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Fabio Zer Pa

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El material publicado pertenece a Pablo Eduardo Alvarez y es parte de un reportaje que originalmente

iba a ser publicado como capítulo de un libro. (Año 2015).

USO LIBRE Y GRATUITO


El inicio

En septiembre de 1959, Fabio Zerpa se encuentra


disfrutando de uno de los éxitos televisivos del año, "Distrito
Norte", que se transmitía por Canal 7, la única emisora de
televisión de Argentina.

Durante ese tiempo, miembros de la cúpula de la Fuerza


Aérea, junto al periodista Miguel Ceruse, proponen la
producción de una serie titulada "Cóndores de Acero". Los
diálogos se grabarán en los estudios, mientras que las
escenas exteriores se filmarán en la Base Aérea de Morón,
ubicada a 30 km al oeste de Buenos Aires, todo en celuloide
de 16 mm. Fabio Zerpa interpretará al comandante Soler, un
piloto de los legendarios aviones Gloster Meteor. La serie
constará de siete capítulos, y curiosamente, uno de ellos está
inspirado en un episodio de la Segunda Guerra Mundial. En
este relato, un piloto estadounidense, Thomas Mantell, vuela
su avión cuando se encuentra con una luz deslumbrante que
lo atraviesa, provocando que su avión caiga en picada.
El caso de Thomas Mantell se ha convertido en un referente
sobre encuentros entre aeronaves y fenómenos
extraterrestres. La explicación oficial sugiere que confundió
la intensa luz con la de Venus, que se puede ver desde la
Tierra como una estrella…

En la mañana del 17 de noviembre de 1959, en una sección


de la base, un avión de utilería representa la nave siniestrada
del capitán Soler, que ha perdido el control debido a la
presencia de una luz deslumbrante. El avión cae y se
estrellan contra el suelo, incendiándose.

Mientras los actores observan cómo el equipo de filmación


captura el accidente, Fabio se aparta del grupo y comienza a
caminar, disfrutando del día soleado. Ese día, el actor no
tenía escenas programadas para filmar; simplemente estaba
"prevenido", como se dice en la jerga cinematográfica, lo que
significa que debía estar presente en caso de que se
necesitara rehacer alguna toma.

Mientras explora entre los hangares, se encuentra con el


capitán Alexis De Nogaetz, el piloto que realmente volaba los
aviones en las escenas aéreas, haciendo de doble de Fabio
Zerpa. Para ese entonces, habían forjado una amistad,
compartían secretos y vivencias de sus aventuras
amorosas… siendo ambos atractivos, uno ya conocido en el
mundo del espectáculo, Fabio como el galán de tv y el otro
un elegante descendiente de la nobleza europea de los
Romanoff, hijo de la princesa Zurita De Nogaetz.

—¿Tienes filmación? —le pregunta Alexis a Fabio.

—No, hoy estoy “prevenido” —responde Fabio.


—¿Quieres venir a hacer ejercicios de tiro en la Isla de
Mazzaruca, en el Delta del Tigre? No será más de dos horas,
le dice el capitán a Fabio.

Minutos después, despegaron de la pista en dirección a la


isla.

Decía Fabio: La vista desde arriba era realmente


impresionante: el cielo, completamente despejado, tenía un
azul intenso que pocas veces se puede apreciar. No había ni
una sola nube, y conversábamos a través de los auriculares.

Y prosigue: Alrededor de las 12:30 del mediodía, volando a


800 metros sobre el nivel del mar, sobre San Miguel,
mientras nuestras charlas se mezclaban con algunas bromas,
Alexis me dice:

—Mira lo que tienes a la izquierda... Giro la cabeza para mirar


más allá de la cola del avión y veo un bolígrafo volando. Sí,
un bolígrafo metálico plateado que, según mi compañero,
tenía unos 150 metros de largo, completamente cerrado y
sin ventanas. Me recordó al viejo Graf Zeppelin, el dirigible
alemán que había visto en mi infancia, cuando tenía cuatro
o cinco años, mientras surcaba los cielos de Rosario, mi
pueblo natal en Uruguay. Pero este objeto no tenía alas, ni
hélices, ni los gases de la cohetería espacial.

Lo veo acercarse a nosotros, emparejándose con nuestro


avión a unos 1500 metros de distancia. Se detiene frente a
la cabina donde estábamos sentados. Para mi asombro, ese
bolígrafo no se cayó, desafiando la fuerza de gravedad.
Increíblemente, de repente hace un ángulo de 60°,
superando nuestra ley de inercia y se aleja hacia el norte
argentino, todo en completo silencio. Impresionante.

Una vez que me recupero del asombro, le pregunto al capitán


Alexis:

—¿Qué es esto? —Eso es un plato volador —fue su respuesta.

En ese instante, Fabio Zerpa se prepara para formular la


pregunta que, según sus propias palabras, le salvó la vida.

