ENTRE DOS TIEMPOS
SARAH SAINT ROSE
1
El sonido del viento recorriendo las laderas escarpadas de las Highlands
escocesas era lo único que acompañaba a Eleanor Mackenzie mientras se
acercaba al Castillo de Ardmore. Había esperado meses para este viaje, una
oportunidad única para sumergirse en la historia que tanto amaba, esa que
siempre la había llamado desde su niñez cuando escuchaba las historias de
sus antepasados. Pero había algo en este lugar, algo diferente, algo que no
podía explicar.
Con su mochila cargada de libros, mapas y su cámara, Ellie caminó por el
sendero empedrado que la llevaba a las ruinas del castillo. El sol, pálido
entre las nubes grises, apenas iluminaba los muros de piedra cubiertos de
musgo. El aire tenía un sabor a historia antigua, como si cada ráfaga
arrastrara consigo susurros de tiempos olvidados.
Se detuvo frente a una de las pocas torres aún en pie y sacó su cámara para
capturar el momento. Estaba sola, rodeada únicamente por la inmensidad de
las colinas y el incesante viento. "Es perfecto", pensó mientras ajustaba el
enfoque. Sin embargo, una extraña sensación de déjà vu la recorrió. Había
visto este lugar antes, no solo en fotos o libros, sino en sueños. Sueños tan
vívidos que parecían casi reales.
Con el ceño fruncido, guardó la cámara y decidió entrar en lo que quedaba
del gran salón del castillo. Las piedras del suelo crujían bajo sus botas, y a
pesar de la luz que se colaba entre los huecos de las paredes, una
inquietante penumbra dominaba el interior. Se detuvo en el centro del salón,
admirando la belleza y la decadencia del lugar.
Ellie sacó un viejo cuaderno de su mochila, uno que había pertenecido a su
abuela. Ella había hablado de un anillo antiguo escondido en las
profundidades del castillo, un anillo que supuestamente tenía el poder de
cambiar vidas. En su infancia, Ellie había creído que se trataba de un cuento
para entretenerla, pero algo la había impulsado a seguir esa historia hasta
aquí.
Con las manos temblorosas, pasó las páginas del cuaderno hasta encontrar
una ilustración del anillo: un simple aro de plata con intrincados grabados.
No debería estar allí. Los registros oficiales del castillo no mencionaban
nada sobre un tesoro escondido, pero la leyenda familiar persistía.
—Bien, veamos si existe —se murmuró a sí misma.
Las horas pasaron mientras revisaba cada rincón de las ruinas. Se movía
con el cuidado de un arqueólogo, explorando cada piedra, cada grieta. Al
caer la tarde, el cansancio empezó a vencerla, pero algo la detuvo. En una
esquina oscura, justo al lado de una columna derruida, vislumbró un
destello. Su corazón se aceleró cuando se acercó para examinarlo. Entre los
escombros, cubierto de polvo y telarañas, encontró un pequeño cofre de
madera.
Con manos temblorosas, lo abrió. Dentro, envuelto en un paño descolorido
por el tiempo, estaba el anillo. El mismo que aparecía en las páginas del
cuaderno. Ellie lo tomó entre sus dedos, admirando los grabados que
parecían moverse bajo la luz que se colaba por la ventana rota. Una extraña
energía emanaba del objeto, algo que nunca antes había sentido.
—Esto no puede ser real —susurró, pero la tentación era demasiado fuerte.
Antes de darse cuenta, deslizó el anillo en su dedo. Un escalofrío recorrió
su columna vertebral, y por un breve momento, el mundo pareció detenerse.
El viento cesó, el aire se tornó denso y todo a su alrededor se volvió
borroso.
De repente, un estruendo sacudió el castillo. Ellie retrocedió, pero no fue lo
suficientemente rápida. Un torbellino de luz y viento la envolvió, como si
las mismas piedras del castillo estuvieran respondiendo al anillo. Trató de
gritar, pero su voz se perdió en la tormenta de sonidos y luces que la
rodeaban. Sintió como si el suelo desapareciera bajo sus pies, como si el
tiempo y el espacio se estuvieran derritiendo a su alrededor.
Cuando finalmente todo cesó, Ellie cayó de rodillas, aturdida y sin aliento.
El anillo seguía en su dedo, frío como el hielo. Levantó la vista, esperando
ver las ruinas familiares del castillo, pero lo que encontró fue algo
completamente diferente.
El castillo estaba allí, sí, pero no en ruinas. Estaba completo, imponente, y a
su alrededor, hombres y mujeres vestían ropas de otra época, de otro
tiempo. Ellie se quedó sin aliento al ver a un grupo de jinetes que se
acercaban, encabezados por un hombre alto y corpulento con una capa de
tartán. Sus ojos oscuros la atravesaron con desconfianza, pero también con
curiosidad.
Había viajado en el tiempo.
2
El aire se sentía más denso alrededor de Ellie, como si la atmósfera misma
la envolviera con una presión invisible. Aún no podía procesar lo que estaba
ocurriendo. El castillo, Lachlan, los hombres del clan... todo era demasiado.
Pero había algo que no podía negar: su cuerpo reaccionaba. Un torrente de
sensaciones la invadía, luchando contra el miedo y la confusión.
El hombre que se hacía llamar Lachlan MacGregor la miraba con una
intensidad que la desarmaba. Sus ojos, oscuros como la noche, parecían
escrutar cada parte de su ser. Era alto, mucho más que ella, y cada uno de
sus movimientos denotaba una fuerza contenida, una confianza que no
había visto en ningún hombre antes. El peso de su presencia era imposible
de ignorar. Era salvaje, primitivo, y Ellie sintió una punzada de excitación
recorriendo su columna, completamente inesperada. Su respiración se
aceleró, y aunque intentó calmarse, su cuerpo no respondía a la lógica.
Esto no tiene sentido, se dijo. Pero la tensión que fluía entre ellos era
innegable.
Lachlan la tomó de la mano para ayudarla a subir a su caballo, y el contacto
la sacudió. Su mano era fuerte y áspera, como la de alguien que había
trabajado con las armas y la tierra toda su vida. Mientras sus dedos
envolvían los suyos, una chispa recorrió su piel, encendiendo algo en su
interior que ella no comprendía, pero tampoco podía ignorar. El roce fue
breve, pero el calor que generó pareció anidar en su estómago.
Cuando la subió al caballo, Ellie sintió su fuerza de manera palpable, el
control absoluto que ejercía sobre la situación, y una parte de ella, muy
profunda, reaccionó con un deseo que no esperaba sentir. Su respiración se
volvió más irregular. Nunca antes había estado tan cerca de alguien tan
imponente, tan... varonil.
Lachlan montó detrás de ella, y la proximidad de su cuerpo la envolvió. Su
pecho rozaba su espalda, y Ellie pudo sentir el calor de su aliento contra su
cuello, tan cerca que el vello de su nuca se erizó. El olor a cuero, tierra y
algo intensamente masculino la rodeó, y por un instante, todos los
pensamientos de su situación desaparecieron, reemplazados por una ola de
deseo. No podía evitarlo. Su cercanía despertaba algo en ella que nunca
había sentido con tal intensidad.
Las manos de Lachlan pasaron a su lado para sujetar las riendas, y el peso
de sus brazos la encerraba, protegiéndola de una manera que era tan
desconcertante como excitante. Ellie cerró los ojos un instante, luchando
contra la sensación de estar atrapada entre la atracción y el miedo. El latido
de su corazón retumbaba en sus oídos mientras sentía el movimiento
rítmico del caballo bajo ella, acompañado del roce ocasional de su cuerpo
contra el de Lachlan.
—Relájate —murmuró él, con una voz tan baja que casi sintió las palabras
más que escucharlas.
Relájate, pensó Ellie, como si fuera tan fácil. Su cuerpo estaba en tensión,
no solo por la situación, sino por la creciente atracción que sentía hacia él.
Esto es ridículo, se dijo una y otra vez. Pero cada vez que su espalda rozaba
el pecho firme de Lachlan, la lógica se desvanecía un poco más.
El paisaje a su alrededor pasaba como un borrón, y por un momento, todo
lo que podía sentir era a él. La fuerza contenida en su cuerpo, la solidez de
su pecho contra su espalda, el ritmo constante de su respiración, como si el
mundo a su alrededor no fuera más que un detalle secundario. La realidad
de su situación, el viaje en el tiempo, todo se desvanecía, y solo quedaba la
tensión palpable entre ellos.
Lachlan tiró de las riendas y el caballo disminuyó la velocidad. El leve
balanceo del trote se suavizó, pero la sensación de tenerlo tan cerca no hizo
más que aumentar la confusión de Ellie. Sabía que debería estar
enfocándose en encontrar respuestas, en descubrir cómo había terminado en
este tiempo extraño, pero su mente estaba nublada por la atracción primitiva
que emanaba de Lachlan.
—No te preocupes, pronto estaremos a salvo en el castillo —dijo él, con un
tono más suave que antes.
Ellie se giró ligeramente, lo suficiente como para mirarlo de reojo. Su
mandíbula estaba tensa, y aunque parecía enfocado en el camino por
delante, había algo en sus ojos que no lograba ocultar. Una chispa, un
destello de algo más. ¿Curiosidad? ¿Deseo? No estaba segura, pero lo sintió
en lo profundo de su ser.
—¿Por qué... por qué me estás ayudando? —preguntó ella, su voz apenas
un susurro, casi temerosa de la respuesta.
Lachlan la miró un instante antes de volver a centrar su atención en el
camino.
—Hay muchas cosas que no entiendes aún, Ellie. Pero ese anillo... —sus
palabras se detuvieron, como si no quisiera revelar demasiado—. Ese anillo
te conecta con este lugar de formas que ni siquiera puedes imaginar. No
puedo dejarte sola con algo tan poderoso.
Ellie bajó la vista a su mano, donde el anillo aún brillaba débilmente en su
dedo. El peso de sus palabras se asentó en ella. No solo estaba atrapada en
el pasado, sino que también había algo más, algo sobre ese anillo que lo
hacía peligroso. Pero en lugar de miedo, sintió otra oleada de emoción al
saber que este hombre, fuerte y enigmático, la veía como parte de algo más
grande. Y ese pensamiento, por loco que fuera, solo aumentó el fuego
interno que la consumía.
—No parece... solo un anillo —murmuró ella, sin saber qué más decir.
Lachlan sonrió, apenas una mueca, pero suficiente para que ella lo notara.
—Porque no lo es. Pero lo descubrirás a su debido tiempo.
El silencio se instaló entre ellos mientras el caballo avanzaba por los
sinuosos caminos de las Highlands, y Ellie, a pesar de la incertidumbre de
todo lo que la rodeaba, no podía dejar de sentirse hipnotizada por la
cercanía de Lachlan. Cada movimiento de su cuerpo contra el de él la hacía
más consciente de lo que nunca había admitido: algo profundo dentro de
ella respondía a su presencia, un deseo que no tenía nada que ver con la
razón, solo con la pura atracción física.
Intentó enfocarse en el paisaje que pasaba a su alrededor: las colinas
onduladas, los acantilados que se asomaban a lo lejos, el susurro del viento
entre los árboles. Pero el roce constante del cuerpo de Lachlan contra el
suyo hacía que sus pensamientos vagaran de nuevo hacia él.
Finalmente, el paisaje comenzó a cambiar. A lo lejos, pudo distinguir una
fortaleza, sus murallas imponentes y torres que desafiaban el tiempo. El
castillo de Lachlan. El lugar que, aparentemente, sería su refugio, aunque el
simple hecho de entrar en una fortaleza del siglo XVIII la hacía sentir más
vulnerable de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Llegamos —anunció Lachlan mientras el caballo se detenía.
Ellie tomó aire profundamente, tratando de calmar las pulsaciones
aceleradas de su corazón, y se preparó para enfrentarse a lo que vendría
después. Pero una cosa era clara: la atracción que sentía hacia Lachlan no
desaparecía, y aunque era lo último que debería preocuparle, no podía
evitarlo. Él era peligroso, no solo porque sabía más de lo que ella
comprendía, sino porque la hacía sentir cosas que nunca antes había
experimentado.
Mientras descendían del caballo, y Lachlan le ofrecía su mano una vez más,
Ellie supo que su vida estaba a punto de cambiar, de una manera que ni
siquiera ella podía prever. Pero, a pesar del miedo y la confusión, una parte
de ella deseaba descubrir hasta dónde podría llevarla este nuevo y extraño
destino, especialmente si Lachlan estaba en su camino.
3
El aire en las Highlands tenía una cualidad diferente. Era más denso, más
puro, pero también más salvaje. Ellie no podía dejar de mirar a su alrededor
mientras el caballo avanzaba lentamente por el sendero que conducía hacia
el castillo de Lachlan. A su alrededor, los vastos valles se extendían como
un mar verde, ondulante y eterno. Las colinas se levantaban imponentes a lo
lejos, cubiertas por una niebla baja que les daba un aire etéreo, casi irreal.
Era el tipo de paisaje que solo había visto en fotografías o leído en los libros
de historia, pero ahora lo estaba viviendo en carne propia, y el impacto de
esa realidad era abrumador.
Cada colina, cada curva del camino parecía más antigua que el tiempo
mismo, como si la tierra aquí hubiera permanecido inalterada por siglos.
Las piedras del suelo, desgastadas por el paso de generaciones de pies y
cascos, hablaban de historias olvidadas, de batallas libradas y amores
perdidos en el viento. El sonido del arroyo cercano, corriendo entre las
rocas, llenaba el aire con su murmullo suave y constante, un recordatorio de
que el mundo seguía su curso, indiferente a la confusión que reinaba en su
interior.
Ellie miraba a lo lejos, incapaz de comprender del todo lo que estaba
viendo. Todo era tan real, tan vívido. Los colores eran más intensos, los
sonidos más claros, como si hubiera entrado en un mundo que existía en
una dimensión paralela a la suya. A lo lejos, los acantilados se alzaban
abruptamente, sus bordes afilados contrastando con la suavidad del paisaje
alrededor. Desde esas alturas, la vista debió haber sido asombrosa, pero en
su situación, la sensación de estar atrapada en una realidad que no le
pertenecía la invadía.
Lachlan seguía detrás de ella, su cuerpo firme y cálido contra su espalda,
manejando al caballo con una destreza silenciosa. Ellie no podía dejar de
ser consciente de su proximidad, y aunque su mente trataba de mantenerse
centrada en la extrañeza de su entorno, su cuerpo reaccionaba de una
manera completamente distinta. El roce ocasional de sus piernas contra las
de él, el leve calor de su respiración en su cuello, todo contribuía a un tipo
de tensión que ella no había anticipado sentir.
Intentó distraerse observando el paisaje que la rodeaba. En las laderas de las
colinas cercanas, pequeños bosques de árboles antiguos se alineaban, sus
ramas densas y enmarañadas formando un dosel oscuro y misterioso. Podía
imaginar criaturas antiguas ocultas entre las sombras, como si en cualquier
momento fueran a aparecer los fantasmas de tiempos pasados para observar
su paso. A medida que el caballo avanzaba, el sonido de los cascos sobre el
suelo resonaba en el aire, marcando el ritmo de su viaje a este nuevo
mundo.
La luz del sol, que había estado oculta detrás de las nubes durante la mayor
parte del día, comenzó a filtrarse por los bordes, proyectando rayos dorados
sobre el paisaje. Ellie pudo ver cómo la luz bañaba los pastos verdes y hacía
brillar las gotas de rocío que todavía descansaban en las hojas de los
árboles. El aire estaba cargado de humedad, con un ligero aroma a tierra
mojada y a hierbas silvestres. Cada respiración la llenaba de una mezcla de
asombro y desconcierto. Aunque nada en este lugar le resultaba familiar,
había algo en él que la conectaba con una profundidad que no comprendía.
A lo lejos, pudo distinguir una fortaleza, pequeña en comparación con las
colinas, pero imponente en su estructura. Las torres se alzaban sobre el
paisaje como centinelas, y las murallas de piedra, gruesas y resistentes,
parecían haber sido construidas no solo para proteger, sino para resistir el
paso del tiempo. El castillo de Lachlan. A medida que se acercaban, el
paisaje a su alrededor se volvió más denso, con árboles más altos y arbustos
que crecían de manera más salvaje. Las sombras que proyectaban las copas
de los árboles creaban un juego de luces y sombras sobre el camino, y Ellie
no pudo evitar sentirse como si estuviera entrando en otro mundo, aún más
oculto y desconocido.
El castillo se veía cada vez más grande conforme se aproximaban, sus torres
elevándose hacia el cielo gris. El camino se volvió más empinado, y Ellie
notó cómo los caballos ajustaban su paso para manejar el terreno rocoso.
Desde este ángulo, las murallas parecían interminables, cubiertas de musgo
y líquenes, como si la naturaleza estuviera luchando por reclamar su lugar.
Podía escuchar el lejano sonido del mar, aunque no podía verlo desde donde
estaba. Ese constante rugido, junto con el viento que soplaba entre las
colinas, daba al lugar un aura de aislamiento, como si estuvieran en el fin
del mundo.
—Es... hermoso —murmuró Ellie sin poder evitarlo. Su voz salió en un
susurro, y no estaba segura si lo había dicho para sí misma o para Lachlan.
Él no respondió de inmediato, pero sintió su cuerpo tensarse ligeramente
detrás de ella, como si hubiera captado algo en su tono. Finalmente, habló,
su voz baja y calmada, pero con una dureza que Ellie empezaba a reconocer
como parte de su carácter.
—Lo es. Pero no te dejes engañar por su apariencia. Aquí las cosas no son
lo que parecen.
Ellie frunció el ceño, pero no dijo nada. Estaba demasiado ocupada
observando cada detalle, tratando de grabar en su mente la escena que se
desplegaba ante ella. Al entrar en el patio del castillo, el sonido de los
cascos de los caballos reverberó contra las piedras, rompiendo el silencio
que había dominado el camino. Hombres y mujeres, vestidos con ropas
tradicionales, se movían por el recinto, algunos llevando cubos de agua,
otros transportando madera o herramientas. Parecían ocupados, absortos en
sus tareas, pero más de uno se detuvo a mirarla, sus ojos llenos de
curiosidad y desconfianza.
El patio era amplio, con un gran espacio central donde se desarrollaban las
actividades diarias. Había un establo a un lado, donde algunos caballos más
estaban atados, y varias pequeñas construcciones de piedra bordeaban el
perímetro, posiblemente almacenes o viviendas para los criados. El castillo
en sí se alzaba imponente frente a ellos, con una gran puerta de madera
reforzada con hierro, que parecía más una barrera que una entrada.
Lachlan desmontó primero, y Ellie sintió una extraña mezcla de alivio y
nerviosismo cuando ya no estuvo tan cerca de él. Pero la sensación de
vulnerabilidad aumentó de inmediato cuando él le ofreció la mano para
ayudarla a bajar. La miró, y por un instante, sus ojos oscuros parecieron
suavizarse. Ellie no pudo evitar el ligero temblor en sus manos cuando
aceptó su ayuda para descender del caballo.
Una vez que sus pies tocaron el suelo, la realidad de su situación la golpeó
con fuerza. Estaba en un tiempo que no le pertenecía, rodeada de personas
que parecían haber salido de un libro de historia. Y frente a ella, el hombre
que había sido su único contacto con este mundo, un hombre al que apenas
conocía, pero que la hacía sentir cosas que ni siquiera quería reconocer.
Lachlan la miró de arriba abajo, como si estuviera evaluando qué hacer con
ella.
—Ven conmigo. —Su voz no dejaba lugar para el desacuerdo.
Ellie lo siguió en silencio mientras atravesaban el patio. Sentía las miradas
sobre ella, y aunque no podía entender lo que la gente murmuraba, sabía
que sus ropas y su apariencia debían parecer extrañas. Al entrar en el
castillo, el aire cambió de nuevo. Era más frío, el eco de sus pasos
resonando en las piedras de las paredes. La iluminación era escasa, con
pocas antorchas colgando en las paredes y lanzando sombras que bailaban a
su paso.
