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Resumen de "El hombre rebelde"

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III.

La rebeldía histórica
La libertad, «ese nombre terrible escrito en el carro de las tormentas[1]»,
figura al principio de todas las revoluciones. Sin ella, la justicia parece
inimaginable a los rebeldes. Sin embargo, llega un tiempo en que la justicia
exige la suspensión de la libertad. El terror, pequeño o grande, viene
entonces a coronar la revolución. Cada rebeldía es nostalgia de inocencia y
llamada hacia el ser. Pero la nostalgia toma un día las armas y asume la
culpabilidad total, o sea el crimen y la violencia. Las rebeldías serviles, las
revoluciones regicidas y las del siglo XX han aceptado así, conscientemente,
una culpabilidad, cada vez mayor, en la medida en que se proponían
instaurar una liberación cada vez más total. Esta contradicción, hecha
manifiesta, impide a nuestros revolucionarios tener el aire de felicidad y de
esperanza que brillaba en el rostro y en los discursos de nuestros
Constituyentes. ¿Es inevitable? ¿Caracteriza o revela el valor de rebeldía? Es
la pregunta que se formula a propósito de la revolución igual que se
formulaba a propósito de la rebeldía metafísica. En realidad, la revolución
no es más que la prolongación lógica de la rebeldía metafísica y, en el
análisis del movimiento revolucionario, seguiremos el mismo esfuerzo
desesperado y sanguinario para afirmar al hombre frente a lo que lo niega.
El espíritu revolucionario toma así la defensa de esa parte del hombre que
no quiere inclinarse. Simplemente trata de darle su reino en el tiempo.
Rechazando a Dios, opta por la historia, por una lógica aparentemente
inevitable.
Teóricamente, la palabra revolución mantiene el sentido que tiene en
astronomía. Es un movimiento que se cierra sobre sí mismo, que pasa de un
gobierno a otro después de una traslación completa. Un cambio de régimen
de la propiedad sin el cambio de gobierno correspondiente no es una
revolución, sino una reforma. No hay revolución económica, ya sean
sangrientos o pacíficos sus medios, que no se manifieste política al mismo
tiempo. Eso es lo que distingue ya la revolución del movimiento de rebeldía.
La famosa frase: «No, majestad, no es una revuelta, es una revolución»,
pone el acento en esta diferencia esencial. Significa exactamente «es la
certeza de un nuevo gobierno». El movimiento de rebeldía, al principio, se
queda corto. No es más que un testimonio sin coherencia. La revolución
empieza, al contrario, a partir de la idea. Precisamente es la inserción de la
idea en la experiencia histórica, cuando la rebeldía es sólo el movimiento
que lleva de la experiencia individual a la idea. Mientras que la historia,
incluso colectiva, de un movimiento de rebeldía es siempre la de un
compromiso sin salida en los hechos, de una protesta oscura que no
compromete ni sistemas ni razones, una revolución es una tentativa para
modelar el acto a partir de una idea, para dar forma al mundo en un marco
teórico. Por eso, la rebeldía mata a hombres mientras que la revolución
destruye a la vez hombres y principios. Pero, por las mismas razones, se
puede decir que no ha habido aún revolución en la historia. Sólo puede
haber una, que sería la revolución definitiva. El movimiento que parece
cerrar el círculo inicia ya otro nuevo en el instante mismo en que el gobierno
se constituye. Los anarquistas, con Varlet a la cabeza, vieron muy bien que
gobierno y revolución son incompatibles en sentido directo. «Implica
contradicción —dijo Proudhon— el que el gobierno pueda ser nunca
revolucionario, y ello por la razón muy simple de que es gobierno». Hecha la
experiencia, añadamos a esto que el gobierno sólo puede ser revolucionario
