DECLAN
Los O’Malley 3
MAYA R. STONE
UNO
DOS
TRES
CUATRO
CINCO
SEIS
SIETE
OCHO.
NUEVE
DIEZ
ONCE
DOCE
TRECE
CATORCE
QUINCE
DIECISÉIS
DIECISIETE
DIECIOCHO
DIECINUEVE
VEINTE
VEINTIUNO
VEINTIDÓS.
VEINTITRÉS
VEINTICUATRO.
VEINTICINCO
VEINTISÉIS
VEINTISIETE
DESENLACE
NOVEDADES: ¡ATENCIÓN, MIS QUERIDOS LECTORES!
UNO.
Declan O’Malley se hizo atrás en su asiento, su mirada fija en la
ventana que miraba hacia la parte más bulliciosa de la ciudad. Los edificios
que rodeaban la torre del conglomerado los O’Malley eran testigos mudos
de su creciente ansiedad.
Su gesto de impaciencia casi perpetua parecía tatuado en su faz.
Llevaba ya meses sintiendo que el tiempo se desplazaba lento y jugaba en
su contra, como un enemigo silencioso que se interponía entre él y el
control de su empresa, Davagh.
La niña de sus ojos, así la sentía, porque había construido la misma
ladrillo a ladrillo y desde los cimientos, y si esto era figurado, no dejaba de
ser cierto.
Cada escalón al éxito financiero estuvo impregnado de su ardua
labor, de sudor y hasta sangre, porque no pocos golpes de su padre le costó.
El tocar el cielo del éxito económico individual se lo debía a esta, y con ello
había venido la posibilidad, que se hizo determinación, de alejarse de la
sombra oscura de su familia.
Crecer en la mafia no era sencillo, mas cuando se lo hacía a la vera
de un narcisista violento como su padre, lo elevaba cien veces. Lo había
logrado, empero, y ¡oh, paradoja! esto le costó perder el control de Davagh,
arrastrada por la investigación que el FBI hacía sobre sus activos.
La promesa había sido que tan pronto el monitoreo contable y la
investigación criminal se cerraran, le sería devuelta, pero los últimos
dieciocho meses habían sido un infierno. Y ahora llegaba esta nueva
citación a declarar. ¡Cómo si no lo hubiese hecho ya, joder!
Maldijo en voz baja, su mandíbula trabada y los puños apretados
sobre los apoyabrazos. La luz del día comenzaba a desvanecerse, pero el
resplandor de las pantallas de su oficina iluminaba su rostro endurecido.
Era una expresión que su hermano Brady, que había estado
concentrado en la lectura de carpetas a unos metros, conocía demasiado
bien.
—Declan, tienes que calmarte —le dijo, y se incorporó, viniendo a
él con la serenidad de quien ha aprendido a contenerse en medio de la
tormenta.
Declan parpadeó y pareció salir de un trance. En verdad,
sumergirse dentro de sus agitados pensamientos era perderse en la rabia y la
sensación de no controlar las cosas, lo que le ponía de peor humor, si cabía.
—¿Calmarme? —replicó, apenas logrando contener la irritación en
su voz, aunque en su favor, tenía que decir que lo intentó para no incordiar a
su hermano—. ¡Han pasado casi dieciocho meses, Brady! El FBI ha tenido
tiempo más que suficiente para cerrar el caso, escudriñar Davagh con lupa y
limpiar el nombre de mi empresa. Saben, comprobaron que fue el jodido
Connor quien lo ensució todo.
—Sí, está bien preso y lo estará por años—afirmó Brady con voz
neutra, pero sus ojos reflejaban que no había nada de contemplación para su
medio hermano en él.
Ninguno de los dos lamentaba que los dos hijos menores de su
padre se estuviesen pudriendo en prisión, alejados del lujo que tanto
amaban. Era el resultado de ser vulgares criminales sin el mínimo apego a
la familia. Al menos, no a ellos dos.
—El agente encargado del caso reconoció que tenían bien probado
que fue él quien hizo esas transferencias a Colombia y las Caymán. Con
nuestro dinero. Robándonos para financiar sus planes de ser un zar de la
droga, jodido imbécil. Y, sin embargo, aquí estamos, atrapados en su
maldita burocracia, que es como una telaraña que no tiene fin.
Resopló y se mesó el cabello, meneando su cabeza. ¿Qué más
información y pruebas necesitaban, maldita sea?
Brady lo observó, su semblante tranquilo contrastando con la
agitación de Declan. Muchos creían que Brady era una carga para su
hermano mayor, un artista que solo tenía sesos para pensar en su próxima
pintura y exposición, sin un lugar o papel a jugar en el despiadado mundo
de los negocios.
Pero Declan sabía mejor que nadie cuán equivocados estaban.
Brady era un O´Malley, y como tal, inteligente, versátil, astuto, y capaz de
sumergirse por días en el flujo creativo que sus musas imponían, pero
también era un agudo estratega financiero.
Su calma y su intuición eran el ancla que lo mantenía firme cuando
el océano de su pasado amenazaba con ahogarlo, y esto se contagiaba a
Declan.
Habían sido ellos dos contra el mundo desde que tenía memoria, y
si Declan era el mayor y sus puños lo habían protegido del mundo
impenitente desde que pudo elevar sus brazos, Brady era quien creaba la
paz que les permitía pensar y planear.
Una simbiosis perfecta que todavía se mantenía entre ambos a
pesar de que habían dejado atrás el mundo del crimen organizado.
—Es tal y como lo dices, Declan. Pero debes tener un poco más de
paciencia—afirmó cuando Declan elevó sus brazos en gesto de frustración
—. Falta menos. Connor ya está preso, y nosotros estamos libres. Solo falta
que el Bureau lo confirme sin una sombra de duda, y entonces, nada podrá
detenerte—intentó razonar Brady, pero Declan no parecía dispuesto a
escuchar.
Antes de que pudiera responder, la puerta de la oficina se abrió, y
Louie entró con paso rápido y nervioso. El joven jefe del área digital de la
corporación O´Malley era un hombre delgado, con una figura menuda que
contrastaba con la eficiencia y determinación con la que realizaba su
trabajo.
Era un experto en todo lo que tuviese que ver con la informática y
las redes, un verdadero genio con un aire de constante nerviosismo, como si
el peso del mundo estuviera sobre sus hombros.
En ocasiones, y considerando el talante de sus jefes, los dos primos
de Declan, y este mismo, Louie tenía que sentir que en realidad mucho
dependía de él.
—Señor O'Malley —dijo Louie, sin mirarle directamente por más
de unos segundos, su mirada yendo a Brady, que le sonrió alentador, y
luego a su laptop, que parecía parte de su mano izquierda—, he hecho lo
que me pidió, y créame que lo intenté, pero no he logrado romper los
cortafuegos del FBI. Su seguridad es... impecable. Usted sabe que yo no soy
un hacker de los más brillantes…—intentó disculparse, sonrojándose.
Brady se movió para colocarse al lado del joven, como si quisiese
confortarlo y defenderlo de la obvia desilusión que drenó de los ojos de
Declan. La expresión de Brady era una mezcla de incredulidad e
indignación.
—¿Qué demonios, Declan? ¿Has intentado que Louie hackee al
FBI? ¿Has perdido la cabeza, joder?—exclamó, su voz subiendo de tono y
dejando fluir su preocupación y furia—. Esto puede traerle problemas a
Louie, y a nuestros primos Brian y Cillian. ¡Es una locura, incluso para ti!
Declan se encogió de hombros, restando importancia al asunto,
aunque la frustración no cedió. Había tenido una pequeña esperanza de que
el muchacho pudiese darle noticias frescas, pero estaba visto que no.
—Nada de locuras, los hackers hacen esto todo el tiempo. No es
que le puse un arma en el pecho—se quejó, y Brady resopló.
—Porque Louie intenta ayudar, incluso cuando no es conveniente.
Te lo he dicho, no tienes que dejarte impresionar por Declan—su tono se
atemperó cuando se dirigió al empleado.
—No es problema, señor Brady. No hice nada que me pusiese en
riesgo.
—Te lo dije—indicó Declan, con suficiencia-. Joder, esto es
imposible, necesito saber. No tener acceso a Davagh ya es malo, pero ni
tener una aproximación a cuándo, o si me la devolverán…
Se estremeció, pero se rehízo de inmediato. Una de sus pesadillas
era que los jodidos agentes le quitaban la empresa y los capitales de esta
quedaban congelados por décadas.
Louie, aún nervioso, se aclaró la garganta.
—De todas formas, he podido recabar información usando la que sí
es de acceso legal. Sobre la Unidad de Cibercrimen y la de Delitos
económicos, en especial de esta última. Le estoy enviando esta ahora
mismo—el joven se sentó en el sillón más lejano a Declan y tecleó con
velocidad de vértigo—. Están los perfiles del jefe de la última, que es donde
el expediente de Davagh ha estado por algunos meses…
—Incompetentes oficinistas, probablemente demasiado ocupados
con su café como para entender las urgencias de los hombres como yo—
gruñó Declan.
—… y también los de los dos forenses contables principales, uno
de ellos es una mujer.
—¿Incluiste datos sobre ella, entonces?—interrumpió Declan,
levantando la mirada de los papeles que había estado revisando.
Había algo en la idea de conocer a sus adversarios que le daba una
sensación de control, aunque fuera mínima. No son adversarios ni
enemigos, se dijo, pero su mente empecinada distinguía poco en este
momento, y como obstáculos que eran, no gozaban de su respeto ni
simpatía, punto.
Brady, sin embargo, no estaba dispuesto a ceder, como el porfiado
idealista y jugador limpio que era. ¿Cómo era posible que tuviese esa veta
de grises y vocación de justicia cuando venían de un mundo de blancos y
negros?
—Declan, esto no es un juego, ni una instancia en la que debas
intervenir Tienes que dejar que el proceso siga su curso. Davagh es
importante, lo sé, pero no puedes arriesgar todo por impaciencia. ¿Te das
cuenta de que puedes ir a la cárcel por espionaje, por intento de
manipulación de evidencia, …?
—No quiero manipular nada, solo conocer. Saber es poder, y yo
necesito algo de esto ahora mismo, o voy a implosionar, Brady. No me
cruces, sabes que he soportado y sido paciente.
Declan cerró los ojos por un momento, intentando contener la
frustración que lo consumía.
—Brady, Davagh no es solo una empresa. Es mi más preciado
logro. Nuestro, en realidad. Fue la que nos aseguró la independencia
financiera, la que nos puso lejos de todo nuestro entorno, la que nos dio otro
camino. Tengo que recuperarla, cueste lo que cueste. Pero no haré nada que
nos ponga en peligro. Solo quiero... acelerar las cosas.
Brady lo miró, intentando leer entre las líneas de esas palabras,
buscando una señal de que su hermano no cruzaría la barrera que tanto
había luchado por trazar. Salir del mundo mafioso no había sido sencillo,
pero lo lograron.
Si, con ayuda de sus primos, y con la benevolencia y amparo de la
familia de su madre, que les habían dejado tomar el camino que deseaban,
sin amenazar su vida ni dejarlos en el ostracismo.
Estaban en el mejor momento de sus vidas, y tenían el capital que
necesitaban para comenzar otro sueño, otra empresa, se lo había dicho
muchas veces.
Mas Declan era obsesivo. Siempre había sido celoso de sus
juguetes, posesivo con sus cosas, con sus afectos. Y Davagh estaba entre
estos. No cedería.
—Solo ten cuidado, Declan. Recuerda que hemos llegado hasta
aquí juntos. No dejes que la desesperación nuble tu juicio, no hay
necesidad. Te veo demasiado ansioso, y no tomas las mejores decisiones
cuando estás así.
Declan asintió con lentitud, aunque su cabeza ya estaba rodando en
el sentido que sus instintos le marcaban. Sí, Brady tenía razón, por
supuesto, pero él era incapaz de acallar la necesidad urgente de actuar.
El sonido frustrado de Brady y la puerta cerrándose detrás de los
dos hombres fueron las indicaciones de que lo dejaban solo. Él ya estaba
sentado en su escritorio y abriendo el correo que Louie le había hecho
llegar.
Como le indicó, tenía archivos adjuntos. Examinó con cuidado
cada uno. El jefe de la sección contable era un hombre de mediana edad con
entradas en su cabeza y ojos pequeños, y a Declan le sentó mal de entrada.
Este era el culpable de que el expediente no avanzara. Aunque todo
jefe dependía de sus empleados, y si estos no eran eficientes… Miró el
expediente de los dos forenses contables que estaban segundos en la línea
de jerarquía, y tuvo la impresión que el hombre debía ser el que lidiaba en
forma directa con sus archivos.
Debía ser. Si fuera él, no le daría a esa mujercita con rostro amable
y cabello desordenado un caso tan importante. Pero tú eres un machista, te
lo dijo Minerva, y varias mujeres más. La dudosa adjetivación lo había
molestado en su momento, pero a veces se encontraba razonando en esos
términos, así que había terminado por darles razón, en su mente.
Era probable que se equivocara con ella, porque el puesto que tenía
era importante. Sí, debía pagar poco, como todos los estatales, pero había
una escalera que debía escalarse, y nadie sin habilidades lo haría. Así que
no le convenía olvidarlo.
Hay mujeres que son auténticas escaladoras sin pruritos, Declan,
no te olvides de eso. ¿O el caso de tu media hermana Alona no es un
ejemplo de una mujer sin prejuicios y astuta?
Como fuera, Declan leyó con cuidado el archivo que detallaba la
información de Adele Lively y se prometió que encontraría la manera de
saber qué pasaba con Davagh antes de que el Bureau se preocupara por
informarle.
DOS.
El jet privado de Declan aterrizó en la pista del Aeropuerto
Internacional Dulles de Washington. La puerta estuvo abierta apenas el
avión dejó de moverse, permitiendo que descendiera con la rapidez y
discreción que le eran garantizados a los pasajeros de su calibre.
Los trámites de migración y aduanas se realizaron con celeridad y
eficiencia, y pronto estuvo caminando con su maleta por el aeropuerto
como si fuera un escenario dispuesto solo para él.
Una limusina discreta lo esperaba a pocos metros de la salida, el
chofer ya con la puerta abierta para que ascendiera sin demoras. Todo fluía,
como debía ser, consideró mientras se acomodaba en el interior del
vehículo, y el olor al cuero lo invadió. Se permitió disfrutar por un
momento del silencio, que contrastaba con el bullicio del aeropuerto.
Luego, dio la orden de avanzar, y la limusina comenzó a transitar
hacia la salida, y pronto estaba adentrándose en el corazón de la ciudad.
Washington DC y sus edificios imponentes y monumentos históricos
pasaron a través de las ventanas tintadas como un borrón, pero Declan no
estaba para jugar al turista.
Su mente estaba ocupada en la reunión que le aguardaba en el
cuartel general de la Agencia federal. El trayecto hasta el Four Seasons fue
corto, pero cada minuto fue un recordatorio de la importancia del día. El
hotel, conocido por su lujo sin ostentación, se erigía en uno de los rincones
más elegantes de Georgetown.
La fachada de piedra clara y ventanas amplias daba paso a un
lobby donde el mármol y el dorado se mezclaban en un ambiente de
serenidad y exclusividad. A su llegada, el gerente del hotel en persona salió
a recibirlo, un gesto reservado para los huéspedes más distinguidos.
—Bienvenido, señor O’Malley. Su suite está lista —le dijo, con
una sonrisa profesional distendiendo su rostro mientras le entregaba la llave
de la habitación.
Declan asintió, serio, distraído por sus pensamientos, buscando
ordenarlos. Era imperioso que midiera cada palabra y sus gestos no
trasuntaran la aguda molestia y ansiedad en que la agencia federal le tenía.
La suite presidencial era un espacio amplio, decorado con una
paleta de colores neutros que invitaban a la calma. Las paredes estaban
adornadas con obras de arte contemporáneo, y los muebles de diseño
italiano ofrecían una combinación perfecta entre confort y estilo.
Una amplia sala de estar ofrecía vistas al río Potomac. El centro de
la estancia era dominado por una mesa de comedor en madera oscura con
espacio para ocho personas.
En el dormitorio, una cama que excedía el habitual King-size
estaba tendida con sábanas de algodón egipcio, e invitaba al descanso y a
actividades poco santas. Bien podría haber una orgía en el espacio.
El baño era un templo de mármol, con una ducha de efecto lluvia y
una bañera profunda, perfecta para relajarse después de un día agitado. El
lujo era algo en lo que Declan no reparó, empero, porque si algo había
tenido siempre excesos era de este. En su casa siempre sobró ostentación y
faltó amor, eso solía decir Brady.
Suspiró, cansado, y se despojó de su ropa con lentitud, disfrutando
de la suavidad de la alfombra bajo sus pies. Estiró sus miembros y rodó sus
hombros, su cabeza, sintiendo sonar sus cervicales. La constante agitación
en que vivía se cobraba su precio en contracturas.
Entró en la ducha y maniobró con los controles, dejando que el
agua caliente borrara el agotamiento del viaje y el estrés que se había
acumulado en sus músculos. Cerró los ojos, dejando que su mente
organizara las ideas que rondaban su cabeza.
Había llegado el momento de enfrentar al FBI, otra vez, pero en
esta oportunidad no permitiría que lo distrajeran con preguntas sin sentido.
Había declarado todo lo que tenía para decir desde el instante en que aceptó
el trato para denunciar a su padre y sus actividades criminales.
No había escondido nada que no fuera necesario. Claro que había
dejado por fuera su propia implicación en actividades delictivas previas,
pero las suyas no habían implicado vínculos con las redes de la droga y la
trata de blancas. Nunca.
Y no había denunciado las redes que su familia materna tenía con
él y Brady, ni las que había tenido previamente con su padre. Eso estaba
atrás. El Bureau le debía, tenía que cumplir la parte del trato, y su sangre
hervía en furor ante la posibilidad de que se retractara.
Después de todo, su trato había sido con un agente puntual, un jefe,
sí, pero… ¿Qué tribunal defendería su postura si se presentara para exigir
que le dieran de vuelta lo que le pertenecía?
Torció su boca en desmayo y su decisión se hizo más firme. Tenía
que recuperar Davagh, y no se detendría ante nada. La información de
primera mano era esencial, y si tenía que hacer alguna maniobra para
obtenerla, que así fuera.
Salió de la ducha y se envolvió en una toalla antes de dirigirse al
armario. Con movimientos precisos, eligió su atuendo para la reunión. Un
traje Tom Ford hecho a medida, de lana y seda en un profundo azul marino,
que vestía perfectamente su figura atlética.
Los detalles, como las solapas de pico y los botones de madreperla,
eran discretos pero denunciaban la alta costura. La gabardina Burberry,
negra y con un forro de tartán que solo se asomaba con sutileza cuando se
movía era una elección estratégica para el clima y la ocasión.
Sus zapatos Armani de cuero negro pulido completaron el
conjunto, otorgándole un aire de autoridad y control. La moda le importaba
nada, salvo para proyectar lo que debía: control.
Listo para enfrentar al FBI, Declan salió del hotel y se dirigió a la
sede del Bureau en el corazón de Washington. El edificio J. Edgar Hoover
se alzaba como un coloso gris contra el cielo, una fortaleza que sin duda
debía albergar secretos que muchos preferirían olvidar.
La seguridad en la entrada era estricta; cámaras, detectores de
metales, y guardias armados revisaban cada detalle. Declan pasó por cada
control con una mezcla de cortesía y firmeza, consciente de que todos los
ojos estaban puestos en él, pero manteniendo una fachada de seriedad que
no permitía que nadie adivinara sus pensamientos.
Le habían dicho que exudaba un tipo de sensualidad peligrosa, una
presencia que atraía tanto como intimidaba. Era consciente de su poder, y lo
usaba a su favor cuando era necesario.
No era algo de lo que se consideraba orgulloso, pero renegar de las
cualidades que su genética y su crianza le habían legado era tonto, e
innecesario.
Luego de que atravesó con éxito el último control, lo condujeron a
una sala de reuniones austera, donde dos personas lo esperaban. El jefe de
la unidad de investigación contable, o como cojones se llamara la oficina
que tenía a Davagh prisionera, reconoció por la foto que Louie le había
acercado.
El susodicho era un hombre mayor con cabello canoso y una
mirada penetrante, a pesar de que eran pequeños. A su lado, uno de los
contadores forenses principales, un hombre más joven que parecía
demasiado absorto en sus papeles como para prestarle atención. La actitud
de ambos le agravió, la primera porque le juzgaba, y la segunda porque no
estaba habituado a la indiferencia.
—Señor O’Malley —comenzó el jefe con voz grave—, gracias por
venir. Queremos hablar sobre Davagh y sus vínculos con ciertas actividades
que podrían estar relacionadas con la mafia irlandesa.
Declan se mantuvo erguido, su rostro una máscara de compostura.
Este no era un camino que pretendía recorrer, muchas gracias. No era el
trato, y no tenía que ver con su empresa.
—Davagh siempre ha sido una corporación independiente. La creé
con ese sentido. Para ser preciso, para alejarme de las actividades de mi
familia. No tengo ningún vínculo con la mafia irlandesa, o con operaciones
criminales de las que quiera hablar.
—Entendemos que ese es su posicionamiento —continuó el
contador, levantando la vista—. Pero debemos preguntar sobre los capitales
iniciales de la empresa. ¿De dónde provinieron?
Joder, qué incordio. A pesar de su honda molestia, empero, Declan
no titubeó. No iba a ser un hombrecito dependiente del gobierno con un
traje mal cortado y una actitud de profesor irritado el que le movería de su
sitio. Estaba acostumbrado a lidiar con tiburones y mafiosos de alta escala,
esto no era nada.
—De eso hace casi diez años, y no veo cómo podría tener que ver
con nada, pero le diré, porque no escondo ni un dato cuando se trata de
Davagh. Mi hermano y yo heredamos una gran fortuna cuando mi abuela
materna murió en Irlanda. Ese es un dinero legal y auditado, y consta en los
registros legales de aquel país.
El hombrecito asintió, y el más joven a su lado lo hizo con más
vehemencia, haciendo un tic en una lista. ¡Gilipollas que eran! Lo tenían
todo averiguado, esto era un mero trámite. ¿O procuraban hacerle tropezar?
—Y respecto a su padre y hermanos, quienes actualmente están
presos por actividades delictivas, ¿puede asegurarnos que no tienen ningún
tipo de control o influencia sobre Davagh? —inquirió el jefe, su tono ahora
más inquisitivo.
Declan sintió una punzada de irritación, pero la disimuló bajo una
sonrisa fría.
—No tengo ataduras con ellos. Me engañaron y hackearon mi
empresa, robándome dinero que luego transfirieron a cuentas en el
extranjero. Ya he respondido a estas preguntas antes, y sigo esperando a que
el FBI se ponga al día.
El jefe intercambió una mirada con su colega, antes de asentir con
lentitud.
—Entendemos su frustración, señor O’Malley. Este proceso es
meticuloso, pero falta poco para que esté completo. Espero que entienda
que es nuestro deber, y es lento porque debemos cubrir cada cifra, cada
operación, con cuidado. Este encuentro busca tener su lado de la historia, y
si bien ha sido convocado más de una vez, era de formalidad que nuestra
oficina también tuviese su palabra y versión. Hacemos las cosas apegados a
los reglamentos y a la ley aquí.
El hombre le habló con solemnidad y no hubo altanería en él, pero
Declan apretó los dientes, disimulando su furia bajo una expresión
controlada. Hacerlo viajar hasta aquí solo por formalidades era una falta de
respeto, una burla al esfuerzo que había invertido en limpiar su nombre.
—Aprecio su tiempo y comprendo que hay etapas en el proceso—
dijo con voz tensa—. Mas espero que esto se resuelva pronto. Ya hace un
año y medio que mi empresa está bajo la lupa y no opera, con los
consecuentes prejuicios económicos. Esto sin agregar que no puedo usar el
dinero que he ganado legítimamente, heredado en su mayoría. Espero me
entienda usted también, Davagh es más que una inversión para mí.
Hubo algunas frases más, de fría cortesía, y Declan se despidió de
ambos hombres con una última mirada firme y salió de la sala. Mientras
caminaba por los pasillos del FBI, cada paso resonó en sus cabeza
alentando su determinación.
Esto era basura. Pura burocracia envuelta en cháchara que no
aceleraría lo que necesitaba. No le habían dado un dato firme, ni una
perspectiva, más que humo. No se quedaría de brazos cruzados.
Estos dos eran los involucrados en forma directa, y probablemente
algún contable más. Pero por la estructura que estudió de esta oficina, había
otra persona que podía tener acceso si así lo decidía. La mujer. La otra
forense contable.
Hizo memoria y el nombre vino a su cabeza de inmediato. Adele
Lively, así se llamaba. Tendría que recurrir a ella si iba a acelerar este
proceso. Necesitaría su cooperación, lo que implicaba que necesitaba
información más profunda sobre ella.
Haría lo que fuera necesario para ganarse su ayuda, incluso si eso
significaba acudir a sus dotes de seductor. Debía proceder con cautela, no
obstante. En principio, desempolvar dichas dotes, que de habitual no
necesitaba. El dinero y el aura de poder eran afrodisíacos y atractivos
poderosos, por lo que era normal que las mujeres bellas viniesen a él.
Aburrido, pero suficiente para drenar su libido.
Como segundo aspecto, no podía ir al frente, como gustaba hacer
cuando tenía un desafío. No, esto exigía rutas laterales, alternativas.
Lamentaba tener que irrumpir así en la vida de esa mujercita, pero había
cosas que tenían que hacerse.
TRES.
Adele tamborileó con suavidad sobre la mesa, el dedo índice de su
otra mano dibujando el borde de su copa de vino. Su mirada barría el
movimiento de la multitud de hombres y mujeres que iban y venían de las
mesas y reservados al mostrador del club de Georgetown.
Las voces se cruzaban y por debajo de ellas el sonido de la música
les envolvía. Era un lugar alegre y elegante, con una iluminación tenue que
creaba un ambiente íntimo, perfecto para relajarse después de un largo día
en la oficina.
Suspiró cortito. La jornada había parecido interminable hoy, y si su
trabajo como contadora forense le gustaba, también le pesaba en algunas
ocasiones. Su labor podía ser monótona porque debía ser meticulosa en
extremo.
Sí, también era cierto que encontraba un extraño placer en
desentrañar los secretos ocultos en números y transacciones financieras.
Mas justo esta jornada esto no le había producido esa emoción.
Habían sido meras formalidades. Su jefe se aseguró de que así
fuera, dejándola fuera de los casos más desafiantes para dárselos a Howard.
Como de habitual.
Basta, deja de pensar en lo que te frustra. Deja atrás las tablas de
Excel y los informes de auditoría, viniste aquí a relajarte. Así era. Para
beber algo mientras se dejaba llevar por el murmullo alegre de las
conversaciones a su alrededor, y para disfrutar de la compañía de sus
colegas y de la charla inocua.
Sarah y Michael no lo hacían fácil, vamos, que ambos estaban
enfrascados en una conversación sobre el último caso complicado que
habían abordado. Adele los escuchaba a medias, su mente vagando hacia
temas más ligeros.
La música del club la envolvía, y se permitió disfrutar del
momento, tomando un sorbo de su trago, relajándose en la compañía de
amigos. Era en estos pequeños espacios de normalidad donde encontraba
equilibrio, lejos de las exigencias del trabajo y las expectativas de su
familia.
No, esto era injusto, sus padres no eran sino contemplativos, y que
su madre quisiese nietos no la hacía molesta. Solo le recordaba que no tenía
con quién, y así parecía que continuaría. Su sequía amorosa era antológica.
Su atmósfera laxa se resquebrajó cuando vio que Martha avanzaba
hacia ellos. Suspiró, fastidiada. Era su prima y vivían juntas, pero eso no
hacía la vida entre ambas fácil, no para Adele. Claro que esto nacía del
hecho de que se sentía invadida.
Martha había llegado un día hacía ocho meses a su casa, esperando
ser atendida, alimentada, mantenida, vamos, y si Adele pensaba esto, no
había hecho nada por demostrar su molestia.
No habría pasado nada si su prima fuese agradable y colaborara, o
demostrara algo de agradecimiento. Más Martha era una fuerza natural de
las negativas, a su juicio. De esas que tomaba y tomaba, y se esforzaba en
no gustar, al menos con ella.
No pasaba día en que no le recordara que estaba sola, que su
cabello era ingobernable, que su closet distaba de guardar prendas
interesantes, o cualquier otra pequeñez más.
¿El problema con los pequeños desaires y dichos desagradables?
Repetidos, se sumaban y hacían cadena, y agriaban el ánimo de Adele, que
además se sentía una tonta por no poner límite a quien tomaba ventaja de
ella sobre la base de ser familia.
La vio avanzar, e irrumpir entre ella y sus colegas. Su entrada solía
ser así, inconfundible; Martha tenía un don para hacerse notar. Alta, rubia, y
con un aire de suficiencia que a menudo rayaba en la arrogancia, era el
centro de atención donde quiera que iba, y esta noche no era la excepción.
—¡Adele! —exclamó Martha, abrazándola con una mezcla de
afecto y desdén—. Aquí estás, escondida en la esquina como siempre.
¿Cómo va tu noche?
Adele apenas esbozó una mueca, acostumbrada a los comentarios
poco sutiles de su prima. Martha no tenía malas intenciones, tal vez, eso
quería creer Adele, pero su actitud a menudo era agresiva.
—Todo va bien, Martha. Solo relajándome un poco—respondió,
tratando de evitar que la noche tomara un giro incómodo.
Martha, sin embargo, no estaba allí para su tranquilidad, ni perdió
tiempo escuchando su respuesta. Su mirada ya se había desviado luego de
saludar con poco calor a Sarah y Michael.
—Cuando vi tu mensaje decidí venir a acompañarte. Dios sabe que
necesitas ayuda para funcionar en este tipo de ambiente—rodó los ojos, y
Adele miró a sus amigos, que evidenciaban fastidio.
—Adele funciona bien allí donde se lo proponga. Es brillante—
intervino Sarah, siempre la mamá gallina, y Adele le sonrió, pero su frase
no mereció ni una respuesta de Martha, ocupada como estaba mirando la
barra.
Adele dirigió sus ojos hacia donde Martha estaba fija, curiosa por
ver qué le había hecho silbar y frotarse las manos. Había un hombre solo en
la barra, de espaldas a su grupo, y parecía desprender un aura de poder. Su
espalda ancha y su altura eran llamativas, y desde aquí se podía distinguir
su porte y elegancia.
—Mira, Adele —dijo Martha, sus ojos brillando con un interés que
Adele conocía demasiado bien—. Ese hombre es un millonario. Observa:
traje a medida, zapatos de diseñador, y ese reloj… Debe costar más que mi
auto.
¿Cómo podía distinguir tantos detalles en segundos? Sí, Martha
tenía un gusto más que obvio por la buena vida y los lujos, y nada que la
sustentara, salvo una rotación de ligues que tenían una característica en
común: billetera muy grande.
No era algo que Adele le diría a su madre, empero, porque esto
llegaría a oídos de su tía, y la buena mujer se preocupaba por su hija
Martha.
—Apuesto a que puedo conquistarlo en menos de cinco minutos.
Adele rodó los ojos, un gesto que no pasó desapercibido para Sarah
y Michael, quienes intercambiaron miradas cómplices.
—Ese hombre está fuera del alcance de cualquiera de nosotras—
intervino Sarah—. Es obvio que no está acá para conquistar a nadie.
Él se había dado la vuelta y joder, era impresionante. Su traje le
abrazaba, no había otra definición, y su rostro era tan guapo como el de un
modelo. No, pensó luego, sus rasgos eran más cortantes, más agresivos.
Su mandíbula cuadrada, su nariz aquilina, sus ojos grises, que pasó
por encima de ellos sin detenerse, eran rasgos poderosos que no deberían
funcionar juntos, pero lo hacían. ¡Vaya si lo hacían!
—¿Crees que no puedo conquistar a alguien así? No me conoces.
Les voy a mostrar.
—Martha, no creo que sea una buena idea —trató de disuadirla
Adele, viendo cómo su prima ya se levantaba para avanzar hacia la barra—.
Además, parece que has bebido un poco más de lo habitual.
Estaba claro que este no era el primer lugar donde bebía. Adele
supuso que las botellas de su estantería habían sufrido un importante bajón.
Ella no bebía más que un trago de tanto en tanto, pero le gustaba tener para
agasajar a sus visitas. Martha se agasajaba a menudo, pero su estadía había
excedido la de visita hacía largo tiempo.
Nada de lo que dijo detuvo a su prima, que con andar sexi sobre
sus diez centímetros de tacón (Adele no sabía cómo podía caminar sobre
ellos), se dirigió hacia el hombre, dejando a Adele con un nudo en el
estómago.
Ella sabía que su prima podía ser encantadora, pero también temía
el desenlace de su osadía. Su prima era buena en atraer la atención, pero
rara vez pensaba en las consecuencias.
Los tres observaron desde la distancia cómo Martha se acercaba al
hombre, iniciando una conversación con una sonrisa coqueta. Él la miró, en
apariencia sorprendido por su llegada y la manera desinhibida en que su
prima le puso una mano en el pecho.
Mas de inmediato recompuso su postura y extendió una sonrisa en
su faz que hizo que el corazón de Adele se detuviera por un segundo. El
hombre era increíblemente guapo, y el rostro anguloso de líneas marcadas y
una barba incipiente cambiaba al sonreír.
El aire de madurez y sofisticación era innegable. Su cabello oscuro
estaba peinado hacia atrás de manera impecable, y sus ojos grises reflejaban
una intensidad que Adele rara vez había visto.
A pesar de la aparente seriedad de su expresión, había algo en él
que irradiaba una sensualidad contenida, como si cada gesto estuviera
calculado para atraer.
Martha intercambió algunas palabras más con él, ambos riendo con
suavidad y sensualidad, y cuando ambos miraron hacia ellos, para ansiedad
de Adele, supo que le había invitado a ir a la mesa. Para restregarles la
conquista, era obvio.
Mientras venían hacia ellos, Adele sintió que su corazón latía con
fuerza en su pecho. La forma en que él se movía, su andar seguro y
controlado, le decía que este hombre no era alguien común.
Y cuando se acercaron lo suficiente, Adele se encontró sin palabras
ante su presencia. Él llevaba una chaqueta que acentuaba sus anchos
hombros, y su postura proyectaba una confianza que no podía pasar
desapercibida. Cada detalle de su apariencia sugería que estaba
acostumbrado a manejar el control y la autoridad.
—Este es… —comenzó Martha, su sonrisa emulando la expresión
del gato que se comió al canario, vanidosa, pavoneando el que consideraba
un éxito seguro—. En realidad, no he preguntado su nombre aún. Alguien
tan encantador ni siquiera necesita uno, ¿o sí?—abatió sus pestañas, y él
sonrió, enigmático.
Adele pensó que lo que Martha dijo era la tontería más grande, y
alguien como este hombre no podía sino considerarlo, también. O tal vez el
hecho de que Martha fuese infartante hacía que esto no importase.
Era probable, pero le molestó considerar que este maromo fuese
guiado por instintos básicos.
—Es encantador, ¿no crees, Adele?
Adele trató de recuperar la compostura, asintiendo ligeramente
mientras extendía la mano.
—Hola, soy Adele —dijo, su voz apenas un susurro, sintiendo la
calidez en su rostro.
El hombre tomó su mano con suavidad, pero con firmeza, y la
sacudió con levedad, dejándola prendada de sus ojos.
—Deaglan—se presentó, su voz profunda y resonante—. Un placer
conocerte, Adele.
Luego se dio la vuelta para saludar a sus amigos, y Adele sintió
que el tiempo se detenía por un instante. La sonrisa de Deaglan era
encantadora, y pronto estuvieron hablando con fluidez, a pesar de Martha,
que abrazó su bíceps y pretendió llevarlo, sugiriendo ir a otro sitio.
Él pareció perder interés en ella tan pronto llegaron a la mesa, por
lo que Adele estaba fascinada. No era de la ciudad, eso era obvio, y lo hizo
saber, explicando que estaba aquí por negocios.
Ante su pregunta, Sarah y Michael le sugirieron lugares
emblemáticos de Washington, y Adele indicó algunos, pero se mantuvo
bastante lacónica, perdida las palabras.
Algo en él la atraía sin remedio, pero no era raro. Era un hombre
guapísimo, y no sabía si era su sentido arácnido, como solía decir su madre,
pero intuía que había más debajo de la superficie calma y amable.
Sí, intuía que bajo esa apariencia pulida y controlada había mucho
más por descubrir. Que él la mirase sin ambages cada pocos segundos
mientras Martha procuraba retomar el control que había perdido no la hizo
sentir más tranquila.
¿Es que él estaba interesado en ella? No, seguramente no, aquí
estaba ella otra vez con sus fantasías tontas. Podrías tener fantasías menos
agradables, y con menos, se felicitó. Bajó su mirada y focalizó en su
bebida, y cuando su voz llamó su atención, parpadeó.
—Adele, ¿tienes algo que hacer mañana? Me dice Sarah que
conoces Georgetown como la palma de tu mano, y quisiera recorrer algunos
museos.
Se atragantó, y enrojeció, y esto dio espacio a Martha para
ofrecerse:
—Yo podría…
—No, tú no eres de aquí—dijo Michael, y Adele agradeció la
intervención, consciente de que esta puso a su amigo en la lista negra de
Martha, pero, ¿a quién le importaba?
El hombre más sexy que conoció en años le pedía ayuda, no era de
buena gente negarse. Sí, iba a estar hecha un manojo de nervios en su casa
cuando pensara qué vestir y qué decir que no fuera idiota, pero…
—Mañana de tarde no tengo inconveniente, sí.
Joder, ¡qué fuerte! Había venido aquí a disfrutar del happy hour, y
su prima había traído a sus pies a un hombre espectacular. No va a durar,
Adele, no va a durar, se dijo, pero por una vez, hizo caso omiso a la voz
que se complacía en boicotear sus expectativas.
CUATRO.
Declan había llegado al club en persecución de la forense contable,
a la que había estado esperando afuera del edificio de su trabajo, por
segundo día consecutivo.
Louie había hecho un estupendo trabajo de recolección de datos en
base a sus redes sociales, básicamente Instagram, que al parecer era la que
usaba de manera más habitual.
Del análisis de esta info y fotos había concluido que había días de
semana en que ella y sus amigos iban a algún club, y eso se le había
antojado perfecto porque le hacía fácil el contactarla.
Mientras ellos buscaban donde estacionar, él se aproximó a los
hombres que manejaban la seguridad y les mostró varios billetes,
inquiriendo dónde podía estacionar lo más cerca posible del local. Esto le
garantizó un sitio entre los vehículos del personal, en una calle lateral.
Se encaminó luego al interior del club, y se alejó de la entrada,
pretendiendo inspeccionar el sitio. Solo cuando el grupo de tres que incluía
a su objetivo estuvo en el club y sentados en una mesa, se aproximó a la
barra para quedar a unos diez metros.
Sentado de espaldas, con un espejo largo y angosto en la pared,
tenía acceso a mirar a Adele Lively a gusto. Declan se había vestido con
cuidado para emular a los ejecutivos que habían salido de la oficina para
relajarse tras un día largo.
Por supuesto que uno de alto rango, algo que una persona
interesada en las grifas y los accesorios era capaz de reconocer. No tenía
idea de si esa mujer era de las que podían valorar ropa de diseñador, pero
supuso que lo bien que le hacían ver agregaba interés. En su experiencia
siempre era así.
La música envolvente era una mezcla suave de jazz contemporáneo
y ritmos lounge, el tipo de ambiente que invitaba a conversaciones
tranquilas y miradas cómplices entre sorbos de cócteles cuidadosamente
elaborados.
A su alrededor, los grupos de profesionales reían, conversaban y
brindaban, buscando desconectar de la agitación del día. El barman asintió
cuando pidió el whiskey que le gustaba, para lo cual debió abrir una botella
cuyo precio haría palidecer a cualquiera poco familiarizado con los gustos
más refinados: un Macallan Fine & Rare, cosecha 1982.
Declan giró el vaso entre sus dedos, observando cómo las luces se
reflejaban en el líquido ambarino. Llevó el vaso a los labios, disfrutando del
sabor profundo y añejo mientras su mirada se posaba con cuidado, una y
otra vez a través del espejo en la mujercita. Adele Lively.
La había reconocido apenas la vio salir del edificio el día anterior;
su perfil no era difícil de recordar después de haber estudiado cada detalle
del dossier que Louie le había enviado.
No se podría decir que ella destacara en la multitud de forma
particular. Su traje sastre era prolijo y adecuado para su trabajo, suponía,
pero común, y se animaba a decir que el color no la favorecía.
Su cabello, abundante y rizado, parecía algo descuidado, como si
no hubiera pensado mucho en su apariencia antes de salir de casa. Sí, era
bonita, tenía facciones delicadas y no había visto su cuerpo por completo,
pero parecía en forma y con curvas.
No destacaba en un sitio donde había mujeres muy bien vestidas,
maquilladas y peinadas al detalle. Pero Declan entendía que esa mujer, al
parecer deslucida, era la clave para resolver el rompecabezas que se le había
presentado con el FBI. No necesitaba mucho para que esta cayera en su red;
solo un empujón en la dirección correcta.
Con un aire distraído continuó saboreando su bebida, observando,
esperando que el momento adecuado se presentara. Tenía decisiones por
tomar. Fingir que chocaba con ella, si es que ella decidía incorporarse de su
lugar. En algún momento debería ir al tocador.
O acercarse, lo que lo expondría más. En su mente, lo esencial era
que fueran ella o su entorno quienes hicieran el primer contacto, para
eliminar cualquier suspicacia.
La suerte estuvo a su favor, y no tardó en beneficiarlo. Su
paciencia dio frutos cuando escuchó una voz femenina a su lado. Al girarse,
reprimió una sonrisa predatoria.
La rubia exuberante que se había unido al trío había venido a él.
No tenía idea quien era, pero poco importaba, lo llevaría a Adele. Reprimió
el gesto de fastidio cuando ella colocó su mano en gesto posesivo sobre él,
y extendió una sonrisa, que si la blonda tuviese un poquito de lectura de las
emociones de los demás, vería que no llegó a los ojos.
Pero ella parecía inmune a nada que no fuese su propio interés.
—Te veo muy solo aquí, y es una pena —le dijo, sugiriendo con su
tono más de lo que sus palabras dejaban entrever—. ¿Qué te parece si te
invito a un trago?
Declan pensó que probablemente debería pedir un préstamo para
pagarlo, pero se acicateó para parecer juguetón y cercano, levantando su
vaso.
