Ariel Rodo
Ariel Rodo
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PEDRO PABLO PAREDES
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esta edición
Biblioteca Ayacucho, 1993 Diseño / Luis G. Ruiz Lossada y Tutty
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Caracas - Venezuela — 1010 Fotocomposición y
Derechos reservados paginación / E. Signo Contemporáneo conforme a la ley
Impreso en Venezuela
VII
Rubén Darío resume y exalta tan características virtudes
estéticas. Como las resume y exalta, en prosa suprema,
"Poniente" de Manuel Díaz Rodríguez. Dentro de tan elocuente
circunstancia, se formó, trabajó y creó José Enrique Rodó.
Buen escritor hispanoamericano, José Enrique Rodó tuvo
que hacer de todo. Fue educador, es decir, pedagogo de nivel
universi-
tario; fue político militante de tiempo completo; fue
parlamentario de años y años; fue diplomático y viajero; fue, por
encima de todo esto, escritor. Nació en Montevideo en 1871.
Murió en Palermo, después de haber andado por Portugal, por
España, por toda Italia, al parecer en ruta hacia la soñada Grecia,
en 1917. No logró alcanzar ni siquiera medio siglo de vida. La
brevedad de su vida, sin embargo, no le estorbó el paso
hacia nuestro reconocimiento definitivo. En el instante de la
muerte Rodó sabía asegurada, en forma indiscutible, su gloria.
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es la divinidad negativa, y que, por tanto, asume la
personificación del apetito imperialista de procedencia. sajona. La
lección parece meridianamente clara. La espiritualidad nos viene
de la Madre España y, en más lejana instancia, de la Abuela
Grecia. Nuestra identidad salta a la vista con sus valores
específicos. Del otro lado, los valores son opuestos. Entre los
unos, los nuestros, y los otros, los extraños, ¿por cuáles hemos de
votar? Lo que está a la vista,
segun el aforismo, no requiere demostración. Ariel es un catecis
mo de política hispanoamericana. En el fondo, porque Rodó fue
admirador cabal del Libertador, un catecismo del más puro, del
más auténtico, del más dramático bolivarianismo.
El Maestro no hubiera sido posible en Ariel, como no
hubiera sido posible el Dirigente, si no hubieran estado servidos,
de manera cabal, por el Letrado. Rodó, más que ningún otro
modernista, logró resumir armoniosamente en su vida, en su
conducta y en su obra, lo característicamente clásico, que es
mesura y claridad completas, con lo característicamente
modernista, que, por lo
MONTEVIDEO,
Sr.
Salamanca.
Muy distinguido colega y señor mío: Al presentar a usted, en
signo de alta y sincera estimación, un ejemplar de mi reciente
libro, quiero manifestarle cuánto es el interés que yo tengo en
que usted lo lea; interés que no estriba solamente en lo mucho
que me importa el juicio que usted forme de él como obra
literaria, sino, ante todo, en el propósito que me ha movido a
escribir la obra que le envío.
Es, como usted verá, de acción, si así puede decirse; he
querido hablar a la juventud a la que pertenezco, a la juventud de
América, sobre ideas cuyo interés y oportunidad me parecen
indudables; y si no pareciera una aspiración presuntuosa, agregaría
que he ambicionado iniciar, con mi modesto libro, cierto
movimiento de ideas en el seno de aquella juventud, para que ella
oriente su espíritu y precise su programa dentro de las condiciones
de la vida social e intelectual de las actuales sociedades de
América.
La repercusión de la propaganda que yo quiero promover
en esa España que todavía consideramos como el hogar
venerable de nuestra raza y nuestro espíritu: una repercusión que
no signifique halagos para mi vanidad literaria, pues no puedo
aspirar a ellos, sino simplemente aprobación benévola de las
ideas y el sentido general de la obra, significaría para mí
muchísimo, porque daría a mi propaganda una sanción
invalorable.
XIII
He enviado Ariel a los pocos amigos intelectuales de
verdadero prestigio que tengo en España, contándose entre ellos
el que más íntimamente conozco y más benévolamente me ha
estimulado: Leopoldo Alas; pero quiero que otros escritores a
quienes, sin ser mis amigos, admiro y respeto, reciban también
mi libro; y, entre esos escritores, hubiera sido imperdonable
olvidarle a usted, a quien, con sobrada justicia, consideramos
aquí el más pensador de los escritores de las nuevas generaciones
españolas, el más profundo y reflexivo.
Leí hace poco una carta de usted en la que, disintiendo de mi
modo de considerar la personalidad literaria de Rubén Darío,
tenía usted, sin embargo, frases muy benévolas para la obrita que
dediqué a ese poeta nuestro. Hago votos porque esta vez, no
siendo menor su benevolencia, tenga además mi libro la fortuna
de concordar en ideas con usted.
Reciba, con este motivo, las seguridades de mi alta estima
literaria y de mi mayor consideración.
JOSÉ ENRIQUE R0Dó
Mi muy distinguido compañero:
Conocía algo de usted, pero el Ariel ha acabado de
revelármelo en toda su simpática personalidad. Porque es el
sentimiento que leyendo a usted se desenvuelve en el ánimo del
lector atento; simpatía, simpatía en el más profundo sentido, en el
etimológico owtocðetŒ (dispénseme esta pequeña pedantería;
hábito del oficio, pues yo [soy] profesor de griego). Es un escrito
genuinamente platónico, sereno, noble, equilibrado, lleno de
60(ppoove. A mí an particular su lectura me ha aquietado, por lo
mismo que no responde del todo a mi íntimo modo de ser. Es una
producción profundamente latina, y yo, aunque escribo en un
romance (hace años escribí algo en vascuence, pero lo dejé), nada
tengo de latino. Es más, creo que mi raza, mi raza vasca, está
ahogada por el latinismo. Y si no he logrado meterme al corazón,
bajándolo de la cabeza, el latinismo, tampoco me penetra lo
helénico, a pesar de los nueve años que llevo enseñando lengua y
literatura griegas. Véolo a usted también muy influido por la
cultura francesa —acaso en exceso, es decir, con demasiado
predominio—, y lo francés me es poco grato. Su claridad, su
método, su belle ordonnance. me hastían, veo en ellos siempre la
sombra de Racine. Se lo escribí a Coll en una carta que éste ha dado
a luz; el francés es sensual y lógico, y me son poco caros lo lógico
y lo sensual. Un francés rara vez penetra de veras en abismos
místicos y jamás llega a gustar de veras de Shakespeare, un
bárbaro. Y, con todo ello, es lo que necesito para equilibrarme,
latinismo, helenismo, galicismo. Por eso, Ariel me ha entonado. Por
cuatro o cinco veces la emprende usted con el puritanismo "que
persiguió toda belleza y toda selección intelectual . . ." (pág. 47) "la
idealidad de lo hermoso no apasiona al descendiente de los austeros
puritanos" (pág. 104). Y, sin
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La estatua, de real arte, reproducía al genio aéreo en el
instante en que, libertado por la magia de Próspero, va a lanzarse a
los aires para desvanecerse en un lampo. Desplegadas las alas;
suelta y flotante la leve vestidura, que la caricia de la luz en el
bronce damasquinaba de oro; erguida la amplia frente;
entreabiertos los labios por serena sonrisa, todo en la actitud de
Ariel acusaba admirablemente el gracioso arranque del vuelo; y
con inspiración dichosa, el arte que había dado firmeza escultural
a su imagen había acertado a conservar en ella, al mismo tiempo,
la apariencia seráfica y la levedad ideal.
Próspero acarició, meditando, la frente de la estatua; dispuso
luego al grupo juvenil en torno suyo; y con su firme voz —voz
magistral, que tenía para fijar la idea e insinuarse en las
profundidades del espíritu, bien la esclarecedora penetración del
rayo de luz, bien el golpe incisivo del cincel en el mármol, bien el
toque impregnante del pincel en el lienzo o de la onda en la arena
—, comenzó a decir, frente a una atención afectuosa:
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donde la simiente de una palabra oportuna suele rendir, en corto
tiempo, los frutos de una inmortal vegetación.
Anhelo colaborar en una página del programa que, al prepara
ros a respirar el aire libre de la acción, formularéis, sin duda, en la
intimidad de vuestro espíritu, para ceñir a él vuestra personalidad
moral y vuestro esfuerzo. Este programa propio, —que algunas
veces se formula y escribe; que se reserva otras para ser revelado
en el mismo transcurso de la acción— no falta nunca en el espíritu
de las agrupaciones y los pueblos que son algo más que
muchedumbres. Si con relación a la escuela de la voluntad
individual, pudo Goethe decir profundamente que sólo es digno
de la libertad y la vida quien es capaz de conquistarlas día a día
para sí, con tanta más razón podría decirse que el honor de cada
generación humana exige que ella se conquiste, por la
perseverante actividad de su pensamiento, por el esfuerzo propio,
su fe en determinada manifestación del ideal y su puesto en la
evolución de las ideas.
Al conquistar los vuestros, debéis empezar por reconocer un
primer objeto de fe en vosotros mismos. La juventud que vivís
es'una fuerza de cuya aplicación sois los obreros y un tesoro de
cuya inversión sois responsables. Amad ese tesoro y esa fuerza;
haced que el altivo sentimiento de su posesión permanezca
ardiente y eficaz en vosotros. Yo os digo con Renan: "La juventud
es el descubrimiento de un horizonte inmenso, que es la Vida". El
descubrimiento que revela las tierras ignoradas necesita
completarse con el esfuerzo viril que las sojuzga. Y ningun otro
espectáculo puede imaginarse más propio para cautivar a un
tiempo el interés del pensador y el entusiasmo del artista, que el
que presenta una generación humana que marcha al encuentro del
futuro, vibrante con la impaciencia de la acción, alta la frente, en
la sonrisa un altanero desdén del desengaño, colmada el alma por
dulces y remotos mirajes que derraman en ella misteriosos
estímulos, como las visiones de Cipango y El Dorado en las
crónicas heroicas de los conquistadores.
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Del renacer de las esperanzas humanas; de las promesas que
fian eternamente al porvenir la realidad de lo mejor, adquiere
su belleza el alma que se entreabre al soplo de la vida; dulce e
inefable belleza, compuesta, como lo estaba la del amanecer para
el poeta de Las Contemplaciones, de un "vestigio de sueño y un
principio de pensamiento"
La humanidad, renovando de generación en generación su
activa esperanza y su ansiosa fe en un ideal al través de la dura
experiencia de los siglos, hacía pensar a Guyau en la obsesión de
aquella pobre enajenada cuya extraña y conmovedora locura
consistía en creer llegado, constantemente, el día de sus bodas.
Juguete de su ensueño, ella ceñía cada mañana a su frente pálida la
corona de desposada y suspendía de su cabeza el velo nupcial. Con
una dulce sonrisa, disponíase luego a recibir al prometido ilusorio,
hasta que las sombras de la tarde, tras el vano esperar, traían la
decepción a su alma. Entonces tomaba un melancólico tinte su
locura. Pero su ingenua confianza reaparecía con la aurora
siguiente; y ya sin el recuerdo del desencanto pasado,
murmurando: Es hoy cuando vendrá, volvía a ceñirse la corona y
el velo y a sonreír en espera del prometido.
Es así como, no bien la eficacia de un ideal ha muerto, la
humanidad viste otra vez sus galas nupciales para esperar la
realidad del ideal soñado con nueva fe, con tenaz y conmovedora
locura. Provocar esa renovación, inalterable como un ritmo de la
Naturaleza, es en todos los tiempos la función y la obra de la
juventud. De las almas de cada primavera humana está tejido
aquel tocado de novia. Cuando se trata de sofocar esta sublime
terquedad de la esperanza, que brota alada del seno de la
decepción, todos los pesimismos son vanos. Lo mismo los que se
fundan en la razón que los que parten de la experiencia, han de
reconocerse inútiles para contrastar el altanero no importa que
surge del fondo de la Vida. Hay veces en que, por una aparente
alteración del ritmo triunfal, cruzan la historia humana
generaciones destinadas a personificar, desde la cuna, la vacilación
y el desaliento. Pero ellas pasan, —no sin haber tenido quizá su
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ideal como las otras, en forma negativa y con amor inconsciente;
— y de nuevo se ilumina en el espíritu de la humanidad la
esperanza en el Esposo anhelado, cuya imagen, dulce y radiosa
como en los versos de marfil de los místicos, basta para mantener
la asimilación y el contento de la vida, aun cuando nunca haya de
encarnarse en la realidad.
La juventud, que así significa en el alma de los individuos y
de las generaciones, luz, amor, energía, existe y lo significa
también en el proceso evolutivo de las sociedades. De los pueblos
que sienten y consideran la vida como vosotros, serán siempre la
fecundidad, la fuerza, el dominio del porvenir. — Hubo una vez en
que los atributos de la juventud humana se hicieron, más que en
ninguna otra, los atributos de un pueblo, los caracteres de una
civilización, y en que un soplo de adolescencia encantadora pasó
rozando la frente serena de una raza. Cuando Grecia nació, los
dioses le regalaron el secreto de su juventud inextinguible. Grecia
es el alma joven. "Aquel que en Delfos contemplaba la apiñada
muchedumbre de los jonios —dice uno de los himnos homéricos
— se imagina que ellos no han de envejecer jamás". Grecia hizo
grandes cosas porque tuvo, de la juventud, la alegría, que es el
ambiente de la acción, y el entusiasmo, que es la palanca
omnipotente. El sacerdote egipcio con quien Solón habló en el
templo de Sais, decía al legislador ateniense, compadeciendo a los
griegos por su volubilidad bulliciosa: INO sois sino unos niños! Y
Michelet ha comparado la actividad del alma helena con un festivo
juego a cuyo alrededor se agrupan y sonríen todas las naciones del
mundo. Pero de aquel divino juego de niños sobre las playas del
Archipiélago y a la sombra de los olivos de Jonia, nacieron el arte,
la filosofia, el pensamiento libre, la curiosidad de la investigación,
la conciencia de la dignidad humana, todos esos estímulos de Dios
que son aún nuestra inspiración y nuestro orgullo. Absorto en su
austeridad hierática, el país del sacerdote representaba, en tanto, la
senectud, que se concentra para ensayar el reposo de la eternidad y
aleja, con desdeñosa mano, todo frívolo sueño. La gracia, la
inquietud, están proscriptas de las actitudes de su alma, como del
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gesto de sus imágenes la vida. Y cuando la posteridad vuelve las
miradas a él, sólo encuentra una estéril noción del orden
presidiendo al desenvolvimiento de una civilización que vivió para
tejerse un sudario y para edificar sus sepulcros; la sombra de un
compás tendiéndose sobre la esterilidad de la arena.
las prendas del espíritu joven —el entusiasmo y la esperanza—
corresponden en las armonías de la historia y la naturaleza al
movimiento y a la luz. — Adondequiera que volváis los ojos, las
encontraréis como el ambiente natural de todas las cosas fuertes y
hermosas. Levantadlos al ejemplo más alto: — La idea cristiana,
sobre la que aún se hace pesar la acusación de haber entristecido la
tierra proscribiendo la alegría del paganismo, es una inspiración
esencialmente juvenil mientras no se aleja de su cuna. El cristianis
mo naciente es, en la interpretación —que yo creo tanto más
verdadera cuanto más poética— de Renan, un cuadro de juventud
inmarcesible. De juventud del alma o, lo que es lo mismo, de un
vivo sueño, de gracia, de candor, se compone el aroma divino que
flota sobre las lentas jornadas del Maestro al través de los campos
de Galilea; sobre sus prédicas, que se desenvuelven ajenas a toda
penitente gravedad; junto a un lago celeste; en los valles
abrumados de frutos; escuchadas por "las aves del cielo" y "los
lirios de los campos" , con que se adornan las parábolas;
propagando la alegría del "reino de Dios" sobre una dulce sonrisa
de la Naturaleza. -- De este cuadro dichoso, están ausentes las
sectas que acompañaban en la soledad las penitencias del
Bautista. Cuando Jesús habla de los que a él le siguen, los compara
a los paraninfos de un cortejo de bodas. — Y es la impresión de
aquel divino contento la que incorporándose a la esencia de la
nueva fe, se siente persistir al través de la Odisea de los
evangelistas; la que derrama en el espíritu de las primeras
comunidades cristianas su felicidad candorosa, su ingenua alegría
de vivir; y la que, al llegar a Roma con los ignorados cristianos del
Transtevere, les abre fácil paso en los corazones; porque ellos
triunfaron oponiendo el encanto de su juventud interior —la de su
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alma embalsamada por la libación del vino nuevo— a la severidad
de los estoicos y a la decrepitud de los mundanos.
Sed, pues, conscientes poseedores de la fuerza bendita que
lleváis dentro de vosotros mismos. No creáis, sin embargo, que
ella esté exenta de malograrse y. desvanecerse, como un impulso
sin objeto, en la realidad. De la Naturaleza es la dádiva del
precioso tesoro; pero es de las ideas, que él sea fecundo, o se
prodigue vanamente, o fraccionado y disperso en las conciencias
personales, no se manifieste en la vida de las sociedades humanas
como una fuerza bienhechora. — Un escritor sagaz rastreaba; ha
poco, en las páginas de la novela de nuestro siglo, —esa inmensa
superficie especular donde se refleja toda entera la imagen de la
vida en los últimos vertiginosos cien años— la psicología, los
estados de alma de la juventud, tales como ellos han sido en las
generaciones que van desde los días de René hasta los que han
visto pasar a Des Esseintes — Su análisis comprobaba una
progresiva disminución de juventud interior y de energía en la
serie de personajes representativos que se inicia con los héroes,
enfermos, pero a menudo viriles y siempre intensos de pasión; de
los románticos, y termina con los enervados de voluntad y corazón
en quienes se reflejan tan desconsoladoras manifestaciones del
espíritu de nuestro tiempo como la del protagonista de A rebours o
la del Robert Gresleu de Le Disciple. — Pero comprobaba el
análisis, Vambién, un lisonjero renacimiento de animación y de
esperanza en la psicología de la juventud de que suele hablarnos
una literatura que es quizá nuncio de transformaciones más
hondas; renacimiento que personifican los héroes nuevos de
Lemaître, de Wyzewa, de Rod, y cuya más cumplida
representación lo sería tal vez el David Grieve con que cierta
novelista inglesa contemporánea ha resumido en un solo carácter
todas las penas y todas las inquietudes ideales de varias
generaciones, para solucionarlas en un supremo desenlace de
serenidad y de amor.
¿Madurará en la realidad esa esperanza? — Vosotros, los que
vais a pasar, como el obrero en marcha a los talleres que le
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esperan, bajo el pórtico del nuevo siglo, ¿reflejaréis quizá sobre el
arte que os estudie, imágenes más luminosas y triunfales que las
que han quedado de nosotros? Si los tiempos divinos en que las
almas jóvenes daban modelos para los dialoguistas radiantes de
Platón, sólo fueron posibles en una breve primavera del mundo; si
es fuerza "no pensar en los dioses", como aconseja la Forquias del
segundo Fausto al coro de cautivas; ¿no nos será lícito, a lo menos,
soñar con la aparición de generaciones humanas que devuelvan a la
vida un sentido ideal, un grande entusiasmo; en las que sea un
poder el sentimiento; en las que una vigorosa resurrección de las
energías de la voluntad ahuyente, con heroico clamor, del fondo de
las almas, todas las cobardías morales que se nutren a los pechos de
la decepción y de la duda? ¿Será de nuevo la juventud una realidad
de la vida colectiva, como lo es de la vida individual?
Tal es la pregunta que me inquieta mirándoos. — Vuestras
primeras páginas, las confesiones que nos habéis hecho hasta ahora
de vuestro mundo íntimo, hablan de indecisión y de estupor a
menudo; nunca de enervación, ni de un definitivo quebranto de la
voluntad. Yo sé bien que el entusiasmo es una surgente viva en
vosotros. Yo sé bien que las notas de desaliento y de dolor que la
absoluta sinceridad del pensamiento —virtud todavía más grande
que la esperanza— ha podido hacer brotar de las torturas de vuestra
meditación, en las tristes e inevitables citas de la Duda, no eran
indicio de un estado de alma permanente ni significaron en ningún
caso vuestra desconfianza respecto de la eterna virtualidad de la
Vida. Cuando un grito de angustia ha ascendido del fondo de
vuestro corazón, no lo habéis sofocado antes de pasar porvuestros
labios, con la austera y muda altivez del estoico en el suplicio, pero
lo habéis terminado con una invocación al ideal que vendrá, con
una nota de esperanza mesiánica.
Por lo demás, al hablaros del entusiasmo y la esperanza, como
de altas y fecundas virtudes, no es mi propósito enseñaros a trazar
la línea infranqueable que separe el escepticismo de la fe, la
decepción de la alegría. Nada más lejos de mi ánimo que la idea de
confundir con los atributos naturales de la juventud, con la
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graciosa espontaneidad de su alma, esa indolente frivolidad del
pensamiento, que, incapaz de ver más que el motivo de un juego
en la actividad, compra el amor y el contento de la vida al precio
de su incomunicación con todo lo que pueda hacer detener el paso
ante la faz misteriosa y grave de las cosas. — No es ése el noble
significado de la juventud individual, ni ése tampoco el de la
juventud de los pueblos. — Yo he conceptuado siempre vano el
propósito de los que constituyéndose en avizores vigías del
destino de América, en custodios de su tranquilidad, quisieran
sofocar, con temeroso recelo, antes de que llegase a nosotros,
cualquiera resonancia del humano dolor, cualquier eco venido de
literaturas extrañas, que, por triste o insano, ponga en peligro la
fragilidad de su optimismo. — Ninguna firme educación de la
inteligencia puede fundarse en el aislamiento candoroso o en la
ignorancia voluntaria. Todo problema propuesto al pensamiento
humano por la Duda; toda sincera reconvención que sobre Dios o
la Naturaleza se fulmine, del seno del desaliento y el dolor, tienen
derecho a que les dejemos llegar a nuestra conciencia y a que los
afrontemos. Nuestra fuerza de corazón ha de probarse aceptando el
reto de la Esfinge, y no esquivando su interrogación formidable.
— No olvidéis, además, que en ciertas amarguras del pensamiento
hay, como en sus alegrías, la posibilidad de encontrar un punto de
partida para la acción, hay a menudo sugestiones fecundas.
