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Que Arda Tebas (Adaptación)

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RODRIGO: ¡Aaaah, no puedo! ¡Genio, genio!

CARMINA: Ahí vas otra vez…


RODRIGO: Espere… ¿Oye ese crujir en el aire? Son los huesos de Sófocles ¡que se
revuelca en su tumba!
CARMINA: Qué bárbaro, hijo, qué ocurrente.
RODRIGO: No, Maestra, para ocurrentes, nuestro niño prodigio.
CARMINA: Esa envidia te va a matar un día.
RODRIGO: ¿Envidia? ¿Qué le voy a envidiar a un apantallapendejos?
CARMINA: ¡Ya, Rodrigo, por lo que más quieras! Yo no entiendo por qué no te fuiste desde
un principio si estabas tan descontento.
RODRIGO: (Pausa.) Por idiota, Maestra. Y porque me chingaron mi trabajo y no tengo
cómo pagar mis deudas, básicamente.
CARMINA: ¿Y nosotros qué culpa? Tú al menos tenías tu beca mensual, allá tú que no te
supiste administrar. Yo, antes de esta obra, llevaba ya dos años sin trabajo, hijo. Dos. Y yo
no sé hacer otra cosa. ¿Me has visto restregándotelo en la jeta cada que puedo? No, señor,
si ya acepté estar aquí, por dignidad pongo lo mejor que hay en mí.
RODRIGO: Y por eso nos tienen agarrados de los huevos, Maestra, porque todos somos
muy dignos. ¿Qué importa que el presupuesto se lo den a mocosos imbéciles como este
que no tiene ni idea? Total, detrás de nosotros hay una larga fila de cabrones que tragarán
mierda sin hacer caras.
CARMINA: Así ha sido siempre, hijo, y con tus desplantes no vas a cambiar nada. ¿No te
parece lo que hacen los otros? Tan fácil: ponte las pilas, crea tus propias obras de teatro y
deja de quejarte.
RODRIGO: Si ganas no me faltan, nomás deme la mitad de las palancas que tiene este
cabrón y con todo gusto.
CARMINA: Con palancas o sin palancas, Rodrigo, si realmente tuvieras las ganas, lo harías.
Pero no las tienes, no te engañes. ¿Y sabes qué? Mocositos como este que tanto criticas sí
que las tienen. Por eso ellos pueden hacer y deshacer, y nosotros no.
(Entra ALBERTO en notorio estado de ebriedad el cual niega constantemente. Va a su lugar
y se comienza a desvestir lo más rápido que sus reflejos se lo permiten, hasta quedar en
calzones.)
ALBERTO: ¡No sean cabrones, si les pedí que me esperaran! ¿Mi vestuario? ¡Dónde está
mi vestuario!
CARMINA: ¡Por Dios!
RODRIGO: Maestro, tranquilo...
ALBERTO: No, carnalito, ya casi tengo que entrar… Mi sombrero… ¿Y mis zapatos? ¡Quién
se los llevó!
RODRIGO: ¡Ah, chingá, si estaban aquí hace rato!
CARMINA: Espérate, Beto, ahora les pedimos que te los traigan.
RODRIGO: (Va hacia la puerta y susurra fuertemente.) ¡Aketzalli! ¡Aketzalli! (Sale.)
ALBERTO: ¿Y mi báculo? Carmina, yo lo dejé aquí. ¡Mi vestuario, por favor! Qué cabrones,
les pedí que me esperaran. Ni media hora me hice, casi choca el taxista de tanto que lo
apuré. (Llora.) Ya lo cagué todo, ¿verdad? No merezco nada. ¡Los dejé, los traicioné,
carnalitos! Perdónenme, por favor.
CARMINA: Siéntate, Betito. Hay tiempo. Lo importante es que ya estás aquí, ¿quieres un
cigarro?
ALBERTO: Por favor. (CARMINA saca un cigarro, lo prende, le da una fumada profunda y
se lo da.) No piensen mal de mí. No sé qué me pasó, se los juro.
CARMINA: No pensamos mal de ti. Eres un adorable y todos te queremos, recabrón.
