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El Tio Vania

OBRA TEATRAL COMPLETA TÍO VANIA CHEJOV

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El Tio Vania

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El Tío Vania

Antón Chéjov

[Link]
Biblioteca digital abierta

1
Texto núm. 3267

Título: El Tío Vania


Autor: Antón Chéjov
Etiquetas: Teatro

Editor: Edu Robsy


Fecha de creación: 9 de febrero de 2018
Fecha de modificación: 9 de febrero de 2018

Edita [Link]

Maison Carrée
c/ Ramal, 48
07730 Alayor - Menorca
Islas Baleares
España

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2
Personajes
ALEXANDER VLADIMIROVICH SEREBRIAKOV, profesor retirado.

ELENA ANDREEVNA, su mujer, veintisiete años.

SOFÍA ALEXANDROVNA (SONIA), su hija de un primer matrimonio.

MARÍA VASILIEVNA VOINITZKAIA, viuda de un consejero secreto y


madre de la primera mujer del profesor.

IVÁN PETROVICH VOINITZKII, su hijo.

MIJAIL LVOVICH ASTROV, médico.

ILIA ILICH TELEGUIN, terrateniente arruinado.

MMARINA, vieja nodriza.

Un MOZO.

La acción tiene lugar en la hacienda de Serebriakov.

3
ACTO PRIMERO
La escena representa un jardín y parte de la fachada de la casa ante la
que se extiende una terraza. En la alameda, bajo un viejo tilo, esta
dispuesta la mesa del té. Sillas, bancos y, sobre uno de ellos, una guitarra.
A corta distancia de la mesa, un columpio. Son más de las dos de la tarde.
El tiempo es sombrío.

4
ESCENA PRIMERA
MARINA, viejecita tranquila, hace calceta sentada junto al «samovar»;
ASTROV pasea a su lado por la escena.

MARINA: (Sirviéndole un vaso de té.)


Toma, padrecito.

ASTROV: (Cogiendo con desgana el vaso.)


Creo que no me apetece.

MARINA:
Puede que quieras un poco de vodka.

ASTROV:
No… No la bebo todos los días… El aire, además, es sofocante. (Pausa.)
¡Ama!… ¿Cuánto tiempo hace ya que nos conocemos?

MARINA: (cavilando.)
¿Cuántos?… ¡Que Dios me dé memoria!… Verás… Tú viniste aquí…, a
esta región… ¿cuándo?… Vera Petrovna, la madre de Sonechka, estaba
todavía en vida. Por aquel tiempo, antes de que muriera, viniste dos
inviernos seguidos…, lo cual quiere decir que hará de esto unos once
años. (Después de meditar unos momentos.) Y hasta puede que más.

ASTROV:
¿He cambiado mucho desde entonces?

MARINA:
Mucho. Antes eras joven, guapo…, mientras que ahora has envejecido…
¿Y dónde se te ha ido la belleza? También hay que decir que bebes vodka.

ASTROV:
Sí. En diez años me he vuelto otro hombre. Y ¿por Qué causa?… Porque
trabajo demasiado, ama… No conozco el descanso, y hasta por la noche,
bajo la manta, estoy siempre temiendo que vengan a llamarme para ir a
ver a algún enfermo.

5
Desde que nos conocemos no he tenido un día libre, y así…, ¿quién no va
a envejecer? Además, la vida de por sí es aburrida, tonta, sucia… Eso
también influye mucho. A tu alrededor no ves más que gentes absurdas, y
cuando llevas viviendo con ellas dos o tres años, tú mismo, poco a poco y
sin darte cuenta, te vas volviendo también absurdo… Es un destino
inevitable. (Rizándose los largos bigotes.) ¡Qué bigotazo más enorme he
echado! ¡Qué bigote más tonto! ¡Me he vuelto absurdo, ama!… Tonto
todavía no me he vuelto. ¡Dios es misericordioso! Mis sesos están en su
sitio; pero tengo, en cierto modo, atrofiado el sentimiento. No deseo nada,
no necesito de nadie y no quiero a nadie. Acaso sólo te quiero a ti.
(Le besa la cabeza.) Cuando era niño, tuve también un ama como tú.

MARINA:
Puede que quieras comer algo.

ASTROV:
No. En la tercera semana de Cuaresma, durante la epidemia, tuve que ir a
Malitzkoe… Cuando el tifus exantemático… Allí, en las «isbas», se morían
las gentes como moscas… ¡Suciedad…, pestilencia…, humo…, terneros
por el suelo, junto a los enfermos!… ¡Hasta cerdos había!… Yo no me
senté en todo el día, ni probé bocado; pero, eso sí…, cuando llegué a
casa, tampoco me dejaron descansar. Me traían al guardagujas de la
estación… Le tendí sobre la mesa para operarle, y se me murió bajo el
cloroformo… Pues bien…, entonces…, cuando menos falta hacía, el
sentimiento despertó dentro de mí. La conciencia me dolía como si le
hubiera matado premeditadamente. Me senté, cerré los ojos…, así…, y
pensé: aquéllos que hayan de sucedernos dentro de cien o doscientos
años, y para los que ahora desbrozamos el camino…, ¿tendrán para
nosotros una palabra buena?… ¡No la tendrán, ama!

MARINA:
La gente no la tendrá; pero Dios, sí.

ASTROV:
Sí. Gracias… Has hablado muy bien.

6
ESCENA II
Entra Voinitzkii.

VOINITZKII: ((ha salido de la casa con aspecto de haber estado


durmiendo después del almuerzo y, sentándose en el banco, endereza su
corbata de petimetre).)
Bueno… (Pausa.) Bueno…

ASTROV:
¿Has dormido bien?

VOINITZKII:
Muy bien, sí. (Bosteza.) Desde que viven aquí el profesor y su mujer…, mi
vida se ha salido de su carril. No duermo a las horas en que sería propio
hacerlo; en el almuerzo y la comida, como cosas que no me convienen;
bebo vinos… ¡Nada de esto es sano!… Antes no disponía de un minuto
libre. Sonia y yo trabajábamos mucho; pero ahora es ella sola la que
trabaja, mientras yo duermo como, bebo… ¡No está bien, desde luego!

MARINA (moviendo la cabeza.):


¡Vaya orden de vida!… ¡El «samovar» esperando desde por la mañana
temprano, y el profesor levantándose a las doce!… Antes de venir ellos,
comíamos, como todo el mundo, a poco de dar las doce; pero, con ellos, a
las seis pasadas… Luego, por la noche, el profesor se pone a leer y a
escribir, y, de repente…, a eso de las dos, un timbrazo… «¿Qué se le
ofrece, padrecito?»… «¡El té!»… Y, por él, tiene una que despertar a la
gente…, preparar el «samovar»… ¡Vaya orden de casa!

ASTROV:
¿Piensan quedarse mucho tiempo todavía?

VOINITZKII (silbando.):
Cien años… El profesor ha decidido establecerse aquí.

MARINA:
Pues ahora está pasando igual. El «samovar» lleva ya dos horas sobre la

7
mesa, y ellos…, de paseo.

VOINITZKII:
Ahí vienen ya… Ya vienen, no te alteres.

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ESCENA III
Se oyen primero voces y, después, surgiendo del fondo del jardín, entran
en escena, de vuelta del paseo, Serebriakov, Elena Andreevna, Sonia y
Teleguin.

SEREBRIAKOV:
¡Magnífico! ¡Magnífico!… ¡Las viejas son maravillosas!…

TELEGUIN:
¡Maravillosas, excelencia!

SONIA:
Mañana iremos al campo forestal, papá. ¿Quieres?

VOINITZKII:
¡Señores! ¡A tomar el té!

SEREBRIAKOV:
¡Amigos míos! ¡Sean buenos y mándenme el té al despacho! ¡Hoy tengo
todavía que hacer!

SONIA:
¡Seguro que te gustará el campo forestal!

Salen Elena Andreevna, Serebriakov y Sonia. Teleguin se acerca a la


mesa y se sienta al lado de Marina.)

VOINITZKII:
¡Con el calor que hace y este aire sofocante, nuestro gran sabio lleva
abrigo, chanclos, paraguas y guantes!

ASTROV:
Lo que quiere decir que se cuida.

VOINITZKII:
¡Y Qué maravillosa es ella!… ¡Qué maravillosa! ¡En toda mi vida no he

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visto una mujer más bonita!

TELEGUIN:
¡María Timofeevna!… ¡Lo mismo cuando voy por el campo, que cuando
me paseo por la fronda de este jardín, o miro a esta mesa…, experimento
una inefable beatitud!… ¡El tiempo es maravilloso, los pajarillos cantan y la
paz y la concordia reinan entre todos! ¿Qué más se puede desear?
(Aceptando un vaso de té.) Se lo agradezco con toda el alma.

VOINITZKII (soñando alto.):


¡Qué ojos! ¡Qué mujer maravillosa!

ASTROV:
Cuéntame algo, Iván Petrovich.

VOINITZKII (en tono apático.):


¿Qué quieres que te cuente?…

ASTROV:
¿No ocurre nada nuevo?

VOINITZKII:
Nada… ¡Todo es viejo! Yo…, igual que antes, o quizá peor, porque me he
vuelto perezoso, no hago nada y gruño como un viejo caduco… Mi vieja
«maman» balbucea todavía algo sobre «la emancipación femenina», y
mientras con un ojo mira a la tumba, con el otro busca, en sus libros
doctos, «la aurora de una nueva vida»…

ASTROV:
¿Y el profesor?

VOINITZKII:
El profesor, como siempre, se pasa el día, de la mañana a la noche,
sentado, escribe que te escribe… «¡Con la frente fruncida y la mente tersa,
escribimos y escribimos odas, sin que para ellas ni para nosotros oigamos
alabanzas!»… ¡Pobre papel! ¡Mejor haría en escribir su autobiografía!…
«Un profesor retirado, viejo mendrugo, enfermo de gota, de reumatismo,
de jaqueca y con el hígado inflamado por los celos y la envidia… Este
pescado seco reside, a pesar suyo, en la hacienda de su primera mujer
—porque su bolsillo no le permite vivir en la ciudad— y se lamenta
constantemente de sus desdichas, aunque la realidad sea que es

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extraordinariamente feliz.» ¡Hazte cargo de la cantidad de suerte que
tiene!… (Nervioso.) Hijo de un simple sacristán, ha subido por los grados
de la ciencia y ha alcanzado una cátedra. Es excelencia, ha tenido por
suegro un senador, etcétera… No es que importe mucho nada de eso,
dicho sea de paso, pero ten en cuenta lo siguiente: este hombre, durante
exactamente veinticinco años, escribe sobre arte sin comprender
absolutamente nada de arte… Durante veinticinco años exactamente,
mastica las ideas ajenas sobre realismo, naturalismo y toda otra serie de
tonterías… Durante veinticinco años lee y escribe sobre lo que para la
gente instruida hace tiempo es conocido y para los necios no ofrece
ningún interés… Lo cual quiere decir que su trabajo ha sido vano… No
obstante…, ¡Qué vanidad!, ¡Qué pretensiones!… Retirado, no hay alma
viviente que le conozca. Se le ignora completamente. Lo cual quiere decir
que durante veinticinco años ha estado ocupando un lugar que no le
correspondía… Y fíjate…, cuando anda, su paso es el de un semidiós.

ASTROV:
Parece enteramente que tienes envidia.

VOINITZKII:
Tengo envidia, si… ¡Y Qué éxito el suyo con las mujeres! ¡Ni Don Juan
supo de un éxito tan rotundo!… Su primera mujer —mi hermana—, criatura
maravillosa, tímida, límpida como este cielo azul; noble, generosa,
contando con más admiradores que él alumnos…, le quiso como sólo los
ángeles pueden querer a otros ángeles tan puros y maravillosos como
ellos… Mi madre, a la que inspira un terror sagrado, continúa
adorándole… Su segunda mujer… bonita, inteligente —ahora mismo
acaba usted de verla—, se casó con él cuando ya era viejo, entregándole
su juventud, su belleza, su libertad y su esplendor… ¿Por qué?… ¿Para
qué?

ASTROV:
¿Y es fiel al profesor?

VOINITZKII:
Desgraciadamente, sí.

ASTROV:
¿Por qué «desgraciadamente»?…

VOINITZKII:

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Porque esa fidelidad es falsa desde el principio hasta el fin. Le sobra
retórica y carece de lógica. Engañar a un viejo marido al que no se puede
soportar es inmoral, mientras que el esforzarse en ahogar dentro de sí la
pobre juventud y el sentimiento vivo, no lo es.

TELEGUIN (con voz llorosa):


¡Vania! ¡No me gusta oírte hablar así!… ¡El que engaña a la mujer o al
marido es un ser infiel!… ¡Capaz también de traicionar a la patria!

VOINITZKII (con enojo):


¡Cierra el grifo, Vania!

TELEGUIN:
¡Permíteme, Vania!… ¡Mi mujer…, y sin duda por culpa de mi exterior poco
atrayente…, se fugó, al día siguiente de la boda, con un hombre a quien
quería!… ¡Pues bien…, después de esto, yo seguí cumpliendo con mí
deber! ¡Todavía la quiero y le guardo fidelidad!… ¡La ayudo cuanto puedo,
y le he hecho entrega de todos mis bienes, para que atienda a la
educación de los niñitos que tuvo con aquel hombre a quien quiso! ¡Me
falló la dicha, pero me quedó el orgullo!… ¿Y ella, en cambio?… Su
juventud pasó, su belleza —sujeta a las leyes de la naturaleza— acabó
marchitándose, y el hombre a quien quería falleció. ¿Qué le ha quedado?

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ESCENA IV
Entran Sonia y Elena Andreevna. Un poco después, y con un libro entre
las manos, MARÍA Vasilievna. Ésta, después de sentarse, se pone a leer.
Le sirven el té, que bebe sin alzar la vista del libro.

SONIA (al ama, en tono apresurado):


¡Amita! Ahí han venido unos «mujiks». Vete a hablar con ellos.
Yo me ocuparé del té.

(Sirve éste. Sale el ama. Elena Andreevna coge su taza, que bebe sentada
en el columpio.)

ASTROV (a Elena Andreevna):


Venía a ver a su marido. Me escribió usted diciéndome que tenía reuma y
no sé Qué más cosas, y resulta que está sanísimo…

ELENA ANDREEVNA:
Ayer, anochecido, se quejaba de dolor en las piernas; pero hoy ya no tiene
nada.

ASTROV:
¡Y yo recorriendo a toda pisa treinta «verstas»! ¡Qué se le va a hacer! ¡No
es la primera vez que ocurre!… ¡Eso sí, como recompensa, me quedaré
en su casa, por lo menos, hasta mañana!… ¡Siquiera, dormiré «quantum
satis»!…

SONIA:
¡Magnífico! ¡Es tan raro que se quede a dormir! Seguro que no ha comido
usted.

ASTROV:
En efecto, no he comido.

SONIA:
Pues así comerá con nosotros. Ahora no comemos hasta después de las
seis. (Bebe.) El té está frío.

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TELEGUIN:
Sí, la temperatura del «samovar» ha descendido considerablemente.

ELENA ANDREEVNA:
No importa, Iván Ivanich. Lo beberemos frío.

TELEGUIN:
Perdón…; pero no soy Iván Ivanich, sino Ilia Ilich…, Ilia Ilich Teleguin, o
—como me llaman algunos, por mi cara picada de viruela— Vaflia. En
tiempos fui padrino de Sonechka, y su excelencia, su esposo me conoce
mucho. Ahora vivo en su casa, en esta hacienda… Si se ha servido usted
reparar en ello, todos los días como con ustedes.

