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DEL PAPA,

DE LA IGLESIA GALICANA

EN SUS RELACIONES CON LA SANTA SEDE.

TOMO I.
Varios Prelados de España han concedido 2320 dios de indulgencia
á todos los que leyeren ú oyeren leer un capítulo ó página de
cualquiera de las publicaciones de la Librería religiosa.
DEL PAPA,

SEGUIDA DE LA oí;II A :

DE LA IGLESIA GALICANA

EN SUS RELACIONES CON LA SANTA SEDE,

POR
EE CONDE JOSÉ DE MAISTRE,

TRADUCIDA AL ESPAÑOL

POR LOS SEÑORES EDITORES DE LA BIBLIOTECA DE RELIGION .


Y AHORA CORREGIDA TENIENDO Á LA VISTA
EL ORIGINAL FRANCÉS.

TOMO I.

vfh?
Con aprobaoíty Ast Ordinario.

BARCELONA:
LIBRERÍA RKLICilOS.». — IMPRENTA DE PABLO RIERA,
calle Nueva de San Francisco , núm. 17.

1856.
EIS KOIPANOS ESTI
Que todos los aquivos
Aquí no habernos de mandar. No es bueno
El gobierno de muchos : uno solo
El caudillo supremo y soberano
De todos sea : aquel, á quien el hijo
Del anciano Saturno ha dado el cetro
Y regia autoridad para que mande.
( Homero , ¡liada , II , 331 y si
guientes de la traducción de
Gomez Hermosilla).
CENSURA.

Por comision del M. Iltre. Sr. D. Ramon de Ezenarro, Pbro.,


Doctor en Jurisprudencia,. Dignidad de esta Santa Iglesia, y
Vicario General del Excmo. é limo. Sr. D. José Domingo Cos
ta y Borras, Obispo de Barcelona, he examinado la traduccion
de la obra que en idioma francés compuso el Iltre. Conde de
Maistre, intitulada : Del Papa. — De la Iglesia galicana en sus
relaciones con la Santa Sede.
Difícilmente podría encontrarse, á mi modo de ver, una obra
mas á propósito para desilusionar á los que la han dado en lla
marse y creerse despreocupados, cuando nada tienen de tales.
Cuanto puede desearse para contrarestar las fraudulentas inno
vaciones y perniciosas máximas que por doquiera propalan los
falsos reformadores de toda especie , se halla clara y sólidamen
te delineado en dicha obra. El esclarecido Conde descubre á la
faz del mundo los errores, desenreda los sofismas, y desenmas
cara á los modernos civilizadores, con el santo afan de poner al
mundo bajo las doctrinas y principio saludable de la autori
dad , principio sin el cual no es posible la verdadera civilizacion.
¿ Quién al leer las luminosas páginas de tan ilustre escritor pue
de no quedar convencido de la verdad que en todas ellas cam
pea triunfante?- ¿Quién despues de leerlas puede no quedar ín
tima é inseparablemente adherido á la indestructible Silla de
Pedro, emporio de todas las verdades y símbolo de la única ci
vilizacion que , aunque humana , lleva el sello de la divinidad ?. . .
Grandes é imperecederos son los servicios que con sus escritos
prestó á la Europa y al mundo el para siempre memorable Con
de de Maistre, como grande é imperecedera es la gloria que con
ellos, y especialmente con la presente obra, se granjeó. La
Europa, sin embargo, que tanto le debe, mas de una vez se,ha
hecho sorda á su inspirada voz con que le anunciaba los desas
tres de que han sido y son víctimas las naciones. Hora seria ya,
por consiguiente, de que escuchando estas y aceptando la ver
dad pura que aquel les inculca, opusiesen con ella un poderoso
y firmísimo dique á los principios anárquicos y desorganizado
res que las están devastando, y que tantos torrentes de sangre
han hecho correr en ellas...
Seria, pues, de desear en gran manera se generalizara en la
nuestra, tanto ó mas que las otras desgraciada, la lectura de
una obra que, exenta de todo error dogmático y moral, puede
librarnos de los muchos de una y otra especie, con que espurios
españoles quieren perdernos so pretexto de salvarnos.
Barcelona 10 de octubre de 1856.
Fr. Jaime Roig, Pbro., Lector en
Filosofía, de la Órden de Carme
litas Calzados exclaustrados.

APROBACION.

Barcelona catorce de octubre de mil ochocientos cincuenta y


seis. En vista de la anterior censura, damos nuestra aprobacion
para que se imprima esta obra.
Dr. Ezenarro , Vicario General.
ADVERTENCIA

DE LOS

EDITORES DE LA BIBLIOTECA DE RELIGION \

Hemos llegado á la grande cuestion , de cuya resolucion de


penden tantas otras, ó por mejor decir, las termina todas ; nue
va comprobacion del método católico, tan conocidamente nece
sario para fijar las ideas en punto de religion. La disolucion á
que hemos visto con asombro, en los tomos anteriores, correr
precipitadas las diversas sectas del Protestantismo, la infecun
didad que ha seguido á la Iglesia griega, desde el momento que
una y otras se emanciparon de la autoridad , nos ha (raido á la
memoria el profundo pensamiento de san Cipriano : Que todas las
herejías proceden y traen su origen de no querer obedecer al Sumo
Sacerdote constituido por Dios al frente de la Iglesia. En efecto,
si bien lo consideramos, no hay verdadera religion sin Cristia
nismo , no hay Cristianismo sin Iglesia , no hay Iglesia sin Papa ;
sin Papa, pues, no habrá sino division , cismas, sectas, no hay
Cristianismo. Hé aquí lo que de un modo nuevo intenta probar
el Conde Maistre, en su célebre obra del Papa, y de la Iglesia ga
licana, que damos hoy traducida conforme á la segunda edicion,
corregida y aumentada por el autor, y añadida con algunas no
tas que expliquen por nuestra parte , y que aclaren algunos de
* Al publicar la célebre obra del inmortal Conde de Maistre , hemos
pensado hacerlo segun la traduccion de los editores de la Biblioteca de
Religion, y conservar esta preciosa advertencia, que alude alguna vez
á aquella Coleccion selecta. Pero hemos comparado la obra con el ori
ginal francés , corrigiendo algunas faltillas en que aquellos incurrie
ron, sin quitarle, como otros, trozos muy importantes, como podrán
ver nuestros lectores, comparando la nuestra con otra.
{Nota del Director de la Librería religiosa).
- 8 -
los puntos que han parecido necesitarlo mas , y que van señala
dos con asterisco. Nada mas fácil que llenar páginas, volúmenes,
con testimonios de los Libros santos, de los santos Padres , de los
Concilios, de las Iglesias todas, en comprobacion del primado
pontificio, de la suprema autoridad del Papa en toda la Iglesia,
de su jurisdiccion ejercida en todo el orbe católico ; pero el ín
timo convencimiento de que la impiedad no combate hoy el so
lio pontificio, sino para socavar los tronos ; no atenta á la supre
ma autoridad del Papa, sino para sacudir la de los Reyes; no
aspira á subordinar al romano Pontífice al Concilio , sino para
sujetar á los Monarcas á los Comicios populares, á un cuerpo
representativo , á dividir para reinar, ha hecho á este sábio se
guir un rumbo nuevo , que afirmando, patentizando por un nue
vo orden lo divino de la autoridad del Vicario de Jesucristo,
afirme y consolide al mismo tiempo la de los representantes de
Dios en la tierra ; acreedor por lo tanto al reconocimiento de
uno y otros.
No se percibe bien , ó no se ha querido percibir , el entace y
múlua conexion de las verdades católicas con la tranquilidad de
los Estados , y era de necesidad comprenderlo.
Sabido es que la revolucion preparada por el impío, que en
su temeridad pedia solamente veinte años de vida para arrojar á
Jesucristo del mundo, trató de abolir súbitamente el Cristianis
mo en una nacion grande, y aun so glorió de ver en breve culti
vadas las riberas del Tajo y del Ebro por manos libres ; y em
briagada de orgullo y de furor , creyó acabar con él al golpe de
la guillotina. Pero ¡esperanza vana! «Los verdugos, dispután-
«dose sus despojos, se degollaron unos á otros sobre sus mis
amos cadalsos, y el Cristianismo , aunque teñido con la sangre
«preciosa de sus hijos, se levantó mas fuerte y vigoroso. Siem-
«pre fue la sangre de los Mártires semilla de cristianos. La im-
« piedad percibió entonces que habia corrido muy aprisa , que el
«pueblo estaba generalmente aun lleno de la fe de sus mayores,
«que quitándole sus sacerdotes, desterrándolos, degollándolos,
« no se le apartaria de su creencia , y que so pena de ver frustra
ba de nuevo su empresa, era necesario llevarle poco á poco á
«donde se queria conducirle. »
De ahí su nuevo plan , por mas doloso, mas terrible; por mas
solapado, mas seductor; y por ir con capa de celo, mucho mas
- 9 -
funesto. La experiencia la habia enseñado que el Cristianismo
no tiene vida sino en la Iglesia católica , y que la Iglesia cató
lica no tiene fuerza y vida sino por su Jefe ; y el partido anti
cristiano resolvió dirigir contra él todos sus esfuerzos, aunque
sin dejar de propagar la incredulidad por la reimpresion y aun
distribucion de obras impías. Es un deber, pues, es una obli
gacion en los Cristianos, especialmente en los sacerdotes , en los
ungidos del Señor, estrechar los lazos que los unen con el Pa
dre comun de los fieles , si no quieren ver prosperada la obra
dela impiedad.
Unidos dichosamente los españoles en comunion con la Silla
de san Pedro, no reconociendo en el orden espiritual otro su
perior á él , sino á Jesucristo , nos gloriamos de seguir la voz del
Pescador : sobre esta piedra sabemos que está edificada la Igle
sia; que el que comiere el Cordero pascual fuera de esta casa,
es un profano; el que no recoge con Pedro, esparce, disipa ; el
que no es del Vicario de Cristo, es del Anticristo : así se expli
caba ya en el siglo IV uno de los Padres de la Iglesia. — Sabe
mos, sí, que hay otros pastores, á quienes se han señalado sus
rebaños particulares , á cada uno el suyo-; pero que á Pedro se
le han asignado todos ; no estas ó las otras ovejas , las de este ó
de aquel pueblo, país ó reino, sino todas ; porque donde nada
se distingue, nada se exceptúa. Ni solo las ovejas , sino los pas
tores mismos... que los otros pastores entran en la parte de la
solicitud; pero él en la plenitud de la potestad. Donde quiera,
segun la hermosa expresion del Conde Maistre , se ve una como
presencia real del romano Pontífice, desde su origen mismo.
¿Qué negocio grave se ha terminado en la Iglesia sin su inter
vencion? ¿Qué se ha decidido por él, y mandado creer á todos
los fieles , que se haya visto revocado ? ¿ Q uién le ha resist ido ja
más en materias de fe. y de disciplina general, que no haya ido
separado del verdadero camino?— ¿Por qué á él las consultas
desde las partes mas remotas por los Obispos , por los Primados,
por los Exarcas, por los Patriarcas? No parece sino que desde
donde nace el sol hasta el ocaso, no se oye sino una voz que cla
ma, que cuando se vieren variar las palabras y sentencias de los
jueces particulares de la fe, se acudiese al supremo Juez, que
por el tiempo estuviese en Roma constituido , y se siguiese su
sentencia sin declinar á la diestra ni á la siniestra.
— 10 —
Aun viyia el amado discípulo , el que mereció beber en el pe
cho del Señor arcanos , lo que no fue concedido á otro alguno,
y ya san Dionisio de Corinto, aunque próximo á su residencia,
se dirigía á la remota Roma á interpelar la autoridad del papa
san Clemente, para poner término á las divisiones de su iglesia;
y su carta respuesta es recibida con tanto aprecio , que por lar
gos años era leida en las asambleas de los fieles despues de las
santas Escrituras. No bien sabe el santo obispo de Esmirna , el
mártir Policarpo , que Roma sigue otra práctica en la celebra
cion dela Pascua que las iglesias de Asia, cuando, para tran
quilizar su espíritu, surca los mares, atraviesa provincias, lle
ga á la ciudad eterna á consultar al papá san Aniceto. San Dio
nisio de" Alejandría es acusado falsamente de sabelianismo; al
punto envia su profesion de fe al santo Papa de su nombre , te
niéndose por seguro si este lo tenia por ortodoxo. El grande Ata-
nasio es perseguido por los Arríanos, y sin detenerse recurre al
romano Pontífice, como al único por cuya autoridad puede ser
restablecido : lo mismo practican san Pablo de Constan tinopla y
Marcelo de Ancira. Eusebio de Sobaste es depuesto en el síno
do de Melito ; san Basilio nos da testimonio de su apelacion al
papa Liberio. San Juan Crisóstomo es atropellado por Teófilo
de Alejandría en el falso concilio de la Encina ; vuelve al punto
sus ojos á san Inocencio papa , primero de este nombre , quien
le alarga su mano protectora. San Flaviano sufre los insuttos
vergonzosos y atroces de Dióscoro, en el latrocinio de Éfeso, y
luego fija sus ojos en el papa san Leon el Grande, como de quien
pende el remedio do tantos males. ¿Quién movía tan uniforme
mente, y en todas las épocas, á los Obispos orientales á acudir
de partes tan remotas al Papa, sino la voz de la tradicion que se
conservaba entre ellos , de que al sucesor de Pedro incumbía
la solicitud de todas las iglesias, y era el encargado de confir
mar á sus hermanos?
Y si en el Oriente se veia brillar con tanto esplendor la su
premacía pontificia, ¿qué dirémos en la Iglesia latina?,¿ Quién
ignora la apelacion de Cecilíano de Africa, la de Marcial y Basí-
lides de España; la solicitud premurosa de san Cipriano, para
que removiese á Marciano de Arles ; el suceso de Chelidonio de
puesto inoportunamente por san Hilario de la misma ciudad, en
que tan vigorosamente ostentó san Leon el Grande el ejercicio de
su jurisdiccion suprema? ¿quien el de Contumelioso de Reggio,
restituido por el papa san Agapito; el de Salonio de Embrum?...
Seríamos interminables si hubiésemos de referirlos todos.
¿Y de nuestra España? La España, hija predilecta del Vati
cano , jamás ha desmentido su fe , su adhesion , su respeto al su
cesor de san Pedro ; y español y romano han venido á ser casi
sinónimos. Himerio de Tarragona *, santo Toribio de Astorga,
el concilio de diez y nueve obispos celebrado en Toledo el año
1 Este Obispo recurrió al papa san Dámaso para el remedio de los
males que observaba en su iglesia; y el papa san Siricio, quehabia
sucedido á sau Dámaso, contestó con aquella famosa decretal, en la
cual prescribiendo varias reglas que le manda comunicar á los de las
provincias Cartaginense, Bélica, Bracarense y Lusitana, etc., dice:
«Nunc praefatam regulam omnes teneant Sacerdotes, quinoluntab
«Apostol. Petrae , super quam Christus universalem construxit Ec-
«clesiam, soliditate develli.» (Apud Villanuño). Santo Toribio de
Astorga, viendo el estado en que se hallaba la España por causa de
los Priscilianistas, escribió á san Leon, y este santo Papa le manda
celebrar un concilio general de la nacion , encargándole comunique esta
orden a los Obispos de las provincias ; y si no se pudiese de todas ellas,
á lo menos que se haga de los de la Galicia, señalando para presidirlo
con él á Idacio y Ceponio. «Dedimns litteras, dice el Papa, ad fratres
«ct Coépiscopos nostros Tarraconenses, Carthaginenses, Lusitanos,
" atque Gallaicos , eisque Concilium indiximus. Si autem aliquid (quod
«absit) obstiterit, quominus possit celebrare generale Concilium,
«Galleeiae saltem in uuum conveniaut Sacerdotes, quibus congrega-
«tis, fratres nostri Idatius et Coeponius imminebunt coniuncta cum
«eis instantia tua, quo citius vel provinciali convenía remediumtan-
«tis vulneribus adferatur.» (Apud Aguirre). Tenemos aquí convoca
cion de un concilio, y hasta señalamiento de las personas que lo pre
sidan.
El concilio I de Toledo, celebrado tambien contra los Priscilianistas,
y cuando trata de los obispos ordenados por Sinfosio, ofrece admitir
los siempre y cuando lo diga la Silla apostólica. Becepluri in nostram
communionem cum Sedes Apostolica rescripserit , etc. Y en efecto, el
papa san Inocencio I les ordena lo que había de hacerse respecto de
ellos , y prescribe reglas para lo sucesivo. — La provincia Tarraconense
acude toda en la causa de Silvano de Calahorra, cuyos excesos refie
ren, y en la de Ireneo de Barcelona, nombrado por Nundinario para
sucederle ; y con palabras tan notables, que haríamos una injuria en
no recordarlas : «Expctendum nobis fuerat illud privilegium Sedis
"vestrae, quo susceplis Regia clavibus, per totum orbem Beatiss.
— 12 -
400 , sobre la restitucion de los obispos Sinforio y Dictinio , la
provincia Tarraconense entera el 463, sobre las causas de Sil
vano de Calahorra , é Ireneo de Barcelona, Profuturo de Braga,
Januario de Málaga , y Estéban de Oreto , san Isidoro de Sevilla,
de una vez la antigüedad toda nos clama que siempre fue esta la
fe de nuestros mayores ; que la católica España, tan digna de este
nombre, en quien por la misericordia de Dios no se ha arraiga
do jamás hasta hoy la herejía , ha creido siempre lo que Roma
ha creido , enseña lo que ha enseñado , anatematiza lo que ha
sido anatematizado por ella.
¿Qué quiere decir esta voz que se levanta á un mismo tiem
po de todas las iglesias , en todas las regiones del mundo cató
lico, de África y Asia, desde la cercana Sicilia hasta la última
Thule, sino que Roma es la madre y maestra de todas las igle
sias, á quien por su poderosa principalidad, ó principal y supre
mo poder , se debe acudir de todas partes , que Pedro habla por
sus sucesores , y en ellos vive y vivirá conforme á las promesas
del Salvador? ¿Qué otra cosa pudo hacer sino esta idea arrai
gada en todos los espíritus , que un simple obispo de una ciudad
de España, Osio de Córdoba, fuese á presidir y presidiese á los
trescientos diez y ocho obispos de Nicea, en las regiones de Orien
te, y presentes los Patriarcas? ¿Quién que simples presbiteros
hayan presidido á otros, sino el representar al Sumo Pontífice?
— Aun mas: se celebran sínodos en las provincias, se comu
nican sus determinaciones á Roma, envia esta sus rescriptos de
aprobacion; la causa se da por concluida irrevocablemente '. —
«Petri singularis praedicatio universorum illuminationi prospexit...
«Proinde nos Deum in vobis adorantes... ad fldem recurrimus aposto
lico ore laudatam ; inde responsa quaerentes , unde nihil errore , ni-
«hil praesumptione, sed poatiñcali totum deliberatione precipi
ee tur. » (Ep. I Episc. Tarrac. ad Hilar. Papam). Siendo de notar no
menos que el Papa, á pesar de la recomendacion que le hacían los
Padres del último, reprueba la eleccion , y le manda salir de Barcelo
na, sopeña de ser depuesto, y por conmiseracion recibe benignamente
á Silvano, condonándole sus excesos despues de corregido. — Sobre la
causa de Januario pueden verse las Cartas de san Gregorio Magno ad
loan. Defensor. — Y de san Isidoro las dirigidas ad Eugen. II Tole-
tan. Antistitem ; item et Claudio Ducei.
1 «Duo Concilia hinc Romam missa sunt; inde Rescripta vene-
«runt: Causa finita est; utinam finiatur error.» (S. Aug.).
- 13 -
Por otra parte, los fundadores de las Órdenes religiosas, esos
hombres en quienes habitaba el Espíritu del Señor con tanta abun
dancia para poderlo comunicar á sus hijos , ¿ á quién acudieron
sino al sucesor de Pedro, para obtener las bendiciones de lo Alto
sobre sus santos Institutos? ¿Y creerémos nosotros saber mas,
obrar con mas prudencia, con mas religion, mas conformes al
espíritu del Crucificado , que esas almas privilegiadas que de
tiempo en tiempo ha enviado el Señor á su Iglesia, para reani
mar el espíritu amortiguado de los fieles? no : nos gloriarémos
siempre de seguir las huellas de los Santos, y emular su obe
diencia y su respeto á la Santa Sede. ¿Cuál de los que venera
mos en los altares ha sido enemigo de Roma? Aun la falta de
inteligencia de san Cipriano , en la contradiccion al papa san Es-
téban , hubo , segun san Agustín , de lavarse con la sangre del
martirio.— ¿Qué nos detenemos? La historia, desarrollando los
sucesos de los tiempos, nos presenta incesantemente á los Papas
recibiendo de todas partes las consultas , recursos , apelaciones
de las iglesias, ya restituyendo sus sillas á los obispos injusta
mente depuestos, ya deponiendo á los que indebidamente y con
tra los cánones habian subido á ellas, ya delegando sus facul
tades con el palio á determinados obispos , sobre provincias en
teras, ya erigiendo obispados, ya aprobando Órdenes religiosas,
ya enviando misioneros á los países mas remotos, ya convocan
do, ya presidiendo , ya confirmando Concilios : ¿qué es esto si
no un ejercicio continuo de su supremacía universal? ¿Cuál
otro obispo, exarca, ni patriarca, por elevado que fuese, se ha
permitido otro tanto? Por delito digno de deposicion tuvieron
los Padres de Calcedonia, que Dióscoro , patriarca de la grande
Alejandria, la segunda silla despues de Roma, se atreviese á
juntar un Concilio sin la autoridad del romano Pontífice. ¿Y
querriamos nosotros hacer hoy al Concilio superior al Papa? El
superior no es convocado autoritativamente, ni presidido, ni
confirmado por el inferior : sin contradiccion alguna, quod mi
nas est á maiore benedicitur.
¿Y no lo han confesado prácticamente así los mismos Conci
lios , aun los ecuménicos ó generales ? ¿ No lo han enseñado á los
fieles? El célebre Formulario del santo papa Hormisdas procla
mado , suscrito por todos los Padres en el VIII concilio general,
IVde Constantinopla, regla de fe, segun la expresion de Bossuet
— 11 —
mismo , recibida por todos los Obispos de Oriente y Occidente, y
aprobada de ioda la católica Iglesia, que se ha servido desde en
tonces de él, para la abjuracion de las herejías, ¿no prescribe
seguir en todo los sentimientos de la Silta apostólica, como en la
queElreside
IV delaLetran
entera nos
y verdadera
asegura que
solides
la Iglesia
de la religion
de Romacristiana?
obtiene,

por disposicion del Señor, sobre todas las otras, el principado de


ordinaria potestad, como maestra y madre que es de todos los fie
les de Jesucristo. El II de Leon (de mas de quinientos obispos,
los Patriarcas, quince cardenales, y mil doctores, entre ellos
san Buenaventura) , afirma que la Iglesia romana obtiene el su
premo y pleno primado y soberanía sobre toda la Iglesia cató
lica, el cual, todo el que verdadera y humildemente quiere ser ca
tólico, reconoce haberlo recibido del mismo Señor en la persona de
Pedro, príncipe y cabeza de los Apóstoles, cuyo sucesor es el ro
mano Pontífice. El de Florencia define expresamente que el ro
mano Pontífice es el sucesor de san Pedro, el vicario de Jesucristo,
cabeza de toda la Iglesia, padre y pastor de todos los Cristianos,
á quien en la persona de Pedro se le comunicó por Jesucristo una
plena potestad de apacentar, regir y gobernar toda la Iglesia. Si
no era así, ¿qué hicieron tantos obispos, tanlos doctores, que
no reclamaron como de cosa nueva é inaudita en la Iglesia de
Dios?... Lo inaudito es, que los miembros del cuerpo quieran
ser superiores á la cabeza , y trasladar de esta á los brazos y
miembros particulares el derecho de gobernarlo, ¿oes que la
cabeza es superior á los miembros separados, y no á los miem
bros reunidos? ¿Dónde está la buena fe, la lógica, el sentido
comun? ¿dónde la exactitud , el conocimiento siquiera de las
palabras? Si es potestad suprema, ¿cómo reconoce superior? Si
es plena, ¿cómo le falta lo mas principal y necesario , que es lo
inapelable de su juicio? Jesús prometió que estaria con su Igle
sia todos los dios hasta la consumacion do los siglos : ¿y todos
los dias hay concilios? Y no -habiendo siempre concilios, lar
dándose siglos de uúo á otro, ¿á quién se acudirá en estos in
termedios para la decision final de las causas gravísimas que pu
dieran ofrecerse ? ¿ No dejó Dios provista á su Iglesia para estos
casos, tan comunes y frecuentes , atendida la malicia de los hom
bres? Los hijos del siglo, que en todo gobierno han conocido
la necesidad de un último tribunal subsistente é inapelable , ¿ se
— 13 —
rian mas prudentes, no que los hijos de la luz, sino que el Pa
dre de las lumbres? Mas ¿de qué serviría esta plena y suprema
potestad de regir, gobernar y apacentar las ovejas de Jesucris
to, si pudiera inducirlas al error, llevarlas á pastos no saluda
bles, conducirlas por caminos extraviados? Desde que el pas
tor anda por derrumbaderos, necesario es que la grey siga y dé
en precipicios. ¿Y para esto le habia de haber empeñado el Se-
üor su palabra de que rogaria expresamente por él á fin de que
su fe no faltase?
¿Qué sirve ya contra esta voz del mundo católico la decla
racion del clero de una Iglesia particular, ó mas bien de algu
nos prelados de ella , supeditados por un príncipe imperioso, á
quien resentimientos particulares y mal entendidos tenían en
tonces exasperado el ánimo , sin mas mision ni necesidad para
acería, que el mandato del monarca? No diremos con un pro
feta, que respecto de nosotros ab aquilone pandetur omne ma-
lum; pero una declaracion nacida bajo de tales auspicios, des
aprobada por el mismo monarca que la excitó, cuando volvió la
calma á su espíritu, retractada por los prelados que en ella in
tervinieron, improbada solemnemente por varios romanos Pon
tífices : una declaracion y máximas , á cuyo nombre , por con
fesion forzada de uno de sus mas acalorados defensores , fue pro
clamada la deplorable Constitucion civil del Clero de Francia, tras
tornada de arriba abajo aquella Iglesia , arrastrados entre cadenas
las santas pontífices Pio VI y VII : sobre cuyos artículos, puesto
a caballo, segun su expresion brutal, no temia decir Bonaparte,
que pudia pasarse sin Papa: por cuya enseñansa ha principiado
su persecucion contra los Católicos últimamente un príncipe cal
vinista, preparando con el establecimiento de un Seminario cen
tral en los Países Bajos, los males causados por el Colegio filo
sófico de José 11 : una dectaracion de máximas de cuya propa
gacion se congratulan los filósofos impíos, dándose el parabien,
como de un Protestantismo de disciplina, que debe llevar á un
Protestantismo de dogma ¡ Globe, periódico de París, núm. 15,
pág. 78) : si pudo en otro tiempo sostenerse de buena fe, cuan
do no se habían visto sus fatales efectos, hoy que por una fu
nesta experiencia los hemos tocado , y se nota el grande interés
que toman en ellas todos los impíos que quisieran ver renova
das aquellas desgracias, no pueden menos de ser desechadas
- 16 —
por todo católico consiguiente, y amante de los Reyes y de la
Iglesia. No las saludarian á la verdad de concierto los revolu
cionarios de todos los países , si no las considerasen como las
precursoras de las iglesias nacionales humanas, que quisieran
sustituir á la Iglesa católica establecida por Jesucristo.
Nosotros , á quienes nunca parecerá demasiada la docilidad y
respeto á la Silla de san Pedro, diremos con un santo Obispo :
«Que el que trata de invalidar, y aun de debilitar la autoridad
«ó privilegios de la Iglesia romana , este aspira á la destruccion
«y subversion, no de una sola Iglesia, sino de toda la cristian-
«dad. » Quisquís romanae Ecclesiae auctoritatem vel privilegia eva
cuare, vel minuere nititur, non hic unius Ecclesiae, sed totins
christianitatis subversionem et interitum machinatur. (Carta de
san Leon, obispo de Toul, á Miguel, patriarca de Constanti-
nopla, t. XXV de la Coleccion de los Concilios).
Pero la pluma ha corrido mas de lo que pensábamos en un
principio, y debemos dar ya fin á esta advertencia : no lo hare
mos, empero, sin presentar antes un ligero análisis de la precio
sa obra que presentamos á nuestros lectores. El Maistre divide
en cuatro partes , y en ellas considera al Papa en su* relaciones
con la Iglesia católica, con las soberanías temporales, con la civi
lizacion y felicidad de los pueblos , y con las iglesias cismáticas ;
y en todas ellas ofrece pensamientos tan originales, miras tan
profundas, rasgos tan brillantes, que admira cómo un diplomá
tico , cuya atencion parece que debia estar distraida á otros ob
jetos, ha podido formar una obra de esta clase. Por donde quie
ra derrama nuevas luces sobre objetos tantas veces considera
dos, y á veces en un rasgo demuestra físicamente la utilidad
de algunas de las determinaciones de la Iglesia, que parece te
nían solo relacion con la moral, las cuales la impiedad, tan or-
gullosa siempre como ignorante, se saborea en censurar agria
mente. Pero su objeto principal es probar que sin Papa no hay
verdadero Cristianismo, en términos , que un cristiano, hombre
de bien, que se separe del Sumo Pontífice, no puede, á no ser un
ignorante, firmar una profesion de fe claramente circunscrita, es
decir, asegurarse de cuál es su fe verdadera.
En efecto, si el Cristianismo fuese solo un sistema filosófico,
como el de losEstóicos, importaria poco á los Cristianos, como
á aquellos, que hubiese Papa ó no; pero siendo , como lo es, y
-17-
no puede dejar de ser á no dejar de ser la verdadera Religion
una sociedad perfecta, con leyes, jerarquía, deberes, precep
tos, obediencia, etc., es necesario en ella un poder, una auto
ridad, y un poder uno para que sea una , perpétuo para que sea
perpétua, permanente para que sea permanente.
Y bien , ¿cuál es este poder? ¿En quién reside esta autoridad,
esta soberanía?... ¿Los Concilios?... Son intermitentes, y seria
un fenómeno verdaderamente raro , un soberano que solo apa
reciese por unos momentos de dos en dos ó en tres siglos. —
¿El pueblo? — Es un Luteranismo? — ¿Pues cuál? De las tres
clases de Gobierno conocidas , la opinion que atribuye la sobe
ranía al cuerpo entero de los fieles , ha sido muchas veces con
denada como herética : la que quiere que sea aristocrático, por
confesion de Fleury (Nuev. opuse), testigo no recusable, ha
sido tambien condenada en Roma y aun en Francia : resta pues
concluir, que es una monarquía, y por consiguiente que el so
berano es el romano Pontífice : sino ¿cuál otro? Y como sobre el
soberano no hay superior, porque entonces ya no seria verda
deramente soberano , es decir, sumo, supremo ; es necesario que
sus juicios sean último juicio, sus determinaciones terminacion
de las causas , y como Jesucristo se desposó con su Iglesia en la
fe, sus juicios, cuando obra como pontífice y pastor universal,
sean indefectibles, irreformables, infalibles. Principio luminoso
los
á que
mismos
hace dar
Protestantes,
un nuevo realce
é iglesias
con cismáticas,
las confesiones
queforzadas
no es una
de

de las partes menos interesantes de su obra.


De esta verdad, como de una fuente fecunda, sale un rio de
pensamientos sublimes que hermosean las cuatro partes en que
se divide. De ahí, en lo que toca á las relaciones con las sobe
ranías temporales , al paso mismo que desvanece las calumnias
de los enemigos de los Papas, en las causas de sus guerras con
los Principes en la edad media , hace ver que así como estos , á
fuer de verdaderos hijos de la Iglesia , están á la puerta del San
tuario con la espada en la maño para defenderla y sostener sus
decisiones, así el supremo poder espiritual de los Pontífices ha
consagrado la legitimidad y los tronos , prescribiendo por con
ciencia á los súbditos lo que solo el temor obligaba á hacer álos
infieles. De ahí esa solicitud de que hemos indicado tantos ejem
plos , y que
2 á todo se ha extendido y extiende para TOMObien
I. del
mundo. Misiones, poblacion, libertad civil de la Europa, esta
blecimiento de las monarquías, cuanto honra á la humanidad y
la cultura : por último, en las iglesias cismáticas, que él llama
focianas, esa esterilidad que ha sucedido á la fecundidad de que
antes gozaban cuando estaban unidas á la Iglesia madre, y que
no volverán á recobrar sino volviendo á ingerirse en el fecundo
tronco y raíz de que se separaron.
Léase á esta luz la obra del Maistre , y se desvanecerá por si
misma esa acusacion de Iglesia humana , que algunos han que
rido intentar contra él, y de que tan modestamente se indemni
za en el prólogo de su segunda edicion (por la que hacemos es
ta) , renovando su profesion de fe, y recordando cuantas veces
ha dicho que si es preciso suponer la infalibilidad aun en las so
beranías temporales, donde no existe, so pena de ver disolverse la
sociedad, ¿cuánto mas en la soberanía espiritual que tiene una in
mensa superioridad sobre aquellas, pues en estas se la supone hit'-
mana-mente, y en la espiritual está divinamente prometida; ó bien
llamando divino d privilegio de la Cátedra de san Pedro? (Lib. I,
c.t9;ibid.c.K.)
Cuando la Europa leyó por la primera vez al Conde Maistre,
se sorprendió agradablemente de ver tantas ideas luminosas, y
se aplaudió á si misma de tener tal hijo, y la Iglesia se consoló
de hallar aun entre los seglares unida tanta erudicion con tanta
piedad. Solo allá á lo lejos , de entre el silencio de un retiro for
zado, se oyeron algunos acentos del Galicanismo que se veia en
ella tan vigorosamente aterrado ; pero hicieron poco eco en los
ánimos no prevenidos anteriormente. No podían sorprender á
los justos apreciadores del mérito y de la docilidad católica las
Reclamaciones de un hombre quehabia deshonrado sus primeros
trabajos en obsequio de la Religion con su adhesion obstinada
á las disposiciones cismáticas de Bonaparte ' , por quien habia
1 El Sr. Baston , eclesiástico de Ruan , es el autor de unas ñeola-
maciones por la Iglesia de Francia y la verdad contra la obra del
Sr. de Maistre: con qué verdad estén formadas puede conocerlo todo
hombre imparcial que tenga alguna idea de los seulimieutos ulcerados
que tenia el Sr. Baston contra la Santa Sede al tiempo de escribirlas.
Este eclesiástico, que se habia dado á conocer en su diócesis por sus
sentimientos cristianos al estallar la revolucion, y que auu combatió
la Constitucion civil del Clero en varios opúsculos, y mereció por ello
— tt9 -
sido elegido para uno de los obispados; y que sin la autoriza
cion del Papa, dio el escándalo de obrar como pudiera con ella,
mirándose como vicario administrador dela diócesis, olvidando
lo que prescriben las reglas de no poder serlo aun el legítima
mente nombrado para ocupar la silla. Las Reclamaciones del señor
Baston fueron leidas con desconfianza , y otvidadas en breve co
ser deportado como los demás eclesiásticos, de vuelta á Francia no
conservó la misma reputacion que antes habia obtenido. Habiendo
acompañado el 1811 al cardenal Cambaccres, arzobispo que era enton
ces de Ruan , á París, cuando este fué al concilio que habia de cele
brar Bonaparto , este quedó muy satisfecho del abate Baston, y le ofre
ció el obispado de Seez, cuyo obispo habia incurrido en su desgracia,
y habia sido desterrado á Nantes, y aun forzado á dar sti dimision.
Cuando el déspota, despues de haber arrastrado preso al sanio Pío VI[
á Fontainchleau, quiso nombrar varios obispos, puso de nuevo Ira ojos
en el abate Baston para la misma silla; mas como el Papa se negase á
dar las bulas á los nombrados por su perseguidor, trató de que se su
pliese á ello,á haciendo
bernadores los nombrados
que losobispos.
CabildosEl nombrasen
cabildo de Seez,
como en
vicarios
virtudao-
de
órden del Ministro de los Cultos, por redimir la vejacion, le nombró
en union de los dos gobernadores que ya tenia ; pero Baston obró en
todo por si solo, dando dimisorias, y ejercieudo toda la jurisdiccion sin
consultar siquiera á sus colegas. El Cabildo, al ver esto, consultó se
cretamente á Su Santidad por medio de un eclesiástico que pudo in
troducirse en Fontainehleau , y oyó del Santo Padre que el Cabildo no
habia podido dar los poderes al abate Baston : que los actos de juris
diccion ejercidos por este eran nulos, y lo mismo las dispensas de ma
trimonio que comedia en los grados prohibidos, bajo pretexto de una
gracia particular. Extendida esta noticia en la diócesis, la mayor parte
del Clero rehusó comunicar ron él ; pero él continuó atribuyéndose,
los honores del obispado: aun mas, escribió una Memoria contra las
06serva dones de Muzarelli sobre la institucion canónica de los Obis
pos, en donde despues de citar varias autoridades de Jansenistas, ame
nazaba á los que se le oponían con la venganza del Emperador. Para
las órdenes de Navidad de 1813 anunció que solo él firmaría las dimi
sorias para los ordenandos ; y estos, fíeles á Dios, quisieron mas bien
no ordenarse que servirse de ellas. Sabedor de que se hacían secreta
mente oraciones por la paz de la Iglesia y del Estado, las prohibió bajo
penas canónicas en enero de 1814. Donde quiera hablaba del Papa
con desprecio , y llegó á decir que aun cuando oyese de su misma boca
que anulaba los actos de jurisdiccion de los obispos nombrados, uo
haría estimacion de ello, pues la Iglesia de Francia estaba en derecho
2*
mo merecían , mientras la obra del Papa en repetidas ediciones
conservará á la posteridad el ilustre nombre de su autor. Nos
otros no teniendo ya que añadir sobre ella, reconocidos á sus
trabajos en bien de la Iglesia y de lahumanidad, concluirémos
esta advertencia con una leve nota de su vida , á la manera que
en el pedestal de una estatua suele ponerse el nombre del héroe
que representa.

de proveer á sus necesidades. En febrero de 1814 cerró el seminario


porque sus alumnos no' eran rie sus sentimientos, sin que sirviesen
representaciones; y por mas que los jóvenes seminaristas, para cuya
salida se pretextaba la falla de fondos, pidiesen el permanecer aunque
solo les diesen á comer pan seco, y el superior hiciese ver que había
provision para muchos meses. La restauracion que se siguió inme
diatamente no podia ser de su adrado ; y aprovechando entonces el Ca
bildo tan buena oportunidad, le revocó sus poderes el 11 de junio, y
lo comunicó h la diócesis, donde excitó una alegría general. Retiróse
entonces á Saint Laurent , cerca de l'ontaudemer, al seno de su fami
lia, contando con el crédito del Canciller, para obtener su vuelta á
Seez; pero las noticias tomadas de su conducta en el tiempo de su ad
ministracion, frustraron sus proyectos. En este retiro compuso una
Exposicion ó memoria justificativa de su conduela; y el 182I publicó
otro folleto bajo el título de: Solucion de una cuestion de derecho ca
nónico, en el cual defiende la causa de la administracion capitular de
los obispos nombrados, quejándose de los Papas, habla hdo de su enca-
prichamiento, de Ultramontanisnto , vituperando abíertamemeia con
ducta de Pio VII, y hablando del perseguidor de la Iglesia con una
atencion y respeto notables. La ilusion de este hombre era tal, que
miraba como una injusticia que clamaba al cielo, que Luis XVIII no
hubiese ratificado la eleccion que había hecho de él Bonaparte. En este
mismo retiro, y el mismo año de 1821 , se publicaron sus Reclamacio
nes por la Iglesia de Francia y por la verdad contra la obra del se
ñor de Maistre; pero la simple narracion de los sucesos que hemos
.referido basta para formar idea del espíritu en que están concebidas.
¿Qué podía esperar una obra escrita í\ fa>or del Papa de un enemigo
.tan acalorado de la Santa Sede? Incansable en su ociosidad forzada,
publicó el 1823 el Antidolo contra los errores y reputacion del Ensa
yo sobre la Indiferencia de Lamennais, y otros varios folletos. Al fin,
perdida toda esperanza de ocupar ninguna de las sillas, y vuelto á
Ruan, murió con resignaciou el 26 de setiembre de 1823, de ochenta
.y tres años de edad. Á vista de esto nada tenemos que decir de tal an
tagonista, (VAmi de la Religion, a. 1283).
José, conde de Maistre, ministro de Estado en el Piamonte,
nació en Chambery el 1." de abril de 1753 , de una ilustre fami
lia originaria de Langüedoc. Concluidos con lucimiento sus es
tudios, se aplicó á la carrera de la magistratura, y obtuvo á los
veinte y dos años de su edad una plaza en el Senado de Chambery.
La literatura política fue la primera en que se ensayó su pluma,
y sus primeras producciones fueron algunos Opúsculos políticos,
en los que predijo la revolucion francesa , y en los que se mostró
tambien enemigo declarado de los principios que esta habia de
adoptar. Obligado á emigrar cuando la Francia cumplió sus pre
dicciones, se estableció en Turin, donde además de algunos Opús
culos en favor de los saboyanos y contra las nuevas leyes que
les imponían , dió á luz su célebre obra de las Consideraciones
sobre la Francia ; obra que aplaudió toda la Europa, y que le
mereció el aprecio y las felicitaciones de Luis XVIII , quien le
escribió desde el castillo de Ham en Westfalia , donde entonces
se
monte,
hallaba.
porNombrado
el rey Cárlos
en 1799
Manuel,
regente
tuvo
deque
la Cancilleria
marchar á del
Peters-
Pía-

burgo en calidad de enviado extraordinario y de ministro ple


nipotenciario el 1803 , condecorado con el título de Conde. En la
capital delas Rusias trabó conocimiento con los Jesuítas, de
quienes se declaró amigo y defensor, como todos los amantes de
los tronos y de los sanos principios.
En 1817, despues de la famosa batalla de Waterloo, se em
barcó en uno de los navios de la escuadra rusa, que conducían
á Francia el ejército ruso que debia ocuparla militarmente ; y lle
gado á Paris fue recibido por todos Jos realistas con las distin
ciones á que se habia hecho acreedor por su realismo y su pro
fundo saber. De allí marchó al Piamonte , y su Monarca le colmó
de honores y de distinciones. Le nombró su ministro de Estado,
regente de la Cancilleria del Reino , y le hizo Caballero gran
cruz de las órdenes de San Mauricio y de San Lázaro.
Pero todas estas distinciones no fueron acaso otra cosa mas
— m —
que un nuevo motivo para abreviar su carrera. Su continuo es
tudio , el trabajo excesivo que le ocasionaban sus empleos , y so
bre todo las profundas tristezas que le causaban las turbaciones
de la Europa, unidas álas que le habían causado las vicisitu
des tristes que su país y su Rey habían experimentado , altera
ron su salud , en la que se vio seriamente amenazado hacia los
últimos meses del año 1820. Por entonces fue cuando escribió y
anunció su fin cercano á su amigo Sr. Marcelo, diputado de la
Gironda : « Conozco , le dijo , que mi salud y mi espíritu se de
« bilitan cada dia mas. Un hic iacet es lo que me quedará bien
«pronto de todos los bienes de este mundo. Voy á terminar mi
«vida cuando la Europa termina la suya. » Puede creerse que los
desórdenes que amenazaban al Piamonte y á Ñapoles, desórde
nes de que nuestra España era ya presa, le hicieron escribir es
tas últimas palabras. Pero bien fuese esto , ó bien algun otro
principio desolador, cuyas consecuencias ha impedido nuestro
Dios eu su misericordia , lo cierto es que poco tiempo antes que
el Piamonte se levantase contra su Soberano , su salud se dió
por desahuciada. El piadoso Conde de Maistre no habia aguarda
do á estos instantes para llamar en su auxilio á la Religion; la
habia amado siempre , y así murió como verdadero cristiano el
25 de febrero de 1821 , á los sesenta y ocho años de su edad.
Ha dejado muchas obras, y en todas ellas un testimonio irre
cusable de su profundo saber , de su sólida piedad y de su firme
adhesion á los principios conservadores del orden. Entre otras,
además de las ya citadas, se cuentan el Ensayo sobre el princi
pio generador de tas Constituciones políticas , y otras instituciones
humanas, de que se han hechó tres ediciones. —Las Veladas de,
San Petersburgo. — Cartas á un caballero ruso sobre la Inquisi
cion de España, que se hallan traducidas al español por el be
nemérito D. Mariano Castrillon , autor de varios opúsculos po
líticos, y de una Disertacion sobre los diezmos, inserta en la
Coleccion eclesiástica española. —La Iglesia galicana, en sus re
laciones con el Soberano Pontífice, que es como una continuacion
de la del Papa, y las dos hermosas Cartas á una señora protes
tante, que es la que con tanto elogio cita en la suya madama
Chapelle ( ». í. XUI ) , y otra á una señora rusa , sobre la Iglesia
griega, sobre toda ponderacion digna de leerse.
Maistre poseia un corazon recto y sincero, un espíritu pro
— 23 —
fundo y elevado. Afable, bienhechor, íntimamente adherido á la
religion católica, y de una conversacion y trato casi siempre es
piritual.
Acaso en sus obras haya ideado una perfectibilidad imposible-
ai género humano : sin embargo , los extraordinarios elogios que
le han tributado sus contemporáneos no podrán menos de con
firmarlos los sábios en los siglos venideros.
- 25

DISCURSO PRELIMINAR.

SI-

Tal vez podrá parecer extraño que un hombre de mundo


se arrogue el derecho de tratar cuestiones que hasta nuestros
dias se han creido exclusivamente propias del celo y de la
ciencia del orden sacerdotal. Sin embargo , espero que des
pues de haber pesado las razones que me han determinado á
entrar en esta honrosa lid , todo lector de buena fe las apro
bará en su conciencia y me absolverá de toda nota de usur
pacion.
Pues que nuestra clase, durante el último siglo, se ha he
cho eminentemente culpable para con la Religion, no veo
por qué ella misma po ha de ofrecer á los escritores eclesiás
ticos algunos aliados fieles, que colocándose á la par de ellos
en derredor del altar, aparten de él á los temerarios , sin es
torbar á los levitas.
Y no sé aun si al presente esta especie de alianza no ha
brá llegado á ser necesaria, porque mil causas han contri
buido á debilitar el orden sacerdotal ; la revolucion lo ha des
pojado, desterrado, asesinado... se ha ensangrentado de to
dos modos contra los defensores natos de las máximas que
ella aborrecia. Los antiguos atletas de la milicia santa baja
ron al sepulcro ; algunos reclutas jóvenes se avanzan á ocu
par sus lugares ; mas necesariamente deben ser muy pocos,
porque el enemigo les ha cortado de antemano los víveres
con la mas funesta sagacidad. Y ¿quién sabe si Elias, antes
de volar á la patria, ha arrojado su capa, y ha podido des
de luego recogerse esta vestidura sagrada? Es probable sin
duda que no habiendo podido influir ningun molivo huma
no en la determinacion de esos héroes jóvenes que se han
alistado en este nuevo ejército , se puede esperar mucho de
su noble resolucion. Pero ¡ cuánto tiempo no necesitarán para
adquirir la instruccion necesaria para el combate que les es
pera! Y aun cuando la hayan ya adquirido, ¿les quedará
tiempo para emplearla? Las discusiones dogmáticas mas in
dispensables apenas pueden ejercitarse sino en los tiempos
de calma, en que los trabajos pueden distribuirse libremen
te, segun las fuerzas y los talentos de los operarios. Huet no
hubiera podido escribir su Demostracion evangélica, en el
ejercicio de sus funciones episcopales ; y si Bergier se hubie
se visto obligado por las circunstancias á continuar toda su
vida llevando el peso del dia y del calor en una parroquia , no
habria podido ofrecer á la Religion las muchas obras que lo
han colocado en el número de sus mejores apologistas.
Á este penoso estado de ocupaciones santas , pero gravo -
sas , se encuentra hoy reducido mas ó menos el Clero de toda
Europa ; pero mas particularmente el de Francia, sobre el
cual cayó mas directamente y mas de lleno la tempestad re
volucionaria. Marchitáronse para él todas las flores del mi
nisterio, y solo le quedaron las espinas. Para este Clero pue
de decirse■ que la Iglesia vuelve á empezar, y en el orden
natural de las cosas es sabido que los confesores y los már
tires deben preceder á los doctores. No es fácil prever el mo
mento en que, gozando de su tranquilidad antigua, y ya
bastante numeroso para llevar adelante todas las partes de su
inmenso ministerio, podrá excitar nuestra admiracion con su
ciencia , y la santidad de sus costumbres con la actividad de
su celo y los prodigios de sus trabajos apostólicos.' .
En,este intervalo, pues, que bajo de otros respectos no será
perdido para la Religion, no veo por qué las gentes de mun
do, á quienes su inclinacion ha hecho entregarse á los estu
dios sérios, no deberian alistarse entre los defensores de la
mas santa de las causas ; aun cuando no sirviesen mas que
para llenar los vados del ejército del Señor, no se les podria
- 47 -
al menos negar con justicia el mérito de aquellas heroínas,
que á veces se han visto subir sobre las murallas de una pla-
za -sitiada para aterrar é imponer á lo menos al enemigo.
. Por otra parte , toda ciencia es siempre deudora , y mas
en esta época, de una especie de diezmo á aquel de quien
procede ; porque Dios es el dueño de las ciencias y el que pre
para todos nuestros pensamientos '. Nos hallamos cercanos á
una época, la mayor de las épocas religiosas , en que todo
hombre debe, segun sus fuerzas , traer una piedra para el au
gusto edificio, cuyos planes están visiblemente trazados. La
cortedad de los talentos no debe hacer desmayar á nadie;
por lo menos á mí no me ha hecho temblar. El pobrecito que
en su reducido jardin solo siembra yerbabuena , comino ó
eneldo f, puede ofrecer á Diós sus cogollos con tanta confian
za de que serán bien recibidos , como la ofrenda del hombre
opulento , que de en medio de sus vastas posesiones derra
ma á manos llenas á la entrada del templo la fuerza del tri
go y la sangre de la viña ».
Otra consideracion ha contribuido tambien no poco para
alentarme, y es esta : Un eclesiástico que defiende la Reli
gion , hace sin duda su deber, y merece todo nuestro apre
cio ; pero para la muchedumbre de gentes frivolas ó preocu
padas no es así; se figuran que él defiende su propia causa,
y aunque su buena fe sea igual á la nuestra, cualquiera ha
brá percibido mil veces que los incrédulos desconfian menos
de un hombre de mundo, y frecuentemente se le dejan apro
ximar sin la menor repugnancia; y,es constante, y los que
han observado atentamente á estas aves siniestras y asusta
dizas saben bien , que es sin comparacion mas difícil el atraer
lasFuera
que eldecazarlas.
esto, permítaseme el decir, si un hombre que

1 Deus scientiarum Dominus cst, ct ipsi pracparaqlur cogitatio-


nes. (I Seg. u, 3).
• Matth.. xxiii, 23.
3 Robur pañis... sanguincm uvae. (Psalm. [Link], 16; Isai. ta, 1 ;
Genes, xux, 11 ; üeut. xxvii, 14).
toda su vida se ha ocupado en un asunto importante, y al
que ha dedicado todos los instantes de que ha podido dispo
ner, que ha dirigido hácia aquel objeto todos sus conocimien
tos, siente en sí cierta fuerza indefinible que le hace experi
mentar una como necesidad de comunicar sus ideas, aunque
deba sin duda desconfiar de las ilusiones del amor propio, no
tiene alguna razon para creer que esta especie de inspiracion
no debe despreciarse, mayormente si no carece de alguna
aprobacion extrinseca.
Ya hace tiempo que fijé mis Consideraciones sobre la Fran
cia ', y si no me ciega la honrosa ambicion de serla agrada
ble, paréceme que mi trabajo no la ha disgustado; y pues
que en medio de sus terribles desgracias oyó con benignidad
la voz de un amigo, que lo es y la pertenece por religion,
por lengua y por esperanzas de un orden superior que nun
ca mueren , ¿ por qué no habia de prestarme atento oido, hoy
que acaba de dar un paso tan grande hácia la felicidad, y
ha vuelto á recobrar bastante calma por lo menos para exa
minarse á sí misma y juzgarse con prudencia ?
Verdad es que las circunstancias han variado mucho des
de el año 1796. Entonces cada uno podia libremente atacar
á los malhechores á su cuenta y riesgo ; mas hoy que todas
las autoridades han ocupado su lugar, teniendo como tiene
el error varios puntos de contacto con la política , podria su
ceder al escritor que no estuviese continuamente sobre sí , la
desgracia que acaeció á Diomedes bajo los muros de Troya,
de herir á una diosa persiguiendo á un enemigo.
Por fortuna nada hay mas evidente para la conciencia que
la conciencia misma ; y si no me sintiese penetrado de una
benevolencia universal , enteramente desprendida de todo es
píritu contencioso, aun respecto á ciertas personas cuyos sis
temas me dan mas en rostro, Dios me es testigo que hubie
ra arrojado la pluma, y espero que la bondad de mis lecto
res no dudará de mis intenciones. Pero este modo de pensar
1 Consideraciones sobre la Francia : un vol. en 8." en Basilea, Gi
nebra y París, 1795, 1796.
— 29 —
no excluye la profesion solemne de mi creencia, ni el acento
claro y elevado de la fe, el grito de alarma á la vista del ene
migo conocido ó disimulado , ni en fin el decoroso proseli-
tismo que nace de la persuasion.
Jt Despues de esta declaracion , cuya sinceridad espero se
hallará justificada en toda mi obra, aun cuando mi modo de
pensar se hallase en oposicion directa con el modo de pensar
d,e otros , viviré tranquilo ; sé muy bien lo que se debe á las
naciones y á los que las gobiernan ; pero tambien ereo com
patible con estos sentimientos decirlas la verdad con todas
las atenciones convenientes. Las primeras líneas de mi obra
lo dan ya á conocer, y al que pueda temer encontrar en ella
algo que le ofendad le pido con instancia que no la lea. Es
toy íntimamente persuadido, y quisiera con todo mi corazon
persuadirlo y demostrarlo á los demás, quesjn el Sumo Pon
tífice no hay verdadero Cristianismo, y que ningun cristiano
hombre de bien, que se separe del Santo Padre, podrá firmar
bajo palabra de honor (ano ser un ignorante) una profesion
de fe claramente circunscrita.
Las naciones que se han separado de la autoridad del Pa
dre comun, tomadas en masa, tienen sin duda el derecho
( los sabios no lo tienen) de llamar á esto una paradoja ; mas
ninguna podrá llamarlo un insulto, pues el escritor que se
conserva en las reglas de la verdadera lógica , á nadie ofen
de. No hay mas que una sola venganza honrosa que tomar
contra él, y es la de raciocinar, mejor que lo que él ha racio
cinado.

Aunque en el discurso entero de mi obra haya procurado


en cuanto me* ha sido posible atenerme á las ideas genera
les, sin embargo se percibirá fácilmente que me he ocupa
do con mas particularidad de la Francia. Hasta que esta no
haya conocido bien sus errores , no hay salvacion para ella :
mas si la Francia está aun ciega sobre este punto , la Euro
pa ve aun menos lo que debe esperar de la Francia.
— 30 —
Hay naciones privilegiadas que tienen una cierta mision
en este mundo, y yo he procurado explicar ya la de la Fran
cia, que me parece tan clara y visible como el sol. En el go
bierno natural y en las ideas nacionales del pueblo francés
se encuentra por todas partes un no sé qué elemento teocrá
tico y religioso. El francés necesita de la Religion mas que
cualquiera otro hombre, y si ella le falta, se encuentra no
solo debilitado, sino mutilado ; consúltese sino su historia. A.1
gobierno de los Druidas *, que lo podían todo, entre los an
tiguos galos, sucedió el de los Obispos, que fueron constan
temente, y aun mas en la antigüedad que en nuestros dias,
los consejeros del rey en lodos sus consejos. Los Obispos , se
gun observa Gibbon , han hecho el reino de Francia 1 ; y puede
decirse con toda verdad que han construido esta monarquía
como las abejas construyen un panal. En los primeros siglos
de la monarquía los Concilios eran unos verdaderos consejos
nacionales, donde tos druidas cristianos, si nos es permitido
expresar así , hacían el primer papel ; las formas se habian
mudado, pero la nacion siempre se halló la misma ; pues aun
que la sangre teutónica vino á mezclarse en ella por la con
quista, en bastante copia, para dar un nombre á la Francia,
desapareció cási enteramente en la batalla de Fontenay **,
donde ya no- quedaron mas que galos. La prueba se encuen
tra en la lengua, que cuando el pueblo es uno, tambien es
una 1 ; mas si se mezcla con otras naciones , sobre todo por
* Sacerdotes de los antiguos galos cuando gentiles, pues uo hay
pueblo que no baya tenido alguua religion y sacerdotes: esta es una
especie de necesidad de todo ser racional, ó diremos mejor, una me
moria
1 Gibbon,
mas ó menos
Historia
confusa
de laque
decadencia
conservaban
, etc.,
de los
t. VI,
primeros
c. 38:padres.
París,
en 8.°, 181-2.
** El 8íl entre Carlos el Calvo y Luis de Baviera de una parte , y
Lotario de otra.
3 De aquí procede que cuanto mas se sube á la antigüedad , las len
guas son mas railieales, y por consiguiente regulares. Esto pudiera
bacerse palpable fácilmente con muchos ejemplos. Analícese cualquie
ra lengua viva, y se verán en ella vestigios de las diferentes naciones
mezclados por las manos del tiempo. ISo creo pueda haber Una lengua
- 31 —
una conquista , cada nacion constituyente produce su porcion
de la lengua nacional, pero la sintaxis y lo que se llama el
genio de la lengua pertenece siempre á la nacion dominan
te; y el número de voces dado por cada nacion es siempre
rigorosamente proporcionado á la cantidad de sangre que
respectivamente han dado las naciones constituyentes que se
han fundido en la unidad nacional. Ahora, pues, el elemen
to teutónico apenas se apercibe en la lengua francesa , que
considerada en su fondo es céltica y romana, y nada hay de
mas grande en el mundo *-.
Por mucho que nos lisonjeemos, decia Ciceron , nunca exce
deremos á los galos en valor, á los espartoles en número, á los
griegos en talentos, ete. ; pero por la religion y el temor d los
dioses, sobrepujamos á todas las naciones del universo. Este
elemento romano, naturalizado en las Galias, se acomodó
muy bien con el Druidismo, al cual el Cristianismo despojó
de sus errores y su ferocidad, conservando una cierta raíz
que era buena; y de todos estos elementos resulló una na
cion extraordinaria, destinada á hacer un papel asombroso
entre las demás , y sobre todo á encontrarse á la frente del
sistema religioso en Europa.
El Cristianismo penetró muy pronto entre los franceses
con una facilidad que no podia ser sino el resultado de una
afinidad particular. La Iglesia galicana apenas tuvo infan
cia , pues luego que nació se halló, por decirlo así , la prime
ra de las iglesias nacionales, y el mas firme apoyo de la
unidad.
Los franceses tuvieron el honor único, y del cual no se han
que no conserve algun elemento de las que la han precedido ; pero las
grandes masas constituyentes parece que se palpan.
* Permítasenos excluirla española. En su fondo es tambien ro
mana ; pero en el orden de las vivas recordarémos aquel dicho de uno
que no era español... Que si los Angeles hubiesen de hablar lo harían
en español. Que la francesa es para hablar con los hombres, la espa
ñola para hablar con üios. Véase sobre la riqueza y hermosura de la
lengua española el Prólogo de Capmauy á su Diccionario francés-
español.
- 32 —
preciado -bastante , de haber constituido (humanamente ha
blando) la Iglesia católica en el mundo , elevando á su au
gusto jefe al grado indispensablemente debido á sus funcio
nes divinas , y sin el cual no hubiera sido mas que un pa
triarca de Constantinopla , juguete deplorable de los sultanes
cristianos
Carlomagno,
y de los
el autócratas
Trismegistomusulmanes.
moderno^ elevó ó hizo recono

cer á este trono, hecho para ennoblecer y consolidar á todos


los demás. Es verdad que como no hay en el universo ins
de
titucion
la mano
masdegrande
la Providencia
, tampocosela haya
hay sin
mostrado
duda alguna
de un modo
don-r

mas sensible; pero ¡cuán glorioso es el haber sido elegido


por instrumento ilustrado de esta maravilla única!
Cuando'en la edad media fuimos al Asia con la espada en
la mano para abatir en su mismo terreno aquella formida
ble media luna que amenazaba á todas las libertades de la
Europa , los franceses iban al frente de esta inmortal empre
sa ; y un simple particular suyo que no ha dejado á la pos
teridad mas que su nombre de bautismo *, adornado con el
modesto nombre de Eremita, sin mas armas que su fe y su
voluntad invencible, fue el que enardeció ala Europa, asus
tó á la Asia, destruyó la feudalidad, ennobleció los esclavos,
transportó la antorcha de las ciencias, y mudó la faz de la
Europa.
Á este siguió Bernardo ; Bernardo, el prodigio de su siglo,
y francés como Pedro, hombre de mundo y cenobita morti
ficado, orador y espíritu brillante, estadista y solitario, que él
solo tenia mas ocupaciones que la mayor parte de los hombres
ha tenido ni tendrá jamás; consultado de todo el mundo, encar
gado de una infinidad de negociaciones importantes , pacificador
de los Estados, llamado á los Concilios, hablando por tos Reyes,
instruyendo á los Obispos , amonestando á los Papas , gobernan
do una Orden entera , y predicador y oráculo de su tiempo *.
Se nos repite sin cesar que ninguna de estas empresas 11c-
* Pedro el Ermitaño,
* Bourdalue, Sermon sobre la huida del mundo, parle I.
- 33 -
gó á prosperar. Hasta los niños saben que ninguna cruzada
prosperó ; pero todas juntas prosperaron; y esto es lo que los
hombres no quieren ver.
El nombre francés hizo tal impresion en Oriente , que ha
quedado allí como sinónimo de europeo, y el mayor poeta de
Italia del siglo XVI no se detiene en emplear la misma ex
presion
El cetro francés brilló en Jerusalen y en Constantinopla ;
y ¿qué no podia esperarse de él? Hubiera engrandecido á la
Europa, exterminado el Islamismo, y sofocado el cisma ; mas
por desgracia no supo conservarse.
... Magnis tunen excidit ausis.
Una gran parte de la gloria literaria de los franceses , es
pecialmente en su siglo de oro *, pertenece al Clero ; pues
como la ciencia, generalmente hablando, se opone á la pro
pagacion de las familias y de los nombres nada es mas
conforme al orden que üna tendencia secreta de la ciencia
hacia el estado sacerdotal , y de consiguiente celibatario.
Ninguna nacion ha tenido mayor número de estableci
mientos eclesiásticos que la Francia, y ninguna soberanía
empleó con mayor utilidad propia tanto número de clérigos
como la corte de Francia ; donde quiera se hallan , ya de mi
nistros, de embajadores, negociadores, preceptores, etc.
Desde Suger hasta Fleury no tiene la Francia por qué ar
repentirse de haberlos producido ; y si el mas fuerte y sobre
saliente de todos se remontó alguna vez hasta la inexorable
severidad , con todo no llegó al exceso ; y me inclino á creer
que en el ministerio de este grande hombre no se hubiera
1 II Popol Franco. (Las Cruzadas , el ejército de Godofredo ) . Tasso .
* El de Luis XIV.
1 De aqui nacerá sin duda la antigua preocupacion sobre la incom
patibilidad de la ciencia con la nobleza , preocupacion que , como todas
las demás , pende de alguna circunstancia oculta. Ningun sabio de pri
mer orden ba podido crear una familia ; y así es que aun los nombres
de los que mas se ban distinguido en las ciencias y en las letras en el
siglo XVII ya no subsisten.
3 TOMO I.
— u —
verificado la tragedia de los Templarios , ni otros sucesos se
mejantes.
La mas alta nobleza de Francia se honraba en ocupar las
primeras dignidades de la Iglesia; y ¿qué habia en Europa
que fuese superior á esta Iglesia galicana, la cual poseia to
do cuanto place á Dios , y cuanto cautiva el corazon del hom
bre, virtud, ciencia, nobleza y opulencia? Búsquese para
pintar la grandeza ideal alguna cosa que exceda á Fenelon,
y no se encontrará.
Carlomagno encargó en su testamento á sus hijos la tute
la de la Iglesia romana, y este legado, que no quisieron ad
mitir los Emperadores alemanes , habia pasado como un fidei
comiso á la corona de Francia. La Iglesia católica entonces
podia ser representada por una elipse, donde se veia á un
lado á san Pedro y al otro á Carlomagno ; pero la Iglesia ga
licana con su poder, su doctrina, su dignidad, su lengua y
su proselitismo, parecía alguna vez reunir los dos centros, y
confundirlos en la unidad mas magnífica.
Mas ¡oh debilidad humana! ¡oh deplorable ceguedad!
Algunas preocupaciones detestables , que tendré ocasion de
desenvolver en el discurso de esta obra , trastornaron ente
ramente este orden admirable y esta relacion sublime entre
las dos potestades. Á fuerza de sofismas y de manejos crimi
nales , se llegó á ocultar al Rey Cristianísimo una de sus mas
brillantes prerogativas , que era la de presidir (humanamen
te hablando) el sistema religioso, y de ser el protector here
ditario de la unidad católica. Constantino se honró en otro
tiempo con el título de Obispo exterior ; y el de Sumo Pontí
fice exterior no halagaba la ambicion de un sucesor de Car
lomagno;
cia, se hallaba
de modo
vacante.
que ¡este
Ah !empleo
si los Reyes
que ofrecía
de Francia
la Providen-
hubie

sen querido auxiliar vigorosa y eficazmente á la verdad , hu


bieran podido hacer milagros. Mas ¿ qué puede un rey cuan
do las luces de su pueblo están apagadas? Sin embargo, es
menester decir para gloria inmortal de esta augusta casa,
que el espíritu real que la anima ha sido por fortuna mu
— 35 —
chas veces mas sabio que las academias, y mas justo que los
tribunales.
Trastornada en los últimos tiempos por una tempestad in
creible, hemos visto á esta casa, tan preciosa para la Euro
pa, volverse á levantar de nuevo por un milagro que pro
mete otros, y que debe penetrar de un valor religioso á todos
los franceses; pero seria el colmo de la desdicha si creyesen
que porque la columna está otra vez derecha , se ha colocado
ya en su lugar. Por el contrario, es preciso creer que el es
píritu revolucionario es ahora sin comparacion mas fuerte y
peligroso que lo era hace algunos años. El poderoso usur
pador* no se servia de él sino para su propio provecho ; sa
bia comprimirle cou su mano de hierro, y reducirle á una
especie de monopolio en favor de su corona. Mas desde que
la justicia y la paz se abrazaron, el genio turbulento perdió
todo temor, y en vez de agitarse en un solo foco, se ha ex
tendido y producido una fermentacion general por toda una
inmensa superficie.
Permítaseme que lo repita: la revolucion de Francia no se
parece á nada de cuanto se ha visto en los tiempos anterio
res: es diabólica por esencia 1 ; y jamás podrá extinguirse
del todo sino por el principio contrario; y los franceses nun
ca podrán recobrar su lugar hasta que reconozcan esta ver
dad. El sacerdocio debe ser el objeto principal de la consi
deracion del soberano. Si yo tuviese á la vista las listas de
las ordenaciones sagradas , podría vaticinar grandes sucesos.
La nobleza francesa halla en esta época la ocasion mas favo
rable de hacer al Estado un sacrificio digno de ella. Ofrezca
sus hijos al altar, como lo hacia en los tiempos pasados ; pues
ahora no podra decirse que ambiciona los tesoros del san
tuario. En otros tiempos la Iglesia la enriqueció y la ilustró;
vuélvale, pues, ahora todo lo que puede darle, que es decir,
el brillo de sus ilustres nombres, con que mantendrá la opi
nion antigua, y determinará á gran número de personas á
* Napoleon Boaaparte.
1 Consideraciones sobre la Francia, c. 10, § 2. , •

- 36 —
seguir los estandartes enarbolados por manos tan dignas : el
tiempo hará lo demás. La nobleza francesa, sosteniendo de
este modo al sacerdocio, pagará una deuda inmensa que tie
ne contraída á favor de la Francia, y acaso de toda la Eu
ropa. La mayor prueba de respeto y de estimacion que se le
puede dar, es la de recordarle que esa misma revolucion , que
ella hubiera querido impedir y remediar á costa de su san
gre, fue no obstante en gran parte obra suya. Mientras una
aristocracia pura, es decir, que profese hasta la exaltacion
los dogmas nacionales, rodee el trono, este será invulnera
ble, aun cuando la debilidad y el error viniesen á sentarse
en él : pero si la nobleza se emancipa , ya no hay salud para
el trono, aunque lo ocupase san Luis ó Carlomagno ; y esto
es mucho mas cierto en Francia que en cualquiera otra par
te. Durante el último siglo, la nobleza francesa lo perdió to
do por su monstruosa alianza con los malos principios; y así
á ella le loca repararlo todo. Su destino es seguro con tal que
no vacile, y se persuada íntimamente de la alianza natural,
esencial , necesaria , y francesa , que debe haber entre la no
bleza y el sacerdocio.
En la época mas desgraciada de la revolucion se dijo': que
aquello era para la nobleza un eclipse bien merecido; pero que
volceria á ocupar su lugar, si algun dia abrazaba con sinceri
dad á
Hijos que le vi nieron,
Pero do sos entrañas concibieron '.
Lo que se dijo hace veinte años se verifica hoy. Si la no
bleza francesa está sujeta á un alistamiento, de ella misma
depende quitarle á este cuanto pudiera tener de aflictivo para
las familias antiguas; y cuando ella sepa por qué se hizo ne
cesario, no podrá disgustarla ni perjudicarla. Mas esto se di
ce solo de paso, y sin entrar en pormenor alguno.
Volviendo, pues, á mi asunto principal, observo que el fu
ror antireligioso del último siglo, contra todas las verdades
y todas las instituciones cristianas, se fijó principalmente
1 Coniideraciones sobre la Francia, c. 10, § 3.
— 37 -
contra la Santa Sede. Los conjurados sabian muy bien , y lo
sabian mejor que todos los hombres bien intencionados, que
el Cristianismo reposa enteramente sobre el Sumo Pontífice , y
por lo mismo dirigieron todos sus tiros hácia este lado. Si
hubiesen propuesto á los Gabinetes católicos medidas direc
tamente anticristianas, el temor ó la vergüenza, en defecto
de otros motivos mas nobles, hubieran bastado para recha
zarlos ; y así tendieron el lazo mas sutil para todos los Prin
cipes, y lograron descaminar á los mas entendidos.
¡ Ay ! de los Beyes sus falaces labios
LograroD seducir á los mas sábios.
Presentáronles á la Santa Sede como el enemigo natural
de todos los tronos. Esparcieron sobre ella mil calumnias,
excitaron desconfianzas de toda especie , procuraron indispo
nerla con la razon de estado, y nada omitieron para unir la
idea de dignidad á la idea de independencia. Á fuerza de
usurpaciones , de violencias é intrigas de toda especie , hi
cieron que la política romana se volviese cautelosa, lenta ó
precavida; y luego la acusaron de los mismos defectos que
ellos la habian ingerido; por desgracia llegaron en lo que
pretendian á tal punto, que hace temblar. El mal es de tal
naturaleza, que la simple vista de algunos países católicos*
ha podido algunas veces escandalizar á los enemigos mismos
de la verdad, y hacer que se apartasen de ella. Sin embar
go, sin Sumo Pontífice todo el edificio del Cristianismo está
minado, y no necesita para desplomarse enteramente sino el
concurso de ciertas circunstancias que luego manifestaremos.
Entre tanto los hechos hablan. ¿Se ha visto jamás que los
Protestantes escriban libros contra las Iglesias griega, nes-
toriana , siríaca, etc., aunque ellas profesen dogmas que el

* ¿Qué do se vio en los países austríacos en tiempo de José II?


¿qué en Toscaua en los primeros años de su hermano Leopoldo? ¿qué
en Nápoles bajo el ministerio de Tanucci ? ¿ qué en Portugal bajo Car
vallo? Con toda razon podia clamar la Iglesia llena de dolor : Füiima-
tris meas puynaverunt contra me.
- 38 -
Protestantismo detesta? Nada menos: antes bien las prote
gen, les dirigen felicitaciones, y se muestran dispuestos á
unirse con ellas, porque tienen constantemente por verda
deros aliados á los que sean enemigos de la Santa Sede «.
El incrédulo, por otro lado, se rie de todos los disidentes,
y se sirve de todos, porque está seguro de que lodos, quién
mas, ó quién menos , y cada uno de su manera , trabajan en
su grande obra, que es la destruccion del Cristianismo.
Como el Protestantismo, el Filosofismo, y mil otras sectas
mas ó menos perversas ó extravagantes han disminuido pro
digiosamente las verdades entre los hombres * , el género hu
mano no puede permanecer en el estado en que se encuen
tra. Se agita, se fatiga, se avergüenza de sí mismo, y pro
cura con un cierto movimiento convulsivo contrarestar el
torrente de los errores , despues de haberse abandonado á
ellos con la ceguedad sistemática del orgullo ; y en esta época
memorable me ha parecido muy útil exponer en toda su cla
ridad una teoria igualmente vasta é importante , desemba
razándola de todas las sombras con que se han obstinado en
envolverla desde mucho tiempo. Sin presumir demasiado de
mis esfuerzos , espero no obstante que no serán del todo va
nos ; porque un buen libro no es el que persuade á todo el
mundo, pues de este modo no habria libro alguno bueno, si
no aquel que satisface completamente á cierta clase de lec
tores , á quienes particularmente se dirige , y por lo demás
á nadie deja en duda de la buena fe del autor, y del infati
gable trabajo que se ha tomado para penetrarse de su obje
to, y presentarlo, si es posible, bajo un nuevo punto de vista.
Me lisonjeo ingénuamente que acerca de esto se juzgará he
cumplido mi deber. Creo que nunca ha sido mas necesario

1 Véanse las Investigaciones asiáticas de Claudio Buchanan , doc


tor en teología inglesa ( decimos inglesa , porque se entienda que es un
anglicano) , donde propone á la Iglesia anglicana unirse en la India
con la siríaca, porque esta niega el primado del Papa: un vol. en 8.°,
Londres, 1812, pág. 285-287.
* Diminutae sunt veritates a Gliis hominum. (Psaltn. xr, 2).
- 39 -
que ahora ilustrar con todos los rayos de la evidencia una
verdad de primer orden , y además creo que la verdad ne
cesita de la Francia ; y así espero que la Francia me leerá
otra vez con bondad , y me tendria por feliz sobre todo , si
sus grandes personajes de todos los órdenes , reflexionando
sobre lo que espero de ellos , se creyesen obligados á escribir
para refutarme.
DEL PAPA.

LIBRO I.
Del Papa con relación á la Iglesia católica.

CAPÍTULO I.
DE LA INFALIBILIDAD.

