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Matrimonio y Familia - Teología III

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El matrimonio y la familia

(Selección de textos del Magisterio de la Iglesia)

El matrimonio, fundamento de la familia

Familiaris Consortio (FC) 11. Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la
existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor.

Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y
conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación
y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es por tanto la
vocación fundamental e innata de todo ser humano.

La Revelación cristiana conoce dos modos especí cos de realizar integralmente la vocación de la persona
humana al amor: el Matrimonio y la Virginidad. Tanto el uno como la otra, en su forma propia, son una
concretización de la verdad más profunda del hombre, de su «ser imagen de Dios».

La sexualidad… no es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en
cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente humano, solamente cuando es parte integral del amor con
el que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte. La donación física total
sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona, incluso en
su dimensión temporal; si la persona se reservase algo o la posibilidad de decidir de otra manera en orden al
futuro, ya no se donaría totalmente.

Esta totalidad, exigida por el amor conyugal, corresponde también con las exigencias de una fecundidad
responsable, la cual, orientada a engendrar una persona humana, supera por su naturaleza el orden puramente
biológico y toca una serie de valores personales, para cuyo crecimiento armonioso es necesaria la
contribución perdurable y concorde de los padres.

El único «lugar» que hace posible esta donación total es el matrimonio, es decir, el pacto de amor conyugal o
elección consciente y libre, con la que el hombre y la mujer aceptan la comunidad íntima de vida y amor,
querida por Dios mismo.

La institución matrimonial no es una injerencia indebida de la sociedad o de la autoridad ni la imposición


extrínseca de una forma, sino exigencia interior del pacto de amor conyugal que se con rma públicamente
como único y exclusivo, para que sea vivida así la plena delidad al designio de Dios Creador. Esta delidad,
lejos de rebajar la libertad de la persona, la de ende contra el subjetivismo y relativismo, y la hace partícipe
de la Sabiduría creadora.

Introducción general al Ritual del Matrimonio


1
1. La alianza matrimonial, por la que el hombre y la mujer se unen entre sí para toda la vida , recibe su
fuerza y vigor de la creación, pero además, para los eles cristianos, se eleva a una dignidad más alta, ya que
se cuenta entre los Sacramentos de la nueva alianza.

2. El Matrimonio queda establecido por la alianza conyugal o consentimiento irrevocable de los cónyuges,
con el que uno y otro se entregan y se reciben mutua y libremente. Tanto la misma unión singular del hombre
y de la mujer como el bien de los hijos exigen y piden la plena delidad de los cónyuges y también la unidad
indisoluble del vínculo.

3. Por su propia naturaleza, la misma institución del Matrimonio y el amor conyugal se ordenan a la
procreación y educación de la prole, y con ellas se coronan logrando su cima, ya que los hijos son en realidad
el don más excelente del Matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los mismos padres.
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8. Por el sacramento del Matrimonio los cónyuges cristianos signi can el misterio de unidad y de amor
fecundo entre Cristo y la Iglesia y participan de él; debido a ello, tanto al abrazar la vida conyugal, como en
la aceptación y educación de la prole, se ayudan mutuamente a santi carse y encuentran ellos también su
lugar y su propio carisma en el pueblo de Dios.

9. Por este Sacramento, el Espíritu Santo hace que, así como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo
por ella, también los cónyuges cristianos, iguales en dignidad, con la mutua entrega y el amor indiviso, que
mana de la fuente divina de la caridad, se esfuercen por fortalecer y fomentar su unión matrimonial. De
modo que, asociando a la vez lo divino y lo humano, en la prosperidad y en la adversidad, perseveren eles
en cuerpo y alma, permaneciendo absolutamente ajenos a todo adulterio y divorcio.

10. El verdadero cultivo del amor conyugal y todo el sentido de la vida familiar, sin subestimar los demás
nes del Matrimonio, tienden a que los cónyuges cristianos estén animosamente dispuestos a cooperar con el
amor del Creador y Salvador, quien por medio de ellos amplía y enriquece día a día a su familia. Y así,
con ando en la divina Providencia y ejercitando el espíritu de sacri cio, glori can al Creador y se esfuerzan
por alcanzar la perfección en Cristo cuando cumplen la función de procrear con generosa responsabilidad
humana y cristiana.