SONIA:
Ilia Ilich es nuestro ayudante…, nuestro brazo derecho. (Con ternura.)
Traiga, padrinito. Le daré más té.

MARÍA VASILIEVNA:
¡Ah!…

SONIA:
¿Qué le pasa, abuela?

MARÍA VASILIEVNA:
He olvidado decir a Alexander —se me va la memoria— que he recibido
hoy carta de Jarkov. De Pavel Alekseevich… Enviaba su nuevo artículo.

ASTROV:
¿Y es interesante?

MARÍA VASILIEVNA:
Sí, pero un poco extraño. Se retracta de cuanto hace siete años era el
primero en defender. ¡Es terrible!

VOINITZKII:
No veo lo terrible por ninguna parte. Bébase el té, «maman».

MARÍA VASILIEVNA:
¡Pero si quiero hablar!

VOINITZKII:

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Desde hace cincuenta años no hacemos más que hablar, hablar y leer
artículos. Ya es hora de terminar.

MARÍA VASILIEVNA:
No sé por qué no te agrada escuchar cuando yo hablo… Perdona, «Jean»,
pero en este último año has cambiado tanto, que no te reconozco. Antes
eras un hombre de convicciones definidas… Tenías una personalidad
clara.

VOINITZKII:
¡Oh, sí!… ¡Tenía una personalidad clara con la que no daba claridad a
nadie!… (Pausa.) ¡Tenía una personalidad clara! ¡Imposible emplear
ingenio conmigo más venenosamente!… Tengo ahora cuarenta y siete
años. Pues bien…; como usted, hasta el año pasado me apliqué ex
profeso a embrumar mis ojos con su escolástica, para no ver la verdadera
vida, e incluso pensaba que hacía bien… Ahora, en cambio… ¡Si usted
supiera!… ¡Mi rabia, mi enojo por haber malgastado el tiempo de modo tan
necio, cuando podía haber tenido todo cuanto ahora la vejez rehúsa, me
hace pasar las noches en vela!

SONIA:
¡Tío Vania! ¡Es aburrido!

MARÍA VASILIEVNA (a su hijo):


¡Parece que echas algo la culpa de eso a tus anteriores convicciones,
cuando la culpa no es de ellas, sino tuya! ¡Olvidas que las convicciones
por sí solas no son nada!… ¡Nada más que letra muerta! ¡Había que
actuar!

VOINITZKII:
¡Actuar!… ¡No todo el mundo es capaz de convertirse en un «perpetuum
mobile» de la escritura, como su «Herr» profesor!

MARÍA VASILIEVNA:
¿Qué quieres decir con eso?

SONIA (en tono suplicante):


¡Abuela!… ¡Tío Vania!… ¡Os lo ruego!

VOINITZKII:
Me callo. Me callo y me someto.

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(Pausa.)

ELENA ANDREEVNA:
La verdad es que el tiempo hoy está hermoso. No hace ningún calor…

(Pausa.)

VOINITZKII:
Un tiempo muy bueno para ahorcarse. (Teleguin afina la guitarra. Marina
da vueltas ante la casa, llamando a las gallinas.)

MARINA:
¡Pitas, pitas, pitas!

SONIA:
¡Amita! ¿A Qué venían esos «mujiks»?

MARINA:
A lo de siempre. Otra vez para lo del campito… ¡Pitas, pitas, pitas!…

SONIA:
¿A quién llamas?

MARINA:
¡Es que Petruschka se ha escapado con los pollitos!… ¡Pueden robarlos
los cuervos!

(Sale. Teleguin toca en la guitarra una polca. Todos escuchan en silencio.)

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ESCENA V
Entra un mozo de labranza.

EL MOZO:
¿Está aquí el señor doctor? (A Astrov.) Vienen a buscarle, Mijail Lvovich.

ASTROV:
¿De dónde?

EL MOZO:
De la fábrica.

ASTROV (Con enojo):


¡Pues tantas gracias!… ¡Qué se le va a hacer! . (Buscando con los ojos la
gorra.) Tengo que ir… ¡Qué lástima diablos!

SONIA:
¡Qué lástima, verdaderamente!… Cuando esté de vuelta de la fábrica,
véngase aquí a comer.

ASTROV:
Imposible. Será demasiado tarde. Cómo voy a poder… (Al mozo.) ¡Oye,
amigo! ¡Tráeme una copa de vodka! (Sale el mozo.) Cómo voy a poder…
(Poniéndose la gorra.) En una de sus obras teatrales, Ostrovsky presenta
un personaje de largos bigotes y cortas capacidades… Pues bien, ese soy
yo… Así es que…, tengo el honor, señores, de saludarles. (A Elena
Andreevna.) Me proporcionará una sincera alegría si un día va a visitarme
con Sofía Alexandrovna. Soy dueño de una pequeña hacienda, que no
tendrá arriba de unas treinta «desiatin», pero si le interesa ver un jardín
modelo y un invernadero como no lo hay igual en mil «verstas» a la
redonda, allí lo encontrará. Tengo junto a mí los viveros del Estado, y,
como el guarda forestal es viejo y está siempre enfermo, soy yo, en
realidad, el que se ocupa de ellos.

ELENA ANDREEVNA:
Ya me han dicho que tiene usted gran amor a los bosques. Claro que es

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mucho el servicio que puede usted prestarles; pero…, ¿acaso ello no
perjudica a su verdadera vocación? ¡Es usted médico!

ASTROV:
¡Sólo Dios sabe cuál es nuestra verdadera vocación!

ELENA ANDREEVNA:
¿Y resulta interesante?

ASTROV:
Sí. Es un trabajo interesante.

VOINITZKII (con ironía):


¡Mucho!

ELENA ANDREEVNA (a Astrov):


Es usted todavía joven. Representa usted tener treinta y seis o treinta y
siete años, y la cosa, seguramente, no es tan interesante como dice.
¡Bosques, bosques y bosques siempre!… ¡Se me figura que es muy
monótono!

SONIA:
No… Es muy interesante. Mijail Lvovich, todos los años planta nuevos
bosques, y ya ha sido premiado con una medalla de bronce y un diploma.
Se preocupa también de que los viejos bosques no se pierdan. Si le oye
usted, acabará siendo de su opinión… Dice que los bosques adornan la
tierra y enseñan al hombre a penetrar en sus maravillas, inspirándole
grandeza de ánimo… Que los bosques dulcifican la severidad del clima y
que en los países donde éste es Más benigno, se consumen menos
fuerzas en la lucha con la naturaleza, por lo que el hombre allí es más
suave y más tierno. Allí —dice— la gente es bella, flexible, fácil a la
sensibilidad. Su lenguaje es fino, sus movimientos gráciles, florecen sus
ciencias y su arte; su filosofía no es sombría, y su relación hacia la mujer
está impregnada de una gran nobleza.

VOINITZKII (riendo):
¡Bravo, bravo!… ¡Todo eso resulta grato, pero nada conveniente!… Por
tanto… (A Astrov.) Permíteme, amigo mío, que continúe encendiendo mis
estufas con leña y construyendo mis cobertizos de madera.

ASTROV:

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Podrías encender tus estufas con turba y construir los cobertizos de
piedra; pero, bueno…, admito que se corten por necesidad, pero
destruirlos… ¿por qué? Los bosques rusos crujen bajo el hacha, parecen
millones de árboles, se vacían las moradas de los animales y de los
pájaros, los ríos pierden profundidad y se secan; desaparecen, para nunca
volver, paisajes maravillosos, y todo porque el hombre, perezoso, carece
del sentido que le haría agacharse y extraer de la tierra el combustible.
(A Elena Andreevna.) ¿No es verdad, señora?… Es preciso ser un bárbaro
sin juicio para quemar en la estufa esa belleza… Para destruir lo que
nosotros somos incapaces de crear… Si el hombre está dotado de juicio y
de fuerza creadora, es para multiplicar lo que le ha sido dado y, sin
embargo, hasta ahora, lejos de crear nada, lo que hace es destruir… Cada
día es menor y menor el número de bosques… Los ríos se secan, las aves
desaparecen, el clima pierde benignidad, y la tierra se empobrece y se
afea. (A Voinitzkii.) Me miras con ironía, como si todo cuanto estoy
diciendo no te pareciera serio… Y puede que, en efecto, sea una
chifladura…; pero cuando paso ante bosques de campesinos, a los que he
salvado de la tala, cuando oigo el rumor de un joven bosque plantado por
mí, reconozco que el clima está algo en mis manos y que si, dentro de mil
años, el hombre es feliz, será un poco por causa mía… Cuando planto un
pequeño abedul, al que veo después verdear y mecerse con el viento, se
me llena el alma de orgullo y… (Viendo avanzar al mozo con la copa de
vodka…) A todo esto… (Bebe) ya es hora de marcharse. Esto,
seguramente, es una chifladura. ¡Tengo el honor de saludaros!… (Se
encamina hacia la casa.)

SONIA (siguiéndole, le coge del brazo):


¿Cuándo vendrá a vernos?

ASTROV:
No lo sé.

SONIA:
¿Va a estar otro mes sin venir?

(Salen Astrov y Sonia. María Vasilievna y Teleguin continúan al lado de la


mesa y Elena Andreevna y Voinitzkii se dirigen a la terraza.)

ELENA ANDREEVNA:
¡Iván Petrovich! ¡Ha vuelto usted a comportarse de un modo imposible!
¿Qué necesidad tenía de excitar a María Vasilievna diciéndole eso del
«perpetuum mobile»

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? ¡Otra vez hoy, durante el almuerzo, empezó usted a discutir con
Alexander! ¡Eso no puede ser!

VOINITZKII:
Pero ¡si le aborrezco!

ELENA ANDREEVNA:
¡No hay motivo ninguno para aborrecer a Alexander! ¡Es un hombre como
todo el mundo! ¡No es peor que usted!

VOINITZKII:
¡Si hubiera usted podido verle el rostro y los movimientos!… ¡Qué pereza
tiene de vivir!… ¡Oh, Qué pereza!

ELENA ANDREEVNA:
¡Pereza, sí, y aburrimiento!… ¡Todos critican a mi marido! ¡Todos me
miran con compasión!… ¡«Qué desgraciada!»… «¡Tiene un marido
viejo!»… ¡y, oh, cómo comprendo ese interés por mí!… ¡Todos ustedes
—como acaba de decir Astrov—, insensatamente, dejan perecer los
bosques, y pronto en la tierra no habrá nada! ¡Pues bien… del mismo
modo insensato, labran la pérdida del hombre, y pronto sobre la tierra
—gracias a ustedes— no quedará ni fidelidad, ni pureza, ni capacidad de
sacrificio! ¿Por Qué no pueden ver con indiferencia a una mujer que no es
suya?… ¡Sencillamente porque —tiene razón el doctor— cada uno de
ustedes lleva dentro el demonio de la destrucción! ¡No tienen piedad! ¡ni
para los bosques, ni para los pájaros, ni para las mujeres, ni el uno para el
otro!

VOINITZKII:
No me gusta esa filosofía. (Pausa.)

ELENA ANDREEVNA:
Ese doctor, por la cara, parece cansado y nervioso. Es una cara
interesante la suya. Por lo visto, le gusta a Sonia. Está enamorada de él, y
lo comprendo… Durante mi estancia aquí, ya ha venido tres veces; pero,
como soy tímida, no he hablado con él una sola, como es debido…,
afectuosamente. Me creerá de un carácter avieso… Seguramente usted y
yo, Iván Petrovich, somos tan buenos porque los dos somos aburridos y
tristes… No me mire de esa manera. No me gusta.

VOINITZKII:

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¿Y cómo voy a mirarla de otra manera, si la quiero?… ¡Es usted mi dicha,
mi vida, mi juventud! ¡Sé que mis probabilidades a una reciprocidad por su
parte equivalen a cero; pero no necesito nada!… ¡Permítame tan sólo que
la mire, que oiga su voz!…

ELENA ANDREEVNA:
¡Cuidado! ¡Pueden oírle! (Se dirige a la casa.)

VOINITZKII (siguiéndola):
¡Permítame que le hable de mi amor! ¡No me rechace! ¡Esa será para mí
la mayor felicidad!

ELENA ANDREEVNA:
¡Es martirizante!

(Salen ambos. Teleguin toca a la guitarra una polca. María Vasilievna


anota algo en el margen del libro.)

TELÓN.

21
ACTO SEGUNDO
Comedor en casa de los SEREBRIAKOV. Es de noche. Se oye el golpeteo
del guarda a su paso por el jardín.

22
ESCENA PRIMERA
Serebriakov, sentado en una butaca ante la ventana abierta, dormita.
Elena Andreevna, a su lado, dormita también.

SEREBRIAKOV (espabilándose):
¿Quién está ahí?… ¿Eres tú, Sonia?

ELENA ANDREEVNA:
Soy yo.

SEREBRIAKOV:
¿Tú, Leonechka?… ¡Qué dolor más insoportable!

ELENA ANDREEVNA:
Se te ha caído al suelo la manta. (Arropándole la pierna.) Voy a cerrar la
ventana, Alexander.

SEREBRIAKOV:
No. Me sofoco. Ahora, al quedarme dormido, soñé que mi pierna izquierda
no era mía, y me desperté con un dolor torturante. No…; esto no es gota.
Más bien parece reuma… ¿Qué hora es ya?

ELENA ANDREEVNA:
Las doce y veinte.

(Pausa.)

SEREBRIAKOV:
Búscame mañana por la mañana en la biblioteca el libro de Batiuschkov.
Me parece que lo tenemos.

ELENA ANDREEVNA:
¿Qué?…

SEREBRIAKOV:
Que me busques por la mañana a Batiuschkov… Creo que lo tenemos…

23
Pero… ¿por qué me dará esta fatiga al respirar?

ELENA ANDREEVNA:
¡Estás cansado!… ¡Ya es la segunda noche que no duermes!

SEREBRIAKOV:
Dicen que a Turgueniev la gota le produjo una angina de pecho. Temo
tener yo lo mismo… ¡Maldita y asquerosa vejez!… ¡Que la lleve el
diablo!… Al hacerme viejo empecé a sentir asco de mí mismo… ¡También
a todos vosotros os dará asco mirarme!

ELENA ANDREEVNA:
Hablas de tu vejez como si los demás tuviéramos la culpa de que seas
viejo.

SEREBRIAKOV:
A ti es a la primera a quien doy asco. (Elena Andreevna se levanta y va a
sentarse a alguna distancia.) ¡Claro!… ¡Tienes razón!… ¡No soy tonto y lo
comprendo! ¡Eres joven, bonita, sana, y quieres vivir, mientras que yo soy
un viejo y casi un cadáver!… ¿Acaso no lo comprendo?… ¡Naturalmente;
es tonto que continúe vivo; pero… esperen, que ya pronto les libraré a
todos!… ¡Ya no falta mucho!

ELENA ANDREEVNA:
No puedo más… ¡Por el amor de Dios, cállate!

SEREBRIAKOV:
Ahora resulta que, gracias a mí, nadie puede más… Todos se aburren,
pierden la juventud, y sólo yo disfruto de la vida y estoy contento… ¡Claro!

ELENA ANDREEVNA:
¡Cállate! ¡Me estás martirizando!

SEREBRIAKOV:
¡A todos estoy martirizando!… ¡Claro!

ELENA ANDREEVNA (entre lágrimas):


¡Es insoportable!… Dios… ¿Qué quieres de mí?

SEREBRIAKOV:
Nada.

ELENA ANDREEVNA

24
:
Pues cállate… ; te lo ruego.