—Con este tengo suficiente. Me gusta darme gustos, pero soy
medido. Además, soy yo quien debería hacer la oferta, como buen caballero
—Que no era, y lo tenía claro, pero podía fingirlo si esto le llevaba adónde
quería—. ¿Qué te gustaría?
Ella batió sus pestañas e hizo un mohín que pretendió sensual, y
que a él le aburrió a más no poder. Estaba hasta los cojones de este tipo de
mujeres.
—Un daiquiri—indicó, y Declan hizo un gesto al mozo para que
tomara el pedido, que aceleró con un billete de cien dólares que desorbitó
los ojos de la rubia.
Ella rio, regocijada, y dio un sorbo a su bebida, para luego
embarcarse en el habitual ida y vuelta del primer encuentro, que Declan
escuchó a medias, su mirada sobre la escena en la mesa.
Adele y sus amigos miraban serios, la primera con el ceño
fruncido. La curiosidad le hizo preguntarse qué estaría pensando ella.
—Bueno, no todos los días uno se encuentra con un hombre de tan
buen gusto, y eso es obvio en tu traje—dijo la rubia, inclinándose hacia él
—. No me presenté, soy Martha.
—Hola, Martha, encantado.
Para nada, pero no importaba. No le dijo su nombre, pero ella no
pareció apurada.
—¿Eres de Washington?
Declan hizo una pausa calculada, dejando que la pregunta colgara
en el aire antes de responder.
—Estoy aquí por negocios. De paso, disfruto de una buena bebida
después de un día largo.
Martha sonrió, juguetona, y pasó la punta de su lengua por el labio
inferior en un gesto tan obvio que si Declan hubiese podido, hubiese rodado
los ojos hasta la nuca. De verdad, la estampa de la obviedad. Buenos senos,
empero.
—Te cuento un secreto: aposté que podía lograr que me invitaras
un trago, aunque no es lo único que me trajo a ti—sonrió—. Mis amigos
están allá —dijo, señalando con un movimiento de cabeza hacia la mesa
donde estaban Adele y sus compañeros, y Declan pretendió darse la vuelta
con curiosidad—. Si te acercas conmigo, habré ganado, y luego podemos
ver dónde nos lleva la noche—prometió.
Lejos de ti, Martha, pensó Declan, pero sonrió y asintió, como si el
plan fuese perfecto. En verdad, la primera parte lo era. Martha lo estaba
llevando directo a su presa, ¿se podía pedir algo mejor?
Declan fingió considerar la propuesta, para luego asentir con
lentitud.
—Vamos a ganar esa apuesta.
Martha se colgó de su brazo de manera molesta para llevarlo hasta
el grupo, y Declan observó de arriba abajo a la mujer voluptuosa y
descaradamente coqueta, pero no sintió más que un vago interés por su
figura. Estaba aquí para algo más importante.
Estampó una sonrisa amigable ante el grupo mientras Martha se
pavoneaba ante ellos.
—Muy bien, aquí estamos. Este es…—le miró con aturdimiento,
recién entonces comprobando que no le había preguntado el nombre, y
Declan moduló su tono para no parecer demasiado intrusivo pero lo
suficientemente interesante como para captar la atención.
—Deaglan —dijo, presentándose con su nombre en gaélico, el que
su bisabuela y abuela solían usar para nombrarle, y que llevaba en el
corazón.
—Sarah—dijo la castaña a la izquierda, que miraba a Martha con
seriedad, y le dirigió a él una sonrisa amable.
—Mathew—se presentó el hombre—. Somos los tres colegas.
—Y esta es mi prima Adele—dijo Martha, pasando por encima de
la voz de la implicada, que parpadeó y no dijo más.
Sus ojos demostraron su molestia, pero su sonrisa de circunstancias
no cambió. Martha era ruda, y al parecer su objetivo era fácil de acallar. La
idea no le gustó, y esto agregó otro aspecto en desfavor de la rubia Martha.
—¿Descontracturándote luego de una jornada larga?—inquirió
Sarah, rompiendo el momento de silencio.
—Estoy en la ciudad por negocios y me quedaré una semana.
Vengo de Boston.
—Oh, eso es un largo viaje. Debes tener intereses en las dos costas
entonces—dijo Martha, que se resignó a quedarse cuando Declan aceptó el
asiento que Mathew le ofreció.
—Pues sí, el conglomerado en que trabajo tiene inversiones por
todo el país.
—Tu acento, no logro desentrañarlo—dijo Sarah.
—Nací en la costa Este, pero mis raíces son irlandesas.
El grupo fue acogedor y animado, a pesar de las intervenciones de
la rubia, cuyo humor se fue agriando cuando se percató de que el interés
individual de Declan se había perdido.
Incluso Adele, con su sonrisa amable, participó en la conversación,
aunque se notaba su timidez. Le sugirió algunos sitios turísticos para visitar
en Washington: el Lincoln Memorial, el Smithsonian National Air and
Space Museum, la Biblioteca del Congreso y, por supuesto, un recorrido
nocturno por los monumentos iluminados.
—Gracias, Adele —dijo, haciendo una pausa para dejar que su
nombre resonara—. Tomaré tus sugerencias en serio.
—Adele conoce Washington de cabo a rabo, es casi local—dijo
Sarah, y Martha resopló.
Mientras la noche avanzaba, Declan comenzó a ignorar con
sutileza a Martha, enfocándose cada vez más en Adele. Observaba cómo
ella se ruborizaba y bajaba la mirada cuando Martha intentaba mostrarse
superior.
Entre otras cosas, esta dijo que Adele era de recluirse como una
tortuga en un caparazón, y prefería leer a socializar. Su intento por
denostarla era obvio, y eran los típicos comentarios que podría hacer que
alguien se sintiera avergonzado.
No en presencia de Declan, no obstante. Este tenía un máster en
defender a Brady de su padre y hermanastros justamente contra este tipo de
acoso. Porque no podía calificarse de otro modo.
Sus amigos lo veían, y hacían lo posible para detener a la
desagradable rubia, pero no bastaba.
—A veces, disfrutar de un buen libro y la tranquilidad es lo mejor
—comentó, volviendo la conversación a Adele, con una sonrisa que hizo
que ella se relajara y sonriera de vuelta—. De hecho, comparto ese gusto.
Adele le devolvió una sonrisa brillante, sus ojos grandes y
expresivos centellando con un toque de sorpresa y gratitud. Para Declan,
esto confirmaba lo que ya sabía: ella sería su entrada, y no necesitaría más
que un poco de atención y encanto para lograrlo. Todo iba saliendo a la
perfección.
Cuando el grupo decidió que era hora de irse, Declan se levantó
junto a ellos, ofreciéndose a acompañarlos hasta la salida. Martha, ya
bastante achispada, se dejó llevar por los demás, dándole a Declan la
oportunidad que había estado esperando. Se acercó a Adele, asegurándose
de que su tono fuera suave y genuino.
—Adele —dijo, captando su atención—, espero que no te moleste
si te pido tu teléfono. Me encantaría explorar Washington un poco más y
creo que tú podrías ser la mejor guía.
La mujer parpadeó, sorprendida, pero intuyó que también
halagada, y cuando asintió, la satisfacción lo llenó.
—Claro, no me molestaría en absoluto —dijo, sus palabras
tranquilas pero teñidas de una emoción que no podía ocultar.
Declan guardó su número en su teléfono, agradeciéndole con una
sonrisa que sabía que Adele recordaría. Mientras se alejaba del grupo supo
que la primera fase de su plan había salido tal como lo había planeado.
CINCO.
Adele se sentía confundida mientras dejaban atrás el club de
Georgetown. Sarah manejaba con cuidado, sorteando el tráfico, y el silencio
entre los tres era cómodo, aunque interrumpido por Martha, que lanzaba
risitas tontas aquí y allá, y colocaba su cabeza sobre el hombro de Adele,
noqueada por el efecto de los tragos.
Al menos no está en condiciones de continuar mostrando su
personalidad por la noche, consideró. Había tenido más que suficiente hoy,
los comentarios desagradables y punzantes. La presencia de ese hombre los
había potenciado, en particular cuando Martha sintió que perdía el interés
de este.
Deaglan, pensó, y sus labios casi esbozaron el nombre. No lo había
escuchado antes, pero de algún modo sentía que le sentaba bien. Sí que
había tomado un giro inesperado la noche. Él había captado la atención de
todos en la mesa, y en especial la suya.
Adele no había podido evitar el voltear la cabeza atrás varias veces
al salir, mientras se alejaban del club, y cada vez que lo hacía, veía a
Deaglan observándolas desde la puerta, su imponente figura destacándose
bajo las luces tenues del lugar.
Su mirada era fija, pero no intimidante, como si estuviera
asegurándose de que estuvieran bien. Cuando habían debido doblar la
esquina para ir al estacionamiento, distante varias cuadras, Adele había
sentido una extraña punzada de decepción al perderlo de vista.
Su mente, por otro lado, seguía dando vueltas a las imágenes del
maromo espectacular con el que habían conversado y reído.
—Ve a acostarte y no te demores con Martha—le dijo Sarah
cuando llegaron y su prima no reaccionó al comentario.
Adele asintió, decidida a dejarla en el sillón a que se arreglara. Era
lo menos que merecía por ser tan arrogante y despectiva con ella. Dejó
escapar un suspiro de alivio al ver la fachada de su casa a veinte metros.
En el corazón de Georgetown, su hogar era una típica construcción
de la zona, una casa adosada de ladrillo rojo con un pequeño jardín
delantero bien cuidado. Los arbustos estaban podados con esmero y las
flores de temporada daban un toque de color que contrastaba con la
sobriedad de la estructura.
Las ventanas, altas y estrechas, estaban decoradas con cortinas de
encaje que Adele había elegido, y la puerta, de un azul profundo, les daba la
bienvenida con un toque de elegancia clásica.
Por dentro, la casa se sentía como un reflejo del alma de Adele, y
se había esmerado para que así fuera. A pesar de haber heredado muchos de
los muebles y objetos de su abuela, había logrado darles su propio toque.
Los colores pastel dominaban la decoración, creando un ambiente
cálido y relajante. El salón estaba presidido por un amplio sofá de dos
cuerpos cubierto de mantas suaves, siempre listo para una tarde de lectura.
Alrededor, las plantas en macetas de cerámicas de colores se
alineaban en estantes y rincones, aportando vida y frescura. Los libros
estaban por todas partes, apilados en mesas, llenando estanterías, testigos
mudos de su constante sed de conocer, entretenerse, emocionarse.
Las lámparas antiguas que habían sido predilectas de su abuela
seguían en su lugar, lanzando una luz cálida que hacía que cada rincón se
sintiera íntimo y seguro.
Adele se dejó caer en uno de los sofás de un cuerpo, cerrando los
ojos por un momento y respirando hondo. Aquí estaba en casa, en su
refugio.
Martha se había metido sin una palabra al baño, y supuso que
demoraría, no dudando que incluso se durmiera allí. Joder, su prima era un
desastre ambulante, a pesar de sus aires de superación y sofisticación.
Su mente la hizo a un lado sin más, volviendo a Deaglan. No había
imaginado que un hombre como él, con esos ojos grises tan penetrantes,
elegante, con un cuerpo que le encantaría visualizar sin ropa, podría estar
interesado en ella.
Para el carro, Adele, ¿qué coño estás pensando? ¿Interés? Bueno,
no había imaginado sus miradas, o la forma en que había atendido a cada
palabra que ella decía, como si de verdad le importara lo que tenía que
decir.
Mm. ¿Era eso posible? Un hombre como ese, tan imponente, con
esa mandíbula cuadrada y ese pecho y espalda y muslos anchos, todo lo que
señalaba potencia física, ¿podía estar interesado en ella?
No era algo habitual en su vida. Adele había tenido más que su
cuota de citas fallidas, momentos incómodos que solo reforzaban la idea de
que era mejor con los números que con las personas.
Tal vez Martha tuviera razón al criticarla, al decirle que debería
salir más y socializar. Quizás. Pero para Adele, sus libros siempre habían
sido una compañía más confiable. Hasta hoy, porque en este momento, no
tenía una pizca de ganas de leer, nop.
Tenía una historia propia en desarrollo en su cabeza, y la
protagonizaba. Sí, era probable que exagerara, que estuviera poniendo
mucho color a gestos simples, pero una mujer podía tener fantasías.
Suspiró, y subió sus piernas desnudas al sillón, abrazándolas contra
su pecho. Deaglan era impresionante. Mientras su mente repasaba sus
rasgos, sus labios esbozaron una pequeña sonrisa sardónica.
¿Cómo podía estar interesado en ella? Calma, Adele, se dijo, solo
quiere que seas su guía por la ciudad. No te hagas ilusiones. Tal vez ya se
olvidó de su pedido.
El pensamiento la tranquilizó tanto como le puso el ánimo un poco
bajo. Sí, tranquilizar, porque la idea de que alguien así la mirara con otra
intención que no fuera pedirle cotización para una auditoria financiera o
para pedirle que se corriera de sitio le era imposible de creer.
Por otro lado, una parte de ella no podía dejar de preguntarse qué
habría pasado si Martha no hubiese estado allí, si hubiesen tenido la
oportunidad de hablar a solas.
Nah, ella jamás se habría atrevido a acercarse. Así que punto para
Martha, que les regaló una hora y media de contacto con un maromo regio.
Era un consuelo pensar que el día, a pesar de todo, había terminado mejor
de lo que había empezado.
La jornada en el trabajo había sido todo menos ideal. Adele estaba
convencida de que su jefe consideraba a las mujeres de la oficina como
asistentes personales y buenas para tareas básicas, pero no para darles
libertad de acción.
Lo había demostrado hoy, de nuevo, al volver a relegarla a tareas
monótonas, a pesar de su preparación y experiencia. Adele sabía que podría
estar haciendo mucho más que analizar datos frente a una pantalla todo el
día, pero él parecía disfrutar manteniéndola en un segundo plano.
Era frustrante y, aunque no lo admitiera en forma abierta frente a
Sarah y Mathew, que hablaban de eso, lo veían, esta actitud de su superior
afectaba su confianza.
Estaba segura de que podría ser excelente en el trabajo de campo,
pero nunca le daban la oportunidad. Ni se la darían, como la de manejar
algún caso de notoriedad.
Un sonido proveniente del baño la sacó de sus pensamientos.
Martha estaba vomitando. Adele suspiró, el desaliento cubriéndola como
una manta pesada. Su prima había llegado a su casa desde Kansas
prometiendo que solo se quedaría unas semanas.
Pero esas semanas se habían convertido en meses, y durante todo
ese tiempo, Martha había logrado hacerla sentir pequeña y desanimada. Ella
era, en apariencias, todo lo que Adele no era: seductora, segura, una bomba
sexy que acaparaba la atención de todos. Y Adele... bueno, Adele era solo
ella.
Se levantó y fue hasta el baño, donde encontró a Martha inclinada
sobre el inodoro. Sin decir nada, le alcanzó una toalla y esperó a que su
prima se recompusiera.
Martha le dedicó una mirada somnolienta y murmuró algo
ininteligible antes de volver a su habitación, tambaleándose. Adele la siguió
con la mirada, su frustración creciendo.
¿Cuándo se iría? La molestaba saber que debía ponerse firme y
demandarlo. Lo suyo no era la confrontación, y la posponía. Además, su
madre le había pedido que fuera paciente con Martha, por el bien de la
salud familiar.
¿Y mi bien?, pensó, aunque luego se dijo que si tanto le
preocupaba, debía tomar acción. Algo que no haría de inmediato, por lo que
razonaba en círculos.
De regreso en su habitación, se miró en el espejo con una mezcla
de resignación y autocrítica. Sus ojos grandes reflejados le devolvieron la
mirada, pero no encontró en ellos la mitad de la intensidad de los grises que
la habían incendiado en el club.
Continuó evaluando su cuerpo. Sus senos eran pequeños, su cintura
era breve, “de avispa” solía decir su abuela, y ella reía con la descripción, y
sus caderas eran anchas.
Su cabello rizado se rebelaba contra cualquier intento de
controlarlo, enmarcando su rostro de una manera que ella consideraba
desordenada. ¿El epítome de la mujer gris?, se preguntó, no sin amargura.
Pero algo había sido diferente esta noche. Su corazón había latido
con una alegría inusitada, una emoción que hacía mucho no sentía.
Se preguntó si Deaglan la llamaría, como le indicó. Probablemente
no, concluyó con una mezcla de realismo y tristeza. No se necesitaba más
que caminar y preguntar para encontrar los lugares dignos de ser visitados.
Lo más factible es que hubiese estado matando tiempo esta noche.
Se metió en la cama, apagó la luz y cerró los ojos, tratando de
calmar la tormenta de pensamientos que la asaltaba. ¿Por qué tenía que
cuestionarse tanto? La enojaba su falta de aprecio propio, la manera en que
dejaba que las palabras de Martha le volviesen pequeña.
El sueño que de habitual llegaba a ella veloz, la esquivaba hoy, y
no había que ser muy lúcida para entender que había quedado excitada y
con demasiadas ideas tontas en la cabeza.
Se abocó a respirar con calma, y se dejó permear por las fantasías,
que la envolvieron como un traje a medida. En estas, Adele era osada, y
valiente, capaz de ir al frente y mostrarse interesante, seductora, vestirse
con gusto y llamar la atención de hombres como Deaglan.
En el mundo que se creaba, los escenarios en los que se movía eran
distintos, y no había cosas que no pudiese hacer. En estos no se arredraba
ante su jefe y Martha era un insecto al que no daba entidad. Vestía sin
timideces, buscaba satisfacer sus necesidades y deseos.
Siempre había tenido una imaginación exuberante, y de grande
entendió que compensaba las falencias de la realidad, pero ¿qué más daba?
La hacían sentir bien. ¿Qué importaba que no fuese algo probable o
factible?
Las fantasías existían para algo. Y aunque sabía que eran
improbables, por primera vez en mucho tiempo, las de esta noche la
hicieron sentir muy bien, y giraron todas en torno a un hombre.
SEIS.
Declan se despertó antes del amanecer, con la disciplina que los
años de entrenamiento físico y mental le habían inculcado. Su cuerpo, una
máquina bien engrasada, exigía movimiento, y él siempre le respondía.
Bajó al gimnasio del Four Seasons, donde los ventanales
mostraban una vista inigualable del Potomac mientras la ciudad aún dormía.
El ambiente olía a limpio, con una ligera fragancia de eucalipto que
emanaba del sistema de ventilación.
Los aparatos de última tecnología brillaban bajo las luces suaves,
reflejando el compromiso con la excelencia que el hotel ofrecía. No es que
esperase menos que perfección por lo que estaba pagando, pero era
agradable sentirse rodeado de confort.
Su rutina comenzó con pesas. Los músculos de sus brazos y
espalda se tensaron mientras levantaba las mancuernas, sintiendo cómo
cada repetición lo acercaba un poco más a su objetivo: ser invulnerable,
tanto física como mentalmente. Su fuerza era evidente en cada movimiento
fluido, su cuerpo una perfecta conjunción de poder y control.
No dejó que ningún pensamiento intrusivo le quitara este momento
para él. Si permitía que su mente ganara la partida, estaría haciendo los
ejercicios a medias y sin encontrarles gusto. Había algo sanador en el dejar
que su cuerpo se agotara.
Después de un tiempo considerable dedicado a la fuerza, Declan se
dirigió a un área despejada del gimnasio, donde practicó Krav Magá. Había
aprendido el arte israelí de la defensa personal en Irlanda y merced a un tío,
y no dejaba de agradecerle por ello.
Estos ejercicios le permitían afinar sus reflejos, destilar su
agresividad en algo manejable y canalizar sus pensamientos oscuros en
movimientos precisos. Los golpes rápidos, los bloqueos y las llaves lo
sumergieron en un estado de concentración absoluta.
Cada golpe que lanzaba, cada patada que conectaba con el saco
pesado, lo acercaba más a la calma que solo el agotamiento físico podía
brindarle.
Tras una hora y media, su camiseta estaba empapada de sudor, y su
respiración, aunque controlada, era profunda. Se dirigió a las duchas,
permitiendo que el agua caliente aliviara la tensión de sus músculos
mientras dejaba que su mente, ahora sí, tomara control, y lo preparara para
el día que tenía por delante.
En el restaurante del hotel, Declan optó por desayunar unos huevos
Benedict sobre crabcakes, acompañados de un café negro bien cargado. El
plato era una mezcla de tradición y modernidad, reflejando la esencia de la
ciudad, así le dijo un locuaz chef que estaba supervisando las mesas del
buffet.
Mientras degustaba el sabor delicado del cangrejo fresco, tomó su
teléfono y marcó el número de Louie.
—¿Qué tienes? —preguntó sin preámbulos cuando el joven le
atendió.
Louie se había transformado en alguien de su más estrecha
confianza, debía admitirlo, y era tiempo de reconocerlo con una mejora
salarial.
De hecho, si pudiese contar con su trabajo en Davagh si… cuando
estuviese en sus manos... Eso sería perfecto, aunque no sabía si sus primos
lo considerarían un paso desleal. Debería preguntar previamente.
—Buenas tardes, señor. No tengo nada nuevo, lo lamento—Louie
no se anduvo con rodeos, pero Declan ya sabía que era poco probable que
pudiese avanzar en la Internet sin una ayuda de su parte—. Con respecto a
lo que me dijo sobre la clave de acceso de Adele Lively, le confirmo que
sus credenciales de acceso a la red del FBI es lo que necesitamos. Sería la
forma ideal de ingresar sin que nos detecten.
Declan frunció el ceño, dejando su tenedor a un lado. Era como
imaginaba, y por ello había procedido con el plan. Acercarse a la contadora
le daría la posibilidad de acceder a la información que tanto necesitaba.
—Bien, estoy trabajando para obtenerla.
Hubo una pausa en la línea antes de que Louie hablara de nuevo,
con un tono algo más suave.
—Señor Declan, esa mujer...—carraspeó, y Declan supo que estaba
nervioso e intentaría hacerle cambiar de plan. El joven carecía de la
callosidad de hombres como él, por supuesto—. Ella parece muy dulce. En
sus redes sociales solo veo fotos de ella con libros, caminatas por los
parques... No creo que acepte involucrarse en lo que podría poner en jaque
su trabajo y su reputación.
Declan apretó la mandíbula, su tono volviéndose huraño. Claro que
no lo aceptaría, era obvio que Adele era honesta y cumplidora de su tarea y
rol, de esas que no se desprendían de las reglas. Él, por el contrario, había
caminado por las cornisas legales no pocas veces.
—No te preocupes, Louie. No voy a hacer nada en su contra, no
quiero más que acceso a la información. Esto también va para ti, y tu
tranquilidad de espíritu. No pretendo más que saber qué esperar del FBI.
Louie no respondió de forma inmediata, lo cual dejó claro a Declan
que su subordinado no estaba convencido. Pero eso poco importaba. Haría
lo que debía para salvaguardar lo que le pertenecía.
Él no era un villano, claro que no, pero sí era un bastardo, uno
dispuesto a manipular a esa mujercita frágil para conseguir lo que
necesitaba.
Su mirada se endureció mientras bebía otro sorbo de café. Por
supuesto que no iba a dañarla. No estaba en él lastimar a una mujer, y
menos a una inocente como esta. Solo necesitaba acceso a la investigación,
para saber si el FBI estaba en las últimas fases de estas, o si lo estaban
engañando.
La paranoia no había sino aumentado desde que estuvo en las
oficinas del Bureau y respondió a las preguntas capciosas de ese hombre, el
jefe de Adele. Había algo que no le convencía, tal vez se equivocaba, y
atribuía intenciones nefastas a un hombre que era, llano y simple, uno
cansado y acostumbrado a lidiar con criminales.
Lo que le carcomía era que se negaba a aceptar como una
posibilidad cierta que cuando finalmente le entregaran el control de
Davagh, ya no hubiese chances de levantarla de sus cenizas.
No podía darse el lujo de esperar años por un imposible. Además,
necesitaba acceso a sus fondos, los declarados y oficiales, que estaban
congelados. Por supuesto que no había sido tan tonto como para no tener
reservas, y sus cuentas en Suiza habían sido mantenidas fuera de su alcance
de la investigación.
Pero quería de vuelta lo que era suyo, y bien habido, porque se
había roto el lomo por años para ganarlo, durmiendo poco y trabajando más
que nadie. La furia hervía dentro de él al pensar en la falta de control sobre
su propia vida.
Estaba cansado de estar a merced de otros. Había sido así desde
que tenía memoria. Tiempo de proceder, sin más dilaciones, se instó. Tomó
su móvil y, con decisión, tipeó para enviar un mensaje a Adele.
DEAGLAN: Hola, Adele. Soy Deaglan, del club, anoche. ¿Te
acuerdas de mí, espero?
Vio cómo el doble tic se volvió azul casi al instante, pero pasaron
largos minutos antes de que las palabras comenzaran a aparecer en la
pantalla.
ADELE: Hola, Deaglan. Claro que lo recuerdo. No bebí tanto
como para no hacerlo.
DEAGLAN: Esperaba que mantengas tu ofrecimiento de guiarme
por tu ciudad. Mis reuniones terminan temprano hoy, y tengo la tarde libre,
lo cual es bueno, siempre y cuando pueda aprovecharlo con alguien que me
dirija con acierto por la capital.
ADELE: Estoy en el trabajo este momento, pero tengo la tarde
libre. Me encantará guiarte por algunos lugares de Georgetown.
Declan sonrió al leer la respuesta. Sus dedos se movieron con
rapidez mientras le contestaba:
DEAGLAN: Perfecto. Gracias, de verdad. Puedo pasar por tu
casa y partimos desde allí, si lo deseas.
Hubo unos minutos de espera antes de que el mensaje de respuesta
apareciera:
ADELE: Preferiría que nos encontremos en el primer sitio. ¿Qué
te parece en la National Gallery of Art? No tienes cómo perderte para
llegar allí.
Declan asintió, complacido. Adele tenía una saludable
desconfianza, lo cual la hacía aún más interesante. Sería una tonta si le
mostrara su domicilio a un desconocido como era él. Domicilio que él ya
conocía, por supuesto.
DEAGLAN: Muy bien. Nos vemos allí a las 3 p.m.
Con el plan en marcha, Declan se dedicó a su trabajo, que no podía
descuidar. Sus primos le habían dado el control de un área muy importante
de su conglomerado, y les pagaba con dedicación extrema.
No olvidaba ni por un instante la deuda que había generado con
ellos. Habían estado para él y Brady en los momentos más aciagos,
exponiendo a los suyos al peligro, dando cuenta del tipo de hombres que
eran.
Sus suspicacias primarias, nacida en la niñez y adolescencia y fruto
del desprecio que su padre sentía por Aidan, Brian y Cillian, se habían
desintegrado. Cuando nadie más estuvo, ellos sí, tendiéndole una mano, su
casa, su protección, su capital, y el trabajo al que hoy se dedicaba.
Las reuniones virtuales que tenía pactadas se desarrollaron sin
inconvenientes, y luego se conectó con Brian, que dirigía la parte financiera
de las operaciones, y con Cillian, que se ocupaba del marketing y seguridad.
Ambos eran cautelosos, algo que había aprendido a valorar.
Después de discutir algunos detalles, Brian preguntó si había
alguna novedad sobre el acceso a sus fondos.
—Estoy trabajando en eso, —respondió Declan con un tono que no
admitía más preguntas.
Luego, hizo una llamada rápida a Brady, para informarle sobre su
reciente encuentro con el FBI. Había demorado en darle detalles porque
había estado pendiente de lo que quería hacer, de su plan con Adele, pero ya
este estaba en marcha.
Le habló sobre la reunión, las preguntas y comentarios del jefe
contable, sus impresiones, y Brady le escuchó en sumo silencio.
—¿Y qué estás haciendo ahora?—preguntó Brady en forma
directa, conociendo bien la naturaleza esquiva de su hermano, y que le
estaba ocultando información.
—Afilando mis uñas, Brady. Necesito saber más de lo que se me
dijo. Estoy abocado a ver cuándo nos devolverán lo que nos pertenece.
Brady suspiró al otro lado de la línea.
—Odio cuando te pones así, tan terco. Prométeme que no vas a
dañar a nadie, y no, ya sé que no vas a lastimar físicamente a nadie. Pero los
sentimientos de los demás cuentan, gilipollas, y también se hieren.
Lo sabía. Que tuviera los suyos apretados y guardados bajo llave
no significaba que no fuera empático. Oh, lo era, pero… A veces, sus
intereses se hacían demasiado intensos como para dejarlos de lado.
Vería de compensar lo que rompía, se prometió, mirando por la
ventana del hotel, contemplando el brillo del sol reflejado en los cristales de
edificios cercanos.
—No voy a dañar a nadie, Brady. Te lo prometo.
En su mente el que comenzaba no era más que un juego de ajedrez,
y Adele Lively era una pieza que pensaba mover con la mayor eficiencia
para su beneficio. No tenía intención de prometerle nada que no estuviera
dispuesto a cumplir, y no podía ser acusado de mentirle.
Todo lo que necesitaba era acceso a su mundo laboral, nada más, se
dijo, por enésima vez. ¿Sonaba frío? Sí, lo era. Pero un pasado de pérdidas,
violencia y lucha constante por lo que deseaba le había moldeado así.
Nadie le iba a regalar nada, y actuar con determinación era la única
forma en que lograría la estabilidad financiera y el futuro que tanto
anhelaba, sin volver a caer en las garras del mundo mafioso.
Decidido y con su mente enfocada en el plan, Declan se preparó
para el encuentro con Adele, sabiendo que cada movimiento contaba y que,
en este juego, él no podía permitirse fallar.
SIETE.
Adele apenas podía contener su excitación, y le provocaba bailar,
aunque no pudiese hacerlo aquí. La ocasión lo merecía. ¡Deaglan se había
comunicado y quería que se encontraran! Esto era maravilloso.
Sus dedos temblaron levemente mientras sostenía el teléfono,
releyendo el mensaje que le había enviado. Nerviosa, se dirigió al baño de
la oficina, necesitando un momento para procesar lo que acababa de
suceder.
Frente al espejo, se miró con detenimiento. Sus mejillas estaban
del color de la grana, y sus ojos brillaban con una mezcla de nerviosismo y
anticipación. Inhaló con profundidad, y dejó que el agua corriera, lavando
su cara, tratando de calmarse mientras intentaba domar su cabello rizado.
Los rizos, como siempre, se negaron a cooperar, revelando su
naturaleza indomable. Suspiró y dejó caer las manos a los costados,
resignada. No es como si pudiese modificar su apariencia de la noche a la
mañana.
Deaglan no la había visto peinada a la perfección la noche anterior
y aun así había mostrado interés. O algo así. No te adelantes, no le pongas
combustible a las posibilidades ni las dinamites. Deja que esto fluya, Adele,
tú puedes actuar con moderación.
Su mente, de habitual preocupándose sin necesidad, vagó hacia su
prima, Martha. ¿Qué diría esta cuando se enterara? Era probable que se
enfureciera y la acusara de robarle a Deaglan, considerando que había sido
ella la que se lo presentó.
Él se introdujo solo, porque Martha ni el nombre sabía, y fue
decisión del hombre el sentarse con ellos y conversar largo y tendido. Y
pedir su número de teléfono, así como escribirle hoy para pedirle que fuese
su compañía por la ciudad.
No tienes por qué decirle, y en el caso de que se entere, tampoco
ameritan explicaciones. Son adultas. Por otro lado, con lo achispada que
estaba su prima anoche, debía recordar el reloj y el traje más que al hombre
en sí. Así de liviana era, la conocía.
Decidida a dejar de lado esta preocupación, Adele se concentró en
planear qué lugares mostrarle a Deaglan. Mientras tecleaba en su ordenador,
y menos concentrada de lo que debería, su mente trabajaba en paralelo,
repasando posibles opciones.
Georgetown era conocido por su rica historia y cultura, así que
mostrarle dos de los íconos más representativos de la ciudad era más que
necesario. La National Gallery of Art y el Kennedy Center for the
Performing Arts no solo eran magníficos, sino que también le permitirían a
Deaglan experimentar lo mejor de la cultura de la capital política de los
Estados Unidos.
La elección le pareció acertada, pero mientras sus pensamientos
vagaban, sus ojos seguían atentos a la puerta de su oficina, temiendo que su
jefe apareciera intempestivamente con un montón de carpetas y le
extendiera la labor unas horas.
No le sorprendería que algo así ocurriera, ya que a menudo le
asignaba trabajos de última hora. Suspiró, y repasó con brevedad su traje
oscuro, un conjunto de pantalón y chaqueta que había elegido esa mañana
sin imaginar que terminaría en una cita. No es una cita, joder, Adele,
espabila, que si no luego te desanimas.
El atuendo le parecía insuficiente. Desteñido. Sí, ella usaba este y
el que había vestido ayer como comodines, cómodos y prácticos, pero…
¿Cómo iba a competir con la ropa lujosa que seguro Deaglan vestiría? No lo
veía embutido en jeans casuales o un una camisa estándar.
Este pensamiento la hizo dudar de sí misma, y por un instante
consideró cancelar el encuentro. Pero, justo cuando la inseguridad
amenazaba con paralizarla, se aferró a su decisión.
Deaglan la intrigaba, la atraía de una manera que no podía explicar.
Luego de un segundo de análisis, determinó que probablemente era pura
lujuria, y se reprendió por ello.
Se obligó a sumergirse en su rutina de trabajo, otra vez, a enfocarse
en los números y en las investigaciones de fraude que tanto disfrutaba. Su
capacidad para prestar atención al detalle y su meticulosidad eran las
cualidades que la hacían destacarse en su labor.
Sin embargo, a pesar de su competencia, las mejores oportunidades
siempre se destinaban a otros, aquellos que tenían una relación más estrecha
con la autoridad. Y eran hombres, agregó su mente.
El tiempo pasó sin que se diera cuenta, y cuando levantó la vista,
se dio cuenta de que había trabajado más allá de la hora del almuerzo. Su
estómago gruñó en protesta justo cuando miró el reloj. Apenas tenía tiempo
para llegar a su cita.
Tomó una barra de cereales de su escritorio y la devoró mientras
bajaba en el ascensor. Salió de la oficina y tomó un auto hacia el lugar
acordado, una mezcla de emoción y ansiedad creciendo en su interior.
Cuando llegó al National Gallery of Art lo vio. Deaglan estaba
sentado en un banco, de perfil, observando algo en la distancia. Su
apariencia era… magnífica. No se le ocurrió otra palabra. Parecía una de
esas estatuas que los antiguos griegos esculpían a la perfección.
Como había anticipado, vestía de forma lujosa: unos pantalones
beige que le sentaban estupendos, una camisa de lino azul celeste abierta en
el cuello, y unas gafas de sol de diseñador que sostenía en una mano.
Cada detalle de su atuendo gritaba elegancia y riqueza. No eran
meras apariencias, el hombre no hacía evidente que tenía dinero, pero eso
se exudaba, en palabras de Sarah.
Adele tragó saliva, sintiéndose aún más consciente de su traje
oscuro. ¿Qué hacía este hombre, tan impresionante, interesado en alguien
como ella?
No te boicotees, se dijo mientras avanzaba, tratando de ignorar las
palabras críticas de Martha que resonaban en su cabeza. Él se comunicó, así
que debe haber algún interés genuino.
Sin embargo, una punzada de inseguridad la atravesó al
preguntarse si quizás Deaglan era gay. ¿Podría ser esa la razón por la que
mostraba interés en el arte, en hacer turismo con una persona que conociera
la ciudad?
La idea la angustió, pero se obligó a respirar hondo y seguir
adelante. Estaba pensando tonterías absolutas, y además, cayendo en
clichés. ¿Por qué un hombre no estaría interesado en el arte, joder? Era
oficial, los nervios le estaban achicharrando el cerebro.
—¡Adele! —La voz de Deaglan la sacó de sus pensamientos.
Él se incorporó, sonriendo con una calidez que la desarmó por
completo. Sus ojos grises eran aún más intensos a la luz del día. Todo él lo
era.
—Gracias por venir —le dijo, y su voz baja y segura la envolvió.
Adele intentó responder con la misma calma, pero solo logró
balbucear algo incoherente mientras su rostro se coloreaba de nuevo.
—No es nada —logró decir al final, sintiéndose ridícula—. Me
encanta venir aquí, y verlo a través de los ojos de un visitante es interesante.
Para evitar incómodos silencios, se lanzó a compartir algunos datos
sobre el lugar, asumiendo el rol de guía. Le explicó la importancia de la
National Gallery of Art, destacando algunas de las obras maestras que
albergaba.
Sin embargo, y para su vergüenza, justo en medio de una
explicación sobre la influencia del Renacimiento italiano, su estómago
gruñó nuevamente, esta vez más fuerte, haciendo que se detuviera. Saltearse
el almuerzo no había sido inteligente, recién comenzaban el recorrido.
Deaglan soltó una carcajada suave que hizo que Adele se sintiera
más avergonzada.
—Tal parece que debo alimentarte—le dijo, y ella negó con
vehemencia.
—Estoy bien, es solo que …
—De ningún modo, no puedo permitir que mi guía esté
hambrienta, ¿cómo me contará los secretos de la ciudad? —dijo él, sacando
su teléfono y scroleando—. Veamos, un lugar cercano con buenas
recomendaciones para comer. Invito yo, por supuesto.
Adele intentó protestar, pero él no le hizo más caso, decidido, y
cuando encontró lo que quería, le mostró la pantalla. Adele tragó saliva y le
indicó la dirección, muerta de ansiedad. Él había seleccionado un
restaurante con varias estrellas Michelin en su haber.
—A mí me encanta la comida básica, no es necesario ir ahí.
—Algo me dice que quieres evitarme gastos, y créeme, no lo
permitiré—le dijo él, con una sonrisa, y la miró con ¿curiosidad y sorpresa?
No sabía.
El lugar era elegante y sofisticado, con manteles blancos
impecables y un ambiente que indicaba que no era un sitio común. Adele se
sintió fuera de lugar, pero Deaglan procedió como si esto fuese su pan
diario, y no dudó de que fuera así.
—¿Te gusta la comida italiana? —le preguntó con naturalidad, y
Adele asintió.
Deaglan pidió por ambos, sin dudar, y Adele agradeció, porque el
italiano se le daba terrible, y en la boca masculina brotó natural. Su elección
fue un risotto de trufa negra para ella y un whiskey escocés para sí mismo.
La atención y el cuidado con los que había tomado la decisión la
hicieron sentir algo más cómoda. Aunque estaba acostumbrada a hacer todo
por sí misma, fue un alivio ceder un poco de control, porque no estaba en su
elemento.
Mientras Adele comía, tratando de no sentirse demasiado
intimidada por el entorno lujoso, Deaglan sorbía su whiskey y la observaba
con una mirada penetrante.
—Cuéntame de ti, Adele —dijo, sus ojos grises fijos de una
manera que la hizo sentir como si pudiera ver a través de ella—. ¿Dónde
están tus raíces?
Adele parpadeó, sorprendida por la pregunta tan personal. Sin
embargo, respondió con sinceridad, hablándole de su familia, de su vida en
Kansas antes de mudarse a Washington. Cuando iba a hacer la misma
pregunta, él volvió a interrogar, esta vez apuntando a que le hablara de lo
que hacía en su tiempo libre.
Ella se explayó sobre su amor por los libros y las caminatas al aire
libre. La manera en que Deaglan la escuchaba, atento y concentrado, la hizo
sentir valorada, apreciada.
—¿Qué hay de ti, Deaglan?
—Tengo un hermano, Brady —le contó—. Se dedica al arte, la
mayor parte del tiempo. Trabajo en un conglomerado familiar en Boston,
con mis primos. Es un negocio muy grande, y siempre hay mucho que
aprender y manejar.
Adele no podía evitar sentir que había un fondo en sus palabras,
algo que no estaba diciendo, pero no se atrevió a preguntar. Sus respuestas
eran vagas, consideró, pero luego se reprochó. No era más de lo que ella
había dejado traslucir.
Se enfocó en la conversación, disfrutando de su compañía de una
manera que no había anticipado. No obstante, cuando masticaba el último
bocada de la exquisita comida, una pregunta surgió en su mente, inesperada
y desconcertante. No te enrolles, Adele, que fluya, se dijo, limpiando su
boca con la servilleta bordada.
—¿Qué haces aquí conmigo, Deaglan?—soltó, la pregunta
escapándose de sus labios antes de que pudiera detenerse.
Deaglan la miró, su expresión impenetrable, y por un instante,
Adele pensó que había cometido un error. Pero entonces, él sonrió, una
sonrisa que no alcanzó a sus ojos grises.
—Porque eres interesante, Adele —respondió, su voz suave pero
firme—. Y quiero conocer más de ti. Adoro la gente con carácter, que tiene
algo para decir, que es entusiasta con lo que ama.
Ella no se definiría como interesante per se, no cuando el nivel de
conocimiento que tenían uno del otro era limitado. Sí tenía mucho por
hablar y decir, tenía entusiasmos variados, pero no de los que hubiese
esperado que gustaran a un hombre sofisticado y acostumbrado a disfrutar
de lo mejor de la vida.
Al parecer, se había equivocado.
OCHO.
Declan había anticipado que compartir la tarde con la contadora
implicaría paciencia y mantener su máscara con dificultad. Era un hombre
de naturaleza impaciente y poco dado a tolerar tonterías, y prescindente de
los normales ritos de la socialización.
Para su extrañeza, no obstante, el tiempo con Adele transcurrió de
manera fluida y hasta… agradable. Él era el primero sorprendido, con
franqueza, pero eso no cambiaba nada, y aunque su respuesta a la pregunta
de la mujer sobre por qué estaba con ella fue “porque eres interesante", esa
no era la razón principal.
No es como si pudiese verbalizar esta, porque la realidad era
calculadora, fría, e incluso alguien tan desapegado como él lo entendía. Lo
que no había previsto era que pasar tiempo con Adele lo hiciese
cuestionarse un pelín, lo que, por otro lado, desestimó cada segundo que la
idea apareció en su mente.
Necesitaba el acceso a la red del FBI que ella podía proveerle, esto
era esencial para su plan. Sí, no podía negar que Adele lo intrigaba. Ella era
colorida y diferente, y esto no era visible a simple vista y quedaría debajo
de su traje de chaqueta y pantalón oscuro si no hubiesen caminado y
conversado por horas.
Adele Lively se fue abriendo como una flor sencilla en su exterior
pero exótica en su despliegue, una rareza para Declan, que estaba
acostumbrado a mujeres calculadoras y ambiciosas con poco original para
decir.
Hubiera sido lo esperable en particular en un lugar como
Washington D.C. donde la política y la lucha por el poder lo impregnaban
todo. No a ella, al parecer.
Lo había comprobado desde el minuto uno, mientras caminaban
hacia la National Gallery of Art, en que la observó con cuidado, escuchando
su entusiasta descripción del sitio y su arte, imbuida en su rol de guía
improvisada.
