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Seduciendo al Conde

Lores Improbables, Libro 3

Por Debra Elizabeth


Derechos de autor © 2023 Debra Elizabeth

2023 Copyright © por Debra Elizabeth

Ilustración de portada Copyright © Period Images Covers Diseño Portada 2023 Copyright © www.TERyvsions.com Edición por
Ravensgate Editing Services

Este libro es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son productos de la imaginación de la autora o se
han usado de manera ficticia y no se deben considerar reales. Cualquier semejanza con personas vivas o muertas, eventos reales,
locales u organizaciones son puramente casualidad.

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS. Sin limitación de los derechos reservados del copyright indicados arriba, ninguna
parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o introducida en un sistema de recuperación, o ser transmitida de
cualquier manera o medio (eletrónico, mecánico, fotocopiado, grabado o de otra manera) sin el consentimiento previo por escrito
tanto de la propietaria del copyright y el editor de este libro.
Contenido
Página del título
Derechos de autor
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Chapter 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Epílogo
Biografía de la Autora:
Capítulo 1
Julio 1816
Bath, Inglaterra

El olor a muerte inundaba sus sentidos, la adrenalina recorriendo su cuerpo mientras


barría con su espada hacia la izquierda, derecha, arriba y abajo, cortando y bloqueando, pero
los franceses seguían avanzando. Se giró hacia la izquierda para evitar un mandoble de espada,
pero no fue lo suficientemente rápido y la espada bajó y una línea de fuego le recorrió el lado de
su cara.
Cayó al suelo gritando de dolor…
Jonathan Lyle, Conde de Hartley, se incorporó de golpe y pateó las mantas, intentando
liberarse mientras se envolvían en torno a sus piernas, exprimiéndole la vida. Estaba sentado en
la oscuridad cerrada, y su corazón latía de manera errática mientras jadeaba. Cuando al fin se dio
cuenta de que estaba a salvo en su cama, se dejó caer hacia atrás contra las almohadas, extenuado
por la pesadilla que no dejaba de asediarle.
¿Cómo podía parar si cada vez que se miraba en el espejo veía la destrucción que le había
causado la guerra? La mitad de su rostro ahora tenía una horrible cicatriz que iba desde la sien
hasta la mandíbula.
De manera que hizo lo único que pudo.
Había dejado de mirarse a la cara. Era más fácil así.
Podía oír a su ayudante de cámara ordenando sus ropas en el vestidor, una camisa de lino,
calzones y botas eran su atuendo deseado ahora. Hartley no iba a necesitar llevar nada más
elegante hoy o cualquier otro día. No esperaba que nadie viniera a ver a la Bestia de Bath, el
mote que le habían dado las buenas gentes de Bath después de una desafortunada visita a la
ciudad cuando llegó, y le parecía bien ahora. No veía ninguna necesidad de vestir como si le
hubieran invitado a merendar.
Hartley se salió de la cama y se fue hacia el cuenco y la jarra de agua para lavarse de la cara
las lágrimas que la pesadilla le había hecho derramar.
¿Cuándo pararían las pesadillas? ¿Llegaría un día en que pudiera disfrutar de dos noches en
paz seguidas?
Algunas noches estaban libres de pesadillas, pero en otras, el recuerdo del día en que fue
herido, se hacía notar y tenía que revivir esa horrible experiencia una y otra vez.
“Milord, ¿está listo para vestirse? ,le preguntó su ayudante de cámara, Henry Seaford.
Jon sólo emitió un gruñido, y su ayudante de cámara entró en el dormitorio con sus ropas y
las dejó encima de la cama deshecha.
“Volveré con café,” agregó Seaford saliendo de la habitación.
Hartley se quitó su camisón empapado en sudor, y se vistió antes de derrumbarse en un
sillón ante la chimenea, esperando su café. No tenía ganas de comer en el comedor,
especialmente porque no quería enfrentarse a esa mesa enorme en soledad. Eso sería más
patético que evitar la habitación directamente. Sabía que Seaford le traería una bandeja con
tostadas y su café, así que no tenía motivo para exponerse a lo patética que se había convertido
su vida.
Había sido su rutina diaria durante los últimos dos años, y le parecía bien. Tenía pesadillas,
se quejaba mucho, y Seadford aparecía con ropas limpias, café y tostadas cuando se levantaba.
La Mansión Hartley, situada en las afueras de Bath, se había convertido en su refugio. Vivir con
su madre en su gran casa del campo se había vuelto insufrible cuando vio que no podía soportar
las miradas apenadas de ella cada vez que le miraba, de manera que se había mudado a la casa
más pequeña en Bath, negándose a escuchar las peticiones de ella para que se quedara. No la
había visto desde entonces y se negaba a contestar sus cartas. Era mejor para ella no ver la ruina
de hombre en que se había convertido su único hijo.
No necesitaba la lástima de nadie.
Seaford regresó pronto y colocó el café y las tostadas encima de la mesa delante de él.
“¿Necesita algo más, milord?”
“Quedas despedido,” gruñó Jon.
“Como deseé,” dijo Seaford, entrando en el vestidor.
Era lo mismo todos los días. Todos los días, Jon despedía a su ayudante de cámara, que
había servido como su criado durante la guerra, y todos los días, Seaford se negaba a irse.
Después de que la guerra fuese ganada al fin, Seaford había vuelto a encontrar a Jon en su casa
de campo. Su padre había fallecido, y Jon ahora era el Conde de Hartley. Aunque Jon no había
dicho nada de contratarle, Seaford se negaba a dejar a su ex superior. Cuando Jon se trasladó a la
Mansión Hartley, Seaford le siguió hasta allí. La lealtad era todo para los soldados, y Seaford
sería leal a Jon hasta el día en que muriese. Jon se aseguraba de pagar bien a los pocos criados
que tenía, muy por encima del salario normal, especialmente a Seaford. No podía permitirse
perder más criados
Después de tomar su café y comerse sus tostadas, bajó a su estudio, donde descansaba un
decantador lleno de coñac encima de su escritorio. Sus criados le hacían caso en este tema en
concreto. Algunos días se bebía la botella entera y otros apenas la tocaba.
Hoy no era un buen día.
Ya se había terminado media botella cuando escuchó voces. ¿Quién podía haber venido? No
había invitado a nadie a verle y pensaba pasar el día solo justo como a él le gustaba.
***
Richard Ballard, el Marqués de Evans, y Lord George Spenser, subieron por la entrada
hasta la Mansión Hartley. Habían hablado de esto cuando todavía estaban en Londres y habían
decidido que era hora de que Hartley les permitiera pasar. Su tiempo de ser un ermitaño había
terminado, según ellos dos.
“¿Estás listo para que te eche?”, preguntó George.
“Quizás, aunque no estoy dispuesto a aceptar una negativa, incluso si eso significa que
tenemos que abrirnos paso a la fuerza.”
George rio. “Me gusta tu manera de pensar.”
Los hombres se bajaron de sus caballos y ataron las riendas a un arbusto cercano, ya que no
apareció ningún mozo para llevarlos al establo.
“¿Lo hacemos?” Preguntó Richard dejando caer el picaporte de la puerta de entrada.
Un hombre más mayor que ellos con canas en su cabello oscuro, abrió la puerta. “¿Les
puedo servir en algo, caballeros?”
“Yo soy Evans, y estamos aquí para ver al conde,” dijo Richard.
El mayordomo miró a George y dijo, “Milord, tal como le informé la última vez que vino, el
conde no está recibiendo visitas actualmente.”
Richard se había hartado de permanecer en pie fuera y entró a empujones. “Le veremos,
quiera o no quiera vernos.”
“Milord, esto es muy poco ortodoxo. ¡Les pido que se marchen!”, exclamó el mayordomo
asombrado mientras los dos hombres pasaron apartándole.
“No hasta que vea a Jon. ¿Dónde está?”, preguntó Richard.
“No está aquí”, dijo el mayordomo con una mirada desafiante.
“Bueno, pues tendré que recorrer todas las habitaciones de esta casa hasta que le encuentre
entonces,” dijo Richard, cerniéndose por encima del hombre más mayor.
El mayordomo suspiró. Era un sirviente fiel, pero no iba a poder vencer en esta lucha. “Veo
que no va a detenerse, milord. Su estudio está al final del pasillo, la última puerta de la derecha.”
Richard asintió, y con George, bajaron por el pasillo. No se molestaron en llamar antes de
entrar en tropel en el estudio de Jon.
“Greenfield, le he dicho que no quiero interrupciones,” dijo una voz ebria.
“¡Teniente Lyle!” gritó Richard. Él sabía que la única cosa que le importaba a Hartley era su
servicio en el ejército, y esa actitud no había cambiado incluso aunque había sido gravemente
herido durante la guerra.
Una silueta desaliñada se incorporó de golpe de detrás del escritorio, su cara registrando
sorpresa. “¿Richard?”
“El Marqués de Evans para tí. Parece que te rebaso en rango ahora, igual que cuando
estábamos en el ejército,” dijo Richard, mirándole a los ojos, negándose a enfocar la mirada en el
rostro destrozado de Jon. Su amigo era más que una cara marcada, y era hora de que Jon se diera
cuenta de eso.
“¿Marqués?”
Richard se volvió hacia Greenfield, que les había seguido al estudio de Jon. “Una jarra de
café,” ordenó.
“Ahora mismo, milord.”
“No necesito que me tengáis lástima,” gruñó Jon, mirando entre Richard y George. “Os
podéis marchar ahora, los dos.”
“Ni hablar,” dijo Richard.
Hartley llevaba días sin afeitarse y tenía una imperiosa necesidad de darse un baño y un
recorte de pelo. Su pelo dorado le caía hasta los hombros, y sus ojos estaban inyectados en
sangre.
“Pareces una mierda,” dijo George.
Hartley le fulminó con la mirada. “¿Y qué? ¿Has visto mi cara? Nadie viene a visitar a la
Bestia de Bath.”
Richard se negó a retroceder y miró a su ex teniente. “Deja de decir esas tonterías. Eres más
que una cicatriz.”
Hartley resopló. “¿De verdad? Cuéntaselo a la gente de Bath.”
En cuestión de minutos, Greenfield regresó con una jarra de café y una bandeja de
sandwiches. “¿Necesita algo más, milord?”
Richard asintió. “Sí, que preparen un baño para el conde.”
“¿Cómo te atreves a darle órdenes a mis criados?”, exigió Hartley, fulminándole con la
mirada.
“Parece que alguien tiene que hacerlo,” dijo Richard, rodeando la mesa, agarrándole brazo a
Jon, arrastrándole al sofá. “Ahora, bébete el café y espabila, o te lo tendré que echar por la boca
yo mismo.”
Richard y George se sentaron a cada lado de su amigo. Hartley bebió el café a regañadientes
y se comió un sandwich, pero se negó a subir a darse un baño. “Os podéis ir ahora. ¡Ya he tenido
suficiente caridad vuestra por hoy!”
Richard y George le agarraron cada uno de un brazo y le arrastraron escaleras arriba. El
lacayo acababa de verter el último cubo de agua caliente en la bañera y los dos le metieron en el
baño vestido y todo. Sus piernas colgaban por el borde y cada uno agarró una bota y tiró. Incluso
ellos no iban a estropear un buen par de botas sin motivo alguno.
“¿Estás listo para darte un baño bien?”, preguntó Richard. “Porque no nos iremos hasta que
lo hagas.”
Si una mirada pudiera matar, se habría muerto en el acto. Hartley se puso en pie y se quitó
la camisa y los calzones antes de sentarse de nuevo en la bañera.
“¿Dónde está tu ayudante de cámara?”, preguntó Richard.
“Le he despedido,” gruñó Hartley.
“Todos los días lo hace y sin embargo sigo aquí,” dijo Seaford entrando deprisa a la
habitación. “Capitán Ballard, ¿puedo ayudarles?”
Richard se quedó aliviado de ver que había alguien cuidando de su amigo. “Bueno es verle
de nuevo, Seaford. ¿Se acuerda de Spenser?”
“Si, claro,” dijo asintiendo la cabeza mirando a Geogre. “Teniente.” El ayudante de cámara
se volvió hacia Richard de nuevo. “Está bien verle de nuevo, señor.”
“Gracias."
“Si me disculpan, voy a disponer las ropas del conde,”, dijo Seaford, dejando a Hartley
mascullando palabras en la bañera.
“Richard bajó el brazo, agarró la jarra de agua tibia al lado de la bañera y la vertió por
encima de la cabeza de su amigo. “Lávate el pelo. Hueles como una pocilga.”
“No tienes ningún derecho a estar aquí en mi casa, mandoneando a mis criados,” dijo
Hartley, agarrando el jabón a regañadientes para lavarse el pelo.
“Bueno, parece que alguien tiene que hacerlo. De verdad, Jon. Adecéntate.”
Richard y George salieron del vestuario y esperaron en el dormitorio de Jon a que terminara
de lavarse.
Seaford había dejado un conjunto de ropas limpias para Hartley. “¿Necesitan algo más,
milord?” le preguntó a Richard.
“No, necesitamos un poco de tiempo a solas con Jon.”
“Claro,” dijo Seaford. “Llamen si me necesitan para algo más.”
Parecía pasar un siglo antes de que Hartley saliera del baño y entró dando pisotones en su
dormitorio con una toalla anudada a la cintura. Olía mejor, pero esa barba crecida tenía que
desaparecer.
“¿Satisfechos?”, preguntó Jon. “Habéis conseguido lo que queríais. ¡Ahora, fuera!”
“Nada de eso. Siéntate,” dijo George. “Necesitas un afeitado.”
Richard pensó que Jon iba a salir corriendo, pero finalmente se sentó en la silla, mientras
que George le embadurnaba la cara con jabón. “Una porquería, ¿no te parece?”, dijo Jon
mientras George le afeitaba con cuidado bordeando la cicatriz.
Richard intentó razonar con su amigo. “Jon, eres mucho más que una cara marcada. Es hora
de que dejes de rumiar y empieces a vivir de nuevo.”
“¡Rumiar! ¿Qué sabes tú de eso? Tú, Capitán Ballard, perdón, Marqués de Evans, con tu
cara perfecta y tus hazañas heroicas. No sabes nada de lo que yo he pasado.”
“No, no lo sé. Pero nada ha sido fácil para ninguno de nosotros, Jon. La guerra duró otros
cuatro años después de que te marcharas a casa. Cuatro años viendo lo peor de la humanidad y
una serie de atrocidades que nunca olvidaré mientras viva,” dijo Richard. “Aunque no hemos
sufrido las consecuencias a largo plazo de las heridas físicas como tú, regresar a casa de la guerra
no ha sido exactamente perfecto para nosotros, como te crees. La guerra es brutal y deja huellas
duraderas en todos nosotros.”
George terminó de afeitarle la cara y Hartley se vistió.
“Nos estamos quedando en Bath durante el verano. Te veremos pronto,” dijo George.
“No os molestéis,” gruñó Jon. “Habéis hecho vuestra buena acción para el año. ¡Ahora,
fuera!”
“Adiós, Jon,” dijo Richard mientras él y George se marcharon, dejando a su amigo enojado
por la intrusión de ellos dos.
Cuando los dos hombres hubieron recuperado sus caballos y estaban en la silla, Richard le
dijo. “Eso fue mejor de lo que me había esperado.”
“Pensé que no me dejaría afeitarle.”
“Ni yo. Solo espero que no tengamos que pelearnos con el mayordomo cada vez que
vengamos a verle.”
George rio. “Creo que incluso Greenfield sabe que no se le puede decir que no al Marqués
de Evans cuando quiere algo.2
“Ya veremos. Jon siempre era el más testarudo de nosotros.”
Capítulo 2
Lady Harriet Davis de diecisiete años, estaba disfrutando de un verano en Bath con su
abuela, Marian, Lady Dalling y su madre, Eleanor, Lady Collin. Con su hermana mayor, Mercy
recientemente casada con el Duque de Wiltshire, ella se alegró de salir de Londres durante la
temporada más calurosa del año. Había demasiados recordatorios de paseos a caballo en Hyde
Park y comer helados en Gunter´s con su querida hermana, y le ponía triste pensar que no tenía
ni idea de cuando volvería a ver a Mercy. Era el momento de prestar atención a su futuro o al
menos el verano.
Bath era un precioso lugar de veraneo al lado del mar, y era su primera visita a la ciudad. Le
encantó todo lo que tenía que ver con el lugar, ahora llena de personas de la élite londinense. Se
alegró de que la casa de su abuela estaba cómodamente en las afueras, donde podía disfrutar de
un poco más de libertad de las reglas estrictas de la Alta Sociedad que gobernaban todas las
actividades de una joven.
Ella sabía que su madre se desesperaba con sus maneras alocadas, pero Harriet procuraba
no llevar las cosas demasiado lejos. Como hija del finado conde y hermana de una duquesa, su
comportamiento estaría bajo la lupa donde fuese y ella lo sabía. Le había prometido a su madre
que trabajaría duro para asegurar que sus acciones se alineasen más con lo que se esperaba de
una joven de calidad, aunque no iba a renunciar de su amor por los libros, especialmente los de
viajes y sus libros favoritos de astronomía. Su mente se maravillaba cuando cada noche, después
de cenar, salía de casa para mirar el cielo de noche. Las estrellas eran tan brillantes en el campo,
y ella disfrutaba viéndolas.
¿Eran iguales en todo el mundo?
Ella anhelaba ver lugares exóticos, Italia, Grecia y Egipto, sitios de los que había leído. Ella
dudaba en ir a visitar esos lugares a menos que se casara con un hombre que amase viajar. Sin
embargo, ella no quería un marido. Quería sentir la vida y no conformarse con una vida tranquila
como esposa y madre. No tenía nada en contra de los niños, pero había demasiadas cosas que ver
en el mundo antes de rendir sus sueños sin luchar por lo que quería. Sin embargo, le había
prometido a su madre que haría todo lo posible por frenar su lengua, especialmente durante hora
de visita y eventos de la alta Sociedad.
Después de desayunar con su abuela y su madre, Harriet se levantó de la mesa
disculpándose con ellas. “Mamá, voy a dar un paseo. Es un día tan hermoso afuera.”
Eleanor asintió con la cabeza. “No te vayas muy lejos por ahí, querida mía.”
“No lo haré,” dijo Harriet, saliendo por las puertas de cristal al jardín y el prado más allá.
Pasó por delante del jardín cuidado al campo más cercano, inhalando el aroma de las
abundantes flores silvestres. La propiedad de su abuela era preciosa y se alegró tanto que su
madre hubiera estado de acuerdo en acompañar a la Abuela a Bath. A Harriet le encantaba el
océano, y también le encantaba pasear en el prado.
Después de caminar media hora, dio una vuelta en un círculo con los brazos elevados hacia
el cielo, gritándole a la brisa. Se sentía tan libre, libre de las reglas estrictas de la Sociedad
gobernando cada aspecto de su comportamiento, libre de las expectativas de su madre, y libre
para gritarle al viento si quería. Gritó contra las restricciones de Sociedad y, antes de que se diera
cuenta, empezó a reír ante lo impotentes que eran sus objeciones. Nada cambiaría a la Sociedad.
Ella rió con tanta fuerza que cayó al suelo, rodando en las flores. “Me encanta este lugar.”
Miró las nubes blancas que flotaban por el cielo azul. El sol cálido de junio era encantador,
especialmente dado que el clima de Londres era a menudo fresco y lluvioso cuando no era
ardientemente cálido. No quería marcharse de aquí. Mientras estaba tumbada entre las flores, el
suelo empezó a retumbar.
¿Qué estaba pasando?
Ella se puso de pie de un salto, mirando a su alrededor para ver qué causaba esos sonidos.
Contra el sol ardiente, vio un enorme semental negro cabalgando hacia ella con lo que parecía ser
un ángel vengador encima de su lomo.
Se quedó helada ante la visión magnífica.
Su aparición repentina sorprendió al semental, que se alzó en sus patas traseras. Solo gracias
a la pericia del jinete que le salvó de ser lanzado al suelo. Cuando hubo controlado al caballo, se
bajó de un salto avanzando hacia ella.
No era un ángel vengador después de todo, sino un hombre alto y magro con el cabello
dorado flotando por sus hombros.
“¿Qué se cree que está haciendo?”, exigió él.
“Estaba disfrutando de un agradable paseo por el prado hasta que usted llegó a pleno
galope,” dijo Harriet, las manos en las caderas ante la pregunta impertinente de él. ¿Quién se
creía que era, dirigiéndose a ella de esa manera?”
“¡Casi la arrollo! ¿Es una persona simple o siempre se tumba en los campos donde nadie
puede verla?”
“Usted, señor, no es ningún caballero. Quizás si dejara de gritar y disfrutase de la belleza de
las flores en lugar de galopar pasando de todo, entendería el atractivo de ello", dijo ella
mirándole de arriba abajo y dándose cuenta de su buena silueta.
Él casi había llegado a ella, pero ella no se movió. Una mueca feroz en su cara. Se fijó en
una gran cicatriz que le recorría el de la cara desde la sien hasta la mandíbula desfigurando un
lado de su cara. Pensó que la debió de haber recibido en la guerra, pero incluso una lesión tan
horrible no era excusa para semejantes malos modales.
Estaba cerca de ella ahora, su cara roja de ira.
“¿Por qué está tan enojado?”
“Está en mi propiedad. ¡Le exijo que se marche y no vuelva!”
Harriet se negó a moverse. “¿Siempre es tan maleducado?”, preguntó ella, clavándole un
dedo en el pecho.
Él se echó hacia atrás. “¡No me toque!”
“¿Por qué? ¿Tiene una enfermedad mortal? Lo único que veo es que tiene una cicatriz en la
cara. ¿Es de la guerra?”
Harriet vio sus ojos agrandarse antes de que la mirara con el ceño fruncido. “¿Es siempre
tan descarada?”
Ella asintió con la cabeza. “Me temo que sí. Eso desespera a mi madre y cree que debo
reprimir mis maneras alocadas, pero no ha contestado mi pregunta. ¿Por qué está tan
malhumorado? Casi me arrolla. ¿No siente el más mínimo remordimiento?”
Él respiró hondo. “No tengo intención de seguir esta discusión. Ahora, márchese de mi
propiedad y no vuelva,” dijo él, silbándole a su caballo, que trotó a su lado. Se subió a la silla y
se marchó antes de que Harriet pudiera decir otra palabra.
“Bueno, nunca he conocido a un hombre tan maleducado en toda mi vida,” dijo ella
resoplando. Mientras caminó de vuelta a la mansión de su abuela, se encontró pensando en el
hombre que había interrumpido con tan malas maneras su disfrute del prado.
¿Quién era él?
¿Y por qué era tan atractivo? Había estado magnífico, con sus ojos esmeralda brillando
mientras la regañaba con esos labios carnosos y besables.
¿Labios besables?
¿Qué le pasaba a ella?
Ella no tenía ningún deseo de besarle a nadie, y desde luego que no casarse y acabar estar
dominada por un marido. Eso no es lo que ella quería en la vida. Quizás ese pensamiento había
invadido su mente porque nunca había visto a un caballero perder los estribos de manera tan
espectacular antes, o quizás era el hombre en sí mismo. Aunque la mitad de su rostro tenía una
cicatriz tremenda, la otra mitad era el epítome de la belleza masculina. Nunca había visto un
hombre más atractivo. Como nunca la habían besado, ella se preguntaba cómo sería sentir los
labios de él presionados contra los suyos.
Era extraño. Estos sentimientos eran un misterio para ella, y eligió ignorarlos de momento,
pero esperó que su abuela pudiera por lo menos saber quién era el caballero. Al menos podría
ponerle nombre a esa cara.
Para cuando regresó a la mansión, su abuela estaba en la salita disfrutando de una taza de té.
Alzó la mirada cuando Harriet entró por las puertas de cristal.
“Ahí estás, querida. ¿Disfrutaste con tu paseo?”, preguntó Marian, sirviéndole una taza de
té.
Harriet besó la mejilla de su abuela y tomó la taza antes de acomodarse en el otro sofá. “Sí
hasta que me interrumpieron de la manera más maleducada.”
“¿Qué quieres decir? ¿Qué pasó?”, preguntó Marian con una mirada de preocupación.
“Un caballero en un semental negro cruzó el prado a galope y casi me pisotea.”
La mano de Marian se fue a su boca. “Querida, eso es terrible. ¿Pasaste miedo?”
Harriet asintió con la cabeza. “Un poco, Abuela. Se detuvo a tiempo, pero luego tuvo el
descaro de regañarme por estar en sus dominios.”
“Ahh…, te has debido de encontrar con el infame Conde de Hartley.”
“¿El Conde de Hartley? Hmm… no se portó como un conde. He de decir que no se
comportó como un caballero para nada.”
“No me extraña. Así es como se ganó su mote de Bestia de Bath.”
“¿La Bestia de Bath?”, preguntó George entrando en la salita.
“Tu amigo Hartley,” dijo Marian.
“Oh, sí. Mencionó el mote cuando Evans y yo fuimos a verle hace poco. No me sorprende,
aunque me parece injusto que le llamen así porque elija no participar en Sociedad.”
“Casi me arrolla,” dijo Harriet.
George se dio la vuelta deprisa para mirarla. “¿Qué?”
Eleanor acababa de entrar en la habitación corriendo hacia su hija. “Querida, te he
escuchado decir que casi te arrollan. ¿Qué pasó?”, preguntó ella agarrando la mano de Harriet.
“Mamá, estoy bien. Le estaba contando a la abuela y a Lord Spenser de mi encuentro con el
Conde de Hartley. Yo estaba en el prado y el aroma de las flores silvestres era embriagador. Me
había tumbado en la hierba para mirar el cielo cuando el conde me encontró. Estaba galopando
por el campo en su semental negro. Escuché el suelo retumbar y me puse en pie de golpe.
Desgraciadamente, eso hizo que el caballo se sobresaltara, pero el hombre era un experto en
manejar al caballo y finalmente lo control.”
“¿Dijo Hartley algo?” preguntó George.
Harriet asintió. “Dijo bastantes cosas, gritándome que me fuera de sus tierras y que no
vuelva nunca.”
Marian le sirvió una taza de té a Eleanor y se lo entregó. “Las propiedades de Lord Hartley
y las mías son limítrofes en el lado norte.”
“Gracias, Lady Dalling,” dijo Eleanor. “He de decir que no me dí cuenta que hubiera
peligro en que Lady Harriet caminara en el prado. Si no, no lo habría permitido.”
“Las propiedades y el prado son muy seguros. No hay razón por la que impedir que Lady
Harriet disfrute de la propiedad,” dijo Marian sirviéndole una taza a George también.
George tomó la taza y se sentó en el sofá a su lado. “Gracias, Lady Dalling. No sabía que
sus propiedades estuvieran tan cerca. Cuando Evans y yo fuimos a verle la semana pasada,
salimos desde propiedades de Evans. Desgraciadamente, Hartley no estaba muy bien ese día.”
“Le he invitado a merendar o cenar numerosas veces, pero nunca he recibido ni una
contestación siquiera,” dijo Marian. “He oído que es un ermitaño y nunca he escuchado que
aceptara ninguna invitación desde que vive en Casa Hartley, pero pensé que cedería y aceptaría
una invitación porque somos vecinos.”
“No me extraña. La primera vez que fui a visitarle, no pude pasar por la puerta. Su
mayordomo, Greenfield es muy protector de Hartley. Esta última vez, Evans y yo no aceptamos
una negativa y entramos a pesar del mayordomo. Desgraciadamente, Hartley no estaba de muy
buen humor por nuestra intrusión.”
“Ahora que tanto usted y Lord Evans están en Bath para el verano, ¿cree que se vendría a
cenar o merendar quizás? A lo mejor tener a sus compañeros de armas aquí podría persuadirle,”
dijo Marian.
“Podemos intentarlo, pero no puedo prometerle nada, Lady Dalling. Hartley es un hombre
muy privado,” dijo George.
Harriet escuchó con gran interés mientras su abuela, madre, y Lord Spenser hablaban del
Conde de Hartley. Aunque había sido muy malencarado con ella antes, no podía dejar de pensar
en el señor difícil. Esperó que los dos lores, Evans y Spenser, pudieran convencerle para
visitarles.
Ella claramente deseaba volver a verle y quizás tener una conversación civilizada con él.
Capítulo 3
Hartley se inclinó hacia el cuello de su semental mientras galopaban a campo a través,
quejándose por todo el camino de vuelta. Saltó de Zeus mientras que el único mozo que quedaba
en su casa salió del establo.
“¿Me lo llevo, milord?”
“No. Yo le cepillo hoy,” dijo Hartley, guiando al semental dentro del establo fresco.
“Como deseé, milord,” dijo el mozo regresando.
Mientras Jon cepillaba el caballo, no pudo dejar su queja constante con solo al fiel Zeus
escuchándole. “¿quién se ha creído que es esa chica? Entrando en mis tierras y teniendo el
descaro de echarme la culpa por casi pisotearla? ¿Quién hace una cosa tan imprudente?”
Aunque quería pasar de la chica sin más, encontró que su actitud peleona era bastante
refrescante, especialmente ya que ella no había retrocedido al ver su rostro. De hecho, ella le
había acusado de usar su cicatriz como excusa para ser maleducado y malhumorado.
¿Él hacía eso?
Quizás
¿Pero quién era ella para cuestionarle a él? Él era conde. Nadie le cuestionaba nada.
Cuando escuchó el mote que la gente de Bath le había impuesto por primera vez, se alteró
hasta que se dio cuenta de que sí actuaba como una bestia, gruñendo e ignorando a cualquiera
que se cruzara con él cuando salía de su mansión, nunca tendría que interactuar con nadie más y
dejarían de molestarle con invitaciones a diversos eventos. Las invitaciones cesaron al final, y
eso le parecía bien.
Poco después de escuchar lo que la gente de Bath pensaba de él, dejó de salir de su casa,
excepto para montar en Zeus, su compañero fiel. El hombre y el caballo habían visto demasiada
guerra juntos, y cuando enviaron a Jon a casa desde el campo de batalla para recuperarse de su
herida, insistió en que el caballo fuese transportado en el barco con él. Aunque el semental debía
ser un recordatorio constante de todo lo que había perdido, su belleza, su aplomo, su gallardía,
fue todo lo contrario. El caballo calmaba su espíritu rabioso como nada más y le hizo mantenerse
cuerdo.
“Te has creado bastante espuma, chico,” dijo Jon, concentrándose en asegurar que su
caballo estuviera cómodo. Cuando terminó de cepillar a Zeus, se fue dando trompicones hasta la
parte delantera de su mansión. Era una pataleta infantil, lo sabía, pero lo hizo igualmente. Seguía
enojado por haber tenido que interrumpir su paseo tan bruscamente.
Greenfield le abrió la puerta. “¿Disfrutó de su paseo, milord?”, preguntó el mayordomo.
“¡No, para nada!”
A tenor de la mirada en la cara de Greenfield, la vehemencia de Jon había conmocionado al
pobre hombre. Debería ser más amable con los pocos criados que tenía, pero en este momento,
todo lo que podía pensar era en cierta joven de pelo oscuro y ojos sorprendentes, de color azul
grisáceo, el color del océano en un día de tormenta, que había alterado su paseo normalmente
tranquilo en su corcel. Ella era guapísima, con sus curvas generosas, curvas hechas para ser
querida, y lo último que deseaba inmiscuyéndose en su vida era una mujer. Cualquier mujer,
pero especialmente no esa joven.
Él no tenía tiempo para semejantes frivolidades.
¿Cómo podía tener el pensamiento siquiera de cortejar y casarse cuando cada vez que se
había cruzado con una mujer en el pasado, todas salieron corriendo lo más aprisa que pudieron,
horrorizadas al ver su cara arruinada?
No todas.
No esa hermosa joven en el prado hoy.
Ella no se había inmutado ni ante sus enojos ni al ver su cara.
¿Quién era ella?
No debería importarle… ¿Pero y si le importase?
Jon se fue dando zancadas por el pasillo hasta su estudio y, una vez dentro, se sirvió un vaso
generoso de coñac y se lo tragó de una vez. Se sirvió otra copa antes de dejarse caer en la silla
detrás de su gran escritorio de roble. Debería estar revisando informes sobre sus otras
propiedades, pero le estaba costando trabajo concentrarse, y dejó de intentar trabajar al cabo de
unos momentos.
Odio seguir pensando en esa joven. ¿Quién es? ¿Y por qué era tan tentadora? No es que
me importe mucho eso.
Una hora más tarde, alguien llamó a la puerta de su estudio antes de que Seaford entrase con
un plato de sandwiches, tartaletas dulces y una jarra de cerveza. Su ayudante de cámara no dijo
ni una palabra, solo descansando el plato en la mesa al lado del sillón y salió del estudio con el
mismo silencio como cuando entró.
Aunque Jon solo quería sentarse allí y rumiar sobre su única actividad de disfrute siendo
arruinada hoy, su estómago tenía otras ideas. Su cocinera, la Sra. Bentley, siempre creaba
comidas sabrosas para él, y él sabía que estaría perdido sin ella, especialmente ya que no tenía
ninguna esperanza de contratar a otra cocinera de la ciudad, especialmente debido a los rumores
de que era imposible agradarle.
¿Quién querría trabajar para una bestia?
Procuraba que sus despidos constantes de empleados se limitasen a su ayudante de cámara.
Henry Seaford le había sido asignado como criado de batalla al comienzo de la guerra, y ellos
habían pasado por muchas batallas juntos. Apreciaba verdaderamente al hombre que le había
servido de manera tan fiel y echó de menos su presencia cuando le mandaron a Inglaterra a casa
para recuperarse.
Cuando Seaford apareció en su casa de campo un día, llenó un vacío que Jon no se había
dado cuenta de que había estado sintiendo. Su ayudante de cámara era un amigo de confianza, y
una vez que Jon le aceptó en su vida de nuevo, se aseguró que su ayudante de cámara recibiera
un buen sueldo. Tenía que hacer algo por el hombre que soportaba sus rabietas sin quejarse.
Cuando Jon dejó su casa solariega para irse a la de Bath, su ayudante de cámara hizo sus maletas
sin alboroto y le acompañó a la Mansión Hartley. Jon sabía que estaría perdido sin Seaford y
estaba agradecido por su servicio continuado.
Se devoró los sandwiches, saboreó los sabrosos pastelillos y juró olvidarse de la joven que
había irrumpido tan rudamente en su vida, aunque no tuvo mucho éxito. No podía dejar de tener
la visión de ella rodeada por flores silvestres. Iban muy a juego, las flores caóticas florecientes y
ella era caótica en sí misma.
¿Quién es ella?
Seguramente viva cerca, ya que no vi su caballo.
¿Podría encontrarla en el prado de nuevo?
No es que le importase.
Sacudió la cabeza para borrar ese pensamiento imprudente. No habría manera en que una
joven belleza como ella querría tener nada que ver con él, incluso si lograra dominar sus maneras
de bestia. Después de rumiar durante la tarde y las primeras horas de la noche, solo le quedaba
una cosa por hacer.
Jon subió las escaleras a su dormitorio. “¡Seaford!”
Su ayudante de cámara sorprendido se asomó del vestidor. Era inusual que Jon pidiera sus
servicios por la noche, aparte de pedirle ayuda para quitarse las botas. “¿Milord, desea ayuda?”
“Sí. ¡Galas de noche, ahora!”
“¿Galas de noche, señor?”
“¿Te estás volviendo sordo ahora además de obstinado? Me hace falta mi ropa de noche.
¡Ahora!”
Seaford asintió, y Jon podía escucharle rebuscando en el vestidor. Había pasado tanto
tiempo desde que llevara nada aparte de una camisa de lino y calzones, que su ayudante de
cámara estaba teniendo cierta dificultad en encontrar sus ropas de noche.
Jon se lavó y afeitó mientras que Seaford ordenaba sus ropas. No pudo dejar de moverse
cuando su ayudante de cámara le ataba el pañuelo.
“Manténgase quieto, milord. Una última cosa qué hacer,” dijo Seaford, fijándole su alfiler
de corbata con una esmeralda al nudo.
“No necesito eso.”
Seaford le miró a los ojos. “Milord, no ha salido en Sociedad durante casi dos años.
Necesita de todas las maneras la esmeralda par recordarle a todos que usted es el Conde de
Hartley.”
Jon no dijo ni una palabra más, limitándose a mover la cabeza y salir del dormitorio.
***
“Estoy tan emocionada por ir a la Asamblea esta noche,” dijo Harriet a la joven criada que
su abuela había contratado para asistirla durante el verano.
“¿Cómo le gustaría llevar el pelo esta noche, Lady Harriet?” preguntó Rhonda.
“Me encanta la manera en que lo peinaste aquella vez para la cena, con las trenzas y los
rizos.”
La criada asintió. “Por supuesto. Me gustará peinárselo otra vez así.”
Cuando Harriet finalmente bajó las escaleras, su madre y Lord Spenser estaban en la salita.
“Estás ahí, querida. Estás preciosa en ese color melocotón,” dijo Eleanor.
“¿Qué le parece, Lord Spenser?” dijo Harriet girándose con rapidez.
“Creo que Evans estaba en lo cierto. Parece una gatita dulce, pero hay un tigre justo debajo
de la superficie,” dijo Lord Spenser con una risa. “Los jóvenes de Bath mejor deben cuidarse en
torno a usted.”
Harriet le sonrió. “No creo que nadie me haya comparado con un dulce gatito, milord.
¿Bailará con el tigre esta noche?2
“Sería un honor, milady.”
En unos momentos, su abuela se unió al grupo en el saloncito.
“Lady Dalling, ¿está usted intentando brillar por encima de todas las jóvenes de Bath esta
noche?”, preguntó George.
“Ah, Lord Spenser, siempre tan encantador.”
“Solo digo la verdad,” dijo él con una risita.
“Si estamos todos listos, ¿nos vamos ya?”, preguntó Marian.
George le ofreció el brazo a la mujer mayor y las acompañó a todas afuera antes de
ayudarlas a subir al carruaje.
“Estoy tan excitada,” dijo Harriet, sentándose al lado de su madre. “¿Ha estado en una
Asamblea antes, Lord Spenser?”
“Lo he estado, y me sorprende lo bien atendidos que están estas Asambleas ahora,” dijo.
“Recuerdo que, no hace mucho, Bath no era tan frecuentada en el verano como ahora.”
“Espero que esté disfrutando de su estancia con nosotras,” dijo Marian.
Spenser asintió con la cabeza. “Mucho, milady.”
“Estamos muy contentas de que haya decidido venir con nosotras,” dijo Eleanor.
Él asintió. “Yo también.” Se inclinó hacia Lady Dalling susurrándole, “he de darle las
gracias de nuevo por salvarme de un verano de tener que lidiar con las cosas de mi hermano y las
diatribas de mi padre.”
Marian asintió con la cabeza, pero no hizo ningún comentario.
Harriet miró a su abuela y Lord Spenser y se preguntaba qué pasaría en la familia de él.
Como ninguno de los dos aclaró nada, ella pensó que era mejor no hacer ningún comentario,
aunque quería saber los detalles. Normalmente, era la última en enterarse de algo, y no estaba por
encima de escuchar a escondidas si había oportunidad de hacerlo.
En breve, el carruaje se detuvo delante de la Sala de Asambleas, y George ayudó a las
damas a bajarse del carruaje. Entraron a la sala, y George les consiguió una mesa.
“Me pregunto si la Srta. Weston está aquí esta noche. Vi a la Sra. Kennedy en la ciudad
recientemente, y ella mencionó que están aquí para el verano,” dijo Eleanor, mirando por la sala
antes de volver a prestarle atención a Lord Spenser. “Es una joven tan agradable.”
“No tengo ni idea de cuál es la agenda social de la dama, Lady Collin,” dijo George.
“Bueno, después de bailar conmigo, tiene que bailar con ella,” agregó Harriet. “Hacen tan
buena pareja.”
“¿Está haciendo de celestina, Lady Harriet?” preguntó George enarcando una ceja.
“Para nada,” dijo Harriet sacudiendo la cabeza. “Solo pensé que disfrutaría de un baile con
ella. Me cae bien.”
“¿Les procuro limonadas para ustedes?”, preguntó George.
Las tres cabezas se movieron, y Harriet vio a Lord Spenser irse a la sala de los refrigerios.
Era bastante guapo, con su cabello negro y ojos marrones expresivos, y Harriet se preguntaba si
él consideraba a la Srta. Weston como algo más que una pareja de baile. Parecía muy rápido en
negar cualquier conocimiento sobre las actividades de la joven, pero Harriet le miró mientras
andaba mirando por la sala, posiblemente buscándola. Ella tenía una sensación de que a él le
gustaba a la Srta. Weston más de lo que quería confesar.
La orquesta estaba afinando los instrumentos y, al son de los primeros acordes de un vals y
unas pocas parejas avanzaron hacia la pista de baile, de repente hubo un silencio en la Sala de
Asambleas. Incluso la orquesta se detuvo mientras que la gente se apartaba para dejar que una
silueta solitaria caminó hasta el centro de la pista de baile.
Los ojos de Harriet se agrandaron cuando ella vio quién era: el hombre que todos decían
nunca abandonaba su mansión. Su aliento se contuvo mientras miraba fijamente a Lord Hartley,
estaba magnífico en sus galas negras. Su cabello dorado brillaba donde caía contra sus hombros.
Solo una corbata blanca con un alfiler esmeralda interrumpía la severidad de su vestimenta, pero
le iba perfecta. Nunca había visto a nadie tan apuesto y severo al mismo tiempo.
Nadie dijo ni una palabra. Era como si se hubiera detenido el tiempo; todas las
conversaciones se habían detenido, y se habría podido escuchar un alfiler caer al suelo. No iba
ella a desaprovechar esta oportunidad de estar en su compañía pasar. Se puso en pie, alisó su
vestido, y empezó a caminar hacia el centro de la pista de baile. Las cabezas giraron de izquierda
a derecha mientras los otros asistentes la vieron avanzar hacia él, pero Harriet solo le veía a él,
una bestia de hombre alto y hermoso. Su mirada se clavó en ella con tal intensidad que ella
parecía caminar hacia él como si estuviera hechizada, su atracción hacia él era tan intensa.
Ella le hizo una profunda reverencia. “Milord, creo que me había prometido este baile,” dijo
ella, enderezándose y mirándole con atrevimiento a sus ojos verdes intensos.
Él no dijo ni una palabra, pero alzó la mano de ella inclinándose por encima. La orquesta
empezó a tocar de nuevo. Él la estrechó entre sus brazos y la guió en un vals que la tenía
encantada. Ella nunca se había sentido así, tan hipnotizada por este hombre enigmático.
¿Podía darse cuenta lo aprisa que le latía el corazón?
Su mirada nunca dejaba de mirar su cara, y parecía importarle poco que ellos fuesen los
