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Conciencia Cuántica: Teoría y Debate

Desarrollo de la conciencia

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Conciencia Cuántica: Teoría y Debate

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Wikipedia.

La conciencia (del latín conscientia, «conocimiento compartido», y este de cum


scientĭa, «con conocimiento», el mismo origen que tiene consciencia, ser conscientes de ello)
se define, en términos generales, como el conocimiento que un ser tiene de sí mismo y de su
entorno. También puede referirse a la moral o a la recepción normal de los estímulos del
interior y el exterior por parte de un organismo.

Existe debate sobre en qué consiste exactamente la conciencia. En el área de la inteligencia


artificial se ha trabajado la idea de crear máquinas o programas suficientemente complejos
como para dar lugar a una conciencia artificial,[cita requerida] pero algunos han negado la
posibilidad de que una computadora pueda dar lugar a algo genuinamente indistinguible de
una conciencia.

La prueba de Turing (test de Turing), propuesta en 1950, aborda ese problema, hasta la
actualidad (2020) ningún programador ha conseguido con éxito superar satisfactoriamente
esta prueba (si bien un bot conversacional bautizado como Eugene Goostman de 2014, logró
engañar gran parte de un jurado de humanos que fueron usados para dicha prueba). Sin
embargo, el objetivo de dicho examen no es que un programa tenga conciencia, sino que nos
haga creer que la tiene.

En la especie Homo sapiens, la conciencia implica varios procesos cognitivos interrelacionados.


Se traduce del griego sy‧néi‧dē‧sis, de syn –‘con’- y éi‧dē‧sis –‘conocimiento’-, de modo que
significa co-conocimiento, o conocimiento con uno mismo. Conciencia se refiere al saber de sí
mismo, al conocimiento que el humano tiene de su propia existencia, estados o actos.

La conciencia en psiquiatría puede también definirse como el estado cognitivo no abstracto


que permite la interactuación, interpretación y asociación con los estímulos externos,
denominados realidad. La conciencia requiere del uso de los sentidos como medio de
conectividad entre los estímulos externos y sus asociaciones.

Los humanos adultos sanos tienen conciencia sensitiva y conciencia abstracta, aunque también
el pensamiento abstracto se presentaría en otras especies animales, hasta un punto que debe
clarificarse.[1][2] Filósofos como Aristóteles afirmaron y trataron de demostrar que el ser
humano es un animal racional a diferencia de los demás.

Puede explicarse la conciencia con física cuántica?

Cristiane de Morais Smith

The Conversation*

26 agosto 2021
Una ilustración de una mujer y su conciencia

Fuente de la imagen, Getty Images

Pie de foto,

Algunos científicos creen que la conciencia se genera por procesos cuánticos.

Una de las cuestiones abiertas más importantes de la ciencia es cómo se establece nuestra
conciencia.

En la década de 1990, mucho antes de ganar el Premio Nobel de Física 2020 por su predicción
de los agujeros negros, el físico Roger Penrose se asoció con el anestesista Stuart Hameroff
para proponer una respuesta ambiciosa.

Ambos afirmaron que el sistema neuronal del cerebro forma una intrincada red y que la
conciencia que produce debería obedecer a las reglas de la mecánica cuántica, la teoría que
determina cómo se mueven partículas diminutas como los electrones.

Según estos investigadores, esto podría explicar la misteriosa complejidad de la conciencia


humana.

La tesis de Penrose y Hameroff fue acogida con incredulidad.

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Las leyes de la mecánica cuántica solo suelen aplicarse a temperaturas muy bajas. Los
ordenadores cuánticos, por ejemplo, funcionan actualmente a unos -272 °C.

A temperaturas más altas, la mecánica clásica se impone.

Como nuestro cuerpo funciona a temperatura ambiente, es de esperar que se rija por las leyes
clásicas de la física. Por esta razón, la teoría de la conciencia cuántica ha sido descartada de
plano por muchos científicos, aunque otros son partidarios convencidos.

En lugar de entrar en este debate, decidí unir fuerzas con colegas de China, encabezados por el
profesor Xian-Min Jin, de la Universidad Jiaotong de Shanghai, para poner a prueba algunos de
los principios que sustentan la teoría cuántica de la conciencia.

En nuestro nuevo artículo, hemos investigado cómo podrían moverse las partículas cuánticas
en una estructura compleja como el cerebro, pero en un entorno de laboratorio.

Si nuestros hallazgos pueden compararse algún día con la actividad medida en el cerebro,
podríamos estar un paso más cerca de validar o descartar la controvertida teoría de Penrose y
Hameroff.

El físico Roger Penrose muestra la medalla que acompaña el Premio Nobel de Física, diciembre
2020

Fuente de la imagen, Getty Images

Pie de foto,

La propuesta de Roger Penrose -que ganó el Premio Nobel de Física en 2020- y de Stuart
Hameroff se llama teoría de la “conciencia cuántica”.

Cerebro y fractales

Nuestros cerebros están compuestos por células llamadas neuronas, y se cree que su actividad
combinada genera la conciencia.
Cada neurona contiene microtúbulos, que transportan sustancias a diferentes partes de la
célula. La teoría Penrose-Hameroff de la conciencia cuántica sostiene que los microtúbulos
están estructurados en un patrón fractal que permitiría que se produjeran procesos cuánticos.