Subieron unas escaleras de piedra, y Ellie notó el desgaste en los escalones,
como si miles de pies hubieran pasado por allí durante generaciones. Las
paredes estaban adornadas con tapices antiguos, algunos descoloridos por el
tiempo, otros mostrando escenas de batallas o cacerías. La historia del clan
estaba tejida en cada hilo, y Ellie sintió una extraña reverencia al observar
cada detalle.
—¿Dónde estamos yendo? —preguntó finalmente, su voz apenas un
susurro.
Lachlan no se giró para mirarla, pero su respuesta fue inmediata.
—A un lugar donde podremos hablar sin interrupciones.
Sus palabras no hicieron más que aumentar la confusión de Ellie. No
entendía qué estaba sucediendo, ni por qué este hombre parecía tener tanto
interés en ella. ¿Era solo por el anillo? ¿O había algo más?
Llegaron a una gran sala al final de un largo pasillo, y Lachlan empujó las
pesadas puertas de madera para abrirlas. Ellie entró con cautela, observando
el interior. La sala era amplia, con una gran chimenea en el centro que
iluminaba el espacio con una luz cálida y parpadeante. Los muebles eran
pesados y antiguos, con sillas y mesas de madera oscura adornadas con
intrincados grabados. En las paredes colgaban estandartes con los colores
del clan MacGregor, y varias espadas y escudos estaban dispuestos como
decoración, aunque claramente estaban listos para usarse si fuera necesario.
Lachlan caminó hacia la chimenea y se quedó de pie, observando el fuego.
4
Ellie permaneció inmóvil durante unos instantes en el umbral de la sala. El
calor de la chimenea bañaba la estancia, proyectando sombras largas y
parpadeantes que hacían que los escudos y espadas colgados en las paredes
parecieran cobrar vida. El fuego chisporroteaba suavemente, y el crujido de
la madera al arder rompía el incómodo silencio. A pesar de la calidez del
fuego, Ellie sintió un escalofrío recorrer su espalda. La realidad de su
situación se asentaba más profundamente con cada segundo que pasaba en
este castillo.
Frente a ella, Lachlan permanecía de pie junto a la chimenea, su mirada fija
en las llamas. Ellie no podía apartar los ojos de él, impresionada no solo por
su presencia física, sino por la sensación de autoridad que parecía emanar
de cada uno de sus movimientos. Su figura, alta y poderosa, se recortaba
contra el resplandor del fuego, y las sombras realzaban las líneas de su
rostro, haciéndolo parecer más intenso, más enigmático.
—Debes tener muchas preguntas —dijo finalmente, sin apartar la vista del
fuego.
Ellie no sabía por dónde empezar. Su mente era un torbellino de confusión.
Desde que había llegado a este lugar, nada tenía sentido. El anillo, el viaje
en el tiempo, este hombre que parecía tan ajeno y al mismo tiempo tan
familiar. Pero sobre todo, el miedo. Ese miedo latente de estar atrapada en
un tiempo que no le pertenecía y de no saber cómo ni si alguna vez podría
regresar.
—¿Qué es este lugar? —preguntó finalmente, su voz apenas un susurro.
Lachlan giró la cabeza para mirarla, sus ojos oscuros reflejando el brillo del
fuego. Por un instante, Ellie pensó que no iba a responder, pero luego,
lentamente, caminó hacia una de las sillas cercanas y se sentó, apoyando los
codos en sus rodillas mientras entrelazaba las manos.
—Este lugar es tu destino, Ellie —dijo con una calma inquietante—.
Aunque aún no lo entiendes, has sido traída aquí por una razón.
Ellie frunció el ceño, confundida.
—¿Traída aquí? Yo... yo no quería venir. Ni siquiera sé cómo ocurrió.
Lachlan inclinó ligeramente la cabeza, como si la estuviera evaluando. Su
expresión seguía siendo impasible, pero había algo en sus ojos, una chispa
de comprensión.
—Ese anillo que llevas —dijo, señalando su mano—, no es un simple
objeto. Ha estado en nuestra familia durante generaciones, vinculado a
nuestra historia y a este castillo. Y ahora, por alguna razón, ha encontrado
su camino hacia ti.
Ellie miró el anillo en su dedo, su superficie plateada brillando tenuemente
a la luz del fuego. El diseño intrincado, los grabados que parecían cambiar
bajo la luz, todo lo que había sentido desde que lo había encontrado en las
ruinas... todo había sido real. Pero ¿cómo podía un simple anillo haberla
traído aquí?
—No entiendo —murmuró, levantando la vista hacia Lachlan—. ¿Cómo es
posible que un anillo...?
Lachlan se inclinó hacia adelante, su rostro más serio que nunca.
—Este anillo es más que un objeto de metal. Está ligado a la historia de mi
clan, y a algo mucho más grande que eso. Algunos lo llaman magia, otros
destino. No me importa qué palabra uses. Lo que importa es que ahora lo
llevas tú, y eso no es casualidad.
Ellie sintió que el suelo bajo sus pies se tambaleaba. Estaba demasiado
abrumada por todo lo que estaba ocurriendo. El peso de la situación
empezaba a aplastarla.
—Yo solo quería... estudiar la historia —dijo con voz temblorosa—. Esto
no tiene sentido. No soy parte de esto. No pertenezco aquí.
Lachlan se levantó de la silla de un salto, su expresión endureciéndose.
—Te equivocas, Ellie. Ahora eres parte de esto, quieras o no. —Caminó
hacia ella, deteniéndose a solo unos pasos—. El anillo te eligió. Y hasta que
descubras por qué, no podrás regresar.
Ellie retrocedió un paso, sintiendo cómo la desesperación comenzaba a
crecer dentro de ella. ¿Cómo podía él saber tanto sobre lo que le estaba
ocurriendo? ¿Qué era este anillo que ella había encontrado por accidente?
—¿Regresar? —repitió, sus ojos llenándose de una mezcla de miedo y
frustración—. ¿Regresar cómo? ¿Estás diciendo que estoy atrapada aquí?
Lachlan no respondió de inmediato. Sus ojos se suavizaron por un
momento, como si comprendiera la magnitud de lo que ella estaba
sintiendo.
—No estás atrapada, no exactamente. Pero tampoco puedes regresar por tu
cuenta. —Hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—. La única
forma de volver a tu tiempo es entender por qué el anillo te trajo aquí y
cumplir con su propósito.
Ellie lo miró fijamente, tratando de encontrar algo en su expresión que
indicara que esto era una broma, que no podía ser real. Pero su seriedad
solo confirmaba lo que temía: que todo esto, por absurdo que pareciera, era
verdad.
—¿Y cuál es ese propósito? —preguntó, su voz más aguda de lo que
pretendía.
Lachlan la miró directamente a los ojos, y por un momento, el fuego detrás
de él pareció reflejarse en sus pupilas. Había algo en su mirada, algo que la
hacía sentir pequeña y vulnerable, como si él supiera mucho más de lo que
ella podría imaginar.
—Eso es lo que debemos descubrir —dijo en voz baja—. Pero lo que sé con
certeza es que este anillo ha traído a personas a través del tiempo antes.
Siempre por una razón. Y nunca por accidente.
Ellie sintió cómo sus piernas comenzaban a temblar, y se dejó caer en la
silla más cercana, apoyando la cabeza entre sus manos. Todo era
demasiado. No solo estaba atrapada en el pasado, sino que aparentemente
formaba parte de un plan más grande, algo que ni siquiera podía empezar a
comprender.
El silencio en la habitación se volvió opresivo. El fuego seguía crepitando
suavemente, y el eco de las palabras de Lachlan parecía resonar en su mente
una y otra vez. Mientras intentaba asimilar lo que él le había dicho, no pudo
evitar que sus ojos se deslizaran hacia él de nuevo. Había algo en su
presencia, algo que la atraía, aunque no quería admitirlo. A pesar del miedo
y la confusión, una parte de ella se sentía extrañamente segura cerca de él,
como si, de alguna manera, supiera que él tenía las respuestas que
necesitaba.
Lachlan la observaba en silencio, su postura relajada pero alerta, como si
estuviera esperando que ella digiriera todo lo que había escuchado.
—¿Y qué se supone que debo hacer ahora? —preguntó finalmente, con la
voz aún temblorosa.
Lachlan se acercó un poco más, manteniendo una distancia respetuosa pero
suficiente para que Ellie sintiera la intensidad de su presencia. Era como si
el aire entre ellos vibrara con una energía que ella no podía entender.
—Primero, debes descansar —dijo con firmeza—. Mañana hablaremos
más. Hay mucho que debes aprender sobre este lugar y sobre ti misma.
Ellie asintió, aunque todavía no estaba segura de cómo podría dormir con
todo lo que acababa de descubrir. Pero su cuerpo estaba exhausto, no solo
por el viaje, sino por el peso de la incertidumbre que la rodeaba. Lachlan se
volvió hacia la puerta, haciendo un gesto con la mano.
—Fiona —llamó en voz alta, y al instante, una mujer joven, alta y esbelta,
con cabello oscuro y rizado, apareció en el umbral.
Fiona tenía una mirada amable, y aunque su aspecto era modesto, había
algo en ella que irradiaba confianza. Cuando sus ojos se encontraron con los
de Ellie, sonrió ligeramente.
—Ella te llevará a tus aposentos. Descansa por ahora. —Lachlan hizo una
pausa antes de añadir—: Mañana comenzaremos a buscar respuestas.
Ellie se levantó lentamente, sus piernas aún temblorosas, y siguió a Fiona
hacia la puerta. Mientras caminaba por los pasillos del castillo, las palabras
de Lachlan resonaban en su mente. No estaba atrapada, pero tampoco
estaba libre. Había sido traída aquí por un motivo que aún no comprendía, y
hasta que lo descubriera, este lugar era su hogar.
Mientras avanzaban por los oscuros corredores iluminados por antorchas,
Ellie no pudo evitar mirar por una de las ventanas estrechas. Afuera, la luna
brillaba con una luz pálida sobre el paisaje vasto y salvaje de las Highlands.
El mundo que conocía estaba a un millón de millas de distancia. Y en este
lugar desconocido, todo estaba por descubrir.
Sin embargo, a pesar de la incertidumbre y el miedo, había una pequeña
chispa dentro de ella, algo que no podía definir del todo. Un sentimiento
que iba más allá de la confusión del momento. Porque, a pesar de todo, en
el fondo de su ser, sabía que este viaje, por más aterrador
que fuera, podría ser la clave para descubrir algo más profundo sobre sí
misma.
Y, de alguna manera, Lachlan era parte de eso.
5
El viento aullaba en las Highlands mientras Ellie caminaba con cautela
detrás de Fiona, sus pasos resonando débilmente sobre las piedras
desgastadas del castillo. A pesar del calor del fuego que había quedado
atrás, el frío que impregnaba las murallas y los pasillos oscuros era
imposible de ignorar. Pero no era solo el frío lo que hacía que Ellie se
sintiera inquieta. Había algo más, algo que flotaba en el aire, como una
sombra amenazante que no podía ver pero que sentía en lo profundo de sus
huesos.
Fiona la había llevado hasta una torre solitaria en la parte trasera del
castillo, diciéndole que era el mejor lugar para descansar. Sin embargo, la
noche se sentía diferente, cargada de una energía que hacía que cada sonido,
cada movimiento de las antorchas parpadeantes, pareciera más intenso de lo
habitual. Mientras Fiona se despedía con una sonrisa amable y cerraba la
puerta tras ella, Ellie se quedó en la habitación, intentando calmarse.
Se acercó a la pequeña ventana de piedra y miró hacia fuera. La luna llena
bañaba las colinas en un resplandor plateado, pero las sombras eran
profundas y amenazadoras, creando figuras oscuras en las laderas. Mientras
observaba el paisaje, algo a lo lejos captó su atención. Una figura, apenas
visible a la luz de la luna, se movía con rapidez por el borde de las colinas,
dirigiéndose hacia el castillo.
Un escalofrío la recorrió, y el instinto de peligro se activó en su interior. No
podía ver con claridad quién era o qué estaba haciendo, pero la forma en
que se movía, como una sombra que se deslizaba entre los árboles, la
llenaba de un miedo inexplicable. Sin pensarlo dos veces, Ellie giró sobre
sus talones y salió de la habitación, bajando por los estrechos y oscuros
escalones de la torre lo más rápido que pudo. Su corazón latía con fuerza en
su pecho mientras intentaba encontrar a alguien, a Lachlan, a cualquiera,
para advertirles de lo que había visto.
Mientras corría por los pasillos, la sensación de peligro aumentaba con cada
paso. Las sombras parecían moverse a su alrededor, y los ecos de sus
propios pasos sonaban demasiado altos en la quietud del castillo. Al girar
una esquina, chocó contra algo duro. Una figura alta, firme y cálida. Su
cuerpo chocó contra el de Lachlan.
—Ellie, ¿qué estás haciendo? —dijo Lachlan, con su voz grave pero tensa.
Sus manos fuertes la sujetaron por los brazos, estabilizándola.
Ellie levantó la vista, encontrándose con sus ojos oscuros y llenos de
sorpresa.
—Vi a alguien —dijo rápidamente, con la respiración entrecortada—.
Alguien se está acercando al castillo. Creo que algo va mal.
Lachlan frunció el ceño, su mirada volviéndose más intensa. Sus manos
seguían sujetándola, y Ellie sintió el calor de su piel atravesar el tejido de su
vestido, algo que en otro momento la hubiera desconcertado más, pero
ahora solo aumentaba la sensación de urgencia.
—¿Dónde? —preguntó con voz baja y controlada, mientras su mirada
recorría los pasillos como si ya estuviera evaluando el peligro.
—En las colinas, cerca del bosque. No pude ver quién era, pero se movía
rápido, como si estuviera... acechando.
Lachlan asintió y sin soltarla, se giró hacia una puerta cercana, la que
conducía a una pequeña sala de guardias. Hizo una señal con la cabeza a
uno de los hombres que estaban dentro, ordenándole que alertara a los
otros. Ellie sintió que el ambiente se tensaba de inmediato.
—Quédate conmigo —ordenó Lachlan mientras la conducía rápidamente
hacia una parte más interna del castillo. La forma en que la sujetaba era
protectora, pero también innegablemente posesiva.
Mientras caminaban a paso rápido, Ellie no podía evitar sentir cómo su
cuerpo reaccionaba a su cercanía. Cada vez que sus manos se rozaban, un
torrente de electricidad recorría su piel, y aunque su mente estaba centrada
en el peligro que acechaba, había algo en Lachlan que la desarmaba por
completo.
Llegaron a una pequeña sala adyacente a los muros del castillo, desde
donde se podía ver la llanura que conducía al bosque. Lachlan la soltó
suavemente, acercándose a la ventana y observando con atención.
—No hay nada ahora —murmuró, sus ojos entrecerrados—. Pero si hay
peligro, vendrá pronto.
Ellie se quedó en silencio, su cuerpo todavía temblando de la adrenalina.
Sus pensamientos se agolpaban mientras trataba de procesar todo lo que
estaba ocurriendo. De repente, el castillo ya no parecía tan seguro. Su
respiración era irregular, y su mente aún estaba enredada en la visión de esa
figura extraña.
—No te preocupes —dijo Lachlan de repente, su voz rompiendo el silencio
mientras se giraba hacia ella—. No dejaré que te ocurra nada.
El tono de sus palabras tenía una fuerza que atravesó la barrera del miedo
que ella había estado sintiendo. Había algo en la forma en que él hablaba,
en cómo la miraba, que le transmitía una sensación de seguridad, de
protección. Pero también había algo más. Algo que iba más allá de la
protección. Algo que Ellie no podía ignorar.
Lachlan se acercó a ella, y antes de que Ellie pudiera procesarlo, la
distancia entre ellos desapareció. Podía sentir su respiración, suave pero
controlada, como si él también estuviera luchando con algo más que la
simple necesidad de protegerla. El fuego de la chimenea cercana lanzaba
reflejos sobre la piel de Lachlan, y Ellie no podía apartar los ojos de él.
—Lachlan... —susurró, sin estar segura de lo que iba a decir.
Pero antes de que pudiera continuar, él levantó una mano y rozó su mejilla,
sus dedos cálidos y callosos acariciando suavemente su piel. El contacto fue
inesperado, pero hizo que su corazón latiera más rápido. La forma en que la
miraba, como si estuviera tratando de contener algo que llevaba mucho
tiempo oculto, la dejó sin aliento.
—No tienes que tener miedo, Ellie —susurró, su voz más baja, más grave
—. Estoy aquí.
Ellie cerró los ojos por un instante, dejando que la sensación del toque de
Lachlan la envolviera. Sabía que debía concentrarse en el peligro que
acechaba fuera del castillo, pero en ese momento, todo lo que podía sentir
era la creciente conexión entre ellos. El roce de sus dedos en su mejilla se
volvió más firme, y sin darse cuenta, Ellie inclinó la cabeza hacia su mano,
buscando más de ese contacto, de esa cercanía que su cuerpo ahora
anhelaba.
Cuando abrió los ojos, sus miradas se encontraron de nuevo. Lachlan ya no
parecía el líder fuerte y distante. Había algo más en su expresión ahora, algo
que Ellie reconoció como deseo. Un deseo que reflejaba lo que ella misma
estaba sintiendo, aunque no quería admitirlo. El calor que había sentido
antes en su pecho ahora se había expandido por todo su cuerpo, un fuego
que no podía ignorar.
—No debería... —murmuró Ellie, pero sus palabras carecían de convicción.
—Pero lo deseas tanto como yo —susurró Lachlan, acercándose más. Su
rostro estaba ahora a centímetros del suyo, su aliento cálido contra su piel.
Ellie sintió cómo su respiración se aceleraba, y aunque su mente seguía
luchando, su cuerpo había tomado una decisión. Antes de que pudiera
detenerse, inclinó la cabeza hacia adelante, y sus labios rozaron los de
Lachlan en un gesto suave, pero cargado de tensión. El contacto fue breve,
casi un susurro de lo que ambos querían, pero fue suficiente para desatar
una tormenta dentro de ellos.
Lachlan no esperó más. En un movimiento rápido, la tomó por la cintura y
la atrajo hacia él, sus labios encontrando los de ella con una intensidad que
la dejó sin aliento. El beso fue profundo, lleno de la pasión contenida entre
ellos, y Ellie sintió cómo cada parte de su cuerpo respondía a él. Sus manos
se aferraron a su cuello, buscando más, sintiendo cómo el calor de su piel se
mezclaba con el suyo.
Los minutos pasaron en un torbellino de besos y caricias, el deseo entre
ellos creciendo como un fuego descontrolado. Ellie sentía como si el mundo
se hubiera reducido a ese momento, a ese hombre, a la forma en que sus
cuerpos encajaban el uno con el otro. El peligro, el castillo, todo
desapareció mientras se entregaban a la creciente pasión que los envolvía.
Finalmente, cuando ambos quedaron sin aliento, Lachlan se apartó
ligeramente, sus ojos oscuros todavía llenos
6
Lachlan se apartó ligeramente, sus ojos aún fijos en los de Ellie, respirando
con fuerza mientras la intensidad entre ellos seguía ardiendo. Sus manos
permanecían firmemente apoyadas en su cintura, manteniéndola cerca,
como si temiera que si la soltaba, la conexión que acababan de compartir
pudiera desvanecerse. Ellie, con el corazón palpitando tan fuerte que temía
que él pudiera escucharlo, intentaba recuperar la compostura, pero cada
fibra de su ser aún vibraba por el calor de su toque.
Los labios de ambos seguían rozándose, y aunque Lachlan había
disminuido la presión, el deseo no había desaparecido. Al contrario, parecía
acumularse en la quietud del momento, como una tormenta que solo
esperaba el próximo estallido. Ellie podía sentir el latido firme de Lachlan
contra su pecho, su respiración lenta, y, sin embargo, contenida.
