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José Enrique Rodó

ARIEL Y PROTEO SELECTO


FUNDACIÓN

BIBLIOTECA AYACUCHO

CONSEJO DIRECTIVO

José Ramón Medina (Presidente)


Simón Alberto Consalvi
Pedro Francisco Lizardo Oswaldo
Trejo
Oscar Sambrano Urdaneta
Ramón J. Velásquez
Pascual Venegas Filardo

DIRECTOR LITERARIO

José Ramón Medina


JOSE ENRIQUE RODO

ARIEL Y PROTEO SELECTO

Selección y presentación de
PEDRO PABLO PAREDES

BIBLIOTECA AYACUCHO © de
esta edición
Biblioteca Ayacucho, 1993 Diseño / Luis G. Ruiz Lossada y Tutty
Apartado Postal 14413 García Benfele
Caracas - Venezuela — 1010 Fotocomposición y
Derechos reservados paginación / E. Signo Contemporáneo conforme a la ley
Impreso en Venezuela

ISBN 980-276-220-2 Printed in Venezuela


PRESENTACION

ANTES QUE HABLAR de José Enrique Rodó, debemos


referirnos al Moder nismo. Esto, porque él, sin más ni más, es
una de sus figuras representativas. Aquella famosa escuela
literaria fue, en su caso particular, el entorno ideológico; el
ambiente cultural característico. De acuerdo con esto, ¿qué es el
Modernismo?
El Modernismo es, en el orden de las escuelas habidas en la
literatura hispánica, la sexta. Antes fueron el Preclasicismo, tan
bien representado por el Arcipreste de Hita; el Clasicismo, por
Miguel de Cervantes; el Barroco, por Luis de Góngora; el
Neoclasicismo, por Benito Jerónimo Feijóo; el Romanticismo,
por Gustavo Adolfo Bécquer. Sobre el Romanticismo vino el
Modernismo.
El Modernismo es una escuela finisecular. Se inauguró en
1888 con Azul de Rubén Darío. Este fue el líder de tan significativo
movimiento. El Modernismo concluye con la primera guerra
mundial. Digamos que en 1918. Darío, por cierto, murió en 1916.
Esto nos aclara que la escuela tuvo vida breve: unos treinta años
apenas. Ahora bien, la escuela modernista es la primera escuela
que, contra la tradición, nace en América y desde América influye
sobre la Madre Patria. Y, sin irnos demasiado lejos, se propuso
objetivos precisos. Inspirarse en espacios no americanos; inspirar se
en tiempos igualmente no contemporáneos; alcanzar en el poema la
máxima perfección posible en cuanto al léxico y en cuanto a la
musicalidad de la frase. Exotismo temático, pues, y perfección
formal son sus dos fundamentos. La "Sonatina" de

VII
Rubén Darío resume y exalta tan características virtudes
estéticas. Como las resume y exalta, en prosa suprema,
"Poniente" de Manuel Díaz Rodríguez. Dentro de tan elocuente
circunstancia, se formó, trabajó y creó José Enrique Rodó.
Buen escritor hispanoamericano, José Enrique Rodó tuvo
que hacer de todo. Fue educador, es decir, pedagogo de nivel
universi-
tario; fue político militante de tiempo completo; fue
parlamentario de años y años; fue diplomático y viajero; fue, por
encima de todo esto, escritor. Nació en Montevideo en 1871.
Murió en Palermo, después de haber andado por Portugal, por
España, por toda Italia, al parecer en ruta hacia la soñada Grecia,
en 1917. No logró alcanzar ni siquiera medio siglo de vida. La
brevedad de su vida, sin embargo, no le estorbó el paso
hacia nuestro reconocimiento definitivo. En el instante de la
muerte Rodó sabía asegurada, en forma indiscutible, su gloria.

El escritor que fue José Enrique Rodó se nos realizó en unas


pocas obras. Ariel es de 1900; Motivos de Proteo es de 1909; El
Mirador de Próspero es de 1913; El Camino de Paros es de 1918.
Entre estas cuatro obras, la principalísima es Ariel. Es la obra
que representa al escritor plenamente: en su triple condición
personal de Maestro, de Dirigente y de Letrado.
José Enrique Rodó fue ejemplar bolivariano. El Libertador le
inspiró el más perfecto de sus ensayos. En consecuencia, el tema de
Ariel no podía ser sino bolivariano radical: Hispanoamérica. El
libro, así es el más vibrante testimonio del Maestro que hubo en el
escritor. Rodó, con tan estremecedora tesis, no aspira sino a
sembrar en sus lectores —sus discípulos— la convicción de la
espiritualidad de nuestra Hispanoamérica. El Maestro, en una
palabra, que palpitó toda la vida en el escritor se realizó, antes y
mucho más profundamente que en la cátedra, dentro de las páginas
de este libro. Conocer a Hispanoamérica, debió pensar Rodó, es
quererla de verdad; quererla de verdad es, en última instancia,
defenderla. Este es el espíritu de Ariel.
Hasta aquí Maestro. Pero, dentro de Ariel aparece, absolu
tamente ejemplar, el Dirigente. El libro está polarizado por dos
símbolos supremos. Ariel, que es la divinidad positiva del universo
shakespereano, y que, por tanto, asume la identidad del alma
hispanoamericana. Calibán, que, dentro de aquel mismo universo,

VIII
es la divinidad negativa, y que, por tanto, asume la
personificación del apetito imperialista de procedencia. sajona. La
lección parece meridianamente clara. La espiritualidad nos viene
de la Madre España y, en más lejana instancia, de la Abuela
Grecia. Nuestra identidad salta a la vista con sus valores
específicos. Del otro lado, los valores son opuestos. Entre los
unos, los nuestros, y los otros, los extraños, ¿por cuáles hemos de
votar? Lo que está a la vista,
segun el aforismo, no requiere demostración. Ariel es un catecis
mo de política hispanoamericana. En el fondo, porque Rodó fue
admirador cabal del Libertador, un catecismo del más puro, del
más auténtico, del más dramático bolivarianismo.
El Maestro no hubiera sido posible en Ariel, como no
hubiera sido posible el Dirigente, si no hubieran estado servidos,
de manera cabal, por el Letrado. Rodó, más que ningún otro
modernista, logró resumir armoniosamente en su vida, en su
conducta y en su obra, lo característicamente clásico, que es
mesura y claridad completas, con lo característicamente
modernista, que, por lo

menos en algunos pormenores, no fue otra cosa que desmesura. De


tal posición, en su caso, es testimonio definitivo Ariel. En este
libro, más que en ninguno de los otros tres que publicó, Rodó saca
verdadero el postulado de Juan Ramón Jiménez segun el cual
"clásico es todo aquello que, por haber sido fiel a su tiempo,
trasciende y perdura". En Ariel el modelo clásico del siglo áureo
sujeta, de modo inolvidable, el ímpetu modernista. El estilo, así,
resulta absolutamente perfecto. En Ariel verificamos, en toda su
proyección, al Maestro; y, en toda su trascendencia, al Dirigente; y
en el dominio definitivo de su oficio creador, al Letrado. Es por
esto por lo que Ariel es la obra magistral —la obra por excelencia
— del ilustre uruguayo.
En el presente volumen de la Biblioteca Ayacucho no sola
mente está Ariel completo. También está una breve selección de
Motivos de Proteo. El hecho no tiene más explicación, ni más
justificación, que la siguiente. La biblioteca, en su nueva serie
bibliográfica está animada de propósito extraordinariamente
positivo. El de que nuestras generaciones jóvenes conozcan
mejor,

como quería Rodó, a América Hispana y a América Inglesa; y el


de que las conozcan mediante la obra capital de sus espíritus más
representativos. Entre estos, el ilustre y ejemplar uruguayo José
Enrique Rodó. Un gran escritor que, como grande que fue, quiso
entrañablemente a Venezuela y a Simón Bolívar, como
integrantes que son ambos del ser americano para todos los
tiempos.
PEDRO PABLO PAREDES
x

JOSE ENRIQUE RODO

EL OFICIO DE PENSAR es de los más graves y peligrosos


sobre la faz de la Tierra bajo la bóveda del cielo. Es como el del
aeronauta, el del marino y el del minero. Ir muy lejos
explorando, muy arriba o muy abajo; mantiene alrededor la
continua amenaza del vértigo, del naufragio o del aplastamiento.
Así, la principal condición del pen sador es la serenidad.
En la América nuestra no hemos tenido casi pensadores; no ha
habido tiempo, todo ha sido fecundidad verbal, más o menos feliz;
declamación sibilina pastiche oratoria, expansión, panfleto. Con
dificultad se encontrará en toda la historia de nuestro desarrollo
intelectual este producto de otras civilizaciones: el ensayista.
José Enrique Rodó es el pensador de nuestros nuevos tiempos,
y, para buscar siempre el parangón en el otro plato de la balanza
americana, diré que corresponde a Emerson. Es Emerson latino,
cuya serenidad viene de Grecia, y cuya oración dominical es la
salutación a Palas Atenea, la plegaria ante la Acrópolis. Y advertir
que, a pesar de lo que se afirme y comente, Rodó no es un
renaniano, en el sentido que en el común dialecto literario se da a
esta palabra. Su tranquila visión está llena de profundidad. El
cristal de su oración arrastra arenas de oro de las más diversas
filosofias, y más encontraréis en él del más optimista de los
ensayistas, que del gordo cura laico biógrafo de Nuestro Señor
Jesucristo, abate de Jouarres, in partibus infidelium.
Desde sus comienzos, la obra de Rodó se concreta en ideas,
en ideas decoradas con pulcritud por la gracia dignamente
seductora de un estilo de alabastros y mármoles. Solamente que
él pigmalioniza, y el temor de impasibilidad, de frialdad,
desaparece cuando se ve la piedra cincelada que se anima, la
estatua que canta. Nació con vocación de belleza y enseñanza.
Enseñanza, es decir, conducción 'de almas. A tal pedagogía es a
la que se refiere Dante en un verso referente a Virgilio. Cuando
apareció su primer opúsculo, Vida nueva, se vio el surgir de un
maestro en su generación, en la generación continental. Su
segundo opúsculo sobre el autor de Prosas profanas, o mejor
dicho, sobre este libro de poesías, le afirmó virtuoso de la prosa,
de la erudición elegante, y en la última parte de su trabajo,
profeta.
Altas y generosas especulaciones le ocuparon, y Ariel señala
un nuevo triunfo de su espíritu y una nueva conquista de sus
predicaciones, por la hermosura de la existencia, por la elevación
de los intelectos hispanoamericanos, por el culto nunca
desfalleciente ni claudicante del más puro y alentador de los
ideales. Definíase más y más su personalidad, y se hubiera dicho
un filósofo platónico de la flor del paganismo antiguo, resucitado
en tierras americanas. Y tuvo el más bello de sus gestos cuando,
llevado a las controversias de la Prensa y a las agitaciones de la
Cámara, por los caprichos dela política, el adorador de los dioses
de la Hélade salió a la defensa de nuestro pálido Dios cristiano,
desterrado, allá, como en Francia, de los -lugares de la justicia,
por obra de la roja cosa jacobina.
Por último, aparece su obra magna hasta hoy, esos Motivos
de Proteo, aires mentales, sinfonías de ideas que llevan dentro
tanta virtud bienhechora; libro que ha sido acogido en todas
partes con entusiasmo y con razonada admiración. Es un libro
fragmentario; pero icuán lleno de riqueza!; fragmentario
ocasional o decididamente. Ello hace que su prosecución sea
indefinida, y que el encanto y el provecho se prolonguen en la
esperanza después de cada parte. El tesoro está allí. Cada vez que
Aladino baje, estemos atentos.
RUBÉN DARÍO
XII

MONTEVIDEO,

Sr.
Salamanca.
Muy distinguido colega y señor mío: Al presentar a usted, en
signo de alta y sincera estimación, un ejemplar de mi reciente
libro, quiero manifestarle cuánto es el interés que yo tengo en
que usted lo lea; interés que no estriba solamente en lo mucho
que me importa el juicio que usted forme de él como obra
literaria, sino, ante todo, en el propósito que me ha movido a
escribir la obra que le envío.
Es, como usted verá, de acción, si así puede decirse; he
querido hablar a la juventud a la que pertenezco, a la juventud de
América, sobre ideas cuyo interés y oportunidad me parecen
indudables; y si no pareciera una aspiración presuntuosa, agregaría
que he ambicionado iniciar, con mi modesto libro, cierto
movimiento de ideas en el seno de aquella juventud, para que ella
oriente su espíritu y precise su programa dentro de las condiciones
de la vida social e intelectual de las actuales sociedades de
América.
La repercusión de la propaganda que yo quiero promover
en esa España que todavía consideramos como el hogar
venerable de nuestra raza y nuestro espíritu: una repercusión que
no signifique halagos para mi vanidad literaria, pues no puedo
aspirar a ellos, sino simplemente aprobación benévola de las
ideas y el sentido general de la obra, significaría para mí
muchísimo, porque daría a mi propaganda una sanción
invalorable.
XIII
He enviado Ariel a los pocos amigos intelectuales de
verdadero prestigio que tengo en España, contándose entre ellos
el que más íntimamente conozco y más benévolamente me ha
estimulado: Leopoldo Alas; pero quiero que otros escritores a
quienes, sin ser mis amigos, admiro y respeto, reciban también
mi libro; y, entre esos escritores, hubiera sido imperdonable
olvidarle a usted, a quien, con sobrada justicia, consideramos
aquí el más pensador de los escritores de las nuevas generaciones
españolas, el más profundo y reflexivo.
Leí hace poco una carta de usted en la que, disintiendo de mi
modo de considerar la personalidad literaria de Rubén Darío,
tenía usted, sin embargo, frases muy benévolas para la obrita que
dediqué a ese poeta nuestro. Hago votos porque esta vez, no
siendo menor su benevolencia, tenga además mi libro la fortuna
de concordar en ideas con usted.
Reciba, con este motivo, las seguridades de mi alta estima
literaria y de mi mayor consideración.
JOSÉ ENRIQUE R0Dó
Mi muy distinguido compañero:
Conocía algo de usted, pero el Ariel ha acabado de
revelármelo en toda su simpática personalidad. Porque es el
sentimiento que leyendo a usted se desenvuelve en el ánimo del
lector atento; simpatía, simpatía en el más profundo sentido, en el
etimológico owtocðetŒ (dispénseme esta pequeña pedantería;
hábito del oficio, pues yo [soy] profesor de griego). Es un escrito
genuinamente platónico, sereno, noble, equilibrado, lleno de
60(ppoove. A mí an particular su lectura me ha aquietado, por lo
mismo que no responde del todo a mi íntimo modo de ser. Es una
producción profundamente latina, y yo, aunque escribo en un
romance (hace años escribí algo en vascuence, pero lo dejé), nada
tengo de latino. Es más, creo que mi raza, mi raza vasca, está
ahogada por el latinismo. Y si no he logrado meterme al corazón,
bajándolo de la cabeza, el latinismo, tampoco me penetra lo
helénico, a pesar de los nueve años que llevo enseñando lengua y
literatura griegas. Véolo a usted también muy influido por la
cultura francesa —acaso en exceso, es decir, con demasiado
predominio—, y lo francés me es poco grato. Su claridad, su
método, su belle ordonnance. me hastían, veo en ellos siempre la
sombra de Racine. Se lo escribí a Coll en una carta que éste ha dado
a luz; el francés es sensual y lógico, y me son poco caros lo lógico
y lo sensual. Un francés rara vez penetra de veras en abismos
místicos y jamás llega a gustar de veras de Shakespeare, un
bárbaro. Y, con todo ello, es lo que necesito para equilibrarme,
latinismo, helenismo, galicismo. Por eso, Ariel me ha entonado. Por
cuatro o cinco veces la emprende usted con el puritanismo "que
persiguió toda belleza y toda selección intelectual . . ." (pág. 47) "la
idealidad de lo hermoso no apasiona al descendiente de los austeros
puritanos" (pág. 104). Y, sin

embargo, yo creo al puritanismo la fuente de la más honda


belleza, de la belleza desnuda e inefable, desnuda de formas
sensibles (parece esto un contrasentido; lo sé). De él han brotado
esos inmensos musings de Wordsworth, lo más puro que hay en
poesía acaso, esos solos de órgano. Sí, ellos, los puritanos "han
sabido salvar en el naufragio de todas las idealidades, la idealidad
más alta, etc." (página 94). ¿Pero que el sentimiento religioso
puritano no levanta sus vuelos en alas de un espiritualismo
delicado y profundo? El que yo creo que no lo levanta es el
sentimiento religioso católico o sea latino (catolicismo y
latinismo son una misma cosa), pagano siempre, puramente
estético, sin profundidad real. Pero no discutimos. ¿Para qué?
Después de todo, si algo da vida al pensamiento es que cada cual
piense a su modo y tratemos todos de comprendernos y de
completarnos. En resumen, su Ariel es un libro altamente
sugestivo y que ha de darme materia a reflexiones, llamando a la
vez la atención del público que me favorece, hacia él.
Al recibir esta carta estará ya en su poder el ejemplar de mis
Tres Ensayos que le he dedicado. Según el éxito que con ese
librillo obtenga, me animaré o no a seguir dando lo que en su
primera página anuncio. En lo que tengo puesto más alma es en
mis poesías. A la vez trabajo en una nueva novela titulada En el
campo, en unos Diálogos filosóficos y en mi Vida del romance
castellano: ensayo de biología lingüística en que llevo diez años
de labor. Es la filología mi especialidad técnica y le debo muy
buenos ratos. Hame servido de narcótico en no pocos pesares
íntimos y en las murrias que de cuando en cuando me acometen.
Cada día me interesa más cuanto, al pensamiento hispano
americano se refiere, pero en general observo en la literatura de
esos países una tendencia que no sé. hasta qué punto concuerde con
la orientación íntima (si la hay) del espíritu colectivo de ahí. Algo
de ello verá usted en la breve carta que, dirigida a mi buen amigo
don Francisco Soto y Calvo, publica éste en El genio de la raza
(evocación de un poema argentino). Víctor Hugo dejó ahí una
enorme huella, no siempre fecunda, y ahora influyen con
demasiada exclusividad los dei maiores del Mercure de France.
Acaso es manía mn. Mi madre, que se educó en Francia, me hizo
aprender muy de niño francés, pero desde que en 1880 empecé a
aprender alemán, poco después inglés y noruego más tarde, apenas
he vuelto a leer francés. Tengo algo de francófobo. Y si leo francés,
es a belgas o suizos de preferencia: el grupo ginebrino (Amiel,
Scherer, Töpfer, Secrétan, etc., etc., me encantan). También me
satisface ese grupo de protestantes franceses (Réville, Aug.
Sabatier, Menegoz, Stapfer, etc.) de tan simpático espíritu. El
Jesús de Nazareth de Réville pongo sobre el de Renan, y la Esquisse
d'une philosophie de la réligion, de Aug. Sabatier, me
parece de lo más sano que el espíritu francés ha dado. Del resto,
de los pasados, Pascal y Sénancour (el autor del inmenso
Obermann, uno de mis libros favoritos) son los que más me
gustan. El genio francés se ve bien en Taine, brillante, elocuente,
bien trabado, pero anguloso, en el fondo frío, sistemático y
condillaquiano siempre. Michelet también me agrada. Pero ya se
lo digo, me parecen racionalistas en el más hondo sentido de la
palabra, y el racionalismo me es poco simpático.
Aquí todo sigue su carril: yo no sé qué va a ser de esto. Creo
que nuestra desgracia es no haber tenido un Lutero nuestro, español;
la Inquisición ahogó en germen la castiza Reforma española, que
hubiera brotado del movimiento místico, del impulso de aquel
estupendo San Juan de la Cruz, acaso el más soberano poeta y el
más profundo pensador de raza castellana. Y como no hemos
pasado por un Lutero, no podemos digerir a Kant y seguimos presos
al realismo vulgar. Aún no ha comprendido el castellano lo de que
la vida es sueño. Me llaman protestante, y hay algo de ello. La
concepción de la fe que doy en el tercero de mis Tres Ensayos es en
el fondo genuinamente luterana. Desde que leí la
Dogmengeschichte, de Harnack, se me abrieron vastos horizontes.
Apenas me interesa ya más que el problema religioso y el del
destino individual; repelo toda concepción esteticista del mundo.
Todo el helenismo se encierra en aquel verso de la Odisea que dice:
"los dioses traman y cumplen la destrucción de los hombres para
que los venideros tengan algo que cantar", y nadie ha caracterizado
a
XVII
los atenienses mejor que el autor de los Hechos de los Apóstoles
en el versillo 21 del cap. XVII, eran "amigos de novedades". Pero
esto va a degenerar en disertación.
Dispénsemelo; padezco de epistolomanía.
No sabe usted bien cuánto me satisface entablar relación a través
del océano con un espíritu como el suyo: en ello ganaremos
ambos. Tenga, pues, por un amigo a su affmo.
MIGUEL DE UNAMUNO
XVIII
ARIEL
A LA JUVENTUD DE AMÉRICA

AQUELLA TARDE, el viejo y venerado maestro, a quien solían


llamar Próspero, por alusión al sabio mago de La Tempestad
shakespeariana, se despedía de sus jóvenes discípulos, pasado un
ano de tareas, congregándolos una vez más a su alrededor.
Ya habían llegado a la amplia sala de estudio, en la que un
gusto delicado y severo esmerábase por todas partes en honrar la
noble presencia de los libros, fieles compañeros de Próspero.
Dominaba en la sala —como numen de su ambiente sereno— un
bronce primoroso, que figuraba al Ariel de La Tempestad. Junto a
este bronce, se sentaba habitualmente el maestro, y por ello le
llamaban con el nombre del mago a quien sirve y favorece en el
drama el fantástico personaje que había interpretado el escultor.
Quizá en su enseñanza y su carácter había, para el nombre, una
razón y un sentido más profundos.
Ariel, genio del aire, representa, en el simbolismo de la obra
de Shakespeare, la parte noble y alada del espíritu. Ariel es el
imperio de la razón y el sentimiento sobre los bajos estímulos de la
irracionalidad; es el entusiasmo generoso, el móvil alto y
desinteresado en la acción, la espiritualidad de la cultura, la
vivacidad y la gracia de la inteligencia, —el término ideal a que
asciende la selección humana, rectificando en el hombre superior
los tenaces

vestigios de Calibán, símbolo de sensualidad y de torpeza, con el


cincel perseverante de la vida,

3
La estatua, de real arte, reproducía al genio aéreo en el
instante en que, libertado por la magia de Próspero, va a lanzarse a
los aires para desvanecerse en un lampo. Desplegadas las alas;
suelta y flotante la leve vestidura, que la caricia de la luz en el
bronce damasquinaba de oro; erguida la amplia frente;
entreabiertos los labios por serena sonrisa, todo en la actitud de
Ariel acusaba admirablemente el gracioso arranque del vuelo; y
con inspiración dichosa, el arte que había dado firmeza escultural
a su imagen había acertado a conservar en ella, al mismo tiempo,
la apariencia seráfica y la levedad ideal.
Próspero acarició, meditando, la frente de la estatua; dispuso
luego al grupo juvenil en torno suyo; y con su firme voz —voz
magistral, que tenía para fijar la idea e insinuarse en las
profundidades del espíritu, bien la esclarecedora penetración del
rayo de luz, bien el golpe incisivo del cincel en el mármol, bien el
toque impregnante del pincel en el lienzo o de la onda en la arena
—, comenzó a decir, frente a una atención afectuosa:

Junto a la estatua que habéis visto presidir, cada tarde, nuestros


coloquios de amigos, en los que he procurado despojar a la
enseñanza de toda ingrata austeridad, voy a hablaros de nuevo,
para que sea nuestra despedida como el sello estampado en un
convenio de sentimientos y de ideas.

Invoco a ARIEL como mi numen. Quisiera para mi palabra la


más suave y persuasiva unción que ella haya tenido jamás. Pienso
que hablar a la juventud sobre nobles y elevados motivos,
cualesquiera que sean, es un género de oratoria sagrada. Pienso
también que el espíritu de la juventud es un terreno generoso

4
donde la simiente de una palabra oportuna suele rendir, en corto
tiempo, los frutos de una inmortal vegetación.
Anhelo colaborar en una página del programa que, al prepara
ros a respirar el aire libre de la acción, formularéis, sin duda, en la
intimidad de vuestro espíritu, para ceñir a él vuestra personalidad
moral y vuestro esfuerzo. Este programa propio, —que algunas
veces se formula y escribe; que se reserva otras para ser revelado
en el mismo transcurso de la acción— no falta nunca en el espíritu
de las agrupaciones y los pueblos que son algo más que
muchedumbres. Si con relación a la escuela de la voluntad
individual, pudo Goethe decir profundamente que sólo es digno
de la libertad y la vida quien es capaz de conquistarlas día a día
para sí, con tanta más razón podría decirse que el honor de cada
generación humana exige que ella se conquiste, por la
perseverante actividad de su pensamiento, por el esfuerzo propio,
su fe en determinada manifestación del ideal y su puesto en la
evolución de las ideas.
Al conquistar los vuestros, debéis empezar por reconocer un
primer objeto de fe en vosotros mismos. La juventud que vivís
es'una fuerza de cuya aplicación sois los obreros y un tesoro de
cuya inversión sois responsables. Amad ese tesoro y esa fuerza;
haced que el altivo sentimiento de su posesión permanezca
ardiente y eficaz en vosotros. Yo os digo con Renan: "La juventud
es el descubrimiento de un horizonte inmenso, que es la Vida". El
descubrimiento que revela las tierras ignoradas necesita
completarse con el esfuerzo viril que las sojuzga. Y ningun otro
espectáculo puede imaginarse más propio para cautivar a un
tiempo el interés del pensador y el entusiasmo del artista, que el
que presenta una generación humana que marcha al encuentro del
futuro, vibrante con la impaciencia de la acción, alta la frente, en
la sonrisa un altanero desdén del desengaño, colmada el alma por
dulces y remotos mirajes que derraman en ella misteriosos
estímulos, como las visiones de Cipango y El Dorado en las
crónicas heroicas de los conquistadores.

5
Del renacer de las esperanzas humanas; de las promesas que
fian eternamente al porvenir la realidad de lo mejor, adquiere
su belleza el alma que se entreabre al soplo de la vida; dulce e
inefable belleza, compuesta, como lo estaba la del amanecer para
el poeta de Las Contemplaciones, de un "vestigio de sueño y un
principio de pensamiento"
La humanidad, renovando de generación en generación su
activa esperanza y su ansiosa fe en un ideal al través de la dura
experiencia de los siglos, hacía pensar a Guyau en la obsesión de
aquella pobre enajenada cuya extraña y conmovedora locura
consistía en creer llegado, constantemente, el día de sus bodas.
Juguete de su ensueño, ella ceñía cada mañana a su frente pálida la
corona de desposada y suspendía de su cabeza el velo nupcial. Con
una dulce sonrisa, disponíase luego a recibir al prometido ilusorio,
hasta que las sombras de la tarde, tras el vano esperar, traían la
decepción a su alma. Entonces tomaba un melancólico tinte su
locura. Pero su ingenua confianza reaparecía con la aurora
siguiente; y ya sin el recuerdo del desencanto pasado,
murmurando: Es hoy cuando vendrá, volvía a ceñirse la corona y
el velo y a sonreír en espera del prometido.
Es así como, no bien la eficacia de un ideal ha muerto, la
humanidad viste otra vez sus galas nupciales para esperar la
realidad del ideal soñado con nueva fe, con tenaz y conmovedora
locura. Provocar esa renovación, inalterable como un ritmo de la
Naturaleza, es en todos los tiempos la función y la obra de la
juventud. De las almas de cada primavera humana está tejido
aquel tocado de novia. Cuando se trata de sofocar esta sublime
terquedad de la esperanza, que brota alada del seno de la
decepción, todos los pesimismos son vanos. Lo mismo los que se
fundan en la razón que los que parten de la experiencia, han de
reconocerse inútiles para contrastar el altanero no importa que
surge del fondo de la Vida. Hay veces en que, por una aparente
alteración del ritmo triunfal, cruzan la historia humana
generaciones destinadas a personificar, desde la cuna, la vacilación
y el desaliento. Pero ellas pasan, —no sin haber tenido quizá su

6
ideal como las otras, en forma negativa y con amor inconsciente;
— y de nuevo se ilumina en el espíritu de la humanidad la
esperanza en el Esposo anhelado, cuya imagen, dulce y radiosa
como en los versos de marfil de los místicos, basta para mantener
la asimilación y el contento de la vida, aun cuando nunca haya de
encarnarse en la realidad.
La juventud, que así significa en el alma de los individuos y
de las generaciones, luz, amor, energía, existe y lo significa
también en el proceso evolutivo de las sociedades. De los pueblos
que sienten y consideran la vida como vosotros, serán siempre la
fecundidad, la fuerza, el dominio del porvenir. — Hubo una vez en
que los atributos de la juventud humana se hicieron, más que en
ninguna otra, los atributos de un pueblo, los caracteres de una
civilización, y en que un soplo de adolescencia encantadora pasó
rozando la frente serena de una raza. Cuando Grecia nació, los
dioses le regalaron el secreto de su juventud inextinguible. Grecia
es el alma joven. "Aquel que en Delfos contemplaba la apiñada
muchedumbre de los jonios —dice uno de los himnos homéricos
— se imagina que ellos no han de envejecer jamás". Grecia hizo
grandes cosas porque tuvo, de la juventud, la alegría, que es el
ambiente de la acción, y el entusiasmo, que es la palanca
omnipotente. El sacerdote egipcio con quien Solón habló en el
templo de Sais, decía al legislador ateniense, compadeciendo a los
griegos por su volubilidad bulliciosa: INO sois sino unos niños! Y
Michelet ha comparado la actividad del alma helena con un festivo
juego a cuyo alrededor se agrupan y sonríen todas las naciones del
mundo. Pero de aquel divino juego de niños sobre las playas del
Archipiélago y a la sombra de los olivos de Jonia, nacieron el arte,
la filosofia, el pensamiento libre, la curiosidad de la investigación,
la conciencia de la dignidad humana, todos esos estímulos de Dios
que son aún nuestra inspiración y nuestro orgullo. Absorto en su
austeridad hierática, el país del sacerdote representaba, en tanto, la
senectud, que se concentra para ensayar el reposo de la eternidad y
aleja, con desdeñosa mano, todo frívolo sueño. La gracia, la
inquietud, están proscriptas de las actitudes de su alma, como del

7
gesto de sus imágenes la vida. Y cuando la posteridad vuelve las
miradas a él, sólo encuentra una estéril noción del orden
presidiendo al desenvolvimiento de una civilización que vivió para
tejerse un sudario y para edificar sus sepulcros; la sombra de un
compás tendiéndose sobre la esterilidad de la arena.
las prendas del espíritu joven —el entusiasmo y la esperanza—
corresponden en las armonías de la historia y la naturaleza al
movimiento y a la luz. — Adondequiera que volváis los ojos, las
encontraréis como el ambiente natural de todas las cosas fuertes y
hermosas. Levantadlos al ejemplo más alto: — La idea cristiana,
sobre la que aún se hace pesar la acusación de haber entristecido la
tierra proscribiendo la alegría del paganismo, es una inspiración
esencialmente juvenil mientras no se aleja de su cuna. El cristianis
mo naciente es, en la interpretación —que yo creo tanto más
verdadera cuanto más poética— de Renan, un cuadro de juventud
inmarcesible. De juventud del alma o, lo que es lo mismo, de un
vivo sueño, de gracia, de candor, se compone el aroma divino que
flota sobre las lentas jornadas del Maestro al través de los campos
de Galilea; sobre sus prédicas, que se desenvuelven ajenas a toda
penitente gravedad; junto a un lago celeste; en los valles
abrumados de frutos; escuchadas por "las aves del cielo" y "los
lirios de los campos" , con que se adornan las parábolas;
propagando la alegría del "reino de Dios" sobre una dulce sonrisa
de la Naturaleza. -- De este cuadro dichoso, están ausentes las
sectas que acompañaban en la soledad las penitencias del
Bautista. Cuando Jesús habla de los que a él le siguen, los compara
a los paraninfos de un cortejo de bodas. — Y es la impresión de
aquel divino contento la que incorporándose a la esencia de la
nueva fe, se siente persistir al través de la Odisea de los
evangelistas; la que derrama en el espíritu de las primeras
comunidades cristianas su felicidad candorosa, su ingenua alegría
de vivir; y la que, al llegar a Roma con los ignorados cristianos del
Transtevere, les abre fácil paso en los corazones; porque ellos
triunfaron oponiendo el encanto de su juventud interior —la de su

