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Armando Reverón RRB

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ARMANDO REVERÓN

En la Parroquia Santa Rosalía de Caracas el 10 de mayo de 1889,


nació nuestro pintor genial y exclusivo en la culminación de sus obras
de arte. Fueron sus padres Julio Reverón Garméndia y Dolores
Travieso Montilla de Reverón; venezolana, nacida en Valencia del
Estado Carabobo. Se sabe que allá por el año 1903, la familia vivía en
un lugar conocido como el Rincón Del Valle; cerca del Prado de
María de la Capital. En el 1904, siendo Emilio Maury director de la
Academia de Bellas Artes de Caracas, Reverón realizaba sus primeros
estudios formales. Tiene por compañeros a los como él también
famosos: Rafael Monasterio, Manuel Cabré y Antonio Edmundo
Monsanto. Nunca se sospechaba que aquel enjuto muchacho, de nariz
pronunciada y ojos pequeños; con un cabello ligeramente crespo,
había reservado para sí el más alto sitial entre los pintores
venezolanos. Escriben que siendo Reverón un niño, ya poseía afición
por el arte y que su primo Ricardo Montilla sería el que le orientó
hacia la afición cromática. Algunos de sus allegados en cambio,
sostienen que el primero que animó a Reverón en el camino de la
pintura sería Cesar Prieto, cuando compartían una vieja casa de
arquitectura andaluza típica, entre las esquinas de Padre Sierra y Las
Monjas en el centro de la Caracas Vieja. Pronto le hizo empuñar la
paleta, los pinceles; despertando en él la curiosidad y el encanto que
significa el desplazarse sobre el lienzo y poder expresarse en trazos de
colores. Iniciación que le llevó a la dedicación por el resto de su vida.
Desde 1908, Reverón empieza a producir algunos trabajos atractivos
al crítico y a los amantes de las artes en general: uno que otro cuadro
en los que con claridad se observan las influencias de sus compañeros
artistas y en particular el estilo de Arturo Michelena. En 1911, junto a
Rafael Monasterio, hizo su primera exposición pictórica que tuvo
lugar en la escuela de música y declamación. Ese mismo año viajó por
vez primera a España, para trabajar en la Escuela de Artes y Oficios
de Barcelona. Allí recibiría importantes destrezas de manos de los
maestros Vicente Borrás y Climent; que le daría dibujo y perspectiva.
Para la fecha de la fundación del Círculo de Bellas Artes de Caracas,
Reverón, que había pasado unos meses en su ciudad natal, ya había
regresado a España. En Madrid estudió y pudo compartir con otros
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afamados de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.


Visita los talleres de Muñoz Degrain, y Moreno Carbonero. En
Segovia, conoce la sobresaliente paleta de Ignacio Zuloaga y Zabaleta.
A fines de 1914 regresa de Europa y es cuando, en Caracas, se
encuentra con el pintor rumano Fernandinov Samys. Terminada la
contienda de la Primera Guerra Mundial, Emilio Boggio; principal
maestro del impresionismo venezolano, regresaba para quedarse por
un tiempo en Venezuela. Gran amigo de Reverón, con quien
compartirá los gustos de la buena vida criolla. Cuando nos referimos a
la obra del artista, en sus cuadros de 1920 se pueden ver óleos de
empaste esmerado, de armonías oscuras y profundas con efectos de
singular riqueza. “La Cueva” es un cuadro admirable de la disciplina.
Conduce hábilmente al observador dentro de esa incógnita que se
suma a la obra; en el ambiente, en las formas y los espacios de la
composición centrada en la figura, hasta sentir el aletargar trágico que
las envuelve. Ante semejantes logros del artista, apartado de los
cánones clásicos, a finales del mismo año Reverón ha definido su
estilo único: el óleo es rico y poco aceitoso, los trazos o pinceladas se
denotan sueltos. Se deslizan más que en sus primeros cuadros. Una
técnica bien estudiada, con ejercicios corporales y de destrezas que
había practicado este último año y que lo llevarían a los logros
altamente impresionistas propios. Desde 1921 Reverón debió
instalarse definitivamente en Macuto. Había estado viviendo en Punta
de Mulatos; un lugar vecino al Puerto. Luego cerca del río Macuto,
hasta aquél día que compró un pequeño terreno al sur de “Las Quince
Letras”, dónde habría de pasar más de 33 años hasta el momento de la
definitiva pincelada. A partir de esa fecha el hombre solitario entre sus
lienzos, trapos, papeles y coletos; el carbón, el musgo, la tierra,
arenillas y la tiza, se unió para siempre a su firme consecuente modelo
Juanita Mota. Desde ese entonces, solitario y ajeno a la realidad, sus
amigos fueron viéndolo cada vez menos. Entre algunos consecuentes
que le frecuentaban, los fotógrafos: De Los Ríos y el vasco Estebanés
que lo era de técnica policial. Pudieron reunir para sí, muchas de las
costosas obras. La decisión de aislarse del “mundanal ruido”, quizá
produjo en Reverón los más dramáticos momentos de su escenario
creador. Los de sus extraordinarias obras. Sólo contaba con su
especial sensibilidad, cultivaba la poesía entre el material seleccionado
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para sus trabajos y el colorido aplicado con un magnifico don de