Los fractales son estructuras que no son ni bidimensionales ni tridimensionales, sino que
tienen algún valor fraccionario intermedio.

En matemáticas, los fractales surgen como patrones hermosos que se repiten infinitamente,
generando lo que es aparentemente imposible: una estructura que tiene un área finita, pero
un perímetro infinito.

Esto puede parecer imposible de visualizar, pero en realidad los fractales se dan con frecuencia
en la naturaleza.

Si observamos con atención los ramilletes de una coliflor o las ramas de un helecho, veremos
que ambos están formados por la misma forma básica que se repite una y otra vez, pero a
escalas cada vez más pequeñas. Esa es una característica clave de los fractales.

Lo mismo ocurre si miramos dentro de nuestro propio cuerpo: la estructura de los pulmones,
por ejemplo, es fractal, al igual que los vasos sanguíneos del sistema circulatorio.

Los fractales también aparecen en las encantadoras obras de arte repetitivas de MC Escher y
Jackson Pollock, y se han utilizado durante décadas en la tecnología, como en el diseño de
antenas.

Todos ellos son ejemplos de fractales clásicos, es decir, fractales que se rigen por las leyes de la
física clásica y no de la física cuántica.

Obra de Jackson Pollock “Reflections on the Big Dipper”

Fuente de la imagen, Getty Images

Pie de foto,

Los fractales también aparecen en las obras de Jackson Pollock.


Es fácil ver por qué los fractales se han utilizado para explicar la complejidad de la conciencia
humana.

Dado que son infinitamente intrincados y permiten que la complejidad surja de patrones
simples repetidos, podrían ser las estructuras que sustentan las misteriosas profundidades de
nuestras mentes.

Pero si este es el caso, sólo podría estar ocurriendo a nivel cuántico, con diminutas partículas
moviéndose en patrones fractales dentro de las neuronas del cerebro.

Por eso la propuesta de Penrose y Hameroff se llama teoría de la “conciencia cuántica”.

Fractales: qué son esos patrones matemáticos infinitos a los que se les llama “la huella
digital de Dios”

La conciencia cuántica

Todavía no podemos medir el comportamiento de los fractales cuánticos en el cerebro, si es


que existen. Pero la tecnología avanzada nos permite medir los fractales cuánticos en el
laboratorio.

En una investigación reciente en la que se utilizó un microscopio de túnel de barrido (STM),


mis colegas de Utrecht y yo dispusimos cuidadosamente los electrones en un patrón fractal,
creando un fractal cuántico.

Cuando medimos la función de onda de los electrones, que describe su estado cuántico,
descubrimos que también vivían en la dimensión fractal dictada por el patrón físico que
habíamos creado.

En este caso, el patrón que utilizamos en la escala cuántica fue el triángulo de Sierpiński, que
es una forma que está entre la unidimensionalidad y la bidimensionalidad.

Este fue un hallazgo emocionante, pero las técnicas de STM no pueden sondear cómo se
mueven las partículas cuánticas, lo que nos diría más sobre cómo podrían ocurrir los procesos
cuánticos en el cerebro.
Así que en nuestra última investigación, mis colegas de la Universidad Jiaotong de Shanghái y
yo fuimos un paso más allá.

Utilizando experimentos fotónicos de última generación, pudimos revelar el movimiento


cuántico que tiene lugar dentro de los fractales con un detalle sin precedentes.

Lo conseguimos inyectando fotones (partículas de luz) en un chip artificial diseñado


minuciosamente para formar un diminuto triángulo de Sierpiński. Inyectamos fotones en la
punta del triángulo y observamos cómo se propagaban por su estructura fractal en un proceso
denominado transporte cuántico.

A continuación, repetimos este experimento en dos estructuras fractales diferentes, ambas


con forma de cuadrados en lugar de triángulos. Y en cada una de estas estructuras realizamos
cientos de experimentos.

Alfombra de Sierpiński

Fuente de la imagen, Getty Images

Pie de foto,

Se realizaron experimentos en un fractal de forma cuadrada llamado alfombra de Sierpiński.

Nuestras observaciones a partir de estos experimentos revelan que los fractales cuánticos se
comportan en realidad de forma diferente a los clásicos.

En concreto, descubrimos que la propagación de la luz a través de un fractal se rige por leyes
diferentes en el caso cuántico en comparación con el caso clásico.

Este nuevo conocimiento de los fractales cuánticos podría sentar las bases para que los
científicos comprueben experimentalmente la teoría de la conciencia cuántica.

Si algún día se realizan mediciones cuánticas del cerebro humano, podrían compararse con
nuestros resultados para decidir definitivamente si la conciencia es un fenómeno clásico o
cuántico.

Nuestro trabajo también podría tener profundas implicaciones en otros campos científicos.
Al investigar el transporte cuántico en nuestras estructuras fractales diseñadas artificialmente,
puede que hayamos dado los primeros pequeños pasos hacia la unificación de la física, las
matemáticas y la biología, lo que podría enriquecer enormemente nuestra comprensión del
mundo que nos rodea, así como del mundo que existe en nuestras cabezas.