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alma embalsamada por la libación del vino nuevo— a la severidad
de los estoicos y a la decrepitud de los mundanos.
Sed, pues, conscientes poseedores de la fuerza bendita que
lleváis dentro de vosotros mismos. No creáis, sin embargo, que
ella esté exenta de malograrse y. desvanecerse, como un impulso
sin objeto, en la realidad. De la Naturaleza es la dádiva del
precioso tesoro; pero es de las ideas, que él sea fecundo, o se
prodigue vanamente, o fraccionado y disperso en las conciencias
personales, no se manifieste en la vida de las sociedades humanas
como una fuerza bienhechora. — Un escritor sagaz rastreaba; ha
poco, en las páginas de la novela de nuestro siglo, —esa inmensa
superficie especular donde se refleja toda entera la imagen de la
vida en los últimos vertiginosos cien años— la psicología, los
estados de alma de la juventud, tales como ellos han sido en las
generaciones que van desde los días de René hasta los que han
visto pasar a Des Esseintes — Su análisis comprobaba una
progresiva disminución de juventud interior y de energía en la
serie de personajes representativos que se inicia con los héroes,
enfermos, pero a menudo viriles y siempre intensos de pasión; de
los románticos, y termina con los enervados de voluntad y corazón
en quienes se reflejan tan desconsoladoras manifestaciones del
espíritu de nuestro tiempo como la del protagonista de A rebours o
la del Robert Gresleu de Le Disciple. — Pero comprobaba el
análisis, Vambién, un lisonjero renacimiento de animación y de
esperanza en la psicología de la juventud de que suele hablarnos
una literatura que es quizá nuncio de transformaciones más
hondas; renacimiento que personifican los héroes nuevos de
Lemaître, de Wyzewa, de Rod, y cuya más cumplida
representación lo sería tal vez el David Grieve con que cierta
novelista inglesa contemporánea ha resumido en un solo carácter
todas las penas y todas las inquietudes ideales de varias
generaciones, para solucionarlas en un supremo desenlace de
serenidad y de amor.
¿Madurará en la realidad esa esperanza? — Vosotros, los que
vais a pasar, como el obrero en marcha a los talleres que le

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esperan, bajo el pórtico del nuevo siglo, ¿reflejaréis quizá sobre el
arte que os estudie, imágenes más luminosas y triunfales que las
que han quedado de nosotros? Si los tiempos divinos en que las
almas jóvenes daban modelos para los dialoguistas radiantes de
Platón, sólo fueron posibles en una breve primavera del mundo; si
es fuerza "no pensar en los dioses", como aconseja la Forquias del
segundo Fausto al coro de cautivas; ¿no nos será lícito, a lo menos,
soñar con la aparición de generaciones humanas que devuelvan a la
vida un sentido ideal, un grande entusiasmo; en las que sea un
poder el sentimiento; en las que una vigorosa resurrección de las
energías de la voluntad ahuyente, con heroico clamor, del fondo de
las almas, todas las cobardías morales que se nutren a los pechos de
la decepción y de la duda? ¿Será de nuevo la juventud una realidad
de la vida colectiva, como lo es de la vida individual?
Tal es la pregunta que me inquieta mirándoos. — Vuestras
primeras páginas, las confesiones que nos habéis hecho hasta ahora
de vuestro mundo íntimo, hablan de indecisión y de estupor a
menudo; nunca de enervación, ni de un definitivo quebranto de la
voluntad. Yo sé bien que el entusiasmo es una surgente viva en
vosotros. Yo sé bien que las notas de desaliento y de dolor que la
absoluta sinceridad del pensamiento —virtud todavía más grande
que la esperanza— ha podido hacer brotar de las torturas de vuestra
meditación, en las tristes e inevitables citas de la Duda, no eran
indicio de un estado de alma permanente ni significaron en ningún
caso vuestra desconfianza respecto de la eterna virtualidad de la
Vida. Cuando un grito de angustia ha ascendido del fondo de
vuestro corazón, no lo habéis sofocado antes de pasar porvuestros
labios, con la austera y muda altivez del estoico en el suplicio, pero
lo habéis terminado con una invocación al ideal que vendrá, con
una nota de esperanza mesiánica.
Por lo demás, al hablaros del entusiasmo y la esperanza, como
de altas y fecundas virtudes, no es mi propósito enseñaros a trazar
la línea infranqueable que separe el escepticismo de la fe, la
decepción de la alegría. Nada más lejos de mi ánimo que la idea de
confundir con los atributos naturales de la juventud, con la

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graciosa espontaneidad de su alma, esa indolente frivolidad del
pensamiento, que, incapaz de ver más que el motivo de un juego
en la actividad, compra el amor y el contento de la vida al precio
de su incomunicación con todo lo que pueda hacer detener el paso
ante la faz misteriosa y grave de las cosas. — No es ése el noble
significado de la juventud individual, ni ése tampoco el de la
juventud de los pueblos. — Yo he conceptuado siempre vano el
propósito de los que constituyéndose en avizores vigías del
destino de América, en custodios de su tranquilidad, quisieran
sofocar, con temeroso recelo, antes de que llegase a nosotros,
cualquiera resonancia del humano dolor, cualquier eco venido de
literaturas extrañas, que, por triste o insano, ponga en peligro la
fragilidad de su optimismo. — Ninguna firme educación de la
inteligencia puede fundarse en el aislamiento candoroso o en la
ignorancia voluntaria. Todo problema propuesto al pensamiento
humano por la Duda; toda sincera reconvención que sobre Dios o
la Naturaleza se fulmine, del seno del desaliento y el dolor, tienen
derecho a que les dejemos llegar a nuestra conciencia y a que los
afrontemos. Nuestra fuerza de corazón ha de probarse aceptando el
reto de la Esfinge, y no esquivando su interrogación formidable.
— No olvidéis, además, que en ciertas amarguras del pensamiento
hay, como en sus alegrías, la posibilidad de encontrar un punto de
partida para la acción, hay a menudo sugestiones fecundas.
Cuando el dolor enerva; cuando el dolor es la irresistible pendiente
que conduce al marasmo o el consejero pérfido que mueve a la
abdicación de la voluntad, la filosofia que lleva en sus entrañas es
cosa indigna de almas jóvenes. Puede entonces el poeta calificarle
de "indolente soldado que milita bajo las banderas de la muerte".
Pero cuando lo que nace del seno del dolor es el anhelo varonil de
la lucha para conquistar o recobrar el bien que él nos niega,
entonces es un acerado acicate de la evolución, es el más poderoso
impulso de la vida; no de otro modo que como el hastío, para
Helvecio, llega a ser la mayor y más preciosa de todas las
prerrogativas humanas desde el momento en que, impidiendo
enervarse nuestra sensibili-

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dad en los adormecimientos del ocio, se convierte en el vigilante
estímulo de la acción.
En tal sentido, se ha dicho bien que hay pesimismos que
tienen la significación de un optimismo paradójico. Muy lejos de
suponer la renuncia y la condenación de la existencia, ellos propa
gan, con su descontento de lo actual, la necesidad de renovarla. Lo
que a la humanidad importa salvar contra toda negación pesimista,
es, no tanto la idea de la relativa bondad de lo presente, sino la de
la posibilidad de llegar a un término mejor por el
desenvolvimiento de la vida, apresurado y orientado mediante el
esfuerzo de los hombres. La fe en el porvenir, la confianza en la
eficacia del esfuerzo humano, son el antecedente necesario de toda
acción enérgica y de todo propósito fecundo. Tal es la razón por la
que he querido comenzar encareciéndoos la inmortal excelencia de
esa fe que, siendo en la juventud un instinto, no debe necesitar
seros impuesta por ninguna enseñanza, puesto que la encontraréis
indefectiblemente dejando actuar en el fondo de vuestro ser la
sugestión divina de la Naturaleza.
Animados por ese sentimiento, entrad, pues, a la vida, que os
abre sus hondos horizontes, con la noble ambición de hacer sentir
vuestra presencia en ella desde el momento en que la afrontéis con
la altiva mirada del conquistador. — Toca al espíritu juvenil la
iniciativa audaz, la genialidad innovadora. — Quizá
universalmente, hoy, la acción y la influencia de la juventud son
en la marcha de las sociedades humanas menos efectivas e
intensas que debieran ser. Gaston Deschamps lo hacía notar en
Francia, hace poco, comentando la iniciación tardía de las jóvenes
generaciones, en la vida pública y la cultura de aquel pueblo, y la
escasa originalidad con que ellas contribuyen al trazado de las
ideas dominantes. Mis impresiones del presente de América, en
cuanto ellas pueden tener un carácter general a pesar del doloroso
aislamiento en que viven los pueblos que la componen,
justificarían acaso una observación parecida. — Y sin embargo, yo
creo ver expresada en todas partes la necesidad de una activa

12
revelación de fuerzas nuevas; yo creo que América necesita
grandemente de su juventud. — He ahí por qué os hablo. He ahí
por qué me interesa extraordinariamente la orientación moral de
vuestro espíritu. La energía de vuestra palabra y vuestro ejemplo
puede llegar hasta incorporar las fuerzas vivas del pasado a la obra
del futuro. Pienso con Michelet que el verdadero concepto de la
educación no abarca sólo la cultura del espíritu de los hijos por la
experiencia de los padres, sino también, y con frecuencia mucho
más, la del espíritu de los padres por la inspiración innovadora de
los hijos.
Hablemos, pues, de cómo consideraréis la vida que os espera.

111

La divergencia de las vocaciones personales imprimirá diversos


sentidos a vuestra actividad, y hará predominar una disposición, una
aptitud determinada, en el espíritu de cada uno de vosotros. — Los
unos seréis hombres de ciencia; los otros seréis hombres de arte; los
otros seréis hombres de acción. — Pero por encima de los afectos
que hayan de vincularos individualmente a distintas aplicaciones y
distintos modos de la vida, debe velar, en lo íntimo de vuestra alma,
la conciencia de la unidad fundamental de nuestra naturaleza, que
exige que cada individuo humano sea, ante todo y sobre toda otra
cosa, un ejemplar no mutilado de la humanidad, en el que ninguna
noble facultad del espíritu quede obliterada y ningún alto interés de
todos pierda su virtud comunicativa. Antes que las modificaciones
de profesión y de cultura está el cumplimiento del destino común de
los seres racionales. "Hay una profesión universal, que es Ia- de
hombre", ha dicho admirablemente Guyau. Y Renan, recordando, a
propósito de las civilizaciones desequilibradas y parciales, que el fin
de la criatura humana no puede ser exclusivamente saber, ni sentir,

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ni imaginar, sino ser real y enteramente humana, define el ideal de
perfección a que ella debe encaminar sus energías como la
posibilidad de ofrecer en un tipo individual un cuadro abreviado de
la especie.
Aspirad, pues, a desarrollar, en lo posible, no un solo aspecto,
sino la plenitud de vuestro ser. No os encojáis de hombros delante
de ninguna noble y fecunda manifestación de la naturaleza huma
na, a pretexto de que vuestra organización individual os liga con
preferencia a manifestaciones diferentes. Sed espectadores
atenciosos allí donde no podáis ser actores. — Cuando cierto
falsísimo y vulgarizado concepto de la educación, que la imagina
subordinada exclusivamente al fin utilitario, se empeña en mutilar,
por medio de ese utilitarismo y de una especialización prematura,
la integridad natural de los espíritus, y anhela proscribir de la
enseñanza todo elemento desinteresado e ideal, no repara
suficientemente en el peligro de preparar para el porvenir espíritus
estrechos que, incapaces de considerar más que el único aspecto de
la realidad con que estén inmediatamente en contacto, vivirán
separados por helados desiertos de los espíritus que, dentro de la
misma socie dad, se hayan adherido a otras manifestaciones de la
vida.
Lo necesario de la consagración particular de cada uno de
nosotros a una actividad determinada, a un solo modo de cultura,
no excluye, ciertamente, la tendencia a realizar, por la íntima
armonía del espíritu el destino común de los seres racionales. Esa
actividad, esa cultura, serán sólo la nota fundamental de la armonía.
— El verso célebre en que el esclavo de la escena antigua afirmó
que, pues era hombre, no le era ajeno nada de lo humano, forma
parte de los gritos de la solidaridad. Augusto Comte ha señalado
bien este peligro de las civilizaciones avanzadas. Un alto estado de
perfeccionamiento social tiene para él un grave inconve niente en la
facilidad con que suscita la aparición de espíritus deformados y
estrechos; de espíritus "muy capaces bajo un aspecto único y
monstruosamente ineptos bajo todos los otros". El
empequeñecimiento de un cerebro humano por el comercio con

14
tinuo de un solo género de ideas, por el ejercicio indefinido de un
solo modo de actividad, es para Comte un resultado comparable a
la mísera suerte del obrero a quien la división del trabajo de taller
obliga a consumir en la invariable operación de un detalle
mecánico todas las energías de su vida. En uno y otro caso, el
efecto moral es inspirar una desastrosa indiferencia por el aspecto
general de los intereses de la humanidad, Y aunque esta especie de
automatismo humano —agrega el pensador positivista— no
constituye feliz mente sino la extrema influencia dispersiva del
principio de especialización, su realidad, ya muy frecuente, exige
que se atribuya a su apreciación una verdadera importancial .
No menos que a la solidez, daña esa influencia dispersiva a la
estética de la estructura social. — La belleza incomparable de
Atenas, lo imperecedero del modelo legado por sus manos de
diosa a la admiración y el encanto de la humanidad, nacen de que
aquella ciudad de prodigios fundó su concepción de la vida en el
concierto de todas las facultades humanas, en la libre y acordada
expansión de todas las energías capaces de contribuir a la gloria y
al poder de los hombres. Atenas supo engrandecer a la vez el
sentido de lo ideal y el de lo real, la razón y el instinto, las fuerzas
del espíritu y las del cuerpo. Cinceló las cuatro faces del alma.
Cada ateniense libre describe en derredor de sí, para contener su
acción, un circulo perfecto, en el que ningun desordenado impulso
quebrantará la graciosa proporción de la línea. Es atleta y
escultura viviente en el gimhasio, ciudadano en el Pnix, polemista
y pensador en los pórticos. Ejercita su voluntad en toda suerte de
acción viril y su pensamiento en toda preocupación fecunda. Por
eso afirma Macaulay que un día de la vida pública del Atica es
más brillante programa de enseñanza que los que hoy
calculamos para nuestros modernos centros de instrucción. — Y
de aquel libre y único florecimiento de la plenitud de nuestra
naturaleza, surgió el milagro griego, —una inimitable y
encantadora mezcla de animación y de serenidad, una primavera
del espíritu humano, una sonrisa de la historia.

15
En nuestros tiempos, la creciente complejidad de nuestra
civilización privaría de toda seriedad al pensamiento de restaurar
esa armonía, sólo posible entre los elementos de una graciosa
sencillez. Pero dentro de la misma complejidad de nuestra cultura;

1
A. Comte: Cours dephilosophiepositive, t. IV. p. 430. 2a ed. (N. del A.).

dentro de la diferenciación progresiva de caracteres, de aptitudes,


de méritos, que es la ineludible consecuencia del progreso en el
desenvolvimiento social, cabe salvar una razonable participación de
todos en ciertas ideas y sentimientos fundamentales que mantengan
la unidad y el concierto de la vida, — en ciertos intereses del alma,
ante los cuales la dignidad del ser racional no consiente la
indiferencia de ninguno de nosotros.
Cuando el sentido de la utilidad material y el bienestar
domina en el carácter de las sociedades humanas con la energía que
tiene en lo presente, los resultados del espíritu estrecho y la cultura
unilateral son particularmente funestos a la difusión de aquellas
preocupaciones puramente ideales que, siendo objeto de amor para
quienes les consagran las energías más nobles y perseverantes de su
vida, se convierten en una remota y quizá no sospechada región,
para una inmensa parte ge los otros. —Todo género de meditación
desinteresada, de contemplación ideal, de tregua ínti ma, en la que
los diarios afanes por la utilidad cedan transitoriamente su imperio
a una mirada noble y serena tendida de lo alto de la razón sobre las
cosas, permanece ignorado, en el estado actual de las sociedades
humanas, para millones de almas civilizadas y cultas, a quienes la
influencia de la educación o la costumbre reduce al automatismo de
una actividad, en definitiva, material. — Y bien: este género de
servidumbre debe considerarse la más triste y oprobiosa de todas
las condenaciones morales. Yo os ruego que os defendáis, en la
milicia de la vida, contra la mutilación de vuestro espíritu por la
tiranía de un objetivo único e interesado. No entreguéis nunca a la
utilidad o a la pasión sino una parte de vosotros. Aun dentro de la
16
esclavitud material, hay la posibilidad de salvar la libertad interior:
la de la razón y el sentimiento. No tratéis, pues, de justificar, por la
absorción del trabajo o el combate, la esclavitud de vuestro espíritu.

Encuentro el símbolo de lo que debe ser nuestra alma en un


cuento que evoco de un empolvado rincón de mi memoria. — Era
un rey patriarcal, en el Oriente indeterminado e ingenuo donde
gusta hacer nido la alegre bandada de los cuentos. Vivía su reino
la candorosa infancia de las tiendas de Ismael y los palacios de
Pilos. La tradición le llamó después, en la memoria de los
hombres, el rey hospitalario. Inmensa era la piedad del rey. A
desvanecerse en ella tendía, como por su propio peso, toda
desventura. A su hospitalidad acudían lo mismo por blanco pan el
miserable que el alma desolada por el bálsamo de la palabra que
acaricia. Su corazón reflejaba, como sensible placa sonora, el
ritmo de los otros. Su palacio era la casa del pueblo. — Todo
era libertad y animación dentro de este augusto recinto, en cuya
entrada nunca hubo guardas que vedasen. En los abiertos pórticos,
formaban corros los pastores cuando consagraban a rústicos
conciertos sus ocios; platicaban al caer la tarde los ancianos; y
frescos grupos de mujeres disponían, sobre trenzados juncos, las
flores y los racimos de que se componía únicamente el diezmo
real. Mercaderes de Ofir, buhoneros de Damasco, cruzaban a toda
hora las puertas anchurosas y ostentaban en competencia, ante las
miradas del rey, las telas, las joyas, los perfumes. Junto a su trono
reposaban los abrumados peregrinos. Los pájaros se citaban al
mediodía para recoger las migajas de su mesa; y con el alba, los
niños llegaban en bandas bulliciosas al pie del lecho en que
dormía el rey de barba de plata y le anunciaban la presencia del
sol. — Lo mismo a los seres sin ventura que a las cosas sin alma
alcanzaba su liberalidad infinita. La Naturaleza sentía también la
atracción de su llamado generoso; vientos y aves y plantas
parecían buscar, —como en el mito de Orfeo y en la leyenda de
San Francisco de Asís,— la amistad humana en aquel oasis de
hospitalidad. Del germen caído al acaso, brotaban y florecían,

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en las junturas de los pavimentos y los muros, los alhelíes de las
ruinas, sin que una mano cruel los arrancase ni los hollara un pie
maligno. Por las francas ventanas se tendían al interior de las
cámaras del rey las enredaderas osadas y curiosas. Los fatigados
vientos abandonaban largamente sobre el alcázar real su carga de
aromas y armonías. Empinándose desde el vecino mar, como si
quisieran ceñirse en un abrazo, le salpicaban las olas con su
espuma. Y una libertad paradisial, una inmensa reciprocidad de
confianza, mantenían por dondequiera la animación de una fiesta
inextinguible. . .
Pero dentro, muy dentro; aislada del alcázar ruidoso por
cubiertos canales; oculta a la mirada vulgar —como la "perdida
iglesia" de Uhland en lo esquivo del bosque— al cabo de
ignorados senderos, una misteriosa sala se extendía, en la que a
nadie era lícito poner la planta sino al mismo rey, cuya
hospitalidad se trocaba en sus umbrales en la apariencia de
ascético egoísmo. Espesos muros la rodeaban. Ni un eco del
bullicio exterior; ni una nota escapada al concierto de la
Naturaleza, ni una palabra des- prendida de labios de los hombres,
lograban traspasar el espesor de los sillares de pórfido y conmover
una onda del aire en la prohibida estancia. Religioso silencio
velaba en ella la castidad del aire dormido. La luz, que tamizaban
esmaltadas vidrieras, llegaba lánguida, medido el paso por una
inalterable igualdad, y se diluía, como copo de nieve que invade
un nido tibio, en la calma de un ambiente celeste. — Nunca reinó
tan honda paz: ni en oceánica gruta, ni en soledad nemorosa. —
Alguna vez, —cuando la noche era diáfana y tranquila,—
abriéndose a modo de dos valvas de nácar la artesonada
techumbre, dejaba cernerse en su lugar la magnificencia de las
sombras serenas. En el ambiente flotaba como una onda
indisipable la casta esencia del nenúfar, el perfume sugeridor del
adormecimiento pensèroso y de la contemplación del propio ser.
Graves cariátides custodiaban las puertas de marfil en la actitud
del silenciario. En los testeros, esculpidas imágenes hablaban de
idealidad, de ensimismamiento, de reposo. . . — Y el viejo rey

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aseguraba que, aun cuando a nadie fuera dado acompañarle hasta
allí, su hospitalidad seguía siendo en el misterioso seguro tan
generosa y grande como siempre, sólo que los que él congregaba
dentro de sus muros discretos eran convidados impalpables y
huéspedes sutiles. En él soñaba, en él se libertaba de la realidad, el
rey legendario; en él sus miradas se volvían a lo interior y se
bruñían en la meditación sus pensamientos como las guijas lavadas
por la espuma; en él se desplegaban sobre su noble frente las
blancas alas de Psiquis. . . Y luego, cuando la muerte vino a recor
darle que él no había sido sino un huésped más en su palacio, la
impenetrable estancia quedó clausurada y muda para siempre; para
siempre abismada en su reposo infinito; nadie la profanó jamás,
porque nadie hubiera osado poner la planta irreverente allí donde el
viejo rey quiso estar solo con sus sueños y aislado en la última Tule
de su alma.
Yo doy al cuento el escenario de vuestro reino interior.
Abierto con una saludable liberalidad, como la casa del monarca
confiado, a todas las corrientes del mundo, exista en él, al mismo
tiempo, la celda escondida y misteriosa que desconozcan los
huéspedes profanos y que a nadie más que a la razón serena
pertenezca. Sólo cuando penetréis dentro del inviolable seguro
podréis llamaros, en realidad, hombres libres. No lo son quienes,
enajenando insensatamente el dominio de sí a favor de la
desordenada pasión o el interés utilitario, olvidan que, según el
sabio precepto de Montaigne, nuestro espíritu puede ser objeto de
préstamo, pero no de cesión. — Pensar, soñar, admirar: he ahí los
nombres de los sutiles visitantes de mi celda. Los antiguos los
clasificaban dentro de su noble inteligencia del ocio, que ellos
tenían por el más elevado empleo de una existencia
verdaderamente racional, identificándolo con la libertad del
pensamiento emancipado de todo innoble yugo. El ocio noble era
la inversión del tiempo que oponían, como expresión de la vida
superior, a la actividad económica. Vinculando exclusivamente a
esa alta y aristocrática idea del reposo su concepción de la
dignidad de la vida, el espíritu clásico encuentra su corrección y su

19
complemento en nuestra moderna creencia en la dignidad del
trabajo útil; y entrambas atenciones del alma pueden componer, en
la existencia individual, un ritmo, sobre cuyo mantenimiento
necesario nunca será inoportuno insistir. — La escuela estoica,
que iluminó el ocaso de la antigüedad como por un anticipado
resplandor del cristianismo, nos ha legado una sencilla y
conmovedora imagen de la salvación de la libertad interior, aun en
medio a los rigores de la servidumbre, en la hermosa figura de
Cleanto; de aquel Cleanto que, obligado a emplear la fuerza de sus
brazos de atleta en sumergir el cubo de una fuente y mover la
piedra de un molino, concedía a la meditación las treguas del
quehacer miserable y trazaba, con encallecida mano, sobre las
piedras del camino, las máximas oídas de labios de Zenón. Toda
educación racional, todo perfecto cultivo de nuestra naturaleza
tomarán por punto de partida la posibilidad de estimular, en cada
uno de nosotros, la doble actividad que simboliza Cleanto.
Una vez más: el principio fundamental de vuestro
desenvolvimiento, vuestro lema en la vida, deben ser mantener la
integridad de vuestra condición humana. Ninguna función
particular debe prevalecer jamás sobre esa finalidad suprema.
Ninguna fuerza aislada puede satisfacer los fines racionales de la
existencia individual, como no puede producir el ordenado
concierto de la existencia colectiva. Así como la deformidad y el
empequeñecimiento son, en el alma de los individuos, el resultado
de un exclusivo objeto impuesto a la acción y un solo modo de
cultura, la falsedad de lo artificial vuelve efimera la gloria de las
sociedades que han sacrificado el libre desarrollo de su
sensibilidad y su pensamiento, ya a la actividad mercantil, como
en Fenicia; ya a la guerra, como en Esparta; ya al misticismo,
como en el terror del milenario; ya a la vida de sociedad y de
salón, como en la Fmncia del siglo XVffl. — Y preservándoos
contra toda mutilación de vuestra naturaleza moral; aspi- rando a
la armoniosa expansión de vuestro ser en todo noble sentido;
pensad al mismo tiempo en que la más fácil y frecuente de las
mutilaciones es, en el carácter actual de las sociedades humanas,

20
la que obliga al alma a privarse de ese género de vida interior,
donde tienen su ambiente propio todas las cosas delicadas y nobles
que, a la intemperie de la realidad, quema el aliento de la pasión
impura y el interés utilitario proscribe: ila vida de que son parte la
meditación desinteresada, la contemplación ideal, el ocio antiguo,
la impenetrable estancia de mi cuento!

Así como el primer impulso de la profanación será dirigirse a lo


más sagrado del santuario, la regresión vulgarizadora contra la que
os prevengo comenzará por sacrificar lo más delicado del espíritu.
— De todos los elementos superiores de la existencia racional, es
el sentimiento de lo bello, la visión clara de la hermosura de las
cosas, el que más fácilmente marchita la aridez de la vida limitada
a la invariable descripción del círculo vulgar, convirtiéndole en el
atributo de una minoría que lo custodia, dentro de cada sociedad
humana, como el depósito de un precioso abandono. La emoción
de belleza es al sentimiento de las idealidades como el esmalte del
anillo. El efecto del contacto brutal por ella empieza fatalmente, y
es sobre ella como obra de modo más seguro. Una absoluta
indiferencia llega a ser, así, el carácter normal, con relación a lo
que debiera ser universal amor de las almas. No es más intensa la
estupefacción del hombre salvaje en presencia de los instrumentos
y las formas materiales de la civilización, que la que experimenta
un número relativamente grande de hombres cultos frente a los
actos en que se revele el propósito y el hábito de conceder una
seria realidad a la relación hermosa de la vida.
El argumento del apóstol traidor ante el vaso de nardo
derramado inútilmente sobre la cabeza del Maestro, es, todavía,
una de las fórmulas del sentido común. La superfluidad del arte

21
no vale para la masa anónima los trescientos denarios. Si acaso la
respeta, es como a un culto esotérico. Y sin embargo, entre todos
los elementos de educación humana que pueden contribuir a
formar un amplio y noble concepto de la vida, ninguno justificaría
más que el arte un interés universal, porque ninguno encierra, —
según la tesis desenvuelta en elocuentes páginas de Schiller,— la
virtualidad de una cultura más extensa y completa, en el sentido de
prestarse a un acordado estímulo de todas las facultades del alma.
Aunque el amor y la admiración de la belleza no respondiesen
a una noble espontaneidad del ser racional y no tuvieran, con ello,
suficiente valor para ser cultivados por sí mismos, sería un motivo
superior de moralidad el que autorizaría a proponer la cultura de los
sentimientos estéticos como un alto interés de todos. —Si a nadie es
dado renunciar a la educación del sentimiento moral, este deber trae
implícito el de disponer el alma para la clara visión de la belleza.
Considerad al educado sentido de lo bello el colaborador más eficaz
en la formación de un delicado instinto de justicia. La dignificación,
el ennoblecimiento interior, no tendrán nunca artífice más
adecuado. Nunca la criatura humana se adherirá de más segura
manera al cumplimiento del deber que cuando, además de sentirle
como una imposición, le sienta estéticamente como una armonía.
Nunca ella será más plenamente buena que cuando sepa, en las
formas con que se manifieste activamente su virtud, respetar en
los demás el sentimiento de lo hermoso.
Cierto es que la santidad del bien purifica y ensalza todas las
groseras apariencias. Puede él indudablemente realizar su obra sin
darle el prestigio exterior de la hermosura. Puede el amor
caritativo llegar a la sublimidad con medios toscos, desapacibles
y vulgares. Pero no es sólo más hermosa, sino mayor, la caridad
que anhela transmitirse en las formas de lo delicado y lo selecto;
porque ella añade a sus dones un beneficio más, una dulce e
inefable caricia que no se sustituye con nada y que realza el bien
que se concede, como un toque de luz.
Dar a sentir lo hermoso es obra de misericordia. Aquellos que
exigirían que el bien y la verdad se manifestasen invariablemente

22
en formas adustas y severas me han parecido siempre amigos
traidores del bien y la verdad. La virtud es también un género de
arte, un arte divino; ella sonríe maternalmente a las Gracias. — La
enseñanza que se proponga fijar en los espíritus la idea del deber,
como la de la más seria realidad, debe tender a hacerla concebir al
mismo tiempo como la más alta poesía. — Guyau, que es rey en
las comparaciones hermosas, se vale de una insustituible para
expresar este doble objeto de la cultura moral. Recuerda el
pensador los esculpidos respaldos del coro de una gótica iglesia,
en los que la madera labrada bajo la inspiración de la fe
representa, en una faz, escenas de una vida de santo y, en la otra
faz, ornamentales círculos de flores. Por tal manera, a cada gesto
del santo, significa tivo de su piedad o su martirio; a cada rasgo de
su fisonomía o su actitud, corresponde, del opuesto lado, una
corola o un pétalo. Para acompañar la representación simbólica del
bien, brotan, ya un lirio, ya una rosa. Piensa Guyau que no de otro
modo debe estar esculpida nuestra alma; y él mismo, el dulce
maestro, ¿no es, por la evangélica hermosura de su genio de
apóstol, un ejemplo de esa viva armonía?
Yo creo indudable que el que ha aprendido a distinguir de lo
delicado lo vulgar, lo feo de lo hermoso, lleva hecha media
jornada para distinguir lo malo de lo bueno. No es, por cierto, el
buen gusto, como querría cierto liviano dilettantismo moral, el
único criterio para apreciar la legitimidad de las acciones
humanas; pero menos debe considerársele, con el criterio de un
estrecho ascetismo, una tentación del error y una sirte engañosa.
No le señalaremos nosotros como la senda misma del bien; sí
como un camino paralelo y cercano que mantiene muy
aproximados a ella el paso y la mirada del viajero. A medida que
la humanidad avance, se concebirá más claramente la ley moral
como una estética de la conducta. Se huirá del mal y del error
como de una disonancia; se buscará lo bueno como el placer de
una armonía. Cuando la severidad estoica de Kant inspira,
simbolizando el espíritu de su ética, las austeras palabras:
"Dormía, y soñé que la vida era belleza; desperté, y advertí que

