INTRODUCCIÓN
Los hebreos celebraban varias fiestas sagradas al año a las que denominaban "santas
convocaciones literalmente, "los tiempos fijados de reunirse, el vocablo hebreo traducido
"fiesta", tiene dos significados: "una ocasión señalada" y "fiesta". Por regla general eran
ocasiones de un día o más de duración en que los israelitas suspendían sus trabajos para
reunirse gozosamente con Jehová. Se ofrecían sacrificios especiales según el carácter de la
fiesta y se tocaban las trompetas mientras se presentaban los sacrificios de holocausto y de
paz. La mayoría de las convocaciones se relacionaban con las actividades agrícolas y con
los acontecimientos históricos de la nación hebrea. Fueron instituidas como parte del pacto
de Sinaí.
Todos los varones israelitas estaban obligados a ir a Jerusalén anualmente para participar de
las tres fiestas de los peregrinos: Pascua, Pentecostés y Tabernáculos. Técnicamente
hablando no todas las convocaciones santas eran fiestas, pero seis de ellas eran ocasiones
para gozarse y disfrutar de las bendiciones divinas; sólo una se celebraba con tristeza.
En el cristianismo también es así. Gran parte de la vida en Cristo es gozosa y el mandato
apostólico es "regocijaos en el Señor siempre" (Fil. 4:4).
EL SIGNIFICADO DE LAS FIESTAS SOLEMNES
1. El día de descanso. Cap. 23:3:
El día de reposo era la primera fiesta en el calendario sagrado. A los israelitas les hacía
recordar a su Creador y del hecho de que El descansó de su obra creadora el séptimo día.
También les hacía tener presente que Jehová les había liberado de la esclavitud de Egipto y
que ahora podrían dedicar un día de la semana a El (Deut. 5:12-15).
Toda la nación debía observarlo estrictamente o sufrir la maldición de Dios (Ex. 31:14). Es
la única fiesta del antiguo pacto que se observa en el cristianismo, pero el día de su
observancia fue cambiado al primer día de la semana (ver. Hech. 20:7; 1 Cor. 16:2; Apoc.
1:10).
2. La pascua y los panes ácimos. Cap. 23:5-8:
Era una de las tres convocaciones anuales (pascua, pentecostés y tabernáculos) en que todos
los hombres hebreos tenían que ir a Jerusalén para participar en su observación. Se
celebraba la salida de Egipto y la redención efectuada con el cordero pascual (Ex. 12:1-
13:10) y por lo tanto se consideraba una de las fiestas
más importantes del calendario hebreo. Durante los siete días de la fiesta no se permitía que
los israelitas tuvieran en casa pan con levadura indicando así que la nación redimida no
debía vivir en pecado. Se mataba el cordero y se lo comía en la noche del primer día de la
fiesta. Muchos estudiosos piensan que Jesús reemplazó esta fiesta por la santa cena (ver
Lucas 22:7-20), siendo El mismo "la pascua sacrificada por nosotros" (1 Cor. 5:7).
La fiesta de la pascua señalaba el comienzo de la siega de la cebada. La cebada maduraba
unas tres semanas antes que el trigo. Una vez que los israelitas entraran en Canaán, tendrían
que llevar una gavilla al sacerdote como ofrenda de las primicias y después de eso podrían
segar y comer la cosecha (23:9-14; Ex. 23:19; Núm. 28:26; Deut. 26:1-3). Así los judíos
reconocían que recibían las bendiciones materiales de Jehová.
El primer día de la semana después de la pascua, el sacerdote presentaba la gavilla
meciéndola ante Jehová, el Sustentador de su pueblo. La ofrenda de las primicias es una
hermosa figura profética de Cristo "primicias de los que durmieron" (1 Cor. 15:20). El
resucitó de los muertos el primer día de la semana. Por esto se cambió el día de reposo del
séptimo día al primero de la semana (Hech. 20:7; 1 Cor. 16:2). En Apoc. 1:10 se lo llama
"el día del Señor". Lo interesante es que Cristo fue crucificado durante la semana de la
celebración de la pascua y resucitó el primer día de la semana siguiente.
