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Los bienes y el patrimonio

El objeto de la relación jurídica: los bienes


El tráfico jurídico y económico que, de manera constante, se traba entre personas físicas y
jurídicas, con un continuado intercambio en el seno de una sociedad industrializada y capitalista
como la nuestra, tiene por uno de los objetos de esas relaciones o negocios jurídicos un conjunto
muy variado y vasto de bienes. El intercambio continuo de bienes y servicios es la nota esencial
que define la actividad económica de nuestra sociedad. Y tal tipo de actividades y relaciones, por
supuesto, han de tener respaldo jurídico y la correspondiente normación.
Sin perjuicio de esa idea, con carácter previo a su desarrollo concreto, lo cierto es que debemos
retener esos elementos que suponen su último objeto, que resultan ser los bienes. En enfoque
jurídico, bien puede ser definido como todo aquél objeto o elemento que es capaz de portar
consigo una utilidad económica. Al aludir en esa definición doctrinal a objeto estamos
identificando bienes con cosas, cosas corporales. El CC parece mantener en su articulado esa
postura de identificar bienes con cosas, por lo que a este criterio nos atenemos. Ahora bien, ha
de dejarse apuntado que en puridad esa asimilación no es exacta por no omnicompresiva, esto
es, por dejar fuera de esa formulación a otro tipo de realidades como pudieran ser las cosas no
corporales y, sobre todo, los derechos. Los derechos subjetivos encierran en sí, como ya es
sabido, facultades de ejercicio entre las cuales pueden hallarse las de tipo económico, luego
serían aptos para reportar ese beneficio o utilidad a la que se refería antes (el derecho subjetivo a
la propiedad, per se, no proyectado sobre objetos concretos, permite a su titular “gozar y
disponer de una cosa”, art. 348 CC; luego la capacidad de poder venderla, arrendarla, gravarla,
hipotecarla… es ínsita a ese derecho subjetivo, que no constituye en sí mismo considerado un
bien pero sí permite esa utilización económicamente beneficiosa).
En consecuencia, académicamente y sin perjuicio de, insisto, atenernos a lo que disponga la
legislación, esa idea de “bien” puede ser extensible a cosas y derechos, claramente proyectable
hacia la categoría del derecho subjetivo que ya hemos analizado en temas anteriores.
Los bienes deben reunir una serie de requisitos para estar integrados en la idea patrimonio,
conformando el activo del mismo. Esos rasgos serían los siguientes, y tendrían que darse
simultáneamente:
-Susceptibilidad de apropiación, es decir, de quedar bajo el dominio de la volición de quien sea
su titular. Esa apropiabilidad puede ser física, material; o meramente potencial, en función del tipo
de bien o derecho (una tablet es susceptible de tenencia física, una acción de una sociedad
mercantil que cotice en bolsa no, pero erige un bien en ese sentido jurídico del que se dispone y
se ostenta).
-Valor económico, lo que habilita también su transmisibilidad (compra, venta…) Así pues, en
sentido negativo, recordemos por ejemplo que los derechos de la personalidad carecían de este
rasgo, luego no constituyen bienes en sí mismos tomados, no encajan en esta categorización.

Efectivamente, la ausencia de esos dos caracteres conjugadamente elimina de esta


tipologización de bienes a aquéllos en quien no concurre. Se tratará de otros bienes no
patrimoniales, ajenos al comercio, no susceptibles de tener esos rasgos de valorización,
transmisibilidad… etc. El ejemplo típico, repetimos, se halla en los derechos de la personalidad
(nombre, vida, libertad religiosa e ideológica… etc).