23
ella es deber", desconoce que, si el deber es la realidad suprema,
en ella puede hallar realidad el objeto de su sueño, porque la
conciencia del deber le dará, con la visión clara de lo bueno, la
complacencia de lo hermoso.
En el alma del redentor, del misionero, del filántropo, debe
exigirse también entendimiento de hermosura, hay necesidad de
que colaboren ciertos elementos del genio del artista. Es inmensa
la parte que corresponde al don de descubrir y revelar la íntima
belleza de las ideas, en la eficacia de las grandes revoluciones
morales. Hablando de la más alta de todas, ha podido decir Renan
profundamente que "la poesía del precepto, que le hace amar,
significa más que el precepto mismo, tomado como verdad
abstracta". La originalidad de la obra de Jesús no está,
efectivamente, en la acepción literal de su doctrina, —puesto que
ella puede reconstituirse toda entera sin salir de la moral de la
Sinagoga, buscándola desde el Deuteronomio hasta el Talmud,—
sino en haber hecho sensible, con su prédica, la poesía del
precepto, es decir, su belleza íntima.
Pálida gloria será la de las épocas y las comuniones que
menosprecien esa relación estética de su vida o de su propaganda.
El ascetismo cristiano, que no supo encarar más que una sola faz
del ideal, excluyó de su concepto de la perfección todo lo que hace
a la vida amable, delicada y hermosa; y su espíritu estrecho sirvió
para que el instinto indomable de la libertad, volviendo en una de
esas arrebatadas reacciones del espíritu humano, engendrase, en la
Italia del Renacimiento, un tipo de civilización que consideró
vanidad el bien moral y sólo creyó en la virtud de la apariencia
fuerte y graciosa. El puritanismo, que persiguió toda belleza y toda
selección intelectual; que veló indignado la casta desnudez de las
estatuas; que profesó la afectación de la fealdad, en las maneras, en
el traje, en los discursos; la secta triste que, imponiendo su espíritu
desde el Parlamento inglés, mandó a extinguir las fiestas que
manifestasen alegría y segar los árboles que diesen flores, —tendió
junto a la virtud, al divorciarla del sentimiento de lo bello, una
sombra de muerte que aún no ha conjurado enteramente Inglaterra,

24
y que dura en las menos amables manifestaciones de su religiosidad
y sus costumbres. — Macaulay declara preferir la grosera "caja de
plomo" en que los puritanos guardaron el tesoro de la libertad, al
primoroso cofre esculpido en que la Corte de Carlos II hizo acopio
de sus refinamientos. Pero como ni la libertad ni la virtud necesitan
guardarse en caja de plomo, mucho más que todas las severidades
de ascetas y de puritanos, valdrán siempre, para la educación de la
humanidad, la gracia del ideal antiguo, la moral armoniosa de
Platón, el movimiento pulcro y elegante con que la mano de Atenas
tomó, para llevarla a los labios, la copa de la vida.
La perfección de la moralidad humana consistiría en infiltrar el
espíritu de la caridad en los moldes de la elegancia griega. Y esta
suave armonía ha tenido en el mundo una pasajera realización.
Cuando la palabra del cristianismo naciente llegaba con San Pablo
al seno de las colonias griegas de Macedonia, a Tesalónica y
Filipos, y el Evangelio, aún puro, se difundía en el alma de aquellas
sociedades finas y espirituales en las que el sello de la cultura
helénica mantenía una encantadora espontaneidad de distinción,
pudo creerse que los dos ideales más altos de la historia iban a
enlazarse para siempre. En el estilo epistolar de San Pedro queda la
huella de aquel momento en que la caridad se heleniza. Este dulce
consorcio duró poco. La armonía y la serenidad de la concepción
pagana de la vida se apartaron cada vez más de la idea nueva
que marchaba entonces a la conquista del mundo. Pero para
concebir la manera como podría señalarse al perfeccionamiento
moral de la humanidad un paso adelante, sería necesario soñar que
el ideal cristiano se

reconcilia de nuevo con la serena y luminosa alegría de la


antigüedad; imaginarse que el Evangelio se propaga otra vez en
Tesalónica y Filipos.
Cultivar el buen gusto no significa sólo perfeccionar una
forma exterior de la cultura, desenvolver una aptitud artística,
cuidar, con exquisitez superflua, una elegancia de la civilización.
El buen gusto es "una rienda firme del criterio". Martha ha podido

25
atribuirle exactamente la significación de una segunda conciencia
que nos orienta y nos devuelve a la luz cuando la primera se
oscurece y vacila. El sentido delicado de la belleza es, para
Bagehot, un aliado del tacto seguro de la vida y de la dignidad de
las costumbres. "La educación del buen gusto —agrega el sabio
pensador— se dirige a favorecer el ejercicio del buen sentido, que
es

26
nuestro principal punto de apoyo en la complejidad de la vida
civilizada". Si algunas veces veis unida esa educación, en el
espíritu

de los individuos y las sociedades, al extravío del sentimiento o la


moralidad, es porque en tales casos ha sido cultivada como fuerza
aislada y exclusiva, imposibilitándose de ese modo el efecto de
perfeccionamiento moral que ella puede ejercer dentro de un orden
de cultura en el que ninguna facultad del espíritu sea desenvuelta
prescindiendo de su relación con las otras. — En el alma que haya
sido objeto de una estimulación armónica y perfecta, la gracia
íntima y la delicadeza del sentimiento de lo bello serán una misma
cosa con la fuerza y la rectitud de la razón. No de otra manera
observa Taine que, en las grandes obras de la arquitectura antigua,
la belleza es una manifestación sensible de la solidez, la elegancia
se identifica con la apariencia de la fuerza: "Las mismas líneas del
Panteón que halagan a la mirada con proporciones armoniosas,
contentan a la inteligencia con promesas de eternidad".
Hay una relación orgánica, una- natural y estrecha simpatía,
que vincula a las subversiones del sentimiento y de la voluntad
con las falsedades y las violencias del mal gusto. Si nos fuera dado
penetrar en el misterioso laboratorio de las almas y se
reconstruyera la historia íntima de las del pasado para encontrar la
fórmula de sus definitivos caracteres morales, sería un interesante
objeto de estudio determinar la parte que corresponde, entre los
factores de la refinada perversidad de Nerón, al germen de
histrionismo monstruoso depositado en el alma de aquel cómico
sangriento por la retórica afectada de Séneca. Cuando se evoca la
oratoria de la Convención y el hábito de una abominable
perversión retórica se ve aparecer por todas partes, como la piel
felina del jacobinismo, es imposible dejar de relacionar, como los
radios que parten de un mismo centro, como los accidentes de una
misma insanía, el extravío del gusto, el vértigo del sentido moral y
la limitación fanática de la razón.
Indudablemente, ninguno más seguro entre los resultados de la
estética que el que nos enseña a distinguir en la esfera de lo
relativo, lo bueno y lo verdadero, de lo hermoso, y a aceptar la
posibilidad de una belleza del mal y del error. Pero no se necesita
desconocer esta verdad, definitivamente verdadera, para creer en el
encadenamiento simpático de todos aquellos altos fines del alma, y
considerar a cada uno de ellos como el punto de partida, no único,
pero sí más seguro, de donde sea posible dirigirse al encuentro de
los otros.
La idea de un superior acuerdo entre el buen gusto y el
sentimiento moral es, pues, exacta, lo mismo en el espíritu de los
individuos que en el espíritu de las sociedades. Por lo que respecta
a estas últimas, esa relación podría tener su símbolo en la que
Rosenkranz afirmaba existir entre la libertad y el orden moral, por
una parte, y por la otra la belleza de las formas humanas como un
resultado del desarrollo de las razas en el tiempo. Esa belleza típica
refleja, para el pensamiento hegeliano, el efecto ennoblecedor de
la libertad; la esclavitud afea al mismo tiempo que envilece; la
conciencia de su armonioso desenvolvimiento imprime a las razas
libres el sello exterior de la hermosura.
En el carácter de los pueblos, los dones derivados de un
gusto fino, el dominio de las formas graciosas, la delicada aptitud de
interesar, la virtud de hacer amables las ideas, se identifican,
además, con el "genio de la propaganda", —es decir: con el don
poderoso de la universalidad. Bien sabido es que, en mucha parte, a
la posesión de aquellos atributos escogidos, debe referirse la
significación humana que el espíritu francés acierta a comunicar a
cuanto elige y consagra. — Las ideas adquieren alas potentes y
veloces, no en el helado seno de la abstracción, sino en el luminoso
y cálido ambiente de la forma. Su superioridad de difusión, su
prevalencia a veces, dependen de que las Gracias las hayan bañado
con su luz. Tal así, en las evoluciones de la vida, esas
encantadoras exterioridades de la naturaleza, que parecen
representar, exclusivamente, la dádiva de una caprichosa
superfluidad, —la música, el pintado plumaje de las aves; y, como

28
reclamo para el insecto propagador del polen fecundo, el matiz de
las flores, su perfume,— han desempeñado, entre los elementos de
la concurrencia vital, una función realísima; puesto que significando
una superioridad de motivos, una razón de preferencia para las
atracciones del amor, han hecho prevalecer, dentro de cada especie,
a los seres mejor dotados de hermosura sobre los menos
ventajosamente dotados.
Para un espíritu en que exista el amor instintivo de lo bello,
hay, sin duda, cierto género de mortificación, en resignarse a
defenderle por medio de una serie de argumentos que se funden en
otra razón, en otro principio, que el mismo irresponsable y
desinteresado amor de la belleza, en la que halla su satisfacción
uno de los impulsos fundamentales de la existencia racional.
Infortunadamente, este motivo superior pierde su imperio sobre un
inmenso número de hombres, a quienes es necesario enseñar el
respeto debido a ese amor del cual no participan, revelándoles
cuáles son las relaciones que lo vinculan a otros géneros de
intereses humanos. — Para ello, deberá lucharse muy a menudo
con el concepto vulgar de estas relaciones. En efecto: todo lo que
tienda a suavizar los contornos del carácter social y las
costumbres; a aguzar el sentido de la belleza; a hacer del gusto una
delicada impresionabilidad del espíritu y de la gracia una forma
universal de la actividad, equivale, para el criterio de muchos
devotos de lo severo o de lo útil, a menoscabar el temple varonil y
heroico de las sociedades, por una parte, su capacidad utilitaria y
positiva, por la otra. — He leído en Los trabajadores del mar que,
cuando un buque de vapor surcó por primera vez las ondas del
canal de la Mancha, los campesinos de Jersey lo anatematizaban
en nombre de una tradición popular que consideraba elementos
irreconciliables y destinados fatídicamente a la discordia, el agua y
el fuego. — El criterio comun abunda en la creencia de
enemistades parecidas. — Si os proponéis vulgarizar el respeto por
lo hermoso, empezad por hacer comprender la posibilidad de un
armónico concierto de todas las legítimas actividades humanas, y
ésa será más fácil tarea que la de convertir directamente el amor de

29
la hermosura, por ella misma, en atributo de la multitud. Para que
la mayoría de los hombres no se sientan inclinados a expulsar a las
golondrinas de la casa, siguiendo el consejo de Pitágoras, es
necesario argumentarles, no con la gracia monástica del ave ni su
leyenda de virtud, Fino con que la permanencia de sus nidos no es
en manera alguna inconciliable con la seguridad de los tejados!

A la concepción de la vida racional que se funda en el libre y


armonioso desenvolvimiento de nuestra naturaleza e incluye, por
lo tanto, entre sus fines esenciales, el que se satisface con la
contemplación sentida de lo hermoso, se opone —como norma de
conducta humana— la concepción utilitaria, por la cual nuestra
actividad, toda entera, se orienta en relación a la inmediata
finalidad del interés.
La inculpación de utilitarismo estrecho que suele dirigirse al
espíritu de nuestro siglo, en nombre del ideal, y con rigores de
anatema, se funda, en parte, sobre el desconocimiento de que sus
titánicos esfuerzos por la subordinación de las fuerzas de la
naturaleza a la voluntad humana y por la extensión del bienestar
material, son un trabajo necesario que preparará, como el
laborioso enriquecimiento de una,tierra agotada, la florescencia de
idealismos futuros. La transitoria predominancia de esa función de
utilidad que ha absorbido a la vida agitada y febril de estos cien
años sus más potentes energías, explica, sin embargo, —ya que no
las justifique,— muchas nostalgias dolorosas, muchos descontentos
y agravios de la inteligencia, que se traducen, bien por una
melancólica y exaltada idealización ue lo pasado, bien por una
desesperanza cruel del porvenir. Hay, por ello, un fecundísimo, un
bienaventurado pensamiento, en el propósito de cierto grupo de
pensadores, de las últimas generaciones, —entre los cuales sólo
quiero citar una vez más la noble figura de Guyau,— que han
intentado sellar la reconciliación definitiva de las conquistas del
siglo con la renovación de muchas viejas devociones humanas, y

30
que han invertido en esa obra bendita tantos tesoros de amor como
de genio.
Con frecuencia habréis oído atribuir a dos causas fundamenta
les el desborde del espíritu de utilidad que da su nota a la fisonomía
moral del siglo presente, con menoscabo de la consideración
estética y desinteresada de la vida. Las revelaciones de la ciencia de
la naturaleza —que, según intérpretes, ya adversos, ya favorables
a ellas, convergen a destruir toda idealidad por su base,— son la
una, la universal difusión y el triunfo de las ideas democráticas, la
otra. Yo me propongo hablaros exclusivamente de esta última
causa; porque confio en que vuestra primera iniciación en las
revelaciones de la ciencia ha sido dirigida como para preservaros
del peligro de una interpretación vulgar. — Sobre la democracia
pesa la acusación de guiar a la humanidad, mediocrizándola, a un
Sacro Imperio del utilitarismo. La acusación se refleja con vibrante
intensidad en las páginas —para mí siempre llenas de un sugestivo
encanto— del

más amable entre los maestros del espíritu moderno: en las se


ductoras páginas de Renan, a cuya autoridad ya me habéis oído
varias veces referirme y de quien pienso volver a hablaros a
menudo. — Leed a Renan, aquellos de vosotros que lo ignoréis
todavía, y habréis de amarle como yo. — Nadie como él me
parece, entre los modernos, dueño de ese arte de "enseñar con
gracia", que Anatole France considera divino. Nadie ha acertado
como él a hermanar, con la ironía, la piedad. Aun en el rigor del
análisis, sabe poner la unción del sacerdote. Aun cuando enseña a
dudar, su suavidad exquisita tiende una onda balsámica sobre la
duda. Sus pensamientos suelen dilatarse, dentro de nuestra alma,
con ecos tan inefables y tan vagos, que hacen pensar en una
religiosa música de ideas. Por su infinita comprensibilidad ideal,
acostumbran las clasificaciones de la crítica personificar en él el
alegre escepticismo de los dilettanti que convierten en traje de
máscara la capa del filósofo; pero si alguna vez intimáis dentro de
su espíritu, veréis que la tolerancia vulgar de los escépticos se

31
distingue de su tolerancia como la hospitalidad galante de un
salón, del verdadero sentimiento de la caridad.
Piensa, pues, el maestro, que una alta preocupación por los
intereses ideales de la especie es opuesta del todo al espíritu de la
democracia. Piensa que la concepción de la vida, en una sociedad
donde ese espíritu domine, se ajustará progresivamente a la
exclusiva persecución del bienestar material como beneficio
propagable al mayor número de personas. Según él, siendo la
democracia la entronización de Calibán, Ariel no puede menos que
ser el vencido de ese triunfo. — Abundan afirmaciones semejantes
a éstas de Renan, en la palabra de muchos de los más caracterizados
representantes que los intereses de la cultura estética y la selección
del espíritu tienen en el pensamiento contemporáneo. Así, Bourget
se inclina a creer que el triunfo universal de las instituciones
democráticas hará perder a la civilización en profundidad lo que la
hace ganar en extensión. Ve su forzoso término en el imperio de un
individualismo mediocre. "Quien dice democracia —agrega el
sagaz autor de André Cornelis— dice desenvolvimiento progresivo
de las tendencias individuales y disminución de la cultura". — Hay
en la cuestión que plantean estos juicios severos, un interés
vivísimo, para los que amamos —al mismo tiempo— por
convencimiento, la obra de la Revolución, que en nuestra América
se enlaza además con las glorias de su Génesis; y por instinto, la
posibilidad de una noble y selecta vida espiritual que en ningún
caso haya de ver sacrificada su serenidad augusta a los caprichos de
la multitud. — Para afrontar el problema, es necesario empezar por
reconocer que cuando la democracia no enaltece su espíritu por la
influencia de una fuerte preocupación ideal que comparta su
imperio con la preocupación de los intereses materiales, ella
conduce fatalmente a la privanza de la mediocridad, y carece, más
que ningún otro régimen, de eficaces barreras con las cuales
asegurar dentro de un ambiente adecuado la inviolabilidad de la alta
cultura. Abandonada a sí misma —sin la constante rectificación de
una activa autoridad moral que la depure y encauce sus tendencias
en el sentido de la dignificación de la vida,— la democracia

32
extinguirá gradualmente toda idea de superioridad que no se
traduzca en una mayor y más osada aptitud para las luchas del
interés, que son entonces la forma más innoble de las brutalidades
de la fuerza. — La selección espiritual, el enaltecimiento de la vida
por la presencia de estímulos desinteresados, el gusto, el arte, la
suavidad de las costumbres, el sentimiento de admiración por todo
perseverante propósito ideal y de acatamiento a toda noble
supremacía, serán como debilidades indefensas allí donde la
igualdad social que ha destruido las jerarquías imperativas e
infundadas, no las sustituya con otras, que tengan en la influencia
moral su único modo de dominio y su principio en una clasificación
racional.
Toda igualdad de condiciones es en el orden de las
sociedades, como toda homogeneidad en el de la Naturaleza, un
equilibrio inestable. Desde el momento en que haya realizado la
democracia su obra de negación con el allanamiento de las
superioridades injustas, la igualdad conquistada no puede
significar para ella sino un punto de partida. Resta la afirmación. Y
lo afirmativo de la democracia y su gloria consistirán en suscitar,
por eficaces estímulos, en su seno, la revelación y el dominio de
las verdaderas superioridades humanas.
Con relación a las condiciones de la vida de América,
adquiere esta necesidad de precisar el verdadero concepto de
nuestro régimen social un doble imperio. El presuroso crecimiento
de nuestras democracias por la incesante agregación de una
enorme multitud cosmopolita; por la afluencia inmigratoria, que se
incorpora a un núcleo aún débil para verificar un activo trabajo de
asimilación y encauzar el torrente humano con los medios que
ofrecen la solidez secular de la estructura social, el orden político
seguro y los elementos de una cultura que haya arraigado
íntimamente, — nos expone en el porvenir a los peligros de la
degeneración democrática, que ahoga bajo la. fuerza ciega del
número toda noción de calidad; que desvanece en la conciencia de
las sociedades todo justo sentimiento del orden; y que, librando su
ordenación jerárquica a la torpeza del acaso, conduce

33
forzosamente a hacer triunfar las más injustificadas e innobles de
las supremacías.
Es indudable que nuestro interés egoísta debería llevarnos, —
a falta de virtud,— a ser hospitalarios. Ha tiempo que la suprema
necesidad de colmar el vacío moral del desierto, hizo decir a un
publicista ilustre que, en América, gobernar es poblar. — Pero esa
fórmula famosa encierra una verdad contra cuya estrecha
interpretación es necesario prevenirse, porque conduciría a atribuir
una incondicional eficacia civilizadora al valor cuantitativo de la
muchedumbre. — Gobernar es poblar, asimilando, en primer
término; educando y seleccionando, después. — Si la aparición y
el florecimiento, en la sociedad, de las más elevadas actividades
humanas, de las que determinan la alta cultura, requieren como
condición indispensable la existencia de una población cuantiosa y
densa, es precisamente porque esa importancia cuantitativa de
la población, dando lugar a la más compleja división del
trabajo, posibilita la formación de fuertes elementos dirigentes que
hagan efectivo el dominio de la calidad sobre el número. — La
multitud, la masa anónima, no es nada por sí misma. La multitud
será un instrumento de barbarie o de civilización segun carezca o
no del coeficiente de una alta dirección moral. Hay una verdad
profunda en el fondo de la paradoja de Emerson que exige que
cada país del globo sea juzgado según la minoría y no según la
mayoría de los habitantes.
La civilización de un pueblo adquiere su carácter, no de las
manifestaciones de su prosperidad o de su grandeza material, sino
de las superiores maneras de pensar y de sentir que dentro de ella
son posibles; y ya observaba Comte, para mostrar cómo en
cuestiones de intelectualidad, de moralidad, de sentimiento,
sería insensato pretender que la calidad pueda ser sustituida en
ningun caso por el número, que ni de la acumulación de muchos
espíritus vulgares se obtendrá jamás el equivalente de un cerebro
de genio, ni de la acumulación de muchas virtudes mediocres,
el equivalente de un rasgo de abnegación o de heroísmo. — Al
instituir nuestra democracia la universalidad y la igualdad de

34
derechos, sancionaría, pues, el predominio innoble del número, si
no cuidase de mantener muy en alto la noción de las legítimas
superioridades humanas, y de hacer, de la autoridad vinculada al
voto popular, no la expresión del sofisma de la igualdad absoluta,
sino, según las palabras que recuerdo de un joven publicista
francés, "la consagración de la jerarquía, emanando de la libertad"

La oposición entre el régimen de la democracia y la alta vida


del espíritu es una realidad fatal cuando aquel régimen significa el
desconocimiento de las desigualdades legítimas y la sustitución de
la fe en el heroísmo —en el sentido de Carlyle— por una
concepción mecánica de gobierno. Todo lo que en la civilización
es algo más que un elemento de superioridad material y de
prosperidad económica, constituye un relieve que no tarda en ser
allanado cuando la autoridad moral pertenece al espíritu de la
medianía.
En ausencia de la barbarie irruptora que desata sus hordas sobre
los faros luminosos de la civilización, con heroica, y a veces
generadora grandeza, la alta cultura de las sociedades debe
precaverse contra la obra mansa y disolvente de esas otras hordas
pacíficas, acaso acicaladas, las hordas inevitables de la smlgaridad,
—cuyo Atila podría personificarse en Mr. Homais; cuyo
heroísmo es la astucia puesta al servicio de una repugnancia
instintiva hacia lo grande; cuyo atributo es el rasero nivelador. —
Siendo la indiferencia inconmovible y la superioridad cuantitativa,
las manifestaciones normales de su fuerza no son por eso
incapaces de llegar a la ira épica y de ceder a los impulsos de la
acometividad. Charles Morice las llama entonces "falanges de
Prudhommes feroces que tienen por lema la palabra Mediocridad y
marchan animadas por el odio de lo extraordinario"
Encumbrados, esos Prudhommes harán de su voluntad triunfante
una partida de caza organizada contra todo lo que manifieste la
aptitud y el atrevimiento del vuelo. Su fórmula social será una
democracia que conduzca a la consagración del pontífice
"Cualquiera", a la coronación del monarca "Uno de tantos".

35
Odiarán en el mérito una rebeldía. En sus dominios toda noble
superioridad se hallará en las condiciones de la estatua de mármol
colocada a la orilla de un camino fangoso, desde el cual le envía un
latigazo de cieno el carro que pasa. Ellos llamarán al dogmatismo
del sentido vulgar, sabiduría; gravedad a la mezquina aridez de
corazón; criterio sano, a la adaptación perfecta a lo mediocre; y
despreocupación viril, al mal gusto. — Su concepción de la justicia
los llevará a sustituir, en la historia, la inmortalidad del grande
hombre, bien con la identidad de todos en el olvido común, bien
con la memoria igualitaria de Mitrídates, de quien se cuenta que
conservaba en el recuerdo los nombres de todos sus soldados. Su
manera de republicanismo se satisfaría dando autoridad [Link]
procedimiento probatorio de Fox, que acostumbraba experimentar
sus proyectos en el criterio del diputado que le parecía más
perfecta personificación del country—gentleman, por la limitación
de sus facultades y la rudeza de sus gustos. Con ellos se estará en
las fronteras de la zoocracia de que habló una vez Baudelaire. La
Titania de Shakespeare, poniendo un beso en la cabeza asinina,
podría ser el emblema de la Libertad que otorga su amor a los
mediocres. Jamás, por medio de una conquista más fecunda, podrá
llegarse a un resultado más fatal!
Embriagad al repetidor de las irreverencias de la medianía,
que veis pasar por vuestro lado; tentadle a hacer de héroe;
convertid su apacibilidad burocrática en vocación de redentor, —y
tendréis entonces la hostilidad rencorosa e implacable contra todo
lo hermoso, contra todo lo digno, contra todo lo delicado, del
espíritu humano, que repugna, todavía más que el bárbaro
derramamiento de la sangre, en la tiranía jacobina; que, ante su
tribunal, convierte en culpas la sabiduría de Lavoisier, el genio de
Chenier, la dignidad de Malesherbes; que, entre los gritos
habituales en la Convención, hace oír las palabras:— iDesconfiad
de ese hombre, que ha hecho un libro!; y que refiriendo el ideal de
la sencillez democrática al primitivo estado de naturaleza de
Rousseau, podría elegir el símbolo de la discordia que establece
entre la democracia y la cultura, en la viñeta con que aquel sofista

36
genial hizo acompañar la primera edición de su famosa diatriba
contra las artes y las ciencias en nombre de la moralidad de las
costumbres: iun sátiro imprudente que pretendiendo abrazar, ávido
de luz, la antorcha que lleva en su mano Prometeo, oye al titán-
filántropo que su fuego es mortal a quien lo toca!
La ferocidad igualitaria no ha manifestado sus violencias en el
desenvolvimiento democrático de nuestro siglo, ni se ha opuesto
en formas brutales a la serenidad y la independencia de la cultura
intelectual. Pero, a la manera de una bestia feroz en cuya
posteridad domesticada hubiérase cambiado la acometividad en
mansedumbre artera e innoble, el igualitarismo, en la forma
mansa de la tendencia a lo utilitario y lo vulgar, puede ser un
objeto real de acusación contra la democracia del siglo No se ha
detenido ante ella ningún espíritu delicado y sagaz a quien no
hayan hecho pensar angustiosamente algunos de sus resultados, en
el aspecto social y en el político. Expulsando con indignada
energía, del espíritu humano, aquella falsa concepción de la
igualdad que sugirió los delirios de la Revolución, el alto
pensamiento contemporáneo ha mantenido, al mismo tiempo,
sobre la realidad y sobre la teoría de la democracia, una inspección
severa, que os permite a vosotros, los que colaboraréis en la obra
del futuro, fijar vuestro
punto de partida, no ciertamente para destruir, sino para educar,

el espíritu del régimen que encontráis en pie.


Desde que nuestro siglo asumió personalidad e independencia
en la evolución de las ideas, mientras el idealismo alemán
rectificaba la utopía igualitaria de la filosofia del siglo XVIII y
sublimaba, si bien con viciosa tendencia cesarista, el papel
reservado en la historia a la superioridad individual, el
positivismo de Comte, desconociendo a la igualdad
democrática otro carácter que el de un "disolvente
transitorio de las desigualdades antiguas" y negando con igual
convicción la eficacia definitiva de la soberanía popular, buscaba
en los principios de las clasificaciones naturales el fundamento de

37
la clasificación social que habría de sustituir a las jerarquías
recientemente destruidas. — La crítica de la realidad demo-

crática toma formas severas en la generación de Taine y de Renan.


Sabéis que a este delicado y bondadoso ateniense sólo complacía
la igualdad de aquel régimen social, siendo, como en Atenas, "una
igualdad de semidioses". En cuanto a Taine, es quien ha escrito los
Orígenes de la Francia contemporánea; y si, por una parte, su
concepción de la sociedad como un organismo, le conduce
lógicamente a rechazar toda idea de uniformidad que se oponga al
principio de las dependencias y las subordinaciones orgánicas, por
otra parte su finísimo instinto de selección intelectual le lleva a
abominar de la invasión de las cumbres por la multitud. La gran
voz de Carlyle había predicado ya contra toda niveladora
irreverencia, la veneración del heroísmo, entendiendo por tal el
culto de cualquier noble superioridad. Emerson refleja esa voz en
el seno de la más positivista de las democracias. La ciencia nueva
habla de selección como de una necesidad de todo progreso.
Dentro del

arte, que es donde el sentido de lo selecto tiene su más natural


adaptación, vibran con honda resonancia las notas que acusan el
sentimiento, que podríamos llamar de extrañeza, del espíritu, en
medio de las modernas condiciones de la vida. Para escucharlas,
no es necesario aproximarse al parnasianismo de estirpe delicada y
enferma, a quien un aristocrático desdén de lo presente llevó a la
reclusión en lo pasado. Entre las inspiraciones constantes de
Flaubert —de quien se acostumbra a derivar directamente la más
democratizada de las escuelas literarias— ninguna más intensa que
el odio de la mediocridad envalentonada por la nivelación y de la
tiranía irresponsable del número. — Dentro de esa contemporánea
literatura del Norte, en la cual la preocupación por las altas
cuestiones sociales es tan viva, surge a menudo la expresión de la
misma idea, del mismo sentimiento; Ibsen desarrolla la altiva
arenga de su Stockmann alrededor de la afirmación de que "las

38
mayorías compactas son el enemigo más peligroso de la libertad y
la verdad"; y el formidable Nietzsche opone al ideal de una
humanidad mediatizada la apoteosis de las almas que se yerguen
sobre el nivel de la humanidad como una viva marea. — El anhelo
vivísimo por una rectificación del espíritu social que asegure a
la vida de la heroicidad y el pensamiento un ambiente más puro de
dignidad y de justicia, vibra hoy por todas partes, y se diría
que constituye uno de los fundamentales acordes que este
ocaso de siglo propone para las armonías que ha de componer el
siglo venidero.

