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La soledad de un estudiante

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Un hombre que duerme Georges Perec

Novela cumbre de la «Literatura Bartleby», auténtico sím-

bolo generacional, Un hombre que duerme narra la peripe-

cia de un estudiante que decide no levantarse de la cama

el día de sus exámenes de Sociología, abandonar sus estu-

dios, romper toda relación con amigos y parientes, y re-

cluirse en sí mismo y en su chambre de bonne, donde todo

es gris. Más tarde se dedicará a deambular incansable por

París, a ir al cine, a leer los titulares de los periódicos, pero

como lo haría un sonámbulo. Para el estudiante todo for ma

parte de una vaga estrategia encaminada a alejarse de los

deseos materiales, de la ambición y de su dependencia de

los objetos, los ambientes, los sonidos y aromas de París, la

ciudad que lo ha acogido y que lo acabará fagocitando.

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Un hombre que duerme Georges Perec

para Paulette

In memoriam J. P.

2
Un hombre que duerme Georges Perec

No es necesario que salgas de casa. Quédate a tu

mesa

y escucha. Ni siquiera escuches, espera solamente.

Ni siquiera esperes, quédate completamente

solo y en silencio. El mundo llegará a ti para

hacerse desenmascarar, no puede dejar de

hacerlo, se proster nará extático a tus pies.

FRANZ KAFKA

Consideraciones acerca del pecado,

el dolor, la esperanza y el camino verdadero

3
Un hombre que duerme Georges Perec

APENAS CIERRAS LOS OJOS, la aventura del sueño comienza. A

la penumbra conocida de la buhardilla, volumen oscuro

cortado por detalles, donde tu memoria identifica sin es-

fuerzo los caminos que has recorrido mil veces, trazándolos

de nuevo a partir del cuadrado opaco de la ventana, resuci-

tando el lavabo a partir de un reflejo, la estantería a partir

de la sombra un poco más clara de un libro, precisando la

masa más negra de la ropa colgada, sucede, tras un cierto

tiempo, un espacio bidimensional, como un cuadro sin lími-

tes ciertos que for mara un ángulo muy pequeño con el pla-

no de tus ojos, como si reposase, no del todo perpendicu-

lar mente, sobre el puente de tu nariz, cuadro que, en prin-

cipio, puede parecerte unifor memente gris, o más bien

neutro, sin colores ni for mas, pero que, rápidamente sin du-

da, resulta poseer al menos dos propiedades: la primera es

que se oscurece más o menos según cierres con mayor o

menor fuerza los párpados como si, más precisamente aún,

la contracción que ejerces sobre el trazo de tus cejas cuan-

do cierras los ojos tuviera el efecto de modificar la inclina-

ción del plano en relación con tu cuerpo, como si el trazo

de tus cejas for mase el eje y, por consiguiente, a pesar de

que esta consecuencia no parezca demostrable sino por la

evidencia, el de modificar la densidad o la calidad de la os-

curidad que percibes; la segunda es que la superficie de

este espacio no es regular en absoluto, o más precisamen-

te, que la distribución, el reparto de la oscuridad no se rea-

liza de manera homogénea: la zona superior es manifiesta-

mente más oscura, la zona inferior, que te parece la más

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Un hombre que duerme Georges Perec

cercana aunque ya, evidentemente, las nociones de cerca y

lejos, alto y bajo, delante y detrás, han dejado de ser del

todo precisas, es mucho más gris, es decir, no mucho más

neutra como crees al principio, sino mucho más blanca, y

por otro lado contiene, o soporta, una, dos o más tipos de

bolsas, de cápsulas, un poco la idea que te haces de una

glándula lacrimal, por ejemplo, de bordes finos y ciliados, y

en cuyo interior tiemblan, se agitan, se retuercen relámpa-

gos muy muy blancos, a veces muy delgados, como estrías

muy finas, a veces mucho más gruesos, casi gordos, como

gusanos. Estos relámpagos, aunque relámpagos sea un tér-

mino del todo inapropiado, poseen la curiosa virtud de no

poder ser observados.

En el momento en que fijas demasiado tu atención so-

bre ellos, y es casi imposible no hacerlo pues acaban dan-

zando ante ti y todo el resto es casi inexistente, en realidad,

no hay nada mucho más perceptible que el eje de tus cejas

y este espacio tan vago de dos dimensiones más o menos

perceptible donde la oscuridad se extiende irregular mente,

pero desde el momento en que los miras, aunque esta pa-

labra no quiera ya decir nada, claro, desde el momento en

que buscas, por ejemplo, asegurarte, por poco que sea,

acerca de su for ma, o de su sustancia, o de un detalle, pue-

des estar seguro de encontrarte, con los ojos abiertos, ante

la ventana, ese rectángulo opaco que se ha vuelto cuadra-

do, aunque esta o estas bolsas no se le parezcan en nada.

