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«Nosotros no vemos las cosas como son, sino como nosotros somos».3
3. Llegamos a la vida cristiana con una cosmovisión mundanal.
Preferimos usar el término mundanal y no mundana, ya que estas dos
palabras no significan exactamente lo mismo. Mundano, de acuerdo al
diccionario de la Real Academia Española, tiene que ver con aquello relativo
a los placeres del mundo, como la sensualidad y el vicio. Mundanal, en
cambio, simplemente implica «de este mundo». Llegamos a la vida cristiana
con una cosmovisión de este mundo. Valoramos las profesiones, lo que
estudiamos, lo que vestimos, con quienes nos relacionamos y juzgamos a los
demás tal y como el mundo lo hace. Esa es la forma que hemos conocido por
años. El problema es que, a menos que sepamos y aceptemos esa realidad, no
podremos ver la diferencia entre la cosmovisión bíblica y la cosmovisión
mundanal para cambiarla. Ese es el meollo del problema. Es común escuchar
el sermón del domingo con una cosmovisión bíblica, pero vivir el lunes con
una cosmovisión mundanal.
La cosmovisión es cómo vemos el mundo, cómo lo juzgamos y cómo
reaccionamos ante él. Esa cosmovisión tiene que ser cambiada. Llegamos a la
vida cristiana con percepciones erradas y si hay algo de lo cual padecemos es
justamente de esto: vivimos con percepciones erradas, aun después de años
en la vida cristiana. La única persona que tiene una perspectiva
completamente correcta de todo lo que se ve y de todo lo que ocurre es Dios.
La pregunta que debemos hacernos es ¿cuán errados estamos en nuestras
percepciones? Aquellos de nosotros que somos consejeros podríamos decir
que lo usual para el ser humano es tener una percepción errada de la realidad.
Podemos percatarnos de lo anterior cada vez que escuchamos a un esposo
hablar sobre una situación que está atravesando en su matrimonio y luego
escuchamos a la esposa relatar esa misma situación de forma totalmente
diferente. En ese momento, uno podría preguntarse si verdaderamente estas
dos personas están casadas o no. El esposo relata algo de color blanco y la
esposa lo ve de color negro, totalmente opuesto. Vemos en esos casos que
existen percepciones distintas entre los esposos y con frecuencia erradas en
un grado u otro en cada uno de ellos.
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Tenemos una cosmovisión egocéntrica, somos el centro del universo, y ese
modo egocéntrico de ver las cosas nos vuelve ingratos. Después de recibir de
parte de Dios, de familiares y amigos, no respondemos con suficiente
gratitud. También ocurre con la iglesia, los pastores, los líderes y las otras
ovejas; todas estas personas nos proveen de ayuda y consejo espiritual, y
luego respondemos con ingratitud. La ingratitud no forma parte del carácter
de Cristo. Por consiguiente, todo eso tiene que cambiar. Si esa forma de
pensar y de actuar no cambia, comenzaremos a enseñar a otros errónea y
pecaminosamente. Enseñamos en palabras y en acciones.
4. Entramos a la vida cristiana con una sobrevaloración de nosotros
mismos.
Creemos que valemos más de lo que realmente valemos. Es por ello que
solemos emitir juicios de condenación contra otros porque al hacerlo
podemos afirmar de forma tácita que somos superiores. Quizás nunca hemos
predicado un sermón, pero asumimos que podemos hacerlo mucho mejor que
ese otro. Dios conoce esto de nosotros y por tanto nos dejó esta instrucción:
Porque en virtud de la gracia que me ha sido dada, digo a cada uno de
vosotros que no piense más alto de sí que lo que debe pensar, sino que
piense con buen juicio, según la medida de fe que Dios ha distribuido a
cada uno (Rom. 12:3).
Esa es nuestra tendencia pecaminosa. Pablo volvió a insistir sobre lo mismo
cuando escribió a la iglesia de Corinto:
Porque no nos atrevemos a contarnos ni a compararnos con algunos que se
alaban a sí mismos; pero ellos, midiéndose a sí mismos y comparándose
consigo mismos, carecen de entendimiento (2 Cor. 10:12).
¿CÓMO AUTOEVALUARNOS?