SEREBRIAKOV:
¡Qué extraño!… Se pone a hablar Iván Petrovich o esa vieja idiota de
María Vasilievna y no pasa nada. Se les escucha…; pero apenas digo yo
una palabra, todos empiezan a sentirse desgraciados. ¡Hasta mi voz
inspira asco!… Pero, bueno… aún admitiendo que sea asqueroso, egoísta,
déspota…, ¿será posible que ni siquiera en la vejez me asista algún
derecho al egoísmo?… ¿Será posible que no me lo haya merecido?…
¿Será posible que no pueda aspirara una vejez tranquila y a la
consideración de las gentes?

ELENA ANDREEVNA:
Nadie discute tus derechos. (El viento golpea en la ventana.) Se ha
levantado mucho aire y voy a cerrar la ventana. (Cierra ésta.) Va a
empezar a llover… Nadie discute tus derechos.

(Pausa. Se oye el golpeteo del cayado del guarda, que pasa cantando por
el jardín.)

SEREBRIAKOV:
¡Haberse pasado la vida trabajando para la ciencia!… ¡Estar
acostumbrado a un despacho, a un auditorio, a compañeros a los que se
estima…! y, de pronto, sin más ni más, ¡encontrarse en este panteón!…
¡Ver un día tras otro gente necia, y escuchar conversaciones insulsas!…
¡Quiero vivir! ¡Me gusta el éxito, la celebridad, el ruido; y aquí se está
como en el exilio, recordando con tristeza y constantemente el pasado!…
¡Siguiendo los éxitos ajenos y temiendo la muerte!… ¡No puedo!… ¡Me
faltan las fuerzas! ¡Y, por añadidura, aquí no quiere perdonárseme la vejez!

ELENA ANDREEVNA:
Espera… Ten paciencia. Dentro de cinco o seis años, yo también seré
vieja.

25
ESCENA II
Entra Sonia.

SONIA:
¡Tú mismo mandas a buscar al doctor, y cuando llega, te niegas a
recibirle!… ¡No es muy atento!… ¡Resulta así, que se le ha molestado
inútilmente!

SEREBRIAKOV:
¿Para qué necesito yo de tu Astrov?… ¡Entiende tanto de medicina como
yo de astronomía!

SONIA:
¡No faltaría más sino que hiciéramos venir aquí, para tu gota, a toda la
facultad de Medicina!

SEREBRIAKOV:
Con ese chiflado no quiero ni cruzar palabra.

SONIA:
A tu gusto. (Se sienta.) A mí me da igual.

SEREBRIAKOV:
¿Qué hora es?

ELENA ANDREEVNA:
Las doce pasadas.

SEREBRIAKOV:
¡Qué sofoco!… ¡Sonia!… ¡Tráeme las gotas que están sobre la mesa!

SONIA:
Ahora mismo. (Se las da.)

SEREBRIAKOV (Con irritación):


¡Ah! ¡No son éstas! ¡No puede uno pedir nada!

26
SONIA:
¡Por favor, no seas caprichoso! ¡Puede que haya a quien eso le gusta,
pero a mí, líbrame de ello, por favor! ¡No me agrada! Además, no puedo
perder tiempo. ¡Mañana por la mañana tengo que levantarme temprano
para la siega! (Entra Voinitzkii, envuelto en una bata y con una vela en la
mano.)

VOINITZKII:
Me parece que vamos a tener tormenta. (Un relámpago.) ¡Ahí está!…
«Heléne» y Sonia, váyanse a dormir. He venido a relevarlas.

SEREBRIAKOV (asustado):
¡No, no!… ¡No me dejéis con él!… ¡No!… ¡Me aturdirá con su
conversación!

VOINITZKII:
¡Pero es preciso que descansen! ¡Ésta es la segunda noche que se pasan
en vela!

SEREBRIAKOV:
¡Pues que se vayan a dormir, pero tú márchate también!… ¡Gracias!… ¡Te
suplico, en nombre de nuestra antigua amistad, que no protestes! ¡Ya
habrá tiempo de hablar después!

VOINITZKII (con una ligera sonrisa):


¡Nuestra antigua amistad!

SONIA:
¡Cállate, tío Vania!

SEREBRIAKOV (a su mujer):
¡Querida! ¡No me dejes con él! ¡Me aturdirá!

VOINITZKII:
¡Hasta resulta cómico! (Entra Marina, con una vela en la mano.)

SONIA:
¿Qué haces, amita, que no te acuestas? ¡Es muy tarde!

MARINA:
¡El «samovar» no se ha retirado todavía de la mesa! ¿Cómo va una a

27
acostarse?

SEREBRIAKOV:
¡Nadie duerme aquí, todos están agotados, y yo soy el único que lo pasa
bien!

MARINA (con ternura, acercándose a Serebriakov):


¿Qué hay, padrecito? ¿Te duele?… ¡También a mí se me cargan mucho
las piernas! (Arreglándole la manta.) ¡Esta enfermedad… hace tiempo ya
que la tienes!… ¡Me acuerdo de que la difunta Vera Petrovna…, la madre
de Conechka…, se pasaba ya las noches en vela!… ¡Cómo te quería!
(Pausa.) ¡Los viejos son iguales a los niños!… ¡Les gusta que se les
mime… pero a los viejos no les mima nadie! (Besa a Serebriakov en el
hombro.) ¡Vámonos, padrecito, a la cama!… ¡Vámonos, lucero!… ¡Te haré
un poco de tila, te calentaré las piernecitas y rezaré a Dios por ti!…

SEREBRIAKOV (Conmovido):
Vamos, Marina.

MARINA:
¡También a mí se me cargan mucho las piernas! (Le conduce, ayudada por
Sonia.) ¡Vera Petrovna se pasaba las noches en vela…, llorando!… ¡Tú
entonces, Soniuschka, eras todavía pequeña… tonta!… ¡Vamos, vamos,
padrecito! (Salen Serebriakov, Sonia y Marina.)

ELENA ANDREEVNA:
¡Me ha dejado agotada! Apenas me sostienen los pies.

VOINITZKII:
Él a usted, y yo a mí mismo. Ya es la tercera noche que no duermo.

ELENA ANDREEVNA:
¡No marchan bien las cosas en esta casa!… Su madre aborrece todo lo
que no sean sus artículos y el profesor. Éste, a su vez, está irritado; a mí
no me cree y a usted le teme. Sonia se enfada con su padre y hace ya dos
semanas que no me habla; usted detesta a mi marido y desprecia
abiertamente a su madre, y yo… me excito también…, por lo que hoy
habré estado a punto de llorar unas veinte veces… ¡No marchan bien las
cosas en esta casa!

VOINITZKII:

28
¡Dejémonos de filosofías!

ELENA ANDREEVNA:
Usted, Iván Petrovich, es instruido e inteligente, y parece que debería
comprender que el mundo no se destruye por el fuego, ni por los bandidos,
sino por el odio, la enemistad y toda esta serie de mezquindades… En vez
de refunfuñar, lo que tendría que hacer sería reconciliar a unos y a otros…

VOINITZKII:
¡Reconcílieme primero conmigo mismo!… ¡Querida mía! (Le besa la mano.)

ELENA ANDREEVNA (retirando ésta):


¡Déjeme! ¡Váyase!

VOINITZKII:
¡Pronto cesará la lluvia y todo en la naturaleza adquirirá un nuevo frescor y
respirará libremente!… ¡Sólo a mí no me refrescará la tormenta!… ¡De día
y de noche me angustia el pensamiento de que mi vida está perdida para
siempre!… ¡Mi pasado se consumió inútilmente en puerilidades, y mi
presente es de una terrible absurdidad!… ¡Heos aquí, amor y vida míos!
¿Qué hacer con vosotros? ¿Dónde meteros? ¡Mi sentimiento se consume
inútilmente, como el rayo de sol dentro de un hoyo, y yo me consumo con
él!

ELENA ANDREEVNA:
Oírle hablar de su amor me produce un…, a modo de embotamiento, y no
sé qué decirle… Perdone…, no puedo decir nada. (Intentando marcharse.)
Buenas noches.

VOINITZKII (cerrándole el paso):


¡Si supiera usted lo que me hace sufrir el pensar que a mi lado, en esta
misma casa, se malogra otra vida…, la suya!… ¿Qué espera usted? ¿Qué
maldita filosofía la entorpece? ¡Compréndame! ¡Compréndame!

ELENA ANDREEVNA (mirándole fijamente):


¡Iván Petrovich! ¡Está usted borracho!

VOINITZKII:
¡Puede ser!

ELENA ANDREEVNA:

29
¿Dónde está el doctor?

VOINITZKII:
Ahí dentro. Se queda a pasar la noche conmigo… ¡Puede ser…, puede
ser!… ¡Todo puede ser!

ELENA ANDREEVNA:
¿También hoy estuvo bebiendo?… ¿Por qué?

VOINITZKII:
¡Al menos se parece a vivir! ¡No me lo impida, «Heléne»!

ELENA ANDREEVNA:
¡Antes no bebía usted nunca… ni hablaba tanto! ¡Váyase a dormir! ¡Su
compañía me aburre!

VOINITZKII (besándole ardientemente la mano):


¡Querida mía! ¡Encanto!

ELENA ANDREEVNA (con enojo):


¡Déjeme! ¡Resulta repugnante! (Sale.)

VOINITZKII (solo):
¡Se fue! (Pausa.) ¡La conocí hace diez años en casa de mi difunta
hermana! Tenía ella diecisiete; treinta y siete yo… ¿Por qué no me
enamoraría de ella en aquel tiempo y solicitaría su mano?… ¡Hubiera sido
tan fácil entonces! ¡Ahora sería mi mujer!… ¡Sí! ¡Ahora la tormenta nos
hubiera despertado a ambos! ¡Ella se asustaría de los truenos! y yo,
sujetándola con mis brazos, le murmuraría: «¡No temas! ¡Estoy aquí!»…
¡Oh, pensamientos maravillosos! ¡Qué bien me siento!… ¡Hasta río!…
¡Pero, ay, Dios mío!… ¡Las ideas se embrollan en mi cabeza?… ¿Por qué
soy viejo?… ¿Por qué no me comprende?… ¡Su retórica, su moral
perezosa, sus ideas absurdas sobre la destrucción del mundo…, todo esto
me, es profundamente aborrecible! (Pausa.) ¡Oh, qué engaño el mío!…
¡Sentía adoración por este profesor, por este lamentable gotoso!…
¡Trabajé por él como un buey! ¡Entre Sonia y yo exprimimos de esta
haciendo el último jugo y comerciamos —como mercaderes— con el
aceite, los garbanzos y el requesón! ¡Nos privábamos de comer a nuestra
satisfacción para poder convertir los «grosch» y las «kopeikas» en miles
de rublos que mandarle!… ¡Orgulloso de su ciencia, sólo vivía y respiraba
de él! ¡Todo cuanto decía y escribía se me antojaba genial…, mientras que

30
ahora!… ¡Dios mío!… ¡Le han dado el retiro y su vida puede resumirse así:
no sobrevivirá a su muerte ni una sola página de su trabajo! ¡Éste es
completamente desconocido, nulo! ¡Como una pompa de jabón!… ¡Estoy
engañado! ¡Lo veo! ¡Tontamente engañado! (Entra Astrov con la levita
puesta, sin chaleco ni corbata, y un tanto alegre. Le sigue Teleguin con
una guitarra en la mano.)

ASTROV:
¡Toca!

TELEGUIN:
¡Pero si duerme todo el mundo!

ASTROV:
¡Toca! (Teleguin empieza a tañer suavemente la guitarra. (A Vonitzkii.)
¿Estás solo? ¿No hay señoras? (Con los brazos en jarras se pone a
cantar a media voz.) «No hay casa, ni estufa, ni donde se pueda acostar el
amo»… Me despertó la tormenta. ¡Vaya manera de llover! ¿Qué hora es?

VOINITZKII:
¡El diablo lo sabrá!

ASTROV:
Me pareció oír la voz de Elena Andreevna.

VOINITZKII:
Acaba de salir de aquí.

ASTROV:
¡Qué maravilla de mujer! (Examinando los frascos que hay sobre la mesa.)
Medicinas… ¡Qué de recetas no habrá aquí De Jarkov, de Moscú, de
Tula…! ¡A todas las ciudades ha ido a aburrir con su gota!… ¿Está, en
efecto, enfermo o lo finge?

VOINITZKII:
Está enfermo. (Pausa.)

ASTROV:
¿Por qué tienes hoy esa cara tan triste? ¿Te da, acaso, pena el profesor?

VOINITZKII:
¡Déjame!

31
ASTROV:
¡Tal vez estás enamorado de la profesora!

VOINITZKII:
Es mi «amigo».

ASTROV:
¿Ya?

VOINITZKII:
¿Qué con ese «ya»?

ASTROV:
Pues que la mujer no puede llegar a ser «amigo» del hombre más que por
este orden: primero, camarada; después, amante, y luego…, «amigo».

VOINITZKII:
¡Filosofía cínica!

ASTROV:
¿Cómo?… Sí… He de reconocer que me estoy volviendo cínico… ¡Ya
estás viendo que también estoy borracho!… ¡Por regla general, sólo me
emborracho así una vez al mes!… ¡Cuando me encuentro en este estado,
mi descaro y mi frescura no conocen límites! ¡Me atrevo con las
operaciones más difíciles y las llevo a cabo maravillosamente; trazo los
más amplios planes para el futuro y, en tales momentos, lejos de
considerarme un chiflado, creo aportar a la Humanidad un beneficio
inmenso! ¡Inmenso!… ¡En tales momentos me guío por mi propio sistema
filosófico y todos ustedes, hermanos, se me antojan unos insectos, unos
microbios!… (A Teleguin.) ¡Vaflia! ¡Toca!

TELEGUIN:
¡Amiguito mío! ¡Me gustaría con toda el alma complacerte, pero date
cuenta…, toda la casa está durmiendo!

32
ASTROV:
¡Toca! (Teleguin empieza a tocar bajito.) ¡No estaría mal beber un poco!
¡Vamos… Me parece que por ahí ha quedado todavía un poco de coñac!
Cuando amanezca, nos iremos a mi casa. ¿Conformes? (Al ver entrar a
Sonia.) ¡Perdone!… ¡Me coge sin corbata!… (Sale rápidamente, seguido
por Teleguin.)

SONIA:
¡Tío Vania!… ¿Otra vez has estado bebiendo con el doctor? ¡Vaya amistad
que has hecho!… ¡Él siempre fue así…, pero tú!… ¿Por qué razón, si se
puede saber?… ¡A tus años no está nada bien!

VOINITZKII:
Los años no tienen aquí nada que ver… Cuando se carece de verdadera
vida, se vive de espejismos… ¡Siempre es mejor esto que nada!

SONIA:
¡Tenernos cortado el heno…, que esta lluvia diaria está pudriendo…, y tú
hablando de espejismos!… ¡Has abandonado los asuntos de la hacienda,
y yo trabajo sola y estoy agotada! (Asustándose.) ¡Tío!… ¡Tienes los ojos
llenos de lágrimas!

VOINITZKII:
¡Qué lágrimas ni qué tonterías!… ¿Es que ahora acabas de mirarme como
me miraba tu difunta madre!… ¡Querida mía!… (Le besa ansiosamente las
manos y la cara.) ¡Mi hermana! ¡Mi querida hermana!… ¿Dónde está
ahora? ¡Si ella supiera!… ¡Ay, si ella supiera!

SONIA:
¿El qué?… ¿El qué, tío?

VOINITZKII:
¡No me encuentro bien!… ¡No es nada!… ¡Después!… (Sale.)

SONIA (golpeando con los nudillos en la puerta):


¡Mijail Lvovich! ¿No está usted dormido? ¡Un minuto nada más!

