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Yves Saint Laurent: Legado y Funeral

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SAINT LAURENT, CHICO MALO

Moda y memoria, 1
MARIE-DOMINIQUE LELIÈVRE

S A I N T L A UR E NT ,
C H I CO M A LO
Traducción del francés de
Nuria Giménez Lorang

SU P ER F L U A
EDITORIAL

2018
TÍTULO ORIGINAL
Saint Laurent, mauvais garçon
© Editions Flammarion, 2010

Publicado por
EDITORIAL SUPERFLUA
Contenidos Culturales Superfla, S. L.

Muntaner 93, 4.º 1.ª


08036 Barcelona
superflua@[Link]
[Link]

PRIMERA EDICIÓN EN SUPERFLUA: mayo 2018

© de la foto de portada: John Downing, 1982


© de la traducción: Nuria Giménez Lorang, 2018
© de esta edición: Contenidos Culturales Superflua, S. L., 2018

ISBN: 978-84-948752-0-5
Depósito Legal: B 12432-2018

ARTE: Pau Masaló Llorà


IMPRESIÓN Y ENCUADERNACIÓN: Romanyà-Valls

Impreso en España / Printed in Spain

Las tipografías son Lovelo y Adobe Garamond


A Charles Genton
Creo que en la tierra sólo hay una felici-
dad posible. La de olvidarse de uno mismo
y dedicarse a los demás. Al intentar hacer
felices a los demás, uno acaba por obtener
retazos de esa felicidad.

Yves Saint Laurent


No fue más que un diseñador de moda. No inventó el cora-
zón artificial, no llevó a cabo ninguna revolución, no fue el
autor de ninguna obra maestra. Sus trajes, conservados en
una cámara frigorífica, se extinguen al mismo tiempo que las
mujeres que los llevaron. Sin embargo, reinó sobre su época.
Las imágenes de sus creaciones se vislumbran en la moda de
hoy. Fue el mayor modista de su época, que duró un decenio
aproximadamente. Como Dior, su maestro. No era apto para
nada más. Chanel tenía más autoridad; Madeleine Vionnet,
más talento; Schiaparelli, más fantasía; Balenciaga, más téc-
nica, Courrèges era más moderno. No obstante, fue la suma
algebraica de todo eso y de más aún, puesto que para él se creó
el mito del gran diseñador atormentado, figura que le sentaba
como un guante.

Acercarse a la iglesia de Saint-Roch no es fácil: todas las calles


están cerradas por policías vestidos de gala, guantes blancos y
cordón rojo, como si la casa Saint Laurent se hubiese encargado
de los accesorios. Asisto a su sepelio como al de un tío frágil.
Al igual que Serge Gainsbourg, el padre perverso, o Françoise
Sagan, la alocada hermana pequeña, pertenece a la familia

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de la posguerra que ha dado forma a la sociedad actual. Yves
Saint Laurent es el tito gay del pueblo. «La tía del pueblo», dice
burlándose un amigo.

Delante del quiosco de prensa, tan bonito que parece de juguete,


se ha instalado una pantalla gigante. Desde el amanecer, los
parisinos han venido a velar por él en la iglesia con el párroco
de Saint Roch. A petición de Pierre Bergé, el cura, visiblemente
incómodo, les pide que abandonen la iglesia. Es un funeral al
que sólo se puede entrar con invitación. La pequeña Simone,
amiga de la infancia de Yves, no tiene una. Acude a la ceremo-
nia como parte de la multitud anónima parisina mantenida
a distancia.

El jueves 5 de junio de 2008 tuvo lugar el último desfile de


Yves Saint Laurent. Su director, Pierre Bergé, repetía a menudo
las palabras de Beistegui: «Lo que importa en una fiesta no es
a quién se invita, sino a quién no se invita». Invitó a las perso-
nalidades más relevantes y expulsó al pueblo. Fue un hombre
de izquierdas al que no le gustaban los pobres. Su prioridad
era tener trato exclusivamente con la burguesía francesa: el
presidente de la República, el alcalde de París, los ministros, los
empresarios del mundo del lujo, los grandes modistas y estilistas,
los académicos y escritores oficiales, la exemperatriz Farah y
todo un repertorio1 de gente, parte de la cual Saint Laurent no
había conocido nunca. Ningún artista, ni un solo poeta. Los
happy few entraron uno a uno y se inclinaron ante Pierre Bergé.
Atrapados contra las vallas de seguridad, fotógrafos y cáma-
ras en uniforme de combate luchan para que no se les escape
ningún famoso. Una vez más, Pierre Bergé muestra su sentido
del espectáculo. Solo en la escalinata, recibe el féretro. En las
fotos no se ve a nadie más que a él. A Lucienne Mathieu Saint

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Laurent, la madre de Yves, a Brigitte y a Michèle, sus hermanas,
a sus sobrinos y sobrinas se les ha rogado que entren discreta-
mente por la sacristía.

