No soy un Serial Killer Dan Wells
John Wayne Cleaver tiene 15 años y sabe que es diferente.
Pero no porque sólo tenga un amigo ni porque ayude a su
madre en el depósito de cadáveres. John es un sociópata
que reconoce en sí mismo los clásicos signos de ser un inci-
piente asesino en serie. Para no hacer daño a nadie, John
se ha creado un conjunto rígido de reglas para controlar su
naturaleza más oscura y tener una vida nor mal. Pero cuan-
do empiezan a haber una cadena de horripilantes asesina-
tos en su ciudad, John utilizará sus conocimientos sobre los
asesinos en serie para investigar quién tiene aterrorizado el
vecindario. Sus pesquisas le llevarán a descubrir el asesino:
su vecino. Éste no sigue el patrón de un asesino en serie
porque es un ser sobrenatural que mata porque necesita
órganos de otros seres para seguir viviendo. Entonces John
decide que si quiere pararlo, tendrá que romper con sus
propias reglas y convertirse en asesino también.
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No soy un Serial Killer Dan Wells
Para Rob, que me proporcionó el mejor incentivo que
te puede dar un her mano pequeño: consiguió publicar
primero
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No soy un Serial Killer Dan Wells
«Debería yo haber sido un par de ásperas garras co-
rriendo por los fondos de mares silenciosos».
Poesías reunidas 1909-1968.
«La canción de amor de J. Alfred Prufrock».
[1]
T. S. ELIOT
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No soy un Serial Killer Dan Wells
Agradecimientos
Este libro debe su existencia a muchas personas, la mayoría
de las cuales —que yo sepa— no son asesinos en serie.
En primer lugar debo mencionar a Brandon Sanderson,
que un día me hizo callar en el coche y me dijo que dejara
de hablar de serial killers y escribiera un libro sobre ellos, lo
cual resultó ser una idea bastante buena que fue desarrolla-
da y refinada por una serie de grupos de escritura y lecto-
res con espíritu crítico que incluye (pero no se limita a). Pe-
ter Ahlstrom, Karla Bennion, Steve Diamond, Nate Goodri-
ch, Nate Hatfield, Alan Layton, Jeanette Layton, Drew Olds,
Ben Olsen, Bryce Moore, Janci Patterson, Emily Sanderson,
Ethan Skarstedt, Isaac Stewart, Eric James Stone, Sandra
Tayler y Kaylynn Zobell.
En lo profesional, debo dar las gracias a mi editor, Mos-
he Feder, y a mi absolutamente maravillosa agente, Sara
Crowe. Sin su ayuda el libro seguiría estando bien pero no
sería alucinante y tú jamás habrías oído hablar de él. Si lo
encuentras alucinante, (de hecho, si lo has encontrado en
algún sitio), es gracias a ellos.
Quiero dar un agradecimiento especial a mi querida es-
posa, Dawn, que me ofreció su apoyo mientras escribía es-
te libro y no me abandonó después de leerlo. Otros miem-
bros de la familia que tampoco me abandonaron son mi
her mana Allison, mi her mano Rob, mi suegra Martha y mis
pobres padres Robert y Patty. A todos vosotros: per mitid-
me que insista en que este libro no es autobiográfico. Lo
prometo.
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No soy un Serial Killer Dan Wells
La señora Anderson había muerto.
No fue para nada llamativo, simplemente murió de vie-
ja; una noche se fue a dor mir y ya no volvió a despertarse.
Dicen que fue una manera digna y tranquila de morir y su-
pongo que, técnicamente, es cierto. Pero los tres días que
pasaron antes de que alguien se diese cuenta de que hacía
tiempo que no la veía acabaron con gran parte de la digni-
dad de la situación. Al final, su hija pasó por su casa para
ver qué tal estaba y se encontró con un cuerpo que llevaba
tres días descomponiéndose y que apestaba como un pe-
rro atropellado. Y lo peor de todo no es la descomposición,
sino los tres días. Pasaron setenta y dos horas antes de que
alguien se molestara en decir: «Espera… ¿qué hay de esa
señora mayor que vive junto al canal?». Eso sí que es poco
digno.
Pero ¿la muerte fue tranquila? Seguro. Según el forense,
murió discretamente el 30 de agosto, mientras dor mía. Eso
significa que murió dos días antes de que el demonio des-
tripara a Jeb Jolley y lo dejara tirado en mitad de un char-
co, detrás de la lavandería. Y entonces aún no lo sabíamos,
pero la señora Anderson fue la última persona en morir por
causas naturales en el condado de Clayton en casi seis me-
ses. El demonio se encargó del resto.