únicos bailarines en la pista. Ella no se atrevió a decir ni una palabra para que no se rompiera el
hechizo. Estando entre sus brazos fuertes le hacía sentir como si flotase en el aire. ¿Sus pies
tocaban el suelo siquiera? Él era un bailarín elegante y logrado, y como ellos tenían toda la pista
para ellos, él la giraba con tanta pericia que ella pensó que todos los valses de ahora en adelante
se arruinarían para siempre debido a su dominio del baile.
En sus entrañas sentía mariposas. Ella quería que el tiempo se detuviera para poder
permanecer entre sus brazos para siempre.
Cuando la música se detuvo al final, Harriet contuvo el aliento.
¿Le hablaría finalmente? ¿Reconocer el baile y la conexión entre ellos dos?
¿Podía ella atreverse a esperar que él se uniría a su mesa, especialmente ya que su amigo
Lord Spenser estaba con ellas esta noche?
Desgraciadamente, nada de eso ocurrió.
Hartley se inclinó por encima de la mano de ella una vez más, se dio la media vuelta y salió
dando zancada de la Sala de Asambleas como un rey homenajeando a sus súbditos. Ella se quedó
quieta mientras todos veían como el Conde de Hartley se marchaba tan aprisa como había
venido. En cuanto se marchó, toda la sala irrumpió en una cacofonía de voces, todos hablando
sobre lo que acababa de transcurrir.
Ella no escuchó ni una palabra, clavada en el sitio por lo que había pasado, hasta que Lord
Spenser apareció a su lado. “Milady, creo que este baile es mío.”
Eso pareció romper el hechizo bajo el que se encontraba ella. Miró a Lord Spenser y sonrió.
“Ciertamente, milord.”
Mientras se alineaban para un baile en cuadrilla con los otros bailarines, él le susurró al
oído. “Gracias por su bondad, milady.”
Harriet asintió con la cabeza, sin molestarse a explicar que su baile con el Conde de Hartley
no tenía nada que ver con la bondad y todo que ver con el hombre por si solo. Ella no podía
admitir, incluso para sí misma, que ella consideraría el matrimonio, cosa que había jurado, que
nunca haría, sería solo con el hombre que se había ido tan silencioso como había llegado.
Ella nunca había visto a nadie como él, tan majestuoso en su severidad y, sin embargo, tan
suave mientras la tenía y la giraba por el suelo.
Ella quería salir por la puerta corriendo tras él, pero sabía que había causado suficiente
escándalo por una noche. No quería abochornar a su madre o su abuela más de lo que había
hecho ya, así que sonrió y bailó con Lord Spenser, todo el rato preguntándose cuándo volvería a
ver al Conde de Hartley de nuevo.
Porque ella estaba segura de una cosa y es que se aseguraría que le volvería a ver.
Capítulo 4
Hartley salió dando zancadas de la sala de Asambleas, sin molestarse en saludar a nadie por
el camino, mientras todos los invitados en el lugar se quedaron mirándole. Que miren, él estaba
en una misión. Sus pasos largos le hicieron cruzar la sala de prisa, y pronto había llegado a la
puerta. Quería girarse y mirarla una vez más, pero sabía que estaba al borde de su autocontrol.
¿Qué había estado pensando con venir aquí? Aunque compraba una suscripción a la sala de
Asambleas cada año, rara vez asistía a ningún evento. No le gustaban las masas o los ruidos muy
fuertes, y los bailes en la sala de Asambleas tenían ambas cosas. Su aliento le venía en jadeos
llenos de pánico, entrando y saliendo. Era solo gracias a su fuerza de voluntad la que fue capaz
de impedir que el pánico le invadiese. Recuperó a Zeus de donde lo había atado afuera, se subió
a la silla, y se alejó como si una docena de demonios le pisara los talones.
Quizás lo estaban haciendo, en forma de una joven mujer de pequeña estatura con ojos gris-
azulado, pelo negro lustroso y unas curvas por las que un hombre daría la vida.
Él pensó que si confrontaba a la chica en un lugar público, se daría cuenta de que ella era
igual que todas las otras jóvenes que había conocido en el pasado, y se quedaría horrorizada por
su cara destrozada y se apartaría de él. Entonces podría olvidarla y seguir con su existencia
solitaria. En lugar de eso, ella se había atrevido a acercarse a él exigiéndole un baile. Nadie se
atrevía a exigirle nada, pero ella no le tenía ni pizca de miedo. Él casi sonrió ante sus maneras
atrevidas… casi.
En cuanto la tomó entre sus brazos, algo le pasó por dentro que no sabía explicar. Se sentía
más ligero que en años. De alguna manera ella había hecho desaparecer la oscuridad que le
rodeaba, aunque solo fuese durante unos momentos mientras él se concentraba en el baile,
dejando que todo lo demás se difuminara en el fondo. No había ruido, salvo la orquesta, mientras
los pasos del vals se convirtieron en algo a lo que estaba acostumbrado una vez más. Ella era el
cielo en la tierra mientras la giraba en el piso. En lugar de exorcizarla de su mente, ella solo
parecía escarbar más profundamente bajo su piel.
Esto no estaba bien.
Ella tenía que irse de Bath de inmediato, aunque realmente no sabía quién era ella. Antes de
ponerse en pie, había estado sentada ante una mesa con la Marquesa de Dalling. ¿Estaba la
belleza de pelo color azabache emparentada con la marquesa? Seguía sin saber cómo se llamaba
ella y no se había molestado en preguntárselo porque había creído que solo la vería esta única
vez antes de desterrarla de sus pensamientos para siempre.
Qué equivocado estaba
No iba a haber ningún destierro del recuerdo de ella, acercándose a él con descaro, sus
caderas balanceándose en un ritmo exótico mientras el resto de las personas parecían congelarse
en el tiempo. ¿De verdad quería conocerle o solo era una manera de ejercitar más de sus maneras
“alocadas” que ella le había confesado antes en el prado? Pero él no pensó que ella vino a él por
capricho, especialmente cuando él pensaba en su mirada intensa cuando le exigió el baile. La
intensidad de ella era casi tan grande como la de él. Oh, sí, ella era de armas tomar, y él no tenía
ni idea de cómo la manejaría en el futuro. ¿Había un futuro que manejar?
Cuanto más intentaba dejar de pensar en lo que había sentido con ella en sus brazos, más
anhelaba su presencia.
¿Qué le estaba pasando?
Nunca se había sentido tan molesto por otra mujer como lo era de ella. Antes de la guerra,
cuando había podido elegir entre las jóvenes, ninguna le había interesado mucho. ¿Por qué era
que la única cosa de la que hablaban las debutantes era el clima o quién estaba en el baile? Todas
le habían aburrido hasta casi llorar. Incluso en aquel entonces, no había tenido paciencia para
señoritas insípidas y se había dejado llevar por viudas mayormente, pero incluso eso perdió su
atractivo después de un tiempo. Nunca le había dado por mujeres casadas, ya que creía en la
santidad del matrimonio.
Y tampoco había tenido una amante, incluso eso le parecía demasiado compromiso.
Cuando su padre había al fin comprador su comisión, se sintió agradecido por dejar las
brillantes salas de baile atrás. El anterior conde le había negado esta petición numerosas veces.
Jon entendía la renuencia de su padre. Él era el heredero del condado, pero Jon tenía una
inquietud que Londres ya no podía contener. De manera que en lugar de distanciar a su hijo
único, su padre le había comprador su comisión en el ejército y Jon se había ido a la guerra.
Había sido tan ingenuo, y sus ideas sobre la guerra y todo lo que conllevaba eran tan
equivocadas. Él pensó que podría marcar una diferencia, pero eso no era para nada cierto. No
había nada romántico en luchar por el rey y la patria. Era un sufrimiento brutal e incesante, y los
hombres caían a su alrededor. Con su propio grupo de amigos, Wolf, Richard y George, ellos se
habían cuidado unos a otros lo mejor que pudieron. Él no creía que habría podido sobrevivir la
guerra sin ellos. Fue Wolf el que le encontró cuando cayó y le había sacado del campo de batalla.
Aunque sentía reparos en reconocerlo, su padre había tenido razón. Él nunca debió haber ido a la
guerra, pero ahora no podía reconocerlo, ni siquiera cuando le mandaron a casa con una lesión
horrible.
Su madre había llorado la primera vez que le vio; su padre había sido estoico, sin mucho
que decirle a su único hijo. Eso le parecía bien a Jon. Él no quería hablar con sus padres, o nadie
más, acerca de su lesión. Sus amigos seguían luchando contra los franceses, y él no tenía a nadie
cerca que entendiera los horrores de la guerra. Los ruidos fuertes le sacudían, aunque solo fuese
un plato que se le cayera de la mano a un criado, y se mantuvo cada vez más recluido en su suite
de habitaciones. No sabía si su madre lloraba de alivio al ver que su hijo había regresado
relativamente seguro o por la pérdida de su rostro perfecto. Mientras se recuperaba, pronto se le
hizo evidente que sus dos padres estaban horrorizados por su aspecto. La lástima en sus ojos era
sobrecogedora, de manera que Jon dejó de cenar con ellos y eligió que le subieran una bandeja a
su habitación.
Se había sentido más prisionero en Londres que cuando había estado luchando contra los
franceses. Solo había unos pocos lugares amplios donde montar en Zeus y olvidar sus problemas
durante un rato. Su corcel nunca le juzgaba y siempre estaba cuando él le llamaba. Había ido a
Hyde Park unas cuantas veces temprano por las mañanas, pero eso no colmaba la inquietud que
sentía.
Cuando su padre falleció casi un año después de su recuperación, Jon no podía sentir el
duelo por el hombre que le había enseñado que la perfección física era tan importante como un
título y riqueza. ¿Dónde había desaparecido el padre amoroso que había conocido la mayor parte
de su vida? ¿Estaba tan horrorizado por una cicatriz en el rostro de su hijo que eso de alguna
manera negaba todas su interacción amorosa durante años? Si sus propios padres eran tan
superficiales en sus reacciones a él, ¿cómo podría esperar que la Sociedad aceptase su cara
arruinada? Entonces fue cuando decidió irse de Londres. Después de reunirse con el abogado de
la familia sobre su herencia para asegurarse de que todo estaba en orden con la propiedad, se
marchó de Londres para siempre, jurando nunca volver a vivir allí.
Todavía podía recordar a su madre rogándole cuando regresó del despacho del abogado.
“Jon, no puedes irte de Londres en plena Temporada. Qué va a pensar la gente?
“¿Qué me importa a mí su opinión?”
“Ahora eres el Conde de Hartley y debería importarte su buena opinión. ¿Cómo esperas
casarte sin eso?”
Se giró para mirar a su madre. “¿Buena opinión? ¿Es eso lo que te preocupa? Madre,
¿qué pasó con tu buena opinión? ¿O la de Padre?”
Ella pareció estar sorprendida por su vehemencia. “¿Qué quieres decir?”
“Tanto tú como Padre no me habéis mirado en el año en que he estado en casa. Si mis
propios padres no pueden tolerar mi rostro arruinado, ¿cómo crees que lo hará el resto de la
Sociedad? No voy a ser comidilla para sus opiniones malintencionadas.”
Su madre inclinó la cabeza, y él supo que había dado en el clavo. Cuando ella alzó la
cabeza, había lágrimas en sus ojos. “Lo siento tanto, Jon. Es solo que…”
Él alzó una mano. “Madre, para. No necesito ni quiero tu compasión. Me marcharé de
Londres mañana.”
“¿No puedes por favor reconsiderar tu decisión?”
Él salió de la sala sin decir otra palabra.
El recuerdo de ese día había sido grabado a fuego en su cerebro, y nunca se arrepintió de
esa decisión. Si sus propios padres no podían aceptar quién era sin su rostro perfecto, entonces
no lo haría nadie. Se resignó a su suerte. Nunca se casaría, nunca tendría un hijo, y su título y
propiedades serían transferidos a algún primo lejano. ¿Qué le importaba eso? Estaría muerto. Iba
a cuidar de sus propiedades para asegurarse de que los criados y personal estaban bien atendidos,
pero nunca iba a pensar en casarse.
Excepto esa mujer joven con ojos azul gris atormentados, ojos en los que un hombre podía
perderse y nunca darse cuenta de que se estaba ahogando. Él no quería ahogarse en los ojos de
nadie. Estaba perfectamente contento con su vida solitaria.
¿Pero lo estaba de verdad?
Se fue a casa y entregó a Zeus al mozo cuando llegó a los establos. El mozo tomó las
riendas y guio al caballo dentro de la cuadra sin decir nada.
Jon regresó a la casa, aliviado de que el pánico incapacitante no se hubiera manifestado esa
noche. ¿Era esa joven mujer el secreto para calmar su alma atormentada?
***
Cuando Lord Spenser regresó a la mesa con Harriet después del baile en cuadrilla, tanto su
madre como su abuela la miraban como pidiéndole explicaciones por su atrevimiento en
acercarse al conde. Harriet sabía que no era lo correcto que una joven le pidiera a un hombre un
baile, pero no iba a pasar por alto la oportunidad de estar en compañía del conde. Podría ser que
nunca le volviera a ver, lo cual no era de su agrado. Él era un enigma que ella tenía intención de
resolver, un enigma hermoso, magnífico e irritante.
“¿Querida, como se te ha ocurrido? Todo el mundo está hablando de ti,” le susurró Eleanor
al oído.
“Lo sé, Mamá.”
“Eso ha sido un atrevimiento, incluso por ser tú. No es lo correcto, y estoy segura de que lo
sabes perfectamente,” regañó Eleanor.
Harriet se encogió de hombros. ¿Qué otra cosa podía decir? Su madre tenía razón, pero si el
conde se volviera a parar ante ella, lo volvería a hacer. Algo de él la atraía, y no acertaba a
explicárselo. Miró a su abuela, que se limitó a mover la cabeza. Ella estaba agradecida de que no
la había regañado también.
Ella adoraba a su abuela, que siempre había aceptado las cosas raras de Harriet. No le
parecía molestar que Harriet fuese un poco alocada, amaba los libros, la astronomía, y los lugares
antiguos, sin tener paciencia para bordar, tocar el piano o lecciones de pintura que la mayoría de
las jóvenes disfrutaban en aprender.
Mientras crecía, ella siempre había querido ser como su hermana mayor, Mercy. Mercy era
el paradigma de la señorita perfecta de Sociedad, grácil, esbelta, con cabello color caoba y ojos
preciosos de color verde musgo, muy al contrario que Harriet que era atrevida, baja en estatura,
con curvas y cabello espeso de color negro azabache. Harriet nunca sería admirada como lo era
su hermana, por su elegancia, y a una edad temprana, había aprendido que no tenían sentido las
comparaciones. No quería ser la joven de buena Sociedad perfecta. Eso era tan aburrido, aunque
amaba mucho a su hermana y especialmente su nuevo marido, Wolf, el Duque de Wiltshire. Ella
quería hablar de libros y astronomía y viajar a tierras lejanas en lugar de hablar todo el rato del
tiempo.
¿Qué tenía de interesante el clima? Eso le aburría a ella hasta casi llorar.
A nadie le importaba de verdad el tiempo en Londres. Llovía bastante y cuando sí salía el
sol, Hyde Park estaba tan abarrotada que apenas se podía caminar por el sendero. No es que
Harriet realmente disfrutaba paseando en el parque. Prefería estar subida a su yegua Meribelle
galopando a primera hora de la mañana cuando no había nadie. Además, odiaba el cotilleo.
Nunca había sido tema de cotilleo, pero no era ignorante del daño que podía causar. Todas las
jóvenes eran educadas para no incurrir en escándalos sobre ellas mismas o sus familias.
Si había algo que Harriet odiaba más que las restricciones impuestas a las mujeres jóvenes,
era el cotilleo. El cotilleo tenía una manera de cobrar vida propia, una bestia desenfrenada que
rara vez albergaba una pizca de verdad. ¿Por qué no podía la gente ocuparse de sus propias cosas
y hacer cosas sin preocuparse de lo que estaba haciendo el resto de la gente? Ella no tenía duda
de que la noticia de sus acciones, esta noche, llegaría hasta Londres en nada de tiempo. Para la
primavera que viene, sería una noticia vieja. O, al menos, eso esperaba ella. Lo último que quería
era alterar a su madre.
“Siento haber sido tan atrevida, Mamá,” dijo ella. Eso parecía apaciguar a Eleanor un poco,
pero seguía con una cara preocupada. Su madre estaba naturalmente preocupada por algún
posible escándalo que pudiera afectar su debut en la primavera del año que viene.
Harriet no estaba deseosa de una Temporada londinense. Ella había sido testigo de las
vicisitudes de interactuar con la Sociedad con Mercy, y no era algo que ella desease. El problema
era que ella sabía que su madre iba a insistir en una Temporada para ella. ¿Cómo podía
decepcionar a su madre que no había sido otra cosa que amorosa y la apoyaba en sus cosas?
Quizás si apelaba a su abuela, ella podría hablar con su madre, y quizás podrían ponerse de
acuerdo en retrasar su Temporada durante un año. Un breve parón le vendría a Harriet de perlas.
Además, ella prefería mucho más el aire fresco del campo, donde podía cabalgar todo lo
que quisiera sin encontrarse con nadie más. Eso había sido la actividad más dichosa de ella en su
infancia hasta que su primo Robert se convirtió en el nuevo Conde de Collin al fallecer
inesperadamente su padre. Robert había tenido al menos la decencia de permitirles guardar luto
por su padre el año completo antes de desahuciarlas del único hogar que ella había conocido.
Ella odió dejar atrás a su querida yegua, pero Robert no había tenido ninguna intención de
regalarle el caballo. Cuando su nuevo cuñado, el Duque de Wiltshire, le regaló Meribelle, eso la
apaciguó un poco por haber tenido que dejar su otra yegua en la casa con Robert. Ella adoraba a
Meribelle, el duque había elegido bien.
“¿Harriet, querida, en qué piensas?”, preguntó su abuela. “Tienes una mirada tan perdida en
los ojos.”
Ella suspiró. “Estaba pensando en la vida de antes de que muriera Papá. Yo amaba la casa
del campo, y este lugar me lo recuerda.”
Eleanor le dio palmaditas en la mano a su hija. “Lo sé, pero ahora tenemos una casa nueva
en Londres y estamos disfrutando de un verano maravilloso en Bath. ¿No te parece?”
Harriet miró a su abuela. “Me encanta el campo que rodea tu propiedad, Abuela. Quizás
pueda montar pronto. ¿Llegará Meribelle de Londres pronto?”
Marian asintió. “El mozo traerá tu yegua hoy.”
Los ojos de Harriet se iluminaron. “Eso es maravilloso. Sabía que la querría en cuanto me la
regaló el duque. Hay sitios amplios donde cabalgar por aquí, donde ella puede estirar las patas.”
“Sí, puedes montar todo lo que quieras,” dijo Marian.
“Lo estoy deseando, Abuela. Muchísimas gracias por hacer que la traigan.”
“Por supuesto, querida. Sé lo mucho que te gusta montar, y no tiene sentido dejar el caballo
en Londres durante el verano.”
Harriet estaba contenta de que su yegua llegaría pronto, y quizás se cruzaría con el Conde
de Hartley de nuevo. Esta vez no se le escaparía tan fácilmente si ella también iba a caballo, pero
eso no se lo iba a contar a su abuela.
Ella no quería que su madre hablase más de su baile con el Conde de Hartley, así que se
giró hacia Lord Spenser. “¿Ha visto ya a la Srta. Weston?” Le miró mientras él repasaba la sala
con la mirada y supo el instante en cuanto la vió. “Tiene que pedirle un baile.”
Él rio. “¿Está dando órdenes, Lady Harriet, como un general a sus tropas?”
Harriet rio. “Me gusta cómo piensa usted, milord. Y sí, seré el general y le ordeno que
baile.”
Spenser asintió con la cabeza y se puso en pie de su silla. “Un buen soldado siempre
obedece sus órdenes,” dijo él antes de cruzar la pista de baile para llegar a la Srta. Weston.
“¿Querida, qué mosca te ha picado esta noche? Menos mal que Lord Spenser es bondadoso;
no creo que haya muchos lores que aceptarían ser mandoneados. No debes ser tan descarada,
especialmente en público. No es bonito en una joven,” la regañó Eleanor.
“Claro, Mamá.” Ella no tenía ganas de discutir con su madre, especialmente en público. Su
madre tenía razón, ella había causado bastante revuelo esta noche, aunque tanto ella como su
madre, sabían que no iba a cambiar su manera de ser. Harriet no tenía problema en intentar ser
menos atrevida, menos lanzada con sus palabras, menos todo… por lo menos el resto de esa
noche.
Mañana sería otro cantar.
Ella vio una pareja de hombres jóvenes que caminaban hacia la mesa de ella y gimió por
dentro. Realmente no tenía deseos de bailar con nadie más esta noche. ¿Cómo podía bailar con
nadie más después del baile más perfecto de su vida? Nada se podía comparar con ese vals con
Lord Hartley.
“Lady Dalling, un placer verla esta noche,” dijo el primer joven.
“Ah, Lord Cawley. Un placer volver a verle. ¿Cómo está su querida madre? ¿Está en Bath
para pasar el verano?”
“Lo está, milady.”
“Le mandaré sin duda un recado para invitarla a merendar entonces.” Su abuela presentó la
madre de Harriet y luego se volvió hacia ella. “Lady Harriet, ¿te puedo presentar a Lord Cawley?
Lord Cawley, mi nieta.”
“Encantada de conocerle, milord,” dijo Harriet poniéndose en pie para hacer una breve
reverencia.
“Encantado,” dijo Lord Cawley. “¿Y, puedo presentarle mi amigo el Sr. Pratt?”
“Sr. Pratt,” dijo Harriet, reconociéndole.
“Lady Harriet, ¿me pregunto si podría tener un baile libre para esta noche?”, preguntó Lord
Cawley.
Ella realmente no deseaba bailar con nadie más, pero sabía que su abuela no le habría
presentado al joven lord si no hubiera sido un caballero honorable. “Por supuesto, milord,” dijo
ella extendiendo su tarjeta de baile.
Lord Cawley garabateó su nombre en la tarjeta de ella. Afortunadamente, había bailado el
único vals del programa de esa noche con el conde. Si no, la comparación entre el conde y estos
jóvenes le habría estropeado el baile para ella.
“¿Puedo tener el honor yo también?”, preguntó el Sr. Pratt.
“Por supuesto, Sr. Pratt. Estoy libre para el siguiente baile si gusta.”
“Sería un honor.” Él extendió el brazo, y Harriet colocó las puntas de los dedos en su
manga. Ella no sentía ninguna conexión con él, no como cuando estuvo entre los brazos del
conde. El Sr. Pratt parecía ser sociable. No era muy alto y era bastante delgado, con el pelo rubio
y ojos azules. Ella supuso que se podría decir que era apuesto, pero no tenía ningún atractivo
para ella.
Por suerte, su baile era un baile de cuadrilla que no iba a permitir mucho tocarse o hablar.
Harriet mantuvo una sonrisa amable en la cara todo el baile. Sabía que su abuela la miraba con
detenimiento y no quería dejarla en evidencia de ninguna manera.
Cuando el baile terminó, el Sr. Pratt la llevó de vuelta a su familia. “Gracias, Lady Harriet.”
Harriet hizo una rápida reverencia. “El placer fue mío, Sr. Pratt.”
El Sr. Pratt se inclinó y se alejó de la mesa de ellas para ir en busca de su siguiente pareja de
baile. Cuando se iba, Lord Spenser volvió a la mesa con la Srta. Weston.”
“Lady Dalling, Lady Collin, Lady Harriet, qué placer verlas esta noche,” dijo la Srta.
Weston con una reverencia.
“Srta. Weston,” dijo Eleanor.
“Srta. Weston, está muy guapa esta noche. Ese color le sienta muy bien. ¿Le gustaría unirse
a nuestra mesa?”, preguntó Marian.
Ella sacudió la cabeza. “Me gustaría, pero mi tía ha conseguido una mesa con sus amigas, y
no me gustaría apartarla ya que no ha visto a ss amigas en bastante tiempo. He de reconocer que
su conversación es bastante animada esta noche.”
Harriet miró la cara de Lord Spenser y vio una leve mueca durante un instante antes de que
él alisara sus rasgos de nuevo. Había algo entre ellos dos sin duda; estaba segura.
“¿Quizás podría venir a merendar pronto?” preguntó Marian.
La Srta. Weston sonrió. “Me encantaría. Gracias, Lady Dalling.”
Marian asintió. “Mandaré una invitación para usted y su tía entonces. Dele mis saludso a la
Sra. Kennedy. Buenas noches, Srta. Weston.”
La Srta. Weston hizo una reverencia y Lord Spenser la acompañó de regreso a la mesa de su
tía.
“A él le gusta ella,” dijo Harriet. “Sé que sí.” Ella miró a su abuela que solo tenía una
sonrisa de complicidad. Estaba segura de que su abuela estaba de acuerdo con ella.
El verano en Bath prometía ser bastante interesante después de todo.
Capítulo 5
Había pasado casi una semana desde su baile con el Conde de Hartley en la sala de
Asambleas. El hombre le perseguía en sus sueños con su mirada intensa y su belleza masculina.
¿Qué le importaba a ella una cicatriz? Eso no definía al hombre. Sus ojos de color verde
esmeralda parecían brillar, como si mil estrellas los encendieran desde dentro. Ella nunca había
visto ojos iguales y revivió el baile de ellos una y otra vez. Nunca perdía su magia para ella. Ella
se había quedado hipnotizada entonces y seguía hipnotizada y quería repetir la experiencia.
¿Vendría el conde a otro baile? ¿O era eso su única vez de asistir a un evento en Bath?
Todas las mañanas se llevaba a Meribelle para una carrera por las propiedades de su abuela
y se aseguraba de seguir la linde de la propiedad donde se había cruzado con el conde aquella
vez. Hasta la fecha no hubo señales del Sr. Quejoso.
¿Dónde estaba?
¿Había dejado de montar a caballo para no cruzarse con ella de nuevo? Eso parecía
improbable. No parecía ser el tipo de persona que reculase ante un desafío, y ella pensó que le
había desafiado sin duda.
Ella esperaba que sí porque no quería una pelea. ¿Era eso lo que era para él? ¿Una pelea en
ciernes? Ella encontró que la idea de un duelo a palabras era algo encantador, y eso le hacía latir
el corazón con más rapidez. Si solo apareciese de nuevo para que ella tuviera una oportunidad
para hablar con él otra vez.
El cielo se había oscurecido mientras ella había estado perdida en sus pensamientos con
nubes negras arriba. El viento había empezado a soplar, y Meribelle brincaba en su sitio al borde
de la linde. La yegua estaba claramente agitada, y Harriet compartía el sentimiento,
especialmente ya que no tenía ningún deseo de empaparse si los cielos se abrían mientras ellas
estuvieron en el prado.
“Lo sé, chica. Será mejor que regresemos,” dijo ella, acariciando el cuello de la yegua.
Había girado a Meribelle devolviéndola al sendero que llevaba a la mansión de su abuela cuando
vio una mota negra por el rabillo del ojo.
¿Podía ser él?
Ella contuvo el aliento.
Vio la mota hacerse cada vez más grande, y pronto no había duda de que era el Conde de
Hartley. Él se inclinó sobre el cuello del caballo y el galope del semental devoró el terreno entre
ella y él. Supo el momento en que él la divisó. Se enderezó en la silla, y ella podía imaginarse su
indecisión. ¿Debía acercarse a ella o no?
Ten valor, milord, y ven a mí. Me intrigas tanto. ¿Te intrigo tanto como tú a mí?
Cuando casi había llegado a ella, su caballo se frenó deteniéndose. “Le dije que no volviera
a pisar mis tierras. Ahora, váyase de inmediato,” dijo él.
Ella se limitó a mirarle e ignoró su orden. “Bueno, pues le aliviará saber que no estoy
invadiendo su terreno. Y tengo permiso de Lady Dalling para cabalgar en sus tierras.” Eso frenó
lo que podría ser una diatriba de él y ella aprovechó la oportunidad de seguir hablándole. “Nunca
tuve una ocasión para darle las gracias por el baile de la semana pasada.”
Ella miró cómo los ojos de él se abrieron más ante el comentario de ella. Su cabello era un
revuelo a causa del viento y la cabalgada por el campo. Ella podía aguantar un poco de viento si
solo hablara con ella. Meribelle seguía dando pasos de un lado a otro, y Harriet agarró las riendas
con fuerza, manteniéndola en su sitio.
Justo cuando parecía que él iba a hablar, un fuerte trueno sonó desde el cielo, espantando al
hombre y al caballo. Los ojos del conde estaban alocados, y espoleó a su caballo alejándose al
galope a campo través. Harriet miró hasta que le perdió de vista.
¿Qué había pasado? Solo fue un trueno, aunque tenía que reconocer que había sonado
fuerte.
Meribelle relinchó protestando, claramente no gustándole estar afuera en una tormenta.
El momento de hablar con él se había perdido.
Harriet suspiró y le dio palmaditas al cuello de su yegua. “Venga, Meribelle. No tiene
sentido mojarnos ahora. Se ha ido.”
***
Hartley galopó por el prado como si el diablo le persiguiera. El ruido del trueno le había
sobresaltado de manera total, enviándole a sus recuerdos del caos del campo de batalla, con
cañones resonando a su alrededor el día en que le hirieron. Su mente lógica sabía que estaba a
salvo en Bath, pero la criatura instintiva en él sufría de manera inmisericorde con los sonidos
fuertes, lo que le llevaba al descontrol. Nunca le había contado a nadie esta aflicción, pensando
que este terror imprevisible se calmaría eventualmente por sí solo. No lo había hecho, ni se
habían ido las pesadillas.
Lo peor era que nunca sabía cuándo le asaltaría el pánico, reduciéndole a ser una temblorosa
sombra de sí mismo. Odiaba sentirse tan impotente, pero no podía impedirlo. Durante la guerra
había sido citado varias veces por su valentía en el campo de batalla, pero ahora, un trueno le
descomponía. Odiaba su cobardía.
¿Cómo iba a poder siquiera tener el pensamiento de lograr conocer a alguien cuando esta
aflicción estaba siempre presente? ¿Qué podría decir? ¿Lo siento, no puedo llevarte al teatro o a
un baile esta noche porque puede haber un trueno? Se convertiría en un hazmerreír.
Sería mejor seguir con su vida solitaria para gestionar cualquier pánico futuro en privado.
Pero…
Por primera vez en dos años, quería hablar con alguien que no fuera su mayordomo,
cocinera o ayudante de cámara. La joven con el pelo brillante negro parecía haber atravesado su
barrera de soledad. Lo último que se había esperado al verla en el campo hoy fue que ella le
agradeciera su vals compartido.
Nadie le había dado las gracias por nada en mucho tiempo y su pánico le había hecho
imposible responderla.
Él había oído a gente hablar de la niebla de la guerra, pero eso eran sólo palabras para
quienes nunca habían experimentado la realidad vulgar. El recuerdo de su último día en la batalla
le sobrevino con rapidez mientras galopaba a casa.
Cabalgaba con Zeus arriba y abajo por la fila en medio del campo de batalla, dirigiéndoles
a los hombres bajo sus órdenes que cerraran filas y repeliesen a los soldados franceses. Y,
parecía ser que los dioses del caos habían elegido este punto justo donde dirigir su furia. Una
explosión retumbó en el suelo cerca de su posición, el sonido y la conmoción, haciendo que se
quedara momentáneamente desorientado. Sabía lo que venía después. Siempre era igual, un
bombardeo seguido por una carga del enemigo. Jon intentó prepararse, pero su cuerpo estaba
exhausto hasta el punto en que apenas podía levantar su espada. Le dolía en más sitios de los
que podía imaginar. Lo único que le hacía seguir adelante eran los hombres a cada lado de él,
que le miraban buscando su liderazgo y su valor. Su mundo se encogió hasta los pocos metros
que podía ver en torno a él a través del humo y la niebla. El enemigo estaba en todas partes, y
su posición estaba a punto de ser arrasada. Él vio a unos cuantos de sus hombres soltar sus
armas y correr, pero esos pocos no habrían marcado la diferencia. Estaban en la pelea de sus
vidas, y todos lo sabían. Si su amigo, el Mayor Wolfgang Sterling, no se hubiera cargado en el
tumulto para salvarle cuando cayó, Jon habría muerto.
De manera que podía vivir sin las trivialidades de la sociedad. Por lo que a él le concernía,
la joven del prado tenía mucho más valor que todos ellos. Ella no se amedrentaba ante él. No,
ella se había acercado con todo el descaro ante la sociedad de Bath, al carajo con las
consecuencias.
Pero el valor de él le había fallado hoy. Con el inesperado trueno directamente por encima
de él, el pánico conocido le había asediado la garganta y su visión se había cerrado hasta un
punto de luz. Le llevó de nuevo al campo de batalla. Había tenido que escapar, y le hizo falta
todas sus fuerzas, espolear a Zeus y apuntar al caballo hacia su mansión.
¿Qué iba a hacer?
No había gran cosa que pudiera hacer en ese momento, excepto regresar a toda carrera a la
soledad de su casa. Tenía que estar en la oscuridad de su habitación, era lo único que calmaba
sus pensamientos alocados. Odiaba que incluso ahora, después de tanto tiempo, los sonidos
fuertes todavía tenían tanto poder sobre él.
Para cuando llegó al establo, apenas podía ver. Saltó de Zeus, lanzándole las riendas al
mozo antes de entrar corriendo en la mansión. Greenfield había abierto la puerta antes de que
pisara el primer peldaño y lo dejó abierto para dejar que Jon entrara a toda prisa. Hartley subió
corriendo las escaleras, aliviado, sabiendo que estaba casi en la soledad de su habitación. Entró
por la puerta para ver que las cortinas habían sido corridas y la cama había sido abierta
Seaford estaba allí. “Siéntese encima de la cama mientras le quito las botas.”
El hombre era un tesoro. Jon no tenía que explicarle lo que estaba pasando. Seaford conocía
las señales y seguramente le había visto cruzar a la carrera hasta el establo. Daba las gracias
todos los días porque Seaford le había seguido hasta aquí. El hombre sabía qué hacer sin que se
lo dijeran.
Jon podía sentir su sangre pulsando, su corazón acelerado, y un dolor de cabeza
sobreviniéndole. Lo único que ayudaba a apaciguar estos ataques era oscuridad y soledad.
Seaford le quitó las botas y la chaqueta y ayudó a Jon a meterse bajo las mantas. Alcanzó el
cuenco y la jarra encima de la mesa al lado de la cama y empapó un trapo con agua fresca antes
de colocárselo por encima de los ojos de Jon. “Descanse ahora, milord. La batalla ha terminado.
Está a salvo. Vendré a verle más tarde.”
Jon apenas podía mover la cabeza mientras intentaba controlar su respiración. Una y otra
vez se repetía en silencio, estás a salvo ahora; estás a salvo. No te puede pasar nada. Estás a
salvo.
Seaford regresó unas horas más tarde para ver cómo estaba, con una bandeja de té y
sandwiches. “¿Le sirvo una taza?”
Jon se había retirado el paño de la cara hacía un rato. Se sentía mejor, aunque bastante
sediento de su sufrimiento. “Sí.”
Seaford acercó la bandeja a la cama y se lo puso en el regazo antes de servir el líquido
humeante en la taza. “¿Necesita algo más?”
Jon sacudió la cabeza. Quería darle las gracias a su ayudante de cámara por su servicio
atento, pero no era su manera. Seaford sabía lo mucho que le apreciaba debido al salario que Jon
le pagaba, lo cual era más del doble de lo que ganaban la mayoría de los ayudantes de cámara. Él
no era ningún ayudante de cámara corriente, y Jon apreciaba su servicio, aunque de manera
recurrente le despedía cada día. Incluso ese ritual era consolador a su manera. Significaba que
nada había cambiado, y eso le venía perfectamente bien Jon.
Excepto que todo había cambiado. Todo en la forma de curvas lujuriosas y ojos azul gris.
Jon no tenía ni idea de lo que iba a hacer con respecto a la joven… porque, claramente,
intentar no pensar en ella no estaba funcionando. Él bebió el té y comió un poco antes de
descansar varias horas más.
Necesitaba volver a poder controlar su mente primero, antes de poder pensar siquiera en el
tema de la joven mujer del prado.
Capítulo 6
Harriet regresó al establo justo antes de que se abrieran los cielos y entró corriendo por la
puerta de servidumbre cuando la lluvia empezó a caer torrencialmente. El calor y los olores
deliciosos de la cocina le asaltaron con un placer inesperado.
“Buenos días, Sra. Morrison,” dijo ella, llevándose una tartaleta de manzana que se estaba
enfriando encima de la mesa.
“Buenos días, Lady Harriet,” dijo la mujer mayor. La cocinera llevaba más de diez años
trabajando para su abuela y era conocida por las buenas gentes de Bath por sus postres
riquísimos. Nadie rechazaba una invitación para merendar de Lady Dalling, sabiendo que las
delicias de la Sra. Morrison se podrían saborear allí. Su abuela había intentado a menudo llevarse
a la Sra. Morrison a Londres, pero la cocinera siempre decía que no, mencionando que Bath era
su hogar. Ahora Harriet entendía por qué su abuela venía con frecuencia a Bath, y no solo en el
verano, como muchas personas de la alta Sociedad. Ella deseó que su padre finado hubiera
aceptado las numerosas invitaciones de su abuela para ir a verla a Bath en el verano, pero Papá
había preferido permanecer en su casa de campo en lugar de viajar al pueblo marinero.
Harriet le pegó un bocado a la tartaleta todavía un poco caliente y suspiró cuando probó la
canela y la nuez moscada. “Mm…”
Cuando pasó por el salón, se sorprendió al ver a su abuela sentada allí con una taza de té.
Marian normalmente desayunaba en su habitación, y Harriet tenía curiosidad por saber por qué
estaba ya levantada y vestida.
“¿Abuela? Me sorprende verte levantada tan temprano. ¿Todo bien?”
“¿Viste al Conde de Hartley hoy, querida?” preguntó Marian.
“¿Qué? Cómo sabías…”
Marian alzó la mano para callar lo que Harriet estuvo a punto de decirle. “Mi querida niña,
puede que sea viaje, pero conozco la mirada que tienes cuando algo te suscita curiosidad, y el
Conde de Hartley es una persona intrigante para ti.”
Harriet se dejó caer en el sofá al lado de su abuela y la besó en la mejilla. “Sí que me tiene
intrigada; estás en lo correcto en eso. Fui por el borde de la linde otra vez y temí no verle, pero
cuando estaba dando la vuelta con Meribelle para regresar a casa, allí estaba, montado en su gran
semental.”
“¿Y, supongo que no pudiste resistirte a hablar con él?”
“Oh, Abuela, me conoces tan bien. Sí que le dí las gracias por el baile, y justo cuando pensé
que iba a hablar, sonó un trueno grande directamente por encima que nos sorprendió a todos, al
conde más que nadie. La mirada alocada en sus ojos me dio un poco de miedo y quería
asegurarle de que solo era un trueno, pero espoleó a su caballo y se alejó sin decir ni una
palabra.”
“Ah…”
“¿Eso qué quiere decir? No conozco hombres que tengan miedo de un trueno.”
Marian le dio palmaditas en la mano. “Querida mía, eres joven y no tienes experiencia con
esto, pero la guerra es brutal y le puede hacer cosas extrañas a los hombres. No era solo el trueno
lo que le asustó, pero quizás le recordaba otra cosa. Es mejor no pensar en ello y dejar al conde a
su soledad.”
“Pero yo quiero conocerle. No es la Bestia de Bath como dicen todos. Era suave, y nunca
me había sentido tan viva como me sentí cuando bailamos juntos.”
“Entiendo. Sin embargo, Hartley es uno de esos soldados que siguen sufriendo incluso
después de llegar a casa en tierras inglesas. Él tiene una existencia complicada, me temo.”
“¿Crees que volveré a verle?”
“Quizás. El tiempo dirá, mi querida nieta.”
Harriet asintió, besó la mejilla de su abuela, y salió del salón, subiendo a su dormitorio para
un baño muy necesario. Le encantaba montar en Meribelle, pero no le gustaba oler a caballo todo
el día.
Rhonda estaba en su vestidor cuando ella entró. “¿Está lista para su baño, milady?”
Harriet asintió con la cabeza y empezó a retirar las horquillas que le sujetaban el sombrero a
la cabeza mientras su doncella supervisaba al lacayo que estaba llenando la bañera con agua muy
caliente.
Ella se quitó los botines y se quitó las medias mientras pensaba en el conde y lo que su
abuela le había dicho. ¿La guerra le había dañado de más maneras aparte de la cicatriz en su
rostro? Ella no podía imaginarse los horrores que habían soportado los soldados. En este tema
particular, ella se alegraba de que las jóvenes eran protegidas de saber la verdad, pero con todo lo
que su abuela le aconsejaba de dejar al conde a su soledad, ella sabía que no podía hacerlo. En
algún momento, ella le volvería a ver y quizás le hablaría… al menos eso es lo que ella esperaba
que pasara.
Después de su baño, Rhonda la ayudó a vestirse con un vestido de muselina de color
lavanda con bordados en blanco para diario y la peinó con un sencillo moño.
“Gracias, Rhonda.”
“Es un placer para mí, milady.”
Harriet salió de su dormitorio y entró en el salón para encontrarse con que su madre había
bajado para unirse con su abuela. “Buenos días, Mamá.”
“Querida, estás hermosa hoy. El color lavanda te va muy bien,” dijo Eleanor, levantando la
vista de su bordado.
Harriet le dio un beso en la mejilla a su madre. “Gracias. Estoy deseando ir a Bath más tarde
hoy."
Wilson, el mayordomo de la Casa Dalling, entró en la sala con una bandeja de plata con una
serie de cartas. “Lady Dalling, estas son para usted,” dijo señalando la primera pila. “Lady
Collin, esta es para usted.”
“Gracias, Wilson,” dijo Eleanor, retirando la carta.
Wilson se giró hacia Harriet. “Lady Harriet, esta es para usted.”
“¿Para mí?” Harriet no sabía quién le podía estar escribiendo, pero cuando vio la letra
conocida, sonrió. “Es de Mercy. No pensé que sabría de ella hasta dentro de un tiempo.”
Eleanor asintió. “A mí también me sorprende, pero noticias de su viaje de boda con el
duque siempre son bienvenidas.”
Harriet rompió el sello.

