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Los Unos Tienen Pene y Los Ceros Vagina: Sexo y Género en Internet

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VII Jornadas de Sociología.

Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos


Aires, Buenos Aires, 2007.

Los unos tienen pene y los


ceros vagina: sexo y género en
internet.

José Luis Ramos Salinas.

Cita:
José Luis Ramos Salinas (2007). Los unos tienen pene y los ceros
vagina: sexo y género en internet. VII Jornadas de Sociología. Facultad
de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires.

Dirección estable: [Link]

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Los unos tienen pene y los ceros vagina: sexo y género en internet

José Luis Ramos Salinas

Profesor del Departamento de Sociología de la Universidad Nacional de San


Agustín de Arequipa, Perú.

ramosdesal@[Link]

INTRODUCCIÓN

Hay consenso en que Internet ha venido a revolucionar el mundo de los


negocios (e-business), el de la educación (e-learning), etc. Y aquí es donde
radica la hipótesis de nuestro trabajo: Internet ha transformado radicalmente la
manera en que los humanos (al menos los que tienen acceso a estas
tecnologías) ejercen su sexualidad, más específicamente nos referimos a la
manera en la que asumen el sexo, y a las nuevas formas de tener relaciones
sexuales que han surgido; así como a la flexibilidad y enorme variabilidad que
adopta la categoría género en el mundo virtual. En síntesis, intentamos llamar
la atención sobre la aparición de un “e-sex” y de un “e-gender”; aunque
nosotros preferimos hablar de “sexo virtual” y “género virtual” porque de lo que
vamos a tratar, más que de cómo cambia el sexo y el género cuando se usan
tecnologías electrónicas, es de su particular existencia en el mundo virtual que
ha generado Internet específicamente. Búrdalo sostiene con acierto que
“Desde la Antigüedad el hombre ha manifestado y comunicado sus apetitos y
tendencias sexuales de las más diversas formas” (Búrdalo, 2000: 29), pues
esta ponencia es precisamente una exploración a las más recientes formas que
han adoptado los apetitos y tendencias sexuales.

1.- SEXO VIRTUAL

1.1.- SEXO MEDIADO POR COMPUTADOR (SMC)

El SMC se desarrolla en el cibermundo, es un sexo no físico, virtual por ello


mismo, que se “materializa”, o mejor, se inmaterializa en ceros y unos.
Estamos hablando entonces de un sexo incorpóreo, de relaciones sexuales
desprovistas de cuerpos, de olores, de sensaciones táctiles (Gubern, 2000: 22-
23) y que en ningún caso derivan en contactos físicos intercorporales. En el
sexo virtual, las caricias y el coito son mediados por el computador y sólo se
realizan en el nivel virtual de los ceros y unos, en un tiempo flexible que puede
ser sincrónico o asíncrono, dependiendo de las tecnologías que se usen; y en
un espacio difuminado que constituye un no lugar (Augé, 1993: 84-86), o mejor,
un espacio de flujos (Castells, 1998: 457-462), en donde las ubicaciones
pierden sentido y son las conexiones las que realmente importan.

Es cierto, que es común que los internautas se toquen a sí mismos a fin de


procurarse excitación sexual, pero es cierto también que la persona o las
personas (sexo grupal virtual) con las que se está comunicando un*, no existen
sino en la pantalla, pues no hay manera de estar seguros de que existan en el
“mundo 3D”. Y si así fuera el caso, lo más probable es que no sean como dicen
ser (Gwinnell, 1999: 48, 88); pero como su papel como sujetos actuantes está
ajustado no a quienes son en realidad sino a quienes son en la virtualidad, y en
cuanto quienes se interrelacionan con ellos no lo hacen tampoco con el sujeto
real, sino con el virtual, resulta que lo que importa en el SMC no son los
internautas en sí mismos, sino en quienes se convierten éstos en el mundo
virtual. Se trata por ello de un sexo virtual entre seres virtuales, que pueden o
no tener un referente en el mundo físico, y aún cuando lo tengan no tiene por
qué existir una relación de correspondencia entre el ser virtual y el físico. Por lo
tanto, discrepamos con Búrdalo cuando sostiene que “…en definitiva, quienes
están frente a la máquina no son más que todos aquellos que viven… y aman
fuera de lo que podríamos denominar virtual” (Búrdalo, 2000: 33); pues
creemos que lo que sí se da en definitiva, es que quienes viven y aman en el
mundo real no son los mismos que viven y aman en el mundo virtual; los
primeros tienen cuerpo, los segundos no, y eso implica infinidad de cosas.

