Nombre: Ximena Gonzalez Martinez
Licenciatura: Pedagogía
Asignatura: Historia del pensamiento pedagógico
Actividad: Reporte de lectura
Tema: Roma
Roma
La vida en Roma era difícil ya desde los primeros años de vida. La mayoría solo recibía
una educación muy básica, pero entre las sociedades de la Antigüedad la romana fue la primera
en democratizar las nociones elementales de lengua y cálculo. a educación tenía un papel muy
importante en la antigua Roma, ya fuera para los hijos de las clases altas, destinados a emprender
una carrera política o administrar sus bienes; las damas nobles que debían ocuparse de su
familia; o incluso muchos hombres y mujeres de extracción humilde: todos necesitaban una
formación básica que les permitiera abrirse paso a su manera en la sociedad.
Aunque la educación estaba lejos de ser universal, Roma fue posiblemente la sociedad
del mundo antiguo más alfabetizada a nivel básico, incluso más que en algunas épocas
posteriores. En parte se debía a su carácter global, ya que la importancia del comercio hacía
necesario tener unas mínimas nociones de lenguaje y cálculo. Pero también tenía un papel
fundamental el concepto amplio de ciudadanía, que esperaba que los ciudadanos interiorizaran
una serie de normas y tradiciones que definían qué significaba ser romano.
A partir de los siete años, empezaba la educación que podríamos definir como escolar.
Aquí el camino tomaba vías muy distintas según la clase social y el sexo: a las niñas se las
empezaba a instruir en los quehaceres domésticos, ya que la obligación principal de la mujer
romana era ser esposa y madre. Sin embargo, al igual que los niños, muchas asistían algunos
años a lo que podíamos llamar una escuela elemental donde se aprendía lo básico: leer, escribir y
hacer cálculos simples, ya que eran nociones que necesitarían para administrar sus bienes; en
Roma se usaba el dinero y no el trueque, y en muchas actividades de la vida cotidiana era
necesario al menos conocer el alfabeto.
Esta educación era impartida por un maestro o litterator, pero las condiciones diferían
enormemente según la clase social: mientras que las familias nobles o ricas podían permitirse
enviar a sus hijos a una escuela o contratar maestros privados, los menos favorecidos tenían que
conformarse con pagar a litteratores que daban clases en plena calle por un precio muy bajo, a
menudo esclavos liberados o libertos. Los materiales también iban en consonancia con el precio,
y los niños que estudiaban en estas escuelas de la calle practicaban la escritura y el cálculo con
tablillas de cera y lápices de madera.
Entre estudios y ejercicios, también había espacio para la diversión. Muchos de los
juegos más característicos de la infancia, como el escondite o la gallinita ciega, ya eran populares
en la época romana. Los juguetes solían ser muy rudimentarios y hechos con materiales
naturales, como una especie de juego de canicas practicado con nueces. También eran muy
populares las muñecas, desde las más sencillas a base de madera hasta las más lujosas de marfil,
pasando por un rango medio de materiales como la terracota: las más complejas tenían
extremidades articuladas y ropa. Precisamente uno de los ritos que debía pasar una chica al
casarse era entregar sus muñecas en ofrenda a los dioses, dejando atrás su vida de niña
La segunda etapa de estudios, que empezaba en torno a los 10 u 11 años, correspondía al
grammaticus, un profesor que impartía un variado abanico de conocimientos como historia,
literatura o geografía. Se tomaba como referencia los textos clásicos de los grandes autores
griegos y romanos: Homero, Platón, Virgilio, Cicerón, Horacio... Era lo que hoy llamaríamos
una enseñanza “de letras” donde las ciencias tenían poco peso, ya que se consideraban un saber
especializado y no necesario para el común de los ciudadanos. Esta educación de mayor nivel ya
estaba fuera del alcance de las clases humildes, a las que por otra parte no resultaba de utilidad
para sus necesidades.
También disminuía el número de chicas, ya que a partir de la pubertad ya eran
consideradas aptas para casarse y se dedicaban a aprender a administrar una casa -lo que, en el
caso de las nobles, suponía también estar a cargo de las empleadas y esclavas domésticas-. Sin
embargo, entre las familias nobles no era raro que también las niñas accedieran a esta etapa, ya
que una educación culta era un símbolo de estatus; especialmente si la madre se ocupaba de sus
hijos en la infancia en lugar de confiarlos a una nodriza, ya que entonces era deseable que tuviera
una buena formación.
A partir de la pubertad las chicas ya eran consideradas aptas para casarse, pero entre las
familias nobles no era raro que también recibieran una buena educación.
La última etapa de la educación, por lo general solo seguida por los varones de familias
de clase senatorial o ecuestre, era la preparación para la vida política. A los 15 o 16 años eran
confiados a un rhetor, un maestro especializado en oratoria que les enseñaba las técnicas del
discurso y la argumentación. En casos raros también las mujeres de familias nobles eran alumnas
o incluso profesoras: esto sucedía mayoritariamente en el caso de las libertas, esclavas que
habían comprado su libertad y a veces conseguían hacer fortuna; ya que al no tener la ciudadanía
romana no estaban ligadas a las normas sociales y morales de la misma.
La educación física también tenía un papel importante en la vida de los romanos de clase
alta, ya que a la carrera política iba ligado a menudo el servicio militar. Asimismo, el ejercicio
físico como actividad recreativa ganó popularidad a partir de la absorción del mundo griego en el
siglo II a.C., una cultura que daba mucha importancia a las competiciones atléticas. Como
sucedía con la educación, las chicas generalmente quedaban apartadas de esta formación, con la
excepción nuevamente de algunas mujeres de familias más bienestantes que lo hicieran como
pasatiempo particular.
A pesar de las grandes diferencias entre clases y sexos, la educación en la antigua Roma
era notablemente más extendida que en otras sociedades antiguas como la egipcia o incluso la
griega, en las que la enseñanza era un privilegio muy exclusivo. La mayor diversidad de
maestros hacía accesible el conocimiento básico a más gente, pero la otra cara de la moneda eran
precisamente estos enseñantes, peor pagados y considerados de los profesores griegos o los
respetados sacerdotes egipcios.