*Cristiane de Morais Smith es profesora de física teórica de la Universidad de Utrecht, Países


Bajos. Su artículo original fue publicado en The Conversation, cuya versión en inglés puedes
leer aquí.

Fractales: qué son esos patrones matemáticos infinitos a los que se les llama “la huella digital
de Dios”

Dalia Ventura

BBC Mundo

1 diciembre 2019

Gráfico de computadora que muestra una imagen fractal “espiral” tridimensional derivada del
Conjunto Julia, inventado y estudiado durante la Primera Guerra Mundial por los matemáticos
franceses Gaston Julia y Pierre Fatou.

Fuente de la imagen, Science Photo Library

Pie de foto,

Gráfico de computadora que muestra una imagen fractal “espiral” tridimensional derivada del
conjunto Julia, inventado y estudiado durante la Primera Guerra Mundial por los matemáticos
franceses Gaston Julia y Pierre Fatou.

¿Qué tienen en común las galaxias, las nubes, tu sistema nervioso, las cordilleras y las costas?

Todos contienen patrones interminables conocidos como fractales.

Son herramientas importantes en muchos campos, desde la investigación sobre el cambio


climático y la trayectoria de meteoritos peligrosos hasta la investigación del cáncer -ayudando
a identificar el crecimiento de células mutadas- y la creación de películas de dibujos animados.
Esos son unos pocos ejemplos y hay quienes creen que, debido a su naturaleza altamente
compleja y misteriosa, aún no se ha descubierto todo su potencial.

Desafortunadamente, no hay una definición de fractales que sea simple y precisa.

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Como tantas otras cosas en la ciencia y las matemáticas modernas, las discusiones sobre la
“geometría fractal” pueden confundir rápidamente a los que no tenemos mentes
matemáticas.

Y eso es una verdadera lástima, porque hay una profunda belleza y poder en la idea de los
fractales.

Así que no nos demos por vencidos.

El genio que los nombró

El término lo acuñó un científico colorido y poco convencional llamado Benoit Mandelbrot, un


matemático polaco nacionalizado francés y estadounidense.

Mandelbrot se saltó los primeros dos años de escuela y, como judío en la Europa devastada
por la guerra, su educación se vio muy interrumpida.

En gran medida fue autodidacta o tutorizado por familiares. Nunca aprendió formalmente el
alfabeto, ni siquiera la multiplicación más allá de la tabla del 5.

Pero tenía un don para ver los patrones ocultos de la naturaleza.

Benoit Mandelbrot

Fuente de la imagen, Getty Images

Pie de foto,

Benoit Mandelbrot tenía un don con el que revolucionó nuestra comprensión del mundo.
Podía ver reglas donde el resto de nosotros vemos la anarquía. Podía ver forma y estructura,
donde el resto de nosotros solo vemos un desastre sin forma.

Y, sobre todo, podía ver que un extraño nuevo tipo de matemática apuntalaba toda la
naturaleza.

Celebrando el caos

Mandelbrot se dedicó toda la vida a buscar una base matemática simple para las formas
irregulares del mundo real.

Le parecía perverso que los matemáticos hubieran pasado siglos contemplando formas
idealizadas como líneas rectas o círculos perfectos.

“Las nubes no son esferas, las montañas no son conos, las costas no son círculos y la corteza de
los árboles no es lisa, ni los rayos viajan en línea recta”, escribió Mandelbrot.

Nubes

Fuente de la imagen, Getty Images

Pie de foto,

La forma de las nubes es complicada e irregular: el tipo de forma que los matemáticos solían
evitar a favor de las regulares, como esferas, que podían domar con ecuaciones.

El caos y la irregularidad del mundo -a lo que llamaba “aspereza”- es algo para celebrar. Para
él, habría sido una pena que las nubes fueran realmente esferas y las montañas, conos.

Sin embargo, no tenía una forma adecuada o sistemática de describir las formas ásperas e
imperfectas que dominan el mundo real.

Así que se preguntó si había algo único que definiera todas las formas variadas de la
naturaleza.

¿Compartían alguna característica matemática común las esponjosas superficies de las nubes,
las ramas de los árboles y los ríos, los bordes de las costas?
Pues resulta que sí.

Parecido a sí mismo

Piensa en las nubes, montañas, costas, brócolis y helechos… sus formas tienen algo en común,
algo intuitivo, accesible y estético.

Si las observas con atención, descubrirás que su complejidad sigue presente a menor escala.

Subyacente a casi todas las formas en el mundo natural hay un principio matemático conocido
como autosimilitud, que describe cualquier cosa en la que la misma forma se repite una y otra
vez a escalas cada vez más pequeñas.

Un buen ejemplo son las ramas de los árboles.

A la izquierda, la silueta de un árbol. A la derecha, la figura de Lichtenberg

Fuente de la imagen, Science Photo Library

Pie de foto,

A la izquierda, la silueta de un árbol. A la derecha, la figura de Lichtenberg, también conocida


como árbol de electrones o árbol de rayos. Las figuras de Lichtenberg son descargas eléctricas
ramificadas que aparecen en la superficie o el interior de un material aislante… Curiosamente
parecidos, ¿no?