Cinco ramos de lirios sobresalen en el coro, las capillas latera-


les tienen tantas flores como un jardín mediterráneo. Moulié
Savart, el florista de la plaza del Palais Bourbon, ha hecho
acopio de las flores blancas más espléndidas: campos enteros
de lirios de Casablanca, rosas, peonías. El otro artesano ente-
rrado aquí hace tres siglos, el jardinero André Le Nôtre, debe
estar tremendamente pasmado. Bajo un seto de jazmín, los
invitados alcanzan las filas de pequeñas sillas Napoleón III,
utilizadas habitualmente en los desfiles, cada una de las cuales
lleva un nombre. Están los amigos íntimos, Anne-Marie Muñoz
y Betty Catroux, que han acompañado a Yves hasta su último
aliento en la calle Babylone, Loulou de La Falaise y su marido
Thadée. Y las personas de la casa, los más destacados del taller,
colaboradoras, responsables de relaciones públicas, directores,
modelos de todas las épocas.

Mientras que, precedido por Pierre Bergé, el féretro entra en


la iglesia, las modelos forman una cadena con sus manos. De
Victoire, su primera musa —a la que conoció en 1954—, a
Kewe, la última, reclutada en 1999; cuarenta años de belleza
Saint Laurent se agrupan alrededor de Nicole Dorier, la jefa de
cabina, vestida de azul marino porque a Yves le gustaba con ese
color: Jacqueline, Anna Pavlowski, la antillana Mounia, Dothi,
Kirat, Violeta Sánchez, Laetitia Casta, Sadiya Gueye —que ha
venido con Kewe, de Dakar, y vestida de blanco—, Amalia, la
última princesa del harén.
«Vamos a pedirle a Dios que le devuelva su llama», dice el
párroco antes de reanimar el cirio pascual.

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La llama de Yves Saint Laurent se había extinguido bastan-
te antes de su muerte. Si su alegría de vivir se había disuelto,
durante su infancia había estado lleno de alegría.
Una tela de color azafrán con gavillas de trigo cosidas cubre
el féretro recordando que Yves Saint Laurent fue un hombre
del Mediterráneo.
«Laurent significa “laureles”, los del sufrimiento y de la
gloria; a Yves Saint Laurent no le daba miedo el sufrimiento,
le gustaba citar las palabras de Proust: “la familia lamentable de
los nerviosos es la sal de la tierra”», continúa el cura.
La frase resuena en la calle repentinamente silenciosa. Y
mientras se eleva la voz de la Callas, las lágrimas van cayendo.
Fuera, la multitud está tan recogida que el sonido de un teléfono
móvil provoca la exclamación: «¡Es un funeral, por favor!». En
los balcones de la calle Saint Honoré, los cuellos se estiran para
atisbar en la pantalla gigante a Catherine Deneuve, que lee, con
una dignidad de reina madre, un poema de Whitman. Después
es el turno de Pierre Bergé de recitar un texto en el que se dirige
al diseñador con una voz trémula, a lo Jouvet.
«Es la última vez que te hablo, Yves […]».
Detrás de la pareja presidencial, como Luis XVI y María
Antonieta en sus tronos, la nave no está ni mucho menos lle-
na: las filas vacías habrían tenido capacidad para albergar a los
amantes del modista que están aquí desde el amanecer.

«Junto con Chanel, porque si hay un nombre que debe ser


mencionado hoy, y sólo uno, es sin duda el suyo, Chanel, que te
designó como su sucesor, habrás sido el diseñador más importan-
te del siglo xx, ella de la primera mitad, tú de la segunda […]».
Con vehemencia, San Pierre asigna los puestos en el paraíso
glorioso de los diseñadores, como otrora hizo con los puestos
en los desfiles. Allá arriba, Madeleine Vionnet, Madame Grès,

