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Clitemenestra: Crimen por Amor y Venganza

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Agustina Ferrari
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LA SANGRE DE LAS SOMBRAS

​ CLITEMNESTRA (desde el suelo, despertándose en la celda, viendo a los


espectadores) - ¿Quiénes son ustedes? ¿A qué vinieron? ¿Cómo los dejaron
entrar?... ¿Ahora estoy en exhibición? (Se va levantando y recomponiendo en
su dignidad maltrecha). Ah, claro, no hay nada más entretenido que ver a
alguien que estuvo en lo alto caer en su desgra-cia. Y si es una reina, la reina
Clitemnestra, que lo tuvo todo, mejor aún. Piensan que si un poderoso
también sufre es porque hay un equilibrio en las desdichas humanas, que hay
una justicia que aguarda a los desbordes de los que están en el poder. Pues
sepan que se equivocan: no hay justicia, no hay fines benéficos, solo hay
acciones, impulsos y motivos para llevarlos a cabo. De eso quizás les hable.
Pero a ustedes lo que les interesa, por lo que son capaces de pagar a los
guardias para que los dejen entrar, por lo que son capaces de estar juntos,
aunque no se soporten, es por ver y oír los detalles del asesinato. ¿Si tuvo
miedo el rey Agamenón? ¿Si me miró a los ojos? ¿Si yo tuve mie-do?
¿Cuántas cuchilladas le di? ¿Si la sangre llegó hasta las escaleras del
palacio? Para saber cómo fue, esa, mi acción criminal, antes tendrán que oír
mi historia, ese es el precio. Claro, ustedes son el pueblo, que también debe
juzgar. ¿Qué hicieron aquel día funesto para la ciudad? Pues yo les digo lo
que hicieron: nada, ¡nada! Aceptaron esa muer-le, como una más. Ya fuera
por miedo, por pereza, por indiferencia o quizás por venganza, mientras sea
otro el

​ que entierre el cuchillo en el cuerpo del odiado. Porque ya estaban cansados
de diez años de guerra, de diez años de pagar impuestos para que el ejército
se ejercitara en su triste oficio, de dar hijos a la muerte en tierras lejanas.
Recuerden que yo también di hijos, ese rey que una vez quisieron se llevó a
su propia hija al sacrificio, para dar vía libre a su ambición. Ifigenia, la más
hermosa de mis hi-jas, engañada con una promesa de casamiento. Murió
vir-gen, sin conocer el verdadero amor, dejándome más sola. El amor, eso sí
también les interesa. Y sí, no les queden dudas, el mío fue un crimen por
amor. El amor al principio puede ser una bendición en gotas, como cuando
caen en el suelo reseco del labrador, o puede ser una permanente llovizna de
hierro en el pecho, cuando va muriendo en los brazos del abandonado. Yo
estuve diez años esperando una señal de que su amor permanecía, diez
años esperando un abrazo que se tornaba cada vez más lejano, diez años
para que al volver... viniese acariciando a esa mujer hechicera, a esa
Casandra, a esa extranjera oscura. Yo, que fui esperando su regreso como
se espera la llegada del primer hijo; pero a medida que pasaban los años,
ese dulzor suave del almíbar del reencuentro se volvía espeso y viscoso
amargor de la indiferencia hacia mí. A mí, que fui su sostén en sus momentos
de debilidad. Cuando el sol del mediodía, en lo alto, abrasa sin posible
sombra, todo hombre duda de sí mismo. El campesino sueña con atravesar
el mar para no volver jamás. Y el marinero con empujar el arado y ensuciarse
las manos con la tierra que lo vio nacer; y él, el gran conquistador, lloró sobre
mi pe-cho, gimió como un niño con sus manos manchadas de