Se bifurcan y se bifurcan nuevamente, repitiendo ese simple proceso una y otra vez a escalas
cada vez más pequeñas.

El mismo principio de ramificación se aplica en la estructura de nuestros pulmones y en la


forma en que los vasos sanguíneos se distribuyen por nuestros cuerpos.

Y la naturaleza puede repetir todo tipo de formas de esta manera.

Mira este brócoli romanesco. Su estructura general está compuesta por una serie de conos
repetidos a escalas cada vez más pequeñas.

Brócoli romanesco
Fuente de la imagen, Getty Images

Pie de foto,

La estructura general del brócoli romanesco está compuesta por una serie de conos repetidos.

Mandelbrot se dio cuenta de que la autosimilitud era la base de un tipo completamente nuevo
de geometría… es a eso a lo que le dio el nombre de fractal, y es a eso a lo que a veces se le
llama “la huella digital de Dios”.

El fin es el principio

¿Qué pasaría si se pudiera representar esa propiedad de la naturaleza en las matemáticas?


¿Qué pasaría si pudieras capturar su esencia para hacer un dibujo? ¿Cómo sería ese dibujo?

La respuesta vendría del mismo Mandelbrot, quien había aceptado un trabajo en IBM a fines
de la década de 1950 para obtener acceso a su increíble poder de cómputo y dar rienda suelta
a su obsesión con las matemáticas de la naturaleza.

Armado con una supercomputadora de nueva generación, comenzó a investigar una ecuación
muy curiosa y extrañamente simple que podía usarse para dibujar una forma muy inusual.

La siguiente ilustración es una de las imágenes matemáticas más notables jamás descubiertas.

Es el conjunto de Mandelbrot…

El conjunto de Mandelbrot

Fuente de la imagen, Science Photo Library

Pie de foto,

Este es el fractal generado por computadora más famoso: un paisaje arremolinado, plumoso y
aparentemente orgánico que recuerda al mundo natural, pero es completamente virtual. Es
infinitamente complejo, pero está construido a partir de una ecuación extremadamente simple
que se repite sin cesar. Del mismo modo, las formas fractales naturales se construyen
mediante reglas simples, en última instancia, las interacciones entre los átomos.
Cuanto más cerca examines esta imagen, más detalles verás.

Cada forma dentro del conjunto contiene un número infinito de formas más pequeñas, que
contiene un número infinito de otras formas aún más pequeñas… y así, sin fin.

Una de las cosas más asombrosas sobre el conjunto de Mandelbrot es que, en teoría, si se deja
solo, continuaría creando patrones infinitamente nuevos a partir de la estructura original, lo
que demostraría que algo podría ampliarse para siempre.

Sin embargo, toda esta complejidad proviene de una ecuación increíblemente simple.

Y eso nos obliga a repensar la relación entre simplicidad y complejidad.

Hay algo en nuestras mentes que dice que la complejidad no surge de la simplicidad; que debe
surgir de algo complicado. Pero lo que nos dicen las matemáticas en toda esta área es que
reglas muy simples dan lugar naturalmente a objetos muy complejos.

Esa es la gran revelación. Es una idea asombrosa. Y parece que se aplica a todo nuestro
mundo.

Algo para tener en cuenta

Piensa en las bandadas de pájaros. Cada Lo obedece reglas muy simples. Pero el grupo en su
conjunto hace cosas increíblemente complicadas, como evitar obstáculos y navegar por el
planeta sin un solo líder o incluso un plan consciente.

Es imposible predecir cómo se comportará. Nunca repite exactamente lo que hace, incluso en
circunstancias aparentemente idénticas.

Estorninos al amanecer

Fuente de la imagen, Getty Images

Pie de foto,

Los patrones de las bandadas de pájaros son parecidos, pero no idénticos.


Cada vez que lo ejecuta, los patrones son ligeramente diferentes: similares, pero nunca
idénticos.

Lo mismo ocurre con los árboles.

Sabemos que producirán un cierto tipo de patrón, pero eso no quiere decir que podamos
predecir las formas exactas, pues algunas variaciones naturales, causadas por las diferentes
estaciones, el viento o algún accidente ocasional, hace que sean únicos.

Eso quiere decir que las matemáticas fractales no pueden usarse para predecir los grandes
eventos en los sistemas caóticos, pero sí pueden decirnos que tales eventos sucederán.

La matemática fractal, junto con el campo relacionado de la teoría del caos, reveló la belleza
oculta del mundo, inspiró a científicos en muchas disciplinas, incluyendo cosmología, medicina,
ingeniería y genética, y también a artistas y músicos.

Nos mostró que el Universo es fractal e inherentemente impredecible.