Cuando el dolor enerva; cuando el dolor es la irresistible pendiente
que conduce al marasmo o el consejero pérfido que mueve a la
abdicación de la voluntad, la filosofia que lleva en sus entrañas es
cosa indigna de almas jóvenes. Puede entonces el poeta calificarle
de "indolente soldado que milita bajo las banderas de la muerte".
Pero cuando lo que nace del seno del dolor es el anhelo varonil de
la lucha para conquistar o recobrar el bien que él nos niega,
entonces es un acerado acicate de la evolución, es el más poderoso
impulso de la vida; no de otro modo que como el hastío, para
Helvecio, llega a ser la mayor y más preciosa de todas las
prerrogativas humanas desde el momento en que, impidiendo
enervarse nuestra sensibili-
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dad en los adormecimientos del ocio, se convierte en el vigilante
estímulo de la acción.
En tal sentido, se ha dicho bien que hay pesimismos que
tienen la significación de un optimismo paradójico. Muy lejos de
suponer la renuncia y la condenación de la existencia, ellos propa
gan, con su descontento de lo actual, la necesidad de renovarla. Lo
que a la humanidad importa salvar contra toda negación pesimista,
es, no tanto la idea de la relativa bondad de lo presente, sino la de
la posibilidad de llegar a un término mejor por el
desenvolvimiento de la vida, apresurado y orientado mediante el
esfuerzo de los hombres. La fe en el porvenir, la confianza en la
eficacia del esfuerzo humano, son el antecedente necesario de toda
acción enérgica y de todo propósito fecundo. Tal es la razón por la
que he querido comenzar encareciéndoos la inmortal excelencia de
esa fe que, siendo en la juventud un instinto, no debe necesitar
seros impuesta por ninguna enseñanza, puesto que la encontraréis
indefectiblemente dejando actuar en el fondo de vuestro ser la
sugestión divina de la Naturaleza.
Animados por ese sentimiento, entrad, pues, a la vida, que os
abre sus hondos horizontes, con la noble ambición de hacer sentir
vuestra presencia en ella desde el momento en que la afrontéis con
la altiva mirada del conquistador. — Toca al espíritu juvenil la
iniciativa audaz, la genialidad innovadora. — Quizá
universalmente, hoy, la acción y la influencia de la juventud son
en la marcha de las sociedades humanas menos efectivas e
intensas que debieran ser. Gaston Deschamps lo hacía notar en
Francia, hace poco, comentando la iniciación tardía de las jóvenes
generaciones, en la vida pública y la cultura de aquel pueblo, y la
escasa originalidad con que ellas contribuyen al trazado de las
ideas dominantes. Mis impresiones del presente de América, en
cuanto ellas pueden tener un carácter general a pesar del doloroso
aislamiento en que viven los pueblos que la componen,
justificarían acaso una observación parecida. — Y sin embargo, yo
creo ver expresada en todas partes la necesidad de una activa
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revelación de fuerzas nuevas; yo creo que América necesita
grandemente de su juventud. — He ahí por qué os hablo. He ahí
por qué me interesa extraordinariamente la orientación moral de
vuestro espíritu. La energía de vuestra palabra y vuestro ejemplo
puede llegar hasta incorporar las fuerzas vivas del pasado a la obra
del futuro. Pienso con Michelet que el verdadero concepto de la
educación no abarca sólo la cultura del espíritu de los hijos por la
experiencia de los padres, sino también, y con frecuencia mucho
más, la del espíritu de los padres por la inspiración innovadora de
los hijos.
Hablemos, pues, de cómo consideraréis la vida que os espera.
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ni imaginar, sino ser real y enteramente humana, define el ideal de
perfección a que ella debe encaminar sus energías como la
posibilidad de ofrecer en un tipo individual un cuadro abreviado de
la especie.
Aspirad, pues, a desarrollar, en lo posible, no un solo aspecto,
sino la plenitud de vuestro ser. No os encojáis de hombros delante
de ninguna noble y fecunda manifestación de la naturaleza huma
na, a pretexto de que vuestra organización individual os liga con
preferencia a manifestaciones diferentes. Sed espectadores
atenciosos allí donde no podáis ser actores. — Cuando cierto
falsísimo y vulgarizado concepto de la educación, que la imagina
subordinada exclusivamente al fin utilitario, se empeña en mutilar,
por medio de ese utilitarismo y de una especialización prematura,
la integridad natural de los espíritus, y anhela proscribir de la
enseñanza todo elemento desinteresado e ideal, no repara
suficientemente en el peligro de preparar para el porvenir espíritus
estrechos que, incapaces de considerar más que el único aspecto de
la realidad con que estén inmediatamente en contacto, vivirán
separados por helados desiertos de los espíritus que, dentro de la
misma socie dad, se hayan adherido a otras manifestaciones de la
vida.
Lo necesario de la consagración particular de cada uno de
nosotros a una actividad determinada, a un solo modo de cultura,
no excluye, ciertamente, la tendencia a realizar, por la íntima
armonía del espíritu el destino común de los seres racionales. Esa
actividad, esa cultura, serán sólo la nota fundamental de la armonía.
— El verso célebre en que el esclavo de la escena antigua afirmó
que, pues era hombre, no le era ajeno nada de lo humano, forma
parte de los gritos de la solidaridad. Augusto Comte ha señalado
bien este peligro de las civilizaciones avanzadas. Un alto estado de
perfeccionamiento social tiene para él un grave inconve niente en la
facilidad con que suscita la aparición de espíritus deformados y
estrechos; de espíritus "muy capaces bajo un aspecto único y
monstruosamente ineptos bajo todos los otros". El
empequeñecimiento de un cerebro humano por el comercio con
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tinuo de un solo género de ideas, por el ejercicio indefinido de un
solo modo de actividad, es para Comte un resultado comparable a
la mísera suerte del obrero a quien la división del trabajo de taller
obliga a consumir en la invariable operación de un detalle
mecánico todas las energías de su vida. En uno y otro caso, el
efecto moral es inspirar una desastrosa indiferencia por el aspecto
general de los intereses de la humanidad, Y aunque esta especie de
automatismo humano —agrega el pensador positivista— no
constituye feliz mente sino la extrema influencia dispersiva del
principio de especialización, su realidad, ya muy frecuente, exige
que se atribuya a su apreciación una verdadera importancial .
No menos que a la solidez, daña esa influencia dispersiva a la
estética de la estructura social. — La belleza incomparable de
Atenas, lo imperecedero del modelo legado por sus manos de
diosa a la admiración y el encanto de la humanidad, nacen de que
aquella ciudad de prodigios fundó su concepción de la vida en el
concierto de todas las facultades humanas, en la libre y acordada
expansión de todas las energías capaces de contribuir a la gloria y
al poder de los hombres. Atenas supo engrandecer a la vez el
sentido de lo ideal y el de lo real, la razón y el instinto, las fuerzas
del espíritu y las del cuerpo. Cinceló las cuatro faces del alma.
Cada ateniense libre describe en derredor de sí, para contener su
acción, un circulo perfecto, en el que ningun desordenado impulso
quebrantará la graciosa proporción de la línea. Es atleta y
escultura viviente en el gimhasio, ciudadano en el Pnix, polemista
y pensador en los pórticos. Ejercita su voluntad en toda suerte de
acción viril y su pensamiento en toda preocupación fecunda. Por
eso afirma Macaulay que un día de la vida pública del Atica es
más brillante programa de enseñanza que los que hoy
calculamos para nuestros modernos centros de instrucción. — Y
de aquel libre y único florecimiento de la plenitud de nuestra
naturaleza, surgió el milagro griego, —una inimitable y
encantadora mezcla de animación y de serenidad, una primavera
del espíritu humano, una sonrisa de la historia.
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En nuestros tiempos, la creciente complejidad de nuestra
civilización privaría de toda seriedad al pensamiento de restaurar
esa armonía, sólo posible entre los elementos de una graciosa
sencillez. Pero dentro de la misma complejidad de nuestra cultura;
1
A. Comte: Cours dephilosophiepositive, t. IV. p. 430. 2a ed. (N. del A.).
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en las junturas de los pavimentos y los muros, los alhelíes de las
ruinas, sin que una mano cruel los arrancase ni los hollara un pie
maligno. Por las francas ventanas se tendían al interior de las
cámaras del rey las enredaderas osadas y curiosas. Los fatigados
vientos abandonaban largamente sobre el alcázar real su carga de
aromas y armonías. Empinándose desde el vecino mar, como si
quisieran ceñirse en un abrazo, le salpicaban las olas con su
espuma. Y una libertad paradisial, una inmensa reciprocidad de
confianza, mantenían por dondequiera la animación de una fiesta
inextinguible. . .
Pero dentro, muy dentro; aislada del alcázar ruidoso por
cubiertos canales; oculta a la mirada vulgar —como la "perdida
iglesia" de Uhland en lo esquivo del bosque— al cabo de
ignorados senderos, una misteriosa sala se extendía, en la que a
nadie era lícito poner la planta sino al mismo rey, cuya
hospitalidad se trocaba en sus umbrales en la apariencia de
ascético egoísmo. Espesos muros la rodeaban. Ni un eco del
bullicio exterior; ni una nota escapada al concierto de la
Naturaleza, ni una palabra des- prendida de labios de los hombres,
lograban traspasar el espesor de los sillares de pórfido y conmover
una onda del aire en la prohibida estancia. Religioso silencio
velaba en ella la castidad del aire dormido. La luz, que tamizaban
esmaltadas vidrieras, llegaba lánguida, medido el paso por una
inalterable igualdad, y se diluía, como copo de nieve que invade
un nido tibio, en la calma de un ambiente celeste. — Nunca reinó
tan honda paz: ni en oceánica gruta, ni en soledad nemorosa. —
Alguna vez, —cuando la noche era diáfana y tranquila,—
abriéndose a modo de dos valvas de nácar la artesonada
techumbre, dejaba cernerse en su lugar la magnificencia de las
sombras serenas. En el ambiente flotaba como una onda
indisipable la casta esencia del nenúfar, el perfume sugeridor del
adormecimiento pensèroso y de la contemplación del propio ser.
Graves cariátides custodiaban las puertas de marfil en la actitud
del silenciario. En los testeros, esculpidas imágenes hablaban de
idealidad, de ensimismamiento, de reposo. . . — Y el viejo rey
18
aseguraba que, aun cuando a nadie fuera dado acompañarle hasta
allí, su hospitalidad seguía siendo en el misterioso seguro tan
generosa y grande como siempre, sólo que los que él congregaba
dentro de sus muros discretos eran convidados impalpables y
huéspedes sutiles. En él soñaba, en él se libertaba de la realidad, el
rey legendario; en él sus miradas se volvían a lo interior y se
bruñían en la meditación sus pensamientos como las guijas lavadas
por la espuma; en él se desplegaban sobre su noble frente las
blancas alas de Psiquis. . . Y luego, cuando la muerte vino a recor
darle que él no había sido sino un huésped más en su palacio, la
impenetrable estancia quedó clausurada y muda para siempre; para
siempre abismada en su reposo infinito; nadie la profanó jamás,
porque nadie hubiera osado poner la planta irreverente allí donde el
viejo rey quiso estar solo con sus sueños y aislado en la última Tule
de su alma.
Yo doy al cuento el escenario de vuestro reino interior.
Abierto con una saludable liberalidad, como la casa del monarca
confiado, a todas las corrientes del mundo, exista en él, al mismo
tiempo, la celda escondida y misteriosa que desconozcan los
huéspedes profanos y que a nadie más que a la razón serena
pertenezca. Sólo cuando penetréis dentro del inviolable seguro
podréis llamaros, en realidad, hombres libres. No lo son quienes,
enajenando insensatamente el dominio de sí a favor de la
desordenada pasión o el interés utilitario, olvidan que, según el
sabio precepto de Montaigne, nuestro espíritu puede ser objeto de
préstamo, pero no de cesión. — Pensar, soñar, admirar: he ahí los
nombres de los sutiles visitantes de mi celda. Los antiguos los
clasificaban dentro de su noble inteligencia del ocio, que ellos
tenían por el más elevado empleo de una existencia
verdaderamente racional, identificándolo con la libertad del
pensamiento emancipado de todo innoble yugo. El ocio noble era
la inversión del tiempo que oponían, como expresión de la vida
superior, a la actividad económica. Vinculando exclusivamente a
esa alta y aristocrática idea del reposo su concepción de la
dignidad de la vida, el espíritu clásico encuentra su corrección y su
19
complemento en nuestra moderna creencia en la dignidad del
trabajo útil; y entrambas atenciones del alma pueden componer, en
la existencia individual, un ritmo, sobre cuyo mantenimiento
necesario nunca será inoportuno insistir. — La escuela estoica,
que iluminó el ocaso de la antigüedad como por un anticipado
resplandor del cristianismo, nos ha legado una sencilla y
conmovedora imagen de la salvación de la libertad interior, aun en
medio a los rigores de la servidumbre, en la hermosa figura de
Cleanto; de aquel Cleanto que, obligado a emplear la fuerza de sus
brazos de atleta en sumergir el cubo de una fuente y mover la
piedra de un molino, concedía a la meditación las treguas del
quehacer miserable y trazaba, con encallecida mano, sobre las
piedras del camino, las máximas oídas de labios de Zenón. Toda
educación racional, todo perfecto cultivo de nuestra naturaleza
tomarán por punto de partida la posibilidad de estimular, en cada
uno de nosotros, la doble actividad que simboliza Cleanto.
Una vez más: el principio fundamental de vuestro
desenvolvimiento, vuestro lema en la vida, deben ser mantener la
integridad de vuestra condición humana. Ninguna función
particular debe prevalecer jamás sobre esa finalidad suprema.
Ninguna fuerza aislada puede satisfacer los fines racionales de la
existencia individual, como no puede producir el ordenado
concierto de la existencia colectiva. Así como la deformidad y el
empequeñecimiento son, en el alma de los individuos, el resultado
de un exclusivo objeto impuesto a la acción y un solo modo de
cultura, la falsedad de lo artificial vuelve efimera la gloria de las
sociedades que han sacrificado el libre desarrollo de su
sensibilidad y su pensamiento, ya a la actividad mercantil, como
en Fenicia; ya a la guerra, como en Esparta; ya al misticismo,
como en el terror del milenario; ya a la vida de sociedad y de
salón, como en la Fmncia del siglo XVffl. — Y preservándoos
contra toda mutilación de vuestra naturaleza moral; aspi- rando a
la armoniosa expansión de vuestro ser en todo noble sentido;
pensad al mismo tiempo en que la más fácil y frecuente de las
mutilaciones es, en el carácter actual de las sociedades humanas,
20
la que obliga al alma a privarse de ese género de vida interior,
donde tienen su ambiente propio todas las cosas delicadas y nobles
que, a la intemperie de la realidad, quema el aliento de la pasión
impura y el interés utilitario proscribe: ila vida de que son parte la
meditación desinteresada, la contemplación ideal, el ocio antiguo,
la impenetrable estancia de mi cuento!
21
no vale para la masa anónima los trescientos denarios. Si acaso la
respeta, es como a un culto esotérico. Y sin embargo, entre todos
los elementos de educación humana que pueden contribuir a
formar un amplio y noble concepto de la vida, ninguno justificaría
más que el arte un interés universal, porque ninguno encierra, —
según la tesis desenvuelta en elocuentes páginas de Schiller,— la
virtualidad de una cultura más extensa y completa, en el sentido de
prestarse a un acordado estímulo de todas las facultades del alma.
Aunque el amor y la admiración de la belleza no respondiesen
a una noble espontaneidad del ser racional y no tuvieran, con ello,
suficiente valor para ser cultivados por sí mismos, sería un motivo
superior de moralidad el que autorizaría a proponer la cultura de los
sentimientos estéticos como un alto interés de todos. —Si a nadie es
dado renunciar a la educación del sentimiento moral, este deber trae
implícito el de disponer el alma para la clara visión de la belleza.
Considerad al educado sentido de lo bello el colaborador más eficaz
en la formación de un delicado instinto de justicia. La dignificación,
el ennoblecimiento interior, no tendrán nunca artífice más
adecuado. Nunca la criatura humana se adherirá de más segura
manera al cumplimiento del deber que cuando, además de sentirle
como una imposición, le sienta estéticamente como una armonía.
Nunca ella será más plenamente buena que cuando sepa, en las
formas con que se manifieste activamente su virtud, respetar en
los demás el sentimiento de lo hermoso.
Cierto es que la santidad del bien purifica y ensalza todas las
groseras apariencias. Puede él indudablemente realizar su obra sin
darle el prestigio exterior de la hermosura. Puede el amor
caritativo llegar a la sublimidad con medios toscos, desapacibles
y vulgares. Pero no es sólo más hermosa, sino mayor, la caridad
que anhela transmitirse en las formas de lo delicado y lo selecto;
porque ella añade a sus dones un beneficio más, una dulce e
inefable caricia que no se sustituye con nada y que realza el bien
que se concede, como un toque de luz.
Dar a sentir lo hermoso es obra de misericordia. Aquellos que
exigirían que el bien y la verdad se manifestasen invariablemente
22
en formas adustas y severas me han parecido siempre amigos
traidores del bien y la verdad. La virtud es también un género de
arte, un arte divino; ella sonríe maternalmente a las Gracias. — La
enseñanza que se proponga fijar en los espíritus la idea del deber,
como la de la más seria realidad, debe tender a hacerla concebir al
mismo tiempo como la más alta poesía. — Guyau, que es rey en
las comparaciones hermosas, se vale de una insustituible para
expresar este doble objeto de la cultura moral. Recuerda el
pensador los esculpidos respaldos del coro de una gótica iglesia,
en los que la madera labrada bajo la inspiración de la fe
representa, en una faz, escenas de una vida de santo y, en la otra
faz, ornamentales círculos de flores. Por tal manera, a cada gesto
del santo, significa tivo de su piedad o su martirio; a cada rasgo de
su fisonomía o su actitud, corresponde, del opuesto lado, una
corola o un pétalo. Para acompañar la representación simbólica del
bien, brotan, ya un lirio, ya una rosa. Piensa Guyau que no de otro
modo debe estar esculpida nuestra alma; y él mismo, el dulce
maestro, ¿no es, por la evangélica hermosura de su genio de
apóstol, un ejemplo de esa viva armonía?
Yo creo indudable que el que ha aprendido a distinguir de lo
delicado lo vulgar, lo feo de lo hermoso, lleva hecha media
jornada para distinguir lo malo de lo bueno. No es, por cierto, el
buen gusto, como querría cierto liviano dilettantismo moral, el
único criterio para apreciar la legitimidad de las acciones
humanas; pero menos debe considerársele, con el criterio de un
estrecho ascetismo, una tentación del error y una sirte engañosa.
No le señalaremos nosotros como la senda misma del bien; sí
como un camino paralelo y cercano que mantiene muy
aproximados a ella el paso y la mirada del viajero. A medida que
la humanidad avance, se concebirá más claramente la ley moral
como una estética de la conducta. Se huirá del mal y del error
como de una disonancia; se buscará lo bueno como el placer de
una armonía. Cuando la severidad estoica de Kant inspira,
simbolizando el espíritu de su ética, las austeras palabras:
"Dormía, y soñé que la vida era belleza; desperté, y advertí que
23
ella es deber", desconoce que, si el deber es la realidad suprema,
en ella puede hallar realidad el objeto de su sueño, porque la
conciencia del deber le dará, con la visión clara de lo bueno, la
complacencia de lo hermoso.
En el alma del redentor, del misionero, del filántropo, debe
exigirse también entendimiento de hermosura, hay necesidad de
que colaboren ciertos elementos del genio del artista. Es inmensa
la parte que corresponde al don de descubrir y revelar la íntima
belleza de las ideas, en la eficacia de las grandes revoluciones
morales. Hablando de la más alta de todas, ha podido decir Renan
profundamente que "la poesía del precepto, que le hace amar,
significa más que el precepto mismo, tomado como verdad
abstracta". La originalidad de la obra de Jesús no está,
efectivamente, en la acepción literal de su doctrina, —puesto que
ella puede reconstituirse toda entera sin salir de la moral de la
Sinagoga, buscándola desde el Deuteronomio hasta el Talmud,—
sino en haber hecho sensible, con su prédica, la poesía del
precepto, es decir, su belleza íntima.
Pálida gloria será la de las épocas y las comuniones que
menosprecien esa relación estética de su vida o de su propaganda.
El ascetismo cristiano, que no supo encarar más que una sola faz
del ideal, excluyó de su concepto de la perfección todo lo que hace
a la vida amable, delicada y hermosa; y su espíritu estrecho sirvió
para que el instinto indomable de la libertad, volviendo en una de
esas arrebatadas reacciones del espíritu humano, engendrase, en la
Italia del Renacimiento, un tipo de civilización que consideró
vanidad el bien moral y sólo creyó en la virtud de la apariencia
fuerte y graciosa. El puritanismo, que persiguió toda belleza y toda
selección intelectual; que veló indignado la casta desnudez de las
estatuas; que profesó la afectación de la fealdad, en las maneras, en
el traje, en los discursos; la secta triste que, imponiendo su espíritu
desde el Parlamento inglés, mandó a extinguir las fiestas que
manifestasen alegría y segar los árboles que diesen flores, —tendió
junto a la virtud, al divorciarla del sentimiento de lo bello, una
sombra de muerte que aún no ha conjurado enteramente Inglaterra,
24
y que dura en las menos amables manifestaciones de su religiosidad
y sus costumbres. — Macaulay declara preferir la grosera "caja de
plomo" en que los puritanos guardaron el tesoro de la libertad, al
primoroso cofre esculpido en que la Corte de Carlos II hizo acopio
de sus refinamientos. Pero como ni la libertad ni la virtud necesitan
guardarse en caja de plomo, mucho más que todas las severidades
de ascetas y de puritanos, valdrán siempre, para la educación de la
humanidad, la gracia del ideal antiguo, la moral armoniosa de
Platón, el movimiento pulcro y elegante con que la mano de Atenas
tomó, para llevarla a los labios, la copa de la vida.
La perfección de la moralidad humana consistiría en infiltrar el
espíritu de la caridad en los moldes de la elegancia griega. Y esta
suave armonía ha tenido en el mundo una pasajera realización.