La curiosidad y el desconcierto habían sido sus dos primeras
reacciones. Había esperado que al trabajar en el FBI, Adele fuera de esas
mujeres acostumbradas a pisar cabezas para llegar a la cima, pero se
convenció de que ese no era el caso.
La forma en que se ruborizaba a menudo, cómo había dejado que
su prima le dijera barbaridades la noche anterior sin defenderse, y su
pregunta incrédula de por qué él estaba con ella... Todo hablaba de
inseguridades profundas, de una autoestima baja.
Por momentos su conciencia le había gritado que debía alejarse
antes de que pudiera lastimarla, pero su mente estaba demasiado enfocada
en su objetivo. No tenía intención de dañarla, repitió cada vez, como un
mantra.
Nadie moría por un crush no correspondido o una desilusión, se
dijo. De hecho, esas experiencias construían carácter, y si había algo que
Adele necesitaba, era una buena dosis de confianza en sí misma.
Que ella se sentía atraída era obvio, era mala disimulando, las
miradas de soslayo y los ojitos aquilatándole con interés. Por momentos
Declan se sintió como la serpiente que tenía bajo su influencia al conejillo
de Indias, y si su cabeza le dijo que el animal le sentaba, porque estaba
siendo rastrero, lo desestimó.
Ella le agradaba, de una manera extraña. Él, que siempre había
sido ansioso e impaciente con las personas tímidas y apocadas, encontraba
que Adele despertaba una especie de deseo de protegerla, de asegurarse de
que estuviera bien.
Eso quedó claro cuando se ocupó y aseguró de que comiera al
comprobar que su estómago rugía, sin hacer caso a sus protestas
avergonzadas. Ella no parecía cuidarse demasiado, o quizá su trabajo la
absorbía tanto que se olvidaba de hacerlo.
En determinado momento le dijo que subsistía en virtud de barras
de cereales durante el día, y él había arrugado el entrecejo y expresado que
eso no podía ser. ¿En qué universo a él tenía que importarle, joder?
Mientras paseaban por las exposiciones, él le habló de trivialidades
y le inquirió mucho, y Adele respondió con seguridad cada vez, a la par que
con un entusiasmo genuino. Le contó que solía visitar este lugar porque era
uno de sus sitios preferidos en la ciudad.
Declan se mostró adecuadamente impresionado, aunque, en
realidad, el arte no era lo suyo. Él apoya a Brady mil por ciento, pero era un
asunto de familia. Si tocase el clarinete o volase en parapente, daba igual.
Aun así, sonrió más en esa tarde de lo que lo había hecho en un
año, y no le molestó, no como imaginó. No le resultó pesado caminar junto
a esta mujer que, en su elemento, se mostraba chispeante y verborrágica.
Sus comentarios eran acertados y reflejaban una inteligencia que
no había esperado, una que se desnudó sin esfuerzo frente a él.
También notó cuán nerviosa se notaba cuando invadía su espacio
personal, lo que hizo más de una vez. Ella parpadeaba rápido y tragaba
saliva. Era tan poco experimentada que casi sintió pena.
Seducir a alguien tan genuino, tan abiertamente honesto y sin
dobleces era como robarle un chupete a un bebé, había pensado con un
toque de sarcasmo que no le sentó bien, porque hablaba mal de él y de su
moral.
Tenía que reconocer que si alguna vez pensara en sentar cabeza, en
establecerse, le gustaría una mujer sin un pasado complicado, una que no
atrajera problemas, como parecía ser el caso de Adele.
¿Machista? Tal vez, pero era su forma de expresar su desprecio por
las que llamaba mujeres cuervo, esas que rondaban a los millonarios como
él. Había visto suficiente codicia y promiscuidad entre las mujeres que
rodeaban a su padre y a los hombres de este, y quería algo diferente.
Adele era eso, y en otra vida, él… Podría haber tenido interés en
explorar esta calma y agradable sensación de cercanía y de encajar. Deja las
gilipolleces, Declan, estás dejando que la culpa te agobie, y eso no te
conduce a nada.
Cuando había notado que ella comenzó a cansarse, decidió que era
hora de llevarla a casa. Ella accedió sin mayores dramas, lo que le hizo ver
que se había ganado su confianza, y no le preocupaba que supiera dónde
vivía.
Al llegar, Declan le agradeció con calor y fue cauto al despedirse
con un beso en la mejilla, un gesto inesperadamente tierno, a pesar de que
había calculado que a ella no le hubiese importado que le rozara los labios.
Las señales estaban ahí: él había tomado sus pequeñas y suaves
manos entre las suyas, que casi las engullían. Notó cómo se tensaba, riendo
bajito, y él se aseguró de mirarla a los ojos con una expresión cálida,
dejando claro que había disfrutado de la salida.
—La pasé muy bien, Adele —le dijo, con una sonrisa que esperaba
alcanzara a ocultar lo que su calculadora mente procesaba—. Me gustaría
repetirlo, si tú también lo disfrutaste. Voy a estar un poco más de lo
previsto, al parecer.
Adele asintió, sonriente, aunque nerviosa. Podía leer lo interesada
que estaba, pero no quería dar pasos en falso.
—Estoy disponible el fin de semana, si lo deseas podríamos
vernos.
Declan asintió, pero antes de que pudiera responder, la puerta de la
casa se había abierto de golpe, sobresaltando a ambos. Martha, la prima de
Adele, apareció en el umbral, con una expresión de incredulidad, y Declan
estuvo seguro de que frases muy desagradables se venían, porque ella
parecía atorada y disgustada.
No se equivocó.
—Vaya, esto es inesperado, lo confieso. Probablemente estás en las
nubes, ¿no es así? Esto jamás te ha ocurrido—indicó, y se dio la vuelta para
mirarlo a él, como si le conociera y tuviese el derecho de dirigirle la palabra
en forma de responso—. No puedo creer que un hombre como tú esté
saliendo con una mujercita tan… Tan sin gracia —espetó, con veneno en la
voz.
Adele se puso roja y no dijo nada, y Declan sintió una chispa de ira
encenderse en su interior. Su tono se volvió gélido al responder.
—¿Un hombre como yo? Tú no tienes idea de cómo soy, y no te
incumbe. Por otro lado, esas expresiones son indignas de una mujer a otra,
pero se vuelven cien veces peor cuando vienen de alguien que es familia—
le dijo, su voz baja pero con un filo de acero—. Y disiento, no hay nadie
más lejos de la falta de gracia que Adele. Lo que no es gracioso ni sexi ni
aceptable es la envidia vomitada.
Martha lo miró con los ojos abiertos de par en par, sorprendida por
la intensidad en su voz. Él mismo lo estaba, con honestidad, pero esta
mujercita lo había dejado lívido. Adele, por su parte, parecía demasiado
impactada para hablar.
La tensión en el aire era palpable, y decidió que había dicho
suficiente. No sabía la interna familiar, ni su dinámica, y Adele no era su
novia o amante como para ponerse así de su lado. Evitar los dramas era
fundamental.
Dando la espalda a la atónita Martha, Declan dedicó una última
mirada a Adele, llena de una calidez que ni él mismo comprendía, pero allí
estaba, drenando para ella.
Sus pensamientos posteriores habían sido que de algún modo
igualó a Adele con los peores momentos entre Brady y sus hermanos y
padre.
—Nos vemos el fin de semana, entonces—le había dicho al final,
inclinándose para darle un último beso en la mejilla antes de irse, dejándola
en la puerta de su casa, confusa y nerviosa.
En su trayecto de vuelta, que decidió hacer a pie para dejar fluir su
energía en exceso, había buscado dar explicaciones clínicas y racionales a
su comportamiento, que excedía por lejos a su habitual indiferencia por
nada o nadie que no fuesen sus asuntos o los de su hermano, y en menor
medida, los de sus primos.
Era natural que sus instintos florecieran ante la emergencia de un
predador rondando a la que había seleccionado como presa, y Declan estaba
convencido de que la tal Martha era una acosadora que volcaba en su prima
sus frustraciones y se beneficiaba de que Adele era una mujercita
encantadora, además de contenedora.
Iba a tener que darle algunos consejos sobre cómo lidiar con ese
tipo de personas. Tal vez esa podía ser su contribución o pago inesperado
por tomar de Adele lo que necesitaba. Espabilarla un pelín, vamos.
Salpicar sus diálogos con referencias a cómo ese tipo de actitudes
de Martha no mejorarían con el tiempo si no se confrontaba a la acosadora
con su comportamiento y se le hacía entender que no se le permitiría
continuar molestando, incordiando, eso no era difícil.
Por lo que él entendía, de acuerdo con lo que Louie le hizo saber,
la casa era propiedad de Adele, y el trabajo para sostener servicios y
expensas era suyo.
No eres el héroe de la historia, Declan, cuidado con lo que haces y
dices. Te propusiste algo, y torcer tus pasos porque encuentras agradable e
interesante a tu objetivo no dará los frutos que quieres. Focaliza, cabrón,
que Davagh está en riesgo.
NUEVE.
Adele ignoró las palabras rudas de Martha que, por una vez,
pareció percatarse de algo de su entorno y al no recibir respuesta o atención,
se adentró en la casa como una tromba, y el portazo que escuchó segundos
más tardes trajo el alivio de que se hubiese encerrado en su habitación.
Mi habitación, pensó, pero dio un manotazo mental a la idea y se
movió lento para adentrarse en la casa, dejando que su mente flotara en una
nube de sensaciones.
Cerró la puerta detrás de sí, apoyó la espalda contra la madera y
dejó escapar un suspiro largo, de esos en los que se iban cien emociones.
La tarde vivida con Declan había sido hermosa, y la convicción de
que no había compartido tiempo así con nadie, al menos un hombre que le
gustara, la alcanzó y sentimientos agradables danzaron en su pecho.
Se sentía reconfortada, vista, agasajada, y su corazón pulsó rápido
y envió más calor a su piel, que se erizó. ¡Joder, qué sexi era la forma en
que él había intervenido frente a las palabras agrias de Martha! Había salido
en su defensa, saltando al ruedo de la disputa verbal como si fuese su
adalid.
Se permitió saborear ese recuerdo, como un caramelo dulce que se
disolvía lento en su mente. Ella había necesitado esto, se dio cuenta, había
necesitado ver que los caballeros no eran solo del papel o la pantalla. Toda
la tarde había sido un despliegue de gestos, pero el último… ¡Tan
romántico!
Bueno, pensó entonces, al escuchar ruidos desde la habitación de
Martha, no romántico per se, porque había sido una confrontación, pero fue
por ella. Mmm. Ahora que estaba sola, el sinsabor comenzó a retornar.
La voz cruel de Martha resonó en su cabeza, y con ella, el habitual
remolino de dudas comenzó a girar con lentitud. ¡Uff, que incordio! Era
agotador. ¿Por qué permitía que su prima le dijera esas cosas?
Martha se aprovechaba de su bondad, de su casa, de sus
comestibles y el acceso gratuito a sus servicios de streaming, bajo el
pretexto de que estaba a la busca de un empleo digno de sus habilidades.
Alas, ninguna, eso Adele lo sabía.
Y, sin embargo, Martha no tenía la decencia de ser agradecida o al
menos considerada, ni un ápice de empatía en su trato. La culpa no es del
chancho, sino de quien le rasca el lomo, recordó la frase de su padre, que
detestaba. Pero era descriptiva, debía reconocerlo. No poner límites era lo
que la tenía prisionera en su propio hogar.
—Es una mujer muy agresiva e intolerante, además de vaga e
irresponsable. La típica Karen dentro de mi hogar, y dedicada ciento por
ciento a hacerme sentir minúscula—dijo muy bajito, verbalizando lo que
sentía y sus amigos le habían dicho en más de una ocasión.
Y ella había dejado que su instinto la llevara a defender a su prima,
excusar su comportamiento. De normal, inexcusable, pero hoy, hacía
minutos, Martha se había excedido con largura.
Había cruzado una línea, y Adele se reprochó su aversión a la
confrontación y esa imposibilidad casi patológica de decir que no.
Probablemente esto era algo para terapia, pensó con un toque de amargura.
Tengo que ser firme, se dijo, con determinación. La próxima vez…
¿Habría otra con Declan? Deseaba con fervor que así fuera, y él lo
había expresado al partir. Se quitó de la puerta y se instó a distenderse, a
dejar ir el malestar y reenfocar su mente en algo más agradable que su
prima.
Se dirigió a su dormitorio y se cambió de ropa, optando por un
atuendo de entrecasa que le proporcionaba una sensación inmediata de
confort: un suéter over-size en tonos brillantes de amarillo y fucsia,
combinado con unos pantalones holgados de algodón estampados en un
patrón casi caótico de flores y formas geométricas.
El conjunto era un poco disparatado, un reflejo de su personalidad
más relajada y despreocupada, esa que aparecía cuando estaba a sus anchas,
en un sitio seguro. Se sintió mejor al instante, abrazada por la suavidad y el
color.
Tomó el mando del televisor y se recostó al mar de almohadas y
almohadones de su lecho, y buscó una película en el catálogo de streaming.
Algo ligero, que no demandara demasiado de su atención, eso quería.
Pero apenas comenzada la película, su mente comenzó a divagar,
arrastrándola de vuelta a los momentos de su encuentro con Deaglan. La
clave del placer vivenciado estaba en los detalles.
En cómo él había atendido a sus explicaciones con un interés
genuino, y eso lo comprobó porque sus preguntas curiosas habían
mantenido viva la conversación sin esfuerzo.
Rememoró su galantería al entrar y salir de los lugares, la forma en
que se preocupó por asegurarse de que estuviera hidratada durante su
caminata, y el café compartido al final de su recorrido.
Cada pequeño gesto parecía impregnado de una consideración que
ella no había esperado. La película quedó relegada y se convirtió en fondo
mientras se perdía en la memoria del hombre altísimo y guapo que
comandaba cada espacio en el que entraba.
Deaglan. El nombre era fuerte, sexi, diferente, Tal y como él. ¡Qué
seguridad en sí mismo exudaba! No era para menos, convocando miradas
de admiración y deseo en cada lugar donde entraron.
Era tan factible que las personas que los habían visto juntos lo
habrían tomado por un hombre de negocios acompañado de su asistente
personal; ella una de esas figuras que pasaban desapercibidas y junto a él
deslucían.
Su apariencia era poco pulida y su vestir barato en comparación
con la clientela de alto nivel que los había rodeado en el restaurante, donde
no había que ser muy versado en grifas para notar los Gucci, Versace,
Louboutin, Hermès, Chanel.
No obstante, Deaglan no la hizo sentir inadecuada en ningún
momento. En el restaurante, donde el lujo rezumaba de cada rincón y los
comensales almorzaban como si estuvieran en una pasarela de moda, él se
mostró atento y amable, protegiéndola de la incomodidad que podría haber
sentido. Eso la relajó y evitó que su ansiedad la volviera un torpe manojo de
nervios.
Adele se dio cuenta de que su corazón latía más rápido mientras
recordaba cómo él había ordenado por ella con esa voz grave, profunda y
segura. Cómo había sostenido el vaso de whiskey, sus labios rozando el
cristal mientras el líquido descendía por su garganta. La nuez de Adán
moviéndose al tragar, los poderosos tendones de su cuello tensándose.
Luego, su mente vagó hacia la imagen de los antebrazos firmes,
músculos, que se tensaban bajo la tela de su camisa y las piernas largas y
bien definidas que sus pantalones presionaban con ligereza, revelando la
fuerza contenida.
Joder. Las imágenes la comenzaron a acalorar. Era tan guapo, tan
deseable. Deaglan era la personificación misma de la masculinidad, la
elegancia y el poderío físico y económico, y cualquier mujer en su sano
juicio lo consideraría un sueño hecho realidad.
Es mi sueño, susurró, mi fantasía personal. Si lo veía un poco más,
se convertiría en su más anhelada obsesión, y percatarse de esto no la
tranquilizó. Él estaba de paso.
—No, no caigas en la trampa de generar expectativas sin
fundamento, Adele —se reprendió en voz alta, tratando de poner un alto a
sus pensamientos—. No se te ocurra imaginarte al largo plazo.
No te enamores. Resopló. Lo había visto dos veces, por todo lo que
era sagrado, no podía caer en la idiotez. Sin embargo, aquí estaba,
esperando recibir un mensaje que la llevara a él, otra vez, y tener una nueva
oportunidad para mirarlo, para disfrutar de su compañía.
Con un suspiro, apagó la televisión, porque estaba visto que la
película en su cabeza era más interesante que la de la pantalla, y se deslizó
entre sus sábanas, abrazada a una almohada.
Con la oscuridad y la tibieza, la fantasía rotó hacia escenas más
jugadas y sexuales. En la seguridad de su lecho, Adele se convirtió en la
mujer sensual y osada que deseaba tocarlo, sentirlo.
Sus dedos encontraron el torso firme, casi pudo sentirlo en las
yemas, que su imaginación deslizó por sus pectorales, y desabotonando la
camisa, encontraron firmeza y suavidad, y se enredó en los vellos que
cubrían el tórax.
Luego, sus manos se elevaron y acariciaron su cuello y lo atrajeron
hacia ella, y lo besó sin dudas, con necesidad de devorarlo. Su cuerpo se
pegó a él y se restregó, como una mujer posesa, y a medida que las
imágenes creadas pusieron a Deaglan bajo su influjo, la excitación de Adele
creció y creció.
Con rapidez bajó sus pijamas, que se enredaron en sus piernas,
pero que no fueron obstáculo para la determinada necesidad de masturbarse
mientras lo soñaba. Dos dedos de su mano derecha se hicieron dueños de su
coño, y fue consciente de la humedad creciente allí, el calor que su ávida
imaginación creaba.
La yema de su dedo mayor encontró su clítoris, facilitada por el
trabajo del índice y anular, que abrieron sus labios vaginales, y a partir de
allí lo que hubo fueron sensaciones trepando por su pelvis.
Su otra mano se negó a ser testigo y se deslizó por debajo de su
camisola hasta encontrar uno de sus senos, que acarició con levedad, y
cuando se hizo dueño de su pezón, lo pellizcó muy suave y redondeó su
pico uno y otra vez, emulando sus movimientos sobre el nudito de nervios
que coronaba su coño.
Se tensó y arqueó en la medida que se llevaba con determinación al
punto de no retorno, imaginando que Deaglan le decía que la deseaba, que
quería hacerla suya, y que su polla la llenaría hasta la garganta. En su
cabeza resonaron fantásticas palabras que él pronunciaría, como mía, te voy
a penetrar y hacerte sentir mi polla por días, no he conocido otra como tú,
córrete para mí.
Estas la empujaron a ir por más, y pronto se encontró elevada por
sus talones y vuelta un arco hacia arriba, corriéndose con su imagen y las
fantasías de su posesivo follar.
Contenida de no gritar, pero sin poder evitar gemidos y susurrar su
nombre como sonido final, Adele inauguró su temporada personal de sexo
individual con Deaglan en su cabeza, y los estertores finales de su clímax se
alargaron.
Cuando la calma volvió a su cuerpo y pudo pensar claro, no se
reprochó. Ella tenía una saludable pulsión sexual, y si no había tenido más
encuentros que con su mano y su dildo, no era por pacatería, sino por falta
de oportunidad e interés.
Vaya con ese maromo, pensó, ordenando el edredón y
acomodándose en posición fetal. Había llegado como una tromba y con la
misma velocidad se internó en su cabeza y estaba tocando sus botones.
Si lo que él quería era sexo, no tenía inconvenientes en proveerlo,
pensó, y lanzó una risita. Inconvenientes, ¡qué palabra! Estaría extasiada,
con franqueza.
Sexo no es romance, Adele, recuerda, que tú de inmediato quieres
más y luego te desilusionas. Te desilusionan, se dijo. En su experiencia, no
había habido un gran amor u hombres que la hubiesen marcado, pero sí
había comenzado las tres relaciones de su pasado con expectativas de que
fueran a más.
Ninguna prosperó, y en todas fue la mujer a la que dejaron. Ignoró
la intrusiva idea que se quiso colar en el cerebro que se apagaba. No, no
daría lugar a la idea de que era olvidable.
Eso de no boicotearse era algo en lo que trabajaba con firmeza, y
no arruinaría momentos bonitos y probablemente efímeros con Deaglan.
DIEZ.
Declan había trazado su plan con precisión quirúrgica. Sabía lo que
quería con exactitud y había determinado el tiempo para conseguirlo. Dos
semanas. Ese era el plazo impuesto, y cada día en Washington y con Adele
contaba.
La clave del éxito de la planificación residía en que ella lo viera
como el hombre que podía hacer sus deseos realidad, los que estos fueran, y
estaba en proceso de averiguarlo.
Los físicos eran obvios: Adele Lively se sentía muy atraída por él.
Mas no sería suficiente. Para ganarla de verdad, necesitaba crear confianza
entre ambos. Con esta lograda, vendría la convicción de que no había
amenaza en él, y lo vería como alguien cercano, protector, en quien podría
confiar.
La entrega y apertura de su hogar estarían entonces allanados, y
con esto, el acceso a sus claves. Creía haber avanzado en esto ayer, mas lo
que hoy pasara sería fundamental para construir esos lazos.
Esperaba hacerlo sin comprometer partes de sí mismo, y con la
llegada de la mañana, Declan se decía que era natural sentirse a gusto y
dejarse llevar por la personalidad agradable y empática de Adele.
Ella era una mujer sin dobleces, así que era normal que le generase
remordimiento el engañarla. No era un psicópata o alguien que se
regodeaba en fingir, y vería de compensarla, de algún modo.
Para dar un salto cualitativo y acelerar las cosas había usado uno
de sus contactos, a través de quien había contratado a un tipo, al que envió
la mitad del dinero como anticipo e instrucciones claras sobre lo que debía
hacer.
No podía dejar nada al azar, la clave para lograr los objetivos eran
la planificación y la acción. Eso había sido lo que le guio siempre, y no
consideraba que esta situación con Adele y Davagh fuese diferente.
Así que aquí estaban, ambos caminando por el corazón de la
ciudad, Adele a su lado, detallando aspectos sobre la arquitectura de los
edificios que los rodeaban. Era elocuente y apasionada en sus expresiones,
que acompañaba con gestos y manos, y Declan se encontró asintiendo y
aprendiendo, además de disfrutando.
Ni siquiera su estricto yo, que lo llamaba al orden y a no perderse
en disquisiciones, lo frenó. No se alteró, y aceptó que ella le hacía el día
llevadero, con lo que la misión era más sencilla y agradable.
Se aseguró de no estar más que a veinte centímetros de ella. Cerca,
lo suficiente para que Adele sintiera su presencia, se viera envuelta en esta,
pero sin parecer opresivo ni imponerse.
Le sonrió con adecuada calidez cada vez que lo miraba,
potenciando el ambiente de cercanía. En un momento que la notó menos
conversadora y para salvar la situación, porque lo suyo no era la
expresividad lingüística, la invitó a un café.
Había determinado que el evento debía suceder en un punto
concreto de la tarde, y como un reloj suizo, esto aconteció. Normal, estaba
pagando una pequeña fortuna para que el acto tuviese lugar.
Frente a sus ojos, un hombre con una gorra de beisbol y lentes
apareció con velocidad y dio un empellón a Adele, tomando su bolso y
tironeando para robarle. Con más violencia de la necesaria, pensó, molesto,
mientras reaccionaba de acuerdo con lo establecido, dando la vuelta para
seguir al pretendido ladrón.
Se movió con agilidad y le alcanzó con rapidez, aunque esto estaba
en el libreto, y le arrebató el bolso, dejando que el hombre se escurriera.
Satisfecho, regresó junto a Adele y le entregó el bolso.
Ella temblaba un poco y estaba pálida, por completo conmovida
por lo que acababa de suceder, y notó que se sobaba el hombro, el afectado
por el golpe y el tironeo del ladrón.
A pesar de que esto estaba orquestado y lo había pago, una ola de
furia lo recorrió, inexplicable. Ese maldito idiota la lastimó, pensó, y esto lo
obnubiló por unos segundos y le provocó ir por el imbécil para caerle a
puñetazos.
Entonces, se dijo que el responsable era él, y se sintió como un
bastardo por orquestar aquello que la había sacudido y afectado así. La ira
se le mezclaba con el deseo de protegerla. Lo confundía, y esto no era
bueno.
Tomó el brazo femenino con suavidad y lo inspeccionó,
ofreciéndose a llevarla a una guardia médica, pero ella se negó, tratando de
minimizar el golpe y el susto, y poniendo foco en él, nada menos.
Adele estaba agradecida, pero también muy preocupada, y le hizo
ver lo imprudente de ir tras ese hombre, que podía haber estado armado y
haberle hecho daño.
Declan negó, asegurándole que sabía cómo defenderse, que no
tenía de qué preocuparse, alelado de que ella fuese tan desprendida como
para dejarse en segundo plano y focalizar en él.
Esto no ayudaba, no ayudaba para nada, pensó, su ánimo un poco
más negro. Esto le hacía ver oscuro y cruel. Ella era luz y empatía, y él…
Un jodido bastardo, vamos, pero eso ya está establecido, ¿o no?
Habían estado rumbo al Dubliner Restaurant and Pub cuando
sucedió todo, así que retomaron camino allí, decidido a distraerla de la
experiencia. El Dubliner era un auténtico pub al estilo irlandés, eso había
leído, y miró alrededor con aprobación al entrar.
Las paredes eran de madera oscura, las luces cálidas y la atmósfera
evocaban las tierras verdes de Irlanda. Lo que comenzó con un café al
mejor estilo de la tierra de sus ancestros, se convirtió en menú completo,
porque el tiempo transcurrió rápido aderezado por la conversación, que por
fortuna se despegó del episodio del ladrón y se hizo más íntima.
Declan la invitó a cenar, y le sugirió lo que a su juicio no podía
dejar de probar: el estofado irlandés con cordero, acompañado de soda
bread y mantequilla, y para beber, una pinta de Guinness para él y una sidra
irlandesa para ella.
Mientras comían, Declan aderezó la conversación con historias
sobre sus ancestros, hablando de la magia de Irlanda, las leyendas que
habían pasado de generación en generación, y los prados que parecían no
tener fin.
No fingió la ensoñación que impregnaba cada palabra, porque de
verdad echaba de menos Irlanda. Había pasado allá momentos felices y de
los otros, pero los primeros excedieron con creces a los segundos, y estar
lejos de su padre había sido un agregado que les liberó y les hizo más
liviana la adolescencia. Eso a pesar de que habían estado penando por la
muerte de su madre.
Adele lo escuchaba con fascinación, interpretando correctamente la
mezcla de nostalgia y orgullo en su voz. Lo que más le agradó fue ver cómo
ella dejaba atrás el suceso con el fingido ladrón, y se abocaba a disfrutar el
momento. Su resiliencia le parecía tanto admirable como entrañable.
Pasaron dos horas entre charla, comida y música tradicional
irlandesa, con Declan haciendo lo que estaba a su alcance para que olvidara
el mal momento, y también que se sintiera especial. Haber disfrutado de
igual manera era un plus, no le iba a buscar la quinta pata al gato.
Cuando la noche se abatía sobre la ciudad, ofreció acompañarla a
su casa, y ella aceptó. La condujo al Uber con la mano en el bajo de su
espalda, y ella no renegó del gesto. Se dijo que tenía que rentar un auto, y
anotó la tarea en su cabeza para más tarde.
Cuando estuvieron en su puerta, Declan esperó con paciencia,
decidido a no forzar las cosas. Este era el tercer día, no pretendería que ella
le hiciera entrar. Adele titubeó un momento, pero luego, vino la invitación,
y Declan estuvo seguro que la satisfacción se debió leer en su cara, porque
ella desplegó la encantadora sonrisa que la transformaba.
Una que debía ser ilegal, consideró, pensamiento que le llevó a
burlarse de su bobería. Con adecuada contención, indicó que le gustaría,
aunque inquirió por la presencia de la prima, que vino a su cabeza.
—Ella no está. Debió viajar a Kansas por un asunto personal —le
dijo Adele, y Declan vio el alivio de su faz.
Era tan obvio que esa mujer le hacía la vida más amarga. Le
molestó la idea, con franqueza, pero la espantó de su mente mientras
entraba. Estaba aquí para resolver sus asuntos, no los de Adele, y no, no iba
a caer en la tentación de hacerlo. No tenía cómo, ni por qué.
Ya en el interior de la casa, ella se movió con la seguridad y
comodidad del que está en su entorno favorito, y le ofreció café,
disculpándose por lo femenino del ambiente. Declan, sin embargo, se sintió
cómodo al instante.
El lugar era cálido, envolvente, tenía personalidad y vida. Era
mucho más de lo que tenía su pent-house allá en Boston, a pesar del lujo y
el confort que proveía. Le faltaba lo que a la casa de Adele le sobraba,
consideró.
Mientras preparaba el café, Adele le habló de su abuela, y el amor
se derramó en sus palabras.
—Ella trabajó en Washington desde de que tengo memoria. Yo
venía todos los años a visitarla cuando las vacaciones llegaban, y la
pasábamos de maravilla. Teníamos tanto en común a pesar de la diferencia
de edad. Supongo que siempre fui más adulta de lo que mi edad suponía.
Ella me contó lo que me escuchaste describirte estos días.
—Debe haber sido maravilloso tenerla en tu vida—indicó.
Ella asintió, pensativa, y hubo lágrimas sin derramar que se esforzó
en contener, por fortuna, porque consolar no era uno de sus talentos.
—Era divertida y me hizo querer estudiar aquí. Cuando falleció,
fue una sorpresa para mí el que me hubiese legado la casa, pero a la vez un
golpe de suerte considerando el costo de vida en esta ciudad.
—Puedo imaginarlo.
—¿De verdad?—ella torció un poco su cabeza y le miró con
atención, trayendo el café a la mesita frente al sofá—. No me parece que
sea algo que a ti te preocupe—agregó, pero luego se sonrojó al darse cuenta
de lo que había dicho—. Lo lamento, fue un comentario tonto.
Declan sonrió, notando su incomodidad, y se apuró a sacarla de la
situación.
—Mi situación hoy es muy buena, sí, pero estoy seguro de que tú
eres rica en cosas que yo no. Exceptuando a tu prima, me parece que tu
familia está presente en tu vida.
—Sí, así es—asintió.
Estaban sentados muy juntos en el sofá, tan cerca que sus muslos
se tocaban. La conversación fluía, pero había una tensión en el aire, una
corriente eléctrica que los rodeaba.
Declan observaba cada gesto de Adele sin bajar la mirada,
haciéndola consciente de que le interesaba y las miradas nerviosas que ella
le dirigía le dijeron que estaba teniendo éxito. Sintió cómo el momento que
pretendía se construía, la intimidad entre ellos volviéndose palpable.
Finalmente, decidió romper el silencio.
—Me gustas, Adele —le dijo, su voz suave pero firme.
Adele lo miró con sorpresa, como si no pudiera comprender, o tal
vez creer, lo que acababa de escuchar.
—No lo entiendo… —susurró, su inseguridad aflorando, y esto lo
rebeló.
Joder, qué número estaba haciendo en ella. Cómo le afectaría
cuando se esfumara y… No puedes detenerte en este momento, vas a darle
mucho más de lo que cualquier mujer ha recibido de ti. Atención,
consideración, caballerosidad.
El razonamiento le pareció calloso y llano, pero no podía caer en
disquisiciones morales, estaba más allá de ellas. Acercó su mano a su
barbilla, tomándola con delicadeza.
—Tienes poca fe en ti misma, pero yo veo más. Eres una mujer
increíblemente interesante, y no sé por qué tú no lo ves.
Lo creía, oh, claro que sí, y por eso se lo dijo mirándola a los ojos,
procurando convencerla. Con suavidad, la atrajo hacia él, su mirada fija en
los ojos de Adele, buscando cualquier señal de duda.
Pero lo único que encontró fue la vulnerabilidad de alguien que
anhelaba ser vista, ser apreciada. El beso fue íntimo, cálido e intenso, un
encuentro de labios que parecieron encajar a la perfección.
Los labios femeninos eran pulposos, tibios, y sabían a peras y
cherries, el postre que habían compartido. La notó temblar con ligereza
entre sus brazos, sus ojos muy abiertos y su rostro enrojecido, pero ella no
se apartó.
¿Había sentido antes este calor y el deseo de dejarse ir y no parar
de besar? No, estaba seguro de que no. No desaprovechó la sensación,
ahondando el contacto, succionando con levedad los labios, su lengua
apenas entrando a jugar.
Cuando se separaron, ambos reacios, Declan le dio un beso en la
frente, un gesto protector que le nació inesperado. Otra novedad.
—El café y el beso estuvieron ricos, mucho. Me encantaría que me
invites a cenar aquí alguna vez —le dijo con una sonrisa.
Adele asintió, casi como si hubiese perdido la capacidad de hablar.
Declan notó su confusión, que no iba a negar lo llenaba un pelín también.
Pero entonces la satisfacción de haber logrado lo que se proponía lo
envolvió.
Al salir de la casa, sin embargo, un pensamiento le cruzó la mente:
¿Qué demonios me está pasando? Se sentía afectado, como si el momento
hubiera erosionado parte de su racionalidad.
Tonterías, razonó, y alejó la inquietud con una palabra. Hacía
tiempo que no tenía intimidad y extrañaba las caricias y el juego de besos
que el sexo entrañaba. Era solo eso. Nada más.
ONCE.
Adele había experimentado muchas emociones a lo largo de su
vida, pero ninguna de ellas se comparaba con las que había sentido durante
ese beso con Deaglan. Ah, estas la desbordaban ahora, la tenían al borde de
la ebullición.
Si pudiese guardar ese beso en una cápsula, encerrarlo para
mantenerlo vivo, lo haría sin dudar. Si pudiera, lo conservaría en un
pequeño y adornado frasco con la etiqueta Fabuloso, y lo tomaría en
pequeñas dosis cada día, para prolongar la dulzura y el calor que le había
dejado.
No había sido un beso largo ni uno de esos que parecen sacados de
una película romántica, pero había tenido su propia magia. Para ella, el
primero que le había hecho fundir el cerebro, como si este estuviese en su
boca.
Lo que le pasaba a una cuando el hombre perfecto le hacía sentir su
presencia física. Parecía real eso de que uno podía volverse polvo. Sus
labios se habían buscado y se rozaron, como en una exploración temprana
de un lugar que uno no conocía, y hubo el ligero tocar de la punta de su
lengua.
La intensidad del momento se le quedó grabada como un sello, su
piel celosa de lo que sus labios tuvieron, y esto había encendido una chispa
dentro. No había forma de que pudiese olvidar esto, y la volvía codiciosa.
Más, más, más, gritaban sus impulsos, su cuerpo.
Sí, también a riesgo de que su razón la catalogara como la reina de
los clichés, le pareció que el mundo se había detenido en aquel breve
momento, dejándola suspendida en un estado de embriaguez que le
resultaba adictivo.
Se había perdido en ese beso como si hubiese bebido un elixir
embriagador. Las manos de Declan, firmes pero gentiles en su cintura, la
habían estremecido, enviando oleadas de calor por su cuerpo.
Podía sentir la energía que fluía entre ellos, una corriente silenciosa
pero poderosa que la hacía desear más. La forma en que sus dedos se
aferraban a su talle, como si quisiera mantenerla cerca pero con una
delicadeza que sugería que temía romper el hechizo, la había dejado sin
aliento.
Era consciente de que probablemente para él este no había sido
más que un simple beso, pasajero y sin mayor significado. Mas para Adele,
con su escasa experiencia, ese momento lo era todo.
En el pasado sus relaciones no habían pasado a estados de
seriedad, habían sido intrascendentes. Sí, dolió cuando quedaron atrás, pero
porque en la adolescencia y primera juventud todo era drama.
Nunca había sentido esto abrumador que había experimentado con
Declan. Era como si una parte dentro de ella hubiera despertado, y no se
contentaba con probar. Anhelaba más, aunque al mismo tiempo, la llenaba
de un miedo casi paralizante.
¿Cómo podía un beso tan breve tener tanto poder? La respuesta la
asustaba, pero también la fascinaba. Se encontraba en un umbral
desconocido, donde el deseo y la incertidumbre se mezclaban en un cóctel
que la mareaba y la excitaba al mismo tiempo.
Mientras revivía ese beso por enésima vez en lo que iba de la
mañana, su teléfono sonó, arrancándola de su ensoñación. Era Martha.
Resopló, poco dada a romper el hechizo con la voz de la bruja.
El pensamiento la divirtió, y decidió que tenía que ser adulta. Lo
que no evitó que hubiera cautela en su respuesta, porque, ¿qué cojones
podría querer Martha sino incordiarla?
Punto para ella, porque no falló. Martha se apuró a preguntar qué
había estado haciendo, y cuando Adele mencionó que había tenido una cita,
la respuesta fue un puñal envuelto en sarcasmo.
—¿Y con quién, si se puede saber? —preguntó Martha, con ese
tono abrasivo que siempre usaba cuando quería hacerla sentir inferior—. No
creo que el maromo del otro día haya resistido el peso de tu aburrimiento.
Adele se mordió el labio para contener el exabrupto, o el deseo
malévolo de contarle que el millonario seguía interesado y habían
compartido un beso abrasador. O el inicio de uno.
No tenía sentido. No cambiaría el esquema de las cosas, y
mantendría a Martha en el teléfono. También, y esto se lo dijo su lado no
amable, sería confrontar, y ella era cobarde.
—¿Cómo está Kansas? ¿La tía está bien?—inquirió, esperando que
Martha dejara el tema.
—Veo que cambias el tópico, así que debo tener razón—hubo un
tono alegre en su voz, y Adele pensó, no por primera vez, que algo no podía
estar bien con su prima.
Su tía era una mujer agradable, y también las hermanas de Martha.
De dónde heredó o por qué desarrolló Martha esa animosidad era un
misterio que no tenía interés en resolver.
—Me imaginé que pasaría, te lo dije. Uno no puede pretender ser
lo que no es, y un millonario está muy por encima de tus posibilidades,
prima. En fin, mamá está bien y estoy resolviendo mi asuntillo aquí.
Las palabras de Martha le dolieron más de lo que quería admitir.
Sabía que su prima tenía un temperamento difícil, pero eso no hacía que sus
comentarios fueran menos hirientes.
Cada palabra de Martha era como una aguja que perforaba
lentamente la burbuja de felicidad en la que Adele había estado envuelta
desde la noche anterior.
De pronto, era como si el beso con Deaglan hubiera sido solo un
sueño, y ahora, con la realidad acomodándose a su alrededor, ese momento
tan precioso se escapaba de su alcance.
Adele terminó la conversación lo más rápido que pudo, sintiéndose
agotada y triste. Su mente volvía una y otra vez al beso como un consuelo,
pero era un escape de la realidad que Martha le acababa de recordar con
cruel claridad.
No quería, no quería que las palabras de su prima empañaran el
recuerdo de ese beso, mas era difícil luchar contra las dudas que la
asaltaban. ¿Y si Martha tenía razón? ¿Y si había leído demasiado en ese
beso, queriendo que significara más de lo que en realidad fue?
El hecho de que Deaglan le enviara un mensaje breve haciendo
alusión a que no podría verla hoy porque tenía reuniones largas y hasta la
noche, no contribuyó a hacerla sentir segura. ¿Y si esto era él evitándola?
¿Si estaba arrepentido y creía que habían ido lejos?
Esa noche, tardó en dormirse. Su mente estaba sumida en una
maraña de pensamientos, mezclando la dulzura del recuerdo con la
amargura de las palabras de Martha. Se encontró dándole vueltas a cada
detalle, analizándolo hasta la saciedad.
¿Había sido su imaginación la que había magnificado el beso? ¿O
realmente había algo más, algo que Deaglan no había querido o no había
sabido expresar? Cuando el sueño la venció, su noche fue agitada, llena de
ensoñaciones confusas que la hicieron despertar más desorientada y
confusa.
El sol ya estaba alto cuando emergió de la cama, sintiéndose un
pelín aturdida por la falta de sueño profundo. Mientras desayunaba, su
teléfono vibró con un mensaje. Era de Deaglan.
DEAGLAN: Buenos días. La pasé muy bien el otro día.
EL mensaje, simple pero cargado de una calidez, hizo que su
corazón latiera un poco más rápido, y su complemento la alivió más.
DEAGLAN: No tuve ocasión de contártelo ayer, pues fue un día
caótico. Confieso que te eché de menos, ¿está mal? Parece que nos
conociéramos de hace más tiempo.
Adele sonrió, sintiendo una mezcla de alegría y nerviosismo. Le
respondió con cautela, queriendo asegurarse de no parecer demasiado
entusiasta.
ADELE: Pues si está mal, somos dos.
Tienes que mostrarte tranquila, no parecer una desesperada. Fácil
decirlo, pero por dentro, su corazón latía con fuerza, ansioso por ver qué
más le diría él, cómo seguían.
DEAGLAN: ¿Cómo estás? ¿Tu hombro o brazo te han molestado?
Adele se quedó mirando la pantalla por un momento, sorprendida
por su consideración. Ella había remitido a un tercer plano el intento de
robo, que no ranqueaba frente al beso que compartieron. Pero no le iba a
decir esto, no.
ADELE: Estoy bien, de verdad. Gracias por preocuparte.
DEAGLAN: Me alegra oírlo. ¿Te gustaría almorzar hoy? Puedo
pasar por ti.
Trompetas en su cabeza anunciaron que estaba feliz, y la faz se le
iluminó. El sueño continuaba, que Martha y sus anuncios agoreros se fueran
a tomar por culo y abandonaran su cabeza.
ADELE: Me encantaría.
Calma, recuerda que él no está aquí para quedarse. Está en la
ciudad por negocios. De los cuales sabía poco, salvo lo que le había
contado sobre su trabajo, y esto no le daba muchas pistas sobre su vida.
Se dio cuenta de que en realidad sabía muy poquito sobre él, y ese
pensamiento la inquietó. Desechó esto, porque no era como si no pudiese
averiguarlo. ¡Lo vería otra vez! No pudo evitar la emoción que la invadió.
Era como si se estuviera entregando a un cuento de hadas, a
sabiendas de que el final podría no ser el que esperaba, pero sin poder
resistir la atracción de la historia que estaba viviendo.
Era como estar en la bifurcación de dos caminos. Su cabeza y
temperamento timoratos le aconsejaban tomar la senda segura: dejarle ir,
esgrimir trabajo, encuentros con amigos, lo que fuera, y no verle más,
porque ¿para qué hacerse ilusiones destinadas a colapsar?
Su lado más arriesgado y lo mucho que él le gustaba, no obstante,
la empujaban por el camino que aseguraba emociones, sensaciones, y casi
de seguro, sexo maravilloso. Sí, descontado, también expectativas que
superarían la realidad, y tristeza, eventualmente.