—Esto no debería haber pasado —susurró Lachlan, su voz apenas un
murmullo entre el silencio de la habitación, cargada de una mezcla de
arrepentimiento y necesidad.
Ellie no respondió de inmediato, sus ojos aún conectados con los suyos,
incapaz de apartar la mirada. En su interior, una batalla se libraba entre la
razón y el deseo. Sabía que había algo más grande ocurriendo, algo
peligroso que aún desconocía, pero cada vez que sus miradas se cruzaban,
su mente quedaba en blanco, y todo lo que importaba era él. Su cuerpo, aún
temblando por la intensidad de lo que acababan de compartir, ansiaba más,
aunque sabía que lo correcto sería detenerse.
—No lo lamento —murmuró Ellie, su voz temblorosa, sorprendida de haber
dicho en voz alta lo que su cuerpo ya le había gritado durante minutos.
La tensión en Lachlan se hizo evidente de inmediato. Sus manos, que antes
la sostenían con firmeza, ahora se relajaron ligeramente, como si dudara si
debía continuar o detenerse. Ellie sintió su respiración en su cuello, cálida y
tentadora. Su cercanía no solo despertaba algo físico en ella, sino que
también desataba emociones que no había sentido en mucho tiempo, tal vez
nunca de esa manera. Algo en él, en la fuerza de su presencia, en la mezcla
de autoridad y vulnerabilidad que él mostraba, la hacía querer entregarse a
lo desconocido.
—Ellie... —dijo Lachlan, su voz profunda y cargada de conflicto. El deseo
era evidente en su mirada, pero también lo era la lucha interna que libraba
dentro de sí. Como líder de su clan, probablemente sentía el peso de la
responsabilidad que lo apartaba de lo que ambos sabían que querían.
Pero Ellie no estaba dispuesta a dejar que la racionalidad ganara esa batalla.
No esta vez. Sin pensarlo dos veces, dio un paso hacia él, cerrando la poca
distancia que aún quedaba entre sus cuerpos. Levantó la mano y la colocó
sobre su pecho, sintiendo el latido firme bajo la tela de su camisa. Su piel
era cálida, y el tacto la hizo estremecerse de nuevo. No sabía si lo que
estaba haciendo era lo correcto, pero en ese momento, las palabras de
advertencia en su mente quedaron ahogadas por el torrente de emociones
que la consumían.
Lachlan soltó un suspiro bajo, cerrando los ojos por un momento mientras
su mano cubría la de Ellie sobre su pecho. Cuando abrió los ojos, algo había
cambiado en ellos. El conflicto que había sentido antes parecía haberse
desvanecido, reemplazado por una decisión firme, y Ellie supo que, al igual
que ella, él había sucumbido a la inevitabilidad de lo que ambos sentían.
—No puedo apartarme de ti —murmuró, su voz ronca y cargada de deseo.
Antes de que Ellie pudiera procesar sus palabras, Lachlan la atrajo hacia él
con un movimiento rápido pero delicado. Sus labios se encontraron de
nuevo, pero esta vez el beso fue diferente. No había más contención, no
había más lucha interna. Ambos se entregaron completamente a la pasión
que los había envuelto desde el primer momento en que sus miradas se
cruzaron. Sus manos se enredaron en su cabello, mientras sus cuerpos se
fundían en un abrazo que hacía que el mundo exterior desapareciera.
Ellie sintió las paredes de la habitación desaparecer. El peligro, el misterio
del anillo, todo se desvanecía, quedando solo el presente, solo ellos dos.
Los besos se volvieron más urgentes, más desesperados, como si ambos
supieran que el tiempo se les escapaba, pero querían aprovechar cada
segundo. El calor que la recorría desde la cabeza hasta los pies la envolvía
por completo, haciendo que sus pensamientos se disolvieran en la necesidad
que sentía por él.
—Te necesito... —murmuró Ellie contra sus labios, sin poder contener lo
que había estado guardando durante tanto tiempo, incluso antes de darse
cuenta plenamente.
Lachlan respondió sin palabras, pero su respuesta fue clara en la forma en
que la apretó más contra su cuerpo, como si ambos pudieran perderse el uno
en el otro. Sus manos exploraron su cintura, su espalda, y la forma en que la
tocaba la hacía sentir vulnerable pero, al mismo tiempo, deseada de una
manera que nunca había experimentado. Cada caricia encendía una chispa
dentro de ella, y pronto ese fuego se había convertido en una tormenta
imparable.
El suelo bajo sus pies parecía moverse, y aunque ambos seguían
completamente conscientes de la atracción física entre ellos, Ellie sentía
algo más profundo crecer con cada segundo. Lachlan no era solo un hombre
que la atraía físicamente. Había algo en él que la conectaba a este lugar,
algo que hacía que cada beso y cada toque se sintieran como parte de un
destino inevitable, algo que la superaba por completo.
Pero justo cuando ambos estaban al borde de perderse por completo en ese
momento, un ruido abrupto rompió la quietud de la habitación. Era el eco
de una puerta que se abría con fuerza, seguido por voces apresuradas y
pasos que resonaban en los pasillos. Lachlan se detuvo de golpe,
separándose de Ellie, pero sin apartar del todo sus manos de ella.
—¿Qué es eso? —preguntó Ellie, todavía con la respiración entrecortada.
Lachlan, también agitado, frunció el ceño y levantó la cabeza hacia la
puerta, sus sentidos alerta de inmediato. El aire entre ellos todavía vibraba
con la energía de lo que acababan de compartir, pero el peligro que ella
había sentido antes volvía a filtrarse en el ambiente. Las voces se
intensificaron, y ahora podían distinguir palabras entrecortadas que no
llegaban a entender completamente.
—Alguien ha entrado —murmuró Lachlan con voz tensa, sus ojos oscuros
reflejando la amenaza que parecía acechar.
Ellie sintió que la tensión volvía a su cuerpo de inmediato, la calidez que
había sentido momentos antes siendo reemplazada por un frío repentino.
Sabía que ese peligro del que había intentado advertirles antes seguía
presente, y ahora, parecía estar más cerca de lo que ambos imaginaban.
—Debemos irnos —dijo Lachlan, tomando a Ellie de la mano de manera
firme pero protectora. Sin dudar, la condujo hacia una puerta trasera en la
habitación, una que parecía conducir a un pasadizo oculto.
Ellie siguió su liderazgo, su corazón palpitando no solo por la urgencia de la
situación, sino también por la intensidad del momento que acababan de
compartir. Sabía que el peligro acechaba, pero también sabía que lo que
había entre ellos no se había terminado. Había algo que los unía, algo más
fuerte que el miedo y el peligro que ahora los rodeaba.
Mientras descendían por el oscuro pasadizo, sus manos seguían
entrelazadas, y aunque el mundo a su alrededor parecía desmoronarse, Ellie
sabía una cosa con certeza: no estaba sola en esto. Lachlan estaba a su lado,
y juntos enfrentarían lo que viniera, ya fuera el peligro externo o el fuego
que ardía dentro de ellos.
7
El sonido de sus pasos apresurados resonaba en las estrechas paredes del
pasadizo mientras Ellie y Lachlan descendían por la piedra húmeda y fría.
El aire aquí abajo era denso, cargado de una mezcla de tierra y humedad
que se filtraba en sus pulmones con cada respiración entrecortada. Las
antorchas parpadeaban débilmente a lo largo del túnel, proyectando
sombras que danzaban en las paredes, creando un entorno que hacía difícil
distinguir entre la realidad y los espectros que habitaban su mente.
El pasillo, angosto y serpenteante, parecía no tener fin. Ellie sentía que el
mundo se estrechaba a su alrededor, la oscuridad apretando su pecho, pero
el contacto firme de la mano de Lachlan en la suya era el único ancla que la
mantenía presente. A pesar del miedo que latía en su pecho, su piel ardía
donde él la tocaba, como si su simple presencia encendiera un fuego que
luchaba por desatarse.
El ritmo de sus respiraciones era irregular, no solo por la rapidez con la que
corrían, sino por la palpable tensión que los envolvía. Ellie no podía evitar
fijarse en cada pequeño detalle de su proximidad: el calor de su piel, la
dureza de los músculos que tensaban su brazo mientras tiraba de ella hacia
adelante, el sutil roce de sus cuerpos cada vez que giraban una esquina o se
detenían para escuchar. Era como si el peligro externo solo intensificara la
atracción interna que ambos sentían.
De repente, Lachlan se detuvo bruscamente, tirando suavemente de Ellie
hacia él para que se detuviera también. El túnel se volvía aún más estrecho
y oscuro en esta sección, y las antorchas escaseaban, dejando grandes
sombras que se estiraban a lo largo de las paredes. Él la empujó suavemente
contra una pared de piedra, protegiéndola con su cuerpo mientras sus ojos
escudriñaban el oscuro túnel más adelante.
Ellie sintió cómo el frío de la piedra atravesaba su ropa, contrastando
intensamente con el calor que irradiaba del cuerpo de Lachlan, ahora
peligrosamente cerca. Su pecho rozaba el de ella con cada respiración
pesada, y aunque ambos estaban en guardia por lo que podría acechar en la
oscuridad, había una tensión mucho más profunda entre ellos, una tensión
que no había desaparecido, sino que se había intensificado desde el
momento en que se besaron. Sus miradas se cruzaron por un instante, y
Ellie vio en sus ojos una mezcla de deseo y protección, como si él mismo
estuviera luchando contra lo que sentía, pero no pudiera contenerlo.
—No te muevas —murmuró Lachlan en voz baja, su aliento cálido rozando
la piel de su cuello, enviando un escalofrío por su columna.
El tono bajo y grave de su voz provocó un estremecimiento en ella. Cada
palabra que salía de sus labios parecía cargada de una tensión que iba más
allá del peligro inmediato. Era como si estuviera luchando por mantener el
control, no solo de la situación, sino también de sí mismo. Ellie sintió que
su propia respiración se volvía más rápida, más superficial, y a pesar del
miedo que se arremolinaba en su estómago, el deseo crecía de manera
inevitable.
—Lachlan... —susurró, su voz quebrándose apenas, sin estar segura de lo
que iba a decir.
No había necesidad de más palabras. Lachlan levantó una mano, y con una
suavidad que contrastaba con la urgencia del momento, la deslizó por su
mejilla, acariciando lentamente su piel. El contacto era eléctrico, un fuego
que no había hecho más que arder con más fuerza desde su primer beso. Sus
dedos recorrieron su mandíbula, bajando hasta su cuello, y Ellie cerró los
ojos, dejándose llevar por la sensación, por el calor que él despertaba en su
interior.
El túnel oscuro y silencioso parecía desaparecer a su alrededor. Lo único
que importaba en ese momento era la proximidad de Lachlan, su presencia
envolviéndola como un escudo contra el miedo que antes la había
consumido. Ellie sintió su propio cuerpo ceder ante el deseo, su mente
luchando por mantener la cordura, pero el magnetismo entre ellos era
demasiado fuerte para resistir.
Lachlan bajó la cabeza, acercando sus labios peligrosamente a los de ella.
Podía sentir su respiración caliente, mezclándose con la suya, y cada
centímetro que él se acercaba hacía que su piel vibrara con una mezcla de
anticipación y nerviosismo. Estaban tan cerca, tan a punto de romper la
delgada línea entre la tentación y la rendición, que Ellie sintió cómo su
corazón latía desbocado en su pecho.
—No deberíamos... —comenzó a decir, aunque su voz carecía de toda
convicción. Pero incluso mientras las palabras salían de sus labios, su
cuerpo se inclinaba hacia él, su mente completamente consumida por la
necesidad.
—Lo sé —murmuró Lachlan, sus labios apenas rozando los de ella mientras
hablaba—. Pero no puedo detenerme.
El espacio entre ellos desapareció por completo cuando sus labios se
encontraron una vez más, esta vez con más urgencia, más necesidad. El
beso fue profundo, lleno de la pasión que habían estado conteniendo
durante tanto tiempo. Sus manos la rodearon, aferrándose a su cuerpo como
si fuera su ancla en medio del caos. Ellie se dejó llevar, sus manos
recorriendo su espalda, sintiendo cada músculo tensarse bajo sus dedos,
cada movimiento de su cuerpo más cercano, más intenso.
El frío del túnel, la amenaza que acechaba en la oscuridad, todo se
desvaneció en ese momento. Ellie no podía pensar en nada más que en la
forma en que sus labios encajaban con los de Lachlan, en cómo su cuerpo
respondía al suyo de una manera que nunca antes había experimentado. Sus
manos exploraban su cuerpo con una mezcla de desesperación y deseo,
como si el tiempo mismo fuera su enemigo, y solo este momento importara.
De repente, un sonido proveniente de lo profundo del túnel los separó.
Ambos reaccionaron al instante, el cuerpo de Lachlan tensándose como el
de un depredador que percibe a su presa. Se apartó de Ellie, aunque
mantuvo una mano firmemente sujeta a la suya, tirando de ella con rapidez
hacia una pequeña cavidad en la pared, lo suficientemente ancha para que
ambos se escondieran mientras observaban.
El pasillo se sumió en un silencio sepulcral, roto solo por el eco de pasos
lejanos que resonaban en la distancia. Ellie sintió cómo la adrenalina
reemplazaba el calor del deseo que antes los envolvía. El peligro estaba
mucho más cerca de lo que habían anticipado.
—Escóndete detrás de mí —susurró Lachlan, su voz baja y controlada,
aunque la firmeza en su tono dejaba claro que no había lugar para la
discusión.
Ellie obedeció, aunque su corazón seguía latiendo con fuerza, no solo por el
peligro que acechaba, sino por el torrente de emociones que aún la
embargaba después de lo que acababan de compartir. Se pegó a la pared de
piedra, apenas respirando, mientras observaba a Lachlan prepararse para lo
que fuera que viniera. A pesar de la oscuridad, podía ver la tensión en sus
hombros, el control absoluto que ejercía sobre su propio cuerpo, y no pudo
evitar sentirse completamente protegida por él.
Los pasos se hicieron más claros, más próximos. Ellie pudo ver una sombra
al final del túnel, moviéndose lentamente hacia ellos. El aire en el pasadizo
se volvió aún más frío, y la oscuridad parecía cerrarse sobre ellos con cada
paso que la figura daba. El corazón de Ellie latía con fuerza en su pecho,
pero el contacto firme de Lachlan, su postura inquebrantable frente a ella, le
daba una calma extraña en medio de la creciente amenaza.
Lachlan apretó ligeramente su mano, una señal silenciosa de que todo
estaría bien. Ellie confiaba en él más de lo que habría admitido, pero en ese
momento, no importaba el miedo, no importaba el peligro. Lo único que
importaba era que estaban juntos, enfrentando lo que fuera que les
aguardaba en la oscuridad.
La sombra se acercó más, y Ellie contuvo la respiración.
El eco de los pasos en el túnel reverberaba a su alrededor, resonando como
un latido constante en los oídos de Ellie. Cada paso que se acercaba hacía
que su corazón palpitara más rápido, el miedo y la adrenalina acelerando su
respiración. Pero a pesar de la amenaza que acechaba en la oscuridad, había
una sensación cálida, casi tangible, anclándola en el presente: la mano de
Lachlan, que apretaba la suya con firmeza. Su toque era un recordatorio de
que, aunque estuvieran atrapados en un lugar extraño y peligroso, no estaba
sola.
Las sombras avanzaban más cerca, la figura indistinta moviéndose como un
espectro entre las antorchas moribundas que parpadeaban en las paredes del
túnel. El pasadizo estrecho aumentaba la sensación de claustrofobia, como
si el aire se volviera más espeso con cada segundo que pasaba. Ellie
intentaba mantenerse quieta, pero el calor que sentía por Lachlan,
combinado con el miedo, creaba un torbellino en su interior que era
imposible de controlar.
Lachlan se movió lentamente frente a ella, posicionándose entre Ellie y el
peligro que se aproximaba. A pesar de la oscuridad, Ellie podía ver la
tensión en sus hombros, la forma en que cada músculo de su cuerpo se
preparaba para la lucha. Parecía un depredador al acecho, calculando cada
movimiento con precisión mientras observaba el túnel. Ellie no podía evitar
notar lo seguro que se sentía su propio cuerpo detrás del suyo, y aunque el
miedo la envolvía, la atracción por Lachlan seguía ardiendo bajo la
superficie.
—No hagas ruido —susurró él, su voz apenas un murmullo en la penumbra.
A pesar del peligro inminente, el sonido de su voz, tan controlada y grave,
le causó un escalofrío que recorrió su columna.
Ellie asintió, sin atreverse a hablar. Sus ojos se fijaron en la figura que se
acercaba, y en ese momento, algo cambió. Las sombras se alargaron,
deformando la silueta hasta que, de repente, la figura se detuvo. Por un
breve instante, todo quedó en silencio. El aire se volvió denso y cargado de
tensión, como si el mismo túnel estuviera conteniendo la respiración. Ellie
sintió que su pulso se aceleraba, y su mano, aún entrelazada con la de
Lachlan, temblaba ligeramente.
Y entonces, la figura se movió con rapidez.
Un grito bajo se escapó de los labios de Ellie mientras el atacante saltaba
hacia ellos, moviéndose con una velocidad sorprendente. Pero Lachlan ya
estaba preparado. En un movimiento rápido y preciso, sacó una daga que
llevaba oculta en su cinturón y se lanzó hacia la sombra. El sonido del metal
cortando el aire resonó en el pasillo, y Ellie sintió un nudo en el estómago
al ver la batalla desarrollarse frente a ella.
Los movimientos de Lachlan eran fluidos, casi animales, y Ellie no pudo
evitar admirar la destreza con la que luchaba. Cada golpe, cada paso, estaba
cargado de una precisión letal. La lucha fue rápida, violenta, y antes de que
Ellie pudiera siquiera procesarlo, el atacante cayó al suelo, inmóvil. La daga
de Lachlan brillaba tenuemente a la luz de la antorcha, el eco de la batalla
aún resonando en las paredes del túnel.
Por un momento, todo quedó en silencio. Solo se escuchaba la respiración
pesada de Lachlan, que seguía en guardia, sus ojos atentos a cualquier otro
movimiento en la oscuridad. Ellie, todavía apoyada contra la pared, sintió
cómo sus piernas temblaban bajo ella. No podía apartar los ojos de él, de la
forma en que su pecho subía y bajaba, de la forma en que había dominado
la situación con una calma imperturbable.
Lachlan giró la cabeza hacia ella, y sus ojos oscuros se encontraron con los
suyos. Había algo en esa mirada, algo más allá del peligro que acababan de
enfrentar. Era como si la intensidad de la batalla no hubiera hecho más que
alimentar la conexión entre ellos, una conexión que ahora ardía con más
fuerza que antes.
Sin decir una palabra, Lachlan dio un paso hacia ella. Ellie seguía sin poder
moverse, su mente atrapada entre el miedo y la creciente atracción que
sentía por él. Cada paso que él daba hacia ella parecía cargar el aire con
electricidad, y cuando finalmente estuvo lo suficientemente cerca como
para que sus cuerpos casi se tocaran, Ellie sintió cómo su piel se erizaba.
—Estás a salvo —murmuró Lachlan, su voz baja y profunda, sus ojos aún
fijos en los de ella. Pero había algo más en su tono, algo que iba más allá de
la simple protección.
Ellie abrió la boca para responder, pero las palabras no llegaron. Su
respiración seguía siendo irregular, y aunque sabía que el peligro inmediato
había pasado, su cuerpo seguía reaccionando a la cercanía de Lachlan.
Podía sentir su calor, el olor a cuero y tierra que lo envolvía, la fuerza
contenida en cada uno de sus movimientos. Y entonces, antes de que
pudiera detenerse, su cuerpo actuó por instinto.
