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La Autoestima y su Incompatibilidad con el Cristianismo

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La Autoestima, una trampa demoníaca

A través de la Sagrada Escritura,la Tradición,el Magisterio,la vida de los santos y la teología


Tomista, la autora demuestra la incompatibilidad de las ideologías psicológicas de la autoestima con
el catolicismo

Por: Lucrecia Rego de Planas

– ¿Para qué lees esto? ¡La autoestima no es cristiana! – dije, tomando el libro
que mi amiga acababa de poner sobre la mesa.

Se trataba de un ejemplar de pasta dura en el que se leía con grandes letras


azules sobre fondo blanco: "Convierte a tu hijo en un triunfador” y en letras
más pequeñas: “Diez consejos para elevar la autoestima de tus hijos”, escrito
por una Dra. Scott, psicoanalista y terapeuta de una Universidad inglesa.

Fue muy notorio el respingo que dieron y la expresión de escándalo con la que
me voltearon a ver todos los presentes al escuchar mi frase, a la que yo no
encontraba nada de extraño. Al ver la reacción y sentir las miradas que me
traspasaban como cuchillos ardientes, alcé un poco los hombros, sonreí
tímidamente y mirando un poco a todos, repetí de manera pausada:

– Pues… de verdad… la autoestima NO es cristiana!

Estábamos en una reunión en la que había padres y madres de familia, algunos


de ellos psicólogos, católicos todos.

Días más tarde me enteré del porqué de la violenta reacción ante mi frase.
Resultó ser que varias mamás de las ahí presentes, estaban llevando a sus
hijos con los psicólogos, también presentes, por haber sido diagnosticados en el
colegio (católico, por supuesto) con un problema de “baja auto estima” y, claro,
el dinero salía del bolsillo de las mamás y se iba al de los psicólogos, para
pagar las terapias enfocadas a “elevar la autoestima” que les estaban
aplicando a sus pequeños retoños.

Peor aún… luego me enteré que uno de los psicólogos ahí presentes vive de
impartir talleres de autoestima a maestros, alumnos y padres de familia.
Digamos que… sin yo saberlo, toqué fibras sensibles, extremadamente
sensibles.

Ahora quise ponerlo por escrito, sólo por si hay algunos más que piensen que la
autoestima, de la que tanto se habla hoy en día, es compatible con el
cristianismo.

INDICE DE CONTENIDOS

1. ¿De dónde viene el término "autoestima"? ¿Cuál es su origen?


2. La autoestima es contraria a las enseñanzas de Cristo
3. El Evangelio nos enseña lo opuesto a la autoestima
4. La autoestima en el Antiguo Testamento
5. La autoestima de los santos
6. La autoestima en el Magisterio de la Iglesia
7. La autoestima en el pensamiento tomista y en la doctrina del Juicio final
8. La autoestima… ¿una herejía antigua que vuelve a renacer?
9. Los halagos, los elogios y la autoestima
10. Diferentes significados que se le dan al término "autoestima"
11. Resultados sociales de la promoción de la autoestima
12. Si tu hijo te dice que no puede, que no vale, ¿tampoco hay que elevarle la
autoestima?
13. Conclusión: La auténtica realización no tiene que ver con la autoestima

1. ¿De dónde viene el término "autoestima"? ¿Cuál es su origen?

El término “auto-estima” que viene del inglés “self-esteem” fue inventado por
Sigmund Freud, y difundido luego por Carl Jung y Carl Rogers, que de
católicos… no tienen absolutamente nada y que está comprobado el daño real
que han hecho a la Iglesia y al mundo entero con sus ideologías.

Para Freud, la religión es una neurosis infantil que impide crecer al hombre y
llegar a su madurez. Dice que es algo inventado por el hombre para apaciguar
su angustia y llenar su necesidad de protección.

Según él, Dios-Padre es el fantasma del hombre-niño que no se atreve a


afrontar su realidad y que busca un refugio para su sentimiento de culpa. La
autoestima es la liberación de ese Dios-fantasma y al desarrollarse, permite el
crecimiento de la persona como adulto autónomo, sin Dios ni religión.

“Yo soy”, “Yo tengo”, “Yo puedo”, “No necesito de nadie”, “Todo me lo
merezco”… fomentar la autoestima es fomentar el orgullo, la soberbia, la
avaricia, la codicia, la lujuria… porque en ella, el centro es el “Yo” y todo es
autocomplacencia del yo.

Pero no es el caso ahora hablar de los errores de Freud, pues ya muchos lo han
hecho: el P. Antonio Orozco Desclós y el Dr. Aquilino Polaino en varios de
sus libros.
Principalmente Rudolf Allers (1883-1963) lo ha explicado de manera
"magistral" en su libro What´s wrong with Freud?

Basta decir por ahora, para los fines de este artículo, que el origen del término
“autoestima” no es cristiano y su significado original, tal como fue concebido
por Freud y que es el que se promueve en la sociedad actual en libros, revistas,
programas, talleres, clínicas, cursos y terapias de autoestima, tampoco es
cristiano.

2. La autoestima es contraria a las enseñanzas de Cristo

La autoestima, tal como la concibió Freud y tal como se presenta en los talleres
y libros que están de moda, dice “ámate a ti mismo” y Jesucristo, por el
contrario, dice “niégate a ti mismo”:

“El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame
enseguida, porque el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”

Jesús no dice ÁMESE a sí mismo, sino NIÉGUESE a sí mismo. ¿Necesitamos más


comprobación que eso?