Queridísima Harriet,

Wolf y yo estamos disfrutando de nuestro viaje al Distrito de los Lagos. Es muy hermoso.
Reconozco que todavía no me he acostumbrado a que me llamen “Su Excelencia”. Creo que
tardaré un tiempo hasta sentirme cómoda siendo la Duquesa de Wiltshire.
Aunque hemos disfrutado inmensamente en nuestro viaje, os echo de menos a tí, a la abuela
y a Mamá tanto, y Wolf ha estado de acuerdo en que vayamos a Bath de visita antes de que nos
vayamos a su casa de campo en Basingstoke. Estoy deseando volver a verte y espero que estés
disfrutando de tu tiempo en Bath.

Tu hermana que te quiere,


Mercy

“’Wiltshire y Mercy vienen de visita!” Exclamó Harriet.


“¿Oh?”
Marian rompió el sello de su carta, leyó la nota, y sonrió.
“¿Es de Mercy?” preguntó Harriet.
Su abuela asintió con la cabeza. “Ha pedido permiso para quedarse conmigo cuando estén
en Bath. Me divierte que ella piense que tiene que pedírmelo. Ella y Su Excelencia siempre son
bienvenidos.”
“¿Dice cuando van a venir? Yo todavía no he leído mi carta,” dijo Eleanor.
“Deben estar aquí el jueves de la semana que viene,” dij Marian.
“Será maravilloso volver a verles,” dijo Harriet.
“Desde luego,” dijo Marian.
“¿Las he oído hablar de Wiltshire?” preguntó Lord Spenser, reuniéndose con las mujeres en
el salón.
“Vienen de visita,” dijo Harriet. “¿A que es maravilloso? Pensé que no les veríamos hasta
Navidades.”
“Le escribiré a Evans para hacérselo saber. Querrá ponerse al día con ellos también.
¿Cuándo llegan?”
“El jueves que viene,” dijo Harriet.
Wilson entró en el salón. “Se ha servido el almuerzo, Lady Dalling.”
George extendió el brazo para Lady Dalling. “¿Vamos, milady? Si no como pronto, me
temo que moriré en el acto.”
Marian rió mientras miraba su silueta musculosa. “Milord, no creo que eso pase en ningún
momento.”
Como si fuese una afirmación de lo que dijo George, su estómago empezó a rugir. Miró a
Marian con una mueca.
Ella rio. “Adelante, milord.”
El resto del día pasó sin incidentes. Disfrutaron de una agradable visita a una tetería en
Bath y caminaron por el paseo. El océano estaba revuelto y las olas chocaban contra la orilla, y
eso le recordaba a ella el malestar de Hartley. Ella no pudo evitar desear, con todos sus amigos
soldados presentes, que quizás él también se avendría a una visita. No se atrevió a decir sus
pensamientos en voz alta. Tendría que dejar que cualquier plan para una visita fuese cosa de los
amigos del conde, que quizás le pudieran convencer de que era momento ya de volver a la
Sociedad.
Ella solo pudo esperar que ellos tuvieran éxito.
Capítulo 7
Le llevó a Jon un día completo para sentirse bien en dejar el cobijo de su cama, recuperado
lo suficiente de su ataque de pánico más reciente, que había sido incapacitante esta vez. Había
estado preparado para hablar con la joven cuando ese trueno le hizo perder la cordura. ¿Qué
pensaría ella de él? No había sido su momento más valeroso; se encogió al pensar lo débil que le
habría debido de parecer a ella.
Podía escuchar a Seaford en su vestuario, llenando la bañera con agua caliente. Un baño
sería muy bien recibido para su cuerpo empapado con sudor, y se retiró las mantas antes de
quitarse las ropas. Entró en el vestuario, nada inhibido en su desnudez. Su cuerpo era magro y
bien musculoso, y mantuvo sus sesiones de entrenamiento con Seaford de manera regular. Al
principio, cuando llegó a Bath se sentía perdido y bebía en exceso todos los días, hasta que un
día, Seaford le lanzó una espada. Él había reaccionado más por instinto que por otra cosa cuando
agarró la hoja adoptando una posición de lucha. Recordaba bien ese día porque eso fue el
comienzo de volver a tener control de su vida en lugar de esperar al siguiente evento que pudiera
causarle otro ataque de pánico.
“Bien. Veo que todavía puede agarrar una espada,” dijo Seaford.
“Maldita sea, Seaford. ¡Podría haberme matado!”, gritó Jon.
“No dudé de su pericia en ningún momento, Teniente, aunque se está reblandeciendo.”
“¿Qué? ¿Te atreves a hablarme así?”
“Supongo que alguien debe hacerlo. ¿Nos vemos en el salón de baile más tarde para una
ronda de esgrima?”
Jon quería decir que no y borrar cualquier noción de entrenamiento de la cabeza, pero
mientras agarraba la espada, sabía que su ayudante de cámara había dado con una actividad
que le sacaría de su estado de pena por sí mismo.
Habían estado entrenando tres o cuatro veces a la semana desde ese día de hacía casi dos
años, y él le estaría eternamente agradecido a Seaford por su perspicacia. El hombre era
verdaderamente un tesoro.
“Buenos días, milord. Su baño está listo,” dijo Seaford.
Jon solo gruñó pero no perdió el tiempo en meterse en la bañera. El agua caliente, oliendo a
romero, calmó no solo sus músculos tensos, sino su mente volada. Ahora que se sentía más en su
ser, dejó su mente vagabunda mientras sopesaba lo que debía hacer con respecto a la joven del
prado.
Se sentía intrigado por ella y quería saber su identidad y hablar con ella de nuevo, aunque
de momento las únicas palabras que le había dicho habían sido cuando estaba enfadado. ¿Cómo
sería tener una conversación normal con ella? Si su vals compartido era indicio de algo, ella
parecía estar intrigada por él también.
Seaford, o incluso Greenfield, podrían averiguar seguramente su identidad, pero él no
quería que ninguno de los dos supieran que él tenía interés en la belleza de pelo oscuro.
Para cuando salió del baño, Seaford había extendido ropas limpias y se había llevado las
que estaban sucias. Jon se vistió y bajó a su estudio. Solo habían pasado unos momentos antes de
que Seaford entró con una jarra de café y una bandeja de tostadas.
“¿Querría que la Sra. Bentley le prepare una bandeja de desayuno?” preguntó Seaford.
Jon asintió. “Sí. Me encuentro bastante hambriento esta mañana.”
“Me ocupo de ello de inmediato,” dijo Seaford, saliendo del estudio de Jon con el mismo
silencio que cuando entró.
Por primera vez desde que Seaford se hubiera unido a sus empleados, Jon se preguntaba
sobre la vida del hombre, o para decirlo de manera somera, su falta de vida privada. Su ayudante
de cámara nunca había expresado ningún interés en el sexo débil, y se preguntaba si Seaford
quería casarse algún día y tener una familia propia. ¿Se había dejado a un ser querido cuando se
vino a la casa de campo de Jon? Había estado tan ensimismado en su ira y su autocompasión que
no había pensado en el hombre que le atendía todos los días con tanto esmero. Era hora de salir
de su burbuja de aislamiento y pensar más en sus empleados.
Seaford regresó pronto con un plato de huevos, bacon y arenques ahumados. El aroma llenó
los sentidos de Jon, y su estómago rugió como respuesta.
“¿Desea algo más, milord?”
Jon empezó a comer. “Seaford, está despedido.”
Seaford asintió con la cabeza. “Por supuesto, milord. Como desee.” Su ayudante de cámara
se dio la media vuelta para marcharse.
“¿Deseas casarte?” le dijo de sopetón Jon entre bocados de huevos.
La cabeza de Seaford se volteó. “¿Perdón, milord?”
“Te pregunté si quieres casarte?” Jon miró cómo la cara de su ayudante de cámara se ponía
roja mientras Seaford buscaba las palabras para contestarle.
“Esa es una pregunta complicada, Teniente.”
Cuando Seaford usaba el rango militar de Jon, él sabía que su antiguo criado de guerra tenía
algo importante qué decir.
“No lo es realmente, Henry. ¿Por qué crees que es complicado?”
Seaford parecía estar incómodo, desplazando su peso de un pie al otro. Le hizo pensar a Jon
que lo que fuese a decir Seaford, no le iba a gustar. Esperó a que su ayudante de cámara le
explicara.
“Hay una joven,” dijo Seaford.
“¿Oh? ¿Y quién es esta joven?”
“Ella trabaja en una tienda de modistas en la ciudad, la Srta. Colleen Martinson.”
“Entiendo. ¿Deseas cortejarla?”
“Milord, no puedo imaginar que tenga interés en esto.”
“Te equivocas, Henry. Estoy muy interesado.”
Seaford asintió. “Hemos estado saliendo durante un año. Sin embargo, casarnos parece
fuera de nuestras posibilidades de momento. No tengo los fondos para comprarnos una casa.
Además, no sé cómo iba a funcionar eso con mis obligaciones aquí.”
“Entiendo. Tómate el resto del día libre.”
“¿Qué?”
“¿Tengo que despedirte una segunda vez hoy? Te veré mañana.”
“Como deseé, milord,” dijo Seaford saliendo del estudio.
Después de que su ayudante de cámara se hubiera ido, Jon se quedó sentado pensando en
los sacrificios que había hecho Seaford entrando a su servicio, abandonando todo lo que deseaba
por ayudar a Jon a recuperarse de sus lesiones de guerra, tanto físicas como emocionales. Era
momento ya de ser más considerado con quienes le servían y eso era empezando con su ayudante
de cámara.
Se desplazó hacia la campana y tiró de la soga.
Su mayordomo entró en el estudio en breve. “¿Deseaba algo, milord.”
“Deseo que la casa de viudas sea aireada y limpiada de inmediato.”
“¿La casa de viudas? ¿Viene la condesa a quedarse con usted?”
Jon sacudió la cabeza. “No, no viene.”
Sin más preguntas, el mayordomo asintió con la cabeza. “Me encargo de ello.”
***
“Es un día tan hermoso, ¿no le parece, Lord Spenser?”, preguntó Harriet el día siguiente
mientras caminaba por la calle principal de Bath con el apuesto lord y su madre.
George asintió. “Lo es desde luego, milady.”
Harriet se fijó en tres jóvenes que caminaban hacia ellos, todas vestidas con las modas más
actuales y llevando preciosos parasoles. Ella no había hecho amistades en Bath todavía, y echaba
de menos hablar con alguien de su edad. Su hermana siempre había sido su confidente número
uno, y ahora que Mercy estaba casada, Harriet no tenía a nadie a quién confesarle sus
pensamientos.
George ladeó el sombrero al grupito. “Buenos días, señoritas. Un lindo día para pasear,
¿no?”
El trío hizo una reverencia. “Buen día, Lord Spenser,” dijo la joven del pelo marrón.
“Srta. Darvey, está muy hermosa hoy. Lady Collin, Lady Harriet, ¿les puedo presentar a la
Srta. Darvey? Ella es la hija del Vizconde de Knight. Srta. Darvey, esta es Lady Collin y Lady
Harriet.”
Harriet sonrió. “Srta. Darvey, es un placer conocerla.”
“Un placer para mí. Estas son mis amigas, Adams y la Srta. Burton,” dijo la Srta. Darvey
mirando a sus acompañantes.
“Es un placer conocerlas a las dos,” dijo Harriet.
“Vamos de camino a Pump Room para merendar. ¿Les gustaría acompañarnos?” preguntó
Eleanor.
Las tres jóvenes asintieron con la cabeza, y el grupo bajó por la calle. Una vez dentro,
George consiguió una mesa para todos.
Harriet estaba encantada de conocer a mujeres de una edad más cercana a la suya y esperó
que las vería con regularidad ahora que habían sido presentadas.
“Damas, ¿están disfrutando de su estancia en Bath?”
Las cabezas de las tres jóvenes se giraron hacia el apuesto caballero. Harriet se dio cuenta
que la Srta. Darvey se inclinó levemente hacia él y pestañeó. Ella sabía que las mujeres
consideraban a Lord Spenser apuesto, con su cabello oscuro ensortijado y su mandíbula
cuadrada. No desmerecía que fuera alto y con los hombros anchos. Sus ojos marrones expresivos
no perdían de vista ningún detalle.
“Ha sido bastante agradable de hasta ahora. Dígame milord, ¿tiene intención de ir a la Sala
de Asambleas para bailar en dos días?”, preguntó la Srta. Darvey.
Harriet se fijó en que Lord Spenser miraba hacia la madre de ella un momento antes de
mirar a la Srta. Darvey otra vez. ¿Por qué parecía tan dolido? Ella le había visto bailar con
muchas jóvenes en la sala de Asambleas. Ella se preguntaba si eso tenía algo que ver con su
interés por la Srta. Weston.
Antes de que tuviera que asumir el compromiso por el baile, la madre de Harriet habló.
“Todavía no hemos organizado nuestra agenda. Tenemos que consultar con Lady Dalling
primero.”
La Srta. Darvey hizo un mohín mirando a Lady Collin antes de girarse y brindarle a Lord
Spenser una brillante sonrisa. “Bueno, si al final asiste, milord, le guardaré un baile.”
George asintió pero no se comprometió a ningún baile con la Srta. Darvey o sus amigas.
“Señoritas, espero que vengan a visitarme pronto. Estamos quedándonos con mi abuela en
la Mansión Dalling,” dijo Harriet.
La Srta. Darvey asintió con la cabeza. “Gracias. Estaremos encantadas.”
Todos hablaron un ratito más antes de que Eleanor se puso en pie. “Encantada de conocerlas
a todas. Buenos días.”
Las jóvenes se pusieron en pie e hicieron una reverencia. “Lady Collin, Lady Harriet, Lord
Spenser,” dijo la Srta. Darvey.
Después de la merienda, George acompañó a Eleanor y Harriet a una de las tiendas de
modistas. “Señoras, si me disculpan, tengo algunas cosas a las que atender.”
“Por supuesto. Gracias por acompañarnos, Lord Spenser. Nos iremos a Casa Dalling por
nuestra cuenta,” dijo Eleanor.
George se inclinó hacia Eleanor y le susurró algo al oído, y su madre asintió con la cabeza.
Harriet se preguntaba qué le había dicho. ¿Tenía algo que ver con su mirada dolida cuando la
Srta. Darvey le pidió un baile? Quizás su apego a la Srta. Weston era más seria de lo que ella
había pensado.
“Le veremos en la cena. Que disfrute de su tarde,” dijo Eleanor.
“Adiós, Lord Spenser,” dijo Harriet. Ella le vió alejarse por la calle. “Mamá, ¿estaba Lord
Spenser atribulado a causa por la petición de baile de la Srta. Darvey?”
“Para nada, querida.”
Cuando su madre no dio más detalles, ella decidió dejar el tema. Ella tenía su propia teoría
acerca de lo que había pasado y esperaría a ver si estaba en lo correcto. Entraron en la tienda de
la modista y encontraron a una de las vendedoras en la sala del público doblando unos guantes.
“Buenos días, ¿en qué puedo atenderles hoy?”, preguntó la joven.
“Buenos días,” dijo Harriet. “Necesito un par de guantes de cabritilla nuevos.”
“Por supuesto, milady. Hay unas prendas preciosas de donde elegir.”
“Gracias, Srta… ¿puedo saber su nombre?” preguntó Harriet.
“Soy la Srta. Colleen Martinson, milady.”
“Encantada de conocerla, Srta. Colleen. Yo soy Lady Harriet, y esta es mi madre, Lady
Collin.”
La Srta. Colleen hizo una reverencia. “Encantada de conocerlas a las dos. Si desea venir
conmigo, Lady Harriet, me agradaría mostrarle la selección de guantes que tenemos.”
Harriet siguió a la vendedora al otro lado de la sala mientras su madre repasaba las telas más
nuevas dispuestas encima de la mesa.
“Mamá, mira estos. Son tan encantadores,” dijo Harriet mostrando un par de guantes de
cabritilla de color rosa pálido.
Eleanor se acercó a ella e inspeccionó la calidad de los guantes. “Son perfectos. ¿Los tienen
en color beige también?” le preguntó a la Srta. Colleen.
“Creo que tenemos un par en el almacén. Discúlpenme un momento,” dijo Colleen.
“¿Mamá estás buscando algo para hacerte un vestido nuevo? ¿Quizás algo para el próximo
baile en la Sala de Asambleas?”
“No para mí, querida, pero sí que he encontrado un rosa pálido precioso que te estaría de
maravilla.”
“¿Voy a tener un vestido nuevo para el baile.”
Eleanor asintió. “Absolutamente. Te mereces un vestido nuevo bonito, pero guardaremos
las selecciones de vestuario más importantes para cuando regresemos a Londres. Tienes que
tener las modas más nuevas para tu debut.”
Harriet no quería recalcar eso con su madre, pero no quería un debut, así que la abrazó en
lugar de decir nada. “Gracias, Mamá.”
“Ven aquí. Te enseño la seda.”
Para cuando regresó la Srta. Colleen, Harriet no se había decidido todavía entre la seda de
color rosa pálido y crema. “Estas telas son bastante exquisitas, Srta. Colleen,” dijo ella.
“Lo son desde luego. ¿Está buscando algo más aparte de los guantes, Lady Harriet?”
“Sí, pero no puedo decidirme entre los dos colores.”
La Srta. Colleen se acercó a la mesa, tomó la pieza de seda de color rosa pálido, y colgó la
tela por encima de los hombros de Harriet. “Este color es muy hermoso con el color de su piel.”
Luego tomó la tela de color crema repitiendo sus acciones. “No creo que esto realce su belleza de
manera tan buena como el rosa.”
“Estoy de acuerdo,” dijo Eleanor.
“¿Por qué no miran los diseños de moda mientras llamo a la Sra. Davis? No van a encontrar
una modista con más talento,” dijo la Srta. Colleen antes desaparecer en la habitación trasera de
nuevo.
“¿Qué estilo te gusta?” preguntó Eleanor.
Harriet miró los distintos estilismos y señaló uno de cintura alta. “Este. Quizás con una
banda de color rosa más oscura por debajo de mi pecho complementaría el estilo.”
“Eso sería muy bonito.”
La Sra. Davis salió de la habitación con la Srta. Colleen detrás de ella. “Buenos días, Lady
Collin. Entiendo que le gustaría un vestido nuevo para Lady Harriet. ¿Han elegido el estilo que
prefieren?”
Eleanor asintió con la cabeza. “Sí. El color rosa pálido en este estilo,” dijo ella señalando la
ilustración de moda.
“Una elección excelente, milady. El color le va muy bien a su hija.”
“Hay un baile dentro de tres días al que nos gustaría asistir,” dijo Eleanor. “¿Estará el
vestido terminado para entonces?”
La Sra. Davis movió la cabeza. “Absolutamente, Lady Collin. Pondré a trabajar a mis
mejores costureras, pero costará más caro. ¿He de suponer que eso sería aceptable?”
“Sí, eso está bien. Gracias. También necesitará un camisón nuevo y medias de seda.”
“Claro. Eso no será un problema. Lady Harriet, ¿Podría seguirme a la habitación trasera
para que pueda tomarle las medidas?”
Harriet asintió y siguió a la modista al probador.
Para cuando Eleanor y Harriet terminaron con la modista y regresaron a la Casa Dalling, era
casi hora de merendar. Cuando entraron en el salón, su abuela ya estaba sentada en la silla al lado
de la chimenea.
Harriet entró y la besó en la mejilla. “Oh, Abuela, espera a ver el nuevo vestido que Mamá
me ha encargado. Es el vestido de color rosa pálido de seda más hermoso que haya visto.”
“Eso suena muy bonito, querida mía.” Marian miró a Eleanor. “Vamos a tener que vigilar
estrechamente a nuestra chica antes de que le parta el corazón a todos los hombres jóvenes de
Bath,” dijo con una risita.
Eleanor sonrió. “Ya lo creo.”
A Harriet no le molestó las leves bromas sobre ella, pero el único corazón que ella quería
conseguir pertenecía al enigmático Lord Hartley. El hombre era un rompecabezas, y a ella le
encantaban los rompecabezas. Todavía no había encontrado uno que no pudiera resolver, y no
quería que Lord Hartley fuese el primero en no poder solucionar.
Capítulo 8
Después de dejar a Lady Collin y Lady Harriet en la modista, Lord George Spenser se fue
caminando hasta una de las casitas lindas que estaban en las afueras de Bath. No podía dejar de
sonreír mientras dejaba caer el picaporte en la puerta de la casa azul.
Una criada abrió la puerta. “¿Le puedo ayudar, milord?”
“Soy Lord Spenser. ¿Está recibiendo invitados hoy la Srta. Weston?” preguntó George. Era
más tarde que la hora normal de visitas, pero él esperaba que eso fuese algo a su favor. No quería
compartir la compañía de la Srta. Weston con nadie más, ya que disfrutaba mucho hablando con
ella de una diversidad de temas. Las conversaciones habituales de las jóvenes se restringían al
clima, la cantidad de gente que había en la sala de baile esa noche, o los arreglos florales y la
decoración. El tema de conversación insípido dictado por las convenciones de la Sociedad le
volvían casi loco. Había bailado con muchas debutantes durante años, y eso no había cambiado
gran cosa. El clima era normalmente el tema de conversación. ¿Cuántas veces se podía hablar del
tiempo?
La Srta. Weston, por otro lado, podía hablar de una variedad de temas, incluido textiles,
contabilidad, y prácticas de negocio. Los textiles eran el negocio en que su padre se había hecho
rico. George pensó que investigaría invertir con el Sr. Weston en algún momento, pero hoy solo
quería disfrutar de la compañía de la joven.
“Pase por favor,” dijo Ellie, la criada, abriendo la puerta y dando un paso hacia atrás para
permitir que George entrase. “Si aguarda en el recibidor, veré si la Srta. Weston está recibiendo
invitados.”
George miró a su alrededor en el recibidor. La habitación era más bien pequeña pero
agradablemente decorada en tonos de colores diversos del océano, dependiendo del día. No tuvo
que esperar mucho hasta que apareció la dama en cuestión.
“Lord Spenser, qué sorpresa más agradable. No le esperaba hoy,” dijo la Srta. Weston.
George se inclinó. “Espero que me disculpe por mi visita inesperada, pero después de pasar
un rato tan placentero con usted en el último baile en la Asamblea, pensé que podríamos seguir
nuestra conversación. ¿Le apetece dar un paseo? Es una tarde preciosa.”
Él vio cómo los labios de ella adoptaron una sonrisa brillante. “Gracias, milord. Eso sería
muy de mi agrado. Discúlpeme un momento mientras se lo digo a mi tía y busque mi bonete y
mis guantes.”
Ella salió de la habitación, y él podía escuchar cuchicheos tras la puerta. Sin duda, estaba
solicitando los servicios de la criada para que se uniera a ellos.
No estaban comprometidos, y la Srta. Weston necesitaría a su criada como acompañante
incluso en el ambiente más relajado de Bath. Demasiadas personas de Alta Sociedad
frecuentaban Bath en el verano y disfrutarían con un nuevo escándalo del que hablar. George
nunca pondría a la Srta. Weston en ese apuro.
“Pero señorita, he de ayudar a la cocinera a preparar la cena,” escuchó los susurros en el
pasillo.
“Ellie, vete con Lydia. Todo irá bien con la cena,” dijo otra voz femenina.
George supuso que era la tía de la Srta. Weston, la Sra. Kennedy, quién había hablado. Ella
era una encantadora mujer de edad madura, enviudada desde hacía casi diez años. Como
hermana del Sr. Weston, ella era la acompañante perfecta para la joven, él disfrutaba hablando
con ella casi tanto como con la Srta. Weston. Era de ingenio agudo y tenía una mente aún más
viva, aunque daba la imagen de ser una viuda vieja a la Sociedad. Nada podía ser menos verdad,
y George admiraba lo bien que cuidaba de su sobrina.
“Lord Spenser, qué grato es verle de nuevo,” dijo la Sra. Kennedy, entrando en la
habitación sin la ayuda del bastón que llevaba siempre en público.
George se inclinó por encima de su mano. “Sra. Kennedy, me alegro de verla con tan buen
aspecto hoy.”
Ella sonrió, y él adivinó que ella había entendido lo que él le había querido decir. Había
visto tras la fachada de ella, y ella lo sabía.
“Sí, el aire del océano es maravilloso para mis rodillas,” dijo ella, guiñándole un ojo.
“Ah, sí. El océano tiene muchas propiedades curativas. Yo disfruto nadando también.”
La Srta. Weston se unió a ellos en breve, vistiendo un vestido muy bonito de muselina azul
con una cinta blanca por el pecho, además de su criada, Ellie. “¿Nos vamos ya, milord?”,
preguntó ella atándose los lazos de su bonete de paja.
George asintió con la cabeza hacia la Sra. Kennedy y extendió el brazo para la Srta. Weston.
“Por supuesto.”
“Adiós, Tía. No tardaremos mucho.”
Pasearon por la calle principal con Ellie siguiéndoles a una distancia respetable. “Espero
que no le haya molestado que viniera a verla después de las horas de visita,” dijo George.
Mientras caminaban por la orilla, un golpe de viento casi se lleva el bonete de Lydia, y
George estiró el brazo y lo agarró antes de que se desataran los lazos.
“Gracias por salvar mi bonete. Es uno de mis favoritos,” dijo ella, atándose los lazos con
más fuerza.
George sonrió. “Deseo agradarla, milady.”
“Cuando quiera visitarme, es ciertamente agradable para mí, milord.”
Después de resistir su atracción por la Srta. Weston durante semanas, encontraba que cuanto
más tiempo pasaba con ella, más deseaba estar con ella. No era una belleza clásica, pero sus ojos
marrones expresivos le atraían. Deseaba besar sus labios llenos. Quizás un día pronto, si lograba
estar a solas con ella, podría dejarse llevar por su deseo.
¿Compartía ella la atracción por él?
Ella parecía gustarle verle y no era tímida ni actuaba como una señorita de sonrisa
bobalicona siempre que estaba con ella. No podía soportar las debutantes nuevas, aunque no
podía encontrarles defectos a las jóvenes por completo. Ellas seguramente habían sido educadas
en que los hombres preferían mujeres sin opinión propia y no se atrevían a contradecir al señor.
Esas restricciones eran una tontería para George. Él quería una esposa que pudiera estimular su
mente además de su cuerpo.
¿Qué?
¿Desde cuándo la palabra “esposa” apareció en su vocabulario?
Tuvo que reír porque Richard le había mencionado que era hora de que se buscara una
esposa no hace mucho. Tenía veintinueve años, y la vida de soltero se estaba volviendo
intolerable. Incluso se había aburrido con las deliciosas viudas que deseaban compartir su cama.
“¿Milord, qué es tan gracioso?”, preguntó la Srta. Weston.
Él no se había dado cuenta de que había reído en voz alta. De ninguna manera iba a contarle
a la Srta. Weston sus pensamientos. Era demasiado pronto en su amistad para eso. Quería
asegurarse de que ella compartía sus pensamientos antes de decirle nada. George tuvo que pensar
rápido. “Solo tenía la imagen de mí corriendo tras su bonete en la mente.”
“Estoy segura de que su aspecto habría sido de lo más galante si se hubieran desatado los
lazos,” dijo ella con una sonrisa.
“¿Cómo está disfrutando de Bath, milady?”
La Srta. Weston titubeó antes de contestar. “Mucho, pero la verdad es que mi padre me
mandó aquí porque estaba muy disgustado conmigo.”
George dejó de caminar y se volvió hacia ella. “¿Qué quiere decir? ¿Qué ha podido pasar
para desagradarle?” Él no había sabido de ningún escándalo de la Srta. Weston durante la
Temporada. Para la Alta Sociedad, ella era alguien de poco interés. Era sólo debido a su gran
dote que se la toleraba siquiera en algunos de los eventos de Sociedad.
“Esperaba que me casara al final de la Temporada pasada, pero me negué a aceptar ninguna
de las dos ofertas de matrimonio que recibí.”
Eso sorprendió a George, y estiró una mano para acariciar su rostro. “Milady, no tiene que
darme más explicaciones. No es de mi incumbencia y no deseo presionarla.”
La Srta. Weston se dejó acariciar. “Está bien, milord. Espero que no le moleste que me
desahogue con usted.”
George volvió a extender el brazo. “Para nada, querida. Si se siente cómoda en contármelo,
me agradará escucharla.”
“Gracias, Lord Spenser. Estaba claro que las dos peticiones tenían todo que ver con mi dote
y nada que ver conmigo. Cuando expliqué mis razones por rechazar a los dos hombres, mi padre
se enfadó mucho. Solo fue cuando mi tía se ofreció para llevarme a Bath durante el verano que
mi padre dejó de enojarse. Supongo que estoy mejor sin que me vea durante un tiempo.”
George no sabía qué decir. Estaba agradecido de que la Srta. Weston no había aceptado
ninguna de las dos peticiones. No había sabido que ella hubiera recibido ninguna, pero tenía
sentido. Su dote de diez mil libras esterlinas atraería a todos los busca fortunas buscando
compartir sus reducidas economías, pero a él no le hacía falta su dote y solo le gustaba pasar
tiempo con ella. “Si no le importa que se lo diga, su dote es muy impresionante y,
desgraciadamente, atraerá a todos los buscadores de fortuna y lores insolventes buscando
esposa.”
La Srta. Weston asintió con la cabeza. “Precisamente. Una petición había venido de un
barón chocheante más viejo que mi padre, y la segunda de un hijo segundón de un conde con el
que compartí un baile. Había hablado sin parar de sus sabuesos y no pude decir nada. Ninguno
de los dos hombres había pasado más de diez minutos en mi compañía en toda la Temporada
antes de que se acercaran a mi padre.
George podía sentir cómo subía su ira. Ira ante el padre de ella por su descarada falta de
consideración por los sentimientos de la Srta. Weston y sus deseos de esposo. No estaba muy
seguro de qué podía decir. No quería insultar el padre de ella. Por otro lado, su padre no parecía
quererla mucho si estaba dispuesto a aceptar cualquiera de esas dos propuestas.
“Milady, siento verdaderamente que su padre no vea su auténtico valor.”
La Srta. Weston le miró, y él podía ver el deseo en sus ojos. “Gracias por sus amables
palabras, Lord Spenser. Debe entender que mi padre me culpa por la muerte de mi madre. Yo
nunca la conocí, pero ella era el amor de su vida para mi padre, y a mí me han contado que nunca
fue el mismo después. Ella murió tres días después de que yo naciera. A partir de ese día, mis
cuidados fueron tarea de una serie de nannies y gobernantas. Cuando crecí, mi padre empezó a
darse cuenta que se me daban muy bien los números. Empezó a invitarme a salir con él cuando
iba a la fábrica. Para cuando cumplí diecisiete años, entendía los entresijos de la gestión del
negocio de los textiles, y le estaba ayudando con los libros de contabilidad y ofreciéndole mi
opinión sobre los mejores textiles que producir.”
“Srta. Weston, es usted una joven realmente notable, y disfruto de su compañía mucho.”
Ella le brindó una sonrisa brillante. “Yo también disfruto mucho de su compañía, milord.”
George se inclinó hacia ella y le susurró al oído. “Me gustaría también mucho besarla.”
Un rubor apareció en el rostro de la Srta. Weston manchando sus mejillas carmesí. “Eso me
gustaría a mí también, milord.” Ella miró hacia atrás para ver a Ellie. Su criada les seguía
todavía, pero parecía haberse distraído recogiendo unas bonitas conchas de mar al lado del paseo.
Ella tiró de él detrás de una de las casetas de baño. “Solo tenemos un momento.”
George no perdió el tiempo en depositar una serie de besitos por sus labios. Cuando ella
gimió de placer, él profundizó el beso y su mundo dio un vuelco. La atrajo hacia su cuerpo y
disfrutó con la sensación de sus curvas mientras ella se inclinaba hacia él. Deseaba no dejar de
besarla. ¿Se había enamorado ya de ella, mientras había estado negando sus sentimientos
verdaderos? Cuando los dos se separaron finalmente, estaban sin aliento los dos.
“Milord, eso fue magnífico,” dijo la Srta. Weston.
George le ofreció el brazo y los dos salieron de detrás de la caseta de bajo. “Desde luego,
milady. No hay nada que me gustaría más que besarla más, pero no deseo que haya ningún
escándalo por usted.”
“Gracias por su consideración. Soy muy feliz de que haya sido usted quien me ha dado mi
primer beso. Lo atesoraré para siempre”, dijo ella.
Como haré yo, milady, pensó George.
Capítulo 9
Harriet no había visto a Lord Hartley en tres días, y estaba empezando a preocuparse por su
salud, desesperando de volver a verle . Se fue en busca de su abuela para pedirle consejo y
encontró a Lady Dalling en la zona pequeña de asientos al lado de su dormitorio. Llamó a la
puerta antes de abrirla.
“Abuela, ¿tienes un ratito?”, preguntó ella asomando la cabeza.
Lady Dalling alzó la mirada dejando de leer su correspondencia. “Claro, querida mía,” dijo
ella, girando hacia Harriet en su silla. “¿Qué puedo hacer por tí?”
Harriet entró y cerró la puerta tras su paso. Lo último que deseaba era que nadie escuchara
su conversación, especialmente su madre. “Bueno, es un poco complicado.”
Marian asintió con la cabeza. “Entiendo. ¿Tiene esto algo que ver con Lord Hartley?”
Los ojos de Harriet se agrandaron antes de que dijera, “no le he visto en tres días y estoy
preocupada por si el trueno que le asustó tanto le haya hecho más daño a su bienestar.”
“Ya veo. Con todo lo que quisiera ayudarte, me temo que Lord Hartley no es muy sociable.
Ha rechazado todas las invitaciones que le he enviado estos dos últimos años.”
Harriet empezó a dar zancadas. “Tiene que haber algo que podamos hacer. Siento que hay
una conexión entre nosotros, aunque es tenue. Sé que iba a hablar conmigo antes de que el trueno
lo estropeara todo.”
“Querida, debes tener mucho cuidado con tus consideraciones por Lord Hartley. Algunos
hombres nunca se recuperan de sus heridas de guerra, y quiero que entiendas la realidad de eso.”
“Lo entiendo, Abuela, pero de todas formas me gustaría volver a verle. Nunca me he
sentido más viva que cuando bailamos juntos.”
Su abuela parecía perderse en sus pensamientos unos momentos antes de contestar. “Hay
una cosa que podemos intentar, pero puede que no le agrade mucho a Lord Hartley.”
“¿De verdad?”
“Sí, pero voy a necesitar ayuda de Lord Spenser y Lord Evans, si les parece bien mi
sugerencia.”
“¿Oh?”
“No diré más hasta que hable con ellos.”
Harriet sabía que le estaban diciendo que se podía ir. Le dio un beso en la mejilla a su
abuela. “Gracias, Abuela. Aprecio toda la ayuda que puedas ofrecer.”
Harriet se fue a la biblioteca para encontrar un libro para ayudarle a pasar el rato antes de
que la Srta. Weston y la Sra. Kennedy vinieran a merendar. Se suponía que Lord y Lady Evans
también estarían para entonces. Harriet sabía que Lady Evans se había hecho gran amiga de la
Srta. Weston y se alegraba de que pudieran verse de visita, pero lo que realmente deseaba era que
su abuela hablara con los dos Lores. Con suerte, podrían formar un plan para ver a Lord Hartley
pronto.
Ella intentó mantenerse ocupada, pero tenía los nervios a flor de piel. ¿Y si Lord Hartley
estaba gravemente enfermo? Su dolencia era un misterio para ella, y no tenía ni idea de cómo
ayudarle. Quizás Lord Evans y Lord Spenser sabrían qué era lo mejor para hacer.
El día pasó lentamente e incluso su libro hizo poco por mantener su interés mientras
esperaba la hora de la merienda. Devolvió el libro al anaquel y se fue al salón. Finalmente, su
madre y su abuela se unieron a ella. Su abuela sabía de sus preocupaciones, pero Harriet no
quería que su madre supiera de su interés por Lord Hartley, especialmente dado que apenas había
cruzado una docena de palabras con el hombre. Le hizo falta hacer un gran esfuerzo por quedarse
quieta y no dar zancadas por la habitación mientras esperaba la llegada de los dos lores que
podrían ayudarla a ver al conde.
Para su gran alivio, Lord y Lady Evans fueron puntuales.
“Lady Dalling, Lady Collin, es un placer volver a verlas,” dijo Lady Evans.
“Lady Evans, me alegro tanto de que haya podido venir a vernos hoy. Usted y Lord Evans
siempre son muy bienvenidos,” dijo Marian.
Richard se inclinó por encima de las manos de Marian y Eleanor. “Señoras, nos alegra estar
aquí.” Se volvió hacia Harriet. “¿Cómo está mi tigrecito estos días?”
Harriet no pudo evitar una sonrisa ante la suave broma. “Lord Evans, es un placer verle de
nuevo.”
“Lady Harriet, está guapa hoy,” dijo Lady Evans. “¿Cómo le está pareciendo Bath?"
“Muy bien, gracias.”
Lord Spenser se unió a ellos en el salón y se inclinó por encima de la mano de Lady Evans.
“Milady, está tan hermosa como siempre. ¿Está manteniendo a mi amigo por el buen sendero?”
Richard se llevó una mano al corazón y miró a su viejo amigo del ejército. “¿Estás
sugiriendo que soy difícil?”, preguntó fingiendo su desagrado.
“Para nada, amigo mío. Solo quería asegurarme de que tu encumbramiento a marqués no se
te haya ido a la cabeza, eso es todo,” dijo George.
Lady Evans rio. “Puede quedarse seguro de que mi marido es siempre un caballero
consumado siempre, Lord Spenser. No tema en eso. ¿Está disfrutando de su estancia en Bath?”
“Mucho. El aire del océano es bastante estimulante, y disfruto mucho con un baño
matutino.”
Harriet no pudo evitar agregar. “¿Su disfrute también se aplica a cierta joven que también
está en Bath este verano?”
George se salvó de contestar la pregunta de Harriet cuando Wilson anunció, “la Srta.
Weston y la Sra. Kennedy.”
Harriet vio cómo la mirada de Lord Spenser se iluminó cuando Lydia se unió al grupo.
“Bienvenidas, Sra. Weston, Sra. Kennedy,” dijo Eleanor.
“Buenas tardes, Lady Collin, Lady Dalling, Lady Harriet,” dijo la Srta. Weston con una
reverencia. Se volvió hacia Richard y George. “Caballeros, es un placer volver a verles.”
Lady Evans se fue hacia su amiga y la abrazó. “Srta. Weston, no tenía idea de que estuviera
en Bath hasta que recibí la invitación de merendar de Lady Dalling. Ella mencionó que estarías
aquí y que te unirías a nosotros hoy.”
“Sí. Mi padre nos ha concedido unas vacaciones lejos del aire insalubre de Londres.”
“Me alegro mucho. Sra. Kennedy, me alegro de verla de nuevo,” dijo Lady Evans
volviéndose hacia la mujer mayor.
La Sra. Kennedy extendió sus saludos al grupo también.
Harriet se fijó en que Lord Spenser se sentó en la silla al lado del sofá donde estaba sentada
la Srta. Weston. Ella sabía que él tenía sentimientos por ella y se pregunta si estaba desarrollando
algo más que una ternura por ella. La manera en que los ojos de la Srta. Weston se iluminaban
cuando veía al apuesto lord, solo confirmaba sus sospechas de que los dos se estaban
enamorando.
Después de que todos se hubieran sentado, la criada entró con el carrito de la merienda.
“¿Necesita algo más, Lady Dalling?”·
“No. Eso es todo.”
La criada hizo una reverencia y se marchó de la habitación con rapidez.
“Lady Harriet, querida, ¿nos puedes servir hoy?”, preguntó Marian.
Harriet asintió y sirvió las tazas para sus invitados. La cocinera se había superado a sí
misma con toda clase de delicias, y ella apiló los platos con dulces. Cuando terminó de repartir el
té, tomó su taza y se sentó en el sofá con su madre.
“Es una pena que Lord Hartley haya rechazado mi invitación para merendar una vez más,”
dijo Marian con un suspiro.
“¿Esperaba algún otro desenlace?”, preguntó Lord Evans. “A duras penas pudimos entrar en
su casa la última vez que estuvimos allí, y somos sus amigos. No me extraña que rehúya a
todos.”
Marian asintió e hizo una pausa antes de agregar, “¿quizás ha llegado el momento en que le
llevemos el té a él en vez de querer que venga?”
A Harriet casi se le cae la taza de la mano. No había tenido ni idea de que su abuela
sugiriera un plan tan atrevido.
“¿Qué piensan, caballeros? ¿Sería mañana un buen día?”, preguntó Marian, mirando de
Richard a George.
Harriet les miró cuando se miraron el uno al otro. Parecía haber alguna clase de
comunicación secreta entre los dos ex soldados.
“No estoy muy seguro de la clase de recepción que recibiría, milady,” dijo Lord Evans.
“Hartley no era muy sociable cuando le vimos la última vez.”
“Entiendo. Sin embargo, sabe cómo portarse como un caballero, por lo visto con su
aparición en el baile de la Asamblea.”
George asintió. “He de reconocer que ese era el evento más inesperado este verano. Su idea
puede que funcione, pero no podemos todos descender en él a la vez. Puedo sugerir que sea solo
Lady Dalling y Lady Harriet quienes se unan con nosotros para este intento inicial.”
Harriet rezó porque su madre estaría de acuerdo con el plan. No había compartido la
conversación previa con su abuela sobre Lord Hartley con su madre, aunque Eleanor había
estado en el baile y vio de primera mano la conexión que Harriet compartía con el conde.
Marian se giró hacia Eleanor. “¿Me das tu permiso, querida, para que me lleve a Lady
Harriet conmigo?”
“No estoy segura de que exponer a mi hija a algún mal comportamiento sea apropiado,
Lady Dalling. He escuchado relatos de que Hartley puede ser bastante bestial a veces.”
“Oh, Mamá, di que sí, ¿por favor? Lord Evans y Lord Spenser estarán con nosotras para
asegurar que nuestra visita sea civilizada.
“Bueno…”
“Querida, será bueno que Lady Harriet haya sido expuesta a toda clase de caballeros. Le
ayudará a entender cómo actuar en diversas situaciones cuando haga su debut en primavera del
año que viene,” agregó Marian.”
“No se me había ocurrido eso,” dijo Eleanor, mirando a Harriet. “Sí, os doy mi permiso,
pero si el conde no es civilizado, quiero que regreses a casa de inmediato,”
“Por supuesto, Mamá.” Harriet quería dar un brinco de alegría. Iba a volver a ver a Lord
Hartley, y esta vez, no estaría subido a un caballo, listo para huir en cualquier momento.”
Ella no prestó mucha atención al resto de la conversación a su alrededor, ya que estaba
perdida en sus propios pensamientos hasta que escuchó a Lord Spenser preguntar, “¿Srta.
Weston, tiene intención de asistir al próximo baile en la Asamblea?”
La Srta. Weston miró a su tía. “¿Qué dices, tía? ¿Vamos a ir?”
“Por supuesto, querida. Estoy teniendo un tiempo maravilloso volviendo a ver a viejas
amigas.”
“¿Me haría el honor de guardarme un vals?”, preguntó George.
“Ciertamente, milord, será un placer para mí.”
Harriet vio la sonrisa contenta en la cara de Lord Spenser y no tenía duda de que en breve,
le iba a pedir mano a la Srta. Weston.
Eso la hacía feliz porque Lydia era una persona tan dulce y generosa. Los dos hacían buena
pareja.
***
Las veinticuatro horas siguientes parecían una semana para Harriet. Apenas podía contener
su excitación. En tan solo unas horas, volvería a ver a Lord Hartley.
Fiel a su palabra, Lord Evans llegó una hora antes de la merienda, y se unió a Lord Spenser
para acompañarles a la mansión del conde.
“Recuerden, nos pueden dejar con la puerta en las narices. Los empleados de Hartley son
muy protectores de él,” dijo Lord Evans.
“Por supuesto, entendemos. Haremos lo que nos mande, Lord Evans,” dijo Marian. “Ven,
Lady Harriet.”
Lord Spenser alzó el cesto con el pícnic y siguió a todos hasta el carruaje de Lady Dalling.
Lord Evans ayudó a las mujeres a subirse antes de saltar dentro. Gerge se unió a ellos y se sentó
al lado de su amigo.
Todos parecían sumidos en sus pensamientos, y el paseo hasta la casa del conde no duró
mucho. Lord Evans ayudó a las mujeres a bajar y fue a la cabeza del grupo hasta la puerta
delantera, dejando que cayera el picaporte, mientras George estaba a su lado, impidiendo que las
damas fueran visibles.
El mayordomo de Hartley, Greenfield, abrió la puerta y frunció las cejas al ver a Richard y
George parados afuera. “Señores, Lord Hartley no recibe visitas.”
Lord Evans asintió con la cabeza. “Sí, sí, conocemos sus órdenes. Ahora, por favor, déjenos
pasar e informe a su amo que sus amigos del ejército han venido de visita.”
Greenfield sabía que era una batalla perdida, impedir que los señores entraran y a
regañadientes abrió la puerta un poco más. Hizo un aspaviento cuando vio a Lady Dalling y
