BEAR
Precuela de la serie
REYES DE SACRAMENTO
MAYA R. STONE
INDICE.
UNO
DOS
TRES
CUATRO
CINCO
SEIS.
SIETE.
OCHO.
NUEVE.
DIEZ.
UNO.
—¡Maldición!
Steve "Bear" Hall arrojó los naipes sobre la mesa a la vez que se
ponía de pie con una sonrisa amarga que denotó su molestia. Su cuerpo, de
por sí corpulento, parecía más grande cuando lo sacudía la frustración.
—Ah, joder, ¡qué bien sabe la victoria!—dijo Baldie, y Bear
entrecerró sus ojos, clavando su mirada dura en el cabrón. El resto de los
Reyes, estos gilipollas que llamaba amigos y compañeros de ruta, se
unieron a la carcajada que brotó del moreno Baldie—. Por fin podré
conocer tu rostro, cateto.
—Despídete de esa barba de vagabundo—añadió Patriot, el
vicepresidente del club de moteros, sonriendo con malicia.
Bear resopló y miró a todos con su rostro más serio, acariciándose la
espesa barba que tanto lo caracterizaba. Aquello no era solo pelo, joder, era
parte de su identidad.
Su barba castaña y desordenada empezaba en sus patillas, cubría sus
mejillas y mentón por completo, y descendía hasta su pecho. Años cuidando
su crecimiento, cortándola con esmero, usando aceites. Era una de las
razones para su apodo.
Claro que su tamaño era la causa fundamental de este. Con sus
metro noventa y cinco de alto, su cuerpo era macizo, pleno de músculos.
Cualquiera que se cruzase con él sentía respeto ante su figura, y si a esto le
sumaba la expresión de agravio que portaba ahora mismo, más de uno no
controlaría sus esfínteres.
No obstante, estos idiotas le miraban con ironía, satisfacción,
frotándose las manos. No había un poquito de restricción entre los moteros
que gritaban en este instante:
—¡Corte, corte, corte!
—¡Adiós, barba!
—¡Debajo de ese matorral debe haber una piel suave como la de un
bebé!
Meneó su cabeza y suspiró. ¿Cómo había llegado aquí, a apostar su
barba en un mísero juego? Él, que había sido un soldado rápido, fuerte,
letal. En Irak, lidiaba con los tanques y camiones más sofisticados. Los
superiores le respetaban.
Esos habían quedado atrás, rezongó. Hoy era un orgulloso veterano
y un miembro de los Reyes de Sacramento, un club de moteros que protegía
a los suyos y a la ciudad de las amenazas del crimen.
Y cuyos miembros se complacían en incordiarlo. Sí, la mayoría de
lo dicho y gritado aquí eran zarandajas, pero esto no evitaría que le
persiguiesen para que se afeitara.
—Jodido payaso—gruñó, mirando a Baldie de soslayo.
El cabrón no perdía la oportunidad de fastidiarlo. Siempre tramando
algo para hacerle caer y Bear, como un idiota, mordía el anzuelo.
—Estoy seguro de que hiciste trampa—gruñó.
—Vamos, grandulón. Sé un buen perdedor y acepta que vas a tener
que recortar esa jungla que llamas barba.
—Una apuesta es algo serio, Bear. Eres un hombre de palabra, ¿o
no?
Patriot lo miró con una ceja arqueada, sin dejarse intimidar por el
hecho de que estaba provocando al hombre más grande del club. No que
Bear se engañara con relación a sus amigos: cada uno de ellos era tan bueno
o mejor que él en la lucha cuerpo a cuerpo, con armas de asalto o blancas.
Eran todos ex veteranos de los Marines o el Ejército.
Suspiró, sabiendo que no podía dar marcha atrás, echando de menos
su barba antes de perderla.
—Claro que lo soy, Patriot. Eso no se pregunta. No soy ningún
cobarde. Al fin y al cabo, solo es pelo—dijo, pretendiendo superación, pero
acariciando la barba como si fuera su bien más preciado.
—Pues, ¿a qué estamos esperando? Acabemos de una vez—sugirió
Ice, el capitán de ruta del club, con una sonrisa socarrona en su faz que se
tornó carcajada al ver la expresión de horror en el rostro de Bear.
—¡Fury, trae el cuchillo!—gritó Patriot a Sam “Fury” Young, el
pronto presidente del club, que estaba en la barra tomando un trago.
Fury sonrió con solemnidad y se incorporó y estiró la mano detrás
del mostrador, mostrando el mentado cuchillo.
—¡Al diablo con ustedes, cabrones—rugió Bear, enderezándose y
cruzándose de brazos—. Ninguno de vosotros me tocará ni un pelo. Si debo
deshacerme de mi barba, no serán sus sucias manos las que lo van a hacer,
sino un profesional.
—Mátenme ya, joder!—Rex, el pelirrojo tesorero, rio con estrépito,
palmeando la espalda de Bear con virulencia que no movió al gigantón un
ápice, aunque sí le miró furibundo—. Bear en una barbería. ¡El mundo está
a punto de acabarse!
—Algo que no esperé ver—dijo Fury con una sonrisa.
—Estoy deseando ver tu cara sin toda esa pelambre. Estoy seguro de
que vas a cambiar rotundamente. Será como si obtuviésemos un nuevo
miembro—agregó Baldie.
Bear resopló, intentando controlar su frustración.
—Poca cosa está pasando en el club y sus trabajos les deben tener
muy aburridos si lo que les pone de buenas es el destino de mi barba.
Tienen que follar más, jodidos.
El ambiente se alivió un poco cuando Baldie soltó una risotada y
respondió:
—Si algo sobra aquí además de tu barba, son oportunidades para
follar, pero… ¿Qué sabes tú? ¿Quién querría ligar a un gigantón como tú?
—Pues no lo sé… ¿Algunas de las que dejaste insatisfechas? Han
comenzado a formar su propio club, Baldie, tu secreto dejó de serlo.
Insatisfechas por Baldie, así se llama.
Ya era parte de la rutina del club: bromas, pullas y, a veces, algún
golpe entre hermanos. Bear dirigió su vista hacia las mujeres que estaban
sentadas no muy lejos.
Las Conejitas, como les llamaban, eran habitués del club que
gustaban del estilo motero y no tenían reparos en tener sexo con sus
miembros. Desinhibidas, competitivas, algunas buscaban que los moteros
las vieran como más que cuerpos fáciles en los que correrse.
No era lo habitual, y se entendía, porque si estos disfrutaban de y
con ellas, la mayoría de los hombres no buscaban nada permanente.
Las mujeres en sus vestidos ajustados que subrayaban caderas,
senos, colas, miradas provocativas, mucho maquillaje y grandes sonrisas,
tenían tragos en sus manos y casi todas tenían fijos sus ojos en lo que
acontecía en la mesa de naipes. .
—¿Qué dices, Kiki? ¿Te gustará este oso, aunque se vaya a quedar
sin barba?—dijo Bear, y se golpeó el pecho con fingido dramatismo,
aunque guiñando un ojo a la Conejita, que rio, escandalosa, mientras se
incorporaba.
—Oh, querido, no hay nada que me guste más que un hombre
grande—llegando hasta él balanceándose sobre sus tacones, y presionando
su cuerpo contra el de Bear.
Bear deslizó su mano por su costado y la colocó en uno de sus
glúteos, apretándolo con una sonrisa pícara.
—Esta bien podría ser la última vez que sientas mi barba contra tu
piel, Kiki. No es una oferta que quieras perderte, ¿o sí?
—No me lo perdería por nada del mundo, cariño—ronroneó con
sensualidad, su mano colocándose en la entrepierna de Bear, y este llevó sus
manos a los senos, que se desbordaban por el escote.
Baldie se acercó a ambos y se colocó justo detrás de Kiki,
apretándose contra la conejita.
—Estoy seguro de que Bear no se opone a compartir—sugirió con
descaro, su boca mordisqueando el cuello femenino, ganándose la risa de la
mujer.
—No lo mereces, pero para que comprendas que no soy rencoroso,
te doy autorización para integrarte a este trío.
Hubo silbidos y pullas mientras Bear levantaba a Kiki para cargarla
sobre su hombro como si no pesara nada.
—¡No uses esto para distraernos, Bear! No vuelvas hasta que tu
barba sea cosa del pasado—gritó Patriot, pero Bear ya no le escuchaba,
demasiado apurado, subiendo los escalones de dos en dos para llevar a la
mujer a una de las habitaciones del primer piso, con Baldie detrás de sus
talones.
Sí, perder la apuesta era un jodido incordio, pero la noche tenía
premios para él, consideró, mientras su mano enorme se colaba entre los
muslos de la mujer.
DOS.
Bear redujo la velocidad de su Harley y maniobró la pesada moto
para ingresar al aparcamiento del centro comercial. Con lentitud se acercó
al sector destinado para estos vehículos y apagó el motor.
Con un golpe de su bota de cuero hizo descender el pie de apoyo de
su adorada máquina, quitándose la bandana de su rostro y suspirando
mientras se acariciaba la barba por enésima vez.
Esto era su culpa, solo suya. No debería haber apostado la noche
anterior, y menos aún con Baldie. Ese gilipollas tenía condenada suerte con
los naipes y siempre tenía algún truco bajo la manga cuando aquella no lo
acompañaba.
Sin pensarlo más dejó atrás su Harley y caminó hacia el sitio que lo
atrajo aquí: la barbería ubicada en el primer piso del centro comercial. Al
mal paso, darlo pronto, como se venía diciendo desde que dejó atrás el club.
Lo mejor era acabar con esto de una vez. Ice le había asegurado que
la barbería a la que se dirigía era el mejor lugar de la ciudad, rápido y
eficiente. Eso era lo que necesitaba.
No tenía tiempo que perder en lugares donde metrosexuales
lograban intrincados diseños en sus cabezas y barbas, y se aplicaban aceites
y tintes en la barba. Bien, lo del aceite lo entendía, más no lo demás. Gruñó
con fastidio.
Podría haber hecho el trabajo él mismo si el gilipollas de Joker no
hubiese roto la afeitadora eléctrica. No entendía por qué seguía viviendo
con ese cateto. Ningún aparato eléctrico estaba seguro a su alrededor.
Sus zancadas habían comido la mitad del recorrido por la playa de
estacionamiento cuando un movimiento a su izquierda captó su atención. Su
mandíbula se tensó, sus ojos se agrandaron y su cuerpo entero se congeló al
momento al ver el espectáculo.
Una mujer tenía la mitad de su cuerpo bajo el capó elevado de un
automóvil, dejando afuera sus torneadas piernas y un culo de primera, todo
embutido en jeans apretados que hacían su trabajo a la perfección.
¡Joder, pero qué vista más deliciosa!, se dijo. El vehículo era un
pedazo de chatarra, y le bastó un rápido vistazo para darse cuenta, pero su
dueña…
Hostia puta, el cuerpo de esa mujer era fuego. Bendita oportunidad
que me trajo aquí, pensó, desechando lo que había considerado antes.
Una maldición y varios exabruptos resonaron desde el motor, y Bear
sonrió con diversión. La que tenía enfrente era una mujercita muy cabreada.
La razón era obvia: ese viejo Chevy tenía más años que Matusalén.
—¡Maldita porquería, pedazo de latas viejas! ¿Cómo te atreves a
fallar justo ahora?—su tono cambió de iracundo a lastimero—. Mierda, te
necesito, cariño, por favor, por favor...
Ella era diminuta, o así se lo pareció. No debía medir más de metro
cincuenta y cinco, pero esas curvas… Sí, señor, estaban colocadas en los
lugares correctos. Una bombita sexi, eso era, y solo había visto la parte
trasera.
Una muy, muy sensual parte trasera, aprobó Bear, sus ojos
recorriendo el espectáculo femenino. Cuando ella finalmente cerró el capó y
se dio la vuelta, Bear pudo apreciarla mejor, en toda su gloria femenina.
Cabello cobrizo derramándose sobre elevadas cumbres, una cintura
estrecha, caderas anchas y muslos como alitas que serían perfectos
alrededor de sus caderas, consideró.
Y ese rostro de ángel, que ni siquiera el evidente disgusto que sus
rasgos contraídos denotaban podían eliminar. Esa boca, por otro lado, más
que angelical parecía propia de un adorable demonio.
Labios que parecían hechos para besar y succionar, pensó, y esta
idea hizo que su polla reaccionara al instante. Mm. Esto era nuevo. Bear
adoraba a las mujeres en todas sus formas y tamaños y tenía un fuerte
impulso sexual, pero no solía distraerse con ellas en su día a día.
Miradas fugaces, sí. Mas algo en esta mujercita lo tenía clavado en
el piso, apreciando cada detalle y a la espera de que ella lo notara. Solo
entonces vio que el delantal que llevaba sobre su blusa tenía una
inscripción.
Era el logotipo de la barbería. Bear sonrió con amplitud. Ah, carajo,
esto definitivamente tenía que ser el destino.
Luego arrugó la nariz ante ese pensamiento inusitado. ¿Destino?
¡Qué mierda tan cursi se le ocurría! .
—¿Tengo monos en la cara o qué?
La mujercita le miraba con el ceño fruncido y su boca apretada,
hostilidad en sus ojos, y su voz sonó cortante. La actitud le hizo sonreír.
Se pretendía una fiera leona y era una gatita bella. A Bear le
encantaban las mujeres con agallas. Eran las mejores en la cama, no cabía
duda.
—Para nada, tienes un rostro muy bonito. ¿Estás en problemas,
cariño?—le preguntó con una sonrisa ladeada, balanceando su cuerpo con
ritmo al acercarse más.
—¡No soy tu cariño, grandulón!—replicó ella, lanzándole una
mirada desdeñosa antes de elevar los brazos al cielo. Luego, se puso de
costado y señaló el vehículo, dejando que su irritación tomara otro
destinatario—. Pero ya que lo preguntas, sí, tengo problemas. Es mi coche,
no sé qué le pasa.