Cuando la palabra del cristianismo naciente llegaba con San Pablo
al seno de las colonias griegas de Macedonia, a Tesalónica y
Filipos, y el Evangelio, aún puro, se difundía en el alma de aquellas
sociedades finas y espirituales en las que el sello de la cultura
helénica mantenía una encantadora espontaneidad de distinción,
pudo creerse que los dos ideales más altos de la historia iban a
enlazarse para siempre. En el estilo epistolar de San Pedro queda la
huella de aquel momento en que la caridad se heleniza. Este dulce
consorcio duró poco. La armonía y la serenidad de la concepción
pagana de la vida se apartaron cada vez más de la idea nueva
que marchaba entonces a la conquista del mundo. Pero para
concebir la manera como podría señalarse al perfeccionamiento
moral de la humanidad un paso adelante, sería necesario soñar que
el ideal cristiano se
25
atribuirle exactamente la significación de una segunda conciencia
que nos orienta y nos devuelve a la luz cuando la primera se
oscurece y vacila. El sentido delicado de la belleza es, para
Bagehot, un aliado del tacto seguro de la vida y de la dignidad de
las costumbres. "La educación del buen gusto —agrega el sabio
pensador— se dirige a favorecer el ejercicio del buen sentido, que
es
26
nuestro principal punto de apoyo en la complejidad de la vida
civilizada". Si algunas veces veis unida esa educación, en el
espíritu
28
reclamo para el insecto propagador del polen fecundo, el matiz de
las flores, su perfume,— han desempeñado, entre los elementos de
la concurrencia vital, una función realísima; puesto que significando
una superioridad de motivos, una razón de preferencia para las
atracciones del amor, han hecho prevalecer, dentro de cada especie,
a los seres mejor dotados de hermosura sobre los menos
ventajosamente dotados.
Para un espíritu en que exista el amor instintivo de lo bello,
hay, sin duda, cierto género de mortificación, en resignarse a
defenderle por medio de una serie de argumentos que se funden en
otra razón, en otro principio, que el mismo irresponsable y
desinteresado amor de la belleza, en la que halla su satisfacción
uno de los impulsos fundamentales de la existencia racional.
Infortunadamente, este motivo superior pierde su imperio sobre un
inmenso número de hombres, a quienes es necesario enseñar el
respeto debido a ese amor del cual no participan, revelándoles
cuáles son las relaciones que lo vinculan a otros géneros de
intereses humanos. — Para ello, deberá lucharse muy a menudo
con el concepto vulgar de estas relaciones. En efecto: todo lo que
tienda a suavizar los contornos del carácter social y las
costumbres; a aguzar el sentido de la belleza; a hacer del gusto una
delicada impresionabilidad del espíritu y de la gracia una forma
universal de la actividad, equivale, para el criterio de muchos
devotos de lo severo o de lo útil, a menoscabar el temple varonil y
heroico de las sociedades, por una parte, su capacidad utilitaria y
positiva, por la otra. — He leído en Los trabajadores del mar que,
cuando un buque de vapor surcó por primera vez las ondas del
canal de la Mancha, los campesinos de Jersey lo anatematizaban
en nombre de una tradición popular que consideraba elementos
irreconciliables y destinados fatídicamente a la discordia, el agua y
el fuego. — El criterio comun abunda en la creencia de
enemistades parecidas. — Si os proponéis vulgarizar el respeto por
lo hermoso, empezad por hacer comprender la posibilidad de un
armónico concierto de todas las legítimas actividades humanas, y
ésa será más fácil tarea que la de convertir directamente el amor de
29
la hermosura, por ella misma, en atributo de la multitud. Para que
la mayoría de los hombres no se sientan inclinados a expulsar a las
golondrinas de la casa, siguiendo el consejo de Pitágoras, es
necesario argumentarles, no con la gracia monástica del ave ni su
leyenda de virtud, Fino con que la permanencia de sus nidos no es
en manera alguna inconciliable con la seguridad de los tejados!
30
que han invertido en esa obra bendita tantos tesoros de amor como
de genio.
Con frecuencia habréis oído atribuir a dos causas fundamenta
les el desborde del espíritu de utilidad que da su nota a la fisonomía
moral del siglo presente, con menoscabo de la consideración
estética y desinteresada de la vida. Las revelaciones de la ciencia de
la naturaleza —que, según intérpretes, ya adversos, ya favorables
a ellas, convergen a destruir toda idealidad por su base,— son la
una, la universal difusión y el triunfo de las ideas democráticas, la
otra. Yo me propongo hablaros exclusivamente de esta última
causa; porque confio en que vuestra primera iniciación en las
revelaciones de la ciencia ha sido dirigida como para preservaros
del peligro de una interpretación vulgar. — Sobre la democracia
pesa la acusación de guiar a la humanidad, mediocrizándola, a un
Sacro Imperio del utilitarismo. La acusación se refleja con vibrante
intensidad en las páginas —para mí siempre llenas de un sugestivo
encanto— del
31
distingue de su tolerancia como la hospitalidad galante de un
salón, del verdadero sentimiento de la caridad.
Piensa, pues, el maestro, que una alta preocupación por los
intereses ideales de la especie es opuesta del todo al espíritu de la
democracia. Piensa que la concepción de la vida, en una sociedad
donde ese espíritu domine, se ajustará progresivamente a la
exclusiva persecución del bienestar material como beneficio
propagable al mayor número de personas. Según él, siendo la
democracia la entronización de Calibán, Ariel no puede menos que
ser el vencido de ese triunfo. — Abundan afirmaciones semejantes
a éstas de Renan, en la palabra de muchos de los más caracterizados
representantes que los intereses de la cultura estética y la selección
del espíritu tienen en el pensamiento contemporáneo. Así, Bourget
se inclina a creer que el triunfo universal de las instituciones
democráticas hará perder a la civilización en profundidad lo que la
hace ganar en extensión. Ve su forzoso término en el imperio de un
individualismo mediocre. "Quien dice democracia —agrega el
sagaz autor de André Cornelis— dice desenvolvimiento progresivo
de las tendencias individuales y disminución de la cultura". — Hay
en la cuestión que plantean estos juicios severos, un interés
vivísimo, para los que amamos —al mismo tiempo— por
convencimiento, la obra de la Revolución, que en nuestra América
se enlaza además con las glorias de su Génesis; y por instinto, la
posibilidad de una noble y selecta vida espiritual que en ningún
caso haya de ver sacrificada su serenidad augusta a los caprichos de
la multitud. — Para afrontar el problema, es necesario empezar por
reconocer que cuando la democracia no enaltece su espíritu por la
influencia de una fuerte preocupación ideal que comparta su
imperio con la preocupación de los intereses materiales, ella
conduce fatalmente a la privanza de la mediocridad, y carece, más
que ningún otro régimen, de eficaces barreras con las cuales
asegurar dentro de un ambiente adecuado la inviolabilidad de la alta
cultura. Abandonada a sí misma —sin la constante rectificación de
una activa autoridad moral que la depure y encauce sus tendencias
en el sentido de la dignificación de la vida,— la democracia
32
extinguirá gradualmente toda idea de superioridad que no se
traduzca en una mayor y más osada aptitud para las luchas del
interés, que son entonces la forma más innoble de las brutalidades
de la fuerza. — La selección espiritual, el enaltecimiento de la vida
por la presencia de estímulos desinteresados, el gusto, el arte, la
suavidad de las costumbres, el sentimiento de admiración por todo
perseverante propósito ideal y de acatamiento a toda noble
supremacía, serán como debilidades indefensas allí donde la
igualdad social que ha destruido las jerarquías imperativas e
infundadas, no las sustituya con otras, que tengan en la influencia
moral su único modo de dominio y su principio en una clasificación
racional.
Toda igualdad de condiciones es en el orden de las
sociedades, como toda homogeneidad en el de la Naturaleza, un
equilibrio inestable. Desde el momento en que haya realizado la
democracia su obra de negación con el allanamiento de las
superioridades injustas, la igualdad conquistada no puede
significar para ella sino un punto de partida. Resta la afirmación. Y
lo afirmativo de la democracia y su gloria consistirán en suscitar,
por eficaces estímulos, en su seno, la revelación y el dominio de
las verdaderas superioridades humanas.
Con relación a las condiciones de la vida de América,
adquiere esta necesidad de precisar el verdadero concepto de
nuestro régimen social un doble imperio. El presuroso crecimiento
de nuestras democracias por la incesante agregación de una
enorme multitud cosmopolita; por la afluencia inmigratoria, que se
incorpora a un núcleo aún débil para verificar un activo trabajo de
asimilación y encauzar el torrente humano con los medios que
ofrecen la solidez secular de la estructura social, el orden político
seguro y los elementos de una cultura que haya arraigado
íntimamente, — nos expone en el porvenir a los peligros de la
degeneración democrática, que ahoga bajo la. fuerza ciega del
número toda noción de calidad; que desvanece en la conciencia de
las sociedades todo justo sentimiento del orden; y que, librando su
ordenación jerárquica a la torpeza del acaso, conduce
33
forzosamente a hacer triunfar las más injustificadas e innobles de
las supremacías.
Es indudable que nuestro interés egoísta debería llevarnos, —
a falta de virtud,— a ser hospitalarios. Ha tiempo que la suprema
necesidad de colmar el vacío moral del desierto, hizo decir a un
publicista ilustre que, en América, gobernar es poblar. — Pero esa
fórmula famosa encierra una verdad contra cuya estrecha
interpretación es necesario prevenirse, porque conduciría a atribuir
una incondicional eficacia civilizadora al valor cuantitativo de la
muchedumbre. — Gobernar es poblar, asimilando, en primer
término; educando y seleccionando, después. — Si la aparición y
el florecimiento, en la sociedad, de las más elevadas actividades
humanas, de las que determinan la alta cultura, requieren como
condición indispensable la existencia de una población cuantiosa y
densa, es precisamente porque esa importancia cuantitativa de
la población, dando lugar a la más compleja división del
trabajo, posibilita la formación de fuertes elementos dirigentes que
hagan efectivo el dominio de la calidad sobre el número. — La
multitud, la masa anónima, no es nada por sí misma. La multitud
será un instrumento de barbarie o de civilización segun carezca o
no del coeficiente de una alta dirección moral. Hay una verdad
profunda en el fondo de la paradoja de Emerson que exige que
cada país del globo sea juzgado según la minoría y no según la
mayoría de los habitantes.
La civilización de un pueblo adquiere su carácter, no de las
manifestaciones de su prosperidad o de su grandeza material, sino
de las superiores maneras de pensar y de sentir que dentro de ella
son posibles; y ya observaba Comte, para mostrar cómo en
cuestiones de intelectualidad, de moralidad, de sentimiento,
sería insensato pretender que la calidad pueda ser sustituida en
ningun caso por el número, que ni de la acumulación de muchos
espíritus vulgares se obtendrá jamás el equivalente de un cerebro
de genio, ni de la acumulación de muchas virtudes mediocres,
el equivalente de un rasgo de abnegación o de heroísmo. — Al
instituir nuestra democracia la universalidad y la igualdad de
34
derechos, sancionaría, pues, el predominio innoble del número, si
no cuidase de mantener muy en alto la noción de las legítimas
superioridades humanas, y de hacer, de la autoridad vinculada al
voto popular, no la expresión del sofisma de la igualdad absoluta,
sino, según las palabras que recuerdo de un joven publicista
francés, "la consagración de la jerarquía, emanando de la libertad"
35
Odiarán en el mérito una rebeldía. En sus dominios toda noble
superioridad se hallará en las condiciones de la estatua de mármol
colocada a la orilla de un camino fangoso, desde el cual le envía un
latigazo de cieno el carro que pasa. Ellos llamarán al dogmatismo
del sentido vulgar, sabiduría; gravedad a la mezquina aridez de
corazón; criterio sano, a la adaptación perfecta a lo mediocre; y
despreocupación viril, al mal gusto. — Su concepción de la justicia
los llevará a sustituir, en la historia, la inmortalidad del grande
hombre, bien con la identidad de todos en el olvido común, bien
con la memoria igualitaria de Mitrídates, de quien se cuenta que
conservaba en el recuerdo los nombres de todos sus soldados. Su
manera de republicanismo se satisfaría dando autoridad [Link]
procedimiento probatorio de Fox, que acostumbraba experimentar
sus proyectos en el criterio del diputado que le parecía más
perfecta personificación del country—gentleman, por la limitación
de sus facultades y la rudeza de sus gustos. Con ellos se estará en
las fronteras de la zoocracia de que habló una vez Baudelaire. La
Titania de Shakespeare, poniendo un beso en la cabeza asinina,
podría ser el emblema de la Libertad que otorga su amor a los
mediocres. Jamás, por medio de una conquista más fecunda, podrá
llegarse a un resultado más fatal!
Embriagad al repetidor de las irreverencias de la medianía,
que veis pasar por vuestro lado; tentadle a hacer de héroe;
convertid su apacibilidad burocrática en vocación de redentor, —y
tendréis entonces la hostilidad rencorosa e implacable contra todo
lo hermoso, contra todo lo digno, contra todo lo delicado, del
espíritu humano, que repugna, todavía más que el bárbaro
derramamiento de la sangre, en la tiranía jacobina; que, ante su
tribunal, convierte en culpas la sabiduría de Lavoisier, el genio de
Chenier, la dignidad de Malesherbes; que, entre los gritos
habituales en la Convención, hace oír las palabras:— iDesconfiad
de ese hombre, que ha hecho un libro!; y que refiriendo el ideal de
la sencillez democrática al primitivo estado de naturaleza de
Rousseau, podría elegir el símbolo de la discordia que establece
entre la democracia y la cultura, en la viñeta con que aquel sofista
36
genial hizo acompañar la primera edición de su famosa diatriba
contra las artes y las ciencias en nombre de la moralidad de las
costumbres: iun sátiro imprudente que pretendiendo abrazar, ávido
de luz, la antorcha que lleva en su mano Prometeo, oye al titán-
filántropo que su fuego es mortal a quien lo toca!
La ferocidad igualitaria no ha manifestado sus violencias en el
desenvolvimiento democrático de nuestro siglo, ni se ha opuesto
en formas brutales a la serenidad y la independencia de la cultura
intelectual. Pero, a la manera de una bestia feroz en cuya
posteridad domesticada hubiérase cambiado la acometividad en
mansedumbre artera e innoble, el igualitarismo, en la forma
mansa de la tendencia a lo utilitario y lo vulgar, puede ser un
objeto real de acusación contra la democracia del siglo No se ha
detenido ante ella ningún espíritu delicado y sagaz a quien no
hayan hecho pensar angustiosamente algunos de sus resultados, en
el aspecto social y en el político. Expulsando con indignada
energía, del espíritu humano, aquella falsa concepción de la
igualdad que sugirió los delirios de la Revolución, el alto
pensamiento contemporáneo ha mantenido, al mismo tiempo,
sobre la realidad y sobre la teoría de la democracia, una inspección
severa, que os permite a vosotros, los que colaboraréis en la obra
del futuro, fijar vuestro
punto de partida, no ciertamente para destruir, sino para educar,
37
la clasificación social que habría de sustituir a las jerarquías
recientemente destruidas. — La crítica de la realidad demo-
38
mayorías compactas son el enemigo más peligroso de la libertad y
la verdad"; y el formidable Nietzsche opone al ideal de una
humanidad mediatizada la apoteosis de las almas que se yerguen
sobre el nivel de la humanidad como una viva marea. — El anhelo
vivísimo por una rectificación del espíritu social que asegure a
la vida de la heroicidad y el pensamiento un ambiente más puro de
dignidad y de justicia, vibra hoy por todas partes, y se diría
que constituye uno de los fundamentales acordes que este
ocaso de siglo propone para las armonías que ha de componer el
siglo venidero.
39
la ciencia son, en efecto, los dos insustituibles soportes sobre los
que nuestra civilización descansa; o, expresándolo con una frase de
Bourget, las dos "obreras" de nuestros destinos futuros. "En ellas
somos, vivimos, nos movemos". Siendo, pues, insensato pensar,
como Renan, en obtener una consagración más positiva de todas
las superioridades morales, la realidad de una razonada jerarquía, el
dominio eficiente de las altas dotes de la inteligencia y de la
voluntad, por la destrucción de la igualdad democrática, sólo cabe
pensar en la educación de la democracia y su reforma. Cabe pensar
en que progresivamente se encarnen, en los sentimientos del pueblo
y sus costumbres, la idea de las subordinaciones necesarias, la
noción de las superioridades verdaderas, el culto consciente y
esponúneo de todo lo que multiplica, a los ojos de la razón, la cifra
del valor humano.
La educación popular adquiere, considerada en relación a tal
obra, como siempre que se la mira con el pensamiento del porve-
1 "Plus l'instruction se répand, plus elle doit faire de part aux idées générales et
généreuses. On croit que l'instruction populaire doit être terre à terre. Cest le contraire
qui est la vérite". — Fouillée: L'idée moderne du droit, lib. 59, IV. (N. del A).
40
sólo a los que han alcanzado realmente la posesión de las primeras
debe ser concedido el premio de las últimas. El verdadero, el digno
concepto de la igualdad, reposa sobre el pensamiento de que todos
los seres racionales están dotados por naturaleza de facultades
capaces de un desenvolvimiento noble. El deber del Estado consiste
en colo car a todos los miembros de la sociedad en indistintas
condiciones de tender a su perfeccionamiento. El deber del Estado
consiste en predisponer los medios propios para provocar,
uniformemente, la revelación de las superioridades humanas,
dondequiera que existan. De tal manera, más allá de esta igualdad
inicial, toda desigualdad estará justificada, porque será la sanción
de las misteriosas elecciones de la Naturaleza o del esfuerzo
meritorio de la voluntad. — Cuando se la concibe de este modo, la
igualdad democrática, lejos de oponerse a la selección de las
costumbres y de las ideas, es el más eficaz instrumento de selección
espiritual, es el ambiente providencial de la cultura. La favorecerá
todo lo que favorezca al predominio de la energía inteligente. No en
distinto sentido pudo afirmar Tocqueville que la poesía, la
elocuencia, las gracias del espíritu, los fulgores de la imaginación,
la profundidad del pensamiento, "todos esos dones del alma,
repartidos por el cielo al
41
perfectibilidad una futura equivalencia de los hombres por su
ascensión al mismo grado de cultura.
Racionalmente concebida, la democracia admite siempre un
imprescriptible elemento aristocrático, que consiste en establecer
la superioridad de los mejores, asegurándola sobre el consenti
libre de los asociados. Ella consagra, como las aristocracias,
la distinción de calidad; pero la resuelve a favor de las calidades
realmente superiores, —las de la virtud, el carácter, el
espíritu,— y sin pretender inmovilizarlas en clases constituidas
aparte de las otras, que mantengan a su favor el privilegio
execrable de la casta, renueva sin cesar su aristocracia dirigente en
las fuentes vivas del pueblo y la hace aceptar por la justicia y el
amor. Reconociendo, de tal manera, en la selección y la
predominancia de los mejor dotados una necesidad de todo
progreso, excluye de esa ley universal de la vida, al sancionarla en
el orden de la sociedad, el efecto de humillación y de dolor que es,
en las concurrencias de la naturaleza y en las de las otras
organizaciones sociales, el duro lote del vencido. "La gran ley de
la selección natural" , ha dicho luminosamente Fouillée,
"continuará realizándose en el seno de las sociedades humanas,
sólo que ella se realizará de más en más por vía de libertad". — El
carácter odioso de las aristocracias tradicionales se originaba de
que ellas eran injustas, por su fundamento, y opreso ras, por cuanto
su autoridad era una imposición. Hoy sabemos que no existe otro
límite legítimo para la igualdad humana que el que consiste en el
dominio de la inteligencia y la virtud, consentido por la libertad de
todos. Pero sabemos también que es necesario que este límite
exista en realidad. —Por otra parte, nuestra concepción cristiana
de la vida nos enseña que las superioridades morales, que son un
motivo de derechos, son principalmente un motivo de deberes, y
que todo espíritu superior se debe a los demás en igual proporción
que los excede en capacidad de realizar el bien. El anti-
igualitarismo de Nietzsche, —que tan profundo surco señala en
la que podríamos llamar nuestra moderna literatura de ideas, — ha
llevado a su poderosa reivindicación de los derechos que él
42
considera implícitos en las superioridades humanas, un
abominable, un reaccionario espíritu; puesto que, negando toda
fraternidad, toda piedad, pone en el corazón del superhombre a
quien endiosa, un menosprecio satánico para los desheredados y
los débiles; legitima en los privilegios de la voluntad y de la fuerza
el ministerio del verdugo; y con lógica resolución llega, en último
término, a afirmar que, "la sociedad no existe para sí sino para sus
elegidos". — No es, ciertamente, esta concepción monstruosa la
que puede oponerse, como lábaro, al falso igualitarismo que aspira
a la nivelación de todos por la común vulgaridad. iPor fortuna,
mientras exista en el mundo la posibilidad de disponer dos trozos
de madera en forma de cruz, —es decir: siempre,— la humanidad
seguirá creyendo que es el amor el fundamento de todo orden
estable y que la superioridad jerárquica en el orden no debe ser
sino una superior capacidad de amar!
Fuente de inagotables inspiraciones morales, la ciencia nueva
nos sugiere, al esclarecer las leyes de la vida, cómo el principio
democrático puede conciliarse, en la organización de las
colectividades humanas, con una aristarquia de la moralidad y la
cultura. — Por otra parte, —como lo ha hecho notar, una vez más,
en un simpático libro, Henri Bérenger,— las afirmaciones de la
ciencia contribuyen a sancionar y fortalecer en la sociedad el
espíritu de la democracia, revelando cuánto es el valor natural del
esfuerzo colectivo; cuál la grandeza de la obra de los pequeños;
cuán inmensa la parte de acción reservada al colaborador anónimo
y oscuro en cualquiera manifestación del desenvolvimiento
universal. Realza, no menos que la revelación cristiana, la dignidad
de los humildes, esta nueva revelación, que atribuye, en la
naturaleza, a la obra de los infinitamente pequeños, a la labor del
nummulite y el briozoo en el fondo oscuro del abismo, la
construcción de los cimientos geológicos; que hace surgir de la
vibración de la célula informe y primitiva todo el impulso
ascendente de las formas orgánicas; que manifiesta el poderoso
papel que en nuestra vida psíquica es necesario atribuir a los
fenómenos más inaparentes y más vagos, aun a las fugaces
43
percepciones de que no tenemos conciencia; y que, llegando a la
sociología y a la historia, restituye al heroísmo, a menudo
abnegado, de las muchedumbres, la parte que le negaba el silencio
en la gloria del héroe individual, y hace patente la lenta
acumulación de las investigaciones que, al través de los siglos, en
la sombra, en el taller, o el laboratorio de obreros olvidados,
preparan los hallazgos del genio.
