Hamlet 2017
Hamlet 2017
De Williams Shakespeare
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PERSONAJES
Claudio, Rey de Dinamarca
Comediantes.
Sepulturero.
Sirvientes.
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ACTO I
Escena I
Rey: Aunque todavía esté fresca la memoria de nuestro querido hermano Hamlet y
nos tocaba soportar nuestros corazones en el dolor y mantener a todo nuestro reino
en duelo. Tanto ha luchado el discernimiento con la naturaleza que pensamos en él
con dolor más prudente, acordándonos a la vez de nosotros mismos. Por lo tanto, la
que fue nuestra cuñada y ahora es nuestra reina, imperial heredera de este valeroso
Estado, con desolada dicha, con ojos esperanzados y melancólicos, con alegría en el
duelo y cantos fúnebres en el matrimonio, pesando en igual balanza el placer y la
tristeza, hemos ahora tomado por esposa.
Y ahora, bien Laertes, nos hablaste de cierta petición. ¿Cuál es Laertes? No puedes
pedir algo razonable al rey Danés que no te sea concedido. No es más adicta la cabeza
al corazón ni más pronta la mano en servir a la boca, que el trono de Dinamarca para
con tu padre ¿Qué quieres Laertes?
Laertes: Señor, solicito vuestro permiso para regresar a Francia, de donde vine
gustosamente a vuestra coronación. Sin embargo, ahora debo confesarlo, mis
pensamientos y deseos tienden a Francia y los someto a vuestra generosa
autorización.
Rey: ¿Cómo es que todavía las nubes de tristeza se ciernen sobre ti?
Reina: Querido Hamlet, deja tu color nocturno y que tus ojos miren como un amigo al
rey de Dinamarca. No busques con los parpados bajos, a tu noble padre en el polvo: ya
sabes que es común que todo lo que vive a de morir.
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Hamlet: ¡Parece, señora! No, lo es. Yo no sé “Parecer” no es solo mi ropa negra, mi
buena madre, ni las acostumbradas vestiduras de solemne luto, ni los hondos suspiros
de aliento forzado, no es el aspecto abatido en el rostro, ni el abundante rio en los ojos,
unido a todas las formas y aspectos del dolor lo que me puede expresar con verdad.
“Parece” son acciones que un hombre puede fingir. Tengo algo que va más allá de la
apariencia.
Rey: ¡Señora Venid! Esta Amable y espontánea decisión de Hamlet se posa sonriente
en mi corazón, en gracia de lo cual, no beberá hoy el Rey de Dinamarca ningún alegre
brindis sin que el gran cañón se lo cuente a las nubes, y los cielos vuelvan a retumbar
con el regocijo de rey, repitiendo el trueno en la tierra. Vamos.
Hamlet: ¡Ah!, ¡si esta carne sólida, se derritiese y se disolviera en un rocío! ¡Oh! ¡Si
Dios no hubiera condenado el suicidio! ¡Que vanas, Rancias, e inútiles me parecen
todas las cosas de este mundo! ¡Qué asco me da!¡Qué asco! Es un jardín inculto
enmalezado, en el cual solo crecen hierbas ásperas y podridas. Hace solo dos meses
que murió, no, ni siquiera dos, no alcanzan a ser dos. Un rey tan excelente que era, tan
amante de mi madre que ni siquiera a las brisas del cielo permitía tocar su rostro con
rudeza. ¡Cielo y Tierra! ¿Tengo que recordar!? ¡Pero si ella se colgaba a él como si el
deseo se hubiera aumentado con aquello de que se nutría, y, ¡sin embargo al mes! No
quiero ni pensarlo ¡Fragilidad tu nombre es mujer! ¡Se casa con mi tío! Con el
hermano de mi padre, que se parece a mi padre como yo a Hércules ¡Oh Dios! Una
fiera incapaz de raciocinio se hubiese lamentado por más tiempo. ¡Antes de un mes!
Antes que la sal de sus lágrimas se secara en sus enrojecidos ojos, se casó. Correr con
tanta rapidez a las sabanas incestuosas no está bien, ni pueden acabar bien…
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Hamlet: Horacio, me alegro de verte buen amigo, ¿Qué haces lejos de Wittenberg?
Hamlet: Te ruego que no te burles de mí. No habrá sido a las bodas de mi madre.
Hamlet: El ahorro Horacio, el ahorro: los pasteles del entierro sirvieron como
fiambres para las mesas de la boda ¡Preferiría haberme encontrado en el cielo con mi
peor enemigo antes de haber visto ese día, Horacio! Mi padre… me parece ver a mi
padre.
Horacio: Lo vi… una vez: era un gran rey. Señor, creo que lo vi anoche.
Horacio: Durante dos noches seguidas, nuestros amigos hacían la guardia con un
silencio sepulcral. Y en el centro de la noche se les apareció una figura como vuestro
padre, armado de pies a cabeza, con andar solemne paso lento y majestuosamente
frente a ellos. Ante sus ojos atónitos y aterrados, me contaron exigiéndome el más
profundo secreto. La tercera noche yo hice guardia con ellos. Como me habían
anunciado, tanto en la hora como en la forma de aquel ser, vino la aparición. Reconocí
a vuestro padre: ¡Estas manos no se parecen más entre sí!