Harriet entrar detrás de Richard y George. “Señores, esto es muy irregular.”
“Desde luego que lo es. Le aguardaremos en el salón. Mientras tanto, entregue este cesto a
la cocinera y pídale que prepare un carrito de merienda,” dijo George entregándole el cesto al
mayordomo.
Al comienzo, Greenfield sentía renuencia en tomar el cesto, pero finalmente asintió con la
cabeza y se marchó para informarle a Hartley de que tenía visita.
El grupo entró en el salón, y Lord Evans cerró la puerta detrás.
“Señoras, sería mejor que tomen asiento allí,” dijo él, señalando el rincón más lejano. “Lord
Spenser y yo aguardaremos a Hartley al lado de la chimenea.”
Harriet guió a su abuela al sofá que Lord Evans había señalado y esperó con anticipación a
que apareciera el conde. Intentó no retorcer las manos y quedarse sentada en silencio esperando
el desenlace de los eventos. ¿Consentiría Hartley a ver a sus amigos hoy? Sentía nudos en el
estómago mientras pasaban los minutos.
***
No pasó mucho tiempo antes de que escucharon pisotones en el pasillo y la puerta se abrió
de repente, golpeándose contra la pared. “Demonios, Evans. ¡Os dije que no volvierais a venir
aquí!”, gritó Hartley.
¿Qué hacen estos dos aquí después de que les dijera expresamente que no volvieran? ¿Por
qué no me hace caso nadie?
“No seas tan dramático, Hartley. Estaba por encima de ti en el ejército, estoy por encima de
ti ahora. Elijo no seguir tus órdenes.”
“¿Cómo te atreves a invadir mi casa…
“Antes de que sigas con tus enojos,” interrumpió Richard, “quizás podrías saludar a tus
invitados.” Señaló el otro lado de la habitación.
¿Invitados? ¿Quién vendría a ver a la Bestia de Bath?
Lady Dalling se puso en pie y le hizo una reverencia al conde, aunque ella era de mayor
rango que él. “Lord Hartley, se me ocurrió venir a verle, ya que se ha negado a contestar ninguna
de mis invitaciones estos dos últimos años pasados.”
Hartley quería estrangular a alguien, especialmente a sus amigos del ejército, pero claro que
no podía en presencia de la marquesa. Su educación y buena crianza se lo impedían. “Lady
Dalling, veo que ha venido a mi casa sin una invitación expresa. Es algo mal hecho por su parte,”
dijo inclinándose ante ella.
Ella rio. “No se debe preocupar, Lord Hartley. Mi cocinera ha preparado una rica selección
para la merienda.”
“¿Cómo se atreve a imponerse en mis empleados?”
“No es una imposición para nada, milord. La Sra. Morrison ha mandado todo menos el agua
caliente. Sus empleados no se verán obligados a hacer nada,” dijo Lady Dalling.
Hartley estaba en el borde de perder la paciencia. “No importa. Pueden irse ya. No voy a
merendar con ustedes.”
Lady Dalling dio un paso a un lado. “Quizás reconsidere. Después de todo, he traído a mi
nieta conmigo.”
“No me importa quién…” Hartley se detuvo en medio de la frase cuando vio a la belleza de
cabellos azabache que había estado en sus sueños de pie al lado de la marquesa. Ella debió estar
de pie a un lado, y él no se había fijado en ella. Le llevó varios segundos poder cerrar la boca, la
conmoción había sido tan grande. “¿Es usted la nieta de Lady Dalling?”
“Sí, lo soy. Buen día, Lord Hartley. Soy Lady Harriet,” dijo ella con una gran reverencia.
Lady Harriet. ¡Ahora su sirena tenía nombre!
Hartley se quedó inmóvil, embebido por su belleza. Ella le miró a los ojos sin desviar la
mirada, retándole a decirle que se fuera. Ella era una diosa ante él, una diosa salvaje y bella, y
muy en contra de su mejor juicio, quería que se quedara.
“Lady Harriet, Lady Dalling, veo que no me queda más opción que la de permitir que se
queden de visita,” dijo él a regañadientes. “Por favor, siéntanse aquí.”
Su cocinera, la Sra. Bentley, empujó el carrito de la merienda y asintió con la cabeza ante
Lady Dalling mientras las dos mujeres se sentaron al lado de la chimenea.
“Eso parece precioso,” dijo Lady Dalling.
“¿Algo más, milady?” preguntó la Sra. Bentley.
“No. Gracias por su ayuda en preparar el té.”
La Sra. Bentley hizo una reverencia antes de salir de la habitación sin decir otra palabra.
Richard y George se unieron a Hartley mientras Lady Harriet servía el té. “Lord Hartley,
¿cómo le gusta el té?”
“Negro.”
Cuando Harriet le pasó la taza, sus manos se rozaron. Una fuerte sacudida de algo que Jon
nunca había sentido antes, subió por su brazo y le caldeó las entrañas. Se sentía tan vivo. ¿Qué
tenía esta joven que hacía que él no pudiera pasar de ella tanto como hubiera querido? Quizás
estar en compañía de ella más a menudo reduciría su obsesión con ella aunque no estaba seguro
de eso. Después de todo, ¿qué querría semejante belleza, con sus brillantes ojos gris azulados y
curvas generosas, estando con una bestia como él?
“Su jardín está bastante desatendido, milord,” dijo Harriet. “¿No tiene jardinero?”
Hartley desvió la mirada hacia ella. Era bastante atrevida para ser una joven de buena
crianza, pero a él eso le gustaba. Nunca había conocido a nadie como ella, incluso entre las
viudas que habían dejado meridianamente claro que deseaban tenerle en la cama. Claro que todas
esas invitaciones habían tenido lugar antes de que él se fuese a la guerra. “Le despedí.”
Los ojos de ella se agrandaron ante su comentario. “Eso no fue la mejor decisión, creo,
especialmente ahora que su jardín está muy desatendido.”
“Eso es cierto, Lady Harriet, pero me gusta la soledad. No necesito un jardín perfectamente
cuidado, el salvajismo me gusta bastante.”
Richard soltó una risita.
“¿Tienes algo qué decir, Evans?”, preguntó Hartley dirigiéndole una mueca feroz a su
amigo.
“Para nada, Hartley. Solo estoy disfrutando del té.” Richard se volvió hacia Lady Dalling.
“Mis saludos a su cocinera, milady.”
Ella asintió con la cabeza. “Le mandaré sus saludos, Lord Evans. Ella se alegrará mucho en
recibirlos.” Miró a Hartley. “Lord Hartley, me alegro de ver que puede ser civilizado después de
todo.”
Él casi escupió su té ante el comentario inesperado de ella. “Señora, su opinión no es bien
recibida, especialmente dado que no se le invitó en primer lugar.”
“Hartley, no hay razón por la cual ser maleducado con la marquesa,” le regañó Richard a su
amigo.
Jon gruñó. “Esta es mi casa, y ninguno de ustedes fue invitado a venir, de manera que puedo
decir lo que deseé.”
“Sí, pero estamos aquí ahora, de manera que intenta ser amable.”
“Milord, ¿quizás mañana podamos cabalgar juntos?”, preguntó Harriet, claramente
intentando hacer que la conversación no acabara siendo una discusión entre los caballeros.
Hartley no sabía qué decir. Por un lado quería su soledad, pero por el otro ansiaba la
presencia de Lady Harriet. Después de hacer una pausa durante un momento, finalmente dijo,
“supongo que eso sería tolerable.”
¿Qué había hecho diciéndole que estaba de acuerdo en ir a montar con ella? Esta no era la
manera de dejar de pensar en ella. No quería estar en compañía de ella, pero tampoco podía
resistirla. Desde el momento en que había aparecido de manera inesperada en el prado, su mente
había sido un revuelo. ¿Quería verla? ¿Quería no verla? De una a otra, su mente forcejeaba con
la duda.
Harriet sonrió y asintió con la cabeza. “Lo estaré deseando, milord.”
Durante la siguiente media hora, fueron mayormente Richard y George los que dirigían la
conversación mientras que Hartley se arrellanó en su silla y mantenía entre las manos su taza de
té. Estaba en el límite de su paciencia, pero antes de que tuviera una oportunidad de exigirles que
se fueran otra vez, Lady Dalling se puso en pie.
“Lord Hartley, gracias por su hospitalidad. Espero que acepte mis invitaciones de ahora en
adelante.” Se volvió hacia Harriet. “Ven, vámonos, querida. Hemos invadido al conde lo
suficiente ya.”
Harriet se puso en pie y le hizo una reverencia, sin dejar de mirarle en ningún momento.
“Buenos días, Lord Hartley. Estoy deseando verle mañana.”
Él fue quien desvió la mirada y respondió con un gruñido.
George acompañó a las mujeres afuera, mientras que Richard se quedó atrás para hablar con
él.
“Jon, si te interesa la joven, deja de portarte como una bestia con ella y hazle la corte de
manera correcta. Es joven pero bastante madura para su edad. Dudo que conozcas a nadie más
como ella.”
“¡Fuera, Evans! Tus opiniones no me importan nada.”
Richard asintió. “Claro, Jon. Piensa en lo que te he dicho. Te veo pronto.”
Cuando todos se fueron, Jon se derrumbó en el sillón. Nunca habría creído que tuviera la
paciencia como para aguantar una merienda con desconocidos, especialmente no en su propia
casa, pero se había sorprendido a sí mismo con su tolerancia hoy. Había estado preparado para
salir del salón hasta que vio a Lady Harriet.
Lady Harriet.
Una joven sin parangón. Evans tenía razón en eso. No había nadie como ella. Y no podía
dejar de pensar en ella.
¿Qué iba a hacer con esta obsesión? Claramente, estar en compañía de ella solo hacía
aumentar su deseo de la belleza de pelo negro.
Por primera vez en años, deseaba a una mujer. Pero no cualquier mujer. Lady Harriet. Era la
primera mujer que había querido besar desde que regresó de la guerra. Pero, ¿le gustaría ella sus
besos? ¿Por qué iba a hacerlo? Él era una bestia, y ella era la mujer más hermosa que hubiera
visto.
“¡Greenfield!”
Su mayordomo apareció casi al instante. “¿Sí, milord, desea algo?”
“Haz que ensillen a Zeus.”
Greenfield asintió y salió de la habitación.
Hartley se alegró al ver que su mayordomo le obedecía sin preguntas. Lo último que le
hacía falta, encima de todo lo que había pasado antes, era un criado desafiante.
Solo los campos abiertos encima de su corcel iban a calmar a la bestia salvaje en él. Unos
minutos más tarde, salió dando pisotones a los establos, agarró las riendas del mozo, y saltó al
lomo de Zeus. El animal sintió su agitación y se fue al galope por el prado.
Cuando se encontró bien lejos de su casa, gritó su frustración al viento. Desgraciadamente,
no pudo borrar la imagen de la preciosa Lady Harriet sentada en el salón de su casa, bebiendo té
y mirándole con sus preciosos ojos azul grisáceos. Tenía miedo de que ella iba a vivir en sus
sueños para siempre.
Capítulo 10
Al día siguiente, Hartley demoró vestirse la máxima cantidad de tiempo del que se atrevía.
No quería ver a Lady Harriet hoy, pero no podía controlar el deseo que sentía por ella. Aunque
quería estar con ella más allá de cualquier cosa que hubiera deseado en el pasado, ¿cómo
exponerla a su ser bestial, especialmente cuando nunca sabía cuándo sufriría otro ataque? Nunca
había sido violento en un ataque, pero, ¿y si se dejaba llevar y ella estuviera ante él en su furia?
¿Cómo podría vivir consigo mismo si le hacía daño de alguna manera? Echó hacia atrás las
mantas y saltó de la cama.
“¡Seaford!”
Su ayudante de cámara asomó la cabeza del vestuario. “¿Necesita algo, milord?”
“Sí. Voy a montar esta mañana.”
“Muy bien, señor, dispondré sus ropas.”
Jon se lavó y afeitó mientras Seaford sacaba para él, calzones de color beige, una camisa de
lino blanca, y su chaqueta de color verde bosque. Él sabía que debería llevar chaleco y corbata,
pero eso le haría ver a la señorita que se había tomado tiempo en vestir como un verdadero
caballero antes de verla. Lo último que él quería era que ella pensara que tuviera ninguna
influencia en su vida.
Porque decididamente no la tenía.
“¿Tomará su café y tostadas ahora?” Preguntó Seaford después de ayudar a Jon con sus
botas.
¿Podía ver su ayudante de cámara lo ansioso que estaba? No quería que supiera que a pesar
de todos sus resquemores, estaba deseando ver a Lady Harriet hoy.
“Sí. Lo tomaré en mi estudio.” No podía dejar de luchar consigo mismo. No, no quería
verla. Sí, sí que quería verla. Sabía qué lado ganaría mientras salía de su dormitorio y se iba a su
estudio.
Seaford regresó en cuestión de minutos con su café y tostadas. “¿Algo más, milord?”
“No.”
Jon quería tomarse su tiempo en comer y disfrutar de su café, pero estaba demasiado
inquieto. Tenía que verla. Después de un par de bocados de tostadas y unos sorbos de café, salió
de la casa corriendo y se fue rápidamente a los establos.
El mozo estaba terminando de comprobar el cincho de la silla en Zeus. “Ya está listo para
usted, milord.”
Jon emitió un gruñido antes de subirse a su semental. Salió a galope de la cuadra como si le
persiguiera una banda de demonios, pero sus únicos demonios era su propia mente en conflicto y
cómo la guerra había cambiado su perspectiva del mundo. Había tantas cosas que le parecían
frivolidades y tonterías ahora. Cuando has mirado cara a cara al enemigo con una espada
apuntándote al corazón, sabes lo que es importante. La Sociedad no tenía idea de lo ridículas que
eran sus reglas y tradiciones. Ninguna importaba realmente en el gran plan de las cosas.
Cabalgó por el campo. ¿Había esperado demasiado? Aunque no debía desearlo, ¿le estaría
esperando Lady Harriet?
¡Venga, Zeus! No podemos llegar tarde. He de verla hoy.
A medida que se aproximaba a la linde, dejó escapar un respiro, aliviado al ver a la joven en
su yegua. Cuando ella se dio cuenta de su presencia, agitó una mano. En contra de sus deseos, él
le devolvió el saludo. Quizás no estaría demasiado mal disfrutar de su compañía un rato. No era
cómo que le estaba pidiendo mano o algo. Sólo estaba disfrutando de un paseo con ella.
Sí, eso es todo lo que estoy haciendo. Un breve paseo juntos y listo. No volveré a buscar su
compañía.
“Lord Hartley, no estaba segura de que vendría hoy,” dijo ella.
Él inclinó la cabeza. “Mis disculpas por llegar tarde.” Era la primera vez en mucho tiempo
que se disculpaba por algo. Había estado tan amargamente atrapado en sus costumbres durante
años que se le habían olvidado las simples alegrías de la vida, como cuando alguien se alegraba
de verle. Era una sensación nueva, y le gustaba, aunque nunca lo admitiría a nadie.
“¿Cabalgará conmigo?”, preguntó Harriet. “Hay un lindo arroyo no demasiado lejos de aquí
donde podemos darles de beber a los caballos.”
“Yo la sigo, milady.”
Sin embargo, antes de que ellos pudieran girar sus caballos hacia el arroyo, la yegua de ella
se acercó demasiado al flanco de Zeus y el semental se abalanzó hacia ella enseñando los dientes.
Espantada, la yegua se fue a toda prisa, galopando por el campo con Harriet aferrada a las
riendas, intentando controlar al caballo.
Jon recuperó el control de su semental y se fue corriendo hacia el caballo desbocado. La
yegua iba hacia el bosque, y Harriet estaba haciendo esfuerzos por permanecer en la silla. Él
tenía que alcanzarla antes de que una rama de árbol la sacara de su silla y fuese lanzada del
caballo. El corazón de él latía aprisa mientras Zeus reducía la distancia a la carrera.
Venga, chico. Corre como nunca lo has hecho.
Cuando al fin llegó al lado de la yegua asustada, estiró los brazos y agarró a Harriet por la
cintura, y se la subió al regazo.
“Está a salvo ahora. La tengo,” dijo él, agarrándola con fuerza.
Harriet le miró con los ojos desorbitados. “No podía controlarla,” exclamó. “Estaba
demasiado asustada.”
Zeus finalmente se ralentizó hasta que iba al paso, y Jon le pasó las manos por la espalda,
los brazos y las piernas de ella. “Está a salvo ahora; la tengo. ¿Está herida?”
Ella sacudió la cabeza, pero él podía sentir cómo su corazón latía aprisa. Iba casi tan aprisa
como el de él. Había actuado de manera instintiva para salvarla. Nunca había sentido tanto miedo
por otra persona en toda su vida, ni siquiera durante la guerra, durante una carga del enemigo.
Sus manos tomaron la cara de ella, y no podía resistirse ante ella más. La besó con toda la pasión
que había sentido desde el momento en que la conoció.
En el momento en que sus labios tocaron los de ella, algo en él se desplegó. Ella llenaba un
vacío en él que no había sido más que una negrura durante año. Había besado a muchas mujeres
antes de la guerra, pero ella era la primera por la que había sentido una pasión sin freno desde
que regresó a Inglaterra.
Ella subió los brazos hasta rodearle el cuello y se derritió contra él. Cuando ella gimió de
placer, él profundizó el beso, usando una mano para sostener el cuello de ella mientras la
acercaba aún más, explorando cada centímetro de su dulce boca. Nunca había sentido que nada
fuese tan correcto.
Harriet alzó una mano para acariciar la cicatriz en el lado de su cara, y él se separó de ella
de manera abrupta. “No toques eso.”
Ella no se movió. “Milord, no se esconda de mí. Esta cicatriz es parte de usted, y yo no
cambiaría nada en ella. No me da miedo.”
“No sabe lo que está diciendo.”
“Pero sí lo sé. Supe desde el primer momento en que le ví que era magnifico. Nunca había
visto nadie con un aspecto tan imponente en una silla de motar.”
“Si no recuerdo mal, no la saludé con amabilidad.”
Harriet rio. “No, no lo hizo, pero desde ese primer, breve momento, no pude dejar de pensar
en usted. Pensé que era un ángel vengador encima de su fiel corcel, su cabello ondeando detrás
como un halo celestial, y no quería más que pasar más tiempo con usted.”
Ahora fue el turno de Hartley para reír. “Lady Harriet, no sabe lo que está diciendo. Soy la
Bestia de Bath. ¿Cómo podía anhelar mi compañía?”
“Es maleducado, milord, le concedo eso, pero no es una bestia de ninguna manera. Es lo
más distante a una bestia, y como un héroe, me ha salvado hoy. He de reconocer que me asusté
bastante cuando Meribelle dio una estampida. Me pilló por sorpresa, y no podía volver a
controlarla.” Ella se inclinó hacia él y besó la cicatriz colocando besitos por su mandíbula y
finalmente en sus labios.
Él no podía resistirla. Ella olía como flores de azahar, y él inhaló con profundidad mientras
le devolvía el beso. Quería decirle tanto… que ella era el ángel por intentar salvar a la bestia,
pero no sabía cómo expresarse. ¿Qué podía decir?
No entiendes lo que soy.
No puedes estar conmigo.
Me vuelves loco.
No deseo más que besar tus dulces labios para siempre.
Pero todo lo que dijo fue, “Vayamos a buscar su caballo.”
Harriet asintió y empezó a llamar a Meribelle. Encontraron a la yegua de ella abajo al lado
del arroyo, bebiendo.
Jon saltó de Zeus y estiró los brazos para ayudar a Harriet a bajarse. De manera
intencionada dejó que el cuerpo de ella se deslizara contra el suyo, y su deseo por ella explotó.
No pudo resistir besarla de nuevo, sin querer dejarla ir cuando sus pies tocaron el suelo.
Cuando Meribelle relinchó, Harriet se salió de entre sus brazos y se acercó a su caballo,
hablándole suavemente a la yegua antes de agarrar las riendas. “Todo bien, chica. Estás bien
ahora.” Ella se volvió hacia él y le brindó una sonrisa brillante. “Gracias por salvarme, Lord
Hartley. Como puede ver, Meribelle está bien ahora.”
Ella era tan hermosa, y él había soñado con acariciar sus curvas tantas veces, pero este no
era el momento ni el lugar. “Es usted bastante magnífica, milady.”
Y deseo más tiempo y más besos contigo. Quiero que grites mi nombre cuando te haga el
amor.
Vio el rubor subir por el cuello de ella ante el cumplido de él. ¿Cuándo había sido la última
vez en que le había hecho un cumplido a una mujer? Habían pasado años, pero no era sólo una
frase hecha que le daba a Harriet. Sin darse cuenta, había empezado a sentir cosas por la mujer
joven, y eso le daba miedo. Le daba más miedo que nada qué le hubiera pasado en su vida hasta
ese momento. ¿Cómo era que podía hacerle frente a soldados franceses con sus rifles y espadas
apuntándole al corazón y no sentir ni una pizca de miedo, pero esta joven mujer le hacía sentir
pánico y le dejaba sentir un profundo anhelo por ella que no podía explicar.
Eso no era bueno.
Él había suprimido sus sentimientos durante tanto tiempo que le inquietaba mucho darse
cuenta de que esta pequeña mujer se estaba adentrando en su corazón.
“La acompañaré a su casa,” dijo él sin más comentarios.
Harriet abrió la boca para decir algo, pero la cerró sin comentario y asintió con la cabeza.
Hartley la subió a lomos de Meribelle antes de subirse a Zeus. Sus emociones eran un
remolino mientras iban al paso cruzando el campo. Nunca debió de besarla porque ahora solo
quería más besos, más tiempo con ella, más de todo.
Cuando llegaron a la linde, Harriet le dijo, “Gracias por acompañarme, milord. Quizás le
vea en el siguiente baile en la Asamblea.”
Jon ladeó su sombrero y se alejó a galope sin decir otra palabra. Si no se iba ahora, le diría
más de lo que quería reconocer incluso ante sí mismo. ¿Podía ser que se estuviera enamorando
de la joven?
¡No, eso no era posible! Pero tenía que reconocer que ella había roto el cascarón duro que le
rodeaba el corazón para dejar pasar un poco de su luz brillando. ¿Era eso tan malo?
Espoleó su semental a que corriese más aprisa. Zeus jadeaba con fuerza para cuando
llegaron a los establos, y Jon se bajó de un salto, entregándole las riendas al mozo. “Cepíllale
bien y dale una buena ración de avena.”
“Sí, milord.”
De regreso a su casa, Hartley había decidido que se aventuraría una vez más a ir a Bath y
asistir a un baile de Asamblea. Quería sostener a Harriet entre sus brazos de nuevo, pero
desgraciadamente, no sabía cuándo se iba a celebrar el próximo baile. Había tenido suerte la
primera vez que entró en la Asamblea. Ahora tendría que preguntar cuando iba a ser el próximo
baile.
Entró dando zancadas en su mansión y subió las escaleras corriendo.
“¡Seaford!” gritó, entrando en el dormitorio.
“Milord, su baño está casi listo,” dijo su ayudante de cámara desde el vestidor.
Jon dio pasos por su habitación, intentando reconciliar su deseo de ver a Lady Harriet con
su deseo de no volver a aparecer en público de nuevo. ¿Podría soportar los susurros y las miradas
una segunda vez? Sí, lo haría porque su sirena le llamaba y él era impotente en resistirla.
Seaford entró en su dormitorio unos momentos más tarde. “Su bajo ya está preparado,
señor. Déjeme ayudarle con las botas.”
Jon se sentó en la silla mientras Seaford le quitaba las botas. “¿Cuándo es el próximo baile
en la Asamblea?”
Seaford alzó la vista para mirarle, su rostro un mar de confusión. “¿Perdón?”
“¿Te estás quedando sordo ahora?”
“Para nada. Solo estoy sorprendido por su pregunta, eso es todo. Llevamos dos años aquí, y
es la primera vez que pregunta algo así.”
Jon gruñó. “¿Y bien?”
“Es dentro de dos días.”
“Entiendo. Escríbele a tu dama y la invitas. Los dos vais a asistir conmigo.”
“Milord, eso no sería apropiado,” dijo su ayudante de cámara, quitándole la segunda bota.
“Los criados y las personas trabajadoras no serían bienvenidas en el baile de la Asamblea. Bath
es parecido a las reglas sobre la asistencia a eventos como Londres.”
“Entiendo,” dijo Jon, poniéndose en pie y desnudándose. Sabía que estaba actuando de una
manera errática, pero quería ver a Lady Harriet y tenerla entre los brazos otra vez, incluso si eso
significaba que tenía que salir en público una vez más. Si podía enfrentarse a un ejército de
soldados franceses, podía enfrentarse a las gentes de Bath. Sus dagas no tenían hojas afiladas,
aunque sus palabras podían ser igual de hirientes. Él ignoraría sus susurros y miradas, como hizo
la primera vez en que bailó con la dama. Valdría la pena si podía tenerla cerca otra vez.
Mientras se hundía en el agua caliente, pensó en su ayudante de cámara. Seaford había sido
un criado fiel durante años, y Jon siempre le estaría agradecido por su dedicación, pero ahora era
el momento de permitir que su ayudante de cámara viviera su vida lo más plenamente posible.
Ya había empezado a poner en marcha su plan con la limpieza de la casa, dote, y ahora le
escribiría a su abogado para pedirle que viniera de inmediato.
Capítulo 11
¡Oh, qué hombre! ¿Cómo podían los cielos soportar separarse de un hombre tan
magnifico? Su propio ángel guardián.
Harriet no había dejado de pensar en Hartley durante los dos días pasados o soñado con sus
bresos por la noche. Su deliciosa boca. Su cabello lujuriante. Su ancho pecho. Todo en él era una
maravilla, y ella lo quería todo. Le había dejado la última vez con una notificación de dónde
estaría ella esta noche y se preguntaba si el conde asistiría al baile. Ella se había llevado una
decepción al ver que él no había venido a la linde estas dos mañanas pasadas. ¿Le vería esta
noche?
Por favor, asiste esta noche, milord. Deseo sentir tus brazos en torno a mi y tus labios en
los míos otra vez.
Harriet se quedó conmocionada al sentir una atracción tan sobrecogedora y deseo de estar
con el conde después de conocerle tan poco. Ella había creído que nunca encontraría a un
hombre que le gustara, especialmente dado que no tenía realmente ganas de tener una
Temporada, pero después de conocer a Hartley, supo que no conocería a nadie igual que él.
¿Cómo iba cualquier hombre igualarle en poder rudo, su belleza masculina, y su mirada
penetrante? Una mirada que le llegaba directamente al alma. Nadie la había mirado de esa
manera nunca.
Como que ella era suficiente.
No como que era rara o demasiado atrevida. Hartley la veía, la veía de verdad, y ella sabía
de manera instintiva que su aceptación era una cosa de una sola vez en la vida. Ella no estaba
dispuesta a pasar de él o sus besos deliciosos.
¿Era esto el amor? ¿Se había enamorado irrevocablemente con él ya? ¿Era posible
enamorarse tan pronto? Ella no sabía y no tenía ni idea de lo que hacer si él la rechazaba. Era
demasiado terrible pensar en eso. Ella juró que haría lo mejor que pudiera para convencerle de
que ellos hacían buena pareja. Él tenía que darse cuenta de eso, ¿verdad?
Ella se alegraba de que Mercy y Wiltshire llegarían mañana. Deseaba desesperadamente
hablar con su hermana acerca de todas estas nuevas emociones. Sabía que su abuela entendería
su atracción por el conde, pero no estaba segura de si su madre lo aprobaría. Eleanor quería que
ella tuviera una Temporada londinense, pero eso no era el sueño de Harriet. Ella adoraba la casa
londinense que Wiltshire les había comprado cuando se casó con Mercy, pero a ella no le
gustaban todas las reglas sociales que se usaban para controlar a las jóvenes. Si ella quería salir
afuera sin bonete, no quería que la criticasen por ello. En Bath tenía libertad para hacer lo que
quisiera en la propiedad de su abuela. Para ella, esta era la situación ideal.
Estaba sentada en el salón con su madre durante las horas de visita cuando Wilson anunció
sus primeras invitadas.
“La Srta. Darvey, Srta. Adams, y la Srta. Burton,”, dijo.
Las tres jóvenes entraron en el salón e hicieron una reverencia. “Lady Collin, Lady Harriet,
buenos días,” dijo la Srta. Darvey.
“Buenos días, señoritas. Me alegro tanto de que hayan venido de visita. Por favor tomen
asiento,” dijo Eleanor.
Las tres se acercaron al sofá grande y se sentaron. La Srta. Darvey miró a su alrededor en la
habitación y preguntó, “¿Vendrá Lord Spenser?”
Harriet sacudió la cabeza. “No, no está aquí.” Se sentía dolida porque las mujeres no
habían venido a verla a ella sino para hablar con Lord Spenser.
La Srta. Darvey hizo un mohín. “Qué desafortunado.”
Todas charlaron durante los siguientes quince minutos antes de que la Srta. Darvey se puso
en pie, con las otras dos haciendo lo mismo.
“Ha sido encantador verlas de nuevo,” dijo la Srta. Darvey.
“Gracias por venir,” dijo Harriet.
Después de que las mujeres se fueron, ella se dejó caer en la silla.
“Querida, no debes sentirte demasiado dolida. Las dos fuimos testigo del interés de la Srta.
Darvey por Lord Spenser el otro día en la merienda,” dijo Eleanor.
“Lo sé, Mamá, pero tenía esperanzas de que pudiéramos ser amigas. No creo que sea
probable que pase eso ahora si la Srta. Darvey sólo vino aquí para hablar con Lord Spenser.”
“Nunca se sabe. Las cosas cambian. Además, estoy segura que las volverás a ver antes de
que se acabe el verano.”
“Quizás.”
Harriet quería ser optimista, pero sabía que eso no iba a pasar. La Srta. Adams y la Srta.
Burton parecían seguir lo que dijera la Srta. Darvey sin opinión propia. Eran las típicas señoritas
de sociedad, criadas para hablar del tiempo y quedarse prendadas con cada palabra que decía un
caballero, y Harriet supo de manera instintiva que ella se aburriría hasta las lágrimas en
compañía de ellas durante un rato largo.
***
Greenfield llamó a la puerta de Hartley.
“Entre.”
“Milord, tiene una visita,” dijo el mayordomo. “¿Le gustaría verle aquí?”
“¿Es el abogado?”
“Sí, milord.”
“Haz que venga.”
Greenfield regresó en unos momentos haciendo pasar un caballero más mayor al estudio de
Jon. Su cabello entre canoso era muy recortado y su atuendo, aunque a la moda y bien hecho, era
sobrio, sin un detalle de color a la vista. El abogado era nuevo para Hartley que se había cansado
de su abogado de Londres, que, aunque era bueno en su trabajo, siempre le recordaba lo que su
padre haría o lo que querría. Bueno, su padre ya no estaba, y Hartley era el conde ahora. Quería
un abogado que hiciera lo que él quería sin preguntas ni discusiones.
“El Sr. Peck, milord,” dijo Greenfield.
Hartley le hizo una indicación al abogado para que tomara asiento en una de las sillas
delante de su escritorio. “Sr. Peck, aprecio su prontitud.”
“Deseo agradarle, Lord Hartley. He traído los documentos que me ha pedido,” dijo el Sr.
Peck, entregándole unas hojas.
Repasó cada documento, realizando unas pequeñas anotaciones de vez en cuando antes de
devolvérselos al abogado. “Con estas pocas modificaciones, los documentos son finales.”
“Llevaré a cabo estos cambios de inmediato, milord, y haré que se los traigan para su
firma.”
“Los traerá usted mismo. No quiero que mis asuntos estén en manos de nadie más.”
El abogado asintió con la cabeza. “Por supuesto, milord. Le veré mañana. ¿Está bien esta
hora?”
Hartley asintió con la cabeza, y el abogado salió de su estudio. Se sentía mejor que en años.
Ahora si pudiera dejar de pensar en los besos más estremecedores que había experimentado
nunca, no se sentiría tan inquieto. Lady Harriet era tan distinta a nadie que hubiera conocido en
el pasado. Cerró los ojos y revivió sus besos, como había hecho de manera repetida desde el día
en que la había salvado en el bosque. Dentro de unas pocas horas más la volvería a ver, y tenía
toda la intención del mundo de llevársela para conseguir más besos estremecedores.
Después de una ligera cena, Seaford ayudó a Jon a vestirse para el baile. “Ya está listo,
milord.”
Los nervios de Hartley estaban a flor de piel, y no quería que Seaford lo supiera. Bajó a su
estudio, donde se sirvió una copa de coñac. Necesitaba algo para fortalecerse ante la velada
inminente. Se tragó el coñac antes de irse a los establos.
El camino a Bath no le llevó mucho tiempo. Había una cola de carruajes ante la Sala de
Asambleas, y Hartley esperó hasta que pudo entregarle las riendas a un mozo. “No tengo
intención de quedarme mucho tiempo. Guarda mi caballo listo.”
“Por supuesto, milord.”
Hartley asintió y se unió a la fila de invitados que entraban en la Sala de Asambleas.
Una vez más, su presencia causó un revuelo, y la sala se quedó en silencio mientras todos le
veían pasar. Para algunas de las personas que vivían en Bath, esta era la primera vez que veían al
enigmático noble, el que llamaban la Bestia de Bath. Hartley normalmente dejaba su cabello
suelto para ocultar el lado cicatrizado de su rostro, pero esta noche lo llevaba en una cola de
caballo atado con una cinta de cuero negro. Ya no iba a ocultarse.
Miró a su alrededor en la gran sala, sabiendo que Lady Harriet asistiría esta noche. Solo
tenía que encontrar su mesa. No le llevó mucho rato verla y acercarse a su mesa. “Buenas
noches, Lady Dalling, Lady Collin, Lady Harriet,” dijo inclinándose ante ellas.
Harriet se puso en pie e hizo una reverencia. “Buenas noches, Lord Hartley,” dijo ella con
una sonrisa brillante que hizo que el corazón de él retumbase con la anticipación de tenerla entre
sus brazos de nuevo.
“Por favor, únase a nosotras, Lord Hartley,” dijo Lady Dalling, señalando la silla a su
izquierda. “Estamos esperando a Lord Spenser, la Srta. Weston, y la Sra. Kennedy también, de
manera que será una mesa animada esta noche.”
Hartley quería gemir, pero se limitó a asentir con la cabeza y se sentó al lado de Lady
Harriet. “Milady, ¿me honraría con el primer vals?”, preguntó él.
“Por supuesto, milord. Me encantaría.”
“¡Hartley! No tenía idea de que te unirías a nosotros esta noche,” dijo George acercándose a
la mesa con dos damas detrás.
“Decisión de último momento,” contestó él.
“Hartley, ¿te puedo presentar a la Srta. Weston y su tía, la Sra. Kennedy? Damas, el Conde
de Hartley.”
“Buenas noches, milord,” dijo la Srta. Weston haciendo una reverencia
“Lord Hartley, por favor, discúlpeme por no hacer una reverencia. Rodillas viejas, me
temo,” dijo la Sra. Kennedy, tomando asiento.
Hartley asintió con la cabeza ante las invitadas que acababan de llegar. Esto era más gente
de la que él había pensado que habría, yu él se sentía ansioso porque empezara el baile para
poder concentrarse en Lady Harriet. Como si le hubieran escuchado los dioses, los primeros
acordes del vals sonaron en ese momento.
“Lady Harriet, creo que es mi baile,” dijo él poniéndose en pie y extendiendo la mano.
“Lo es, ciertamente,” dijo ella, tomándole de la mano.
Ella estaba exquisita esta noche vistiendo un vestido de color rosa claro con una cinta de
color rosa más oscuro por debajo del pecho. Perlas y una cinta rosa adornaban su peinado
recogido, y él solo quería quitarle las horquillas del pelo y hundir los dedos en sus espesos
cabellos. La llevó a la pista de baile, y de momento, estaban solos. “Está guapísima esta noche,
milady.”
Harriet le miró con esos ojos hermosos grises azulados. “Gracias. Usted parece bastante
magnífico también.”
“Ah, así que es eso la razón por la cual todos me miran,” dijo él con una risa.
Harriet asintió con la cabeza. “Claro, y no lo olvide.”
Pronto, más bailarines se unieron a ellos.
Hartley no pudo dejar de mirarla mientras la llevaba por la pista de baile. Quería besar cada
centímetro de su preciosa piel. “Deseo besarla de nuevo, querida,” le susurró al oído.
Harriet dio un traspié, pero él la agarró con fuerza. “Milord, no puede decirme semejantes
cosas delante de todo el mundo,” susurró ella.
“¿Está diciendo que no desea mis besos?”, preguntó él, sorprendido al ver a otras personas
en la pista de baile. No se había fijado en nadie más, excepto la hermosa mujer que tenía entre
los brazos.
“Sabe que sí.”
La respuesta de ella le agradó de manera inmensa. Cuando el baile terminó, no quería
soltarla, pero extendió un brazo y dijo. “Lady Harriet, ¿le apetecería un paseo por la sala?”
Ella colocó la mano en su manga. “Sí. Eso sería encantador.”
Él la guió por la sala como si sólo estaban dando un paseo, pero la guio hábilmente fuera
una vez que llegaron a las puertas. Inhaló el aire fresco de la noche. “Esto es mucho mejor, ¿no
le parece?”
“Sí, desde luego.”
Él la guió doblando la esquina del edificio, fuera de la vista de los invitados y los
conductores de carruajes antes de estrecharla entre sus brazos.
Su boca chocó contra la de ella, y la besó como si fuese un hombre moribundo y ella fuese
la última gota de agua en la tierra.
Cuando ella se inclinó hacia ella, él la agarró con más fuerza. “Oh, milady. “No me canso
de usted,” dijo entre besos.
“Me siento igual, milord.”
“¿Me llamarías Jon en privado?”
Él vio los ojos de ella agrandarse ante la intimidad, y ella asintió. “Y yo soy Harriet.”
“Bueno, querida Harriet, aunque quisiera quedarme aquí afuera y besarte hasta perder el
conocimiento, me temo que tu madre y tu abuela no lo aprobarían.”
Harriet alzó una mano y acarició el lado de su cara con cicatrices. “Me temo que tienes
razón, Jon. ¿Un solo beso más antes de regresar, por favor?”
Jon se sentía feliz de cumplir con su deseo y se inclinó para besarla de nuevo. Se quedó
sorprendido cuando ella recorrió sus labios con la lengua. Él abrió la boca para ella, y sus
lenguas se liaron en un baile de pasión. Cuando él dio un paso hacia atrás con renuencia, los dos
estaban sin aliento. Le agradaba ver el rubor de sus besos en los labios de ella. Nunca habría
creído que una mujer joven tan hermosa le deseara.
“Deberíamos regresar,” dijo él, extendiendo el brazo.
Harriet colocó la mano en su manga y alzó la mirada al cielo. “¿Has visto tantas estrellas,
milord?”
“Las únicas estrellas que veo son las que parecen iluminar tus ojos.”
“Lord Hartley, me vas a echar a perder con tantos cumplidos.”
Jon miró el cielo de la noche. Recordaría esta noche, y siempre que viera las estrellas,
pensaría en ella.
Los dos entraron de nuevo, prosiguiendo su pausado caminar por el perímetro de la sala
como si eso era lo que habían estado haciendo durante los últimos minutos.
“Milord, ¿te quedarás para otro baile?”, preguntó Harriet.
Aunque deseaba quedarse y disfrutar de la velada, no quería sufrir un ataque mientras
estaba en público. Estaba haciendo un gran esfuerzo por ampliar su exposición a la gente, pero
había pasado tanto tiempo, solo que le era difícil aclimatarse a todo, la gente, el ruido, la música,
todo a la vez. Necesitaba tomarse las cosas con calma.
La acompañó de vuelta a la mesa y se inclinó por encima de su mano. “Gracias por el baile,
Lady Harriet. Ha sido un placer.”
Harriet hizo una reverencia. “Para mí también, milord.”
“Hartley, ¿te apetece un poco de aire fresco?”, preguntó George mientras acompañaba a la
Srta. Weston de vuelta a la mesa.
“Sí, eso sería muy de agradecer,” dijo Hartley. “Buenas noches, señoras”, dijo inclinándose.
“Ahora regreso,” dijo George, besando el aire por encima del guante de la Srta. Weston.
Una vez afuera, Hartley guió a George por la esquina del edificio donde, momentos antes,
había devorado los dulces labios de Harriet. “¿Debo darte las gracias por salvarme para no
permanecer más tiempo?”
George sacudió la cabeza. “Esa no es la razón por la cual te he pedido que salgas aquí.”
“¿No? ¿Entonces, por qué?”
“Jon, has debido de darte cuenta de cómo te mira Lady Harriet. Espero que no estés jugando
con sus sentimientos.”
“¿Me estás advirtiendo que no me acerque a ella?”
“Para nada, pero si no estás seguro de cortejarla, no debes seguir viéndola por las mañanas.
Cuando la despidas una vez que te canses de ella, le dañará su reputación antes de que haga su
debut, siquiera en la primavera que viene.”
“¿Te ha dicho Evans que me des este sermoncito?”
George sacudió la cabeza. “No, no. Solo veo cómo te mira la dama, y me dolería que le
hirieras. Ella es una joven muy especial.”
“Lo es desde luego, pero Lady Harriet no es de tu incumbencia,” dijo Hartley gruñendo. No
tenía idea de dónde había salido esta posesividad.
“Oh, pero lo es, y puedo ver que se está enamorando de ti si es que no lo ha hecho ya. ¿No
te das cuenta de eso?”
Hartley se quedó mirando la oscuridad. ¿Tenía razón, George? ¿Estaba Harriet enamorada
de él? ¿Cómo podía ser eso posible? No se habían conocido mucho tiempo. ¿Podía esperar que
eso fuera cierto? Tenía que reconocer que sentía cosas por ella, pero, ¿era amor? No tenía ni
idea. Nunca había estado enamorado. Le aterraba abrirse ante otra persona. Tenía tan poca
opinión sobre su valía que era una revelación que Harriet se pudiera enamorar de él. “No estoy
seguro…”
“Jon piensa en lo que te he dicho. Piensa en lo que es mejor para Lady Harriet; eso es todo
lo que te pido. Si la quieres, hazle la corte de la manera correcta. Sé que has tenido un tiempo
difícil desde que llegaste a casa después de la guerra, pero si quieres a Lady Harriet, tienes que
abrirte a más experiencias con gente. Eso es todo lo que quería decirte. Te dejo ahora. Sospecho
que has traído a Zeus para una escapada rápida,” dijo George.
“Si.”
“Buenas noches, Jon,” dijo George, entrando de nuevo en la Sala de Asambleas.
George le había dado mucho en qué pensar mientras se iba en busca del mozo que se había
llevado a Zeus cuando llegó. El caballo relinchó cuando le vió, y el mozo le pasó las riendas a
Jon. “¿Está dispuesto a marcharse, milord?”
Él asintió con la cabeza y se subió a la silla, guiando a Zeus en dirección a su mansión.
“Venga, chico. Tengo mucho en qué pensar,” dijo espoleando al semental. El caballo respondió
de inmediato y trotó de vuelta a la Mansión Hartley.
¿Podía acostumbrarse a estar con gente de nuevo? Quería intentarlo, porque no volver a ver
a Lady Harriet otra vez le aplastaría.
Recordó lo que Lady Harriet le había llamado el día que se conocieron. ¿Era un ángel
vengador? ¿Y qué estaba vengando exactamente?
Capítulo 12
Harriet sabía de alguna manera que el conde no volvería a la sala de baile, incluso antes de
ver a Lord Spenser entrar y acercarse a la mesa sin su amigo.
“¿Lady Harriet, me concede este baile?”, preguntó él, tendiéndole la mano.
“Puede, milord.”
Se pusieron en la fila para un baile regional, aunque no hubiera mucha oportunidad para
poder hablar.
Cuando el baile terminó, Harriet hizo una reverencia. “Gracias por el baile, milord.”
“Fue un placer para mí.”
Mientras Lord Spenser la acompañaba de vuelta a la mesa, ella le susurró. “Se ha marchado,
¿verdad?”
Spenser movió la cabeza, pero no habló. Ella sabía qué había demasiadas miradas puestas
en ellos. Había tantas preguntas en su cabeza. Necesitaba respuestas, y quizás Lord Spenser sería
la persona que se las diera. Pero no esta noche.
Cuando llegaron a la mesa, ella dijo, “¿Lord Spenser, quizás le gustaría tomar el aire
temprano mañana y consentiría en montar conmigo?” Cuando él asintió con la cabeza, ella supo
que él entendía que ella quería hablar con él en privado.
“Me encantaría…, es decir, si puedo salirme de esa cama confortable,” dijo con una risa.
“¿Le pido a uno de los lacayos que le despierte? Me encanta un paseo a caballo temprano.”
Lord Spenser sonrió. “Sólo por ser usted, milady, haré un esfuerzo por levantarme de la
cama.”
Harriet tuvo que contentarse con eso. Quizás Lord Spenser le daría un poco de idea de cómo
convencer al conde de que él era el hombre que ella quería. Miró por encima del hombro de él y