—Pues no parece difícil. La vida ha sido dura con ese pobre Chevy.
Es vejez, no hay duda—dijo él, soltando una carcajada grave.
Ella suspiró, frustrada, y luego asintió con resignación. Bear se
congratuló de que ella no retrocediera ni le instara a irse a tomar por culo.
Su tamaño solía intimidar a las personas, que veían su exterior, su chaqueta
con la insignia del club y su Harley y se hacían una idea de su condición y
temperamento.
Y cuando a la ecuación se anexaban los tatuajes… Pff. El rechazo
estaba servido. No estaba siendo el caso y eso era intrigante y agradable, sí,
señor.
—Ya lo sé, este pobre coche tiene mucho recorrido—suspiró ella, y
su boquita se plegó, deliciosa. Bear pegó sus ojos a las expresiones,
magnetizado—. ¡Pero es tan injusto! El vendedor me dijo que era viejo,
pero sólido. Que resistiría algunos años más.
Bear graznó, muy molesto. Era claro que algún cabrón de lengua
sobada la había estafado. ¡Jodidos bastardos que se aprovechaban de los
que no tenían idea de mecánica y sí mucha necesidad!
—Es imposible que un trasto así no tenga problemas. ¿Puedo
echarle un vistazo?
Ella lo miró de arriba abajo, y Bear se dio cuenta de que recién
entonces se percataba de su chamarra y su aspecto.
—Eres motero—señaló, pero no hubo mirada de temor.
—Lo soy, y orgulloso de ello. Parte de los Reyes de Sacramento—
respondió Bear con orgullo, acariciando el logo en su chamarra—. ¿Eso es
algo malo?
—Podría serlo, si pertenecieras a algún otro club. Pero reconozco la
insignia de los Reyes. Ese club es uno de los buenos.
Joder, ¿se podía ser más interesante y perfecta? Una cálida
sensación cruzó su pecho. Esta que tenía enfrente era una mujer inteligente.
Y jodidamente sexi.
—Así es, señorita. Somos la hostia de Sacramento—sonrió—.
Déjame echarle un vistazo y veré qué puedo hacer.
—¿Sabes algo de motores?—preguntó ella, mientras Bear se
acercaba y abría el capó.
—Debería. Soy mecánico en el mejor taller de Sacramento—indicó
mientras tocaba cables, inspeccionaba la batería y los fluidos del coche con
velocidad fruto de la práctica.
—¿De verdad?
Ella se había acercado y estaba tratando de echar un vistazo muy
cerca, y su aliento cálido le acarició la piel trasera de su cuello, con lo que
los vellos cercanos a su nuca se erizaron.
El timbre de voz era dulce como miel y su fragancia… Joder…
Maldita sea. Bear inhaló su aroma con fruición, una mezcla de canela y algo
floral. Carraspeó, intentando enfocarse.
Tenía que dar su diagnóstico, y este no era bueno. Para nada. La
mujer era un diez, pero el coche era un completo desastre.
—Malas noticias—se incorporó, y miró desde arriba a la bella, que
parpadeó.
La diferencia de alturas era notable: él le sacaba cabeza y media,
pero esto azuzó su interés, más que adormecerlo.
Ella podría treparlo como a un árbol y Bear estaría más que feliz.
Carraspeó. Céntrate, Bear.
—¿Es tan malo como pienso?
—La batería está muerta. El radiador está casi vacío, sin
refrigerante. El alternador y el compresor son reliquias de la Edad de Hielo.
¿Cuándo compraste esta chatarra? Es obvio que no ha tenido
mantenimiento.
Ella suspiró y pareció desinflarse, y la visión le abrumó, incitando a
su lado protector a aflorar. Pocas cosas molestaban a Bear tanto como una
mujercita infeliz y llorosa, y esa humedad que nublaba los ojos tan bonitos
era mala señal.
—El año pasado. Funcionó bien durante un mes, pero después
empezaron los problemas. Estas últimas semanas ha sido un infierno...
Su expresión mostró el desánimo, y contuvo las lágrimas,
parpadeando. Una mujercita orgullosa, consideró.
—Podría arreglarlo, pero te costaría mucho. Quizá funcione unos
meses más, pero no dejará de traerte problemas y gastos. Este auto ha
llegado al final de su vida útil, me temo.
—No puedo permitírmelo.¡ Maldita sea!—susurró con frustración,
sus dedos tamborileando sobre la chapa del automóvil con nerviosismo.
Luego caminó hasta la portezuela, que abrió con brusquedad y tomó
su bolso, del que sacó un paquete de toallas húmedas. Restregó sus manos
con cuidado, y Bear la observó en silencio, asombrado por lo delicadas y
pequeñas que eran. Perfectas.
—¿Quieres una?—le preguntó al notar que la miraba con fijeza.
Bear asintió, pero sus manos necesitarían más que una, por lo que
tomó un puñado.
—Mis manos son el doble de las tuyas—indicó, mostrándolas.
—No hay problema—murmuró ella, distraída, de seguro pensando
en cómo resolver el problema que la agobiaba.
Mientras tanto, Bear disfrutó de la vista. Joder si no era la mujercita
más sensual y bonita con la que había hablado. Por un instante permitió a su
fantasía liberarse, y su boca estuvo sobre la de ella, una rosa de pétalos de
perfecto arco dibujado.
Una que de inmediato su mente pervertida llenó con su polla,
convenciéndose sin saber por qué de que ella sabría cómo hacer el amor a
su miembro con lentitud y dulzura. No sabía cómo explicar qué sentía
además de necesidad física, pero era más.
Lo erótico de las imágenes en su cabeza llevaron problemas a su
pelvis, y se ajustó los pantalones tan discretamente como le fue posible.
Que ella viera lo excitado que le había puesto no era saludable. Con razón,
lo catalogaría como un asqueroso pervertido.
Lo cierto era, empero, que esta mujercita le provocaba sensaciones
poderosas, y ni siquiera sabía su nombre. Detalle por solucionar. Bear no
era sino un hombre de propósitos, y conocerla más era el más nuevo de
estos.
TRES.
Fiona parpadeó, sin dejar de mirar al hombrón a pesar de que estaba
disgustada por la situación con su coche. Era una mujer habituada a hacer
varias cosas a la vez: podía enfadarse, pensar en lo que le complicaría la
vida este asunto con su auto y a la vez disfrutar de la vista.
Caray, sus manos eran enormes. Todo él lo era, en realidad, y se
preguntó si el resto de sus partes serían... proporcionales. El travieso
pensamiento trajo un involuntario sonrojo a su faz.
Era guapo el gigantón, aunque no de una manera tradicional. No,
sus facciones eran ásperas, su torso y espalda anchísimas, sus muslos
troncos de secuoyas.
Alto y construido como un tanque, con tatuajes asomándole por
debajo del pañuelo bandana y la camisa entreabierta debajo de la chaqueta.
Su barba larga y desordenada, junto con el cabello castaño oscuro
que pedía a gritos un corte solo aumentaban su aire peligroso.
Y esos ojos... Joder. Esos pozos verde musgo la miraban con una
lujuria tan evidente que ella sintió cómo su piel ardía bajo su escrutinio. Se
estremeció, pero intentó mantener la compostura.
Él había sido educado y servicial al ofrecerse a ayudarla, aunque su
diagnóstico sobre el coche no fuera el mejor.
Dios sabía que no tenía el dinero para comprar otro vehículo. Era
una muy buena peluquera, pero lo que ganaba apenas alcanzaba para cubrir
las facturas.
—Mira, si aceptas mi ayuda, en un rato puedo tener el Chevy en el
taller donde trabajo. Haré lo que pueda por prolongar la vida de este motor,
aunque sea algo transitorio—ofreció él con absoluta naturalidad
Ella respiró hondo, y consideró el ofrecimiento. No tenía opciones
porque no tenía dinero, era tan simple como eso, así que la tentación era
demasiada.
—Puedo pedir un adelanto a mi jefe, supongo. ¿Cuánto calculas que
debería invertir?—preguntó.
No estaba en condiciones reales de pagar nada extra, por lo que
debería restringir sus gastos, ya de por sí limitados. Necesitaba ese maldito
coche.
—Escucha. Se me ocurre algo—Él se apoyó en el capó de manera
casual, pero el viejo coche pareció hundirse bajo el peso del coloso. Joder,
¡era enorme! Y guapísimo—. Trabajas en la barbería, ¿verdad?
—Así es—Señaló su delantal—. Deberías venir un día, es tiempo—
bromeó ella.
Él rio y Fiona se le quedó mirando, embobada. Su rostro se suavizó
con la risa, y el brillo en sus ojos lo hizo aún más atractivo, si es que eso era
posible.
Sintió un calor que se deslizaba por su pecho y su estómago, y
cuando bajó la mirada a su pecho antes de volver a su cara, se imaginó
cosas mucho más íntimas.
Se aclaró la garganta, tratando de detener esa fantasía repentina con
el desconocido motero, que además le estaba ayudando. No podía ser tan
pervertida. Ella no era así, de habitual, nada de eso.
—Pues fíjate que la barbería era mi destino cuando vi un auto
tratando de devorarse a una mujercita—Le guiñó un ojo y Fiona tragó
saliva. Joder, ¡qué sexi era!—. Te confieso que iba preocupado. No voy por
voluntad propia—Hizo un gesto de agravio—. Perdí una apuesta. He tenido
mi barba de este largo desde hace mucho. Estoy bastante apegado a ella.
—Mm, puedo verlo. Parece que no te la has recortado en años.
—No lo he hecho. Y lo haré porque cumplo mis promesas y pago
mis apuestas. No que apostar sea lo mío, esto fue un juego tonto—justificó,
y Fiona sonrió.
¡Qué encantador que se justificara con ella, como si debiera! Era un
gigante de esos agradables, comenzaba a ver que la apariencia tenía poco
que ver con su personalidad.
—No te preocupes, yo me encargo. Estarás en las mejores manos,
aunque suene presuntuoso—dijo con firmeza.
Era real. Era muy buena en lo suyo, y en este momento se le
antojaba hacer de este guapísimo hombre una obra de arte.
—No tengo duda de ello—Él la miró con intensidad, su comisura
izquierda elevándose para crear un gesto pícaro—. No puedo esperar a estar
en tus manos—agregó respondió, su voz baja y profunda, su lengua
humedeciendo esos labios tentadores.
Dios, era ardiente, no había otra palabra. ¿Estaba mal querer
quemarse en ese fuego? Suponía que no.
—Bien, pero… ¿Dijiste que tenías una idea?—preguntó Fiona,
intentando calmar el calor repentino que empezaba a arder en su vientre.
Este hombre le estaba provocando sensaciones que hacía tiempo no
experimentaba. Ella no solía comportarse así con nadie. Normalmente era
fría, reservada, cuidadosa.
Ser una mujer solitaria, sin familia que la respaldara, la había vuelto
fuerte de mente y cerrada de corazón.
—Arreglaré tu coche sin cargo. Lo mejor posible para que puedas
conducirlo con seguridad—contestó con una sonrisa despreocupada.
—No veo en qué te beneficiaría. No sé nada de coches, pero
imagino que necesitarás repuestos y …—dijo ella, sus cejas arqueadas.
—A cambio, tú me recortas el bigote y la barba con esas bonitas y
de seguro muy hábiles manitos—replicó él, directo.
—¿Solo eso? No parece un trato justo contigo.
—Y aceptas una cita conmigo. Pero, pero…—levantó sus manos
para detener su respuesta… Eso es opcional y negociable—agregó,
sonriendo con amplitud.
Fiona lo miró, considerando su oferta. Necesitaba el coche y él le
gustaba, pero no era una mujer de decisiones apresuradas.
El trato no era un desatino. Él le ofrecía su tiempo y habilidades, y
ella solo tendría que hacer su trabajo en la barbería... y tal vez tener una cita
con él.
—Lo último ya lo veremos mejor, pero acepto la otra parte del trato
—dijo, dejando escapar una pequeña sonrisa.
Él lanzó un puño al aire, su entusiasmo tan genuino que la hizo reír
más abiertamente. Estaba tan contento como un niño, y eso le aportaba un
toque adorable.
—¡Sí, señor! Soy un hombre afortunado. Espera un minuto. Solo
será un momento.
Se giró y llevó el teléfono a la oreja, dándole la espalda por un
momento, lo que Fiona aprovechó para observarlo mejor. Los jeans caían
bajos en sus caderas y eran ajustados, revelando un trasero musculoso y los
muslos y pantorrillas gruesos.
Nunca había socializado con un hombre tan guapo y sensual. Su
ropa y su condición de motero lo ponían del lado de la lista de chicos
malos, y Fiona solía evitar ese tipo de hombres…
Pero quizá podía hacer una excepción por este. ¿Qué daño podría
hacerle? Cuidado, Fiona. No lo conoces. Podría ser peligroso. Un violador.
Un asesino serial que te dora la píldora y va a hacerse una billetera con tu
piel.
Joder, pero ¡sí que era dramática! Nada de ver El silencio de los
inocentes otra vez, Fiona. Te da ideas terribles.
Se concentró en escucharle hablar por su móvil y alejó ideas
absurdas.
—Skull, trae la grúa al centro comercial. Debemos remolcar un
coche. Es un Chevy azul, en el aparcamiento. Estaré en la barbería del
primero piso... Sí, gilipollas, por supuesto que cumpliendo la apuesta. No
me hagas perder el tiempo.
Fiona cambió su peso de un pie al otro. ¿Skull? ¿Así se llamaba su
amigo? ¿Qué clase de hombre se apodaba Cráneo? ¿Estaba cometiendo un
error? Se mordió el labio inferior. ¿Era demasiado tarde para echarse atrás?
Él terminó la llamada y se volvió hacia ella, una sonrisa de contento
en su faz.
—Todo arreglado. Uno de mis hermanos llevará tu coche al taller.
—¿Hermanos?
—Hermanos del club—se encogió de hombros.
—¿Skull?
El rio.