contra otros gobiernos. Los gobiernos revolucionarios se obligan la mayor
parte del tiempo a ser gobiernos de guerra. Cuanto más amplia es la
revolución, más considerable es la apuesta de la guerra que supone. La
sociedad salida de 1789 quiere batirse por Europa. La que nació de 1917
luchó por el dominio universal. La revolución total acaba así por reivindicar,
ya veremos por qué, el imperio del mundo.
En espera de este fenómeno, si es que ha de ocurrir, la historia de los
hombres, en cierto sentido, es la suma de sus revueltas sucesivas. Dicho de
otro modo, el movimiento de traslación que halla una expresión clara en el
espacio, no es más que una aproximación en el tiempo. Lo que se llamaba
devotamente en el siglo XIX la emancipación progresiva del género humano
aparece desde el exterior como una sucesión ininterrumpida de revueltas
que se superan unas a otras y tratan de hallar su forma en la idea, pero que
no han llegado aún a la revolución definitiva, que lo estabilizaría todo en el
cielo y en la tierra. Antes que a una emancipación real, el examen superficial
concluiría una afirmación del hombre por sí mismo, afirmación cada vez más
extendida, pero siempre incompleta. Si hubiera una sola vez revolución, en
efecto, no habría ya historia. Habría unidad feliz y muerte satisfecha. Por eso
todos los revolucionarios apuntan finalmente a la unidad del mundo y
actúan como si creyeran en el final de la historia. La originalidad de la
revolución del siglo XX estriba en que, por primera vez, pretende
abiertamente realizar el viejo sueño de Anacharsis Cloots, la unidad del
género humano, y, al mismo tiempo, la coronación definitiva de la historia.
Como el movimiento de rebeldía desembocaba en el «todo o nada», como
la rebeldía metafísica quería la unidad del mundo, el movimiento
revolucionario del siglo XX, llegado a las consecuencias más claras de su
lógica, exige, con las armas en la mano, la totalidad histórica. La rebeldía es
entonces conminada, so pena de ser fútil o caduca, a convertirse en
revolucionaria. Ya no se trata para el rebelde de desafiarse a sí mismo como
Stirner o de salvarse solo por la actitud. Se trata de deificar a la especie
como Nietzsche y de cargar con su ideal de superhumanidad a fin de
asegurar la salvación de todos, según el deseo de Iván Karamázov. Los
Endemoniados salen a escena por primera vez e ilustran entonces uno de los
secretos de la época: la identidad de la razón y de la voluntad de poder.
Muerto Dios, hay que cambiar y organizar el mundo mediante las fuerzas del
hombre. No bastando ya con la única fuerza de la imprecación, hacen falta
armas y la conquista de la totalidad. La revolución, incluso y sobre todo la
que pretende ser materialista, no es más que una cruzada metafísica
desmesurada. ¿Pero la totalidad es la unidad? Es la pregunta a que debe
contestar este ensayo. Se ve solamente que el propósito de este análisis no
es hacer la descripción, cien veces repetida, del fenómeno revolucionario, ni
enumerar, una vez más, las causas históricas o económicas de las grandes
revoluciones. Es encontrar en algunos hechos revolucionarios la progresión
lógica, las ilustraciones y los temas constantes de la rebeldía metafísica.
La mayor parte de revoluciones toman su forma y su originalidad en un
crimen. Todas, o casi todas, han sido homicidas. Pero algunas, por
añadidura, han practicado el regicidio y el deicidio. Como la historia de la
rebeldía metafísica empezaba con Sade, nuestro tema real empieza
únicamente con los regicidas, sus contemporáneos, que atacan a la
encarnación divina sin atreverse aún a matar el principio eterno. Pero,
antes, la historia de los hombres nos muestra también el equivalente del
primer movimiento de rebeldía, el del esclavo.