ASTROV (desde el otro lado de la puerta):


¡Ahora mismo! (Entra, esta vez con el chaleco y corbata puestos.) ¿Qué
me manda usted?

33
SONIA:
¡Si no le repugna, siga bebiendo; pero le suplico que no deje beber al tío!
¡Le hace daño!

ASTROV:
De acuerdo. No volveremos a beber más. (Pausa.) Ahora mismo me
marcho a mi casa; está decidido. Mientras enganchan los caballos, dará
tiempo a que amanezca.

SONIA:
Llueve mucho. Espere a la mañana.

ASTROV:
La tormenta pasa de refilón; nos coge sólo de costado… Me marcho y…
por favor…, ¡no vuelva a llamarme para que visite a su padre! Le digo que
lo que tiene es gota, y él asegura que es reuma; le pido que se eche, y
sigue sentado… ¡Hoy, ni siquiera ha querido hablar conmigo!

SONIA:
¡Está muy mimado! (Rebuscando en el aparador.) ¿Quiere comer algo?

ASTROV:
Quizá Sí.

SONIA:
Me gusta comer por la noche. En el aparador me parece que hay alguna
cosa… Dicen que durante toda su vida tuvo gran éxito con las mujeres, y
que son ellas las que le mimaron… Tome queso. (De pie, junto al
aparador, ambos comen.)

ASTROV:
Hoy, hasta ahora, no había tomado nada. No había hecho más que
beber… Su padre tiene un carácter difícil… (cogiendo una botella del
aparador.) ¿Puedo? (Bebe una copa.) Aquí no hay nadie y, por tanto, es
posible hablar claramente… ¿Sabe?… ¡Se me figura que yo en su casa no
podría vivir ni un mes!… ¡Me ahogaría en esta atmósfera!… ¡Su padre…,
sin más idea que su gota y sus libros; su tío Vania, con su murria; su
abuela…, y, por último, su madrastra!

SONIA:

34
¿Y qué le pasa a mi madrastra?

ASTROV:
¡En el individuo todo tiene que ser maravilloso: el rostro, el vestido, el
alma, el pensamiento!… ¡Ella es maravillosa —esto está fuera de toda
discusión—; pero… su vida se reduce a comer, a dormir, a encantarnos a
todos con su belleza y pare usted de contar! Carece de obligaciones,
mientras los demás trabajan para ella… ¿no es así?… Una vida ociosa no
puede ser límpida, (Pausa.) Tal vez soy excesivamente severo en mis
juicios…; quizá porque, como a su tío Vania, mi vida no me satisface…,
razón por la que ambos nos hemos hecho gruñones.

SONIA:
¿No le satisface su vida?

ASTROV:
Amo a la vida en general; pero la nuestra, la de la región, la rusa, la
cotidiana…, me resulta insoportable y la desprecio con toda mi alma… Por
lo que se refiere a la mía propia…, a fe mía que ésta no tiene
absolutamente nada de buena… ¿Sabe?… ¡Cuando en medio de una
noche cerrada tiene uno que atravesar el bosque y distingue a lo lejos el
resplandor de una lucecita…, ya no repara en el cansancio, ni en la
oscuridad, ni en que las ramas le pegan en la cara!… Yo trabajo, ya lo
sabe usted, como no trabaja nadie en toda la región, y recibo sin cesar
golpes del destino… A veces sufro e modo insoportable, pero sin tener a lo
lejos lucecita alguna… Ni espero nada para mí de los demás, ni quiero ya
a la gente… ¡Hace mucho que no quiero a nadie!…

SONIA:
¿A nadie?

ASTROV:
A nadie. Sólo su ama —y en nombre de viejas memorias— despierta en
mí cierta ternura… Los «mujiks» son muy monótonos… No están
desarrollados mentalmente, viven entre suciedad, y, en cuanto a los
intelectuales… con éstos es difícil mantener la buena armonía…
¡Cansan!… Todos ellos —buenos conocidos nuestros— piensan y sienten
mezquinamente; sin ver más allá de su propia nariz. Son sencillamente
necios. Otros más inteligentes, de mayor valor…, son seres histéricos,
recomidos por el análisis y los reflejos… Se lamentan, aborrecen,
calumnian enfermizamente, abordan de soslayo al hombre y, tras mirarle

35
de reojo, deciden: «¡Oh! ¡Se trata de un psicópata!», o bien: «¡Le gusta
hacer frases bonitas!»…, y cuando no saben qué etiqueta estamparte en la
frente, dicen: “¡Es un ser extraño! “…
Así, pues, mi amor a los bosques es extraño… El que no coma carne lo es
también… ¡No son capaces de comprender la relación pura, libre e
impulsiva hacia la naturaleza ni hacia las gentes!… ¡No y no! (Hace
ademán de disponerse a beber otra copa.)

SONIA (impidiéndoselo):
¡No!… ¡Se lo ruego! ¡Se lo suplico…, no beba más!

ASTROV:
¿Y por qué?

SONIA:
No le cuadra nada hacerlo… Es usted fino…, su voz es sumamente
dulce… Hasta podría decirle más; de todas las personas que conozco,
usted es la única maravillosa. ¿Por qué, entonces, quiere parecerse a
esas gentes vulgares que beben y juegan a las cartas?… ¡Oh…! ¡No lo
haga se lo suplico!… Suele usted decir que los hombres, lejos de crear, no
hacen más que destruir lo que les fue dado… ¿Por qué, entonces, se
destruye usted a sí mismo… ¡No tiene que hacer eso! ¡Se lo suplico!

ASTROV (tendiéndole la mano):


No volveré a beber más.

SONIA:
Déme su palabra.

ASTROV:
Palabra de honor.

SONIA (estrechándole fuertemente la mano):


Gracias.

ASTROV:
¡Basta!… ¡Recobré la sobriedad!… ¿Me ve usted?… ¡Estoy
completamente sereno, y así seré estándolo hasta el fin de mis días!
(consultando el reloj.) Prosigamos, pues… Como iba diciendo, mi tiempo
pasó… Ya es tarde… He envejecido, trabajo con exceso, me he vuelto
cínico, tengo atrofiados los sentimientos, y se me figura que ya no podría

36
ligarme por el afecto a otra persona… Ni quiero ni querré a nadie… ¿Por
qué, entonces, ejerce todavía la belleza sobre mí tanto poder?… No me
siento en absoluto indiferente hacia ella… ¡Se me figura, por ejemplo, que
si Elena Andreevna se lo propusiera, en un solo día podría enloquecer mi
cabeza!… ¡Claro que eso no es amor…, ni afecto!… (Tapándose los ojos
con la mano, se estremece.)

SONIA:
¿Qué le pasa?

ASTROV:
Nada. Durante la Cuaresma se me murió un enfermo bajo el cloroformo…

SONIA:
Pues ya es hora de que lo olvide. (Pausa.) Dígame, Mijail Lvovich… Si yo
tuviera una hermana menor y usted —supongamos— supiera que ella le
quería… ¿Cuál sería su correspondencia?

ASTROV (encogiéndose de hombros):


No lo sé. Seguramente, ninguna… La haría comprender que no podría
quererla… Mi cabeza, además, no piensa en semejantes cosas… Pero,
bueno…, si he de marcharme, ya es hora de hacerlo. Adiós, almita mía…
Si no me voy pronto, la charla se prolongaría hasta la mañana.
(Estrechándole la mano.) Sí me lo permite, me iré por el salón.

SONIA (sola)
¡No me dijo nada!… Su alma y su corazón están ocultos todavía para
mí, y, sin embargo…, ¿por qué me siento tan feliz?… (Ríe con risa
dichosa.) Le dije: «Es usted fino, noble, y tiene una voz sumamente
dulce»… ¿Estaría, acaso, inoportuna?… Tiene una voz vibrante y
acariciadora… Ahora mismo la estoy percibiendo aquí, en el aire…
Cuando le dije lo de la hermana menor, no me comprendió…
(Retorciéndose las manos.) ¡Oh, qué terrible ser fea!… ¡Qué terrible!…
¡Porque yo sé que soy fea!… ¡Lo sé y lo sé!… El domingo pasado,
saliendo de la iglesia, oí que hablaban de mí, y una mujer dijo: «Es buena
y generosa, pero ¡Qué lástima que sea tan fea!»… ¡Fea!… (Entra Elena
Andreevna.)

ELENA ANDREEVNA (abriendo la ventana):


La tormenta pasó. ¡Qué aire tan agradable!… (Pausa.) ¿Dónde está el
doctor?

37
SONIA:
Se fue. (Pausa.)

ELENA ANDREEVNA:
¡”Sophie”!

SONIA:
¿Qué?

ELENA ANDREEVNA:
¿Hasta cuándo estará usted enfadada conmigo?… ¡No nos hemos hecho
el menor daño la una a la otra!… ¿Por qué, entonces, vivir como
enemigas?

SONIA:
Yo también quería… (Abrazándola.) ¡Basta ya de enfados!

ELENA ANDREEVNA:
¡Magnífico, entonces! (Ambas están excitadas.)

SONIA:
¿Se ha acostado ya papá?

ELENA ANDREEVNA:
No; está sentado en el salón. Hace semanas enteras que no nos
hablamos, y sabe Dios por qué… (Viendo abierto el aparador.) ¿Qué es
eso?

SONIA:
Mijail Lvovich ha estado cenando ahí.

ELENA ANDREEVNA:
Veo que también hay vino…, conque vamos a beber a nuestra
«brüderschaft».

SONIA:
¡Vamos, sí!

ELENA ANDREEVNA:
¡Y de la misma copita! (Llenando una.) ¡Así es mejor!… De manera que
entonces…, ¿de tú?

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SONIA:
De «tú». (Beben y se besan.) ¡Hace tiempo que deseaba hacer las paces
contigo…, pero me daba vergüenza!… (Llora.)

ELENA ANDREEVNA:
¿Por qué lloras?

SONIA:
Por nada…

ELENA ANDREEVNA:
¡Bueno, bueno…, basta ya!… (Llora a su vez.) ¡Qué tonta soy! ¿Pues no
lloro yo también? (Pausa.) Tu enfado conmigo es porque piensas que me
he casado con tu padre por cálculo… Si crees en juramentos, te juro que
me casé con él por amor. ¡Me atrajo que fuera sabio y célebre!… Aquel
amor no era, desde luego, verdadero, sino falso…, artificial…, pero a mí se
me figuró verdadero… ¡No soy culpable!… Tú, desde el día mismo de
nuestra boda, no cesaste de condenarme con tus ojos inteligentes y
suspicaces.

SONIA:
¡Pues ahora, paz! ¡Paz! ¡Olvidémoslo todo!

ELENA ANDREEVNA:
No debes mirar así… No te va bien… Hay que tener fe en los demás; de
otro modo, es imposible vivir. (Pausa.)

SONIA:
Dime con franqueza… como a una amiga…, ¿eres feliz?

ELENA ANDREEVNA:
No.

SONIA:
Lo sabía… Otra pregunta: dime francamente…, ¿te gustaría tener un
marido joven?

ELENA ANDREEVNA:
¡Qué niña eres todavía! ¡Claro que me gustaría! (Ríe.) Anda, pregúntame
algo más… Pregúntame…

SONIA

39
:
¿Te gusta el doctor?

ELENA ANDREEVNA:
Sí, Mucho.

SONIA (riendo):
Pongo cara de tonta, ¿verdad?… ¡Se ha marchado y sigo oyendo su
voz…, sus pasos… Y cuando miro a la ventana oscura se me representa
su cara!… ¡Déjame hablar!… ¡Sólo que no puedo hacerlo en voz alta! ¡Me
da vergüenza!… ¡Vamos a mi cuarto! ¡Allí hablaremos! Te parezco tonta,
¿verdad? ¡Confiésalo!… ¡Dime algo de él!

ELENA ANDREEVNA:
¿Qué voy a decirte?

SONIA:
¡Es tan inteligente! ¡Todo lo sabe! ¡Todo lo puede!… ¡Cura a las gentes y
planta bosques!

ELENA ANDREEVNA:
Lo de menos, querida, son los bosques y la medicina… De lo que tienes
que darte cuenta es de que es un talento. Y ¿sabes lo que significa ser un
talento?… Significa valor, claridad mental, horizontes amplios… Cuando
planta un arbolito, piensa ya en lo que va a ocurrir dentro de mil años… Se
le representa ya el bien de la Humanidad… Esta clase de gentes no
abunda, y hay que quererlas… Bebe… ; es, a veces, un tanto brusco…,
pero ¿Qué mal hay en ello?… Un hombre de talento en Rusia no puede
ser muy «limpito». Juzga por ti misma: ¿Qué vida es la del doctor?… ¡Vas
por los caminos y no sacas los pies del barro!… Luego, heladas, ventiscas,
distancias enormes, gente bruta, salvaje; y a tu alrededor, miserias,
enfermedades… Para el que trabaja y lucha día tras día en este ambiente,
es difícil, a los cuarenta años, conservarse limpio y sobrio. (Besándola.) Te
deseo de todo corazón la felicidad que mereces… (Levantándose.) ¡En
cuanto a mí… yo soy un ser anodino, un personaje episódico!… ¡Lo mismo
en la música, que en la casa de mi marido, que en mis historias de amor
—en ninguna parte en una palabra—, pasé de personaje episódico!… ¡En
serio, Sonia!… ¡Pensándolo bien, la realidad es que soy muy desgraciada!
(Pasea por la estancia, presa de agitación.) ¡No hay felicidad para mí en
este mundo! ¡No!… ¿De qué te ríes?

SONIA (riendo y ocultando el rostro entre las manos)

40
:
¡Me siento tan feliz! ¡Tan feliz!

ELENA ANDREEVNA:
Me gustaría tocar un poco el piano. De buena gana tocaría ahora algo.

SONIA (abrazándola):
¡Toca, sí! ¡Me es imposible dormir! ¡Toca!

ELENA ANDREEVNA:
Ahora mismo. Sólo que… tu padre está despierto, y cuando se encuentra
mal, la música le excita. Vete a preguntarle y, si no se opone, tocaré. Ve.

SONIA:
Allá, voy. (Sale. Se oyen los golpes que da con su cayado el guarda a su
paso por el jardín.)

ELENA ANDREEVNA:
Hace mucho que no toco. Tocaré y lloraré… Lloraré como una tonta…
(Asomándose a la ventana.) ¿Eres tú, Efim, el que da esos golpes?

LA VOZ DEL GUARDA:


Yo soy.

ELENA ANDREEVNA:
Pues no haga ruido; el señor no se encuentra bien.

LA VOZ DEL GUARDA:


Ya me voy. (Silbando a los perros.) ¡”Juchka”! ¡”Malchik”! ¡”Juchka”!
(Pausa.)

SONIA (volviendo a entrar):


¡No puede ser!

TELÓN.

41
ACTO TERCERO
Salón en casa de los SEREBRIAKOV. Tres puertas: una a la derecha, otra
a la izquierda y la tercera en el centro. Es de día.

42
ESCENA PRIMERA
Voinitzkii, Sonia, sentada, y Elena Andreevna, dando vueltas por el
escenario en actitud pensativa.

VOINITZKII:
El profesor ha manifestado el deseo de que nos reunamos aquí todos, en
este salón, hoy a la una. (Consultando el reloj.) Ya es menos cuarto…
¡Quiere revelar algo al mundo!

ELENA ANDREEVNA:
Se tratará, seguramente, de algún asunto.

VOINITZKII:
¡Él no tiene asuntos! ¡Se limita a escribir tonterías, a gruñir, a estar celoso,
y pare usted de contar!