La familia en el plan de Dios


CEC 2202 Un hombre y una mujer unidos en matrimonio forman con sus hijos una familia. Esta disposición
es anterior a todo reconocimiento por la autoridad pública; se impone a ella.

CEC 2203 Al crear al hombre y a la mujer, Dios instituyó la familia humana y la dotó de su constitución
fundamental. Sus miembros son personas iguales en dignidad. Para el bien común de sus miembros y de la
sociedad, la familia implica una diversidad de responsabilidades, de derechos y de deberes.

FC 15. En el matrimonio y en la familia se constituye un conjunto de relaciones interpersonales —relación


conyugal, paternidad-maternidad, liación, fraternidad— mediante las cuales toda persona humana queda
introducida en la «familia humana» y en la «familia de Dios», que es la Iglesia.

El matrimonio y la familia cristiana edi can la Iglesia; en efecto, dentro de la familia la persona humana no
sólo es engendrada y progresivamente introducida, mediante la educación, en la comunidad humana, sino
que mediante la regeneración por el bautismo y la educación en la fe, es introducida también en la familia de
Dios, que es la Iglesia.

Familia como comunidad de personas

CEC 2205 La familia cristiana es una comunión de personas, re ejo e imagen de la comunión del Padre y del
Hijo en el Espíritu Santo. Su actividad procreadora y educativa es re ejo de la obra creadora de Dios.

CEC 2206 Las relaciones en el seno de la familia entrañan una a nidad de sentimientos, afectos e intereses
que provienen sobre todo del mutuo respeto de las personas. La familia es una comunidad
privilegiada llamada a realizar un propósito común de los esposos y una cooperación diligente de los padres
en la educación de los hijos (cf. GS 52).

FC 18. El principio interior (de su comunión), la fuerza permanente y la meta última de tal cometido es el
amor: así como sin el amor la familia no es una comunidad de personas, así también sin el amor la familia no
puede vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad de personas.

FC 19. La comunión primera es la que se instaura y se desarrolla entre los cónyuges; en virtud del pacto de
amor conyugal, el hombre y la mujer «no son ya dos, sino una sola carne»[46] y están llamados a crecer
continuamente en su comunión a través de la delidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca
donación total.
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FC 20. La comunión conyugal se caracteriza no sólo por su unidad, sino también por su indisolubilidad:
«Esta unión íntima, en cuanto donación mutua de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen la
plena delidad de los cónyuges y reclaman su indisoluble unidad»[49].

FC 21. La comunión conyugal constituye el fundamento sobre el cual se va edi cando la más amplia
comunión de la familia, de los padres y de los hijos, de los hermanos y de las hermanas entre sí, de los
parientes y demás familiares.
La familia cristiana está llamada además a hacer la experiencia de una nueva y original comunión, que
con rma y perfecciona la natural y humana. El Espíritu Santo, infundido en la celebración de los
sacramentos, es la raíz viva y el alimento inagotable de la comunión sobrenatural que acomuna y vincula a
los creyentes con Cristo y entre sí en la unidad de la Iglesia de Dios. Una revelación y actuación especí ca
de la comunión eclesial está constituida por la familia cristiana que también por esto puede y debe decirse
«Iglesia doméstica»

La comunión familiar puede ser conservada y perfeccionada sólo con un gran espíritu de sacri cio. Exige, en
efecto, una pronta y generosa disponibilidad de todos y cada uno a la comprensión, a la tolerancia, al perdón,
a la reconciliación. Ninguna familia ignora que el egoísmo, el desacuerdo, las tensiones, los con ictos atacan
con violencia y a veces hieren mortalmente la propia comunión: de aquí las múltiples y variadas formas de
división en la vida familiar. Pero al mismo tiempo, cada familia está llamada por el Dios de la paz a hacer la
experiencia gozosa y renovadora de la «reconciliación», esto es, de la comunión reconstruida, de la unidad
nuevamente encontrada. En particular la participación en el sacramento de la reconciliación y en el banquete
del único Cuerpo de Cristo ofrece a la familia cristiana la gracia y la responsabilidad de superar toda división
y caminar hacia la plena verdad de la comunión querida por Dios, respondiendo así al vivísimo deseo del
Señor: que todos «sean una sola cosa»[62].

