Un ministro del evangelio estaba hablando a un grupo de estudiantes
acerca de la obra de Cristo en favor del hombre, y usó la ilustración de un
juez que tuvo que tratar el caso de su propio hijo, quien había sido
acusado de conducir en forma negligente. La acusación era fácil de
sustentar, por lo que el juez aplicó la multa más elevada que la ley le
permitía. Luego dio por terminada la sesión, bajó del estrado... y pagó él
mismo la multa de su hijo. Una jovencita que había estado escuchando
muy atentamente, y refuto: “Sí, pero Dios no puede bajarse de su
estrado”. El ministro le respondió con entusiasmo: “Usted me ha dado la
mejor ilustración de la encarnación, porque Jesús, que era
verdaderamente Dios, dejó su trono, bajó de su estrado, y tomó la
naturaleza humana para pagar la deuda de sus hijos extraviados”.
La encarnación de nuestro Señor es un gran milagro, totalmente
incomprensible para la mente humana. Lo creemos, no porque podamos
entenderlo o explicarlo, sino porque está revelado en la Palabra de Dios.
Pero, ¿cuál fue el propósito de la encarnación? Sencillamente, Jesús se
hizo hombre para poder ser nuestro sustituto y representante, y así pagar
nuestra deuda, que era la muerte, porque “la paga del pecado es
muerte” (Romanos 6:23). La Escritura dice: “Así que, por cuanto los hijos
participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para
destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte,
esto es, al diablo” (Hebreos 2:14).
¿Qué significa juzgar? Dicho de un juez o un tribunal: Determinar si el
comportamiento de alguien es contrario a la ley, y sentenciar lo
procedente.
Jesucristo vendrá a juzgar pero también el ya ha juzgado desde su
venida.
Jesús tiene la autoridad para juzgar.
En Juan 5:22–23, dice, “Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el
juicio dio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El
que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió”.
Sí, Jesús vino al mundo para salvar a aquellos que ponen su confianza en
Él (Juan 3:16), "Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a
su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, más
tenga vida eterna"
El en su venida también trajo juicio (Juan 9:39) TLA Luego Jesús dijo: «Yo
he venido al mundo para juzgarlos a todos. Les daré vista a los ciegos, y
se la quitaré a los que ahora creen ver bien.»
A través de Su muerte y resurrección, Jesús trajo juicio a Satanás y
además, los incrédulos serán juzgados al final por el Señor Jesús. (Juan
12:31–32). Ahora es cuando la gente de este mundo va a ser juzgada; y el
que manda en este mundo, que es el diablo, será echado fuera. Pero,
cuando me cuelguen de la cruz, haré que todos crean en mí.»
En el Tribunal de Cristo, Jesús va a actuar como juez sobre creyentes e
incrédulos. Él va a juzgar las obras de los creyentes después de la
salvación para determinar la recompensa o pérdida de la misma (1
Corintios 4:5) Por eso, no culpen a nadie antes de que Jesucristo vuelva.
Cuando él venga, dará a conocer todo lo que está oculto y todo lo que
piensa cada uno de nosotros. Entonces Dios nos dará el premio que
merezcamos.
(2 Corintios 5:10). Porque todos nosotros vamos a tener que
presentarnos delante de Cristo, que es nuestro juez. Él juzgará lo que
hicimos mientras vivíamos en este cuerpo, y decidirá si merecemos que
nos premie o nos castigue.
Este juicio no tiene nada que ver con la salvación, ya que el destino
eterno de los creyentes está seguro en Jesús (Efesios 1:13–14). Ustedes
oyeron y creyeron la buena noticia de su salvación, que es un mensaje
verdadero, y gracias a Cristo pasaron a formar parte del pueblo de Dios y
recibieron el Espíritu Santo, que nos había prometido. Ustedes lo
recibieron como prueba de que Dios cumplirá su promesa, cuando haya
liberado totalmente a los que formamos su pueblo. Por eso, alabamos la
grandeza de Dios.
Más bien, los creyentes reciben recompensas de acuerdo con que tan
fieles fueron al servir a Cristo (1 Corintios 3:12–15) A partir de esa base
podemos seguir construyendo con oro, plata, piedras preciosas, madera,
paja o caña. Pero, cuando llegue el fin del mundo, Dios pondrá a prueba
lo que cada uno enseñó. Será como probar con fuego los materiales que
usamos para la construcción. Si lo que uno enseñó pasa la prueba del
fuego, recibirá un premio. En cambio, si no pasa esa prueba, lo perderá
todo, aunque él se salvará como si escapara del fuego.