Y sin embargo, el espíritu de la democracia es, esencialmente,


para nuestra civilización, un principio de vida contra el cual sena
inútil rebelarse. Los descontentos sugeridos por las imperfecciones
de su forma histórica actual, han llevado a menudo a la injusticia
con

lo que aquel régimen tiene de definitivo y de fecundo. Así, el aristo


cratismo sabio de Renan formulaba la más explícita condenación
del principio fundamental de la democracia: la igualdad de
derechos; cree a este principio irremisiblemente divorciado de
todo posible dominio de la superioridad intelectual; y llega hasta
señalar en él, con una enérgica imagen, "las antípodas de las vías de
Dios, —puesto que Dios no ha querido que todos viviesen en el
mismo grado la vida del espíritu". — Estas paradojas injustas del
maestro, complementadas por su famoso ideal de una oligarquía
omnipotente de hombres sabios, son comparables a la reproducción
exagerada y deformada, en el sueño, de un pensamiento ideal y
fecundo que nos ha preocupado en la vigilia. — Desconocer la
obra de la democracia, en lo esencial, porque aún no terminada, no
ha llegado a conciliar definitivamente su empresa de igualdad con
una fuerte garantía social de selección, equivale a desconocer la
obra, paralela y concorde, de la ciencia, porque interpretada con el
criterio estrecho de una escuela ha podido dañar alguna vez al
espíritu de religiosidad o al espíritu de poesía. — La democracia y

39
la ciencia son, en efecto, los dos insustituibles soportes sobre los
que nuestra civilización descansa; o, expresándolo con una frase de
Bourget, las dos "obreras" de nuestros destinos futuros. "En ellas
somos, vivimos, nos movemos". Siendo, pues, insensato pensar,
como Renan, en obtener una consagración más positiva de todas
las superioridades morales, la realidad de una razonada jerarquía, el
dominio eficiente de las altas dotes de la inteligencia y de la
voluntad, por la destrucción de la igualdad democrática, sólo cabe
pensar en la educación de la democracia y su reforma. Cabe pensar
en que progresivamente se encarnen, en los sentimientos del pueblo
y sus costumbres, la idea de las subordinaciones necesarias, la
noción de las superioridades verdaderas, el culto consciente y
esponúneo de todo lo que multiplica, a los ojos de la razón, la cifra
del valor humano.
La educación popular adquiere, considerada en relación a tal
obra, como siempre que se la mira con el pensamiento del porve-

nir, un interés suprem01 . Es en la escuela, por cuyas manos


procuramos que pase la dura arcilla de las muchedumbres, donde
está la primera y más generosa manifestación de la equidad social,
que consagra para todos la accesibilidad del saber y de los medios
más eficaces de superioridad. Ella debe complementar tan noble
cometido, haciendo objetos de una educación preferente y
cuidadosa el sentido del orden, la idea y la voluntad de la justicia,
el sentimiento de las legítimas autoridades morales.
Ninguna distinción más fácil de confundirse y anularse en el
espíritu del pueblo que la que enseña que la igualdad
democrática puede significar una igual Posibilidad, pero nunca una
igual reali dad, de influencia y de prestigio, entre los
miembros de una sociedad organizada. En todos ellos hay un
derecho idéntico para aspirar a las superioridades morales que
deben dar razón y fundamento a las superioridades efectivas; pero

1 "Plus l'instruction se répand, plus elle doit faire de part aux idées générales et
généreuses. On croit que l'instruction populaire doit être terre à terre. Cest le contraire
qui est la vérite". — Fouillée: L'idée moderne du droit, lib. 59, IV. (N. del A).

40
sólo a los que han alcanzado realmente la posesión de las primeras
debe ser concedido el premio de las últimas. El verdadero, el digno
concepto de la igualdad, reposa sobre el pensamiento de que todos
los seres racionales están dotados por naturaleza de facultades
capaces de un desenvolvimiento noble. El deber del Estado consiste
en colo car a todos los miembros de la sociedad en indistintas
condiciones de tender a su perfeccionamiento. El deber del Estado
consiste en predisponer los medios propios para provocar,
uniformemente, la revelación de las superioridades humanas,
dondequiera que existan. De tal manera, más allá de esta igualdad
inicial, toda desigualdad estará justificada, porque será la sanción
de las misteriosas elecciones de la Naturaleza o del esfuerzo
meritorio de la voluntad. — Cuando se la concibe de este modo, la
igualdad democrática, lejos de oponerse a la selección de las
costumbres y de las ideas, es el más eficaz instrumento de selección
espiritual, es el ambiente providencial de la cultura. La favorecerá
todo lo que favorezca al predominio de la energía inteligente. No en
distinto sentido pudo afirmar Tocqueville que la poesía, la
elocuencia, las gracias del espíritu, los fulgores de la imaginación,
la profundidad del pensamiento, "todos esos dones del alma,
repartidos por el cielo al

acaso", fueron colaboradores en la obra de la democracia, y la


sirvieron, aun cuando se encontraron de parte de sus adversarios,
porque convergieron todos a poner de relieve la natural, la no
heredada grandeza, de que nuestro espíritu es capaz. — La
emulación, que es el más poderoso estímulo de cuantos pueden
sobreexcitar, lo mismo la vivacidad del pensamiento que la de las
demás actividades humanas, necesita, a la vez, de la igualdad en el
punto de partida, para producirse, y de la desigualdad que
aventajará a los más aptos y mejores, como objeto final. Sólo un
régimen democrático puede conciliar en su seno esas dos
condiciones de la emulación, cuando no degenera en nivelador
igualitarismo y se limita a considerar como un hermoso ideal de

41
perfectibilidad una futura equivalencia de los hombres por su
ascensión al mismo grado de cultura.
Racionalmente concebida, la democracia admite siempre un
imprescriptible elemento aristocrático, que consiste en establecer
la superioridad de los mejores, asegurándola sobre el consenti
libre de los asociados. Ella consagra, como las aristocracias,
la distinción de calidad; pero la resuelve a favor de las calidades
realmente superiores, —las de la virtud, el carácter, el
espíritu,— y sin pretender inmovilizarlas en clases constituidas
aparte de las otras, que mantengan a su favor el privilegio
execrable de la casta, renueva sin cesar su aristocracia dirigente en
las fuentes vivas del pueblo y la hace aceptar por la justicia y el
amor. Reconociendo, de tal manera, en la selección y la
predominancia de los mejor dotados una necesidad de todo
progreso, excluye de esa ley universal de la vida, al sancionarla en
el orden de la sociedad, el efecto de humillación y de dolor que es,
en las concurrencias de la naturaleza y en las de las otras
organizaciones sociales, el duro lote del vencido. "La gran ley de
la selección natural" , ha dicho luminosamente Fouillée,
"continuará realizándose en el seno de las sociedades humanas,
sólo que ella se realizará de más en más por vía de libertad". — El
carácter odioso de las aristocracias tradicionales se originaba de
que ellas eran injustas, por su fundamento, y opreso ras, por cuanto
su autoridad era una imposición. Hoy sabemos que no existe otro
límite legítimo para la igualdad humana que el que consiste en el
dominio de la inteligencia y la virtud, consentido por la libertad de
todos. Pero sabemos también que es necesario que este límite
exista en realidad. —Por otra parte, nuestra concepción cristiana
de la vida nos enseña que las superioridades morales, que son un
motivo de derechos, son principalmente un motivo de deberes, y
que todo espíritu superior se debe a los demás en igual proporción
que los excede en capacidad de realizar el bien. El anti-
igualitarismo de Nietzsche, —que tan profundo surco señala en
la que podríamos llamar nuestra moderna literatura de ideas, — ha
llevado a su poderosa reivindicación de los derechos que él

42
considera implícitos en las superioridades humanas, un
abominable, un reaccionario espíritu; puesto que, negando toda
fraternidad, toda piedad, pone en el corazón del superhombre a
quien endiosa, un menosprecio satánico para los desheredados y
los débiles; legitima en los privilegios de la voluntad y de la fuerza
el ministerio del verdugo; y con lógica resolución llega, en último
término, a afirmar que, "la sociedad no existe para sí sino para sus
elegidos". — No es, ciertamente, esta concepción monstruosa la
que puede oponerse, como lábaro, al falso igualitarismo que aspira
a la nivelación de todos por la común vulgaridad. iPor fortuna,
mientras exista en el mundo la posibilidad de disponer dos trozos
de madera en forma de cruz, —es decir: siempre,— la humanidad
seguirá creyendo que es el amor el fundamento de todo orden
estable y que la superioridad jerárquica en el orden no debe ser
sino una superior capacidad de amar!
Fuente de inagotables inspiraciones morales, la ciencia nueva
nos sugiere, al esclarecer las leyes de la vida, cómo el principio
democrático puede conciliarse, en la organización de las
colectividades humanas, con una aristarquia de la moralidad y la
cultura. — Por otra parte, —como lo ha hecho notar, una vez más,
en un simpático libro, Henri Bérenger,— las afirmaciones de la
ciencia contribuyen a sancionar y fortalecer en la sociedad el
espíritu de la democracia, revelando cuánto es el valor natural del
esfuerzo colectivo; cuál la grandeza de la obra de los pequeños;
cuán inmensa la parte de acción reservada al colaborador anónimo
y oscuro en cualquiera manifestación del desenvolvimiento
universal. Realza, no menos que la revelación cristiana, la dignidad
de los humildes, esta nueva revelación, que atribuye, en la
naturaleza, a la obra de los infinitamente pequeños, a la labor del
nummulite y el briozoo en el fondo oscuro del abismo, la
construcción de los cimientos geológicos; que hace surgir de la
vibración de la célula informe y primitiva todo el impulso
ascendente de las formas orgánicas; que manifiesta el poderoso
papel que en nuestra vida psíquica es necesario atribuir a los
fenómenos más inaparentes y más vagos, aun a las fugaces

43
percepciones de que no tenemos conciencia; y que, llegando a la
sociología y a la historia, restituye al heroísmo, a menudo
abnegado, de las muchedumbres, la parte que le negaba el silencio
en la gloria del héroe individual, y hace patente la lenta
acumulación de las investigaciones que, al través de los siglos, en
la sombra, en el taller, o el laboratorio de obreros olvidados,
preparan los hallazgos del genio.
Pero a la vez que manifiesta así la inmortal eficacia del esfuer
zo colectivo, y dignifica la participación de los colaboradores
ignorados en la obra universal, la ciencia muestra cómo en la
inmensa sociedad de las cosas y los seres, es una necesaria
condición de todo progreso el orden jerárquico; son un principio de
la vida las relaciones de dependencia y de subordinación entre los
componentes individuales de aquella sociedad y entre los elemen
tos de la organización del individuo; y. es, por último, una
necesidad inherente a la ley universal de imitación, si se la
relaciona con el perfeccionamiento de las sociedades humanas, la
presencia, en ellas, de modelos vivos e influyentes que las realcen
por la progresiva generalización de su superioridad.
Para mostrar ahora cómo ambas enseñanzas universales de la
ciencia pueden traducirse en hechos, conciliándose, en la organi
zación y en el espíritu de la sociedad, basta insistir en la
concepción de una democraciá noble, justa; de una democracia
dirigida por la noción y el sentimiento de las verdaderas
superioridades humanas; de una democracia en la cual la
supremacía de la inteligencia y la virtud, —únicos límites para la
equivalencia meritoria de los hombres,— reciba su autoridad y su
prestigio de la libertad y descienda sobre la multitud en la efusión
bienhechora del amor.
Al mismo tiempo que conciliará aquellos dos grandes
resultados de la observación del orden natural, se realizará, dentro
de una sociedad semejante —según la observa, en el mismo libro
de que os hablaba, Bérenger,— la armonía de los dos impulsos
históricos que han comunicado a nuestra civilización sus caracteres
esenciales, los principios reguladores de su vida. — Del espíritu

44
del cristianis mo nace, efectivamente, el sentimiento de igualdad,
viciado por cierto ascético menosprecio de la selección espiritual y
la cultura. De la herencia de las civilizaciones clásicas nacen el
sentido del orden, de la jerarquía y el respeto religioso del genio,
viciados por cierto aristocrático desdén de los humildes y los
débiles. El porvenir sintetizará ambas sugestiones del pasado en
una fórmula inmortal. La democracia, entonces, habrá triunfado
definitivamente. iY ella, que, cuando amenaza con lo innoble del
rasero nivelador, justifica las protestas airadas y las amargas
melancolías de los que creyeron sacrificados por su triunfo toda
distinción intelectual, todo ensueño de arte, toda delicadeza de la
vida, tendrá, aún más que las viejas aristocracias, inviolables
seguros para el cultivo de las flores del alma que se marchitan y
perecen en el ambiente de la vulgaridad y entre las impiedades del
tumulto!

La concepción utilitaria, como idea del destino humano, y la


igualdad en lo mediocre, como norma de la proporción social,
componen, íntimamente relacionadas, la fórmula de lo que ha
solido llamarse, en Europa, el espíritu de americanismo. — Es
imposible meditar sobre ambas inspiraciones de la conducta y la
sociabilidad, y compararlas con las que les son opuestas, sin
que la asociación traiga, con insistencia, a la mente, la imagen
de esa democracia formidable y fecunda, que, allá en el Norte,
ostenta las manifestaciones de su prosperidad y su poder, como
una deslumbradora prueba que abona en favor de la eficacia de sus
instituciones y de la dirección de sus ideas. — Si ha podido
decirse del utilitarismo que es el verbo del espíritu inglés, los
Estados Unidos pueden ser considerados la encarnación del verbo

45
utilitario. Y el Evangelio de esté verbo se difunde por todas partes
a favor de los milagros materiales del triunfo. Hispano-América ya
no es enteramente calificable, con relación a él, de tierra de
gentiles. La poderosa federación va realizando entre nosotros una
suerte de conquista moral. La admiración por su grandeza y por su
fuerza es un sentimiento que avanza a grandes pasos en el espíritu
de nuestros hombres dirigentes, y aún más quizá, en el de las
muchedumbres, fascinables por la impresión de la victoria. — Y,
de admirarla, se pasa, por una transición facilísima, a imitarla. La
admiración y la creencia son ya modos pasivos de imitación para
el psicólogo. "La tendencia imitativa de nuestra naturaleza moral
—decía Bagehot— tiene su asiento en aquella parte del alma en
que reside la credibilidad". — El sentido y la experiencia vulgares
serían suficientes para establecer por sí solos esa sencilla relación.
Se imita a aquel en cuya superioridad o cuyo prestigio se cree. —
Es así como la visión de una América deslatinizada por propia
voluntad, sin la extorsión de la conquista, y regenerada luego a
imagen y semejanza del arquetipo del Norte, flota ya sobre los
sueños de muchos sinceros interesados por nuestro porvenir,
inspira la fruición con que ellos formulan a cada paso los más
sugestivos paralelos y se manifiesta por constantes propósitos de
innovación y de reforma. Tenemos nuestra nordomanía. Es
necesario oponerle los límites que la razón y el sentimiento
señalan de consuno.
No doy yo a tales límites el sentido de una absoluta negación.
— Comprendo bien que se adquieran inspiraciones, luces,
enseñanzas, en el ejemplo de los fuertes; y no desconozco que una
inteligente atención fijada en lo exterior para reflejar de todas
partes la imagen de lo beneficioso y de lo útil es singularmente
fecunda cuando se trata de pueblos que aún forman y modelan su
entidad nacional. — Comprendo bien que se aspire a rectificar, por
la educación perseverante, aquellos trazos del carácter de una
sociedad humana que necesiten concordar con nuevas exigencias
de la civilización y nuevas oportunidades de la vida, equilibrando
así, por medio de una influencia innovadora, las fuerzas de la

46
herencia y la costumbre. — Pero no veo la gloria, 'ni en el
propósito de desnaturalizar el carácter de los pueblos, —su genio
personal,— para imponerles la identificación con un modelo
extraño al que ellos sacrifiquen la originalidad irreemplazable de
su espíritu; ni en la creencia ingenua de que eso pueda obtenerse
alguna vez por procedimientos artificiales e improvisados de
imitación. — Ese irreflexivo traslado de lo que es natural y
espontáneo en una sociedad al seno de otra, donde no tenga raíces
ni en la naturaleza ni en la historia, equivalía para Michelet a la
tentativa de incorporar, por simple agregación, una cosa muerta a
un organismo vivo. En sociabilidad, como en literatura, como en
arte, la imitación inconsulta no hará nunca sino deformar las líneas
del modelo. El engaño de los que piensan haber reproducido en lo
esencial el carácter de una colectividad humana, las fuerzas vivas
de su espíritu, y, con ellos, el secreto de sus triunfos y su
prosperidad, reproduciendo exactamente el mecanismo de sus
instituciones y las formas exteriores de sus costumbres, hace
pensar en la ilusión de los principiantes candorosos que se
imaginan haberse apoderado del genio del maestro cuando han
copiado las formas de su estilo o sus procedimientos de
composición.
En ese esfuerzo vano hay, además, no sé qué cosa de innoble.
Género de snobismo político podría llamarse al afanoso remedo
de cuanto hacen los preponderantes y los fuertes, los vencedores y
los afortunados; género de abdicación servil, como en la que en
algunos de los snobs encadenados para siempre a la tortura de la
sátira por el libro de Thackeray, hace consumirse tristemente las
energías de los ánimos no ayudados por la naturaleza o la fortuna,
en la imitación impotente de los caprichos y las volubilidades de
los encumbrados de la sociedad. — El cuidado de la independencia
interior —la de la personalidad, la del criterio— es una
principalísima forma del respeto propio. Suele, en los tratados de
ética, comentarse un precepto moral de Cicerón, segun el cual
forma parte de los deberes humanos el que cada uno de nosotros
cuide y mantenga celosamente la originalidad de su carácter

47
personal, lo que haya en él que Io diferencie y determine,
respetando, en todo cuanto no sea inadecuado para el bien, el
impulso primario de la Naturaleza, que ha fundado en la varia
distribución de sus dones el orden y el concierto del mundo. — Y
aun me parecería mayor el imperio del precepto si se le aplicase,
colectivamente, al carácter de las sociedades humanas. — Acaso
oiréis decir que no hay un sello propio y definido, por cuya
permanencia, por cuya integridad deba pugnarse, en la organización
actual de nuestros pueblos, Falta tal vez, en nuestro carácter
colectivo, el contorno seguro de la "personalidad". Pero en ausencia
de esa índole perfectamente diferenciada y autonómica, tenemos —
los americanos latinos— una

48
herencia de raza, una gran tradición étnica que mantener, un
vínculo sagrado que nos une a inmortales páginas de la historia,
confiando a nuestro honor su continuación en lo futuro. El
cosmopolitismo, que hemos de acatar como una irresistible
necesidad de nuestra formación, no excluye, ni ese sentimiento de
fidelidad a lo pasado, ni la fuerza directriz y plasmante con que debe
el genio de la raza imponerse en larefundición de los elementos que
constituirán al americano definitivo del futuro.
Se ha observado más de una vez que las grandes evoluciones
de la historia, las grandes épocas, los períodos más luminosos y
fecundos en el desenvolvimiento de la humanidad, son casi siempre
la resultante de dos fuerzas distintas y co-actuales, que mantienen,
por los concertados impulsos de su oposición, el interés y el
estímulo de la vida, los cuales desaparecerían, agotados, en la
quietud de una unidad absoluta. — Así, sobre los dos polos de
Atenas y Lacedemonia se apoya el eje alrededor del cual gira el
carácter de la más genial y civilizadora de las razas. — América
necesita mantener en el presente la dualidad original de su
constitución, que convierte en realidad de su historia el mito
clásico de las dos águilas soltadas simultáneamente de uno y otro
polo del mundo, para que llegasen a un tiempo al límite de sus
dominios. Esta diferencia genial y emuladora no excluye, sino que
tolera y aun favorece en muchísimos aspectos, la concordia de la
solidaridad. Y si una concordia superior pudiera vislumbrarse
desde nuestros días, como la fórmula de un porvenir lejano, ella no
sería debida a la imitación unilateral —que diría Tarde— de una
raza por otra, sino a la reciprocidad de sus influencias y al atinado
concierto de los atributos en que se funda la gloria de las dos.
Por otra parte, en el estudio desapasionado de esa civilización
que algunos nos ofrecen como único y absoluto modelo, hay
razones no menos poderosas que las que se fundan en la indignidad
y la inconveniencia de una renuncia a todo propósito de
originalidad, para templar los entusiasmos de los que nos exigen su
consagración idolátrica. — Y llego, ahora, a la relación que
directamente tiene, con el sentido general de esta plática mía, el
comenta rio de semejante espíritu de imitación.
Todo juicio severo que se formule de los americanos del
Norte debe empezar por rendirles, como se harn con altos
adversarios, la formalidad caballeresca de un saludo. — Siento
fácil mi espíritu para cumplirla. — Desconocer sus defectos no me
parecería tan insensato como negar sus cualidades. Nacidos —para
emplear la paradoja usada por Baudelaire a otro respecto— con la
experiencia innata de la libertad, ellos se han mantenido fieles a la
ley de su origen, y han desenvuelto, con la precisión y la seguridad
de una progresión matemática, los principios fundamen- tales de su
organización, dando a su historia una consecuente unidad que, si
bien ha excluido las adquisiciones de aptitudes y méritos distintos,
tiene la belleza intelectual de la lógica. — La huella de sus pasos
no se borrará jamás en los anales del derecho humano; porque ellos
han sido los primeros en hacer surgir nuestro moderno concepto de
la libertad, de las inseguridades del ensayo y de las imaginaciones
de la utopía, para convertirla en bronce imperecedero y realidad
viviente; porque han demostrado con su ejemplo la posibilidad de
extender a un inmenso organismo nacional la inconmovible
autoridad de una república; porque, con su organización federativa,
han revelado —segun la feliz expresión de Tocqueville— la
manera como se pueden conciliar con el brillo y el poder de los
estados grandes la felicidad y la paz de los pequeños. — Suyos son
algunos de los rasgos más audaces con que ha de destacarse en la
perspectiva del tiempo la obra de este siglo. Suya es la gloria de
haber revelado plenamente —acentuando la más firme nota de
belleza moral de nuestra civilización— la grandeza y el poder
del trabajo; esa fuerza bendita que la antigüedad abandonaba a
la abyección de la esclavitud, y que hoy identificamos con la
más alta expresión de la dignidad humana, fundada en la
conciencia y la actividad del propio mérito. Fuertes, tenaces,
teniendo la inacción por oprobio, ellos han puesto en manos del
mechanic de sus talleres y el farmer de sus campos, la clava
hercúlea del mito, y han dado al genio humano una nueva e

50
inesperada belleza ciñéndole el mandil de cuero del forjador. Cada
uno de ellos avanza a conquistar la vida como el desierto los
primitivos puritanos. Perseverantes devotos de ese culto de la
energía individual que hace de cada hombre el artífice de su
destino, ellos han modelado su sociabilidad en un conjunto
imaginario de ejemplares de Robinson, que después de haber
fortificado rudamente su personalidad en la práctica de la ayuda
propia, entraran a componer los filamentos de una urdimbre
firmísima. — Sin sacrificarle esa soberana concepción del
individuo, han sabido hacer al mismo tiempo, del espíritu de
asociación, el más admirable instrumento de su grandeza y de su
imperio; y han obtenido de la suma de las fuerzas humanas,
subordinada a los propósitos de la investigación, de la filantropía,
de la industria, resultados tanto más maravillosos, por lo mismo
que se consiguen con la más absoluta integridad de la autonomía
personal. — Hay en ellos un instinto de curiosidad despierta e
insaciable, una impaciente avidez de toda luz; y profesando el amor
por la instruccióp del pueblo con la obsesión de una monomanía
gloriosa y fecunda, han hecho de la escuela el quicio más seguro de
su prosperidad y del alma del niño la más cuidada entre las cosas
leves y preciosas. — Su cultura, que está lejos de ser refinada ni
espiritual, tiene una eficacia admirable siempre que se dirige
prácticamente a realizar una finalidad inmediata. No han
incorporado a las adquisiciones de la ciencia una sola ley general,
un solo principio; pero la han hecho maga por las maravillas de sus
aplicaciones, la han agitado en los dominios de la utilidad, y han
dado al mundo en la caldera de vapor y en el dínamo eléctrico,
billones de esclavos invisibles que centuplican, para servir al
Aladino humano, el poder de la lámpara maravillosa. — El
crecimiento de su grandeza y de su fuerza será objeto de
perdurables asombros para el porvenir. Han inventado, con su
prodigiosa aptitud de improvisación, un acicate para el tiempo; y al
conjuro de su voluntad poderosa, surge en un día, del seno de la
absoluta soledad, la suma de cultura acumulable por la obra de los
siglos. — La libertad puritana, que les envía su luz desde el pasado,
unió a esta luz el calor de una piedad que aún dura. Junto a la

51
fábrica y la escuela, sus fuertes manos han alzado también los
templos donde evaporan sus plegarias muchos millones de
conciencias libres. Ellos han sabido salvar, en el naufragio de todas
las idealidades, la idealidad más alta, guardando viva la tradición
de un sentimiento religioso que si no levanta sus vuelos en alas de
un espiritualismo delicado y profundo, sostiene, en parte, entre las
asperezas del tumulto utilitario, la rienda firme del sentido moral.
— Han sabido, también, guardar, en medio a los refinamientos de
la vida civilizada, el sello de cierta primitividad robusta. Tienen el
culto pagano de la salud, de la destreza, de la fuerza; templan y
afinan en el músculo el instrumento precioso de la voluntad; y,
obligados por su aspira ción insaciable de dominio a cultivar la
energía de todas las actividades humanas, modelan el torso del
atleta para el corazón del hombre libre. — Y del concierto de su
civilización, del acordado movimiento de su cultura, surge una
dominante nota de optimis mo, de confianza, de fe, que dilata los
corazones impulsándolos al porvenir bajo la sugestión de una
esperanza terca y arrogante; la nota del Excelsior y el Salmo de la
vida con que sus poetas han señalado el infalible bálsamo contra
toda amargura en la filosofia del esfuerzò y de la acción.

Su grandeza titánica se impone así, aun a los más prevenidos por


las enormes desproporciones de su carácter o por las violencias
recientes de su historia. Y por mi parte, ya veis que, aunque no les
amo, les admiro. Les admiro, en primer término, por su formidable
capacidad de querer, y me inclino ante "la escuela de volun tad y de
trabajo" que —como de sus progenitores nacionales dijo Philarète-
Chasles— ellos han instituido.
En elprincipio la acción era. Con estas célebres palabras del
Fausto podría empezar un futuro historiador de la poderosa
república, el Génesis, aún no concluido, de su existencia nacional.
Su genio podría definirse, como el universo de los dinamistas, la
fuerza en movimiento. Tiene, ante todo y sobre todo, la capacidad,
el entusiasmo, la vocación dichosa de la acción. La voluntad es el
cincel que ha esculpido a ese pueblo en dura piedra. Sus relieves

52
característicos son dos manifestaciones del poder de la voluntad: la
originalidad y la audacia. Su historia es, toda ella, el arrebato de
una actividad viril. Su personaje representativo se llama Yo
quiero, como el "superhombre" de Nietzsche. — Si algo le salva
colectivamente de la vulgaridad, es ese extraordinario alarde de
energía que lleva a todas partes y con el que imprime cierto
carácter de épica grandeza aun a las luchas del interés y de la vida
material. Así de los especuladores de Chicago y de Minneapolis, ha
dicho Paul Bourget que son a la manera de combatientes heroicos
en los cuales la aptitud para el ataque y la defensa es comparable
a la de un grognard del gran Emperador. Y esta energía suprema
con la que el genio norteamericano parece obtener —hipnotizador
audaz— el adormecimiento y la sugestión de los hados, suele
encontrarse aun en las particularidades que se nos presentan como
excepcionales y divergentes, de aquella civilización. Nadie
negará que Edgar Poe es una individualidad anómala y rebelde
dentro de su pueblo. Su alma escogida representa una partícula
inasimilable del alma nacional, que no en vano se agitó entre .las
otras con la sensación de una soledad infinita, Y sin embargo, la
nota fundamental —que Baudelaire ha señalado profundamente—
en el carácter de los héroes de Poe, es, todavía, el temple
sobrehumano, la indómita resistencia de la voluntad. Cuando ideó a
Ligeia, la más misteriosa y adorable de sus criaturas, Poe simbolizó
en la luz inextinguible de sus ojos, el himno de triunfo de la
Voluntad sobre la Muerte.
Adquirido, con el sincero reconocimiento de cuanto hay de
luminoso y grande en el genio de la poderosa nación, el derecho de
completar respecto a él la fórmula de la justicia, una cuestión llena de
interés pide expresarse. — ¿Realiza aquella sociedad, o tiende a
realizar, por lo menos, la idea de la conducta racional que cumple a
las legítimas exigencias del espíritu, a la dignidad inte lectual y moral
de nuestra civilización? — ¿Es en ella donde hemos de señalar la
más aproximada imagen de nuestra "ciudad perfec ta"? — Esa
febricitante inquietud que parece centuplicar en su seno el
movimiento y la intensidad de la vida, ¿tiene un objeto capaz de
merecerla y un estímulo bastante para justificarla?

53
Herbert Spencer, formulando con noble sinceridad su saludo a
la democracia de América en un banquete de Nueva York, señalaba
el rasgo fundamental de la vida de los norteamericanos, en esa
misma desbordada inquietud que se manifiesta por la pasión
infinita del trabajo y la porfia de la expansión material en todas sus
formas. Y observaba después que, en tan exclusivo predominio de
la actividad subordinada a los propósitos inmediatos de la utilidad,
se revelaba una concepción de la existencia, tolerable sin duda
como carácter provisional de una civilización, como tarea
preliminar de una cultura, pero que urgía ya rectificar, puesto que
tendía a convertir el trabajo utilitario en fin y objeto supremo de la
vida, cuando él en ningún caso puede significar racionalmente sino
la acumulación de los elementos propios para hacer posible el total
y armonioso desenvolvimiento de nuestro ser. — Spencer agregaba
que era necesario predicar a los norteamericanos el Evangelio del
descanso o el recreo; e identificando nosotros la más noble
significación de estas palabras con la del ocio tal cual lo
dignificaban los antiguos moralistas, clasificaremos dentro del
Evangelio en que debe iniciarse a aquellos trabajadores sin reposo,
toda preocupación ideal, todo desinteresado empleo de las horas,
todo objeto de meditación levantado sobre la finalidad inmediata
de la utilidad.
La vida norteamericana describe efectivamente ese círculo
vicioso que Pascal señalaba en la anhelante persecución del
bienestar, cuando él no tiene su fin fuera de sí mismo. Su
prosperidad es tan grande como su imposibilidad de satisfacer a una
mediana concepción del destino humano. Obra titánica, por la
enorme tensión de voluntad que representa y por sus triunfos
inauditos en todas las esferas del engrandecimiento material, es
indudable que aquella civilización produce en su conjunto una
singular impreSión de insuficiencia y de vacío. Y es que si, con
el*derecho que da la historia de treinta siglos de evolución
presididos por la dignidad del espíritu clásico y del espíritu
cristiano, se pregunta cuál es en ella el principio dirigente, cuál su

54
substratum ideal, cuál el propósito ulterior a la inmediata preo
upación de los intereses positivos que estremecen aquella masa fo
•dable, sólo se encontrará, como fórmula del ideal definitivo, la
misma absoluta preocupación del triunfo material. — Huérfano de
tradiciones muy hondas que le orienten, ese pueblo no ha sabido
sustituir la idealidad inspiradora del pasado con una alta y
desinteresada concepción del porvenir. Vive para la realidad
inmediata, del presente, y por ello subordina toda su actividad al
egoísmo del bienestar personal y colectivo.
De la suma de los elementos de su riqueza y su poder, podría
decirse lo que el autor de Mensonges de la inteligencia del marqués
de Norbert que figura en uno de sus libros: es un monte de leña al
cual no se ha hallado modo de dar fuego. Falta la chispa eficaz que
haga levantarse la llama de un ideal vivificante e inquieto, sobre el
copioso combustible. — Ni siquiera el egoísmo nacional, a falta de
más altos impulsos; ni siquiera el exclusivismo y el orgullo de raza,
que son los que transfiguran y engrandecen, en la antigüedad, la
prosaica dureza de la vida de Roma, pueden tener vislumbres de
idealidad y de hermosura en un pueblo donde la confusión
cosmopolita y el atomismo de una mal entendida democracia
impiden la formación de una verdadera conciencia nacional.
Diríase que el positivismo genial de la Metrópoli ha sufrido, al
transmitirse a sus emancipados hijos de América, una destilación que
le priva de todos los elementos de idealidad que le templaban,
reduciéndole, en realidad, a la crudeza que, en las exageraciones de la
presión o de la sátira, ha podido atribuirse al positivismo de
Inglaterra. — El espíritu inglés, bajo la áspera corteza de utilitarismo,
bajo la indiferencia mercantil, bajo la severidad puritana, esconde, a
no dudarlo, una virtualidad poética escogida, y un profundo venero
de sensibilidad, el cual revela, en el sentir de Taine, que el fondo
primitivo, el fondo germánico de aquella raza, modificada luego por
la presión de la conquista y por el hábito de la actividad comercial,
fue una extraordinaria exaltación del sentimiento. El espíritu
americano no ha recibido en herencia ese instinto poético ancestral,
que brota, como surgente límpida, del seno de la roca británica,

55
cuando es el Moisés de un arte delicado quien la toca. El pueblo
inglés tiene, en la institución de su aristocracia —por anacrónica e
injusta que ella sea bajo el aspecto del derecho político,— un alto e
inexpugnable baluarte que oponer al mercantilismo ambiente y a la
prosa invasora; tan alto e inexpugnable baluarte que es el mismo
Taine quien asegura que desde los tiempos de las ciudades griegas,
no presentaba la historia ejemplo de una condición de vida más
propia para formar y enaltecer el sentimiento de la nobleza humana.
En el ambiente de la democra cia de América, el espíritu de
vulgaridad no halla ante sí relieves inaccesibles para su fuerza de
ascensión, y se extiende y propaga como sobre la llaneza de una
pampa infinita.