He visto en algunas clínicas de autoestima, que para ganar clientes católicos,


utilizan en sus anuncios a Jesucristo, arguyendo que Él nos dijo que te tienes
que amar a ti mismo para amar a los demás y para esto, citan la frase: “Amarás
a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo”

Pero, si nos fijamos bien, el mandamiento es amar a Dios y amar al prójimo. El


“como a ti mismo” es sólo el modo de hacerlo. Y por supuesto, no es lo mismo
decir “Ama a tu prójimo como a ti mismo” que “Ámate a ti mismo para poder
amar a tu prójimo”.

Es un simple truco de mercadotecnia que nos engaña fácilmente.

Si seguimos leyendo el Evangelio, vemos que cuando Jesús dice eso, completa
la frase diciendo “En esto se resumen la Ley y los profetas”

La ley hebrea se resume en esos dos mandamientos, pero es una ley todavía
incompleta e imperfecta.

Jesucristo nos dice más adelante: “No he venido a abolir la ley, sino a
perfeccionarla” y la perfeccionó, sí que la perfeccionó, dándonos un nuevo
mandamiento, el Mandamiento del Amor: “Un nuevo mandamiento os doy: Que
se amen los unos a los otros, como Yo los he amado”
Jesús sustituye el “como a ti mismo” por algo mucho más ambicioso y perfecto:
“como Yo los he amado”.

¿Y cómo nos amó Jesucristo? Entregándose a sí mismo, olvidándose por


completo de sí, renunciando a todo por amor a nosotros… y siendo obediente
hasta la muerte y una muerte de cruz.

Los que defienden sólo el “amar a los otros como a nosotros mismos”, sin
tomar en cuenta el nuevo mandamiento, se quedaron antes de Jesucristo
(están un poco pasados de moda), se quedaron en la Ley Antigua, en la ley del
talión “Ojo por ojo y diente por diente” o en la ley mínima de “No hagas a otros
lo que no quieras que te hagan a ti”

Se quedan cortos, cortísimos, pues el amor que nos predicó Jesucristo, con su
Palabra y con su vida, va mucho más allá de amar a los otros “como a nosotros
mismos”. Lo novedoso, lo actual, es amarnos unos a otros tal como Jesús nos
amó.

3. El Evangelio nos enseña lo opuesto a la autoestima

Bastan, para comprobarlo, algunas frases y escenas sacadas del Evangelio:

“El que se enaltece, será humillado y el que se humilla será enaltecido”


“Quien quiera ganar su vida, la perderá y quien la pierda por amor a mí, ése la
ganará”
“El que quiera ser el primero entre vosotros que sea el servidor de todos”
“Los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros”
“Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por los amigos”
“Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere no dará fruto, pero si muere
dará mucho fruto”
“No he venido a ser servido, sino a servir”

Jesús reprueba la actitud del fariseo: "Oh Dios, te doy gracias porque no soy
como los demás..." y alaba, en cambio, la actitud del publicano, que no se
sentía digno: "Apiádate de mí, que soy pecador". Reprueba al que tiene una
“elevada autoestima” y alaba al de la “baja autoestima”.

Alaba la actitud del centurión que se declara indigno “Señor, yo no soy digno de
que entres en mi casa”.

Le concede el favor a la mujer moabita que acepta ser comparada con un


perro: “Los perrillos también comen las migajas que caen de la mesa de sus
amos”.

Perdona los pecados a la mujer pecadora que se lanza a sus pies, “con la
autoestima hasta el suelo” y en cambio, reprueba la actitud de Simón el
fariseo, quien por tener “una elevada autoestima” se olvida de ofrecerle agua a
Jesús para que se lavase los pies.

Hay más actitudes del cristiano, tomadas del Sermón de la Montaña, que
resultan impensables para alguien que tenga “un elevado concepto de sí
mismo” que es lo que ofrecen los cursos y talleres de autoestima:

“Ama a tus enemigos, haz el bien a los que te odian”


“Al que te roba el manto, dale también la túnica”
“Al que te golpea en una mejilla, preséntale también la otra”
“Al que te obliga a acompañarlo una milla, acompáñalo dos”
“Da a quien te pida y no reclames al que te quita lo tuyo”
“Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos
por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial”.
“Cuando ores, métete en tu cuarto y cierra la puerta para que nadie te vea”
“Cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha”
“Cuando ayunes, lávate el rostro para que nadie se dé cuenta”

Están también las Bienaventuranzas:

“Felices los pobres… los que tienen hambre… los que lloran… los mansos… los
misericordiosos…”

“Felices seréis cuando os injurien y os persigan y digan toda clase de mal


contra ustedes por mi causa… Alegraos y estad contentos porque su
recompensa será grande en el cielo”

¿En dónde quedó la autoestima? En ningún lugar del Evangelio encontramos


que Jesús diga: “Si quieres ser feliz, ámate a ti mismo”. Más bien dice todo lo
contrario:
“El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo…”.

La teoría de la “autoestima” nos dice que el alto concepto que tengamos de


nosotros mismos y la confianza que tengamos en nosotros mismos y en
nuestras capacidades es lo que nos hará ser personas “realizadas”.