3. La fiesta de las semanas o pentecostés. Cap. 23:15-21:
En la época de Jesús se denominaba "pentecostés", palabra griega que significa
"quincuagésimo", pues caía siete semanas o cincuenta días después de la pascua. Esta fiesta
marcaba el fin de la cosecha de trigo (Ex. 23:16), y se ofrecían a Dios las primicias del
sustento básico de los israelitas. Así como la pascua le recordaba a Israel que Dios era su
Redentor, de igual manera la fiesta de las semanas le recordaba que Jehová era también su
Sustentador, el Dador de toda buena dádiva. El Espíritu Santo fue derramado sobre los
ciento veinte discípulos en la fiesta de pentecostés. Resultó que tres mil personas se
convirtieron bajo la ungida predicación de Pedro. Eran las primicias de una gran cosecha de
almas.
4. La nueva luna y la fiesta de las trompetas. Lev. 23:23-25; Núm. 28:11-15; 29:1-6:
El son de las trompetas proclamaba el comienzo de cada mes, el cual, se llamaba la nueva
luna (Núm. 10:10). Se observaba la nueva luna ofreciendo sacrificios por pecado y
holocaustos acompañados de oblaciones de presente (Núm. 28:11-15).
El primer día del séptimo mes del año religioso estaba designado como la fiesta de las
trompetas. Marcaba el fin de la estación de cosecha y el primer día del año nuevo del
calendario civil. Se celebraba entre los hebreos con gran festividad y gozo, y era
introducida con son de trompetas. Se ofrecían sacrificios y no se permitía en él trabajo
servil alguno. El motivo de la fiesta era anunciar el comienzo del año nuevo
y preparar al pueblo para el climax de las observancias religiosas, la celebración del día de
la expiación y la de la fiesta de los tabernáculos.
Para nosotros, las trompetas anuncian la segunda venida de Cristo y el comienzo de la fiesta
perpetua de los redimidos (1 Tes. 4:16, 17; 1 Cor. 15:52). Al fin de la cosecha de almas,
cuando "haya entrado la plenitud de los gentiles, vendrá de Sion el Libertador" (Rom.
11:25, 26). ¡Aleluya!
5. El día de la expiación. Cap. 16 y 23:26-32:
Era el día más importante del calendario judío. Se llamaba yoma, "el día". Era la corona y
punto culminante de todo el sistema de sacrificios. "Isaías 53 es a la profecía mesiánica, lo
que es Levítico 16 al entero sistema mosaico de tipos, la flor más perfecta del simbolismo
mesiánico". En el día de la expiación, el sumo sacerdote reunía todos los pecados de Israel
acumulados durante el año y los confesaba a Dios pidiendo perdón. Sólo él podía entrar en
el lugar santísimo y hacer expiación sobre el propiciatorio del arca. Lo hacía solamente una
vez por año, el día de la expiación.
A) Los preparativos. El pueblo no debía trabajar, deberían de afligir sus almas
ayunando, demostrando así humildad y tristeza por su pecado. El sumo sacerdote se
bañaba completamente, simbolizando su purificación espiritual. No debía vestirse
con las magníficas vestiduras de colores como en otras ocasiones, sino llevar la
túnica de lino blanco que representaba la pureza absoluta, el requisito para entrar en
la presencia del Dios santo. El vestido blanco y limpio simbolizaba la justicia
perfecta de Jesucristo, nuestro gran sumo sacerdote.
B) Aarón hacía una expiación por sus propios pecados y por los de los otros sacerdotes:
sacrificaba un becerro y llevaba la sangre en un tazón. Con un incensario lleno de
brasas encendidas del altar del incienso y con sus puños llenos de incienso, entraba
en el lugar santísimo. Inmediatamente ponía el incienso sobre las brasas para que el
humo perfumado cubriera el propiciatorio. Así sus pecados eran cubiertos y no
moría. El incienso simbolizaba la oración que subía a Dios por el perdón de
pecados. Luego rociaba la sangre siete veces sobre el propiciatorio, en el lugar santo
y sobre el altar de bronce, expiando los pecados del sacerdocio y sus faltas al
ministrar en el lugar santo.