Sensibilidad, inteligencia, costumbres, — todo está


caracterizado, en el enorme pueblo, por una radical ineptitud de
selección, que mantiene, junto al orden mecánico de su actividad
material y de su vida política, un profundo desorden en todo lo que
pertene ce al dominio de las facultades ideales. Fáciles son de
seguir las manifestaciones de esa ineptitud, partiendo de las más
exteriores y aparentes, para llegar después a otras más esenciales
y más íntimas. — Pródigo de sus riquezas —porque en su codicia no
entra, según acertadamente se ha dicho, ninguna parte de Harpagón,
— el norteamericano ha logrado adquirir con ellas, plenamente, la
satisfacción y la vanidad de la magnificencia suntuaria; pero no ha
logrado adquirir la nota escogida del buen gusto. El arte verdadero
sólo ha podido existir, en tal ambiente, a título de rebelión
individual. Emerson, Poe, son allí como los ejemplares de una fauna
expulsada de su verdadero medio por el rigor de una catástrofe
geológica. Habla Bourget, en Outre—Mer, del acento concentrado y
solemne con que la palabra arte vibra en los labios de los
norteamericanos que ha halagado el favor de la fortuna; de esos
recios y acrisolados héroes del self—help que aspiran a coronar, con
la asimilación de todos los refinamientos humanos, la obra de su
encumbramiento reñido. Pero nunca les ha sido dado concebir esa
divina actividad que nombran con énfasis, sino como un nuevo

56
motivo de satisfacerse su inquietud invasora y como un trofeo de su
vanidad. La ignoran, en lo que ella tiene de desinteresado y de
escogido; la ignoran, a despecho de la munificencia con que la
fortuna individual suele emplearse en estimular la formación de un
delicado sentido de belleza; a despecho de la esplendidez de los
museos y las exposiciones con que se ufanan sus ciudades; a
despecho de las montañas de mármol y de bronce que han esculpido
para las estatuas de sus plazas públicas. Y si con su nombre hubiera
de caracterizarse alguna vez un gusto de arte, él no podía ser otro
que el que envuelve la negación del arte mismo: la brutalidad del
efecto rebuscado, el desconocimiento de todo tono suave y de toda
manera exquisita, el culto de una falsa grandeza, el sensacionismo
que excluye la noble serenidad inconciliable con el apresuramiento
de una vida febril.
La idealidad de lo hermoso no apasiona al descendiente de los
austeros puritanos. Tampoco le apasiona la idealidad de lo
verdadero. Menosprecia todo ejercicio del pensamiento que
prescinda de una inmediata finalidad, por vano e infecundo. No le
lleva a la ciencia un desinteresado anhelo de verdad, ni se ha
manifestado ningun caso capaz de amarla por sí misma. La
investigación no es para él sino el antecedente de la aplicación
utilitaria. — Sus gloriosos empeños por difundir los beneficios de
la educación popular, están inspirados por el noble propósito de
comunicar los elementos fundamentales del saber al mayor
número; pero no nos revelan que, al mismo tiempo que de ese
acrecentamiento extensivo de la educación, se preocupe de
seleccionarla y elevarla, para auxiliar el esfuerzo de las
superioridades que ambicionen erguirse sobre la general
mediocridad. Así, el resultado de su porfiada guerra a la

ignorancia, ha sido la semicultura universal y una profunda


languidez de la alta cultura. — En igual proporción que la
ignorancia radical, disminuyen en el ambiente de esa gigantesca
democracia la superior sabiduría y el genio. He ahí por qué la
historia de su actividad pensadora es una progresión decreciente de

57
brillo y de originalidad. Mientras en el período de la independencia
y organización surgen para representar, lo mismo el pensamiento
que la voluntad de aquel pueblo, muchos hombres ilustres, medio
siglo más tarde Tocqueville puede observar, respecto a ellos, que
los dioses se van. Cuando escribió Tocqueville su obra maestra,
aún irradiaba, sin embargo, desde Boston, la ciudadela puritana, la
ciudad de las doctas tradiciones, una gloriosa pléyade que tiene en
la historia intelectual de este siglo la magnitud de la universalidad.
— ¿Quiénes han recogido después la herencia de Channing, de
Emerson, de Poe? — La nivelación mesocrática, apresurando su
obra desoladora, tiende a desvanecer el poco carácter que quedaba
a aquella precaria intelectualidad. Las alas de sus libros ha tiempo
que no llegan a la altura en que sería universalmente posible
divisarlos. Y hoy, la más genuina representación del gusto
norteamericano, en punto a letras, está en los lienzos grises de un
diarismo que no hace pensar en el que un día suministró los
materiales de El Federalista!

Con relación a los sentimientos morales, el impulso mecánico del


utilitarismo ha encontrado el resorte moderador de una fuerte
tradición religiosa. Pero no por eso debe creerse que ha cedido la
dirección de la conducta a un verdadero principio de desinterés. —
La religiosidad de los americanos, como derivación extremada de la
inglesa, no es más que una fuerza auxiliatoria de la legislación
penal, que evacuaría su puesto el día que fuera posible dar a la
moral utilitaria la autoridad religiosa que ambicionaba darle Stuart
Mill. — La más elevada cúspide de su moral es la moral de
Franklin: Una filosofia de la conducta, que halla su término en lo
mediocre de la honestidad, en la utilidad de la prudencia; de cuyo
seno no surgirán jamás ni la santidad, ni el heroísmo; y que, sólo
apta para prestar a la conciencia, en los caminos normales de la
vida, el apoyo del bastón de manzano con que marchaba
habitualmente su propagador, no es más que un leño frágil cuando
se trata de subir las alturas pendientes. — Tal es la suprema cumbre;
pero es en los valles donde hay que buscar la realidad. Aun

58
cuando el criterio moral no hubiera de descender más abajo del
utilitarismo probo y mesurado de Franklin, el término forzoso —que
ya señaló la sagaz observación de Tocqueville— de una sociedad
educada en seme jante limitación del deber, sería, no por cierto una
de esas decadencias soberbias y magníficas que dan la medida de la
satánica hermosura del mal en la disolución de los imperios; pero sí
una suerte de materialismo pálido y mediocre, y en último
resultado, el sueño de una enervación sin brillo, por la silenciosa
descomposi ción de todos los resortes de la vida moral. — Allí
donde el precepto tiende a poner las altas manifestaciones de la
abnegación y la virtud fuera del dominio de lo obligatorio, la
realidad hará retroceder indefinidamente el límite de la obligación.
— Pero la escuela de la prosperidad material, que será siempre ruda
prueba para la austeridad de las repúblicas, ha llevado más lejos la
llaneza de la concepción de la conducta racional que hoy gana los
espíritus. Al código de Franklin han sucedido otros de más francas
tendencias como expresión de la sabiduna nacional. Y no hace aun
cinco años el voto público consagraba en todas las ciudades
norteamericanas, con las más inequívocas manifestaciones de la
popularidad y de la crítica, la nueva ley moral en que, desde la
puritana Boston, anunciaba solemnemente el autor de cierto docto
libro que se intitulaba Pushing to thefront2, que el éxito debía ser
considerado la finalidad suprema de la vida. La revelación tuvo eco
aun en el seno de las comuniones cristianas, y se citó una vez, a
propósito del libro afortunado, ila Imitación de Kempis, como
término de comparación!
La vida pública no se sustrae, por cierto, a las consecuencias
del crecimiento del mismo germen de desorganización que lleva
aquella sociedad en sus entrañas, Cualquier mediano observador de
sus costumbres políticas os hablará de cómo la obsesión del interés
utilitario tiende progresivamente a enervar y empequeñecer en los
corazones el sentimiento del derecho. El valor cívico, la virtud
vieja de los Hamilton, es una hoja de acero que se oxida, cada día
más, olvidada, entre las telarañas de las tradiciones. La venalidad,

2 Por M. Orisson Swett Marden, Boston, 1895. (N. del A.).

59
que empieza desde el voto público, se propaga a todos los resortes
institucionales. El gobierno de la mediocridad vuelve vana la
emulación que realza los caracteres y las inteligencias y que los
entona con la perspectiva de la efectividad de su dominio. La
democracia, a la que no han sabido dar el regulador de una alta y
educadora noción de las superioridades humanas, tendió siempre
entre ellos a esa brutalidad abominable del número que menoscaba
los mejores beneficios morales de la libertad y anula en la opinión
el respeto de la dignidad ajena. Hoy, además, una formidable
fuerza se levanta a contrastar de la peor manera posible el
absolutismo del número. La influencia política de una plutocracia
representada por los todopoderosos aliados de los trusts,
monopolizadores de la producción y dueños de la vida
económica, es, sin duda, uno de los rasgos más merecedores de
interés en la actual fisonomía del gran pueblo. La formación de esta
plutocracia ha hecho que se recuerde, con muy probable
oportunidad, el adveni de la clase enriquecida y soberbia
que, en los últimos tiempos de la república romana, es uno de los
antecedentes visibles de la ruina de la libertad y de la tiranía de los
Césares. Y el exclusivo cuidado del engrandecimiento material —
numen de aquella civilización— impone así la lógica de sus
resultados en la vida política, como en todos los órdenes de la
actividad, dando el rango primero al struggle—for-lifer osado y
astuto, convertido en la brutal eficacia de su esfuerzo en la suprema
personificación de la energía nacional, —en el postulante a su
representación emersoniana,— en el personaje reinante de Taine!

Al impulso. que precipita aceleradamente la vida del espíritu


en el sentido de la desorientación ideal y del egoísmo utilitario,
corresponde, fiSicamente, ese otro impulso, que en la expansión del
asombroso crecimiento de aquel pueblo, lleva sus similitudes y sus
iniciativas en dirección a la inmensa zona occidental, que en tiempo
de la independencia, era el misterio, velado por las selvas del
Mississippi. En efecto: es en ese improvisado Oeste, que crece
formidable frente a los viejos estados del Atlántico, y reclama para

60
un cercano porvenir la hegemonía, donde está la más fiel represen
tación de la vida norteamericana en el actual instante de su evolu
ción. Es allí donde los definitivos resultados, los lógicos y naturales
frutos, del espíritu que ha guiado a la poderosa democracia desde sus
orígenes, se muestran de relieve a la mirada del observador y le
proporcionan un punto de partida para imaginarse la faz del
inmediato futuro del gran pueblo. Al virginiano y al yanqui ha
scedido, como tipo representativo, ese dominador de las ayer
desiertas Praderas, refiriéndose al cual decía Michel Chevalier, hace
medio siglo, que "los últimos serían un día los primeros". El
utilitarismo, vacío de todo contenido ideal, la vaguedad cosmopolita
y la nivelación de la democracia bastarda alcanzarán, con él, su
último triunfo. Todo elemento noble de aquella civilización, todo lo
que la vincula a generosos recuerdos y fundamenta su dignidad
histórica, —el legado de los tripulantes del Flor de Mayo, la
memoria de los patricios de Virginia y de los caballeros de la Nueva
Inglaterra, el espíritu de los ciudadanos y los legisladores de la
emancipación,— quedarán dentro de los viejos Estados donde
Boston y Filadelfia mantienen aun, según expresivamente se ha
dicho, "el palladium de la tradición washingtoniana". Chicago se
alza a reinar. Y su confianza en la superioridad que lleva sobre el
litoral iniciador del Atlántico, se funda en que le considera
demasiado reaccionario, demasiado europeo, demasiado
tradicionalista. La historia no da títulos cuando el procedimiento de
elección es la subasta de la púrpura.
A medida que el utilitarismo genial de aquella civilización
asume así caracteres más definidos, más francos, más estrechos,
aumentan, con la embriaguez de la prosperidad material, las
impaciencias de sus hijos por propagarla y atribuirle la
predestinación de un magisterio romano. — Hoy, ellos aspiran
manifiestamente al
primado de la cultura universal, a la dirección de las ideas, y se
consideran a sí mismos forjadores de un tipo de civilización que
prevalecerá. Aquel discurso semi-irónico que Laboulaye pone en
boca de un escolar de su París americanizado, para significar la

61
preponderancia que concedieron siempre en el propósito educativo
a cuanto favorezca el orgullo del sentimiento nacional, tendría toda
la seriedad de la creencia más sincera en labios de cualquier
americano viril de nuestros días. En el fondo de su declarado
espíritu de rivalidad hacia Europa hay un menosprecio que es
ingenuo, y hay la profunda convicción de que ellos están
destinados a oscurecer, en breve plazo, su superioridad espiritual y
su gloria, cumpliéndose, una vez mas, en las evoluciones de la
civilización humana, la dura ley de los misterios antiguos en que el
iniciado daba muerte al iniciador. Inútil serla tender a convencerles
de que, aunque la contribución que han llevado a los progresos de
la libertad y de la utilidad haya sido, indudablemente, cuantiosa, y
aunque debiera atribuírsele en justicia la significación de una obra
universal, de una obra humana, ella es insuficiente para hacer
transmudarse, en dirección al nuevo Capitolio, el eje del mundo.
Inútil sería tender a convencerles de que la obra realizada por la
perseverante genialidad del ario europeo, desde que, hace

tres mil años, las orillas del Mediterráneo, civilizador y glorioso,


se ciñeron jubilosamente la guirnalda de las ciudades helénicas; la
obra que aún continúa realizándose y de cuyas tradiciones y
enseñanzas vivimos, es una suma con la cual no puede formar
ecuación la fórmula Washington más Edison. iEllos aspirarían a
revisar el Génesis para ocupar esa primera página! — Pero además
de la relativa insuficiencia de la parte que les es dado reivindicar en
la educación de la humanidad, su carácter mismo les niega la
posibilidad de la hegemonía. — Naturaleza no les ha concedido el
genio de la propaganda ni la vocación apostólica. Carecen de ese
don superior de amabilidad —en alto sentido,— de ese
extraordinario poder de simpatía, con que las razas que han sido
dotadas de un cometido providencial de educación, saben hacer de
su cultura algo parecido a la belleza de la Helena clásica, en la que
todos creían reconocer un rasgo propio. — Aquella civilización
puede abundar, o abunda indudablemente, en sugestiones y en
ejemplos fecundos; ella puede inspirar admiración, asombro,

62
respeto; pero es dificil que cuando el extranjero divisa de alta mar
su gigantesco símbolo: la Libertad de Bartholdi, que yergue
triunfalmente su antorcha sobre el puerto de Nueva York, se
despierte en su ánimo la emoción profunda y religiosa con que el
viajero antiguo debía ver surgir, en las noches diáfanas del Atica, el
toque luminoso que la lanza de oro de la Atenea del Acrópolis
dejaba notar a la distancia en la pureza del ambiente sereno.
Y advertid que cuando, en nombre de los derechos del espíritu,
niego al utilitarismo norteamericano ese carácter típico con que
quiere imponérsenos como suma y modelo de civilización, no es mi
propósito afirmar que la obra realizada por él haya de ser
enteramente perdida con relación a los que podríamos llamar los
intereses del alma. — Sin el brazo que nivela y construye, no
tendría paz el que sirve de apoyo a la noble frente que piensa. Sin la
conquista de cierto bienestar material, es imposible en las
sociedades humanas el reino del espíritu. Así lo reconoce el mismo
aristocrático idealismo de Renan, cuando realza, del punto de vista
de los intereses morales de la especie y de su selección
espiritual en lo futuro, la significación de la obra utilitaria de este
siglo. "Elevarse sobre la necesidad —agrega el maestro— es
redimirse". - En 10 remoto del pasado, los efectos de la prosaica e
interesada actividad del mercader que por primera vez pone en
relación a un pueblo con otros, tienen un incalculable alcance
idealizador; puesto que contribuyen eficazmente a multiplicar
los instrumentos de la inteligencia, a pulir y suavizar las
costumbres, y a hacer posibles, quizá, los preceptos de una moral
más avanzada. — La misma fuerza positiva aparece
propiciando las mayores idealidades de la civilización. El oro
acumulado por el mercantilismo de las repúblicas italianas "pagó —
según Saint-Victor— los gastos del Renacimiento" Las naves que
volvían de los países de las mil y una noches, colmadas de especias
y marfil, hicieron posible que Lorenzo de Médicis renovara, en las
lonjas de los mercaderes florentinos, los convites platónicos. La
historia muestra en definitiva una inducción recíproca entre los
progresos de la actividad utilitaria y la ideal. Y así como la utilidad
suele convertirse en fuerte escudo para las idealidades, ellas

63
provocan con frecuencia (a condición de uno proponérselo
directamente) los resultados de lo útil. Observa Bagehot, por
ejemplo, cómo los inmensos beneficios positivos de la navegación
no existirían acaso para la humanidad si en las edades primitivas no
hubiera habido soñadores y ociosos —iseguramente, mal
comprendidos de sus contemporáneos!— a quienes interesase la
contemplación de lo que pasaba en las esferas del cielo. — Esta ley
de armonía nos enseña a respetar el brazo que labra el duro terruño
de la prosa. La obra del positivismo norteame ricano servirá a la
causa de Ariel, en último término. Lo que aquel pueblo de cíclopes
ha conquistado directamente para el bienestar material, con su
sentido de lo útil y su admirable aptitud de la invención mecánica,
lo convertirán otros pueblos, o él mismo en lo futuro, en eficaces
elementos de selección. Así, la más preciosa y fundamental de las
adquisiciones del espíritu, —el alfabeto, que da alas de inmortalidad
a la palabra,— nace en el seno de las factorías cananeas y es el
hallazgo de una civilización mercantil, que, al utilizarlo con fines
exclusivamente mercenarios, ignoraba que el genio de razas
superiores lo transfiguraría convirtiéndole en el medio de propagar
su más pura y luminosa esencia. La relación entre los bienes
positivos y los bienes intelectuales y morales es, pues, según la
adecuada comparación de Fouillée, un nuevo aspec to de la cuestión
de la equivalencia de las fuerzas que, así como permite transformar
el movimiento en calórico, permite también obtener, de las ventajas
materiales, elementos de superioridad espiritual.
Pero la vida norteamericana no nos ofrece aun un nuevo
ejemplo de esa relación indudable, ni nos lo anuncia como gloria de
una posteridad que se vislumbre. — Nuestra confianza y nuestros
votos deben inclinarse a que, en un porvenir más inaccesible a la
inferencia, esté reservado a aquella civilización un destino supe rior.
Por más que, bajo el acicate de su actividad vivlsima, el breve tiempo
que la separa de su aurora haya sido bastante para satisfa cer el gasto
de vida requerido por una evolución inmensa, su pasado y su
actualidad no pueden ser sino un introito con relación a lo futuro. —
Todo demuestra que ella está aún muy lejana de su fórmula
definitiva. La energía asimiladora que le ha permitido conservar cierta

64
uniformidad y cierto temple genial, a despecho de las enormes
invasiones de elementos étnicos opuestos a los que hasta hoy han
dado el tono a su carácter, tendrán que reñir batallas cada día más
dificiles y, en el utilitarismo proscriptor de toda idealidad, no
encontrará una inspiración suficientemente poderosa para mantener la
atracción del sentimiento solidario. Un pensador ilustre, que
comparaba al esclavo de las sociedades antiguas con una partícula no
digerida por el organismo social, podría quizá tener una comparación
semejante para caracterizar la situación de ese fuerte colono de
procedencia germánica que, establecido en los estados del centro y
del Far-West, conserva intacta, en su naturaleza, en su sociabilidad,
en sus costumbres, la impresión del genio alemán, que, en muchas de
sus condiciones características más profundas y enérgicas, debe ser
considerado una verdadera antítesis del genio americano. — Por otra
parte, una civilización que esté destinada a vivir y a dilatarse en el
mundo; una civilización que no haya perdido, momificándose, a la
manera de los imperios asiáticos, la aptitud de la variabilidad, no
puede prolongar indefinidamente la dirección de sus energías y de sus
ideas en un único y exclusivo sentido. Esperemos que el espíritu de
aquel titánico organismo social, que ha sido hasta hoy voluntad y
utilidad solamente, sea también algún día inteligencia, sentimiento,
idealidad. Esperemos que, de la enorme fragua, surgirá, en último
resul tado, el ejemplar humano, armonico, selecto, que Spencer, en un
ya citado discurso, creía poder augurar como término del costoso
proceso de refundición. Pero no le busquemos, ni en la realidad
presente de aquel pueblo, ni en la perspectiva de sus evoluciones
inmediatas; y renunciemos a ver el tipo de una civilización ejemplar
donde sólo existe un boceto tosco y enorme, que aún pasará
necesariamente por muchas rectificaciones sucesivas, antes de
adquirir la serena y firme actitud con que los pueblos que han
alcanzado un perfecto desenvolvimiento de su genio, presiden al
glorioso coronamiento de su obra, como en El sueño del cóndor que
Leconte de Lisle ha descrito con su soberbia majestad, terminando, en
olímpico sosiego, la ascensión poderosa, más arriba de las cumbres de
la Cordillera!

65
VII
Ante la posteridad, ante la historia, todo gran pueblo debe aparecer
como una vegetación cuyo desenvolvimiento ha tendido
armoniosamente a producir un fruto en el que su savia acrisolada
ofrece al porvenir la idealidad de su fragancia y la fecundidad de su
simiente. — Sin este resultado duradero, humano, levantado sobre
la finalidad transitoria de lo útil, el poder y la grandeza de los
imperios no son más que una noche de sueño en la existencia de la
humanidad; porque, como las visiones personales del sueño, no
merecen contarse en el encadenamiento de los hechos que forman
la trama activa dé la vida.

Gran civilización, gran pueblo, —en la acepción que tiene


valor para la historia,— son aquellos que, al desaparecer
materialmente en el tiempo, dejan vibrante para siempre la melodía
surgida de su espíritu y hacen persistir en la posteridad su legado
imperecedero —segun dijo Carlyle del alma de sus "héroes":—
como una nueva y divina porción de la suma de las cosas. Tal, en el
poema de Goethe, cuando la Elena evocada del reino de la noche
vuelve a descender al Orco sombrío, deja a Fausto su túnica y su
velo. Estas vestiduras no son la misma deidad; pero participan,
habiéndolas llevado consigo, de su alteza divina, y tienen la virtud
de elevar a quien las posee por encima de las cosas vulgares.

Una sociedad definitivamente organizada que limite su idea de


la civilización a acumular abundantes elementos de prosperidad y su
idea de la justicia a distribuirlos equitativamente entre los aso-
ciados, no hará de las ciudades donde habite nada que sea distinto,
por esencia, del hormiguero o la colmena. No son bastantes, ciudades
populosas, opulentas, magníficas, para probar la constancia y la

66
intensidad de una civilización. La gran ciudad es, sin duda, un
organismo necesario de la alta cultura. Es el ambiente natural de las
más altas manifestaciones del espíritu. No sin razón ha dicho Quinet
que "el alma que acude a beber fuerzas y energías en la íntima
comunicación con el linaje humano, esa alma que constituye al
grande hombre, no puede formarse y dilatarse en medio de los

pequeños partidos de una ciudad pequeña". — Pero así la grandeza


cuantitativa de la población como la grandeza material de sus
instrumentos, de sus armas, de sus habitaciones, son sólo medios
del genio civilizador, y en ningun caso resultados en los que él
pueda detenerse. — De las piedras que compusieron a Cartago, no
dura una partícula transfigurada en espíritu y en luz. La inmensidad
de Babilonia y de Mnive no representa en la memoria de la
humanidad el hueco de una mano, si se la compara con el espacio
que va desde la Acrópolis al Pireo. — Hay una perspectiva ideal en
la que la ciudad no aparece grande sólo porque prometa ocupar el
área inmensa que había edificada en torno a la torre de Nemrod; ni
aparece fuerte sólo porque sea capaz de levantar de nuevo ante sí
los muros babilónicos sobre los que era posible hacer pasar seis
carros de frente; ni aparece hermosa sólo porque, como Babilonia,
luzca en los paramentos de sus palacios losas de alabastro y se
enguirnalde con los jardines de Semíramis.

Grande es en esa perspectiva la ciudad, cuando los arrabales


de su espíritu alcanzan más allá de las cumbres y los mares, y
cuando, pronunciado su nombre, ha de iluminarse para la
posteridad toda una jornada de la historia humana, todo un
horizonte del tiempo. La ciudad es fuerte y hermosa cuando sus
días son algo más que la invariable repetición de un mismo eco,
reflejándose indefinidamente de uno en otro círculo de una eterna
espiral; cuando hay algo en ella que flota por encima de la
muchedumbre; cuando entre las luces que se encienden durante sus
noches está la lámpara que acompaña la soledad de la vigilia
inquietada por el pensamiento y en la que se incuba la idea que ha

67
de surgir al sol del otro día convertida en el grito que congrega la
fuerza que conduce las almas.
Entonces sólo, la extensión y la grandeza material de la ciudad
pueden dar la medida para calcular la intensidad de su civilización.
— Ciudades regias, soberbias aglomeraciones de casas, son para el
pensamiento un cauce más inadecuado que la absoluta soledad del
desiefio, cuando el pensamiento no es el señor que las domina. —
Leyendo el Maud de Tennyson, hallé una página que podría ser el
símbolo de este tormento del espíritu allí donde la sociedad
humana es para él un género de soledad. — Presa de angustioso
delirio, el héroe del poema se sueña muerto y sepultado, a pocos
pies dentro de tierra, bajo el pavimento de una calle de Londres. A
pesar de la muerte, su conciencia permanece adherida a los fríos
despojos de su cuerpo. El clamor confuso de la calle,
propagándose en sorda vibración hasta la estrecha cavidad de la
tumba, impide en ella todo sueño de paz. El peso de la multitud
indiferente gravita a toda hora sobre la triste prisión de aquel
espíritu y los cascos de los caballos que pasan, parecen empeñarse
en estampar sobre él un sello de oprobio. Los días se suceden con
lentitud inexorable. La aspiración de Maud consistiría en hundirse
más dentro, mucho más dentro, de la tierra. El ruido ininteligente
del tumulto sólo sirve para mantener en su conciencia desvelada el
pensamiento de su cautividad.
Existen ya, en nuestra América latina, ciudades cuya grandeza
material y cuya suma de civilización aparente, las acercan con
acelerado paso a participar del primer rango en el mundo. Es
necesario temer que el pensamiento sereno que se aproxime a
golpear sobre las exterioridades fastuosas, como sobre un cerrado
vaso de bronce, sienta el ruido desconsolador del vacío. Necesario
es temer, por ejemplo, que ciudades cuyo nombre fue un glorioso
símbolo en América; que tuvieron a Moreno, a Rivadavia, a
Sarmiento; que llevaron la iniciativa de una inmortal Revolución;
ciudades que hicieron dilatarse por toda la extensión de un
continente, como en el armonioso desenvolvimiento de las ondas
concéntricas que levanta el golpe de la piedra sobre el

68
agua dormida, la gloria de sus héroes y la palabra de sus tribunos,
— pueden terminar en Sidón, en Tiro, en Cartago.
A vuestra generación toca impedirlo; a la juventud que se
levanta, sangre y músculo y nervio del porvenir. Quiero
considerarla personificada en vosotros. Os hablo ahora
figurándome que sois destinados a guiar a los demás en los
combates por la causa del espíritu. La perseverancia de vuestro
esfuerzo debe identificarse en vuestra intimidad con la certeza del
triunfo. No desmayéis en predicar el Evangelio de la
delicadeza a los escitas, el Evangelio de la inteligen cia a los
beocios, el Evangelio del desinterés a los fenicios.
Basta que el pensamiento insista en ser, —en demostrar que
existe, con la demostración que daba Diógenes del movimiento,—
para que su dilatación sea ineluctable y para que su triunfo sea
seguro.
El pensamiento se conquistará, palmo a palmo, por su propia
espontaneidad, todo el espacio de que necesite para afirmar y con
solidar su reino, entre las demás manifestaciones de la vida. — El,
en la organización individual, levanta y engrandece, con su
actividad conti nuada, la bóveda del cráneo que le contiene. Las
razas pensadoras revelan, en la capacidad creciente de sus cráneos,
ese empuje del obrero interior. El, en la organización social, sabrá
también engrande cer la capacidad de su escenario, sin necesidad de
que para ello intervenga ninguna fuerza ajena a él mismo. — Pero
tal persuasión que debe defenderos de un desaliento cuya única
utilidad consistiría en eliminar a los mediocres y los pequeños de la
lucha, debe preserva ros también de las impaciencias
que exigen vanamente del tiempo la alteración de su ritmo
imperioso.
Todo el que se consagre a propagar y defender, en la América
contemporánea, un ideal desinteresado del espíritu, —arte,
ciencia, moral, sinceridad religiosa, política de ideas,— debe
educar su voluntad en el culto perseverante del porvenir. El pasado
perteneció todo entero al brazo que combate; el presente pertenece,
casi por completo también, al tosco brazo que nivela y construye;

69
el porvenir —un porvenir tanto más cercano cuanto más enérgicos
sean la voluntad y el pensamiento de los que ansían— ofrecerá,
para el desenvolvimiento de superiores facultades del alma, la
estabilidad, el escenario y el ambiente.
¿No la veréis vosotros, la América que nosotros soñamos;
hospitalaria para las cosas del espíritu, y no tan sólo para las
muchedumbres que se amparen a ella; pensadora, sin menoscabo
de su aptitud para la acción; serena y firme a pesar de sus
entusiasmos generosos; resplandeciente con el encanto de una
seriedad temprana y suave, como la que realza la expresión de un
rostro infantil cuando en él se revela, al través de la gracia intacta
que fulgura, el pensamiento inquieto que despierta?. . — Pensad en
ella a lo menos; el honor de vuestra historia futura depende de que
tengáis constantemente ante los ojos del alma la visión de esa
América regenerada, cerniéndose de lo alto sobre las realidades del
presente, como en la nave gótica el vasto rosetón que arde en luz
sobre lo austero de los muros sombríos. — No seréis sus funda
dores, quizá; seréis los precursores que inmediatamente la
precedan. En las sanciones glorificadoras del futuro, hay también
palmas para el recuerdo de los precursores. Edgar Quinet, que tan
profundamente ha penetrado en las armonías de la historia y la
naturale za, observa que para preparar el advenimiento de un nuevo
tipo humano, de una nueva unidad social, de una personificación
nueva de la civilización, suele precederles de lejos un grupo
disperso y prematuro, cuyo papel es análogo en la vida de las
sociedades al de las especiesproféticas de que a propósito de la
evolución biológica habla Héer. El tipo nuevo empieza por
significar, apenas, diferen cias individuales y aisladas; los
individualismos se organizan más tarde en "variedad"; y por
último, la variedad encuentra para

propagarse un medio que la favorece, y entonces ella asciende


quizá al rango específico: entonces —digámoslo con las palabras
de

70
Quinet— el grupo se hace muchedumbre, y reina.

He ahí por qué vuestra filosofia moral en el trabajo y el


combate debe ser el reverso del carpe diem horaciano; una filosofia
que no se adhiera a lo presente sino como al peldaño donde afirmar
el pie o como a la brecha por donde entrar en muros enemigos.
No aspiréis, en lo inmediato, a la consagración de la victoria
definitiva, sino a procuraros mejores condiciones de lucha.
Vuestra energía viril tendrá con ello un estímulo más poderoso,
puesto que hay la virtualidad de un interés dramático mayor en el
desempeño de ese papel, activo esencialmente, de renovación y de
conquista, propio para acrisolar las fuerzas de una generación
heroicamente dotada, que en la serena y olímpica actitud que
suelen las edades de oro del espíritu imponer a los oficiantes
solemnes de su gloria. — "No es la posesión de los bienes", —ha
dicho profundamente Taine, hablando de las alegrías
del Renaci miento;— "no es la posesión de bienes, sino su
adquisición, lo que da a los hombres el placer y el sentimiento de
su fuerza".

