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La Espera

Cuento

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La espera

Es que a veces, ¿sabe?, uno se cansa. Y no me refiero solo al cansancio físico, al


agotamiento de las piernas y los brazos, que de momento se quedan sin fuerzas y uno
cree que ya será imposible volverse a levantar de la cama otra mañana. Le hablo del
otro cansancio, del hartazgo. ¿Sabe a qué me refiero? A lo mejor no, porque la vida,
Licenciado, no es pareja con todo el mundo. Y no es que tenga ganas de quejarme, ni
mucho menos de buscar su lástima, su perdón tampoco me interesa, y no me lo tome
como falta de respeto, es que en cuanto a disculpas se refiere ni siquiera yo puedo
perdonarme lo que hice. Solo quiero que entienda que hay veces que la vida es como
una aplanadora que se lleva por el camino hasta el último ánimo de vivir, hasta la última
gota de satisfacción. Tengo tres hijos, el padre de los niños solo Dios sabe dónde está,
usted me dirá, podrías haber escogido mejor, mujer, y es cierto, pero uno no siempre
elige. Con el tiempo he llegado a creer que uno muy poquitas veces llega a decidirse por
algo, o será que algunos tenemos menos opciones… ¿lo ve? ahí estoy quejándome otra
vez… Mi padre… es un buen hombre mi padre, y no porque siempre haya sido bueno,
en eso él fue una persona de su época, la letra con sangre entra y esos disparates.
Cuando éramos chicas nos pegó varias veces, también castigos y cosas por el estilo.
Pero la diferencia es que él aprendió con el tiempo, no se quedó para siempre inmóvil
viendo pasar los años en el calendario y arrugándose despacito de cara al espejo sin
mirar más que sus propias narices, él fue capaz de cambiar y hasta de arrepentirse.
También a mi hermana le pidió perdón hace muchísimos años y ella dijo que todo
estaba olvidado, aunque últimamente se aproveche de las malas épocas, de los recuerdos
inútiles, para hacerse la loca y desentenderse de la mala salud de mi padre… Lo que
siempre tuvo bueno mi padre fue la conversación, ¿sabe? Daba gusto oírlo; que de
política, que de cuando era jovencito y trabajó en un barco, que de la guerra y los
alemanes, y yo que sé cuantas cosas más. A veces siento nostalgia de esos tiempos; mi
padre era capaz de traerte el mundo entero a la mesa de la cocina. Es una lástima que ya
no se acuerde de nada, ya ve que a veces ni siquiera se acuerda de ir al baño cuando lo
necesita y acaba orinándose en los pantalones, si uno no le avisa de repente ni come. A
su manera fue un buen padre; a usted le hubiera gustado charlar con él en otro tiempo.

Ahora la memoria se me niega, como una mujer linda pero mal intencionada, como la
suerte en el casino, así se me escabulle. Estoy viejo, Licenciado, se dice pronto pero se
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vive con eso lentamente, muy lentamente. A veces creo que tengo un recuerdo, un
principio de nostalgia, una imagen o una palabra que me devuelve algo que hice o que
dije en otro tiempo, y de pronto, nada. Otra vez la mente muda. Un silencio blanco,
impoluto. A veces me viene en mitad de una conversación y me quedo frío en la mesa,
haciendo bolitas con las migajas del pan sobre el mantel, mirando la pared de la sala. O
me viene, el silencio, digo, cuando estoy con mi nieto el menor y disimulo amarrándole
tres veces los cordones, como si una y otra vez me quedaran mal atados, y mientras,
busco desesperado la última cola de la frase ¿en qué me quedé, Dios mío? ¿de qué
estaba hablando? Pero hay veces que es peor, a veces el silencio sobreviene durante la
noche, en el sueño, y entonces hasta las fantasías enmudecen. Usted no puede saber, no
puede ni siquiera imaginar la magnitud del despojo cuando uno va quedando sin
memoria. Es como si usted tuviera una casa, ¿entiende?, ni bonita ni fea, pero suya, una
casa llena de muebles y pequeños objetos que fue comprando por ahí, y de pronto uno a
uno van desapareciendo, sin que usted jamás alcance a ver las manos ladronas que le
arrebatan sus pertenencias. Hasta que un día, supongo, todas las habitaciones estarán
completamente vacías y lo que es peor, usted no logrará, ni siquiera con el mayor de los
esfuerzos, recordar que había en la casa antes de que el olvido se mudara a vivir allí
dentro.

El departamento es pequeño, dos ambientes y un baño. Mi padre duerme en la sala y yo


comparto la habitación con los niños. Pero ese no es el problema mayor, tampoco que a
mi padre haya que darle muchos cuidados. El otro día, ¿sabe?, yo lo estaba bañando,
sentado en un taburete porque me da miedo que pierda el equilibrio y resbale, él estaba
desnudo y callado, muy callado, cada vez con mayor frecuencia se queda así, como
pasmado, y yo, dale que te dale con la esponja por la espalda y por los brazos. Y de
repente siento que llora, no fuerte, despacito, y veo que se cubre con sus manos las
partes, como de pronto avergonzado. Y mire que antes nunca, desde que se enfermó
aprendió a resignarse, incluso en el hospital, lo mismo le daba que le vieran desnudo o
vestido. Entonces, lo veo que llora, así quedito, mientras se tapa. ¿Qué pasa, papá? No
llore y él solo toma la esponja de mi mano y me dice vete para afuera que yo termino.
Iba a replicar ¿y si se cae? ¿y si se rompe un hueso quién va cuidarlo? Pero de pronto
me dio tanta pena que salí del baño. Es como si de repente él, que ya casi no recuerda
nada y por eso las vergüenzas, las rabias y las tristezas, todas ellas le dan igual, es como
si de momento hubiera recordado que era un hombre, no un viejo al que le cuelga el
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sexo flácido entre las piernas, un hombre, y le volvió el pudor. Y se miró así, lavado por
su hija la menor, impedido para ocuparse de sí mismo y habrá pensado… ¿qué se yo, lo
que habrá pensado? Pero uno no le puede negar al padre la dignidad de quedarse solo, la
dignidad, ¿sabe?, es una cosa buena aunque dure solo un instante.

