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Campo y cielo: Poemas camperos

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Renée Ferrer de Arrellaga

Campo y cielo

2003 - Reservados todos los derechos

Permitido el uso sin fines comerciales


Renée Ferrer de Arrellaga

Campo y cielo

Al niño campero,
A Don César,
a César,
y a mis hijos

Para los más chiquitos

Balido

Oigo un tierno sonido


cruzar el callejón.

¡Salta mi corazón!

¿Son nubes que han formado


sobre el pasto un festón?

¡Salta mi corazón!

¿Son madejas de lana


o copos de algodón?

¡Salta mi corazón!

¿Desde lejos no veo


sobre el campo qué son?
¡Salta mi corazó
Cuando escucho el balido
de sus bocas rosadas
sé que ovejitas son.

¡Canta mi corazón!

Ranas

Croan las ranas,


en el tajamar,
bajo el sol caliente
muy lejos del mar.

Bajo el sol caliente,


en el tajamar,
se mojan las patas
verdes al saltar.

De noche se escucha,
en el tajamar,
el son de las ranas
al brillo lunar.

¿Qué canción de cuna,


qué verdes arpegios
aduermen al niño
cuando tiene sueño?

Un coro de ranas,
desde el tajamar,
le canta al pequeño
muy lejos del mar.

Lechones

Lechoncitos retozan
en el barrizal:
orejas entornadas,
el hocico glotón,
los ojitos pequeños,
ronca y baja la voz.

Sus colas enruladas


interrogan al sol
cuándo será la hora
de darse un atracón.

Les encanta bañarse


en charcos espejosos,
y dormir una siesta
a la sombra del pozo.

Se sacuden más tarde


el lodo asoleado
y parten cual señoras
en tacones de baile.

Lluvia

Repican, pican las gotas,


repican en el parral.
Arpegios de agua en las hojas
se resbalan sin cesar.

Repican, pican las gotas


sobre las uvas rosadas
dejando en su piel sedosa
un resplandor de cristal.

Los sapos han decidido


tomar una ducha fresca
y se quedan dormitando,
muy serios, toda la siesta.

Repican, pican las gotas


mientras las gallinas blancas
en fila esperan pacientes
que pase la lluvia mansa.

Repican, pican las gotas


repican en el parral
y los perros las colitas
se ensucian en el barrial.
De pronto cesa la lluvia
y se despabila el sol,
enlazando campo y cielo
con un arco de color.

Pororó

Pororó, pop, pop,


contra la olla de hierro
revientan los granos duros
y nacen rosetas blancas.

Pororó, pop, pop,


se disparan sin parar
ardiendo en grasa de cerdo
con un poquito de sal.

Pororó, pop, pop,


rechistan al reventar
formando montañas blancas,
montañas de espuma y cal.

Pororó, pop, pop,


con un poquito de sal,
se deshacen en la boca
qué deleite, qué manjar.

Y los no tan chiquitos

Cántaro

Redondez perfumada
de tierra recocida
con un plato en la boca
y un jarro del revés.

En capullo de barro
queda el agua dormida,
aprisionada y limpia
para mi ávida sed.
Qué modestia tostada
la de tu curva uncida
por dos manos morenas
teñidas de tu tez.

Cántaro que retienes


en telúrico seno
un sabor de agua mansa
con sobria sencillez.

Entre mis labios canta


tu líquida frescura,
el límpido sonido
de tanta redondez.

Tatacuá

Tatacuá.

Nido gigante de hornero.


Tosca tu piel,
abovedado tu cuerpo.

Semana Santa se acerca.

La leña ponen a arder


hasta que ardiente y tostada
se te pone la pared.

Entonces con gran cuidado


sacan las brasas a un lado.

Sobre hojas de banano


de relumbrante verdor
hileras chipá mestizo
entregan a tu calor.

Aroma de anís esparcen


sus aros almidonados
bajo la sombra fragante
de retorcidos guayabos.