Pero aún es necesaria una aclaración mayor. Cuándo un* hace uso de
tecnologías que sirven de soporte para el SMC, como el Chat, el Messenger o
los MUD, normalmente debemos construirn*s a nosotr*s mism*s, tanto en los
aspectos de la personalidad como en los rasgos físicos; a veces a través de
cuestionarios que llenamos, y otras veces esta autopoiesis se hace a lo largo
de las charlas virtuales, respondiendo a las preguntas que nos van haciendo
nuestr*s interlocutor*s. Y lo habitual es que el ser virtual resultante constituya
una especie de Frankenstein, en cuanto se toma de aquí y de allá, sólo que en
este caso el nuevo ser que traemos al mundo virtual no es monstruoso, sino
todo lo contrario, o por lo menos mucho mejor que su supuesto referente
físico1. Claro que en algunos casos no se trata precisamente de convertir en
virtudes nuestros defectos, sino de ensayar en cuanto a constituirnos en
alguien radicalmente diferente de quienes finalmente somos; así son frecuentes
los cambios de edad, raza, nacionalidad, profesión y hasta de sexo.

Creo que no hay problema en entender lo hasta aquí explicado, pero ¿cómo es
eso que un* amante virtual puede o no tener un referente en el mundo real?
Muy sencillo, en la actualidad el nivel de desarrollo del software a través de la
mal llamada inteligencia artificial2, permite engañar a l*s internautas en el
sentido de que ell*s suponen estar comunicándose con otr*s internautas
cuando en realidad están “conversando” con un programa informático. Este tipo
de artilugios son utilizados con cierta frecuencia en los servicios de hotchat.

Los amantes por lo general tienen sexo en la cama, y para ello no tienen más
que echarse en una; pero los ciberamantes deben construirla con palabras. El
nidito de amor o los bulines virtuales son sólo palabras, y aquí radica uno de
sus principales inconvenientes. No todas las personas tienen la capacidad de
“generar atmósferas” con un discurso; y aún teniéndola, el Chat no es
precisamente un potenciador de la comunicación humana, sino todo lo
contrario: pérdida de la fuerza ilocutoria, repositorio de estereotipos y lugares
comunes, y otras deficiencias le son características (Maldonado, 1998: 86-89).
Como tabla de salvación se ha popularizado hace unos años, el Chat de voz y
luego las webcams. Eso sin duda ayuda mucho a llegar al orgasmo, y permite
gran cantidad de variantes, por ejemplo parejas teniendo sexo “delante” de uno
o más tele espectadores, pero también puede traer inconvenientes como la
pérdida de la atracción física (antes basada sólo en un relato).

Un asunto que me parece muy importante de destacar es que en Internet sí se


cumple el dicho: para tod* rot* hay un descocid*. Es decir, que no importa qué
extrañas parezcan nuestras apetencias sexuales, siempre encontraremos
gente con quien llevarlas a la práctica, por lo menos en un nivel virtual. “...se
forman comunidades virtuales a partir de afinidades personales e intereses
comunes... Las primeras en comprender estas ventajas fueron aquellas
comunidades con intereses prohibidos o secretos” (Búrdalo, 2000: 45). Otro
hecho de peculiar importancia es que en el Perú es habitual que más de una
persona se siente frente al computador, pero ell*s se identifican con un solo
nick. Que en Internet uno suele ser muchos ya se ha dicho, pero que muchos
pueden ser uno, resulta una novedad con interesantes aplicaciones al mundo
de la sexualidad virtual.

1.2.- PORNOGRAFÍA VIRTUAL

La pornografía en Internet se diferencia notablemente de la que existe en otros


soportes -no se basa exclusivamente en la exhibición de genitales-, privilegia
algo que las películas y revistas no pueden hacer: el voyeurismo. Mediante
webcams instaladas hasta en los lugares más íntimos de las viviendas de
ciertas mujeres3 (no he encontrado ningún caso masculino) se permite a los
usuarios ingresar a su intimidad, surgiendo una pornografía que no se basa en
el sexo explícito, sino en lo mórbido de poder ver sin ser visto, aunque lo que
se vea sea a una mujer desayunando, duchándose, acostándose, entrando al
baño y también –pero aquí no está lo novedoso- teniendo relaciones sexuales.

