Valor del Derecho Canónico en la Iglesia
Valor del Derecho Canónico en la Iglesia
Gianfranco Ghirlanda, SJ
PONTIFICIA UNIVERSIDAD GREGORIANA
ROMA
RESUMEN El derecho eclesial es visto como “connatural a la vida de la Iglesia”; por tanto, per-
tinente a su naturaleza, imprescindible, por lo que no es una superestructura. Es “útil” por el
hecho de que es imprescindible; es un “medio”, un “auxilio”, una ayuda eficaz para la acción
de la Iglesia. Una “protección”, una defensa de la justicia y también de la caridad, porque no
puede existir la caridad sin la justicia. Así, el valor del derecho canónico para la misión de la
Iglesia reside en su utilidad. Por el hecho de que la dimensión jurídica pertenece a la natura-
leza divino-humana de la Iglesia, el derecho canónico es necesario para la vida de la Iglesia
y, por tanto, no puede sino ser útil para ella. La utilidad, además, es efecto de la razonabilidad
de la ley canónica positiva. La utilidad del derecho canónico procede también de la certeza
del derecho, certeza de que la justicia sustancial encontrará aplicación a través de institutos
canónicos particulares, aplicación dominada por la “rationabilitas” y por la búsqueda del
“fidelium bonum”.
SUMMARY The Canon law is seen as “inherent to the life of the Church”; therefore, relevant to its
nature, essential, so it is not a superstructure. It is “useful” due to the fact that it is essential;
it is a “means”, an “aid”, an effective assistance for the action of the Church. A “protection”,
a defense of justice and also of charity, because charity cannot exist without justice. Thus, the
value of canon law for the mission of the Church is in order to its usefulness. Due to the fact that
the legal dimension belongs to the divine-human nature of the Church, canon law is necessary
for the life of the Church. Utility, moreover, is the effect of the reasonableness of positive canon
law. The usefulness of canon law also comes from the legal certainty, certainty that substantial
justice will find application through particular canonical institutes, an application governed
by “rationabilitas” and by the search for “fidelium bonum”.
Con esta expresión, Juan Pablo II afirmaba que la Iglesia es una verda-
dera sociedad, que, como cualquier otra sociedad, está organizada también
jurídicamente2.
La eclesiología del Vaticano II, especialmente atenta a la dimensión
mistérica de la Iglesia, nos permite leer el alcance teológico de la dimensión
jurídica de la Iglesia. En efecto, la Iglesia es de institución divina no sólo en
su dimensión invisible sino también en la visible; por tanto, también en su
dimensión jurídica la Iglesia no procede simplemente de la voluntad humana
de los fieles ni de ninguna autoridad humana.
De la afirmación de Lumen gentium 8a, según la cual, por la no débil
analogía que existe entre el misterio del Verbo encarnado y el misterio de la
Iglesia, el elemento humano-visible, la sociedad constituida por organismos
jerárquicos (“societas autem organis hierarchicis instructa”), y el elemento
divino-invisible, la acción de la gracia, “forman una sola realidad compleja”3,
2 El concepto de sociedad jurídicamente perfecta ha sido atribuido repetidamente a la Iglesia por el magisterio de este
último siglo y medio, sobre la base de una reflexión doctrinal que hunde sus raíces en el medioevo. Esta atribución se hizo
progresivamente en un contexto cada vez más teológico, por lo que la noción misma no fue propuesta simplemente en su
comprensión filosófica y en su alcance social y jurídico para regular las relaciones con el Estado, como fue en los comienzos,
sino cada vez más para comprender también la naturaleza de la Iglesia en sí misma con el fin de responder a visiones
eclesiológicas erróneas, como las derivadas de la Reforma o de otros movimientos internos a la Iglesia católica. Para una
exposición más amplia de la evolución histórica de esta noción, cf. G. Ghirlanda, “La Chiesa come società nell’economia
della Chiesa sacramento di salvezza”, en: Iuri canonico quo sit Christi Ecclesia felix. Estudios canónicos en homenaje al
Prof. Dr. D. Julio Manzanares Marijuán (Salamanca 2002) 104-115.
3 Lumen Gentium 8a afirma: “la sociedad dotada de órganos jerárquicos (societas autem organis hierarchicis instructa) y el
cuerpo místico de Cristo, la asamblea visible y la comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia enriquecida con los
bienes celestiales, no deben ser consideradas como dos cosas distintas, sino que más bien forman una realidad compleja
que está integrada de un elemento humano y otro divino. Por eso se la compara, por una notable analogía, al misterio del
Verbo encarnado, pues así como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino como de instrumento vivo de salvación unido
indisolublemente a Él, de modo semejante la articulación social de la Iglesia (socialis compago Ecclesiae) sirve al Espíritu
Santo, que la vivifica, para el acrecentamiento de su cuerpo (cf. Ef. 4,16)”. El texto concluye: “Ésta es la única Iglesia de Cristo
[…]. Esta Iglesia, establecida y organizada en este mundo como una sociedad (ut societas instituta et ordinata), subsiste
en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él”. Este texto fue objeto de
una larga discusión en la que se confrontaron dos visiones eclesiológicas, una más institucional y otra más mística: fue
constante la referencia al misterio del Verbo encarnado y la analogía entre este misterio y el misterio de la Iglesia, pero al
final el texto llegó a equilibrar las dos tendencias, con el resultado de la superación de la identificación inicial del Cuerpo
místico con la Iglesia Católica romana. Para un análisis detallado de los Esquemas presentados en el Aula conciliar y de
la discusión que se tuvo sobre ellos, cf. mi libro “Hierarchica communio”. Significato della formula nella “Lumen Gentium”
(Roma 1980) 111-118; 187-190; 206-212.
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A Lumen gentium 8a corresponde LG 20a: “Por esto los Apóstoles cuidaron de establecer sucesores en esta sociedad
jerárquicamente organizada (in hac societate hierarchice ordinata)”.
4 La invitación de Dios se dirige, sí, a los individuos, pero siempre junto con los demás, por lo que la vocatio de Dios es siempre
una convocatio. Después la convocatio se traduce en una congregatio, porque es Dios quien llama a la Iglesia y agrega a
ella junto con los demás (At. 2, 42). Cuando responde a la llamada de Dios, el hombre entra en la comunión con Él y con sus
semejantes. En esto está su salvación porque su existencia se cumple en la realización del proyecto originario de Dios, o
sea, que el hombre se haga cada vez más imagen de Dios en su ser social. La gracia lleva a la perfección a la naturaleza.
El hombre es relacional por naturaleza. Esto significa que la naturaleza del hombre en referencia a su fin, su ratio essendi,
es la capacidad inscrita en él de entrar en relación con el otro, ante todo con Dios, y después con sus semejantes, y de
realizarse precisamente en este ser en relación. Porque el hombre es creado a imagen y semejanza de Dios, que es Uno
y Trino (Gn 1, 27), el otro forma parte constitutiva de la misma subjetividad del yo. Cf. W. Beinert, “Il senso della Chiesa”,
en: J. Feiner – M. Löhrer (eds.), Mysterium Salutis 7 (ed. it a cura di D. Pezzetta), (Brescia 1972) 352; también S. Dianich, La
Chiesa mistero di comunione (Turín 1975) 59-69.