¡ Qué no se ha dicho sobre la infalibilidad considerada teo


lógicamente ! Seria difícil añadir nuevos argumentos á los
que se han acumulado ya por los defensores de esta alta pre-
rogativa , para apoyarla en autoridades irrefragables , y des
embarazarla de los fantasmas con que los enemigos del Cris
tianismo y de la unidad han procurado rodearla , con la es
peranza de hacerla por lo menos odiosa, si no podian conse
guir aun otra cosa peor.
Mas no sé si se habrá observado sobre esta grande cues
tion, igualmente que sobre otras muchas, que las verdades
teológicas no son otra cosa que unas verdades generales ma
nifestadas y divinizadas en el orden religioso, de tal mane
ra, que no se podria combatiré impugnar ninguna de ellas,
sin atacar una ley eterna del mundo.
La infalibilidad en el órden espiritual , y la soberanía en
el temporal , son voces enteramente sinónimas , pues que una
y otra expresan ó significan aquel alto poder que los domina
á todos, del cual lodos los demás se derivan, que gobierna
y no es gobernado, que juzga y no es juzgado.
— 42 —
Cuando decimos que la Iglesia es infalible, es muy esen
cial observar que no pedimos privilegio alguno particular
paradla, sino únicamente que goce del derecho comun á
todas las soberanías posibles , las cuales todas obran necesa
riamente como infalibles ; porque lodo gobierno es absoluto;
y en el momento en que, bajo pretexto de error ó de injus
ticia , se le pueda resistir , puede decirse que no existe. Es
innegable que la soberanía tiene formas diferentes ; que no
habla en Constantinopla como en Londres; mas luego que
ha hablado á su modo, sea en una parte ó en otra , ni el bilí,
ni el felfa, tiene apelacion.
Lo mismo sucede en la Iglesia. De un modo ó de otro es
preciso que sea gobernada como cualquiera otra asociacion,
sin lo cual desapareceria del lodo la agregacion , el conjun
to, la unidad ; y así este gobierno debe ser por su natura
leza infalible, es decir, absoluto, pues de otro modo dejaria
de gobernar.
En el orden judicial , que no es mas que una parte del go
bierno, se ve claramente que es preciso haya un poder ó au
toridad qué juzga y no es juzgada ; por la razon de que pro
nuncia en nombre de la autoridad suprema, cuyo órgano y
voz es. Por mas rodeos que se tomen , llámese como se quiera
este alto poder judiciario, es preciso convenir en que debe
haber uno al cual no se pueda decir que ha errado. Es claro
que el que es condenado queda siempre descontento de la
sentencia, y cree en su interior que el tribunal fue injusto ;
pero la política desinteresada, que mira las cosas desde una
esfera superior, se desentiende de sus vanas quejas ; porque
sabe que hay un punto donde deben detenerse , y que las
dilaciones interminables, las apelaciones sin fin, y la incer-
tidumbre de las propiedades son mas injustas, si me es per
mitido decirlo así, que la misma injusticia.
No se trata, pues , sino de saber dónde reside la sobera
nía en la Iglesia ; pues luego que se la reconozca , ya no será
permitido apelar de sus decisiones.
Ahora bien, si hay alguna cosa evidente, tanto por la ra
— 43 —
zon como por la fe, es que la Iglesia universal es una mo
narquía. La idea sola de la unioersalidad supone esta forma
de gobierno, cuya necesidad absoluta se fundaren la doble
razon del número de sus súbditos , y de la extension geográ
fica del imperio.
Por lo mismo todos los escritores católicos, dignos de este
nombre, convienen unánimemente en que el régimen de la
Iglesia es monárquico; aunque bastantemente moderado por
la aristocracia, para que sea el mejor y mas perfecto de to
dos los gobiernos '.
Así tambien lo entiende Belarmino; conviniendo con su in
nata ingenuidad en que el gobierno monárquico moderado
es mejor que la monarquía pura ' ; y aun dando una ojeada
por todos los siglos cristianos, puede observarse que esta
forma monárquica no ha sido impugnada ni contradicha sino
por los sectarios á quienes incomodaba.
En el siglo XVI los sediciosos atribuyeron la soberanía á
la Iglesia, es decir, al pueblo ; y el XVIII no hizo mas que
adoptar estas máximas en la política. El sistema es el mismo,
la misma la teoria, hasta en sus últimas consecuencias; por
que á la verdad, ¿qué diferencia hay entre la Iglesia de Dios,
gobernada únicamente por su palabra, y la gran república una
é indivisible, gobernada únicamente por las leyes y por los di
putados del pueblo soberano? Ninguna: siempre es la misma
locura , que solo ha mudado de época y de nombre.
¿ Qué viene á ser una república , luego que se extiende, ó
excede ciertas dimensiones? Es un país mas ó menos vasto,
gobernado por cierto número de hombres que se llaman ellos
mismos la república: mas el Gobierno siempre es uno ; porque
ni hay ni puede haber una república diseminada. Así, en el
1 «Certum est Monarchicum illud regimen esse aristocratia aliqua
«temperatum.» (Duval, De Sup. potest. Papan, part. I, quaest. 1).
* Y aun puede decirse que reune lo bueno de la democracia sin sus
furores, pues el Clero
(Nota
se recluta
del Director
ordinariamente
de la Librería
entre elreligiosa).
pueblo.

* Belarmino, De Summo Pontific. c. 3.


— u —
tiempo de la república romana , la soberanía republicana
residia en el Foro * • y los países sometidos á ella , es decir,
las dos terceras partes del mundo conocido eran una monar
quía cuyo soberano absoluto é implacable era el Foro. Qui
tando este estado dominador, ya no hay union ni Gobierno
comun , y toda unidad desaparece.
Neciamente, pues , las iglesias presbiterianas han pretendi
do hacernos aceptar como una suposicion posible la forma
republicana, que de ningun modo les pertenece , á no ser en
un sentido dividido y particular; es decir, que cada país tie
ne su Iglesia que es republicana ; mas ni ha habido ni puede
haber Iglesia cristiana republicana; de modo que la forma
presbiteriana borra el artículo del símbolo, que sus mismos
ministros están obligados á pronunciar por lo menos todos
los domingos; á saber : Creo la Iglesia una, santa, universal
y apostólica ; porque desde el momento en que no hay cen
tro, ni Gobierno comun, ya no puede haber unidad, ni por
consiguiente Iglesia universal (ó católica), pues no hay una
sola Iglesia particular que en esta suposicion tenga el medio
constitucional de saber si se halla en comunion de fe con las
otras.
Sostener que un gran número de iglesias independientes
forman una Iglesia , una y universal, seria lo mismo que sos
tener que todos los Gobiernos políticos de Europa no forman
mas que un solo Gobierno, uno y universal. Estas dos ideas
son idénticas, y esto no admite contradiccion.
Si alguno nos hablase de un reino de Francia sin rey de
Francia, ó de un imperio de Rusia sin emperador de Rusia, di
ríamos con razon que habia perdido el juicio; pues esta mis
ma es puntualmente la idea de una Iglesia universal sin jefe.
EssupérGuo hablar de la aristocracia; pues como en la
Iglesia nunca ha existido cuerpo alguno que haya tenido la
pretension de gobernarla bajo una forma electiva ni heredi
taria,
* Plaza
se sigue
de la antigua
que suRoma,
gobierno
dondeesse necesariamente
juntaba el pueblo monár-
para los

negocios públicos.
— u -
quico,
Una yvez
cualquiera
establecida
otra
la forma está
monárquica,
rigorosamente
la infalibilidad
excluida.

es consecuencia necesaria de la supremacía , ó mas bien , es


la misma cosa absolutamente bajo dos nombres diferentes.
Sin embargo, aunque esta identidad sea evidente, no se ha
visto, ó no se ha querido ver, que toda la cuestion depende
de esta verdad ; y que dependiendo esta verdad de la misma
naturaleza de las cosas, no tiene necesidad alguna de apo
yarse sobre la teología * : de manera , que hablando de la
unidad como necesaria, no puede atribuirse error, aunque
fuese posible , al Sumo Pontífice , así como no puede oponér
seles á los Soberanos temporales que jamás han pretendido
la infalibilidad. Efectivamente, en la práctica lo mismo ab
solutamente es no estar sujeto al error, que no poder ser acu
sado de él. Así, aun cuando se concediese por una falsa hi
pótesis que el Papa no tenia en su favor ninguna promesa
divina, no por eso dejaria de ser infalible, ó de ser tenido
por tal en loda asociacion humana, bajo cualquier forma de
gobierno que se imagine, como tribunal supremo; porque
lodo juicio, del cual no se puede apelar, es y debe ser tenido
por justo ; y los verdaderos estadistas me entenderán bien,
cuando diga que no se trata solamente de saber si el Sumo
Pontífice es infalible , sino si debe serlo.
Cualquiera que pudiese decir al Papa que habia errado,
tendria por la misma razon derecho de desobedecerle , lo cual
aniquilaria la supremacía (ó infalibilidad) ; y esta idea fun
damental es tan palpable, que uno de los mas sabios escri-
* Es verdad, no la tiene, pero do la excluye : el autor, como él mis
mo ha hecho ver, y hemos manifestado al fin de la Advertencia á esta
obra, estaba penetrado, cual ninguno, de la verdad de las promesas
hechas á san Pedro, y en él á sus sucesores los romanos PontíGces; y
lo indica bien claramente llamándola prcrogativa divina : lo que hace
aquí es demostrar que esta verdad teológicamente cierta, aun mirada
políticamente , tambien lo es. Ni podia menos : las verdades no se con
trarían, porque Dios, de quien todas dimanan, no puede contradecir
se á sí mismo, y no es meaos autor de la sociedad y de la naturaleza,
que de la gracia, - ,
- 46 —
tores protestentes de nuestro siglo 1 ha hecho una disertacion
para probar que la apelacion del Papa al Concilio futuro des
truye la unidad visible de la Iglesia. Nada mas claro, porque
¿como se ha de poder apelar de un Gobierno habitual é in
dispensable, so pena de la disolucion del cuerpo gobernado, á
una autoridad intermitente sin período fijo?
Hé aquí por un lado al famoso Mosheim , que con razones
invencibles demuestra que la apelacion al Concilio futuro
destruye la unidad visible de la Iglesia, es decir, primero el
Catolicismo, y despues el Cristianismo todo; y por otro á
-Fleury, que haciendo la enumeracion de las Libertades de su
Iglesia , nos dice : Nosotros creemos que se puede apelar del
Papa al Concilio futuro , no obstante las bulas de Pio II y de
Julio II que lo han prohibido *.
Es un espectáculo á la verdad extraño ver á los doctores
galicanos dejarse llevar por sus exageraciones nacionales,
hasta la humillacion de verse refutados por teólogos protes
tantes; y ojalá que esto no se hubiese visto mas que una
vez.
Los novadores de que hablaba Mosheim habian sostenido
que el Papa solamente tenia el derecho de presidir los Con
cilios, y que el gobierno de la Iglesia era aristocrático ; mas
esta opinion, segun Fleury, está condenada en Roma y en
1 Laur. Mosheimii Dissert. De appel. ad Concil. univ. Ecclesiae
unitatem spectabilern tollentibus. (Véase la obra del Dr. Marchetti,
t. II, pág. 208).
a Fleury, Sobre las libertades de la Iglesia galicana. (Nuevos
opúsculos: París, 1807, en 8.°, pág. 30). Tendrémos tantas ocasiones
de hablar de estas pretendidas libertades, llamadas con mas justa ra
zon por el mismo Fleury desengañado esclavitudes galicanas, que no
queremos anticipar idea alguna sobre ellas. Baste solo por ahora decir,
que desde que se empezó á hablar de ellas, han sido el punto de reu
nion de todos los hijos rebeldes de la Iglesia, de los Cismáticos, delos
Constitucionales, etc.; y no tememos asegurar que donde se quiera
establecer de hoy mas un cisma se empezará por aquí. Vuélvanse los
ojos á los Países Bajos, y véase por dónde ha principiado sus proce
dimientos aquel príncipe calvinista contra los Católicos , y dónde em
piezan nuestros pretendidos reformadores de la Iglesia.
— 47 —
Francia. Luego tiene todo lo que se necesita para ser con
denada. Ahora bien: si el gobierno de la Iglesia no es aris
tocrático, luego es monárquico; y si es monárquico, como
cierta é invenciblemente lo es, ¿qué autoridad recibirá la
apelacion de sus decisiones?
Trátese de dividir el mundo cristiano en patriarcados co
mo lo quieren las iglesias cismáticas de Oriente; y en esta
suposicion , cada patriarca tendrá los privilegios que aquí
atribuimos al Papa, y no se podrá apelar de sus decisiones;
porque siempre es menester que haya un punto donde de
tenerse: la soberanía estará dividida, pero siempre se la en
contrará, y solo habrá que mudar el Símbolo, y decir: Creo
á las iglesias divididas é independientes.
Á esta idea monstruosa nos veriamos irremediablemente
conducidos ; pero bien pronto ella seria perfeccionada por
los príncipes temporales que, cuidándose poco de esta vana
division patriarcal , establecerian la independencia de su igle
sia particular, y luego se desembarazarian del patriarca, co
mo ya ha sucedido en la Rusia: de modo, que en vez de una
sola infalibilidad que se desecha como un privilegio dema
siado sublime , tendriamos tantas cuantas quisiese formar la
política por la division de los Estados. La soberanía religio
sa trasladada del Papa á los Patriarcas, pasaria luego de es
tos á los Sínodos, y por último terminaria lodo por la supre
macía anglicana y el Protestantismo puro; estado inevitable
y que no puede menos de llegar á verificarse mas ó menos
pronto en todo país donde no reine el Papa; porque una vez
que se admita la apelacion de sus decretos , ya no hay mas
gobierno, ni unidad, ni Iglesia visible.
Por no haber comprendido bien principios tan evidentes,
muchos teólogos de primer orden, como Bossuet y Fleury,
han desconocido la idea de la infalibilidad , dando lugar á
que aun los seglares de penetracion y juicio llegasen á reirse
de ellos cuando los leen. El primero nos dice seriamente que
la doctrina de la infalibilidad no principió hasta el concilio de
- 48 -
Florencia 1 ; y Fleury, aun con mas precision, señala al do
minico Cayetano como autor de esta doctrina, en el pontifi
cado de Julio II.
Á la verdad , no se puede concebir cómo unos hombres
lan sabios han podido confundir dos ¡deas tan diferentes cua
les son el creer y el sostener un dogma. La Iglesia católica
no es disputadora por naturaleza; cree sin disputar; porque
ta fe es una creencia por amor, y el amor no disputa.
El católico sabe que no puede engañarse ; y sabe aun"mas,
que si esto fuese posible, no habria verdad revelada ¡ni se
guridad alguna para el hombre en la tierra; porque toda so
ciedad divinamente instituida supone la infalibilidad, como di
ce excelentemente el ilustre Malebranche.
La fe católica no necesita, y este es su carácter principal
que no se ha notado bien , no necesita volver sobre sí misma
acerca de su creencia , y preguntarse por qué cree ; porque
está libre de esa inquietud disertadora que agita á todas las
sectas. La duda es la que produce los libros. ¿Por qué , pues,
habia ella de escribir, no dudando como no duda jamás?
Pero si se llega á contradecirla sobre algun dogma , en
tonces sale de su estado natural , que es opuesto á toda idea
contenciosa; busca los fundamentos del dogma que se quie-
re combatir, pregunta á la antigüedad , y crea nombres que
no eran necesarios á su buena fe, pero que han llegado á
serlo para caracterizar el dogma y poner una barrera eterna
entre sus hijos y los novadores.
Perdóneme la respetable sombra de Bossuet; pero cuando
nos dice que la doctrina de la infalibilidad comenzó en el si
glo XIV , parece que se conforma con las mismas gentes á
quienes tantas veces y lan victoriosamente ha combatido.
¿No era esto lo que decian tambien los Protestantes, á sa
ber, que la doctrina de la transustanciacion no era mas an
tigua que su nombre? ¿Y los Arríanos no argüian del mis-
1 Historia de Bossuet, documentos justificativos del lib. VI, pá
gina 392.
mo modo contra la consustancialidad? Permítaseme decirlo,
sin perder el respeto á tan grande hombre : Bossuet se en
gañó evidentemente sobre este importante punto. Debe po
nerse gran cuidado en no tomar un nombre por una cosa,
ni el principio de un error por el principio de un dogma. —
Precisamente lo contrario de lo que enseña Fleury es la ver
dad; porque hácia la época que él asigna, fue cuando se
principió no á creer, sino á disputar sobre la infalibilidad1.
Las contestaciones suscitadas sobre la supremacía del Pa
pa obligaron á que se examinase la cuestion mas de cerca,
y los defensores de la verdad llamaron á esta supremacía in-
falibüidad, para distinguirla de cualquiera otra soberanía:
mas en la Iglesia nada hay nuevo: ella nunca creerá sino lo
que siempre ha creido; y si Bossuet quiere probar la novedad
de esta doctrina, le rogamos que nos asigne una época de
la Iglesia en que las decisiones dogmáticas de la Santa Sede
no hayan sido leyes; y en seguida que borre todos los es
critos donde él mismo ha probado lo contrario con una lógica
rigurosa, una erudicion inmensa, y una elocuencia inimita
ble. Sobre todo, que nos diga cuál era el tribunal que exa
minaba estas decisiones y las reformaba. Mas si al fin él nos

1 La primera apelacion al Concilio futuro fue la hecha por Tadeo


á nombre de Federico II en 12Í3, aunque hay alguna duda acerca de
ella, porque fue hecha al Papa y al Concilio mas general. Otros di
cen que la primera incontestablemente fue la de Duplessis, hecha en
13 de junio de 1303; tnas esta es semejante á la otra, y acredita una
perplejidad extraña, pues se dirige alConcilio y á la Santa Sede apos
tólica , y á quien y á quienes pueda y deba pertenecer mejor en dere
cho. (Nat. Alex. sec. 13 et 14, art. 8, § 11). En los ochenta años si
guientes se encuentran otras ocho apelaciones, cuyas fórmulas son:
A la Santa Sede; al sagrado Colegio; al Papa futuro; al Papa me
jor informado ; al Concilio ;'al Tribunal de Dios ; a la santísima Tri
nidad
dice, pág.
; en 237
fin , áy Jesucristo.
260). Estas( necedades
Marchetti ,deben
Criticareferirse,
de Fleuryporque
en el apéu-
prue
ban de una parte la novedad de estas apelaciones, y por otra el em
barazo de los apelantes, los cuales no podían confesar mas claramente
que no existe tribunal alguno superior al Papa , sino apelando á la san
tísima Trinidad.
4 TOMO I.
— 50 —
concede, nos prueba y nos demuestra que los decretos dog
máticos de los Sumos Pontífices han sido siempre leyes en la
Iglesia, dejémosle decir que la doctrina de la infalibilidad es
nueva: importa poco.
CAPÍTULO II.

DE LOS CONCILIOS.

En vano se recurrirá á los Concilios para salvar la unidad


y mantener el tribunal visible de la Iglesia. Examinemos la
naturaleza y los derechos de estas asambleas porque es esen-
cíalísimo, y principiemos por esta observacion incontesta
ble: á saber, que una soberanía periódica ó intermitente es una
contradiccion ó implicacion en los términos; en efecto, la sobe
ranía debe vivir siempre , debe velar, debe obrar : para ella
no se diferencian el suato y la muerte. Ahora bien, ¿cómo pue
de pertenecer el gobierno de la Iglesia á los Concilios, que
no solamente son intermitentes, sino muy raros y puramen
te accidentales , sin asignacion alguna de periodo efectivo y
legal?
Además , los Concilios nada deciden de que no se pueda
apelar, ámenosque sean universales; y esta especie de Con
cilios suelen traer tantos inconvenientes, que no puede en
trar en las miras de la Providencia confiarles el gobierno de
la Iglesia.
En los primeros siglos del Cristianismo era mucho mas
fácil juntar los Concilios, porque la Iglesia era menos nu
merosa ; y la unidad de poderes reunidos en la cabeza de los
Emperadores les permitía congregar un número de obispos
suficiente, para imponer desde luego respeto y no necesitar
despues sino el consentimiento de los demás, y sin embargo
¡ qué penas , qué embarazos para congregarlos ! ,
Mas en los tiempos modernos, despues que el mundo
culto se ve como dividido , por decirlo así , en tantas sobera
nías, y que además se ha engrandecido inmensamente por
nuestros intrépidos navegantes, un concilio ecuménico ha
4*
venido á ser una quimera * ; pues solo para convocar á todos
los Obispos y hacer constar legalmente esta convocacion, ape
nas bastarian cinco ó seis años.
Y así no estoy muy léjosde creer que, atendidas las ideas
dominantes del siglo, si alguna vez se creyese necesario jun
tar una Asamblea general de la Iglesia (lo que no parece pro
bable), se vendría á reunir, no una absolutamente general,
sino una Asamblea representativa: las ideas dominantes tie
nen siempre una cierta influencia en los negocios, y como la
reunion de todos los Obispos hoy puede decirse que es mo
ral, física y geográficamente imposible, ¿porqué cada pro
vincia católica no podria enviar su diputacion a los Estados
generales de la monarquía? No habiendo sido nunca convo
cadas á ellos las iglesias parroquiales, y por otra parte sien
do la aristocracia eclesiástica (los Obispos) demasiado nu
merosa, y estando sumamente diseminada en nuestros dias
para poder comparecer realmente, ¿qué cosa mejor podria
imaginarse que una representacion episcopal? En sustan
cia no seria una cosa nueva, sino una forma mas amplia de
lo ya otras veces sucedido ; porque en todos los Concilios
se Pero
han recibido
de cualquier
siempre
modolosque
plenos
se convoquen
poderes dey los
seanausentes.
consti

tuidas estas santas asambleas, no se hallará en las sagradas


Escrituras un pasaje en favor de los Concilios, comparable
al que establece la autoridad y prerogatiyas del Sumo Pon
tífice. No le hay, ni puede darse cosa mas clara ni mas mag
nífica que las promesas contenidas en aquel texto; y si se
me opone , por ejemplo , aquello de que siempre que dos ó
tres personas se junten en mi nombre, yo estaré en medio de
ellas, preguntaré qué significan estas palabras , y no se me
* Comunmente llamamos una quimera ó una cosa imposible cuan
do es sumamente dificultosa. Lo que no podemos menos de advertir
«on esta ocasion á los sencillos es, que por estas sumas dificultades
formen concepto de la legitimidad y verdad de los deseos de los falsos
reformadores y apelantes á los Concilios : no quieren ellos Concilios,
sino á la sombra de su nombre huir la autoridad de sus superiores le
gítimos.
- 53 -
podrá hacer ver en ellas roas que lo que yo veo , es decir, una
promesa hecha á los hombres de que Dios se dignará prestar
nidos mas particularmente misericordiosos á cualquiera asam
blea de gentes que se junten para orar.
No quiera Dios que yo ponga la menor duda sobre la in
falibilidad de un concilio general : no , solo digo que este alto
privilegio lo tiene de su Jefe , á quien fueron hechas las pro
mesas. Sabemos bien que las puertas del infierno no prevale
cerán contra la Iglesia ; mas ¿ por qué ? A. causa de Pedro , que
es la piedra sobre que está fundada. Si se quila este funda
mento dejará de existir la Iglesia; y ¿cómo podria ser infa
lible? Á mi entender es necesario primero ser, que no ser al
guna cosa, ó gozar alguna prerogativa.
No olvidemos jamás que ninguna promesa se ha hecho á
la Iglesia separada de su cabeza ; esto la razon misma lo dic
ta, porque la Iglesia, como cualquier otro cuerpo moral, no
puede existir sin unidad ; y así , las promesas no pueden ha
berse hecho sino á la unidad de la Iglesia, la cual desapa
receria inevitablemente si se quitara el Sumo Pontífice.
CAPÍTULO III.

DEFINICION Y AUTORIDAD DE LOS CONCILIOS.

Así, pues, los Concilios ecuménicos ni son ni pueden ser


otra cosa sino el Parlamento, por decirlo así, ó los Estados
generales del Cristianismo, reunidos por la autoridad y bajo la
presidencia del Soberano. Donde quiera que hay un Sobera
no, y en el sistema católico lo hay incontestablemente, no
se pueden juntar Asambleas nacionales y legítimas sin él.
Luego que este ha dicho veto, la Asamblea queda disuelta,
ó su fuerza colegislativa suspendida ; y si ella se obstina hay
revolucion.
Esta nocion tan sencilla é incontestable, y que no puedo,
ser en manera alguna contradicha, manifiesta en toda su cla
ridad cuán ridicula es la cuestion tan reñida de si el Papa
es superior al Concilio, ó el Concilio superior al Papa; porque
en otros términos, es lo mismo que preguntar: Si el Papa
es superior al Papa, ó el Concilio superior al Concilio.
Estoy firmemente persuadido como Leibnitz , que Dios ha
preservado hasta ahora los Concilios verdaderamente ecuménicos
de todo error contrario d la sana doctrina 1 ; y creo tambien
que los preservará siempre : mas dando por supuesto que no
puede haber Concilio ecuménico sin Papa, ¿qué significa la
cuestion de si este es superior ó no al Concilio? ¿Quién es su
perior en la Inglaterra, el Rey al Parlamento, ó el Parla
mento al Rey ? Ni el uno ni el otro : porque el Rey y el Par
lamento reunidos es lo que forma la legislatura ó la soberanía ;
y no habrá un inglés razonable que no prefiera ver su país
1 Leibnitz, Nouv. essaissur l'[Link] , pág. Í61 y siguien
tes.— Pensées, t. II, pág. 45. * N. B. La palabra verdaderamente la
puso Leibnitz para descartarse del concilio de Trento en su célebre
correspondencia con Bossuct.
— 85 —
gobernado por un Rey sin Parlamento , antes que por un
Parlamento sin Rey '. En fin, la cuestion así mirada no tie
ne sentido alguno.
Por lo demás, aunque no pienso en manera alguna con
testar la eminente prerogativa de los Concilios generales , no
dejo de reconocer los inmensos inconvenientes de estas gran
des asambleas , y el abuso que se hizo de ellas en los prime
ros siglos de la Iglesia. Los Emperadores griegos, cuyo fre
nesí teológico es uno de los mayores escándalos de la histo
ria, se hallaban siempre dispuestos á convocar Concilios; y
cuando absolutamente lo querian , era preciso consentir en
ello , porque á un soberano que se obstina en querer una co
sa , la Iglesia no debe rehusarla , cuando solo pueden resul
tar de ella algunos inconvenientes. La incredulidad moderna
se ha complacido frecuentemente en observar la influencia
de los Principes sobre los Concilios para inducirnos á despre
ciar estas Asambleas , ó para separarlas de la autoridad del
Papa. Se les ha respondido una y mil veces sobre estas dos
falsas consecuencias ; pero en fin , digan lo que quieran so
bre ello , nada es mas indiferente para la Iglesia católica , que
no puede ni debe ser gobernada por Concilios. Los Empe
radores de aquellos primeros siglos no tenían mas que que
rer para juntarlos , y lo quisieron con demasiada frecuen
cia. Por otro lado, los Obispos se acostumbraban á mirar estas
Asambleas como un tribunal permanente , siempre abierto al
celo y á las dudas ; y de ahí viene la frecuente mencion que
hacen de ellas en sus escritos , y la suma importancia que les
daban ; mas si hubiesen alcanzado otros tiempos , si hubiesen
reflexionado sobre las dimensiones del globo , y hubiesen po
dido prever lo que algun dia debia suceder en el mundo , hu
bieran conocido bien que un tribunal accidental , dependiente
del capricho de los Príncipes, y cuya reunion debia ser muy
1 No se crea que yo pretendo asimilar en todo el gobierno de ta
Iglesia al de Inglaterra, donde los Estados generales son permanen
tes. Solo tomo de esta comparacion lo necesario para establecer mi ra
zonamiento.
— 86 —
rara y difícil , no podia haber sido elegida para gobernar la
Iglesia eterna y universal. Así, pues , cuando Bossuet pregun
ta con aquel tono de superioridad (que sin duda puede disi
mulársele mas que á cualquier otro hombre), ¿ó. que tantos
Concilios, si la decision de los Papas bastaba á la Iglesia *?
El cardenal Orsi le responde muy oportunamente: «No me
«lo pregunteis á mí, ni tampoco á los papas Dámaso, Ce
lestino, Agaton, Adriano y Leon, que han condenado
«todas las herejías desde Arrio hasta Eutiques, con el con-
«sentímiento de la Iglesia, ó de una inmensa mayoria; y
«que nunca jamás imaginaron que fuesen necesarios los Con-
«cilios ecuménicos para condenarlas; preguntádselo mas bien
«á los Emperadores griegos, que quisieron absolutamente
«que hubiese Concilios, que los han convocado, y han exi-
« gido para ello el consentimiento ** de los Papas y excitado
«inútilmente todo este ruido en la Iglesia '.»
Solo al Sumo Pontífice pertenece esencialmente el derecho
de convocar los Concilios generales; mas esto no excluye la
influencia
* «Con mas
moderada
razon, dice
y legítima
el abate Lamennais,
de los Soberanos.
refiriendoSolo
esteélmismo
pue-

«pasaje (Nouveax mélanges, pág. 16), se podría preguntar: ¿para


«qué es el Papa , si su decision no basta á la Iglesia? ¿ Porqué la Igle-
«sia, á quien no es menos necesaria una autoridad suprema que i
«cualquiera otra sociedad, no está gobernada por un concilio perma-
«nente, si la soberanía reside en el concilio? Se dirá que un concilio
«permanente es imposible. — Luego la soberanía ó suprema autoridad,
«no está en el concilio, pues que una soberanía permanente es indis-
«pensable. »
'* Aunque rigorosamente hablando no sea lo mismo autoridad que
consentimiento, sin embargo es constante, y todos confiesan que eo
el que tiene autoridad de hacer alguna cosa, consentir en ella, es
darla su autoridad para que se verifique : « In eo qui habet auctori-
« tótem aliquid faciendi, in illud consentire , est ejus auctoritate fieri.»
Con esta sencilla explicacion se desvanecen los argumentos tan decan
tados sobre la convocacion de los antiguos Concilios por los Empera
dores , como si á ellos de derecho perteneciese, y no á los Papas.
1 Orsi, De irreformabili Rom. Pontificis in definiendis fidei con-
troversiis, iudicio: Romae, 1772, in 4, t. III, lib. II, c. 20, pag. 183
et 18Í.
- 57 —
de juzgar si las circunstancias exigen este extremo remedio;
y los que han pretendido atribuir este poder á la autoridad
temporal , no han advertido el extraño paralogismo en que
incurrian. Suponen una monarquía universal , y además eter
na , y se trasladan inmediatamente sin reflexion á aquellos
tiempos en que todos los Obispos podían ser convocados por
un solo principe ó por dos. El Emperador solo, dice Fleury
podía conoocar los Concilios universales, porque solo él podía
mandar á los Obispos hacer viajes extraordinarios , cuyos gas
tos corrían de su cuenta, indicándoles el lugar donde debían reu
nirse. . . Los Papas se contentaban con solicitar estas Asambleas...
y frecuentemente sin obtenerlas.
Esta es una nueva prueba de que la Iglesia no puede ser
gobernada por los Concilios generales; porque Dios, que es
autor de la naturaleza y de la Iglesia, no ha podido poner
en contradiccion las leyes de su Iglesia con las leyes de la
naturaleza.
La soberanía política por su naturaleza ni es universal, ni
indivisible, ni perpétua; de consiguiente, si se niega al Pa
pa el derecho de convocar los Concilios generales, ¿á quién
habremos de concederlo? ¿El Rey de Francia llamará á los
Obispos de Inglaterra, ó el Rey de Inglaterra á los de Fran
cia? Ved ahí cómo se abusa de la historia , y cómo estos char
latanes se ven convencidos de combatir la naturaleza de las
cosas, que independientemente de toda idea teológica , quie
re absolutamente que un Concilio ecuménico no pueda ser
convocado sino por una autoridad ó poder ecuménico.
Y ¿cómo un cierto número de hombres subordinados á una
autoridad , pues es la que los ha convocado, podrian , sepa
rados de ella, serla superiores? Lo absurdo de esta proposi
cion se demuestra con solo enunciarla. Puede no obstante
decirse en un sentido verdadero, que el Concilio universal es
superior al Papa ; porque como no puede haber Concilio ge
neral sin Papa, si se entiende en esto que el Papa con todos
los Obispos es superior al Papa ; ó en otros términos , que el
1 Nuevos opúsculos de Fleury , pág. 118.
— 88 -
Papa solo no puede rever ó volver á tratar de un dogma de
cidido por él y por los Obispos reunidos en un Concilio ge
neral , tanto el Papa como el buen sentido convendrán en
ello. Pero que los Obispos separados del Papa , y en contra
diccion con él, le sean superiores , es una proposicion á la
cual se hace mucho honor calificándola solo de extravagante.
Aun la primera suposicion que acabamos de hacer, si no
se la restringe rigurosamente al dogma, no puede admitirse
de buena fe , y deja en pié muchas dificultades. Porque ¿dón
de está la soberanía en los largos intervalos que hay de unos
Concilios ecuménicos á otros? ¿ Por qué no podria el Papa mu
dar ó derogar lo que hubiera establecido en el Concilio, si no era
cosa de dogma, y si las circunstancias lo exigían imperiosamen
te? Si las necesidades de la Iglesia pidiesen una de aquellas
grandes providencias que no sufren dilacion , como lo hemos
visto dos veces durante la revolucion francesa ¿qué ha
biamos de hacer? Si los juicios del Papa no pueden refor
marse sino por el Concilio general, ¿quién convocará este
Concilio? Y si el Papa se niega á hacerlo, ¿quién le obliga
rá á convocarlo ? Y entretanto ¿cómo se gobernará la Igle
sia? Todo nos conduce á la decision de la razon natural , dic
tada por la mas evidente analogía ; á saber : que una bula
del Papa, hablando ex cathedra, no se diferencia de los cá
nones establecidos en un Concilio general, sino como se di
ferencia respecto de los franceses, por ejemplo, la ordenanza
de la marina , ó de las aguas y bosques , de las ordenanzas
de Blois ó de Orleans.
El Papa para disolver un Concilio general no tiene que
hacer mas que salirse del salon diciendo : Yo no estoy aquí.
Desde
1 Primeramente
aquel momento
en la época
el Concilio
de la Iglesia
no es constitucional
mas que unay asam-
del ju

ramento cívico, y despues en la del Concordato. Los respetables pre


lados que creyeron en esta última época deber resistir al Papa , pen
saron que se trataba de saber sí el Papa se habia engañado , cuando
solo se trataba de saber si debía ser obedecido aun cuando se hubiese
engañado; lo cual abreviaba mucho la discusion.
blea, y si se obstina, un conciliábulo. Y así nunca he com
prendido á los franceses cuando afirman que los decrelos de
un Concilio general tienen fuerza de ley, independientemen
te de la aceptacion ó de la confirmación del Sumo Pontífice ' .
Si quieren decir que los decretos del Concilio que han sido
hechos bajo la presidencia, y con la aprobacion del Papa ó
de sus Legados , no necesitan de la bula de aprobacion ó
confirmacion que termina las actas , sino como un negocio
de fórmula , se les podrá oir, aunque con poco aprecio ; mas
si quieren decir alguna cosa mas, son insoportables.
Pero, y si el Papa, se dirá acaso con los disputadores mo
dernos, llegare á ser hereje, furioso ó destructor de los de
rechos de la Iglesia, etc., ¿cuál será el remedio ? Á esto res
pondo en primer lugar, que los hombres que se divierten en
hacer en el dia estas suposiciones , aunque durante diez y
ocho siglos no se han verificado, son, ó muy ridículos , ó muy
culpables ; y en segundo lugar, y en todas las suposiciones
posibles, preguntaré tambien yo á estos hombres : ¿qué se
haria en el caso de que el Rey de Inglaterra se inhabilitase
para ejercer sus funciones ? Se haria lo que se ha hecho , ó
bien otra cosa; pero ¿se seguiría de aquí que el Parlamento
es superior al Rey, ó que pudiese deponerle, ó ser convo
cado por quien no fuere el Rey, etc. , etc. , etc. ?
Cuanto mas atentamente esto se examine, mas nos con-
vencerémos de que á pesar de los Concilios , y aun en virtud
de los mismos Concilios, sin la monarquía romana no puedo
haber Iglesia.
A.sí se manifiesta con una hipótesis bien sencilla. Supon
gamos que en el siglo XV1 la Iglesia oriental separada , cu
yos dogmas todos, igualmente que los nuestros, estaban ata
cados, se hubiese reunido en Concilio ecuménico en Cons-

1 Bergier, Diclion. théol. art. Concites, num. 4; pero poco des


pues, num. 5, § 3, pone entre los caracteres ó señales de la ecume-
nicidad de un concilio, la convocacion hecha por el Sumo Pontífice 6
su consentimiento. No sé en verdad cómo se pueden conciliar estos
dos textos.
— 60 -
lantinopla ó en Esmirna , ó en otra parte , para anematizar
los nuevos errores , mientras que nosotros estábamos congre
gados en Trento para el mismo fin; pregunto : ¿dónde hu
biera estado entonces la Iglesia, en Constantinoplaóen Tren
to ? Quitad el Papa , y ya será imposible responder. Si las
Indias, la África y la América, suponiéndolas igualmente
pobladas de cristianos de la misma especie , hubiesen toma
do el mismo partido, la dificultad se complica mas, la con
fusion se aumenta, y [Link] desaparece.
Consideremos además que el carácter ecuménico en los
Concilios no lo constituye el número de los Obispos que los
componen; basta que lodos sean convocados: despues viene
el que puede y quiere. Ciento y ochenta Obispos fueron los
de Constantinopla en el año 381 : mil hubo en Roma en 1139,
y solamente noventa y cinco en la misma ciudad en 1512,
inclusos los Cardenales. No obstante, lodos estos Concilios
son generales : prueba clara de que el Concilio no toma su
autoridad sino de la persona de su Jefe; porque si tuviese
una autoridad propia é independiente, no podia ser indife
rente el número de los congregados : tanto mas , que en este
caso la aceptacion de la Iglesia no es necesaria , y una vez
publicado el decreto, es irrevocable. Hemos visto reducido á
ochenta el número de los votantes; mas como no hay cáno
nes ni costumbres que fijen los límites á este número, ¿qué
inconveniente hay de que le fijásemos á cincuenta y aun á
diez? Y ¿á qué hombre sensato se le haria creer que un nú
mero tan reducido de Obispos tuviese el derecho de mandar
al Papa y á la Iglesia?
Aun mas : si en una urgente necesidad' de la Iglesia se
apoderase á un mismo tiempo de muchos Principes aquel
celo que animó antiguamente al emperador Sigismundo, y
cada uno de ellos reuniese un Concilio, ¿cuál seria el ecumé
nico, y en dónde estaria la infalibilidad? Pero la potítica va
á ofrecernos nuevas analogías.
CAPÍTULO IV.

ANALOGÍAS SACADAS DEL PODER TEMPORAL.

Supongamos que en un interregno , dudándose de quién


era el Rey de Francia, ó hallándose ausente, los Estados
generales se dividiesen primero en la opinion, y despues en
el hecho, de modo que hubiese Estados generales en París,
y Estados generales en Lyon , ¿dónde estaria la Francia? La
cuestion es la misma que la anterior : ¿dónde estaria lajgle-
sia? En uno y otro caso no hay absolutamente respuesta,
hasta que el Papa ó el Rey viniesen á decir : Aqui está. Qui
tad la reina de un enjambre, tendréis abejas, pero colme
na, no.
Para evadirse de esta comparacion tan clara y decisiva de
las Asambleas nacionales, los sofistas modernos han objeta
do que no hay paridad entre los Concilios y los Estados gene
rales, porque estos no tenían sino el derecho de [Link]<icion.
¡Qué sofisma! ¡qué mala fe! ¿Cómo no ven que aquí se
trata de unos Estados generales cual se necesitan para fun
dar el argumento ? Aquí no entramos en la cuestion de si
por derecho son ó no son colegistadores : los suponemos ta
les; y entonces ¿qué falta para la comparacion ? Los Conci
lios ecuménicos son tan Estados generales eclesiásticos , co
mo los Estados generales Concilios ecuménicos civiles. Y en
esta suposicion ¿no son colegisladores hasta el momento en
que se separan, sin serlo ya un instante despues de separa
dos? Su poder, su firmeza , su existencia moral y legistativa
¿no dependen del Soberano que les preside? ¿Y no se hacen
sediciosos , separados, y por consiguiente nulos desde el mo
mento que obran sin él? Y en el momento que se separan,
¿no se reune la plenitud del poder legislativo en la cabeza
del Soberano? Las ordenanzas de Blois, de Moulins , de Or
— 62 —
leans, ¿perjudican en algo á las de la marina, de las aguas
y bosques, de las sustituciones, etc. ?
Si hay alguna diferencia entre los Estados generales y los
haber
Concilios,
Estados
es toda
generales
en favor
en todo
de losel primeros;
rigor de laporque
palabra,
puede
ó al 1

pié de la letra, como suele decirse, porque se limitan á un


solo imperio ó reino, y todas las provincias están allí repre
sentadas, en vez de que un Concilio general, tomando lo
general al pié de la letra, es m oralmente imposible , atendida
la multitud. de reinos distintos, y las dimensiones del globo
terrestre, cu^a superficie iguala notoriamente á cuatro cír
culos de tres mil leguas de diámetro.
Mas si á alguno le ocurriese observar que no siendo per
manentes los Estados generales, ni pudiendo ser convocados
sino por un superior, ni opinar sino con él, y que dejando
de existir en su última sesion, necesariamente resulta, sin
mas consideraciones, que no son colegisladores en toda la
fuerza del término, no me embarazará para responderá esta
objecion ; porque no por eso dejaria de ser menos seguro que
los Estados generales pueden ser infinitamente útiles mien
tras están congregados, y que durante este tiempo el sobe
rano legislador no Obra sino con ellos.
Lo mismo debe decirse de los Concilios ; y aun no puede
menos de reconocerse que los ecuménicos ó generales, como lo
hemos visto en el de Trento, se hallan en estado de ejecutar
á veces cosas que habrian sido superiores , no al derecho, pe
ro sí á las fuerzas del Sumo Pontífice. Y añado, que estas san
tas asambleas serian de derecho natural , aun cuando no lo
fuesen de derecho eclesiástico ; pues nada hay mas natural,
sobre todo en teoria, que congregarse los hombres como se
pueden congregar ; es decir, por medio de sus representan
tes, presididos por un jefe ó cabeza para hacer leyes y ve
lar sobre los intereses de la comunidad. De esto ya no dis
putamos; solamente digo que un cuerpo representativo in
termitente , sobre todo si es accidental y no periódico , es in
hábil para gobernar, siempre y en,todas parles , por la misma
— 63 —
naturaleza de las cosas; y que durante sus sesiones mismas,
no tiene existencia y legitimidad sino por su jefe ó cabeza.
Transportemos á Inglaterra el cisma político que acaba
mos de suponer en Francia. Dividamos el Parlamento. ¿Dón
de estará el verdadero? Con el Rey. Y si la persona del Rey
fuese dudosa , ya no habría Parlamento, sino solamente juntas
ó asambleas que se buscarian Rey ; y mientras no pudiesen
convenirse sobre quién debia reinar, habria guerra civil y
anarquía. Pero hagamos una suposicion mas feliz , y no ad
mitamos mas que una junta ó asamblea sola. Esta nunca se
rá Parlamento hasta que tenga al Rey en su seno, ejercerá
sí lícitamente todos los poderes necesarios para llegar á este
importante fin; porque estos poderes le son indispensables,
y por consiguiente de derecho natural; pues como una na
cion no puede realmente congregarse toda, es preciso que
obre por sus representantes. En todas las épocas de anarquía
un cierto número de hombres se apoderará siempre del po
der para llegar á establecer un orden cualquiera; y si esta
asamblea ó junta, reteniendo el nombre y las formas anti
guas, tuviese además el consentimiento de la nacion, mani
festado por la obediencia ó el silencio, gozaría de toda la le
gitimidad que permiten aquellas desgraciadas circunstancias.
Y si la monarquía en vez de ser hereditaria fuese electiva,
y se encontrasen muchos competidores elegidos por diferen
tes partidos, la Asamblea debería designar cuál era el ver
dadero, si hallaba en su favor razones evidentes de preferen
cia, ó bien destituirlos todos para elegir' uno nuevo, si no
veia razones decisivas mas por uno que por otro. A esto se
reduciría todo su poder ; y si se permitía hacer otras. leyes,
luego que el Rey subiese al trono tendría derecho de anu
larlas; porque estas voces de anarquía y ley se excluyen re
cíprocamente ; y todo lo hecho en el primer estado, solo pue
de tener un valor momentáneo, ó de puras circunstancias.
Mas si el Rey viese que muchas cosas se habian hecho
parlamentariamente, es decir, con arreglo á los verdaderos
principios de la Constitucion del Estado, podría dar su san
- u —
clon real á estas diferentes disposiciones, las cuales entonces
pasarían á ser leyes obligatorias aun para el mismo Rey, que
en esto sobre todo se encuentra ser imágen de Dios sobre la
tierra, pues, segun la bella expresion de Séneca, Dios obe
dece á leyes, pero á leyes que él mismo ha hecho.
En este sentido pudiera decirse que la ley es superior al
Rey, como el Concilio superior al Papa ; es decir, que ni el
Rey ni el Papa pueden deshacer lo que se ha hecho parla
mentaria ó conáliarmente , ó digamos por ellos mismos en Con
cilio ó en Parlamento. Lo cual , léjos de debilitar la idea de
la monarquía , la hace mas completa , y la lleva á su mas alto
grado de perfeccion, excluyendo de ella toda idea accesoria
de arbitrariedad ó de versatilidad.
El inglés Hume ha hecho sobre el concilio de Trentouna
reflexion brutal, que merece no obstante tomarse en consi
deracion. Este es, dice, el único Concilio general que se ha ce
lebrado en un siglo verdaderamente ilustrado y observador ; mas
no debe esperarse ya ver otro, hasta que la, extincion del saber
y el imperio de la ignorancia preparen otra vez al género hu
mano para estas grandes imposturas '.
Si de estas palabras se quita lo insultante , y el tono de
chocarrería que acompaña siempre al error queda alguna
cosa verdadera; á saber, que cuanto mas ilustrado sea elmun-
1 Elisabeth de Hume , 1633 , c. 39 , nota K.
! Esta es una observacion que recomiendo á la atencion de todos
mis lectores. La verdad cuando combate al error nunca se enfada; y
así entre los infinitos libros de nuestros controversistas es menester
mirar con un microscopio para encontrar una vivacidad que se haya
escapado á la debilidad humana. Unos hombres como Belarmino, Bos-
suet, Bergier, etc., han combatido toda su vida, sin permitirsejamás,
no digo un insulto, pero ni aun la mas ligera personalidad. Los doc
tores protestantes participan tambien de este privilegio, y merecen el
mismo elogio siempre que combaten la incredulidad ; porque en este
caso es el Cristiano que combate al Deista, al Materialista, al Ateo; y
de consiguiente es siempre la verdad que impugna al error : mas si se
vuelven contra la Iglesia romana, al instante la insultan; porque el
error nunca combate á la verdad á sangre fria. Este doble carácter es
tan visible como decisivo ; y hay pocas demostraciones mas bien sen-
- 65 —
do, menos se pensará en un Concilio general. En toda la du
racion del Cristianismo solo ha habido veinte y uno, que cor
responden poco mas ó menos á un Concilio ecuménico por
cada ochenta y seis años; pero tambien se ve que de dos si
glos y medio acá, la Religion ha podido muy bien pasar sin
ellos; y yo no creo que haya quien piense ahora en Conci
lios generales, á pesar de las extraordinarias necesidades de
la Iglesia, á las cuales puede muy bien acudir el Papa, y
remediarlas mejor que un Concilio, con tal que se sepa ha
cer uso de su poder. El mundo es ya muy grande, para jun
tar Concilios generales, los que parece no fueron hechos
sino para la juventud , ó llámense los primeros tiempos del
Cristianismo.
tidas por la conciencia. * Ed esto es inimitable el angélico maestro
santo Tomás.

S TOMO U
CAPÍTULO V.

DIGRESION SOBRE LO QUE SE LLAMA. LA JUVENTUD DE LAS


NACIONES.

Esta palabra juventud me hace observar, que lanto esta ex


presion como otras del mismo género, deben referirse á la
duracion total de un cuerpo, ó de un individuo. Por ejen>-
pío, si yo me represento la República romana que duró qui
nientos años, sé muy bien lo que debo entender cuando me
hablen de la juventud ó los primeros años de la República ro
mana : si se trata de un hombre que debe vivir con corta
diferencia ochenta años, me arreglaré tambien á esta dura
cion total, y si el hombre hubiese de vivir mil años, lo con
sideraría joven hasta los doscientos. Ahora pues, ¿que viene
á ser la juventud de una religion que debe durar tanto co
mo el mundo? Se habla mucho de los primeros siglos del Cris
tianismo, y á la verdad yo no me atrevería á asegurar que
hubiesen ya pasado. — Pero sea de esto lo que quiera, no
hay razonamiento mas falso que el que quiere conducirnos á
lo que se llama los primeros siglos, sin saber lo que se dice.
Mejor seria casi añadir que la Iglesia en cierto sentido no
tiene edad. La religion cristiana es la única institucion que
no admite vejez ó decadencia, porque es la sola divina. En
cuanto á lo exterior de prácticas y ceremonias , deja siempre
algo á las variaciones humanas; mas su esencia es siempre
la misma, el ami eius non deficient. Así, ella se dejará, di
gámosto así, oscurecer por la barbarie de la edad medía,
porque no quiere derogar á las leyes del género humano ;
pero producirá durante la misma época una multitud de hom
bres superiores , que deberán á ella toda su superioridad.
Despues vuelve á elevarse con el hombre , le acompaña y lo
perfecciona en todas sus situaciones : bien diferente en esto
y de un modo bien patente de todas las instituciones y de
— 67 —
todos los imperios humanos , que tienen su infancia , su vi
rilidad , y por último su vejez y su fin.
Sin llevar mas adelante estas observaciones, no hablemos
tanto de los primeros siglos, ni de los Concilios ecuménicos
desde que el mundo se ha hecho tan grande : sobre todo no
hablemos de los primeros siglos, como si el tiempo tuviera
algun poder sobre la Iglesia. Las heridas que esta recibe,
solo proceden de nuestros vicios; pues todos los siglos que
pasan por ella no pueden hacer mas que perfeccionarla.
Antes de concluir este capítulo debo protestar nuevamente
mis sentimientos ortodoxos acerca de los Concilios generales.
Puede suceder muy bien que ciertas circunstancias los hagan
necesarios; y yo no negaré, por ejemplo, que el concilio de
Trcnto no haya hecho cosas , que sin él no pudieran ejecu
tarse ; pero nunca se mostrará el Sumo Pontífice mas infali
ble que cuando se trate de saber si el Concilio es indispen
sable; y el poder temporal nunca podrá hacer cosa mejor
tampoco, que referirse sobre este punto al Papa.
Los franceses acaso ignoran que cuanto puede decirse de
mas razonable acerca del Sumo Pontífice y de los Concilios,
lo han dii:ho dos teólogos suyos, en dos textos de pocas lí
neas, pero llenos al mismo tiempo de finura y de buen sen
tido : textos bien conocidos y apreciados en Italia por los
mas sábios defensores de la monarquía legítima. Escuchemos
primero al grande atleta del siglo XVI, el famoso vencedor
de Mornay.
«La infalibilidad que se presupone en el papa Clemente,
«como tribunal soberano de la Iglesia , no quiere decir que
«sea asistido del Espíritu Santo con la luz necesaria para
«decidir toda especie de cuestiones : su infalibilidad consiste
«en que siempre que se cree bastante asistido de luces celes-
«tiales para juzgar sobre una cuestion , la juzga; y las demás
«cuestiones para cuyo juicio no se contempla bastante asis-
«tido de luces superiores, las deja para el Concilio '. »
1 Perromana, artículo Infalibilidad, citado por el cardenal Orsi,
De Rom. Pontif. anclar, lib. I, c. 15, art. 3 : Romae, 1772, pag. 100.
5*
— 68 —
Esta es precisamente la teoria de los Estados generales, á
la cual se hallará siempre conducido todo espíritu recto, por
la. fuerza de la verdad.
«Las cuestiones ordinarias en que el Rey se siente asistido
«de bastantes luces, las decide por sí mismo; y las otras pa-
«ra cuya decision no se cree bastante ilustrado,' las remite á
«los Estados generales que él mismo preside; » pero él siem
pre es el soberano.
El otro teólogo francés es Tomasino, que en una de sus
sabias disertaciones se explica así : «No disputemos ya para
«saber si el Concilio ecuménico es superior ó inferior al Pa- .
«pa. Contentémonos con saber que el Papa en medio del
«Concilio es superior á sí mismo; y que el Concilio sin su
«Cabeza, es inferior al mismo Concilio '. »
Yo no sé si jamás se ha hablado con mas acierto. Sobre
todo Tomasino, estrechado por la declaracion de 1682, se
evadió de la dificultad con mucha habilidad dándonos bas
tantemente á conocer su modo de pensar sobre los Concilios
sin su Cabeza ó Jefe; á estos dos textos se reunen otros mu
chos que nos manifiestan la doctrina universal é invariable del
Clero de Francia , tan frecuentemente invocada por los após
toles de los cuatro artículos en estos dias.
1 «Ne digladiemur maior Syoodo Ponlifet, vel Pontífice Syoudus
((ecumenica sit; sed agnoscamus succenturiatum Syoodo PooliGcem
se ipso maiorem esse: truncalam Pontifica Synodum, se ipsa esse
minorem. » (Thomassin. In disserl. de Concü. Clialced. num. 14);
Orsi, ü[Link]. lib. I, c. 13, art. 3, pag. 100, et [Link],
c. 20, pag. 184. En Roma, año de 1772, en 4."
— 69 —

CAPÍTULO VI.

LA SUPREMACÍA DEL SUMO PONTÍFICE HA SIDO RECONOCIDA


EN TODOS TIEMPOS. — TESTIMONIOS CATÓLICOS QUE HAN
DADO DE ELLA LAS IGLESIAS DE OCCIDENTE V DE ORIENTE.

No hay cosa mas invenciblemente demostrada en toda la


Historia eclesiástica*, sobre todo para la conciencia, que
nunca disputa, como Ja supremacía monárquica del Sumo
* Acaso alguno echará de menos que nuestro autor no principie
apoyando el primado ó supremacía del romano Pontífice con las pala
bras de la santa Escritura ; pero si no nos engañamos, da ya la razon
en las dos primeras líneas de la obra. No se diga por eso que ha que
rido hacer una Iglesia humana : cuando todo su afan es demostrar la
sublimidad é inamovilidad , é infalibilidad del solio pontificio, seria
una injuria muy notable á su catolicismo solo el imaginarlo. ¿Cuántas
veces no llama su autoridad divina? ¿cuántas que en Pedro ha reci
bido su autoridad de mano de Jesus? No obstante, porque no falten
estos hermosos testimonios, aunque ya estén desleidos en los de los
Padres , y en el que inmediatamente sigue de Bossuet, y en el precio
sísimo de san Francisco de Sales , con que termina este capítulo, re-
eordarémos que á Pedro, y en él á sus sucesores, dijo Jesucristo por
san Mateo, xvi, 18 : Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi
Iglesia ; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella : sobre
esta piedra, es decir, sobre ti, ó Pedro, como exponen los Padres,
porque si prevaleciesen contra Pedro prevalecerían contra la Iglesia.
— Que Jesús rogó por Pedro para qve no faltase su fe, y le encargó
que despues de su conversion confirmase á sus hermanos. — Que á
Pedro encargó el cuidado de su rebaño, que apacentase sus corderos,
es decir, los fieles ; y las ovejas, es decir, los pastores, (loan. xxi). En
fin , que el concilio de Florencia , siguiendo los pasos de los anteriores,
definió como de fe : «Romanum Pontificem in Universum orbem te
jere Primatum , et ipsum Pontificem Romanum Successorem csse
• B. Petri , Principis Apostolorum , et verum Christi Vicarium, totius-
« que Ecclesiae Caput , et omnium Christianorum Patrem et Doctorem
«existere, et ipsi in B. Petro pascendi, regendi ac gubernandi univer-
«sam Ecclesiam a Domino noslro lesu Christo plenampotestatem tra-
''ditam esse, etc., etc.»
— 70 —
Pontífice. Esta sin duda no ha sido en su origen lo que fue
algunos siglos despues * ; pero en esto precisamente es en lo
que se muestra divina ; porque todo lo que existe legítima
mente y para siglos, existe desde luego en gérmen , y se
desarrolla sucesivamente '.
Bossuet ha explicado felizmente este gérmen de unidad, y
todos los privilegios de la Cátedra de san Pedro, ya visibles
en la persona de su primer poseedor. «Pedro, dice, aparece
«siempre el primero en todas maneras : el primero en con-
«fesar la fe, el primero en la obligacion de ejercitarla cari
dad, el primero de todos los Apóstoles que vió al Salvador
«resucitado de entre los muertos, como habia sido el primer
«testigo de esta verdad delante de todo el pueblo; el prime
ro cuando fue preciso llenar el número de los Apóstoles **;
«el primero que confirmó la fe con un milagro; el primero
«para convertir los judíos; el primero para recibir á los gen-
« tiles; donde quiera el primero. Mas yo no puedo referirlo
« todo : solo diré que todo concurre para establecer su pri-
«macía: sí, todo, hasta sus faltas... El poder dado á muchos
«lleva su restriccion en su particion misma; en vez de que
«el* poder
Es decir,
dadono estaba
á unotan
solo,
explicada
y sobre; que
todos
esencialmente
y sin excepcion,
siemprefue
en-

la misma. El derecho siempre es el mismo; el uso ó ejercicio de él , mas


ó menos expreso, segun la serie de los siglos : aunque en todos, aun
en los de las persecuciones, se encuentran documentos irrefragables
que la demuestran. ,
1 Creo haber demostrado suficientemente esta verdad en mi En
sayo sobre el principio generador de las instituciones humanas.
" Sustituyendo uno en lugar de Judas : « No porque no pudiese ha-
« cerlo por sí solo, dice san Juan Crisóstomo, sino porque no se cre-
«yese que él se inclinaba hácia alguno.» «Quam estfervidus, dice el
«Santo, quam cognoscit creditum ii Christo gregem ! quam in hoc cho
rro Princeps est !... Merito primus omnium auctoritatem usurpat in
«negotio. ut qui omnes habeat in manu. Ad hunc enim dicit Chris-
« tus : Et tu aliquando conversus, confirma fralres tuos. » Y des
pues : « Quid , an non licebat ipsi Pelro eligere? Licebat et quidem ma-
«xime. Verum id non facit, ne cui videretur gratifican.» (Wonx. 3 in
Act. Ap.).
- fi —
«cierra en sí mismo la plenitud... Todos reciben el mismo
«poder, mas no en el mismo grado, ni con la misma exlen-
«sion. Jesucristo empieza por el primero, y en este primero
«desenvuelve el todo... á fin de enseñarnos... que la autori-
«dad eclesiástica establecida primeramente en la persona de
«uno solo, no se ha extendido á otros, sino con condicion de
«ser reducida siempre al principio de su unidad, y que to
ados los que habrán de ejercerla, deben estar inseparable-
« mente unidos á la misma Cátedra »
Esta es , continúa él mismo con su voz de trueno, «Ja Cá-
mtedra tan celebrada de los Padres, en donde ellos han exalta
«.do, como á competencia, el principado de la Cátedra apostó-
«.lica, el principado principal, la fuente de la unidad, y en el
«lugar de Pedro el eminente grado de la Cátedra sacerdotal; la
«Iglesia madre, que tiene en su mano el cuidado de todas las
además iglesias; el Jefe del Episcopado, de donde parten los
«rádios del gobierno; la Cátedra principal; la Cátedra única,
«en la cual sola todos guardan la unidad. Con estas palabras
«se expresaban, y en ellas oís á san Optato, san Agustín,
«san Cipriano, san Ireneo, san Próspero, san Avito, san Tco-
«doreto, el concilio de Calcedonia y los demás; á la África,
«las Galias, la Grecia, la Asia, el Oriente y el Occidente,
«todos unidos... Pues entraba en los designios de Dios per-
«mitir que se levantasen cismas y herejías; por esto no ha-
«bia constitucion mas firme para sostenerse , ni mas fuerte
«para destruirlas. Por esta constitucion lodo es fuerte en la
«Iglesia; porque en ella todo es divino, y todo está unido;
«y como cada parte es divina, su union tambien es divina,
«y su conjunto es tal , que cualquiera parte de él obra con la
«fuerza del todo... Por esto nuestros predecesores han dicho
«que obraban en nombre de san Pedro; por la autoridad dada
«ó todos los Obispos en la persona de san Pedro, como vicarios
« de san Pedro ; y así lo han dicho aun cuando obraban por su
« autoridad ordinaria y subordinada ; porque todo se ha pues-
«to1 primeramente
Sermon sobre laen
unidad,
san Pedro,
parte I.y la correspondencia de to-
— 72 —
a do el cuerpo de la Iglesia es tal , que lo que hace cada obis-
«po segun la regla y el espíritu de la unidad católica, toda
«la Iglesia, todo el Obispado, y el Jefe del Episcopado lo
«hacen igualmente con él. » ;
En el dia apenas se tiene ánimo para citar los textos que
de edad en edad han establecido, del modo mas incontestable,
la supremacía del romano Pontífice , desde la cuna del Cris
tianismo hasta hoy : porque como estos textos son tan cono
cidos, que pertenecen á todo el mundo, parece que citándo
los se quiere ostentar una vana erudicion. Mas ¿cómo se
puede en una obra como esta dejar de dar siquiera una rá
pida ojeada á estos monumentos 'preciosos de la mas pura
tradicion?
Mucho antes del fin de las persecuciones , y aun antes que
la Iglesia , enteramente libre en sus comunicaciones , pudiese
manifestar sin trabas su creencia por un suficiente número
de actos exteriores y palpables , san Ireneo, que habia con
versado y vivido con los discípulos de los Apóstoles , recur
ria ya á la Cátedra de san Pedro como á la regla de la fe, y
confesaba esta primacía moderadora (-'HYettovía) que habia
llegado á ser tan célebre en la Iglesia.
Tertuliano, á fines del siglo II , exclamaba ya : «Hé aquí
«un edicto, y un edicto perentorio emanado del SumoPon-
«tífice, del Obispo de los Obispos 1 : » él mismo tan cercano á
la tradicion apostólica, y tan cuidadoso antes de su caida
en recogerla, decia en otra ocasion : «El Señor ha dado las
«llaves á Pedro, y por él á la Iglesia ».»
Optato de Milevi repite : « San Pedro solo ha recibido las
«llaves del reino de los cielos para comunicarlas á los otros

1 Tertull. De pudicitia, c. 1 : « Audio edictum et quidem peremp-


«torium : Ponlifex scilicet maximus, Episeopus Episcoporum di-
«cit, etc.» (Tertull. Oper.: Paris, 1608, in fol. edit. Pamelii, pagi
na 999). El lorio irritado, y aun algo mordaz conque se expresa, añade
sin duda mayor peso á este testimonio.
1 « Memento claves Dominum Pelro, et per eum Ecclesiae reliquis-
se. » (Idem Scorpi. e. 10 oper. ejusd. ibid. ).
— 73 —
«pastores '.» — San Cipriano, despues de haber referido
aquellas palabras inmortales , tú eres Pedro, etc., añade: «De
«aquí es de donde proviene la ordenacion de los Obispos, y
« la forma de la Iglesia *. » — San Agustín , instruyendo á su
pueblo, y con él á toda la Iglesia, se explica tambien con
igual claridad : «El Señor nos ha confiado sus ovejas , por-
«qüe las ha confiado á Pedro 3. » — San Efren , en Siria, de
cía á un simple obispo : «Vos ocupais el lugar de Pedro *;»
porque miraba á la Santa Sede como la fuente del Episco
pado. — San Gaudencio de Brescia , adoptando la misma
idea, llama á san Ambrosio sucesor de san Pedro \ — Pedro
deBlois escribió á un obispo : «Acordaos, Padre, que sois
a el vicario del bienaventurado san Pedro » Y todos los Obis
pos de un concilio de París declaran no ser mas que los vi
carios del Principe de los Apóstoles — San Gregorio de Nissa
confiesa la misma doctrina á la faz del Oriente: «Jesucristo,
« dice , ha dado por Pedro á los Obispos las llaves del reino
«celestial 8.» Despues de haber oido sobre este punto á la
África, la Siria, la Asia Menor y la Francia, se oye aun con
mayor placer á un Santo escocés declarar en el siglo VI :
«Que los malos Obispos usurpan la Silla de san Pedro 9.»

1 Bono unitatis B. Petrus... et praeferri Apostolis omnibus meruit,


et claves rcgni coelorum communicandas caeteris solus accepit. (Lí
ber VII contra Parmenianum , num. 3 oper. S. Opt. pag. 104).
* Inde : Episcoporum ordinatio, et Ecclesiarum ratio decurrit.
(Cypr. epist. XXXIII edit. Paris, 27. Pamcl. oper. [Link]. pag. 216).
3 Commcndavit nobis Dominus oves suas, quia Petro comraen-
davit. (Serm. 296 , num. 11 , oper. t. V, col. 1202).
* Basilius locum Petri obtinens, etc. fS. Ephrem oper. pag. 726).
* Tanquam Petri successor, etc. (Gaud. Brix. Tract. hab. in, <lie
suae ordin. Magna Bibliotb. PP. t. II, col. 39, in fol. edit. Paris).
6 Becolite , Pater, quia Beati Petri Vicarius estis. ( Epist. CXLVIII,
oper. Petri Blesensis, pag. 233).
7 Dominus B. Petro cuius vices indigni gerimus, ait : Quodcum-
que ligaveris, etc. (Concil. Paris VI, t. VII, Concil. col. 1661 ).
8 Per Petrum Episcopis dedit Christus claves c'oelestium hono-
rum. (Oper. S. Gregor. Nyss. edit. Paris. in fol. t. III , pag. 314).
9 Sedem Petri Apostoli immundis pedibus... usurpantes... Iudam
- u —
Tan persuadidos estaban en todas partes de que el Episco
pado entero estaba , por decirlo así , concentrado en la Silla
de san Pedro, de donde dimanaba.
Esta era la fe de la misma Santa Sede. Inocencio I escri
bia á los Obispos de África: «Vosotros no ignorais lo que es
«debido á la Sede apostólica, de donde procede el Episcopado
«y toda su autoridad... Cuando se mueven cuestiones sobre
«la fe, creo que nuestros hermanos y coepíscopos no de-
«ben referirse sino á Pedro, es decir, al autor de su nombre y
«de su dignidad '.»Y en su carta á Víctor de Ruan , dice así:
«Voy á principiar con el auxilio del apóstol san Pedro , por
«quien ha principiado el Apostolado y el Episcopado en Jesu-
« cristo *. »
San Leon , íiel depositario de las mismas máximas, decla
ra: «Que todos los dones de Jesucristo han llegado á los
«Obispos por medio de san Pedro 3. .. á fin de que de él, como de
« su cabeza, los dones divinos se extendiesen por todo el cuerpo ''. »
Me complazco en reunir estos testimonios que establecen la
fe antigua sobre el grande axioma que tan penoso se hace á
los novadores.
quodammodo in Pktri cathedra... statuunt. Gildae sapientis Pres-
byt. in Eccles. ordinem acris correptio. (Bibliolh. PP. Lugd. in fol.
t. VIII, pag. 713).
1 Scieotes quid Apostolicae Sedi , cuín omnes hoc loco positi ¡psum
sequi desideremus Apostolum, debeatur a quo ipse Episcopatus et tota
auctoritas huius nominis emersit. (Epist. XXIX Inn. I, ad Concil.
Carth. num. 1, inler Epist. Rom. Pont. edit. de Constant. col. 888).
* Per quem (Petrum) et Apostolatus ct Episcopatus in Christo
coepit exordium. (Ibid. col. 747).
3 Numquain uisi per ipsum (Petrum) dedit quidquid aliis noü ne-
gavit. (S. Leo, Serm. 4 in ann. assumpt. oper. edit. Ballexin. t. II,
col. 16).
4 Ut ab ipso (Vatro) quasi quodam capite dona sua velitin corpus
omne manare. (S. Leo, Epist. X adEpisc. Prov. Vienn. c. 1; ibid.
col. 633).
Estas preciosas citas las debemos al sábio autor de la Tradicion de
la Iglesia sobre la institucion de los Obispos (el Sr. de Lamennais),
que las ha recogido con mucha inteligencia y gusto. (Introduccion,
pag. 33).
- 75 -
lados
Volviendo
que se. ámetomar
presentan
el orden
sobre
de los
la cuestion
testimonios
general
mas ,seña-
oigo •

al punto á san Cipriano declarar á la mitad del siglo III:


« que no había herejías y cismas en la Iglesia , sino porque
« todos los ojos no se volvian á mirar al sacerdote de Dios, al
« Pontífice que juzga en la Iglesia en lugau de Jesucristo
En el siglo IV el papa Anastasio llama á todos los pueblos
cristianos mis pueblos, y á todas las iglesias cristianas miem
bros de mi mismo cuerpo %. Algunos años despues el papa
san Celestino llamaba á estas mismas iglesias nuestros miem
bros 8.
El papa san Julio escribia á los secuaces de Eusebio : ¿Ig
norais por ventura que la costumbre tiene establecido que se nos
escriba desde luego , y que se decida aquí lo que es justo ? Y ha
biendo acudido algunos obispos orientales, injustamente de
puestos , á este Papa , los restableció en sus sillas , como tam
bien á san Atanasio, con cuyo motivo el historiador que re
fiere este hecho observa que el cuidado de toda la Iglesia per
tenece al Papa á causa de la dignidad de su silla \
Hácia la mitad del siglo V san Leon escribia al concilio de
Calcedonia , recordándole su carta á Flaviano: « No se trata
« ya de discutir con audacia , sino de creer , pues mi carta á
« Flaviano, de feliz memoria, ha decidido plena y muy cla
ramente todo lo que es de fe sobre el misterio de la Encar-
« nacion 5. »
Y como Dióscoro , patriarca de Alejandría , hubiese sido

1 «Ñeque aliunde hacrcses obortae sunt, aut nata sunt schismata,


quam dum Sacerdoti Dei non obtemperatur, nec unus in Ecclesia ad
tempus Iudex Vice Cmtisri cogitatur.» (S. Cypr. Bpitt. LV).
2 Epist. Anast. ad ¡oh. Hieron. apud Const. Epist. decret. in fol.
pag. 739. —Véanse las Vidas de los Santos, traducidas del inglés de
Albano Butler, por el abate Godescard, t. III, pág. 689.
a Ibid.
* Epist. Rom. Pont. t. 1; Sozomeno, lib. III, c. 8.
5 «Unde, Fratrcs cbarissimi, reiecta pcnitus audacia disputandi
contra fidem divinitus inspiratam, vana erranliam inüdelitas con-
quiescat, nec liceat defendí, quod non licet credi, etc.»
— 76 -
anteriormente condenado por la Santa Sede, los Legados no
quisieron permitir que se sentase entre los Obispos á esperar
que el Concilio viese su causa , y declararon á los comisa
rios del Emperador, que si Dióscoro no salia de la Asamblea,
se saldrian ellos '.
Entre los seiscientos Obispos que oyeron la lectura de esta
carta, no hubo uno siquiera que reclamase; y de este mis
mo Concilio salieron aquellas famosas aclamaciones que des
de entonces han resonado en toda lá Iglesia: Pedro ha ha
llado por boca de Leon: Pedro siempre vive en su Silla.
En el mismo Concilio, Lucencio, legado del Papa, dijo:
«Se han atrevido á tener un concilio sin la autoridad de la
« Santa Sede , lo que jamás se ha hecho , ni es permitido *. »—
Que es una repeticion de lo que el papa Celestino habia di
cho poco tiempo antes á sus Legados cuando iban á partir
para el concilio general de Éfeso : « Si las opiniones se dividen,
«acordaos que estais allí para juzgar y no para disputar 3. »
El Papa habia convocado por sí mismo, como es notorio,
el concilio de Calcedonia á la mitad del siglo V, y esto no
obstante , san Leon desaprobó el canon 28 , por el cual el
Concilio concedía el segundo lugar á la silla patriarcal de
, Constantinopla. En vano el emperador Marciano, la empe
ratriz Pulquería y el patriarca Anatolio le dirigieron las mas
vivas instancias sobre este punto; el papa Leon se manifestó
inflexible, diciendo: que el canon 3 del primer concilio de

1 «Si ergo praecipit vcstra magnificentia , autille egrediatur, aut


nos cximus.» (Sacr. Concil. t. IV).
" Fleury, Historia eclesiástica, lib. XXVIII, núm. 11. — Fleury,
que trabajaba á ratos y no seguidamente su historia, se olvidó de este
texto, y de otro muy semejante (lib. XII, núm. 10). Y resueltamente
nos dice en su Discurso I ¥ sobre la Historia eclesiástica, núm. 11 :
« Los que habeis leído esta historia , no habréis encontrado en ella una
«cosa semejante.» El Dr. Marchetti toma la libertad de hacer que se
cite á sí mismo. (Critica, etc., 1. I, art. § 1 , pág. 20 y 21).
• «Ad disputatiouem si veotum fuerit, vos de eorum sententiis
«diiudicare debetis, non subire certamen. » (Véanse las actas del
Concilio).
- 77 -
Constantinopla , que ya anteriormente habia atribuido aquel
lugar al Patriarca de Constantinopla , jamás habia sido en
viado á la Santa Sede ; y así anuló y revocó , por la autori
dad apostólica, dicho canon 28 de Calcedonia, en cuya vista
el Patriarca se sometió, y convino en que el Papa era dueño
de hacerlo
El segundo concilio de Éfeso tambien habia sido convo
cado por el Papa, y sin embargo Su Santidad lo anuló, re
husándole su aprobacion *.
Al principio del siglo VI, el Obispo de Palara en Lycia,
decia al emperador Justiniano : «Bien puede haber muchos
«Soberanos en la tierra; pero no hay mas que un Papa para
«todas las iglesias del universo 3. » En el siglo VII san Máxi
mo escribió en una obra contra los Monotelilas: «Si Pirro
«pretende no ser hereje, que no pierda su tiempo en discul-
«parse entre las gentes, sino que pruebe su inocencia ante
«el Papa de la santa Iglesia romana, es decir, ante la Silla
«apostolica, á la que pertenece el imperio, la autoridad, y
«el poder de atar y desatar en todas las iglesias que hay en
«el mundo, en todas las cosas, y de todas maneras *. »
Á la mitad de este mismo siglo, los Obispos de África reu
nidos en Concilio decian al papa Teodoro en una carta si
nodal: «Nuestras antiguas leyes han decidido que de todo
«cuanto se hace, aun en los países mas apartados, nada de-
* De aquí viene que el cánon 28 de Calcedonia nunca se ha inser
tado en las Colecciones, ni aun por los orientales : Ob Leonis repro-
bationem. (Marca, De vet. Can. coll. c. 3, § 17). Véase tambien al
Dr. Marchelti, Apénd. á la Crítica de Fleury , t. II, pág. 236.
* ZacCaria, Antifebronius vindicalus , t. II, en 8.°, c. 11, núm.3.
a Liberal, in lireviar. de Causa ISest. el Eutych. : París, 1673,
en 8.°, c. 22, pág. 775.
4 In omnibus et per omma. San Máximo, abad de Crysople,
nació en C. P. en 380. (Hius oper. graece et latine : París, li$73, un
vol. cu fól. — Biblioth. PP. t. XI, pág. 76. — Fleury, despues de ha
ber promelido que daría un extracto de lo mas notable que se encuen
tra en la obra de san Máximo que nos ha facilitado esta cita, pasa en
silencio lodo el pasaje entero que acaba de leerse. El Dr. Marchelti se
lo echa cu cara mu; justamente. ('Crítica, ele, t. I, c. 2, pág. 107).
— 78 —
«be ser examinado ni admitido, hasta que vuestra ilustre Cá-
«tedra haya tenido noticia de ello *. »
Al fin del mismo siglo los Padres del VI Concilio general
(III de Constantinopla) en su IV sesion, reciben la cartadel
papa Agaton , quien dice al Concilio : «La Iglesia apostó-
«lica jamás se ha separado en cosa alguna del camino de la
«verdad. Toda la Iglesia católica, todos los Concilios ecu-
«ménicos han abrazado siempre su doctrina como la del
« Principe de los Apóstoles. » «
Y los Padres responden: «Sí, esta es la verdadera regla
«de la fe; la Religion siempre ha permanecido inalterable en
«la Sede apostólica. Nosotros prometemos separar en ade-
«lante de la comunion católica á todos los que se atrevan á
«no conformarse con esta Iglesia;»— y el Patriarca de C. P.
añade luego : « Yo he suscrito á esta profesion de fe de mi
«propia mano 2. »
San Teodoro Estudita decia al papa Leon III al principio
del siglo IX: «No han temido congregar un Concilio hereje
«por su propia autoridad y sin vuestro permiso, cuando no
«podian tenerlo , aunque fuere ortodoxo , sin noticia vuestra,
«SEGUN LA ANTIOÜA COSTUMBRE s. »