Lachlan la tomó por los brazos con suavidad pero firmeza, acercándola más
hacia él. Su frente rozó la de ella, y Ellie sintió cómo su pulso se aceleraba.
El sonido de su respiración llenaba el silencio, y el calor que emanaba de su
cuerpo envolvía el de ella, como una manta que la protegía del frío que aún
flotaba en el aire.
—No puedo dejar de pensar en ti —confesó Lachlan en un susurro, sus
labios rozando los de ella, apenas tocándola, pero enviando una corriente a
través de su cuerpo.
Ellie cerró los ojos, dejándose llevar por la oleada de deseo que ahora se
había convertido en una tormenta. Sabía que no era el momento ni el lugar,
pero su mente ya no tenía control sobre su cuerpo. Su piel ardía bajo sus
manos, cada toque encendiendo una llama que la consumía por dentro. El
miedo, el peligro, todo se desvanecía mientras se perdía en la intensidad de
sus sentimientos.
—Tampoco puedo apartarte de mi mente —admitió Ellie, su voz apenas un
susurro, incapaz de resistir lo que ambos sentían.
En un solo movimiento, Lachlan cerró la distancia entre ellos. Sus labios se
encontraron en un beso que fue tanto una liberación como una declaración.
No había suavidad esta vez, solo una necesidad urgente y voraz que ambos
compartían. Ellie sintió cómo el mundo se desmoronaba a su alrededor
mientras sus manos se enredaban en su cabello, atrayéndolo más hacia ella.
El beso se profundizó, y el calor de sus cuerpos juntos se volvió
insoportable. Ellie no podía pensar, no podía respirar sin desear más de él.
Cada caricia, cada roce de sus labios, la hacía perderse más en el torbellino
de emociones y sensaciones que los envolvía. El peligro los había empujado
a este momento, y ahora ninguno de los dos podía retroceder.
Lachlan la empujó suavemente contra la pared de piedra, sus manos
recorriendo su cintura, su espalda, mientras sus labios nunca se separaban
de los de ella. El frío de la piedra bajo su piel era un contraste agudo con el
calor de su cuerpo, y Ellie sintió cómo su propia piel respondía a cada uno
de sus movimientos, a cada toque, como si su cuerpo estuviera hecho para
él.
Los besos se volvieron más intensos, sus cuerpos moviéndose con una
sincronización que Ellie nunca había experimentado antes. El deseo que
sentía por él, algo que había estado creciendo desde el primer momento en
que lo vio, ahora era una llama imposible de extinguir. Sus labios, sus
manos, todo en él la hacía perderse más en el momento.
Pero entonces, otro ruido rompió la quietud del túnel. Un segundo atacante.
Lachlan se apartó de golpe, girando sobre sí mismo para proteger a Ellie de
la nueva amenaza. A pesar del calor del momento, ambos se tensaron,
volviendo al presente y al peligro que seguía acechando en la oscuridad.
—No hemos terminado —murmuró Lachlan, su voz cargada de promesa y
deseo, mientras sacaba su daga nuevamente, listo para enfrentarse al
siguiente desafío.
Ellie, con el corazón aún palpitando por el beso y el miedo, asintió,
sabiendo que el peligro no había hecho más que intensificar lo que ambos
sentían.
10
El viento en las Highlands se había calmado, y el eco de los
enfrentamientos en los túneles quedó atrás como un recuerdo distante. La
oscuridad del pasadizo se había desvanecido, y Lachlan había llevado a
Ellie a una pequeña sala oculta en las profundidades del castillo, un lugar
que parecía haber sido olvidado por el tiempo. Las paredes de piedra
estaban cubiertas de antiguos tapices descoloridos, y una chimenea apagada
ocupaba una esquina de la sala, como si alguna vez hubiera sido un refugio
cálido en medio del frío de la montaña.
Ambos estaban agotados, pero no solo físicamente. El peso de lo vivido, de
la lucha y del deseo que habían compartido, se sentía en cada músculo, en
cada mirada que intercambiaban. Pero ahora, en esta sala tranquila, el
peligro inmediato había quedado atrás, y con él, la tensión que los había
mantenido en alerta constante.
Ellie se sentó en una de las sillas junto a la chimenea, aún tratando de
calmar su respiración, su mente vagando entre el caos reciente y lo que
acababa de suceder entre ellos. El silencio que se cernía sobre la habitación
no era incómodo, sino más bien un espacio para procesar, para encontrar un
momento de paz en medio de la tormenta que había sido su vida desde que
llegó a este lugar. Sus pensamientos giraban en torno a Lachlan, a cómo su
presencia la había cambiado en tan poco tiempo.
—No puedo creer lo rápido que cambió todo —murmuró Ellie, su voz
apenas un susurro, más para sí misma que para él.
Lachlan, que había estado observando el fuego que comenzaba a
encenderse en la chimenea, giró la cabeza para mirarla. Sus ojos oscuros,
que siempre habían transmitido fuerza y control, ahora parecían más
suaves, como si estuviera dejando caer la máscara que lo había mantenido
protegido durante tanto tiempo. Ellie podía ver el cansancio en sus
facciones, pero también algo más: una mezcla de emociones que no había
tenido tiempo de expresar mientras el peligro acechaba.
—Tampoco yo —respondió Lachlan después de un largo silencio. Su voz
era baja, casi introspectiva, como si él mismo estuviera procesando lo que
había sucedido.
Se acercó a la chimenea, colocando una mano sobre la piedra fría mientras
el fuego comenzaba a cobrar vida lentamente, llenando la sala con un calor
suave y reconfortante. El resplandor del fuego iluminaba su rostro,
resaltando las líneas marcadas por la tensión de las últimas horas, pero
también revelando una vulnerabilidad que Ellie no había visto antes.
—Todo esto... —continuó Lachlan, su voz sonando extrañamente serena—,
tú, este lugar, el anillo… nada ha sido lo que esperaba. —Su mirada se
encontró con la de Ellie, y en ese momento, las palabras que no había dicho
antes parecían estar cargadas en sus ojos—. Pero lo que siento por ti… es lo
único que ha tenido sentido desde que llegaste.
Ellie sintió que su corazón se aceleraba. Sus palabras, tan honestas y crudas,
la alcanzaron de una manera que no esperaba. Había sido arrastrada a este
mundo sin previo aviso, y aunque el miedo y la confusión habían sido
constantes, también había algo que la había mantenido firme: Lachlan. Su
presencia, su protección, y la intensidad de lo que habían comenzado a
compartir eran el único ancla en este mar de incertidumbre.
—Yo tampoco entiendo todo lo que está ocurriendo —respondió Ellie, con
los ojos fijos en el fuego, las llamas reflejándose en sus pupilas—. Pero tú...
me has dado algo a lo que aferrarme. Incluso cuando siento que todo está
fuera de mi control.
Lachlan se acercó a ella, y cuando se sentó frente a ella, en el suelo junto a
la chimenea, Ellie pudo sentir cómo su presencia llenaba la habitación.
Estaba cerca, pero no tanto como para que ella se sintiera abrumada. Había
una distancia calculada, casi respetuosa, como si él supiera que este
momento no se trataba solo del deseo que ambos compartían, sino de algo
más profundo, algo que iba más allá de lo físico.
—Nunca imaginé sentir algo así por alguien —confesó Lachlan, bajando la
mirada hacia el suelo por un instante, como si le costara admitir su
vulnerabilidad. Sus dedos jugueteaban distraídamente con el borde de la
piedra de la chimenea—. He pasado la mayor parte de mi vida pensando
que la responsabilidad lo era todo, que proteger a mi clan era lo único que
importaba. Y aún lo es... pero tú has cambiado algo en mí.
Ellie sintió un nudo en la garganta al escuchar esas palabras. Sabía lo difícil
que debía ser para él, un hombre tan acostumbrado a ser fuerte, protector,
admitir que ella lo había afectado de esa manera. Y ella también sentía algo
similar. Había llegado a este mundo siendo una extraña, ajena a todo lo que
él conocía, y sin embargo, había una conexión innegable entre ellos, algo
que iba más allá de la atracción inmediata.
—Lachlan —susurró Ellie, inclinándose ligeramente hacia él, sus ojos
encontrándose con los suyos—, yo también siento que todo lo que creía
seguro se ha desmoronado desde que estoy aquí. No sé cómo volver a mi
mundo, ni siquiera si quiero volver… pero contigo siento que puedo
enfrentar lo que venga. Tú me haces sentir segura.
Las palabras salieron de sus labios antes de que pudiera detenerlas, pero no
se arrepintió. Era la verdad. Desde que había llegado a este tiempo, Lachlan
había sido su única constante, su única protección, pero también había algo
más, algo que había crecido en silencio entre ellos, alimentado por la
cercanía, por el peligro, por el deseo y, finalmente, por una conexión
emocional que era más poderosa de lo que ninguno de los dos había
anticipado.
Lachlan levantó la mano lentamente, como si temiera romper el hechizo del
momento, y rozó suavemente su mejilla. Ellie cerró los ojos, disfrutando del
calor de su toque, de la suavidad con la que sus dedos recorrían su piel,
enviando una oleada de calma a través de su cuerpo.
—No sé qué depara el futuro para nosotros —dijo Lachlan en un susurro, su
voz ronca y suave—, pero quiero estar contigo en él, Ellie.
Ellie abrió los ojos, encontrando la mirada de Lachlan llena de una promesa
silenciosa, una que no necesitaba más palabras. Él se inclinó hacia adelante,
sus labios rozando los de ella en un gesto suave, casi reverente. Este beso
no era como los anteriores, llenos de urgencia y pasión. Este beso era
tranquilo, lento, cargado de emociones más profundas, de una conexión que
iba más allá del momento.
Se besaron en silencio, dejando que el calor del fuego los envolviera, cada
caricia más lenta, más sentida. Ellie sintió cómo su cuerpo se relajaba,
como si por primera vez desde que había llegado a este lugar, pudiera
permitirse el lujo de respirar, de sentir sin miedo. Sabía que aún quedaban
muchos misterios por resolver, que el peligro no se había desvanecido del
todo, pero en ese momento, en esa sala tranquila, lo único que importaba
era el hombre que estaba a su lado, el que había cambiado su vida de
maneras que nunca podría haber imaginado.
Cuando finalmente se separaron, Lachlan se quedó mirándola, su frente
apoyada suavemente contra la de ella.
—Descansa —murmuró—. Mañana habrá más respuestas.
Ellie asintió, sintiendo una paz que no había sentido en días. Sabía que el
mundo al que había sido arrastrada seguía lleno de incógnitas, pero
mientras Lachlan estuviera a su lado, sabía que podría enfrentarlo.
11
La mañana llegó como un susurro, filtrándose suavemente a través de las
pequeñas ventanas de piedra del castillo. Las primeras luces del amanecer
bañaban el paisaje en un resplandor dorado que contrastaba con la fría
quietud de la noche anterior. Ellie se despertó con el calor del fuego aún en
su piel, pero también con una nueva claridad. Sabía que, aunque el
momento de calma que había compartido con Lachlan la noche anterior
había sido necesario, el peligro seguía acechando.
Lachlan ya no estaba en la habitación cuando abrió los ojos, pero podía
escuchar su voz resonando débilmente en la distancia, discutiendo en voz
baja con alguien más. Ellie se levantó lentamente, estirando los músculos
tensos por la batalla interna que había librado entre el miedo y el deseo. El
peso del anillo en su dedo le recordaba que su conexión con este mundo era
más profunda de lo que ella comprendía. Debía descubrir qué era lo que ese
anillo significaba realmente, no solo para Lachlan y su clan, sino para ella
misma.
Decidida, se dirigió hacia la puerta, abriéndola con cuidado para no
interrumpir la conversación que escuchaba. Desde el pasillo, vio a Lachlan
hablando con dos hombres de su confianza, sus expresiones serias y
concentradas. Apenas pudo captar partes de la conversación, pero fue
suficiente para hacer que su corazón se acelerara.
—No sabemos quiénes son ni cuántos más vendrán —dijo Lachlan con el
ceño fruncido—. Los hombres que atacaron ayer estaban buscando algo... o
a alguien.
Ellie sintió un escalofrío recorrer su espalda. Sabía que ella era el centro de
todo esto, pero la duda que la había acompañado desde el principio seguía
allí: ¿por qué? ¿Por qué el anillo la había traído aquí? Y, sobre todo,
¿quiénes eran esos hombres que la perseguían?
Lachlan levantó la vista y sus ojos se encontraron con los de Ellie. Por un
momento, la dureza en su expresión se suavizó, y el hombre que la había
sostenido en la calma de la noche anterior volvió a emerger. Se acercó a
ella, sus pasos resonando suavemente en las piedras del suelo.
—Te has despertado —dijo en voz baja, intentando no romper la tensión de
la conversación que acababa de tener—. Tenemos que hablar.
Ellie asintió, nerviosa, pero firme. Sabía que las respuestas que necesitaba
no iban a llegar de manera fácil, pero ahora estaba preparada para
enfrentarlas.
—Anoche… cuando atacaron —comenzó Ellie, mirando a Lachlan con
preocupación—. Dijiste que estaban buscando algo o a alguien. ¿Crees que
todo esto está relacionado conmigo? ¿Con el anillo?
Lachlan se pasó una mano por el cabello, claramente frustrado, como si
llevara días sin dormir bien. No respondió de inmediato, como si las
palabras se resistieran a salir de su boca.
—Lo creo —admitió finalmente, sus ojos oscuros fijos en los de ella—. No
es una coincidencia que los ataques comenzaran cuando llegaste. Pero no sé
exactamente por qué. El anillo... es poderoso. Y atrae a aquellos que lo
desean por razones que no siempre podemos comprender.
Ellie sintió el peso de esas palabras. Sabía que el anillo era especial desde el
momento en que lo encontró, pero la idea de que alguien estuviera
dispuesto a matar por obtenerlo hacía que el miedo se enroscara en su
estómago como una serpiente. Apretó el anillo en su dedo, sintiendo el frío
metal contra su piel, intentando comprender su verdadera naturaleza.
—Tenemos que averiguar qué quieren —dijo Ellie, su voz más firme de lo
que esperaba—. No puedo seguir huyendo sin entender por qué estoy aquí.
Lachlan la miró, su expresión endurecida, pero en sus ojos había un destello
de respeto. Sabía que Ellie tenía razón. No podían seguir evadiendo el
problema. Tenían que enfrentarlo de frente.
—Hay un lugar —dijo finalmente Lachlan, como si la decisión le pesara—.
Un lugar donde puede que encontremos las respuestas que necesitas. Pero
no será fácil llegar allí.
Ellie lo miró, su interés despertándose de inmediato.
—¿Dónde?
—El Círculo de las Piedras. Está en lo profundo de las Highlands, lejos del
castillo, y no es un lugar que se visite sin una buena razón —explicó
Lachlan, su voz ahora baja, como si hablara de un secreto muy antiguo—.
Pero si alguien sabe algo sobre el anillo, serán los ancianos que guardan el
círculo. Ellos conocen las historias, los mitos... y puede que también
conozcan el futuro.
Ellie sintió una mezcla de miedo y emoción al escuchar esas palabras. Las
piedras... el círculo... algo en esos nombres resonaba en lo profundo de su
mente, como un eco que había estado latente desde el momento en que
había puesto el anillo en su dedo. Sabía que este viaje sería peligroso, pero
también sabía que no podía seguir adelante sin obtener esas respuestas.
—Iremos —dijo Ellie, su decisión ya tomada.
Lachlan asintió, aceptando su determinación sin discutir.
—Partiremos al atardecer —dijo—. Debemos movernos en la oscuridad. Si
esos hombres están buscando el anillo, no podemos correr riesgos. —Hizo
una pausa, sus ojos suavizándose por un momento mientras la miraba—. Te
protegeré, Ellie. Pase lo que pase.
Ellie sintió una calidez en su pecho al escuchar esas palabras, pero también
sabía que no podía depender solo de Lachlan para su protección. Ella
también tendría que luchar, tendría que enfrentarse a lo que viniera con la
misma fuerza que él.
Cuando el sol comenzó a ponerse, cubriendo las Highlands con una luz
suave y dorada, Lachlan, Ellie y un pequeño grupo de hombres de
confianza se prepararon para partir. Las armas fueron cuidadosamente
elegidas, los caballos preparados en silencio. El aire estaba cargado de
tensión, pero también de determinación. Sabían que este viaje no solo era
peligroso, sino que también los llevaría al corazón de los misterios que
habían envuelto a Ellie desde que llegó.
Mientras cabalgaban por los senderos sinuosos de las montañas, el aire se
volvía más frío, y la oscuridad comenzaba a envolverlos como un manto.
Ellie sentía el peso del anillo en su dedo con más intensidad que nunca,
como si su energía estuviera conectada de alguna manera con el lugar al que
se dirigían.
—Las piedras —murmuró Lachlan, rompiendo el silencio—. Siempre han
estado allí, incluso antes de que el primer clan pusiera un pie en estas
tierras. Algunas dicen que son antiguas como el mismo tiempo.
Ellie escuchaba con atención, fascinada por el misterio que parecía rodear
el lugar.
—¿Y los ancianos? —preguntó—. ¿Crees que sabrán qué hacer con el
anillo?
Lachlan no respondió de inmediato. La pregunta parecía pesarle, como si
las respuestas que buscaban no fueran fáciles de aceptar.
—Ellos sabrán algo —respondió finalmente—. Pero no estoy seguro de si
nos gustarán las respuestas que recibamos.
A medida que avanzaban, Ellie sentía cómo el aire a su alrededor cambiaba,
volviéndose más pesado, más cargado de algo que no podía definir. Era
como si estuvieran entrando en un lugar sagrado, un lugar que había
permanecido oculto por siglos y que ahora los llamaba de regreso.
Cuando finalmente llegaron a una colina desde la que se divisaba el círculo
de piedras, Ellie sintió que el tiempo mismo se detenía. Las grandes piedras
se erguían como gigantes en medio del paisaje, iluminadas solo por la luz
de la luna que asomaba entre las nubes. El silencio que las envolvía era
abrumador, y Ellie sintió un escalofrío recorrer su espalda.
Este lugar guardaba secretos, secretos que podrían cambiarlo todo.
13
El silencio que quedó tras la desaparición de los ancianos se sintió pesado,
denso, como si el propio aire se hubiera impregnado con el peso de las
revelaciones. Las palabras del anciano aún resonaban en la mente de Ellie:
"El anillo atraerá más peligro". Sabía que lo que acababa de escuchar era
solo el principio de algo mucho más grande y oscuro, pero no tenía tiempo
de procesarlo. Algo en el viento, en el propio Círculo de las Piedras,
indicaba que el peligro no estaba lejos.
Lachlan se movió junto a ella, su mano rozando la suya, como un
recordatorio silencioso de que no enfrentaría esto sola. Su presencia era
reconfortante, pero la tensión en sus hombros, la mirada dura en sus ojos,
dejaban claro que él también percibía lo mismo que ella: las sombras se
estaban acercando.
—Tenemos que irnos —dijo Lachlan en voz baja, rompiendo el silencio
mientras echaba una mirada rápida alrededor del círculo.
Ellie asintió, sin necesidad de más palabras. Sabía que quedarse en este
lugar los hacía vulnerables. Las piedras, aunque antiguas y poderosas, no
podrían protegerlos del peligro que los buscaba. Montaron sus caballos con
rapidez, y al poco tiempo, estaban descendiendo la colina, alejándose del
Círculo de las Piedras bajo el manto oscuro de la noche.
El viento seguía soplando con fuerza, arremolinándose a su alrededor como
una advertencia, y la sensación de ser observados nunca desapareció. Ellie
no podía apartar de su mente la imagen de las piedras, de los ancianos y,
sobre todo, de las palabras que el anillo le había traído a la vida. Su destino
estaba entrelazado con el del anillo, pero aún no entendía del todo cómo o
por qué. Solo sabía que el peligro no solo los seguía; los estaba cazando.