—Su apodo. Todos lo tenemos, y tienen que ver con nuestro período
como prospectos del club. Comenzamos como ayudantes y hacemos lo que
nos piden los miembros oficiales, y estos suelen apodarnos de acuerdo a
algún suceso o característica.
—¿Y el tuyo es…?
—Bear—se señaló—. ¿Tú eres…?
—Fiona.
—Estamos empezando al revés, me temo. Encantado de conocerte,
Fiona—dijo, asintiendo con su cabeza.
—Lo mismo digo, Bear.
—Mi apodo no tiene misterio.
—Sí, eres enorme.
—En todas partes—dijo, y que fue sin premeditación, casi
automático, lo evidenció la maldición bajita—. Lo siento, mis modales
dejan mucho que desear. Demasiado habituado al club y nada a tener
conversaciones civilizadas con una mujer guapa.
Había algo encantador en su torpeza, en cómo se disculpaba y
sonreía. Fiona podía ver que bajo su apariencia ruda, había honestidad y
amabilidad. Grande por todas partes, dijo. ¿Tendría ella oportunidad de
comprobarlo por sí misma?
Casi se atora al pensarlo. Oh, Fiona. La falta de vida sexual te está
afectando el cerebro. Cálmate. Enderezó su postura y le hizo un gesto hacia
el centro comercial.
—Creo que es hora de ocuparse de tu barba. ¿Estás listo?—le dijo.
—Pues te confieso que no lo estaba y me sentía muy fastidiado. Tal
vez suene aniñado y tonto, pero adoro esta barba. Es como si fuera parte de
mi personalidad. Pero confío en ti, Fiona. Sé qué harás tu magia en mí. Ya
la siento—le guiñó el ojo, y ella parpadeó.
—No te preocupes. Lo haré. Aunque estoy segura de que sin ella te
verás igual de guapo. No es tu mejor parte, te lo aseguro—dijo ella, y le dio
la espalda para dirigirse hacia el centro comercial, fustigándose por decirle
eso como si pretendiese ligar.
No lo estás haciendo. Para nada, negó, y su yo interno rodó sus
ojos.
—Cuando nos conozcamos mejor querré saber tu opinión completa
sobre mis partes—murmuró él, pero ella lo oyó con claridad.
Cuando, no sí. Joder, este motero se tenía confianza. No estaba tan
errado. No es como si ella no quisiera conocerlo más. Le gustaba. Mucho,
pero no quería adelantarse a los hechos ni imaginar nada.
Pasitos de bebé, Fiona. Esto es una burbuja, frágil, y tal vez explote
cuando él salga del local y tu coche esté arreglado.
De todas formas, conocerlo era una experiencia muy, muy
interesante.
CUATRO.
Fiona caminaba con una cadencia increíble, balanceando sus caderas
con gracia mientras se dirigía hacia la barbería, y Bear la siguió como un
cachorro, con una sonrisa ladeada, que bien podría ser su lengua si no
ejerciera algo de contención a sus impulsos. La mujer era sexi a rabiar.
Fiona, musitó. Había maldecido por horas por aquella maldita
apuesta, pero ahora... Quizá perder esa partida de naipes había sido lo mejor
que le había pasado. Esta mujercita bella había aceptado su ayuda, y con un
poco de suerte y trabajo de su parte, tal vez también su invitación a una cita.
Bear sonrió cuando Fiona le abrió la puerta del local y le dio la
bienvenida al elegante salón, que estaba repleto. Clientes y staff por
doquier, y el olor a productos químicos, el zumbido de las máquinas y las
conversaciones lo hicieron fruncir el ceño, pero entró de todas formas y se
sentó en el pequeño rincón acondicionado para la espera.
Su peso hundió el sillón blanco y por un instante temió que
colapsara. Sintió miradas sobre sí, y miró en derredor. Una señora mayor
con ruleros, otra con media cabeza dentro de un aparato que imaginó un
secador y una joven a la que le aplicaban algo en las uñas le observaban.
Extrañeza, desconfianza y lujuria fue lo que vio en las tres, pero las
ignoró. Su mirada se fijó en Fiona, que en este momento hablaba con un
hombre que vestía una camisa azul brillante, quien le dirigió una mirada
recelosa.
Bear entrecerró sus ojos y no bajó la mirada, cosa que sí hizo el
gilipollas, claramente el jefe. Hubo un intercambio rápido de palabras entre
ellos, y Bear supo de inmediato que al tipo no le hacía ninguna gracia su
presencia y se lo hacía notar a Fiona.
Imbécil cabrón. Bear estaba más que acostumbrado a esas miradas
desconfiadas, provocadas por su tamaño, sus tatuajes y su chaleco. Fiona no
pareció afectada por las palabras y volvió a él, enérgica.
—Bear, ven conmigo—le dijo, y él se incorporó y la siguió sin
dudar.
Esa sería su misión de aquí en más. La seguiría hasta el Infierno si
eso lo llevaba a su cama. Era un hombre con una meta, y no podía apartar
los ojos de ella.
Intentó domar las oleadas de lujuria que bullían en su interior y
obligó a su cuerpo a calmarse. Era un hombre disciplinado, podía hacerlo.
Podía hacerlo.
—Tu jefe parece un poco nervioso. ¿Mi presencia lo incómoda?
—No te preocupes—susurró ella—. Es un gilipollas, demasiado
formal. Le molesta que no tengas cita previa.
Era más que eso, pero no insistió. Que Fiona tratara de no herir sus
sentimientos diciéndole que el bastardo lo creía un criminal era encantador.
—No quiero causarte problemas, Fiona.
Era sincero. El jefe no le importaba lo más mínimo, pero no quería
complicarle la vida a Fiona. Era obvio lo importante que este trabajo era
para ella. La falta de dinero era lo que la hizo aceptar su oferta de arreglar
su coche.
—No te preocupes, Bear. Le dije lo que veo, eres un gran oso de
peluche y no haces daño—le guiñó un ojo, y él se mordió la lengua para no
soltar una línea descarada que cruzaba su mente.
Podría ser tu osito de peluche si me lo pides, y acurrucarme a tu
lado en tu lecho. Nah, demasiado cliché y tonto, aunque lo de acurrucarse
sonase como una idea genial.
Fiona lo llevó a un rincón de la barbería separada del resto del salón
por una pantalla de plexiglás. Su espacio estaba ordenado y decorado con
flores y velas. Bear se sentó frente al espejo, mirándola a través del reflejo.
—Haz tu magia, Fiona. Confío en que cuidarás bien de mi orgullo y
alegría.
Ella soltó una suave risa mientras le colocaba una toalla alrededor
del cuello. El roce de sus dedos fue como una descarga eléctrica que bajó
directo a su entrepierna. Esto va a ser difícil, pensó, tratando de calmarse.
—Muy bien, procedamos—dijo ella, poniéndose a su lado.
Bear cerró los ojos por un instante, inhalando su fragancia floral, y
trató de enfocarse. Fiona comenzó a peinar su barba y bigote, tocando
suavemente sus labios y mejillas, y él se tensó ante la oleada de deseo que
aquello provocaba.
¿Cómo era posible que caricias tan inocentes fueran tan excitantes?
Estaba acostumbrado al sexo rudo y directo con las conejitas del club, sin
perder el tiempo en preliminares. Pero esas caricias... Lo hacían imaginar lo
increíble que sería llevársela a la cama.
Tragó saliva y se removió en la silla cuando Fiona se inclinó hacia
él, su escote justo bajo su barbilla. No lo hacía a propósito; estaba
concentrada en su trabajo, pero él apenas podía controlarse.
—Voy a darle forma a la barba para que te enmarque mejor el rostro
—explicó ella—. Voy a cortar hasta aquí, ¿te parece bien?
—Excelente—dijo—. Mis amigos pretendían que me afeitase por
completo, pero…
—Sería una injusticia. Te queda muy bien y está cuidada. Perder
diez centímetros es un sacrificio importante, no pueden pedirte más.
—Les haré saber que tú te negaste a dejar mi rostro al descubierto.
Ella rio, y fue un deleite.
—Que vengan a pedirme explicaciones si es necesario. Les haré
saber que fui inflexible.
—En verdad, me sentiría desnudo sin mi barba.
Ella empezó a trabajar, y Bear disfrutó del suave contacto de sus
manos sobre su piel.
—Tu novia probablemente la echaría de menos—comentó ella de
manera casual, y él se mordió para no sonreír, gratificado al notar el interés
y la curiosidad detrás de esas palabras.
Fiona quería saber más de él. Su pecho se infló con orgullo
cavernícola. Hora de hacerle saber que estaba disponible y solito, abierto a
ella.
—No tengo novia, cariño. Solo algunos encuentros aquí y allá. Nada
serio... hasta ahora.
Fiona vaciló por un segundo, interrumpiendo su trabajo, antes de
continuar.
—¿Eso es así? ¿En verdad?
—Absolutamente.
No le importaba en lo más mínimo haberla conocido hacía solo una
hora. Su corazón latía con fuerza y cada toque suyo sobre su piel lo
encendía.
Bear era un hombre que seguía sus instintos, y estos dentro de él le
gritaban que debía tener a esa mujer.
—¿Qué dices sobre mi invitación?
Ella elevó sus cejas mientras se concentraba en continuar trabajando
con su barba.
—Bueno, considerando que has sido tan servicial y arreglarás mi
coche...
—No, Fiona. Eso no es lo que quiero—Le tomó la muñeca con
mucha suavidad, acariciando su piel cremosa—. Quiero que salgas conmigo
porque lo sientes. Porque lo deseas. Está fuera del trato con el vehículo.
Fiona desvió la mirada, tosió y continuó con su trabajo. Bear
observó las finas líneas de su cuello y clavícula, que tenía a pocos
centímetros, imaginando su boca recorriendo cada rincón, lamiendo,
mordiendo.
—Quiero hacerlo… Una cita, sí—dijo ella en voz baja.
—Eso es música para mis oídos—sonrió con alborozo, y luego se
puso más serio, porque vio a Skull entrar y mirar a todos lados—. Mm,
Skull está aquí—gruñó, molesto porque el gilipollas tenía un don para
llegar en el momento menos indicado.
Levantó su mano en señal de saludo para evitar que generase
conmoción. Ya había miradas escépticas sobre él. Si la presencia de Bear
había puesto nerviosa a la gente del salón, la entrada de Skull terminó de
rematarlo.
El motero era un genio con la tecnología, pero su cicatriz asustaba a
la mayoría. Fiona, sin embargo, lo miró y le sonrió sin ningún indicio de
temor. Bear quiso pensar que ella confiaba en Skull porque él lo hacía.
—Bienvenido, Skull—saludó Fiona, extendiéndole la mano.
El motero asintió y la estrechó con suavidad, dudando antes de
mirar a Bear, quien puso los ojos en blanco.
—Las llaves del Chevy, Fiona—dijo, y ella se apresuró a ir a buscar
su bolso.
—Eres un osito rodeado de flores, hermano—murmuró Skull.
—Que te jodan, tío—le contestó Bear igual de bajo—. Llévate su
coche y déjalo en mi estación en el taller. Lo arreglaré yo mismo.
—Oh, esto sí que será sensacional. El gran Bear ha encontrado a su
osita. Es pequeña, aunque bonita—soltó Skull con una sonrisa burlona,
guiñándole un ojo.
Bear apretó los puños, deseando estrangularlo.
—No la mires. Fiona es mía—gruñó, antes de darse cuenta de lo que
acababa de decir.
Skull levantó las manos en son de paz, riéndose.
—Estoy ciego, hermano, desde ahora ella es un hombre feo para mí.
Hostia, sí que estás jodido. ¿Desde cuándo la ves? ¿Has pensado en hacerla
tu vieja?
—Acabo de encontrarla—respondió—. Me gusta, eso es todo.
—Si tú lo dices.
Skull se giró, y desplegó una sonrisa que pretendió luminosa, pero
que Bear no tuvo duda los demás visualizaron como terrible. Tomó las
llaves que Fiona le alcanzó, y salió del lugar sin decirle una palabra más.
—Un poco grosero, tu amigo—comentó Fiona.
Bear se encogió de hombros.
—Es un hombre de pocas palabras.
—Okay. Bien, déjame ver, voy a proceder con los últimos detalles.
Fiona trabajó un poco más con sus tijeras y la máquina, y finalmente
aplicó un producto en su barba. Olía bien, fresco y masculino.
—¿Qué es esto?
—Una cera. Es excelente, ayuda con la sequedad y te la deja
cuidada. ¿Qué te parece?
Él no estaba prestando atención a la barba. Ella era lo único que
parecía increíble aquí.
—Perfecto—Se miró en el espejo, y luego su mirada la encontró en
el reflejo—. Gracias. Solo necesito una cosa más para ser feliz hoy.
—¿Ah, sí? ¿Y qué sería?
—Tu número de teléfono.
Ella suspiró y, con una sonrisa, sacó su móvil.
—Dame tu contacto—Tecleó para guardar el contacto mientras Bear
le recitaba su número, y el móvil de Bear sonó a continuación—. Listo,
ahora estamos conectados.
—Ideal. ¿Qué te parece el viernes a las siete para nuestra primera
cita?
Porque habría más, eso era seguro.
—Me parece muy bien.
—No puedo esperar—dijo Bear, y se incorporó, para luego
inclinarse y besarla en la mejilla.
Ella se sonrojó y parpadeó dos veces, y luego le devolvió una
sonrisa tímida.
—Nos vemos.
Bear salió del local con el corazón ligero, el cerebro flotando y sus
testículos pesados de tan necesitados.
La vida estaba llena de contradicciones.
CINCO.
Fiona caminó de un lado al otro de la pequeña cocina, nerviosa e
indecisa, el móvil en su mano. Era viernes por la tarde y se debatía en
dudas: ¿qué hacer? ¿Responder a Bear y reprogramar su cita?
Él le había pedido su dirección, pero ella aún no sabía si estaba
preparada para verlo. Joder, quería, ¡cuánto quería! Pero… Su aspecto…
¡Justo ahora tenía que pasarle!