1 « Antiquis regulis sancitum cst, ut quidquid quamvis in remotis


«vel in loüginquis agatur provinciis, don prius tractaudum vcl acci-
«piendutn sit, nisi ad notitiam almae Sedis vestrae fuisset deduc-
« tu in » Fleury traduce así : « Los tres primados escribieron en comun
«una carta siiiodal al papa Teodoro, en nombre de todos los Obispos
«de sus provincias, en la que, despues de haber reconocido la auto-
«ridad de la Santa Sede , se quejan de la novedad sucedida en C. P.»
(Historia eclesiástica, lib. XXXVIII, mW 41). Á la verdad, esta
traduccion no se tendrá por servil , ui demasiado literal.
1 Huic profes'sioni subscripsi mea manu, etc. loh. Episc. C. P.
(Véase el l. V de los Concilios, edicion de Coletti, col. 622). Bossuet
llama a esta declaracion del VI Concilio general, un formulario apro
bado por toda la Iglesia católica (Formulam tota Ecclesia compro-
balamj; pues la Sede apostólica , en virtud de las promesas de su di
vino Fundador, nunca puede errar. (Defensio Cter. Gallicani, \\b.
XV, c. 7).
3 Fleury, Historia eclesiástica, t. X, lib. XLY, núm. 47.
— 79 —
Wetstein ha hecho acerca de las iglesias orientales en ge
neral una observacion, que Gibhon ha mirado justamente
como muy importante: «Si consultamos, dice, á. la Historia
«eclesiástica, verémos que desde el siglo IV 1 cuando se mo-
«via alguna disputa entre los Obispos de la Grecia, el par-
«tido que deseaba vencer acudia al punto á Roma para ha-
«cer la corte al Sumo Pontífice, procurando tener de su par-
«te al Papa y al Episcopado latino.. . Por esta razon fué Ata-
«nasio á Roma muy bien acompañado, y permaneció allí
« muchos años *. »
Pasemos á una pluma protestante las palabras del partido
que deseaba vencer; pero á vuelta de ellas se verá que el he
cho de la supremacía pontificia se halla confesado claramente.
La Iglesia oriental jamás ha dejado de reconocerle. Y si no,
¿por qué tan continuos recursos á Roma? por qué dar una
importancia tan grande á sus decisiones? por qué tantas ca
ricias á la majestad del Pontífice? ¿Por qué vemos particu
larmente al célebre san Atanasio venir á Roma, vivir allí
muchos años, y aprender con mucho trabajo la lengua lati
na para defender allí su causa? ¿ Se ha visto jamás que el par
tido que queria vencer 3 hiciese de este modo la corte á la ma-

1 Debía decir desde el origen de la Iglesia, auuque desde esta


época se la ve mas veces obrar exteriormente como una sociedad pú
blicamente constituida, que tiene su jerarquía , sus leyes, sus cos
tumbres, etc. Antes de su emancipacion , el Cristianismo se hallaba
demasiado oprimido para admitir el curso ordinario de las apelacio
nes ; pero todo se encontraba no obstante en él , aunque solo en gér-
men. Prueba de ello son los recursos y viaje de san Policarpo á Roma
sobre la causa de la Pascua; y de san Dionisio de Alejandría para sin
cerarse de no haber incurrido en los errores de Sabelio, etc.
' Wetstein, Proleg. in Nov. Test. pág. 19, citado por Gibbon,
Historia de la decadencia , etc., en 8.°, t. IV, c. 2I.
3 ¡ Cómo si lodo partido no quisiese vencer! Mas lo que Wetstein
no dice, y que no obstante es muy claro, es : Que el partido ortodoxo,
que estaba seguro de Roma, se apresuraba á acudir allá, mientras
que el del error, aunque quería vencer, como su couciencia le ma
nifestaba suficientemente lo que allí podía esperar, no se apresuraba
mucho a presentarse en Roma.
- 80 —
jcstad de los demás Patriarcas? Nada hay mas evidente que
la supremacía romana, y los Obispos orientales no han de
jado de confesarla tanto con sus acciones como por sus es
critos.— Seria supérfluo acumular autoridades sacadas de la
Iglesia latina. Para mí la supremacía del romano Pontífice
es precisamente como el sistema de Copérnico para los as
trónomos; es decir, un punto fijo desde el cual partimos; y
quien vacila acerca de este punto , ni aun siquiera sabe qué
es Cristianismo.
«No hay unidad de Iglesia, decia santo Tomás, sin uni-
«dad de fe ; ni unidad de fe sin un jefe supremo '. »
Luego el Papa y la Iglesia todo es uno. San Francisco de
Sales lo dijo ' ; y Belarmino habia dicho ya con una pene
tracion, que será cada vez mas admirada á medida que los
hombres lleguen á ser mas sabios: ¿Sabeis de qué se trata
cuando se habla del Sumo Pontífice? Se ti ata del Cristianismo'.
La cuestion de los matrimonios clandestinos fue decidida
en el concilio de Trento con una grande mayoria de votos;
y sin embargo uno. de los Legados del Papa, aun despues
que sus colegas habían firmado, decia á los Padres: «Y yo
«tambien, legado de la Santa Sede, doy mi aprobacion á
«este decreto, si obtiene la del Santo Padre 4. »
Pondremos fin á este capítulo con san Francisco de Sales,
quien tuvo la ingeniosa idea de reunir los diferentes títulos
que la antigüedad eclesiástica ha dado á los Sumos Pontífi
ces y á su Silla; pues esta manifestacion no puede menos de
hacer una impresion muy grande en los hombres sensatos.
1 S. Thom. Adversus gentes, lib. IV , c. 76.
1 Cartas espirituales de san Franrisco de Sales: Lyon, 1634, lib.
Vil, epist. 1L.— Segun san Ambrosio, que ba dicho : Donde está
Pedro, alli está la Iglesia. Ubi Petrus, ibi Ecclesia. (Anibros. in
Psalm. XL).
3 Bellarra. De Summo Pontífice, in praef.
4 «Ego pariter Legatus Scdis Apostolicae adprobo decretum, si
«S. [Link].» Pallav. [Link]. Trident.üb. XXXII, c. 4
et 9; lib. XXIII, c. 9. — Zacearía, Antifebronius vindicatus, en 8.°,
t. II, disert. 4, c. 8, pág. 187 y 188.
81 —

Al Papa, pues, se le nombra :

El muy Santo Obispo de la Iglesia católica. (En el concilio de Sois-


sons, de 300 Obispos). '
El muy Santo y muy feliz Patriarca. (Ibid. 1. VII Concil.).
El muy feliz Señor. (S. Agustín, Ep. XCV).
El Patriarca universal. (S. Leon P. Ep.'LXIl).
El ,•< fe de la Iglesia del mundo. (Innoc. ad PP. concil. Milevit.).
El Obispo elevado á la cumbre apostólica. (S. Cipr. Ep. III et
XII). '
El Padre de los Padres. (Concil. de Calced. ses. III).
El Soberano Pontífi< e de los Obispos, flbid. inpraef.).
El Soberano Sacerdote. (Conc. de Calced. ses. XVI).
El Príncipe de los Sacerdotes. (Estiban, ob. de Cartago).
El Prefecto de la casa de Dios, y el Custodio y Guarda de la viña
del Señor. (Concil. de Cartago, Ep. ad Damasurn).
El Vicariode Jesucristo, y el Confirmador de la fe de los Cristianos.
(S. Jeron. praef. in Evang. ad Uamasum).
El Sumo Sacerdote. ( Valen! iniano y toda la antigüedad).
El Soberano Pontífice. (Conc. de Calced. in Ep. ad Titead, Imper.).
El Principe de los Obispos! (Ibid.).
El Heredero de los Apóstoles. (S. Bern. lib. de Consid.).
Abrahnn por el patriarcado. (S. Ambros. in I Tim. III).
Mclchisedeih por el orden. (Conc. de Chale. Ep. ad Leonem).
Moisés por la autoridad. (S. Bern. Ep. CXC).
Samuel por la jurisdiccion. (Id. ibid., et in lib. de Cons.).
Pedro por el poder. (Ibid.).
Cristo por la uncion. (Ibid.).
El Pastor del aprisco de Jesucristo. (Ibid. lib. II Consid.).
El Cla\ero de la casa de Dios. (Idem ibid., c. 8).
El Pastor de todos los Pastores. (Ibid.).
El Pontífice llamado ;'i la plenitud del poder. (Ibid.).
San Pedro fue la lio de Jesucristo. (S. Chrysost. Hom. II in di-
vers. serm.).
La Boca y el Jefe del apostolado. (Orig. Hom. LV in Matth.).
La Cátedra y la Iglesia principal. (S. Cipr. Ep. LV ad Corn.).
El Origen de la unidad sacerdotal. (Idem, Ep. III, 2).
El Lazo de la unidad. (Id. ib d. , I V, 2).
La Iglesia donde reside e! poder principal. (Potenlior principali-
tas). (Id. ibid. III, S).
La Iglesia raíz y m triz de to las lis demás iglesias. (S. Anaclet.
Pop. Ep. ad omn. Episc. et fidd.J.
6 TOMO I.
— 82 —
La Sede sobre la cual edificó el Señor la Iglesia universal. (S. Da
mas. Ep. ad univ. Episc.).
El Punto cardinal, y el Jefe de todas las iglesias. (S. Marcelin.
Pap. Ep. ad Episc. Antioch.).
El Refugio de los Obispos. (Cornil, de Alex. Ep. ad Felic. P.).
La suprema Sede apostólica. (S. Athanas.).
La Iglesia presidente. (Imp. [Link]. VIII cod. deSS. Trlnit.).
La Sede suprema, que no puede ser juzgada por otra. fS. Leo in
nat. SS. Apost.).
La Iglesia antepuesta y preferida á todas las demás iglesias. ( Víc
tor de C'tica , in lib. de Perfect.).
La primera de todas las sedes. (S. Prosper in lib. de Ingrat.).
La Fuente apostólica. fS. Ignat. Ep. ad Rom. in suscript.).
El Puerto segurísimo de toda la comunion católica. fConcil. Rom.,
por san Gelasio).
La reunion de estas diferentes expresiones es muy digna
del talento superior y luminoso que distinguía al santo Obis
po de Ginebra. Ya se ha visto antes la idea tan sublime que
habia formado de la supremacía romana. Meditando además
sobre las multiplicadas analogías de los dos Testamentos , in
sistía el Santo sobre la autoridad del Sumo Sacerdote de los
hebreos , y decia : « Tambien el nuestro lleva sobre el pecho
«el Urim y el Thumim, es decir, la doctrina y la verdad;
«pues ciertamente todo cuanto se concedió á la sierva Agar,
«con mucha mas razon debe .haberse concedido á la esposa
«Sara
Recorriendo
'. » despues las diferentes imágenes con que ha

1 Controversias de san Francisco de Sales, discurso XL, página


247. Una crítica romana que he visto advierte, que en el brillante ca
tálogo de dictados que acaba de leerse, san Francisco de Sales cita
dos ó tres decretales falsas, las cuales en su tiempo no habian sido
aun reconocidas por tales. Aunque esta observacion sea muy justa,
queda siempre en toda su fuerza la gran masa de las autoridades 6
testimonios ; y aun cuando todos fuesen falsos , era de observar que
el Santo había encontrado todos aquellos títulos por justos y verdade
ros. Además de que las falsas decretales, aunque no sean de los au
tores que llevan su nombre, testifican la fe de los contemporáneos ; y
en fin, es constante que no se debe creer, ni con mucho, todo el mal
que se dice de ellas.
- 83 -
sido representada la Iglesia en la pluma de los escritores sa
grados, dice: «Si la considerais como una casa, sabed que
«está sentada sobre una roca y sobre su fundamento minis
terial, que es Pedro. Si la mirais como una familia, ved
«como Nuestro Señor paga el tributo en calidad de Jefe de
« ella , y despues san Pedro como su representante. Si la le-
«neis por una barca, san Pedro es su verdadero patron; y
«esto el mismo Señor es quien me lo enseña. Si la reunion
«obrada por la Iglesia se representa como una pesca, san
«Pedro se muestra el primer pescador, y los demás discípu-
«los no pescan sino despues de él. Si comparais la doctrina
« que se nos ha predicado para separarnos de las grandes
«aguas del mundo, á la red de un pescador, ved que san
«Pedro es el primero que la tiende y el primero que la saca
«del agua; los otros discípulos no hacen mas que ayudarle,
«y san Pedro es quien presenta los peces á Nuestro Señor.
«Si os figurais la Iglesia como una embajada, encontraréis á
«san Pedro á su cabeza ;. si como un reino, san Pedro tiene
«las llaves de él ; y en fin , si os la representais como la imá-
«gen de un aprisco de ovejas y corderos, san Pedro es su
« Pastor , y el Pastor general bajo las órdenes de Jesucristo'. »
No he querido privar á mis lectores del placer de oir, ni
á mí mismo de escuchar á este grande y amable Sanio , por
que me facilita una de aquellas observaciones generales que
son tan precisas en las obras donde los pormenores circuns
tanciados no se permiten. Examinad uno en pos de otro to
dos los grandes Doctores de la Iglesia católica , y á medida
de lo que ha dominado en ellos el principio de santidad , ve
réis que se han manifestado mas celosos en favor de la Sania
Sedesiempre
tos , mas penetrados
á defenderlos.
de sus¡ Ah
legítimos
! esto derechos,
nos dice bien
y masque
aten-
la

Santa Sede no tiene contra sí mas que el orgullo, }7 este es


sacrificado por la santidad.
Contemplando tranquila y atentamente esta imponente nu
be de testimonios, cuyos diferentes colores reunidos en un
1 Controversias de san Francisco de Sales, discurso XLH.
6*
- 84 -
mismo foco producen el blanco de la evidencia, no debe sor
prender oir á un teólogo francés de los mas distinguidos con
fesar francamente: «Que no puede resistir al peso de las au-
«toridades que Belarmino y otros han juntado para estable
cer la infalibilidad de la Iglesia romana, aunque,, dice, no
«es fácil poderlos combinar con la declaracion de 1682, de
«la cual no es permitido separarse '.»
Esto es lo que dirán todos los hombres que se hallen li
bres de preocupaciones. No hay duda que puede disputarse
sobre este punto, como se disputa sobre todo; mas el senti
miento íntimo, la conciencia no puede menos de rendirse al
peso y al número de tantas autoridades *.
1 «Non dissimnlandum est in tanta testimoniorum mole, quae
«Bellarminus el allí congerunt, nos recoanoscere Apostolicae Scdis,
«son Romanae Erclesiae certa m et infallibilem auctoritalem ; ai longc
«dilicilius est ea concillare enm Declaratione Cleri gallicani, a qua
«recedere nobis non permitiiinr. » ("Tournely, Tract. de Eccl., parte
II, quaest. S , art. 3J. * ¿Y por qué no? ¿Los Príncipes son los arbi
tros y maestros de la doctrina? ¿Se dijo á los Magistrados : Id, y en
señad 6 todas las gentes las cosas que os he mandado? Estas últimas
palabras de Tournely nos recuerdan los pasos del Sr. Lainé y del se
ñor Corbiere , y de otro ministro despues, para obligar a no separarse
de su enseñanza en las universidades y seminarios. ¿Con cuánta mas
gloria pasaría a la posteridad el nombre de Fiayssinous, obispo de
Ilermópolis, si no hubiera usado de su poder ministerial, y tal vez
por conservarse en el ministerio, para precisar á la profesion de e^ta
declaracion, en cuyo nombre, por testimonio suyo, cuando no era
ministro, fue proclamada la deplorable Constitucion civil del Clero;
la Iglesia de Francia trastornada de arriba abajo, y el romano Pon
tífice perseguido, despojado , aherrojado enlre cadenas; á cuya som
bra se han puesto siempre iodos los hijos rebeldes de la Iglesia, Par
lamentarios, Jansenistas, Constitucionales... y de la que el mismo
Bossuet, no pudiendo ya resistir al grito de su conciencia, hubo de
decir : Abeat quo libuerit? Se persuade muy mal la verdad violen
tando los espíritus : Si consilium hoc ex Deo est, le podrán decir coa
razon los que él llama ultramontanos, non poleritis dissolvere illud,
ne videamini repugnare Veo ; aunque á tres Pontífices por de coota
do se ha repugnado ya.
* Á estas pudieran añadirse otra infinidad de testimonios, que
pueden verse en diversos autores, como Orsi, De auct. Rom. Pont.;
- 85 —
Zacearía, Antifebronio ; Mamachi, In auct. opusculi: Quid est Pa
pa? liolgeni, El Obispado, 1. I; pero en ninguno creemos se bailarán
reunidos en tan breve espacio con un orden y encadenamiento tan lu
minoso como en la obra publicada por el abate Barruel el 1803, Del
Papa y sus derechos religiosos, con ocasion del Concordato. Allí se
verán 1.° los de diez y seis Padres de la Iglesia y Obispos de los tres
primeros siglos; 2.° los de diez y nueve Concilios generales, desde el
de Nicea en 323 hasta el de Trento en 1363 ; 3.° los de los santos Pa
dres y Doctores desde el primer Concilio general hasta el siglo XVI;
4.° innumerables de toda la Iglesia galicana desde san Ireneo, que vi
vió en el siglo II, basta nuestros días (los de los españoles van com
prendidos entre los Padres de la Iglesia universal, pues nuestra Igle
sia nunca ha querido separarse de su madre) ; 3.° en fin , la confesion
de los mas famosos protestantes. ¿Se habían de engañar todos, menos
los galicanos? ¿ Les ha prometido Dios á ellos la infalibilidad , 6 á la
Iglesia universal? ¿No habla esta bastantemente por una tradicion tan
constante y uniforme? ¿No estamos en el caso de decir con Melchor
Cano, que «quod universa tenet Ecclesia, nec Conciliis institutum,
«sed semper retentum est, nonnisi auctoritate Apostolica traditum
n esse credideris?»
CAPÍTULO VII.

TESTIMONI05 PARTICULARES DE LA IGLESIA GALICANA.

El Clero de Francia en su Asamblea general de 1626 lla


maba al Papa «Cabeza visible de la Iglesia universal, Yica-
« rio de Dios en la tierra , Obispo de los Obispos y de los Pa
ce triarcas; en una palabra, sucesor de san Pedro, en quien
«tuvo su principio el Apostolado y el Episcopado, y sobre
«quien Jesucristo fundó su Iglesia dándole las llaves del cie-
«le, con la infalibilidad de la fe, que se ha visto durar in-
« mutablemente en sus sucesores hasta nuestros dias '••»
Á fines del mismo siglo oimos exclamar áBossuet con los
Padres de Calcedonia : «Pedro está siempre vivo en su si-
«11a s;» y en seguida: «Apacentad mi grey, y con ella taui-
«bien á los Pastores, que respecto de vos serán ovejas 3.»
El mismo en su famoso Sermon sobre la unidad, pronun
cia decididamente estas palabras : «La Iglesia romana no co-
«noce la herejía : la Iglesia romana es siempre virgen... Pe-
adro es siempre en sus sucesores el fundamento de los fie
dles \ » Su amigo , el gran defensor de las máximas galica-
las , dice tambien resueltamente : «La Iglesia romana jamás
«ha errado... Esperamos que Dios no permitirá jamás que
1 Este texto se halla en muchas partes ; y si no se tienen a mano
las Memorias del Clero, se puede ver en les Remarques sur le siste
me gallicane, etc. in 8 : Mons, 1803, pag. 173 et 174.
. * Bossuet, Sermon de la Resurreccion, part. II.
3 Bossuet, Sermon dela Resurreccion, part. II. * En el sermon
de la unidad de la Iglesia, siguiendo el pensamiento y aun cási las
palabras de san Eucherio de Lyon, dice tambien : «Á san Pedro se
«le ordena que apaciente y gobierne toda la grey, los corderos y las
«ovejas, los hijos y las madres, y aun los pastores mismos : pastores
«respecto de los pueblos, pero ovejas respecto de Pedro (núm. 13j.«
4 Bossuet, Sermon de la Resurreccion, part. I.
- 87 —
«el error prevalezca en la Santa Sede de Roma, como ha
«sucedido en las otras Sillas apostólicas de Alejandria, de
« Antioquía y de Jerusalen , porque Dios ha dicho : Yo he ro-
ngado por tí, ele. »
El mismo conviene tambien en otra parte que «el Papaes
«lan superior nuestro en lo espiritual , como lo es el Rey en
«lo temporal;» y aun los Obispos que acababan de firmar
los cuatro artículos de 1682 , en una carta circular dirigida
á todos sus colegas , concedian al Papa el poder soberano ecle
siástico '.
Los dias terribles y espantosos que acaban de pasar , han
presentado tambien en Francia un homenaje muy notable á
los buenos principios. Se sabe que en 1810 encargó Bona-
parte á un Consejo eclesiástico respondiese á ciertas pregun
tas de disciplina fundamental , muy delicadas en las circuns
tancias de aquel tiempo ; y la respuesta de los diputados sobre,
la cuestion que estamos tratando fue en extremo terminan
te. «Un Concilio general, decían, no puede celebrarse sin
«la Cabeza de la Iglesia: de otro modo no representaria la
«Iglesia universal. Fleury lo dice expresamente * : La auto-
«ridad del Papa siempre ha sido necesaria para los Concilios
« generales *. »

1 Fleury, Discurso sobre las libertades de la Iglesia galicana.


8 Nuevos opúsculos de Fleury : París, 1807 , en 12." , pág. 111. —
Correcciones y. adiciones á los mismos opúsculos, en 12.° , página 32
y 33.
' Discurso IV sobre la Historia eclesiástica. ¿Y que importa que
Fleury lo haya dicho 6 no lo haya dicho? ¡ Ah ! Fleury es ud ídolo del
Panteon francés. Kn vano demostrarían mil plumas que no hay his
toriador menos á propósito para servir de autoridad : muchos france
ses no lo creerán. Fleury lo ha dicho : basta. * Véase sobre Fleury el
t. VI de la Biblioteca de Religion, pág. 230.
4 Véanse los Fragmentos relativos á la Historia eclesiástica , de
los primeros años del siglo XIX : París, 1814, en 8.°, pág. 115.— Yo
no examino aquí lo que uno ú otro poder pueda tener que disputar
con tal ó tal individuo de esta comision ; pero todo hombre de honor
debe aplaudir sinceramente la noble y católica intrepidez que dictó
estas respuestas.
- 88 —
Es verdad que por hábito, ó sea cierta rutina francesa,
los diputados llegaron á decir durante el curso de la discu
sion, que el Concilio general es la única autoridad en la Iglesia
que sea superior al Papa; pero al instante vuelven en sí, y
añaden : mas podría suceder que el recurso (al Concilio ) fuese
imposible, ya porque el Papa rehusase reconocer el Concilio ge
neral, ya, etc. *
En una palabra, desde la aurora del Cristianismo hasta
nuestros dias , no se encontrará que haya variado este uso ;
y los Papas han sido mirados siempre como los Jefes supre
mos de la Iglesia, y siempre han ejercido en ella sus poderes.
* Á estos testimonios pudieran añadirse otros muchos de sabios
escritores y prelados franceses; pero no es posible decirlo todo en un
libro, y mas cuando se trata deno ser difuso. Sin embargo, recomenda
mos la lectura de- las Cartas del último arzobispo de Burdeos el señor
D'Aviau, muerto en 1826, reconocido por el Hilario del siglo; y en
tre ellas particularmente las dirigidas al Sr. de Frayssinous y al señor
Ouclaux, general de la congregacion de San Sulpicio.
CAPÍTULO VIII.

TESTIMONIO JANSENISTA.—TEXTO DE PASCAL, Y REFLEXIONES


SOBRE EL PESO DE CIERTAS AUTORIDADES.

Esta série de autoridades , de las que no presentamos sino


una pequeña muestra y ligera indicacion , es sin duda su-
ficientísima para convencer á cualquiera ; no obstante , hay
aun en ellas acaso algo mas notable, y es ese sentimiento ge
neral que resulta de una lectura atenta de la Historia ecle
siástica. En ella se siente , si nos es permitido explicar así,
una cierta presencia real del Soberano Pontífice en todos los
puntos del mundo cristiano. En todas partes se le halla , en
todo interviene, todo lo ve , y de todas partes se fijan en él
los ojos. Pascal expresó bien este sentimiento cuando decia:
«No se debe juzgar de lo que es el Papa por algunas pala-
«bras sueltas de los Padres... sino por las acciones de la Igle-
«sia y de los Padres, como tambien por los cánones. El Papa
«es el primero. ¿Qué otro hay á quien todos conozcan? ¿Qué
«otro hay reconocido de todos como que tenga poder de in-
« fluir en todo el cuerpo , como el tronco influye en todas las
«ramas '?»
Con mucha razon añade Pascal : ¡ Regla importante " ! Pues
seguramente nada es mas importante que juzgar no por uno
ú otro hecho aislado ó ambiguo , sino por el conjunto de
ellos: no por tal ó por tal frase, escapada á uno ú otro es
critor, sino por el conjunto y el espíritu general de sus obras.
Es necesario además no perder de vista aquella grande
regla
1 Pensées
, demasiado
de Pascal:
descuidada
París, 1803,
cuando
en 8.°,
se [Link]
II, part.
de este
II , art.
asun-
17,

nüm. 92 y 94 , pág. 228.


• Ibid. núm. 93.
— 90 —
to , aunque sea en verdad regla de todos los tiempos y luga
res, á saber: «que el testimonio de un hombre, por grande
«que sea su mérito, no debe ser recibido cuando tiene con-
«tra sí la sospecha de que procede llevado de alguna pasion
«capaz de engañarle.» Las leyes inhiben ó recusan á un
juez ó un testigo que se hace sospechoso, por esta razon, y
aun por la simple consideracion de parentesco; y esta sos
pecha legal no deshonra al mayor personaje, ni al carácter
mas umversalmente venerado; pues á ningun hombre, cual
quiera que sea, se le deshonra cuando se ledicegue es hom
bre.
Así , pues , cuando Pascal defiende su secta contra el Papa,
no debe hacerse caso de lo que dice ; pero es menester escu
charle cuando tributa á la supremacía del Papa el testimonio
que acaba de leerse.
Que un corto número de Obispos designados, estimula
dos ó aterrados por la autoridad , se permitan decidir sobre
los límites de la Soberanía que tiene derecho de juzgarles,
es una desgracia y nada mas: á la verdad no se sabe lo que
son. Mas cuando algunos personajes del mismo orden , legí
timamente congregados, pronuncian con calma y libertad
una decision, como la que hemos visto al principio del capí
tulo anterior , sobre los derechos y la autoridad de la Santa
Sede 1 , entonces se oye verdaderamente la voz del célebre
Cuerpo, del cual se dicen representantes: él es verdadera
mente quien habla; y si algunos años despues otros Obispos
fulminan actos contra lo que ellos llaman justamente vas
SERVIDUMBRES DE LA. IGLESIA GALICANA , al mismo ilustre
Cuerpo es á quien se oye , y al que debe creerse !.
Cuando san Cipriano , hablando de algunos genios inquie
tos de su tiempo, dice: «Ellos se atreven á dirigirse á la ca
ce tedra de san Pedro , á esta Iglesia suprema donde tuvo su
«origen la dignidad sacerdotal... ignoran que el error ó la
1 Véase la última nota del capítulo anterior.
2 Servitutes potius quam libertates. (Véase el t. III de la Collec.
des procés verb. du Clergé, piéc. juslific. num. 1 ;.
— 91 —
a perfidia no puede tener acceso en los romanos ' ; » verdade
ramente es san Cipriano quien habla, y es un testigo irre
cusable de la fe de su siglo. Pero cuando los adversarios de
la monarquía pontifical nos citan , usquc ad nausean, las vi
vacidades de este mismo san Cipriano contra el papa san Es-
téban, ciertamente nos pintan la pobre humanidad en lugar
de describirnos la santa tradicion. Esta es precisamente la
historia de Bossuet. ¿Quién ha conocido mejor que él los
derechos de la Iglesia romana , ni ha hablado de ellos con
mas verdad y elocuencia? Sin embargo este mismo Bossuet,
acalorado por una pasion que no veia en el fondo de su co
razon, no temió escribir al Papa con la pluma de Luis XTV :
«Que si Su Santidad prolongaba aquel negocio por medio de
«contemplaciones que no se comprendian, el Rey sabria lo
«que debia hacer; y que esperaba que el Papa no daria lu-
«gar á reducirle á tan desagradables extremidades 3. »
San Agustín, conviniendo francamente en las faltas de san
Cipriano, espera que el martirio de este insigne Santo las ha
bría expiado todas 3. Esperamos, y aun creemos, que una
larga vida consagrada enteramente al servicio de la Reli
gion , y tantas insignes obras, que no han ilustrado menos
la Iglesia que la Francia, habrán hecho desaparecer algunas
faltas, ó si se quiere, algunos movimientos involuntarios,
quos humana parum cavit natura.
Mas nunca olvidemos la advertencia de Pascal de no hacer
mucho mérito de algunas palabras sueltas de los Padres, y
mucho menos de otras autoridades , que no valen tanto co
ma las palabras fugitivas de los Padres. Considerando tran
quilamente sus acciones y los cánones *, y ateniéndonos siem-

* «Navigarc audent ad Petri Cathedram atque ad Ecclesiam prin-


«cipalem onde dignitas sacerdotalis orta est... nec cogitare eos esse
«Romanos ad quos perfidia habere non possit accessum.» fS. Cyp.
epist. LV. t
'3 Historia
Martyrii de
falce
Bossuet,
purgalum.
i. III,Eslib.
un X,
texto
núm.
vulgar.
i8 , pág. 331.
1 Pascal , ubi supra.
— 92 —
pre al conjunto de las autoridades, y descartando, como es
justo , aquellas que las circunstancias hacen nulas ó sospe
chosas, creemos que todo hombre de un espíritu recto sen
tirá la fuerza de mi última observacion.
- 93 -

CAPÍTULO IX.

TESTIMONIOS DE LOS PROTESTANTES.

Es necesario que la monarquía católica sea muy cierta, y


muy evidentes las ventajas que de ella resultan, cuando los
Protestantes mismos dan lautos testimonios así á la eviden
cia , como á la excelencia de este sistema , que- de ellos po
drían formarse libros: mas sobre este punto, así como sobre
el de las Autoridades católicas, debo reducirme infinito; di
ré algo.
Principiemos, como es de toda justicia, por Lulero, el
cual dejó caerde su pluma estas memorables palabras: «Doy
«gracias á Jesucristo por haber conservado sobre la tierra
«una Iglesia única por un gran milagro... de manera que
«jamás se ha desviado de la verdadera fe por ningun de-
«creto
1 Lutcro citado en la Historia de las variaciones , lib. I, núm. 21.
* «Pues que entraba en los designios de Dios, dice tambien en otra
«parte (De loe. commun. dat.\. I37), establecer una Iglesia católica
«extendida en toda la tierra , era de necesidad que escogiese un pueblo,
«y en este pueblo un padre ó jefe, al cual , y á sus sucesores, se dirigiese
«todoel resto del mundo, á fin de no hacer mus que un solo rebaño ; y
«de que á pesar de la multitud de naciones, y de la infinita variedad de
«sus costumbres, la Iglesia conservase su unidad.» Y en su apelacion
al Concilio futuro, es decir, segun él, del Papa malinformado al Papa
•mejor informado, se expresaba así : «No es mi intento decir la cosa
«mas mínima contra la santa Iglesia católica y apostólica, que miro
«como la señora y maestra del mundo, y como revestida del primado,
«ni contra la autoridad de la Santa Silla apostólica, y el poder de nues-
«tro Santo Padre ; porque el que representa á Dios sobre la tierra , y
«llamamos Papa, es el Vicario de Jesucristo.» Pudieran citarse otros
muchos testimonios suyos, tomados del Tratado de Missa privata,
de la Epistola á Leon X, etc. ; mas bastan estos : solo queremos re
cordar á los fieles, que cuando luego se juntó el Concilio que pedían,
Lutero y sus secuaces no quisieron reconocerle; y desecharon al Pa-
— 94 —
«En la Iglesia, dice Melancton, se necesitan inspectores*
« para conservar el orden , observar atentamente á los que
«son llamados al ministerio eclesiástico, y velar sobre la
«doctrina de los sacerdotes, y para ejercer los juicios eclesiás-
« ticos: de modo, que si no hubiese tales Obispos, seria me-
«nestek creaulos. La monarquía del Papa serviría tam
il bien mucho para conservar entre diferentes naciones la uni-
«formidad en la doctrina '.»
Á estos sigue Calvino. «Dios, dice, ha colocado el trono
(de su Religion en el centro del mundo, y en él ha puesto
«un Pontífice único, hacia el cual todos deben volver los ojos
«para mantenerse mas fuertemente en la unidad 2. »
El docto, el prudente, el morigerado Grocio declara sin
rodeos, que «sin el primado del Papa no habria absoluta-
« mente medio de terminar las disputas y de fijar la fe 3. »
pa bien informado, como antes al Papa que decían mal informado.
Aviso á los que aparentan ese celo amargo sobre la reforma de la Igle
sia, sutilizando sobre la extension y ejercicio de la autoridad del ro
mano Pontífice, no concediéndole sino lo que les agrada , y negándole
lo que no les acomoda. ¿No obedecen al Papa? ¿Desestiman sus de
cisiones? Igualmente desestimarían las delos Concilios. (Barruel, Du
Pape, II , 33'JJ.
* Es decir, obispos; pacs este es el significado propio de esta voz.
Episcopos .- inspectores.
1 Melancton su explica de un modo admirable cuando dice : La mo
narquía del Papa, etc. (Bossuet, Historia de'las variaciones , li
bro V,§2ij.
1 «Cultus sui Sedcni ¡n medio terrae collocavit, illi unum Antish-
•rEM praefecit, quem omnes respicerent, quo melius in unitate couti-
nerentur.» (Calv. inst. 6, § 11). No tenso diGcultad en considerar en
esta parte con Calviuo á Roma como el centro de la tierra ; pues creo
que aquella gran ciudad tiene tauto derecho como la de Dell'os para
llamarse urhbilicus terrae.
5 «Sioe tali primatu exire a controversia non poterat, sicut hodie
apud Protestantes, etc. » (Grot. Volum pro pace Eccles. art. 7, opert.
í : Bal. 173I , pag. 658). — Una dama protestante ha comentado este
texto con mucha agudeza y juicio así : « El derecho de examinar lo que
«debe creerse, es el principio fundamental del Protestantismo. Los
« primeros reformadores no lo entendían así. Creian poder fijar las co-
« luuiuas de Hércules del espíritu humano en los términos de sus pro-
— 95 — ;
Casaubon no tiene dificultad en confesar que «á los ojos
«de todo hombre versado en la Historia eclesiástica, el Pa-
«pa es el instrumento de que Dios se ha servido para conser
var el depósito de la fe en toda su integridad, durante tan-
«tos siglos '.»
Segun la observacion de Puffendorf, «no se puede dudar
«que el gobierno de la Iglesia es monárquico, y necesaria-
ámenie monárquico; porque la democracia y la aristocracia
«se encuentran excluidas de él por la misma naturaleza de
«las cosas, como absolutamente insuficientes para mantener
«el orden y la unidad en medio de ¡a agitacion de los espí-
«ritus y del furor de los partidos Y añade con muchísi
mo juicio : «La supresion de la autoridad del Papa ha sem-
«brado en el mundo infinitas semillas de discordia; pues no
«habiendo ya ninguna autoridad soberana para terminar las
«disputas que se suscitaban en todas parles, se ha visto á los
«Protestantes dividirse entre sí mismos, y con sus propias ma
linos despedazarse las entrañas 3. »
Lo que dice de los Concilios no es menos razonable : «De-
«cir que el Concilio sea superior al Papa , es una proposicion
«que debe, llevar naturalmente tras sí el asentimiento de los
«que se atienen solo á la razon y á la Escritura *; pero que
«los que miran á la Silla de Roma como el centro de todas
«las iglesias, y al Papa como el Obispo ecuménico, adopten
«tambien este mismo sistema, es un absurdo; porque la pro-
« posicion que pone al Concilio superior al Papa, establece

«pías luces; mas no tenían motivo alguno para esperar que sus deei-
« siones serian recibidas como infalibles, cuando ellos negaban este
«género de autoridad á la religion católica.» fUe l'AUemagne, par
Mad. Stael, IV partie, chap. 2, in 12, pag. 13J.
1 « Ncmo peritus rerum Ecclesiae iguorat opera Rom. Pont, per
«multa saecula Deum esse usum ¡a conservanda. .. üdei doctrina.»
fCasaub. Exer. 13, in Annal. Bar.).
1 Puffendorf, De Monarch. Pont. Rom.
* « Furere Protestantes in sua ipsorum viscera coeperunt. » (Ibid.;.
4 Por estas palabras designa Puffendorf á los Protestantes.
- 96 —
« una verdadera aristocracia ; y la Iglesia romana es una mo-
«narquia1.»
Examinando Mosheim el decantado sofisma de los Janse
nistas de que el Papa es superior d cada iglesia en particular,
mas no de todas las iglesias reunidas, se olvida de su fanatis
mo anticatólico , y siguiendo las reglas de una exacta lógi
ca, les responde irónicamente: «Con igual razon se podría
«sostener que la cabeza preside á cada miembro en pai ticu-
«lar, mas no á todo el cuerpo que es el conjunto de todos es-
«tos miembros; ó bien, que un rey manda verdaderamente
«á las ciudades, villas y aldeas que componen una provincia,
amas no á la provincia misma '. »
Un doctor inglés hizo á su misma Iglesia este argumento
tan sencillo y fuerte, que se ha hecho célebre. Decia, pues :
«Si la supremacía de un Aizobispo (el de Cantoibery) es
«necesaria para mantener la unidad de la Iglesia anglicana,
«¿por qué la supremacía del Soberano Pontífice no lo será
«tambien para mantener la unidad de la Iglesia universal 3?
No menos notable es la confesion del ingénuo Seckenberg *
acerca de la administracion de los Papas: «No hay un solo
«ejemplo en toda la historia de que un Sumo Pontífice haya
«perseguido á los que, conteniéndose en sus derechos legí-
« timos, no hayan intentado excederse de ellos \ »
1 « ...Id quidern nou parum absurditatis hahet, quum status Ec-
«clesiac monarchicus sit.» (Puííendorf, Ve habitu Reíiy. [Link]
vitatn civilem, § 38).
1 « Id tam inihi scitum videtur, ac si quis affirmaret membra qui-
« dem á capitc rogi, etc.» (Mosheim, t. I). Diss. adhist. [Link]-
tin. pag. SÍ2).
3 «Si necessarium est ad unüatem in Ecclcsia ( Angliae) tuendam
«unum Archiepiscopum aliis praecsse; cur non pari ratione totae Ec-
«clesiae Dei unus praeerit Archiepiscopus? » (Cartwrith, in defens.
Wirgisli).
* Célebre jurisconsulto aleman, muy adicto á la religion protes
tante.
* «lurcaflirmari poterit ne evemplum quidem esse in omnirerum
« memoriá ubi Pontifex processerit adversus eos qui iuribus suis in-
— 97 —
Seria muy fácil multiplicar estos testimonios ; pero es me
nester abreviar ; sin embargo, añadiré uno que no es tan co
nocido como merece serlo, y que puede servir por otros mu
chos. Un ministro del santo Evangelio * es el que va á ha
blar , y aunque no tengo derecho á nombrarle , porque ha
juzgado conveniente no dar su nombre, sé muy bien de
quién hablo, y á quién he de dirigir esta prueba de mi estb
macion.
«No puedo menos de confesar, dice, que la primera mano
«profana que se extendió al incensario fue conducida por
«Lutero y Calvino, cuando bajo el nombre de Protestantis-
«wio y de Reforma introdujeron un cisma en la Iglesia; cis-
« ma fatal que no ha sabido hacer, sino por una escision ab-
«soluta, las modificaciones que Erasmo hubiera introducido
«de una manera mas suave, por medio del ridículo que sa-
«bia manejar tan diestramente. Sí, los reformadores son los
«que , tocando al arma contra el Papa y contra Roma , han
«dado el primer golpe al coloso antiguo y respetable de la
«jerarquía romana, é inclinando los espíritus de los hombres
«á la discusion de los dogmas religiosos, los han preparado
«para discutir los principios de la soberanía , y socavado con
«la misma mano el trono y el altar...
«Llegado es ya el tiempo de volver á reparar este sober-
«bio palacio, destruido con tanto estruendo... Acaso llegó ya
« el momento de hacer volver al seno de la Iglesia á los Grie-
«c tenti , ultra limites vagari in animum non induxerunt suum. » ( Henr.
Cbrist. Seckenberg , Melhod. iurisp. addit. 4 ; De libert. Eccles. Germ.
§ 3. * ¥ en otro lugar : «Es necesario que haya y reine orden en la
« Iglesia cristiana , y por lo mismo que ella tenga una cabeza ó jefe para
«mantener este orden. Y nadie es mas propio para esto que el Vicario
« de Jesucristo, quien por una sucesion no interrumpida representa á
« san Pedro. »
* Entiende en estas palabras un ministro ó predicante luterano,
pues este es el nombre con que ellos quisieron distinguirse. Lo adverti
mos , porque los sencillos no lleguen á creer que es un católico. En gra
cia de ellos, lo hemos dicho otra vez, explicamos á veces cosas suma
mente triviales. Nos lo han rogado algunos, y particularmente somts
deudores á estos ; que los sábios no necesitan de nuestra inutilidad.
7 TOMO I.
— 98 -
« gos , á los Luteranos , á los Anglicanos y los Calvinistas,.. Á
«vos os toca , Pontífice romano... mostraros el Padre de los
afieles volviendo al culto su pompa, y á la Iglesia su uni-
«dad '. Á vos os toca, sucesor de san Pedro, restablecer la
«Religion y las costumbres en la Europa incrédula... Los
«mismos ingleses, que fueron los primeros en sustraerse de
«vuestro imperio, son hoy vuestros mas celosos defensores;
«y ese Patriarca, que en Moscou era vuestro rival en poder,
«no está acaso muy distante de reconoceros Aprovechad,
«pues, ó Sauto Padre, el momento y las disposiciones favo-
« rabies : El poder temporal se os desvanece: volved á tomar el
«espiritual; y haciendo sobre el dogma los sacrificios que las
« circunstancias exigen, unios á los sabios cuya pluma y cuya
voz mandan á las naciones. Dad á la Europa incrédula una
«religion simple 3, pero uniforme; y sobre todo, una moral
«purificada , y seréis proclamado digno sucesor de los Após-
« toles \ »
No nos paremos en estos antiguos restos de preocupacio
nes , que son tan difíciles de arrancar aun de las cabezas mas
sanas cuando una vez han llegado á echar raíces. Pasemos
por este poder temporal que se le desvanece al Sumo Pontífice,
como si nunca hubiera debido restablecerse. No hagamos
alto de ese consejo de volver á tomar el poder espiritual, co-
* Siempre la misma confesion : Sin él no hay unidad.
9 El autor podía tener algunas fundadas esperanzas acerca de los
ingleses, que en efecto, segun todas las apariencias, deben ser los pri
meros
griegos,enque
volver
están
u lamucho
unidadmas
; mas
apartados
se equivoca
de la verdad
mucho respecto
que los ingle
de los *
ses. Por otra parte, ya hace un siglo que no hay patriarca en Moscou.
En fin, el arzobispo ó metropolitano que ocupaba la silla de Moscou
en 1797, era sin contradicion alguna, entre todos los obispos que han
llevado la mitra rebelde, el menos dispuesto á volverla al círculo ide
la unidad.
a ¡ Cuánto hubiera deseado que el estimable autor hubiese expli
cado en una nota qué entendía por una religion simple ! Si acaso era
uua religion corregida y disminuida, podía estar seguro que el Papa
■o admitiría esta idea.
4 Dela necesidad de un cultopúblico : L,.,1797in8. (Conclusion).
— tft -
mo si jamás él se hubiese suspendido , ni sobre el otro aun
mas extraordinario de hacer sobre el dogma los sacrificios que
las circunstancias exigen, que es decir puramente en otros tér
minos, que nos hagamos todos Protestantes , para que no tos
haya. Pero en lo demás , ¡ qué prudencia ! qué lógica ! ¡ qué
confesiones tan sinceras y preciosas! ¡Qué esfuerzo tan admi
rable sobre las preocupaciones nacionales ! Al leer este trozo
se ofrece á la memoria aquella antigua máxima : — Del ene
migo el consejo; si es que puede llamarse tnemigo quien con
una conciencia ilustrada se aproxima tanto á nosotros.
Terminarémos este capítulo con dos testimonios importan
tes, tomados acaso de los mas sábios y respetables escritores
que ha producido el Protestantismo. Muller y Bonnet son los
que van á hablar; escuchémostos.
El primero escribía en 3 de abril de 1782 al segundo en
estos términos: «El Imperio romano pereció como el mun-
«do antediluviano, cuando su masa impura se hizo indigna
«de la proteccion divina; pero el Padre eterno, no querien-
« do abandonar el mundo a la triste suerte que al parecer le
«esperaba, habia sembrado de antemano una semilla que
«debia fructificar. Cuando la gran catástrofe, los bárbaros
«pudieron destruirlo; y mil años de tinieblas podian bien
«apagar las luces de la vida. Mas estos mil años eran nece-
«sarios, porque nada en el mundo se hace súbitamente : era
«preciso educar á los bárbaros, nuestros padres; hacerles
«pasar por entre mil errores antes que la verdad pudiese
«manifestárseles en toda su hermosura y sencillez, sin des-
«lumbrarlos.'Y ¿qué sucedió? Que Dios les dio un tutor, y
«este fue el Papa, cuyo imperio, como que se apoyaba sola-
« mente en la opinion, debió afirmar y extender las grandes
«verdades, de que su ambicion creta servirse, cuando Dios era
«el que se servia de su ambicion. ¿Qué hubiera sido de nos-
« otros sin el Papa? Lo que ha sido de los turcos, que no ha-
«biendo adoptado la religion bizantina *, ni sometido su Sul-
* Es decir, la religion cristiana, que era la de Constantinopla ( an
tiguamente Bizancio}, al tiempo de la conquista por los turcos.
7*
— 100 —
« tan al sucesor del Crisóstomo , han quedado estancados en
«su barbarie.»
Bonnet le respondió el 11 de octubre del mismo año :
«Puedo aseguraros que vuestro modo de contemplar el im-
«perio papal es puntualmente el mismo que yo he adoptado
« en mi plan ; yo le presento como un árbol muy grande , á
«cuya sombra se conservaba la verdad , para llegar un dia á
«ser un árbol mucho mayor, que haria secar al otro que no
«debe durar mas que un tiempo y un tiempo y la mitad de un
« tiempo *.»
Seria muy fácil multiplicar estos testimonios ; pero es ne
cesario abreviar y pasar rápidamente á presentar otros de
otra clase *.

1 Joh. von IMiller samtliche werke; funfzenhter theü, in 8 : Tu-


biogen, 1812, pág. 336, 342 y 43. * En estas últimas palabras hace
alusion á aquellas del Apocalipsis: Per tempus, et tempus, et dimi-
dium temporis. * Por divertir la curiosidad del lector he querido pre
sentar las ideas apocalípticas del ilustre Bonnet, que miraba el estado
actual del Catolicismo como el tránsito para otro órden de cosas infi
nitamente superior, y que no tardaría en verificarse. Estas ideas que
bullen hoy en muchas cabezas file protestantes y sus fanáticos secta
rios, se entiende que no tienen mas regla que la llamada inspiracion
interior) pertenecen á la historia del espíritu humano. * ( Véase lo di
cho en el tomo XII de la Biblioteca sobre los entusiastas Protestan
tes, carta VI).
* Nosotros tambien lo deseamos ; sin embargo, permítasenos aña
nistra
dir unoeldecélebre
los mas
Haller,
notables,
testimonio
y acasoque
masnoselocuentes,
hará reconocer^hay
que nosfsumi-
cir
cunstancias en que las piedras hablan para defender á la-Iglesia y á
su jefe. ¿S6 escapa, dice este hombre á todas luces sábio, se desliza á
los malos católicos un error ó una inconsecuencia? Al punto es refu
tada por los Protestantes. En aquella época desgraciada en que los
Iluminados de Alemania disponían , como se sabe, de los ministerios
de los Reyes, y no viendo en ellos mas que unos ¡instrumentos de su
doctrina, habían ganado al emperador José II, y suscitado á la Igle
sia una persecucion que el venerable pontífice Pio VI procuró atajar
haciendo su viaje á Viena, un austríaco llamado Eybel escribió un
folleto intitulado :¿ Quién es el Papa? donde lo trataba descarada
mente de simple Obispo, dando ya á conocer por el hecho cómo tra
taría bien pronto á ios Obispos mismos. Entonces el protestante Juan
Müller, historiador de la Suiza, republicano de ideas y de nacimiento,
pero indignado de la injusticia, publicó un librito con el título de : Los
viajes de los Papas, en el cual se expresa así acerca de Eybel : «Se
«dice que el Papa es un Obispo; en erecto, del mismo modo que Ma-
« ría Teresa (la Emperatriz) es la condesa de Habsbourg , y Fede
rico II (de Prusia), conde de Tollern. Se sabe qué Papa coronó á
«Carlomagno, é hizo de él el primer Emperador. Pero ¿quién es el
«que hizo el primer Papa? Sí, el Papa es un Obispo; pero es además
«el Padre Santo, el Sumo Pontífice, el gran Califa ó Doctor (como
«lo llamaba Abuledaf, príncipe de Hamat) de todos los reinos y prin-
« cipados, de todos los señoríos y de todas las ciudades , en las regio-
« nes de Occidente, y que domesticó y suavizó por la Religion la as-
« pereza genial^y feroz juventud de nuestros Estados. Lijos de ser te-
«mible, poderoso solo por sus bendiciones, es venerado y respetado
«en el corazon de millones de personas; es grande como los potenta-
« dos que honran al pueblo, es el poseedor de una autoridad ante la
«cual han pasado, por el espacio de diez y siete siglos, desde la casa
«de César hasta la dinastía de Habsbourg, numerosas naciones y
« todos sus héroes, y aun han desaparecido : Este es el Papa.» ( Mé-
morial Catholique, juillet de 1826).
CAPÍTULO X.

TESTIMONIOS DE LA IGLESIA RISA, Y POR BLLA LOS DE LA


IGLESIA GRIEGA DISIDENTE.

No podrán tampoco leerse sin un grande interés los testi*


monios luminosos, y tanto mas apreciables cuanto menos co
nocidos, que nos da la Iglesia rusa contra sí misma, sobre,
la importante cuestion de la supremacía del Papa. Sus libros
rituales nos ofrecen sobre este punto confesiones tan claras,
tan expresas y terminantes, que no es fácil comprender có
mo es posible pronunciarlas sin someterse á ella '. No debe
causar admiracion que estos libros no hayan sido hasta aho
ra citados ; porque siendo embarazosos por su tamaño y grue
so volumen , estando escritos por otra parte en esclavon , len
gua muy rica, y bella sí, pero tan extraña como el sanscrit
á nuestra vista y oido , impresos además en pésimos carac
teres, sepultados en las iglesias, y manejados solamente por
hombres desconocidos en el mundo, no es de maravillar que
hasta ahora no se haya cavado esta mina ; pero ya es tiempo
de explotarla.
La Iglesia rusa canta y consiente que se cante el siguien
te himno : « ¡ Oh san Pedro, principe de los Apóstoles ! Pri-
« mado apostólico , piedra inamovible de la fe , en recompen-
«sa de tu confesion, eterno fundamento de la Iglesia, pas-
« tor del rebaño que habla clavero del cielo , elegido entre

1 Se sabe que hace algun tiempo se hallan en el comercio, tanto


de Moscou como de Petersburgo, algunos ejemplares de estos libros,
mutilados en los lugares mas notables : mas en ninguna parte son tan
legibles estos textos decisivos como en los ejemplares de que han sido
arrancados.
1 Pastuir Slovesnago Slada (loquenlis gregis), es decir, lot hom
— 103 —
« todos los Apóstoles para ser despues de Jesucristo el pri-
: la santa Iglesia, regocíjate. Regocíjate,
inamovible de la fe ortodoxa , jefe del colegio
«apostólico » Y en seguida: «Principe de los Apóstoles, tú
«lo dejaste todo, y seguiste al Maestro diciéndole : Yo mori-
« ré contigo ; contigo viviré una vida feliz ; tú has sido el pri-
«mcr Obispo de Roma, el honor y la gloria de la ciudad
« grande ; sobre tí está afirmada la Iglesia *. »
La misma Iglesia rusa no rehusa repetir en su lengua es
tas palabras de san Juan Crisóstorao: «Dios dijo á Pedro:
«Tú eres Pedro, y le dió este nombre porque sobre él , como
«sobre la piedra sólida, fundó Jesucristo su Iglesia; y las
«puertas del infierno no prevalecerán contra ella, porque ha-
« hiendo puesto el fundamento el mismo Criador, y afirmá-
«dole por la fe, ¿qué fuerza podria oponérsele 3?» Y luego :
bres, segun el genio de la lengua esclavona. Este es el animal par
lante, ó la alma parlante de los hebreos, y el hombre articulador de
Homero. Todas estas expresiones de las lenguas antiguas son muy
exactas : porque el hombre no es hombre, es decir, inteligencia , sino
por la palabra.
1 Akaphisti SedmUchnii ( Oraciones hebdomadarias). No se ha
podido haber este libro original. La cita está sacada de otro libro su
mamente exacto, cuyas citas se han visto todas y reconocido entera
mente conformes en los demás textos que se han sacado de él , y que
han sido comprobados. Segun este libro, las Oraciones hebdomada
rias ó semanales se imprimieron en MohilofT en 1698. La especie de
himno de que aquí se trata, lleva el nombre griego do 'íp¡¿o; que equi
vale á série; y pertenece al oficio del jueves eu la infraoctava delos
Apóstoles.
* Mineia Mesatchnaia ( Vidas de los Santos para cada mes). Es
tán divididas en doce volúmenes, uno para cada mes, ó en cuatro vo
lúmenes, uno para cada tres meses. Así es el ejemplar que tengo á la
vista. A las Vidas de los Santos se añaden en las últimas ediciones
himnos y otras piezas, de modo que puede llamarse el Oficio de los
Santos. Moscou , 1813 , en fól., 30 de junio. Coleccion en honor de los
santos Apóstoles.
J San Crisóstomo, traducido en esclavon en el libro ritual de la
Iglesia rusa intitulado : Prolog: Moscou, 1677, en fól. Este libro es
un compendio de las Vidas de los Santos , de quienes se reza todo el
allí algunos sermones y panegíricos de
— 104 —
« ¿ Qué podria yo añadir á las alabanzas de este Apóstol , ni
«qué puede imaginarse superior á la palabra del mismo Sal
ce vador, que llama á Pedro bienaventurado, y le da el nom-
«bre de piedra, y declara que sobre esta piedra edificará su
«Iglesia '? Pedro es la piedra y el fundamento de la fe 1 : á
a este Pedro), apóstol supremo, es á quien el mismo Señor ha
« dado la autoridad , diciéndole : Yo te doy las llaves del cie-
«lo, etc. Pues, ¿qué dirémos á Pedro nosotros? ¡Oh Pedro,
« objeto de las complacencias de la Iglesia , lumbrera del uni-
« verso, paloma inmaculada, príncipe de los Apóstoles 3,
« fuente de la fe ortodoxa 4 ! »
La Iglesia rusa , que habla en términos tan magníficos del
Príncipe de los Apóstoles, no se muestra menos decidida ha
blando de sus sucesores, como se verá por los ejemplos si
guientes :
En los siglos I y II. — «Despues de la muerte de san Pe-
ce dro y de sus dos sucesores , Clemente manejó sábiamente
«en Roma el timon de la barca, que es la Iglesia de Jesu-
« cristo " ; » y en un himno en honor de este mismo Santo, la
Iglesia rusa le dice : «Mártir de Jesucristo, discípulo de Pe-
« dro , tú imitas sus virtudes divinas , y de este modo te mues-
«tras el verdadero heredero de su trono 6. »
san Juan Crisóstomo y de otros Padres de la Iglesia, sentencias saca
das de sus obras, etc. La cita que se menciona aquf pertenece al oficio
del 29 de junio, y está sacada del tercer sermon del Santo para la
fiesta de san Pedro y san Pablo.
1 San Juan Crisóstomo, ibid. sermon H.
1 Trio Dposlnaia. (Ritualis liber quadragesimalis). Este libro con
tiene los oficios de la Iglesia rusa desde el domingo de Septuagésima
hasta el Sábado Santo (Moscou, 1811, en fól.). El pasaje citado se '
halla en el oficio del jueves de la segunda semana.
4 Prolog (ubi supraj 29 de junio, I, II y III discurso de san Juan
Crisóstomo.
4 Natchalo Pravotlaviia. El Prolog, segun san Juan Crisóstomo,
.ibid. 29 de junio.
« Mineia Mesatchnaia. (Oficio del 13 de enero). Kondak ("himno)
•estrofa 2/ •
8 Minei techetiikh. Es la Vida de los Santot por Demitri Rostofs-
— 105 —
En el siglo IV, dice al papa san Silvestre : «Tú eres la
«cabeza del sagrado Concilio : tú has ilustrado el trono de
«los Apóstoles 1 : jefe divino de los santos Obispos, tú has
«confirmado la doctrina divina y cerrado la boca impía de
«los herejes *. »
En el siglo V, dice á san Leon : «¿Qué nombre le daré yo
«hoy? Te llamaré el heraldo maravilloso y firme apoyo de
«la verdad : «el jefe venerable del supremo Concilio 3 : el su-
«cesor del trono supremo de san Pedro, su heredero inven-
« cible , y el sucesor de su imperio *. »
En el siglo VII, dice á san Martin : «Tú honras el trono
«divino de Pedro, y manteniendo la Iglesia sobre esta pie-
adra inamovible, has ilustrado tu nombre 5 : gloriosísimo
«maestro de toda doctrina ortodoxa : órgano veridico de los
«preceptos sagrados 6, en derredor de quieu se unieron el
«sacerdocio todo y todo el Catolicismo, para anatematizar la
«herejía 7.»
Siglo VIII. — En la vida de san Gregorio II, un Ángel
dice al santo Pontífice : «Dios te ha llamado para que seas
«el Obispo soberano de su Iglesia, y el sucesor de Pedro el
«principe de los Apóstoles 8.»
Fuera de esto , la misma Iglesia presenta á la admiracion
de los fieles la carta de este santo Pontífice, escrita al em
perador Leonlsáurico, sobre el culto de las imágenes, don
de dice : « Por esta razon , hallándonos revestidos del poder

ki, que es un santo de la Iglesia rusa, (Moscou, 1813), 23 de noviem


bre. Vida de san Clemente papa y mártir.
1 Afínela Mesatchnaia, 29 de noviembre : himno 8.°, 'íp(ioí.
* Mineia Mesatchnaia, 2 de enero, san Silvestre papa : himno 2.°,
'íp(JlO{.
' Ibid. 18 de febrero, san Leon papa : himno 8.° Ibid. Extracto
del* IVMineia
discurso
Mesatchnaia,
al concilio de18Calcedonia.
de febrero : himno 8." , estrofa 1.* y 8.a
5 Ibid. 14 de abril , san Martin papa : himno 8.°
6 Prolog , 10 de abril. —Stichiri (cántico ) : himno 8.°
' Prolog , 14 de abril , san Martin papa.
3 Minei techetiikh, 12 de marzo, san Gregorio papa.
- 106 —
«y de la soberanía (godspodstco) de san Pedro, os prohibí
amos, etc. '»
En la misma coleccion que nos ha dado el texto que an
tecede, se lee un pasaje de san Teodoro Estudita , en que di
ce al papa Leon III a : «Ó tú, pastor supremo de la Iglesia
«militante, ayúdanos en este grande conflicto y último peli-
« gro : llena el lugar de Jesucristo : extiende una mano pro-
«tectora para asistir á nuestra Iglesia de Constantinopla ; y
«muéstrate sucesor del primer Pontífice de tu nombre. Él
«combatió la herejía de Eutiques ; combate tú ahora la de
«los Iconoclastas ». Presta benigno oido á nuestros ruegos , ó
« tú, jefe y principe del Apostolado, elegido por Dios mismo para
«ser pastor del rebaño que habla v; porque tú eres verdade-
«ramente Pedro, pues ocupas y haces brillar la silla de Pe-
adro. Á tí es á quien Jesucristo en él ha dicho : Confirma á
«tus hermanos. Hé aquí, pues, el tiempo y la ocasion de ejer-
«cer tus derechos : ayúdanos, pues que Dios te ha dado el
«poder para ello ; para esto eres el principe de todos
No contenta aun la Iglesia rusa con establecer la doctrina
católica por confesiones tan claras, pasaá citar algunos he
chos que manifiestan en toda su claridad la aplicacion de es
ta doctrina. Así es que celebra al papa san Celestino, «por-
« que siguiendo constantemente , tanto en sus discursos como
•<en sus obras , el camino que le habian enseñado los Após-
«toles , depuso á Nestorio, patriarca de Constantinopla, des-
«pues de haber manifestado en sus cartas las blasfemias de
«aquel heresiarca 6.»
Y al papa san Agapito «porque depuso al hereje Antimo,
«patriarca de Constantinopla , y lo anatematizó; y consagró

1 Sobornic, en fól. Moscou, 180 i. Es una coleccion de sermones y


cartas de santos Padres adoptada para el uso de la Iglesia rusa.
s Este es el mismo Teodoro Estudita ya citado.
1 Sobornic, Vida de san Teodoro Estudita, 11 de noviembre.
4 Vide suprat »
5 Sobornic, Cartas de san Teodoro Estudita, lib. II, carta XII.
6 Prolog, 8 de abril , san Celestino papa.
— 10? —
«luego á Merinas, persona de doctrina irreprensible, y la
«puso
Y alenpapa
la misma
san Martin
silla de
: « Porque
Constantinopla
lanzándose
'.» como un leon

«sobre los impíos , separó de la Iglesia de Jesucristo á Ciro,


« patriarca de Alejandria ; á Sergio , patriarca de Constanti-
«nopla ; á Pirro y á todos sus secuaces !. »
Ahora pues , si se pregunta cómo ó por qué una Iglesia
que lee y repite todos los dias semejantes testimonios , niega
no obstante con obstinacion el primado del Papa , diré : que
los hombres se guian hoy por lo que hicieron ayer ; y que
no es fácil borrar las liturgias antiguas, y así se siguen por
costumbre, aunque se contradigan por sistema; y en lin,
que las preocupaciones religiosas suelen ser las mas ciegas y
mas incurables. En este género es preciso no admirarse de
nada. Por lo demás , estos testimonios son tanto mas precio
sos , cuanto que hieren y obran al mismo tiempo sobre la
Iglesia griega , madre de la ílglesia rusa , que á la verdad
ya no es su hija a ; mas como sus ritos y sus libros litúrgicos

1 Ibid. san Agapito papa. — Artículo repetido en 25 de agosto. San


Mcnnas , 6 Minnas , segun la pronunciacion griega moderna de la or
tografía esclavona.
s Mineia Mosatcknaia, 14 de abril , san Martin papa.
3 Es muy comun el confundir en las conversaciones la Iglesia
rusa -y la Iglesia griega , y sin embargo nada es mas diferente. La pri
mera fue á la verdad en su principio provincia del patriarcado griego;
pero le sucedió lo que necesariamente debe suceder á toda iglesia que
no sea católica , que por la sola fuerza de las cosas vendrá siempre á
parar en no depender mas que de su soberano temporal. Se habla mu
cho de la supremacía anglicana , y sin embargo esta supremacía na
da tiene de particular para la Inglaterra; porque no se podrá citar una
sola iglesia separada, que no se halle bajo la dominacion absoluta de
la autoridad civil. Entre los Católicos mismos, ¿no hemos visto á 1»
Iglesia galicana humillada, embarazada, y sojuzgada por los Parla
mentos, á medida y en proporcion justa de lo que neciamente se de
jaba emancipar de la autoridad pontificia? No hay, pues, que buscar
la Iglesia griega fuera de la Grecia ; y la de Rusia no es mas griega que
corta ó armenia. Es, sí, la única en el mando cristiano no menos ex
traña al Papa, á quien desconoce, que al Patriaría griego separado,
el cual pasaría por un insensato si se atreviese á enviar cualquiera ór-
— 108 -
son los mismos, un hombre tal cual robusto puede de un
solo golpe atravesar las dos Iglesias, aunque ya se hallan
divididas.
Por otra parte , se han visto tambien entre la multitud de
testimonios acumulados en los capítulos precedentes, los que
conciernen en particular á la Iglesia griega. Su sumision an
tigua á la Santa Sede es uno de aquellos hechos históricos
de que absolutamente no puede dudarse * ; y aun tiene de
particular , que como el cisma de los griegos no fue negocio
de doctrina , sino de puro orgullo , ellos no cesaron de tri
butar sus homenajes á la supremacía del Sumo Pontífice ;
den á San Petersburgo. La sombra misma de toda coordinacion reli
giosa ha desaparecido para los rusos con su Patriarca ; y así la Iglesia
de este gran pueblo, enteramente aislada, ni aun tiene un jefe espi
ritual que sea conocido en la Historia eclesiástica. En cuanto al santo
Sínodo, cada uno de sus miembros, tomados separadamente, deben
juzgarse acreedores á toda la consideracion imaginable; mas si se mi
ran como cuerpo, no se ve en ellos mas que un consistorio nacional
perfeccionado por la presencia de un representante civil del príncipe,
que ejerce precisamente sobre este senado eclesiástico la misma su
premacía
* Son quedignas
el soberano
de notarse
ejerce
sobre
sobre
los la
ya Iglesia
referidos
del (en
paíselencap.
general.
VI) la
Carta de los Obispos de Dardania al papa san Gelasio, por los años
de 493, en medio de la persecucion en que gemían bajo el emperador
Anastasio; es decir, cuatro ó cinco siglos antes que se hablase de fal
sas decretales: la que todos los Obispos del Oriente escribieron en 512
al papa san Símaco, donde con los términos mas rendidos le conjuran
acuda al socorro no solo del Oriente, sino de casi las tres partes del
mundo habitable, etc., etc.; y la que los Obispos del antiguo Epiro
dirigieron en 516 al papa Hormisdas, que ocasionó el famoso Formu
lario que envió este santo Papa, y debían firmar todos los Obispos
del Oriente que quisiesen volver á la unidad y comunion de la Iglesia
romana; acaso uno de los monumentos mas importantes de la Histo
ria eclesiástica, y el mismo de que en los siglos siguientes se sirvió la
Iglesia en las turbaciones suscitadas por las herejías, añadiendo solo
el nombre de estas. Mas no se busquen en Fleury, pues este escritor
suprime de la primera las palabras mas expresivas; de la segunda se
contenta con decir que era una Carta muy larga ; y del Formulario,
en su época ni aun lo menciona; y solo allá, pasados siglos, con mo
tivo de Focio, hace un extracto de él suprimiendo lo que no le conve
nía. Tal es la imparcialidad deljuicioso Fleury.
- 109 —
es decir , que no cesaron de condenarse á sí mismos,|hasta
el momento en que se separaron de él : de manerajque la
Iglesia disidente , al morir á la unidad , la confesaba no obs
tante en sus últimos suspiros.
Así se vió á Focio en 859 dirigirse al papa Nicolás I,
para que confirmase su eleccion ; al emperador Miguel III,
pedir á este mismo Papa enviase sus legados para reformar
la Iglesia de Constantinopla ; y este mismo Focio procu
rar aun, despues de la muerte de Ignacio, seducir al papa
Juan VIII, para obtener la confirmacion que le faltaba
Así también el Clero de Constantinopla en cuerpo recur
ria al papa Estéban en 886 , reconociendo solemnemente la
supremacía del Papa, y pidiéndole, en union con el empe
rador Leon VI, una dispensa para el patriarca Estéban, her
mano del Emperador, que habia sido ordenado por un cis
mático 8.
Igualmente el emperador Romano Lecapeno, que habia
creado á su hijo, ó hermano, Teofilacto, patriarca á la edad
de diez y seis años , recurrió en 933 al papa Juan XI , para
obtener las dispensas necesarias , y pedirle al mismo tiempo
concediese el palio al Patriarca, ó mas bien á la Iglesia de
Constantinopla , para siempre , sin que en lo sucesivo cada
Patriarca tuviese que recurrir al Papa con la misma sú
plica 3.
Del mismo modo el emperador Basilio, en 1019, envió
embajadores al papa Juan XX , á fin de obtener en favor del
Patriarca de Constantinopla el titulo de Patriarca ecumé
nico del Oriente, como el Papa lo tenia y gozaba sobre toda la
tierra *.
1 Maimbourg, Historia del cisma de los griegos, t. I, lib. I, año
839. — Ibid. El Papa dice en su carta : «Que teniendo poder y autori-
«dad de dispensar los decretos de los Coucilios y de los Papas, sus
«predecesores, por justas razones, etc.» fJoft. Epist. C1C , CC, et
CC1I, l. IX, Conc. edit. Part.).
> Ibid. lib. III, año 1054.
> Ibid. lib. III , año 933, pág. 236.
* Ibid. pág. 271.
- 110 -
¡Extraña contradiccion del espíritu humano! Los griegos
reconocían la soberanía del romano Pontífice , pidiéndole gra
cias , y despues se separaban de ella porque les resistía. ¡ A.h !
esto era reconocerla abdicándola , y confesarse expresamente
rebeldes , declarándose independientes.
— 111 —

CAPÍTULO XI.

SOBRE ALGCNOS TEXTOS DE BOSSÜET.

Razonamientos tan decisivos y convincentes , y testimonios


tan expresos , no podian ocultarse al sublime talento de Bos-
suet ; pero él tenia muchos miramientos que guardar ; y así
para conciliar lo que debia á su conciencia , con lo que creia
deber á otras consideraciones , inculcó tanto en la famosa y
no menos vana distincion entre la Sede, y la Persona se
dente.
« Todos los romanos Pontífices juntos, dice, deben conside-
«rarse como la sola persona de Pedro continuada, en la cual
«nunca llegará á faltar la fe ; y aun cuando llegase á titubear,
« y aun á caer en algunos de ellos ' , no por eso podria decir-
ase que faltase enteramente *, pues que al instante se resta
is bleceria ; y creemos firmemente que jamás sucederá lo con-
«trario en toda la serie de los Sumos Pontífices , hasta la con-
«sumacion de los siglos.»
¡Qué futilidades! ¡qué sutilezas indignas de un Bossuet!
Es lo mismo que si hubiese dicho que todos los Emperado
res romanos deben considerarse como la persona de Augus-

1 ¿Qué quiere decir algunos cuando no hay sino una sola persona?
Y ¿cómo de muchas personas falibles puede resultar una sola persona
infalible?
- « Accipiendi Romani Pontífices tanquam una persona Petri, in
qua nunqcam (ida Petri deficiat, atque ut in auquibus vacillet aut
conoidal, non tamen deficit in totcm quae statim revictura sil, nec
porrb aliler ad consummationem usque saeculi in totd Pontificum
successione eventurum esse certa fide credimus. »( Bossuet Defen-
sio, etc., t. II, pág. 191). En todas estas frases de Bossuet no haj uoa
palabra que explique cosa alguna con precision. ¿Qué significa titu
bear? ¿qué quiere decir algunos? ¿qué significa enteramente? ¿qué
da á entender cou al instante? t\l l\
— 112 -
lo continuada ; y qne si la prudencia y la humanidad han
faltado sobre el trono en algunos, como en Tiberio, Neron,
Calígula, etc. , no podria sin embargo decirse que hubiesen
faltado enteramente, pues que en breve debian resucitar en
los Antoninos , Trajanos , etc.
Bossuet , no obstante , tenia demasiado talento y rectitud
para ignorar la relacion esencial que une las ideas de sobe
ranía y de unidad , y para dejar de sentir que es imposible
separar la infalibilidad de ella, sin anonadarla; y así se vio
obligado á recurrir con Dupin, "Vigorio, Natal Alejandro y
otros, á la distincion de la Sede y de la Persona, y sostener
la indefectibilidad, negando la infalibilidad '. Esta misma es
la idea que ya habia presentado con tanta destreza en su in
mortal Sermon sobre la unidad ' • y á la verdad es cuanto se
puede decir ; pero la conciencia allá en el fondo del corazon
rechaza estas sutilezas , ó mas bien no entiende lo que se quie
re decir con ellas.
Un autor eclesiástico , que ha reunido con mucho talento,
mucho trabajo, y no menor gusto, un considerable número
de pasajes preciosos relativos á la sania tradicion, observa
oportunamente : que «la distincion entre los diferentes mo-
«dos de señalar á la Cabeza de la Iglesia, no es mas que un
«subterfugio imaginado por los novadores, con la mira de
«separar á la Esposa del Esposo... Los partidarios del cis-
1 « Si uno ó dos Sumos Pontífices, dice Bossuet, contra la costum-
« bre de todos sus predecesores, sea por violencia ó por sorpresa , no
«hubiesen sostenido con bastante constancia , ó explicado bastante
«plenamente la doctrina de la fe... Un navio que surca las aguas no
« deja en ellas mayores vestigios de su tránsito.» {Sermon sobre la
unidad, punto 1.° — ; Genio sublime ! ¿con qué texto, con qué ejem
plo, y con qué razonamiento estableceis tan sutiles distinciones? La
fe no sutiliza tanto. La verdad es simple , y desde luego se hace sentir
y conocer.
• De aquí procede tambien que en todo este sermon evita constan
temente nombrar al Papa ó al Sumo Pontífice. Siempre dice la Santa
Sede, la Silla de san Pedro, la Iglesia romana. Mas nada de todo
esto es visible; y ála verdad, toda soberanía que no es visible, puede
decirse que no existe : es un ente de razon.
- 113 -
«ma y del error... han procurado alucinar trasladando lo que
«toca á su Juez y al Centro visible de la unidad, á nombres
«abstractos, etc. '»
Esto es oir á la misma recta razon en persona ; pero aun
ateniéndonos á la misma idea de Bossuet, podria nacérsele
un argumento ad kominem ; y yo le diria : « Si el Pontífice en
«.abstracto es infalible, y no puede tener un descuido, dar
«un traspié en la persona de un individuo, sin levantarse con
«tanta presteza , que casi no pueda decirse que hubiese caido,
«¿á qué todo ese aparato de Concilio ecuménico, de Cuerpo
«.episcopal, y de consentimiento de la Iglesia? Dejad que se
«levante el Papa. Esto debe ser negocio de un minuto. Pues
«con solo que pudiese permanecer en el error, únicamente
«el tiempo necesario para convocar un Concilio ecuménico,
« ó para asegurarse del consentimiento de la Iglesia univer-
«sal , entonces la referida comparacion del navio no seria ya
«adecuada : claudicaria bastante. »
La filosofía de nuestro siglo ha puesto en ridiculo muchas
veces á aquellos realistas * del siglo XII, que sostenían la exis
tencia y la realidad de los universales ; y que varias veces en
sangrentaron la escuela en sus disputas con los nominales,
sobre averiguar si era el hombreó la humanidad, quien estu
diaba la dialéctica, y quien daba ó recibia los cachetes. Pero
estos realistas que concedian la existencia á los universales,
tenian á lo menos la bondad de no negársela á los indivi
duos. Sosteniendo, por ejemplo, la realidad del elefante abs
tracto, no decian que en él habíamos de ir á buscar el mar
fil, sino que siempre nos han permitido ir á sacarlo de los
elefantes palpables y visibles.