Pero reaparecen, y con ellas el espacio más o menos incli-

nado que se articula sobre tus cejas, un poco después de

haber vuelto a cerrar los ojos y, aparentemente, no han

cambiado desde la otra vez. No puedes, sin embargo, estar

totalmente seguro de este último punto porque, tras un

tiempo difícilmente apreciable, y aunque nada te per mita

todavía afir mar que hayan desaparecido verdaderamente,

puedes constatar que han palidecido de modo considera-

ble. Ahora te las tienes que ver con una especie de grisalla

de rayas, que sigue perteneciendo a este mismo espacio

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Un hombre que duerme Georges Perec

que prolonga más o menos tus cejas, pero, se podría decir,

defor mado hasta el punto de aparecer constantemente

desviado hacia la izquierda; puedes mirarlo, explorarlo, sin

trastocar el conjunto, sin suscitar un despertar inmediato,

pero esto carece totalmente de interés. A tu derecha es

donde pasa algo, en esta ocasión una tabla, más o menos

detrás, más o menos debajo, más o menos a la derecha. La

tabla obviamente no se ve. Solamente sabes que es dura,

aunque no estés arriba ya que, justamente, te encuentras

sobre algo muy blando que es tu propio cuerpo. Entonces

se produce un fenómeno a todas luces sorprendente: en un

principio hay tres espacios que nada te per mitiría confundir,

tu cuerpo-cama que es blando, horizontal y blanco, des-

pués el trazo de tus cejas que controla un espacio gris, me-

diocre, sesgado, y la tabla, finalmente, que per manece in-

móvil y es muy dura por encima, paralela a ti, y quizás acce-

sible. Está claro, en efecto, incluso aunque eso sea lo único

que esté claro, que si trepas a la tabla, duer mes; que la ta-

bla, es el sueño. El principio de la operación no puede ser

más simple, a pesar de que todo apunte a que te hará falta

mucho tiempo: habrá que reducir la cama, el cuerpo, hasta

que no sean más que un punto, una canica, o bien, lo que

es igual, habrá que reducir toda la flaccidez del cuerpo,

concentrarla en un único lugar, por ejemplo en algo como

una vértebra lumbar. Pero el cuerpo, en ese instante, ya no

presenta en absoluto la bella unidad de hace un instante;

de hecho, se despliega en todos los sentidos. Tratas de lle-

var hacia el centro un dedo del pie o el pulgar, o el muslo,

pero entonces, cada vez, olvidas una regla: que no hay que

perder nunca de vista la dureza de la tabla, que había que

proceder con astucia, guiar al cuerpo sin que presagie na-

da, sin que tú mismo lo sepas con certeza, pero es dema-

siado tarde, cada vez desde hace mucho tiempo, ya dema-

siado tarde y, curiosa consecuencia, el trazo de tus cejas se

parte en dos y en el centro, entre los dos ojos, como si el

eje hubiese sujetado todo el conjunto y toda la fuerza de

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Un hombre que duerme Georges Perec

ese eje confluyera en ese punto, aparece de repente un do-

lor preciso, indudablemente consciente, y que reconoces

enseguida como el más banal de los dolores de cabeza.

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Un hombre que duerme Georges Perec

ESTÁS SENTADO, A PECHO descubierto, vestido tan sólo con

un pantalón de pijama, en tu buhardilla, sobre el banco es-

trecho que te sirve de cama, con un libro, las Lecciones so-

bre la sociedad industrial de Raymond Aron, posado sobre

las rodillas, abierto por la página ciento doce.

Al principio es sólo una especie de lasitud, de fatiga,

como si percibieras repentinamente que desde hace mu-

cho, varias horas, eres presa de un malestar insidioso, entu-

mecedor, apenas doloroso y sin embargo insoportable, la

impresión dulzona y sofocante de no tener músculos ni

huesos, de ser un saco de yeso entre sacos de yeso.

El sol golpea sobre las láminas de zinc del tejado. Fren-

te a ti, a la altura de los ojos, sobre una estantería de ma-

dera blanca, hay un bol de Nescafé medio vacío, un poco

sucio, un paquete de azúcar a medio ter minar, un cigarrillo

que se consume en un cenicero publicitario de opalina falsa

y blanquecina.

