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El reloj de arena y el tiempo perdido

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El reloj de arena

Adriana siempre había sido puntual. Cada día, sin falta, despertaba a las seis de la mañana, tomaba
su café a las seis y media, y salía al trabajo a las siete. Era una rutina precisa, casi milimétrica. Le
gustaba la sensación de control que le daba seguir una rutina; le hacía sentir que, de algún modo,
podía dominar el tiempo. Pero todo cambió el día en que encontró el reloj de arena en una pequeña
tienda de antigüedades.
La tienda, ubicada en una calle secundaria, era oscura y polvorienta, repleta de objetos extraños que
parecían llevar siglos ahí. Adriana, que nunca se detenía en ese tipo de lugares, había entrado por
pura curiosidad. Algo la había atraído, una fuerza invisible que la llevó directamente al fondo de la
tienda, donde, sobre una estantería, reposaba el reloj de arena.
Era un objeto simple, de cristal fino con una base de madera tallada, pero había algo en él que
llamaba la atención. La arena en su interior brillaba de un modo peculiar, como si estuviera hecha
de polvo de estrellas. Adriana lo tomó entre sus manos, sorprendida por lo liviano que era, y en ese
momento, el dueño de la tienda apareció a su lado.
—Es un objeto muy especial —dijo el hombre, con una sonrisa enigmática—. No es un reloj de
arena común.
Adriana levantó la vista, intrigada.
—¿Qué tiene de especial? —preguntó, aunque algo en su interior ya le advertía que este no era un
objeto cualquiera.
—Este reloj no mide el tiempo de la misma forma que otros —respondió el anciano—. Cada vez
que lo giras, el tiempo se detiene. Para ti, el mundo sigue avanzando, pero el tiempo deja de
afectarte.
Adriana lo miró con escepticismo. ¿Detener el tiempo? Era imposible. Aun así, algo en la mirada
del hombre la convenció de que, tal vez, estaba diciendo la verdad. Decidió comprarlo, sin estar
segura de por qué, y lo llevó a casa.
Esa noche, después de un día largo y estresante en el trabajo, Adriana no podía dejar de pensar en el
reloj. Lo colocó sobre la mesa del salón y lo observó detenidamente. "¿Qué pasaría si realmente
detuviera el tiempo?", pensó. Sin poder resistir la tentación, lo giró.
Al principio, nada pareció cambiar. El reloj comenzó a vaciarse lentamente, dejando caer los granos
de arena uno a uno. Pero, de repente, el mundo a su alrededor se tornó en silencio. El sonido del
tráfico que solía llenar la calle había desaparecido, y el tictac del reloj de la pared se había detenido.
Adriana se levantó, inquieta, y miró por la ventana. Afuera, la gente estaba congelada en medio de
sus movimientos: un hombre que cruzaba la calle, una mujer que hablaba por teléfono, un niño que
corría detrás de una pelota. Todo estaba detenido, como si el tiempo se hubiera detenido solo para
ellos, pero no para ella.
Adriana sintió una extraña mezcla de emoción y temor. Podía moverse libremente mientras el resto
del mundo permanecía inmóvil. Paseó por la ciudad, observando a la gente congelada en sus
actividades diarias, sintiéndose como una espectadora en una obra detenida. Era fascinante, pero
también inquietante. Finalmente, regresó a su casa y, justo cuando el último grano de arena cayó, el
mundo comenzó a moverse nuevamente.
El reloj de arena tenía un poder increíble, y Adriana pronto comenzó a utilizarlo en su beneficio.
Cada vez que se sentía abrumada, lo giraba y tomaba un momento para respirar, para detenerse
mientras todo lo demás continuaba. A veces, lo usaba para prolongar los momentos felices, otras,
para escapar de las situaciones incómodas. Pero con el tiempo, empezó a notar algo extraño.
Cuanto más usaba el reloj, más rápido parecía pasar el tiempo para ella cuando el mundo volvía a
moverse. Un día se dio cuenta de que, mientras para los demás solo habían pasado unas semanas,
para ella habían transcurrido meses. Empezó a perder la noción del tiempo real, y las horas parecían
desvanecerse cuando el reloj no estaba activado. Era como si, al detener el tiempo, estuviera
robándose el suyo propio.
Adriana intentó dejar de usar el reloj, pero ya era tarde. Cada vez que lo intentaba, el impulso de
detener el tiempo la abrumaba. Se había vuelto adicta a ese breve escape del mundo, a ese control
ilusorio que le daba sobre el tiempo. Sin embargo, con cada uso, sentía cómo su propia vida se
acortaba, como si el reloj estuviera cobrando un precio por cada segundo que ella robaba al
universo.
Una noche, mientras contemplaba el reloj de arena, entendió la verdad. No era un regalo, era una
trampa. El reloj no solo detenía el tiempo para el mundo, sino que también consumía el suyo. Cada
grano de arena que caía no era solo un segundo más en su poder, era un segundo menos de su vida.
Con el corazón en un puño, Adriana decidió girar el reloj por última vez. Pero esta vez, en lugar de
usarlo para detener el tiempo, lo dejó correr hasta que el último grano de arena cayó. Luego, con
manos temblorosas, lo guardó en un cajón, sabiendo que nunca más lo usaría.
El reloj seguía allí, en su casa, pero Adriana ya no se atrevía a tocarlo. Había aprendido que el
tiempo es un recurso precioso, y no se puede manipular sin consecuencias. Desde entonces, volvió a
vivir cada día con puntualidad, pero ya no para controlar el tiempo, sino para disfrutar cada segundo
que le quedaba, sabiendo que cada momento perdido no se recupera.

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