También, la pornografía de Internet se distingue de la que se difunde en otros


medios, porque la tecnología informática permite “espiar” a sus usuarios a lo
largo de todo el trayecto de su navegación virtual. Esto implica que la empresa
dueña del sitio Web pornográfico sabe exactamente cuántas veces éste ha sido
visitado, a qué fotos y videos el usuario le dedicó más tiempo; y mediante el
código IP podrá incluso detectar dónde vive; de manera tal que quienes
administran estas páginas están en perfectas condiciones de construir un perfil
de usuario bastante preciso para cada uno de sus clientes. “En ningún lugar
como Internet se pueden conocer las características y los gustos de los
potenciales clientes... Esto permite el diseño a la carta de los productos que se
ofrecen...” (Búrdalo, 2000: 41). Relacionado a esto último está la enorme
variedad de pornografía que se ofrece en la Red, apareciendo una suerte de
“pornografía especializada” para cada una de las parafilias conocidas y
probablemente por conocer. En una búsqueda, no precisamente acuciosa, he
llegado a encontrar más de 80 categorías diferentes de material pornográfico.

Eric McLuhan ha definido Internet como un “teatro global, sin escenarios, ni


espectadores en el que sólo hay actores” (Artículo de E. McLuhan como se cita
en Beatriz Búrdalo, 2000)4, revelando el papel necesariamente activo que
deben adoptar los internautas. Existe, entonces, una diferencia marcada entre
el consumidor de revistas o videos pornográficos y el que navega a través de
sitios porno. El usuario va fabricando su propio producto pornográfico en la
fórmula del prosumidor5. Así la pornografía en Internet alcanza un nivel
cualitativo absolutamente diferente. La estructura organizativa del material que
existe en la Web, el pornográfico incluido (yo diría: sobre todo el pornográfico),
se basa en un conjunto de links que nos permiten saltar de un lugar a otro y a
voluntad, en un entramado no jerárquico: el hipertexto. Además, el hipertexto
abierto permite a los usuarios crear nuevos links y las unidades textuales a las
que se llegará cuando se activen los mismos. Es decir, que el consumidor de
pornografía, puede convertirse en un productor de la misma. Pero no tenemos
que limitarnos a incluir textos, porque ya sabemos la Red es multimediática,
hablaríamos de hipermedia, entonces6. Esto constituye un cambio de los
paradigmas en los que se basa la pornografía impresa y fílmica, por lo que en
lugar de llamar a la de Internet simplemente pornografía, tal vez cabría el
término de hiperpornografía, pues Internet no es simplemente un nuevo
soporte, sino que impone un nuevo concepto a todo lo que se sirva de ella; de
hecho ya se habla de hiperpoesía7, o hiperarte en general.

Otra característica adicional y propia de la pornografía de Internet, es que ésta


no sólo está constituida por las fotos o videos que toman profesionales a
“modelos”. Sino que, cada vez hay más internautas que toman fotos o filman
situaciones relacionadas al sexo y luego las envían, sin esperar remuneración
alguna, a los sitios Web XXX. Y a esto hay que sumar los spyware, que son
programas que se instalan en nuestros discos duros a fin de robar información;
así, si alguien tiene su propia colección de fotos con temática sexual, ésta
puede dejar de ser privada. La sociedad panóptica en su más cruda expresión.

Beatriz Búrdalo, habla de “los cazadores de imágenes”, que recorren la


fototeca pornográfica infinita “y ocupan largas horas navegando con los ojos
bien abiertos a la pantalla (y)... No quieren, por ningún motivo ser descubiertos”
(Búrdalo, 2000: 56). Este anonimato del que habla, se refiere a la renuencia de
estos cazadores a tecnologías como el Chat. Pero, las características
particulares del consumo de Internet en el Perú, bien valen una reflexión. Son
alrededor de 4 millones y medio de peruanos con acceso a Internet, la gran
mayoría a través de cabinas públicas. Mas, muchas de estas cabinas ofrecen
como ventaja competitiva: pequeños cubículos donde los internautas pueden
gozar de privacidad. Como es evidente, los cazadores de imágenes locales
preferirán estos lugares, así el temor de ser descubiertos del que habla Búrdalo
toma otro cariz en nuestro medio. Tengamos en cuenta además que en las
cabinas se cobra por hora; esto obliga a los ciberpornófilos locales a imprimirle
velocidad a su frenética búsqueda. Gracias a las conversaciones que he
mantenido con varios de ellos, puedo decir que la velocidad a la que se ven
obligados, trastoca lo que debiera ser la razón de su búsqueda: la obtención de
placer por medio de la observación de imágenes pornos; generándose, en
cambio, el placer, en la propia navegación y en el hallazgo de imágenes,
aunque no haya tiempo para contemplarlas, pues hay que empezar, de
inmediato, la búsqueda de más imágenes.