​ sangre, las cuales yo lavé con tenacidad, hasta calmarlo y dormirse en mis
brazos. Porque yo amaba esas manos, que eran una de las llaves de nuestro
amor, esas manos me recorrieron siempre como modelándome,
construyéndome; sentía que mi piel se expandía con caricias firmes, precisas
en su ritmo, en su recorrido por mi cuerpo, en su presión por momentos
tensa, por momentos suave. Con él fuimos develando el secreto que todas
las mujeres escondemos entre las piernas hasta que llega el hombre
indicado, al cual hay que guiarlo a tientas para que sienta que es él quien lo
encuentra, mientras nosotras ya viajamos por un mundo lejano. Lo que con
mis otros amantes, con el imberbe Egisto, fueron simples cosquillas, con mi
hombre de barba ancha fueron delicias sin pausas. Algunas de ustedes
saben de lo que hablo, otras lo desean o lo esperan, presintiéndolo. Pero el
amor es eso, como una fruta madura y húmeda que estalla en la boca. Pero
es más que eso. Por eso él necesitaba mi pecho para llorar o descansar. Y yo
necesitaba sentir mi lugar único en su pensamiento. Sus regalos de tierras
lejanas... su valor no era solo por la caricia de la seda ni la embriaguez de las
especias y los perfumes, era por sentirme la destinataria de esos obsequios
exóticos. Pero en diez años solo tuve cada vez más breves mensajes.
Además de padecer el paso del tiempo, que agigantaba la ausencia al
principio y luego la volvía cotidiana, Oriente lo había cambiado. Esa tierra de
espíritus sueltos en la Tierra, de conjuros que vuelven denso el aire que se
respira, de mujeres de pocas palabras pero

​ ojos penetrantes y huidizos a la vez, de bailes y cantos de dioses
subterráneos, más el deseo de escapar a la sangre y el barro de las
trincheras, lo cambió a mi hombre. Yo lo presentía, y cada noche moría con
esa angustia que me cerraba el pecho. A la mañana volvía a nacer, para
mirar el horizonte con una esperanza cada vez más apa-gada, en un ciclo
que fue agotando mis fuerzas. Y lo que es peor, fue arrugando mi rostro,
marcando sus pliegues con la mueca del desencanto y el abandono; mi piel
se volvió un pergamino que sus manos ya no podían des-cifrar, pues no
podrían deslizarse con fluidez, al encallar en sus repliegues y estrías; mi pelo
mostraba la nieve que caía en mi alma; mis caderas de madre de muchos
hijos se ensancharon; mi cuerpo, de esperarlo, se consumió. Ustedes,
mujeres que me escuchan, también saben de qué hablo. Con nuestro cuerpo
traemos la vida, con nuestro cuerpo conocemos el mundo y lo contenemos. Y
el amor, extinguida la pasión que late en el cuerpo, puede transformarse en
un compañerismo, en un abrigarse junto al mismo fuego, en un plato caliente
de la comida prefe-rida; pero en el caso de un rey que venía de conquistar
Troya, yo sabía que no. Por lo que fue creciendo en mi pensamiento la idea
de matarlo y dejarme morir con él. Y cuando vino acompañado por aquella
hechicera, tan jo-ven, con su piel de ébano, supe que era cierto todo lo que
había imaginado, y mi plan de morir juntos se transformó en un deseo ciego
de verlos morir juntos. Y así lo hice. Pero ustedes quieren detalles de la
acción criminal, para eso pagaron. (Describe su acción, toma un pañuelo rojo
y lo extiende). Bueno, sepan que lo primero que hice fue

​ tenderle una trampa: puse una alfombra roja al vence-dor; pero ese color es
destinado a los dioses. Si era tan soberbio como para pisarla y sentirse un
dios, perdería el favor de las divinidades protectoras. Y así lo hizo, aturdido
por los gritos de victoria del pueblo, de ustedes, por el oro y los botines de
guerra que traía, por las caricias de la joven turca. Pisó la alfombra y cruzó la
frontera que lo llevaría a la región de la muerte. Y así fue. Enseguida me
puse en acción; comuniqué a Egisto mis planes, a quien hasta entonces se
los había ocultado; estaba tan nervioso y asustado pensando que el rey lo
castigaría por acostarse con su esposa que se puso contento con la idea,
pensando en salvarse con mi ayuda. Pero su palidez delataba su falta, como
un niño que ha roto el jarrón y no sabe si ocultar las piezas rotas esparcidas
por el suelo o salir corriendo a ocultarse. Y esa palidez podía alertar al rey.
De poca ayuda me servía; lo mandé a ordenar la comida con los platos
favoritos de mi amado, aunque ya sabía que nunca los probaría si todo salía
bien. Llegó el rey con su cortejo de obsecuentes y traía a su lado a esa mujer
de Oriente. Además de su belleza, me molestó su mirada, que se clavó en
mis ojos adivinando mis intencio-nes, por lo que comenzó a gritar en lengua
incomprensible, negándose a entrar; hubo que arrastrarla. Y Agamenón la
abrazó, protector. Ese gesto envolvente era el mismo que él me había
prodigado en varias ocasiones, y que yo pensaba único. Ahora se repetía en
esa extranjera con el mismo afecto. Fue demasiado para mis ojos, Agamenón
notó el relámpago en mi mirada y me evitó con un saludo distante. Mientras
se acomodaban en la sala, mandé preparar el