captación y armonía. Armando Reverón fue persona muy honrada.
Nunca se engaño a sí mismo, ni a nadie. Se mantuvo alejado de la
mentira. Tampoco pintó por comercio. Ante la soledad del rancho, la
bravura y el constante romper de las olas con la melodía del canto
rodado, la curiosidad por el afanado cangrejo ermitaño, verdes algas y,
entre la espuma, las lapas aferradas a la piedra en la costa de El
Playón; siempre en compañía de Juanita y de “Pancho”, su mono, su
mundo visual fue tomando formas de innovación. Abandona el
impresionismo y se sumerge en la pintura del paisaje natural y el
desnudo, en una atmósfera sensual y misteriosa que conservará para
siempre. El año 1924 fue de transición: En la soledad de Macuto, la
mareta olor salitre, la buena sombra de la uva de playa; bajo la
reverberante luz del mar Caribe y la difusa tenue de los haces que se
filtran entre las copas del cocotal y los mangos vaguada arriba, entre
las moles ígneas maquilladas de liquen blanco y musgo verde, la
quebrada con su cristalino fresco hilillo que susurra y se pierde con el
trinar de las aves, Reverón se dedicó imbuido a la construcción del
“Castillete” y a la reforma profunda de su modo de pintar. Con el
apretado el mecatillo al cinto, pretendía estrangular y dejar libre al
pecho de las bajas pasiones. Con frecuencia utilizó el fondo
descubierto de sus telas. Aquel hombre con cultura plástica innata,
comenzó a ejercitar, experimentar y crear, dentro del muy especial
sentido de su propia expresión. Sus obras no se parecen en nada a las
de nadie. En ninguna época y en ninguna parte. Trabaja
incansablemente, mientras que su traicionera enfermedad va
avanzando. Perfeccionista, siempre inconforme, a medida que su
pintura le pide más respuestas sobre las dificultades que van surgiendo
de los temas y composiciones, le abandona la cordura. Reverón sentía,
tocaba; palpando delicadamente, bebiendo la luz y saboreando los
colores. Mezclando, combinando, pegando; pintando y repasando,
logró los más inusitados como sorprendentes semblantes. Entre los
años 1935 y 1937 se pronuncia la etapa fundamental de su producción.
En Venezuela nunca se había visto tal manera de crear arte. Su pintura
alcanzó ritmo de gran sinfonía. Su evolución fue lenta y bien medida.
Armando Reverón sería el segundo venezolano que mostraría sus
trabajos al público francés que le haría famoso. Según pasan los años,
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la evolución que va teniendo en sus momentos es muy difícil de