5 Cf. Beinert, “Il senso della Chiesa”, 356.
El valor del derecho canónico para la misión de la Iglesia 73
6 Cf. E. Schillebeeckx, Cristo sacramento dell’incontro con Dio (tr. it. E.Balducci), (Roma 1970) 28-31.
7 El texto de modo directo pretende aplicar la analogía de atribución y sólo indirectamente la de proporcionalidad, de modo
que la primera no se puede entender rectamente si no es a la luz de la segunda.
Según la analogía de proporcionalidad, entre el analogado principal, el Verbo encarnado, y el analogado secundario, la
Iglesia, hay una proporción o relación, por la que entre ellos convergen y divergen al mismo tiempo, sobre la base del tercer
elemento de comparación, que es la indisolubilidad de la unión entre el elemento divino y el elemento humano, tanto en el
Verbo encarnado como en la Iglesia. Entre el Verbo encarnado y la Iglesia tenemos una semejanza, porque en ambos los dos
elementos, el divino y el humano, no se pueden separar. Pero se verifica una diferencia aún más grande que la semejanza,
porque en el Verbo encarnado la unión es hipostática, mientras que la unión del Espíritu Santo con la articulación visible
de la Iglesia no es una unión hipostática sino sólo una unión mística o dinámica con los creyentes, que forman la sociedad
eclesial.
Según la analogía de atribución, el tercer elemento de comparación es el hecho de que el elemento visible sirve a la reali-
zación de la salvación en Cristo y en la Iglesia, aunque de modo diferente. En la analogía de atribución, el tercer elemento
de comparación es atribuido al analogado segundo, la Iglesia, en dependencia del analogado principal, el Verbo encarnado.
El tercer elemento, o sea, que el elemento visible sirve como órgano vivo de salvación, de modo preminente se adecúa a
la naturaleza humana del Verbo encarnado (analogado principal), porque sirve a la segunda Persona divina, en virtud de
la unión hipostática. De modo semejante el tercer analogado se adecúa a la articulación social de la Iglesia (analogado
secundario), porque dicha articulación sirve al Espíritu de Cristo que la vivifica, para el acrecentamiento del cuerpo.
Porque no se verifica una unión hipostática entre el Espíritu y la articulación visible de la Iglesia, la analogía de atribución
es usada según la analogía de proporcionalidad, en la que está presente una mayor desemejanza tanto por la diversidad
de las personas divinas como por la diversidad de los mismos analogados y por la diversa unión con la correspondiente
Persona divina. La consecuencia es que mientras todos los actos realizados por Cristo en su vida terrena tienen un valor
inmediatamente salvífico, no todos los actos realizados por la Iglesia tienen ese valor, sino sólo los actos sacramentales,
mientras que los demás cooperan a la salvación. Puesto que la organización jurídica es constitutiva de la articulación social
que es el elemento externo de la Iglesia entendida como sacramento, se puede decir que participa de la sacramentalidad
de la Iglesia (cf. Communicationes 1 [1969] 97-98). De este modo, puesto que el elemento visible de la Iglesia comprende
también la estructura jurídica, sin que se reduzca a ella, las afirmaciones de Lumen genium 8a sobre el elemento visible de
la Iglesia valen también para el orden jurídico (cf. H. Müller, “De analogia Verbum Incarnatum inter et Ecclesiam (LG 8a)”:
Periodica 66 [1977] 499-512). Sobre la base de esta analogía, Pablo VI rechazaba toda oposición entre derecho y caridad,
entre Iglesia del derecho e Iglesia de la caridad (cf. Alocución a la Rota Romana, 8 febrero 1973, en AAS 65 [1973] 97).
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8 Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, “Carta Communionis notio, 28 mayo 1992” n. 9: AAS 85 (1993) 838-850; Enchiridion
Vaticanum (= EV)13/1774-1807.
9 Al ser de institución divina, esta comunidad-sociedad es originaria, autónoma e independiente de cualquier otra sociedad
humana, así como la potestad que en ella se ejerce es autónoma e independiente de cualquier otra potestad humana.
Juan Pablo II. Además, tenía interés en aclarar que la atribución de la noción de sacramento a la Iglesia es análoga respecto
a los siete sacramentos, porque la Iglesia no es sólo signo de la obra redentora sino también fruto de ella; por tanto, no
sólo medio de santificación sino también objetivo de toda la intervención salvífica de Dios. Sin embargo, esta analogía es
posible por el ligamen orgánico entre Iglesia y sacramentos, que, con todo, no se configura como una identidad sustancial.
Aclarado esto, Juan Pablo II concluía: “En efecto, la Iglesia es el signo de la salvación realizada por Cristo y destinada a
todos los hombres mediante la obra del Espíritu Santo. Es un signo visible: la Iglesia, como comunidad del pueblo de Dios,
tiene un carácter visible. También es un signo eficaz, pues la adhesión a la Iglesia otorga a los hombres la unión con Cristo
y todas las gracias necesarias para la salvación” (Audiencia general del 27 de noviembre de 1991, en Insegnamenti di
Giovanni Paolo II, XIV,2 [Libreria Editrice Vaticana 1993] 1282-1283).
Finalmente, hay que tener presente que precisamente por la función instrumental de la comunidad-sociedad respecto de la
comunión invisible, la primera, por el hecho mismo de que es actuación histórica (o, metafóricamente, “encarnación”) de
la segunda, nunca podrá agotarla plenamente, por lo que forma parte del misterio de la Iglesia la tensión en la indisoluble
unidad entre el elemento divino de gracia (comunión invisible) y el elemento humano histórico (comunidad-sociedad jurídi-
camente perfecta: comunión visible), en cuanto partícipe de la tensión de la unión indisoluble entre la naturaleza divina y
la naturaleza humana en la única Persona del Verbo encarnado. Acerca de la problemática de las tensiones intrínsecas a la
vida de la Iglesia, sobre la base de la tensión del dogma cristológico, sobre el que se funda el eclesiológico, cf. M. Visioli, Il
diritto della Chiesa le sue tensioni alla luce di un’antropologia teologica (Tesi Gregoriana. Serie Diritto Canonico 36; Roma
1999).
El valor del derecho canónico para la misión de la Iglesia 75
10 “Il diritto è nel senso principale la relazione interpersonale nell’aspetto del dovuto-debitum” (T.Gałkowski, Il “quid ius” nella
realtà umana e nella Chiesa [Analecta Gregoriana 269; Roma 1996] 226; nuesta traducción).