La capacidad de difusión y multiplicación del material pornográfico alojado en


La Red no tiene precedentes. Por ejemplo, los cazadores de imágenes, suelen
intercambiar el material conseguido; así 500 mega bites de pornografía se
convierten en mil mega bites, o muchos más. Ahora mencionemos que los
cazadores de imágenes han encontrado en el servicio de: “Se bajan imágenes
de cámaras digitales”, un nuevo escenario donde explorar. Resulta que tras la
popularización de las cámaras digitales, las cabinas públicas de Internet
ofrecen el servicio de copiar las fotos tomadas en un CD. Pero, para ello es
menester primero, bajarlas al disco duro; de tal manera que cuando los que
llevaron la cámara se van con un CD lleno de sus fotos, una copia de las
mismas queda grabada. La mayoría de las veces se trata de fotografías de
carácter familiar, pero a veces, como con los recolectores de basura, se
encuentra un “tesoro”. Piénsese además, que existen posibilidades que las
fotos poco pudorosas que logremos cazar sean de gente que conozcamos.

Un dato a tomar en cuenta es que en sociedades tan machistas como la


nuestra, el uso de cabinas públicas para fines de consumo de pornografía
resulta en un grave inconveniente para las mujeres.

El consumo de pornografía por lo general siempre se hace bajo el secreto de la


intimidad. Con Internet surge un problema, al menos en los estratos socio-
económicos en que la PC es de uso familiar y por tanto ocupa un espacio
“público” dentro de la casa. Pero las empresas dedicadas a la distribución de
pornografía a través de Internet no se han quedado con las manos cruzadas, y
hoy ofrecen la posibilidad a sus clientes de gozar de los videos o fotos que
compran, a través de sus teléfonos celulares mediante la tecnología SMS.

En otro tema, un dato que es necesario analizar con detenimiento, es que


Internet convierte a hechos que no son en sí mismos pornográficos, en tales.
Nos referimos a dos cosas, a “la oportunidad que ofrece La Red en... la
manipulación de imagen, los llamados fakes, desnudos falsos de celebridades”
(Búrdalo, 2000: 46). Y el otro caso se refiere a, por ejemplo: dos enamorados
que deciden tener relaciones sexuales, y se filman. Ese acto sexual, no es en
lo absoluto pornográfico; pero una vez acabado el amor, uno de ellos decide
colgarlo en La Red, en ese momento, ese video de amor se constituye en
pornografía. Este fenómeno no fue posible sino hasta la aparición de la
Internet. Así esta tecnología se convierte en aliada de las fuerzas que luchan
contra el amor y a favor de su mercantilización8.

La pornografía es legal en casi todas los países del mundo; pero hay cierta
pornografía, como la infantil o la que proviene del video snuff -violaciones y/o
crímenes reales filmados sin mediar truco cinematográfico- (Gubern, 2000:
184-186), que está prohibida a nivel mundial y por tanto su exhibición pública
resulta complicada por quienes la han convertido en jugoso negocio. Entonces
se utilizan medios de comunicación privados como el correo electrónico,
creándose verdaderas redes mundiales de los consumidores más sórdidos de
pornografía que usualmente se convierten también en productores de la
misma, es decir en violadores y/o abusadores de niños. En Internet la
pornografía alienta no sólo lo mórbido, sino también los más execrables delitos.

