Empezar de nuevo
Sophie Saint Rose
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Epílogo
Capítulo 1
Carolina exasperada tiró de su enorme maleta para ir
a la salida del aeropuerto. Al abrirse las puertas, la azotó un
calor intenso en la cara y gruñó. —Vete a Japón, es una
oportunidad única en tu trabajo. Te encantará Tokio —dijo
irónica—. Lo que no te dicen es que tienes que hacer la
mudanza a toda leche, que te tienes que meter en una lata
con alas catorce horas en clase turista con un tío que
ocupaba dos asientos y que en agosto hace un calor
comparable al del infierno. Esto empieza estupendamente.
—Miró a su alrededor. ¿Dónde estaría su chófer? Se moría
por una ducha y dormir doce horas. Gracias al tipo de al
lado con sus ronquidos no había pegado ojo. Menos mal que
había podido trabajar. —Vamos… —Miró a un lado y al otro
colocándose las correas del enorme bolso y del ordenador
sobre el hombro. Habían llegado a la hora, no lo entendía.
Entrecerró los ojos y abrió su bolso para sacar el móvil.
Genial, no tenía cobertura. Entonces recordó algo y casi
grita de la impotencia. Se le había olvidado que como allí
tendría que cambiarse de compañía y el móvil era de la
empresa, su secretaria en Nueva York iba a dar de baja su
número. —Mierda, mierda. —Tomó aire por la nariz
intentando calmarse. —Solo estás agotada, llevas tres días
sin dormir y estás agotada. Cálmate y busca soluciones. Un
taxi. ¡Qué sería genial si supieras a dónde coño tienes que
ir! —Una japonesita muy mona que pasaba ante ella se
sobresaltó y casi corrió para alejarse. Hizo una mueca. —
Controla tu carácter, Carol, aquí tienen otras costumbres.
Son calladitos y parecerás una loca. Leche, qué calor. —
Apartó su melena pelirroja sobre su hombro para despejar la
nuca de los húmedos rizos y vio pasar a un hombre con una
toalla mojada en el cuello bajándose de un coche. Otro
llevaba un pequeño ventilador en la mano y a punto estuvo
de tirarse sobre él para robarle. Necesitaba uno de esos.
Preguntándose si los venderían por allí se giró y vio a un
grupo que se detuvo. Una chica con el cabello clarísimo
apareció tras ellos tirando de su maleta mientras hablaba
por teléfono. Y era americana, seguro que le echaba una
mano. Tiró de su maleta corriendo tras ella. —Perdona. —La
chica la miró. —Disculpa que te moleste, pero es que mi
chófer no ha venido y…
—Nani o itte iru no ka wakarimasen.
La madre que la parió, si llevaba una camiseta de
tirantes de la universidad de Minnesota y botas de cowboy.
Forzó una sonrisa mirándola fríamente con sus preciosos
ojos verdes. —Cincuenta pavos si me dejas el móvil.
—Te llamo luego —dijo antes de colgar y tenderle el
teléfono.
Lo cogió de su mano. —Te hubiera dado cien. Aprende
a negociar.
La chica la miró de arriba abajo, desde sus pantalones
de pinzas beige a su camisa de seda rosa. —¿Ejecutiva?
—Soy la nueva directora de exportaciones e
importaciones de Kowayashi Enterprises. Es una empresa
que exporta e importa por todo el mundo aprovechando que
tiene que exportar sus productos. Tienen fábricas por todo
Asia. —Buscó en su bolso.
—¿Qué buscas?
—La maldita dirección de la empresa. No tengo la de
mi hotel, pero sí la de la empresa en… —La chica chasqueó
la lengua y cogió su móvil. —¡Eh! ¡Ya habíamos negociado!
—Sé dónde está la torre Kowayashi. Vamos, te dejaré
de camino.
—Gracias, gracias…
Agarró su maleta y la siguió hacia la parada de taxis.
—No te importará pagar a ti, ¿verdad?
—No, claro que no.
—¿No sabes nada de japonés?
—Se supone que tendría una traductora conmigo
hasta que pudiera soltarme un poco.
La chica soltó una risita. —Te va a ir genial. Primera
lección, nunca abras la puerta de un taxi, se abren solas.
Efectivamente cuando el taxista se dio cuenta de que
se acercaban la puerta trasera se abrió sola. —Y jamás la
cierres, se cabrean un montón.
—Vale.
—Lo harás inconscientemente, todos los turistas lo
hacen.
El taxista con una amable sonrisa cogió sus maletas y
las metió en el portaequipajes. La chica ya se había metido
en el coche y ella lo hizo detrás. —Por cierto, me llamo
Carolina Carpenter.
—Leila Morrison.
—¿Y qué haces en Tokio? ¿Trabajas aquí?
—Nací aquí, mi padre era diplomático. —Le dijo la
dirección al conductor que cerró las puertas asintiendo
vehemente con la cabeza. —Ahora trabajo de traductora.
Se le cortó el aliento. —No fastidies.
—No te hagas ilusiones, seguramente gano más que
tú.
—Lo dudo mucho. Quieren que esté cómoda
trabajando aquí, el vicepresidente me ha llamado mil veces
y me ha dicho que pida lo que quiera. Y te quiero a ti.
¿Cuánto?
Entrecerró sus ojos azules. —¿Podré seguir con las
traducciones de libros?
—En tus ratos libres puedes seguir haciendo lo que te
dé la gana mientras no interfiera en mi trabajo.
—Cinco mil al mes. Dólares americanos, maja.
—Hecho.
—Mi horario es de nueve a cinco. Las horas extras las
cobro aparte.
—Estaba equivocada, sí sabes negociar.
—Gracias. —Leila sonrió de oreja a oreja alargando la
mano. —Ya tienes traductora.
—Genial. —Respiró hondo mirando al frente. —Ahora
todo saldrá perfecto.
—¿Nerviosa?
—No he descansado en tres días, me muero por una
ducha, una comida decente y estoy hecha un desastre. Voy
a presentarme en una empresa japonesa sin saber nada de
japonés y voy a vivir en una ciudad que no conozco de
nada. ¿Nerviosa? No. ¿De dónde sacas esa idea?
—¿Por qué has aceptado el puesto?
—Porque todo el mundo decía que sería la leche. Una
oportunidad única. Cuando regresara a los Estados Unidos
cualquiera se mataría por tenerme en plantilla. Toda la vida
me han enseñado que el que no arriesga no gana, así que
aquí estoy.
—Bueno, se nota que sabes andar por el mundo, no te
será difícil aclimatarte. Exportaciones, ¿eh? ¿Hablas chino?
—Al parecer elegí mal el idioma.
—No creas. Si sabes chino aquí tienes mucho futuro.
Además, si lo has aprendido no hay nada que te impida
aprender este idioma. Si quieres te doy unas clases.
Sonrió divertida. —¿Me las cobrarás aparte?
—Por supuesto.
—Tú sí que tienes futuro aquí. ¿Has ido a visitar a la
familia?
—A mis abuelos. Hacía seis meses que no les veía.
—¿Tus padres siguen aquí?
—No, ahora viven en Los Ángeles, mi hermano vive
allí y cuando mi padre se jubiló se trasladaron cerca para
ver más a menudo a los nietos. ¿Tú tienes familia?
—Una tía que no veo desde el funeral de mi padre
hace nueve años. Murió de cáncer de pulmón. Mi madre
murió cuando yo tenía diez años atropellada por un taxi.
—Ah… —Apretó los labios. —Lo siento.
—Gracias.
—Así que estás sola.
—Sí. —Miró al frente. —No me ataba nada.
—Ya verás, aquí estarás genial. La gente es muy
amable. ¿Te gusta el sake?
Parpadeó por el cambio de tema. —No lo he probado
nunca. No bebo alcohol.
—Leche.
—¿Qué?
—Aquí suelen quedar para tomar algo después del
trabajo. Y cuando digo quedar, digo pillarse unas cogorzas
de cuidado.
—No fastidies.
—Es como una tradición. El nomikai es casi
obligatorio, sobre todo si lo dice el jefe.
—Dios…
—Es para relajarse del trabajo. En ese tipo de
reuniones no hay jerarquías. —La advirtió con la mirada. —
Pero no te pases, después te morirás de la vergüenza
porque son muy rectos con sus cosas. Conozco a varios que
al día siguiente han presentado su renuncia porque se
habían pasado de la raya. Ah, y debes llevar un regalo
siempre que vuelvas de un viaje. Galletas. La gente suele
llegar al curro coger una de las galletas y a currar.
—Ay, madre…
—¿Te cuento más o…?
—Sigue, por favor.
—Cuando alguien te dé algo siempre cógelo con
ambas manos e inclínate hacia adelante agradeciéndoselo.
Nunca hables en el metro o en el tren, muchos lo usan para
dormir o trabajar y está mal visto hablar por el móvil o con
otra persona. Molestas.
—Bien.
—No se come mientras caminas. Puedes manchar a
alguien.
Silbó y Leila rio por lo bajo. —Sí, en algunos aspectos
son más estrictos que nosotros, pero en otros nos superan
con creces. Son educadísimos y amables. Se desviven por
ayudarte. No verás que tiren un papel en la calle, de hecho
prácticamente no hay papeleras. La comida es deliciosa en
cualquier restaurante al que vayas, ¿y las compras? Verás
cosas que ni te imaginas. Ah, y los wáteres son mucho
mejores, con chorrito y calentitos, es un gusto sentarse.
Rio. —Seguro que los apreciaré. —Miró a su alrededor.
—Este calor…
—Sí, es agobiante. Por eso sigue las normas. Mucha
hidratación, una sombrillita y ventilador portátil. Ah, y
venden unos caramelitos para cuando te da la pájara.
—¿Cuando da qué?
—Ya sabes, si sientes que te falta el aliento, crees que
vas a desmayarte… Tranquila, te los compraré yo. Los
venden en varias tiendas. También se venden paquetes de
pañuelos que se enfrían y te bajan la temperatura un par de
grados. —La miró horrorizada. —Sí, es que agosto es la
leche. Pero en marzo, cuando florecen los cerezos, es
precioso. Si no tienes alergia, claro, porque también es
cuando el ciprés y el cedro sueltan el polen y....
—¿Alergia? —preguntó espantada—. ¿Polen?
—No fastidies, ¿eres alérgica?
—Bastante.
Leila hizo una mueca. —¿Eres alérgica a algo más?
—No.
—Bah, hay antihistamínicos. Antihistamínicos y
médicos. Aquí hay un montón de médicos, estarás bien
cuidada.
—Sí, claro.
—Ya estamos llegando.
El taxi se detuvo y sacó su cartera a toda prisa. Vio en
el taxímetro cuanto era y sacó los yenes para pagarle. —
Dile que se quede con la vuelta.
—Le estás dando casi cuarenta pavos de propina.
—Oh… Coge tú lo que creas conveniente. —Se volvió
a toda prisa.
—No abras…
Demasiado tarde, en cuanto abrió el chófer empezó a
increparle en su idioma, claro, por lo que no se enteró de
nada. Leila le dijo algo que le calmó un poco, poquísimo y
asombrada miró a su nueva amiga que reprimió la risa
saliendo del taxi. —Te dije que no abrieras la puerta.
—Lo siento. —El hombre salió del coche. —¡Lo siento!
Leche, que mala baba.
Reprimiendo la risa Leila fue hasta sus maletas que ya
estaban en la acera y el hombre dijo algo cerrando el
portaequipajes, pero ella le respondió en su idioma muy
calmada y esa vez sí que le cerró la boca. Incluso sonrió.
Suspiró del alivio. Iba a ser difícil cambiar sus costumbres,
pero lo conseguiría. Más le valía que lo consiguiera, porque
lo estaba arriesgando todo por ese trabajo. —¡Lo siento! —
Se volvió y elevó la vista recorriendo el impresionante
edificio de cristal.
Leila se puso a su lado. —¿Estarás en la última planta?
—Ni idea. —La miró y se sobresaltó. —¿Y las maletas?
—Tranquila, aquí es muy raro que te roben. Casi no
hay robos.
—Que bien, ¿no? —Miró tras ella y vio que las maletas
estaban a un par de metros. —Tú por si acaso no las pierdas
de vista, ¿vale?
—¿No quieres que entre contigo? Para decir quién eres
y eso.
—Aquí hablarán inglés. El vicepresidente lo habla. —
Leila levantó una ceja. —No fastidies.
—A ver, mucha gente joven habla inglés, pero otros
muchos, la mayoría no. Por eso tengo tanto trabajo, maja.
Coge la maleta.
Frustrada fue hasta ella y tiró de la dichosa maleta. —
Acabemos con esto.
—Me muero por ver donde trabajarás.
Gruñó por dentro. No le apetecía nada que la vieran
como una inútil que ni sabía arreglárselas sola. Pasaron
unas puertas de cristal y caminaron por el suelo de mármol
gris hasta la recepción. Sonrió a la recepcionista que de
inmediato se levantó para atenderla. —Tatemono heya
yokoso Kowayashi dou sure ba karera wa tasukeru koto ga
deki masu ka?
—¿Qué ha dicho?
—Te da la bienvenida y pregunta qué puede hacer por
ti. —Leila se acercó y habló con ella. Solo entendió su
nombre y la muchacha de inmediato levantó el auricular de
un teléfono con una sonrisa en los labios.
—Está llamando a alguien.
—Hasta ahí llego.
—¿Mosqueada?
—Odio perder el control —dijo entre dientes.
—Tranquila, lo recuperarás antes de que te des
cuenta. —Miró a su alrededor. —Aquí se han gastado un
dinero.
—Para una empresa de doscientos billones de dólares,
no creo que sea mucho.
—Alucino. ¿Cuánto te pagan a ti?
Reprimió una sonrisa. —Lo suficiente como para dejar
Nueva York. ¿Y tú por qué sigues aquí?
—Tengo amigos, trabajo… —Se encogió de hombros.
—Es mi hogar. Siempre que estoy allí me siento algo
desubicada.
Lo entendía perfectamente. La chica les dijo algo y
Leila se volvió para responderle. —Podemos dejar las
maletas aquí.
—¿De veras?
—Cómo se nota que eres neoyorkina. No les pasará
nada. Dice que subamos al último piso.
La chica salió para coger sus maletas e inclinó la
cabeza varias veces antes de alejarse con ellas. —Hala,
vamos.
Bufó yendo tras ella. —¿Cómo puedes tener tanta
energía después de tantas horas de vuelo?
—He dormido como un tronco doce horas. Una
pastillita y listo.
—Tenía que haber hecho lo mismo, pero se me
olvidaron en la maleta. —Se miró al espejo del ascensor y
gimió por dentro pasándose los dedos por su melena. Dios,
el maquillaje era un desastre. —Genial, voy a conocer a mi
jefe con esta pinta.
—Igual tienes suerte y está en una reunión o algo…
Las puertas del ascensor se abrieron y allí había una
encantadora chica japonesa con un serio traje negro con
camisa blanca. Miró a una y luego a la otra sin mover el
gesto. —Bienvenidas a Empresas Kowayashi.
—Gracias a Dios, hablas inglés.
—Soy Chiasa Kimura su ayudante personal y
secretaria, debo hablar su idioma ya que usted tiene…
Cierta carencia. —Empezó a caminar y no les quedó más
remedio que seguirla. —Siento la confusión, se supone que
llegaba mañana, pero no debe preocuparse que su
traductora y su chófer llegarán en unos minutos para
llevarla a su departamento.
—Ella es Leila Morrison, mi traductora.
Las miró de reojo y asintió. Confundida miró a Leila
que hizo un gesto para que no le diera importancia. Chiasa
abrió una puerta. —Este será su despacho.
Entró en él. Retuvo el aliento porque era enorme y con
unas vistas de la ciudad impresionantes. Su gran mesa de
cristal tenía un ordenador de última generación. Dejó su
bolso sobre la superficie y se acercó a los ventanales de
suelo a techo. Leila se puso a su lado. —Tía has llegado a lo
más alto.
Sonrió. —Sí.
—Me da que a esa no le caemos bien —susurró—. Y no
le ha gustado nada que sea tu traductora.
—¿De veras? —dijo muy bajito—. Pues ya está hecho.
Trabaja para mí, me importa un pito lo que le gusta o no.
Escucharon que hablaba por lo bajo y ambas miraron
por encima de su hombro para verla con el móvil en la
oreja. —¿Qué dice? —preguntó a toda prisa.
Leila forzó una sonrisa. —¿Has dejado tu trabajo en
Nueva York?
—Claro.
—Cachis.
—¿Qué pasa?
—Tu vicepresidente, ese que te daba lo que pidieras…
Pues le ha atropellado un tren.
Dejó caer la mandíbula del asombro. —No fastidies —
dijo entre dientes.
—Shusss. El presi no te quería a ti. —De repente
sonrió. —Pero no importa porque va a cambiar toda la
cúpula de la empresa.
No se lo podía creer. —Pero si los Kowayashi llevan en
el negocio tres generaciones y el presi no tiene hijos.
—Accionistas, ya sabes. De momento lo va a llevar un
tal… Ay, no la he entendido bien. ¿Edgefield? ¿Edgerly?
—Dios mío. —Agarró su muñeca. —¿Edgerly?
¿Chadrick Edgerly?
—No sé su nombre de pila. —Miró de reojo a Chiasa.
—Ahora dice que sí, que sí, que sí otra vez… Te llevarán al
apartamento que tienen para ti hasta que decidan qué
hacer.
Entrecerró los ojos. No podía perder ese trabajo. Que
cambiara la dirección de la empresa justo en ese momento
era todo un fastidio, pero trabajar con Chadrick Edgerly…
No podía perder ese trabajo.
Se volvió hacia Chiasa. —¿Algún problema?
La miró sorprendida antes de susurrar algo al móvil y
colgar. —No, por supuesto que no. Ya están abajo su
traductora y su chófer.
Leche, qué bien mentía su ayudante. Iba a ser una
adquisición buenísima para el equipo. —Perfecto, estoy
agotada. Quiero que me envíes por mail las últimas cifras de
importación y exportación de la empresa. Los dossiers de
las reuniones de accionistas de los últimos cinco años y
también las del consejo de administración. Quiero un
informe de las acciones tomadas por mi antecesor y los
socios con los que trabaja la empresa. Ah, y toda la
facturación de estos últimos años en exportación e
importación, y lo quiero todo cuanto antes. —Salió al pasillo
con ellas detrás.
—¿No apuntas? —preguntó Leila divertida.
—Tengo buena memoria.
Carol pulsó el botón del ascensor diciendo otras cosas
que necesitaba para ponerse al día y cuando se abrieron las
puertas entró con Leila detrás que pulsó el botón del bajo.
—Hasta mañana.
La chica inclinó la cabeza mientras se cerraban las
puertas. —Leche, ¿crees que te lo enviará?
—Más le vale que sí, porque yo voy a hacer lo
imposible por quedarme en la empresa.
Capítulo 2
Salió de aquella ducha con cuidado de no resbalarse
en el impecable mármol y se rodeó con la esponjosa toalla.
Salió a la habitación y escuchó risas al otro lado del tabique.
—Estupendo —dijo entre dientes.
Agotada se sentó en la cama. Necesitaba dormir. Se
secó lo más rápido que pudo y estaba secándose el cabello
con la toalla cuando escuchó un golpe en la pared que la
sobresaltó antes de que se oyeran unas risas de lo más
escandalosas.
Al parecer en un tren había que cerrar el pico, pero
cada uno en su casa podía desahogarse. Pues que lo
hicieran otro día. Se acercó a la pared y golpeó con la mano
abierta. —¡Eh, que algunos queremos dormir! —Pegó la
oreja y escuchó más risas. Será posible… Entrecerró los ojos
y golpeó de nuevo. —¿Estáis mal del oído? Puede que no me
entendáis, pero es evidente que estáis molestando, ¡así que
dejad de dar por culo!
—Muy educada, sí señor.
Jadeó mirando la pared. La entendía, aquel tipo la
entendía. —¡Para educado tú, majo! Algunos trabajamos,
¿sabes?
—¡Son las cuatro de la tarde! ¡Deja de joder! —
Escuchó que decía algo en japonés y una chica soltó una
risita.
Se sentó en la cama y las risas aumentaron. Se cruzó
de brazos molesta mirando la pared. Las risas cambiaron y
escuchó suspirar a alguien. —Sí, preciosa… La chupas muy
bien. —Dejó caer la mandíbula del asombro y se subió sobre
la cama de rodillas para pegar la oreja. —Eso es, métetela
toda. —Sin aliento sintió que su vientre se estremecía por su
voz enronquecida y entonces escuchó que algo golpeaba la
pared. —Abre las piernas. —Un gemido provocó que su
estómago diera un vuelco y de repente el cuadro que
estaba sobre su cama tembló. Sin poder dejar de mirarlo,
vio que volvía a temblar hasta elevarse la parte baja lo
suficiente como para golpear la pared. Y los golpes
aumentaron poco a poco al igual que los gemidos al otro
lado del tabique. La chica empezó a gritar con cada
empellón y asombrada por como disfrutaba ni sintió como
sus pezones se endurecían con fuerza. —¿Te gusta,
preciosa? Va a ser el mejor orgasmo de tu vida. —Carol
apretó las piernas sin darse cuenta, sintiendo un placer
exquisito. y Escuchó que él gruñía antes de pegar tal
empujón, que el cuadro cayó sobre la cama mientras Carol
tenía el orgasmo más intenso de su vida. Sin aliento no
podía apartar la mirada de la pared antes de dejarse caer
en el colchón. No se lo podía creer, había tenido un orgasmo
escuchándoles. Jamás había pensado que algo así podría
pasar. Si a ella no le gustaba el porno. Un novio que había
tenido en la universidad había insistido en que vieran una
peli mientras se enrollaban y a ella le había quitado de
golpe toda la libido. Le había parecido grotesco. Y sin
embargo… Miró hacia la pared. Aquello demostraba que
necesitaba una relación ya, hacía mucho tiempo que no se
acostaba con un hombre. Desde que ese cabrito de
Jefferson… Olvídalo antes de que te cabrees de nuevo. Pero
sí, necesitaba conocer un hombre. —Pues estás en el sitio
correcto, Carol, porque los tipos que te gustan por aquí
abundan —dijo con ironía.
—Ponte a cuatro patas.
Asombrada miró hacia la pared. ¿Es que pensaba
seguir?
Sentada al estilo indio en la cama con el ordenador
delante, ya había perdido todo el morbo. Miró hacia la pared
por el grito de aquella afortunada que ya llevaba tres
orgasmos de la leche. Era evidente que el tipo se esforzaba.
Miró de nuevo las cifras. Aquella empresa era diez
veces más grande que en la que había trabajado antes y
entendió perfectamente por qué la habían contratado. Su
predecesor había dejado de buscar nuevos intereses en
Estados Unidos y en Europa centrándose en Asia. Mantenía
sus clientes, sí, pero no los había ampliado en los últimos
dos años. Apuntó los puntos débiles y escuchó el agua de la
ducha al otro lado. Al fin. Cerró el ordenador y lo dejó sobre
la mesilla. Tenía que mantener ese trabajo. Chadrick Edgerly
era considerado un genio en el mundo de los negocios.
Recién salida de la universidad y después de pasar un
montón de test de recursos humanos, la había entrevistado
para un puesto de subdirectora de exportaciones. Se rio en
su cara, literalmente. Y después de la risotada le dijo que
era una cría que no tenía ninguna experiencia, que debía
dejar de soñar y ponerse a trabajar como una cabrona para
que alguien la tomara en cuenta. Y por cierto, le dijo con
mala leche, la próxima vez no te vistas de rosa para una
entrevista. A las pelirrojas no les sienta bien.
Entrecerró los ojos levantándose y se acercó al
armario para repasar la ropa que había colgado
pulcramente por colores. Sacó un traje rosa con una ligera
camisa blanca. —Te voy a demostrar que no hay que juzgar
un libro por su portada, capullo prepotente.
Se despertó sobresaltada con los ojos como platos y
totalmente desorientada. ¿Dónde estaba? Entonces recordó
que ya no estaba en Nueva York y suspiró pasándose la
mano por los ojos. —Por Dios… —Alargó la mano para coger
su reloj de pulsera. Las tres y media de la mañana. —No, no.
—Se giró abrazando la almohada y fue cuando escuchó a
alguien hablando. Miró hacia el cabecero.
—Sí Marc, tenemos que aumentar esa productividad
en un cien por cien.
¿Con quién hablaría a esas horas? En Nueva York
serían las dos de la tarde más o menos. ¿Sería americano?
—No, joder… ¡Eso no es suficiente! ¡Quiero convertir
Kowayashi en la empresa más importante de Asia!
Se le cortó el aliento. Trabajaba en la empresa. —Claro
que trabaja en la empresa, estúpida, por eso te han dado
este piso. Es de la compañía, así que el suyo también. —
Pensó en ello. Estaban en la última planta. Y la que ahora
sería su casa era bastante espaciosa. Tenía entendido que
los pisos en Japón eran pequeños, pero el suyo no tenía
nada que envidiarle al que tenía en Nueva York. Si él estaba
al lado es que tenía un puesto importante en la empresa y
que quisiera convertirla en la más importante de Asia era
porque estaba al mando de un departamento. Se le cortó el
aliento. O de todos. Se sentó de golpe. No, no podía ser.
¿Estaba allí?
—¡No me cuentes historias! ¡Hazlo! ¡Las acciones han
bajado un dos por ciento y no se puede consentir!
Sí, era él. Ahora no tenía ninguna duda. Sonrió
maliciosa y se levantó a toda prisa para coger la bata y
ponérsela en un suspiro. Escribió en una hoja de la agenda y
cuando terminó, la arrancó antes de salir del piso. Metió la
hoja por debajo de la puerta y regresó corriendo a su piso
para acercarse de nuevo a la pared.
La voz se alejó de ella y dejó de oírle. —Mierda. —Por
la distribución de su piso el de él debía ir al contrario por lo
que estaría en el salón. ¿Vería la nota? Que viera la nota,
que la viera…
—Marc, ¿tenemos una filial de la empresa en Toronto?
¿Por qué en Toronto?
Carol sonrió de oreja a oreja. Le escuchó suspirar. —
Muy bien, habrá que empezar con una reestructuración.
Consígueme la información, hay que hacer que esta
máquina funcione a la perfección y habrá que deshacerse
de las piezas que rindan menos. Sí, te veo mañana a
primera hora.
Vaya, al parecer era más adicto al trabajo que ella,
porque era evidente que Marc estaba en Tokio y que
trabajaba con él. Le escuchó suspirar al otro lado de la
pared y Carol se sentó en la cama. —Mañana me explicarás
lo de Toronto.
Sonrió. —Perfecto, jefe. Por cierto, quiero otro piso
más tranquilo.
Le escuchó reír por lo bajo. —¿Seguro?
Separó los labios de la impresión empezando a
arrepentirse de haberlo pedido, pero ya no podía echarse
atrás. —Seguro.
—¿De qué departamento eres?
—Exportaciones e importaciones. Mañana es mi
primer día.
—Bienvenida al barco.
Casi grita de la alegría. —Gracias, jefe.
—¿Cómo te llamas?
—Carolina Carpenter. —Hubo un silencio al otro lado.
¿La habría oído?
—La chica de rosa.
Se le cortó el aliento. —¿Me recuerda?
—¿Has trabajado como una cabrona?
—Me han llamado para este puesto, ¿no?
—No te he llamado yo, pero me gustó tu trabajo en
Garner and Morris. Mañana reunión a primera hora. Espero
que traigas ideas.
Impresionada porque sabía quién era y con quien
había trabajado susurró —Que descanse, jefe.
—Carolina…
—¿Sí?
—Nada de rosa.
—Jefe, como me vista es cosa mía.
—En Japón no te tomarán en serio. ¿No has visto lo
formales que son las mujeres en los negocios a la hora de
vestir?
—Mi trabajo hará que me tomen en serio.
Le escuchó gruñir. —Quiero resultados, porque sino
cogerás el avión de vuelta antes de darte cuenta.
—Los tendrá.
Él no contestó y se mordió el labio inferior esperando
algo más, pero debió decidir que era mejor dormir que
hablar con ella. Suspiró tumbándose y abrazó la almohada.
Iban a tomar el mando de una de las empresas más
importantes del mundo. Esperaba que a sus socios asiáticos
no les molestara que dos estadounidenses dirigieran la
empresa. Aquello eran negocios, pero algunos, sobre todo
los más mayores y tradicionales lo verían como una
invasión en toda regla. Sería función suya apagar esos
fuegos con sus proveedores y clientes. Y pensaba hacerlo lo
mejor posible.
Un par de golpes en la pared la sobresaltaron y se
sentó con los pelos que parecía que había metido los dedos
en los enchufes.
—¡Te has dormido!
Al darse cuenta de quien era gritó —¡No!
—¡Tienes diez minutos!
¿Cómo que diez minutos? Cogió el reloj para mirar la
hora. Eran las siete de la mañana. Quedaban dos horas para
entrar y ella sin café no era persona. Tardaría diez minutos
solo en hacerlo. Gruñó levantándose de la cama y cogió la
ropa interior del cajón. Se la puso en tiempo récord y
cuando estaba poniéndose la falda de tubo rosa llamaron a
la puerta. Cogió la camisa y se la puso. —¿Sí?
—Abre, tenemos que hablar.
Abrochándose la camisa juró por lo bajo acercándose
a la puerta. —¿Sabes lo que son diez minutos? —Abrió la
puerta y allí estaba, vestido con un impecable traje gris con
una corbata roja. —Estoy sin vestir.
—En este trabajo debes estar preparada para todo.
Joder qué pelos, lo arreglarás ¿no?
Jadeó. —Si me dejas…
—Dime que tienes café en la cocina. Café de verdad,
no esos polvos de mierda.
Alargó la mano para que pasara y entró como si
estuviera en su casa. El olor de su colonia llegó hasta ella y
recordó la tarde anterior, lo que le hizo mirarle más
atentamente que cinco años antes. Y la verdad es que era
de lo más atractivo. Su cabello rubio estaba repeinado hacia
atrás y tenía un aire tan masculino que haría que cualquier
mujer a veinte kilómetros a la redonda estuviera deseando
compartir su cama. Ella no, por supuesto, era su jefe. El
orgasmo de la noche anterior fue antes de darse cuenta de
quien era. No tenía nada que ver. Recordándolo su vientre
se estremeció de nuevo.
—Una cafetera express.
—Hice que me la enviaran con mis cosas de Nueva
York. Conmigo solo traje una maleta por si había algún
problema. Hasta hice que enviaran el grano, es de
Colombia.
—Genial, pues haz el café porque no sé cómo funciona
ese chisme.
Puso los ojos en blanco entrando en la cocina y abrió
la puerta del armario para coger dos tazas. —¿Es que en tu
piso no tienes nada?
—Tengo que ir de compras. No iba a desmantelar mi
piso de Nueva York, iré a menudo.
—Yo también iré a menudo, pero el hotel lo pagará la
empresa.
—Odio los hoteles.
—Por cierto, viajaré en primera clase. —Sacó de la
nevera el pan y el beicon con el paquete de huevos.
—Los míos revueltos, por favor.
—¿Has oído lo de primera? Porque jamás he tenido un
viaje tan horrible como el de ayer y no pienso repetirlo.
—Si cumples irás en avión privado.
Asombrada se le cayó el pan de la mano. —¿Hablas en
serio?
—Muy en serio. —Se sentó a la mesa sacando su
móvil del bolsillo interior de la chaqueta. —Esa falda es
rosa.
—Ya. —Después de recoger la bolsa del pan, encendió
el fuego de la cocina y echó la mantequilla.
—Gris, negro incluso beige…
—Me vestiré como quiera. —Le miró de reojo. No
había movido el gesto. —Necesitamos asistenta.
—Ajá…
—Por lo visto mi ayudante me ha hecho una compra
mínima para los primeros días, pero necesitamos más.
—Pues búscala y deja de darme la plasta con eso.
Tengo cosas más importantes en que pensar.
Oh… —¿Quieres que te busque la tuya?
—¿No me has entendido?
Uy, que se le alteraba. —Sí, por supuesto. No te
importan los hechos mundanos.
—Exacto.
Sonrió revolviendo los huevos. —Entonces no te
importará que me ponga de ropa.
Él levantó una ceja antes de levantar la vista del
móvil. —Esto son negocios.
—Y voy más que correcta. A mí no me pones un traje
negro ni muerta. —Se volvió con los platos en la mano y los
puso sobre la mesa antes de ir a la cafetera. Y por cierto, no
soy tu asistenta, así que los cubiertos los tienes en algún
sitio por ahí, búscalos. —Mejor dejar las cosas claritas
cuanto antes.
Él estiró la mano y abrió el cajón que tenía más cerca,
con suerte de que allí estaban los cubiertos. Se acercó con
las tazas y buscó las servilletas. Y no las veía por ningún
sitio. —Estupendo.
—Joder, qué bueno está este café.
—Me alegro de que te guste —dijo distraída abriendo
otro de los armarios de arriba.
—¿Qué haces?
De puntillas miró sobre su hombro y vio que le estaba
mirando el culo con un descaro que la dejó sin aliento. A
toda prisa miró al frente para farfullar —Servilletas.
—Están en la mesa.
Asombrada miró hacia allí para verlas en una esquina
en un bonito servilletero. —Fenomenal. —Como si nada se
sentó ante él y cogió la taza de café. Él volvía a mirar su
móvil mientras masticaba. —Chadrick, ¿puedo llamarte
Chadrick?
—¿No lo estás haciendo?
Forzó una sonrisa. —Sí, claro. —Será mejor que no
digas nada. Ha sido un acto reflejo masculino, no es porque
le intereses en absoluto. La posibilidad de que pudiera
interesarle la puso muy nerviosa. Pero eso era una tontería,
era un hombre que las debía tener a puñados, como había
demostrado la tarde anterior, no iba a liarse con alguien del
trabajo para fastidiar su relación laboral y que aquello
acabara fatal. Porque acabaría fatal. Él era un déspota
prepotente y ella que acababa de conseguir el trabajo de
sus sueños, no podía cagarla enamorándose de su jefe, que
podía estar muy bueno, pero ese era su único atractivo.
Él levantó la vista. —¿Qué?
Distraída con sus pensamientos se sobresaltó cuando
esos penetrantes ojos castaños se clavaron en ella. —¿Que
de qué?
—¿Qué ibas a decirme hace un segundo? —Bebió del
café.
Piensa, piensa. —Tengo una idea sobre las nuevas
exportaciones.
—¿Qué nuevas exportaciones?
Uff, menos mal que había desviado su atención. —Hay
que aumentar las exportaciones en Europa y Estados
Unidos.
—Eso ya lo sé. ¿Cuál va a ser tu estrategia?
Hizo una mueca. —Robarle los clientes a mi anterior
empresa.
—¿Cuándo empiezas?
—Ya empecé mientras tú te lo pasabas de miedo ayer
por la tarde.
—Así me gusta, que no pierdas el tiempo. —Miró su
reloj de pulsera y se levantó. —Me estás retrasando
demasiado. Te veo en la empresa en veinte minutos.
—Entro a las nueve, así que vendrán a recogerme a
las ocho y cuarenta —dijo como si nada antes de beber de
su café.
—Carol…
Sonrió radiante. —¿Sí?
—Veinte minutos.
Gruñó. Menos mal que tenía el traductor de internet.
Ah, que no tenía móvil.
—No tengo móvil, no puedo comunicarme con nadie y
no sé japonés como para hablar con el taxista.
Él la miró como si hubiera dicho que era
extraterrestre. —¿Qué has dicho?
Mierda, algo de lo que había dicho no le gustaba un
pelo y le daba que era lo del idioma. —Sé chino, francés,
alemán, ¿pero japonés…? No. Cachis…
—¿No sabes japonés?
—Noto ligeramente que eso te molesta.
—¡Pues sí! —dijo como si fuera lo más obvio del
mundo.
Mejor quitarle hierro al asunto. —Tranquilo, ya tengo
traductora.
—¡Nuestras tácticas empresariales en manos de una
desconocida!
Iba a tener que mentir un poquito. Bah, en el mundo
de los negocios eso era muy normal para calmar al cliente.
—Leila es una traductora que es hija de un diplomático y
está más que acostumbrada a traducir documentos de la
ONU, no creo que nuestras tácticas empresariales le
importen un pito.
—Ya puedes buscarte un profesor —dijo entre dientes
—. ¡Cómo en un año no controles el idioma, te vas al paro!
—Al salir de su piso demostró que no estaba nada contento
cuando dio un portazo.
—Estupendo.
Capítulo 3
A las nueve menos cuarto todavía no había llegado ni
el chófer ni Leila y allí estaba plantada en el hall de su
edificio esperando con una cara de mala leche que no podía
con ella. Chadrick iba a estar encantado. ¡Necesitaba un
puñetero móvil ya!
Un taxi se detuvo ante el edificio y vio que era Leila,
así que salió a toda prisa. Abrió la puerta del taxi y el chófer
empezó a soltar pestes por la boca, pero como no le
entendía le importó un pito mientras cerraba de nuevo. —Sí,
sí…
—¿Qué pasa?
—Dile la dirección de la empresa. ¡Ya! ¡Llego tarde y
Chadrick me va a echar!
Leila dio la dirección a toda prisa. —¿Y el chófer?
—Creo que me están boicoteando desde dentro de la
empresa —dijo entre dientes—. Esa ayudante me dio mala
espina desde el principio. ¿Con quién hablaba ayer?
—No lo sé.
—Pues esa será tu primera misión. Averiguar con
quien hablaba y a quien daba explicaciones.
—Hecho jefa. ¿Quién es Chadrick?
—Chadrick Edgerly. Mi jefe.
—Mmm…
—Es un ejecutivo de alto nivel y muy mala leche, así
que dile al chófer que se dé prisa.
—Mejor no cabrearle más, no vaya a ser que nos tire
en marcha. Y sobre tu jefe no será para tanto.
—No sé por qué no lo recuerdas, hablamos de él ayer.
—Sí —dijo como si estuviera agotada—. He tenido que
traducir medio libro durante la noche, así que no me hagas
esforzarme demasiado.
—¡Te necesito en plena forma!
—Tenía que acabar el trabajo para dedicarme a esto
en cuerpo y alma. —Carol levantó una ceja. —Vale, con las
vacaciones he pasado un poco de mis obligaciones, ¿qué
pasa? Tenía que entregarlo y ya lo he hecho, así que soy
toda tuya de nueve a cinco.
—Me da que esto va a requerir más tiempo.
—¿Y eso?
—Porque tengo que aprender japonés en un año, así
que cuando salgamos del trabajo tendrás que darme clases
como una maniaca, porque son doce meses, trescientos
sesenta y cinco días. Muy pocas horas para hablar un
idioma. Así que ponte las pilas.
—El café que te has tomado esta mañana no era
descafeinado, ¿verdad?
—Hablo en serio. Cuando he hablado con él esta
mañana no estaba precisamente contento.
—¿Te ha llamado por teléfono?
—Es mi vecino. —Su nueva amiga dejó caer la
mandíbula del asombro. —Sí, menuda casualidad. Menos
mal que conseguí quedarme en el trabajo hablando a través
de la pared sin que me viera la cara, porque sino no me
hubiera dado la oportunidad. Y no puedo desaprovecharla.
—¿Has dicho a través de la pared?
—Esas paredes son muy finas, mucho. Se oye todo.
Leche, lo que le gusta el sexo a ese hombre.
Leila se echó a reír. —¿Le has oído mientras…?
Se sonrojó. —Que bien se lo pasó la muy puñetera.
—Uy, uy… que tú te estás colando.
—¡Qué va! Esta mañana mientras le hacía el
desayuno ha parecido que me miraba el culo, pero…
—¿Ha desayunado contigo? —preguntó asombrada.
—Me ha despertado a las siete de la mañana.
—Para que le prepararas el desayuno.
—No, qué va… —Frunció el ceño. —Aunque dijo que
teníamos que hablar y luego solo me pidió café. —Jadeó. —
¡Me ha levantado para que le hiciera el desayuno!
—Hombres.
—¡Soy una directiva muy reputada!
—Ya, pero eres mujer y en su ADN siguen pensando
que es nuestra obligación prepararles los alimentos que han
cazado.
—Él no ha cazado nada.
—Claro que sí, cazó una gatita ayer.
—Muy graciosa —dijo entre dientes.
—Uy, que estás picada.
¿Estaba picada? No, qué va. Aunque después de saber
quién estaba al otro lado de esa pared, esos orgasmos le
molestaron. Le molestaron mucho, pero lo negaría hasta la
muerte. Levantó la barbilla. —Pues no. ¿Nos centramos en
mi problema, por favor? Tengo que aprender japonés cuanto
antes.
—Para no perder al macizo de vista.
—¿Cómo sabes que está macizo?
—Porque es tu jefe, tiene mala leche, te ha
amenazado con el despido y si no estuviera bueno no te
molestaría tanto que estuviera acostándose con otras.
—No está acostándose con otras se acostó con otra.
Pasado. ¡Eso fue ayer y no me molesta!
—Uff, está buenísimo.
—Pues sí. Está bueno, es rico, es un ejecutivo de éxito
y habla japonés, así que en este país tendrá puñados de
mujeres con piel de porcelana que se volverán locas por él.
Por todo eso no va a pasar nada entre nosotros, ¿de
acuerdo? ¿Ahora nos centramos en mi trabajo?
—¿Crees que no tienes ninguna oportunidad? Te ha
mirado el culo.
Pensó en ello. —Sí que me lo ha mirado. O no.
Hablamos de mi falda, del color. Y no le gustó un pelo.
—A mí me parece un traje muy mono.
—Gracias. Qué sabrá de moda.
El taxi se detuvo y el taxista la fulminó con la mirada.
—No voy a abrir la puerta, ¿vale? Qué sensible.
—Paga —dijo Leila.
Gruñó sacando la cartera de su gran bolso y le dio el
dinero a Leila. —¿Puedes decirle que me abra? Llego tarde.
—Leila le entregó unos billetes y la puerta se abrió. —
Estupendo. Date prisa, va a haber una reunión de personal.
Leila corrió tras ella y fueron directamente a los
ascensores. —Como pille al chófer —dijo entre dientes.
—Total, no te entendería.
—Abre bien los oídos, quiero el nombre de ese o esa
que hablaba con Chiasa. Y consígueme un móvil. Y una
asistenta para que limpie mi piso y el de Chadrick.
—Ah, que el de tu novio también.
—Tiene que encargarse de la compra, hacerle el
desayuno y esas cosas.
—Pero a ver, ¿ese tío no tiene ayudante?
—Pues ni idea. Veamos cómo va el asunto, porque
tengo la sensación de que durante unas semanas todo será
un caos. Piensa reestructurar la empresa. —Salieron del
ascensor. —Y por cierto, cualquier cosa que oigas no debes
decírsela a nadie.
—Salvo a ti.
—Exacto. Sabía que nos llevaríamos bien. —Pasó ante
una mesa donde estaba Chiasa y se detuvo. —Chiasa maja,
¿sabes una cosita?
Se levantó. —Pues no sé.
—El chófer no ha aparecido.
—¿De veras? —Levantó el auricular. —Averiguaré de
inmediato la razón, señorita Carpenter.