Mientras cabalgaban, el paisaje alrededor de ellos se volvía más oscuro y
denso. Las sombras de los árboles se alargaban, formando figuras que
parecían moverse en la penumbra. Cada ruido en el bosque, cada crujido de
las ramas, hacía que el corazón de Ellie diera un vuelco. Su instinto le decía
que algo estaba mal, que no estaban solos.
Lachlan, siempre alerta, redujo el ritmo de su caballo y levantó una mano
para indicar que se detuvieran. Ellie siguió su ejemplo, su respiración
acelerada mientras el silencio del bosque los rodeaba. Él frunció el ceño, su
cuerpo tenso como si estuviera escuchando algo que ella no podía oír.
—¿Qué pasa? —susurró Ellie, sintiendo que la tensión en su cuerpo crecía
con cada segundo que pasaba.
Lachlan no respondió de inmediato, pero sus ojos escudriñaban la oscuridad
a su alrededor. Finalmente, habló en voz baja, apenas audible por encima
del viento.
—No estamos solos.
Ellie sintió que el miedo se apoderaba de ella, una ola fría que le recorría la
columna. La misma sensación de ser observada, de que algo los seguía, se
intensificaba con cada segundo que pasaba. Su mano se aferró
instintivamente al anillo en su dedo, sintiendo el frío metal contra su piel. El
anillo parecía vibrar ligeramente, como si estuviera respondiendo al peligro
que los acechaba.
—Tenemos que movernos —dijo Lachlan, susurrando con firmeza—. Si
nos quedamos aquí, estarán sobre nosotros antes de que podamos
defendernos.
Ellie asintió rápidamente, sus manos temblorosas mientras intentaba
mantener la calma. Sabía que no podían permitirse el lujo de entrar en
pánico. Respiró hondo, intentando concentrarse en lo que tenía que hacer.
Pero antes de que pudieran moverse, un ruido inesperado rompió el
silencio.
Un crujido. Luego otro.
El sonido de ramas rompiéndose bajo el peso de algo o alguien que se
movía con rapidez.
Lachlan tiró de las riendas de su caballo, listo para moverse, pero antes de
que pudieran reaccionar completamente, las sombras comenzaron a
moverse en el borde del bosque. Figuras oscuras, apenas visibles a la luz de
la luna, emergieron de entre los árboles. Eran rápidos, silenciosos, y su
presencia hizo que el aire alrededor de ellos se volviera más frío, más
pesado.
—¡Ahora! —gritó Lachlan, espoleando a su caballo.
Ellie no necesitó más indicaciones. Los caballos salieron disparados,
corriendo a través del terreno accidentado mientras las figuras los
perseguían. El sonido de cascos golpeando la tierra resonaba en la noche,
pero Ellie no podía evitar mirar hacia atrás, sus ojos buscando entre las
sombras. Las figuras oscuras, cada vez más nítidas, parecían moverse con
una agilidad sobrenatural. Eran muchos, más de lo que había imaginado, y
se movían como si el bosque no les ofreciera ningún obstáculo.
El corazón de Ellie latía con fuerza en su pecho. Sentía que el miedo le
arrebataba el aire mientras intentaba concentrarse en seguir a Lachlan. Pero
a pesar de la velocidad de los caballos, las sombras parecían estar
alcanzándolos.
Lachlan giró la cabeza, mirando hacia atrás mientras los perseguidores se
acercaban cada vez más. Su mirada se endureció, y Ellie pudo ver la
decisión en sus ojos antes de que hablara.
—¡Sigue adelante, Ellie! —gritó por encima del viento—. No mires atrás.
¡No te detengas!
—¡No! —respondió Ellie, su voz cargada de pánico—. No te dejaré atrás.
Pero Lachlan no la escuchó. Tiró de las riendas de su caballo, haciendo que
se detuviera bruscamente, y en un movimiento rápido, saltó del animal.
Sacó su espada con un brillo metálico que relució bajo la luz de la luna, su
cuerpo listo para enfrentar a las sombras que se acercaban.
Ellie quería detenerse, quería regresar por él, pero las palabras de Lachlan
resonaban en su mente: No te detengas. Sabía que debía obedecer, sabía que
si él estaba luchando, era para darle tiempo. El anillo en su dedo comenzó a
arder, más caliente que nunca, como si algo dentro de él estuviera
despertando.
Ellie siguió cabalgando, con el sonido de la batalla detrás de ella. Podía
escuchar los gritos, el choque de metal, y su corazón se rompía un poco más
con cada paso que la alejaba de Lachlan. Las lágrimas se acumulaban en
sus ojos, pero siguió adelante, sabiendo que detenerse solo pondría a ambos
en mayor peligro.
El paisaje se volvió borroso mientras galopaba hacia la oscuridad, sintiendo
el peso del anillo en su mano como un ancla que la conectaba a este mundo
extraño y peligroso. No sabía cuánto tiempo había pasado antes de que el
sonido de la batalla se desvaneciera en la distancia. Finalmente, cuando el
silencio la envolvió por completo, Ellie detuvo su caballo, su pecho
subiendo y bajando con fuerza.
El miedo y la angustia se arremolinaban en su interior, pero no podía
quedarse quieta. Sabía que tenía que regresar por él. No podía dejar a
Lachlan solo, no cuando ambos habían compartido tanto.
Respiró hondo y giró al caballo, decidida a volver al lugar donde había
dejado a Lachlan, lista para enfrentarse a lo que fuera que los esperaba.
Pero justo cuando estaba a punto de moverse, una figura emergió de entre
las sombras, caminando lentamente hacia ella.
No era Lachlan.
El corazón de Ellie dio un vuelco. La figura se acercaba más, y cuando
finalmente salió de la penumbra, Ellie reconoció el rostro.
Era uno de los hombres que había atacado el castillo. Y estaba sonriendo.
—Así que tú eres la portadora del anillo —dijo, su voz suave pero cargada
de amenaza.
Ellie sintió cómo la sangre se congelaba en sus venas. Sabía que este
hombre no había venido solo. Sabía que las sombras que los perseguían aún
estaban cerca. Pero más que eso, sabía que el verdadero peligro aún no
había comenzado.
Y ahora, estaba atrapada.
14
El aire a su alrededor pareció congelarse en el momento en que Ellie
reconoció al hombre que caminaba hacia ella. Su corazón martilleaba en su
pecho mientras intentaba controlar la respiración, su cuerpo tenso y
preparado para huir o luchar. La luna iluminaba el rostro del hombre lo
suficiente como para que su sonrisa torva fuera claramente visible, una
mueca de satisfacción oscura que hacía que el miedo se apoderara de ella
con más fuerza.
—El anillo te ha elegido —dijo el hombre, acercándose con pasos lentos y
calculados—. No puedes escapar de tu destino, muchacha. No mientras
lleves ese poder en tu mano.
Ellie aferró con más fuerza el anillo en su dedo, como si pudiera sentir su
conexión con él palpitar bajo su piel. El metal estaba frío, pero vibraba
ligeramente, como si el anillo reconociera la presencia de este hombre,
como si estuviera respondiendo al peligro que él representaba. A su
alrededor, el bosque estaba en silencio, las sombras de los árboles retorcidas
bajo la luz de la luna. No había salida fácil.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó Ellie, su voz temblorosa pero firme.
Sabía que mostrar miedo solo lo haría más fuerte. Tenía que ganar tiempo,
encontrar una manera de salir de esta situación.
El hombre detuvo su avance, estudiándola con una mirada que era casi de
fascinación.
—No se trata de lo que yo quiera —dijo, con una calma perturbadora—. Se
trata de lo que el anillo quiere. De lo que ha querido siempre.
Ellie frunció el ceño, su mente trabajando rápidamente para entender lo que
él estaba diciendo. Sabía que el anillo era más que un simple objeto, lo
había sentido desde que lo encontró. Pero las palabras del hombre dejaban
claro que había algo mucho más oscuro detrás de su poder.
—Este anillo ha traído el caos antes —continuó el hombre, con una sonrisa
que no alcanzaba sus ojos—. Es un arma, un lazo con lo que no debería
existir en este mundo. Y tú, portadora, no eres más que la llave para abrir
esa puerta.
Ellie sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Las palabras del anciano del
Círculo resonaban en su mente: Tu destino está entrelazado con el anillo.
Pero ahora, al escuchar al hombre frente a ella, comprendía que ese destino
podría ser más oscuro de lo que jamás había imaginado. Si el anillo era una
puerta, una conexión con algo antiguo y peligroso, entonces ella no solo
estaba en peligro, sino que también lo estaba todo lo que la rodeaba.
—No lo permitiré —dijo Ellie con más firmeza de la que sentía, mirando al
hombre a los ojos. Podía sentir el anillo vibrar con más fuerza, como si
respondiera a su determinación.
El hombre rió suavemente, un sonido frío y cruel que la hizo estremecer.
—No es tu decisión, muchacha. El anillo ya ha hecho su elección. Y pronto,
te darás cuenta de que no puedes resistirlo.
Antes de que Ellie pudiera reaccionar, el hombre levantó una mano, y una
sombra oscura y densa comenzó a formarse a su alrededor. Era como si la
propia oscuridad del bosque se estuviera solidificando a su voluntad,
envolviéndolo en una neblina impenetrable. Los árboles a su alrededor
parecían volverse más altos, más retorcidos, y Ellie sintió una presión en el
pecho, como si el aire mismo estuviera siendo succionado hacia esa
oscuridad.
La sombra avanzó hacia ella, rápida y letal. Ellie intentó retroceder, pero
sus pies parecían pesados, como si el suelo la estuviera atrapando. El miedo
se apoderó de ella de nuevo, pero entonces, el anillo en su dedo comenzó a
brillar débilmente. Una luz suave, casi imperceptible, se filtró desde la
piedra incrustada en el metal, iluminando sus alrededores como una llama
que intentaba abrirse paso en la oscuridad.
El hombre frunció el ceño al ver la luz, y la sonrisa desapareció de su
rostro. Parecía confundido, como si no hubiera anticipado la reacción del
anillo.
—Eso... no debería estar ocurriendo —dijo, su voz ahora tensa.
Ellie miró el anillo en su mano, sorprendida por la luz que emanaba de él.
No entendía lo que estaba ocurriendo, pero sentía que el poder del anillo se
estaba manifestando por primera vez, protegiéndola de alguna manera. El
resplandor se intensificó, y las sombras que el hombre había invocado
comenzaron a retroceder lentamente, como si la luz las repeliera.
El hombre dio un paso hacia atrás, su rostro torcido por la frustración. Los
ojos de Ellie, aún fijos en el anillo, comenzaron a captar algo más: visiones,
imágenes que se filtraban en su mente. Vio fragmentos de otros tiempos,
otras personas que habían llevado el anillo antes que ella. Sus rostros
estaban distorsionados por el miedo y el poder, y en cada uno de ellos, el
anillo brillaba con la misma luz suave. Pero también vio algo más:
destrucción, caos, y una puerta... una puerta que llevaba a un lugar más allá
de la comprensión.
—¡No! —gritó Ellie, luchando por alejarse de las visiones. Sabía que el
anillo estaba conectado con algo oscuro, pero no podía dejar que ese poder
la consumiera.
El hombre, al ver que perdía el control de la situación, extendió su mano
hacia Ellie, sus ojos llenos de furia.
—Tú no puedes controlar el anillo —gritó—. Su poder no te pertenece.
En ese momento, el resplandor del anillo alcanzó su máximo. La luz
explotó en un destello cegador, envolviendo a Ellie y al hombre en un halo
de energía pura. Las sombras que habían rodeado al hombre se
desvanecieron en el aire, disipándose como humo, y él fue lanzado hacia
atrás, cayendo al suelo con un grito de dolor.
Ellie cayó de rodillas, el anillo aún brillando débilmente en su mano. Sentía
que su cuerpo temblaba, agotado por el esfuerzo de controlar el poder que
había emanado del anillo. No entendía del todo lo que había sucedido, pero
sabía una cosa: el anillo había reaccionado para protegerla, pero también
había mostrado su verdadera naturaleza.
Lachlan apareció de entre las sombras, corriendo hacia ella con el rostro
lleno de preocupación. Se arrodilló a su lado, sus manos rodeando las suyas
mientras la miraba con intensidad.
—Ellie, ¿estás bien? —preguntó, su voz grave pero cargada de miedo por lo
que acababa de presenciar.
Ellie asintió, aunque todavía sentía que sus piernas temblaban bajo su peso.
Miró el anillo en su dedo, que ahora brillaba suavemente, como si hubiera
regresado a un estado de calma después de la tormenta.
—El anillo... tiene un poder más grande de lo que imaginaba —murmuró
Ellie, todavía procesando lo que acababa de ocurrir—. Y ellos lo saben. Lo
quieren.
Lachlan apretó suavemente su mano, sus ojos oscuros y serios.
—Ellos no se detendrán, Ellie. Pero no estás sola. Vamos a enfrentarlos
juntos.
Ellie respiró hondo, asintiendo lentamente mientras el viento frío de las
Highlands soplaba a su alrededor. Sabía que la batalla estaba lejos de haber
terminado, pero ahora, más que nunca, comprendía que el anillo y su poder
eran la clave para todo. Las sombras seguían acechando, y el peligro no
había desaparecido.
Pero ahora, Ellie estaba más preparada. Y con Lachlan a su lado, sabía que
podía enfrentar lo que viniera.
15
El brillo suave del anillo en el dedo de Ellie parecía atenuarse lentamente,
volviendo a una quietud casi inofensiva después de la explosión de energía
que había protegido a Ellie del ataque del hombre. Sin embargo, sabía que
el poder que acababa de sentir no era una ilusión. Había algo mucho más
oscuro y profundo encerrado en ese objeto antiguo, algo que no podía
controlar del todo… todavía.
Lachlan seguía a su lado, su cuerpo cerca del de Ellie, con la mirada fija en
el anillo como si también intentara comprender su verdadera naturaleza. La
expresión de preocupación no había abandonado su rostro, y Ellie pudo
sentir la tensión en su cuerpo.
—El anillo te salvó —dijo Lachlan en voz baja, como si apenas creyera lo
que había presenciado—. Pero también me temo que mostró algo más. Algo
que no podemos permitir que otros vean.
Ellie asintió lentamente, sus ojos aún fijos en el anillo. Las imágenes que
había visto durante el enfrentamiento, las visiones del pasado y de los
antiguos portadores del anillo, seguían repitiéndose en su mente como un
eco. Era como si esas personas estuvieran conectadas con ella de alguna
manera, como si el anillo recordara cada mano que lo había sostenido, cada
vida que había tocado, y cada destino que había moldeado.
—No entiendo del todo lo que significa —murmuró Ellie, frotándose la sien
como si las imágenes en su mente fueran difíciles de disipar—. Pero vi
algo… otras personas, otros tiempos. Y todas esas personas llevaban este
anillo. Algunas fueron destruidas por su poder, otras lo usaron para… algo
terrible.
Lachlan frunció el ceño y la ayudó a ponerse de pie, aunque Ellie todavía
sentía sus piernas temblar ligeramente por el esfuerzo y el miedo.
—Sabíamos que el anillo era poderoso, pero no hasta este punto —dijo
Lachlan, su tono grave y cargado de preocupación—. Si otros lo buscan, no
es solo porque quieran destruirte. Quieren controlarlo. Lo que ocurrió aquí
atraerá más de ellos. Y no podemos quedarnos para averiguar cuántos
vienen.
Ellie asintió, sus ojos escaneando el bosque, donde las sombras parecían
moverse como si estuvieran vivas. Las palabras de Lachlan se clavaron en
su mente: más enemigos vendrían. Y ahora entendía que el poder del anillo
era el verdadero objetivo. Pero también comprendía que había algo que
necesitaba descubrir sobre sí misma y sobre el papel que tenía que jugar en
todo esto.
—Necesitamos respuestas —dijo Ellie, con más determinación en su voz de
lo que había sentido hasta ahora—. El anillo me mostró cosas, pero no lo
suficiente. Si voy a detener esto, necesito saber más. Hay algo que me estoy
perdiendo.
Lachlan se detuvo y la miró con intensidad. Había algo en su mirada que la
hizo sentir que él ya había estado pensando en lo mismo. Sus ojos oscuros
brillaban con una mezcla de determinación y preocupación, y Ellie supo
que no era solo por el peligro físico al que estaban enfrentándose.
—Hay un lugar —dijo finalmente Lachlan, sus palabras cuidadosamente
medidas—. Un lugar que podría tener las respuestas que buscas. Pero es
peligroso, incluso más que las piedras.
Ellie levantó la mirada, sorprendida pero al mismo tiempo expectante.
—¿Dónde? —preguntó.
—En las montañas, más allá de lo que cualquiera de nosotros ha cruzado.
Los antiguos registros dicen que hay un templo allí, un lugar donde se
guardan los secretos de los primeros portadores del anillo. Nadie ha llegado
hasta allí en siglos. Y no todos los que lo intentaron regresaron.
El corazón de Ellie latió con fuerza en su pecho. La idea de aventurarse más
allá, hacia lo desconocido, la aterrorizaba, pero también sabía que las
respuestas que buscaba no vendrían fácilmente. Si había un lugar donde
pudiera entender lo que el anillo realmente era y lo que significaba para
ella, entonces tenía que ir.
—Vamos a ir —dijo Ellie, sin dudarlo—. Si hay respuestas allí, las
encontraremos.
Lachlan la observó por un momento, como si estuviera evaluando su
determinación. Finalmente asintió, pero la seriedad en su rostro dejó claro
que este viaje no sería fácil.
—Nos enfrentaremos a más que enemigos humanos en esas montañas —
advirtió—. Los antiguos portadores del anillo dejaron guardianes para
proteger los secretos. Y si las leyendas son ciertas, esos guardianes no son
fáciles de derrotar.
Ellie sintió un escalofrío ante sus palabras, pero no permitió que el miedo la
detuviera.
—Lo enfrentaremos —respondió, sus ojos encontrándose con los de
Lachlan—. Juntos.
Ambos comenzaron a moverse rápidamente, sabiendo que no podían
quedarse por más tiempo. Las sombras acechaban en los bordes del bosque,
y Ellie sabía que sus enemigos aún estaban allí, observando, esperando el
momento para atacar de nuevo. Pero esta vez, no permitiría que la tomaran
por sorpresa.
A medida que se adentraban más en el bosque, dejando atrás el lugar del
enfrentamiento, Ellie sentía que algo cambiaba dentro de ella. Ya no era la
misma persona que había llegado a este mundo, perdida y asustada. Había
visto el poder del anillo, había experimentado su conexión con algo mucho
más grande que ella misma. Y aunque aún no entendía por completo lo que
significaba, sabía que era su responsabilidad enfrentarlo.
Después de varias horas de marcha a caballo, se detuvieron cerca de un
claro en lo profundo del bosque, donde un arroyo corría suavemente. El
sonido del agua era lo único que rompía el silencio tenso que los rodeaba.
Lachlan desmontó primero, inspeccionando los alrededores con precaución
antes de ayudar a Ellie a bajar de su caballo.
—Descansaremos aquí un momento antes de continuar —dijo, aunque su
mirada seguía recorriendo el bosque con cautela.
Ellie se acercó al arroyo, inclinándose para beber un poco de agua fresca.
Sentía que su cuerpo todavía estaba agotado por el esfuerzo de controlar el
anillo, pero el miedo constante la mantenía alerta. No sabía cuánto tiempo
más podrían seguir así, pero también sabía que detenerse no era una opción.
—Lachlan —dijo ella, mirando hacia él mientras bebía—, ¿cuánto tiempo
crees que tenemos antes de que ellos nos alcancen?
Lachlan se acercó a ella, sus ojos fijos en el horizonte.
—No mucho —admitió, su voz baja pero firme—. No se rendirán hasta que
tengan el anillo. Pero cuando lleguemos al templo, podremos mantenernos
un paso por delante. Allí, ellos no tendrán tanto control.