Cristo nos dice exactamente lo contrario: que para ser verdaderamente felices
debemos negarnos a nosotros mismos, que primero están Dios y los demás y
que uno debe ser el último. Nos asegura que, al negarnos a nosotros mismos y
al poner las cosas en ese orden, entonces nos realizaremos como personas. La
“autoestima”, por el contrario, nos lleva a que seamos nosotros el centro de
nuestra atención (egocentrismo) y a que nos sirvamos primero a nosotros
mismos (egoísmo).
Cuando el pobre de Pedro, con buenas intenciones, intentó alimentar la
autoestima al Señor, tratando de disuadirlo de la Pasión, diciéndole
seguramente algo como: "No, Señor, eso no pasará, tú eres muy bueno, no
debes sufrir tanto…", Jesús lo rechazó de inmediato: “Apártate de mí, Satanás”.

Y… las tentaciones en el desierto, claramente el demonio tentaba a Jesús por


su “autoestima”. “Si eres el Hijo de Dios, haz que estas piedras se conviertan
en pan”; “Si eres el Hijo de Dios tírate de este precipicio”; “Todos estos reinos
te daré…”.
¿Cuál fue la respuesta de Jesús? “Apártate de mí, Satanás”.

Llegado a este punto, tal vez alguno que tenga una elevada autoestima, esté
pensando en renegar de su fe cristiana y quedarse mejor como un buen judío,
antes de las enseñanzas de Jesucristo. Pero en el Antiguo Testamento tampoco
se habla a favor de la autoestima.

4. La Autoestima en el Antiguo Testamento

En la Sagrada Escritura nunca se nos habla de que sea necesaria la estima de


uno mismo, la confianza en uno mismo, la seguridad en nosotros mismos. Todo
lo contrario: a lo largo de toda la Historia de la Salvación, Dios nos narra en las
Sagradas Escrituras los nefastos efectos de la autoestima, tal como la entiende
el mundo hoy y la promueven los talleres y libros.

Ya en el Génesis nos encontramos con Adán y Eva, que, cuando la serpiente les
quiso “elevar la autoestima” diciéndoles “Seréis como dioses”… cometieron el
pecado original, perdieron el Paraíso, perdieron la presencia de Dios, perdieron
los dones preternaturales… y se vieron “desnudos”, es decir, sin nada.

Caín, cuando se sintió “herido en su autoestima” porque su sacrificio no había


sido agradable a Dios, asesinó a su hermano Abel, quedando marcado para
siempre y condenado a vivir como un errante en la Tierra.

Los constructores de la Torre de Babel, por tener “una elevada autoestima” al


sentirse que eran poderosos porque sabían fabricar ladrillos, sus lenguas se
confunden y dejan su obra a medio terminar.

Podemos imaginarnos hasta donde habrá “bajado la autoestima” de Noé,


cuando tuvo que obedecer a Dios, construyendo un barco enorme en lo alto de
una montaña y lejísimos del mar… la de burlas que le habrán hecho. Y luego…
para colmo, cuarenta días y cuarenta noches durmiendo entre animales,
limpiando suciedades de animales… a cualquiera se le baja la autoestima con
eso. Se ve que Dios no le daba demasiada importancia a la autoestima de sus
elegidos.
También podemos imaginar en dónde estaba “la autoestima” de David, cuando
se presentó con una vil resortera (honda), confiando sólo en Dios, para luchar
contra el gigante Goliat, quien estaba armado hasta los dientes, tenía una
“elevada autoestima” y se burlaba con grandes carcajadas de él.

Vemos a Sansón, a quien Dios le había dado una fuerza sobrenatural y su larga
cabellera era señal de que estaba consagrado a Dios. Fue capaz de grandes
hazañas, hasta el día en que llegó Dalila a “impartirle un taller de autoestima”.
Lo durmió acariciándolo, acariciando sus fuertes músculos y su tupida
cabellera… (acariciando su autoestima) y, una vez dormido, le cortó el pelo,
quitándole su confianza en Dios… Sansón perdió toda su fuerza. Lo apresaron,
le sacaron los ojos, lo pusieron a trabajar como un asno… hasta que tuvo “su
autoestima destrozada” y entonces recuperó la confianza en Dios y pudo librar
a su pueblo de los opresores.

También encontramos ejemplos bíblicos con “una elevada autoestima”: El rey


Antíoco, en el libro de los macabeos, el rey Nabucodonosor, mandaron construir
grandes estatuas con su imagen para que los hombres los adorasen. Una
elevada autoestima, de oro y plata con pies de barro. La Palabra de Dios no
habla bien de ellos.

Gedeón triunfó en la lucha sin querer aparecer y sin sentirse digno de esa
misión: «Ah, Señor mío, ¿con qué salvaré yo a Israel? He aquí que mi familia es
pobre en Manasés, y yo el menor en la casa de mi padre» (Jue 6,15). Todavía
Dios baja más su “autoestima” reduciendo su ejército a sólo 300 hombres, para
que se notara bien que el triunfo era de Dios. Gedeón no tenía de qué jactarse,
pues era muy obvio que el Señor le había dado la victoria.