Pero a la vez que manifiesta así la inmortal eficacia del esfuer
zo colectivo, y dignifica la participación de los colaboradores
ignorados en la obra universal, la ciencia muestra cómo en la
inmensa sociedad de las cosas y los seres, es una necesaria
condición de todo progreso el orden jerárquico; son un principio de
la vida las relaciones de dependencia y de subordinación entre los
componentes individuales de aquella sociedad y entre los elemen
tos de la organización del individuo; y. es, por último, una
necesidad inherente a la ley universal de imitación, si se la
relaciona con el perfeccionamiento de las sociedades humanas, la
presencia, en ellas, de modelos vivos e influyentes que las realcen
por la progresiva generalización de su superioridad.
Para mostrar ahora cómo ambas enseñanzas universales de la
ciencia pueden traducirse en hechos, conciliándose, en la organi
zación y en el espíritu de la sociedad, basta insistir en la
concepción de una democraciá noble, justa; de una democracia
dirigida por la noción y el sentimiento de las verdaderas
superioridades humanas; de una democracia en la cual la
supremacía de la inteligencia y la virtud, —únicos límites para la
equivalencia meritoria de los hombres,— reciba su autoridad y su
prestigio de la libertad y descienda sobre la multitud en la efusión
bienhechora del amor.
Al mismo tiempo que conciliará aquellos dos grandes
resultados de la observación del orden natural, se realizará, dentro
de una sociedad semejante —según la observa, en el mismo libro
de que os hablaba, Bérenger,— la armonía de los dos impulsos
históricos que han comunicado a nuestra civilización sus caracteres
esenciales, los principios reguladores de su vida. — Del espíritu
44
del cristianis mo nace, efectivamente, el sentimiento de igualdad,
viciado por cierto ascético menosprecio de la selección espiritual y
la cultura. De la herencia de las civilizaciones clásicas nacen el
sentido del orden, de la jerarquía y el respeto religioso del genio,
viciados por cierto aristocrático desdén de los humildes y los
débiles. El porvenir sintetizará ambas sugestiones del pasado en
una fórmula inmortal. La democracia, entonces, habrá triunfado
definitivamente. iY ella, que, cuando amenaza con lo innoble del
rasero nivelador, justifica las protestas airadas y las amargas
melancolías de los que creyeron sacrificados por su triunfo toda
distinción intelectual, todo ensueño de arte, toda delicadeza de la
vida, tendrá, aún más que las viejas aristocracias, inviolables
seguros para el cultivo de las flores del alma que se marchitan y
perecen en el ambiente de la vulgaridad y entre las impiedades del
tumulto!
45
utilitario. Y el Evangelio de esté verbo se difunde por todas partes
a favor de los milagros materiales del triunfo. Hispano-América ya
no es enteramente calificable, con relación a él, de tierra de
gentiles. La poderosa federación va realizando entre nosotros una
suerte de conquista moral. La admiración por su grandeza y por su
fuerza es un sentimiento que avanza a grandes pasos en el espíritu
de nuestros hombres dirigentes, y aún más quizá, en el de las
muchedumbres, fascinables por la impresión de la victoria. — Y,
de admirarla, se pasa, por una transición facilísima, a imitarla. La
admiración y la creencia son ya modos pasivos de imitación para
el psicólogo. "La tendencia imitativa de nuestra naturaleza moral
—decía Bagehot— tiene su asiento en aquella parte del alma en
que reside la credibilidad". — El sentido y la experiencia vulgares
serían suficientes para establecer por sí solos esa sencilla relación.
Se imita a aquel en cuya superioridad o cuyo prestigio se cree. —
Es así como la visión de una América deslatinizada por propia
voluntad, sin la extorsión de la conquista, y regenerada luego a
imagen y semejanza del arquetipo del Norte, flota ya sobre los
sueños de muchos sinceros interesados por nuestro porvenir,
inspira la fruición con que ellos formulan a cada paso los más
sugestivos paralelos y se manifiesta por constantes propósitos de
innovación y de reforma. Tenemos nuestra nordomanía. Es
necesario oponerle los límites que la razón y el sentimiento
señalan de consuno.
No doy yo a tales límites el sentido de una absoluta negación.
— Comprendo bien que se adquieran inspiraciones, luces,
enseñanzas, en el ejemplo de los fuertes; y no desconozco que una
inteligente atención fijada en lo exterior para reflejar de todas
partes la imagen de lo beneficioso y de lo útil es singularmente
fecunda cuando se trata de pueblos que aún forman y modelan su
entidad nacional. — Comprendo bien que se aspire a rectificar, por
la educación perseverante, aquellos trazos del carácter de una
sociedad humana que necesiten concordar con nuevas exigencias
de la civilización y nuevas oportunidades de la vida, equilibrando
así, por medio de una influencia innovadora, las fuerzas de la
46
herencia y la costumbre. — Pero no veo la gloria, 'ni en el
propósito de desnaturalizar el carácter de los pueblos, —su genio
personal,— para imponerles la identificación con un modelo
extraño al que ellos sacrifiquen la originalidad irreemplazable de
su espíritu; ni en la creencia ingenua de que eso pueda obtenerse
alguna vez por procedimientos artificiales e improvisados de
imitación. — Ese irreflexivo traslado de lo que es natural y
espontáneo en una sociedad al seno de otra, donde no tenga raíces
ni en la naturaleza ni en la historia, equivalía para Michelet a la
tentativa de incorporar, por simple agregación, una cosa muerta a
un organismo vivo. En sociabilidad, como en literatura, como en
arte, la imitación inconsulta no hará nunca sino deformar las líneas
del modelo. El engaño de los que piensan haber reproducido en lo
esencial el carácter de una colectividad humana, las fuerzas vivas
de su espíritu, y, con ellos, el secreto de sus triunfos y su
prosperidad, reproduciendo exactamente el mecanismo de sus
instituciones y las formas exteriores de sus costumbres, hace
pensar en la ilusión de los principiantes candorosos que se
imaginan haberse apoderado del genio del maestro cuando han
copiado las formas de su estilo o sus procedimientos de
composición.
En ese esfuerzo vano hay, además, no sé qué cosa de innoble.
Género de snobismo político podría llamarse al afanoso remedo
de cuanto hacen los preponderantes y los fuertes, los vencedores y
los afortunados; género de abdicación servil, como en la que en
algunos de los snobs encadenados para siempre a la tortura de la
sátira por el libro de Thackeray, hace consumirse tristemente las
energías de los ánimos no ayudados por la naturaleza o la fortuna,
en la imitación impotente de los caprichos y las volubilidades de
los encumbrados de la sociedad. — El cuidado de la independencia
interior —la de la personalidad, la del criterio— es una
principalísima forma del respeto propio. Suele, en los tratados de
ética, comentarse un precepto moral de Cicerón, segun el cual
forma parte de los deberes humanos el que cada uno de nosotros
cuide y mantenga celosamente la originalidad de su carácter
47
personal, lo que haya en él que Io diferencie y determine,
respetando, en todo cuanto no sea inadecuado para el bien, el
impulso primario de la Naturaleza, que ha fundado en la varia
distribución de sus dones el orden y el concierto del mundo. — Y
aun me parecería mayor el imperio del precepto si se le aplicase,
colectivamente, al carácter de las sociedades humanas. — Acaso
oiréis decir que no hay un sello propio y definido, por cuya
permanencia, por cuya integridad deba pugnarse, en la organización
actual de nuestros pueblos, Falta tal vez, en nuestro carácter
colectivo, el contorno seguro de la "personalidad". Pero en ausencia
de esa índole perfectamente diferenciada y autonómica, tenemos —
los americanos latinos— una
48
herencia de raza, una gran tradición étnica que mantener, un
vínculo sagrado que nos une a inmortales páginas de la historia,
confiando a nuestro honor su continuación en lo futuro. El
cosmopolitismo, que hemos de acatar como una irresistible
necesidad de nuestra formación, no excluye, ni ese sentimiento de
fidelidad a lo pasado, ni la fuerza directriz y plasmante con que debe
el genio de la raza imponerse en larefundición de los elementos que
constituirán al americano definitivo del futuro.
Se ha observado más de una vez que las grandes evoluciones
de la historia, las grandes épocas, los períodos más luminosos y
fecundos en el desenvolvimiento de la humanidad, son casi siempre
la resultante de dos fuerzas distintas y co-actuales, que mantienen,
por los concertados impulsos de su oposición, el interés y el
estímulo de la vida, los cuales desaparecerían, agotados, en la
quietud de una unidad absoluta. — Así, sobre los dos polos de
Atenas y Lacedemonia se apoya el eje alrededor del cual gira el
carácter de la más genial y civilizadora de las razas. — América
necesita mantener en el presente la dualidad original de su
constitución, que convierte en realidad de su historia el mito
clásico de las dos águilas soltadas simultáneamente de uno y otro
polo del mundo, para que llegasen a un tiempo al límite de sus
dominios. Esta diferencia genial y emuladora no excluye, sino que
tolera y aun favorece en muchísimos aspectos, la concordia de la
solidaridad. Y si una concordia superior pudiera vislumbrarse
desde nuestros días, como la fórmula de un porvenir lejano, ella no
sería debida a la imitación unilateral —que diría Tarde— de una
raza por otra, sino a la reciprocidad de sus influencias y al atinado
concierto de los atributos en que se funda la gloria de las dos.
Por otra parte, en el estudio desapasionado de esa civilización
que algunos nos ofrecen como único y absoluto modelo, hay
razones no menos poderosas que las que se fundan en la indignidad
y la inconveniencia de una renuncia a todo propósito de
originalidad, para templar los entusiasmos de los que nos exigen su
consagración idolátrica. — Y llego, ahora, a la relación que
directamente tiene, con el sentido general de esta plática mía, el
comenta rio de semejante espíritu de imitación.
Todo juicio severo que se formule de los americanos del
Norte debe empezar por rendirles, como se harn con altos
adversarios, la formalidad caballeresca de un saludo. — Siento
fácil mi espíritu para cumplirla. — Desconocer sus defectos no me
parecería tan insensato como negar sus cualidades. Nacidos —para
emplear la paradoja usada por Baudelaire a otro respecto— con la
experiencia innata de la libertad, ellos se han mantenido fieles a la
ley de su origen, y han desenvuelto, con la precisión y la seguridad
de una progresión matemática, los principios fundamen- tales de su
organización, dando a su historia una consecuente unidad que, si
bien ha excluido las adquisiciones de aptitudes y méritos distintos,
tiene la belleza intelectual de la lógica. — La huella de sus pasos
no se borrará jamás en los anales del derecho humano; porque ellos
han sido los primeros en hacer surgir nuestro moderno concepto de
la libertad, de las inseguridades del ensayo y de las imaginaciones
de la utopía, para convertirla en bronce imperecedero y realidad
viviente; porque han demostrado con su ejemplo la posibilidad de
extender a un inmenso organismo nacional la inconmovible
autoridad de una república; porque, con su organización federativa,
han revelado —segun la feliz expresión de Tocqueville— la
manera como se pueden conciliar con el brillo y el poder de los
estados grandes la felicidad y la paz de los pequeños. — Suyos son
algunos de los rasgos más audaces con que ha de destacarse en la
perspectiva del tiempo la obra de este siglo. Suya es la gloria de
haber revelado plenamente —acentuando la más firme nota de
belleza moral de nuestra civilización— la grandeza y el poder
del trabajo; esa fuerza bendita que la antigüedad abandonaba a
la abyección de la esclavitud, y que hoy identificamos con la
más alta expresión de la dignidad humana, fundada en la
conciencia y la actividad del propio mérito. Fuertes, tenaces,
teniendo la inacción por oprobio, ellos han puesto en manos del
mechanic de sus talleres y el farmer de sus campos, la clava
hercúlea del mito, y han dado al genio humano una nueva e
50
inesperada belleza ciñéndole el mandil de cuero del forjador. Cada
uno de ellos avanza a conquistar la vida como el desierto los
primitivos puritanos. Perseverantes devotos de ese culto de la
energía individual que hace de cada hombre el artífice de su
destino, ellos han modelado su sociabilidad en un conjunto
imaginario de ejemplares de Robinson, que después de haber
fortificado rudamente su personalidad en la práctica de la ayuda
propia, entraran a componer los filamentos de una urdimbre
firmísima. — Sin sacrificarle esa soberana concepción del
individuo, han sabido hacer al mismo tiempo, del espíritu de
asociación, el más admirable instrumento de su grandeza y de su
imperio; y han obtenido de la suma de las fuerzas humanas,
subordinada a los propósitos de la investigación, de la filantropía,
de la industria, resultados tanto más maravillosos, por lo mismo
que se consiguen con la más absoluta integridad de la autonomía
personal. — Hay en ellos un instinto de curiosidad despierta e
insaciable, una impaciente avidez de toda luz; y profesando el amor
por la instruccióp del pueblo con la obsesión de una monomanía
gloriosa y fecunda, han hecho de la escuela el quicio más seguro de
su prosperidad y del alma del niño la más cuidada entre las cosas
leves y preciosas. — Su cultura, que está lejos de ser refinada ni
espiritual, tiene una eficacia admirable siempre que se dirige
prácticamente a realizar una finalidad inmediata. No han
incorporado a las adquisiciones de la ciencia una sola ley general,
un solo principio; pero la han hecho maga por las maravillas de sus
aplicaciones, la han agitado en los dominios de la utilidad, y han
dado al mundo en la caldera de vapor y en el dínamo eléctrico,
billones de esclavos invisibles que centuplican, para servir al
Aladino humano, el poder de la lámpara maravillosa. — El
crecimiento de su grandeza y de su fuerza será objeto de
perdurables asombros para el porvenir. Han inventado, con su
prodigiosa aptitud de improvisación, un acicate para el tiempo; y al
conjuro de su voluntad poderosa, surge en un día, del seno de la
absoluta soledad, la suma de cultura acumulable por la obra de los
siglos. — La libertad puritana, que les envía su luz desde el pasado,
unió a esta luz el calor de una piedad que aún dura. Junto a la
51
fábrica y la escuela, sus fuertes manos han alzado también los
templos donde evaporan sus plegarias muchos millones de
conciencias libres. Ellos han sabido salvar, en el naufragio de todas
las idealidades, la idealidad más alta, guardando viva la tradición
de un sentimiento religioso que si no levanta sus vuelos en alas de
un espiritualismo delicado y profundo, sostiene, en parte, entre las
asperezas del tumulto utilitario, la rienda firme del sentido moral.
— Han sabido, también, guardar, en medio a los refinamientos de
la vida civilizada, el sello de cierta primitividad robusta. Tienen el
culto pagano de la salud, de la destreza, de la fuerza; templan y
afinan en el músculo el instrumento precioso de la voluntad; y,
obligados por su aspira ción insaciable de dominio a cultivar la
energía de todas las actividades humanas, modelan el torso del
atleta para el corazón del hombre libre. — Y del concierto de su
civilización, del acordado movimiento de su cultura, surge una
dominante nota de optimis mo, de confianza, de fe, que dilata los
corazones impulsándolos al porvenir bajo la sugestión de una
esperanza terca y arrogante; la nota del Excelsior y el Salmo de la
vida con que sus poetas han señalado el infalible bálsamo contra
toda amargura en la filosofia del esfuerzò y de la acción.
52
característicos son dos manifestaciones del poder de la voluntad: la
originalidad y la audacia. Su historia es, toda ella, el arrebato de
una actividad viril. Su personaje representativo se llama Yo
quiero, como el "superhombre" de Nietzsche. — Si algo le salva
colectivamente de la vulgaridad, es ese extraordinario alarde de
energía que lleva a todas partes y con el que imprime cierto
carácter de épica grandeza aun a las luchas del interés y de la vida
material. Así de los especuladores de Chicago y de Minneapolis, ha
dicho Paul Bourget que son a la manera de combatientes heroicos
en los cuales la aptitud para el ataque y la defensa es comparable
a la de un grognard del gran Emperador. Y esta energía suprema
con la que el genio norteamericano parece obtener —hipnotizador
audaz— el adormecimiento y la sugestión de los hados, suele
encontrarse aun en las particularidades que se nos presentan como
excepcionales y divergentes, de aquella civilización. Nadie
negará que Edgar Poe es una individualidad anómala y rebelde
dentro de su pueblo. Su alma escogida representa una partícula
inasimilable del alma nacional, que no en vano se agitó entre .las
otras con la sensación de una soledad infinita, Y sin embargo, la
nota fundamental —que Baudelaire ha señalado profundamente—
en el carácter de los héroes de Poe, es, todavía, el temple
sobrehumano, la indómita resistencia de la voluntad. Cuando ideó a
Ligeia, la más misteriosa y adorable de sus criaturas, Poe simbolizó
en la luz inextinguible de sus ojos, el himno de triunfo de la
Voluntad sobre la Muerte.
Adquirido, con el sincero reconocimiento de cuanto hay de
luminoso y grande en el genio de la poderosa nación, el derecho de
completar respecto a él la fórmula de la justicia, una cuestión llena de
interés pide expresarse. — ¿Realiza aquella sociedad, o tiende a
realizar, por lo menos, la idea de la conducta racional que cumple a
las legítimas exigencias del espíritu, a la dignidad inte lectual y moral
de nuestra civilización? — ¿Es en ella donde hemos de señalar la
más aproximada imagen de nuestra "ciudad perfec ta"? — Esa
febricitante inquietud que parece centuplicar en su seno el
movimiento y la intensidad de la vida, ¿tiene un objeto capaz de
merecerla y un estímulo bastante para justificarla?
53
Herbert Spencer, formulando con noble sinceridad su saludo a
la democracia de América en un banquete de Nueva York, señalaba
el rasgo fundamental de la vida de los norteamericanos, en esa
misma desbordada inquietud que se manifiesta por la pasión
infinita del trabajo y la porfia de la expansión material en todas sus
formas. Y observaba después que, en tan exclusivo predominio de
la actividad subordinada a los propósitos inmediatos de la utilidad,
se revelaba una concepción de la existencia, tolerable sin duda
como carácter provisional de una civilización, como tarea
preliminar de una cultura, pero que urgía ya rectificar, puesto que
tendía a convertir el trabajo utilitario en fin y objeto supremo de la
vida, cuando él en ningún caso puede significar racionalmente sino
la acumulación de los elementos propios para hacer posible el total
y armonioso desenvolvimiento de nuestro ser. — Spencer agregaba
que era necesario predicar a los norteamericanos el Evangelio del
descanso o el recreo; e identificando nosotros la más noble
significación de estas palabras con la del ocio tal cual lo
dignificaban los antiguos moralistas, clasificaremos dentro del
Evangelio en que debe iniciarse a aquellos trabajadores sin reposo,
toda preocupación ideal, todo desinteresado empleo de las horas,
todo objeto de meditación levantado sobre la finalidad inmediata
de la utilidad.
La vida norteamericana describe efectivamente ese círculo
vicioso que Pascal señalaba en la anhelante persecución del
bienestar, cuando él no tiene su fin fuera de sí mismo. Su
prosperidad es tan grande como su imposibilidad de satisfacer a una
mediana concepción del destino humano. Obra titánica, por la
enorme tensión de voluntad que representa y por sus triunfos
inauditos en todas las esferas del engrandecimiento material, es
indudable que aquella civilización produce en su conjunto una
singular impreSión de insuficiencia y de vacío. Y es que si, con
el*derecho que da la historia de treinta siglos de evolución
presididos por la dignidad del espíritu clásico y del espíritu
cristiano, se pregunta cuál es en ella el principio dirigente, cuál su
54
substratum ideal, cuál el propósito ulterior a la inmediata preo
upación de los intereses positivos que estremecen aquella masa fo
•dable, sólo se encontrará, como fórmula del ideal definitivo, la
misma absoluta preocupación del triunfo material. — Huérfano de
tradiciones muy hondas que le orienten, ese pueblo no ha sabido
sustituir la idealidad inspiradora del pasado con una alta y
desinteresada concepción del porvenir. Vive para la realidad
inmediata, del presente, y por ello subordina toda su actividad al
egoísmo del bienestar personal y colectivo.
De la suma de los elementos de su riqueza y su poder, podría
decirse lo que el autor de Mensonges de la inteligencia del marqués
de Norbert que figura en uno de sus libros: es un monte de leña al
cual no se ha hallado modo de dar fuego. Falta la chispa eficaz que
haga levantarse la llama de un ideal vivificante e inquieto, sobre el
copioso combustible. — Ni siquiera el egoísmo nacional, a falta de
más altos impulsos; ni siquiera el exclusivismo y el orgullo de raza,
que son los que transfiguran y engrandecen, en la antigüedad, la
prosaica dureza de la vida de Roma, pueden tener vislumbres de
idealidad y de hermosura en un pueblo donde la confusión
cosmopolita y el atomismo de una mal entendida democracia
impiden la formación de una verdadera conciencia nacional.
Diríase que el positivismo genial de la Metrópoli ha sufrido, al
transmitirse a sus emancipados hijos de América, una destilación que
le priva de todos los elementos de idealidad que le templaban,
reduciéndole, en realidad, a la crudeza que, en las exageraciones de la
presión o de la sátira, ha podido atribuirse al positivismo de
Inglaterra. — El espíritu inglés, bajo la áspera corteza de utilitarismo,
bajo la indiferencia mercantil, bajo la severidad puritana, esconde, a
no dudarlo, una virtualidad poética escogida, y un profundo venero
de sensibilidad, el cual revela, en el sentir de Taine, que el fondo
primitivo, el fondo germánico de aquella raza, modificada luego por
la presión de la conquista y por el hábito de la actividad comercial,
fue una extraordinaria exaltación del sentimiento. El espíritu
americano no ha recibido en herencia ese instinto poético ancestral,
que brota, como surgente límpida, del seno de la roca británica,
55
cuando es el Moisés de un arte delicado quien la toca. El pueblo
inglés tiene, en la institución de su aristocracia —por anacrónica e
injusta que ella sea bajo el aspecto del derecho político,— un alto e
inexpugnable baluarte que oponer al mercantilismo ambiente y a la
prosa invasora; tan alto e inexpugnable baluarte que es el mismo
Taine quien asegura que desde los tiempos de las ciudades griegas,
no presentaba la historia ejemplo de una condición de vida más
propia para formar y enaltecer el sentimiento de la nobleza humana.