Ellie asintió, aunque las palabras de Lachlan solo reforzaban la urgencia
que sentía. Tenían que llegar al templo antes de que fuera demasiado tarde.
Sabía que más enemigos estarían en camino, pero también sentía que la
clave para detenerlos estaba en comprender mejor el poder del anillo.
Justo cuando Ellie se preparaba para regresar al caballo, algo cambió en el
ambiente. El aire a su alrededor pareció volverse más frío, más pesado. El
sonido del arroyo se desvaneció, y de repente, el bosque se sumió en un
silencio antinatural.
Lachlan se giró de inmediato, su mano ya en la empuñadura de su espada.
—Algo viene —dijo, su voz ahora tensa, sus ojos buscando en el bosque las
sombras que se movían.
Ellie sintió que su corazón se aceleraba de nuevo, el peligro más cercano de
lo que había anticipado. Sabía que no tenían mucho tiempo. Y justo cuando
el miedo comenzaba a apoderarse de ella, el anillo en su dedo volvió a
vibrar, enviando una pequeña chispa de energía por su cuerpo.
Las sombras en el bosque comenzaron a moverse. Y esta vez, no estaban
solos.
Ellie respiró hondo, sintiendo el poder del anillo despertando una vez más
dentro de ella.
—Prepárate —dijo Lachlan, sacando su espada mientras las sombras
comenzaban a rodearlos—. No vamos a dejarlos ganar.
Ellie asintió, sus dedos apretando el anillo con fuerza. Sabía que esta batalla
no sería como las anteriores. Esta vez, todo estaba en juego.
16
El aire frío de la noche caía sobre el bosque como una pesada manta,
envolviendo a Ellie y Lachlan mientras las sombras a su alrededor parecían
acercarse, moviéndose en los bordes de su visión. Ellie sintió el anillo en su
dedo vibrar nuevamente, un recordatorio de que su poder estaba presente,
aunque aún no lo controlaba completamente. Pero había algo más que se
agitaba dentro de ella: la creciente tensión, el miedo que se mezclaba con la
energía palpable que la rodeaba.
Lachlan, siempre alerta, se movía con una fluidez que demostraba su
experiencia en situaciones de peligro. Con la espada en mano, se colocó
frente a Ellie, listo para cualquier ataque que pudiera surgir de la oscuridad.
A pesar de la gravedad del momento, la cercanía de su cuerpo hacía que
Ellie sintiera una mezcla extraña de seguridad y deseo. Había algo en él, en
su presencia física, que hacía que su piel se erizara, incluso en medio del
miedo.
—Ellie, mantente cerca de mí —murmuró Lachlan, sin apartar los ojos del
bosque, sus músculos tensos bajo la luz pálida de la luna.
Ellie asintió, aunque su respiración era más rápida de lo normal. No solo
por la amenaza inminente, sino también por la cercanía de Lachlan. Desde
que había llegado a este mundo, la conexión entre ellos había crecido de
maneras que no podía ignorar, y ahora, con el peligro tan palpable, esa
conexión se sentía más intensa, más física.
Los minutos pasaron, y las sombras parecían retroceder ligeramente, como
si el anillo en su dedo las mantuviera a raya, aunque solo por el momento.
Lachlan, aún en guardia, giró ligeramente hacia ella, y por primera vez
desde que las sombras habían aparecido, sus ojos encontraron los de Ellie.
—Parece que nos están dando un respiro —dijo él, su voz más baja, pero
aún cargada de tensión—. Debemos seguir avanzando, pero no sin antes
asegurarnos de que estás bien.
La preocupación en su tono hizo que Ellie sintiera un nudo en la garganta.
A pesar de todo el peligro, Lachlan siempre la protegía, siempre la ponía
por delante de cualquier otra cosa. Ella lo miró, y por un momento, el
miedo se desvaneció, reemplazado por el calor que siempre sentía cuando él
estaba cerca.
—Estoy bien —susurró Ellie, aunque su voz temblaba ligeramente. No por
el miedo a las sombras, sino por el deseo que se acumulaba en su pecho.
Lachlan la observó en silencio, sus ojos recorriendo su rostro con una
intensidad que hizo que Ellie se ruborizara bajo la luz de la luna. Había algo
en su mirada que iba más allá de la preocupación, algo que ella misma
había sentido crecer en cada momento que habían compartido.
—No puedo permitir que te hagan daño —dijo Lachlan, dando un paso
hacia ella, sus ojos oscuros aún fijos en los de Ellie—. No lo soportaría.
Ellie sintió cómo su corazón latía con fuerza al escuchar esas palabras.
Sabía que había algo más detrás de ellas, algo que ambos habían estado
evitando por el miedo al peligro que los rodeaba. Pero ahora, con las
sombras acechando en la oscuridad y la certeza de que el camino que les
esperaba sería aún más difícil, Ellie no quería seguir ignorando lo que
sentía.
Sin pensarlo más, dio un paso hacia él, cerrando la distancia entre sus
cuerpos. La tensión que había estado acumulándose entre ellos estalló en
ese momento, y Ellie sintió el calor del cuerpo de Lachlan cuando él la
atrajo hacia sí, sus manos fuertes rodeando su cintura con una firmeza que
la hizo estremecerse. Sus ojos se encontraron una vez más, y antes de que
Ellie pudiera decir algo, sus labios se encontraron en un beso que fue tanto
una liberación como una promesa.
El beso fue intenso, cargado de todo lo que ambos habían estado
conteniendo. Ellie sintió el calor de Lachlan envolverla, sus labios
moviéndose con una urgencia que reflejaba la intensidad de lo que sentían.
Las manos de Lachlan viajaron por su espalda, trazando líneas que
encendían su piel, mientras ella se aferraba a él, respondiendo con igual
necesidad.
La sensación de su cuerpo contra el de Lachlan, la fuerza de sus brazos a su
alrededor, la hicieron perderse en el momento. El miedo, las sombras, todo
desapareció mientras el deseo que había estado latiendo bajo la superficie
finalmente se liberaba. Sus besos se volvieron más profundos, más
hambrientos, y Ellie sintió cómo su propio cuerpo respondía con cada
toque, con cada caricia que él le daba.
—No puedo apartarme de ti —murmuró Lachlan contra sus labios, su voz
ronca, llena de deseo—. No ahora.
Ellie cerró los ojos, dejando que el calor de sus palabras la envolviera.
Sentía que todo lo que había estado reprimiendo se desbordaba, que el
peligro que los rodeaba solo intensificaba lo que sentían el uno por el otro.
Las manos de Lachlan se deslizaron por su cintura, recorriendo su piel con
una mezcla de delicadeza y urgencia, y Ellie se arqueó hacia él, buscando
más de ese contacto que la hacía arder por dentro.
El beso se volvió más apasionado, más desesperado. Ellie sentía cómo la
intensidad del momento se desbordaba en sus cuerpos, en la forma en que
se tocaban, en la manera en que sus respiraciones se entrelazaban. Los
dedos de Lachlan se deslizaron por su cuello, por su cabello, tirando de ella
hacia él con una necesidad que reflejaba la suya propia. Ellie, perdida en el
deseo, se aferró a él, sintiendo cada músculo de su cuerpo contra el suyo,
cada latido de su corazón.
Por un momento, fue como si el mundo se hubiera detenido. Solo existían
ellos dos, sus cuerpos entrelazados en medio de la oscuridad, el fuego del
deseo ardiendo entre ellos como una llama que no podía ser contenida. Ellie
no quería que el momento terminara, no quería separarse de él, pero el eco
lejano de las sombras en el bosque le recordó que el peligro aún los
rodeaba.
Lachlan, como si también lo sintiera, se separó ligeramente de ella, aunque
sus manos no la soltaron. Sus respiraciones eran rápidas, entrecortadas, y
sus ojos ardían con una mezcla de deseo y preocupación.
—Esto... —murmuró Lachlan, su voz ronca—. No hemos terminado, Ellie.
Pero ahora... debemos continuar.
Ellie asintió, su cuerpo aún temblando por la intensidad del momento. Sabía
que tenían que moverse, que el peligro aún estaba cerca, pero también sabía
que lo que acababan de compartir no había terminado. La conexión entre
ellos era más fuerte ahora, más palpable, y a pesar del miedo, Ellie se sentía
más segura con él a su lado.
Lachlan le dio un último beso, esta vez más suave, más contenido, pero
cargado de una promesa que hizo que el corazón de Ellie latiera con fuerza
una vez más.
—Te protegeré —dijo, sus ojos fijos en los de ella—. Pase lo que pase.
Ellie asintió, sintiendo una mezcla de emoción y miedo. Sabía que el viaje
por delante sería peligroso, pero también sabía que, con Lachlan a su lado,
enfrentaría lo que fuera.
Ambos se giraron hacia el bosque, sabiendo que las sombras aún los
acechaban. Pero ahora, con el vínculo entre ellos fortalecido, estaban listos
para lo que viniera.
17
El viaje hacia el templo era arduo, y aunque Ellie y Lachlan habían
encontrado breves momentos de calma entre la creciente tormenta, sabían
que el verdadero peligro aún no se había manifestado por completo. Los
ecos de la pasión que compartieron seguían presentes en la cercanía entre
ellos, pero ahora el bosque parecía más vivo, más peligroso. Las sombras
que habían acechado en la oscuridad no estaban lejos, y Ellie podía sentir la
energía del anillo vibrando en su dedo como un faro que atraía tanto
respuestas como amenazas.
El sendero que seguían hacia el templo era antiguo, marcado por piedras
desgastadas y cubierto de musgo. A medida que se adentraban más en las
montañas, el aire se volvía más frío, más pesado, como si el tiempo mismo
fuera más denso en este lugar. Las montañas parecían alzarse sobre ellos,
oscuras y misteriosas, y el viento soplaba con fuerza, arrastrando consigo
susurros que Ellie no podía comprender del todo.
Lachlan, siempre atento, caminaba a su lado, sus ojos moviéndose
constantemente, vigilando cada sombra, cada movimiento en el bosque a su
alrededor. Sabía que no podían bajar la guardia, no cuando el poder del
anillo estaba tan cerca de revelarse. Pero también, en los momentos en que
sus miradas se encontraban, Ellie sentía la promesa silenciosa de lo que
habían compartido. Aunque no lo mencionaran, la intensidad de lo que
sentían el uno por el otro estaba presente en cada paso que daban.
Finalmente, después de horas de ascenso, llegaron a una cueva oculta entre
las rocas, un pasaje que parecía tan antiguo como las montañas mismas. La
entrada estaba flanqueada por estatuas talladas en piedra, figuras humanas
con rasgos extraños, como si no pertenecieran del todo a este mundo. Ellie
sintió un escalofrío al verlas, pero también una extraña atracción. Era como
si el anillo reconociera este lugar, como si hubiera estado aquí antes, en
algún tiempo olvidado.
—Este es el templo —dijo Lachlan, con la voz baja, casi reverente—. Los
guardianes que lo construyeron lo hicieron para mantener los secretos
ocultos. No será fácil entrar. Pero aquí, encontraremos lo que buscamos.
Ellie asintió, sintiendo cómo su corazón se aceleraba. Había esperado este
momento desde que el anillo había comenzado a revelar su poder, y aunque
el miedo la consumía, también había una extraña sensación de
inevitabilidad. Sabía que tenía que descubrir la verdad sobre el anillo, sobre
lo que significaba para ella y para el destino que la aguardaba.
—¿Estás lista? —preguntó Lachlan, sus ojos oscuros llenos de
preocupación, pero también de confianza en ella.
Ellie respiró hondo y asintió. No había vuelta atrás.
Juntos, cruzaron el umbral de la cueva, adentrándose en la oscuridad que
parecía envolverse alrededor de ellos como un manto. Las paredes de la
cueva estaban cubiertas de símbolos antiguos, inscripciones que Ellie no
podía leer, pero que sentía que de alguna manera entendía. Era como si una
parte de ella, una parte más antigua, estuviera despertando al verlos.
Mientras avanzaban más profundamente en la cueva, la oscuridad se hacía
más densa, y Ellie sintió que el aire se volvía más pesado, más difícil de
respirar. Pero entonces, el anillo en su dedo comenzó a brillar nuevamente,
una luz suave que iluminaba el camino frente a ellos. Lachlan miró el
resplandor con sorpresa, pero no dijo nada. Sabía que el poder del anillo
estaba guiándolos, pero también que ese poder era peligroso.
—Las leyendas hablan de este lugar —murmuró Lachlan mientras
avanzaban—. Dicen que los secretos que guarda no están destinados a los
ojos humanos. Pero el anillo… es la llave.
Ellie no respondió. Sus pensamientos estaban concentrados en lo que sentía,
en la energía que vibraba a su alrededor. Cada paso que daba hacia el
interior del templo la acercaba más a la verdad, pero también la sumergía
más profundamente en el misterio. Sabía que lo que estaba a punto de
descubrir cambiaría todo.
Después de lo que pareció una eternidad caminando en la oscuridad,
llegaron a una sala enorme, un espacio vasto que se extendía mucho más
allá de lo que las luces de sus antorchas podían iluminar. En el centro de la
sala, un altar de piedra se alzaba, cubierto de inscripciones y rodeado de
estatuas similares a las que habían visto en la entrada. Y sobre el altar, un
objeto brillante descansaba, irradiando una luz similar a la del anillo.
—Eso es… —murmuró Ellie, su voz apenas un susurro.
Lachlan asintió, su mirada fija en el objeto.
—La piedra. Está conectada al anillo.
Ellie se acercó lentamente al altar, su corazón palpitando con fuerza en su
pecho. Sabía que esa piedra era la clave, que de alguna manera, el poder del
anillo y el poder de esa piedra estaban entrelazados. Pero al acercarse, sintió
que algo más se movía en la oscuridad.
Lachlan también lo sintió. Su cuerpo se tensó, su mano yendo
instintivamente a la empuñadura de su espada. Ambos sabían que no
estaban solos.
—Los guardianes… —susurró Lachlan, sus ojos recorriendo la sala.
Antes de que Ellie pudiera procesar lo que estaba ocurriendo, las sombras
alrededor del altar comenzaron a moverse. Formas oscuras y esqueléticas
emergieron de la penumbra, sus ojos brillando con una luz sobrenatural, sus
movimientos lentos pero amenazantes. Eran altos, mucho más que cualquier
humano, y sus cuerpos parecían estar formados de piedra y sombra.
Ellie retrocedió instintivamente, pero el anillo en su dedo vibró con fuerza,
respondiendo a la presencia de los guardianes. Sabía que estaban allí para
proteger los secretos del templo, pero también sabía que el anillo era la
clave para enfrentarlos.
—Tenemos que hacerlo rápido —dijo Lachlan, su voz firme mientras
desenfundaba su espada.
Ellie asintió, concentrándose en el anillo. Sabía que el poder que había
sentido antes, la energía que había utilizado para defenderse, tenía que ser
suficiente para abrir el secreto del templo. Se acercó más al altar, a la piedra
brillante que parecía llamarla, mientras Lachlan se posicionaba para
protegerla de los guardianes que se acercaban lentamente.
El aire a su alrededor se volvió más denso, y la luz del anillo se intensificó.
Ellie levantó la mano, dejando que el resplandor del anillo tocara la piedra
sobre el altar. Cuando lo hizo, una oleada de energía recorrió la sala, y los
guardianes se detuvieron en seco, como si estuvieran esperando algo.
El anillo y la piedra comenzaron a brillar al unísono, y Ellie sintió que su
cuerpo se llenaba de una energía poderosa, una conexión que atravesaba el
tiempo y el espacio. Las imágenes volvieron a su mente: los antiguos
portadores del anillo, las vidas que habían sido destruidas por su poder, y
finalmente, una puerta. Una puerta que llevaba a un lugar más allá de todo
lo que conocía.
—Ellie… —murmuró Lachlan, su voz suave pero cargada de preocupación.
Ellie no podía apartar la vista de la piedra. Sabía que había algo más allá de
lo que había visto, un poder que estaba esperando ser desatado, pero
también sabía que era peligroso.
—El anillo… está conectado a algo mucho más grande —dijo Ellie, su voz
temblando por la intensidad de lo que sentía—. No es solo un arma. Es una
llave. Una llave a… otro mundo.
Lachlan frunció el ceño, pero no tuvo tiempo de preguntar más. Los
guardianes, como si hubieran recibido una señal, comenzaron a moverse de
nuevo, acercándose a ellos con pasos lentos pero letales.
—Tenemos que irnos, Ellie —dijo Lachlan, su voz firme.
Ellie asintió, aunque el peso del anillo y lo que acababa de descubrir la
abrumaban. Sabía que el anillo estaba conectado a algo más allá de su
comprensión, pero también sabía que el tiempo se estaba agotando.
Lachlan tomó su mano, y juntos, corrieron hacia la salida del templo,
dejando atrás los secretos que aún no podían desvelar por completo. Sabían
que el verdadero peligro estaba por venir.
18
El aire frío del templo seguía aferrándose a la piel de Ellie mientras ella y
Lachlan corrían por los pasillos oscuros, dejando atrás el altar y los
guardianes que habían despertado en la penumbra. El resplandor del anillo
en su mano había comenzado a desvanecerse, pero la energía que sentía
vibrar dentro de ella no había desaparecido. Sabía que lo que había
descubierto en el templo era solo una pieza de un rompecabezas más
grande, y el peso de esa responsabilidad la aplastaba.
El sonido de las pisadas de los guardianes se hacía cada vez más cercano,
sus figuras sombrías avanzando implacablemente por los túneles,
incansables en su misión de proteger los secretos del templo. Ellie sabía que
no podrían escapar tan fácilmente, pero también sabía que el anillo era la
clave para salir de allí con vida.
—¡Aquí! —gritó Lachlan, tirando de la mano de Ellie hacia una bifurcación
en el túnel que se adentraba más en la oscuridad.
Ellie lo siguió, sus piernas temblando por el esfuerzo, pero no podía
permitirse el lujo de detenerse. Los latidos de su corazón retumbaban en sus
oídos, no solo por el miedo, sino también por la cercanía de Lachlan. A
pesar del peligro que los rodeaba, sentía su calor, la seguridad de su cuerpo
junto al suyo, y la atracción que había entre ellos seguía ardiendo bajo la
superficie.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad corriendo por los
túneles oscuros, encontraron una pequeña sala oculta, apenas iluminada por
la luz débil que se filtraba desde una abertura en el techo. Lachlan cerró la
pesada puerta de piedra detrás de ellos, apoyándose contra ella con el pecho
agitado, su respiración rápida y entrecortada. Ellie, aún jadeando, se dejó
caer contra una de las paredes, sintiendo cómo su cuerpo temblaba por el
esfuerzo y el miedo.
—No podemos quedarnos aquí mucho tiempo —dijo Lachlan, su voz baja
pero urgente mientras se acercaba a ella.
Ellie asintió, aunque su cuerpo apenas respondía. Estaba exhausta, y aunque
el peligro aún acechaba fuera de la sala, la intensidad del momento hacía
que todo lo demás se desvaneciera. El sonido de las respiraciones de
Lachlan y el suyo propio llenaba el pequeño espacio, y cuando él se acercó
a ella, Ellie sintió el calor de su cuerpo irradiar hacia ella, tan cerca que
podía sentir cada respiración.
Lachlan se arrodilló frente a ella, tomando su rostro con ambas manos, sus
ojos oscuros llenos de preocupación y algo más, algo que había estado
creciendo entre ellos desde que se conocieron. Su toque era firme pero
suave, y Ellie no pudo evitar cerrar los ojos por un instante, dejando que la
sensación de sus manos sobre su piel la calmara.
—No voy a dejar que te pase nada —dijo Lachlan en voz baja, su tono
cargado de promesa.
Ellie abrió los ojos y lo miró, sus corazones latiendo al unísono. Sabía que
había algo entre ellos que iba más allá del deseo físico, algo que se había
construido en medio del peligro y las revelaciones. Pero ahora, con el anillo
vibrando en su mano y la amenaza constante de los guardianes, la necesidad
de estar cerca de él se hacía cada vez más fuerte.