Consciencia animal wiki

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Editar

La consciencia animal (o conciencia animal) es la calidad o estado de conciencia propia de un


animal, es decir, de experimentar subjetivamente los objetos externos o bien algo dentro de él
mismo.[2][3] La conciencia ha sido definida como: sentidos, estar al corriente del mundo
circundante, subjetividad, la capacidad de experimentar, estar despierto, tener un sentido de
identidad, y el sistema ejecutivo de control de la mente.[4] A pesar de la dificultad en definirla,
muchos filósofos creen que hay una intuición subyacente compartida en términos generales
sobre qué es consciencia.[5]

“Niveles de consciencia cercanos al del humano” han sido observados en el loro gris
africano[1]

La mayoría de los científicos que estudian el tema reconocen que los organismos con sistema
nervioso central tienen alguna capacidad cerebral para sentir sufrimiento y disfrute en forma
de experiencias conscientes. El 7 de julio de 2012 un prominente grupo internacional de
neurocientificos cognitivos[6][7] se dieron cita en la Universidad de Cambridge (Reino Unido)
para celebrar la Francis Crick Memorial Conference 2012,[8] que trató sobre la consciencia en
los humanos y animales dieron a conocer la Declaración de Cambridge sobre la consciencia
(Cambridge Declaration on Consciousness), en la cual se reconoce que otros animales distintos
al ser humano también poseen consciencia.[9] También se discute en qué medida los
invertebrados tienen esas capacidades.[10][11][12][13][14][15][16]

El tema de la consciencia animal es desglosado con algunas dificultades. Plantea el problema


de otras mentes de forma especialmente definida porque los animales, careciendo de la
capacidad de expresar lenguaje humano, no pueden comunicar sus experiencias con el detalle
al que estamos acostumbrados.[17

Psicología

Lifestyle

DIY

Psicología

Mamás y papás

Sexo

Longevity

Mascotas

¿Existe el libre albedrío o es una ilusión?

Psicología

Este tema ha sido objeto de discusión entre numerosos autores a lo largo de la historia

Libre albedrío o consciencia del ser humano

Libre albedrío o consciencia del ser humano iStockphoto


Alejandra Sánchez Mateos

16/09/2016 00:01Actualizado a 15/10/2016 22:19

“El ser humano está dotado de libre albedrío, y puede elegir entre el bien y el mal”,
sentenciaba Anthony Burgess, escritor inglés y autor de La Naranja Mecánica.

Sin embargo, otros autores, como el escritor colombiano Fernando Vallejo, no opinan lo
mismo: “El libre albedrío es ilusión, mera falacia. Por más que arrojen a Edipo a los lobos, el
niño crecerá y matará a su padre, desposará a su madre, se vaciará los ojos. El destino está
escrito en el cielo y escrito con sangre”.

Entonces ¿somos dueños absolutos de todas nuestras decisiones o es un mero espejismo?

Se trata de un tema controvertido del que hay infinidad de opiniones. No obstante, la ciencia
ha tratado de encontrar la verdad y disipar este tipo de dudas existenciales.

¿Nuestro cerebro nos engaña?

Un equipo de investigadores de psicología de la Universidad de Yale llevó a cabo un estudio


para tratar de comprender el funcionamiento interno de nuestra mente para conocer qué
decisiones tomamos de forma consciente y cuáles no. Los resultados, publicados en
Psychological Science, revelaron cómo nuestra libertad de elección a veces puede ser una
ilusión.

Decidir

Decidir Zero Creatives / Getty

Durante el estudio hicieron que 25 universitarios observasen cinco círculos blancos aleatorios
en una pantalla de ordenador. Se les dio una fracción de segundo para mirarlos y decidir cuál
de ellos iba a volverse de color rojo. Después debían indicar si habían acertado. La sorpresa fue
que lo que ellos creían como una decisión consciente y una predicción acertada era, en
realidad, un engaño de su mente. De una manera inconsciente ya habían visto el color rojo,
antes incluso de hacer su predicción.

Así, los científicos se plantearon si algunas enfermedades mentales donde los individuos
pierden el control sobre sus decisiones, no son también otro engaño de la mente.
El Dr. Guillermo Mattioli, presidente de la sección de Psicología Clínica, de la Salut i
Psicoteràpia del Col•legi Oficial de Psicologia de Catalunya, considera que “el libre albedrío no
es libre en absoluto. Es un ideal bastante megalomaníaco, que se basa en dos errores: el
primero, que la consciencia es consciente de todo -y por eso puede tomar decisiones “libres”-
y el segundo, que nos podemos independizar “libremente” de las circunstancias que nos
determinan”.

Decidir

Consciencia y libertad

Para Mattioli es un tema “envenenado”, porque baraja dos conceptos que los humanos
tendemos a idealizar por propio narcisismo: consciencia y libertad.

“Nuestra consciencia no manda mucho y tampoco somos tan libres como quisiéramos y, si lo
fuéramos, quizás no nos gustaría tanto”, afirma el psicólogo.

Sin embargo, hace hincapié en que, pese al escaso papel de nuestra consciencia, no podemos
utilizarlo para justificar las decisiones de las que luego nos arrepentimos.

Nuestra consciencia no manda mucho y tampoco somos tan libres como quisiéramos y, si lo
fuéramos, quizás no nos gustaría tanto”

Guillermo MattioliPresidente de la sección de Psicología Clínica, de la Salut i Psicoteràpia del


Col•legi Oficial de Psicologia de Catalunya

Entonces, ¿quién toma las decisiones?

Las personas se ven obligadas a tomar muchas permanentemente e intervienen dos tipos de
sistemas a la hora de tomarlas.