En la medida en que somos sinceros, podemos, con la ayuda de la Palabra de
Dios y del Espíritu de Dios, ir descubriendo las señales de inmadurez en
nuestro carácter. A continuación algunas de estas señales:
1. Una necesidad muy grande de aprobación.
Debido a nuestra condición caída, todos anhelamos ser aprobados. Sin
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embargo, algunos tenemos necesidad extrema de aprobación. A la menor
señal de que el otro no nos aprobó, nos ofendemos o irritamos, así fuera un
simple saludo que alguien dejó de darnos. Otras veces la necesidad está más
escondida. «Aun el compartir públicamente nuestro arrepentimiento o
fracasos podría estar motivado por un hambre inconsciente de aprobación».4
Somos personas complejas con mecanismos de defensa o formas múltiples de
ocultar nuestras disfunciones. En el fondo, estas manifestaciones externas
corresponden a inseguridades internas. Necesitamos una idea más grande del
Dios que adoramos y una idea más pequeña del hombre y de los
reconocimientos de esta vida. «Una razón por la que pecamos es porque
anhelamos la aprobación de las personas o tememos su rechazo. Necesitamos
la aceptación de otros y, cuando nos la dan, esas personas pueden
controlarnos. La terminología bíblica para esto sería miedo al hombre».5
2. El perfeccionismo.
El perfeccionismo es una señal de inseguridad. A medida que
experimentamos mayor grado de inseguridad, experimentamos mayor
necesidad de sentirnos seguros, y el perfeccionismo no es más que una forma
extrema de querer controlar nuestro entorno porque el control del entorno
garantiza nuestra seguridad, lo cual nunca lograremos alcanzar realmente.
Conforme maduramos en nuestra relación con Dios, ese perfeccionismo
debiera disminuir al sentirnos seguros en Cristo. Cuando hacemos el balance
de nuestra vida, no somos tan buenos como pensamos y somos peores de lo
que creemos.
3. Los celos.
Los celos son otra indicación de que nuestro mundo emocional necesita
madurar. Algunos experimentan celos por sus amistades cuando hacen otros
amigos. La persona celosa quiere controlar las relaciones de los demás.
Frecuentemente los hijos únicos experimentan esa sensación cuando sus
padres tienen un segundo hijo. Algunos incluso retroceden en su
comportamiento y entonces vemos a niños de ocho y diez años que
comienzan de nuevo a mojar las sábanas durante la noche, sin «poder»
controlar el esfínter urinario. Hasta ahí llega nuestra condición caída. Donde
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hay celos, invariablemente hay contiendas (1 Cor. 3:3; 2 Cor. 12:20; Gál.
5:20; Sant. 3:14,16).
4. La condenación frecuente del otro.
Esta actitud está motivada por un sentido de superioridad respecto de los
demás; es lo que en inglés se conoce como self-righteousness o arrogancia
moral. Estas personas tienden a señalar o criticar a cualquier otro que no llene
su estándar. Las personas maduras son personas humildes y las personas
humildes no se sienten motivadas a condenar al prójimo.
5. El resentimiento y la falta de perdón.
El resentimiento y la falta de perdón son evidencias de ira acumulada. Esta es
una señal de alerta de que tenemos profundas áreas de inmadurez. Las
personas emocionalmente maduras perdonan con relativa facilidad. Incluso
las no cristianas, pero emocionalmente maduras, pueden lograr otorgar el
perdón con relativa facilidad dada la imagen de Dios en el hombre. Quizás
esas personas no creyentes que logran perdonar a otros no puedan perdonar
con la profundidad con la que un hijo de Dios puede hacerlo, o con las
bendiciones que se le añaden por ser un hijo de Dios. Las personas con
dificultad para el perdón se ven a sí mismas como víctimas y olvidan que la
mayor víctima de todas fue el Señor Jesús y nosotros fuimos Sus victimarios.
6. Los arranques incontrolables de ira.
Los arranques de ira que no podemos controlar revelan falta de dominio
propio. Esta falta de control se relaciona más con nuestra naturaleza carnal
que con la imagen del nuevo hombre. Si no podemos controlar la ira, hay
algo de nuestra naturaleza pecadora que está tomando el control en esos
momentos en lugar del Espíritu Santo que mora en el creyente. Recordemos
que el dominio propio es un fruto del Espíritu (Gál. 5:22-23). La ira en un
padre o una madre produce profundos daños en la familia. Lo mismo
podemos decir cuando la ira forma parte del carácter del liderazgo de la
iglesia. «Nuestra ira surge de nuestro sistema de valores; ella expresa nuestras
creencias y motivaciones».6
7. Amar servir, pero por las razones equivocadas.
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Cuando nos encanta servir, pero por las razones equivocadas, revelamos
nuestro egocentrismo. Muchas veces, nos encanta servir a otros porque al
hacerlo somos el centro de atención y, en nuestra inmadurez, nos gusta estar
en el centro. Cuando somos el centro, la gente nos ve, nos aplaude, nos
aprueba y demás. Debemos servir, pero por las razones correctas. «Mucha
gente ha cambiado su conducta, pero sus motivaciones y deseos todavía están
errados, de manera que Dios no se siente más complacido con la nueva
conducta que con la anterior».7
Cuando no servimos y estamos en la periferia, nos sentimos rechazados,
minimizados, sin valor. La realidad es que hay un momento para estar en la
periferia y hay un momento para estar sirviendo.