1 Principios de la doctrina católica, en 8.°, pág. 233. El estima


ble autor de esta obra, que no es anónimo para mí, ha evitado el nom
brar á nadie , temiendo sin duda el poder del crédito y de las preocu
paciones que lo rodeaban ; pero se ve bien de quién creía tener que
quejarse. '
* Realistas y Nominales, dos escuelas de filósofos de aquellos
siglos.
8 TOMO I.
— 114 —
Pero los teólogos realistas * de que hablamos son mas atre
vidos, pues que despojan á los individuos de los atributos coa
que adornan al universal, admitiendo la soberanía de una
dinastía, de la cual ningun individuo es soberano.
No obstante, nada es mas contrario que esta teoría al sis-
lema divino (si me es permitido hablar así), que se mani
fiesta en el conjunto de la Religion. Dios que nos ha hecho
lo que somos ; Dios que nos ha sometido al tiempo y á la ma
teria, no nos ha abandonado á las ideas abstractas, y á las
quimeras de la imaginacion ; sino que ha hecho su Iglesia
visible, a fin de que quien no la quiera ver, no pueda ale
gar excusa. Aun su misma gracia la ha unido á signos sen
sibles. ¿Hay algo mas divino que el perdon de los pecados?
'y no obstante, ha querido (por decirlo así j materializarlo
en favor del hombre. El fanático, ó el entusiasta, no podrán
engañarse á sí mismos, alegando movimientos interiores:
para el culpable debe haber un tribunal, un juez, y ciertas
fórmulas ; y la clemencia divina debe ser para él tan sensi
ble, como la justicia de un tribunal humano.
¿Cómo podria creerse que sobre el punto fundamental hu
biese Dios derogado sus leyes mas evidentes, mas generales
y mas humanas? Se puede fácilmente decir : Place al Espi-
" De una vez para siempre : llámanse aquí teólogos realistas, no
los afectos a los gobiernos de los Beyes; ningunos mas sólidamente
adictos á los tronos que los buenos católicos ; sino los que bajo el
pretexto de vindicar ó sostener las regalías , atribuyen á los Príncipes
civiles lo que es propio de la Iglesia y de la autoridad eclesiástica.
Enemigos solapados de los Reyes, quieren valerse de su buena fe pa
ra desautorizar la Iglesia, y viéndolos luego sin el apoyo de esta, des
autorizarlos, ó, lo dirémos con toda la extension de sus ideas , destro
narlos á ellos. La conducta de los Parlamentos de Francia en el últi
mo siglo, la de los escritores de esta clase en todos los demás reinos,
cuando llegaron luego las épocas fatales de revolucion y anarquía , dan
un claro testimonio de- esta verdad ; y los que eran mas conocidos ba
jo este respecto entre nosotros, no la han desmentido. ¿Quién al ver
el ano de 1793 el Catecismo del Estado, se habría persuadido que Vi-
llanueva seria el proclamador de la soberanía del pueblo, etc. , etc. ?
Pues regalista se ostentaba. Ex fructibus eorum cognoscelis eos.
- U5 -
ritu, Sanio y d nosotros. El cuáquero dice tambien que tiene
el espíritu, y los puritanos, de Cromwel lo decían igualmen
te. Pero los que hablan en nombre del Espíritu Santo de
ben manifestarlo. La paloma mística no viene á sentarse so
bre una piedra fantástica , pues no es esto lo que nos tiene
prometido.
Si algunos grandes hombres han consentido colocarse en
la clase de los inventores de una quimera peligrosa, no ofen-
derémos el respeto que se les debe ; pero observaremos que
tampoco ellos deben ofender el que se debe á la verdad. Es
cierto que hay una señal muy honorífica para ellos, que los
distingue siempre de sus tristes colegas ; y es que estos no
sientan un principio falso sino en favor de la rebelion, en vez
de que los otros , arrastrados por ciertos accidentes humanos,
digámosto así, á sostener aquel principio, rehusan no obs
tante deducir las consecuencias de él, y no saben desobede
cer. Pero por lo demás, no es posible ponderar bastantemen
te el embarazo en que se envuelven los partidarios del poder
abstracto, áfin de darle la realidad que necesita para poder
obrar. La voz Iglesia figura en sus escritos, lo mismo que la
de nacion en los de los revolucionarios franceses.
Dejemos aparte á los hombres oscuros, cuyo embarazo
no embaraza á nadie ; pero léase en los Nuevos opúsculos de
Fleury la interesante conversacion de Bossuct y del obispo
de Tournay (Choiseul-Prastirt), que nos ha conservado Fene-
lon ', y en ella se verá como el Obispo de Tournay, estre-

1 Nuevos opúsculos de Fleury : París, 1807 , en 12.°, pag. 146 y


199. * Este Obispo de Tournay, que había sido uno de los miembros
de la comision encargada de redactar los famosos cuatro artículos de
la declaracion de 1682, y que no ha tenido la dicha de desagradar á
los Jansenistas, no pudiendo llevar en paciencia que Bossuet conce
diese al Papa la indefectibilidad, lo estrechaba de consecuencia en
consecuencia por esta concesion á confesar en el la infalibilidad, á
ün de que viendo que esta se seguía necesariamente de aquella, pues
no quería conceder la una, negase tambien la otra, que en términos
mas claros era decir : Que podía faltar la fe en la Iglesia romana,
como ha faltado en la Iglesia anglicana; y de consiguiente que las

chaba á Bossuet, y lo conducía irremisiblemente de la inde-
fectibilidad á la infalibilidad. Pero aquel grande hombre ha
bia determinado no chocar con nadie ; y en la invariable
permanencia con que siguió este sistema se encuentra el orí-
gen de las penosas angustias que tanto llenaron de amargura
sus últimos dias. Aunque es menester confesar que este sá-
promesas y privilegios de san Pedro eran personales, y no babian pa
sado á sus sucesores : y adios Iglesia de Jesucristo, que nunca ha de
subsistir sin cabeza. Por aquí vendremos en conocimiento del espíritu
que animaba á los obispos de la Asamblea de 1682. Y si en esto ade
lantamos nuestro discurso , lo dirá el suceso siguiente : Habiendo sos
tro
tenido
proposiciones
en Malinas,: Gil
1.a de
« ElWitte,
Concilio
fogoso
es superior
jansenista,
al elPapa.
1683,[Link]-
El Papa
«no es mas que ua primer obispo, ni tiene mas autoridad sobre los
«otros Obispos que un cura decano sobre los otros curas de su dis-
« trito , ó en un Ayuntamiento un regidor primero sobre sus compa-
« ñeros. 3.a La fórmula de que se sirven los Obispos en sus mandatos
« y pastorales : Por la gracia de Dios y de la Santa Sede apostólica,
«es un abuso y un error... 4.a Las palabras de Jesucristo : Tú eres
« Pedro , y sobre esta piedra yo edificaré mi Iglesia, se habían diri-
«gido únicamente ásan Pedro, y de ninguna manera á sus suceso-
.«res;» la universidad de Lovaina censuró como era debido, y aun
con la mayor circunspeccion, estas proposiciones, pues solo expresó
de la primera, que jamás se habia permitido allí semejante doctrina;
palabras que, sea dicho de paso, están suprimidas en la Galia orto
doxa de Bossuet : con qué fidelidad, lo ignoramos. Al punto el famo-
•so Amoldo salió á la defensa de su discípulo, publicando varios libe
los : esto era muy natural, pero no lo parecía tanto que uno de los
prelados encargados antes de Bossuet de la redaccion de los famosos
artículos, se uniese al patriarca de los Jansenistas para defender las
proposiciones censuradas, dando por razon que Witte no habia hecho
mas que exponer la doctrina de la declaracion galicana , si no creyese
que esto se habia intentado en aquella declaracion célebre. En esta
•carta dirigida al Dr. Steyaert, é impresa en 1688, que mereció ser tra
ducida del latin al holandés por los jansenistas de Ulrecht, y que en
'Roma fue puesta en el índice expurgatorio el 13 de octubre de 1688,
entre otras cosas dice el Obispo de Tournay : «No puedo menos de
« mirar como injusta y precipitada la censura que vuestra facultad de
«teología ha hecho de las proposiciones y escritos del Sr. Witte. Yo
«nada hallo que no sea católico... Si vuestros doctores tenian una fe
«contraria, debían reservarla para sí. El Sr. de Witte nada enseña en
« ellas que recientemente no haya enseñado la Asamblea del Clero de
— 117 — i
bio es un poco importuno con sus cánones, á los cuales vuel
ve á cada paso.
«Todos nuestros doctores antiguos, dice, han reconocido
«siempre unánimemente en la Cátedra de san Pedro (se guar
«.da muy bien de decir en la persona del Sumo Pontífice) la
«plenitud del poder apostólico. Este es un punto decidido y
«resuelto. (Perfectamente : hé aquíel dogma). Pero piden so-
« lamente que este poder en su ejercicio sea arreglado por
«LOS CÁNONES '.»
Pero en primer lugar, los doctores de París no tienen mas
derecho que otros , para exigir tal ó tal cosa del Papa ; son
subditos como los demás, y obligados como todos á respetar
sus decisiones soberanas : en suma , no son mas que lo que
son todos los demás doctores del mundo católico.
Por otra parte, ¿á quién se refiere Bossuet, y qué signi
fica aquella restriccion, pero piden solamente, etc.? ¿Cuándo
han pretendido los Papas gobernar sin leyes? Ni el mas fre
nético enemigo de la Santa Sede se atreveria á negar, con
la historia en la mano, que en ningun trono del universo haya
existido (guardada proporcion) mayor prudencia, mas cien
cia y mas virtud , que en el trono de los Sumos Pontífices * .
«Francia, representante de toda la Iglesia galicana, etc., etc.» Des
pues de esto creemos que los defensores del Galicanismo no juzgarán
un crímea en sus adversarios (que son todos los demás católicos ) el
sospechar que la declaracion de 1682 tiene cierta afinidad de origen
con el cisma y la herejía, cuando un obispo, que debia conocer mas
bien que ninguno la tendencia y espíritu de ella , pues fue miembro de
la comision encargada de redactar sus artículos , y que hizo á la Asam
blea una relacion muy extensa y notable de ellos, segun habían sido
formados por Bossuet, declara sencillamente que negar con el janse
nista Witte el primado de jurisdiccion de la Santa Sede , y sostener con
él que los Papas, sucediendo en la silla de Pedro, no por eso suceden
ni han heredado su autoridad suprema , es sostener y defender en otros
términos la declaracion del Clero galicano de 1682, y que no se puede
condenar una de estas doctrinas sin condenar la otra. Dejamos á la
oousideracion de nuestros lectores hacer las demás reflexiones que na
turalmente se ofrecen. (Vide Memorial catholique, mars de 1827).
1 Sermon sobre la unidad, punto 2.°
1 «El Papa es ordinariamente un hombre de mucha ciencia y vir-
— 118 —
esta
¿ Por soberanía,
qué , pues , como
no se en
ha todas
de tener
lastanta
demás,
ó mas
queconfianza
nunca han
en

pretendido gobernar sin leyes?


Pero ¿y si el Papa, se dirá acaso, llegaáabusar de su po
der? Hé ahí una objecion pueril , que solo sirve para embro
llar la cuestion y las conciencias.
Y si la soberanía temporal abusase de su poder , ¿qué se ha-
ria? La cuestion es idéntica : así es como se crean monstruos
para luego combatirlos.
Cuando la autoridad manda, no hay mas que tres parti
dos que tomar, á saber : la obediencia, la representacion, ó
la rebelion, que en lo espiritual se llama herejía, como en el
órden temporal se llama revolucion ; y una triste experiencia
nos acaba de enseñar , que los mayores males que pueden
resultar de la obediencia no igualan á la milésima parte de
los que resultan de la rebelion. Además, hay razones parti
culares en favor del gobierno de los Papas. ¿Cómo se quie
re que unos hombres sábios, prudentes, reservados, lle
nos de experiencia por naturaleza y por necesidad , abusen
del poder espiritual hasta el punto de causar males incura
bles? Las representaciones prudentes y comedidas detendrian
siempre á los Papas que tuviesen la desgracia de engañarse.
Acabamos de oir á un protestante, digno de todo aprecio,
confesar francamente , que un recurso justo hecho á los Pa
pas , y no obstante despreciado por ellos , es un fenómeno

(e tud , que ha llegado á la madurez de la edad y de la experiencia , que


<< rara vez tiene ni placer ni vanidad que satisfacer a expensas de su
" pueblo, y que se halla desembarazado de mujer, de hijos y de cor-
«tejos.» (Addisson, Suplem. á los viajes de Misson, pág. 126. — V
Gibbon conviene con la misma buena fe que : « Si se calculan á sangre
«fria las ventajas y los defectos del gobierno eclesiástico, se le puede
«alabar en su estado actual como una administracion suave, decente
« y pacifica , que ni tiene que temer los peligros de una menor edad,
« ni la fogosidad de un príncipe jóven ; ni se va arruinando con el lujo,
« y que está libre de las desgracias de la guerra. » ( De la decaden
cia , etc., t. XIII , c. 70 , pág. 210J. — Estos dos textos pueden equivaler
6 muchos otros, y ningun hombre de buena fe podrá contradecirlos.
— 119 —
desconocido en la historia ; y Bossuet, proclamando la mis
ma verdad en una ocasion solemne, confiesa que siempre ha
habido alguna cosa de paternal en la Santa Sede '.
Un poco mas arriba acababa de decir : & Así como siempre
«ha sido la costumbre de la Iglesia de Francia proponer los
«cánones s, siempre ha sido la de la Santa Sede el escuchar
«gustosamente tales discursos.»
Mas si siempre ha habido algo de paternal en el gobierno de
la Santa Sede ; si siempre ha sido su costumbre escuchar vo
luntariamente á las iglesias particulares que le pedían cánones,
¿á qué estos (temores, estas alarmas, estas restricciones, y
esla interminable y fastidiosa apelacion á los cánones?
No se entenderá jamás perfectamente el Sermon tan jus
tamente celebrado sobre la [unidad de la Iglesia, si no se
recuerda constantemente el problema difícil que Bossuet
se habia propuesto en este discurso. Él quería establecer la
doctrina católica sobre el primado del romano Pontífice, sin
chocar con un auditorio exasperado, , que él estimaba muy
poco, mas que lo creia demasiado capaz de alguna locura
solemne. Si [se perdiese de vista por un momento este su
objeto general , se echaria de menos , y como que se desea-
1 ria á veces un poco mas de franqueza en sus expresiones.
Por ejemplo, ¿qué quiere decir cuando en el segundo pun
to expresa : « Que la autoridad y el poder , que debe reco-
«nocerse en la Santa Sede, es tan grande, tan eminente, tan
«amado y respetable á todos los fieles, que nada hay supe-
«rior á él sino toda la Iglesia católica junta?» ¿Querría de
cirnos por ventura que toda la Iglesia puede hallarse donde
no se halle el Sumo Pontífice? En este caso hubiera estable
cido una teoría, que ni su gran nombre podria hacer dis
culpable. Y sino , admítase por un momento esta proposicion
insensata , y luego se verá desaparecer la unidad , en virtud
del Sermon sobre la unidad. Esta palabra Iglesia, separada de

1 Sermon sobre la unidad, punto 2.°


* Esta es una distraccion, debe deeir algunos cánones.
— 120 —
su Jefe, nada significa. Es como el Parlamento de' Inglater
ra separado del Rey. - •
Lo que se lee en seguida sobre el santo concilio de Pisa,
y sobre el santo concilio de Constanza, explica muy clara
mente lo que precede. Es ciertamente una desgracia, que
tantos teólogos franceses hayan inculcado tanto sobre este
concilio de Constanza, para embrollar las ideas mas cla
ras. Los jurisconsultos romanos decian muy bien : «Que las
«leyes versan sobre lo que sucede con frecuencia, mas no
«se embarazan con lo que sucede una sola vez. » Un suceso
único en la historia de la Iglesia hizo á su Jefe dudoso du
rante cuarenta años. Debió, pues, hacerse entonces lo que
nunca se habia hecho , y lo que probablemente no se hará
jamás. El Emperador congregó á los Obispos en número de
cási doscientos ; mas esto era un Consejo, y no un Concilio.
Este Consejo, ó Asamblea , procuró darse la autoridad que le
faltaba, haciendo desvanecer toda duda acerca de la perso
na del Papa. Deliberó [Link] la fe : ¿y por qué no? Un Con
cilio provincial puede deliberar tambien sobre el dogma ; y
si la Santa Sede lo aprueba , la decision es infalible é irre
vocable. Esto es, pues, lo que sucedió á las decisiones sobre
la fe del concilio de Constanza. Se ha repetido , hasta el fas
tidio , que el Papa las habia aprobado : ¿y por qué no , si eran
justes? Los Padres de Constanza, aunque no formasen abso
lutamente un Concilio, no dejaban de formar una Asamblea
en extremo respetable, por el número y la cualidad de las
personas: mas en todo cuanto pudieron hacer, ó hicieron,
sin intervencion del Papa , y aun sin que existiese un Papa
reconocido incontestablemente, tan infalibles * eran, teoló
gicamente hablando, un cura de aldea, y aun su sacristan.
Pero esto no impedia que el papa Martino V aprobase cuan
to habian hecho conciliarmente ; y así es que el concilio de
% Constanza se hizo ecuménico, como se habian hecho igual-

Dice infalibles, no respetables. La infalibilidad no la da la cien


cia, sino la asistencia del Espíritu Santo.
- 121 —
mente el II y el V Concilio general , por la adhesion de los
Papas, que no habian asistido á ellos, ni por sí, ni por sus
legados.
Es menester, pues, que los que no están muy versados en
esta clase de materias pongan gran cuidado en lo que leen,
cuando se les hace leer que los Papas han aprobado las de
cisiones del concilio de Constanza. Sin duda que han aproba
do las decisiones de aquella Asamblea, contra los errores de
Wicleff y de Juan Hus ; pero que el cuerpo episcopal , se
parado del Papa, y aun en oposicion con el Papa , pueda ha
cer leyes que obliguen á la Santa Sede, ó pronunciar sobre
el dogma de una manera divinamente infalible , esta propo
sicion, usando el lenguaje de Bossuet, dirémos que es un
prodigio, acaso tan contrario á la sana teología como á la
exacta lógica.
— 122 —

CAPÍTULO XII.

DEL CONCILIO DE CONSTANZA.

¿Y qué debemos pensar de aquella famosa sesion IV, en


que el concilio ó consejo de Constanza se declara supe
rior al Papa? La respuesta es muy fácil. Es preciso decir que
aquella Asamblea desbarró, como desbarraron despues el Lar
go Parlamento de Inglaterra, la Asamblea Constituyente de
Francia, la Legislativa, la Convencion nacional, el Consejo
de los Quinientos , el de los Doscientos, y las últimas Cortes
de España * : en una palabra , como todas las asambleas ima
ginables, muy numerosas, y no presididas. — Bossuet decia
en 1681 , escribiendo al abate Raneé , y previendo, ya las
consecuencias peligrosas del año siguiente : «Bien sabeis lo
«que son las asambleas, y cuál es el espíritu que ordinaria-
« mente domina en ellas \»
Y el cardenal de Retz , que entendía bien estas materias,
decisivo
habia ya, dicho
QUE QUIEN
en susCONGREGA
Memorias EL de
PUEBLO
un modo
, QUIERE
masAMOTINAR
general y

LO ; máxima general que no aplico al caso presente sino con


las modificaciones que exigen la justicia y aun el respeto ;
pero máxima, al fin, cuyo sentido es incontestable.
Así en el órden moral, como en el orden físico, las leyes
de la fermentacion son las mismas; porque ella nace del con
tacto , y siempre es en proporcion á las masas que fermen
tan. Juntad hombres entusiasmados por cualquiera pasion, y
al instante advertiréis el calor, luego la exaltacion, y des-
* Primeras y segundas.
1 Bossuet, Carta al abate Raneé : Fontainebleau , sep. 1681.—
Historia de Bossuet, lib. XVI, núm. 3, t. II , pág. 94.
— 123 —
pues el delirio ; que es precisamente lo que sucede en los
cuerpos físicos , donde la fermentacion turbulenta conduce rá
pidamente ai ácido, y del ácido á lo pútrido. Toda asamblea
viene á sufrir esta ley general, si al tiempo de desarrollarse
no se halla detenida por el frio de la autoridad que se intro
duce en los intersticios , y contiene ó apaga el movimiento.
Consideremos á los Obispos de Constanza, agitados por to
das las pasiones de la Europa , divididos en naciones , opues
tos en intereses, fatigados por la dilacion, impacientes por
las contradicciones , separados de los Cardenales , careciendo
de centro, y por colmo de desgracias, influidos por Sobera
nos discordantes; y no nos maravillaremos que, impulsados
además por el gran deseo de poner fin á un cisma, el mas
deplorable que jamás afligió á la Iglesia, y en un siglo en
que el compás de las ciencias no habia aun circunscrito las
ideas, como lo han sido despues, se dijesen á sí mismos :
»No podemos dar la paz á la Iglesia, y reformarla en su ca
ce beza y en sus miembros, si no es mandando á esta cabeza
«misma : declaremos, pues, que ella está obligada á obede
cí cernos.» Los bellos genios de los siglos posteriores no han
raciocinado mejor. [Link] junta ó consejo , pues , se declaró
en primer lugar Concilio ecuménico 1 , y así era preciso para
sacar luego la consecuencia, de que «toda persona, decual-
«quier dignidad ó condicion que fuere, sin exceptuar la pa-
«pal *, estaba obligada á obedecer al Concilio, en lo que mi-
araba á la fe y á la extirpacion del cisma *. » Mas lo que si
gue es verdaderamente gracioso. — «Nuestro señor, el papa
«Juan XXIII, no sacará de la ciudad de Constanza la curia
«de Roma, ni sus oficiales, y no les obligará directa ni in-
« directamente á seguirle, sin la deliberacion y el consenti-
« miento del Concilio ; sobre todo aquellas oficinas y oficia-
1 Así como ciertos Estados generales (ó llámense Cortes) , se de
clararon Asamblea nacional en lo que tocaba á la Constitucion y ala
reforma de los abusos. La paridad no puede ser mas exacta.
* No se atreven á decir redondamente : El Papa.
1 Sesion IV.
— 124 —
« les , cuya ausencia pudiera ser causa de la disolucion del
«Concilio, ó serle perjudicial '.»
De este modo aquellos Padres confiesan que por sola la
partida del Papa quedaba disuelto el Concilio ; y por evi
tar esta desgracia , le prohiben partir. Que es lo mismo que
decir en otros términos: «Que dichos Padres se declaran su-
«periores de aquel de quien ellos mismos declaran es su su-
«perior.
La sesion
» No Y
puede
no fue
darse
mascosa
quemas
unagraciosa.
repeticion de la IV 2.

1 Fleury, lib, CU, núm. 173.


* Habría infinito que decir sobre estas dos sesiones, sobre los ma
nuscritos de Scbeelestrate, sobre las objeciones de Arnaldo y de Bos-
suet , sobre el apoyo que toman estos manuscritos en los preciosos des
cubrimientos hechos en las bibliotecas de Alemania , etc. ; pero si en
trase en estos pormenores , me sucedería la pequeña desgracia , que
seguramente quisiera evitar, si fuere posible, y es la de que no me
leyesen. * Sin embargo, raptim diremos, que es muy probable estén
alteradas las sesiones, al menos la IV, segun se nos cita boy en dia ,
pues Scheelestrate testifica haber visto dos códices manuscritos donde
se dice que en la preparacion para ella los Cardenales y Oradores de
Francia protestaron contra las palabras quoad reformationem in ca-
pite et in membris , y dijeron no asistirían á la sesion si se ponían :
además, se sabe que en dicha sesion el cardenal Florentino, al leer el
decreto, cuando llegó a estas palabras, se paró, dijo que eran falsas,
y contra la determinacion pública que se había tomado ; y los Carde
nales añadieron que esto necesitaba discutirse mucho : con que aun
cuando en las naciones se pensase así, el decreto no se debió dar ; y es
constante que las controversias y disputas anteriores no hacen parte
de las actas y sesiónes : además, los cuatro notarios del Concilio dicen
en la sesion V, que prius conclusa et deliberala (en las naciones,) tune
fuerunt : con que no en la IV. Fuera de esto, se conservan tres ma
nuscritos de los mismos notarios sin esta cláusula : otros cuatro ade
más, dos de ellos formados por aquel tiempo, en la biblioteca Impe
rial de Viena , en la de Urunswich , de Wolfembutel , de Leipsich', de
Gotba, de Salem, cerca de Constanza, etc. , sin estas palabras; ítem,
en la primera edicion del Concilio tampoco se hallan. — Gerson es
verdad las cita en sus Oraciones; pero no pueden ser como de la se
sion IV , porque dice fueron determinadas el 6 de abril , y la sesion IV
se tuvo el 3D de marzo. — Pero en fin, pusiésense enhorabuena en la
sesion IV y V : estas sesiones no se tuvieron concUiarmenle : 1." por
que el método observado en ellas fue distinto del que se había obser-
El mundo católico estaba entonces dividido en tres par
tidos ú obediencias, y cada una de ellas reconocía un Papa
diferente. Las dos que querían á Gregorio XII y á Bene
dicto XIII, jamás reconocieron el decreto pronunciado en
la sesion IV de Constanza ; y despues que las obediencias
se reunieron , nunca mas se atribuyó el Concilio, indepen
dientemente del Papa, el derecho de reformar la Iglesia en
su cabeza y en sus miembros. Mas en la sesion de 30 de oc
tubre de 1417, habiendo sido elegido Martino V por una
uniformidad de que no habia ejemplo, decretó el Concilio:
«Que el Papa mismo reformaría la Iglesia tanto en la ca-
« beza, como en los miembros, segun la equidad y el buen
«gobierno de la Iglesia. »

vado en todos los Concilios, decidiendo por naciones, á las cuales,


como consta por el mismo cardenal de Aylli ( que no es ultramontano),
se admitía á toda clase de personas, aun legas. 2.° Se excluyó del voto
á los Cardenales, que no lo tuvieron hasta la sesion XIV. 3.° Protes
taron contra la IV los Cardenales, los Oradores franceses (de los cua
les, sea dicho de paso, no era Gerson, quien era solo representante
de la Universidad , la cual dió por nulos sus dichos), el cardenal Flo
rentino, los polacos, etc. 4.° No hubo libertad, pues el emperador
Sigismundo trató de apresar a los Cardenales, de resultas de lo cual
los españoles pensaron retirarse. ¡5." No hubo tiempo para discutir la
materia ; porque el 23 de marzo se huyó Juan XXIII ; el 26 se tuvo
la sesion III; Gerson dice que en una noche tuvo que componer la
oracion ; el 30 se tuvo la sesion IV, y en la V se trató como de cosa
antes conclusa et deliberala .- á la ligera fue. 6.° No habia en estas se
siones mas que la obediencia de Juan XXIII, y no todos, pues mu
chos reclamaron. 7.° Y así fue necesario que se hiciese nueva convo
cacion por Gregorio XII. — Fuera de esto , ¿quién no ve por la lectura
misma de los decretos, que el sentido era por el tiempo y en caso de
cisma? Eugenio IV en el concilio de Florencia, hablando de los basi-
leenses, que los extendían á todos tiempos, y de los indubitables Pon
tífices , dice ( Bula : Moisés) que : « Hunc sensum Sacrosanctae Scrip-
«turae , PP., et ipsius Constantiensis Concilii sensui contrarium...
«Sacro ipso approbante Concilio, damnamus et reprobamus , ac
« damnalas et reprobalas (interprelationem , e,t propositiones , de que
«va hablando) nunciamus.» Sea dicho en gracia de la juventud.
(Véase el Febronius abbreviatus cum nolis, etc., obra preciosa es
crita por un monje benedictino aleman,).
— 126 —
El Papa por su parte en la sesion XLV , de 22 de abril
de 1418, aprobó lodo lo que el Concilio habia hecho conci-
liarmenle, lo cual repite dos veces en materia de fe; y algu
nos dias antes por una bula de 10 de marzo habia prohibi
do las apelaciones de los decretos de la Santa Sede , á que
llama Supremo Juez. Este es el modo como aprobó el Papa el
concilio de Constanza.
Jamás ha habido cosa mas esencialmente nula , ni mas
evidentemente ridicula, que la referida sesion IV del conse
jo ó asamblea de Constanza , que la Providencia y el Papa
elevaron luego á Concilio ; y si algunas gentes se obstinan
en decir : Nosotros admitimos la sesion IV de Constanza, ol
vidando enteramente que esta palabra nosotros, en la Igle
sia católica es un solecismo, siempre que no se refiere á to
dos; les dejaremos decir: pero en vez de reimos solamente
de la sesion IV, nos reirémos de dicha sesion, y lambien de
los que no quieren reirse de ella.
En virtud de la inevitable fuerza de las cosas, toda asam
blea que no tiene freno es desenfrenada. Podrá haber en esto
su mas ó su menos, será mas tarde ó mas temprano; pero
la ley es infalible; y si no acordémonos de las extravagan
cias de Basüea , donde se vió á siete ú ocho personas, Obis
pos ó Abades, declararse superiores al Papa, deponerle, y
para coronar la obra, declarar decaídos de sus dignidades
á todos los contraventores , aunque fuesen Obispos , Arzobis
pos, Patriarcas, Cardenales, Reyes ó Emperadores.
Estos tristes ejemplos nos manifiestan lo que sucederá siem
pre en semejantes circunstancias. Nunca jamás podrá reinar
la paz ó restablecerse en la Iglesia por medio de una asam
blea sin cabeza, ó no presidida. Siempre será preciso recur
rir al Soberano Pontífice , solo ó acompañado ; y todas las
experiencias hablan en favor de esta autoridad.
Desde luego puede observarse que los Doctores franceses,
que se han creido obligados á sostener la insostenible sesion
del concilio de Constanza, al paso que siempre se atrinche
ran escrupulosamente en la asercion general de la superio
- 127 —
ridad del Concilio universal sobre el Papa , nunca explican
qué es lo que entienden por Concilio universal; lo que de
beria bastar para conocer el embarazo en que se encuentran.
Oigamos por todos á Fleury.
«El concilio de Constanza, dice, estableció la máxima en-
« señada en todos tiempos en Francia ', de que el Papa está
«sujeto al juicio de lodo Concilio universal en lo que toca á
«la fe '.»
¡ Miserable reticencia , é indigna de un hombre como Fleu
ry ! Porque no se trata de si el Concilio universal es ó no su
perior al Papa, sino de saber si puede haber un Concilio uni
versal sin Papa, ó independiente del Papa. Esta es la cuestion.
Aunque vayais á decir á Roma que el Sumo Pontífice no tie
ne derecho para derogar los cánones del concilio de Trento,
seguramente que no por ello os quemarán. La cuestion de
que tratamos es complexa, y abraza dos puntos: Primero,
se pregunta ¿cuál es la esencia de un Concilio general, y cuá
les los caracteres cuya menor alteracion destruiría esta esencia ?
Segundo, ¿si el Concilio así constituido es superior al Papa?
Tratar la segunda cuestion sin querer tocar siquiera la prime
ra, ponderar tanto la superioridad del Concilio sobre el Papa,
sin saber, ni querer, ni atreverse á decir antes que es un Con
cilio ecuménico; es menester declararlo francamente, esto
es no solamente un error de simple dialéctica , sino tambien
una falta de probidad.
1 Despues de cuanto se ha visto , y sobre todo despue.s de la decla
racion de 1626, ¿qué nombre se dará á esta asercion?
* Fleury, Nuevos opúsculos , pág. 44.
128 —

CAPÍTULO XIII.

DE LOS CÁNONES EN GENERAL, Y DE LA APELACION Á SU


AUTORIDAD.

Aunque la autoridad del Papa sea soberana , no se sigue


de aquí que sea superior á las leyes, y que pueda burlarse
de ellas. Pero estas gentes que sin cesar están invocando los
cánones, tienen un secreto que ocultan con cuidado, aun
que bajo de un velo bastante trasparente. En su dictamen,
esta voz cánones debe entenderse de los que ellos han hecho,
ó de aquellos que no les desagradan. No se atreven á decir
redondamente que si el Papa juzgase á propósito hacer nue
vos cánones, tendrían ellos el derecho de rechazarlos: mas
no nos engañemos ; aunque estas no sean sus palabras ex
presas,
Causaá álolamenos
verdadeste
lástima
es su toda
sentido.
esta disputa sobre la ob

servancia de los cánones. Pregúntese al Papa si entiende


que puede gobernar sin reglas, y burlarse de los cánones;
y no podrá oírlo sin horror. Pregúntese á todos los Obispos
del mundo católico si creen que algunas circunstancias ex
traordinarias pueden legitimar ciertas abrogaciones , excep
ciones ó derogaciones ; y si la soberanía en la Iglesia , á la
manera de una mujer anciana , ha llegado á hacerse tan es
téril que haya perdido el derecho que es inherente á toda po
testad , de formar nuevas leyes á medida que algunas nue
vas necesidades lo exigieren ; y creerán que esto es chan
cearse.
No pudiendo ningun hombre sensato disputar á ningu
na soberanía, cualquiera que sea, el poder de hacer leyes,
de hacerlas ejecutar , de derogarlas , y dispensar de ellas
cuando las circunstancias lo exigen; y no habiéndose atribuido
tampoco ninguna soberanía el derecho de usar de este po
— 129 —
der, fuera de dichas circunstancias, pregunto ahora, ¿sobre
qué se disputa? ¿Qué quieren decir ciertos teólogos franceses
con sus cánones? Y ¿qué quiere decir particularmente Bos-
suet con aquella grande restriccion que nos declara en voz
sumisa como un misterio muy delicado del gobierno ecle
siástico, á saber: que «la plenitud del poder pertenece á la
«Cátedra de san Pedro ; pero nosotros exigimos que el ejer-
«cicio de este poder sea regulado por los cánones?»
¿Cuándo han pretendido los Papas lo contrario? En ma
teria de gobierno , cuando se ha llegado á un punto de perfec
cion, que no admite mas defectos que los inseparables de la
naturaleza humana , es menester saberse detener, y no buscar
por medio de vanas suposiciones semillas eternas de descon
fianza y de discordia. Mas, como hemos observado ya, Bos-
suet queria absolutamente satisfacer á su conciencia y á su
auditorio ; y bajo de este punto de vista su Sermon sobre la
unidad es una de las mayores pruebas de ingenio que pue
den darse. Cada línea, cada palabra está trabajada y pesa
da. Un el, un simple articulo, como ya lo hemos visto , pue
de ser el resultado de una profunda deliberacion. El extremo
embarazo en que se hallaba el ilustre orador le impide fre
cuentemente usar de las voces con aquel rigor que nos hu
biera dejado satisfechos, si. él no hubiera temido desconten
tar á los demás. Por ejemplo, cuando dice: «En la Cátedra
«de san Pedro reside la plenitud del poder apostólico; mas
«su ejercicio debe ser arreglado por los cánones, no sea caso
«que, elevándose sobre todo, este mismo poder destruya sus
«propios decretos: » así se entiende el misterio '. Perdóne
me la respetable sombra de este grande hombre; para mí el
velo se hace mas tupido, y léjos de entender el misterio, lo
entiendo ahora menos que antes. Aquí no se pide una deci
sion de moral; porque hace mucho tiempo sabemos que un
Soberano
1 Un pocolo mejor
mas abajo
que exclama
puede hacer
: ¿ Comprendeis
es gobernarahora
[Link]
Esteinmor
mis-

tal belleza de la Iglesia católica?— No, monseñor, diría yo ; de nin


gun modo, á menos que no os digneis añadir algunas palabras.
9 TOMO I.
— m —
terio no es un gran misterio: lo que se trata de saber es, si
siendo el Sumo Pontífice una autoridad suprema * , es po*
consiguiente legislador en toda la fuerza del término; si en
la conciencia del ilustre Bossuet esta autoridad es capaz de
elevarse sobre lodo ; si el Papa no tiene derecho , en ningun
caso, de abrogar ó de modificar alguno de sus decretos; si
hay en la Iglesia alguna autoridad que tenga derecho de juz
gar si el Papa lia juzgado bien, y cuál es esta autoridad; y
en fin, si una Iglesia particular puede tener respecto del Pa
pa otro derecho mas que el' de representación.
Es verdad que veinte páginas mas abajo el mismo Bos
suet cita sin desaprobar aquel dicho de Carlomagno: «Que
a aun cuando la Iglesia romana impusiese un yugo casi in-
« soportable, convendría mejor sufrirle, que llegar á romper
a y separarse de su comunion '. » Pero Bossuet tenia tanta con
sideracion á los Principes, que no se puede concluir nada de
la especie de aprobacion tácita que da á este pasaje.
Lo que queda incontestable es, que si los Obispos reuni
dos sin el Papa pueden llamarse la iglesia, y atribuirse mas
poder que el de certificar la persona del Papa, en los mo
mentos infinitamente raros en que pudiera ser dudosa, ya
no hay unidad, y la Iglesia visible desaparece.
Por lo demás, y no obstante los artificios infinitos de una
sábia y católica condescendencia, damos gracias á Bossuet
de haber dicho en este famoso discurso: «Que el poder del
a Papa es un poder supremo * ; que la Iglesia está fundada
«.sobre su autoridad 4 ; que en la Cátedra de san Pedro resi-
a de la plenitud de la potestad apostólica 5 ; que cuando se
«ataca al Papa, lodo el Episcopado , es decir, la Iglesia, está

* Las potestades supremas (habitado del Papa) quieren ser ins


truidas. (Sermon sobre la unidad, punto 3.° ).
1 Sermon sobre la unidad, punía2.°
1 Sermon sobre la unidad de la Iglesia. Obras de Bossuet, t. VH,
Pág. 41.
* Ibid. pág. 31.
* Ibid. pág, 14,

i
— 131 —
« en peligro * ; que siempre hay algo de paternal en la Sania
«Sede 1 ; que todo lo puede , aunque todo no sea convenien->
«te 3 ; que desde el origen del Cristianismo los Papas , ha-
«ciendo observar las leyes, han hecho siempre profesion de
«ser tos primeros en observarlas *; que ellos mantienen la
«unidad en todo el cuerpo, ya por decretos inflexibles, y ya
«por temperamentos prudentes * ; que todos los Obispos no
«tienen mas que una cátedra, por la relacion esencial que
« tienen todos con la cátedra ünica , donde san Pedro y sus
«sucesores están sentados; y que en consecuencia de esta
«doctrina deben todos obrar con el espíritu de la unidad ca
li tólica, de modo, que cada obispo nada diga, haga ni pien-
«se que no pueda aprobarlo y autorizarlo la Iglesia univer-
«sal * ; que el poder dado á muchos, lleva sn restriccion en
«su division misma; en vez de que el poder dado á uno so-
alo, y sobre todos y sin excepcion, lleva en sí mismo toda
«la plenitud 7; que la Cátedra eterna no conoce la here-
«jía 8 ; que la fe romana es siempre la fe de la Iglesia: que
«la Iglesia romana es siempre virgen, y de ella han recibido
«todas las herejías ó el primer golpe, ó el golpe mortal
«en fin, que la señal mas evidente de la asistencia que el
« Espíritu Santo da á esta madre de las Iglesias , es haber-
ala hecho tan justa y tan moderada, que jamás haya colo-
«cado los excesos entre los dogmas '0. »
Demos gracias á Bossuet de lo que ha dicho, y sobre todo
tambien de lo que ha impedido ; pero sin olvidar que mien-

1 Sermon sobre la unidad de la Iglesia. Obras de Bossuet, t. VII,


pég. 25.
« Ibid. pág. 41.
> Ibid. pág. 31.
4 Ibid. pág. 32.
> Ibid. pág. 29.
• Ibid. pág. 16.
' Ibid. pág. 14.
• Ibid. pág. 9.
9 Ibid. pág. 10.
» Ibid. pág. 42.
9*
- 132 —
Iras no hablemos mas claramente que ¡lo que él se ha permi
tido hablar en este discurso, la unidad que con tanta elo
cuencia ha recomendado y celebrado , se pierde en la incer-
tidumbre , y no puede ya fijar la creencia.
Leibnilz , el mayor de los Protestantes , y acaso el hombre
mas grande en el orden de las ciencias, objetaba á este mis
mo Bossuet en 1690, «que aun no se habia podido conve
<í nir en la Iglesia romana sobre el verdadero sujeto ó silla
«radical de la infalibilidad, porque unos la fijaban en el Pa
spa, y otros en el Concilio, aunque sin, Papa, etc. '»
Tal es el resultado del sistema fatal , adoptado por algu
nos teólogos, acerca de los Concilios, y fundado principal
mente sobre un hecho único , mal entendido y mal explica
do , precisamente porque es único. Ellos exponen el dogma
capital de la infalibilidad, ocultando el punto céntrico donde
debe buscarse.
1 Véase la Correspondencia de Leibnitz con Bossuel.
— 133 —

• CAPÍTULO XIV.

EXAMEN DE L'NA DIFICULTAD PARTICULAR QUE SE NOS PRE


SENTA CONTRA LAS DECISIONES DE LOS PAPAS.

Las decisiones doctrinales de los Papas siempre han sido


leyes en la Iglesia. Así, pues, nopudiendo negar este gran
de hecho los adversarios de la supremacía pontificia, han
procurado explicarlo á su modo , sosteniendo que estas de
cisiones loman toda su fuerza del consentimiento de la Igle
sia; y para fundarlo, observan que muchas veces, antes de
ser recibidas, han sido examinadas en los Concilios con co
nocimiento de causa. Bossuet sobretodo ha hecho un esfuerzo
de razonamiento y de erudicion, para sacar de esta conside
racion todo el partido posible.
Con efecto , no se puede negar que es un paralogismo bas
tante plausible el siguiente: «Pues que el Concilio ha orde
nado un examen previo de una constitucion del Papa, es
«prueba de que no la miraba como decisiva.» Convendrá,
pues, por lo mismo que aclaremos esta dificultad.
La mayor parte de los escritores franceses, especialmente
desde el tiempo en que la manía de las constituciones se ha
apoderado de los espíritus, parten todos, aun sin advertirlo,
de la suposicion de una ley imaginaria , anterior á todos los
hechos y que los ha dirigido todos; de manera, que si el Pa
pa, por ejemplo, es soberano en la Iglesia, todos los hechos
de la Historia eclesiástica deben atestiguarlo, acomodándose
uniformemente y sin esfuerzo á esta suposicion; y en la su
posicion contraria , todos los hechos históricos deben contra
decir dicha soberanía.
Sin embargo, nada hay mas falso que esta suposicion, ni
este es el orden regular de las cosas. Ninguna institucion im
portante ha sido el resultado de alguna ley, y cuanto mayor
- 134 ~
ella es, menos ha provenido de máximas escritas. Ordi
nariamente las grandes instituciones se forman por el con
curso de mil agentes, que casi todos ignoran lo que hacen;
de modo que por lo comun parece que cHos mismos no re
paran los derechos que están estableciendo. La institucion
crece así al través de algunos siglos : Crescit occulto velut arbor
aevo; y esta es la divisa de toda grande creacion política ó re
ligiosa. San Pedro ¿tenia un conocimiento distinto de la ex
tension de su prerogaliva , y de las cuestiones que en lo suce
sivo nacerian acerca de ella? No lo sé. Cuando despues de un
prudente examen y discusion sobre una cuestion importante
en aquella época, fue el primero que tomó la palabra en el
concilio de Jerusalen, y toda la multitud guardó silencio ', no
habiendo despues hablado Santiago desde su silla patriar
cal , sino para confirmar lo que acababa de decidir el Prin
cipe de los Apóstoles ; ¿ san Pedro obraba en virtud, ó con un
conocimiento claro y distinto de su prerogativa; ó bien dan
do á su carácter por el mismo hecho este magnífico testimo
nio, no obraba sino por un movimiento interior, separado
de toda contemplacion racional? Tambien lo ignoro s.
Especulativamente hablando podian moverse sobre esto
cuestiones muy curiosas; pero yo temeria meterme en suti
lezas; y parecer novador en vez de ser nuevo, lo que senti
ria en extremo; y así es mejor atenerse á las ideas simples y
puramente prácticas.
La autoridad del Papa en la Iglesia , en punto á las cues
tiones dogmáticas , se ha señalado siempre por una extrema
prudencia ; y jamás se ha manifestado precipitada , altiva , in
sultante, ni despótica. Siempre y constantemente ha oido
á todo el mundo , aun á los rebeldes, cuando han querido de-

4 Act. xv , 12.
3 Alguno ha vituperado esta duda; pero declarando yo expresa
mente que no insisto en ella, creo que no hay tampoco por qué insistir.
Me basta repetir mi profesion de fe : Dios me libre de ser novador,
queriendo ser ó parecer nuevo. * Es puntualmente lo de san Vicente
de Lerins : üt cum dicas nove non dicas nova.
- 185 —
fenderse. ¿Por qué, pues, se habia de oponer al examen de
una de sus decisiones en un Concilio general? Este examen
estriba únicamente sobre la condescendencia de los Papas , y
así lo han entendido ellos siempre. No se probará que jamás
hayan tomado conocimiento los Concilios de las decisiones
dogmáticas de los Papas, como jueces propiamente dichos, ni
que se hayan arrogado en este concepto el derecho de acep
tarlas ó de desecharlas.
Un ejemplo notable de esta teoría se saca del concilio de
Calcedonia tantas veces citado , donde el Papa permitió que
se examinase una carta suya ; pero sabido es que nunca man
tuvo el Papa de un modo mas solemne la irrefamabilidad de
sus juicios dogmáticos.
Para que los hechos fuesen contrarios á esta teoría , es de
cir, á la suposicion de ser esto una pura condescendencia,
seria menester, como lo saben muy bien los jurisconsultos,
que hubiese habido al mismo tiempo contradiccion de parte
de los Papas, y juicio de parte de los Concilios, lo que nun
ca se ha verificado ; y lo mas digno de notar es, que á los
teólogos franceses es á quienes menos conviene rechazar esta
distincion.
Nadie ha hecho valer mas que ellos el derecho de los Obis
pos , de recibir las decisiones dogmáticas de la Santa Sede
con conocimiento de causa , y como jueces dela fe1; y no obstan
te, ningun obispo galicano se arrogaría el derecho de de
clarar falsa, y de rechazar como tal, una decision dogmática
del Santo Padre ; porque cualquiera sabe muy bien que este
juicio seria un crimen, y además una cosa ridicula.
Hay, pues, alguna cosa media entre la obediencia pura
mente pasiva, que reconoce una ley en silencio, y la supe
rioridad que la examina con facultad de rechazarla ; y en este
medio encontrarán los escritores galicanos la solucion de una
dificultad que ha hecho tanto ruido , y que á la verdad se
reduce
1 Esteá derecho
nada cuando
se ejerció
se en
la elmira
negocio
de cerca.
de FeneloD,
Sin duda
con una
quepom
los

pa del todo divertida.


— 136 —
Concilios generales pueden examinar los decretos dogmáti
cos de los Papas, para penetrar su sentido, para enterarse
de ellos, y enterar y comunicarlos á los demás, para con
frontarlos con la Escritura, con la Tradicion y con los Con
cilios anteriores , para responder á las objeciones , para ha
cer estas decisiones gratas, plausibles y evidentes á la obs
tinacion que las repugna; en una palabra, para juzgar del
modo que la Iglesia galicana juzga una constitucion dogmá
tica del Papa , antes de aceptarla.
¿ Tiene acaso esta Iglesia derecho de juzgar uno de estos
decretos en toda la fuerza del término, es decir, para acep
tarlo ó desecharlo , y aun para declararlo herético si quisie
re? Ciertamente responderá ella misma que no; porque en
fin , el primero de sus atributos es el sentido comun
Mas porque no tenga el derecho de juzgar, ¿no lo ten
drá para discutir? ¿No será mejor aceptar humildemente y sin
examen prévio una determinacion que no tiene derecho de
contradecir? Á esto responderá tambien que no, y siempre
querrá examinar.
Pues bien , que no nos vuelva á decir que las decisiones

1 Bercastel en su Historia eclesiástica ha encontrado no obstante


un medio muy ingenioso de complacer á los Obispos, dándoles el de
recho de juzgar al Papa. El juicio de los Obispos, dice , no se ejerce
sobre el juicio del Papa, sino sobre las materias que él ha juzgado.
De modo, que si el Sumo Pontífice ha decidido, por ejemplo, que tal
6 tal proposicion es escandalosa ó herética , los Obispos franceses , aun
que no puedan decir que se ha engañado (nefas) , podrán decidir que
aquella proposicion es edificante y ortodoxa. — Los Obispos , continúa
el mismo escritor, consultan las mismas reglas que el Papa, á saber:
la Escritura, la tradicion, y especialmente la tradicion de sus pro
pias iglasias, á fin de examinar y de pronunciar , segun la medida
de autoridad que han recibido de Jesucristo, si la doctrina propues
ta le es contraria ó conforme. (Historia de la Iglesia, t. XXIV, pá
gina 93, citado por el Sr. Barral, núm. 31, pág. 303).
Esta teorfa de Bercastel prestaría materia para muy severas re
flexiones, si no se supiese que por parte del autor, sin duda estimable,
no es mas que un inocente artificio para disculparse con los Parla
mentos, y hacer que pase lo demás.
— 137 —
dogmáticas de los Sumos Pontífices pronunciadas ex cathe-
dra tienen apelacion , porque ciertos Concilios han examina
do algunas de ellas antes de convertirlas en cánones.
Cuando al principio del último siglo, Leibnitz en su cor
respondencia con Bossuet, sobre la gran cuestion de la reu
nion de las Iglesias, pedia como un preliminar indispensa
ble, que el concilio de Trento fuese declarado no ecuménico,
Bossuet justamente inflexible sobre este punto, le declara no
obstante que todo lo que se podia hacer para facilitar la
grande obra, era volverá tratar sobre el mismo Concilio por
cío de explicacion. No debe, pues, admirarnos si los mismos
Papas han permitido alguna vez que se tratase sobre sus de
cisiones por via de explicacion.
El cardenal Orsi hace á Bossuet sobre este punto un ar
gumento que á mi parecer no tiene réplica: « Los griegos,
«dice , principiando por la exposicion de los hechos, nos acu
itaban de haber decidido la cuestion sin contar con ellos, y
«apelaban de esto á un Concilio general, sobre lo cual el papa
«Eugenio les decia: Os doy á elegir entre cuatro partidos:
«1.° ¿Estais convencidos , por todas las autoridades que os he-
« mos citado , de que el Espíritu Santo procede del Padre y del
« Hijo? y en este caso la cuestion está terminada. 2.° Si no estais
« convencidos , decidnos qué es lo que les falta á nuestras pruebas,
« á fin de que podamos aumentarlas y llevarlas de este dogma has-
átala evidencia. 3.° Si teneis algunos textos que sean favorables
aá vuestro modo de pensar, citadlos. i.° Y si todo esto no os pa-
«rec« suficiente, lleguemos á un Concilio general. Juremos todos,
«griegos y latinos, de decir libremente la verdad, y de ate-
«nernos á lo que parecerá verdadero al mayor número '.»
Orsi decia , pues , á Bossuet : «Ó convenid en que el conci-
«lio de Lyon (el mas general de todos los Concilios generales)
«no fue ecuménico, ó debeis convenir que el examen de las
«cartas del Papa en un Concilio nada prueba contra la m-
1 «lusiurandum damas, Latini pariter et Graeci... Proferalur li-
«bereveritas per ¡urameotum, et quod ploribus videbitur boc am-
« plectemur et nos et vos. »
— 138 —
a falibilidad ; pues se consintió en que se tratase , y con efecto
«se volvió á tratar en el concilio de Florencia la misma caes-
ce tion decidida en el concilio de Lyon '.»
No sé qué pueda responderse de buena fe á lo que se aca
ba de decir. Ahora , á un espíritu de contradiccion ningun
razonamiento le convence : sin embargo, esperemos que pien
se acerca de los Concilios, como piensan los Concilios mis
mos.
1 los. August. Orsi, De irreform. Román. Pontif. in definiendis
/Sdei controversüs iudicio : Romae, 1772, 4 vol. in 4,t. I, Ub. I,
c. 37, art. 1, pág. 81. Varias veces se ha visto en la Iglesia á los Obis
pos de una Iglesia nacional, y aun tambien algunos Obispos particu
lares, confirmar los decretos de los Concilios generales. El mismo Orsi
cita ejemplos sacados de los Concilios generales IY, V y VI. (Ibid.
lib. II , c. 1 , art. 104 , pág. 104J.
CAPÍTULO XV.

INFALIBILIDAD DE HECUO. —LIBERIO Y HONORIO.

Si del derecho pasamos á los hechos, que son su verdade


ra piedra de toque , no podrémos menos d% convenir que la
Cátedra de san Pedro , considerada en la certidumbre de sus
decisiones, es un fenómeno naturalmente incomprensible. En.
mas de diez y ocho siglos que están respondiendo los Papas
á toda la tierra, ¿ cuántas veces se han engañado incontesta
blemente? Ninguna. Se forman sutilezas y sofisterias, pero
sin poder alegar nunca nada de decisivo.
Entre los Protestantes, y aun en Francia mismo, como lo
he observado muchas veces, se ha amplificado la idea de la
infalibilidad, hasta el punto de hacer de ella un espantajo
ridiculo; y así es muy esencial formar de ella una idea cla
ra , distinta y perfectamente exacta.
Los defensores de este gran privilegio dicen , pues , y na
da mas dicen, sino «que el Sumo Pontífice, hablando libre-
«ímente 1 á la Iglesia, y como dice la escuela, ex calhedra,
«jamás se ha engañado, ni se engañará sobre la fe. »
Por lo que ha pasado hasta el presente , no veo que se ha
ya refutado esta proposicion. Todo cuanto se ha dicho con
tra los Papas , para establecer que se han engañado , ó no
tiene fundamento sólido, ó sale evidentemente del círculo
que acabo de trazar.
La critica que se ha divertido en contar las faltas de los
Papas , no ha perdido un ápice de la Historia eclesiástica. Se
remonta hasta san Pedro para empezar desde allí su catálo
go1 ; yPoraunque
esta vozlalibremente,
falta del Principe
entiendo que
de los
ni tormentos,
Apóstoles ni
seapersecu
un he-

ciones, ni violencia alguna habrá podido privar al Sumo Pontífice de


la libertad de espíritu que debe presidir á sus decisiones.
— 140 —
cho enteramente ajeno de la cuestion, no deja de citarse en
todos los libros de la oposicion, como la primera prueba de la
falibilidad del Sumo Pontífice. Sobre este punto citaré un es
critor el mas moderno , si no me engaño , entre los franceses
del orden episcopal, que han escrito contra la grande prero-
gativa de la Santa Sede '.
Quería él rechazar el testimonio solemne y embarazoso del
Clero de Francia L que en 1626 declaró que la infalibilidad ha
permanecido siempre firme é inalterable en los sucesores de san
Pedro; y para desembarazarse el sabio Prelado de esta difi
cultad , se explica de este modo :
La indefedibüidad ó infalibilidad que ha permanecido siem
pre firme é inalterable en los sucesores de san Pedro, « no es sin
«duda de otra naturaleza que la que fue concedida á la Ca-
«beza de los Apóstoles, en virtud de la oracion de Jesucris-
«to. Ahora, pues, el suceso ha probado que la indefectibi-
«lidad ó infalibilidad de la fe no lo ponia á cubierto de una
«caida; luego, etc. » Y un poco mas abajo añade: «Se exa-
«geran falsamente los efectos de la intercesion de Jesucristo,
a que fue la prenda de la estabilidad de la fe de Pedro , sin
«impedir no obstante su caida humillante y prevista.»
Hé aquí, teólogos, y aun Obispos (no cito sino uno por
vía de ejemplo), asegurando, ó á lo menos suponiendo sin
la menor duda, que la Iglesia católica estaba ya estableci
da, y que san Pedro era Sumo Pontífice antes de la muerte
del Salvador.
No obstante , habian leido como todos nosotros , que « don-
«de hay un testamento , es preciso , para que tenga fuerza,
«que intervenga la muerte del testador, pues no puede le
onería mientras este vive s. » No podian dejar de saber igual
mente que la Iglesia nació en el cenáculo, y que antes dela
venida del Espíritu Santo no habia Iglesia.
1 Defensa de las libertades de la Iglesia galicana y de la Asam
blea, del Clero de Francia en 1682 : París, 1817 , en por el Sr. Luis
Matías de Barral, arzobispo de Tours, pág. 327, 328 y 329.
* Haebr. ix, 16, 17.
— 141 —
Habian, en fin, leido aquel grande oráculo: «Os convie
ne que yo me vaya, pues si yo no me voy, no vendrá á
«vosotros el Espíritu consolador ; pero si me voy, yo os le
«enviaré. Cuando este espíritu de verdad haya venido, él
«dará testimonio de mí , y vosotros mismos me daréis testi-
«monio »
Antes de esta mision solemne no habia, pues, Iglesia, ni
Sumó Pontífice, ni aun apostolado propiamente dicho: todo
estaba en gérmen, en potencia, digámoslo así, en expecta
tiva, y en este estado los heraldos mismos de la verdad no
manifestaban mas que ignorancia y debilidad.
Nicole ha recordado esta verdad en su Catecismo razona
do: « Los Apóstoles, dice, antes de haber recibido el Espí-
«ritu Santo en el dia de Pentecostes, parecían débiles en la
«fe, tímidos respecto de los hombres, etc. ; mas despues de
«Pentecostes ya no se vió en ellos sino confianza, alegria en
«los trabajos, etc. s»
Acabamos de oir á la verdad que habla, oigámosla ahora
tronar: « ¿No fue un prodigio extraordinario ver á los Após-
« toles desde el momento en que recibieron el Espíritu San-
ato, tan penetrados de las luces celestiales, como ignorantes
«y llenos de errores habian sido hasta entonces, aunque
«habian tenido por maestro á Jesucristo? ¡Oh misterio ado-
«rable é incomprensible! Parece que Jesucristo, siendo co-
«mo era Dios, no habia aun bastado para hacerles enten-
«der la celestial doctrina que él mismo habia venido á est
ablecer en la tierra... Et ipsi nihü horum intellexerunt 3. Y
«¿por qué? Porque aun no habian recibido el Espíritu de
«Dios, y todas estas verdades solo el Espíritu de Dios pue-
«de enseñarlas. Mas desde el momento en que recibieron al
«Espíritu Santo, las mismas verdades que les habian pare-
«recido tan increíbles, se les manifiestan en toda su clari-
1 loan, xvi, 7; xv, 26, 27.
• Nicole, Inslr. théol. et mor. sur les Sacrem. : París, 1723, 1. 1.
De la confir. c. 2 , pág. 87.
3 Luc. xviii, 34.
— 142 —
«dad, etc. 1 Es deeir, que se abrió el Testamento, y princi-
«pió la Iglesia.»
He insistido tanto sobre esta miserable objecion, porque
es la primera que se presenta, y porque sirve maravillosa
mente para aclarar en un todo el espíritu con que entran en
esta discusion los adversarios de aquella gran prerogativa.
Es un espíritu de sofistería que se consume por tener razon ;
sentimiento muy natural á todo disidente, pero enteramente
inexplicable de parte de los Católicos.
El plan de mi obra no me permite discutir uno por uno
los pretendidos errores de que se acrimina á los Papas, tan
to mas que sobre este asunto todo se ha dicho ; y así tocaré
solamente los dos puntos que se han discutido con mas ca
lor, y que me parecen susceptibles de algunas nuevas expli
caciones ; lo demás no vale la pena de citarse.
Los doctores italianos han observado que Bossuet, que en
su Defensa de la Declaracion 2 habia tomado argumento en
un principio, como todos los demás, delacaidadelpapaLi-
berio, para establecer la principal de las cuatro profiosiciortts,
suprimió luego en dicha Defensa todo el capítulo relativo á
esta caida , como puede verse en la edicion de 17Í5. No me
hallo en este momento en disposicion de poder verificar el
hecho; pero tampoco tengo el menor motivo para desconfiar
de los autores donde lo he leído ; y la nueva Historia de Bos
suet no deja por otra parle duda alguna acerca del arrepen
timiento de este grande hombre. En efecto, en ella se lee que
Bossuet en una conversacion amistosa y de confianza decia
un dia al abate Ledieu : « He borrado en mi tratado de la au
toridad eclesiástica todo lo relativo al papa Liberio, porque
«NO PROBABA BIEN LO QUE QUERIA ESTABLECER EN AQUEL LU-
«OAR •.»
Es ciertamente un sentimiento para Bossuet tener que re-
* Bourdalue, Sermon de Pentecostes, parte I, sobre el texto : .Re
pten' sunt omnes Spiritu Sancto. CMyst. 1. 1).
* Lib. IX, c. 34.
* Tora. II, documentos justificativos del lib. IV, pág. 390.
— 113 —
Iractarse sobre este punto ; pero veia que el argumento to
mado de Liberio era insostenible ; y con efecto lo es hasta tal
punto, que los cenluriadores magdeburgenses como quiera
no se han atrevido á condenar á este Papa , sino que lo han
absuelto. «Liberio, dice san Atanasio, citado palabra por pa-
e labra por los centuriadores , vencido por los padecimientos
«de un destierro de dos años, y la amenaza del último su-
«plicio, ha suscrito en fin á la condenación que se le pedia;
«pero la violencia es quien lo ha hecho todo, y la aversion
a de Liberio á la herejía no es mas dudosa que su opinion
aen favor de Atanasio: sentimiento que hubiera claramente
«manifestado, si hubiese estado libre Y luego el Santo
termina la frase con estas palabras memorables : « La violen-
acia prueba la voluntad de quien hace temblar; pero no la
«voluntad del que tiembla * ;» máxima muy decisiva en es
te caso.
Es verdad que los centuriadores citan con la misma exac
titud á otros escritores, que se muestran menos favorables á
Liberio, aunque sin negar los sufrimientos del destierro : mas
ellos se inclinan evidentemente hácia la opinion de san Ata
nasio.» Parece, dicen, que todo cuanto se ha referido de la
«suscripcion de Liberio, no recae en manera alguna sobre el
«dogma arriano, sino solamente sobre la condenacion de Ata-
«nasio ». Es cási indudable que en este caso pronunció su
«lengua mas bien que su conciencia, como decía Ciceron en

* « Libertan post exactum ¡a exilio biennium , inflexum minisque


mortis ad subscriptionem contra Athanasium inductum fuisse... Ve-
rum illud ipsum et eorum violeotiani et Liberii ia baeresim odium et
suum pro Athanasio sulTragium, quum liberos aflectus haberct, satis
coarguit. »
1 « Qaae enim per tormenta contra priorem eins sentcntiam extor-
tasunt, ee iam non metnentium , sed cogentium voluntales habendac
s*nt.»
3 "Quamqnam haec de sabscriptione in Athanasium ad qnam Li
bertas impulsas sit, non de consenso in dogma (c cum Aríanis dici
videntur. »
— 144 —
«una ocasion semejante. Lo que hay de cierto es, que Li-
«berio no cesó de profesar la fe de Nicea '.»
¡ Qué espectáculo ver á Bossuet acusador de un Papa , á
quien excusa la flor del Calvinismo ! ¿Quién podrá dejar de
aplaudir los sentimientos que confiaba á su secretario?
No permitiéndome el plan de mi obra descender á mas
pormenores, me abstengo de examinar si el pasaje citado de
san Atanasioes sospechoso en algunos puntos; silacaidade
Liberio puede negarse pura y simplemente, como un hecho
calumnioso •; y aun en la suposicion contraria, si Liberio
suscribió á la primera ó á la segunda Fórmula de Sirmich *.
Me ceñiré solo á cilar algunas líneas del docto arzobispo Maa-
si, colector de los Concilios, las cuales acaso convencerán á
algunos preocupados,
Que como en otro país el mas instruido,
Hay tambien en Italia buen sentido.
«Supongamos, dice Mansi, que Liberio hubiera suscrito
«formalmente al Arrianismo fio que él de ningun modo conce-
«dej; pregunto, ¿habló en aquella ocasion como Papa, ex
iicalhedra'/ ¿Qué Concilios juntó antes para examinar la cues-
«lion? Y si no convocó ninguno, ¿qué doctores llamó para
' « Lingua eum superscripsisse , magis quam mente, quod de iu-
ramento cujusdarn Cicero dixit, oninino videtur, quemadmodum et
Athanasius eum excusavit. Constanlem certe in professione fldei Ni-
cenae mansisse indicat. » (Cenluriae ecclesiasticae Historíete per ali-
quvs studiosos et pios viros in urbe Magdeburgica , et BasUeae, per
loannem Oporinum 1362. Cent. 4, c. 10, pag. 1184J.
2 Algunos sabios han creido poder sostener esta opinion. Véase la
Visert. sobre el papa Liberio: París, chez Lemeste, 1726, in 12. —
Francisci Antotiit Zachariae P. S. Dissertatio de commentilio Libe
ra lapsu. In Ihes. Theol. : Venet. 1762, in4.°, t. II, pag. 380etseq.
Natal Alejandro, Historia eclesiástica, siglo V (disert. 32,
art. 1), sostiene, que si lo hizo, fue á la primera, la cual aunque no
expresase la voz consustancial, tío tontcnia tampoco error. Y que de
aqui tomaron ocasion los Arrianos de extender que habia suscrito á
sus Fórmulas, confundiendo una con otra.
— 145 —
«consultar? ¿Qué congregaciones instituyó para definir el
«dogma? ¿Qué rogativas públicas y solemnes mandó hacer
« para invocar la asistencia del Espíritu Santo? Si no ha pues-
«to en práctica estos preliminares, no puede decirse que ha
«enseñado como maestro y doctor de todos los fieles; y en
«este caso, entienda Bossuet, que. nosotros no reconocemos
«al romano Pontífice como infalible '. »
Orsi es todavía mas preciso, y exige aun mas formalida
des *. En los libros italianos se encuentra otro gran número
de testimonios semejantes; sed graecis incognita, qui sua tan-
tum mirantur.
El único Papa que puede ofrecer dudas legítimas, no tan
to por razon de sus yerros, cuanto á causa de la condenacion
que sufrió, es el papa Honorio. Mas ¿qué significa la con
denacion de un hombre y de un Sumo Pontífice, pronuncia
da cuarenta y dos años despues de su muerte? Uno de aque
llos desgraciados sofistas , que tan frecuentemente deshonra
ron la Silla patriarcal de Constantinopla; un azote de la Igle
sia y del sentido comun ; en una palabra, Sergio, patriarca
de Constantinopla , á principios del siglo VII, trata de exa
minar si había dos voluntades en Jesucristo. Decidido él por la
negativa, consultó al papa Honorio con palabras ambiguas.
El Papa, que no advirtió el artificioso lazo, creyó que se tra
taba de dos voluntades humanas, es decir, de la doble ley
que aflige nuestra débil naturaleza, y que ciertamente no
podía caber en el Salvador. Por otra parte, Honorio exten
diendo acaso demasiadamente las máximas generales de la
Santa Sede, que nada teme tanto como las cuestiones nue
vas y las decisiones precipitadas, deseaba que no se habla
se de dos voluntades, v en este sentido escribió á Sergio: en
lo 1que
«Sedpudo
ita non
cometer
egit; non
uno definivit
de aquellos
ex Cathedra,
yerros que
non pueden
docuit tam-
lla-

quam ornnium fidelium Magister ac Doctor. Ubi vero ita non se gerat,
sciat Bossuet, Bomanum Pootificem iufallibilem a nobis non agnos-
ci.» (Véase la nota de Mansi en el lugar citado, pág. 968).
» Orsi , 1. I , lib. III , c. 26 , pág. 118.
10 TOMO I.
marse administrativos; pues si faltó en esta ocasion, solo fue
á las leyes del gobierno y de la prudencia. Calculó mal, si
se quiere: no vió las consecuencias funestas de los medios
económicos que creyó poder emplear; mas en lodo esto no
se
lógico.
ve ninguna
Que Honorio
derogacion
haya del
entendido
dogma,la nicuestion
ningunenerror
este sen
leo-

tido, se demuestra, primero por el testimonio expreso é ir


recusable del mismo, de quien se valió para escribir su car
ta á Sergio ; es decir por el abate i uan Simpon , el cual , tres
años despues de la. muerte de Honorio, escribía al emperador
Constantino, hijo de Heraclio, de esta suerte : «Cuando ha-
« biabamos de una sola voluntad en el Señor, no considera
« hamos sus dos naturalezas, sino solamente su humanidad;
«y en efecto, habiendo Sergio sostenido que en Jesucristo
«habia dos voluntades contrarias, dijimos que no podianre-
« conocerse en él estas dos voluntades, á saber, la de la carne
*y la delespiritu, como las leñemos nosotros despues del pe
scado '.» Por otra parle, ¿qué cosa puede darse mas deci
siva que las palabras siguientes del mismo Honorio, citadas
por san Máximo? «No hay mas que una voluntad en Jesu-
«cristo, pues que sin duda la divinidad se habia revestido de
«nuestra naturaleza, mas no de nuestro pecado, y así todos
«los pensamientos carnales le eran enteramente extraños ó
«imposibles *.»
Si tas cartas de Honorio hubiesen realmente contenido el
veneno del Monotelismo, ¿cómo era posible que Sergio,
que estaba decidido por este partido, uo se hubiese apresu
rado á dar á estos escritos toda la publicidad imaginable?
Sin embargo, no lo hace; antes al contrario oculta las car
tas (ó la carta) de Honorio durante la vida de este Pon tífi-
1 Véase Card. Sardagna Theolog.-dagm.-polem. ia 8.°, 1810,
1. I. Controver. 9, in Append. de Honorio, nura. 303, pag. 293.
* «Quia proferto h diviaitatc assumpta est natura nosira non cul
pa... absque caraalibus voluntatibuá. » (Exlr. de la caria de san Má
ximo ad Marinum Presb.). Véase lac. Syrmondi, Soc. Iesu Prest»,,
Opera varia, ¡d fol. ex tjpographia regia, t. III, Paris 1696, pagi
na 481.
- m ~
ce, él cual vivió aun dos años ; lo que es muy digno de no
tarse. Acaece la muerte de Honorio sucedida en 638, y en
tonces el Patriarca de Constantinopla publica su exposicion
ó Ectkesis, tan famosa en la Historia eclesiástica de aquella
época; aunque (cosa tambien muy notable) sin citar las car
tas de Honorio. En los cuarenta y dos años que siguieron á
la muerte de este Pontífice, nunca hablaron los Monotelitas
de la segunda de estas Cartas: sin duda que no estaba aun he
cha. Pirro mismo, en su famosa disputa con san Máximo, no
se atreve á sostener que Honorio hubiese impuesto silencio so
bre una ó dos operaciones ; y se limita á decir vagamente : que
este Papa habia aprobado el modo de sentir de Sergio sobre una
voluntad única. El emperador Heraclio disculpándose en 641,
con el papa Juan IV, de la parte que habia tomado en el
asunto del Monotelismo , guarda tambien silencio sobre es
tas cartas, igualmente que el emperador Constante II en su
Apología dirigida en 619 al papa Martin, acerca del Tipo,
otra locura imperial de la misma época. ¿Cómo se ha de
imaginar, pues, que estas discusiones, y tantas otras del
mismo género, no hubiesen producido alguna apelacion pú
blica á las decisiones de Honorio, si se hubiesen mirado co
mo infectas de la herejía monotelita?
Si este Pontífice hubiese guardado silencio despues que
Sergio se declaró, sin duda se podria tomar argumento de
este silencio, y mirarle como un comentario culpable desus
cartas; mas si vemos por lo contrario que no cesó, mientras
vivió, de explicarse contra Sergio, de amenazarle y de con
denarle, ¿qué puede inferirse contra él? San Máximo de
Constantinopla es tambien un testigo ilustre sobre este hecho
interesante : «No sé si se debe reir, dice, ó por mejor decir,
«llorar á vista de eslos desdichados ( Sergio y Pirro) que se
«atreven áxilar pretendidas decisiones favorables á la impía
nEclhesis, tratando de contar entre sus secuaces al grande
«Honorio, y cubrirse á los ojos del mundo con la autoridad
«de un hombre eminente en la causa de la Religion... ¿Quién
«ia podido inspirar tanta audacia á estos falsarios? ¿Qué
10*
— 148 -
«hombre piadoso y ortodoxo, qué Obispo, qué Iglesia no les
«ha conjurado á que abandonasen la herejía? Y sobre todo,
« ¡ cuánto no ha hecho para esto el divino Honorio 1 !»
Hé aquí , es preciso confesarlo , un hereje muy singular.
Y el papa san Martin , que murió en 655 , dice en su carta á
Arnaldo de Utrecht : «La Santa Sede no ha cesado de exhor-
«larlos ( á Sergio y Pirro] , de amonestarlos, reprenderlos,
«y de amenazarlos para reducirlos á la verdad que habian
«abandonado '.»
Ahora bien, si consultamos á la cronología, es constante
que esto no podia entenderse sino del papa Honorio, porque
Sergio solamente le sobrevivió dos meses, y despues de la
muerte de Honorio, vacó la silla pontificia por el espacio de
diez y nueve.
Sergio, antes de escribir al Papa, lo habia hecho á Ciro
de Alejandría , diciéndole : «Que por el bien de la paz pare-
« cia útil guardar silencio sobre las dos voluntades, por el pe-
«ligro alternativo , ó de alterar el dogma de las dos natura-
ídezas, suponiendo una sola voluntad, ó de establecer en Je-
«sucristo dos voluntades opvestas, si se profesaban dos volun
tades 3.»
1 «Quae líos fMonothelilas) non rogavit Ecelesia, etc.? Quid au-
»tem et divinis Honorius?» (S. Max. Mari. Epist. ad Petrum il-
lustrem apud Syrm. pag. 489. — Es necesaria mucha precaucion para
leer esta caita, de la cual solo tenemos una traduccion latina hecha
por un griego que no sabia el latin. No solamente la frase latina está
muy embrollada, sino que el traductor se permite ademas inventar
voces para explicarse, cuando no se le ofrecen las propias correspon
dieoles, com», por ejemplo, en esta frase: Nec adversus Apostoli-
'cam Sedem mentiri pigrituti sunt, donde el verbo pigritari está evi
dentemente empleado para suplir por el otro griego 'oxveív, cuyo equi
valente ignoraba el traductor. Probablemente no tenia noticia del verbo
pigror que es latino. Por lo demás piyritor ó pigrilo ha quedado en
la baja latinidad. ( üe lmit. Christi, lib. I, c. 23, num. 8).
2 lo. Domin. Mansi Sac. Concil. nov. et amplis. Collectio: Floreu-
tiae, 1764 , in fol. t. X, pág. 1180.
3 Estas son las mismas palabras de Sergio en su carta á Honorio.
Apud ( Petrum Ballerinum) , De di ac rationa primalus Summorum
Pontificum, ele. : Yeronae, 1766, in 4.°, c. 13, num. 3o, pag. 303.
— 149 —
Mas ¿dónde estará la contradiccion, si no se trataba de
una doble voluntad humana? Parece, pues, evidente que la
cuestion no se habia movido en un principio , sino sobre la
voluntad humana, y que no se trataba sino de saber, si el
Salvador, revistiéndose de nuestra naturaleza , se habia so
metido á esa doble ley, que es !a pena del primer pecado, y
el tormento de nuestra vida.
En materias tan elevadas y tan sutiles, las ideas se locan
y se confunden fácilmente si no se va con mucho cuidado, y
se está muy sobre sí al explicarse. Se pregunta, por ejemplo,
sin ninguna otra explicacion , si hay dos voluntades en Jesu
cristo. Es claro que un católico puede responder que sí ó que
no, sin dejar de ser ortodoxo : que sí, si se miran las dos na
turalezas unidas sin confusion ; y que no, si no se mira mas
que la naturaleza humana , exenta por la union hipostática
de la doble ley que nos degrada : que no, si se trata sola
mente de excluir la doble voluntad humana ; y que sí, si se
quiere confesar las dos naturalezas del Hombre-Dios.
Así es que esta palabra Monotelismo en sí misma no ex
presa una herejía. Es menester explicarse y manifestar cuál
es el sentido de la voz; porque si se refiere á la humanidad
del Salvador, es legítima; mas si se dirige á la persona teán-
drica , se hace heterodoxa.
Reflexionando, pues, sobre las palabras de Sergio, segun
que se acaban de leer, cási se puede asegurar que , aseme
jándose en esto á todos los demás herejes , no partia de un
punto fijo, ni penetraba distintamente sus propias ideas, las
cuales, con ocasion de la disputa, se aclararon y determi
naron despues.
Esta misma confusion de ideas que se observa en el escrito
de Sergio, se halló tambien en la imaginacion del Papa, que
no estaba preparado; y temió por los fieles al percibir, aun
que de un modo confuso, el partido que los griegos iban á
sacar de esta cuestion, para revolver nuevamente la Iglesia.
Por mi parte , sin pretender disculparle del lodo, pues algu
nos grandes teólogos piensan que obró mal usando en esta
~- ISO —
ocasión de una prudencia demasiado política , confieso no
obstante no me admira que hubiese procurado ahogar esta
disputa en la cuna.
Sea lo que quiera, pues que Honorio dijo solemnemente á
cilio
SergioVIengeneral
su segunda
: «Guardaos
carta, que
bienfue
de presentada
publicar que
en yo
el Coa-
haya