Ándele, fúmele y deje de chillar.
ALBERTO: (Fuma y canturrea.) “Dicen que por las noches nomás se le iba en puro tomar…
dicen que…” ¡Mi vestuario!
Entra RODRIGO.
RODRIGO: Con la novedad de que el director se llevó su vestuario para ponérselo,
Maestro, que porque va a entrar al escenario a hacerla de Tiresias.
CARMINA: (Alarmada.) ¿No que lo iba a hacer desde la cabina?
RODRIGO: Pues que siempre no.
ALBERTO: ¡N’hombre, pero qué le pasa! (Se levanta apresurado e intenta salir del
camerino.) ¿Dónde está este cabrón? ¡Sebastián! (CARMINA lo intenta detener.)
¡Sebastián!
CARMINA: Cuál Sebastián, se llama Santiago. ¡Rodrigo, ayúdanos, por tu alma! (RODRIGO
cierra la puerta.)
RODRIGO: No, Maestra. Que venga el Sebastián y que nos explique por qué quiere salir a
escena, ahora hasta actor quiere ser.
ALBERTO: ¡Sebastián, Santiago o como te llames, niñito nalgas miadas, quítate mi
vestuario y déjame hacer mi trabajo! ¡Ábranme la puerta! (Pausa.) Me calmo, pero por favor,
déjenme salir. Ya tendría que estar ahí. Ándenles. (Pausa.) ¡Ábranmeeee con una
chingadaaa! (Pausa.) Ya lo escuché. (Pausa.) ¡No, no, no! ¡Así no, niño! (Pausa.) Un actor,
lleven un actor al escenario para que salve esta masacre. (Pausa.) Ándale, para que veas lo
que se siente, hazte bolas con tu texto todo culero. (Pausa.) ¡Perdónalo, Chófocles! (Se
derrumba. Llora.) Tiresias. Perdóname, mi cieguito. Tan bonito que yo lo iba a hacer…
¿Te acuerdas del original, Carmina? (Pausa.)
“Y la maldición que por dos lados te golpea, de tu madre y de tu padre, con paso
terrible te arrojará, algún día, de esta tierra, y tú, que ahora ves claramente,
entonces entrarás en la oscuridad.”
¡Eso es un autor, chinga’o! (Pausa.) Tengo frío. Pásenme mi ropa o ya de perdis una
cobija. Perdónenme, por favor. (Se duerme en el suelo. Sin hablar, RODRIGO y CARMINA
improvisan una cama en la zapatera de un rack de vestuario. Cuando está lista lo acuestan
y lo arropan, han terminado de arropar a ALBERTO. Entra JIMENA.
JIMENA: ¡Sí llegó! ¡Ay, güey, no mames! (Se tapa la nariz.)
CARMINA: ¡Shhh!
JIMENA: ¡Santi no lo va a dejar entrar así!
CARMINA: Calma, sólo hay que dejarlo dormir un poco.
JIMENA: ¡Güey, fue horrible! Santiago nos cambió todo el trazo y de la nada se puso a
madrear mi silla, güey. ¡Me dio un chingo de miedo! Y luego me dijo en voz baja que me
largara, güey, que porque él iba a hacer lo del corifeo también. ¡No mames, está como loco!
RODRIGO: ¿¡Qué!? ¡No, pero si esto ya es una pachanga! Órale, pues, pongámonos
creativos. Me toca. Pásenme el espray de pelo y el encendedor. (Los toma.) Esto se va a
poner locochón.
CARMINA: ¡Por el amor de Dios, Rodrigo, ve a hacer tus numeritos a otro lado!
RODRIGO: No, Carmina, no te equivoques, no fui yo quien empezó. Ya está suave de
solaparle sus mamadas. ¿El nene quiere acción? Acción tendrá. ¡Que arda Tebas! (Sale.)
JIMENA: ¡Hay que hacer algo pero ya! (Sale)
CARMINA: Sí, cuidar a Alberto. Ellos abrieron la caja de Pandora, que ellos la cierren.
Silencio.
(Suena el celular de ALBERTO y CARMINA lo toma.)