Hamlet: ¿Y no le hablaste?
Hamlet: Si, si, esto me desconcierta, Horacio. ¿Harán la guardia esta noche?
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Horacio: Si, señor.
Hamlet: Hubiera querido estar ahí. Hare la guardia esta noche, tal vez aparezca de
nuevo
Hamlet: ¿El espíritu de mi padre en armas? Sospecho algún asunto sucio. ¡Ojalá
hubiese llegado la noche, Hasta entonces tranquilízate alma mía! Los crímenes de los
hombres saldrán a la luz aunque los sepulte toda la tierra del planeta.
Escena II
Laertes: No lo consideres más. Tal vez ahora te quiera sin que mancha o doblez
empañe la pureza de su intención. Pero él, no puede, como una persona corriente,
elegir libremente, pues de su elección depende la seguridad y bienestar del reino.
Piensa en tu honor…Témelo, Ofelia, querida hermana. Mantente alejada del deseo. La
doncella más honesta aventura su recato demasiado si revela su belleza a los rayos de
la luna.
Laertes: Adiós.
Polonio: ¡De su amor! ¡bah! Hablas como una niña inexperta en tan peligrosas
circunstancias. ¿Crees tú en esas declaraciones, como tú las llamas?
Polonio: Si, Trampas para cazar perdices. Ya sé yo, cuando la sangre hierve, con
cuanta facilidad se pronuncian esos juramentos. Pon a tus favores un precio más
elevado que el de una simple intimación. Por último y claramente, no quiero que en
adelante malgastes tu tiempo conversando con el príncipe Hamlet. Obedéceme. Anda
a tus habitaciones.
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Escena III
Horacio: Ya dieron las doce. Se acerca la hora en que suele aparecer el fantasma
(Entra el Fantasma)
Hamlet: ¡Ángeles y ministros del cielo, amparadnos! Ya seas un espíritu del bien o un
engendro del demonio, sean tus intenciones malvadas o benéficas, es necesario que te
hable. ¡Te llamare Hamlet, rey, Padre, soberano de Dinamarca! ¡Oh, contéstame! ¿A
qué se debe que tú, cuerpo difundo vuelvas a ver los rayos de la luna convirtiendo en
un terror la noche? Dime, ¿Por qué? ¿Qué debemos hacer?
Hamlet: Me hace señas quiere que lo siga, como si quisiera comunicarse en secreto.
Hamlet: ¿Y por qué no? ¿Qué puedo temer? Mi vida no vele un alfiler y en cuanto a mi
alma, ¿Qué puede hacerle si es tan inmortal como el mismo? Sigue haciendo señas. ¡Te
sigo!
Hamlet: ¡Quita las manos de encima! ¡Por dios que hare otro fantasma del que me
sujete! ¡Atrás! ¡Te seguiré!
Escena IV
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sangre y haría saltar tus ojos de sus orbitas. Escucha, ¡Oh!, ¡Escucha! Si alguna vez
amaste a tu padre…
Hamlet: ¡Asesinato!?
Fantasma: Si, Ese incestuoso, ese adultero, con el maleficio de su ingenio gano para su
vergonzosa lujuria la voluntad de la que yo creía mi virtuosa esposa. ¡Oh! Hamlet, que
caída fue esa! De mí, cuyo amor era tan puro que se mantuvo siempre fiel, rebajarse a
un miserable cuyas cualidades eran inferiores a las mías. Pero, así como la virtud
aunque se vea tentada por formas celestiales se mantendrá incorruptible, así también
la lujuria aunque provenga de un ángel, se hastiara de su divino lecho para buscar su
placer en la basura.
Mientras dormía en mi jardín, se deslizo tu tío con una redoma de licor venenoso y
vertió en mi oído la ponzoña, cuyo efecto es tan contradictorio a la sangre humana que
corrió por mis venas cortando la sangre sana y fluida, como el cuajo corta la leche. De
este modo mientras dormía, la mano de mi hermano me quito la vida, mi esposa y la
corona. Y no solo eso, fui enviado a rendir cuentas ante dios sin confesión ni bendición
alguna, en la flor de mis pecados. ¡Que horrible, que horrible! ¡Si tienes corazón, no lo
consientas! No dejes que el tálamo real de Dinamarca sea el lecho de la lujuria y del
maldito incesto.
Pero, de cualquier modo que realices la venganza, no dejes que tu alma intente daño
alguno contra tu madre. Que la juzgue el cielo y que la atormenten las espinas que se
alojan ya en su pecho. ¡Adiós Hamlet! ¡Acuérdate de mí!
Hamlet: ¡Oh! ¡Legiones Celestiales! ¡Oh, tierra! ¿Qué más? ¿Invocare también al
infierno? ¡Calma, Calma corazón mío! ¡Acordarme de ti! ¡Si, desventurada sombra,
mientras en este mundo desquiciado exista la memoria, me acordare de ti! ¡Oh, la más
perversa de las mujeres! ¡Oh, villano, villano, sonriente y maldito villano! Un hombre
puede sonreír y sonreír y ser un miserable “Adiós, recordarte! Claro que si” Lo he
jurado.