Salomón, siendo un rey sabio, cuando “se eleva su autoestima” viéndose


querido y admirado por las mujeres más bellas y más ricas del mundo, pierde
toda su sabiduría, se entrega a los dioses paganos y ocasiona la división del
Reino de Israel.

Jeremías nos advierte sobre el peligro de confiar en nosotros mismos:"Maldito


el hombre que confía en el hombre, que en él pone su fuerza ... Bendito el
hombre que confía en el Señor y en Él pone su esperanza..." (Jer 17, 5-8).

Toda la historia del pueblo de Israel es una historia de triunfos y fracasos, de


dichas y tristezas. Triunfan cuando confían en Dios y fracasan cuando confían
en ellos mismos. Les va bien cuando confían sólo en Dios y les va fatal cuando
desconfían del poder de Dios y quieren resolver los problemas con sus propias
fuerzas.

5. La autoestima de los santos


No recuerdo a un solo santo que haya sido santo “por amarse a si mismo”. Más
bien al revés: todos los ejemplos de los grandes santos nos hablan de su olvido
de sí mismos para entregarse a los demás por amor a Dios.

San Pablo

El gran Saulo de Tarso, antes de encontrarse con Cristo, tenía una elevadísima
autoestima: era fariseo de los más importantes, discípulo de Gamaliel, del linaje
de Israel; de la tribu de Benjamín; hebreo e hijo de hebreos; en cuanto a la Ley,
fariseo; en cuanto a la justicia de la Ley, intachable.

Se gloriaba "en sus obras de la ley" y pensaba que por su "justicia" (una alta
autoestima), tenía todos los derechos a "la bendición de Dios" (prosperidad,
seguridad, fecundidad, bienes materiales y espirituales...). Pero el buen Saulo,
al conocer a Cristo, reconoce que todo lo anterior es pérdida, más aún basura,
en comparación al conocimiento de Cristo.

San Pablo, el gran apóstol de los gentiles, al conocer a Cristo “perdió su


autoestima” y se designó a sí mismo como “el primero de los pecadores” (1 Tm
1,15), “un mísero hombre” (Romanos 7,24) y “menos que el más pequeño de
los santos” (Ef 3,8).

A los Filipenses les dice: “Piensen con humildad, estimando cada uno a los
demás como superiores a él mismo” (Flp 2,3).

Más adelante escribiría: “Por eso, me complazco en mis debilidades, en los


oprobios, en las privaciones, en las persecuciones y en las angustias soportadas
por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte ” (2 Cor
12,10) y “No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20).
“Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia. Todo lo tengo por basura
(hasta yo mismo) con tal de ganar a Cristo” (Flp 3,8). "Mas, por la gracia de
Dios, soy lo que soy” (1 Tm 1,12ss)

San Pablo nos habló de la ”autoestima” al predecir sobre los últimos tiempos:
“los hombres se amarán más a sí mismos que a Dios, y todo bajo apariencia de
bien” (2 Tim. 3, 4).

Les escribe a los corintios: “En realidad, no pretendemos ponernos a la altura


de algunos que se elogian a sí mismos, ni compararnos con ellos. El hecho de
que se midan con su propia medida y se comparen consigo mismos, demuestra
que proceden neciamente.” (2 Cor 11,12)

“El que se gloría, que se gloríe en el Señor. Porque el que vale no es el que se
recomienda a sí mismo, sino aquél a quien Dios recomienda.” (2 Cor 11,18)

San Agustín
San Agustín, mientras fue hereje y pecador, tuvo una “elevada autoestima”. Él
mismo lo pone en sus confesiones y cuenta que veía en donde estaba el bien y
sabía lo que tenía que hacer, pero no podía hacerlo, pues él mismo había tejido
unas cadenas que lo mantenían atado.

Se gustaba a sí mismo, se admiraba a sí mismo, se sentía orgulloso de la


imagen que los otros tenían de él y eso le impedía levantarse y convertirse. Fue
hasta que se dio cuenta de su miseria, cuando por fin “se le bajó la
autoestima”, que se echó debajo de la higuera y rompió a llorar
desconsoladamente. Desde entonces fue un gran santo.

Él mismo dijo: “Nos has hecho para ti, Señor y nuestro corazón estará inquieto
hasta que descanse en Ti”. Entendió que el descanso no se encuentra en la
auto confianza, sino en Dios. Escribió, entre otras muchas cosas, esta hermosa
oración:

Señor Jesús, que me conozca a mí y que te conozca a ti; que no desee otra cosa
sino a ti; que me odie a mí, y te ame a ti y que todo lo haga siempre por ti;
que me humille y que te exalte a ti; que no piense nada más que en ti; que me
mortifique, para vivir en ti y que acepte todo como venido de ti;
que renuncie a lo mío y te siga sólo a ti; que siempre escoja seguirte a ti; que
huya de mí y me refugie en ti y que merezca ser protegido por ti;
que me tema a mí y tema ofenderte a ti; que sea contado entre los elegidos por
ti; que desconfíe de mí y ponga toda mi confianza en ti y que obedezca a otros
por amor a ti; que a nada dé importancia sino tan sólo a ti; que quiera ser
pobre por amor a ti. Mírame para que sólo te ame a ti; llámame, para que sólo
te busque a ti y concédeme la gracia de gozar para siempre de ti. Amén.