A esta perspectiva tradicional, ha de añadirse una referencia a los nuevos bienes que generan las
novedosas tecnologías de la información y comunicación. La generalización de su uso permite
que existan expresiones de bienes, ya de base digital, que sí encajen en esa categoría patrimonial
(apropiables en sentido amplio y valorables económicamente). Habrá que tener en cuenta esta
circunstancia y, sin perjuicio de desarrollos legislativos futuros que se adapten más
perfectamente a estas realidades, subsumir por ahora su régimen jurídico en las previsiones
vigentes del CC y otras normas especiales.
Quizás el ejemplo más llamativo de este tipo de bienes digitales pero económicos lo suponga la
denominada bitcoin. En una Sentencia relativamente reciente (STS de 20 de junio de 2019, Sala
Segunda de lo Penal pero con proyección clara hacia el ámbito civil), el Tribunal Supremo hace
algunas consideraciones muy interesantes sobre el particular.
Concretamente, nos indica en su Fundamento jurídico tercero que “el denominado bitcoin (…) no
se trata de un objeto material, ni tiene la consideración legal de dinero. El bitcoin no es sino una
unidad de cuenta de la red del mismo nombre. A partir de un libro de cuentas público y
distribuido, donde se almacenan todas las transacciones de manera permanente en una base de
datos denominada Blockchain, se crearon 21 millones de estas unidades, que se comercializan
de manera divisible a través de una red informática verficada”. Así pues, “el bitcoin no es sino un
activo patrimonial inmaterial –ahí está la clave-, en forma de unidad de cuenta definida mediante
la tecnología informática y criptográfica (…) cuyo valor es el que cada unidad de cuenta o su
porción alcance por el concierto de la oferta y la demanda en la venta que de estas unidades se
realiza a través de las plataformas de trading Bitcoin”. Ahora bien, el bitcoin “en modo alguno es
dinero, o puede tener tal consideración legal –reténgase-, dado que la Ley 21/2011, de 26 de
julio, de dinero electrónico indica en su art. 1.2 que por dinero electrónico se entiende solo el
valor monetario almacenado por medios electrónicos o magnéticos que represente un crédito
sobre el emisor, que se emita al recibo de fondos con el propósito de efectuar operaciones de
pago (…) y que sean aceptados por una persona física o jurídica distinta del emisor de dinero
electrónico”.
A partir de este ejemplo, podemos inducir que efectivamente existen bienes, en el sentido
jurídico-económico al que nos estamos ahora refiriendo, aunque se hallen ya gestados en el
ámbito de las nuevas tecnologías, puramente digitales o inmateriales pero con el mismo ánimo de
suponer un activo económico susceptible de ser objeto de apropiación y/o tráfico.

La distinción entre bienes muebles e inmuebles


Establecida esa categoría jurídica de “bienes”, es posible clasificarla de diversas maneras o sobre
distintos criterios. Como siempre les comento, todas las clasificaciones tienen un carácter
eminentemente pedagógico, y suelen ser susceptibles de efectuarse de maneras muy diferentes,
es decir, siempre puede haber más de una clasificación perfectamente válida desde su apoyo en
criterios variables sobre una misma realidad.
En este caso, hecha esa aclaración, proponemos esta clasificación de los bienes.

BIENES INMUEBLES
Por contraposición a los bienes muebles, serían aquellos que no pueden transportarse de un
lugar a otro (p. ej, un edificio). Ahora bien, se puede comprobar que el CC no es exactamente
riguroso al catalogar estos bienes, pues estima tales los que objetivamente admiten esa
movilidad (y viceversa para los muebles). El correspondiente listado lo contiene el art. 334 CC
cuando dispone que son bienes inmuebles:
1.º Las tierras, edificios, caminos y construcciones de todo género adheridas al suelo.
2.º Los árboles y plantas y los frutos pendientes, mientras estuvieren unidos a la tierra o formaren
parte integrante de un inmueble.
3.º Todo lo que esté unido a un inmueble de una manera fija, de suerte que no pueda separarse
de él sin quebrantamiento de la materia o deterioro del objeto.
4.º Las estatuas, relieves, pinturas u otros objetos de uso u ornamentación, colocados en
edificios o heredades por el dueño del inmueble en tal forma que revele el propósito de unirlos de
un modo permanente al fundo.
5.º Las máquinas, vasos, instrumentos o utensilios destinados por el propietario de la finca a la
industria o explotación que se realice en un edificio o heredad, y que directamente concurran a
satisfacer las necesidades de la explotación misma.
6.º Los viveros de animales, palomares, colmenas, estanques de peces o criaderos análogos,
cuando el propietario los haya colocado o los conserve con el propósito de mantenerlos unidos a
la finca, y formando parte de ella de un modo permanente.
7.º Los abonos destinados al cultivo de una heredad, que estén en las tierras donde hayan de
utilizarse.
8.º Las minas, canteras y escoriales, mientras su materia permanece unida al yacimiento, y las
aguas vivas o estancadas.
9.º Los diques y construcciones que, aun cuando sean flotantes, estén destinados por su objeto
y condiciones a permanecer en un punto fijo de un río, lago o costa.
10. Las concesiones administrativas de obras públicas y las servidumbres y demás derechos
reales sobre bienes inmuebles.