11 “Il dirirro come relazine con un certo crattere di sovuto definisce le relazioni della persona verso l’altra a causa dell’incli-
nazione naturale di un individuo umano verso l’altro” (Ibid., 221; nuestra traducción).
12 Cf. Pablo VI, “Alocución a los participantes en el IIº Congreso internacional de Derecho Canónico, 17 septiembre 1973”:
Communicationes 5 (1973) 126-127.
76 Gianfranco Ghirlanda, SJ
13 Cf. mi artículo “Relazione tra legge e grazia nella visione della Chiesa cattolica”: Periodica 96 (2007) 689-718.
14 Summa Theologiae, I-II, q. 90, a.4, in corp.
El valor del derecho canónico para la misión de la Iglesia 77
La ley natural y la ley divina tienen una misma fuente, la ley eterna,
que, como principio del orden universal, es arquetipo de toda ley17. La ley
natural es la participación intelectual y racional por parte del hombre de la
ley eterna “quasi lumen rationis naturalis, quo decernimus quid sit bonum
et malum, quod pertinet ad naturalem legem, nihil aliud sit quam impressio
divini luminis in nobis. Unde patet quod lex naturalis nihil aliud est quam
participatio legis aeternae in rationali creatura”18. Por eso la ley natural puede
ser conocida a través de la “recta ratio”19. Por tanto, una ley es justa en cuanto
15 Comentando las Sentencias de Pedro Lombardo, Santo Tomás identifica las dos nociones: “naturalis conceptio ei (homini)
indita dirigatur ad operandum convenienter lex naturalis vel ius naturale dicitur” (In IV Sent., d. 33, q. 1, a. 1, in corp.; cf. In
III Sent., d. 37, q. 1, a.3, in corp.). En cambio, en la Summa theologiae, tratando por separado de la lex naturalis y del ius
naturale, parece querer distinguir las dos nociones. En la I-II, q. 94, Santo Tomás, inspirándose en una fuente franciscana
de extracción agustiniana, habla exclusivamente de la lex naturalis en relación con la lex aeterna, la lex divina y la lex
positiva; en cambio, en la II-II, q. 57, tomando como fuentes a Ulpiano, Gayo, Isidoro, Graciano y Aristóteles, habla sólo del
ius naturale y, en un momento determinado, parecería aludir a una cierta distinción entre las dos nociones, cuando dice:
“lex non est ipsum ius proprie loquendo, sed aliqualis ratio iuris” (Ibid., a. 1, ad 2um), pero hay que tener en cuenta que aquí
Santo Tomás está hablando de la ley escrita, no de la ley natural. Por otra parte, en la q. 58, hablando del ius naturale y
del ius gentium hace afirmaciones totalmente semejantes a las que realiza a propósito de la lex naturalis (cf. O. Lottin,
“Comment interpréter et utiliser Saint Thomas d’Aquin?”: Ephemerides Theologicae Lovanienses 36 (1960) 64-65; O. De
Bertolis, “Il ius divinum in San Tommaso d’Aquino: significato e prospettive”, en: J. I. Arrieta (ed.), Il ius divinum nella vita
della Chiesa. Atti del XIII Congresso Internazionale di Diritto Canonico Venezia 17-21 sett. 2008 [Venezia 2010] 145-146).
16 Summa Theologiae, I-II, q. 91, a. 4, ad 1um.
17 “Cum ergo lex aeterna sit ratio gubernationis in supremo gubernante, necesse est quod omnes rationes gubernationis quae
sunt in inferioribus gubernantibus, a lege aeterna deriventur: Huiusmodi autem rationes inferiorum gubernantium sunt
quaecumque aliae leges praeter legem aeternam. Unde omnes leges, inquantum participant de ratione recta, intantum
derivantur a lege aeterna” (Summa Theologiae, I-II, q. 93, a. 3, in corp).
18 Summa Theologiae I-II, q. 91, a. 2, in corp.; cf. Ibid., ad 3um.
19 Cf. nota n. 18.
78 Gianfranco Ghirlanda, SJ
es racional, o sea, cuando es fruto del conocimiento que el hombre tiene por
medio de su “recta ratio” de la ley natural, por tanto, de lo que debe hacerse
y de lo que no debe hacerse.
La participación más alta de la lex aeterna se tiene por parte de la ley
divina, que se encuentra en la Ley antigua y en el Evangelio20. Por eso, la ley
natural y la ley positiva humana, por una parte, y la ley divina positiva, por
otra, participaciones de la ley eterna, es decir, de la divina providencia, llevan
al hombre al bien natural y sobrenatural respectivamente21. La ley divina forma
parte de la Revelación, por lo que se basa en la autoridad de Dios que se re-
vela e indica al hombre el modo justo de obrar en orden al fin sobrenatural22,
de manera que el hombre encuentra en ella su perfección, porque “gratia
supponit naturam et eam perficit, sicut perfectum perfectibile”23.
Mientras que la ley divina tiene a Dios como fuente inmediata, la ley
natural tiene como fuente próxima la razón y Dios como fuente remota en
cuanto creador del hombre y de su racionalidad; en este sentido también el
derecho natural puede denominarse derecho divino24.
En virtud de la participación en la ley eterna, la ley natural no es extrín-
seca al hombre, porque la comprende por medio de su recta ratio y debido
a ella tiene una inclinación natural hacia su fin. Tampoco la ley positiva es
extrínseca al hombre, puesto que, si es rationis ordinatio, es fruto de la recta
razón humana que capta la ley natural, la cual es a su vez, como hemos di-
cho, participación de la ley eterna25. Para Santo Tomás, la recta ratio, como
participación en la luz divina –lex aeterna–, capta el primer principio universal
de la ley natural, que es también participación de la lex aeterna: “bonum est
faciendum et prosequendum et malum vitandum”; sobre él, a su vez, están
fundados todos los demás preceptos, que la razón práctica conoce como bienes
para perseguir26. En efecto, las “inclinationes naturales” ofrecen la materia, el
contenido, de este principio formal. Los “bona humana naturaliter apprehen-
sa”, desde el momento en que “bonum habet rationem finis”, no pueden sino
ser objeto de una “inclinatio naturalis”27. Entre las “inclinationes naturales”
tiene especial relevancia para nuestro discurso la de vivir en sociedad, de la
que se deriva la exigencia del respeto a los demás con los que se debe con-
vivir, porque, al hacer del hombre un ser social, está de modo específico en
la base del derecho natural y del derecho positivo humano28.
Es importante advertir que las inclinaciones naturales permanecen
siempre sólo como un material sobre cuya base la recta ratio debe crear un
orden de razón. Santo Tomás se separa decididamente de la visión estoica del
orden del mundo como destino al que el hombre está sometido pasivamente
y que debe descubrir y seguir: el hombre tiene una inclinación al bien según
la naturaleza de la razón29. En el plano de las conclusiones, los preceptos de
la ley natural no son los mismos para todos y no son conocidos por todos
del mismo modo: aunque el precepto conserva todo su valor en sí mismo,
37 Sobre esto, cf. también C. Minelli, Rationabilitas e codificazione canonica. Alla ricerca di un linguaggio condiviso (Turín 2015)
4-6.