Por momentos me confundo y esta casa, la nueva, donde vivimos ahora, no me ayuda.
Aquí me desoriento con facilidad. Esta colonia es cómoda no le voy a decir que no, en
esta misma calle hay panadería, una tienda de abarrotes y hasta una ferretería que si yo
fuera joven sería un gran cliente, digo, porque a mi me gustaba arreglar cosas. Pero nada
de aquí es mío. En cambio la otra casa, donde vivíamos con Pilar hasta que se murió y
la hermana nos vino a reclamar el terreno y nos corrió del predio a mí y a mis hijas sin
importarle que esa casa, que estaba encima de la tierra suya, la habíamos construido
ladrillo sobre ladrillo nosotros, en esa otra casa, digo, yo fui feliz, o al menos estuve
contento. Uno no puede andar por ahí diciendo que es feliz sin parecer un estúpido, así
que mejor digo que en esa casa, en esa vida, yo estuve contento. Por eso me da más
rabia cuando no puedo ubicar en ningún lugar de la cabeza los recuerdos de esa época.
El otro día me salí por eso; me fui a buscar la casa vieja. Me tomé un autobús acá en la
esquina y el conductor me dijo que me avisaba en la parada correcta, pero me parece
que después se olvidó y yo me acabé bajando en Miraflores, así decía un cartel:
“Miraflores”. Y aunque no me acordaba del nombre exacto, sabía que esa no era, mi
calle de antes tenía el nombre de una persona importante, José Antonio algo, que fue un
coronel o un general, pero de Flores nada. Así que resultó que ese no era el barrio viejo
y ahí me tuve que quedar, esperando como una hora en la acera de enfrente con un sol
de infierno para tomarme el autobús de regreso. No le vaya a contar a mi hija, ella se
preocupa mucho con estas cosas. Por eso el otro día, en el parque, cuando toda esa gente
tan amable quería llevarme a no sé donde porque decían que yo andaba perdido, el otro
día, digo, yo no me quise mover. Porque ahí sentado en el banco de la plaza me dejó
María y, si voy y me muevo, ella es capaz de volverse loca del susto.

Pero yo le estaba hablando de los problemas, de que no tengo un peso partido por la
mitad aunque me mato todo el día cosiendo en la máquina. El trabajo más aburrido que
se pueda usted imaginar: pego etiquetas; ciento cincuenta, doscientas en un buen día, y
me pagan una miseria. Yo tengo estudios, no muchos ni importantes, pero tengo. Sé
escribir a máquina y también taquigrafía, lo de la computación no porque ya no es de mi
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época. Por eso a mi hija la mayor la metí en un curso de operadora PC que dice que no
le gusta, y yo le digo que si se puede hará otra cosa después, pero que lo más importante
es tener un oficio con qué mantenerse. Y a ella le brillan los ojitos de risa, ¡la muy
desvergonzada!, pero no se anima a contestar. Igual no hay necesidad de que diga nada,
porque adentro mío me pregunto ¿con qué cara le hablo yo de oficios?, para lo que a mi
me sirvió levantarme todos los días a las siete menos cuarto para llegar en punto y sin
desayunar a la Academia, y que la flaca espantosa, la tísica aquella, me pegara en los
dedos cada dos por tres cuando me equivocaba de tecla. Yo tuve aspiraciones, como se
dice, en su momento busqué labrarme un destino distinto. ¿Y para qué? ¿Sabe hace
cuanto tiempo no pongo mis manos sobre un teclado? La máquina de coser es herencia
de mi madre, no sé trabajar muy bien pero me defiendo y claro está que pegar etiquetas
lo hace cualquiera… y bueno la vida es así, generalmente un desperdicio, algunas veces
alegre, pero siempre cuesta arriba, en eso hay pocas sorpresas, así que no puedo
explicarle bien a bien lo que me pasó ese día.