Alguien va y viene en la habitación contigua, tose, arras-

tra los pies, desplaza muebles, abre cajones. Una gota de

agua sale continuamente del grifo de la toma de agua del

descansillo. Los ruidos de la rue Saint-Honoré suben desde

muy abajo.

Suenan las dos en el campanario de Saint-Roch. Abres

los ojos, dejas de leer, aunque ya no leías desde hace mu-

cho. Dejas el libro abierto a tu lado, sobre el banco. Extien-

des la mano, aplastas el cigarrillo humeante del cenicero,

rematas el bol de Nescafé: está apenas tibio, demasiado

azucarado, un poco amargo.

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Un hombre que duerme Georges Perec

Estás empapado de sudor. Te levantas, vas hacia la ven-

tana y la cierras. Abres el grifo del minúsculo lavabo, te pa-

sas una manopla húmeda por la frente, por la nuca, por los

hombros. Con los brazos y pier nas encogidos, te acuestas

de lado sobre el banco estrecho. Cierras los ojos. Te pesa la

cabeza, tienes las pier nas entumecidas.

Más tarde, llega el día de tu examen y no te levantas.

No es un gesto premeditado, ni siquiera es un gesto, sino

una ausencia de gesto, un gesto que no haces, gestos que

evitas hacer. Te has acostado pronto, has dor mido plácida-

mente, le habías dado cuerda a tu despertador, lo has oído

sonar, esperaste a que sonara, durante varios minutos al

menos, ya despierto por el calor, o por la luz, o por el ruido

de los lecheros, de los basureros o por la espera.

Tu despertador suena, no te mueves en absoluto, te

quedas en la cama, vuelves a cerrar los ojos. Otros desper-

tadores comienzan a sonar en las habitaciones contiguas.

Oyes ruidos del desagüe, puertas cerrándose, pasos que se

precipitan por las escaleras. La rue Saint-Honoré comienza

a llenarse de ruidos de coches, crujidos de neumáticos,

cambios de marchas, breves bocinazos. Los postigos se cie-

rran de golpe, los tenderos abren sus persianas metálicas.

Tú no te mueves. No te moverás. Otro, un sosias, un

doble fantasmagórico y meticuloso hace, quizás, en tu lu-

gar, uno a uno, los gestos que tú ya no haces: se levanta, se

lava, se afeita, se viste, se va. Tú le dejas ir saltando por las

escaleras, correr por la calle, pescar el autobús al vuelo, lle-

gar a la hora convenida, sin aliento, triunfante, a las puertas

del aula. Certificado de estudios superiores de Sociología

General. Primera prueba escrita.

Te levantas demasiado tarde. Allí, cabezas estudiosas o

aburridas se inclinan pensativas sobre los pupitres. Las mi-

radas quizá inquietas de tus amigos convergen en tu pues-

to que queda libre. No dirás en cuatro, ocho o doce folios

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Un hombre que duerme Georges Perec

lo que sabes, lo que piensas, lo que sabes que hay que

pensar sobre la alienación, sobre los obreros, sobre la mo-

der nidad y sobre el ocio, sobre los oficinistas o sobre la au-

tomatización, sobre el conocimiento de los demás, sobre

Marx rival de Tocqueville, sobre Weber enemigo de Lukács.

De todas for mas, no habrías dicho nada porque no sabes

gran cosa y no piensas nada. Tu puesto per manece vacío.

No acabarás tu licenciatura, no empezarás ningún posgra-

do. No estudiarás más.

Preparas, como cada día, un bol de Nescafé; le añades,

como cada día, algunas gotas de leche condensada azuca-

rada. No te lavas, apenas te vistes. En un barreño de plásti-

co rosa, pones en remojo tres pares de calcetines.

No vas a la salida del aula de examen a infor marte so-

bre los temas que han puesto a prueba la perspicacia de

los candidatos. No vas a la cafetería donde la costumbre

habría querido que fueses, como cada día, particular mente

en este día de excepcional gravedad, a encontrarte con tus

amigos. Uno de ellos, a la mañana siguiente, va a subir los

seis pisos que conducen a tu cuarto. Reconocerás sus pasos

en la escalera. Le dejarás llamar a tu puerta, esperar, volver

a llamar, un poco más fuerte, buscar encima del dintel la lla-

ve que a menudo dejabas cuando te ausentabas unos mi-

nutos para bajar a buscar pan, café, cigarrillos o el periódi-

co o el correo, seguir esperando, golpear débilmente, lla-

marte en voz baja, dudar, y volver a bajar, pesadamente.