Cuando te quedas vacío,


tatacuá,
se acuna en ti
sueño de maíz cocido.
Boyero

Por la cañada se escucha


el ladrido de los perros.

Las ruedas de la carreta


siempre protestan.

Al monte se van los bueyes


por la mañana,
a traer madera seca
para el fogón de la siesta.

El niño les picanea


en su indolencia
y con indolencia avanzan
sobre la cuesta.

Silbando se aleja el niño,


siempre silbando,
Su fantasía agreste
riega los campos.

Y cuando el sol ardiente


su rostro tuesta,
él retorna silbando,
silbando siempre.

Marcación

Se aneblina el corral
de humo y polvareda.

El humito es azul
y la llama amarilla.

Se calientan las marcas.

La hacienda se arremolina.

Vivaz se acerca un ternero.

Calza su lazo el arriero.


Negro olor de tristeza
el hierro deja en el cuero
mientras se agrandan sus ojos
llenos de asombro campero.

Su destino en el anca
ya lleva a fuego,
un destino que abarca:
campo y cielo.

Son tres y corren alegres


Son tres y corren alegres,
corren las tres por el campo,
como amapolas pequeñas
desprendidas de su tallo.

Por un sendero de polvo


van acercándose al carro
que gime canción sedienta,
mientras retorna bajando.

Su paso deja una estela


de blanca niebla flotando
sobre los pastos jugosos
en indecible descanso.

En los límites del prado, lejos,


se extienden los árboles
como encerrando en sus brazos
la majestad del ocaso.

Son tres y se van corriendo,


alegres van por el campo
como amapolas que vuelan
para volver en el carro.

Tajamar

Qué placidez la del tajamar.

Agua de luna dormida.


Mancha de claridad
sobre la verde gramilla.

Los yuyos de sus orillas


en la costa se arrodillan,
amarilleados de sol,
y de sombras amarillas.

Vienen de tarde a beber


los bueyes el agua tibia,
barro mestizo su piel,
su líquida piel de arcilla.

Y los arrieros se bañan


en su placidez nocturna,
cuando se acurruca el sol
y se desnuda la luna.

Leche caliente

Espuma blanca y tibia.

Tibia espuma.

Entre mis manos bajas


hasta la lata.

La vaca mueve la cola


majestuosa,
y dormita rumiando
bovinas cosas.

La leche quiebra el aire


de la mañana
con su sonido rápido
y escurridizo.

Cortas saetas
de blanca luna
del pezón desprendidas
una por una.
Cuando acabo el ordeñe
de la mañana
beso en el jarro lleno
la tibia espuma.

Tereré

Tereré tiene un imán


escondido entre la yerba.

La guampa pasa aromada


con hoja yerba lucero
entre los dedos camperos.

El agua tiene el sabor


y los secretos que el viento
le arrancó a los yuyos frescos.

Tereré a media mañana,


Tereré al atardecer.

En ronda de jornaleros
se esconden los pensamientos
y se cuelgan los sombreros.

Cololó canta la guampa


cuando el agua se termina
subiendo por la bombilla.

Tereré tiene un imán


molido con yerba fina.

Mago rosa

Caen
mangos y sombra
sobre la tarde.

Alberga mil abejorros


su tronco enorme,
y sobre la arena lisa,
queda una alfombra
de mangos amarillos,
rosa su nombre.

Las frutas en sus pómulos


llevan pintadas
de irisados fulgores
la piel lustrada.

Y en el lugar que el peso


cortó su cabo
se escurre llanto denso
y azucarado.

Caen
mangos y sombra
sobre la tarde.

Escuela campesina

Palomas blancas se alejan


por el sendero.

La campana es canción,
canción distante.

Muy de mañana,
cuando apenas el sol
se despereza
se han ceñido las trenzas
con cintas anchas.

La escuela abierta parece


sobre la loma
un palomar bañado
de cal brillante.

Por sendas polvorientas


desde los ranchos
salpicando blancura
van por los campos
Y mientras el sol abre
sus ojos grandes,
la campana repite
canción distante.