Ahora los vecinos andan diciendo que María me dejó en la plaza porque me quería
abandonar por ahí. ¿Cómo va a ser eso? Yo sé que no es verdad. Lo del asilo sí que es
cierto y no es que me gustara la idea pero yo entiendo. María está muy sola y me parece
que a veces le doy demasiado trabajo. Y mire que cuando puedo ayudo, como una vez
que se rompió el cuerito de la canilla y me metí a cambiarlo, que le pedí a la nieta
grande que se fuera a la ferretería y me trajo uno nuevo, y la arreglé yo solo. Y es que
antes me daba maña para todas esas cosas, en un momentito le destapaba una cañería, le
cambiaba fusibles, esos asuntos eran para mi coser y cantar como dice el refrán.
Aquella vez, María se puso contenta cuando volvió de entregar la ropa con las etiquetas
que ella cose con una paciencia de cura escuchando confesión. Porque no sé si le dije
que mi hija trabaja mucho, Licenciado, y en la casa de lo básico nunca falta nada. A mi
me gustaría ayudarle más, lo que pasa es que últimamente tengo menos fuerza, como si
me fuera quedando de a poquito sin ganas, y también está lo otro que le digo, lo del
silencio, lo de la memoria que se me escapa. Así que cuando María me dijo de vivir en
un asilo con otras personas de mi edad, con los mismos intereses, con iguales
problemas, yo le dije que sí. Ahora que si usted me pregunta le digo que la verdad es
que no quiero, que a mi lo que me gustaría es morirme tranquilo un día de estos en el
silloncito de la sala donde duermo. No ser ría, que es un sillón muy cómodo, es bueno
hasta para morirse. Pero cuando María me preguntó, (y fíjese que en eso tuvo la
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deferencia, que hasta donde yo sé a los viejos nadie les pregunta nada; los suben a una
silla de ruedas, los bajan de la cama, los llevan de paseo, los sientan en el inodoro, los
abrigan en invierno, los besan o los insultan, pero nadie les pregunta nunca qué les
apetece), pero me preguntó, digo, María, me preguntó qué me parecía su idea, y yo
acepté. La dejé que me peinara ese día con gomina, que me cortara las uñas de las
manos y de los pies, y yo me volví a poner el traje que usé en el velorio de Pilar por
iniciativa propia, que está como nuevo porque se imaginará que formal no me visto
nunca. Y así fui vestido para el asilo, todo de negro. Yo no sé si a María le hizo
impresión de luto, aunque le aseguré que me vestía elegante nada más para que me
recibieran sin problema, la cosa es que cuando pasamos frente al mercado me compró
una flor blanca. Habrá querido quitarle la sensación de entierro a todo el asunto. Y yo le
puedo garantizar, que a fin de cuentas la conozco porque soy el padre, que María no
estaba tranquila, ni contenta, ni aliviada, ni había nada bueno adentro de sus ojos, y mire
que se los vi bien y de frente, cuando me puso la flor en la solapa.

Cuando llegamos al lugar tuvimos que esperar más de tres horas en una salita, todo
lleno de gente y de humo, que no sé porque dejan fumar en un sitio que está repleto de
viejitos que solo Dios sabe que padecimientos tendrán. Pasan los números: cincuenta y
cinco, cincuenta y ocho, sesenta y uno. Y yo sin poder dejar de pensar en la comida, y
en la salida de la escuela, y en si Silvia, que es mi hija la mayor, se espabilaría y saldría
a comprar un pollo rostizado. Y el reloj que no paraba de comerse las horas. Y yo de
vuelta a pensar en la casa, en las etiquetas que hoy todavía no cosí ninguna, y si no
entrego no me pagan que lo mío es a destajo. Y más números, setenta y nueve, ochenta
y uno, ochenta y seis, hasta que por fin llaman al ochenta y siete que es el nuestro. Y ahí
nos acercamos al mostrador, y un hombre joven, muy educado él, no voy a hablar de
más, pero que en un minuto nos quita la esperanza y nos elimina de toda posibilidad
mientras me explica, en una sola frase y sin respirar, que en el asilo no hay lugar y ni lo
intente en la Municipal ni en la Casa Retiro de las Bombas que todo está igual de lleno,
únicamente recibimos a los ancianos de la calle los que de verdad están necesitados
porque no tienen a nadie. Me habla de listas de espera y me da una lapicera para firmar
un papel que ni siquiera tengo tiempo de leer, deje un teléfono y dirección que si
aparece algo la llamamos. Al final, con el mismo tono impersonal me recrimina por
querer dejar allí a mi padre, aunque sin demasiado énfasis, como una parte más del
trámite, ¿sabe?, me dice que los viejos solos se entristecen mucho. ¿Y no lo voy a saber
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yo? ¿Se creerá ese joven que una toma estas decisiones sin que se le muera un poco el
alma? Pero no tuve tiempo de replicar, porque ya otra señora lloraba sobre el mostrador
sus propias miserias. Así que de repente ya estamos en la calle otra vez y yo no le pude
decir, al muchacho ese, que el dinero no me alcanza para alimentar a todos en casa; que
aunque tengo apenas cuarenta años comienzo a sufrir dolores reumáticos y los dedos se
me engarrotan minutos enteros y no puedo cambiar el hilo de la máquina; sin poderle
explicar que mi padre necesita otros lentes porque ya no ve nada y más de una vez lo
sorprendí pidiéndole a Carlos, que es mi hijo el del medio, que le lea las cajitas de los
remedios, que a ver si un día no se toma otra cosa y acaba en el hospital; no le pude ni
siquiera comentar que a lo mejor a fin de mes la fabrica para la que trabajo se pone de
paro, que la industria de ropa se está jodiendo porque ahora todo lo chino entra al país
sin que el gobierno les cobre un puto peso de impuestos. Y sobre todo no le pude decir
que estoy cansada, terriblemente cansada, que no puedo más, que si alguien no me
ayuda voy a explotar.