¿Qué es la vida sin riesgo? Pálida, chata, sin color. Anímate. A ti
te gustan los colores, y todo riesgo que se asume con consideración de
consecuencias, vale la pena.
Deaglan valía la pena, así que se instó a dar el siguiente paso,
abrazando la inseguridad, incapaz de retroceder, como la mosca hacia la
llama. La promesa de más momentos como el del día anterior era
demasiado tentadora.
DOCE.
Declan no tuvo inconvenientes en conciliar el sueño las noches
anteriores, pero no fue porque su mente estuviera en calma; era más bien la
resignación que llega después de la tormenta.
Se encontraba en medio de un juego peligroso, uno que no había
jugado antes. Lo distinto era lo que le tenía confundido, tal vez. Se sentía
más incómodo de lo que estaba dispuesto a admitir.
Había logrado sumergirse en el sueño con la tranquilidad de
alguien que había cumplido con su deber, y sin embargo, al despertar, sintió
que algo en su interior había cambiado. Había necesitado el día anterior
para centrarse, aunque lo disfrazó de pretender que ella se pusiera ansiosa y
estuviera a la espera de su retorno.
El aire a su alrededor se sentía denso, cargado con los vestigios de
la otra noche. No debería ser así, pensó. No, no era sensato, pero no parecía
poder controlar esto del todo.
Ella y su dulzura que desarmaban y su vulnerabilidad palpable se
estaban convirtiendo en el punto débil en su plan, uno trazado con
meticulosidad. Era frustrante. Adele no era más lista o astuta que otras
mujeres con las que había lidiado.
Ese es el punto, ¿o no? Ella era precisamente lo contrario. Su
naturaleza confiada y transparente lo desafiaban en formas que no esperaba,
haciéndole sentir una cercanía que no había experimentado en años.
Sí, Adele era fascinante, pero tal vez porque era manipulable. Esa
era la excusa que se repetía, como un mantra, para silenciar las dudas que
comenzaban a surgir en su mente. Había algo en ella que lo hacía olvidar,
aunque fuera por momentos, que estaba allí por una misión.
Cada vez que sus pensamientos volvían al beso, sentía una
inquietud que no podía sacudirse. El contacto, sus labios en ella,
saborearla… Había sido más que un simple movimiento en su tablero de
juego.
Había sido un desliz, una vulnerabilidad que se había permitido a
sí mismo, y eso lo enfurecía. Una vida rodeado de gente peligrosa, seres
capaces de oler la debilidad como tiburones olfateando sangre en el agua, lo
habían endurecido.
Se había construido una coraza impenetrable, una barrera que
protegía su humanidad y lo mantenía enfocado en sus objetivos, pero esa
barrera mostraba fisuras en presencia de la más inocente de sus… La
palabra rival era tan idiota. Bastaba ver a la frágil mujer enfrente para
concluir que no había nada peligroso en ella.
El beso de la noche anterior lo había tomado por sorpresa, no
porque no lo hubiera planeado, sino por la forma en que lo había afectado.
Había sido un impulso, una parte de su estrategia para acercarse a ella, pero
el momento se había alargado más de lo que pretendía.
La forma en que había sentido la suavidad de sus labios contra los
suyos, cómo había disfrutado el temblor sutil de su cuerpo cuando la tomó
de la cintura... Aquel contacto lo perturbó, lo hizo anhelar, y eso era
peligroso. No podía permitirse debilidades.
Declan respiró hondo, tratando de alejar esos pensamientos, pero
las imágenes seguían repitiéndose en su mente. Sus necesidades físicas, su
deseo, siempre habían sido saciados de manera directa, con mujeres que
entendían el trato: pasión sin compromiso, intensidad sin promesas. No
necesitaba más.
Adele… Ella era diferente. Su misión requería delicadeza, un juego
de seducción que debía jugar hasta el final. Sin embargo, mientras más
tiempo pasaba con ella, más consciente se volvía de su propia
vulnerabilidad.
Sabía que podía completar su misión sin necesidad de destrozarla
en el proceso. Tenía que hacerlo, mas no sabía cómo. Adele llevaba su
corazón en las manos, visible y delicado, y por alguna razón que no
comprendía, eso despertaba en él una cierta consideración.
No que esto significara que fuera a abandonar su plan, pero al
menos podría asegurarse de que no saliera herida, o más de lo necesario. Y
esa simple concesión ya era un riesgo.
¿Qué te pasa, Declan? Dos días con una mujer común y corriente
y ya estás volviéndote timorato. No, esto era más que ser apocado. Era la
lucha interna que lo hacía cuestionar si valía la pena destrozar a alguien
como Adele, solo para alcanzar una meta personal.
Le envió un mensaje a Louie instándolo a que averiguara más
sobre el jefe de Adele. Algo en la conversación de Adele la otra noche le
había hecho ver que este hombre era un problema para ella.
Necesitaba más información, no solo para proteger su plan, sino
porque, en el fondo, comenzaba a sentir una necesidad inexplicable de
protegerla también a ella. Y eso lo ponía de malhumor. No era un protector,
jolines, era un estratega, un hombre que cumplía con su deber sin dejarse
llevar por sentimentalismos.
Después de enviar el mensaje, Declan dejó su teléfono a un lado y
se enfocó en la preparación del día. Luego de lidiar con emergentes y
contactar clientes y proveedores, se alistó para la cita.
Con paso decidido bajó y se dirigió hacia el auto de lujo que lo
esperaba en la entrada de su residencia temporal. Era un Aston Martin
DB11, un símbolo de poder y control, algo que siempre había necesitado
para mantener su vida en equilibrio. Sintió una satisfacción particular al
tocar el volante.
La velocidad siempre había sido su escape, y había desarrollado
este interés cuando participó en carreras ilegales en Irlanda. Luego, había
hecho lo mismo en la costa Este de los Estados Unidos, aunque a medida
que las responsabilidades pesaron sobre sus hombros, se alejó de las
carreras.
Era un adicto a la adrenalina, y manejar ese auto le daba el tipo de
alivio que solo podía encontrar en esos momentos de pura velocidad y
riesgo. Mientras aceleró por las calles, bordeando la ilegalidad en más de un
momento, no dejó de pensar en ella, en cómo su presencia lo había sacudido
de formas que no podía entender.
Cuando llegó a la casa de Adele, se bajó del auto con una calma
aparente, pero en su interior, la adrenalina seguía corriendo. Ella lo
esperaba en la puerta, luciendo un vestido verde que ondeaba ligeramente
con la brisa.
Sus rizos también se agitaban, y él llenó sus ojos con la visión,
porque, ¿cómo evitar notar lo bien que se veía, tan distinta de las mujeres
con las que solía relacionarse? Sonrió al verla, un reflejo casi pavloviano a
estas alturas, porque era mirarla y sus labios se distendían.
Abrió la puerta del auto para ella, disfrutando del momento en que
se deslizó en el asiento de cuero. Mientras ella se acomodaba, notó el brillo
en sus ojos, una mezcla de emoción y nerviosismo que lo hizo sentir una
punzada de culpabilidad.
Manejó con mayor cuidado esta vez, atendiendo a las indicaciones
del GPS, para llegar a un restaurante en el Corredor de la Calle U, uno
especializado en cocina caribeña.
El ambiente rebozada de la energía vibrante del Caribe, con música
suave en el fondo y aromas picantes llenando el aire. Al sentarse a la mesa,
notó cómo Adele se relajaba, aunque aún estaba un poco ruborizada.
Tenía que eliminar cualquier rareza que el beso pudiese haber
impuesto entre ellos, por lo que le tomó y le apretó la mano sobre la mesa, y
con una voz suave, se disculpó.
—Espero no haberme sobrepasado la otra anoche, Adele.
Sus palabras eran sinceras, aunque calculadas. Estaba
acostumbrado a manipular las emociones de los demás, pero con ella, esa
manipulación tenía un sabor amargo que no podía evitar, aunque detestaba.
Adele le sonrió, su rubor intensificándose.
—No lo hiciste, y sabemos que no me negué—respondió, su voz
apenas un susurro.
Sus palabras decían una cosa, procuraban mostrar sofisticación,
pero sus ojos, grandes y llenos de emociones, decían otra. Declan notó la
vulnerabilidad en su mirada, y por un instante, se sintió tentado a
protegerla, a evitar que el mundo la endureciera como lo había hecho con
él.
No podía permitirse ese lujo. Declan sonrió, pero cambió de tema,
hablando de sus negocios, de sus reuniones, y desarrolló estas, porque ella
se mostró interesada y le inquirió. No se escondió, pero tampoco dio más
información de la necesaria.
Habló de su trabajo como alto ejecutivo y mencionó a sus primos,
dejando claro que eran su apoyo en todo. Si alguna vez salía a la luz quién
era él realmente, no quería que Adele pudiera decir que la había engañado.
No le mintió, pero tampoco le reveló lo más importante. La
mención del apellido no llamó la atención de ella, haciendo evidente que no
había estado cerca de su caso, por fortuna. No sabía si podría actuar con
absoluta displicencia si hubiese sido lo contrario.
El suyo era un juego de equilibrios, y cada palabra lo balanceaba
más y más en la cuerda floja en que caminaba y sobre la que se esforzaba
para no perder el control.
Después de una comida deliciosa, lleno de sabores intensos y
conversación agradable, salieron del restaurante y caminaron, disfrutando
de la noche y el ambiente creado por las luces, el ir y venir de gente y
vehículos.
Con un suave tirón la colocó a su lado y fueron hasta un vendedor
de flores, al que compró una rosa, que entregó a Adele con un gesto galante,
disfrutando de la sonrisa que ella le regaló a cambio.
Ignoró mientras lo hacía el grito de su cabeza, que le contaba que
estaba yendo demasiado lejos, cruzando una línea que no debería. El sexo
lo llevaría a su casa y a sus claves, ¿para qué complicarlo? Era un gilipollas.
—Es hermosa, gracias —dijo ella, su voz llena de una ternura que
él no esperaba.
Esa ternura lo desarmaba, lo hacía sentir lo que no quería. Por un
instante, Declan se encontró prendado de esa sonrisa, aunque pronto desvió
la atención hacia el siguiente paso de su plan.
La llevó a dar un paseo, dejándose impregnar por dos sensaciones
poderosas: la de la velocidad, de cómo el motor respondía con precisión a
cada comando, con ella a su lado. Podía ver que a Adele le gustaba esto. El
viento en su rostro, que sacó apenas por la ventanilla, y la rapidez del coche
la hacían feliz.
Y eso, de alguna manera, dio a Declan un retorcido sentido de
satisfacción. Le gustaba verla feliz. Sería temporal, y esto entre ambos no
estaba destinado a un final agradable, pero podían disfrutar de los
momentos.
Cuando detuvo el coche en su acera y la acompañó a la puerta,
Declan se inclinó hacia ella, tomándose un momento para observar cómo el
viento agitaba sus rizos y su falda verde.
La besó de nuevo, esta vez con más lentitud, un poco más
profundo, sintiendo que el mundo se detenía. Absurdo, de verdad, joder.
Cuando se separaron, le sonrió y le dijo:
—Esta vez esperaré tu llamado.
Adele, con los ojos brillantes y el aliento un poco entrecortado,
solo pudo asentir. La dejó allí, parpadeando y un poco agitada, poderosa en
su debilidad, porque…
En verdad tuvo que arrancarse de su lado, porque su interior, sus
instintos, su libido, sus ganas gritaban que querían más, más. Al alejarse,
Declan dejó que la tensión lo ganara.
No podía dejar que nada nublara su juicio. No era más que lujuria.
Es un juego, uno que debo apurar y ganar. Ella era una mujer que se metía
debajo de la piel segundo a segundo.
TRECE.
Adele se quedó mirando el teléfono en sus manos, sintiendo el
cosquilleo de la excitación mezclado con una inquietud latente. ¿Invitarle
aquí o no? Él había dicho que esperaría a que le invitara. Y no era como si
ella pudiese llevarle a uno de esos restaurantes lujosos que él acostumbraba,
eso no estaba en su presupuesto.
El pensamiento se instaló en su mente, persistente y molesto,
mientras observaba las paredes de su sala de estar. ¿Querría él de verdad
pasar tiempo con ella en la intimidad de su espacio?
Sí, este era acogedor y tenía un carácter único para ella, pero su
casa no tenía nada que ver con los lugares de lujo que eran el pan diario de
Deaglan.
La comparación la abrumaba, y el contraste parecía una grieta
insalvable en su recién forjada ¿relación? Espantó el pensamiento,
atribulada. Las palabras tenían poder, no podía usarlas al azar.
¿Por qué no?, susurró su mente. También uno puede manifestar con
las palabras, se recordó. Soñar no era malo, tener expectativas era el camino
para avanzar en la vida.
Aunque una cosa eran las esperanzas fundadas, otra era forjar
utopías. Anda, Adele, que las utopías sirven para caminar, dan un
horizonte, lo escuchaste en algún lado.
Adele siempre había sentido un orgullo especial por su hogar. Era
un refugio, un lugar que había decorado con sus propias manos, lleno de
detalles que hablaban de su vida, de sus gustos, de su historia.
Solo que hoy, esa misma singularidad que antes la había
reconfortado, comenzaba a parecerle una desventaja. No es lo
suficientemente elegante, ni moderna, se decía, imaginando a Deaglan
recorriendo con la mirada cada rincón, comparándolo, tal vez de manera
inconsciente, con los estándares a los que estaba acostumbrado.
El peso de las inseguridades no era nuevo. Adele había aprendido a
vivir con ellas, a disimularlas. Entendía que eran un peso, y en su día a día
lidiaba con ellas. Pero con Deaglan en su vida se hacían más presentes que
nunca.
Él era todo lo que ella no: sofisticado, seguro, poderoso. El lugar
donde se hospedaba, el auto que conducía, los gastos en los restaurantes
representaban fortunas que no podía imaginar.
Pues, sin embargo, ha venido aquí, te ha llamado a diario,
mostrándote una atención inusitada. Sí, parece increíble, pero la realidad
no puede negarse. ¿Por qué yo? se preguntaba una y otra vez, buscando un
defecto en sí misma que justificara lo inexplicable.
Al mismo tiempo, una voz queda en su interior la animaba a dejar
de lado esas dudas, a aceptar que merecía ser feliz, aunque fuera por un
breve momento.
Deaglan era todo lo que pensaba, pero más. Diferente a sus
preconceptos sobre los hombres poderosos que arrasaban con los que se
ponían en su camino, y capaz de encontrar placer en pequeñas cosas.
Tú eres un gusto adquirido, Adele, ¿recuerdas cómo tu padre
siempre te lo decía cuando te quejabas de lo sosa que te veías? Su madre
solía amonestarlo por eso, pero no sonaba tan mal.
Tal vez él comenzó esto por aburrimiento de su vida en las alturas,
pero encontró confort en su intercambio. Adele no estaba en contra a ser el
gusto adquirido de Deaglan, para nada. Esa idea era reconfortante. Debía
sostenerla como un mantra y repetirla cada vez que la incertidumbre
amenazaba con abrumarla.
Y también era bueno que recordara cómo Deaglan la había mirado,
cómo la había besado, con una intensidad que parecía genuina. No se
trataba solo de seducción, quería creer que había más en sus gestos. Más
que un simple juego de conquista.
Entonces, dadas las pruebas a favor del interés de Deaglan en ella,
¿por qué se sentía tan vulnerable? Giró la base de la copa de vino,
observando cómo el color rubí reflejaba la luz tenue de la lámpara.
Si todo esto es un juego, ¿por qué se siente tan real? Esa pregunta
la perseguía, y aunque intentaba convencerse de que solo estaba disfrutando
del momento, sabía que se estaba involucrando más de lo que quería
admitir.
Dejó escapar un suspiro y se llevó la copa a los labios, buscando en
el vino un consuelo que no encontraba en sus pensamientos. El sabor era
familiar, pero no tenía efecto calmante.
Su mente volvía una y otra vez al mismo punto: ¿y si esto termina
mal? La posibilidad de salir herida la asustaba, pero la perspectiva de no
arriesgarse y perder la oportunidad de vivir algo único le parecía aún peor.
¿Cuándo fue la última vez que te sentiste así? La pregunta
resonaba en su cabeza, y la respuesta llegó con rapidez: nunca. Porque
nunca un hombre como Deaglan había mostrado interés en ella, nunca había
sentido que alguien la miraba de la forma en que él lo hacía.
Como si en verdad ella fuera especial. Su clase de especial. La idea
de perder eso, de que resultara ser una ilusión, era… Triste. Entonces
recordó sus pensamientos, apenas unos días atrás, cuando había decidido,
por una vez, arriesgarse.
Deaglan había entrado en su vida con una fuerza que no podía
ignorar, y aunque las dudas la atormentaban, también sentía una esperanza
que se negaba a apagar.
Si esto va a ser una llama que se apaga rápidamente, entonces
quiero disfrutar del fuego mientras dure. Esa decisión, aunque nacida de
una mezcla de miedo y deseo, le dio un poco de paz.
Inseguridades, a tomar por culo, instó. No dejaré que me dominen.
No hay nada seguro en esta vida, y la felicidad es esquiva y burlona. Dejó
la copa de vino sobre la mesa y volvió a tomar su móvil.
ADELE: Hola, ¿cómo estás? Dijiste que me tocaba a mí, y tengo
una invitación, tú decidirás si es buena o no. Mi casa, esta noche. Soy
buena cocinera, eso dicen.
Mientras esperaba la respuesta, se abocó a dar un vistazo a su
despensa, considerando qué podría cocinar, si es que él aceptaba. El
mensaje llegó cuando estaba sobre una silla, observando el interior del
mueble aéreo, clasificando comestibles.
DEAGLAN: Hola, Adele. Me encanta tu invitación. No puedo
esperar a verte con tu delantal. Seguro que te ves encantadora, y me precio
de ser buen juez de comidas. El vino y el postre van conmigo.
Pensar que quería otro tipo de postre le secó la boca, y sonrió,
feliz. Luego, restregó sus manos. Tenía un menú que planear, y si había algo
en lo que confiaba, era en su habilidad para cocinar.
No importaba cuán modesta fuera su casa, no importaba que
Deaglan viniera de un mundo tan distinto al suyo. Esta noche sería especial.
Ella se aseguraría de que lo fuera, bajo sus términos.
Una sonrisa suave apareció en sus labios. Deaglan podría ser lo
que ella no, pero esa noche, estaría en su terreno, probando lo que solo ella
podía ofrecer. Y eso, por primera vez en mucho tiempo, la hizo sentir
poderosa.
++++
Declan estaba expectante mientras conducía hacia la casa de
Adele. La invitación a cenar había sido más que bien recibida; de hecho, lo
había esperado con impaciencia.
Entrar en su hogar por un buen rato significaba acceder a su
intimidad, a sus dispositivos, y con ello, la posibilidad de acercarse a la
información que necesitaba.
Louie le había dado instrucciones claras sobre cómo acceder a
estos en cuanto tuviera la oportunidad. Para lograrlo debía relajarla, llevarla
a un estado en el que el sexo o la inconsciencia le permitirían actuar sin que
se percatara.
El alcohol y un somnífero cuidadosamente dosificado eran las
herramientas en su arsenal. Sentía que este le quemaba el bolsillo interior de
su chaqueta. Había tenido una lucha consigo mismo en la noche de ayer y
durante el día, y esto se hizo más serio cuando la invitación llegó.
La frialdad primó en su mente. Lo haría hoy, sí o sí. No podía
posponer y complicar más las cosas en su cabeza. Los pasos estaban
trazados. No podía quedar ningún rastro de su incursión.
Louie se aseguraría de esto gracias a su contacto con Minerva, la
maravillosa hacker de la Agencia Turner. Si jugaba bien sus cartas, ni
siquiera Adele sabría lo que había sucedido, y él podría retirarse de su vida
tan rápido como había entrado.
Pero antes, necesitaba las claves de acceso al sistema del FBI para
que Louie pudiera rastrear los archivos relacionados con Davagh. Este
ardiente deseo de saber no desconocía que ella podría estar en problemas si
se rastreaba la intromisión, de ahí su recomendación a Louie de contactar a
Minerva, un genio en el área.
No estaba dispuesto a dejar que alguien en la agencia se percatara
de la incursión. Nadie debía adjudicar responsabilidad a Adele, y él
obtendría la información sobre el estado de la investigación, las
conclusiones y recomendaciones que le eran cruciales. Declan necesitaba
saberlo todo, y su paciencia, de habitual escasa, estaba a punto de agotarse.
Se preparó con meticulosidad, consciente de que era la última vez
que la vería. Eligió un par de jeans negros Saint Laurent, sencillos a simple
vista, pero cómodos, y una camisa a cuadros de Burberry en tonos azul
marino y gris, que realzaba el gris intenso de sus ojos.
Sobre la camisa, se enfundó en una chaqueta de cuero de Tom
Ford, una pieza que proyectaba su estilo calculado para seducir. Dejó que la
fragancia sutil de Creed Aventus lo envolviera, y en su muñeca su favorito,
el Rolex Daytona de oro blanco.
Al mirarse al espejo, no era ego lo que lo impulsaba, sino la certeza
de que sabía cómo lucía y cómo usar esa apariencia a su favor. Y quería que
ella lo encontrara irresistible, tanto, que bajara la guardia.
Mientras condujo hacia ella, su mente divagó hacia su familia.
Extrañaba a Brady, y los mensajes de su hermano le indicaban que este
estaba preocupado por lo escueto de sus respuestas y la poca información
que compartía.
Sus primos, Cillian y Brian, también le habían escrito y llamado,
en parte para discutir temas de trabajo, pero Declan sabía que también se
preocupaban por él. Habían sido ellos quienes lo habían protegido durante
la guerra con su padre y sus medio hermanos, dándole una posición de
privilegio cuando todo lo demás parecía desmoronarse.
Sin embargo, él no estaba dispuesto a abandonar lo que le
pertenecía sin luchar. Necesitaba recuperar lo suyo, aunque eso significara
que tenía que usar a esa mujercita encantadora que lo invitaba a su casa con
la ingenuidad de alguien ignorante de las oscuridades del mundo.
Al llegar, tomó la botella de vino y el postre que había elegido y
descendió con decisión. Cuando Adele abrió la puerta, su mente casi quedó
en blanco. Ella lucía encantadora en unos jeans que se ajustaban a sus
curvas a la perfección, y una blusa en colores alegres que hacía resaltar sus
rizos danzantes y esa boca tentadora que atraía su mirada de manera casi
magnética.
Sonrió con liviandad, pero esta vez no fue la sonrisa controlada y
calculada que solía mostrar a sus clientes o contactos. Adele tenía la
capacidad de desarmarlo al momento. Se recompuso y reforzó su postura
interna. Esta noche era crucial, y debía mantener el control.
—Hola, Deaglan—dijo Adele con una sonrisa cálida mientras lo
invitaba a entrar—. Pasa, por favor.
—Hola, Adele—se inclinó y le dio un beso suave en la mejilla, tras
lo cual le entregó el vino y le mostró el postre—. Un poco de frío no le
vendrá mal.
—Ay, ¡delicioso! El chocolate blanco es mi debilidad.
Lo sabía, se lo había comentado, y por ello lo eligió. Avanzó y
volvió a apreciar lo colorida y acogedora de la estancia. Si acaso, ahora fue
consciente de la enorme biblioteca en la sala, repleta de libros de todos los
géneros, y plantas que aportaban un toque de frescura al ambiente.
—¿Has leído todos estos ejemplares?—inquirió, mientras la seguía
a la cocina, y ella rio y negó.
—No, pero sí la mayoría. Bien, espero que disfrutes la cena. Le he
puesto mucha dedicación.
Esa mirada, esos labios, esa piel, joder. Sacudió sus emociones y se
endureció, algo que no se apreció en lo externo, porque sonrió.
—Seguro que lo haré. El olor ya es tentador.
Declan la observó mientras ella se movía por la cocina,
mostrándole lo que había preparado. Se acercó para probar un bocado de lo
que estaba cocinando, y ella le golpeó la mano, juguetona.
Sonrió, pero lo doméstico de la escena le supo raro. No en un mal
sentido, pero si en contradicción con lo que buscaba aquí.
—Mm, sabores ricos y equilibrados, ya con esa probadita puedo
darte un una calificación de excelente y felicitado—bromeó.
Adele sonrió aún más. Declan ayudó a poner la mesa, moviéndose
con naturalidad en el espacio que Adele llamaba hogar. En poco tiempo
estuvieron sentados y disfrutando, y a él cada plato que probó le pareció
superior al anterior.
A medida que la noche avanzó, el ambiente se hizo más liviano.
Ella se distendía, riendo y charlando con más libertad. Declan rellenó su
copa de vino varias veces, asegurándose de que siempre tuviera un trago a
mano.
La conversación fluyó con facilidad, los temas triviales danzando,
pero la conexión no podía negarse. Esto lo puso más y más ansioso. Antes
de servir el postre, le pidió ir al baño. Allí, frente al espejo, se debatió en un
mar de dudas.
Por un instante, se sintió culpable por lo que estaba a punto de
hacer. ¿Cómo podía traicionar a alguien que, claramente, confiaba en él?
Respiró hondo, recordando que tenía una misión, un objetivo que cumplir.
Se recompuso, salió del baño y se dirigió hacia su chaqueta,
fingiendo revisar su móvil. Con manos rápidas y discretas, sacó la pequeña
cápsula de somnífero y la deslizó en la copa de Adele mientras ella
terminaba de porcionar el postre.
De vuelta en el cuarto de estar, se acomodaron en el sofá con los
platos y una última copa de vino. A poco de terminar sus postres, Declan
notó que Adele comenzaba a parpadear, sus bonitos ojos cerrándose de
manera involuntaria.
En cuestión de minutos, quedó dormida, su respiración suave y
regular. Declan la recostó con gentileza, asegurándose de que su cabeza
estuviera bien apoyada y la cubrió con una manta que estaba a mano.
Tiempo de hacer aquello que lo había traído aquí. Lo primero que
hizo fue tomar su móvil. Acceder a él fue sencillo, le bastó sostenerlo frente
al rostro de Adele para desbloquearlo.
Buscó con calma entre sus archivos, y después de solo cinco
minutos, encontró lo que necesitaba: contraseñas y nombres de acceso,
guardados con descuido.
Hizo una mueca de incredulidad ante la facilidad del hallazgo.
Luego, se dirigió a la laptop de Adele, pero no encontró en ella nada de
interés. Era evidente que ella no trabajaba desde casa.
Sin embargo, al revisar su correo electrónico, encontró algunos
mensajes que le hicieron crujir los dientes. El jefe se comunicaba con sus
empleados por correo electrónico y no le gustó un ápice que el tenor de las
comunicaciones denunciara que era un cretino, enviándole órdenes de
manera grosera y negándole permisos en varias ocasiones.
Dejó cada cosa en su sitio, y envió la información a Louie. Su tarea
aquí estaba hecha. Por qué demoró en irse , escribiendo una nota
agradeciéndole por la cena y diciendo que había pasado una noche
maravillosa, era algo que no analizaría.
Tampoco que la había llevado en brazos a su cama, quitándole los
zapatos con cuidado, y cubriéndola con el edredón. Ella se sentiría muy
confundida por la mañana, pero él se encargaría de comunicarse pronto y
tranquilizarla, atribuyendo todo al vino. Se lo debía, no podía ser un
monstruo.
Además, Louie necesitaría tiempo para realizar la búsqueda, y
Declan no tenía intención de irse de Washington sin ver a Adele alguna vez
más. Sí, había pensado que este era el encuentro final, pero…
Eso sería raro, levantaría sospechas. Louie podría necesitar algún
otro dato. Y tenía que comprobar con sus ojos que el somnífero no le había
sentado mal.
Excusas, excusas.
CATORCE.
Adele despertó lento, sus párpados sintiéndose pesados, y la
desorientación como la sensación más acuciante. Le costó abrir sus ojos,
confusa, y la luz que entraba oblicua por las cortinas corridas la hería.
Su cabeza palpitaba con un dolor sordo, como si algo estuviera
oprimiendo sus pensamientos, impidiéndole enfocarse. Intentó hacer
memoria, pero las imágenes de la noche anterior se mezclaban de manera
confusa.
Se sentó en la cama, lento, y luego de dos intentos fallidos. Con
alivio comprobó que estaba vestida, y nada fuera de su cabeza dolía. Eso
alejó el primitivo terror que se había instalado en su mente cuando despertó.
El recordar historias de mujeres de las que se abusaba cuando se
exponían, o cuando el agresor encontraba una oportunidad, era algo
inevitable. ¿Qué le había pasado, joder?
¿Por qué estaba en su cama, y claramente lo había estado por
horas? Lo último que recordaba era cortar el postre. Y Deaglan, su rostro.
Había tomado mucho vino, sí, eso… Eso lo recordaba, y la vergüenza se le
vino encima.
Carajo, ¿cómo había sido tan irresponsable? Una oleada de
mortificación la recorrió. Parpadeó, haciendo foco en las cosas, y entonces
vio una nota sobre la mesita de noche. La tomó con manos temblorosas y
leyó:
Adele, anoche te quedaste dormida en el sofá, apenas terminaste el
postre. No quise despertarte, así que te llevé a la cama, para que pudieses
descansar mejor. La cena estuvo deliciosa, y fue una velada encantadora.
Gracias por invitarme. Espero que tengas un buen día, Deaglan.
La nota era simple, pero su turbación creció. ¿Qué pensaría él? Se
tapó los ojos con las manos, sintiendo que la tierra se abría bajo sus pies.
¿Cómo no se había detenido? Era de mal beber, había habido ejemplos de
ello en el pasado. No como esto, no.
¡Vaya manera de arruinar una velada perfecta! Arrugó el entrecejo,
acariciando sus sienes. Entonces, el sonido de su teléfono reverberó. Se
inclinó para buscarlo, y notó que estaba enchufado.
Él había tenido el detalle de dejarlo cargando. Suspiró, y meneó su
cabeza. Si no se hubiese dormido… Mm, esa carrera ya se había corrido, y
no podía perder el tiempo en lamentaciones.
El mensaje era de Deaglan, así que respiró hondo y se preparó para
lo que pudiese decirle. No debió haber sido una ebria feliz, estaba segura.
DEAGLAN: Buenos días, Adele. Espero que te sientas mejor esta
mañana. La cena estuvo increíble. Por cierto, eres adorable cuando
duermes la mona, aunque un pelín gruñona si te mueven. Me pareció que
estarías más cómoda en tu lecho. No tienes nada de qué preocuparte. Todo
está bien. No puedo esperar para verte de nuevo.
Adele suspiró y se dejó caer sobre las almohadas, cubriéndose la
cara con las manos. Quería que la tierra la tragara, pero, al mismo tiempo,
no podía evitar pensar en lo dulce y caballeroso que había sido Deaglan.
Podría haber tomado ventaja de la situación, pero no lo hizo. Sí,
hubiera sido horrible que lo hiciera. Otra vez recordó la de veces había
leído sobre mujeres solas que caían en manos de depredadores sexuales. La
idea la estremeció. Sin embargo, Deaglan había demostrado ser digno de
confianza.
Se encontró sumida de inmediato en una ensoñación, pensando en
lo guapo y atento que era. Su mente viajó a la noche anterior, que comenzó
a recordar en detalle. Su voz grave y rasposa, cálida, desgranando datos,
respondiendo a sus preguntas.
La manera en que su mirada gris se volvía más intensa cuando
observaba su boca… e incluso su escote. Sí, era probable que Adele se
hubiese sentido osada y la V de su vestido fuese un poco más abajo de lo
habitual.
Quería gustarle, encenderlo. Había tenido planes bastante traviesos
en su mente, pero estaba visto que la seducción no era lo suyo. O sí, que
mientras estuvo despierta, él no dejó de apreciarla, y no fue discreto, al
respecto, pero tampoco vulgar.
Ella había intentado sonsacarle sus planes, en especial, cuándo
pensaba irse de Washington. Declan había sido vago al respecto, pero sus
respuestas fueron intrigantes:
No lo tengo claro aún, depende.
Estoy evaluando opciones. He encontrado intereses nuevos aquí.
Cada frase le había parecido una promesa, una sugerencia.
Se colocó de costado, una mano sosteniendo su cabeza, y se perdió
en potenciales. ¿Y si Deaglan considerara que le gusto lo suficiente como
para explorar una relación? ¿Esto sería viable? En su cabeza los dos eran
perfectos, encastrando como piezas.
Nada de objetividad en su reflexión, pensó, sintiéndose un pelín
ridícula. Apenas se conocían… Pero habían compartido tiempo,
información bastante íntima, se habían tomado de las manos, y se habían
besado un par de veces, y el interés estaba allí. Más que eso, del lado de
ella.
La pregunta del millón que no tenía respuesta era si Deaglan podría
querer algo a largo plazo con ella. En verdad, tendrías que volar más bajo,
se dijo. ¿Quiere él algo contigo? ¿A corto plazo?
Pff. Era tonto esta compulsión suya a reducir las cosas, con esa
visión romanticona de novela donde el personaje buscaba a aquel que lo
completaba. ¡Qué tontería! Ella se completaba sola, pero…
Eso de sumergirse en viajes de fantasía romántica le estaba
cobrando precio. No seas tonta. Razona. Sé moderna, se reprendió.
Luego de un rato, se conminó a levantarse a pesar de que su cabeza
seguía pulsando. Se dio una ducha larga y muy caliente que le hizo bien, y
se puso sus pijamas favoritas con motivos de flores.
La vincha a juego sujetaba su cabello mientras se hacía su rutina de
skincare, y luego fue por café. Una sonrisa sorprendida se dibujó en su
rostro cuando se dio cuenta de que Declan había programado la máquina
para que tuviera café listo en la mañana.
Nadie me ha tratado así jamás, consideró, sintiendo la calidez
inesperada envolverla. Incluso sus padres, siempre alentándola a ser
autónoma, no habían hecho algo tan simple y significativo desde que pudo
manejarse sola. Por eso la tibieza del gesto la conmovió profundamente.
El resto de la mañana pasó en una rutina familiar: la colada,
limpiar la casa. Pero no importaba lo que hiciera, la imagen de Deaglan no
la abandonaba. Picoteó algo de lo que había quedado de la cena, y se
acomodó en el sillón para leer.
Las páginas de un libro de romance de mafia la succionaron, la
trama seductora y plena de suspenso. El timbre la hizo saltar, y parpadeó,
mirando el reloj. Era media tarde ya. Dejó el libro a un lado y fue a abrir la
puerta. Encontrar a Deaglan del otro lado hizo que su corazón latiera más
rápido.
—Buenas tardes, Adele—dijo, y las bragas debieron soportar la
humedad que la voz sexi provocó, o tal vez fue su mirada que la recorrió, o
las posibilidades que su cabeza no paraba de explorar.
Como fuera, el estado de calor de su cuerpo era… inesperado.
—Hola—dijo, cortada, intentando domar su lujuria.
¿Sería un efecto remanente del exceso de vino?
—¿Cómo te sientes?
—Bien, estoy bien... —Adele tartamudeó, apartando la mirada, y
luego se enfocó en él. Guapo, como ya era hábito. Tan alto, tan ancho, tan
sexi—. Lo siento, anoche… Fui una anfitriona terrible. No se me da muy
bien la bebida.
Deaglan sonrió, encogiéndose de hombros con una elegancia
despreocupada.
—No tienes nada de qué disculparte. Todo estuvo perfecto.
Su sonrisa desarmaba. Se hizo a un lado, y él ingresó. Solo
entonces se percató de que portaba una caja en las manos.
—Pensé que un dulce podría ayudar. Apenas si disfrutaste del
postre anoche—dijo, mostrando el membrete de una de las pastelerías más
exclusivas de la ciudad.
Se le hizo la boca agua, pero no solo las exquisitas pastas que
estaban a su vista fueron las responsables. Fue por servilletas y sendos
platitos mientras él se acomodaba en el sillón.
—¿Té o café?
—Café, gracias.
En unos minutos estaban disfrutando de la dulzura de las jaleas y
del hojaldre, que el café ayudó a deglutir. Adele lo observó morder uno de
los pastelillos con una gula que hizo que un calor agradable se extendiera
por su pecho.
¡Cómo le gustaría sentir esos labios en los suyos, una vez más! Se
reprimió y sorbió su bebida. Deaglan se limpió con cuidado y entonces
tomó el libro que ella había dejado a un lado.
—¿Qué lees? —preguntó, con una curiosidad que no parecía
afectada por el título del libro o la imagen obvia de la portada.
—Oh, solo una novela... Para pasar el tiempo—respondió Adele,
sintiéndose un poco cohibida.
Declan asintió, interesado.
—Mi lectura favorita son los thrillers —dijo, sin juzgar—. Me
gustan las historias que atrapan y en las que nada es lo que parece.
En ese momento sonó el móvil de Deaglan. Su expresión se tornó
seria al contestar la llamada. Adele lo observó, notando el cambio en su
actitud; de repente, parecía más compuesto, críptico incluso.
Cuando terminó la llamada, volvió a sonreír, aunque la
preocupación aún asomaba en sus ojos grises.
—Una situación con el trabajo —explicó—. Como ves, incluso en
un domingo uno no se puede desenganchar.
—Debe ser terrible —comentó Adele—. No poder desconectar de
tu labor ni siquiera en tus días libres. Que los debes necesitar, sé que esos
puestos gerenciales son estresantes.
—Es parte de la tarea. Normalmente lidio con ello sin dificultad,
pero… No es común que haya algo que me interese más, como es este caso
—respondió él con una sonrisa.
++++
Guau. Joder, qué fuerte, pensó Adele, y sonrió. No supo contestar,
así que un breve silencio, nada incómodo, les envolvió. Al contrario, se
sintió natural, como si ambos estuvieran en sintonía.
De repente, Deaglan tomó la mano de Adele entre las suyas, y sin
más palabras, se inclinó para besarla. El beso se prolongó, profundo y lleno
de promesas no dichas, mientras el mundo alrededor de ellos parecía
detenerse.
Ella se aferró a su cuello como si de un salvavidas se tratase, y
trató de pegarse como una lapa a ese cuerpo duro, musculoso, de planos
duros, con el que había alimentado sus fantasías por días.
Había esperado que anoche fuera la ocasión en que gozaba de la
realidad y lograba contrastarla con los altos estándares de sus sueños, pero
esta tarde era tan buena, y tal vez mejor.
Sin la influencia del vino o la noche, que siempre aflojaba los
límites, ambos podían disfrutarse.
El beso se tornó largo y sofocante, como una tempestad que
envolvió sus labios y se dirigió hacia su cabeza, derritiéndola, y a sus
miembros y zonas más sensibles, y hasta los dedos de sus pies, arrollados,
dieron cuenta de la excitación.
—¡Joder, cómo me pones!—murmuró él, y sus labios entreabiertos
dibujaron la mandíbula, el cuello y la clavícula, y Adele tembló, sin soltarle
—. ¿Puedo seguir, preciosa? Dime que no y al instante paro.
—¡No, no!—protestó, y él rio bajito, empujándola para que
quedara sobre su espalda, y besó la comisura de sus labios mientras su
mano se colaba por debajo de la remera y se deslizaba por su estómago,
bordeando su ombligo, y luego ascendía para posarse en uno de los senos.
Le dejó hacer, su piel cantando bajo sus yemas, y suspiró de placer
cuando el aleteo de dedos hizo círculos sin presión sobre sus aureolas, que
estaban tan duras que dolían.
No había célula de su cuerpo que no entonara su nombre como un
cántico, sedienta de ser tocada.
Su mano grande fue a la espalda y la elevó un pelín, con facilidad,
para aflojar la presión del sostén y dar oportunidad a los dedos de la otra de
tocar sus senos sin la molesta intermediación del encaje.
Se sintió perfecto, y Adele gimió, sus ojos aleteando, sus dientes
clavándose en el labio inferior.
—Tu piel… Suave, tan suave—susurró Deaglan, y sus
movimientos se tornaron más frenéticos, las pupilas comiéndose parte del
gris, observándola con inequívoca lujuria.
La incorporó más, su mano en la espalda operando como los hilos
de una marioneta, y Adele le dejó hacer, lista para tener todo de él, y darle
lo mismo. Deaglan removió su remera y la liberó del sostén que colgaba, y
se precipitó sobre su torso con hambre.
Sus manos no parecían poder detenerse, recorriendo las curvas con
cadencia, entibiándola toda, mientras su lengua trazaba la línea de su escote
y encerraba sus senos en círculos de humedad, para luego dibujar sendas
hasta sus pezones, que succionó con gula, alternándolos.
—Deaglan… Ohh, joder…
—Delicioso… Estas curvas… Podría perderme en ellas por horas
—dijo muy quedo—. Levanta las caderas, hermosa—ordenó, y ella
obedeció sin pensar, dejando que él arrastrara sus jeans y bragas, dejándola
desnuda.
No tuvo tiempo que perder en cortedades porque él se incorporó y
la miró con un deseo que casi provocó su combustión, y procedió a
desnudarse con movimientos eficientes. Y, ¡oh, bendito sea, era
espectacular!
Su pecho ancho, sus bíceps y los abdominales marcados sin
excesos, las dos líneas que bajaban por la línea de los huesos de las caderas
coincidiendo con la de vello desde su ombligo, que dirigían la mirada,
inevitable, al miembro duro y elevado que parecía apuntarla. Joder… y esos
muslos gruesos, de músculos marcados. Era perfecto, su sueño.
—Eres… tan guapo—murmuró, parpadeando, y él sonrió, sus
gestos los de un predador.
—Tú eres hermosa, jodidamente sensual, y voy a disfrutarte como
al plato más fino, Adele.
La frase dio inicio al ataque, y este fue mutuo. Él la tomó por los
brazos y la movió para ponerla sobre su hombro, con un gesto fluido, mas
Adele deslizó sus manos por la espalda más ancha del mundo y tocó el
inicio de sus glúteos que parecían mármol.
Él hizo lo mismo con una mano, y el suave mordisco en el costado
de uno de sus glúteos hizo lanzar un gritito a Adele.
Él rio y aceleró el paso, ingresando al dormitorio, y se agachó para
dejarla en el piso, y la miró con intensa pasión, para luego colocar su mano
en el hombro y presionar hacia abajo, movimiento que Adele no resistió.
Se encontró de rodillas ante él, y la imagen de poderío le quitó aire.
—Abre, Adele. Quiero que lo humedezcas para que esté listo para
follarte como mereces, hermosa. Abre esa boca fabulosa y hazle saber a mi
polla cuánto deseas ser penetrada.
Ella tragó saliva, tan ida de deseo que no dudó un segundo en
obedecer el comando. Entreabrió sus labios y su lengua, tentativa, se
encontró degustando la humedad de su glande, y luego comió la mitad de la
polla con suavidad, sintiendo la textura venosa y suave en su boca.