La familia y la sociedad

CEC 2207 La familia es la célula original de la vida social. Es la sociedad natural en que el hombre y la
mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida. La autoridad, la estabilidad y la vida de
relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad
en el seno de la sociedad. La familia es la comunidad en la que, desde la infancia, se pueden aprender los
valores morales, se comienza a honrar a Dios y a usar bien de la libertad. La vida de familia es iniciación a la
vida en sociedad.

CEC 2208 La familia debe vivir de manera que sus miembros aprendan el cuidado y la responsabilidad
respecto de los pequeños y mayores, de los enfermos o disminuidos, y de los pobres.

CEC 2209 La familia debe ser ayudada y defendida mediante medidas sociales apropiadas. Cuando las
familias no son capaces de realizar sus funciones, los otros cuerpos sociales tienen el deber de ayudarlas y de
sostener la institución familiar. En conformidad con el principio de subsidiariedad, las comunidades más
numerosas deben abstenerse de privar a las familias de sus propios derechos y de inmiscuirse en sus vidas.

CEC 2210 La importancia de la familia para la vida y el bienestar de la sociedad (cf GS 47, 1) entraña una
responsabilidad particular de ésta en el apoyo y fortalecimiento del matrimonio y de la familia. La autoridad
civil ha de considerar como deber grave “el reconocimiento de la auténtica naturaleza del matrimonio y de la
familia, protegerla y fomentarla, asegurar la moralidad pública y favorecer la prosperidad doméstica”
(GS 52, 2).

CEC 2211 La comunidad política tiene el deber de honrar a la familia, asistirla y asegurarle especialmente:
— la libertad de fundar un hogar, de tener hijos y de educarlos de acuerdo con sus propias convicciones
morales y religiosas;
— la protección de la estabilidad del vínculo conyugal y de la institución familiar;
— la libertad de profesar su fe, transmitirla, educar a sus hijos en ella, con los medios y las instituciones
necesarios;
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— el derecho a la propiedad privada, a la libertad de iniciativa, a tener un trabajo, una vivienda, el derecho a
emigrar;
— conforme a las instituciones del país, el derecho a la atención médica, a la asistencia de las personas de
edad, a los subsidios familiares;
— la protección de la seguridad y la higiene, especialmente por lo que se re ere a peligros como la droga, la
pornografía, el alcoholismo, etc.;
— la libertad para formar asociaciones con otras familias y de estar así representadas ante las autoridades
civiles (cf FC 46).

Deberes de los miembros de la familia

Deberes de los hijos


CEC 2214 La paternidad divina es la fuente de la paternidad humana (cf Ef 3, 14); es el fundamento del
honor debido a los padres. El respeto de los hijos, menores o mayores de edad, hacia su padre y hacia su
madre (cf Pr 1, 8; Tb 4, 3-4), se nutre del afecto natural nacido del vínculo que los une. Es exigido por el
precepto divino (cf Ex 20, 12).

CEC 2215 El respeto a los padres (piedad lial) está hecho de gratitud para quienes, mediante el don de la
vida, su amor y su trabajo, han traído sus hijos al mundo y les han ayudado a crecer en estatura, en sabiduría
y en gracia. “Con todo tu corazón honra a tu padre, y no olvides los dolores de tu madre. Recuerda que por
ellos has nacido, ¿cómo les pagarás lo que contigo han hecho?” (Si 7, 27-28).

CEC 2216 - 2217 El respeto lial se expresa en la docilidad y la obediencia verdaderas. Mientras vive en el
domicilio de sus padres, el hijo debe obedecer a todo lo que éstos dispongan para su bien o el de la familia.
Cuando se hacen mayores, los hijos deben seguir respetando a sus padres. Deben prevenir sus deseos,
solicitar dócilmente sus consejos y aceptar sus amonestaciones justi cadas. La obediencia a los padres cesa
con la emancipación de los hijos, pero no el respeto que les es debido, el cual permanece para siempre. Este,
en efecto, tiene su raíz en el temor de Dios, uno de los dones del Espíritu Santo.

CEC 2218 El cuarto mandamiento recuerda a los hijos mayores de edad sus responsabilidades para con los
padres. En la medida en que ellos pueden, deben prestarles ayuda material y moral en los años de vejez y
durante sus enfermedades, y en momentos de soledad o de abatimiento. Jesús recuerda este deber de gratitud
(cf Mc 7, 10-12).