Hamlet: Jurad que no hablareis jamás de lo que has visto, que no hablareis jamás de lo
que habéis oído, Hay más cosas entre el cielo y la tierra, Horacio, de las que ha soñado
tu filosofía. Ven y jurad como antes y rogad que el cielo os ayude, que por más que me
comporte de un modo raro o extraño, pues quizás en el futuro crea oportuno adoptar
un comportamiento estrafalario nunca des a entender que sabes nada de mi… tenéis
que juradlo.
Horacio: Lo juro.
ACTO II
Escena I
Polonio: Ven conmigo, vamos a buscar al rey. Este es el éxtasis mismo del amor cuya
violencia aniquila, pero ¿Lo has tratado con esperanza últimamente?
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Ofelia: No señor, sino, como me lo mandasteis, he rechazado sus cartas y no le he
permitido acercase.
Escena II
Polonio: Mi buen soberano, a no ser que este cerebro mío no siga ya el rastro de la
política con el olfato de antes; creo haber encontrado la verdadera causa de la locura
de Hamlet.
Polonio: Discutir lo que la majestad debiera ser, lo que es la sumisión, porque el día es
día, la noche es noche y el tiempo es tiempo, seria malgastar el día, la noche y el
tiempo.
Polonio: Vuestro noble hijo está loco. Ahora solo falta encontrar la causa de este
afecto o, para decirlo mejor, la causa de este defecto. Reflexionemos. Yo tengo una hija.
Pues bien, ella, cumpliendo con su deberes de obediencia, poned atención, me ha dado
esta carta. (Lee) Al ídolo celestial de mi alma, a la hermoseada Ofelia”… esa es una
pésima frase, una frase vil.
Polonio: Esperad un momento, noble dama. “Duda que las estrellas sean de fuego,
duda que se mueve el sol, duda que la verdad sea mentira, pero nunca dudes de mi
amor.” “Amada Ofelia ¡Torpe soy para hacer versos, carezco para el arte para rimar
mis quejas, pero te amo tanto, tanto! Créelo. Tuyo para siempre, mientras esta
máquina se mueva. Hamlet”.
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más tarde en el delirio y por esa pendiente, en la locura que lo hace desvariar y que
todos lamentamos.
¿Ha ocurrido alguna vez, me gustaría saberlo, que yo haya dicho positivamente “es
así” ¿Y haya resultado ser de otra manera?
(Entra Hamlet)
Hamlet: ¿A mi tumba?
Polonio: Esa verdad que allí no da el aire. Respetado señor, humildemente os ruego
que me deis licencia para retirarme.
Hamlet: No podéis pedirme nada que os diera con mayor agrado, excepto mi vida,
excepto mi vida, excepto mi vida.
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Escena III
Hamlet: Mi buen amigo ¿Qué has hecho para venir a esta prisión?
Hamlet: (Ríe) Bienvenidos amigos, me alegro de veros. Deseo que traten bien a los
actores.
Hamlet: Dicen que ciertas personas culpables viendo teatro, se han impresionado
tanto de la ilusión de la escena, se han sentido tan impresionadas que han confesado
sus crímenes. Hare que estos actores representen ante mi tío algo parecido al
asesinato de mi padre, observare su cara y le sondeare hasta la medula, al mínimo
temblor, sabré lo que hay que hacer. El espectro que vi pudo ser el demonio y al
demonio le es posible transformarse en una figura grata, y quizás por mi debilidad y
mi melancolía, como él es tan potente en tal estado, me engaña para condenarme.
Quiero pruebas más seguras que eso, El drama es el lazo en el que atrapare la
conciencia del rey.
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ACTO III
Escena I
Reina: Ofelia, deseo sinceramente que sea tu belleza la feliz causa de la locura de
Hamlet.
Polonio: Ofelia, pasea por aquí. Haz que lees este libro (Al rey) está bien probado que,
simulando devoción y acciones piadosas engatusaríamos al mismo diablo.
Ofelia: Señor, conservo algunos recuerdos vuestros que hace tiempo deseaba
devolveros.
Ofelia: Sabéis muy bien, señor, que digo la verdad y los acompañasteis con palabras
tan dulcemente pronunciadas que los hacían más preciados. Recibidlos, que para un
alma noble los más ricos obsequios se tornan mezquinos cuando el donador no
muestra afecto.
Ofelia: ¡Señor!
Hamlet: Que si eres honesta y hermosa, tu honestidad no debiera tener tratos con tu
hermosura.
Hamlet: Pues que lo dejen encerrado ahí para que no haga el tonto en otra parte. Si te
casas bella Ofelia te daré la maldición como dote, aunque seas tan casta como el hielo
y tan pura como la nieve no podrás escapar a la calumnia, si tienes que casarte cásate
con un tonto porque los hombres listos saben muy bien que monstruos hacéis de ellos.
Dios o ha dado un rostro y vosotras hacéis otro, ponéis apodos a los animales y hacéis
pasar vuestra ignorancia por candidez… es lo que me ha vuelto loco… no más
matrimonios, todos los que estén casados seguirán vivos menos uno, los demás que se
queden como están.