«decidido cosa alguna sobre una ó dos voluntades 1 ; » ¿có


mo puede tratarse de error en Honorio , quien nada ha de
cidido ? Parécome que para engañarse , es preciso afir
mar.
Por desgracia su prudencia le engañó mas de lo que él
mismo podia haber imaginado ; y como la cuestion se iba
envenenando á medida que la herejía se desplegaba , se prin
cipió á hablar mal de Honorio y de sus cartas. En fin , cua
renta y dos años despues de su muerte se produjeron en las
sesiones XII y XIII del VI Concilio, y sin otro antecedente
ni defensa previa; Honorio fue anatematizado, á lo menos
segun dicen las actas, tales como han llegado hasta nosotros.
No obstante cuando un tribunal condena á un hombre á muer
te, la práctica es decir por qué. Si Honorio hubiese vivido
en la época del VI Concilio , se le hubiera citado , hubiera
comparecido y expuesto en su favor las razones que emplea
mos
de loshoy,
hombres
y aun han
muchas
suprimido...
otras que¿Pero
la malicia
qué digo?
del tiempo
él mismo
y la -

hubiera ido á presidir el Concilio; y habría dicho á los Obis


pos , que estaban tan deseosos de vengar en un romano Pon
tífice las feas manchas de la Silla patriarcal de Constantino-
pla: «Hermanos míos, Dios sin duda os abandona, pues que
a os atrevéis á juzgar al Jefe y Cabeza de la Iglesia, que esta
«establecido para juzgaros á vosotros. Yo no necesito de vues-
« tra asamblea para condenar el Monotelismo. ¿Qué podréis

1 «Nonnosoportetunamvelduas operaliones pefinientes prac-


«dicare. » (Baller. loco citato, num. 33, pag. 308). Seria inútil hacer
observar el aire griego de estas expresiones traducidas de una traduc
cion. Los originales latinos mas preciosos han perecido, y los griegos
han escrito lo que bao querido.
— 151 —
«decir que yo no haya dicho? Mis decisiones bastan á la Iglc-
«sia. Me retiro, y queda disuelto el Concilio.»
Honorio, como ya se ha visto, no cesó hasta su último
aliento de profesar, enseñar y defender la verdad ; de exhor
tar, amenazar'y reprender á estos mismos Monotelitas, cu
yas doctrinas se quisiera hacernos creer que habia abrazado.
Él mismo en su segunda carta expresa de tal manera el dog
ma, que arrancó la aprobacion de Bossuet *. Honorio, en fin,
murió en posesion de su silla y de su dignidad, sin que des
pues de su malhadada correspondencia con Sergio escribiese
una línea, ni hubiese proferido una palabra que la historia
haya señalado como sospechosa. Sus cenizas reposan tran
quilamente, y con honor, en el Vaticano; sus retratos con
tinuaron brillando 'en la Iglesia, y su nombre leyéndose en
los dípticos sagrados. Un santo Mártir lo llamó poco despues
de su muerta hombre divino; y en el VIII Concilio general,
celebrado en Constantinopla , los Padres, es decir, parte del
Oriente entero, presidido por el Patriarca de Constanlinopla,
profesaron solemnemente : «Que no era permitido olvidar las
«promesas hechas á Pedro por el Salvador, y cuya verdad
«estaba confirmada por la experiencia, pues que la fe cató-
«lica habia subsistido siempre sin mancha, y la pura doctri-
«na habia sido invariablemente enseñada por la Silla apos-
« tólica *. »
Despues del asunto de Honorio, y en todas las demás oca
siones posibles, aunque la citada es la mas notable, nunca
han dejado los Papas de atribuirse esta alabanza , y de reci
birla de los demás; en vista de lo cual confieso que no pue
do comprender la condenacion de Honorio. Si algunos Pa-

1 ii Honorü verba ortodoxa maxime videri. » (Lib. VII alias XII


Beféns. c. 22).
* n Haec quae dicta sunt rerum probantur cflectibus, quia in Sede
Apostolica est semper Catholica servata Religio et sanete celebrata
doctrina.» (Act. I Si/nJ. Vid. Nat. Alexand. Dissertatio de Photia-
no ¡chísmate et VIII Syn. C. P. in Thesauro iheologico. Venetiis,
1762 in 4.°, t. II, §13,pag. 687.
— 1S2 —
pas sucesores suyos, como por ejemplo Leon II , han pare
cido no pronunciarse contra los helenismos de Constantino-
pla, debe alabarse su buena fe, su modestia, y sobre todo
su prudencia ; pero todo cuanto han podido decir en este sen
tido, nada tiene de dogmático, y los hechos quedan tales co
mo son.
Todo bien considerado, la justificacion de Honorio me em
baraza menos que cualquiera otra; pero no quiero levantar
polvareda, y exponerme al riesgo de que no se vea el ca
mino.
Si los Papas hubiesen dado frecuentemente motivo de ser
motejados por decisiones aventuradas, no me admiraría el
oir tratar la cuestion en pro y en contra ; y aun aprobaría
que en caso de duda nos resolviésemos por la negativa, por
que los argumentos dudosos no se han hecho para nosotros.
Mas como en el discurso de diez y ocho siglos los Papas no
han cesado de pronunciar sobre toda especie de cuestiones,
con una prudencia y un acierto que verdaderamente puede
decirse milagroso, en cuanto sus decisiones invariablemente
se han manifestado independientes del carácter moral y de
las pasiones del oráculo, que es un hombre , no puede admi
tirse contra los Papas un corto número de hechos equívocos,
sin violar las leyes de la probabilidad , que son sin embargo
las reinas del mundo.
Cuando un cierto poder ó autoridad , de cualquier clase
que sea , ha obrado siempre de un mismo modo, aunque se
presente un corto número de casos en que aparezca que ha
v iolado su ley , no se deben admitir anomalías , antes de ha
ber procurado ajustar estos fenómenos á la regla general ; y
cuando no hubiese medio de aclarar perfectamente el proble
ma, no debería sacarse mas consecuencia que la de nuestra
ignorancia.
Es, pues, indecoroso, é indigno verdaderamente de un
católico, aunque sea hombre de mundo, el escribir contra
este magnífico y divino privilegio de la Cátedra de san Pe
dro ; pero el eclesiástico que se permitiese semejante abuso
— 153 —
del talento y de la erudicion, está ciego, y aun si mucho no
me equivoco, diriamos que degradaba su carácter. Cualquie
ra, en fin , sin distincion de estados ni condiciones, que va
cilase sobre este punio, debería siempre por lo menos reco
nocer la verdad de hecho, y convenir en que el Sumo Pontí
fice nunca se ha engañado , deberia aun mas, propender de
lodo corazon hacia esta creencia , en vez de descender hasta
las sofisterias tan censuradas de las escuelas para contrade
cirla. Ciertamente al leer á algunos escritores de esta espe
cie , se diria que defendian uu derecho personal contra un
usurpador extranjero, cuando solo se trata de un privilegio
igualmente plausible que favorable á lodos, y de un inesti
mable don hecho no menos al Padre comuu que á la fami
lia universal.
En medio de todo esto , aun no hemos tocado la grande
cuestion de la falsificacion de las actas del VI Concilio, que
algunos autores respetables no obstante han mirado como
probada. Pero habiendo dicho lo bastante para satisfacer á
lodo hombre recto y equitativo, no me creo en obligacion de
decirlo todo; añadiré solamente algunas reflexiones, que no
creo del todo inútiles, sobre las escrituras antiguas y mo
dernas.
Entre los numerosos y profundos misterios de la palabra,
se puede distinguir el de una correspondencia inexplicable
entre cada lengua , y los caractéres destinados á represen
tarla por la escritura; y esta analogía es tal , que la menor
mutacion en el estilo de una lengua, se anuncia desde luego
por una variacion en la escritura, aunque la razon no llegue
á sentir la necesidad de esta mudanza. Examinemos en par
ticular nuestra lengua *. La forma de letra de Amyol se di
ferencia tanto de la de Fenelon, como el estilo de estos dos
escritores. Cada siglo se conoce por su escritura, porque las
lenguas van mudando ; mas en llegando á fijarse , la escri
tura se fija tambien. La del siglo XVII , por ejemplo, es aun
* Entiende la francesa ; porque el autor, aunque no era de nacion
francés, en su país se usaba de esta lengua.
— 134 —
la del nuestro, salvo algunas pequeñas variaciones, cuyas
causas no son siempre perceptibles ; y así es que habiéndose
dejado arrastrar la Francia en el último siglo del espíritu in
glés, á primera vista se echan de ver y pueden reconocerse
en la escritura ó forma de letra de los franceses muchas for
mas inglesas.
Esta correspondencia misteriosa entre las lenguas y los sig
nos de la escritura es tal, que si una lengua es confusa, lo
será tambien su escritura, y si la lengua es vaga, embara
zosa, y de una sintaxis difícil, tambien carecerá la escritura
proporcionalmente de claridad y de elegancia. .
Sin embargo, esto solo debe entenderse de la letra de ma
no ó cursiva, pues la de las inscripciones siempre ha estado
exenta de la arbitrariedad y mudanzas, por cuya razon no
tiene carácter que sea relativo á la persona que usa de ella,
y puede decirse que vienen á ser unas figuras de geometría
que no pueden contrahacerse , pues son las mismas para to
do el mundo.
Los autores de la traduccion del Nuevo Testamento, lla
mada de Mons, observan en su advertencia preliminar , que
«las lenguas modernas son infinitamente mas claras y mas
«determinadas que las antiguas » Es incontestable. No ha
blo de las lenguas orientales, que son unos verdaderos enig
mas; pero el griego y aun el Iatin justifican la verdad de esta
observacion.
Por una consecuencia necesaria , la escritura ó forma do
letra moderna será, pues , mas clara y mas determinada que la
antigua. No digo con esto que antiguamente cada uno no tu
cho
viesemenos
su carácter
determinado,
de letra propio
y menos
particular
exclusivo
s, sino
que que
en nuestros
eramu-

dias ; y se asemejaba mas al estilo ó formas lapidarias , que


no varian y por lo mismo se prestan á toda clase de falsifi
cacion. De suerte que lo que llamamos el carácter de letra ,
1 Se halla en Mons y en Ruan, 1673, in 8.' advert. pág. 3.
3 Siynum requirent aut manum : dices iis me propter custodias
ea vitasse. (Cicer. ad Allio. XI, 2).
— 1S5 —
ese no sé qué que distingue Jas letras como las fisonomías,
es menos notable en la antigüedad que entre nosotros. Un
antiguo que recibia una carta de un amigo suyo, no podia
saber de quién era por la sola inspeccion de la letra, y de
ahí vino la importancia del sello , que se apreciaba mas que
la firma ', ó sea el nombre, que por otra parte los antiguos
nunca lo ponían al fin de las cartas. El latino que decia, yo
he firmado esta carta, quería decir que habia puesto en ella
su sello; expresion que entre nosotros significa que hemos
puesto en ella nuestro nombre , de donde resulla la autenti
cidad s.
De esta superioridad del sello sobre la firma nació el uso,
que nos parece hoy tan extraordinario, de escribir cartas en
nombre de una persona ausente que lo ignoraba. Bastaba
tener el sello de esta persona que por amistad se confiaba fá
cilmente, y Ciceron nos ofrece muchos ejemplos de este gé
nero 3. El mismo añade frecuentemente en sus cartas á Álti-
co : Esto es de mi mano *, lo cual supone que su mejor ami
go podia dudar de ello. En otra ocasion dice á este mismo
1 Nosce signum. (Plaut. Bacch. IV, 6, 19 ; IV , 9 , 62). El perso
naje teatral no dice : Reconoced la firma, sino reconoced la nema 6
el sello.
4 La lengua francesa tan notable por la admirable propiedad de las
espresiones, ha formado la palabra cachet, sello, derivada del verbo
cacber, sellar, cerrar, cubrir ó tapar , porque el selloen Francia solo
está destinado para cerrar ó cubrir el contenido de una carta , y no
para autenticarla ; y cuando se une á la firma para completar la au
tenticidad (lo que nunca se verifica en unas cartas simples) no se llama
cachet, sello, el cual por sí solo no basta jamás para la autenticidad.
* Para mas clara inteligencia de esto, debe observarse que los franceses
usan de la voz cachet para significar el sello con que se cierran las
cartas : de scel para expresar el sello de la cancillería ; y de la voz
sceau para denotar en general el que se pone en los despachos del
príncipe, y otros señores y cuerpos públicos para autorizarlos.
3 «Tu vellim , et Basilio, et quibus practerea videbitur, etiam Ser-
vilio conscribas, ut tibí videbitur meo nomine.» (Ad Attic. XI, 3;
"Sil, 19). «Quod litteras quibus putas opus esse curas dandas, facis
commodc.» (Item, XI, 8, 12, etc.).
4 «Hoc mano mea.» (XIII, 28, etc.).
— 156 —
amigo : Creo reconocer en vuestra carta la mano de Alexis 1 ; y
Brulo escribiendo desde el campo militar de Yerceil á Cice
ron, le dice : «Leed antes el despacho adjunto que dirijo al
«Senado, y haced en él las variaciones que os parezcan con
tenientes \ » En nuestras ideas es muy original ver que un
general en campaña encargue de este modo á un amigo su
yo que altere ó corrija un despacho oficial que dirige á su
soberano. Mas no miremos en esto sino la posibilidad mate
rial de ello.
El mismo Ciceron habiendo abierto honradamente una car
ta de su hermano Quinto, donde creia hallar grandes y fu
nestos secretos , la hizo entregar á su amigo diciéndole : «En-
«viadla á su direccion , si lo juzgais á propósito. Va abierta;
«pero no importa, no hay mal en ello: vuestra hermana Pom-
«ponia (la mujer de Quinto) debe tener sin duda el sello de
«su marido *. »
Nada dirémos sobre la moral de esta amable familia. Aten
gámonos al simple hecho. Segun se ve, no se trataba ni de
la letra ni de la firma; y esta chocante infidelidad (quenada
importaba, y en quenada había de malo), se ejecutaba sin di
ficultad con aplicar nuevamente á la carta el sello.
Por lo demás este signo era de tal importancia, que el for
jador de un sello falso era castigado por la ley Cornelia , acer
ca de los falsos testamentarios, como si hubiese contrahecho
ó fingido una firma * ; y justamente, porque de solo el sello
resultaba la autenticidad.

1 «In tuis quoque cpistolis Alexin videor cognoscere. » (XVI, 16").


Alexis era liberto, y secretario de coafianza de Átlico, y Ciceron co
nocía tan bien la letra de uno como la del otro.
* «Ad Senatum quas litteras misi velim prius perlegas, et si quae
tibi videbuntur commutes. » (Brutus Ciceroni. Fam. XI, 19).
3 «Quas litteras si putabis illi ipsi ulile essc reddi, reddes ; nihil
me lacdet; nam quod resignatae sunt, babet, opinor, eius signum,
Pomponia.» {Ad Aític. XI , 9).
4 Leg. 30, üig. de lege Cornal. De Fals. Por esta voz sello falso
(signum adulterinum) debe entenderse todo sello grabado por quien
no tenia derecho de servirse de él, y con la mira de cometer algun
— 157 —
San Pablo, que se valia de amanuense para escribir sus
cartas canónicas, anadia sin embargo algunas líneas de su
mano, y jamás dejaba de advertirlo, expresando, comosolia
hacerlo Ciceron : Esto es de mi mano, no obstante que escri
bía á personas de quienes era muy conocido, y con las cua
les habia vivido. Aun escribiendo á su amigo Filemon la
mas tierna é interesante recomendacion que jamás se ha es
crito, usa de esta fórmula * ; y ciertamente no puede dudar
se que Filemon conocería bien la letra de su santo amigo,
cuanto era posible conocerse.
La segunda caria á los tesalonicenses presenta un testimo
nio aun mas curioso y singular, que los traductores france
ses vierten así : «Yo os saludo aquí de mi propia mano, yo
«Pablo, este es mi signo ó firma en todas mis cartas : así es
«como suscribo ';» pero esta traduccion es inexactísima. Es
pecialmente la palabra signo ó firma no es tolerable; pues
hace creer al lector que san Pablo firmaba como lo hacemos
nosotros, es decir, poniendo su nombre al fin de sus cartas;
lo cual no es cierto.
Sin detenerme demasiado sobre estas minuciosidades gra
maticales, el pensamiento de san Pablo me parece ser este:
«La salutacion que sigue está escrita de mi mano, de mi mis-
« ma mano, de Pablo; y en esto conoceréis todas mis cartas,
«pues así las concluyo siempre. » En seguida san Pablo pone
de su mano y pluma esta fórmula con que termina todas sus

fraude : de manera que el grabador en la antigüedad estaba cási su


jeto á las mismas precauciones que debe tomar hoy un cerrajero, á
quien una persona desconocida manda hacer una llave. De no enten
derlo así, uo concibo qué signifique un sello contrahecho : ¿puede
acaso hacerse sin contrahacerlo?
1 Ego Paulus scripsi mea manu. (Philem. xix).
■ Salutatio mea rnanu Pauli, quod est signum in omni epístola.
(II Thes. ni, 17). ¿Cómo se ha podido tomar esta palabna signum por
la firma ó posicion de un nombre, cuando evidentemente se refiere á
toda la salutacion, la cual se da aquí ella misma por el signo, señal,
contraseña ú fórmula característica? * En este mismo sentido explica
este pasaje Coraelio Alápide.
— 1S8 —
cartas : La gracia de Nuestro Señor Jesucristo sea con todos
vosotros : del mismo modo que cuando nosotros nos valemos
de otro para escribir una carta, solemos poner de nuestra
mano y letra el cumplimiento.
Así, pues, vemos claramente , que la autenticidad se re
conocía mas por el signo ó por el sello, que no por el carác
ter de la letra, que era muy equívoco en aquellos tiempos;
y esto en términos que las leyes romanas rehusaban aceptar
un escrito autógrafo , como instrumento apto de compulsa,
para la verificacion de una escritura, á menos que no cons
tase su autenticidad por la deposicion de testigos que hubie
sen presenciado la redaccion '.
' Esta indeterminacion y variabilidad que reinaba en la for
ma de letra ó signos cursivos , y la falla de moral y de deli
cadeza al respeto debido á las escrituras, producía una in
mensa facilidad , y de consiguiente una inmensa tentacion de
falsificarlas; facilidad que llegaba á su colmo por la materia
misma sobre que se escribia ; porque si se hacia sobre tablillas
cubiertas de cera, no era menester mas que volver el punzon *
para borrar, mudar, ó sustituir impunemente lo que se que
ría: si se escribia sobre piel fin- membranisj aun era peor,
por ser mucho mas fácil raspar ó borrarlo. Nada hay mas
conocido de los anticuarios, que aquellas desvcnturadas/Ja/rá-
sestes* que aun hoy nos contristan, haciéndonos ver obras
maestras de la antigüedad, destruidas ó borradas, para co
locar en su lugar leyendas ó cuentos de familia.

1 «Compsrationes litterarum ex chirographis fieri et alus instru


menté, quac non sunt publice confecta satis abundeque occasioneM
•riminis falsitaiis rlare, et ¡n iudreiis et in contractibns manifestum
est. Ideouue saueiemus, etc.» (Leg. 20 Cod. lustin. De fide instru-
mentorum). Puede consultarse tambien la lYovela lLrc. 2.
5 «Sacpe stylum vertas,» ( Hor.) * De ahí la frase comun : tty-
lum vertere, por corregir lo que se escribe ; literalmente : volver el
titilo, que siendo puntiagudo para escribir, era pteno por la parte d«
arriba para borrar.
* Cierta especie de tablillas, vitelas ó pergaminos dispuesta para
apuntar y escribir en ellos, y borrar lo que parecía , y volter á escribir.
— 159 —
La imprenta ha hecho absolutamente imposible en nues
tros dias la falsificacion de las actas importantes, que inte
resan á los Soberanos y á las naciones ; y aun en cuanto á las
de los particulares, la habilidad de un falsario se reduce á
alterar, suprimir ó interponer una línea, y á veces una pa
labra. La mano mas hábil , ó mas culpable, se halla parali
zada por el género de nuestra escritura, y aun mas por nues
tro admirable papel , don especial de la Providencia , que por
un conjunto extraordinario reune la duracion á la fragilidad ;
que se empapa de los pensamientos humanos , no permite
que se alteren sin dejar pruebas de ello, y no los deja esca
par sino pereciendo.
Un testamento, un codicilo, un contrato cualquiera falsifi
cado enteramente, es hoy un fenómeno que acaso no habrá
visto en toda su vida un anciano magistrado; cuando entre
los antiguos este era un crimen vulgar, como puede verse
con solo recorrer en el código de Justiniano el título De Fal-
sis '.
De todas estas causas reunidas resulta , que siempre que
hay sospecha de ser falso algun monumento de la antigüe
dad , ya sea en todo, ó en parte , no debe despreciarse nunca
esta sospecha; y que si alguna pasion violenta de venganza,
de odio, de orgullo nacional, etc., se halla debidamente no
tada ó convencida de haber tenido interés en la falsificacion,
la sospecha se convierte en certidumbre.
Si algun lector curioso quisiera pesar las dudas que |han
presentado algunos escritores acerca de la alteracion de las
actas del VI Concilio general , y sobre las cartas de Hono
rio, creo no haria mal en tener presentes las reflexiones que
acabo de recordarle. Yo por mí no tengo tiempo para entre
garme al examen de esta cuestion supérllua.

1 Be lege Corn. De Falsis. Lib. IX , Cod. tit. 22.


— 160 —

CAPÍTULO XVI.

SATISFÁCESE Á ALGUNAS OBJECIONES.

En vano se recurriria á gritar ¡ despotismo ! El despotis


mo y la monarquía moderada ¿son acaso una misma cosa?
Prescindamos, si se quiere, del dogma, y no consideremos
el punto sino políticamente. Bajo este punto de vista, el Pa
pa no pretende para sí otra infalibilidad que la que se atri
buye á todos los Soberanos. Yo, quisiera saber ¿qué obje
ciones habria podido sugerirle su gran talento á Bossuet
contra la supremacía absoluta del Papa , que no hubiesen
podido convertir al momento los genios mas limitados contra
Luis XIV*?
«Ningun pretexto, ni razon alguna, dice, puede autorizar
«las rebeliones. Es menester reverenciar en todos los Prin-
« cipes, tales como sean , el orden del cielo y el carácter del
«Todopoderoso; pues los mas felices tiempos de la Iglesia
«nos le hacen ver como sagrado é inviolable, aun en los
«Príncipes perseguidores del Evangelio... En estas crueles
«persecuciones que la Iglesia sufre sin murmurar, durante
« tantos siglos combatiendo por Jesucristo, me atreveré á de-
«cir que no combale menos por la autoridad de los Princi-
«pes que la persiguen... ¿No es combatir por la autoridad le-
«gitima sufrirlo todo sin murmurar '?»
* Gregoire en su Essai hislorique sur les libertés de l'Église galli-
cane (pág. 433 y sig.) , ha deducido y formado en palabras idénticas
sobre los cuatro famosos artículos de 1682 acerca de los derechos de
los subditos en la Iglesia, otros cuatro sobre los derechos de los sub
ditos en el Estado. Si se los hubieran presentado á Luis XIV, ¿có
mo los hubiera recibido? Se habria estado en ocasion de insinuarle al
oido aquel consejo del viejo Tobías : Quod ab alio oderis fieri tibi,
vide ne tu aliquando alteri (acias.
1 Sermon sobre la unidad, punto 1.° — Platon y Ciceron , que uno
— 161 -
¡ Complelísimamente ! Sobre todo la última cláusula es ad
mirable. Mas ¿por qué este grande hombre rehusaria apli
car á la monarquía divina las mismas máximas que decla
raba sagradas é inviolables en la monarquía temporal? Si al
guno hubiese querido poner límites al poder del Rey de Fran
cia, citar contra él algunas leyes antiguas, declarar que se
le queria obedecer sí , pero que se exigía solamente que go
bernase segun las leyes, ¿qué exclamaciones de sorpresa no
hubiera hecho entonces el autor de la Política sagrada? «El
«Principe, dice en esta obra, no debe dar cuenta anadie de
«lo que manda. Sin esta autoridad absoluta, ni puede obrar
«el bien, ni reprimir el mal: es preciso que su poder sea tal,
«que nadie pueda tener esperanza de resistirle... Cuando el.
«Principe ha juzgado, ya no hay mas juicio. Esto es lo que
«hizo decir al Eclesiástico : No juzgueis contra el juez, y con
«mas fuerte razon contra el Juez soberano que es el Rey ;y
«la razon que para ello da es, porque él juzga segun lajusti-
«cia. No porque siempre juzgue así, sino porque así se cree
«y considera; y porque nadie tiene derecho de juzgar sus
«juicios. Es preciso, pues, obedecer á los Principes, comoá
«la misma justicia, sin lo cual ni habria orden, ni tendrian
«fin los negocios... Solo el Principe puede rectificar lo que
«conozca que ha hecho mal; pero contra su autoridad no
«puede hallarse otro remedio que su autoridad misma '. »
Por ahora nada contestaré á este ilustre autor; solamente
le pediré que juzgue segun las leyes que él mismo ha esta
blecido ; pues no creo sea faltarle al respeto debido reprodu
cirle sus mismos pensamientos.
La obligacion impuesta al Sumo Pontífice de no juzgar si-
j otro escribían eD una república , establecen como máxima incontes
table, que si no se puede persuadir al Soberano, no hay derechopara
forzarle. La máxima es de todos los Gobiernos, con solo mudar el
nombre. «Tantum contende in monarchia quantum Principi tuo prae-
«bere potes. Cum persuaden Princeps nequit, cogí fas csse non arbi-
«tror. » (Cic. ad fam. 1 , 9).
1 Política sacada de la Escritura; en 4." : París , 1709 , pág. 118
y 120.
11 TOMO I.
— 162 —
no segun los cánones, si se considera como condicion de la
obediencia, es una puerilidad hecha para divertir á los ni
ños ó para calmar á los rebeldes. No pudiendo haber juicio
sin juez, ¿quién será el del Papa en caso que deba ser juz
gado? ¿quién nos dirá que ha juzgado contra los cánones? Y
¿quién podrá obíigaüe á que los siga? ¿La misma Iglesia al
parecer descontenta, ó los tribunales civiles, ó en fin el So
berano temporal? Vednos aquí precipitados en un instante
en la anarquía, en la confusion de poderes y en todo género
de absurdos.
El excelente autor de la Historia de Fenelon nos enseña en
el panegírico de Bossuet, y con las palabras de este mismo
grande hombre, que «segun las máximas galicanas, un jui-
«cio del Papa, en materias de fe, no puede publicarse en
«Francia sino despues de una aceptacion solemne, hecha en
«forma canónica y enteramente libre por los Arzobispos y
a Obispos del reino 1 . »
¡ Cada vez nuevos enigmas! ¡ Cómo ! ¿una bula dogmáti
ca no publicada en Francia no tiene ya allí autoridad? ¿Se
podría sostener allí con seguridad de conciencia una propo
sicion declarada herética por una decision dogmática del
Papa , confirmada por el consentimiento de toda la Iglesia?
¿Por ventura solamente los Obispos franceses son los órga
nos necesarios que deben hacer conocer á los fieles la deci
sion del Sumo Pontífice , ó bien tienen ellos el derecho de
desechar la decision , si no llegan á aprobarla? Y ¿con qué
derecho la Iglesia de Francia, que solo es, y no debe ja
más olvidarse, ni se repetirá bastantemente, una provincia
de la monarquía católica, puede tener, en materias de fe,
otras máximas, ni otros privilegios que el resto de las igle
sias?
Estas cuestiones son dignas de aclararse, y en casos de es
ta naturaleza la franqueza es un deber. Se trata de dogmas,
• Historia de Bossuet, t. III, lib. X, núm. 21, pág. 340 : París,
Lebel, 1815, cuatro volúmenes en 8.° Las palabras que van entreco
madas son literales del mismo Bossuet.
— 163 —
se trata de la constitucion esencial de la Iglesia, y se nos
presentan con un tono de oráculo ( hablo de Bossuet ) máxi
mas hechas evidentemente para encubrir las dificultades, tur
bar las conciencias delicadas , y para alentar á los malinten
cionados.
Fenelon era mas sencillo cuando decia, y en su propia
oausa : « Habló el Soberano Pontífice ; toda discusion está
«prohibida á los Obispos, los cuales deben reconocer y acep-
«tar el decreto pura y simplemente '.»
guaje
Así unánime
se explicadelatodos
razonnuestros
católicadoctores
, y tal essinceros,
tambien yel cuyo
lea-

ánimo no está prevenido. Pero cuando uno de los mas gran


des hombres que han ilustrado la Iglesia proclama esta má
xima fundamental en una ocasion tan terrible para el, orgu
llo humano, que tenia tantos medios de defenderse, este es
un espectáculo de los mas magníficos, mas grandiosos y mas
consoladores que ha dado jamás la intrépida sabiduría á la
debilidad humana.
Fenelon conocía muy bien que no podia erguir su cabeza
ni levantar su frente, sin destruir el único principio de la
unidad ; y esta sumision refuta mejor que nuestros razona
mientos todos los sofismas del orgullo, aunque se empleen los
nombres mas ilustres para sostenerlos.
No ha nada vimos * á los centuriadores de Magdeburgo
defender preventivamente al Papa contra Bossuet ; escuche
mos ahora al compilador medio protestante de las libertades
de la Iglesia galicana, refular tambien de antemano las pre
tendidas máximas destructoras de la unidad.
«Las máximas particulares de las iglesias, dice Pithou,
1 «Habiendo juzgado el Papa esta causa (la de su libro Máximas
«de los Santos), decia Feuelon en su sínodo provincial de 1699, los
«Obispos de la provincia, aunque jueces naturales de la doctrina , no
«pueden en el presente sínodo, y en las circunstancias de este caso
«particular, formar otro juicio que el de simple adhesion al de la San-
«ta Sede, y de aceptacion de su constitucion. » (Memorias del Clero,
t. I,pág.461).
* Capítulo XV.
11*
— 161 —
ano pueden lener lugar sino en el curso ordinario de las co-
« sas : el Papa es algunas veces superior á estas reglas , en el
oonocimiento y el juicio de las causas mayores que concier-
«nen á la fe y á la Religion »
Fleury, que puede mirarse como una persona intermedia
entre Pithou y Belarmino, habla enteramente del mismo mo
do: «Cuando se trata, dice , de hacer observar los cánones
«y de mantener las reglas, el poder de los Papas es supre-
«mo y se eleva sobre todo *. » Venir pues ahora á citarnos las
máximas de una Iglesia particular acerca de una decision
suprema , pronunciada en materia de fe, es burlarse del sen
tido comun.
Lo mas gracioso es que mientras los Obispos se arrogarian
el derecho de examinar libremente una decision de Roma , los
magistrados por su parte sostendrian la necesidad prévia del
Pase real ó Regium exequatur, oidos los fiscales: de modo que
el Sumo Pontífice seria juzgado no solo por sus inferiores,
cuyas decisiones tiene derecho de anular, sino tambien por
la autoridad civil , de la cual dependeria tener suspensa la
fe de los fieles todo el tiempo que juzgase conveniente.
Terminemos , en fin , esta parte de nuestras observaciones s
con una nueva cita de un teólogo francés , cuya exactitud y
sabiduria no puede menos de hacer una impresion general.
«Es una contradiccion aparente y nada mas la que hay
« entre decir que el Papa es superior á los cánones, ó que está,
«sujeto á ellos , que es árbitro de ellos, ó que no lo es. Los

* Pedro Pithou, art. xlvi de su redaccion. Este escritor era pro


testante, y no se convirtió hasta despues de la matanza de san Bar
tolomé.
* Fleury, Discurto sobre las libertades de la Iglesia galicana,
Nuevos opúsculos, pág. 34.
' Si alguna vez no descendemos á todos los pormenores que podría
exigir una critica severa y minuciosa, cualquier lector prudente cono
cerá sin duda que como no escribimos exclusivamente sobre la infali
bilidad, sino sobre el Papa en general, hemos debido observar cierta
medida sobre cada objeto particular, y atenernos únicamente á estos
puntos luminosos que deben atraer á todo espíritu recto.
— 165 —
«que lo hacen superior á los cánones y árbitro de ellos, pre
benden solamente que puede dispensarlos ; y los que le nie-
« gan esta superioridad , únicamente quieren decir , que no
«puede dispensarlos sino para la utilidad y en las necesidades
« de la Iglesia '. »
No sé ciertamente qué es lo que el sentido comun podría
añadir ó quitar á esta doctrina igualmente contraria al des
potismo que á la anarquía.
1 Tomasino, Disciplina de la Iglesia, t. V , pág. 29o. « Además,
«añade sábiamente el mismo, nada es mas conforme á los cánones
«que la reforma de ellos, cuando se hace por un mayor bien del que
«resultaría de su misma observancia.» (Lib. II, c. .68, núm. 6). —
No se puede pensar ni hablar con mas acierto.
- 166 -

CAPÍTULO XVII.

DE LA INFALIBILIDAD EN EL SISTEMA FILOSÓFICO.

Todas las reflexiones hechas hasta al presente van diri


gidas á los católicos sistemáticos , de que hay tantos en este
momento, y que tarde ó temprano llegarán, segun espero,
á producir una opinion invencible. Ahora me dirijo á esa
multitud, demasiado numerosa por desgracia, de los enemi
gos é indiferentes , y sobre todo á los políticos que se en
cuentran entre ellos : « ¿ Qué quereis , les diré , ó qué pre
bendeis? ¿Os persuadís que los pueblos pueden vivir sin
«religion? ¿No comenzais á comprender que es preciso ha-
«ya una? Y la cristiana, tanto por su valor intrínseco, co
limo por estar en posesion, ¿no os parece preferible á cual-
« quiera otra ? Los ensayos hechos en esta parte, ¿ os han con-
« tentado ? ¿ Ó acaso los doce Apóstoles os han agradado me-
«nos que los Teofilántropos ó los Martinistas? El sermon de la
« Montaña ¿no os parece un código razonable de moral? Y si
«el pueblo entero llegase á arreglar sus costumbres por aquel
«modelo, ¿estaríais contentos? Creo oiros responder que sí.
« Ahora bien , pues que solo se trata de conservar esta Reli-
«gion que preferís, ¿cómo podeis tener, no digo la imperi-
«cia, sino aun la crueldad de hacer de ella una democracia,
«y poner este precioso depósito en las manos del pueblo? Si
«haceis tan poco aprecio de la parte dogmática de esta Reli-
« gion , ¿ por qué extraña contradiccion quisiérais agitar el
«universo entero por una bagatela escolástica, ó como vos
otros decís, por una despreciable disputa de palabras? ¿Es
«este el modo de conducir á los hombres? ¿Quereis llamar ó
«reunir al Obispo de Quebec y al de Luzon *, para interpre-
* Uno del Canadá eu la América septentrional, y otro de una ciu
dad de Francia.
— 167 —
« lar una línea del Catecismo ? Que los fieles puedan dispu-
«tar sobre la infalibilidad, lo entendemos, pues que lo ve-
«mos; pero que un estadista, un político dispute igualmen
« te sobre este gran privilegio, es lo que jamás podrémos
«concebir. Si se cree en el país de la opinion, ¿cómo no
«procura fijarla? ¿Cómo no busca el medio mas expedito pa-
«ra impedirla que divague? Nada mas natural que congre-
«gar todos los Obispos del universo para determinar una
«verdad divina y necesaria á la salvacion, si este medio es
«indispensable; porque para elevarnos á un objeto tan su-
«blime, ningun esfuerzo, ninguna pena ni embarazo se de-
«beria perdonar ; mas si se trata solamente de establecer una
«opinion en lugar de otra, aun el pagar los gastos del cor-
«reo de un solo infalible, seria una locura. Para economizar
«las dos cosas mas preciosas que hay en el universo, que son
«el tiempo y el dinero, lo que debeis hacer es escribir luego
«á Roma para obtener una decision legal que declare la duda
«.ilegal. Con esto tendréis bastante, pues la política nada mas
«pide.»
— 168 —

CAPÍTULO XVIII.

NO IIAY PELIGRO ALGUNO EN RECONOCER LA SUPREMACÍA.

Si se leen los libros de los Protestantes , se verá en ellos


representada la infalibilidad como un despotismo horroroso,
que encadena el espíritu humano, lo abate, lo priva de sus
facultades, le manda creer y le prohibe pensar. La preocu
pacion contra este vano fantasma ha llegado hasta el punto
de hacer sostener sériamente á Locke «que los Católicos
« creen la presencia real sobre la fe de la infalibilidad del
« Papa 1 . »
La Francia ha aumentado no poco este mal , haciéndose
en gran parte cómplice de sus extravagancias: los pondera
tivos alemanes tambien han contribuido á ello, y en fin , se
ha formado de esta parte de los Alpes, con respecto á' Roma,
una opinion tan fuerte, aunque muy falsa, que no es poca
empresa la de hacer solamente comprender á los hombres
de qué se trata.
Esta formidable jurisdiccion del Papa sobre los espíritus
no excede los límites del Símbolo de los Apóstoles : el círcu
lo, como se ve, no es inmenso , y el espíritu humano tiene
bastante campo para ejercitarse fuera de este perimetro sa
grado.
Por lo que hace á la disciplina , esta puede ser general ó
1 «Si la idea de la infalibilidad, y la de una cierta persona, llegan
«á unirse inseparablemente en el espíritu de algunos hombres, los
«veréis al instante tragarse el dogma de la presencia simultánea de
«un mismo cuerpo en dos distintos lugares, sin mas autoridad que la
«de la persona infalible que les manda creer sin examen.» (Locke,
sobre el entend. hutn. c. 33, § 17). Debe advertirse que este pasaje
solo se halla en el texto inglés ; pues Coste , aunque era protestante,
teniendo esta cláusula por demasiado fuerte, no quiso traducirla al
, francés.
— 169 —
local. La primera no es muy extensa , porque hay muy po
cos puntos absolutamente generales , que no puedan sufrir
alteracion , sin que por eso se halle comprometida la esen
cia de la Religion. La segunda depende de las circunstan
cias particulares, de las localidades, de los privilegios, etc.;
bien que sobre uno y otro punto la Santa Sede ha dado siem
pre pruebas de la mayor condescendencia en favor de todas
las iglesias ; y aun muchas veces , y aun casi siempre , ha
prevenido sus necesidades y sus deseos. Y á la verdad , ¿qué
interés podia tener el Papa en disgustar inútilmente á las na
ciones reunidas en su comunion?
Hay además en el genio occidental no sé qué razon exqui
sita ó qué tacto delicado y seguro, que siempre va á la esen
cia de las cosas , cuidando poco de todo lo demás , lo cual se
ve particularmente en los ritos ó prácticas religiosas , sobre
las cuales siempre ha manifestado la Iglesia romana toda la
condescendencia imaginable. Por ejemplo, quiso Dios unir
la grande obra de la regeneracion humana al signo sensi
ble del agua por razones no arbitrarias , sino al contrario muy
profundas y muy dignas de ser investigadas. Nosotros pro
fesamos este dogma como todos los Cristianos ; pero consi
deramos que tan agua es , y que efectivamente hay agua en
una vinajera , como la hay en todo el mar Pacífico ; y que
todo se reduce al contacto mútuo del agua con el hombre,
acompañado con ciertas palabras sacramentales. Otros cris
tianos pretenden «que para este rito es indispensable al me-
«nos un depósito de agua , y que si el hombre entra en ella,
«queda ciertamente bautizado; pero que si el agua cae so-
abre el hombre, el efecto es muy dudoso. » Pudiera decírse
les oportunísimamente lo que aquel sacerdote egipcio les
decia ha mas de veinte y cinco siglos : Sois unos niños. Por
lo demás ellos son árbitros de hacerlo; nadie les inquieta, y
si quisieran aun un rio entero como los bautistas ingleses, se
les dejaria hacer, con tal que no diesen su rito de la inmer
sion como necesario á la validez del acto, lo que no es per
mitido tolerar.
— 170 —
Uno de los principales misterios de la religion cristiana
tiene por materia esencial el pan. Ahora, pues, una hostia es
pan, lo mismo que el pan mas grande que los hombres ha
yan cocido : nosotros hemos adoptado la hostia. Otras nacio
nes cristianas creen que no hay mas pan , propiamente dicho,
que el que comemos á la mesa, y que no hay verdadera co
mida sin masticacion : respetamos mucho esta lógica oriental,
é íntimamente persuadidos de que los que la emplean hoy,
harán lo mismo que nosotros luego que se hallen tan ase
gurados como nosotros lo estamos ; ni aun nos ocurre la idea
de incomodarles , contentos con conservar para nosotros el
leve cenceño que tiene á su favor la analogía de la Pascua
antigua, la de la primera Pascua cristiana, y aun la conve
niencia, mayor acaso de lo que se piensa, de haber destina
do una especie de pan particular para la celebracion de tan
alto misterio '.
Si los mismos seguidores de la inmersion en el agua y del
pan fermentado eu la Eucaristía, vienen á sostener, por una
falsa interpretacion de la Escritura y por una ignorancia vi
sible de la naturaleza humana , que la profanacion del ma
trimonio disuelve su vínculo ; esto en el hecho es una exhor
tacion formal al crimen. Mas no importa, hemos evitado el
condenar expresamente á unos hermanos que persisten te
nazmente en su resolucion, sin dejarse mover de los ruegos
y amonestaciones mas razonables , y en la ocasion mas solem
ne les hemos dicho simplemente: «No harémos mencion de
«vosotros ; pero en nombre de la razon y de la paz no digais
« que no lo entendemos *. »
En vista de estos ejemplos y de otros muchos que pudie
ran citarse, ¿qué nacion podria temer de la supremacía ro
mana por su disciplina y sus privilegios particulares ? El

1 Entiéndese que nuestra tolerancia sobre este artículo, lo mismo


que en el anterior, supone que, conservando el rito, no negarán la
validez del nuestro.
* «Si quis dixerit Ecclesiam errare cum docuit et docet, etc.»
(Concil. Trident. sess. 24, de Matrimonio, can. 7).
— 171 -
Papa nunca se negará á oir á todo el mundo, ni menos á sa
tisfacer á los Principes en cuanto sea cristianamente posible.
En Roma no hay pedanteria, y si hubiese algo que temer en
punto á atencion y deferencia , mas me inclinaria á temer el
«xceso que la falta de ella.
Á pesar de estas seguridades sacadas de las consideracio
nes mas decisivas , no dudo que la preocupacion persista, ni
tampoco que algunos bellos genios exclamen : «Mas si no hay
«quien pueda contener ó reprimir al Papa, ¿dónde se deten-
«drá? La historia nos muestra de qué modo puede usar de
«este poder; ¿y qué garantía se nos da de que no se repro-
«ducirán los mismos sucesos?»
Á esta objecion, que seguramente se hará, respondo lo
primero en general, que los ejemplos tomados de la historia
contra los Papas nada prueban, ni deben inspirar temor al
guno para lo sucesivo, porque pertenecen á otro orden de
cosas diferente del que nosotros podemos ser testigos. El po
der de los Papas fue excesivo respecto á nosotros , cuando
era necesario que lo fuese, y que nada en el mundo podia
suplirlo ; y esto esperamos probarlo en la continuacion de
esta obra, de un modo capaz de satisfacer á cualquier juez
imparcial.
Dividiendo despues mentalmente^ los hombres que temen
de buena fe las empresas de los Papas, dividiéndolos, digo,
en dos clases, á saber, la de los Católicos, y la de los que
no lo son, diré desde luego á los primeros : «¿Por qué ce-
«guedad, ó por qué desconfianza ignorante y culpable mi-'
«rais á la Iglesia como un edificio humano, del cual pueda
«decirse : ¿quién lo sostendrá? y á su Jefe como un hombre
«ordinario, de quien pueda decirse: ¿quién lo contendrá?»
Esta es una distraccion bastante comun; mas sin embargo
es inexcusable. Nunca jamás podrá permanecer una preten
sion desordenada en la Santa Sede , en la cual nunca podrán
echar raíces la injusticia y el error, ni menos burlar la fe en
provecho de la ambicion. — Respecto áios hombres que por
nacimiento ó por sistema se encuentran fuera del círculo ca-
— 172 —
tólico, si me dirigen la misma pregunta : ¿qué es lo que po
drá detener al Papa? les responderé que todo. Sí, todo : los
cánones, las leyes, las costumbres de las naciones, los So
beranos, los tribunales supremos, las Asambleas nacionales,
la prescripcion, las representaciones, las negociaciones, el
deber, el temor, la prudencia , y sobre todo esto la opinion,
que es la reina del mundo.
No se me diga pues : ¿Lüego tú quieres hacer del Papa un
monarca universal? Yo no quiero semejante cosa , aunque no
me sorprende este luego , argumento tan cómodo en defecto
de otros. Pero así como las faltas enormes , cometidas por al
gunos Príncipes contra la Religion y contra su Jefe , no me
impiden en manera alguna respetar, en cuanto debo , la mo
narquía temporal , tampoco las faltas que pueda cometer un
Papa contra esta misma soberanía me impedirán el recono
cerle por lo que él es. Todos los poderes del universo se li
mitan mútuamente unos á otros por una resistencia recíproca.
Dios no ha querido establecer una mayor perfeccion sobre la
tierra, aunque haya puesto por otra parte bastantes carac-
téres para hacer reconocer su mano poderosa. No hay auto
ridad alguna en el mundo capaz de soportar las suposicio
nes posibles y arbitrarias , y si se las quisiese juzgar por lo
que pueden hacer (sin hablar de lo que han hecho) , seria
menester abolirías todas.
— 173 —

CAPÍTULO XIX.

CONTINUACION DEL MISMO ASUNTO. — EXPLICACIONES


ULTERIORES SOBRE LA INFALIBILIDAD.

¡Cuán expuestos están los hombres á cegarse, aun acer


ca de las ideas mas sencillas! Lo que debe interesar esen
cialmente á cada nacion, es conservar su disciplina particu
lar ; es decir, aquella especie de usos que, sin pertenecer al
dogma, constituyen no obstante una parte de su derecho pú
blico , y se hallan mezclados desde largo tiempo con el ca
rácter y las leyes de la nacion ; de manera que no se podría
llegar á tocarlos , sin perturbarla ó desagradarla sensible
mente. Estos usos, pues, y estas leyes particulares, son lo
que ella puede defender ó sostener con una firmeza respe
tuosa, siempre que (por una mera suposicion) quisiese la
Santa Sede derogarlos : pues todo el mundo conviene en que
el Papa, y aun la Iglesia misma reunida con él, pueden en
gañarse en todo lo que no es dogma, hecho dogmático, mo
ral ó disciplina universal : de manera que sobre todo lo que
interesa verdaderamente al patriotismo, las afecciones, las
costumbres, y, por decirlo todo en fin, al orgullo nacional,
ninguna nacion debe temer la infalibilidad pontificia , la cual
no se aplica sino á objetos de un orden muy superior.
En cuanto al dogma propiamente dicho, es precisamente
sobre lo que no tenemos ningun interés de que se ponga en
cuestion la infalibilidad del Papa. Aunque se presente una
de estas cuestiones de metafísica divina, que sea preciso ab
solutamente llevarla á la decision del tribunal supremo, nues
tro interés no seria que fuese decidida de tal ó de tal modo,
sino que se decidiese prontamente y sin apelacion. En el fa
moso asunto de Fenelon , de veinte consultores romanos, diez
le fueron favorables y diez contrarios ; y lo mismo podria su
— 174 —
ceder en un Concilio universal de quinientos ó seiscientos
Obispos; pues lo que es dudoso para veinte hombres escogi
dos, puede serlo igualmente para todo el género humano.
Los que creen que multiplicando los votos deliberantes se
disminuye la duda, conocen poco al hombre, ó no se han
hallado nunca en un Congreso ó Asamblea legistativa.
Los Papas han condenado durante diez y ocho siglos mu
chas herejías. ¿Y cuándo han sido contradichos por un Con
cilio universal? No se citará ni un solo ejemplo, no : sus bu
las dogmáticas no han sido contradichas sino por aquellos
á quienes condenaban. Los Jansenistas no dejan de nombrar
á la que los anatematiza, la famosísima bula Unigenitos, así
como Lutero encontraba muy famosa la bula Exurge Domine.
Frecuentemente se nos ha dicho que «los Concilios genera-
seles son inútiles, porque no han reducido á ninguno de los
«extraviados;» y aun el famoso Sarpi principia por esta ob
servacion su Historia del concilio de Trento. Mas esta ob
servacion es sin duda falaz ; porque el objeto principal de
los Concilios no es tanto el reducir á los novadores, cuya
eterna obstinacion fue siempre conocida, sino mas bien el
manifestarles el error en que viven, y tranquilizar á los fie
les, asegurando el dogma. El arrepentimiento de los disi
dentes es una consecuencia muy dudosa, que la Iglesia de
sea sí ardientemenle ; pero con poca esperanza de conseguir
lo. No obstante, admito la objecion, y digo : «Pues que los
«Concilios generales ni son útiles para nosotros que creemos,
«ni para los novadores que rehusan creer, ¿á qué fin con-
« gregarios?»
El despotismo sobre el pensamiento, de que tanto se acu
sa á los Papas, es una quimera. Supongamos que se pre
guntase hoy en la Iglesia : «Si hay una ó dos naturalezas,
«una ó dos personas en Jesucristo : si su cuerpo está conte-
« nido en la Eucaristía por transustanciacion , ó por impa-
«nacion, etc.,» ¿dónde está el despotismo que dice sí, ó no,
sobre estas cuestiones? Si un Concilio las decidiese, ¿no im
pondría, lo mismo que el Papa, un yugo sobre el pensamien
— 175 —
lo? La independencia se quejará siempre lo mismo del uno
que del otro. Así pues, todas las apelaciones á los Concilios
no son mas que invenciones de un espíritu de rebelion, que
no cesa de invocar el Concilio contra el Papa, para burlar
se despues del mismo Concilio cuando haya hablado como
aquel '.
Todo nos reduce á las grandes verdades establecidas. No
puede haber sociedad humana sin gobierno, ni gobierno sin
soberanía, ni soberanía sin infalibilidad : privilegio tan ab
solutamente necesario, que es forzoso suponerlo aun en las
soberanías temporales, donde no le hay, so pena de ver di
suelta la sociedad. La Iglesia nada mas exige que las otras
soberanías, aunque tenga sobre ellas una superioridad in
mensa; pues que en estas la infalibilidad es humanamente su
puesta, y en ella está d'winamente prometida. Esta supremacía
indispensable no puede ejercerse sino por un órgano único ;
dividirla es destruirla. Pero aun cuando estas verdades no
fuesen tan incontestables , lo seria siempre , que toda deci
sión dogmática del Padre Santo debe hacer ley hasta que
haya oposicion de parte de la Iglesia ; y cuando llegue á rea
lizarse este fenómeno, verémos lo que se deberá hacer; pero
. en el ínterin deberemos atenernos al juicio de Roma. Esta
necesidad es invencible, porque pende de la naturaleza de
las cosas, y de la misma esencia de la soberanía. La Iglesia
1 «Nosotros creemos, dice Fleury, que es permitido apelar del
«Papa al Concilio futuro, no obstante las bulas de Pio II y de Julio II
«que lo prohiben; mas estas apelaciones deben ser muy raras, y por
«causas mus graves.» (Nuevos opúsculos, púg. 52). Hé aquí desde
luego un nosotros que debe embarazar muy poco á la Iglesia católica;
y además, ¿qué viene á ser una causa muy grave? ¿Qué tribunal
juzgará si lo es ó no? Y entre tanto ¿qué se deberá creer ó hacer? Se
rá necesario establecer los Concilios como un tribunal reglado y or
dinario superior al Papa, contra lo que dice el mismo Fleury en la
misma página. Es cosa bien extraña ver á Fleury refutado por Mos-
heim sobre un punto tan importante , como hemos visto antes á Bos-
suet cási reducido al buen camino por los centuriadores magdebur-
genses. (Cap. 15). Hé aquf á dónde conduce el prurito de decir nos
otros. Este pronombre es terrible en teología.
— 176 —
galicana nos ofrece mas de un ejemplo precioso en esta par
te. Conducida algunas veces por falsas teorías , y por ciertas
circunstancias locales , á ponerse en un estado de oposicion
aparente con la Santa Sede , la fuerza de las cosas la volvia
luego á sus senderos antiguos. No ha mucho tiempo que al
gunos de sus Prelados , cuyos nombres , doctrina , virtudes
y nobles sufrimientos hago profesion de respetar infinito,
hicieron resonar en Europa sus quejas contra el piloto , á
quien acusaban de haber maniobrado en un viento fuerte sin
pedirles consejo*. Durante un momento pudieron asustar al
temeroso fiel :
Porque cuanto el amor es mas constante,
Llena de mas temores al amante.
Res esl solliciti plena iimoris amor.
mas cuando se llegó en fin á tomar un partido decisivo , el
espíritu inmortal de esta grande Iglesia sobreviviendo, se
gun el orden , á la disolucion del cuerpo , vino á posar sobre
las cabezas de aquellos ilustres descontentos, y todo acabó
por el silencio y la sumision.
* Cuando el Concordato de 1801.
— 177 -

CAPÍTULO XX.

ITLTIMA EXPLICACION SOBRE LA DISCIPLINA. — DIGRESION


SOBRE LA LENGUA LATINA.

Hemos dicho que ninguna nacion católica tenia que temer


por sus usos particulares y legítimos de esta supremacía , que
se pinta con tan falsos colores. Mas si los Papas miran con
una condescendencia paternal estos usos , que la venerable
antigüedad recomienda, las naciones por su parte deben tam
bien acordarse que las diferencias locales son cási siempre
mas ó menos malas, desde que no son rigorosamente nece
sarias ; porque propenden al aislamiento y al espíritu parti
cular , que son dos cosas insoportables en nuestro sistema.
Así como el andar, el gesto , el lenguaje, y hasta los vesti
dos de un hombre sabio anuncian su carácter , es preciso
tambien que el exterior de la Iglesia católica anuncie su ca
rácter de invariabilidad eterna. ¿Y quién le imprimirá este
carácter , si no obedece , si no está subordinada á las órde
nes de un jefe supremo y soberano ; y si cada iglesia puede
entregarse á sus caprichos particulares? ¿No es á la influencia
única de esta cabeza, ó jefe, á la que debe la Iglesia ese ca
rácter único, que llama la atencion de los menos perspicaces ;
y sobre todo , á la que debe tambien esta lengua católica,
que es la misma para todos los hombres y países de la mis
ma creencia?
Acuerdome que Necker , en su obra de La importancia de
las opiniones religiosas, decia : « Ya es tiempo en fin de pre-
aguntar á la Iglesia romana por qué se obstina * en usar de
«una lengua desconocida;» y yo digo por el contrario: Ya
es tiempo en fin de no hablar mas de esto, ó de no hablar
la *deElello
lenguaje
, sinonopara
puedereconocer
ser mas urbano:
y alabar
comosudeprofunda
buen protestante
sabidu--

12 TOMO I.
— 178 —
ría. | Qué idea mas sublime que la de una lengua universal
para la Iglesia universal ! Desde un polo á otro polo , el ca
tólico que entra en una iglesia de su rito , se halla como en
su país , y nada es extraño á sus ojos. Tan luego como lle
ga, aunque venga de lejanas tierras, oye lo que ha oido to
da su vida ; puede unir su voz á la de sus hermanos ; los
entiende, y es entendido de ellos, y puede muy bien excla
mar :
Roma es de todo el orbe comun centro ;
T la hallo donde quiera que me encuentro.
Rome est toute en toas lieux, elle est toute oú je suis.
La fraternidad que resulta de una lengua comun es un
lazo misterioso que tiene inmensa fuerza. En el siglo IX,
.ruan VIII, pontífice demasiado condescendiente, habia con
cedido á los esclavones el permiso de celebrar el oficio divir
tio en su propia lengua ; lo que no dejará de sorprender á
quien haya leido la carta CXC V de este Papa , en la cuali él
mismo reconoce los inconvenientes de esta tolerancia. Gre
gorio VII suspendió este permiso; mas ya no fue tiempo res
pecto de los rusos ; y se sabe cuánto ha costado esto á este
gran pueblo. Si la lengua latina se hubiese fijado en Kief, en
Novogorod y en Moscou , jamás se hubiera arrancado de allí ;
y los ilustres esclavones, parientes de Roma por la lengua,
no
dados
se hubieran
del Bajo-Imperio,
echado encuya
los brazos
historiadecausa
esos lástima,
griegos cuando
degra^

no causa horror.
Nada iguala á la dignidad de la lengua latina. Ella es la
que habló el "pueblo-rey, quien le imprimió ese carácter de
grandeza, único en la historia del lenguaje humano, y que
las demás lenguas , aun las mas perfectas , no han podido ja
más obtener. La voz majestad pertenece al latin. La Grecia
la ignora ; y solo por esta majestad quedó inferior á Roma,
tanto en las letras como en las armas '. Nacida para mandar,
1 «Fatale id Gteciac videtur, ut cum maiestatis ignoraret nomen,
sola bac quemadiBodum ¡n castris, ita in poesi caederetar, Quod quid
— 179 —
Ella
esta lengua
es la lengua
mandadeaun
los conquistadores
en los libros de romanos,
los que layhablaron.
la de los 1

misioneros de la Iglesia romana , los cuales no se diferencian


unos de otros, sino por el objeto y por el resultado de su ac
cion. Entre los primeros se trataba de sujetar, de humillar
y de destruir al género humano : los segundos venian á ilus
trarle, á curarle , á salvarle ; mas siempre se trataba de ven
cer y de conquistar ; de modo que en unos y otros se hallaba
el mismo poder :
Y entre naciones tantas,
Hasta los apartados garantantas
Del opuesto hemisferio,
Y hasta los indios llevará su imperio.
...Ultra Garamanlas et Indos
proferet imperiunt...

Trajano, que fue el último esfuerzo del poder de Roma,


no pudo sin embargo llevar su lengua mas que hasta las ori
llas del Eufrates : mas el romano Pontífice la ha hecho oir en
las Indias, en la China y en el Japon.
Ella es la lengua de la civilizacion. Mezclada con la de
nuestros padres los bárbaros del Norte , supo perfeccionar,
suavizar, y por decirlo así, espiritualizar sus idiomas grose
ros, que han llegado á ser lo que estamos viendo. Armados
con esta lengua los enviados del Sumo Pontífice, fueron á
buscar por sí los pueblos que ya no venian á buscarlos : es
tos la oyeron hablar el dia de su bautismo , y despues nun
ca la han olvidado. Tiéndase la vista sobre un mapamun
di , señálese en él la línea donde esta lengua universal ha en
mudecido, y aquellos son los límites de la civilizacion y de la
fraternidad europeas : mas allá no se encontrará sino el pa
rentesco humano, que felizmente se encuentra en todas par
tes : la señal europea es la lengua latina. Las medallas, las
sit, ac quauti, nec intelligunt qui alia non pauca sciunt, nec ignoran!
qui Graecorum scripta cum iudicio legerunt. » (Dan. Heinsii, Ved. ad
Filium, al principio de Virgilio de Elzevir, en 16.°, 1636;.
12*
— 180 —
monedas, los trofeos, los sepulcros, los anales primitivos, las
leyes, los cánones, todos los monumentos hablan en latin ;
y ¿deberán borrarse todos, ó no oírlos ya mas? El último
siglo que se encarnizó contra todo cuanto hay de sagrado ó
de respetable, no dejó de declarar la guerra a la lengua la
tina. Los franceses que dieron el impulso , olvidaron cási en
teramente esta lengua, y se olvidaron á sí mismos, hasta el
punto de hacerla desaparecer de sus monedas, sin reparar ni
advertir aun ahora el delito que han cometido á un tiempo
contra la razon europea , contra el gusto y contra la Reli
gion. Los ingleses, aunque lan tenaces en sus usos, princi
pian tambien ya á imitar á los franceses; lo cual Ies sucede
mas frecuentemente de lo que se cree, y ellos creen, si yo
no me engaño. Contémplense los pedestales de sus estatuas
modernas; ya no hallaréis en ellos aquel gusto majestuoso y
severo que grabó los epilafiosde Newton y de Cristóbal Wren.
En vez de aquel noble laconismo, leeréis sumarios histó
ricos en lengua vulgar : de modo que el mármol , condenado
á charlatanear, llora la lengua de quien tomaba aquel bello
estilo, famoso entre lodos los estilos, y que desde Ja piedra
donde estaba esculpido, se lanzaba en la memoria de todos
los hombres.
Despues de haber sido el instrumento de la civilizacion,
no faltaba á la lengua latina sino un género de gloria que
adquirió tambien, llegando á ser á su tiempo la lengua de
ta ciencia. Así es, que los grandes genios la adoptaron para
Comunicar al mundo sus luces y pensamientos : Copérnico,
Keplero, Descartes, Newton, y otros ciento tambien muy
apreciables, aunque menos célebres, han escrito en latin.
Una multitud innumerable de historiadores, de publicistas,
de teólogos, -de médicos, de anticuarios han llenado la Eu
ropa de obras latinas de todos géneros. Dulces y graciosos
poetas, literatos de primer orden, volvieron á la lengua de
Roma sus antiguas formas, llevándola á un grado de per
feccion , que no cesa de admirar á los hombres nacidos para
comparar los nuevos escritores con sus modelos. Todas las
— 181 —
demás lenguas, aunque cultivadas y entendidas, callan sin
embargo en los monumentos antiguos, y probablemente ca
llarán siempre ; solo la lengua de Roma, entre todas las len
guas muertas, es la que verdaderamente ha resucitado , y se
mejante á aquel á quien ella celebra hace veinte siglos, una
vez resucitada, no volverá á morir
¿Qué significa, pues, contra estos brillantes privilegios la
objecion vulgar, y tantas veces repetida, de que es una len
gua desconocida al pueblo? Los Protestantes han repetido mu
cho esta objecion , sin reflexionar que la parte del culto que
nos es comun con ellos , está en lengua vulgar para unos
y otros. Entre ellos la parte principal, y por decirlo así,
el alma del culto, es la predicacion, que por su naturaleza
y en todos los cultos se hace en lengua vulgar. Pero entre
nosotros el verdadero culto es el sacrificio , y todo lo demás
es accesorio : ¿y qué le importa al pueblo que estas pala
bras sacramentales, que solo se pronuncian con voz baja , se
reciten en francés, en español, en aleman, etc., ó en he
breo?
Además se comete sobre la liturgia el mismo sofisma que
sobre la santa Escritura. No cesan de hablarnos de lengua
desconocida, como si se tratase de la lengua chinaódel sans-
crit : el que no entiende la Escritura ó el oficio divino , pue
de fácilmente aprender el latin. Aun con respecto á las mu
jeres deciaFenelon : «Que él querría mas bien hacerlas apren-
«der el latin, para que entendiesen el oficio divino , que el
«italiano para leer poesías amorosas *. » Pero el que se halla
preocupado no oye, ni atiende jamás á razones; tres siglos
há que nos acusan seriamente de que ocultamos la santa Es
critura y las oraciones públicas, cuando las presentamos en
una lengua conocida de todo hombre que pueda llamarse,
no digo sabio, sino aun simplemente instruido, y que cual-
1 Christus resurgens ex mortuis iam non moritur. (Rom. vi, 0).
* Fenelon en el libro De l'éducationdes filies. Este grande hombre
parece que no temía que la mujer que llegase á entender bien el latin
de la liturgia , no se vería tentada á comprender tambien el de Ovidio
— 182 —
quiera ignorante que se canse de serlo , puede aprender en
pocos meses.
Fuera de esto, se ha proveido á todo con varias traduc
ciones de todas las oraciones de la Iglesia, de las cuales unas
manifiestan las palabras, y otras el sentido ; libros que , sien
do como son infinitos, se adaptan á todas las edades., á
todas las inteligencias, y á todos los caractéres. Ciertas pa
labras señaladas de la lengua original * , que todos conocen ;
ciertas ceremonias, ciertos movimientos, y aun ciertos tonos
ó ruidos, avisan al asistente mas ignorante de lo que se na
ce y de lo que se dice ; de modo que siempre puede hallar
se en armonía perfecta con el celebrante , y si se distrae será
por su culpa.
En cuanto al pueblo propiamente dicho , si no entiende las
palabras , tanto mejor : la inteligencia nada pierde , y el res
peto gana. El que nada comprende, comprende mejor que
el que comprende mal. Por otra parte, ¿cómo podria que
jarse de una religion que lo hace todo por él? Al ignorante,
al pobre, al humilde es á quien instruye, á quien consuela,
y á quien ama con preferencia. Y en cuanto á los sabios, ¿por
qué no les ha de decir en latin lo único que tiene que decir
les, á saber, que no hay salvacion para el soberbio?
En fin, toda lengua variable conviene muy poco á una Re
ligion inmutable. El movimiento natural de las cosas ataca
constantemente á las lenguas vivas ; y sin hablar de las gran
des mudanzas que las desnaturalizan absolutamente , hay aun
otras que no parecen muy importantes , y que lo son mucho.
La corrupcion del siglo se apodera todos los dias de ciertas
voces, y aun las corrompe y estropea para divertirse. Si la
* Por ejemplo , el Kyrie eleison, el tocar de la campanilla á la ele
vacion de la Hostia, etc., el portepaz, hasta la hoja con lámina al prin
cipio del Cánon, ó como el comun de las gentes dice, al Sanctus, etc.,
todo lleva como por la mano á fijar la atencion de los asistentes, y
unireu intencion con el celebrante. Conocemos que á alguno parece
rán minuciosidad estas explicaciones; no hablamos con él, sino con
los sencillos : al que las perciba con la simple lectura del autor, le ro
gamos que no las lea.
- 183 -
Iglesia hablase nuestra lengua , podría acaso depender de
cualquier talento atrevido hacer ridicula ó indecente la pa
labra mas sagrada de la liturgia. Así pues , bajo todas las
relaciones imaginables , la lengua religiosa debe ponerse fue
ra del dominio del hombre.
I
lo n.

lie las relaciones del Papa con las


soberanías temporales.

CAPÍTULO I.
ALGUNAS PALABRAS SOBRE LA SOBERANÍA.

El hombre, en su cualidad de ente á un mismo tiempo


moral y corrompido , justo en su inteligencia y perverso en
su voluntad , debe necesariamente ser gobernado , pues de
otro modo seria á un tiempo mismo sociable é insociable, y
la sociedad seria igualmente necesaria é imposible.
En los tribunales se ve la necesidad absoluta de la sobe
ranía ; porque el hombre debe ser gobernado precisamente
como debe ser juzgado , y por la misma razon ; es decir, por
que donde no hay sentencia, hay siempre contienda.
Sobre este punto, como sobre otros muchos, no podria el
hombre imaginar cosa mejor que lo que ya existe; á saber,
un poder que conduce á los hombres por reglas generales, he
chas no para tal hombre ó tal caso, sino para todos los casos
y todos los hombres.
Como el hombre siempre que no se trata de sí mismo es
justo *, por lo menos en su intencion, es innegable que la
soberanía, y de consiguiente la sociedad, son posibles **.

* Es cási coa idénticas palabras lo que dice el proverbio comun:


Que todos quieren justicia , pero no por su casa.
" No puede haber justicia' sin sociedad, ni esta subsistir sin un
soberano que la dirija. La justicia supone ser entre diversas personas
(pues es dar á cada uno su derecho) : bé aquí la sociedad ; y alguno
que baga la aplicacion de ellos ; hé aquí la soberanía.
— 186 —
Porque los casos en que la soberanía está expuesta á obrar
mal voluntariamente, son siempre, por la misma naturaleza
de las cosas, mucho mas raros que los otros, precisamente
por seguir aun la misma analogía ; así como en la adminis
tracion de justicia , los casos en que los jueces se hallen ten
tados á prevaricar, son necesariamente raros respecto de los
otros. Si sucediese lo contrario , la administracion de la jus
ticia seria imposible como la soberanía.
El Príncipe mas disoluto no impide que en sus tribunales
se corrijan los escándalos públicos, con tal que no se trate
de los suyos; y como él solo es el que se halla superior, por
decirlo así , á la justicia, aun cuando por desgracia diese los
ejemplos mas peligrosos , las leyes generales podrian siem
pre ser observadas.
Siendo, pues, el hombre necesariamente social, y e-n el mis
mo hecho debiendo necesariamente ser gobernado, no de
pende de su voluntad el establecimiento de un Gobierno * ;
y pues que esto no queda á la eleccion de los pueblos , .sino
que el Gobierno ó soberanía resulta directamente de la na
turaleza humana , los Soberanos ya no existen por gracia de
los pueblos, ni la soberanía es el resultado de su voluntad,
como no lo es la sociedad misma.
Se ha preguntado frecuentemente si el Rey era hecho pa
ra el pueblo, ó este para aquel : pero esta cuestion, á mi
entender, supone muy poca reflexion ; porque las dos pro
posiciones son falsas y verdaderas ; falsas si se toman separa
damente , y verdaderas si se toman juntas. El pueblo es hecho
para el Soberano ; el Soberano es hecho para el pueblo ; y uno
* Podrá ser este 6 aquel, pero necesariamente debe haber unc
en el hecho mismo de ser inteligente 6 racional, es necesario que sea
gobernado por razon y por ley, y que haya quien aplique esta ley, y
le haga ver y seguir la razon en obrar. Héaquí en su raíz desvanecido
el delirio del Pacto social. Antes de esta ficticia quimera los hombres
ya eran racionales, y deseaban ser justos, y por consiguiente sociales :
Jo que es por naturaleza, no procede de pactos convencionales : el ori
gen de la sociedad viene de mas alto ; es de Dios, autor del hombre y
de la naturaleza toda.
— 187 —
y otro son hechos para que exista una soberanía. En un reloj,
el resorte ó muelle real no se ha hecho para la péndola, ni
esta para aquel , sino uno para el otro ; y uno y otra están
hechos para señalar la hora.
A.sí pues, no puede haber Soberano sin nacion, ni nacion
sin Soberano. Pero esta debe mas al Soberano , que el So
berano á la nacion, pues le debe la existencia social, y to
dos los bienes que de ahí resultan ; mientras que el Príncipe
no debe á la soberanía sino un brillo aparente , que nada tie
ne de comun con la felicidad , y que aun casi siempre la ex
cluye.
CAPÍTULO II.

INCONVENIENTES DE LA SOBERANÍA.

Aunque la soberanía no tenga mayor ni mas general in


terés que el de ser justa , y aunque los casos en que puede
caer en la tentacion de no serlo , sean sin comparacion me
nos que los otros, sin embargo ocurren por desgracia mu
chas veces ; y el carácter personal de ciertos Soberanos pue
de aumentar estos inconvenientes , hasta el punto de que pa
ra hacerlos soportables , cási no hay otro medio que el de
compararlos con los que indudablemente«resultarian si no
existiese el Soberano.
Era, pues, imposible que los hombres no hiciesen de tiem
po en tiempo algunos esfuerzos para ponerse á cubierto de
los excesos de esta enorme prerogativa ; mas sobre este pun
to se ha dividido el mundo en dos sistemas enteramente di
versos uno de otro.
La atrevida raza de Jafet no ha cesado de gravitar, si es
permitido decirlo así, hácia lo que se llama la libertad ; es
decir, hácia aquel estado en que el que gobierna es lo me
nos gobernador posible, y el pueblo tan poco gobernado co
mo puede ser. El europeo, siempre prevenido contra sus due
ños , ya los ha destronado , ya les ha impuesto leyes ; lo ha
tentado todo, y apurado todas las formas imaginables de go
bierno para emanciparse de dueños , ó para cercenarles el
poder.
La inmensa posteridad de Sem y de Ckam ha tomado otro
rumbo diferente ; y desde los tiempos primitivos hasta nues
tros dias , ha dicho siempre á un hombre solo : « Haz de nos-
« otros todo lo que quieras ; y cuando nos cansemos de su-
«frirte, le degollaremos. » Por lo demás, nunca han podido
ni querido saber qué viene á ser una república ; ni tratado
— 189 —
ni entendido nada de equilibrio de poderes, ni de esos privi
legios ó leyes fundamentales, de que nosotros tanto nos jac
tamos. Entre ellos el hombre mas rico y mas señor de sus
acciones , el poseedor de una inmensa fortuna moviliaria , ab
solutamente libre de transportarla donde quisiese, y seguro
por otra parte de una entera proteccion en el suelo europeo,
aunque vea venir hacia sí el cordon ó el puñal, los prefiere
no obstante á la desdicha de morir de tedio en medio de nos
otros.
Sin duda que nadie aconsejará á la Europa este derecho
público tan conciso y tan claro de la Asia y de la África ;
mas supuesto que el poder entre nosotros es siempre temido,
discutido, atacado ó trasladado , pues que nada hay mas in
soportable á nuestro orgullo que el gobierno despótico ; el
mayor problema europeo se reduce á saber, cómo se puede
limitar el poder soberano sin destruirlo.
Desde luego se ha dicho : «Que es preciso haya leyes fun-
«damentales; que es necesaria una Constitucion. » Mas ¿quién
establecerá estas leyes fundamentales, y quién las hará eje
cutar? El cuerpo, ó el individuo que tuviese la fuerza para
ello, seria soberano , pues seria mas fuerte que el mismo Prín
cipe ; de modo que por el mismo acto de establecerlas lo des
tronaria. Si la ley constitucional es una concesion del Prin
cipe soberano, la cuestion queda en pié como en el princi
pio. ¿Quién impedirá á uno de sus sucesores que la viole?
Es preciso que el derecho de resistencia esté radicado en al
gun cuerpo ó en algun individuo ; pues de otro modo no po
drá ejercerse sino por la rebelion , remedio terrible y peor
que todos los males.
Por otra parte, no se ve que las numerosas tentativas he
chas para limitar el poder soberano' hayan tenido un éxito
tan feliz que convide á imitarlas. Solamente la Inglaterra,
favorecida por el Océano que la rodea , y por un carácter na
cional que se presta y adapta á estas experiencias, ha podi
do hacer algo en este género ; pero su Constitucion aun no
ha sufrido la prueba del tiempo, y aun este famoso edificio,
— 190 —
en cayo frontis leemos [Link], parece ya temblar
sobre sus fundamentos todavía mal enjutos*. Las leyes civi
les y criminales de esta nacion no son superiores alas de las
otras. El derecho de señalarse á sí misma los impuestos y
contribuciones, comprado con rios de sangre, no le ha vali
do mas privilegio que el de ser la naeion mas cargada del
universo. Un cierto espíritu militar (soldadesco), que es la
gangrena de la libertad, amenaza visiblemente á la Consti
tucion inglesa , dejando ahora otros síntomas en silencio. Lo
que sucederá yo no lo sé ; pero aun cuando las cosas se ar
reglasen segun mi deseo, un ejemplo aislado en la historia
probaria muy poco en favor de las monarquías constitucio
nales, cuando la experiencia universal es contraria á este
ejemplo úuico.
Una grande y poderosa nacion acaba de hacer á nuestra
vista el mayor esfuerzo hacia la libertad que ha podido ha
cerse jamás en el mundo. ¿Y qué ha logrado? Cubrirse de
oprobio y de vergüenza, para poner en fin sobre el trono un
gendarme corso, en lugar de un rey francés de su propio
país, y establecer en el pueblo la servidumbre en vez de la
obediencia. Despues ha caido en el abismo de la humillacion,
y no habiéndose salvado de su anonadamiento político, sino
por un milagro que no tenia derecho á esperar, se advierte
;[Link] bajo el yugo de los extranjeros 1 en leer su Carta, que.
no hace honor sino á su Rey, y sobre la cual el tiempo aun
no ha podido explicarse **.
El dogma católico proscribe, como todo el mundo sabe,
toda especie de rebelion, sin distincion alguna ; y para de
fender este dogma traen nuestros doctores sólidas y excelen
tes razones, aun filosóficas y políticas. Los Protestantes, por
el contrario , partiendo de la soberanía del pueblo , dogma

* ¿Qué diría si viviese en 1836?