Suspiró, dirigiéndose al espejo del baño. El moratón en su ojo,
vestigio de la violencia de su exmarido, la miró de vuelta, morado,
desagradable.
Se tomó con fuerza del lavabo, sus nudillos blancos, cerrando los
ojos con fuerza mientras las lágrimas comenzaban a correr por sus mejillas.
Se sentía impotente, sola, y ese ojo negro era una prueba palpable
del infierno que Leonard la había obligado a soportar en el pasado. Y no
lograba despegarse, no podía.
Había pensado, esperado, ansiado dejar eso atrás cuando tomó la
valiente decisión de divorciarse. Le había costado muchísimo.
Suponía que a cualquier mujer que hubiera estado tan ciega y
enamorada le habría resultado difícil aceptar que había sido engañada, en
gran parte por un hombre egoísta y con rasgos de psicópata, pero también
por sus propias expectativas.
Había ignorado el lado oscuro de Leonard pensando que podía
cambiarlo. Imposible, lo entendió y pudo salir de su órbita inmediata, a los
tumbos. Su exesposo era un hombre obsesivo, controlador, que encontraba
placer en el abuso.
Y, hoy tan luego, había reaparecido y ella había sido su objetivo, de
nuevo. Tan injusto. Por una vez en años se había relajado y se había
distraído pensando en Bear y en la cita que tendrían.
No había estado atenta a su entorno, y eso había permitido a
Leonard acercarse. La había arrinconado, sujetándola del brazo,
insultándola como siempre lo hacía.
Recordar su control enfermizo sobre ella le revolvía el estómago.
Cuando intentó escapar, defendiéndose con uñas y dientes, el cobarde le
asestó un puñetazo feroz en el rostro.
El sonido de sus gritos alertó a una pareja cercana e impidió que
continuase con los golpes, huyendo como la rata que era. Mas el daño
estaba hecho: ella había quedado herida y asustada.
Fiona fue al dormitorio, la ansiedad subiendo por su pecho en
espiral. Se sentó en el borde de la cama, luchando por respirar. Sentía cómo
se avecinaba un ataque de pánico.
Cogió una bolsa de papel del cajón de su mesita de noche y trató de
calmar su respiración, enfocándose en cada inhalación y exhalación hasta
que, finalmente, su ritmo cardíaco comenzó a normalizarse.
Después de veinte largos minutos, se sintió un poco mejor. Quizá
una ducha larga ayudaría a relajarla más, consideró. Tengo que ser fuerte,
pensó. Tengo que seguir adelante.
No puedes dejar que Leonard arruine la primera oportunidad con
alguien que te interesa. Él ya te arrebató mucho, no se lo permitas.
Salir con Bear, además, aparecía como la distracción perfecta. Una
cena agradable con un hombre fuerte y protector podría ayudar a calmar sus
nervios, aunque fuera solo por una noche.
Su vida amorosa había quedado en pausa por culpa de Leonard. El
miedo de lo que ese hombre podría hacer si la veía con alguien más la había
paralizado durante mucho tiempo.
Pero Bear era diferente. Era grande, imponente. Leonard no se
atrevería a enfrentarse a alguien como él. Un hombre con la seguridad y el
poderío físico de Bear no se sentiría amenazado por Leonard.
Podría protegerme. Tal vez, por primera vez en años, podría
sentirme segura. Y el motero la atraía como ningún hombre antes. Si vas a
hacer esto, él tiene que saber tu realidad. No puedes sumarlo a tu basura
sin advertirle.
Su ojo morado era una señal clara de que algo andaba mal, y tenía
que ser honesta. Leonard era un cobarde, pero también peligroso. Bear
tendría la opción de elegir si seguir con la cita, y de hacerlo, debía estar
preparado para cualquier eventualidad.
Con un suspiro, Fiona se decidió. Buscó el chat de la conversación
con el motero y le envió la dirección. Luego, esperó, encogida de temor y
desesperanzada. Era factible que él volara apenas viera el berenjenal en el
que se podía meter. No podría culparle.
A las 6:45, llamaron a la puerta. Fiona cerró los ojos y respiró
hondo, y luego abrió. Bear tenía un ramo de flores en la mano y una gran
sonrisa en el rostro. Esta expresión mutó al instante cuando vio el moratón
en su cara.
—Pero, ¿qué demonios...? Fiona, ¿qué te ha pasado, preciosa?
El hombrón dio un paso adelante, su voz cargada de preocupación, y
le acarició el rostro con infinita suavidad, recorriendo con su pulgar los
bordes de la piel magullada.
El gesto fue tan tierno que Fiona se sintió abrumada. Estaba tan
cansada de estar sola, de pretender ser fuerte todo el tiempo. Se dejó
envolver por esos brazos poderosos, buscando consuelo en el pecho amplio
de Bear, mientras él la abrazaba con firmeza, acariciándole el pelo y
presionándola contra su cuerpo.
Por primera vez en mucho tiempo, Fiona se sintió segura, como si
este abrazo fuese una crisálida suave pero protectora que impediría daño.
Una mujer podía soñar.
—Fiona, preciosa, ven, siéntate, por favor. Tienes que decirme quién
te ha hecho esto. Te prometo que me ocuparé de él—anunció con una voz
tan glacial que Fiona no tuvo inconvenientes en creerle.
—Mi exmarido... Leonard—Las palabras apenas salieron de su
boca, y la emoción amenazó con ahogarla, pero se tragó el sollozo—. Me
sorprendió en la calle... Soy una tonta por no haberlo visto venir.
Le vio cerrar los ojos y tragar aire con frenético impulso, como si
convocara la calma. Su cuerpo vibraba contra ella, y sus ojos duros se
llenaron de algo frío. Cólera.
—No eres una tonta, no quiero escuchar que dices eso de ti. Eres
hermosa y esto no es tu culpa—sus yemas dibujaron un círculo alrededor de
su ojo—. Ese… no se le puede llamar hombre. Esa bazofia es un cobarde.
Solo alguien sin honor golpearía a una mujer. ¿Dónde más te lastimó? Tal
vez es conveniente que te lleve a un hospital. ¿Le denunciaste?
Ella negó a todo. No tenía otros golpes, salvo las marcas de sus
dedos en un brazo, y no iría a un hospital ni acudiría a la policía. Esta no
había hecho nada antes, no podía esperar que fuese diferente hoy.
Lo único distinto era la preocupación genuina de Bear rodeándola
como un cálido manto. Él estaba furioso, lo veía en sus ojos, pero estaba
conteniendo su rabia por ella.
—Estoy bien. No es la primera vez—murmuró, aunque enseguida se
arrepintió de haberlo dicho.
—Voy a matar a ese bastardo. Lento, sin piedad—susurró Bear, su
voz baja y con ira.
—No, Bear, por favor. No quiero alimentar la violencia, ni
involucrarte. Pensé en cancelar nuestra cita, pero luego… Quería verte. Sé
que esto es una situación jodida, y no te voy a negar que temo que mi
exesposo nos siga y arruine también esto. Entenderé si no deseas…
—Te detendré ahí—dijo él—. Esperé esta oportunidad con ansias, y
no será un cobarde golpeador el que me impida estar contigo. Disfrutemos
de la noche, hablemos, olvidemos este mal rato, al menos por el momento.
Si esto arruina nuestra cita, él gana.
Ella asintió. Bear la miró con una mezcla de emociones que Fiona
no supo desentrañar, pero no había indicación de que retrocediera.
Sus dedos grandes se enredaron en su cabello, algo torpes, y luego se
inclinó para presionar un beso suave sobre el moratón en su ojo, como si
pudiera sanar sus heridas con un solo toque.
Fiona cerró los ojos, soltando un suspiro al sentir la calidez de su
piel contra la suya.
—Yo podría ir tras él—le dijo Bear en voz baja, su frente apoyada
en la cabeza de ella—. Estoy acostumbrado a lidiar con la violencia. Soy un
veterano de varias guerras. El club tiene los recursos para ubicarlo y hacerle
ver que tú ya no serás su bolsa de boxeo, Fiona.
Ella parpadeó, sin saber qué decir.
—Quiero olvidarlo—susurró.
—Así será. Esta noche, me enfocaré en ti, en protegerte. Sé que
apenas nos conocemos, pero… Siento que conectamos, que entre nosotros
podría surgir algo profundo. ¿Estoy siendo muy directo e intenso?
Ella sonrió, sintiendo el calor florecer en su pecho. Ella también
sentía lo mismo. ¿Era posible sentir que alguien era perfecto desde el
minuto uno? Sí, había una atracción física entre ellos, pero esto era más que
eso.
—No, no lo creo. Siento lo mismo.
—No voy a mentirte—dijo él con una sonrisa, sus ojos oscuros
llenos de intensidad—. Quiero mucho contigo.
—Yo también—murmuró ella, y luego se sonrojó.
Bear rio con suavidad, sus ojos brillando con ternura.
—Me encantaría besarte.
—¿Qué estás esperando?—respondió ella, atreviéndose a
provocarlo.
Él no perdió tiempo. Sus labios se encontraron con los de Fiona en
un beso suave que devino en apasionado en segundos. La abrazó con fuerza
por la cintura y la elevó sin esfuerzo, y Fiona le rodeó el cuello con los
brazos, sintiendo que la vida volvía a su cuerpo.
Era tan fácil perderse en él, en su protección, en su calidez. Bear la
besó una vez más, antes de sonreír y decir:
—Sabes tan rico que podría estar así por horas, pero tenemos una
cita que disfrutar.
Fiona río, pero luego su mano fue instintivamente a su ojo
magullado.
—Este ojo me hace sentir… incómoda. La gente va a mirarme. Y a
ti…—mordió el costado de su labio—. Van a pensar…
—Mm… Que el grandulón motero te golpeó. Doy el perfil, de
acuerdo con la mayoría de las personas.
—Hipocresía, eso es. Leonard viste de traje y sonríe todo el tiempo.
Nadie ve al monstruo debajo de la superficie.
—Sí, suele pasar. No te preocupes por nada. Conozco el lugar
perfecto—Hizo una pausa mientras la depositaba en el suelo—.
Empecemos de nuevo… Te ves muy bella, Fiona. Ese vestido te sienta
espectacular. Y esas flores no son ni la mitad de fragantes y bonitas que tú.
Ella rio suave y meneó su cabeza con coquetería.
—Los días se me hicieron largos, Fiona. No podía esperar para tener
esta cita contigo.
Ella sonrió, sintiendo que, tal vez, empezaba a recuperar el control
de su vida, y que Bear la ayudaría con eso.
SEIS.
La reacción de Fiona al ver su motocicleta fue tal y como esperó.
Una parte de él había temido que mostrara disgusto o molestia, y por tanto
esto constituyó una prueba. Exitosa, por fortuna para él.
Fiona había sonreído, plegando su falda alrededor de sus muslos, se
trepó a la Harley y se abrazó a él como si se le fuera la vida en ello.
Perfecto.
Se sintió perfecto, y Bear ronroneó de satisfacción al pensar que ese
asiento, de habitual vacío, se completaba con Fiona. El asiento destinado a
las viejas, ese era el trasero.
El que ninguna Conejita o ligue casual obtenía de un motero que se
preciara. No dudó en ofrecérselo en la primer cita. Eso era la señal de que
esta mujer se le metió bajo la piel al instante en que la conoció. Esperaba no
equivocarse.
Aceleró su chopper en dirección al restaurante, aunque una parte de
él quería seguir conduciendo la noche entera. Las vibraciones de su Harley
bajo él, el viento golpeándole la cara, y el cálido cuerpo de Fiona apretado
contra su espalda... Era una sensación increíble, adictiva.
Cada vez que sentía sus manos rodeándole la cintura, el calor de sus
muslos abrazando sus caderas, le recorría una descarga de adrenalina. Pero
había prometido darle una cita, y se aseguró de que sería perfecta.
Fiona era nueva en su vida, pero había agitado algo profundo dentro
de él. Cada vez que pensaba en ella, sentía una mezcla de emociones:
felicidad, deseo, ansiedad. Era como si su presencia lo electrizara, lo hiciera
vibrar de una manera que no podía controlar.
Bear no era un hombre de muchos pensamientos profundos; prefería
la acción. Mas con Fiona, todo se complicaba. Sus pensamientos sobre ella
eran tan confusos como intensos. No obstante, la claridad existía en un
aspecto: la protegería a toda costa.
Era hermosa, fuerte y dulce. Un milagro que alguien como él, con
un pasado teñido por la oscuridad de la guerra y con muertes en su espalda,
aunque fuera con la propiedad que daba el pertenecer al Ejército, hubiera
tenido la suerte de encontrarla.
Esta noche se aseguraría de que Fiona supiera lo mucho que la
deseaba. Mientras pensaba en esto, una sombra estaba presente en el
trasfondo. El cobarde, bastardo de su exmarido. ¡Se había atrevido a
dañarla!
Apretó sus puños en el manillar de la motocicleta, tensando los
músculos. No iba a permitir que ese malnacido volviera a tocarla. Mañana
tomaría cartas en el asunto.
Entendía que ella quisiera dejarlo a un lado y evitarle problemas,
pero Fiona no tenía idea de que Bear no temía a ese hombre ni a las
consecuencias de enfrentarlo.
Sí, se encargaría de esto. Haría que Skull rastreara cada movimiento
de Leonard, y lo mantendría lejos de Fiona a cualquier precio. Ningún
hombre volvería a lastimarla, funcionara esto con ella o no. No solo porque
le gustaba a morir, sino porque no era de hombres atacar a los débiles e
inocentes.
Aminoró la marcha cuando el restaurante estuvo enfrente. Había
elegido un pequeño local de diseño simple para su primera cita. Nada
ostentoso, pero acogedor y con una comida increíble.
La madera envejecida y los ladrillos daban un aire hogareño al
lugar, que además tenía un patio al aire libre desde donde se podía disfrutar
de la temperatura agradable y de las estrellas que tachonaban el cielo.