Vuelve, más tarde, y desliza una nota bajo la puerta.

Después llegaron otros, al día siguiente, dos días después,

tocaron la puerta, buscaron la llave, llamaron, deslizaron

mensajes.

Lees las notitas y haces una bola con ellas. Te conciertan

citas a las que no vas. Per maneces tendido sobre tu banco

estrecho, los brazos tras la nuca, las rodillas en alto. Miras al

techo y descubres en él las grietas, los desconchones, las

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Un hombre que duerme Georges Perec

manchas, los relieves. No tienes ganas de ver a nadie, ni de

hablar, ni de pensar, ni de salir, ni de moverte.

Un día como éste, algo más tarde, algo más pronto,

descubres sin sorpresa que algo no va bien, que, hablando

en plata, no sabes vivir, que no sabrás jamás.

El sol pega sobre la chapa del tejado. El calor dentro de

la buhardilla es insoportable. Estás sentado, bloqueado en-

tre el banco y la estantería, con un libro abierto sobre las

rodillas. Hace tiempo que ya no lees. Tus ojos per manecen

fijos sobre una estantería de madera blanca, sobre un ba-

rreño de plástico rosa en el que se pudren seis calcetines.

El humo de tu cigarrillo abandonado en el cenicero sube,

rectilíneo o casi, y se expande en una capa inestable bajo el

techo marcado por minúsculas grietas.

Algo se rompía, algo se ha roto. Ya no te sientes —¿có-

mo decirlo?— apoyado: algo que, te parecía, te parece, te

reconfortó hasta entonces, te mantuvo cálido el corazón, el

sentimiento de tu existencia, casi de tu importancia, la im-

presión de pertenecer, de nadar en el mundo, comienza a

faltarte.

Sin embargo no eres de esos que pasan sus horas de vi-

gilia preguntándose si existen y por qué, de dónde vienen,

qué son, dónde van. Nunca te has interrogado seriamente

sobre qué es anterior, si el huevo o la gallina. Las inquietu-

des metafísicas no han cincelado notablemente los rasgos

de tu noble rostro. Pero nada queda de esta trayectoria

rectilínea, de este movimiento hacia delante donde fuiste,

desde siempre, invitado a reconocer tu vida, es decir su

sentido, su verdad, su tensión: un pasado rico en experien-

cias fecundas, en lecciones bien retenidas, en radiantes re-

cuerdos de infancia, en resplandeciente bienestar campes-

tre, en estimulantes vientos marinos, un presente denso,

compacto, recogido como un muelle, un futuro generoso,

reverdeciente, aireado. Tu pasado, tu presente, tu futuro se

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Un hombre que duerme Georges Perec

confunden: son únicamente la pesadez de tus miembros, tu

migraña insidiosa, tu lasitud, el calor, la amargura y la tibie-

za del Nescafé. Y, si es necesario un decorado para tu vida,

no es la majestuosa explanada (generalmente, una ilusión

espectacular de perspectiva) donde juguetean y desapare-

cen los niños de mofletes rollizos de la humanidad conquis-

tadora, sino, por más esfuerzos que hagas, por más ilusión

que aún albergues, es este cuartucho en un altillo que te

sirve de habitación, este cuchitril de dos metros con noven-

ta y dos de largo por un metro setenta y tres de ancho, de

un pelín más de cinco metros cuadrados, esta buhardilla de

la que no te has vuelto a mover después de varias horas,

después de varios días: estás sentado sobre un banco de-

masiado corto para que puedas, por la noche, extenderte

todo lo largo que eres, demasiado estrecho para que pue-

das darte la vuelta sin riesgos. Miras, ahora casi fascinado,

un barreño de plástico rosa que contiene no menos de seis

calcetines.

Te quedas en tu cuarto, sin comer, sin leer, casi sin mo-

verte. Miras el barreño, la estantería, tus rodillas, tu mirada

en el espejo resquebrajado, el bol, el interruptor. Escuchas

los ruidos de la calle, la gota de agua en el grifo del des-

cansillo, los ruidos de tu vecino, sus carraspeos, los cajones

que abre y cierra, sus ataques de tos, el silbido de su tete-

ra. Sigues, sobre el lecho, la línea sinuosa de una fina grie-

ta, el itinerario inútil de una mosca, la progresión casi locali-

zable de las sombras.

Ésta es tu vida. Esto es lo que tienes. Puedes hacer el

inventario exacto de tu escasa fortuna, el balance preciso

de tu primer cuarto de siglo. Tienes veinticinco años y vein-

tinueve dientes, tres camisas y ocho calcetines, algunos li-

bros que ya no lees, algunos discos que ya no escuchas.

