Título: Abel
Autor: Alessandro Baricco
Editorial: Anagrama (2024)
Alessandro Baricco (Turín, 1958) escritor de obras como Seda (1996) y City
(1999), regresa a la novela con Abel, publicada en el año 2023. Además de
novelas, Alessandro ha desplegado su pluma en la creación de obras de
teatro, antologías y ensayos, siendo galardonado en más de una ocasión.
En Abel, el escritor italiano trata temas como el amor, la muerte, el sexo, la
infancia, la introspección… todo ello desde las entrañas de lo que se concibe
como existencia, desde el significado más puro del concepto de existir como
ser humano. La primera página del libro reza: “Abel. Un western metafísico”.
Bien, ¿qué es la metafísica? A grandes rasgos, y sin entrar en una definición
demasiado exhaustiva, la metafísica es una rama de la filosofía que estudia
las causas, los orígenes y los principios fundamentales del ser, de su
realidad como individuo. El autor está siendo congruente, entonces, con
este calificativo que acompaña al subgénero literario en la que se desarrolla
la historia de la novela. Está siendo sincero con el lector, no miente en
ningún momento al introducir la palabra “metafísica”. En Abel se disecciona
al ser humano en cuanto a mente se refiere.
¿Cómo lleva a cabo lo anterior el autor? O, siendo más precisos, ¿a través
de qué medios? Lo hace a partir de un argumento en el que el protagonista
será Abel Crow, un sheriff de veintisiete años muy diestro en el arte del
disparo. Disparar es su vida, su sangre, su esencia. Abel Crow es a su vez el
narrador de la novela, quien, a través de una narración en primera persona
que se extiende a lo largo de veintisiete capítulos o cantos, sumergirá al
lector en sus recuerdos, en los que el termino de metafísica tratado en los
párrafos anteriores cobrará fuerza. Abel se abrirá al lector, exponiendo su
carne, sus emociones, sus miedos y sus llantos. Además de esto, en sus
recuerdos habitan personajes de gran relevancia en los acontecimientos
relatados, como Hallelujah Wood, su novia, y algunos miembros de la familia
de Abel, así como otros personajes secundarios que marcarán la trayectoria
del protagonista.
La ambientación de la novela es similar a una telaraña hecha por una araña
metódica. De por sí, las telarañas son obras de arte de la naturaleza. Si
encima se trata de una araña que sea increíblemente buena haciendo
telarañas, su producto será equivalente a lo que ha tejido Baricco en cuanto
a generación de un marco ambiental en el salvaje Oeste se refiere. El lector
podrá sentir en determinados momentos que está sujetando un rifle
Winchester con sus manos, mientras ve una puesta de sol sentado en una
roca o montado en su caballo.
Por otro lado, la tensión narrativa aparece desde el comienzo y se renueva
en cada capítulo, como si renaciese en cada uno de los cantos. Renacer,
pero sin haber alcanzado el óbito previamente. Es un hecho no
recomendado para quienes gocen de historias marcadas por la tranquilidad.
El registro es difícil definirlo. No se puede considerar formal. No obstante,
imbuirlo en el manto de la informalidad tampoco sería justo, pues el autor
juega con la prosa haciéndola bella y seductora, hipnotizando al lector para
que se deje llevar a través de un lenguaje trabajado, que no rebuscado. Así
como transmito la dificultad de calificar el registro de esta obra, no me
tiembla el pulso mientras escribo estas líneas para determinar que la
coherencia de la novela es magistral. Esto no es porque goce de una
evidencia resplandeciente, sino porque lo bonito de la coherencia, en este
caso, es su forma de mantenerse estable dentro del caos que baña con su
magma a los diferentes capítulos, en los que se cuentan diferentes historias
que pertenecen a un Todo.
Abel es una obra que se sostiene a sí misma, es un vasto mar en un
pequeño mapa (apenas 170 páginas de longitud), que puede presumir de
ser una formación en la que desembocan los elementos que la componen,
los cuales son poseedores de un gran valor artístico.
Portada de Abel. Editorial Anagrama