No tengo idea de porque a María se le metió en la cabeza ir a buscar a Carmen, que ella
ya sabía, desde antes de visitarla, que estaba muy distanciada de nosotros. Lo que es
muy raro porque además María siempre ha tenido unos escrúpulos exagerados y lo que
la gente no le ofrece ella no lo pide prestado. Y yo en el camino que le pregunto ¿por
qué está enojada tu hermana? Lo pregunto porque de momento no me acuerdo la razón
si es que alguna vez la supe. Y María no me contesta nada, camina y camina, como una
mula, no me mira ni me habla. Y yo insisto, más para hacerle conversación que otra
cosa, más para ver si charlando empieza a caminar más despacio, que a mi ya no me dan
las piernas para una caminata larga y menos después de las mil quinientas horas que
habíamos esperado de pie en el asilo. ¿Es contigo que está enojada? Y de pronto, echa
una furia, se da vuelta y me grita está enojada porque de chica usted le pegaba, está
enojada porque usted no tuvo el carácter de reclamar a la tía la casa y por su culpa nos
quedamos todos en la calle, está enojada porque usted está viejo y da mucho trabajo…
Y en ese punto se quedó callada. También guardé silencio, porque no era momento de
preguntas impertinentes, aunque no pude dejar de pensar en que a Carmen qué más le
daba que yo estuviera viejo, si ni siquiera vino a verme cuando tuve el ataque y pasé
ocho días en el hospital. Pero no tuve tiempo de pensar muchas cosas más porque
llegamos al edificio de Carmen, que es mi hija la más grande, no de su casa sino de su
trabajo, ella es empleada doméstica en un barrio caro. Demoró una eternidad en bajar, y
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yo mientras me busqué un escaloncito para descansar el cuerpo. Usted tendría que haber
visto como se gritaron esas mujeres. Yo me quedé donde estaba, sin moverme apenas,
casi sin respirar, y le juro, Licenciado, que nunca en mi vida me he sentido tan un
estorbo. Pero no le puedo repetir lo que dijeron, y no porque la memoria se me resista,
que en este caso sería mejor olvidar y no puedo, lo que se me resiste es la lengua
porque, créame, hay palabras que saben muy mal en el paladar.

Sí, dijimos cosas espantosas, gritamos, estuve a punto de agarrarla de los pelos. Lo que
hubiera sido una suerte, capaz que así me desahogaba y no hacía la maldad que hice
después. Así que grité y grité hasta que de pronto me detuve, así de golpe. Miré a mi
padre, sentado casi en el suelo, mi padre que en lugar de vernos se hacía el tonto
limpiándose con un palito la suela del zapato. Y ya no pude más, ¿sabe?, me temblaban
las manos, dejé a mi hermana con la palabra en la boca y me alejé caminando, y
entonces mi padre que se para y corriendo me sigue, creo que no llegó ni a saludar a
Carmen. Lo que seguramente a ella le habrá importado un pepino… o no sé, porque en
medio de la discusión yo vi clarito que se le llenaban los ojos de lágrimas mientras me
juraba y me perjuraba que no podía ayudar, que el dinero a penas le alcanzaba desde
que Flavio, el marido, se había quedado sin el empleo en la construcción. A mi que me
temblaba la boca, y las manos, ¡le juro!, las sentía como dormidas, una sensación
espantosa. No podía pensar en nada, de pronto todo se volvió caminar, aunque
realmente no me dirigía a ninguna parte. Y de pronto mi padre María ¿podemos
descansar un momento? Y entonces reparo nuevamente en él, lo miro, todo sudado
dentro del traje negro, con el pelo echo un desastre a pesar de la gomina. Le digo que sí.
Siéntese ahí, en ese banco de la placita, no se mueva que le voy a conseguir agua en esa
tienda que está allá. Y era cierto, fui a comprar el agua, pero cuando salí a la calle y
miré a mi padre sentado cerca de la fuente, lo vi acariciando un perro de color café, creo
que se llama labrador esa raza, y dos muchachos, los dueños del animal yo supongo, que
le daban conversación a mi padre. Lo vi, pero en lugar de caminar hacia él me di media
vuelta y eché a andar exactamente hacia el otro lado. Y las manos que se aferran a la
botella de agua como si una sed del desierto me consumiera y los pies que en lugar de
caminar comienzan a correr desesperados, y todo se vuelve correr y correr, sólo correr,
como si me persiguiera el mismísimo diablo. Lo abandoné en la plaza. Lo dejé sólo y
salí corriendo. No tenía pensado llegar a ningún lugar específico pero acabé en un lugar
que quedaba muy lejos, quiero decir, lejos de mí misma. Es un sitio que en principio
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parece más tranquilo, ¿sabe?, con menos preocupaciones, pero después me di cuenta
que sólo te puedes quedar ahí si has olvidado todo lo que adentro tienes de persona.