—Lachlan... —susurró Ellie, su voz temblorosa, aunque no solo por el
miedo.
Sin más palabras, Lachlan inclinó la cabeza hacia ella, sus labios rozando
los de Ellie con una suavidad que contrastaba con la urgencia del momento.
El beso fue lento, pero cargado de una intensidad que hizo que Ellie sintiera
que el tiempo se detenía. Su cuerpo respondió al de él de inmediato, su piel
ardiendo bajo su toque, mientras las manos de Lachlan bajaban por su
cuello, su espalda, atrayéndola más cerca de él.
La tensión que había estado acumulándose entre ellos durante días,
semanas, estalló en ese momento. Sus besos se volvieron más profundos,
más hambrientos, mientras sus cuerpos se acercaban aún más. Ellie sentía
cada parte de Lachlan, su fuerza, su calidez, y el deseo que había estado
conteniendo finalmente se liberó. Sus manos se deslizaron por su pecho,
explorando cada músculo, mientras él la sostenía con una firmeza que hacía
que se sintiera segura, deseada.
—No quiero perderte —murmuró Lachlan contra sus labios, su voz ronca y
cargada de emoción.
Ellie no respondió con palabras. Sus manos se aferraron a su cabello,
tirando de él hacia ella mientras sus besos se volvían más intensos, más
desesperados. Cada toque, cada caricia, encendía una llama dentro de ella
que no podía apagar. La sala oculta, la oscuridad que los rodeaba, todo
desapareció mientras ambos se perdían en la pasión que los envolvía.
Lachlan la levantó ligeramente, apoyándola contra la pared mientras sus
labios recorrían su cuello, su piel, enviando oleadas de calor por todo su
cuerpo. Ellie se arqueó hacia él, sus respiraciones entrelazadas mientras sus
manos exploraban su cuerpo con una mezcla de delicadeza y urgencia. Cada
movimiento, cada beso, era una promesa de lo que ambos sentían, de la
intensidad de la conexión que habían construido en medio del peligro.
El mundo a su alrededor se desvaneció. No había sombras, no había
guardianes. Solo estaban ellos dos, enredados en un momento que parecía
eterno, sus cuerpos respondiendo al deseo que había crecido entre ellos
desde el principio. Ellie sentía cómo el calor de Lachlan la envolvía, cómo
cada caricia la hacía perderse más en él, en lo que compartían.
Pero entonces, justo cuando el deseo entre ellos alcanzaba su punto
máximo, un sonido rompió el silencio. El eco de pasos acercándose por los
túneles exteriores los devolvió a la realidad de golpe. Lachlan se separó de
Ellie, aunque sus manos aún no la soltaban, sus ojos oscuros fijos en los de
ella con una mezcla de deseo y alerta.
—Ellie, debemos movernos —dijo, aunque su voz aún estaba cargada de la
intensidad del momento que habían compartido.
Ellie asintió, aunque su cuerpo aún temblaba por la pasión que había
sentido momentos antes. Sabía que no podían quedarse allí, no cuando el
peligro seguía acechando tan cerca. Pero lo que había ocurrido entre ellos
no desaparecería, no ahora que habían cruzado una línea que ambos habían
estado evitando.
Lachlan la ayudó a ponerse de pie, y mientras ambos recuperaban el aliento,
el eco de los pasos se hacía más fuerte. Las sombras de los guardianes no
estaban lejos, y Ellie sabía que tenían que seguir adelante.
—Te prometo que esto no ha terminado —murmuró Lachlan, sus ojos fijos
en los de ella mientras ajustaba su espada en la cintura.
Ellie lo miró, su corazón aún latiendo con fuerza, y asintió. Sabía que lo que
compartían era más fuerte que cualquier peligro que los rodeara. Y con esa
certeza, ambos se prepararon para enfrentar lo que venía.
19
El eco de los pasos de los guardianes resonaba cada vez más cerca,
arrastrándose por los túneles del templo. Ellie y Lachlan, aún con las
emociones crudas del momento que acababan de compartir, sabían que no
podían detenerse. El anillo en el dedo de Ellie seguía vibrando débilmente,
como si respondiera a los antiguos ecos del templo, pero ahora había algo
más. La sensación de que el anillo estaba despertando, revelando
gradualmente su verdadero poder.
Con el corazón acelerado, Ellie siguió a Lachlan por otro túnel que se
extendía más profundamente en las montañas. La oscuridad era sofocante,
pero la luz tenue del anillo les permitía ver lo justo para seguir avanzando.
La energía del lugar era densa, casi opresiva, y Ellie sabía que cada paso
que daban los acercaba a las respuestas, pero también a un peligro mucho
mayor.
Finalmente, después de lo que parecieron horas de caminar, llegaron a una
gran cámara oculta en el corazón del templo. La sala era inmensa, y en su
centro se alzaba una estructura antigua: un trono de piedra cubierto de
inscripciones y símbolos que recordaban al anillo que llevaba en su mano.
Ellie se detuvo frente al trono, sintiendo una atracción poderosa que la
obligaba a acercarse.
—Este lugar... —murmuró Lachlan, su voz reverberando en la cámara—.
Es más antiguo de lo que imaginábamos.
Ellie no podía apartar la vista del trono. Sabía que algo crucial la esperaba
aquí. El anillo en su dedo brillaba con más intensidad mientras se acercaba
a la estructura, y cuando estuvo lo suficientemente cerca, la piedra en el
centro del anillo comenzó a emanar una luz más fuerte, proyectando
extrañas sombras en las paredes de la cámara.
—El poder del anillo... está conectado con este lugar —dijo Ellie, con el
tono casi reverente. Sabía que, de alguna manera, este era el origen del
poder que había comenzado a sentir desde que el anillo había llegado a su
mano.
Lachlan se acercó, observando el trono con una mezcla de asombro y
preocupación.
—Lo que sea que guarde este templo... no está destinado a ser liberado
fácilmente. Algo aquí lo mantiene sellado.
Ellie extendió la mano hacia el trono, y en cuanto sus dedos rozaron la fría
piedra, una oleada de energía recorrió su cuerpo. Las inscripciones
comenzaron a brillar con la misma luz que el anillo, y entonces, la cámara
se llenó de imágenes, de ecos de otro tiempo. Vio a los antiguos portadores
del anillo, uno tras otro, cada uno enfrentándose al mismo destino:
destrucción. El anillo era una llave, pero también una maldición, un vínculo
con un poder mucho más grande y oscuro que los había consumido a todos.
De repente, una voz, profunda y etérea, resonó en la cámara.
—El anillo es la llave... pero también es el guardián. El poder que encierra
es antiguo, más antiguo que los recuerdos de estas tierras. Aquel que lo
porta... debe decidir si lo desata o lo destruye.
Ellie dio un paso atrás, su mente nublada por las imágenes que acababa de
ver. Los rostros de los antiguos portadores seguían grabados en su memoria.
Todos habían sido consumidos por el poder del anillo, y cada uno había
caído bajo su peso. Sabía que lo que enfrentaba ahora no era solo una
amenaza física, sino una lucha por el control de algo más grande, algo que
podría destruirlos a todos si no era manejado correctamente.
—El anillo... —murmuró Ellie, sintiendo el peso de la decisión que ahora
recaía sobre sus hombros—. No es solo una llave, es una prisión. Guarda un
poder que no debe ser liberado.
Lachlan la observaba en silencio, sus ojos fijos en ella mientras procesaba
las palabras que había escuchado. Sabía que Ellie estaba en el centro de
todo esto, pero también sabía que el destino de su mundo, y tal vez de otros,
dependía de lo que ella decidiera hacer.
—¿Qué significa eso para ti? —preguntó Lachlan, su tono suave pero lleno
de preocupación—. ¿Qué debes hacer?
Ellie miró el anillo en su mano, sintiendo la vibración de la energía que
fluía a través de él. Sabía que el poder del anillo podía ser utilizado para
grandes cosas, pero también sabía que el precio de ese poder era la
destrucción de quien lo portaba.
—Debo detenerlo —dijo Ellie, con más firmeza de la que sentía—. No
puedo dejar que este poder se desate. No si significa la destrucción de todo
lo que toca.
Lachlan asintió, pero en su mirada había una mezcla de duda y tristeza.
—Si lo destruyes, Ellie... ¿qué pasará contigo?
Ellie sintió un nudo en el estómago al escuchar la pregunta. No sabía la
respuesta. El anillo estaba conectado a ella, pero también a algo mucho más
grande. Sabía que destruir el anillo podría significar su propia destrucción,
pero no podía dejar que el poder del anillo cayera en las manos
equivocadas.
—No lo sé —respondió Ellie, su voz temblorosa—. Pero no puedo dejar
que esto continúe. Si el anillo sigue existiendo, seguirá atrayendo a aquellos
que buscan su poder. No podemos permitirlo.
Lachlan se acercó a ella, colocando una mano firme sobre su hombro.
—No estás sola en esto. Lo enfrentaremos juntos, pase lo que pase.
Ellie lo miró, agradecida por su apoyo, pero el peso de la decisión seguía
siendo suyo. Sabía que tendría que tomar una decisión pronto, pero antes de
que pudiera hacerlo, un estruendo resonó en la cámara. Los guardianes,
finalmente, habían encontrado su camino hacia ellos. Las sombras
gigantescas se alzaban en la entrada, sus ojos brillando con una luz
sobrenatural.
—¡Tenemos que salir de aquí! —gritó Lachlan, desenvainando su espada.
Ellie sintió el pánico apoderarse de ella por un momento, pero entonces, el
anillo en su mano comenzó a brillar con más fuerza. Sabía que el poder del
anillo estaba respondiendo, pero esta vez, no para protegerla. Era como si el
anillo supiera que su tiempo se estaba agotando, y el poder que contenía
comenzaba a desbordarse.
—¡No podemos irnos sin destruir el anillo! —gritó Ellie, su voz firme a
pesar del miedo que la embargaba—. Si lo dejamos, este lugar y todo lo que
protege caerán.
Lachlan la miró, indeciso por un momento, pero asintió. Sabía que ella tenía
razón. No podían simplemente huir. Si no destruían el anillo aquí, la
amenaza seguiría acechando.
Ellie levantó la mano, concentrándose en el anillo. La luz que emitía se
intensificó, iluminando toda la sala mientras los guardianes avanzaban
hacia ellos. Sentía el peso del poder que el anillo contenía, y sabía que, de
alguna manera, tenía que encontrar la forma de destruirlo.
—Hazlo, Ellie —murmuró Lachlan, mientras se posicionaba para
protegerla del ataque de los guardianes.
Ellie cerró los ojos, concentrándose en la energía que sentía fluir a través
del anillo. Sabía que lo que estaba a punto de hacer cambiaría todo, pero no
podía retroceder. No ahora.
Con un grito, levantó la mano, dejando que la energía del anillo se liberara
por completo.
El templo tembló, y el poder del anillo estalló en una luz cegadora,
envolviendo todo a su alrededor. Los guardianes se detuvieron,
inmovilizados por la fuerza del poder desatado, y Ellie sintió cómo su
cuerpo se llenaba de una energía tan poderosa que casi la derribaba.
El destino del anillo estaba en sus manos.
20
La luz cegadora que emanaba del anillo llenó la sala, envolviendo a Ellie y
Lachlan en un resplandor que parecía traspasar las paredes del templo. Los
guardianes, inmovilizados por la fuerza del poder desatado, no avanzaban
más, sus formas oscuras temblaban en los bordes de la luz. Ellie sintió
cómo la energía del anillo recorría su cuerpo, cada célula vibrando con una
intensidad que la hacía sentirse poderosa, pero también al borde del
colapso.
Sabía que el poder del anillo estaba esperando una decisión, que lo que
hiciera en los próximos segundos definiría no solo su destino, sino el de
todos los que se cruzaran en el camino de ese antiguo poder. El anillo era
una llave, pero también una prisión. Abrir la puerta que el anillo sellaba
podría desatar una fuerza destructiva que cambiaría el mundo, pero
destruirlo también significaba enfrentarse a consecuencias impredecibles.
Lachlan, con la espada en la mano, la observaba en silencio. Su cuerpo
estaba tenso, preparado para cualquier ataque de los guardianes, pero sus
ojos no dejaban de buscar los de Ellie. Sabía que la decisión estaba en sus
manos, y aunque estaba dispuesto a luchar hasta el final por ella, también
sabía que no podía intervenir en lo que estaba a punto de ocurrir.
—Ellie... —murmuró Lachlan, dando un paso hacia ella, aunque el
resplandor del anillo lo mantenía a cierta distancia—. No importa lo que
elijas, estoy contigo.
Ellie sintió una oleada de emociones al escucharlo, pero no podía permitirse
el lujo de distraerse. Cerró los ojos, respirando hondo mientras trataba de
concentrarse en la energía que fluía a través de ella. Sabía lo que debía
hacer, pero también sabía que tomar esa decisión cambiaría todo para
siempre.
La voz etérea que había escuchado antes resonó una vez más en la sala,
como un eco lejano en su mente.
—El anillo guarda el poder de aquello que no debe ser liberado. Si lo
destruyes, sellarás ese poder para siempre... pero el precio será tu propia
alma.
El corazón de Ellie latía con fuerza, y el peso de esas palabras cayó sobre
ella como una piedra. No podía dejar que el poder del anillo se desatara, no
después de lo que había visto en las visiones. Pero ¿estaba dispuesta a pagar
el precio que implicaba destruirlo? ¿Estaba dispuesta a sacrificarse por el
bien de todos los demás?
Abrió los ojos, mirando a Lachlan. Sabía que él no lo permitiría si pudiera
evitarlo. Sabía que lucharía por mantenerla a salvo, incluso si eso
significaba enfrentarse a ese destino oscuro en su lugar. Pero también sabía
que no podía pedirle que hiciera ese sacrificio. Esta era su lucha.
—No puedo dejar que este poder destruya más vidas —dijo Ellie, su voz
firme aunque su interior estuviera temblando—. Tengo que destruir el
anillo.
Lachlan la miró, sus ojos oscurecidos por la preocupación, pero no discutió.
Sabía que no había otra opción.
—Hazlo, Ellie. Pero sé lo que estás arriesgando.
Ellie asintió, apretando los labios mientras levantaba el anillo una vez más.
El brillo del anillo alcanzó su punto máximo, y la energía que fluía a través
de ella se hizo tan intensa que casi la derribaba de rodillas. Sus manos
temblaban, pero no vaciló. Sabía que esta era la única forma de detener el
ciclo de destrucción que el anillo había dejado en su camino durante siglos.
—Por favor... —murmuró, sintiendo que sus palabras eran tanto una súplica
como una oración—. Que todo termine aquí.
Con una última oleada de fuerza, Ellie concentró todo su ser en el anillo, en
la luz que brillaba desde su interior. Y entonces, en un grito que pareció
resonar en lo profundo de las montañas, el poder del anillo estalló en un
resplandor cegador.
La cámara tembló, y Ellie sintió que la energía del anillo se derramaba a
través de ella, inundando cada rincón de su cuerpo y su mente. El suelo bajo
sus pies se sacudió violentamente, como si el mismo templo estuviera
reaccionando a la destrucción del antiguo poder que había contenido
durante tanto tiempo. Los guardianes, que hasta entonces habían estado
congelados, se disolvieron en sombras que se desvanecieron en el aire,
desapareciendo con un último susurro.
Ellie cayó de rodillas, sus fuerzas abandonándola de repente mientras la luz
del anillo se apagaba lentamente. La piedra del anillo, que antes brillaba
con una intensidad imposible, se apagó, dejando un vacío frío en su lugar.
Sentía como si todo su ser estuviera a punto de desmoronarse, pero sabía
que había logrado lo que debía hacer. El anillo había sido destruido.
—Ellie... —la voz de Lachlan la alcanzó a través del caos, y sintió sus
brazos rodeándola, protegiéndola mientras su cuerpo temblaba por el
esfuerzo.
Ellie abrió los ojos con dificultad, encontrándose con la mirada preocupada
de Lachlan. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos brillaban con una mezcla
de alivio y miedo. Sabía que había destruido el anillo, pero también sabía
que había pagado un precio alto.
—Lo lograste —murmuró Lachlan, sus manos acariciando suavemente su
cabello mientras la sostenía—. El anillo ya no podrá hacer daño.
Ellie asintió, aunque sentía un vacío en su interior. Sabía que lo que había
hecho era lo correcto, pero también sabía que algo dentro de ella había
cambiado para siempre. El poder que había sentido fluir a través de ella se
había ido, pero el costo de esa destrucción la dejaría marcada.
—Siento... —murmuró Ellie, su voz apenas un susurro—. Siento que algo
me falta.
Lachlan la abrazó más fuerte, su calidez reconfortante contra el frío que la
invadía. Sabía que lo que Ellie había hecho era más que destruir un simple
objeto. Había liberado un poder que estaba conectado a su propio ser, y
ahora, sin ese vínculo, se sentía incompleta.
—No importa lo que hayas perdido —dijo Lachlan, con una voz cargada de
emoción—. Estoy aquí contigo, Ellie. Siempre lo estaré.
Ellie cerró los ojos, dejando que las lágrimas rodaran por sus mejillas. El
anillo había sido destruido, pero el precio de esa destrucción aún pesaba
sobre ella. Sabía que el camino por delante sería difícil, pero con Lachlan a
su lado, sentía que podía enfrentarlo.
El templo estaba en silencio ahora, como si el poder antiguo que una vez
albergó hubiera sido sellado para siempre. Las sombras se habían
desvanecido, y con ellas, el peligro inmediato. Pero Ellie sabía que su viaje
aún no había terminado. Las cicatrices del anillo seguirían presentes, y el
destino que había cambiado con esa decisión final aún debía revelarse por
completo.
Pero por ahora, en los brazos de Lachlan, Ellie encontró consuelo. Había
tomado la decisión más difícil de su vida, y aunque el futuro era incierto,
sabía que no lo enfrentaría sola.
21
El sol comenzaba a salir en el horizonte, bañando las cumbres de las
montañas en un suave resplandor dorado. Después de lo que había parecido
una eternidad en la oscuridad del templo, la luz del amanecer era un alivio.
Ellie y Lachlan habían abandonado las profundidades del templo en
silencio, sin intercambiar muchas palabras desde la destrucción del anillo.
Ambos sabían que la batalla más difícil había terminado, pero las secuelas
de lo que Ellie había hecho aún resonaban en el aire.
A medida que caminaban por los senderos estrechos de las montañas, el
viento frío de las Highlands despeinaba el cabello de Ellie, pero no podía
sacudir la sensación de vacío que la había invadido desde la destrucción del
anillo. El vínculo que había sentido con el objeto, esa conexión inexplicable
con el poder antiguo, se había roto, pero no sin dejar un hueco en su
interior.
Lachlan, siempre vigilante, caminaba a su lado, su mano rozando la suya
ocasionalmente, como si estuviera comprobando que seguía allí. Aunque no
habían hablado mucho desde que salieron del templo, su presencia era
reconfortante para Ellie. Sabía que, aunque el anillo había sido destruido,
las preguntas sobre su futuro seguían en pie. Y Lachlan, siempre protector,
parecía saberlo también.
Después de un tiempo, llegaron a un pequeño claro en la ladera de la
montaña, con una vista espectacular del valle que se extendía debajo. La
belleza del paisaje contrastaba con la tensión que Ellie sentía en su interior.
Se detuvo, inhalando profundamente el aire fresco de la mañana, pero su
mente seguía dando vueltas alrededor de lo que había ocurrido.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Lachlan en voz baja, rompiendo el silencio
mientras se paraba a su lado.
Ellie tardó un momento en responder, buscando las palabras adecuadas para
describir la mezcla de emociones que bullían dentro de ella.