Escena II
Rey: He tomado una rápida decisión para poner remedio. Le enviare enseguida a
Inglaterra a exigir nuestros tributos atrasados, tal vez los mares y los países distintos
con sus cambios de paisaje expulsaran ese extraño mal que tiene arraigado en su
corazón.
Escena III
Hamlet: Ser o no ser: he ahí el dilema. ¿Es acaso más noble para el espíritu sufrir los
golpes y dardos de la fortuna adversa o armarse contra un mar de dificultades,
oponerse a ellas y darles fin? Morir: Dormir; nada más; ¿Y decir que por un sueño
terminamos las mil aflicciones naturales he inherentes a la carne? Morir: dormir;
¿Dormir? Tal vez soñar. Si, ahí está la dificultad, pue en ese sueño de la muerte ¿Qué
sueños pueden venir cuando nos hayamos despojado de esta vestidura mortal? He ahí
la reflexión que da vida tan larga al infortunio. Pues, ¿Quién soportaría los azotes y
quebrantos de la edad, la injusticia del opresor, la soberbia del orgulloso, las congojas
de un amor desdeñado, la tardanza de la justicia, cuando el mismo podría labrarse su
tranquilidad con un simple estilete? Así la conciencia hace de todos nosotros unos
cobardes, y así la resolución se oscurece con la pálida sombra del pensamiento y las
empresas de gran aliento con esta consideración tuercen su curso y pierden el nombre
de acción.
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Escena IV
(Entran cómicos)
Polonio: Estos son los mejores actores del mundo, ya sea para tragedia, comedia,
historia… para la ley del reglamento y la licencia estos son los únicos actores.
Hamlet: No madre aquí hay un metal con más atracción (a Ofelia) ¿Puedo echarme en
vuestro regazo?
Hamlet: Como no voy a estar de buen humor. Mirad cuan alegre esta mi madre y mi
padre murió hace dos horas.
Hamlet: Cielo santo, será que el recuerdo de un gran hombre le sobreviva medio año.
¡Vete a un convento! ¿Para qué vas a ser madre de pecadores? Yo soy medianamente
honesto y, sin embargo, podría acusarme de tales cosas que mejor mi madre no me
hubiese echado al mundo. Soy orgulloso, vengativo, ambicioso, con más pecados en mi
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cabeza que pensamientos para expresarlos, imaginación para darles forma o tiempo
para ejecutarlos. No nos creas a ninguno.
Comienza la función entra un rey y una reina se toman de las manos de frente, pasea, el
rey se tiende a descansar la reina lo ayuda le besa la cien, el rey se queda dormido, la
reina sale, entra un hombre ocultándose con una botella de veneno, le vierte el veneno en
el oído al rey. El Rey agoniza y muere el hombre encapuchado toma la corona del rey y
mientras se retira con la corona y la ponzoña en la mano mira al rey Claudio que
comienza a pedir luz y se va del salón
Hamlet: Era cierto, lo que dijo el fantasma era cierto. (A Ofelia) No nos creas a
ninguno, somos bribones rematados, metete cuanto antes a un convento (La besa)
¡Adiós!
Hamlet: He aquí la hora de los maleficios nocturnos, cuando los cementerios bostezan
y el infierno mismo exhala su contagio sobre el mundo. Ahora, yo podría beber sangre
caliente y ejecutar tales horrores que el día se estremeciera al contemplarlos. Voy
ahora a ver a mi madre.
Escena V
Rey: ¡Oh, mi delito es atroz! Su hedor llega hasta el cielo. Orar no puedo. Si esta mano
maldita se ha empapado en la sangre de mi hermano, ¿No hay acaso lluvia bastante en
los piadosos cielos para lavarla? ¿Para qué sirve entonces, la misericordia si no es para
contemplar el rostro del pecado? “Perdóname mi monstruoso crimen” No, no puede
ser, puesto que aun poseo: mi corona, mi propia ambición y mi reina. ¿Se puede
perdonar si se retienen los frutos del delito?
¡Oh, corazón tan negro como la muerte! ¡Oh, alma mía aprisionada, que cuanto más
pugnas por librarte más te enredas!
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Hamlet: (Entra) Ahora podría hacerlo fácilmente, ahora que está rezando. ¿Y quedo
yo vengado dándole la muerte cuando está purificando su alma? No. Buscare otra
ocasión más adecuada: cuando duerma su embriaguez, o en los incestuosos placeres
de su lecho. Lo derribare entonces y que sea su alma tan maldita y negra como el
infierno al cual se precipita.
Rey: Mis palabras vuelan a lo alto, pero mis pensamientos quedan en tierra. Palabras
sin pensamientos nunca llegan al cielo.
(Sale)
Escena VI
Polonio: Tratad de reprenderlo duramente. Decidle que sus locuras han sido
demasiado atrevidas y que vuestra majestad se ha interpuesto entre él y la
indignación que ha despertado. Yo guardare silencio oculto aquí.
Hamlet: Por la cruz que no me he olvidado. Sois la reina, la esposa del hermano de
vuestro marido y además, ¡Ojala no fuera así!, mi madre.
Hamlet: No os moveréis ni iréis a ninguna parte hasta que os coloque ante un espejo
donde veáis lo más íntimo de vuestro ser.