​ baño sabiendo que él lo desearía, antes de cenar y de contar sus historias de
bravura. Y así fue. El vapor llenaba el baño, por lo que yo podía disimularme
en su bruma. Cuando lo vi desnudo, si bien su cuerpo también había
envejecido, algo se encendió en mí, el recuerdo de pasadas caricias; él lo
percibió y se sonrió sin comentar nada... me-jor, porque entró más confiado
en la bañera... Me puse a su espalda como para enjabonarlo... pero, apenas
se aco-modó, le lancé la red que había dejado bajo la alfombra; se levantó
torpemente, pero la sorpresa había sido mayor que sus reflejos guerreros y
cayó al agua nuevamente... (Juega con el agua en un recipiente). Estaba
atrapado... Le clavé el cuchillo, que traía en mi vestido, como él me había
enseñado que lo hacía en la batalla: entre las costi-llas, entre la tercera y
cuarta; certera, le alcancé el corazón; llegó a girar y a mirarme a los ojos...
como preguntándome por qué... En su soberbia no entendía ni siquiera en el
último momento quién soy... Y esto que soy también se lo debía a él, pero
ahora su propia creación se volvía en su contra; aunque yo ya estaba lejos,
tan lejos... que le corté el cuello ya sin odio... casi como una caricia, casi con
amor... La sangre saltó en borbotones, salpicándome, limpiándome como en
un sacrificio... Mis diez años de no existir... Al final, ya gorgoteando y
sabiéndose perdido, aflojó sus brazos; allí lo besé como para callarlo (se
moja el rostro en el agua), como para acompañarlo en su agonía, y él se fue
hundiendo en la bañera. Ya estaba hecho, yo me sentía liviana, en paz... y
creo que lloré, acariciándolo. Mas de pronto recordé a la hechicera y,
aprovechando el impulso, salí a buscarla.... Estaba escondida en la otra

​ habitación. La arrastré de los pelos y también hubo cuchillo para ella. Luego
me detuve y pensé en cortarle su rostro de animal hermoso... pero al fin la
llevé hasta la bañera y la ahogué junto a él. (Hunde algo en el recipiente). Yo
sola había podido con todo, yo volvía a ser una mujer fuerte... Me sentí con
un impulso de vida como nunca antes... Salí a buscar a Egisto, para quitar los
cuerpos y preparar las explicaciones al pueblo y las razones de Estado para
esas muertes... pero no lo encon-tré, el cobarde se había escondido hasta
que todo pasa-ra... o para huir, por si algo en mis planes salía mal... Cuando
volví a la bañera ensangrentada, para mi asombro y terror, vi que en lugar del
cuerpo de la hechicera estaba parado en el borde un pájaro azul oscuro,
brillan-te, que cuando me vio lanzó un chillido infernal, abalanzándose sobre
mí con sus alas desplegadas, hiriéndome con su pico. Yo caí al piso y el
maldito pájaro salió por la ventana... Ese pájaro ha vuelto algunas noches a
ator-mentarme, veo su sombra recortada en la ventana a la luz de la luna,
pero ya no grita, tampoco me ataca, solo me recuerda su presencia.... como
si tuviera algo que decirme. En fin, lo otro, lo que pasó luego de la muerte del
rey, ya es historia que ustedes conocen. Y ahora, tiempo después, la política
cambia, y lo que antes fue un acto de justicia ante un tirano ahora es un
crimen. En mi prisión espero un juicio... que ya no podrá hacerme nada... qué
impor-ta... Aunque quisiera descansar y que ese maldito pájaro no volviera...
CASANDRA (irrumpe con música acorde) - Un momento. Ese rey brutal que
hoy se evoca no es el único que vaga