San Alfonso María de Ligorio escribe: “no somos capaces por nosotros mismos
de hacer nada bueno. Cualquier bien que hagamos, viene de Dios y cualquier
cosa buena que tengamos, pertenece a Dios”.

Tomás de Kempis

"Hijo, no puedes poseer libertad perfecta si no te niegas a ti mismo del todo.


Todos los que se aman a sí mismos, están en prisiones, son codiciosos, curiosos
y vagabundos, buscan de continuo las cosas delicadas, y no las que son de
Jesucristo”.
"¡Oh si hubieses llegado a tanto que no fueses amador de ti mismo y estuvieses
puramente a mi voluntad! Entonces me agradarías mucho y pasarías tu vida en
gozo y paz. (...) Desprecia la sabiduría terrena, y el humano contentamiento y
el tuyo propio." (Cap XXXVI de La Imitación de Cristo).

6. La autoestima en el Magisterio de la Iglesia


Así como no encontré ningún santo con una elevado concepto de sí mismo,
tampoco he podido encontrar en la enseñanza milenaria de la Iglesia nada que
hable de la autoestima o de la necesidad de amarnos a nosotros mismos para
poder amar a los demás. Por el contrario, encontré que siempre se ha enseñado
que todo lo hemos recibido de Dios y que nada podemos y nada somos sin Dios

Los Padres de la Iglesia definen el pecado como “El amor a uno mismo hasta el
desprecio de Dios” y definen la santidad como “El amor a Dios hasta el
desprecio de uno mismo”.

El Catecismo de la Iglesia Católica, nos habla de la dignidad de la persona


humana, pero no nos dice que debamos amarnos o enorgullecernos por ello:
La sublimación de la persona humana está enraizada en su creación a imagen y
semejanza de Dios […]. y con la ayuda de la gracia (los hombres) crecen en la
virtud y evitan el pecado […] Así acceden a la perfección de la caridad.

La Iglesia como Madre y Maestra conoce la debilidad del hombre y sabe que es
imposible para él dar continuamente sin recibir nada a cambio. Por esta razón,
nos enseña una y otra vez, que la fuente de nuestro amor hacia los demás es el
amor que Dios me tiene y no el amor a mí mismo. Yo puedo amar a los demás
sin esperar nada de ellos, porque sé que soy amado por Dios.

Antes de escribir esto, estuve buscando con mucho detenimiento y durante


varios días, algún documento del magisterio autorizado de la Iglesia en el que
se hablara de la autoestima. Hasta donde llegó mi investigación, puedo afirmar
que no existe en todo el Magisterio de la Iglesia ninguna Encíclica; Carta,
Exhortación o Constitución Apostólica; Motu Proprio o Bula Papal, en 2000 años
de historia del Magisterio, en el que el Papa hable o mencione siquiera el
término autoestima.

Sin embargo, hay cientos de documentos que hablan de la negación y el olvido


de uno mismo y se pueden encontrar muy fácil, en cualquier parte del
Magisterio y hasta en los ritos de religiosidad popular.

7. La autoestima en el pensamiento tomista y en la doctrina del Juicio


final

Santo Tomás de Aquino, en su Suma Teológica, confirma claramente cómo la


autoestima, tal como se entiende hoy en día, es del todo incompatible con la
santidad y cómo, la única manera de que el amor a sí mismo sea un amor
ordenado, es cuando busca no los bienes sensibles (un elevado concepto de sí
mismo), sino sólo los bienes espirituales de la persona (la santidad).

Para Santo Tomás, la caridad es amistad, que él define como participar la


bienaventuranza al otro. Por esa razón, nos dice que uno sí puede amarse a sí
mismo, pues desea la salvación para sí; nos explica que el recto amor a uno
mismo consiste en desear la bienaventuranza para uno mismo (desear ser
santo y luchar por ser santo). Nos hace ver que la manera de cumplir con ese
amor ordenado a uno mismo, es solamente amando a Dios y al prójimo (es
decir, negándonos a nosotros mismos para entregarnos a los demás). Nada que
ver con la autoestima.

Esta explicación de Sto. Tomás, encuadra perfectamente el "ama a tu prójimo


como a ti mismo" de la ley Antigua, que Jesús no vino a abolir, sino a
perfeccionar: Si amarme a mí mismo significa desear para mí la salvación,
entonces "amar a mi prójimo como a mí mismo" significa desear para ellos la
salvación. Y esto no es "elevar la autoestima" mía o de los otros, sino
entregarme yo a los demás y ayudarlos a que ellos también se olviden de sí
mismos y se entreguen.

