ARTE PALEOCRISTIANO.
Contexto histórico:
Desde el siglo III el Imperio Romano sufre una profunda crisis que afecta a todos los
aspectos de su existencia; las ciudades se van a ir despoblando poco a poco al disminuir
el comercio y la economía monetaria, lo que condenó practicamente la vida urbana y la
fue sustituyendo por la más simple y segura del campo. En gran medida la sociedad se
ruraliza y embrutece al alejarse de las urbes.
Los talleres artísticos de las ciudades se quedan sin clientes, por lo que tendrán que
cerrar, quedando la creación artística en manos de artesanos rurales y reduciendose el
número de encargos. Los bárbaros ocupan cada vez un mayor papel en la sociedad
romana y en particular en el ejército, lo que acentua su decadencia.
Esta crisis también es política, los emperadores incapaces de reconducir la situación se
suceden; aunque, mientras Occidente se empobrecía, Oriente mantuvo una cierta
prosperidad. Teodosio percibió esa diferencia y la consagró dividiendo el imperio a su
muerte entre sus dos hijos, Arcadio y Honorio, en un intento de facilitar su
administración. Con todo, muy pronto la mitad occidental del imperio desapareció
(siglo V), mientras Oriente perduró como el Imperio Bizantino.
Otro elemento que contribuyó a desestabilizar el Imperio es el orígen y difusión del
Cristianismo, que negaba la divinidad del emperador, por lo que fue duramente
perseguido. La religión oficial romana estaba, en cierta medida, exenta de sentimiento,
por lo que proliferaban los cultos orientales, (Mitra, Osiris...) más místicos y llenos de
exotismo. El cristianismo como doctrina poseía todo aquello que favorecía su éxito: El
poder de la emoción que se desprendía de la muerte y resurreción de su Dios, una
enseñanza moral casi revolucionaria (potencialmente), la promesa de la salvación de los
justos, ceremonias que impactaban sobre la sensibilidad, una vocación universal (se
interesaba también por mujeres y niños). Sin una iniciación complicada, con un dogma
sencillo y fácil de comprender y al mismo tiempo con una gran riqueza de conceptos
que podía satrisfacer a los intelectuales; valoraba también el trabajo, considerando que
dignifica al hombre, y no como un mal necesario sólo reservado a siervos o esclavos. La
marginación y pobreza que padecían grandes masas de población hacinada en los
núcleos urbanos favoreció igualmente la difusión de la nueva fé, que se extendió
facilmente a traves de la eficaz organización viaria del Imperio.
Podemos hablar de dos etapas: Primero la fé clandestina, fuera de la ley, que se
manifiesta claramente en el arte (principalmente en su escasez y simpleza). Pero esta
situación no duró siempre, con el año 313 llega la paz de la iglesia cuando el emperador
Constantino promulga el Edicto de Milán. Esto inaugura una nueva fase, la posibilidad
de salir a la luz, sin ningún miedo, iniciando un proceso de institucionalización.
El arte Paleocristiano:
El cristianismo, junto con otras religiones como la judía y aún hoy la musulmana,
careció en principio de iconografía e imágenes, de las que no se dotaron hasta bien
entrado el siglo III; cuando, curiosamente, varias confesiones comenzaron a elaborarlas
al mismo tiempo. Sólo podemos hacer conjeturas sobre la razón de este orígen tardío,
pero probablemente estos esfuerzos icónicos surgieron en un contexto de competencia
en lugares del Imperio donde diferentes sectas convivían (normalmente en Oriente y en
las ciudades, recordemos el punto anterior). Además, en este espacio ligado al
helenismo, la tradición favorecía el uso de imágenes como recurso de propaganda
ideológica.
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A partir de estos tímidos comienzos, el arte paleocristiano sentó las bases de muchas
de las futuras manifestaciones del arte occidental, desarrollando y refinando sus
mensajes en diferentes concilios, y definiendo una cosmología que no supuso una
ruptura total con el pasado sino que se apropió del lenguaje iconográfico grecorromano
pagano, al que imprimió una nueva espiritualidad. Esto provoca que la importancia del
cuerpo humano (en Grecia) y del mundo material (en Roma) dejen paso a una mayor
relevancia de lo metafísico, aspecto que recogerá la Edad Media.
Será por todo ello el arte Paleocristiano puente entre el mundo clásico y el medieval.
1. Arte cristiano anterior al Edicto de Milán.
En los primeros instantes el carácter clandestino del cristianismo no produjo una
arquitectura propia, sino lugares de enterramiento, llamados CATACUMBAS, donde se
celebraban ritos funebres y, ocasionalmente, reuniones. Estaban, en general,
constituidas por galerías en cuyas paredes se abrían huecos rectangulares. Algunos
nichos, especialmente los destinados a los mártires, eran destacados por medio de un
arco que simbolizaba el triunfo sobre la muerte, y que tenía un evidente paralelismo con
los Arcos de Triunfo romano-paganos. En sus paredes se realizaban pinturas, en estos
momentos todavía muy simples para poder llegar a todos y expresar un sentimiento
religioso asequible al gran número de fieles de clase baja.
