PSICOLOGÍA DEL ADULTO.
GENERALIDADES DE CADA ETAPA
INTRODUCCIÓN
La psicología del desarrollo se ocupa de todos los cambios del pensamiento, vivencias y conductas durante todo el ciclo
vital de la persona. Por tanto, nadie duda de que pueda hablarse de una psicología del desarrollo de la edad adulta. Los
procesos de cambio, sin embargo, ofrecen características distintas en unas y otras edades, aún a pesar de que puedan
existir causas comunes.
El desarrollo en la edad adulta se ve marcado por acontecimientos típicos, propios de la edad: la jubilación,
enfermedades crónicas, nuevos roles, como el de abuelos, pérdidas familiares o la proximidad de la muerte. El
desarrollo de la edad adulta es, por tanto, cualitativamente distinto al de épocas anteriores. Estudiando las pautas del
desarrollo descriptivo que proponen Martin y Kliegel (2004) podremos acercarnos mejor a la comprensión de un tema
tan actual.
DEFINICIONES
El desarrollo tiene lugar cuando se observan cambios duraderos. En la persona coinciden el cambio y la estabilidad, dado
que los cambios de las diversas competencias personales transcurren a distintas velocidades y en su interacción
producen cierta estabilidad, por ejemplo, en la autonomía de la persona o en su bienestar (Martin y Kliegel, 2004). Las
diferencias en los cambios indican que el desarrollo adulto puede manifestarse multidireccionalmente, es decir, en
algunas competencias de manera estable y en otras aumentando o disminuyendo. Este hecho permite investigar la
relación entre los cambios y las distintas competencias. Esta es la intención del estudio de Berlín de Mayer y Baltes
(BASE, 1996) que analiza el transcurso de los recursos cognitivos, emocionales, mentales, corporales y sociales a los 70
años. Schaie (1996), a su vez, dirige desde 1956, con un mismo propósito, el Seattle Longitudinal Study (SLS) sobre la
interacción de los cambios en el rendimiento intelectual y los estilos conductuales en la edad adulta. A la hora de
equiparar muestras y dadas las grandes diferencias en la manera de envejecer, se intenta buscar y definir propiedades
comunes en grupos de la misma edad. Ante todo, se suelen estudiar los aspectos funcionales del bienestar (Gerok y
Brandstädter, 1992).
El concepto del envejecimiento normal se orienta por la norma típica, como puede ser el envejecimiento sin
enfermedades crónicas, que sería lo contrario del envejecimiento patológico. El envejecimiento exitoso ocurre cuando
las personas sienten satisfacción por poder adaptarse a las situaciones cambiantes de su vida (Havighurst, 1948/1972).
Esto no deja de ser un criterio subjetivo, sometido a la comparación entre las necesidades individuales y el contexto
concreto del desarrollo presente (Lehr, 2003). Esta definición se aplica también a la relación entre un cierto grado de
salud objetiva y la satisfacción subjetiva del adulto con la vida que lleva. El término “envejecimiento exitoso” es
demasiado impreciso, porque definir el “éxito” está dependiendo de una situación individual concreta, de unas metas
deseadas o de una circunstancia personal, como una enfermedad o la pérdida de un ser querido. Esta definición puede
ser, además, mal interpretada, aún contando con criterios objetivos, como las expectativas de vida que la persona adulta
no siempre experimenta de manera positiva (Lindenberger, 2002).
TEORIAS
Las preguntas clave de una psicología del desarrollo de la edad adulta serían, si se dan verdaderos cambios con el
aumento de edad, qué magnitud encierran estos, en qué ámbitos pueden observarse y si se manifiestan relacionados
entre sí. Además, habría que investigar cómo se producen. Dado que los cambios suceden de manera distinta en las
diversas competencias, conviene hablar de una multidimensionalidad y una multidireccionalidad. También es necesario
describir los cambios, según las características de cada persona o cada grupo. El influjo de la experiencia y del propio
historial, el prolongado hábito en criterios cognitivos y conductuales o el efecto de diversos contextos educativos,
sociales, etc… componen una serie de variables decisivas. Se han de considerar, pues, los cambios diferenciales, al
aumentar la edad. Las diferencias de cambio entre las personas (interindividuales) y dentro de la misma persona
(intraindividuales) conforman, por tanto, la base de la gran variabilidad dentro del grupo de las personas mayores.
Teorías de crisis normativa
El trasfondo de las teorías de que hablaremos de momento se centra en la teoría ya clásica de Havighurst (1948/1972).
La concepción de Havighurst se extiende a lo largo de toda la vida y formula para cada fase vital unas tareas
características de desarrollo.
