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Edmundo Valadés, El libro de la imaginación, México, FCE.
El sueño del rey
Lewis Carroll
—Ahora está soñando. ¿Con quién sueña? ¿Lo sabes?
—Nadie lo sabe.
—Sueña contigo. Y si dejara de soñar, ¿qué sería de ti?
—No lo sé.
—Desaparecerías. Eres una figura de su sueño. Si se despertara ese Rey te apagarías como una
vela.
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Salomón y Azrael
Yalal Al-Din Rumi (Persia, 1273)
Un hombre vino muy temprano a presentarse en el palacio del profeta Salomón, con el rostro pálido y
los labios descoloridos.
Salomón le preguntó:
—¿Por qué estás en ese estado?
Y el hombre le respondió:
—Azrael, el ángel de la muerte, me ha dirigido una mirada impresionante, llena de cólera. ¡Manda
al viento, por favor te lo suplico, que me lleve a la India para poner a salvo mi cuerpo y mi alma!
Salomón mandó, pues, al viento que hiciera lo que pedía el hombre. Y, al día siguiente, el profeta
preguntó a Azrael:
—¿Por qué has echado una mirada tan inquietante a ese hombre, que es un fiel? Le has causado
tanto miedo que ha abandonado su patria.
Azrael respondió:
—Ha interpretado mal mi mirada. No lo miré con cólera, sino con asombro. Dios, en efecto, me
había ordenado que fuese a tomar su vida en la India, y me dije: ¿Cómo podría, a menos que tuviese
alas, trasladarse a la India?
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A Circe
Julio Torri (1917)
¡Circe, diosa venerable! He seguido puntualmente tus avisos. Mas no me hice amarrar al mástil cuando
divisamos la isla de las sirenas, porque iba resuelto a perderme. En medio del mar silencioso estaba la
pradera fatal. Parecía un cargamento de violetas errante por las aguas.
¡Circe, noble diosa de los hermosos cabellos! Mi destino es cruel. Como iba resuelto a perderme,
las sirenas no cantaron para mí.
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Cinco claves para escribir minificción:
1. Sé breve sin perder el impacto
2. No te olvides de la historia
3. Pocos personajes (dos o tres), pocos lugares, poco tiempo
4. Escribe un final sorprendente (pero que no sea un final con trampa: “estaba soñando”, “todos
murieron”, o un dato que no se hubiera declarado anteriormente)
5. Emplea un lenguaje preciso y limpio (sin adjetivos, sin adverbios terminados en “mente”, sin
repetición de palabras, etcétera, a menos que sean esenciales)
Herramientas para escribir:
1. Utiliza el humor, pero no creas que cualquier chiste es una minificción.
2. Aprovecha la intertextualidad (cuentos de hadas, personajes de libros y cine, historias muy
conocidas, etcétera)
3. Combina géneros: un anuncio publicitario, un anuncio clasificado, una receta de cocina, un test,
etcétera)
4. Puedes utilizar el título como parte del texto (como si, en una adivinanza, comenzaras revelando
la respuesta)
5. Comienza tu relato muy cerca del final
Ejercicios de inicio
Para comenzar, busca situaciones rápidas:
1. Elige a tu personaje favorito del pasado: Cristo, Benito Juárez, Juan Gabriel, etc.
Se encuentran (en una situación creíble) y tienes un minuto para decirle algo: ¿qué te
contestaría?
2. Diseña el cartel para un producto inexistente: utilidad, forma de uso, contraindicaciones, etc.
3. Cambia el final de cuentos de hadas
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Paradojas:
Doctorado
La maestra Rosen ha trabajado más en los últimos quince días para presentar su examen por el
doctorado en Filosofía, por los trámites, cartas, memorandos, requisitos, expedientes y oficinas,
que en los últimos quince años que le costó la tesis. Está mentalmente agotada y la voz le sale
pastosa, incoherente. Ansía terminar cuanto antes para dedicarse a ver las telenovelas que tanto
disfruta.
Feminismo moderno
Ella es feminista militante. Lo ha sido los últimos veinte años de su vida y ahora tiene más de
cuarenta. Organiza instituciones para crear conciencia en las mujeres de su degradante papel de
objeto en la sociedad. Hace panfletos y reúne firmas. Es brillante y apasionada en su discurso. A
las seis en punto debe irse de la reunión, a toda prisa. Su amante, casado, le hablará por teléfono.