—Estoy segura de que lo averiguarás…
—¡Carolina! —Se volvió para ver que Chadrick estaba
en el pasillo con un hombre moreno detrás. —Llegas tarde.
Corrió hacia él. —El chófer no ha aparecido —dijo
molesta—. Pero ya estoy lista.
La miró de arriba abajo y gruñó antes de entrar en
una sala donde había un montón de gente. La mayoría
japoneses, por supuesto. Todos se levantaron de inmediato
como si hubiera entrado el presidente de los Estados
Unidos. Esa formalidad la dejaba atónita.
Chadrick empezó a hablar en su idioma sentándose a
la cabecera y ella no supo qué hacer porque no había sitios
libres. Y menos dos. Él la fulminó con la mirada y dejó de
hablar esperándola.
—Permítame —dijo el moreno que había entrado con
el jefe. Fue hasta la pared y cogió un par de sillas para
acercarlas a la mesa colocándolas a la izquierda de
Chadrick, lo que provocó que todos tuvieran que mover las
suyas para que se sentaran. Necesitaban una mesa más
grande.
—Gracias —dijo ella forzando una sonrisa.
—Soy Marc Garrigan.
—Carolina Carpenter y ella es mi traductora, Leila
Morrison.
—Bienvenidas —dijo con una amable sonrisa.
—Marc siéntate de una vez.
Este le guiñó un ojo antes de sentarse a la derecha
del jefe lo que demostraba que era su nuevo vicepresidente.
Chadrick continuó hablando en japonés y Leila se acercó a
ella para susurrar —Dice que ahora él ha tomado el mando,
que va a tomar medidas para que la empresa ocupe el
puesto número uno en Japón y que sea tomada muy en
cuenta en el resto del mundo, tanto a nivel empresarial
como en el accionariado. Bla, bla, bla… —La fulminó con la
mirada. —¿No quieres el resumen? —Suspiró. —Vale, pero
solo va a soltar un rollo, eso es evidente.
—Dímelo todo —dijo entre dientes haciendo que
Chadrick la mirara de reojo sin dejar de hablar. Aquello no
iba nada bien.
—Por eso habrá cambios muy sustanciosos en la
empresa —susurró Leila—. Empezando por el departamento
de exportaciones e importaciones. Les presento a Carolina
Carpenter.
Se levantó mientras los hombres aplaudían.
Confundida forzó una sonrisa y dijo —Es un placer estar
aquí, estoy convencida de que conseguiremos los objetivos
que se propone el señor Edgerly.
Leila lo tradujo haciendo que aplaudieran aún más y
forzó aún más la sonrisa sentándose. Su amiga susurró —Al
parecer aquí ya se conocen todos porque él no se ha
presentado.
—Es evidente que hemos llegado más tarde de lo que
pensaba.
Miró a Marc que asintió imperceptiblemente
haciéndola gemir por dentro. El jefe siguió hablando y Leila
iba traduciendo lo que decía lo más bajo que podía, pero
hubo un momento que Chadrick se perdió y la fulminó con
la mirada. —Carolina vete al final de la mesa con tu
traductora, me distrae.
—Oh sí, por supuesto.
Se levantó y como si nada caminó hasta el final de la
mesa y por unas palabras de Marc los hombres se movieron
de silla hasta dejar las del otro extremo libre. Disimulando
su rabia se sentó con Leila detrás y esta susurró —¿Un
castigo?
—Te dije que tenía mala leche.
—Tranquila, encontraré una solución.
Apretó los labios. Tenía la sensación de que ese sería
su puesto en el futuro hasta que no demostrara lo que valía.
Muy bien, si quería ir por ese camino ella no se iba a
amilanar. Lo conseguiría, conseguiría hacer su trabajo lo
mejor posible e iba a dejarle con la boca abierta.
Furiosa entró en su despacho y Leila cerró la puerta.
—Con un pinganillo lo arreglaremos. Te lo chivaré todo y me
colocaré al final de la sala.
—Da igual. Ha sido su manera de decirme que no
estoy preparada.
—Pero eso es ridículo.
—No visto lo suficientemente formal como para que
me tomen en serio en el trabajo, no hablo el idioma y ni soy
capaz de coger un taxi para llegar a la empresa a tiempo.
Para él aquí soy una inútil, así que ha querido hacérmelo
ver.
—En cuanto tengas el móvil podrás hacer muchas
más cosas. Con los mapas y el traductor casi ni me
necesitarás.
—En una reunión con un gran empresario no puedo
usar el traductor. —Se dejó caer en la silla y se pasó las
manos por la cara. —Dios, estoy agotada.
—Es el jet lag. Yo también estoy hecha polvo y nos
durará unos días. —Se sentó ante ella. —¿Puedo dejarte sola
para ir a por el móvil y el pinganillo? Además, tengo que
llamar a algunos conocidos para lo de las asistentas.
—Sí, mientras tanto haré algunas llamadas y…
La puerta se abrió de golpe y Chadrick entró con cara
de querer pegar cuatro gritos.
—Me has dado un año —dijo cortándole en seco.
—¿Te das cuenta de que has hecho el ridículo?
Se levantó para decir fríamente —¿Será porque tú me
has dejado en ridículo enviándome al final de la sala como si
fuera una escolar que ha hecho algo malo! ¡Yo sé tres
idiomas aparte del mío! ¿Cuántos saben ellos? ¡Y te
recuerdo que yo estoy aquí para aumentar las
exportaciones, lo que implica hablar con personas de fuera
de Japón! ¡Estoy más que cualificada para hacer mi trabajo
y que me hayas humillado ante todos ellos es intolerable!
—Bien dicho, jefa —dijo Leila ganándose una mirada
de mala leche del jefe—. A mí no puede despedirme, soy
freelance. —Con chulería sonrió. —Y aunque nadie le diría
nada por educación, ha cometido un montón de errores
gramaticales, que lo sepa.
—Al parecer sabes mucho japonés.
—Nació aquí, Chadrick.
Él parpadeó. —¿Naciste aquí?
—Sí —contestó Leia antes de mirarle con desconfianza
—. ¿Por qué?
—Busca un sitio para que vayamos todos después del
trabajo.
—¡Eh, soy traductora, no la chica de los recados!
—Leila, no quiere preguntar a nadie, porque eso les
haría creer que no sabe ni por donde anda. Hazme el favor,
¿quieres?
—Bueno, si me lo pides tú. —Fue hasta la puerta
fulminándole con la mirada. —Tú no me gustas, tienes muy
mala leche.
—Gracias —dijo él entre dientes.
Su amiga salió de su despacho y él la miró.
—Intenta no llevarte mal con Leila, ¿quieres? Me es de
mucha ayuda. ¿Ahora me vas a dejar hablar de mis ideas o
vas a seguir echándome la bronca?
Gruñó acercándose y se abrió la chaqueta para
sentarse ante ella. —Dispara.
Abrió su bolso y sacó el dossier que había impreso
después de que él se fuera de su apartamento. Se lo puso
delante y él lo cogió de inmediato apoyando la espalda en el
respaldo de la silla. —Como verás, robar mis clientes a mi
anterior empresa no es suficiente para lograr lo que quiero
en este departamento. Voy a hacer un viaje de tres meses
por las principales ciudades de Estados Unidos y aumentaré
nuestras exportaciones un treinta por ciento. Además,
pienso meterle mano al transporte, porque considero que
nos sale demasiado caro.
—Sí, yo también he pensado lo mismo, pero es una
empresa segura que muy rara vez no cumple con sus
objetivos. Igual tenemos que renunciar a algo.
—Tengo otra más barata e igual de eficiente.
—¿No me lo digas? Es la empresa que usabas en
Garner and Morris.
Sonrió radiante. —Sí.
—¿Tuviste algún problema en tu antigua empresa que
hace que tengas ansias de destruirles?
Se sonrojó. —No, claro que no.
—¿No? Porque da la sensación de que quieres dejarles
en la ruina.
—Pues no.
—Lo de los clientes y ahora su empresa de
transporte… Tiene mala pinta.
—¿De veras?
—Suena a venganza.
Chasqueó la lengua. —Igual me mosquearon un poco.
—¿Cuánto es poco?
—Un montón.
Él rio por lo bajo. —¿Por eso buscaste otro trabajo?
—Me llamaron, yo no buscaba nada.
—¿No piensas decírmelo? ¿O tendré que hacer unas
llamadas?
—Iba a… —A ver cómo decía aquello. —Iba a… —
Chadrick se adelantó. —¡Iba a casarme! —Hala, ya lo había
dicho.
—Con… —Abrió los ojos como platos. —¿Con Jefferson
Garner?
De repente él se echó a reír y Carol se puso como un
tomate. —¿Con ese idiota?
—No era tan idiota.
—Claro que sí. Si no fuera por su padre y porque está
podrido de dinero nadie le miraría a la cara dos veces.
—Pues otra se la vio muy de cerca.
Rio a carcajadas. —¿Te puso los cuernos? —Las
carcajadas se debían estar oyendo en toda la planta. —
Increíble. Y parecía tonto. ¿Estaba buena?
—Es atractiva, sí —dijo muy tiesa.
—¿No me digas que era su secretaria?
Gruñó. —Sobre mis ideas… —Las risas de él la
interrumpieron. —Ya vale, ¿no?
—¿Te la pegaban delante de ti? No me extraña que
quieras vengarte.
—Gracias, ahora si continuamos…
—Venga, cuéntame qué pasó.
—Les pillé en su despacho, ¿vale? ¡Y luego tuve que
seguir trabajando allí y seguir viéndoles la cara porque no
pensaba dejar que también me quitaran mi puesto de
trabajo, me lo había ganado! ¡Tuve que aguantar los
chismes de la gente durante un año!
—¿Cuál es tu plan de venganza?
—¿Aparte de lo que ya te he dicho?
—Sí, aparte de eso.
—Comprar su empresa y ver cómo se larga
lamiéndose las heridas.
—Así que este puesto no es definitivo.
—¿Acaso tú piensas quedarte aquí para siempre? —
preguntó asombrada.
—Sí.
La dejó de piedra. —¿Hablas en serio?
—Sí, esta empresa es todo lo que siempre he querido.
—Pero no es tuya. Todo tu esfuerzo será para otros.
¿Eso no te fastidia?
—Tengo primas que me compensan con creces.
—¿Soy más ambiciosa que tú? —preguntó
sorprendida.
Él se levantó y tiró los papeles sobre la mesa. —Sigue
soñando.
—Eh, ¿y mi avión privado?
—Confórmate con la clase business de momento. Dije
que lo tendrías si cumplías y todavía no has hecho nada. —
Abrió la puerta del despacho. —¿Me traerás resultados?
Entrecerró los ojos. —Por supuesto que lo haré.
—¿Cuándo te vas?
—En cuatro semanas si hay suerte. Antes tengo que
hacer algunas cosas y concertar citas… —Él se fue sin decir
una palabra más y bufó. —Hombres.
Capítulo 4
Muy ocupada con el planning que estaba trazando, no
dejó que Chiasa la ayudara para nada excepto para llevarle
café. Temía que intentara perjudicarla, así que le dijo que
estaba estudiando la situación de la empresa para
convencerla de que no tendría mucho que hacer ese día. Es
que ni se fiaba de que cogiera el teléfono, pero era algo que
no podía evitar. Pero como se enterara de que le fastidiaba
algún negocio, se la comería viva. Hablando de comida,
estaba hambrienta. Pulsó el botón del interfono. —Chiasa,
que me traigan algo de comer.
—¿Quiere algo de sushi?
—Perfecto. Y una cola.
La puerta se abrió y entró Chadrick en mangas de
camisa con unos papeles en la mano. —¿Has comido?
Él negó con la cabeza.
—Que traigan también para el jefe.
—Entendido.
Le tendió los papeles.
—¿Qué es esto?
—Léelo y dime qué te parece.
Los leyó con detenimiento y apretó los labios. —¿Esta
normativa va a ser aprobada por los Estados Unidos?
—Tiene toda la pinta.
—Mierda.
—Más aranceles a las importaciones extranjeras. Nos
va a perjudicar muchísimo.
Intentó pensar rápidamente. —Tranquilo. Algo
podremos hacer, todavía es un proyecto de ley, aún está en
el comité.
—¿Algo podremos hacer? ¿Conoces algún congresista
que esté en contra de recaudar más impuestos?
Entrecerró los ojos y se adelantó. —¿Cuánto estás
dispuesto a invertir en esto?
—¿Qué se te está pasando por la cabeza? No pienso
hacer nada ilegal.
Rio por lo bajo. —No es ilegal. Se hace cada día para
la aprobación de leyes. Esto lo han provocado los
empresarios americanos para vender más dentro del país,
pues tenemos que convencerles de que no tienen razón.
Repito, ¿cuánto?
—¿Dos millones?
Sonrió. —Por ese dinero Harry conseguirá que todos
voten en contra. Con trescientos mil será suficiente.
—¿Trescientos mil? —preguntó sorprendido.
Alargó la mano. —Déjame tu móvil, no pienso llamar
desde el teléfono fijo.
Chadrick metió la mano en el bolsillo del pantalón y lo
sacó para desbloquearlo. Se lo entregó. —Espero que no
metas la pata.
—Tranquilo, solo voy a llamar a un amigo. —Marcó a
toda prisa el teléfono y se lo puso al oído. —¿Qué hora es
allí?
—Las doce de la noche.
—Perfecto, nunca se acuesta antes de las dos. —
Sonrió. —Harry cariño, ¿cómo te va? —Soltó una risita. —
¿Que quién soy? Tu peor pesadilla, amigo. —Rio de nuevo.
—Sí, hacía mucho tiempo. No, ahora estoy en Tokio.
Kowayashi Enterprises. —Escuchó como silbaba. —¿Estás
orgulloso de mí? Sí, amigo, ha sido duro. —Se inclinó en su
asiento hacia atrás. —Por supuesto, estás invitado cuando
quieras. —Miró a los ojos a Chadrick que asintió. —Y en un
hotel de lujo. Cómo me conoces, te necesito cuanto antes,
prometo compensarte. Coge el primer vuelo, te estaremos
esperando. Un besito, guapo. —Colgó el teléfono y lo dejó
en la mesa. —Ya está.
—¿Quién es ese Harry?
—Un antiguo compañero de la universidad. Vive en
Washington y se dedica a buscar votos para los proyectos
de ley. Ya sabes que los lobbys invierten mucho dinero en
eso. Conoce a mucha gente y le deben muchos favores.
Muchos favores porque sabe guardar muy bien los secretos,
no sé si me entiendes.
—Perfectamente.
—Por la cantidad adecuada nos conseguirá lo que
queremos.
—¿Trescientos mil? ¿Crees que es suficiente?
—Más que suficiente. No es un trabajo difícil para él.
—El presidente quiere fomentar el comercio nacional.
—Sí, pero es más caro, no tan avanzado y necesitan
materias de Asia para su producción. No es un comercio
plenamente independiente y por lo tanto esos aranceles
también les perjudican a ellos.
—Tarde o temprano volveremos a tener problemas.
—Entonces habrá que darles un motivo para que no lo
vuelvan a pensar, ¿no crees?
—¿Qué sugieres?
—Durante la pandemia se retrasó la producción de
chips y eso organizó un auténtico caos aparte de una subida
desorbitante de los precios. Necesitamos el comercio
asiático y un bloqueo a Estados Unidos sería su ruina.
Chadrick asintió. —¿Piensas amenazar al presidente?
—No, solo voy a tener una reunión con él en el caso
de que Harry no lo consiga. No está mal que alguien le deje
las cosas claras de una buena vez.
—Te estás pasando al lado oscuro.
—¿Me acompañarías?
—Por supuesto que sí. —Suspiró. —Así que antes
dejaremos que Harry haga su magia.
—Si hay suerte no tendremos que ir hasta la Casa
Blanca y hablar de esto nunca más. Déjame mi amigo a mí,
sé cómo manejarle. Incluso puede que para evitar futuros
conflictos le enviemos de avanzadilla.
La puerta se abrió y Leila entró en el despacho. —
Leche, lo que me ha costado conseguirte el móvil por lo de
tus datos y eso. He tenido que llamar a la empresa, a
recursos humanos. —Dejó la bolsa sobre la mesa. —El local
para los empleados está alquilado para las seis y lo de la
asistenta ya está hecho. Por la mañana irá a casa de uno y
por la tarde al del otro. ¿De acuerdo?
Ambos asintieron. —¿Es de confianza?
—Fue nuestra asistenta hasta que mis padres se
fueron. No está nada contenta en la casa de los americanos
donde trabaja y si no es interna mejor. Así que cuando le he
comentado que buscaba una para mi jefa, ha dicho que sí
de inmediato. ¿A que soy la leche?
Le puso su viejo móvil sobre la mesa. —¿Me pasas los
contactos?
—No fastidies, conociéndote debes tener millones.
—Por fi, tengo mucho trabajo.
—¿Ha dicho porfi como si tuviera quince años?
Chadrick sonrió. —Al parecer sabe conseguir lo que
quiere.
—Y que lo digas, jefe. —Le enseñó el proyecto de ley a
Leila. —¿Qué opinas de esto?
Lo leyó por encima y bufó. —Siempre quieren jodernos
con los aranceles.
—¿Tu padre te ha comentado algo al respecto cuando
hablaste con él la última vez?
—No, ¿queréis que le pregunte? —Chadrick asintió. —
Vale, le llamo cuando se levante, si lo hago ahora se va a
cabrear. —Dejó los papeles sobre la mesa y se sentó sobre
ellos cogiendo la caja del móvil nuevo. —Ya sé con quien
hablaba esa.
—¿Sí? ¿Con quién?
—Con un tal señor Saito.
Miró a su jefe. —¿Le conoces?
—Es el jefe de producción internacional, lleva las
fábricas que tenemos en Indonesia y China. Según me ha
dicho Marc, creían que ocuparía mi puesto.
—Pues mi ayudante le informa de todos mis pasos.
—¿No me digas?
Llamaron a la puerta y Chiasa entró con un carrito que
tenía sushi para un regimiento.
—Genial, comida. Me muero de hambre —dijo Leila
acercándose y cogiendo una lata de refresco.
—Gracias, Chiasa. Puedes irte a comer —dijo ella
levantándose de su sillón.
Inclinó la cabeza y salió del despacho.
—¿Marc no viene? —preguntó Leila como si nada y
ambos la miraron—. ¿Qué? Se sentirá solo.
Chadrick se puso el teléfono al oído, obviamente para
llamar a su mano derecha. —Ven al despacho de Carol.
En cuanto colgó, ella no se cortó en decirle —Espero
que Marc sea de confianza. Como comente algo que no
debe con quien no debe, puede ponernos en una situación
muy incómoda ante la opinión pública. Los que apoyan esta
ley entrarían en guerra abierta con nosotros.
—Le confiaría mi vida. —Ambos miraron a Leila. —¿Y
ella?
—Estará acostumbrada a los chanchullos de su padre,
tranquilo, no se va a espantar.
—Yo ya no me espanto de nada, bonita. —Se acercó al
carrito y cogió unos palillos. —¿Os importa si empiezo?
Estoy muerta de hambre. No me ha dado tiempo a
desayunar con tanta prisa.
—Perdona por exigir que llegues a tu trabajo a las
nueve —dijo Chadrick irónico.
—Estás perdonado, jefe.
Miró a Carol asombrado por su descaro.
—No me mires así, la necesito. Además, me gusta, me
siento cómoda con ella. ¿No quieres que esté cómoda?
Ambas entrecerraron los ojos esperando su respuesta
y Chadrick carraspeó. —Sí, por supuesto.
—Pues eso.
Llamaron a la puerta. —Adelante.
Marc entró en el despacho. —Genial, estoy famélico.
—Los de salmón están de muerte. —Leila le guiñó un
ojo haciéndole sonreír.
—Nada de relaciones en el trabajo.
Los tres miraron a Chadrick como si hubiera dicho un
disparate. —¿Qué? Luego no hay más que discusiones y
gritos. ¡Aquí solo grito yo!
—¿Y dónde vamos a conocer gente si estamos aquí
metidos todo el día? —preguntó Leila como si fuera tonto.
Se pasó la mano por la nuca demostrando que estaba
muy estresado. —¡No lo sé, joder!
Debía estar bajo mucha presión. Todos tenían los ojos
puestos en su trabajo, porque el consejo de administración
se había arriesgado mucho poniendo un equipo de fuera del
país al frente. Chadrick querría estar a la altura y tenía
mucho trabajo por delante. A Carol le dio pena. —Jefe… —Se
acercó y cogió su mano para tirar de él hasta la silla. —
Vamos a olvidarnos de todo lo de la empresa para pasar
media hora comiendo y hablaremos de cosas
intranscendentes que ni nos van ni nos vienen, pero durante
esa media hora aparentaremos ser personas normales. —Le
cogió por los hombros y le empujó para que se sentara en la
silla. —Marc, una cerveza bien fría. —Ella se acercó al
carrito y cogió un plato para servirle una variedad de lo que
les habían llevado. Puso el wasabi y la soja en un cuenquito
antes de llevárselo todo al escritorio con unos palillos. —
Aquí tienes, ahora a comer.
Marc se sentó al lado del jefe y ella después de coger
el plato le dijo a Leila —Siéntate en el sillón.
—Oh no, yo estoy bien aquí.
—No pasa nada, llevas toda la mañana de un lado
para otro y yo he estado sentada todo el tiempo.
—Necesitamos una mesa en condiciones —dijo Marc
—. Haré que te la traigan, tu despacho es grande.
—Genial, gracias Marc. Me vendrá bien para el trabajo
en equipo. —Vio que Chadrick masticaba pensativo y que
cogía el sushi con las manos. Carraspeó provocando que la
mirara y ella con los palillos en las manos cogió una de sus
piezas para metérsela en la boca.
Marc rio por lo bajo. —No te esfuerces, no tiene
ninguna coordinación.
—¿Y cómo te arreglas en esas reuniones tan
importantes con tus iguales japoneses?
—¿No decías que no hablaríamos de trabajo?
—Esto no es trabajo, es una de esas conversaciones
triviales que intuyo que te ponen de los nervios.
—Siempre pido un bistec.
—Ah… Muy listo, jefe.
—Gracias.
—Es muy fácil. —Leila se acercó dejando su plato
sobre la mesa y metió la mano en el bolsillo del pantalón
para sacar una goma del pelo. —Una amiga mía era como tú
de inútil y aprendió así. —Rodeó los palillos con la goma
mientras Chadrick la fulminaba con la mirada. Carol
reprimió la risa y su amiga le mostró los palillos. —¿Ves? —
Metió el dedo entre ellos y apretó el otro extremo hasta que
las puntas se tocaron. —Venga, prueba.
—No puedo ir así a una cena de negocios —dijo entre
dientes.
—¡Es mientras practicas! Llegará un momento que lo
harás sin goma, ya verás.
—Venga jefe, por probar no pierdes nada.
A regañadientes los cogió e hizo lo que ella le había
mostrado. Se acercó al pedazo de sashimi. —No, baja más
la mano. No lo cojas desde arriba, sino de costado. Te será
más fácil.
Cuando cogió la pieza no pudo disimular la sorpresa
en su rostro y Carol reprimió la risa. —Bien hecho, jefe.
—No creas que con esto ya lo sabes todo. Te
mancharás un montón de veces más hasta que lo consigas
de manera inconsciente. Mi padre siempre se ponía perdido.
Una vez en un restaurante estaba de lo más frustrado y tiró
los palillos tras él. Cayeron en el arroz de una pareja que
había detrás. La que se montó. Para muchos, el arroz es casi
sagrado. Sobre todo para los sintoístas. No se puede
desperdiciar ni un solo grano de arroz, porque todo tiene
valor, un propósito, incluyendo cada grano. Además, se
considera que en el arroz viven siete dioses de la fortuna,
desperdiciar el arroz es una falta de respeto hacia ellos.
Fascinados asintieron. —Cuéntanos más —dijo Marc
muy interesado.
Pasaron una comida muy entretenida con las
enseñanzas de Leila sobre Japón, pero todo lo bueno se
acababa y Chadrick se levantó tirando la servilleta de papel
en el carrito. —En cuanto llegue tu amigo avísame, quiero
estar en esa reunión.
—¿No te fías de mí? —preguntó sorprendida.
—Como dijiste antes, se puede liar en Washington y…
—Escucharon una risita y ambos se volvieron para ver como
Marc y Leila hablaban en voz baja en una esquina. —
Estupendo —dijo entre dientes antes de fulminarla con la
mirada.
—¿Qué? No puedo prohibirle que se lo ligue, ya son
mayorcitos. Mientras no lo hagan en mi despacho… —Se
encogió de hombros como si le diera igual.
—¡Lo que me faltaba por oír, follar en horas de
trabajo!
Ambos le oyeron y carraspearon alejándose el uno del
otro. Carol puso los ojos en blanco.
—¿Qué hablabais de Washington? —preguntó Marc
intentando disimular.
—Ven conmigo para que te ponga al día —dijo entre
dientes.
Chadrick salió de su despacho de muy mala leche y
Marc suspiró. —Seguramente no podré quedar esta noche.
Tendremos la primera toma de contacto con el personal en
un ambiente más relajado...
—Sí, lo sé, me he encargado yo de buscar el sitio. —
Sonriendo Leila le guiñó un ojo. —Podemos quedar después.
—Perfecto.
Sonrió antes de salir del despacho y Leila la miró con
los ojos como platos. —Amor a primera vista. —Se llevó la
mano al pecho. —Ha sido un flechazo.
Qué suerte tenían algunas. —Felicidades. ¿Ahora me
pasas los contactos? —Su nueva amiga la miró indignada. —
¿Qué? Sin el móvil siento que me falta un brazo. Venga, por
favor. Después no te pediré nada más, tengo tanto trabajo
que tendré que hacer mil cosas esta tarde y no te
necesitaré. Luego podrás irte.
—¿Irme? Ni de coña. —Cogió la caja de su móvil nuevo
y el antiguo. —Que tengo que vigilar a la chivata.
—Tú quieres vigilar a Marc.
Sonrió de oreja a oreja. —A ver si puedo verle cinco
minutitos en algún momento de la tarde.
Sonriendo se sentó en su sillón. —Increíble.
Capítulo 5
Estaba hablando con un proveedor de Shanghái
cuando la puerta se abrió y Chadrick entró en el despacho.
Cuando iba a decir algo ella levantó un dedo
interrumpiéndole y se despidió dándole las gracias a su
interlocutor. Colgó el teléfono y apuntó en la agenda lo que
le había dicho para que no se le olvidara nada. —Bien,
dime… —Levantó la vista hacia él y se dio cuenta de que
tenía un cabreo de primera. —¿Qué pasa ahora?
—Tu amiga…
Miró a su alrededor buscando a Leila y se dio cuenta
de que no estaba. —No está.
—¡Eso ya lo sé, porque se está tirando a mi
vicepresidente! ¡Y es muy escandalosa, se oye todo!
Mierda. Forzó una sonrisa. —¿Te han molestado? Vaya,
que lástima. Ahora sabes lo que se siente. Por cierto, ¿me
has conseguido otro apartamento?
—¿En serio crees que he pensado en eso en algún
momento del día?
No, seguro que él no, pero ella lo había pensado un
montón. —Genial. Pues hoy a palo seco, majo, que… —Abrió
los ojos como platos. —¿Qué hora es?
Él miró su reloj y juró por lo bajo antes de ir hacia la
puerta a toda prisa. —¡Tienes cinco minutos!
Carol corrió hacia el baño y de la que pasaba agarró
su bolso. Se arregló el maquillaje en tiempo récord y
comprobó que la camisa no estuviera demasiado arrugada
porque ni de broma se pondría la chaqueta con el calor que
hacía fuera. ¿No era algo informal? Pues eso. Salió del baño
y allí estaba Leila con una cara de felicidad que no podía
con ella. —Anda, que ya te vale —dijo divertida—. El jefe
dice que nada de relaciones y te pones a darlo todo en el
despacho de al lado.
Se puso como un tomate. —¿Se ha oído?
—Menudo cabreo tiene.
—¡Marc! —escucharon que gritaba—. ¿Quieres darte
prisa, joder? ¡La cremallera!
Reprimió la risa y Leila abrió la puerta para sacar
medio cuerpo y gritar —¡Él no tiene la culpa! —Entró en el
despacho y chasqueó la lengua. —Tiene celos, por eso está
cabreado.
—¿Celos? —preguntó yendo hacia la puerta.
—Ha trabajado con Marc los últimos diez años y son
amiguísimos. Ahora sabe que con novia su relación fuera del
trabajo será más complicada.
Se detuvo para mirarla a los ojos. —Leila no te
ilusiones mucho, no quiero que te hagan daño. Estoy segura
de que estos dos son de los que creen que las tías son de
usar y tirar. —Su amiga iba a decir algo. —Además acabáis
de conoceros, daros tiempo para hablar de noviazgos y esas
cosas.
Leila asintió. —¿Me estoy precipitando?
—Le acabas de conocer y ya te has acostado con él.
—¿Me estás llamando pendón? —preguntó indignada.
—Si te lo has pasado bien a mí me importa un pito,
pero no pienses que porque ha pasado una vez volverá a
repetirse. No quiero que te defraude.
La miró fijamente. —Leche, tú eres de esas amigas
que son de verdad, ¿no? Con las que puedes contar
siempre.
Confundida respondió —Pues no sé qué decirte, la
verdad.
Leila sonrió. —Me da que he tenido mucha suerte al
conocerte.
—¿Listas?
Carol se volvió para ver que se había puesto la
chaqueta del traje y que se había arreglado la corbata.
Detrás iba una mujer japonesa guapísima con el cabello
negro hasta la cintura
—Ella es mi ayudante —dijo algo en japonés y la chica
inclinó la cabeza. Que trabajara con esa chica de dulce
sonrisa no le gustó un pelo, pero intentó disimularlo.
—Se llama Maiko —susurró Leila antes de decir algo
en voz alta para que ella la oyera y por supuesto la chica
respondió en un tono tan dulce que Carol levantó una ceja
—. Dice que bienvenida.
—Gracias Maiko.
—¿Señorita Carpenter? —Se volvió para encontrarse a
Chiasa. —¿Puedo irme a casa?
—¿No quieres venir con nosotros?
Pareció sorprendida. —Como no me habían invitado…
No sabía que…
—Oh, lo siento. Por supuesto que puedes venir. De
hecho debes, para enterarte de todo.
Sonrió encantada. —Será un honor.
Bueno, tampoco era para tanto, solo iban a tomar un
par de sakes y a casa, que tenía mucho sueño atrasado que
recuperar.
Gimió llevándose la mano a la frente. Dios, cómo le
dolía. Maldito sake. Aún con los ojos cerrados intentó
recordar la noche anterior porque no sabía cuántos vasos de
sake se había tomado. ¿Dos? ¿Y con dos se sentía así?
—Nena, como no te des prisa en hacer el desayuno,
llegaremos tarde.
Gritó del susto abriendo los ojos y sentándose en la
cama para ver a su jefe ante ella como Dios le trajo al
mundo. Chadrick parpadeó. —¿Carol?
—¿Qué haces en mi…? —Miró a su alrededor y se dio
cuenta de que no estaba en su apartamento. —¿Estamos en
tu casa?
Él entrecerró los ojos. —¿No te acuerdas de lo que
pasó anoche?
—¿Tengo pinta de acordarme? —Entonces se miró y se
dio cuenta de que estaba desnuda. Chilló cogiendo la
sábana y cubriéndose.
—Hostia… —Nervioso se pasó la mano por la nuca. —
¡Hostia!
Temiendo lo peor se puso como un tomate. Entonces
por su mente empezaron a pasar retazos de la noche y eran
escenas de lo más tórridas que le endurecieron hasta los
pechos de la excitación. Pechos que él había besado mucho
la noche anterior. —Nos hemos… Lo hemos…
—¡Sí! ¡Y creía que eras muy consciente de ello, joder!
¡Te aseguro que fuiste muy activa!
—Mierda —dijo por lo bajo. Es que no podía ni mirarle
de la vergüenza. —¿Quieres cubrirte, por favor?
Él a toda prisa cogió el pantalón que estaba en el
suelo y se lo puso antes de carraspear. —Carol… —Dio dos
pasos hacia ella, pero debió pensárselo mejor porque se
detuvo en seco. —Te aseguro que nunca fue mi intención
aprovecharme de ti, si hubiera sabido que… Esto no puede
estar pasando. ¡Cuando te subiste a la mesa no dejé que
bebieras más!
Gimió por dentro, no podía haber nada más
humillante. —¿Que me subí a una mesa?
—Para dirigir el juego. ¿Tampoco te acuerdas de eso?
Se tumbó tapándose la cabeza con la sábana, no
quería volver a levantarse jamás. —Vete.
Él apretó los labios. —De eso nada, tenemos mucho
trabajo pendiente, mueve el culo.
—¡Vete!
—No voy a dejar que te escondas de esto. ¡De esto ni
de nada! ¡Ha pasado y ya está!
—Dime que te has puesto condón. —Al no recibir
respuesta quiso gritar de la impotencia, pero solo apartó la
sábana para mirarle. Su cara lo decía todo. —No fastidies.
—Al parecer yo tampoco iba muy bien. Voy a
suspender estas reuniones después del trabajo, no les veo
sentido.
Se sentó de golpe. —¡Espero que no tengas nada!
—Me hago un análisis cada seis meses y siempre uso
protección —dijo entre dientes.
—¡Sí, eso ya lo veo!
Se quedaron en silencio durante unos minutos porque
Carol tenía mucho en que pensar. Se había acostado con él
y no se acordaba de casi nada. ¡La vida era muy injusta!
Esperaba haber estado a la altura. Había estado muy activa,
eso había dicho él y por lo que recordaba había besado
zonas que nunca había besado en un hombre, pero eso no
significaba que Chadrick se lo hubiera pasado de miedo.
Mejor preguntárselo. Levantó la vista hasta él. —¿Y qué tal?
Confundido la miró a los ojos. —¿Y qué tal el qué?
—¡Qué tal lo hice! ¡Soy muy competitiva, como me
digas que lo hice mal, voy a tener que acostarme contigo de
nuevo para dejarte con la boca abierta!
No pudo disimular su asombro y después le salió una
sonrisita que intentó reprimir. —Creo que más desinhibida
que ayer no te voy a pillar.
—¿Te apuestas algo?
—Nena, vamos a llegar tarde.
Uy, que se le iba por la tangente. —Ya, ya sé que
vamos a llegar tarde, pero esto es más importante. —Se
inclinó hacia adelante mostrando el canalillo. —Vamos,
quiero detalles, ¿qué hice?
Chadrick carraspeó. —Nena, no te lo voy a contar al
detalle. Estuvo muy bien.
—¿Cómo de bien del uno al diez?
—¡Carol!
—¡Eres tú el que estás perdiendo el tiempo con esos
rodeos estúpidos! —Como le dijera un uno o un dos se
querría morir. Que haya sacado un cinco por lo menos, por
favor. —Venga, di un número.
—¡Un nueve!
Separó sus gruesos labios de la impresión y de
repente se echó a reír. —Qué mentiroso, ahí te has pasado.
—Ahora el sorprendido fue él y Carol fue perdiendo la
sonrisa poco a poco. —¿Hablas en serio?
—¿De veras estamos teniendo esta conversación? —
preguntó molesto.
—¿He sacado un nueve? —Chilló de la alegría como si
fuera un examen de fin de carrera. —¡He sacado un nueve!
¡Leche, soy la mejor!
Asombrado vio que se levantaba como si le hubiera
dado la alegría de su vida y cogía la camisa y la falda rosa
para ponérsela sin ropa interior. —¡Y tú tienes experiencia!
¡Es que soy la pera! —Agarró los zapatos y el bolso antes de
pasar ante él para gritarle a la cara. —¡Qué le den a
Jefferson y a la zorra de su secretaria! ¡No me dejó por eso!
Chadrick sonrió. —No, nena, te aseguro que no te dejó
por eso. Lo haces muy bien.
—Gracias, jefe. —Fue descalza hasta la puerta. —
Entonces es que se enamoró. Y si se enamoró era imposible
detener esa relación. Igual tengo que plantearme eso de
robarle los clientes. —Chadrick vio cómo iba hacia la puerta
del apartamento. —Bah, que se joda. —Abrió la puerta y
sonrió radiante. —Enseguida está el café, jefe.
Cuando salió de su apartamento Chadrick miró hacia
la cama y se pasó la mano por la nuca. —Hostia, cómo me
duele la cabeza. —Suspiró. —Sí, definitivamente esas
reuniones se han terminado.
Se oyó un portazo al otro lado del tabique. —¡Un
nueve!
—¿Y qué ha pasado después? —Leila se sentó en su
escritorio y cruzó las piernas. —¿Estará acojonado por si le
denuncias o algo así?
La miró espantada. —¿Denunciarle? Ni loca. Lo
hubiera hecho con él serena, así que no dudo que con esos
dos vasos de sake se me soltara la melena. —Frunció el
ceño. —Y se me debió soltar bastante, porque recuerdo
haber hecho alguna cosilla que no había hecho nunca. ¿Hice
mucho el ridículo en la reunión?
—Al principio fue un coñazo. Todos estaban tiesos
como velas sin saber cómo comportarse. Fue gracias a tus
juegos que empezaron a divertirse. Oí comentarios y a
todos les caíste muy bien. El jefe no cae tan bien, quiso
cortar el rollo varias veces cuando algunos quisieron bailar
contigo. —Sonrió maliciosa. —Ahí te dije que le gustabas y
tú encantada de la vida, chica. Es increíble, parecía que
estabas de lo más lúcida. Divertida y algo piripi, pero lúcida.
Bufó. —Espero que esto no interfiera en nuestra
relación laboral. Hoy en el desayuno estaba muy callado.
—¿No quiso hablar de ello?
—Fui yo la que cambió de tema. Tampoco quería que
pensara que era una pesada o que quería repetir.
—¿Y qué hay de malo en que quieras repetir? ¡No te
enteraste de casi nada! ¡Necesitas un remake!
—Sí que lo necesito, sí. Ahora no puedo dejar de
pensar en ello, porque tiene un cuerpo como para dar
infartos.
—Pues vete a su despacho y suéltaselo.
—¿Estás loca? ¿En el trabajo?
La puerta se abrió de golpe y se sobresaltaron al ver a
Chadrick allí con unos papeles en la mano. —Carol, quiero
que revises estás cifras y me digas qué te parecen.
—Sí, claro.
Leila se bajó del escritorio. —Como mi chica no tiene
reuniones esta mañana, yo voy a dar una vuelta.
—Nada de distraer a Marc, está muy ocupado.
—Claro, jefe. —Cuando pasó tras él le hizo un gesto
para que atacara y Carol sin darse cuenta se sonrojó.
Chadrick le dejó las hojas ante ella y Carol a toda
prisa las cogió.
—Vuelvo para la hora de la comida.
—Vale —dijo haciendo que miraba las cifras, pero no
sabía qué le pasaba, estaba nerviosa y todo por tenerle
delante.
—¿Qué te parecen? —Rodeó el escritorio y se puso a
su lado apoyando la mano sobre la superficie de cristal. —
¿No es desmedido?
—Uhmm… —El olor de su after-shave la estaba
volviendo loca. Tenía las células de lo más revolucionadas
con su cercanía, ¿cómo se iba a concentrar en unas cifras?
¡En ese momento casi le costaba hasta recordar su nombre!
—¿Carol? —El grave sonido de su voz la sorprendió
tanto que le miró a los ojos. —Hueles a sexo.
Se le secó la boca. —¿Qué?
—Sigues oliendo a mí.
Se puso como un tomate porque en realidad al llegar
a su piso se había dado cuenta de que olía a él y no se
había duchado. —¿Nena?
—Pues… Como tenías prisa…
Sin saber cómo había pasado la estaba besando y
Carol gimió al sentir su lengua sobre la suya dejando caer lo
que tenía en las manos, pero antes de que pudiera
abrazarse a su cuello Chadrick la estaba agarrando por la
cintura para levantarla de golpe. Asombrada por todo lo que
sentía ni podía respirar y de repente estaba sentada sobre
el escritorio. Él apartó los labios y medio mareada abrió los
ojos para encontrarse con los suyos. —¿Has bebido algo de
alcohol?
—No.
—Bien nena, porque quiero que te enteres de todo. —
Pasó las manos por sus muslos elevando su falda beige y de
repente su mano estaba entre sus piernas para acariciarla
por encima de sus braguitas. Él acercó sus labios y besó
lentamente su labio inferior. —No he podido dejar de pensar
en esto toda la mañana. —Tiró de su ropa interior
apartándola e invadió su boca saboreándola como si
quisiera beber de ella. Carol se abrazó a su cuello
respondiendo con toda el alma, mientras su duro miembro
acariciaba su sexo de arriba abajo humedeciéndose entre
sus pliegues. Entró en ella sorprendiéndola por su
contundencia, pero esa sorpresa dio paso al placer que
traspasó su vientre. Algo tan increíble que le robó el aliento
y tuvo que apoyar una mano en la mesa porque tenía que
aferrarse a algo. Chadrick se inclinó hacia adelante
provocando que ella posara otra mano en el escritorio y la
llenó de nuevo mirándola a los ojos. —Eso es preciosa,
apriétame la polla.
—Dios… —Entró en su interior con más contundencia
provocando que el escritorio se desplazara, pero ella ni se
dio cuenta porque necesitaba más.
—Te aseguro que de esto no te vas a olvidar. —Volvió
a llenarla y Carol sin fuerzas se dejó caer intentando
reprimir un grito de placer. —Shusss, preciosa, no nos puede
oír nadie —susurró con voz ronca antes de mover sus
caderas con una contundencia que la dejó sin aliento—. No,
no… No te corras todavía. —La agarró de la nuca para que
le mirara deslizándose en su interior para llenarla de nuevo.
Carol estaba a punto de estallar, sus ojos estaban vidriosos
de placer. —Joder nena, si hubiera sabido que eras así… —
Entró en ella de nuevo y su vientre se estremeció con tal
fuerza que creyó que se partiría en dos, pero la invadió de
nuevo provocando que todo a su alrededor desapareciera
para encontrarse en el paraíso.
Con las respiraciones agitadas se quedaron así varios
minutos y cuando Carol fue capaz de abrir los ojos allí
estaban los suyos. Chadrick sonrió. —Preciosa, me parece
que vamos a necesitar un apartamento por aquí cerca para
que no nos pillen encima de la mesa.
—Sí, sí.
La cogió por la nuca elevándola y besó suavemente
sus labios. —¿Estás bien?
Se abrazó a él. —De maravilla. —Sintió como se movía
en su interior y gimió temiéndose lo que estaba por venir. —
¿Otra vez sin…?
—Otra vez, nena. Es evidente que contigo tengo un
problema. —Se apartó para mirarle a los ojos. —Puedo
conseguirte la píldora esa del día después.
—¿A dónde crees que ha ido Leila? Se la pedí y…
—Ya lo sabe todo. —Se apartó para subirse los
pantalones y parecía molesto.
—¿Chadrick?
—Sé que aquí no tienes amigas, ¡pero esto es nuestra
vida privada, Carol!
Se sonrojó. —Lo sé, pero es que no sabía qué hacer.