“El primero funciona de una manera más automática, inconsciente, veloz, motivado por la
experiencia previa, las creencias, las expectativas, los prejuicios, los deseos, los temores y las
emociones. Las valoramos como las más espontáneas, sin darnos cuenta de que son las más
aprendidas y automatizadas, es decir que tienen poco de espontáneas. El segundo es más
consciente, racional, lento, ponderado, amigo de valorar las alternativas, también inseguro
puesto que contempla más puntos de vista y sabe que todo pro tiene su contra”, asegura el Dr.
Mattioli.

Pese a todos los estudios, el tema sobre el pleno control de nuestros actos continúa siendo un
misterio.

“Aún sabemos muy poco. Por ejemplo, desconocemos cómo es que la materia adquiere
consciencia. Pero lo que si sabemos, es que la mayor parte de lo que ocurre en nuestro cuerpo
y mente funciona solo sin que tengamos casi noticia”, concluye el experto

Libre albedrío o determinismo: ¿Hacia un alto el fuego?


May 23, 2021 4.45pm EDT

Agustín Joel Fernandes Cabal, Universidade de Santiago de Compostela

Es importante aclarar que este artículo está pensado y escrito por una persona que se
considera liberal clásico. Esta doctrina filosófica que empodera al individuo sobre los grupos
colectivos está en fuerte discusión debido a las consecuencias de la pandemia de la COVID-19,
que nos ha obligado a ceder nuestras libertades económicas, políticas y sociales para que el
mayor colectivo reconocido a nivel mundial, el Estado, tome decisiones sobre nuestra vida.

Sin embargo esto no va de eso. Quisiera proponer un alto el fuego entre las corrientes de
pensamiento deterministas y del libre albedrío para que pensemos en cómo llegar a un puerto
en conjunto. Sin lugar a dudas creo que las posibilidades son muy altas.

Si tenemos que resumir estas dos corrientes, podríamos afirmar que el libre albedrío defiende
la libertad de elección que tiene el individuo para decidir sobre su vida y su futuro. Por otro
lado, el determinismo propone que toda acción humana está determinada de antemano; en
otras palabras, seríamos un libro escrito al que interpretamos a la perfección. A mi juicio,
ambas tesis aplicadas en su esencia más pura están equivocadas, y proseguiré a dar mis
argumentos al respecto con la ayuda de Strawson, Heidegger, Sartre y Heráclito.

Sobre la gratitud y el resentimiento

Imaginemos que un día llegamos a una cita con un amigo y este nos trae un regalo sin ocasión
alguna. Lo que sentiremos en ese instante es una enorme gratitud por el gesto que el otro ha
tenido hacia nosotros. Por otro lado, otro amigo nos pide dinero prestado pero luego de varias
semanas esta persona no nos devuelve el dinero pedido. En este caso, lo que sentiremos será
enojo y resentimiento.

Unbiased. Nonpartisan. Factual.

Tanto la gratitud como el resentimiento se generan automáticamente al percibir una actitud


distinta a la que uno esperaba y este factor sorpresa está basado en la libertad que tiene la
otra persona en darnos un regalo inesperado o que no nos devuelvan dinero prestado. Según
explica Peter Strawson en su libro “Libertad y resentimiento, “en el caso de que estas acciones
estén preestablecidas, ninguna de las dos emociones aparecerían, ya que estaríamos en
conocimiento de la acción ajena.

En otro sentido, el autor de “Libertad y Resentimiento” indaga en la filosofía moral y desarrolla


la idea de que, si el determinismo reinara, la punición penal no tendría sentido alguno, dado
que las personas no tendrían libertad de elección y acción y, al no haber libertad de acción, no
habría acción intencional y esto llevaría a una eliminación del concepto del bien y del mal
(factores fundamentales de la teoría jurídica y punitiva). Sin libertad de elección no habría
moral ni ética.

Pese a dar argumentos en favor de la libertad de acción, entiendo que la libertad total del
individuo es imposible. Siempre estuvimos, estamos y estaremos condicionados y
determinados por algo que limite nuestra libertad. En su obra “Ser y Tiempo”, Martin
Heidegger explica que el ser humano es un ser que está lanzado a un mundo de posibilidades,
cuyo concepto está resumido en la palabra Dasein y que traducida al español sería el “ser-ahí”.
Sin embargo, a la hora de manifestarse, el ser lo hace en determinados tiempos y formas. En el
momento del nacimiento, y, por qué no, de la concepción, ya estamos determinados por
nuestra familia, el sexo que tenemos al nacer, la cultura y el país en el que nos toca nacer.

Como manifiesta el filósofo existencialista francés Jean-Paul Sartre, “uno es lo que hace de lo
que hicieron con uno”, por lo que, además, uno se encuentra determinado y limitado por su
historia y su pasado.

Esas limitaciones con las que nacemos y con las que nos topamos en las diferentes etapas de
nuestra vida hacen que tomemos decisiones racionales y emocionales según el contexto que
tengamos.

En su metáfora “nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”, Heráclito resume la idea de
que el paso del tiempo nos va moldeando y haciendo personas diferentes; las experiencias que
vivimos hacen que veamos la vida de una forma diferente y por eso nos arrepentimos de las
decisiones que tomamos. Aunque quisiéramos y pongamos toda la voluntad que nos salga de
nuestro cuerpo, siempre seremos una persona diferente año a año, mes a mes, día a día y
minuto a minuto.

