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Frío Mortal

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Frío Mortal

Todo comenzó con una cura. Una simple solución al cáncer que se vendía como el
avance médico más grande de la humanidad. Lo recuerdo bien. Mi padre fue uno de los
primeros en recibir el tratamiento. Yo estaba eufórico. La enfermedad lo había
consumido durante años, pero después de semanas del procedimiento, su mejoría fue
milagrosa. Creíamos que habíamos vencido a la muerte.

Si hubiera sabido lo que realmente estaba sucediendo, habría deseado que el cáncer
lo hubiera consumido antes de que se transformara en.… eso.

Al principio, solo era cansancio. Mi padre olvidaba cosas simples: los nombres, la hora,
a veces incluso dónde estaba. Luego, comenzaron las rabietas. Lo encontré una tarde
rompiendo platos en la cocina, sin motivo alguno. "¿Qué te pasa?", le grité, pero sus
ojos no eran los de siempre. Estaban fríos, vacíos. Y no respondía.

La televisión no tardó en anunciar lo que ya estaba viendo en casa. Los pacientes


tratados con la terapia comenzaron a comportarse de forma errática, violenta, y
luego... comenzaron a cazar. A devorar carne humana. Los creyentes llamaban
"Caídos" porque creían que era un castigo de Dios y otros los llamaban “Gélidos” por el
tratamiento que recibían, diseñado para congelar las células cancerosas ya que
también les congelo la humanidad.

Cuando mi padre finalmente rompió la puerta del cuarto donde me había encerrado, yo
ya había decidido huir. No había nada que pudiera hacer por él.

Me moví de un lugar a otro, buscando refugios temporales. Nunca permanecía mucho


tiempo en el mismo lugar; esas cosas siempre estaban cerca. La única forma de
sobrevivir era mantenerse en movimiento, evitar las grandes ciudades y estar en
constante vigilancia. Pero entonces, cometí el error que cambiaría todo.

Fue una noche oscura y silenciosa. Había encontrado refugio en una vieja gasolinera en
las afueras de la ciudad. Pensé que estaba solo. Después de asegurar las puertas, me
acomodé detrás de los estantes de productos viejos. Estaba agotado, mental y
físicamente. Creí que podría dormir un par de horas.

No oí a uno de ellos hasta que estuvo demasiado cerca de mí. Un antiguo cliente, o
quizá un empleado del lugar, deambulaba entre los pasillos. El sonido de sus pasos
arrastrándose por el suelo me sacó del letargo, pero era tarde. Me abalancé sobre él
con un cuchillo oxidado que había encontrado en la cocina, y en la lucha, me mordió
en el brazo.
El dolor fue inmediato, pero lo que realmente me aterrorizó no fue la herida, sino lo que
significaba. Sangré, pero no me detuve. Terminé con él, empujando el cuchillo hacia su
cuello hasta que dejó de moverse. El sabor metálico de la adrenalina en mi boca era
intenso. Respiraba con dificultad y entonces fue cuando lo entendí. Me había
infectado. No necesitaba una prueba, no necesitaba ver el cambio. Lo sabía, desde el
mismo instante en que sentí sus dientes desgarrando mi piel.

Cubriendo la herida, salí corriendo de la gasolinera. No importaba a dónde fuera; ya no


había un lugar seguro para mí. La infección era como una sombra que sentía
amenazante sobre mí, esperando el momento justo para atacar.

Los días siguientes fueron una carrera contra el tiempo. Sabía lo que venía, lo había
visto en otros. El dolor de cabeza llegó primero, una presión constante, como si mi
cerebro estuviera tratando de escapar de mi cráneo. Luego, las voces. Al principio,
susurros que podía ignorar. Pero ahora, cada vez son más fuertes.

Lo más aterrador es que, en ocasiones, siento el hambre. No el hambre normal de un


día sin comer. Es otra cosa. Algo primitivo y oscuro, algo que busca devorar carne. Mi
cuerpo empieza a temblar cuando pienso en ello. Cada día es una batalla por mantener
lo que queda de mí. Cada noche, las voces me arrastran un poco más hacia el abismo.

Intenté buscar otros sobrevivientes, pero cuanto más buscaba, más me daba cuenta
de que estaba solo. Ya no había refugios seguros, solo ruinas y silencio. Tal vez soy el
último.

Hoy, mientras estoy aquí en esta azotea, siento el frío dentro de mí. No solo en mi
mente, sino en mis huesos, en mi sangre. El dolor de cabeza es insoportable. Ya no me
quedan fuerzas para seguir huyendo. Mi brazo, la herida donde comenzó todo, se ha
infectado, pero no de la manera habitual. El frío se extiende por mis venas,
congelándome desde adentro.

Sé lo que vendrá después. He visto lo que sucede cuando pierdes el control. Cuando
dejas de ser tú mismo. No puedo dejar que eso me pase. Sostengo el cuchillo en mis
manos temblorosas. Es el mismo que usé en la gasolinera aquella noche. Pienso en lo
irónico que es; me defendí de uno de ellos, solo para convertirme en lo mismo. No
quiero ser un monstruo, no quiero ser uno de los Fríos. Pero ya no tengo otra opción.
Cierro los ojos, las voces en mi cabeza son ensordecedoras ahora. El hambre es casi
imposible de soportar, pero aún me queda un último momento de lucidez. Todavía soy
yo por unos minutos más. El cuchillo está frío, pero no tanto como el monstruo que
siento crecer dentro de mí. Aprieto los dientes y respiro profundamente.

Esta es la última decisión que puedo tomar por mí mismo.

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