—¿Qué son los platos voladores?

La respuesta del capitán despertó la curiosidad de quien en


su momento fue periodista y profesor de historia. Para
algunos, son naves de otro planeta; para otros, armas
secretas de alguna potencia.
Esas palabras se convirtieron para mí, cuenta Fabio, en un
impulso para investigar, pero también en un freno.

—Cuando lleguemos a la base, no hables de esto, porque


está prohibido —me advirtió Alexis.

Durante nuestro tiempo en el polígono de la isla, no se


mencionó el tema. Hubo momentos de silencios
abrumadores; nos mirábamos, reíamos, y no sabíamos qué
decir.

Esa experiencia, vivida en cuestión de segundos, generó una


avalancha de preguntas y algunas conclusiones apresuradas.
Lo que vimos con De Nogaetz era un fenómeno conocido,
pero celosamente guardado por los profesionales de la
aviación, quienes lo mantenían en secreto.

¿Cuántas personas en las fuerzas militares del mundo lo


habrían presenciado? ¿Cuáles serían sus sensaciones?

La respuesta de Alexis marcó el inicio de mi investigación:


son naves de otro planeta o armas secretas. Un gran aliciente
para mí.

A las dos y minutos de la tarde, regresamos a la base aérea


de Morón y almorzamos en el casino de oficiales. Mientras
comíamos, se acercó el capitán Carlos Hugo Corradetti, un
hombre de gran trayectoria en la fuerza.

Alexis me dijo:
—Cuéntale lo que viste; a él sí le puedes contar.

Me sorprendí, ya que antes me había pedido que no dijera


nada. Después de relatarle nuestra experiencia, el capitán
Corradetti me respondió que tenía un libro sobre el tema. Le
pedí que me lo prestara, y como un viejo ratón de biblioteca,
descubrí que ese libro sería fundamental para mí. Su título
era “Platos voladores del espacio”, escrito por el mayor de la
Marina de Guerra de Estados Unidos, Donald Keyhoe, y
publicado por la Secretaría de Aeronáutica de la Fuerza Aérea
Argentina en 1955 como una obra de consulta científica.

Esa noche no pude dormir, devorando las 200 y pico de


páginas de ese libro. Aprendí que este mayor había visto
platos voladores y había investigado el fenómeno,
haciéndose amigo de Albert Chopp, jefe de relaciones
públicas de la Marina. Keyhoe recopiló testimonios de
aviadores, radaristas y militares que habían observado cosas
extrañas en el cielo. En 1953, fecha de publicación original
del libro, se arriesgó al afirmar, al final de su libro algo muy
premonitorio: los platos voladores son extraterrestres.

A partir de los años 50, la observación de una nave


extraterrestre fue clasificada como contacto del primer tipo,
gracias a ese libro. El nombre de Donald Keyhoe se hizo
conocido. Las revelaciones de sus investigaciones causaron
un profundo malestar entre sus superiores, quienes le
obligaron a elegir entre su carrera militar y sus estudios
sobre fenómenos extraterrestres. En un acto de valentía y
convicción, optó por lo segundo, lo que resultó en que la
Marina de Guerra de Estados Unidos le retirara su pensión.
Ese primer libro que leí acerca del fenómeno ovni marcó el
comienzo de lo que he hecho durante toda mi vida: ser
investigador. Comencé a hablar con científicos de diversas
especialidades que, por alguna razón, estaban relacionados
con el tema o se acercaban a mí. El siguiente paso fue buscar
libros, revistas o cualquier publicación sobre el tema.
Después de recorrer todas las librerías reconocidas y
consultar bibliotecas, sin encontrar nada, finalmente di con
el segundo libro: “Los platos voladores en España”, escrito
por Antonio Rivera, un investigador con quien años después
forjaría una fuerte amistad.

"Aprendí a leer las pequeñas noticias de los diarios", cuenta


Fabio. Al leer esos breves recuadros que mencionan al pasar:
“dos camioneros se encuentran con un plato volador en plena
ruta cerca de la ciudad de Balcarce”, era el momento de
tomar un ómnibus de larga distancia y entrevistar a esas
personas para lo que se llama "casuística". Paradójicamente,
aún no tenía certezas acerca de la real existencia de los
objetos voladores no identificados.

Cuando Zerpa se encontró cara a cara con el fenómeno OVNI,


su vida dio un vuelco. Este giro lo llevó a investigar cada vez
más, a viajar, entrevistar testigos y estudiar, hasta que
finalmente abandonó por completo su carrera actoral para
dedicar las 24 horas del día a la investigación del fenómeno
OVNI. Corría el año 1972.

Me propongo, ahora sí, después de este necesario relato de


los inicios, descubrir la persona que está detrás de Fabio
Zerpa, el investigador.