—Me siento... aliviada, supongo —murmuró, aunque sabía que no era toda
la verdad—. Pero también... incompleta. Como si algo dentro de mí hubiera
desaparecido.
Lachlan la miró en silencio, su expresión grave pero comprensiva. Sabía
que Ellie había llevado una carga inmensa al destruir el anillo, y el precio
que había pagado no era solo físico. Había algo más profundo, algo que
había cambiado en su interior.
—El poder del anillo te dejó una marca —dijo Lachlan, mirando hacia el
valle—. No era solo un objeto. Tenía una conexión contigo, con tu alma. Es
normal que te sientas así, pero lo más importante es que lo detuviste. No
más destrucción.
Ellie asintió, aunque las palabras de Lachlan no aliviaban completamente el
vacío que sentía. Había hecho lo correcto, pero las dudas sobre su futuro y
lo que había sacrificado seguían pesando sobre ella.
—¿Y ahora qué? —preguntó Ellie, mirando a Lachlan con una mezcla de
incertidumbre y esperanza—. Hemos destruido el anillo, pero no puedo
evitar pensar que algo más está por venir. Que no todo ha terminado.
Lachlan la miró con intensidad, como si estuviera sopesando sus propias
respuestas.
—Tienes razón —admitió—. El anillo era una amenaza, pero también era
solo una parte de algo mucho más grande. Las fuerzas que lo buscaban no
se detendrán solo porque lo hemos destruido. Y aunque el poder del anillo
se ha sellado, las personas que lo codician aún están ahí fuera.
Ellie sintió que su estómago se retorcía al escuchar esas palabras. Sabía que
Lachlan tenía razón. Aunque había creído que destruir el anillo resolvería
todo, la realidad era que el mundo que había encontrado en las Highlands
seguía siendo peligroso. Los enemigos que habían estado detrás del anillo
no desaparecerían tan fácilmente.
—¿Qué hacemos entonces? —preguntó Ellie, su voz más firme ahora—.
No puedo simplemente volver a mi vida como si nada hubiera pasado.
Lachlan asintió lentamente.
—No, no puedes —dijo con calma—. Pero ahora, tienes algo que ellos no
esperaban. Tienes la experiencia de haber enfrentado ese poder, de haberlo
derrotado. Y aunque el anillo ya no esté, tú eres la clave para detener lo que
está por venir.
Ellie lo miró, tratando de comprender el alcance de lo que decía. Había
destruido el anillo, pero Lachlan parecía sugerir que su papel en este mundo
no había terminado. Que había más en juego, y que ella seguía siendo parte
de ello.
—¿Qué me estás diciendo? —preguntó, sintiendo que una nueva ola de
responsabilidad se cernía sobre ella.
Lachlan se inclinó hacia ella, su mirada intensa pero protectora.
—Lo que estoy diciendo, Ellie, es que no hemos terminado de luchar. Los
que estaban detrás del anillo no se detendrán aquí. Y aunque el anillo ya no
exista, hay otros poderes en juego, otros secretos que aún no hemos
descubierto.
Ellie cerró los ojos por un momento, tratando de procesar la magnitud de lo
que él estaba diciendo. Había creído que destruir el anillo era el final, pero
ahora se daba cuenta de que solo había sido el comienzo.
—No sé si puedo enfrentar algo más —murmuró Ellie, con una sinceridad
que sorprendió incluso a ella misma—. Ya fue suficiente con el anillo, con
lo que sentí mientras lo destruía. No sé si puedo seguir siendo parte de esto.
Lachlan la observó en silencio por un momento antes de tomar su mano con
suavidad, entrelazando sus dedos con los de ella.
—No tienes que hacerlo sola —dijo, su voz baja pero llena de convicción
—. Sea lo que sea lo que venga, lo enfrentaremos juntos. Te lo prometo.
Ellie lo miró, sintiendo una mezcla de gratitud y miedo. Sabía que Lachlan
estaba dispuesto a luchar por ella, a protegerla, pero también sabía que las
decisiones que estaban por venir serían tan difíciles como las que ya había
tomado.
—Entonces, ¿cuál es nuestro siguiente paso? —preguntó finalmente,
respirando hondo.
Lachlan la miró con una sonrisa fugaz.
—Primero, debemos regresar a la aldea. Ahí es donde empezaremos a
planear nuestro siguiente movimiento. Pero más importante aún, debemos
prepararnos para lo que venga. Las personas que buscaban el anillo no se
detendrán, y es solo cuestión de tiempo antes de que intenten algo más.
Ellie asintió, sintiendo cómo la resolución comenzaba a asentarse dentro de
ella. No había terminado de luchar, pero esta vez, estaba mejor preparada.
No solo por las habilidades que había ganado enfrentando el anillo, sino
porque ahora, sabía que no enfrentaría este viaje sola.
Lachlan montó su caballo, y Ellie hizo lo mismo. Con una última mirada al
valle que se extendía bajo ellos, comenzaron a descender por la montaña,
dejando atrás el templo y las sombras de lo que había sido. El futuro seguía
siendo incierto, pero por primera vez desde que había llegado a este mundo,
Ellie sentía que había encontrado un camino.
El viento de las Highlands soplaba a su alrededor, llevándose los ecos del
pasado y anunciando lo que estaba por venir.
22
El viaje de regreso a la aldea fue silencioso, pero cargado de la tensión que
Ellie sentía cada vez más fuerte a medida que se acercaban. El anillo había
sido destruido, pero la amenaza no había desaparecido, solo había cambiado
de forma. Ellie y Lachlan sabían que los enemigos que habían codiciado el
poder del anillo estarían buscando otra manera de alcanzarlos, y la batalla
aún no había terminado.
La aldea apareció a lo lejos, envuelta en la suave luz del atardecer. Las
montañas y los campos parecían tranquilamente inmutables, pero Ellie
sabía que esa calma solo era superficial. En el corazón de la aldea, sus
aliados los esperaban, y en algún lugar más allá de los bosques y las
colinas, sus enemigos se preparaban.
Lachlan desmontó primero, y Ellie lo siguió, sus cuerpos cansados por el
viaje pero unidos por la misma sensación de urgencia. Sabían que, aunque
la destrucción del anillo había sido un paso crucial, el peligro seguía latente.
Cuando entraron en la aldea, los rostros de los aldeanos reflejaban tanto
alivio como preocupación al verlos.
—Debemos prepararnos —dijo Lachlan, su voz firme mientras hablaba con
los líderes de la aldea—. Aunque el anillo ha sido destruido, aquellos que lo
buscaban no se detendrán. Necesitamos fortificar nuestras defensas y estar
listos para lo que pueda venir.
Los aldeanos asintieron en silencio, pero Ellie sabía que el miedo estaba
presente en sus corazones. El anillo había representado un poder más allá de
lo que cualquiera de ellos podría haber imaginado, y aunque había sido
destruido, las fuerzas que lo codiciaban no se rendirían tan fácilmente.
Después de hablar con los líderes, Lachlan tomó la mano de Ellie y la
condujo hacia la pequeña cabaña en la que se habían alojado al principio de
su viaje. La cabaña era humilde pero acogedora, un refugio en medio de
todo el caos que habían enfrentado. Cuando cerraron la puerta detrás de
ellos, el peso del día cayó sobre ambos, y Ellie sintió cómo su cuerpo se
relajaba, aunque su mente seguía atrapada en la tensión de lo que aún estaba
por venir.
Lachlan se acercó a ella, su rostro endurecido por la preocupación, pero en
sus ojos había algo más, una intensidad que Ellie no podía ignorar. El viaje,
el peligro, y la destrucción del anillo los habían unido de una manera que
iba más allá de las palabras. Habían compartido algo profundo, y ahora, en
la tranquilidad de la cabaña, esa conexión parecía más tangible que nunca.
—No sé cómo has hecho lo que has hecho —murmuró Lachlan, su voz baja
y cargada de emoción mientras se acercaba aún más—. Has sido más fuerte
de lo que cualquiera de nosotros podía imaginar. Pero también sé que esto
aún no ha terminado. Y lo que sea que venga, lo enfrentaremos juntos.
Ellie lo miró, sus ojos buscando en los de él algo más que consuelo. Sabía
que Lachlan había estado a su lado en todo momento, protegiéndola,
guiándola, pero ahora sentía algo más profundo, algo que había estado
creciendo entre ellos desde el principio. La conexión que compartían no era
solo emocional, era física, algo que no podían seguir ignorando.
—Lo sé —susurró Ellie, dando un paso hacia él—. Pero ahora mismo... no
quiero pensar en lo que viene. Quiero estar contigo.
Lachlan la miró por un momento, sus ojos oscuros llenos de deseo y algo
más, algo más profundo. Sin decir una palabra más, la tomó por la cintura,
atrayéndola hacia él con una firmeza que hizo que el corazón de Ellie se
acelerara. Sus labios se encontraron en un beso cargado de todo lo que
habían estado conteniendo, una liberación de la tensión, el miedo y el deseo
que habían sentido durante tanto tiempo.
El beso fue lento al principio, pero rápidamente se volvió más intenso, más
urgente. Las manos de Lachlan recorrieron la espalda de Ellie, atrayéndola
aún más cerca de él, mientras los labios de ambos se movían con una
sincronización perfecta. Ellie sintió cómo el calor de su cuerpo se encendía
bajo su toque, y una oleada de deseo recorrió su piel, haciéndola temblar
con cada caricia.
Lachlan la levantó con facilidad, llevándola hacia la cama de la cabaña sin
dejar de besarla, sus manos explorando su cuerpo con una mezcla de
urgencia y delicadeza. Ellie sintió cómo su piel respondía a cada roce, cada
movimiento, mientras sus manos también exploraban el cuerpo firme de
Lachlan, sintiendo cada músculo bajo sus dedos.
Cuando la tumbó suavemente sobre la cama, Lachlan se inclinó sobre ella,
sus ojos oscuros llenos de deseo, pero también de algo más profundo. Ellie
lo miró, su corazón latiendo con fuerza mientras sentía cómo el deseo entre
ellos se volvía incontrolable. Sabía que este momento era más que una
simple explosión de pasión, era una conexión que habían estado
construyendo durante todo este tiempo, y ahora, finalmente, se liberaba.
—Te necesito —susurró Lachlan, su voz ronca mientras sus manos
recorrían el cuerpo de Ellie con una suavidad que contrastaba con la
intensidad de su deseo.
Ellie respondió con un gemido suave, sus manos tirando de él hacia ella
mientras sus labios volvían a encontrarse en un beso profundo y cargado de
pasión. Cada toque, cada caricia, encendía el fuego entre ellos, y pronto, el
resto del mundo desapareció, dejando solo la intensidad de lo que
compartían.
Los cuerpos de ambos se movieron en perfecta sincronía, respondiendo a
cada necesidad, a cada deseo que habían contenido durante tanto tiempo.
Ellie se perdió en el calor del cuerpo de Lachlan, en la fuerza de sus brazos
que la rodeaban, haciéndola sentir segura y deseada al mismo tiempo. Sus
respiraciones se entrelazaron, sus cuerpos se unieron en un ritmo que
parecía guiado por algo más profundo que la simple atracción física.
Cada beso, cada susurro, intensificaba la conexión entre ellos, y pronto,
Ellie se sintió envuelta por una oleada de placer que la consumió por
completo. Lachlan, a su lado, la siguió en esa explosión de sensaciones, y
juntos, encontraron en ese momento un refugio del caos que los había
rodeado.
Cuando el momento de pasión se disipó lentamente, Ellie y Lachlan se
quedaron abrazados en la cama, sus cuerpos relajados pero aún conectados
por la intensidad de lo que acababan de compartir. El mundo exterior, con
sus peligros y desafíos, parecía lejano en ese instante. Pero ambos sabían
que pronto tendrían que enfrentarlo de nuevo.
—Esto no ha terminado —susurró Lachlan, acariciando suavemente el
cabello de Ellie mientras la mantenía cerca de su pecho—. Pero pase lo que
pase, te prometo que no estarás sola.
Ellie asintió, cerrando los ojos mientras se aferraba a él, encontrando
consuelo en su promesa. Sabía que el futuro seguía siendo incierto, pero
ahora, más que nunca, sentía que estaba preparada para enfrentarlo. Con
Lachlan a su lado, podía hacerlo.
El amanecer se filtraba por las ventanas de la cabaña, trayendo consigo la
promesa de un nuevo día. Y aunque las sombras seguían acechando, Ellie
sabía que juntos, ella y Lachlan podrían enfrentarlo todo.
23
El sol apenas había asomado sobre las colinas cuando el primer signo de
peligro se hizo evidente. Un cuerno resonó en la distancia, su sonido largo y
profundo vibrando en el aire frío de la mañana. Ellie y Lachlan, aún
entrelazados en la cama, se tensaron de inmediato. Sabían lo que ese sonido
significaba: sus enemigos estaban cerca. El refugio momentáneo que habían
compartido en la cabaña estaba llegando a su fin, y la batalla final se
acercaba.
Lachlan se levantó rápidamente, sus movimientos seguros y calculados.
Ellie lo siguió, sintiendo cómo la calma de la noche anterior se desvanecía,
reemplazada por una creciente sensación de urgencia. El cuerno continuaba
sonando en la distancia, y con cada repetición, Ellie sabía que el
enfrentamiento no podía retrasarse más.
—Están aquí —dijo Lachlan mientras ajustaba su espada al cinturón y se
dirigía hacia la puerta. Sus ojos oscuros se encontraron con los de Ellie,
llenos de la determinación que ella había llegado a conocer tan bien—. Es
hora de terminar esto.
Ellie asintió, su corazón latiendo con fuerza en su pecho. Aunque ya no
tenía el anillo, las lecciones que había aprendido, la fuerza que había
descubierto en sí misma, aún la guiaban. No era la misma persona que había
sido cuando llegó a las Highlands. Ahora, estaba lista para pelear.
Salieron de la cabaña, el aire fresco golpeando sus rostros mientras los
aldeanos ya comenzaban a prepararse. Los guerreros de la aldea se
alineaban, armados y listos, mientras los cuernos resonaban cada vez más
cerca. En la colina, Ellie pudo ver las sombras de sus enemigos
acercándose, figuras oscuras que avanzaban con una determinación
aterradora.
Lachlan, con la mirada fija en el horizonte, se volvió hacia Ellie.
—Esos hombres no se detendrán. Están aquí porque creen que el poder del
anillo aún existe, aunque ya lo hayas destruido.
—¿Creen que puedo darles lo que buscan? —preguntó Ellie, con la voz
temblorosa pero firme. Sabía que aunque el anillo había desaparecido, ella
seguía siendo el objetivo de aquellos que lo habían codiciado.
Lachlan asintió.
—Ellie, eres mucho más de lo que ellos creen. Pero ya no tienes que cargar
con ese poder sola. Hoy, luchamos juntos.
Ellie respiró hondo, sintiendo la calidez de las palabras de Lachlan
infundirle valor. Se volvió hacia los aldeanos, que la miraban con una
mezcla de esperanza y miedo. Sabían que ella había destruido el anillo, pero
también sabían que la batalla no había terminado. Ahora, la aldea era su
hogar, y debía protegerla.
Los momentos previos a la batalla fueron tensos, llenos de silenciosas
miradas de complicidad entre Ellie y Lachlan. Los guerreros de la aldea
formaron sus filas, preparados para lo que venía. Los enemigos comenzaron
a descender de las colinas, más numerosos de lo que Ellie había anticipado,
pero no sintió miedo. No esta vez.
—Lucharemos hasta el final —murmuró Lachlan, acercándose a Ellie y
tomando su mano con una fuerza protectora—. Pase lo que pase, esto se
acaba hoy.
El sonido de espadas y escudos resonó en el aire mientras las fuerzas
enemigas avanzaban. Ellie apretó la mano de Lachlan una última vez antes
de separarse y tomar su posición entre los guerreros de la aldea. El aire
estaba cargado de tensión, pero también de la promesa de lo que estaba por
venir. No había vuelta atrás.
La primera oleada de enemigos golpeó con una fuerza implacable. Ellie,
con una determinación que nunca había sentido antes, desenvainó la espada
que Lachlan le había dado y se lanzó a la batalla. La adrenalina corría por
su cuerpo, y cada golpe, cada movimiento, era impulsado por la necesidad
de proteger a aquellos que amaba.
Lachlan luchaba a su lado, su espada un destello de acero en el aire
mientras derribaba a los enemigos con una precisión mortal. Ellie se
mantuvo cerca de él, sus movimientos fluidos mientras esquivaba y
contraatacaba, sintiendo la energía de la batalla fluir a través de ella.
Aunque el peligro estaba presente, no se sentía sola. Estaba luchando con
Lachlan, y juntos, eran imparables.
Los gritos de la batalla llenaban el aire, y Ellie sintió cómo la fatiga
comenzaba a arrastrarse en su cuerpo, pero no podía detenerse. Cada
enemigo que derribaba solo era reemplazado por otro. Sin embargo, en
medio del caos, se dio cuenta de algo: aunque las fuerzas enemigas eran
numerosas, no parecían tan organizadas como ella había temido. Parecía
que el poder del anillo había sido lo único que los había mantenido unidos.
Sin él, eran vulnerables.
A lo lejos, Ellie vio a un hombre que destacaba entre el resto. Alto,
imponente, con una capa negra ondeando al viento y una mirada que
irradiaba odio. Sabía de inmediato quién era: el líder de los hombres que
había buscado el anillo, el que había orquestado todo para encontrar el
poder que Ellie había destruido.
Lachlan también lo vio y se dirigió hacia él, pero Ellie, sabiendo que esta
era su batalla, se interpuso. Esto no era solo una cuestión de fuerza física.
Era una cuestión de destino.
—Déjame hacerlo —murmuró Ellie, su mirada fija en el enemigo.
Lachlan vaciló por un segundo, pero asintió. Sabía que ella estaba lista.
Ellie avanzó con la espada en mano, su corazón acelerado pero sus
pensamientos claros. El hombre la miró con desprecio, sabiendo que ella
había sido la responsable de destruir el anillo que tanto había codiciado.
—Tú lo destruiste —dijo el hombre, su voz profunda y cargada de odio—.
Pero aún queda poder en ti.
Ellie no respondió. Sabía que no era el momento de hablar. Con un grito, se
lanzó hacia él, y la batalla comenzó. El choque de espadas resonó en el aire,
y aunque el enemigo era formidable, Ellie no flaqueó. Cada golpe era
impulsado por la certeza de que no podía perder, no ahora.
La lucha fue feroz, pero Ellie sabía que había algo más en juego que el
simple enfrentamiento físico. Era una lucha de voluntades, de decisiones.
Ella había elegido destruir el anillo, y ahora tenía que destruir al hombre
que había intentado usarlo para sus propios fines.
Finalmente, después de un intercambio de golpes implacable, Ellie encontró
su momento. Con un movimiento rápido y preciso, desarmó al hombre, y
con un último golpe, lo derribó.
La batalla había terminado.
Los enemigos, al ver caer a su líder, se dispersaron rápidamente, su fuerza
desintegrándose sin el poder del anillo para guiarlos. Ellie, jadeando por el
esfuerzo, dejó caer la espada mientras el cansancio la invadía.
Lachlan corrió hacia ella, su rostro lleno de preocupación, pero también de
orgullo.
—Lo hiciste —murmuró, rodeándola con sus brazos—. Lo has logrado.
Ellie lo miró, su cuerpo temblando tanto por la adrenalina como por el
alivio. Sabía que había sido una victoria, pero también sabía que había
perdido algo en el proceso. Sin embargo, cuando Lachlan la abrazó, supo
que no estaba sola en ese camino. Habían ganado la batalla juntos, y ahora
podían enfrentar lo que viniera después.
El viento de las Highlands sopló suavemente, llevándose los ecos de la
batalla y trayendo la promesa de un nuevo comienzo. Aunque el futuro
seguía siendo incierto, Ellie sabía que, con Lachlan a su lado, podían
enfrentarlo todo.