LA ROMANIZACIÓN
La romanización es un proceso que comenzó en el s. III a. C, a partir de la conquista de la Península Ibérica, por el que la
población indígena asimiló los modos de vida romanos en distintos aspectos: administración provincial, urbanización y obras
públicas, estructura económica y social, cultura, lengua, derecho, ciencia y religión.
La conquista romana de Hispania fue un proceso lento y costoso que topó con la enconada resistencia de algunos pueblos
peninsulares, como los celtíberos y lusitanos. Comienza en el año 218 a.C., con la 2ª Guerra Púnica y termina en el año 19 a.C. con
las campañas del emperador Octavio contra cántabros y vascones. Finalmente, la península se convirtió en un territorio intensamente
romanizado y plenamente incorporado a las dinámicas sociales, económicas y políticas del imperio. Así lo acredita la abundancia de
enclaves romanos repartidos por toda la Península y la profunda huella de su cultura que pervive hasta hoy.
1.- ADMINISTRACIÓN PROVINCIAL Y GOBIERNO
La primera medida administrativa que tomaron los romanos tras la conquista fue la división del territorio en provincias.
Hispania, nombre con el que se conoció a la península, se divide así en provincias o territorios gobernados por un pretor con imperium
(autoridad plena y poder militar) que respondía directamente ante el Senado de Roma . Para la administración de justicia y de las
finanzas contaba con un cuestor (quaestor). Cada provincia se dividía, a su vez, en conventos jurídicos.
La división provincial se produce a lo largo de 3 etapas:
-Durante la República, siglos II-I a.C., se divide en Hispania Citerior (capital en Tarraco) e Hispania Ulterior (con capital en
Corduba).
-Durante el Alto Imperio, con Augusto, en el 27 a.C., se divide en las provincias Tarraconensis (capital, Tarraco), Lusitania
(capital, Emérita Augusta o Mérida) y Baetica (capital, Corduba). La nueva división de Hispania diferenciaba entre provincias
senatoriales y provincias imperiales. La Lusitania y la Citerior (Tarraconensis) tomaron el carácter de imperiales, mientras la Baetica
fue asignada al Senado.
Durante la época del Bajo Imperio (siglos III-V d.C.), con las reformas de Diocleciano, se buscó reducir el tamaño de las provincias.
La Tarraconensis se dividió en tres provincias: Tarraconensis, Carthaginensis, con capital en Carthago Nova (Cartagena), y Gallaecia,
con capital en Bracara Augusta (Braga). A finales del siglo III surgió la provincia de Baleárica (Islas Baleares). Esta nueva partición
provincial también llevó a la creación de una nueva organización territorial: la diócesis, que agrupaba varias provincias bajo la
supervisión de un vicario y, a su vez, dependía de una prefectura. El Imperio se dividió en cuatro grandes prefecturas. La diócesis
Hispaniarum, con sede en Mérida, englobaba las cinco provincias peninsulares (Tarraconensis, Carthaginensis, Gallaecia, Lusitania y
Baleárica) más la provincia de Mauritania Tingitana, y estaba adscrita a la prefectura de la Galia, con sede en Augusta Treverorum
(Tréveris).
2. LA IMPORTANCIA DE LAS CIUDADES
Las ciudades fueron un elemento fundamental de la romanización, desempeñando funciones administrativas, económicas, sociales,
militares, culturales y políticas. Existían varios tipos de ciudades:
● Colonias y municipios romanos: Las colonias eran ciudades nuevas fundadas y habitadas por ciudadanos romanos, con una
situación política similar a la de Roma. Ejemplos incluyen Barcino (Barcelona), Tarraco (Tarragona), Caesar Augusta
(Zaragoza), Lucus (Lugo), Valentia (Valencia), Ilici (Elche), Híspalis (Sevilla) y Emérita Augusta (Mérida). Los municipios
(municipia), aunque no eran directamente fundaciones romanas, se asimilaban a las colonias en términos de organización
política, y sus habitantes disfrutaban de derechos de ciudadanía latina o romana.
● Ciudades indígenas (peregrinas): Estas eran ciudades indígenas preexistentes que se organizaron en tres sistemas
político-administrativos:
1. Federadas: Ciudades que llegaron a acuerdos con Roma, conservaban su autonomía y estaban exentas de algunos
impuestos a cambio de prestar asistencia a Roma y suministrar víveres (Gades, Saguntum, Tarraco, Malaca, Cartago
Nova).