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Cristobal Balenciaga, Poiret, Christian Dior, Schiaparelli y
muchos otros le harán novatadas al pequeño Saint Laurent. Por
cierto, ¿designó Chanel a su joven compañero de profesión? Un
gesto tan altruista no encaja con su forma de ser. Bergé lo ha
arreglado un poco para su discurso. La ordalía, de hecho, fue
pérfida. Una crueldad de modista. Si Chanel, el 11 de febrero
de 1968, en el programa de televisión Dim Dam Dom, admite
que Yves es su sucesor, es para demolerlo. «Yves Saint Laurent
tiene toda la razón. Me copia. Y cuanto más me copie, más
éxito tendrá»2.
Luego, aludiendo a su propia muerte, Bergé contiene un
sollozo antes de añadir que en la lápida hará grabar estas sencillas
palabras: «Yves Saint Laurent, modista francés». Tan francés, sí.
Tan provinciano, también.

En el momento de la bendición, al padre Roland Letteron,


capellán de los artistas, se le cruzan los cables e insta a acercarse
al ataúd… de Pierre Bergé. A pesar de su tristeza, la pequeña
Simone contiene una risa. Bergé ha debido acosar terriblemente
al clérigo para que lo entierre de forma prematura. Un «¡oh!»
de estupor recorre la multitud. El lapsus no es absurdo. Bergé
parece haber organizado sus propias exequias. Además, Brigitte
Mathieu Saint Laurent, la hermana pequeña de Yves, lamenta
que la agradable coral que le gustaba tanto a su hermano no
haya cantado:

Jesús, que mi dicha habita,


mi corazón sana y consuela.
Él me aleja de toda cuita
y a mi vida da fuerza,
gozo y luz a mis ojos,
y felicidad a mi alma, su tesoro.

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Por eso a Jesús no dejo
de mi corazón y alma lejos.*

Desde su sitio, la pequeña Simone ni siquiera divisará el féretro.


Envuelto en la bandera tricolor, ha sido colocado en medio de
la calle donde se le rinden los honores militares, algo que puede
resultar sorprendente en el funeral de un diseñador que acusó
al ejército de haberle aplicado electroshock. Sin embargo, Saint
Laurent, a su manera, era un guerrero: frágil y combativo, era
hiperagresivo. Muy inteligente, utilizó su timidez como un
arma. Pocas personas se le resistían. Esta misma mañana, en esta
misma iglesia, se ha celebrado el funeral de Christine Fersen,
una socia plena de la Comédie-Française. Esta casualidad no
habría disgustado al diseñador.

El sábado 6 de mayo de 1950, en Orán, Yves Mathieu Saint


Laurent asiste a una representación de La escuela de las mujeres,
de Molière, con Louis Jouvet en el papel de Arnolphe, y con
escenografía de Christian Bérard. A los trece años, va al teatro
por primera vez. Cuando se abre la casa de Agnès, cinco lám-
paras caen de unas nubes pintadas, derramando sobre el joven
espectador deslumbrado el resplandeciente hechizo del teatro.
Transportado, su corazón de niño desea ofrecer a sus hermanas
pequeñas la misma fascinación cuanto antes.
Yves se aprende pasajes enteros de la obra y, en una caja de
madera, fabrica un pequeño teatro. El escenario es un decorado
pintado con una cortina en trampantojo. Recorta figuras de
cartón a las que viste con viejas sábanas pintadas a la aguada 3
y hace representaciones para sus hermanas. Es una forma de

* Última estrofa de la cantata Herz und Mund und Tat und Leben, BWV
147, de Johann Sebastian Bach. (N. del E.)

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empezar a relacionarse con ellas, de compartir juegos con dos
niñas más pequeñas que él. Interpretando Santa Juana, de Ber-
nard Shaw, le prende fuego a la hoguera y el teatro se quema.
En su casa es alegre, feliz, «bromista»4, dice Brigitte. En la
escuela es otra historia. Sus compañeros se burlan de su aspecto
afeminado. En el recreo, Yves se queda solo, apoyado en un
muro. Sin jugar con nadie. No busca la amistad. «A partir de
sexto, la escuela fue algo espantoso para mí»5.