38 El varón y la mujer, como pareja, en la Biblia son el signo pleno de la divinidad de la creación y, al mismo tiempo, son modelo
para todos los hombres, porque están llamados a la comunión a imagen y semejanza de la primera pareja. Aquí reside la
dignidad del hombre. Toda la humanidad debe constituir una comunión entre los hombres y de modo particular la Iglesia,
que “es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género
humano” (LG 1). La diferencia y la reciprocidad de los sexos antropológicamente son signo de la diversidad de los sujetos en
relación y, al mismo tiempo, de la constitutividad de su relación mutua por su misma subjetividad. Esto hace que la comunión
sea la dimensión fundamental del hombre. El hombre es la única creatura que es persona, o sea, un ente espiritual libre
en relación con los demás, que tiende a su perfeccionamiento y, por tanto, a la realización de sí mismo, precisamente en
ese ser en relación. En el ser, el hombre, imagen semejante de Dios, está puesto el fundamento de todo el ethos humano,
cuyo ápice es el precepto del amor, según el cual todo hombre debe vivir para otro. Es esta semejanza con Dios la que hace
que el hombre sea en la tierra la única creatura que Dios ha querido por sí misma, y que puede encontrarse y realizarse a
sí misma sólo en el sincero don de sí (GS 24c). Realizarse como persona y, por tanto, como ser humano, significa para el
hombre tender a su perfeccionamiento según su propia razón de ser, que consiste en realizar cada vez más en él la imagen
de Dios, Uno y Trino (cf. Juan Pablo II, Carta Mulieris Dignitatem, 15 agosto 1988, n. 7, en: AAS 80 [1988] 1664-1667; EV
11/1206-1345; M. Adinolfi, “L’uomo e la donna in Gen 1-3”, en: G. De Gennaro (ed.), L’antropologia biblica [Nápoles 1981]
101-109; N. M. Loss, “La dottrina antropologica di Genesi 1-11”, en: L’antropologia biblica, 176-178; 185-186).
Además, la relación con Dios define la relación del hombre con la realidad creada (Gn 1, 28; 2, 15) y, por tanto, con sus
semejantes (Gn 1, 26b.27; 2, 18-23). Por esta razón es la persona quien funda la vida social: el hombre no es persona por
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por tanto, en ella está el bien del individuo y el bien común de la Iglesia. La
ley positiva de la Iglesia precisamente por su razonabilidad está dirigida al
bonum commune, el cual, entendido en profundidad, en la Iglesia no difiere
del bien del individuo, la salvación eterna, que es también el fin de todo el
ordenamiento eclesial39. Por esta razón, como enseña S. Pablo, los preceptos
el hecho de que es social, sino que es social porque es persona (cf. Pablo VI, “Alocución al II Congreso internacional de
Derecho Canónico, 17 septiembre 1973”: Communicationes 5 [1973] 125).
Con el pecado el hombre destruye las estructuras de la convivencia humana inmanentes a su naturaleza y se vuelve incapaz
de realizar el proyecto de Dios (Gn 3,6-7.16-19; 11, 1-9), pero permanece en él la capacidad de recibir la sanación de su
naturaleza por parte de Dios y la restauración de la comunión con Dios y con los hombres. La antigua Alianza y la Ley
mosaica, la redención de Cristo, la nueva Alianza y la Ley del Espíritu se insertan en esta capacidad del hombre. A causa de
su ser relacional y social, el hombre no está llamado a la salvación solo sino junto a otros y, por eso, mediante el bautismo
es agregado a una comunidad, que es la congregación y la asamblea de todos los que en la fe son salvados en Jesucristo,
la Iglesia (At. 2,41-48; LG 9c; 13a; AG 15b; PO 4a; CD 11a).
39 La noción de bonum commune se conecta con la definición de ley dada por Santo Tomás y referida por nosotros arriba.
A las nociones de bonum commune, bonum Ecclesiae, bonum omnium Ecclesiarum hacen referencia los cc.212 §1; 223
§§1,2; 264 §2; 282 §2; 287 §2; 323 §2; 334; 345; 357 §1; 360; 618; 819; 946; 1299 §2. Según la GS 26a, el bien común es
el conjunto de las condiciones que permiten el perfeccionamiento de la persona humana y de los grupos sociales. Hay
una estrecha relación entre el bien común y el bien del individuo, porque el bien común es el valor o utilidad común y, a la
vez, la condición instrumental para el perfeccionamiento y la utilidad de cada persona y de los grupos sociales. La tensión
entre bien común y bien del individuo, en el ámbito de una sociedad, también la sociedad civil, puede resolverse sólo en
relación con la persona, si ésta es considerada la fuente y el fundamento de los valores tanto comunes como individuales.
En efecto, el bien común en sentido jurídico depende del bien común entendido antropológicamente y a él está finalizado.