Mire cómo son las cosas que yo ni me había dado cuenta del paso del tiempo, pero
entonces aparece esa señora, me dijo el nombre pero no lo retuve, una vecina de ahí
enfrente. Y se acerca y me pregunta si necesito alguna cosa. Yo, bastante sorprendido al
principio, le dijo que no, que gracias, que estoy bien. Entonces me sugiere que me
cambie al otro banquito, el de más atrás, mejor donde no da el sol, Señor, o se va a
insolar. Y me insiste varias veces, así que lo primero que pensé, y usted disculpe la
expresión, fue que vieja de mierda, por lo entrometida digo. Y ahí me di cuenta de que
sí, que después de todo sí me sentía mal de esperar tanto tiempo al sol y capaz que de
ahí me venía el mal humor. Y la mujer que me confirma lo que pienso consultando la
hora de una ojeada en su reloj de pulsera. Y yo calculo a partir de lo que me dice y me
doy cuenta de que llevo una punta de horas esperando en la placita. Y le pido a la señora
esa, que al final resultó tremendamente amable, sino puede asomarse a la tienda de
enfrente a ver si mi hija todavía andaba por ahí. Lo que era sumamente improbable yo
sé, por eso le expliqué que no me paraba yo, no fuera a ser que María volviera por otro
lado y sufriéramos un desencuentro. Volvió la señora y dijo que no, que de mi hija ni las
luces. Le contesté que no había problema, que María ya vendría, que seguramente
habría tenido que hacer algún mandado y que yo me iba a quedar esperando. Ella me
señaló el edificio donde vive e incluso me mostró al portero por si necesitaba alguna
cosa; un hombre joven que desde la puerta del vestíbulo agitó en alto la mano. Yo le
agradecí, a ella que no al portero, por que ese estaba bastante lejos. Y después pasó más
tiempo, supongo, porque viera lo rara que es ahora esta cabeza mía: por momentos me
pongo a recordar pequeñas historias viejas, cualquier cosa sin sentido, pedazos de
anécdotas a las que invariablemente les falta algo, que aunque no sé que es, presupongo
lo más importante del asunto, por eso me esfuerzo pensando, buscando la tuerquita que
falta y en eso se me van las horas sin darme cuenta. La gente que me ve dirá mira ese
señor de allá tan pensativo, tan concentrado y yo razonando un montón de bobadas. Le
decía que después apareció más gente, otra vez la vecina amable y otros también, me
parece que volvieron los muchachos del perro. Y me empiezan a acribillar a preguntas:
que mi apellido, que mi teléfono, que la dirección, que la colonia, que la edad, que
alguien a quién llamar. Y yo balbuceo confundido pocas, muy pocas respuestas, en
general incompletas y que no satisfacen a nadie, porque la mayoría de las preguntas me
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parecen dichas como en otro idioma. Así me doy cuenta de que no recuerdo nada, que
no puedo contestar a ninguna de esas cuestiones que a todos parecen tan simples, de
pronto, Licenciado, me doy cuenta de que además de ser un viejo estoy lisiado. Soy
como un hombre tullido que tiene mutilada la mente.

Seguramente usted querrá saber en qué estaba yo pensando y no le voy a mentir, a lo


primero, cuando llegué a la estación del metro y me subí como siempre en el vagón del
fondo para ir sentada, casi sentí alivio. Y me dije tú ya hiciste bastante, si nadie te
ayuda como vas a poder con todo, no es cuestión de dejarse el pellejo que al final a ti
también te toca vivir un poco. Viera la cantidad de mentiras que uno puede inventar
para no sentirse un miserable. Y todavía cuando llegué a casa me duraba el embrujo,
que antes de saludar a los niños y preguntar por las tareas escolares, antes de picar un
poco del pollo que había sobrado y estaba juntando moscas arriba de la mesa, antes de
nada, busqué el folleto del asilo y los llamé por teléfono. Ahora sí me van a escuchar,
pensé. Hablé con una señorita y le comenté de la placita, de un anciano, pobre. Alguien
lo dejó abandonado, y de que yo era vecina y pasaba justo por allí, es un señor muy
viejito y parece sentirse mal. Una sarta de mentiras que no viera, y yo sin siquiera un
poquito de rubor en las mejillas, una desvergüenza. Como si mentirles a los
funcionarios del asilo representara una especie de justa revancha por la poca atención
que en la mañana había concitado mi caso. Y la señorita que sí, que muchas gracias,
nos hacemos cargo, ahora mismo alguien lo va a buscar. Aquella victoria me devolvió
el entusiasmo, y me dije que había estado bien hecho, que al final no importa cómo se
hacen las cosas sino el resultado, que una mentira con buenas intenciones no puede ser
pecado y menos cuando se practica contra el gobierno, que al final nunca cumple lo que
promete y las ayudas a la tercera edad no pasan del cajón de muertos de madera de pino
que te dan para los finados cuando se mueren pobres. Que yo lo sé por el ataúd de mi
madre, y mire que ahí nos hicieron lío porque ella se nos fue con menos de sesenta
años… pero no es eso lo que quiero contarle. Quiero decirle con todas sus letras, que me
porté como una cobarde y que no me va a alcanzar la vida para arrepentirme, por eso le
pido a usted la oportunidad de resarcirme y enmendar lo que estuvo mal hecho.

Se hizo la tardecita, y la señora, la amable que vive en el edificio de enfrente, la misma