El pequeño teatro es su refugio en las nubes. Para consolarse, se


inventa argumentos de revancha y declara con rabia: «Algún día
veré mi nombre escrito con letras de fuego sobre los Campos
Elíseos». Se atiborra de best sellers histórico-sentimentales como
Por siempre Ámbar, de Kathleen Winsor, o Carolina querida, de
Cécil Saint-Laurent, cuyos personajes pinta a la acuarela con
todos los detalles de su vestimenta.
En diciembre de 1953, el pequeño francés de Argelia llega
a París con su madre para recibir el tercer premio del concur-
so del Secretariado Internacional de la Lana, cuyo anuncio
encontró en la revista Paris Match. París es una ciudad que
sólo conoce por el Monopoly. Gracias a su familia, tiene un
protector, Michel de Brunhoff, que dirige la revista Vogue. Al
año siguiente, Yves se instala en París para seguir los cursos de
la Cámara Sindical de la Costura, cuyo diploma no logrará
jamás. Dice querer diseñar decorados y vestuario, y pasarse la
vida en la Comédie-Française. Michel de Brunhoff no logra
enchufarle, es una plaza inaccesible. El 20 de junio de 1955,
Yves entra en Dior y viste la bata blanca de los diseñadores. En
un desfile del 5 de julio de 1955, firma el modelo n.º 335: un
vestido de tubo de terciopelo negro con un gran escote y con
una cinta de raso por encima de la cintura. Richard Avedon lo
fotografió entre dos elefantes en el Circo de Invierno de París

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para la revista Harper’s Bazaar. Es su célebre fotografía Dovima y
los elefantes. Primer golpe maestro, Yves Mathieu Saint Laurent
tiene dieciocho años.

Tras la muerte de Christian Dior, tres años más tarde, Yves le


sucede en el puesto. Christian Dior es enterrado en Callian, en
el departamento de Var, cerca de su castillo de Montauroux.
En el cortejo fúnebre, dos jóvenes que no se conocen: Pierre
Bergé e Yves Saint Laurent. Una foto muestra a ambos mezclados
entre la multitud. En enero de 1958, cuando Yves presenta su
primera colección en la avenida Montaigne, Pierre está en la sala.

Conozco a Yves Saint Laurent desde hace mucho tiempo.


Tenía diez años cuando mi madre desfiló en Duala llevan-
do un vestido Mondrian. Confeccionado por su costurera,
como sus vestidos o trajes de Balenciaga, Balmain, Givenchy,
Courrèges. Piezas bien hechas, aún me pongo algunas. Le doy
la vuelta a un vestido. En una costura descubro una etiqueta:
Florence, Douala. Lo que me conmueve en esta ropa está en
el reverso. El dobladillo y las costuras con sobrehilado a mano,
los minúsculos broches de presión cosidos de forma irregular.
El rastro de la mano humana, la torpeza de la inexperiencia,
algo tosco y algo refinado. La Costura.

La investigación empieza mal. Las puertas se cierran de repente.


Incluso aquellas que unas semanas antes se abrían de par en
par para hablar de Françoise Sagan. Para recordar a Yves Saint
Laurent, a quien ha conocido tan bien como a Françoise, su
amiga Charlotte Aillaud accede a reunirse conmigo. Gran dama
encantadora y refinada proveniente de otro mundo, Charlotte
es la hermana mayor de Juliette Gréco. Su época vintage es la
de Proust. En cada visita a la calle Jacob, una asistenta con

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uniforme me recibe, sirve el té en una taza tan frágil como la
cáscara de un huevo y me deja rodeada de fotos enmarcadas,
amistades que Charlotte ha perdido en los campos de batalla
de la mundanidad. Con la luz embelleciendo su tez, Charlotte
entra con un atuendo impecable, en otoño con un total look de
color ébano, en primavera, de color marrón glacé. Se expresa
bien, termina sus frases, lo cual es raro, y así, envuelta en una
nube de Guerlain, viajo al pasado con la que fue la última
compañera del barón de Rédé.
La víspera de nuestro encuentro, Charlotte lo cancela cor-
tésmente. Me veo así expulsada de su reino.
«Pierre no quiere que hable».
Dice esta frase, palabra por palabra. Pierre, es Pierre Bergé.
¿Cómo se puede prohibir a alguien que se exprese?
«Intente convencerle y la recibiré. Pero por lo que más quiera,
no compare a Françoise con Yves, sería un error: ¡para Pierre,
Yves es un genio!». ¡Un genio! ¡Ay! Miguel Ángel, Leonardo da
Vinci, Einstein, Newton, Shakespeare…

¿Abandonar? Hace años que pienso en este libro. En la serie de


retratos de familia que he emprendido, Yves Saint Laurent tiene su
lugar. Un lugar grande y bello, aunque se sepa poca cosa de él. Se
presta a todas las suposiciones porque ha dado pocas entrevistas.
Cuando fui por primera vez a un desfile de Saint Laurent, se me
saltaron las lágrimas. Me gustaría entender por qué.
Otros se escabullirán. Como dijo John Fairchild, el antiguo
jefe de Women’s Wear Daily, decir la verdad es casi ilegal en el
mundo de la moda. Encontrar un biógrafo no autorizado es
asumir el riesgo de una excomunión.
La moda es un medio conformista. El peor de los confor-
mismos, el de la novedad. Cortesanos del antiguo régimen, la
gente de la moda está siempre dispuesta a cambiar de bando.