Estoy en un país que no conozco y no sé hablar el idioma.
Se pasó la mano por su cabello rubio. —Tienes razón,
perdona. Además, es culpa mía.
—Pues ya que lo dices… —Él gruñó yendo hacia la
puerta. —Eh, ¿y las cifras?
—¡Nena, espabila o en este negocio te va a ir fatal! —
Salió dando un portazo, pero esa frase la hizo sentir
especial. Había sido una excusa para verla.
Sintiéndose genial se bajó del escritorio y se quitó las
braguitas para meterlas en el bolso. Se moriría de la
vergüenza si las encontraba la de la limpieza. Fue hasta su
baño y se miró al espejo. Se le cortó el aliento porque jamás
había estado más hermosa. Sus labios estaban hinchados,
su cabello alborotado y su piel relucía. Se aseó un poco sin
poder creerse lo que veía y después de arreglarse se apoyó
en el lavabo. —Vas a volver a meter la pata enrollándote
con el jefe, pero leche te lo vas a pasar genial en el proceso.
—¿Señorita Carpenter?
Se volvió por la voz de Chiasa. —¿Sí?
—Disculpe, pero he llamado y como no me contestaba
pensaba que le había ocurrido algo.
Mierda. —Me he mareado un poco y al levantarme se
me han caído algunos papeles del escritorio.
Su secretaria apareció en la puerta. —¿Se encuentra
bien?
—Sí, ahora estoy mejor. —Forzó una sonrisa. —Lista
para trabajar.
—¿Quiere que llame a un médico?
Parecía realmente preocupada y se preguntó si la
había juzgado mal. —No, no será necesario, seguro que es
por el jet lag.
Salió del baño y gimió por dentro por el estropicio que
habían formado. La mitad de los dosieres habían caído al
suelo. Se agachó para coger una carpeta y Chiasa dijo —Oh,
no, por favor, deje que lo recoja yo.
—Gracias. —Se dejó caer en su sillón preguntándose
qué diablos estaba haciendo con su vida. Se mudaba a otro
país, ahora se liaba con el jefe… ¿Estaba perdiendo el norte
o lo había encontrado en realidad? Tenía un trabajo que era
un sueño y él era otro sueño aún mayor. ¿Por qué le daba
tantas vueltas?
Chiasa dejó unas carpetas sobre la mesa. —Quería
agradecerle la invitación de ayer. Me lo pasé muy bien.
Sonrió. —Me alegro mucho.
Asintió tímidamente antes de agacharse de nuevo. —
Normalmente a nosotras no nos invitan, ¿sabe?
—Ah, ¿no?
—El jefe y directivos, pero las secretarias no. —Puso el
resto de los expedientes sobre la mesa.
—¿Y eso?
Se encogió de hombros. —Ya eran muchos, supongo.
Suelen hacerse por departamentos y…
—Entiendo. Si hay otra estarás invitada.
Yendo hacia la puerta dijo —El juego de la pelotita en
el vaso fue muy divertido. Perdía con gracia.
Gimió por dentro porque si habían jugado a eso no le
extrañaba la resaca. Se le daba fatal. Era evidente que no
se había tomado solo dos vasos. Pero al parecer nadie se
había dado cuenta de lo borracha que estaba, así que no
tenía que sufrir por lo que pensaran. —Me alegro de que te
gustara.
—Y qué bien aguanta la bebida. La han admirado
mucho por eso.
—Todos fueron muy amables.
Chiasa sonrió como si hubiera dicho lo correcto antes
de salir de su despacho cerrando la puerta. —Madre mía, no
vuelvo a tomar sake nunca más en la vida —dijo por lo bajo
antes de coger otro dossier para seguir trabajando.
Capítulo 6
Cuando Chiasa entró con el carrito de la comida, los
de mantenimiento estaban acabando de recoger sus
herramientas después de colocar la mesa nueva que
usarían de manera multiusos. El sofá beige que habían
puesto al otro lado del despacho no lo había pedido, pero
alguien debió pensar que lo necesitaba y la verdad es que
tenía la sensación de que lo usaría mucho. Se sonrojó con
ese pensamiento y en ese momento llegó el dueño de sus
desvelos hablando con Marc.
—Estupendo, ya ha llegado la mesa —dijo el
vicepresidente frotándose las manos—. ¿Y Leila?
—Pues no tengo ni idea, todavía no ha llegado. —Se
levantó de su asiento preocupada. —Y tengo una
videoconferencia en una hora. —Miró a Chadrick levantando
una ceja.
—Ni de broma, tengo una reunión.
Bufó. —Bueno, que me ayude Chiasa. ¿Dónde estará
Leila?
—Al parecer eso que iba a buscar es más difícil de
conseguir de lo que pensábamos.
—¿De qué habláis? —preguntó Marc levantando las
tapas de la comida—. Pulpo, me encanta. —Como ninguno
de los dos contestaba, Marc les miró a uno y después al
otro. —Ah, que es privado.
—Pues sí —dijo su amigo.
—Joder, cuanto secretismo.
Se acercó a coger los platos y los puso sobre la mesa
nueva. —¿Así que es difícil?
—Aquí han empezado a venderla hace poco y solo la
hay en algunas farmacias.
Separó los labios de la impresión. —No fastidies.
—Ya lo arreglaremos, nena. Tú tranquila.
Asintió levantando una tapa y vio cuatro cuencos de lo
que parecía una sopa con los fideos muy largos. —Ramen —
dijo Chadrick—. Joder, me voy a poner perdido, pero es que
está buenísimo y no puedo resistirme.
—¿Está bueno?
—Ya lo verás. —Chadrick puso su cuenco en la mesa.
—Siéntate nena, casi no has desayunado y ayer no cenaste.
Se dejó caer en la silla mientras ellos colocaban todo
en la mesa. Chadrick hasta le puso el agua. —Gracias.
—¿Cómo vas con la resaca?
Sorprendida miró a Marc. —¿Se me notaba?
—No, pero después de todo lo que bebiste algo te
tuvo que afectar —dijo cogiendo los palillos.
—¿Cuánto bebí?
Marc la miró sin entender. —¿No te acuerdas?
—Tengo lagunas.
—Leche, pues no lo parecía. Disimulas muy bien.
—Sí, ya, ya… ¿Cuánto bebí?
—Pues no sé… ¿Una botella?
Asombrada miró a Chadrick. —Sí nena, por eso te
frené después de que te subieras a la mesa. Tenía otros
planes y me los estabas fastidiando. —Hizo una mueca. —Es
evidente que tenía que haberlo cortado antes.
—¿Pero qué pasa, que no te acuerdas de lo de la mesa
tampoco?
—¿No te he dicho que tengo lagunas?
Marc rio por lo bajo hasta que debió darse cuenta de
algo y miró a su amigo asombrado. —Hostia tío.
Chadrick carraspeó sentándose a su lado. —Ya lo
hemos hablado.
Marc miró a Carol como si la estuviera analizando,
como si tuviera miedo de que denunciara a Chadrick o algo
así. —No le voy a hacer nada —dijo exasperada—. Al
parecer yo también participé lo mío.
Su amigo muy tenso dijo —Pues no te importará
firmar un papelito.
Le miró asombrada. —¿Qué has dicho?
—Marc, no es necesario.
—Sí que lo es. Como abogado te aconsejo que firme
un papel donde te exonere de cualquier culpa y que diga
que estaba de acuerdo con esa situación para evitar
posibles problemas futuros. Y en esto soy inflexible,
Chadrick. Hay que proteger tu reputación y la de la
empresa.
—¿Pero qué estás diciendo? —preguntó asombrada.
—Mira guapa, me caes estupendamente, pero en este
negocio las cosas cambian de la noche a la mañana por una
oferta mejor. ¿Quién no nos dice que dentro de seis meses
te doren la píldora en otro sitio y nos vengas con una
demanda por abusos para hundir a Chadrick y a la
empresa?
Chadrick se tensó antes de mirarla. —¿Lo firmarías?
Miró a uno y después al otro. Todos habían bebido y al
parecer ella había bebido bastante, pero no lo suficiente
como para que se le notara. Sabía que él no era responsable
y después de su respuesta en ese mismo despacho horas
antes, estaba aún más convencida que había participado
encantada en lo de la noche anterior y que los recuerdos
que tenía de esas escenas tan eróticas no eran producto de
su imaginación. Eran recuerdos y en aquel momento estaba
más que encantada. No le responsabilizaba en absoluto de
lo que había ocurrido, pero que le pidiera ese papelito solo
demostraba que no se fiaba de ella. Aunque igual con razón
porque no la conocía de nada. —Recuerdo algunas cosillas y
sé que no fuiste responsable de nada malo, Chadrick, pero
si quieres firmaré ese documento.
Marc suspiró del alivio mientras Chadrick la miraba
fijamente. —¿Así que recuerdas alguna cosilla?
Se sonrojó. —No se hablan de esas cosas en la mesa.
Él rio por lo bajo. —Ya me contarás de lo que te
acuerdas. Esta noche.
Se le cortó el aliento. —¿Esta noche?
—Saldremos a cenar, ¿qué te parece?
Su rostro mostró su ilusión. —¿De veras?
—Nada de rosa.
—Eso ya lo veremos.
Chadrick rio por lo bajo cogiendo los palillos y ella
observó cómo se esforzaba por aprender aun no teniendo la
goma del día anterior.
—Empezaré a redactar el documento en cuanto llegue
al despacho.
Ella esperaba que Chadrick dijera que ya no hacía
falta, pero simplemente se metió los fideos en la boca. Forzó
una sonrisa cogiendo los suyos y cuando masticaba tuvo
que reconocer que estaba muy bueno.
—¿Te gusta, nena?
Masticando asintió forzando una sonrisa. La puerta se
abrió y Leila entró en el despacho. —Ya estoy aquí.
Suspiró del alivio porque ella relajaría el ambiente. —
¿La has conseguido?
Le puso la cajita a su lado. —He tenido que ir a tres
distritos para encontrarla, pero a mí no me detiene nadie.
—¿Qué es?
—Una píldora del día después. —Le guiñó un ojo
acercándose a Marc y le acarició la nuca. —Yo ya me he
tomado la mía.
Él suspiró del alivio. —Estupendo, preciosa.
—Nena, ¿no te la tomas?
Marc y Chadrick se la quedaron mirando. —Oh, sí
claro. —Incómoda abrió la caja y sacó la pastillita del blíster
antes de tomarla con un poco de agua. Ambos sonrieron y
Leila frunció el ceño, pero disimuló sentándose ante ella
para coger su ramen.
No sabía por qué, pero todo eso de la pastilla y de su
manera tan fría de hablar de la noche anterior había
empañado su alegría por lo que habían compartido esa
mañana en el despacho. Lo que era una tontería porque era
evidente que estaba haciendo lo correcto, pero algo le decía
en su interior que no había respuestas correctas o
incorrectas, que tenía que dejarse llevar por lo que quería
su corazón y este hubiera querido no tomarla, porque estar
embarazada de ese hombre la haría la mujer más feliz del
mundo.
Y las tres semanas siguientes fueron las más felices
de su vida, sobre todo porque Chadrick estaba a su lado. El
trabajo iba viento en popa y las noches eran maravillosas.
Hizo una mueca recordando aquella tarde en que había
tomado la pastilla. Marc se presentó en su despacho con el
documento que firmó después de leerlo detenidamente. Era
exactamente lo que le había dicho en la comida y en cuanto
se lo entregó decidió olvidarlo como el tema de la pastilla
para disfrutar de lo que ella y Chadrick tenían. Y vaya si lo
había disfrutado. Era un amante entregado, un compañero
inteligente y un jefe exigente. Se entendían tan bien que no
daba crédito y a veces creía que él sabía lo que pensaba
con una sola mirada. No podía negarlo estaba totalmente
enamorada, pero había algo que fallaba. Algo que no dejaba
que su relación fuera al cien por cien perfecta. Sentía que él
no estaba tan entregado en esa relación como ella.
Sentada a la mesa solo con Leila porque ese día los
chicos no podían comer con ellas le preguntó —¿Crees que
a Chadrick le gusto?
Su amiga la miró sin entender. —Claro que le gustas.
—No, me refiero a que si le gusto lo suficiente para
algo más serio.
Dejó los palillos sobre la mesa. —¿Qué ocurre? ¿Te ha
dicho algo sobre dejarlo?
—No. —Miró su cuenco de arroz. —No me ha dicho
nada, todo va bien.
—Entiendo, tú quieres que te diga que te quiere.
—Sé que es algo pronto, pero…
—¿Te trata bien? ¿Es cariñoso contigo?
¿Cariñoso? Era atento cuando salían por ahí, se
molestaba en que se sintiera a gusto y que no le faltara de
nada. Y era muy apasionado cuando llegaban a casa, pero
de ahí a cariñoso… Solo la besaba si iban a hacer el amor.
Fuera del apartamento solo la tocaba con sus amigos y
como mucho la cogía por la cintura. No se soltaba tanto
como Marc que cuando no estaba trabajando, no se cortaba
en besar a su novia importándole un pito quien estuviera
delante. No, Chadrick no era como él. —A veces se muestra
distante.
Leila apretó los labios. —Sí, me he dado cuenta, pero
creía que cuando os quedabais solos…
—No me entiendas mal, me siento muy a gusto con él,
soy muy feliz y estoy convencida de que somos almas
gemelas, pero me gustaría que me demostrara que le
importo más allá de la cama. Que me dijera que me quiere
sería un avance, la verdad. A veces tengo la sensación de
que soy un entretenimiento para no salir a buscarse un
ligue.
—No digas eso. Ese hombre ni tiene que salir de la
empresa para buscarse un ligue.
—Ja, ja.
—Hablo en serio.
Sí, ya había visto como le miraban algunas de las
chicas que trabajaban allí cuando creían que nadie se daba
cuenta. Incluso a Chiasa se le iban los ojos y soltaba risitas
estúpidas cuando decía algo que no tenía una pizca de
gracia. Desgraciadamente su amiga tenía razón y eso la
hacía sentirse aún más insegura respecto a su situación.
—Si está contigo es porque le llenas, Carol. No te
agobies, acabáis de empezar. Antes de que te des cuenta se
estará soltando.
—O me estará soltando, una de dos.
—Eso, tú no pierdas el sentido del humor. ¿Qué vais a
hacer este fin de semana?
—Ni idea. ¿Descansar haciéndolo como locos entre
medias?
—Un buen plan. Pero os estáis repitiendo, ¿no? ¿No
fue el plan del fin de semana pasado?
—Y del anterior y …
—Vale, lo pillo. Marc y yo vamos a ir a Osaka en el
tren bala. ¿Queréis venir?
Sus ojos brillaron de la ilusión. —Sería genial. Me
encantaría conocerlo, gracias.
—No tienes que darlas. Es increíble que lleves aquí
tres semanas y solo conozcas cuatro restaurantes y la
empresa.
—Es que a Chadrick no le apetece ir a ningún sitio
después de trabajar tanto durante la semana. —Su amiga
apretó los labios observándola. —Por cierto, las clases de
japonés van fatal. Sé que es culpa mía porque me largo
para estar con Chadrick, pero tengo que ponerme las pilas.
Apenas he aprendido cuatro palabras desde que estoy aquí.
Tengo un año.
—No te echará porque en un año no sepas japonés —
dijo incrédula.
Se sonrojó porque no las tenía todas consigo, si
discutían por algo era porque ella no dominaba el idioma. —
De todas maneras, tengo que aprender.
—Muy bien. ¿Qué te parece de cinco a seis todos los
días?
Entendía que su amiga no quería perder el tiempo que
podía disfrutar con Marc y sería injusto que lo hiciera, ella
podía trabajar una hora más después del trabajo en lugar de
que ella se quedara. —De cuatro a cinco.
Los ojos de Leila brillaron de la alegría. —¿De veras?
—Sí, tranquila. Me quedaré después para
compensarla.
Después de la clase de japonés suspiró porque aún
tenía mucho trabajo que terminar. A las cinco y media
frunció el ceño porque Chadrick no la había llamado en todo
el día ni siquiera para controlar su trabajo. —Qué raro. —En
ese momento le sonó el móvil y ella sonrió antes de cogerlo
para llevarse un chasco porque era Harry. —Amigo, ¿cómo
te va? ¿Has solucionado nuestro problema?
—Tengo dos que son duros de roer, pero con el
empeño suficiente tragarán.
—¿Y ese empeño es muy caro?
—Uno de seis cifras para cada uno.
Silbó reclinándose en su asiento. —Vaya.
—¿Qué hago?
Tomar una decisión así sin Chadrick no era lo que
esperaba. —Te llamo en diez minutos.
—No tardes, tengo una reunión importante que no
puedo retrasar.
—Tranquilo. —Después de colgar se levantó de
inmediato y salió del despacho para recorrer el pasillo de
mármol. Cuando llegó a la puerta de presidencia abrió sin
llamar y pasó ante la mesa vacía de la secretaria de
Chadrick pues ya se debía haber ido a casa. Se acercó a la
puerta y abrió quedándose de piedra porque el que
consideraba su novio estaba en mangas de camisa de
espaldas a ella besando a Chiasa. Sintió que se le rompía el
corazón y se dijo que eso no podía estar pasando. Esa
mañana le había dado un tierno beso de despedida en el
coche que les había llevado al trabajo. Y ahora estaba
besando a otra. Esa maldita zorra. Aunque ella no tenía la
culpa, por supuesto, la culpa la tenía él. Sería cerdo. Pues
con ella no iban a poder. Sin saber ni cómo tenía fuerzas
carraspeó y Chadrick se tensó antes de apartar sus labios
de esa mujer que no se había enterado de nada y tenía cara
de estar en el cielo. —Perdonar que os interrumpa, pero
tengo algo importante.
Chadrick la soltó para volverse y Chiasa se puso como
un tomate antes de salir corriendo del despacho. Sonrió con
burla. —Al parecer es vergonzosa.
—Nena…
—No te molestes —dijo fríamente—. Harry me ha
llamado. Al parecer dos de los congresistas quieren un
millón cada uno.
Tenso dijo —Eso es soborno y no pienso pagar un
soborno.
—Estupendo. —Se volvió para largarse.
—¡Joder, hablemos de esto! —exigió siguiéndola.
—No tengo nada que decir.
—¡Entonces seré yo el que diga algo!
Se detuvo para mirarle con todo el rencor del que se
creía capaz. —No me interesan tus explicaciones. Además,
no tienes que explicarme nada, solo fueron cuatro polvos,
no nos prometimos nada, no nos debemos nada y podemos
seguir teniendo una relación jefe y empleada como si nada
hubiera pasado.
—¿No pretenderás quedarte?
Se le cortó el aliento porque parecía espantado. La
quería fuera de su vida, él era el infiel, el que la había
traicionado y quería que se largara de la empresa. Jamás ni
con Jefferson se sintió tan decepcionada como en ese
momento. —¿Acaso quieres que me vaya? —Sonrió con
ironía. —Mi prometido, el hombre que había elegido para
compartir mi vida me traicionó exactamente como acabas
de hacer tú y no me pidió que dejara la empresa. ¡Se le
hubiera caído la cara de la vergüenza al pensarlo siquiera,
porque me había ganado mi puesto! Es evidente que tú no
crees que deba quedarme, pero si me obligas a irme puede
haber consecuencias.
—¿Me estás amenazando?
—¡Tú eres el que me está amenazando a mí después
de pillarte poniéndome los cuernos!
—¿Pero no acabas de decir que no teníamos nada? —
preguntó exaltado.
El desprecio y el dolor en sus ojos verdes lo decía todo
y Chadrick maldijo por lo bajo. —Nena, te juro que…
Se volvió dándole la espalda y siguió caminando
tranquilamente hasta su despacho para cerrar la puerta
suavemente. Fue hasta su sillón y se sentó a toda prisa
porque le temblaban las piernas. El dolor era tan
insoportable que se quedó mirando la pared de enfrente
intentando retenerlo, pero no podía y una lágrima cayó por
su mejilla. La imagen de ella entre sus brazos no dejaba de
repetirse en su memoria una y otra vez. Aquello no podía
estar pasando. No, no podía estar pasando, no podía
perderle. Sollozó y avergonzada por si la sorprendía alguien
corrió hacia el baño y cerró la puerta de golpe. De repente
sintió unas náuseas horribles y abrió la tapa del wáter para
vomitar con fuerza como si quisiera expulsar todo el dolor
que tenía dentro. Pero no, no se iría fácilmente, tenía la
sensación de que ese dolor no se iría nunca.
Una hora después salió del baño y recordó a Harry. Sin
ser capaz de llamarle le envió un mensaje para que dejara
el proyecto.
Recibirás tus honorarios igualmente. Gracias por tu
ayuda, amigo.
Agotada guardó sus cosas y el portátil en el maletín
antes de coger su bolso para ir hacia la puerta. Chadrick
estaba al otro lado sentado en la silla de Chiasa mirando al
vacío. Pasó ante él para salir del despacho. —No quería
hacerte daño, nena.
Se detuvo en seco y le miró sobre su hombro
mostrando sus ojos enrojecidos. —¿Qué mierda os pasa a
los hombres? ¿Es que siempre tenéis que joderlo todo? —Se
volvió. —¿Qué he hecho para que me trates así?
Él apretó los labios. —Nada, no has hecho nada.
—Ah, que me vas a venir con el cuento de que
sentiste miedo porque te habías acercado demasiado a mí.
—Chadrick se tensó aún más y ella rio sin ganas. —Eres
patético. ¡Al menos sé sincero conmigo!
Se levantó lentamente. —Quería acabarlo y lo acabé,
punto.
No se podía ser más frío y ella no podía haber sido
más estúpida por no darse cuenta de que ni siquiera la
apreciaba. —Perfecto. Pero la próxima vez que le hagas esto
a otra, te aconsejaría que no la trates como una mierda y
hables con ella para cortar. Es más de hombres, ¿sabes? —
Se puso la correa al hombro. —Voy a por mis cosas a tu
apartamento, te agradecería que no pasaras por allí en un
par de horas. Fuera del trabajo no quiero verte ni en pintura.
—Perfecto.
—Claro que es perfecto para ti, es lo que querías. —Ni
supo cómo pudo llegar a sonreír mirándole con desprecio. —
Menos mal que el lunes me voy a los Estados Unidos y no
veré en un mes esa cara de cínico que tienes.
—Este viaje nos vendrá estupendamente, que tengas
buen vuelo de vuelta a casa.
Sintió una pena horrible porque acababa de perder
algo tremendamente especial que no recuperaría nunca y
para él no parecía ser importante. Claro que no era
importante, acababa de demostrar que quería hacerle daño
a propósito. Podía haberse liado con su secretaria en
cualquier hotel cercano sin que ella se enterara. Pero no, lo
había hecho así porque quería dejarle bien clarito que no
tendría nada con ella cuando regresara ni nunca más. No
podía sentirse más rota, más hundida por su actitud. Jamás
le había importado, nunca había sentido algo más allá del
deseo, cuando ella se había entregado por completo. Sin ser
capaz de decir una palabra más se volvió alejándose de él a
toda prisa.
Horas después sentada en su cama sin poder dejar de
llorar en silencio, le escuchó llegar. Se sentía tan
traicionada… Mucho más que con Jefferson, porque lo que
había sentido por Chadrick había sido mil veces más
intenso, lo que le demostró que realmente no había estado
enamorada de su exprometido. Había mantenido el puesto
porque no le había importado lo suficiente como para
renunciar al trabajo, pero después de darle mil vueltas, de
sopesar los pros y los contras, sabía que no soportaría
continuar trabajando para Chadrick. Se conocía bien, su
corazón no lo soportaría. Tenerle ahí y saber que nunca
sería suyo después de lo que habían pasado, sería una
tortura continua que no pensaba enfrentar. Ella se merecía
mucho más que eso y no pensaba dejar que la viera rota
por su culpa. No pensaba consentir que destruyera todo lo
que había logrado con tanto esfuerzo y sufrimiento.
Su móvil recibió un mensaje y lo miró. Su taxi había
llegado. Se levantó lentamente y se pasó las manos por sus
vaqueros intentando controlar la ansiedad que la invadía.
Agarró su maleta para no hacer ruido con las ruedas y cogió
su bolso antes de mirar a su alrededor. La carta de renuncia
estaba sobre la mesilla de noche y su estancia en Japón
acababa allí. Se sentía fracasada y estúpida por haber
arriesgado el puesto de sus sueños por un hombre que no
merecía la pena. Pero el mal estaba hecho y debía seguir
con su vida, aunque fuera con el corazón roto.
Se volvió y salió del apartamento sin mirar atrás.
Capítulo 7
Un año después
Salió de Macy´s cargada de bolsas intentando
entender lo que Leila quería decirle —¡No te escucho bien!
¿Por qué no me llamas más tarde?
—El…ta…en… York.
—¿Qué?
—¡Chadrick está en Nueva York!
Se le cortó el aliento y se tuvo que parar intentando
recuperarse. —¿Qué has dicho?
—¡Ha vuelto a Nueva York y ha dejado a Marc al
cargo! ¿Me oyes?
Intentando controlar el latido de su corazón susurró —
Sí, te oigo.
—Uff, menos mal. Aquí hay una cobertura de mierda.
Estoy subida en una banqueta, no te digo más.
—¿Y qué tal la luna de miel en Bali?
—¡Una mierda! ¡Se ha largado a traición! ¡Mi hombre
tiene que volver a Tokio para hacerse cargo de la empresa!
¡Menuda jugarreta nos ha hecho el muy mamón!
No entendía nada. —¿Pero por qué se ha ido ahora?
¿Tan importante es la reunión que tiene aquí?
—¿Reunión? ¿Qué reunión? ¡Ha dejado la empresa!
Se le cayeron las bolsas de la impresión. —No, no lo
has entendido bien. Era el trabajo que siempre había
querido. Ha conseguido el reconocimiento de todos y las
acciones han subido seis puntos en bolsa. No lo dejaría ni
muerto.
—Pues lo ha dejado. ¡Y de la noche a la mañana! ¡Mi
Marc los tiene por corbata, dice que no podrá llevarlo solo!
¡Le tengo sedado hasta las trancas porque le ha dado un
ataque de pánico!
Se llevó la mano libre a la frente sin darse cuenta de
que le temblaba. —Habrá pasado algo con su familia…
—No ha dado explicaciones. Ha llamado a mi hombre
y simplemente le ha dicho quedas al cargo. Mañana vuelvo
a Nueva York. ¡Y ha colgado el muy puñetero! Marc ha
intentado ponerse en contacto con él y nada. ¡Pero le ha
llegado al mail un comunicado diciendo que él era el nuevo
presidente de la empresa! ¡Lo tengo medio en coma por el
ataque de nervios!
Hizo una mueca. Sí, el tiempo que había estado en la
empresa se había dado cuenta de que Marc no tenía lo que
hacía falta para dirigir algo de ese calibre. —Siento lo de la
luna de miel.
—Será gilipollas —dijo furiosa—. Primero no puedo
invitarte a la boda por su culpa y ahora esto.
—¿Qué has dicho? —La escuchó gemir al otro lado. —
¿Leila?
—No te cabrees, ¿vale? Marc se emperró en que no te
invitara porque su amiguito del alma podía sentirse
incómodo. Sé que te dije que era una boda solo con la
familia, pero mentí.
Entendía que Marc hubiera apoyado a su amigo y la
verdad es que se había sentido aliviada por no haber sido
invitada, así que no podía recriminárselo, le había hecho un
favor porque ver a Chadrick de nuevo era lo que menos
quería. —No te preocupes, lo comprendo.
—¡Pues yo no!
—Respira… —Escuchó como su amiga respiraba
profundamente. —Eso es, hazlo de nuevo. —Una mujer se
agachó al lado de una de sus bolsas como si nada. —¡Oiga,
atrévase a tocar algo y le arranco los brazos! —La tía salió
espantada y asintió antes de decir al teléfono. —Tengo que
dejarte, debo asistir a una reunión en una hora y debo pasar
por casa primero.
—¿Ahora que no está, vendrás en vacaciones? Tienes
que ver como he dejado la casa.
—Lo hablamos cuando pueda permitirme un hueco,
¿vale?
—Vale. Si le ves, pégale un puñetazo de mi parte.
Sonrió. —Eso haré. Un besito. —Colgó y agarró las
bolsas para acercarse a la calzada intentando disimular que
no le importaba que Chadrick estuviera allí. Por ella que le
dieran por saco. Levantó el brazo para detener un taxi y
distraída miró el dispensador de periódicos que tenía al
lado. Al ver la foto de Chadrick se quedó de piedra y se
acercó para leer el titular. —El nuevo gurú de los negocios
compra Importaciones y exportaciones Garner and Morris. El
nuevo nombre de la empresa será Edgerly Enterprise.
Asombrada miró al frente antes de gritar —¡Será
mamón! ¡Me ha robado la idea!
Una mujer que pasaba a su lado pegó un bote del
susto antes de salir corriendo. Carol entrecerró los ojos. —
Este no sabe con quién está tratando. —Se volvió y gritó —
¡Taxi!
Su secretaria entró en su oficina con el block en la
mano y ella le hizo un gesto con el dedo para que no la
interrumpiera. Sonriendo vio cómo se miraba al espejo que
tenía en la pared intentando llevar las canas de las sienes
tras la oreja para ocultarlas. Llevaba fatal haber cumplido
los cincuenta. —Natürlich werde ich das, es war mir ein
Vergnügen, mit Ihnen zu sprechen. Ja, wir sehen uns sehr
bald. Auf Wiedersehen. —Colgó a toda prisa. —¿Y bien?
—Se hospeda en el Plaza, aunque se pasa en su
nueva empresa casi todo el día. Suele cenar en el
restaurante del hotel y siempre lo hace solo, eso me ha
dicho el de recepción.
—Vaya, se ha reformado —dijo con ironía.
Claudia entrecerró los ojos con cara de psicópata. —
¿Qué hago, jefa? ¿Contrato a alguien para que le dé
matarile o prefieres una paliza que le deje estéril? Tú pide
por esa boquita. En mi barrio hay uno que se dedica a eso y
según tengo entendido es barato.
—No dejemos que llegue la sangre al río, amiga. —Se
reclinó en su asiento entrecerrando los ojos. —¿Por qué ha
elegido nuestra antigua empresa?
—Para joder, jefa. Ese quiere joder. Después de lo que
te hizo en Japón todavía quiere marcha. Se aprovechó de tu
idea para sacar tajada. Te dije que no te fueras a Japón…
Mira que te lo dije… ¡Pero no me hiciste caso y mira lo que
pasó! Menos mal que cuando regresaste al trabajo tuviste
dos dedos de frente y me sacaste de Garner porque
necesitas a alguien que te centre, niña. Ni se te ocurra darle
ni la hora a ese mamón, ¿me oyes? ¡Porque sino contrato a
Perico por mi cuenta!
Levantó una de sus cejas pelirrojas. —A Perico.
—Se llama así.
Se levantó y empezó a pasear de un lado a otro. —Es
un imbécil, pero no un aprovechado. Si fuera así hubiera
pagado a los congresistas para que no dieran el visto bueno
a lo de los aranceles. No, a él le gusta ir de frente y por lo
legal. Puede que amenazar un poco, pero robar la idea de
otra persona…
—¡Pues bien que quería que tú les robaras los clientes
a los Garner! ¡Cosa que remató él, por cierto, dejándoles en
la ruina! Despierta niña, que te estás montando una película
en la cabeza y dentro de nada parecerá Robin Hood.
Se puso como un tomate. —Qué mala leche tienes.
—Ya, pero me adoras.
Eso no podía negarlo. Bufó sentándose de nuevo. —
Muy bien, pensemos. Se ha aprovechado de mi idea.
—Totalmente y ha usado las que tuviste en Japón para
aumentar sus exportaciones hasta tal punto de que todos
los del consejo directivo le besaban los pies. ¡Cuando tenían
que haber besado los tuyos! ¡A ver si así te espabilas, que
no escarmientas!
Hizo una mueca. —¿Quieres dejar de meterte
conmigo?
Se cruzó de brazos como si aún no se hubiera
quedado a gusto y Carol gruñó pensando en Garner.
Conocía la empresa como la palma de su mano. Sabía los
puntos débiles y eso es lo que había aprovechado Chadrick.
Se le cortó el aliento. —Dios mío…
—¿Qué?
—¡Se acostó conmigo para que se lo contara todo, no
porque yo le gustara! —Su amiga la miró sin entender. —¡En
miles de conversaciones durante esas semanas se lo conté
todo! Qué comprar primero, qué empresario era duro de
pelar… ¡Y cuando ya no había más información que sacar,
me dio puerta!
—Espero que hayas aprendido la lección, niña. No se
habla de negocios en la cama. —La fulminó con la mirada.
—Vale, me callo.
Cabreadísima siseó —Tengo que darle una lección que
no olvide jamás.
—Ahora hablas mi idioma, niña. —Se miraron la una a
la otra. —Puedes contarme el plan, soy una tumba. —
Ansiosa se adelantó. —Cuenta, cuenta…
Gimió dejando caer la frente sobre el escritorio.
—¡No me digas que después de tres horas todavía no
se te ha ocurrido nada! ¿Pero a ti qué te pasa?
—No lo sé, pero no se me ocurre ningún plan retorcido
para machacarle.
—Menos mal que estoy yo aquí.
Su teléfono móvil sonó y se lo puso al oído. —Carolina
Carpenter.
—Harry Osborne —dijo divertido.
Sonrió. —Hola, Harry. ¿Cómo te va?
—¿Un mal día?
—Pésimo.
—Pues tengo una sorpresa para ti.
—Precisamente por una sorpresa estoy así. —Se
incorporó apartando el folio que se le había pegado a la
frente.
—Esta te va a encantar.
—Dime.
—El presidente de los Estados Unidos quiere que le
asesores.
Se le cortó el aliento. —¿Qué?
—Le he hablado de ti y quiere conocerte. Quiere tener
conocimientos de primera mano sobre importaciones y
exportaciones.
—Entiendo, se da cuenta de que su política de
aranceles no funciona y quiere a alguien que se lo diga a las
claras.
—Exacto. Hoy tienes un vuelo privado desde la
Guardia a las cinco. Te quedarás a cenar, hay cena de gala.
Déjales con la boca abierta, preciosa. Ya estás entre los
grandes.
Su amigo colgó e impresionada miró a Claudia. —El
presidente de los Estados Unidos quiere conocerme.
—Enséñale de que pasta estás hecha, niña —dijo
orgullosa—. A ese ya nos lo cepillaremos cuando vuelvas.
Entregó la maleta a la tripulación y fue hasta la
escalerilla acompañada de una auxiliar de vuelo. —En una
hora y cuarto más o menos estaremos en Washington,
señorita Carpenter —dijo la mujer entrando en el avión—.
Un coche les esperará en el aeropuerto.
—¿Nos esperará?
—Hola nena.
Su corazón dio un vuelco y se giró apenas para ver a
su pesadilla sentado en uno de los enormes sillones de piel
gris con un vaso de algo ambarino en la mano. Se paralizó
de la impresión porque a pesar del tiempo que había
pasado, su corazón empezó a retumbar con fuerza en su
pecho. Él sonriendo dejó el vaso a su lado para levantarse
mostrando el traje gris de tres piezas que le sentaba como
un guante. ¿Estaba más guapo? ¡No era justo! Con el rostro
tallado en piedra se acercó a él y le pegó un guantazo que
le volvió la cara. Ni lo vio venir. Chadrick hizo una mueca
mientras la azafata jadeaba de la impresión y él le hizo un
gesto sin darle importancia. —Está cabreada.
—¿Cabreada? Estoy mucho más que cabreada —siseó
—. Ni se te ocurra dirigirme la palabra, capullo prepotente.
Furiosa fue hasta el último sillón y se sentó ignorando
como la miraban los dos. Dejó su birking a su lado y se puso
el cinturón. Sería posible… El culmen de su carrera y tenía
que ir con ese… Ese… Tenía tantas ganas de gritar que ni se
le ocurría cómo adjetivarle.
Divertido caminó por el breve pasillo para sentarse en
el reposabrazos del sillón de al lado y se la quedó mirando.
—Estás preciosa, nena.
Le miró como si quisiera desmembrarle.
—Vale, lo de Garner no te ha sentado bien. Pero
puedes intentar quitármela a mí.
No entres al trapo, no entres que es lo que quiere.
Reírse de ti. Tú fría como el hielo.
Sacó el portátil de su bolso y sacó la bandeja del
brazo del sillón para ponerse a trabajar. —Tengo entendido
que ahora estás en exportaciones Williamson. Es una buena
empresa y Matthew un buen tío. Nena, a este no le
quitaremos los clientes, me cae bien.
No entres al trapo, controla. Encendió el portátil y él
suspiró. —¿De veras vas a ignorarme como si tuvieras tres
años?
Su pierna salió disparada y la punta del zapato se
clavó en su espinilla. —Agrr… —Se la frotó forzando una
sonrisa. —¿Un espasmo? Preciosa, eso es por falta de
ejercicio, si quieres podemos entrenar juntos. He
encontrado un entrenador que te pondrá en forma
enseguida. ¿Quieres ver mis abdominales? Nunca han
estado mejor, te lo aseguro.
Sorprendentemente sí se moría por verlos, pero siguió
sin contestar mirando la pantalla. Chadrick in cortarse se
inclinó a un lado para mirarla también y ella la cerró en el
acto haciendo que riera por lo bajo. —Puedo estar así todo
el vuelo hasta que me hables.
—Déjame en paz —dijo entre dientes.
—Sería mejor que al menos ante el presidente haya
una relación educada. Así que deja salir todo lo que llevas
dentro para que llegues allí como una malva.
En ese momento contrataría a Perico sin ningún
remordimiento. —¿Por qué has vuelto? —preguntó incrédula
—. ¿No era el trabajo de tus sueños?
—Esos sueños han cambiado.
Respiró hondo intentando contenerse. Sí, era de
cambiar de opinión, pero estaba en su derecho.
—¿Cómo te ha ido este año?
—Piérdete.
Rio por lo bajo. —Eres muy predecible.
—¿De veras?
—Totalmente. ¿Crees que no sabía que te irías?
Se le cortó el aliento y le miró a los ojos. —Lo hiciste
para que me fuera.
Él hizo una mueca. —Y no creas que no me jodió, pero
sabía que allí no serías feliz y para ser franco después de
unas semanas yo me di cuenta de que tampoco era mi sitio.
Además, tu amigo Harry hizo que tuviera que precipitarme
en despacharte. Nos estaba poniendo en un aprieto
hablando de más con esos congresistas. Tenía que cortarlo
de raíz, así que hice que te fueras para que no te
relacionaran con una empresa japonesa si en algún
momento investigaba el FBI.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que tu nombre salió demasiado en sus
conversaciones.
Se quedó de piedra. —Mientes, Harry jamás sería tan
descuidado.
—Yo también tengo contactos, nena. Y esos contactos
al saber que trabajabas conmigo, me pusieron sobre aviso.
El FBI te podía haber acusado de soborno a un cargo
público, porque tu amigo Harry se estaba yendo de la
lengua ofreciendo dinero a diestro y siniestro.
Palideció. —Mientes, solo quieres justificar tu
conducta. Eres un cerdo mentiroso —dijo con rabia.
—¿Miento? Te aseguro que no.
—Entonces si Harry es tan poco profesional, ¿qué
haces aquí? ¿No temes que te deje mal ante el presidente?
Porque ahora es uno de sus hombres de confianza, tan mal
no debe estar haciendo las cosas. Además, no he escuchado
que haya ninguna acusación contra él.
—Nena, si quieres trabajar en esto debes mirar más
allá.
—No me trates como si fuera idiota —dijo furiosa.
La azafata se acercó y carraspeó. —¿Se sienta, por
favor? Vamos a despegar.
Se sentó al otro lado del pasillo con un descaro que la
dejó pasmada. —Tu sitio está allí. Al menos ten la decencia
de no molestar al personal de vuelo. Luego tendrán que
limpiar ahí también.
—No se preocupe —dijo la mujer con una sonrisa de lo
más profesional—. Estamos acostumbrados a que en los
vuelos privados los pasajeros vayan de un lado a otro.
—¿Has oído, nena?
Como le gustaría tener un hacha en las manos. —No
me llames, nena. No soy tu nena, idiota.
Suspiró poniéndose el cinturón mientras le decía a la
azafata —Una mala ruptura. Ella no quería dejarlo y ha
sacado a la luz un carácter que me sorprende, la verdad.
Discúlpela.
Jadeó mientras la chica decía —No pasa nada. Yo
también estaría cabreadísima. —Le guiñó un ojo antes de
alejarse.
Sería mamona. Miró hacia Chadrick que reprimía la
risa. —Imbécil.
—Sí preciosa, tú desahógate que es evidente que
necesitas hacerlo. ¿Por dónde íbamos? Ah, por el increíble
puesto que ha conseguido tu amigo. ¿No te has preguntado
cómo un consigue votos del congreso ha llegado hasta la
Casa Blanca?
—¿Por su impecable trabajo?
—Las prácticas de Harry son dudosas como poco.
Según un informante muy de fiar, Harry tiene en sus manos
cierta información que puede hacer mucho daño al
presidente y como este no quería que se filtrara, le ha
ofrecido algo que no puede rechazar con una prima
sustanciosa. Y él como no es tonto ha aceptado, por
supuesto. Mejor eso que recibir un tiro en la frente por el
servicio secreto.
—Estás loco, se te está yendo la cabeza.
—¿Eso crees? —Se acercó. —Tengo pruebas. Y esas
pruebas fotográficas son las que me van a ayudar a que se
olviden de la subida de los aranceles para siempre.
Separó los labios de la impresión. —Chadrick, ¿has
perdido la cabeza?
—Necesito que los transportes a los Estados Unidos de
mis productos en Asia salgan más baratos.
—Una cosa es explicarle a las claras lo que ocurrirá si
sigue con esta dinámica y otra cosa muy distinta es
chantajear al presidente —dijo entre dientes.
—Tú ibas a hacerlo.
—¡No, yo iba a dejarle las cosas muy claritas, que es
muy distinto! ¡Cómo pienso hacer ahora!
—Nena, eso no servirá de nada. Las empresas que
financian su campaña claman porque se mantenga la
subida de impuestos. ¿Piensas que se va a poner en contra
de ellos por nada?
—¿Piensas que estarás a salvo después de
amenazarle con un chantaje? —susurró.
—Tú querías amenazarle con una huelga en Asia y que
no recibieran los chips, no sé cuál es la diferencia.
—La diferencia es que yo no ponía su nombre en
entredicho y si me hacía algo a mí, mis planes no se
detendrían porque no sabía cuántas personas estábamos de
acuerdo. Si le amenazas con decir a la opinión pública que
es corrupto o algo por el estilo, te quitarán del medio para
proteger su puesto.
—Tampoco sabe cuántas personas estamos al tanto
de esa información y pienso dejárselo muy clarito —dijo
muy serio—. Tranquila nena, no le tengo miedo. No es tan
inmaculado como parece y merece lo que pueda pasarle.
—¿Estás dispuesto a pagar las consecuencias
empresariales, que las habrá, si consigues salvar el pellejo?
—Te aseguro que voy a salir del despacho oval mucho
más fuerte empresarialmente que como entré.