Estas son las citas textuales de Santo Tomás, hablando de este tema:

“El amor propio, principio del pecado, es el característico de los pecadores, que
llegan hasta el desprecio de Dios, como allí mismo se dice, pues los malos de
tal modo codician los bienes externos que menosprecian los espirituales.”
(Suma Teológica-II-IIae (Secunda secundae) Cuestión 25 art 8)

“Son vituperados quienes se aman a sí mismos por amarse en conformidad


con la naturaleza sensible a la que obedecen. Y eso no es amarse
verdaderamente a sí mismo según la naturaleza racional, que dicta que
amemos para nosotros los bienes que atañen a la perfección de la razón. De
este segundo modo principalmente atañe a la caridad amarse a sí mismo.”
(Suma Teológica-II-IIae (Secunda secundae) Cuestión 25 art 4)

“Sin embargo, se debe intimar al hombre el modo de amar, a efectos de que se


ame a sí mismo y a su propio cuerpo de manera ordenada, y esto se cumple
efectivamente amando a Dios y al prójimo.” (Suma Teológica-II-IIae
(Secunda secundae) Cuestión 44)

Sto. Tomás nos dice, en ese mismo capítulo, que los malos creen amarse a sí
mismos, pero realmente no lo hacen, pues con su amor propio (egolatría) están
perdiendo la salvación. Nos dice también que los buenos, aunque no lo saben ni
lo pretenden, sí se aman a sí mismos, pues con su entrega y su olvido de sí,
están ganando la salvación.

Se puede ver que las enseñanzas de Sto. Tomás acerca del recto amor a sí
mismo, están perfectamente resumidas en la frase del Evangelio: "El que
quiera ganar su vida, la perderá y el que pierda su vida por amor a mí, ése la
ganará"

Este pensamiento tomista queda perfectamente explicado con la narración que


Jesús nos hace de lo que sucederá en el juicio final. Ahí nos dice Nuestro Señor
que seremos analizados en el amor, pero no en el amor a nosotros mismos,
sino en el amor a los demás:

“Venid benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino que hemos preparado
para vosotros, porque tuve hambre y me dísteis de comer, tuve sed y me
dísteis de beber, estuve desnudo y me vestísteis, encarcelado y enfermo y me
visitásteis…”

En ningún momento dice Jesús que se salvarán los que tengan una alta
autoestima, pero sí los que supieron amar a los demás.

Así que si queremos que nuestros hijos se amen a sí mismos de la manera recta
que habla Sto. Tomás, no debemos comprar libros que tengan por título "Eleva
la autoestima de tu hijo", sino regalarles otros muy diferentes, como "La
imitación de Cristo" de Kempis, por poner sólo un ejemplo.

8. La autoestima… ¿una herejía antigua que vuelve a renacer?

Los talleres de autoestima enseñan a los niños a “amarse a sí mismos”,


“aceptarse a sí mismos”, “confiar en sí mismos”, “sentirse orgullosos de sí
mismos, de lo que son, de lo que tienen y de lo que pueden”.

El cristianismo, ya lo hemos visto, nos enseña a ver que todo lo que tenemos y
somos nos viene de Dios, que no tenemos nada de qué enorgullecernos y que
nada podemos si no es con la ayuda de Dios. “Sin mi, nada podéis hacer”

Pelagio, un hereje del s. V, enseñaba, entre otros disparates, exactamente lo


mismo que ahora enseñan en los talleres de autoestima. Él afirmaba que el
hombre nace siendo bueno (negaba el efecto del pecado original) y que podía
salvarse por sus propias fuerzas, sin necesidad de la ayuda de Dios (negaba la
necesidad de la gracia).

El pelagianismo quedó pronto desaprobado y olvidado, fue rechazado en el


Sínodo de Cartago en el año 418 d.C; en el concilio de Éfeso en el año 431; y en
el Sínodo de Orange en el año 529; sin embargo las herejías no mueren, sino
que se transforman.

Lo que hoy llaman "autoestima", "autorrealización", “autosuficiencia”,


“confianza en uno mismo”, “seguridad personal”, etc... pienso, como una
opinión muy personal, que no es más que una mutación del pelagianismo… una
herejía antigua, resucitada en el S XX.

Dice el P. Marcelino de Andrés en uno de sus libros: La agonía de Cristo


continúa en esos pobres cristianos que son engañados por los falsos doctores,
seducidos por sus teorías "pseudorredentoras", arrancándoles de cuajo la fe de
su alma, al apartarles del verdadero camino de la cruz, del amor al hombre por
Dios, valorando la soberbia disfrazada de "autoestima" y la adoración al propio
YO, en lugar de la adoración al Dios Creador, Padre de Jesucristo y Padre
Nuestro.

9. Los halagos, los elogios y la autoestima

Es verdad que el niño debe saberse amado para desarrollarse adecuadamente,


pero no es necesario estárselo diciendo todo el día, como recomiendan los
talleres de autoestima, para que él lo sepa.

Pienso que el ejemplo del amor desinteresado de sus padres por él, será la
mejor manera de que el niño se dé cuenta de que lo quieren, sin necesidad de
que se lo digan. Si un niño ve todos los días a unos padres que se entregan uno
a otro, a sus hijos y a los demás de manera desinteresada e incondicional, él se
sentirá amado por ellos y aprenderá a amar de la misma manera que sus
padres lo hacen.

Pero vale aclarar que no todos los halagos son forzosamente malos o
perjudiciales. Hay palabras que hacen milagros y son los halagos bien hechos,
esto es, dirigidos no a los talentos del niño: “Oh, qué guapo” “Oh, qué
inteligente” “Oh, qué hábil” (de eso no tiene que enorgullecerse, pues le ha
sido dado por Dios), sino dirigidos al recto aprovechamiento de los talentos
recibidos para el servicio de los demás:

Al niño inteligente que explica la tarea al hermano pequeño, se le dirá “Qué


bueno que estés usando para el bien la inteligencia que Dios te dio”. Al que es
hábil con las manos y arregla algo que estaba descompuesto, se le elogiará, no
la habilidad, sino “lo bien que está aprovechando su habilidad manual”. De esta
manera, desde pequeños los haremos conscientes de la gran responsabilidad
que tienen por cada uno de los dones que les han sido dados.