En el ambiente de la democra cia de América, el espíritu de
vulgaridad no halla ante sí relieves inaccesibles para su fuerza de
ascensión, y se extiende y propaga como sobre la llaneza de una
pampa infinita.
56
motivo de satisfacerse su inquietud invasora y como un trofeo de su
vanidad. La ignoran, en lo que ella tiene de desinteresado y de
escogido; la ignoran, a despecho de la munificencia con que la
fortuna individual suele emplearse en estimular la formación de un
delicado sentido de belleza; a despecho de la esplendidez de los
museos y las exposiciones con que se ufanan sus ciudades; a
despecho de las montañas de mármol y de bronce que han esculpido
para las estatuas de sus plazas públicas. Y si con su nombre hubiera
de caracterizarse alguna vez un gusto de arte, él no podía ser otro
que el que envuelve la negación del arte mismo: la brutalidad del
efecto rebuscado, el desconocimiento de todo tono suave y de toda
manera exquisita, el culto de una falsa grandeza, el sensacionismo
que excluye la noble serenidad inconciliable con el apresuramiento
de una vida febril.
La idealidad de lo hermoso no apasiona al descendiente de los
austeros puritanos. Tampoco le apasiona la idealidad de lo
verdadero. Menosprecia todo ejercicio del pensamiento que
prescinda de una inmediata finalidad, por vano e infecundo. No le
lleva a la ciencia un desinteresado anhelo de verdad, ni se ha
manifestado ningun caso capaz de amarla por sí misma. La
investigación no es para él sino el antecedente de la aplicación
utilitaria. — Sus gloriosos empeños por difundir los beneficios de
la educación popular, están inspirados por el noble propósito de
comunicar los elementos fundamentales del saber al mayor
número; pero no nos revelan que, al mismo tiempo que de ese
acrecentamiento extensivo de la educación, se preocupe de
seleccionarla y elevarla, para auxiliar el esfuerzo de las
superioridades que ambicionen erguirse sobre la general
mediocridad. Así, el resultado de su porfiada guerra a la
57
brillo y de originalidad. Mientras en el período de la independencia
y organización surgen para representar, lo mismo el pensamiento
que la voluntad de aquel pueblo, muchos hombres ilustres, medio
siglo más tarde Tocqueville puede observar, respecto a ellos, que
los dioses se van. Cuando escribió Tocqueville su obra maestra,
aún irradiaba, sin embargo, desde Boston, la ciudadela puritana, la
ciudad de las doctas tradiciones, una gloriosa pléyade que tiene en
la historia intelectual de este siglo la magnitud de la universalidad.
— ¿Quiénes han recogido después la herencia de Channing, de
Emerson, de Poe? — La nivelación mesocrática, apresurando su
obra desoladora, tiende a desvanecer el poco carácter que quedaba
a aquella precaria intelectualidad. Las alas de sus libros ha tiempo
que no llegan a la altura en que sería universalmente posible
divisarlos. Y hoy, la más genuina representación del gusto
norteamericano, en punto a letras, está en los lienzos grises de un
diarismo que no hace pensar en el que un día suministró los
materiales de El Federalista!
58
cuando el criterio moral no hubiera de descender más abajo del
utilitarismo probo y mesurado de Franklin, el término forzoso —que
ya señaló la sagaz observación de Tocqueville— de una sociedad
educada en seme jante limitación del deber, sería, no por cierto una
de esas decadencias soberbias y magníficas que dan la medida de la
satánica hermosura del mal en la disolución de los imperios; pero sí
una suerte de materialismo pálido y mediocre, y en último
resultado, el sueño de una enervación sin brillo, por la silenciosa
descomposi ción de todos los resortes de la vida moral. — Allí
donde el precepto tiende a poner las altas manifestaciones de la
abnegación y la virtud fuera del dominio de lo obligatorio, la
realidad hará retroceder indefinidamente el límite de la obligación.
— Pero la escuela de la prosperidad material, que será siempre ruda
prueba para la austeridad de las repúblicas, ha llevado más lejos la
llaneza de la concepción de la conducta racional que hoy gana los
espíritus. Al código de Franklin han sucedido otros de más francas
tendencias como expresión de la sabiduna nacional. Y no hace aun
cinco años el voto público consagraba en todas las ciudades
norteamericanas, con las más inequívocas manifestaciones de la
popularidad y de la crítica, la nueva ley moral en que, desde la
puritana Boston, anunciaba solemnemente el autor de cierto docto
libro que se intitulaba Pushing to thefront2, que el éxito debía ser
considerado la finalidad suprema de la vida. La revelación tuvo eco
aun en el seno de las comuniones cristianas, y se citó una vez, a
propósito del libro afortunado, ila Imitación de Kempis, como
término de comparación!
La vida pública no se sustrae, por cierto, a las consecuencias
del crecimiento del mismo germen de desorganización que lleva
aquella sociedad en sus entrañas, Cualquier mediano observador de
sus costumbres políticas os hablará de cómo la obsesión del interés
utilitario tiende progresivamente a enervar y empequeñecer en los
corazones el sentimiento del derecho. El valor cívico, la virtud
vieja de los Hamilton, es una hoja de acero que se oxida, cada día
más, olvidada, entre las telarañas de las tradiciones. La venalidad,
59
que empieza desde el voto público, se propaga a todos los resortes
institucionales. El gobierno de la mediocridad vuelve vana la
emulación que realza los caracteres y las inteligencias y que los
entona con la perspectiva de la efectividad de su dominio. La
democracia, a la que no han sabido dar el regulador de una alta y
educadora noción de las superioridades humanas, tendió siempre
entre ellos a esa brutalidad abominable del número que menoscaba
los mejores beneficios morales de la libertad y anula en la opinión
el respeto de la dignidad ajena. Hoy, además, una formidable
fuerza se levanta a contrastar de la peor manera posible el
absolutismo del número. La influencia política de una plutocracia
representada por los todopoderosos aliados de los trusts,
monopolizadores de la producción y dueños de la vida
económica, es, sin duda, uno de los rasgos más merecedores de
interés en la actual fisonomía del gran pueblo. La formación de esta
plutocracia ha hecho que se recuerde, con muy probable
oportunidad, el adveni de la clase enriquecida y soberbia
que, en los últimos tiempos de la república romana, es uno de los
antecedentes visibles de la ruina de la libertad y de la tiranía de los
Césares. Y el exclusivo cuidado del engrandecimiento material —
numen de aquella civilización— impone así la lógica de sus
resultados en la vida política, como en todos los órdenes de la
actividad, dando el rango primero al struggle—for-lifer osado y
astuto, convertido en la brutal eficacia de su esfuerzo en la suprema
personificación de la energía nacional, —en el postulante a su
representación emersoniana,— en el personaje reinante de Taine!
60
un cercano porvenir la hegemonía, donde está la más fiel represen
tación de la vida norteamericana en el actual instante de su evolu
ción. Es allí donde los definitivos resultados, los lógicos y naturales
frutos, del espíritu que ha guiado a la poderosa democracia desde sus
orígenes, se muestran de relieve a la mirada del observador y le
proporcionan un punto de partida para imaginarse la faz del
inmediato futuro del gran pueblo. Al virginiano y al yanqui ha
scedido, como tipo representativo, ese dominador de las ayer
desiertas Praderas, refiriéndose al cual decía Michel Chevalier, hace
medio siglo, que "los últimos serían un día los primeros". El
utilitarismo, vacío de todo contenido ideal, la vaguedad cosmopolita
y la nivelación de la democracia bastarda alcanzarán, con él, su
último triunfo. Todo elemento noble de aquella civilización, todo lo
que la vincula a generosos recuerdos y fundamenta su dignidad
histórica, —el legado de los tripulantes del Flor de Mayo, la
memoria de los patricios de Virginia y de los caballeros de la Nueva
Inglaterra, el espíritu de los ciudadanos y los legisladores de la
emancipación,— quedarán dentro de los viejos Estados donde
Boston y Filadelfia mantienen aun, según expresivamente se ha
dicho, "el palladium de la tradición washingtoniana". Chicago se
alza a reinar. Y su confianza en la superioridad que lleva sobre el
litoral iniciador del Atlántico, se funda en que le considera
demasiado reaccionario, demasiado europeo, demasiado
tradicionalista. La historia no da títulos cuando el procedimiento de
elección es la subasta de la púrpura.
A medida que el utilitarismo genial de aquella civilización
asume así caracteres más definidos, más francos, más estrechos,
aumentan, con la embriaguez de la prosperidad material, las
impaciencias de sus hijos por propagarla y atribuirle la
predestinación de un magisterio romano. — Hoy, ellos aspiran
manifiestamente al
primado de la cultura universal, a la dirección de las ideas, y se
consideran a sí mismos forjadores de un tipo de civilización que
prevalecerá. Aquel discurso semi-irónico que Laboulaye pone en
boca de un escolar de su París americanizado, para significar la
61
preponderancia que concedieron siempre en el propósito educativo
a cuanto favorezca el orgullo del sentimiento nacional, tendría toda
la seriedad de la creencia más sincera en labios de cualquier
americano viril de nuestros días. En el fondo de su declarado
espíritu de rivalidad hacia Europa hay un menosprecio que es
ingenuo, y hay la profunda convicción de que ellos están
destinados a oscurecer, en breve plazo, su superioridad espiritual y
su gloria, cumpliéndose, una vez mas, en las evoluciones de la
civilización humana, la dura ley de los misterios antiguos en que el
iniciado daba muerte al iniciador. Inútil serla tender a convencerles
de que, aunque la contribución que han llevado a los progresos de
la libertad y de la utilidad haya sido, indudablemente, cuantiosa, y
aunque debiera atribuírsele en justicia la significación de una obra
universal, de una obra humana, ella es insuficiente para hacer
transmudarse, en dirección al nuevo Capitolio, el eje del mundo.
Inútil sería tender a convencerles de que la obra realizada por la
perseverante genialidad del ario europeo, desde que, hace
62
respeto; pero es dificil que cuando el extranjero divisa de alta mar
su gigantesco símbolo: la Libertad de Bartholdi, que yergue
triunfalmente su antorcha sobre el puerto de Nueva York, se
despierte en su ánimo la emoción profunda y religiosa con que el
viajero antiguo debía ver surgir, en las noches diáfanas del Atica, el
toque luminoso que la lanza de oro de la Atenea del Acrópolis
dejaba notar a la distancia en la pureza del ambiente sereno.
Y advertid que cuando, en nombre de los derechos del espíritu,
niego al utilitarismo norteamericano ese carácter típico con que
quiere imponérsenos como suma y modelo de civilización, no es mi
propósito afirmar que la obra realizada por él haya de ser
enteramente perdida con relación a los que podríamos llamar los
intereses del alma. — Sin el brazo que nivela y construye, no
tendría paz el que sirve de apoyo a la noble frente que piensa. Sin la
conquista de cierto bienestar material, es imposible en las
sociedades humanas el reino del espíritu. Así lo reconoce el mismo
aristocrático idealismo de Renan, cuando realza, del punto de vista
de los intereses morales de la especie y de su selección
espiritual en lo futuro, la significación de la obra utilitaria de este
siglo. "Elevarse sobre la necesidad —agrega el maestro— es
redimirse". - En 10 remoto del pasado, los efectos de la prosaica e
interesada actividad del mercader que por primera vez pone en
relación a un pueblo con otros, tienen un incalculable alcance
idealizador; puesto que contribuyen eficazmente a multiplicar
los instrumentos de la inteligencia, a pulir y suavizar las
costumbres, y a hacer posibles, quizá, los preceptos de una moral
más avanzada. — La misma fuerza positiva aparece
propiciando las mayores idealidades de la civilización. El oro
acumulado por el mercantilismo de las repúblicas italianas "pagó —
según Saint-Victor— los gastos del Renacimiento" Las naves que
volvían de los países de las mil y una noches, colmadas de especias
y marfil, hicieron posible que Lorenzo de Médicis renovara, en las
lonjas de los mercaderes florentinos, los convites platónicos. La
historia muestra en definitiva una inducción recíproca entre los
progresos de la actividad utilitaria y la ideal. Y así como la utilidad
suele convertirse en fuerte escudo para las idealidades, ellas
63
provocan con frecuencia (a condición de uno proponérselo
directamente) los resultados de lo útil. Observa Bagehot, por
ejemplo, cómo los inmensos beneficios positivos de la navegación
no existirían acaso para la humanidad si en las edades primitivas no
hubiera habido soñadores y ociosos —iseguramente, mal
comprendidos de sus contemporáneos!— a quienes interesase la
contemplación de lo que pasaba en las esferas del cielo. — Esta ley
de armonía nos enseña a respetar el brazo que labra el duro terruño
de la prosa. La obra del positivismo norteame ricano servirá a la
causa de Ariel, en último término. Lo que aquel pueblo de cíclopes
ha conquistado directamente para el bienestar material, con su
sentido de lo útil y su admirable aptitud de la invención mecánica,
lo convertirán otros pueblos, o él mismo en lo futuro, en eficaces
elementos de selección. Así, la más preciosa y fundamental de las
adquisiciones del espíritu, —el alfabeto, que da alas de inmortalidad
a la palabra,— nace en el seno de las factorías cananeas y es el
hallazgo de una civilización mercantil, que, al utilizarlo con fines
exclusivamente mercenarios, ignoraba que el genio de razas
superiores lo transfiguraría convirtiéndole en el medio de propagar
su más pura y luminosa esencia. La relación entre los bienes
positivos y los bienes intelectuales y morales es, pues, según la
adecuada comparación de Fouillée, un nuevo aspec to de la cuestión
de la equivalencia de las fuerzas que, así como permite transformar
el movimiento en calórico, permite también obtener, de las ventajas
materiales, elementos de superioridad espiritual.
Pero la vida norteamericana no nos ofrece aun un nuevo
ejemplo de esa relación indudable, ni nos lo anuncia como gloria de
una posteridad que se vislumbre. — Nuestra confianza y nuestros
votos deben inclinarse a que, en un porvenir más inaccesible a la
inferencia, esté reservado a aquella civilización un destino supe rior.
Por más que, bajo el acicate de su actividad vivlsima, el breve tiempo
que la separa de su aurora haya sido bastante para satisfa cer el gasto
de vida requerido por una evolución inmensa, su pasado y su
actualidad no pueden ser sino un introito con relación a lo futuro. —
Todo demuestra que ella está aún muy lejana de su fórmula
definitiva. La energía asimiladora que le ha permitido conservar cierta
64
uniformidad y cierto temple genial, a despecho de las enormes
invasiones de elementos étnicos opuestos a los que hasta hoy han
dado el tono a su carácter, tendrán que reñir batallas cada día más
dificiles y, en el utilitarismo proscriptor de toda idealidad, no
encontrará una inspiración suficientemente poderosa para mantener la
atracción del sentimiento solidario. Un pensador ilustre, que
comparaba al esclavo de las sociedades antiguas con una partícula no
digerida por el organismo social, podría quizá tener una comparación
semejante para caracterizar la situación de ese fuerte colono de
procedencia germánica que, establecido en los estados del centro y
del Far-West, conserva intacta, en su naturaleza, en su sociabilidad,
en sus costumbres, la impresión del genio alemán, que, en muchas de
sus condiciones características más profundas y enérgicas, debe ser
considerado una verdadera antítesis del genio americano. — Por otra
parte, una civilización que esté destinada a vivir y a dilatarse en el
mundo; una civilización que no haya perdido, momificándose, a la
manera de los imperios asiáticos, la aptitud de la variabilidad, no
puede prolongar indefinidamente la dirección de sus energías y de sus
ideas en un único y exclusivo sentido. Esperemos que el espíritu de
aquel titánico organismo social, que ha sido hasta hoy voluntad y
utilidad solamente, sea también algún día inteligencia, sentimiento,
idealidad. Esperemos que, de la enorme fragua, surgirá, en último
resul tado, el ejemplar humano, armonico, selecto, que Spencer, en un
ya citado discurso, creía poder augurar como término del costoso
proceso de refundición. Pero no le busquemos, ni en la realidad
presente de aquel pueblo, ni en la perspectiva de sus evoluciones
inmediatas; y renunciemos a ver el tipo de una civilización ejemplar
donde sólo existe un boceto tosco y enorme, que aún pasará
necesariamente por muchas rectificaciones sucesivas, antes de
adquirir la serena y firme actitud con que los pueblos que han
alcanzado un perfecto desenvolvimiento de su genio, presiden al
glorioso coronamiento de su obra, como en El sueño del cóndor que
Leconte de Lisle ha descrito con su soberbia majestad, terminando, en
olímpico sosiego, la ascensión poderosa, más arriba de las cumbres de
la Cordillera!
65
VII
Ante la posteridad, ante la historia, todo gran pueblo debe aparecer
como una vegetación cuyo desenvolvimiento ha tendido
armoniosamente a producir un fruto en el que su savia acrisolada
ofrece al porvenir la idealidad de su fragancia y la fecundidad de su
simiente. — Sin este resultado duradero, humano, levantado sobre
la finalidad transitoria de lo útil, el poder y la grandeza de los
imperios no son más que una noche de sueño en la existencia de la
humanidad; porque, como las visiones personales del sueño, no
merecen contarse en el encadenamiento de los hechos que forman
la trama activa dé la vida.
66
intensidad de una civilización. La gran ciudad es, sin duda, un
organismo necesario de la alta cultura. Es el ambiente natural de las
más altas manifestaciones del espíritu. No sin razón ha dicho Quinet
que "el alma que acude a beber fuerzas y energías en la íntima
comunicación con el linaje humano, esa alma que constituye al
grande hombre, no puede formarse y dilatarse en medio de los
67
de surgir al sol del otro día convertida en el grito que congrega la
fuerza que conduce las almas.
Entonces sólo, la extensión y la grandeza material de la ciudad
pueden dar la medida para calcular la intensidad de su civilización.
— Ciudades regias, soberbias aglomeraciones de casas, son para el
pensamiento un cauce más inadecuado que la absoluta soledad del
desiefio, cuando el pensamiento no es el señor que las domina. —
Leyendo el Maud de Tennyson, hallé una página que podría ser el
símbolo de este tormento del espíritu allí donde la sociedad
humana es para él un género de soledad. — Presa de angustioso
delirio, el héroe del poema se sueña muerto y sepultado, a pocos
pies dentro de tierra, bajo el pavimento de una calle de Londres. A
pesar de la muerte, su conciencia permanece adherida a los fríos
despojos de su cuerpo. El clamor confuso de la calle,
propagándose en sorda vibración hasta la estrecha cavidad de la
tumba, impide en ella todo sueño de paz. El peso de la multitud
indiferente gravita a toda hora sobre la triste prisión de aquel
espíritu y los cascos de los caballos que pasan, parecen empeñarse
en estampar sobre él un sello de oprobio. Los días se suceden con
lentitud inexorable. La aspiración de Maud consistiría en hundirse
más dentro, mucho más dentro, de la tierra. El ruido ininteligente
del tumulto sólo sirve para mantener en su conciencia desvelada el
pensamiento de su cautividad.
Existen ya, en nuestra América latina, ciudades cuya grandeza
material y cuya suma de civilización aparente, las acercan con
acelerado paso a participar del primer rango en el mundo. Es
necesario temer que el pensamiento sereno que se aproxime a
golpear sobre las exterioridades fastuosas, como sobre un cerrado
vaso de bronce, sienta el ruido desconsolador del vacío. Necesario
es temer, por ejemplo, que ciudades cuyo nombre fue un glorioso
símbolo en América; que tuvieron a Moreno, a Rivadavia, a
Sarmiento; que llevaron la iniciativa de una inmortal Revolución;
ciudades que hicieron dilatarse por toda la extensión de un
continente, como en el armonioso desenvolvimiento de las ondas
concéntricas que levanta el golpe de la piedra sobre el
68
agua dormida, la gloria de sus héroes y la palabra de sus tribunos,
— pueden terminar en Sidón, en Tiro, en Cartago.
A vuestra generación toca impedirlo; a la juventud que se
levanta, sangre y músculo y nervio del porvenir. Quiero
considerarla personificada en vosotros. Os hablo ahora
figurándome que sois destinados a guiar a los demás en los
combates por la causa del espíritu. La perseverancia de vuestro
esfuerzo debe identificarse en vuestra intimidad con la certeza del
triunfo. No desmayéis en predicar el Evangelio de la
delicadeza a los escitas, el Evangelio de la inteligen cia a los
beocios, el Evangelio del desinterés a los fenicios.
Basta que el pensamiento insista en ser, —en demostrar que
existe, con la demostración que daba Diógenes del movimiento,—
para que su dilatación sea ineluctable y para que su triunfo sea
seguro.
El pensamiento se conquistará, palmo a palmo, por su propia
espontaneidad, todo el espacio de que necesite para afirmar y con
solidar su reino, entre las demás manifestaciones de la vida. — El,
en la organización individual, levanta y engrandece, con su
actividad conti nuada, la bóveda del cráneo que le contiene. Las
razas pensadoras revelan, en la capacidad creciente de sus cráneos,
ese empuje del obrero interior. El, en la organización social, sabrá
también engrande cer la capacidad de su escenario, sin necesidad de
que para ello intervenga ninguna fuerza ajena a él mismo. — Pero
tal persuasión que debe defenderos de un desaliento cuya única
utilidad consistiría en eliminar a los mediocres y los pequeños de la
lucha, debe preserva ros también de las impaciencias
que exigen vanamente del tiempo la alteración de su ritmo
imperioso.