Él hizo unos movimientos cortos de envión y ella se encontró
haciendo sexo oral, algo que no prefería. Antes, pensó, antes no quería. Con
él, con este hombre quería todo.
Luego de unos segundos, él retiró su polla con un graznido, y
Adele parpadeó, casi mareada, porque se había concentrado en la tarea de
ponerlo a mil, y le satisfizo notar que así era. Ese hombre estaba igual de
apasionada que ella, un subidón brutal.
La ayudó a incorporarse y la dio vuelta para luego empujarla sobre
el lecho, y ella cayó sin dejar de mirarlo. Con felina agilidad él estuvo sobre
ella, apoyado sobre sus antebrazos, y restregó su polla por los pliegues de
su intimidad, que estaba empapada.
—Por favor…—susurró, transida de excitada necesidad.
—Me encanta que ruegues por mi polla, Adele. ¿La quieres muy
adentro? ¿Quieres estrangularla con tu apretado coñito?
—Sí, sí—contestó, sin preocuparse por falsas modestias.
Lo deseaba a morir, ahora mismo, en ella. Envolvió sus piernas en
las caderas del provocador, como una consumada contorsionista, e hizo
fuerza para aproximarlo más, ganándose su risa.
Lo atrajo también con sus manos, buscando su boca, que estuvo en
ella al instante, robándole la vida en un beso brutal, arrebatador. El estado
de elevación que sentía, de estar casi fuera de su piel de tanto que esta
quemaba no lo había experimentado antes.
Toda ella era urgencia, y sus caderas se elevaron más, pugnando
por encontrar el falo y colocarlo donde debía estar. Cuando la punta dura y
suave a la vez se posicionó en la entrada de su coño, este comandó ser
llenado, pero él la detuvo, hablando sobre su boca:
—Espera, preciosa. Necesito colocarme la protección.
—Rápido—lo urgió, y le vio rodar para alcanzar su pantalón, del
que extrajo el condón, que colocó con una velocidad propia de un atleta
profesional. Si lo era en estas lides, se lamentaría luego. Ahora no podía
pensar más que en ser llenada.
La forma en que él entró en ella a continuación le quitó el aliento.
Sin dudas, con precisión, deslizándose por su interior rozando las paredes
de su vagina, que hacía años que no conocía más que juegos con su
consolador.
La realidad de su polla era mil veces mejor. Latía en ella, apretada
y caliente, y cuando se movió para pujar en movimientos largos y
espasmódicos, Adele sintió que alcanzaba alturas impensadas.
Que un dedo se agregara a la fiesta para no dejar sin invitación a su
clítoris, y su boca festejara con sus pezones, con sus labios y la zona detrás
de su oreja y el cuello, fueron condimentos para la explosión inminente.
—Mira que eres hermosa en la pasión que te descubre, Adele…
Tan perfecta… Podría follarte por días… Quisiera…—él suspiró y desvió la
vista un momento, y sus ojos parecieron perder brillo, pero ella sonrió y el
gesto se contagió.
—No pares… Por favor, no pares.
—No… Quiero disfrutar esto… Quiero… grabarlo…—gruñó, y
sus empujes arreciaron, castigadores en su fuerza, pero benditos en lo que
lograban.
Encenderla. Volarle cualquier pensamiento o razón para dejarla
pendiendo de hilos de cordura atados con placer.
El clímax se adornó de suspiros, de gemidos y grititos, de gruñidos
y sonidos de la piel contra la piel. Se construyó en equipo, se demoró
porque no había miembro que no quisiese participar de la fiesta.
Las bocas besaron, los dedos acariciaron, los miembros
envolvieron, y los sexos fueron yin y yang, hasta que la explosión primitiva
los proyectó al cielo, y entonces solo hubo blanco, y placer. Tanto placer.
Volver de tan alto era agotador, y Adele se arrebujó en él para
descansar. Perfecto, el sexo con Deaglan era como lo soñó. Perfecto.
QUINCE.
Declan no pudo definir con exactitud sus sentimientos cuando
cerró la puerta del apartamento de Adele tras el beso final. El eco de sus
pasos resonó en la acera, y había una animada conversación, música y risas
altas emanando de una de las casas contiguas, pero su mente estaba
demasiado ocupada para registrar el sonido.
Mientras se dirigía a su automóvil, una mezcla abrumadora de
emociones lo envolvía, un torbellino que no podía ni quería disipar. Era una
confusión entre el deseo, la culpa y una desconcertante y amarga sensación,
muy similar a la tristeza.
Para nada el alivio que esperó sentir al dar por terminada su tarea.
Joder, la palabra era desagradable, y no describía lo que él y Adele…
Sacudió su cabeza, molesto consigo mismo.
El eco del apasionado sexo que acababa de disfrutar lo sentía en la
piel, en los labios, resonaba en su cabeza como un alerta punzante que le
advertía que acababa de experimentar una conexión auténtica, mágica, y
quizás, irrepetible.
Ella se había derretido entre sus brazos, arcilla dócil que había
moldeado con sus yemas, con su lengua, con sus labios, y en el ardor del
contacto y las caricias él se había vuelto madera seca que ardió y ardió,
exultante.
Si los dedos guardaban la memoria de lo más suave y divino que
habían tocado, no olvidarían la cremosa piel de Adele. Se estremeció sin
poderlo evitar al pensar en cómo su boca había aprisionado los picos de sus
pequeños senos y los había vuelto esclavos de su lengua.
Subió al auto y encendió el motor, pero no se alejó de inmediato.
Se quedó ahí, sentado en la penumbra, con la cabeza apoyada en el volante,
intentando ordenar el caos que había tomado control de su mente.
Los fogonazos que la memoria traía sobre su reciente intimidad se
negaban a irse, y no los forzó, porque el recuerdo era dulce como la miel.
Su figura sobre el lecho, frágil y poderosa a la vez, un yunque para sus ojos,
que no habían podido despegarse de las curvas sinuosas que lo llamaron
como sirenas a un navegante que se creía eximio, y comprobaba que
naufragar era dulce.
Se había rendido a ella, susurrando sandeces que en su vida vertió
en oídos femeninos. Los sonidos que esa garganta trémula podía soltar,
joder. Gemidos, jadeos, ronroneos, suspiros. Los había devorado con besos
ardientes que lo dejaban sin resuello.
Las luces del tablero iluminaban su rostro, pero sus ojos estaban
perdidos en la oscuridad de la noche. Cerró los ojos, evocando la imagen de
Adele, de cómo había respondido a sus caricias, de la forma en que su
cuerpo había encajado perfectamente con el suyo.
La pasión que habían compartido era innegable, cruda y potente,
pero había algo más que lo perturbaba, una emoción que él mismo había
sellado bajo capas de frialdad y cálculo.
Esta fue la última vez que la veo. La convicción se aferró a él con
la fuerza de una verdad inmutable. Adele, esa mujer que se había entregado
a él sin reservas, le había dado el sexo más emocional y vibrante de su vida.
No había existido nada previo comparable a lo que acababa de
vivir. Pero también sabía que no debía volver. Eso no debía molestar tanto
como para que le ardiera la garganta y se le volviera agrio el humor.
La idea de no cruzarla otra vez, de perderse su genuina persona y
dejar ir a la que era tan pura en sus intereses y tan honesta en sus
convicciones, lo golpeó. Mas era por el bien de Adele, y en esto tenía que
mostrarse como un hombre más digno.
No lo había sido hasta aquí. La verdad era amarga. La usé, se
recordó a sí mismo, la culpa comenzando a pesar en su pecho y lo hundía
en el pesimismo con la velocidad de la piedra pesada arrojada en un lago
tranquilo.
Había llegado a ella con un propósito claro, y para cumplirlo, había
manipulado sus sentimientos y su confianza. La había seducido, y si no
hubo declaraciones ni promesas de su parte, ni siquiera implícitas, de una
relación, en los ojos femeninos él había leído que caía rápido por él.
Y como el bastardo insensible que le habían enseñado a ser, había
jugado con sus emociones para conseguir lo que quería. ¿Por qué cojones
no se marchó y la dejó en paz cuando obtuvo lo que necesitaba?
El eco de la llamada de Louie aún retumbaba en sus oídos,
confirmando que había obtenido lo que necesitaba: acceso total a los
archivos gracias a la clave de Adele. Todo estaba listo.
La ruta de acceso que ella le había proporcionado sin saberlo le
había permitido a Louie crear una puerta trasera para seguir accediendo a la
información de ser necesario. Adele ya no era útil, ya no era una pieza en su
tablero. Y él había vuelto.
Había sido porque quiso esto. La había deseado de una manera
feroz, y se había contenido por días. Su cabeza y su cuerpo habían pasado
de registrarla como una mujer simple y de escaso interés a la que lo movía y
excitaba. Y no había podido resistir la tentación de tenerla.
¡Vaya si la tuvo! No lo suficiente, ronroneó una voz en su cabeza,
que retrocedió cobarde cuando su sentido común la abofeteó con hechos.
Esto terminó aquí.
Entonces, ¿por qué se sentía vacío? Encendió el auto y aceleró por
las calles en dirección al hotel, pero su mente era un caos. La lógica le decía
que debía estar satisfecho, que había logrado su objetivo con precisión, pero
su corazón, ese órgano que había aprendido a ignorar, palpitaba con una
extraña mezcla de remordimiento y arrepentimiento.
Se dio cuenta de que, aunque había seguido cada paso de su plan,
algo había salido mal. Él no era el mismo hombre que había comenzado
este juego. Había permitido que Adele se colara en su vida de una manera
que no había previsto.
La ciudad desfiló frente a él, una serie de luces y sombras que no
registró. Su mente estaba atrapada en una lucha interna, una colisión
violenta de emociones que hacía mucho tiempo no experimentaba.
Había cumplido su misión, y eso debería haber sido suficiente. Sin
embargo, la imagen de Adele, su sonrisa franca, sus ojos llenos de
esperanza, seguían apareciendo, atormentándolo. La sensación de haber
traicionado a alguien tan inocente le corroía las entrañas. ¿Cómo podía
haber caído tan bajo?
Llegó al hotel y empacó con rapidez, eficiente en cada
movimiento, tratando de alejarse físicamente de lo que acababa de hacer,
como si la distancia pudiera aliviar su conciencia. No había tiempo que
perder; el piloto lo esperaba, y cuanto antes dejara Washington, mejor.
Hizo el registro de salida sin titubeos, y en cuestión de una hora se
acomodaba en el lujoso asiento del avión que había estado esperando por él.
El interior era un reflejo de su vida: elegante, exclusivo y diseñado para el
confort.
Los asientos de cuero negro contrastaban con la fina madera de las
mesas, y las ventanas panorámicas dejaban entrar la luz, iluminando el
espacio con un cálido resplandor dorado. Era un entorno que debería
haberle brindado la paz que buscaba, pero en su lugar, solo le ofrecía un
espejo que reflejaba sus contradicciones.
Se sirvió un trago de whiskey, esperando que el alcohol silenciara
las voces en su cabeza.
Mientras el avión despegaba, Declan tomó su Tablet y comenzó a
revisar la información que Louie había enviado. La impaciencia y la
ansiedad lo dominaban, sus dedos pasaban veloz por los documentos,
buscando las respuestas a las preguntas que le habían traído a la ciudad.
Necesitaba distracción, recuperar la sensación de control que tanto
valoraba. Finalmente, encontró lo que estaba buscando: los resultados de las
pericias contables.
Estas detallaban cada entrada y salida de dinero de Davagh, y lo
que vio le provocó un alivio inmediato. Todo estaba limpio, excepto por las
transacciones ilícitas que su hermano había manejado.
Leyó con atención el análisis de las pruebas; cada palabra afirmaba
su inocencia, y el alivio fue tangible. Las conclusiones eran claras: las
declaraciones de Declan, en las que afirmaba desconocer las operaciones de
su hermano, habían sido corroboradas.
Sintió un peso tremendo levantarse de sus hombros al leer las
recomendaciones del jefe del área de investigaciones de actividades
mafiosas. Se proponía exonerar a Declan y su empresa, dadas sus
contribuciones a la investigación que llevó a la liquidación de la célula
mafiosa que su padre y hermanos lideraban.
Luego, encontró el documento final, proveniente del jefe de Adele.
Su recomendación era también exonerar a Davagh, habilitar su
funcionamiento, y descongelar los fondos. Declan no pudo evitar sonreír, un
gesto que le llenó el rostro mientras aflojaba la corbata y se dejaba caer
contra el respaldo del asiento.
Rio, una risa cargada de alivio, y luego se quedó en silencio,
dejando que la calma se asentara en su interior. Faltaban sellos, firmas, la
aprobación final de la autoridad máxima del Bureau, pero eso era
burocracia. El resultado estaba asegurado. Por fin, podía recuperar el
control y preparar el relanzamiento de Davagh.
Si solo pudiese acelerar esto, pensó, pero luego se detuvo. Ya
había hecho mucho. Se había arriesgado demasiado al acercarse a Adele.
Puso en riesgo su trabajo, su vida… y eso no le gustaba. Pero más aún, la
había puesto en riesgo a ella.
A pesar de sus esfuerzos por convencerse de que todo estaba
justificado, sabía que había cruzado una línea. Tengo que asegurarme de
que esté bien, murmuró, como si el decirlo en voz alta pudiera hacer que
sus pensamientos se volvieran más reales.
Pondría a Louie a monitorear la situación de Adele en el Bureau y
para asegurarse de que nada la perjudicara. Sentía la necesidad de
respaldarla, aunque ella nunca lo supiera, aunque lo maldijera cuando se
diera cuenta de que todo fue una mentira.
¿Lo fue?, se preguntó, esbozando una duda que lo golpeó con la
fuerza de un puñetazo. Adele había sido más que un simple objetivo, eso
era innegable. Con ella, había experimentado emociones que pensaba que
ya no existían dentro de él: ternura, piedad, alegría, incluso un interés
genuino por otra persona.
La pantalla de la Tablet parpadeó frente a él, pero su mente estaba
en otro lugar, perdida en el recuerdo de una mujer que, sin saberlo, había
despertado en él algo que creía muerto.
Se inclinó hacia la ventana, observando cómo el paisaje se
desvanecía bajo las alas del avión, un reflejo de lo que él mismo intentaba
hacer con sus sentimientos.
Resopló. Por mucho que volara lejos, no podría escapar de la
verdad: Adele había dejado una marca en él, una que ni el tiempo ni la
distancia podrían borrar. Esto se acabó, debe quedar atrás.
Su vida estaba en la costa Este, y debía prepararse para reactivar
Davagh. Adele, por más que hubiese despertado mucho de lo dormido en él,
no tenía cabida en su futuro.
DIECISÉIS.
Adele se recostó contra el mostrador en la pequeña cocina de su
trabajo, sosteniendo una taza entre las manos. El aroma del café recién
hecho llenaba el reducido espacio, pero el líquido caliente ofrecía poco
consuelo mientras lo sorbía con lentitud.
Su mirada estaba fija en la pared frente a ella, perdida en un punto
indeterminado, y sus pensamientos volaban muy lejos de la sala, llevándola
a un lugar oscuro donde el pesar y la incertidumbre convivían en un tenso
equilibrio.
A su alrededor, sus compañeros de oficina hablaban en voz baja,
susurrando sobre algún nuevo chisme de colegas. Las risas apagadas y los
comentarios mordaces eran ecos vacíos que llegaban a sus oídos, sin
penetrar en su conciencia.
De vez en cuando, sentía sus miradas desviarse hacia ella, como si
esperaran que en algún momento se uniera a la conversación, pero Adele
permanecía en silencio, con los dedos crispados alrededor de la taza.
Su postura denotaba una rigidez inusual, como si sostenerse en pie
en ese lugar fuera un esfuerzo monumental. ¿Cómo pudo Deaglan
desaparecer así?, pensó, el dolor creciendo en su pecho, punzando con cada
minuto que pasaba.
Él había llegado y se había ido como una sombra, pero llevándose
algo esencial de ella. Justo después de seducirla, se había esfumado. Sexo,
eso era todo lo que quería de mí.
La amargura creció como una marea implacable arrastrando
consigo las pocas certezas que aún le quedaban. Podría haberse ahorrado el
esfuerzo de mimarla, de pagarle cenas caras y organizar salidas
extravagantes. Eso solo dio alas a sus expectativas, y si se advirtió de esto,
no se hizo caso.
La figura masculina se materializaba en su mente con claridad, sus
ojos grises mirándola con una intensidad que había hecho que su corazón
latiera más rápido. Sus labios se curvaban en esa sonrisa apenas perceptible,
enigmática como para mantenerla intrigada, pero lo bastante cálida para
derretir sus defensas.
Había resultado un buen actor, ocultando sus verdaderas
intenciones tras ese velo de cortesía y cuidado. O ella una audiencia cautiva
desde el minuto uno. Le torturaba la convicción de que había sido tan
ingenua, de haber caído en sus redes con los ojos abiertos.
Una parte de ella había previsto esto, pero se negó a admitirlo.
¿Habría aceptado acostarse con él sin tanto preparativo y cortejo de parte de
Deaglan? La respuesta, aunque dolorosa, era clara. Probablemente no.
Conservadora y romántica como era necesitaba más que simple
deseo para entregarse. Y eso fue lo que él le dio: un torbellino de atención,
de gestos cuidadosos y palabras dulces que la hicieron caer de lleno.
La decepción se sentía en su pecho como punzadas que iban y
venían, como un marea que subía y bajaba, una mezcla de melancolía y
desengaño que no terminaba de resolverse. Sin embargo, también había
algo más.
Lo extrañaba. Declan había puesto color a una semana de su vida
que ahora parecía completamente gris. Su ausencia dejaba un vacío
palpable, una especie de hueco en su día a día que ningún café caliente o
conversación trivial podían llenar. Una semana, eso le bastó para dejarla
vuelta un trapo, joder.
En la oficina, el ambiente era siempre tenso, pero estos días se
sentían como una carga insoportable. Su lugar de labor se había convertido
en un campo de batalla, una competencia constante impulsada por un jefe
que parecía disfrutar llenándola de trabajo.
¿Cómo se suponía que sentiría entusiasmo en la rutina después de
haber visto su vida transformarse en una subida excitante solo para caer en
una bajada desmoralizadora?
Su casa, que una vez había sido su refugio, estaba invadida por la
rudeza de Martha y sus comentarios despectivos sobre su "novio
imaginario". No esperaba con ansias volver, como no fuese para encerrarse
en su habitación, y esta tenía recuerdos agridulces. De sus manos, su boca y
su polla en ella.
Una voz rompió la bruma que la distraía:
—Adele... Adele, ¿me escuchas?
La voz de su compañero la sacó de su ensimismamiento. Sus ojos
pestañearon varias veces antes de enfocar la mirada en él. Era Tim, un
colega amable y siempre atento, que la miraba con una mezcla de
preocupación y curiosidad.
—¿Qué? Oh, lo siento... Me distraje. ¿Qué decías? —respondió
Adele, con una sonrisa desmayada que intentaba ocultar el abismo en el que
se encontraba.
Tim intercambió una mirada con Sarah, que la miraba como
evaluándola desde su sitio junto a la cafetera. Había un gesto en su mirada
que no pasó desapercibido para Adele: compasión. Odiaba esa mirada. La
hacía sentir aún más pequeña, más expuesta.
—Solo te preguntaba si estabas bien. Te ves muy cansada.
Sabemos que te exigen demasiado, y deberías ser más firme al respecto.
Adele se encogió de hombros, un gesto que buscó restarle
importancia a la situación, pero que en realidad era un reflejo de su
impotencia.
—Estoy bien. Solo... ha sido una semana difícil. Pero no te
preocupes, de verdad.
Era una respuesta automática, una que había perfeccionado con el
tiempo. No tenía sentido entrar en detalles, ¿qué podría decir? ¿Que su
corazón estaba roto? ¿Que había confiado en alguien que la había dejado
sin una excusa o adiós?
La situación era lo que era, y no había nada que pudiera hacer al
respecto, salvo renunciar. Lo que la dejaría sin opciones. Sin dinero. Sin
seguridad.
Sarah la miró durante unos segundos más, como si estuviera
evaluando si insistir o no. Finalmente, suspiró y le dio un leve golpecito en
el hombro, un gesto de apoyo antes de retirarse para volver a su propio
trabajo.
Adele observó cómo se alejaba, sintiendo una punzada de culpa
por no haber sido más sincera. Pero, ¿qué sentido tenía? La pena era suya,
un lastre que debía cargar sola.
Con pesadez, se dirigió de nuevo a su cubículo, hundiéndose en su
silla mientras se obligaba a retomar la rutina de supervisar estados
contables. La pantalla de su ordenador era un reflejo de la monotonía que la
rodeaba.
Los números y los informes se sucedían sin descanso, en una danza
interminable que le resultaba agotadora.
Estaba tan inmersa que no notó el leve crujido de la puerta al
abrirse. No fue hasta que su jefe apareció en su campo de visión que se dio
cuenta de su presencia. Llevaba dos carpetas en la mano, y su expresión era
la habitual mezcla de prisa e indiferencia.
Adele sintió un nudo formarse en su estómago. Sabía lo que eso
significaba: más trabajo, más horas frente a la pantalla, menos tiempo para
procesar lo que estaba viviendo.
—Quiero que diligencies los pasos finales de estos casos—dijo su
jefe, dejando caer las carpetas sobre su escritorio sin más ceremonia.
Su mirada rápida detectó el nombre de su colega en las mismas, y
su ceño se frunció con levedad, fastidiada. Estos eran casos asignados del
otro forense contable.
—Pero estos casos son de Smith, ¿no? —preguntó, alzando la vista
hacia su jefe, esperando alguna explicación razonable.
Este la miró con la misma indiferencia con la que había dejado las
carpetas en su mesa.
—Smith está en un trabajo de campo —respondió de manera
cortante, sin dar espacio para objeciones.
Adele asintió en silencio, resignada. No había manera de escapar
de la montaña de trabajo que se avecinaba. Su jefe se marchó sin decir una
palabra más, dejándola sola con su carga.
Pasó un rato sumida en los números y los detalles fríos de sus
documentos, que iba a solventar primero, como correspondía. Era difícil
trabajar con los intrusivos pensamientos que no dejaban de rondar su mente.
Hizo una de las pausas activas a las que se obligaba, extendió sus
brazos y tronó su cuello. En un impulso tomó su teléfono móvil. Sus dedos
se movieron por inercia, buscando el chat del que desesperadamente
esperaba un mensaje.
Habían pasado dos semana sin noticias de Deaglan, y aunque
entendía que era factible que no sabría nada más de él, la esperanza
persistía. No puede haberme dejado así, sin una despedida, sin una
advertencia.
El teléfono permanecía silencioso, una pantalla negra que parecía
burlarse de ella con su indiferencia. Adele lo dejó a un lado, su respiración
se volvió entrecortada mientras luchaba contra las lágrimas que
amenazaban con brotar. ¿Lo había leído tan mal? Eso parecía.
Deaglan era un millonario en busca de experiencias nuevas, de
diversión a costa de una mujer común y corriente como ella. Al menos, así
era como se sentía en ese momento. No podía evitar que su mente repasara
una y otra vez cada encuentro, cada mirada, cada palabra que él le había
dicho.
La amargura crecía, pero también lo hacía la tristeza, una profunda
que parecía hundirla en una oscuridad que no lograba disipar. Adele
permaneció quieta durante varios minutos, intentando recuperar el control
de sus emociones.
Cerró los ojos y respiró hondo, tratando de calmarse. No podía
permitirse el derrumbarse, no aquí, no ahora. Tenía trabajo por hacer,
responsabilidades que cumplir, aunque su corazón estuviera en pedazos.
Abrió los ojos y se obligó a centrarse en las carpetas frente a ella,
repasándolas rápidamente en busca de las formalidades que Smith debió
incorporar al final: firmas, sellos, porque de no constar, el trámite de salida
se postergaría más, y el jefe cargaría la culpa en ella. El hilo siempre se
rompe por el lado más fino, pensó.
Cuando tomó la carpeta más gruesa dispuesta a comenzar la
revisación detallada, lo vio. La fotografía y el nombre del CEO de la
empresa en cuestión: Davagh Corporation. Declan O'Malley.
El mundo se detuvo, sus ojos desmesurados y el corazón
cabalgando en su tórax. El documento temblaba en sus manos mientras su
mente luchaba por procesar lo que acababa de descubrir.
Deaglan. Declan. Un escalofrío recorrió su columna vertebral
mientras el aire parecía volverse irrespirable. No podía ser. Esto… No podía
pensar.
Necesitaba salir de allí, necesitaba tiempo para entender qué
significaba esto. Se levantó como impelida por un resorte y se dirigió al
baño, apenas consciente de los pasos que daba.
Cerró la puerta detrás de sí y se refugió en uno de los cubículos,
sentada sobre la tapa del inodoro y con las piernas recogidas contra el
pecho. Cerró los ojos, intentando calmar la tormenta que se había desatado
en su interior.
Deaglan… Declan se le había acercado cuando su situación estaba
siendo investigada por el FBI, por su oficina. ¿Sabía quién era yo desde el
principio? ¿Sabía dónde trabajaba? ¿Era todo esto parte de un plan?
Pero… ella no tenía que ver con su caso. Joder, ni idea había tenido
de este hasta que la carpeta llegó a sus manos hoy. Repasó su memoria con
cuidado, cómo se habían conocido, de qué habían hablado. Martha lo trajo a
ella.
¿Se había mostrado interesado en su trabajo? No, nunca. Todo
había comenzado de manera casual, o al menos eso creía. ¿Podía haber algo
más detrás de todo esto?
¿Existen casualidades tan grandes? La pregunta flotó en su mente
como un eco, incapaz de encontrar una respuesta que la tranquilizara. ¿Qué
podría haber querido de ella?
Si hubiese tenido algún interés oculto, habría esperado a
enamorarla antes de revelarlo, ¿no? Y sin embargo, se fue sin más. No, esto
no podía ser más que una coincidencia. Y sin embargo, la duda persistía,
envenenando sus pensamientos.
Una voz malévola surgió en su mente, susurrándole ideas
tentadoras: Podrías hacerle la vida difícil por bastardo. Podrías demorar el
trámite, darle largas, hacerlo sufrir.
Por un breve instante, saboreó la venganza. Pero luego, suspiró,
dejando ir esa oscura tentación. Se levantó, decidida a hacer su trabajo
como debía. Declan nunca sabría que ella le facilitaría el acceso a su
empresa, pero así sería.
Le daría tratamiento de trámite urgente. Declan la había tratado
con caballerosidad y habilidad, salvo al final. Pero eso no cambiaba lo que
ella debía hacer
En su puesto una vez más, los nombres y los números comenzaron
a cobrar sentido por pura disciplina, aunque le costó mucho más esfuerzo de
lo habitual concentrarse en los detalles.
Su mente, a pesar de todos sus intentos, seguía vagando hacia ese
lugar oscuro, hacia la figura de Deaglan, hacia la incertidumbre de no saber.
El resto del día transcurrió con lentitud, cada hora se sintió interminable.
Cuando llegó el fin de la jornada, se sentía agotada tanto a nivel
físico como emocional. Recogió sus cosas en silencio, evitando la mirada
de sus colegas y se dirigió a la puerta con pasos pesados.
Afuera, la ciudad seguía su curso, con el bullicio habitual de la
gente que regresaba a casa después de un largo día. El aire fresco de la tarde
la envolvió al salir, pero no logró despejar su mente.
Adele se dirigió hacia su coche. La idea de volver a su casa vacía y
enfrentarse a otra noche de soledad la asfixiaba. Mientras conducía, sus
pensamientos regresaron al punto de obsesión, una vez más. No podía
evitarlo.
A pesar del dolor, lo echaba de menos, con desesperación. Su corazón se
resistía a dejarlo ir.
Al llegar a casa se dejó caer en el sofá sin siquiera encender las
luces. Agradeció que su prima no estuviera. El silencio de la habitación era
casi ensordecedor, pero Adele no hizo nada por romperlo.
Se quedó allí, en la oscuridad, permitiendo que las lágrimas que
había contenido durante el día brotaran. No podía seguir negando lo que
sentía. Estaba rota, y la única persona que podría ayudarla a recomponerse
era la misma que la había dejado en este estado.
Agotada por la intensidad de sus emociones, Adele se quedó
dormida en el sofá, sus pensamientos aun vagando, esperando, tal vez, que
al despertar esto hubiera sido un mal sueño, y que él volvería a ella, con esa
sonrisa que hacía que lo demás desapareciera. Pero, en el fondo, sabía que
la realidad rara vez era tan indulgente.
DIECISIETE.
El ambiente en el VIP del exclusivo club en Boston era vibrante,
lleno de risas y camaradería. Los O'Malley no escatimaban cuando se
trataba de celebraciones, y el cumpleaños de Aidan, el mayor de sus primos,
era la excusa perfecta para un derroche de lujo y diversión.
Aidan había llegado desde la costa Oeste con su familia: su esposa
Avery Turner y sus hijos, además de su hermana Brianna con su esposo
Hawk, y sus retoños. La reunión de los primos a los que se sumaban
algunos miembros del staff de Piper Seguridad, prometía ser una noche de
alegría.
El sitio estaba adornado con luces tenues y música suave, creando
un ambiente de exclusividad que contrastaba con la energía efervescente del
grupo. Los camareros se movían con gracia entre los invitados, sirviendo
whiskey y champaña con una destreza que hablaba de su experiencia en
atender a la élite.
Las voces de los hombres llenaban el espacio, una mezcla de
bromas y conversaciones mientras recordaban viejas historias y se echaban
en cara las pocas horas de permiso que sus esposas les habían concedido.
Cillian, siempre el bromista, no podía dejar pasar la oportunidad de
molestar a su cuñado Hawk, el grandote y callado guardaespaldas que se
había casado con Brianna, la prima de los O'Malley.
—Vamos, Hawk, ¿cómo conseguiste que Brianna te soltara la
correa esta noche? —dijo Cillian, guiñándole un ojo mientras los demás se
reían con complicidad.
Hawk, como era su costumbre, se limitó a elevar una ceja y sonreír
con un gesto de resignación, un movimiento casi imperceptible que decía
mucho sin necesidad de palabras.
—Le prometí que estaría de vuelta antes de la medianoche. Sabes
cómo es, no le gusta que me ausente por mucho tiempo —respondió con su
tono bajo y calmado.
Las risas se extendieron por el grupo, pero Declan, aunque esbozó
una sonrisa, lo hizo sin alegría. Sentado en un rincón del sofá de cuero, su
mirada fija en el vaso que sostenía, su mente estaba en otro lugar, lejos del
bullicio de la fiesta.
Mientras los demás conversaban y se echaban pullas, la mirada de
Declan se perdió en el líquido ámbar, girando el vaso en su mano como si
pudiera encontrar respuestas en el remolino que se formaba en su interior.
La música y las voces se mezclaban en un murmullo distante, casi
imperceptible, mientras su mente volvía, una y otra vez, a la imagen de
Adele. Desde que había regresado de Washington, ella tenía de rehén a sus
pensamientos. No lo podía controlar, perturbando la calma que tanto se
había esforzado en mantener.
No tenía que elevar su mirada para saber que Brady lo observaba
desde el otro lado de la sala, su mirada penetrante y preocupada. Conocía
bien a Declan, mejor que nadie, y tenía claro que algo lo perturbaba desde
hacía semanas.
Se lo había preguntado varias veces:
¿Qué te tiene tan ensimismado? Estás cambiado, más hosco, y eso
es decir, considerando que no eres fácil de tratar. Estás… volátil.
¿No lograste tu objetivo? Davagh está casi en tus manos otra vez.
¿Qué tienes?
No podía decirle que estaba atormentado. Esa dramática palabra no
estaba lejos de lo que sentía, mal que le pesara.
Declan levantó la vista justo cuando su hermano venía hasta él. Se
sentó a su lado, inclinándose para no ser escuchado por los demás. El cuero
del sofá crujió bajo su peso, un sonido que pasó desapercibido entre las
risas y las copas que se chocaban al brindar.
—¿Qué cojones te pasa, Declan? —le preguntó en voz baja, pero
con una firmeza que no admitía evasivas—. Has cambiado, no eres el
mismo desde que volviste de Washington. ¿Tiene algo que ver con esa
mujer, la contable? Me he roto la cabeza pensando, e increíble como parece,
es lo único que encuentro como causa.
Declan bajó la mirada y bebió un sorbo de su whiskey, comprando
tiempo. El alcohol se deslizó por su garganta. ¿Qué decir? ¿Que no lograba
abstraerse de la inquietud que lo perseguía desde que había dejado atrás la
capital?
No era algo que quisiera admitir, pero lo cierto era que Brady tenía
razón. No había podido exorcizar a Adele Lively de sus sueños y
pensamientos. Ella era una presencia recurrente en su cerebro.
Obsesión, esto tenía. Hasta llegó al colmo de buscarla en las redes
sociales, como el mendigo que busca un mendrugo, en su caso, verla, saber
de ella. Y con cada foto que miraba, su necesidad de volver a verla
retornaba, el deseo se exaltaba, y la culpa se hacía presente. Todo muy
confuso, en realidad.
No respondió a Brady, que resopló. Aidan se acercó justo entonces,
y le asestó una palmada en la espalda.
—Ey, Declan —le dijo, tomando asiento junto a él, su voz animada
y llena de la energía que caracterizaba sus reuniones familiares—. ¿Cómo
va todo con Davagh? Escuché que recuperaste el acceso y la habilitación
para funcionar. ¡Felicidades!
Declan asintió, dejando de lado su distracción por un momento
para enfocarse en la conversación. Aidan siempre había sido uno de los más
interesados en los negocios familiares, y su apoyo había sido incondicional
durante los momentos más oscuros.
—Gracias, Aidan. La verdad, fue más rápido de lo que esperaba.
Había creído que tomaría algún par de meses más, pero se había
dilucidado en cuestión de semanas. Lo habría adjudicado a eficiencia y
suerte, de no ser porque Louie le hizo notar que la firma de Adele aparecía
estampada en los documentos. Al parecer ella fue la encargada del
expediente en su tramo final. No se lo esperaba, y lo hizo sentir más
culpable.
La convicción de que Adele le había facilitado los trámites, a pesar
de sentirse traicionada, lo abrumaba. Ella no había usado el poder que tuvo
en sus manos para resarcirse, o cobrarse el dolor que le debió provocar.
De otros, podría haber esperado chantaje, complicaciones y
demoras, justa revancha por otro lado. Empero, ella no había exigido nada,
solo hubo silencio y ayuda. Y eso lo hacía todo más brutal; Declan reafirmó
lo cruel de su accionar, y lo especial y única de Adele.
El recuerdo de su última conversación, la convicción del dolor que
debió sentir cuando se dio cuenta de la verdad, lo golpeó con una fuerza
renovada. ¿Cómo había podido dejar que las cosas llegaran tan lejos?
Se había prometido que no permitiría que nadie más se viera
afectado por su pasado, pero con Adele, había fallado. Ella, en lugar de
vengarse, había tomado el camino de ayudarlo. Esa simple acción había
roto algo en él, una coraza que había construido durante años, y que se
desmoronó poco a poco.
Retomando la conversación, Declan compartió a Aidan y al
silencioso Brady, que lo evaluaba, sus planes de ampliar las inversiones y
de ejecutar una competencia agresiva para recuperar los clientes perdidos.
Aidan lo escuchó con atención, asintiendo de vez en cuando y
haciendo preguntas que demostraban su interés genuino.
—Parece que tienes una buena estrategia en marcha —dijo Aidan,
su tono de voz serio, pero con una sonrisa que denotaba su confianza en
Declan—. Y me complace ver que, como nosotros, han logrado hacerse un
lugar sin recurrir a la ayuda de la familia—elevó sus cejas, en alusión a la
pata mafiosa que aún estaba conectada a Declan y Brady, su familia
materna.
Declan asintió. El apoyo de sus primos y de la familia de su madre
en su decisión de apartarse del crimen organizado habían sido baluartes,
pero no había sido un camino fácil.
—Ustedes han sido un pilar para nosotros.
Orgulloso como era, no era vano o desagradecido, y tanto él como
Brady tenían una deuda con sus primos.
—Estoy seguro de que mis cuñados los Turner estarían interesados
en tu visión. Liam y Ryker, en especial, se han quejado más de una vez de
situaciones que Davagh podría solucionar. ¿Te interesaría presentarles tus
ideas?
Declan elevó una ceja y asintió sin dudar. Los Turner eran una de
las fortunas más grandes de Estados Unidos y tenían sus tentáculos en
negocios variados. Esto impulsaría a Davagh.
—Estaría encantado. Haz que suceda, Aidan, y llegaré allí como
una tromba.
-Lo haré. Liam es super ejecutivo, te aseguro que la semana
próxima estaré concretando una reunión. ¿Cómo está tu agenda?
—Despejada—dijo, sin dudar.
Una reunión así era maná del cielo. Además, lo llevaría a la costa
Oeste, y con ello… Más cerca de Adele. De Los Ángeles a Washington en
un jet era una distancia muy corta. La oportunidad se presentaba sola.
La posibilidad de verla una vez más, de explicarle la situación en
persona, comenzó a tomar fuerza en su mente. Quería cerrar ese capítulo.
Ganar algo de paz mental, se dijo. Pedirle perdón. Y verla, repitió su cabeza
obcecada.
Brady, que había estado escuchando la conversación en silencio, se
inclinó hacia Declan, su voz apenas un susurro para no interrumpir a los
demás.
—¿Vas a ver a esa mujer, verdad? —le preguntó en tono bajo, pero
cargado de preocupación—. Louie me contó todo. ¿Qué piensas hacer? No
compliques las cosas.
Declan suspiró, reconociendo que no tenía sentido ocultar sus
intenciones. Sabía que Brady estaba en lo cierto, que debía ser cauteloso,
pero no podía ignorar lo que sentía. No después de lo que había pasado.
—Tal vez. Dejé cosas pendientes allá, y necesito cerrarlas.
Brady asintió lento, su mirada una mezcla de incomprensión y
advertencia. Le conocía, o al menos al Declan que había sido hasta hacía
dos meses atrás. Declan no era de los que se dejaban llevar por las
emociones.
—Ten cuidado, Declan. No eres bueno manejando tus emociones,
por eso las entierras tan hondo. Eso hace que seas aún peor gestionando las
ajenas. No hagas daño pretendiendo reparar lo que sea que hayas provocado
en esa mujer.
Declan sonrió, sabiendo que el comentario de Brady venía desde el
cariño. Su hermano menor siempre había sido más empático, más
conectado con sus sentimientos, mientras que él había aprendido a
endurecerse, a blindarse contra el dolor. Pero hoy, sentía que esa coraza
estaba agrietada.
—Lo sé, Brady. Lo sé —respondió, apretando el hombro de su
hermano en un gesto de agradecimiento—. Pero necesito intentarlo, al
menos. Ella merece una explicación, y espero tener el valor de dársela.
Había una mezcla de tristeza y resignación en Brady, sus ojos
reflejando la preocupación que sentía por su hermano mayor.
—Quiero que seas feliz, Declan —dijo Brady, su tono cargado de
una sinceridad que caló hondo en Declan—, pero no quiero verte destruirte
en el proceso. Si ella es la indicada, si crees que hay algo entre ustedes,
entonces ve, habla con ella. Solo asegúrate de que es lo que realmente
quieres, y no algo que estás persiguiendo para aliviar tu conciencia.
Declan asintió, las palabras de su hermano resonando en su mente
mientras intentaba ordenar sus pensamientos. Brady tenía razón. No podía
cometer errores; había demasiado en juego. Pero no podía seguir adelante
con su vida sin intentar arreglar las cosas con Adele. Se lo debía, y también
a sí mismo.
—Lo haré, Brady. Pero no te preocupes, sé lo que hago.
Brady soltó un suspiro, aún escéptico, pero su silencio pareció
decir que confiaba en el juicio de Declan. No era poco, sabiendo que los
asuntos del corazón eran un territorio desconocido para él, uno donde no
podía simplemente planificar y controlar cada detalle.
—Espero que sí, hermano. Solo no olvides que, a veces, lo que
creemos querer no es lo que necesitamos.
Declan miró a Brady, reconociendo la sabiduría en sus palabras. A
lo largo de los años, había aprendido a confiar en el instinto de su hermano
menor, y aunque le costaba admitirlo, sabía que en este caso, podría tener
razón. Mas para encontrar la paz Declan necesitaba ir a Adele. Ahora que
su mente había encontrado un movimiento, la expectativa lo llenó.
Mientras la conversación se desvanecía, el bullicio del salón volvió
a imponerse. Aidan levantó una copa, su voz retumbando sobre el grupo
mientras proponía un brindis por el cumpleaños, por la familia y por los
desafíos superados.
Declan levantó su vaso, y su mente seguía atrapada en el torbellino
de emociones que había provocado la mención de Adele. La noche estaba
lejos de terminar, pero para él, la verdadera batalla se libraría en otro lugar,
uno que tenía mucho más que ver con su corazón que con el club en el que
se encontraba.
DIECIOCHO.
Cuando el mundo pareció volverse un lugar más oscuro del
previsto, y a sus sentimientos de abandono se unieron los de traición, y su
casa dejó de ser el refugio inveterado, Adele decidió tomarse un tiempo
para sí misma, escapando a la tranquila playa de Carmel-by-the-Sea, en
California.
No había tenido vacaciones en dos años y alejarse de los sitios
testigos de su derrumbe eran la solución, pensó su cabeza. Así que había
llegado a este pequeño ícono turístico famoso por su ambiente relajado. El
encantador pueblo costero resultó ser el lugar perfecto para desconectar.
Había llegado hacía una semana buscando poner distancia entre
ella y la vida que había dejado atrás. Huyendo, mejor expresado. Cuando a
las ruinas se había sumado la situación insostenible con Martha, con la que
tuvo una pelea monumental, el vaso de su paciencia se había colmado.
Monótono, agobiante, sin color, así era Washington hoy día para
ella, y tenía que recuperar control de sus emociones y ajustar estas a la
realidad. No ganaba nada con pelear contra ellas. Debía abrazarlas,
calmarlas, y darse nuevas metas.
Así que aquí estaba, tendida en la arena dejando que el sol cálido
acariciara su piel y la brisa fresca templara su rostro. El sonido del océano
la envolvía como un suave murmullo.
Acababa de salir del agua, las gotas de agua corriendo por su
escote y su cabello. Este estaba semi sujeto. Dejó que sus dedos tomaran
contacto con la arena, y lo mismo los dedos de sus pies, disfrutando de la
sedosa sensación, con los ojos cerrados.