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La gente de la moda nunca se viste así como así. Sobrevivir en
este nido de avispas obliga a llevar una especie de segunda piel,
todo apariencia. Se cambia de opinión como de camisa. Por el
camino, uno se olvida de quién es.
«Usted conoce a Pierre, es susceptible y violento», me dice
Charlotte. No, yo no conozco a «Pierre». Sí le he visto varias
veces, pero no lo conozco. En una ocasión nos citamos para
hablar de Françoise Sagan. Me recibió en la avenida Marceau
en un gran despacho solemne, se mostró cortés, poco locuaz,
irritable. Como en el documental en el que William Klein
filma los inicios de la casa de moda, en la calle Spontini, y
muestra a un joven Pierre lleno de impaciencia y de tics, cruce
irascible entre Rastapopoulos, el antagonista de Tintín, y Louis
de Funès. Adopta un personaje y no sale del mismo. En otra
ocasión, me lo encontré en un restaurante. Fue para celebrar la
jubilación de Lulu, la famosa cocinera del miterrandismo, que
dejaba su restaurante L’Assiette, en la calle Château. Impuso el
menú mostrando total indiferencia hacia el grupo de gays que
le acompañaba y nadie dijo ni pío. Cuando en la sala empezó
a sonar un canto en honor de Lulu, la cocinera agarró con su
brazo la cabeza de Pierre Bergé, que ronroneó de puro contento.
No todo el mundo teme a Pierre Bergé.
Trabajar con un obstáculo resulta estimulante. Cuando
la puerta está cerrada, se entra por la ventana. Y hay muchas
ventanas en la casa. Yves Saint Laurent vivía en un mundo de
mujeres. Tejieron una segunda piel protectora a su alrededor
sin la cual esta disección nunca se hubiese podido llevar a cabo.
Amigas de la infancia, su hermana, sus musas, su mano dere-
cha, las costureras y clientas aceptaron verme una y otra vez,
contarme sus recuerdos y abrir sus álbumes de fotos. Este libro
es una trama en la que las mujeres tejen el hilo conductor: Yves
Saint Laurent, que nunca abandonó sus faldas, emerge al trasluz.

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No me he reunido con todas las personas que, en un mo-
mento u otro, han gravitado en su órbita, sino que he preferido
cavar más hondo en las minas que me parecían más ricas. Sus
trabajadoras, sus modelos y sus allegados me han permitido
reconstruir tres grandes desfiles y la historia de la foto de la
calle Aubriot, tomada por Helmut Newton. También me han
ilustrado banqueros, médicos y el servicio doméstico. Pierre
Bergé me concedió dos largas entrevistas para… su retrato en
el periódico Libération. Con ese motivo pude aclarar algunos
puntos, y Charlotte Aillaud y otros aceptaron recibirme.
La muy completa biografía de Laurence Benaïm, el estudio
de Alicia Drake sobre los años setenta del modista o la rigurosa
investigación económica de Alice Rawsthorn me han resultado
muy útiles.

Yves Saint Laurent habló tan poco que este libro podría ti-
tularse «CÁLLATE, YVES» si yo no hubiese buscado oír su
voz. Obtuvo todos los bienes que codician hoy los jóvenes:
fama, amor, riqueza, belleza… No obstante, era terriblemente
infeliz. Convertido en un monstruo, un monstruo sagrado,
vivía solo desde hacía varios años, acurrucado en un mausoleo
lleno de posesiones.
Yves Saint Laurent era un as de los medios de comunica-
ción. Durante su vida, fabricó, y dejó que se fabricara, un mito
que convenía a sus negocios. Él, que desde la niñez adornó
su vida, estaría sin duda consternado de ver la investigación
de su existencia en manos de una mujer cuyo vestuario se
compone básicamente de tejanos y jerséis de color azul mari-
no. No era ni amable ni generoso, e instrumentalizaba a los
demás para triunfar. Pero se dejó la piel en su profesión e hizo
la vida más bella.
Este es mi diario de a bordo.

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