Todo el que se consagre a propagar y defender, en la América
contemporánea, un ideal desinteresado del espíritu, —arte,
ciencia, moral, sinceridad religiosa, política de ideas,— debe
educar su voluntad en el culto perseverante del porvenir. El pasado
perteneció todo entero al brazo que combate; el presente pertenece,
casi por completo también, al tosco brazo que nivela y construye;
69
el porvenir —un porvenir tanto más cercano cuanto más enérgicos
sean la voluntad y el pensamiento de los que ansían— ofrecerá,
para el desenvolvimiento de superiores facultades del alma, la
estabilidad, el escenario y el ambiente.
¿No la veréis vosotros, la América que nosotros soñamos;
hospitalaria para las cosas del espíritu, y no tan sólo para las
muchedumbres que se amparen a ella; pensadora, sin menoscabo
de su aptitud para la acción; serena y firme a pesar de sus
entusiasmos generosos; resplandeciente con el encanto de una
seriedad temprana y suave, como la que realza la expresión de un
rostro infantil cuando en él se revela, al través de la gracia intacta
que fulgura, el pensamiento inquieto que despierta?. . — Pensad en
ella a lo menos; el honor de vuestra historia futura depende de que
tengáis constantemente ante los ojos del alma la visión de esa
América regenerada, cerniéndose de lo alto sobre las realidades del
presente, como en la nave gótica el vasto rosetón que arde en luz
sobre lo austero de los muros sombríos. — No seréis sus funda
dores, quizá; seréis los precursores que inmediatamente la
precedan. En las sanciones glorificadoras del futuro, hay también
palmas para el recuerdo de los precursores. Edgar Quinet, que tan
profundamente ha penetrado en las armonías de la historia y la
naturale za, observa que para preparar el advenimiento de un nuevo
tipo humano, de una nueva unidad social, de una personificación
nueva de la civilización, suele precederles de lejos un grupo
disperso y prematuro, cuyo papel es análogo en la vida de las
sociedades al de las especiesproféticas de que a propósito de la
evolución biológica habla Héer. El tipo nuevo empieza por
significar, apenas, diferen cias individuales y aisladas; los
individualismos se organizan más tarde en "variedad"; y por
último, la variedad encuentra para
70
Quinet— el grupo se hace muchedumbre, y reina.
71
del lauro y el honor ruidoso, sino aun la voluptuosidad moral que
se solaza en la contemplación de la obra consumada y el término
seguro.
72
preocupación solícita y previsora de la posteridad, media un espa cio
inmenso, que acaso parezca breve y miserable algún día. Sólo somos
capaces de progreso en cuanto lo somos de adaptar nuestros actos a
condiciones cada vez más distantes de nosotros, en el espacio y en el
tiempo. La seguridad de nuestra intervención en una obra que haya de
sobrevivirnos, fructificando en los beneficios del futuro, realza nuestra
dignidad humana, haciéndonos triunfar
64
aun en el seno de la amarga filosofia que ha traído a la
civilización occidental, dentro del loto de Oriente, el amor de la
disolución y la nada, la voz de Hartmann ha predicado, con la apariencia
de la lógica, el austero deber de continuar la obra del perfeccionamien-
to, de trabajar en beneficio del porvenir, para que, acelerada la evolución
por el esfuerzo de los hombres, llegue ella con más rápido impulso a su
término final, que será el término de todo dolor y toda vida.
Pero no como Hartmann, en nombre de la muerte, sino en el de la
vida misma y la esperanza, yo os pido una parte de vuestra alma para la
obra del futuro. — Para pedíroslo, he querido inspirarme en la imagen
dulce y serena de mi Ariel. — El bondadoso genio en quien Shakespeare
acertó a infundir, quizá con la divina incon ciencia frecuente en las
adivinaciones geniales, tan alto simbolismo, manifiesta claramente en la
estatua su significación ideal, admirablemente traducida por el arte en
líneas y contornos. Ariel es la razón y el sentimiento superior. Ariel es
este sublime instinto de perfectibilidad, por cuya virtud se magnifica y
convierte en centro de las cosas, la arcilla humana a la que vive vinculada
su luz, —la miserable arcilla de que los genios de Arimanes hablan a
Manfredo. Ariel es, para la naturaleza, el excelso coronamiento de su
obra, que hace terminarse el proceso de ascensión de las formas
74
inspiró los débiles esfuerzos de racionalidad del hombre prehistórico,
cuando por primera vez dobló la frente oscura para labrar el pedernal o
dibujar una grosera imagen en los huesos de reno; desde que con sus alas
avivó la hoguera sagrada que el ario primitivo, progenitor 'de los pueblos
civilizadores, amigo de la luz, encendía en el misterio de las selvas del
Ganges, para forjar con su fuego divino el centro de la majestad humana,
—hasta que, dentro ya de las razas superiores, se cierne deslumbrante
sobre las almas que han extralimitado las cimas naturales de la
humanidad; lo mismo sobre los héroes del pensamiento y del ensueño
que sobre los de la acción y el sacrificio; lo mismo sobre Platón en el
promontorio de Súnium, que sobre San Francisco de Asís en la soledad
de Monte Albernia. — Su fuerza incontrastable tiene por impulso todo el
movimiento ascendente de la vida. Vencido una y mil veces por la
indomable rebelión de Calibán, proscripto por la barbarie vencedora,
asfixiado en el humo de las batallas, manchadas las alas transparentes al
rozar el "eterno ester colero de Job", Ariel resurge inmortalmente. Ariel
recobra su juventud y su hermosura, y acude ágil, como al mandato de
Próspero, al llamado de cuantos le aman e invocan en la realidad. Su
benéfico imperio alcanza a veces, aun a los que le niegan y le
desconocen. El dirige a menudo las fuerzas ciegas del mal y la barbarie
para que concurran, como las otras, a la obra del bien. El cruzará la
historia humana, entonando, como en el drama de Shakespeare, su
canción melodiosa, para animar a los que trabajan y a los que luchan,
hasta que el cumplimiento del plan ignorado a que obedece le permita —
cual se liberta, en el drama, del servicio de Próspero,— romper sus lazos
materiales y volver para siempre al centro de su lumbre divina.
Aún más que para mi palabra, yo exijo de vosotros un dulce e
indeleble recuerdo para mi estatua de Ariel. Yo quiero que la imagen
leve y graciosa de este bronce se imprima desde ahora en la más segura
intimidad de vuestro espíritu. — Recuerdo que una vez que observaba el
monetario de un museo, provocó mi atención en la leyenda de una vieja
moneda la palabra Esperanza, medio borrada sobre la palidez decrépita
del oro. Considerando la apagada inscripción, yo meditaba en la posible
realidad de su influencia. ¿Quién sabe qué activa y noble parte sería
justo atribuir,
75
en la formulación del carácter y en la vida de algunas generaciones
humanas, a ese lema sencillo actuando sobre los ánimos como una
insistente sugestión? ¿Quién sabe cuántas vacilantes alegrras
persistieron, cuántas generosas empresas maduraron, cuantos fatales
propósitos se desvanecieron, al chocar las miradas con la palabra
alentadora, impresa, como un gráfico grito, sobre el disco metálico que
circuló de mano en mano? . . . Pueda la imagen de este bronce —
troquelados vuestros corazones con ella— desempeñar en vues tra vida
el mismo inaparente pero decisivo papel. Pueda ella, en las horas sin
luz del desaliento, reanimar en vuestra conciencia el entusiasmo por el
ideal vacilante, devolver a vuestro corazón el calor de la esperanza
perdida. Afirmado primero en el baluarte de vuestra vida interior, Ariel
se lanzará desde allí a la conquista de las almas. Yo le veo, en el
porvenir, sonriéndoos con gratitud, desde lo alto, al sumergirse en la
sombra vuestro. espíritu. Yo creo en vuestra voluntad, en vuestro
esfuerzo; y más aún, en los de aque llos a quienes daréis la vida y
transmitiréis vuestra obra. Yo suelo embriagarme con el sueño del día
en que las cosas reales harán pensar que ila Cordillera que se yergue
sobre el suelo de América ha sido tallada para ser el pedestal definitivo
de esta estatua, para ser el ara inmutable de su veneración!
VIII
76
larga mirada que el genio, prisionero en el bronce, enviase sobre el grupo
juvenil que se alejaba. — Por mucho espacio marchó el grupo en
silencio. Al amparo de un recogimiento unánime, se verificaba en el
espíritu de todos ese fino destilar de la meditacion, absorta en cosas
graves, que un alma santa ha comparado exquisitamente a la caída lenta y
tranquila del rocío sobre el vellón de un cordero. — Cuando el áspero
contacto de la muchedumbre les devolvió a la realidad que les rodeaba,
era la noche ya. Una cálida y serena noche de estío. La gracia y la
quietud que ella derramaba de su urna de ébano sobre la tierra, triunfaban
de la prosa flotante sobre las cosas dispuestas por manos de los hombres.
Sólo estorbaba para el éxtasis la presencia de la multitud. Un soplo tibio
hacía estreme-
77
78
MOTIVOS DE PROTEO
(Selección)
PRESENTACION
FORMA DEL MAR, numen del mar, de cuyo seno inquieto sacó
la antigüe dad fecunda generación de mitos, Proteo era quien
guardaba los rebaños de focas de Poseidón. En la Odisea y en las
Geórgicas se canta de su ancianidad venerable, de su paso sobre
la onda en raudo coche marino. Como todas las divinidades de
las aguas, tenía el don profético y el conocimiento cabal de lo
presente y lo pasado. Pero era avaro de su saber, esquivo a las
consultas, y para eludir la curiosidad de los hombres apelaba a su
maravillosa facultad de transfigurarse en mil formas diversas.
Por esta facultad se caracterizó en la fábula, y ella determina , en
la clave de lo legendario, su significado ideal.
Cuando el Menelao homérico quiere saber por él el rumbo
que deberá imprimir a sus naves; cuando el Aristeo de Virgilio
va a pedirle el secreto del mal que consume sus abejas, Proteo
recurre a la misteriosa virtud con que desorientaba a aquellos que
le sorprendían. Ya se trocaba en fiero león, ya en ondulante y
escamosa serpiente; ya, convertido en fuego, se alzaba como
trémula llama; ahora era el árbol que levanta hasta la vecindad
del cielo su cerviz, ahora el arroyo que suelta en rápida corriente
sus ondas. Siempre inasible, siempre nuevo, recorría la infinitud
de las apariencias sin fijar su esencia sutilísima en ninguna. Y
81
por esta plasticidad infinita, siendo divinidad del mar,
personificaba uno de los aspectos del mar: era la ola multiforme,
huraña, incapaz de concreción ni reposo; la ola, que ya se rebela,
ya acaricia; que unas veces arrulla, otras atruena; que tiene todas
las volubilidades del huraña, incapaz de concreción ni reposo; la
ola, que ya se rebela, ya acaricia; que nunca sube ni cae de un
modo igual, y que tomando y devolviendo al piélago el líquido
que acopia, impone a la igualdad inerte la figura, el movimiento
y el cambio.
JOSÉ ENRIQUE RODó
82
REFORMARSE ES vrv1R. . . Y desde luego, nuestra
transformación personal en cierto grado ¿no es ley constante e
infalible en el tiempo? ¿Qué importa que el deseo y la voluntad
queden en un punto si el tiempo pasa y nos lleva? El tiempo es el
sumo innovador. Su potestad, bajo la cual cabe todo lo creado, se
ejerce de manera tan segura y continua sobre las almas como
sobre las cosas. Cada pensamiento de tu mente, cada
movimiento de tu sensibilidad, cada determinación de tu
albedrío, y aún más: cada instante de la aparente tregua de
indiferencia o de sueño, con que se interrumpe el proceso de tu
actividad consciente, pero no el de aquella otra que se
desenvuelve en ti sin participación de tu voluntad y sin
conocimiento de ti mismo, son un impulso más en el sentido de
una modificación, cuyos pasos acumulados producen esas
transformaciones visibles de edad a edad, de decenio a decenio:
mudas de alma, que sorprenden acaso a quien no ha tenido ante
los ojos el gradual desenvolvimiento de una vida, como
sorprende al viajero que torna, tras larga ausencia, a la patria, ver
83
las cabezas blancas de aquellos a quienes dejó en la mocedad.
84
hay idea ni acto que no contribuyan a determinar, aun cuando sea
en proporción infinitesimal, el rumbo de tu vida, el sentido
sintético de tus movimientos, la forma fisonómica de tu
personalidad. El dientecillo oculto que roe en lo hondo de tu
alma; la gota de agua que cae a compás en sus antros oscuros; el
gusano de seda que teje allí hebras sutilísimas, no se dan tregua ni
reposo; y sus operaciones concordes, a cada instante te matan, te
rehacen, te destruyen, te crean. . . Muertes cuya suma es la
muerte; resurrecciones cuya persistencia es la vida. ¿Quién ha
expresado esta inestabilidad mejor que Séneca, cuando dijo,
considerando lo fugaz y precario de las cosas: "Yo mismo, en el
momento de decir que todo cambia, ya he cambia do"?
Perseveramos sólo en la continuidad de nuestras modificaciones;
en el orden, más o menos regular, que las rige; en la fuerza que
nos lleva adelante hasta arribar a la transformación más
misteriosa y trascendente de todas. . . Somos la estela de la nave,
cuya entidad material no permanece la misma en dos momentos
sucesivos, porque sin cesar muere y renace de entre las ondas: la
estela, que es, no una persistente realidad, sino una forma
andante, una suceSión de impulsos rítmicos, que obran sobre un
objeto constantemente renovado.
85
Ves desfilar los magistrados, los sacerdotes, los músicos;
ves aparecer doncellas que llevan ánforas y canastas rituales,
graciosamente asentadas sobre la cabeza con apoyo del brazo.
Pero allí, tras el montón de bueyes lucios, escogidos, que
marchan a ser sacrificados a la diosa; allí, precediendo a esa
gallarda legión de adolescentes, ya a pie, ya en carros, ya a
caballo, que entonan belicoso himno, ¿no percibes un concierto
venerable de formas y movimientos semejantes a las notas de
una música sagrada que se escuchase con los ojos; no ves
pintarse un cuadro majestuoso y severo: cuadro viviente, del que
se desprende una onda de grave dad sublime, en que se embebe
el alma como en la mirada serenante de un dios? . . . Grandes y
firmes estaturas; acompasada marcha, en que la lentitud del
movimiento no acusa punto de debilidad ni de fatiga; frentes que
dicen majestad, reposo, nobleza, y en las que el espacio natural
se ha dilatado a costa de una parte del cabello blanquísimo, que
cae en ondas en dirección a las espaldas, leve mente encorvadas;
ojos lejanos, por lo abismados en las órbitas; olímpicos, por el
modo de mirar; barbas de nieve que velan en difusa esclavina la
rotundidad del pecho anchuroso • ¿qué selección divina ha
constituido ese coro de hermosura senil, donde la mirada se
alivia del fulgor de juventud radiante que recoge si atiende a la
multitud que viene luego? Cada tribu del Atica ha contribuido a
él con sus ancianos más hermosos; Atenas las ha invitado a este
concurso; Atenas premiará a la que más hermosos los envíe; y
coronando el espectáculo en que parece reunir cuanto hay de
bello y noble en la existencia, para ostentarlo ante su diosa,
señala así en la ancianidad el don de una belleza genérica, que
es, en lo plástico, correspondencia de una belleza ideal, propia
también y diferenciada de la que conviene a la idea de la
juventud, en la sensibilidad, en la voluntad y en el
entendimiento.
86
VIII
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levantó, cuan alto pudo, la flor entronizada, y la paseó, como en
triunfo, por entre la muchedumbre de las flores.
88
oscuridad de la noche, gusto el canto, alegría el lloro, Apolo
versos, el amor conceptos, con que podrán hacerse eternos y
famosos, no sólo en los presentes, sino en los venideros siglos". .
. ¿Entiendes la trascendental belleza de este acuerdo? La
condena de abandonar por cierto espacio de tiempo su ideal de
vida, no mueve a Don Quijote ni a la rebelión contra la
obediencia que le impone el honor, ni a la tristeza quejumbrosa y
baldía, ni a conformarse en quietud trivial y prosaica. Busca la
manera de dar a su existencia nueva sazón ideal. Convierte el
castigo de su vencimiento en proporción de gustar una poesía y
una hermosura nuevas. Propende desde aquel punto a la
idealidad de la quietud, como hasta entonces había propendido
a la idealidad de la acción y la aventura. Dentro de las
condiciones en que el mal hado le ha puesto, quiere mostrar que
el hado podrá negarle un género de gloria, el preferido y ya en
vía de lograrse; mas no podrá restañar la vena ardiente que brota
de su alma, anegándola en superiores anhelos; vena capaz
siempre de encontrar o labrar el cauce por donde tienda a su fin,
entre las bajas realidades del mundo.
XVII
LA RESPUESTA DE LEUCONOE
89
las instruyó de modo que, con adecuados trajes y atributos,
formasen una alegórica representacion del mundo conocido,
donde cada una personificara a determinada tierra, ya romana, ya
bárbara, y en su nombre reverenciase al César y le hiciera
ofrecimiento de sus dones. Púsose en ensayo este propósito; todo
marchaba a maravilla; pero sea que, distribuidos los papeles,
quedase sin ninguno una aspirante a quien no fuera posible
desdeñar; sea que lo exigiese el arreglo y proporción en la
manera como debían tejerse las danzas y figuras, ello es que
hubo necesidad de aumentar en uno el número de las personas.
Se había contado ya con todos los países del mundo, y se dudaba
cómo salvar esta dificultad, cuando el patricio, que era dado a los
libros, se dirigió a un estante, de donde tomó un ejemplar de las
tragedias de Séneca, y buscando en la Medea el pasaje donde
están unos versos que hoy son famosos, por el soplo profético
que los inspira, habló de la presunción que hacía el poeta de la
existencia de una tierra ignorada, que futuras gentes hallarían,
yendo sobre el misterioso Océano; más allá (añadió el patricio)
de donde situó a la sumergida Atlántida, Platón. Este soñado país
propuso que fuera el que completase el cuadro, ya que faltaba
otro. Poco apetecible destino parecía ser el de representar a una
tierra de que nada podía afirmarse, ni aun su propia existencia,
mientras que todas las demás daban ocasión para lucir
pintorescos y significativos atributos, y para que se las loase, o
se las diferenciase cuando menos, en elocuentes recitados. Pero
hubo quien, renunciando al papel que ya tenía atribuido, reclamó
el humilde oficio para sí. Era la más joven de todas y la llamaban
Leuconoe. No se halló el modo de caracterizar, con apropiadas
galas, su parte, y se acordó que no llevara más que un traje
blanco y aéreo como una página donde no se ha sabido qué
poner. . . Llegado el día, realizóse la fiesta; y noblemente
personificadas, las tierras desfilaron ante el señor del mundo,
después de concertarse en variadas danzas de artificio, y cada
una de ellas le dedicó sus ofrendas.
90
Presentóse, primero que ninguna, Roma, en forma casi
varonil: éste era el modo de hermosura de la que llevaba sus
colores; el andar, de diosa; el imperio en el modo de mirar; la
majestad en cada actitud y cada movimiento. Ofreció el orbe por
tributo; y la siguió, como madre que viene después de la hija por
ser ésta soberana, Grecia, coronada de mirto. Lo que dijo de sí
sólo podría abreviarse en lápida de mármol. Italia vino luego.
Habló de la gracia esculpida, en suaves declives, sobre un suelo
que dora el sol, al son armónico del aire. Celebró su feracidad;
aludió al trigo de Campania, al óleo de Venafro, al vino de
Falerno. La rubia Galia, depuesto el primitivo furor, mostró
colmadas de pacíficos frutos las corrientes del Saona y el
Ródano. Iberia presentó sus rebaños, sus trotones, sus minas.
Ceñida de bárbaros se adelantó Germania, e hizo el elogio de las
pieles espesas, el ámbar transparente, y los gigantes de ojos
azules cazados para el circo en la espesura de la Carbonaria y de
la Hircinia. Bretaña dijo que, en sus Casitérides, había el metal
de que toman su firmeza los bronces. La Iliria, famosa por sus
abundantes cosechas; la Tracia, que cría caballos raudos como el
viento; la Macedonia, cuyos montes son arcas de ricos minerales,
rindieron sus tesoros; y se acercó tras ellas la postrera Thule, que
ofreció juntos fuego y nieve, con la fianza de Pytheas. Llegó el
turno de las tierras asiáticas; y en cuerpo de faunesca hermosura,
la Siria habló de los laureles de Dafne y los placeres de
Antioquía. El Asia Menor reunió, en doble tributo, los
esplendores del Oriente con las gracias de Jonia, tendiendo, entre
ambas ofrendas, la flauta frigia, como cruz de balanza. Se ufanó
Babilonia con el resplandor de sus recuerdos. La Persia, madre
de los frutos de Europa, brindó semillas de generosa condición.
Grande estuvo la India cuando pintó montañas y ríos colosales,
cuando invocó las piedras fúlgidas, el algodón, el marfil, la
pluma de los papagayos, las perlas; cuando nombró cien plantas
preciosas: el ébano, que ensalzó Virgilio; el amono y el
malabatro, braseros de raros perfumes; el árbol milagroso cuyo
fruto hace vivir doscientos años. . . La Palestina ofreció olivos y
91
viñedos. Fenicia se glorió de su púrpura. La región sabea, de su
oro. Mesopotamia hizo mención de los bosques espesísimos
donde Alejandro cortó las tablas de sus naves. El país de Sérica
cifró su orgullo en una tela primorosa; y Taprobana, que remece
el doble monzón, en la fragante canela. Vinieron luego los
pueblos de la Libia. Presidiéndolos llegó el Egipto multisecular:
habló de sus Pirámides, de sus esfinges y colosos; del despertar
mejor de su grandeza, en una ciudad donde una torre iluminada
señala el puerto a los marinos. La Cirenaica dijo el encanto de su
serenidad, que hizo que fuese el lecho a donde iban a morir los
epicúreos. Cartago, a quien realzara Augusto de las ruinas, se
anunció llamada a esplendor nuevo. La Numidia expuso que
daba mármoles para los palacios; fieras para las theriomaquias y
las pompas. La Etiopía afirmó que en ella estaban el país del
cinamomo, el de la mirra, los enanos de un pigmo y los
macrobios de mil años. Las Fortunadas, fijando el término de lo
conocido, recordaron que en su seno esperaba a las almas de los
justos la mansión de la eterna felicidad.