Era un sitio donde Fiona se sentiría cómoda, en especial esta noche
en la que ella tenía un ojo negro. Respiró hondo para reprimir las ganas de
gritar de frustración por ello, y se instó a la calma.
Apagó el motor y bajó, para luego, sin esfuerzo, rodear su cintura y
ayudarla a descender. Ella le dejó hacer con una sonrisa confiada que le
llenó de calidez el pecho. Una mujer resiliente, eso era esta diminuta
belleza.
—Eres muy fuerte—le dijo ella, acomodando su vestido.
Bear le guiñó un ojo y mostró su brazo, tensando su bíceps con
histrionismo.
—Mis sesiones de pesas están dando resultado.
Ella le rodeó el bíceps con ambas manos, sonriendo con coquetería.
—Definitivamente—aseveró.
Bear rio, complacido por la atención de Fiona. Le gustaba ella,
joder, y mucho, y lo encendía como ninguna antes. Eso era decir,
considerando que las Conejitas eran sensuales y no se guardaban nada, y
había participado en sesiones variadas.
Nada como esta sensación que aunaba el querer follar, acariciar con
ternura, besar, y disfrutar de la compañía. Con ella se le antojaba el combo
completo.
Le tomó la mano, sus dedos encajando con los de ella, mientras la
guiaba hacia la entrada.
—Este es mi restaurante favorito. No es el lugar más elegante, pero
aquí te sentirás bien. Nadie te va a juzgar ni a mirar mal, y te prometo que
la comida es una maravilla.
—Eso es bueno. Me encanta comer—dijo ella, riendo con suavidad
—. No soy de las que solo ingieren lechuga.
—Eso es lo que me gusta oír—respondió Bear, sonriendo con
amplitud.
El patio era su lugar favorito del restaurante, con las luces tenues
colgando entre los árboles y las mesas bien espaciadas, creando una
sensación de privacidad.
—Es precioso—murmuró Fiona, mirando hacia el cielo—. Las
estrellas, la tranquilidad... y compartirlo contigo.
—¿Conmigo? ¿Estás segura? No todos consideran adecuado un
motero tatuado y musculoso.
—Eso es lo que veo y quiero—dijo ella, sus ojos brillando con una
chispa de humor y algo más.
O eso quiso creer Bear. Sentía el deseo crecer dentro de él. Se
inclinó hacia ella y le tomó las manos sobre la mesa, acariciándolas con lo
que pretendió levedad, aunque fue torpe. Nadie con su tamaño podía lograr
delicadeza total.
—No te imaginas lo que siento al escucharte decir eso. De verdad,
soy afortunado. Eres una mujer preciosa.
El efecto de sus palabras se reflejó en las mejillas rojas y los ojos
que le miraron con fijeza. La tensión entre ellos era palpable, un tira y
afloja de deseo y emociones contenidas.
Eso era intenso y lo quería. Pero tenía que proceder con cuidado.
Ella había estado vulnerable en las manos de ese bastardo, y merecía que él
procediese con cautela y consideración. No sería un gilipollas que se
lanzaría sobre ella como un bulldozer, no.
El dueño del restaurante se acercó con una sonrisa.
—Encantado de verte, Bear. Veo que tienes muy buena compañía—
Dirigió su brillante sonrisa a Fiona—. Bienvenida, señorita, me encantará
atenderla. ¿Qué les apetece esta noche?
Fiona sonrió con timidez, y bajó su vista, su cortedad por el moretón
obvia, aunque el discreto propietario no dejó traslucir nada. Bear lo conocía
hacía mucho tiempo, y sabía que ni por un instante pensaría que había sido
él quien la golpeó.
—¿Qué me recomienda? Bear dice que todo es excelente.
—Voy a pecar de vanidad, pero concuerdo—sonrió el dueño—. El
especial de hoy es filete de la mejor carne del país con un puré de patatas
que es un sueño, más ensalada y pan casero.
—Suena divino. Lo quiero.
—Lo mismo para mí.
—Porción extra para el grandulón—guiñó un ojo a Fiona, que
cubrió su boca sonriente—. No queremos que pierda estado.
—No, para nada—dijo ella, su mirada sobre él, cálida.
—¿Y para beber?
—Solo agua para mí—dijo Bear, mirándola con intensidad—. Esta
noche llevo una carga preciosa en mi moto.
Fiona se sonrojó, y el propietario rio y asintió, para luego dejarlos.
—Gracias—susurró Fiona cuando se quedaron solos.
—¿Por qué?—preguntó él, extrañado.
—Por todo. Por tu ayuda con el coche, el paseo en tu motocicleta,
este lugar... Tu caballerosidad. No es usual.
Bear la miró a los ojos y vio la sinceridad en ellos.
—Te mereces esto y mucho más—dijo en voz baja, su mirada
clavada en sus labios.
—No puedes saberlo, no con seguridad... ¿No te has preguntado qué
hice para que Leonard…?
El estiró su brazo y colocó dos dedos sobre su boca.
—No, nena, no. En ninguna circunstancia voy siquiera a imaginar
algo tan ridículo y falso. La culpa es de tu ex, la responsabilidad está en él.
No en ti, nunca.
Sus ojos se llenaron de lágrimas y Bear sintió que la ternura y la
piedad se le mezclaban y le dejaban débil. Ella era como kryptonita para sus
sentidos.
—Me emociona tu fe en mí. Soy casi una desconocida.
—No. Dejaste de serlo en el instante en que nuestros ojos se miraron
en aquel estacionamiento. Lo siento así, y me gusta. Mis instintos no me
fallan. Me han salvado más de una vez, en la vida y en la guerra.
—Okay, esto es intenso, pero lo entiendo—ella asintió—. Me siento
cómoda y contenida contigo. Hablando de la guerra… Cuéntame más.
¿Cuánto tiempo serviste?
—Doce años. Me enlisté a los dieciocho. Pasé la mayor parte del
tiempo estacionado en Oriente Medio.
Los recuerdos de esos años llenaron su mente por un instante,
ensombreciendo su rostro.
—¿Qué hiciste allí? Si no te importa contarme… De lo contrario, lo
dejamos—dijo ella Fiona con suavidad, dándose cuenta de que tocaba una
parte vulnerable de él.
—Básicamente manejaba los vehículos en las asignaciones y
convoyes. Camiones, furgonetas con suministros... a veces, tanques.
Llevábamos a los soldados a las misiones.
—No puedo imaginar lo duro que debió ser.
—Lo fue, pero era mi deber—respondió él, aunque la tristeza
nublaba sus palabras—. La jerarquía, las órdenes, todo era claro. Pero a
veces era duro ver el sufrimiento, saber que había vidas inocentes atrapadas
entre los terroristas y nosotros. Tratábamos de hacer lo correcto, pero no
siempre era fácil.
—Confío en que hiciste lo mejor que pudiste dadas las
circunstancias tan terribles—le dijo Fiona, sus palabras llenas de una fe que
él no estaba segura de tener.
Le sonrió. Que creyera en él significaba más de lo que podría decir
en palabras. Su vida había sido una serie de decisiones difíciles, de
pérdidas, pero ahora, en este pequeño patio, con Fiona mirándolo y bajo la
noche estrellada, sintió paz. Y esperanza.
SIETE.
Comieron en silencio, disfrutando de la exquisita comida, y Fiona
tomó tiempo para pensar en lo que él le había contado.
Los recuerdos habían traído tristeza a los ojos expresivos de Bear, y
se dijo que tenía que conducir la charla por derroteros más amables para él.
—Mm, entonces, ¿trabajas en el taller que pertenece a tu club, los
Reyes?
La mención de su club devolvió la luz a la mirada masculina, y
Fiona tuvo claro lo importante que era para él. Era bueno comenzar a
conocerle un poco más.
—Así es. El club tiene varios negocios, todos legales, por cierto—
aclaró, y ella asintió.
Muchos de los clubes de moteros tenían ganada fama de criminales
que distribuían drogas o armas, pero no era el caso de los Reyes de
Sacramento, y esto era conocimiento extendido, aunque no todo el mundo
lo creyera.
—Yo vivo en una de las casas del club, un complejo donde también
viven otros miembros, mis hermanos.
—Hermanos. ¿Así es como os veis?
—Sí. Les confiaría mi vida, algo que no podría decir de parte de mi
familia de sangre. Comparto casa con un cateto, empero, un gilipollas que
se empeña en hacerme la vida imposible. Joker—Puso los ojos en blanco.
—Vaya apodo. Lo dice todo.
—Sí. De todas maneras, mi situación va a cambiar pronto.
Ella se le quedó mirando, desconcertada.
—¿Qué quieres decir?
—Me mudaré en breve. Tengo una casa, la estoy reparando. Está
casi terminada.
—¿También reparas casas?—Guau, sí que era el paquete completo
—. ¿No estás casado o comprometido para hacerlo?—inquirió, ojos
entrecerrados.
—¡Claro que no!—negó, enfático—. No saldría contigo si lo
estuviera.
—Supongo que no.
Se sintió tonta por preguntar, pero no podía ser demasiado
precavida.
Él terminó de comer y se limpió la boca con una servilleta, con
cuidado y sin prisas.
—No he sido un monje. Al contrario. Me gusta el sexo, y lo he
practicado, mucho. Las Conejitas del club… No son tímidas y nos rodean.
Pero esa vida quedará atrás si esto—señaló a los dos—, prospera, como
deseo. Estoy seguro de que nos haríamos felices, lo siento aquí—se tocó el
corazón y palmeó, y Fiona parpadeó, azorada.
Guau. Simplemente... Guau. Sus palabras contenían promesas.
¿Hacerla feliz? Ningún hombre le había prometido eso.
Hacía mucho había creído que el matrimonio significaba la
felicidad, y se había casado con su ex. Lo que hubo fue tristeza y golpes.
Bear le mostraba otra faceta, le hacía pensar y desear. ¿Era absurda
por querer confiar, por querer creerle?
¿Podía fiarse en él? No lo sabía, no había certezas, pero estaba
inclinada a darle la chance de demostrar lo que anunciaba.
—Tengo preguntas—dijo.
—Es lógico, y estoy dispuesto a contestar lo que quieras sin
dobleces. Dispara.
—¿Quiénes son las Conejitas?
Estaba segura de que era jerga de club, y no le gustaban las
implicancias.
—Habitués de la casa club. Mujeres que vienen al club a echar un
polvo. Algunas quieren disfrutar del sexo, y de tantas…—la observó—
pollas como puedan. La mayoría quieren ganarse el estatus de viejas. Pescar
alguno de los moteros.
Ella se le quedó mirando, alelada.
—¡Eso es asqueroso! ¡Denigrante! Las mujeres no somos objetos.
—Lo sé, Fiona—él hizo un gesto de pesar y suspiró—. Mira, es algo
habitual en este tipo de clubes. Créeme que ninguna va obligada ni es
prostitución. Las mujeres tienen deseos y no se limitan. Algunas quieren
follar y otras no dudan en tomar lo que quieren. Son libres. Vienen al club
como si fueran a una discoteca. No sé. Les gustan los moteros.
—Bueno, yo no lo entiendo y…—se enderezó y le miró con
seriedad—. No soy así de liberal ni buena para un polvo. No opero a nivel
básico, mis emociones…
—Oh, pero eso lo sé y me encanta, Fiona. No te habría subido a mi
motocicleta ni estaríamos aquí si pensara diferente. Sé distinguir una piedra
preciosa entre las falsas.
Okay, eso eran palabras bonitas y la tranquilizaban. Era cierto, él
estaba haciendo mucho por ella y no le había hecho insinuaciones más allá
de mirarla como si quisiera devorarla.
Y, en verdad, le gustaba gustarle. Sonaba un trabalenguas, pero su
cabeza lo entendía.
—No aceptaré nada que no me haga feliz. ¿Tienes planes para
lograrlo?—le inquirió, y la sonrisa en el rostro masculina la hizo
estremecerse.
Su expresión predatoria era tan sexi, joder. Fiona sintió que sus
pezones se endurecían y su intimidad pulsaba.
—Tengo varias cosas planeadas. Primero, te llevaré a mi casa.
—No creo que sea buena idea conocer a ese... Joker.
—A mi casa, la que te conté. Estuve allí antes de pasar por ti. Me
aseguré de que estuviera prolija y con todo lo que necesitamos. Te quiero en
mi cama, Fiona. Voy a hacerte mía de maneras que no conoces, y voy a
demostrarte que voy en serio.
—¿Cómo sé que no es un simple plan de follarme y adiós?—acotó,
frunciendo el ceño.
Que anhelara estar en sus brazos no significaba que le haría el
camino fácil.
—Tendrás que confiar en mí, y tus instintos te contarán que no
miento—Él se puso muy serio y tomó su mano—. No miento, Fiona. Sé que
dudas y está bien, pero ya verás que no engaño ni doy falsas expectativas.
Te quiero a mi lado. Quiero que follemos y a salir, a divertirnos juntos, a
acompañarnos. Veremos a qué nos conduce eso.
—Suena como un buen plan—dijo, su voz débil, sus manos
temblando con las imágenes que él puso en su mente.
—Hemos terminado aquí. El postre es en otra locación, Fiona—
indicó mientras llamaba a la mesera y se ocupaba del pago.
En un par de minutos estaba subida en su moto, abrazada a su
cuerpo, y más cachonda a cada minuto que pasaba. Las vibraciones de la
gran moto no ayudaban a calmar su excitación.
Una media hora más tarde circulaban por un vecindario muy limpio,
iluminado y de casas con jardines, y él maniobró en el camino de entrada de
una de estas. Fiona la miró con asombro luego de quitarse el casco.
—No te imaginaba en una casa como ésta. Es tan... normal.
—Sí, lo entiendo. Me gusta el vecindario. ¿Sabes qué imagino desde
que te conocí? Te veo aquí conmigo, desayunando, o los dos en mi sofá
mirando algún programa tonto mientras nos besamos.