Por el contrario, los incrédulos serán juzgados por Cristo en el Juicio del
Gran Trono Blanco (Apocalipsis 20:11–15). Entonces vi un gran trono
blanco, y al que estaba sentado en él. Y en su presencia desaparecieron la
tierra y el cielo, y nadie volvió a verlos. Y vi que todos los que habían
muerto, tanto los humildes como los poderosos, estaban de pie delante
del trono. Y fueron abiertos los libros donde está escrito todo lo que cada
uno hizo. También se abrió el libro donde están escritos los nombres de
todos los que vivirán con Dios para siempre. Los muertos fueron juzgados
de acuerdo con lo que habían hecho y con lo que decían los libros. Los
que murieron en el mar se presentaron delante de Dios para que él los
juzgara, y lo mismo hicieron los que estaban en el reino de la muerte.
Todos los muertos fueron juzgados de acuerdo con lo que habían hecho.
Luego, la Muerte y el reino de la muerte fueron lanzados al lago de fuego.
Los que caen en este lago quedan separados de Dios para siempre, y allí
fueron arrojados todos los que no tenían sus nombres escritos en el libro
de la vida eterna.
Nuevamente, este juicio no tiene nada que ver con su destino eterno: en
ese punto, los incrédulos ya sellaron su destino al rechazar a Jesús. El
Juicio del Gran Trono Blanco determina la gravedad del castigo de los
incrédulos basado en lo que hicieron en la vida (Apocalipsis 20:12). Y vi
que todos los que habían muerto, tanto los humildes como los
poderosos, estaban de pie delante del trono. Y fueron abiertos los libros
donde está escrito todo lo que cada uno hizo. También se abrió el libro
donde están escritos los nombres de todos los que vivirán con Dios para
siempre. Los muertos fueron juzgados de acuerdo con lo que habían
hecho y con lo que decían los libros.
Cabe destacar que todas las personas en este juicio son lanzadas al lago
de fuego porque sus nombres no se encontraban en el libro de la vida, lo
que significa que rechazaron el regalo gratuito de salvación de Cristo
(Apocalipsis 20:15) y allí fueron arrojados todos los que no tenían sus
nombres escritos en el libro de la vida eterna.
Debido a que Jesús es Dios y hombre al mismo tiempo, es el juez perfecto
de la humanidad. Su juicio será imparcial y perfectamente justo, y no
estará sujeto a apelación (Hechos 17:31) Porque Dios ha decidido ya el
día en que juzgará a todo el mundo, y será justo con todos. Dios eligió a
Jesús para que sea el juez de todos, y ha demostrado que esto es cierto al
hacer que Jesús resucitara.
No es como los gobernantes humanos pecadores que a veces juzgan
injustamente y buscan cumplir sus propios deseos. En lugar de eso, Jesús
afirma: "No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y
mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que
me envió, la del Padre" (Juan 5:30).
Podemos estar seguros de que Jesús es un juez justo y va a dictar
sentencia de acuerdo con Su sabiduría y justicia (Isaías 11:3–4) No juzgará
por las apariencias, ni se guiará por los rumores, pues su alegría será
obedecer a Dios. Defenderá a los pobres y hará justicia a los indefensos.
Castigará a los violentos, y hará morir a los malvados.
Su palabra se convertirá en ley. (Juan 8:15–16) Ustedes juzgan como
todos los demás, pero yo no juzgo a nadie. Si lo hiciera, juzgaría de
acuerdo a la verdad, porque no juzgo yo solo. Mi Padre, quien me envió,
juzga conmigo.
(Apocalipsis 19:11). Entonces vi el cielo abierto, y allí estaba un caballo
blanco. El que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, porque era justo
cuando gobernaba o cuando iba a la guerra.
El Hijo de Dios transformará un mundo lleno de injusticias en un lugar de
paz y seguridad. Los culpables ya no serán libres; los inocentes ya no van
a sufrir: “así todos verán con claridad
que tú eres justo y recto.” (Salmos 37:6).