que tiene el velador simpático, que cada tanto levantaba la mano para llamar mi
atención y preguntarme con el gesto si todo iba bien, la vecina, digo, me trajo un pan
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con queso y un termito con café. Y justo cuando estaba tomando la merienda llega una
camioneta y se bajan dos muchachos, él y ella, el hombre vestía con bata blanca y al
principio pensé que sería médico, aunque la camioneta no era ambulancia de eso me
acuerdo bien. Ella se acerca con un cuadernito en la mano y me hace algunas preguntas,
las mismas que ya me han hecho los vecinos y que por segunda ocasión no puedo
responder. Además desde el principio la cosa de la camioneta me dio desconfianza, así
que lo poco que me acordaba, esta vez me lo guarde. En eso llega rapidito la vecina y la
muchacha le explica que alguien ha hecho una llamada de urgencia para avisar de este
señor perdido. Y yo que le digo, es un error, perdido no estoy, María me dijo que la
esperara acá sentado. Y la vecina buena que corrobora lo que digo. Y la muchacha que
pregunta, a la vecina que no a mi, porque de ahí en adelante siguió hablando como si yo
más que persona fuera un bulto abandonado en la acera, le pregunta si vio a la tal María.
Y la señora dice que no, pero le explica que esa es la versión que yo cuento desde el
primer momento cuando ella me encontró sentado en la banca, y que entonces debe de
ser la verdad, ¿porqué iba a mentir este señor? Y la joven sonríe y dice algo espantoso
de que los viejos solitarios tenemos un montón de fantasías absurdas las más de las
veces y que el resto del tiempo no sabemos en absoluto de lo qué estamos hablando. Y
ahí yo empiezo a sentir miedo, ¿entiende? Porque la muchacha quiere llevarme a otro
sitio, vienen del asilo y tienen órdenes, insiste y, para demostrar su derecho a actuar,
muestra un papel con sellos oficiales; a la vecina, que no a mi, a mi sigue sin prestarme
mayor atención. Y yo que me asomo al papel, muy de cerquita porque con estos lentes
casi no veo nada, y reconozco el nombre del asilo y le digo que ahí no hay lugar, puro
hacinamiento, ni en la Municipal, ni en la Casa Retiro de las Bombas, todo está igual
de lleno, le cuento que ya estuve ahí en la mañana con María y sé de qué le hablo. Pero
la muchacha, con una mirada bovina y sin haber escuchado una palabra de lo que he
dicho, me toma del brazo, no fuerte ni con violencia, pero igual yo me resisto. De golpe
me siento muy agitado, el corazón me galopa en el pecho y siento clarito como se me va
el color de la cara. El otro joven, que hasta ahora había estado callado y sin meter baza
en nada, va a la camioneta y trae una jeringa y con voz suave me explica que me van a
dar un calmante para que me sienta mejor. Y ahí sí se arma la de Dios padre, porque yo
me agarro del banco con toda mis fuerzas, no sin antes manotear al aire y tumbarle al
suelo la jeringa al muchacho que como no se esperaba mi reacción de paso recibe un
golpe en la sien. Y la vecina que levanta la voz para pedir calma, y viene el portero, y el
dependiente de la tienda, me imagino yo, porque viene vestido con mandil anaranjado
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que es el color del logotipo del supermercado de enfrente, que tuve tiempo de sobra para
ver el color de la marquesina. El muchacho de blanco, con la cara encarnada por la
indignación, se para con la jeringa otra vez en la mano, parece a punto de tirarse encima
mío y doparme por la fuerza, por eso el dependiente de la tienda lo toma fuerte del
brazo. Pero ahí la señorita cambia de actitud, no sé si porque sintió pena de mi o porque
los vecinos los miraban ya sin ningún respeto por la camioneta, ni el papel de los sellos
oficiales, ni por la túnica blanca de médico; ofendidos por la jeringa y los malos modos.
Y dice que bueno, le extiende un folleto del asilo a la vecina y aclara usted se hace
cargo, que el señor espere otro poco y si no viene nadie a buscarlo nos llaman de
nuevo. Y después de una pausa agrega con cierto desdén, usted disculpe, Licenciado, yo
sé que es gente que trabaja con usted, pero a mi me pareció desprecio. O hagan lo que
quieran, así dijo. Y después de dar las buenas tardes, se dan media vuelta y se mandan a
mudar. El muchacho no, ese no dice nada, pobre, se ve que quedó molesto conmigo,
aunque mire que no fue mi intención pegarle un sopapo ni desacomodarle el jopo.

Y entonces comienzo a pegar etiquetas, una tras otra, sin reposo, sin pensamientos que
me estorben en la cabeza, con una especie de tranquilidad estúpida, impropia de la
situación. Con un vacío interior que algún incauto podría confundir con sensación de
paz. Alrededor mío un silencio, una calma, algo inaudito en casa; los dos niños
mayores que hacen la tarea sobre la mesa del comedor, y yo dale que te dale con la
máquina, y Marcos, que es mi hijo el más chico, que duerme una siesta, larga,
larguísima, y al despertar se dedica de lleno a sus juguetes, sin pedir nada, sin reclamar.
Cada tanto levanto la vista y miro el reloj en la pared y solo pienso hay que darse prisa
van a ser las cinco, hay que darse prisa van a ser la seis, hay que darse prisa van a ser
la siete, hay que darse prisa van a ser las ocho. Y así se me hubiera ido la tarde, la
noche, la semana entera si mi hija la mayor no va y me interrumpe para preguntarme
por el abuelo: que si lo dejaron quedarse así sin más, que no había dicho yo que la cosa
podría demorar unos días, que si quedó bien en el asilo, que si la habitación era
luminosa porque sin sol se pone enfermo, que si ¿alguna viejita era linda como para
novia del abuelo? Y yo le miento, Licenciado, le miento ¿sabe? le cuento cosas, no sé,
detalles tontos. Se me llena la boca de pequeñeces: el color verde agua de las paredes; la
alfombrita a los pies de cada cama; la señora del aseo, gorda y simpática, que le hace la
cama a los ancianos mientras les cuenta chistes; el flan que seguramente estará
comiendo el abuelo, porque hoy es jueves y es lo que dan siempre los jueves a la hora
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de la cena. Y por supuesto que yo no vi nada de eso, pura fantasía, puro invento, pero
me reconforta pensar que mi padre ya está en el asilo y que a lo mejor algo de todo eso
será lo que está viviendo. Pienso que no estará triste, que tendrá con quien charlar y que
tal vez, quién sabe, cuando le visite en un par de semanas, al disimulo porque ahí todos
pensarán que ese viejo está solo, cuando lo visite, pienso que él, con su falta de
memoria, seguramente ni se acordará del abandono en el parque.