8. Dificultad para reconocer el talento de los demás.
Cuando tenemos dificultad para reconocer el talento de otro, que no es otra
cosa sino una señal de envidia, nos autojustificamos con frases como «No
puedo aplaudir a otros porque entonces se podrían enorgullecer». Pero la
realidad es que en la Biblia frecuentemente encontramos a Dios elogiando a
muchos de Sus hijos. De Moisés se dice que era el más humilde sobre la faz
de la tierra (Núm. 12:3). De Job, Dios dice que era un hombre justo o
intachable. Pablo exhorta a los hermanos a imitar a Timoteo (Fil. 2:19-24). Si
hay algo que hemos aprendido es que no debemos tratar de mantener humilde
al otro porque ese no es nuestro rol. Nuestro rol es animar al otro, edificarlo,
estimularlo, ayudarlo; y Dios se encarga del resto. Esto nos permite apreciar
los talentos de los demás.
9. Dificultad para controlar la lengua.
La dificultad para controlar la lengua revela una falta de llenura del Espíritu
en la persona. Esta es una debilidad pecaminosa de la cual Santiago habla en
el capítulo 3 de la epístola que lleva su nombre. La falta de control sobre la
lengua no solamente es algo pecaminoso, sino que también evidencia una
inmadurez espiritual que es la raíz de la falta de control en nuestro hablar. El
fruto del Espíritu (Gál. 5:22-23) es el resultado de la llenura del mismo
Espíritu. Santiago nos recuerda:
Así también la lengua es un miembro pequeño, y sin embargo, se jacta de
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grandes cosas. Mirad, ¡qué gran bosque se incendia con tan pequeño
fuego! Y la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad. La lengua está
puesta entre nuestros miembros, la cual contamina todo el cuerpo, es
encendida por el infierno e inflama el curso de nuestra vida (Sant. 3:5-6).
10. Dificultad para seguir relacionándonos de cerca con otros que
difieren de nosotros.
Esto es algo significativo. Los demás no tienen que estar de acuerdo con lo
que nosotros apreciamos, con aquello que nos gusta y con lo que deseamos.
Muchos se alejan de personas que difieren de ellos porque se sienten
inseguros en su presencia. Otros solo conocen una manera de relacionarse
con los demás y es a través de la codependencia. Las personas
codependientes necesitan estar de acuerdo en todo para sentirse cómodas. La
codependencia frecuentemente es una señal de que tenemos una necesidad
extrema de aprobación por parte de otras personas a quienes necesitamos para
nuestro sentido de identidad. El control es una característica sobresaliente de
las relaciones codependientes.8
11. Actitud de sospecha hacia los demás.
Existen personas a nuestro alrededor que sospechan de todo el mundo.
Emiten juicios de valor y evalúan las intenciones de los demás como si
vivieran en su interior. Estas son personas que viven construyendo
rompecabezas y jugando ajedrez en su mente y con la gente. Dicha actitud
lleva a la manipulación. Así no podemos vivir. No se vive en tranquilidad, en
paz, moviendo fichas todos los días en la mente. Si somos emocionalmente
maduros, descansamos sabiendo que las fichas del ajedrez las mueve Dios.
Puede ser que en determinado momento la gente esté haciendo jugadas, pero
lo mejor es dejar que Dios se encargue de esas jugadas. Disfrute de la
tranquilidad que brinda tener una relación estrecha con Dios.
Necesitamos tener una vida emocionalmente madura para poder
experimentar la plenitud de vida que Cristo compró para nosotros (Juan
10:10). Nuestro deseo es que la gente viva libre de todas las ataduras que
estos temores les causan. No hay nada mejor que vivir emocionalmente libre.
En Cristo y por Cristo. No por esfuerzo propio. ¿Te imaginas el daño que
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podemos causar si vivimos amarrados por algunas de las cosas que acabamos
de mencionar? Tristemente, esas son las experiencias que se viven en muchas
de las iglesias divididas de hoy en día.