¿Y los que no tienen capacidad de elegir?

Entonces, si no hay libre albedrío, y el determinismo es imposible, ¿cómo se organizan las


decisiones que tomamos? Propongo que pensemos en un híbrido y que lo ilustremos con una
esfera grande con una más pequeña en el interior.

La esfera externa son las decisiones que el destino, para los ateos, o Dios, para los creyentes,
toman por nosotros. Aquí caben el sexo, la nacionalidad, la lengua materna, situación
económica heredada, la orientación sexual, la identidad, los gustos, etc. Y en la esfera interna
está el margen de decisiones libres que tenemos: estudiar o no, trabajar o no, matar a alguien
o no, tomar agua o gaseosa, salir con amigos o quedarse en casa viendo Netflix, etc.

No escapo de la idea de que hay millones de personas en el mundo que no tienen la


posibilidad de estudiar o trabajar a causa de pobreza y guerras, pero lo que trato de mostrar es
el poder de decisiones individuales que tenemos dentro de un contexto determinado e
inmodificable. Uno puede elegir matar a alguien o no, pero uno no puede elegir nacer o no
nacer, o elegir dónde nacer o de qué sexo nacer.

Otra arista muy interesante de analizar es la paradoja por la que atraviesan las mujeres y los
hombres transgénero, en los que su identidad sexual no coincide con los órganos
reproductivos a los que se les fue asignados al nacer. Esto nos plantea la existencia de un
mundo imperfecto y esta imperfección nos direcciona a una palabra clave: el error. Este
concepto es una de las caras de la libertad, ya que sin libertad no habría una mala decisión
porque no habría decisión.

En esta paradoja dialogan las dos corrientes filosóficas contrapuestas y nos plantea la
necesidad de seguir pensando esta dicotomía histórica como un movimiento de colaboración y
menos como una hegemonía de uno sobre otro

Alma
Idea de entidad inmaterial que poseen los seres vivos

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Para otros usos de este término, véase Alma (desambiguación).

«Espíritu» redirige aquí. Para otras acepciones, véase Espíritu (desambiguación).

«Anímico» redirige aquí. Para otras acepciones, véase Ánimo.

El término alma o ánima (del latín anima) se refiere a una entidad inmaterial que, según las
afirmaciones y creencias de diferentes tradiciones y perspectivas filosóficas y religiosas,
poseen los seres vivos. La descripción de sus propiedades y características varía según cada
una de esas tradiciones y perspectivas.[1]

Alma llevada al cielo por dos ángeles. Representación de la tradición cristiana.

Etimológicamente, la palabra del latín anima se usaba para designar el principio por el cual los
seres animados son semovientes, esto es, estaban dotados de movimiento propio y por tanto
poseían vida. En ese sentido originario, tanto las plantas como los animales en general, el Sol,
la Luna, los planetas conocidos, el viento, el fuego, el agua estarían dotados de alma
(animismo) en proporciones distintas, por lo que algunos serían mortales (perderían su vida
poco a poco) y otros no. Los avances en la fisiología, neurociencias y neurología permitieron
reconocer que los seres animados obedecen al mismo tipo de principios físicos que los objetos
inanimados, al mismo tiempo que pueden desarrollar actividades diferentes de estos, como la
nutrición, el crecimiento y la reproducción.

¿Adiós al alma?

Es un privilegio de la filosofía y de la teología plantear preguntas que carecen de respuesta


empírica. Sobre una de ellas se está produciendo un cambio al principio imperceptible pero
habitual ante cualquier creencia desfasada

Manuel Fraijó

23 mar 2017 – 13:42 CST

Solemos identificar el término “alma” con palabras como aliento, soplo, respiración, vida. A
veces, el alma también es concebida como una especie de fuego, fuego que se apaga con la
muerte. Por lo general, todas las culturas se han familiarizado con el concepto de alma. Se
habla del alma de las personas, de los pueblos, de los animales, de los ríos, de las montañas,
de las obras de arte. Todo lo que tiene vida tiene alma. Sin embargo, hay excepciones: en el
pensamiento chino arcaico se partía de que no todos los individuos tienen alma: se pensaba
que el alma era una especie de espíritu, de dios menor, que descendía del cielo, se instalaba en
el interior de las personas y, si se sentía “a gusto”, se quedaba para siempre; pero también
podía “emigrar”.

Se ha sido, pues, muy generoso con el término “alma” asignándole una amplia gama de
significados. Henri Bergson murió clamando por un “suplemento de alma” que detuviese la
Segunda Guerra Mundial. Estaba convencido de que, si la humanidad no da una oportunidad al
alma, al espíritu, quedará aplastada por el peso de su propio progreso tecnológico. Tener alma
significaba para él vivir en profundidad, no pasar de puntillas por la vida. Quien no tiene alma,
sentenció Søren Kierkegaard, vive en “el sótano de su propio edificio”.