Bueno, de casi todos. Menos de uno.
Recibimos el cuerpo de la señora Anderson después de
que el forense hubiera acabado con él el sábado 2 de sep-
tiembre, aunque supongo que debería decir que lo recibie-
ron mi madre y tía Margaret, no yo. Ellas llevan la funeraria;
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No soy un Serial Killer Dan Wells
y yo sólo tengo quince años. Había estado casi todo el día
en el pueblo, viendo a la policía limpiar los restos de Jeb y
volví justo cuando el sol empezaba a ponerse. Me colé por
la puerta trasera, por si mi madre estaba delante; no tenía
muchas ganas de verla.
En la trastienda no había nadie, sólo yo y el cadáver de
la señora Anderson. Estaba sobre la mesa, debajo de una
sábana azul, totalmente inmóvil. Olía a car ne podrida y a
insecticida, y el ventilador, que zumbaba ruidoso en el te-
cho, no ayudaba mucho. Me lavé las manos en silencio,
preguntándome de cuánto tiempo disponía; luego toqué el
cuerpo con cuidado. La piel envejecida era mi favorita: seca
y arrugada, con la misma textura que el papel antiguo. El
forense no se había preocupado demasiado por limpiar el
cuerpo, probablemente porque ya tenían suficiente trabajo
con Jeb, pero por el olor supe que al menos habían inten-
tado matar los bichos. Después de tres calurosos días de fi-
nal de verano, seguramente había un montón.
Una mujer abrió de golpe la puerta que daba a la parte
delantera del local y entró vestida toda de verde, como una
cirujana con traje y máscara. Me quedé parado creyendo
que era mi madre, pero me miró fugazmente y se dirigió a
un mostrador.
—Hola, John —dijo mientras cogía unos trapos estéri-
les.
No era ella; sino su her mana Margaret. Eran gemelas y
cuando llevaban máscara apenas podía distinguirlas. Sin
embargo, la voz de mi tía era algo más ligera, un poco
más… llena de energía, y siempre pensé que eso se debía
a que nunca se había casado.
—Hola, Margaret.
Retrocedí un paso.
—Ron se está volviendo cada vez más vago —dijo mien-
tras cogía el pulverizador de desinfectante—. Ni siquiera la
ha limpiado; ha declarado la muerte como natural y nos la
ha enviado tal cual. La señora Anderson se merecía algo
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No soy un Serial Killer Dan Wells
mejor. —Se dio media vuelta para mirar me—. ¿Te vas a
quedar ahí parado o me vas a ayudar?
—Perdona.
—Lávate.
Me remangué con entusiasmo y volví al lavamanos.
—Pero, de verdad —siguió diciendo—, no sé a qué se
dedican en la oficina del forense, porque no es que estén
muy ocupados. Aquí apenas nos da para seguir a flote.
—Jeb Jolley ha muerto —dije secándome las manos—.
Lo han encontrado esta mañana, detrás de la lavandería au-
tomática.
—¿El mecánico? —preguntó Margaret bajando la voz—.
Qué horror. Era más joven que yo. ¿Qué le ha pasado?
—Asesinato —dije, y descolgué una máscara y un de-
lantal de la pared.
Se lo había cargado el demonio, pero entonces yo aún
no lo sabía. Ni siquiera fui consciente de que existía hasta
tres meses después. En agosto —y me parece que de eso
hace ya una eter nidad— nadie en el condado de Clayton
tenía ni la menor idea del horror que se avecinaba.
—Creen que podría haber sido obra de un perro salvaje
—le dije a Margaret—, pero parecía que las tripas estuvie-
ran amontonadas.
—Qué horror —repitió Margaret.
—Bueno, eres tú la que se preocupa por el negocio —
repliqué—. Dos cuerpos en una semana son dinerito.
—Ni se te ocurra hacer bromas sobre esto, John —me
dijo con aire severo—. La muerte es triste incluso cuando te
paga la hipoteca. ¿Estás listo?
—Sí.
—Estírale el brazo.
Cogí el brazo derecho y lo estiré; el rigor mortis hace
que el cuerpo se ponga tan rígido que apenas puedes mo-
verlo, pero esto dura un día y medio, más o menos. Este
cadáver llevaba tanto tiempo muerto que los músculos ha-
bían vuelto a relajarse y, aunque la piel parecía de papel, la
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No soy un Serial Killer Dan Wells
car ne estaba blanda como la masa de pan. Margaret pulve-
rizó desinfectante sobre el brazo y frotó cuidadosamente
con un trapo.