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(Polonio cae)
Hamlet: ¡Acción sangrienta! Casi tan perversa, buena madre, como matar a un rey y
casarse con su hermano.
Hamlet: Si señora, esas fueron mis palabras. ¡Y, tu, pobre tonto te tome por alguien
con más alcurnia… ¡Dejad de retorceros las manos, que ahora voy a retorceros el
corazón!
Reina: ¿Qué he hecho yo que para que con tan atrevida aspereza se ensañen en mí tus
palabras?
Hamlet: Mirad en este cuadro y en este otro los retratos de dos hermanos. Ved cuanta
gracia residía en este rostro… Mirad ahora el que le sigue: Este es ahora vuestro
esposo. ¿Lo veis bien? ¿Cómo pudisteis dejar el abrigo de esta hermosa colina para
sumiros en este pantano? ¡Ah! ¿Tenéis ojos? A esto no lo podéis llamar amor, pue a
vuestra edad el ardor de la sangre se ha entibiado: ¿Qué demonio os pudo engañar y
cegar así? ¡Oh, vergüenza! ¿Dónde está tu rubor?
Reina: ¡Oh, Hamlet, no sigas! Me haces volver los ojos hacia el interior de mi alma y
veo allí manchas tan negras que jamás podrán borrarse.
Hamlet: Y todo para vivir en el sudor infecto de un lecho envilecido por la corrupción,
haciendo el amor y prodigando caricias como en un sucio burdel…
Reina: ¡Oh, no sigas más! ¡Estas palabras hieren mis oídos como dagas! ¡No más,
querido Hamlet!
(Entra el Fantasma)
Hamlet: ¡Oh, ángeles celestiales, amparadme con vuestras alas! ¿Qué deseas?
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Fantasma: ¡Mira cómo has llenado de espato a tu madre! ¡Ponte entre ella y su alma
desesperada! La imaginación obra con mayor violencia en los cuerpos débiles.
¡Háblale, Hamlet!
Hamlet: A él, a él, Ved como brillan sus ojos en su pálido semblante.
Reina: ¿Por qué fijas tus ojos en el vacío y hablas con el aire incorpóreo?
Hamlet: Pues arroje la peor parte y viva más pura con la otra. ¡Adiós! No vuelva al
lecho de mi tío. Si carece de virtud, aparéntela al menos refrénese esta noche y eso
hará más fácil la próxima abstinencia y la siguiente aún más fácil. De nuevo adiós.
Debo ser cruel por vuestro propio bien.
Reina: Si las palabras se expresan con el aliento y el aliento con la vida, no tengo vida
para expresar lo que me has dicho.
ACTO IV
Escena I
Rey: ¡Me habría ocurrido a mi si yo hubiese estado en su lugar! Su libertad está llena
de amenazas para todos. ¿Cómo vamos a explicar este sangriento crimen? ¡Qué
peligroso es que este hombre ande suelto!, sin embargo, no debemos aplicarle todo el
rigor de la ley. Es muy querido por la multitud fanática que se guía por sus ojos, no por
su juicio. Conviene para mantener la tranquilidad, que esta repentina ausencia de
Hamlet parezca cosa de antemano resuelta. Los males desesperados o son incurables
o se alivian con desesperados remedios.
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(Entra Hamlet)
Hamlet: No donde come, sino donde es comido; se encuentra en este momento con el,
Cierto congreso de gusanos políticos. El gusano es el emperador de la dieta;
engordamos a los animales para que nos engorden a nosotros y nosotros engordamos
para los gusanos.
Hamlet: Un hombre puede pescar con el gusano que se nutrió del rey y comer el
pescado que se nutrió del gusano.
Hamlet: Nada más que mostraros como un rey puede hacer su viaje por las tripas de
un mendigo.
Rey: Hamlet, este suceso exige, para tu seguridad personal, por la que nos
preocupamos tanto como lamentamos hondamente lo que has hecho, que te alejes de
aquí con suma rapidez. Por lo tanto prepárate. El barco está listo, los vientos son
propicios, aquí están tus cartas y todo está dispuesto para tu viaje a Inglaterra.
Hamlet: ¡A Inglaterra!
Hamlet: Veo un querubín que los ve. Pero, vamos a Inglaterra. ¡Adiós querida madre!
Hamlet: Madre: padre y madre son marido y mujer; marido y mujer son una misma
carne, así, pues, madre… ¡Vamos! ¡A Inglaterra! (Sale)
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Rey: Y tú, Inglaterra, si en algo estimas mi amistad no dilates el cumplimiento de las
ordenes que en esa carta te señalamos y que importan la inmediata muerte de Hamlet.
Hazlo Inglaterra, pue igual que una fiebre me consume, y tú debes curarme.
Escena II
Horacio: Habla mucho de su padre; Cuenta que el mundo está lleno de maldades,
suspira y se golpea el pecho; se enoja dice cosas sin sentido de manera que mueve a
sus auditores a sacar conclusiones, ninguna segura, pero mucha lamentables. Sería
bueno que le hablarais pue se podrían crear dudas peligrosas en las mentes mal
pensadas.