De esa manera es como elogiaba Jesucristo a las personas:

“Ven, siervo bueno y fiel, porque has sido fiel en lo poco, yo te constituiré sobre
lo mucho, entra en el gozo de tu Señor” Lo elogia no por sus cualidades, sino
porque ha hecho buen uso de lo que había recibido.
A la viuda del templo, la alaba no por ser viuda o ser pobre, sino por lo que hizo
con lo poco que tenía “Ella ha dado más que todos”

Sin embargo, también hay que cuidar que esos halagos por el recto uso de los
talentos no generen “autoestima” en el niño, pues el hecho de que sepamos
utilizar y aprovechar lo que nos han dado en bien de los demás, es
simplemente lo normal, lo natural, lo que tenemos que hacer.

“Cuando hayáis hecho todo lo que les he mandado, decid: siervos inútiles
somos, no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer”

Con esta frase de Jesucristo queda muy claro que no debemos sentirnos
orgullosos de nosotros mismos (una elevada autoestima) ni siquiera cuando
hayamos hecho obras buenas con los talentos que Dios nos ha dado.

El P. Michel Esparza, autor del libro que lleva por título "La autoestima del
cristiano" nos pone en guardia contra los tratamientos psicoterapéuticos para
elevar la autoestima, diciendo:

"Quien se sabe hijo de Dios, se olvida fácilmente de sí mismo y aumenta la


calidad de su amor a los demás. En cambio, quien desconoce esa dignidad, se
ve impelido a cosechar éxitos que aumenten su autoestima y le hagan
merecedor de la estima ajena. Pero de ese modo nunca alcanza una buena
relación consigo mismo y con los demás, porque el yo está envenenado por el
amor propio y jamás se satisface del todo. Quien desconozca el amor de Dios,
ante sus propias miserias, tendrá dos opciones: o bien reconocerlas y
deprimirse, o bien autoengañarse, eventualmente con ayuda de psicoterapia
(hay quienes acuden a un psicoterapeuta para que les convenza de que son
personas fabulosas). Pero así nunca se obtiene una paz duradera, porque la
inteligencia engañada siempre protesta. "

Las terapias de autoestima definitivamente no se llevan bien con el


cristianismo.

10. Diferentes significados que se le dan al término "autoestima"

Lo que más me sorprendió en aquella plática con mis amigos, fue cómo fueron
cambiando de significado a la palabra autoestima conforme avanzaba la
plática.

Al inicio, todos estaban de acuerdo en que el hombre tenía que amarse a sí


mismo para poder luego amar a los demás. Es decir, aceptaban que
“autoestima” era lo mismo que “amor a uno mismo”.
Conforme la plática fue avanzando, de pronto decidieron que no, que ellos se
referían a “sentirse orgullosos de lo que son”

Cuando vieron que esto tampoco funcionaba en los cristianos, dijeron que se
referían a “estar orgullosos de lo que hacen”

Total que luego, al decir lo de los siervos inútiles, pasaron a “confianza en uno
mismo”, “seguridad personal” y terminaron diciendo que se referían al “aprecio
por la dignidad del ser humano”

Pienso que el lenguaje debe ser bien utilizado y que hay que llamar al pan “pan
“ y al vino, “vino”. Es incorrecto utilizar el término “autoestima” para definir “la
valoración de la propia dignidad como ser humano”, pues el término es “self-
esteem” (estima del YO) y no humanbeing-esteem o person-esteem. El
significado de “self” siempre ha sido, es y será “mi Yo”, “mi Ego” (usando
términos de Freud) y trae implícito el significado de poner al Yo en el centro,
botando a Dios lejos de la vida de la persona.

El mismo P. Michel Esparza, confiesa en una entrevista, que decidió usar el


término autoestima en el título de su libro… porque suena bonito, porque está
de moda, porque así lo leerá el hombre de la calle… en resumen, por
cuestiones de marketing. Sus palabras textuales en dicha entrevista, son:

"He escogido el término «autoestima» por su indudable resonancia positiva.


Esta temática es universal, pero con mi libro intento ayudar especialmente a
personas con cierta tendencia al agobio perfeccionista.
Hay otra razón por la que empleo el término autoestima: al ser de uso común,
permite divulgar el mensaje cristiano de cara al hombre de la calle. Además, la
temática de la autoestima está de moda y hablar de ella en cristiano permite
corregir ciertos enfoques erróneos."

La autoestima, como tal, no puede ser algo cristiano, pues forzosamente, el


lugar que ocupe en nuestro corazón el amor a nosotros mismos, es un lugar
que le quitamos al amor a Dios y a los hombres.

11. Resultados sociales de la promoción de la autoestima

La promoción de la autoestima es un tema que ha ocasionado gran confusión y


grandes destrozos en familias y en congregaciones completas, fomentando el
egoísmo antes que el amor.