C) Aarón hacía expiación por el pueblo: Los dos machos cabríos elegidos para el
sacrificio ya habían sido traídos al tabernáculo. Aarón echaba suertes sobre los
animales; una suerte para Jehová, y otra para Azazel. Sacrificaba Aarón el macho
cabrío sobre el cual caía la suerte por Jehová. Ya había entrado en el lugar santísimo
para expiar sus pecados y ahora de la misma manera hacía expiación por su pueblo.
Luego ponía sus manos sobre la cabeza del animal vivo y confesaba todas las iniquidades
de Israel. El macho cabrío era enviado al desierto para no volver nunca. Entonces Aarón
lavaba sus vestidos, se bañaba y se vestía. Ofrecía carneros como sacrificios del holocausto.
¿Qué significa Azazel? Dice una nota en La Biblia de Jerusalén:
"Azazel, como parece haberlo entendido la versión siria, es el nombre de un demonio que
los antiguos hebreos y cananeos creían habitaba en el desierto, tierra estéril donde Dios no
ejerce su acción fecundante". Otros lo interpretan como Satanás o posiblemente el lugar
remoto al cual era enviado el macho cabrío. Sin embargo estas interpretaciones son
erróneas porque en ninguna otra parte de la Biblia se encuentra una ofrenda a demonios o a
Satanás y Dios expresamente prohibió sacrificar a demonios (17:7). El maligno es un
usurpador e indigno de ser reconciliado. Por otro lado, si fuera un lugar en el desierto de
Sinaí, sería difícil enviar al animal allí cuando Israel entrara en Palestina.
La interpretación mejor se encuentra en la traducción misma de la palabra "azazel".
Muchos eruditos la interpretan como "remisión, quitar y enviar a otra parte". La versión
griega traduce la palabra en 16:10, como "enviar a otra parte". Así que los dos machos
cabríos forman un solo sacrificio por el pecado. El uno era sacrificado para expiar el pecado
y el otro, aquel sobre el cual el sumo sacerdote ponía las manos y confesaba los pecados de
Israel, representaba el alejamiento de la culpa no solamente de la presencia de Dios sino
también de la presencia del pueblo. El macho cabrío era llevado a un lugar solitario y
puesto en libertad para no volver jamás al campamento. Así es con nuestro Dios. Por medio
de Cristo, nuestros pecados y la culpa resultante están alejados para siempre. "Cuanto está
lejos el oriente del occidente, hizo alejar nuestras rebeliones" (Sal. 103:12).
Jesucristo, nuestro sumo sacerdote, no necesitaba ofrecer sacrificio por sí mismo. Entró una
vez para siempre en el lugar santísimo (el cielo), no llevando la sangre de machos cabríos
sino su propia sangre, y nos redimió eternamente (Heb. 9:11-12). El tiene un sacerdocio
inmutable y puede "salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo
siempre para interceder por ellos" (Heb. 7:24, 25).
6. La fiesta de los tabernáculos. Cap. 23:33-43:
Era la última fiesta del año y duraba ocho días. Se celebraba al fin de la época de la cosecha
y se conmemoraba el peregrinaje en el desierto. Cuando los israelitas entraran en la tierra
prometida, la fiesta les haría recordar que habían sido extranjeros y peregrinos en la tierra y
que Jehová los había sustentado y guiado milagrosamente.
Los israelitas construían enramadas y vivían en ellas para acordarse de los años en que
habían morado en tiendas. Era una fiesta gozosa. "Os regocijaréis delante de Jehová vuestro
Dios por siete días" (23:40). El primer día, los israelitas llevaban ramas de palmeras y de
otros arboles frondosos en la mano regocijándose en el Señor. El motivo era recordar que
Dios les había ayudado, les había dado gracia para soportar los sinsabores y pruebas del
peregrinaje y les había traído a la tierra que fluía leche y miel. En el último día de la fiesta,
se celebraba la provisión sobrenatural de agua en el desierto (Juan 7:37-39).