2. Estipendiarias: Ciudades que pagaban un impuesto o estipendio debido a su conquista forzosa, y debían pagar
impuestos y aportar tropas.
3. Libres (Liberae et immunes): Ciudades que mantenían su autonomía pero debían proporcionar tropas al ejército
romano.
A semejanza de Roma, cada ciudad contaba con un Senado (curia municipal) compuesto por decuriones y una asamblea popular
(comicios). Estas instituciones se encargaban de elegir a los magistrados, quienes realizaban las diversas tareas de gobierno. Los
magistrados más importantes eran los dunviros.
Las ciudades seguían un esquema urbanístico similar al de Roma, distribuidas en un plano ortogonal o en cuadrícula, con dos vías
principales (cardus y decumanus) que se cruzaban en el foro y estaban amuralladas. En los foros se encontraban los edificios
principales: basílicas (para justicia), curia (gobierno municipal) y templos. En el extrarradio estaban la necrópolis y los edificios para
espectáculos públicos, como anfiteatros y circos (por ejemplo, en Itálica o Tarraco) y teatros (como el de Mérida). Las ciudades
también contaban con monumentos conmemorativos (arcos de triunfo, estatuas, columnas) y una infraestructura de comunicación,
principalmente calzadas con una compleja red viaria destinada a fines militares, económicos y administrativos; puentes (como el de
Alcántara); faros (como el de Hércules en La Coruña); y puertos (como el de Cartagena). Además, tenían infraestructuras sanitarias
(cloacas) y de abastecimiento de agua, como acueductos (como el de Segovia) y cisternas.
Una amplia red de calzadas unía los principales núcleos urbanos, facilitando el control del territorio y el comercio.
3.- ORGANIZACIÓN ECONÓMICA Y SOCIAL.
Con la dominación romana, se asentó en la Península una creciente población de origen romano. Estos fundaron ciudades y
adquirieron lotes de tierras. Los más influyentes compraron grandes latifundios que explotaban desde sus villas. El intenso contacto
con la población indígena facilitó una rápida romanización. Sin embargo, no todos compartían la misma condición política y jurídica.
Inicialmente, la mayoría de los indígenas eran considerados extranjeros (peregrini). No obstante, la ciudadanía latina y romana se fue
generalizando hasta que, en el 212 d.C. bajo el reinado de Caracalla, todos los habitantes libres del imperio obtuvieron la ciudadanía
romana de manera general. Previamente, en el año 74 d.C, Vespasiano había concedido el derecho latino a todas las provincias de
Hispania. Esta ciudadanía confería el derecho a votar en los comicios y a ser elegido para cargos oficiales, ofreciendo ventajas fiscales
y jurídicas significativas.
Entre los ciudadanos romanos existía un sistema de “órdenes” al que se accedía por nacimiento o por concesión imperial. El orden
superior era el senatorial, compuesto por un pequeño número de miembros de las familias más ilustres que residían principalmente en
Roma. A continuación estaba el orden ecuestre o de los caballeros, con mayor presencia en Hispania, que desempeñaba cargos
superiores en el ejército o en las provincias imperiales. El tercer orden era el decurional, formado por los decuriones, que eran
miembros de las oligarquías municipales y ocupaban magistraturas en las colonias o cargos inferiores en el ejército. Fuera del sistema
de órdenes se encontraba la mayor parte de la población libre, caracterizada por su diversidad económica. Había pequeños
propietarios de tierras, dueños de talleres artesanales que trabajaban con la ayuda de su familia y un reducido número de esclavos,
empleados en minas o en servicios públicos y privados. Los esclavos formaban la capa más baja de la sociedad hispanorromana,
procedentes de otros territorios imperiales o de la propia Península. Estaban privados de derechos políticos y civiles y se les utilizaba
en trabajo agrícola, minero, artesanal y doméstico. El amo podía liberarlos mediante un acto de manumisión, convirtiéndolos en
libertos, quienes mantenían diversas obligaciones económicas o de respeto hacia su antiguo dueño.
El ejército fue un medio crucial para la difusión de la civilización romana, ya que se reclutaban tropas auxiliares entre los pueblos
indígenas, y al finalizar el servicio militar, los soldados podían obtener la ciudadanía y recibir lotes de tierras.