Cuando se dice que fin de la ley es el bien común, se debe entender éste último en el sentido antropológico, como el
conjunto de bienes y de valores relativos a la persona, que funda la sociedad, en cuanto que la misma ley, como elemento
del bien común externo jurídico, es uno de los medios para alcanzarlo. Estas nociones antropológicas del bien común
valen también para la Iglesia, por todo el valor humano que ella tiene, como un componente suyo esencial. Sin embargo,
porque la Iglesia como sociedad es signo de la presencia salvífica de Cristo, el concepto de bien común en ella debe ser
considerado sobre todo bajo el aspecto teológico. Por eso, el bien común entendido en sentido canónico no puede hacer
abstracción del concepto teológico del mismo. Como afirmaba Pablo VI en su alocución del 17 de septiembre de 1973, en
la Iglesia Cristo es el principio del bien, tanto del bien común como del bien de los individuos, porque todos los bienes de
la Iglesia son bienes de Cristo. En la Iglesia el bien común entendido en sentido teológico es la vida de la gracia, o sea, la
común participación en el misterio de Cristo, que vive en la Iglesia, y, por tanto, en la vida de la Trinidad; es participación
en la vida de la gracia de comunión con Dios y con los hermanos por medio de la profesión de la fe y de los sacramentos;
en esa comunión consiste la salvación de las almas, que es además el bien de los individuos (cf. Communicationes 5
[1973] 126-127). Juan Pablo II, en el discurso del 26 de febrero de 1983 a la Rota Romana, completaba de alguna manera
el pensamiento de Pablo VI cuando definía el bien común como la realización de la comunión eclesial (cf. AAS 75 [1983/I]
556-557). La Iglesia, para Juan Pablo II, realiza la comunión en la medida en la que reconoce la dignidad de la persona en
la libertad, que verdaderamente se encuentra en Cristo y se completa con la experiencia de la comunión eclesial, que es
comunión con la Trinidad; el ordenamiento jurídico-eclesial tiende al fin de instaurar la paz en la comunión, y esa paz es la
El valor del derecho canónico para la misión de la Iglesia 83
caridad (cf. “Alocución al IV Congreso internacional de Derecho Canónico, Friburgo-Suiza, 13 octubre 1980”: AAS 72 [1980]
1102-1103). En efecto, la comunión eclesial, espiritual y al mismo tiempo visible, requiere algún ordenamiento jurídico
externo, o sea, el bien común externo, como conjunto de las condiciones y de las instituciones canónicas que permiten la
realización propia a cada uno de los fieles y a la comunidad, es decir, el mismo bien común interno, que es la caridad de
Dios participada a los hombres. El bien común externo está finalizado al bien común interno, cuya persecución perfecciona
a la persona bajo el aspecto natural y sobrenatural. Sin embargo, hay que tener en cuenta que muchos de los medios
para perseguir el bien común interno, en cuanto instituciones eclesiales queridas por Cristo, o sea, de derecho divino,
están determinadas por el propio bien común interno. Como puede verse, la oposición entre el bien común y el bien de los
individuos en la Iglesia sólo puede superarse en referencia a Cristo, que es el principio del bien tanto del individuo como
de toda la comunidad eclesial. Las tensiones entre el bien del individuo y el bien común sólo pueden darse en la esfera del
bien común exterior. Cuando se dice que el fin de la ley eclesiástica es el bien común, se debe entender en el sentido de
bien común interno, la caridad de Dios participada a la Iglesia, comunidad humana de salvación, en cuanto que la la misma
ley canónica es uno de los medios que forman parte del bien común exterior para la obtención del interno. Evidentemente,
no sería aceptable que el fin de la ley canónica fuese el bien común si se entendiese éste en el sentido formal y reductivo
de orden puramente exterior al que tuviera que subordinarse el bien sobrenatural de cada fiel. Sobre esta cuestión, véase
lo que digo más extensamente en mi libro Introduzione al diritto ecclesiale. Lineamenti per una teologia del diritto nella
Chiesa (Roma 22013) 54-57.
40 Sobre esta cuestión, véase la documentada investigación de Minelli, Rationabilitas, 65-65-75; 121-133; 196-197.
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41 En el c.7 del Esquema de 1980 y en el de 1982 (schema novissimun) se daba la siguiente definición de ley: “Lex norma
scilicet generalis ad bonum commune alicui communitati a competenti auctoritate data, instituitur cum promulgatur”. Como
se ve, esta definición se inspiraba en la definición de Santo Tomás, pero sólo en parte, porque sustituía “rationis ordinatio”
por “norma generalis”. Hay que señalar que esta sustitución tiene un valor particularmente sintomático, porque marca “il
distacco da una visione dinamica della legge come ‘ordinatio rationis’ verso la visione statica e imperativa della ‘norma’.
La scelta di abbandonare la definizione dello schema novissimum, in cui quella sostituzione si consumava, ha dunque un
significato notevole. Da un lato dischiude uno spiraglio alla ricchezza della tradizione […] soprattutto in riferimento alla
nota della rationabilitas della legge. D’altro lato rilancia l’avventura dell’interpretazione” (Minelli, Rationabilitas, 133).
42 Al mismo criterio de la rationabilitas se reconducían también los cc.27 y 28 del CIC 1917.
43 La traducción y la cursiva son nuestras.
El valor del derecho canónico para la misión de la Iglesia 85
rar el “fidelium bonum”, y del mismo modo una causa “rationabilis” tiene que
ser “iusta”, porque está dirigida igualmente a procurar el “fidelium bonum”44.
Evidentemente, tampoco puede darse la dispensa del derecho divino,
por las razones ya expuestas al referirnos a la costumbre.
Igualmente la aplicación de la epikeia por parte de cualquier fiel y la
dissimulatio o la tolerantia por parte de un superior son legítimas si hay una
“iusta et rationablis causa” y se quiere procurar el “fidelium bonum”.
En todos estos casos, típicos y específicos del derecho canónico, la
“aequitas” como referencia prudente a una justicia superior, la justicia divina,
que se hace presente en la actualidad de las circunstancias particulares, debe
guiar el juicio de proporción entre la aplicación de la ley y su no aplicación,
buscando que se realice el ius, que la lex en su formulación positiva no puede
procurar en circunstancias particulares. Todo ello muestra cómo el ordenamien-
to canónico es útil en la vida de la Iglesia porque es “rationabilis” y dirigido a
procurar el “fidelium bonum” en general a través de las leyes o en particular a
través de la costumbre, la dispensa, la epikeia, la dissimulatio y la tolerantia.
44 Sobre la rationabilitas de la dispensa y la relación entre ella y el “fidelium bonum”, véase Minelli, Rationabilitas, 91-95;
139-143.
45 Hay que recordar que Santo Tomás menciona la promulgación en la definición misma de ley: “quaedam rationis ordinatio
ad bonum commune ab eo qui curam cummunitatis habet promulgata” (Summa Theologiae, I-II, q. 90, a.4, in corp.).
88 Gianfranco Ghirlanda, SJ
a aquel “ius suum” que brota de la misma relación como relativo a los sujetos
implicados en ella. La ley positiva, por ser “rationabilis”, expresa este “ius
suum”, que es el contenido, según los casos, del derecho divino natural o del
derecho divino positivo, por lo que, basándose en la ley positiva, se puede
prever por parte de todo fiel la regularidad y la previsibilidad de un compor-
tamiento. Aquí está el fundamento de la certeza del derecho.
Además, la certeza del derecho se actúa cuando en el entrecruzarse de
las exigibilidades recíprocas sobre lo que puede ser legítimamente pretendido,
los sujetos implicados en la relación son considerados fungibles, en el sentido
de que sus actos son considerados en su objetividad, por lo que todo sujeto
es igual al otro y debe cumplir lo que está prescrito por la ley positiva.
Finalmente, cuando el “ius suum” no encuentra aplicación por voluntad
de los sujetos implicados en la relación, la afirmación de la certeza del de-
recho se tiene en la resolución de la controversia por medio de la sentencia
emitida por el juez.
La certeza del derecho, si no se entiende bien, puede llevar a una vi-
sión positivista del derecho eclesial, porque podría llevar a la identificación
del ius con la lex, según la cual es ius lo que la lex establece por el hecho
mismo de establecerlo. En el derecho eclesial esa identificación no puede
hacerse, puesto que, como hemos visto al comentar el texto de la alocución
de Juan Pablo II de presentación del Código de Derecho Canónico de 1983,
el ius precede a la lex, a la cual sólo se le reconoce la función de expresar el
ius. Si, por razones particulares, la lex no expresara el ius intervienen, como
hemos visto, institutos como la costumbre praeter legem o incluso contra
legem, la dispensa, la epikeia, la dissimulatio y la tolerantia. Institutos éstos,
que parecerían contradecir la certeza del derecho, porque con ellos no se
realiza la aplicación de la ley positiva; en cambio, la no aplicación de la ley
positiva se hace precisamente para que se realice el ius, es decir, la justicia
sustancial. La justicia se realiza a través de la certeza de la ley positiva si ésta
expresa y actúa el ius; si esto por circunstancias particulares no sucediera, lo
que se debe buscar en la Iglesia no es la aplicación de la ley positiva que se
revela inadecuada, sino la realización del ius en la aplicación de un instituto
canónico u otro (la costumbre, la dispensa, la epikeia, la dissimulatio y la
tolerantia), que ofrezcan al fiel la certeza de que se está realizando la certeza
del ius, por tanto, la justicia sustancial.