La fiesta de las tiendas o tabernáculos nos enseña que es un deber cristiano regocijarse en el
Señor acordándonos siempre de la bondad de Dios que nos ayuda en nuestro peregrinaje.
Algún día los peregrinos estarán en el cielo, "vestidos de ropas blancas, y con palmas en las
manos", regocijándose en la salvación de su Dios y del Cordero (Apoc. 7:9-10). Los
sinsabores del peregrinaje ya serán una cosa pasada y las victorias serán motivo de gozo
inefable.
7. El año sabático. Cap. 25:1-7:
Al entrar en la tierra prometida, los israelitas deberían pasar un año de cada siete sin
sembrar ni cosechar. La tierra debía descansar. Lo que produjera la tierra espontáneamente
aquel año sería para todos, tanto para las bestias como para los hombres. Dios daría
cosechas
abundantes el sexto año para que no fuera necesario trabajar al año siguiente (25:18-22).
Los hebreos debían perdonar a sus deudores pobres y poner en libertad a los esclavos
(Deut. 15:1- 11; Ex. 21:2-6). Así recordaban los israelitas que Dios les había liberado de la
servidumbre de Egipto. Sin embargo, no sería un año de ociosidad. Según la instrucción
mosaica, los sacerdotes y levitas les debían enseñar la palabra de Jehová y la ley (Deut.
31:10-13). No hay indicio de que la nación haya observado esa ley, y ese desacato fue uno
de los motivos del cautiverio babilónico (2 Crón. 36:21).
8. El año de jubileo. Cap. 25:8-22:
Además de observar los años sabáticos, los israelitas debían celebrar el año de jubileo, es
decir, dos años seguidos de descanso cada cincuenta años. Debían pregonar libertad a los
esclavos hebreos, devolver al dueño originario la tierra que habían adquirido de él y
perdonar las deudas de otros. Así se ponía freno al deseo desmedido de acumular bienes
materiales y se impedía que hubiera extremos de pobreza y riqueza.
Al citar Isaías 61:1-2 en la sinagoga de Nazaret, Jesús anunció que había venido para
proclamar "el año de la buena voluntad de Jehová" (el año de jubileo). Se cumple en la
redención y libertad de los cautivos; esto será consumado en la segunda venida de Cristo
con la resurrección de los suyos y la liberación de la creación misma de la esclavitud de la
corrupción (Rom. 8:19-23).
El principio de que la tierra pertenecía a Jehová, motivó las leyes referentes a su ocupación
(25:23). Se permitía al hebreo ocupar el territorio de Canaán, pero no debía venderlo a
perpetuidad pues no era el verdadero dueño sino forastero y extranjero en este mundo, por
causa de su vocación celestial.
En circunstancias de necesidad, el hebreo podía vender su terreno temporalmente pero era
suyo el derecho de redimirlo en cualquier oportunidad pagando una compensación
adecuada al nuevo poseedor. También estaba contemplada la posibilidad de que un pariente
cercano del necesitado rescatara la propiedad vendida. Si el terreno no era rescatado por el
dueño originario ni por el pariente cercano se lo devolvía gratis al dueño originario al llegar
el año de jubileo.
Son evidentes ciertos paralelos entre la relación del israelita su terreno y las posesiones
materiales del creyente. Como el hebreo no era el verdadero dueño de su terreno sino que
sólo lo utilizaba provisionalmente, así el creyente debe considerar sus posesiones como
algo temporal, prestado por Dios. El creyente es meramente un mayordomo de los bienes
de su Dios (Luc. 19:11-27). Por ser extranjero y peregrino, acompañado por Dios en su
viaje por la tierra, ya que su verdadera patria se encuentra en el cielo, no debe apegarse a
las cosas de este mundo.