Le miró con desprecio. —Entonces eres igual que él,
que todos ellos.
—Parece que no entiendes una cosa —dijo fríamente
—. En este negocio o pisas o te pisan. ¿Por qué crees que
hice que te largaras, nena? Porque pareces dura, pero no
tienes lo que hay que tener para este negocio y me di
cuenta de inmediato.
—¿Sigo estando verde? —preguntó con burla.
—Harry te la coló y no te diste cuenta. Confiaste en él
y yo te he demostrado que no se puede confiar en nadie. En
nadie, preciosa, ni siquiera en mí.
—¿Qué tal Chiasa?
—La despedí en cuanto te fuiste de Japón.
Se quedó de piedra. —¿Qué?
—No se podía confiar en ella. Vendía información a
Saito y te traicionó. No la quería en la empresa.
Entonces se dio cuenta de hasta qué punto utilizaba y
manipulaba a los que le rodeaban. —Eres un ser
despreciable.
—Esa es la frase que me demuestra que no estás lista
para enfrentarte a los tiburones.
—No pienso tomar parte en esto. —Sacó su móvil
dispuesta a llamar a Harry.
—Si me delatas antes de que entre en la Casa Blanca,
conseguiré que te despidan de tu puesto.
Se le cortó el aliento volviendo la vista hacia él.
—Conozco muy bien a Matthew y si le digo que has
intentado que te contrate de nuevo, perderás tu puesto.
—Eres un cabrón.
—Sí, nena. Ya era hora de que te dieras cuenta. —Se
quitó el cinturón y se acercó a ella. —Ahora escúchame
bien. Tenemos la reunión en tres horas. Iremos al hotel, te
cambiarás de traje y pondrás una sonrisa en el rostro como
si no supieras nada de lo que se va a tratar allí hoy. Darás tu
discursito y en algún momento dirás que te encuentras mal,
que tienes un problema de tensión baja o yo qué sé. Que
tienes que ir al médico. Yo me quedaré con él y le diré lo
que tengo que decirle.
—No pienso seguirte el juego.
—Claro que lo harás, porque necesitas tu trabajo —
dijo con burla—. Tengo entendido que te has comprado un
piso muy caro en la sexta avenida y estás hasta arriba de
deudas. Tienes una hipoteca muy cara, además la
decoradora se pasó eligiendo muebles y el presupuesto de
la obra se salió de madre, ¿recuerdas? Te fundiste los
ahorros. Además, no fue tan fácil encontrar trabajo cuando
llegaste de Japón, ¿no es cierto? Te costó justificar por qué
te habías ido del puesto que todo el mundo querría.
Pálida siseó —No sabes nada.
—No encontraste trabajo en ocho meses. ¿A cuántos
contactos llamaste? ¿Cuántos curriculums enviaste?
Debieron ser muchos para estar ocho meses sin pegar palo
al agua.
—No envíe ninguno, idiota. Alguien de mi categoría no
envía curriculums y tuve ofertas en cuanto puse un pie en el
país.
Frunció el ceño. —¿Entonces qué ocurrió para que una
adicta al trabajo…? Nena, ¿tanto te afectó mi rechazo?
—Muérete.
La cogió por el brazo. —Cuéntamelo.
Soltó su agarre de malas maneras. —Ni se te ocurra
volver a tocarme.
Apretó los labios observándola. —Muy bien, volviendo
al tema que tratábamos…
—No quiero saber nada más. Haz lo que te dé la gana.
¿Ahora me dejas trabajar?
Cogió su portátil y se cambió de sitio. ¿A esa idiota no
le importaba que se cambiara? Como si tenía que cambiarse
cada cinco minutos, que no pensaba dirigirle ni una palabra
más. Le escuchó suspirar, pero no volvió la cabeza para
mirarle. Empezó a trabajar. Estaba realizando un informe
para la junta directiva cuando se dio cuenta de que tenía
que llamar a Claudia para darle instrucciones respecto a
otro de sus informes, pero al ir a coger el teléfono se dio
cuenta de que lo tenía en el bolso. Mosqueada se levantó y
al volverse vio que muy concentrado miraba la pantalla de
su móvil que estaba en sus manos. Pálida corrió hacia él y
se lo arrebató. —¿Cómo lo has desbloqueado?
—Tienes el mismo patrón y la misma clave que en el
teléfono de Japón —dijo muy tenso.
Dios, y llevaba al menos media hora cotilleando. Al
pensar en sus mensajes con Jeff perdió el poco color que le
quedaba en la cara. —Eres un capullo.
Él asintió. —Sí, nena… Lo soy. Soy un capullo por no
darme cuenta de todo lo que me necesitabas.
—Vete a la mierda.
—Lo siento.
—¡Ni se te ocurra disculparte! —gritó perdiendo los
nervios—. No eres nada para mí, ¿me oyes? ¡Por mí como si
te mueres!
Se volvió y se sentó en su asiento intentando reprimir
las lágrimas. No pensaba dejar que la afectara, no pensaba
dejarle. Cuando se sentó a su lado de nuevo no se
sorprendió. Él era así, un capullo prepotente que creía que
podía jugar con la gente como le viniera en gana.
—Tu psiquiatra te recomendó no trabajar, ¿no es
cierto? —No contestó. No pensaba darle esa satisfacción. —
Tu agorafobia te impedía salir de casa. ¿Cuándo empezaron
los ataques de pánico, nena? ¿Cuándo llegaste a Nueva
York? No lo entiendo, en Tokio parecías tan segura de ti
misma… ¿Fue una recaída? ¿Te había pasado antes? —Sin
hacerle caso se levantó de nuevo y con el portátil en la
mano regresó a su sitio. Asombrada se vio cuenta de que
había revisado su bolso porque el bolsillo donde tenía las
pastillas estaba abierto. Apretó los labios cerrándolo de
golpe y cogió los cascos que usaba cuando se encontraba
agobiada. Se los puso, subiendo la música a todo volumen.
Chadrick que la observaba desde su asiento apretó los
labios antes de mirar al frente.
Suspiró del alivio y no queriendo pensar en nada
siguió trabajando, intentando ignorar como el dolor que
llevaba dentro solo podía aliviarse con unas lágrimas que no
podía dejar salir. Jeff le echaría la bronca si se enteraba de
que estaba reprimiendo sus sentimientos de nuevo. Como
había hecho hacía un año, como había hecho con la muerte
de cada uno de sus padres. En la universidad, ante todos
sus compañeros tenía que hacer que todo iba bien cuando
con la muerte de su padre lo había perdido todo y se volcó
tanto en sus estudios que ignoró todo lo demás. El primer
día que salió de su habitación en la residencia y que se
mareó caminando por el pasillo, no le dio importancia.
Serían las cervicales, que no había desayunado o incluso
que podía haber dormido poco, pero aquello fue en aumento
y empezó a temer salir de su habitación, allí se sentía
segura, allí nunca ocurría nada malo. Dejó de salir con sus
amigos, iba a las clases con unos ataques de ansiedad
brutales y solo cuando llegaba a su habitación respiraba del
alivio porque aquella tortura había acabado. Pero llegó a un
punto que ya no podía salir porque se mareaba tanto que le
era imposible. No podía caminar ni hasta las duchas y llegó
un momento en que su compañera de habitación tuvo que
llamar a una ambulancia para que la sedaran y la llevaran
hasta el hospital en su desesperación porque la ayudaran.
Fue cuando conoció a Jeff. Él la ayudó con terapia y
medicación a salir del pozo donde se había escondido. Dijo
que no había dejado salir el dolor que llevaba dentro y que
eso había provocado todo lo demás. Le costó un año salir de
la habitación con normalidad y dos años no tener miedo a
que algo así se volviera a repetir. Recordando su última
sesión antes de irse a Tokio apretó los puños. —Te lo
pasarás bien —dijo su terapeuta—. Será una nueva
experiencia. Vas a salir al mundo, ahora eres mucho más
fuerte. Fíjate hasta donde has llegado.
—¿Y si ocurre de nuevo?
—¿Qué hemos hablado mil veces? Eres tú la que
dominas tus miedos. Eres tú la que los provocas y no debes
dejar que te limiten. Los miedos hay que superarlos y tú lo
has hecho con creces. Este es un paso más, eso es todo.
Cualquier cosa nueva nos asusta, pero eso no significa que
no la hagamos porque esa es la esencia de la vida. —Sonrió.
—¿Quieres que hagamos videollamadas? Creo que no las
necesitas.
—¿Me das el alta? —preguntó sorprendida.
—Llevas de alta muchos años. Simplemente vienes
para sentirte mejor y porque soy como una especie de
muleta que crees que necesitas, pero no me necesitas, ya
no. Pero si quieres, como lo que vas a hacer es un gran
cambio, durante un par de semanas haré tu seguimiento.
Se lo pensó muchísimo y al final se dijo que él tenía
razón. Debía empezar a lidiar sola con ella misma. Era
capaz de dirigir un departamento, ya era hora que dirigiera
su vida. —No es necesario.
Jeff sonrió como si estuviera de acuerdo. —Perfecto,
pero quiero que sepas que siempre me tendrás. Día y
noche. No dudes en llamarme si notas algo raro.
Y no lo notó. De hecho, creyó que estaba de maravilla
hasta lo de Chadrick. Levantó la vista para ver su perfil,
parecía muy tenso. Sintió en su pecho el anhelo y una pena
inmensa por lo que podía haber sido si viviera en un cuento
de hadas, pero era evidente que el cuento de hadas no era
para ella. Recordó las risas, las noches que habían pasado
juntos y todas las veces que había soñado con que le dijera
que la amaba. Fue devastador darse cuenta de que para él
no era nada. Tan devastador que al llegar a Nueva York sin
apartamento y sin trabajo, llamó a Claudia porque se sentía
perdida. Era la única aparte de Jeff en la que confiaba para
hablar de ello y la acogió en su casa de Queens hasta que
se recuperara. Pero fue a peor. En apenas unas semanas
todo se fue a la mierda y todo lo que había conseguido en
años de terapia desapareció hasta el punto que no podía
salir de casa de su amiga. Ella decía que no importaba, que
podía quedarse todo lo que quisiera, pero se negaba a que
su vida fuera así para siempre. Así que buscó piso por
internet, le dio poderes a Claudia para que fuera a firmar la
compraventa y se encargó de su renovación a distancia
mientras trabajaba con Jeff para recuperar su vida. Y lo
había conseguido. Había resurgido de sus cenizas para vivir
como debía y ahora él aparecía de nuevo. Pues no pensaba
dejar que nada ni nadie la hiciera querer esconderse por el
dolor que le provocaran. Como si tenía que pegarle un tiro
para que se largara de su vida, pero no iba a pasar de
nuevo por lo mismo.
Como si supiera que pensaba en él volvió la vista y
sus ojos se encontraron. Los de ella mostraban su dolor, su
rabia y el miedo que había pasado en ese último año.
Chadrick separó los labios de la impresión y ella dijo —Te
aconsejo que no vuelvas a cruzarte conmigo, cielo —dijo
con desprecio—. Esto del teléfono ha sido la gota que ha
colmado el vaso y te aseguro que yo también sé pegar
golpes bajos.
—Nena…
—¿No he sido clara? —gritó sobresaltando hasta la
azafata.
Con el rostro tallado en piedra dijo —Muy clara.
Sonrió dulcemente. —Perfecto. Azafata, un té por
favor.
—Enseguida, señorita Carpenter.
Como si nada siguió trabajando, pero vio como por el
rabillo del ojo apretaba los labios antes de volverse hacia la
azafata y decir —Un whisky, doble.
Iba a necesitar mucho más de un whisky como
siguiera molestándola, eso lo juraba por sus muertos.
Capítulo 8
Bajó del avión sin esperarle y sonrió al delegado de la
Casa Blanca que ya estaba al final de la escalerilla. Este
sonrió alargando la mano y ella se la estrechó. —Señorita
Carpenter, soy Martin Folder. De parte del presidente,
gracias por venir.
—Me alegro mucho de estar aquí, señor Folder. —
Sintió a Chadrick detrás. —¿Ahora iremos al hotel?
—Ha surgido algo importante y no podrán reunirse
con el presidente hasta mañana por la mañana —dijo algo
azorado—. Si no les importa esperar… —Alargó la mano
hacia Chadrick. —Señor Edgerly…
—Estas cosas pasan —dijo él como si no tuviera
importancia. Y la verdad es que la tenía porque ella al día
siguiente tenía reuniones que ahora tendría que cancelar.
Pero no perdió la sonrisa como se esperaba de ella. Aquella
era una oportunidad única para que ese cabeza hueca del
presidente entendiera su punto de vista.
—Por favor, acompáñenme hasta el coche. Será un
gusto llevarles hasta el hotel.
—Es muy amable —dijo ella volviéndose.
—Por supuesto están invitados a la cena de gala de
esta noche. Igual tienen tiempo para hablar con él, aunque
sean unos minutos.
—Es un tema demasiado extenso para hablarlo en la
cena. —Chadrick sonrió. —Además no queremos molestarle,
él también tiene que divertirse en algún momento.
—Me alegro de que lo hayan entendido. El presidente
es un hombre que no tiene un solo minuto libre. El peso de
ser la persona más importante del mundo, ya saben.
—Debe ser abrumador —dijo ella haciéndole la rosca.
—No lo sabe bien. A veces ni duerme por llamadas en
plena noche que vienen del otro lado del mundo. —Llegaron
hasta una limusina negra y un chófer abrió la puerta de
atrás. —Por favor, póngase cómodos. Si tienen sed, hay un
minibar.
—Muy amable. —Se metió ella primero y le dejó
suficiente espacio a Chadrick para que no la rozara siquiera
antes de colocar su bolso en el asiento de enfrente. Al
parecer el hombre se sentó al lado del chófer para darles
intimidad, una intimidad que ella no quería. En cuanto entró
Chadrick, el chófer cerró la puerta y el silencio se hizo
atronador. Carol sacó su móvil y se puso a revisar mails,
aunque los tenía todos más que vistos.
—Nena…
Se puso el teléfono al oído como si no hubiera oído
nada. —Claudia guapa, muéveme las citas de mañana,
¿quieres? Tengo que quedarme. —Escuchó lo que su amiga
tenía que decirle y asintió. —Sí, de acuerdo, pásalas a la
semana que viene. No, como ahora no tengo que ir a la
Casa Blanca haré algunas llamadas pendientes.
Chadrick apretó los labios sin dejar de observarla.
Mosqueada se giró hacia el otro lado levemente. —¿Que
llegan hoy? —preguntó molesta—. ¿Llevo esperando por
ellas dos meses y tienen que llegar precisamente hoy? —
Suspiró del alivio. —Gracias, eres un cielo. Que las coloquen
en el gimnasio mirando hacia la ventana, ¿vale? Luego será
imposible moverlas con lo que pesan. Sí, donde está la
bicicleta. Y que las prueben antes de largarse, por favor. Si
algo está mal, reclamar después será un trastorno que
seguramente volverá a alargar el proceso meses. Gracias,
te llamo luego.
—Nena, deberías salir a correr para aliviar la
ansiedad.
—Métete los consejos por el culo. —Sentía una rabia
enorme porque él supiera su problema y al mirar por la
ventanilla sintió el nudo en la boca del estómago que
iniciaba los mareos y todo lo que vendría después. Sus ojos
se llenaron de lágrimas de la impotencia. Meses estando
bien y llegaba él para destruir su progreso. Tenía que hablar
con Jeff cuanto antes.
Miró el teléfono en sus manos y dudó porque vería
que le escribía un mensaje, pero debía pensar en ella y no
en lo que él pensara. Abrió el chat con Jeff y le puso que
tenía que hablar con el cuanto antes.
Chadrick suspiró. —Nena, no quiero que estés mal.
—¡Cállate! —Alterada le miró. —¡Cállate de una puta
vez, joder!
Su teléfono sonó en ese momento y se lo puso de
inmediato al oído.
—¿Qué ocurre? —preguntó su terapeuta.
—Estoy en crisis.
—¿Qué ha pasado?
Sus ojos se llenaron de lágrimas. —Estoy perdiendo el
control.
—El control de ti misma no lo pierdes, lo cedes. ¿A
quién se lo estás cediendo, Carol? ¿Al trabajo?
—Chadrick está aquí.
Se hizo el silencio al otro lado de la línea y después de
unos segundos dijo—Cuando dices ahí, ¿quieres decir
literalmente?
—Tenía un viaje de trabajo en Washington y al parecer
él también está invitado. Hemos discutido y ha leído tus
mensajes del móvil sin que yo lo supiera. —Se pasó la mano
por la mejilla limpiándose una lágrima a toda prisa. —Lo
tengo sentado al lado y lo está escuchando todo.
—Perfecto, pues pásamelo.
No pudo disimular su sorpresa. —¿Qué?
—Quiero hablar con él.
Sin entender nada miró a Chadrick que alargó la mano
para coger el móvil. Ella se lo puso en la mano. Él respiró
hondo antes de ponérselo al oído. —Soy Chadrick Edgerly.
—Soy Jeff Monroe, el terapeuta de Carol.
Leche, lo que se escuchaba la voz del interlocutor.
Tenía que arreglarlo porque era evidente que sus
conversaciones podían escucharlas si estaban cerca, pensó
mientras Chadrick decía —Le escucho.
—Métale toda la caña que pueda.
Carol parpadeó viendo la sonrisa que de repente
apareció en el rostro de Chadrick. —¿Está seguro de lo que
está diciendo?
—Inconscientemente está usando esto para meterse
en el caparazón de nuevo y quiero enseñarle que debe
enfrentarse a todo, y cuando digo todo, es todo. Hay cosas
que duelen, como la pérdida de tu padre en una edad muy
delicada, pero eso no significa que la vida no continúe y esa
fortaleza que tiene en su trabajo, lo segura que es de sí
misma en ese aspecto, tiene que trasladarlo a su vida
personal. Así que sí, métale toda la caña que pueda, no se
corte, porque puede que en el futuro se encuentre en una
situación similar con otra pareja o con alguien que le haya
importado y debe superarlo. A veces las cosas van mal,
punto. Esta llamada me demuestra que es muy lista y nos
está manipulando a usted y a mí para que la protejamos de
lo que le rodea. Un chantaje emocional que puede ser
inconsciente, pero lo está haciendo.
Jadeó indignada.
—Seguiré su consejo. ¿Y qué opina de la seducción?
Dejó caer la mandíbula del asombro.
—¿Quiere volver a intentarlo?
—Hace unos minutos dudaba por su salud mental, la
verdad. Parece muy afectada, pero he vuelto a los Estados
Unidos y sé que es perfecta para mí.
No daba crédito a lo que escuchaba.
—¿Ella ha tenido algo que ver con su vuelta?
—Sí.
Su corazón dio un vuelco sin poder creerse lo que
acababa de decir.
—Sí, creo que le vendrá bien algo de insistencia. —Jeff
rio por lo bajo. —La cara que debió poner cuando se lo
encontró.
Chadrick hizo una mueca. —No fue agradable, la
verdad. Y luego todo empeoró bastante.
—Le va a costar convencerla.
—Pero ha dicho que no me corte, ¿no?
—Sin rallar el acoso o algún otro delito, amigo.
—No tendré que llegar a tanto. Gracias por sus
consejos.
—Páseme con ella.
Atónita cogió el móvil. —¿Carol?
De repente algo explotó dentro de ella. —¡Serás
capullo! ¿Y tú eres mi terapeuta, matasanos de mierda?
¡Ahora entiendo por qué no he evolucionado! ¿Que me de
caña? ¿Que me hago la víctima y chantajeo
emocionalmente? ¡La madre que te parió, con la cantidad
de pasta que me he gastado en tus consultas de mierda!
¡Debería denunciarte, timador de medio pelo! ¡Charlatán,
que solo eres un charlatán!
—¿Has terminado? —dijo como si nada.
Frunció el ceño. —Sí.
—No tengas piedad. Siempre te pasa esto y es porque
reprimes tus sentimientos, te contienes. Todos nos
reprimimos en el trabajo, pero tú lo haces también en tu
vida privada y es momento de cambiar ese rol. Carol, has
entrado en guerra y no vas a dejar que gane. —Se echó a
reír. —Que quiere seducirte, dice. Demuéstrale de la pasta
que estás hecha y hazle tragar su prepotencia.
Esas palabras le dieron fuerza. —Oh… —Se alejó lo
que pudo y susurró —Lo ha escuchado todo, le has dado
ventaja.
—Eso cree él —susurró también—. Si tienes signos haz
las respiraciones, corre veinte kilómetros, duerme tus horas
y vuelves a la carga.
Entrecerró los ojos. —Vale.
—Machácale —dijo antes de colgar.
Sintiéndose mucho mejor se quedó mirando el
teléfono.
—Así que estamos en guerra. A ver quién gana, nena
—dijo de lo más satisfecho antes de recibir una patada en el
tobillo que le hizo gemir por lo bajo—. Eso ha sido muy
maduro.
—¿Quieres algo más maduro? Voy a destrozarte y me
has dado munición para conseguirlo.
Chadrick se tensó. —No serás capaz.
—¿No? Pruébame. —Sonrió de oreja a oreja.
La agarró por la nuca acercándola a su rostro. —Nena,
¿ya estás preparada para nadar entre tiburones?
—Sí —dijo con rabia.
La besó sorprendiéndola y ella se intentó apartar,
pero no la dejó, así que le respondió con ganas intentando
ignorar todo lo que necesitaba sus besos y cuando él relajó
la mano de su nuca, Carol le agarró por las pelotas
apretando con fuerza. Chadrick apartó sus labios de golpe.
—Nena…
Apretó con ganas. —Como vuelvas a tocarme, te las
arranco.
Gimió. —Un poco más flojito, preciosa. Nuestros hijos
saldrán tontos.
Jadeó apartándose. —¿Pero qué dices? ¿Estás
chiflado? No te tocaría ni con un palo.
Él se pasó la mano por la entrepierna y ese gesto la
excitó muchísimo, la verdad. —No vas a poder ignorar
mucho tiempo lo que tenemos.
—Tanto como lo ignoraste tú —dijo con rabia.
—Lo hice por tu bien. Alejándote de la empresa se
quitó cualquier duda que pudiera tener nadie sobre tu
reputación. Nos pusiste a todos en peligro, a la empresa, a
mí y a ti misma. No tenía que haber confiado en ti para
arreglar el problema. Has demostrado que era algo
demasiado grande para ti.
Jadeó. —¡Porque confié en Harry!
—¡Exacto! ¡Entérate de una vez que en este mundo
no puedes confiar en nadie!
—¡Tú confías en Marc!
Él apretó los labios y miró por la ventanilla
sorprendiéndola. —Dios mío, ni confías en Marc.
—Este último año han pasado cosas. He hecho que no
pasaba nada porque se iba a casar, pero he llegado a mi
límite. Por eso me largué sin importarme si aún estaba de
luna de miel. La mierda le caerá encima a él que es el
responsable y mi nombre no se verá dañado.
Preocupada por su amiga se llevó la mano al pecho. —
¿Qué ha hecho?
—Ha desfalcado casi cinco millones de dólares de las
cuentas de la empresa. En dos semanas habrá una auditoría
y si no devuelve el dinero antes no podrá justificar la falta
de ese dinero.
Se le quedó mirando. —Te has largado para que no te
los pida, ¿verdad?
—Me he largado para darle una lección como te la di a
ti. Aunque mi vuelta ya estaba prevista, he tenido que
adelantarla por su culpa.
Lo había dicho con rabia como si ese cambio de
planes le molestara muchísimo. Y ella se preguntó por qué.
—Querías recuperar los clientes para tu empresa antes de
irte de Japón. Querías que volvieran a Garner, ya que ahora
está en tu poder. —Separó los labios de la impresión. —
Querías absorber sus activos no solo los que le había robado
yo sino todos los de la empresa de Japón para hacerla la
más importante de los Estados Unidos.
—Nena, si no confiaras tanto en la gente, serías un
hacha en los negocios.
Asombrada por su inteligencia se le quedó mirando.
Se había mudado a una empresa puntera para destrozar a
una americana y así poder comprarla, después trasladaría
todos los clientes a Garner. Era como un traslado de una
empresa japonesa a los Estados Unidos, pero sin tener que
soltar un solo dólar por ella. Era brillante. Y ella le había
ayudado dándole el nombre de la empresa que necesitaba.
Algo se le pasó por la cabeza y se le cortó el aliento. No, no
podía ser. —¿Cuándo te decidiste por Garner? ¿Antes de
trasladarnos a Japón?
—Por supuesto que le había echado el ojo.
—Por eso sabías que trabajaba allí. Tú me hiciste ir a
Japón.
Se pasó la mano por la corbata. —Te necesitaba para
que trataras con los clientes y destruir Garner.
Era un genio. Un genio con mala baba, pero un genio.
Parpadeó mirando al frente y pensó en ello. —¿Por cuánto te
ha salido el negocio?
Sonrió divertido. —Veinte millones de dólares.
Un chollo. Un auténtico chollo. Pero no había
terminado por culpa de Marc, le faltaban clientes. Entonces
algo le rondó por la cabeza y jadeó. —¡Tendrás cara!
¡Quieres que vuelva a trabajar contigo para rematar
Kowayashi!
—Bienvenida al mundo real. ¿Quieres subirte a mi
barco antes de que el tuyo se hunda?
—¡No! —exclamó horrorizada—. ¡Para que me dejes
tirada cuando te venga en gana!
—No te dejé tirada, nena —dijo entre dientes—. No
sabía que eras tan sensible, joder.
—Vuelve a sacar el tema y yo te sacaré los ojos.
—¿Sabes que eres un poco más violenta que hace un
año? Debería comentárselo a ese Jeff porque igual tú no le
has dicho nada.
—Capullo.
Sonrió divertido. —Cada segundo me gustas más. Nos
espera un futuro muy prometedor por delante. Intenta no
rendirte demasiado pronto, ¿quieres? Perdería la gracia. —
La puerta se abrió sobresaltándola y Chadrick salió del
coche antes de que se diera cuenta. A regañadientes
arrastró el trasero por el asiento y de repente la cabeza de
él estaba ante ella. —Por cierto, esta noche compartirás mi
cama, vete asumiéndolo. Puede que estés enfadada, pero
eso no significa que no podamos disfrutar de algo de lo que
tenemos. —Se la comió con los ojos. —Me muero por ver
cómo te retuerces de placer bajo mi cuerpo, creo que es
algo que no has hecho mucho últimamente y necesitas un
buen orgasmo. Tranquila, que esta noche te recordaré por
qué te enamoraste de mí.
Indignada vio cómo se volvía cerrándose la chaqueta
del traje. Salió del coche pasando de largo al delegado del
presidente y gritó —En tus sueños, ¿me oyes?
Él sonrió entrando en el hotel cuando Carol escuchó
que alguien carraspeaba tras ella. Gimió por lo bajo antes
de volverse con una sonrisa.
—¿Todo bien? —preguntó el hombre incómodo.
—Diferencias de opiniones. Es algo provocador. —
Alargó la mano. —Gracias por su ayuda.
—Un placer. Un coche vendrá a recogerles para la
cena. ¿O debo hacer que vengan dos?
Entrecerró los ojos. Eso sería huir y no debía hacerlo.
—No se moleste. Haré que aprenda a comportarse.
Después de asaltar la tienda del hotel porque no
consideraba que el vestido que había llevado desde Nueva
York estuviera a la altura, se miró al espejo con su
impresionante vestido verde esmeralda de gasa. El corpiño
sin tirantes se le pegaba como una segunda piel, elevando
sus pechos sin ser del todo indecente y desde la cintura la
delicada tela había sido fruncida y cosida sobre el forro color
carne que entallaba el vestido hasta por debajo de la rodilla.
Lo suficiente para enfatizar su figura y que pudiera caminar
sin dar saltitos. Aquello era una obra maestra de la
ingeniería. Había merecido la pena los ocho mil dólares que
había pagado por él. Pasándose la mano por el vientre hizo
una mueca. Ahora no le sobraba el dinero, pero no había
podido evitarlo. En el amor y la guerra todo vale, ¿no? Se
iba a enterar. Se puso las sandalias de tacón doradas y se
miró las impecables uñas de los pies. La manicurista del
hotel las había dejado preciosas. Además, maquillaba
fantásticamente. Se miró sus rizos rojos que estaban muy
marcados. Jamás había estado más guapa. Ese capullo se
iba a enterar.
Escuchó que se abría una puerta y asombrada salió de
la habitación diciendo a quien fuera del servicio de
habitaciones —Oiga, no ha llamado y… —Al ver que era
Chadrick guapísimo con un esmoquin clásico se quedó sin
habla y le miró de arriba abajo al igual que él a ella.
—Nena, ese es tu color. —Se acercó. —Estás preciosa.
—Le dio un suave beso en los labios.
Se apartó intentando aparentar que estaba indignada.
—¿Cómo has entrado?
—Con la llave. —Se la puso delante. —Le he dicho al
director del hotel que somos pareja y que pedimos dos por
las apariencias.
—¿Y te ha creído?
—Claro. —Intentó arrebatársela y él se apartó por un
pelo riendo por lo bajo. Como si nada fue hasta el mueble
bar mientras ella gruñía. —¿Quieres un refresco? Supongo
que con esa pastilla que te tomas no puedes beber alcohol.
No daba crédito. —¿Cómo sabes que solo tomo una?
—Porque he hablado con Jeff, he encontrado su
número en internet. Me parecía muy raro lo que pasó con el
sake en Tokio y le he llamado para preguntárselo.
Se puso como un tomate y él la miró cabreadísimo. —
No puedes beber con ellas.
—Bueno, ¿y qué?
—¡Qué te podía haber pasado algo más grave!
Puso los ojos en blanco y entró en la habitación para
coger su bolso de mano. Se aseguró de que tenía su móvil y
las tarjetas con algo de dinero. Chadrick la siguió. —¿No
piensas decir nada?
—Ni se te ocurra entrar en mi habitación de nuevo. —
Pasó ante él para ir hacia la puerta y salió dando un portazo.
El de la recepción la iba a oír. Llegó al ascensor, pulsó el
botón y esperó. Cuando él se puso a su lado le fulminó con
la mirada. —¿Me quieres dejar en paz?
—Nena, vamos al mismo sitio en el mismo coche,
tendrás que soportarme. Al menos hasta mañana.
Las puertas se abrieron y Carol miró hacia allí de
manera inconsciente para encontrarse a un tío de rodillas
con la cabeza metida dentro de la falda de la que tenía
delante que se lo estaba pasando estupendamente. Esta
abrió los ojos vidriosos de deseo y al darse cuenta de que
estaban allí dijo como si nada —Coger el siguiente, ¿vale?
—Tranquila. —Chadrick reprimió la risa. —Que
aproveche.
—Gracias, majo.
Las puertas se cerraron y asombrada, sonrojada y
excitaba miró a Chadrick. Él carraspeó. —Será mejor que
llamemos al otro.
—¡Están conectados! ¡Siempre viene el que está más
cerca!
—Pues habrá que esperar a… —Entrecerró los ojos. —
Nena, ¿te has excitado?
Se puso como un tomate. —¿Pero qué tonterías dices?
—Rio por lo bajo lo que la sonrojó aún más. —Que no.
—No, claro que no. —Miró las luces del ascensor antes
de pulsar de nuevo el botón.
Molesta le miró de reojo. —Pero si me excitara no
sería nada raro, ¿no? Es una reacción natural, no sé por qué
te hace tanta gracia.
—¿Te va el porno?
—¡No! No lo he visto en mi vida, me parece
asqueroso.
—Pero sin embargo lo que acabamos de ver…
—Déjalo ya, ¿quieres? —En ese momento se abrieron
las puertas del ascensor de al lado y entró pulsando el
botón.
—Nena, ¿recuerdas la noche anterior a…?
—¡Cállate!
La miró sorprendido. —¿Te excitaste?
Roja como un tomate ni sabía dónde meterse. —No
sabía que eras tú. Ahora no me excitaría nada.
—Claro, porque tus celos harían que quisieras
arrancarle los pelos a cualquiera que me tocara.
Jadeó. —Serás creído. ¡Me importa un pito con quien
hayas estado!
—Tú has sido la última, nena.
Separó los labios de la impresión. —Ese cuento
suéltaselo a otra que no te conozca.
—Hablo en serio —dijo tan normal sacándose los
puños de la camisa de una manera tan masculina que le
secó la boca—. No esperaba que tardáramos tanto en
vernos. He estado en Nueva York tres veces en el último año
y no pude localizarte. Menos mal que empezaste a trabajar
de nuevo, porque mi detective ya no sabía qué hacer.
No sabía cómo tomarse esa confesión. ¿Cómo te la
vas a tomar? Es mentira, como todo lo que sale de su boca.
Ahora quiere que trabajes para él de nuevo y hará lo que
sea. —Pues no esperes más —dijo con burla—. Búscate a
otra, porque a mí no me tocarás más.
Rio por lo bajo. —Sí, claro.
—Hablo en serio.
—Nena, si no me quisieras no te habría afectado tanto
que te enviara de vuelta a Nueva York.
Le retorcería el pescuezo y se quedaría tan a gusto. —
Vete a la mierda.
Apoyó una mano tras ella y se acercó de una manera
tan peligrosa que le dio un vuelco al corazón. Sintió su
aliento en sus labios. —¿Te gustaría pegarme?
—Sí.
—El combate empezará después de esa aburrida cena
a la que tenemos que ir, no te preocupes. Pero no esperes
que me quede de brazos cruzados —dijo comiéndosela con
los ojos—. Joder, preciosa, ni te imaginas las ganas que
tengo de comerte entera.
Le arreó un tortazo que le volvió la cara y Chadrick
hizo una mueca antes de cogerla por la cintura y pegarla a
la pared. Las puertas se abrieron y al mirar hacia allí había
una pareja de ancianos. La mujer dijo pasmada —¿Pero qué
pasa en este hotel, Martin?
—La última vez que reservamos aquí —dijo indignado
antes de cogerla de la mano y alejarla—. Vamos por las
escaleras.
No lo pudo evitar sonrió antes de mirar a Chadrick que
también sonreía. Se miraron a los ojos. —Me perdonarás.
—No.
—Sí nena, porque me necesitas en tu vida. —Rozó sus
labios ligeramente haciendo que suspirara de placer. —Y yo
te necesito en la mía. —Acarició su nariz con la suya y la
dejó en el suelo sin alejarse. Sus manos subieron por su
cintura y por los costados de sus pechos hasta acariciar su
cuello. Sintiendo que su cuerpo le reclamaba no se resistió
cuando llegó a su nuca y la atrajo para susurrarle al oído —
Reconócelo nena, si trabajaste tanto fue por mí, por cómo te
traté en aquella entrevista, querías demostrarme que me
había equivocado al no contratarte. Te enamoraste de mí en
ese instante. Dañé tu ego y si te comprometiste con Garner
fue porque creías que nunca tendrías una oportunidad
conmigo. No te dolió en absoluto que él te dejara por su
secretaria, no recaíste con él, pero sí conmigo cuando ante
todos teníamos una relación poco seria. Siempre me has
querido a mí y es lo que tendrás, preciosa. Este puto año ha
sido una locura, pero ahora pondré las cosas en orden. —
Besó el lóbulo de su oreja y se apartó para ver que sus ojos
estaban llenos de lágrimas. —No llores, ahora todo irá bien.
Respira, no puedes estropearte el maquillaje. Esta noche es
importante, habrá gente influyente que nos conviene para
el negocio, nena.
Respiró hondo pues tenía razón y concentrada en no
llorar dejó que le cogiera la mano para salir del ascensor.
Atravesaron el hall y un hombre con traje negro les abrió la
puerta de la limusina para que pasaran. Chadrick dejó que
pasara primero y entró tras ella. A toda prisa sacó la polvera
que llevaba en el bolso y se miró. Gracias a Dios que su
rímel no se iba con el agua. —Estás preciosa, voy a ser la
envidia de todos los hombres.
Cerró la polvera intentando pensar. Estaba teniendo
tal cantidad de emociones que se sentía confundida. Creía
que le odiaba y se moría por vengarse de él, pero ese
hombre tenía algo que hacía que su cuerpo se muriera por
estar a su lado. No podía acostarse con él de nuevo con el
daño que le había hecho. ¿Pero y si era verdad? ¿Y si todo
fue uno de sus planes para que se fuera de Japón? ¿Por qué
simplemente no le dijo lo que estaba haciendo Harry?
Hubiera confiado en él. Le miró de reojo. No, allí había
mucho más.
—Esa mirada no me gusta nada.
—¿Qué me ocultas?
—Preciosa, ya te lo he contado todo.
—Mientes —dijo con rabia—. Tanto interés en este
momento es como poco sospechoso. Tú ocultas algo. Todo
esto de la reunión presidencial… —Entrecerró los ojos. —
¿Por qué se han puesto en contacto contigo? ¿Te ha llamado
Harry?
—Le llamaste desde mi móvil, ¿recuerdas?
Intentaba aparentar que no estaba tenso, pero lo
estaba, le conocía lo suficiente como para darse cuenta y
también le conocía lo suficiente como para saber que si no
quería decir nada no lo diría.
—No me metas en tus chanchullos.
—Yo no tengo chanchullos. Ya no. Y contigo voy a ir
muy de frente, nena.
Lo dudaba mucho. No lo había hecho nunca y no
había razón para que cambiara ahora, porque eso de que de
repente la quisiera en su vida no se lo tragaba. No le
importaba nadie salvo sí mismo y lo de Marc lo había
demostrado, mientras que a ella no se le iba Leila de la
cabeza y cómo le sentaría saber que su marido era un
chorizo. ¿Debería contárselo antes de que se enterara?
¿Sería lo que Chadrick estaba buscando? Ya no sabía qué
pensar. La llamaría al día siguiente antes de ir a la Casa
Blanca a ver cómo iban las cosas. Igual ya se lo había
confesado y estaban intentando arreglar la situación. Pero
que Chadrick no le hubiera ayudado, que Marc robara ese
dinero cuando era alguien capaz de hacer un contrato de
confidencialidad para su amigo, porque no quería que nada
le perjudicara… No, Marc no era un ladrón. Podía ser poco
ético si trabajaba con Chadrick, pero no harían nada ilegal.
Si fuera así, hubieran aceptado la oferta de Harry para untar
a los congresistas. Se hubieran librado de las subidas de los
aranceles. Pensando en ello se dijo que tenía que hablar con
Harry. Él era la clave. Dudaba que su amigo la hubiera
traicionado. Mientras tanto le seguiría la corriente. No tenía
mucho tiempo, al día siguiente era la reunión con el
presidente. Busca una excusa para salir del despacho y
después hablaré yo con él. Se le detuvo el corazón. Esa era
la clave. No quería que ella le convenciera de quitar los
aranceles. ¿Por qué? Garner también se perjudicaba de esos
aranceles al traer el material de Asia. Que los quitaran le
beneficiaría. No Carol, no puede ser eso, su presencia allí
tenía que ser por otra cosa. Ella. ¡No quería que metiera la
pata! Ofendidísima le miró como si quisiera meterle cuatro
gritos. —¿Estás aquí para controlarme?
—¿Qué dices?
—¿Quieres asegurarte de que lo que le diga al
presidente es lo correcto?
—No digas tonterías. Si tu método fuera a funcionar,
que no es así, serías más que capaz de exponer el asunto
de la manera adecuada.
Parecía sincero. —¿Eso crees? Pues vete.
—Y una mierda, lo que le digas le va a entrar por un
oído y le va a salir por el otro. Mi método será más efectivo.
Se acercó y susurró —No puedes chantajearle.
—Déjame esto a mí.
El coche entró en el recinto de la Casa Blanca y unos
hombres de traje rodearon el vehículo. El chófer bajó el
cristal que les separaba y dijo —Identificaciones por favor, y
bajen la ventanilla para que puedan verles.
Chadrick bajó la suya y ella le entregó el carnet de
conducir. Un hombre del servicio secreto se acercó a la
ventanilla mostrando el pinganillo que tenía en la oreja. —
¿Nombres?
—Carolina Carpenter.
—Chadrick Edgerly.
—¿Llevan algún tipo de armas?
—No —contestaron los dos a la vez.
—Pasarán un control a la entrada.
—No pasa nada —dijo Chadrick—. Lo entendemos.
—Muy bien, que pasen buena noche.
La limusina avanzó hasta la entrada donde había otro
coche del que se estaba bajando una mujer rubia guapísima
con un vestido lleno de bordados plateados. —Joder, es la
mujer de Michael Feldman.
Asombrada le miró. —¿De veras?
—Y no está con ella. Eso significa que está reunido
con el presidente.
Levantó una de sus cejas pelirrojas. —¿Y eso es malo?
—No es bueno, te lo aseguro. Michael se ha deshecho
de su empresa en Bangladesh.
—¿Cómo no me he enterado de eso? ¡La prensa no ha
dicho nada!
—Porque todavía no se ha enterado nadie, creo que
aún no ha firmado. Va a apostar por los productos
americanos, lo que nos deja en mal lugar. Nena, te
presentaré a Melissa.
—¿Es la rubia?
—Sí, sonsácale lo que puedas.
Le agarró por el brazo. —¿No te he dicho que no me
metas en tus chanchullos?
—Esto te beneficia tanto como a mí. Así que haz tu
trabajo.
Apretó los labios porque en eso tenía razón. —Lo
intentaré, ¿vale?
Sonrió y en ese momento se abrió la puerta. Chadrick
salió y se abrochó la chaqueta del traje antes de alargar la
mano para ayudarla a salir. —Sonríe preciosa, nos sacarán
fotos continuamente y el servicio secreto estará atento a
cualquier problema entre sus invitados. No llamemos la
atención.
Sonrió cogiendo su brazo y subieron los escalones
lentamente. Pasaron la puerta y no pudo evitar sentir la
emoción. ¡Estaba en la Casa Blanca! Si la vieran sus padres.
Emocionada miró a Chadrick que sonrió. —¿Te gusta?
—¿Te das cuenta de dónde estamos?
Él rio por lo bajo. —Sí, nena, me doy cuenta
perfectamente. Donde se mueve la pasta.
—¡Venga ya! —Ilusionada miró a su alrededor. —Esta
es la casa más importante del mundo. —Se detuvieron en la
fila que llevaba al detector de metales. —Es como entrar en
la casa de todos los americanos.
La mujer que estaba ante ella sonrió volviéndose. —
¿Verdad que sí? Yo también he tenido esa sensación. —
Entonces miró a Chadrick. —Nos conocemos, ¿verdad?
—Sí, señora Feldman. Soy Chadrick Edgerly, la conocí
en su boda.
—Oh, Dios mío, lo siento, no caía. Había tanta gente
que no recuerdo ni a la mitad, pero usted sí que me sonaba,
se acostó con mi prima segunda.
—Ah…
Carol le fulminó con la mirada.
—Eso fue antes de conocerte, nena.
—Ah, ¿sí? —preguntó mosqueada—¿Cuánto lleva
casada, buena mujer?
—Año y medio.
—Te has librado por los pelos.
Chadrick reprimió la risa. —No me pillarás en una
mentira.
—Más te vale. —Alargó la mano hacia la mujer. —
Carolina Carpenter, pero todos me llaman Carol.