Hispania se integró en el sistema romano de producción esclavista, que fue la base de su sistema económico. Se desarrolló una
economía colonial que exportaba metales preciosos, aceites, esclavos, caballos y vinos. Este sistema organizó una red adecuada de
comunicaciones. La economía hispana experimentó un fuerte desarrollo de la trilogía mediterránea (cereales, vid y olivo), destacando
la provincia Bética, que se especializó en la producción de aceite de oliva para exportación hacia Roma, y en la producción cerealista.
Los romanos introdujeron avances técnicos, como el barbecho y el uso de abonos, junto con herramientas más modernas, como el
arado. También iniciaron el riego en las llanuras levantinas. En cuanto a la ganadería, destacó la ganadería lanar en la cuenca del
Duero y en el valle del Guadalquivir.
En las minas, también propiedad del Estado y arrendadas a empresarios y trabajadas por esclavos, se explotaban diversos minerales:
plata en Cartagena, oro en León (Médulas), hierro en el norte, plomo en Sierra Morena, cobre en Riotinto (Huelva), estaño y mercurio
en Almadén (Ciudad Real), destinados a la exportación. El comercio interior y entre Hispania y el resto del imperio se realizaba a
través de las calzadas (como la Vía Augusta y la Vía de la Plata). Además, se desarrolló un intenso tráfico marítimo en torno a tres
puertos principales (Tarraco, Cartago Nova y Gades). Uno de los principales productos de exportación era la salazón y la salsa garum
(vísceras de pescado en salmuera). Otras industrias florecientes fueron la textil, la cerámica y la industria de armas. También se
implantó la unidad monetaria romana: el denario de plata.
4. LA CULTURA
Como se ha señalado, en Hispania se produjo una intensa romanización, adoptando plenamente la cultura romana. El latín, el idioma
oficial del Imperio, se impuso en la administración, el derecho, la ciencia, la literatura y la vida pública, desplazando a la mayoría de
las lenguas indígenas. Del latín surgieron en la península el castellano o español, el gallego, el portugués y el catalán, además de las
lenguas mozárabes, que han desaparecido.
Importantes representantes de la cultura romana nacieron en Hispania, como el filósofo Séneca, el poeta Marcial, el geógrafo Mela, el
retórico Quintiliano, y los emperadores Trajano, Adriano y Teodosio.
En cuanto a la religión, Roma respetó los cultos locales y practicó el sincretismo o adopción de divinidades. Hubo un culto obligatorio
a Júpiter, Juno (diosa del matrimonio) y Minerva (diosa de la sabiduría y las artes), y más tarde, al emperador. Posteriormente,
llegaron cultos orientales (Isis, diosa de la fertilidad y la fortuna; Mitra, dios del sol; y Cibeles, diosa de la tierra, la naturaleza y los
animales) y finalmente el cristianismo en el siglo I d.C., aunque no arraigó hasta los siglos III y IV d.C., convirtiéndose en la creencia
mayoritaria con el Edicto de Milán en 313 d.C., cuando Constantino declaró la libertad de culto.
5. CRISIS DEL SIGLO III Y LAS INVASIONES BÁRBARAS
Con la crisis del siglo III, el Imperio dejó de crecer, aumentó la inseguridad y la presión fiscal, el comercio se resintió, muchos
huyeron de las ciudades al campo y la sociedad se ruralizó en torno a los grandes latifundios, que se volvieron más autosuficientes.
Surgieron instituciones como el colonato, que sometió a los campesinos a la tierra. A partir del siglo V, en un contexto de
descomposición de las estructuras imperiales, varios pueblos germánicos invadieron la Península. Finalmente, los visigodos se
establecieron en Hispania hasta la invasión musulmana, pero la huella de la romanización perduró.
CONCLUSIÓN
La romanización fue un proceso prolongado pero muy intenso que supuso la sustitución de las costumbres, las estructuras políticas y
sociales íberas y celtíberas por las romanas mucho más organizadas y unificadas, así como la homogeneización cultural con Roma
cuyo máximo exponente es la asimilación del latín como lengua oficial. Así, por ejemplo, la latinización y cristianización de la
sociedad hispánica será determinante en su evolución posterior tanto por el origen latino del castellano como por la importancia del
cristianismo en los siglos sucesivos. Pero la romanización no se limitó sólo a esos aspectos, sino que sus efectos siguen presentes en
campos tan diversos como el urbanismo, la toponimia, la economía, la infraestructura viaria, la cultura, el arte o el derecho, hasta la
actualidad.