No existe ningún estudio en el que se demuestre algún resultado positivo de la


autoestima bajo ningún aspecto. Sin embargo, sí existen datos de que no ha
tenido resultado positivo alguno, en estudios estadísticos.
Pero... independientemente de los datos estadísticos formales, los resultados
de los talleres de autoestima que yo personalmente he visto a mi alrededor,
son:

Niños malcriados, altaneros, desobedientes, pagados de sí mismos, que se


creen merecedores de todo, exigentes, groseros, inconformes, egoístas.

Padres y madres inseguros y temerosos de llamar la atención y corregir a sus


hijos por temor a “bajarles la autoestima”.

Madres de familia que, engañadas por el mito de “tienes que estar bien contigo
misma”, abandonan a sus hijos y a su marido porque los consideran un estorbo
para su propia realización. He visto a muchas señoras que en un afán de
“sentirse bien con ellas mismas, para luego poder darle al otro”, dejan a sus
familias “por un tiempo” y resulta que luego, su egoísmo ha crecido de tal
manera, que ya nunca regresan. Se acostumbran a centrar su atención en sí
mismas, en sus necesidades, gustos, deseos, preferencias y ya no vuelven
jamás.

Cientos de separaciones y divorcios ocasionados por el egoísmo de los


cónyuges, a quienes se les ha convencido que si se auto estiman, no tienen por
qué permitir que el otro les pida nada. “No es justo que me trate así”, “No es
justo que me ignore”, “Yo doy todo y él (ella) no da nada”. Se les ha olvidado,
por andar pensando en la autoestima, que el amor matrimonial consiste en
entregarse totalmente al otro de manera incondicional (en las buenas y en las
malas) y permanente (hasta que la muerte nos separe). Estos matrimonios se
quedan en el amor inmaduro del primer encuentro y nunca llegan al amor
maduro, del cual Benedicto XVI nos dice: Ahora el amor es ocuparse del otro y
preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez
de la felicidad, sino que ansía más bien el bien del amado: se convierte en
renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca. (Deus Caritas Est n.6)
Este amor maduro, de entrega y olvido de sí mismo, es incompatible con la
autoestima, tal como nos la venden hoy en día.

Seminarios que se vacían, porque los talleres de autoestima les han hecho
pensar que las reglas de disciplina y obediencia son contrarias a su dignidad.

Comunidades religiosas enfrentadas entre sí, contra los superiores y contra el


obispo, por optar por la autosuficiencia (una elevada autoestima) y no por la
comunión, porque sería señal de una “baja autoestima”.

Decenas de conferencistas e instructores católicos que temen nombrar a Dios


en sus discursos, por su “autoestima”. Por el miedo al qué dirán de ellos, por el
miedo a que ya no los escuchen, a que los tachen de "mochos", dejan de darle
el lugar a Dios, que es el único que puede solucionar los problemas del hombre.
Estos conferencistas e instructores católicos que temen hablar de Dios, no
están pensando en que Dios sea escuchado a través de sus palabras. Su
autoestima les preocupa demasiado, sienten terror de que alguien los critique y
prefieren eliminar a Dios de sus discursos.

Cientos de apostolados católicos que, exaltando al hombre, han cambiado su


identidad y su finalidad evangelizadora de llevar a los hombres a la salvación
eterna, por un “humanismo” basado en “la superación personal”, en la
“promoción humana”, en "elevar la autoestima de los oyentes", donde los
llamados “valores humanos” sustituyen a las virtudes basadas en un amor
heroico y desinteresado y, poniendo en el centro a la persona, la hacen crecer
de tal manera, que Dios ya no existe dentro de esos apostolados.

La autoestima es la puerta grande que se ha abierto en la Iglesia a la


infiltración de las ideologías de la Nueva Era, que todas tienen algo en común:
buscar la autocomplacencia, la autosatisfacción, poner el Yo en el centro,
olvidándose de Dios.

Ya hace años el papa Pablo VI, dijo: "El humo de Satanás ha entrado en la
Iglesia". Destacando el patente carisma revolucionario que se advertía en los
tiempos del concilio. Antropocentrismo, "dignidad humana".
Dice "humo", porque el humo es ligero, sutil, penetra fácilmente por cualquier
grieta, es difícil taponarlo, impedir su paso, es volátil, se mezcla perfectamente
con el aire puro, se respira junto con el aire, aún sin pretender aspirar humo.

El amor a uno mismo, la autoestima, es una grieta ideal para que entre el
"humo" de muchas ideologías como las de Freud, Teilhard de Chardin, Hans
Küng, Leonardo Boff, Anthony de Mello, Paulo Coelho, Cony Mendez, etc.,
porque se meten en la mente de los católicos de una manera sutil, refinada,
casi imperceptible.

Son ideologías que “suenan bonito” (autoestima, autorrealización, libertad


interior, paz interior, bienestar, orden, equilibrio, sentirte bien contigo mismo),
pero que son realmente diabólicas, engañosas, embaucadoras, destructoras de
la más auténtica esencia del cristianismo que es olvidarse de uno mismo por
amor a los otros.

Estas ideologías se mezclan, al igual que el humo con el aire, con la verdadera
doctrina, con palabras fáciles de aceptar por las conciencias laxas, y construyen
una nueva "doctrina" contaminada con el egoísmo, que gradualmente, va
destruyendo el verdadero mensaje de Jesucristo (amor y entrega), hasta
apoderarse totalmente de nuestro yo.

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