vio a las Srtas. Darvey y Adams paseando en dirección a ellos.
Ella se inclinó hacia él y le dijo, “Milord, ¿me acompañaría a la sala de refrescos? Estoy
bastante sedienta.”
“Milady, le iré a buscar una bebida con gusto.”
Harriet sacudió la cabeza y se puso en pie. “No, me gustaría estirar las piernas un poco, si le
parece bien.”
George le ofreció un brazo. “Por supuesto, Lady Harriet. Por favor, discúlpenos, señoras.
Ahora venimos.”
Cuando se alejaron de la mesa, Harriet le susurró, “La Srta. Darvey se dirigía directamente
a nuestra mesa. No sabía si la había visto.”
“No la ví. Gracias por pensar rápido. La joven es bastante persistente en sus atenciones para
conmigo, pero yo no le correspondo en el interés.”
“Quizás su interés está en otra parte,” dijo Harriet con una sonrisa pícara.
“Quizás, milady.”
Harriet bailó de nuevo con el Sr. Pratt y Lord Cawley. De ellos dos, el Sr. Pratt parecía ser
el más locuaz y auténticamente interesado en lo que ella tuviera que decir. Lord Cawley hablaba
mayormente de sí mismo, sus sabuesos y sus caballos. Ella se aburría hasta casi las lágrimas
escuchándole parlotear todo el rato y se alegró cuando el baile hubo terminado.
Esa noche, cuando estaba en la cama, Harriet revivió los maravillosos besos de Jon. ¿Qué se
sentiría al tener a sus labios acariciándole la piel?
Ella tenía una vaga idea de lo que sucedía entre un hombre y una mujer. Mientras estaban
en casa de su abuela durante el debut de Mercy, ella había leído todas las novelas góticas que
había en la biblioteca de Lady Dalling. Pensó que era una exageración cuando leía acerca de la
manera en que la heroína se desmayaba al ver al héroe, pero ella había sentido esas mismas
emociones cuando el conde la besó. Ahora quería cada vez con mayor desesperación convencerle
de que ella era la mujer correcta para él. Era hora de que dejara de esconderse en su propiedad y
empezara a disfrutar de la vida.
Ella se quedó dormida, abrazando su almohada y soñando con su ángel vengador.
Fiel a su palabra, Lord Spenser la esperaba en los establos a la mañana siguiente. “Buenos
días, Lady Harriet.”
“Buenos días. Estoy encantada de que haya podido despertar para nuestro paseo. Sospecho
que le encantará tanto la quietud de la mañana que le veré más a menudo.”
Él rio. “No estoy tan seguro de eso, milady. Me gusta quizás demasiado mi cama.” Ayudó a
Harriet a subirse a su silla antes de subirse al caballo que un mozo le había preparado. “Es un
caballo precioso.”
“Sí, lo es. Se llama Trueno.”
“¿Oh? ¿Y eso por qué?”
Harriet espoleó a Meribelle fuera de la cuadra. “Ya lo verá. Corre como el viento, y sus
pezuñas machacan el suelo. Es casi tan fuerte como los truenos.”
“Bueno. Veamos cuanto ruido podemos hacer,” dijo George, instando a Thunder para que
galopase.
Harriet echó la cabeza hacia atrás y rió. Lord Spenser siempre era una persona deportiva,
pero ella no iba a dejar que él la venciera esta mañana. Se inclinó por encima del cuello de
Meribelle. “Venga, chica. Vamos a demostrarle a estos chicos lo que podemos hacer.” El caballo
relinchó y salió galopando, cabalgando hacia la línea de árboles. Harriet adoraba la sensación del
viento en la cara. Era la sensación más liberadora y durante el rato en que le llevó galopar hasta
los árboles, ella dejó de preocuparse por el conde.
Lord Hartley no estaba en la linde hoy, y aunque se llevó un chasco, Harriet estaba
disfrutando de su rato con Lord Spenser. Meribelle le ganó al caballo de él casi por centímetros,
y Harriet exclamó jubilosa mientras le daba palmaditas en el cuello a su yegua. “Bien hecho,
chica.”
“Eso ha estado emocionante,” dijo George. “Querida, montas muy bien. No he visto a nadie
como tú.”
“Gracias, Lord Spenser. Llevo montando desde que tenía tres años cuando mi padre me
regaló mi primer pony.”
Guiaron a los caballos por el bosque hasta el arroyo para que pudieran beber después de su
galopada. George la ayudó a bajarse del caballo.
“Entonces, ¿le ha convencido eso para que salga a montar conmigo más a menudo?” le
preguntó Harriet.
Él sacudió la cabeza. “Me temo que no. Me gusta más mi cama calentita y suave,” dijo con
una risa.
“Muy bien. Si cambia de idea, yo normalmente monto a esta misma hora todas las
mañanas.”
“En cuanto a eso, milady…”
Harriet se giró para mirarle. “Milord, ¿sucede algo?”
“Eso no me corresponde decir a mí. Sin embargo, me preocupa su creciente apego a
Hartley.”
“¿Lo desaprueba?”
“Para nada. Pero él es un hombre complicado y puede que no le pueda dar lo que usted
desea.”
“Puedo ser paciente hasta que se sienta más cómodo conmigo.”
“¿Y si eso no sucede nunca? ¿Entonces qué?”
“¿Me está diciendo que el conde es incapaz de tener una relación conmigo?”
“Sinceramente, no lo sé,” dijo George tomándola de la mano. “Milady, me preocupa su
bienestar y no quiero ver que le hagan daño.”
“Entiendo su preocupación, pero Lord Hartley ha cambiado incluso en el poco tiempo desde
que nos conocimos. ¿No se ha dado cuenta de eso?”
“Sí, pero no estoy seguro de que pueda cambiar lo suficiente para construir una vida con
usted. ¿Está dispuesta a sufrir las consecuencias si es ese el caso?”
“¿Qué quiere decir?”
George le apretó la mano. “Estoy seguro de que la Sociedad se ha fijado en las atenciones
de Hartley para con usted, especialmente en las Asambleas. Si no puede comprometerse y se
retira de usted, lo que ha pasado aquí la seguirá hasta Londres. Su debut puede verse
comprometido incluso antes de que comience. ¿Entiende lo que le estoy diciendo?”
“Lo comprendo, milord, y entiendo su preocupación, pero no debe preocuparse. Yo no
quiero una Temporada.”
“¿Oh? ¿Su madre sabe esto?”, preguntó George.
“Se lo he dicho, pero ella no me hace caso y sigue insistiendo en que tenga una
Temporada.”
“Su madre solo quiere lo mejor para usted.”
“Lo sé, pero lo mejor para mí es Lord Hartley. Sueño con él cada noche y no me rendiré a
no tenerle. Me casaré con él, ya lo verá.”
“¿Y qué pasará si él no le pide mano?”
“Entonces, no me casaré nunca.”
George le soltó la mano. “En ese caso haré todo lo que pueda para ayudarla a lograr sus
sueños.”
Harriet besó la mejilla de Lord Spenser. “Gracias por su comprensión.”
“Lo que necesite, milady, solo tiene que pedírmelo.” La ayudó a subirse a su caballo, y los
dos cabalgaron de vuelta a la mansión, cada uno perdido en sus propios pensamientos.
Cuando llegaron a los establos, se fijaron en un gran carruaje en la entrada. George ayudó a
Harriet a bajarse y la siguió hasta la puerta de entrada.
“¡Mercy!” exclamó Harriet cuando vio a su hermana bajándose del carruaje. Se fue
corriendo hacia ella abrazándola. “Wiltshire, gracias por traer a mi hermana de visita.
“Es un placer,” dijo Wiltshire. “¿Has estado montando?”
“Sí, Meribelle y yo montamos cada mañana. Es una yegua maravillosa y la adoro.”
“Me alegro de que la disfrutes. Supe de inmediato que sería la yegua perfecta para tí.”
George extendió una mano. “Wiltshire, me alegro de verte de nuevo, amigo mío.”
“Eres una visión para ojos doloridos, Spenser. Tienes buen aspecto.”
“Sí. Bath me sienta bien.”
La puerta delantera se abrió, y Lady Collin salió corriendo. “Oh, querida, estás aquí,” dijo
ella, abrazando a su hija mayor, luego se volvió hacia Wiltshire. “Su Excelencia, qué bien verle
de nuevo.”
Wiltshire asintió. “Milady, el placer es mío.”
“Entrad y desayunad. Debéis estar hambrientos por el viaje,” dijo Eleanor tomando a Mercy
del brazo. “Nos tienes que contar todo sobre vuestro viaje de boda.”
Harriet, Wiltshire, y George las siguieron adentro.
“Me reúno con ustedes en breve,” dijo George antes de tomar los escalones de dos en dos.
“Harriet, ¿vienes?” preguntó Mercy.
“Bajo en un momento. Quiero cambiarme. No cuentes todas las aventuras hasta que
vuelva,” dijo ella, subiendo los escalones a su dormitorio, donde la esperaba Rhonda. “Tenemos
que darnos prisa hoy, Rhonda. Mi hermana y su marido han llegado y nos esperan en el
comedor.”
Rhonda asintió y ayudó a Harriet a quitarse las ropas ecuestres. Mientras Harriet se hundía
en al agua calmante del baño, pensó en todo lo que le había dicho Lord Spenser. ¿Tenía razón?
¿Y si el conde fuese incapaz de comprometerse a ella? ¿Le esperaría toda la vida? Sí, decidió
ella, le esperaría. No aceptaría ningún otro desenlace. Le quería a él como nunca había querido a
nada, y estaba decidida a tener al hombre que le había robado el corazón.
Ahora sólo tenía que convencerle de que los dos encajaban bien.
Capítulo 13
“¡Seaford!” Gritó Hartley dos días después del último baile en la Sala de la Asamblea.
“¿Milord, está preparado para su baño?”, le preguntó su ayudante de cámara.
“Necesito toda tu atención durante un momento,” dijo Jon, saliéndose de la cama y
poniéndose su batín, acercándose a su escritorio.
Seaford entró en la habitación, su cara mostrando sorpresa. “¿Qué sucede? ¿Tiene dolor?”
“Para nada,” dijo Jon, tomando un sobre. “Esto es para tí.”
Seaford tomó el sobre. “¿Milord?”
“Ábrelo.”
Su ayudante de cámara rompió el sello y leyó el contenido. El asombro en su cara le
explicaba todo a Hartley.
“¿Me está regalando la casa dote?”
“Alguien debe usarla. Puedes ser tú y tu dama.”
“No sé qué decir.”
“Quizás deberías ir a la tienda de la modista y pedirle mano. Eso parece ser la cosa más
prudente qué hacer de momento.”
La sonrisa de Seaford le llegaba de una oreja a la otra. “Milord, creo que tiene razón.”
“Seaford, quedas despedido. Eso debería darte tiempo esta tarde.”
Su ayudante de cámara asintió con la cabeza, las lágrimas asomando por sus ojos. “Le veré
después de la cena, milord.”
Jon gruñó y entró en el vestuario, donde dejó caer su batín y se metió en el agua caliente
calmante. Era la primera vez en mucho tiempo que se sentía bien sobre su vida. ¿Qué sentido
tenía ser un conde adinerado si no podía ayudar a quienes estaban a su alrededor? Su ayudante de
cámara merecía una recompensa por su servicio abnegado. Jon no estaba seguro de haber podido
recuperarse de las pesadillas y el pánico si Seaford no le hubiera insistido. Le estaría eternamente
agradecido por el día en que su criado de guerra le había lanzado la espada, y ahora había llegado
el momento en que Jon caminara por su propio pie. No había necesidad de que Seaford estuviera
pendiente de él las veinticuatro horas del día. Hartley pasó el día en su estudio repasando
informes sobre sus bienes, pero no podía dejar de pensar en los labios rellenos de Lady Harriet.
Había sido una bendición bailar con ella, pero fueron sus besos compartidos lo que le había
parecido tan bien. No podía recordar haberse sentido tan afectado por un mero beso… excepto
que sabía que no era un mero beso. Para su consternación, estaba deseando volver a verla.
Cuando ella había tomado el lado cicatrizado de su cara después de que la salvara diciéndole que
no se retirara, algo dentro de él se había roto. El peso aplastante de su herida que le había
atormentado durante años parecía aflojarse de alguna manera. El simple tacto de ella le había
calmado, y quería más.
Más sentir sus dedos. Más de sus besos. Más de ella.
Más tarde esa noche, cuando Seaford le quitaba las botas a Hartley, le dijo, “Milord, me
alegra decirle que la Srta. Martinson ha aceptado mi petición de mano. Los primeros anuncios se
leerán el domingo.
Jon asintió, pero no hizo ningún comentario.
“Teniente, ¿me haría el gran honor de ser mi padrino?”
Jon inhaló con fuerza, se sentía en un conflicto. Su respiración empezó a aumentar. Quería
apoyar a su criado de guerra, pero la idea de asistir a la boda era algo que no sentía que pudiera
soportar. Al contrario que ir a las Asambleas donde podía ir y venir a placer, se quedaría
atrapado en la iglesia hasta que terminara la ceremonia, al contrario que asistir a un baile de la
Asamblea donde podía ir y venir cuando quisiera. Todo el mundo le estaría mirando y
susurrando a sus espaldas. Prefería no asistir a la ceremonia religiosa, de manera que la gente se
fijara en la joven pareja que se casaba, que debería ser el foco de atención.
Su ayudante de cámara siguió hablando, haciendo caso omiso a la respiración acelerada de
Jon. “Quizás esa no sea la mejor idea. Nos casaremos en la iglesia pequeña donde asistimos los
dos y yo me preguntaba si puedo pedirle que nos dé permiso para celebrar el desayuno de boda
aquí en la mansión. Colleen y yo no queremos una gran celebración. Su única familia es su
hermana, y a mí no me queda nadie más que un primo lejano en alguna parte. No le he hablado
desde antes de la guerra, y dudo que sepa si he sobrevivido o no.”
Jon se quedó quieto mientras Seaford le quitaba la otra bota. Quería ser un hombre mejor,
no solo para Seaford y sus empleados, sino para Lady Harriet. Su respiración se calmó. No iría a
la iglesia, pero sí que podría ser el anfitrión de la celebración posterior. “Tendrás que coordinar
los detalles con Greenfield y la Sra. Bentley para el desayuno de boda,” dijo al fin. No quería ser
consultado sobre arreglos florales, el menú o cualquiera de la serie de cosas que se necesitaba
hacer para preparar la mansión.
“Por supuesto. Yo me ocupo de ello. A usted no le molestaremos. Gracias, milord.”
Jon se alegró de poder ayudar a Seaford a que su día fuese especial.
Las siguientes tres semanas fueron un revuelo de actividad. Jon se mantuvo lejos del ajetreo
montando a Zeus o encerrándose en su estudio. Se había alegrado de ver a Lady Harriet una serie
de veces durante esas semanas, y sus conversaciones habían sido muy agradables. Sus besos eran
celestiales, y entremedias, él le contó relatos sobre algunos de los sitios que había visitado en su
Gran Viaje antes de la guerra. Ella le preguntó muchas cosas, y él deseaba llevársela para ver
algunos de los lugares. Se marchaba de los encuentros con ella, siempre deseando más besos y
conversación vivaz.
Fiel a su palabra, Seaford se aseguró de que no le molestaran durante los preparativos del
desayuno de bodas. A medida que el gran día se aproximaba, incluso Hartley tenía que reconocer
que la casa nunca había estado tan bonita. Había criadas y lacayos limpiando y llevándose cosas
de una habitación a otra.
Sólo se había invitado a amigos íntimos y familia al desayuno. Era todo lo que él podía
tolerar, y Seaford parecía entenderlo sin que Jon tuviera que explicar su rechazo a estar en una
masa de gente. Incluso aunque no había mucha gente asistiendo, era más de lo que él había
tenido en su casa en mucho tiempo. Jon había querido que sus amigos asistieran, especialmente
porque conocían a su criado de guerra de la batalla, pero lo que más anticipaba era hablar con
Lady Harriet más tarde en el desayuno de bodas.
En el día de la boda, el sol brillaba, y todo estaba perfecto. La pareja feliz solo tenía ojos
para mirarse el uno a la otra cuando regresaron a la mansión como marido y mujer. Hartley se
alegró de que su ayudante de cámara tuviera al fin su amor a su lado.
La sala de baile había sido transformada, con cada centímetro de la sala brillando a la luz
del sol además de unas pocas velas adicionales dispuestas por la habitación. Le había dado rienda
suelta a la Sra. Bentley para que contratara todos los criados necesarios para limpiar y preparar la
mansión para el desayuno. Ella y Greenfield habían hecho un trabajo magnífico, y él tenía
intención de darles un saludable aumento de sueldo por sus esfuerzos y, más importante todavía,
mantenerle fuera de los preparativos.
Después de que todos se sentaran y se habían hecho los brindis, le hizo una señal a los
lacayos para que trajeran la comida. Entonces fue cuando las cosas empezaron a ir mal. Durante
el ajetreo de servir la comida, él podía sentir el pánico al borde de su conciencia, como una bestia
intentando devorar a su anfitrión. Si tan solo pudiera tener unos momentos a solas, quizás podría
detener el ataque. Salió del salón de baile antes de que nadie se pudiera fijar en su respiración
agitada.
Por favor, hoy de todos los días, no. Dame un día de paz.
Respiró hondo, intentando calmar su corazón agitado. Solo unos minutos más y estaría bien
era la mentira que se decía una y otra vez.
***
Harriet había estado anticipado hablar con Hartley e incluso robarle más besos en el jardín.
No se le había olvidado lo bien que se sentía en sus brazos cuando él la besaba o la manera tan
tierna en que la sostenía cuando bailaban o cabalgaban juntos. Pero cuando ella miró a su
alrededor buscándole, no le podía ver en ningún sitio.
¿Dónde había ido el conde?
Durante un momento estaba, y cuando miró de nuevo, ya no estaba por ninguna parte.
Ella se levantó de su silla. “Mamá, ahora vuelvo. He de usar el retrete.”
“Por supuesto, querida,” dijo Eleanor.
Ella salió de la sala de baile y miró por el pasillo, pero no había señales del conde. Luego,
miró en el salón pequeño, donde encontró las puertas acristaladas abiertas de par en par. Era un
día con brisa y no habían estado abiertas antes. ¿Habría salido para un poco de aire fresco? Ella
cruzó el saloncito y salió al jardín. No era gran cosa como jardín, pero estaba mucho mejor desde
el día en que su abuela y ella merendaron con el conde. Debió haber contratado a un jardinero y
unos trabajadores porque estaba bastante bonito. Los rastrojos se habían eliminado, los setos se
habían recortado, e incluso se habían plantado algunas flores por el sendero.
“¿Lord Hartley, está aquí afuera?”
No hubo respuesta, y ella siguió por el perímetro de la mansión pero no se atrevió a llamarle
por temor de que alguien de dentro la pudiera escuchar. Cuando dobló la esquina, le encontró
aferrado a la pared cerca de la parte trasera de la casa. Su cara estaba pálida, u parecía estar
sufriendo mucho, ya que agarraba la cabeza con las manos y sus ojos estaban cerrados. Su
corbata estaba suelta, y los dos botones superiores de su camisa estaban desabrochados.
Ella fue corriendo hacia él. “¿Milord, está enfermo? ¿Llamo a su ayudante de cámara?”
“No,” gruñó él
“¿Por qué no se sienta un momento?” dijo ella, rodeándole la cintura con el brazo y
guiándole a un banco cercano. “Lord Hartley, ¿qué necesita? Dígamelo y yo me ocupo,” dijo
Harriet, mirándole mientras intentaba hablar, pero no parecía encontrar las palabras.
Finalmente, logró articular una palabra, “Dormitorio.”
“Ahora mismo. Déjeme guiarle.” Ella le ayudó a ponerse en pie, sosteniéndole por la
cintura de nuevo y caminando con él lentamente hacia la entrada de la cocina para evitar
encontrarse con algún invitado. Ella sabía instintivamente que Hartley no querría que nadie le
viera así.
La Sra. Bentley supo de inmediato lo que sucedía cuando los dos entraron en la cocina. “Su
dormitorio es la tercera puerta a la izquierda. Suba por las escaleras de servicio. ¿Mando un
lacayo para ayudarles?”
“Gracias, Sra. Bentley,” dijo Harriet por encima del hombro. Empezó a ayudar a Hartley a
subir las escaleras traseras antes de que llegara el lacayo a ayudarles. Cada paso parecía un
esfuerzo para el conde, pero ella le agarró con firmeza, animándole con palabras suaves de
ánimo. Por sus gruñidos, tenía que estar en gran dolor, pero ella no tenía idea de qué podía estar
doliéndole. Para cuando todos hubieran llegado a su dormitorio, había chorros de sudor goteando
por su cara. El lacayo abrió la puerta y los dos le ayudaron a entrar. Él gimió y seguía frotándose
las sientes, su aliento jadeante. “Cama, ahora.”
Harriet y el lacayo le ayudaron a llegar a la cama, y se dejó caer en el borde. Ella le ayudó a
quitarse la chaqueta y le quitó la corbata también. “Vamos a quitarle las botas, milord.”
El conde apenas podía mover la cabeza mientras el lacayo le quitaba las botas. De manera
instintiva, ella empezó a cantarle la nana que su madre le cantaba cuando ella se había sentido
indispuesta. Siempre le había parecido algo mágico. Quizás podría reconfortar a Lord Hartley.
Harriet abrió la cama. “Acuéstese ahora. Se sentirá mejor pronto.” Ella echó un poco de
agua en el lavamanos mientras seguía cantando.
***
Hartley se tumbó, descansó la cabeza en las almohadas suaves, y cerró los ojos con fuerza.
Quería explicar lo que le sucedía, pero apenas podía controlar su respiración, una conversación
estaba fuera de toda consideración. Su visión se había estrechado a un punto de luz, y su cabeza
era como que se la estaban partiendo en trozos, pero había algo en la voz de ella que parecía
calmar a la bestia salvaje en él, y él se aferraba a eso como si fuera su único salvavidas. Estaba
abochornado porque ella le viera en este estado, pero no quería que ella se marchara todavía.
Un paño fresco le cubría la frente. “Descansa ahora, milord. Te sentirás mejor pronto.”
Ella empezó a marcharse con el lacayo.
Él la agarró de la muñeca. “Canta,” le rogó en un susurro.
“¿Me quedo con usted, milady?”, preguntó el lacayo.
Harriet sacudió la cabeza. “No. Solo estaré un momento más.”
El lacayo asintió con la cabeza y salió del dormitorio, cerrando la puerta tras su paso.
Ella le frotaba la mano de Hartley mientras cantaba otra dulce nana con la voz suave.
Cuando él dejó de agarrarla de la muñeca, ella le besó la mejilla y se apartó de la cama. Se
acercó al ventanal y cerró los cortinones, haciendo que la habitación se quedara en una oscuridad
calmante antes de salir de la habitación sin decir palabra. Ella no le había presionado a que
hablara, y su paciencia le había sorprendido. La mayoría de las personas estarían hablando sin
cesar mientras intentaban ayudarle. Eso nunca le había ayudado, pero la dulce voz de ella le
había ayudado inmensamente.
¿Por qué había pasado esto hoy precisamente? Solo quería disfrutar de un día de paz.
Jon se sentía fatal por no estar allí para ayudar a Seaford y su nueva esposa, pero todo el
asunto le había tensado su tolerancia al caos hasta el rompimiento. No tenía ni idea de qué había
activado este ataque. No había habido ruidos fuertes, ningún plato caído, nada que pudiera
haberle sorprendido, de manera que solo podía suponer que era por estar rodeado de tanta gente
cuando él no estaba acostumbrado a ello. Se había sentido ahogado. Las paredes se le habían
cerrado y tuvo que escapar en busca de aire fresco.
Normalmente, cuando el pánico empezaba a subir por su garganta y amenazaba con
incapacitarle, le llevaba un día o más para que el pánico retrocediese, pero hoy podía sentir como
se desvanecía mientras ella le cantaba. Estar en un lugar silencioso y oscuro ayudaba a calmar la
bestia salvaje en él. ¿Cómo había sabido Harriet que eso es lo que necesitaba?
Él pensaba que ella tenía una voz de ángel.
¿Era ella verdaderamente su camino a la salvación?
***
Harriet entró de nuevo al salón de baile, esperando haber ayudado a Lord Hartley un poco.
Cantarle había parecido calmarle un poco, y ella se alegraba de poder ayudarle de cualquier
pequeña manera que pudiera. Nadie pareció echarle de menos, y ella se alegró de haberle dicho a
su madre que necesitaba ir al retrete. Estaba segura de que el conde no habría querido que se
supieran que no se encontraba bien hoy precisamente. Ella miró a su alrededor y encontró a
Mercy y Wiltshire hablando con Lord Evans y Helena.
Se acercó al grupo y le dio un golpecito suave con los dedos en el brazo de Wiltshire. Él se
volvió hacia ella.
“No he tenido una oportunidad de contarte la carrera que Meribelle le ganó a Thunder,” dijo
ella, intentando apartarle del grupo.
Él pareció entender su intención oculta y se volvió hacia los otros invitados. “Disculpadme
un momento. He de escuchar lo del caballo de Lady Harriet,” dijo.
Se fueron hacia un rincón en la sala y Harriet le susurró. “El conde ha tenido un ataque. Un
lacayo y yo le ayudamos a subir a su dormitorio, pero no sé qué más necesita. Quería mandar
buscar al Sr. Seaford, pero Lord Hartley se negó a interrumpir el desayuno de boda.”
Wiltshire soltó una carcajada. “Lady Harriet, querida, me haces tanta gracia. Yo sabía que
Meribelle era briosa.”
Ella supo que él la había entendido y solo había reído para que los otros invitados no
sospecharan de algo inusual.
Él se inclinó y la besó en la mejilla. “Ve y habla con tu hermana. Yo iré a verle,” le
susurró al oído.
Harriet regresó al grupo y se sentó en la silla de su cuñado al lado de Mercy mientras Wiltshire
salió del salón. Ella esperó que él podría ayudar a su amigo. Su corazón le dolía al ver a Hartley
sufriendo tanto.
Aunque ella había querido permanecer con el conde, sabía que era inapropiado que ella
permaneciese en su dormitorio. Ella odiaba los requisitos de la buena educación que le
mantenían lejos de él cuando solo había querido estar a su lado y ayudarle como pudiera. Él
parecía haberse quedado un poco mejor mientras ella le cantaba, pero Wiltshire sabría mejor qué
hacer para ayudarle.
“¿Mercy, qué parte de la Región de los Lagos te gustó más?”, preguntó. No le cabía duda de
que Mercy contaría en detalle su viaje de boda, justo lo que ella necesitaba para mantener a
todos distraídos sin preguntarse lo que le había pasado al conde por qué no estaba ya en el salón
de baile.
Seaford estaba totalmente pendiente de su esposa, y Harriet se alegró porque lo último que
Hartley habría querido era arrastrar a su ayudante de cámara fuera de la celebración.
Capítulo 14
Wiltshire miró a su alrededor antes de salir de la sala de baile para asegurarse de que nadie
se estaba fijando en él. Harriet le había hecho un gran favor a Jon ayudándole a llegar a su
dormitorio sin alertar a nadie más. Su amigo no querría que nadie supiera que estaba sufriendo,
especialmente dado que lo último que querría sería estropearle el día de su boda a su ayudante de
cámara.
Subió las escaleras aprisa sin hacer ruido y entró en el dormitorio de Jon. La habitación
estaba a oscuras, y Jon estaba en la cama, jadeando. Se acercó a la cama y tomó la mano de su
amigo.
Sorprendido por el contacto, Jon dio un respingo retirando la mano, pero Wiltshire se la
agarró con fuerza. “Jon, soy Wolf. Estás a salvo, Teniente. Estás a salvo.”
Jon finalmente abrió los ojos. “Wolf, sigue pasando. No puedo controlarlo.”
Wolf asintió. “Lo sé, Jon. Lo sé. Cuéntame lo que sientes si puedes. He visto que compartir
los pensamientos ha ayudado a otros soldados que sufren de este mal.”
Esperó con paciencia, sabiendo que su amigo necesitaba reunir todo su valor para hablar del
día en que fue herido. Había sido una batalla brutal, infernal, y habían perdido muchos hombres
a los franceses. Dependía de Jon enfrentarse a esos demonios. Solo él podría apartarlos. No había
gran cosa que Wolf pudiera hacer, especialmente ya que Jon nunca estaría de acuerdo en hablar
con un médico sobre su mal. De manera que se sentó en el borde de la cama, sin soltar la mano
de Jon, y esperó.
Le llevó un ratito a Jon hablar con una voz baja y titubeante. “Es como una bestia
intentando devorarme desde dentro. Las visiones de la batalla aparecen en mi mente sin alivio, y
el pánico me sube por la garganta.”
Wolf dejó que sus propios recuerdos de aquel día aparecieran en su mente. Odiaba revivir
esos recuerdos, pero lo haría si eso pudiera ayudar a su amigo. “Teniente, fue una batalla muy
brutal, pero tú estuviste magnífico ese día, desafiando a tantos franceses.”
“No lo suficientemente magnífico.”
“Creeme, ningún soldado fue suficiente. Perdimos muchos hombres, cierto, pero hizo falta
un ejército completo para luchar contra los franceses. Tu contribución y liderazgo ayudaron a
cambiar las tornas aquel día en concreto. Entre tí, Richard y George, finalmente ganamos la
batalla.” Wolf esperó. ¿Qué más podía decirle a su amigo? Odiaba verle sufrir, y necesitaba que
Jon siguiera hablando de sus experiencias.
Los ojos de Jon se agrandaron mientras le miraba. “¿Vencimos?”
Wolf asintió con la cabeza. “¿No lo sabías?”
Jon sacudió la cabeza. “Caí antes de que se decidiera y nunca escuché nada. Temí que la
batalla se hubiera perdido.”
“No, la batalla no se perdió ese día, aunque hizo falta que pasaran otros cuatro años para
derrotar a Napoleón. Era un bastardo muy astuto.”
“Gracias a dios que estaba Wellington,” dijo Jon.
“Waterloo fue otra batalla brutal. Estoy agradecido por sobrevivir a la guerra sin ninguna
lesión de gravedad, pero las pesadillas tardaron mucho tiempo en disiparse. No estás solo,
Teniente. Entiendo un poco lo que sientes, pero debes enfrentarte a esos demonios de frente. No
dejes que te controlen. Estoy aquí para ayudarte si lo necesitas. Lo que haga falta, estoy aquí para
escucharte.”
“¿Se acabará esto algún día?”
“Ciertamente, no lo sé, pero si intentas enfrentarte a la brutalidad de ese día, quizás se alivie
el pánico.”
Wolf se fijó en que Jon jadeaba menos. Hablar de la batalla y reducir su peso en su amigo
era quizás la mejor manera en ayudarle. Soldado a soldado, ya que solo los soldados podían
entender los horrores de los que habían sido testigos en la guerra.
Jon agarró su mano con fuerza mientras las palabras salían a borbotones. “Mayor, vi… vi
hombres corriendo del ataque.”
“Algunos si, pero fuimos capaces de reunir a los que quedaban y empujar a los franceses
hasta una derrota aplastante.”
Wolf retiró el paño de la frente de Jon y lo refrescó en el lavamanos al lado de la cama.
Colocó la tela fresca de vuelta en su frente. Quizás saber que sus esfuerzos no fueron en vano
ayudaría a Jon a aceptar lo que le había pasado. ¿Era eso parte de su aflicción? ¿Sentía que les
había fallado a sus hombres? Nada podía ser menos cierto. Jon había sido un soldado
excepcional, y todos los hombres bajo su mando le habían respetado y habrían dado la vida por
él. Pensar que todos estos años, Jon había pensado que le había fallado a sus hombres. Wolf
odiaba no haberle ocurrido contarle a Jon antes que habían ganado la batalla.
“Gracias, Capitán,” susurró Jon antes de cerrar los ojos de nuevo.
Wolf le dio palmaditas en la mano. “Duérmete, Teniente. Nos mantendremos firmes.” Más
que nada, esa sencilla frase parecía ayudar a su amigo a calmarse. Wolf le miró unos minutos
más, hasta que su respiración se calmó y se quedó dormido. Luego salió de la habitación,
cerrando la puerta a su paso antes de regresar al salón de baile y el desayuno de bodas.
Richard y George se acercaron a él cuando regresó al salón. “¿Te apetece un poco de aire
fresco?”, preguntó Richard. “Si como otra cosa más, seguro que exploto.”
Wiltshire asintió con la cabeza. “Dejadme que le diga a mi preciosa esposa que sólo tardaré
unos momentos.”
“Yo haré lo mismo,” dijo Richard.
Después de que Wiltshire hablara con Mercy, le hizo un gesto con la cabeza a Harriet. Ella
parecía relajarse un poco, bajando los hombros con alivio. Ella le sonrió y siguió con su
conversación con Mercy y Helena.
“¿Dónde está Jon?”, preguntó Richard cuando los tres hombres salieron al jardín para un
poco de intimidad aparte de los invitados a la boda.”
“Está arriba, descansando,” dijo Wiltshire.
Ninguno de los dos hombres sabía de los ataques de pánico de Jon, y Wiltshire les explicó
lo que le pasaba a su amigo. “Desgraciadamente, no parece haber una manera de controlar
cuando le ocurren los ataques.”
“¿Qué ha pasado hoy como detonante?”, preguntó Richard.
“No estoy seguro, pero puede que haya sido tener tantos invitados en su casa después de
años de aislamiento. Necesita soledad para recuperarse.”
“¿Debemos acudir a él?” ,Preguntó Richard.
Wiltshire sacudió la cabeza. “No. Está durmiendo al fin. Dejemos que descanse.”
“Por supuesto. No tenía idea de que sufriera de estos ataques,” siguió diciendo Richard.
“Sabía de sus pesadillas, pero eso era todo.”.
“Como sabía yo,” dijo George. “Y estaba esperando que hubieran desaparecido con los
años. Estos ataques de pánico seguramente son la razón por la cual nos dijo a Richard y a mí que
le dejáramos en paz cuando le vinimos a visitar la primera vez. No tenía idea de que estuviera
sufriendo tanto. Ojalá hubiera sabido antes, pero todos sabemos lo reservado que es Jon. Nunca
ha sido de los hombres que dejan ver una debilidad, especialmente a sus compañeros de armas.
“No todos los hombres se recuperan de la guerra en el mismo tiempo. Sí que habló un poco
de cómo se sentía el día que le hirieron, pero estaba claramente preso de la ansiedad. La parte
más triste es que no tenía idea de que habíamos ganado esa batalla. Quizá ese pequeño
conocimiento le podrá ayudar a controlar parte de su pánico. He visto que hablar sobre la guerra
ha ayudado a otros soldados. Le aseguré a Jon que estaba a salvo y que nos mantendríamos
firmes. Decirle eso más que nada pareció calmarle,” explicó Wiltshire.
“Quizás parte de su sufrimiento fue la creencia errónea de que él era el responsable por
decepcionar a sus hombres,” dijo Richard.
Wolf asintió con la cabeza. “Quizás, eso sea parte de lo que le pasa.”
“¿Qué podemos hacer?”, preguntó George.
“Ciertamente, no lo sé. Quizás hacerle hablar sobre sus experiencias en la guerra poco a
poco. No creo que le haga daño, y si está dispuesto a hablar, yo sugiero que nos limitemos a
escucharle.”
“Podemos intentarlo sin duda,” dijo Richard asintiendo con la cabeza.
“Jon nunca estará de acuerdo en ver a un médico, de manera que pienso que todo lo que
podemos hacer es llevarle a un sitio seguro si nos damos cuenta de que su pánico aflora.
También, una vez que se haya terminado el caos de la boda, creo que podrá relajarse otra vez, y
quizás hable más acerca de su trauma. Pero de nuevo os digo, todo esto es puramente una
conjetura en base a lo que he visto en otros soldados que sufren de este mal,” dijo Wiltshire.
“Tus palabras seguramente significaron para él más de lo que piensas. Tú fuiste el que le
salvó el día que le hirieron,” dijo Richard.
“Por razones que desconozco, Lady Harriet fue la que le encontró afuera hoy y le ayudó a
subir. ¿Sabéis si Jon ha expresado algún interés por ella?”, preguntó Wiltshire.
Richard sacudió la cabeza.
“Wolf, quizás haya algo en eso. No viste a Lady Harriet en la Sala de Asambleas hace unas
semanas, la primera vez que Jon se presentó en público en Bath,” dijo George.
“¿Qué?”
George les explicó a Wiltshire y Richard las acciones de Harriet esa noche cuando Jon entró
en la Sala de Asambleas y cómo ella se había atrevido a ir al centro de la pista de baile para
bailar con él mientras todas las otras personas les miraban.
“¡Vaya! ¡Te dije que era una pequeña tigresa!”, exclamó Richard.
“Sospecho que Jon es la razón por la cual Lady Harriet se va a montar temprano cada
mañana,” agregó George.
“Esa es una gran posibilidad, pero pensé que había jurado que nunca se casaría,” contestó
Richard.
“Dice el hombre que había dicho eso mismo hace apenas unos meses,” dijo George riendo.
“Bueno, yo nunca dije que jamás me casaría. Quizás Lady Harriet es exactamente lo que
Jon necesita. Ella no teme a nada y no parece que le moleste en lo más mínimo su cicatriz o su
reputación de ser la Bestia de Bath,” dijo Richard.
“Quizás, pero es joven todavía. No estoy seguro de que una relación con un soldado
marcado por la guerra sea lo mejor para ella,” dijo Wiltshire.
“Puede que te sorprenda, Wolf. Ella es más madura que la mayoría de las jóvenes en
Sociedad actualmente,” dijo George. “La he visto ganar seguridad y madurez desde que ha
llegado a Bath. Jon incluso vino a otro baile de Asamblea para bailar con ella, de manera que
puede estar enamorándose de ella igual que ella de él. Quizás sean exactamente lo que cada uno
necesita. No veo que Lady Harriet sea feliz con un joven que no pudiera igualar su fuego o su
vivacidad.”
“George, cuando Mercy y yo nos marchemos, ¿podrás seguir vigilando la situación entre
Lady Harriet y Jon? No quiero que le hagan daño si Jon no puede comprometerse con ella,” dijo
Wiltshire.
George asintió. “Por supuesto. Le he hablado de él, y está empecinada en que él es el único
hombre con el que se casará. No desearía verla dolida y su ánimo destrozado si Jon la rechaza.”
“Bueno, creo que es hora de que regresemos a la celebración antes de que salgan todos en
busca de nosotros,” dijo Wolf colocando una mano en el hombro de sus compañeros soldados.
“Gracias por vuestra ayuda, con esto, amigos míos. Esperemos que Lady Harriet y Jon puedan
encontrar una manera de comprometerse el uno con la otra si eso es lo que verdaderamente
desean.”
Richard y George asintieron con la cabeza antes de que los tres regresaron al salón de baile.
***
Harriet miró detenidamente mientras los tres soldados regresaron a la celebración de la
boda. ¿Le había contado Wiltshire la aflicción del conde? Ella no estaba muy segura de que a
Hartley le gustaría que mucha gente supiera cómo sufría, pero estos eran sus amigos y tenían las
mismas experiencias de guerra. Si había alguien que pudiera entender lo que estaba padeciendo
el conde, serían ellos. Le parecía que él se había quedado un poco menos agitado cuando ella le
cantó. ¿Le había calmado eso? Ella no tenía ni idea, pero esperó que sí. Ella seguía deseando
estar con él y disfrutar de su compañía, y por supuesto, más de esos besos ardientes a pesar de su
aflicción.
La celebración se fue terminando, y si Seaford se había dado cuenta de que Hartley ya no
estaba presente, no le buscó.
Cuando él y su novia se fueron a la casa dote, el resto de los invitados también se fueron.
“Qué celebración más bonita,” dijo Marian en el carruaje de vuelta a la Casa Dalling.
“Sí, desde luego. El Sr. y la Sra. Seaford parecían tan felices juntos,” dijo Eleanor.
Harriet se alegró de que ni su abuela ni su madre sacaran a colación la ausencia del conde
en el desayuno de bodas. Harriet esperaba que ellas pensaran que él sólo se había cansado de
tanta frivolidad y ya está.
Pasaron otros tres días antes de que ella volviera a ver a Hartley. En ningún momento dejó
de pensar en él, especialmente la manera en que él le hacía sentirse.
Se sentía tan viva cuando estaba con él y anhelaba más.
Más tiempo.
Más besos.
Más de él.
Mientras le esperaba en la linde esa tercera mañana, le vio cabalgando hacia ella y su
corazón se agitó. Una vez más, estaba magnífico en la silla mientras cabalgaba hacia ella a lomos
de Zeus. “Buen día, Lord Hartley,” dijo ella.
Él ladeó su sombrero. “Lady Harriet.”
Harriet había decidido tratar al conde como si fuera cualquier otro hombre que ella
conociese, y antes de que tuviera tiempo para colocarse el sombrero en la cabeza de nuevo, ella
dijo, “Te reto a una carrera hasta la línea de los árboles.” Ella espoleó a Meribelle en el costado,
y la yegua salió a toda prisa, dejando al conde atrás.
Ella miró por encima del hombro para verle la cara, al principio conmocionado, y luego le
sobrellevó su espíritu competitivo y salió a galope detrás de ella. Aunque ella le llevaba una
delantera, Meribelle no era capaz de aguantar la zancada del semental y Jon y Zeus la rebasaron
antes de que ella hubiera llegado a la mitad del recorrido.
Ella tiró de las riendas. “So… Meribelle,” dijo, dándole palmadas en el cuello a la yegua.
El conde hizo que su semental fuese más despacio y llegó hasta ella. “¿Creías que tu yegua
podría ganarle a Zeus?”
Harriet rio. “Para nada. Solo tenía ganas de una buena galopada, y a los caballos parece que
les ha gustado.”
Él gruñó.
Harriet no iba a dejar que él volviera a su costumbre de dar un gruñido o dos. Ella quería
una conversación de verdad con él. “Espero que el Sr. y la Sra. Seaford estén bien.”
“Parece ser que sí.”
“La Sra. Seaford me contó que tú les regalaste la casa dote. Eso ha sido muy considerado
por tu parte.”
“No era nada. Mejor que tener la casa vacía y abandonada.”
“De todas formas, ha sido un gesto muy generoso.” Harriet deseaba preguntarle a Jon sobre
el ataque que tuvo en el desayuno de bodas, pero se refrenó, sabiendo que le podía abochornar.
Seguramente no deseaba que le recordaran lo débil que había parecido ante ella. A ella eso no le
importó para nada. Ella quería estar con él pasara lo que pasara.
¿La besaría hoy? Ella esperaba desesperadamente que lo hiciera y quería permanecer en su
compañía más, de manera que dijo la primera cosa que se le ocurrió.
“¿Sabías que conocí a la Sra. Seaford en la tienda de la modista cuando llegamos al
principio a Bath? No tenía idea de que tu ayudante de cámara sintiera algo por ella. ¿Sabías tú de
su apego?”
“Te acompañaré de vuelta a casa de tu abuela,” dijo Jon de manera repentina.
Ella estaba decepcionada porque él estaba concluyendo la conversación de ellos dos tan
rápidamente hoy, pero tenía que quedarse satisfecha con eso por hoy. Incluso cuando ella estuvo
de merienda en su casa con su abuela, él no había hablado mucho, aparte de ordenarles a todos a
que se marcharan en cuanto ellos llegaron. Ella no quería insistir con él más allá de sus límites de
conversación, de manera que asintió con la cabeza y giró su caballo en dirección a la mansión.
“Gracias. Eso sería estupendo.”
Cuando llegaron al punto donde se veía la mansión de la abuela de ella, Hartley ladeó su
sombrero de nuevo. “He disfrutado con nuestro paseo. Buenos días, Lady Harriet.”
Harriet le sonrió con una sonrisa brillante. “Es un día precioso desde luego, milord. De
paso, te diré que asistiré al próximo baile den la Sala de Asambleas.” Ella le dio un pequeño
toque a Meribelle para que avanzara, y aunque deseaba volver la cabeza para mirar al conde para
ver su reacción ante las palabras de ella, mantuvo la vista en el frente y se fue a su casa.
¡Qué hombre más formidable! ¿Deseas mi presencia tanto como yo la tuya? Por favor, dí
que sí. Deseo estar entre tus brazos de nuevo y recibir más besos ardientes.
De vuelta a la mansión, Harriet se tropezó con Lord Spenser mientras subía las escaleras
hasta su dormitorio. “Buen día, Lord Spenser.”
“Lady Harriet, espero que Hartley hay estado civilizado hoy.”
“¿Qué? Yo…
Él se limitó a sonreír. “La veré a la hora de comer, milady,” dijo él guiñando un ojo antes
seguir su camino escaleras abajo.
Harriet se debería haber dado cuenta que Lord Spenser se habría dado cuenta que ella
cabalgaba cada mañana y hacer la conexión de que ella esperaba ver a Hartley. Él era bastante