Ella debe estar en casa, esperando esa llamada. Él podría enfurecerse si no la encuentra.
Ethel Krauze, Relámpagos, pp. 21 y 35.
Como hecho adrede
Yo soy hombre de una sola pieza (la cocineta y el baño no cuentan).
Humor sombrío
Por Dios, qué inclemencia cuando descubres cuánto desearías a tu mujer si fuese la Mujer de tu
Prójimo.
Agustín Monsreal, Mínimas…, p. 64 y 90.
Ejercicio:
-Tu personaje asegura una cosa
-La situación lo lleva a hacer una cosa distinta, sorpresiva.
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Instructivos y refranes
Instrucciones para dar cuerda al reloj
Allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos
la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas,
las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire,
las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.
¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo
anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va
corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus pequeños rubíes. Y allá en el fondo
está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.
Julio Cortázar
Leyendas
El nacimiento de la col
En el paraíso terrenal, en el día luminoso en que las flores fueron creadas, y antes de que Eva fuese
tentada por la serpiente, el maligno espíritu se acercó a la más linda rosa nueva en el momento en que
ella tendía, a la caricia del celesta sol, la roja virginidad de sus labios.
-Eres bella.
-Lo soy -dijo la rosa.
-Bella y feliz – prosiguió el diablo-. Tienes el color, la gracia y el aroma. Pero…
-¿Pero?...
-No eres útil. ¿No miras esos altos árboles llenos de bellotas? Ésos, a más de ser frondosos, dan
alimento a muchedumbres de seres animados que se detienen bajo sus ramas. Rosa, ser bella es poco…
La rosa entonces –tentada como después lo sería la mujer- deseó la utilidad, de tal modo que hubo
palidez en su púrpura.
Pasó el buen Dios después del alba siguiente.
-Padre –dijo aquella princesa floral, temblando en su perfumada belleza-, ¿queréis hacerme útil?
-Sea, hija mía –contestó el Señor, sonriendo.
Y entonces vio el mundo la primera col.
Rubén Darío
Recrea una leyenda. Modifica el final. Modifica los personajes. Cambia detalles.
Escribe el instructivo para un proceso difícil: terminar una relación o una cirugía estética, por
ejemplo.
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Crímenes ejemplares
–«Antes muerta» me dijo. ¡Y yo lo único que quería era darle gusto!
–Me quemó duro con su cigarrillo. Yo no digo que lo hiciera con mala intención. Pero el dolor es el
mismo. Me quemó, me dolió, me cegué, lo maté. No tuve —yo tampoco— intención de hacerlo. Pero
tenía aquella botella en la mano.
– Soy maestro. Hace diez años que soy maestro de la escuela primaria de Tenancingo, Zacatecas. Han
pasado muchos niños por los pupitres de mi escuela. Creo que soy un buen maestro. Lo creía hasta que
salió aquel Panchito Contreras. No me hacía ningún caso, ni aprendía absolutamente nada: porque no
quería. Ninguno de los castigos surtía efecto. Ni los morales, ni los corporales. Me miraba, insolente.
Le rogué, le pegué. No hubo modo. Los demás niños empezaron a burlarse de mí. Perdí toda autoridad,
el sueño, el apetito, hasta que un día no lo pude aguantar y, para que sirviera de precedente, lo colgué
del árbol del patio.
– Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga a hablar. Soy una
mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo
donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba.
¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de
echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla
en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por
dentro.
– ¡Si el gol estaba hecho! No había más que empujar el balón, con el portero descolocado… ¡Y lo
envió por encima del larguero! ¡Y aquel gol era decisivo! Les dábamos en todita la madre a esos
chingones de la Nopalera. Si de la patada que le di se fue al otro mundo, que aprenda ahí a chutar como
Dios manda.
Max Aub
Escribe un asesinato absurdo, cómico.
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Juegos de palabras
“Canción cubana”:
¡Ay, José, así no se puede!
¡Ay, José, así no sé!
¡Ay, José, así no!
¡Ay, José, así!
¡Ay, José!
¡Ay!