SONIA (en tono de reproche):


¡Tío!…

VOINITZKII:
¡Bueno, bueno…! (Señalando a Elena Andreevna.) ¡Admiradla! ¡Anda, y la
pereza la hace tambalearse!… ¡Qué simpático…, qué simpático resulta!

ELENA ANDREEVNA:
¡El día entero se lo pasa usted zumba que te zumba!… ¿Cómo no se
harta? (con tristeza.) ¡Me muero de aburrimiento!… ¡No sé qué hacer!

SONIA (encogiéndose de hombros):


¿Es que no hay cosas en qué ocuparse? ¡Todo es cuestión de que quieras
hacerlas!…

ELENA ANDREEVNA:
¿Qué, por ejemplo?

SONIA:
Ocuparte de la casa, enseñar a niños, asistir enfermos y una porción de

43
cosas más… Cuando tú y papá no estabais aquí, tío Vania y yo íbamos en
persona al mercado a vender la harina.

ELENA ANDREEVNA:
Eso yo no sé hacerlo y, además, no es interesante. Sólo en las novelas
idealistas se enseña a los niños y se asiste a los «mujiks»… ¿Cómo yo…,
así sin más ni más, voy a cuidar y a enseñar a nadie?

SONIA:
Pues yo, en cambio, lo que no comprendo es no ir y no enseñar… Tú
espera, que ya adquirirás la costumbre. (Abrazándola.) ¡No te aburras,
querida! (Riendo.) ¡Te aburres y no sabes qué hacer de tu persona…, y el
caso es que el aburrimiento, como la ociosidad, son contagiosos!… Mira,
tampoco el tío Vania hace más que seguirte como una sombra; y, en
cuanto a mí…, abandono mis asuntos y corro aquí a charlar contigo. ¡Qué
perezosa me he vuelto!… El doctor Mijail Lvovich rara vez venía antes a
vernos —una vez al mes, a lo sumo— y su visita era difícil de conseguir;
pero ahora…, ha dejado a un lado sus bosques y su medicina, y viene
todos los días. Seguro que eres una bruja.

VOINITZKII:
¿Por qué languidece así? (En tono vivo.) ¡Querida mía!… ¡Preciosa!…
¡Sea buena!… ¡Por sus venas fluye sangre de ondina! ¡Séalo de verdad!…
¡Permítase la libertad, aunque sólo sea una vez en la vida! ¡Enamórese
hasta el cuello de algún Neptuno y tírese de cabeza al remolino para poder
dejarnos al «Herr» profesor y a todos nosotros con la boca abierta!

ELENA ANDREEVNA (con ira):


¡Déjeme en paz!… ¡Resulta cruel! (Se dispone a salir.)

VOINITZKII (cerrándole el paso):


¡Bueno, bueno!… ¡Perdóneme, alegría de mi vida! ¡Le pido perdón!
(Besándole la mano.) ¡Paz!

ELENA ANDREEVNA:
¡Debería usted reconocer que incluso a un ángel se le acabaría la
paciencia!

VOINITZKII:
En signo de paz y concordia, voy a traerle un ramo de rosas. Lo preparé
esta mañana para usted… ¡Rosas de otoño!… ¡Maravillosas, tristes

44
rosas!… (Sale.)

SONIA:
¡Rosas de otoño!… ¡Maravillosas, tristes rosas! (Ambas fijan la vista en la
ventana.)

ELENA ANDREEVNA:
¡Ya estamos en septiembre! ¡Veremos cómo pasamos aquí el invierno!
(Pausa.) ¿Dónde está el doctor?

SONIA:
En el cuarto de tío Vania. Escribiendo algo… Me alegro de que tío Vania
se haya marchado… Tengo que hablar contigo.

ELENA ANDREEVNA:
¿De qué?

SONIA:
¿De qué?… (Acercándose a ella y reclinando la cabeza sobre su pecho.)

ELENA ANDREEVNA:
¡Vaya, vaya!… (Alisándole el cabello.) ¡Vaya! …

SONIA:
¡Soy fea!

ELENA ANDREEVNA:
Tienes un pelo precioso.

SONIA:
¡No!… (Volviendo la cabeza para mirarse en el espejo.) Cuando una mujer
es fea, se le dicen esas cosas: «Tiene usted un pelo precioso»… «Tiene
usted unos ojos preciosos»… ¡Hace ya seis años que le quiero!… ¡Le
quiero más que a mi padre!… ¡En todo momento oigo su voz, siento la
presión de su mano, y si miro a la puerta, me quedo suspensa, pues se me
figura que va a entrar!… ¿Ves?… ¡Siempre acudo a ti para hablar de él!…
¡Ahora viene todos los días, pero no me mira…, no me ve! ¡Qué
sufrimiento!… ¡No tengo esperanza alguna!… ¡No!… ¡No!… (Con acento
desesperado.) ¡Dios mío!… ¡Dame fuerzas!… ¡Me he pasado toda la
noche rezando!… A veces me acerco a él, le hablo, le miro a los ojos…
¡Ya no tengo orgullo ni dominio sobre mí misma!… ¡Ayer, no pudiendo

45
resistir más, confesé a tío Vania que le quiero!… ¡Todos los criados saben
que le quiero! ¡Todos lo saben!

ELENA ANDREEVNA:
¿Y él?

SONIA:
No. Él ni siquiera se fija en mí.

ELENA ANDREEVNA (pensativa):


Es un hombre raro… ¿Sabes una cosa?… Vas a permitirme que yo le
hable. Lo haré con mucho tiento…, valiéndome de insinuaciones…
(Pausa.) En serio: ¿hasta cuándo vamos a vivir, si no, en la ignorancia de
esto?… ¡Permítelo! (Sonia hace con la cabeza un signo de asentimiento.)
¡Magnífico, entonces! Si él te quiere o no te quiere, no será tan difícil de
averiguar… No te preocupes, palomita… Indagaré con mucha precaución,
y ni siquiera se dará cuenta. Lo único que tenemos que saber es si es «sí»
o si es «no»… (Pausa.) Y si es «no», no tiene que volver por aquí. (Sonia
vuelve a asentir con la cabeza.) ¡No viéndole es más fácil…! Lo que no
vamos a hacer es dejar el asunto para más tarde. Se lo preguntaremos
ahora mismo… Parece ser que tiene intención de enseñarme unos planos
delineados por él, conque ve y dile que quiero verle.

SONIA (presa de fuerte agitación):


¿Me contarás toda la verdad?

ELENA ANDREEVNA:
¡Claro que sí! Entiendo que la verdad —sea cual sea— nunca es tan
temible como la incertidumbre… ¡Confía en mí, palomita!

SONIA:
¡Sí, Sí!… ¡Le diré que quieres ver sus planos!… (Se dirige a la puerta;
pero, antes de entrar, se detiene un momento.) ¡No!… ¡Mejor es la
incertidumbre!… ¡Siempre queda al menos la esperanza!…

ELENA ANDREEVNA:
¿Qué te pasa?

SONIA:
Nada. (Sale.)

ELENA ANDREEVNA (sola)

46
:
No hay cosa peor que conocer un secreto ajeno, y no poder servir de
ayuda. (Pensativa.) Él no la quiere; eso está claro…, pero ¿por qué no
habría de casarse con ella, después de todo?… Es fea; pero para un
médico rural y de sus años, sería una mujer maravillosa… ¡Es inteligente y
tan buena, además…, tan pura!… No, no es esto lo que… (Pausa.)
¡Comprendo a esta pobre chiquilla!… ¡En medio de este atroz a
aburrimiento, viendo vagar a su alrededor, en lugar de personas, a unas
manchas grises; sin oír más que vulgaridades, ni hacer más que comer,
beber, dormir… La aparición de un hombre como él, distinto de los demás,
guapo, interesante, atractivo, es igual a cuando de la oscuridad surge una
luna clara!… ¡Sucumbir al encanto de un hombre así!… ¡Olvidarse!…
Parece enteramente que yo también estoy un poco prendada de él… Sí…,
me aburro sin su compañía, y ahora sonrío recordándole… Tío Vania dice
que por mis venas corre sangre de ondina… «¡Permítase obrar con
libertad, aunque sólo sea una vez en la vida!»… Pues ¿qué?… ¡Tal vez
tenga que hacerlo así!… ¡Volar lejos de aquí, libre como el pájaro,
alejándome de todos vosotros!… ¡De vuestros rostros soñolientos, de
vuestra charla!… ¡Olvidando vuestra existencia en el mundo!… ¡Pero soy
cobarde, tímida!… ¡La conciencia me atormentaría!… ¡Adivino por qué él
viene aquí todos los días, y ya me siento culpable!… ¡Estoy dispuesta a
caer de rodillas ante Sonia, a pedirle perdón y a llorar!…

ASTROV (entrando con un cartograma en la mano):


Buenos días. (Le estrecha la mano.) ¿Quería usted ver mis dibujos?

ELENA ANDREEVNA:
Ayer me prometió enseñarme el trabajo que estaba haciendo. ¿Dispone de
tiempo libre?

ASTROV:
¡Oh, ciertamente! (Extendiendo sobre la mesa el cartograma y fijándolo
con chinches.) ¿Dónde nació usted?

ELENA ANDREEVNA (ayudándole):


En Petersburgo.

ASTROV:
¿Y dónde hizo sus estudios?

ELENA ANDREEVNA:

47
En el Conservatorio.

ASTROV:
Esto quizá no sea interesante para usted.

ELENA ANDREEVNA:
¿Porqué?… Verdad que no conozco mucho el campo, pero he leído tanto
sobre él…

ASTROV:
En esta casa tengo instalada mi mesa, en la habitación de Iván Petrovich.
Cuando estoy muy cansado…, embobado…, lo dejo todo y corro aquí,
donde me entretengo con esto alguna que otra hora. Mientras Iván
Petrovich y Sonia hacen chasquear el «ábaco», yo me siento a su lado,
ante mi mesa, y me pongo a embadurnar… El grillo canta y me encuentro
muy agradablemente, muy tranquilo… ¡Sólo que este gusto no puedo
dármelo a menudo!… ¡A lo sumo, una vez al mes! (Mostrándole el
cartograma.) Ahora, mire esto. Es el cuadro que presentaba nuestra región
hace cincuenta años… El color verde —en oscuro y claro— representa el
bosque y viene a cubrir la mitad de la superficie… Aquí, por este verde
donde hay una red roja, había arces, cabras…, y, en fin…, la fauna y la
flora. Este lago estaba lleno de cisnes, gansos, patos, y había aves
—como dicen los viejos— para tomar y dejar. Volaban de las aldeas y de
las aldehuelas; de toda una serie de pequeñas granjas, hermitas, molinos
hidráulicos… Había mucho ganado astado, como también caballos. Eso lo
indica el azul celeste. En este cantón, por ejemplo, donde el color se
intensifica, abundaban las yegua-das: tres caballos por casa. (Pausa.)
Ahora, mire más abajo. Esto es lo que existía hace veinticinco años. Aquí,
el bosque cubre solamente una tercera parte de la superficie. Ya no
quedan cabras, pero sí arces. Como ve, los colores verde y azul cielo van
palideciendo, y así, etcétera… Pasemos ahora a la tercera parte: al cuadro
que presenta nuestra región en la actualidad. El color verde ya no es una
cosa unida, sino que, por aquí y por allá, presenta algunas manchas, y los
arces, los cisnes y los gallos han desaparecido… De las pequeñas
granjas, santuarios, molinos, no queda ni rastro. El cuadro, por tanto,
presenta, en general, una paulatina pero real degeneración, a la que
faltarán seguramente unos diez o quince años para ser completa. Me dirá
usted que esto es influencia de la cultura, ya que la vieja vida ha de ceder
el sitio a la nueva. Lo comprendo, sí…, pero sólo en el caso de que, en
lugar de estos bosques exterminados, existieran carreteras, ferrocarriles…

48
Si hubiera fábricas, escuelas… Si la gente estuviera más sana, fuera más
rica y más inteligente… Pero aquí no ocurre nada parecido. En la región
siguen subsistiendo los mismos pantanos, los mismos mosquitos… Sigue
habiendo la misma falta de caminos y hay, como antes, pobreza, tifus,
difteria, incendios… Se trata, pues, de un caso de degeneración causado
Por una lucha por la existencia superior a las fuerzas. Degeneración por
inercia, por ignorancia por inconsciencia… El hombre enfermo, hambriento
y con frío, para salvar los restos de su vida, para salvar a sus hijos, se ase
instintivamente a cuanto puede ayudarle a calmar el hambre, a calentarse,
y lo destruye todo sin pensar en el día de mañana… Ya ha sido destruida
casi la totalidad, y en su lugar aún no se ha creado nada. (Con frialdad.)
Leo en su cara que esto no le interesa.

ELENA ANDREEVNA:
¡Es que entiendo tan poco de ello!…

ASTROV:
No hay nada que entender. Lo que pasa es que, sencillamente, no es
interesante.

ELENA ANDREEVNA:
Si he de serle franca, le diré que tengo el pensamiento tan ocupado con
otra cosa… Perdóneme…, pero he de someterle a un pequeño
interrogatorio… Me siento tan azorada, que no sé cómo empezar…

ASTROV:
¿A un interrogatorio?

ELENA ANDREEVNA:
A un interrogatorio, sí… Sólo que bastante inocente. Sentémonos. (Ambos
se sientan.) Se trata de un joven personaje. Hablaremos como hablan las
personas honradas, como amigos, sin rodeos. Hablaremos y olvidaremos
después lo que hemos hablado.

ASTROV:
De acuerdo.

ELENA ANDREEVNA:
Se trata de mi hijastra Sonia. ¿Le agrada?

ASTROV:

49
Sí. Siento gran estimación por ella.

ELENA ANDREEVNA:
Y ¿Como mujer…, le gusta?

ASTROV (sin contestar inmediatamente):


No.

ELENA ANDREEVNA:
Dos o tres palabras más, y hemos terminado: ¿no ha reparado usted en
nada?

ASTROV:
En nada.

ELENA ANDREEVNA (Cogiéndole una mano):


No la quiere usted. Lo leo en sus ojos. Ella sufre… Compréndalo, y deje de
venir por aquí.

ASTROV:
Mis años pasaron ya… Además no tengo tiempo. (Encogiéndose de
hombros.) ¿Qué tiempo es el mío? (Parece azorado.)

ELENA ANDREEVNA:
¡Ah, Qué desagradable conversación!… Estoy tan agitada como si hubiera
llevado sobre los hombros una carga de mil «puds»… Bueno. Gracias a
Dios, ya hemos terminado. ¡Olvidémoslo todo —como si no hubiéramos
hablado— y márchese!… Es usted un hombre inteligente, y
comprenderá… (Pausa.) ¡Hasta me he puesto toda colorada!

ASTROV:
Si hace unos dos meses me hubiera dicho eso…, quizá lo hubiera
pensado, pero ahora… (Encogiéndose de hombros.) ¡Claro que si ella
sufre…, entonces!… Lo único que no comprendo es esto: ¿Qué necesidad
tenía usted de interrogarme? (Mirándola a los ojos y amenazándola con el
dedo.) ¡Es usted taimada!

ELENA ANDREEVNA:
¿Qué quiere decir con eso?

ASTROV (riendo):
¡Taimada!… Supongamos que, en efecto, Sonia sufre, cosa que estoy

50
dispuesto a admitir. ¿Qué objeto tiene su interrogatorio? (Impidiéndole
hablar y avivando el tono.) ¡No ponga cara de asombro! ¡Usted sabe muy
bien por qué vengo aquí todos los días! ¡Por qué y para quién vengo, es
algo que conoce usted perfectamente!… ¡Rapiñadora querida…, no me
mire de ese modo! ¡Soy gorrión viejo!