El valor del derecho canónico para la misión de la Iglesia 89
48 Cf. Pablo VI, Alocución al Congreso internacional de Derecho Canónico, 19 febrero 1977, en AAS 69 (1977) 211; Juan Pa-
blo II, “Alocución a la Rota Romana, 17 febrero 1979”: AAS 71 (1979) 423; 426; Id., “Alocución al VII Curso de actualización
49 Decía Benedicto XVI: “si rende possibile un’ermeneutica legale che sia autenticamente giuridica, nel senso che, mettendosi
in sintonia con il significato proprio della legge, si può porre la domanda cruciale su quel che è giusto in ciascun caso.
Conviene osservare, a questo proposito, che per cogliere il significato proprio della legge occorre sempre guardare alla realtà
che viene disciplinata, e ciò non solo quando la legge sia prevalentemente dichiarativa del diritto divino, ma anche quando
introduca costitutivamente delle regole umane. Queste vanno infatti interpretate anche alla luce della realtà regolata, la
quale contiene sempre un nucleo di diritto naturale e divino positivo, con il quale deve essere in armonia ogni norma per
essere razionale e veramente giuridica.
In tale prospettiva realistica, lo sforzo interpretativo, talvolta arduo, acquista un senso e un obiettivo. L’uso dei mezzi
interpretativi previsti dal Codice di Diritto Canonico nel canone 17, a cominciare dal ‘significato proprio delle parole consi-
derato nel testo e nel contesto’, non è più un mero esercizio logico. Si tratta di un compito che è vivificato da un autentico
contatto con la realtà complessiva della Chiesa, che consente di penetrare nel vero senso della lettera della legge. Accade
allora qualcosa di simile a quanto ho detto a proposito del processo interiore di Sant’Agostino nell’ermeneutica biblica: ‘il
trascendimento della lettera ha reso credibile la lettera stessa’. Si conferma così che anche nell’ermeneutica della legge
l’autentico orizzonte è quello della verità giuridica da amare, da cercare e da servire” (AAS 104 [2012] 105-106. La cursiva
es nuestra).
92 Gianfranco Ghirlanda, SJ
III. EL VALOR DEL DERECHO CANÓNICO EN EL EJERCICIO DEL MINISTERIO DEL OBISPO
Como concreción del discurso que hemos hecho hasta ahora, podemos
tomar en consideración el valor que tiene el derecho canónico para el ejercicio
del ministerio del Obispo diocesano. El discurso sería muy largo, por lo que
tomamos en consideración sólo algunos aspectos fundamentales.
El Directorio Apostolorum successores, en n. 62, afirma:
50 Para profundizar en esta cuestión, cf. C. Minelli, “Diritto ‘certo’ e diritto ‘vivo’. Un itinerario canonistico”, en: Certezza del
diritto e ordinamento canonico. Percorsi di ricerca nel centenario del Codice piobenedettino (Turín 2017) 25-63.
El valor del derecho canónico para la misión de la Iglesia 93
51 Congregación para los Obispos, Dir. Apostolorum successores (= ApSucc), 22 febrero 2004, en EV 22/1575-2159.
52 Cf. I. Zuanazzi, “Legalidad [Principio de]”, en: J. Otaduy – A. Viana – J. Sedano (eds.), Diccionario General de Derecho Canónico
IV (Cizur Menor 2012) 1002-1003.
94 Gianfranco Ghirlanda, SJ
53 “Le questioni vanno trattate in base al diritto, sia universale che peculiare della Curia romana, e secondo le norme di ciascun
dicastero, ma sempre in forme e con criteri pastorali, con l’attenzione rivolta sia alla giustizia e al bene della Chiesa, sia
soprattutto alla salvezza delle anime” (Juan Pablo II, “Const. Ap. Pastor bonus, 28 junio 1988”: AAS 80 [1988] 841-930;
EV 11/787-1070).
54 “Quien emite el decreto tenga presente y busque lo que parezca conducir mejor a la salvación de las almas y al bien público,
observando las leyes y las costumbres legítimas, la justicia y la equidad”.
55 Cf. “Legalidad [Principio de]”, 1003-1005.
56 Penas facultativas están establecidas en los cc.1364; 1367; 1370 §1; 1375; 1390 §3; 1391; las penas preceptivas a menudo
están previstas de modo genérico, o sea, se impone que la autoridad conmine con una pena justa y proporcionada o una
censura, a su juicio, o una entre las penas establecidas, como en los cc.1365; 1366; 1368; 1369; 1370 §3; 1371, 1°,2°;
1372; 1373; 1375; 1376; 1377; 1379; 1380; 1381; 1384; 1385; 1386; 1387; 1388; 1389; 1390 §2; 1391; 1392; 1393; 1395;
1396. Sobre esta cuestión, cf. J. L. Santos Diez, “Legalidad penal [Principio de]”: Diccionario General de Derecho Canónico
IV, 1006-1007.
El principio general de la salvación de las almas, que induce hacia un espíritu de misericordia, rige el derecho penal y, en
mi opinión, está expresado ante todo en la previsión codicial según la cual si ha habido un cambio de la ley después de
que el delito ha sido cometido debe aplicarse la ley más favorable o debe cesar la pena si una ley posterior la ha eliminado
(c.1313). La aplicación del principio general de la benevolencia hacia el reo está determinada en algunos casos por el derecho
mismo y en otros se deja a quien debe aplicar la pena, de modo que su actitud sea la más favorable posible al delincuente,
lo cual está establecido en varios casos (cc.1315 §3; 1343; 1344, 1º,2º,3º; 1346; 1348; 1349; 1352 §§1-2; 1353).
El valor del derecho canónico para la misión de la Iglesia 95
a la intención del legislador. Lo que hay que buscar es la ratio legis y de qué
modo se realiza en el caso concreto.
Esto no significa que si se verifican faltas graves o delitos, especialmente
si han sido cometidos por ministros de la Iglesia, el Obispo no esté llamado a
“ser firme y decidido, justo y sereno. Debe intervenir enseguida, según esta-
blecen las normas canónicas, tanto para la corrección y el bien espiritual del
ministro sagrado, como para la reparación del escándalo y el restablecimiento
de la justicia, así como por lo que concierne a la protección y ayuda de las
víctimas” (PG 21; cf. ApSucc 44)57.
