San Agustin
Agustín de Hipona, San Agustín, es un caso curioso en la historia. Vagó perdido durante
décadas, sin ser capaz de ligarse firmemente a unas creencias o valores que dieran sentido a su
vida. En cambio, optó por una existencia cargada de placeres que, lejos de hacerle feliz, le llevó
a la más absoluta desesperación.
Todo cambió con la fe cristiana. Armado con ella su vida dio un vuelco, convirtiéndose
en uno de los pensadores más importantes y determinantes de su época. Su vida es un
maravilloso ejemplo del tremendo peso que pueden tener en nuestro futuro la filosofía que
poseemos y los valores que la sostienen.
Agustín nació en el año 354 la ciudad de Tagaste (actual Argelia), en la provincia romana
de Numidia, fruto del matrimonio entre Patricio, un hombre pagano de fuerte carácter, y Mónica,
una piadosa cristiana que trató durante años de atraer a su hijo a los principios de la doctrina de
Jesucristo. En aquellos primeros años, la familia disfrutaba de relativas comodidades, razón por
la cual el pequeño Agustín pudo disfrutar de una buena educación. Esta vino, en sus comienzos,
de la mano de un literattor, y se completaría más tarde con clases de gramática, cuando la familia
tomó la decisión de trasladarse a la ciudad de Madaura.
Pero la mala fortuna hizo que su situación económica empeorara en esos años, de manera
que tuvieron que retornar a Tagaste cuando Agustín era un adolescente, dedicándose a “disfrutar
la vida”, es decir: al ocio puro y duro.
Son esos los años en los que se fragua la actitud hedonista de Agustín, que tanto lo
torturará en el futuro. Bien es cierto que, en su famosa obra Confesiones, el mismo Agustín se
aplica un código excesivamente riguroso, y si bien no fue un santo, tampoco fue un hombre
malvado como tal. Sí, come, bebe y no le son ajenos los placeres de la carne. Confraterniza con
compañías extravagantes y disfruta de la popularidad, la atención de los demás y las ventajas de
cometer ciertas triquiñuelas… Un joven, ni más ni menos. Por esta razón, al ver la senda en que
empieza a adentrarse, sus padres deciden pedir ayuda a un amigo, Romaniano, quien se encarga
de costear el traslado del joven a la mítica ciudad de Cartago para que siga estudiando
Harto de no encontrar ninguna filosofía o creencia que dé sentido a su vida, empieza a
tontear con el escepticismo, la corriente que dice que el hombre no tiene capacidad para conocer
la verdad. Visto lo visto, quizá ese sea el mejor camino para él: dudar de todo.
Y es entonces, cuando menos se lo espera, cuando comienzan a darse las circunstancias
para que todo cambie, para el giro radical que hará que su nombre entre en los libros de historia.
El primer paso no es otro que el efecto que tienen en su persona los sermones del obispo de
Milán, Ambrosio, cuyas palabras van poco a poco haciendo mella en él mientras se acerca al
estudio de la filosofía de Plotino. Esta mezcla de cristianismo y neoplatonismo va cobrando
forma en su mente, augurando la gran aportación que habrá de hacer a la historia de la filosofía.
Pero aún es pronto. Sus problemas no están en absoluto resueltos y todavía siente
vergüenza y frustración por su personalidad débil y pecadora. Su vida sigue sin tener un sentido
que la estabilice. Lo que él no sabe es que el momento definitivo está a la vuelta de la esquina.
Una tarde, mientras pasea por un huerto en plena crisis existencial, asqueado de sí mismo,
escucha la voz de un niño que se acerca a él, le entrega una Biblia y le dice: “Lee”. Y la primera
página en la que posa los ojos reza:
“Porque ya es hora de que despertéis del sueño, pues ahora nuestra salvación está más
cerca que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzando, el día se acerca. Abandonemos, por
tanto, las obras de las tinieblas, y revistámonos con las armas de la luz. Como en pleno día
tenemos que comportarnos: nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos;
nada de rivalidades y envidias. Al contrario, revestíos más bien del señor Jesucristo y no estéis
pendientes de la carne para satisfacer sus concupiscencias.” Romanos, 13, 11-14”
Padre, doctor y santo de la iglesia católica, quien fuera un alma «descarriada» durante
buena parte de su existencia, terminaría convirtiéndose en el máximo pensador del cristianismo
del primer milenio y uno de los más grandes genios que ha conocido la humanidad. San Agustín
fue el primer esfuerzo importante de fusionar razón y fe, filosofía y religión. En torno a su figura
se formó la orden religiosa de los agustinos y dio nombre también a toda una corriente intelectual
que influyó decisivamente en los teólogos y filósofos medievales: el agustinismo. Pocos
ejemplos hay en la historia que muestren tan a las claras el peso que las creencias pueden llegar a
tener en nuestra vida, así como del inmenso poder transformador que tiene la fe.
“Pobre no es quien tiene menos, sino quien más necesita para ser feliz”
“La fe es creer lo que no vemos, y su recompensa, ver lo que creemos”
“El mundo es igual que un libro y aquellos que no viajan sólo leen una página”
“Haz lo que puedas. Dios no te pide más”
“No salgas de ti. Vuelve a tu interior. En el interior del hombre se encuentra la
verdad”
“Cuida el orden y él mismo orden cuidará de ti”
“El amor es una piedra preciosa. Cuando no se posee, todo falta. Cuando se
posee, todo sobra”
“Conócete. Acéptate. Supérate”
“Errar es humano. Perseverar en el error es diabólico”
“La ociosidad camina con lentitud y, al final, todos los vicios la alcanzan”