ELENA ANDREEVNA (asombrada):


¿Rapiñadora?… ¡No comprendo en absoluto!

ASTROV:
¡Lindo beso! ¡Necesita víctimas…! ¡Heme ya aquí hace un mes sin
trabajar, habiéndolo abandonado todo!… ¡Eso le gusta a usted
sobremanera!… Pero bien… Estoy vencido… Es cosa que sabía de
antemano, sin necesidad de interrogatorio. (Cruzando los brazos sobre el
pecho y bajando la cabeza.) Me rindo. ¡Tome! ¡Cómame!

ELENA ANDREEVNA:
¿Se ha vuelto usted loco?

ASTROV (entre dientes, riendo):


Es tímida.

ELENA ANDREEVNA:
¡Oh!… ¡Sepa que soy mejor y estoy más alta de lo que usted me cree! ¡Se
lo juro! (Intenta marcharse.)

ASTROV (cerrándole el paso):


Hoy mismo me marcharé. No volveré a frecuentar esta casa, pero …
(Cogiéndole una mano y mirando a su alrededor.) ¿Dónde nos
veremos?… Conteste pronto: ¿dónde?… Puede entrar alguien.
(Apasionadamente.) ¡Es usted maravillosa! ¡Un beso! ¡Tan sólo besar su
cabello perfumado!

ELENA ANDREEVNA:
Le juro…

ASTROV (sin dejarla hablar):


¿Para qué jurar? ¡No se debe jurar!… ¡No hacen falta tampoco las
palabras superfluas!… ¡Oh, qué linda es usted! ¡Qué manos las suyas!
(Se las besa.)

ELENA ANDREEVNA

51
:
¡Basta! y… ¡Márchese! (Retirando sus manos.) ¡No sabe lo que dice!

ASTROV:
¡Dígame… dígame dónde nos encontraremos mañana! (Le rodea el talle
con el brazo) ¡Es inevitable! ¡Tenemos que vernos! (La besa en el preciso
momento en que Voinitzkii, que entra con un ramo de rosas en la mano, se
detiene ante la puerta.)

ELENA ANDREEVNA (sin advertir la presencia de Voinitzkii.):


¡Tenga piedad! ¡Déjeme! (Reclinando la cabeza sobre el pecho de Astrov.)
¡No!… (Intenta marcharse.)

ASTROV (reteniéndola):
¿Vendrás mañana al campo forestal, sobre las dos?… ¿Sí?… ¿Vendrás?

ELENA ANDREEVNA (reparando en Voinitzkii):


¡Suélteme! (Presa de fuerte turbación, se dirige a la ventana.) ¡Oh, qué
terrible!

VOINITZKII (tras depositar el ramo sobre una silla y pasándose


nerviosamente el pañuelo por la cara y el cuello.)
No importa… No… No importa…

ASTROV (Tratando de hablar en tono natural):


¡Estimado Iván Petrovich!… ¡El tiempo hoy está bastante hermoso!… ¡Por
la mañana había un cielo gris…, como si fuera a llover…, pero ahora ha
salido el sol! ¡Dicho sea con franqueza: el otoño es una estación
maravillosa y su sementera, bastante buena! (Enrollando el cartograma, en
forma de tubo.) ¡Sólo que los días son más cortos!… (Sale.)

ELENA ANDREEVNA (avanzando rápidamente hacia Voinitzkii.):


¡Empleará usted toda su influencia para que mi marido y yo nos
marchemos de aquí hoy mismo! ¿Lo oye? ¡Hoy mismo!

VOINITZKII (enjugándose el rostro):


¿Qué?… ¡Ah, sí!… Bien… ¡”Heléne”! ¡Lo he visto todo!… ¡Todo!

ELENA ANDREEVNA (nerviosa)

52
:
¿Lo oye? ¡Es preciso que me marche hoy mismo!

53
ESCENA II
Entran Serebriakov, Sonia, Teleguin y Marina.

TELEGUIN:
Yo tampoco, excelencia, me encuentro del todo bien… Ya hace dos días
que estoy algo pachucho… La cabeza…

SEREBRIAKOV:
¿Dónde están los demás?… ¡No me gusta esta casa! ¡Es un laberinto!
¡Con veintiséis enormes habitaciones, cuando la gente se desparrama por
ellas, no hay manera de encontrar a nadie! (Oprimiendo el timbre con el
dedo.) ¡Ruegue a María Vasilievna y a Elena Andreevna que vengan aquí.

ELENA ANDREEVNA:
Yo estoy aquí ya.

SEREBRIAKOV:
Tengan la bondad, señores, de sentarse.

SONIA (acercándose, impaciente, a Elena Andreevna):


¿Qué dijo? …

ELENA ANDREEVNA:
Después…

SONIA:
¿Estás temblando?… ¿Estás excitada?… (Escudriñándole el rostro.)
¡Comprendo!… Dijo que no volvería más por aquí…, ¿verdad?… (Pausa.)
¡Dime! ¿Verdad que es eso? (Elena Andreevna hace con la cabeza un
signo afirmativo.)

SEREBRIAKOV (a Teleguin):
¡Todavía con la enfermedad puede uno reconciliarse, pero lo que no
puedo soportar es el régimen de la vida en el campo! ¡Tengo la impresión
de haber caído de otro planeta!… ¡Siéntense, señores! ¡Se los ruego!
(Sonia, sin oírle, permanece de pie, con la cabeza tristemente bajada.)

54
¡Sonia! (Pausa.) ¿No me oyes? (a Marina.) ¡Tú también, ama, siéntate!
(Ésta, sentándose, empieza a hacer calceta.) ¡Se lo ruego, señores! ¡Sean
todo oídos!

VOINITZKII (nervioso):
Tal vez no sea necesaria mi presencia… ¿Puedo marcharme?

SEREBRIAKOV:
No. Tu presencia es todavía más necesaria que la de los demás.

VOINITZKII:
¿Qué desea usted?

SEREBRIAKOV:
¿Usted?… ¿Estás enfadado? (Pausa.) Si en algo soy culpable contigo,
perdóname, por favor…

VOINITZKII:
¡Deja ese tono y vamos al grano! ¿Qué necesitas?

55
ESCENA III
Entra María Vasilievna.

SEREBRIAKOV:
Aquí tenemos también a «maman». Empiezo a hablar. (Pausa.) Les he
invitado, señores, a venir aquí con el fin de comunicarles que viene el
inspector[2]. Pero, bueno… Dejemos a un lado las bromas; el asunto es
serio. Les he reunido con el fin de solicitar su ayuda y consejo…, cosas
ambas que, conocida su proverbial amabilidad, espero recibir. Soy hombre
de ciencia, de libros… y, por tanto, me mantuve siempre ajeno a la vida
práctica. No me es posible, pues, prescindir de las indicaciones de gente
ducha en la materia…, por lo que te ruego, Iván Petrovich, y ruego a
ustedes, Ilia Ilich y «maman»… Es el caso que «manet omnis una nox»…,
o sea, que todos dependemos de la providencia de Dios… Yo soy ya viejo
y estoy enfermo…, por lo que considero llegada la hora de ordenar mis
bienes en cuanto éstos se relacionan con mi familia. No pienso en mí. Mi
vida acabó ya, pero tengo una mujer joven y una hija. (Pausa.) Seguir
viviendo en el campo es imposible. No estamos hechos para el campo.
Ahora bien…, vivir en la ciudad, con los ingresos que produce esta finca,
tampoco es posible. Suponiendo, por ejemplo, que vendiéramos el
bosque, ésta sería una de esas medidas extraordinarias que no pueden
tomarse todos los años… Es preciso, por tanto, encontrar un medio que
nos garantizará una cifra de renta fija más o menos segura. Así, pues,
habiéndoseme ocurrido cuál podría ser uno de esos medios, tengo el
honor de someterlo a su juicio… Pasando por alto los detalles, les
explicaré mi idea en sus rasgos generales… Nuestra hacienda no rinde,
por término medio, más del dos por ciento de renta. Propongo venderla…
Si el dinero obtenido con su venta fuera invertido en papel del Estado,
podríamos obtener de un cuatro a un cinco por ciento e incluso creo que
podría conseguirse algún «plus» de varios millones de rublos, que nos
permitirían comprar una «dacha[3].» en Finlandia.

VOINITZKII:
¡Espera!… ¡Me parece que el oído me engaña! ¡Repite lo que has dicho!

SEREBRIAKOV

56
:
He dicho que se coloque el dinero en papel del Estado, y que con el
«plus» restante se compre una «dacha» en Finlandia.

VOINITZKII:
No hablamos ahora de Finlandia. Dijiste algo más.

SEREBRIAK0V:
Propongo vender la hacienda.

VOINITZKII:
¡Justo!… ¡Vender la hacienda!… ¡Magnífico! ¡Una idea maravillosa!… Y
¿dónde dispones que me meta yo con mi vieja madre y con Sonia?

SEREBRIAKOV:
¡Eso ya se pensaría a su tiempo! ¡No puede hacerse todo de una vez!

VOINITZKII:
¡Espera!… ¡Por lo visto, hasta ahora no he tenido ni una gota de sentido
común!… ¡Hasta ahora he incurrido en la insensatez de pensar que esta
hacienda pertenecía a Sonia!… ¡Mi difunto padre la compró para dársela
como dote a mi hermana!… ¡Hasta ahora he sido tan ingenuo, que no
entendía nada de leyes y pensaba que la hacienda, a la muerte de mi
hermana, la heredaría Sonia!

SEREBRIAKOV:
En efecto, la hacienda pertenece a Sonia. ¿Quién discute eso?… Sin el
consentimiento de ella no me decidiré nunca a venderla… Además, si
propongo hacerlo es por su propio bien.

VOINITZKII:
¡Increíble! ¡Increíble!… ¡O me he vuelto loco o… o…!

MARÍA VASILIEVNA:
¡”Jean”!… No lleves la contraria al profesor… Créeme, él sabe mejor lo
que es bueno y lo que es malo.

VOINITZKII:
¡No!… ¡Deme agua! (Bebe.) ¡Decid lo que queráis! ¡Lo que queráis!

SEREBRIAKOV:
No comprendo por qué te excitas así… Yo no digo que mi proyecto sea el

57
ideal; si todos lo encontraran mal, no pienso insistir. (Pausa.)

TELEGUIN (azorado):
Yo, excelencia…, tengo hacia la ciencia no sólo veneración, sino hasta un
sentimiento como… de pariente… El hermano de la mujer de Grigorii Ilich
—mi hermano— conoció a Konstantín Trofimovich Lakedemonov, el
magistrado…

VOINITZKII:
¡Espera, Vaflia!… ¡Estamos tratando de un asunto! ¡Espera!…
¡Después!… (A Serebriakov.) ¡Pregúntale a él! ¡Esta hacienda le fue
comprada a tu tío!

SEREBRIAKOV:
¡Ah! ¡Qué tengo que preguntarle! ¿Para qué?…

VOINITZKII:
¡En aquel tiempo la hacienda se compró en noventa y cinco mil rublos, de
los cuales mi padre pagó solamente setenta mil, quedando, por tanto, con
una deuda de veinticinco mil!… ¡Ahora escuchen!… ¡Esta hacienda no
hubiera podido comprarse si yo no hubiera renunciado a mi parte de
herencia en favor de mi hermana, a la que quería mucho!… ¡Por si fuera
poco, durante diez años trabajé como un buey hasta conseguir pagar toda
la deuda!

SEREBRIAKOV:
Lamentó haber entablado esta conversación.

VOINITZKII:
¡Si ahora la hacienda está limpia de deudas y va bien, es gracias
solamente a mi esfuerzo personal…, y he aquí que, de pronto, cuando soy
viejo, pretenden echarme de ella!

SEREBRIAKOV:
No comprendo adónde vas a parar.

VOINITZKII:
¡He dirigido esta hacienda durante veinticinco años, enviándole dinero
como el más concienzudo administrador, y por todo ello, ni una sola vez
durante ese tiempo me has dado las gracias! ¡Siempre —lo mismo ahora
que en mi juventud— el sueldo que he recibido de ti no ha pasado de

58
quinientos rublos anuales! ¡Mísera suma que nunca pensaste en aumentar
ni en un rublo!

SEREBRIAKOV:
¿Pero cómo podía yo saber eso, Iván Petrovich? ¡No soy hombre práctico
y no entiendo, por tanto, de nada! ¡Tú mismo podías habértelo subido
cuanto quisieras!

VOINITZKII:
¿Por qué no robé? ¿Por qué no me desprecian todos ustedes por no
haberlo hecho?… ¡Hubiera sido justo y ahora no sería yo pobre!

MARÍA VASILIEVNA (En tono severo):


«¡Jean!»

TELEGUIN (nervioso):
¡Vania! ¡Amigo mío!… ¡No hay que…! ¡No hay que…! ¡Estoy temblando!
¿Por qué alterar la buena armonía? (Besándole.) ¡No hay que…!

VOINITZKII:
¡Durante veinticinco años, con mi padre, viví entre cuatro paredes como un
topo!… ¡Todos nuestros pensamientos y sentimientos eran para ti solo!
¡De día hablábamos de ti, de tus trabajos!… Nos enorgullecíamos de ti,
pronunciábamos tu nombre con veneración, y perdíamos las noches con la
lectura de esos libros y revistas que ahora tan profundamente desprecio!

TELEGUIN:
¡Vania! ¡No hay que…! ¡No puedo!

SEREBRIAKOV (con ira):


¡No entiendo! ¿Qué es lo que quieres?

VOINITZKII:
¡Eras para nosotros un ser superior y nos sabíamos tus artículos de
memoria!… ¡Pero ahora se han abierto mis ojos!… ¡Todo lo veo!…
¡Escribes sobre arte y no entiendes una palabra! ¡Todos tus trabajos, que
tan amados me eran, no valen ni un «grosch»! ¡Nos engañábamos!

SEREBRIAKOV:
¡Señores! ¡Llévenselo de una vez de aquí! ¡Yo me voy!

ELENA ANDREEVNA:

59
¡Iván Petrovich! ¡Le exijo que se calle! ¿Me oye?

VOINITZKII:
¡No me callaré! (Cerrando el paso a Serebriakov.) ¡Espera!… ¡No he
terminado todavía! ¡Tú fuiste el que malogró mi vida! ¡No he vivido! ¡No he
vivido!… ¡Por tu culpa perdí mis mejores años! ¡Eres mi peor enemigo!

TELEGUIN:
¡No puedo! ¡No puedo!… ¡Me marcho! (Sale, preso de fuerte agitación.)

SEREBRIAKOV:
¿Qué quieres de mí? ¿Qué derecho, Qué derecho tienes para hablarme
de ese modo?… ¡Lo que eres es una nulidad! ¡Sí la hacienda es tuya,
quédate con ella! ¡No la necesito!

ELENA ANDREEVNA:
¡Ahora mismo me marcho de este infierno! (Con un grito.) ¡No puedo
resistir más!

VOINITZKII:
¡Mi vida está deshecha! ¡Tengo talento, inteligencia, valor!… ¡Si hubiera
vivido normalmente, de mí pudiera haber salido un Dostoievski, un
Schopenhauer!… ¡No sé lo que digo!… ¡Me vuelvo loco! ¡Estoy
desesperado!… ¡Madrecita!…

MARÍA VASILIEVNA (en tono severo):


¡Obedece a Alexander!