Primeras pinturas: en varias catacumbas y casas de reunión clandestinas. Son ante
todo imágenes directamente tomadas de la iconografía pagana e imperial, a las que se
añade algún matiz cristiano o se les dota de un significado moralizante (Hércules como
Sansón, la Virgen como imagen de la piedad, el filosofo y el niño en un sarcófago, etc).
Otras imágenes, algo más originales, representan sencillos símbolos crípticos sólo
reconocibles por los miembros de la nueva fé (el Crismón, un pez, una cesta con pan,
etc).
2. Arte cristiano posterior al edicto de Milán. Arquitectura.
Tras estos tiempos difíciles, un edificio se reconoce publicamente como templo
cristiano, la BASÍLICA, cuyos primeros ejemplos se construyeron en Roma. Como ya
citamos, los cristianos no trataron en un primer momento de crear un arte original, sino
de adaptar los elementos que consideraron útiles de la de la civilización en que se
encuentran. Consideraron a la basílica el edificio más idóneo para su culto, al que darán
un doble significado, como edificio religioso y edificio profano, pues la reunión de los
cristianos (asamblea = eklesía) precisa a la vez un lugar de culto y una amplia sala de
reunión. Era además una construcción que no había sido utilizada previamente por
ninguna religión.
Su planta es normalmente sencilla y responde a un plan longitudinal en forma de
rectángulo. Tienen 3 o 5 naves, siendo la central más ancha y alta que las laterales. Con
el tiempo aparecerá una nave transversal, precendente del Crucero medieval. La nave
central termina en un gran arco triunfal, y en el centro del muro de la cabecera se abre
un remate semicircular, el Abside. A todo el conjunto le suele preceder el Atrio (un
patio porticado no cubierto y por tanto expuesto a las inclemencias del tiempo; en el que
se situaba una fuente que permitía la “purificación” de los fieles) y/o el Nartex (pórtico
cubierto).
El espacio interior está distribuido de forma jerárquica, con un lugar definido para
cada fiel: unas naves eran ocupadas por los hombres y otras por las mujeres. En la nave
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de la izquierda se leen los Evangelios y en la derecha las Epístolas, en pequeñas tribunas
que posteriormente serán sustituidas por los púlpitos. Otros espacios están reservados
para el obispo, el clero mayor o los catecúmenos.
El alzado muestra las naves separadas por columnas con capiteles jónicos o coríntios,
incluso a veces alternados, encima de los cuales se disponen bien arcos de medio punto
o un entablamento; a su vez, sobre ellos en la nave central, más alta, hay ventanas por
donde entra la luz. La cubierta interior consiste en un armazón de vigas de madera que
frecuentemente se oculta con un techo plano del mismo material.
Al ábside en que remata la nave mayor se accede por un arco triunfal o
conmemorativo. Este espacio es el único abovedado y se cubre con una bóveda de
cuarto de esfera. El efecto global de las naves paralelas, la relevancia del eje
longitudinal y la sucesión de columnas conduce la vista del espectador hasta el fondo de
ese ábside, al altar, el lugar más importante del templo. Captamos todavía la simetria y
el ritmo de la arquitectura clásica.
(Sta. Sabina, interior)
Más tarde aparecerá el TRANSEPTO, una nave transversal que facilita el acceso de los
fieles al altar y las santas reliquias con sus ofrendas, lo que hará que esta claridad del
espacio se vaya fragmentando, siguiendo una concepción más medieval. Por su parte, la
necesidad de garantizar este contacto entre fieles y restos sagrados tiene su orígen en las
tumbas y catacumbas, donde los sarcófagos eran accesibles a los visitantes y enlaza
claramente con el carácter funerario y de triunfo sobre la muerte de esta religión.
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* Basílica de Santa Sabina: (432-440). Es uno de los ejemplos mejor conservados, se
encuentra en Roma. Su misión es exaltar la importancia de la iglesia y ofrecer un lugar
de reunión para la comunidad cristiana. Presenta múltiples analogías respecto a la
arquitectura romana clásica, aunque también hay diferencias. De los edificios religiosos
romanos sólo toma un elemento, el frontón que corona frecuentemente la fachada
exterior. También resulta tipicamente romano el otorgar la supremacía al interior,
descuidando un poco el exterior (es más importante el alma que la apariencia externa),
así como la funcionalidad del edificio, que permite la cabida de un gran número de
fieles.
La sensación de profundidad está muy acentuada pues todavía carece de transepto y
las columnas están muy juntas.
Bibliografía recomendada: Andre Grabar, “Las vias de la creación en la iconografía
cristiana”. Ed. Alianza Forma.