—Un placer. Yo soy Melissa Feldman.
—¿Y cómo es esa prima suya?
—Tutéame, por favor. Pues es rubia y muy bonita. —Se
acercó para susurrar —¿Qué pasa, tienes dudas de él?
—Todas las del mundo.
Melissa se echó a reír. —Sincera, muy sincera. Eso me
gusta. No es una capacidad que abunde últimamente.
—¿Crees que a ti te los pone?
—¿Mi Michael? —Se echó a reír. —Antes le capo.
Chadrick rio por lo bajo. —Son la pareja más
enamorada que he conocido nunca. Solo hay que verles
juntos. Por cierto, ¿dónde está el afortunado?
Suspiró como si fuera un fastidio. —Negocios. Está en
una reunión, pero no me dejará sola mucho tiempo, me lo
ha prometido. —Se acercó de nuevo. —Yo he venido porque
soy parte de la asociación contra el cáncer que dirige la
mujer del presidente y tengo que hacer acto de presencia,
de otra manera no me pillarían aquí ni de broma. Estás
reuniones son puro aburrimiento.
—Vaya, debe ser una reunión muy importante para
que se retrase en llegar a una cena en la Casa Blanca —dijo
ella aparentando estar impresionada.
Se echó a reír. —No he debido explicarme bien. Él ya
está aquí, pero en otro lado de la Casa Blanca. Tenía una
reunión con el presidente. —Chadrick y Carol se miraron de
reojo. —Y sí que debía ser importante, porque le llamaron
ayer para convocarle dos horas antes de la fiesta.
—Así que podré conocerle. —Carol aparentó estar
encantada.
—Sí, por supuesto. Oh, me toca.
Se detuvieron mientras ella dejaba el bolso en la cinta
y pasaba el arco. —Está aquí nena, reunido con el
presidente —dijo por lo bajo.
—Y le convocaron ayer. Después que a nosotros.
—Retrasaron nuestra reunión a propósito para que el
presidente hablara con él primero.
—Apuesto a que en esa reunión hay otros empresarios
importantes.
—Seguramente. Te toca.
Sonriendo dejó el bolso en la cinta y pasó el arco.
Sonrió a Melissa que la estaba esperando y cogió el bolsito
antes de acercarse a ella. Era evidente que se sentía a
gusto a su lado. —Me muero de hambre —dijo haciéndola
reír—. Crees que tardaremos mucho en empezar.
—Aquí nada empieza hasta que llegue el presidente,
así que reza porque esa reunión termine pronto.
Chadrick llegó hasta ellos. —Señoras, vamos a ver
qué nos han preparado.
Capítulo 9
Impresionada entró en un salón atestado de gente. Al
mirar el techo con hermosas arañas de cristal susurró —
Vaya.
—Se ven preciosas, ¿no? A mí me encantan, pero mi
marido se negó a ponerlas en el salón. Decía que parecería
un palacio del siglo dieciocho —dijo exasperada—. Él es más
minimalista, ni te imaginas las peloteras que tuvimos por las
cortinas.
Rio. —¿Quién ganó?
—Por mis cortinas mataría, no le quedó otra que
aceptarlas.
—Seguro que quedaron preciosas.
—Las verás más pronto que tarde, ya me darás tu
opinión. —Debió ver a alguien tras ella. —Oh, allí está
Elizabeth, tengo que ir a hablar con ella. ¿Me disculpáis un
momento?
—Sí, por supuesto —dijo ella agradablemente.
En cuanto se fue, Chadrick y ella se miraron. —Muy
bien, nena, casi te ha invitado a su casa, eso es que se
siente a gusto.
—Me cae bien.
Un camarero pasó ante ellos y él cogió dos copas de
champán. —Ni un solo sorbo —dijo advirtiéndola con la
mirada.
—Qué pesado. —Acercó el borde a sus labios y los
mojó. —¿Contento?
Se la quedó mirando e incómoda preguntó —¿Qué
pasa?
—¿Cómo estás? ¿Todo bien? ¿Te mareas?
—¿Cómo sabes que me mareaba? —Él levantó una
ceja. —Jeff.
—Sí, hemos hablado un ratito. —Con la mano libre
apartó un rizo de su hombro. —¿Todo bien?
Sí, la verdad es que desde que había llegado al hotel
todo había ido muy bien. —Sí, todo perfecto.
—Si algo te incomoda, me lo dices y nos vamos.
No se lo podía creer. —¿Qué has dicho?
—Esto solo es una cena —dijo sin darle importancia.
No era solo una cena, era una oportunidad única de
conocer gente. La gente más importante de los Estados
Unidos, porque era evidente que estaban rodeados de
empresarios. Empresarios… Miró a su alrededor. —¿Cuánta
riqueza nacional crees que producen los asistentes a esta
cena, cielo? —preguntó sin pensar.
—¿Un cuarenta por ciento?
Sus ojos brillaron mirándole maliciosa.
—Ni se te ocurra. Trabajas aún para Williamson, tus
clientes serán para él y no para mí.
—Solo voy a hacer mi trabajo —dijo inocente.
—Nena…
Se volvió dándole la espalda. —Suerte en tu caza,
Edgerly.
—Ni se te ocurra.
Se acercó a un grupo de hombres y sonriendo con
descaro alargó la mano al más importante. —Señores, no se
habla de negocios. —Chadrick se puso tras ella. —Aunque si
se empeñan puedo hablarles de que soy la mejor
importadora y exportadora de los Estados Unidos. —Les
guiñó un ojo con descaro haciéndoles reír.
—Edgerly, ¿es adquisición tuya? —preguntó un
hombre mayor de pelo cano dándole la mano.
—Ahora trabaja para Williamson —dijo como si eso le
molestara muchísimo haciendo reír a los presentes.
—Me dejó escapar —dijo con segundas.
—Es que estos jóvenes no saben lo que es bueno. —
Peter Richmond le besó la mano. —Encantado de conocerla.
—Mucho gusto, señor Richmond. ¿Puedo darle un
consejo?
—Estoy impaciente por oírlo —dijo subestimándola, lo
veía en sus ojos.
—Renting.
—¿Perdón?
—Gasta veintisiete millones en transporte al año
según las cifras del consejo de accionistas, ¿quiere
reducirlas a la mitad? Soy su chica.
La siguiente hora se la pasó dando consejos a los
hombres más importantes de la fiesta. El grupo cada vez
era más grande y la escuchaban, la escuchaban de verdad.
Cuando llegó Michael Feldman, ella se dio cuenta de
inmediato y sonrió a su esposa. —Oh, aquí llega, señor
Feldman —dijo agradablemente—. Es una pena lo de su
fábrica en Asia, no debería venderla, así que si puede
debería dar marcha atrás. —Le dijo una frase en chino que
les dejó a todos con la boca abierta. —Los asiáticos son muy
protectores de su industria. Le convenía tener algo allí para
que vean que les apoya y les da trabajo. Una pena, una
verdadera pena.
—Yo estaba pensando en vender, niña —dijo
Richmond—. Tenemos que proteger nuestra industria,
¿crees que hago mal?
—Seamos francos. —Se acercó como si tuviera un
secreto. —Se han convertido en el centro manufacturero del
mundo, jamás tendremos ni su tecnología ni su rapidez
ejecutiva. Aquí es imposible. Si no quiere quedarse atrás si
no quieren que sus empresas les coman la tostada, no les
va a quedar otra que tratar con ellos. Son el futuro, trabajan
mucho más por menos dinero y si ustedes no les compran o
no fabrican allí, lo harán otros que venderán aquí sus
productos igualmente mucho más baratos, con tecnología
más avanzada por mucho que paguen más impuestos para
cruzar el charco. Señores, esto ya es un únete o muere. Así
de simple. Es demasiado tarde para echarse atrás. Los
barcos cargados de contenedores llegarán igual y por
mucho que les digan, por mucho que se nieguen a aceptarlo
un obrero medio prefiere tener un móvil de última
tecnología más barato que uno estadounidense que cuesta
tres veces más. Es así.
Michael apretó los labios. —Yo pienso intentarlo.
—Recuerde que nuestro cliente final es de clase
media, señor Feldman. Y a ese hombre le importa poco
donde ha sido fabricado su móvil mientras cumpla su
función y pueda ver videos de TikTok.
—¿Entonces por qué se fue usted de Japón? —
preguntó molesto antes de mirar a Chadrick—. ¿No estuvo
trabajando contigo allí?
—E hizo un trabajo impecable durante las semanas
que estuvo allí, pero desgraciadamente tuvo que irse por un
tema personal.
Suspiró exageradamente. —Sí, a veces la vida te da
sorpresas desagradables.
—Espero que no fuera nada —dijo Melissa.
Le sonrió sinceramente. —Un problema estomacal de
nada, pero quería que me trataran aquí. Mi médico de toda
la vida, ya sabes.
—¿Por eso no bebes?
Miró su copa de champán y se la entregó a Chadrick.
—Eres muy observadora.
—Si quieres ver a un especialista muy bueno…
—Preciosa, ya tiene médico.
Le fulminó con la mirada. —¿Me has interrumpido,
Feldman? Oye, que yo no soy uno de tus empleados para
que me interrumpas cuando te da la gana.
Varios rieron por lo bajo y Carol dijo para aliviar la
tensión —Ya estoy bien, pero me han recomendado que no
beba mucho por la acidez, ya sabes.
Melissa sonrió y la cogió de la mano. —Deja estos
vejestorios con sus aburridos negocios, que ya les has
enseñado bastante. Ven que te presente a unas amigas.
Chadrick levantó una ceja hacia Michael. —Espero que
tengas habitación de invitados, amigo. Esta noche la vas a
usar.
Este gruñó antes de beber de su copa mientras las
observaba acercarse a un grupo de mujeres. —¿Crees que
me he equivocado?
El grupo se echó a reír de algo que había dicho Carol y
sonrió. —Mi chica no dice las cosas a la ligera y en los
negocios menos.
Varios asintieron.
—¿Tu chica? —preguntó Michael divertido—. Tengo
entendido que es de otro.
—Eso piensa él. He vuelto, trabajará conmigo.
—Buena jugada lo de Garner.
—Era un estúpido en los negocios —dijo Richardson—.
Y su hijo no digamos. Hubieran arruinado la empresa tarde o
temprano. —Miró a Chadrick. —Si esa encantadora
muchacha trabaja contigo, llámame. Haremos negocios.
—Cuente con ello.
El grupo de empresarios se alejó y ambos se quedaron
a solas. —¿Qué tal la reunión con el presidente?
—No conseguirás que quite los aranceles.
—Parece que no te das cuenta de que esos aranceles
solo te perjudican. ¿De dónde importas las materias primas?
Tus productos dejarán de ser competitivos comprándolo
todo en los Estados Unidos.
—Gracias a tu novia mis acciones subirán mañana un
cuatro por ciento con la filtración de la venta de mi fábrica
en Asia. —Bebió de su champán. —Seguro que alguien ya
está llamando a la prensa y diciendo que apuesto por el
producto estadounidense. Esto es América, el país más
patriótico del mundo. Cuando salga mi campaña a nivel
nacional arrasaré el mercado.
—¿Durante cuánto tiempo? ¿Meses? Después no
podrás desdecirte, opinarán que eres un traidor. Michael
piénsalo bien.
Él entrecerró los ojos como si no hubiera pensado en
eso.
—Tienes una empresa de mil millones de dólares,
piensa en toda la gente que depende de tus decisiones. No
sé quién te ha metido eso en la cabeza, pero no funcionará.
—La fabricación asiática ya no es lo que era. Además,
hay retrasos continuos con los transportes por piratería y
mil cosas más. Un producto americano, hecho aquí desde el
principio, eso es lo que necesitamos. Si todos huimos para
fabricar fuera, el país se irá a la ruina y yo pienso en mis
hijos, en su futuro, esa es nuestra responsabilidad como
americanos. No me harás cambiar de opinión y al
presidente tampoco —dijo antes de alejarse.
Chadrick apretó los labios molesto y ella lo vio desde
donde estaba. Se disculpó con las chicas y se acercó. —
¿Qué ocurre?
Apretó los labios como si no quisiera decírselo.
—¿Chadrick?
—¿De veras quieres saber qué ocurre? Que estamos
en un problema muy gordo, nena. Eso pasa.
Le cogió del brazo para llevarle aparte y susurró —¿De
qué hablas?
La miró a los ojos. —Como no consiga que quiten los
últimos aranceles, me juego el cuello.
Palideció. —¿Qué?
—Antes de que te fueras de Japón tuve una reunión
con Marc y un empresario llamado Takahashi. Nos amenazó.
No se cortó un pelo. Era evidente que nos despreciaba por
dirigir una empresa que siempre había sido de una familia
japonesa. No solo nos dijo que no haría negocios con
nosotros, sino que nos dejó muy claro que teníamos que
irnos del país cuanto antes. Yo al principio pensé que era un
viejo con aires de grandeza y no le hice mucho caso, hasta
que hablando con un cliente le pregunté por él. Se largó del
despacho corriendo. Después me enteré de que ese hombre
que parece tan respetable no lo es tanto. Le temen, a todos
los que he preguntado por él no quieren ni mencionarle.
—¿Crees que es de la mafia? —dijo sintiendo que el
pavimento temblaba bajo sus pies. Que no le respondiera la
hizo estremecerse por dentro por el miedo que la recorrió—.
Por Dios, Chadrick.
—Joder nena, no lo sé seguro, solo sé lo que he
logrado averiguar que es muy poco. Pero te aseguro que era
mencionar su nombre y a todo el mundo le cambiaba la
cara. Durante un par de meses no pasó nada y llegué a
pensar que todo había sido una exageración. Eso ocurrió
mientras las acciones subían, pero cuando se estancaron
empezaron a pasar cosas raras. A Marc le incendiaron el
coche y a mí me destrozaron la casa.
—Leila no me dijo nada.
—Porque no sabía nada de esos episodios. Marc le dijo
simplemente que había cambiado el coche y a mi casa
nunca iba.
—¿Qué pasó después?
—Temiéndome que aquello fuera a peor, conseguí
reunirme con él de nuevo y llegamos a un acuerdo. Si
lograba que los aranceles que se habían aprobado
desaparecieran, nos dejarían en paz. Tiene un importante
volumen de exportaciones y si logro mi objetivo él se
beneficiaría enormemente.
Ahora lo entendía todo. —Marc robó ese dinero porque
le extorsionaban, ¿no?
—Sí, empezaron justo después de esa segunda
reunión. Al parecer le dijeron que tenía que pagar por
nuestra estancia en el país durara lo que durara hasta que
consiguiera lo que su jefe deseaba. En esa segunda reunión
le había explicado que no podíamos irnos alegremente
porque perjudicaría a la empresa. Le pedí más tiempo
porque no pensaba irme dejando mi futuro en el aire, así
que compré Garner como ya tenía previsto desde antes de
llegar a Japón. No podía irme con las manos vacías, nena.
Pero ese tiempo había que pagarlo.
—Entonces llegó un punto en él que se dio cuenta de
que no estabas haciendo nada por quitar los aranceles, ¿no?
—Antes de la boda de Marc se impacientó y nos envió
un emisario que dijo que a su jefe se le había acabado la
paciencia. El día de su boda Marc estaba cagado. —Hizo una
mueca antes de beber. —Y yo también, para qué negarlo. Ya
no pude retrasarlo más, tuve que volver a los Estados
Unidos a cumplir mi cometido e intentar convencer al
presidente.
—¿Y has dejado a Marc allí solo?
—Tenía que aparentar que iba a hacer lo que me
pedía, joder.
—Ese hombre sabe que estás aquí, ¿no?
—Sabe cada uno de mis pasos, nena. No sé cómo lo
hace, pero siempre lo sabe.
Se le quedó mirando. —Me sacaste de allí para que no
me viera involucrada.
Él juró por lo bajo. —No podía decírtelo, nena. Cuantos
menos lo supieran mejor.
—Y Leila no sabe nada.
Negó con la cabeza.
—Mierda. Ya no es suficiente que os vayáis del país,
¿no es cierto?
—No, al parecer la promesa de los aranceles le ha
gustado tanto como para cortarme el cuello si no lo consigo.
—Estupendo Chadrick, has llevado esto
estupendamente.
—Perdona que no sepa relacionarme con gente que te
amenaza con un cuchillo —dijo entre dientes.
Pálida susurró —¿Te ha pasado eso?
Hizo una mueca antes de mirar tras ella. —Nena, el
presidente.
Ni se había dado cuenta y se volvió forzando una
sonrisa. —Te juro que como me mientas en esto, te capo —
dijo viendo como el presidente entraba en la sala
acompañado de su esposa.
—Preciosa, no creo que tengas la oportunidad, como
no consiga convencer a ese hombre por las buenas o por las
malas, Marc y yo estamos muertos.
Pálida no movió el gesto e intentó pensar
rápidamente. —Por lo que he oído esta noche no
conseguiremos que quite los aranceles.
—Pues tendré que amenazarle con las fotos.
—No harás eso, ¿entiendes? Ese hombre es un aliado
que necesitamos de nuestro lado y más en este momento.
Vamos a ofrecerle a Takahashi algo mucho mejor que los
aranceles.
—¿El qué?
—Vamos a ofrecerle dirigir Kowayashi.
—Nena, ¿estás loca?
—Tenemos que sacaros de Japón cuanto antes y no es
por nada, pero Kowayashi me importa una mierda. Si le
ofreces la empresa, se olvidará de los aranceles.
—¿Cómo voy a convencer a la junta de que acepte
eso?
—¿Crees que si tanto le temen van a negarse? Ese
hombre es muy listo, es lo que quería desde el principio y
has caído en su trampa.
—Por eso dijo que nos fuéramos del país.
—Exacto. Pero tú le ofreciste otra cosa y si puede
conseguir las dos, mejor que mejor. Cariño, me has
defraudado, te creía más inteligente.
Gruñó por dentro. —Entonces si quiere las dos cosas
no se conformará con menos.
—Claro que sí porque vamos a conseguir algo que
nunca se imaginaría. Una reunión en Japón con el hombre
más poderoso del mundo. Eso inflará su ego ante los medios
de comunicación y se dará por satisfecho.
La miró asombrado. —El servicio secreto nunca lo
permitiría.
Vio que Harry entraba tras el presidente hablando con
otro tipo. —¿Tus informes sobre mi amigo son ciertos o solo
querías darme una excusa por haberme echado del país?
Él gruñó. —Está limpio, sino no estaría trabajando con
el presidente. Como he dicho el servicio secreto tampoco lo
consentiría si hubiera dudas sobre su honestidad
—Y esas fotos del presidente…
—Eso sí, nena. Cien por cien reales. Me las consiguió
el mismo Takahashi para que le presionara.
Incrédula levantó una ceja.
—Sí, yo también estoy alucinando con esta situación
de mierda.
—Bien, déjame esto a mí. Soy mujer, se sentirá menos
amenazado si hablo yo con él. Empezaré con Harry, luego
iremos viendo. ¿Dónde están las fotos?
—En un sitio seguro.
—Pues deberemos explicar la situación.
—Nena…
—Estás entre la espada y la pared. Hay que
presionarle de alguna manera, pero si cree que somos
aliados, será mejor para todos.
—Como Takahashi sepa que le traiciono, no nos librará
nadie.
—Lo sé. Por eso vamos a buscar un acuerdo que nos
satisfaga a todos.
Cuando el matrimonio más importante del mundo se
acercó, sonrieron a modo de saludo. El presidente Bill Carter
se detuvo ante ellos. —Bienvenidos a la Casa Blanca.
—Gracias, presidente —dijo Chadrick.
—Espero que disfruten de la velada. Mañana
tendremos mucho tiempo para hablar.
—Perfecto. Seremos puntuales, es un hombre muy
ocupado —dijo ella haciendo que sonrieran.
Él asintió antes de alejarse y Harry se detuvo ante ella
para abrazarla. —¿Cómo estás? —La besó en la sien. —
¿Todo bien?
—Tenemos que hablar en privado —susurró a su oído.
Se apartó para mirarla a los ojos. —¿Tiene que ver con
lo que pasó en Japón? Lo que te pedí no era ilegal, te lo
prometo. Querían una donación al partido, es habitual.
Después de que lo cancelaras todo me di cuenta de que
podías pensar que me refería a otra cosa, pero cuando te
llamé no me cogías el teléfono.
Al parecer no le había entendido bien en aquella
conversación telefónica, aunque lo de la donación tampoco
era muy ético que digamos. Pero lo pasaría por alto, tenía
cosas más importantes en la cabeza. —No se trata de eso,
pero no vamos a hablar de este tema aquí, es demasiado
delicado.
Harry asintió antes de mirar a Chadrick y alargar la
mano. —Me alegro de verte.
—Lo mismo digo.
—¿Queréis que esté presente alguien más en la
conversación? —preguntó tomándoselo muy en serio.
—El presidente. Solo el presidente —dijo Chadrick—.
No querrá que nadie se entere de esto, te lo aseguro.
Harry asintió. —Veré qué puedo hacer antes de la
reunión de mañana. Ahí no podré evitar que haya más
gente escuchándoos. Al menos estará un asesor económico
del presidente.
—Necesitamos hablar a solas con él, es vital que lo
hagamos —dijo ella.
Su amigo pareció sorprendido. —¿Tan serio es?
—Para la imagen del presidente mucho, te lo aseguro.
—Muy bien, hablaré con él. —Se alejó y ella suspiró
del alivio.
—Nena, esto no me gusta. Perdemos el control.
—No tienes el control desde hace un año, cielo. Esto
es lo que tenemos que hacer para recuperarlo. Veamos qué
nos consigue Harry.
Una hora después estaban sentados a la larga mesa y
ella hablaba en francés con la esposa del embajador de
Francia en Estados Unidos. Melissa parecía asombrada con
ella. —Madre mía, soy una mujer de empresario pésima —
dijo haciendo reír a los que la rodeaban mientras ella se
ponía como un tomate.
—Mi chica sabe cuatro idiomas con el suyo. —Cogió su
mano y la besó. —Es un diamante en bruto.
—Y encima sabe del negocio —dijo el señor Richmond
—. Chico, no sabes la suerte que tienes, mi mujer lo máximo
que sabe es cuanto suben los precios en las tiendas donde
me deja seco.
Esta se sonrojó con fuerza. —Muy gracioso cariño, ese
comentario lo mencionaré en el juicio del divorcio.
—No me dejarías —dijo con cariño.
—En este momento me lo estoy pensando. Aunque
cómo podré justificárselo a mis seis hijos… Después de
cuarenta años no puedo dejarle, ¿qué haría sin mí?
—Eso mismo pienso yo, eres el pilar que sostiene mi
vida —dijo él haciendo que su mujer sonriera.
Michael miró a su mujer. —No necesitas saber de
negocios, tú eres diseñadora.
—¿De veras? —preguntó interesada—. ¿Y dónde
hacen tu ropa? ¿En Asia?
Todos se echaron a reír divertidos y se sonrojó. —¿Soy
muy pesada?
—No —dijo Michael—. Te apasiona tu trabajo y lo
entiendo. Yo soy igual. Cuidado, amigo, se quedará con tu
empresa como no te des cuenta.
—Todo lo mío es suyo.
Sorprendida le miró. —No hablas en serio.
—Muy en serio, nena.
—Qué bonito. ¿Cuándo es la boda? —preguntó la
señora Richmond.
—Pronto —dijo él sin preguntarle siquiera—. En cuanto
solucionemos unos problemillas, nos casamos.
¿Casarse? Ella jamás pensó en casarse. Cogió una
copa de agua mientras aquellas mujeres de lo más
entusiasmadas recordaban el día de su boda y dijo por lo
bajo —¿No vas un poco deprisa? No te he perdonado.
—Ah, ¿no? Yo creía que sí. —El camarero le puso el
postre y dijo —Mousse de chocolate, tu favorito.
Que se acordara de eso la emocionó, solo había
tomado mousse una vez en sus salidas y lo había
mencionado de pasada. Él debió darse cuenta de lo que
pensaba. —Lo recuerdo todo, nena. Cada minuto —dijo
robándole el aliento.
Harry se acercó a ellos y se metió entre los dos para
susurrar —Tenéis quince minutos después del primer baile.
Y os lo advierto, no está de buen humor.
Ambos asintieron y él se alejó. —¿Lista para esa
guerra que querías, nena?
—Más que lista.
Acompañados del servicio secreto entraron en lo que
parecía una biblioteca. Carol miró los volúmenes de las
estanterías. —Impresionante. Una primera edición de
Romeo y Julieta.
—¿Te gusta Shakespeare? —preguntó él sirviéndose
un whisky.
—No es de mis favoritos. Cuando quiero relajarme me
van más los de misterio. —Se volvió y vio lo que estaba
haciendo. —Deja eso.
—¿Por qué? Está aquí para que lo bebamos. Además,
lo necesito.
Se acercó a él. —¿Y tú eres el empresario con los
nervios de acero?
—Eso era antes. —Se lo bebió de golpe y dejó el vaso
sobre la mesa. —Dame un beso, nena.
—¿Qué?
La cogió por la cintura y la pegó a él. —¿Te he dicho
ya lo que me alegro de estar aquí contigo?
Sin poder creerse que aquello estuviera pasando
susurró —No.
Él besó suavemente sus labios. —Pues me alegro. Me
moría por verte. —Los besó de nuevo y en ese momento se
abrió la puerta sobresaltándoles.
—Al parecer se sienten como en su casa —dijo el
presidente molesto.
Ambos carraspearon separándose. Harry entró detrás
y cerró la puerta. —¿Y bien? ¿Qué ocurre? El presidente
tiene poco tiempo.
—Sería mejor que habláramos a solas. —Chadrick tiró
de ella hacia el sofá y no tuvo más remedio que sentarse.
—O estoy yo o alguien del servicio secreto, tú eliges.
Ambos se miraron y Carol asintió. —Muy bien, como
quieras. ¿Nos sentamos?
Todos se sentaron en los sofás y se miraron los unos a
los otros. —Nena, ¿empiezas tú?
—Sí, será lo mejor. —Miró los ojos castaños del
presidente. —No sé si sabe que hace un año mi prometido
fue a dirigir una empresa japonesa llamada Kowayashi.
—Yo lo sabía —le informó Harry a su jefe—.
Intentasteis que la ley de aranceles no saliera adelante.
—¿Estoy aquí por eso? Mañana…
—No presidente —dijo ella cortándole de inmediato—.
Sé que la reunión de mañana tiene que ver con eso, pero
esta reunión es por otra cosa. Un chantaje contra usted,
unas fotografías muy comprometidas que ha sacado cierto
jefe de la mafia japonesa y con ellas quiere presionarle para
que dé marcha atrás con los aranceles.
El presidente no daba crédito. —¿Unas fotografías?
¿De qué tipo?
Como ella no estaba segura miró a Chadrick que dijo
—Se le ve a usted desnudo en una habitación de hotel sobre
una mujer que no es su esposa. Una prostituta de altos
vuelos. Al menos eso es lo que me han dicho.
El hombre palideció. —No puede ser. ¡No era
presidente entonces!
—Pues han debido guardarlas hasta el momento
adecuado.
—¿Tiene esas fotos?
—Las tengo, pero no sé si hay más, presidente. Espero
que comprenda que nos estamos jugando el cuello con esto.
—Cielo, deja que se lo explique desde el principio. No
puede entender nada diciéndole todo a medias.
—Carol explícanoslo con detalle —dijo Harry muy
serio.
Ella lo hizo desde la llegada a Japón de Chadrick, Marc
y ella misma. Suprimió a Leila de su historia para que
estuviera lo menos implicada en aquel lío, si eso era posible,
porque al ser la esposa de Marc también corría un riesgo.
Cuando terminó el presidente suspiró. —¿Creen que si hablo
con él me dará las fotos? ¿Que entregándole Kowayashi se
dará por satisfecho?
—Sí, eso creemos —dijo Chadrick muy tenso.—. La
reunión con el hombre más importante del mundo le dará
honor entre los suyos. Y entregándole la empresa habrá
cumplido su primer objetivo al amenazarnos a Marc y a mí.
—Sus fotos…
—Se las entregaré cuando quiera, por eso no debe
preocuparse. No he hecho copias. Yo solo quiero volver a mi
vida y olvidarme de todo lo que ha sucedido en el último
año.
Harry miró a su jefe. —Señor presidente, si es de la
mafia…
—Como si ha salido del mismísimo infierno, no puedo
perder a Daisy. Eso por no mencionar que perderé la
reelección. Todo el mundo hablará de ello durante años, no
puedo consentir esa humillación. Seré el hazmerreír de
medio mundo y mi país también. Si hay que reunirse con él
lo haremos. Organiza una cumbre en Asia de inmediato.
Pondremos de excusa el tema de los aranceles. Quiero
saber la opinión de los empresarios asiáticos o yo qué sé.
Busca algo que justifique mi presencia allí. —Se levantó y
les miró. —Supongo que debo darles las gracias.
—No es necesario —dijo ella impresionada porque no
parecía tan tonto como había creído siempre.
—Harry encárgate de las fotos, las quiero en mi poder
de inmediato.
—Entendido, señor presidente.
Él salió de la biblioteca sin mirar atrás y Harry suspiró.
—Joder, qué lío. —Miró a Chadrick a los ojos. —Llámale,
quiero hablar con él.
—No creo que sea buena idea. Hablaré con él yo
primero.
—Como me la estés jugando…
—Lo mismo digo, amigo. Pienso proteger lo que es
mío caiga quien caiga. —Cogió la mano de Carol y se
levantó. —Vamos nena, necesito tomar el aire.
—¿La reunión de mañana sigue en pie? —preguntó
ella.
—Preciosa, está agendada y debemos cumplirla para
no levantar sospechas de que ocurre algo raro.
Harry asintió. —Chadrick tiene razón. Debe seguir su
agenda normalmente para no levantar las sospechas de
Takahashi.
Pasaron a su lado, pero ella se detuvo. —¿Crees que
habrá problemas?
—Haced vuestra parte y convenced a ese viejo de que
todo esto es lo mejor para todos. —Dio un paso hacia ella.
—Júrame que lo harás tú.
—¿Yo? —preguntó sorprendida—. No sé japonés.
—Nena…
—Cállate, no me fío de ti, pero de ella sí. Júramelo,
Carol. Tú hablarás con él.
Tuvo la sensación de que para él era primordial que lo
hiciera ella y que si no se metía en el problema, Harry daría
marcha atrás a la decisión del presidente. —Sí, lo haré yo.
—De acuerdo, os veré mañana. No lleguéis tarde.
Chadrick furioso tiró de ella hacia la salida. —Joder
nena, un año intentando tenerte fuera del punto de mira y
te acabas de poner con el cuello expuesto ante Takahashi.
—Sí, eso demuestra lo torpe que eres.
Se detuvo en seco. —Hablo en serio.
—Y yo. Tenías que habérmelo contado de inmediato y
como vuelvas a decirme que no estoy preparada para nadar
entre tiburones la vamos a tener.
Divertido vio cómo iba hacia la puerta. —¿La vamos a
tener?
—Vamos, me matan estos zapatos.
Salieron y tuvieron que esperar a que llegara el coche
pues el chófer no contaba con ellos tan pronto. Carol le miró
de reojo y al ver la preocupación en su rostro cogió su
mano. —Todo irá bien.
—No puedes llamarle tú.
—Si quiero reunirme con él tengo que llamarle.
—¿Cómo has dicho? ¿Reunirte con él? ¡Ni de coña!
—Shusss.
Él se acercó. —Ni de coña. Tú no sales de los Estados
Unidos.
—¿Crees que no pueden llegar hasta aquí? —Sonrió
con tristeza. —Cielo…
—Joder, no tenía que haberte dicho nada.
—¿Acaso me tomas por tonta? Me di cuenta de
inmediato de que pasaba algo más.
—Pero no lo hubieras sabido.
—Vale, tengo que reconocer que algo así no me lo
esperaba, la verdad.
—¿Ves cómo tenía que haber cerrado la boca? Y tú
con tu ansiedad…
Apretó su mano. —Estoy bien. Estoy más que bien. —
Entrecerró los ojos porque era cierto. —A mí me va la
marcha, eso está claro. El problema es cuando pienso
demasiado.
—Madre mía… Nena, ni hablar.
—Ya lo discutiremos.
—¿Sí? ¿Cuándo?
—Más tarde, ahora nos miran como dijiste cuando
llegamos. Además, ¿crees que el presidente nos quitará ojo?
Seguro que tiene ya a sus hombres de confianza sobre
nosotros para que no se la juguemos. Debemos ser un
frente común.
Apretó los labios y ella sonrió. —¿Dónde están?
—Aquí te lo voy a decir. ¿Dónde está el puto coche? —
dijo poniéndose nervioso.
—Vale, te haré el amor a ver si así te relajas.
La miró sorprendido. —¿Después de todo lo que te he
contado quieres sexo?
—Ah, ¿tú no? ¡Un año, Chadrick! ¡Y por no ser sincero!
—Sí, nena. Te aseguro que contaba cada maldito día.
¡Pero no me atrevía a acercarme a ti! Menos mal que no te
encontré cuando venía, porque sino…
—Tú lo que querías saber era si tenía otro.
—Pues ya que lo dices —dijo molesto.
—¿De veras? Lo había dicho en broma. —Sonrió como
si le hubiera dado la mejor noticia de su vida. —¿Creías que
estaba con otro?
—Al principio pensé que no te habías quedado en los
Estados Unidos. Después se me ocurrió de todo.
Separó los labios de la impresión. —¿Pensaste que me
habían liquidado?
—Se me pasó por la cabeza, sí. Llegué a pensar que
como te habías ido tan rápido de la empresa, ellos habían
creído que lo sabías y habían ido a por ti. Fue un alivio
enorme que empezaras a trabajar de nuevo.
—Oh, cielo… —Se abrazó a su cintura y él acarició su
espalda. —Lo siento.
—No tienes que disculparte, nena. Tú también estabas
pasando lo tuyo. —Suspiró contra su pecho y él la besó en la
coronilla. —No quiero perderte.
Su corazón se hinchó de felicidad en su pecho y supo
que por él haría lo que fuera, cualquier cosa con tal de estar
a su lado. —No me perderás. Lo solucionaremos, ya verás.
Capítulo 10
Cuando llegaron al hotel, Chadrick entró en su
habitación con su tarjeta y fue evidente cuando miró a su
alrededor, que estaba preocupado por si había alguien
esperándoles. No dijo nada, estaban en una situación lo
bastante grave como para no tomárselo en serio. Dejó el
bolso sobre la mesa de al lado del sofá y le miró. Era obvio
que estaba muy preocupado y temió que le ocultara algo
más. Mejor aclarar todas sus dudas en ese momento. —
¿Más tranquilo?
Se quitó la chaqueta de malos modos y la tiró a un
lado. —Nena, esto no me gusta.
—¿Por qué? Hemos encontrado una solución.
—Hablaré yo con Takahashi. Da igual que hable yo con
él.
Ah, no. No pensaba dejar que la apartara de nuevo. —
Se lo he prometido a Harry. Ya que les hemos involucrado,
debemos cumplir con lo pactado. —Frunció el ceño. —¿O me
estás ocultando algo más?
—Joder, no.
—Eso ya lo dijiste antes.
—Te aseguro que no.
Entonces decidió ir al grano. —Explícame algo. ¿Por
qué dejar a Marc al frente de la empresa? Porque dejarle allí
solo en la presidencia le iba a exponer más.
—Hablamos de ello. Si quería reunirme con el
presidente de los Estados Unidos no podía dirigir una
empresa japonesa. Así que regresé, anuncié que había
comprado Garner, aunque ya la había comprado hacía más
de seis meses y le dejé al cargo ante la junta directiva. Tenía
que regresar ya porque Harry había agendado la reunión.
—Reunión que has forzado tú, ¿no es cierto?
—Si algo tiene tu amigo es que quiere proteger al
presidente por encima de todo. Me di cuenta en mi primera
conversación con él. Le llamé para preguntarle por ti,
porque no te encontraba, ¿sabes? —A Carol se le cortó el
aliento porque en su desesperación por saber de ella había
llamado a su amigo. —Pero él desconocía tu paradero y
empezamos a hablar. Me comentó su ascenso y una cosa
llevó a la otra. Ahí se me ocurrió lo de convencer al
presidente con los aranceles y precipité todo lo de Garner.
—La idea de comprarles ya la tenías antes de irte a
Japón, ¿verdad? Cuando me dijiste que nos habías echado el
ojo era cierto.
Él sonrió. —Erais el objetivo perfecto.
—Sabías que Jefferson me había puesto los cuernos,
que estaría deseosa de irme a Japón.
—Estaba invitado a la boda. Ni te imaginas la sorpresa
que me diste al leer la invitación, nena. Te ibas a casar con
ese mamón. No podía creerlo.
Se le cortó el aliento. —¿Tuviste algo que ver en ello?
—¿En que te pusiera los cuernos? No soy tan
retorcido.
—Pero aprovechaste mi desgracia.
—Estabas lista para acompañarme a Japón. Aproveché
la oportunidad.
Era increíble, le había mentido en todo. —Y dejaste
que le quitara los clientes.
—Sí, en apenas tres semanas ya habías convencido a
casi todos para que se fueran contigo. Me sorprendiste,
cumpliste con creces mis expectativas. Ya teníamos casi
todos sus clientes en la empresa y estaba en las últimas.
—Y todo gracias a mí.
—Por supuesto, sabes hacer tu trabajo, nena. De eso
no hay duda.
—Continúa. ¿Qué pasó después?
—A lo largo de este año y con diversas excusas he
hablado con Harry varias veces. Cuando le dije que pensaba
regresar, me di cuenta de que tenía que ver el punto de
vista de un empresario estadounidense que negociaba con
Asia. Como la mayoría lo hacemos programó la reunión. No
me quedó más remedio que volver cuanto antes por mucho
que Marc estuviera de luna de miel. Pero mi amigo sabía
que ese momento llegaría, sabía cada paso que daba
porque también se juega el cuello.
Sorprendida no pudo disimularlo. —¿Y por qué hacer
ese teatro en Bali con lo del ataque de nervios?
—Sabía que Leila no se lo iba a tomar bien. A veces
hacerse la víctima funciona.
—¿Y por qué me has implicado a mí si no querías que
viniera?
—Eso fue cosa de Harry. Al parecer no se fía de mí y
buscó alguien de confianza que se asegurara de que todo lo
que le decía al presidente fuera cierto. Te juro que cuando te
vi por la ventanilla del avión fui el primer sorprendido.
—¿Y Marc?
—En cuanto yo hubiera solucionado el tema, él
hubiera renunciado y vuelto a casa.
—¿Y Leila?
—Nena, no pueden quedarse en Japón. Tendrá que
asumirlo.
Apretó los labios. —¿Te das cuenta de cómo lo has
liado todo?
—¿Yo? ¿Yo lo he liado?
—¡Ya verás cuando Leila se entere de que tiene que
venirse a vivir a los Estados Unidos porque se ha casado con
un hombre que sabe que tiene que regresar desde hace un
año! ¡Estaba en peligro y no la avisasteis!
—¡Qué ella se hubiera ido de Japón como hiciste tú
hubiera sido muy sospechoso cuando lleva viviendo allí toda
la vida!
—¡Y pensabas dejar la empresa sin clientes antes de
largarte!
—Al parecer ahora tendré que buscar otro recurso
porque cuando Takahashi tome el control algo tiene que
quedar. Aunque no me preocupa mucho, esta noche has
demostrado que llevarás la empresa a lo más alto.
Se sonrojó de gusto, pero aún tenía cosas que
preguntar. —¿Y los millones que habéis desfalcado?
—Los pondré yo con tal de librarme de todo, joder.
Entrecerró los ojos. —Muy bien, tomo el mando.
—¿Cómo dices?
—Está claro que vosotros no habéis sabido llevar las
riendas de esta situación. Habéis tenido un año para
solucionarlo y todavía estamos en peligro. Así que tomo el
mando. —Fue hasta su bolso y cogió el móvil.
—¿Qué haces ahora?
—Llamar a Leila.
—Oh, no… Ni de coña.
Le fulminó con la mirada. —La necesito para hablar
con ese Takahashi.
Él juró por lo bajo y Carol se puso el teléfono al oído.
Frunció el ceño porque no se lo cogía. —Nena, estará
ocupada.
—Muy bien, la llamaré mañana. —Fue hasta la
habitación y se bajó la cremallera que tenía en el costado
dejando caer la prenda al suelo. Únicamente con las
braguitas se agachó para coger el vestido siendo muy
consciente de que la miraba. Sintió como la sangre
empezaba a fluir por sus venas de manera alocada y dejó el
vestido sobre la butaca antes de ir hasta el espejo para
quitarse los pendientes. Le vio tras ella a través de su
reflejo y sonrió cuando acarició su cintura pegándola a su
pecho. La besó en el cuello. —Cielo, todavía estás vestido —
dijo con voz ronca dejando los pendientes sobre el tocador
antes de volverse—. ¿Te ayudo?
—Ha pasado mucho tiempo, preciosa. —Tiró de sus
braguitas hacia abajo y la agarró de los muslos para subirla
sobre el tocador embriagándola por su pasión. Cerró los ojos
y él besó su cuello mientras pegaba su pelvis a su sexo. —
Demasiado tiempo. —Entró en su ser sorprendiéndola por la
sacudida de placer que la recorrió y se abrazó a su cuello
necesitando asirse a algo. —Pero me estabas esperando,
¿verdad preciosa? Me aprietas como nunca. —Entró en ella
de nuevo haciéndola gritar de placer. —Sigues siendo mía.
—La embistió de nuevo provocando que su vientre se
tensara aún más y esa tensión aumentó con cada envite,
cada vez más rápido, cada vez más exquisito hasta que
todo su ser estaba a punto de quebrarse y él susurró a su
oído —¿Estás a punto? —Entró
en su ser de nuevo y Carol gritó arqueando su cuerpo hacia
atrás sin poder creerse que eso que sentía le diera tal
felicidad.
Mientras se recuperaba, Chadrick besó su cuello
bajando hasta llegar a sus senos que besó con ganas. Con
un pezón en la boca chupó sobreexcitándola porque aún no
se había recuperado y retorciéndose de placer susurró
acariciando su nuca —Cielo, necesito un segundo. Si sigues
así…
Mirándola como si fuera suya susurró —Me pides
demasiado tiempo, nena. Hay que recuperar todo lo que nos
hemos perdido.
A la mañana siguiente se levantaron temprano y
mientras desayunaban lo que le habían pedido al servicio de
habitaciones, hablaron de las noticias del periódico y de la
reunión con el presidente que tendría lugar en unas horas.
Se ducharon, hicieron el amor de nuevo y él fue a vestirse a
su habitación. Minutos después ella ya estaba preparada
con un traje de falda gris leyendo la noticia de una subasta
que tenía muy buena pinta. Qué pena que estuviera mal de
dinero. Había un tocador estilo Luis XVI que era una
preciosidad. Chadrick entró en la habitación y sonrió
dándole la bienvenida. Él levantó una ceja mirándole las
piernas.
—No empieces…
—Son unas piernas demasiado tentadoras como para
que alguien se concentre en lo que le estamos diciendo.
Rio cogiendo el maletín con el ordenador.