Reflexionemos, finalmente, sobre cómo funciona la dimensión espacio/temporal


en Internet. La Sociedad Red va a inaugurar un nuevo espacio y un nuevo
tiempo (Castells, 1998: 512-513). El espacio perderá su connotación física, las
ubicaciones pierden sentido a favor de los nexos comunicativos posibles de
establecer, no importa dónde esté un* sino con quién pueda comunicarse o a
qué (información), acceder. ¿Y el tiempo? Se trata de uno nuevo que ha
perdido su connotación de lapso, por una de inmediatez, tiempo real que le
dicen. Apliquemos, ahora, lo dicho al mundo de la pornografía. El pornófilo está
ubicado entonces en un no lugar, o lo que es lo mismo: no importa dónde esté,
puesto que para términos efectivos no está ubicado en ninguna parte y está
presente en todas partes al mismo tiempo. Lo que queremos decir es que el
pornófilo fluye por distintos sitios Web pornos, “ubicados” en computadoras
cuya ubicación física carece de significado. Lo que acabamos de sostener
cobra importante relevancia cuando pensamos en la “pobre” condición espacial
del pornófilo “tradicional”, siempre anclado a determinados lugares específicos.

Lo que sucede con el tiempo es también revolucionario. Piénsese en una


revista pornográfica, el momento en el que se toman las fotos es muy distinto
del consumo de las mismas por parte del pornófilo. Cierto es, que gran parte
del material que existe en La Red guarda igual característica que la que
acabamos de señalar; pero es también verdad que en Internet se ofrece
pornografía en tiempo real a través de las denominadas tecnologías
sincrónicas (sobre todo el Chat multimedia).

La pornografía en Internet, pues, tiene características que la hacen muy distinta


de la pornografía que se difunde en los soportes “tradicionales”. Baste decir
que en Internet, lo porno crece aún a expensas de quienes ya no quieren saber
más del asunto; la tecnología que usan los sitios XXX impulsa el crecimiento de
la pornografía aún en contra de la voluntad de sus acólitos y desertores.

2.- GÉNERO VIRTUAL

Aquí, nos vamos a limitar a explorar algunas cuestiones que nos parecen
sumamente interesantes y sugerentes y que se desprenden de pensar en
términos de género lo que sucede en el denominado mundo virtual.

En 1987, años antes del lanzamiento comercial de Internet, Judith Butler se


preguntaba: hasta dónde el género puede ser elegido (Artículo de J. Butler
como se cita en Marta Lamas, 1996)9; y precisamente, una de las cosas que
con más frecuencia se sostienen de Internet es que permite la autopoiesis, es
decir la autoconstrucción de uno mismo, y obviamente de su género.

Si el género es, como dicen algun*s, el papel social que se “desprende” del
sexo de la persona, me temo que la promesa de los internétfilos se cumple sólo
en parte. Veamos por qué. Cuando uno hace uso de diferentes servicios de
Internet a menudo debe responder a un cuestionario en base al cual se
construye el “perfil de usuario”; y siempre se incluye la pregunta: sexo (la base
material del género). Entonces resulta que uno termina eligiendo su sexo en el
mundo virtual, algo que es imposible en el mundo real; en la Red se puede
romper el encarcelamiento del cuerpo del que habla Bourdieu (Artículo de P.
Bourdieu como se cita en Marta Lamas, 1996)10. Y siendo el género algo que
“brota” del sexo, pareciera que uno también elige su género; pero las cosas no
son tan sencillas. Expliquémoslo con un ejemplo. Una persona de sexo
femenino entra a una sala de Chat con un perfil de varón; por tanto en las
interacciones que mantendrá asumirá una perspectiva (hasta donde le sea
posible) masculina y jugará los roles que habitualmente cumplen los hombres,
con todos los privilegios y riesgos que esto implique. Por tanto, la Red no es el
escenario donde mujeres y hombres pueden romper el género en cuanto rol
social asignado según el sexo; sino simplemente un espacio en que se
refuerzan –o por lo menos se mantienen- estos roles; sólo que no existe la
certeza de que los hombres y mujeres virtuales lo sean también en el mundo
3D. Es decir, un hombre o una mujer puede construir en Internet una identidad
que implica un cambio de sexo, pero los roles que juega esta identidad se
corresponden con el nuevo sexo asumido. Así, no se trata de una revolución,
sino simplemente de una farsa. El sexismo se destruye en la Red, no porque
sea un espacio más igualitario, sino porque permite a las mujeres construirse
cuerpos masculinos. Acaso la pregonada libertad que nos trae esta tecnología
sólo sea una cadena más sofisticada.11 Es decir que Internet no constituye una
revolución propiamente dicha del género, sino un territorio del libre
transgenerismo, es decir donde cambiamos de género, pero no al género.