Fogón

El viento silba afuera,


afuera silba;
silba cuando los peones
se arriman con pies descalzos;
silba mientras se sientan
en ronda abierta,
y frente al fogón contemplan
la llama incierta.

El viento silba afuera


cortando el frío
con su silbo filoso
y repetido;
silba cuando comienzan
a contar cuentos,
cuentos de poras blancas
y aparecidos.

El viento silba afuera,


afuera silba;
y en las noches que tiemblan,
ateridas de frío,
no hay lugar más amigo
que el fogón encendido.

Galope

Bandera de crin al viento,


cascos turban el silencio.

Devorando campo y cielo,


se van... se van.

Polvo flotando en la senda


angosta de roja tierra
como pájaros errantes
se van.... se van.
En la verde inmensidad
se diluyen como un sueño,
jinete y potro azulejo.

Hacia el caer de la tarde,


cuando todo está desierto,
se escucha un leve trotar
desde los cerros.

¿Cuántos pensamientos juntos


han compartido a lo lejos,
bajo los montes umbríos,
callados, quietos?

De esas tristezas y sueños


jinete y potro azulejo
sólo sabrán el secreto.

Cocotero

Cocotero,
alto y recto
donde subirme no puedo.

Le llevas a cada nube


el mensaje de tu piel:
esbelta planta en el suelo,
verde borrasca en el cielo.

Mece sus hojas filosas


el empujón de los vientos.

Frutos de pulpa jugosa


revientan sobre los cerros.

Desde su flor desgranada,


de una suelta amarillez,
quisiera mirar lejana
la horizontal lejanía.

Cocotero
alto y recto,
mástil de mi tierra es.
Relatos

El baño
Esto sucedió antes de que tuviésemos la casa nueva.

Como era habitual fuimos a la estancia para los trabajos de marcación y nos instalamos
en la única casa existente, la cual tenía unas proporciones espléndidas, aunque paredes de
adobe y lecho de palma y paja. Nuestro dormitorio daba a lo que se llama el «óga-vy», que
sirve en los ranchos de campaña de lugar común. Allí, se reunía la peonada todas las
mañanas a tomar tereré, entre las gallinas que picoteaban, distraídas, alguna miga de galleta
rezagada del desayuno; y de noche, en rueda con el patrón, se conversaba al terminar la
cena.

La hora del crepúsculo era para mí aquella que traía aparejada la nostalgia de cuantas
comodidades no existían y también el momento del baño diario.

Como es habitual en el campo, la casa tenía dos baños: uno, pegado al dormitorio, pero
sin comunicación con él, para el aseo personal; y el otro, bastante retirado, para todo lo
demás.

No es necesario decir que darse un baño en ese lugar implicaba una serie de preparativos
previos, no por sencillos menos meticulosos. Por lo general se trataba de disponer un balde
con un poco de agua fría, una palangana; un jarro y el jabón sobre un tronco tronzado a
manera de pie, la toalla y la ropa limpia colgadas de sendos clavos a modo de percha, y
naturalmente sobre el piso de tablas una pava con agua caliente.

El baño, no sé si lo dije, estaba reservado a las mujeres y en los días de mucho frío,
también al patrón. Era un cuartito instalado sobre cuatro pilotes de menos de medio metro
de altura para que el agua escurriera con facilidad, bajo el que se formaba un barrizal, que
con el tiempo se convirtió en el paraíso de un chancho viejo. El piso y las paredes eran de
madera, y entre tablón y tablón, unas hendijas irregulares dejaban ver, al que se bañaba, ese
trajín del personal que cierra el trabajo del día.

Me gustaba sobremanera detenerme en los detalles desde ese observatorio inobservable;


mirar los distintos verdes del monte tragarse la limpidez del cielo; el arreo apacible de las
ovejas bajo el último esplendor de la tarde; y a poca distancia, brillando como un espejo
horizontal, el tajamar, donde se bañaban los caballos, y más tarde, los hombres.