Incluso cuando el forense hace su trabajo y limpia el
cuerpo, nosotros siempre lo lavamos antes de empezar. El
embalsamamiento es un proceso largo que incluye tareas
muy precisas; se necesita poder empezar de cero.
—No veas cómo apesta esto —dije.
—Ella.
—No veas cómo apesta «ella» —me corregí.
Mi madre y Margaret estaban empeñadas en tratar a los
muertos con respeto, pero llegado ese momento me pare-
cía un poco tarde. Ya no era una persona, sino sólo un cuer-
po. Una cosa.
—La verdad es que sí que huele —dijo Margaret—. Po-
bre señora, ojalá la hubieran encontrado antes. —Miró el
ventilador que zumbaba detrás de la rejilla del techo—. Es-
peremos que el motor no nos deje tirados esta noche.
Margaret siempre decía lo mismo antes de embalsamar
un cuerpo: era como un cántico sagrado. El ventilador si-
guió chirriando encima de nosotros.
—Pier na —dijo. Me acerqué al pie y lo estiré mientras
ella la rociaba—. Vuélvete.
Sin soltar el pie con las manos enguantadas, me volví y
miré hacia la pared mientras Margaret levantaba la sábana
para limpiarle los muslos.
—Lo bueno de todo esto es que te apuesto lo que
quieras a que hoy todas las viudas del condado han recibi-
do una visita, o la tendrán mañana. Todos los que se ente-
ren de lo de la señora Anderson irán directos a ver a su ma-
dre para quedarse tranquilos. La otra pier na.
Quería hacer un comentario sobre que los que se ente-
rasen de lo de Jeb irían directos a ver a su mecánico, pero
a Margaret nunca le han hecho gracia ese tipo de chistes.
Fuimos por todo el cuerpo, de la pier na al brazo, del
brazo al tronco, del tronco a la cabeza, hasta que estuvo to-
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No soy un Serial Killer Dan Wells
do fregado y desinfectado. La sala olía a muerte y jabón.
Margaret tiró los trapos al cesto de la ropa sucia y empezó
a reunir los verdaderos productos para embalsamar.
Llevaba ayudando a mi madre y a Margaret desde que
era niño, antes de que mi padre se marchara. Mi primera
tarea fue limpiar la capilla: recoger los programas, vaciar los
ceniceros, pasar la aspiradora por el suelo y alguna que
otra cosa más que un crío de seis años podía hacer solo.
Las tareas se habían convertido en más importantes según
yo iba creciendo, pero no pude ayudar con lo más divertido
—embalsamar— hasta que cumplí los doce. Embalsamar
era como… no sé cómo describirlo. Era como jugar con
una muñeca gigante, vestirla, bañarla y abrirla para ver qué
tenía dentro. Una vez, cuando tenía ocho años, espié a mi
madre mientras embalsamaba; miré por el ojo de la cerra-
dura para ver cuál era el gran secreto y, cuando a la semana
siguiente destripé al osito, creo que no se dio cuenta de la
conexión.
Margaret me pasó el algodón y yo lo sujeté mientras
ella embutía pedacitos debajo de los párpados con cuida-
do. Los ojos empezaban a hundirse, se desinflaban al per-
der humedad y el algodón ayudaba a mantener la for ma
correcta para el velatorio de cuerpo presente. También ser-
vía para mantener los párpados cerrados y, por si acaso, mi
tía siempre añadía un poco de adhesivo para mantener la
humedad y el ojo cerrado.
—John, tráeme la pistola de agujas, por favor —me pi-
dió, y yo me apresuré a dejar el algodón y coger la pistola
de una mesita metálica que había junto a la pared. Se trata
de un tubo largo de metal con un asidero para los dedos a
cada lado, como una jeringuilla hipodér mica.
—¿Me dejas a mí esta vez?
—Claro —dijo levantando la mejilla y el labio superior
del cadáver—. Justo aquí.
Coloqué la pistola con cuidado contra las encías y apre-
té: una pequeña aguja se clavó en el hueso. Tenía los dien-
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No soy un Serial Killer Dan Wells
tes largos y amarillos. Añadimos otra aguja más a la mandí-
bula inferior, enhebramos un alambre por las dos y lo en-
roscamos bien para mantener la boca cerrada. Margaret
aplicó adhesivo en un pequeño soporte de plástico, pareci-
do a la piel de un gajo de naranja, y lo metió dentro de la
boca para que no se abriera.
Cuando la cara estuvo lista, colocamos el cuerpo con
cuidado: estiramos las pier nas y doblamos los brazos en la
clásica postura de «estoy muerto». En cuanto el for maldehí-
do entra en los músculos, éstos se agarrotan y se ponen rí-
gidos, así que lo primero que hay que hacer es arreglar el
cuerpo si no quieres que la familia tenga que velar un cadá-
ver defor me.