observador a pesar de su talante tranquilo y había supuesto correctamente las cosas, ella sí
cabalgaba cada mañana para ver al conde. Hartley no estaba siempre allí, pero ella le esperaba de
todas formas.
¿Aprobaba Lord Spenser la relación de ella con su amigo? Parecía ser que él sabía de su
creciente apego por él. Cuando habían hablado de ello antes, él había estado preocupado por la
reputación de ella si el conde la rechazaba. Eso era delicado por su parte, pero él se tenía que dar
cuenta que ella no tenía intención de pasar de sus paseos matutinos. Ver al conde era el momento
álgido de su jornada.
Mientras Harriet se remojaba en la bañera, no podía evitar sonreír. Hartley parecía estar
contento de verla hoy, y ella se preguntaba si él había empezado a sentir cosas por ella. No
cabalgaría para verla si solo quería estar, ¿cierto? Tenía que significar algo el que él siguiera
viéndola, y ¿qué de esos besos? Aunque no la había besado hoy, a ella le pareció ver el deseo en
su mirada hoy.
¿Has visto el deseo en mis ojos también?
La mente de ella era un revuelo de actividad, diseccionando cada interacción que había
tenido con el conde desde que ella había llegado a Bath. ¿Quien iba a decirle que ella conocería a
un hombre tan formidable en un prado? ¿Cómo podría cualquier otro hombre igualar al conde
imposiblemente apuesto? Que mote más ridículo pegarle al hombre más atractivo que ella
hubiera visto. Su cicatriz era algo superficial en la mente de ella y nunca le molestaba,
especialmente cuando él la miraba con sus ojos verdes penetrantes, que parecían estar iluminados
desde dentro. Ella nunca había visto ojos semejantes.
Ella se alegró de que la Srta. Weston venía a merendar más tarde hoy de manera que podría
dejar de obsesionarse con Hartley unas cuantas horas. En realidad, estaba deseosa de hablar con
ella de nuevo. Era una persona con conocimientos de muchos temas, y Harriet disfrutaba
escucharla. Tanto Mercy como Helena se habían sorprendido y entusiasmado al saber que la
Srta. Weston estaba pasando el verano en Bath. Habría una conversación animada durante la
merienda, especialmente si Lord Spenser se unía a ellas. Era justo la distracción que ella
necesitaba para dejar de pensar en Hartley, por lo menos un rato.
Capítulo 15
Más tarde ese día, Harriet estaba en el salón con Wiltshire, Mercy, su madre, abuela y Lord
Spenser. Ella intentó participar en la conversación que le rodeaba, pero su mente se iba
constantemente hacia el conde. ¿Estaría en la linde mañana? Ella no sabía y sabía que especular
era perder el tiempo, pero deseaba desesperadamente sentir los labios de él contra los suyos otra
vez. Sus pensamientos estaban consumidos con recordar cada conversación que habían tenido
hasta ahora, y cómo era un poquito más cada día. Le había debido ser difícil volver a una vida
social después de tanto aislamiento. Ella le estaba gradualmente haciendo participar y a ella le
encantaba que él tuviera deseo de intentar relacionarse con ella.
El mayordomo de Lady Dalling, Wilson, anunció sus invitadas, “Sra. Kennedy, Srta.
Weston.”
Wiltshire y Lord Spenser se pusieron en pie inclinándose hacia ellas. “Bienvenidas, damas,”
dijo el duque.
“Gracias, Su Excelencia,” dijo la Srta. Weston con una reverencia.
“Por favor, pasen,” dijo Marian.
“Su Excelencia, Lady Dalling, Lady Collin, Lady Harriet,” dijo la Srta. Weston con otra
reverencia. “Es un placer verlas a todas de nuevo.”
La Sra. Kennedy logró una leve reverencia hacia el duque y la duquesa. “Sus Excelencias,”
dijo antes de sentarse en el sofá al lado de la abuela de Harriet mientras la Srta. Weston tomó
asiento en la silla más cercana a Lord Spenser.
Una doncella entró con el carrito de la merienda. “¿Algo más, Lady Dalling?”
“No, eso es todo,” dijo Marian.
La criada hizo una reverencia y salió de la habitación, cerrando la puerta tras su paso.
“¿Lady Harriet, querida, servirías el té?”
Harriet asintió y empezó a preparar tazas para todos. Sirvió a Wiltshire y Mercy primero, ya
que ellos eran la pareja de rango más alto en la habitación.
“No puedo decirles lo lindo que es tener una casa llena para merendar,” dijo Eleanor. “Es
tan grato tenerles a todos aquí.”
“Desde luego,” dijo George, mirando a la Srta. Weston.
“¿Srta. Weston, hasta cuando estará en Bath?” preguntó Mercy. “Me gustaría mucho pasar
más rato con usted antes de marcharnos al campo.”
“Hasta septiembre, Su Excelencia. Entonces es cuando mi padre desea que regresemos a
Londres.”
Harriet miró la reacción de Lord Spenser ante esa noticia. Septiembre era dentro de unas
pocas semanas. ¿Le pediría mano antes de entonces? La manera en que se miraban dejaba claro
que sus sentimientos iban más allá de una mera atracción superficial. Ella se alegró de verles tan
felices, pero, eso le hizo darse cuenta de que no tenía idea de cuándo su abuela quería regresar a
la ciudad.
Ella no deseaba regresar a Londres. El aire era sucio, las calles abarrotadas, y la alta
sociedad era ridícula con todas sus reglas y reglamentos. Ella deseaba quedarse aquí en Bath,
especialmente porque este era el lugar donde vivía el conde. Él lo era todo para ella, y si
regresaban a la ciudad, su madre no hablaría de otra cosa aparte de su debut en la primavera.
Harriet le había dicho a su madre que no quería una Temporada, pero Eleanor pensaba que solo
eran nervios de Harriet. Estaba tan equivocada.
Harriet no estaba nerviosa por una Temporada; sencillamente era que no había otro
caballero que ella quisiera conocer. Su corazón ya era de Hartley, y no estaba dispuesta a dejar
de intentar convencerle de que ellos harían buena pareja. Ella necesitaba más tiempo y decidió
hablar con su abuela sobre quedarse más tiempo en Bath después de la temporada de verano se
hubiera acabado y la mayoría de las personas de alta sociedad hubieran regresado a Londres.
“¿Lady Harriet, querida?”
Harriet parpadeó y miró a su abuela. “Lo siento tanto, Lady Dalling. Perdóname, tenía la
cabeza en las nubes. ¿Me has preguntado algo?”
Marian rio. “No yo, sino Su Excelencia quería saber si podía ir contigo en tu paseo matutino
a caballo.”
Harriet miró a su cuñado. “Me encantaría, Su Excelencia, aunque le digo que me gusta
montar bien temprano.”
Wiltshire asintió con la cabeza. “A mí también me gusta el aire fresco de la mañana. ¿Le
parece bien mañana?”
“Me encantaría.”
“¿Lord Spenser, vendría con nosotros?” preguntó Harriet.
“Lady Harriet, con todo lo que me gusto nuestro paseo el otro día, sí que prefiero dormir un
poco más que el amanecer.”
“Claro, pero si cambia de parecer, no tenga reparos en venir a los establos.”
Lord Spenser asintió. “¿Quizás podamos planear una salida a su tetería favorita más tarde
en el día?” Se volvió hacia Lydia. “¿Srta. Weston, estaría libre mañana por la tarde?”
“Me encantaría, milord.”
“¿Srta. Kennedy?”
La mujer mayor movió la cabeza. “No, esta vez, Lord Spenser, pero gracias por la
invitación.”
“Qué idea más maravillosa, Lord Spenser,” dijo Mercy. Se volvió hacia Eleanor. “¿Mamá,
te unes a nosotros?”
Eleanor sacudió la cabeza. “No, querida. Esta salida debe ser para las personas más
jóvenes.”
“¡Esto es tan emocionante!”, exclamó Harriet. “Me encantan sus pastelillos. Gracias, Lord
Spenser, por una idea maravillosa.”
Él sonrió. “Es un placer para mí.”
El resto de la tarde discurrió entre risas y conversaciones maravillosas. Después de que la
Srta. Weston y la Sra. Kennedy se fueron, Harriet subió arriba para cambiarse para la cena. Tener
a su hermana y cuñado aquí era tan bonito y le hizo darse cuenta de lo mucho que había echado
de menos a su hermana y sus sabios consejos. Después de la cena, la buscó. “¿Mercy, te apetece
dar un paseo afuera para mirar las estrellas?”
“Claro.” Mercy asintió con la cabeza. “Discúlpame, querido,” dijo ella, besando la mejilla
de Wiltshire antes de seguir a Harriet afuera. “Querida. ¿Qué te sucede?”, preguntó.
“Nada. Solo quiero tus consejos.”
“¿Oh? ¿En qué puedo ayudarte?”
“Cómo supiste que Wiltshire era el hombre para ti?”
Mercy miró hacia arriba a las estrellas y sonrió. “Era como que la tierra se había desplazado
bajo mis pies y los cielos cantar con alegría cuando le conocí por primera vez. Fue el momento
más mágico de mi vida, y nunca lo olvidaré. ¿Hay una razón por la cual me preguntas eso?”
Harriet asintió con la cabeza. Ahora que tenía la atención de Mercy, titubeó en confiar en
ella. ¿Y si su hermana no aprobara su asociación con el conde?
“¿Tiene esto algo que ver con Lord Hartley? Me fijé en la manera en que le mirabas durante
el desayuno de bodas del Sr. Seaford.”
“Me conoces demasiado bien. Me estoy encariñando mucho de Jon… esto… Lord Hartley.”
“Hmm… ¿Jon? ¿Te estás enamorando de él?”
“Mi corazón da un vuelco cada vez que le veo, y deseo pasar más tiempo con él. Si eso es
amor, entonces sí.”
“Entiendo. ¿Te corresponde?”
“No lo sé. Entiendo que hay desafíos, pero quiero estar con él a pesar de esas dificultades.
Siento como que podría ayudarle a hacerle frente a los obstáculos que surgieran ante nosotros.”
“Harriet, ¿y tu Temporada? ¿Cómo sabes que no vas a conocer a otra persona que haga que
tu corazón dé un vuelco?”
“No hay nadie que se pueda comparar con él. Es como un ángel vengador enviado del cielo,
y me cautivó desde el momento en que le vi.”
Mercy tomó las manos de Harriet entre las suyas. “Mi querida hermana, si es así como te
sientes verdaderamente, debes dejar que las cosas sigan su curso. No puedes obligar a alguien a
que te quiera.”
“Lo sé, pero siento como que ya estoy arruinada para ningún otro hombre. Si no me caso
con Lord Hartley, no me caso con nadie.”
Mercy la abrazó. “Todo lo que te puedo decir es que sigas tu corazón. Yo no querría verte
sufrir, pero sí que entiendo lo que sientes. ¿Has hablado con Mamá?”
Harriet sacudió la cabeza. “No. Siento como que ella no lo entendería. Todo lo que habla
últimamente es de volver a Londres y preparar mi debut, pero yo no quiero volver a Londres.”
“Me temo que esto es algo que tendrás que hablar con ella.”
“Lo sé y lo haré. ¿Me apoyarás en esto?”
“Por supuesto, querida. Haré todo lo que pueda por ayudar a convencer a Mamá, pero no
debes sentirte demasiado decepcionada si no podemos convencerla. Ella solo tiene en mente tus
mejores intereses.
“Lo sé, pero eso no cambia lo que siento por Hartley. De todas formas, lo último que deseo
es decepcionarla a ella o a la Abuela. Gracias, Mercy, por hablar conmigo. He echado de menos
nuestras conversaciones.
“Igual que yo, querida.”
Harriet se sintió mejor después de hablar con su hermana sobre sus sentimientos, y cuando
al fin descansó la cabeza en la almohada más tarde esa noche, se quedó dormida soñando con el
conde.
A la mañana siguiente, Harriet se fue a los establos para encontrarse con Wiltshire que la
esperaba.
“Buenos días, Harriet.”
Ella se acercó a él y le besó en la mejilla. “Buenos días. Gracias por venir a montar conmigo
hoy.”
“Es un hermoso día para montar. ¿Tienes un destino en mente?”
“Hay un precioso arroyo no lejos del bosque donde podemos llevar a los caballos a beber…
después de una buena galopada, claro.”
Wiltshire asintió con la cabeza. “Claro,” dijo él, alzándola encima de Meribelle antes de
subir a su silla y guiar a los caballos fuera del establo.
“¿Estás disfrutando de estar aquí en Bath?” preguntó Harriet.
“Sí. Siempre me alegra ver a todos, y sé que a mi querida esposa le encanta verte a tí, a tu
abuela y tu madre. Ver a la Srta. Weston es un placer adicional. Sé que echa de menos la
compañía de su amiga.
“Me alegro tanto de que pudierais venir a visitarnos antes de ir a tu casa de campo. Os he
echado de menos a los dos. Parece raro no tener a mi hermana por aquí para poder hablar con
ella todos los días.”
“Me imagino. Debe ser duro ser separadas.”
“Lo es, pero nunca la he visto tan feliz, y disfruto mucho con sus cartas.”
A medida que se aproximaban a la linde, Harriet estaba decepcionada de no ver a Hartley
esperándola. No quería que Wiltshire viera su malestar, así que gritó. “¡Te echo una carrera hasta
los árboles!”
Incluso con un poco de delantera, no había manera en que Meribelle pudiera vencer al
semental de Wiltshire hasta los árboles. Harriet tiró de las riendas. “Tranquila, chica.”
“Ha sido una buena demostración de la valía de Meribelle, pero no iba a poder vencer a
Ares,” dijo Wiltshire mientras guiaban a los caballos hasta el arroyo. Se bajó antes de bajar a
Harriet. “¿Nos sentamos aquí un momento mientras beben los caballos?”
Ella asintió con la cabeza y se sentó encima de una gran roca plana. La misma roca en la
que ella y Hartley se besaron después de que él la salvara de Meribelle cuando se desbocó.
“Sé que estás decepcionada porque no está aquí,” dijo Wiltshire.
No tenía sentido negar que sabía de quién hablaba su cuñado. “No siempre viene a verme.”
“¿Te altera eso?”
Harriet sacudió la cabeza. “Me alegro cuando está aquí esperándome, pero sé que no
siempre puede venir aquí. Acepto sus limitaciones.”
Wiltshire tomó su mano. “Mi querida Harriet, ¿qué esperas de Hartley?”
“Oh, Wiltshire, debes saber cuánto admiro a tu amigo.”
“Lo sé, pero Hartley es un tipo complicado y puede que no sea capaz de ser quien tú quieres
que sea.”
“No deseo cambiarle. Sólo quiero compartir mi vida con él.”
“¿Estás enamorada de Hartley?”
“Lo estoy, y estoy dispuesta a esperar todo lo que haga falta hasta que se dé cuenta que que
soy la mujer perfecta para él.”
“¿Y, por qué crees eso? Hartley no es el mismo hombre que marchó a la guerra. Ha sido
física y emocionalmente marcado y puede que no pueda darte lo que necesitas. Como viste en el
desayuno, no tiene control sobre su pánico.
“Lo sé, pero también sé que cuando le ayudé a ir a su dormitorio y le canté, parecía
calmarle. Sé que puedo ayudarle en estos ataques.”
“Las cosas no son siempre tan sencillas, y debes armarte de valor ante la posibilidad de que
Hartley no pueda corresponder a tus sentimientos.”
“Le esperaré, no importa cuánto tiempo hace falta.”
“Puede tardar una vida. ¿Estás dispuesta a pasar la vida sola, esperando algo que puede que
nunca suceda?”
“Le esperaré. Si no me caso con Hartley, no me caso con nadie.”
“Harriet, querida, eres joven y estás en el primer florecimiento del amor. No te arrincones
antes de hacer tu debut, especialmente ya que no sabes a quién vas a conocer durante tu
Temporada.”
“No quiero una Temporada. Le he dicho eso a Mamá, pero se niega a escucharme. ¿Puedes
hablar con ella? Ella te haría caso a tí.”
“Hablaré con ella, pero al final es la decisión de tu madre. Puede que no esté muy dispuesta
a que tú esperes algo que puede que no ocurra.”
“Si regreso a Londres para la Temporada, ¿dejarías que mi primo me obligue a casarme si
hay ofertas de hombres que no amo?”
“Nunca dejaría que nadie te obligue, ni siquiera tu primo, Harriet. Puedes depender de ello.”
“Gracias, Wiltshire. Eso es todo lo que pido.”
“La vida está llena de maravillas, querida. No quiero que te niegues antes de que tengas la
oportunidad siquiera de vivirlas. Tu futuro puede que no esté aquí en Bath.”
Harriet asintió. “Intentaré tener la mente abierta, aunque sé lo que siento por Lord Hartley.
No voy a cambiar de parecer en eso.”
Reunieron sus caballos, y Wiltshire alzó a Harriet sentándola en la silla. Regresaron por el
bosque con los caballos al paso y cruzaron el prado, y cuando llegaron a la linde, Hartley estaba
esperando.
“Buenos días, Lady Harriet. Pensé que no vendría esta mañana,” dijo él, ladeando su
sombrero hacia ella. “Wiltshire.”
“Hartley.”
“Estupendo verle, Lord Hartley,” dijo Harriet.
“¿Caminaría conmigo un momento, milady?”
Harriet miró a Wiltshire, y él dio permiso con un movimiento de cabeza.
Hartley se bajó de su caballo y ayudó a Harriet a bajarse de Meribelle. Aunque ella quería
que él la arrimara a su cuerpo, él fue amable y se limitó a ofrecerle un brazo. Ella deslizó la
mano por su brazo y los dos caminaron adentrándose un poco en el prado mientras el cuñado de
ella miraba.
“Estás hermosa. Me alegro de verte hoy,” dijo Hartley.
“¿De verdad?” preguntó Harriet.
“Sabes que sí. No quiero más que tomarte entre mis brazos y besarte hasta que los dos nos
quedemos sin sentido, pero no creo que Wiltshire lo aprobaría.”
Harriet soltó una risita. “No, no lo aprobaría, pero sí que deseo más besos. ¿Cuándo te veré
de nuevo?”
“No lo sé.”
“¿Vendrás al próximo baile de la Sala de Asambleas?”
“Lo intentaré, pero no puedo prometer nada. Eso es lo mejor que puedo ofrecer de
momento.”
“Entiendo. Me encantaría que pudieras venir a estar con nosotros y te guardaré un vals.”
“Eso me gustaría, ¿y quizás disfrutarías de un poco de aire fresco después del baile?”,
preguntó él guiñando un ojo.
Harriet rio, “Me gustaría mucho eso, especialmente si hay besos de por medio.”
“Oh, habrá definitivamente besos de por medio.”
“Entonces, espero que asistas.”
“Aunque deseo pasar más tiempo contigo, milady, necesito hablar con Wiltshire. ¿Nos
disculparías?”
“Por supuesto. Entiendo.”
Hartley la guio de vuelta al duque y los caballos. “Ha sido un placer verla hoy, Lady
Harriet,” dijo él, alzándola para subirla al caballo.
“Gracias, Lord Hartley.”
“¿Wiltshire, puedo hablar contigo?” preguntó Hartley.
“Claro. Lady Harriet, te veo luego en la casa,” dijo Wiltshire.
Harriet miró a los dos hombres y se preguntó si es que iban a hablar de ella.
***
“Tienes buen aspecto hoy,” le dijo Wiltshire.
Jon asintió con la cabeza. “Hoy es un buen día hasta ahora.”
“Teniente, no debes vivir tu vida intentando anticipar tu siguiente ataque. Puede que te
sorprendas; no siempre aparecen cuando crees que sí.”
“He vivido tanto con la anticipación de un pánico; es difícil relajarse y vivir la vida.”
“Entiendo, Jon, pero eso es exactamente lo que debes hacer. Deja esa ansiedad a un lado y
haz tus cosas. Puede que te sorprenda ver lo bien que haces.”
“Lo intentaré.”
“¿Se han apaciguado las pesadillas?”
“Unas noches son mejores que otras.”
“Creo que eso es típico de muchos ex soldados también. He de disculparme de nuevo por la
omisión en que no te dijeron que ganamos la batalla donde te hirieron.”
“No es culpa tuya Supongo que no se me ocurrió preguntar qué pasó después de que caí.
Esa simple verdad sí que ha parecido aminorar un poco de la culpa que he sentido desde que
llegué a casa. Pensé que había decepcionado a los soldados bajo mi mando y la culpa era
sobrecogedora.”
“Bien. Me alegro al oír que tu culpa ha bajado. Fuiste un mérito para el ejército, Jon, y no lo
olvides.”
“Gracias por decir eso.”
“Y, ahora sobre lo que realmente deberíamos estar hablando. ¿Qué sucede con Lady
Harriet? ¿Cuáles son tus intenciones para con mi cuñada?”
Jon sonrió. “Es distinta a ninguna otra mujer que haya conocido. Apacigua mi alma.”
“¿La amas?”
“No lo sé. Nunca he estado enamorado antes, pero hay algo en ella que parece que no me
sacia.”
“Jon, no deseo verte a tí o a Harriet hacerse daño, pero debes darte cuenta que cuanto más
tiempo pasas con ella, más se compromete ella contigo.”
“¿Te ha dicho eso ella?”
Wiltshire asintió con la cabeza. “Harriet sabe lo que quiere, y por alguna razón que no
entiendo, ha elegido fijarse en tí.”
Jon se giró y miró a su amigo. “Deseo cortejarla abiertamente, no solo verla aquí en el
prado para un paseo matutino.”
“¿Con qué finalidad? ¿Te casarías con ella? Si la cortejas y luego la rechazas, arruinarás sus
posibilidades para una buena pareja en la primavera que viene. La gente habla, y sabrá si pasas
de ella. Ese escándalo la seguiría de vuelta a Londres.”
“Cuando yo llegué a Bath, estaba enojado con el mundo por lo que me pasó. Si no hubiera
sido porque Seaford me metió una espada en la mano, desafiándome a luchar, creo que no estaría
vivo hoy. Me salvó la cordura, y creo que Lady Harriet me salvará el alma. Es muy querida para
mí, y no la haría daño para nada.”
“Hay muchas personas dispuestas a ayudarte, Jon. No las apartas, especialmente a Harriet.
Si le haces daño, tendrás que vertelas conmigo. ¿Entendido?”
“Entiendo, y gracias, Wolf. Quédate tranquilo, haré lo posible por cortejar a Lady Harriet
con el estilo que ella merece. Por primera vez en dos años, estoy pensando en el futuro. Un
futuro con Lady Harriet como mi esposa.”
“Asegúrate de hacer lo correcto. Buen día, Teniente,” dijo Wiltshire subiéndose a la silla.
“¿Te veremos en el próximo baile?”
“Haré todo lo posible por estar allí.”
“Así es como la cortejas bien, Jon, asistiendo a actividades sociales con ella. Merendando,
yendo de paseo, y asistiendo a bailes, porque Harriet adora bailar. Debes dejar a un lado tu
desdén por la Alta Sociedad. Enfócate en Harriet. ¿Podrás hacer eso?”
Jon asintió. “Entiendo, e intentaré ser el pretendiente más atento y correcto para la dama.
Gracias, Wolf.”
“No me des las gracias todavía. Sigo con lo que dije. No le hagas daño a la joven.”
Jon asintió de nuevo, aceptando la seriedad de su deseo de cortejar a Lady Harriet. Sería una
tarea monumental reintegrarse en la Sociedad, pero lo haría por ella.
Haría lo que fuera por ella.
¿Era esto amor?
No tenía ni idea, pero una cosa que sabía era que le gustaba cómo le hacía sentirse la joven.
Chapter 16
Harriet esperó a ver si Wiltshire hablaría con ella después de su conversación con Lord
Hartley. Ella quería preguntarle de qué habían hablado, pero incluso ella sabía que eso era
demasiado atrevido y realmente nada de su incumbencia. Quizá con tiempo, se enteraría de qué
habían hablado. Mientras tanto, estaba animada para ir a Bath después de comer. Quería pasar el
máximo de tiempo posible con su hermana antes de que Mercy y Wiltshire se fuesen a su casa de
campo.
Estaba sentada con su hermana cuando Lord Spenser entró en el salón. “¿Dónde está
Wiltshire? ¿No nos acompaña a la ciudad?”
Mercy sacudió la cabeza. “No, tenía asuntos de qué ocuparse. Nos verá a la cena.”
“Ya veo. Bueno, entonces, Su Excelencia, Lady Harriet, ¿están listas para partir?”, preguntó
George.
“Le seguimos, Lord Spenseer,” dijo Harriet.
George extendió los brazos, ella y Mercy le tomaron cada brazo y salieron al carruaje que
les aguardaba. Él las ayudó a subir antes de saltar arriba con ellas, tomando el asiento contrario a
la marcha.
“¿Ha estado en Bath antes, Su Excelencia?”, preguntó él.
“No, aunque tengo entendido que es una ciudad bonita,” dijo Mercy. “Bueno, no tan
pequeña ya. Por lo que tengo entendido de mi abuela, la alta sociedad ha decidido que pasar el
verano en Bath es la moda estos tiempos.”
“Eso es cierto. He estado aquí numerosas veces, y cada vez que vuelvo, parece que hay cada
vez más personas de la alta sociedad londinense que han decidido que el verano se pasa mejor
aquí. Realmente no me extraña, el aire del océano es bastante refrescante,” dijo George.
El carruaje se detuvo ante una de las casitas bonitas en las afueras de la ciudad.
“Disculpadme un momento mientras voy en busca de la Srta. Weston,” dijo, bajándose del
carruaje.
“¿Detecto algo más que un interés pasajero en la Srta. Weston por parte de Lord Spenser?”
preguntó Mercy.
“Sí, y sospecho que le pedirá mano antes de que ella deba regresar a Londres en unas
semanas. ¿Has visto la manera en que se miran?”
“Sí, me he fijado. Estoy realmente feliz por ellos. Serán una pareja muy buena.”
La puerta del carruaje se abrió, y George ayudó a subir a la Srta. Weston antes de subir y
sentarse a su lado.
“Buenas tardes, Su Excelencia, Lady Harriet,” dijo la Srta. Weston.
La Srta. Weston sonrió. “Me alegra de que haya podido unirse a nosotros para una salida al
salón de té, Su Excelencia. Es un lugar muy bonito.”
“Me encantan sus dulces,” agregó Harriet.
Bath era un hervor de actividades. Su carruaje se detuvo ante el pequeño salón de té, y
George ayudó a bajarse las mujeres. “Espero que podamos encontrar una mesea. Nunca he visto
tanta gente por la calle.”
Por suerte, fueron capaces de conseguir la última mesa libre. A Harriet no se le escapó ver
que la Srta. Darvey y sus amigas también estaban en la tetería. Ella las saludó con la cabeza, pero
la Srta. Darvey parecía sólo tener ojos para Lord Spenser. Cuando el trío se levantó de la mesa
unos momentos más tarde, ella no tenía duda de que se detendrían ante su mesa.
“Lord Spenser, qué placer verle hoy,” dijo la Srta. Darvey.
George no había visto a las jóvenes antes de que ellas se acercaran a la mesa de ellos, y se
puso en pie. “Su Excelencia, ¿puedo presentarles a la Srta. Darvey, Srta. Adams, y la Srta.
Burton? Damas, la Duquesa de Wiltshire, la Srta. Weston, y ya conocen a Lady Harriet.”
Las jóvenes le hicieron una reverencia a Mercy. “Un placer conocerla, Su Excelencia,” dijo
la Srta. Darvey. “Srta. Weston, Lady Harriet.”
Harriet se alegró de que solo tenían una mesa pequeña y no había sitio para que se unieran a
ellos las jóvenes.
“Es una tarde tan agradable, ¿no les parece? No dejen que les retengamos. Disfruten de su
día, señoritas,” dijo Mercy.
“Buen día, Su Excelencia.”
Ser despedidas por una duquesa no le pareció sentar muy bien a la Srta. Darvey si el mohín
que tenía en la cara mientras salía de la tetería era indicación de algo.
Harriet no se sorprendió en lo mínimo. Cuantas más interacciones tenía con el trio, más se
daba cuenta de que no tenía interés en pasar tiempo con ellas. Y ese sentimiento era mutuo. La
única persona a la que le interesaba la Srta. Darvey era Lord Spenser, y la única joven que le
interesaba a Lord Spenser era la Srta. Weston. Ella le contaría a su hermana las sospechas que
tenía sobre la Srta. Darvey cuando regresaran a la Casa Dalling, pero pensó que Mercy las había
despedido a las jóvenes con tal elegancia que no tuvieron más elección que la de irse.
El resto de la visita a la tetería era encantador, con Mercy contándoles más anécdotas de su
viaje de bodas y las personas maravillosas que habían conocido.
“Eso suena encantador, Su Excelencia,” dijo la Srta. Weston. “Espero visitar ese lugar algún
día.”
“Fue verdaderamente un disfrute. Estoy deseando ver nuestra casa de campo también.
Nunca he estado en Basingstoke antes. ¿Ha viajado hasta allí, Lord Spenser?”
“No, Su Excelencia.”
“Tiene que venir a visitarnos algún día entonces.”
“Gracias Su Excelencia, intentaré hacerlo.”
Cuando llegó la hora de marcharse, Lord Spenser ayudó a las mujeres a subir al carruaje.
El cochero sacudió la riendas y guió a los caballos por la calle hasta la casita que la Srta.
Weston compartía con su tía. No tardaron mucho en llegar a su destino.”
Mercy se inclinó y apretó las manos de Lydia. “Srta. Weston, espero que podamos disfrutar
de un poco más de tiempo juntas antes de que mi marido y yo nos marchemos.”
“Eso me gustaría mucho, Su Excelencia. Adiós, Lady Harriet.”
George abrió la puerta y bajó de un salto antes de ayudar a la Srta. Weston. Harriet miró a la
joven pareja mientras él la acompañaba a la puerta delantera. Vio a la Srta. Weston asentir con la
cabeza y se preguntó si Lord Spenser le había pedido un baile en el próximo encuentro en la Sala
de Asambleas.
“Entiendo lo que quieres decir, Harriet. Esos dos están decididamente encandilados el uno
con la otra,” dijo Mercy.
“Me pareció que lidiaste muy bien con la Srta. Darvey hoy. Estoy segura de que te diste
cuenta de que solo estaba interesada en Lord Spenser y no nos hablaba a ninguna de nosotras.”
Mercy asintió con la cabeza. “Ciertamente. He conocido a mujeres como ella, solo están
interesadas en lo que quieren y no consideran a otros que pueden interponerse en su camino.
Desgraciadamente, así es la Sociedad. Todas las madres quieren lo mejor para sus hijas, y no es
de sorprender que Lord Spenser fura considerado una buena pieza. Será interesante ver lo que
pasa cuando todo el mundo regrese a Londres para la Temporada.”
Harriet sacudió la cabeza. “No quiero volver a Londres. Prefiero el campo con su aire fresco
y sus campos abiertos. Londres es sucia y huele mal. Además, ya conozco al hombre con el que
quiero casarme.”
“Wiltshire me asegura que no dejará que el primo me obligue a casarme con un hombre a
quién no amo.”
“Claro que no. Estoy segura de que las cosas se resolverán como deben. Debes tener fe,
querida.”
No había más tiempo para hablar sobre Lord Hartley, ya que Lord Spenser se unió a ellas en
el carruaje para volver a la Casa Dalling.
***
La noche siguiente, Harriet disfrutó de una cena ligera con su familia antes de que se
marcharan todos a la Sala de Asambleas para el baile. Lord Hartley no había ido a la linde ese
día, y ella se llevó una decepción, pero quizás esta noche sería distinto. Esperó que él asistiría,
especialmente dado que sus amigos seguían todavía en Bath durante unas cuantas semanas más.
Lord y Lady Evans les verían allí, y Lord Spenser había elegido acompañar a la Srta.
Weston y la Sra. Kennedy al baile en el carruaje Dalling mientras ellos tomaban el carruaje
ducal.
El duque había comprado una suscripción a la Sala de Asambleas la semana anterior para
que ellos pudieran asistir al baile también. Wiltshire ayudó a Mercy, la abuela y su madre al
carruaje antes de unirse a ellas. El trayecto hasta Bath no era muy largo. Llegar en el carruaje del
duque estaba causando un poco de revuelo. Harriet esperó a que Wiltshire ayudara a descender a
Mercy, su abuela y su madre antes de ella.
“¿Estás preparada, querida?” Wiltshire le preguntó a Mercy. Esta era su primera salida en
público como Duque y Duquesa de Wiltshire.
“He de reconocer que estoy un poco nerviosa,” dijo Mercy.
Wiltshire le extendió un brazo. “Estoy segura de que les deslumbrarás con tu belleza y
espíritu generoso, querida.”
A Harriet le encantaba ver las interacciones entre ellos dos y esperaba que algún día
disfrutara de esa clase de conexión con Lord Hartley.
Su entrada no pasó desapercibida. No sucedía todos los días que el duque héroe de guerra y
su preciosa duquesa agraciaban el suelo en la Sala de Asambleas, aunque Harriet estaba segura
de que la mayoría de las personas de Alta Sociedad sabían que ellos estaban en la ciudad, ya que
la zona se estaba empezando a abarrotar.
“Vaya, nunca he visto a tanta gente asistir a uno de estos bailes antes,” dijo Harriet. Se
preguntó si Lord Hartley asistiría al final, dada su aversión a las masas. Pero antes de que ella
pudiera ponderar si vendría o no, la habitación se quedó en silencio una vez más, y ella supo al
instante que él había entrado.
Estaba magnífico con sus galas de noche. Miró por la sala y pronto les divisó y se abrió
camino hasta la mesa.
“Buenas noches, Hartley,” dijo Wiltshire.
“Wiltshire.” Se giró hacia las damas y se inclinó. “Buenas noches, Su Excelencia, Lady
Dalling, Lady Collin, Lady Harriet.”
“Buenas noches, Lord Hartley,” dijo Mercy.
“Hartley, procuremos limonadas para las damas antes de que empiecen los bailes,” dijo
Wiltshire.
Hartley asintió con la cabeza y siguió a Wiltshire a la sala de los refrescos. Wiltshire indicó
sus pedidos al camarero y se volvió hacia Jon. “¿Cómo te encuentras esta noche?” le susurró.
Hartley miró por la sala y se fijó en que muchos de los presentes les estaban mirando.
“Parece que tenerte a tí y a tu preciosa esposa asistiendo esta noche ha atraído a todas las
personas de Bath.”
Wiltshire rió. “No tanto, pero estoy de acuerdo, es una cantidad de gente abrumadora.
Incluso Lady Harriet ha comentado cuanta gente hay asistiendo esta noche.”
“No sé hasta cuando podré quedarme,” susurró Hartley.
Wiltshire asintió con la cabeza. “Entiendo. Hacer un esfuerzo es suficiente por ahora.”
El camarero regresó y les entregó las limonadas. “¿Regresamos a las damas y pedimos
nuestro primer baile?”
“Totalmente,” dijo Hartley, regresando a la mesa, y repartiendo las bebidas mientras la
orquesta empezaba a tocar los primeros acordes del vals. “Lady Harriet, ¿me concede el honor de
este baile?”, le preguntó, extendiéndole la mano.
“Me encantaría, milord.”
Wiltshire también acompañó a Mercy a la pista de baile.
“Estoy tan contenta de verte esta noche, Lord Hartley,” dijo Harriet mientras el conde la
tomaba entre los brazos.
“Eres una visión esta noche, milady,” dijo él.
“Gracias,” dijo ella mientras Hartley la llevaba en la pista de baile. Una vez más, ella sentía
como que flotaba en el aire. Mientras miraba a su alrededor, se alegró de ver que la mayoría de la
gente estaba enfocada en su hermana y cuñado. Ella esperó que eso ayudaría a Hartley sentirse
más cómodo entre tanta gente.
“Tener al duque y la duquesa aquí esta noche ciertamente ha reducido la atención fijada en
nosotros,” dijo Harriet.
“Sí. Estoy de acuerdo en que es agradable poder bailar contigo sin que todos los ojos en la
habitación estén diseccionando cada movimiento que hacemos.” Cuando la música terminó,
Hartley le ofreció un brazo. “¿Te apetece un paseo, milady?”
“Me encantaría, milord,” dijo Harriet con una sonrisa brillante.
Él les guió por la sala, y cuando llegaron a la puerta, se salieron a la noche de aire fresco.
“Ah, esto es mejor. El aire está bastante cargado allí dentro.”
Cuando dieron la vuelta al edificio donde ya no les podía ver nadie, Harriet se inclinó hacia
el conde y le besó. Ella necesitaba sus besos como necesitaba el aire para respirar.
El conde no perdió el tiempo antes de profundizar el beso. “Querida, estás más dulce que
nunca.”
“Ojalá pudiéramos quedarnos aquí afuera toda la noche.”
Hartley asintió. “Lo sé, peo no creo que tu madre o el duque estarían de acuerdo con eso.”
“No, seguramente no. ¿Ha estado bien ver a tus amigos estas semanas pasadas?”
Hartley le acarició el rostro. “Eres tan hermosa.”
“Gracias.”
“Y, sí, para contestar tu pregunta, una vez que me dí cuenta que habían venido para
ayudarme, pude relajarme un poco. La guerra no es un tema para jóvenes damas. Solo otros
soldados pueden entender verdaderamente cómo es.”
“Me alegro de que te confortaran, Jon. Hay mucha gente aquí que quiere ayudarte.”
“¿Esa lista te incluye, mi querida Harriet?”
“Sabes que sí. Ahora, bésame otra vez antes de que tengamos que regresar.”
“Absolutamente. Será un placer.”
Harriet estaba más que encantada cuando Hartley la llevó dentro de nuevo y se sentó a la
mesa con todos. Mientras estuvieron fuera besándose, Lord y Lady Evans, Lord Spenser, la Sra.
Kennedy y la Srta. Weston se había unido a la mesa. Era un grupo animado, y ella vigiló
estrechamente al conde por cualquier indicio de un pánico que le pudiera asolar. Se alegró
gratamente cuando él le pidió otro baile. Estaba intentando hacer un gran esfuerzo por integrarse
en la Sociedad de nuevo, y ella admiraba su valor.
Cuando el baile terminó, él la acompañó de vuelta a la mesa. “Buenas noches, Lady Harriet.
He de irme ahora.”
“Gracias por venir esta noche, Lord Hartley,” dijo Harriet.
“Ha sido un placer para mí. Sus Excelencias, damas, buenas noches.” Se inclinó ante las
mujeres y se dio la media vuelta.
Ella vio a Wiltshire salir con él y desesperadamente quiso ir con ellos, pero sabía que el
conde necesitaba a su amigo. Ella esperó ansiosa hasta que regresó el duque.
“Lady Harriet, ¿me concede el honor del siguiente baile?” le preguntó Wiltshire cuando
regresó a la mesa.
Harriet se puso en pie y se alisó el vestido. “Me encantaría, Su Excelencia.”
Cuando iban a la pista de baile, el duque le susurró al oído. “Hartley está bien. No ha habido
pánico.”
Ella asintió. “Gracias por decírmelo, Su Excelencia. Sí que parecía estar un poco más
cómodo esta noche.”
“Sí, hizo muy bien esta noche.”
Se alinearon para un baile campesino, y ahora que ella sabía que Hartley no había sufrido
ningún percance adverso por estar en un lugar tan abarrotado de gente, ella fue capaz de
disfrutar plenamente del resto de la velada. Incluso aceptó bailar con Lord Cawley y el Sr. Pratt
para complacer a su madre.
Capítulo 17
A la mañana siguiente, Harriet esperó en la linde a que apareciera el conde. Cuando al fin le
vió, su corazón tomó alas al verle. Se estaba enamorando más y más con cada día que pasaba y
esperaba únicamente que él sintiera lo mismo que ella porque no quería pensar en su vida sin
Lord Hartley.
“Buenos días, Lord Hartley,” dijo ella cuando él se aproximó.
“Lady Harriet, un placer verte esta mañana.”
“Me alegro mucho de que pudieras disfrutar de dos bailes anoche. Gracias por ese esfuerzo.
¿Fue terriblemente difícil?” le preguntó ella.
“No tanto como yo había pensado.”
“Me alegro tanto de oír eso. ¿Te gustaría una carrera hasta los árboles?”
“Todavía no. Hay algo que deseo hablar contigo.”
“¿Oh?” A Harriet no le gustó lo que pensaba que le iba a decir y se preparó para oír una
mala noticia.
“No voy a seguir viniendo aquí por las mañanas a verte.”
“¿Qué?” Las lágrimas empezaron a llenar los ojos de Harriet. Las palabras de él eran como
un puñetazo en el vientre. “¿He hecho algo que te haya desagradado, milord?”
Hartley estiró un brazo por encima de su silla y la agarró de la mano. “Para nada, querida.
El otro día, le conté a Wiltshire que deseo cortejarte abiertamente.”
“¿De verdad?”
“Sí. Debes saber que te tengo mucho aprecio, mi querida y dulce Harriet.”
“¿Sí?”
Hartley asintió con la cabeza. “Sí, y como tal, me gustaría que todo el mundo viese nuestro
cortejo.”
Harriet hizo un aspaviento y se secó una lágrima de la mejilla. “Pensé que te habías cansado
de mi.”
“Querida mía, desde el primer momento en que te conocí, te has abierto camino en mi alma.
Nunca me cansaré de ti. Sin embargo, he de advertirte que con mi dolencia, puede que haya
cosas que no pueda hacer, no importa cuanto lo desee.”
“¿Qué cosas?”
“Volver a Londres pronto. He estado manteniéndome al día con asuntos del Parlamento y
he dado mi voto por poder a un amigo para que me represente allí, pero no puedo soportar ir allí
personalmente. Me hace recordar demasiados recuerdos dolorosos de cuando llegué a casa
después de la guerra.”
“Entiendo. En realidad, yo no deseo volver a Londres. Quiero quedarme aquí en Bath
contigo. Nunca he querido una temporada. Eso es lo que mi madre quería.”
“Creí que todas las mujeres jóvenes desean una Temporada.”
“Bueno, pues, por si no te habías dado cuenta, yo no soy como todas las mujeres jóvenes.”
“Puedo ver eso. Eres única, y encuentro que eso es infinitamente más atractivo.”
“¿De verdad?”
“Por supuesto.”
“Oh, Jon, debes saber que estoy perdidamente enamorada de ti, tú, mi magnífico ángel
vengador.”
Harriet esperó a que Hartley declarara sus sentimientos por ella, pero no dijo ni una palabra.
Sin embargo, había sido suficiente que le pidiera permiso al duque para que diera sus
bendiciones para poder cortejarla. Eso quería decir algo, al menos, y el hecho de que quería que
fuera algo que notaran otras personas.
“¿Echamos una última carrera, querida?” preguntó Hartley.
Harriet no esperó y espoleó a Meribelle. La yegua respondió con brío y se fue corriendo
hasta la línea de árboles. Claro que ella no era un reto para las poderosas zancadas de Zeus, y
Hartley la alcanzó pronto.
Fueron hasta el arroyo paseando los caballos, y Hartley la bajó de su silla, dejando que el
cuerpo de ella se deslizara contra el suyo, enviándole un estremecimiento de placer en el cuerpo
de ella. Se sentía viva entre sus brazos. Cuando la besó, ella supo que había encontrado su único
amor verdadero. Ahora tenía que ser paciente y dejar que el cortejo siguiera el curso de Hartley.
La paciencia nunca había sido una virtud de ella, pero iba a intentar tener mucha paciencia por el
bien del conde.
“No me canso de ti, querida,” dijo Hartley mientras depositaba una fila de besos por el
cuello de ella. Cuando llegó a su clavícula saboreó su piel con la lengua. ¿Podía sentir los latidos
presurosos de su corazón? Estar con él solo hacía que el deseo de ella creciera. Ser paciente iba a
ser la cosa más difícil que ella hubiera hecho.
“Jon, tus besos saben a gloria,” dijo ella, inclinándose hacia el cuerpo magro y duro de él.
Le rodeó el cuello con los brazos y echó la cabeza hacia atrás para darle acceso a su garganta.
Unos hormigueos deliciosos recorrieron su cuerpo, y ella se estremeció mientras él la besaba.
“¿Tienes frío, querida?”
Harriet sacudió la cabeza. “No. Haces que mi cabeza dé vueltas.”
“No hay nada que me gustara más que pasar el día besándote, pero hemos de parar antes de
que yo pierda todo el control.”
“A mí no me importa.”
“Eres insaciable.”
“Solo para tí, pero hemos de regresar ahora.”
Hartley reunió a los caballos y la ayudó a subir a su silla. Cuando iban regresando de vuelta
a la linde de la propiedad de su abuela, ella no podía dejar de sonreír. Aunque Hartley no le había
dicho que la amaba, si sus besos eran indicativos de algo, él la quería, solo le hacía falta
reconocerlo.
“Buen día para tí, Lady Harriet,” dijo Hartley cuando llegaron a la linde.
“Buen día para tí, Lord Hartley.”
Él ladeó su sombrero, y ella le miró hasta que desapareció.
“Oh, qué hombre más glorioso,” dijo ella suspirando. Esperó que no pasara mucho tiempo
antes de que ella le volviera a ver.
Para cuando regresó a la mansión, se bañó y vestido para el día, Wiltshire, Mercy y su
madre estaban en el comedor. Ella supuso que su abuela estaba desayunando en su habitación,
como era su costumbre.
“Ya has llegado, querida,” dijo Eleanor.
“Buenos días a todos. Esto huele delicioso. Estoy bastante desfallecida esta mañana.” Ella
se fue al aparador y llenó su plato mientras un lacayo le servía una taza de té.
“De manera que he estado pensando acerca de cuando deberíamos regresar a Londres,” dijo
Eleanor cuando Harriet regresó a la mesa.
Harriet sintió pánico mientras miraba a Wiltshire, rogándole en silencio decirle a su madre
que ella no quería regresar a Londres.
“Acerca de eso, Eleanor. Hay algo de lo que debemos hablar.”
“¿De qué se trata, Wiltshire? ¿Has cambiado de parecer acerca de marchar a tu casa de
campo?”
Wiltshire sacudió la cabeza. “No, no se trata de mí ni mi querida duquesa. Se trata de
Harriet.”
“¿Qué sucede con Harriet? No entiendo,” dijo Eleanor mirando a su hija.
“He dado mi consentimiento para que Lord Hartley le haga la corte a Harriet.”