Allí donde el esclavo se rebela contra el amo, hay un hombre levantado


contra otro, en la tierra cruel, lejos del cielo de los principios. El resultado es
tan sólo el asesinato de un hombre. Los motines serviles, los levantamientos
campesinos, las guerras de los pordioseros, las revueltas de los villanos,
destacan un principio de equivalencia, vida contra vida, que, a pesar de
todas las audacias y todas las mistificaciones, se encontrará siempre en las
formas más puras del espíritu revolucionario, el terrorrismo ruso de 1905,
por ejemplo.
La rebelión de Espartaco al final del mundo antiguo, unas decenas de
años antes de la era cristiana, es a este respecto ejemplar. Se notará
primero que se trata de una rebelión de gladiadores, o sea de esclavos
destinados a los combates de hombre a hombre y condenados, para deleite
de los amos, a matar o ser muertos. Empezada con setenta hombres, esta
revuelta se termina con un ejército de setenta mil insurgentes que aplastan
a las mejores legiones romanas y recorren Italia para marchar sobre la
propia ciudad eterna. No obstante, esta rebelión no aportó, como observa
André Prudhommeaux[2], ningún principio nuevo en la sociedad romana. La
proclama lanzada por Espartaco se limita a prometer a los esclavos
«derechos iguales». Este paso del hecho al derecho que hemos analizado en
el primer movimiento de rebeldía es, en efecto, la única adquisición lógica
que se puede hallar en este nivel de la rebeldía. El insumiso rechaza la
esclavitud y se afirma como el igual al amo. Quiere ser amo a su vez.
La revuelta de Espartaco ilustra constantemente este principio de
reivindicación. El ejército servil libera a los esclavos y les entrega
inmediatamente como siervos suyos a sus antiguos amos. Según una
tradición dudosa, es cierto, incluso habría organizado combates de
gladiadores entre varios centenares de ciudadanos romanos e instalado en
las graderías a los esclavos, delirantes de júbilo y excitación. Pero matar a
hombres conduce tan sólo a matar a más. Para hacer triunfar un principio, lo
que hay que abatir es un principio. La ciudad del sol con que soñaba
Espartaco sólo habría podido elevarse sobre las ruinas de la Roma eterna,
sus dioses y sus instituciones. El ejército de Espartaco marcha, en efecto,
para sitiarla, hacia Roma aterrorizada por tener que pagar sus crímenes. Sin
embargo, en ese momento decisivo, a la vista de las murallas sagradas, el
ejército se inmnoviliza y refluye, como si retrocediera ante los principios, la
institución, la ciudad de los dioses. Destruida ésta, ¿qué poner en su sitio,
fuera de ese deseo salvaje de venganza, ese amor herido y vuelto furioso,
que ha mantenido en pie hasta entonces a estos desdichados[3]?. En todos
los casos, el ejército se retira, sin haber combatido, y decide entonces, por
un curioso movimiento, regresar al punto de origen de las revueltas serviles,
rehacer en sentido inverso el largo trayecto de sus victorias y volver a Sicilia.
Como si esos desheredados, en adelante solos y desarmados ante este cielo
al que asaltar, retornaran hacia lo más puro y lo más cálido de su historia, en
la tierra de los primeros gritos donde morir era fácil y bueno.
Entonces comienzan la derrota y el martirio. Antes de la última batalla,
Espartaco manda crucificar a un ciudadano romano para informar a sus
hombres de la suerte que los aguarda. Durante la lucha, mediante un
movimiento rabioso en el que no puede no verse un símbolo, él mismo trata
incesantemente de alcanzar a Craso, que manda las legiones romanas.
Quiere perecer, pero en el combate de hombre a hombre con aquel que
simboliza, en este instante, a todos los amos romanos; no le importa morir,
pero en la más alta igualdad. No alcanzará a Craso: los principios combaten
de lejos y el general romano se mantiene aparte. Espartaco morirá, como ha
querido, pero bajo los golpes de los mercenarios, esclavos como él, y que
matan su libertad con la suya. Por el único ciudadano crucificado, Craso
ajusticiará a miles de esclavos. Las seis mil cruces que, después de tan justas
revueltas, jalonarán la vía de Capua a Roma demostrarán a la multitud servil
que no hay equivalencia en el mundo del poder y que los amos calculan con
avaricia el precio de su propia sangre.
La cruz fue también el suplicio de Cristo. Se puede imaginar que este
último eligió unos años más tarde el castigo del esclavo para reducir la
terrible distancia que en lo sucesivo separa a la criatura humillada de la faz
implacable del Amo. Jesús intercede, sufre, a su vez, la más extrema
injusticia para que la rebeldía no divida el mundo en dos partes, para que el
dolor gane también el cielo y lo arranque de la maldición de los hombres. ¿A
quién extrañará que el espíritu revolucionario, queriendo afirmar después la
separación del cielo y la tierra, haya empezado por desencarnar a la
divinidad matando a sus representantes en la tierra? En 1793, en cierto
modo, acaban los tiempos de la rebeldía y empiezan los tiempos
revolucionarios, en un patíbulo[4].

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