Bear era super intenso, joder, y hablaba de cosas que Fiona ansiaba.
Pero parecía demasiado pronto, tenía dudas.
—No digas esas cosas—susurró ella—. Vamos con pequeños pasos,
¿sí?
No quería tener expectativas irreales. Pasos de bebé era lo que
necesitaba, y él parecía tener botas de siete leguas.
—Sé lo que quiero, Fiona. Te quiero a ti. Entera. No sólo tu cuerpo,
aunque es mi principal objetivo ahora mismo. Pero claro que entiendo tu
incertidumbre. Fluyamos, hermosa.
Sus labios se entreabrieron y sintió que la humedad inundaba sus
bragas con sólo escucharle. Y cuando él la hizo ingresar, se quedó de boca
abierta. El interior era encantador, y parecía listo para ser habitado.
—¡Me encanta! Se ve y se siente acogedor. ¿Tú lo decoraste y
compraste…?
Señaló los cojines y mantas coloridas, además de adornos y cuadros.
Él asintió, su rostro reflejando el orgullo.
—Me alegra que te guste. Me siento cómodo aquí, y tú te ves
perfecta entre mis objetos.
Se acercó con la cadencia de un felino y la envolvió por la cintura,
bajando su boca para que sus labios de unieran en un beso abrasador, que
enervó cada parte de Fiona.
Sin aire, sin imágenes mentales, sin tono corporal, así se sintió
doblegada contra su pecho, elevada unos centímetros para compensar su
diferencia de altura. Todos sus sentidos estaban en alerta máxima,
esperando más.
Cuando él retrocedió, sin dejar de mirarla, y se quitó la camisa, lento
y pausado, Fiona pasó su lengua por sus labios resecos, tanto como su
garganta. Sin camisa, era enorme. Un guerrero. Un vikingo. Un dios.
Músculos sobre músculos, bellamente decorados con tatuajes,
algunos coloridos. Vello oscuro en sus pectorales; un pack de abdominales
bien trazados, y la V que bajaba desde sus caderas a su pelvis marcada a la
perfección.
Fiona no había sentido deseos de recorrer un cuerpo masculino
antes, pero con Bear… Quería lamer su piel desde la clavícula hasta la
ingle, siguiendo las líneas de sus tatuajes.
Estaba congelada como una presa frente a un depredador, pero no
tenía miedo. Quizás un poco insegura. Él era guapísimo y ella tenía sus…
problemas. No era una modelo; tenía muslos suaves, vientre redondeado y
celulitis natural.
Tragó saliva, esperando a que él la alcanzara. Cuando lo hizo, sus
poderosos brazos la levantaron al estilo nupcial y la llevó al dormitorio
como si de una recién casada se tratara. Algo que su exesposo no había
hecho, por cierto.
La puso en pie con reverencia y volvió a besarla, sus labios gruesos
envolviendo los suyos más pequeños, succionando uno y otro, su lengua
entrando en su boca con propiedad, encendiéndola.
Al mismo tiempo, sus manos buscaron la cremallera de su espalda.
Tardó segundos en dejarla en sujetador y tanga, expuesta a su mirada
hambrienta.
—Joder, ¡qué bella mujer eres!—Una de sus manos le cogió la
coleta y le soltó el cabello, que se derramó sobre los hombros y espalda—.
Preciosa.
Sus pulgares le rozaron los pezones y ella gimió cuando sintió como
si una onda expansiva le recorriera desde los picos hasta el coño.
Sin dejar de mirarla, como pidiendo autorización para cada paso, le
quitó el sujetador y entonces le apretó los pechos desnudos, acariciando los
suaves montículos mientras su lengua descendía para lamer las cumbres.
—Bear…—gimió ella, estremecida, sobre los dedos de sus pies.
—Steve, Fiona. Di mi nombre.
—Steve…
—Eso es… Suena divino en tu lengua—se arrodilló y la miró con
ojos oscuros de deseo—. Quiero que grites mi nombre cuando te devore
entera.
Abrió su boca y le mordió el monte de Venus, mojándolo a través de
la tela. Luego sus manos rasgaron el diminuto tanga, le separaron las
piernas y hundió la cabeza entre sus muslos, su lengua en busca de su coño.
—Steve... Oh, Dios...—graznó, y tragó saliva, excitadísima.
La lengua y sus dedos trabajaron juntos para abrir sus labios
vaginales, y pronto Bear se estaba dando un festín con ella.
—¡Tan húmeda para mí! ¡Qué delicia!
Su voz era más como un ronroneo, y Fiona sintió que se derretía.
Rodeó y acarició su vulva, centrándose en su clítoris, que pronto se hinchó
y palpitó de necesidad.
Fiona podía sentir que el orgasmo se construía y que su cuerpo
hormigueaba y palpitaba. Se la estaba comiendo viva, devorando su núcleo
con el hambre de un hombre desnutrido mientras sus dedos pellizcaban sus
pezones y acariciaban sus curvas.
—¡Steve! ¡Oh, joder…! Voy a...
Gritó. Su cerebro se convirtió en papilla mientras oleadas de placer
se abatían sobre ella. Le enterró los dedos en el pelo y le empujó más
adentro, a horcajadas sobre su boca, hasta que explotó.
Se estremeció y su cuerpo se sacudió con la fuerza del orgasmo más
intenso de su vida. Voló, no había otra palabra que describiera la sensación
de flotar de placer.
—Eso, córrete en mi boca, hermosa—dijo él, con el dedo ocupando
el lugar de su boca—. Este es mejor postre. Lo rico que sabes, de maravilla,
Fiona. Quiero comerte una y otra vez, día sí y otro también.
Su voz era cruda y profunda, la lujuria evidente en su rostro y la
excitación en sus palabras. Ella terminó de palpitar y sonrió, sintiéndose
mareada y débil.
—Steve... Eso fue...
—Increíble. Eres tan bella cuando te dejas ir. Me vas a hacer adicto
a mirar tu rostro mientras te devoro. Tu dulce coño es mío, nena. Voy a
darme tanto festín que me permitas.
—¿Quién soy yo para negártelo?—dijo ella, soltando una risita y se
desplomó sobre la cama.
Él se incorporó y se apresuró a quitarse sus jeans, bajo los cuales iba
comando. Desnudo, con la polla completamente erecta, era una vista
espléndida.
Su miembro era largo y grueso; Fiona podía ver las venas palpitando
y la corona, morada e hinchada, con algunas gotas de líquido preseminal en
la pequeña raja de la punta.
—Mm, el momento de la venganza—dijo, con una sonrisa traviesa
dibujándose en su rostro, y se levantó, instándolo a venir a ella con su
índice curvado.
—Oh, Fiona… No sabes lo que he imaginado tu boca en mi polla.
Vino a ella con su mano en la base de su pene, y Fiona se
estremeció, aunque no lo evidenció.
—Me siento generosa y me gusta pensar que haré realidad tus
sueños—dijo ella, y tomó su polla, acariciándola y apreciando la textura y
el grosor.
Lo masturbó lento, maravillada al ver cómo se hinchaba. Entonces
puso la lengua a trabajar, primero probando el semen, lamiéndolo, rodeando
el glande. Luego se volvió codiciosa y avanzó sobre el largo, devorando la
polla hasta la mitad, y casi se atragantó.
—Tranquila, nena. No te apures. ¡Oh, sí! Así... Dios, tienes la boca
tan caliente. Sí, Fiona, eso...
Hizo lo que pudo para devorarle la polla completa, pero era enorme.
Quería darle el mismo placer que obtuvo, así que intentó relajar la garganta
para evitar el reflejo de vómito.
Tragó centímetro a centímetro hasta que su nariz chocó con su
pelvis, haciéndole gemir. Las caderas de Bear se hamacaron con suavidad y
Fiona usó su otra mano para acariciar sus testículos.
Los gemidos de Bear la encendían, y se sintió poderosa. Estaba
haciendo suplicar y graznar a este gigante.
—Fiona... Oh, joder... Oh, Dios... Eso es tan rico, tan bueno, nena...
Pero quiero correrme dentro de ti—dijo, y se retiró, haciendo que Fiona
chasqueara su lengua con molestia.
Bear sonrió mientras abría el cajón de la mesita de noche y cogía un
preservativo, que se colocó con precisión. Luego se tiró en la cama y se
tumbó boca arriba.
Parecía una estatua griega, perfecta en tamaño y proporciones, y
Fiona tragó saliva ante el espectáculo.
—Eres un hombre tan guapo y grande como un oso.
—Pero sin sus garras, y una mascota en tus manos—susurró.
Ella gateó y se montó sobre él, frotándose en su pelvis, sobre su
polla, moviéndose adelante y atrás, sintiendo su suavidad acariciando su
clítoris.
Luego se levantó unos centímetros para tomar el falo y lo ubicó en
la boca de su vagina, y sin más dilaciones, lo tomó, su coño devorándolo
por completo.
—¡Ahhh, joder…! Joder, qué coñito tan estrecho. Un guante de seda
para mi polla. Móntame, eso, nena—gimió, tirando de ella hacia su pecho
para besarla profundamente, enredando sus lenguas mientras una mano le
chasqueaba las nalgas.
—Cabalga, Fiona, anda. Fóllame fuerte, quiero verte en mi polla.
Ella no necesitó más aliciente. Sus palabras, sus caricias y las
increíbles sensaciones que despertaba su polla la llevaron a un nuevo
orgasmo, una experiencia estremecedora que sacudió su cuerpo.
Gritó y casi lloró, y entonces escuchó su grito crudo y sintió cómo él
se aquietaba y palpitaba, obviamente descargándose en ella.
Se desplomó sobre su pecho, aun temblando, y él la abrazó, le
acarició el pelo y le susurró las palabras más dulces al oído. Se sintió
completa, satisfecha, sexi.
—Sabía que juntos seríamos dinamita—susurró Bear y rio entre
dientes—. Eres la mujer más sensual, Fiona. Me vas a matar porque quiero
esto todos los putos días hasta que me muera. ¿Fue bueno para ti también?
La preocupación en su voz la hizo sonreír.
—El mejor sexo de mi vida. Me has arruinado para otros hombres.
—Esa es la idea. Tú eres mía. No habrá otros, acostúmbrate a la
idea.
—Puedo entender esas palabras durante el sexo, Steve. Pero no
digas cosas así…
Ella no quería que esto fuera el comienzo de otra relación posesiva.
Un matrimonio tóxico había sido suficiente.
—Lo que quiero decir es que deseo que seamos exclusivos. Tú y yo.
Quiero muchas noches y días contigo, Fiona. No eres un ligue o un rollo de
una noche para mí.
—Tú también eres más que eso para mí, Steve—respondió.
Le cogió la barbilla y la rodeó por la cintura, atrayéndola hacia él, y
luego la besó suavemente.
—Quédate conmigo, Fiona. Quiero hacerte el amor toda la noche.
Te quiero en mi cama.
—Será un placer.
Claro que lo era. Sonrió, y se recostó a su pecho, y él la abrazó. En
segundos, roncaba, y ella sonrió.
Esto parecía tan doméstico. Podía imaginarse en sus brazos,
despertando y desayunando juntos. Podía verse en la vida de Bear.
Rogó para que esto tuviera futuro.
OCHO.
Bear estacionó su Harley en el aparcamiento del club y se estiró,
dejando escapar un bostezo. Apenas había dormido la noche anterior, pero
la razón de su insomnio era la mejor de todas.
Sonrió, su mente fija recordando la noche compartida. Hostia puta,
se sentía como un niñato, pero, en rigor, ella era la primer mujer que le
importaba de verdad.
El sexo con Fiona había superado cualquier fantasía que había
tenido. La mujer era un huracán de pasión, dulzura y calor. Pasaron la
noche juntos, enredados entre las sábanas, despertándose para hacer el amor
en repetidas ocasiones.
El amanecer los sorprendió compartiendo el desayuno antes de que
él la llevara de vuelta a su casa. Y ya la extrañaba.
Suspiró, sin preocuparse. Sí, se le había metido bajo la piel, y no
había forma de sacarla. Pero eso le parecía bien. De hecho, le encantaba la
idea de que ella formara parte de su vida.
Esta noche volvería a verla, y la simple idea lo mantenía en tensión,
contando los minutos para tenerla de nuevo en sus brazos.
Pero antes, tenía un asunto que resolver. Leonard, el cabrón de su
exmarido era un problema que no podía ignorar. El solo pensar en ese
malnacido le hacía hervir la sangre. Anoche mismo en un momento había
enviado mensaje para que buscaran cada dato posible sobre él.
Fiona era suya, y nadie la lastimaría nunca más. Si era necesario se
mudaría a su casa para protegerla, o mejor aún, la llevaría a vivir con él.
Ahorrarían tiempo... y él podría asegurarse de que siempre estuviera a
salvo.
La sonrisa en su rostro se ensanchó al imaginarla en su cama, en su
casa. Pero sacudió la cabeza. Tenía que calmarse. No podía apresurarse.
—Hacía tiempo que no te veía tan pensativo. En rigor, no sé si te he
visto así antes—le dijo Fury, apareciendo a su lado por sorpresa.
Bear se sobresaltó. Había estado tan absorto en sus pensamientos
que ni siquiera lo había visto llegar.
—Tengo algunas cosas en la cabeza—le respondió, chocando su
hombro con el de su amigo—. Un asunto que me preocupa.
—¿Problemas?—Fury lo miró con atención—. Sabes que cuentas
con la ayuda del club.
—Lo sé. Y de hecho, podría necesitarla cuando Skull consiga la
información que le pedí—admitió Bear, mientras caminaban hacia el local
del club.
—¿Tiene algo que ver con ese automóvil que estás reparando?—
preguntó Fury, con una sonrisa de complicidad.
—Ah, joder, ya lo sabes. Hay tanto cotilleo en el club como en un
pueblo pequeño—Bear sacudió su cabeza y esbozó una sonrisa torcida—.
Sí, tiene que ver con la dueña del coche.