ALBERTO: ¡Es el mío!
CARMINA: No, Betito, tranquilo, por favor... (Se dirige al umbral de la puerta, recuesta a
ALBERTO. CARMINA contesta el teléfono.)
¿Bueno?... Hola, Laura, soy Carmina…
ALBERTO: ¡Mi mujer…!
CARMINA: Acuéstate ya, Beto…
CARMINA: (Al teléfono.) Todo bien, aquí está con nosotros…
ALBERTO: Uhh, Jim...niti… dile que le hablo ahori…muhlsf… (Se duerme.)
CARMINA: (Al teléfono.) Sí, es él… Mejor que te hable después, ahora está reposando…
Sí, te entiendo, pero... No, por favor… Yo lo sé, pero mejor espérate a que él te diga qué fue
lo que pasó… ¡Dios Cristo!... Laura, ya casi entro a escena, te voy a tener que colgar, pero
por favor prométeme que no vas a hacer ningún disparate… Te lo estoy pidiendo yo, hazme
ese favor, ¿sí?... Gracias, Laura… (Cuelga)
(Entra JIMENA.)
JIMENA: ¡Maestra, Rodrigo está como loco tirando llamaradas al aire!
(ALBERTO ronca. JIMENA se pone a buscar por el camerino.)
JIMENA: ¡¿No está aquí tampoco?!
CARMINA: ¡Shhh, no grites!
JIMENA: ¿Qué no había por aquí un extintor?
CARMINA: ¿¡Se está incendiando el teatro!?
JIMENA: Poco falta. Necesito el extintor para apagar a Rodrigo.
CARMINA: (Se asoma al monitor.) ¡¿Se está quemando?!
JIMENA: ¡No él, babosa, para que ya no siga lanzando fuego!
CARMINA: ¡Pídele ayuda a los técnicos!
JIMENA: ¡Les estamos dice y dice pero nada! Primero creí que los pendejos pensaban que
el fuego era parte de la obra, pero cuando fui a pedirles un extintor ni me pelaron. ¡Hijos de
la chingada!
CARMINA: No me extraña, ya están "hasta acá" de Santiago. Antes van a dejar que nos
achicharremos, que mover un dedo.! Llévate unas botellas de agua, siquiera.
JIMENA: No, ya en ésas, mejor el garrafón. (Toma el garrafón y sale.)
ALBERTO: (Se incorpora.) ¡Oh, qué la chin...! ¡’Ejen dormir!
CARMINA: Ya, Beto, ya se fue.
ALBERTO: …’ta madre… (Pausa.) Me voy, porque ya he dicho aquello para lo que vine, no
porque tema tu rostro. Nunca me podrás perder. Y te digo: ese hombre que, desde hace
rato, buscas con amenazas y proclamas a causa del asesinato de Layo está aquí.
ALBERTO se recuesta y se vuelve a dormir.
CARMINA: Beto... (Pausa.) Me duele el pecho, Beto… quiero que me trague la tierra. De
haber sabido que esto iba a pasar. ¡Perdóneme, por favor! (Comienza a llorar.) Nunca logré
ponerlos de acuerdo... Y es que yo los quiero mucho, pero no los entiendo, Beto, ni a
ustedes ni a Santi. (Pausa. ALBERTO ronca.) En momentos así me siento inútil... Hasta
creo que sería mejor regresar a la Biología, pero no puedo... Amo el Teatro más que a nada,
pero no invente, está bien difícil. Si tan sólo fuera como la Ciencia... Pero no, aquí todo es
subjetivo... (Pausa.) Por eso nunca supe si había que hacer lo que ustedes decían, o lo que
decía Santiago, o un poco de cada uno o de ninguno… ¡yo los veo tan hermosos en
escena! Rodrigo, Jimena… usted, Beto, que lo ilumina todo. ¿Y qué si hacemos el texto de
Sófocles o la adaptación de Santi? Con que esté hecho con el corazón, yo soy feliz, ¿a
poco no? Lo importante es que esté sucediendo en vivo... ¡Sucediendo! (Silencio.
ALBERTO Ronca.)

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