Se puede extraer de la lectura del precepto que, efectivamente, hay bienes inmuebles por su
propia naturaleza (el suelo, las fincas en que se divide) pero también por incorporarse a otro
inmueble (árboles) o servirle de alguna manera (máquinas), por analogía con otros elementos
como son derechos reales –es decir, sobre cosas, como la propiedad o la posesión- (como
sucede con las concesiones administrativas, que lógicamente no tienen condición de cosa física)
… El CC sigue entonces para la concesión de esta consideración jurídica criterios amplios,
flexibles.

BIENES MUEBLES
El CC los define negativamente, es decir, como aquéllos que, por exclusión o en sentido
contrario, no son bienes inmuebles. Prevé el art. 335 que: se reputan bienes muebles los
susceptibles de apropiación no comprendidos en el capítulo anterior, y en general todos los que
se pueden transportar de un punto a otro sin menoscabo de la cosa inmueble a que estuvieren
unidos.

También en este caso se establecen ficciones legales, a las que tenemos que atenernos por
supuesto, de tal forma que el CC estima asimismo bienes muebles a ciertos derechos y cosas
incorporales. Añade el art. 336 CC que

Tienen también la consideración de cosas muebles las rentas o pensiones, sean vitalicias o
hereditarias, afectas a una persona o familia, siempre que no graven con carga real una cosa
inmueble, los oficios enajenados, los contratos sobre servicios públicos y las cédulas y títulos
representativos de préstamos hipotecarios.

SEMOVIENTES
Junto al binomio bienes muebles/inmuebles se ha barajado tradicionalmente un tercer elemento
clasificatorio, el de los denominados semovientes. Se trataría de mantener la consideración de
bienes (recordemos, apropiables físicamente y con contenido económico que es capaz de
transferir aprovechamiento a su titular) a los animales, es decir, aquellos bienes que se mueven
por sí mismos (per se, semovientes). En este sentido, animales domésticos, ganado, animales de
compañía… se integrarían en esta categoría jurídica.
Las perspectivas legislativas futuras (estimo que no muy lejanas en atención al consenso social
ya existente) seguramente modularán de manera significativamente esta apreciación. Más bien la
línea imperante estribará en estimar a estos seres, vivos y expresando comportamientos y
actitudes propias, como bienes a proteger más reforzadamente por el Derecho, hasta cierto
punto objeto de protección y cuidado, reconociéndoseles una dignidad y una mínima situación de
atención, respeto y cuidado.

BIENES INMATERIALES
Por contraposición a los bienes materiales, a las cosas corporales, nos encontramos con los
bienes inmateriales, es decir, objetos que no son derechos ni cosas físicas pero que sí son
susceptibles de esa apropiación (no material, lógicamente) y de reportar ese beneficio económico
al que nos referíamos antes. En este sentido, podemos pensar en el trabajo que desempeñamos
o las creaciones propias de la intelectualidad humana (propiedad industrial -patentes, marcas,
inventos…- o intelectual -obras de arte, composiciones musicales o literarias….-).

COSAS FUNGIBLES/NO FUNGIBLES


Estimando ya solo los bienes muebles, dentro de ellos es posible a su vez distinguir entre sosas
fungibles y cosas no fungibles. Dispone el art. 337 CC que: los bienes muebles son fungibles o no
fungibles.
A la primera especie pertenecen aquellos de que no puede hacerse el uso adecuado a su
naturaleza sin que se consuman; a la segunda especie corresponden los demás.

La cosa fungible, pues, permite su cambio por otra similar o equivalente, y puede ser siempre
pesada, contada o medida. El ejemplo arquetípico de cosa fungible es el dinero. Mientras tanto,
cosa no fungible es aquella que por su propia especificidad individualizante no admite ese
cambio o sustitución, aun pudiendo ser contada, pesada o medida. Por ejemplo, una botella de
determinado licor, cosecha del año 1993, gran reserva, número de serie de botella 3.