Entraron en el club, y el ambiente los envolvió de inmediato. La
música alta, el ruido de risas y voces masculinas resonaban entre las
paredes. Un día típico en la sede de los Reyes de Sacramento, aunque en
este se determinaría el futuro del club.
—Baldie, mira quién ha llegado—gritó Ice desde el otro lado del
salón—. Llegó la autoridad mayor. Ya podemos comenzar la reunión.
El club estalló en silbidos y gritos de apoyo. Hoy era especial para
el club. Patriot iba a proponer a Fury como el nuevo presidente del club, de
manera oficial.
La elección sería un mero trámite, una formalidad necesaria para
cumplir con la tradición. Fury era el hombre adecuado para el puesto, Bear
lo tenía claro.
El club necesitaba un líder como él: leal, inteligente y justo. Fury no
dudaría en tomar decisiones difíciles, y eso era lo que se necesitaba en
tiempos complicados.
—Vale, cabrones, ¡reunión en diez!—gritó Patriot, y los moteros
comenzaron a reunirse en círculo, listos para la votación.
Mientras se organizaban, Skull se acercó y se sentó junto a Bear.
—He conseguido lo que me pediste—le dijo, en tono bajo—. Tu
intuición estaba en lo cierto. Ese hombre es un cabrón. Tiene deudas en
todas partes, y una orden de alejamiento de una mujer en Florida, hace
algunos años. Pero hay más...
Skull se movió inquieto en su asiento. Bear frunció el ceño.
—Escúpelo.
—Fiona lo denunció varias veces a la policía. La última vez fue
hace dos años. Le hizo mucho daño, Bear. Vi las fotos...—sacudió su
cabeza.
—¡Ese hijo de puta!—siseó Bear, apretando los puños.
¿Por qué Fiona no le había contado lo grave que había sido la
situación? Le hervía la sangre al pensar en lo que ese bastardo le había
hecho.
—¿No te lo dijo?—preguntó Skull, arqueando una ceja.
—No lo mencionó. Pero estaba angustiada y quería olvidarlo.
—No me sorprende. Las mujeres tienden a sentirse culpables en
casos así. Absurdo, pero hay gente que pone la responsabilidad donde no
corresponde. La misma justicia lo hace. Las víctimas tienen que demostrar
que lo son—resopló, y Bear asintió.
Skull decía la verdad.
—Y los bastardos como ese Leonard saben cómo aprovecharse del
miedo y la bondad de las mujeres. Voy a encontrar a ese hijo de puta y voy
a partirle la cara. Lo haré pedazos si lo veo cerca—gruñó Bear, su
mandíbula tensa.
—Tengo su número de cuenta y puedo rastrear su teléfono. Podemos
encontrarlo cuando quieras—dijo Skull, tranquilo, pero con una mirada
seria.
Bear asintió, justo cuando comenzaba la reunión. Dejó el tema por
un rato, obligándose a concentrarse en los asuntos del club.
Patriot comenzó a arengar a los asistentes y el clima se hizo
increíble. Bear se sumó a la algarabía, y cuando Fury fue nombrado
oficialmente candidato a la presidencia, y todos los moteros levantaron la
mano para votar a favor, los gritos y aplausos llenaron el lugar.
Bear sintió el mismo orgullo que el resto de sus hermanos. El club
estaba en buenas manos, eso era obvio, y sería bueno para todos.
Fury se puso de pie, levantando una mano para calmar los vítores.
—Esta noche es solo el principio, hermanos. Estoy agradecido por
su confianza. Seré un líder fuerte, pero necesitaré su ayuda. Juntos,
enfrentaremos lo que venga. Confío en ustedes con mi vida.
—¡Y nosotros confiamos en ti!—gritó Bear, mientras el resto de los
moteros rugía en aprobación.
—Tenemos que lidiar con esos cabrones de los Jinetes—intervino
Hustle—. Ese será tu primero desafío, Fury. Los cabrones están trayendo
drogas a nuestra ciudad y arruinando vidas.
—Lo haremos—afirmó Fury, su expresión decidida—. Destruyen
familias, y eso no lo toleraremos. Somos fuertes, tenemos las habilidades.
Fuimos soldados leales, y seremos civiles comprometidos. Haremos que se
detengan.
—Ciudadanos modelo con tatuajes y motocicletas—rio Baldie.
—Hoy celebramos, hermanos—continuó Fury, con una sonrisa—.
Mañana hacemos planes.
—¡Y esta noche, disfrutamos de las Conejitas! ¡Habiliten la entrada,
joder!—gritó Joker, provocando oleadas de risas.
Bear estaba a punto de unirse a las bromas cuando su teléfono vibró.
Lo miró distraído, pero al leer el mensaje, su rostro cambió de inmediato.
Era de Fiona.
FIONA: Steve, necesito tu ayuda. Mi ex está pateando la puerta.
Está furioso. No creo que la puerta resista.
El mundo de Bear se detuvo por un segundo. Todo lo demás
desapareció. Se levantó de un salto, tirando la silla al suelo, y su cuerpo se
tensó con una furia incontenible.
Los demás lo miraron, alertados por el cambio repentino en su
comportamiento. Sin perder un segundo, mientras corría, envió un mensaje
de audio a Fiona:
STEVE: Resiste, preciosa. Estoy en camino. Pon una silla en la
puerta y enciérrate en el baño. Voy por ti.
—¡Skull, vamos—rugió, corriendo hacia la puerta del club.
El ruido detrás indicó que lo seguían, pero no dio la vuelta, estaba
demasiado enfocado en llegar a ella. La rabia, la preocupación y la urgencia
lo consumían.
Subió a su Harley y la encendió, el rugido del motor un eco de la
tormenta interna. Cuando maniobraba para dejar el club, vio que Patriot,
Fury, Baldie y Skull ya estaban montados en sus motos, listos para seguirlo.
—Estamos contigo, Bear—gritó Fury, acelerando a su lado.
Bear asintió, sin necesidad de palabras. Apretó los dientes y aceleró
a fondo, el viento azotándole la cara mientras se lanzaban hacia la carretera.
Tenía que llegar, tenía que impedir que ese bastardo la golpeara. Iba a
matarlo si era necesario.
NUEVE.
Fiona había estado en las nubes desde que Bear la dejó junto a su
puerta esa mañana tras un beso suave de despedida y prometiéndole que
volvería por la noche. Apenas podía esperar para verlo de nuevo.
La noche que habían pasado juntos la había marcado, llenándola de
emociones y deseos que hacía tiempo no experimentaba. Se estaba
enamorando perdidamente de ese enorme y sexi motorista que,
sorprendentemente, era tan amable como fuerte.
Sus sentimientos eran una mezcla de placer, excitación, ansiedad,
alegría... y miedo a perderlo. Bear se había comportado como un caballero,
uno de esos modernos e irresistibles: educado, respetuoso, apasionado, y
ardiente en la cama.
Su cuerpo temblaba al recordarlo. Sus manos grandes acariciando
cada parte de su piel, los labios ardientes pero tiernos sobre los suyos, la
forma en que la hizo sentir deseada y cuidada. Era demasiado bueno para
ser verdad.
No era una mujer que se entregara con facilidad. No aceptaba
relaciones casuales, necesitaba sentir una conexión profunda antes de
intimar con un hombre, y construir esa confianza llevaba tiempo, algo que
muchos no querían sacrificar.
Bear… Steve, se dijo, era diferente. Desde el primer momento en
que le sonrió, algo dentro de ella se había rendido. Aquella mezcla de
fuerza y ternura en su gigante cuerpo la hacía sentir segura, algo que no
había sentido en años.
Sin embargo, una sombra oscura se cernía sobre su felicidad.
Leonard, su exmarido. El miedo siempre estaba ahí, agazapado,
recordándole que el pasado seguía persiguiéndola. Su sonrisa se desvaneció
por un momento mientras pensaba en lo que podría salir mal.
La llamada a su puerta la arrancó de sus pensamientos. El golpe fue
fuerte, demasiado fuerte. Fiona se detuvo antes de abrir, su instinto
gritándole que tuviera cuidado.
El temor que nunca se iba asomó su fea cabeza. Caminó de puntillas
hasta la puerta y miró por la mirilla. Su corazón se detuvo al verlo allí.
Leonard. Dios, era como si le hubiese convocado al pensar en él. Su
respiración se volvió irregular, el corazón acelerándose en su pecho como si
intentara escapar.
Se llevó una mano allí, tratando de controlar el pánico. No puede
tocarme. Estoy a salvo.
—¡Sé que estás ahí, zorra!—gruñó él—. ¡Puta! Te vi con ese
motorista, una basura. ¿Eres una maldita prostituta ahora?
Fiona se instó a tragar su miedo para responder, sabedora de que él
se vanagloriaría de provocarle terror. Con su voz más segura gritó:
—¡Vete de aquí! Voy a llamar a la policía. Te estás metiendo en
problemas.
La respuesta de Leonard fue una patada violenta contra la puerta, un
golpe tan fuerte que hizo temblar el marco y la hizo caer sobre el suelo de
espaldas. El pánico la paralizó por un momento.
Las lágrimas llenaban sus ojos mientras escuchaba los gritos
maníacos de Leonard.
—¡Eres mía, Fiona! ¡Te voy a destrozar! ¡La policía no se molesta
con putas como tú!
Se arrastró hacia su dormitorio, con las manos temblorosas, y cerró
la puerta de un golpe. Debía pedir ayuda. Con los dedos torpes, cogió el
móvil y marcó el número de Bear, pero él no respondió.
Entonces le envió un mensaje de texto desesperado, sus manos
temblando tanto que le costaba escribir. Los gritos de Leonard se hacían
cada vez más fuertes, y las patadas en la puerta resonaban como truenos.
Estaba a punto de romperla.
Fiona empujó una silla bajo el picaporte del dormitorio y corrió al
baño, encerrándose allí. No tardaría mucho en entrar. Quizás los vecinos ya
habían llamado a la policía.
Lo que más temía era lo que Leonard podría hacerle si lograba
ingresar. Se llevó las manos al rostro, ahogando un sollozo. Bear, necesitaba
que llegara pronto.
Su móvil sonó de repente, sobresaltándola. El alivio le recorrió el
cuerpo cuando escuchó la voz profunda de Steve en el mensaje de audio:
STEVE: Resiste, preciosa. Estoy en camino. Pon una silla en la
puerta y enciérrate en el baño. Voy por ti.
Los minutos parecieron horas. El estruendo afuera de la puerta del
baño era ensordecedor, y escuchó la puerta principal romperse con un
crujido. ¡Leonard estaba adentro!
—Te haré pagar, Fiona—escuchó la voz más cerca y el terror la
envolvió como una nube oscura.
No había adónde escapar. ¿Y si Bear no llegaba a tiempo? No, no
quería esta pesadilla otra vez, no. La tensión se hizo tan pesada que lloraba
sin remedio, en silencio, las manos en su boca.
De repente, el ruido cambió. Voces, golpes, sonidos de lucha,
muebles moviéndose. Algo estaba pasando al otro lado de la puerta, pero no
se atrevió a abrir para verlo.
Se quedó en la bañera, con la espalda contra los azulejos, respirando
con dificultad, hasta que escuchó un golpe seco en la puerta del baño.
—Fiona, cariño. Ya estás a salvo. Abre, soy yo, nena, anda.
—¿Steve? ¿De verdad eres tú?
Fiona temblaba, pero esa voz grave era inconfundible, y sus
palabras suaves la inundaron de alivio.
Se incorporó y se tambaleó hasta la puerta, que destrancó con dedos
temblorosos. Bear estaba allí, más grande y formidable que nunca, sus ojos
llenos de preocupación sobre ella.
Sin pensarlo dos veces, Fiona se lanzó a sus brazos, hundiendo su
rostro en su pecho. Él la rodeó con sus brazos, sosteniéndola con firmeza
mientras acariciaba su cabello.
—Estás a salvo ahora, nena. Ya no tienes que preocuparte.
—¿Ella está bien?—preguntó una voz masculina profunda desde la
puerta del dormitorio.
Fiona levantó la vista y vio a un hombre alto, casi tan imponente
como Bear, observándolos con una mirada tranquila pero comandante.
Había algo imperioso en él, aunque gentil.
—Ese es Fury, el presidente de los Reyes—le dijo Bear—. Él y los
muchachos me ayudaron a resolver esta situación.
—Gracias—susurró Fiona, sintiendo las lágrimas arder en sus ojos.
Estos hombres la habían salvado. No tenía una duda de que si
Leonard la hubiese alcanzado la habría molido a golpes.
—No tienes que preocuparte más, querida. Esa basura no volverá a
molestarte—le dijo Fury con una sonrisa tranquilizadora—. Nos
aseguraremos de eso. Los Reyes cuidamos a los que son familia, y tú lo eres
—indicó.
Bear la miró con intensidad.
—Voy a encargarme de ese cabrón en persona. No volverá a hacerte
daño, te lo prometo.
—Bear, ten cuidado. No quiero que te pongas en peligro por mi
culpa.
Bear la miró con una mezcla de ternura y determinación.
—Es un cobarde, Fiona. No te preocupes por mí. Ahora tienes a los
Reyes de tu lado. Estás protegida.
Fury asintió.
—Lo dicho. Lo que preocupa a Bear, también a nosotros. Y parece
que te ha reclamado—sonrió.
Bear asintió antes de mirar a Fiona.
—Es verdad. Ella es mi vieja, si así lo acepta.
Fiona no pudo evitar sonreír, a pesar de la tensión en el aire. Estos
hombres, tan intimidantes eran protectores, y se asegurarían de que su larga
pesadilla terminara. Nunca había sentido tanto alivio en su vida.
En la puerta, apareció otro motero, moreno y con una gran sonrisa.
—¡Vaya, vaya! Así que esta es la famosa Fiona. Bear no para de
hablar de ti, ¿sabes? Soy Baldie, el más guapo y simpático de los Reyes.
—Imbécil—gruñó Bear, rodando los ojos—. No molestes a Fiona.