No obstante, fenómenos como el de Second Life pueden hacernos tener una


perspectiva diferente. Ese producto informático permite a los seres “3D”
convertirse en seres “2D”, y así desarrollar una segunda vida. Cuando un*
solicita este servicio debe escoger un avatar, es decir, un “cuerpo virtual”, y los
hay femeninos y masculinos. Y tiene que aceptarse la posibilidad, (muy alta,
por cierto) que se escojan avatares del sexo opuesto, pero como el mundo
creado por Second Life no es muy distinto del mundo real, entonces la
socialización del género continuará más o menos como siempre; sólo que esta
vez estaría enseñando a ser mujer a quien es hombre, o viceversa. Pero se
nos preguntará: y dónde está la diferencia con el ejemplo antes descrito; pues
antes sólo se trataba de chatear y aquí de lo que se trata es de vivir. Y eso es
cualitativamente muy distinto. En este caso Internet pudiera ser considerada
como un hito en la construcción de la identidad genérica; pues la tendencia
pareciera ser a abandonar la vida en 3D para concentrarse en la recién
adquirida en 2D. Acaso el mundo construido por Second Life sea el lugar ideal
para los cyborgs subversivos de Haraway (Haraway, 1995: 253-263).

Si entendemos el género como el sexo mismo, y éste no como un hecho


natural sino como una institución naturalizada, nuestra reflexión nos puede
llevar a conclusiones diferentes. Pues esto supone que “no hay razón para
dividir los cuerpos humanos en los sexos masculino y femenino” (Artículo de M.
Wittig como se cita en Butler, 2001)12 y entonces surge la posibilidad de una
construcción infinita de sexos. Lamas habla de un continuun cuyos extremos
son lo masculino y femenino13, y se supone que Internet –pese a la lógica
binarista (digital) con la que funciona- puede encarnar (mejor virtualizar)
fácilmente esta tesis, pero todavía está lejos de hacerlo.

Si no, demos una mirada al sitio Web [Link] que se autodefine como una
“comunidad de apoyo de estilo de vida alternativa”14. Allí, en la opción que nos
permite identificarnos nos da las siguientes opciones: hombre, mujer, pareja
(hombre mujer), pareja (2 hombres), pareja (2 mujeres), grupo (hombres y/o
mujeres), transexuales, travestis, transgéneros. Hay dos primeras cosas sobre
las que hay que reflexionar obligatoriamente. La primera tiene que ver con que
no aparecen por ninguna parte las categorías gay o lesbiana; ya que estas
identidades se definen por el otro a quien buscan para tener sexo. Así, el gay
sería: hombre buscando hombre; y la lesbiana: mujer buscando mujer. Imagino
que quienes sostienen que las lesbianas no son mujeres como Wittig (Artículo
de M. Wittig como se cita en Butler, 2001)15 no se sentirán representadas en
este “menú de identidades”. Es interesante el hecho de establecer la identidad
no en uno mismo sino en la relación con el otro. Porque además esto implica
una serie de cruzamientos como el obvio: hombre busca mujer; pero también:
hombre busca transexual; o mujer busca pareja (2 mujeres). Lo otro que llama
la atención es que la identidad deja de ser individual para adoptar una
condición de pareja o incluso grupal. Es cierto que esto surge porque el
principal objetivo de [Link] es propinar encuentros sexuales; pero bien
hubiera podido establecerse una opción que diga: hombre busca a otro hombre
y una mujer; en lugar de hombre busca pareja; o pareja busca hombre.

Este asunto nos trae a colación otra pregunta que se hace Butler ¿cuáles son
las categorías fundantes de la identidad: el sexo, el género, el deseo? (Artículo
de J. Butler como se cita en Marta Lamas, 1996)16, porque precisamente
[Link] incluye en sus interrogantes el asunto del deseo como un dato para
construir la identidad del usuario. Así tenemos las siguientes opciones: 24/7
(intercambio de poder total), juegos de edad, sexo anal (dando), sexo anal
(recibiendo), asfixiafilia (juego de respiración), mordiscos, vendas de ojos, y
otras 83 opciones que nos eximen de comentarios.

Mención aparte merece la tendencia a la feminización de los varones; se ha


hablado mucho últimamente de los denominados metrosexuales, pues parece
que para entrar al mundo virtual, esta condición se está volviendo un requisito,
así tenemos, por ejemplo, que dentro de los avatares masculinos que ofrece
Second Life17, la mayoría tiene rasgos que lindan con lo femenino, o por lo
menos con lo andrógino.