Eleanor miró al duque. “¿Lord Hartley? No puedes estar hablando en serio. Sé que es un
amigo tuyo, pero ese hombre no puede soportar la compañía de nadie más allá de unos
momentos.”
“Mamá, no estás siendo justa. Hay cosas que no entiendes,” dijo Harriet.
“Entiendo que eres mi hija y yo decidiré lo que es mejor para tí.”
Mercy estiró una mano y agarró la mano de su madre. “Mamá, por favor, escúchala. Harriet
no quiere una Temporada; quiere hacer su vida aquí en Bath con Lord Hartley.”
Eleanor miró a su hija menor con incredulidad. “¿Es esto cierto, Harriet? ¿No deseas una
Temporada?”
Harriet asintió con la cabeza. “Es cierto, Mamá. Te lo he intentado decir numerosas veces.
No tengo interés en conocer a otros caballeros. Él único hombre con el que me quiero casar es
Lord Hartley.”
“Ya veo, ¿y si nunca te pide mano? Puedo ver que podría pasar eso. ¿Entonces qué?”
“Entonces no me casaré con nadie más.”
Eleanor miró al duque. “Wiltshire, tú puedes ver que esto no es una buena pareja. Harriet es
demasiado joven para tomar una decisión tan monumental que afectará el resto de su vida.”
“Al contrario, milady. Creo que Harriet y Hartley harán una pareja hermosa. Hay retos
desde luego, pero yo no le habría dado permiso para cortejar a Harriet si no creyese que puede
estar a la altura de las circunstancias.”
“Por favor, Mamá. Escucha al duque. Ha conocido a Hartley más que nadie. Me fío de su
juicio.”
“Bueno, veo que estoy en minoría, y no puedo decir que me alegra esto, pero si Wiltshire
cree que Lord Hartley es capaz de un noviazgo correcto, entonces suspendo mi juicio. De
momento. Esto es todo lo que puedo prometer de momento.”
Harriet se levantó de un brinco y se fue corriendo a su madre, abrazándola con fuerza.
“Gracias Mamá. Ya lo verás. Todo irá bien.”
Al día siguiente, Wiltshire y Mercy se despidieron, y se marcharon a visitar a Lord y Lady
Evans. Mercy abrazó a su madre y a su abuela y dijo, “Estoy deseando visitar a Helena.
Volveremos en unos días.”
“Dales nuestros mejores deseos,” dijo Marian.
“Wiltshire extendió un brazo para su duquesa. “¿Estás lista, querida?”
“Absolutamente.”
“Pasadlo muy bien,” dijo Harriet antes de unirse a su madre y su abuela en el saloncito.
Unos minutos más tarde, Wilson llamó a la puerta. “Ha llegado una nota para usted, Lady
Dalling,” dijo el mayordomo extendiéndole la bandeja de plata.
“Marian tomó la nota. “Gracias, Wilson.”
El mayordomo se inclinó y salió de la habitación.
“Oh cielos, esto es muy inesperado,” dijo Marian.
“¿Abuela, sucede algo?” preguntó Harriet.
“Para nada, querida. Lord Hartley nos ha invitado a merendar.”
“¿De verdad?” preguntó Eleanor. “Eso es muy inesperado.”
Marian le pasó la nota. “¿No es una sorpresa estupenda?”
“¿Qué es estupendo?” preguntó Lord Spenser entrando en el saloncito.
Eleanor le pasó la nota.
“Esto sí que es una sorpresa. Me alegraré de acompañarlas mañana.” Lord Spenser le pasó
la nota a Harriet.
“Estoy tan contenta,” dijo Harriet, sin poder apenas contener su emoción. Lord Hartley
estaba verdaderamente intentando cortejarla correctamente. Ella esperó que este gesto ayudaría a
convencer a su madre que todo iría bien y ellos harían buena pareja.
Era otro buen paso en la dirección correcta. Quizás las cosas saldrían bien como ella
esperaba y ella podría casarse con el hombre al que quería.
Capítulo 18
A la tarde siguiente, Hartley daba zancadas por la salita como un león enjaulado. Era casi la
hora de merendar, y todavía no había señales de la llegada de sus invitados. Hoy sería la primera
vez que hiciera de anfitrión en la mansión Hartley desde el desayuno de bodas de su ayudante de
cámara, sin contar aquella vez en que Richard y George habían acompañado a Lady Dalling y
Harriet a su casa para merendar. Era una tarea abrumadora, pero él haría lo que fuera para
asegurarse de que estaba cortejando correctamente a Harriet.
¿Dónde están? ¿No habrán rechazado mi invitación?
Justo cuando iba a admitir la derrota, escuchó ruedas de carruaje en la entrada. Quería salir
corriendo y saludarlas, pero dejó que Greenfield tuviera el placer de anunciar sus invitados.
Cuando informó a la cocinera y a su mayordomo que iba a tener invitados hoy, sus expresiones
de sorpresa fueron casi cómicos. Él no se extrañó de eso. Durante años no había dejado que
nadie entrara en la mansión.
Ahora todo había cambiado.
Por ella.
Hartley se puso en pie mirando por las puertas acristaladas que daban al jardín, cerrando y
abriendo las manos, intentando apaciguar sus nervios. Era una tontería realmente, estar tan
nervioso por ser anfitrión de una merienda, pero no era tanto la merienda como demostrarle a
Lady Dalling y a Lady Collin que él iba en serio en el cortejo de Lady Harriet con todos los
respetos debidos.
Hubo un golpe en la puerta de la salita
“Adelante.”
Greenfield abrió la puerta y anunció sus invitados. “Lady Dalling, Lady Collin, Lady
Harriet, y Lord Spenser, milord.”
Hartley avanzó y se inclinó antes las damas. “Buen día, damas.”
Lady Collin y Lady Harriet hicieron una reverencia. “Lord Hartley,” dijeron las dos.
“Buen día, Lord Hartley,” dijo Marian.
George acompañó a Lady Dalling y Lady Collin a las sillas mientras Hartley acompañó a
Harriet al sofá antes de tomar asiento a su lado.
“Estoy muy contento de que haya podido aceptar mi invitación, Lady Dalling,” dijo él.
“Ha sido un placer recibirla, milord,” contestó Marian.
Después de unos momentos, hubo otro golpe en la puerta.
“Adelante,” dijo Hartley
Una de las doncellas de nueva contratación entró con el carrito de la merienda. Después de
la celebración de su ayudante de cámara, Hartley se dio cuenta que necesitaba más empleados
para ayudar a mantener la mansión. Le gustaba lo bien que parecía la casa ahora.
“¿Desea algo más, milord?”, preguntó ella.
“No, puede irse.”
La doncella hizo una reverencia y salió de la habitación.
“¿Lady Harriet, nos haría el honor de servir el té?” preguntó Hartley.
“Encantada.” Ella preparó las tazas y las repartió.
Harriet estaba tan contenta de ver a su madre hablando con el conde. No podía pedir un
resultado mejor y esperó que esto fuese una señal de cosas mejores para ella y Hartley.
Todo iba bien hasta que hubo otro golpe en la puerta de la salita.
“¿Espera más invitados?” preguntó Marian.
“No. No tengo ni idea de quién ha podido venir,” dijo Hartley.
Greenfield abrió la puerta y anunció, “La condesa de Hartley.”
Una mujer atractiva de mayor edad entró en el salón y se detuvo al ver la escena que tenía
delante.
Hartley se levantó de su asiento al lado de Lady Harriet. “¿Madre, qué haces aquí?”
“Discúlpame, Hartley, no sabía que tenías invitados,” dijo Katherine Lyle.
Hubo un silencio incómodo hasta que Marian habló. “Lady Hartley, qué placer inesperado
verla. Ha pasado mucho tiempo.”
Kathryn miró a la marquesa. “Lady Dalling, desde luego que ha pasado demasiado tiempo.”
La buena educación de Hartley se hizo patente. “Milady, por favor, únete a nosotros.”
“Gracias, Hartley.”
Acompañó a su madre hasta el grupo. “Lady Dalling, veo que ya conoce a mi madre.
Madre, ¿te puedo presentar a Lady Collin y Lady Harriet? Lady Collin, Lady Harriet, esta es la
Condesa de Hartley.”
Tanto Eleanor y Harriet se pusieron en pie e hicieron una reverencia. “Es un placer
conocerla, Lady Hartley,” dijo Eleanor.
“Buenas tardes, Lady Hartley,” agregó Harriet.
George también se había puesto en pie cuando Kathryn entró en la habitación. “Lady
Hartley, un placer volver a verla,” dijo con una inclinación.
“Lord Spenser, no tenía idea de que estuviera en Bath.”
George asintió. “Estoy pasando el verano en la Casa Dalling. Ha sido un cambio refrescante
de Londres.”
“¿Cómo está su señora madre?”
“Está bien, gracias por preguntar.”
“Lady Hartley, ¿cómo desea su té?” preguntó Harriet.
“Un cubito de azúcar y un poquito de leche.”
Harriet preparó el té y le entregó la taza. Estaba conmocionada al ver a la madre de Hartley
aquí, y por lo visto, el conde también lo estaba, a tenor de la expresión en su cara cuando ella
había entrado en la salita.
Ella era una mujer de más edad atractiva, con cabellos grises en su pelo rubio, y sus ojos
eran verdes aunque no eran tan llamativos como los del conde. También parecía haber un aire
triste en ella, y Harriet se preguntaba a causa de qué podría ser. En todas las semanas que había
conocido a Hartley, él nunca había mencionado a su madre. Harriet se lo debía de haber
preguntado, pero no le había parecido algo importante en ese momento.
“¿Qué le trae a Bath, Lady Hartley?” preguntó Marian.
“He venido a ver a mi hijo.”
“¿Ha estado en la ciudad, milady?”, preguntó Harriet, intentando hacer conversación con la
condesa.
“No he estado.”
“Está bastante diferente este año que en años pasados,” agregó George. “Hay muchas más
personas de alta sociedad aquí este año.”
“¿Ah, sí?”
Después de unos treinta minutos incómodos de conversación forzada, Marian se puso en
pie. “Mi agradecimiento, Lord Hartley, por la invitación a merendar. Estoy segura de que desea
un poco de tiempo con su madre.”
Hartley se puso en pie. “El placer ha sido mío, milady.”
“Buen día, Lord Hartley,” dijo Harriet con una reverencia.
“Buen día, Lady Harriet, Lady Collin,”dijo él inclinándose ante ellas
“Hartley, un placer de verte de nuevo,” dijo George moviendo la cabeza.
“Spenser.”
Harriet quería quedarse y hablar con Hartley y su madre un poco más, pero de manera
obediente siguió a su abuela, madre y Lord Spenser por la puerta.
“Vaya, eso ha sido de lo más inesperado,” dijo Marian una vez que todos estaban sentados
en el carruaje. “No he visto a Lady Hartley en años. Lo último que supe de ella es que
residía en la casa de campo de los Hartley.”
“Estaba claro que Hartley no la esperaba,” dijo George.
“Pude percibir eso por la expresión en su cara,” dijo Marian. “Me pregunto cuánto tiempo
ha pasado desde que ellos se vieron.”
***
Después de que se marcharan sus invitados, Hartley se quedó parado en la salita mirando a
su madre. “Madre, ¿hasta cuando piensas quedarte?”
“Acabo de llegar. ¿Me estás pidiendo que me vaya ya?”
Él sacudió la cabeza. “No.”
“He conocido a Lady Dalling desde hace años, pero esta es la primera vez que he conocido
a Lady Collin y Ladu Harriet. Me gustan las dos. Lady Harriet es una jovencita encantadora.”
“¿Hay algún sentido en esto?”
Su madre frunció las cejas. “Hartley, no hay motivos por ser maleducados. Solo estaba
haciendo conversación.”
“¿Ah, sí? ¿Desde cuando haces conversación? No hemos tenido una conversación desde
hace años, y, sin embargo, apareces aquí sin previo aviso, y, ¿para qué? ¿Solo estás aquí para
conversar? ¿Qué quieres, Madre?”
“¿Por qué me lo pones tan difícil disculparme?”
Esa afirmación pilló a Hartley desprevenido. Nunca había escuchado a su madre disculparse
por nada. ¿Qué estaba tramando? “¿Disculparte?”
“¿Puedes sentarte conmigo un momento? ¿Por favor?”
Él se acercó y se sentó en el sofá al lado de ella. Por primera vez, se fijó en las arrugas
entorno a los ojos y la boca de su madre. Ella había envejecido mucho desde la última vez que la
había visto. Seguía siendo una mujer bella, pero parecía cansada. “¿Estás enferma, Madre?”
Katheryn le miró a los ojos, y su mano se estiró para tocar el lado marcado de la cara de él.
Él se echó hacia atrás. “¡No me toques!”
Ella bajó la mano. “Lo siento. No pensé que mi tacto te fuese tan aborrecible.”
“Me has sorprendido, eso es todo.”
“¿Puedo decir que no te he visto con tan buen aspecto desde hace mucho tiempo?”
Hartley gruñó. No necesitaba tópicos de su madre.
Ella le tomó la mano, y esta vez, él no se retiró. “Mi querido Hartley. Estoy tan avergonzada
por mi comportamiento cuando llegaste de la guerra.”
“Madre, eso fue hace mucho tiempo.”
“No. Déjame decir lo que he venido a decir. He tenido años para pensar en esto, y hay cosas
que necesitan decirse.”
“Muy bien.”
“Cuando te fuiste de Londres, pensé tontamente que la vida seguiría como si no hubiera
pasado nada, pero tu padre no dejaba ir el tema de tu cara destrozada. Lo mencionaba todos los
días, hasta que yo no pude tolerar sus diatribas y dejé de compartir platos con él. Por lo visto, él
no dejó el tema cuando estaba en su club tampoco. Los hombres a veces dicen tonterías, pero
empecé a darme cuenta que la sociedad cambió en su trato conmigo. El constante recordatorio de
la herida de mi hijo en la guerra y ver la pena en sus ojos se hizo demasiado. Ahora entiendo lo
que tú sentías y por qué te tuviste que ir de Londres.
“La compasión es lo peor.”
Kathryn le apretó la mano. “Lo es, y no puedo disculparme lo suficiente por cómo te hice
sentir. Fui tan superficial en mi reacción, y me costó el respeto de mi hijo. Dejé a tu padre y me
vine contigo en nuestra casa de campo, pero fui demasiado egoísta en reconocer lo banal que
había sido y luego tu pared se murió. Cuando tú te viniste a la Casa Hartley, me quedé
verdaderamente sola. Tuve mucho tiempo para pensar en mi conducta, y estoy tan
profundamente arrepentida por cómo actué. Sólo puedo esperar que encuentres en tu corazón una
manera de perdonar a una vieja tonta,” dijo ella, las lágrimas rodando por sus mejillas.
Era todo lo que él había esperado oír durante tanto tiempo, que sus padres viesen que él
seguía siendo el mismo hombre con o sin cicatriz. Su madre era una mujer orgullosa, y tenerla
humillándose ante él hizo volar los últimos vestigios de resentimiento por cómo le habían tratado
sus padres. Él sabía que todo el mundo tiene defectos, incluido él mismo, y más que nada, se dio
cuenta de que quería volver a tener a su madre en su vida.
“Madre, gracias por eso, y sí, te perdono,” dijo él, estrechándola entre sus brazos y
acunándola mientras ella lloraba.
“Gracias, Jon. Eso es un inmenso consuelo para mí. ¿Te puedo hacer una pregunta?”,
preguntó ella, echándose hacia atrás y secándose las lágrimas de las mejillas.
“Por supuesto.”
“¿Estás cortejando a Lady Harriet?”
“Lo estoy. Ella es todo para mí.”
“¿Siente esa joven lo mismo por tí?”
“Estoy muy contento de decir que sí.”
“Me alegro mucho por tí, querido. Parece una joven encantadora, y espero pasar más tiempo
con ella.”
Lo último que Hartley había esperado hoy era reconciliarse con su madre. Todo lo que
había intentado hacer era disfrutar de una merienda con Lady Harriet y su familia, pero el día
había acabado de una manera mucho más transcendental
Por primera vez en mucho tiempo, estaba realmente feliz.
Capítulo 19
Dos días después de la merienda en la mansión de Lord Hartley, Harriet estaba sentada en el
saloncito con su abuela y su madre durante horas de visita. Lord Cawley y el Sr. Pratt habían
venido a verla, para gran consternación suya. Ella nunca les había animado a ninguno de los dos,
pero habían venido igualmente. Ella encontró que eso era muy irritante.
“Lady Harriet, ¿desea dar un paseo por la salita?” preguntó Lord Cawley.
Aunque quería declinar, no quería insultar al caballero. “Por supuesto. Gracias, milord.”
Él tomó su mano, se la colocó en el brazo, y empezó a pasear por la sala.
¿Tendría Lord Cawley al fin algo interesante qué decir? Ella lo deseaba porque hasta ahora
ella se había aburrido hasta casi llorar hablando con él.
“Un tiempo agradable estamos teniendo, no le parece, Lady Harriet?”
Ella quería gemir. Era absurdo que los hombres pensaran que las mujeres solo podían hablar
de los temas más mundanos. Antes de poder impedirlo, ella soltó una carcajada.
En ese momento, Wilson entró en la sala y anunció su siguiente visita: “Lord Hartley.”
La cabeza de Harriet se giró bruscamente hacia el umbral de la puerta, y su corazón latió
aprisa al ver al hombre que le había robado el corazón parado allí, una mueca feroz en su cara.
Hartley entró y se inclinó ante la madre y la abuela de ella. “Buen día, damas.”
“Lord Hartley, qué placer verle,” dijo Marian.
Harriet se soltó del brazo de Lord Cawley y se fue hacia Hartley. “Milord, estoy encantada
de que haya podido venir a vernos,” dijo ella con una reverencia. “Por favor, venga a sentarse
conmigo.”
Hartley titubeó un momento antes de seguirla al sofá.
“Lord Hartley, ¿le puedo presentar a Lord Cawley y al Sr. Pratt? Caballeros, el Conde de
Hartley,” dijo Marian.
Lord Cawley no parecía estar muy contento de ver al conde, pero se inclinó ante él como
era debido ante un conde. “Hartley.”
“Cawley.”
El Sr. Pratt se puso en pie. “Un placer conocerle, milord.”
“Sr. Pratt.”
Las oleadas de tensión emitidas por Hartley hicieron que Harriet se pusiera nerviosa. ¿Por
qué estaba tan tenso? Ella no tenía ni idea, y antes de que ella pudiera empezar a entender, él se
puso en pie.
“Si me disculpan, se me ha olvidado que tengo otra cita. Buen día, señoras,” dijo él con una
leve inclinación antes de darse la media vuelta y salir de la habitación.
¿Qué había pasado?
Harriet se levantó de golpe. “Discúlpenme un momento,” dijo ella siguiendo a Hartley.
Las zancadas de él eran más largas que las de ella, y él ya había salido por la puerta antes de
que ella le hubiera alcanzado. “Lord Hartley, por favor, espera.”
Él se giró hacia ella. “Lady Harriet, vuelve con tus invitados. Claramente, estabas
disfrutando de su compañía.”
“¿Qué?”
“Debí saber mejor.”
Harriet estiró una mano para tomarle del brazo, pero él lo retiró. “Jon, por favor, espera. No
entiendes.”
“Oh, creo que entiendo muy bien, milady. Lord Cawley está claramente enamorado de ti, y
por la mirada en tu cara cuando yo entré, estabas disfrutando de sus atenciones.”
“¿Es eso lo que piensas?”
“Sé lo que vi.”
“¡Los hombres son tan idiotas!”, exclamó ella.
La boca de él se quedó abierta. “¿Perdón?”
“¿Quieres saber por qué me estaba riendo?”
“No tengo verdadero interés.”
“Bueno, pues vas a oírlo de todas formas. No invité a esos dos caballeros a visitarme hoy, ni
he animado sus atenciones. Me estaba riendo porque a Lord Cawley no se le ocurrió nada más
interesante de qué hablar que el tiempo. No pude evitar reír ante lo ridículo de ello.”
Hartley la miró fijamente, y ella esperó que él vería que ella no había estado disfrutando de
las atenciones del joven lord. Ella estiró la mano para alcanzarle, y esta vez él no se zafó.
“Jon, debes saber que eres el único hombre con el que deseo estar.”
“¿Estás segura de que no quieres a otro caballero sin aflicciones ni limitaciones?”
“No deseo a nadie más, solo a tí, milord.” Las lágrimas anegaron los ojos de Harriet.
“Tienes que saber eso.”
Hartley la miró, aparentemente sin conmoverse por sus ruegos o sus lágrimas. “Buen día,
Lady Harriet,” dijo él antes de alejarse y subirse a la silla de Zeus.
Las lágrimas seguían rodando por las mejillas de Harriet. ¿Cómo se había torcido tanto este
día? Hartley había venido a verla como un pretendiente correcto, y en el momento en que la vio
riendo con Lord Cawley, se había marchado de manera abrupta, dejando el corazón de ella hecho
jirones.
Ella entró corriendo a la casa y subió los escalones hasta su dormitorio sin importarle las
visitas. ¿Cómo iba a lidiar con perder a Hartley? Se tiró en la cama y su cuerpo se estremeció
con grandes sollozos.
La puerta del dormitorio se abrió, pero Harriet estaba demasiado alterada para mirar atrás
para ver quién había entrado. Sintió una mano en su espalda.
“¿Querida, qué te pasa?”, preguntó Eleanor.
“Se ha ido, Mamá. Se ha ido.” Harriet se sentó y se lanzó a los brazos de su madre.
Su madre empezó a cantarle la dulce canción de cuna que había sido su favorita de niña, la
misma nana que ella le había cantado a Hartley cuando él sufría.
No hubo palabras de consuelo, solo la nana, y al cabo de unos momentos, los sollozos de
Harriet se calmaron, y ella se sentó. “No sé qué hacer.”
“¿Qué pasó? ¿Compartirías conmigo lo que os dijisteis cuando estabas en la entrada?”
Harriet asintió y se secó las lágrimas de las mejillas. “Lord Hartley cree que estoy
enamorada de Lord Cawley.”
“Entiendo.”
“Mamá, ¿sabes por qué estaba riendo?”
“Pensé que te estabas divirtiendo.”
“Nada más lejos de eso. Lord Cawley no es para mí, especialmente si cree que el único
tema de conversación que a mí me gustaría es el tiempo. Fue absurdo, y no pude contener mi
risa. Entonces fue cuando Lord Hartley entró. Malinterpretó todo, pero cuando le expliqué lo que
había pasado, se limitó a despedirse.”
“Quizás era solo una conmoción para Lord Hartley verte con otra persona. Si realmente te
ama como dices, se mostrará sensato y volverá.”
“¿Tú crees, Mamá?”
“Sinceramente, no lo sé, querida mía. Estoy esperando lo mejor porque puedo ver que tienes
el corazón puesto en él.”
Harriet asintió con la cabeza. “Es cierto. Le amo desesperadamente. Siento que no puedo
regresar al salón. No soy muy buena compañía en este momento.”
“No hay necesidad de ello. Lord Cawley y el Sr. Pratt se han marchado.”
“Le debo una disculpa a la Abuela por arruinar su visita.”
“¿Bajamos a ver cómo está? Estoy segura de que comprenderá tu malestar.”
Harriet asintió y dejó que su madre la acompañase escaleras abajo para ver a su abuela. Si
había alguien que pudiera entender la profundidad de sus sentimientos por Lord Hartley, era
Lady Dalling.
***
Hartley se alejó deprisa por el camino de la entrada. ¿Qué había estado pensando? Lady
Harriet era una joven vibrante que debía estar con un joven vibrante, no un ex soldado marcado
con cicatrices de guerra. Se había quedado conmocionado al entrar en el salón de Lady Dalling y
ver a Harriet riendo con Lord Cawley A pesar de la explicación de ella de por qué habia estado
riendo, a él le había llegado al alma.
¿La había hecho reír él alguna vez?
¿Qué iba a hacer?
Tenía que hablar con su amigo y guió a Zeus hacia el camino que llevaba a la casa de
Evans. Richard había pasado por todo este tema del cortejo no hace mucho. Quizás podría arrojar
un poco de luz sobre el tema… al menos Hartley esperaba que así fuera.
Zeus avanzó, y una hora más tarde se divisaba la mansión.
“Buen chico,” dijo Hartley, dándole palmadas en el cuello del caballo. Cuando llegó al
camino que llevaba a la casa, un mozo llegó para llevarse su caballo. “Dale un poco de avena. Ha
tenido un trayecto duro.”
“Por supuesto, milord,” dijo el joven mozo.
Hartley caminó hasta la puerta de la casa y dejó golpear el picaporte. Desplazaba el peso de
su cuerpo de un pie al otro cuando se abrió la puerta. “¡Necesito ver a Evans!”
“¿Milord?”
“¡Ahora!”
El mayordomo dio un paso hacia atrás, claramente sorprendido por la vehemencia de
Hartley. “Está en el salón, milord. Permítame acompañarle,” dijo, guiándole escaleras arriba.
Hartley no esperó a ser anunciado sino que entró en tropel en la habitación. “Evans, te
necesito.” Para gran sorpresa suya, Wiltshire también estaba en la sala.
“¿Hartley, qué te pasa?”, preguntó Wiltshire.
En ese momento Hartley se dio cuenta que las esposas de sus amigos también estaban en la
habitación. “Mis disculpas, Su Excelencia, Lady Evans, por mi interrupción, pero necesito el
consejo de mi amigo.”
Mercy se levantó de su asiento. “No es necesaria ninguna disculpa, milord. Dejaremos a los
caballeros en conversación,” dijo ella mientras salía con Helena de la sala.
“Ahora, cuéntame, Jon, ¿qué te ha alterado tanto?” preguntó Wiltshire.
Hartley empezó a dar zancadas por la habitación. Ahora que había llegado, no sabía por
donde empezar.
“¿Te apetece un coñac?”, preguntó Richard.
Él asintió con la cabeza, y Richard se fue hacia el aparador, sirviendo tres copas del líquido
de color ámbar.
Jon tomó el vaso y se lo tragó de una vez. “La vi.”
“¿A quién?”
“Estaba riendo con Cawley.”
“Solo puedo suponer que hablas de Lady Harriet,” dijo Richard.
“Por supuesto. ¿De quién si no estaría hablando?”
“Jon, cuéntanos que pasó porque no es un crimen reír,” dijo Wiltshire.
Hartley se giró hacia su amigo. “¡Quiero casarme con ella AHORA!”
Wiltshire levantó una mano. “Un momento; antes de que vayamos en busca del permiso de
Lord Collin para que Harriet se pueda casar, quiero saber qué pasó.”
Hartley asintió. “Fui a ver a Lady Harriet, y cuando entré en el salón, ella estaba… estaba
agarrada del brazo de él y riendo.”
“¿Es eso todo?”
“¿No es suficiente? Claramente, ese joven está enamorado de ella.”
“Oh, ya veo,” dijo Richard. “Sospecho que los celos de alguien han hecho acto de
presencia.”
Hartley le fulminó con la mirada.
“¿Has hablado con la dama?”, preguntó Wiltshire.
“Sí.”
“¿Y bien?”
“Ella dijo que se estaba riendo porque él le había preguntado sobre el tiempo.”
“Eso me parece típico de la dama. Ella no puede tolerar a tontos,” dijo Wiltshire.
Las palabras de Wiltshire le golpearon como si de un tortazo se tratara. ¿Estaba siendo un
tonto? Ahora que se tomó unos momentos para considerar la explicación de ella, se sentía
realmente horrible. Él la había hecho llorar, lo cual era peor que si ella le hubiera llovido con
insultos.
“Te lo preguntaré de nuevo, Hartley. ¿Amas a Lady Harriet?” preguntó Wiltshire.
“No puedo respirar sin ella. Es el mundo para mí, y creo que lo he estropeado todo.”
“Contesta la pregunta,” dijo Wiltshire.
Hartley asintió con la cabeza. “Sí, la quiero con cada fibra de mi ser.”
“¿Se lo has dicho?”
Hartley sintió horror ante lo que había hecho. “Me fui de su lado, y nunca le dije lo que
siento. ¡Soy un idiota!”
“Suena como un hombre enamorado,” dijo Richard. “Te entendemos. Hemos estado en ese
lugar.”
“Necesito arreglar esto. Necesito pedirle mano de inmediato,” dijo Hartley.
“Ven mañana a merendar. Mi duquesa y yo regresaremos a la Casa Dalling por la mañana.
Debes hablar con Harriet primero. Es decisión de ella si acepta tu petición ante de que
consigamos el permiso de su primo para casarse.”
“Por supuesto, entiendo.”
“¿Te apetece quedarte para cenar?” preguntó Richard.
Hartley sacudió la cabeza. “Gracias, pero no. He de regresar. Parece que necesito un anillo
de desposorio.”
“Te veo mañana, Jon,” dijo Wiltshire.
“Estaré allí,” dijo Hartley saliendo de la habitación. En el camino de regreso a su casa, se
fustigaba por ser tan tonto, y solo podía rezar porque la dama le perdonara. No tenía ni idea de lo
que haría si ella le rechazaba.
Capítulo 20
Harriet no sabía cómo iba a vivir sin Lord Hartley. ¿Por qué no la había escuchado? Ella
había sido muy clara en su explicación acerca de lo que había pasado con Lord Cawley, pero de
todas formas se había ido de su lado. Ella sentía como que su corazón le había sido arrancado del
pecho y pisoteado.
Después de disculparse con su abuela por estropear sus horas de visita, tomó la cena en su
habitación. No era una buena compañía para nadie, y eso le llevó a pasar una noche inquieta,
dando vueltas en la cama entre lloreras. Nunca había sentido un dolor tan devastador.
Por la mañana, después de llamar a la puerta, su doncella entró con una bandeja con té y
tostadas. “Buenos días, Lady Harriet.”
Excepto que no era un buen día y nunca habría un buen día para ella.
Rhonda le colocó la bandeja en el regazo. “¿Le sirvo el té, milady?”
Harriet sacudió la cabeza. “No, yo puedo hacerlo.”
“Muy bien, milady. Iré a prepararle el baño mientras desayuna,” dijo la doncella,
caminando hacia el vestuario.
La garganta de Harriet estaba reseca, y se alegró de que Rhonda le hubiera traído su té. Se
sirvió el líquido humeante y bebió sorbitos del líquido calmante. Mordisqueó la tostada, pero no
tenía sabor para ella. Ayer, el mundo había parecido ser brillante y lleno de promesas, y hoy era
oscuro y triste.
“Su baño está listo, milady.”
Rhonda se llevó la bandeja y Harriet retiró las mantas. “Gracias, Rhonda. Me gustaría
remojarme un rato.”
“Por supuesto. Regreso en un rato,” dijo Rhonda con una reverencia antes de salir del
dormitorio.
Harriet se quitó el camisón y se metió en el agua calmante. ¿Qué iba a hacer? Quizás era el
momento de regresar a Londres como su madre había querido todo el tiempo. Si Hartley no la
quería, ella no tenía ninguna motivación para quedarse en Bath.
Rhonda regresó en un ratito y la ayudó a lavarse el pelo y vestirse. Cuando bajó al salón, se
llevó una agradable sorpresa al ver que Wiltshire y Mercy habían vuelto de su visita a Lord y
Lady Evans.
Se fue corriendo a su hermana y la abrazó. “¡Has vuelto! Pensé que no volveríais hasta la
semana que viene.”
“Decidimos volver un poco más pronto para pasar más tiempo contigo, Mamá y la Abuela
antes de que tengamos que irnos al campo.”
“Me alegro tanto de que estés. ¿Te gustaría dar una vuelta por el jardín conmigo?” preguntó
Harriet.
“Claro que si,” dijo Mercy, agarrándola por el brazo.
Una vez que salieron afuera, Harriet rompió a llorar. “Oh, Mercy, todo se ha arruinado.”
Mercy la guió hacia un banco para que pudieran sentarse. “Querida mía, ¿qué se ha
arruinado?”
“Hartley se ha ido. Temo que no le volveré a ver.”
“¿Estás segura?”
Harriet le contó a su hermana lo que había pasado el día anterior durante las horas de
visitas. Cuando terminó, Mercy le apretó la mano.
“Nunca se sabe cómo se resuelven las cosas, querida hermana. No debes perder la fe.”
“¿Tú crees?”
“Sí, igual que no perdí la fe en que Wiltshire me rescataría de Lord Taylor. De alguna
manera, los hombres que amamos siempre triunfan para nosotras.”
“Ojalá eso fuera verdad, pero me temo que no será así con Lord Hartley,” dijo Harriet, las
lágrimas rodando por sus mejillas.
Mercy sacó su pañuelo y le secó la cara de Harriet. “Ten fe querida mía. Si amas a Lord
Hartley, tienes que creer que él se dará cuenta de eso y volverá a ti.”
“Solo puedo esperar que lo haga porque no me gustaría permanecer en Bath sabiendo que
está tan cerca y a la vez tan lejos de mí.”
Las hermanas hablaron y pasearon por el jardín, y cuando finalmente regresaron a la casa
para almorzar, Harriet se sentía un poco mejor. Intentaría hacer lo que su hermana le había
aconsejado y tener fe en Hartley.
El resto de la tarde pasó lentamente. Harriet intentó bordar, pero tenía constantemente que
arrancar sus puntadas irregulares. “Mi querida niña, si sigues arrancando esas puntadas, no
quedará tela para bordar,” dijo Marian.
“Me disculpo, Abuela. Supongo que estoy algo distraída hoy.” Estaba segura de que su
madre le había contado a la Abuela lo que había pasado el día anterior y se alegró porque no
quería revivir esos recuerdos de nuevo.
Wiltshire y Mercy se unieron a ellas en el salón para la merienda. Mientras esperaban que
trajeran el carrito del té, hubo un golpe en la puerta.
Wilson abrió la puerta y anunció, “Lord Hartley.”
Harriet alzó la mirada de su costura. Apenas podía creer lo que veía. Lord Hartley entró en
la habitación y se inclinó. “Buen día, Sus Excelencias, damas.”
“Hartley,” dijo Wiltshire.
“Lord Hartley, un placer verle. Por favor, únase con nosotros. Estábamos a punto de
merendar,” dijo Marian.
Harriet no podía dejar de mirar a Hartley, allí parado en todo su esplendor. ¿Estaba
soñando? No, no estaba soñando. Había vuelto, pero ¿qué significaba eso?
***
Hartley no podía dejar de mirar a Lady Harriet. Ella era hermosa y todo lo que él hubiera
querido. Tenía que arreglar las cosas entre ellos.
“Su Excelencia, me gustaría unas palabras con Lady Harriet antes de merendar,” dijo
Hartley a Wiltshire.
Wiltshire asintió con la cabeza. “Por supuesto. Lady Harriet, ¿estás de acuerdo?”
Harriet se puso en pie. “Sí.”
Hartley extendió un brazo. “Lady Harriet, ¿puedo acompañarla al jardín?”
Ella colocó una mano en su manga, y él sintió la sacudida de placer conocida subir por su
brazo. Una vez que llegaron al jardín, él la llevó por el camino hasta que llegaron a un banco.
“¿Te gustaría sentarte, milady?”
“No, no deseo sentarme.”
Hartley estaba sorprendido por la ira en su voz, aunque no debería haberlo estado. Había
sido una bestia con ella ayer, y él se merecía su ira. Antes de que él tuvo una oportunidad para
dar su discurso bien aprendido, Harriet le atravesó con una mirada que le congeló la sangre.
“¿Qué quieres, Lord Hartley?”
“Lady Harriet, por favor, entiende…”
“¿Qué hay que entender? Intenté explicarte lo que pasó ayer, y tú te diste la media vuelta y
te fuiste Entendí eso perfectamente. Ya no me quieres.”
Hartley bajó la cabeza. “Estoy lleno de remordimiento por mi conducta. Me arrepiento de
verdad por haberte hecho daño. ¿Puedes perdonarme?”
Harriet sacudió la cabeza. “No.” Empezó a alejarse, pero él estiró un brazo y la agarró de la
mano. “¿No? Harriet, por favor, dime qué tengo que hacer para compensártelo. Fui un idiota, y
odio verte tan alterada.”
Las lágrimas anegaron sus ojos. “Me rompiste el corazón, Jon.”
“Querida mía, no fue mi intención hacer eso. Perdí el control cuando ví a Cawley
teniéndote.”
“No me estaba teniendo, sólo paseaba conmigo por la habitación.”
“Me doy cuenta de eso ahora, y no tengo eximente para mis acciones. Nunca he estado
celoso antes y no manejé bien la situación. Esto te digo, querida mía, haré todo en mi poder por
nunca hacerte daño de nuevo. Estoy intentando ser un hombre mejor. Tú me haces ser un hombre
mejor, Harriet,” dijo él secándole una lágrima de la mejilla.
“¿Qué quiere decir eso?”
Hartley le llevó una mano a los labios y le besó en los nudillos. “Quiere decir que te quiero
con todo lo que soy. Tú eres la razón por la cual me levanto por las mañanas. La razón por la
cual puedo respirar de nuevo. La razón por la cual hay esperanza y sol en mi vida de nuevo.”
“¿Me amas?”
“Con todo mi corazón, aunque sea una bestia.” Hartley se arrodilló ante ella. “Lady Harriet,
¿me harías el gran honor de convertirte en mi esposa?” Él esperó con el aliento contenido a la
respuesta de ella. ¿Le rechazaría? No sabía lo que haría si ella le rechazara. ¿Cómo podría vivir
sin el sol de ella en su vida?
Finalmente, ella sonrió. “Yo también te quiero. Sí, Jon. Me casaré contigo, pero…”
A él eso no le gustó. “¿Pero?”
“No te marches de mi lado otra vez. Somos un equipo, Jon, y arreglamos las cosas juntos.
¿Puedes aceptar eso?”
Hartley se puso en pie y la alzó entre los brazos, girándola en un círculo. “Querida mía,
estoy de acuerdo con lo que desees. Me has hecho ser el hombre más feliz. Sé que habrá desafíos
para nosotros, pero con tu amor y apoyo, haré todo lo posible por vencerlos.”
Cuando la dejó en el suelo de nuevo, la besó con toda la pasión en su ser. “Juro ser mejor,”
dijo él, sacando una cajita del bolsillo. “Espero que te guste esto, pero si prefieres algo distinto,
hay otras joyas de las cuales elegir.” Abrió la caja para descubrir un anillo de zafiros y
diamantes.
“Oh, Jon. Es precioso. Me encanta,” dijo ella extendiendo la mano.
Hartley le colocó el anillo en el dedo. “No puedo esperar a que seas mi esposa.”
“Yo tampoco. Por favor, dime que no quieres un noviazgo largo,” dijo Harriet.
“Para nada”. Necesitaré ir a Londres para conseguir el permiso de tu primo y también para
conseguir una licencia especial para poder casarnos lo antes posible.”
“¿Londres? ¿Irías a Londres?”
“A menos que prefieras esperar tres semanas para que se lean las amonestaciones,” dijo él.
“No, no quiero esperar. ¿Estarás bien yendo a Londres? Yo sé que no te gusta viajar allí.”
Hartley la besó de nuevo. “Estaré bien y no tengo intención de ver a nadie excepto tu primo
y el arzobispo. Haría lo que fuera por ti, mi querida Harriet, incluso viajar a Londres.”
Para cuando entraron de nuevo al salón, el té se había servido ya. Harriet se fue corriendo
hacia su madre. “¡Mamá, estamos desposados!”
“Oh, mi querida niña, estoy tan contenta por ti.”
Hartley se acercó a Wiltshire. “¿Quizás te gustaría ir conmigo mañana a Londres para ver a
Lord Collin y conseguir una dispensación especial?”
“Seré feliz de acompañarte,” dijo Wiltshire. “No habrá ningún problema con Lord Collin,
especialmente desde la última vez que le vi cuando quería casarme con mi duquesa.”
“¿Oh?”
“No es importante. Conseguirás tu permiso.”
“Eso está bien,” dijo Hartley, aliviado de saber que la mujer a quién él amaba pronto sería
suya.
Todos congratularon a la feliz pareja, y Mercy la abrazó. “Me alegro tanto por tí, Harriet,”
le susurró su hermana.
“Gracias, Mercy. Supongo que tenías razón cuando me aconsejaste que tuviera fe. No pensé
que volvería a ver a Hartley de nuevo, y ahora estamos prometidos. Este es el día más feliz de mi
vida.”
“Bueno, he de decir que este ha sido un verano de lo más jubiloso,” dijo Marian. “No podía
haber esperado un desenlace mejor.”
Epílogo
Hartley se quedó parado afuera en el jardín al sol de finales de Agosto, esperando a que la
mujer que él amaba bajara por el pasillo improvisado. Se sentía como un hombre nuevo, uno que
amaba a Harriet con todo su corazón. Nunca habría creído que un encuentro fortuito en el prado
hace todas esas semanas pudiera dar lugar a tanta felicidad. Ella era el faro de esperanza que él
había estado buscando. La luz en toda la oscuridad que había sentido desde que regresó de la
guerra. Ella calmaba a la bestia salvaje dentro de él.
Ella lo era todo y pronto sería suya.
El jardín en la mansión Hartley había sido transformado. Él había contratado un ejército de
jardineros para crear un hermoso jardín de hadas para el día de su boda. El duque y la duquesa
habían demorado su partida unos pocos días para poder asistir a la boda, y Richard le había
hecho el honor de ser su padrino. Desplazaba el peso de un pie al otro esperando la llegada de su
prometida.
“Sé paciente, Jon. “Llegará pronto,” dijo Richard.
Hartley asintió con la cabeza e intentó aplacar su corazón acelerado. Justo cuando pensó
que no podía esperar otro momento más, ella apareció por las puertas acristaladas, su mano en la
manga de Wiltshire. Cuando sus miradas se cruzaron, mil fuegos artificiales se dispararon en él.
Aquí estaba su futuro, un futuro que contenía la promesa de gran felicidad con la mujer que
adoraba.
Él quería salir corriendo por el pasillo hacia ella, pero se quedó pacientemente mientras
Wiltshire la acompañó a él. Helena caminaba detrás de ellos y sería la otro testigo.
“Está hermosa”, le susurró.
“Desde luego que sí,” dijo Richard.
Hartley siguió la vista de su amigo, y estaba claramente mirando a Helena. Si, todos eran
hombres claramente enamorados de sus esposas, y hoy, él se uniría a ellos en eso.
Lady Harriet estaba guapísima en el vestido de color melocotón de seda que llevaba la
primera vez que bailaron juntos. Chica lista. Ella sabía que él recordaría ese encuentro toda su
vida.
Cuando Wiltshire y Harriet llegaron a su lado, Hartley le susurró, “Estás guapísima, querida
mía.”
La dulce sonrisa que ella le brindó casi le desarma.
“Queridos,” empezó el vicario.
Jon no escuchó la mitad de las cosas que dijo el vicario, estaba pendiente de Harriet.
Cuando le instaron a ello, él repitió sus votos y luego le colocó un anillo de oro en su dedo
anular. Complementaba a la perfección su anillo de compromiso.
Harriet repitió sus votos con una voz clara y fuerte.
Cuando el vicario anunció que eran hombre y mujer, Hartley la estrechó entre los brazos, la
besó con toda la pasión de un hombre que por fin había llegado a buen puerto.
“Lo hemos conseguido, mi amor,” dijo Harriet.
“Desde luego que sí. ¿Estás feliz, querida mía?”
“Nunca he sido más feliz.”
Firmaron el libro de registros y los invitados entraron a la casa para el desayuno de bodas.
Hartley quería un momento a solas con su esposa y la retuvo.
“Jon, ¿sucede algo?”
Él acarició la mejilla de ella. “No, mi querida Harriet. Todo está bien al fin. Te quiero y te
lo demostraré todos los días el resto de mi vida.”
“Yo también te quiero, mi ángel vengador.”
Hartley rio. “Se acabó la venganza para mi. He encontrado mi cielo en la tierra aquí
mismo,” dijo él besándola con fuerza.
Cuando entraron en el salón de baile, Jon y Harriet se vieron rodeados por personas
deseándoles todo lo mejor. Lord Spenser, la Srta. Weston, la Sra. Kennedy, todos les dieron la
enhorabuena.
“Me alegro de ver a mi hijo tan feliz, querida, y es todo gracias a tí,” dijo Kathryn cuando
fue su turno de congratular a la feliz pareja.
“Gracias, Lady Hartley,” dijo Harriet.
Ella se inclinó hacia Harriet y le susurró, “Por favor llámame Kathryn. Somos familia ahora,
y nunca pensé que me alegraría tanto ser llamada la Condesa Viuda de Hartley. Me temí que este
día nunca llegaría.”
“¿Te quedarás un tiempo más con nosotros?” le preguntó Harriet.
Kathryn sacudió la cabeza. “No, querida. Los recién casados necesitan su intimidad.
Aunque me encantaría que me visitéis pronto. Creo que te encantaría la casa de campo de
Hartley. Hay muchos espacios abiertos. Entiendo que te gusta montar tanto como a mi hijo.”
Harriet asintió. “Me gusta. Así es como nos conocimos.”
“Bueno, quizás un día, me contarás esa historia.”
“Lady Hartley, quizás te gustaría visitarnos a Lady Collin y yo unas semanas antes de que
regresemos a Londres,” dijo Marian.
“Lady Dalling, qué amable por tu parte. Me encantaría. Gracias.”
Mientras su abuela y su suegra hablaban, Harriet por fin tuvo un momento para hablar con
su madre.
“Mi querida niña, estás radiante. Me alegro tanto por ti,” dijo Eleanor, abrazándola.
“Soy tan feliz, Mamá.”
“Te echaré mucho de menos, especialmente cuando tu abuela y yo regresemos a Londres.”
Harriet asintió. “Yo también te echaré de menos Mamá. No sé cuándo iremos a Londres, si
vamos algún día, pero claro, os veremos a tí y a la abuela el verano que viene.”
“Entiendo. Todo lo que yo he querido para mis dos hijas es que fuerais felices. Tanto tú
como Mercy me hacéis sentirme tan orgullosa por ser las jóvenes que habéis llegado a ser.”
Eleanor miró por encima del hombro de Harriet. “Veo que tu marido se acerca.” La besó en la
mejilla.
Hartley se acercó a ellas. “Por favor, discúlpenos, Lady Collin,” dijo él, extendiendo una
mano. “Mi querida esposa, ¿me concedes este baile?”
Los músicos empezaron a tocar los primeros acordes de un vals. “Me encantaría, esposo
mío.”
Hartley la tomó entre los brazos y los dos flotaron por la sala como un solo ser.
“¿Eres feliz, querida?”
“Tan feliz, Jon.”
“¿Cuándo crees que se irán todos?”, preguntó él, enarcando una ceja.
Harriet soltó una carcajada. “¡Eres insaciable!”
“Solo por ti, querida. Solo por ti.”