Se lo voy a contar porque estoy seguro que igual ya se lo dijeron. Ahora todos se creen
que tengo problema de próstata o cosa similar, desde ese día los médicos no paran de
hacerme estudios. Pero no tengo un problema de salud, fue humillante y vergonzoso,
pero no fue por eso. Mojé los pantalones, me oriné. Y eso pasó porque yo no quería
moverme de donde estaba, no quería. Lo único que no podía permitirme era salir de la
plaza porque en ese sitio estaba mi esperanza, ¿entiende?. Porque a esa altura de la
noche la certeza se me había vuelto toda inquietud, y yo, que hace más de treinta años
que no me paro en una iglesia, que la última vez fue para la comunión de mi María, yo
que no hablo mucho con Dios, más por no molestarlo con tonterías que porque no tenga
cosas para pedirle, me puse a rezar del puro ahogo que sentía, Licenciado. Llevaba
horas aguantando, soportando todo, no solo las ganas de orinar, también llevaba horas
disimulando frente a la verdad, porque no la quería ver. Fingiendo para mi mismo que
la situación estaba bajo control; pensando que María tendría que venir tarde o temprano,
pensando que ni bien llegara le daría un rapapolvo por la mala sangre que me había
hecho pasar, pensando que esta vez sí le haría un reproche, que yo entiendo todos sus
problemas o al menos lo intento, que yo habré tenido mis errores pero que aún así no
hay justicia en dejarme tirado como a un perro sarnoso. Y a la vez, al instante siguiente,
inventaba excusas, cinco, diez razones distintas, fantasías diversas, hospitales,
accidentes, robo a mano armada, diez formas irrebatibles para justificar su demora. Pero
hubo un momento que ya no pude más y aflojé, ¿entiende? De pronto comprendí mi
situación. Imagine usted ser un hombre de la edad que yo tengo, imagine no poder
volver a su casa que es lo mismo que no tenerla, imagine la noche cerrándose sobre su
cabeza, pura tristeza, contando los minutos para que otra vez amanezca, imagine el frío,
el banco duro bajo las posaderas. Ahora imagine, por un instante imagine, que esa
puede ser su realidad para siempre: la caridad de los extraños para satisfacer malamente
sus necesidades; los últimos zapatos propios, elegidos por usted, que llevará; la ansiedad
incesante por la comida, preparándose siempre para cuando llegue el hambre; la lástima
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ajena en lugar del afecto; y un último rostro familiar en sus ojos, el de su hija, que
inevitablemente se irá borrando hasta desaparecer de su memoria. Comprendí que de ahí
en adelante podría comenzar el principio del fin, y me oriné de miedo, Licenciado.

Y de pronto me doy cuenta, en mitad de la noche, me doy cuenta. No me desperté de


una mal sueño ni nada de eso, que hasta allí no había podido descansar como es debido.
La cama se me había vuelto como un camino de hormigas y la respiración de mis hijos,
cada suspiro, se me antojaban molestos como una radio con mala sintonía. Se me habían
ido las horas en buscar acomodo, para un lado y para otro, sin reposo. Pero yo no
hallaba qué era eso que no me dejaba dormir, hasta ahí mi mente seguía vacía como un
agujero. Eso, Licenciado, se llama mala conciencia, era remordimiento lo que me dejaba
ausente el alma y me robaba el sueño, pero fíjese que no me daba cuenta. Y entonces, de
pronto, me acuerdo, así de la nada, y pienso, mi padre no tendrá mañana ni un
calzoncillo limpio para cambiarse, y me siento en la cama como uno de esos monigotes
que lo espantan a uno cuando saltan de sus cajas. Pienso, no tiene el estuche para los
lentes, esos viejos que sirven poco pero que son los únicos que tiene, ¿dónde va a
guardar los anteojos para que no se pierdan?, y después, no llevó unos zapatos
cómodos, sólo los negros, los del velorio de mi madre que son tan duros, y más grave
todavía, no tiene las pastillas que le controlan el ácido úrico para que no le duelan las
articulaciones cada que se mueve, ¿sabrá pedir una nueva caja por el nombre?… y me
angustio, me vuelvo loca de repente. ¿Qué hice? Me levanto, sigilosa, me visto a
oscuras en el cuarto para no despertar a los niños, porque ¿con qué cara les explico que
dejé al abuelo sin nada y en mitad de cualquier lado? A tientas me visto y busco en la
sala las cosas de mi padre y en ese momento no pienso ¿sabe? ¿cómo les voy a explicar
a los del asilo que ese viejito perdido en realidad es mi padre?, no pienso en las
cuestiones prácticas, ya se me ocurrirá alguna cosa, me digo. Meto todo lo que
encuentro en una maleta grande, y ya me estoy por ir, ya con la llave en una mano y los
zapatos míos en la otra, lista para terminar de arreglarme en la escalera sin que nadie me
escuche, lista la maleta de mi padre con tres camisas limpias, dos pañuelos, todos sus
calzoncillos, los zapatos tenis que le compré en el último cumpleaños, el anillo de bodas
de mi madre que lo tiene siempre enganchado a un llavero junto con las llaves del
último automóvil que manejó, manías raras las de mi padre, ya estoy pronta para partir,
cuando siento detrás de mi unos pasitos chiquitos, ligeros, y me doy vuelta y lo veo, a
mi hijo el más chico, en pijama pero con los zapatos calzados, mi hijo que se apura,
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corre y me da la mano, y parece que me pregunta pero en realidad me advierte ¡¿vamos