​ por el mundo, ya muerto, recordando que la justicia es un bien que nos falta;
no es el único crimen que cometió esta mujer. Yo, Casandra, la que ella llama
"la hechicera", la que guarda los huesecillos de sus muertos, la que lee el
destino inexorable tejido en las palmas de las manos y en la frente de los
hombres y mujeres, a la que estos luego no escu-chan, aturdidos por su
soberbia o por su miedo; la que fue maldecida por el dios Apolo que, como
todos los podero-sos, solo obedece a su voluntad de dominio y no soportó el
"no" a su capricho. La que fue arrastrada por los pelos para ser entregada a
la soldadesca, que habla del honor pero en verdad disfraza su instinto de
muerte y destrucción. Pero nadie reclama justicia por mi muerte, porque soy
la extranjera, la diferente, que vino cruzando el mar; la de piel oscura, la que
habla con los espíritus que solo ella ve. Pero aquí estoy y hoy pueden verme,
y hoy, solo hoy, está escrito que van a escucharme y creerme. Por esta noche
cae el velo de la maldición que provoca que los humanos no crean lo que les
advierto. Hoy, aquí, en esta sala, me van a creer el dolor que causarán sus
acciones o su silencio; pero al salir ya sé que lo volverán a olvidar, así está
escrito. Aunque les quede una leve sombra en el alma, que se desplegará
cuando vuelvan a cometer injusticias, cuando vuelvan a desatar la violencia a
sus semejantes, a crucificar a los que vienen con un mensaje de misericordia;
una leve sombra luego de sus actos, que algunos llaman culpa, otros
remordi-miento, pero es la conciencia del bien y el mal, que siempre aguarda,
la que nos acerca a la materia de los dioses. ¿Que cómo lo sé? Pues puedo
leer el vuelo de los pája-ros, que son intermediarios entre nosotros, los
mortales,

​ y los dioses. Puedo leer el decidido impulso de la golon-drina, que anuncia el
sol del verano; las curvas enloque- cidas que forman las gaviotas cuando los
pescadores lle-gan a la orilla, o el giro amenazante del halcón cuando busca
su presa. También el humilde gorrión de colores opacos, que sobrevive en
todas las tierras, me susurra al oído. Puedo leer las piedritas y las caracolas
torneadas por el mar, pero también las cartas del juego creadas por los
hombres, con sus copas y oros y espadas, que los refle- jan en sus
ambiciones. Puedo leer el destino, los acon-tecimientos venideros, la mano
que oculta una carta, el puñal en el aire pronto a caer sobre el cuerpo
dormido, el beso que se darán los que hoy se rechazan, el llanto del recién
nacido que alegrará al abuelo antes de morir. Todo lo puedo anticipar, pero
son inútiles mis advertencias; por eso vivo entre sombras. Encerrada en una
cueva por mi padre para no oír mis profecías, aprendí a hablar con la araña
en su rincón y descifrar su tejido lunar, hasta el re-pugnante murciélago tuvo
algo que decirme. Salí de las sombras transformada en una mujer que se
desea pero se teme, de allí mi soledad, más profunda que la de cueva. Pero
para entonces ya estaba en mí el prever las acciones de los mortales. Con
solo mirarlos (va hacia el público-ju-rado), puedo ver el desco temeroso que
se esconde muy adentro del pecho, la traición que se incuba en la mira-da
desdeñosa. Pero ángeles y demonios, que somos los mortales, también
puedo ver el amor incondicional en la enfermedad del ser querido, puedo ver
la nobleza de un ideal que late en un corazón, la compasión discreta ante el
sufrimiento de un amigo, puedo ver la bondad que aún

​ brilla en las ruinas de la pasión apagada en la casa de los amantes; puedo
ver el amparo al niño que, perdido en la plaza, solo sabe esperar. Y extraño
todo eso, ahora que solo soy una sombra que deambula sin rumbo.
CLITEMNESTRA - Basta de palabreríos enigmáticos. Acá se juzga el crimen
de un rey y a una reina que lo cometió, no importa la historia de una mujer
devenida botín de guerra y repudiada hasta por sus compatriotas. ¿Qué
sentido tiene escucharla? ¿Qué sentido tiene escuchar una sombra?
CASANDRA - La reina que vivió entre el lujo de sus telas, per-fumes, y
especias, saqueadas en tierras lejanas, solo sabe de botines de guerra a
repartir; esa es la cara de Europa, la culta. Al lado del poeta crece el guerrero
ladrón. Y ahora, carcomidas por las polillas las telas, agriados los perfumes,
enmohecidas las especias. No quieren oír a los de piel oscura que arrancaron
de sus hogares y desparramaron por los mares. CLITEMNESTRA - La guerra
es la guerra; y el fuerte, para sobrevivir, debe aplastar al débil. CASANDRA -
Tu tierra de Occidente traerá sus cantos de guerra a todos los continentes en
busca del oro. Pero te auguro que habrá guerras terribles en el corazón de
Europa, ya no de blancos contra diferentes, sino entre los propios blancos,
con una furia como jamás se conoció, con invenciones humanas para
acelerar la muerte de millones. Así como tu hijo te matará, en venganza por
la muerte de su padre, así Europa sufrirá una guerra entre sus hijos,
justamente por el reparto de las colonias, botines de guerra.
CLITEMNESTRA - ¡Soldados, soldados, vengan a llevarse a esta mujer
indigna y atrevida!