Acaso sea atrevida y candorosa esperanza creer en un


aceleramiento tan continuo y dichoso de la evolución, en una
eficacia tal de vuestro esfuerzo, que baste el tiempo concedido a
la duración de una generación humana para llevar en América las
condiciones de la vida intelectual, desde la incipiencia en que las
tenemos ahora, a la categoría de un verdadero interés social y a
una cumbre que de veras domine. — Pero, donde no cabe la
transformación total, cabe el progreso; y aun cuando supiérais que
las primicias del suelo penosamente trabajado no habrían de
servirse en vuestra mesa jamás, ello sería, si sois generosos, si sois
fuertes, un nuevo estímulo en la intimidad de vuestra conciencia.
La obra mejor es la que se realiza sin las impaciencias del éxito
inmediato; y el más glorioso esfuerzo es el que pone lá esperanza
más allá del horizon te visible; y la abnegación más pura
es la que se niega en lo presente, no ya la compensación

71
del lauro y el honor ruidoso, sino aun la voluptuosidad moral que
se solaza en la contemplación de la obra consumada y el término
seguro.

Hubo en la antigüedad altares para los "dioses ignorados".


Consagrad una parte de vuestra alma al porvenir desconocido. A
medida que las sociedades avanzan, el pensamiento del porvenir
entra por mayor parte como uno de los factores de su evolución y
una de las aspiraciones de sus obras. Desde la imprevisión oscura
del salvaje, que sólo divisa del futuro lo que falta para terminar de
cada período de sol y no concibe cómo los días que vendrán
pueden ser gobernados en parte desde el presente, hasta nuestra

72
preocupación solícita y previsora de la posteridad, media un espa cio
inmenso, que acaso parezca breve y miserable algún día. Sólo somos
capaces de progreso en cuanto lo somos de adaptar nuestros actos a
condiciones cada vez más distantes de nosotros, en el espacio y en el
tiempo. La seguridad de nuestra intervención en una obra que haya de
sobrevivirnos, fructificando en los beneficios del futuro, realza nuestra
dignidad humana, haciéndonos triunfar

de las limitaciones de nuestra naturaleza. Si, por desdicha, la


humanidad hubiera de desesperar definitivamente de la
inmortalidad de la conciencia individual, el sentimiento más religioso
con que podría sustituirla sería el que nace de pensar que, aun después
de disuelta nuestra alma en el seno de las cosas, persistiría en la
herencia que se transmiten las generaciones humanas lo mejor de lo que
ella ha sentido y ha soñado, su esencia más íntima y más pura, al modo
como el rayo lumínico de la estrella extinguida persiste en lo infinito y
desciende a acariciarnos con su melancóli ca luz.
El porvenir es en la vida de las sociedades humanas el
pensamiento idealizador por excelencia. De la veneración piadosa del
pasado, del culto de la tradición, por una parte, y por la otra del atrevido
impulso hacia lo venidero, se compone la noble fuerza que levantando el
espíritu colectivo sobre las limitaciones del presente, comunica a las
agitaciones y los sentimientos sociales un sentido ideal. Los hombres y los
pueblos trabajan, en sentir de Fouillée, bajo la inspiración de las ideas,
como los irracionales bajo la inspiración de los instintos; y la
sociedad que lucha y se esfuerza, a veces sin saberlo, por imponer una
idea a la realidad, imita, según el mismo pensador, la obra instintiva del
pájaro que, al construir el nido bajo el imperio de una imagen interna que
le obsede, obede-

ce a la vez a un recuerdo inconsciente del pasado y a un


presentimiento misterioso del porvenir.
Eliminando la sugestión del interés egoísta, de las almas, el pensamiento
nspirado en la preocupación por destinos ulteriores
a nuestra vida, todo lo purifica y serena, todo lo ennoblece; y es un alto
honor de nuestro siglo el que la fuerza obligatoria de esa preocupación por
lo futuro, el sentimiento de esa elevada imposición de la dignidad del ser
racional, se hayan manifestado tan claramente en él, que aun en el seno
del más absoluto pesimismo,

64
aun en el seno de la amarga filosofia que ha traído a la
civilización occidental, dentro del loto de Oriente, el amor de la
disolución y la nada, la voz de Hartmann ha predicado, con la apariencia
de la lógica, el austero deber de continuar la obra del perfeccionamien-
to, de trabajar en beneficio del porvenir, para que, acelerada la evolución
por el esfuerzo de los hombres, llegue ella con más rápido impulso a su
término final, que será el término de todo dolor y toda vida.
Pero no como Hartmann, en nombre de la muerte, sino en el de la
vida misma y la esperanza, yo os pido una parte de vuestra alma para la
obra del futuro. — Para pedíroslo, he querido inspirarme en la imagen
dulce y serena de mi Ariel. — El bondadoso genio en quien Shakespeare
acertó a infundir, quizá con la divina incon ciencia frecuente en las
adivinaciones geniales, tan alto simbolismo, manifiesta claramente en la
estatua su significación ideal, admirablemente traducida por el arte en
líneas y contornos. Ariel es la razón y el sentimiento superior. Ariel es
este sublime instinto de perfectibilidad, por cuya virtud se magnifica y
convierte en centro de las cosas, la arcilla humana a la que vive vinculada
su luz, —la miserable arcilla de que los genios de Arimanes hablan a
Manfredo. Ariel es, para la naturaleza, el excelso coronamiento de su
obra, que hace terminarse el proceso de ascensión de las formas

organizadas, con la llamarada del espíritu. Ariel triunfante, significa


idealidad y orden en la vida, noble inspiración en el pensamiento,
desinterés, en moral, buen gusto en arte, heroismo en la acción,
delicadeza en las costumbres. — El es el héroe epónimo en la epopeya de
la especie; él es el inmortal protagonista; desde que con su presencia

74
inspiró los débiles esfuerzos de racionalidad del hombre prehistórico,
cuando por primera vez dobló la frente oscura para labrar el pedernal o
dibujar una grosera imagen en los huesos de reno; desde que con sus alas
avivó la hoguera sagrada que el ario primitivo, progenitor 'de los pueblos
civilizadores, amigo de la luz, encendía en el misterio de las selvas del
Ganges, para forjar con su fuego divino el centro de la majestad humana,
—hasta que, dentro ya de las razas superiores, se cierne deslumbrante
sobre las almas que han extralimitado las cimas naturales de la
humanidad; lo mismo sobre los héroes del pensamiento y del ensueño
que sobre los de la acción y el sacrificio; lo mismo sobre Platón en el
promontorio de Súnium, que sobre San Francisco de Asís en la soledad
de Monte Albernia. — Su fuerza incontrastable tiene por impulso todo el
movimiento ascendente de la vida. Vencido una y mil veces por la
indomable rebelión de Calibán, proscripto por la barbarie vencedora,
asfixiado en el humo de las batallas, manchadas las alas transparentes al
rozar el "eterno ester colero de Job", Ariel resurge inmortalmente. Ariel
recobra su juventud y su hermosura, y acude ágil, como al mandato de
Próspero, al llamado de cuantos le aman e invocan en la realidad. Su
benéfico imperio alcanza a veces, aun a los que le niegan y le
desconocen. El dirige a menudo las fuerzas ciegas del mal y la barbarie
para que concurran, como las otras, a la obra del bien. El cruzará la
historia humana, entonando, como en el drama de Shakespeare, su
canción melodiosa, para animar a los que trabajan y a los que luchan,
hasta que el cumplimiento del plan ignorado a que obedece le permita —
cual se liberta, en el drama, del servicio de Próspero,— romper sus lazos
materiales y volver para siempre al centro de su lumbre divina.
Aún más que para mi palabra, yo exijo de vosotros un dulce e
indeleble recuerdo para mi estatua de Ariel. Yo quiero que la imagen
leve y graciosa de este bronce se imprima desde ahora en la más segura
intimidad de vuestro espíritu. — Recuerdo que una vez que observaba el
monetario de un museo, provocó mi atención en la leyenda de una vieja
moneda la palabra Esperanza, medio borrada sobre la palidez decrépita
del oro. Considerando la apagada inscripción, yo meditaba en la posible
realidad de su influencia. ¿Quién sabe qué activa y noble parte sería
justo atribuir,

75
en la formulación del carácter y en la vida de algunas generaciones
humanas, a ese lema sencillo actuando sobre los ánimos como una
insistente sugestión? ¿Quién sabe cuántas vacilantes alegrras
persistieron, cuántas generosas empresas maduraron, cuantos fatales
propósitos se desvanecieron, al chocar las miradas con la palabra
alentadora, impresa, como un gráfico grito, sobre el disco metálico que
circuló de mano en mano? . . . Pueda la imagen de este bronce —
troquelados vuestros corazones con ella— desempeñar en vues tra vida
el mismo inaparente pero decisivo papel. Pueda ella, en las horas sin
luz del desaliento, reanimar en vuestra conciencia el entusiasmo por el
ideal vacilante, devolver a vuestro corazón el calor de la esperanza
perdida. Afirmado primero en el baluarte de vuestra vida interior, Ariel
se lanzará desde allí a la conquista de las almas. Yo le veo, en el
porvenir, sonriéndoos con gratitud, desde lo alto, al sumergirse en la
sombra vuestro. espíritu. Yo creo en vuestra voluntad, en vuestro
esfuerzo; y más aún, en los de aque llos a quienes daréis la vida y
transmitiréis vuestra obra. Yo suelo embriagarme con el sueño del día
en que las cosas reales harán pensar que ila Cordillera que se yergue
sobre el suelo de América ha sido tallada para ser el pedestal definitivo
de esta estatua, para ser el ara inmutable de su veneración!

VIII

Así habló Próspero. — Los jóvenes discípulos se separaron del maestro


después de haber estrechado su mano con afecto filial. De su suave
palabra, iba con ellos la persistente vibración en que se prolonga el
lamento del cristal herido, en un ambiente sereno. Era

la última hora de la tarde. Un rayo del moribundo sol atravesaba la


estancia, en medio de discreta penumbra, y, tocando la frente de bronce
de la estatua, parecía animar en los altivos ojos de Ariel la chispa
inquieta de la vida. Prolongándose luego , el rayo hacía pensar en una

76
larga mirada que el genio, prisionero en el bronce, enviase sobre el grupo
juvenil que se alejaba. — Por mucho espacio marchó el grupo en
silencio. Al amparo de un recogimiento unánime, se verificaba en el
espíritu de todos ese fino destilar de la meditacion, absorta en cosas
graves, que un alma santa ha comparado exquisitamente a la caída lenta y
tranquila del rocío sobre el vellón de un cordero. — Cuando el áspero
contacto de la muchedumbre les devolvió a la realidad que les rodeaba,
era la noche ya. Una cálida y serena noche de estío. La gracia y la
quietud que ella derramaba de su urna de ébano sobre la tierra, triunfaban
de la prosa flotante sobre las cosas dispuestas por manos de los hombres.
Sólo estorbaba para el éxtasis la presencia de la multitud. Un soplo tibio
hacía estreme-

cerse el ambiente con lánguido y delicioso abandono, como la copa


trémula en la mano de una bacante. Las sombras, sin ennegrecer el cielo
purísimo, se limitaban a dar a su azul el tono oscuro en que parece
expresarse una serenidad pensadora. Esmaltándolas, los grandes astros
centelleaban en medio de un cortejo infinito; Aldebarán, que ciñe una
púrpura de luz; Sirio, como la cavidad de un nielado cáliz de plata
volcado sobre el mundo; el Crucero, cuyos brazos abiertos se tienden
sobre el suelo de América como para defender una última esperanza. . .

Y fue entonces, tras el prolongado silencio, cuando el más joven del


grupo, a quien llamaban "Enjolrás" por su ensimismamiento reflexivo,
dijo señalando sucesivamente la perezosa ondu lación del rebaño
humano y la radiante hermosura de la noche:
— Mientras la muchedumbre pasa, yo observo que, aunque ella
no mira el cielo, el cielo la mira. Sobre su masa indiferente y oscura, como
tierra del surco, algo desciende de lo alto. La vibración de las estrellas se
parece al movimiento de unas manos de sembrador.

77
78
MOTIVOS DE PROTEO
(Selección)
PRESENTACION

. Todo se trata por parábolas.


MARCOS,
IV, 11.

FORMA DEL MAR, numen del mar, de cuyo seno inquieto sacó
la antigüe dad fecunda generación de mitos, Proteo era quien
guardaba los rebaños de focas de Poseidón. En la Odisea y en las
Geórgicas se canta de su ancianidad venerable, de su paso sobre
la onda en raudo coche marino. Como todas las divinidades de
las aguas, tenía el don profético y el conocimiento cabal de lo
presente y lo pasado. Pero era avaro de su saber, esquivo a las
consultas, y para eludir la curiosidad de los hombres apelaba a su
maravillosa facultad de transfigurarse en mil formas diversas.
Por esta facultad se caracterizó en la fábula, y ella determina , en
la clave de lo legendario, su significado ideal.
Cuando el Menelao homérico quiere saber por él el rumbo
que deberá imprimir a sus naves; cuando el Aristeo de Virgilio
va a pedirle el secreto del mal que consume sus abejas, Proteo
recurre a la misteriosa virtud con que desorientaba a aquellos que
le sorprendían. Ya se trocaba en fiero león, ya en ondulante y
escamosa serpiente; ya, convertido en fuego, se alzaba como
trémula llama; ahora era el árbol que levanta hasta la vecindad
del cielo su cerviz, ahora el arroyo que suelta en rápida corriente
sus ondas. Siempre inasible, siempre nuevo, recorría la infinitud
de las apariencias sin fijar su esencia sutilísima en ninguna. Y
81
por esta plasticidad infinita, siendo divinidad del mar,
personificaba uno de los aspectos del mar: era la ola multiforme,
huraña, incapaz de concreción ni reposo; la ola, que ya se rebela,
ya acaricia; que unas veces arrulla, otras atruena; que tiene todas
las volubilidades del huraña, incapaz de concreción ni reposo; la
ola, que ya se rebela, ya acaricia; que nunca sube ni cae de un
modo igual, y que tomando y devolviendo al piélago el líquido
que acopia, impone a la igualdad inerte la figura, el movimiento
y el cambio.
JOSÉ ENRIQUE RODó

82
REFORMARSE ES vrv1R. . . Y desde luego, nuestra
transformación personal en cierto grado ¿no es ley constante e
infalible en el tiempo? ¿Qué importa que el deseo y la voluntad
queden en un punto si el tiempo pasa y nos lleva? El tiempo es el
sumo innovador. Su potestad, bajo la cual cabe todo lo creado, se
ejerce de manera tan segura y continua sobre las almas como
sobre las cosas. Cada pensamiento de tu mente, cada
movimiento de tu sensibilidad, cada determinación de tu
albedrío, y aún más: cada instante de la aparente tregua de
indiferencia o de sueño, con que se interrumpe el proceso de tu
actividad consciente, pero no el de aquella otra que se
desenvuelve en ti sin participación de tu voluntad y sin
conocimiento de ti mismo, son un impulso más en el sentido de
una modificación, cuyos pasos acumulados producen esas
transformaciones visibles de edad a edad, de decenio a decenio:
mudas de alma, que sorprenden acaso a quien no ha tenido ante
los ojos el gradual desenvolvimiento de una vida, como
sorprende al viajero que torna, tras larga ausencia, a la patria, ver

83
las cabezas blancas de aquellos a quienes dejó en la mocedad.

Cada uno de nosotros es, sucesivamente, no uno, sino


muchos. Y estas personalidades sucesivas, que emergen las unas
de las otras, suelen ofrecer entre sí los más raros y asombrosos
contrastes. Sainte-Beuve significaba la impresión que tales
metamorfosis psíquicas del tiempo producen en quien no ha sido
espectador de sus fases relativas, recordando el sentimiento que
experimenta mos ante el retrato del Dante adolescente, pintado en
Florencia: el Dante, cuya dulzura casi jovial es viva antítesis del
gesto amargo y tremendo con que el Gibelino dura en el
monetario de la gloria; o bien, ante el retrato del Voltaire de los
cuarenta años, con su mirada de bondad y ternura, que nos revela
un mundo íntimo, helado luego por la malicia senil del
demoledor.
¿Qué es, si bien se considera, la Atalia de Racine, sino la
tragedia de esta misma transformación fatal y lenta? Cuando la
hiere el fatídico sueño, la adoradora de Baal advierte que ya no
están en su corazón, que el tiempo ha domado, la fuerza, la
soberbia, la resolución espantable, la confianza impávida, que la
negaban al remordimiento y la piedad. Y para transformaciones
como éstas, sin exceptuar las más profundas y esenciales, no son
menester bruscas rupturas, que cause la pasión o el hado violento.
Aun en la vida más monótona y remansada son posibles, porque
basta para ellas una blanda pendiente. La eficiencia de las causas
actuales, por las que el sabio explicó, mostrando el poder de la
acumulación de acciones insensibles, los mayores cambios del
orbe, alcanza también a la historia del corazón humano. Las
causas actuales son la clave de muchos enigmas de nuestro
destino. —¿Desde qué día preciso dejaste de creer? ¿En qué
preciso día nació el amor que te inflama?— Potas veces hay
respuesta para tales preguntas. Y es que cosa ninguna pasa en
vano dentro de ti; no hay impresión que no deje en tu
sensibilidad la huella de su paso; no hay imagen que no estampe
una leve copia de sí en el fondo inconsciente de tus recuerdos; no

84
hay idea ni acto que no contribuyan a determinar, aun cuando sea
en proporción infinitesimal, el rumbo de tu vida, el sentido
sintético de tus movimientos, la forma fisonómica de tu
personalidad. El dientecillo oculto que roe en lo hondo de tu
alma; la gota de agua que cae a compás en sus antros oscuros; el
gusano de seda que teje allí hebras sutilísimas, no se dan tregua ni
reposo; y sus operaciones concordes, a cada instante te matan, te
rehacen, te destruyen, te crean. . . Muertes cuya suma es la
muerte; resurrecciones cuya persistencia es la vida. ¿Quién ha
expresado esta inestabilidad mejor que Séneca, cuando dijo,
considerando lo fugaz y precario de las cosas: "Yo mismo, en el
momento de decir que todo cambia, ya he cambia do"?
Perseveramos sólo en la continuidad de nuestras modificaciones;
en el orden, más o menos regular, que las rige; en la fuerza que
nos lleva adelante hasta arribar a la transformación más
misteriosa y trascendente de todas. . . Somos la estela de la nave,
cuya entidad material no permanece la misma en dos momentos
sucesivos, porque sin cesar muere y renace de entre las ondas: la
estela, que es, no una persistente realidad, sino una forma
andante, una suceSión de impulsos rítmicos, que obran sobre un
objeto constantemente renovado.

Henos aquí en Atenas. El Cerámico abre espacioso cauce a


ingente muchedumbre, que , en ordenada procesión, avanza
hacia la ciudad, que no trabaja; se interna en ella, la recorre por
donde es más hermosa y pulcra, y trepa la falda del Acrópolis.
En lo alto, en el Partenón, Palas Atenea aguarda el homenaje de
su pueblo: es la fiesta que le está consagrada.

85
Ves desfilar los magistrados, los sacerdotes, los músicos;
ves aparecer doncellas que llevan ánforas y canastas rituales,
graciosamente asentadas sobre la cabeza con apoyo del brazo.
Pero allí, tras el montón de bueyes lucios, escogidos, que
marchan a ser sacrificados a la diosa; allí, precediendo a esa
gallarda legión de adolescentes, ya a pie, ya en carros, ya a
caballo, que entonan belicoso himno, ¿no percibes un concierto
venerable de formas y movimientos semejantes a las notas de
una música sagrada que se escuchase con los ojos; no ves
pintarse un cuadro majestuoso y severo: cuadro viviente, del que
se desprende una onda de grave dad sublime, en que se embebe
el alma como en la mirada serenante de un dios? . . . Grandes y
firmes estaturas; acompasada marcha, en que la lentitud del
movimiento no acusa punto de debilidad ni de fatiga; frentes que
dicen majestad, reposo, nobleza, y en las que el espacio natural
se ha dilatado a costa de una parte del cabello blanquísimo, que
cae en ondas en dirección a las espaldas, leve mente encorvadas;
ojos lejanos, por lo abismados en las órbitas; olímpicos, por el
modo de mirar; barbas de nieve que velan en difusa esclavina la
rotundidad del pecho anchuroso • ¿qué selección divina ha
constituido ese coro de hermosura senil, donde la mirada se
alivia del fulgor de juventud radiante que recoge si atiende a la
multitud que viene luego? Cada tribu del Atica ha contribuido a
él con sus ancianos más hermosos; Atenas las ha invitado a este
concurso; Atenas premiará a la que más hermosos los envíe; y
coronando el espectáculo en que parece reunir cuanto hay de
bello y noble en la existencia, para ostentarlo ante su diosa,
señala así en la ancianidad el don de una belleza genérica, que
es, en lo plástico, correspondencia de una belleza ideal, propia
también y diferenciada de la que conviene a la idea de la
juventud, en la sensibilidad, en la voluntad y en el
entendimiento.

86
VIII

. . .A menudo se oculta un sentido


sublime en un juego de niño. (SCHILLER, Thecla. Voz de
un espíritu). Jugaba el niño, en el jardín de la casa, con una
copa de cristal que, en el límpido ambiente de la tarde, un rayo de
sol tornasolaba como un prisma. Manteniéndola, no muy
firme, en una mano, traía en la otra un junco con el que golpeaba
acompasadamente en la copa. Después de cada toque, inclinando
la graciosa cabeza, quedaba atento, mientras las ondas sonoras,
como nacidas de vibrante trino de pájaro, se desprendían del
herido cristal y agonizaban suavemente en los aires. Prolongó así
su improvisada música hasta que, en un arranque de volubilidad,
cambió el motivo de su juego: se inclinó a tierra, recogió en el
hueco de ambas manos la arena limpia del sendero y la fue
vertiendo en la copa hasta llenarla. Terminada esta obra, alisó,
por primor, la arena desigual de los bordes. No pasó mucho
tiempo sin que quisiera volver a arrancar al cristal, su fresca
resonancia; pero el cristal, enmudecido, como si hubiera
emigrado un alma de su diáfano seno, no respondía más que con
un ruido de seca percusión al golpe del junco. El artista tuvo un
gesto de enojo para el fracaso de su lira. Hubo de verter una
lágrima, mas la dejó en suspenso. Miró, como indeciso, a su
alrededor; sus ojos húmedos se detuvieron en una flor muy blanca
y pomposa, que a la orilla de un cantero cercano, meciéndose en
la rama que más se adelantaba, parecía rehuir la compañía de las
hojas, en espera de una mano atrevida. El niño se dirigió,
sonriendo, a la flor; pugnó por alcanzar hasta ella; y
aprisionándola, con la complicidad del viento que hizo abatirse
por un instante la rama, cuando la hubo hecho suya la colocó
graciosamente en la copa de cristal, vuelta en ufano búcaro,
asegurando el tallo endeble merced a la misma arena que había
sofocado el alma musical de la copa. Orgulloso de su desquite,

87
levantó, cuan alto pudo, la flor entronizada, y la paseó, como en
triunfo, por entre la muchedumbre de las flores.

Don Quijote, maestro en la locura razonable, y la sublime


cordura, tiene en su historia una página que aquí es oportuno
recordar. ¿Y habrá de él acción o concepto que no entrañe un
significado inmortal, una enseñanza? ¿Habrá paso de los que dio
por el mundo que no equivalga a mil pasos hacia arriba, hacia
allí donde nuestro juicio marra y nuestra prudencia estorba? . . .
Vencido Don Quijote en singular contienda por el caballero de la
Blanca Luna, queda obligado, según la condición del desafio , a
desistir por cierto tiempo de sus andanzas y dar tregua a su
pasión de aventuras. Don Quijote, que hubiera deseado perder,
con el combate, la vida, acata el compromiso de honor. Resuelto,
aunque no resignado, toma el camino de su aldea. " Cuando era
—dice— caballero andante, atrevido y valiente, con mis obras y
con mis manos acreditaba mis hechos; y ahora, cuando soy
escudero pedestre, acreditaré mis palabras cumpliendo la que di
de mi promesa". Llega con Sancho al prado donde en otra
ocasión habían visto a unos pastores dedicados a imitar la vida
de la Arcadia y allí una idea levanta el ánimo del vencido
caballero, como fermento de sus melancolías. Dirigiéndose a su
acompañante, le hace proposición de que, mientras cumplen el
plazo de su forzoso retraimiento, se consagren ambos a la vida
pastoril, y arrullados por música de rabeles, gaitas y albogues,
concierten una viva y deleitosa Arcadia en el corazón de aquella
soledad amena. Allí les darán "sombra los sauces, olor las rosas,
alfombras de mil colores matizadas los extendidos prados,
aliento el aire claro y puro, luz la luna y las estrellas a pesar de la

88
oscuridad de la noche, gusto el canto, alegría el lloro, Apolo
versos, el amor conceptos, con que podrán hacerse eternos y
famosos, no sólo en los presentes, sino en los venideros siglos". .
. ¿Entiendes la trascendental belleza de este acuerdo? La
condena de abandonar por cierto espacio de tiempo su ideal de
vida, no mueve a Don Quijote ni a la rebelión contra la
obediencia que le impone el honor, ni a la tristeza quejumbrosa y
baldía, ni a conformarse en quietud trivial y prosaica. Busca la
manera de dar a su existencia nueva sazón ideal. Convierte el
castigo de su vencimiento en proporción de gustar una poesía y
una hermosura nuevas. Propende desde aquel punto a la
idealidad de la quietud, como hasta entonces había propendido
a la idealidad de la acción y la aventura. Dentro de las
condiciones en que el mal hado le ha puesto, quiere mostrar que
el hado podrá negarle un género de gloria, el preferido y ya en
vía de lograrse; mas no podrá restañar la vena ardiente que brota
de su alma, anegándola en superiores anhelos; vena capaz
siempre de encontrar o labrar el cauce por donde tienda a su fin,
entre las bajas realidades del mundo.
XVII

LA RESPUESTA DE LEUCONOE

Soñé una vez que volviendo el gran Trajano de una de sus


gloriosas conquistas, pasó por no sé cuál de las ciudades de la
Etruria, donde fue agasajado con tanta espontaneidad como
magnificencia. Cierto patricio preparó en honor suyo el más
pomposo y delicado homenaje que hubiera podido imaginar.
Escogió en las familias ciudadanas las más lindas doncellas, y

89
las instruyó de modo que, con adecuados trajes y atributos,
formasen una alegórica representacion del mundo conocido,
donde cada una personificara a determinada tierra, ya romana, ya
bárbara, y en su nombre reverenciase al César y le hiciera
ofrecimiento de sus dones. Púsose en ensayo este propósito; todo
marchaba a maravilla; pero sea que, distribuidos los papeles,
quedase sin ninguno una aspirante a quien no fuera posible
desdeñar; sea que lo exigiese el arreglo y proporción en la
manera como debían tejerse las danzas y figuras, ello es que
hubo necesidad de aumentar en uno el número de las personas.
Se había contado ya con todos los países del mundo, y se dudaba
cómo salvar esta dificultad, cuando el patricio, que era dado a los
libros, se dirigió a un estante, de donde tomó un ejemplar de las
tragedias de Séneca, y buscando en la Medea el pasaje donde
están unos versos que hoy son famosos, por el soplo profético
que los inspira, habló de la presunción que hacía el poeta de la
existencia de una tierra ignorada, que futuras gentes hallarían,
yendo sobre el misterioso Océano; más allá (añadió el patricio)
de donde situó a la sumergida Atlántida, Platón. Este soñado país
propuso que fuera el que completase el cuadro, ya que faltaba
otro. Poco apetecible destino parecía ser el de representar a una
tierra de que nada podía afirmarse, ni aun su propia existencia,
mientras que todas las demás daban ocasión para lucir
pintorescos y significativos atributos, y para que se las loase, o
se las diferenciase cuando menos, en elocuentes recitados. Pero
hubo quien, renunciando al papel que ya tenía atribuido, reclamó
el humilde oficio para sí. Era la más joven de todas y la llamaban
Leuconoe. No se halló el modo de caracterizar, con apropiadas
galas, su parte, y se acordó que no llevara más que un traje
blanco y aéreo como una página donde no se ha sabido qué
poner. . . Llegado el día, realizóse la fiesta; y noblemente
personificadas, las tierras desfilaron ante el señor del mundo,
después de concertarse en variadas danzas de artificio, y cada
una de ellas le dedicó sus ofrendas.

90
Presentóse, primero que ninguna, Roma, en forma casi
varonil: éste era el modo de hermosura de la que llevaba sus
colores; el andar, de diosa; el imperio en el modo de mirar; la
majestad en cada actitud y cada movimiento. Ofreció el orbe por
tributo; y la siguió, como madre que viene después de la hija por
ser ésta soberana, Grecia, coronada de mirto. Lo que dijo de sí
sólo podría abreviarse en lápida de mármol. Italia vino luego.
Habló de la gracia esculpida, en suaves declives, sobre un suelo
que dora el sol, al son armónico del aire. Celebró su feracidad;
aludió al trigo de Campania, al óleo de Venafro, al vino de
Falerno. La rubia Galia, depuesto el primitivo furor, mostró
colmadas de pacíficos frutos las corrientes del Saona y el
Ródano. Iberia presentó sus rebaños, sus trotones, sus minas.
Ceñida de bárbaros se adelantó Germania, e hizo el elogio de las
pieles espesas, el ámbar transparente, y los gigantes de ojos
azules cazados para el circo en la espesura de la Carbonaria y de
la Hircinia. Bretaña dijo que, en sus Casitérides, había el metal
de que toman su firmeza los bronces. La Iliria, famosa por sus
abundantes cosechas; la Tracia, que cría caballos raudos como el
viento; la Macedonia, cuyos montes son arcas de ricos minerales,
rindieron sus tesoros; y se acercó tras ellas la postrera Thule, que
ofreció juntos fuego y nieve, con la fianza de Pytheas. Llegó el
turno de las tierras asiáticas; y en cuerpo de faunesca hermosura,
la Siria habló de los laureles de Dafne y los placeres de
Antioquía. El Asia Menor reunió, en doble tributo, los
esplendores del Oriente con las gracias de Jonia, tendiendo, entre
ambas ofrendas, la flauta frigia, como cruz de balanza. Se ufanó
Babilonia con el resplandor de sus recuerdos. La Persia, madre
de los frutos de Europa, brindó semillas de generosa condición.
Grande estuvo la India cuando pintó montañas y ríos colosales,
cuando invocó las piedras fúlgidas, el algodón, el marfil, la
pluma de los papagayos, las perlas; cuando nombró cien plantas
preciosas: el ébano, que ensalzó Virgilio; el amono y el
malabatro, braseros de raros perfumes; el árbol milagroso cuyo
fruto hace vivir doscientos años. . . La Palestina ofreció olivos y

91
viñedos. Fenicia se glorió de su púrpura. La región sabea, de su
oro. Mesopotamia hizo mención de los bosques espesísimos
donde Alejandro cortó las tablas de sus naves. El país de Sérica
cifró su orgullo en una tela primorosa; y Taprobana, que remece
el doble monzón, en la fragante canela. Vinieron luego los
pueblos de la Libia. Presidiéndolos llegó el Egipto multisecular:
habló de sus Pirámides, de sus esfinges y colosos; del despertar
mejor de su grandeza, en una ciudad donde una torre iluminada
señala el puerto a los marinos. La Cirenaica dijo el encanto de su
serenidad, que hizo que fuese el lecho a donde iban a morir los
epicúreos. Cartago, a quien realzara Augusto de las ruinas, se
anunció llamada a esplendor nuevo. La Numidia expuso que
daba mármoles para los palacios; fieras para las theriomaquias y
las pompas. La Etiopía afirmó que en ella estaban el país del
cinamomo, el de la mirra, los enanos de un pigmo y los
macrobios de mil años. Las Fortunadas, fijando el término de lo
conocido, recordaron que en su seno esperaba a las almas de los
justos la mansión de la eterna felicidad.
Por último, con suma gracia y divino candor, llegó
Leuconoe. En nada aparentaba formar parte de la viviente y
simbólica armonía. No llevaba sino un traje blanco y aéreo,
como una página donde no se ha sabido qué poner. . . En aquel
instante, nadie la envidiaba, por más que luciese su hermosura.
El César preguntó la razón de su presencia, y se extranó, cuando
lo supo, viéndola tan mal destinada y tan hermosa.
—Leuconoe —dijo con una benévola ironía—: no te ha
tocado un gran papel. Tu poca suerte quiso que la realidad
concluyera en manos de las otras, y he aquí que has debido
contentarte con la ficción del poeta. . . Admiro tu dulce
conformidad, y me complace tu homenaje, puesto que eres
hermosa. Pero ¿qué bien me dirás de la región que representas, si
has de evitar el engañarme? . . . ¿Qué me ofreces de allí? ¿Qué
puedes afirmar que haya en tu tierra de quimera?
—iEspacio! —dijo con encantadora sencillez Leuconoe.
Todos sonreían.