LA NECESIDAD DEL TIEMPO
El relato bíblico nos deja ver de diferentes maneras la necesidad de «ser antes
de hacer». Moisés pasó 40 años en el desierto y anteriormente había estado
40 años en el palacio del rey de Egipto. Dios comenzó a usarlo como Su
profeta 80 años después de haber nacido. ¿Qué hizo Moisés durante su
tiempo en el desierto? ¿Qué aprendió? De seguro aprendió mucho porque
servir 40 años en la arena y bajo la dirección de un suegro (Jetro) lleva a
cualquier persona a la humildad, lo que en efecto ocurrió, pues la Palabra de
Dios revela que Moisés fue el hombre más humilde sobre la faz de la tierra,
como ya mencionamos. En el palacio de faraón, Moisés fue tratado como un
príncipe, pero en el desierto fue simplemente un pastor de ovejas. Así
aprendió Moisés humildad; aprendió a servir, aprendió a seguir. Si no has
aprendido a seguir a otros, no estás listo para liderar. Créeme. No ha habido
ningún buen líder que no haya sido primero un buen seguidor.9 Josué se
formó a la sombra de Moisés, Eliseo bajo el liderazgo de Elías y Timoteo fue
formado por Pablo. El buen seguidor aprende sumisión, humildad, paciencia,
y aprende también a escuchar. Los grandes líderes siempre han aprendido
todo esto primero antes de ser usados grandemente por Dios.
El testimonio del Antiguo Testamento muestra que alcanzar la madurez y
llegar a una posición de siervo toma tiempo. Ahora bien, la realidad es que
ninguno de nosotros llegará a ser un Moisés; por tanto, no necesitamos 40
años en el desierto. ¡Gracias a Dios! Pero sí necesitamos tiempo. Y si
continuamos revisando la vida de este gran profeta de Dios, notaremos otra
forma como Dios muestra que necesitamos un tiempo de preparación y un
trabajo en nuestro carácter antes de servir. Cuando Moisés se sobrecarga de
trabajo, aparece Jetro, un hombre mayor que él y probablemente con mayor
madurez emocional, y le aconseja lo siguiente:
Además, escogerás de entre todo el pueblo hombres capaces, temerosos de
Dios, hombres veraces que aborrezcan las ganancias deshonestas, y los
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pondrás sobre el pueblo como jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez.
(Ex. 18:21).
Notemos las palabras de Jetro: «hombres capaces, temerosos de Dios,
hombres veraces que aborrezcan las ganancias deshonestas». Estos hombres
ya habían llegado a «ser antes de hacer». Antes de servir, estos hombres
debían exhibir en su carácter las características descritas en el texto citado.
El testimonio del Nuevo Testamento no es diferente. En una de sus
epístolas, Pablo instruye a Timoteo, su discípulo más joven, con relación a
cuándo colocar a las personas a servir y qué clase de personas deberían
servir. Sabemos que existen diversos tipos de servicio y unos requieren más
tiempo que otros, o requieren más carácter que otros, pero al final la idea es
la misma: para poder servir, se debe tener un tiempo de formación del
carácter. Si ese carácter no se ha formado, lo mejor es esperar a que se forme.
En ese sentido, Pablo le dice a Timoteo en su segunda carta: «Y lo que has
oído de mí en la presencia de muchos testigos, eso encarga a hombres fieles
que sean idóneos para enseñar también a otros» (2 Tim. 2:2). Aquí vemos que
la habilidad de enseñar a otros (el hacer) es precedida por la fidelidad y la
idoneidad que se observa en ellos (ser). Lo que Pablo intenta comunicarle a
Timoteo es «Timoteo, cuando vayas a seleccionar personas destinadas a la
enseñanza, escudriña su carácter y, al hacerlo, piensa en algunos que ya sean
fieles y al mismo tiempo idóneos. Luego entonces, les permites “hacer”
algo… enseñar». Ese es el orden: el carácter primero y luego el servicio. Es
importante que nosotros lo veamos.
Los líderes que Dios asigna no desarrollan su integridad después de ser
colocados, sino que su integridad les precede. Esto lo podemos ver en el
consejo de Jetro a su yerno Moisés, en las palabras de Pablo a Timoteo, y lo
vemos en los requisitos para ser anciano. Un anciano o pastor no debe ser «un
recién convertido, no sea que se envanezca y caiga en la condenación en que
cayó el diablo» (1 Tim. 3:6). El individuo debe esperar un tiempo después de
su conversión antes de poder aspirar a ser anciano. La primera de las
condiciones para ser anciano es que el candidato debe ser irreprochable (1
Tim. 3:2). Cuando alguien comienza a servir, el servicio hace recaer mucha
responsabilidad sobre la persona y la responsabilidad conlleva poder,
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influencia, privilegios y derechos que el carácter de alguien inmaduro no
estará listo para manejar.