SONIA (arrodillándose ante el ama y estrechándose contra ella):


¡Amita!… ¡Amita!…

VOINITZKII:
¡Madrecita!… ¿Qué debo hacer?… ¡No me lo diga! ¡Ya sé lo que tengo
que hacer! (A Serebriakov.) ¡Te acordarás de mí! (Sale por la puerta del
centro. María Vasilievna le sigue.)

SEREBRIAKOV:
¡Pero, bueno!… ¿Qué es esto, en resumidas cuentas?… ¡Libradme de ese
loco! ¡No puedo vivir bajo el mismo techo que él!… ¡Duerme ahí…
(señalando la puerta del centro,) casi a mi lado!… ¡Que se traslade a la
aldea o al pabellón!… ¡Si no, yo seré el que se vaya allí, porque quedarme

60
junto a él, en la misma casa, me es imposible!

ELENA ANDREEVNA (a su marido):


¡Hoy mismo nos marcharemos de aquí!… ¡Es indispensable dar órdenes
inmediatamente!

SEREBRIAKOV:
¡Qué nulidad de hombre!

SONIA (a su padre, siempre de rodillas, nerviosa y entre lágrimas):


¡Hay que tener misericordia, papá! ¡Tío Vania y yo somos tan
desgraciados! (Conteniendo su desesperación.) ¡Hay que tener
misericordia!… ¡Acuérdate de cuando eras joven y tío Vania y la abuela se
pasaban las noches traduciendo para ti libros… copiando papeles!…
¡Todas las noches! ¡Todas las noches!… ¡Tío Vania y yo hemos trabajado
sin descanso, con temor a gasta en nosotros mismos una «kopeika» para
poder mandártelo todo a ti!… ¡No hemos comido gratis nuestro pan!… ¡No
es eso lo que quiero decir! ¡No es eso…, pero tú tienes que comprender,
papá!… ¡Hay que tener misericordia!

ELENA ANDREEVNA (nerviosamente a su marido):


¡Alexander!… ¡Por el amor de Dios!… ¡Ten una explicación con él! ¡Te lo
suplico!

SEREBRIAKOV:
Bien. Nos explicaremos… Sin culparte de nada ni enfadarme, coincidirán
ustedes conmigo en que su comportamiento es por lo menos extraño…
Pero, bueno…, voy a verle. (Sale por la puerta del centro.)

ELENA ANDREEVNA:
¡Trátale con más blandura! ¡Cálmate! (Sale tras él.)

SONIA (estrechándose contra el ama):


¡Amita!… ¡Amita!…

MARINA:
¡Nada, nada…, nenita!… ¡Déjalos que cacareen como los gansos, que ya
se callarán!

SONIA:
¡Amita!

61
MARINA (acariciándole la cabeza):
¡Tiemblas como si estuviera helando!… Bueno, bueno, huerfanita… Dios
es misericordioso… Voy a hacerte una infusión de tila o de frambuesa y se
te pasará… ¡No te aflijas, huerfanita!… (Fijando con enojo la mirada en la
puerta del centro.) ¡Vaya nerviosos que se han puesto los muy gansos! ¡A
paseo con ellos! (Detrás del escenario suena un disparo, oyéndose
después el grito lanzado por Elena Andreevna. Sonia se estremece.)

SONIA:
¡Vaya!

SEREBRIAKOV (entrando corriendo y tambaleándose de susto):


¡Sujetadlo! ¡Sujetadlo! ¡Se ha vuelto loco!

62
ESCENA IV
Elena Andreevna y Voinitzkii aparecen forcejeando en la puerta.

ELENA ANDREEVNA (luchando por arrebatarle la pistola):


¡Entréguemela! ¡Entréguemela le digo!

VOINITZKII:
¡Déjeme, «Heléne»! ¡Déjeme! (Logrando soltarse de ella, entra
precipitadamente y busca con los ojos a Serebriakov.) ¿Dónde está? ¡Ah!
¡Está aquí! (Apuntándole y disparando.) ¡Pum!… (Pausa.) ¿No le he dado?
¿Me falló otra vez el tiro? (Con ira.) ¡Ah diablos! ¡Diablos!… (Golpea con la
pistola sobre la mesa y se deja caer, agotado, en una silla. Serebriakov
parece aturdido y Elena Andreevna, presa de un mareo, se apoya contra la
pared.)

ELENA ANDREEVNA:
¡Llévenme de aquí! ¡Llévenme!… ¡Mátenme, pero no puedo quedarme un
instante más! ¡No puedo!

VOINITZKII (con desesperación):


¡Oh! ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué estoy haciendo?…

SONIA (en voz baja):


¡Amita! ¡Amita!…

TELÓN.

63
ACTO CUARTO
Habitación de Iván Petrovich: su dormitorio y, a la vez, su despacho en la
hacienda. Junto a la ventana hay una gran mesa, cubierta de libros de
contabilidad y papeles de todas clases; una mesita, escritorio, armarios y
balanzas. Otra pequeña mesa —utilizada por Astrov— aparece llena de
instrumentos de dibujo y pinturas. A su lado, una carpeta, una jaula con un
chorlito y, colgando de la pared, un mapa de África —por supuesto,
absolutamente innecesario para cualquiera de los habitantes de la casa—.
Hay también un enorme diván forrado de hule. A la izquierda, una puerta
conduce a los demás aposentos; a la derecha, otra se abre sobre el
zaguán. Al lado de ésta, un polovik. Es un anochecer de otoño.

Reina el silencio.

64
ESCENA PRIMERA
Marina, ayudada por Teleguin, devana una madeja para su calceta.

TELEGUIN:
Dese prisa, María Timofeevna… Van a llamarnos de un momento a otro
para despedirse de nosotros. Ya han pedido el coche.

MARINA (esforzándose por devanar más velozmente):


Falta muy poco. Sí…, se marchan a Jarkov y se quedan a vivir allí.

MARINA:
¡Pues mejor!… ¡El susto que se llevaron!… «¡Ni una sola hora —decía
Elena Andreevna— quiero seguir viviendo aquí! ¡Vámonos y vámonos!…
¡Viviremos —decía— en Jarkov!… ¡Cuando veamos cómo van las cosas,
ya mandaremos por todo!…»

TELEGUIN:
Los preparativos se han hecho muy a la ligera… Esto quiere decir, María
Timofeevna, que su destino no es vivir aquí. ¡No es su destino!…
¡Obedece, sin duda, a una fatal predestinación!

MARINA:
¡Pues mejor! ¡Hay que ver el alboroto que armaron… los tiros!… ¡Una
vergüenza!

TELEGUIN:
Sí. El argumento es digno del pincel de Alvasovsky.

MARINA:
¡Ojalá no los hubieran visto nunca mis ojos! (Pausa.) Ahora volveremos
otra vez a vivir como antes…, como antiguamente… Por la mañana,
pasadas las siete, el té…; pasadas las doce, la comida…; al anochecer, la
cena… Todo con su debido orden; como gentes cristianas… (Con un
suspiro.) ¡Cuánto tiempo hace ya, pecadora de mí, que no he comido
tallarines!

TELEGUIN

65
:
Hace mucho, en efecto, que en casa no se comen tallarines. (Pausa.)
Hace mucho… Figúrese, Marina Timofeevna, que esta mañana, cuando
iba por la aldea, el tendero me dijo al pasar: «¡Oye tú, gorrón!»… ¡Sentí tal
amargura!

MARINA:
¡No te importe, padrecito!… ¡Todos somos gorrones en la casa de Dios!…
¡Lo mismo tú, que Sonia y que Iván Petrovich…, ninguno escapa al
trabajo!… ¡Todos trabajan! ¡Todos!… ¿Y Sonia… dónde está?

TELEGUIN:
Con el doctor, en el jardín, buscando a Iván Petrovich. Tienen miedo de
que vaya a quitarse de en medio.

MARINA:
¿Y su pistola?

TELEGUIN (bajando la voz):


La tengo escondida en la cueva.

MARINA:
¡Qué pecados!

66
ESCENA II
Por la puerta que da al exterior entran Voinitzkii y Astrov.

VOINITZKII:
¡Déjame! (a Marina y a Teleguin.) ¡Váyanse de aquí! ¡Déjenme estar solo,
aunque sólo sea una hora! ¡No aguanto la tutela!

TELEGUIN:
Al instante, Vania. (Sale de puntillas.)

MARINA:
Igual que los gansos: «Go, go, go…» (Recoge su lana y sale.)

VOINITZKII:
¡Déjame!

ASTROV:
Con sumo gusto. Ya hace mucho tiempo que debía haberme marchado ele
aquí; pero repito que no me marcharé hasta que me devuelvas lo que me
has cogido.

VOINITZKII:
No te he cogido nada.

ASTROV:
Te estoy hablando en serio. No me detengas. Ya hace mucho que tenía
que haberme marchado.

VOINITZKII:
No te he cogido nada. (Ambos se sientan.)

ASTROV:
¿Sí?… Pues ¿Qué se le va a hacer? Esperaré un poco, y después…,
perdona, pero tendré que emplear la fuerza. Te ataremos y te
registraremos. Esto te lo digo completamente en serio.

VOINITZKII

67
:
Como, quieras (Pausa.) ¡Hice el tonto! ¡Disparar dos veces y no dar ni una
sola en el blanco! ¡No me lo perdonaré jamás!

ASTROV:
Pues si tenías ganas de disparar, haberte disparado a la propia frente.

VOINITZKII:
¡Es extraño!… He intentado un homicidio y no se me detiene ni se me
entrega a la justicia… Ello quiere decir que me consideran. (Con risa
sarcástica.) ¡Yo estoy loco, sí…; pero no lo están, en cambio, los que, bajo
la careta de profesor, de mago de la ciencia, ocultan su falta de talento, su
necedad y su enorme sequedad de corazón!… ¡No están locos los que se
casan con viejos para engañarles después a la vista de todo el mundo!…
¡Vi cómo la abrazabas!

ASTROV:
¡Pues sí…, la abrazaba…, mientras tú te quedabas con un palmo de
narices! (Le hace burla con los dedos.)

VOINITZKII (mirando a la puerta):


¡No! ¡La que está loca es la tierra por sosteneros aún!

ASTROV:
No dices más que tonterías.

VOINITZKII:
¿Y qué?… ¿No estoy loco?… ¡Ello me da derecho a decir tonterías!

ASTROV:
¡Esa ya es vieja broma!… Tú no eres un loco, sino, sencillamente, un
chiflado…, un bufón. Yo también, antes, solía considerar a los chiflados
como enfermos, como anormales… ; pero ahora opino que el estado
normal del hombre es la chifladura. Tú eres completamente normal.

VOINITZKII (cubriéndose el rostro con las manos):


¡Qué vergüenza!… ¡Si supieras qué vergüenza es la mía!… ¡Este agudo
sentimiento de vergüenza no puede compararse a ningún dolor! (Con
tristeza.) ¡Es insoportable! (Inclinando la cabeza sobre la mesa.) ¿Qué
hago?… ¿Qué hago?

ASTROV

68
:
Nada.

VOINITZKII:
¡Dime algo!… ¡Oh Dios mío!… ¡Tengo cuarenta y siete años, y,
suponiendo que viva hasta los sesenta, son todavía trece los que me
quedan!… ¡Es mucho!… ¿Cómo vivir estos trece años…? ¿Qué hacer?…
¿Cómo llenarlos?… ¡Oh!… ¿Comprendes?… (Estrechando
convulsivamente la mano de Astrov.) ¿Comprendes?… ¡Oh, si pudiera
vivir el resto de mi vida de una manera nueva!… ¡Despertarme en una
tranquila y clara mañana sintiendo que empezaba a vivir otra vez y con
todo el pasado olvidado y disuelto como el humo!… (Llora.) ¡Empezar una
vida nueva!… ¡Sóplame! ¡Dime cómo empezar!… ¡Con qué empezar!

ASTROV (con enojo):


¡Qué vida nueva ni qué monsergas!… ¡En nuestra posición, en la tuya y en
la mía, no hay esperanza!

VOINITZKII:
¿No?

ASTROV:
Estoy convencido ello.

VOINITZKII:
¡Dame algo! (Llevándose la mano al corazón.) ¡Me quema aquí!

ASTROV (con un grito de enfado):


¡Basta! (Apaciguándose.) Los que dentro de cien o doscientos años hayan
de sucedernos en la vida, puede que hayan encontrado el modo de ser
felices; pero nosotros —tú y yo— sólo tenemos una esperanza: la de que
nuestras tumbas sean visitadas por gratas apariciones. (Suspirando.) ¡Sí,
hermano!… En toda la región no habrá habido más que dos hombres
inteligentes y honrados: tú y yo… Sólo que, en cosa de diez años, la vida
despreciable, la vida cotidiana…, nos absorbió con sus putrefactas
emanaciones, nos envenenó la sangre y…, nos volvimos cínicos como los
demás. (En tono vivo.) Pero, bueno…, a todo esto, no desvíes la
conversación y devuélveme lo que me has cogido.

VOINITZKII:
No te he cogido nada.

69
ASTROV:
Has cogido de mi botiquín un frasco de morfina. (Pausa.) Escucha… Si
quieres suicidarte a toda costa…, vete al bosque y pégate allí el tiro… La
morfina tienes que entregármela, porque si no, hará habladurías se harán
conjeturas, y pensarán que fui yo el que te la di… Para mí ya es bastante
el tener que hacerte la autopsia… ¿Crees que es interesante? (Entra
Sonia.)

VOINITZKII:
¡Déjame!

ASTROV (a Sonia):
¡Sofía Alexandrovna!… ¡Su tío ha escamoteado de mi botiquín un frasco
de morfina y no quiere devolvérmelo!… ¡Dígale que la cosa no tiene nada
de inteligente por su parte!… Además, no tengo tiempo que perder. Ya es
hora de que me marche.

SONIA:
¡Tío Vania!… ¿Has cogido, en efecto, la morfina? (Pausa.)

ASTROV:
La ha cogido, sí. Estoy seguro.

SONIA:
¡Devuélvela! ¿Por qué asustarnos? (Con ternura.) ¡Devuélvela, tío
Vania!… ¡Yo no soy quizá menos desgraciada que tú, pero no me
desespero!… ¡Resisto y resistiré hasta que mi vida acabe por sí misma!…
¡Resiste tú también! (Pausa.) ¡Devuélvelo! (Besándole las manos.) ¡Mi tío
querido… mi amado tío… devuélvelo!… (Llorando.) ¡Eres bueno y te
apiadarás de nosotros y lo devolverás!… ¡Resiste, tío, resiste!…

VOINITZKII (cogiendo un frasco de la mesa y entregándoselo a Astrov)


:
Toma… (A Sonia.) Hay que apresurarnos a trabajar, a hacer algo… De
otra manera no podré… no podré.

SONIA:
Sí, Sí… ¡A trabajar!… Tan pronto como hayamos despedido a los
nuestros, nos pondremos al trabajo… (Removiendo nerviosamente los
papeles.) ¡Lo tenemos todo abandonado!

70
ASTROV (guardando el frasco en el botiquín y ajustando las correas):
Ahora ya puede uno ponerse en camino.

ELENA ANDREEVNA (entrando):


¿Está usted aquí, Iván Petrovich?… Ya nos vamos…; pero vaya a ver a
Alexander. Quiere decirle algo.

SONIA:
¡Ve, tío Vania! (Cogiendo a Voinitzkii por el brazo.) ¡Anda, vamos! ¡Tú y
papá tenéis que hacer las paces! ¡Es imprescindible! (Salen Sonia y
Voinitzkii.)

ELENA ANDREEVNA:
Me marcho. (Tendiendo la mano a Astrov.) Adiós.

ASTROV:
¿Ya?

ELENA ANDREEVNA:
Me prometió usted hoy que se marcharía de aquí.