Estas nacen del juego entre el desarrollo biológico, el contexto histórico-social, la personalidad de cada uno y las metas
individuales. Para la fase de la edad adulta establece unas tareas típicas del proceso de envejecimiento, de las
correspondientes pérdidas y de la proximidad del fallecimiento. La tarea general será la adaptación a un cuerpo que se
deteriora, y las pérdidas, por ejemplo, de la pareja deben compensarse con mejores contactos sociales con los propios
hijos y otros familiares o amigos.
Otra adaptación esencial, según Havighurst, se refiere a la jubilación y su consecuente descenso de recursos
económicos. Los procesos que pueden iniciarse para alcanzar las metas pueden ser la ampliación de las actividades de
ocio o el ajuste de las disposiciones financieras. El contexto histórico-social obliga a la tarea de adaptarse a los cambios
de edad y de reafirmarse en la pertenencia al grupo de personas mayores. Todo ello debe acompañarse de una gran
flexibilidad en los cambios de roles a desempeñar. Esto se consigue, con frecuencia, potenciando los roles familiares, por
ejemplo, el rol de abuelos.
Teoría de Peck
Otra concepción que tematiza directamente el desarrollo de la edad adulta es la de Peck (1959, 1968), que establece
cuatro etapas para la adultez y tres para la senectud. Al explicar los retos especiales de la vida adulta, Peck propone
cuatro problemas o conflictos del desarrollo adulto:
• Aprecio de la sabiduría frente al aprecio de la fuerza física. A medida que empiezan a deteriorarse la resistencia y la
salud, las personas deben canalizar gran parte de su energía de las actividades físicas hacia las mentales.
• Socialización frente a sexualización en las relaciones humanas. Es otro ajuste impuesto por las restricciones sociales y
por los cambios biológicos. Los cambios físicos pueden obligar a redefinir las relaciones con miembros de ambos sexos, a
dar prioridad a la camaradería sobre la intimidad sexual o la competitividad.
• Flexibilidad emotiva frente a empobrecimiento emotivo. La flexibilidad emotiva es el origen de varios ajustes que se
hacen en la madurez, cuando las familias se separan, cuando los amigos se marchan y los antiguos intereses dejan de ser
el centro de la vida.
• Flexibilidad frente a rigidez mental. El individuo debe luchar contra la tendencia a obstinarse en sus hábitos o a
desconfiar demasiado de las nuevas ideas. La rigidez mental es la tendencia a dejarse dominar por las experiencias y los
juicios anteriores, a decidir, por ejemplo, que “Toda mi vida he rechazado la política, de modo que no veo por qué deba
cambiar de opinión ahora”.
A semejanza de las etapas de Erikson, ninguno de los conflictos de Peck se restringe a la madurez ni a la vejez. Las
decisiones tomadas en los primeros años de vida sientan las bases de las soluciones en los años de la adultez y las
personas maduras comienzan ya a resolver los desafíos que se les presentarán en la senectud.
Peck, por otra parte, fija tres tareas principales para el envejecimiento:
1. Transcendencia corporal frente a preocupación por el cuerpo. Teniendo en cuenta el más que previsible riesgo de
enfermar a esta edad y la disminución del rendimiento físico, es obligado “transcender” los problemas físico-corporales,
es decir, centrar las metas vitales en el rendimiento mental y espiritual, y en las relaciones sociales.
2. Diferenciación del ego frente a preocupación por el trabajo. Al llegar la jubilación y abandono del puesto de trabajo, la
persona mayor debe valorarse a sí misma, a través de actividades independientes de su anterior vida laboral y de las
características positivas adquiridas en su personalidad.
3. Transcendencia del ego frente a preocupación por el ego. El temor a la propia muerte debe verse sobreseido por las
aportaciones personales a cualquier nivel: aportaciones por medio de los hijos y del legado material o cultural para las
futuras generaciones.
Las tareas de desarrollo no sólo indican las metas que la persona debe perseguir, sino también aquellas que debe pasar
por alto, llegada cierta edad. Mientras que las metas “adaptadas” a la edad se ven reforzadas y apoyadas socialmente,
las metas “inadecuadas” quedan rechazadas y privadas del apoyo instrumental necesario.
Teoría de Loevinger (1976).
Atendiendo a la noción psicoanalítica del yo y a las tesis morales de Kohlberg, elabora otra teoría que puede ser
considerada como una profundización teórica y empírica de los postulados de Erikson. Como todos los autores
evolutivos, considera al “yo” como el integrador del desarrollo personal. En su teoría describe el desarrollo como un
escenario de siete etapas que transcurren desde lo presocial (infancia) a lo integrado (madurez), pasando por la etapa
impulsiva, la autoprotectiva, el conformismo, la etapa de la conciencia y la fase de la autonomía. Cada etapa tiene sus
propias preocupaciones, su estilo personal y su manera de pensar y resolver los problemas.