Estas preguntas fueron realizadas en forma de reportaje en


diciembre de 2015. El lector descubrirá a un ser humano
excepcional, a la vez sencillo, humilde y sensible, con una
increíble capacidad para sortear obstáculos y seguir la pasión
que su corazón le dicta.

¿Qué lo motivó a abandonar una prometedora carrera como


actor y director para dedicarse a la investigación OVNI, una
actividad entonces poco conocida y mal vista?.

"En 1963, tuve la suerte de llevar a cabo una de las


investigaciones OVNI más importantes, donde dos jóvenes
mujeres relataban su encuentro con extraterrestres. Este
caso, que llamé Caso Trancas, me convenció de que este
tema sería una bisagra en la historia de la humanidad. Mi
visión era más holística, abarcando diferentes aspectos del
fenómeno OVNI. No solo veía los hechos y eventos aislados,
sino como parte de un todo, con la certeza de que el contacto
con otras razas y habitantes de este universo es inherente al
futuro del ser humano."

En 1971, organizé un simposio sobre el fenómeno OVNI en


el que, por primera vez, participaron aviadores militares,
comerciales y civiles, así como representantes de la Iglesia
Católica, un rabino, un pastor protestante, médicos y físicos.
El evento se llevó a cabo en el Complejo del Teatro San
Martín, en la calle Sarmiento, en Buenos Aires. Nuestra
intención era convocar a unas 600 personas, pero nos
encontramos con una realidad sorprendente: 3000
asistentes participaron del congreso. El interés del público
por el tema era enorme, y fue allí donde algunos
conferencistas me comentaron: “... Fabio, debes pensar muy
bien en qué harás con todo esto, cuál es tu misión en este
camino”. Aunque nunca me sugirieron que debía abandonar
la actuación, los acontecimientos me empujaban hacia esa
dirección, y yo ya estaba contemplando esa posibilidad.

El 31 de julio de 1972, viajé a mi ciudad natal para reunirme


con mi madre y mi hermana mayor. A ellas les comunicaría
mi decisión sobre el rumbo que quería tomar. La decisión ya
estaba tomada, y el camino se presentaba ante mí con la
certeza de que esta era mi verdadera misión en la vida.

El hombre detrás del investigador

¿Recuerda su primera conferencia?


Claro que sí. Comencé a aparecer en varios programas de
televisión donde compartía mis investigaciones. Un día, al
finalizar uno de ellos, me encontré con mi representante,
Emilio Mazza. Mientras caminábamos por la calle Corrientes,
me sugirió: “... ¿no sería bueno que presentaras tus
investigaciones en una sala de teatro?”.

Mi respuesta fue tajante: “No”. No era viable llevar


investigaciones de este tipo en formato documental a un
teatro. En aquel entonces, no había pantallas gigantes como
las de hoy; las únicas estaban en los cines. No podía
proyectar mis diapositivas en una pantalla gigante, ya que
no existía un proyector con zoom suficiente para ampliar las
imágenes al tamaño del fondo de un escenario.

Tiempo después, mientras estaba en un laboratorio de


revelado de fotografías, conocí por casualidad a un ingeniero
que trabajaba para Braun, líder en componentes de
fotografía y video en ese momento. La conversación llevó al
tema de mi necesidad de un proyector con aumento para mis
diapositivas. Mientras me lamentaba por la falta de esta
tecnología, él ya pensaba en una solución. Me invitó a visitar
la planta de desarrollo de productos de Braun, donde estaban
trabajando en un proyector de diapositivas con zoom.

El resultado fue el proyector Braun Paximat, que apenas salió


al mercado, tuve la oportunidad de probar en una de mis
conferencias. Este fue el comienzo de una larga serie de
documentales que presentaría por todo el país y el mundo.

¿Alguna vez, ya en este camino, dudó de la elección que


hizo?
Fueron pocas las veces que dudé, pero recuerdo un momento
en 1968, cuando aún no me dedicaba por completo a la
investigación y solo lo hacía a tiempo parcial. En ese año,
ocurrió una gran oleada de avistamientos OVNI en Argentina,
y el periodismo cubrió los hechos de manera intensa. El tema
fue muy criticado, y yo, que había expresado mis ideas al
respecto, sufrí un fuerte desprestigio. En ese momento, me
cuestioné si podría soportar el desprecio hacia mi persona y
hacia Fabio Zerpa, el actor y director que formaba parte de
una corriente cultural en auge en Argentina.

Fue en algunas de las charlas que di, donde una maestra me


llevó al Colegio San Martín de Tours para conferenciar y
responder preguntas de un auditorio de niños de 6 a 9 años.
Recuerdo lo sorprendido que estaba al escuchar las
preguntas y reflexiones de esos pequeños, quienes parecían
entender el tema mejor que muchos adultos. Me di cuenta
de que éramos nosotros, la generación adulta, la que había
crecido llena de prejuicios y restricciones que dificultaban un
análisis claro y objetivo del fenómeno.
Después de la conferencia, di un paseo por Palermo que me
ayudó a reafirmar que había elegido el camino correcto. Eran
las generaciones futuras las que marcarían la diferencia.