Guillermo Cabrera Infante
Rubén
Rubén no corras Rubén no grites Rubén no brinques Rubén no saltes Rubén no pases frente a los
guardias Rubén no enfrentes los policías Rubén no dejes que te disparen Rubén no saltes Rubén no
grites Rubén no sangres Rubén no caigas.
No te mueras, Rubén.
Luis Britto-García
El grafógrafo
Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que
escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me
veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo
haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que
escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me
imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que
escribo.
Salvador Elizondo
Escribe una historia con palabras similares, palabras repetidas o palabras con una misma letra:
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Seres sobrenaturales
Luego del tsunami, en el pueblo del puerto hay sirenas peinándose en las bañeras, otras nadan en el
fondo de los vasos de tequila, los conductores las ven reflejadas en los espejos retrovisor, las amas de
casa las encuentran al abrir una lata de sardinas, en la radio la cumbia se interrumpe y se escucha el
enigma de sus cantos, los niños las descubren jugando escondidillas, el párroco asegura que en las
noches de lluvia un ejército de ellas va la iglesia y seduce a los ángeles.
Luego del tsunami, el pueblo del puerto quedó sumergido, y a las sirenas les aterra que los fantasmas
humanos persistan bajo el mar.
Édgar Omar Avilés
Dicen que lo mira a uno con negros ojos de deseo. Que es morena, de labios gruesos, color de sangre.
Que lleva el cabello suelto hasta la cintura.
Dicen que uno tropieza con ella de noche, en los andenes del metro, en alguna estación casi vacía.
Que al pasar se vuelve apenas para mirar de soslayo. Que deja en el aire un perfume de prímulas. Que
viste blusas de colores vivos y pantalones ajustados; que calza zapatos de tacón alto. […]
Dicen que uno debería estar prevenido, porque no hace ruido al caminar. Que, sin embargo, lo
habitual es sucumbir. Seguirla a la calle. Subir tras ella las escaleras. Dicen que la metamorfosis es
dolorosa e instantánea. Que por eso en algunas estaciones del metro hay tantos y tantos perros vagando,
con la mirada triste, todavía no acostumbrado a su nueva condición.
Felipe Garrido
Alas
Una tarde me trajeron un niño descalabrado; se había caído por el precipicio de un cerro. Cuando para
revisarlo le quité el poncho vi dos alas. Las examiné: estaban sanas. Apenas el niño pudo hablar le
pregunté:
—¿Por qué no volaste, m’hijo, al sentirte caer?
—¿Volar? —me dijo— ¿Volar, para que la gente se ría de mí?
Enrique Anderson-Imbert
La habitación maldita
Nada me produce más horror que volver a casa de madrugada por cualquiera de esas flamantes
autopistas que circunvalan mi ciudad. Los carteles fosforescentes me infunden un sosiego adormilador,
y las luces de los coches se disuelven líquidas en la cremosa oscuridad. Me hipnotiza ese veloz
resplandor que engulle las líneas blancas de la autovía y me pregunto si acabaré en la cuneta o contra
los pilotes que reverberan gelatinosos, casi difuminados por los pinceles de mis párpados.
De pronto pienso en las niñas y me enderezo, me abronco, me pellizco. Ellas desean verme al
despertar, y si muero mientras duermen les condenaría a una feroz vigilia de pesadillas. Pero el sueño
en la carretera me envuelve con redes sutiles y bostezo como los túneles o cabeceo al viento como las
soñolientas adelfas, cuajadas en la insoportable monotonía de las regueras. A lo lejos brilla turbia la
ciudad y en la duermevela busco las farolas de mi calle, la luz del portal de casa, la lámpara de mi
mesilla de noche…
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Ya en la cama me acurruco junto a mis hijas, abrazo sus cuerpecitos tibios y beso sus mejillas
como flanes. Entonces me arrasan las lágrimas y estremecido por la inercia de la velocidad me invade
una sonámbula sensación de zozobra. Tal vez aún estoy en la autopista, acaso jamás llegué a casa. Y
demudado espero hasta el alba porque no quiero despertarlas y que descubran que quien las sueña soy
yo.
Fernando Iwasaki, Ajuar funerario, Madrid, Páginas de Espuma, 2012.