COSAS CONSUMIBLES/NO CONSUMIBLES


Enlazando con el criterio de fungibilidad, nos encontramos con esta nueva categoría
clasificatoria.
La cosa es fungible si se agota o destruye con el uso que le es propio, sea esa destrucción
inmediata o gradual (un tomate que usamos en una ensalada se destruirá como tal al consumirlo
con su ingesta; las zapatillas de deporte que usamos en los entrenamientos se irán consumiendo
con cada uno de ellos hasta que dejen de ser útiles, pej, porque el dibujo de las suelas haya
desaparecido y ya no agarran bien al suelo o a las máquinas de entrenamiento).
Cosa no consumible es la que por el contrario no sufre ese deterioro –una finca, el suelo-.

COSAS GENÉRICAS/ESPECÍFICAS
Por cosa genérica se puede entender aquélla que se determina respecto a los rasgos generales o
comunes de cosas que le son semejantes, sin que permitan su individualización del resto de sus
iguales; por ejemplo, veinte cajas de sidra, una tonelada de alubias de granja, un tren Alvia, un
avión Airbus… Una alubia no es separable nítidamente del resto de alubias que conforman su
género (genérica, pues)

Entre tanto, por cosa específica es aquélla identificable e individualizable respecto del resto de
cosas que forman parte de su género (El tren alvia número de serie 36; solamente a ese nos
referiríamos y no a cualquiera otro de los que conforman la producción).

COSAS DIVISIBLES/INDIVISIBLES
No se trata aquí de una división propiamente material o física, dado que en ese sentido todas las
cosas son divisibles, susceptibles de ser troceadas o repartidas aunque conformen a priori una
unidad (el tren Alvia en vagones, a su vez en asientos/ventanas/tapicería… un coche en
carrocería y motor, a su vez la carrocería en piezas más pequeñas; a su vez el motor en piezas
menores o tornillos…)

El sentido de esta categorización ha de ser estrictamente jurídico, enlazado a esa idea ya


apuntada desde el principio del tema en orden a que un bien reporte algún tipo de utilidad o
provecho a la persona que sea su titular. De esa manera, la divisibilidad o indivisibilidad de un
bien quedará en relación directa de dependencia con que su ejecución permita o no reportar ese
beneficio.

Desde tal premisa, cosa divisible sería aquélla que, aun producida su partición, sigue permitiendo
la producción a su titular de la utilidad que reportaba antes de tal división. El ejemplo típico es el
dinero. Un billete de 50 euros permite a su portador la compra o pago de bienes o servicios. Esa
utilidad no se pierde cuando se divide, es decir, se compra algún objeto y como vuelta queda en
su poder un billete de 20 euros, otro de 5 euros y varias monedas. Cada una de esas partes
resultantes de la división tienen la misma potencialidad que la cosa inicial, a salvo su menor valor,
evidentemente.

Mientras, cosa indivisible es aquélla que, una vez partida, haría que los distintos elementos o
partes resultantes no cubran la misma utilidad o beneficio que tenía inicialmente la cosa no
partida. Pensemos, por ejemplo, en un coche o un avión Airbus. Si, siendo divisibles como son,
se despiezan, los elementos resultantes no van a ser susceptibles de viajar o volar, perdiendo
entonces el beneficio que por entero sí brindaban a su titular.

COSA PRINCIPAL/ACCESORIA
La accesoriedad de una cosa se define por su relación de dependencia o subordinación a otra.
La principalidad, por el contrario, se define por su independencia o autonomía plena. Una cosa
será accesoria si, al margen de su individualidad o sustantividad per se, tiene por finalidad
complementar la función de otra.

Esta accesoriedad puede plasmarse de muchas maneras, dado que casi todas las cosas que nos
rodean son complejas, es decir, aglomeran en sí elementos o aspectos individualizables que, sin
embargo, tienen por finalidad completarlas en una finalidad superior; pensemos en que en un
avión encontramos ventanillas, fuselaje, motores, aparatos técnicos de navegación, tapicería,
mobiliario, sanitarios…. Todos esos elementos tienen individualidad, pero se integran en un bien
superior, el avión en sí, facilitando su labor principal (volar, sentados; con vistas; con
propulsión…) Otro tanto puede suceder si observamos este criterio desde una perspectiva de
adorno, complemento, pertenencias… de ese bien superior: ambos tipos de cosas existen
individualmente, perfectamente separados unas de otras, si bien la mejor utilización conjunta de
todas ellas puede generar esa subordinación o accesoriedad (por ejemplo, en un centro
comercial, colocar distintas estatuas, árboles, decoraciones navideñas o de Halloween…
Lógicamente estos bienes tienen sustantividad propia, pero alcanzan mejor su finalidad cuando
son ubicados con esa finalidad de complemento o adorno por las galerías del centro comercial
de turno que, evidentemente, también tiene sustantividad y existe cumpliendo su objeto con
independencia de que se le decore o no).