Durante la reforma del Código, algunos querían que también en el
derecho canónico se aplicara plenamente el principio de legalidad, según el
cual sólo se puede ser sancionado con una pena conforme a la norma legal
(“nullum crimen, nulla poena sine lege poenali praevia”), afirmado indirec-
tamente en el c.221 §3, que establece: “los fieles tienen el derecho a no ser
sancionados con penas canónicas, si no es conforme a la norma legal”. La
Comisión de reforma no aceptó el principio de manera rígida, puesto que el
c.1399, aunque lo presupone de forma directa, admite que, además de los
casos establecidos por la ley canónica, la violación externa de una ley divina
o eclesiástica, aun cuando no esté prevista como delito por la ley, puede ser
castigada con una pena justa, cuando la especial gravedad de la infracción exige
un castigo y urge la necesidad de prevenir o de reparar escándalos. En efecto,
la aplicación rígida de este principio sería perjudicial para el ordenamiento
canónico, porque tendría que ser extremadamente minuciosa para poder pre-
ver todas las posibles infracciones y, por tanto, ser rígido en la represión de
las mismas. Además, a pesar de ello, siempre se podrían verificar situaciones
graves por el daño o el escándalo que se deriva de ellas para la comunidad,
sin la posibilidad de una intervención eficaz por parte de la autoridad. Por
otra parte, el fiel está tutelado frente a una eventual intervención arbitraria
por el hecho de que la autoridad puede intervenir fuera de las previsiones de
la ley sólo cuando lo exige la especial gravedad de la infracción y hay una
necesidad urgente de prevenir o de reparar el escándalo58.
57 El n.68 del Dir. Apostolorum successores retoma la cuestión describiendo sumariamente el procedimiento judicial.
58 Para profundizar en el c.1399, cf. D. G. Astigueta, “Lo scandalo nel CIC: significato e portata giuridica”: Periodica 92 (2003),
604-615. Sobre la discusión en torno a la naturaleza del derecho penal en la Iglesia en los años de reforma del Código,
cf. V. De Paolis, “De legitimitate et opportunitate poenarum latae sententiae in iure poenali canonico”: Periodica 62 (1973)
319-373; Id., “De recognoscendo iure poenali canonico”: Periodica 63 (1974) 37-67; Id., “In scriptum F. Coccopalmerio ani-
96 Gianfranco Ghirlanda, SJ
En todo caso, el principio de legalidad está puesto, aun con todos los
atenuantes mencionados, para la tutela de los derechos de los fieles. Sobre
este punto, se debe tener presente que Pablo VI, ya en 1967, creó una segunda
sección del Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica, con función con-
tenciosa no ordinaria sino administrativa, para dirimir los conflictos surgidos
de un acto de potestad administrativa eclesiástica, y presentados mediante
la interposición de una apelación o recurso contra la decisión del Dicasterio
competente, cada vez que se discuta si el acto había violado o no una ley59.
La competencia de la Signatura Apostólica quedaba muy limitada, porque no
comprendía el derecho subjetivo lesionado por un acto administrativo sino
sólo la violación de una ley; de este modo esta sección asumía la función de
tribunal de casación. Además, lo que está previsto por el c.1733 §§2-3 para la
solución de las controversias no era considerado suficiente para garantizar la
justicia. Actualmente se da una apertura hacia una mayor tutela de los derechos
subjetivos con lo establecido en el art.123 de la Const. ap. Pastor Bonus: ade-
más del juicio de legitimidad, si el recurrente lo pide, la Signatura Apostólica
puede juzgar también sobre la reparación del daño ocasionado con el acto
ilegítimo. El daño implica la violación de un derecho subjetivo. Además, si se
produce la violación de algún derecho subjetivo por parte de la autoridad,
la previsión del procedimiento del recurso jerárquico en doble grado contra
los decretos administrativos asegura un mínimo de tutela (cc.1732-1739). El
recurso jerárquico intentado por un fiel que considera que se ha lesionado
alguno de sus derechos no debe ser interpretado por el Obispo como un acto
de desobediencia, porque está previsto por el Código y es un instrumento
para la búsqueda de la justicia (c.221 §1).
Se pueden considerar dos situaciones como ejemplo en que los dere-
chos de los fieles y los derechos de la institución deben ser tutelados simul-
táneamente, ateniéndose la autoridad a los principios de equidad y teniendo
presente la salvación de las almas (cc.1752; 700; 702). Teniendo en cuenta que
no se trata de procesos, hay que advertir que en el Código está muy detallado
madversiones”: Periodica 65 (1976) 331-342; Id., “Totum ius poenale ad externum tantum forum limitatum est”: Periodica 65
(1976) 297-315; F. Coccopalmerio, “Natura ecclesialis sacramenti Paenitentiae et actualis recognitio iuris poenalis”: Periodica
63 (1974) 223-230; Id., “Sacramentum Paenitentiae et ius poenale in structura Ecclesiae”: Periodica 64 (1975) 393-405; Id.,
“De natura iuris poenalis Ecclesiae”: Periodica 65 (1976) 317-330; 343-346.
59 Cf. “Const. ap. Regimini Ecclesiae Universae, 15 agosto 1967”, n.106: AAS 59 (67) 921. Cuando se habla de violación de
ley no se hace referencia sólo a la ley positiva sino también a la ley divina natural o revelada.
El valor del derecho canónico para la misión de la Iglesia 97
60 El Código configura los deberes que tiene el Obispo acerca del ministerio de la palabra (cc.756 §1; 763; 775, 782 §2; PG 29;
ApSucc. 124; 127-131), la eduación y la investigación teológica (cc.804-806; 810; 812; 813; PG 29; ApSucc. 126; 132-137),
los medios de comunicación social y los escritos (cc.822-831; ApSucc. 141; 142), por lo que debe estar dispuesto a defender
“con fortaleza la unidad y la integridad de la fe, juzgando con autoridad lo que es o no es conforme con la Palabra de Dios”
(cf. c.386 §2; PG 29; ApSucc. 58), e interviniendo en las cuestiones que entran en el ámbito de la moral, especialmente
en defensa de la vida humana, la libertad, la justicia social, etc. Esto, como especifica mucho más el Dir. Apostolorum
successores en el n. 117, también ante las autoridades públicas, de modo que “no consienta restricciones a la propia
libertad apostólica de anunciar abiertamente el Evangelio y los principios morales y religiosos, también en materia social”,
condenando, si fuese necesario, “toda ofensa pública a la ley de Dios y a la dignidad humana”, obrando, por una parte,
sin “entrometerse en esferas que no le competen” y, por otra, sin “aprobar intereses particulares”. Por eso, como insiste
el Directorio en el n. 209, “el Obispo debe condenar con fuerza todas las formas de violencia y elevar su voz en favor de
quien es oprimido, perseguido, humillado; de los desocupados y de los niños gravemente maltratados”. Además, el c.392
§2 hace referencia a las normas sobre los sacramentos y los sacramentales y, en general, sobre el culto divino, por lo que
es su deber intervenir para corregir los abusos y eliminar las arbitrariedades (PG 35; 37; 39; 40; Ap.Succ. 146; 147).