—Nena, no te van a dejar hacer ninguna presentación,
no te molestes.
Suspiró dejándolo sobre el sofá y cogió su bolso
colgándoselo al hombro. —Lista.
Llamaron a la puerta y ambos se tensaron. —¿Sí? —
preguntó Chadrick.
—Soy Harry, abrid la puerta.
Se miraron a los ojos. Que se hubiera presentado allí
no les gustaba un pelo, pero no les quedaba otra que abrirle
y Chadrick fue el primero en reaccionar. Su amigo estaba al
otro lado afortunadamente solo y entró en la habitación. —
¿Qué ocurre? —preguntó ella preocupada—. ¿Se ha
cancelado la reunión?
—No, es mejor seguir como se tenía previsto. Pero he
venido ya que soy amigo tuyo y que no levantaría
sospechas, para deciros que el presidente tiene dudas.
Chadrick y ella se miraron. Carol se sentó. —Siéntate,
por favor. ¿Quieres un café?
—Me vendría genial, no he dormido en toda la noche.
—¿Cielo?
Él fue hasta la cafetera mientras su amigo se sentaba
a su lado. —¿Ya no considera importante todos los
argumentos que tenía para reunirse con Takahashi?
—No, sigue considerándolos importantes, pero ha
barajado otras opciones.
Carol palideció. —Quitarle del medio.
—¿Le habéis llamado o habéis solicitado una reunión
con Takahashi?
—No, todavía no —contestó Chadrick tendiéndole la
taza—. Quitándole del medio no conseguirá nada. Las
pruebas seguirán en manos del que le sustituya.
—Eso mismo le he dicho yo. Pero hacer tratos con ese
hombre no le convence. Sabe que quedaría mucho más
expuesto y nadie podría asegurarle de que le diera todas las
fotos.
—Los japoneses tienen honor. —Chadrick se sentó
frente a él. —Si le promete algo, lo cumplirá hasta la
muerte.
—¿Puedes asegurarlo?
—Sí, no cumplir su palabra sería una deshonra para él.
Estoy convencido de que respetará cualquier acuerdo al que
lleguen. Y si muere en el futuro, sus hijos respetarán la
decisión de su padre.
Él asintió antes de beber su café mirando a Carol. —
¿Cómo estás? Esta situación ha debido alterarte.
Le miró sin comprender. —¿Por qué preguntas…? —
Entonces se dio cuenta. —Te has enterado.
—El servicio secreto investiga a cualquiera que se
reúna con el presidente. —Dejó la taza sobre la mesa de
centro. —Es admirable tu evolución en estos meses.
—No es nada. Ha sido un bache.
—¿Podrás hacer frente a lo que tenemos por delante?
Sé que te estoy poniendo en peligro, pero nos jugamos
mucho.
—Estoy dispuesta a correr el riesgo. No solo por
Chadrick y por mí, sino por Marc y Leila. —Parecía que
quería decirles algo y que no se atrevía. —Cuéntame qué
ocurre, confía en mí.
—Si esto sale mal habrá limpieza, limpieza total.
Lo suponía y por el rostro de Chadrick él también. —Lo
entendemos.
—Joder, no sé por qué coño la has metido en esto.
Chadrick apretó los labios. —Te aseguro que no
quería, pero ayer ya no tuve opción.
Ella acarició el antebrazo de su amigo forzando una
sonrisa. —Todo saldrá bien.
—Más nos vale a todos. —Acarició su mano. —
Escúchame bien. Si cuando te reúnas o hables con él por
teléfono ves que la cosa se pone fea, no vuelvas a los
Estados Unidos. Tengo un amigo en Shanghái que te
ayudará a desaparecer. —Metió la mano en el bolsillo de la
chaqueta y le puso un papel en la mano. —Llámale al llegar
a China. Él te ayudará.
Palideció porque hablaba muy en serio. —No puedo
hacerlo y los demás…
—Nena, hazle caso.
—¿Y vosotros?
—Ya nos buscaremos la vida, también tenemos
recursos.
—No pienso separarme de ti.
—Nena, seré el primer objetivo de ambos bandos. No
puedes estar a mi lado.
Se le cortó el aliento. —¿Qué? ¿Vuelves a alejarme?
—Es por tu bien —dijo Harry.
—No te metas en esto. —Se levantó furiosa. —¿Has
hecho que vuelva contigo para hacerme esto?
—Te aseguro que haría lo que fuera para no llegar a
ese extremo, pero si llega el momento lo harás. Y lo harás
por mí, nena, porque no soportaría que te pasara algo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. —No.
—Preciosa…
—¡No! —Entró en la habitación y dio un portazo.
Chadrick y Harry se miraron. —Convéncela.
—Lo haré, no te preocupes.
Harry se levantó y fue hasta la puerta. —Después no
podré hablar con vosotros, así que buena suerte. Os daré
cinco minutos, os veo en el hall.
—Gracias.
Apretó los labios mirando la puerta de la habitación y
la abrió para mostrar a Carol arreglándose el maquillaje, lo
que indicaba que no había podido retener las lágrimas. —
Nena…
—No quiero hablar de esto.
—Es lo mejor para ti.
—Tú eres lo mejor para mí, así que pon todo de tu
parte para salir de esta. ¡Y no me agobies más con el tema!
Él la agarró para abrazarla y Carol se aferró a su
cintura. —No me hagas esto. No vuelvas a hacer esto, te lo
suplico.
—Te juro por lo más sagrado para mí, que haré lo
necesario para que estemos juntos. —La besó en la mejilla
sin dejar de abrazarla. —Lo que sea, nena. Haré lo que sea.
Entraron en el despacho oval y el presidente se
levantó de su mesa con una sonrisa que no llegaba a sus
ojos. —Bienvenidos. Gracias por venir.
Ambos le dieron la mano y Chadrick dijo —No tiene
que darnos las gracias, presidente. Es un placer ayudarle.
Él forzó una sonrisa y señaló los sofás. —¿Nos
sentamos?
Carol miró de reojo a Chadrick que asintió sin quitarle
ojo a los dos hombres que estaban en el despacho.
—Oh, ellos son mi secretario y mi asesor económico.
—El presidente se sentó ante ellos. —Bien. Estamos aquí
para que me cuenten su punto de vista, que creo que es
totalmente contrario al mío. Estoy deseando oírles.
—Estamos en un mundo global, presidente —le
respondió Chadrick—. Perjudicar a socios tan fuertes
económicamente como China o Japón no es lo que más nos
conviene.
—Les escucho.
Él la miró. —¿Empiezas tú?
Tenía ella la cabeza como para hablar de tonterías
para pasar el tiempo. —Por favor, empieza tú.
Chadrick fue directo al grano, pero Carol perdió el hilo
mirando hacia los hombres que acompañaban al presidente.
Uno no dejaba de tomar notas y el otro no perdía palabra de
todo lo que decía. Suspiró del alivio porque no tenían pinta
de liquidarles allí mismo. Tenía que solucionar el problema
que tenían encima cuanto antes. Tenía que hablar con Leila
y lograr una reunión con Takahashi. Viendo la cara del
presidente se dio cuenta de que estaba atento a cada
palabra que salía de la boca de Chadrick. ¿Y si conseguía
que cambiara de opinión respecto a los aranceles? Chadrick
lo veía imposible por la presión de los empresarios
americanos que eran los que financiaban su campaña, ¿pero
y si lo conseguían? Serían libres, libres del todo.
—¿No cree, señor presidente?
—Comprendo su punto de vista, pero debo proteger el
mercado americano.
—¿Qué mercado? —dijo ella.
—¿Perdón?
—¿Qué mercado? La mayoría de los fabricantes
compran las materias primas fuera del país. Puede que
luego crean que su producto final sea americano, pero está
hecho con productos extranjeros. Y aun así son más caros,
lo que hace que no tengan competitividad con los asiáticos.
Él miró a su asesor que asintió como dándole la razón.
—Su política es equivocada, presidente. Si quiere más
puestos de trabajo, que sus fábricas produzcan y ganen más
para obtener más impuestos, va por el camino equivocado.
Están comprando la materia prima más cara por los
aranceles, por lo que sus márgenes de beneficio se reducen
exponencialmente. Si quiere que esas fábricas prosperen,
debe quitar los aranceles. Si quiere que sean más
competitivas frente a los productos que vienen de fuera,
debe bajarles los impuestos.
—¿Bajarles los impuestos?
Era evidente que la idea no le gustaba nada y no pudo
menos que sonreír. —A menor precio más venta. Más venta
al cliente supone más beneficios para la empresa y más
impuestos a final de año. Todos ganan. Pero si sigue con
esta política obtendrá todo lo contrario. Menos ventas y
menos impuestos, en unos años cerrarán empresas por no
ser competitivas, y eso provocará pérdidas de puestos de
trabajo. ¿No se da cuenta de que cuantas más facilidades
les dé el gobierno para vender, más puestos de trabajo
habrá? Eso también son ganancias, y muchas, porque
tendremos más gente productiva en el país que tendrá
dinero para seguir comprando. Es la pescadilla que se
muerde la cola y la clave son los impuestos. ¿Quiere
recaudarlos al principio? ¿O al final cuando ya se ha vendido
el producto? Los recaudará igual, pero la diferencia es tener
un país próspero o un futuro incierto con la pérdida de
empleos a cinco años vista.
—Señor presidente, en el último informe que ha
sacado su gobierno ya han cerrado doscientas cincuenta mil
empresas en este país en el último año. Si sigue con esta
dinámica cerrarán muchas empresas más, porque para
pagar esos aranceles tienen que reducir sus márgenes de
beneficio. Algunas no llegan.
El presidente miró a su asesor que asintió. —Entiendo.
—Dígame, ¿qué le preocupa? —preguntó ella
directamente.
—Quite los aranceles o no, ya no somos competitivos.
Ellos siempre lo venden todo más barato.
—Cierto. Pero déjeme que le ponga un ejemplo. —
Abrió su bolso y sacó dos pinzas de la ropa. El presidente la
miró sorprendido. —¿Qué? Las había cogido para el ejemplo.
No suelo llevarlas en el bolso.
Rieron por lo bajo mientras ella las ponía sobre la
mesa ante él. —¿Qué ve ahí?
—Dos pinzas.
Señaló la roja. —Esta es americana, su plástico es
más resistente de una marca de toda la vida. —Señaló la
azul. —Esta es extranjera. —Cogió las dos y empezó a
abrirlas y cerrarlas muy deprisa. La azul se rompió por uno
de los extremos. —¿Ve? La clave son productos de calidad.
Mientras hagamos productos de calidad con un aumento
relativamente pequeño el ciudadano medio comprará la
roja. Siempre. Porque sabe que ese producto le durará más
y a la larga ahorrará. No es casualidad que ellos vendan
más baratos, presidente, en infinidad de productos usan
materias primas más baratas.
El presidente miró las pinzas. —Abaratar los costes a
las empresas americanas para que vendan más barato un
producto de calidad.
Sonrió. —Todos ganamos. Hará una economía circular
dentro del país que nos beneficiará a todos, porque el
gobierno seguirá ganando impuestos, los ciudadanos
tendrán puestos de trabajo para consumir y las empresas
prosperarán.
—Aparte de los aranceles, ¿qué impuestos debería
rebajar?
Uy, ahí la había pillado, ella era especialista en
exportaciones no en impuestos. —¿Cielo?
Chadrick se adelantó. —Reduzca al cincuenta por
ciento el precio que le pagan las aseguradoras por cada
trabajador, asegurándose por ley de que ese descuento no
repercuta en el usuario y le garantizo al cien por cien que
eso subirá el empleo como la espuma.
—¿De qué habla? —dijo el hombre que estaba de pie.
—Las empresas pagan seguros sanitarios por cada
trabajador. Y las aseguradoras cuando facturan tienen que
pagar impuestos al estado. Si el estado reduce esos
beneficios, asegurándose de que el seguro también le baje
ese tanto por ciento al empresario, le aseguro que tendrá
una disminución del paro que jamás ha visto este país.
—Y cuantos más empleados, más compensaremos las
pérdidas de esas reducciones a las aseguradoras. —Los ojos
del hombre mostraron su admiración. —Es brillante,
presidente.
—Y esas reducciones también agradarán a los
empresarios que protesten por los aranceles.
—Exacto. Ninguno abrirá la boca en contra de quitar
los aranceles si tienen esos beneficios fiscales. Sobre todo si
lo explica en conjunto.
El presidente miró a su secretario. —¿Lo has apuntado
todo?
—Sí, señor presidente.
—¿Algo más que quieran aportar?
Chadrick sonrió. —¿De cuánto tiempo dispone?
Muy serio respondió —De todo el que necesiten.
Capítulo 11
Tres horas después salían de la Casa Blanca
acompañados de Harry. —¿Pero qué ha pasado? Teníais
previsto veinte minutos.
—Pues ya ves, al parecer al presidente le han gustado
nuestras ideas. —Carol soltó una risita. —Cariño, los va a
quitar.
—No las tengo todas conmigo todavía. —Miró a Harry.
—Convéncele, es lo mejor para el país, te lo aseguro, y no te
digo esto porque nos beneficie con el problema que
tenemos en Japón.
Harry asintió mientras llegaba el coche. —Si quiere
veros de nuevo…
—Que nos llame cuando quiera. Para cualquier cosa.
Estaremos encantados de ayudar. —Chadrick le tendió la
mano. —Ahora nos iremos a Tokio para intentar arreglar
nuestro problema, necesitamos la respuesta del presidente
en veinticuatro horas sobre esa reunión porque sino
tendremos que buscar otra táctica.
—Si quita los aranceles asunto solucionado —dijo
Harry.
—No habremos solucionado su problema, amigo, y
eso no lo podemos consentir. Pienso librarnos a todos de
ese hombre.
Harry asintió. —Mantenerme informado. —Le dio la
mano y sonrió a Carol. —Apuesto a que vendrás mucho por
aquí. Bienvenida al barco.
Le abrazó. —Gracias por confiar en mí.
—Siempre. Has demostrado que eres una amiga de
verdad. —La besó en la mejilla y cuando se separaron
vieron la cara de mala leche de Chadrick. Harry se echó a
reír. —Tranquilo amigo, yo tengo otros gustos.
La cogió de la mano. —Ya, ya… Pero por si acaso que
corra el aire.
Riendo se metió en el coche. —¡Llámame!
—¡Buen viaje!
Chadrick entró en el coche y el chófer cerró la puerta.
—Joder nena, has estado brillante.
—Lo mismo digo, Edgerly. Cuando dijiste lo de los
seguros me quedé con la boca abierta. ¿Cómo se te ha
ocurrido?
—Viendo lo que me cobran por cada trabajador —dijo
divertido—. Te aseguro que no hay empresario en este país
que no lo haya pensado. —Cogió su mano y sonrió. —Espero
que piense mucho en lo que le hemos dicho.
—Y yo espero que acepte la reunión en Tokio. Nos
quitaríamos un problema muy serio de encima. —Suspiró
pensando en ello. —Voy a llamar a mi secretaria para que
nos consiga un vuelo a Tokio.
—Antes dame un beso.
Se abrazó a él y le dio un suave beso en los labios. —
Eres un genio.
—Y tú eres muy sexy.
Rio. —Lo sé. —Se miraron a los ojos y ella susurró —
No me voy a ir sin ti.
—Veremos como fluyen las cosas, ¿vale? Ahora no es
momento para hablar de ello.
Asintió y besó sus labios de nuevo, pero Chadrick se
impacientó y pegándola a él entró en su boca haciéndola
temblar de arriba abajo. Cuando se apartó lentamente Carol
abrió los ojos. —Consigue ese vuelo, nena. Que sea en
primera, mis piernas no entran en turista.
—¿Recuerdas que me prometiste un vuelo privado?
—¿Ahora? —preguntó espantado—. Nena, que
prácticamente acabo de comprar la empresa.
—Que no se te olvide, Edgerly.
—En cuanto la reflotemos tendrás tu avión, lo
prometo.
Encantada se sentó en su sitio y buscó su móvil en el
bolso. Al encenderlo vio que tenía seis llamadas perdidas de
su secretaria. —Ha ocurrido algo, si me ha llamado sabiendo
que estaría reunida, es que ha ocurrido algo. —Se puso el
teléfono al oído y cuando Claudia contestó dijo —¿Qué
pasa? —Frunció el ceño escuchando lo que tenía que
decirle. —¿Cómo que me ha llamado? No, al móvil no lo ha
hecho, solo han saltado tus llamadas perdidas. —Claudia
estaba muy alterada y se preocupó mucho. —Vale, la llamo
ahora mismo. —A toda prisa colgó el teléfono para llamar a
Leila. —¿Te ha llamado Marc?
Él frunció el ceño sacando el móvil del bolsillo interno
de la chaqueta del traje. —No ha llamado, nena.
Pensábamos hablar por la tarde.
—No me contesta. —Preocupada volvió a pulsar el
botón verde. —Chadrick llama a Marc. No sé qué ha pasado,
pero Leila me ha llamado a la oficina hace una hora. Casi no
se escuchaba, pero Claudia dice que estaba llorando.
Llamó a su amigo de inmediato mientras Leila seguía
sin cogérselo. Tuvo un mal presentimiento e impaciente
miró hacia él que negó con la cabeza. —Mierda… —dijo
volviendo a llamar.
—Nena, no te pongas nerviosa. Habrán discutido y te
ha llamado a ti, eso es todo.
—¿Crees que se lo ha contado? Ni se le pasaría por la
cabeza para no asustarla de momento.
—Joder…
Volvió a ponerse el teléfono al oído. —Vamos Leila,
cógelo.
—Nena te estás alterando por nada.
—¡Deja de tratarme como si estuviera loca! ¡Leila me
llama una vez a la semana y hablé hace pocos días con ella!
¡Si me ha llamado es porque ha pasado algo importante y
no creo que sea que sepa lo de Takahashi porque su marido
se lo ha ocultado todo durante un año! ¡Ese no tiene pelotas
para contarle la verdad!
Chadrick volvió a llamar a Marc, pero nada. Ninguno
de los dos cogía el teléfono. —¿Sabes en qué hotel se
quedaban? —preguntó preocupadísima.
—No, pero seguro que la secretaria de Marc lo sabe,
ella encargó los billetes. Pero allí son casi las dos de la
mañana, tendrías que esperar hasta que regrese a su
puesto de trabajo.
Juró por lo bajo. —Llamaré a la embajada en Bali.
¿Tendrán embajada? Bah, seguro que tienen consulado.
—Nena, estás exagerando. ¡Ni sabes si aún están en
Bali!
Cierto, podían estar ya en Tokio, pero por intentarlo no
perdía nada. Miró su móvil buscando en internet el número.
—¡Hay consulado!
—Y qué van a hacer, ¿eh? ¿Pedir que vayan a
buscarles, porque si aún están allí en su luna de miel no te
cogen el teléfono?
Frustrada suspiró. —Deja de quitarle importancia. ¿Y si
ha pasado algo?
—Les llamaremos más tarde. O igual te llama ella. No
hay razón para alterarse porque te haya llamado llorando.
—Siempre pensando en los sentimientos de los
demás. —Le miró fríamente. —Y me alteraré si me da la
gana. —Miró su móvil y llamó al consulado ignorándole. No
le cogían el teléfono. Mierda. Después de tres llamadas miró
el móvil de nuevo. No podía ser, tenía que haber un número
para llamar en caso de emergencia por si a algún ciudadano
americano estaba en problemas.
—Eso que acabas de decir ha sido un golpe bajo.
Le miró como si quisiera soltar cuatro gritos y él hizo
una mueca. —Vale, me lo merezco.
—Muy bien, llama a la empresa a ver si Marc ha
regresado a Tokio. Que revisen las imágenes los de
seguridad por si ha estado allí.
—Nena, ya no tengo autoridad para ordenar eso —dijo
entre dientes tan impotente como ella.
—Llama a Takahashi.
—¡Todavía no sabemos la respuesta del presidente! —
La cogió por los brazos para que la mirara. —Respira
preciosa, te estás quedando pálida.
—Como les pase algo…
La abrazó a él. —Seguro que no, yo estaba aquí
hablando con el presidente, estaba cumpliendo lo pactado.
—No son de fiar.
Se abrazaron en silencio necesitándose el uno al otro
cuando sonó su móvil. A toda prisa lo cogió para mirar la
pantalla y vio que era Leila. Se lo puso al oído a toda prisa.
—¿Qué ocurre?
—¡Ese mamón me ha dejado!
Incrédula preguntó —¿Qué?
—¡Me ha dejado tirada en Bali! ¡Se ha llevado mi
bolso y menos mal que llevaba el teléfono en el bolsillo
trasero del pantalón! ¡No tengo dinero ni documentación!
¡Tienes que ayudarme a salir del país!
Asombrada miró a Chadrick que hizo una mueca. —
¿Qué quieres que te diga, nena? Querrá protegerla.
—¿Dejándola desamparada?
—Le ha debido entrar el pánico.
—¿Queréis dejar de protegernos? ¡Solo metéis la pata!
—¿Qué pasa? —Leila sorbió por la nariz.
—Te lo diré cuando llegue. Voy para allá. Tú mientras
tanto vete al consulado estadounidense y pide tu
documentación para regresar a casa. Busca un sitio de esos
a donde enviar el dinero.
—¿Una estafeta de correos?
—Sí, y que te den una cuenta donde ingresarte el
dinero. Después te subes a un barco y a Japón.
—¿A un barco? ¿Por qué?
—Es mejor que no sepan que has vuelto hasta que
sea necesario.
—¿Qué?
—Te lo explicaré cuando llegues. Llámame cuando
estés en el consulado, si no te lo cojo es que estoy en el
avión y tendrás que esperar.
—Vale. Puedo vender una pulsera para pasar la noche.
—Ni de coña, que te ayuden en el consulado que para
eso está. Tienes doble nacionalidad, tienen que ayudarte.
Espera, que llamo a Harry para que se pongan las pilas.
—¿Harry? ¿El Harry que no era de fiar?
—Estábamos equivocados con él. No te preocupes, te
ayudará.
Su amiga sollozó. —¿Cómo he llegado a esto? Creía
que me quería.
—Cuando hablemos entenderás por qué ha actuado
así. No te preocupes, te quiere.
—¿Me lo prometes?
Hizo una mueca porque después tendría otras
preocupaciones. —Cree que lo ha hecho por tu bien.
—¿Pero qué coño está pasando?
—Ahora no puedo decírtelo. Llámame cuando te
arreglen los papeles en el consulado.
Colgó de inmediato y dijo por lo bajo —Será imbécil.
Dejarla allí sin dinero.
—Sí, no ha estado muy fino.
Asombrada por su tono le miró y jadeó llevándose la
mano al pecho. —¿Lo teníais planeado?
—Claro que no.
—¡Lo has dicho con la boca pequeña!
—Nena, tenía que decirle cualquier tontería como que
le esperara allí, que volvería en unos días, pero es evidente
que algo ha debido de pasar porque ha tenido que dejarla
tirada.
—¿Pero cómo va a quedarse la esposa en Bali cuando
su marido acaba de pasar por un ataque de nervios? ¡O al
menos eso creía ella! ¡Estáis fatal!
—Somos novatos en esto de tener relaciones
duraderas, ¿qué pasa?
Le señaló con el dedo. —Ojito conmigo, Edgerly. Te he
perdonado una vez, no volveré a pasar por alto tus mentiras
nunca más.
Chasqueó la lengua como si no se lo tomara en serio.
—¡Chadrick!
—Que sí —dijo como si fuera muy cansina—. ¿No
tenías que llamar a Harry?
Mirándole con desconfianza se puso el teléfono al
oído. —Amigo, ¿tienes contactos en el consulado de Bali? Un
mamón ha dejado tirada a mi amiga sin dinero ni pasaporte.
Agotada llegó al hotel de Tokio donde se hospedarían.
Podían haber usado los apartamentos de la empresa, pero
Chadrick decidió que era mejor estar en un sitio público
para evitar problemas. Estaban recogiendo la llave cuando
escucharon —¡Chadrick!
Se volvieron para encontrarse a Marc, que vestido de
traje como si hubiera ido a trabajar se acercaba corriendo.
—¿Pero qué coño haces aquí? Y con Carol, ¿es que estás
loco?
—Hablemos arriba —dijo él mirando a su alrededor.
Mosqueadísima dio un paso hacia Marc y siseó —
Espera que llegue Leila. Te vas a cagar.
—¿Que llegue Leila? ¿Pero qué has hecho?
—Ayudarla, mamón, que la has dejado tirada en Bali
sin dinero siquiera.
Impresionado negó con la cabeza. —¡No, tenía el
móvil, me aseguré de ello!
—Este es tonto. ¿Acaso el móvil ahora es como un
cajero automático?
—No, pero puede hacer una transferencia a…
Parecía que se acababa de dar cuenta de algo. —¡Sí,
termina esa frase que me muero por saberlo!
—Hostia, ¿no tiene contactless en el móvil?
Asombrada miró a Chadrick. —¿Se ha casado con ella
y no sabe eso?
Él carraspeó. —Nena, yo tampoco sé si tienes.
—¿Con todos los pirateos de móviles que hay?
—Vale, eso es que no.
Furiosa cogió la maleta. —La madre que os parió, es
que es para daros de leches y no parar.
Se alejó hacia los ascensores y los amigos se miraron.
—¿Cómo ha ido? Al parecer has tenido que contárselo todo.
—Y como ves no está muy contenta. —Le dio una
palmada en el hombro. —Tranquilo, que Leila lo entenderá.
—Más me vale.
—¿Queréis mover el culo? —preguntó ella a gritos—.
¡Quiero ducharme, comer algo y dormir doce horas!
—¿No duermes en el avión? —preguntó Marc
intentando apaciguarla—. Si te tomaras una…
—Como digas pastillita te corto en pedacitos —dijo
entre dientes. Sonrió maliciosa—. Aunque eso ya lo hará tu
mujer cuando llegue, que tiene un cabreo…
—¿Se lo has contado?
—¿Por teléfono? ¿Para que se pusiera más histérica
después de que su marido la dejara abandonada en otro
país sin documentación ni dinero? ¡Yo tengo más
sensibilidad que vosotros!
—Vale ya, nena. Él creía…
Le fulminó con la mirada.
—Hostia, no termines esa frase —dijo Marc por lo bajo
—. Tiene los ojos saltones como la prota del resplandor.
—¡Ella era la víctima y los tenía así, idiota!
—¿Esta mala leche es solo por lo de Leila?
—¿Te parece poco? —preguntó alterada—. ¡En su luna
de miel!
—Bueno… Lo de Takahashi también la tiene algo
nerviosa, amigo. No me la alteres.
Furiosa salió del ascensor y antes de darse cuenta
había caído de rodillas sobre la moqueta roja. —¡Nena! —Se
agachó a su lado cogiéndola de los brazos. —Preciosa, ¿qué
te pasa?
Pálida negó con la cabeza. —Es el cansancio del viaje,
eso es todo. Me he mareado un poco.
A toda prisa la cogió en brazos y Marc se encargó de
las maletas antes de abrir la puerta de la suite. —¿Qué le
ocurre? ¿Es de tensión baja?
—Tiene un pequeño problema de ansiedad, eso es
todo. —La sentó en el sofá y se acuclilló ante ella. —Nena,
respira como te dijo Jeff.
Ella con los ojos cerrados lo hizo en varias tandas y
poco a poco fue recuperando el color. —Eso es, preciosa —
dijo cogiendo sus manos—. Todo va bien. Aquí estás segura,
a mi lado.
Abrió los ojos. —El viaje, esto ha sido el viaje.
—Y todo lo que le rodea. Te has pasado inquieta todo
el vuelo, no has descansado ni comido. Marc pide algo al
servicio de habitaciones.
—Ya estoy bien.
—¿Seguro?
Sonriendo se acercó y le dio un suave beso en los
labios. —Seguro, pero sí que tengo hambre.
Marc iba a coger el teléfono cuando sonó y extrañado
levantó el auricular. —¿Sí? —Perdió todo el color de la cara
en el acto. —Sí, que suba.
Cuando colgó el teléfono Chadrick se incorporó. —
¿Quién es? ¿Takahashi?
—Peor, mi mujer.
—¿Ya está aquí? —preguntó sorprendida—. Pero si
cuando le dije en qué hotel nos quedaríamos, le volví a
recalcar que viniera en barco para que esos cerdos no
supieran que estaba en Japón.
—Ha debido conseguir otro transporte. —Chadrick fue
hasta la puerta. —Marc escóndete en la habitación mientras
hablamos con ella. Si te ve aquí se pondrá como loca.
—¿Ahora es una loca? ¡Tiene toda la razón!
—Sí, nena, pero intentemos arreglarlo, ¿quieres?
Gruñó levantándose también, pero aún no se sentía
muy estable, así que tuvo que sentarse de nuevo.
—Así que estás bien —dijo Chadrick mosqueado.
—Será un bajón de tensión. En cuanto coma como
nueva.
—Nena, negar la realidad no hará que desaparezca.
Llama a Jeff.
—¿Estás loco? ¿Por un mareo de nada cuando he
tenido millones? Déjalo. —Llamaron a la puerta y se
sobresaltó. Sí, igual tenía los nervios un poco alterados. Su
amiga entró como una tromba, desaliñada, con la ropa sucia
y por sus pelos parecía que había metido los dedos en un
enchufe. Pero eso no era lo peor, lo peor era como olía.
Atónita se cubrió la nariz con la mano y dijo —¿Pero qué te
ha pasado?
—Mi marido… —dijo con ganas de sangre—. Eso ha
pasado. ¡He tenido que venir en un avión de carga lleno de
cabras! ¡Un conocido de uno de la embajada salía esta
mañana y allí que me subí sin saber lo que transportaba!
Tuvo que retener la risa.
—¡No tiene gracia, Carol!
—No. —Intentó ponerse seria. —Claro que no. Qué
insensible es tu marido.
—¡Marido por poco tiempo porque pido el divorcio! —
Sus ojos se llenaron de lágrimas. —No puedo creer todavía
que me haya hecho esto.
Ambos perdieron la sonrisa mientras se ponía a llorar
de una manera que rompía el corazón. Carol se levantó para
abrazarla, pero salió su marido de la habitación y la abrazó
con fuerza. Esta lloró sobre su pecho abrazándose a él como
si fuera su salvavidas y la entendía perfectamente porque
con ese hombre se sentía completa como ella con Chadrick.
Este se acercó y la abrazó por los hombros sin dejar de
observarles. Después de llorar unos minutos su amiga se
apartó para mirar a los ojos a su marido y susurró —¿Por
qué?
—No quería que estuvieras aquí en este momento.
Tenemos un problema muy grave y quería protegerte.
—¿Protegerme? —Miró hacia ellos sin entender. —
¿Qué coño está pasando?
—Siéntate amiga, tenemos mucho que contarte.
Dos horas después de las confesiones y de haber
comido seguían sentados en el sofá esperando una llamada
de Harry que no llegaba, lo que cada vez les tenía más de
los nervios. —No va a quitar los aranceles ni va a venir —
dijo Marc antes de pasarse la mano por el cabello
demostrando que estaba histérico.
—Llamará —dijo Carol segura—. Aunque sea para
decirnos que no a todo llamará.
—Nena, ya han pasado veinticuatro horas, le
pedimos…
En ese momento sonó el teléfono y Carol descolgó a
toda prisa. —¿Diga?
—La reunión será en tres semanas. Y ha hablado con
algunos empresarios que están de acuerdo con los cambios,
lo de los seguros sanitarios les ha encantado. —Harry rio por
lo bajo. —Quitará los aranceles.
Chilló de la alegría y Chadrick suspiró del alivio. —
Gracias, gracias —dijo ella intentando calmarse.
—Gracias a ti, le has impresionado. Los dos le habéis
impresionado. Os verá en tres semanas. Concertaremos la
reunión para que les fotografíe la prensa.
—Perfecto. Te llamaré cuando sepa el resultado de
nuestro encuentro.
Su amigo colgó y contentísima se acercó a Chadrick.
—Ha dicho que sí.
—Bien, ahora tenemos que reunirnos con él y lograr
que nos deje en paz para siempre. Y esto también va por el
presidente.
—Necesitamos esas fotos —dijo Marc—. Necesitamos
que el presidente se sienta seguro para no dar marcha atrás
al cambio de políticas económicas.
—¿Estás pensando en los negocios? —preguntó su
mujer asombrada—. ¿Sabes realmente con quien estás
tratando?
—Con alguien peligroso, lo sé. Pero si podemos sacar
tajada de esto, mejor que mejor.
Chadrick entrecerró los ojos. —Tienes razón, aún
podemos quedarnos con Kowayashi. Tenemos los aranceles
y habrá la reunión con el presidente, Takahashi se dará por
satisfecho.
Las amigas se miraron asombradas. —¿Pero de qué
hablan? —preguntó Carol.
—Ni idea, han tenido suerte y creen que tienen una
flor en el culo. —Se volvió hacia Marc. —¡Escúchame bien,
no os dejarán en paz ahora que saben que presionándoos
pueden conseguir lo que quieran! ¡Carol cree que quieren
recuperar la empresa para que esté dirigida por alguien
japonés, y si es así, después de la reunión del presidente
empezarán a extorsionaros de nuevo! ¡O dentro de dos años
os pedirán otra cosa! ¡No se juega con ellos, se huye en
dirección contraria!
Marc apretó los labios. —Igual tenéis razón.
—Claro que la tenemos —dijo Carol empezando a
enfadarse—. ¡De hecho nada garantiza que luego no sigan
extorsionándoos! ¡Incluso estando en los Estados Unidos!
¡Son de la mafia, muy de fiar no me parecen!
—¿Crees que pueden decidir seguirnos a los Estados
Unidos para hacer negocios allí y utilizarnos para ello? —
Chadrick preocupado se sentó en el sofá. —Los japoneses se
rigen por el honor, pero tienes razón, nena, ¿quién nos
garantiza que nos dejen en paz por mudarnos? —Entrecerró
los ojos. —Hay que conseguir que quede en deuda con
nosotros de alguna manera y así estará comprometido
moralmente a no volver a exigirnos nada.
—¿Y cómo vas a hacer eso? —Carol se sentó a su lado.
—Cariño…
—Hemos conseguido que el presidente de los Estados
Unidos nos haga caso, esto no debería ser tan difícil. Solo
tenemos que encontrar su punto débil y explotarlo.
Leila entrecerró los ojos. —Quizás yo pueda ayudar
con eso.
—¿Sí, preciosa? ¿Cómo?
—Traduje un libro al inglés de un periodista que
investigó a la mafia. Igual sabe algo de Takahashi.
—¿Y sigue vivo para contarlo? —preguntó Carol
sorprendida.
—Bueno, tuvo que largarse, pero que yo sepa sigue
vivo. Eso sí, no es periodista ya.
—¿Y tienes su número de teléfono?
—Sí, cuando lo cambió me llamó por los derechos de
autor y eso. Los traductores también cobramos, ¿sabéis?
Chadrick entrecerró los ojos. —¿Y no te dio miedo
hacer ese trabajo?
—Claro que sí. Pero la editorial era americana y
traduje bajo seudónimo con residencia en California.
Además, no se daban nombres reales, así que nadie debería
sentirse aludido directamente y me ingresan la pasta en una
cuenta en las Caimán a nombre de mi padre. No soy tonta,
quería seguir viviendo aquí.
—Y de paso evadir impuestos —dijo Carol divertida.
—Pues ya que lo dices… Bueno, ¿llamo a Jomei o no?
—Llámalo, a ver qué te dice —dijo Chadrick—. No
tenemos nada que perder. Igual le investigó para su libro.
Leila buscó el número y se puso el teléfono al oído. —
Vamos Jomei, cógelo… —De repente abrió los ojos como
platos. —¿Jomei? Soy Leila. Necesito tu ayuda. ¿Conoces a
un viejo llamado Takahashi? —Asombrada miró el teléfono.
—Me ha colgado.
—Eso no tiene buena pinta —dijo Carol antes de hacer
una mueca—. No, no tiene buena pinta.
De repente el teléfono sonó y su amiga contestó de
inmediato —¿Diga?
—Pon el manos libres —susurró Chadrick.
Ella lo hizo inclinando el teléfono. —Jomei, ¿qué pasa?
—Te llamo desde el teléfono de mi suegra —dijo en un
inglés con muchísimo acento—. ¿Qué coño estás haciendo?
—¿Le conoces o no?
—Sí, claro que sí. Es uno de los grandes. Tiene
negocios legales e ilegales por media Asia. No te metas con
él.
—Ya es tarde. Mi marido es americano y le tiene en su
punto de mira por dirigir una empresa japonesa.
—Joder. Es un fanático de todo lo que tenga que ver
con su país y las tradiciones. Su mujer siempre lleva
kimono, no te digo más. Odia todo lo occidental.
—¿Tiene algún punto débil?
—¿A qué te refieres?
—No lo sé, algo de lo que podamos tirar para
defendernos.
—Como no os tiréis de un avión…
—Muy gracioso.
—¡Sal de ahí cagando hostias y no me llames más!
El sonido del teléfono les hizo bufar. —Menuda ayuda
—dijo Carol.
—Espera nena, que sí que nos ha ayudado.
—¿De veras?
—Cuando estuvimos en su despacho vimos que tiene
una colección increíble de katanas.
Le miró sin entender.
—Son una especie de espadas samuráis —le explicó
Leila.
—¿A dónde quieres llegar, amigo? —Marc se sentó en
el sillón. —¿Crees que eso es importante?
A Carol se le cortó el aliento. —El periódico, el anuncio
de la subasta que vimos en Washington.
Él sonrió. —Exacto, nena. Hay una espada samurái
que perteneció a Honda Tadakatsu. Data de mil seiscientos.
—Será carísima.
—Es una joya única. Está valorada en dos millones de
dólares.
Silbó y miró asombrada a todos los presentes. —¡Ni se
os ocurra! ¿Estáis locos? ¡Igual regalársela no sirve de nada!
—Se sentirá en deuda, no lo haremos por obligación
sino porque queremos honrarle con ella.
—Eso también lo dijiste con la visita del presidente y
ya estamos pensando en otra cosa. Nada ni nadie nos
garantiza que él cumpla su palabra. Quería que quitarais los
aranceles, pues ya lo habéis conseguido. Lo de la visita del
presidente para inflar su ego ya es un extra. ¿Encima vamos
a comprar otra cosa? Dale la empresa para que la dirija y
que le vaya muy bien.
—Quizás mi amiga tiene razón. Y después de lo que
ha dicho Jomei estoy convencida de que no quería que un
estadounidense dirigiera la empresa. Igual si se la damos
con todo lo demás, se da por satisfecho. Al fin y al cabo se
pagará la ofensa.
—¿Qué ofensa? —preguntó su marido.
—Haberos atrevido a venir aquí a mandar a otros de
los suyos. Algunos de los más mayores aún nos tienen
rencor por lo de Hiroshima, ya sabéis.
—Hostia.
—Le gustará la espada, estoy seguro.
—¿Y nos dejará en paz porque le compremos un
juguetito nuevo? —preguntó Carol exasperada.
—Porque le estaremos mostrando nuestros respetos y
de paso le decimos que le presentaremos al hombre más
importante del mundo para homenajearle como merece.
—¿Y quién va a pagar esos dos millones? —preguntó
cruzándose de brazos.
Chadrick sonrió de oreja a oreja. —Eso es lo mejor,
nena, que nosotros no tenemos que poner un dólar. Hay
algo que se llama fondos reservados y el presidente los
utiliza para lo que cree conveniente.
—Pues de paso podría pagar la deuda que tengo en
Kowayashi —dijo Marc como si nada haciendo que todos le
miraran—. ¿Me he pasado? ¡No quiero ir a una cárcel
japonesa por robar en la cuenta de la empresa!
—Robar —dijo Leila asombrada—. ¿Robar? ¡Lo que me
faltaba por oír! ¡Ahora mi marido es un ladrón!
Como un tomate dijo —¿Eso no te lo habíamos
contado? Se nos pasó.
—¡A ti pienso atarte muy en corto, marido! ¡Me tienes
de lo más sorprendida! ¡No se roba!
—Sí, eso díselo a Takahashi. —Chadrick miró a sus
amigos. —Me parece que tenemos que hacer una llamada a
Harry y a la casa de subastas. Y crucemos los dedos porque
todo salga bien.
Capítulo 12
Seis días después sentada en la limusina miraba la
larga caja de terciopelo rojo que tenía ante ella. Tenía
grabados dorados por toda la superficie y el nombre de su
antiguo dueño sobresalía en oro. Ya solo la caja era una
maravilla, pero la espada era realmente impresionante.
Nerviosa se revisó su traje pantalón en rojo oscuro y volvió
su rostro para mirar a Chadrick a los ojos. —No pasará nada.
—Nena, si te amenaza de alguna manera te largas de
allí.
—No pasará nada. La reunión es en su despacho, no
me va a liquidar allí. Además, habrá testigos.
—Como si a ese hombre le dieran igual.
En eso podía tener razón, pero no pensaba dársela. —
Tranquilo.
Nervioso se pasó la mano por la nuca. —Joder, nunca
tenía que haber accedido a esto.
El chófer abrió la puerta y ella salió. Chadrick sacó la
caja de la espada y le hizo un gesto al portero del edificio
para que la cogiera. —Te espero aquí, nena.
—De acuerdo.
Leila que esperaba ante la puerta con su marido, le
guiñó un ojo y entró con ella con el portero detrás. Su amiga
le dijo al hombre algo en japonés con mucha autoridad. Este
agarró la caja como si fuera lo más valioso del mundo.
Llegaron al ascensor y susurró divertida —¿Qué le has
dicho?
—Que lleva en sus manos su futuro porque es un
presente para el señor Takahashi. Pobrecito, suda y todo.
Entraron en el ascensor. —Te veo muy relajada.
—Salga bien o mal ya no podemos hacer más —dijo su
amiga por lo bajo sin apenas mover los labios y se dio
cuenta de que las espiaban. Tomó aire por la nariz
intentando centrar sus pensamientos en lo que tenían entre
manos e ignorar los pequeños mareos que llevaba teniendo
todo el día por los nervios de la reunión. Pero iba a
controlarlo, no pensaba dejar que el pánico la dominara. Se
jugaban mucho.
Las puertas se abrieron y salió con decisión con los
demás detrás. No le sorprendió ver a alguien esperándolas.
—¿Leila?
Este inclinó la cabeza diciendo algo que no entendía y
Leila le susurró —Te da la bienvenida y te invita a pasar. Haz
una ligera reverencia y quítate ahí los zapatos.
Se inclinó ligeramente y después de descalzarse el
hombre les indicó con la mano que fueran por un pasillo.