Es un privilegio de la filosofía y de la teología plantear preguntas que carecen de respuesta


empírica. El alma es, sin duda, una de ellas. Su permanente presencia en la historia del
pensamiento humano se debe, como sentenció Spinoza, al afán por “durar”. Ante la evidencia
de que el cuerpo se descompone y desaparece, apelamos a un principio espiritual, no
empírico, que nos garantice la duración eterna, la inmortalidad. Es el gran servicio que desde
siempre nos viene prestando el alma. Ya Platón la declaró “inmortal”. Solo el cuerpo, al constar
de partes, se corrompe; pero el alma, al ser una realidad simple, es inmortal. Además, si las
ideas que capta el alma son eternas, también esta lo será.

Salta a la vista que la teoría de Platón presupone la separación entre alma y cuerpo, es
dualista. Se suponía incluso que el cuerpo era la cárcel del alma; una convicción que fue
llevada al extremo por Aristóteles en un diálogo de juventud, el Protréptico. Cuenta allí
Aristóteles que los piratas marinos etruscos torturaban a sus prisioneros atándolos vivos a
cadáveres, “rostro con rostro”, hasta que morían. Es, pensaba el Aristóteles joven, la situación
del alma: está atada al cuerpo como los prisioneros a los cadáveres.

Es obvio que la antropología actual no acepta esta separación entre alma y cuerpo

Es obvio que la antropología actual no acepta esta separación entre alma y cuerpo. Tampoco la
antropología bíblica conocía el binomio alma-cuerpo. El ser humano era concebido como una
unidad psicosomática. En la actualidad, la posible vida más allá de la muerte no se expresa en
forma de inmortalidad del alma. Y ello a pesar de que Karl Rahner reconocía que la separación
alma-cuerpo se convirtió en la “clásica descripción teológica de la muerte”, es decir, la muerte
acontecía cuando el alma abandonaba su pobre morada terrenal.

En nuestros días continúa siendo de especial trascendencia la impronta que Kant asignó a la
inmortalidad del alma. La postuló desde el convencimiento de que los seres humanos, al
actuar moralmente, se hacen dignos de una felicidad que este mundo nunca ofrece. Según
Adorno, a Kant le movía “el ansia de salvar”; postuló la inmortalidad del alma para no tener
que “pensar la desesperación”. Y, en la misma línea, tal vez proyectando su propia ansia de
inmortalidad, escribió Unamuno: “El hombre Kant no se resignaba a morir del todo”. En
realidad, la afirmación kantiana de Dios y la inmortalidad es indirecta: Kant pone el acento en
el sombrío panorama que se seguiría si Dios y la inmortalidad fuesen una quimera. En ese caso,
la esperanza en un final benévolo para el peregrinar humano quedaría muy ensombrecida, y
las posibilidades de encontrar un sentido último a la vida se verían muy mermadas.

Hasta el siglo XVIII, la inmortalidad del alma no pasó grandes apuros. Pero, por aquellas fechas,
haciendo gala de un empirismo insobornable, David Hume vinculó indisolublemente el destino
del alma con el del cuerpo. Observó que las peripecias del segundo afectan a la primera. Así,
en la infancia, la debilidad del cuerpo y la del alma corren paralelas; de la misma forma, el
vigor corporal de la edad adulta corre paralelo con el vigor del alma; y, cuando en la vejez
declinan las fuerzas corporales, se debilita también el alma. Hume concluyó: cuando muere el
cuerpo, muere también el alma.

Kant pone el acento en el sombrío panorama que se seguiría si la inmortalidad y Dios fuesen
una quimera

La filosofía tradicional acusó el golpe. Veníamos de aceptar, con notable placidez que, tras la
aniquilación de nuestro cuerpo, el alma corría mejor suerte y alcanzaba el estatuto de “forma
separada” del cuerpo. En ese estado permanecía hasta que la resurrección le permitía volver a
tomar las riendas del cuerpo resucitado. Pero hace tiempo que ni la filosofía ni la teología
saben qué hacer con el “alma separada”. Xavier Zubiri afirma que “quien sobrevive y es
inmortal no es el alma, sino el hombre entero”. Algo que recordó Ignacio Ellacuría en su
presentación del libro póstumo de Zubiri, Sobre el hombre. Ellacuría dejó claro que, según
Zubiri, “con la muerte acaba todo el hombre o acaba el hombre del todo”. Zubiri abandonó,
pues, la hipótesis del “alma separada” y se adhirió a la solución de la “muerte total”. Es
también la hipótesis aceptada por grandes exponentes de la teología cristiana más reciente.
Moriremos, pues, por completo; y resucitará “la persona entera”. A la pregunta “¿cómo
sucederá todo eso?”, la teología remite con humildad al insondable carácter misterioso del
tema. Estaríamos, en feliz expresión de Laín Entralgo, ante “un saber de creencia, no de
evidencia”.

La pregunta es obligada: ¿qué hacer, entonces, con la palabra “alma”? Reina bastante
unanimidad: el alma continuará siendo siempre el término de referencia de todo lo que somos
y hacemos: sentir, pensar, querer, recordar, olvidar, crear, amar… Joseph Ratzinger lo expresa
teológicamente: “alma es la capacidad de referencia del hombre a la verdad y al amor eterno”.

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