Por último, nos gustaría decir algo de lo que yo llamo hipersexualidades18. En


el ciberespacio, como el demonio bíblico, podemos decir que nuestro nombre
es Legión, pues somos much*s. El digymundo es el terreno ideal para las
personalidades múltiples y por ende para las sexualidades múltiples. El mundo
virtual se nos abre como un espacio de experimentación sexual más allá de
nuestra opción reconocida, o no. Si la sexualidad es como los números reales:
infinita hacia ambos lados e infinita entre cualquier par; pues bien, nuestra
propia sexualidad puede ser infinita en el ciberespacio. Es decir mucho más
allá de lo que planteaba Wittig, una persona: un sexo (Artículo de M. Wittig
como se cita en Butler, 2001)19. No olvidemos que las relaciones en la Web son
incorpóreas, y por tanto podemos “encarnar” cualquier sexualidad posible:
heterosexual, homosexual, lesbiana, bisexual, y toda aquella que se nos
ocurra. Y aún más, para cada una de estas sexualidades podemos desarrollar
personalidades diferentes. Pero ni siquiera se trata del poder de Ranma 1/2,
ese personaje animado que cambiaba su sexo a voluntad según se bañara con
agua fría o caliente, porque de lo que aquí estamos hablando es de
sexualidades síncronas: varias al mismo tiempo. Un* puede chatear con varias
personas simultáneamente, pero un* puede también ser vari*s chateando con
vari*s que a fin de cuentas pudieran también ser un* como nosotr*s. De otro
lado, las nuevas tecnologías nos han aportado una nueva forma de organizar la
información, el hipertexto, cuyas características fundamentales son la pérdida
del orden secuencial, y la libertad por parte del lector no sólo de decidir el
camino discursivo (ya no necesariamente coherente), sino de alterarlo y hasta
de contradecirlo; pasando de consumidor a productor, como ya lo señalamos.

Pues bien, quizá cabría la posibilidad también de hablar de hipersexualidades,


en la que l*s sujet*s no siguen ya un orden lineal y progresivo con respecto a
ella, sino que tienen ante sí una infinidad de caminos posibles, no
necesariamente coherentes (ya dijimos), por los cuales pueden transcurrir con
absoluta libertad. Lo que nos hace ya no consumidor*s de la sexualidad que
“nos fue dada biológicamente”, sino prosumidor*s de las sexualidades que nos
construimos culturalmente.

BIBLIOGRAFÍA

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Vol. 1 La Sociedad Red. Madrid: Alianza Editorial.

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Toffler, A. (1990). La Tercera Ola. (8ª ed.) Barcelona: Plaza & Janés.
1
La misma metáfora, pero no con el mismo sentido se puede leer en el trabajo de Gómez.
2
El tema es desarrollado ampliamente por Jeff Hawkins, pero aquí resulta relevante, sobre todo, la crítica
al test de Turing.
3
La cámara de Juani y jennicam fueron de las más populares; la última estuvo en línea, 7 años.
4
Búrdalo, B. (2000). Amor y Sexo en Internet. Madrid: Biblioteca Nueva. 48.
5
Toffler lo explica muy bien, aunque en absoluto en relación a los temas que estamos tratando.
6
Ramos, J. (2006). El auge de los soportes digitales y virtuales. En Séptimo Círculo [on line]. Disponible
en

[Link]
7
Ramos, J. (2006). Poesía e identidad. En Séptimo Círculo [on line]. Disponible en

[Link]
8
Paz sostiene esta tesis, pero sin mencionar a Internet en su análisis.
9
Lamas, M. (1996). Usos, dificultades y posibilidades de la categoría género, 27. En Cholonautas [on
line]. Disponible en

[Link]
10
Lamas, M. Op. cit., 16.
11
Opiniones diferentes a la expresada se pueden leer en el artículo de Gómez.
12
Butler, J. (2001). Actos corporales subversivos, 36. En Cholonautas [on line]. Disponible en

[Link]
13
Lamas, M. Op. cit.
14
[Link]
15
Butler, J. Op. cit., 36.
16
Lamas, M. Op. cit., 27.
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18
Ramos, J. (2006). Sexualidad, ciudadanía y poder. En Séptimo Círculo [on line]. Disponible en

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19
Butler, J. Op. cit., 43.

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