Siguiéndole miró a su alrededor y al ver las puertas
correderas de madera hechas de la forma tradicional y las
bonitas pinturas de las paredes supo que el regalo le iba a
encantar. El hombre abrió una puerta labrada con símbolos
japoneses que no sabía lo que significaban y fue cuando se
mostró a un hombre sentado en el suelo con el pecho al
descubierto lleno de tatuajes. Vaya, al parecer no iba a ser
una reunión formal. Menos mal que el tipo se había puesto
pantalones. Acercándose a él se dio cuenta de que para la
edad que tenía no estaba nada mal y eso era porque debía
hacer mucho ejercicio. No tenía el pecho o la barriga
demasiado flácidos como otros ancianos. Como le había
indicado Leila, en cuanto llegó hasta él se inclinó antes de
arrodillarse y posar el trasero sobre sus talones. Leila hizo lo
mismo a su lado. Carol y ese hombre se miraron a los ojos
directamente. Sabía que un japonés nunca miraba fijamente
a los ojos, porque eso se consideraba una invasión a la
intimidad. Los ojos eran el reflejo del alma, así que si no
había la suficiente confianza como para poder hacerlo,
siempre miraban a un punto para no incomodar. Pero el
viejo la miraba directamente, así que ella no iba a quedarse
corta. Quería demostrarle que era su igual, no alguien
inferior a él.
De repente él le espetó algo que sobresaltó a Leila. —
Cree que quieres ofenderle manteniendo su mirada.
—Dile que estamos aquí para liquidar un negocio.
Su amiga gimió por dentro. —Carol, por Dios.
—Díselo amablemente.
Se lo dijo en japonés y el hombre la miró sorprendido
antes de espetarle algo que ella respondió de inmediato.
—Leila guapa, no me entero de lo que dice.
—Me ha felicitado por mi japonés. Le he dicho que
nací aquí.
—¿Y ahora te acepta en la pandi?
—Muy graciosa.
Él dijo algo interrumpiéndolas y en ese momento llegó
el hombre del ascensor con la caja y la puso entre su jefe y
ellas. Por supuesto Takahashi vio el nombre y sus ojos
brillaron de la emoción antes de decir —Honda.
—Ahora mismo llegamos a eso, señor Takahashi. —
Leila lo tradujo. —Pero antes tenemos otros temas que
tratar. —Esperó a que Leila se lo tradujera. —Quiero su
compromiso de hombre con honor de que dejará en paz a
toda mi familia. Incluido a mi futuro marido, a Marc y a Leila.
Y quiero las fotos del presidente de los Estados Unidos.
Todas. A cambio, se quitarán los aranceles de los productos
asiáticos que entren en Estados Unidos. —Leila tradujo a
toda prisa y cuando terminó no le dejó hablar a él sino que
continuó —Además nos iremos del país dejando Kowayashi
en sus manos como pretendía desde el principio, pero
seguiremos haciendo negocios aquí y por toda Asia sin su
intervención. —Cuando Leila terminó de traducir vio en sus
ojos su admiración.
—¿Desde cuándo las mujeres resuelven los asuntos de
los hombres? —preguntó con un inglés que la sorprendió
porque no era nada malo.
—Es un hombre lleno de sorpresas, señor Takahashi.
—En mi profesión hay que serlo, señorita Carpenter.
¿Ahora responderá a mi pregunta?
—El presidente de los Estados Unidos confía en mí.
Hizo un gesto de apreciación. —Impresionante. Un
asunto muy delicado para dejarlo en manos de cualquiera.
—Eso mismo piensa él. El señor Edgerly y yo le hemos
convencido de quitar los aranceles por el bien de todos.
Hemos cumplido sus requerimientos, pero ahora debe
darnos usted algo a cambio pues ha salido más beneficiado
de lo que se pactó al principio. ¿O niega que lo que
realmente quería era Kowayashi y que lo de los aranceles
era una excusa para que huyeran?
—No lo niego. Esa empresa jamás debió caer en
manos extranjeras.
—Pues ya es suya. Ahora nos toca recibir a nosotros.
El presidente quiere las fotos y cualquier material
relacionado con el pequeño… desliz que tuvo hace años. A
cambio, además de su retractación respecto a los
impuestos, se reunirá con usted en público en la cumbre
sobre economía internacional que será dentro de una
semana. Quiere darle las gracias personalmente por su
colaboración.
La miró sin encubrir su admiración. —¿Eso lo ha
conseguido usted?
—Mi hombre también ha tenido que ver, todos hemos
ayudado a que la situación se resuelva.
De repente se echó a reír y Carol se tensó, aunque
intentó disimularlo. Estaba de lo más satisfecho por
haberles intimidado a todos, incluido al presidente de los
Estados Unidos. No, aquello no iba bien. Miró de reojo a
Leslie que estaba pálida y a punto de salir corriendo.
Mierda. Iba a tener que sacar la artillería pesada. Respiró
hondo y sonrió. —Disculpe, ¿qué le hace tanta gracia?
—Americanos —dijo con desprecio.
Entrecerró los ojos. —¿Está iniciando una guerra
contra el hombre más importante del mundo? ¿De veras
quiere eso? Esas fotos pueden salir a la luz y solo dañará un
poco su imagen, pero cuando todos los empresarios de
Estados Unidos se pongan de su lado ganará la reelección
sin despeinarse. Y lo conseguirá, se lo aseguro. Tiene el
dinero, la capacidad y el carisma. Y sobre todo tiene la
fuerza para machacarle a usted y a toda su organización. —
Él la miró furioso. —Queremos hacer las cosas a su manera
para no ofenderle, pero si continúa con esa actitud de niño
malcriado puede salir muy perjudicado, amigo.
La puerta se abrió de repente y un hombre asiático
guapísimo de unos treinta y tantos años entró en el
despacho con un traje de diez mil dólares que le quedaba
como un guante. Leila dejó caer la mandíbula del asombro
mientras se acercaba. El viejo le miró con temor y este dijo
una frase en japonés que no entendió, pero su tono le
indicaba que no estaba para fiestas. Exasperada miró a
Leila que estaba embobada y le dio un codazo. —¿Qué dice?
El viejo agachó la cabeza sumisamente dejándola con
la boca abierta. ¡Era el jefe, era el jefe de ese vejestorio! El
mandamás. Levantó la vista hacia él que dijo de inmediato
—Váyanse.
¿Que se fueran? Ni de coña sin resolver ese asunto. —
Disculpe, no sé quién es, pero lo que sí sé es que este
hombre nos ha amenazado. ¡Queremos una solución y no
pienso irme de aquí hasta haberla negociado!
—Sí a todo.
La dejó con la boca abierta. —Sí a todo, ¿qué significa
exactamente?
—Sí a dejarles en paz. Pueden seguir haciendo
negocios en el país. Kowayashi quedará en mis manos y
tendré esa reunión con su presidente. Recibirán todo el
material comprometido esta noche en su hotel. Ahora
váyanse.
Se levantó a toda prisa. —Ah, ¿entonces puedo
llevarme la espada? Ha costado un buen dinero.
Este levantó una ceja. —¿Acaso no era un gesto de
buena voluntad?
—¿Eso es que no?
—Me vendrá bien para mi colección —dijo indicando
con la cabeza las vitrinas de la pared.
—Oh, es su despacho. —Se le secó la boca. —Usted es
Takahashi
—Disculpen a mi tío, a veces se toma ciertas
libertades, pero es algo que no volverá a pasar —dijo
fríamente.
Leche, que se lo iba a cargar. —Bueno, nosotras les
dejamos que resuelvan sus asuntillos a solas. —Se volvió y
dijo por lo bajo —Vamos Leila, que a mí la sangre me
revuelve mucho.
—¿Has visto que hombre?
—Shusss.
—Señorita Carpenter.
Mierda. Se volvió ante la puerta y ese hombre sonrió.
—¿Le gustaría salir a cenar esta noche?
—Oh, no se moleste, yo casi no ceno —dijo muy
nerviosa.
—La recogeré a las siete.
—¿Qué?
Él metió la mano bajo su chaqueta y sacó una pistola
haciendo que abriera los ojos como platos. —¿A las siete?
¡Genial! En el hotel le espero.
Asintió antes de mirar a su tío que seguía con la
cabeza gacha. Espantadas salieron casi corriendo y al llegar
al ascensor pulsaron el botón veinte veces con los zapatos
en la mano en su prisa por largarse. —Tienes una cita con el
macizo.
—Madre mía, cuando se entere Chadrick. Si se puso
celoso de Harry que es gay, imagínate lo que pensará de
este.
—Leche, tiene un aura de peligro a su alrededor que
hace que se te caigan las bragas del gusto.
—¡Leila!
Entraron atropelladamente en el ascensor y cuando se
cerraron las puertas suspiraron del alivio. Leila la miró de
reojo poniéndose sus zapatos. —A ver si quiere que te
acuestes con él, tú te niegas y te da matarile.
—¡Eso, tú ponme más nerviosa!
—Mejor no te niegues y así me cuentas.
La miró asombrada.
—¿Qué? ¡Yo estoy casada, vivo de las anécdotas de
mis amigas!
—¿No te parece bastante anécdota la que acabamos
de vivir?
—Bueno, si me dices que es la leche en la cama ya
tendré fantasías para unos años. Madre mía, hasta estoy
pensando en unirme a su banda.
—¿Admiten chicas?
—Solo si te casas con ellos, pero no eres una
integrante, no sé si me entiendes. Ellas son como otras
amas de casa cualquiera, solo que entregan su vida al
marido.
—Uy, qué rollo. Yo a lo mío, que mi Chadrick es muy
liberal y nos llevamos de perlas.
—Bueno, de perlas…
—Tenemos nuestros problemillas como todo el mundo.
—Para problema el que tienes ahora, a ver cómo se lo
cuentas.
Gimió saliendo del ascensor y a través de la cristalera
le vio hablando con Marc al lado de la limusina. —Madre
mía, estoy más nerviosa que cuando hemos subido a su
despacho.
—Animo amiga, yo te apoyo.
Forzó una sonrisa saliendo del edificio y cuando
Chadrick la vio fue evidente su alivio. Se acercó de
inmediato para abrazarla. —¿Estás bien? Estás algo pálida,
nena.
Su amiga bufó. —Como para no, casi nos cagamos de
miedo ahí arriba.
—Leila bonita, mejor hablo yo.
—Encima que te ayudo.
—¿Nos vamos? Tengo que sentarme.
A toda prisa la llevó hasta el coche y cuando los
cuatro se subieron suspiró del alivio.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Marc aún muy
nervioso.
—¡Ha ido genial! —dijo Leila excitadísima—. Uff
menudo subidón, ahora entiendo a esos que son adictos a la
adrenalina.
—¿Ha aceptado el trato?
—No.
—¿Cómo que no?
—Él no era el jefe —explicó Carol.
—¿Qué dices, nena?
—Su sobrino era el que mandaba. Cuando ese viejo
estaba a punto de enviarlo todo al traste, entró ese tipo, dijo
una frase y el tipo agachó la cabeza como un corderito.
—Era quien manda.
—Y estaba cabreadísimo. Dijo que a veces el viejo se
sobrepasaba, pero que era algo que no iba a hacer más. Nos
dijo que sí a todo y después nos dijo que nos largáramos
sacando una pistola. —Con los ojos como platos miró a
Chadrick. —Tenía pinta de que se lo iba a cargar por hacerse
pasar por el jefe.
—Joder, nena… ¿Pero estás bien?
Se emocionó porque se preocupaba por ella aun
teniéndola a su lado. —Sí cielo, estoy bien.
Afortunadamente ese hombre no debe querer ganarse
problemas con el presidente de los Estados Unidos. Nos
enviará todo lo que haya sobre él al hotel esta misma tarde.
Se queda la empresa, da el okey a lo de los aranceles y él
mismo irá a reunirse con el presidente.
—Teníais que haberlo visto, es como un empresario
potentorro de una revista asiática. Tiene un…
Su marido la miró mosqueado. —¿Un qué?
—Carisma, cielo. Tiene carisma.
—Entonces ya está todo bien. Después de que nos
entreguen las fotos, podemos irnos. —Chadrick sacó su
móvil. —Buscaré un vuelo para esta misma noche.
Gimió llamando su atención. —¿Qué?
—Quiere una cita.
—¿Conmigo? ¿Quiere que le aclare algún punto del
acuerdo?
—No. —Miró a Leila de reojo antes de decir —
Conmigo.
—Pero si acaba de estar contigo.
—Mi mujer no vuelve ahí arriba —dijo Marc
rápidamente.
—No, si no tiene que volver. —Sonrió. —¿No os lo
habíamos dicho? ¡Hablaban inglés!
—¿Qué?
Era evidente que no entendían nada y miró a Chadrick
a los ojos. —Quiere una cita esta noche. Solos.
La cara de Chadrick era un poema. —Estás de coña.
—Quiere salir a cenar, considéralo una cena de
negocios.
—¡Pero es que no es una cena de negocios! —gritó
sobresaltándoles a todos.
—Cariño…
—¿Le has gustado a ese tipo?
—¡Oye, lo dices como si fuera algo imposible y estoy
de muy buen ver!
—¡No me vengas con rollos! ¿Y has dicho que sí?
—Claro, tenía una pistola en la mano —dijo como si
fuera tonto.
—No irás.
—Claro que iré.
—¡Eres mi mujer! ¿Le dijiste que estabas conmigo?
—Creo que ya lo sabía, cielo. Que seas mi prometido
no le ha impresionado demasiado. No sé cómo se toman los
compromisos los japoneses. Leila, ¿nos lo explicas?
Su amiga abrió la boca y él gritó —¡Déjate de rollos!
¡No irás!
—Tengo que ir. ¿Quieres que se ofenda? ¡Solo es una
cena!
—¡Una cena con un mafioso que nos extorsiona!
—Eso es, y voy a limar aún más las asperezas. —
Sonrió. —Es como una cena de negocios, lo que te he dicho.
Dijiste que era muy buena en mi trabajo, pues a eso voy.
—¡Y una mierda! —Se puso el teléfono al oído. —Nos
largamos ahora mismo. Que las fotos se las dé en esa
reunión de economía.
—¡No! ¡No puedes hacer eso! ¡Estropearás todo el
plan! Además, yo no me voy y no puedes obligarme.
—Bien dicho amiga, tú ponte cabezona que este con
sus celos no mide las consecuencias.
—Que no mido… —Miró a su amigo. —¡Di algo!
—Si ese tío quiere cena, tendrá cena. No le des más
vueltas.
—Por encima de mi cadáver.
—No vuelvas a decir eso, ¿me oyes? —gritó dejándole
de piedra—. ¡Ni se te ocurra!
—Nena…
—¡Haremos lo que él dice y nos vamos en plena
noche, punto! Nos iremos con las fotos y dejando claro el
acuerdo. ¿Crees que me gusta esto? ¡No! ¡Lo hago por
nosotros! ¡Así que deja de dar por saco con el tema! —Se
volvió para mirar por la ventanilla demostrando que estaba
furiosa.
—Nena, era un decir. No me va a pasar nada.
Una lágrima corrió por su mejilla y Chadrick suspiró
antes de abrazarla. La besó en la coronilla. —Lo que pasa,
es que no me gusta que estés en sus manos y más aún sin
saber cuánto tiempo.
—Si quisiera matarme lo hubiera hecho en su
despacho y no se hubiera enterado nadie.
—Cierto —dijo su amiga ganándose una mirada de
rencor de Chadrick—. ¿Qué? Es la verdad.
—Joder nena, no puedo dejarte ir —dijo impotente.
—Estaré bien. —Le miró a los ojos. —En unas horas
todo esto habrá pasado y podremos volver a casa. —Besó
suavemente sus labios. —Ya verás como sí.
Muy nerviosa con un vestido negro entallado hasta las
rodillas de lo más austero, que indicaba que no estaba para
muchas fiestas, cogió su bolso de mano para ir hasta el
salón donde esperaban los demás. Leila la miró de arriba
abajo. —Muy elegante. Y el cabello recogido muestra que no
tienes ningún interés en llamar su atención. Perfecto.
Chadrick se bebió el whisky que tenía en la mano y se
sirvió otro. —Cielo, no bebas más. —Fue hasta la puerta.
—¿A dónde vas? —preguntó mosqueado.
—Al hall a esperarle.
—De eso nada, que suba él que quiero echarle un ojo.
—Cielo…
—Muy bien, bajo contigo.
Le rogó a Marc con la mirada para que la ayudara,
pero no dijo ni pío hasta que su mujer le dio un fuerte
codazo. —¿Qué os parece si bajamos todos para que vea
que somos una piña?
—Eso, bajemos todos —dijo Chadrick pasando ante
ella y abriendo la puerta—. Veamos cómo es ese tipo.
—¿Eres idiota? —le susurró a Marc.
—¿Qué temes? Si es normalito se quedará tranquilo.
—Es que no es normalito, es un capo de la mafia —
dijo entre dientes sonrojándole—. ¿Y si se exalta?
—A ver si le pega un tiro —dijo su amiga.
La miró como si quisiera soltar cuatro gritos. —¿Sabes
que en esta situación no estás siendo de ninguna ayuda?
—Lo siento, pero no se me da bien tratar con el lado
oscuro de la ley. ¡No me metáis en vuestros líos!
—¡Nena, el ascensor está aquí!
Puso los ojos en blanco antes de salir de la suite y sus
amigos la siguieron. Él la observó acercarse y cuando llegó
a su lado gruñó. —¿Tenías que ponerte perfume?
Se llevó la mano al discreto escote. —Uy, no me había
dado cuenta. ¿Se nota mucho?
Él gruñó en respuesta mirando las luces del ascensor.
—Nena, esto no me gusta. ¿Y si metes la pata?
—Eso, tú ponme más nerviosa todavía.
La miró atentamente. —¿Estás mal? ¿Te mareas?
Podemos decir que estás enferma.
—Estoy perfectamente.
—¡A ver si es verdad que te va la marcha y te gusta el
capo ese!
—¡Cariño, deja de decir tonterías!
Su amiga gimió por lo bajo haciendo que Chadrick se
mosqueara aún más. —¿Qué?
—No, nada —respondió Leila a toda prisa antes de
meterse en el ascensor.
—¿Ves cómo tenía que haber ido yo a esa reunión? En
menudo lío nos has metido.
—¿Que yo te he metido? —Entró en el ascensor. —
¡Nos has metido tú y tu ambición!
—¡Ahora es culpa mía querer dirigir la empresa!
—Si te hubieras quedado en los Estados Unidos… Pero
no, tú tenías que demostrar que eres el mejor en tu campo
y dirigir una empresa en Japón.
—¡Cómo haría cualquiera! —exclamó incrédulo.
—¡Pues tenías que haberte informado de quien era el
cliente! ¡Ahora no protestes! —Furiosa pulsó el botón del
hall diciendo por lo bajo —Este hombre es increíble, después
de todo el lío que ha montado.
—¿Que lo he montado yo? ¡Ahora resulta que el viejo
ese era un santo!
—Pobrecito, ¿crees que le ha matado?
—¡Me importa un pito!
En silencio bajaron en el ascensor. La tensión podía
mascarse y cuando se abrieron las puertas vieron entrar en
el hall al señor Takahashi vestido con un traje gris de tres
piezas y con dos tipos detrás que parecían dos armarios de
lo grandes que eran. —Ahí está.
—¡No me jodas! ¿Es ese? Marc pulsa el botón que nos
largamos.
Sin hacerle caso salió del ascensor forzando una
sonrisa. Este que la había visto desde un primer momento
sonrió abiertamente. —Hermosa y puntual. Menuda suerte
tengo.
—Oye, tío…
Miró hacia Chadrick con una altivez que la dejó muda.
—¿Decía algo?
—Es mi mujer.
—No está casada y puede decidir con quien quiere
pasar su tiempo. Y ha decidido pasarlo conmigo.
—No lo ha decidido ella, la has obligado tú.
El hombre levantó una de sus cejas negras antes de
mirarla a los ojos. —¿Te sientes obligada? ¿Temes que
rompa el acuerdo? Cuando yo decido algo se cumple —dijo
provocándole un vuelco al corazón—. ¿Dudas de mi
palabra?
—No —respondió en el acto—. Y has demostrado tu
palabra enviando el material esta tarde como dijiste.
Esa respuesta le hizo sonreír. —¿Entonces quieres salir
a cenar?
—Sí, por supuesto.
Alargó la mano. —Pues vamos.
—Nena…
No podía creer que le hiciera eso precisamente en ese
momento e ignorándole cogió la mano de ese hombre para
ir hacia la puerta. Le escuchó jurar por lo bajo.
—Tu amigo es algo impulsivo.
—No es mi amigo, es mi prometido.
—No veo anillos en tus manos.
—Es que hemos pasado por una situación muy
estresante y nos saltamos un par de pasos.
—Conmigo no te saltarás ninguno —dijo cortándole el
aliento—. Pienso hacer de esta noche la mejor de tu vida.
—Señor Takahashi…
—Llámame Kenji, Carolina.
—En unas horas me voy del país y no quiero que
piense que esta cena irá a más porque eso no va a pasar.
—El futuro es incierto, Carolina, aprovechemos cada
minuto. La vida hay que bebérsela de un trago. ¿Qué te
parece si empezamos con una copa de champán?
El chófer abrió la puerta de una limusina Rolls Royce.
Jamás había visto un modelo así. Se sentó a toda prisa. —No
puedo beber alcohol, tomo unas pastillas…
—Tranquila, lo sé.
Sorprendida miró sus ojos. —¿Lo sabes?
—He leído tu expediente. En realidad, he leído el
expediente de todos. —El chófer cerró la puerta.
—¿Tu tío nos investigó?
—Por supuesto, incluso antes de esa primera reunión
lo sabía todo de vosotros. Hay que conocer al enemigo.
—Entiendo. Sabía lo de mi terapia.
Él se adelantó cogiendo una botella de champán de
una cubitera. —Tranquila, no tiene alcohol. —Abrió la botella
sobresaltándola y cogió una copa de cristal tallado. —Lo he
pedido especialmente para ti. Dicen que sabe igual, ahora lo
comprobaremos.
Su mano temblorosa cogió la copa y bebió un sorbito.
Le miró sorprendida. —Es igual.
Kenji sonrió. —Me alegro de que te guste.
Vio que servía la suya y se la puso delante para
brindar. —Por una noche muy especial.
Madre mía, qué intenso era ese hombre, con una
mirada la dejaba muda y cuando hablaba era como estar en
otro siglo. Y eso que la cita acababa de empezar.
Increíblemente estaba intrigada de cómo continuaría. Sonrió
sin darse cuenta y chocó su copa con la suya. —Salud.
Él sonrió antes de beber de su copa al igual que ella y
Kenji hizo un gesto de apreciación. —No está nada mal.
—¿A dónde vamos? —preguntó por preguntar algo.
—Al mejor restaurante de la ciudad.
Se sonrojó. —No tienes que molestarte tanto.
—Claro que sí, quiero que te lleves una buena
impresión de mi país.
—Eres muy amable.
Él sonrió. —No lo soy, pero aceptaré el cumplido.
¿Incómoda?
—Un poco —dijo sinceramente—. Tu tío…
—Ya no tienes que preocuparte por mi tío ni por nada.
Tú seguirás la vida que quieras vivir sea cual sea —dijo
mirándola intensamente—. Me he asegurado de ello —dijo
antes de beber de su copa.
Uff, en qué lío se estaba metiendo, porque ese no se
cortaba en mostrarle sus intenciones. —Tengo que ser
sincera y estoy enamorada de Chadrick.
—¿Por qué?
—¿Perdón?
—¿Por qué le amas? Estoy interesado. ¿Ha luchado
por ti? ¿Te cuida como nadie? ¿Te muestra su amor?
—Bueno, pues… —Frunció el ceño porque ni se habían
dicho que se querían. Pero lo habían demostrado, ¿no?
Bueno, al menos ella sí porque había arriesgado su vida por
ayudarle. Aunque él no quería, Harry le había obligado a
aceptar su ayuda en Japón. Sin embargo, que le ayudara en
la reunión del presidente no le pareció nada mal. Si
analizaba su relación, habían sido un montón de mentiras y
manipulaciones desde el principio. Él tenía un objetivo al ser
presidente de la empresa y había aprovechado su habilidad
para captar clientes. Pero durante un año no había dado
señales de vida hasta que había necesitado a Harry. Ahí
había tenido que confesar sus mentiras para tenerles de
aliados. ¿La amaba cuando la obligó a irse de Japón? Él
había insinuado que sí, pero sus acciones no lo
demostraban. De hecho, le había perdonado demasiado
pronto y había colaborado en su causa sin pedir nada a
cambio.
—Veo que no sabes qué decir.
—Nuestra relación ha sido complicada y tu tío tuvo
mucho que ver.
—¿Eso crees? —Dejó la copa en el soporte. —Puede
que tengas razón. Nuestra presencia suele intimidar. ¿Pero
eso no demuestra que no tiene valor?
Esa frase la mosqueó. —Hizo que me fuera del país
para protegerme, renunció a lo que teníamos por vuestra
culpa, no te atrevas a criticarle.
—Sin embargo, su amigo continuó con su relación. Si
hubiera confesado a su mujer lo que ocurría, también podía
haberla sacado del país.
—Leila nació aquí y…
—Precisamente. Nos conoce, aunque sea de oídas.
Apretó los labios porque era cierto que Marc había
actuado de manera distinta con Leila aunque también le
había ocultado la situación en que se encontraban. ¿Por
protegerla? ¿Porque no estuviera asustada? Ya no sabía qué
pensar. —Era una situación muy complicada y ambos
hicieron lo que creían conveniente. Además, si Leila se iba
del país sería evidente que sabía la extorsión de tu tío, no
querían que se sintiera amenazado.
—¿Amenazado por quién?
—¿Perdón?
—¿Quién iba a amenazar a mi tío? ¿Tu gobierno? No
tienen jurisdicción aquí. ¿Mi gobierno? Nos las hemos
arreglado durante siglos. ¿Quién iba a amenazar a mi tío?
Entrecerró los ojos. —Oye, majo, en el momento que
me dieron las explicaciones que pedí me parecieron de lo
más lógicas. ¡No me líes la cabeza!
Kenji se echó a reír. —Disculpa, pero es que tengo
curiosidad.
—Cómo hubieras actuado tú, ¿eh? ¡En un país nuevo
para ti, amenazado por gente como tú así de buenas a
primeras!
—Les hubiera matado.
Se le cortó el aliento. —¿Qué?
—Así de simple. Quien amenaza mi vida, a mi familia,
no merece vivir.
—Tu tío…
—Ha amenazado mi modo de vida. La estupidez de
extorsionar a tu presidente fue la gota que colmó el vaso.
Eso no quita para que haya cumplido sus objetivos con
creces. No sé cómo lo has hecho, pero convencer al
presidente para quitar los aranceles ha sido impresionante.
Se sonrojó. —No ha sido nada.
—Bella y modesta. Eres todo un hallazgo.
—Chadrick también hizo su parte.
Se la quedó mirando fijamente. —No le conoces.
Realmente no le conoces. Es un tiburón que arrasa con todo
a su paso para conseguir lo que se propone. Te ha utilizado.
Se le cortó el aliento y asustada porque parecía
convencido de lo que decía susurró —Mientes, me quiere.
—¿Estás intentando convencerme a mí o ti misma?
—¡No tengo que convencer a nadie y nuestra relación
no es de tu incumbencia!
Sus ojos brillaron de la admiración. —¿Sabes que
nadie me habla en ese tono?
Se sonrojó. —Pues deberían.
Rio por lo bajo. —Además tienes agallas.
—¿No acabas de decir que puedo vivir mi vida como
me venga en gana? Pues es lo que voy a hacer y Chadrick
formará parte de ella.
—Repito, no le conoces.
—Déjalo ya o me bajo de este coche ahora mismo.
Sonrió. —¿Por qué crees que sabía que tendríais una
reunión con mi tío?
—¿Qué? Le sorprendiste y…
Negó con la cabeza. —No Carolina, todo fue muy bien
atado de antemano.
Empezó a tener un mal presentimiento. —¿Qué
quieres decir? ¡Habla de una vez!
—¿Dónde crees que aprendí a hablar inglés?
Dios, no. —¿En los Estados Unidos?
—Como decís vosotros, bingo. Conocí a Chadrick en la
universidad.
Se llevó la mano al pecho de la impresión. —¿Qué?
—Yo le convencí para que aprendiera mi idioma
garantizándole un futuro prometedor en este país. Sabía
quién era yo, no me oculté en ningún momento. Vio mis
tatuajes en las duchas comunes y a mis guardaespaldas que
nunca se separan de mi lado. Nos convertimos en los
mejores amigos hasta que tuve que asumir mis
responsabilidades por la muerte de mi padre.
—Mientes.
—No, te aseguro que no. Cuando terminó sus estudios
vino aquí a mejorar el idioma y trabajó en varias de mis
empresas. Pasados un par de años consideró que era el
momento de regresar a hacerse un nombre y lo hizo. Y llegó
muy alto como esperaba de él con ayuda de Marc al que
conoció en su primer trabajo a su regreso. Yo le conseguí
Kowayashi, le echaba de menos, necesitaba que estuviera
por aquí una temporada.
No se lo podía creer, aquello no podía estar pasando.
—Continúa.
Sonrió con ironía. —Mi tío le odiaba, siempre le ha
odiado, representaba todo lo que quería apartar de nuestras
vidas. Chadrick fue a verme a mi despacho pensando que
yo estaba en la ciudad y se encontró con él, con sus
amenazas y le exigió que después de cumplir sus
requerimientos se alejara de mí. Mi amigo nos conoce muy
bien y sabía que sus amenazas iban muy en serio.
Discretamente habló conmigo y me puso sobre aviso. Sabía
que desde que tomé el mando mi tío no estaba de acuerdo
con la decisión que había tomado mi padre. Siempre estaba
maquinando de manera sibilina para dejarme mal ante los
míos, pero le dije a Chadrick que simuláramos que no me
había dicho nada para comprobar hasta dónde llegaba.
Cuando mi tío empezó a extorsionarle con el dinero yo lo
sabía, de hecho, sabía cada paso que daban porque estaba
muy bien informado. Ese dinero lo di yo, jamás salió de la
empresa y Chadrick siempre estuvo seguro. Pero…
—Pero la amenaza de tu tío os venía estupendamente
para extorsionar al presidente.
—He perdido mucho dinero con los aranceles. Si
lograba su objetivo perfecto, pero si no sucedía nada yo no
pensaba dañar al único amigo que he tenido de verdad. —
Rio por lo bajo. —¿Cómo podría? Es como un hermano para
mí.
—Seréis bastardos —dijo entre dientes—. Volvió a mí
por Harry, ¿no es cierto? Para que si yo le había contado
algo de nuestra ruptura, no se lo tomara en cuenta porque
yo había vuelto con él.
—A Chadrick no le gusta dejar nada al azar.
—Como mi contratación en Kowayashi.
—Siempre supimos que su traslado a Japón no era
definitivo. Si vino fue por mí. Y ya que estaba aquí tenía que
aprovechar el tiempo. Garner fue la solución. Tenía que
debilitar la empresa y tú eras perfecta para sus planes.
Después de comprar Garner haría que recuperaran sus
clientes y…
—Debilitaríais Kowayashi para que tú tomaras el
mando. —No se lo podía creer, había jugado con ella como
había querido. —Recuperarías el mando de una empresa
puntera y si teníamos éxito con los aranceles te harías aún
más rico. ¡Y de paso te librarías de tu tío sin que nadie de tu
organización pudiera protestar porque realmente te había
traicionado!
—Es una cuestión de estrategia. ¿No decís que en el
amor y la guerra todo vale? Chadrick lleva ese refrán a
rajatabla.
—¡Sois unos cabrones! ¿Por qué me lo cuentas?
Rio por lo bajo. —Quería conocerte mejor. Saber si
estabas a la altura.
Se quedó sin aliento. —Una prueba, me habéis puesto
una prueba a ver si soy merecedora de él. ¡Queríais
averiguar si me dejaba impresionar por ti, por todo esto que
te rodea! —Le miró con desprecio. —Sois unos cerdos.
—El dinero y el peligro son dos fuertes afrodisiacos. —
Sonrió divertido. —Me di cuenta desde que te recogí en el
hall de que estaba muerto de miedo por si yo metía la pata
y decía o hacía algo inconveniente. ¡Está aterrado de
perderte! Al parecer lo has conseguido, felicidades.
—No tienes que felicitarme de nada, porque esto se
acaba aquí.
—Venga, no seas dramática. Todos ganamos. Tú le
tienes a él, él a ti, yo me he librado de mi tío y hemos
conseguido unas empresas de lo más jugosas con unos
márgenes de beneficio más altos.
Sintió tantas ganas de gritar, de llorar, de darles de
hostias y no parar, pero consiguió contenerse. No iba a
dejar que la hundieran esos dos mamones de mierda. —Le
diré que nada de lo que me has dicho era inconveniente,
todo lo contrario —dijo entre dientes—. ¿Puedes decirle al
chófer que pare, por favor?
—Vamos a cenar, ¿recuerdas? Quiero conocerte mejor.
—¡Pero yo no quiero conocerte a ti! ¡Así que abre la
puta puerta ya!
La observó fijamente. —¿Quieres saber por qué te lo
he dicho en lugar de callarme durante toda la velada?
Porque cuando has defendido a Chadrick frente a mí supe
que eras la mujer adecuada para él y quería que lo supieras
todo. —Se adelantó. —¿Sabes por qué te he dicho que no le
conoces? Porque es el mejor amigo, el mejor hombre que
nunca conocerás y nunca renunciaré a él. Si queremos ser
una familia debemos ser sinceros los unos con los otros.
Serás su esposa, la madre de sus hijos, debes conocerme
mejor. Así que vamos a cenar.
Le arreó un tortazo que le volvió la cara y cuando la
limusina se detuvo ante el semáforo, abrió la puerta para
salir corriendo antes de que Kenji pudiera evitarlo. —¡No
Carol!
Salió del coche y la vio correr entre los vehículos
hasta meterse en el barrio de Shinjuku que en ese momento
estaba a rebosar de turistas. Sería imposible encontrarla
entre tanta gente.
Juró por lo bajo metiéndose en el coche y sacó su
teléfono diciéndole al chófer que regresara al hotel. Se puso
el teléfono al oído. —Amigo, tenemos un problema.
Capítulo 13
Carol reprimiendo las lágrimas que querían salir desde
hacía un par de horas entró en un hotel y se acercó a la
recepción. La chica la miró con una dulce sonrisa en el
rostro y le dijo algo en japonés que como siempre no
entendió. —Necesito una habitación.
—Oh, por supuesto —dijo en un encantador acento—.
¿Me permite su pasaporte?
Afortunadamente siempre que estaba en un país
extranjero lo llevaba encima y lo sacó de su bolsito para
mostrárselo.
—Perfecto. —Lo abrió a toda prisa. —Señorita
Carpenter.
Ella asintió. La chica miró en el ordenador. —Nos
queda únicamente una básica a la que puede añadirle el
desayuno. Hay muchos turistas, ¿sabe?
—Deme esa.
Esta tecleó antes de coger la llave de plástico. —Su
equipaje…
—No tengo equipaje, solo es por una noche. —Se
acercó y susurró —He discutido con mi pareja y mañana me
vuelvo a casa. Si alguien pregunta por mí no estoy. —Sacó
un billete de cien dólares y lo puso sobre el mostrador. —
¿Me haría el favor?
—¿Un mal hombre?
—El peor.
—Entonces voy a cambiar su nombre de la base de
datos por si alguno de mis compañeros se va de la lengua.
Puede pagar con su tarjeta mañana antes de irse.
Se emocionó sin poder evitarlo. —Gracias.
—No se preocupe. El hotel tiene una política muy
estricta sobre esos temas. Como no quiere líos les ayudan a
ustedes en todo lo que pueden.
—Gracias de nuevo.
Le puso delante la Tablet. —Firme con el nombre de
Meiji.
Ella lo hizo y la muchacha sonrió. —Muy bien, tiene la
trescientos catorce, tiene bonitas vistas. Haré que le suban
algo de comer de inmediato, está algo pálida.
—Gracias.
—Por favor, no me dé las gracias. Me gustaría que
alguien hiciera algo así por mi si llegara el caso.
—¿Tienes novio?
—Está muy difícil la cosa.
No pudo menos que sonreír. —Sí que lo está, sí. —
Cogió la llave y se alejó hacia los ascensores. El teléfono le
volvió a sonar y al ver la pantalla vio que era Harry. Lo cogió
de inmediato. —Gracias a Dios que me has llamado.
—¿Qué ha pasado? Me has llamado veinte veces.
Estaba en una reunión en Maryland y no lo he oído. ¿Estás
bien?
—Necesito que me des los datos de ese tipo de China,
no tengo conmigo el papel que me diste.
—Pero si había salido todo bien. —Ella pulsó el botón
del ascensor. —Carol, ¿estás bien?
—Por favor los necesito, no quiero explicártelo por
teléfono.
—Muy bien, apunta.
—No tengo con que, envíamelo por mensaje, por
favor.
—Lo haré de inmediato. ¿Cómo vas a salir de Japón?
—Hay un barco que sale para Taiwán mañana al
amanecer. Iré en él.
—¿Qué ha pasado, amiga?
Salió del ascensor mirando los números de la pared y
fue hacia su derecha. —Estoy harta de todo esto, intrigas,
mentiras, he descubierto que Chadrick me ha utilizado para
sus propósitos y estoy harta. No pienso dejar que me utilice
más.
—¿Y después de China?
—Me quedaré por allí un tiempo, es un buen sitio para
perderse.
Harry juró por lo bajo. —¿Temes que te siga?
—Quizás por un tiempo por mi relación contigo, pero
después desistirá porque ya no le interesaré para sus
propósitos —dijo convencida—. Sí, me olvidará.
—¿Y tú a él?
Reprimió las lágrimas. —No, yo no olvidaré nunca.
—Te deseo suerte, amiga. Llámame cuando me
necesites ya sea día y noche.
—Gracias. —Colgó el teléfono ante la puerta de su
habitación y pasó la tarjeta en silencio sintiendo que su
corazón estaba roto en mil pedazos. Sollozó cerrando la
puerta y ni se molestó en encender la luz porque se veía la
cama por la luz de la luna que entraba por la ventana. Fue
hasta allí y se abrazó teniendo muchísimo frío. —Estúpida.
Te han tomado por estúpida. —Pensó en lo que diría Jeff
después de que Chadrick le hubiera dado caña, como él
decía. —Pues no amigo, no le he destrozado, ha vuelto a
destrozarme él y no pienso luchar más. —Negó con la
cabeza mirando la ciudad. —Estoy harta. —Sollozó. —Harta.
¡Harta de sentirme sola, harta de que me defrauden! ¿Por
qué me pasa esto a mí? —Se abrazó doblándose hacia
adelante por el dolor que sintió en su pecho. —¿Por qué?
Las palabras de Chadrick aparecieron en su mente.
“No estás lista para enfrentarte a los tiburones”
Tenía razón, todos la tenían. No estaba lista para sufrir
por amor, no estaba lista para enfrentarse a las mentiras
que pudiera decirle. Y lo mejor era alejarse. Pero esta vez no
se escondería en su piso. Sintiendo que le temblaban las
piernas miró al otro lado del cristal. —No, no te encerrarás
en tu piso. El mundo es muy grande para esconderse.
Cuatro meses después
Abrió la verja de su jardín y caminó por las enormes
piedras que hacían de camino hasta la puerta tallada con
unas hermosas flores de loto. Sonrió porque su carpa
parecía que iba a darle la bienvenida y se agachó al lado de
la fuente. —Buenas tardes, perezosa. No te he visto esta
mañana. ¿Estabas bajo el puentecito? Debes tener ojo con
el gato del vecino, que es un puñetero. —Metió la mano en
el agua y la carpa la acarició con su lomo haciéndola reír. —
Te he comprado comida. El chico la traerá en una hora. —Se
levantó y metió la llave en la puerta. —Te veo luego, tengo
trabajo. —Deslizó la puerta y entró quitándose las zapatillas
de deporte en la esterilla antes de subir el escalón que
llevaba a lo que era realmente la casa. Fue hasta la
pequeña cocina y abrió la nevera para sacar la botella de
agua. Estaba sedienta, el mercado estaba a rebosar y
aunque no hacía nada de calor, todo lo contrario, se había
agobiado. Pero lo había conseguido y ahora tendría comida
para otra semana. Fue hasta el ordenador que estaba en
una mesa al lado de la ventana y se sentó en su silla para
ver cómo iban sus acciones. Sonrió porque como suponía
con la nueva ley de aranceles las acciones de las empresas
americanas habían subido, lo que a ella le había dado
buenos dividendos. Satisfecha hizo una operación para
comprar unas acciones que le gustaban del mercado
japonés y se levantó dispuesta a darse una ducha para
ponerse el pijama. Esa noche se pondría una mascarilla
coreana y vería una serie. Entró en el baño y abrió el grifo
de la ducha pensando en lo que se haría de cena cuando se
escuchó la campanilla de la puerta. —Que bien, se ha
adelantado. —Cerró el grifo de la ducha y corrió hacia el
salón. —¡Ya voy! —dijo en chino—. Un momento, por favor.
Llegó a la puerta y la deslizó esperando ver a Yang. La
sonrisa que tenía en la cara se congeló porque Kenji estaba
allí y su cara de mala leche no presagiaba nada bueno. —
¿Vienes a matarme?
—Déjate de tonterías y entra en casa, joder. —La
cogió del brazo apartándola y entró cerrando la puerta él
mismo. —¿Sabes el riesgo que corro viniendo aquí?
—¿Tengo cara de que me importe? ¡Además, yo no te
he dicho que vinieras!
—Mujeres —dijo por lo bajo entrando en la casa. La
miró horrorizado—. ¡Tienes un ático en la sexta avenida!
¡Qué coño haces en esta pocilga!
—¡Oye, no ofendas mi casa! ¡Ahora explícame qué
haces aquí!
—¿Qué voy a hacer? ¡Venir a buscarte!
—¿Perdón?
—¡Tienes a tus amigos como locos buscándote por
medio mundo, joder! ¡Eso de que puedas estar encerrada
por algún sitio les tiene de los nervios y a Chadrick el que
más!
Se le cortó el aliento. —Mientes.
—¿Que miento? —Sacó su móvil y pulsó varios
botones antes de decir —Escucha, es un mensaje de
Chadrick de hace tres días.
Miró al teléfono y escuchó un suspiro. —Joder, no
puedo encontrarla. Ya no sé qué hacer. —Se le puso un nudo
en la garganta porque parecía desesperado. —No ha vuelto
a casa, su terapeuta no sabe nada de ella y Harry dice que
tampoco sabe nada, dice que no ha entrado en el país. Era
mi última esperanza que hubiera vuelto a casa, pero al
parecer no es así. ¿Se sabe algo del depósito de cadáveres?
¿Han encontrado algo tus hombres por ahí? Tío, necesito
encontrarla. ¡Ayúdame, joder! ¡Necesito que me ayudes!
¡Tengo que dar con ella, no está tomando su medicación! —
Sintiendo un nudo en la garganta dio un paso hacia él. Le
escuchó suspirar de nuevo. —No saber si está viva o no me
está matando. Le han podido pasar mil cosas. El año que
estuve separado de ella fue duro, pero esto es mil veces
peor. No tenía que haber hecho lo que hice por mi puto
orgullo. No tenía que haber besado a esa mujer para alejarla
de mí porque no quería enamorarme. Cuando la vi de
nuevo… Ni te imaginas lo que sentí cuando la vi de nuevo.