92
—Espacio. . . —repitió el César—. iEs verdad! Sea
desapacible o risueña, estéril o fecunda, espacio habrá en la tierra
incógnita, si existe; y aun cuando ella no exista, y allí donde la
finge el poeta sólo esté el mar, o acaso el vacío pavoroso, ¿quién
duda que en el mar o en el vacío habrá espacio? Leuconoe
—prosiguió. con mayor animación—: tu respuesta tiene un
alto sentido. Tiene, si se la considera, más de uno. Ella dice la
misteriosa superioridad de lo soñado sobre lo cierto y tangible,
porque está en la humana condición que no haya bien mejor
que la esperanza, ni cosa real que se aventaje a la dulce
incertidumbre del sueño. Pero, además, encierra tu respuesta una
hermosa consigna para nuestra voluntad, un brioso estímulo a
nuestro denuedo. No hay límite en donde acabe para el fuerte el
incentivo de la acción. Donde hay espacio, hay cabida para
nuestra gloria. Donde hay espacio, hay posibilidad de que Roma
triunfe y se dilate.
Dijo el César; arrancó de su pecho una gruesa esmeralda que
allí estaba de broche, y era de las que el Egipto produce mayores
y más puras; y prendiéndola al seno de la niña, la dejó, como un
fulgor de esperanza, sobre la estola, toda blanca, mientras
terminaba diciendo:
—iSea el premio para la región desconocida; sea el premio
para Leuconoe!

XXII

El primero y más grande de los Tolomeos se propuso levantar,


en la isla que tiene a su frente Alejandría, alta y soberbia torre,
sobre la que una hoguera siempre viva fuese señal que orientara
al navegante y simbolizase la luz que irradiaba de la ilustre
ciudad. Sóstrato, artista capaz de un golpe olímpico, fue el
93
llamado para trocar en piedra aquella idea. Escogió blanco
mármol; trazó en su mente el modelo simple, severo y
majestuoso. Sobre la roca más alta de la isla echó las bases de la
fábrica, y el mármol fue lanzado al cielo mientras el corazón de
Sóstrato subía de entusiasmo tras él. Columbraba allá arriba, en
el vértice que idealmente anticipaba: la gloria. Cada piedra, un
anhelo; cada forma rematada, un deliquio. Cuando el vértice
estuvo, el artista, contemplando en éxtasis su obra, pensó que
había nacido para hacerla. Lo que con genial atrevimiento había
creado era el Faro de Alejandría, que la antigüedad contó entre
las siete maravillas del mundo. Tolomeo, después de admirar la
obra del artista, observó que faltaba al monumento un último
toque, y consistía en que su nombre de rey fuera esculpido, como
sello que apropiase el honor de la idea, en encumbrada y bien
visible lápida. Entonces Sóstrato, forzado a obedecer, pero
celoso en su amor por el prodigio de su genio, ideó el modo de
que en la posteridad, que concede la gloria, fuera su nombre y no
el del rey el que leyesen las generaciones sobre el mármol
eterno. De cal y arena compuso para la lápida de mármol una
falsa superficie, y sobre ella extendió la inscripción que
recordaba a Tolomeo; pero debajo, en la entraña dura y luciente
dela piedra, grabó su propio nombre. La inscripción, que durante
la vida del Mecenas fue engaño de su orgullo, marcó luego las
huellas del tiempo destructor; hasta que un día, con los despojos
del mortero, voló, hecho polvo vano, el nombre del príncipe.
Rota y aventada la máscara de cal, se descubrió, en lugar del
nombre del príncipe, el de Sóstrato, en gruesos caracteres,
abiertos con aquel encarnizamiento que el deseo pone en la
realización de lo prohibido. Y la inscripción vindicadora duró
cuanto el mismo monumento; firme como la justicia y la verdad;
bruñida por la luz de los cielos en su campo eminente; no más
sensible que a la mirada de los hombres, al viento y a la lluvia.

94
XXVII

. . .Pasó que, huésped en una casa de campo de Megara, un


prófugo de Atenas, acusado de haber pretendido llevarse bajo el
manto, para reliquia de Sócrates, la copa en que bebían los reos
la cicuta, se retiraba a meditar, al caer las tardes, a lo esquivo de
extendidos jardines, donde sombra y silencio consagraban un
ambiente propi cio a la abstracción. Su gesto extático algo
parecía asir en su alma: dócil a la enseñanza del maestro,
ejercitaba en sí el desterrado la atención del conocimiento
propio.
Cerca de donde él meditaba, sobre un fondo de sauces
melancólicos, un esclavo, un vencido de Atenas misma o de
Corinto, en
cuyo semblante el envilecimiento de la servidumbre no había
alcanzado a desvanecer del todo un noble sello de naturaleza, se
ocupaba en sacar agua de un pozo para verterla en una acequia
vecina. Llegó la ocasión en que se encontraron las miradas del
huésped y del esclavo. Soplaba el viento de la Libia, productor
de fiebres y congojas. Abrasado por su aliento, el esclavo,
después de mirar cautelosamente en derredor, interrumpió su
tarea, dejó caer los brazos extenuados, y abandonando sobre el
brocal de piedra, como sobre su cruz, el cuerpo flaco y desnudo:
—"Compadéceme, dijo al pensador, compadéceme si eres capaz
de lágrimas, y sabe, para compadecerme bien, que ya apenas
queda en mi memoria rastro de haber vivido despierto, si no es

95
en este mortal y lento castigo. iVe cómo el surco de la cadena
que suspendo, abre las
carnes de mis manos; ve cómo mis espaldas se encorvan! Pero lo
que más exacerba mi martirio es que, cediendo a una fascinación
que nace del tedio y el cansancio, no soy dueño de apartar la
mirada de esta imagen de mí que me pone delante el reflejo
del agua cada vez que encaramo sobre el brocal el cubo del pozo.
Vivo mirándola, mirándola, más petrificado, en realidad, que
aquella estatua cabizbaja de Hipnos, porque ella sólo a ciertas
horas de sol tiene los ojos fijos en su propia sombra. De tal
manera conocí mi semblante casi infantil, y veo hoy esta
máscara de angustia, y veré cómo el tiempo ahonda en la
máscara las huellas de su paso, y cómo se acercan y la tocan las
sombras de la muerte. . . Sólo tú, hombre extraño, has logrado
desviar algunas veces la atención de

mis ojos con tu actitud y con tu ensimismamiento de esfinge.


¿Sueñas despierto? ¿Maduras algo heroico? ¿Hablas a la callada
con algún dios que te posee? . . . iOh, cómo envidio tu
concentración y tu quietud! Dulce cosa debe de ser la ociosidad
que tiene espacio para el vagar del pensamiento!" —"No son
éstos los tiempos de los coloquios con los dioses, ni de las
heroicas empresas, (dijo el meditador); y en cuanto a los
sueños deleitosos, son pájaros que hacen nido en cumbres
calvas. . . Mi objeto es ver dentro de mí. Quiero formar cabal
idea y juicio de éste que soy yo, de éste por quien merezco
castigo o recompensa, ... ; y en tal obra me esfuerzo y peno más
que tú. Por cada imagen tuya que levantas de lo hondo del pozo,
yo levanto también de las profundidades de mi alma una imagen
nueva de mí mismo; una imagen contradictoria con la que la
precedió, y que tiene por rasgo dominante un acto, una intención,
un sentimiento, que cada día de mi vida presenta, como cifra de
su historia, al traerle al espejo de la conciencia bruñida por la
soledad; sin que aparezca nunca el fondo estable y seguro bajo la
ondulación de estas imágenes que se suceden. He aquí que
96
parece concretarse una de ellas en firmes y preciosos contornos;
he aquí que un recuerdo súbito la hiere, y como las formas de las
nubes, tiembla y se disipa. Alcanzaré al extremo de la
ancianidad; no alcanzaré al principio de la ciencia que busco.
Desagotarás tu pozo; no desagotaré mi alma. iEsta es la
ociosidad del pensamien-
to!" . . Llegó un rumor de pasos que se aproximaban; volvió el
esclavo a su faena, el desterrado a lo suyo; y no se oyó más que
la áspera quejumbre de la garrucha del pozo, mientras el sol de
la tarde tendía las sombras alargadas del meditador y el esclavo,
juntándolas en un ángulo cuyo vértice tocaba al pie de la estatua

cabizbaja de Hipnos,

Mira la soledad del mar. Una línea impenetrable la cierra,


tocando el cielo por todas partes, menos aquella en que el límite
es la playa. Un barco, ufano el porte, se aleja, con palpitación
rtüdosa, de la orilla. Sol declinante; brisa que dice: "ivamos!"•
mansas nubes. El barco se adelanta, dejando una huella negra en
el aire, una huella blanca en el mar. Avanza, avanza, sobre las
ondas sosegadas. Llegó a la línea donde el mar y el cielo se
tocan. Bajó por ella. Ya sólo el alto mástil aparece; ya se disipa
esta última apariencia del barco. iCuán misteriosa vuelve a
quedar ahora la línea impenetrable! ¿Quién no la creyera, allí
donde está, término real, borde de abismo? Pero tras ella se
dilata el mar, el mar inmenso; y más hondo, más hondo, el mar

97
inmenso aún; y luego hay tierras que limitan, por el opuesto
extremo, otros mares; y nuevas tierras, y otras más, que pinta el
sol de los distintos climas y donde alientan variadas castas de
hombres: la estupenda extensión de las tierras pobladas y
desiertas, la redondez sublime del mundo. Dentro de esta
inmensidad, hállase el puerto para donde el barco ha partido.
Quizás, llegado a él, tome después caminos diferentes entre otros
puntos de ese campo infinito, y ya no vuelva nunca, cual si la
misteriosa línea que pasó fuese de veras el vacío en donde todo
acaba. . . Pero he aquí que, un día, consultando la misma linea
misteriosa, ves levantarse un jirón flotante de humo, una
bandera, un mástil, un casco de aspecto conocido. . . iEs el barco
que vuelve! Vuelve, como el caballo fiel a la dehesa. Acaso más
pobre y leve que al partir; acaso herido por la perfidia de la onda;
pero acaso también, sano y colmado de preciosas cosechas. Tal
vez, como en alforjas de su potente lomo, trae el tributo de los
climas ardientes: aromas deleitables, dulces naranjas, piedras que
lucen como el sol, o pieles suaves y vistosas. Tal vez, a trueque
de las que llevaba, trae gentes de más sencillo corazón, de
voluntad más recia ybrazos más robustos. iGloria yventura al
barco! Tal vez, si de más industriosa parte procede, trae los
forjados hierros que arman para el trabajo la mano de los
hombres; la tejida lana; el metal rico, en las redondas piezas que
son el acicate del mundo; tal vez trozos de mármol y de bronce, a
que el arte humano infundió el soplo de la vida, o mazos de
papel donde, en huellas de diminutos moldes, vienen pueblos de
ideas. iGloria, gloria y ventura, al barco!

98
LXVI

El tránsito de Marta a María, de la vida de acción a la de


contemplación —hecho para el que no son obstáculo forzoso, ni
la aptitud probada en la primera, ni la honra y el provecho en ella
alcanzados, ni el imperio con que un cierto género de actividad
tiende a fijar asociaciones y costumbres, cuando se le ha ejercido
largo tiempo. Y no falta ocasión en que este trueque de
actividades viene como por desenvolvimiento natural, y en que la
nueva vocación parece que nace de las entrañas de la otra, o que
maneja y beneficia riquezas que ésta ha acumulado.

El tránsito de Marta a María, de la vida de acción a la de


contemplación, es cambio frecuente en el declinar de la
existencia que empezó consagrada a las artes de la voluntad; aun
dejando de lado los casos de interrupción frustránea o prematura
de la aptitud primera, a que ya me referí cuando hablé del niño que
jugaba con la copa de cristal. En mucha parte de los espíritus
dotados a la vez del ánimo heroico, o el don de gobierno, y de la
virtud de la expresión literaria, esta virtud se manifiesta y pone en
obra, no simultáneamente con aquellos dones, sino después que
ellos han completado la órbita de su actividad. Tal sucesión de
aptitudes vese, particularmente, en la vida de los grandes
historiadores. El historiador insigne suele ser un hombre de acción
que, doblando la cúspide de la existencia, se consagra a acuñar su
ciencia del mundo en el troquel de una superioridad literaria
que sólo entonces descubre, o sólo entonces cultiva como ella
merece. Fácil sería indicar ejemplos de ello en los historiadores
clásicos: ya Tucídides, que no da vado a su vocación de narrador
sino cuando la pérfida de Anfipolis señala el término de su vida
pública; ya Tácito, que toma el punzón y las tablillas de Clío
después de quitarse de los hombros la toga consular, bajo el
despotismo de Domiciano; ya Polibio, que emplea en escribir su
Historia la proscripción a que le reduce Paulo Emilio. Tras la ruina
de la cultura intelectual, la narración histórica renace, en
Occidente, en brazos de la experiencia política. Cuando los godos
de Vitiges caen vencidos por las armas de Belisario, Casiodoro,
que, como hombre de gobierno, no ha logra do evitar la ruina de
aquel imperio efimero, se retira al convento de Viviers, y entre
otras labores de su pensamiento, acomete la de narrar los hechos
de los reyes de quienes ha sido, durante medio siglo, inspirador.
Veteranos de la acción política y guerrera, fueron muchos de los
cronistas que preceden a la reencarnación de la grande historia
clásica. Joinville había acrecentado con la recompensa de sus
hazañas, como conmilitón de San Luis, las tierras patrimoniales
donde, en el reposo de sus últimos días, se contrajo a referir sus
recuerdos, con el épico y delicioso candor de su crónica. . .
Cuando don Juan II de Castilla aparta de su confianza a aquel
hidalgo de la sangre, del carácter y del estilo, que se llamó Fernán
Pérez de Guzmán, el antiguo privado compone, recluido en su
señorío de Batres, la más rica y penetrante prosa histórica del siglo
w. Esta observación resultaría confirmada si se la probase en los
historiadores del Renacimiento. Guicciardini vuelve los ojos al
tiempo pasado mientras reposa, en su Tusculum de Aratri, de los
afanes del gobierno y de la guerra; Hurtado de Mendoza, cuando la
ingratitud y suspicacia de Felipe II le retraen a su solar de
Granada, después de gloriosísima vida de diplomático y político;
Brantôme, hallándose de vuelta en sus dominios de Dordoña, tras
largas aventuras de soldado y prolija experiencia de la Corte; don
Francisco de Melo, el Tácito portugués„ cuando su desvalimiento
y prisión le obligan a trocar por los libros su espada de las
campañas de Flandes y Cataluña. Más adelante, el desengaño y
sosiego de Saint-Simon, al cabo del porfiado maquinar con que
consagró su vida a un pensamiento de vindicta aristocrática,
valdría pan la posteridad las pincela das soberbias de las
Memorias. El historiador que sólo sabe del mundo por los papeles
que quita del polvo de los archivos, es especie que abunda más
desde tiempos más cercanos; pero aún son numero sos, entre los
del último siglo, los que proceden del campo de la acción:
llámense Grote, que trueca, al término de su juventud, las
borrascas del Parlamento por la serena contemplación de las cosas

100
pasadas; llámense Guizot, cuya labor histórica, interrumpida
durante veinte años de ilustre acción política, entra en definitiva y
fecunda actividad después que el destronamiento de Luis Felipe
aparta a su mentor de participar en la historia actual y viva;
llámense Niebuhr, que deja su embajada de Roma y se recluye,
por el resto de sus días, en el universitario ambiente de Bonn,
para dar cima a una idea de su juventud con la obra magna a que
dura vinculado su nombre.
La inspiración poética es también, alguna vez, flor que se abre
en el ocaso de una vida de acción, por los voluptuosos o
melancólicos estímulos del ocio y el recuerdo: tal se reveló en
Silio Itálico entre los mármoles de su retiro de Parténope. Y el
interés de la especulación filosófica, despertando en la mente,
como incitativo dejo del mundo, luego de una juventud, y parte de
una madurez, consagradas a la carrera de las armas y a la pasión
de los negocios públicos, realízase en la vida de Destutt de Tracy.

Fue teoría de Saint-Simon, no el insigne autor de las


Memorias, sino el utopista, que las doctrinas del pensador que
aspirara a innovar en punto a ideas morales y sociales, no habían
de concretarse y propagarse nunca sino en la vejez, viniendo
precedidas de un dilatado período de acción, varia y enérgica, que
diese lugar al conocimiento directo de las realidades más distintas
y veladas; período experimental, en que proveyera el espíritu sus
trojes para el retiro del invierno. El mismo ajustó su existencia, de
tan extrañas aventuras, a esta idea del perfecto reformador; o acaso
ajustó la idea, aPosteriori, al carácter que su existencia tuvo por
necesidad; pero hay en ello, de todos modos, un fondo exacto y
discreto, que corrobora cuan lógica y oportuna transformación
puede ser la de un modo de vida en que desempeña principal
papel la voluntad, en otro que dé preferencia al pensamiento.

El tránsito contrario, de la ciencia o el arte a la vida de


acción, es hecho que se reproduce, a menudo, cuando a largos
períodos de paz suceden grandes sacudimientos revolucionarios o
guerreros. Naturalezas esencialmente activas, a quienes la quietud

101
del ambiente mantiene ignorantes de su radical vocación o sin
modo de satisfacerla, permanecen vinculadas hasta entonces a
otra, quizá abonada por muy positiva aptitud, pero menos
profunda y congenial que la que aguarda silenciosa su tiempo. La
voluntad heroica se destaca tal vez, en esas horas supremas, por
brazo sólo habituado a manejar una pluma, un compás, un pincel
o un escalpelo. La tradición de las guerras de la Edad Media, en la
Italia de güelfos y gibelinos, guardó el nombre del médico Juan de
Prócida, que, ya famoso como tal, siente un día rebosar de su
pecho los agravios de sus paisanos de Sicilia contra la conquista
francesa, y va de corte en corte buscando príncipe vengador, y
alienta el odio y la esperanza en el corazón de los suyos, hasta que
aparece como personificación arrogante del desquite, iluminado
por la siniestra luz de las trágicas Vísperas. Cuando el huracán
revolucionario hace desbordarse a Francia sobre Europa, sus
ráfagas arrancan a Kleber de pacíficas tareas de arquitecto para
levantarle, en el término de pocos años, a vencedor de Heliópolis
y reconquistador del Egipto; y penetrando en el estudio donde
Gouvion de Saint-Cyr adiestra su mano de pintor, le mueven a
tomar en ella la espada que ha de valer, en un cercano futuro, el

bastón de mariscal del Imperio.

LXXVIII

AYAX

.Florecía el jacinto en los prados de Laconia y a márgenes del


Tíber, y había una especie de él cuya flor tenía estampados, sobre
cada uno de los pétalos, dos signos de color obscuro. El uno
imitaba el dibujo de una alpha; el otro el de una i griega. La
imaginación antigua se apropió de esto como de toda singularidad

102
y capricho de las cosas. En la égloga tercera de Virgilio,
Menalcas propone, por enigma, a Palemón, cuál es la flor que
lleva escrito un nombre augusto. Alude a que con las dos letras
del jacinto da comienzo el non. Nt•e de Ayax, el héroe homérico
que, envuelto por la niebla en densas sombras, pide a los dioses
luz, sólo luz, para luchar, aun cuando sea contra ellos.
En tiempos en que Roma congregaba todas las filosofias,
vivió en ella Lupercio, geómetra y filósofo. De un amor juvenil
tuvo Lupercio una hija a quien dio el nombre de Urania y educó
en la aficlon de la sabiduría. Imaginemos a Hipatia en un albor de
adolescencia: candorosa alma de invernáculo sobre la cual los
ojos habían reflejado tan intensamente la luz que parte de las
Ideas • creadas y baña la tersa faz de los papiros, como poco y
en espacio la luz real que el sol derrama sobre la
palpitación de la Naturaleza. Nada sabía del campo. Cierto día,
una ráfaga que vino de lo espontáneo y misterioso de los
sentimientos, llamóla a conocer la agreste extensión. Dejó su
encierro. Desentumida el alma por el contento de la fuga, vio
extenderse ante sí, bajo, la frescura matinal, el Agro romano. La
tierra sonreía, toda llena de flores. Junto a una pared en ruina el
manso viento mecía unas de color azul, que fueron gratas a
Urania. Eran seis, dispuestas en espiga a la extremidad de esbelto
bohordo, cuya graciosa cimbra arrancaba de entre hojas
comparables a unos glaucos puñales. Unnia se inclinó sobre las
flores de jacinto; y más que con la suavidad de su fragancia, se
embelesó con aquellas dos letras que provocaron en su espíritu la
ilusión de una Naturaleza sellada por los signos de la inteligencia.
Aún fue mayor su hechizo al columbrar que, como impresión de
la Idea soberana, era el nombre de Ayax el que estaba así
desparramado sobre lo más limpio y primoroso de la corteza del
mundo; segura prenda —pensó— de que, por encima de los
dioses, resplandece la luz que Ayax pidió para vencerlos. . . Pero
las flores no tenían sino dos letras de aquel nombre, y en Urania
dominaba un concepto sobrado ideal del orden infinito para creer
que, una vez el nombre comenzado por mano de la Naturaleza,
hubiera podido quedar, como en aquellas flores, inconcluso.

103
Ocurrió en vano a nuevos bohordos de jacinto. Quizá las letras
que faltaban se hallarían sobre las hojas de otras flores. Grande
era lo visible del campo, y en toda su extensión variadas flores lo
esmaltaban. Buscando las letras terminales aventuróse Urania
campo adentro. Miró en las margaritas, mártires diezmadas por la
rueda y el casco; en las rojinegras amapolas; en los narcisos, que
guardan oro entre la nieve; en los pálidos lirios; en las violetas,
amigas de la esquividad; llegó a la orilla de una charca donde
frescos nenúfares mentían imágenes del sueño de la onda
dormida. Todo en vano. . . Tanto se había obstinado en la
búsqueda que ya se aproximaba la noche. Contó su cuita a un
boyero que recogía su hato, y él se rió de su candor. Cansada, y
triste con la decepción que desvanecía su sueño de una Naturaleza
sellada por las cifras de las ideas, volvió el paso a la ciudad, que
extendía, frente adonde se había abismado el sol, su sombra
enorme.
AyaxEste fue el día de campo de Urania. En presencia de los
destinos incompletos; de la risueña vida cortada en sus albores;
del bien que promete y no madura, iquién no ha experimentado
alguna vez el sentimiento con que se preguntaba Urania cómo la
Naturaleza pudo no completar en ninguna parte el nombre de

habiendo impreso las dos primeras letras en la corola del

104
Acaso nunca ha habido anacoreta que viviese en tan desapacible
retiro como Teótimo, monje penitente, en alturas más propias que
de penitentes, de águilas. Tras de placery gloria, gustó lo amargo
del mundo; debió su conversión al dolor; buscó un refugio, bien
alto, sobre la vana agitación de los hombres; y le eligió donde la
montaña era más dura, donde la roca era más árida, donde la
soledad era más triste. Cumbres escuetas, de un ferruginoso color,
cerraban en reducido espacio el horizonte. El suelo era como
gigantesca espalda desnuda: ni árboles, ni aun rastreras matas, en
él. A largos trechos, se abría en un resalte de la roca una
concavidad que semejaba negra herida, y en una de ellas halló
Teótimo su amparo. Todo era inmóvil y muerto en la extensión
visible, a no ser un torrente que precipitaba su escaso caudal por
cauce estrecho, fingiendo llantos de la roca, y las águilas que
solían cruzarse entre las cimas. En esta espantosa soledad clavó
Teótimo su alma, como el jirón de una bandera destrozada en
lides del mundo, para que el viento de Dios la limpiase de la
sangre y el cieno. Bien pronto, casi sin luchas de tentación y sin
nostálgicas memorias, la gracia vino a él, como el sueño al cuerpo
vencido del cansancio. Logró la entera sumersión del pecho en el
amor de Dios; y al paso que este amor crecía, un sentimiento
intenso, lúcido, de la pequeñez humana, se concretaba dentro de
él, en este diamante de la gracia: la más rendida y congojosa
humildad. De las cien máscaras del pecado tomó en mayor
aborrecimiento a la soberbia, que, por ser primera en el tiempo
que las otras, antes que máscara del pecado le pareció su
semblante natural. Y sobre la roca yerma y desolada, frente al
adusto silencio de las cumbres, Teótimo vivió, sin otros
pensamientos que el de la única grandeza velada allá tras la
celeste bóveda que sólo en reducida parte veía, y el de su propia
pequeñez e indignidad.
Pasaron años de esta suerte; largos años durante los cuales la
conciencia de Teótimo sólo reflejó de su alma imágenes de
abatimiento y penitencia. Si acaso alguna duda de la constancia de
su piedad humilde le amargaba, ella nacía del extremo de su
misma humildad. Fue condición que Teótimo había puesto en su

105
voto, ir, una vez que pasase determinado tiempo de retiro, a visitar
la tumba de sus padres, y volver luego, para siempre, al desierto.
Cumplido el plazo, tomó el camino del más cercano valle. La
montaña perdía, en lo tendido de su falda, parte de su aridez, y
algunas matas, rezagadas de vegetación más copiosa, interrumpían
lo desnudo del suelo. Teótimo se sentó a descansar junto a una de
ellas. ¿Cuántos años hacía que no posaba los ojos en una flor, en
una rama, en nada de lo que compone el manto alegre y undoso
colgado de los hombros del mundo? . . . Miró a sus pies, y vio una
blanca florecilla que nacía de un tallo acamado sobre el césped;
trémula, y como medrosa, con el soplo del aura. Era de una gracia
suave, tímida; sin hermosura, sin aroma. . . Teótimo, que reparó en
ella sin quererlo, se puso a contemplarla con tranquilo deleite.
Mientras notaba la sencilla armonía de sus hojuelas blancas, el
ritmo de sus movimientos, la gracia de su debilidad, una idea
súbita nació de la contemplación de Teótimo. iTambién cuidaba el
cielo de aquella tierna florecilla; también a ella destinaba un rayo
de su amor, de su complacencia en la obra que vio buena!. . . Y
esta idea no era en él grata, afectuosa, dulcemente conmovida,
como acaso la tuvimos nosotros. Era amarga, y promovía, dentro
de su pecho, como una hesitante rebelión. Sobre la roca yerma y
desolada nunca había nublado su humildad el pensamiento que
ahora le inquietaba. ¿Todo el amor de Dios no era entonces para el
alma del hombre? ¿El mundo no era el yermo sobre el cual, única
flor, flor de espinoso cardo, el alma humana se entreabna, sabedora
de no merecer la luz del cielo, pero sola en gozar del beneficio de
esta luz? Vano fue que luchara por quitar los ojos del alma, de este
obstinado pensamiento, porque él volvía a presentársele, cual si lo
empujase a la claridad de la conciencia de Teótimo una tenaz
persecución. Y tras él, sentía el eremita venir de lo hondo de su
ser, un rugido cada vez más cercano. . . un rugido cada vez más
siniestro un rugido cuyo son conocía, y que brotaba de unas fauces
que creyó mortalmente secas en su alma. Bastó una débil florecilla
para que el monstruo oculto, la soberbia apostada tras la ilusión de
la humildad, dejase, con avasallador empuje, su guarida. . . Bajo la

106
alegre bondad de la mañana, mientras tocaba en su pecho un rayo
de sol, Teótimo, torvo y airado, puso el pie sobre la
flor indefensa.