(Nota del Editor).
1 Recuerdo al lector que esto se escribió en 1817.
** Demasiadamente lo ha hecho ya.
— 191 —
que han trastadado de la religion á la política, noven en la
no-resistencia sino el último envilecimiento del hombre. El
Dr. Beattíe, que puede citarse como un representante de
todo su partido, dice que el sistema católico de la no-resis
tencia es una doctrina detestable ; y llega á establecer , que
cuando se trata de resistir á la soberanía, el hombre « debe
«determinarse por los sentimientos interiores de un cierto
«instinto moral, cuya conciencia tiene en sí mismo, y que
«no debe confundirse con el calor de la sangre y de los es-
« píritus vitales 1 ; » y aun reconviene á su famoso compatrio
ta el Dr. Barkeley, de no haber conocido esta potencia
interior, y de haber creido que «el hombre, en su cualidad
«de racional, debe dejarse dirigir por los preceptos de una
«razon prudente é imparcial *. »
Admiro ciertamente tan bellas máximas; mas ellas tienen
el defecto de no prestar luz alguna al espíritu para decidirse
en aquellas ocasiones arduas y delicadas en que las teorías
son absolutamente inútiles. Por decidido que esté (hagamos
esta suposicion) el que haya derecho de resistir á la auto
ridad soberana, y de hacerla entrar ó contener dentro de sus
límites, aun no se ha hecho nada, pues falla saber cuándo se
puede usar de este derecho , y qué hombres son los que pue
den ejercerlo.
Los mas acérrimos defensores del derecho de resistencia
convienen lodos (¿y quién podría dudarlo?) que no pue
de justificarse sino por la tiranía. Pero ¿qué es tiranía? Un
solo acto, si es atroz, ¿puede calificarse de tal? Si no basta
uno solo, ¿cuántos serán menester y de qué genero? ¿Cuál
os el poder ó autoridad en el Estado que tenga derecho á de
cidir que ha llenado el caso de la resistencia? Si este tribunal
existia ya, era ya una parte de la soberanía, y ejerciéndola

' (Beatlie, on Truth. Carta lí, c. 12, pág. 408 : London, ¡n 8.").
No he visto nunca tantas palabras para explicar el orgullo.
* (Beatlie, ibid.). En efecto, es una grande blasfemia. Aquí se ve
bien claramente ese calor de la sangre, que el orgullo llama instinto
moral, etc.
- 192 —
sobre la otra porcion , la anonadaba. Si este tribunal no exis
tia anteriormente , ¿por cuál otro podria establecerse? Por
otra parte, ¿puede ejercerse un derecho, aunque sea justo é
incontestable , sin pesar antes los inconvenientes que pueden
resultar de él? La historia nos hace oir una sola voz que nos
enseña que las revoluciones principiadas por los hombres mas
sábios, son siempre terminadas por locos ; que sus autores
siempre son sus víctimas ; y que los esfuerzos de los pueblos
para crear ó aumentar su libertad , casi siempre acaban por
cargarlos de cadenas. No se ven mas que abismos por todas
partes.
Pero ¡ qué! se dirá : ¿quereis quitar el freno al leon , y re
duciros á la obediencia pasiva? Pues ved, ved entonces lo que
hará el Rey : « Tomará vuestros hijos para que conduzcan sus
«carros, formará de ellos cuerpos de caballeria para que va-
« van delante de su carroza , hará de ellos soldados y oficia-
« les , destinará á unos para labrar sus campos y recoger sus
«granos, y á otros para que le fabriquen armas : de vues-
«tras hijas hará sus perfumadoras, sus cocineras, sus pana-
aderas : tomará para sí y para los suyos lo mejor que haya
«en vuestros campos, en vuestras viñas y en vuestros oliva-
ares ; y hará que le pagueis el diezmo de vuestros granos y
«de vuestras uvas, para tener con que recompensar á sus
«eunucos y criados. Tomará vuestros criados y vuestras cria-
«das, los jóvenes mas robustos, y vuestras bestias de carga,
«para hacer que trabajen en su provecho. Tambien tomará
«el diezmo de vuestros ganados, y todos vosotros seréis es-
« clavos suyos '. »
1 / Reg. viii, 11, 17. * \ Cuántas veces se ha abusado del texto de
Samuel en contra de los Reyes ! Es el lugar comun de los revolucio
narios; pero está ya gastado de puro llegar á él. Permitamos todo lo
que dice : aun en este caso (dado, y no concedido), ¿qué estaría me
jor al pueblo, obedecer ¿un Directorio, á una Junta de salud pública,
con sus Robespierre, sus Marat, sus Collot, etc., ó á un Rey , que,
aunque dnro, siempre seria padre de sus pueblos? Si quisiese obligar
los á que dejasen la ley de Dios, sabeo entonces bien que esto no puede
mandárseles.
- 193 -
Yo nunca he dicho que el poder absoluto no traiga algunos
inconvenientes bajo cualquiera forma que exista en el mun
do. Al contrario , lo reconozco así expresamente , y de nin
gun modo pienso en disminuirlos: solamente digo que nos
hallamos entre dos abismos *.
* • ¿Y la experiencia no nos ha acreditado ya con rios de sangre cuáí.
es mayor y mas profundo? «Nuestra edad sola, decia ya Bossuet (Be-
ii fensa de la Historia de las variaciones , núm . 33 ) , á quien no se ta-
« cbará de papista ultramontano , ha mostrado entre los que han aban-
« donado á los Soberanos á los crueles caprichos de la multitud , mas
«ejemplos, y mas trágicos, contra la persona y autoridad de los Re-
« yes , que se hallan en el espacio de setecientos años entre los pueblos,
«que sobre esta materia reconocían el poder de Roma.» Desde que
por una consecuencia necesaria de las doctrinas desastrosas dé la
Reforma, y aun del Galicanismo, la soberanía pasó de la cabeza del
Monarca á la nacion , la espantosa tragedia de un regicidio nacional
aterró dos veces á la Europa. Bajo esta consideración deben leerse los
siguientes capítulos, y entender la teoría del Conde Maistre.

13 TOMO I.
- 194 —

CAPÍTULO III.

IDEAS ANTIGUAS SOBRE EL GRAN PROBLEMA.

No está en manos del hombre , ni su poder puede jamás


extenderse á crear una ley que no esté sujeta á alguna ex
cepcion. La imposibilidad sobre esle punto resulla igualmen
te de la flaqueza humana, que no puede preverlo todo, y de
la esencia misma y naturaleza de las cosas, que unas varían
hasta el punto de salir por su propio movimiento del círculo
de la ley, y otras, dispuestas por grados insensibles bajo
ciertos géneros comunes, no pueden expresarse con un nom
bre general que baste á comprender todas sus variaciones.
De aquí resulta en toda legistacion la necesidad de un
poder que pueda dispensar en las leyes; pues donde quiera
que no hay dispensa, habrá violacion. Ahora bien , loda vio
lacion de la ley es peligrosa ó mortal para la ley misma, en
vez de que toda dispensa de ella la corrobora y afirma ; por
que no se puede pedir dispensa de una ley sin reconocerla
y respetarla, y sin confesar el que pide que no tiene por sí
mismo fuerza contra ella. .
La ley que prescribe la obediencia á los Soberanos, es
una ley general como todas las otras. Es buena, justa y ne
cesaria en general; mas si se hallase Neron en el trono, po
dría parecer defectuosa. ¿ Por qué , pues , no habria en este
caso una dispensa de esta ley general, fundada en circuns
tancias absolutamente imprevistas? ¿No vale mas obrar con
conocimiento de causa, y en nombre de la autoridád, que
precipitarse sobre la persona del tirano con una impetuosi
dad ciega que tiene todos los síntomas del crimen? .
Mas ¿á quién nos dirigirémos para esta dispensa? Siendo
para nosotros la soberanía una cosa sagrada, una emana
cion del poder divino, que todas las naciones han puesto
- 198 -
siempre bajo la salvaguardia de la religion , y que el Cris
tianismo , sobre todo , ha tomado bajo su proteccion particu
lar, mandándonos reconocer en el Soberano un representante
ó una imágen del mismo Dios en la tierra, no seria absurdo
pensar que para dispensarse del juramento de fidelidad , no
habia otra autoridad competente sino la de aquel supremo
poder espiritual , único en la tierra , y cuyas sublimes pre-
rogalivas formán una parte de la revelacion.
Como el juramento de fidelidad sin restriccion expone á los
hombres á todos los horrores de la tiranía, y como la resis
tencia sin regla los expone igualmente á todos los de la anar
quía, la dispensacion de este juramento, pronunciada por la
soberanía espiritual, podia muy bien presentarse al pensa
miento humano como el único medio de contener á la auto
ridad temporal , sin oscurecer ó empañar su carácter.
Por lo demás, en esta hipótesis seria un error el creer que
la dispensa de este juramento se hallaría en contradiccion con
el origen divino de la soberanía. Esta contradiccion existiría
tanto menos, cuanto que suponiendo al poder dispensante
eminentemente divino , nada impediría que á ciertos respec
tos y en circunstancias extraordinarias le estuviese subor
dinado otro poder. Porque además, las especies de la sobe
ranía no son las mismas en todas parles, siendo así que se
fijan por las leyes fundamentales, cuyas verdaderas bases
nunca se han escrito. Pascal dijo muy bien «que él tendría
«tanto horror en destruir la libertad donde Dios la habia pues-
« to , como de introducirla donde no se halla; «porque en esta
cuestion no se traía de monarquía, sino de soberanía, lo que
es muy diferente.
Esta observacion es muy esencial para evitar el sofisma
que se presenta aquí naturalmente, á saber: «La soberanía
«se encuentra limitada en este ó en el otro país: luego vie-
«ne del pueblo. »
En primer lugar, si se quiere hablar con exactitud, no
hay soberanía alguna limitada: todas son absolutas é infali
bles ; pues que en ningun país es permitido decir que se han
13*
— 196 —
engañado. Guando digo que ninguna soberanía es limitada,
entiendo en el ejercicio leyítimo de su poder, lo que debe no
tarse con cuidado; pues que mirándolo bajo dos puntos de
vista diferentes, igualmente puede decirse que toda soberanía,
es limitada, como que ninguna de ellas tiene límites. Es limi
tada, porque ninguna hay que lo pueda todo; y no lo es,
porque en el círculo de su legitimidad , descrito por las le
yes fundamentales de cada país, es siempre y en todas par
tes absoluta, sin que nadie tenga el derecho de decirla que
es injusta, ó que se ha engañado: de manera que la legiti
midad no consiste en que se conduzca de este ó del otro mo
do dentro de su círculo, sino en que jamás se salga de él.
Esto es en lo que no siempre se para la consideracion. Se
dice , por ejemplo : en Inglaterra la soberanía es limitada; na
da es mas falso. La autoridad del Rey es la que tiene lími
tes en aquel célebre país; pero la autoridad real no es toda
Ja soberanía, á lo menos teóricamente; y así en Inglaterra
cuando los tres poderes que constituyen la soberanía se po
nen de acuerdo, ¿qué es lo que pueden? Todo, debemos
responder con Blakstone. Y ¿qué se puede legalmente con
tra ellos? Nada.
Así, pues, la cuestion del origen divino puede tratarse del
mismo modo en Londres que en Madrid , y en todas partes;
y siempre se presenta el mismo problema, aunque las for
mas de la soberanía sean diferentes segun los países.
En segundo lugar, la conservacion y mantenimiento de las
formas, segun las leyes fundamentales, ni altera la esen
cia, ni los derechos de la soberanía. Un juez superior que
por causa de sevicia ó tratamientos intolerables de un pa
dre de familias le privase del derecho de educará sus hijos,
¿podria decirse que atentaba contra la autoridad paterna, y
que declaraba que no era divina? Nada menos. El tribunal
conteniendo á una autoridad dentro de sus límites, no le dis
puta su legitimidad , ni su carácter , ni su extension legal ;
antes al contrario las reconoce solemnemente.
Del mismo modo el Sumo Pontífice dispensando á los súh*
— 197 —
ditos del juramento de fidelidad, nada haria contra el dere
cho divino. Solamente atestiguaria que la soberanía es una
autoridad divina y sagrada que no puede ser revisada sino
por otra autoridad igualmente divina; pero de un orden su
perior, y revestida especialmente con este poder en ciertos
casos extraordinarios.
Sin duda seria un paralogismo , si de esto se concluyese di
ciendo: Dios es el autor de la soberanía; luego esta debe ser
irrevisable. Si Dios la ha creado y conservado tal, así es, lo
concedo; pero en el caso contrario, lo niego. Dios es dueño,
arbitro seguramente de crear una soberanía restringida en
su origen mismo, ó posteriormente por un poder que él hu
biese establecido en la época señalada en sus divinos decre
tos, y bajo esta forma seria divina.
La Francia antes de la revolucion tenia, segun creo, sus
leyes fundamentales , las cuales por consiguiente no podia
derogar el Rey. No obstante , toda la teología francesa re
probaba justamente el sistema de la soberanía del pueblo
como un dogma anticristiano : luego tal ó tal restriccion,
aunque sea humana, nada tiene de comun con el origen di
vino; porque seria muy singular que esta prerogativa subli
me perteneciese solamente al despotismo. Y por una conse
cuencia aun mas sensible y decisiva , un poder divino directa
y solemnemente establecido por la Divinidad no alteraria la
esencia de ninguna obra divina que podria modificar.
Estas ideas bullían por la imaginacion de nuestros abue
los; mas no estaban en estado de dar razon de esta teoria,
ni de proponerla en una forma sistemática ; y así solo adop
taron en su entendimiento la idea vaga de que «la soberanía
«temporal podia ser revisada por este supremo poder espi-
aritual, que tenia el derecho de dispensar el juramento de
«los súbditos, en ciertos casos extraordinarios. »
- 108

CAPÍTULO IV.

OTRAS CONSIDERACIONES SOBRE EL MISMO ASUNTO.

No me creo obligado á responder á las objeciones que po


drían hacerse contra las ideas que acabo de exponer ; porque
no es mi ánimo predicar el derecho indirecto de los Papas ; y
solamente digo que estas ideas nada tienen de absurdo. Ar
guyo ad hominem, ó por mejor decir, ad homtnes: en una
palabra, me tomo la libertad de decir á mi siglo que hay
una contradiccion manifiesta entre su entusiasmo constitu
cional, y su arrebatamiento contra los Papas; y le pruebo,
en fin , y nada es mas fácil , que sobre este importante pun
to sabe menos , ó no sabe mas de lo que se sabia en la edad
media.
Cesemos, pues , de divagar, y resolvámonos en fin de bue
na fe sobre la grande cuestion de la obediencia pasiva, ó
la no resistencia. Si se quiere establecer como principio que
«por ninguna razon imaginable 1 debe ser permitido resistir
«á la autoridad, que es menester dar gracias á Dios cuando
«tenemos Príncipes buenos, y sufrirlos con paciencia cuando
«son malos, hasta que el tiempo, que es el reparador de to
ados los errores, haga justicia; en fin , que siempre es mas
«peligroso resistir que sufrir, etc. ;» desde luego convengo y
estoy pronto á firmarlo para lo sucesivo. Pero si es necesario
absolutamente llegar á poner límites legales al poder sobe-

1 Cuando digo por ninguna razon imaginable, ya se entiende que


excluyo siempre el caso en que el Soberano mandase hacer un crimen.
Tampoco estoy lijos de creer que habrá circunstancias, acaso mas fre
cuentes de lo que se piensa , en que la palabra resistencia no será si
nónima de la de rebelion; pero ni puedo, ni gusto tampoco dilatarme
sobre ciertos pormenores, tanto mas que los principios generales son
suficientes para el objeto de mi obra.

*
- 199 -
rano, entonces de todo mi corazon seria de parecer que los
intereses de la humanidad fuesen confiados al Sumo Pontífice.
Los defensores del derecho de resistencia se han dispen
sado frecuentemente de proponer la cuestion de buena fe. En
efecto, no se trata de saber si es permitido ,« sino solamente
cuándo y cómo es permitido resistir. Este problema es todo
práctico , y propuesto de esta manera hace temblar. Pero si
el derecho de resistir se mudase en derecho de impedir, y
que en vez de -residir en el subdito perteneciese á una au
toridad de otro orden , los inconvenientes ya no serian los
mismos; porque esta hipótesis admite la resistencia sin re
belion, y sin ninguna violacion de la soberanía *.
Además, este derecho de oposicion, como que reposaba
sobre una cabeza conocida y única , podria estar sujeto á
ciertas reglas , y ejercerse con toda la prudencia y conside
raciones imaginables; en vez de que en la resistencia inte
rior, no puede ejercerse sino por los subditos, por la muche
dumbre, por el pueblo, en una palabra; y de consiguiente,
por solo el medio de la insurreccion.
Aun no es esto todo. El neto del Papa podria ejercerse con
tra todos los Soberanos , y se adaptaría á todas las constitu
ciones y á todos los caractéres nacionales. Á la verdad , esta
voz de monarquía moderada se pronuncia muy pronto, y en
la especulativa nada es mas fácil; pero cuando se viene á la
práctica y á la experiencia, no se halla mas que un ejemplo
equívoco por su duracion, y que ya de antemano proscri
bió el juicio de Tácito s, sin hablar de una multitud de cir
cunstancias que permiten y aun obligan á mirar este go
bierno como un fenóméno puramente local y acaso pasajero.
Por el contrario , el poder ó autoridad pontificia es por

1 La deposicion absoluta y pcrpétua de un príncipe temporal , caso


infinitamente raro en la suposicion actual, no causaría mas revolu
cion que la causada por la muerte natural del mismo soberano.
1 «Delecta ex bisct constituía reipublicae forma laudari facilius
quam cvenire, vel si evencrit haud diulurna esse potest.» (Tacit.
Ánn. III, 33).
- 200 —
esencia el menos sujelo á los caprichos de la política ; el que
lo ejerce además es siempre un anciano célibe y sacerdote , lo
cual excluye las noventa y nueve centésimas partes de los erro
res y de las pasiones que turban los Estados. En fin , como por
una parte está*léjos, y su poder es de otra naturaleza que el
de los Soberanos temporales, y como nunca pide nada para
sí, puede creerse legítimamente que si en esta hipótesis no
se hallan desvanecidos absolutamente todos los inconvenien
tes, lo cual es imposible, á lo menos quedarian tan pocos
como es permitido esperar de la naturaleza humana, que es
para todo hombre sensato el punto de perfeccion á que se
puede y debe aspirar.
Parece , pues , que para retener á las soberanías en sus lí
mites legítimos, es decir, para impedir que violen las leyes
fundamentales del Estado, de las cuales la primera es la Re
ligion , la intervencion mas ó menos extendida, mas ó me
nos activa de la supremacía espiritual, seria un medio por
•lo menos tan plausible como cualquier otro.
Podria aun decirse mas, y sostener con igual seguridad,
que este medio seria el mas agradable, ó el menos chocante
para los Soberanos. Si el Principe es libre de aceptar ó de
•rehusar algunas trabas , ciertamente no aceptará ninguna,
porque ni el poder ni la libertad han sabido jamás decir :
Basta. Mas en la suposicion de que la soberanía se viese obli
gada irremisiblemente á recibir un freno y que no se tratase
sino de elegirle , no deberia causar admiracion que eligiese
con preferencia al Papa , antes que á un Senado colegislati-
vo , ó á una Asamblea nacional , etc.; porque los Sumos Pon
tífices piden poco á los Principes, y solamente los casos enor
mes llamarian contra ellos su animadversion

1 Si los Estados generales de Francia hubiesen dirigido á Luis XIV


una súplica semejante á la que los Comunes de Inglaterra dirigieron
a Eduardo III al fin del siglo XIV (Hum. Edic. 3, 1377, c. 16, in 4.°,
pag. 332), estoy persuadido que su altivez se tfubiera tenido por mas
«tendida, que de una bula dada al mismo fin sub annulo Piscatorii.
— 201 -

CAPÍTULO Y.

CARÁCTER DISTINTIVO DEL PODER EJERCIDO POR LOS PAPAS.

Los Papas han luchado algunas veces con los Soberanos,


pero nunca con la soberanía. El aclo mismo por el cual dis
pensaban á los súbditos del juramento de fidelidad, decla
raba que la soberanía era inviolable. Ellos advertian a los
pueblos que ningun poder humano podia tocar al Soberano,
y que su autoridad no se suspendia sino por un poder todo
divino: de modo que sus anatemas, léjos de derogar jamás
el rigor de las máximas católicas sobre la inviolabilidad de
los Soberanos, no servían sino para darlas una nueva san
cion á los ojos de los pueblos.
Si algunas personas mirasen como una sutileza esta dis
tincion entre el Soberano y la soberanía , les sacrificaria vo
luntariamente estas expresiones , de que á la verdad no ne
cesito: solamente les diré que la resistencia de la Santa Sede
á. un corto número de Soberanos, casi todos odiosos, y al
gunas veces insoportables por sus crimenes, pudieron con
tenerlos ó intimidarlos sin alterar en el concepto de los pue
blos la alta y sublime idea que debian tener de sus señores.
Los Papas estaban umversalmente reconocidos como delega
dos de la misma Divinidad, de quien emana la soberanía; y
los mas grandes Principes buscaban en la consagracion la
sancion, ó por decirlo así, el complemento de sus derechos.
El primero de estos Soberanos en el modo de pensar de la
antigüedad, es decir, el Emperador de Alemania, debia ser
consagrado por mano del Papa. Se creía que en esto con
sistía su carácter augusto, y que no era verdaderamente
emperador sin que precediese esta cerenlonia. Mas adelan
te veremos todos los pormenores de este derecho público , el
mas general y mas incontestablemente reconocido que ja
más existió. Los pueblos que llegaban'á ver excomulgado á
un rey, decian entre sí: «Es preciso que el poder de nues-
«tro Soberano sea muy alto, muy sublime , y muy superior
« á todo juicio humano , pues que no puede ser amonestado
«ó corregido sino por el Vicario de Jesucristo. »
Reflexionando sobre este punto , estamos expuestos á una
grande ilusion: engañados por las bachillerías filosóficas, se
imaginan algunos que los Papas pasaban su tiempo ó se di
vertían en deponer á los Reyes ; y como estos hechos se lo
can en el espacio de pocas hojas en folletos en dozavo que
leen, se figuran tambien que han sido tan inmediatos unos
á otros, muchos y durables. Pero ¿cuántos Soberanos here
ditarios se cuentan efectivamente depuestos por los Papas?
Todo se ha reducido á amenazas y á transacciones. Por lo
que respecta á los Príncipes electivos, eran hechuras huma
nas que podian deshacerse, pues que se habian hecho; y
no obstante lodo se reduce á dos ó tres Príncipes furiosos,
que por fortuna del género humano encontraron un freno
(aunque débil y muy insuficiente) en el poder espiritual de
los Papas. Por lo demás, todo seguía el curso ordinario en el
mundo político. Cada Rey vivia tranquilo por parle de la
Iglesia. Los Papas no pensaban en mezclarse en su admi
nistracion; y hasta que no les dió la locura de despojar al
sacerdocio, de repudiar sus mujeres legítimas, ó de tener
dos á un mismo tiempo, nada tuvieron que temer por este
lado.
La experiencia viene á apoyar con su demostracion prác
tica esta teoría. ¿Cuál ha sido sino el resultado de esas gran
des turbaciones con que se hace tanto ruido? Helo aquí: el
origen divino de la soberanía, ese dogma conservador de los
Estados, se halló establecido umversalmente en Europa: for
mó en cierta manera nuestro derecho público , y dominó en
todas nuestras escuelas hasta la funesta escision del siglo XVI-
La experiencia, pues, se encuentra perfectamente conforme
con la razon.
Las excomuniones de los Papas ningun perjuicio han cau-
- Í03 —
sado á la soberanía en el concepto dé los pueblos; antes al
contrario, reprimiéndola sobre ciertos puntos, haciéndola
menos dura y menos opresora, y aterrándola para su propio
bien, que ella ignoraba, la hicieron mas venerable: hicie
ron desaparecer de su frente el antiguo carácter de la bestia
para sustituir en su lugar el de la regeneracion : la han he
cho santa para hacerla inviolable: nueva y grande prueba,
entre otras mil , de que la autoridad y poder pontificio siem
pre ha sido un poder conservador. Todo el mundo puede por
sí convencerse de ello ; pero es un deber particular de los hi
jos de la Iglesia reconocer que el Espíritu divino que la ani
ma , et magno se corpore miscet, no puede producir ningun
mal resultado , á pesar de la levadura humana que se deja
ver demasiada y frecuentemente en medio de las tempesta
des políticas.
Á los que se detienen precisamente en hechos particula
res , en los errores accidentales , en las equivocaciones de tal
ó de tal hombre ; que se inculcan continuamente sobre cier
tas frases , ó cortan una línea de la historia para considerar
la aisladamente, basta decirles: «Que desde el punto á don-
ce de es preciso elevarse para considerar todo el conjunto, na
ce da se ve de lo que ellos ven ; » y así no hay medio ó forma
de responderles, ámenos que no quieran tomar esto por res
puesta.
Puede observarse que los filósofos modernos han seguido,
respecto de los Soberanos , un camino diametralmente opues
to al que los Papas habían trazado. Estos corrigiendo las per
sonas , habian consagrado su carácter : los otros al contrario,
han adulado frecuentemente, y aun con bajeza, á la persona
que daba los empleos y las pensiones , y destruido en cuanto
han podido su carácter, haciendo á la soberanía odiosa ó ri
dicula , haciéndola derivar del pueblo , y procurando siempre
restringirla por este.
Hay tanta analogía, tanta conexion, tanta dependencia en
tre la autoridad ó poder pontificio y el de los Reyes , que ja
más se ha podido alterar el primero , sin que se resintiera el
— 204 —
segundo ; y los novadores de nuestro siglo incesantemente
están hablando de conspiracion del sacerdocio, y del despo
tismo contra el pueblo , al paso misino que tratan de alar
mar á los Reyes presentándoles como el mayor enemigo de
su autoridad al sacerdocio. Contradiccion increible, fenóme
no inaudito, y que seria único si no hubiese otro aun mas
extraordinario, y es, el que hayan podido ser creidos de los
Royes y de los pueblos.
El Jefe de los reformadores hizo en pocas líneas su profe
sion de fe acerca de los Soberanos: «Los Principes, dice,
«son comunmente los mayores locos, y los mas refinados pl
acaros de la tierra: nada bueno puede esperarse de ellos : no
«son otra cosa en el mundo sino los verdugos de que Dios se
«sirve para castigarnos '.»
Los hielos del escepticismo han calmado la fiebre del si
glo XVI, y el estilo se ha dulcificado con las costumbres;
pero los principios son siempre los mismos. Oigamos á la sec
ta que detesta al Sumo Pontífice, exponer sus dogmas:
Príncipes, escuchad ; atended , pueblos:
El universo todo su voz oiga.
Que l'univers se taise et l'écoute parler!

«De cualquier modo que sea, revestido el Príncipe de su


«autoridad, siempre la tiene únicamente del pueblo, y este
«jamás depende de ningun hombre mortal, sino por su pro-
apio consentimiento s.— El bienestar, la seguridad y la per-
« manencia de todo gobierno legal depende del pueblo. En el
«pueblo debe residir necesariamente la esencia de todo po-

1 Lulero, en sus obras en fól. t. II, pág. 182, citado en el muy


notable y conocido libro aleman intitulado : El triunfo de la filosofía,
en 8.° , 1. 1 , pag. 32. Lutero habia formado una especie de proverbio,
que decia : Principem esse, et non esse latronem, vix possibile est.
* Noodt, Sur le pouvoir des Souverains. — Hecueil des discours
sur diverses matiéres importantes , traduites ou composées par Jean
Barbeyrac, 1. 1, pag. 41.
— 205 —
«der *, y todos aquellos que por sus conocimientos ó su capa-
« cidad han empeñado al pueblo á poner en ellos su confianza,
«algunas veces prudente y otras imprudente, son responsa
bles á él del uso que han hecho del poder que temporalmen-
« te les ha confiado »
Á los Príncipes toca ahora hacer sus reflexiones. Se les ha
hecho temer, se les ha amedrentado con aquella autoridad
que hace mil años incomodó algunas veces á sus antepasa
dos;
ron en pero
el lazo
que que
habia
tandivinizado
mañosamente
su carácter
se les habia
soberano.
tendido,
Gaye-se

dejaron bajar á la tierra, y ya no son mas que hombres.

* Hé ahí el famoso articulo 8.° de uua Constitucion conocida : La


soberanía reside esencialmente en la nacion. Se anota por si no se sa
bia su alcurnia.
1 Opinion del caballero Guillermo Jones. — Memorias sobre la
vida del caballero Jones , por el lord Xrignmoutb : Londres, 180o,
en 4.°, pág. 200.
CAPÍTULO VI.

PODRE TEMPORAL DE IOS PAPAS. — GUERRAS QUE IIAN SOS


TENIDO COMO PRÍNCIPES TEMPORALES.

Es una cosa en extremo notable, pero nunca ó muy pocas


veces notada, que los Papas jamás se han servido del inmenso
poder que disfrutaban para engrandecer sus Estados. ¿ Qué
cosa mas natural , por ejemplo , ni de mas tentacion para la
naturaleza humana, que reservarse alguna de las provincias
conquistadas á los sarracenos, y que los Papas concedían al
primer ocupante para rechazar la Media Luna que no cesaba
de engrandecerse? Sin embargo, jamás lo hicieron, ni aun
respecto de las tierras que les eran vecinas, como el reino
de las Dos Sicilias, sobre el cual tenían derechos incontesta
bles, á lo menos segun las' ideas de aquel tiempo, y por el
cual se contentaron con un vano dominio eminente , reducido
bien pronto á la famosa Rucanea, que el mal gusto del siglo
les disputa todavía.
Enhorabuena hayan podido los Papas hacer valer en aquel
tiempo este dominio eminente, ó feudalidad universal , que
una opinion igualmente universal no les dispustaba. Hayan
podido exigir homenajes, imponer contribuciones, aun ar
bitrariamente si se quiere; no tenemos interés en examinar
aquí estos puntos. Pero siempre será cierto que los Papas nun
ca han buscado , ni se han aprovechado de la ocasion para
aumentar sus Estados á expensas de la justicia, cuando nin
guna otra soberanía temporal siguió este buen ejemplo; y
que aun hoy mismo con toda nuestra filosofía , nuestra civi
lizacion y nuestros bellos libros, no habrá acaso en Europa
una potencia en estado de justificar mejor sus posesiones de
lante de Dios y de la razon.
En las Carlas sobre la Historia se lee , que los Papas se
- 207 —
han aprovechado, algunas veces, de su poder temporal paTa
aumentar sus posesiones '. Pero la voz algunas neces es muy
vaga; la de poder temporal tambien lo es; y la de posesioné
propiedad es aun mayor. Espero, pues, que se me explique
cuándo y cómo han empleado los Papas su autoridad espiri
tual ó sus medios políticos para extender sus Estados , á cos
ta de algun propietario legítimo.
Mientras que este propietario se nos presenta , observare
mos, no sin admiracion , que entre todos los Papas que han
reinado en los tiempos de su mayor influencia, no se encuen
tra ni uno que haya sido usurpador; y que aun cuando ha
cían valer sus derechos de soberanía feudal sobre tal ó tal
Estado, se han valido siempre de ellos mas para donarle,
que para retenerlo.
Los Papas, considerados aun como simples Sobrranos, son
muy notables bajo este punto de vista. Julio II, por ejem
plo, hizo una guerra terrible á los venecianos; mas fue para
recuperar las ciudades que le habia usurpado aquella Repú
blica.
Este punto es uno de aquellos sobre que invoco confiada
mente aquella ojeada general que debe determinar el juiciode
los hombres sensatos. Los Papas reinan por lo menos desde
el siglo IX; y contando desde aquel tiempo, no se hallará
en ninguna dinastía soberana mayor respeto hacia el terri
torio ajeno, ni menos deseo de aumentar el propio.
Los Papas, como Principes temporales, igualan ó exceden
en poder á otros muchos Principes de Europa. Examínen
se!, pues, todas las historias de los •diferentes países, y se
verá en general una política del todo diferente de la de los
Papas. Y ¿por qué estos no habrian podido obrar política
mente como los otros? Sin embargo, no se ve de su parte
aquella inclinacion á engrandecerse , que forma el carácter
distintivo y general de toda soberanía.
Julio II, de quien acabamos de hablar, es, si no me en-
1 Esprit de l'histoire, lettrc XL : Paris, Nyon, 1803, io 8." t. II,
pag. 399. ' • <
- 208 —
gaña mi memoria , el único Papa que haya adquirido al
gun territorio por las reglas ordinarias del derecho público,
en virtud de un tratado que terminó una guerra * ; tratado
por el cual se le cedió el ducado de Parma: mas esta adqui
sicion, aunque nada culpable, chocaba no obstante al ca
rácter pontifical; y así es que muy pronto salió del dominio-
de la Sania Sede. A esta soberanía sola está reservado el ho
nor de no poseer hoy sino lo que poseia hace diez siglos.
Aquí no se encuentran tratados, ni combates, ni intrigas,
ni usurpaciones; y subiendo al origen, se llega siempre á
unadonacion. Pipino, Carlomagno, Luis, Lotario , Enrique
Otton, la condesa Matilde, formaron este Estado temporal de
los Papas, tan precioso para el Cristianismo; pero la fue-rza
de las cosas lo habia comenzado, y esta operacion oculta es-
uno de los espectáculos mas curiosos de la historia.
No hay en toda Europa una soberanía mas justificada, si
se permite decirlo así, que la de los Sumos Pontífices, de la
cual puede decirse, como de la ley divina, iustificata in se-
metipsa. Pero lo que hay aun de mas admirable es, ver que
los Papas han llegado á ser Soberanos sin reparar en ello, y
aun hablando en todo rigor, contra su voluntad. Una ley invi
sible elevaba la Silla de Roma, y puede decirse que el Jefe
de la Iglesia universal nació Soberano. Desde el cadalso de
los Mártires subió sobre un trono que entonces apenas se per
cibia, pero que se consolidaba insensiblemente como todas
las cosas grandes, y que desde su primera edad anunciaba
ya una cierta atmósfera de grandeza que lo rodeaba , sin cau
sa alguna humana á que poder atribuirlo. El romano Pon
tífice necesitaba riquezas, y estas crecían en sus manos; ne
cesitaba de brillantez, y no sé qué esplendor extraordinario
salía
* Ydelaun,
trono
segun
de cierta
san Pedro,
observacion
en términos
hecha en, Roma,
que yapodria
en elmuy
si-

bien contradecirse esta excepcion única; pues Julio II no hizo mas


que reclamar en justicia los derechos legítimos de la Santa Sede so
bre el ducado de Parma ; derechos que incontestablemente provenían
de las donaciones de Pipino, ó de las de la condesa Matilde.
— 209 —
glo IV uno de los mas grandes personajes de Roma , prefec
to de la ciudad, segun nos refiere san Jerónimo, decia en
tono de burla: «Prometed hacerme Obispo de Roma, y des
«de luego me hago cristiano '.» Quien hablase aquí de am
bicion religiosa, de avaricia, de influencia sacerdotal, pro
baria que se halla á nivel de su siglo, pero muy inferior
á su objeto. ¿Cómo puede concebirse una soberanía sin ri
quezas? Estas dos ideas son una contradiccion manifiesta.
Siendo, pues, las riquezas de la Iglesia romana el signo de
su dignidad y el instrumento necesario de su accion legíti
ma, fueron obra de la Providencia, que desde su origen las
marcó con el sello de la legitimidad. Se las ve, y no se sa
be de dónde vienen ; se las ve , y nadie se queja de ello *. El
respeto, el amor, la piedad, la fe las han acumulado; y de
ahí vienen esos vastos patrimonios que tanto han ejercita
do la pluma de los sábios. San Gregorio á fines del siglo VI
poseia veinte y tres en Italia, y en las islas del Mediterrá
neo, en Iliria, en Dalmacia, en Alemania y en las Galias \
La jurisdiccion de los Papas en estos patrimonios lleva con
sigo un carácter singular que no se comprende fácilmente
entre
1 Zacearía,
las tinieblas
Antifebronius
de estavindicatus,
historia, pero
t. IV,que
disert.
aparece
9, c. 3,visi-

gina 33.
* Solo el desinterés filosófico de nuestros dias, que, como la san
guijuela, nunca dice basta, es el que las ha mirado con cierta envidia,
que, cuaudo ha podido, ha parado en robo y usurpacion. Del mismo
manantial traen su origen esas vanas declamaciones sobre el dinero
que va á Roma; no parece sino que se les quita á los reformadores
cuanto se da al Padre de los fieles por causa de religion. En tantos
planes de economía, no vimos jamás uno sobre el sueldo de los cómi
cos. ¡ Ah ! estos ciudadanos eran mas útiles para la reforma de las
costumbres. *
* Véase la Disertacion del abate Cenni al fin del libro del cardenal
Orsi : Del origen del dominio del romano Pontífice sobre los Estados
temporales que le están sujetos : Koma, Pagliarini , en 12.° 1754, pá
gina 306 y 309. El patrimonio llamado de los Alpes marítimos era
inmenso, pues comprendía á Genova y toda la costa del mar hasta las
fronteras de Francia, (lbid.).
14 TOMO I.
— 210 —
blemente superior á la simple propiedad ; y así se ve á los
Papas enviar sus oficiales , dar órdenes , y hacerse obedecer
en países lejanos, sin que sea posible dar nombre á esta su
premacía,
En Roma,porque
siendo
la Providencia
todavía pagana,
aun noel seromano
lo habia
Pontífice
dado.

era ya un embarazo á los Césares. No era mas que su sub


dito ; ellos lo podían lodo contra él , sin que él tuviese el me
nor poder contra ellos, y sin embargo no podian sufrirlo á
su lado: Porque sobre su frente se leia el carácter de « un sa-r
«cerdoeio tan eminente, que el Emperador, que ponia entre
«sus títulos el de Soberano Pontífice, manifestaba mas in-
« quietud de verlo en Roma, de la que sufriría de ver en los
aejércilos otro César que le disputase el Imperio '.» Una
fuerza oculta los arrojaba de la Ciudad eterna, para darla al
Jefe de la Iglesia eterna. Acaso en el espíritu de Constantino
se unió un principio de fe y de respeto á esta inquietud de
que hablamos; pero no dudaré tampoco que este sentimien
to haya influido en la determinacion que tomó de trastadar
la silla del Imperio, masque todos los motivos políticos que
se le atribuyen. Así se cumplía el decreto del Altísimo Un
mismo recinto no podia contener al Emperador y al Pontí
fice; y Constantino cedió Roma al Papa. La conciencia del
género humano, que es infalible, no lo entendió de otra ma
nera; y de ahí nació la fáhula de la donacion, que es muy
verdadera. La antigüedad, que gusta mucho de verle y to
carlo lodo, hizo inmediatamente de este abandono (al que no
hubiera sabido' cómo llamar) una donacion en forma; la vió
escrita sobre pergaminos, y colocada en el altar de san Pe
dro. Los modernos gritan que es una falsedad, y no ven que
es la misma inocencia que refiere así sus pensamientos 3. Así;

1 Bossuet, Carta pastoral sobre la Comunion pascual, núm. -í,


ex Cypr. [Link]. LI ad Ant.
1 llliad.I.S.
3 ¿No yiá tambien un Ángel que aterró á Átila delante de san
Leon? Los modernos no ven en ello mas que el ascendiente del Pon
tífice; mas pregunto, ¿cómo se pinta un ascendiente? Sin la lengua
— 211 —
pues, nada hay mas cierto que la donacion de Constantino.
Desde aquel momento se conoció que los Emperadores es
taban en Roma como en casa ajena , semejantes á los foras
teros que de tiempo en tiempo vienen con permiso á vivir
allí. Aun mas: Odoacro con sus hérulos viene á dar fin al
Imperio de Occidente en 475; y en breve los hérulos des
aparecieron á la vista de los godos; y estos á su vez cedie
ron el lugar á los lombardos que se apoderaron del reino de
Italia. ¿Qué fuerza, pues, era esa, que durante mas de tres
siglos
table suimpedia
trono en
á lodos
Roma?estos
¿Qué
Principes
brazo los
fijarrechazaba
de un modo
á Milan,
es-

á Pavía, á Ravena, etc.? La donacion, que obraba sin ce


sar, y que venia de muy alto para no ser ejecutada.
Es una cosa incontestable y que no admite contradiccion,
que los Papas no cesaron de trabajar para conservar á los
Emperadores griegos lo que les quedaba en Italia contra los
godos, los hérulos y los lombardos. Nada omitieron para
alentar á los exarcas, é inspirar fidelidad á los pueblos, ins
tando continuamente á los -Emperadores griegos para que
viniesen á socorrer la Italia: mas ¿qué podíi sacarse de es
tos miserables Principes? No solamente no podían hacer co
sa alguna en favor de la Italia, sino que aun la vendian , la
engañaban sistemáticamente ; porque habiendo hecho tratados
con los bárbaros, que les amenazaban por la parte de Cons-
tantinopla, no se atrevían á incomodarles en Italia : de modo,
que el estado de aquel hermoso país no puede describirse, y
causa aun lástima en la historia. Asolada por los bárbaros, y
abandonada de sus Soberanos, la Italia no sabia ya á quién
pertenecía, y sus pueblos estaban reducidos á la desespera
cion. En medio de estas grandes calamidades , los Papas eran
el único refugio de los desdichados: sin quererlo, y por sola
la fuerza de las circunstancias, los Papas fueron sustituidos
pintoresca de los hombres del siglo V, no existiría una de las obras
maestras de Rafael : por lo demás, todos convenimos en el prodigio.
Un ascendiente que detiene á Átila , es ta» sobrenatural como un Án
gel. ¿Y quiéu sabe aun si son dos cosas diferentes?
14*
al Emperador, y todos volvían los ojos hacia ellos. Italianos,
hérulos, lombardos, franceses, todos estaban de acuerdo so
bre este punto. San Gregorio decía ya en su tiempo: «Cual-
« quiera que llega al puesto que yo ocupo, se halla abruma-
«do de negocios hasta tal punto, que muchas veces puede
«dudar si es Principe ó Pontífice '. »
En efecto, en .muchos lugares de sus cartas se le ve hacer
el papel de un administrador soberano. Yaenvia, por ejem
plo, un gobernador á Nepi , mandando al pueblo que le obe
dezca como si fuese el mismo Sumo Pontífice ; ya despacha
un tribuno á Ñapoles , encargado de la custodia de aquella
gran ciudad y así pudieran citarse otros muchos ejempla
res semejantes. De todas partes se dirigían al Papa; todos
los negocios se le presentaban , é insensiblemente, y sin saber
cómo, habia llegado á ser en Italia, con relacion al empera-
rador griego, lo que era en Francia el mayordomo mayor de
Palacio respecto del rey titular.
Esto no obstante, las ¡deas de usurpacion eran tan ajenas
de los Papas, que un año antes de la llegada-de Pipino á Ita
lia, rogaba aun Esteban II al mas miserable de estos prin
cipes (Leon Isáurico) que oyese las súplicas que no habia
cesado de dirigirle, para que viniese á socorrer á Italia 3.
Se ha creido comunmente que los Papas pasaron repenti
namente del estado particular al de Soberanos, y que lo de
bieron todo á los Carlovingios. Sin embargo,,nada es mas
falso que esta idea; pues antes de las famosas donaciones,
que mas que á la Santa. Sede honraron á la Francia (aun
que acaso no está muy persuadida de ello.) , los Papas eran
1 «Hoc ¡n loco quisqtiis pastor dicitur, curis exterioribus graviter
oceupatur, ita ut saepc incertum sit utruin pastoris oflicium an ter-
reni proceris agat. » ( Lib. I, Epist. XXV, ad loh. Episc. C. P. etcaet.
orient. PP. — Orsi, libro citado, pref. pág. 19).
8 Lib. II, Epist. XI al. VIII, ¡Sepes, ibid. píig. 20.
3 o Deprecans imperialém clementiam , ut huta id quod et saepius
scripserat, cum exercitu ad tuendas has Italiae partes modis omnibus
adveniret, etc.» (Anastasio el Bibliotecario citado en la Disertacion
deCenni, ibid. pág. 203).
- 213 -
ya soberanos de hecho , y no les faltaba mas que el título.
' Gregorio II escribia al emperador Leon : « El Occidente en-
«fero tiene puestos los ojos sobre nuestra humildad... y nos mi
ara como el árbitro y moderador de la tranquilidad públi-
«ca... Si os atreviéseis á probarlo, lo encontraríais dispuesto
« á llegar aun adonde vos estais , para vengar ahí las injurias
« de vuestros subditos de Oriente. »
Zacarías, que ocupó la Silla pontificia desde 741 á 752,
envió una embajada á Rachis, rey de los lombardos, y ajus
tó con él una paz de veinte años , en virtud de la cual quedó
tranquila toda la Italia.
Gregorio II en 726 envió embajadores á Cárlos Martel, y
trató con él como de príncipe á príncipe
Cuando el papa Estéban vino á Francia, Pipino salió á
recibirle con toda su familia , y le hizo los honores de sobera
no, prosternándose los hijos del Rey delante del Pontífice.
¿Qué obispo ó qué patriarca de la cristiandad se hubiera
atrevido á pretender tales distinciones? En una palabra, los
Papas eran señores absolutos, soberanos de hecho, ó por ha
blar mas exactamente, soberanos por fuerza, antes de todas
las donaciones carlovingianas ; y aun durante este mismo
tiempo, no cesaron hasta Constantino Coprónimo de datar
sus diplomas por los años de los Emperadores, exhortándo
los continuamente á defender la Italia, á respetar la opinion
de los pueblos, y á no turbar las conciencias; pero los Em
peradores nada escuchaban , y la última hbra habia ya llega
do. Los pueblos de Italia, apurados y llevados á la desespe
racion, ya á nadie pidieron consejo sino á sí mismos; y al
verse abandonados de sus señores y despedazados por los
bárbaros, se eligieron jefes y se dieron leyes. Los Papas he
chos duques de Roma , por el hecho y por el derecho , no
pudiendo resistir mas al deseo de los pueblos que se arro
jaban en sus brazos , y no sabiendo ya cómo defenderlos de
1 Pueden verse todos estos hechos circunstanciados en la obra del
cardenal Orsi, que ha apurado la materia. Yo no puedo insistir sino
sobre las verdades generales y sobre los rasgos mas notables.
- 214 —
los bárbaros, volvieron su vista sobre los Príncipes fran
ceses.
Todo lo demás es bien conocido. ¿Qué podremos decir,
despues
ca, Tomasino,
de lo que
Muratori
han dicho
, OrsiBaronio,
, y otros Pagi,
muchosle que
Cointe,.Mar-
nada han

omitido para poner en toda su claridad esta grande época de


la historia? Solamente observaré dos cosas , siguiendo el plan
que me he propuesto :
1.a La idea de la soberanía pontifical , anterior á las do
naciones carlovingianas, era tan universal é incontestable,
que Pipino, antes de atacar á Astolfo, le envió muchos em
bajadores para empeñarle á restablecer la paz, y á restituir
las propiedades de la santa Iijlcsia de Dios y de ta república
romana; y el Papa por su parte rogaba por sus embajado
res al Rey lombardo : «Que restituyese de buena voluntad,
«y sin efusion de sangre, las propiedades de la santa Igle-
«sia de Dios y de la república de los romanos '.» En fin, en
la famosa Carta : Ego Ludovicus, Ludovico Pio expresa: « Que
«Pipino y Caiiomagno habian restituido hacia largo tiem-
«po, por un acto de donacion, el exarcado al bienaventura-
«do Apóstol y á los Papas *.»
¿Puede imaginarse un olvido mas completo de los Empe
radores griegos, ni una confesion mas clara y mas explícita
de la soberanía romana?
Cuando los ejércitos franceses derrotaron á los lombardos
y restituyeron al Papa en todos sus derechos, se vieron lle
gar á Francia embajadores del Emperador griego , que ve
nían á quejarse y á proponer « con un aire incivil y desaten-
«to á Pipino , que les volviese las conquistas ; » pero la corte
1 «Ut pacifleé sine ulla sanguinis elTusionc, propria S. Dei Eccle-
siae et Bcipublicae Rom. reddant iura; y mas arriba .uestitüenu.v
iira.» (Orsi, ibid. c. 7, pag. 9í, segun Anastasio el Bibliotecario.
1 «Exarcatum quem... Pipinus Box... .et genitor noster Carolas,
Imperator, B. Petro et praedecessoribus vestris iam dudum per do-
nationis paginam restitubrcnt. » Esta pieza se ha impreso toda en
tera en la nueva edicion de los Anales del cardenal Baronio, t. XIII,
pág.627. (Orsi, ibid. c. 10, pag. 204).
de Francia se rió de ellos, y con mucha razon. El cardenal
Orsi acumula las autoridades mas respetables para estable
cer que los Papas se condujeron en esta ocasion segun todas
las reglas de la moral y del derecho público ; yo no repetiré
lo que ha dicho este docto escritor, que cualquiera puede
consultar ': tanto nías, cuanto parece que no puede haber
dudas sobre este punto. -
2." Los sabios arriba citados han empleado mucha eru
dicion y dialéctica para caracterizar con exactitud la especie
de soberanía que los franceses establecieron en Roma, des
pues de la expulsion de los griegos y de los lombardos. Los
monumentos parecen á veces contradecirse, y no es extraño;
era preciso que fuese así. Unas veces parece que es el Papa
quien manda en Roma, otras que es el Emperador; yes que
la soberanía conservaba mucho de aquel carácter ambiguo
con que se nos presentaba antes de la llegada de los Carlo»-
vingianos. El Emperador de Constantinopla la poseia de de
recho, y los Papas, léjos de disputársela, los exhortaban á
defenderla. Predicaban á los pueblos la obediencia, y entre
tanto lo hacían todo. Despues del grande establecimiento
obrado por los franceses, el Papa y los romanos , acostum
brados á la especie de gobierno que habia precedido, deja
ron correr libremente los negocios sobre el mismo pié que
antes, y aun se prestaban tanto mas fácilmente á esta forma
de administracion, cuanto que se hallaba sostenida por el
reconocimiento,
En medio del por
trastorno
la inclinacion
general, yque
porseñala
la sanaesta
política.
triste pe

ro interesante época de la historia, la inmensa multitud de


bandidos que supone tal estado de cosas ; el peligro de los
bárbaros siempre á las puertas de Roma; el espíritu repu
blicano que principiaba á fermentar en las cabezas italianas;
todas estas causas reunidas hacian indispensable la inter
vencion de los Emperadores en el gobierno de los Papas ; pero
en medio de esta undulacion , que parecía balancear el po
der en sentido contrario , es fácil reconocer la soberanía de
1 Orsi, ibid. c. 7, pág. 104 y sig.
— 216 —
los Papas, que frecuentemente era protegida, algunas veces
dividida de hecho, mas nunca borrada ni destruida. Ellos
hacen la guerra, concluyen la paz , administran justicia , cas
tigan los delitos, acuñan moneda, envian y reciben emba
jadas. Aun el hecho mismo que se ha querido alegar contra
ellos, depone al contrario en su favor. Hablo de la dignidad
de patricio que habian conferido á Carlomagno , á Pipino , y
acaso tambien á Gárlos Martel ; porque este título no signi
ficaba ciertamente entonces sino la mayor dignidad de que
puede gozar un hombre 1 bajo un señor.
Temo prolongarme demasiado, aunque no digo sino lo
tlue es rigorosamente necesario para poner en toda claridad
este punio, uno de los mas interesantes de la historia. La so
beranía por su naturaleza es semejante al Nilo, que oculta
su origen. Solo la de los Papas deroga á la ley universal ;
pues todos sus elementós se han puesto de manifiesto, para
que nadie pueda dejarla de ver, et vincat cum iudicatur. Na
da hay mas evidentemente justo en su origen que esta so
beranía extraordinaria. La incapacidad, la bajeza, la fero
cidad de los Soberanos que la precedieron, la tiranía inso
portable ejercida sobre las personas , bienes y conciencia de
los pueblos , el formal abandono con que fueron entregados
sin defensa á la ferocidad de los bárbaros , el grito del Oc
cidente que abdicó á su antiguo dueño, la nueva soberanía
que se 'eleva, se avanza y se sustituye á la antigua sin el
menor trastorno , sin rebelion , sin efusion de sangre , con
ducida por una fuerza oculta, inexplicable é invencible, y
jurando fe y fidelidad hasta el último instante á la débil y
despreciable potencia que iba á reemplazar; en fin , el dere-

1 « Patrien dicti illo saeculo ct superioribus , qui Provincias cum


sumiría auctoritate, sub Principum imperio administraban!. » (Marca,
De Concord. sacerd. el imp. lib. XII). Marca da aquí la fórmula del
juramento que prestaba el patricio, y el cardenal Orsi la ha copiado,
c. 2, pág. 23. Es muy notable que en seguida de esta ceremonia, el
patricio recibia el manto real y la diadema. (Manlum... et aureum
circulum in capilej. Ibid. pág. 27.
— 217 —
cho de conquista obtenido y cedido solemnemente por uno
de los mas grandes hombres que han existido, hombre cuya
grandeza se ha comunicado á su nombre mismo, y que el
género humano mas bien que grande ha proclamado Magno :
hé ahí los títulos de los Papas, y la historia nada presenta
semejante.
Esta soberanía se distingue, pues, de todas las demás en
su principio y en su formacion, y se distingue de un modo
eminente, poique no presenta en su duracion, segun deja
mos observado ya, aquella sed insaciable de aumento terri
torial que caracteriza á todas las otras soberanías. En efec
to , ni por el poder espiritual de que en otros tiempos hizo
tanto uso, ni por. el temporal de que pudo haber usado co
mo cualquier otro Príncipe de su misma fuerza, nunca jamás
se la ha visto aspirar al engrandecimiento de sus Estados por
los medios tan familiares á la política ordinaria ; de manera,
que aun despues de haber pasado revista á todas las flaque
zas humanas, el prudente observador no puede menos de
formar allá en su interior la idea de un poder evidentemen
te protegido y asistido.
Acerca de las guerras que han sostenido los Papas, es
preciso ante todas cosas explicar bien la voz de poder tempo
ral. Ella es equívoca, como ya lo hemos dicho, y entre los
escritores franceses unas veces significa la accion ejercida so
bre lo temporal de los Príncipes en virtud del poder espiri
tual, y otras el poder temporal que pertenece al Papa como
soberano, y que lo asimila perfectamente á los oíros.
En otra ocasion hablaré de las guerras que la opinion ha
podido atribuir al poder espiritual. Respecto á las que los
Papas han hecho como simples soberanos, está todo dicho
con solo observar que ellos lenian el mismo derecho de ha
cer la guerra que los demás Príncipes, pues ninguno le tie
ne de hacerla injustamente, y todo príncipe tiene derecho de
hacerla con justicia. Por ejemplo , quisieron los venecianos
usurpar algunas ciudades al papa Julio II , ó á lo menos re
tenerlas contra todas las reglas de la justicia ; el Príncipe Pon
— 218 —
tífice, una de las testas mas grandes que han ocupado los tro
nos, les hizo duramente arrepentirse. Fue una guerra como
todas las demás, un negocio temporal de príncipe á prínci
pe, y enteramente extraño á la Historia eclesiástica. ¿Y. de
dónde vendría al Papa la obligacion de no poder defender
se? ¿Desde cuándo acá debe un Soberano dejarse despojar
de sus Estados sin oponer ninguna resistencia? Este seria
un principio nuevo, y sobre todo muy á propósito para alen
tar á los usurpadores , que no necesitan de semejantes incen
tivos.
Sin duda es un gran mal que los Papas se hayan visto for
zados á hacer la guerra, y sin duda Julio II, de quien ha
blamos, fue demasiado guerrero; mas no obstante, la equi
dad lo absuelve hasta un punto que no es fácil determinar.
«Julio, dice el abate Feller, se olvidó de la sublimidad de su
«destino; no vió lo que tan bien ven hoy sus sábios suceso-
ares, á saber, que el romano Pontífice es el Padre comun,
«y que debe ser el árbitro de la paz , mas no la tea de la dis
cordia y de la guerra '. »
Seguramente es así , cuando esto es posible ; pero en ca
sos de esta naturaleza , la moderacion del Papa depende de
la que tengan con él las demás potencias. Si ellas le atacan,
¿de qué le sirve su cualidad de Padre comun? ¿Debe limi
tarse á echar bendiciones sobre los cañones apuntados con
tra él? Cuando Bonaparte invadió los Estados de la Iglesia,
Pio VI le opuso un ejército : Impar congressus Achüli! Pe
ro al fin sostuvo el honor de la soberanía, y se vieron flotar
sus estandartes; y si otros Príncipes hubieran podido y que
rido unir sus armas á las del Padre Santo , el mas violento
enemigo de la Santa Sede ¿hubiera osado provocar esta
guerra, y condenar en los subditos del Papa los mismos es
fuerzos que hubieran ilustrado á todos los demás del uni
verso ?
Todas esas caritativas homilías dirigidas á los Papas acer
ca del papel pacífico que conviene á su carácter sublime,
1 Feller, Diccionario histórico, art. Julio II.
- 219 —
son muy fuera de propósito, á menos que no se trate de guer
ras ofensivas é injustas, lo que creo que nunca se ha visto,
ó á lo menos tan rara vez , que de ningun modo pueden des
truir mis proposiciones generales sobre este asunto.
El carácter, es preciso repetirlo, no puede borrarse ente
ramente en los hombres. La naturaleza es dueña de poner
en la cabeza ó en el corazon de un Papa el genio y el ascen
diente de un Gustavo Adolfo, ó de un Federico II. Si las ca
sualidades de la eleccion colocan en el trono pontifical á un
Cardenal de Richelieu, difícilmente podrá mantenerse allí
tranquilo ; será preciso que se agite , que se muestre como
es: unas veces será Rey sin ser Pontífice, y otras, aunque
mas raras, alcanzará de sí ser Pontífice sin ser Rey. Sin em
bargo, en estas mismas ocasiones, al través de los rasgos de
la soberanía , se dejará conocer el Pontífice. Tomemos por
ejemplo al mismo Julio II, que, si no me engaño, es el Papa
que ha dado mas lugar á la crítica sobre el asunto de la guer
ra; y comparémoste con Luis XII, pues que la historia nos
los presenta en una posicion absolutamente semejante, el uno
en el sitio de la Mirándula, y el otro en el de Pescara, du
rante la liga de Cambray. «El buen Rey, el padre del pue-
«blo, el buen hombre en su casa 1 , no se preció de hacer uso
« de sus máximas de clemencia con la guarnicion de Pescara
« Todos sus habitantes fueron pasados á cuchillo, y el gober-
« nador Andrés Riva con su hijo fueron ahorcados sobre la
«muralla3.»
Véase al contrario á Julio II en el sitio de la Mirándula :
1 Voltaire, Ensayo sobre las costumbres , etc., t. II1, c. 112. Este
rasgo malicioso merece atencion. Yo no alabaré la coraza de Julio II,
aunque la de Jimenez de Cisneros haya merecido algun elogio; pero
digo, que antes de condenar la política de Jolio, era menester exami
nar la que tenia su contrario. Las potencias de segundo órden hacen
lo que puedeu, y luego se las juzga como si hubiesen hecho lo que han
querido. No hay cosa mas comun, pero tampoco mas injusta.
' Historia de la liga de Cambray , lib. I, c. 28.
3 Vida y pontificado de Leon X en inglés por Roscoe. London.
1803, t. II, c. 8,pag. 68.
— 220 —
sin duda permitió algo á su carácter moral , y su entrada por
la brecha no fue muy pontifical ciertamente; mas luego que
enmudeció el cañon , ya no hubo para él enemigos ; y el his
toriador inglés del pontificado de Leon X nos ha conservado
algunos versos latinos, donde el poeta dice con elegancia á
este Papa guerrero : « Apenas es declarada la guerra , y ya
«sois vencedor; pero en vos el perdon es tan pronto como la
« victoria. Combatir, vencer y perdonar, para vos es una mis-
«ma cosa. Un dia nos dió la guerra, al siguiente la vimos
«acabar, y vuestra cólera no duró mas qne la campaña. Este
«nombre de Julio lleva en sí mismo algo de divino, pues deja
«dudar si el valor es superior á la clemencia '.»
Bolonia habia insultado con exceso á Julio II, llegando
hasta deshacer las estatuas de este Pontífice que se dice tan
altivo; y no obstante, habiéndola obligado á rendirse á dis
crecion, se contentó con amenazarla y exigir algunas mul
tas; y en breve enviando á Leon X, que entonces era car
denal, como legado á ella, todo quedó enteramente tran
quilo \ Bajo la mano de Maximiliano, y aun del mismo buen
Luis XII, no hubiera salido tan bien librada.
Léase la historia con atencion y sin preocupaciones, y se
verá con asombro esta diferencia , aun entre los Papas que
han sido menos Papas , si es permitido explicarse así. Por lo
demás, todos juntos, como Príncipes, han tenido los mismos
derechos que los demás Soberanos, y no es permitido cen
surar sus operaciones políticas, aun cuando hubieran tenido

1 «Vix bellum indictum est cum vincis, ncc ciüus \¡s


Yincere quam parcas; baec tria agis pariter.
Una dedit bellum , bellum lux sustulit una ,
Nec tibí quam bellum longior ira fuit.
Hoc nomen rfivinum aliquid fcrt secum , et utrum sit
Mitior an ue idcm fortior, ambigitur. »
Casanova , Post expugnationem Mirandulae , 21 de junio de 1811 ;
Roscoe, ibid. pág. 88. * Valia, pues, tanto á lo menos como el padre
del pueblo, con quien tuvo tanto que habérselas.
1 Roscoe, ibid. c. 9, pág. 128.
— 221 —
la desgracia de no obrar mejor que sus augustos colegas.
Pero si se observa , respecto de la guerra en particular, que
los Papas la han hecho menos veces que los otros Principes;
que han procedido en ella con mas humanidad ; que nunca
la han buscado ni provocado, y que desde ei momento en
que los Principes,. por no sé qué convencion tácita, que me
rece alguna atencion , parecen haberse convenido en reco
nocer la neutralidad de los Papas, no se han mezclado ya en
las intrigas ú operaciones guerreras ; no podrá menos de con
fesarse que los Papas, aun en el orden político, han mante
nido siempre aquella superioridad que debia esperarse de su
carácter religioso. En una palabra, lo único que podrá de
cirse de ellos con justicia es, que considerados como Princi
pes temporales, alguna vez no se han conducido mejor que los
otros Principes; pero todo lo demás es una calumnia.
Mas esta palabra alguna vez designa anomalías que no de
ben tomarse en consideracion. Cuando digo, por ejemplo,
que los Papas como Principes temporales jamás han provo
cado la guerra, no pretendo responder de cada hecho de esta
larga historia, examinada línea por línea, pues nadie tendrá
derecho á exigirlo de mí. Sin convenir inútilmente en nada,
insisto sobre el carácter general de la soberanía pontificia.
Para juzgarla rectamente , es menester mirarla de muy alto,
y no ver mas que el conjunto de ella. Los que sean miopes
no deben leer la historia ; pierden el tiempo en ello.
Pero ¡cuán difícil es juzgará los Papas sin preocupacion!
El siglo XVI encendió un odio mortal contra el Pontífice; y
la incredulidad de nuestro siglo, hija primogénita dela Re
forma , no podia menos de adoptar todas las pasiones de su
madre. De esta coalicion terrible ha nacido una antipatía cie
ga, que repugna aun el instruirse, y que no ha cedido, ni
con mucho, al escepticismo universal. Al leer los periódicos
ingleses se llena uno de asombro á vista de los errores incon
cebibles de que se ven aun imbuidas ciertas personas, por
otro lado rectas y muy apreciables.
En la época de los famosos debates del Parlamento inglés
— m —
de 1805, sobre lo que se llamaba la emancipacion de los Ca
tólicos, un miembro de la Cámara alta se explicaba así en
una sesion del mes de mayo : «Yo creo, y aun estoy cierto,
«que el Papa no es mas que un títere miserable entre las ma
linos del usurpador del trono de los Borbones; que no se
«atreve á hacer el menor movimiento sin orden de Napoleon ;
«y que si este le pidiese una bula para animará los clérigos
«irlandeses á que sublevasen sus ovejas contra el Gobierno,
«de ningun modo se la negaría al déspota '. »
Mas aun estaba húmeda la tinta que nos ha transmitido
esta curiosa certidumbre, cuando el Papa amenazado con to
do el ascendiente del terror á prestarse á las miras genera
les de Bonaparte contra los ingleses, respondió : «Que sien-
«do el Padre comun de todos los Cristianos, no podia tener
« enemigos entre ellos * ; » y bien lejos de acceder á una con
federacion, primero directa, y despues indirecta contra la
Inglaterra, se dejó ultrajar, arrojar y aprisionar, principian
do en fin el prolijo martirio que lo ha hecho tan recomen
dable al universo entero.
Si yo tuviese ahora el honor de hablar al noble Lord que
estaba s<guro de que el Papa no era mas que un títere misera
ble , á las órdenes del usurpador, no le preguntaria qué
piensa del Papa, sino qué piensa de sí mismo, acordándose
de su discurso.
1 (Debatís dd Parlamento inglés : yol. 4, Lóndres, 1803 en 8.°,
col. 7201. Este tono colérico é insultante debe extrañarse mucho en la
boca de un Par; porque es una regla general, digna de la atencion de
todo verdadero observador, que eu luglaterra el odio contra el Papa
y contra el siste¡na católico se halla eu razon inversa de la dignidad
intrínseca de las personas. Hay sin duda algunas excepciones ,. pero
pocas respecto de la totalidad.
s Véase la nota del Cardenal secretario de Estado, fecha en el pa
lacio Quiriual el 19 de abril de 1808 en respuesta á la del Sr. Lefebre,
encargado de negocios de Francia.
— 223 -

CAPÍTULO VII.

OBJETOS QUE SE PROPUSIERON LOS ANTIGUOS PAPAS EN SUS


CONTESTACIONES CON LOS SOBERANOS.

Si se examina, segun la regla incontestable que hemos es


tablecido, la conducta de los Papas durante la larga lucha
que han sostenido contra el poder temporal, se hallará que
se proponían tres objetos, y los siguieron invariablemente,
con todas las fuerzas que tenian á su disposicion en su doble
cualidad de Papas y Soberanos. Primero, la conservacion inal
terable de las leyes del matrimonio, contra todos los ataques
del libertinaje todopoderoso. Segundo, la conservacion de los
derechos de la Iglesia , y de las costumbres sacerdotales. Ter
cero, la libertad de Italia.

ARTÍCULO i.
Santidad de los matrimonios.
Un grande enemigo de los Papas, que se ha quejado mu
cho del escándalo de las excomuniones, observa que siempre
eran matrimonios hechos ó rotos los que anadian este nuevo es
cándalo al primero '.
Segun esto , un adulterio público es un escándalo, y lo será
tambien el acto destinado para reprimirle. Nunca se ha visto
1 Cartas sobre la historia: París, Nyon , 1805, t. II , carta XLVII,
pág. 483. — Los talentos y los servicios del magistrado francés, autor
de estas cartas, lo han elevado á la dignidad de Par y al Ministerio.
Sin embargo, este respetable autor me permitirá que le contradiga al
guna vez, cuando sus ideas se opongan á las mías; porque los dos so
mos una prueba de que con miras igualmente rectas de una y otra
parte pueden ser los pareceres encontrados. Esta inocente polémica
espero que servirá á la verdad sin ofender á la cortesanía.
— 224 —
que tuviesen el mismo nombre cosas lan diferentes ; pero aten
gámonos por ahora á la asercion incontestable de que los Su
mos Pontífices emplearon principalmente sus armas espirituales
para reprimir la licencia anticonyunal de los Principes.
Generalmente hablando, los Papas y la Iglesia nunca han
hecho servicio mas señalado al mundo, que ctiando repri
mieron en los Príncipes , por medio de censuras eclesiásticas,
los accesos de una pasion terrible aun para los hombres man
sos y suaves; pero que deja de lener nombre entrelos hom
bres violentos, y que se burlará constantemente de las leyes
mas santas del matrimonio, en cualquiera parte donde se la
deje á sus anchuras. El amor, cuando no está domesticado
hasta cierto punto por una extrenia civilizacion, es un ani
mal feroz capaz de los mas horribles excesos. Si no se quiere
que lo devore todo, es preciso tenerle encadenado, y no pue
de estarlo sino por el terror. .Mas ¿qué se hará temer á quien
nada teme sobre la tierra? La santidad de los matrimonios,
base sagrada de la felicidad pública, es sobre todo de la ma
nes
yor de
importancia
cierto género
en las
tienen
familas
consecuencias
reales, donde
incalculables
los dpsórde-
que

el comun de las gentes está muy léjos de prever. Si en la ju


ventud de las naciones septentrionales no hubieran tenido
los Papas el medio de amedrentar las pasiones de los Sobe
ranos, los Príncipes, de capricho en capricho, y de abuso en
abuso, hubieran llegado á establecer como ley el divorcio,
y acaso tambien la poligamia; y repitiéndose este desórden,
como siempre sucede, hasta en las clases últimas de la so
ciedad, ¿quién podría calcular dónde se hubiera detenido
esta general inundacion? v
Lutero, desembarazado de esta autoridad incómoda, que
sobre ningun punto de la morales tan inflexible como sobre
el matrimonio, tuvo la impudencia de escribir en su Comen
tario sobre el Génesis, publicado en 1525 , que «sobre el pun
ido de saber si se pueden tener muchas mujeres, la autori-
«dad de los Patriarcas nos deja en plena liberiad ; que ello ni
«está permitido ni prohibido; y que él por sí no decide na<
— 225 -
«da '.» Edificante teoría que tuvo al instante su aplicacion
en la casa del Land grave de Hesse-Cassel *.
Hubiérase dejado obrar á los Príncipes indomables de ta
edad media, y pronto se hubieran visto las costumbres de
los paganos *. Aun la misma Iglesia, á pesar de su vigilan
cia, y de sus esfuerzos infatigables, y de la fuerza que ejer
cía sobre los espíritus, en algunos siglos mas ó menos remo
tos, no obtenía mas que sucesos equívocos ó intermitentes; y
solo ha podido vencer, no volviendo jamás atrás.
El noble autor arriba citado ha hecho reflexiones muy sa
bias sobre el repudio de Leonor de Guiena, y muy dignas
de ser notadas.
ce Este repudio, dice, hizo perder á Luis VII las ricas po-
« sesiones que su mujer le babia llevado. El matrimonio de
«Leonor redondeaba el reino, y lo extendía hasta el mar de
«Gascuña. Habia sido obra del célebre Suger, uno de los
«hombres mas grandes que han existido, gran ministro y
«gran bienhechor de la monarquía; quien mientras vivió se
«opuso á este divorcio, que debía traer tantas calamidades á
«la Francia : mas desde el punto de su muerte, Luis Vil ya
«no escuchó mas que los motivos personales de descontento
«que tenia contra Leonor. » Debía haber pensado que los ma
trimonios de los Reyes son algo mas que arios de familia. Que
son, y sobre todo eran entonces, tratados políticos que no se
pueden anular sin causar los mayores trastornos en los Estados,
cuya suerte se halla arreglada por ellos s.