—Sujétale la cabeza —dijo Margaret y yo, muy obedien-
te, puse una mano a cada lado de ésta para que no se mo-
viera.
Ella exploró un poco con los dedos justo por encima de
la clavícula derecha y después hizo una incisión larga y po-
co profunda en la base del cuello de la anciana. Cuando
cortas un cadáver apenas sale sangre. Como el corazón no
bombea, no hay presión sanguínea y la gravedad empuja
toda la sangre hacia la espalda. Éste llevaba muerto más de
lo habitual, así que tenía el pecho flácido y vacío, mientras
que la espalda estaba prácticamente de color morado, co-
mo una magulladura gigante. Margaret metió un pequeño
gancho de metal en el agujero y sacó un par de venas
grandes —bueno, técnicamente, una arteria y una vena—;
después les hizo una lazada a cada una con hilo. Eran de
color morado y resbaladizas, dos conductos que sobre-
salían unos centímetros del cuerpo y después se habían
vuelto a esconder. Mi tía se dio media vuelta para preparar
la bomba.
La mayoría de la gente no se da cuenta de la cantidad
de productos químicos que utilizan los embalsamadores,
pero lo primero que te llama la atención no es cuántos hay,
sino la cantidad de colores diferentes que tienen. Cada bo-
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No soy un Serial Killer Dan Wells
tella —el for maldehído, los anticoagulantes, los cauteriza-
dores, los ger micidas, los acondicionadores y demás— tie-
ne un llamativo color propio, como los zumos de fruta. La
fila de fluidos de embalsamar parece un puesto de graniza-
dos de feria. Margaret elegía los productos con cuidado,
como si escogiera los ingredientes de una sopa: no todo el
mundo los necesitaba todos y decidir la receta para un ca-
dáver en concreto tenía tanto de arte como de ciencia.
Mientras ella se ocupaba de eso, solté la cabeza y cogí el
bisturí. No siempre me dejaban hacer incisiones, pero si lo
hacía mientras ellas no miraban, nor malmente me salía con
la mía. Además se me daba bien, y eso era un punto a mi
favor.
Íbamos a utilizar la arteria que había sacado Margaret
para bombear el cóctel de productos químicos que estaba
preparando hacia dentro del cuerpo; mientras se llenaba
con éstos, los fluidos antiguos como la sangre y el agua se-
rían empujados hacia el exterior por la vena que habíamos
sacado y de allí a un tubo de drenaje, y, a su vez, al suelo.
Cuando me enteré de que todo iba a parar al alcantarillado
me sorprendí, pero en realidad ¿dónde lo iban a tirar si no?
No es peor que todo lo que ya hay ahí abajo. Sujeté la arte-
ria y lentamente hice un corte transversal, con cuidado de
no cercenarla por completo. Cuando el agujero estuvo lis-
to, cogí la cánula —un tubo curvado de metal— y deslicé el
extremo más fino en la abertura. La arteria parecía de go-
ma, como una manguera fina, y estaba cubierta de diminu-
tas fibras de músculo y capilares. Con mucha suavidad, co-
loqué el tubo metálico sobre el pecho e hice un corte simi-
lar en la vena, pero esta vez inserté un tubo de drenaje que
estaba conectado a una larga bobina de goma transparen-
te que serpenteaba hasta el sumidero del suelo. Até bien
fuerte los hilos que Margaret había anudado alrededor de
cada vena y las sellé.
—Muy bien —dijo Margaret empujando la bomba hacia
la mesa.
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No soy un Serial Killer Dan Wells
La bomba tenía ruedas para poder apartarla de en me-
dio del camino, pero en ese momento ocupó el lugar de
honor, en el centro de la sala, mientras mi tía conectaba el
tubo principal a la cánula que yo había insertado en la arte-
ria. Estudió el cierre un instante, asintió en mi dirección con
aprobación y vertió el primer producto en el tanque supe-
rior de la bomba: un anticoagulante de color naranja fosfo-
rescente para deshacer los coágulos. Pulsó un botón y la
bomba arrancó como si despertara de un largo sueño, sin-
copada como el verdadero latir de un corazón; Margaret la
vigiló atentamente mientras toqueteaba los mandos que
controlaban la presión y la velocidad. La presión del cadá-
ver se nor malizó con rapidez y pronto la sangre, oscura y
densa, empezó a desaparecer por la alcantarilla.
—¿Qué tal el instituto? —preguntó Margaret, quitándo-
se uno de los guantes de goma para rascarse la cabeza.