—Hola, Baldie—dijo Fiona, sonriendo—. Gracias a todos por
ayudarme. De verdad, estaba aterrada.
—Lo hiciste bien, nena—dijo Bear, levantándola con suavidad para
llevarla al dormitorio—. Lo más importante es que estás intacta, y que yo
estoy aquí.
Bear la mantuvo en su regazo mientras se sentaban en la cama,
sosteniéndola con fuerza.
—Me encargaré—dirigió una mirada severa a Fury y Baldie, que
sonrieron y se retiraron. Él la acarició—. Casi me vuelvo loco cuando recibí
tu mensaje, cariño. Nunca había manejado mi Harley tan rápido.
Fiona suspiró, relajándose en sus brazos.
—Sabía que vendrías. No había duda en mi mente. Pero no sabía si
a tiempo.
Se estremeció.
—Vamos a encargarnos de Leonard. Te lo prometo. No te volverá a
hacer daño.
—Steve... Gracias…—comenzó Fiona, su voz suave, sintiendo que
mil emociones la recorrían, aunque una predominaba.
Este hombre dominaba su cabeza.
—No me agradezcas. Cuido lo que quiero.
—Yo… Confieso que me estoy enamorando de ti, fuerte y rápido. Y
eso... me asusta.
Bear la miró con ternura, acariciando su rostro con suavidad.
—Oh, Fiona. No te asustes. Porque yo ya me he enamorado de ti, y
ha sido una caída dura y rápida para un hombre como yo. Y no podría estar
más feliz.
Fiona sonrió, y antes de que pudiera decir más, lo besó con pasión.
Estaba segura de una cosa: Bear era su refugio, su protector.
Le besó con fiereza y derritiéndose contra sus pectorales, sus manos
deslizándose bajo su chaqueta.
—Cariño, deja que me asegure de que mis hermanos encuentren la
puerta. Pueden ser muy cotillas.
Sonrió, y le vio ir al cuarto de estar, desde donde hubo silbidos y
voces. No tenía idea dónde tenían a Leonard, o qué harían con él. Solo
quería a Bear a su lado, y olvidar el terror.
Cuando él volvió, corrió a abrazarle. Su miedo se convirtió en
alegría, luego en pasión. Necesitaba demostrarle lo mucho que apreciaba su
ayuda. Lo mucho que lo deseaba. Le haría ver que era suya. Como él era
suyo.
Le empujó el pecho hasta que él quedó boca arriba y luego abrió la
cremallera de los jeans, una sonrisa en su cara. Lo necesitaba, oh, ¡cómo
necesitaba aferrarse a él y que le hiciese el amor!
—Joder. Tuve un sueño como este—dijo él, sonriendo con picardía,
aunque también con ternura, acariciando su mejilla.
Fiona se sentía deseaba, pero también vista, venerada. Este
hombre…
—Quiero hacerte sentir lo mismo que provocas en mí—tomó la
cintura de sus pantalones y los bajó, a lo que él ayudó con movimientos
torpes—. Mm, comando, me gusta.
—Feliz de hacerte las cosas más fáciles para mi placer—respondió
él, con voz grave.
Su polla era magnífica, completamente dura y esperándola. Ella la
rozó con suavidad, acariciando la punta con el pulgar y envolviendo la base
con la otra mano.
—Eres un hombre grande por todas partes. Proporcionado. Me
encanta—susurró, y se puso manos a la obra de inmediato.
Lamió cada centímetro de su pene y luego se concentró en la
corona, sorbiendo y tragando, moviéndose sin parar hasta que sus gemidos
fueron profundos y sin palabras.
Su excitación era tan evidente en su cara de necesidad, en la forma
en que empujaba la cabeza de ella hacia su entrepierna. Cuando él le
advirtió que estaba a punto de correrse, Fiona no retrocedió.
Tomó su virilidad más hondo y succionó hasta que él se corrió en su
garganta y ella tragó hasta la última gota, limpiándolo después.
No se sintió mal. No era una zorra, como había dicho su ex. Pero
estaba dispuesta a entregar toda su pasión a este motero.
—Me has vaciado, cariño—Se incorporó, y su mirada era intensa y
firme—. Ahora me toca a mí. Quiero que estés agotada cuando me vaya.
—No voy a negarme a ser tratada así—le dijo y sonrió.
Bear la besó y la movió con cuidado hacia el centro de la cama. Eso
le encantaba, la manera en que él la tocaba y sujetaba era como si tratara
con la más fina de las obras de arte.
—Voy a darme un festín contigo, Fiona. Ahora, esta noche, mañana.
Todos los días. Todo el tiempo que quieras. Si me preguntas, será para
siempre. Quiero estar contigo. En la cama, pero también en la vida
cotidiana, Fiona. Piensa en eso mientras te devoro.
Él sonrió, y ella sintió que su corazón estallaba. Era un gran sí para
ella, pero esperaría a decírselo después del sexo. Quería que él hiciera todo
lo posible por conquistarla.
DIEZ.
Bear estaba orgulloso. Había pasado un mes desde el incidente con
el ex de Fiona, y estaba seguro de que Leonard ya no sería un problema.
Bear y sus hermanos le habían hecho vivir la violencia en carne propia.
El bastardo no era tan valiente cuando tenía que enfrentarse con
hombres, y luego de darle varias lecciones, de las que no se arrepentía, le
habían acompañado al borde del Estado y le hicieron entender que su
presencia en Sacramento sería vista como una declaración de guerra y no
serían tan considerados.
No volvería. Skull vigilaría sus movimientos financieros. Si ponía
un pie cerca de California, lo sabrían. Y Bear acabaría con la amenaza de
forma permanente.
Bebió su cerveza y soltó una risita. Ice le estaba ganando la partida
de dardos a Baldie. Era una tarde agradable en la sede del club, y Fiona, su
mujer, charlaba con las otras viejas.
Se había unido al club sin problemas y hacía amigos con facilidad.
Sus hermanos la adoraban. ¿Quién no la querría? Él estaba enamorado de
ella, y esto era lo mejor del mundo.
En el pasado no pocas veces pensó que acabaría sus días solo. Sus
padres se habían querido tanto que él no podía tener menos, y por ello no
había tenido una relación seria antes. En buena hora.
Esperar había tenido sus beneficios. Nunca había pensado que
podría recibir un amor tan incondicional. Entonces apareció Fiona, y su
vida había cambiado. Sonrió.
—Tu felicidad es repugnante. ¿Qué fue del viejo Bear, gruñón y
rudo?—le dijo Hustle, el jefe de seguridad del club, con sorna obvia.
—Que te jodan, gilipollas. Estás celoso, como todos—objetó.
—Es más bien incredulidad. Fiona es una mujer increíble. Debe
estar ciega.
—No me importa. Soy feliz y nadie va a arruinar mi alegría.
—No me atrevería, hermano—Hustle le palmeó la espalda—. Estoy
bromeando. Feliz por ti, aunque no es lo que busco, por cierto.
—Lo sé—Bear asintió, y le miró pensativo.
Hustle era un hombre difícil de interpretar, críptico. Era como un
muro, nunca dejaba aflorar sus sentimientos. Salvo en lo que tenía que ver
con el club y sus miembros.
Hacía un trabajo impresionante como Sargento de armas. Ya había
neutralizado varias veces las amenazas de los Jinetes.
—Las viejas están bastante charlatanas esta noche—dijo Fury, quien
se sentó y los tres miraron a la mesa donde cuatro mujeres hablaban y reían.
—En efecto—Bear suspiró—. ¿Conseguiste la información que
buscabas?
—Skull lo hizo. Los Jinetes están entrando en nuestro territorio
desde el este. Dos camiones, mañana. Los detendremos y quemaremos la
droga. Ese será un mensaje claro.
—No joder a los Reyes ni a Sacramento—dijo Patriot, que se sentó
a su lado.
Gritos y abucheos de mujeres llamaron su atención, y entonces se
desató el infierno. Bear vio que Kiki corría hacia Fiona y las otras, con su
cara torcida de rabia.
Sin pensar, se incorporó rápido y corrió. Se esforzó, pero no pudo
evitar que la Conejita tomara a Fiona por la coleta. La reacción de su mujer
le sorprendió a él y al resto de los hombres que intentaban separarlas
Antes de que Kiki pudiera tocar su rostro, Fiona le dio un fuerte
puñetazo en la nariz. La sangre brotó de la oxigenada, que chilló e intentó
atacar, pero Fury la apartó de un tirón.
—¡Maldita puta, me has roto la nariz!—gritó Kiki.
Fiona se puso firme y la miró con frialdad.
—Tú eres la puta aquí, mujer. Yo sólo me defendí de tu ataque.
—¡Te estabas riendo de mí! Te crees mejor que yo. Viejas, el gran
chiste que sois. Nos follamos a vuestros hombres. Les damos lo que
vosotros no dais o no podéis. ¡Sexo real y caliente! Vosotras…—gritó, y el
silencio del club fue la prueba de su error.
—¡Basta! Suficiente—la voz de Fury sonó como un latigazo—. Esto
fue un error garrafal. Ya no se te permite estar aquí, Kiki. No puedes volver.
—Pero...
—Este es un club de moteros. Ustedes…—la mirada del presidente
recorrió a las Conejitas— son bienvenidas aquí porque los hombres solteros
así lo quieren. Pero ustedes no son ni serán el corazón de este club.
Respetan a los miembros, respetan a las viejas, o están fuera.
Su declaración fue clara, y la mayoría de las aludidas asintieron.
—Baldie, asegúrate de que Kiki se retire.
La multitud se dispersó. Bear abrazó a Fiona por detrás, acariciando
su roja melena y besando su suave cuello.
—Mi feroz dama. No creía que tuvieras tanta fuerza.
Ella se mordió el labio inferior y se sonrojó.
—Lo siento mucho, Steve. Fury debe estar enfadado conmigo.
—No, nena. Esa mujer se ha pasado de la raya. Es tal y como él
dijo. Las viejas son el corazón de nuestro club. Tú eres mi corazón, cariño.
Estoy orgulloso de ti. Déjame enseñarte.
La tomó de la mano, tiró de ella hacia las escaleras y luego se la
echó al hombro para llevarla a las habitaciones. Detrás de ellos estallaron
gritos y silbidos.
—¡Bear! Bájame.
Entró en la habitación y la tiró sobre el colchón, luego se apresuró a
deshacerse de los jeans y la camisa. La situación lo había puesto a mil.
¿Quién diría que su mujercita se haría valer así?
Se acercó a la cama y ella se quedó mirándole con los párpados
entrecerrados, relamiéndose. Se acarició el pene.
—Dame un espectáculo, nena—le dijo, y ella sonrió, abanicando sus
pestañas, y luego se incorporó sobre el lecho, y empezó a bailar y quitarse
la ropa con lentitud, de la forma más sexy, hasta quedarse en un tanga
diminuto.
—De rodillas—ladró él, con voz gutural.
Podía correrse sólo de verla.
—¿A qué esperas?—acicateó, y esto lo impelió a la acción.
Se apresuró a ir a ella, y la besó con ardor mientras sus dedos
trazaron la línea de su vulva, dos de ellos entrando en el húmedo túnel de su
coño mientras su pulgar rozaba el manojo de nervios que la volvían loca.
—¡Oh, Bear, sí! Así, cariño. Tócame, por favor—gimió, la voz
estrangulada.
Bear continuó acariciándola, su boca recorriéndole el cuello,
mordisqueando. Con la otra mano le cogió un pecho y jugó con sus
pezones, frotándolos hasta dejarlos como diamantes. Su pene, duro y erecto,
rozaba las nalgas redondeadas. Ella gimió, y él sonrió, su necesidad
aumentando.
—Quiero que te corras para mí, Fiona. Entonces te follaré por
detrás. Te haré mía. Me enterraré hasta los huevos en tu estrecho y húmedo
canal. Sin protección, nena, como acordamos. Quiero sentir tus paredes
apretándome la polla.
—Sí, sí. Soy tuya. ¡Hazlo, Bear! Tómame.
Sus palabras reforzaron su voluntad, y él continuó acariciando su
clítoris hasta que ella explotó, gritando su nombre. Introdujo la polla en su
dulce coño y empezó a darle caña, marcando un ritmo demoledor.
—Suave. Puedo sentir mi polla deslizándose en tu coño, Fiona… Tu
coño goloso me está tragando entero, nena. No duraré mucho más, a pesar
de que me gustaría quedarme a vivir aquí.
Echó la cabeza hacia atrás, rugiendo su liberación, carga tras carga
de semen. Su mente estaba en blanco, adormecida por el placer.
Siempre era así con Fiona, una vez mejor que la anterior. El sexo era
alucinante. La vida con ella era aún mejor.
—Te quiero, nena. Tanto.
Las palabras fluyeron sin pensar, y él sintió que ella se paralizaba.
—Steve, por favor. No digas eso si no lo sientes.
Se echó hacia atrás y la giró hacia él. La besó duro y profundo,
poniendo el alma en el contacto.
—Lo digo en serio, Fiona. Te quiero. Estoy seguro. Cariño... ¿Por
qué lloras? Esto es algo bueno, ¿no?
Ella sollozó y sonrió y luego volvió a sollozar.
—Oh, Steve. Es más que bueno. Yo también te quiero.
Él atrapó sus lágrimas con sus besos.
—Esto es perfecto. ¿Te mudarás conmigo de una buena vez?
Se lo había pedido varias veces, y Fiona se había negado. La última
de sus reservas, eso había sido. No más. No podía pedir más a este hombre,
todo se lo había dado.
—Sí. Sí, amor—dijo con seguridad—. Me has convencido. Estoy
tan contenta.
—Quiero formar una familia. Quiero vivir y envejecer contigo.
—Cuando creo que no puedes sorprenderme, ahí vas tú y dices lo
más dulce… Tengo al hombre más encantador de todos a mi lado.
—Un hombre simple que te quiere, eso soy.
—Y esta mujer imperfecta te ama.
FIN.
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