Ofelia: (Cantando) Está muerto y nos ha dejado, nos ha dejado: un verde césped cubre
su frente y a sus pies una luz han colocado”
(Entra el rey)
Ofelia: Bien, Dios os lo pague. Dicen que la lechuza era hija del panadero. ¡Seños!
Sabemos lo que somos, pero no lo que podemos ser. “Mañana es el día de San Valentín,
muy de madrugada, junto a su ventana, yo que soy doncella, por ti aguardare. Él se
levantó, su ropa se puso, la puerta le abrió, entro la doncella y su flor perdió”.
Ofelia: Juro más sin blasfemar que aquí voy a terminar, desdichada de mí, ay que
vergüenza. (Actuando) “Hacen siempre los jóvenes lo mismo si propicia la ocasión se
les presenta “Dijo ella: “Antes de gozarme, llevarme al altar me prometiste” “Por dios”
Dice él “Lo habríamos hecho si no hubieras venido hasta mi lecho”
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Ofelia: Espero que todo termine bien, pero no puedo menos que llorar al pensar que
lo dejaran en la tierra fría. Mi hermano lo sabrá… Buenas noches, señores, buenas
noches, bellas damas, buenas noches, buenas noches. (Sale)
Rey: Síguela de cerca, te ruego que la vigiles. (Sale Horacio) ¡Este es en veneno del
profundo dolo! Todo nace de la muerte de su padre. ¡Oh, Gertrudis! Gertrudis! Cuando
viene la desgracia no viene sola. Primero, el asesinato de su padre; en seguida, la
repentina ausencia de tu hijo; Luego el pueblo turbulento y agitado por los rumores de
la muerte de polonio, cuyo entierro secreto ha sido una torpeza de nuestra parte; la
pobre Ofelia con la razón perdida y por último, su hermano que llega de improviso de
Francia, sin que falten las lenguas que infecten sus oídos con odiosos rumores sobre la
muerte de su padre, acusándonos a nosotros.
Escena III
(Entra Laertes)
Laertes: ¿Dónde está el Rey? ¡Oh, tu, vil rey, Dame a mi padre!
Rey: Muerto.
Rey: ¿Esta escrito acaso en tu venganza que destruyas a la vez amigos y enemigos?
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Laertes: A los buenos amigos los recibo con los brazos así de abiertos y como el
pelicano, los nutriré con mi propia sangre.
Rey: Bien, ahora hablas como un buen hijo y un verdadero caballero. Soy inocente de
la muerte de tu padre y he sentido por ella el pesar más profundo.
(Entra Ofelia)
Laertes: ¡Oh, fiebre abraza mi cerebro! ¡Lagrimas quemad la sensibilidad de mis ojos!
¡Oh, niña amada, hermana cariñosa, dulce Ofelia! ¿Es posible que la razón de una joven
sea tan frágil, como la vida de un anciano?
Ofelia: “Debes cantarle bajito, bajito y llamarlo bajito, bajito” Aquí traigo romero que
representa los recuerdos, toma mi amor (Lo besa) Y aquí trinitarias para los
pensamientos.
Ofelia: Aquí tenéis hinojo y aguileñas; para vos ruda y también para mí. Aquí tenéis
una margarita. Hubiese querido daros violetas, pero se marchitaron todas al morir mi
padre. Dicen que tuvo un buen fin.
Ofelia: “¿Y no volverá otra vez? ¿Y otra vez no volverá?, No, porque está muerto, Se
fue ya a su sepultura, Y nunca más volverá. Se ha marchado, Dejándonos nuestros
lamentos. ¡Dios se apiade de su alma!”
(Sale)
Rey: Debo tomar parte de tu aflicción, no me niegues ese derecho. Escúchame bien,
solo escúchame… Si directa o indirectamente me encuentras implicado, mi reino, mi
corona, mi vida …todo te daré en justa retribución. En caso contrario, ten un poco de
paciencia y juntos le daremos a tu alma la debida reparación.
Laertes: Se hará como decís. La forma en que murió, su oscuro funeral, sin solemnes
ceremonias o escudos de armas sobre su féretro, todo ello clama al cielo por el más
riguroso examen.
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Rey: Lo tendrás y quienquiera que sea el ofensor, la espada de la justicia caerá sobre
él. Ven Conmigo. (Salen)
Escena IV
Horacio: (Lee) “Horacio, en cuanto hayas leído estas letras sabrás lo que me ha
ocurrido. Habíamos navegado solo dos días cuando un barco pirata muy bien armado
comenzó a darnos caza. Como nuestro velero era muy lento, nos armamos de valor y
lo abordamos, saltando yo el primero a la nave enemiga. Pero, al instante, esta se
desprendió y yo fui hecho prisionero. Se han portado conmigo como ladrones
compasivos, pero sabían bien lo que hacían y tengo que pagarles en buena forma. Haz
que el rey reciba las cartas que envió y acude tú con tanta rapidez como si huyeras de
la muerte. Lo que tengo que decirte te dejara mudo de asombro. Estos buenos
hombres te traerán donde me encuentro. Rosencrantz y Guildenstern siguen viaje a
Inglaterra. ¡ja j aja! Tengo mucho que contarte de ellos. Adiós. Hamlet.