LOS FRUTOS. ESTUDIO DE LOS ARTS. 354-357 CC


Quizá la cosa accesoria jurídicamente más relevante es la que erigen los frutos de una cosa.
Fruto, jurídicamente hablando, es cualquier utilidad que una cosa produce, pero notemos que por
sí mismos van a tener un contenido económico directo, sustantividad propia y provocar a su
titular beneficios.

Su regulación se encuentra en los arts. 354-357, ambos inclusive, del CC. Disponen lo siguiente

Artículo 354.
Pertenecen al propietario:
1.º Los frutos naturales.
2.º Los frutos industriales.
3.º Los frutos civiles.

Artículo 355.
Son frutos naturales las producciones espontáneas de la tierra, y las crías y demás productos de
los animales.
Son frutos industriales los que producen los predios de cualquiera especie a beneficio del cultivo
o del trabajo.
Son frutos civiles el alquiler de los edificios, el precio del arrendamiento de tierras y el importe de
las rentas perpetuas, vitalicias u otras análogas.

Artículo 356.
El que percibe los frutos tiene la obligación de abonar los gastos hechos por un tercero para su
producción, recolección y conservación.

Artículo 357.
No se reputan frutos naturales, o industriales, sino los que están manifiestos o nacidos.
Respecto a los animales, basta que estén en el vientre de su madre, aunque no hayan nacido.

Así pues, los frutos pueden ser de tres tipos: naturales, civiles e industriales; y cada uno de ellos
son los que va especificando en CC, con los matices que de ese tenor normativo se desprenden
y que, evidentemente, tendremos que tener en cuenta (aunque el crecimiento de tomates nos
parezca un fruto natural, conforme al CC será industrial si la planta es cultivada por el hombre;
Por el contrario, el nacimiento de un ternero, aun cuando la gestación de la vaca se haya
producido por iniciativa del ganadero se entenderá fruto natural…) Cuestión crucial,
consiguientemente, será la atribución de la titularidad de esos frutos a una determinada persona,
pues ella como propietaria será quien pueda aprovecharse del beneficio económico que cada
uno de ellos reporte. No entramos aquí en esta cuestión, estimando que es propia, por su
ubicación sistemática en el CC, de análisis en el momento en que se estudien los derechos
reales, si bien se deja anotado que existen las correspondientes previsiones en el art. 451 CC

El patrimonio. Referencia al patrimonio digital


El desarrollo cotidiano de nuestra vida y de nuestras distintas actividades requiere del sustento
de una serie de medios materiales, de unos bienes (en el sentido analizado hasta ahora) y
derechos (con un contenido asimismo patrimonial en tantas ocasiones) de los que nos servimos
constantemente y sin los cuales, de hecho, sería realmente difícil sobrellevar en condiciones
adecuadas la existencia (una vivienda, vestido, calzado, dinero, vehículos para desplazarnos,
tecnología….)
Todavía más, nuestra existencia se articula, enlaza y vertebra en estructuras sociales ciertamente
complejas. No vivimos aislados sino en contacto con otros muchos individuos con los que, entre
otras, trabamos constantemente relaciones de índole jurídica y económica, entre las que
destacan las de intercambio de bienes y servicios de múltiples naturalezas que, en última
instancia, generan derechos y obligaciones para los sujetos que en ellas son intervinientes
(acudimos a un otorrinolaringólogo a revisar las cuerdas vocales y, en su caso, aplicar
tratamientos. Estamos relacionándonos con ese profesional mediante un vínculo jurídico, contrato
de arrendamiento de servicios, que hará que el profesional realice su labor y nosotros abonemos
sus honorarios a cambio; en otra óptica inversa, recibirá una suma de dinero pero queda obligado
a desempeñar adecuadamente). Tales relaciones requieren, como se comprenderá, de la
existencia de unas mínimas garantías que respondan de su adecuado cumplimiento, voluntario o,
de llegar el caso, forzoso (bienes con los que hacer frente a tales obligaciones).
De ahí surge una construcción académica absolutamente necesaria, vistas las circunstancias, la
idea de patrimonio, que identificamos con un conjunto de bienes de los que una persona es
titular; teniendo en cuenta que esos bienes van a tener naturaleza dispar, regímenes jurídicos
potencialmente diferentes… pero todos ellos conformando un conjunto, una unidad económica y
jurídica.
Les indico que se trata de una creación doctrinal habida cuenta que, realmente, no encontramos
una regulación directa y concreta en el CC de la idea patrimonio. Indirectamente, sí: dispone el
art. 1911 CC que “del cumplimiento de sus obligaciones responde el deudor con todos sus
bienes presentes y futuros”. Así pues, aunque sea proyectado sobre el ámbito de las obligaciones
y contratos a que se refieren con carácter general los arts. 1088 y 1089 CC, el CC deja entrever
con claridad la idea del patrimonio, como garantía al menos del acreedor de que su deudor
responderá del crédito que sobre él ostenta. A la formulación del art. 1911 CC la denominamos
principio de responsabilidad patrimonial universal del deudor, por tanto la incidencia del
concepto “patrimonio” se induce del CC. Jurisprudencialmente, también se asume el concepto
en cuestión pacíficamente.