Era un momento de paz, una tregua en medio del caos emocional
en el que estaba sumida. La luminosidad, el cielo tan azul, el ir y venir del
agua, ponían coto a su mente y a los pensamientos infaustos que la
acosaban. Por breves y preciosos instantes logró dejar su cabeza en blanco
y, sin darse cuenta, se quedó dormida bajo el sol.
De repente, se sobresaltó. Un sonido familiar había traspasado la
duermevela. Una voz, llamándola por su nombre, la sacó de su ensueño.
Confundida, se incorporó, parpadeando para aclarar su vista.
Nada la preparó para lo que tenía enfrente, de pie sobre la arena.
Deaglan… ¿Cómo…? Sacudió su cabeza, pero allí siguió, sus poderosas
piernas abiertas y embutidas en un bañador, su pecho poderoso visible por
los botones desprendidos de la camisa liviana. Y esos ojos grises que la
escrutaban.
Adele sintió su boca seca, y en lo que pudo pensar fue en lo bien
que se veía. Esto llevó a que sonoras alarmas estallaran en su mente, y
entrecerró sus ojos. ¿Qué hacía él aquí?
Era imposible que fuese una casualidad. Sacudió la cabeza,
intentando despejar la confusión, y se quitó los lentes de sol para asegurarse
de que no estaba soñando.
—¿Deaglan? —murmuró, su incredulidad palpable en cada sílaba,
y entonces se corrigió, envarándose—. Declan.
—Adele—susurró él, una sonrisa ladeada en sus labios mientras
repetía su nombre—. Adele.
El sonido de su nombre en su boca, esa que tanto había adorado
besar, la descolocó. No podía despegar la vista de su rostro atractivo, que la
observaba con una expresión insondable. Él volvió a pronunciar su nombre,
sacándola de su trance momentáneo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó finalmente, y la incredulidad y
confusión se notaron en su voz.
Declan le sonrió y se agachó, apenas a un metro suyo. Ella se
incorporó rápido y se alejó, y la mirada de él, devorándola de pies a cabeza,
le recordó que estaba con su bañador. bañador.
Por un instante una pequeña luz de esperanza se encendió al ver el
deseo patente en sus ojos, pero rápidamente la aplastó. ¿Qué era el deseo
sino una llama efímera? La rabia la hizo encajar sus dientes y apretar sus
manos.
—Estoy en California por negocios —dijo él, como si fuera la cosa
más natural del mundo.
—Vas a muchos lados por negocios —replicó ella con un dejo de
ironía.
Declan asintió y luego, con un tono más serio, agregó:
—Te busqué en Washington, pero ya te habías ido. Martha me dijo
que te habías tomado un tiempo. En un tono muy colorido. Esa mujer no te
hace bien, deberías…
Adele lo miró con los ojos entrecerrados, sin poder creer que él
estuviera hablando de Martha, la misma persona con la que había discutido
antes de partir.
—No tienes derecho a meterte en mi vida, Declan —le espetó, la
irritación evidente en su voz—. No eres nadie para darme consejos.
Él asintió, como aceptando su reproche.
—Lo sé, lo sé—él resopló, y se incorporó, y su altura y potencia
física se hizo más clara—. Tenía que verte. Supe por tu prima que habías
viajado, y te busqué.
Adele cruzó los brazos, intentando protegerse de la invasión de
emociones que él había traído consigo. Unas que no quería atravesar, no
otra vez, joder.
—Estados Unidos es un país grande. California lo es. ¿Cómo…?
—replicó, desconfiando de cómo la había encontrado.
—Lo sé —dijo él con calma—. Pero...—él carraspeó—. No tiene
sentido mentir, y me dije que no lo haré más. Accedí a tu contraseña e hice
que rastrearan tu móvil para ubicar tu posición.
Adele abrió y cerró su boca, impactada por la confesión. Esto
parecía sacado de una película, de un libro. Joder, ella sabía que eso existía,
trabajaba en el FBI, aunque no en la parte de investigación. Pero que él
usara esas estrategias para ubicarla… Era de locos.
Su mente empezó a repasar lo que había sospechado durante días.
Él había ido a ella en busca de algo concreto, y había sido jodidamente
bueno, porque todavía no entendía qué.
—Aquel primer encuentro en el club no fue casual—sentenció.
—No lo fue—contestó.
—Buscaba algo… Pero, ¿qué?
—Información. Y la obtuve.
—Nunca… Yo no hablé de nada. ¡Yo no sabía nada de ti!
—No. Pero tienes acceso a la red. Y eso logré.
Parecía tan quirúrgico, frío. Sin emociones. Sus ojos, empero… No
estaban vacíos, y su postura tensa, el parpadeo fugaz… No estaba cómodo,
y había venido aquí dispuesto a hablar, al parecer.
Como una revelación, a su cabeza vino el recuerdo de una de sus
últimas noches juntos. La forma extraña en que se había quedado dormida.
Al analizar sus recuerdos, entendió que no había sido solo el vino.
—Tú… ¿Obtuviste mis claves?
—Sí, y mi gente las usó para saber el estado de situación de mi
empresa. Nada más.
—Nada menos—susurró ella, incrédula—. Le pusiste algo a mi
vino, ¿no es así?
Él asintió, estoico.
—No estoy orgulloso de nada de lo que hice. Me ha carcomido la
cabeza, por eso estoy aquí. Adele, yo…
No podía atenderlo. Su mente daba vueltas sobre las revelaciones.
El grado de planificación. La premeditación. El uso de su persona. Meneó
la cabeza, atónita.
—Eres una basura—susurró.
—No, no lo soy—negó—. Me porté como una contigo, cegado,
obnubilado por mi rabia y mi desaliento. Pero no es quien soy de verdad.
Por eso estoy aquí, y busco redimirme. Tú…
—¿Qué quieres de mí, Declan? —cortó, sintiendo la opresión en su
pecho—. ¿Por qué volver, después de lo que me hiciste pasar? Me dejaste
sin una palabra, como si no mereciera una explicación. Pero tienes lo que
querías, ¿no estás feliz?
Declan la miró fijamente, su expresión insondable.
—Lamento la manera en que me fui, Adele, así como lo que hice
contigo. No todo, no todo—se corrigió, como si importara la disquisición.
—¿Lamentas haberme mentido sobre tu nombre, sobre no saber
quién era yo, o en qué trabajaba? ¿O drogarme y seducirme para tener
acceso al FBI?
Su voz sonó llena de amargura, un contraste extraño con el entorno
a su alrededor, lleno de gente disfrutando de la playa, riendo, surfeando.
—No mentí sobre mi nombre. Deaglan es como mi abuela me
llamaba, es la forma irlandesa más pura. Me gusta como suena en tu boca.
Y sí, sabía quién eras, tu trabajo, todo lo demás. Pero no te mentí en lo
importante, ni fingí cuando estuvimos juntos. Por eso estoy aquí.
Increíble. Este hombre era… ¿Qué mierda quieres de mí?, quiso
gritarle. ¿No fue suficiente con partirme en dos? ¿Vuelves a pisotear mis
pedazos?
Adele apartó la vista, luchando por mantener su compostura.
—No quiero saber nada, Declan. No quiero que me pidas perdón,
no quiero que te acerques... ¿Sabes lo que podrías haberme hecho? ¿Lo que
pudo pasarme en mi trabajo? Si alguien supiera...
—Nadie lo sabrá. Me aseguré de ello. Solo quería información,
estaba desesperado. Davagh era mi vida. Es... —se detuvo, corrigiéndose—.
Gracias a ti, me han devuelto la empresa en tiempo récord.
Adele sintió que la ira se apoderaba de ella. Él solo había venido
para aliviar su propia culpa. Comenzó a recoger sus cosas, sintiendo las
lágrimas amenazando con salir. Tenía que irse.
—Que tengas una buena vida, Declan, no tengo más que decirte.
Declan la observó, viendo la tormenta de emociones en sus ojos,
pero sin moverse.
—Adele... por favor, quiero que hablemos.
—No tenemos nada que hablar —replicó ella, su voz quebrándose
—. Tomaste lo que necesitabas y te fuiste. Fin de la historia.
—No quiero que sea el fin de la historia —insistió él, su tono lleno
de una urgencia que casi la hizo detenerse—. Dame la oportunidad de
redimirme, Adele.
Ella se giró, mirándolo una última vez, las lágrimas brillando en
sus ojos antes de caminar hacia su coche. Declan la siguió, su expresión
atormentada, o al menos conmovida. No le importó. Que se jodiera si su
conciencia le remordía.
Adele se metió en su vehículo, cerrando la puerta con fuerza, y
arrancó, dejando a Declan de pie en la arena, mirando cómo se alejaba.
Condujo a toda velocidad, con el corazón latiendo desbocado en su pecho
mientras trataba de entender lo que acababa de suceder.
El sol comenzaba a ponerse, proyectando largas sombras sobre la
carretera, pero apenas lo notó. Su mente giraba sin parar, repleta de una
vorágine de emociones: ira, traición, confusión y una tristeza abrumadora
que le dificultaba respirar.
No podía creer que Declan hubiera aparecido así, de la nada, como
si tuviera todo el derecho de invadir su espacio y exigir su atención. La
forma en que la había mirado, la intensidad en sus ojos, había reavivado
recuerdos que había tratado con tanto esfuerzo de enterrar.
Recuerdos de su tacto, de cómo la había hecho sentir querida,
deseada, y, sin embargo, todo estaba contaminado por el conocimiento de
sus mentiras. Sus manos apretaban el volante con fuerza mientras navegaba
por las sinuosas carreteras costeras, los paisajes de Carmel-by-the-Sea
pasando a su lado como un borrón.
Había venido aquí para escapar, para encontrar algo de paz, y ahora
sentía que Declan había destrozado ese frágil sentido de calma que había
logrado construir. Cuando estacionó en la entrada de la cabaña que había
alquilado, soltó un suspiro tembloroso.
La casita pintoresca, con sus paredes cubiertas de hiedra y su jardín
floreciente, había sido un refugio, un lugar donde podía esconderse del
mundo. Pero ahora este santuario se sentía invadido.
Apagó el motor y se quedó allí, sentada por un momento, mirando
al frente. El sonido rítmico del océano chocando con los acantilados aún se
oía a lo lejos, un sonido que antes la había calmado, pero que parecía
disruptivo.
Tenía que recomponerse. La reaparición de Declan la había
descolocado, pero no podía permitir que él volviera a controlarla, no otra
vez. Salió del coche y cerró la portezuela con más fuerza de la necesaria,
sintiendo cómo el aire fresco de la tarde la envolvía.
Caminó hacia la cabaña, la cabeza con pensamientos
contradictorios, y justo antes de entrar, se detuvo. Se giró, mirando hacia la
costa. Los recuerdos de los momentos juntos la envolvieron. Habían
parecido tan reales, tan llenos de promesas. Él pretendía que sí, ahora, sus
frases lo dejaron ver. Falso que era.
Entró en la cabaña, cerrando la puerta tras de sí, y se apoyó en ella,
sintiendo el peso de lo que había sucedido caer sobre sus hombros. ¿Cómo
había llegado a este punto? ¿Cómo había permitido que alguien como
Declan se infiltrara tan profundo en su vida, en su corazón?
Se sentía estúpida, usada, como una pieza en un juego que no había
comprendido hasta que fue demasiado tarde. Las lágrimas que había estado
conteniendo comenzaron a correr por sus mejillas, y no hizo nada por
detenerlas.
Había tratado de ser fuerte, de mantener su dignidad frente a
Declan, pero en la soledad de este refugio, todo se derrumbaba. Se dejó caer
al suelo, abrazándose mientras sollozaba en silencio.
¿Cómo se atrevía a aparecer de nuevo en su vida? ¡Después de
todo lo que había pasado, después de cómo la había utilizado! El dolor en
su pecho se intensificó al recordar cada mentira, cada promesa rota, cada
mirada que había interpretado mal.
Y lo peor era que, a pesar de todo, una parte de ella todavía lo
deseaba, todavía anhelaba lo que habían compartido.
—¿Cómo pude ser tan ingenua? —susurró, con la voz quebrada
por la emoción—. ¿Cómo pude creer que algo entre nosotros era real?
Su cuerpo temblaba mientras el llanto la consumía, y la
desesperanza se apoderaba de ella. Se había convencido de que podría dejar
lo vivido con él detrás, que podría seguir, pero la reaparición lo complicaba.
Había reabierto heridas que apenas comenzaban a sanar, y se sentía más
perdida que nunca.
Después de lo que parecieron horas se levantó del suelo, sus ojos
hinchados y enrojecidos por el llanto. Se dirigió al baño y se miró en el
espejo, viendo a una mujer destrozada, una que apenas reconocía. Lavó su
rostro con agua fría, tratando de aclarar su mente, pero la sensación de
vacío persistía.
No puedes permitir que él te haga sentir pequeña o insuficiente de
nuevo. Pero incluso mientras repetía esas palabras en su mente, no pudo
evitar que una sombra de duda se apoderara de ella.
¡Qué idiota era! A pesar de lo que había pasado, una parte de ella
seguía aferrada a lo que había sentido con él. Y eso, más que cualquier otra
cosa, era lo que la asustaba. Hay vida más allá de Declan O´Malley, Adele.
Supéralo. Eres fuerte.
Él ya debe estar en camino a su hogar, diciéndose que hizo su
buena obra del día. Se disculpó con la idiota que sedujo, listo.
Era descorazonador.
DIECINUEVE.
Declan se quedó atrás, observando cómo Adele se alejaba por la
playa, sintiendo una punzada inusitada en el pecho. No podía sacarse de la
cabeza la imagen de la Adele que vio hoy, tan diferente a la mujer vibrante
que había conocido.
La había observado un buen rato antes de acercarse. Sentado en las
alturas y a unos cien metros, lentes y sombrero calado hasta las orejas,
había luchado con la pulsión de acercarse y la de dejar todo como estaba
entre ellos.
En el paradisíaco lugar, ella era una belleza prescindente de su
entorno. Había apretado su quijada al notar las miradas de los hombres
deteniéndose en su cuerpo, y no tuvo duda alguna de que si ella hubiese
sido más consciente de su contexto, más de uno se habría acercado.
Por fortuna para él, Adele estaba encerrada en sí misma. Sí, era un
cateto importante, un cabrón, porque sentir alivio de que ella actuara como
autómata no era bueno. Él había puesto esa seriedad en su faz. Su andar
pensativo, la falta de sonrisa, la tristeza que parecía emanar de cada poro de
su ser.
La preocupación sustituyó a los celos, porque eran eso, sin duda,
los que le agobiaron al verla tan hermosa en su bañador. Algo en él se
rompió al verla tan apagada. Sus instintos de protección, los que no habían
superado a los de su empecinada obsesión por recuperar Davagh,
despertaban con fuerza.
Cuando finalmente se acercó a ella y trató de explicarse, la
impresión fue aún mayor. La desazón en sus ojos, la rabia contenida en su
voz, el agitar de su pecho mientras lanzaba esas palabras duras como
cuchillos.
Pero debajo de esa fachada de enojo, había vulnerabilidad, y lo
sabía. La forma en que había huido antes de que las lágrimas pudieran
escapar de sus ojos vidriosos era la prueba. Se sintió como un bastardo, un
gilipollas de primera categoría por haberla puesto en esta situación.
¿Qué demonios había esperado? ¿Que lo recibiera con los brazos
abiertos, feliz de verlo después de lo que había pasado? ¿Qué olvidara tan
fácilmente cómo la había abandonado sin una palabra, cómo la había usado
para conseguir lo que necesitaba?
Había sido un idiota al esperar que su reaparición fuese fluida y no
agitara las aguas, confiado tal vez en el carácter dulce de Adele. Pero ella se
había revelado fiera y herida, y le enrostró lo que merecía, haciéndole
confesar cada una de las mentiras y medias verdades con que la había
envuelto.
No la usé en lo que cuenta, se dijo. No a nivel personal. No había
existido voluntad de engañarla cuando la había besado y había dormido con
ella. Lo hizo porque realmente la deseaba. Con locura.
Podría haber evitado cruzar esa línea, y tal vez habría sido
prudente, pero no pudo resistirlo. Ella lo atrapó desde el principio, entre
ellos se gestó una conexión que no podía explicar del todo.
Con Adele se sintió visto, escuchado, y venerado de una manera
que nadie había logrado antes. Se le había metido bajo la piel, no podía
dejar de pensar en ella. No ocultaba más las verdades que eran evidentes.
Por eso, en cuanto tuvo una excusa, voló a la costa Oeste. Sí, tuvo
su reunión con los Turner, como su primo Aidan había prometido, y se
lograron acuerdos favorables para Davagh.
Liam y Ryker Turner, eran la cara visible de un imperio que
controlaba áreas de la construcción, la seguridad y los transportes, y habían
accedido a continuar las conversaciones para una inversión que catapultaría
a su empresa.
Era un triunfo, y Brady, su hermano y socio, había suspirado de
alivio, más por Declan que por él mismo, estaba seguro. Aun así, Brady no
dejó de notar lo distraído que estaba. De hecho, lo dejó atrás con Louie para
volar a Washington y enfrentarse a Adele, dispuesto a decirle la verdad.
Grande fue su decepción cuando, en lugar de encontrarla a ella, se
topó con su prima, Martha. Aquello había sido una experiencia por demás
reveladora. La sorpresa inicial de Martha dio paso a un patético intento de
seducción que Declan rechazó de plano.
Cuando exigió saber dónde estaba Adele, Martha fue grosera,
diciéndole que la “mosquita muerta” estaba de vacaciones en California,
pasándoselo en grande mientras ella, Martha, era echada de la casa.
Declan había visto los bolsos, el desorden en la casa, y supo que
Martha había destrozado las cosas de Adele en un ataque de rabia. La ira lo
invadió al ver el desastre, y con su rostro más amenazante, le ordenó que lo
arreglara todo antes de irse o lo lamentaría.
Vio el miedo en los ojos de Martha, pero no le importó. Sabía que
esta casa, aunque venida a menos, era un sitio que Adele adoraba, y se
sentiría devastada al encontrarla en ese estado.
No encontrarla lo puso al borde del pánico. En su cabeza, el plan
había estado claro: ir a ella con humildad, explicarle, y esperar que lo
comprendiera. Pero, al no verla, sintió un vacío que no podía ignorar.
De inmediato había contactado a Louie y le ordenó que rastreara a
Adele usando su móvil, cosa que aquel hizo a regañadientes. Brady había
estado inquiriendo qué pasaba en un segundo plano, pero Declan no dio
cabida a las preguntas. Lo que más le importaba, la prioridad era encontrar
a Adele y arreglar las cosas entre ambos.
Así que voló de vuelta a California, y aquí estaba. Se movió por la
arena hasta llegar a su coche, encendiéndolo y tomando el camino hacia la
cabaña que había alquilado, apenas a dos puertas de la que ocupaba Adele.
El primer contacto había ido peor de lo esperado, pero se lo
merecía. Ella se mostró guerrera, intensa, y en cierto modo, eso era sexy y
agregaba capas a su metejón. Contradictorio, pero nadie había dicho que él
fuera una persona sencilla.
Tenía que dejarla procesar la sorpresa, que masticara su rabia. Esto
no había hecho más que comenzar. Mientras conducía por la carretera
costera de California, el paisaje que lo rodeaba, hermoso, no lograba
desviar sus pensamientos.
Las olas rompiendo contra las rocas, el sol reflejándose en el agua,
todo parecía demasiado pacífico en comparación con la tormenta en su
interior.
Declan no era de los que se daban por vencidos cuando quería
algo. Y en este momento, Adele era el objeto de su obsesión. No entendía
bien qué sentía por ella más allá del deseo y de lo bien que se sentía a su
lado, pero eso no era un impedimento.
Si ella necesitaba tiempo, atención, disculpas, veneración, lo
tendría todo. Él no podía funcionar en su trabajo hasta que esto se
solucionara. Ella era el problema más precioso que había tenido nunca, un
desafío en el que se enfocaría con determinación.
Estacionó en el complejo vacacional. Este era un lugar de medio
precio, prolijo y bien mantenido, aunque las prestaciones dejaban que
desear. Declan lo había elegido solo por Adele. Pero era insuficiente, y no
estaba pensando en él.
Ella merecía más, mucho más, y se aseguraría de que lo tuviera,
incluso si tenía que sobornar a todo el staff del complejo para lograrlo.
Declan O’Malley no se rendía. Menos cuando lo que estaba en juego era tan
importante, más que cualquier negocio o trato. Estaba decidido a
reconquistarla.
Ingresó a la habitación y fue directo al baño, quitándose la ropa
con urgencia y procediendo a bañarse. Bajó la cabeza y dejó que el agua
semi caliente lo envolviera. Al menos la presión era buena.
Cerró sus ojos y convocó a la imagen de la mujer que lo tenía de
cabeza sin saberlo. La estrechez de su cintura y la manera en que sus
caderas se bamboleaban. Sus ojos habían estado pegados al cuerpo sexy que
las olas agitaban, y deseo poder pasar su lengua por la piel salada.
Su mano fue a su miembro, que se había tensado ante la memoria
de la sensual Adele. Los gemidos quebrados cuando la había penetrado allá
en Washington, la sensación de desvarío al pujar en ella, una y otra vez,
sintiéndose envuelto por el guante que era su coño.
Su polla creció más y el ritmo de la masturbación creció y creció.
Separó sus piernas y tomó sus testículos, que apretó, y desparramó el
líquido de su excitación, que crecía y crecía.
Su polla sin cortar bailaba al son de los recuerdos de la hermosa
arqueada para él, sus senos enhiestos y listos para ser devorados. Era suya,
joder, Adele Lively era suya, y la quería debajo, encima, al lado suyo.
Al compás de imágenes vívidas y del frenético acicateo que su
mano hacía sobre su miembro, Declan se corrió con un graznido, su semen
tributo para la única que le había traído de rodillas.
Suspiró largo, y se terminó de duchar con agua fría, y con
morosidad volvió a la habitación. Se tendió en el lecho, más duro de lo que
quisiera, y trazó sus planes, proceso que interrumpió el sonido del móvil.
Elevó sus cejas al notar que quien le llamaba era Scott “Vikingo”
Pipen, el líder y dueño de una agencia de seguridad que se especializaba en
la protección de ejecutivos, millonarios y estrellas del cine y la música.
De hecho, era quien diligenciaba la seguridad de las empresas de
sus primos, nada menos. Pipen era un profesional muy conocido. Un
hombre enorme con los rasgos nórdicos heredados de sus abuelos y una
reputación de no perder el tiempo con sandeces. Que le llamara era por lo
menos extraño.
—Pipen—saludó Declan.
—Buenos días, Declan. Espero no interrumpir algo importante.
—No, para nada.
—Tiempo sin verte.
—Sí, lo que es bueno, considerando que las veces que estuvimos
en contacto fue cuando mi vida corría peligro—aclaró—. ¿A qué se debe
este llamado?
—Directo al grano, me gusta. ¿Puedo saber dónde estás? Tus
primos lo desconocen.
—¿Hay alguna razón por la que debas saberlo?—gruñó.
—Seguridad, simple y llana. Tengo novedades un tanto ingratas.
—Estoy en la costa oeste. ¿Qué novedades son esas?—inquirió,
más intrigado y en alerta.
—Es política de mi agencia no dejar cabos sueltos, y suelo pedir
que se monitoree a aquellos que fueron un problema para mis clientes. Me
ayuda el tener redes amplias. El caso es que una de mis fuentes me dice que
tu medio hermano ha estado activo en prisión.
—¿Qué hizo ese bastardo ahora?—gruñó, lívido.
Joder, esa etapa de su vida debía estar cerrada y no generarle
problemas. Suspiró. ¿Era demasiado pedir que así fuera?
—Ha contactado a un mercenario, un francotirador que se vende al
mejor postor.
—Ese idiota…
—Sí… Se ha jactado hasta el cansancio con su círculo en prisión.
Pagarán por lo que le hicieron, eso proclama.
Declan se quedó en silencio por un momento, procesando la
información.
—¿Confías en esa fuente?— preguntó, sin dejar que su
preocupación se notara en su voz.
—Sí—indicó Pipen, sin más.
—Estás contratado. Quiero que te encargues de la seguridad de
Davagh, de Brady. Y me vendría bien tu presencia en California.
La risa alta del gigante le hizo fruncir el ceño.
-Bien, bien.
—No quiero que me molesten. Estoy aquí en una misión, la más
importante de mi vida. No quiero que nadie la arruine.
—Me encargaré en persona. Envíame los detalles de tu locación.
El hombrón cortó, y Declan se tiró hacia atrás. Justo lo que
necesitaba, alguien respirándole en la nuca mientras se arrastraba para pedir
perdón a Adele. No importa, sentenció. Nada importaba más que lograr que
ella le perdonara. Este problema… Pipen era excelente, lidiaría con él.
VEINTE.
Adele no había esperado volver a ver a Declan. Él había
desaparecido y con total intencionalidad, eso le había sido obvio. Con la
convicción de esto, habían llegado la tristeza y la rabia. La vida se le hizo
cuesta arriba.
No podía pretender que él no había existido, pero pugnó por
moverse, por superar sus sentimientos. Por avanzar. Eso la trajo a Carmel-
by-the-sea. Y en el instante en que se resignaba, él venía tras ella.
Cuando lo vio en la playa, la sorpresa la dejó paralizada. Era como
si el aire mismo se hubiera vuelto pesado, cargado de recuerdos y
emociones que prefería mantener a cubierto. ¿Qué hacía aquí?
Una furia sorda había hervido en su interior mientras la arena se
pegaba a su piel y el sol abrasaba su espalda. Había intercambiado tensas
palabras con él, pero el simple hecho de escuchar su voz hizo que la rabia y
la confusión estallaran dentro de ella.
Cada paso que había dado de regreso a la casa que había alquilado
lo sintió como una batalla. Su cuerpo, rígido y tenso, caminó al auto por
inercia, mientras su mente luchó por contener una avalancha de
pensamientos.
¿Cómo se atrevía? Ella la había pasado mal, muy mal. Había
sufrido, se había sentido abandonada, usada, y lo fue, se repetía con
amargura mientras la brisa marina azotaba su cabello. Lo fue.
Dentro de la casa, a la vuelta, había cerrado la puerta con un golpe
seco y dejó que se las emociones desbordaran. El aire acondicionado
contrastaba con el calor del exterior, pero no podía sacudirse la sensación de
asfixia.
Luego, se había dirigido al baño y comenzó a despojarse de la ropa
con movimientos bruscos, como si quisiera arrancarse de encima todo lo
que la conectaba con ese día.
Mientras el agua de la ducha comenzaba a correr, imágenes de lo
que había vivido con Declan comenzaron a invadir su mente. Cada detalle,
cada palabra, cada gesto... ¡Cómo la había drogado, usando su confianza en
él, manipulándola para obtener lo que quería!
Había usado su clave para hackear el FBI, una acción que podría
haberla puesto en serios problemas. ¿Cómo había sido tan ingenua? ¿Qué
pretendía apareciendo aquí?
El agua caliente corría por su piel, pero no lograba calmar la
agitación que sentía. Cerró los ojos, pero en lugar de paz, lo que encontró
fue un torrente de recuerdos.
Los restaurantes elegantes donde la había llevado, las cenas a la luz
de las velas, las palabras dulces que susurraba en su oído, cuidadosamente
calculadas para seducirla.
¿Acaso estaba acá para reírse de ella? ¿Podía ser tan psicópata? La
posibilidad de haber sido una simple pieza en su juego la llenaba de ira y
vergüenza. Odiaba ser crédula, pero...
Se secó la piel con rapidez, como si con la brusca acción pudiera
eliminar la suciedad que sentía por dentro. Se puso un vestido liviano, pero
sus manos temblaban ligeramente. Desconfianza. Eso era lo que sentía. Se
reflejaba en su rostro, en cada movimiento torpe y apresurado.
¿Qué sabía realmente de él? Lo que había leído en esos artículos
oscuros y escondidos en foros le venía a la mente: conexiones con la mafia
irlandesa, una guerra con su propia familia, vínculos peligrosos que podrían
arrastrarla.
¿Es que…?¿La consideraba un cabo suelto? Un frío la recorrió, y
se abrazó las piernas, sintiéndose pequeña, indefensa. ¿Debería contactar al
FBI y contarles todo?
Tomó el celular y, sin pensar demasiado, comenzó a escribir a su
madre. No quería preocuparla, pero necesitaba una voz de calma en medio
de la tormenta.
ADELE: Mamá, ¡lo vi! Estaba en la playa. Dice que vino a
disculparse. No sé qué hacer
Pulsó enviar, sus dedos temblando sobre la pantalla. La respuesta
llegó casi al instante. Su madre siempre estaba allí, aunque no siempre
entendía la magnitud de las cosas.
MAMI: Explícate, cariño? ¿Qué pasó?
ADELE: Deaglan. Apareció de la nada. ¡Aquí, mamá! Donde vine
a descansar y olvidar todo...
Hubo un breve silencio digital antes de que las palabras de su
madre aparecieran en la pantalla, como un abrazo que intentaba calmarla
desde la distancia.
MAMI: ¿Cómo supo dónde estabas?
Suspiró, y le dio la explicación más obvia. No le había dado todos
los detalles de su relación, y no le diría que él la había drogado, o que la
hizo ubicar con un hacker. Su madre se pondría frenética.
ADELE: Martha.
MAMI: Esa chica es un problema. Pero dime, ¿qué quiere él?
Adele, ¿necesitas que vayamos a ti? Sabes qué es decirle media palabra a
tu padre y estaremos ahí. Si necesitas ayuda, solo dilo. Pero recuerda, tú
eres fuerte.
Fuerte. Esa palabra resonó en su mente. En este momento se sentía
todo menos eso.
ADELE: No lo sé, mamá. Me siento... usada. No sé qué quiere,
pero... no confío en él. Creo haber sido clara y contundente, de todos
modos. Cualquier cosa te aviso, ma.
La conversación se detuvo cuando escuchó un golpe en la puerta.
Adele se tensó, su corazón latía con fuerza en su pecho, pero cuando la voz
del otro lado se identificó como servicio al cuarto, se permitió un suspiro de
alivio.
Cuando abrió, el empleado portaba un carrito y le hizo saber que
venía a reponer los insumos del baño y agregar prestaciones a su estadía.
Enarcó las cejas, y clavó su vista en las toallas, jabones, shampoos y
cremas.
Accedió, y él ingresó, trabajando con rapidez y eficiencia,
colocando productos de marcas que ella nunca podría permitirse: La Mer,
Guerlain, y otros nombres que solo había visto en revistas de lujo.
Adele lo dejó hacer, aún con el celular en la mano, mientras el
empleado le pedía autorización para reorganizar la cama y reemplazaba las
sábanas con otras suavísimas al tacto. Finalmente, el hombre le sonrió de
forma cortés antes de salir de la habitación.
Esto no estaba incluido en la tarifa que pagué, pensó mientras
observaba la bata y pijamas de seda que le había dejado en la cama. Un
nuevo mensaje de su madre apareció en la pantalla.
MAMI: Sea lo que sea, Adele, tú decides cómo manejarlo. No
tienes que agradar a todos, cariño. Si alguien toma ventaja de ti, que no
sea porque tú lo permites. Levanta tu voz, busca ayuda. Estoy orgullosa de
ti, cariño.
Adele leyó las palabras varias veces, buscando la fuerza que su
madre intentaba transmitirle. Después de un momento, dejó el celular sobre
la mesa y se permitió disfrutar de la suavidad de la bata y las pijamas de
seda.
Si esto era un error, no era su responsabilidad corregirlo, decidió, y
se dirigió al baño para comenzar a tratarse la piel con los productos que
habían dejado. Los olores y texturas lujosos le proporcionaron un pequeño
respiro del caos en su mente.
Era fácil perderse en esos pequeños placeres, dejarse envolver por
el lujo, pero la realidad no tardaría en golpear de nuevo. Luego, se sumergió
en la lectura, eligiendo una novela de romance histórico.
Había dejado de leer romance de mafia desde que su historia con
Declan había cobrado otro sentido a la luz de la verdad. Las páginas la
atraparon por un rato, alejándola de sus pensamientos, hasta que otro golpe
en la puerta la hizo salir de su ensoñación.
Esta vez fue una mujer del staff quien apareció con un carrito lleno
de delicias: platos cubiertos, servilletas impecables, cubiertos de plata, y
una rosa delicadamente colocada en el centro.
—Es un gesto de cortesía, señorita. Que lo disfrute—dijo la mujer
con una sonrisa cálida.
Adele aceptó el gesto con desconcierto. Había café, crema,
pastelillos, cookies, donuts, todo dispuesto con exquisitez. Mientras
colocaba la mesita en el centro del living, otro golpe en la puerta la
sobresaltó. ¿Qué es ahora?
Lo que encontró al abrir la puerta la dejó sin palabras. Deaglan.
Ahí estaba él, en toda su imponente presencia. Su cabello oscuro
perfectamente peinado, los ojos brillantes y decididos.
Intentó cerrarle la puerta en la cara, pero él fue más rápido,
bloqueándola con la mano y la pierna. La fuerza de su movimiento, la
facilidad con la que la detuvo... Todo en él exudaba control y poder.
—Adele, por favor —dijo, su voz profunda y cargada de una
gravedad que la hizo estremecer—, necesito explicarme.
Ella tragó saliva, sintiéndose atrapada entre el umbral y su propio
temor. Declan dio un paso adelante, sin apartar la mirada de sus ojos.
—¿Me tienes miedo? —preguntó, suavizando el tono.
—¿Debería? —respondió ella, su voz apenas un susurro.
Él dejó escapar un suspiro, su expresión se suavizó, pero sus ojos
no perdieron esa intensidad que tanto la perturbaba.
—Jamás te haría daño —dijo con una convicción que hizo que el
pecho de Adele se apretara—. Ni a ti ni a nadie. Solo respondo cuando soy
atacado, pero esa ya no es mi vida.
—Me dañaste—dijo, bajo, dejando fluir su dolor.
—Lo sé, y me he torturado por ello. Aunque no me creas, estas
semanas han sido malas para mí. No he podido dejar de pensar en ti. Me
esforcé… Oh, me esforcé, pero no es posible.
Su fragancia, ese aroma que tantas veces había asociado con
momentos de intimidad y deseo, la envolvió como un lazo, trayendo de
vuelta los recuerdos que había intentado enterrar.
Declan avanzó con pasos seguros hacia la mesita, observando lo
que ella ya había comenzado a notar. Todo, desde los productos de lujo
hasta el servicio de habitación, había sido orquestado por él. Adele lo miró
con una mezcla de incredulidad y rabia.
—¿Pretendes comprarme, Declan? —preguntó, la irritación
marcándose en cada palabra.
Él se giró hacia ella, su rostro serio, sus ojos reflejando algo que no
podía leer del todo. Había poder en su presencia, sí, pero también una
sinceridad que la desarmaba poco a poco.
—No, Adele —respondió con calma, avanzando un paso más,
dejando que el espacio entre ambos se redujera—. No quiero comprarte.
Quiero tu perdón. Y quiero cuidarte, darte lo que mereces. Nada de esto es
para comprarte. Es lo que quiero hacer por ti.
Adele sintió un nudo en la garganta, su corazón latía con fuerza
mientras intentaba procesar lo que él decía. ¿Cómo podía confiar en él
después de todo lo que había pasado?
Lo miró a los ojos, buscando un rastro de engaño, algo que delatara
una segunda intención. Pero lo que vio fue gravedad y una firmeza que no
esperaba.
—Lo que merezco es la verdad, Declan. No que me usen o se rían
de mí.
Su voz temblaba, pero había fuerza en sus palabras. Ya no estaba
dispuesta a ser manipulada. Declan asintió, sus ojos nunca apartándose de
los de ella.
—Lo sé. Y no te daré otra cosa que la verdad, Adele. Te lo
prometo. —Su tono era bajo, pero lleno de convicción—. Te doy mi
palabra.
Esa promesa, tan simple y directa, hizo que Adele sintiera un leve
temblor en su interior. Su voz, la forma en que la miraba, hacía que sus
defensas comenzaran a resquebrajarse.
Pero no, no podía permitirse ser débil, no otra vez. Y al mismo
tiempo, esa promesa era lo que más anhelaba: la verdad.
La tensión en el aire era palpable, el silencio entre ambos cargado
de emociones no expresadas. Adele respiró, intentando calmarse, pensar
con claridad.
—Declan… —comenzó, pero las palabras se le atoraron en la
garganta.
¿Qué podía decirle? Él no dijo nada más. Simplemente la miró,
esperando, dándole espacio para decidir, para encontrar sus propias
respuestas. Ese simple gesto de respeto, de darle tiempo, significaba más de
lo que podía expresar.
Después de lo que pareció una eternidad, Adele asintió. No
confiaba en él completamente, no podía. Pero estaba dispuesta a escuchar.
Porque, a pesar de todo, algo en su interior no podía dejarlo ir.
VEINTIUNO.
Declan observó a Adele con aparente calma, una no genuina.
Estaba aterrado, como no lo había estado antes. Esta oportunidad que
acababa de arrancarle era crucial. La posibilidad de seguir viéndola, de
volver…
Cada palabra que debía decir valdría como oro, y el miedo a
equivocarse le tensó el cuerpo. No podía arruinarlo, no otra vez.
La pelota estaba en su terreno, tenía que demostrar que quería
resarcirse, compensarla, y que caminaría sobre sus codos y rodillas si Adele
se lo pedía.
Se asombró de pensar esto y no retroceder o preocuparse. Su
reticencia para involucrarse con alguien, sus barreras, sus prejuicios y
temores, todo voló. Su esperanza estaba en mostrar esa verdad y que ella la
creyera. El siguiente movimiento determinaría si le daría una oportunidad o
la espalda.
¡Cómo se burlarían Cillian, aquel guardaespaldas, Jack, el esposo
de Minerva, el que había sido parte de su custodia, y Hawk o tantos otros a
los que había mirado por encima de su nariz, sin poder comprender cómo
caían a los pies de sus mujeres!
Eso no importaba. Que se rieran hasta reventar. Él había aprendido
que bastaba una, la adecuada, la indicada, para trastabillar. Adele no era una
conquista, no era un juego. Era la única persona que le había hecho sentir
algo real en mucho tiempo.
Se pasó la mano por el cabello, un gesto automático que traicionó
sus nervios. No había estado tan ansioso en años, y por situaciones muy
diferentes a la de hoy. Muchos de los que le conocían estarían encantados
de verlo en esta posición extraña, una en la que no tenía el control, no si
quería lograr su objetivo: volver a estar con Adele.
No tenía más etiquetas que esa para lo que le sucedía con ella. No
tenía un nombre para el torrente de emociones que sentía, pero sabía que
eran urgente.
Si la perdía, si dejaba que la rabia y la desconfianza de Adele se
solidificaran, no habría vuelta atrás. Impelido por esta convicción, comenzó
a hablar, despacio, eligiendo cada palabra con cautela.
—Adele… —murmuró, sus ojos clavados en los de ella—. Sé que
he cometido errores. Sé que te lastimé. Y por eso estoy aquí, para decirte
quién soy, de verdad. Para explicarte desde el principio, sin mentiras ni
juegos.
Ella le miró con fijeza, su postura rígida, los brazos cruzados sobre
el pecho. Había una desconfianza palpable en sus ojos, pero también…
Algo más. Declan no podía precisar si era tristeza, curiosidad o una mezcla
de ambas.
—Mi nombre es Declan O’Malley —comenzó, la voz suave pero
firme—. Deaglan para la familia de mi madre en Irlanda. Me gusta ese
nombre, convoca los momentos más felices de mi vida. No fueron muchos.
Ella tragó saliva, pero no dijo nada más. Continuó.
—Tengo un hermano, Brady, y dos medios hermanos que están en
prisión. Mi padre murió en una guerra entre su facción y la que me
defendía… Mi madre… —hizo una pausa, tragando el nudo que se le formó
en la garganta, porque ese era un dolor que no podía asumir—, mi madre
también. Hace poco descubrí que fue asesinada por mi padre.
Adele parpadeó, y la rigidez de su postura comenzó a ceder. No
podía evitar la compasión, a pesar de la rabia acumulada en su contra. Con
justa razón.
—Lo siento… —murmuró ella, su voz suave, casi inaudible.
Declan sacudió la cabeza, su mandíbula apretada.
—No quiero tu lástima, Adele. No estoy buscando que sientas pena
por mí —respondió, enderezando la espalda, pero sin perder el contacto
visual—. Soy fuerte, y lo que viví me hizo así. No busco excusas, quiero
que entiendas por qué soy como soy.
Ella asintió, y le observó fijo. Declan creyó ver un aflojar de sus
defensas, y se instó a seguir, a ser honesto aunque le doliera. Había alguna
de estas verdades que nunca habían dejado su cabeza.
—¿Cómo eres?
—Duro, inflexible, obstinado, ciego cuando algo me importa.
—Y lo que te importa sobre todo es Davagh—sentenció ella,
curvando su boca, pero él se apresuró a negar.
—Brady es mi familia, y es prioridad. Davagh es mi creación, mi
logro, mi orgullo… Está funcionando, y la he dejado en manos de mi
hermano y gerentes, perfeccionista como soy, porque encontré algo que me
importa más. Tú, Adele, tú eres… Podrías ser mi prioridad si me permites
demostrarlo—indicó con fervor, sus manos yendo adelante, pero luego
deteniéndose.
No podía tocarla, por más que era lo que más quería. Oh, si pudiera
demostrar con besos y caricias lo que su boca vertía, que no era más que la
verdad de su corazón, que en esta aventura de reconquista iba de la mano
con su cerebro.
—Me resulta muy difícil creer eso—replicó ella, aunque sus ojos
estaban menos duros, y su postura más abierta. Apenas, pero le daba
esperanza.
—A pesar de los escollos, siempre luché con uñas y dientes por lo
que anhelo. Fundé Davagh, la soñé y construí en contra de lo que mi padre
representaba. La capitalicé, la hice importante, y me aseguré de que fuera
legal, de que no tuviera manchas. Brady estuvo conmigo todo el tiempo.
Somos un equipo, un combo, y él es parte de todo esto. Davagh es mi
legado, era mi vida. Por eso cuando parecía que la perdía, necesité certezas,
me dejé conducir por la obsesión, y eso me llevó a ti.
Adele asintió.
—Entiendo que es especial para ti —dijo, su tono menos acusador
—. Pero uno no puede atropellar al prójimo para obtener lo que quiere.
Tú… ¡Me drogaste, Deaglan! ¡Robaste mi información!
Bajó su cabeza, labios apretados, y luego la miró, y asintió. No
había manera de justificar eso, y no lo intentó.