Podemos ver nuevamente que el testimonio de la Escritura es que para
manejar servicio, derechos, privilegios, influencia y poder se requiere
carácter. La gracia de Dios es la que hace posible todo lo que llegamos a
hacer; pero, una vez que pasamos de la gracia de Dios a algo más terrenal,
podríamos decir que todo está relacionado con el carácter, y su formación
lleva tiempo. Nuestro Dios nunca está de prisa, como ya dijimos. La Biblia es
cristocéntrica de principio a fin y, aun así, cuando Cristo vino, tuvo que
esperar unos 30 años para predicar el primer sermón. Treinta años de espera
para la persona que es el objeto y el sujeto de toda la revelación bíblica. ¿Por
qué? Porque Su hora no había llegado. Dios tiene un tiempo para cada cosa
bajo el sol, pero el hombre quiere que las cosas se hagan según su cronología.
Jesús vivió Su vida de una manera muy diferente:
Después de esto, Jesús andaba por Galilea, pues no quería andar por
Judea porque los judíos procuraban matarle. Y la fiesta de los judíos, la de
los Tabernáculos, estaba cerca. Por eso sus hermanos le dijeron: Sal de
aquí, y vete a Judea para que también tus discípulos vean las obras que tú
haces. Porque nadie hace nada en secreto cuando procura ser conocido en
público. Si haces estas cosas, muéstrate al mundo. Porque ni aun sus
hermanos creían en Él. Entonces Jesús les dijo: Mi tiempo aún no ha
llegado, pero vuestro tiempo es siempre oportuno (Juan 7:1-6).
Pablo esperó unos siete a diez años a partir de su llamado camino a
Damasco para emprender su primer viaje misionero. En el Antiguo
Testamento, Dios estipuló que la edad mínima para servir como sacerdote era
de 30 años. No creemos que Dios escogiera esa edad al azar porque nuestro
Dios es un Dios de propósito. Sin lugar a dudas, en la historia de la Iglesia ha
habido personas que comenzaron a servir a Dios como predicadores aun en la
adolescencia. Jeremías fue uno de esos profetas y Charles Spurgeon fue uno
de esos predicadores. Pero no hemos tenido muchos Jeremías ni muchos
Spurgeon. Además, las excepciones no hacen la regla.
Dios ha enfatizado el desarrollo del carácter a lo largo de toda Su
revelación. Cuando Pablo le escribe a Timoteo, le dice: «No permitas que
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nadie menosprecie tu juventud» (1 Tim. 4:12a). E inmediatamente después
agrega: «[A]ntes, sé ejemplo de los creyentes, en palabra, conducta, amor, fe
y pureza» (1 Tim. 4:12b). Pablo parece decir: Timoteo, te aconsejo que aun
en tu juventud, seas un ejemplo…
en palabra… cuando hablas.
en conducta… en tu estilo de vida.
en amor… en lo que sientes.
en fe… en lo que crees.
en pureza. en lo que ves y haces.
En todo esto Timoteo debía ser un ejemplo, y nosotros hoy en día por igual.
Dios hace énfasis en el carácter aun en la juventud, sobre todo para aquellos
que queremos servirlo. Es el carácter que nos sostendrá en las crisis.
Tenemos que representar bien a nuestro Dios delante de los hombres. Aun
este simple ejemplo nos deja ver cuán importante es «ser antes de hacer».
Como lo vimos al inicio del capítulo, cuando la iglesia primitiva comenzó a
crecer, fue necesario delegar algunas de las tareas que los apóstoles venían
haciendo hasta ese momento. Entonces vemos que después de que la iglesia
había aumentado a varios miles de personas, hubo que incluir a otros que
pudieran ayudar en la ejecución del ministerio. Por un lado, dicha delegación
de funciones fue motivada por algunas quejas que surgieron por parte de las
viudas helenistas. Veamos:
Por aquellos días, al multiplicarse el número de los discípulos, surgió una
queja de parte de los judíos helenistas en contra de los judíos nativos,
porque sus viudas eran desatendidas en la distribución diaria de los
alimentos. Entonces los doce convocaron a la congregación de los
discípulos, y dijeron: No es conveniente que nosotros descuidemos la
palabra de Dios para servir mesas. Por tanto, hermanos, escoged de entre
vosotros siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de
sabiduría, a quienes podamos encargar esta tarea. Y nosotros nos
entregaremos a la oración y al ministerio de la palabra (Hech. 6:1-4).
Para una tarea tan simple como servir mesas fue necesario escoger personas
de buen testimonio ante los hombres y de un buen caminar delante de su
Dios. Observa cómo el texto describe a las personas que debían encargarse de