1 Bellarra. De Conlrov. christ. (id. : Ingolstad , 1601 , in fot. t. III,


col. 173Í.
* Este es el príncipe respecto de quien los doctores luteranos die
ron aquel ruidoso escándalo de concederle dos mujeres.
s Voltaire, dice «que los reyes francos, Gontrano, Cariberto, Si-
«geberto, Chilperico y Danoberto, habían tenido muchas mujeres &
«un mismo tiempo, sin excitar la murmuracion; y que si esto era un
«escándalo, lo era sin turbulencia.» (Ensayo sobre lahistoria gene
ral, t. I , c. 30, pág. 4ifi). Aunque admitamos el hecho, solo probará
la gran necesidad que lenian aquellos Príncipes de ser reprimidos.
3 Cartas sobre la historia, carta XLVI, pág. 479-481.
15 tomo i.
— 226 —
Parece que no se podia hablar mejor, ni con mas acierto;
y sin embargo luego al instante , cuando se trata de los ma
trimonios en que el Papa habia creido deber interponer su
autoridad , la cosa mudaba de aspecto á los ojos del autor, y
la accion del Sumo Pontífice para impedir un adulterio so
lemne no era mas que un nuevo escándalo añadido al del
adulterio. ¡ Tal es , aun para los mayores talentos , la fuerza
poderosa de las preocupaciones de siglo, de nacion y de cuer
po ! Y no obstante era fácil de ver, que un hombre grande,
capaz de contener á un príncipe apasionado, y un principe
apasionado, capaz de dejarse dirigir por un hombre grande,
son dos fenómenos tan raros , que no hay otro que se les
iguale en el mundo , á no ser la feliz casualidad de hallarse
tal ministro con un tal principe.
El escritor citado dice muy bien: sobbe todo entonces.
Sin duda, sobre todo entonces, luego era menester entonces
remedios que se pueden excusar, y que aun serian perjudi
ciales en el dia de hoy. La extrema civilizacion amansa, do
mestica las pasiones, y al hacerlas acaso mas bajas y corrom
pidas, las quita por lo menos aquella feroz impetuosidad con
que se distingue la barbarie. El Cristianismo, que no cesa de
velar sobre el hombre , desplegó sobre todo sus fuerzas en la
juventud de las naciones : mas todo el poder de la Iglesia se
ria nulo, sí no se concentrase en una sola cabeza extranjera *
y soberana. Un eclesiástico súbdito carece siempre de fuer
za , y aun acaso debe carecer de ella respecto de su Sobera
no. Es cierto que la Providencia puede suscitar un Ambro
sio ( rara avis in terris) para contener y aterrar á un Teodo-
sio; pero en el curso ordinario de las cosas, todo lo que pue
de esperarse del sacerdocio, es el buen ejemplo y las repre
sentaciones respetuosas. No permita Dios que yo niegue el
mérito y eficacia de tales medios : mas para la grande obra
* Cuando se dice extranjera, no se crea que el Papa es extranjero
á parte alguna del Catolicismo : uu padre do es extranjero en la casa
de sus hijos : entiéndese aquí por lo mismo que no vasallo, no súbdito.
que se preparaba, eran necesarios otros; y para llevarla á
cabo en cuanto lo permite nuestra débil naturaleza , fueron
escogidos los Papas.
f?. Con efecto, los Papas nada han omitido para la gloria, la
dignidad , y sobre todo para la conservacion de las familias
soberanas. ¿Qaé otro poder podia apreciar mas la importan
cia de las leyes del matrimonio, especialmente sobre los tro
nos? Y ¿cuál otro podia hacerlas ejecutar sobre los tronos so
bre (odo? Nuestro siglo grosero ¿ solamente ha podido ocu
parse de uno de los mas profundos misterios del mundo? No
obstante, no seria difícil descubrir ciertas leyes, ni tampoco
demostrar la sancion de ellas en los sucesos comunes, si el
respeto lo permitiese. Pero ¿qué puede decirse á hombres
que creen que ellos pueden hacer soberanos?
Como este libro no es una historia, no quiero acumular
citas. Bastará observar en general , que los Papas han lu
chado, y ellos solos podian luchar incesantemente para man
tener en los tronos la pureza y la indisolubilidad del matri
monio, y que por esta sola razon debian colocarse á la ca
beza de los bienhechores del género humano. «Porque (nó-
«tese que es Voltaire quien habla) los casamientos de los
«Principes forman en Europa el destino de los pueblos, y
«nunca ha habido una corte entregada libremente á la pros-
«lüucion, sin que hayan resultado en ella revoluciones y se-
«diciones1.»
Es cierto que este mismo Voltaire , despues de haber dado
un testimonio tan brillante á la verdad, se deshonra muy
pronto con una contradiccion chocante, apoyada en una ob
servacion miserable : «La aventura de Lotario, dice, fue el
«primer escándalo de los Principes en el Occidente tocante al
«matrimonio *.» Hé aquí todavía la palabra escándalo, apli
cada con tan poca exactitud como dejamos notado arriba ;
1 Voltaire , Ensayo sobre la historia general, t. III , c. 101 , pági
na 518, y c. 102, pág. 520.
■ Voltaire , Ensayo sobre la historia general, t. 1 , c. 30 , pág. 449.
15*
pero lo que sigue es inconcebible. Los antiguos romanos y los
orientales fueron mas felices sobre este punto
¡ Qué desvario ! Los antiguos romanos no tenían reyes , y
luego tuvieron monstruos : y los orientales tienen la poliga
mia y todo lo que ella ha producido. Tambien nosotros, si no
fuese por los Papas, tendriamos ahora monstruos, ó poliga
mia, ó uno y otro.
Cuando Lotario repudió á su mujer Teutberga para casar
se con su manceba Waldrada, hizo aprobar su casamiento en
dos Concilios que habia mandado congregar, uno en Metz,
y otro en Aquisgran. El papa Nicolás I lo anuló, y su suce
sor Adriano II hizo jurar al Rey al darle la Comunion , que
habia abandonado sinceramente á Waldrada (lo que no obs
tante era falso); y exigió el mismo juramento á lodos los
grandes que acompañaban á Lolario. Cási todos estos mu
rieron repentinamente , y el mismo Rey murió un mes justo
despues de haber hecho aquel juramento. Voltaire , segun su
costumbre maligna, no deja de decir : que «lodos los histo-
« dadores atribuirán esto á milagro 1 : » en verdad que á ve
ces nos maravillamos de cosas menos maravillosas. Mas aquí
no se trata de milagros ; nos contentamos con observar que
estos grandes y memorables actos de la autoridad espiritual
son dignos del eterno reconocimiento delos hombres, y que
jamás han podido emanar sino de los Soberanos Pontífices.
Cuando Felipe rey de Francia quiso en 1092 casarse con
una mujer casada, ¿no tuvieron la debilidad de bendecir es
te matrimonio el Arzobispo de Ruan , el Obispo de Sentis y
el de Rayeux1, á pesar de la oposicion de Ivo de Chartres?
Al delito que un Príncipe prescribe
Bien pronto, por desgracia, se suscribe.
Solo el Papa podia pues poner remedio ; y lejos de desple
gar una severidad extremada, concluyó por contentarse con
una promesa que despues fue muy mal ejecutada.
1 Ensayo sobre la historia general, t. I , c. 30, pág. 449.
> Ibid.
— 229 —
En estos dos ejemplos se pueden ver todos los demás. Es
ta oposicion no podria colocarse en mejores manos que en
poralmente
las de una potencia
; porqueextranjera
los Soberanos
* y soberana
entre sí, ,aun
aunque
mirada
se tem-
con .

traríen, se examinen, y aun se choquen, de ningun modo


se ofenden: pues ninguno se envilece combatiendo con su
igual : en vez de que si la oposicion está colocada dentro del
mismo Estado, cada acto de resistencia, de cualquier modo
que se forme, compromete la soberanía.
Ya ha llegado el tiempo en que para la felicidad del gé
nero humano seria muy de desear que los Papas volviesen á
tomar una jurisdiccion ilustrada sobre los casamientos delos
Principes , no por un velo terrible , sino por simples desapro
baciones que deberian ser gratas á la razon europea. Las fu
nestas escisiones religiosas han dividido la Europa en tres
grandes familias, á saber, la latina, la protestante, y laque
se llama griega. Esta escision ha estrechado infinito el cír
culo de los matrimonios en la familia latina : en las dos otras
hay menos peligro sin duda , porque la indiferencia sobre los
dogmas se presta sin dificultad á toda especie de acomoda
miento : pero ontre nosotros el peligro es inmenso. Si no se
pone un asiduo cuidado, todas las razas augustas caminarán
rápidamente á su destruccion, y seria ciertamente una de
bilidad muy criminal ocultar que este mal ya ha principia
do. Apresúrese , pues , la Europa á reflexionar sobre esto
mientras aun es tiempo. Siendo toda dinastía nueva una plan
ta que no crece sino en sangre humana , el desprecio de los
principios mas evidentes expone de nuevo á la Europa, y de
consiguiente al mundo , á interminables carnicerias. ¡ Oh
Príncipes á quienes amamos, á quienes reverenciamos , y por
quienes estamos prontos á derramar nuestra sangre , salvad
nos de las guerras de sucesion ! Hemos adoptado vuestras fa
milias ; conservadlas. Habeis sucedido á vuestros padres,
¿ por qué no quereis que vuestros hijos os sucedan ? ¿ De qué
* Hemos explicado ya el uso de esta voz aquí : es decir, indepen
diente, no subordinado á un príncipe cualquiera. ■
— 230 -
os servirá nuestra fidelidad y amor, si lo haceis inútil ? De
jad, pues, que la verdad llegue á vuestros oidos; y pues que
los consejos mas inconsiderados han reducido al Sumo Sa
cerdote á no atreverse á decírosta, permitid á lo menos que
vuestros fieles criados la introduzcan cerca de vosotros.
¿Qué ley hay mas evidente en la naturaleza entera, que
la que ha determinado que todo lo que germina en el uni
verso apetezca trasladarse á otro suelo? La semilla se des
envuelve perezosamente en el mismo suelo que produce el
tallo de donde ella desciende : conviene sembrar en el monte
el grano de la llanura , y en esta el de la montaña ; en todas
partes se piden las semillas de léjos. En el reino animal aun
es esta ley mas notable; y así los legisladores la rindieron ho
menaje por medio de prohibiciones mas ó menos extensas.
Entre las naciones degeneradas, que se olvidaron hasta el
punto de permitir los matrimonios entre hermanos y herma
nas, estas uniones infames produjeron monstruos. La ley cris-
tiana , que por uno de sus caracteres mas distintivos se en
señorea de todas las ideas generales para reunirías y perfec
cionarlas, extendió mucho las prohibiciones; y si alguna vez
hubo en esto algun exceso, fue en favor del bien. Nunca los
cánones llegaron sobre este punto á la severidad de las le
yes de la China '. En el orden material debemos tomar ejem
plo de los animales. ¿ Por qué ceguedad deplorable gastará
un hombre, por ejemplo, una suma enorme para unir un ca
ballo árabe con una yegua normanda , y tomará por su es
posa sin ninguna dificultad una mujer de su misma familia?
Por fortuna no todas nuestras faltas son mortales; mas no
obstante todas son fallas , y todas se hacen mortales por la
continuacion y la repeticion. Como cada forma orgánica lle
va en sí misma un principio de destruccion, si se llegan á
unir dos de estos principios producen una tercera forma in
comparablemente peor ; porque todas las fuerzas que se unen,
1 En China no hay mas que cien nombres de personas , y el matri
monio está prohibido entre las que tienen el mismo nombre , aunque
no sean parientes.
— 231 -
no solamente se suman, sino que se multiplican. ¿Tendria
acaso el Sumo Pontífice el derecho de dispensar de las leyes
físicas * ? Aunque adicto por conviccion y sentimientos á sus
prerogativas , confieso no obstante que esta me era entera
mente desconocida. La Roma moderna ¿no se sorprende, ó
cree que sueña, cuando la historia le enseña lo que se pen
saba en el siglo de Tiberio y de Calígula de ciertas uniones
entonces inauditas "? Y los versos acusadores que hacian re
sonar la escena antigua, repetidos. hoy por algunos sabios,
¿no producirán algun débil eco en los muros de san Pedro a?
Sin duda que circunstancias extraordinarias exigen á ve
ces, ó permiten á lo menos, disposiciones tambien extraor
dinarias ; mas es menester acordarse que toda excepcion de
una ley, admitida por la ley, no desea mas que convertirse
en ley.
Aun cuando mi respetuosa voz pudiera llegar hasta aque
llas altas regiones donde los errores prolongados pueden te
ner consecuencias tan funestas, no deberá lomarse por la de
la audacia ó la imprudencia. Dios ha dado á la franqueza , á
la fidelidad y á la rectitud un acento que no puede ser des
conocido ni contrahecho.

ARTÍCULO II.
Mantenimiento de las leyes eclesiásticas, y de las costumbres
sacerdotales.
Pidiendo antes permiso para repetir una expresion muy
familiar, puede decirse al pié de la letra , que el género hu
mano se habia vuelto loco hacia el siglo X ; pues de la cor
rupcion romana, mezclada con la ferocidad de los bárbaros

* Seria de desear que profundizasen bien estas ideas filosóficas


tantos charlatanes declamadores contra los impedimentos establecidos
tan sábia mente por la Iglesia en los matrimonios.
1 Tácit. Ann. XII, S, 6, 7.
' Sénec. Trag. octav. 1 , 138 , 139.
— 232 —
que habian inundado el Imperio, habia en fin resultado un
estado de cosas que por fortuna no se verá ya mas. La fero
cidad y la disolucion, la anarquía y la pobreza reinaban enlo
das las clases. La ignorancia nunca fue tan universal 1 , y
para defender la Iglesia de la cruel inundación de la igno
rancia y corrupcion de costumbres , no era preciso menos que
un poder ó autoridad de un orden superior y enteramente
nuevo en el mundo; y esta fue la de los Papas. En aquel
desgraciado siglo, ellos mismos pagaron un tributo fatal,
aunque pasajero, al desorden general. La Silla pontificia es
tuvo oprimida, deshonrada y ensangrentada * : mas luego vol
vió á recobrar su antigua dignidad; y á los Papas se debe
el nuevo orden que se estableció 3.
En vista de esto , sin duda será permitido irritarse al ver
la mala fe que insiste con tanta acrimonia sobre los vicios de
algunos Papas , sin decir una palabra del desenfreno general
que reinaba en sus tiempos.
Yo además he tenido siempre una idea sobre esta triste
época, que quisiera referir aquí. Cuando las cortesanas fa
mosas, monstruos de licencia y de maldad, aprovechándose
de los desórdenes públicos, se habian apoderado del poder,
disponían de todo en Roma , y llegaron hasta colocar en la
Silla de san Pedro, por los medios mas culpables, ó sus hi
jos , ó sus amantes , niego expresamente que semejantes hom
bres hayan sido Papas. El que tratase de probar la proposi
cion contraria, se hallaría ciertamente muy embarazado 4.
1 Voltairc , Ensayo sobre la historia general, 1. 1, c. 38, pág. 633.
a Voltaire, ibid. 1. 1, c. 3i, pág. 5l6.
3 «Es de admirar que bajo de tantos Papas escandalosos (siglo X)
«y de tan poco poder, no perdiese la Iglesia romana ni sus prerogati-
•« vas ni sus pretensiones.» (Voltaire, ibid. c. 35). Dice muy bien que
es de admirar , porque este fenómeno humanamente es inexplicable.
' Algunos teólogos , que respeto , han desaprobado este párrafo. Yo
podría defenderlo ó explicarlo ; mas esto me baria dilatar demasiado ;
y así prefiero rogar á quienes lo hayan Icido con disgusto que se sir
van borrarlo del ejemplar que tengan de esta obra. Yo les doy mi li-
— 233 —
Despues de haber hecho esta observacion, pasemos á la
grande cuestion que ha hecho lanto ruido en el mundo; quie
ro decir la de las investiduras , agitada entonces entre los dos
poderes, espiritual y temporal, con tanto acaloramiento, que
aun los hombres medianamente instruidos de nuestro tiem
po no pueden comprenderlo sin admiracion.
Ciertamente no era una querella vana la de las investidu
ras. El poder temporal amenazaba extinguir abiertamente la
supremacía eclesiástica ; y el espíritu feudal , que dominaba
entonces , iba á hacer de la Iglesia en Alemania y en Italia
un gran feudo en favor del Emperador. Los nombres de
las cosas que siempre suelen ser peligrosos, lo eran particu
larmente sobre este punto, porque el nombre beneficio, per
teneciente á la lengua feudal , significaba igualmente el feu
do y el título eclesiástico ; porque el feudo era el beneficio por
excelencia 1 : de modo que fue preciso hacer leyes para im
pedir que los Prelados diesen en feudo los bienes eclesiásti
cos, queriendo todo el mundo ser vasallo ó feudatario 3.
Enrique V pedia que se dejasen á su disposicion todas las
investiduras, ó que se obligase á los Obispos á renunciar to
dos los grandes bienes y derechos que tenían del Imperio 3 ;

cencía. * Agradecemos ciertamente al benemérito Conde Maistre que


añadiese esta observacion á la segunda edicion de su obra; porque u
la verdad, entendiéndolo en todo el rigor de la letra, podría ofender
los oidos delicados. Con los vicios ó por el pecado no se pierde la ju
risdiccion. Lo que hay que admirar particularmente aquí es cómo la
Iglesia romana en medio de eso no enseñó jamás ningun error : los
Papas , por serlo , no son impecables ; pero tienen la asistencia de Dios
para enseñar siempre la verdad. Seria menos admirable la conserva
cion de la Iglesia si siempre sus jefes hubieran sido santos.
1 «Sic progressum est ut ad filios deveniret (feudum) inquem sci-
Hcet Dominus hoc vellet beneficium pertinerc. » (Consuet. feud. li
bro I, tít. [Link]).
* «Episcopum vel Abbatem feudum dare non posse.» (Coniuet.
feud. lib. [Link]. VI).
* Maimbourg, Historia de la decadencia del Imperio, t. II, li
bro IV, año 1109.
— 234 —
en cuya pretension es visible la confusion de ideas ; porque
el Principe no veia mas que posesiones temporales y título
feudal.
El papa Calixto II le propuso establecer las cosas sobre el
pié en que estaban en Francia , en donde , aunque las inves
tiduras no se tomaban por la recepcion del anillo y báculo
pastoral , no dejaban los Obispos de cumplir perfectamente
sus deberes, por lo tocaute á lo temporal y á los feudos '.
En el concilio de Reims celebrado en 1119 por el mismo
Calixto II , los franceses manifestaron cuán exactamente dis
tinguían uno de otro ; pues habiendo dicho el Papa : « Pro
hibimos absolutamente recibir de mano de una persona se-
«cular la investidura de las iglesias, ni la de los bienes ecle-
«siásticos , » toda la Asamblea se conmovió , porque este ca
non parecia que quitaba á los Principes el derecho de dar
los feudos y las regalías que dependian de sus coronas ; mas
luego que el Papa mudó la expresion y dijo : «Prohibimos
« absolutamente recibir de los laicos la investidura de los obis-
«pados y de las abadias , » lodos á una voz aprobaron el de
creto y la excomunion. En este Concilio hubo por lo menos
quince Arzobispos, doscientos Obispos de Francia, de Es
paña, de Inglaterra, y aun de Alemania. El Rey de Francia
se halló presente , y el célebre Suger lo aprobaba.
Este famoso ministro no habla de Enrique Y sino como
de un parricida desnudo de todo sentimiento de humanidad ;
y el Rey de Francia prometió al Papa que lo asistiria con
todas sus fuerzas contra el Emperador *. No era, pues, esto
un capricho del Papa, sino el voto de toda la Iglesia, y aun
puede decirse que el del poder temporal mas ilustrado que
podia citarse entonces.
El papa Adriano IV dió un segundo ejemplo de la suma
atencion que era necesario poner entonces para distinguir
bien
1 Maimbourg
unas cosas,, Historia,
que no podian
etc. , t. IIdiferenciarse
, lib. IV , año 1119.
mas, ni pare-

s Ibid.
— 235 —
cer estar mas unidas : pues habiendo dicho el Papa , acaso
con poca reflexion , que el emperador (Federico I ) le era deu
dor del beneficio de la corona imperial, este Príncipe creyó
deberle contradecir públicamente por una carta circular * ;
y el Papa conociendo cuántas inquietudes habia producido
la voz beneficio, tomó el partido de explicarse declarando que
por beneficio no habia entendido sino favor.
Entre tanto el Emperador de Alemania vendia pública
mente los beneficios eclesiásticos : los sacerdotes llevaban las
armas 1 ; un concubinato escandaloso manchaba el orden sa
cerdotal ; y no era necesario mas que una mala cabeza para
anonadar el sacerdocio, proponiendo el matrimonio de los
clérigos como un remedio de mayores males. Solo la Santa
Sede pudo oponerse á este torrente, y poner la Iglesia á lo
menos en estado de esperar, sin una subversion total , la re
forma que debia hacerse en los siglos siguientes. Escuche
mos todavía á Voltaire, cuya delicada razon natural hace llo
rar que su pasion le privase de ella tan frecuentemente.
«Resulta de toda la historia de aquellos tiempos , que la
« sociedad tenia muy pocas reglas ciertas en las naciones oc
cidentales ; que los Estados tenían pocas leyes, y que la Igle-
«sia deseaba dárselas 8.»
1 Algunas personas muy instruidas piensan, al contrario, que el
Papa se habia explicado bien y con exactitud ; pero que el Emperador,
engañado por la malevolencia de algunos consejeros, cuales siempre
los hay , se irritó sin razon de que él no habia comprendido lo que que
ría decir. Esta narracion es mucho mas probable.
1 Maimbourg, ibid. lib. III, año 1074. «Federico oscureció con
« muchos actos de tiranía el esplendor de sus bellas cualidades. Se
«indispuso sin razon con diferentes Papas ; se apoderó de las rentas
«de los beneficios vacantes; se apropió el nombramiento de los obis
pados, é hizo abiertamente un tráfico simoníaco de las cosas sagra-
«[Link] (Vida de los Santos traducida del inglés, en 8.°, t. III, pági
na 322. San Guldin, 18 de abril). «Acaso no habia entonces un solo
«obispo que creyese que la simonía era pecado.» Este es el sentido
de san Pedro Damiano, citado por el Dr. Marchetti en su Critica de
Fteury, 1. I, art. 1 , § 2, pág. 49.
3 Voltaire, Ensayo sobre la historia general, t. I , c. 30, pág. 80.
— 236 —
Mas cntre todos los Papas llamados para esta grande obra,
Gregorio VII se eleva majestuosamente :
Cual en el medio de esta y la otra planta,
El ciprés mas que todas se levanta.
Quantum lenta solent ínter viburna cupressi.

Los historiadores de su tiempo , aun aquellos cuya patria


podia hacer inclinar al lado de los Emperadores, han hecho
plena justicia á este grande hombre. Uno de ellos dice : «Que
«era un hombre profundamente instruido en las santas Es-
«crituras, y brillante en toda especie de virtudes '.» Otro
dice : «Que en su conducta hacia ver á los hombres todas las
«virtudes que su boca les enseñaba 2 ; » y Fleury, que, como
se sabe, no adulaba á los Papas, no puede menos de reco
nocer « que Gregorio VII fue un hombre virtuoso, nacido con
« un gran valor, educado en la mas severa disciplina monás-
«tica, y lleno de un ardiente celo para purgar la Iglesia de
«los vicios de que la veia infecta, y particularmente de la si—
«monía, y de la incontinencia del Clero 3.»
Fue un objeto grandioso ¿ interesante, y que podia pres
tar asunto para un famoso cuadro, el de la entrevista de Ca-
nossa cerca de Reggio, en 1077, cuando el Papa, tomando
en sus manos la Eucaristía, se volvió hacia el Emperador y
le dijo : «Jurad, como yo juro, sobre mi salvacion, no ha-
«ber obrado jamás sino con una perfecta pureza de inten-
«cion, para la gloria de Dios, y la felicidad de los pueblos; »
sin que el Emperador, oprimido por su conciencia, y por el
ascendiente del Pontífice , se atreviese á repetir la fórmula,
ni á recibir la, Comunion.
1 Virum sacris litteris eruditissimum , et otnnium virtutum ge
nere celeberrimum. Lambert de Aschafíerabourg , el mas Del histo
riador de su tiempo. (Maimbourg, ibid. año 1071-1076). '
* Quod verbo docuit, exemplo declaravit. Oton deFrisinga, ibid.
año 1073. El testimonio de este escritor no es sospechoso.
3 Discurso III sobre la historia eclesiástica, núm. 17, y dis
curso I V, núm. 1.
— 237 —
Gregorio, pues, no presumía demasiado de sí mismo,
cuando atribuyéndose, con la íntima confianza de su fuerza,
la mision de instituir la soberanía europea, y jóven aun en
esta época, y en el ardor de la edad, escribia estas palabras
memorables : «Nosotros cuidamos, con la asistencia divina,
«de dar á los Emperadores, á los Reyes y á los otros Sobe-
«ranos, las armas espirituales que necesitan, para apaciguar
«entre ellos las tempestades furiosas del orgullo.» Es decir,
yo les enseño que un rey no es un tirano. Y ¿quién sino él
podría habérselo enseñado ' ?
Maimbourg se queja sériamente de «que el humor impe-
«rioso é inflexible de Gregorio YII no le permitiese unir á su
«celo aquella bella moderacion que tuvieron sus cinco ante-
«cesores s. »
Por desgracia la bella moderacion de aquellos Pontífices no
sirvió para remediar nada, y siempre se burlaron de ellos 3.
La violencia jamás se ha detenido por la moderacion, ni los
poderes se equilibran sino por esfuerzos contrarios. Los Em
peradores se arrojaron contra los Papas á excesos inauditos,
y de esto jamás se habla. Los Papas por su parte pueden ha-
1 «Imperatoribus, et Regibus, cacterisque Principibus, ut elalio-
nes maris et superbiae finetas comprimere valeant arma humilitatis,
Deo auctore, providere curamus.» — No obstante, Voltairc se atreve á
decir de este grande hombre : «Que la Iglesia lo ha puesto en el nú-
«mero de los Santos, como deificaban los pueblos de la antigüedad ú
« sus defensores ; pero que los sábios lo han puesto en ei número de
«los locos.» (T. III, c. 46, pag. 44). ¡ Gregorio VII un loco ! ¡Y loco
ajuicio de los sábios como los antiguos defensores de los pueblos! Á
la verdad — pero no refutemos á un loco (aquí la expresion es mas
exacta); basta presentarle y dejarle decir.
1 Historia de la decadencia , etc. , lib. III , año 1073.
3 Segun la crítica romana, de la cual me he aprovechado muchas
veces, el cardenal Noris (Historia de las investiduras, pág. 38)
habría probado contra Maimbourg, que este historiador no ha hecho
entera justicia á los cinco predecesores de Gregorio VII, alabando
únicamente su moderacion, cuando efectivamente ellos promulgaron
varios cánones vigorosos para mantener la libertad de las elecciones
canónicas. No tengo interés en contradecir las observaciones de esle
sábio Cardenal.
- 238 —
berse excedido alguna vez contra los Emperadores mas de
lo que dictan los límites de la moderacion , y se hace un gran
ruido de estos actos un poco exagerados, presentándolos co
mo crímenes. Mas las cosas humanas no pasan de otra suer
te. Ninguna constitucion se ha formado, ningun amalgama
político ha podido jamás hacerse , sino por la mezcla de di
ferentes elementos, que principiando por chocarse , conclu
yen por penetrarse y tranquilizarse.
Los Papas nodisputahaná los Emperadores la investidura
por el cetro, sino la investidura por el báculo y el anillo. Esto
no era nada, se dirá; al contrario, era el todo. Y ¿cómo se
hubieran inflamado tanto de una parte y de otra , si la cues
tion no hubiese sido importante? Los Papas ni aun disputa
ban sobre las elecciones, como lo prueba Maimbourg por el
ejemplo de Suger '. Además consentían la investidura por el
cetro; es decir, que no se oponían á que los Prelados, con
siderados como vasallos, recibiesen de su señor, por la in
vestidura feudal , aquel mero y misto imperio, verdadera esen
cia del feudo, que supone de la parte del señor feudal una
participacion de la soberanía , pagada al señor de quien di
mana por la dependencia política y la ley militar \
Mas no querian la investidura por el báculo y el anillo, por

1 Historia de la decadencia, etc., !ib. III, año/1121.


* Voltairc está gracioso, como acostumbra, sobre el gobierno feu
dal. «Se ha buscado, dice, durante mucho tiempo el origen de este
«gobierno ; pero es de creer que no tiene otro sino la antigua costum-
«bre de todas las naciones, de imponer homenaje y tributos al mas
«débil.» (Ibid. 1. 1, c. 33, pág. 512). Hé aquí lo que sabia Voltaire
de este gobierno, que fue , como ha dicho Montesquieu con mucha
verdad, un monumento único en la historia : en todas las obras sé-
rias de Voltaire (si es que ha compuesto algunas sérias) resaltan pin
celadas de esta clase; y es útil hacerlas notar, para convencernos de
que ningun grado de ilustracion ni de talento puede atribuir á ningun
hombre el derecho de hablar de lo que no sabe. — El mismo dice : « Los
«Emperadores y los Reyes no pretendían conferir el Espíritu Santo,
« pero querían el homenaje de lo temporal que hubiesen dado. Se ha-
«cian la guerra por una ceremonia indiferente.» (Voltaire, ibid. ca
tí pítulo 46). Se ve que Voltaire no entendía nada de esto.
. — 239 —
temor de que el Soberano temporal , sirviéndose de estos dos
signos religiosos en la ceremonia de la investidura , no pa
reciese que conferia el título y la jurisdiccion espiritual, mu
dando de este modo el beneficio en feudo ; y sobre este punto
al fin se vió el Emperador obligado á ceder '. Mas no obs
tante, diez años despues (en 1131) , Lotario volvió á mo
ver sus pretensiones , procurando obtener del papa Inocen
cio II el restablecimiento de las investiduras por el báculo y
el anillo. Tan importante parecía , ó era efectivamente , el
asunto.
Gregorio VII fué sin duda mas léjos, sobre este punto,
que los otros Papas, pues que se creyó en derecho de con
testar al Soberano el juramento puramente feudal del pre
lado vasallo. Aquí puede verse una de aquellas exageracio
nes de que hablábamos antes ; mas es preciso tambien con
siderar los excesos que Gregorio tenia á la vista. Él temia el
feudo que eclipsaba al beneficio, y temia los clérigos guerre
ros. Es menester ponerse en el verdadero punto de vista. , y
entonces se hallará menos ligera la razon alegada en el con
cilio de Chalons-sur-Saone (1073), para sustraerá los ecle
siásticos del juramento feudal , á saber : « Que las manos que
« consagraban el cuerpo de Jesucristo , no debian ponerse en-
«tre las manos frecuentemente manchadas por la efusion de
«sangre humana, y acaso aun por rapiñas y otros críme-
«nes '. » Cada siglo tiene sus preocupaciones y su modo de

1 Historia de la decadencia, etc., lib. III, año 1121.


* Se sabe que el vasallo, cuando prestaba el juramento que prece
día á la investidura, ponía sus manos juntas dentro de las de su se
ñor ; y dice Hume : El Concilio declara execrable que las manos pu
ras que pueden CREAR Á DIOS, etc. Es muy de notar la bella ex
presion de crear á Dios. Nosotros bien podrémos repetir que la aser
cion de este pan es Dios , solo la podría decir un insensato ( Bossuet,
Historia de las variaciones , lib. II, uúm. 3) : los Protestantes se aca
barán acaso antes que cesen de atribuir esta locura y de calumniar á
la Iglesia. Tanto cuesta volver atrás de lo que una vez se ha pronun
ciado. * Nos hemos permitido variar estas últimas palabras de la nota,
porque expresaban un sarcasmo de los Protestantes contra la sagrada
— 240 -
ver, segun el cual debe ser juzgado ; y es un insoportable
sofisma del nuestro suponer constantemente que lo que seria
vituperable en nuestros dias, lo era igualmente en los tiem
que
pos pasados
IV, como; y loque
hizoGregorio
Pio VIIVII
con debia
el emperador
obrar con
Francis
Enri- "

co II.
Se acusa á aquel Papa de que enviaba muchos legados ;
mas esto lo hacia solamente porque no podía fiarse de los
Concilios provinciales; y Fleury, que no es sospechoso, y que
prefería estos Concilios á los legados ', conviene no obstan
te en que si ios prelados alemanes teniian tanto la llegada de
los legados, era porque se sentían culpados de simonía, y te
niian ver llegar á sus jueces !.
En una palabra, sin los Papas, humanamente hablando, se
hubiera acabado la Iglesia ; pues no tenia forma ni policía,
y pronto no hubiera tenido ni aun nombre sin la interven
cion extraordinaria de los Papas, que se sustituyeron á las
otras autoridades descarriadas ó corrompidas, y que gober
naron de un modo mas inmediato para restablecer el orden.
Se hubiera acabado tambien la monarquía europea , si al
gunos Soberanos detestables no hubiesen encontrado en su
carrera un obstáculo terrible; y por no hablar ahora mas que
de Gregorio VII , no dudo que lodo hombre razonable y equi
tativo suscriba al juicio perfectamente imparcial y desintere
sado del historiador de las revoluciones de Alemania. «La
«simple exposicion de los hechos, dice, demuestra que la
«conduela de este Pontífice fue la que todo hombre de un
«carácter firme é ilustrado hubiera tenido en las mismas cir-
«cunstancias » Por mas que se luche contra la verdad, será

Eucaristía , y ni aun en refutacion nos ha parecido oportuno renovar


la mofa de nuestros sagrados misterios. Los españoles son mas deli
cados
1 Discurso
en esta parte
IV, núm.
que otras
11. naciones, y no nos pesa de ello.
1 Historia eclesiástica, lib. LXII, núm. 11.
% Rivoluzione delta Germania, di Cario Denina : Fircnzc, t. II,
c o, pag. 49.
— 241 —
preciso al fin que todos los hombres de talento convengan con
esta decision.

artículo m.
Libertad de la Italia.
El tercer objeto que los Papas se propusieron, y siguieron
constantemente como principes temporales , fue la libertad de
la Italia, que deseaban absolutamente sustraer del poder de
los alemanes.
«Despues de los tres Otones, el combate de la domina-
«cion alemana y de la libertad itálica permaneció largo tiem-
«po en los mismos términos '. Parece bastante claro que el
«fondo de la disputa consistía en que ni los Papas ni los ro-
« manos querian Emperadores en Roma a ; » es decir, que no
querian tener señores en su casa.
Hé aquí la verdad. La descendencia de Carlomagno se
habia extinguido ; y ni la Italia ni los Papas en particular
debian cosa alguna á los Principes que la reemplazaron en
Alemania. « Estos Principes todo lo allanaban con la espa-
«da * : pero ciertamente los italianos tenían un derecho mas
«natural para ser libres, que el que podian tener los alema-
«nes para subyugarlos *. Los italianos nunca obedecían sino
«por fuerza á la sangre germánica ; y esta libertad, que era
«el idolo de las ciudades de Italia, respetaba muy poco la
«posesion de los Césares alemanes 5. En estos desgraciados
«tiempos el papado se ponia en subasta, como cási todos los
«obispados; y si esta autoridad de los Emperadores hubiese
«durado, los Papas no hubieran sido mas que unos capella-
«nes suyos, y¿la Italia hubiese sido esclava 6. »

* Voltaire , Ensayo sobre la historia general , 1. 1 , c. 37 , pág. 326.


> Ibid. e. 46.
» Ibid. t. II. c. 47, pág. 37.
» lbid. t. H, c. 47, pág. 38.
* Ibid. t. II , c. 61 y 62.
* Ibid.t. I, c. 38, página 829-831.
16 TOMO I.
« La imprudencia del papa Juan XII , en llamar á- los afe-
« inanes á Roma , fue la causa de todas las calamidades que
«afligieron á Roma y cá Italia durante laníos siglos '.» Este
ciego Pontífice no vió qué género de pretensiones iba á des
encadenar, ni cuán incalculable es la fuerza de un nombre
que designa á un grande hombre : «No parece que la Ale-
«mania, en tiempo de Enrique el Pajarero, pretendiese ser
«el imperio ; mas no fue así en tiempo de Oton el Grart-
e de *. » Este príncipe , que conocía sus fuerzas , « se hizo con
sagrar, y obligó al Papa á prestarle juramento dte fideR-
«dad *. Así, pues, los alemanes tenían esclavizados álos ro-
« manos, y estos rompian sus cadenas siempre que podían »
He aquí todo el derecho público de Italia durante aquellos
tiempos deplorables en que los hombres no lenian principios
para saberse conducir. «Aun el derecho de sucesion (este pa-
«ladion de la tranquilidad pública) no parecía entonces esta
blecido en ningun Estado de la Europa". Roma no sabialo
«que ella era, ni á quién pertenecía 6. Se habia establecido
« el uso de dar las coronas no por derecho de sangre , sino
«por los votos de los señores7. Nadie sabia lo que era elinv-
«pcrio 8. No habia leyes en Europa 9. No se reconocía ni eP
«derecho de nacimiento, ni el de eleccion ; y la Europa era
i< un caos , donde el mas fuerte se elevaba sobre las ruinas del
«mas débil, para ser despues precipitado por otros. Toda la
«historia de estos tiempos no es mas que la de algunos ca-
«pitanes bárbaros que disputaban con algunos Obispos la
«dominacion sobre siervos imbéciles 10.
1 Ensayo sobre la historia general, t. I, c. 36, pág. 521.
I Ibid. t. II, c. 39, pág. 313 y 314.
3 Ibid. t. I, c. 36, pág. 321.
k Ibid. pág. 522.
B Ibid. c. 40, pág. 261.
I Ibid. c. 37, pág. 527.
7 Ibid.
» Ibid. t. II, c. 47, pág. 36, ye. 63, pág. 223.
• Ibid. c. 24.
I0 Ibid. 1. I , c. 32 , pág. 308, 309, 310.
— 243 —
«No habia, pues, realmente Imperio ni de derecho, ni de
«hecho. Los romanos que se habian entregado á Carlomag-
«no por aclamacion, ya no quisieron reconocer á unos bas-
« tardos y extranjeros que apenas eran dueños de una parte
«de la Germania. Era singular el Imperio romano '. Elcuer-
«po germánico se apellidaba el sanio Imperio romano, mien-
«tras que realmente ni era santo, ni imperio, ni romano s.
« Parece evidente que el gran designio de Federico II era
«el establecer en Italia el trono de los nuevos Césares; por
« lo menos es muy seguro que él queria reinar sobre la Italia sin
« particion ni limites. Este es el nudo secreto de todas las con-
« tiendas que tuvo con los Papas, en que empleó allernativa-
« mente la astucia ó la violencia, y la Santa Sede lo comba-
« tia con las mismas armas 3. Los Güelfos , partidarios del Pa-
« pa , y aun mas de la libertad , balancearon siempre el po-
«derde los Gibclinos, que eran partidarios del Imperio. Las
« diferencias entre Federico y la Santa Sede ndnca tuvieron
« POR OBJETO LA RELIGION »
¿Cómo, pues, el mismo escritor, olvidando confesiones tan
solemnes, se atreve luego á decirnos «que desde Carlomag-
«no hasta nuestros dias, la guerra del Imperio y del Sacer-
« docio fue el principio de todas las revoluciones ; y aun aña-
"dir, que este es el hilo que conduce en el laberinto de la
«historia moderna 5 ?»
Mas ¿en qué es la historia moderna un laberinto mayor que
la historia antigua? Yo por mí confieso que penetró mas bien
las cosas en la dinastía de los Capetos, que en la de los Fa
raones; pero dejemos á un lado esta falsa expresion, aunque
1 Voltaire, Ensayo sobre la historia general, t. II, c. 66, pági
na 267.
3 Ibid.
3 Es decir, con la espada y la política. Yo quisiera saber qué nue
vas armas se han inventado despues acá ; ¿y qué es lo que debian ha
cer los Papas en la época de que estamos hablando? (Voltaire, t. II,
c. 52, pág. 98).
4 Voltaire, ibid. t. II, c. 82, pág. 98.
5 Ibid. t. IV , c. 198, pág. 369.
16*
- 244 —
menos falsa que el fondo de las cosas. Conviniendo formal
mente Voltaire en que la sangrienta lucha de los dos parti
dos en Italia de ningun modo tenia por objeto la Religion,
¿qué quiere decirnos con su hilo que conduce, etc.? Es falso
que haya habido una guerra propiamente dicha entre el Im
perio y el Sacerdocio. No cesa de repetirse esta expresion para
hacer responsable al Sacerdocio de toda la sangre derrama
da durante esta gran lucha ; pero en la realidad solo fue una
guerra entre la Alemania y la Italia, entre la usurpacion y
la libertad', entre un amo que trae y muestra sus cadenas,
y el esclavo que las rechaza : guerra en la cual los Papas hi
cieron su deber de principes italianos y de sabios políticos,
tomando pailido por la Italia; pues que sin deshonrarse no
podian favorecer á los Emperadores, ni aun entablar una
neutralidad sin perderse.
Habiendo fallecido Enrique VI, rey de Sicilia y empera
dor, en Messina en 1197, se encendio la guerra en Alema
nia por la sucesion entre Felipe, duque de Suabia, y Oton,
hijo de Enrique Leon, duque de Sajoniay deBaviera. Este
desrendia de la casa de los Principes de lint Güelfos, y Fe
lipe descendia de los principes Gibelinos '.
La rival dad de estos dos Principes produjo las dos fac
ciones tan famosas que asolaron la Italia durante tan largo
tiempo ; mas nada tenia esto que ver con los Papas, ni con
el Sacerdocio, aunque una vez encendida la guerra civil, era
preciso tomar partido en ella y batirse. Los Papas, por su
carácter respetable, y por la inmensa auturidad de que go
zaban, se hallaron naturalmente puestos á la cabeza del no
ble partido de las conveniencias, de la justicia, y de la in-

1 Muratori, Antich. ilal. in í.° : Monaco, 1769, t. III, disert. 5I,


pag. 111. — Es muy de notar que aunque estas dos facciones hubiesen
nacido en Alemania, y viniesen despues ya formadas a Italia, no obs
tante los principes Güelfos, antes de reinar en Ba\iera y en Sajonia,
eran italianos; de modo que la faccion que llevaba este nombre, vi
niendo á Italia, pareció que volvia á su fuente. — Estas dos diabólicas
facciones trajeron su origen dela Germania. (Muratori, ibid.).
— 245 —
dependencia nacional ; y la imaginacion se fué acostumbran
do á no ver mas que al Papa en lugar de la Italia ; pero en
la realidad no se trataba sino de esta, y de ninqun modo de la
Religion : lo cual nunca será demasiado ni aun bastantemen
te repetido.
El veneno de estas dos facciones habia penetrado tanto en
los corazones italianos, que llegó á perder su acepcion pri
mordial , de modo que los nombres Güelfos y Gibelinos ya
no significaban otra cosa sino gentes que se odiaban unas á
otras ; sin embargo, durante esta fiebre terrible, el Clero hi
zo lo que hará siempre. Nada omitió de cuanto estaba en su.
poder para restablecer la paz , y muchas veces se vió á los
Obispos acompañados de su Clero arrojarse con las cruces
y las reliquias de los Santos en medio de dos ejércitos que
iban á combatirse, conjurándoles en nombre de la Religion,
para evitar la efusion de la sangre humana ; de modo que
hicieron mucho bien, aunque sin poder ahogar el mal '.
«No ha habido Papa (y esto lo dice un censor severo de
«la Santa Sede) que no haya debido temer en Italia el en-
« grandecimiento de los Emperadores. Las antiguas pretensio-
«nes... serán buenas cuando se pueda hacerlas valer con vea-
«laja
Luego no ha habido Papa que no hubiese debido entonces
oponerse. En efecto, ¿dónde está el título ó carta que haya
dado la Italia á los Emperadores alemanes? ¿De dónde se
saca que el Papa no deba obrar como principe temporal , que
deba ser puramente pasivo, dejarse batir, despojar, etc.?
Esto jamás se probará.
«En la época de Rodulfo de Hasbourg (en 1274), estaban
«perdidos los antiguos derechos del Imperio... y la nueva
« casa no podia reclamarlos sin injusticia. . . nada es mas incon-
« siguiente que querer, para sostener las pretensiones del Im-
1 Muratori, ibid. pág. 119. —Cartas sobre la historia, t. III, li
bro LXI1I, pág. 230.
* Cartas sobre la historia, t. III, carta LXII, pág. 230, cod otras
del mismo autor.
- 246 -
«perio, razonar segun lo que este era en tiempo de Carlo-
« magno '. »
Luego los Papas, como jefes naturales de la asociacion
italiana , y protectores natos de los pueblos que la compo
nían, tenian todas las razones imaginables para oponerse con
todas sus fuerzas á que renaciese en Italia aquel poder no
minal, que, á pesar de todos los títulos con que encabezaba
sus edictos, no era sin embargo ni santo, ni imperio, ni ro
mano.
El saqueo de Milan , uno de los sucesos mas horrorosos
de la historia, bastaba él solo (segun el sentir de Vollaire)
para justificar todo lo que hicieron los Papas *.
¿Y qué dirémos de Oton II y de su famoso banquete del
año 981? Este príncipe convidó un gran número de señores
á una magnífica comida. Durante ella entra un oficial del
Emperador con una lista de los que su amo habia proscrito;
é inmediatamente son estos conducidos á un aposento cerca
no donde son degollados. Estos eran los principes con quien,
tenian que lidiar los Papas.
Y cuando Federico, con la inhumanidad mas abominable,
hizo ahorcar á sangre fria á los parientes del Papa, hechos
prisioneros en una ciudad conquistada 3 , parece que debia
ser permitido hacer algunos esfuerzos para sustraerse á esle
derecho público.
La mayor desdicha para un hombre político es la de obe
decer á una potencia extranjera. Ninguna humillacion , nin
guna pena interior puede compararse con esta. La nacion
sujeta, á menos que no se halle protegida por alguna ley ex-
* Carlas sobre la historia, t. II, carta XXXIV, p'ig. 316.
* Voltaire, Ensayo sobre la historia general, t. II, c. 61, pagi
na 186.
' En 12íl. Es bueno oir á Maimbourg sobre estas habilidades
(Art. ann. 1230). «Las buenas cualidades de Federico se oscurecie
ron con otras muy malas, sobre todo por su incontinencia, su cruel-
ndad , é insaciable deseo de venganza, que le hicieron cometer gran
"dos crímenes, los cuales, no obstante, puede creerse que Dios le
«hizo la gracia de borrar en su última enfermedad.» Adíen.
' - 247 —
traordinaria, no cree que obedece al Soberano , sino á la na
cion de aquel Soberano ; y ninguna nacion gusta de obede
cer áotra, por la razon simple de que una nacion no sabe ni
puede mandar á otra nacion. Obsérvense los pueblos mas
ilustrados y mejor gobernados, y se verá que pierden este
dou de gobierno , y que no se parecen á sí mismos luego que
tratan de gobernar á otros. La rabia de dominar es innata
en el hombre, y la de hacer sentir su dominacion no le es
menos natural. El extranjero que va á mandar á una nacion
sujeta en nombre de una soberanía lejana , en vez de infor
marse de las ideas ó costumbres nacionales para conformar
se con ellas , frecuentemente parece que no las estudia sino
para contrariarlas , y se cree mas dueño á medida que . aprie
ta mas la mano. Él toma el aspecto ceñudo por dignidad, y
cree está mejor atestiguada por la indignacion que escita,
que por las bendiciones que podría obtener.
Así, pues, todos los pueblos han convenido en colocar en
la primera clase de sus hombres grandes á aquellos dichosos
ciudadanos que tuvieron el honor de libertar á su país del
yugo extranjero ; y ya como héroes , consiguiéndolo , se han
salvado, ó como mártires, si han sucumbido , sus nombres pa
sarán de siglo en siglo. Solo la estupidez moderna quisiera
exceptuar á los Papas de esta apoteosis universal, y privar
les de la inmortal gloria que les es debida , como príncipes
temporales, de haber trabajado infatigablemente para la li
bertad de su patria. Que ciertos escritores franceses repug
nen hacer justicia á Gregorio VII , se concibe fácilmente ;
porque teniendo cubiertos los ojos con las preocupaciones
protestantes, filosóficas, jansenistas y parlamentarias, ¿qué
pueden ver al través de estas cuatro vendas? Tambien el des
potismo parlamentario podrá levantarse hasta prohibir á la
liturgia nacional , que establezca cierta celebridad en la fies
ta de san Gregorio ; y el sacerdocio , por evitar choques pe
ligrosos
1 La Iglesia
, se verá
galicana
obligado
(tan libre
á ceder
como1 ,seconfesando
la supone) no
de habiéndose
este mo-

atrevido a honrar á san Gregorio con un oficio propio, lo celebraba


- 218 —
do la humillante esclavitud de esta Iglesia, cuyas fabulosas
libertades se ponderaban tanto. Pero vosotros , que estais li
bres de todas estas preocupaciones ; vosotros habitantes de
esos bellos países que Gregorio quiso libertar ; vosotros, cu
yo reconocimiento por lo menos debería ilustrar...,
Vosotros, descendencia de Pompilio.
Vos ó
PompiliuS sanguis.

armoniosos herederos de la Grecia, ilustres descendientes


de los Escipiones y Virgilios , á quienes no falta mas que la
unidad y la independencia, erigid altares al sublime Pontí
fice que hizo prodigios para daros nombre.

con el comun de Confesores, por no chocar con los Parlamentos que


habían condenado la memoria de este Papa en sus decretos de 20 de
julio de 1729, y 23 de febrero de 1730. (Zacearía., Antifebronius vin-
dicatus, t. I, dissert. 2, c. 3, pag. 387, nota 13). — Obsérvese que
estos mismos magistrados , que condenan la memoria de un Papa de
clarado santo, se quejarán muy bien de la monstruosa confusion que
tal ó tal Papa ha hecho del uso de los dos poderes. (Cartas sobre la
historia, t. III, carta LXII, pág. 221).
CAPÍTULO VIII.

DE LA NATURALEZA DEL PODER EJERCIDO POR LOS PAPAS.

Todo cuanto puede decirse contra la autoridad temporal


de los Papas , y el uso que han hecho de ella , se encuentra
reunido, ó por decirlo así concentrado en estas dos líneas vio
lentas, salidas de la pluma de un magistrado francés: «El
«delirio de la omnipotencia temporal de los Papas inundó la
«Europa de sangre y de fanatismo »
Mas sin temer ofender á este magistrado, no dudamos ase
gurar que no es cierto que los Papas hayan pretendido ja
más la omnipotencia temporal ; ni lo es que el poder que han
deseado fuese un delirio, ni tampoco, en fin, que esta pre
tension haya inundado la Europa , por el espacio de cerca de
cuatro siglos, de sangre y de fanatismo.
Desde luego, si se exceptúa de esta pretension atribuida á
los Papas la posesion material de sus tierras , y la soberanía
de los mismos países , todo lo demás ciertamente no puede
llamarse omnipotencia temporal; y este es precisamente el ca
so en que nos hallamos , porque los Sumos Pontífices jamás
han pretendido aumentar sus dominios temporales en per
juicio de los Principes legítimos, ni incomodar á estos Prín
cipes en el ejercicio de su soberanía , ni mucho menos apo
derarse de ella. Lo que han pretendido, y no han pretendido
jamás otra cosa, ha sido «el derecho de juzgar á los Princi-
« pes que les estaban sometidos en el orden espiritual , cuando
«se habian hecho culpables de ciertos crimenes. »
Lo cual se ve que es muy diferente , y este derecho , si
existe, no solo no puede llamarse omnipotencia temporal, sino
que deberia llamarse mas exactamente omnipotencia espiri-
1 Cartas sobre la historia, t. II , carta XXVIII , pág. 222. — Ibid.
carta XLI.
— 250 —
tual; pues los Papas nunca se han atribuido cosa alguna
sino en virtud del poder espiritual , y así la cuestion debia
reducirse únicamente á la legitimidad y á la extension de este
poder. , .
Ahora, si el ejercicio de este poder reconocido legítimo
produce consecuencias temporales , los Papas no deben ser
responsables de ello ; porque las consecuencias de un princi
pio verdadero no pueden ser injusticias.
Se han cargado, pues, con una grande responsabilidad
los escritores (sobre lodo franceses) que han puesto en cues
tion si el Sumo Pontífice tiene derecho de excomulgar á los
Soberanos , y que han hablado en general del escándalo de las
excomuniones. Los sabios piensan, y piensan bien, que hay
ciertas cuestiones que deben dejarse en una saludable os
curidad ; pero si se atacan los principios , la misma pruden
cia se ve obligada á responder, lo cual es un gran mal , aun
que la imprudencia lo haya hecho necesario. Cuanto mas se
adelanta en el conocimiento de las cosas, tanto mas se ad
vierte cuán útil es no discutirlas especialmente por escrito,
y que es imposible definir por leyes ; porque solo el princi
pio puede ser decidido, y toda la dificultad estriba en la apli
cacion que repugna toda decision escrita.
Fenelon dijo lacónicamente, y en una obra que no estaba
destinada á ver la luz pública , «que la Iglesia puede exco-
«mulgar al Príncipe, y el Principe puede hacer morir al
«Pastor; que cada uno debe solamente usar de este dere-
«cho en un último extremo; pero que es un verdadero de-
«recho *.»
Hé aquí una verdad incontestable; pero ¿cuál es a\ último
extremo? Esto es lo que es imposible definir; y así es pre
ciso convenir en el principio, y callar sobre las reglas de su
aplicacion.
Se han quejado justamente de la exageracion que queria
sustraer al orden sacerdotal de toda jurisdiccion temporal ;
1 Historia de Fenelon, t. III, documentos justificativo! del li
bro VII , mémoire, núm. 8, pág. Í79.
— 231 —
pero con igual justicia por lo menos pudieran quejarse de la
exageracion contraria que pretende sustraer al poder tem
poral de toda jurisdiccion espiritual.
En general , se perjudica á la autoridad suprema cuando se
procura libertarla de esta especie de trabas que se han esta
blecido, no tanto por la accion deliberada de los hombres,
como por la fuerza imperceptible de los usos y de las opinio
nes; porque los pueblos, privados de sus antiguas garantías,
se ven inducidos á buscarse otras mas fuertes en la aparien
cia, pero siempre en extremo peligrosas ; pues se fundan en
teramente sobre teorias y razonamientos a priori, que ya no
pueden engañar á los hombres.
No hay cosa menos exacta, como se ve, que esta expre
sion de omnipotencia temporal, empleada para significar el
poder que los Papas se atribuian sobre los Soberanos , cuan
do al contrario no era mas que el ejercicio de un poder pu
ra y eminentemente espiritual, en virtud del cual sc'crcian
en derecho de excomulgar á los Principes culpables de cier
tos crímenes, sin ninguna usurpacion material, sin suspen
sion alguna de la soberanía , y sin ninguna derogacion del
dogma de su origen divino.
Es indudable, pues, que el poder que los Papas se atri
buyeron no puede llamarse, sino abusando vergonzosamen
te de las palabras, omnipotencia temporal. Sobre lo cual se
puede oir al mismo Voltaire. «Este se admira mucho de este
«extraño poder, que lo podia todo entre los de fuera, y tan
«poco en su casa; que daba reinos, y él se hallaba violen-
atado, suspendido é insultado en Roma, y reducido aponer
« en juego todos los resortes de la política para retener ó re-
«cobrar una aldea.» El mismo nos hace observar con mu
cha razon «que los Papas que quisieron ser demasiado po-
«derosos y dar reinos, todos fueron perseguidos en sus Es-
« tados '. »
¿ Qué viene á ser, pues , esta omnipotencia temporal que no
tiene ninguna fuerza temporal; que nada pide de temporal ó
1 Voltaire, Ensayo sobre la historia general, t. II, c. 65.
— 252 -
de territorial en el extranjero ; que anatematiza todo atentado
contra la autoridad temporal, y cuyo poder temporal es tan
débil , que los mismos habitantes de Roma se burlaron mu
chas veces de él?
Creo que la verdad está en la proposicion contraria, á sa
ber: que el poder de que se trata es puramente espiritual. De
cidir despues cuáles son los límites precisos de este poder, es
otra cuestion que no debe aquí profundizarse. Probemos so
lamente, segun nos hemos propuesto, que la pretension á
este poder cualquiera, no es un delirio.
— 253 —

CAPÍTULO IX.

JUSTIFICACION DE ESTE PODER.

Los escritores de la última edad tienen por lo comun un


modo enteramente fácil y expedito de juzgar las institucio
nes ; suponen un orden de cosas puramente ideal , segun ellos
bueno, y de él parten como de un dato cierto para juzgar las
realidades. Vollairc nos ofrece en este género un ejemplo en
extremo gracioso. Está tomado de la Herniada, y, al menos
que yo sepa , no se ha hecho alto todavía en él.
Cuando la Parca sus tremendos golpes
Hasta los tronos implacable lleva ,
Y que la sangre real, cara á la patria,
Queda agotada en sus menores venas,
Es
Usoque
antiguo
recobre
y sagrado
el pueblo
entre
en la
nosotros
hora mesma
Sus primeros derechos : que se elija
Un Monarca, y las leyes cambiar pueda.
Reunidos los Estados de la Francia
Nombran
Y su poderel limitan
Soberano
: deenesta
quien
suerte
concuerdaa,
Por los sábios decretos que expidieran
Nuestros mayores tienen los Capetos
Accion de Carloraagno á la diadema. (Cant. viii) .

¿Dónde ha visto este charlatan esas preciosidades? ¿En


qué libro ha leido los derechos del pueblo? ¿De qué hechos los
quiere deducir? Al oirle se creeria que las dinastías se mu
dan en Francia en un período reglado, como allá los juegos
olímpicos. Dos solas mutaciones ha habido en el espacio de
mil y trescientos años: ¡ y á esto se llama un uso constante!
Pero lo mas gracioso
...La sangre
es que
real ni
, cara
en áuna
la patria,
ni en otra época

Queda agotada en sus menores venas.


Al contrario, la sangre real continuaba circulando cuando la
— 264 —
excluyó un hombre grande, evidentemente preparado al lado
del trono para sentarse en él
Por el mismo estilo que acaba de hablar Voltaire se suele
hablar acerca de los Papas. Se establece expresa ó tácita
mente, como un; hecho, que la autoridad del Sacerdocio no
puede unirse en manera alguna con la del Imperio ; que en
el sistema de la Iglesia católica un Soberano no puede ser
excomulgado^ ni1 el tiempo puedeobrar mudanza alguna en
las constituciones políticas ; en fin , que todo debió ir en otros
tiempos como va en nuestros dias, etc.; y sobre estas bellas
máximas, que se toman por axiomas, se decide que los an
tiguos Papas habian perdido el seso.
No obstante, la simple luz de la razon nos enseña una mar
cha del todo diferente; y el mismo Voltaire es el que ha di
cho «que hay tantos ejemplos en la historia de la union del
«Sacerdocio y del Imperio en otras religiones » Creo no
haya necesidad de probar que esta union es infinitamente
mas natural bajo el imperio de una religion verdadera, que
bajo el de todas las demás, que son falsas, pues que son
otras.
Es menester partir de este principio general ó incontesta
ble, á saber : que todo gobierno es bueno cuando se halla de
bidamente establecido, y subsiste sin contestacion desde lar
go tiempo *. Solo las leyes generales son eternas; todo lo

1 lis bueno oír hablar á Voltaire como historiador sobre este mis
mo suceso. «Se sabe, dice, el modo con que Hugo Capelo quitó la co-
« roña al lio del último rey. Si los votos hubiesen sido Ubres, Cárlos
«hubiera sida rey de Francia : no fue un Parlamento de la nacion
«quien le privó del derecho de sus antepasados, como lo han dicho
«tantos historiadores ; sino lo que hace y deshace los Reyes, es decir,
«la fuerza auxiliada de la prudencia.» (Voltaire, Ensayo sobre la
historia general, t. II, c. 39). Aquí, como se ve, no hay augustos de
cretos del Parlamento ; y nótese que al márgen babia escrito lo si
guiente : Hugo Capelo se apodera del reino á viva fuerza.
1 Voltaire, Ensayo sobre la historia general, t. I, c. 13.
* Entonces supondría ya la cesion voluntaria del que tenia dere
cho del anterior. No todo gobierno de hecho, luego que está estable
demás se muda, y un liempo nunca se parece á otro. Sin
duda que el hombre siempre será gobernado, mas no siem
pre de la misma manera. Otras costumbres, otros conoci
mientos, otras creencias traerán necesariamente consigo otras
leyes. Los nombres de las cosas engañan sobre este punto,
como sobre muchos otros , porque están destinados á signi
ficar ya las semejanzas de cosas coulemporáneas , sin expre
sar sus diferencias , y ya á representar cosas que el tiempo
ha mudado, mientras que sus nombres han quedado los mis
mos. Por ejemplo , la voz Monarquía puede representar dos
Gobiernos, ó contemporáneos ó de diversos tiempos, y mas
o menos diferentes bajo la misma denominacion ; de modo
que no podrá afirmarse del uno lodo lo que se afirme justa
mente del otro.
«Es, pues, una idea vana y un trabajo molestísimo y su-
« mamente desapacible querer referirlo todo á los usos anti-
«guós, y fijar esta rueda que el tiempo hace girar con un
«movimiento irresistible. ¿1 qué época se deberia recurrir?
«¿Á qué siglo, á qué leyes se deberia llegar? ¿Á qué usos
«nos deberíamos atener? Un ciudadano de Roma tendria tan-
«to derecho para pedir al Papa Cónsules, Tribunos, Sena-
«do, Comicios, y el restablecimiento entero de la República
« romana , como un paisano de Atenas podria reclamar del
«Sultan el antiguo Arcopago, y las asambleas del pueblo que
«se llamaban iglesias '.»
yan
cido,
Voltaire
, óesexpresa,
legítimo;
tiene
ó es
tácitamente,
ahora,
necesario
mucha
que
renunciado
lorazon
esté ;ó sus
mas
lo sea
derechos
cuando
debidamente,
losseque
trata
lo
y ha*
te
de

nían al antiguo, para legitimarlo. De otra suerte , toda usurpacion en


estableciéndose, ya seria legítima. No es esta la inteligencia del autor.
Entonces seria lo mismo que decir que bastaría al ladron robar una
cosa para que fuese suya : ahora, si el dueño luego se la cediese, su
ya será.
1 Voltaire (ibid. t. III, c. 86). Es decir, que las asambleas del
pueblo se llamaban Asambleas. Todas las obras filosóficas é históri
cas de este hombre están llenas de estos rasgos de erudicion que des
lumhran.
- 256 —
juzgar á los Papas, sa le verá olvidar sus propias máximas,
y hablarnos de san Gregorio VII como se hablaria del ac
tual Pontífice (Pio VII) si emprendiese las mismas cosas. Sin
embargo, en el mundo se han presentado todas las formas
de gobierno posibles , y todas son legítimas luego que se ha
llan establecidas debidamente * : sin que sea permitido razo
nar jamás sobre hipótesis separadas de los hechos.
Ahora, pues, si hay un hecho incontestable comprobado
por todos los monumentos de la historia, es que los Papas
en la edad media, y aun bien entrados los últimos siglos,
han ejercido un gran poder sobre los Soberanos temporales,
que los han juzgado y excomulgado en algunas grandes oca
siones, y aun algunas veces han declarado á los súbditos de
estos Principes libres del juramento de fidelidad que les ha
bian prestado.
Cuando se habla de despotismo y de gobierno absoluto, ra
ra vez se sabe lo que se dice. No hay gobierno alguno que
lo pueda todo ; pues en virtud de una ley divina se halla siem
pre al lado de cualquiera soberanía una cierta fuerza que le
sirve de freno. Será una ley , será una costumbre , será la
conciencia, será una tiara, ó será un puñal; mas siempre
hay algo.
Luis XIV se dejó decir un dia delante de algunos de su
corte que él no conocía mejor gobierno que el del Sofi; y uno
de sus cortesanos , que era , si no me engaño , el mariscal
d' Estrées , tuvo el noble valor de responderle : Señor, en mis
dias he visto ahogar á tres. ¡Desgraciados los Principes si lo
pudiesen lodo ! Por fortuna suya y por la nuestra, la omni
potencia real es imposible.
La autoridad de los Papas fue el poder escogido y consti
tuido en la edad media para equilibrar la soberanía tempo
ral y hacerla soportable á los hombres. Y esto no es mas que
una de estas leyes generales que no se quieren observar, y
queTodas
no obstante
las naciones
son dedeluna
mundo
evidencia
han concedido
incontestable.
al sacerdo-

* Véase la nota última de la pág. 254.


— 257 —
cio mas ó menos influencia en los negocios políticos ; y está
demostrado hasta la evidencia, «que de todas las naciones
«cultas, ninguna ha atribuido menos poder y privilegios á>
«los ministros del culto que los judios y los cristianos '. »
Las naciones bárbaras no se han domado y civilizado ja
más sino por la religion ; y siempre la religion se ha ocupa
do principalmente de la soberanía.
«El interés del género humano pide que haya un freno
«que contenga á los Soberanos, y ponga á cubierto la vida
«de los pueblos; y este freno de la religion hubiera podido
« ponerse por una convencion universal en manos de los Papas.
«Estos primeros Pontífices no mezclándose en las querellas
«particulares sino para apaciguarlas, advirtiendo á los Reyes
«y á los pueblos sus deberes, reprendiendo sus crímenes,
«reservando las excomuniones para ios grandes atentados,
« hubieran sido mirados siempre como unas imágenes de Dios
«en la tierra. Pero los hombres se han reducido á no tener
«para su defensa mas que las leyes y las costumbres de su
«país; leyes frecuentemente despreciadas, y costumbres mu-
«chas veces corrompidas *.»
No creo que jamás se haya hablado mejor en favor de los
Papas. En la edad media los pueblos no tenían en su pais
sino leyes nulas ó despreciadas, y costumbres corrompidas.
Era, pues, preciso buscar en otra parte este freno indispen
sable; y se halló, y no pudo encontrarse sino en la autori
dad de los Papas. No sucedió, pues, sino lo que debia su
ceder.
Mas ¿qué quiere decir este grande hablador cuando ex
presa de un modo condicional que este freno tan necesario á
los pueblos hubmwa podido ponerse en manos de los Papas?
Lo estuvo con efecto, no por una convencion expresa de
los1 pueblos,
Historia que
de laesAcademia
imposible,
de inscripciones
sino por unay convencion
bellas letras ,tá-
en

12.°, t. XV, pág. 143. - Tratado histórico y dogmático de la Reli


gion, por el abate Birgier, t. VI, pág. 120.
' Voltaire, Ensayo sobre la historia general, etc., t. II, c. 60.
17 TOMO t.
— 258 —
cita y universal, reconocida tanto por los Príncipes, como
por sus súbditos , y que ha producido ventajas incalculables.
Si los Papas han hecho alguna vez mas ó menos de lo que
Vollaire deseaba en las palabras anteriores, es porque en lo
humano nada hay que sea perfecto , y porque no existe po
der que alguna vez no haya abusado de sus fuerzas. Mas si,
como lo exige la justicia y la recta razon, se prescinde de
estas irregularidades inevitables, se encontrará en efecto
«que los Papas han contenido á los Soberanos, protegido á
«los pueblos, terminado querellas temporales con una sabia
«intervencion, advertido á los Reyes y á los pueblos de sus
«deberes, y lanzado anatemas contra los grandes atentados
« que no habian podido prevenir. »
Ahora puede juzgarse de la increible ridiculez de Voltai-
re, que en el mismo volumen, con solo cuatro capítulos de
diferencia , dice gravemente : « Que las contiendas ( entre el
« Imperio y el Sacerdocio) son una consecuencia necesaria de
" la forma mas absurda de gobierno á que los hombres jamás
« se hayan sometido ; absurdo que consiste en depender de
« un extranjero. »
¿Pues no acababais de sostener precisamente lo contra
rio , diciéndonos « que esta potencia extranjera estaba alta-
" mente reclamada por el interés del género humano ; porque
«los pueblos, privados de un protector extranjero, no halla-
te ban por todo apoyo en su país sino costumbres frecuente-
« mente corrompidas, y leyes muchas veces despreciadas *?»
Pero para Vollaire el mismo poder que en el capítulo LX es
cuanto puede imaginarse de apetecible y de precioso, en el LXV
se convierte en el mas absurdo que jamás se ha visto.
Tal es Voltaire : el mas despreciable de todos los escrito
res cuando se le considera bajo el punto de vista moral; y
por esta misma razon el mejor testigo en favor de la verdad
cuando por distraccion la respeta y rinde su homenaje.
Era una idea , pues , sumamente razonable y muy plausi
ble , la de una influencia moderada de los Sumos Pontífices
1 Voltaire, Entayo sobre la historia general, etc., t. II, c. 63.
— 259 —
sobre los hechos de los Principes. El Emperador de Alema
nia, aun cuando no tenia Estados, pudo gozar de una juris-
dicciorf legítima sobre todos los Principes que formaban la
Confederacion germánica; pues ¿por qué no podria el Papa
del mismo modo gozar de una cierta jurisdiccion sobre todos
los Principes de la cristiandad? En esto nada hay contrario
á la esencia de las cosas, que no excluye forma alguna de
asociacion política. Yo no diré que deba establecerse ó res
tablecerse este poder si no se halla ya establecido. Esto es lo
que no he cesado de protestar solemnemente; solo digo, re
firiéndome á los tiempos pasados, que si se halló estableci
do , será tan legítimo como cualquiera otro , pues que nin
guno de ellos tiene otro fundamento. La teoria, pues , y los
hechos están acordes sobre este punto.
Diga enhorabuena Voltaire que el Papa es un extranje
ro; esta es una de sus superficialidades ordinarias. El Papa,
en su cualidad de Principe temporal, es sin duda, como to
dos los demás, extranjero fuera de sus Estados; mas como
Sumo Pontífice , en ninguna parte es extranjero en la Iglesia
católica, del mismo modo que el Rey de Francia no lo es en
Burdeos ni en Lyon.
«Hubo momentos muy honrosos para la corte de Roma
«(es tambien Voltaire quien lo dice). Y si los Papas hubiesen
«usado siempre así de su autoridad, hubieran sido los le-
«gisladores de la Europa »
Ahora es un hecho atestiguado por la historia entera de
aquellos tiempos antiguos, que los Papas han usado sábia y
prudentemente de su autoridad con bastante frecuencia para
ser los legisladores de la Europa; y no se necesita mas.
Los abusos nada significan, porque «á pesar de todas las
«turbaciones y de todos los escándalos, siempre hubo en los
«ritos de la Iglesia romana mas decencia y mas gravedad
«que en otras partes. Se conocía que esta Iglesia cuando
«era libre 1 y bien gobernada podia dar lecciones á las
1 Voltaire, Ensayo sobrela historia general, etc., t. II, c. 60.
* ¡ Grande palabra ! Á ciertos príncipes que se quejaban de algu-
17*
— 260 —
«otras ' ; y en la opinion de los pueblos, un Obispo de Ro-
«ma era una cosa mucho mas santa que cualquiera otro
« Obispo \ »
Mas ¿de dónde venia esta opinion universal que habia he
cho del Papa un ser mas que humano, y cuyo poder pura
mente espiritual hacia que todo se le rindiese? Es necesario
estar absolutamente ciego para no ver que el establecimiento
de Terminaremos
semejante poderesteeracapítulo
necesariamente
con una observacion
ó imposible ,ósobre
divino.
la

cual me parece que no se ha insistido bastantemente, y es,


que los mayores actos de autoridad que se pueden citar de
los Papas sobre el poder temporal , recaían siempre sobre al
guna soberanía electiva, es decir, una media soberanía, á
la cual se tenia sin duda el derecho de pedir razon de su con
ducta, y aun se la podia deponer si sucedia que prevaricase
hasta cierto punto. Voltaire nota muy bien que la eleccion su
pone necesariamente un contrato entre el Rey y la nacion 1 ; de
modo que el Rey electivo puede siempre ser considerado se
paradamente y juzgado : carece siempre de aquel carácter sa
grado que es obra del tiempo; porque el hombre realmente
no respeta nada de lo que él mismo ha hecho, y se hace jus
ticia despreciando sus obras , hasta que Dios las haya san
cionado con el tiempo. Estando, pues, en general la sobera-
ranía mal comprendida y mal asegurada en la edad media,
la electiva en particular casi no tenia mas consistencia que
la que le daban las cualidades personales del Soberano ; y
así no es de admirar que haya sido tan frecuentemente ata
cada, trasladada ó destruida. Los Embajadores de san Luis
decían francamente al emperador Federico II en 1239 : «Nos-
« otros creemos que el Rey de Francia, nuestro amo, que no
«debe el cetro de los franceses mas que á su nacimiento, es

nos Papas hubiera podido decírseles : Si no son tan buenos como de


berían ser, es porque vosotros los habeis hecho.
1 Voltaire, Ensayo sobre la historia gtneral, etc., t. H, c. 65.
' Voltairp, ibjd, t, III, c. 121,
» YQMwf, jlíjd,
— 261 —
«muy superior á cualquiera Emperador, á quien sola una
«eleccion libre ha colocado sobre el trono '.»
Esta profesion de fe era muy razonable. Cuando vemos,
pues, á los Emperadores en disputa con los Papas y con los
Electores, no debemos admirarnos: estos usaban de su de
recho , despidiendo simplemente á los Emperadores porque
no estaban contentos con ellos. ¿No vimos aun en el princi
pio del siglo XV al emperador Wenceslao, legalmente de
puesto como negligente, inútil, disipador é indigno s? Y aun
prescindiendo de la cualidad electiva, que da, como aca
bamos de observar, mas licencia sobre la soberanía, en
tonces aun no se habia puesto en cuestion si el Soberano
puede ó no ser juzgado por alguna causa. El mismo siglo
vió deponer solemnemente , además del emperador Wences
lao, á dos reyes de Inglaterra, Eduardo II y Ricardo II, y
al papa Juan XXIII, todos cuatro juzgados y depuestos con
las formalidades juridicas; y la Regenta de Hungria fue con
denada á muerte 3.
Ningun poder soberano puede sustraerse á una cierta re
sistencia. Esta fuerza repri mente podrá mudar de nombre,
de atribuciones y de situacion, pero existirá siempre; y si
hace que se derrame sangre, este será un inconveniente se
mejante al de las inundaciones y de los incendios, que de
ningun modo prueban que deba suprimirse el agua ni el
fuego.
tanSemalamente
ha observado
se haque
llamado
el choque
la guerra
de losdel
dosSacerdocio
poderes , yque
del ,

1 «Credimus domínum nostrum Regcm Galliae quem linea regii


sanguiuis provexit ad sceptra Francorum regenda , excellentiorem csse
aliquo Imperatore quem sola electio provehit voluntaria.» (Maim-
bourg, ad ann. 1239).
• Estos epítetos aun eran suaves para el verdugo de san Juan Ne-
pomuceno; mas si el Papa hubiera tenido entonces el poder de aterrar
á Wenceslao, este hubiera muerto en su trono, y habría muerto me
nos culpable.
* Esta observacion es de Voltairc, Ensayo sobre las costumbres,
t. II, c. 66 j 83.
— 262 —
Imperio, jamás ha salido de los límites de Italia y de Ale
mania, á lo menos en cuanto á sus grandes efectos, quiero
decir, la destruccion ó mudanza de las soberanías. Muchos
Príncipes fueron excomulgados sin duda en otro tiempo ; mas
¿cuáles eran los resultados de estos grandes juicios? El So
berano se rendia á la razon ó afectaba rendirse ; se abstenía
por el momento de una guerra criminal ; despedia su man
ceba por la formalidad , y alguna vez la mujer legítima re
cobraba sus derechos. Algunas potencias amigas, ó perso
najes importantes , mediaban ; y el Papa , por su parte , si
habia obrado con demasiada severidad ó prontitud , oia be
nignamente las representaciones de la prudencia. ¿Cuáles
son los Reyes de España, de Francia, de Inglaterra , de Sue-
cia, de Dinamarca que hayan sido depuestos efectivamente
por los Papas? Todo se reduce á amenazas y á tratados; y
seria muy fácil citar ejemplos en que los Sumos Pontífices
fueron engañados por su condescendencia. La verdadera lu
cha no existió sino en Italia y en Alemania ; y ¿ por qué ? Por
que las circunstancias políticas lo hacían todo , y la Religion
no entraba en ello para nada. Todas las disensiones , lo
dos los males procedian de una soberanía mal constituida, y
de la ignorancia de lodos los principios. El Principe que es
electivo, goza siempre la corona como un usufructuario,
y no piensa sino en sí mismo , porque el Estado no le per
tenece sino por los goces del momento. Cási siempre carece
del verdadero espíritu de rey, y el carácter sagrado, que
solo está pintado, mas no grabado sobre su frente, no puede
resistir á las menores frotaciones.
Federico II habia hecho decidir á sus jurisconsultos , pre
sididos por Bartulo, que él habia sucedido en lodos los de
rechos de los Emperadores romanos, y que en esta virtud
era dueño de. todo el mundo conocido. Esto de ningun modo,
convenia á la Italia, y el Papa, aunque no se le considera-
semas que como primer elector, tenia sin duda algun dere
cho para oponerse á esta singular jurisprudencia. Por lo de
más , no se trata de saber si los Papas han sido hombres , y
— 263 —
si no se han engañado jamás; sino de saber, si guardada la
debida proporcion , ha habido en el trono que ellos han ocu
pado mas prudencia, mas ciencia y mas virtud que en nin
gun otro trono; y sobre este punto, ni aun duda parece que
deba permitirse.
CAPÍTULO X.

EJERCICIO DE LA SUPREMACÍA PONTIFICAL SOBRE LOS SOBE


RANOS TEMPORALES.