ASTROV:
Lo recuerdo, en efecto. Me voy ahora mismo. (Pausa.) ¿Se ha asustado
usted? (cogiéndole una mano.) ¿Tanto miedo tiene?

ELENA ANDREEVNA:
Sí.

ASTROV:
¿Y si se quedara?… ¿Eh?… Mañana en el campo forestal…

ELENA ANDREEVNA:
No. Está decidido. Por eso le miro tan valientemente…, porque nuestra
marcha está decidida… Sólo quiero rogarle una cosa: que tenga mejor
opinión de mí… Quisiera que me estimara.

ASTROV (con un gesto de impaciencia):


¡Ah… ¡Quédese! ¡Se lo ruego!… ¡Confiese que en este mundo no tiene
nada que hacer!… ¡Que carece de objetivo en qué ocupar su atención y
que, más tarde o más temprano, cederá inevitablemente al sentimiento!…
Y entonces, ¿no sería mejor aquí, en plena naturaleza, que en Jarkov o en

71
Kursk?… ¡Más poético, por lo menos, y hasta bonito!… ¡Aquí tenemos un
campo forestal y una hacienda medio derruida al gusto de Turgueniev!…

ELENA ANDREEVNA:
¡Qué gracioso es usted!… Aunque esté enfadada, me agradará recordarle.
Es usted un hombre interesante y original. No hemos de volver a vernos y,
por tanto, ¿por qué guardar el secreto?… Me sentí un poco atraída hacia
usted… Bueno…, estrechémonos la mano y separémonos como amigos.
No guarde mal recuerdo de mí.

ASTROV (Después de cambiar con ella un apretón de manos):


Sí… Márchese. (Pensativo.) ¡Parece usted una persona buena…, con
alma…; pero, sin embargo, diríase que su ser contiene algo extraño!…
Desde que con su marido llegó aquí, todos cuantos antes trabajaban y
trajinaban abandonaron sus asuntos y se pasaron todo el verano
ocupados solamente de la gota de su marido y de usted… Ambos nos
contagiaron de ociosidad… Yo me sentía tan interesado por usted que
estuve un mes entero sin hacer nada, aunque durante este tiempo la gente
seguía enfermando y los «mujiks» llevando a pastar su ganado a mis
bosques… Así, pues, usted y su marido —con sólo su presencia— llevan
la destrucción por dondequiera que van… Hablo en broma; pero lo cierto
es que es extraño, y que estoy convencido de que, si hubiera continuado
aquí, el destrozo hubiera sido enorme… Yo hubiera sucumbido, pero
tampoco usted hubiera resultado ilesa… Pero bien, márchese. «¡Finita la
comedia!»…

ELENA ANDREEVNA (cogiendo de la mesa un lápiz y guardándoselo


rápidamente):
Me llevo este lápiz como recuerdo.

ASTROV:
¡Qué extraño!… Nos conocimos, y de pronto, sin saber por qué, resulta
que no hemos de volver a vernos. ¡Así son las cosas de este mundo!
Ahora que no hay nadie aquí…, antes que venga el tío Vania con su ramo
de flores…, permítame que le dé un beso. Como despedida… ¿Sí?…
(La besa en la mejilla.) ¡Así, pues, ya está!

ELENA ANDREEVNA:
Le deseo cuanto mejor pueda desearse. (Mirando a su alrededor.) ¡Sea lo
que sea! ¡Por una vez en la vida!… (De un súbito impulso le abraza,
separándose ambos en el acto rápidamente.) ¡Hay que marcharse!

72
ASTROV:
Váyase pronto. Si el coche está dispuesto, váyase en seguida.

ELENA ANDREEVNA:
Me parece que aquí vienen ya. (Ambos escuchan.)

ASTROV:
«¡Finita!».

73
ESCENA III
Entran Serebriakov, Voinitzkii, María Vasilievna con un libro entre las
manos, Teleguin y Sonia.

SEREBRIAKOV (a Voinitzkii):
No lo recordemos más. Después de lo ocurrido en estas pocas horas, he
sufrido y he meditado tanto, que creo hubiera podido escribir y legar a mis
descendientes todo un tratado sobre «el arte de vivir»… De buen grado
acepto tus excusas y, a mi vez, te ruego me perdones. Adiós. (Él y
Voinitzkii se besan tres veces.)

VOINITZKII:
Seguirás recibiendo puntualmente lo de costumbre. Todo irá como antes.
(Elena Andreevna abraza a Sonia.)

SEREBRIAKOV (besando la mano a María Vasilievna):


«Maman»…

MARÍA VASILIEVNA (besándole):


Retrátese y mándeme una fotografía… Ya sabe usted cuán querido me es.

TELEGUIN:
Adiós, excelencia. No nos olvide.

SEREBRIAKOV (después de besar a su hija).


Adiós… Adiós a todos. (Tendiendo la mano a Astrov.) Gracias por su
grata compañía. Aprecio su manera de pensar, sus aficiones y sus
ímpetus…, pero permita a este viejo añadir a sus palabras de
despedida solamente una observación: ¡hay que trabajar, señores, hay
que trabajar! (Con un saludo general.) ¡Deseo mucho bien a todos!
(Sale seguido de María Vasilievna y de Sonia.)

VOINITZKII (besando apretadamente la mano de Elena Andreevna):


¡Adiós! ¡Perdóneme!… ¡No volveremos a vernos más!

ELENA ANDREEVNA (conmovida):

74
¡Adiós, querido amigo! (Le besa la cabeza y sale.)

ASTROV (a Teleguin):
¡Di que, de paso, preparen también mi coche, Vaflia!

TELEGUIN:
¡A tus órdenes, querido! (Sale.)

Astrov y Voinitzkii quedan solos en la escena.)

ASTROV (recogiendo las pinturas y guardándolas en la maleta):


Y tú… ¿por qué no sales a despedirlos?

VOINITZKII:
¡Qué se marchen!… ¡Yo…, yo no puedo!… ¡Me es muy penoso!… ¡Habrá
que ocuparse cuanto antes de algo!… ¡Trabajar! ¡Trabajar!… (Rebusca
entre los papeles que sobre la mesa. Pausa. Se oyen algunos timbrazos.)

ASTROV:
¡Se fueron!… El profesor se va, seguramente, contento. Nada le atraerá ya
aquí.

MARINA (entrando):
¡Se fueron! (Se sienta en la butaca y empieza a hacer calceta.)

SONIA (entrando y secándose los ojos):


¡Se fueron!… ¡Que Dios les proteja!… (A su tío.) Bueno… Ahora tú y yo,
tío Vania, vamos a hacer algo.

VOINITZKII:
¡A trabajar, a trabajar!…

SONIA:
Hace mucho que no nos sentamos el uno junto al otro ante esta mesa.
(Enciende la lámpara sobre ella.) Me parece que no hay tinta. (Cogiendo el
tintero se dirige al armario para llenarlo.) ¡Me da pena que se hayan
marchado!

MARÍA VASILIEVNA (entrando lentamente):


¡Se fueron! (Sentándose, se sumerge en la lectura.)

SONIA (levantándose de la mesa y hojeando el libro de las facturas):

75
Haremos primero las facturas, tío Vania. Lo tenemos todo en un atraso
terrible. Hoy han vuelto a pedir esa cuenta… Escribe… Escribiremos una
tú y otra yo.

VOINITZKII (escribiendo):
«Factura a nombre del señor»… (Ambos escriben en silencio.)

MARINA (Bostezando):
Tengo ya ganas de irme a la camita.

ASTROV:
¡Silencio, plumas que chirrían y un grillo cantando!… ¡Calor…, un
ambiente de intimidad!… ¡No le dan a uno ganas de marcharse!
(Se oye un ruido de cascabeles.) ¡Ahí está ya el coche!… ¡No me queda
otro remedio, amigos míos, que despedirme de ustedes, de mi mesa, y
largarme! (Mete en la carpeta los cartogramas.)

MARINA:
¿Y por qué esa prisa? ¿Por qué no te quedas?

ASTROV:
No puedo.

VOINITZKII (escribiendo):
«Y las dos setenta, y cinco de la deuda anterior.»

(Entra el Mozo.)

EL MOZO:
¡Mijail Lvovich! ¡Tiene ahí el coche!

ASTROV:
Ya le he oído venir. (Entregándole el botiquín, la maleta y la carpeta.)
Toma…, pero cuida de no arrugarla.

EL MOZO:
Como usted mande. (Sale.)

ASTROV:
Bien… (Se dispone a despedirse.)

SONIA:

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¿Cuándo volveremos a vernos, entonces?

ASTROV:
Antes del verano seguramente no… ¡No creo que en invierno…! ¡Si algo
ocurriera…, claro está…, avísenme! (Estrechándoles la mano.) ¡Gracias
por su pan, su sal y su afecto!… ¡Por todo, en una palabra! (Yendo hacia
el ama, la besa en la cabeza.) ¡Adiós, vieja!

MARINA:
¿Y te vas así…, sin el té?

ASTROV:
No tengo ganas, ama.

MARINA:
Puede que quieras un poco de vodka.

ASTROV (indeciso):
Quizá… (Marina sale. Después de una pausa.) Uno de mis caballos cojea
un poco. Me fijé en ello ayer, cuando Petruschka lo llevaba al abrevadero.

VOINITZKII:
Habrá que volver a herrarle.

ASTROV:
No tendré más remedio que llevarle a Rojdestvennoe, a casa del herrero…
No tendré más remedio. (Acercándose al mapa de África y
contemplándolo.) En esa África hará seguramente ahora un calor terrible…

VOINITZKII:
Seguramente.

MARINA (volviendo a entrar con una bandeja en la que descansan


una copa de vodka y un trocito de pan.)

ASTROV:
No. Lo prefiero así… Adiós entonces… (A Marina.) No me acompañes,
ama. No hace falta. (Astrov, seguido de Sonia; ésta con una vela en la
mano, sale. Marina se sienta en su butaca.)

VOINITZKII (escribiendo):
«Veinte libras de aceite, el dos de febrero… Otras veinte libras, el

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dieciséis… Granos de sarraceno…» (Pausa. Se oye un ruido de
cascabeles.)

MARINA:
¡Se fue! (Pausa.)

SONIA (volviendo a entrar y depositando la vela sobre la mesa):


¡Se fue!

VOINITZKII (apuntando después de hacer la cuenta en el ábaco):


«Total…, quince…, veinticinco…» (Sonia se sienta y empieza a escribir.)

MARINA (bostezando):
¡Ay, pecadores de nosotros!…

78
ESCENA IV
Teleguin entra de puntillas y, sentándose junto a la puerta, comienza a
templar bajito la guitarra.

VOINITZKII (a Sonia y acariciándote el cabello con la mano):


¡Niña mía!… ¡Cuánto sufro!… ¡Oh, si supieras cuánto sufro!…

SONIA:
¡Qué se le va a hacer!… ¡Hay que vivir! (Pausa.) ¡Viviremos, tío Vania!…
¡Pasaremos por una hilera de largos, largos días…, de largos
anocheceres…, soportando pacientemente las pruebas que el destino nos
envíe!… ¡Trabajaremos para los demás —lo mismo ahora que en la
vejez— sin saber de descanso!… ¡Cuando llegue nuestra hora, moriremos
sumisos y allí, al otro lado de la tumba, diremos que hemos sufrido, que
hemos llorado, que hemos padecido amargura!… ¡Dios se apiadará de
nosotros y entonces, tío…, querido tío…, conoceremos una vida
maravillosa…, clara…, fina!… ¡La alegría vendrá a nosotros y, con una
sonrisa, volviendo con emoción la vista a nuestras desdichas presentes…
descansaremos!… ¡Tengo fe, tío!… ¡Creo apasionadamente!
¡Ardientemente!… (Con voz cansada, arrodillándose ante él y apoyando la
cabeza en sus manos.) ¡Descansaremos!

(Teleguin rasguea bajito, en la guitarra.) ¡Descansaremos!… ¡Oiremos a


los ángeles, contemplaremos un cielo cuajado de diamantes y veremos
cómo, bajo él, toda la maldad terrestre, todos nuestros sufrimientos, se
ahogan en una misericordia que llenará el Universo!… ¡Y nuestra vida será
quieta, tierna, dulce como una caricia!… ¡Tengo fe!… ¡Tengo fe!…
(Secándole las lágrimas.) ¡Pobre!… ¡Pobre tío Vania!… ¡Estás llorando!
(Entre lágrimas.) ¡Tu vida no conoció la alegría…, pero espera, tío Vania,
espera!… ¡Descansaremos! (Abrazándole.) ¡Descansaremos! (Se oye el
golpeteo del cayado del guarda. Teleguin rasguea en la guitarra, María
Vasilievna anota algo en el margen del artículo que está leyendo, Marina
hace calceta.) ¡Descansaremos! (El telón desciende lentamente.)

TELÓN

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Antón Chéjov

Antón Pávlovich Chéjov (en ruso: ?????? ????????? ??????,


romanización: Anton Pavlovi? ?ehov), (Taganrog, 17 de enero [calendario
juliano] / 29 de enero de 1860 [calenario gregoriano] - Badenweiler, Baden-
Wurtemberg (Imperio alemán), 2 de julio / 15 de julio de 1904) fue un
médico, escritor y dramaturgo ruso. Encuadrable en la corriente más
psicológica del realismo y el naturalismo, fue un maestro del relato corto,
siendo considerado como uno de los más importantes escritores de este
género en la historia de la literatura. Como dramaturgo se enclava dentro

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del naturalismo, aunque con ciertos toques de simbolismo y escribió unas
cuantas obras, de las cuales son las más conocidas La gaviota (1896), El
tío Vania (1897), Las tres hermanas (1901) y El jardín de los cerezos
(1904). En estas obras idea una nueva técnica dramática que él llamó de
“acción indirecta”, fundada en la insistencia en los detalles de
caracterización e interacción entre los personajes más que el argumento o
la acción directa, de forma que en sus obras muchos acontecimientos
dramáticos importantes tienen lugar fuera de la escena y lo que se deja sin
decir muchas veces es más importante que lo que los personajes dicen y
expresan realmente. Chéjov compaginó su carrera literaria con la
medicina; en una de sus cartas escribió al respecto:

La medicina es mi esposa legal; la literatura, solo mi amante.

La mala acogida que tuvo su obra La gaviota (en ruso: "?????") en el año
1896 en el estatal (imperial) Teatro Alexandrinski de San Petersburgo casi
lo desilusiona del teatro, pero esta misma obra tuvo un gran éxito dos años
después, en 1898, gracias a la interpretación del Teatro del Arte de Moscú
dirigido por el innovador director teatral Konstantín Stanislavski, quien
repitió el éxito para el autor con Tío Vania ("???? ????"), Las tres
hermanas ("??? ??????") y El jardín de los cerezos ("????ë??? ???").

Al principio Chéjov escribía simplemente por razones económicas, pero su


ambición artística fue creciendo al introducir innovaciones que influyeron
poderosamente en la evolución del relato corto. Su originalidad consiste en
el uso de la técnica del monólogo, adoptada más tarde por James Joyce y
otros escritores del modernismo anglosajón, además del rechazo de la
finalidad moral presente en la estructura de las obras tradicionales. No le
preocupaban las dificultades que esto planteaba al lector, porque
consideraba que el papel del artista es realizar preguntas, no
responderlas.

Según el escritor estadounidense E. L. Doctorow, Chéjov posee la voz


más natural de la ficción, «sus cuentos parecen esparcirse sobre la página
sin arte, sin ninguna intención estética detrás de ellos. Y así uno ve la vida
a través de sus frases».

(Información extraída de la Wikipedia)

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