seguir. La etapa de 1940 al 46 posiblemente no es tan espectacular
como alguno de sus momentos anteriores. En 1941 hubo un cambio en
su rededor. Se concentra en el puerto de La Guiara, las ensenadas de
Macuto y demás exóticas costas del litoral central. En la etapa del
1945 realizaría una de sus mejores obras; pintó varios desnudos, con
tiza blanca y algunos toques de carboncillo. Algo del silencioso
tiempo lo dedica a sus autorretratos y luego a sus muñecas; como
“Serafina”: cuerpos de tela y fibras confeccionados por Juanita, y él
mismo. El 17 de marzo de 1945 debe ingresar al sanatorio. Después de
un tratamiento intenso, volvió a recobrar la lucidez mental que le
permitiría regresar a Macuto en el mes julio de ese mismo año.
Emprende estudios que muestran que sus manos no habían perdido
nada de su destreza; del vigor y capacidad para dibujar. Para esos
años, en el público se sucedió una estima muy grande sobre las obras
de Reverón. Todo el mundo sabía que, más allá de los cuadros había
un gran artista. Los que iban a Macuto, al rancho convertido para
entonces en un hábitat prehistórico, lo hacían para encontrarse con el
maestro y un deleite de sus obras. En 1949 organizó una exposición.
Su tercera exposición individual tiene lugar a fines de 1951 en el
Centro Venezolano Americano. Para aquel entonces sus pinturas
habían sobrepasado los límites de las creaciones maestras. El último
año lo pasó dentro del sanatorio y fueron periodos en que casi no
pintó. Hizo uno que otro ejercicio en carboncillo. No se había
restablecido completamente su equilibrio mental. Debió permanecer
once meses bajo supervisión psiquiátrica. Mejoró tanto que recuperó
su aspecto personal. Son poquísimas las pinceladas que denotan
lapsos de crisis o momentos marcados que describan situación de
alguna recuperación del equilibrio plástico. Una de ellas es la imagen
de una mujer; casi su ultima obra, hecha sobre papel. Se ve una
extraordinaria variedad en el curso de la vida, desde el primer retrato
que conocemos de Juanita, “La Cueva”, hasta éste último. Todo lo que
hizo Reverón fue buena muestra, buena obra y buena vida. Como
ejemplo de lo que era capaz de hacer, ya convaleciente, pocos días
antes de morir tomó su caja de colores y, sobre un pedazo de papel
blanco, dibujó el patio del Sanatorio, firmó y fechó su trabajo.
Entonces dejó caer su mano izquierda y rodó sobre el piso de tierra el
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pedazo de carboncillo con el que había creado una gran expresión de


verdadero valor en la historia de la pintura venezolana. Armando
Reverón murió en Caracas, el 17 de septiembre de 1954. Meses antes
había recibido el Premio Nacional de Pintura. Los expertos reconocen
que Reverón es el mejor entre los mejores pintores venezolanos. A
principios de año, en el museo “Jesús Soto” con ocasión de la
Megaexposición, pudimos disfrutar de muestra de nuestros artistas
nacionales. El sitial de honor, el punto de observación “a primera
vista”, por supuesto fue reservado a las obras de Armando Reverón.

Rodolfo RICARDO-BRANDT

Considerado el mejor pintor de la primera mitad del siglo XX,


nuestro Armando REVERÓN, con sus obras demostró su capacidad
creadora, destacando la luz sobre las formas. Se mostró entusiasta por
el impresionismo francés, y fue evolucionando en la técnica de la
abstracción hasta penetrar en el simbolismo. Siendo sus temas
preferidos, los paisajes; realizados todos sobre caballete al aire libre,
y los desnudos femeninos, algunos dotados de aire erótico. Entre las
mejores obras se destacan:

Josefina en el Jardín una obra en la que se aprecia la influencia de la


paleta de Arturo Michelena (1909)

Mercado de Caracas (óleo sobre tela) 1911

El bosque de la Manguita

La Cueva (óleo sobre tela) su gran éxito; quizá su mejor obra. 1920

Fiesta en Caraballeda (sobre tela de coleto, con elementos


concoides, piedritas y concha de coco, como referencias de contexto y
figurativas en un todo casi abstracto) 1924

Paisaje (temple y óleo sobre cartón) 1934

Cruz de Mayo (temple sobre papel) 1936


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La maja criolla (como obra de gran formato con figuras desnudas en


un ambiente interior) 1939

El puerto de la Guaira Un cuadro logrado al aire libre, con


luminosidad del sol y con la frescura de los primeros años (1941) y
como:

Amanecer en el Caribe, el resplandor de las estrellas bajo la noche


caribeña (1944)

Tres Gracias (tizas de colores y temple sobre tela) 1945

Juanita (carbón y tizas de colores sobre cartón) verdadero éxito, gano


los mejores elogios y gusto del público. 1947

La Dama De La Mantilla (carbón y tiza sobre papel) 1947

Autorretrato (en lápiz negro y de color) clasificada como su mejor


obra. 1948.

La Prensa Pública (carbón y tiza sobre papel de periódico) 1952

Virgen (carbón y tiza sobre papel) 1953

Marujita (de una niña, realizada en tinta)

Maternidad (carbón y tinta)

Bibliografía:
Gloria Valencia

Entrevistas:
Fernando Geherenbeck Moreno (paisajista y retratista caraqueño).

Rodolfo Ricardo-Brandt 

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