61 De la verdadera igualdad en la dignidad y en el obrar, con iguales derechos y deberes, que existe entre los fieles en virtud
del bautismo, surge una corresponsabilidad general y fundamental de todos sobre la edificación del Cuerpo de Cristo y el
cumplimiento de la misión de la Iglesia (cc.208; 204 §1). La corresponsabilidad indica que varios sujetos tienen todos ellos
capacidad o poder y, por tanto, derechos y deberes, sobre un objeto. Con esta corresponsabilidad general fundamental
se conectan diferentes responsabilidades personales y diversas formas de participación, según la función que cada uno
desempeña en la Iglesia. Los órganos consultivos de representación, que se configuran concretamente como órganos de
participaciónn, expresan al mismo tiempo la igualdad o entre todos los fieles o entre los fieles de una categoría determinada
(como, por ejemplo, Obispos o presbíteros) y la diferenciación establecida por el oficio de superior (como, por ejemplo, el
Obispo), que comporta una responsabilidad personal –con capacidades, poderes, derechos y deberes propios–, manifestando
instrumentalmente la presencia del único Cristo Cabeza, que guía a la Iglesia y la conserva en la unidad. La sinodalidad
de la Iglesia, entonces, se entiende como expresión operativa de la comunión eclesial en su organicidad. La participación,
desde el punto de vista general, expresa la relación entre lo que realiza por su propia naturaleza la totalidad (participado)
y lo que realiza solamente una parte de ella (participante). Por eso, la participación comporta responsabilidades diversas
entre los sujetos implicados en la relación: uno está investido de una responsabilidad personal plena sobre un objeto, los
demás participan parcialmente en esa responsabilidad. Quien tiene en la Iglesia todo el poder es Cristo, el cual, constituido
Cabeza de la Iglesia, continúa gobernándola a través de las mediaciones humanas y, por tanto, a través de sus ministros
constituidos en la Iglesia. Desde este punto de vista, nadie en la Iglesia tiene la totalidad del poder, sino que sólo participa
de él; sin embargo, en la actual economía histórica de la ministerialidad de la Iglesia –la cual administra los dones de Dios
y, por tanto, también el del gobierno, según los diversos ministerios instituidos en ella– hay algunos que, representando a
Cristo, están revestidos de una totalidad de responsabilidad y de poder en relación con el objeto particular de su ministerio.
El valor del derecho canónico para la misión de la Iglesia 99
Pero esta totalidad del poder, de cada uno en el propio ámbito, se pone en relación con los demás miembros de la Iglesia,
no ciertamente en relación con Cristo.
Para profundizar en este tema, véanse mis contribuciones “Atto giuridico e corresponsabilità ecclesiale (can. 127 CIC)”:
Periodica 90 (2001) 185-223; también en: L’Atto giuridico nel diritto canonico (Studi giuridici 59; Città del Vaticano 2002)
293-315; Introduzione al diritto ecclesiale, 147-198.
62 Hay que observar que los cc.207 §1 y 1008 dicen que “inter christifideles” algunos son constituidos Pastores en la Iglesia.
100 Gianfranco Ghirlanda, SJ
63 Cf. T. Vanzetto, “Fedeli e pastori in dialogo”, en: Partecipazione e corresponsabilità nella Chiesa, 33-35.
64 El Espíritu no actúa sólo en el Obispo, que debe tomar la decisión, sino en todos los que la Iglesia le pone a su lado para
que le ayuden a tomar la decisión mejor para el bien de la Iglesia, para cuya obtención le ha sido dada la potestad.
65 Este deber puede ser instado por el Obispo, incluso con un precepto conforme al c.49. Es claro, además, que la obligación
comporta también que se exprese el parecer: no está permitida la abstención; en el caso de consentimiento, el voto en blanco
se considera nulo y, por tanto, de hecho como voto negativo. Esto es razonable porque quien considera en conciencia que
no puede expresarse, de hecho no da su consentimiento, por lo que sería mejor que diese expresamente un voto negativo
(cf. L. Chiappetta, Il Codice di Diritto Canonico I [Roma 21996] 196; F. J. Urrutia, Les normes générales. Commentaire du Code
de Droit Canonique: Livre I [Le nouveau Droit Ecclésial; París 1994] 208-209; V. De Paolis, Il diritto nel mistero della Chiesa
[Quaderni di Apollinaris 5; Roma 21986], 373; J. M. Piñero Carrion, La ley de la Iglesia. Instituciones canónicas I [Madrid
1985] 262).
66 El secreto al que estas personas están obligadas por el c.127 §3 tutela tanto la libertad de expresión de todos (cf. c.465),
como el derecho a la buena fama y a la intimidad de las personas que estuvieran implicadas de cualquier modo en la
discusión (c.220). Esta obligación afecta tanto a las informaciones recibidas como a lo que ha sido tratado en la discusión
del grupo que se ha reunido, especialmente si se trata de cuestiones que implican a personas.
67 Cf. F. J. Chullikatt, Consultatio praevia in CIC 1983. A Historical-Juridical Study of Canon 127 (Pars Dissertationis ad Doc-
toratum in Facultate Iuris Canonici - Pontificia Universitas Urbaniana, Roma 1989) 30-31; V. De Paolis, “An possit superior
religiosus suffragium ferre cum suo consilio vel suo voto dirimere paritatem Consilii”: Periodica 76 (1987) 415.
El valor del derecho canónico para la misión de la Iglesia 101
Además, precisamente porque el consentimiento o el parecer son requisitos esenciales del proceso de formación de la
voluntad del superior, éste, basándose en el c.86, no puede dispensarse a sí mismo de la norma, invocando los cc.87 y 91
(cf. Chiappetta, Il Codice di Diritto Canonico, 197).
68 Es claro que el acto realizado por el superior contra lo que dispone el c.127 §2 es inválido, no porque falte la habilitas del
Obispo, que le viene por la titularidad legítima del oficio, de la que se deriva la potestad para realizar el acto, sino porque
falta una condición puesta por el derecho. Esta condición, aun siendo por sí misma extrínseca respecto de la voluntad del
Obispo, causa eficiente del acto, sin embargo, se presenta como un requisito esencial del proceso de formación de la decisión
del Obispo y, consiguientemente, de su voluntad en orden al acto y a sus efectos. En todo caso, hay que tener en cuenta
que el superior está obligado a obtener el consentimiento o a pedir el parecer sólo cuando ello esté requerido claramente
por la ley de modo preceptivo, y no con fórmulas como “si casus ferat”, “quantum fieri potest”, y semejantes.
102 Gianfranco Ghirlanda, SJ