Deberes de los padres

CEC 2221 La fecundidad del amor conyugal no se reduce a la sola procreación de los hijos, sino que debe
extenderse también a su educación moral y a su formación espiritual. El papel de los padres en la
educación “tiene tanto peso que, cuando falta, difícilmente puede suplirse” (GE 3). El derecho y el deber de
la educación son para los padres primordiales e inalienables (cf FC 36).

CEC 2222 Los padres deben mirar a sus hijos como a hijos de Dios y respetarlos como a personas humanas.
Han de educar a sus hijos en el cumplimiento de la ley de Dios, mostrándose ellos mismos obedientes a la
voluntad del Padre de los cielos.

CEC 2223 Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos. Testimonian esta
responsabilidad ante todo por la creación de un hogar, donde la ternura, el perdón, el respeto, la delidad y
el servicio desinteresado son norma. La familia es un lugar apropiado para la educación de las virtudes. Esta
requiere el aprendizaje de la abnegación, de un sano juicio, del dominio de sí, condiciones de toda libertad
verdadera. Los padres han de enseñar a los hijos a subordinar las dimensiones “materiales e instintivas a las
interiores y espirituales” (CA 36). Es una grave responsabilidad para los padres dar buenos ejemplos a sus
hijos. Sabiendo reconocer ante sus hijos sus propios defectos, se hacen más aptos para guiarlos y corregirlos.
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CEC 2225 Por la gracia del sacramento del matrimonio, los padres han recibido la responsabilidad y el
privilegio de evangelizar a sus hijos. Desde su primera edad, deberán iniciarlos en los misterios de la fe, de
los que ellos son para sus hijos los “primeros [...] heraldos de la fe” (LG 11). Desde su más tierna infancia,
deben asociarlos a la vida de la Iglesia. La forma de vida en la familia puede alimentar las disposiciones
afectivas que, durante toda la vida, serán auténticos cimientos y apoyos de una fe viva.

CEC 2226 La educación en la fe por los padres debe comenzar desde la más tierna infancia. Esta educación
se hace ya cuando los miembros de la familia se ayudan a crecer en la fe mediante el testimonio de una vida
cristiana de acuerdo con el Evangelio. La catequesis familiar precede, acompaña y enriquece las otras formas
de enseñanza de la fe. Los padres tienen la misión de enseñar a sus hijos a orar y a descubrir su vocación de
hijos de Dios (cf LG 11). La parroquia es la comunidad eucarística y el corazón de la vida litúrgica de las
familias cristianas; es un lugar privilegiado para la catequesis de los niños y de los padres.

CEC 2228 Durante la infancia, el respeto y el afecto de los padres se traducen ante todo en el cuidado y la
atención que consagran para educar a sus hijos, y para proveer a sus necesidades físicas y espirituales. En el
transcurso del crecimiento, el mismo respeto y la misma dedicación llevan a los padres a enseñar a sus hijos
a usar rectamente de su razón y de su libertad.

CEC 2229. Los padres, como primeros responsables de la educación de sus hijos, tienen el derecho de elegir
para ellos una escuela que corresponda a sus propias convicciones. Este derecho es fundamental. En cuanto
sea posible, los padres tienen el deber de elegir las escuelas que mejor les ayuden en su tarea de educadores
cristianos (cf GE 6). Los poderes públicos tienen el deber de garantizar este derecho de los padres y de
asegurar las condiciones reales de su ejercicio.

CEC 2230 Cuando llegan a la edad correspondiente, los hijos tienen el deber y el derecho de elegir su
profesión y su estado de vida. Estas nuevas responsabilidades deberán asumirlas en una relación de con anza
con sus padres, cuyo parecer y consejo pedirán y recibirán dócilmente. Los padres deben cuidar de no
presionar a sus hijos ni en la elección de una profesión ni en la de su futuro cónyuge. Esta indispensable
prudencia no impide, sino al contrario, ayudar a los hijos con consejos juiciosos, particularmente cuando
éstos se proponen fundar un hogar.

CEC 2231 Hay quienes no se casan para poder cuidar a sus padres, o sus hermanos y hermanas, para
dedicarse más exclusivamente a una profesión o por otros motivos dignos. Estas personas pueden contribuir
grandemente al bien de la familia humana.
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