¿Quiénes fueron sus amigos más cercanos?

Mis padrinos fueron sin duda mis primeros amigos del alma.
Dos personas de campo que me enseñaron a mirar las
estrellas y a valorar la verdadera amistad y el respeto.
También estaba mi hermana mayor, Mary, quien además de
ser mi hermana, se convirtió en mi gran compañera de vida.

Luego, al mudarme a Buenos Aires, hice una gran cantidad


de amigos. Alfredo Alcón, Norma Aleandro, Carlos Carella, y
los tangueros Horacio Ferrer, Atilio Stampone, Leopoldo
Federico, entre otros.

En un viaje a Europa, conocí en España a un gran


investigador OVNI, Antonio Ribera, con quien forjé una sólida
amistad. Compartimos varias conferencias por todo el país,
en nada menos que 64 ciudades. Él prologó uno de mis libros
y me ofreció su hogar. Cuando decidí que era hora de dejar
España, Antonio me preguntó por qué, dado que tenía tantas
oportunidades allí. Le respondí: “... porque siempre se
vuelve a Buenos Aires, tarde o temprano”.

La amistad, esa que tanto valor me enseñaron a tener, fue lo


que pesó más. Mi representante, Emilio Mazza, le dijo a mi
esposa, Adriana Ferreyra: “... tu marido acaba de decidir que
no va a ser millonario”. Y lo volvería a hacer.
Si pudiera retroceder en el tiempo, ¿qué cambiaría?

Me habría gustado no haber estado tanto tiempo en un


estado de duda permanente sobre el fenómeno OVNI. Todas
mis investigaciones comenzaron desde un “No” como
respuesta, y mi objetivo siempre fue despejar dudas y llegar
a la certeza de que no había error ni relato falso. Mi
formación académica, clásica y rigurosa, exigía este tipo de
indagación. Ese tiempo que cada investigación requería para
despejar toda incertidumbre me ayudó a mantener los pies
en la tierra y evitar caer en ilusiones sobre lo que a veces no
es más que lo que uno desea ver.

Desde el día de su partida, si Dios le diera un año de gracia,


¿cómo lo usaría?

Sin lugar a duda, continuaría investigando y dando amor a


la gente. El amor es la fuerza que mueve al mundo. La
humanidad, como especie que habita este planeta, posee
una fuerza interior que es la esencia del Universo: el amor.
¿Cómo cree que será recordado Fabio Zerpa?

Como un hombre de cultura que ha aportado al desarrollo


cultural de su país, en compañía de una generación de
artistas excepcionales con los que tuve la suerte de
compartir.

He sido profesor de historia, actor, autor de teatro, cine y


televisión, escritor de 26 libros, músico, pianista de jazz y
amante del tango. Además, he investigado todos los
misterios del cosmos y del ser humano, tanto del
microcosmos que es el hombre como del macrocosmos que
es el Universo, donde también reside esa fuerza creadora
que llamamos Dios. Un hombre que siempre pensó, al igual
que Domingo Faustino Sarmiento, que “las ideas no se
matan”.

¿Una alegría?

Muchas, quizás demasiadas, pero si debo destacar una, sería


sin duda haber encontrado a Adriana, mi esposa.

¿Un dolor?

La pérdida de mi querido hermano del alma, Horacio Ferrer.

¿Un error?
Muchos. Podría hacer una larga lista, pero lo importante es
actuar con convicción y tener como guía la verdad y el amor,
siendo siempre sinceros y honestos.

¿Un acierto?

Estar en el lugar correcto y decidir investigar un caso que se


presentó ante mí: un simple camionero que afirmaba haber
estado dentro de un platillo volador. El Caso Llanca, la
investigación OVNI más premiada a nivel mundial.

¿Un perdón?

He perdonado y también me han perdonado. No tengo


cuentas pendientes.

¿Un gracias?
A la vida y a Dios.

¿Un anhelo?

Que pueda terminar mi vida física en paz, superando las


limitaciones de esta edad y pudiendo moverme con mayor
facilidad.

¿Una visión?

Que todo lo que se ha compartido en este libro sea vivido


con plenitud y sabiduría por las generaciones futuras. Los
nuevos tiempos han llegado, y me gustaría ver a todos
preparados para recibirlos y vivirlos.

Usted no tiene hijos propios, pero la vida le ha brindado


muchos. Si se reunieran y le pidieran un consejo, ¿qué les
diría?

Vivan la vida y den amor. Como decía Einstein, el amor es


más fuerte que una bomba atómica.

Simplemente amen, amen, amen.

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