Si uno tenía la desgracia de desvestirse, y luego, darse cuenta de haber olvidado el


jabón, o lo que es peor, la toalla; no cabían más de dos alternativas: o volver a vestirse
discretamente para buscar el objeto olvidado, o gritar para que alguien se lo alcanzara, con
la bochornosa evidencia de semejante intimidad.

Darse un baño en el campo tiene sus secuencias. La preparación del agua templada en la
palangana; la ubicación de la ropa limpia en la percha, un poco lejos para no salpicarla; y
por fin, desvestirse, con el secreto temor de que alguien transite por el pasillo, echando una
ojeada a través de las hendijas, no obstante el tácito convenio que vedaba el paso a esa
hora.

Pero a pesar de lo prosaico, ese lugarcito provocaba en mí un cierto deleite. Si se tiene


suficiente agua caliente y se sabe regular con el jarro los chorros que van cayendo por las
ranuras del cuerpo, uno puede demorarse hasta que las estrellas terminen de alumbrar la
noche; y empapada de luna, dilatar el tiempo hasta que, de pronto, la magia se rompe, y hay
que vestirse.

Una vez se me antojó que ese cuartito era el sitio ideal para hacer gimnasia sin ser vista.
No sé por qué la gente de la capital generalmente se intimida al realizar en el campo cosas
que en la ciudad resultan del todo corrientes. Empecé entonces a saltar levantando los
brazos y separando los pies con el clásico movimiento del polichinela. Inmediatamente noté
que alguien se acercaba; y, tratando de pasar inadvertida, me quedé inmóvil. Un peón se
paró sigilosamente en el pasillo, escuchó con curiosidad, y luego se fue. Volví entonces a
insistir en el mismo ejercicio, pero enseguida se acercó el hombre más inquisitivo que
antes, aguzando el oído. Así estuvimos un rato, yo intentando saltar y él tratando de develar
algún misterio, hasta que finalmente dijo entre divertido y azorado: ¡FANTASMAS!

Entonces comprendí que mis saltos hacían vibrar el asa del balde produciendo ese
rítmico ruidito metálico que tanto lo intrigaba.

Esa noche Francisco, que así se llamaba el peón, se acostó más temprano, para evitar,
seguramente, toda posibilidad de encuentro con algún aparecido; y yo, categóricamente,
decidí no volver a intentar proezas gimnásticas en un baño de campaña.

Los guayabos
Cuando estuvo terminada la casa de material la rodeamos de una promisoria vegetación.
Además de los pinos, llevamos cincuenta plantas de árboles frutales para una quintita que
se delimitó al costado del corral. Las especies eran de la más extensa y jugosa variedad:
naranjos injertados, pomelos, mandarinos y limoneros; yvapovós, alguna que otra planta de
lima, Yvapurús de negras y dulces frutas pegadas al tronco, aguacates lustrosos, chirimoyas
fáciles de desgranar, y guayabos.

Años después esos árboles estaban, en su mayoría, regularmente crecidos y daban, casi
en su totalidad, riquísimas frutas. Una mañana me acerqué al borde del corral, donde entre
grevilias que alzaban sus agujas al cielo, había un grupito bien dispuesto de guayabos. Se
veían colgando de sus ramas, entre las hojas nuevas de color ambarino, frutas incipientes,
en diversos estados de crecimiento. Aún no estaban maduras y exponían sus pulpas rosadas,
a través de pequeños redondeles que el picoteo de los pájaros les dejó en la cáscara. El
follaje tenía el aspecto de un encaje de finísima trama, causa sin duda de alguna plaga
rebelde.

Me puse a observar el cielo entre el ramaje y sentí como si me empequeñeciera dentro


de una gruta vegetal que dejaba como ventanas abiertas por donde se colaba el sol. Me
sorprendió el contraste entre la textura ondulante de las hojas y la suavidad totalmente lisa
de los troncos; y sobre todo la diversidad de tonalidades verdes y marrones que,
entremezcladas, producían un efecto perfecto de «camuflaje».