Vamos, los llevare para que entreguen esas cartas e inmediatamente después me
guiaran donde se encuentra aquel que las envió (Salen)
Escena V
Rey: Ahora, ya que has oído con pruebas evidentes que el mato a tu noble padre
atentaba, en verdad, contra mi vida, acéptame cordialmente como amigo.
Mensajero: Dicen que unos marineros; yo no los vi. A mí me las dieron, alguien las
recibió de quien las trajo.
Rey: Hamlet ha vuelto. Laertes, ¿Amabas a tu padre o eres solo como la imagen del
dolor, como un rostro sin corazón?
Rey: ¿Qué harías tu para demostrar que eres el hijo de tu padre más con obras que
con palabras?
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Laertes: ¡Cortarle el cuello en la misma iglesia!
Rey: Ningún lugar, en verdad, debiera ser santuario para un asesino. Pero, buen
Laertes, cuando llegue Hamlet yo hare que algunos caballeros elogien su experiencia
en la esgrima, os enfrentaremos y se harán apuestas en favor de uno y otro… El, que es
descuidado, generoso, e incapaz de sospechar, no examinara los floretes, así que,
fácilmente podrás elegir un arma sin botón y en un cambio de golpes tomar la debida
venganza por la muerte de tu padre.
Laertes: Así lo hare y con ese fin envenenare mi espada. Comprare un ungüento tan
mortífero que, untando con eso un arma, donde saque sangre introducirá la muerte.
Empapare con este veneno la punta de mi espada, y por leve que sea el golpe, el
príncipe morirá.
Rey: Nuestro proyecto debiera estar apoyado por otro en caso de que el primero, por
algún motivo fracasara ¡Espera! ¡A ver! ¡Si, ya lo tengo! Cuando en el ardor de la lucha
os sintáis acalorados y sedientos le tendré preparada una compa envenenada el cual
un solo sorbo bastara. Pero…. Calla… (Entra la Reina) ¿Qué ocurre ahora, amada
reina?
Reina: Hay un sauce que crece inclinado sobre el arroyo reflejando sus hojas en la
corriente cristalina. Hasta ahí llego Ofelia adornada con fantásticas guirnaldas de
ranúnculos, ortigas, margaritas y esas largas flores a las que nuestras doncellas llaman
dedos de muerto. Allí al tratar de colgar de las ramas sus silvestres guirnaldas, un
pérfido gancho se quebró precipitándola al arroyo junto a sus rústicos adornos. Sus
ropas se extendieron sosteniéndola sobre las aguas como una sirena y, en tanto, iba
cantando trozos de antiguas canciones, como ignorante de su propia desgracia o como
una criatura hecha para vivir sin en ese elemento. No paso mucho rato y los vestidos
pesados con el agua que habían bebido arrastraron a la desdichada al fondo
interrumpiendo para siempre su melodioso canto.
Laertes: ¡Ofelia! Demasiada agua tienes ya; por eso quisiera reprimir mi llanto. Sin
embargo, la naturaleza se aferra a sus costumbres diga lo que diga la vergüenza.
¡Adiós, señor! Tengo palabras de fuego que arderían si no apagasen estas lágrimas.
(Sale)
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Rey: Sigámosle Gertrudis. Después de haberme costado tanto calmar su ira, temo que
esta nueva desgracia lo enfurezca de nuevo… Sigámosle (Salen)
ACTO V
Escena I
Sepulturero: (Canta) Cuando era un joven bribón, la vida me sonreía feliz sin
preocupación. Después la vejez llego, con reumas y con dolor.
Hamlet: Desde luego creo que es tuya, pues, estas en ella. ¿Para qué hombre la estas
cavando?
Sepulturero: A una que fue mujer señor, pero ha muerto que en paz descase.
Hamlet: (A Horacio). ¡Pues que categórico es el muy truhan! ¿Cuánto tiempo llevas de
sepulturero?
Sepulturero: Desde el mismo día que nació el joven Hamlet. El que enloqueció y
mandaron a Inglaterra.
Sepulturero: Pues, porque estaba loco, allí recobrara la razón y si no, allí no
importara mucho.
Sepulturero: Porque ahí no se notara. Allí están tan locos como él.
Sepulturero: Unos ocho años si no está podrido antes de morir, quizá nueve. Esta
calavera lleva en la tierra veinte tres años.
Hamlet: ¿Esta?
Sepulturero: La misma.
Hamlet: Déjame ver… ¡Oh, pobre Yorick! Yo lo conocí Horacio. Un hombre de una
gracia infinita, de una fantasía increíble. Me llevo en sus hombros miles de veces y
ahora me repugna solamente pensarlo, se me revuelve el estómago. ¿Dónde están
ahora tus burlas, tus piruetas, tus canciones y tus chispas de alegría que hacían
explotar en carcajadas a todos? Ya no hay nadie que se ría de tus muecas. Ve ahora a la
alcoba de mi dama y dile que por mucho que se arregle, acabara con este mismo
aspecto, a ver si le hace gracia…
Reina: Flores para una flor, adiós. Esperaba que fueras la esposa de mi Hamlet, quería
haber adornado tu tálamo dulce muchacha y no sembrar tu tumba.