Hay que destacar que la teoría de Loevinger sobre la “mitad de la vida”, que según el investigador se produce entre los
40-45 años, abre el paso a la adultez intermedia. En este período, los sujetos se interrogan sobre distintos aspectos y
valores de su propia vida, lo que les altera emocionalmente. Levinson (1986) y sus colaboradores de la universidad de
Yale investigaron a unos 40 varones, a base de entrevistas y con el Tematic Apperception Test, (Morgan y Murray, 1935),
para estudiar diversas variables (instrucción, religión, política, trabajo, ocio, amistad y relaciones familiares), intentando
encontrar lo que dieron en llamar la “estructura de la vida” y definieron como “la pauta que subyace o diseña la vida de
un sujeto en un momento determinado”.
A lo largo de la vida, aparecen cuatro periodos de 20 a 25 años cada uno con diversos niveles. La persona pasa de un
periodo a otro por unas fases de transición de cinco años de duración cada una, combinando las diversas estructuras. En
el desarrollo humano, por tanto, se dan fases relativamente estables, en las que se construyen las estructuras y fases de
transición, en las que se cambian. Levinson habla de la preadultez, la adultez temprana (17-45 años), la adultez
intermedia (40-65 años) y la adultez tardía (de los 60 años en adelante). También menciona la última fase, la ancianidad
(a partir de los 80 años), pero no explica su estructura.
Las fases superiores parecen ser las menos estudiadas por Levinson. La transición de los 50 años suele implicar una
nueva modificación de la estructura. Sin embargo, el final de la adultez (55-60 años) viene a ser una fase consolidada
que ayuda a revisar toda la vida pasada. En la psicología del desarrollo de la edad adulta son frecuentes, como se ve, las
teorías caracterizadas por las etapas vitales. Algunos autores las describen como transiciones. Gould (1972, 1978), por
ejemplo, habla de siete transiciones, desde los 16-18 años, hasta los 50-60 años. Vaillant (1977) habla de tareas
fundamentales para una buena adaptación, divididas según las edades de “establecimiento”, “consolidación” y
“transición”. Keagan (1982) elabora varias teorías evolutivas y propone seis fases de desarrollo (incorporativa, impulsiva,
imperial, interpersonal, institucional e interindividual) que avanzan no tanto en función de la edad cronológica, cuanto
en función del significado que se concede al entorno. Curiosamente distingue entre planteamientos masculinos y
femeninos, para enfrentar las distintas fases.
Muchas de estas teorías de crisis normativa se basan en las ocho famosas etapas de Erikson (1950, 1968) que él llamaba
las “ocho edades del hombre”. La literatura moderna sobre la psicología del desarrollo de la edad adulta parece querer
ir olvidando al varias veces mencionado Erikson, pero creemos que siempre habrá que tenerlo presente. No en vano, él
fue quien amplió las etapas de Freud hasta ocho, cambiando su modelo psicosexual por otro psicosocial y abriendo el
camino para el estudio del ciclo vital que tanto juego ha dado desde entonces.
Teoría de Erikson
Erikson (1950, 1968, 1985) explica el desarrollo humano, desde la infancia a la senectud, como una búsqueda de la
identidad personal, a través de ocho etapas. La resolución positiva de cada etapa es de capital importancia para poder
acceder a las etapas siguientes. El conflicto propicia el paso de una etapa a otra superior. Si esa “crisis” no se resuelve de
forma satisfactoria, continúa demandando energía y causando dificultades. Por tanto, toda personalidad sana debe
resolver la crisis de forma adecuada. La naturaleza de cada crisis es diferente y se caracteriza por una bipolarización
(positiva-negativa).
De acuerdo con Erikson, el problema fundamental que se encara en la adultez es el de la generatividad frente al
estancamiento. Respecto a la generatividad, Erikson afirma que operamos dentro de tres dominios:
• el procreativo, que consiste en dar y en responder a las necesidades de la siguiente generación,
• el productivo, que consiste en integrar el trabajo a la vida familiar y cuidar a la siguiente generación, y
• el creativo, que consiste en hacer aportaciones a la sociedad en gran escala.
La alternativa de ambos sexos es el estancamiento y el sentido de ensimismamiento y de tedio. Algunos no perciben el
valor de ayudar a la siguiente generación y tienen sentimientos recurrentes de llevar una vida insatisfactoria. Alcanzan
pocos logros o rebajan los que han obtenido. En la última etapa de la vida, con la octava crisis de integridad del yo frente
a desesperación, la contradicción se expresa entre el deseo de envejecer satisfactoriamente y la ansiedad que producen
los pensamientos de pérdida de autonomía y muerte. Durante este período se analizan los estadios anteriores, metas,
objetivos fijados, alcanzados y no logrados, etc. El individuo entra así en un proceso filosófico orientado hacia la
espiritualidad, las relaciones sociales y la búsqueda del envejecimiento satisfactorio (sabiduría), que según Erikson muy
pocos individuos llegan a experimentar del todo.