No sé si alguna vez habrán notado lo extremadamente difícil que resulta, para personas
sin práctica en esos menesteres, treparse a los guayabos; y es porque, siendo tan lisos,
carecen de nudos o de cualquier otro tipo de apoyatura.

Pero el mayor placer me lo produjo el descubrimiento de que el tronco del guayabo se


descascara perdiendo la piel exterior como ciertos reptiles. En efecto, la última lámina de la
corteza se resquebraja, enrollándose sobre sí misma hasta formar unos pequeños
pergaminos de puntas muy tiesas, e irregulares que, a la menor presión de los dedos, se
desprenden deshaciéndose con un delicioso rumor. El placer que me producía ir pelando las
ramas, una a una, me mantuvo entretenida un buen rato.

De pronto, en lo alto de uno de ellos divisé una guayaba madura, tal vez la primera de la
estación que los pájaros y el ojo avispado de los peones habían respetado por pura
casualidad.

Con la boca ya jugosa decidí saborearla. Sumida en mi determinación, coloqué


cuidadosamente un pie en la horqueta que formaban una rama gruesa y otra delgada, e
impulsándome con bastante agilidad pronto la tuve al alcance de la mano. La descolgué
suavemente y ahí mismo, dejé que su cáscara corrugada y polvorienta se partiera entre mis
dientes, dejando al descubierto la pulpa ácida y las durísimas semillas.

No bien hube terminado mi agreste manjar, una de las ramas se quebró y me vi sentada
en el suelo ante la atenta mirada de un perro que, sin que yo lo notara, me había
acompañado.

La Poda
Aquella mañana, cuando miré por la ventana, mis ojos desbordaron la distancia que
media entre la casa y la línea donde comienza a sonrosarse el firmamento. Vi entonces que
el pasto se volvía paulatinamente platinado hasta formar un rizo de bruma exactamente
donde se tocan campos y cielo.

El frío me estiraba la piel sobre los pómulos y la frente, en tanto pequeñas grietas
inofensivas me partían los labios. Animada por la promesa de un sol espléndido, que
aquella neblina dejaba suponer, decidí hacer una poda.

Munida de un cuchillo filoso di una vuelta a la casa observando las achiras. La mayoría
tenían las hojas quemadas por la helada de la noche anterior y algunas ostentaban varas,
que habiendo florecido ya, sólo, esperaban un corte de cuajo para rebrotar. En cuclillas y
con el viento sobre la nuca empecé la faena, lenta y minuciosamente.

Trabajé primero con las plantas de hojas oscuras y flores rojo fuego; luego con las de
pétalos matizados de amarillo y naranja y hojas muy claras; y finalmente podé las de color
salmón.
Me gusta tomar las hojas secas y estirarlas hacia el suelo con un movimiento rápido y
decidido, y ver cómo se desgajan del tronco principal con un chasquido de frágil y efímera
sonoridad; y en medio de los tallos cóncavos desprendidos sentir el agua almacenada
durante la noche caer a borbotones sobre el dorso de mi mano, salpicando mis mejillas,
dejándome en los labios un delicioso e inesperado frescor.

A medida que se agranda el sol el frío se adormece, y queda sobre el pasto, por breve
tiempo, una alfombra de diminutas gotitas de rocío que se evaporan poco a poco hasta
desaparecer por completo en la luminosidad de la mañana.

Mi tarea sigue. Las hojas son separadas con escrupulosa concentración y van quedando
desparramadas a mis espaldas, para verse al poco rato tan mustias, que parece como si
nunca hubiesen sido hermosas.

Una a una, cada planta recibe el tratamiento especial: limpieza, corte de hojas quebradas
y aireación de los macizos entremezclados con yuyos. Estoy por terminar, cuando de
pronto, un agudo grito me agranda la garganta: un sapo enorme duerme plácidamente al pie
de una achira.

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