En ese momento tenía que haber sido sincero, pero seguí
mintiendo para que me ayudara con Harry. Tenía que
habérselo confesado todo, pero seguí construyendo una
mentira tras otra y ahora ya no hay nada que hacer. Ya no
tengo esperanzas, la he destrozado. Nunca confiará en mí,
pero si supiera que está viva, que está bien… Necesito
saber que está bien.
Kenji pulsó la pantalla y vio sus ojos cuajados en
lágrimas. —Ha adelgazado diez kilos y no ha vuelto a
trabajar. Marc se está encargando de Garner. Si no quieres
volver con él muy bien, pero al menos que sepa que estás
viva, joder. ¡Se está volviendo loco!
Pálida fue hasta el sofá y se dejó caer en él. —¡Sí, te
mintió! Te utilizó las dos veces que te metió en su vida, pero
mientras tanto también se enamoró de ti. ¡Se arrepintió de
cómo te trató la primera vez y quiso arreglarlo! ¡Te quería a
su lado!
—No es suficiente —susurró.
—¡Sí que lo es! ¡El amor es amor y él lo siente por ti!
—¡Me mintió! —gritó desgarrada—. ¡Y tanto no debía
quererme la primera vez cuando me alejó de su vida para
no sentir nada por mí!
—Joder, cada vez estoy más sorprendido de lo poco
que le conoces. ¡Nunca le ha querido nadie! ¡Marc y yo
somos su familia!
Se le cortó el aliento. —¿Qué?
—¿Nunca has hablado con él de su pasado?
—De gustos, películas, pero… —Intentó recordar. —
No, de su familia no. Él tampoco me preguntó por la mía.
—Porque ya sabía tu vida antes de llegar a Japón.
Sabía que no tenías. Él sí que tiene unos padres que le han
ignorado siempre. Nunca le quisieron. En la universidad no
le llamaron ni una sola vez. Ni en navidades le invitaban a
su casa. Una vez le pregunté por qué se comportaban así.
Su hermano mayor murió, era lo más importante para ellos
y falleció en un accidente de coche con dieciséis años. En
lugar de volcarse en el hijo que les quedaba, solo les
importaba Tommy y que ya no estaba a su lado. Y le
perdieron, pero esta vez no les importó. No lucharon por él y
no entrega su corazón fácilmente.
—Esa no es razón para que me tratara como lo hizo.
—No, no es razón, pero exponer su corazón para que
se lo rompieran era un riesgo que a él le costaba correr.
Tardó mucho en confiar en mí y en Marc. Tú solo estuviste a
su lado unas semanas y te había mentido. Él es el primero
que sabía que eso ya no era una buena base para ninguna
relación.
Las lágrimas corrieron por sus mejillas. —Por eso me
lo dijiste, ¿no es cierto? Para que no tuviera que hacerlo él.
—Joder, estaba cagado por tu reacción. Me dijo mil
veces que lo daría todo por empezar de nuevo. Por hablar
contigo por primera vez. Intenté que tuviera esa
oportunidad y la fastidié. ¡Pero la fastidie yo!
Se le quedó mirando sin dejar de llorar.
—¿No te ves? Estás sufriendo. Y él también. ¡Da igual
que lo que os rodeara fuera una maldita mentira, el amor
que sentís el uno por el otro es real! ¡Te quiere, Carol! ¡Te
necesita! ¿Piensas dejarlo estar?
—Necesito tiempo.
Kenji apretó los labios como si estuviera
decepcionado. —¿Puedo decirle que estás viva?
—Sí.
—Por favor, llámale al menos. Que escuche tu voz, no
sé si me creerá por decirle que estás viva. Así se quedará
más tranquilo.
Asintió y bajó la vista hasta sus manos. Kenji la miró
impotente. —Siento haber colaborado en ese dolor que
expresan tus ojos.
—No pasa nada. Por favor, vete.
Escuchó sus pisadas sobre el suelo de madera y como
se deslizaba la puerta principal. Cuando se fue sollozó
tapándose el rostro con las manos. La había alejado a
propósito para no enamorarse, Kenji no había tenido nada
que ver. Ahora lo entendía todo. Durante esos meses eso no
dejaba de rondar su cabeza, ¿por qué alejarla si sabía que
su amigo ni su tío le harían nada? Pero ahora sabía la
respuesta, no la quería a su lado. No le había dado ninguna
oportunidad, ¿por qué debía dársela ella? Carol, al menos
dile que estás viva.
Sorbió por la nariz limpiándose las lágrimas con las
manos y se levantó. Cogió su móvil y marcó el número que
sabía de memoria. Chadrick lo cogió de inmediato. —¿Nena?
Kenji me ha dicho que me llamarías. ¿Estás bien?
No sabía qué responder.
—Joder, Carol, por favor háblame. Sé que no he hecho
más que meter la pata, pero háblame. Dime que estás bien.
—Estoy bien —dijo con la voz enronquecida de dolor.
Después de unos segundos él dijo —¿No quieres
verme más?
—No —contestó intentando no llorar—. No te lo
mereces.
—Lo sé nena, pero…
—¡Eres el ser más egoísta que he conocido nunca! —
gritó sacando su dolor—. ¡Solo te mueve tu propio interés
sin importar a quien haces daño! ¡Pues me has hecho daño
a mí! ¡A mí! —Desgarrada sollozó. —Volví a confiar en ti y
me seguiste mintiendo. ¡Te odio! ¡Ojalá no te hubiera
conocido nunca! —gritó antes de colgar. Cayó de rodillas sin
poder contener el dolor y se abrazó a sí misma porque aquel
era el fin. Había roto cualquier lazo que tuviera con él y ya
no tenía que esconderse. Se había acabado para siempre.
Parpadeó mirando al doctor. —¿Qué ha dicho?
—Está de dieciséis semanas. —Sonrió de oreja a oreja
—Felicidades.
—Pero eso no puede ser, he tenido la regla. —Miró
hacia un lado pensando en ello. —El mes pasado no, pero el
anterior…
—A veces se mancha. —El hombre escribió algo en un
papel mientras ella se quedaba de piedra. —Tómese estas
vitaminas y revisión dentro de un mes. Si sigue
encontrándose mal y vomita es normal. Si sangra vuelva. —
Se levantó y gritó —¡Siguiente!
En shock se levantó de su silla mientras en la consulta
entraban una madre con un hijo de unos siete años. Iba a
tener uno de esos. —Ay, madre…
Salió de la consulta para ver a aquel montón de
pacientes esperando. Como a cámara lenta levantó la vista
hacia el cartel de un pie con cada nombre de los músculos.
Pero no solo estaba el pie, porque también había una mano
a su lado, un estómago y varias partes del cuerpo más
tapando las paredes. Cuando un hombre escupió a su lado
le sobrevino una arcada y corrió hacia el baño para
encontrarse uno de esos wáteres que estaban en el suelo y
que era evidente que no había visto una buena limpieza en
días. Abrió el grifo del agua y susurró —Tranquila, no entres
en pánico. Es China, es especial. Además, aquí hay de todo,
seguro que los médicos con clase están en otro barrio. Has
venido aquí porque te lo ha recomendado la vecina, pero
eso te enseñará a no hacerle caso nunca más en la vida. —
Se mojó la cara y se miró en el viejo espejo por el que
pasaba una cucaracha. —Ay, madre… ¡Tú no tienes un hijo
aquí ni de coña! ¡Ya estás haciendo las maletas!
Salió del control de equipajes empujando el carrito y
distraída miró la bolsa de agua donde llevaba su carpa. La
levantó para ver que se movía. —Qué pesados los de control
de animales. ¿Necesitas que te cambie el agua, mi vida? En
cuanto llegue a casa lo hago, no te preocupes. Te voy a
comprar un acuario que ni donde vivía Nemo.
Dejó la bolsa con cuidado y siguió empujando el
carrito hasta donde estaban los taxis. Uff, menuda cola. Su
chiquitín necesitaba más agua ya, no podía esperar tanto.
Miró a su alrededor intentando buscar una solución cuando
vio un coche negro con los cristales tintados. Con
desconfianza caminó un poco más y el coche muy
lentamente la siguió. No, tenía que ser una casualidad. —No
seas paranoica, Carol, todo va bien. —Miró al frente y se fijó
en un hombre que estaba intentando timar a los turistas con
un taxi pirata. Allá que iba, a ella no se la daría. —Se acercó
a él. —Oye, treinta pavos por llevarme a la sexta. No quiero
esperar la cola.
—Cuarenta.
—Treinta y cinco.
—Hecho. —Corrió hacia sus dos maletas y las agarró
mirando asombrado a la carpa. —¿Le han dejado pasar eso?
—Es mi mascota y ha pasado todos los controles
veterinarios.
—Leche, ¿le ha hecho controles veterinarios?
—¡No iba a dejarla en China! ¡No se abandona a una
mascota!
—Es un pez.
—¿Y qué? También tiene sentimientos.
—¿Nena?
Se sobresaltó mirando a su taxista con los ojos como
platos. —¿Detrás de mí hay un rubio con pinta de pijo?
El tipo asintió. —Y parece que se muere por abrazarla.
Puso los ojos en blanco y se volvió. Todo lo que quería
gritarle desapareció al ver su rostro. Era cierto que había
adelgazado y no solo eso, tenía ojeras y no muy buen
aspecto. Él sonrió. —Hola nena.
—Oiga, ¿la llevo?
Chadrick le tendió un billete de cien y dijo —Ya la llevo
yo, tengo ahí mi coche.
—Genial. —El tipo soltó sus maletas y se largó a
buscar otro cliente.
El chófer se acercó de inmediato para cogerlas y las
llevó a su coche, pero ellos no dejaron de mirarse a los ojos.
—Estás de vuelta.
—Tengo cosas que hacer.
Asintió. —Me alegro.
—¿Cómo te has enterado de mi llegada?
—Kenji.
—¿Me espía?
—Digamos que te echaba un ojo de vez en cuando
desde que te encontró, por si necesitabas ayuda.
—No necesito ayuda.
Se pasó una mano por la nuca. —Sí, nada más verte
me he dado cuenta. Tienes muy buen aspecto.
—Gracias.
—¿Nos vamos? Estarás agotada del viaje.
No sabía si negarse porque no quería que volviera a
convencerla de nada y había que reconocerlo, con ese
hombre era muy débil. Su corazón ya iba a mil y solo se
habían dirigido un par de frases. —Creo que es mejor que
coja un taxi.
—Vamos, nena, las maletas ya están en el coche que
está ahí. Serán unos minutos de trayecto nada más. —Vio
las dudas en su rostro. —Además hace frío y ese pez
necesita salir de la bolsa.
Apretó los labios y miró a su carpa cogiendo la bolsa.
Indecisa le miró antes de ir hasta el coche. Le escuchó
suspirar del alivio tras ella, pero se hizo la tonta entrando en
el vehículo. Se sentó lo más alejada posible y puso a su
carpa en medio.
Cuando el coche se puso a andar él dijo —¿Qué vas a
hacer ahora? ¿Buscarás trabajo?
—No es de tu incumbencia.
—Era por hablar de algo. Leila está deseando verte.
—¿Le habéis dicho la verdad o sigue en la inopia? —
preguntó con ironía.
—Sabe la verdad desde la noche en que desapareciste
y aunque se cabreó, ahora ya lo ha perdonado todo.
—Claro.
—Está embarazada, ¿sabes?
Se le cortó el aliento.
—De cuatro meses. Están muy ilusionados. Será una
niña y quieren llamarla Carol. Dicen que sin ti no se
hubieran conocido.
—Me alegro por ellos, pero no es necesario que le
pongan mi nombre. —Le miró de reojo. —Si fuera niño
supongo que se llamaría como tú.
—No, se llamaría Marc. —Sonrió. —Quizás el segundo
varón, aunque dudo que tengan muchos. Leila no lo está
pasando muy bien con el embarazo. No hace más que
vomitar, dice que no repetirá la experiencia jamás y que
quiere que Marc se opere.
—Eso será hasta que le vea la carita.
—Marc ha tenido que cancelar tres citas para ver al
especialista. A Leila ya no le cogen el teléfono en la clínica.
Sonrió sin poder evitarlo. —Buscará otra.
—Seguramente.
Se hizo un silencio incómodo y Carol se apretó las
manos deseando llegar a casa. Miró la ventanilla
impaciente, pero aún les quedaba un buen rato. Mierda.
—¿Vas a ver a Jeff mientras estés aquí?
Negó con la cabeza. —No lo necesito. Le llamaré para
saludarle, pero no pediré hora.
—Me alegro mucho, nena.
Le miró de reojo y dijo sin poder evitarlo —Tienes mal
aspecto.
—Últimamente he estado algo estresado, pero ya está
todo en orden.
¿Ya estaba todo en orden? ¿Este no creería que iba a
volver, no? —No estoy aquí por ti.
—Lo sé, nena.
Le miró con desconfianza. —¿Qué sabes?
—Si hubieras venido por mí me hubieras gritado o
abrazado nada más verme, pero sin embargo no dejas de
demostrar que no me quieres a tu lado.
Sintió que la rabia la recorría. —¡Ahora no te hagas la
víctima!
—No, aquí la única víctima has sido tú, e intento
disculparme —dijo muy tenso.
—¡No necesito tus disculpas! ¡No necesito nada de ti!
—Bien, nena. No te molestaré más.
—¡Pues a ver si es verdad! —Miró por la ventanilla
dando por terminada la conversación. Sintió que su corazón
lloraba por él, pero no podía permitirse sufrir de esa manera
cada vez que a él le diera la gana. Ya estaba bien. Por su
estabilidad mental tenía que alejarle de su vida para
siempre. ¿Y el niño? Dios, ni quería pensar en ello. Primero
iría al médico a ver si lo que le habían dicho en China era
cierto y si era así ya pensaría una solución. Pero no ahora,
ahora lo que tenía que hacer era recomponer su vida.
Después de unos minutos sin dirigirse la palabra el
coche se detuvo en caravana. Chadrick juró por lo bajo y
bajó la mampara del chófer. —¿Qué ocurre, Will?
—No lo sé, jefe. Parece un accidente.
—¿No hay ninguna salida cerca?
—No, lo siento. La pasamos hace un kilómetro.
—Estupendo. —Subió la mampara del todo. —Lo
siento nena, tu pez tendrá que esperar.
Cogió la bolsa y la miró. La carpa se giró para mirarla
al rostro y ella hizo una mueca. —Lo siento, cielo. —Con
cuidado abrió la bolsa para que se renovara el aire.
—¿Has hecho eso durante todo el viaje en el avión?
Sonrió sin poder evitarlo. —Sí, una mujer que tenía al
lado alucinaba, pero es mi responsabilidad. La he comprado,
así que mi deber es cuidarla lo mejor posible.
—Sí, claro. —La observó mientras con cuidado de no
derramar el agua dejaba la bolsa abierta un rato. El pez
subió a tomar aire varias veces. —Vas a ser una madre
increíble.
Le miró sorprendida y le espetó —¿Por qué dices eso?
—Bueno, solo hay que ver cómo la cuidas. Te
preocupas, no dejas nada al azar.
—Estas cosas no son para dejarlas al azar, está
indefensa y se cuida a los indefensos.
Él apretó los labios. —Y yo no te cuidé a ti.
—¿Vuelves a empezar?
—Has empezado tú con esas indirectas con mala
leche.
—¡Oye, yo no tengo la responsabilidad de que tu
sentimiento de culpa te esté amargando la vida! ¿Te diste
cuenta de que me querías demasiado tarde? ¡Pues te jodes,
pero deja de darme el coñazo con ese victimismo que me
saca de quicio!
La miró con tal sorpresa en su rostro, que se
avergonzó de lo que había dicho.
—Joder nena, jamás me imaginé que el daño que te
hice te volvería tan cruel.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. —¡No soy cruel!
—¿Crees que yo lo he pasado bien con todo esto?
—¡Cállate, no quiero oírte!
—¡Mírame! —La cogió de la barbilla para que le mirara
a los ojos. —¿Crees realmente que no me ha afectado?
Hacer daño a la mujer que amas, deja más llagas en tu
interior de lo que crees. Sé que no tenía que haber hecho
nada de lo que hice, pero en aquel momento, en cada uno
de mis pasos creí que era lo mejor, ¡joder! ¡Si quise alejarte
la primera vez es porque sabía de sobra que no era bueno
para ti y si te mentí la segunda fue porque durante ese
maldito año no pude dejar de pensar en el tiempo que
pasamos juntos y no quería perderte! ¿Hice mal? ¡Sí! ¡Pero
yo también he sufrido mi penitencia! —Le rogó con la
mirada. —Si nos permitieras empezar de nuevo… No te
defraudaría, mi vida, te juro que no.
Emocionada apartó la barbilla y miró la bolsa para
cerrarla. —Ha sido un error volver.
—No, no. —Se acercó a ella y cogió su mano. —Nena,
te necesito.
—¿Para otro de tus negocios? —preguntó irónica—. Lo
siento, pero lo he dejado.
—Deja los negocios a un lado, ¿quieres? ¡Aunque no
voy a negar que eres la mejor en lo tuyo, en lo que menos
pienso ahora es en los malditos negocios! —La miró
fijamente. —¿No vas a perdonarme?
—La última vez ya te dije lo que pasaría si me la
jugabas —dijo fríamente cortándole el aliento—. Ahora
suéltame la mano.
Él lo hizo y dolido se arrastró hacia atrás dándole su
espacio. Disimulando la ansiedad que la recorría miró la
bolsa y después de asegurarse de que estaba bien cerrada
la puso a su lado. Miró por la ventanilla y sin poder evitarlo
dijo —Dadas mis circunstancias, tú te comportarías como yo
en este momento, así que no te extrañe todo lo que he
aprendido de ti.
—No, nena. Te lo perdonaría todo con tal de estar a tu
lado.
Le miró sorprendida. —¡Serás mentiroso!
—¡No estoy mintiendo!
—Ah, ¿no? ¡Estoy embarazada de otro!
Chadrick palideció. —¿Qué has dicho?
—La noche que me largué conocí a un tío y pasó lo
que pasó. ¿Lo hice por venganza? No, porque en ese
momento pensaba que te importaba una mierda, pero qué
quieres que te diga me hizo sentir mucho mejor que otro
hombre me deseara. Lo del niño fue una sorpresa no voy a
negarlo, por eso he vuelto, para ir al médico.
Se la quedó mirando fijamente y de repente cogió su
mano de nuevo. —Nena, no me importa, te perdono.
Ahora la pasmada era ella. —¿Me perdonas? No
estábamos juntos, tú no tienes que perdonarme nada —dijo
indignada.
—Bueno, técnicamente no lo habíamos dejado.
¡Porque desapareciste! —le gritó en la cara.
Asombrada jadeó. —¿Me lo echas en cara?
—No, qué va. Es muy lógico salir corriendo cuando se
tiene un problema.
—¿Me estás llamando cobarde?
—¡Sí! —exclamó quedándose tan pancho—. Podías
haber luchado un poco por mí la primera vez, ¿no?
¡Demostrarme que te importaba! ¡Pero no, te largaste en
plena noche!
—¿Querías ver que te seguía como un perrito faldero
después de romperme el corazón?
—No, nena… —Se pasó la otra mano por los ojos
como si estuviera agotado. —No sé ni lo que digo.
Preocupada susurró —¿Hace cuánto que no duermes?
—Estoy bien. Es que ayer tuve que solucionar un
problema al que Marc no podía enfrentarse y he dormido
poco. —Forzó una sonrisa. —Pero estoy bien. Mucho mejor
desde que estás aquí.
Era evidente todo lo que había sufrido en esos meses.
Mucho más que ella y ahora encima le decía que iba a tener
un hijo de otro. ¡Y parecía dispuesto a ignorarlo! Es que no
se lo podía creer.
—¿De verdad no te importa lo del bebé?
—Si me das una oportunidad te ayudaría a criarlo. Lo
haríamos juntos, nena. No tienes por qué hacerlo tú sola.
Parecía tan sincero, pero se la había colado tantas
veces que no se fiaba. —Tendrá genética japonesa. No se
parecería a ti.
Le escuchó jurar por lo bajo, pero aun así forzó una
sonrisa. —No pasa nada.
—¡Serás mentiroso!
—¡Nena, al menos podía haber sido occidental! ¡Se va
a notar mucho!
—¿Me quieres o no?
—Sí, te quiero más que a mi vida —dijo rápidamente
antes de darle un beso en el dorso de la mano.
Entrecerró los ojos. —Y le aceptarás por mí.
—Sí, preciosa.
Le miró fijamente. No solo odiaba hacer daño a la
persona que amaba, sino que encima le estaba mintiendo
como él había hecho con ella. Pero sería su penitencia por
todas las trolas que le había soltado a ella en el pasado. —
Estás a prueba. Empezaremos de nuevo y ya veremos lo
que ocurre.
Chadrick sonrió como si le hubiera dado la alegría de
su vida. —¿De veras? Joder nena, no te vas a arrepentir. —
La besó en los labios como si estuviera ansioso por tocarla,
pero ella le apartó. —¿Demasiado rápido?
—Acabo de bajarme del avión —dijo con la respiración
agitada y los ojos como platos.
La mano de él fue a parar a su pecho comiéndosela
con los ojos. —Los tienes más grandes, preciosa.
—Y más sensibles, así que no toques.
Él apartó la mano de inmediato. —¿Duelen?
¿Que si dolían? Aquello era divino. —Un poquito.
—Claro, tu cuerpo está cambiando. Intentaré ser más
delicado. En cuanto lleguemos a tu casa te pondré la bañera
para que te relajes del viaje y encargaré algo de comida
decente. Las embarazadas debéis comer muy bien. —Besó
sus labios suavemente y se apartó sonriendo como si fuera
el hombre con más suerte del mundo. —Yo me encargaré de
todo, tú no tienes que hacer nada.
Leila y Carol sentadas en dos cómodas tumbonas
veían como los hombres intentaban encender la barbacoa
que Chadrick había comprado para su ático. Leila bebió de
su zumo y susurró —¿Cuándo se lo vas a decir?
—Pues no sé, ¿el mes que viene?
Rio por lo bajo. —Llevas tres meses así.
Suspiró de gusto. —Tres meses maravillosos.
—¿Has dejado que te toque?
—Ni un pelo, cuando no me duele la cabeza me
duelen los pies. Besos y controlados, que si se pasa pierdo
el norte.
Leila rio sin ningún disimulo y Marc se volvió. —¿Qué
es tan gracioso?
—Oh nada, hablábamos de las hemorroides.
Carol la miró con horror. —Yo no tengo de eso.
—Tía, qué suerte.
Los hombres se volvieron como si ese tema no les
interesara nada y no les extrañaba porque había partido de
fútbol americano.
—¿Cuánto tiempo más vas a torturarle?
—He pensado que hasta el parto, ¿tú qué opinas?
—Vamos, no seas así. Al menos que viva la última
parte del embarazo sabiendo que es suyo.
Alguien carraspeó tras ellas y asombrada miró hacia
atrás para ver que Kenji y Claudia estaban allí con dos
bandejas de carne para ponerla a la plancha. Se levantó de
inmediato y siseó —Ni se te ocurra decir nada.
—¿Yo? No, bonita, se lo vas a decir tú ahora mismo,
porque no sabes la plasta que me ha dado tres meses
diciéndome que tengo que encontrar al tipo con el que te
has acostado para que pueda quitarle del medio, no vaya a
ser que vuelva a tu vida por casualidad y os reclame al niño.
Dejó caer la mandíbula del asombro. —Anda ya.
—¡Te lo juro! Así que ya estás cantando, que me tiene
la cabeza loca con tanta tontería.
—¡Oye majo, que mi hombre no dice tonterías! ¡Lo de
la custodia sería muy posible!
—O se lo dices tú o se lo digo yo, tú decides. ¡Qué me
tenéis harto, coño! ¡Soy jefe de uno de los clanes más
temidos de Japón y estoy hasta los huevos de vuestras
tonterías!
Le señaló con el dedo. —Ya verás cuando tengas
novia, pienso amargarte la vida.
—¿Pero qué dices, loca? Si llevo casado seis años.
Ambas no disimularon su sorpresa. —¿Y dónde está?
—preguntaron a la vez.
—¿Dónde va a estar? En casa con los niños.
Jadearon. —¡Serás machista! —gritaron a la vez.
—¿Qué pasa ahora? —dijo Chadrick como si estuviera
cansado de sus discusiones.
Las dos le señalaron. —¡Está casado!
—Sí, se casó cuando regresó a Japón después de la
universidad.
—Y no me has dicho nada —dijo indignada—. Nunca la
he invitado a nuestras cenas o… ¡No me has dicho nada!
Confundido dijo —Nena, Haru es una mujer tradicional
de su casa y…
—¡Y se queda en casa mientras este se divierte! ¡Pues
no pienses que yo me voy a quedar en casa después del
parto!
—¡Ni yo!
Leila y Carol se fueron con la cabeza muy alta y los
hombres miraron a Kenji como si fuera el anticristo. —Eh, a
mí no me metáis en vuestros rollos occidentales.
—Ahora estarán de morros todo el día y no harán más
que preguntas sobre ella para conocerla. Y es que yo
tampoco entiendo por qué no la conocen todavía.
—Ya conoces a Haru, nunca quiere salir de casa —dijo
como si le diera igual entregándole la bandeja a Marc.
Carol salió a la terraza. —¿Acaso la invitas?
—Claro que sí. ¡Oye, no te metas en mi matrimonio,
que va estupendamente! ¡Mira más por tu pareja, bonita,
que bastante tienes encima!
—¿Qué quiere decir? —Chadrick la miró mosqueado.
—Nena, ¿tienes algo que decirme? ¿No estás contenta con
la relación que tenemos ahora?
Se sonrojó con fuerza y siseó —Tu amigo es un
cabrito.
—No, precisamente ese problema no lo tengo. Mi
mujer me es fiel.
—¡Porque te tendrá miedo!
—¡Carol discúlpate ahora mismo! —gritó Chadrick
mientras todos se habían quedado de piedra—. ¿Pero qué te
pasa? No entiendo que ofendas así a Kenji.
—Tranquilo amigo, lo que pasa es que intenta discutir
para no hacer frente a su problema.
—¿Qué problema? —Dio un paso hacia ella. —¿Nena?
—Díselo —susurró Leila.
—¿Pero qué pasa, que lo sabéis todos menos yo?
—Yo tampoco tengo ni idea de lo que ocurre aquí —
dijo Marc muy serio.
Leila se sonrojó. —Cariño, no te lo dije porque es cosa
de ellos.
—¿Carol? —Miró a Chadrick a los ojos. —Nena, ¿qué
ocurre? Si en nuestra relación hay algún problema, debemos
hablarlo. ¿Quieres ir a la habitación para que estemos solos?
—Es tuyo —susurró.
—¿Es mi problema? ¿He hecho algo mal?
Se acarició el vientre y él miró hacia allí. —Es tu hijo.
—La cara de Chadrick lo dijo todo, se había quedado de
piedra. —Lo siento, te mentí.
Asombrado miró sus ojos. —¿Lo sientes? ¡Esto no es
una mentirijilla de nada, joder!
—Bueno, las tuyas fueron un montón. La mía solo una.
Aun así me sigues ganando.
Parecía tan decepcionado que le rompió el corazón.
—Creí que íbamos a empezar de nuevo, que habíamos
dejado todo atrás y… Disculpadme —dijo antes de irse de la
terraza.
Sintió pánico a perderle y gritó —¡Chadrick! —Él se
detuvo en seco en el salón, pero no se volvió para mirarla y
en ese momento se dio cuenta de que estaba inseguro de lo
que ella sentía a su lado. Habían pasado tantas cosas que
no estaba seguro de haber recuperado su amor. Sintiendo
que sus ojos se llenaban de lágrimas susurró —Te amo, me
enamoré de ti en aquella horrible entrevista y desde que
hemos vuelto no puedo ser más feliz. Cuando me recogiste
en el aeropuerto dijiste que me lo perdonarías todo y no sé
lo que se me pasó por la cabeza, lo siento. Pero quiero que
sepas que nunca he dejado de amarte, ni por un segundo,
por eso dolía tanto.
Chadrick se volvió y se acercó a ella para abrazarla. —
Lo siento, nena. Por un momento olvidé mi promesa. —La
besó en el cuello pegándola a él y Carol sollozó contra su
hombro. —Olvidé que haré cualquier cosa por ti porque te
amo, pero te aseguro que lo hubiera recordado cuando mi
cuerpo y mi mente me dijeran que les faltabas tú, tu risa,
ver tu rostro cada mañana, como me acaricias… Lo que
siento por ti me llena tanto… —Besó su rostro como si
deseara demostrárselo y de repente rio por lo bajo. Carol se
apartó para mirar sus ojos que estaban llenos de felicidad.
—¿Es mío?
—Sí. —Emocionada sorbió por la nariz. —El niño es
tuyo.
Chadrick gritó de la felicidad antes de cogerla en
brazos y darle un beso que la dejó sin aliento. —Te quiero,
nena.
Sonriendo acarició su nuca. —Pues ahora me vas a
querer aún más.
—¿De veras?
—Sí, porque son trillizos.
—Hostia —dijo Marc tras ellos mientras Chadrick
palidecía de nuevo.
Soltó una risita. —Felicidades papá.
—Nena, ¿estás hablando en serio?
Jadeó porque parecía al borde del desmayo. —¿Ahora
no vas a creer nada de lo que diga?
—¡Es que esto es muy gordo! ¡Son tres!
—Bah, podremos con ellos. —Se acercó y besó
suavemente sus labios. —Eres Chadrick Edgerly, ya
planearás algo para que nuestra vida sea perfecta, mi amor.
Su rostro demostró todo lo que la amaba. —Este plan
lo idearemos juntos, preciosa. Y ejecutarlo nos llevará toda
una vida.
—Cuente conmigo, jefe.
Epílogo
—¡No, no! ¡Marc suelta eso! —Corrió hasta su hijo que
tenía el enchufe del acuario en la mano y estaba dispuesto
a metérselo en la boca. Lo cogió por los pelos y al volverse
ya tenía en la mano una zapatilla de su hermano y la mordía
con ganas. —¡Oh, por Dios! ¡Dónde están las niñeras!
Chadrick que tenía a Kenji en brazos y ponía cara de
asco porque le había vomitado en la camisa que se pondría
esa noche dijo —No lo sé, nena, ya tenían que haber
llegado. Vete a cambiarte o no llegaremos a tiempo.
—¡Mierda, mierda! —Los cuatro la miraron y ella gritó
en el pasillo —¡No he dicho un taco!
Chadrick miró a Kenji. —Mamá debe diez pavos al
bote de las monedas.
—¡Mira quien fue a hablar, el que si hubiera pagado
ya hubiera llenado el bote! —El timbre de la puerta sonó en
ese momento y Carol gritó —Cielo, ¿abres? ¡Estoy en cinco
minutos!
Su marido fue a abrir y Leila impresionante con su
vestido de noche empujó el carricoche de su niña y al pasar
le guiñó un ojo. —Ya estamos aquí.
—No han llegado las niñeras y las de día ya se han
ido.
—No fastidies, quiero mi noche libre, me la merezco.
—Si solo tienes una hija.
—Pues ya viene el segundo, listo.
Carol chilló desde arriba y se asomó cubriéndose con
una bata de seda. —¿La prueba a dado que sí?
Su amiga sonrió dejando a la niña en el suelo al lado
de sus amiguitos. —Un positivo como una casa de grande.
Ni medio segundo tardó el palito en decir que sí.
—Vaya…
—Nena, vamos a llegar tarte. ¿Y Marc? —preguntó
Chadrick.
—Pues abajo en la limusina esperando con Kenji. Creía
que ya estaríais listos.
—No ha habido esa suerte. Las niñeras llegan media
hora tarde y Harry ya está de los nervios, dice que el
presidente no esperará a nadie y que ya está saludando a
los invitados.
—Por ti esperarán —dijo su mujer desde arriba antes
de ponerse el teléfono al oído y hablar en chino con alguien.
Chadrick puso los ojos en blanco porque estaba haciendo
negocios. El timbre volvió a sonar. —¡Ah, ahí están! —dijo su
mujer antes de correr hasta su habitación.
Carol dejando el teléfono sobre el tocador suspiró del
alivio al escuchar a las chicas hablar con ellos. Empezó a
hacerse una raya al medio para la coleta que sujetaría el
recogido. El vestido tenía la espalda al aire y le pegaba ese
peinado. Cuando terminó se maquilló a toda prisa y
corriendo se quitó la bata para ponerse el vestido de noche
rosa que había dejado ya preparado. Se lo acababa de
poner y sintió como Chadrick le subía la cremallera. —
¿Rosa, nena?
—Para celebrar tu primer premio a empresario del
año. Quería demostrarte lo orgullosa que estoy de ti.
—Ese premio deberían dárnoslo a los dos.
—Cielo, tú eres el presidente. —Se volvió y abrazó su
cuello. —¿Así que te gusta el color?
—Me trae muchos recuerdos. Recuerdos agridulces
que no debo olvidar para no cometer jamás los mismos
errores.
—Sabía que pillarías el mensaje. Allí habrá muchas
mujeres guapas, Edgerly, así que tenlo en cuenta —dijo
relajada provocando en él una sonrisa.
—Ninguna es como tú. —Chadrick besó suavemente
sus labios. —Joder nena, cuanto te amo.
—¿Me lo demostrarás esta noche, mi amor? —
preguntó con picardía.
—Te lo demostraré cada minuto del resto de nuestra
vida.
FIN
Sophie Saint Rose es una prolífica escritora que lleva
varios años publicando en Amazon. Todos sus libros han sido
Best Sellers en su categoría y tiene entre sus éxitos:
1- Vilox (Fantasía)
2- Brujas Valerie (Fantasía)
3- Brujas Tessa (Fantasía)
4- Elizabeth Bilford (Serie época)
5- Planes de Boda (Serie oficina)
6- Que gane el mejor (Serie Australia)
7- La consentida de la reina (Serie época)
8- Inseguro amor (Serie oficina)
9- Hasta mi último aliento
10- Demándame si puedes
11- Condenada por tu amor (Serie época)
12- El amor no se compra
13- Peligroso amor
14- Una bala al corazón
15- Haz que te ame (Fantasía escocesa) Viaje
en el tiempo.
16- Te casarás conmigo
17- Huir del amor (Serie oficina)
18- Insufrible amor
19- A tu lado puedo ser feliz
20- No puede ser para mí. (Serie oficina)
21- No me amas como quiero (Serie época)
22- Amor por destino (Serie Texas)
23- Para siempre, mi amor.
24- No me hagas daño, amor (Serie oficina)
25- Mi mariposa (Fantasía)
26- Esa no soy yo
27- Confía en el amor
28- Te odiaré toda la vida
29- Juramento de amor (Serie época)
30- Otra vida contigo
31- Dejaré de esconderme
32- La culpa es tuya
33- Mi torturador (Serie oficina)
34- Me faltabas tú
35- Negociemos (Serie oficina)
36- El heredero (Serie época)
37- Un amor que sorprende
38- La caza (Fantasía)
39- A tres pasos de ti (Serie Vecinos)
40- No busco marido
41- Diseña mi amor
42- Tú eres mi estrella
43- No te dejaría escapar
44- No puedo alejarme de ti (Serie época)
45- ¿Nunca? Jamás
46- Busca la felicidad
47- Cuéntame más (Serie Australia)
48- La joya del Yukón
49- Confía en mí (Serie época)
50- Mi matrioska
51- Nadie nos separará jamás
52- Mi princesa vikinga (Serie Vikingos)
53- Mi acosadora
54- La portavoz
55- Mi refugio
56- Todo por la familia
57- Te avergüenzas de mí
58- Te necesito en mi vida (Serie época)
59- ¿Qué haría sin ti?
60- Sólo mía
61- Madre de mentira
62- Entrega certificada
63- Tú me haces feliz (Serie época)
64- Lo nuestro es único
65- La ayudante perfecta (Serie oficina)
66- Dueña de tu sangre (Fantasía)
67- Por una mentira
68- Vuelve
69- La Reina de mi corazón
70- No soy de nadie (Serie escocesa)
71- Estaré ahí
72- Dime que me perdonas
73- Me das la felicidad
74- Firma aquí
75- Vilox II (Fantasía)
76- Una moneda por tu corazón (Serie época)
77- Una noticia estupenda.
78- Lucharé por los dos.
79- Lady Johanna. (Serie Época)
80- Podrías hacerlo mejor.
81- Un lugar al que escapar (Serie Australia)
82- Todo por ti.
83- Soy lo que necesita. (Serie oficina)
84- Sin mentiras
85- No más secretos (Serie fantasía)
86- El hombre perfecto
87- Mi sombra (Serie medieval)
88- Vuelves loco mi corazón
89- Me lo has dado todo
90- Por encima de todo
91- Lady Corianne (Serie época)
92- Déjame compartir tu vida (Series vecinos)
93- Róbame el corazón
94- Lo sé, mi amor
95- Barreras del pasado
96- Cada día más
97- Miedo a perderte
98- No te merezco (Serie época)
99- Protégeme (Serie oficina)
100- No puedo fiarme de ti.
101- Las pruebas del amor
102- Vilox III (Fantasía)
103- Vilox (Recopilatorio) (Fantasía)
104- Retráctate (Serie Texas)
105- Por orgullo
106- Lady Emily (Serie época)
107- A sus órdenes
108- Un buen negocio (Serie oficina)
109- Mi alfa (Serie Fantasía)
110- Lecciones del amor (Serie Texas)
111- Yo lo quiero todo
112- La elegida (Fantasía medieval)
113- Dudo si te quiero (Serie oficina)
114- Con solo una mirada (Serie época)
115- La aventura de mi vida
116- Tú eres mi sueño
117- Has cambiado mi vida (Serie Australia)
118- Hija de la luna (Serie Brujas Medieval)
119- Sólo con estar a mi lado
120- Tienes que entenderlo
121- No puedo pedir más (Serie oficina)
122- Desterrada (Serie vikingos)
123- Tu corazón te lo dirá
124- Brujas III (Mara) (Fantasía)
125- Tenías que ser tú (Serie Montana)
126- Dragón Dorado (Serie época)
127- No cambies por mí, amor
128- Ódiame mañana
129- Demuéstrame que me quieres (Serie
oficina)
130- Demuéstrame que me quieres 2 (Serie
oficina)
131- No quiero amarte (Serie época)
132- El juego del amor.
133- Yo también tengo mi orgullo (Serie Texas)
134- Una segunda oportunidad a tu lado (Serie
Montana)
135- Deja de huir, mi amor (Serie época)
136- Por nuestro bien.
137- Eres parte de mí (Serie oficina)
138- Fue una suerte encontrarte (Serie
escocesa)
139- Renunciaré a ti.
140- Nunca creí ser tan feliz (Serie Texas)
141- Eres lo mejor que me ha regalado la vida.
142- Era el destino, jefe (Serie oficina)
143- Lady Elyse (Serie época)
144- Nada me importa más que tú.
145- Jamás me olvidarás (Serie oficina)
146- Me entregarás tu corazón (Serie Texas)
147- Lo que tú desees de mí (Serie Vikingos)
148- ¿Cómo te atreves a volver?
149- Prometido indeseado. Hermanas Laurens 1
(Serie época)
150- Prometido deseado. Hermanas Laurens 2
(Serie época)
151- Me has enseñado lo que es el amor (Serie
Montana)
152- Tú no eres para mí
153- Lo supe en cuanto le vi
154- Sígueme, amor (Serie escocesa)
155- Hasta que entres en razón (Serie Texas)
156- Hasta que entres en razón 2 (Serie Texas)
157- Me has dado la vida
158- Por una casualidad del destino (Serie Las
Vegas)
159- Amor por destino 2 (Serie Texas)
160- Más de lo que me esperaba (Serie oficina)
161- Lo que fuera por ti (Serie Vecinos)
162- Dulces sueños, milady (Serie Época)
163- La vida que siempre he soñado
164- Aprenderás, mi amor
165- No vuelvas a herirme (Serie Vikingos)
166- Mi mayor descubrimiento (Serie Texas)
167- Brujas IV (Cristine) (Fantasía)
168- Sólo he sido feliz a tu lado
169- Mi protector
170- No cambies nunca, preciosa (Serie Texas)
171- Algún día me amarás (Serie época)
172- Sé que será para siempre
173- Hambrienta de amor
174- No me apartes de ti (Serie oficina)
175- Mi alma te esperaba (Serie Vikingos)
176- Nada está bien si no estamos juntos
177- Siempre tuyo (Serie Australia)
178- El acuerdo (Serie oficina)
179- El acuerdo 2 (Serie oficina)
180- No quiero olvidarte
181- Es una pena que me odies
182- Si estás a mi lado (Serie época)
183- Novia Bansley I (Serie Texas)
184- Novia Bansley II (Serie Texas)
185- Novia Bansley III (Serie Texas)
186- Por un abrazo tuyo (Fantasía)
187- La fortuna de tu amor (Serie Oficina)
188- Me enfadas como ninguna (Serie Vikingos)
189- Lo que fuera por ti 2
190- ¿Te he fallado alguna vez?
191- Él llena mi corazón
192- Contigo llegó la felicidad (Serie época)
193- No puedes ser real (Serie Texas)
194- Cómplices (Serie oficina)
195- Cómplices 2
196- Sólo pido una oportunidad
197- Vivo para ti (Serie Vikingos)
198- Esto no se acaba aquí (Serie Australia)
199- Un baile especial
200- Un baile especial 2
201- Tu vida acaba de empezar (Serie Texas)
202- Lo siento, preciosa (Serie época)
203- Tus ojos no mienten
204- Estoy aquí, mi amor (Serie oficina)
205- Sueño con un beso
206- Valiosa para mí (Serie Fantasía)
207- Valiosa para mí 2 (Serie Fantasía)
208- Valiosa para mí 3 (Serie Fantasía)
209- Vivo para ti 2 (Serie Vikingos)
210- No soy lo que esperabas
211- Eres única (Serie oficina)
212- Lo que sea por hacerte feliz (Serie
Australia)
213- Siempre estás en mi corazón (Serie Texas)
214- Lo siento, preciosa 2 (Serie época)
215- La intensidad de lo que siento por ti
216- Lucha por lo que amas (Serie Australia)
217- Ganaré tu corazón (Serie Vikingos)
218- Mi otra cara de la moneda
219- Ni tú conmigo, ni yo sin ti
220- No necesito más, si te tengo a ti (Serie
Oficina)
221- Me enfrentaré a todo por tu amor (Serie
época)
222- Algo único (Serie Australia)
223- Volver a enamorarte
224- Empezar de nuevo (Serie oficina)
Novelas Eli Jane Foster
1. Gold and Diamonds 1
2. Gold and Diamonds 2
3. Gold and Diamonds 3
4. Gold and Diamonds 4
5. No cambiaría nunca
6. Lo que me haces sentir
Orden de serie época de los amigos de los Stradford,
aunque se pueden leer de manera independiente
1. Elizabeth Bilford
2. Lady Johanna
3. Con solo una mirada
4. Dragón Dorado
5. No te merezco
6. Deja de huir, mi amor
7. La consentida de la Reina
8. Lady Emily
9. Condenada por tu amor
10.
Juramento de amor
11.
Una moneda por tu corazón
12.
Lady Corianne
13.
No quiero amarte
14.
Lady Elyse
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