían dos o tres
cántaros.
Jesús les dijo: Llenad estas tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba.
Entonces les dijo: Sacad ahora, y llevadlo al maestresala. Y se lo
llevaron.
Cuando el maestresala probó el agua hecha vino, sin saber él de dónde
era, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al
esposo, y le dijo: Todo hombre sirve primero el buen vino, y cuando ya
han bebido mucho, entonces el inferior; más tú has reservado el buen
vino hasta ahora.

Una pesca milagrosa (Lucas 5)


Una vez Jesús estaba a la orilla del Lago de Galilea, y la gente se
amontonó alrededor de él para escuchar el mensaje de Dios.
Jesús vio dos barcas en la playa. Estaban vacías porque los pescadores
estaban lavando sus redes. Una de esas barcas era de Simón Pedro.
Jesús subió a ella y le pidió a Pedro que la alejara un poco de la orilla.
Luego se sentó[a] en la barca, y desde allí comenzó a enseñar a la
gente.
Cuando Jesús terminó de enseñarles, le dijo a Pedro:
—Lleva la barca a la parte honda del lago, y lanza las redes para pescar.
Pedro respondió:
—Maestro, toda la noche estuvimos trabajando muy duro y no pescamos
nada. Pero, si tú lo mandas, voy a echar las redes.
Hicieron lo que Jesús les dijo, y fueron tantos los pescados que
recogieron, que las redes estaban a punto de romperse. Entonces
hicieron señas a los compañeros de la otra barca, para que fueran
enseguida a ayudarlos. Eran tantos los pescados que, entre todos,
llenaron las dos barcas. Y las barcas estaban a punto de hundirse.

Al ver esto, Pedro se arrodilló delante de Jesús y le dijo:


—¡Señor, apártate de mí, porque soy un pecador!
Santiago y Juan, que eran hijos de Zebedeo, Pedro y todos los demás,
estaban muy asombrados por la pesca tan abundante. Pero Jesús le dijo
a Pedro:
—No tengas miedo. De hoy en adelante, en lugar de pescar peces, voy a
enseñarte a ganar seguidores para mí.
Los pescadores llevaron las barcas a la orilla, dejaron todo lo que
llevaban, y se fueron con Jesús.

Jesús sana a un leproso (Mateo 8)


Cuando Jesús bajó de la montaña, lo siguieron grandes multitudes. Un
hombre que tenía lepra se le acercó y se arrodilló delante de él.
―Señor, si quieres, puedes limpiarme —le dijo.
Jesús extendió la mano y tocó al hombre.
―Sí quiero —le dijo—. ¡Queda limpio!
Y al instante quedó sano[a] de la lepra.
Mira, no se lo digas a nadie —le dijo Jesús—; solo ve, preséntate al
sacerdote, y lleva la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de
testimonio.

El hombre que no podía caminar (Mateo 9)


En cierta ocasión, Jesús estaba enseñando en una casa. Allí estaban
sentados algunos fariseos y algunos maestros de la Ley. Habían venido
de todos los pueblos de Galilea, de Judea, y de la ciudad de Jerusalén,
para oír a Jesús.
Y como Jesús tenía el poder de Dios para sanar enfermos, llegaron unas
personas con una camilla, en la que llevaban a un hombre que no podía
caminar. Querían poner al enfermo delante de Jesús, pero no podían
entrar en la casa porque en la entrada había mucha gente. Entonces
subieron al techo[d] y abrieron allí un agujero. Por ese agujero bajaron al
enfermo en la camilla, hasta ponerlo en medio de la gente, delante de
Jesús.
Cuando Jesús vio la gran confianza que aquellos hombres tenían en él, le
dijo al enfermo: «¡Amigo, te perdono tus pecados!»

Los maestros de la Ley y los fariseos pensaron: «¿Y éste quién se cree
que es? ¡Qué barbaridades dice contra Dios! ¡Sólo Dios puede perdonar
pecados!»
Jesús se dio cuenta de lo que estaban pensando, y les preguntó: «¿Por
qué piensan así? Díganme: ¿qué es más fácil? ¿Perdonar a este
enfermo, o sanarlo? Pues voy a demostrarles que yo, el Hijo del hombre,
tengo autoridad aquí en la tierra para perdonar pecados.»
Entonces le dijo al hombre que no podía caminar: «Levántate, toma tu
camilla y vete a tu casa.»
En ese mismo instante, y ante la mirada de todos, el hombre se levantó,
tomó la camilla y se fue a su casa alabando a Dios.
Todos quedaron admirados y llenos de temor, y comenzaron a alabar a
Dios diciendo: «¡Qué cosas tan maravillosas hemos visto hoy!»
Jesús sana a un endemoniado (Marcos 5)
Después, Jesús fue a Capernaúm, un pueblo de Galilea, y enseñaba a la
gente en el día de descanso. Ellos se admiraban de sus enseñanzas
porque su mensaje tenía autoridad. En la sinagoga había un hombre que
tenía un espíritu maligno, quien gritó con fuerza:
—¡Oye! ¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a
destruirnos? Yo sé quién eres tú: ¡el Santo de Dios!
Pero Jesús reprendió al espíritu maligno y le dijo:
—¡Cállate y sal de él!
Entonces delante de todos, el demonio tiró al hombre al suelo y después
salió de él sin hacerle ningún daño.
Todos se quedaron atónitos y se decían unos a otros: «¿Qué clase de
enseñanza es esta? Jesús ordena con autoridad y poder a los espíritus
malignos que salgan, ¡y ellos salen!»
Entonces la fama de Jesús se extendió por toda la región.