Por último, con suma gracia y divino candor, llegó
Leuconoe. En nada aparentaba formar parte de la viviente y
simbólica armonía. No llevaba sino un traje blanco y aéreo,
como una página donde no se ha sabido qué poner. . . En aquel
instante, nadie la envidiaba, por más que luciese su hermosura.
El César preguntó la razón de su presencia, y se extranó, cuando
lo supo, viéndola tan mal destinada y tan hermosa.
—Leuconoe —dijo con una benévola ironía—: no te ha
tocado un gran papel. Tu poca suerte quiso que la realidad
concluyera en manos de las otras, y he aquí que has debido
contentarte con la ficción del poeta. . . Admiro tu dulce
conformidad, y me complace tu homenaje, puesto que eres
hermosa. Pero ¿qué bien me dirás de la región que representas, si
has de evitar el engañarme? . . . ¿Qué me ofreces de allí? ¿Qué
puedes afirmar que haya en tu tierra de quimera?
—iEspacio! —dijo con encantadora sencillez Leuconoe.
Todos sonreían.
92
—Espacio. . . —repitió el César—. iEs verdad! Sea
desapacible o risueña, estéril o fecunda, espacio habrá en la tierra
incógnita, si existe; y aun cuando ella no exista, y allí donde la
finge el poeta sólo esté el mar, o acaso el vacío pavoroso, ¿quién
duda que en el mar o en el vacío habrá espacio? Leuconoe
—prosiguió. con mayor animación—: tu respuesta tiene un
alto sentido. Tiene, si se la considera, más de uno. Ella dice la
misteriosa superioridad de lo soñado sobre lo cierto y tangible,
porque está en la humana condición que no haya bien mejor
que la esperanza, ni cosa real que se aventaje a la dulce
incertidumbre del sueño. Pero, además, encierra tu respuesta una
hermosa consigna para nuestra voluntad, un brioso estímulo a
nuestro denuedo. No hay límite en donde acabe para el fuerte el
incentivo de la acción. Donde hay espacio, hay cabida para
nuestra gloria. Donde hay espacio, hay posibilidad de que Roma
triunfe y se dilate.
Dijo el César; arrancó de su pecho una gruesa esmeralda que
allí estaba de broche, y era de las que el Egipto produce mayores
y más puras; y prendiéndola al seno de la niña, la dejó, como un
fulgor de esperanza, sobre la estola, toda blanca, mientras
terminaba diciendo:
—iSea el premio para la región desconocida; sea el premio
para Leuconoe!
XXII
94
XXVII
95
en este mortal y lento castigo. iVe cómo el surco de la cadena
que suspendo, abre las
carnes de mis manos; ve cómo mis espaldas se encorvan! Pero lo
que más exacerba mi martirio es que, cediendo a una fascinación
que nace del tedio y el cansancio, no soy dueño de apartar la
mirada de esta imagen de mí que me pone delante el reflejo
del agua cada vez que encaramo sobre el brocal el cubo del pozo.
Vivo mirándola, mirándola, más petrificado, en realidad, que
aquella estatua cabizbaja de Hipnos, porque ella sólo a ciertas
horas de sol tiene los ojos fijos en su propia sombra. De tal
manera conocí mi semblante casi infantil, y veo hoy esta
máscara de angustia, y veré cómo el tiempo ahonda en la
máscara las huellas de su paso, y cómo se acercan y la tocan las
sombras de la muerte. . . Sólo tú, hombre extraño, has logrado
desviar algunas veces la atención de
cabizbaja de Hipnos,
97
inmenso aún; y luego hay tierras que limitan, por el opuesto
extremo, otros mares; y nuevas tierras, y otras más, que pinta el
sol de los distintos climas y donde alientan variadas castas de
hombres: la estupenda extensión de las tierras pobladas y
desiertas, la redondez sublime del mundo. Dentro de esta
inmensidad, hállase el puerto para donde el barco ha partido.
Quizás, llegado a él, tome después caminos diferentes entre otros
puntos de ese campo infinito, y ya no vuelva nunca, cual si la
misteriosa línea que pasó fuese de veras el vacío en donde todo
acaba. . . Pero he aquí que, un día, consultando la misma linea
misteriosa, ves levantarse un jirón flotante de humo, una
bandera, un mástil, un casco de aspecto conocido. . . iEs el barco
que vuelve! Vuelve, como el caballo fiel a la dehesa. Acaso más
pobre y leve que al partir; acaso herido por la perfidia de la onda;
pero acaso también, sano y colmado de preciosas cosechas. Tal
vez, como en alforjas de su potente lomo, trae el tributo de los
climas ardientes: aromas deleitables, dulces naranjas, piedras que
lucen como el sol, o pieles suaves y vistosas. Tal vez, a trueque
de las que llevaba, trae gentes de más sencillo corazón, de
voluntad más recia ybrazos más robustos. iGloria yventura al
barco! Tal vez, si de más industriosa parte procede, trae los
forjados hierros que arman para el trabajo la mano de los
hombres; la tejida lana; el metal rico, en las redondas piezas que
son el acicate del mundo; tal vez trozos de mármol y de bronce, a
que el arte humano infundió el soplo de la vida, o mazos de
papel donde, en huellas de diminutos moldes, vienen pueblos de
ideas. iGloria, gloria y ventura, al barco!
98
LXVI
100
pasadas; llámense Guizot, cuya labor histórica, interrumpida
durante veinte años de ilustre acción política, entra en definitiva y
fecunda actividad después que el destronamiento de Luis Felipe
aparta a su mentor de participar en la historia actual y viva;
llámense Niebuhr, que deja su embajada de Roma y se recluye,
por el resto de sus días, en el universitario ambiente de Bonn,
para dar cima a una idea de su juventud con la obra magna a que
dura vinculado su nombre.
La inspiración poética es también, alguna vez, flor que se abre
en el ocaso de una vida de acción, por los voluptuosos o
melancólicos estímulos del ocio y el recuerdo: tal se reveló en
Silio Itálico entre los mármoles de su retiro de Parténope. Y el
interés de la especulación filosófica, despertando en la mente,
como incitativo dejo del mundo, luego de una juventud, y parte de
una madurez, consagradas a la carrera de las armas y a la pasión
de los negocios públicos, realízase en la vida de Destutt de Tracy.
101
del ambiente mantiene ignorantes de su radical vocación o sin
modo de satisfacerla, permanecen vinculadas hasta entonces a
otra, quizá abonada por muy positiva aptitud, pero menos
profunda y congenial que la que aguarda silenciosa su tiempo. La
voluntad heroica se destaca tal vez, en esas horas supremas, por
brazo sólo habituado a manejar una pluma, un compás, un pincel
o un escalpelo. La tradición de las guerras de la Edad Media, en la
Italia de güelfos y gibelinos, guardó el nombre del médico Juan de
Prócida, que, ya famoso como tal, siente un día rebosar de su
pecho los agravios de sus paisanos de Sicilia contra la conquista
francesa, y va de corte en corte buscando príncipe vengador, y
alienta el odio y la esperanza en el corazón de los suyos, hasta que
aparece como personificación arrogante del desquite, iluminado
por la siniestra luz de las trágicas Vísperas. Cuando el huracán
revolucionario hace desbordarse a Francia sobre Europa, sus
ráfagas arrancan a Kleber de pacíficas tareas de arquitecto para
levantarle, en el término de pocos años, a vencedor de Heliópolis
y reconquistador del Egipto; y penetrando en el estudio donde
Gouvion de Saint-Cyr adiestra su mano de pintor, le mueven a
tomar en ella la espada que ha de valer, en un cercano futuro, el
LXXVIII
AYAX
102
y capricho de las cosas. En la égloga tercera de Virgilio,
Menalcas propone, por enigma, a Palemón, cuál es la flor que
lleva escrito un nombre augusto. Alude a que con las dos letras
del jacinto da comienzo el non. Nt•e de Ayax, el héroe homérico
que, envuelto por la niebla en densas sombras, pide a los dioses
luz, sólo luz, para luchar, aun cuando sea contra ellos.
En tiempos en que Roma congregaba todas las filosofias,
vivió en ella Lupercio, geómetra y filósofo. De un amor juvenil
tuvo Lupercio una hija a quien dio el nombre de Urania y educó
en la aficlon de la sabiduría. Imaginemos a Hipatia en un albor de
adolescencia: candorosa alma de invernáculo sobre la cual los
ojos habían reflejado tan intensamente la luz que parte de las
Ideas • creadas y baña la tersa faz de los papiros, como poco y
en espacio la luz real que el sol derrama sobre la
palpitación de la Naturaleza. Nada sabía del campo. Cierto día,
una ráfaga que vino de lo espontáneo y misterioso de los
sentimientos, llamóla a conocer la agreste extensión. Dejó su
encierro. Desentumida el alma por el contento de la fuga, vio
extenderse ante sí, bajo, la frescura matinal, el Agro romano. La
tierra sonreía, toda llena de flores. Junto a una pared en ruina el
manso viento mecía unas de color azul, que fueron gratas a
Urania. Eran seis, dispuestas en espiga a la extremidad de esbelto
bohordo, cuya graciosa cimbra arrancaba de entre hojas
comparables a unos glaucos puñales. Unnia se inclinó sobre las
flores de jacinto; y más que con la suavidad de su fragancia, se
embelesó con aquellas dos letras que provocaron en su espíritu la
ilusión de una Naturaleza sellada por los signos de la inteligencia.
Aún fue mayor su hechizo al columbrar que, como impresión de
la Idea soberana, era el nombre de Ayax el que estaba así
desparramado sobre lo más limpio y primoroso de la corteza del
mundo; segura prenda —pensó— de que, por encima de los
dioses, resplandece la luz que Ayax pidió para vencerlos. . . Pero
las flores no tenían sino dos letras de aquel nombre, y en Urania
dominaba un concepto sobrado ideal del orden infinito para creer
que, una vez el nombre comenzado por mano de la Naturaleza,
hubiera podido quedar, como en aquellas flores, inconcluso.
103
Ocurrió en vano a nuevos bohordos de jacinto. Quizá las letras
que faltaban se hallarían sobre las hojas de otras flores. Grande
era lo visible del campo, y en toda su extensión variadas flores lo
esmaltaban. Buscando las letras terminales aventuróse Urania
campo adentro. Miró en las margaritas, mártires diezmadas por la
rueda y el casco; en las rojinegras amapolas; en los narcisos, que
guardan oro entre la nieve; en los pálidos lirios; en las violetas,
amigas de la esquividad; llegó a la orilla de una charca donde
frescos nenúfares mentían imágenes del sueño de la onda
dormida. Todo en vano. . . Tanto se había obstinado en la
búsqueda que ya se aproximaba la noche. Contó su cuita a un
boyero que recogía su hato, y él se rió de su candor. Cansada, y
triste con la decepción que desvanecía su sueño de una Naturaleza
sellada por las cifras de las ideas, volvió el paso a la ciudad, que
extendía, frente adonde se había abismado el sol, su sombra
enorme.
AyaxEste fue el día de campo de Urania. En presencia de los
destinos incompletos; de la risueña vida cortada en sus albores;
del bien que promete y no madura, iquién no ha experimentado
alguna vez el sentimiento con que se preguntaba Urania cómo la
Naturaleza pudo no completar en ninguna parte el nombre de
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Acaso nunca ha habido anacoreta que viviese en tan desapacible
retiro como Teótimo, monje penitente, en alturas más propias que
de penitentes, de águilas. Tras de placery gloria, gustó lo amargo
del mundo; debió su conversión al dolor; buscó un refugio, bien
alto, sobre la vana agitación de los hombres; y le eligió donde la
montaña era más dura, donde la roca era más árida, donde la
soledad era más triste. Cumbres escuetas, de un ferruginoso color,
cerraban en reducido espacio el horizonte. El suelo era como
gigantesca espalda desnuda: ni árboles, ni aun rastreras matas, en
él. A largos trechos, se abría en un resalte de la roca una
concavidad que semejaba negra herida, y en una de ellas halló
Teótimo su amparo. Todo era inmóvil y muerto en la extensión
visible, a no ser un torrente que precipitaba su escaso caudal por
cauce estrecho, fingiendo llantos de la roca, y las águilas que
solían cruzarse entre las cimas. En esta espantosa soledad clavó
Teótimo su alma, como el jirón de una bandera destrozada en
lides del mundo, para que el viento de Dios la limpiase de la
sangre y el cieno. Bien pronto, casi sin luchas de tentación y sin
nostálgicas memorias, la gracia vino a él, como el sueño al cuerpo
vencido del cansancio. Logró la entera sumersión del pecho en el
amor de Dios; y al paso que este amor crecía, un sentimiento
intenso, lúcido, de la pequeñez humana, se concretaba dentro de
él, en este diamante de la gracia: la más rendida y congojosa
humildad. De las cien máscaras del pecado tomó en mayor
aborrecimiento a la soberbia, que, por ser primera en el tiempo
que las otras, antes que máscara del pecado le pareció su
semblante natural. Y sobre la roca yerma y desolada, frente al
adusto silencio de las cumbres, Teótimo vivió, sin otros
pensamientos que el de la única grandeza velada allá tras la
celeste bóveda que sólo en reducida parte veía, y el de su propia
pequeñez e indignidad.
Pasaron años de esta suerte; largos años durante los cuales la
conciencia de Teótimo sólo reflejó de su alma imágenes de
abatimiento y penitencia. Si acaso alguna duda de la constancia de
su piedad humilde le amargaba, ella nacía del extremo de su
misma humildad. Fue condición que Teótimo había puesto en su
105
voto, ir, una vez que pasase determinado tiempo de retiro, a visitar
la tumba de sus padres, y volver luego, para siempre, al desierto.
Cumplido el plazo, tomó el camino del más cercano valle. La
montaña perdía, en lo tendido de su falda, parte de su aridez, y
algunas matas, rezagadas de vegetación más copiosa, interrumpían
lo desnudo del suelo. Teótimo se sentó a descansar junto a una de
ellas. ¿Cuántos años hacía que no posaba los ojos en una flor, en
una rama, en nada de lo que compone el manto alegre y undoso
colgado de los hombros del mundo? . . . Miró a sus pies, y vio una
blanca florecilla que nacía de un tallo acamado sobre el césped;
trémula, y como medrosa, con el soplo del aura. Era de una gracia
suave, tímida; sin hermosura, sin aroma. . . Teótimo, que reparó en
ella sin quererlo, se puso a contemplarla con tranquilo deleite.
Mientras notaba la sencilla armonía de sus hojuelas blancas, el
ritmo de sus movimientos, la gracia de su debilidad, una idea
súbita nació de la contemplación de Teótimo. iTambién cuidaba el
cielo de aquella tierna florecilla; también a ella destinaba un rayo
de su amor, de su complacencia en la obra que vio buena!. . . Y
esta idea no era en él grata, afectuosa, dulcemente conmovida,
como acaso la tuvimos nosotros. Era amarga, y promovía, dentro
de su pecho, como una hesitante rebelión. Sobre la roca yerma y
desolada nunca había nublado su humildad el pensamiento que
ahora le inquietaba. ¿Todo el amor de Dios no era entonces para el
alma del hombre? ¿El mundo no era el yermo sobre el cual, única
flor, flor de espinoso cardo, el alma humana se entreabna, sabedora
de no merecer la luz del cielo, pero sola en gozar del beneficio de
esta luz? Vano fue que luchara por quitar los ojos del alma, de este
obstinado pensamiento, porque él volvía a presentársele, cual si lo
empujase a la claridad de la conciencia de Teótimo una tenaz
persecución. Y tras él, sentía el eremita venir de lo hondo de su
ser, un rugido cada vez más cercano. . . un rugido cada vez más
siniestro un rugido cuyo son conocía, y que brotaba de unas fauces
que creyó mortalmente secas en su alma. Bastó una débil florecilla
para que el monstruo oculto, la soberbia apostada tras la ilusión de
la humildad, dejase, con avasallador empuje, su guarida. . . Bajo la
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alegre bondad de la mañana, mientras tocaba en su pecho un rayo
de sol, Teótimo, torvo y airado, puso el pie sobre la
flor indefensa.
LXXXIX
107
tiempo: la propia intuición de lo pasado, la concepción viviente y
colorida de otras épocas, de otras civilizaciones, ganan en ti desde
que viajas una vez, aun cuando sea por pueblos donde no haya
huellas ni reliquias de aquel pasado. Lo que importa es que te
emancipes, por la eficacia de tu viaje primero, de la torpeza
imaginativa a que, más o menos, nos condena siempre la visión de
una sola cara de la realidad: la que hallamos, al nacer, delante de
los ojos. De esa manera, desentumida y estimulada tu fantasía,
será ágil después para transportarse, ya en el espacio, ya en el
tiempo, a la visión de cualquiera realidad distinta de la que el
sentir material te pone delante.
En la andantesca escuela del mundo, la facultad de concebir
imágenes se extiende, se realza, se multiplica; y como la
sensibilidad es potencia sometida al influjo de la imaginación, y
siente más quien mejor imagina aquello de que siente, cuanto
mejor y Con más brío imagines la vida de remotos hombres, tanto
más apto serás para participar, por simpatía, de sus dolores, de sus
regocijos y entusiasmos; y de este modo se ensanchará el
horizonte de tu vida moral, como el de tus ojos cuando subes a
una montaña; y conocerás, compartiéndolas, emociones diferentes
de aquellas que te han herido en carne propia o de los tuyos; de
donde nace que para el hombre de imaginación difundida y
adiestrada por el mucho ver, haya siempre mayor posibilidad de
aflojar los lazos opre sores del hábito y de redimir o reformar su
personalidad.
xcv
Naturaleza y arte, eleterno original y el simulacro excelso, la
madre joven y amantísima y el hijo lleno de gracia que brinca en
su regazo, compiten en provocar, con las señas que nos hacen, la
108
sugestión que despierta las vocaciones latentes y define y encauza
las que permanecen en incertidumbre. iQué potestad, como de
iluminación extática, puede ejercer la visión de las cosas sublimes
del mundo material, en aquel que por primera vez las ve, con el
candoroso júbilo, o con el candoroso pasmo, de quien las
descubrie El mar. . . la montaña. . . el desierto. . . En la
soledad de la selva americana, Chateaubriand encuentra la
espaciosidad infinita necesaria para volcar el alma opresa por las
convenciones del mundo; y entonces nace René, y en un abrazo
inmenso se juntan la grandeza de la tierra salvaje con la grandeza
del humano dolor. Y en cuanto a la virtud de las maravillas del
arte sobre los espíritus en quienes una facultad superior espera
sólo ser llamada y sacudida, hable Italia, que sabe de esto; hablen
sus ruinas, sus cuadros, sus estatuas; hablen las salas de sus
teatros y los coros de sus iglesias, y si el tiempo tiene capacidad
para contener tantos nombres, digan los de aquellos que, en un
momento de sus viajes, sintieron anunciarse a su espíritu una
vocación que ignoraban, o bien corroboraron y. dieron rumbo
cierto a una ya sabida; los que, como Poussin, desbastaron allí su
genio inculto; los que, como Rubens, fueron a redondear su
maestría en la contemplación de los modelos; los que, como
Meyerbeer y Mendelssohn, en el divino arte de la música,
debieron a la que allí escucharon un elemento indispensable para
la integración de su personalidad y de su gloria.
Quien una vez ha hecho esta romería, queda edificado para
siempre por ella. Si Milton logró preservar, dentro de sí, del humo
de tristeza y de tedio con que el puritanismo enturbiaba su
ambiente y su propia alma, la flor de la alta poesía, ien cuánta
parte no lo debió a la unción luminosa que el sol de Italia dejó en
las reconditeces de su espíritu, desde el viaje aquel en que trabó
conocimiento con la alegría de la Naturaleza y con el orden
soberano de la imaginación! La austeridad teológica, la moral
desapacible y árida, la limitación fanática del juicio, subyugaron,
en él, la parte de personalidad que manifestó en la acción y la
polémica; pero su fantasía y su sensibilidad guardaron, para
109
regocijo de los hombres, el premio que recibió su alma de aquella
visitación de peregrino.
Aún más hermoso ejemplo es el de Goethe, transfigurado
por el mismo espectáculo del arte y la naturaleza de Italia. En el
constante y triunfal desenvolvimiento de su genio, esta ocasión de
su viaje al país por quien luego hizo suspirar a Mignon, es como
tránsito glorioso, desde el cual, magnificado su sentimiento de la
vida, aquietada su mente, retemplada y como bruñida su
sensibilidad, llega a la entera posesión de sí mismo y rige con
firme mano las cuadrigas de su fuerza creadora. Cuando, frente a
las reliquias de la sagrada antigüedad y abierta el alma a la luz del
Mediodía, reconoce, por contemplación real y directa, lo que, por
intuitiva y amorosa prefiguración, había vislumbrado ya de aquel
mundo que concordaba con lo que en él había de más íntimo, es la
honda realidad de su propio ser la que descubre y la que, desde
entonces, prevalece en su vida, gobernada de lejos por la
serenidad y perfec ción de los mármoles, limpia de vanas nieblas y
de flaquezas de pasión.
cxw
HYLAS
110
rasgando el seno de la onda, y le arrebataron, prisionero de amor,
a su encantada vivienda. Los compañeros de Hylas bajaron a
buscarle, así que advirtieron su tardanza. Llamándole recorrieron
la costa y fatigaron vana mente los ecos. Hylas no pareció; las
naves prosiguieron con rumbo al país del áureo vellocino. Desde
entonces fue uso, en los habitantes de la comarca donde quedó el
cautivo de amor, salir a llamarle, al comienzo de cada
primavera, por los bosques y prados.