a buscar al abuelo?¡

Me cambié la ropa mojada por un mono de trabajo viejo que me prestó el portero. Y ahí
me quedé sentado el resto de la noche. En un momento apareció la vecina, ¡viera la
vergüenza que me dio!, ya era tardísimo y la pobre mujer que trae frazadas y más café.
Váyase a dormir, le digo. Y ella nada, se sienta, me pasa una manta por los hombros sin
preguntarme, se guarda una frazada para ella, y se queda a lado mío una punta de horas.
Hablar no hablamos gran cosa, o no me acuerdo. Lo que sí me quedó bien guardado en
la cabeza, es que en toda mi vida, y miré que se lo dice alguien que ya cumplió ochenta
años, en toda mi existencia, nunca me he sentido tan agradecido con alguien como con
aquella vecina, la noche de la espera.

Me porté como una desequilibrada total; primero con la recepcionista, que revisa quince
veces por pedido mío y siempre confirma la misma cosa, no han traído a nadie de la
calle hoy. Y yo que le explico, le cuento todo, ¿sabe?, que lo abandoné, que hice una
llamada telefónica, que mentí, que revise bien, ¡carajo!, que ahí tiene que estar. A
partir de ese momento ella me mira como si yo fuera una cucaracha y cierra la boca para
no hablar más. Entonces me llevo el relajo por los pasillos; empiezo a recorrer las
habitaciones del asilo, prendiendo las luces, asomándome en cada cuarto. Y miro uno
por uno a los viejos, la mayoría profundamente dormidos, con esos sueños químicos tan
parecidos a la muerte, algunos, pocos, que se despiertan y me miran con un asombro
casi entretenido, contentos de que alguien venga a romper la rutina. Un señor, con
demencia senil yo supongo, que se levanta de la cama y me dice “Aurora, ¿ya vamos
para casa?” y me toma del brazo, y no me suelta, y yo queriéndome desprender para
seguir buscando, hasta que llega la recepcionista y detiene en seco todo el caos que
estoy provocando. No está aquí, casi me grita, tenga un poco de respeto.

Y entonces cuando ella apareció yo supe, ¿entiende? Comprendí que todo había sido un
gran malentendido, una de esas cosas que pasan, que no tienen explicación, así que no le
pregunté ni le comenté nada. La vecina sí que dijo cosas, muchas, yo no escuché todo
porque la señora se llevó a María un poco aparte, y de lo que oí la mayoría ya se me
olvidó, pero me parece que le habló de moral, afirmó que hay cosas que no se hacen, y
repitió con énfasis nunca se hacen. Y María que asentía a todo en silencio, yo le veía en
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la cara cómo se iba desmoronando, y a nada decía que no, como si fuera culpable de
todos los cargos que se le imputaban y aún estaba dispuesta a hacerse responsable de los
que le eran ajenos. Se ve que también la vecina percibió la confusión que se le escapaba
de adentro a María o a lo mejor se cansó de hablar sola, no sé, porque de pronto se calló
la boca como si esperara, casi como si deseara, que la otra se defendiera un poco, que
dijera alguna cosa en su favor. Pero María nada, la siguió mirando con los ojos muy
abiertos, atentos, sin llorar, esperando más reclamos. Y la vecina que le pregunta
¿porqué lo hizo, señora? Y mi María, que de su boca nunca se escapan quejas, le dijo
una frase solo, le dijo viera lo fácil que es perderse en esta vida. Lo dijo con una
tristeza, Licenciado. Y ahí me quedó claro que todo había sido una cuestión de error de
rumbo. Los asistentes sociales, esos que vienen los martes, y que a pesar de ser varios
uno acaba por creer que habla con el mismo de repetido que resulta lo que opinan, sus
asistentes, digo, podrán decir misa: que el desequilibrio emocional, que la falta de
conductas positivas, que la sensación de fracaso, que esto y que lo otro… ¡Déjelos que
hablen! pero no los escuche. Yo no quiero vivir en el asilo y mi hija, a esta altura,
tampoco quiere eso. ¿A santo de qué viene todo este movimiento que quieren hacer?
Somos una familia cualquiera, viviendo la mejor vida que sabemos vivir. Yo se que
usted quiere ayudar y se lo agradezco, pero sepa que no voy a levantar ninguna
acusación por maltrato. Usted dice que no he perdonado a mi hija y es cierto, pero eso
es porque no tengo nada que disculparle, ¿entiende? Yo sé que María nunca quiso
abandonarme. Y si acaso aquella idea pasó por su mente, fue solo por un instante, una
flaqueza, y un momento de locura, Licenciado, lo tiene cualquiera.

Laura Santullo
Enero 2006

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