***
Dos días después de la boda de Hartley, George se levantó pensando que nunca había
disfrutado de un verano tanto como este. Antes del generoso ofrecimiento de Lady Dalling para
que las acompañara a Bath, el disgusto de su padre con su hermano mayor, Arthur, le había
alcanzado a él de alguna manera, como si él hubiera tenido algo que ver con el mal
comportamiento de Arthur. Incluso mientras crecían, Arthur había sido un chico malo y alocado,
y ninguna cantidad de castigo o premios parecía mejorar su comportamiento. Arthur hacía lo que
quería cuando quería, y sus caprichos eran en su mayoría consentidos como heredero del título
Hutchinson. Ahora todos estaban pagando el precio por esas indulgencias previas. Arthur estaba
fuera de control. Por suerte, Arthur no era el problema de George. Al menos por ahora.
Teniendo dos hermanos mayores que él que eventualmente serían los padres de la siguiente
generación le había dejado sin prisas por casarse, pero sin que se diera cuenta, se había
enamorado de las Srta. Lydia Weston. Ella era todo lo que él hubiera querido. Había visto lo que
el amor podía hacer por un hombre cuando primero Wiltshire, luego Richard y ahora Jon, se
habían casado todos con el amor de sus vidas. Era su turno pedirle mano a la preciosa dama y
empezar una vida nueva juntos.
Después de desayunar con Lady Dalling y Lady Eleanor, dijo, “Tengo un recado importante
al que atender. Las veo más tarde.”
“Dele saludos a la Sra. Kennedy de nuestra parte,” dijo Marian.
George rio al darse cuenta que Lady Dalling había sabido exactamente a donde iba y por
qué. Salió de la casa e hizo que el carruaje se detuviera primero en una floristería para comprar
un ramillete de flores para Lydia. Quería que su petición de mano fuese perfecta.
No tardó mucho en llegar a la casita de la Srta. Weston en las afueras de la ciudad. Se bajó
del carruaje, caminó hasta la puerta de delante y dejó caer el picaporte.
Ellie abrió la puerta. “Lord Spenser, buenos días.”
“Buenos días, Ellie. ¿Está la Srta. Weston recibiendo visitas hoy?”
“Le informaré de que ha llegado. Espere en la salita.”
George asintió con la cabeza y entró en la salita, sorprendido de ver a la Sra. Kennedy
sentada en el sofá.
“Ah, Lord Spenser. Qué placer verle hoy.”
Se inclinó ante ella. “Sra. Kennedy, el placer es mío. ¿Puedo hablar con usted antes de que
llegue la Srta. Weston?
“Por supuesto. ¿Le pedirá mano a mi sobrina hoy?”
George rio. “¿Tan evidentes son mis intenciones?”
“Le aseguro, Lord Spenser, que no lo son, pero he vivido una vida larga y puedo darme
cuenta cuando dos personas están enamoradas.”
Él asintió con la cabeza. “Si su sobrina está de acuerdo, yo iré a Londres para hablar con su
padre.”
La Sra. Kennedy asintió con la cabeza. “Mi hermano es un hombre testarudo, aunque no me
puedo imaginar que tenga ninguna queja sobre usted, milord. Usted es, después de todo, el hijo
de un marqués. Su familia es muy respetada y adinerada, y usted no es un cazafortunas sólo
interesado en su dote.”
“Gracias, Sra. Kennedy, por sus amables palabras. Le aseguro que no le pido mano a su
sobrina por su dinero. He invertido con cuidado y puedo mantener a una esposa con esos
ingresos. La amo de todo corazón.”
“Puedo darme de cuenta de ello con toda seguridad,” dijo ella.
“Lord Spenser, qué agradable verle hoy,” dijo Lydia, entrando en la salita.
La Sra. Kennedy se puso en pie. “Querida, solo tardaré un momento. He de hablar con la
cocinera.”
George miró a la mujer mayor marcharse, dándole la intimidad que necesitaba para pedirle
mano a la mujer que amaba. “Está muy hermosa hoy, querida,” dijo él, entregándole las flores.
“Estas son exquisitas. Gracias.”
Él tomó la mano de ella entre las suyas. “Mi querida Srta. Weston, debe saber de mis
crecientes sentimientos por usted. Es usted todo para mí.”
“Yo siento lo mismo, milord.”
Él se arrodilló. “Querría usted…”
Hubo un fuerte golpe en la puerta antes de que un mensajero entrase de repente en el
saloncito. “Lord Spenser, al fin le he encontrado. Esto es para usted. Es de gran urgencia,” dijo,
metiéndole una carta en la mano.
George se levantó y tomó la nota. Rompió el sello y mientras leía, podía sentir la sangre
drenarse de su rostro.
“Milord, ¿qué sucede?”, preguntó la Srta. Weston, extendiendo una mano hacia él.
“Lo siento, Srta. Weston, pero he de ir a Londres de inmediato,” dijo él saliendo a toda prisa
de la salita. Apenas podía creer la noticia en la nota.
Parecía que su vida entera había sido alterada por un camino enfangado y no tenía ni idea de
cuando volvería a ver a la mujer a la que amaba.

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Biografía de la Autora:
Debra escribe romances dulces tanto contemporáneos como históricos. Disfruta contando
historias y ha estado desarrollando su pasión por los romances desde que era adolescente.
Cuando no está escribiendo, disfruta trabajando en su jardín, montando en motocicleta con su
marido, recorriendo Nueva Inglaterra y claro, jugando con su nieta.

Puedes encontrar una lista completa de los libros de Debra aquí:


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Ella disfruta sabiendo de sus fans, y puedes contactar con ella en: [email protected]. Ella
también es autora del blog, Dos lados de la pluma. El blog versa sobre temas de libros—
entrevistas a autores, nuevos lanzamientos, posts de invitados, y críticas. Sé la primera en
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