Teoría de Thomae
Mencionaremos, para concluir este apartado, una última teoría que adecua la investigación a todo el desarrollo humano
y se basa en el concepto de la psicología de los ciclos vitales (Baltes, 1990; Thomae, 1979). Esta concepción asume el
continuo proceso de cambio y estabilidad de la persona desde el nacimiento hasta la muerte. En ella se considera que la
variabilidad interindividual de los sucesivos cambios adquiere un mayor significado normativo con la edad.
Tres tesis caracterizan esta concepción (Thomae, 1979):
1. En cada etapa de la vida pueden observarse cambios psíquicos; también en la edad joven y madura.
2. Al mismo tiempo, en cada etapa, aún en la niñez y la juventud, aparece una constante de la conducta y la experiencia.
3. La variabilidad interindividual en la conducta y la experiencia queda demostrada en cada una de las etapas vitales.
TEORÍAS SOBRE EL ENVEJECIMIENTO EXITOSO
En contraposición a las teorías puramente descriptivas que acentúan, ante todo, los déficits del desarrollo, pueden
estudiarse las teorías sobre el envejecimiento exitoso (p. ej.: Havighurst y Taba, 1963). Estas teorías intentan describir
los caminos que deben seguir las personas mayores para cumplir con las exigencias de su edad y llegar a un alto grado
de satisfacción en su vida.
La satisfacción vital se convierte así en el constructo psicológico central (Baltes, 1990). Pero no existe unanimidad entre
los autores sobre los procesos que deben seguirse para lograrla. Havighurst, Neugarten y Tobin (1964) afirman que el
envejecimiento óptimo va unido a un estilo de vida activo continuado. Las personas mayores deben prolongar todo lo
posible sus actividades acostumbradas y buscar nuevas alternativas para aquellas otras que deban interrumpir por
mandato de la edad.
El postulado básico sería: la madurez y la vejez llevan psicosocialmente a una lenta retirada (Disengagement) de la
persona mayor. El motor de esa retirada puede ser la propia persona, pero también su entorno . La retirada no necesita
ser uniforme y paralela en todos los entornos. El posible desequilibrio puede salvarse por un nuevo cambio en las
relaciones y en el entorno. Con frecuencia, la sociedad valora positivamente este proceso, considerándolo como un
hecho biológico natural, por ejemplo, cuando las personas mayores deben ceder su puesto de trabajo a los jóvenes.
Baltes y Baltes (1989), siguiendo la línea conceptual del envejecimiento exitoso, han conseguido un modelo propio del
desarrollo de la edad adulta que ha dado pie hasta el momento presente a numerosas investigaciones empíricas.
El trasfondo de este modelo de la optimización con compensación lo constituye el concepto del ciclo vital con sus
ganancias, estabilidad y pérdidas en la edad madura. Vejez y éxito no son contradictorios. La persona mayor obtiene
también la posibilidad de construir activamente su vida y regularla, según las nuevas exigencias de la edad. Rige para ello
el principio de que las capacidades descienden, por lo regular, pero según el postulado de ganancias, estabilidad y
pérdidas, la persona mayor dispone de unas reservas y recursos que pueden ser movilizados. Existen para ello
estrategias, ejercicios y aprendizajes muy valiosos, eso sí, siempre sometidos a las limitaciones de la edad. Según estos
autores, se puede conseguir un nivel funcional estable, una autoimagen positiva y un estado satisfactorio, por medio de
tres procesos de adaptación fundamentales: la selección, la optimización y la compensación. En concreto, Baltes y sus
colaboradores (Marsiske, Lang, Baltes y Baltes, 1995) definen la selección como la reformulación de las metas de
desarrollo y el establecimiento de preferencias. Tiene dos subformas. La primera, en dirección positiva, se dirige a la
prospección, elección y formulación de metas y campos de acción. La segunda intenta evitar lo negativo, reaccionando a
las pérdidas y reformulando las metas con niveles estándar elegidos por el propio individuo.
La optimización se entiende como la adquisición, llegado el caso, o el perfeccionamiento de medios, recursos y
conductas que ayudan a conseguir las metas previstas. La compensación se dirige a la recuperación y mantenimiento del
nivel funcional o del estatus bio-psico-social vigente hasta el momento. Con ello se procura movilizar, sobre todo,
recursos, capacidades y habilidades que han permanecido latentes en el repertorio conductual de la persona. El
resultado final de la interacción de estos tres procesos es un sistema de vida satisfactorio, exitoso y activado, aún a
pesar de las limitaciones obvias que impone por sí misma la edad.