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El reloj que retrocedió el tiempo

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El relojero

Pablo siempre había sentido una fascinación casi obsesiva por el tiempo. Desde muy joven, cada
latido de un reloj le parecía un pequeño milagro, una conexión directa con el pulso del universo. Su
taller, ubicado en una calle tranquila de la ciudad, era un santuario del silencio, donde solo se
escuchaba el suave tic-tac de los relojes que cubrían las paredes. Grandes y pequeños, antiguos y
modernos, todos los relojes parecían latir al unísono bajo su cuidadosa vigilancia.
Día tras día, Pablo ajustaba cada uno con precisión. Ni un segundo de desvío era aceptable. Si un
reloj se atrasaba, lo desmontaba pieza por pieza hasta encontrar el problema. Con los años, había
aprendido a conocer cada engranaje, cada resorte, con la familiaridad de un maestro. Sin embargo,
pese a su perfección, no podía detener lo inevitable: el tiempo siempre avanzaba, y por más que
ajustara sus relojes, las horas pasaban sin piedad.
Un día, mientras revisaba los relojes de su colección, notó algo peculiar en un rincón polvoriento de
su taller. Era un reloj que nunca había visto antes, una pieza antigua que no recordaba haber
comprado ni heredado. Su caja era de madera oscura, decorada con grabados dorados que parecían
haber sido hechos a mano por un artesano siglos atrás. Los números en la esfera estaban algo
borrosos, y las agujas, aunque finas y elegantes, parecían estar congeladas.
Intrigado, Pablo lo tomó entre sus manos y lo examinó de cerca. El reloj parecía haber estado
inactivo por mucho tiempo, pero cuando giró la pequeña llave para darle cuerda, el mecanismo
comenzó a moverse lentamente. Sin embargo, algo estaba mal. A medida que las agujas avanzaban,
notó que, en lugar de marcar el tiempo hacia adelante, el reloj retrocedía. Las horas, los minutos,
incluso los segundos, fluían al revés.
Al principio pensó que se trataba de un fallo en el mecanismo, un error de diseño o una simple
curiosidad de la época en que había sido fabricado. Sin embargo, la perfección con la que las agujas
se movían en dirección contraria lo hizo dudar. Era como si aquel reloj estuviera hecho para
desafiar las leyes del tiempo. Decidió observarlo más de cerca, día tras día, tratando de descubrir el
secreto que ocultaba.
Con el paso del tiempo, algo extraño comenzó a suceder. Aunque todos los demás relojes de su
taller seguían marcando el tiempo correctamente, Pablo notaba que él mismo se sentía diferente.
Las arrugas que bordeaban sus ojos parecían suavizarse, su cabello recuperaba poco a poco un tono
más oscuro, y su cuerpo, antes cansado por los años de trabajo, se sentía más ligero. Lo que primero
atribuyó a su imaginación, pronto se hizo evidente: Pablo estaba rejuveneciendo.
A medida que el reloj retrocedía, el tiempo para Pablo parecía revertirse. Día tras día, se levantaba
más joven, con más energía, mientras sus recuerdos más recientes se desvanecían lentamente. Se
encontró redescubriendo habilidades que había perdido con los años, tocando el violín con la
maestría de su juventud, o recordando con precisión pasajes de libros que había leído décadas atrás.
Sin embargo, con cada avance del reloj hacia atrás, también comenzaba a olvidar. Primero fueron
los detalles pequeños: nombres de clientes antiguos, relojes que había reparado hace mucho tiempo.
Pero luego, los recuerdos más profundos empezaron a desvanecerse. Olvidó el rostro de su esposa
fallecida, la sensación de sus manos en las suyas, las conversaciones que habían compartido.
Incluso los recuerdos de sus hijos, que hacía tiempo se habían marchado de casa, empezaron a
disolverse en la niebla del tiempo.
Pablo comprendió que el reloj no solo revertía su envejecimiento, sino también su vida. Cuanto más
retrocedía el tiempo, más perdía de sí mismo. Pero, incapaz de detener el proceso, se encontraba
atrapado en un ciclo de rejuvenecimiento que le arrebataba lo que más valoraba: sus experiencias,
su historia, su identidad.
Finalmente, llegó el día en que el reloj marcó las doce, pero no era el mediodía, ni la medianoche.
El tiempo había llegado a un punto de quiebre, y el cuerpo de Pablo, ahora joven y fuerte como en
su juventud, era incapaz de recordar nada. Se miró en el espejo, viendo el rostro de un hombre que
ya no conocía. Las paredes del taller, llenas de relojes que antes había amado, le parecían ajenas.
Cuando el reloj dio su último tic, Pablo ya no estaba allí. Había desaparecido, como si el tiempo, al
desandar su curso, lo hubiera borrado por completo de la historia.
El reloj, silencioso y quieto, permaneció en el taller, esperando a su próximo dueño.

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