Cuando apuntaban las flores primerizas, cuando el viento
empezaba a ser tibio y dulce, la juventud lozana se dispersaba,
vibrante de emoción, por los contornos de Prusium. iHylas!
iHylas!, clamaba. Agiles pasos violaban misterios de las frondas;
por las suaves colinas trepaban grupos sonoros; la playa se orlaba
de mozos y donce flas. iHylas! iHylas! repetía el eco en mil
partes; y la sangre ferviente coloreaba las risueñas mejillas, y los
pechos palpitaban de cansancio y de júbilo, y las curvas de
tanta alegre carrera eran como guirnaldas trenzadas sobre el
campo. Con el morir del sol, acababa, sin fruto, la pesquisa. Pero
la nueva primavera convocaba otra vez a la búsqueda del hermoso
argonauta. El tiempo enflaquecía las voces que habían sonado
briosa y entonadamente; inhabilitaba los cuerpos antes ágiles,
para correr los prados y los bosques; generaciones nuevas
entregaban el nombre legendario al viento primaveral: iHylas!
iHylas! Vano clamor que nunca tuvo respuesta. Hylas no pareció
jamás. Pero, de generación en generación, se ejercitaba en el bello
simulacro la fuerza joven; la alegría del campo florecido
penetraba en las almas, y cada día de esta fiesta ideal se
reanimaba, con el candor que quedaba aún no marchito, una
inquietud sagrada: la esperanza en una venida milagrosa.
Mientras Grecia vivió, el gran clamor flotó una vez por año
en el viento de la primavera: iHylas! iHylas!
111
CXXVII
LA DESPEDIDA DE GORGAS
Esos que están sentados a una mesa donde hay flores y ánforas de
vino, y que preside un viejo hermoso y sereno como un dios; esos
que beben, mas no dan muestra de contento; esos que suelen
levantarse a consultar la altura del sol, y a veces se enjugan una
lágrima, son los discípulos de Gorgias. Gorgas ha enseñado, en la
ciudad que fue su cuna, nueva filosofia. La delación, la
suspicacia, han hecho que ella ofenda y alarme a los poderosos.
Gorgias va a morir. Se le ha dado a escoger el género de muerte, y
él ha escogido la de Sócrates. A la hora de entrarse el sol ha de
beber la cicuta; aún tiene vida por dos más, y él las pasa en
serenidad sublime, rector de melancólica fiesta, donde las flores
acarician los ojos de los convidados, que el pensamiento
enciende con luz íntima, y un vino suave difunde el soplo para
el brindis postrero. Gorgias dijo a sus discípulos: "Mi vida es una
guirnalda a la que vamos a ajustar la última rosa".
Esta vez, el placer de filosofar con gracia, que es propio de
almas exquisitas, se realzaba con una desusada unción. —Maestro
—dijo uno—, nunca podrá haber olvido en nosotros, para ti ni
para tu doctrina. —Otro añadió: —Antes morir que negar cosa
salida de tus labios. Y cundiendo este sentimiento hubo un tercero
que propuso: —Jurémosle ser fieles a cada una de sus palabras, a
cuanto esté virtualmente contenido en cada una de sus palabras;
fieles ante los hombres y en la intimidad de nuestra conciencia;
isiempre e invariablemente fieles! . . . Gorgas preguntó al que
había hablado de tal modo: —¿Sabes, Lucio, lo que es jurar en
vano? —Lo sé, —repuso el joven—; pero siento firme el
fundamento de nuestra convicción, y no dudo de que debamos
consolar tu última hora con la promesa que más dulce puede ser a
tu alma.
Entonces Gorgias comenzó a decir de esta manera:
112
—iLucio! Oye una anécdota de mi niñez. Cuando yo era niño,
mi madre se complacía tanto en mi bondad, en mi hermosura, y
sobre todo, en el amor con que yo pagaba su amor, que no podía
pensar sin honda pena en que mi niñez y toda aquella dicha
pasaran. Mil y mil veces la oía repetir: "iCuánto diera yo porque
nunca dejases de ser niño! " Se anticipaba a llorar la pérdida de mi
dulce felicidad, de mi bondad candorosa, de aquella belleza como
de flor o de pájaro, de aquel amor único, merced al cual sólo ella
existía en la tierra para mí. No se resignaba a la idea de la obra
ineluctable del Tiempo, bárbaro numen que pondría la mano sobre
tanto frágil y divino bien, y desharía la forma delicada y graciosa,
y amargaría el sabor de la vida, y traería la culpa allí donde estaba
la inocencia sin mácula. Menos aún se avenía con la imagen de
una mujer futura, pero cierta, que acaso había de darme penas del
alma en pago de amor. Y tornaba al pertinaz deseo: "iCuánto daría
porque nunca, nunca, dejases de ser niño! Cierta oca-
Sión oyóla una mujer de Tesalia, que pretendía entender de
ensalmos y hechizos, y le indicó un medio de lograr anhelo tan
irrealizable dentro de los comunes términos de la naturaleza.
Diciendo cierta fórmula mágica, había de poner sobre mi corazón,
todos los días, el corazón de una paloma, tibio y mal desangrado
aún, que sería esponja con que se borraría cada huella del tiempo;
y en mi frente pondría la flor del íride silvestre, oprimiéndola hasta
que soltase del todo su humedad, con lo que se mantendría mi
pensamiento limpio y puro. Dueña del precioso secreto, volvió mi
madre con determinación de ponerlo al punto por obra. Y aquella
noche tuvo un sueño. Soñó que procedía tal como le había sido
prescrito, que transcurrían muchos años, que mi niñez permanecía
en un ser, y que favorecida ella misma con el don de alcanzar una
ancianidad extrema, se extasiaba en la contemplación de mi
ventura inalterable, de mi belleza intacta, de mi pureza impolu
ta. . . Luego, en su sueño, llegó un día en que ya no halló, para
traer a casa, ni una flor de íride, ni un corazón de paloma. Y al
despertar-
113
se y acudir a ml, la mañana siguiente, vio, en lugar mío, un
hombre viejo ya, adusto y abatido; todo en él revelaba un ansia
insaciable; nada había de noble ni grande en su apariencia, y en su
mirada vibraban relámpagos de desesperación y de odio. " iMujer
malvada! —le oyó clamar, dirigiéndose a ella con airado gesto—,
me has robado la vida, por egoísmo feroz, dándome en cambio una
felicidad indigna, que es la máscara con que disfrazas a tus propios
ojos tu crimen espantable. . . Has convertido en vil juguete mi
alma. Me has sacrificado a un necio antojo. Me has privado de la
acción, que ennoblece; del pensamiento, que ilumina; del
amor, que fecunda. . . iVuélveme lo que me has quitado! Mas ya
no es hora de que me lo vuelvas, porque este mismo es el día en
que la ley natural prefijó el término a mi vida, que tú has disipado
en una miserable ficción, y ahora voy a morir, sin tiempo más que
para abominarte y maldecirte. ." —Aquí terminó el sueño de mi
madre. Ella, desde que lo tuvo, dejó de deplorar la fugacidad de mi
niñez. Si yo aceptara el juramento que propones, i0h Lucio!
olvidaría la moral de mi parábola, que va contra el absolutismo del
dogma revelado de una vez para siempre; contra la fe que no
admite vuelo ulterior al horizonte que desde el primer instante nos
muestra. Mi filosofia no es religión que tome al hombre en el albor
de la niñez, y con la fe que le infunde, aspire a adueñarse de su
vida, eternizando en él la condición de la infancia, como mi
madre antes de ser desengañada por su sueño. Yo os fui maestro de
amor: yo he procurado daros el amor de la verdad; no la verdad,
que es infinita. Seguid buscándola y renovándola vosotros, como
el pescador que tiende uno y otro día su red, sin mira de agotar al
mar su tesoro. Mi filosofia ha sido madre para vuestra conciencia,
madre para vuestra razón. Ella no cierra el círculo de vuestro
pensamiento. La verdad que os haya dado con ella no os cuesta
esfuerzo, comparación, elección: sometimiento libre y responsable
del juicio, como os costará lo que por vosotros mismos adquiráis,
desde el punto en que comencéis realmente a vivir. Así, el amor de
la madre no le ganamos con los méritos propios: él es gracia que
nos hace la Naturaleza. Pero luego otro amor sobreviene, según el
orden natural de la vida; y el amor de la novia, éste sí, hemos de
114
conquistarlo nosotros. Buscad nuevo amor, nueva verdad. No se os
importe si ella os conduce a ser infieles con algo que hayáis oído
de mis labios. Quedad fieles a mí, amad mi recuerdo, en cuanto sea
una evocación de mí mismo, viva y real, emanación de mi persona,
perfume de mi alma en el afecto que os tuve; pero mi doctrina no
la améis sino mientras no se haya inventado para la verdad fanal
más diáfano. Las ideas llegan a ser cárcel también, como la letra.
Ellas vuelan sobre las leyes y las fórmulas; pero hay algo que
vuela aún más que las ideas, y es el espíritu de vida que sopla en
dirección a la Verdad. . .
Luego, tras breve pausa, añadió:
—Tú, Leucipo, el más empapado en el espíritu de mi
enseñanza: ¿qué piensas tú de todo esto? Y ya que la hora se
aproxima, porque la luz se va y el ruido del mundo se adormece:
¿por quién será nuestra postrera libación? ¿por quién este destello
de ámbar que queda en el fondo de las copas? . . .
—Será, pues —dijo Leucipo—, por quien, desde el primer sol
que no has de ver, nos dé la verdad, la luz, el camino; por quien
desvanezca las dudas que dejas en la sombra; por quien ponga el
pie adelante de tu última huella, y la frente aún más en lo claro y
espacioso que tú; por tus discípulos, si alcanzamos a tanto, o
alguno de nosotros, o un ajeno mentor que nos seduzca con libro,
plática o ejemplo. Y si mostrarnos el error que hayas mezclado a
la verdad, si hacer sonar en falso una palabra tuya, si ver donde no
viste, hemos de entender que sea vencerte: Maestro, ipor quien te
venza, con honor, en nosotros!
—iPor ése! —dijo Gorgias; y mantenida en alto la copa,
sintiendo ya al verdugo que venía, mientras una claridad augusta
amanecía en su semblante, repitió: —iPor quien me venza con
honor en vosotros!
CXL
115
LUCRECIA YEL MAGO
116
después. Y como Artemio inclinase la cabeza: —Pues lo que veo,
continuó, en las profundidades de ese abismo, es una alegre,
briosa y resplandeciente cortesana. Está acostada bajo alto
pabellón, de los de Tiro; y duerme. Viste toda de purpura, con el
desceñimiento y transparen cia que , más que la propia desnudez ,
sirven de dardo a la provocación. Un fuego de voluptuosidad se
desborda de sus ojos velados por el sueño, y enciende, en las
comisuras de los labios, como dos llamas, entre las que se abre la
más divina e infernal sonrisa que he visto. La cabeza reposa sobre
uno de los brazos desnudos. El otro sube en abandono, todo
entrelazado de ajorcas que figuran víboras ondean tes, y entre el
pulgar y el índice alza una peladilla de arroyo, sangrienta de
color, que es de los signos de Afrodita. Eso es lo que esta alma
tiene en lo virtual, en lo expectante, en lo que es sin ser aún: en
fin, Artemio, en la sombra de que quisiste saber por artes mías. . .
—iVil impostor! —gimió en esto Lucrecia, llenos de lágrimas los
ojos: ¿tu ciencia es ésa? ¿tu habilidad es infamia? iTraigan una
brasa de fuego con que probar si pasa por mis labios palabra que
no sea de verdad, y óiganme decir si anida, en mí, intención o
senti miento que guarde relación con la imagen que pretende haber
visto dentro de mi espíritu! —Calla, pobre Lucrecia, arguyó el
mago; ¿acaso es menester que tú lo sepas? Tú dices verdad y yo
también. —¿Justo será entonces, dijo Artemio, menospreciar las
promesas que nos cautivaban y preparar nuestro ánimo a la
decepción? —No pienso como tú, replicó el mago; ¿quién te
asegura que la cortesana despierte? —Digo por si despierta,
añadió Artemio. —Señor, repuso el mago, yo te concedo que eso
pase; pero yo vi también en el fondo del alma de esa hetaira
dormida que está en el fondo del alma de Lucrecia; y vi otro
abismo, y en el seno del abismo una luz, y como envuelta y
suspendida en la luz, una criatura suavísima, por la que el campo
de la nieve se holgara de trocarse, según es de blanca. Junto a esta
dea, mujer sin sexo, puro espíritu, juzgarías sombra el resplandor
de la virtud de Lucrecia; y como la cortesana en tu pupila, ella, en
la cortesana, duerme. . . —Infiero de ahí, dijo el corregidor, que
aun con el despertar de la cortesana, ¿podrían resucitar sahumadas
117
nuestras esperanzas en Lucrecia? Demos gracias a Dios, ya que en
el extravío de su virtud hallamos el camino de su santidad. —Sí,
volvió a decir el mago; pero no olvides que, como en las otras,
hay en el alma de esa forma angélica un abismo al cual puedo yo
asomarme. —¿Y quién, preguntó Artemio, es la durmiente de ese
abismo? —Te lo diría, opuso el mago, si fuera bien mostrar a los
ojos de Lucrecia una pintura de abominación. Piensa en la escena
de la Pasifae corintia de Lucio; piensa en mujer tal que para con
ella la primera cortesana sea, en grado de virtud, lo que para con
la primera cortesana es Lucrecia. —iMe abismas —prorrumpió
Artemio,— en un mar de confusiones! ¿Qué extraña criatura es
ésta que la amistad confió en mis manos? . . . —Cesa en tu
asombro —dijo finalmente el mago, acudiendo a reanimar a
Lucrecia, que permanecía sumida en doloroso estupor—: ella no
es ser extraordinario, ni las que has visto por mis ojos son cosas
que tengan nada de sobrenatural o peregrino. Con cien malvados,
que durmieron siempre, en lo escondido de su ser, subió a la
gloria cada bienaventurado; y con cien justos, que no despertaron
nunca, en lo hondo de sí mismo, bajó a su condenación cada
réprobo. Artemio: nunca estimules la seguridad, en el justo; la
desconfianza, en el caído: todos tienen huéspedes que no se les
parecen, en lo oculto del alma. Veces hay en que el bien consiste
en procurar que despierte alguno de esos huéspedes; pero las hay
también (y esto te importa) en que turbar su sueño fuera
temeridad o riesgo inútil. El sueño vive en un ambiente
silencioso; la inocencia es el silencio del alma: ihaya silencio en
el corazón de Lucrecia'
CLI
LA PAMPA DE GRANITO
118
viejo gigantesco; enjuto, lívido, sin barbas; estaba un gigantesco
viejo de pie, erguido como un árbol desnudo. Y eran fríos los ojos
de este hombre, como aquella pampa y aquel cielo; y su nariz,
tajante y dura como una segur; y sus músculos, recios como el
mismo suelo de granito; y sus labios no abultaban más que el filo
de una espada. Y junto al viejo había tres niños ateridos, flacos,
miserables: tres pobres niños que temblaban junto al viejo
indiferente e imperioso, como el genio de aquella pampa de
granito.
El viejo tenía en la palma de una mano una simiente menuda.
En su otra mano, el índice extendido parecía oprimir en el vacío
del aire como en cosa de bronce. Y he aquí que tomó por el flojo
pescuezo a uno de los niños, y le mostró en la palma de la mano
la simiente, y con voz comparable al silbo helado de una ráfaga, le
dijo: "Abre un hueco para esta simiente"; y luego soltó el cuerpo
trémulo del niño, que cayó, sonando como un saco mediado de
guijarros, sobre la pampa de granito.
—"Padre, sollozó él, ¿cómo le podré abrir si todo este suelo
es raso y duro?" —"Muérdelo", contestó con el silbo helado de la
ráfaga; y levantó uno de sus pies, y lo puso sobre el pescuezo
lánguido del niño; y los dientes del triste sonaban rozando la
119
índice abrió las mandíbulas miserables del -niño; y le tuvo así
contra la dirección del viento que soplaba, y en la lengua y en las
fauces jadeantes se reunía el flotante polvo del viento, que luego
el niño vomitaba, como limo precario; y pasó mucho tiempo,
mucho tiempo, y ni impaciencia, ni anhelo, ni piedad, mostraba
el viejo indiferente e inmutable sobre la pampa de granito.
Cuando la cavidad de piedra fue colmada, el viejo echó en
ella la simiente, y arrojó al niño de sí, como se arroja una cáscara
sin jugo, y no vio que el dolor había pintado la infantil cabeza de
blanco; y luego levantó al último de los pequeños, y le dijo,
señalándole la simiente enterrada: "Has de regar esa simiente"; y
como él le preguntase, todo trémulo de angustia: "Padre, ¿en
dónde hay agua?" —"Llora, la hay en tus ojos", contestó; y le
torció las manos débiles, y en los ojos del niño rompió entonces
abundosa vena de llanto, y el polvo sediento la bebía; y este
llanto duró mucho tiempo, mucho tiempo, porque para exprimir
los lagrimales cansados estaba el viejo indiferente e inmutable, de
pie sobre la pampa de granito.
Las lágrimas corrían en un arroyo quejumbroso tocando el
crculo de tierra; y la simiente asomó sobre el haz de la tierra como
un punto; y luego echó fuera el tallo incipiente, las primeras
hojuelas; y mientras el niño lloraba, el árbol nuevo criaba ramas y
hojas, y en todo esto pasó mucho tiempo, mucho tiempo, hasta
que el árbol tuvo tronco robusto, y copa anchurosa, y follaje, y
flores que aromaron el aire, y descolló en la soledad; descolló el
árbol, aún más alto que el viejo indiferente e inmutable, sobre la
pampa de granito.
El viento hacía sonar las hojas del árbol, y las aves del cielo
vinieron a anidar en su copa, y sus flores se cuajaron en frutos; y
el viejo soltó entonces al niño, que dejó de llorar, toda blanca la
cabeza de canas; y los tres niños tendieron las manos ávidas a la
fruta del árbol; pero el flaco gigante los tomó, como cachorros,
del pescuezo, y arrancó una semilla, y fue a situarse con ellos en
cercano punto de la roca, y levantando uno de sus pies juntó los
dientes del primer niño con el suelo: juntó de nuevo con el suelo
los dientes del niño, que sonaron bajo la planta del viejo
120
indiferente e inmutable, erguido, inmenso, silencioso, sobre la
pampa de granito.
CLVII
121
acumulan y aprietan, como medrosas o ateridas; ya se despedazan
y entregan en suicidio a la ráfaga, deshechas en liviano polvo; ya
giran sin compás alrede dor de sí mismas, como poseídas
danzantes. . . Su suerte varia es pasto de mi fantasía, cosquilleo de
mi corazón. Me parecen en ocasiones los despojos volantes de un
sacrificio de papeles viejos, con los que se avientan cartas de
amores idos y vanidades de la imaginación, obras que no pasaron
de su larva. Las imagino después el oropel de una corona
destrozada de cómico. Se me figuran otras veces manos exangües
y amarillas; manos de moribundo, que buscan vanamente tañer,
en una lira que no encuentran, una melodía triste que saben. . .
Caen, caen sin tregua, las hojas; y el alma del paisaje éntrase, en
tanto, por las puertas del sentido, al ambiente de mi mundo
interior. Me reconcentro, sin dejar de atender a las aladas
moribundas. Comienza a cantar, dentro de mí, esa elegía marchita
que, en elpathos romántico, hay para la caída y el murmullo de las
hojas secas. Abandono; voluptuosidad de melancolía;
complacencia en lo amargo fino y suave. . . ¿Dónde está ahora,
respecto de mí mismo, el objeto de mi contemplación? ¿Adentro?
¿Afuera? . . . Caen, caen sin tregua, las hojas; y por un instante
siento que su tristeza de muerte se comunica a todo lo visible, y
sube al cielo, y le entristece también, y alcanza hasta la línea
lejana en que una niebla tenue empieza a tejer su veste de lino..
Pero luego, muy luego, la expresión mortal que se había
extendido en el paisaje como sombra de nube, se concreta y fija
nuevamente en las hojas, que son las que de veras se van y
perecen, y que no volverán nunca a su árbol. . . En lo demás
queda sólo una esfumada aureola de esa tristeza, como dolor que
nace de simpatía. Las hojas son lo único que muere. El
sentimiento de mi contemplación de otoño no llega a producir en
mi alma esa ilusión de sueño en que la apariencia triste y bella
cobra el imperio de la realidad y nos persuade casi de la universal
agonía de las cosas. Sé que este desmayo de la vida no dura. La
idea de la resurrección próxima y cierta vela dentro de mí, como
en penumbra o lontananza, y mantiene mi sentimiento de la
escena en la clave de un recogimiento melancólico. No de otra
122
manera, sobre el descon cierto de las hojas caídas se yergue la
armazón escueta de los árboles, firme y desnuda como la
certidumbre, y en el acero claro del aire graba una promesa,
simple y breve, de nueva vida.
123
INDICE
ARIEL
11
1
2
1
9
27
40
VII 58 VIII 67
XXVII 84 86
87
90
EL MONJE TEOTIMO 92
94 xcv 95
97
спял
102
СИ 105 CLVII 107
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1 6
SIMON BOLIVAR FRANCISCO DE MIRANDA
Para nosotros la patria es Documentos
América fundamentales
Prólogo: Arturo Uslar Pietri 5
Notas: Manuel Pérez Vila INCA GARCILASO DE LA VEGA
Los mejores comentarios reales
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Domingo Miliani
2
LEOPOLDO LUGONES
El Payador
Prólogo: Clara Rey de Guido
3
CESAR VALLEJO Selección y prólogo:
Poemas escogidos Elías Pino Iturrieta
Selección y prólogo: Notas: Josefina Rodríguez de
Julio Ortega Alonso y Manuel Pérez Vila
4
7
JOSE MARTI
FRAY BARTOLOME DE LAS
Con los pobres de la tierra CASAS
Selección y prólogo:
Vida de Cristóbal Colón Sobre
Julio E. Miranda la edición de André Saint-Lu
Notas: Cintio de Historia de las Indias
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8
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González Ventura García Calderón
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ANDRES BELLO
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Selección y prólogo: José Ramos
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JULIO HERRERA Y REISSIG
Nueva antología de sus poemas
Selección y prólogo:
J.A. Escalona-Escalona
Notas: Alicia Migdal
ESTE LIBRO SE TERMINO DE
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EN EL MES DE JUNIO DE MIL
NOVECIENTOS NOVENTA Y TRES
EN LOS TALLERES DE EDITORIAL
TEXTO AV. EL CORTIJO, QTA.
MARISA, N O 4 LOS ROSALES -
CARACAS - VENEZUELA