Por tanto, el patrimonio puede ser considerado como un conjunto de bienes y derechos y
obligaciones –incluye no solo activo, sino también pasivo; no solamente derechos y bienes, sino
también deberes, obligaciones- del que es titular una persona –natural o jurídica- que tiene por
finalidad tanto permitir que logre dar cumplimiento y satisfacción a sus necesidades cuanto
garantizar las responsabilidades a que deba hacer frente.

Así pues, dentro de la categoría “patrimonio” encontramos elementos integrantes de distinto tipo:
bienes (en sentido amplio, cosas, bienes inmateriales…), derechos (de índole obligacional –por
ejemplo nacidos de un contrato entre partes- o real –que recaen sobre cosas, como puede ser la
propiedad-), y también deudas (recordemos, comprende activo y pasivo). Todos los bienes que
integran el patrimonio han de tener contenido económico, ser susceptibles de intercambio,
comercio, enajenación…. En caso contrario, no estaríamos ante elementos integrantes de ese
patrimonio. Es decir, todos los elementos que, aun regulados por el Derecho Civil, adolecen de
esa naturaleza pecuniaria no formarían parte de este patrimonio (derechos de la personalidad,
estados civiles, derechos rigurosamente personales excluidos del tráfico económico….)

Podemos observar la existencia de distintos tipos o clases de patrimonio:

a) Patrimonio personal: Sería aquél que tiene cada persona, natural o jurídica, con independencia
de su contenido o incluso, eventualmente, de que en el mismo solamente exista pasivo. El
ejercicio de las facultades correspondientes dependerá del grado de capacidad de obrar que en
cada caso tenga su titular (la titularidad de un patrimonio la permite la capacidad jurídica, es
decir, la existencia de la persona determinada por su nacimiento; el ejercicio ulterior no: un menor
de tres años puede tener su propio patrimonio, pero no disponer de él)
b) Patrimonio colectivo: Se daría cuando la titularidad del mismo corresponde a varias personas
simultáneamente. No excluye la existencia de patrimonio personal de cada uno de los afectados,
se trataría de patrimonios distintos y perfectamente diferenciables, no integrados entre sí
(pensemos en el régimen económico de gananciales de un matrimonio: existirá el patrimonio
privativo de cada uno de los dos cónyuges junto al conjunto de bienes del matrimonio, de ambos
esposos simultáneamente)
c) Patrimonio separado: Se daría cuando ope legis se prevé que, dentro de un patrimonio
personal, uno o varios bienes que lo integran queden afectos al cumplimiento de un determinado
aspecto o tengan un régimen jurídico diferenciado respecto a los demás elementos que lo
conforman.
d) Patrimonio de destino: En este caso, se trataría de una serie de bienes que quedan afectos a
realizar una determinada finalidad, que en realidad justifica la propia existencia de este
patrimonio. Por ello, si se cumple esa finalidad (o si a la inversa no fuera posible cumplirla), debe
liquidarse y desaparecer como tal unidad patrimonial
e) En particular, el patrimonio protegido de las personas con discapacidad (Ley 41/2003, de 18 de
noviembre)

Este particular patrimonio constituye un buen ejemplo de lo que hemos catalogado como un
patrimonio de destino, es decir, aquél que queda vinculado al logro de unos determinados fines
que, en realidad, justifican su propia existencia como tal.