(Entra Hamlet)
Hamlet: Quitadme las manos del cuello, pues hay algo en mi muy peligroso que tu
prudencia debe temer, quítame las manos
Rey: Separadle
Hamlet: Yo amaba a Ofelia, cuarenta mil hermanos con toda la intensidad de su cariño
no igualarían al mío, ¿Qué quieres hacer por ella? ¡Vamos! ¿Dime que quieres hacer?
Oíd señor yo siempre os he querido, pero ya no importa…
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Escena II
Hamlet: Una vez embarcado, sentía en mi corazón una gran inquietud que no me
dejaba conciliar el sueño, entonces, tomé las cartas enviadas por el rey y volví a mi
cuarto. Rompí los ellos leí las cartas. Horacio, la orden real era que al desembarcar en
Inglaterra, se me cortara en el acto la cabeza.
Hamlet: ¿No crees tú que me corresponde, Ya que, fue él quien mato a mi padre y
prostituyó a mi madre, quien se interpuso entre la corona y mis esperanzas, quien
hasta ha conspirado contra mi vida, Que sea este brazo el que lo elimine?
Hamlet: Sera pronto, mas, mientras tanto el tiempo es mío y para quitar la vida a un
hombre basta un instante.
Horacio: El rey, señor, apuesta que en una docena de asaltos entre vos y Laertes, él no
os aventajara en más de tres botonazos, y desea que el encuentro se lleve a cabo
inmediatamente, si vuestra alteza se digna responder
Hamlet: Amigo mío, si su majestad lo tiene a bien, estoy desocupado, así que traigan
los floretes y si ese caballero está dispuesto y el rey insiste en su propósito, le hare
ganar la apuesta, de lo contrario, solo ganare la humillación.
Hamlet: Nada, una especie de presentimiento que solo turbaría a un alma femenina.
Horacio: Si sentís alguna aprensión, no lo hagáis, señor. Yo impediré que lleguen aquí
diciendo que os encontráis indispuesto.
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Hamlet: Otorgarme, señor, vuestro perdón; os he ofendido, mas, como caballero,
perdonadme. Todo lo que hice y que tan cruelmente ha afectado vuestros
sentimientos, vuestra nobleza y vuestro honor aquí declaro que ha sido efecto de mi
locura. Hamlet es también el ofendido, pues su locura es su peor enemigo.
Laertes: Me doy por satisfecho en mis sentimientos, que eran los que más me
impulsaban a la venganza. Pero, en lo que a mi honor se refiere, aun no me
pronuncio…
Rey: No tengo temor alguno: os he visto a ambos. Si él te supera, nos ha dado una gran
ventaja.
Rey: Colocad los frascos de vino sobre la mesa. Si Hamlet hiere la primera o segunda
vez, que disparen los cañones y el rey beberá a la salud de Hamlet. Y arrojara en la
copa una perla más preciosa que la que han usado en su corona los cuatro últimos
soberanos daneses. ¡Dadme la copa, ahora el rey brinda por Hamlet! Vamos empezad,
y que los jueces estén atentos.
(Luchan)
Hamlet: ¡Una!
Laertes: No.
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Rey: Esperad, dadme de beber. Hamlet, esta perla es tuya. A tu salud. Dadle la copa.
(Suenan los cañones)
Hamlet: Esperad un poco, terminare primero este asalto. Vamos. (Vuelven a luchar)
¡Otro golpe! ¿Qué decís, ahora?
Reina: Le falta el aliento. Toma, Hamlet, toma mi pañuelo y sécate la frente. La reina
brinda por tu suerte, Hamlet.
Rey: No lo creo.
Hamlet: Vamos al tercero, Laertes. No hacéis más que jugar conmigo. Atacad con mas
ánimos, temo que pretendáis burlaros de mí.
(Laertes hiere a Hamlet, y en el ardor de la pelea se cambian los floretes y Hamlet hiere a
Laertes)
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Horacio: ¡Los dos están sangrando! ¿Estáis mal herido, señor?
Reina: ¡No, no, la bebida, la bebida…! ¡Oh, querido Hamlet! Fue la bebida… ¡Me han
envenenado! (Muere)
(Cae Laertes)
Laertes: El traidor está aquí, Hamlet… Hamlet, vas a morir, no hay medicina en el
mundo que pueda salvarte, no te queda ni media hora de vida. El arma traidora esta
en tu mano, sin botón y con la punta envenenada. La infame intriga se ha vuelto contra
mí. ¡Mira, ya no podré levantarme! Tu madre esta envenenada…El rey, el rey es el
culpable…
Hamlet: ¿La punta envenenada? ¡Pues, veneno, cumple tu misión! (Hiere al Rey)
Hamlet: ¡Toma, incestuoso, asesino, maldito danés! ¡Tragad esta medicina! ¿No está
aquí tu perla? ¡Sigue a mi madre!
(Muere el rey)
Horacio: ¿Vivid? No lo creáis. Mas tengo yo de antiguo romano que de danés. (Toma la
copa)
Hamlet: Si eres hombre, dame esa copa. ¡Suéltala, dámela, por dios! Horacio, retrasa
un poco esa felicidad que buscas y sigue viviendo en este mundo de dolor para contar
mi historia. ¡Muero, Horacio! ¡El poderoso veneno hace su efecto! (Muere)
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