Jesús calma la tempestad (Mateo 8)

Cuando entró Jesús[p] en la barca, sus discípulos le siguieron. Y de


pronto[q] se desató una gran tormenta[r] en el mar, de modo que las
olas cubrían la barca; pero Jesús[s] estaba dormido.
Y llegándose a El, le despertaron, diciendo: ¡Señor, sálvanos, que
perecemos! Y El les dijo*: ¿Por qué estáis amedrentados, hombres de
poca fe? Entonces se levantó, reprendió a los vientos y al mar, y
sobrevino una gran calma.
Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Quién es éste, que aun los
vientos y el mar le obedecen?

La resurrección de Lázaro (Juan 11)


Un hombre llamado Lázaro estaba enfermo. Vivía en Betania con sus
hermanas María y Marta. María era la misma mujer que tiempo después
derramó el perfume costoso sobre los pies del Señor y los secó con su
cabello.[a] Su hermano, Lázaro, estaba enfermo. 3 Así que las dos
hermanas le enviaron un mensaje a Jesús que decía: «Señor, tu querido
amigo está muy enfermo».
Cuando Jesús oyó la noticia, dijo: «La enfermedad de Lázaro no acabará
en muerte. Al contrario, sucedió para la gloria de Dios, a fin de que el
Hijo de Dios reciba gloria como resultado». Aunque Jesús amaba a Marta,
a María y a Lázaro, se quedó donde estaba dos días más. Pasado ese
tiempo, les dijo a sus discípulos:
—Volvamos a Judea.
Pero sus discípulos se opusieron diciendo:
—Rabí,[b] hace solo unos días, la gente de Judea[c] trató de apedrearte.
¿Irás allí de nuevo?
Jesús contestó:
—Cada día tiene doce horas de luz. Durante el día, la gente puede andar
segura y puede ver porque tiene la luz de este mundo; pero de noche se
corre el peligro de tropezar, porque no hay luz. —Después agregó—:
Nuestro amigo Lázaro se ha dormido, pero ahora iré a despertarlo.
—Señor —dijeron los discípulos—, si se ha dormido, ¡pronto se pondrá
mejor!
Ellos pensaron que Jesús había querido decir que Lázaro solo estaba
dormido, pero Jesús se refería a que Lázaro había muerto.
Por eso les dijo claramente:
—Lázaro está muerto. Y, por el bien de ustedes, me alegro de no haber
estado allí, porque ahora ustedes van a creer de verdad. Vamos a verlo.
Tomás, al que apodaban el Gemelo,[d] les dijo a los otros discípulos:
«Vamos nosotros también y moriremos con Jesús».
Cuando Jesús llegó a Betania, le dijeron que Lázaro ya llevaba cuatro
días en la tumba. Betania quedaba solo a unos pocos kilómetros[e] de
Jerusalén, y mucha gente[f] se había acercado para consolar a Marta y a
María por la pérdida de su hermano. Cuando Marta se enteró de que
Jesús estaba por llegar, salió a su encuentro, pero María se quedó en la
casa. Marta le dijo a Jesús:
—Señor, si tan solo hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto;
pero aun ahora, yo sé que Dios te dará todo lo que pidas.
Jesús le dijo:
—Tu hermano resucitará.
—Es cierto —respondió Marta—, resucitará cuando resuciten todos, en el
día final.
Jesús le dijo:
—Yo soy la resurrección y la vida.[g] El que cree en mí vivirá aun
después de haber muerto. Todo el que vive en mí y cree en mí jamás
morirá. ¿Lo crees, Marta?
—Sí, Señor —le dijo ella—. Siempre he creído que tú eres el Mesías, el
Hijo de Dios, el que ha venido de Dios al mundo.
Luego Marta regresó adonde estaba María y los que se lamentaban. La
llamó aparte y le dijo: «El Maestro está aquí y quiere verte». Entonces
María salió enseguida a su encuentro.
Jesús todavía estaba fuera de la aldea, en el lugar donde se había
encontrado con Marta. Cuando la gente[h] que estaba en la casa
consolando a María la vio salir con tanta prisa, creyeron que iba a la
tumba de Lázaro a llorar. Así que la siguieron. Cuando María llegó y vio a
Jesús, cayó a sus pies y dijo:
—Señor, si tan solo hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.
Cuando Jesús la vio llorando y vio a la gente lamentándose con ella, se
enojó en su interior[i] y se conmovió profundamente.
—¿Dónde lo pusieron? —les preguntó.
Ellos le dijeron:
—Señor, ven a verlo.

Entonces Jesús lloró. La gente que estaba cerca dijo: «¡Miren cuánto lo
amaba!». Pero otros decían: «Este hombre sanó a un ciego. ¿Acaso no
podía impedir que Lázaro muriera?».
Jesús todavía estaba enojado cuando llegó a la tumba, una cueva con
una piedra que tapaba la entrada. «Corran la piedra a un lado», les dijo
Jesús.
Entonces Marta, la hermana del muerto, protestó:
—Señor, hace cuatro días que murió. Debe haber un olor espantoso.
Jesús respondió:
—¿No te dije que si crees, verás la gloria de Dios?
Así que corrieron la piedra a un lado. Entonces Jesús miró al cielo y dijo:
«Padre, gracias por haberme oído. Tú siempre me oyes, pero lo dije en
voz alta por el bien de toda esta gente que está aquí, para que crean
que tú me enviaste». Entonces Jesús gritó: «¡Lázaro, sal de ahí!». Y el
muerto salió de la tumba con las manos y los pies envueltos con vendas
de entierro y la cabeza enrollada en un lienzo. Jesús les dijo: «¡Quítenle
las vendas y déjenlo ir!».

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