No tienes ganas de acordarte de nada, ni de tu familia, ni

de tus estudios, ni de tus amores, ni de tus amigos, ni de

tus vacaciones, ni de tus proyectos. Has viajado y no has

traído nada de tus viajes.

12
Un hombre que duerme Georges Perec

Estás sentado y sólo quieres esperar, esperar solamente

hasta que no haya nada más que esperar: que venga la no-

che, que den las horas, que los días se vayan, que los re-

cuerdos se desdibujen.

No vuelves a ver a tus amigos. No abres la puerta. No

bajas a buscar el correo. No devuelves los libros que to-

maste prestados de la Biblioteca del Instituto Pedagógico.

No escribes a tus padres.

Sólo sales cuando ya es de noche, como las ratas, los

gatos y los monstruos, arrastras los pies por las calles, te

dejas caer en los pequeños cines mugrientos de los Gran-

des Bulevares. A veces caminas durante toda la noche; a

veces duer mes todo el día.

Eres un holgazán, un sonámbulo, una ostra. Las defini-

ciones varían según las horas, según los días, pero el senti-

do per manece más o menos claro: te sientes poco hecho

para vivir, para actuar, para hacer cosas; no quieres más que

durar, no quieres más que la espera y el olvido.

La vida moder na generalmente aprecia poco tales anhe-

los: a tu alrededor has visto, desde siempre, cómo se privi-

legiaban la acción, los grandes proyectos, el entusiasmo:

hombre que va hacia delante, hombre con los ojos fijos so-

bre el horizonte, hombre mirando en línea recta ante sí. Mi-

rada límpida, mentón tenaz, paso seguro, vientre liso. La te-

nacidad, la iniciativa, el golpe de efecto, el triunfo trazan el

camino demasiado nítido de una vida demasiado modélica,

dibujan las sacrosantas imágenes de la lucha por la vida.

Las mentiras piadosas que acunan los sueños de todos los

que patalean y se empantanan, las ilusiones perdidas de

miles de marginados, esos que llegaron demasiado tarde,

esos que depositaron su maleta sobre la acera y se senta-

ron encima para secarse la frente. Pero tú ya no necesitas

más excusas, remordimientos, añoranzas. Ya no rechazas

nada, no rehúsas nada. Has dejado de avanzar, pero es que

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Un hombre que duerme Georges Perec

ya no avanzabas, no empiezas de nuevo, has llegado, no

ves qué es lo que irías a hacer más lejos: es suficiente, ha

sido casi suficiente un día de mayo en que hacía demasiado

calor, la inoportuna confluencia de un texto del que habías

perdido el hilo, un bol de Nescafé de repente demasiado

amargo y un barreño de plástico rosa lleno de un agua ne-

gruzca donde flotan seis calcetines para que algo se rom-

pa, se altere, se desfase, y que aparezca a plena luz —pero

la luz no es jamás plena en la buhardilla de la rue Saint-Ho-

noré— esta verdad decepcionante, triste y ridícula como

unas orejas de burro, pesada como un diccionario Gaffiot:

no tienes ganas de continuar, ni de defenderte, ni de ata-

car.

Tus amigos se han cansado y ya no llaman a tu puerta.

Ya no andas apenas por las calles donde podrías encontrar-

los. Evitas las preguntas, la mirada de aquél a quien el azar

a veces pone en tu camino, rehúsas la cerveza o el café que

te ofrece. Sólo ellas, la noche y tu buhardilla, te protegen:

el banco estrecho donde te quedas tumbado, el techo que

en cada momento redescubres; la noche, donde, solo en

medio de la locura de los Grandes Bulevares, llegas casi a

ser feliz por el ruido y las luces, el movimiento, el olvido.

No necesitas hablar, querer. Sigues a las multitudes que van

y vienen, de la République a la Madeleine, de la Madeleine

a la République.

No tienes costumbre y no tienes ganas de establecer

diagnósticos. Lo que te perturba, lo que te conmueve, lo

que te da miedo, pero que a veces te entusiasma, no es lo

repentino de tu metamorfosis, es, al contrario, justamente

el sentimiento vago y pesado de que no se trata de una

metamorfosis, de que nada ha cambiado, de que siempre

has sido así, incluso aunque no lo supieras hasta hoy: éste,

en el espejo resquebrajado, no es tu nuevo rostro, son las

máscaras que se han caído, el calor de tu cuarto las ha de-

14
FIN DEL FRAGMENTO

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