—Fui… Fui mi padre por unos días, lo admito con la vergüenza
más profunda —admitió él, y su rostro se descompuso—. No me
enorgullece. Odié a ese hombre y lo que pretendía de mí como cabeza de la
mafia. No quiero escudarme en eso, soy responsable de esas acciones
deleznables—se tiró de rodillas ante ella, y tomó sus manos, y ella estaba
con los ojos desorbitados. Tal vez por eso no movió sus dedos de los suyos
—. Perdóname, Adele. Perdóname, porque yo… Confieso que mi
consciencia me remuerde. Necesitaba tener certezas. Perdí el rumbo en mi
impaciencia, y por eso hice lo que hice. Pero si mi vergüenza es grande, y
me arrepiento de eso… Confieso que no estoy un pelín arrepentido de haber
ido a ti. Mi desquicio me llevó a conocerte.
Adele lo miró, sus ojos entrecerrados, la desconfianza volviendo a
teñir sus ojos.
—¿Planeaste usarme desde el principio? —acusó, su voz fría.
Declan asintió, su mirada oscura pero honesta.
—Lo hice. Te drogué, robé tu clave y te usé. Y por eso te pido
perdón. Sé que no hay excusas, pero estoy aquí, siendo honesto contigo. No
me arrepiento de haberte besado, ni del sexo, ni del tiempo que pasamos
juntos.
Adele sacudió la cabeza, sus ojos llenándose de lágrimas, y se
liberó de sus manos, dándole la espalda.
—Es difícil de creer, Declan. ¿Cómo pretendes que confíe en lo
que dices ahora, si no has hecho más que mentirme?
—Porque estoy aquí, disculpándome, persiguiéndote… porque no
quiero nada más que paz entre nosotros. —Su voz no perdió la firmeza,
incorporándose—. Necesitaba sentir… Y tú me hiciste conmoverme, sentir,
Adele. No sé cómo explicarlo, pero estar contigo es lo único que ha sido
real en mucho tiempo.
Ella lo observó en silencio, sus emociones un torbellino. La fuerza
con la que él hablaba, la desesperación contenida en su voz, le pareció que
la hacían vacilar. Quería creerle, quería confiar de nuevo, pero el miedo a
ser herida otra vez tenía que ser fuerte.
—Sería ilusa si volviera a confiar en ti —dijo finalmente, su voz
temblorosa.
Declan sintió que su corazón se encogía, pero no se rindió.
—No necesito más información del FBI —dijo con vehemencia—.
Te lo prometo, y tengo cómo demostrártelo. Louie, Brady, mis primos
O’Malley… todos te lo confirmarán. No hay nada que necesite de ti, como
no sea tu presencia. Juro que si me lo permites, trabajaré por reconstruir tu
confianza en mí.
Esos ojos expresivos lo miraron, y luego, con un gesto inesperado,
colocó su mano en su antebrazo de Declan.
—Me hirió lo que hiciste, Declan —susurró—. Especialmente mi
autoestima. ¿Por qué debería creer que no estás aquí solo para usarme otra
vez?
Declan cubrió la mano de Adele con la suya, y sus ojos, intensos,
se encontraron con los de ella.
—Te lo demostraré, Adele. Te invito a Boston, para que conozcas a
mi entorno, a mi familia.
Ella negó con la cabeza, dudando, pero la intensidad de su
negación era menor.
—No puedo ir a Boston contigo —dijo, pero su tono no era tan
firme como antes.
Declan se inclinó hacia ella, su expresión seria, desesperada.
—Déjame demostrártelo, por favor. Quiero que veas que estoy
obsesionado contigo, que estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario para
ganar tu confianza. Te pido que empecemos de nuevo, que me des una
oportunidad para hacerlo bien esta vez.
Adele se quedó en silencio, su mirada perdiéndose en algún punto
detrás de él. La batalla interna era visible en su rostro: quería creerle, pero
también quería protegerse.
Cuando levantó la vista, sus ojos brillaban con una mezcla de
resolución y vulnerabilidad.
—Está bien —dijo con suavidad—. Te daré una oportunidad. Por
mí más que por ti-añadió, quedo-. Pero quiero que seas honesto conmigo,
Declan. Quiero tu palabra de que, sea lo que sea que decida o sienta, lo
respetarás.
Declan asintió, el alivio inundando su rostro.
—Tienes mi palabra, Adele. Haré todo lo posible por ganarme tu
confianza de nuevo.
Por primera vez en semanas, Declan sintió que, quizás, había una
pequeña luz al final de ese oscuro túnel.
VEINTIDÓS.
Adele miró a su alrededor mientras se preguntaba si estaba
haciendo lo correcto. Estaba en el interior del coche, con Declan al volante,
y una mezcla de emociones le agitaban el pecho. Una montaña rusa, eso era
su vida en los últimos meses, sin mesetas.
La noche anterior había pasado envuelta en un torbellino de
pensamientos y dudas, su mente pasando revista a cada palabra, cada gesto
de Declan. Estos en especial, habían sido reveladores.
En su tiempo juntos en Washington él no había desplegado las
intensas expresiones que le vio anoche. No podía evitar el sentir una leve
esperanza, y eso la irritaba. ¿Por qué seguía creyendo en él, a pesar de lo
que había sucedido? ¿De lo que le había hecho?
Es inevitable que busquemos perdonar y dar segundas chances a
aquellos que queremos, en especial, si creemos en ellos. Y me da la
impresión de que tú crees en él porque estás enamorada, Adele, le había
dicho su madre.
Había acudido a ella para contarle, necesitada de una voz objetiva,
y la frase era acertada. Ella estaba jodidamente enamorada de Deaglan O
´Malley.
Eso no quería decir que le haría las cosas fáciles ni se abriría a
confiar con ceguera, no. Ella no tenía nada por demostrar. Él sí.
Creía que había empezado bien, porque sonó sincero en su larga
explicación. Su relato había sido desgarrador, revelando el drama de una
infancia marcada por la violencia y el poder opresivo de un padre criminal.
En el momento en que él dejaba entrever su pasado lo percibió
como algo más que el hombre que la había traicionado. Había visto a un
niño rico, desgraciado, creciendo en un entorno de oscuridad y control, y
comprendió parte de la necesidad de Declan de ejercer poder sobre los
demás.
No obstante, a pesar de su sinceridad, ella no podía olvidar cómo la
había manipulado, cómo había usado cada truco para seducirla y luego
traicionarla.
Sí, hoy él estaba aquí, a su lado, y eso debía significar algo,
¿verdad? Tenía que ser así, se repetía una y otra vez. Dudas, dudas, tantas
dudas.
El mensaje de su prima no había ayudado. Martha, con su tono
acusador, le había dicho que la casa había quedado vacía, añadiendo
reproches e insultos velados por haberla expulsado, dejándola en la calle.
Luego, había mencionado al "loco" que la había amenazado,
describiendo a Declan. Necesitaba respuestas, entender qué había sucedido
entre ellos, porque Martha era desagradable, pero no se asustaba fácil.
Cuando llegaron al restaurante, Declan, caballeroso, le abrió la
portezuela del coche y la guio hacia el interior. Ella lo siguió, sintiendo la
tensión en el aire, una mezcla de nervios y anticipación.
Al entrar, se detuvo, mirando alrededor, alelada por la falta de otros
comensales, además de que había una mesa dispuesta al centro. Abrió y
cerró la boca cuando se dio cuenta de que el lugar estaba cerrado para ellos.
La mesa para dos estaba dispuesta con elegancia, rodeada por el
personal atento y discreto. El ambiente era de lujo absoluto: champagne en
la mesa, un menú exquisito esperando ser descubierto.
La guio allí y la instó a sentarse. Tan guapo, pensó, pero bajó la
vista. No, el camino de vuelta que Declan quería no estaría habilitado
porque lo deseaba, porque le encantaba. Debía redimirse.
La atmósfera entre ellos era íntima, y si el diálogo fue formal y
cuidadoso al comienzo, pronto se hizo más liviano. Durante la cena, Adele
mencionó lo que Martha le había dicho, preguntándole directamente por
qué Martha había quedado tan impactada y asustada. Declan, con su tono
grave y controlado, le dijo que no dejara que Martha la manipulara.
—Cuando llegué, intentó seducirme, pero lo que me sobrepasó es
que la casa era un caos. Rompió tus cosas-indicó, elevando una ceja, su
enfado obvio-. Había jarrones destrozados, papeles, la cocina era un
desastre. Le dije que debía limpiar y reponer todo. Imaginé lo triste que
estarías si volvieras a tu casa y encontraras tu hogar mancillado. Pude ver lo
mucho que adoras ese lugar.
Adele parpadeó. Eso era un gesto de consideración que no
esperaba. Sí, habría sido amargo volver y encontrar un desastre. Tal vez aún
lo sería, porque Martha era de cuidado, pero al menos estaba advertida.
Luego la conversación derivó a la vida de él en Irlanda. Él se abrió
más, confesando que había tenido altercados con la ley, la mayoría por
peleas. Le habló de su gusto por las carreras de automóviles, explicándole
cómo la velocidad y la adrenalina eran formas de canalizar su ira, de
dirigirla sin dañar a nadie.
Cuando el diálogo abordó su trabajo, Adele confesó que, aunque
disfrutaba de su tarea, sentía que estaba estancada, mencionando la
misoginia de su jefe como un factor. Declan, con una mirada pensativa, le
preguntó si no había considerado cambiar de aire.
Adele lo pensó por un momento. Lo que la había atado a su trabajo
era la comodidad, la seguridad de la casa, el pasado. Y ella nunca había sido
de tomar riesgos. Se lo dijo, y él asintió, pensativo.
—¿Considerarías tomar riesgos conmigo? Prometo no defraudarte,
y no, no estoy hablando de lo personal. Espero ganarme ese honor con el
tiempo. Hablo de lo laboral.
Sus palabras eran serias, su voz baja y cargada de sinceridad.
Adele lo miró, luchando contra la emoción que sentía.
—¿Qué me estás ofreciendo?—buscó aclarar.
—Davagh se extiende a California en los siguientes meses. Acabo
de firmar con la corporación Turner. Necesitaré alguien tan valioso como tú
en el área contable.
—El nepotismo no es lo mío.
—Esto no es para sumar puntos a mi favor. Tú eres una mujer muy
valiosa, una contable de excelencia. No debe ser la primera vez que te
ofrecen trabajo.
No lo era, no. Adele adoptó una expresión pensativa, y le dijo que
lo consideraría.
—Hazlo, sí. Con relación a lo personal…
—Mira… Esto es muy bonito, me siento agasajada, pero…
Necesito tiempo. No puedo simplemente olvidar lo que ocurrió, pasar
página. Debo reflexionar, pensar en lo que quiero, en lo que siento.
Declan, aunque desalentado, la escuchó con atención, y asintió. Su
expresión se volvió intensa. Adele se puso firme, y su voz no tembló
cuando le dijo que lo que quería era alguien que estuviera siempre para ella,
que fuera fiel, honesto, y que la dejara ser ella misma.
—Eso es lo que pretendo ser-dijo, intenso, con su vista clavad en
ella-. Tendrás ese tiempo, pero no voy a irme, Adele.
Ella asintió, en secreto complacida de que fuera obstinado. Al salir
del restaurante, Declan la llevó de regreso al complejo. Cuando ella le pidió
que la dejara para pensar, él la sorprendió al decirle que también se estaba
quedando allí.
Sin darle tiempo a nada, le dijo:
—Valoro lo que haces, y voy a trabajar para ganar el acceso a ti,
Adele. No he dejado de pensar en tu cuerpo, en nuestros cuerpos juntos.
Pero voy por más, quiero más.
Se despidió con un beso en su mano, y aunque Adele fingió no
estar afectada, su cuerpo temblaba mientras entraba a la cabaña. Lo estaba,
y mucho, no solo a nivel de sus emociones.
Estaba excitada. No he dejado de pensar en nuestros cuerpos
juntos, le dijo él. Como si ella pudiese olvidar la magia que había sido el
sexo entre ambos.
Se desvistió, lavó los dientes y limpió su rostro en tiempo récord, y
estuvo en la cama con su dildo listo. El falo de silicona era pobre reemplazo
de lo que de verdad quería entre sus piernas, pero había sido fiel en estas
semanas, terminando la tarea que las fantasías con Deaglan empezaban.
Hoy tenía más insumos en su cabeza, alimentada por la visión del
hombre dispuesto a reconquistarla. Eligió una playlist muy romántica y que
hablaba de amantes y sábanas mojadas, y sus dedos trabajaron sobre su
clítoris, expandiendo calor a sus labios menores y mayores.
Introdujo un dedo hondo, y se abocó a excitarse. Cuando esto se
logró sin mayor problema, esparció lubricante para hacer su canal más
proclive a aceptar el órgano de silicona, sin dejar de abusar de su pequeño
clítoris.
Su respiración se agitó y su pecho subía y bajaba a medida que el
calor y el placer aumentaban. Empujó el dildo muy lento en su interior y lo
movió para simular que la follaban, y se imaginó a Deaglan sobre ella,
quemándola con sus faros grises, mientras su pecho se rozaba con sus
senos.
Cuando estuvo profundo en ella, encendió el aparato, que vibró y
la enloqueció, haciendo que los gemidos escaparan, mientras fingía que la
follaba Deaglan, y él la hacía suya con palabras cálidas y de adoración.
Se corrió rápido, intenso, pero no llegó a ser la explosión cósmica
que había experimentado con él. ¿Cómo podría?
++++
Declan entendía que Adele necesitaba tiempo, y aunque le costaba
aceptarlo, estaba dispuesto a dárselo, a costa de su propio bienestar mental
y físico. Estar cerca de ella, acompañarla sin poder besarla o tocarla como
sus impulsos le dictaban era una tortura.
La sola idea de no poder saciar su deseo por ella lo desolaba, pero
se había comprometido a ser paciente, a no presionarla más allá de lo que le
permitiera.
Aun así, los recuerdos del día en la playa, la piel dorada por el sol,
los hombros y el cuello relucientes por el agua, las largas piernas y esas
caderas que lo volvían loco, lo atormentaban.
Pero lo que más lo obsesionaba eran sus labios. Las curvas de su
boca, que su lengua humedecía cuando estaba pensando. El rubor que se
extendía por sus mejillas cuando la atrapaba mirándolo de reojo… No había
parte de ella que no lo enloqueciera.
Sí, le daría tiempo, pero como anunció, no la dejaría sin vigilancia,
por supuesto. Por lo tanto, la siguió cuando ella tomó dirección a la playa el
día siguiente. La brisa del océano revolvía sus cabellos rojizos, y cuando se
sumergió en el agua, sus piernas largas y su torso mojado emergiendo lo
enloquecieron.
Pero su excitación dio paso a los celos cuando vio que interactuaba
con un hombre que paseaba un perro. Observó con atención, sintiéndose
tenso. Aunque ella estaba más concentrada en mimar al perro, el tipo no
apartaba los ojos de su figura.
Declan estuvo seguro de que pretendía ligar con ella. Lo alivió ver
cómo Adele meneaba la cabeza y se ponía seria, rechazando cualquier
intento del cabrón. Esto era tortura, decidió, y no ajeno a usar amenazas
contra cualquiera que pretendiese rondarla.
Mientras intentaba calmarse, su teléfono sonó. Era Brady. La
conversación se centró en los avances rápidos que habían hecho en la
reconquista de clientes, y su hermano no ocultó su sorpresa por el hecho de
que Declan hubiera dejado todo en manos de sus asistentes.
—No es propio de ti, además, estar fuera de tu sillón por tanto
tiempo. ¿Cuándo vuelves?—inquirió.
Declan, sentado en la arena con su traje Dolce, fuera de la vista de
Adele, suspiró y a regañadientes compartió detalles de lo que había logrado
en su ausencia. Aunque trató de sonar profesional, no pudo evitar que su
interés por Adele se colara en la conversación.
Brady, siempre perspicaz, lo notó y lo felicitó, aunque con una
pizca de ironía. Luego, se puso más serio.
—¿Estás bien, Declan?—le preguntó, preocupado.
Declan dejó escapar una risa seca.
—Esa es una pregunta interesante, hermano. Nunca he sentido este
interés en una mujer y en una relación. Es… debilitante.
Brady hizo un sonido de asentimiento.
—Oye, sabes que te apoyo siempre, pero en este caso… Es bueno
que ella te haga sufrir un poco por lo que le hiciste. Muestra carácter.
—Cabrón, cómo lo disfrutas—murmuró, y su hermano rio—. Le
ofrecí empleo en la futura empresa en California.
—Joder, esto es serio de verdad. ¿Aceptó?
—No, todavía no.
—Sigue trabajando para redimirte, hermano mayor. Todo está bien
acá.
Gruñó un saludo, y cuando cortó y elevó su vista, la presencia de
Adele lo tomó por sorpresa. Ella estaba observándolo a unos metros, su
bolso al hombro y un vestido suelto que el viento jugaba a moldear sobre su
figura.
Sus rizos rojizos brillaban bajo el sol, salvajes y libres, y su piel,
bronceada, resaltaba en su rostro y escote, haciendo que Declan se quedara
sin aliento.
—¿Piensas seguirme hasta que tenga una respuesta para ti?—le
preguntó, con una ceja levantada.
Declan se encogió de hombros.
—Estoy aquí por ti, Adele. Así que mientras no te vuelva loca o te
asuste, estaré cerca.
Ella se encogió de hombros, y él se sintió aliviado al ver que no
parecía enojada. ¿Es un avance, no?, se preguntó, dudando. Casi no se
reconocía. Él, que siempre había sido seguro, motivado e implacable, estaba
hoy inmerso en dudas y anhelos.
Mientras la veía alejarse, su teléfono volvió a sonar. Era Pipen otra
vez. Se puso de inmediato en guardia. No se había comunicado más, salvo
para que el gigantón anunciara que viajaría hacia él apenas tuviese más
información.
—Uno de los alias del mercenario registró su ingreso al país hace
un día—le dijo, sin mediar saludo, y Declan maldijo, su mente en alerta
máxima.
—Blinda Davagh, Pipen. Brady es prioridad. Llámalo y cuéntale.
—En proceso. Viajaré mañana con dos hombres y definiremos
cómo nos moveremos. Lo mejor sería que volvieses a Boston, empero.
Menos terreno que cubrir, y conocido. O también, contratar a la Agencia
Turner. Los jodidos son buenos, si no tanto como los míos-bromeó,
aludiendo a los guardaespaldas liderados por Matt Turner.
—No puedo irme hasta solucionar un asunto personal. Y no quiero
que Matt lo sepa, Pipen. Eso haría que mis primos Brianna y Aidan se
enteraran, y en un periquete, Brian y Cillian estarían metidos en esta
mierda. No quiero arrastrarlos a mi desastre, ya lo hice una vez.
Al cortar la llamada, Declan maldijo en voz baja. Su ánimo se
oscureció, pero una convicción crecía en su interior: nada le podía pasar a
Brady. Y aunque su presencia cerca de Adele la comprometía, no estaba
dispuesto a permitir que lo alejaran de lo que quería.
Ya le habían arrebatado demasiado, tanto su padre como su
hermano. No más. Tenía el dinero para contratar la seguridad para
defenderse, y Pipen y los suyos eran especialistas. Todo saldría bien, tenía
que confiar en eso.
VEINTITRÉS.
Adele seguía atrapada en las dudas. La parte más cauta de su mente
le advertía que debía ser sensata y alejarse de Declan antes de que él
pudiera causarle más daño.
¿Vas a darle una nueva oportunidad para que te seduzca y te
engañe?, se preguntaba, con una mezcla de frustración y temor.
Lo más sabio sería decirle que no, que no habría otra chance, y
poner fin a esta locura antes de que su corazón saliera más lastimado.
Entonces, ¿por qué no podía hacerlo?
Porque Deaglan la desarmaba, y no era solo el atractivo físico
feroz que la traía de rodillas y la hacía fantasear con sus cuerpos pegados.
Quería creer en él. Su sexto sentido le decía que las palabras y emociones
que él decía sentir eran genuinos.
Lo notaba en la manera en que la miraba, en sus palabras, en los
gestos que tenía para con ella. Después de todo, la había buscado, había
suplicado por una nueva oportunidad.
Un hombre como Declan, acostumbrado a llevarse el mundo por
delante, no se disculpaba ante nadie, y sin embargo, aquí estaba,
mostrándose vulnerable ante ella.
Mientras se colocaba los aretes frente al espejo, un susurro escapó
de sus labios:
—No puedes negar que tu cuerpo extraña sus caricias y besos, a
pesar de lo breve que fue su relación, allá en Washington.
Su reflejo le devolvió una mirada confundida entre el deseo y la
razón. Le había pedido tiempo, y Deaglan había aceptado, aunque desde
entonces no había dejado de seguirla a todas partes como si temiera que
huyera y tuviera que correr tras ella de nuevo.
Era persistente, eso tenía que reconocerlo. En la cabeza de Adele
no había estado castigarlo o hacerle sufrir en pago de la tristeza y dolor que
le había hecho pasar con su desaparición. No. Lo suyo había sido sana
necesidad de respetar sus tiempos.
Mas estos cuatro días de pensar no habían arrojado más claridad
que la de entender que lo deseaba y quería estar con él, y lo único que la
detenía era el temor. Por ello le había aceptado esta cita.
Con un último ajuste, se acomodó el cabello y se observó una vez
más en el espejo. Llevaba un vestido de seda rojo, ceñido en la cintura, que
caía suavemente hasta encima de las rodillas, con un escote en V que
resaltaba su cuello y clavículas.
Los tacones altos que había elegido le daban un toque de elegancia
y confianza, aunque su estómago aún se revolvía con la idea de la cena que
estaba por venir.
Golpes cortos en la puerta sonaron y su corazón dio un vuelco.
Respiró hondo y fue a abrir. La respiración se le cortó. Declan estaba
impresionante.
Vestía un traje casual, innegablemente caro: una chaqueta azul
marino-entallada, una camisa blanca abierta en el cuello, y pantalones a
juego que delineaban sus piernas musculosas.
Su cabello peinado hacia atrás brillaba bajo la luz tenue del pasillo,
y sus ojos la miraban con una intensidad que la hacía tambalear. Era
increíble cómo la conmovía, y absurdo pensar que le diría que no con
facilidad.
Caminaron juntos hasta el restaurante, que no estaba lejos de la
posada, tal como él le había dicho. Carmel-by-the-Sea era un poblado
pintoresco, con calles empedradas, casas de techos de teja y jardines
floridos, que parecían sacados de un cuento de hadas.
El ambiente tranquilo y el suave susurro de las olas en la distancia
atraían a turistas de todas partes, buscando un escape de la vida acelerada
de las ciudades. Eso la trajo aquí, y se dio cuenta de que era el lugar
perfecto para desentrañar esto entre ambos.
Sin la locura de luces, tráfico, urgencias laborales, podía pensar y
darse tiempo. A sus ideas y deseos, a verse y reconsiderarse a la luz de su
historia trunca, que ahora tenía un nuevo capítulo.
El restaurante al que se dirigían era el Seventh & Dolores, una
moderna parrillada que había ganado renombre por su ambiente sofisticado
y sus exclusivas carnes del Rancho Niman.
Desde el exterior, el lugar imponía con su diseño contemporáneo,
con asientos elegantes en la entrada y una iluminación que creaba una
atmósfera cálida y acogedora.
Al entrar fueron recibidos por un equipo de hospitalidad que los
condujo a una mesa para dos, ubicada en un rincón íntimo, alejado de la
vista de otros comensales. El servicio era atento y discreto.
La conversación durante la cena fue amena y fue desarmando
cualquier tensión, lo que ayudó a que Adele se sintiera más relajada. No
podía dejar de mirarlo, de estudiar cada una de sus palabras y gestos,
buscando señales que pudieran aclarar sus pensamientos de manera
definitiva.
Cuando él le preguntó si había considerado darle una nueva
oportunidad, ella se tomó su tiempo antes de responder. Se alentó a no ser
cobarde, a dar un salto de fe, a darse a sí misma una nueva chance, porque,
en verdad, había riesgo, pero estaba demasiado interesada en él como para
rechazarlo sin que lo lamentara de por vida.
—Sí—susurró, y la sonrisa de Declan fue amplia y sincera.
Él le tomó la mano y la apretó cuando prometió:
—Valdrá la pena, me juego entero en esto. Me alivia tanto, temía
que no creyeras en la verdad de mis palabras. Gracias—le besó la mano, y
Adele sintió la tibieza del contacto corriendo por su brazo y llegar hasta su
garganta, que se constriñó, emocionada.
—No me decepciones—susurró.
—No más—Luego, su expresión se tornó más seria—. Quiero
darte lo mejor de mí, Adele, y lo haré. Lo único que enturbia este momento
es una situación que ha surgido en mi entorno, y quiero que la conozcas.
Ella parpadeó y se preparó, confundida, para recibir malas noticias.
—No, no pongas esa cara, no es nada en relación con nuestra
relación. Es extra—él resopló—. Una rémora de mi pasado, de mi familia.
Si leíste el expediente sabrás que mi medio hermano está en prisión, y fue el
responsable del desfalco a Davagh—ella asintió, y él continuó—. Al
parecer sus deseos de venganza exceden lo que esperaba. Contrató a un
mercenario para eliminarme, y a Brady.
Ella desorbitó sus ojos, sin poder creer lo que escuchaba.
—Eso es… Eso es horrible. ¿Estás en peligro, entonces?
¿Deberíamos estar aquí, en un lugar público?
Miró alrededor, asustada, y él tomó su mano y la apretó con
calidez, negando.
—No, tranquila. Quien me hizo saber de esto ya tomó los recaudos
para proteger a mi hermano, y a mí. Ya hay hombres posicionados para
proteger mi espalda, y la tuya.
Ella parpadeó y abrió su boca en una O enorme, porque la idea de
que ella pudiese quedar en el medio de la violencia no se le ocurrió hasta
que él lo mencionó. Joder. Joder. Eso era problemático.
—Adele, te lo digo porque quiero que no haya secretos entre
nosotros. Yo quiero que esto avance, se profundice, preciosa. No tienes
idea…—Deaglan suspiró y se llevó la mano a la nuca, mesándola—. Pero
entenderé si no quieres estar conmigo hasta que esto se resuelva.
El miedo estaba ahí, no podía negarlo. Podía volver a su ciudad y
trabajo seguro, a su casa, que ahora sin Martha estaría tranquila. Podía estar
en paz, sin riesgo. Sin él.
Se quedó en silencio, procesando la información. O podía
arriesgarse, y conseguir lo que no tenía y quería. Compañía, sexo, color,
amor. Un futuro, si las cosas entre ambos rodaban bien.
Declan la miró con preocupación, pero antes de que pudiera decir
algo, ella habló.
—Es tan triste que un hermano haga esto. Ha de dolerte, en el
fondo—hizo una pausa—. Creo que puedo arriesgarme si tú me garantizas
que me cuidarás y me dirás siempre la verdad, aunque no sea bonita.
Declan parpadeó, desconcertado.
—Nunca he conocido a alguien como tú— murmuró, con una
intensidad que la dejó sin aliento—. Nadie, salvo Brady, se ha preocupado
por mí de esta manera, ni puso esperanzas en mí. Te cuidaré con mi último
aliento, Adele—dijo, su voz grave y cargada de una emoción que la
envolvió.
Y ella le creyó. El clima entre ellos era eléctrico, con miradas
profundas y pocas palabras necesarias. Ya estaba dicho lo que importaba.
Después de la cena, salieron a caminar bajo los rayos de la luna,
descalzos en la arena, de la mano. El viento fresco acariciaba sus rostros,
pero el calor entre ellos era palpable. Cuando se detuvieron, frente a la
inmensidad del océano, él la miró con fijeza, y sin previo aviso, la atrajo
hacia sí y la besó.
Fue un beso profundo, lleno de promesas y de un deseo contenido
por demasiado tiempo. La mano de Declan se posó en su espalda,
acercándola más, mientras sus labios exploraban los de ella con una mezcla
de urgencia y ternura.
Deaglan besaba como vivía; sin pausas, con pasión, poniendo todo
en juego: labios, lengua, dedos, y Adele se entregó al momento, dejando
que sus dudas y miedos se disolvieran en el calor de ese beso, sabiendo que,
pasara lo que pasara, este y los instantes que disfrutaran juntos valdrían la
pena.
Sus bocas estaban sellando promesas que comprometían sus
cuerpos, caldeados y restregándose en desenfrenada necesidad de entrega,
pero también sus mentes y sus corazones. A diferencia de lo que había
pasado en la capital, Deaglan estaba poniendo cada parte de sí en el juego, y
Adele lo entendió.
++++
El beso se fue apagando con lentitud, pero Deaglan continuó
sosteniéndola con firmeza, envolviéndola en un abrazo que la hizo sentir
protegida, segura. Él la dio vuelta en sus brazos entonces y colocó su
barbilla en la cabeza de Adele.
Juntos miraron el cielo oscuro tapizado de puntos que parecían
brillar con una intensidad nueva, como si el mundo entero hubiese cobrado
más vida en ese instante. El mar murmuraba con suavidad, acompañando el
latido de sus corazones. Era perfecto. Especial, y Adele sepultó sus dudas.
Con una voz suave y profunda, Declan le habló al oído, su aliento
cálido acariciando la concha de su oreja:
—No me he sentido así antes—confesó, su tono cargado de
sinceridad—. Tan expuesto, tan atravesado por emociones que no sabía que
podía sentir. Ternura... una necesidad casi dolorosa de protegerte, de estar
cerca de ti. Y este deseo que me consume…
Adele sintió que su corazón se aceleraba ante sus palabras, pero al
mismo tiempo una calma la envolvía, como si esa confesión, ese momento,
fuese un refugio en medio de sus dudas. Suspiró, dejándose llevar por la
calidez de su voz, y respondió en un susurro:
—Para mí esto es tan bonito, casi increíble. Parece un sueño del
que no quiero despertar, no quiero que se pinche como una pompa de agua
—Movió su cabeza para mirarlo, tan cerca que sus respiraciones se
mezclaban—. Somos adultos, Declan—continuó, su tono más firme—. Ya
hemos compartido intimidad. No soy una inmadura o pacata que va a dejar
de disfrutar del sexo por temor a lo que pueda pasar. Lo que me dolió fue la
incertidumbre, el uso, el abandono, y esto no sucedió en la cama.
Declan la miró con una mezcla de admiración y afecto, sus ojos
brillando bajo la luz de la luna.
—No, en ella tú fuiste yesca y yo madera—susurró, acercándose
para besarla una vez más, profundo, sensual, la promesa de placer implícita
en el contacto de sus labios.
Se quedaron así, abrazados bajo el cielo estrellado, compartiendo
una conexión que iba más allá de las palabras, más allá de los temores que
aún rondaban en el fondo de sus mentes.
Por un momento, el tiempo pareció detenerse, y lo demás se
desvaneció, dejándolos solos, uno con el otro, y con la certeza de que
estaban empezando algo que ambos sabían que podía ser trascendental.
Romper la magia para el retorno pareció anticlimático, pero una
tensión nueva se construyó durante el breve trayecto, y cuando él fue a
despedirse, Adele le tomó la mano y lo hizo ingresar a su cabaña.
Imaginó que sus ojos debían tener el mismo fuego que los
masculinos, y este creció y creció a medida que la ropa se esparcía en su
paso al dormitorio.
Las manos eran torpes en su acelerado intento de despojar al otro
de las capas que les impedían sentirse. Cuando Deaglan tironeó su vestido
hacia arriba, Adele forcejeó con su cremallera y envió sus pantalones al
piso.
Se observaron con hambre, él en su bóxer y ella en sus bragas y
sostén de encaje, y sus labios y manos fueron a la piel del otro.
Adele acarició sus bíceps, trazó sus pectorales y se posó en las
marcas de sus caderas que conducían a la pelvis.
Deaglan besó su cuello y mordisqueó el tendón que unía su
clavícula y su hombro, su lengua dejando trazas húmedas, mientras sus
yemas tocaban los senos y los sopesaban.
—Dios, quería esto, necesitaba volver aquí…—murmuró, y volvió
a la piel femenina.
Adele hizo atrás su cabeza, enervada, y no necesitó sus ojos
abiertos para que su mano envolviera el miembro duro a través de la tela, y
luego sus dos manos se aferraron al bóxer para hacerlo correr por las
caderas, descubriendo la polla, que rebotó contra los abdominales
marcados.
Su mano envolvió el falo y lo masturbó, y Deaglan se estremeció,
y pareció perder la compostura, sus dos manos pugnando por desabrochar el
sostén, lo que logró luego de unos segundos de lucha, y su lengua atacó los
pezones con hambre.
La posición era incómoda, ambos de pie intentando devorarse.
Deaglan la tomó por la cintura y la llevó al lecho, dejándola caer, y Adele
rebotó con levedad, mientras él, frenético, le quitaba las bragas, y se
arrodillaba de inmediato.
Lo siguiente que supo fue que le separaba las piernas,
manipulándolas para que las plantas de sus pies quedaran sobre el colchón,
y Adele estaba abierta para él.
No tuvo tiempo de sentirse expuesta, porque la lengua masculina
se instaló en su intimidad y a partir de eso, ella se movió y danzó al ritmo
de sus embates.
Con las manos masculinas sosteniendo la parte interna de sus
muslos y su boca creando poesía sexual en su vagina, lamiendo, mordiendo
con suavidad, provocando su clítoris sin respiro, Adele sintió que la comía
como si fuera el mejor plato gourmet.
Sus gemidos fueron in crescendo, arqueándose para conseguir más,
sus manos en la cabeza de Declan para evitar que abandonara su coño.
Loca, transida de placer, así se sentía, y con cada trazo de esa lengua su
razón voló y se dejó ir, hasta que estalló en luces y cada oleada le sacudió el
cuerpo y la elevó, alto, alto.
—Eso es, córrete, disfruta, hermosa… Eres lo más dulce que mi
paladar probó… Adicto, adicto a ti… Voy a follarte de todas las maneras, si
me lo permites, pero no hoy… No hoy… Hoy es esto, para ti…
Los miembros musculosos la abrazaron y Adele se encontró
acostada con su espalda contra el pecho y los muslos juntos, la dureza de la
polla enterrada entre sus glúteos. No obstante, él no hizo más, salvo
derramar promesas dulces en su oído. Estas la adormecieron como una
nana, y no hubo más que sueños bonitos.
VEINTICUATRO.
Declan cerró la puerta de la cabaña de Adele con suavidad unas
horas más tarde. No había dormido, su cabeza inmersa en planes, todavía
sacudido por la intensidad de la noche vivida.
Que ella hubiese cedido y aceptado darle una chance más lo era
todo. Volver a regodearse con su piel, con su boca, y follarla con su lengua
y labios había sido de las experiencias más eróticas de su vida.
No importaba que su polla pudiese aullar de tan dura, descuidada,
porque su intención había sido esa. Ponerla como centro, en el altar de su
pasión.
Sería perfecto de no ser por esa amenaza. Sus ojos se entrecerraron
y sus puños tensaron al volver a la realidad de lo que pendía sobre él. Miró
alrededor, sabedor de que Pipen debía estar cerca, en las sombras.
De origen escandinavo y con un porte que hacía honor a sus
ancestros vikingos, se las arreglaba para mimetizarse, a pesar de su altura,
músculos, barba espesa y cabello rubio ceniza cortado al ras.
Su presencia imponente era suficiente para hacer que cualquier
potencial agresor lo pensara dos veces antes de actuar. Sus ojos, de un azul
helado, siempre estaban en alerta, analizando todo a su alrededor. No era un
hombre de palabras innecesarias; su comunicación era directa, sin rodeos,
reflejo de su eficiencia.
El guardaespaldas no era sino meticuloso hasta el último detalle, la
definición de lo que un profesional de la seguridad debería ser. Más que un
protector, era un estratega con una mente afilada, capaz de prever
problemas y anticipar soluciones.
Como dueño de una agencia de seguridad por años, estaba
habituado a las situaciones más extremas y había aprendido a leer entre
líneas, a captar las amenazas donde otros solo veían tranquilidad.
Le costó visualizarlo, y estuvo seguro de que solo lo hizo cuando
Pipen se lo propuso. La luna iluminó parcialmente su figura, su postura en
aparente relax.
—¿Alguna novedad?—le preguntó, acercándose.
Pipen negó.
—Estamos trabajando en ello. Ya sabes cómo es esto, se necesita
tiempo para rastrear a alguien como este tipo. Es un profesional—el gigante
entrecerró sus ojos—. Esta mujer… ¿Es alguien transitorio?
Declan tomó un momento para responder, sus pensamientos
todavía revoloteando entre la preocupación y el deseo.
—No. Ella es especial. La quiero protegida, Pipen. Cada minuto—
sentenció, mirando muy fijo y serio, y Pipen asintió.
—Así será. El mercenario que mencionamos, no es cualquier
sicario. Es un hombre conocido por su precisión y capacidad para
desaparecer en la multitud. Tiene una puntería impecable, comparable a la
de francotiradores legendarios como Simo Häyhä. Este tipo puede
disfrazarse y mezclarse, planifica sus movimientos con tal minuciosidad
que es casi imposible seguirle la pista.
—¿Me dices que no puedes prever cuando atacará?
—La clave está en el casi—Pipen sonrió, pero no había alegría ni
placer en el gesto—. No nos ha enfrentado, y sabemos que viene. Lo
detendremos.
Declan frunció el ceño, procesando la información.
—Si necesitas más hombres, contrátalos. No me importa el costo.
—Esto no es cuestión de números, Declan. Es cuestión de
preparación y disuasión. De seguir el rastro y anticiparnos a sus
movimientos.
—¿Y Brady? ¿Está bien cubierto?
—Sí, lo tenemos bien protegido. Lo que me pone un poco nervioso
eres tú, aquí, en esta población. Es un lugar pequeño, con mucha gente que
va y viene. Nadie se conoce realmente, lo que facilita que alguien como él
se mezcle.
Esta última observación dejó a Declan inquieto. Pipen tenía razón;
en un lugar como Carmel-by-the-Sea, el anonimato era fácil de lograr.
Necesitaba sacar a Adele de aquí, a un lugar donde pudiera protegerla
mejor, consideró. De pronto, esto era una urgencia.
Hizo un gesto de saludo y se retiró a su habitación. Mientras se
quitaba la ropa y se preparaba para dormir, una sola idea persistió: tenía que
llevar a Adele a un lugar más seguro.
En un momento de duda, se dijo que ella estaría mejor lejos de él,
pero rápidamente descartó tal idea. No, ella no estaría más segura lejos de
él.
La única manera de asegurarse de que nada le pasara era
manteniéndola cerca, bajo su protección. Tenía que convencerla de ir con él
a Boston.
++++
Adele se acomodó en el asiento de cuero del jet privado, sus dedos
acariciando la costura fina mientras su mirada recorría el interior. Era
imposible no sentirse abrumada por el esplendor que la rodeaba, como si
hubiera sido transportada al mundo exclusivo de las celebridades.
Las paredes estaban adornadas con acabados en madera pulida, y
las ventanas, más grandes de lo que jamás había visto en un avión, ofrecían
una vista ininterrumpida del cielo azul.
El confort era total: el suave murmullo de los motores apenas se
percibía, y el aire acondicionado mantenía una temperatura perfecta, y un
delicado perfume de vainilla impregnaba el ambiente.
En menos de un mes había pasado de estar triste y sentirse
traicionada en Washington a estar sorprendida por el regreso de Deaglan y
ser perseguida en Carmel-by-the-sea hasta que ella cedió.
Y ahora estaba montada en un avión rumbo a Boston, lo que
mostraba el tornado que era este hombre y lo mucho que la movilizaba.
Declan había insistido por dos días para que la acompañara a
Boston, y aunque había dudado mucho, cedió al final. La curiosidad por
conocer su entorno habitual, sus amigos, su mundo, la había vencido.
Además, había algo más profundo en juego: una necesidad casi
visceral de comprobar si él realmente deseaba estar con ella, sin engaños,
sin dobles intenciones. Deaglan… Declan, como fuera, él, no era un hombre
fácil de leer.
Sus emociones parecían enterradas bajo capas de control, y cuando
no estaba disculpándose, comunicaba sus sentimientos con una mirada
intensa, con caricias o con besos que la hacían tambalear. Ella necesitaba
saber si esto entre ambos, esta conexión que ni siquiera sabía cómo definir,
tenía algún futuro.
Sin embargo, no podía ignorar la realidad que la rodeaba: Declan y
su mundo podían ser peligrosos, y la presencia de Pipen y otros dos
guardaespaldas, lo confirmaba.
Era muy inquietante saber que un mercenario los perseguía, y
cuando miró de reojo a Pipen, el imponente y guapísimo maromo,
evaluándolo, Declan le tomó la mano con fuerza, sus ojos entrecerrados.
¿Eran celos lo que veía en esa mirada? Sintió un extraño calor
recorriendo su pecho, una mezcla de orgullo y alivio de que él la deseara
tanto como para mostrar esa vulnerabilidad.
Cuando aterrizaron, los esperaban más guardias y un vehículo
blindado. Adele mantuvo la mano entrelazada con la de Declan, sintiéndose
propietaria de ese hombre que hasta hacía poco era un completo misterio
para ella.
—Todo está chequeado, señor O'Malley, señorita, no hay peligro—
le dijo uno de los guardias, y ella asintió con una determinación que no
estaba segura de sentir.
Al llegar al pent-house de Declan, se encontró frente a un espacio
que desbordaba opulencia. Era como estar dentro de un rascacielos de
cristal, con vistas panorámicas de la ciudad que se extendían hasta donde
alcanzaba la vista.
El mármol blanco cubría el suelo, reflejando la luz de las arañas de
cristal que colgaban desde el techo alto. Los muebles eran de diseño,
minimalistas y elegantes, y las paredes estaban adornadas con obras de arte
que seguramente eran muy costosas.
Declan le mostró el lugar con una mezcla de orgullo y sencillez,
asegurándose de que supiera dónde estaba todo. Adele disfrutó de una larga
ducha en un baño que parecía sacado de un sueño: los azulejos de mármol
negro, los grifos dorados, y la amplia bañera con hidromasaje la hicieron
sentir como si estuviera en un spa de lujo.
Era disfrutable, aunque un pelín abrumador, una realidad tan ajena
a la suya que la hacía sentir pequeña. Sensación que él abatió con gestos
tiernos y atención constante. Esa noche, como las anteriores en Carmel,
durmieron juntos.
Eso había sido una revelación, y se mantuvo: no era solo el acto
físico lo que la conmovía, sino la forma en que Declan la abrazaba para
dormir, con su pecho fuerte contra su espalda y su pierna entrelazándose
con la suya.
El contacto de su piel era un recordatorio constante de que esto era
más que sexo; era intimidad, conexión, una promesa no dicha que latía
entre ellos. Las sábanas eran tan suaves que parecían derretirse bajo su piel,
y ella se sintió en el cielo, saboreando cada segundo de ese momento
compartido.