​ CASANDRA - Acostumbrada a mandar, su soberbia no le permite recordar
que no se puede detener a una sombra; y que ella misma aún vive, pero ya
es una sombra. (Clitemnestra se arroja sobre Casandra para golpearla, pero
su mano se detiene ante una fuerza invisible. Y cae al suelo). CASANDRA
(tomando tierra de una bolsita que lleva consigo, la arroja lentamente sobre
su cabeza) - Tierra de mi tierra, tierra de mis antepasados que están en mi
sangre, en mi piel, en mis sueños, que me guardan un lugar para mi reposo.
Vengan a mí... (Toma unas plumas multicolores de su túnica y las lanza al
aire). Pájaros que me acompañan desde lo alto, traigan el mensaje de los
espíritus... (Comienza una danza suave que va volviéndose más frenética por
momentos, acompañada de cantos y sonidos de sus collares). Ustedes, los
pueblos conquistadores, han aplastado la naturaleza con sus botas y su
hierro; ella los castigará volviéndose contra sus ciudades, donde un día el sol
no se verá y sus playas serán cubiertas por un oleaje impetuoso, una lluvia
negra caerá del cielo sobre sus cabezas y las de sus descendientes.
CLITEMNESTRA (asustada, sin perder la compostura) - No me asustas; qué
más puede asustarme que el espectro del ser que amé hasta la locura de
matarlo. Y la naturaleza fue creada para nosotros, para mayor gloria de
nosotros, los conquistadores. Así que termina y vuelve al lugar de donde
debiste salir, a tu mundo de sombras. CASANDRA (deteniéndose, pero en
trance) - Hay alguien que quiere hablar contigo, seguro que la escucharás por
más que quieras amurar tus oídos con la dureza de tu corazón.

​ CLITEMNESTRA - Otro truco de adivina de feria. CASANDRA (girando sobre
sí misma) - Ahí viene, ahí viene... (Cae al suelo, y con otra voz, entra una
música suave y dul ce). Madre, madre... me abandonaste, me abandonaste
en manos de esos hombres, tan crueles... Soy Ifigenia, la que fue sacrificada.
CLITEMNESTRA - ¿Ifigenia? No te creo, ¿cómo vas a hablar a través de
esta mujer despreciable? CASANDRA - Somos víctimas las dos.
CLITEMNESTRA (dudando) - Si eres Ifigenia, dime un re- cuerdo que solo
sepamos las dos. CASANDRA - Puedo decirte una ironía que es una burla
del destino. ¿Recuerdas las adivinanzas que me hacías cuando niña?
CLITEMNESTRA (sin comprender) - Sí, ¿y qué? CASANDRA - Que tanto me
gustaban... Qué es, quién dice: "Cuando me siento, me estiro. Cuando me
levanto, me repliego. Entro al fuego y no me quemo...". CLITEMNESTRA -
"Entro al agua, pero no me toca...". (Sorprendida y comprendiendo). La
sombra... soy la som-bra. (Se acerca y la abraza tiernamente, tararea una
canción de cuna). Rararalala... (La arrulla). CASANDRA — Me he convertido
en una sombra. Y tú lo serás también... (Se separa). Adiós, ya no me verás
más... CLITEMNESTRA - Espera, quiero oírte más... no te vayas... no te
vayas... no me dejes sola... no me dejes. (Casandra se aleja de espaldas).
CASANDRA (girando y volviendo en sí) - Ya es demasiado tarde. Lo que yo
te puedo decir es tu destino, es que serás muerta por tu hijo Orestes; y por
más que vayas

​ reclamando su castigo, el jurado resolverá que tu sombra sea sepultada en el
Hades para siempre. Y ya no podrás salir. No tengo nada más que decir, el
jurado supremo ya ha resuelto. Yo me vuelvo a mi luz de Oriente. (Se va).
CLITEMNESTRA - No. ¿Por qué morir a manos de mi hijo? Mejor morir ya...
déjenme morir... (Se va arrodillando, perdiendo la compostura, encogiéndose
en posición fetal, gi-miendo). Déjenme morir... cuánto dolor... cuánta sangre
derramada... cuánta sangre inútil... (Las sombras de los muertos van
cubriendo el espacio). FIN

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