Dios suplió leyes que aliviaran los males de los hebreos pobres y desheredados (25:35-55).
Aunque los israelitas debían amar a los extranjeros (19:34; Deut. 10:18), habían de tratar a
sus "hermanos" israelitas de una manera especial. Cuando un israelita empobrecía, el
vecino más rico debía darle alimento, alojamiento y prestarle dinero sin cobrarle intereses.
Si un hebreo se veía obligado a venderse a si mismo a otro para salir de deudas, no había de
ser tratado con rigor como esclavo, sino como siervo a sueldo con contrato temporal.
Quedaba en esa condición solamente hasta el año sabático o el año de jubileo, entonces era
puesto en libertad. También podía ser rescatado en cualquier momento por un pariente
cercano pagando una suma de dinero equivalente al trabajo del hombre vendido durante el
tiempo que aún restaba hasta el año de liberación. ¿Por qué mandó Jehová que los israelitas
se trataran entre sí con tanta preferencia? Porque habían sido redimidos y liberados por
Dios de la esclavitud de Egipto; "no serán vendidos a manera de esclavos" (25:42; ver
también 25:38 y 55). Sólo a Dios les correspondía servir, y los siervos de Dios deben ser
tratados humanamente.
En Levítico 25:25 se encuentra por primera vez referencia al pariente cercano (en hebreo
goel) como quien podía rescatar a su hermano o a la propiedad de su hermano. El goel tenía
que ser el pariente consanguíneo más cercano (Rut 2:20; 3:9,12; 4:1, 3, 6, 8). En el período
bíblico, también era vengador de la sangre de su hermano dando muerte al homicida en
caso de asesinato (Núm. 35:12-29). Otro deber del pariente cercano era casarse con la viuda
de su difunto hermano si éste moría sin dejar hijo varón. El primer varoncito de esta unión
levirata
para que ese nombre no se extinguiera en Israel (Deut. 25:5-10). La idea fundamental del
sistema del goel es la protección del pobre o del desgraciado. Se alude muchas veces a
Jehová como goel o redentor de su pueblo (Job 19:25; Sal. 19:14; 49:15; Isa. 41:14; Jer.
50:34). Jesucristo sobre todo es nuestro goel o pariente cercano; no se avergonzó de
"llamarnos hermanos", se hizo carne y nos redimió de todo mal, de la esclavitud del
pecado, de la pérdida de nuestra herencia y de el aguijón de la muerte..
CONCLUSIÓN
Las fiestas daban a los israelitas la oportunidad de reflexionar sobre la bondad de Dios.
Algunas convocaciones coincidían con las estaciones del año agrícola y así hacían recordar
a los hebreos que Dios les proveía continuamente su sostén.
También les brindaban la oportunidad de devolver a Dios una porción de lo que El les había
dado. Otras de las fiestas celebraban grandes eventos en la historia de Israel en los cuales
Dios había intervenido para librar o sostener a su pueblo.
El propósito principal de las fiestas era lograr que los israelitas tuvieran presente que eran
el pueblo santo de Dios. Se encuentra la palabra "santo" diez veces en el capítulo 23,
recalcando el propósito de las fiestas. También se destaca el número sagrado "siete" que
significa "totalidad, culminación o perfección". El sistema de las fiestas solemnes se
constituía sobre el ciclo de siete: El séptimo día era de descanso. El séptimo año también
era de descanso. El séptimo año sabático era seguido del año de jubileo. El séptimo mes era
especialmente sagrado, con tres días de fiesta. Había siete semanas entre pascua y
Pentecostés.
La fiesta de la pascua duraba siete días. La fiesta de los tabernáculos duraba siete días. Así
las fiestas solemnes debían contribuir a que la santidad penetrase en la totalidad de la vida
del pueblo de Dios. La celebración de las fiestas solemnes demandaba sesenta y siete días
del año, en los cuales los israelitas debían dejar sus trabajos y entregarse al culto a Dios.
Así tenían la oportunidad de ponerse en contacto con su Creador.