Al día siguiente, el vehículo blindado les llevó hacia la famosa
Davagh, y Adele se aprestó a conocer de primera mano uno de los amores
de su hombre. Él le explicó la cantidad de hombres alrededor como una
necesidad de seguridad, mencionando que su primo Brian había sufrido una
emboscada años atrás.
En la empresa, conoció al mencionado y a su hermano Cillian,
quienes la saludaron con calidez. Habían venido para saludar a Declan y
desearle éxito en Davagh, al parecer, pero Declan le susurró que estaban acá
para cotillear.
—Brady debió decirles que volví con compañía—susurró, y Adele
pensó que era gracioso.
Cillian, que parecía un bromista, comentó que le encantaba
conocer a alguien tan especial que había logrado poner una sonrisa en la
cara del flemático Declan. Luego conoció a Brady, y quedó encantada con
él.
A diferencia de Declan, este era sonriente, abierto, y la recibió con
calidez, aunque se mostró también visiblemente preocupado por la
seguridad. Observó cómo Declan lo calmaba, notando la dinámica entre
ambos, llena de cariño y protección.
Cuando conoció a Louie lo saludó con una sonrisa, y las primeras
palabras del joven en un momento a solas fueron para disculparse por haber
provisto a Declan de información sensible sobre ella, y se sonrojó al
decirlo. Le tranquilizó con un gesto y le dijo que entendía a la perfección lo
que era seguir órdenes.
Desde un sillón, Adele contempló el panorama de Boston a través
de las enormes ventanas. La ciudad parecía infinita desde esa altura, un mar
de luces y movimiento que la hacía sentir pequeña, pero también parte de
algo más grande.
Pipen se unió a la conversación entre los hermanos, y detalló lo
difícil que era prever los movimientos del mercenario que los tenía en la
mira.
—Es mejor permanecer en espacios cerrados hasta tener
información segura sobre sus movimientos.
Esto hizo que Adele pensara un poco, y acudiera a su experiencia.
—¿Han seguido el rastro del dinero?
La miraron, Pipen con una ceja elevada, como pidiendo aclaración.
—Me refiero, a los fondos que su medio hermano usó. Debe haber
girado la mitad, una parte…
—No tenemos acceso a esa información.
—En los archivos del FBI constan datos de cuentas, alguna de
ellas…
—Han de estar congeladas.
—No, no todas. Solo aquellas que estuvieron comprometidas con
los ilícitos, y si alguna estaba bajo una de sus empresas.
—Ronan recibía dividendos de Davagh en sus cuentas, esa info
podría estar en los archivos, aunque él dejó de pertenecer a la Directiva
hace años.
No habían terminado de hablar que Louie, con su disposición
habitual, estaba tecleando.
—Tomará tiempo comprobarlo, pero vale la pena intentarlo—dijo
Pipen—. Si eso nos lleva a una que pertenezca al mercenario, podremos
saber sus movimientos de dinero y con ello trazar sus desplazamientos.
—También podrían comparar la foto del mercenario con las
grabaciones de los cajeros electrónicos. ¿Se puede hacer?
—Se puede—dijo Louie.
—Bien hecho, Adele—dijo Pipen—. Por cierto, es importante que
conozcan el rostro del mercenario.
Les tendió una fotografía, y un escalofrío la recorrió. Declan se
acercó, susurrándole palabras calmas al oído mientras le acariciaba la
mejilla. Louie y Brady no disimularon su estupor, como si algo inaudito
estuviera ocurriendo ante sus ojos.
Declan les miró con seriedad, y luego la llevó a recorrer su
empresa. Era obvio cuánto orgullo sentía, y Adele decidió que eso le daba
esperanzas.
Él la había traído aquí, la había presentado a su entorno más
cercano, y se había hecho vulnerable ante ella. Todo eso solo podía ser un
buen augurio para una relación verdadera.
VEINTICINCO.
Declan se recostó en el sillón de su pent-house, sosteniendo un
vaso de whiskey, el líquido ámbar brillando con un resplandor suave bajo la
luz tenue. Observaba la ciudad de Boston a través de las enormes ventanas.
Las luces titilaban en la distancia, creando un mar de destellos que
hasta esa noche le había parecido inmutable, casi aburrido en su perfección
geométrica. Pero con Adele en una videollamada en la habitación contigua,
la perspectiva de la ciudad había cambiado.
Adele estaba hablando con su madre y su voz melodiosa flotaba a
través de las paredes, llevando consigo el entusiasmo de sus palabras.
—Es un lugar encantador, mamá—dijo.
Declan visualizó la sonrisa iluminando su rostro, esa que parecía
irradiar todo a su alrededor, como si el sol hubiera decidido hacer una visita
inesperada en su pent-house.
Joder, estaba tan perdido y tan fuera de su yo habitual, pero le
importaba nada. Solo ella, aquí, con él.
—Las calles de ladrillo rojo en Beacon Hill, y los viejos faroles de
gas parecen sacados de un cuento. Y el paseo por el puerto es tan tranquilo,
tan diferente de la locura de otras ciudades. El mercado de Quincy es
increíble, lleno de vida y de aromas deliciosos. Podrías pasar horas solo
mirando a la gente, y luego perderte en las tiendas pequeñas de artesanías.
Mientras la escuchaba, Declan sintió una calidez inusual en su
pecho, una sensación nueva. Le gustaba verla así, integrada en su mundo,
adaptándose a su espacio como si siempre hubiera estado destinada a estar
allí.
Era correcto, natural, como si cada pieza encajara en su lugar. Este
pent-house, que siempre había considerado su fortaleza personal, un refugio
solitario donde nadie más había sido bienvenido vibraba con una energía
nueva y esperanzadora.
No había traído a una mujer aquí. Ninguna había logrado
complementarlo de la manera en que Adele lo hacía. Había algo en ella,
algo que incluso Brady, en su típica franqueza, había notado esa misma
tarde cuando se despidieron en la empresa.
No pierdas a esta mujer, Declan, porque te hace bien, había dicho
su hermano, y esas palabras resonaban en su mente como un mantra.
Era complicado definir el estado exacto de su relación con Adele,
pero una cosa era segura: era un romance naciente, y Declan estaba
decidido a hacer lo necesario para que ella también lo sintiera así.
Quizás necesitaría algunos consejos sobre cómo hacerla sentir
especial, y no le vendría mal acudir a sus primos, quienes habían caído
rendidos uno a uno por mujeres excepcionales.
O, mejor aún, podría hablar con esas mujeres. Ellas, sin duda, lo
orientarían con la honestidad que tanto admiraba. No quería cometer errores
ni herirla, y estaba consciente de que ostentar su dinero no era el camino
para ganar su corazón definitivamente.
Se sorprendió al usar esa palabra, ganarla. ¿Estaba pensando en
una relación a largo plazo? Sí, lo estaba, confirmó su cabeza. Para qué
engañarse: la idea lo emocionaba.
La había observado en Davagh, desenvolviéndose con seguridad,
sin dejarse intimidar por nadie, sugiriendo sus propias ideas con confianza.
Incluso Pipen, su guardaespaldas, había señalado su firmeza.
Pipen, consideró, y frunció el ceño. No permitiría que ese gigante
con su sonrisa de vikingo se atreviera a flirtear con lo que le pertenecía.
Había sentido ganas de gruñir para que se apartara cada vez que lo notó
demasiado cerca para su gusto.
El idiota se había divertido, lo sabía. No le importaba. Su instinto
de posesión era fuerte, quizás demasiado, pero no podía evitarlo. Cuidado,
se dijo. No quieres que Adele piense que eres un cavernícola retrógrado y
que estar contigo es una cárcel.
En una cárcel había estado él, como un autómata, insensible,
escondiéndose de la vida tras sus negocios, y ella era quien lo liberó de las
cadenas que lo mantenían prisionero en su propia vida.
Había estado constreñido y solitario durante tanto tiempo,
encerrado en su torre de negocios y pretendidamente imperturbable, solo
centrado en su empresa, Davagh, su único interés real.
A pesar de que Brady siempre estuvo a su lado, la soledad lo había
rodeado como una segunda piel. No creyó que podría querer otra cosa,
hasta que la conoció. Y entonces, como si el destino le hubiera reservado un
premio inesperado, la vida le había dado algo que no sabía que necesitaba.
¿Lo merecía? No importaba. Lo tenía. La tenía aquí, y la cuidaría y
regaría como la fina rosa que era. Adele, su rosa. ¿Cursi? Podía
permitírselo.
El sonido de la puerta al abrirse lo sacó de sus pensamientos. Adele
apareció en la sala, envuelta en una bata que abrazaba su figura como un
paquete envuelto con delicadeza.
Se acercó a él con una sonrisa que iluminaba la penumbra del pent-
house, y la soledad que había sentido durante años se desvaneció,
reemplazada por una calidez que lo llenaba de pies a cabeza.
—¿Cómo está tu madre?—preguntó Declan, dejando el vaso en la
mesa cercana, dispuesto a entregarse por completo a la presencia de la bella
mujer.
—Está bien. Curiosa por saber más de Boston, y un poco
preocupada por mí, pero eso es normal—le respondió, sentándose a su lado
en el sofá.
Sus movimientos eran fluidos, gráciles, como si se deslizara sobre
el aire. Declan extendió una mano y la colocó con suavidad sobre la pierna
de Adele, sintiendo la suave tela de la bata bajo sus dedos.
—¿Le has hablado de mí?
Ella asintió.
—Cada momento y detalle. Los que se pueden contar a una madre
—se sonrojó.
—Mm. ¿Me detesta?
Eso era una preocupación. La familia era importante para Adele, y
quería ser aceptado.
—No, respeta mis decisiones.
Una oleada de emociones lo recorrió, un torbellino de sensaciones
que hacía que su corazón latiera más rápido. Era difícil poner en palabras lo
que sentía, pero sabía que cada aspecto de su vida se estaba transformando.
La miró a los ojos, esos ojos que lo veían como nadie más lo había
hecho.
—Me gusta verte y tenerte aquí—su voz más baja de lo habitual,
casi un susurro—. Siento que todo encaja cuando estás conmigo.
Adele sonrió, inclinándose hacia él para apoyarse en su pecho, y
Declan la rodeó con un brazo, abrazándola con firmeza, pero con ternura.
Los últimos restos de la frialdad en que se había protegido se desvanecieron
al sentir su calor, su fragancia, la suavidad de su cabello contra su barbilla.
Sentía su respiración tranquila, acompasada, y eso lo llenaba de
paz. Había algo en esa intimidad compartida, en ese simple acto de estar
juntos, que le hacía creer que había encontrado su lugar en el mundo.
Afuera, la ciudad seguía vibrando, pero para Declan, lo que
importaba estaba allí, en ese sillón, envuelto en su abrazo. Estaba decidido a
proteger lo que tenían, a cuidar de Adele como se cuidaría de una flor rara,
con paciencia, dedicación, y un cariño que sabía que solo crecería con el
tiempo.
La besó, poniendo pasión y ternura en el contacto, y la trajo luego
encima suyo, dejando que su peso leve lo anclara, y cada segundo el
contacto se profundizó. Cuando ella se separó y lo miró con su vista
desmesurada por la lujuria, el hambre se le hizo devorador.
Verla deslizar entre sus piernas y acurrucarse entre sus rodillas para
destrabar su cremallera y extraer su miembro de su barrera de telas lo puso
en alerta máxima.
—Adele… No es necesario—susurró, aunque lo deseaba a morir.
—Lo quiero hacer—dijo ella, tomando su polla con cuidado, como
si fuera una pieza por honrar, y cuando su boca rosa se acercó al glande y
sus labios se deslizaron como seda, envolviéndolo, Declan solo pudo gemir,
transido de deseo.
Su vista se clavó en el punto de contacto, que se amplió cuando
ella tomó más y más de su largo, dificultada por lo grueso del miembro.
Volvió atrás, dejando su humedad atrás, y el aire fresco en la fina
piel lo hizo estremecer, pero fue un momento porque ella aceleró y extendió
el tragar su falo, y pronto iba y venía sobre él, y Declan creyó que podría
morir.
No era la fellatio profesional y fría, experta, era la experimentación
de ella, su mujer, que lo conmovía en todo sentido, sobre su intimidad. La
forma en que atoraba tratando de tomarlo hasta la garganta, y las lágrimas
que asomaban a sus ojos.
¿Cómo no correrse como un niñato? ¿Cómo no vibrar y dejarse ir
en su boca, disfrutando de la manera en que ella recibía su semen y lo
dejaba correr por su garganta?
La trajo a su pecho, saciado y emocionado, besándola y sintiendo
su sabor en sus labios.
—Creo que esto es amor, Adele. Nunca… Nunca sentí algo tan
fuerte y debilitante, pero me encanta.
Ella cerró los ojos y sonrió, recostándose en su pecho. Declan no
quería que esta sensación y este momento se terminaran.
VEINTISÉIS.
La última semana había sido la mejor de su vida. Lo sentía en cada
fibra de su ser. Desde que se había dado la posibilidad de probar una vez
más, de dar crédito a Declan, cada pieza de su vida encajaba con facilidad.
Sus días fluían en armonía, entre las risas y miradas cargadas de
complicidad mientras se acostumbraba al ritmo de la vida en Boston y a la
presencia constante de Declan.
Era difícil creer que en unos pocos días sus vacaciones del FBI
llegarían a su fin. Y serían indefinidas, porque ya había tomado la decisión.
Su carta de renuncia estaba lista, esperando en su ordenador. Solo faltaba
apretar el botón de enviar, y entonces, su vida cambiaría.
Estaba decidida. Acompañar a Declan a la empresa había sido
educativo. Le observó moverse con autoridad, dirigiendo reuniones con
firmeza no exenta de justicia, una que no hubiera creído si se hubiese
quedado con la imagen pública.
Brady le había dicho que algunos empleados le decían robot. Pero
eso fue AA: antes de Adele, había reído Brady, y ella gozó de saber que los
demás veían el cambio y lo celebraban, además de que la consideraban
causa. Algo de lo que enorgullecerse.
Ella se había ido involucrando, imbricándose en los detalles de
Davagh, aprendiendo sobre los negocios y haciendo amistad con aquellos
que orbitaban en torno a él.
Louie, en particular, se había convertido en su compañero de
charlas y cafés. Era tan inteligente y amigable, aunque tímido. De compartir
un rato con él en la cafetería del primer piso venía, y fueron unos lindos
veinte minutos antes de que él se sumergiera de nuevo en su laptop,
buscando pistas, siguiendo las órdenes de Declan.
Louie era uno de los pocos en los que Declan confiaba plenamente,
y la generosa oferta para que se quedara en Davagh lo demostraba. Sus
primos no habían hecho mayor problema con esto, y el joven pasó a la
nómina de la empresa.
Subió al ascensor, distraída con su móvil, revisando los mensajes
de su madre, quien preguntaba cómo iban las cosas. La puerta casi se
cerraba cuando un hombre vestido con ropa de trabajo entró con prisa, y
Adele retrocedió un paso para dejarle espacio.
No prestó más atención hasta que el hombre se colocó en la parte
trasera, enfrente a ella, con la vista baja. Adele parpadeó, con
desconcertierto. Le llamó la atención que el personal de servicio no
estuviera usando el ascensor correspondiente.
No recordaba si esa era la política de la empresa, pero algo no
cuadraba. Sus ojos se deslizaron hacia el gafete que colgaba del cuello del
hombre y el nombre le resultó familiar. Entonces fue cuando un escalofrío
recorrió su espalda.
Reconocía el nombre: era el de uno de los limpiadores que
trabajaba en el turno nocturno. Lo había conocido un par de noches atrás,
cuando ella se quedó hasta tarde en la oficina con Declan. Un hombre
simpático, con una sonrisa fácil, que no se parecía a este.
Su corazón comenzó a latir con fuerza, y sintió cómo los nervios se
agitaban en su estómago. ¿Quién era y cómo había pasado la seguridad del
piso bajo? Claro, tenía la ropa, las credenciales, pero no era él.
Lo supo con certeza cuando sus ojos se posaron en la oreja derecha
del hombre: estaba cortada, una cicatriz irregular que le resultó
espantosamente familiar. Su respiración se volvió superficial, el terror
comenzando a asentarse en su pecho. ¿Podría ser...? No, no podía ser él. No
aquí, no ahora.
El ascensor se detuvo tres pisos antes del ejecutivo, y Adele
aprovechó la oportunidad para salir, pidiendo permiso a las personas frente
a ella con una voz que esperaba no temblara.
Apenas se cerraron las puertas, se lanzó hacia la escalera, su mente
trabajando a mil por hora. Intentó comunicarse con Declan, pero su llamada
no fue respondida. Un torrente de maldiciones cruzó por su mente. No tenía
el número de Pipen o de Brady. ¿Por qué no los tenía?
La adrenalina la impulsaba, su cuerpo moviéndose con velocidad
desconocida hacia arriba, subiendo los escalones dos a la vez. Cuando llegó
a la puerta que daba acceso al piso ejecutivo, empujó con fuerza,
comprobando que estaba cerrada.
La seguridad, pensó, la seguridad lo había hecho. Iba a volver
sobre sus pasos, a pensar en otro plan, cuando escuchó el eco de pasos en la
escalera, acercándose.
El alivio inicial de que pudiera ser uno de los guardias se
desvaneció cuando reconoció al hombre del ascensor subiendo los
escalones, su expresión inescrutable.
La sangre se le heló en las venas, pero hizo un esfuerzo
sobrehumano para mantener la calma y fingir. Se forzó a parecer distraída y
molesta, como si estuviera frustrada por el acceso bloqueado.
—Está cerrado—dijo, con una mezcla de fastidio y desaliento en
su faz, como si intentara desahogarse ante un desconocido.
Dio unos pasos y pretendió pasar rápido a su lado, con naturalidad,
pero cuando estuvo cerca, el hombre se movió con una velocidad
aterradora. Su mano la tomó por el cuello y antes de que pudiera gritar, un
agudo pinchazo en su piel la dejó inmóvil.
El mundo a su alrededor comenzó a desvanecerse y en el último
instante, antes de que la oscuridad la envolviera, lo único en que pudo
pensar fue en Declan, y en lo triste que era que este romance suyo terminara
así.
++++
Declan estaba revisando unos documentos sentado en el sillón en
su despacho cuando notó la pantalla de su móvil encendiéndose con
insistencia en el escritorio.
Había estado inmerso en la lectura, y cuando tomó el teléfono,
comprobó que tenía varias llamadas perdidas de Adele. Frunció el ceño,
extrañado. Ella estaba en la cafetería, ¿qué podría ser tan urgente?
Un nudo de preocupación se instaló en su estómago. Ella no le
llamaba con insistencia, era prudente, medida, hasta demasiado,
considerando que él se sabía enroscado en su dedo meñique.
Algo no estaba bien. La inquietud se transformó en urgencia.
Marcó su número, esperando escuchar su voz dulce y calmante diciéndole
que exageraba.
Pero cuando la llamada fue atendida y la voz al otro lado de la
línea no fue la de Adele, el corazón le dio un vuelco. Una voz grave,
impregnada de una amenaza fría, se deslizó en su oído.
—Si valoras la vida de la mujer, vendrás solo al descanso de la
escalera del piso seis.
El mundo de Declan se detuvo por un instante, la respiración
atrapada en su pecho, su mente incapaz de procesar lo que acababa de
escuchar. Luego, la realidad lo golpeó con una fuerza devastadora.
Adele estaba en peligro, y él debía moverse, rápido. Sin pensarlo
dos veces, se levantó de un salto y corrió hacia la puerta, sus manos
temblando mientras intentaba mantener la cabeza fría.
Pipen, siempre alerta, lo interceptó en el pasillo, la preocupación
en su rostro evidente.
—¿Qué está pasando? —preguntó Pipen, su voz firme, pero
cargada de tensión.
Declan apenas pudo contener el pánico en su voz mientras hablaba,
su tono frenético y apremiante.
—Tengo que ir, ¡o matará a Adele! No tenemos tiempo, Pipen. Me
quiere en la escalera, piso 6.
Pipen captó la gravedad de la situación al instante. Su mirada se
endureció mientras asintió y, sin dudarlo, comenzó a organizar la defensa,
dirigiendo a los guardias para rodear la zona del vestíbulo y las salidas.
Declan, mientras tanto, sentía la desesperación creciente
apoderándose de él. ¿Cómo había sucedido esto? ¿Cómo había pasado ese
bastardo por la seguridad? La respuesta era evidente: los había estado
vigilando, estudiando cada uno de sus movimientos, y encontró fallos. No
había otro modo.
El camino hacia el descanso de la escalera del sexto piso se le hizo
eterno. Cada paso resonaba como un eco ominoso en su mente, un
recordatorio de la gravedad de la situación. Cuando finalmente llegó, lo vio.
El hombre estaba allí, vestido con el uniforme de la empresa, con
el rostro en sombras, sosteniendo un arma que apuntaba a Adele. Y ella,
horror, estaba desmadejada como una muñequita frágil en un rincón.
El terror se apoderó de Declan, su corazón palpitando con fuerza
desbocada. Por un momento, la claridad de pensamiento que siempre lo
caracterizaba se esfumó, reemplazada por una confusión asfixiante. Todo lo
que podía ver era a Adele, con el arma amenazando su vida.
El hombre habló, su voz implacable.
—Vas a venir a mí, sin trucos. Esto es un intercambio. Sé que te
importa, te he visto con ella. Ha sido divertido, todos esos grandotes
jugando a cuidarte, y yo, pudiendo terminarte cuando quisiera—rio, y
Declan vio que no estaba bien. Había algo maníaco en él, con esa
pretensión de jugar a Dios.
—Déjala aquí. Iré contigo, pero no le hagas daño.
—Depende de ti. Muévete, anda, espósate. Y por si necesitas
aliciente…
La boca de Declan se secó cuando vio que el hombre le mostraba
un dispositivo electrónico adherido al cuerpo de Adele, un artefacto que
parecía ser una bomba. Las piernas le fallaron, pero se obligó a mantenerse
firme.
Agradeció que ella estuviese inconsciente, porque no deseó que
pasara por este momento espantoso, aterrada de perderlo, de volar en
pedazos. Se estremeció, y se prometió que este hijo de perra las pagaría.
Pero antes, tenía que sobrevivir.
—Está bien, no hagas nada —dijo Declan, su voz ronca, tratando
de mantener la calma—. Estoy aquí.
El mercenario lo miró, su rostro impasible, mientras levantaba el
control remoto.
—Ponte las esposas, y esto también —ordenó, lanzándole otro
dispositivo.
Declan lo atrapó en el aire, maldiciendo. El bastardo jugaba con
explosivos como si no tuviera un cuidado por la vida de nadie. Su mente
trabajaba a mil por hora mientras trataba de encontrar una salida. Su única
opción era calmar al hombre, distraerlo.
—Escucha, doblaré el precio que mi hermano te haya ofrecido —
sugirió, tratando de ganar tiempo.
Sabía que Brady y Pipen estaban en movimiento, pero tenía que
asegurarse de que no actuaran con precipitación. El hombre soltó una risa
seca, sin humor.
—No perderé mi credibilidad por una cantidad mayor de dinero.
Mi reputación es lo que me mantiene vivo en este negocio. Y el placer de la
cacería.
Mientras el hombre hablaba, Declan se fijó en dónde guardaba el
control de los dispositivos: un bolsillo interno del uniforme. Su cerebro
registró cada detalle, cada movimiento.
El mercenario lo empujó para que comenzara a bajar las escaleras.
El alivio de Declan fue palpable cuando Adele quedó atrás, pero no podía
permitirse flaquear. Tenía que mantener el control hasta que tuviera una
oportunidad de actuar.
—Atrás —ordenó el mercenario con frialdad al ver que algunos
guardias comenzaron a acercarse por las escaleras, Pipen entre ellos—. A
menos que deseen que su jefe y la noviecita vuelen en pedazos.
Con una mezcla de frustración en su mirada, Pipen ordenó a sus
hombres retroceder, aunque sus manos no se apartaron de sus armas.
Estaban ahora saliendo por una puerta lateral, y el ambiente estaba cargado
de tensión insoportable.
Afuera, un coche esperaba, con el logo de la empresa de limpieza.
Más hombres de Pipen estaban apostados cerca, moviéndose para rodearlos,
pero Declan sabía que si el mercenario lo sacaba de aquí, su destino estaba
sellado. Moriría.
—Puedo mejorar la oferta —insistió Declan, tratando de mantener
la conversación, cualquier cosa para distraer al hombre.
—No te esfuerces —respondió el mercenario con frialdad—. No
arriesgaré mi vida.
Un grito rompió el tenso silencio, y Declan reconoció la voz y las
palabras al instante. Brady, hablando en gaélico: abajo. Hermano. Obedeció
sin dudar. En el caos que siguió, el agresor se distrajo y Declan se agachó
justo cuando un balazo resonó en el aire, impactando en la garganta del
mercenario.
Declan no perdió ni un segundo. Se lanzó sobre él, golpeándolo
con furia mientras le quitaba los controles del bolsillo con frenesí,
dificultado por las esposas. Los guardias se abalanzaron sobre el caído,
inmovilizándolo mientras Declan corría escaleras arriba.
Apenas respiraba, su único pensamiento era Adele, su única
esperanza era que estuviera bien. La encontró siendo asistida por dos
guardias. Ella estaba todavía inconsciente, y cuando la vio, sus ojos se
llenaron de lágrimas y alivio. Sin dudarlo, Declan la envolvió en sus brazos,
sosteniéndola como si su vida dependiera de ello, y la llevó a su oficina.
VEINTISIETE.
Adele despertó sintiéndose extraña, como si su cuerpo no le
perteneciera por completo. Sus párpados pesaban y, aunque su mente
intentaba enfocarse, las imágenes y los sonidos a su alrededor parecían
distorsionados, irreales.
El primer rostro que reconoció fue el de Declan, sentado a su lado,
su expresión una mezcla de preocupación y alivio. Un médico, de pie junto
al sillón donde ella estaba recostada, revisaba sus signos vitales.
—¿Qué pasó? —preguntó, aunque una parte de ella ya sabía la
respuesta.
La voz de Declan fue suave, pero cargada de una seriedad que
hacía que el peso de las palabras cayera sobre ella como una losa.
—El hombre que te atrapó te inyectó un sedante y te colocó un
dispositivo electrónico, un explosivo —empezó a explicar, su tono
comedido, como si cada palabra le costara esfuerzo—. Te reconoció como
mi acompañante.
Adele escuchó, el horror y la tristeza creciendo dentro de ella. Los
recuerdos volvían en ráfagas: el hombre con su uniforme, la forma en que la
había abordado con precisión y eficiencia, como si todo estuviera calculado
al milímetro.
—Casi muero de espanto —murmuró él, su voz llena de ternura y
desesperación—. No dejaré que nada te pase, nunca más. Te quiero, Adele.
Adele lo miró a los ojos, asintiendo, y Declan vio el miedo
desaparecer de su mirada y en su lugar apareció la ternura. La besó, y lo
siguió haciendo mientras Pipen daba instrucciones para que les quitaran los
dispositivos, cosa que hicieron con facilidad, porque Louie intervino las
frecuencias y desarmó los interruptores.
Entonces, él expulsó a todos de su oficina y la tomó en sus brazos
y la besó por lo que parecieron horas.
—Podría haberte perdido, podría…—suspiró, hondo, temblando, y
ella le abrazó.
—Ya pasó, ya pasó. Estoy bien. Estaremos bien. También te
quiero, si te lo preguntas.
Él asintió, y sonrió.
—Me lo preguntaba. Esas palabras se hicieron desear.
—Sí, no quise precipitarme—indicó. Entonces, recordó al
empleado cuya persona había sido suplantada—. ¿Qué pasó con el hombre
por el que ese mercenario se hizo pasar?
—Lamentablemente lo encontraron muerto en su casa. Fue una
víctima inocente. Ese mercenario era un profesional. Se aseguró de que no
hubiera testigos ni complicaciones.
Cerró los ojos, luchando por contener las lágrimas, un nudo en la
garganta. El empleado había sido gentil, sonriente, con palabras amables. Y
ahora estaba muerto por culpa de un mundo que ella apenas empezaba a
entender, un mundo en el que Declan había vivido por años, uno lleno de
oscuridad y muerte.
—¿Qué sucedió con el asesino? —preguntó, su voz apenas un
susurro.
—Está herido y la policía se hará cargo.
—Tanto horror. Es… terrible.
—Así era el mundo en el que nacimos, Adele —dijo Declan, su
voz teñida de una tristeza profunda—. Muertes, destrucción... un mundo
donde los inocentes no tienen valor y donde solo se respeta la fuerza. Es
una vida que no le deseo a nadie, y mucho menos a ti.
Antes de que Adele pudiera responder, Brady entró en la
habitación. Se acercó a ella con una expresión de sincera preocupación, y se
sentó a su lado. Su presencia, aunque reconfortante, también traía consigo
un aire de gravedad.
—¿Cómo te sientes?
—Triste. Horrorizada.
—Sé que no es fácil. La violencia es espantosa, en especial cuando
es tan extrema—comenzó Brady, su tono cálido, pero firme—. Nosotros
crecimos rodeados por esta. Nuestro padre... —hizo una pausa, luchando
por encontrar las palabras—, él me golpeaba cada vez que podía. Me
quebró huesos más de una vez porque... —una sonrisa triste apareció en su
rostro—, porque yo era diferente. Soy un artista, y eso era algo que él nunca
pudo aceptar.
Adele lo miró con compasión, sintiendo un peso en su corazón al
escuchar su historia.
—Declan siempre fue mi escudo —continuó Brady, su mirada fija
en los ojos de Adele—. Nunca dejó que me destruyeran. Es por eso que te
pido que confíes en él. Porque debajo de su exterior rudo, hay un hombre
que anhela vivir de otro modo. Quiere algo diferente, mejor. Y eso eres tú
para él.
Las palabras de Brady resonaron en el alma de Adele. Eso… Lo
había comprobado en la forma en que la protegía, en cómo se preocupaba
por ella. Sí, esto era traumático, pero… Declan había salido de ese mundo.
Ella lo amaba, y quería estar a su lado, ayudarlo a encontrar ese otro
camino.
—Lo he visto, Brady —respondió Adele, su voz firme y llena de
convicción—. Y lo amo. Si él me lo permite, estaré a su lado.
Lo miró, y Declan la observó en silencio. Brady sonrió, una
expresión sincera y reconfortante.
—Me alegra escucharlo —dijo—. Por cierto, ¿aceptarás el puesto
en el Oeste?
Adele asintió, con una pequeña sonrisa.
—Sí, lo haré.
Declan pareció recuperar el habla entonces, y hubo alivio y alegría
en el abrazo fuerte en que la envolvió.
—Los dejo—dijo Brady, palmeando el hombro de Declan antes de
salir de la habitación.
Declan se sentó junto a ella y tomó su mano, apretándola con
suavidad. Pipen golpeó entonces.
—El mercenario ha sido procesado —les informó—. Interpol lo
requiere en varios países. Las autoridades confían en que elegirá ser
procesado aquí y terminará llegando a un acuerdo. Ya estaba gritando el
nombre de tu medio hermano Nolan como su contratista. Eso va a asegurar
cadena perpetua para el cabrón.
Declan y Adele asintieron, procesando la información. La
sensación de peligro seguía latente, pero el alivio comenzaba a hacerse
carne en ambos.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Declan, su tono cálido y lleno de
preocupación.
—Estoy bien—respondió ella, forzando una sonrisa que se volvió
genuina cuando sus ojos se encontraron con los de él.
—¿Qué dices de cambiar de aires por un tiempo? El Oeste aparece
más y más promisorio. Y puedes presentarme a tu familia. Es tiempo.
Además, los planes de negocios están avanzados. Debemos reunirnos con
los inversionistas, los Turner. ¿Qué te parece si tomamos una semana para
nosotros?
Adele rio suavemente, el sonido lleno de alivio y alegría.
—Me parece perfecto.
Los días siguientes habían sido de acomodarse y volver a estar
tranquilos. Una de las noches, cenaron en casa de los primos O'Malley. La
madre había llamado en persona a Declan para invitarles, habiéndose
enterado por sus hijos de lo sucedido.
Adele no encontró más que buenas vibras en la casa, repleta de
gente. El ambiente era acogedor y lleno de risas. Todos la rodearon con
muestras de cariño, agradeciéndole por lo que había hecho por Declan.
Incluso los más reticentes han notado el cambio en él, le susurró la
matriarca O´Malley con una risita. Durante la velada, Declan no dejó de
tomar su mano, inclinándose a cada momento para preguntar si estaba bien,
si necesitaba algo.
Cada gesto suyo la hacía sentir más amada y cuidada, un contraste
tan marcado con la monotonía de su vida anterior en Washington: ordenada,
predecible. Vacía en comparación con lo que ahora vivía.
Sí, el cambio era físico, porque se movía en lugares más fastuosos,
opulentos, viajaba en vehículos de alta gama, y más, pero lo que a ella de
verdad le importaba era que a su lado tenía a un hombre que la mimaba y la
colmaba de atenciones. Uno que estaba cumpliendo lo que le prometió.
Desde afuera se veía como un cuento de hadas, su madre la
principal responsable de que la familia en general creyera eso. De hecho, su
última conversación telefónica había rondado sobre esto:
—Tu prima Martha no lo puede creer. Bien empleado se le tiene.
Es tan desagradable con su envidiosa postura. Y escucha esto, dijo que está
por viajar a Boston para ver si le presentas a alguien rico.
Adele había reído, meneando su cabeza y, con determinación
prohibió a su madre dar ningún detalle sobre Declan. Cuando tuvo la
oportunidad, tomó su teléfono y bloqueó a su prima, sintiéndose aliviada de
cortar ese lazo antes de que complicara las cosas.
Declan, que había escuchado la conversación, bromeó con una
sonrisa en los labios:
—Has sacado bonitas garras.
Luego, la había atraído hacia él, envolviéndola en un abrazo
apretado y reconfortante. Adele se dejó llevar, sintiendo el calor y la
protección que emanaban de sus brazos.
DESENLACE.
El sol comenzaba a descender en el horizonte, bañando Montecarlo
en un resplandor dorado que reflejaba la opulencia y el glamur que la
ciudad exudaba.
Declan manejaba un Aston Martin convertible por la serpenteante
carretera que bordeaba la costa, con la brisa marina enredándose
juguetonamente en sus cabellos oscuros.
A su lado, Adele contemplaba el anillo de compromiso en su dedo,
una espléndida pieza de diamante que capturaba la luz del crepúsculo y la
dispersaba en mil fragmentos luminosos.
Había sido apenas una hora antes, en la lujosa habitación de su
hotel con vistas al Mediterráneo, cuando Declan, con una seriedad que rara
vez mostraba, se había arrodillado frente a ella.
Tantas emociones la envolvieron y le enturbiaron los ojos. Este
hombre… Joder, este hombre no paraba de hacerle la vida bonita.
—Adele, eres la mujer de mi vida, pero quiero que el mundo lo
sepa. Desde hoy hasta el final de nuestros días, nos quiero esposos—le
había dicho con una voz cargada de emociones.
El impacto de sus palabras aún resonaba en el pecho de Adele, una
mezcla de sorpresa, alegría y un profundo sentido de redención que
coloreaba cada pensamiento.
El recuerdo de su historia juntos, con sus complicaciones y
desafíos, hacía que el momento fuera aún más dulce.
Declan había cometido errores, grandes errores, al usarla para sus
intereses en un juego peligroso de poder y manipulación. Ella lo pasó mal.
Pero la verdad de su arrepentimiento y la sinceridad de su amor
habían transformado su relación, forjando un vínculo que había sobrevivido
a las pruebas más severas, incluido un atentado que casi les cuesta la vida.
Mientras Declan conducía, sus ojos ocasionalmente se
encontraban, buscando y encontrando confirmación y cariño en sus
miradas. La fortaleza de su amor se hacía palpable en esos pequeños
intercambios, en el roce ocasional de sus manos sobre la palanca de
cambios, en la forma en que su risa se mezclaba con el viento.
Montecarlo les ofrecía su esplendor, con sus calles impecablemente
limpias bordeadas de boutiques de alta costura y casinos que prometían
fortunas y aventuras. El Hotel de Paris, con su fachada elegante y su aura de
exclusividad, era visible en la distancia, recordándoles la cena que tendrían
esa noche, donde celebrarían su compromiso.
Esta era una sorpresa más: Brady y varios de sus primos con sus
familias estaban al llegar, y todo lo organizó en secreto.
Declan aparcó el coche frente al Casino de Montecarlo, cuya
opulencia era el epítome del lujo. Bajaron y se dirigieron hacia la entrada,
su mano en la baja espalda de Adele, guiándola con una ternura protectora.
Ella se sentía como en un sueño, cada paso un eco de la música que
parecía emanar de las paredes mismas de la ciudad.
Dentro del casino, mientras caminaban bajo los arcos dorados y las
lámparas de cristal centelleantes, Adele no podía dejar de mirar su anillo,
cada diamante un faro de promesa y esperanza. Declan se inclinó hacia ella
y susurró.
—Cada vez que lo mires, recuerda que mi amor por ti es más
fuerte que los muros de cualquier fortaleza que haya construido alrededor
de mi corazón.
Le miró y entrecerró sus ojos:
—¿Quién eres y qué has hecho con mi prometido? Él no es poeta.
Ambos rieron, y lo bonito de saberse cómplices en el amor la
enterneció. No importaba las posibilidades económicas que esta relación le
proporcionaba, y vaya si las había, como su nuevo empleo, que iba de
maravillas.
No, lo vital entre ambos era la comprensión, la camaradería, el
interés mutuo, el cariño, la pasión. Esta no dejaba de crecer, y que Declan
encontrara formas novedosas de atizar el fuego que era juntos era
maravilloso.
++++
Esa noche fue el cierre y el principio. Eran un puñado de invitados
y entre ellos, sorpresa mayúscula, habían llegado sus padres. Adele había
llorado emocionada, porque Declan la entendía a la perfección.
Su madre estaba exultante, y su padre apenas podía contenerla de
hablar sin parar y tocar lo que encontraba. Sí, era un mundo al que costaba
acostumbrarse. Que Declan no tuviese reparos en atender a su suegra era
interesante.
De hecho, Adele había ido encontrándose con que a menudo se
comunicaban sin su intermediación, y Declan enviaba detalles a Kansas.
Esta noche le escuchó dándole consejos para apostar, y su padre la miró
como pidiendo auxilio.
—Querida, nos van a confundir con personal de aseo—dijo, y
Declan había negado, extendiendo una tarjeta, a la que su padre se negó,
pero que Adele fue testigo llegó al bolso de su madre, que le sonrió sin
culpa alguna.
—Declan, no puedes comprar el cariño de tus suegros—indicó,
mientras bailaban, y él sonrió y fingió estar de acuerdo.
—Solo se vive una vez, y es una tarjeta con límite.
Suspiró y meneó su cabeza, que posó en su hombro. La luna se
elevaba sobre el mar y las estrellas comenzaban a parpadear en el cielo
nocturno, y ambos bailaron, perdidos en su propio mundo.
No eran solo las luces de Montecarlo lo que brillaba esa noche.
Había alegría y una promesa de aventuras por venir y de un amor que,
habiendo sido probado por el fuego, había emergido más fuerte y verdadero
que nunca.
—Vamos, Adele, cada uno está en lo suyo y sabrán entender que
huyamos a nuestra habitación.
No lo dudó, y solo les tomó minutos el estar desnudos y unidos, el
cuerpo de Declan como una escultura perfecta cincelada debajo suyo, su
polla enterrada en su coño y volviéndola loca.
El miembro tocaba cada rincón de su vagina, y Adele se movía
arriba y abajo, giraba y volvía a tomarlo, sus manos sobre el torso poderoso.
Declan movía su cadera para dar fuerza al envión y sus manos tenían
prisioneros a sus senos, hostigándolos con sus yemas y elevándose desde la
cadera para besarlos y mordisquearlos con cadencia.
—Tócame, Declan—le susurró, y él movió sus dedos por la piel,
con suavidad, haciendo que pareciera encenderse.
Con él cada parte de su anatomía se volvía un punto erógeno. Sin
dejar de hamacarse sobre la poderosa pelvis sus manos fueron a su rostro,
que envolvió, y trajo hacia ella para besarlo con entrega.
En un movimiento rápido, él la colocó en cuatro apoyos y se
posicionó detrás, y envolvió sus manos en los glúteos, masajeando,
abriendo los mismos, y dejó que su polla se deslizara por la partición y
dejara humedad a su paso, hasta encontrar el centro primordial, en el que se
hundió una vez más.
La fuerza de sus enviones se magnificó, y Adele le sintió y
disfrutó, mientras su mano iba a su clítoris y reforzaba las sensaciones,
multiplicándolas.
—Vas a correrte para mí, y vas a gritar mi nombre. Que
Montecarlo se entere de lo bien que te follo y de lo satisfecha que mi polla
te deja.
—Oh, Dios, por favor… Sigue, sigue… Deaglan…
—Ese nombre en tu boca… Mi polla en tu centro… ¿Cómo creí
que podría alejarme de ti?—gimió él, y Adele respondió en el mismo tono.
En segundos no fueron más que sonidos ininteligibles y choque de
pieles y miembros, y sus nombres se cruzaron en el estallido final.
—Te amo—dijo él, muy quedo.
—Te amo. ¿Y sabes qué? Me felicito. Mi salto de fe valió la pena.
—Agradezco a la vida que lo hicieras. Ahora, ven aquí, abrázame.
La noche es menos oscura cuando lo haces.
FIN
NOVEDADES: ¡ATENCIÓN, MIS QUERIDOS
LECTORES!
Deseo reiterarte mi profundo agradecimiento por elegir mis novelas y dar
tanto cariño a mis historias.
En los próximos meses vendrán más, pero para concentrarme en mis
publicaciones sin presiones he decidido no poner más preventas, al menos
por un tiempo. La de moteros es la única activa en este momento.
Por ello, les estaré anunciando mis novedades, adelantos y publicaciones a
través de mis redes, fundamentalmente mi Instagram. @mayarstone es mi
perfil Si desean seguirme por allí, será genial encontrarnos.
Mis próximas publicaciones:
SIGUE LA SERIE DE LOS O´MALLEY:
MOTEROS:
GUARDAESPALDAS:
Si lees mis novelas por primera vez te cuento que los
millonarios Turner y la agencia de seguridad de Matt Turner
tienen sus propias series, que puedes encontrar en Amazon.
ESPERO SABER DE USTEDES EN LAS REDES, Y SUS RESEÑAS,
COMO SIEMPRE DIGO, SON FUNDAMENTALES PARA QUE MIS
NOVELAS LLEGUEN A MÁS.
¡HASTA LA PRÓXIMA HISTORIA!