—Sólo llevo un par de días —respondí—. La primera se-
mana es muy tranquila.
—Pero es tu primera semana de instituto, es bastante
emocionante, ¿no crees?
—No especialmente.
El anticoagulante había desaparecido casi por comple-
to, así que vertió un acondicionador de color azul chillón en
la bomba, con el fin de ayudar a preparar los vasos para el
for maldehído. Se sentó.
—¿Has hecho algún amigo nuevo?
—Sí —dije—. Toda una escuela nueva se ha mudado a
la ciudad durante el verano, así que es un milagro que no
tenga que confor mar me con la misma gente que conozco
desde la guardería. Y, claro, todos querían ser amigos del
rarito. Ha sido enter necedor.
—No deberías burlarte de ti mismo de esa manera.
—De hecho, me estaba burlando de ti.
—Eso tampoco deberías hacerlo —dijo, y por los ojos
supe que sonreía un poco.
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No soy un Serial Killer Dan Wells
Se volvió a poner ante la bomba para introducir más
productos químicos en ella y, ahora que los dos primeros ya
estaban abriéndose paso por el cuerpo, empezó a confec-
cionar el verdadero fluido embalsamador: un hidratante y
un suavizante de agua para impedir que los tejidos se hin-
charan, conservantes y ger micidas para que el cadáver se
mantuviera en buenas condiciones (o en todo lo buenas
que podía estar en aquel momento) y tinte para darle un
resplandor rosado y muy real. Por supuesto, la clave está en
el for maldehído: un potente veneno que mata todo lo que
hay en el cuerpo, endurece los músculos, macera los órga-
nos y que se trata en realidad de lo que embalsama. Mar-
garet añadió una buena dosis de for maldehído seguida de
un perfume viscoso de color verde para tapar el aroma
acre. El tanque de la bomba era un caldero en el que se re-
volvía una amalgama de colores chillones, como una má-
quina de granizado. Cerró la tapa con fuerza y me llevó
hasta la puerta trasera: el ventilador no era lo suficiente-
mente bueno como para arriesgarse a estar en la sala con
todo ese for maldehído. Fuera había oscurecido por com-
pleto y la ciudad había enmudecido casi totalmente. Me
senté en el escalón mientras mi tía se apoyaba en la pared,
vigilando desde la puerta el interior por si algo salía mal.
—¿Ya te han puesto deberes?
—Tengo que leer las introducciones de la mayoría de
los libros de texto durante el fin de semana, cosa que, por
supuesto, todo el mundo hace siempre, además de hacer
un trabajo para la asignatura de historia.
Margaret me miró intentando aparentar indiferencia, pe-
ro apretaba los labios con fuerza y empezó a parpadear.
Años de experiencia me decían que algo la inquietaba.
—¿Os han dado un tema? —preguntó.
Mantuve una expresión impasible.
—Figuras importantes de la historia americana.
—Así, que… ¿George Washington? O puede que Lin-
coln.
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No soy un Serial Killer Dan Wells
—Ya lo he escrito.
—Ah, genial —dijo sin pensarlo de verdad. Esperó un
momento más y dejó de fingir—. ¿Tengo que adivinarlo o
me vas a decir sobre cuál de tus psicópatas has escrito?
—No son «mis» psicópatas.
—John…
—Dennis Rader —dije mirando hacia la calle—. Lo pilla-
ron hace unos años, así que pensé que tenía cierto tono de
crónica de actualidad.
—John, Dennis Rader es el asesino ATM: es un homici-
da. Te han pedido una gran figura, no un…
—El profesor nos dijo que habláramos de una figura im-
portante, no de una gran figura; así que los malos también
cuentan —dije—. Incluso sugirió a John Wilkes Booth como
una de las opciones.
—No es lo mismo un asesino político que uno en serie.
—Ya lo sé —dije, y la miré—. Por eso he escrito el traba-
jo sobre él.
—Eres un chico muy inteligente; lo digo en serio. Segu-
ramente eres el único que ya tiene el trabajo hecho, pero
no puedes… no es nor mal, John. Tenía esperanzas de que
dejaras atrás esta obsesión tuya con los homicidas.
—Homicidas, no: asesinos en serie.
—Ésa es la diferencia entre tú y el resto del mundo,
John. Nosotros no vemos cuál es la diferencia.
Volvió adentro para ponerse con la cavidad del cadáver:
absorber toda la bilis y el veneno hasta que estuviera lim-
pio y purificado. Me quedé fuera, a oscuras; miré al cielo y
esperé.
No sé qué estaba esperando.
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FIN DEL FRAGMENTO
Sigue leyendo, no te quedes con las ganas
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