LXXXIX

El viajar dilata nuestra facultad de simpatía, fuerza que obra en la


imitación transformante, redimiéndonos de la reclusión y la
modorra en los límites de la propia personalidad. Mientras nuestra
figuración de los hombres y cosas distintos de los que nos rodean,
no se apoya en el conocimiento de una parte de la realidad infinita
que hay más allá de nuestro inmediato contorno, nunca tal vez las
imágenes que de ellos concibamos tendrán sobre nuestra
sensibili dad la fuerza de que son capaces cuando, nutrida y
amaestrada la fantasía con las preseas de una varia y extensa
visión real, queda luego en aptitud de representarse, con cálida
semblanza de vida, otras cosas que no han llegado a ella por
intermedio de los ojos.
El primer viaje que haces es una iniciación liberadora de tu
fantasía, que rompe la falsa uniformidad de las imágenes que has
forjado sólo con elementos de tu realidad circunstante. Tu
capacidad para prevenir y figurar desemejanzas en el inagotable
contenido de la naturaleza se hace mayor desde el momento en
que quebrantas, del modo como sólo es posible mediante el
testimonio directo del sentido, la tendencia inconsciente a
generalizar todo lo de esa estrecha realidad que te circunda. Por
eso, no enseña el viajar únicamente a representarse luego con
exactitud las cosas que pasen, en ausencia nuestra, en los países
que hemos visto: también aumenta la perspicacia y el brío de la
imaginación para suplir al conocimiento real de lo demás que
hay en el mundo. Y aún más que en el mundo de nuestro mismo

107
tiempo: la propia intuición de lo pasado, la concepción viviente y
colorida de otras épocas, de otras civilizaciones, ganan en ti desde
que viajas una vez, aun cuando sea por pueblos donde no haya
huellas ni reliquias de aquel pasado. Lo que importa es que te
emancipes, por la eficacia de tu viaje primero, de la torpeza
imaginativa a que, más o menos, nos condena siempre la visión de
una sola cara de la realidad: la que hallamos, al nacer, delante de
los ojos. De esa manera, desentumida y estimulada tu fantasía,
será ágil después para transportarse, ya en el espacio, ya en el
tiempo, a la visión de cualquiera realidad distinta de la que el
sentir material te pone delante.
En la andantesca escuela del mundo, la facultad de concebir
imágenes se extiende, se realza, se multiplica; y como la
sensibilidad es potencia sometida al influjo de la imaginación, y
siente más quien mejor imagina aquello de que siente, cuanto
mejor y Con más brío imagines la vida de remotos hombres, tanto
más apto serás para participar, por simpatía, de sus dolores, de sus
regocijos y entusiasmos; y de este modo se ensanchará el
horizonte de tu vida moral, como el de tus ojos cuando subes a
una montaña; y conocerás, compartiéndolas, emociones diferentes
de aquellas que te han herido en carne propia o de los tuyos; de
donde nace que para el hombre de imaginación difundida y
adiestrada por el mucho ver, haya siempre mayor posibilidad de
aflojar los lazos opre sores del hábito y de redimir o reformar su
personalidad.

xcv
Naturaleza y arte, eleterno original y el simulacro excelso, la
madre joven y amantísima y el hijo lleno de gracia que brinca en
su regazo, compiten en provocar, con las señas que nos hacen, la

108
sugestión que despierta las vocaciones latentes y define y encauza
las que permanecen en incertidumbre. iQué potestad, como de
iluminación extática, puede ejercer la visión de las cosas sublimes
del mundo material, en aquel que por primera vez las ve, con el
candoroso júbilo, o con el candoroso pasmo, de quien las
descubrie El mar. . . la montaña. . . el desierto. . . En la
soledad de la selva americana, Chateaubriand encuentra la
espaciosidad infinita necesaria para volcar el alma opresa por las
convenciones del mundo; y entonces nace René, y en un abrazo
inmenso se juntan la grandeza de la tierra salvaje con la grandeza
del humano dolor. Y en cuanto a la virtud de las maravillas del
arte sobre los espíritus en quienes una facultad superior espera
sólo ser llamada y sacudida, hable Italia, que sabe de esto; hablen
sus ruinas, sus cuadros, sus estatuas; hablen las salas de sus
teatros y los coros de sus iglesias, y si el tiempo tiene capacidad
para contener tantos nombres, digan los de aquellos que, en un
momento de sus viajes, sintieron anunciarse a su espíritu una
vocación que ignoraban, o bien corroboraron y. dieron rumbo
cierto a una ya sabida; los que, como Poussin, desbastaron allí su
genio inculto; los que, como Rubens, fueron a redondear su
maestría en la contemplación de los modelos; los que, como
Meyerbeer y Mendelssohn, en el divino arte de la música,
debieron a la que allí escucharon un elemento indispensable para
la integración de su personalidad y de su gloria.
Quien una vez ha hecho esta romería, queda edificado para
siempre por ella. Si Milton logró preservar, dentro de sí, del humo
de tristeza y de tedio con que el puritanismo enturbiaba su
ambiente y su propia alma, la flor de la alta poesía, ien cuánta
parte no lo debió a la unción luminosa que el sol de Italia dejó en
las reconditeces de su espíritu, desde el viaje aquel en que trabó
conocimiento con la alegría de la Naturaleza y con el orden
soberano de la imaginación! La austeridad teológica, la moral
desapacible y árida, la limitación fanática del juicio, subyugaron,
en él, la parte de personalidad que manifestó en la acción y la
polémica; pero su fantasía y su sensibilidad guardaron, para

109
regocijo de los hombres, el premio que recibió su alma de aquella
visitación de peregrino.
Aún más hermoso ejemplo es el de Goethe, transfigurado
por el mismo espectáculo del arte y la naturaleza de Italia. En el
constante y triunfal desenvolvimiento de su genio, esta ocasión de
su viaje al país por quien luego hizo suspirar a Mignon, es como
tránsito glorioso, desde el cual, magnificado su sentimiento de la
vida, aquietada su mente, retemplada y como bruñida su
sensibilidad, llega a la entera posesión de sí mismo y rige con
firme mano las cuadrigas de su fuerza creadora. Cuando, frente a
las reliquias de la sagrada antigüedad y abierta el alma a la luz del
Mediodía, reconoce, por contemplación real y directa, lo que, por
intuitiva y amorosa prefiguración, había vislumbrado ya de aquel
mundo que concordaba con lo que en él había de más íntimo, es la
honda realidad de su propio ser la que descubre y la que, desde
entonces, prevalece en su vida, gobernada de lejos por la
serenidad y perfec ción de los mármoles, limpia de vanas nieblas y
de flaquezas de pasión.

cxw
HYLAS

Hylas, efebo de la edad heroica, acompañaba a Hércules en la


expedición de los Argonautas. Llegadas las naves frente a las
costas de la Misia, Hylas bajó a tierra, para traer a sus camaradas
agua que beber. En el corazón de un fresco bosque halló una
fuente, calma y límpida. Se inclinó sobre ella, y aún no había
hecho ademán de sumergir, bajo el cristal de las aguas, la urna
que llevaba en la mano, cuando graciosas ninfas surgieron,

110
rasgando el seno de la onda, y le arrebataron, prisionero de amor,
a su encantada vivienda. Los compañeros de Hylas bajaron a
buscarle, así que advirtieron su tardanza. Llamándole recorrieron
la costa y fatigaron vana mente los ecos. Hylas no pareció; las
naves prosiguieron con rumbo al país del áureo vellocino. Desde
entonces fue uso, en los habitantes de la comarca donde quedó el
cautivo de amor, salir a llamarle, al comienzo de cada
primavera, por los bosques y prados.
Cuando apuntaban las flores primerizas, cuando el viento
empezaba a ser tibio y dulce, la juventud lozana se dispersaba,
vibrante de emoción, por los contornos de Prusium. iHylas!
iHylas!, clamaba. Agiles pasos violaban misterios de las frondas;
por las suaves colinas trepaban grupos sonoros; la playa se orlaba
de mozos y donce flas. iHylas! iHylas! repetía el eco en mil
partes; y la sangre ferviente coloreaba las risueñas mejillas, y los
pechos palpitaban de cansancio y de júbilo, y las curvas de
tanta alegre carrera eran como guirnaldas trenzadas sobre el
campo. Con el morir del sol, acababa, sin fruto, la pesquisa. Pero
la nueva primavera convocaba otra vez a la búsqueda del hermoso
argonauta. El tiempo enflaquecía las voces que habían sonado
briosa y entonadamente; inhabilitaba los cuerpos antes ágiles,
para correr los prados y los bosques; generaciones nuevas
entregaban el nombre legendario al viento primaveral: iHylas!
iHylas! Vano clamor que nunca tuvo respuesta. Hylas no pareció
jamás. Pero, de generación en generación, se ejercitaba en el bello
simulacro la fuerza joven; la alegría del campo florecido
penetraba en las almas, y cada día de esta fiesta ideal se
reanimaba, con el candor que quedaba aún no marchito, una
inquietud sagrada: la esperanza en una venida milagrosa.
Mientras Grecia vivió, el gran clamor flotó una vez por año
en el viento de la primavera: iHylas! iHylas!

111
CXXVII

LA DESPEDIDA DE GORGAS

Esos que están sentados a una mesa donde hay flores y ánforas de
vino, y que preside un viejo hermoso y sereno como un dios; esos
que beben, mas no dan muestra de contento; esos que suelen
levantarse a consultar la altura del sol, y a veces se enjugan una
lágrima, son los discípulos de Gorgias. Gorgas ha enseñado, en la
ciudad que fue su cuna, nueva filosofia. La delación, la
suspicacia, han hecho que ella ofenda y alarme a los poderosos.
Gorgias va a morir. Se le ha dado a escoger el género de muerte, y
él ha escogido la de Sócrates. A la hora de entrarse el sol ha de
beber la cicuta; aún tiene vida por dos más, y él las pasa en
serenidad sublime, rector de melancólica fiesta, donde las flores
acarician los ojos de los convidados, que el pensamiento
enciende con luz íntima, y un vino suave difunde el soplo para
el brindis postrero. Gorgias dijo a sus discípulos: "Mi vida es una
guirnalda a la que vamos a ajustar la última rosa".
Esta vez, el placer de filosofar con gracia, que es propio de
almas exquisitas, se realzaba con una desusada unción. —Maestro
—dijo uno—, nunca podrá haber olvido en nosotros, para ti ni
para tu doctrina. —Otro añadió: —Antes morir que negar cosa
salida de tus labios. Y cundiendo este sentimiento hubo un tercero
que propuso: —Jurémosle ser fieles a cada una de sus palabras, a
cuanto esté virtualmente contenido en cada una de sus palabras;
fieles ante los hombres y en la intimidad de nuestra conciencia;
isiempre e invariablemente fieles! . . . Gorgas preguntó al que
había hablado de tal modo: —¿Sabes, Lucio, lo que es jurar en
vano? —Lo sé, —repuso el joven—; pero siento firme el
fundamento de nuestra convicción, y no dudo de que debamos
consolar tu última hora con la promesa que más dulce puede ser a
tu alma.
Entonces Gorgias comenzó a decir de esta manera:

112
—iLucio! Oye una anécdota de mi niñez. Cuando yo era niño,
mi madre se complacía tanto en mi bondad, en mi hermosura, y
sobre todo, en el amor con que yo pagaba su amor, que no podía
pensar sin honda pena en que mi niñez y toda aquella dicha
pasaran. Mil y mil veces la oía repetir: "iCuánto diera yo porque
nunca dejases de ser niño! " Se anticipaba a llorar la pérdida de mi
dulce felicidad, de mi bondad candorosa, de aquella belleza como
de flor o de pájaro, de aquel amor único, merced al cual sólo ella
existía en la tierra para mí. No se resignaba a la idea de la obra
ineluctable del Tiempo, bárbaro numen que pondría la mano sobre
tanto frágil y divino bien, y desharía la forma delicada y graciosa,
y amargaría el sabor de la vida, y traería la culpa allí donde estaba
la inocencia sin mácula. Menos aún se avenía con la imagen de
una mujer futura, pero cierta, que acaso había de darme penas del
alma en pago de amor. Y tornaba al pertinaz deseo: "iCuánto daría
porque nunca, nunca, dejases de ser niño! Cierta oca-
Sión oyóla una mujer de Tesalia, que pretendía entender de
ensalmos y hechizos, y le indicó un medio de lograr anhelo tan
irrealizable dentro de los comunes términos de la naturaleza.
Diciendo cierta fórmula mágica, había de poner sobre mi corazón,
todos los días, el corazón de una paloma, tibio y mal desangrado
aún, que sería esponja con que se borraría cada huella del tiempo;
y en mi frente pondría la flor del íride silvestre, oprimiéndola hasta
que soltase del todo su humedad, con lo que se mantendría mi
pensamiento limpio y puro. Dueña del precioso secreto, volvió mi
madre con determinación de ponerlo al punto por obra. Y aquella
noche tuvo un sueño. Soñó que procedía tal como le había sido
prescrito, que transcurrían muchos años, que mi niñez permanecía
en un ser, y que favorecida ella misma con el don de alcanzar una
ancianidad extrema, se extasiaba en la contemplación de mi
ventura inalterable, de mi belleza intacta, de mi pureza impolu
ta. . . Luego, en su sueño, llegó un día en que ya no halló, para
traer a casa, ni una flor de íride, ni un corazón de paloma. Y al
despertar-

113
se y acudir a ml, la mañana siguiente, vio, en lugar mío, un
hombre viejo ya, adusto y abatido; todo en él revelaba un ansia
insaciable; nada había de noble ni grande en su apariencia, y en su
mirada vibraban relámpagos de desesperación y de odio. " iMujer
malvada! —le oyó clamar, dirigiéndose a ella con airado gesto—,
me has robado la vida, por egoísmo feroz, dándome en cambio una
felicidad indigna, que es la máscara con que disfrazas a tus propios
ojos tu crimen espantable. . . Has convertido en vil juguete mi
alma. Me has sacrificado a un necio antojo. Me has privado de la
acción, que ennoblece; del pensamiento, que ilumina; del
amor, que fecunda. . . iVuélveme lo que me has quitado! Mas ya
no es hora de que me lo vuelvas, porque este mismo es el día en
que la ley natural prefijó el término a mi vida, que tú has disipado
en una miserable ficción, y ahora voy a morir, sin tiempo más que
para abominarte y maldecirte. ." —Aquí terminó el sueño de mi
madre. Ella, desde que lo tuvo, dejó de deplorar la fugacidad de mi
niñez. Si yo aceptara el juramento que propones, i0h Lucio!
olvidaría la moral de mi parábola, que va contra el absolutismo del
dogma revelado de una vez para siempre; contra la fe que no
admite vuelo ulterior al horizonte que desde el primer instante nos
muestra. Mi filosofia no es religión que tome al hombre en el albor
de la niñez, y con la fe que le infunde, aspire a adueñarse de su
vida, eternizando en él la condición de la infancia, como mi
madre antes de ser desengañada por su sueño. Yo os fui maestro de
amor: yo he procurado daros el amor de la verdad; no la verdad,
que es infinita. Seguid buscándola y renovándola vosotros, como
el pescador que tiende uno y otro día su red, sin mira de agotar al
mar su tesoro. Mi filosofia ha sido madre para vuestra conciencia,
madre para vuestra razón. Ella no cierra el círculo de vuestro
pensamiento. La verdad que os haya dado con ella no os cuesta
esfuerzo, comparación, elección: sometimiento libre y responsable
del juicio, como os costará lo que por vosotros mismos adquiráis,
desde el punto en que comencéis realmente a vivir. Así, el amor de
la madre no le ganamos con los méritos propios: él es gracia que
nos hace la Naturaleza. Pero luego otro amor sobreviene, según el
orden natural de la vida; y el amor de la novia, éste sí, hemos de

114
conquistarlo nosotros. Buscad nuevo amor, nueva verdad. No se os
importe si ella os conduce a ser infieles con algo que hayáis oído
de mis labios. Quedad fieles a mí, amad mi recuerdo, en cuanto sea
una evocación de mí mismo, viva y real, emanación de mi persona,
perfume de mi alma en el afecto que os tuve; pero mi doctrina no
la améis sino mientras no se haya inventado para la verdad fanal
más diáfano. Las ideas llegan a ser cárcel también, como la letra.
Ellas vuelan sobre las leyes y las fórmulas; pero hay algo que
vuela aún más que las ideas, y es el espíritu de vida que sopla en
dirección a la Verdad. . .
Luego, tras breve pausa, añadió:
—Tú, Leucipo, el más empapado en el espíritu de mi
enseñanza: ¿qué piensas tú de todo esto? Y ya que la hora se
aproxima, porque la luz se va y el ruido del mundo se adormece:
¿por quién será nuestra postrera libación? ¿por quién este destello
de ámbar que queda en el fondo de las copas? . . .
—Será, pues —dijo Leucipo—, por quien, desde el primer sol
que no has de ver, nos dé la verdad, la luz, el camino; por quien
desvanezca las dudas que dejas en la sombra; por quien ponga el
pie adelante de tu última huella, y la frente aún más en lo claro y
espacioso que tú; por tus discípulos, si alcanzamos a tanto, o
alguno de nosotros, o un ajeno mentor que nos seduzca con libro,
plática o ejemplo. Y si mostrarnos el error que hayas mezclado a
la verdad, si hacer sonar en falso una palabra tuya, si ver donde no
viste, hemos de entender que sea vencerte: Maestro, ipor quien te
venza, con honor, en nosotros!
—iPor ése! —dijo Gorgias; y mantenida en alto la copa,
sintiendo ya al verdugo que venía, mientras una claridad augusta
amanecía en su semblante, repitió: —iPor quien me venza con
honor en vosotros!

CXL

115
LUCRECIA YEL MAGO

Artemio, corregidor de la Augostólida de Egipto, en tiempo


que elegirás dentro del crepúsculo de Roma, era neófito
cristiano. A la sombra de su severa ancianidad, vivía, en
condición de pupila, Lucrecia, cuyo padre, muerto cuando ella
estaba en la niñez, había sido conmilitón y amigo de Artemio. No
defraudaba esta Lucrecia el esplendor de tal nombre. Antes se le
adelantaba por la calidad de una virtud tan cándida, igual y
primorosa, que tenía visos y reflejos de beatitud. Un día, llegó a
casa de Artemio un religioso de algún culto oriental: bramino,
astrólogo, o quizá mago caldeo, de los que por el mundo romano
vagaban añadiendo a su primitivo saber retazos de la helénica
cultura y profesando artes de adivinación y encantamiento. El
corregidor le recibió de buen grado: la religiosidad de estos
cristianos de Oriente solía darse la mano con la afición a cosas
de hechicería. Oyendo decir al mago que, entre las capacidades de
su ciencia, estaba la de poner de manifiesto lo que las almas
encerraban en su centro y raíz más apartados de la sospecha
común, Artemio hizo comparecer a Lucrecia, movido del deseo
de saber qué prodigiosa forma tomaba, en lo radical y más
denso de su espíritu, la esencia de su raro candor. El mago declaró
que sólo precisaba una copa que ella colmase de agua por su
propia mano, y que bajo la diafanidad del agua vería pintarse,
como en limpio espejo, el alma de Lucrecia. —Veamos, —dijo
Artemio, qué estrella de inocente fulgor, qué cristalino manantial,
qué manso cordero, ocupa el fondo de esta alma. . . —Fue
traída la copa, que Lucrecia llenó de agua hasta los bordes, y
hecho esto, el mago concentró en la copa la mirada, y la
doncella y su tutor anhelaron oír lo que decía. —En primer
término, (empezó) veo, como en todas las almas que he calado
con esta segunda vista de mis ojos, una sima o abismo
comparable a los que estrechan el paso del viajero en los caminos
de las montañas ásperas. Y allá, en lo hondo, en lo hondo. . —
Interrumpióse, vacilando, un momento—. ¿Lo digo? , preguntó

116
después. Y como Artemio inclinase la cabeza: —Pues lo que veo,
continuó, en las profundidades de ese abismo, es una alegre,
briosa y resplandeciente cortesana. Está acostada bajo alto
pabellón, de los de Tiro; y duerme. Viste toda de purpura, con el
desceñimiento y transparen cia que , más que la propia desnudez ,
sirven de dardo a la provocación. Un fuego de voluptuosidad se
desborda de sus ojos velados por el sueño, y enciende, en las
comisuras de los labios, como dos llamas, entre las que se abre la
más divina e infernal sonrisa que he visto. La cabeza reposa sobre
uno de los brazos desnudos. El otro sube en abandono, todo
entrelazado de ajorcas que figuran víboras ondean tes, y entre el
pulgar y el índice alza una peladilla de arroyo, sangrienta de
color, que es de los signos de Afrodita. Eso es lo que esta alma
tiene en lo virtual, en lo expectante, en lo que es sin ser aún: en
fin, Artemio, en la sombra de que quisiste saber por artes mías. . .
—iVil impostor! —gimió en esto Lucrecia, llenos de lágrimas los
ojos: ¿tu ciencia es ésa? ¿tu habilidad es infamia? iTraigan una
brasa de fuego con que probar si pasa por mis labios palabra que
no sea de verdad, y óiganme decir si anida, en mí, intención o
senti miento que guarde relación con la imagen que pretende haber
visto dentro de mi espíritu! —Calla, pobre Lucrecia, arguyó el
mago; ¿acaso es menester que tú lo sepas? Tú dices verdad y yo
también. —¿Justo será entonces, dijo Artemio, menospreciar las
promesas que nos cautivaban y preparar nuestro ánimo a la
decepción? —No pienso como tú, replicó el mago; ¿quién te
asegura que la cortesana despierte? —Digo por si despierta,
añadió Artemio. —Señor, repuso el mago, yo te concedo que eso
pase; pero yo vi también en el fondo del alma de esa hetaira
dormida que está en el fondo del alma de Lucrecia; y vi otro
abismo, y en el seno del abismo una luz, y como envuelta y
suspendida en la luz, una criatura suavísima, por la que el campo
de la nieve se holgara de trocarse, según es de blanca. Junto a esta
dea, mujer sin sexo, puro espíritu, juzgarías sombra el resplandor
de la virtud de Lucrecia; y como la cortesana en tu pupila, ella, en
la cortesana, duerme. . . —Infiero de ahí, dijo el corregidor, que
aun con el despertar de la cortesana, ¿podrían resucitar sahumadas

117
nuestras esperanzas en Lucrecia? Demos gracias a Dios, ya que en
el extravío de su virtud hallamos el camino de su santidad. —Sí,
volvió a decir el mago; pero no olvides que, como en las otras,
hay en el alma de esa forma angélica un abismo al cual puedo yo
asomarme. —¿Y quién, preguntó Artemio, es la durmiente de ese
abismo? —Te lo diría, opuso el mago, si fuera bien mostrar a los
ojos de Lucrecia una pintura de abominación. Piensa en la escena
de la Pasifae corintia de Lucio; piensa en mujer tal que para con
ella la primera cortesana sea, en grado de virtud, lo que para con
la primera cortesana es Lucrecia. —iMe abismas —prorrumpió
Artemio,— en un mar de confusiones! ¿Qué extraña criatura es
ésta que la amistad confió en mis manos? . . . —Cesa en tu
asombro —dijo finalmente el mago, acudiendo a reanimar a
Lucrecia, que permanecía sumida en doloroso estupor—: ella no
es ser extraordinario, ni las que has visto por mis ojos son cosas
que tengan nada de sobrenatural o peregrino. Con cien malvados,
que durmieron siempre, en lo escondido de su ser, subió a la
gloria cada bienaventurado; y con cien justos, que no despertaron
nunca, en lo hondo de sí mismo, bajó a su condenación cada
réprobo. Artemio: nunca estimules la seguridad, en el justo; la
desconfianza, en el caído: todos tienen huéspedes que no se les
parecen, en lo oculto del alma. Veces hay en que el bien consiste
en procurar que despierte alguno de esos huéspedes; pero las hay
también (y esto te importa) en que turbar su sueño fuera
temeridad o riesgo inútil. El sueño vive en un ambiente
silencioso; la inocencia es el silencio del alma: ihaya silencio en
el corazón de Lucrecia'
CLI

LA PAMPA DE GRANITO

Era una inmensa pampa de granito; su color, gris; en su llaneza, ni


una arruga; triste y desierta; triste y fría; bajo un cielo de
indiferencia, bajo un cielo de plomo. Y sobre la pampa estaba un

118
viejo gigantesco; enjuto, lívido, sin barbas; estaba un gigantesco
viejo de pie, erguido como un árbol desnudo. Y eran fríos los ojos
de este hombre, como aquella pampa y aquel cielo; y su nariz,
tajante y dura como una segur; y sus músculos, recios como el
mismo suelo de granito; y sus labios no abultaban más que el filo
de una espada. Y junto al viejo había tres niños ateridos, flacos,
miserables: tres pobres niños que temblaban junto al viejo
indiferente e imperioso, como el genio de aquella pampa de
granito.
El viejo tenía en la palma de una mano una simiente menuda.
En su otra mano, el índice extendido parecía oprimir en el vacío
del aire como en cosa de bronce. Y he aquí que tomó por el flojo
pescuezo a uno de los niños, y le mostró en la palma de la mano
la simiente, y con voz comparable al silbo helado de una ráfaga, le
dijo: "Abre un hueco para esta simiente"; y luego soltó el cuerpo
trémulo del niño, que cayó, sonando como un saco mediado de
guijarros, sobre la pampa de granito.
—"Padre, sollozó él, ¿cómo le podré abrir si todo este suelo
es raso y duro?" —"Muérdelo", contestó con el silbo helado de la
ráfaga; y levantó uno de sus pies, y lo puso sobre el pescuezo
lánguido del niño; y los dientes del triste sonaban rozando la

corteza de la roca, como el cuchillo en la piedra de afilar; y así


pasó mucho tiempo, mucho tiempo: tanto que el niño tenía abierta
en la roca una cavidad no menor que el cóncavo de un cráneo;
pero roía, roía siempre, con un gemido de estertor; roía el pobre
niño bajo la planta del viejo indiferente e inmutable, como la
pampa de granito.
Cuando el hueco llegó a ser lo hondo que se precisaba, el
viejo levantó la planta opresora; y quien hubiera estado allí
hubiese visto entonces una cosa aún más triste, y es que el niño,
sin haber dejado de serlo, tenía la cabeza blanca de canas; y
apartóle el viejo, con el pie, y levantó al segundo niño, que había
mirado temblando todo aquello. —"Junta tierra para la simiente",
le dijo. —"Padre, preguntóle el cuitado, ¿en dónde hay tierra?"
—"La hay en el viento; recógela", repuso; y con el pulgar y el

119
índice abrió las mandíbulas miserables del -niño; y le tuvo así
contra la dirección del viento que soplaba, y en la lengua y en las
fauces jadeantes se reunía el flotante polvo del viento, que luego
el niño vomitaba, como limo precario; y pasó mucho tiempo,
mucho tiempo, y ni impaciencia, ni anhelo, ni piedad, mostraba
el viejo indiferente e inmutable sobre la pampa de granito.
Cuando la cavidad de piedra fue colmada, el viejo echó en
ella la simiente, y arrojó al niño de sí, como se arroja una cáscara
sin jugo, y no vio que el dolor había pintado la infantil cabeza de
blanco; y luego levantó al último de los pequeños, y le dijo,
señalándole la simiente enterrada: "Has de regar esa simiente"; y
como él le preguntase, todo trémulo de angustia: "Padre, ¿en
dónde hay agua?" —"Llora, la hay en tus ojos", contestó; y le
torció las manos débiles, y en los ojos del niño rompió entonces
abundosa vena de llanto, y el polvo sediento la bebía; y este
llanto duró mucho tiempo, mucho tiempo, porque para exprimir
los lagrimales cansados estaba el viejo indiferente e inmutable, de
pie sobre la pampa de granito.
Las lágrimas corrían en un arroyo quejumbroso tocando el
crculo de tierra; y la simiente asomó sobre el haz de la tierra como
un punto; y luego echó fuera el tallo incipiente, las primeras
hojuelas; y mientras el niño lloraba, el árbol nuevo criaba ramas y
hojas, y en todo esto pasó mucho tiempo, mucho tiempo, hasta
que el árbol tuvo tronco robusto, y copa anchurosa, y follaje, y
flores que aromaron el aire, y descolló en la soledad; descolló el
árbol, aún más alto que el viejo indiferente e inmutable, sobre la
pampa de granito.
El viento hacía sonar las hojas del árbol, y las aves del cielo
vinieron a anidar en su copa, y sus flores se cuajaron en frutos; y
el viejo soltó entonces al niño, que dejó de llorar, toda blanca la
cabeza de canas; y los tres niños tendieron las manos ávidas a la
fruta del árbol; pero el flaco gigante los tomó, como cachorros,
del pescuezo, y arrancó una semilla, y fue a situarse con ellos en
cercano punto de la roca, y levantando uno de sus pies juntó los
dientes del primer niño con el suelo: juntó de nuevo con el suelo
los dientes del niño, que sonaron bajo la planta del viejo

120
indiferente e inmutable, erguido, inmenso, silencioso, sobre la
pampa de granito.

CLVII

El Invierno, viejo fuerte, se acerca. Su impetuoso resuello llega en


ráfagas largas al ambiente de esta tarde de otoño, y roba a todo lo
que hay de movible en el paisaje, su quietud o la suave
ondulación con que se adormecía. Ahora se inquieta, como
malcontento de su lugar, cuanto es capaz de movimiento: las
ramas, sacudidas desde su raíz; las aspas del molino, que se
persiguen entre sí con furia vana; la cadena del pozo; las ropas
tendidas a secar en el cercado vecino; el polvo yacente, que se
levanta en gruesas nubes. Por el cielo vagan esos blancos vellones
que elviento suele agitar, como enseña, en sus combates. El
balcón de la casa de enfrente no se ha abierto. Tras sus cristales
asoma una cara dulce y pensativa, más pálida que de costumbre.
En cambio, de esa otra cara, casi infantil, que, junto a la enorme y
bondadosa de la vaca, veo pasar todas las tardes, el soplo
recio hace brotar dos frescas rosas.
Sentado a la ventana, empleo mi ocio en la contemplación.
Mientras en mi chimenea se abre un ojo de cíclope que desde hace
tiempo permanecía velado por su párpado negro, y junto a mí mi
galgo ofrece sus orejas frías y sedosas a las caricias de su amo, se
fija mi atención en una muda sinfonía: la de las hojas, que
desprendidas, en bandadas sin orden, de los árboles, que van
dejando desnudos, pueblan el suelo y el aire, a la merced del
viento. Me intereso, como en una ficción sentimental, en
sus aciagas aventu ras. Ora se alzan y van en vuelo loco; ora, más
al- abrigo, ruedan solitarias, breve trecho, y quedan un momento
inmóviles, antes de trazar, lánguidamente, otro surco; ora se

121
acumulan y aprietan, como medrosas o ateridas; ya se despedazan
y entregan en suicidio a la ráfaga, deshechas en liviano polvo; ya
giran sin compás alrede dor de sí mismas, como poseídas
danzantes. . . Su suerte varia es pasto de mi fantasía, cosquilleo de
mi corazón. Me parecen en ocasiones los despojos volantes de un
sacrificio de papeles viejos, con los que se avientan cartas de
amores idos y vanidades de la imaginación, obras que no pasaron
de su larva. Las imagino después el oropel de una corona
destrozada de cómico. Se me figuran otras veces manos exangües
y amarillas; manos de moribundo, que buscan vanamente tañer,
en una lira que no encuentran, una melodía triste que saben. . .
Caen, caen sin tregua, las hojas; y el alma del paisaje éntrase, en
tanto, por las puertas del sentido, al ambiente de mi mundo
interior. Me reconcentro, sin dejar de atender a las aladas
moribundas. Comienza a cantar, dentro de mí, esa elegía marchita
que, en elpathos romántico, hay para la caída y el murmullo de las
hojas secas. Abandono; voluptuosidad de melancolía;
complacencia en lo amargo fino y suave. . . ¿Dónde está ahora,
respecto de mí mismo, el objeto de mi contemplación? ¿Adentro?
¿Afuera? . . . Caen, caen sin tregua, las hojas; y por un instante
siento que su tristeza de muerte se comunica a todo lo visible, y
sube al cielo, y le entristece también, y alcanza hasta la línea
lejana en que una niebla tenue empieza a tejer su veste de lino..
Pero luego, muy luego, la expresión mortal que se había
extendido en el paisaje como sombra de nube, se concreta y fija
nuevamente en las hojas, que son las que de veras se van y
perecen, y que no volverán nunca a su árbol. . . En lo demás
queda sólo una esfumada aureola de esa tristeza, como dolor que
nace de simpatía. Las hojas son lo único que muere. El
sentimiento de mi contemplación de otoño no llega a producir en
mi alma esa ilusión de sueño en que la apariencia triste y bella
cobra el imperio de la realidad y nos persuade casi de la universal
agonía de las cosas. Sé que este desmayo de la vida no dura. La
idea de la resurrección próxima y cierta vela dentro de mí, como
en penumbra o lontananza, y mantiene mi sentimiento de la
escena en la clave de un recogimiento melancólico. No de otra

122
manera, sobre el descon cierto de las hojas caídas se yergue la
armazón escueta de los árboles, firme y desnuda como la
certidumbre, y en el acero claro del aire graba una promesa,
simple y breve, de nueva vida.

123
INDICE

Presentación, por Pedro Pablo Paredes


José Enrique Rodó, por Rubén Darío
Carta a Miguel de Unamuno, porJosé Enrique Rodó XIII
Carta a José Enrique Rodó, por Miguel de Unamuno

ARIEL

11

1
2
1
9
27
40
VII 58 VIII 67

MOTIVOS DE PROTEO (Selección)

Presentación, porJosé Enrique Rodó 71


73
75
VIII 76
77
79
82

XXVII 84 86
87
90
EL MONJE TEOTIMO 92
94 xcv 95
97

спял
102
СИ 105 CLVII 107
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Nueva antología de sus poemas

Selección y prólogo:
J.A. Escalona-Escalona
Notas: Alicia Migdal
ESTE LIBRO SE TERMINO DE
IMPRIMIR
EN EL MES DE JUNIO DE MIL
NOVECIENTOS NOVENTA Y TRES
EN LOS TALLERES DE EDITORIAL
TEXTO AV. EL CORTIJO, QTA.
MARISA, N O 4 LOS ROSALES -
CARACAS - VENEZUELA

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