La Ley que citamos aquí trata de arbitrar un mecanismo que sirva al cumplimiento del mandato
del art. 49 CE en orden a la protección de la especial situación de las personas que se hallen
discapacitadas a la búsqueda de su igualdad con el resto de los ciudadanos (véase art. 9.2 CE),
concretamente en lo que a sus específicas necesidades patrimoniales respecta.

Este patrimonio especial queda constituido por un conjunto de derechos y bienes, con sus frutos,
productos y rendimientos, que queden adscritos a garantizar la satisfacción de las necesidades
vitales de sus titulares, esto es, personas en situación de discapacidad. Exclusivamente podrá
tener por beneficiario a su titular.

A los efectos de esta Ley 41/2003, únicamente tendrán la consideración de personas con
discapacidad: (a) Las afectadas por una minusvalía psíquica igual o superior al 33% (b) Las
afectadas por una minusvalía física o sensorial igual o superior al 65%. En ambos casos, esa
situación habrá de declararse mediante la correspondiente resolución.

El art. 3 de la Ley prevé que podrán constituir, en documento público o, en su caso, por
resolución judicial, un patrimonio protegido de este tipo:

a) la propia persona con discapacidad beneficiaria del mismo, siempre que tenga capacidad de
obrar suficiente

b) sus padres, tutores o curadores cuando la persona con discapacidad no tenga capacidad de
obrar suficiente

c) el guardador de hecho de una persona con discapacidad psíquica podrá constituir en beneficio
de éste un patrimonio protegido con los bienes que sus padres o tutores le hubieran dejado por
título hereditario o hubiera de recibir en virtud de pensiones constituidas por aquéllos y en los que
hubiera sido designado beneficiario.

La Ley también se inclina por facilitar la aportación por parte de terceras personas de bienes y
derechos a este patrimonio protegido, que siempre deberán realizarse a título gratuito.

El art. 5.4 dispone imperativamente que todos los bienes y derechos que se integren en el
patrimonio protegido, así como sus frutos, rendimientos y productos, deban forzosamente
destinarse a la satisfacción de las necesidades vitales de su beneficiario, o también al
mantenimiento de la productividad del propio patrimonio protegido.

La supervisión de la administración de este patrimonio protegido corresponde al Ministerio Fiscal,


quien actuará al efecto de oficio o a instancia de cualquier persona y debe ser oído en cualquier
actuación relacionada con aquél.

Este patrimonio protegido queda extinguido por la muerte o declaración de fallecimiento de su


beneficiario, o por dejar éste de tener la condición de persona con discapacidad conforme se ha
señalado anteriormente.

Finalmente, haremos una breve referencia a la idea del patrimonio digital. El imparable
fenómeno del desarrollo de las nuevas tecnologías en todos los ámbitos de nuestra cotidianidad
exige tener presente que muchos de los bienes, derechos o deudas a los que, con contenido
económico, nos referimos como integrantes del patrimonio pueden presentarse en esos formatos
digitales (en la nube, en dispositivos móviles, redes sociales, en unidades informáticas de
sobremesa…), pero parece evidente que tienen titular, disponemos de ellos y llevamos a cabo
actividades relacionales de índole jurídico-económica que los tienen por objeto. Existe pues un
patrimonio digital que coexiste y se integra en el concepto tradicional. Quizás el Ordenamiento
jurídico deberá brindar promulgando las normas correspondientes una respuesta más ajustada a
esta realidad sobrevenida y ya irreversible, pues hay problemas que encarar con soluciones
satisfactorias (por ejemplo, pensemos en el fallecimiento del titular de bienes de ese tipo, que
pasarían a formar parte de su caudal hereditario, ¿cómo acceder a los bienes si las claves al
efecto no han sido reveladas por el difunto?), pero debemos retener la idea de que ese patrimonio
digital es ya una realidad incontrovertida a la que habrá que dar el tratamiento jurídico
correspondiente.

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