Habiendo la barbarie y las guerras interminables borrado


todos los principios, reducido la soberanía en Europa á una
fluctuacion cual jamás se ha visto, y creado por todas partes
desiertos, era muy útil y ventajoso que una autoridad supe
rior tuviese cierta influencia sobre esta soberanía; y como
los Papas eran superiores en ciencia y en prudencia, y por
oüa parte mandaban sobre todos los hombres instruidos que
existían en aquel tiempo * , la fuerza de las cosas los invistió,
por sí misma y sin contradiccion, de aquella superioridad
de que entonces no podia la Europa dispensarse. El princi
pio eternamente verdadero de que la soberanía viene de Dios,
daba nueva fuerza á estas ideas antiguas, y al fin se formó
una opinion cási universal, que atribuía á los Papas cierta
competencia sobre las cuestiones de soberanía. Esta idea era
muy sabia, y valia mas que todos nuestros sofismas. Los Pa
pas no se entremetían en incomodar á los Príncipes pruden
tes en el ejercicio de su funciones, y mucho menos en tur
bar el orden de las sucesiones soberanas, mientras las cosas
iban segun las reglas ordinarias y conocidas ; y solo cuando
habia un grande abuso, un gran crimen ó grande duda, in
terponía el Sumo Pontífice su autoridad. Y bien, nosotros
que miramos ahora con cierto aire de compasion á nuestros
antepasados, ¿cómo salimos del paso en casos semejantes?
Con la rebelion , con las guerras civiles, y con todos los ma
les que resultan de ellas. Á la verdad que no tenemos en es-
' Todo el mundo sabe que la ciencia estaba entonces concentrada
en el Clero. '
— 265 —
to de qué alabarnos. Si el Papa hubiera decidido el proceso
entre Enrique IV y los de la Liga , hubiera adjudicado el
reino de Francia á este gran Principe , con la obligacion de
profesar la religion del Estado; es decir, que hubiera juzga
do como ha juzgado la Providencia , mas los preliminares
hubieran sido algo diferentes.
Y si la Francia actual , humillándose á una autoridad divi
na , hubiera recibido su excelente Rey de manos del Sumo
Pontífice , ¿se cree que no estaria en este momento algo mas
contenta de sí misma y de los demás?
El sentido comun de los siglos que llamamos bárbaros, sa
bia de esto mas de lo que se cree comunmente. No es de ex
trañar que unos pueblos nuevos , que por decirlo así obe
decen al solo instinto, hayan adoptado ideas tan sencillas y
tan plausibles; pero es muy importante observar como estas
ideas que en otro tiempo se llevaron tras sí los pueblos bár
baros, han podido reunir en estos últimos siglos el asenti
miento de tres hombres como Belarmino, Hobbes y Leib-
nitz *.
«Importa poco aquí que el Papa haya tenido este prima
tc do de derecho divino ó de derecho humano, con tal que sea
«constante que durante muchos siglos él ha ejercido en el
«Occidente, con consentimiento y aplauso universal, un po-
«der seguramente muy extendido. Aun entre los Protestan-
«tes hay muchos hombres célebres que han creido que po-
«dia dejarse este derecho al Papa, y que seria útil á la Igle-
«sia si se le cercenaban algunos abusos '. »
La teoria sola seria convincente ; mas ¿ qué podrá respon
derse á los hechos , que son el todo en las cuestiones de po-

' «Los argumeutos de Belarmino, el cual, de la suposicion de


«que los Papas tienen jurisdiccion sobre lo espiritual, infiere que lie-
«neo una jurisdiccion, á lo menos indirecta, sobre lo temporal, no
«han parecido despreciables al mismo Hobbes. Efectivamente , es
«cierto, etc.» (Leibnilr, Oper. t. IV, parte III, pág. 401, en 4.° —
Pensamientos de leifemia, en 8.°, t. II, pág. 406).
* Leibnitz, ibid. pág. 401.
— 266 —
lítica y de gobierno? Nadie dudaba, ni aun los mismos So
beranos dudaban de este poder de los Papas; y Leibnitz ob
serva con mucha verdad, y con la delicadeza que acostum
bra , que cuando el emperador Federico decia al papa Ale
jandro III : No á Vos sino á Pedro, confesaba el poder de los
Papas sobre los Reyes , y no desaprobaba sino los abusos *.
Esta observacion puede generalizarse. Los Principes ana
tematizados por los Papas no disputaban sino la justicia de los
anatemas : de modo que estaban prontos á servirse de ellos
contra sus enemigos, lo que no podian hacer sin confesar
manifiestamente la legitimidad del poder.
Voltaire, despues de haber referido á su modo la exco
munion de Roberto de Francia, observa «que el emperador
«Oton III asistió personalmente al Concilio donde se pronun-
«cíó la excomunion '.» Luego el Emperador confesaba la au
toridad del Papa : y es cosa muy singular que los críticos mo
dernos no quieran conocer la contradiccion manifiesta en que
incurren, cuando observan todos de comun acuerdo, «que
« lo mas deplorable que habia en estos grandes juicios era la
«ceguedad de los Principes , que no negaban su legitimidad,
«y aun ellos mismos los invocaban muchas veces.»
Mas si los Principes estaban de acuerdo en esto, todo el
mundo lo estaba tambien , y solo deberá tratarse de los abu
sos que se hallan en todas partes.
Felipe Augusto, á quien el Papa acababa de transferir en
herencia perpétua el reino de Inglaterra... no publicó en
tonces, que no pertenecía al Papa dar las coronas... «Él mis-
«mo habia sido excomulgado algunos años antes... porque
«habia querido mudar de mujer. Entonces habia declarado
«que las censuras de Roma eran insolentes y abusivas... Pe-
aro pensó bien diferentemente cuando se halló ejecutor de
« una bula que le daba la posesion de Inglaterra 3.
Es decir, que la autoridad de los Papas solo era contra-
1 Leibnitz, Oper. t. IV, parte III, pág. 401.
s Voltaire , Ensayo sobre las costumbres, t. II, c. 39.
• Voltaire ,ibid. c. 5O.
— 267 —
dicha por aquel á quien corregía. Luego no ha habido nun
ca autoridad mas legítima, pues que jamás la ha habido me
nos contestada.
Habiendo depuesto el 1077 la Dieta de Forcheim al em
perador Enrique IV , y nombrado en su lugar á Rodulfo,
duque de Suabia , el Papa congregó un Concilio en Roma
para juzgar las pretensiones de los dos rivales , los cuales ju
raron por medio de sus Embajadores que estarian á la de
cision de los Legados y fue confirmada la eleccion de Ro
dulfo. Entonces fue cuando apareció en la diadema de Ro
dulfo aquel verso célebre :
Petra (es decir Jesucristo) dedil Petro,
Petrus diadema Rodulpho.
Le piedra entrega á Pedro la corona,
Y á Rodulfo la misma Pedro dona.
Enrique V, despues de su coronacion como rey de Italia,
hizo en 1110 un tratado con el Papa, por el cual el Empe
rador renunciaba á sus pretensiones sobre las investiduras,
«con condicion de que el Papa por su parte le cederia los
«ducados, condados, marquesados, las tierras y los dere-
«chos de justicia, de moneda, y otros que los Obispos de
« Alemania estaban poseyendo. »
En 1209 , habiéndose arrojado Oton de Sajonia sobre el
territorio de la Santa Sede contra todas las leyes mas sagra
das, y aun contra sus contratos mas solemnes, fue excomul
gado. El Rey de Francia y toda la Alemania se declararon
contra él, y por último fue depuesto en 1211 por los Elec
tores, que nombraron en su lugar á Federico II. Y este mis
mo Federico II habiendo sido depuesto en 1228, san Luis
hizo representar al Papa « que si el Emperador habia mereci-
« do realmente ser depuesto , no deberia haberlo sido sino en
«un Concilio general ;» es decir, en otros términos, por el
Papa mejor informado *.
1 Maimbourg, año 1077.
' «Si meritis exigentibus cassandus esset, non nisi per Concilium
— 268 —
En 1 245 Federico II fue excomulgado y depuesto en el
concilio general de Lyon. En 1335 el emperador Luis de
Baviera, que babia sido excomulgado por el Papa, envió
embajadores á Roma para solicitar su absolucion; y en 1338
volvieron allí para el mismo objeto acompañados de los em
bajadores del Rey de Francia.
En 13Í6 el Papa excomulgó nuevamente á Luis de Ba
viera , y de concierto con el Rey de Francia hizo nombrar á
Carlos de Moravia, etc. '.
Voltaire ha escrito un largo capítulo para establecer que
los Papas han dado todos los reinos de Europa con el con
sentimiento de los Reyes y de los pueblos ; y cita á un Rey
de Dinamarca que en 1329 decia al Papa: «Santísimo Pa
eí dre, el reino de Dinamarca, como vos sabeis, no depende
«sino de la Iglesia romana á la cual paga tributo, mas no
«del Imperio 2. »
Continúa luego sus pormenores en el capítulo siguiente,
y despues escribe al margen con una erudicion que asom
bra : Grande prueba de que los Papas daban los reinos. Por es
ta vez convenimos. Los Papas daban todos los reinos, pues
ellos daban todos los reinos. A la verdad que este razona
miento es uno de los mas bellos de Voltaire 3. El mismo cita
aun en otra parte al poderoso Carlos V , que pedia al Papa

generale cassondus esset.» (Matth. París, Hist. Angl. ann. 1239). Ya


en la representacion de este gran Príncipe se ve el gérmen del espíri
tu de oposicion que se ha manifestado en Francia, antes que en otras
partes. Felipe el Hermoso apeló tambien del decreto de Bonifacio VIH
al Concilio universal; mas en estas mismas apelaciones confesaban
los Príncipes que la Iglesia universal, como lo dice Leibnitz, había
recibido alguna autoridad sobre sus personas, de la cual se abusaba
entonces respecto de ellos.
1 Estos hechos son muy conocidos y pueden verificarse en la exce
lente obra de Maimbourg : Historia de la decadencia del Imperio ;
en los Anales de Muratori, y generalmente en todas las historias re
lativas á la misma época.
• Voltaire, Ensayo sobre las costumbres, t. III, c. 63.
3 Voltaire, ibid. c. 64.
— 269 —
una dispensa para poder unir el titulo de Rey de Nápoles al
de Emperador '.
El origen divino de la soberanía y la legitimidad indivi
dual , conferida y declarada por el Vicario de Jesucristo, eran
ideas tan arraigadas en todos los espíritus, que Livon, rey
de la Armenia Menor, envió á prestar pleito homenaje al
Emperador y al Papa en 1242, y fue coronado en Magun
cia por el Arzobispo de aquella ciudad
Al principio del mismo siglo, Joannicio, rey delos búlga
ros, se sometió á la Iglesia romana, y envió embajadores á
Inocencio III para prestarle obediencia filial, y pedirle la
corona real , corno sus predecesores la habían recibido otras ve
ces de la Santa Sede 3.
En 1275, Demetrio, arrojado del trono de Rusia, apeló al
Papa, como al Juez de todos los Cristianos *. Y para termi
nar con alguna cosa acaso mas notable , recordaremos que
aun en el siglo XVI Enrique VII , rey de Inglaterra, prin
cipe bastantemente instruido en sus derechos, pedia sin em
bargo la confirmacion de su título al papa Inocencio VII, el
cual se la concedió por una bula citada por Bacon *.
No hay cosa mas chocante que verá los Papas justificados
por sus mismos acusadores. Escuchemos aun á Voltaire:
«Todo Principe, dice, que queria usurpar ó recobrar undo-
<e minio, se dirigia al Papa comoá su dueño... Ningun Prin
cipe nuevo se atrevía á llamarse Soberano, ni podia ser re
conocido de los demás, sin el permiso del Papa; y el fun-
«damento de toda la historia de la edad media, es siempre
«que los Papas se creian señores feudales de todos los Esta
vos , sin exceptuar ninguno f. »

1 Voltaire, Ensayo sobre las costumbres, t. III, c. 123.


1 Maimbourg, Historia de la decadencia, etc., año 1242.
> Id., Historia del cisma de los griegos, t. II, lib. IV, año 1201.
k Voltaire , Anales del Imperio, t. I , pág. 178.
• Bacon, Historia de Enrique Vil, 29 de la traduccion
francesa,
* Voltaire, Ensayo ¡obre ¡ai costumbres, t. III, c. 64.
— 270 —
Nos basta con esto: la legitimidad del poder está demos
trada , y no se necesita mas. El autor de las Cartas sobre la
historia, acaso aun mas enconado contra los Papas que el
mismo Voltaire, cuyo odio era, por decirlo así, todo super
ficial, se vió conducido al mismo resultado, es decir, á jus
tificar
«Porcompletamente
desgracia, dice,
á loscasi
Papas
todos
, creyendo
los Soberanos,
que los acusaba.
por una

« ceguedad inconcebible , trabajaban ellos mismos en acredi


tar en la opinion pública una arma que ni tenia ni podia
«tener fuerza sino por esta opinion. Cuando ella atacaba á al-
« guno de sus rivales ó de sus enemigos , no solamente lo apro-
«baban , sino que algunas veces provocaban la excomunion ;
«y encargándose de ejecutar la sentencia que despojaba á un
«Soberano de sus Estados, sometian los suyos á esta juris-
« diccion usurpada '. »
En otra parte cita un grande ejemplo de este derecho pú
blico, y queriéndolo refutar acaba de justificarlo: «Parecía
«estar reservado, dice, á este funesto tratado (la Liga de
«Cambray) encerrar todos los vicios. El derecho de exec-
« mulgar en materia temporal , fue allí reconocido por dos So-
«beranos, y se estipuló que Julio fulminaría un entredicho
«contra Venecia, si dentro de cuarenta dias no devolvía sus
« usurpaciones '. »
« Hé aquí , diria Montesquieu , la esponja que debe pasarse
«sobre todas las objeciones hechas contra las excomuniones
«antiguas.»
¡ Cuánto ciega la preocupacion aun á los hombres mas ilus
trados ! Acaso sea esta la primera vez que se arguya de la
universalidad de un uso contra su legitimidad. Y ¿qué ha
brá de seguro entre los hombres, si la costumbre, sobre to
do no contradicha, no es la madre dela legitimidad? El ma
yor de todos los sofismas es el de transportar un sistema mo
derno á los tiempos pasados, y juzgar por esta regla las co
sas y los hombres de aquellas épocas mas ó menos apartadas.
• Ibid.,
[Link]
III, carta
la historia,
LX1I, t.pág.
II, 233.
lect. 41, pág. 413, en 8."


— 271 —
Con este principio se podia destruir el universo; porque no
hav institucion alguna establecida que no pueda destruirse
por el mismo medio, juzgándola por una teoria abstracta.
Desde el punto en que se ve á los Principes y los pueblos es
tar de acuerdo sobre la autoridad de los Papas , ninguna fuer
za deben tener todos los razonamientos modernos , tanto mas
queMirando
la teoriacon
masojos
cierta
filosóficos
viene en el
apoyo
poder
de ejercido
los usos antiguos.
en otros

tiempos por los Papas, pudiera preguntarse , ¿por qué ra


zon se desplegó tan tarde en el mundo ? Pero puede res
ponderse de dos maneras. En primer lugar, el poder pon
tifical , en razon de su carácter é importancia , estaba sujeto
mas que otro alguno á la ley universal del desarrollo ; y si se
reflexiona que debia durar tanto como la misma Religion , no
se encontrará que su madurez se haya retardado. La planta
es una imágen natural de los poderes legítimos. Considérese
un árbol : la duracion de su crecimiento es siempre propor
cional á su fuerza y á su duracion total. Todo poder que in
mediatamente se halla constituido con toda la plenitud de sus
fuerzas y de sus atributos, es por lo mismo falso, efímero y
ridiculo. Otro tanto seria imaginar un hombre que naciese
ya adulto.
En segundo lugar, era preciso que la explosion, por de
cirlo así , del poder pontifical coincidiese con la juventud de
las soberanías europeas que debia cristianizar.
Epiloguemos. Ninguna soberanía es ilimitada en todo el
• rigor de la palabra, y aun ninguna puede serlo. Siempre y
en todas partes ha sido limitada de alguna manera *. La mas
1 Esto debe entenderse seguo la explicacion que tenemos ya he
cha (lib. II, c. III, pág. 196); es decir, que no hay soberanía que por
fortuna de los hombres, y por la suya propia, no se halle limitada de
alguna manera; pero que en lo interior de estos límites, puestos se
gun Dios ha querido, ella es siempre y en todas partes absoluta, y
debe mirarse como infalible. Y cuando hablo del ejercicio legítimo de
la soberanía, no entiendo, ó no digo el ejercicio justo , lo que produ
ciría una anfibología peligrosa ; á menos que por esta última voz no
se quiera decir, que todo cuanto ella obra dentro de su círculo es jus
— 272 —
natural y menos peligrosa, especialmente entre las naciones
nuevas y feroces, era sin duda una intervención cualquiera
del poder espiritual. La hipótesis de todas las soberanías cris
tianas , reunidas por la fraternidad religiosa en una especie
de república universal , bajo la supremacía moderada del po
der espiritual supremo; esta hipótesis, digo, nada tenia de
chocante, y aun podia presentarse á la razon, como supe
rior á la institucion de los anfictiones de la Grecia. Yo no
veo que en los tiempos modernos se haya inventado nada me
jor, ni aun tan bueno. ¿Quién sabe lo que hubiera sucedi
do si la teocracia, la política y la ciencia se hubieran podido
poner tranquilamente en equilibrio perfecto, como sucede
siempre á los elementos cuando se les abandona á sí mis
mos, y se deja obrar al tiempo? Las mayores calamidades,
las guerras de religion, la revolucion francesa, etc., no hu
bieran sido posibles en este orden de cosas; el poder ponti
fical, aun tal como ha podido desplegarse, y á pesar de la
terrible mezcla de los errores, los vicios y las pasiones que
han asolado la humanidad en épocas deplorables, no ha de
jado
Losdeinnumerables
hacer los masescritores
señalados
queservicios
no han áhallado
la humanidad.
estas ver

dades en la historia , sabian sin duda escribir , pues dema


siado lo han probado ; pero es igualmente cierto que no han
sabido leer.
to, ó tenido por tal : lo cual es verdad. De este modo, un tribunal su
premo, mientras no sale [Link] atribuciones, es siempre justo; por
que realmente en la práctica lo mismo para el caso es ser infalible,
que no haber apelacion aunque se pueda engañar.
— 273 —

CAPÍTULO XI 1 (*).

APLICACION HIPOTÉTICA DE LOS PRINCIPIOS PRECEDENTES.

Humildísima y respetuosísima representacion de los Estadas


generales del reino de *** , congregados en *** á nuestro san
tísimo Padre el papa Pio Vil.
« Santísimo Padre :
«En medio de la mas amarga afliccion y de la mas cruel
«angustia que pueden experimentar unos súbditos fieles, y
«obligados á elegir entre la perdicion absoluta de una nacion
«y las últimas medidas de rigor contra una testa coronada,
«los Estados generales no han discurrido mejor medio que
« echarse
1 Los editores
en los de
brazos
la Biblioteca
paternales
de Religion
de Vuestra
en suSantidad
delicadeza, écre
in-

yeron, por los motivos de la nota que aquí pusieron, que debían su
primir este capítulo. Los tiempos han variado mucho en veinte y ocho
años, y habiéndolo leido con detencion, creemos que nuestros lectores
nos agradecerán el que, poniendo en nota lo que aquellos dijeron , re
pongamos el capítulo XI cual le hallamos en su original.
(Nota del Director de la Librería religiosa ).
( * ) Como nuestro principal objeto en la publicacion de estas obras
apologéticas de la religion católica, sea en todo y por todo presentar
á nuestros compatriotas otros tantos preservativos contra la irreligion
é impiedad, extendida por desgracia en tantos libros y folletos de los
dos últimos siglos , y de los que han circulado en gran número en nues
tra España; nuestros deseos y nuestras miras se extienden basta re
mover la mas ligera sombra de peligro , y aun , si fuese posible , quitar
á los mas severos Aristarcos la ocasion de ensangrentar sus lenguas y
sus plumas contra las obras mas beneméritas de la Religion y de la
Sociedad.
Por lo mismo, habiendo leido en el Constitucional de París (todos
los hombres sensatos conocen bien sus ideas) algunas invectivas con
tra el contenido
18 ó la fórmula que hipotéticamente escribió
TOMO [Link]
- 274 —
« vocar su justicia suprema para salvar , si es tiempo aun , un
«imperio atribulado.
«El Soberano que nos gobierna, Santísimo Padre, única-
« mente reina para nuestra perdicion. No negamos sus vir-
« ludes;. pero son inútiles, al paso que son tales sus des-
Maistre en e! capítulo XI de este libro II, y al mismo tiempo con no
ticia de que algunos españoles, ó por un celo mal entendido, ó porque
abundan en las mismas ideas de aquel, ó porque son unos verdaderos
monóculos en estas materias, censuran con un mismo tono la hipóte
sis ideal del autor, desacreditando por un medio tan poco racional,
por no añadir tan impropio del carácter español , esta obra, uno de
los mayores esfuerzos del ingenio humano, hemos creido conveniente
suprimir todo el capítulo XI. Es cierto que á sola la lectura de su ti
tulo desaparecen todos los sofismas miserables que pueden oponérsele.
Dice así : Aplicacion hipotética de los principios precedentes. El que
habla hipotéticamente , nada afirma , nada asegura sino en el mismo
orden, y este muchas veces es ideal, ó repugnante, ó imposible, y
por lo tanto nada influye en el orden real y verdadero. En una pala
bra , creemos que todo español , aun el mas ignorante , comprende to
<la la fuerza de este proverbio : Si el cielo se cae , á todos nos coge de
bajo ; y esta debería ser la única respuesta.
Sin embargo, darémos algunas pinceladas sobre el dogma político
y religioso de las soberanías de los Príncipes, y servirá de una verda
dera explicacion del citado capítulo , y aun de algunas otras expresio
nes alusivas al mismo objeto que puedan parecer oscuras en esta obra,
y aun nos persuadimos que el mismo Conde llaistre, si viviera, en
traría en nuestras mismas ideas, y aprobaría esta especie de delica
deza, dirigida al indicado objeto de hacer caer las armas de las manos
de sus enemigos.
Llevado el autor de su idea de vindicar á los Sumos Pontífices en
todas sus relaciones sociales, finge en este capítulo una hipótesis, en
la cual, permitiendo todo lo que los enemigos de los Papas han dicho
sobre la autoridad que estos ejerecrian sobre las potestades, y exten
diéndola á todo lo imaginable , y á lo que , atendido el órden natural de
las cosas, no es dable jamas suceda, hace ver cuán otros, aun así,
serian los resultados de los que la impiedad regicida de los filósofos
lia vomitado contra los Pontífices. Á veces es útil suponer todo lo que
los contrarios objetan , para que observando la inconsecuencia de los
absurdos que fingen, se descubra su mala fe.
« No se crea , clamaba poco há á la faz de la Europa culta un hom-
«bre célebre, que la Iglesia ha pretendido jamas otro poder, ni se ha
"arrogado tampoco un derecho reai, eo-mo tantas veces se le ha im
— 275 —
« aciertos , que si Vuestra Santidad no nos alarga la mano , no
« hay ya esperanza de salvacion para nosotros.
« Por una exaltacion de espíritu sin igual se ha figurado este
« Principe que vivíamos en el siglo XVI , y que él era Gustavo
« Adolfo. Vuestra Santidad puede hacer que se le pongan de
«putado falsamente, sobre el poder temporal de los Reyes... ni qus
«los Papas puedan disponer de los reinos á su voluntad; no : el Rey
«posee la plenitud de la autoridad temparal en su reino... » {Mem.
Cath. mai etjuin 1826, pag. 336). Lo que hay eo esto es, que se ne
cesitaba un pretexto para atacar su verdadera autoridad, y se escogió
este , como nos lo dice Fenelon. « Los críticos ( ; y qué críticos ! ) , dice
«este varon sabio, no encuentran argumento mas fuerte para-mani-
«festar su odio contra la autoridad de la Silla apostólica, que el que sa
can de la bula Unam sanctam de Bonifacio VIII. Dicen que Bonifacio
«determinó en ella que el Papa, como monarca universal , puede qui-
«tar y dar á su arbitrio todos los reinos de la tierra ; pero Booifacio,
«á quien se hizo esta imputacion con motivo de sus disputas con Feli-
« pe el Hermoso, se justificó completamente de ella en un discurso que
« pronunció en el consistorio en 1302. Hace cuarenta años, decía en
« él , que estamos versados en el derecho , y sabemos bien que hay dos
•<potestades ordenadas por Dios. ¿ Quién , pues, podrá creer que nos
<<ha ocurrido talnccedad y locura? Y los Cardenales en una carta cs-
«crita en Anagni á los Duques, Condes y Nobles de Francia, justifica-
« ron al Papa en estos términos : Queremos que tengais por cierto que
«el Soberano Pontífice, nuestro señor, jamás ha dicho al Rey quede-
«bia estarle sumiso temporalmente en razon de su reino, ni que lo
«tenga de él.* (OEuvres de Fenelon, t. II, pag. 333, edit. de Ver-
salles).
«Debe notarse, dice el abate Lamcnnaisen su última obra (parte II,
eíe. 7, § 1, núm. 8 y 9 ), que en todos los sucesos de la edad media
« que se refieren , la Iglesia, contenida siempre en el círculo de las atri-
«buciones de la potestad espiritual, no pronunciaba sino penas espi-
« rituales... » Y poco despues : «Por mucho tiempo la humanidad solo
«respiró al abrigo de la potestad espiritual. ¿Quién tiene noticia de la
«llamada tregua de t)tos,ydeja de bendecir esta amorosa ley? Sia
«embargo, no tenia otra garantía que el temor que inspiraban las cen
suras eclesiásticas.» — El célebre cardenal Du-Perron llevando la
voz del Clero en 1613, y descendiendo mas en particular á estos pun
tos, los exponía así al tercer estado : «En primer lugar todos estamos
«de acuerdo, y prontos á afirmar no solo con tinta, sino con nuestra
«misma sangre^ nosotros nos gloriamos de decir lo mismo), que por
« causa alguna en el mundo es lícito atentar contra la persona de los
18*
a manifiesto las actas de la Dieta germánica ; y allí verá Vuestra
«Santidad que nuestro Soberano, como miembro de la Confe-
«deracion, ha remitido al Directorio varias nolas que parten
«evidentemente de las dos suposiciones que acab:imos de in-
«dicar y cuyas consecuencias nos agobian. Enajenado por un
«funesto entusiasmo militar y fallo absolutamente de talento,
« quiere hacer la guerra : no quiere que se haga por él , y él no
«Reyes; y no solo detestamos ron David al amalenla que se alabó de
«haber extendido su mano contra Saul, aunque él hubiese ya sido des
a echado de Dios por el oráculo de Samuel, sino que en alta voz anate-
« matizamos, decimos maldicion y condenacion eterna , con el concilio
«de Constanza fSes. 15, aprobada por tos romanos Pontífices) , á los
«alentadores de la vida de los Príncipes, k pretexto de haberse eonver-
«tido en tiranos. » Pero y en e! último cuso que el Príncipe apostatase
dela religion católica, y tratase aun por los medios mas violentos de
dcscatolizar los pueblos, ¿podrían estos levantarse contra el Sobera
no? «No lo permita Dios, responde aquí el Conde Maistre : sabemos
«que los Reyes no tienen jueces temporales, y menos entre sus súb-
«ditos, y que la majestad real no depende sino de Dios.» Mas si en la
amargura de su afliccion se volviesen al Papa como ó Padre universal
■de los Cristianos para que viniese en su auxilio, ¿cuál seria el resulta
do? « Él , dice, procuraría calmar por de pronto los espíritus; habla-
« ria, rogaría al Príncipe, le haria ver los grandes peligros á que estaba
« expuesto, le conjuraría A nombre de Dios... por otra parte, enseñaría
«á los pueblos lo que Dios manda, y acabaría por lanzar el anatema
«contra el que osase poner en duda los derechos de la casa reinante.
« Hé aquí lo que hubiera hecho un Papa suponiendo por un imposible
« que se hubiesen reunido las luces de nuestro siglo con el derecho pú-
«blico del siglo XII.» « Es mas claro que la luz del mediodía , decia
« Bossuet (Historia de las variaciones , núm. 35 j , que si se comparan
«los dos sentimientos, el que somete el poder temporal de los Sobe-
-sfaoos a los Papas, y el que los somete al pueblo, este último, en que
« solo dominan el furor, el capricho, la ignorancia y el arrebatamien-
«to, seria indudablemente el mas terrible. La experiencia nos ha hecho
«ver esta verdad patentemente, y nuestra edad sola nos ha mostrado
«mas y mas trágicos atentados contra la persona y autoridad de los
«Reyes entre los que han abandonado á los Soberauos á los crueles ca-
« prichos y extravagancias de la multitud , que los que se hallan cu el
«transcurso de seiscientos ó setecientos años en los pueblos que sobre
«este punto reconocían el poder de Roma.» Creemos despues de esto
que se conocerá la rectitud del Conde Maistre. Obediencia, respeto,
amor y fidelidad á nuestros Beyes, será siempre nuestra divisa.
— 277 —
«sabe hacerla. Compromete sus tropas, las humilla , y castiga
«despues en sus oficiales los reveses de que él es autor. Contra
«las reglas comunes de la prudencia, se obstina en sostener
«la guerra, á pesar de su nacion , contra dos potencias colo-
«sales, de las que una sola bastaria para aniquilarnos diez
«veces. Entregado á las visiones del iluminismo, estudia la
«política en el Apocalipsis; y ha llegado á creer que se le
«designa en este libro como el personaje extraordinario des
atinado á destruir al gigante que conmueve en el dia lodos
«los tronos de Europa: el nombre que le distingue hoy en-
«tre los Reyes, es para él menos lisonjero que el que aceptó
«al filiarse en las sociedades secretas: con este firma los do-
«cumentos públicos, y sustituye á las armas de su augusta
«familia el burlesco blason de los hermanos. Tan poco racio-
«nal en lo interior de su casa como en el Consejo, desecha
«hoy á una compañera irreprensible por razones que nues-
«tros diputados tienen orden de explicar á Vuestra Santidad
«de viva voz; y si con una determinacion saludable no ataja
«Vuestra Santidad este plan, no dudamos. que muy pronto
«quede justificado nuestro recurso con alguna eleccion des-
« igual y extravagante. En fin, Santísimo Padre, de Vuestra
« Santidad nada mas depende el convencerse con las pruebas
«mas incontestables que habiéndose enajenado irrevocable-
«mente la nacion de la dinastía que nos gobierna, debe des-
« aparecer por el bien público, que es primero que todo, esta
«familia proscrita por la opinion universal.
«Sin embargo, no quiera Dios, Santísimo Padre, quenos-
« otros apelemos á nuestra propio juicio, é intentemos deter-
« minarnos por nosotros mismos en esta ocasion importante.
«Sabemos que los Reyes no tienen jueces temporales, sobre
«todo entre sus súbditos, y que la majestad real no depende
« mas que de Dios. Á Vuestra Santidad , pues , Santísimo Pa-
«dre, como representante de su Hijo en la tierra, dirijimos
«nuestras súplicas para que se digne Vuestra Santidad de
«absolvernos del juramento de fidelidad que nos ligaba á la
«familia real que nos gobierna y transferir á otra unos dere
— 278: —
•« chos , de que no podria ya gozar el poseedor actual sino
< para
¿ Cuáles
desgracia
seriansuya
las resultas
y desgracia
de este
nuestra.
gran »recurso? Ante to

das cosas el Papa prometeria tomar la cosa en profunda con


sideracion , y pesar los agravios de la nacion en la balanza
de la justicia mas escrupulosa: loque bastaria al punto para
calmar los ánimos, porque el hombre es así; la denegacion
de justicia es lo que le irrita, y la imposibilidad de obte
nerla lo que le desespera. Cuando está seguro de que le ha
de oir un tribunal legítimo, se tranquiliza.
El Papa enviaria despues á aquel país un sujeto de su mas
íntima confianza y á propósito para tratar negocios tan gran
des. Este enviado mediaria entre la nacion y su Soberano,
y mostraria á los unos la falsedad ó la exageracion visible de
sus quejas , el mérito incontestable del Soberano y los me
dios de evitar un ruidoso escándalo político , y al otro los pe
ligros de la inflexibilidad, la necesidad de respetar ciertas
preocupaciones y sobre todo la inutilidad de apelar al dere
cho y á la justicia cuando se desencadena una vez la fuerza
ciega; en fin, no omitiria diligencia para evitar el último
extremo.
Sin embargo, echemos la cosa á lo peor, y supongamos
que el Soberano Pontífice creyese debia absolver á los súbditos
del juramento de fidelidad : á lo menos impediria todas las
medidas violentas. Sacrificando al rey salvaria la majestad :
no olvidaria ninguno de los lenitivos personales que las cir
cunstancias permitiesen , y sobre todo ( y quizá esto merece
llamar la atencion, aunque sea ligeramente) clamaria fuer
temente contra el proyecto de destituir á una dinastía entera
ni aun por los crímenes, pero mucho menos por las faltas de
un solo principe. Enseñaria á los pueblos que la familia es la
que reina : que el caso ocurrido era enteramente semejante al de
una sucesion ordinaria abierta por muerte ó enfermedad; y aca
baría por anatematizar á cualquiera que fuese tan atrevido que
pusiera en duda los derechos de la casa remante.
Esto es lo que el Papa hubiera hecho , suponiendo reu
— 279 —
nidas las luces de nuestro siglo al derecho público del si
glo XII. ¿ Se cree que no seria posible obrar peor ? ¡ Qué
ciegos somos por lo general ! Y si es lícito decirlo , ¡ cómo en
gañan las apariencias á los Príncipes en particular ! Les hablan
vagamente de los excesos de Gregorio VII y de la superiori
dad de nuestros tiempos modernos ; pero ¿ cómo el siglo de
las rebeliones ha de tener derecho de mofarse del siglo de
las dispensas ? El Papa no absuelve ya del juramento de fi
delidad; pero se absuelven los pueblos mismos, se rebelan,
deponen a los Príncipes , los matan á puñaladas , los condu
cen al patíbulo, y aun hacen otra cosa peor. Sí, hacen otra
cosa peor, no me retracto ; les dicen : Vosotros no nos conve
nís ya : idos. Proclaman en alta voz la soberanía original de
los pueblos , y el derecho que tienen de tomarse por sí la jus
ticia. Una fiebre constitucional (creo que puede uno expre
sarse así) se ha apoderado de todas las cabezas, y no se sabe
todavía lo que producirá. Privados los entendimientos de to
do centro comun, y discordando del modo mas alarmante,
solo concuerdan en un punto, el de limitar las soberanías.
¿ Qué es , pues , lo que han ganado los Soberanos con esas lu
ces tan ponderadas y dirigidas todas contra ellos? Yo pre
fiero al Papa.
Fáltanos ver si es verdad qué la pretension de poder que
vamos examinando, ha inundado a la Europa de sangre y de
fanatismo.
CAPÍTULO XII.

SOBRE LAS PRETENDIDAS GUERRAS PRODUCIDAS POR EL


CHOQUE DE LAS DOS POTESTADES.

El principio de estas guerras ó choques entre las dos po


testades debe fijarse en el año 1076, cuando el emperador
Enrique IV, citado á Roma por causa de simonía , envió sus
embajadores, que el Papa no quiso recibir. Irritado el Em
perador mandó juntar un Concilio en Worms , donde hizo de
poner al Papa. Este, por su parte, que era el célebre Gre
gorio VII , depuso al Emperador, y declaró libres á sus súb
ditos del juramento de fidelidad 1 : sometióse Enrique ; pero
' Iiisoluzione che quantunque non pratticala da alcuno de suoi
predecessori, pure fu credula giuíta e necessaria in questa \congiun-
tura. (Muratori, Anales de Italia, t. IV eu 4.°, pág. 246). Añádase á
esto lo que dice en la página precedente : Fin quiaveail pontífice Gre
gorio usate tutte le maniere piu efficaci, ma insieme dolci per impedir
larottura. (lbid. pág.245). * Ni era regular procediese de otra manera
un Santo. Si , un Santo ; pues Santo es, y la Iglesia lo venera en los alta
res, y Dios ha confirmado su santidad con milagros; san Gregorio VII
no omitió medio alguno con el emperador Enrique para no llegar al úl
timo extremo : su conducta en sus circunstancias está á cubierto de to
da justa censura , y es necesario cerrar los ojos á la luz, ó estar muy
poseídos de un odio envenenado contra los Sumos Pontífices, para
acriminarle como lo hace la impiedad filosófica y sus cohermanos. En
primer lugar, san Gregorio VII tenía el ejemplo de san Gregorio II,
respecto de Leon Isáurico; el del papa san Zacarías consultado por los
Grandes del reino de Francia sobre la sustitucion de Pipino á Chilperi-
co; suceso en donde, al menos, se ve el reconocimiento comun de que
al Papa tocaba el declarar las obligaciones de conciencia de un pueblo
cristiano hácia su príncipe, y los límites de un juramcuto de fidelidad;
el de san Gregorio III, Estéban II, y san Leon III, que transfirieron
los Estados de Italia y la dignidad imperial á la corona de Francia,
viendo el abandono que hacia de aquellos Estados Constantino Copró-
nimo ; el de san Gregorio el Grande , en el privilegio concedido al hos
pital y monasterio de Autun, á instancia de la reina Brunequilda, ea
— 281 —
á pesar de esta sumision , Gregorio , que se habia limitado á
la absolucion pura y simple, mandó luego á los Principes de
Alemania que eligiesen otro Emperador, si no estaban con-

el que impone la pena de deposicion contra los atentadores á él; y de


otros muchos santos Pontífices que habían hecho uso de este poder. —
En segundo lugar, el Santo tenía a su favor el testimonio de todos los
buenos católicos, por quienes, segun testifican Mariano Scoto en su
Crónica al año 1075, Lamberto de Snafburg, y otros escritores con
temporáneos, fue aplaudido su proceder, contándose entre ellos los
santos Anselmo de Cantorbery y san Anselmo de Luca. —3." Además
es notorio que el santo Papa no procedió a tomar esta determinacion
extrema sino con el consejo y aprobacion de muchos Concilios; de los
que pueden verse en Labbé (t. XII) , el III, VII , VIII y X romanos.
— 4.° Fuera de esto su opinion fue aprobada por las personas de mayor
autoridad en los siglos siguientes, como un santo Tomás de Aquino,
san Buenaventura , san Antonino de Florencia , san Raimundo de Pe-
ñafort, y un sinnúmero de teólogosy doctores. — o.0 La misma autori
dad, por cuyo ejercicio se culpa á san Gregorio VII, ha sido ejercida
despues de él por cinco Concilios ecuménicos , á saber; el III y IV de
Letran , eldeLyon el 12í5, el Vde Letran, y aun el deTrento, hablan
do de los duelistas (Sess. 2o de Reform. c. 19) etc. — ¿Cómo puede,
pues , acusarse al santo papa Gregorio de fanatismo , de temeridad , de
imprudencia? Un hombre que obra segun el ejemplo de otros hombres
santos; que léjos de precipitar sus resoluciones, junta Concilios para
oír el dictamen de los Obispos y Doctores, cuya conducta y modo de
pensar ha sido aprobada por los hombres doctos y prudentes durante
muchos siglos; últimamente, que ha sido imitada por la Iglesia reuni
da, ¿puede llamarse imprudente, y no mas bien cauto y circunspecto?
¿Dónde está la imprudencia en seguir una opiniou entonces general
mente recibida , y aun reconocida por los mismos contra quienes se
procedía ? Padre comun de los fieles, consultado en un caso de con
ciencia por estos, ¿debia negarles su díctámen ó juicio? ¿qué mejor
medio podía tomar que consultar á un concilio de Obispos? Hagamos
cuenta que no hubiera consultado mas que á los dos santos Anselmos;
obrando segun su dictamen, ¿pudiera tachársele de imprudencia y de
fanatismo? Fanáticos deberían decirse aquellos Santos; fanáticos un
santo Tomás y san Buenaventura ; fanática é imprudente la Iglesia mis
ma. No necesitamos entrar en la cuestion del dominio directo ni indi
recto, de que absolutamente prescindimos; no proponiéndonos, con el
Conde Maistre , mas objeto que vindicar la conducta de los Papas , bas
ta haber demostrado que el santo papa Gregorio procedió segun todas
las reglas de la prudencia para cerrar la boca á tantos necios declama
— 282 —
tentos con Enrique *. Ellos llaman al imperio á Rodulfo de
Suabia, y se enciende la guerra entre los dos concurrentes.
nueva
En seguida
Asamblea
mandapara
el Papa
terminar
á los estas
Electores
diferencias,
que tengan
y exco
una

mulga á todos cuantos pusiesen el menor obstáculo á esta


Asamblea.
Los partidarios de Enrique depusieron nuevamente al Pa
pa en el concilio de Brescia, año 1080 1 ; mas habiendo sido
Rodulfo deshecho y muerto en el mismo año , se acabaron las
hostilidades.
Si se pregunta quién habia establecido los Electores, Yol-
taire nos responderá al instante : « Que los Electores se habian
«instituido por sí mismos, y que de este modo se establecen
«todos los órdenes, quedando lo demás á cargo de las leyes
«y del tiempo * ; » y luego añadirá con la misma razon , que
los Príncipes que tenían el derecho de elegir el Emperador,
parece tambien haber tenido el derecho de deponerle 9.

dores contra él : lo que pasma mas en esto es qne los mas acalorados
contra el Santo son los partidarios de la soberanía popular; y que los
mismos Parlamentos , que no querían permitir en Francia la festividad
de san Gregorio VII, fueron los que prepararon los ánimos para esa
espantosa revolucion que tiñó los cadalsos con la sangre de Luis XVI y
de María Antonia; y que las mismas Cortes españolas, que recibían con
aplauso los proyectos de reforma del calendario . de donde se desterra
ba á este santo Papa, terminaron por la deposicion de su legítimo y ca
tólico Rey en Sevilla. ¿Será el amor á los Reyes lo que motiva sus de
clamaciones contra san Gregorio VII? (Véase el Opúsculo de Muzarelli
sobre este santo Papa ).
La sumision de Enrique, motivada del temor, fue tan aparente,
que a los quince dias ya habia tomado los procedimientos mas acalora
dos contra el santo Papa. Este no mandó la eleccion de Rodulfo, y aun
la desaprobó cuando tuvo noticia de ella. Puede verse el Berault-Ber-
castel, t. X, pág. 343, no obstante no favorecerá san Gregorio.
* Frecuentemente se oye preguntar si los Papas tenían derecho para
deponer 4 los Emperadores ; pero el saber si los Emperadoros tenían
derecho para deponer á los Papas, es una cuestion deque nose hace
mérito.
1 Voltaire, Ensayo sobre las costumbres , etc., [Link],c.l93.
> Ibid. t. III, c. 46.
— 283 —
La proposicion parece verdadera. Mas no deben confun
dirse los Electores modernos , que son puros titulares sin au
toridad, y que solo por fórmula nombran á un Principe he
reditario en el hecho con los Electores primitivos, verdaderos
Electores, en toda la fuerza del término, y que tenian incon
testablemente el derecho de pedir cuenta á su criatura de su
conducta política. Además, ¿cómo puede imaginarse un Prin-
cice aleman electivo , que mande en Italia sin ser elegido por
la Italia? Para mí seria una cosa monstruosa. Y si la fuerza
de las circunstancias habia concentrado naturalmente todo es
te derecho en la cabeza del Papa, por su doble cualidad de
primer principe italiano, ydejefe de la Iglesia católica, ¿qué
cosa podria darse mas conveniente? Por lo demás, el Papa,
por todo lo que acabamos de ver, no turbaba el derecho pú
blico del Imperio. Mandaba á los Electores que deliberasen
y eligiesen ; ordenaba que tomasen las medidas convenien
tes para terminar las diferencias ; y esto es todo lo que de-
bia hacer. Se pronuncian muy pronto las palabras de hacer
y deshacer Emperadores; pero nada es mas inexacto, porque
un Príncipe excomulgado tenia en su mano el reconciliarse;
y si se obstinaba, él mismo era el que se deshacía ; y aun
que por acaso hubiera juzgado el Papa injustamente, solo
resultaba que en aquel caso se habia servido injustamente de
una autoridad justa, á cuya desgracia están expuestas todas
las autoridades humanas. En el caso en que los Electores no
pudiesen convenirse, y cometieran la insigne locura de nom
brar dos Emperadores, ellos mismos eran los que daban lu
gar á la guerra ; y declarada esta, ¿qué podían hacer ya los
Papas? La neutralidad era imposible, porque la consagra
cion se tenia por indispensable, y la pedían los dos concur
rentes, ó el nuevamente electo : de modo que los Papas de
bían declararse por el partido donde creian ver la justicia ;
y en la época de que se trata , muchos Príncipes y Obispos
(que eran tambien Principes), tanto de Alemania como de
Italia, se declararon contra Enrique para libertarse en fin de
— 284 —
un Rey, nacido únicamente para la infelicidad desus subdi
tos '.
En el año 1078, envió el Papa legados á Alemania para
examinar en el mismo país de parte de quién estaba el legí
timo derecho, y dos años despues envió nuevamente otros
para poner fin á la guerra si era posible ; mas no hubo me-
* Passarono a liberar se stesi da un Principe nato solamente per
rendere infelici isuoisuditi. (Muratori, ibid. pág. 248). Toda la his
toria nos dice lo que era Enrique como príncipe : su hijo y su mujer nos
han enseñado lo que era en lo interior de su palacio. Considérese á la
desgraciada Praxedes sacada de la prision por los cuidados de la sagaz
y prudente Matilde, y conducida por la desesperacion á confesar en
medio de un concilio horrores abominables. La Providencia nunca per
mite desencadenar á uno de estos feroces animales sin oponerles el in
vencible genio de algun hombre grande ; y este fue Gregorio Vil. Los
escritores de nuestro siglo son de otra opinion, pues no cesan de ha
blarnos del fogoso , del implacable Gregorio ; y por el contrario , Enri
que goza de todo su favor; y así le llaman siempre el desgraciado , el
infeliz Enrique. Diríase que no tienen entrañas de caridad sino para el
crimen. * ¡ Con cuánta mas imparcialidad proceden y hablan los pro
testantes sensatos! Óigase al célebre Muller : «Gregorio, dice ( Viajes
« de los Papas, 1782 ) , Arme y constante como un héroe , prudente co
tí mo un senador , celoso como un profeta , austero en sus costumbres,
« se aprovechó con valor de las circunstancias de los tiempos : fundó la
«jerarquía y la libertad del Imperio ; unió á los eclesiásticos desunidos,
« sacó del polvo á millares de hombres que no tenían otra fuerza que la
«palabra, y suavizó el yugo que los francos habían impuesto á las pro-
« vincias alemanas. » Vergüenza da que los enemigos jurados de Boma
hayan de enseñar á muchos católicos á venerar y conocer á sus Pontífi
ces.— Dícese que fulminó mas excomuniones que las que en los tiem
pos anteriores se habían fulminado. — Pero ¿ era culpa de san Gregorio
tener mas crímenes que reprimir? ¿Y cómo se olvida que en los siglos
primitivos las penitencias canónicas eran un equivalente á las excomu
niones? Hubiera él hallado la docilidad que en aquellos siglos , y se
guro es que no habrían sido tantas. Pero antes de llegar á este extremo,
i cuántas amonestaciones, prevenciones y conminaciones ! Si no bas
taban, ¿dejaría ver perecer la fe y las costumbres, abandonando la so
licitud de las iglesias? El médico ¿debe abandonar al enfermo porque
este en su frenesí repugne su curacion? El que, con un conocimiento
del estado del mundo entonces , no ame y respete como un héroe á san
Gregorio VII, no ama la Religion. (Vide Muzarelli, opúsculo citado).
dio de calmar la tempestad, y tres batallas sangrientas se
ñalaron aquel año tan desventurado para la Alemania.
Seria abusar extraordinariamente de las voces llamar esto
una guerra entre el Sacerdocio y el Imperio ; pues no era sino
un cisma en el Imperio, ó una guerra entre dos Príncipes ri
vales, de los cuales el uno estaba favorecido por la aproba
cion , y algunas veces con la concurrencia forzada del Sumo
Pontífice. La guerra propiamente no se hace sino entre dos
partes principales, que se proponen entrambas un mismo ob
jeto. Todo lo demás que arrastra tras sí el torbellino de la
guerra no es responsable á ella. ¿Quién ha culpado ni atri
buido hasta ahora á la Holanda ni al Portugal la guerra de
sucesion de España?
Son bien conocidas las querellas de Federico con el papa
Adriano IV. Despues de la muerte de este excelente Pontí
fice * sucedida en 1159 , el Emperador hizo nombrar un An
tipapa, y lo sostuvo con todas sus fuerzas con una obstina
cion que despedazó miserablemente la Iglesia. Este Empera
dor se tomó además la libertad de juntar un Concilio, y mandar
venir al Papa sin mas cumplimientos á Pavía, para hacer de
él lo que tuviese- por conveniente ; y en su carta le llamaba
simplemente Rolando, que era su nombre de pila. Este, co
mo era regular, se guardó muy bien de concurrir á un con
vite tan peligroso é indecente. Vista su excusa, algunos 'Obis
pos, seducidos, pagados ó amedrentados pof el Emperador,
se atrevieron á reconocer á Octaviano (ó Víctor), como Papa
legítimo, y á deponer á Alejandro III, despues de haberlo
excomulgado , y entonces fue cuando el Papa , reducido al
último apuro, excomulgó al Emperador, y declaró á sus sub
ditos libres del juramento de fidelidad *, Este cisma duró
1 Lasciódopo di se gran lode di pietá , di prudenza , e dizelo , mol-
le opere delta sua pia e principesa liberalilá. (Muratori, Anales de
Italia, [Link], pág.338, año 1139).
* Esta es la verdad. Mas si se quiere saber lo que se osó escribir en
Francia, ábranse las Tablas cronológicas del abate Lcnglet-Lufrcsnoy,
y allí se verá en el año 1139 lo siguiente : El papa Adriano l V, no ha
biendo podido mover á los milaneses á rebelarse contra su Emperador,
diez y siete años, hasta la absolucion de Federico, que se le
concedió en la famosa entrevista de Venecia en 1177. Es bien
sabido lo mucho que en este tan largo intervalo tuvo el Papa
que sufrir, tanto de la violencia de Federico, como de las
maquinaciones del Antipapa ; pues el Emperador llevó su
furor hasta el extremo de querer ahorcar á los embajadores
del Papa en Crema, donde se le presentaron ; y no se sabe
lo que hubiera sucedido ano haber mediado la - intervencion
de los dos príncipes Güelfo y Enrique de Leon. Durante este
tiempo ¡a Italia ardia en vivo fuego ; las facciones la devo
raban, y cada ciudad era un foco de oposicion contra la am
bicion insaciable de los Emperadores. Sin duda que todos
estos esfuerzos no serian bastante puros para merecer un éxito
feliz; mas ¿quién no se indignará contra la insoportable ig
norancia que se atreve á llamarlos rebeliones'! ¿Quién no com
padecería la suerte de Milan? Lo que importa solamente ob
servar aquí es que los Papas no fueron la causa de estas guer
ras desastrosas, sino que al contrario casi siempre fueron
víctimas de ellas, y especialmente en esta ocasiou. Ni aun
facultades lenian para hacer la guerra, aunque hubiesen te
nido ánimo de hacerla ; porque además de que sus fuerzas
eran sumamente inferiores, sus tierras estaban casi siempre
invadidas, y nunca eran daeños de permanecer tranquilos ni
aun en la misma Roma, donde el espíritu republicano esta
ba tan exaltado como en cualquiera otra parte, sin tener las
mismas excusas. Alejandro III , de quien vamos hablando,
no habiendo hallado seguridad en ninguna parte de Italia,
se vió últimamente obligado á retirarse á Francia, asilo or
dinario delos Papas perseguidos '. Este Papa habia resistido
excomulgó á este Príncipe. — Siendo así que el Emperador fue exco
mulgado en el año siguiente 1160 en la misa del Jueves Sauto por el
sucesor de Adriano IV, quien había fallecido en 1.° de setiembre
de 1189. Ya se ba visto por qué fue excomulgado Federico; pero hé
'aquí
1 lo
Prese
que lase risoluzione
cuenta , y por
di passare
desgracia
nelloregno
que se
di Francia
cree. , usato rifli
gio de'Papi perseguitati. ( Muratori , ibid. t. VI , pág. 349, año 1661).
Es de notar que en el eclipse que acaba de padecer la gloria francesa, los
— 287 —
al Emperador, y obrado en justicia segun su conciencia;
pero no habia encendido la guerra, ni la habia hecho, ni la
podia hacer ; antes por el contrario era víctima de ella. Véa
se, pues, otra época que se sustrae toda entera á esta lucha
sangrienta del Sacerdocio y del Imperio '.
En el año 1198 se movió un nuevo cisma en el Imperio.
Divididos los Electores, eligieron unos al principe de Sua-
bia, y otros á Oton |de Sajonia, lo cual produjo una guer
ra de diez años. En este tiempo Inocencio III, que se habia
declarado en favor de Oton, se aprovechó de las circuns
tancias para hacerse restituir la Romaña, el ducado de Es
poleta, y el patrimonio de la condesa Matilde, que los Em
peradores habian injustamente dado en feudo á algunos Prin
cipes pequeños ; en todo esto , como se ve , no hay sombra
de espiritualidad ni de poder eclesiástico. El Papa obraba
como buen principe, y segun las reglas de la política co
mun. Obligado absolutamente á decidirse, ¿debia protegerla
descendencia de Barbaroja contra las pretensiones no menos
legítimas de un Principe que pertenecía á una familia bene
mérita de la Santa Sede, y que por ella habia sufrido mu
cho? ¿Debia dejarse despojar tranquilamente por miedo de
causar disturbios? k la verdad que se condena á estos des
graciados Pontífices á una singular apatía.
opresores de la Dacion la babiau hecho precisamente mudar de pape!,
pues que ellos mismos fueron á buscar al Pontífice para exterminarlo.
Es de creer que el castigo á que se ve condenada la Francia en este mo
mento , es la pena del crimen que se cometió en su nombre. Jamas vol
verá á tomar su lugar, si no vuelve á tomar sus funciones. ( Esta nota
se escribía en agosto de 1817 ).
1 En el compendio cronológico arriba citado, se lee al año 11G7:
Elemperador Federico derrota mas de doce mil romanos, y se apode
ra de Roma, y el papa Alejandro se ve obligado á huir. ¡Quién no
creería que el Papa bacía la guerra al Emperador ! mientras que los ro
manos la haciau contraía voluntad del Papa, que no podía impedirlo.
Ancor che si oponesse a tal risoluzione ilprudentissimo papa Alessan-
dro III. ( Jluratori, Anales de Italia, t. IV, pag. 878). Hace tres siglos
que la historia entera parece no ser mas que una grande conjuracion
contra la verdad.
En 1210 Olon IV, despreciando todas las leyes de la pru
dencia, y contra la fe de sus mismos juramentos, usurpó las
tierras del Papa y las del Rey de Sicilia, aliado y vasallo de
la Santa Sede. El papa Inocencio III lo excomulgó y pri
vó del imperio ; eligió á Federico, y sucedió lo que sucede
siempre, dividirse los Príncipes y los pueblos. Oton con
tinuó contra Federico emperador la misma guerra que te
nia principiada contra el mismo , como rey de Sicilia. Nada
mudó : se batian antes, y siguieron batiéndose ; mas la sin
razon era toda de Oton, cuya injusticia é ingratitud de
ningun modo pueden excusarse. Así lo reconoció él mismo,
cuando hallándose á punto de morir en 1218 , pidió y obtu
vo la absolucion, con muchas señales de devocion y de ar
repentimiento.
Federico II, su sucesor, se habia obligado por juramen
to, y bajo pena de excomunion, á llevar sus armas á la Pa
lestina 1 ; mas en vez de cumplir sus juramentos, no pensó
mas que en aumentar su tesoro, aun á expensas de la Igle
sia, para oprimir la Lombardía. Y así fue excomulgado en
1227 y 1228. Pasó al fin á la Tierra Santa, y durante este
tiempo el Papa se hizo dueño de una parte de la Pulla * ;
mas luego pareció el Emperador y volvió á tomar cuanto se
le habia quitado. Gregorio IX , que con mucha razon coloca
ba las Cruzadas en la primera clase de los negocios políticos y
religiosos, y que se hallaba en extremo descontento del Em
perador, á causa de la tregua que habia hecho con el turco,
excomulgó de nuevo á este Príncipe, el cual, aunque se re
concilió en 1230, no dejó de continuar la guerra , antes bien
la hizo con una crueldad inaudita 3.
1 Muratori , Anales de Italia, t. VII, pág. 178, año 1223.
9 Mas fue para dar la investidura de este país á Juan de Brienne,
padre político del mismo Federico, lo que merece notarse. En general,
el espíritu de usurpacion fue siempre muy ajeno de los Papas, y esto
no se ha observado bastante.
* Se le vió , por ejemplo , en el sitio de Roma hacer dividir en cuatro
partes la cabeza á los prisioneros de guerra, ó hacerles quemar la
frente con un hierro ardiendo en forma de cruz.
— 289 —
Sobre todo se encarnizó contra el Clero y contra las igle
sias de un modo tan horrible , que el Papa lo volvió á ex
comulgar. Creo inútil recordar aquí la acusacion de impie
dad, y el famoso libro de los tres impostores, porque son co
sas umversalmente sabidas. Sabemos que se ha acusado á
Gregorio IX de haberse dejado llevar de la ira , y haber si
do demasiado precipitado en su conducta con Federico. Mu-
ratori ha hablado de un modo , y en Roma se ha hablado de
otro ; pero esta discusion, que exigiría mucho tiempo y tra
bajo, no es propia de una obra donde no se trata de saber
si los Papas han dejado alguna vez de teaer razon. Supon
gamos, si se quiere, que Gregorio IX se hubiese mostrado
inflexible ; pero ¿qué diremos de Inocencio IV, que habia
sido amigo ate Federico antes de ocupar la Silla pontificia,
y que nada omitió para restablecer la paz? No obstante, no
fue mas feliz que Gregorio, y concluyó por deponer solem
nemente al Emperador en el concilio general de Lvon, año
1245 '.
El nuevo cisma del Imperio, que se verificó en 1257, na
da tuvo que hacer con el Papa, ni produjo suceso alguno
relativo á la Santa Sede ; y lo mismo debe decirse de la de
posicion de Alfonso de Nassau, en 1298 , y de su lucha con
Alberto de Austria.
En 1314, los Electores cometieron de nuevo la enorme fal
ta de dividirse ; y al instante se movió una guerra que duró

1 Muchos escritores han observado que esta famosa excomunion


fue pronunciada en presencia, mas no con aprobacion del Concilio :
pero esta diferencia importa poco cuando el Concilio no protestó; y si
no protestó , seria porque creyó que se trataba de un punto de derecho
público, que ni aun exigía su discusion : y esto es lo que no se ob
serva bastante. * Causa risa de desprecio este efugio de los galicanos,
cuando se lee que el Papa procedió : cum fratribus noslris , et sacro
Concilio deliberatione praehabita diligenti : que la sentencia fue
acompañada con una pública demostracion del Concilio, que no solo
significa aprobacion, sino concurrencia formal á ella : Candelis ac-
censis in dictum imperatorem Fridericum , qui iam iarn imperalor
non est nominandus , terribililer fulgurarunt.
19 TOMO I.
— 290 —
ocho años entre Luis de Baviera y Federico de Austria , en
la cual tampoco tuvo nada que ver la Santa Sede.
En esta época los Papas habian desaparecido de la infeliz
Italia, donde los Emperadores tampoco se habian presenta
do en sesenta años ; y las dos facciones la ensangrentaban de
una extremidad á otra, acaso sin cuidarse de los intereses de
los Papas, ni de los Emperadores '.
La guerra entre Luis y Federico produjo las dos san
grientas batallas de Eslingen en 1315, y de Muldorff en
1322.
El papa Juan XXII habia destituido los Vicarios del Im
perio el 1317, y llamado á los dos concurrentes para discu
tir sus derechos ; y es seguro que si hubiesen obedecido, se
hubiera evitado por lo menos la batalla de Muldorff : por lo
demás , si las pretensiones del Papa eran exageradas , no lo
eran menos las de los Emperadores ; pues vemos á Luis de
Baviera tratar al Papa , en un decreto de 23 de abril de 1328,
como si fuera absolutamente un subdito imperial , «mandán-
«dole residir en Roma , y que no saliese de allí por mas de
a tres meses , ni á mas de dos jornadas de camino , sin el per-
«miso del Clero y del pueblo romano ; y que si el Papa no
«obedecía á tres intimaciones, cesaba de ser Papa ipso fac
eto. » Últimamente se le verá llegar á condenar á muerte á
Juan XXII \ ¡ Hé aquí lo que los Emperadores querían ha
cer de los Papas! Considéreselo que serian estos hoy, si
aquellos hubieran podido hacer cuanto querían.
Se sabe que Luis de Baviera hizo tentativas diferentes
veces para reconciliarse , y aun parece que el Papa se hu
biera prestado á ello sin la oposicion formal de los Reyes de
Francia,
1 Mairabourg,
de Nápoles,
HistoriadedeBohemia
la decadencia
y de, Polonia
etc., año 1308.
3. Mas lue-

5 Ibid.
3 No se debe jamás perder de vista esta grande é incontestable ver
dad histórica : Que todos los Soberanos miraban al Papa como su
superior, aun en lo temporal ; pero sobre todo como señor feudal de
los Emperadores electivos. La opinion comun era que los Papas da
• —291 —
go el emperador Luis se condujo de un modo tan insoporta
ble , que hubo de ser nuevamente excomulgado en 1346.
Su extravagante tiranía llegó en Italia al punto de proponer
la venta de los Estados , y de las ciudades de aquel país , á
quien le ofreciese mayor precio
La época célebre del 1349 puso fin á todas las querellas.
Cárlos IV cedió en Alemania y en Italia ; y aunque por en
tonces se burlaron de él, porque los espíritus estaban acos
tumbrados á las exageraciones , no obstante él reinó muy bien
en Alemania , y la Europa le debe la bula de oro , que fijó el
derecho público del Imperio. Desde entonces nada ha muda
do , lo que muestra que tenia razon , y que este era el pun
to fijado por la Providencia.
La rápida ojeada que hemos dado sobre esta famosa con
tienda hace ver lo que debe creerse de estos cuatro siglos
de sangre y de fanatismo. Mas para dar al cuadro todo el som
breado necesario , y sobre todo para cargar toda la odiosidad
sobre los Papas, se emplean artificios al parecer inocentes,
que será muy útil confrontar.
El principio de esta gran contienda no puede fijarse mas
allá del año 1076 , ni su fin mas bajo que en la época de la
bula de oro en 1359 , período que abraza 273 años : mas co
mo los números redondos son mas cómodos, es mejor decir
que este tiempo fue de cuatro siglos, y á lo menos de cerca
de cuatro siglos. Y como en Italia y en Alemania se estaban
batiendo durante esta época, se da por supuesto que se batie
ron durante toda esta época. Y como Alemania é Italia son dos
Estados que componen una parte considerable de la Europa,
se da por supuesto que se batían en toda la Europa. Esto es
ban el imperio cuando coronaban & un emperador. Este recibía de ellos
el derecho de nombrarse un sucesor; y los Electores alemanes el de
recho de nombrar un rey teutónico que por este medio estaba desti
nado para el imperio. El emperador electo le prestaba juramento, etc.
De modo que las pretcnsiones de los Papas no deberán ni podrán pa
recer extraordinarias sino á los que rehusen absolutamente trasladarse
con la consideracion á estos siglos antiguos.
Maimbourg, Historia de la decadencia, etc., años 132S y 1329.
19*
— 292 —
una pequeña sinécdoque, que no sufre la menor dificultad.
Y como la querella de las investiduras y las excomunio
nes hicieron grande ruido durante estos cuatro siglos, y pu
dieron dar lugar á algunos movimientos militares, se debe
dar por probado que todas las guerras de Europa , durante
aquella época, fueron originadas por dicha causa, y siempre
por culpa de los Papas.
De modo que los Papas, durante cerca de cuatro siglos,
han inundado la Europa de sangre y de fanatismo '.
Tienen tanto imperio la costumbre y la preocupacion so
bre el hombre, que algunos escritores, por otra parte muy
ilustrados , al tratar de este punto de la historia , han incur
rido en el defecto de hablar en pro y en contra , sin aperci
birse de ello. Maimbourg, por ejemplo, á quien se ha apre
ciado muy poco , y que en general me parece bastante pru
dente é imparcial , en su Historia de la decadencia del Impe
rio, etc. , hablando de Gregorio VII, nos dice lo siguiente:
«Si le hubiese ocurrido hacer algun concordato con el Ein-
«perador, semejante á los que se han hecho despues muy
a útilmente, hubiera ahorrado la sangre de tantos millones
« de hombres como perecieron en la disputa de las investidu
ras *. »
¿Puede darse mayor extravagancia? Ciertamente es muy
fácil decir en el siglo XVII , cómo hubiera debido hacerse
un concordato en el siglo XI, con aquellos príncipes tan sin
moderacion, sin fe, y sin humanidad*. ¿Y qué diremos
de esos tantos millones de hombres sacrificados á la disputa de
las investiduras , que no duró mas que cincuenta años , y por
1 Durante cuatro ó cinco siglos. (Cartas sobre la historia] : París,
1803, t. II, carta XXVIII, pág. 220, nota). Durante cerca de cuatro
siglos. (Ibid. carta XLI, pág. 406). Yo me atengo a la mitad de cua
tro siglos.
» Maimbourg, año 1083.
* Sin embargo, si viviera en nuestros dias (1836) y viera cómo se
respetan los Concordatos , no sabemos si seria tan fácil decir cómo han
de hacerse.
(Nota del Director de la Librería religiosa).
— 293 —
la cual , en mi entender, no se vertió ni una gota de sangre 1 ?
Mas si la preocupacion nacional llega á dormitar por un
instante en el mismo autor, la verdad se le escapará de la
pluma, y nos dirá sin rodeos en la misma obra : «No debe
« creerse que las dos facciones se hiciesen la guerra por la
(.¡.Religion... que el odio y la ambicion eran los que les am
ainaban á unos contra otros para destruirse recíprocamen-
« te s. »
Los que no hayan manejado mas que los libros á favor de
los Emperadores, no podrán desimpresionarse de la preocu
pacion de que las guerras de esta época fueron causadas por
las excomuniones, y que sin esta causa no hubiera habido
guerras. Es un error. Lo dejamos dicho, y lo repetimos de
nuevo, se bailan antes, y se batieron despues. No puede haber
tranquilidad y paz donde la soberanía no está asegurada , y
entonces seguramente no lo estaba ; pues en ninguna parte
permanecía bastante tiempo para hacerse respetable. El mis
mo Imperio , por ser electivo , no inspiraba aquella especie
de respeto que solo se tributa á los tronos hereditarios. Las
mudanzas, las usurpaciones, los deseos extremados, los vas
tos proyectos, debian ser las ideas de moda, y con efecto, es
tas ideas reinaban en todos los espíritus. La política vil y abo
minable de Maquiavelo está henchida é infecta de este es
píritu de vejacion y latrocinio , y esta es tambien la política
devastadora que aun en el siglo XV tenían adoptada mu
chos grandes hombres. Política que se reduce cási á un solo
problema : á saber , cómo un asesino podrá prevenir á otro.
Entonces no habia en Alemania ni en Italia un solo sobe
rano que se creyese propietario seguro de sus Estados , y que
no ambicionase los de su vecino. Por colmo de desgracias,
' La disputa principió coa Enrique sobre la simonía , porque que
ría poner á subasta los beneficios eclesiásticos , y hacer de la Iglesia un
feudo dependiente de su corona; y Gregorio VII quería todo lo con
trario. En cuanto á las investiduras, se ve de un lado la violencia , y
del otro una resistencia pastoral, mas ó menos desgraciada. Nunca se
vertió sangre por esto.
s Maimbourg , Historia de la decadencia , etc., año 1317.
— 294 —
la soberanía dividida y subdividida se vendia por partes á
los príncipes que se hallaban en estado de comprarla. No
habia una fortaleza donde no se hallase un bandolero , ó el
hijo de un bandolero. El odiose habia enseñoreado de todos
los corazones, y el triste hábito de los grandes crímenes ha
bia hecho de la Italia entera un teatro de horrores. Dos gran
des facciones , que los Papas ciertamente no habian creado,
tenían divididos sobre todo aquellos hermosos países. «Los
«güelfos, que no querían reconocer el Imperio, permane
cían siempre al lado de los Papas, contra los Emperado
res 1 ;» y así los Papas eran necesariamente güelfos, y los
güelfos necesariamente enemigos de los Antipapas, que los
Emperadores no cesaban de oponer á los Papas legítimos.
Y así sucedía necesariamente que este partido era tenido por
el partido ortodoxo , ó el Papismo (si me es permitido em
plear en su simple acepcion una voz estropeada por los sec
tarios). El mismo Muratori , aunque muy imperial, distingue
frecuentemente en sus Anales de Italia (acaso sin poner aten
cion en ello), á los güelfos y á los gibelinos con los nom
bres de católicos y cismáticos * ; pero debemos repetir, que
Jos Papas no habian creado la faccion de los güelfos. Todo
hombre de buena fe, que esté versado en la historia de aque
llos tiempos desgraciados , sabe que en tal estado de cosas
era imposible la tranquilidad. Y así no hay cosa mas injus
ta, y al mismo tiempo mas fuera de razon, que atribuirá los
Papas las turbaciones políticas inevitables, cuyos efectos, al
contrario , suavizaron muchas veces por el ascendiente de su
autoridad.
Seria muy difícil , por no decir imposible, asignar en la
historia de aquellos desdichados tiempos una sola guerra,
producida directa y exclusivamente por una excomunion. Es
te mal frecuentemente venia á unirse con otro, cuando en me-
1 Maimbourg, Historia de la decadencia , etc., año 1317.
* La legge caltolica. — La parte cattolica. — La fazione de sclús-
tnatici, etc., etc. (Muratori, Anales de Italia, t. VI, pág. 267 , 269,
317, etc.).
— m —
dio de una guerra encendida ya por la política, se creían los
Papas
La época
obligados
de Enrique
por varias
IV, razones
y la de Federico
á usar deIIsu, son
autoridad.
las dos

en que acaso pudiera decirse con algun fundamento , que


la excomunion habia producido la guerra ; y sin embargo,
¡ cuántas medidas atenuantes no se ven bien tomadas de la
inevitable fuerza de las circunstancias , ó de las mas insopor
tables provocaciones , ó de la indispensable necesidad de de
fender la Iglesia, ó en fin de las precauciones de que se ro
deaban para disminuir el mal 1 ! Si se separan de este perio
do de la historia que examinamos , los tiempos en que los
Papas y los Emperadores vivieron en buena inteligencia ; los
en que sús disputas fueron simples disputas , ó que se halló
el Imperio sin jefes en los interregnos , que ni fueron cortos,
ni raros durante aquel período ; los en que las excomuniones
no tuvieron ninguna consecuencia política ; los en que las
guerras nada tenian que ver con los Papas , por ser origina
das de la division ó cisma de los Electores, sin ninguna in
tervencion del poder espiritual ; y en fin, los tiempos en que
los Papas , no pudiendo dispensarse de resistir no debiaa ser
responsables de nada, porque ningun poder debe responder
de las consecuencias culpables de un acto legítimo ; se verá
que vienen á reducirse á nada esos cuatro siglos de sangre y
de fanatismo, citados imperturbablemente á cargo de los Su
mos Pontífices.
1 Se ve, por ejemplo, que Gregorio VII no se determinó contra
Enrique IV sino cuando el peligro y los males de la Iglesia le parecie
ron intolerables; y además se ve que en vez de declararle decaído del
trono, se contentó con someterle al juicio de los Electores alemanes,
para que nombrasen otro emperador si lo juzgaban á propósito : en
loque ciertamente mostraba su moderacion, atendiendo á las ideas
de aquel siglo. Pero si los Electores llegaban a dividirse, y á producir
una guerra, esto no era por cierto la voluntad del Papa. Se dirá que
quien quiere la causa quiere el efecto. No es cierto, cuando el primer
motor no tiene eleccion, y el efecto depende de un agente libre que
obra mal, pudiendo obrar bien. Pero en fin , consiento en que esto no
se considere sino como medio de atenuacion; pues no soy mas amigo
de los razonamientos, que de las pretensiones exageradas.
CAPÍTULO XIII.

CONTINUACION DEL MISMO ASUNTO. — REFLEXIONES SOBRE


ESTAS GUERRAS.

Desagradaría ciertamente á los Papas quien sostuviese


que jamás han dejado de tener razon. La verdad se les de
be, y ellos no necesitan mas que de la verdad. Pero si al
gunas veces les ha sucedido , con respecto á los Emperado
res , traspasar los límites de una moderacion perfecta , la equi
dad exige tambien que se tomen en cuenta las tropelías y
violencias sin ejemplo que los Emperadores han cometido
contra ellos. Muchas veces he oído preguntar ¿con qué de
recho deponían los Papas á los Emperadores? La respuesta
es muy obvia. Con el derecho , sobre el cual reposa toda au
toridad legítima : el de posesion por un lado , y el de consen
timiento por otro. Mas aun suponiendo que la respuesta no
se juzgase tan fácil, seria permitido convertir el argumento
contra los mismos que le forman, y preguntarles á ellos:
« ¿Con qué derecho se permitían los Emperadores aprisionar,
«desterrar, ultrajar, maltratar, y en fin, deponer á los Su
te mos Pontífices?»
Debe observarse además, que habiendo sido los Papas que
reinaron en aquellos tiempos difíciles, como Gregorio, Adria
no, Inocencio, Celestino, etc. , todos hombres eminentes en
doctrina y en virtudes, hasta el punto de arrancar á sus ene
migos el testimonio debido á su carácter moral , parece muy
justo que si en el largo y noble combate que han sostenido
por la Religion y por el orden social contra todos los vicios
coronados, se encuentran algunas sombras que la historia no
ha aclarado bastantemnte, se les haga á lo menos el honor de
— 297 —
presumir que si ellos pudiesen comparecer para defender
se, acaso nos darian razones excelentes en apoyo de su con
ducta.
Pero en nuestro siglo filosófico se ha seguido el camino
opuesto. Para este siglo los Emperadores lo eran todo , y los
Papas nada '. Y ¿cómo se podría odiar la Religion sin odiar
á su augusto Jefe? Ojalá que los creyentes estuviesen todos
tan persuadidos como los infieles de este grande axioma :
Que la Iglesia y el Papa es todo uno '. Nunca se han enga
ñado en este punto, y así no han cesado de pelear contra es
ta base tan embarazosa para ellos. Por desgracia fueron fa
vorecidos poderosamente en Francia, es decir, en Europa,
por los Parlamentos y por los Jansenistas ; dos partidos que
apenas se diferencian sino en el nombre ; y á fuerza de ata
ques, de sofismas y de calumnias, todos los conjurados ha
bian llegado á crear una fatal preocupacion que despojaba
al Papa de la debida consideracion , á lo menos en la opinion
de una multitud de hombres ciegos ó preocupados, que ar
rastraban en pos de sí á otros muchos hombres de carácter
apreciable. No puede leerse sin un verdadero espanto el si
guiente pasaje en las Carlas sobre la historia.
«Ludovico Pio, destronado por sus hijos, es juzgado, con-
« denado, absuelto por un Concilio de Obispos. De aquí ese
« poder impolítico que los Obispos se arrogan sobre los Sobe-
k ranos; de aquí esas excomuniones sacrilegas ó sediciosas ;
«de aquí esos crímenes de lesa majestad fulminados en San
« Pedro de Roma, donde el sucesor de san Pedro absolvía á
«los pueblos del juramento de fidelidad ; donde el sucesor de
«aquel que dijo que su reino no era de este mundo, distribuía

* Quiero decir , los Emperadores de los tiempos pasados , los Em -


peradores paganos, los perseguidores, los enemigos de la Iglesia que
quieren dominarla, sojuzgarla, oprimirla, etc. Esto se entiende. En
cuanto á los Emperadores y Reyes cristianos, antiguos y modernos,
ya se sabe cómo los protege la filosofía. Carlomagno aun no tiene el
honor de agradarla.
* San Francisco de Sales, Cartas espirituales, lib. VII, carta IL.
— 298 —
«los cetros y las coronas ; donde los ministros de un Dios de
«paz provocaban Á asesinarse á naciones enteras '.»
Para hallar aun en las obras de los Protestantes un pasaje
tan furibundo, acaso seria menester acudir á Martin Lulero.
Yo quiero suponer que esto se haya escrito con toda la buena
fe posible; pero si la preocupacion habla lo mismo que la
mala fe , ¿'qué mas da para el lector imprudente ó poco aten
to, que traga sin sentir el veneno? La voz de lesa majestad
es del todo impropia cuando se aplica á una potencia sobe
rana que pelea con otra. ¿ Acaso el Papa es inferior á otro
Soberano? Como Pííncipe temporal es igual á todos ellos en
dignidad ; mas si se le añade á este título el de Jefe supremo
del Cristianismo 1 , ya no tiene igual , y el interés de la Eu
ropa, no digo mucho, exige que todo el mundo se persuada
de ello. Supongamos que un Papa haya excomulgado sin ra
zon á algun Soberano. En este caso no seria mas culpable
que lo fue Luis XIV, cuando contra todas las leyes de la jus
ticia , de la decencia y de la Religion, hizo insultar á Ino
cencio XII en medio de Roma 3. Á la conducta de este gran
Príncipe podrán darse los nombres que se quieran; mas no
el de lesa majestad, que solamente hubiera podido convenir
al Marqués de Lavardin , si hubiera procedido sin especial
mandato *.
1Las
Cartas
excomuniones
sobre la historia,
sacrilegas
t. II,nolib.
sonXXXV
menos, pág.
graciosas
330. " ; y des-

* Este es el titulo notable que da al Papa el ilustre Burke en una


obra ó discurso parlamentario que no tengo á la mano. Sin duda que
ría decir que el Papa es el jefe de todos los Cristianos, aun de los que
reniegan de él : es una grande verdad confesada por un gran per
sonaje.
43 Este
Bonusentró
el pacificus
en RomaPontifex.
á la cabeza
(Bossuet,
de ochocientos
Gallia orthodoxa,
hombres, §mas
6).
bien como conquistador que como embajador que venia á reclamar al
pié de la letra eí derecho de proteger el crimen; y tuvo la delicadeza
para su corte de comulgar públicamente en su capilla, despues de ha
ber sido excomulgado por el Papa. Este Marqués de Lavardin es de
quien madama de Sevigné ha hecho el singular elogio que puede verse
en su carta de 6 de octubre de 1675.
— 299 —
pues de todo lo dicho me parece que no exigen discusion al
guna. Solo cilarémos á este terrible enemigo de los Papas
una autoridad que yo aprecio infinito, y que espero no po
drá recusar enteramente.
«En el tiempo de las Cruzadas era grande el poder de
«los Papas. Sus anatemas y sus entredichos eran respetados
«y temidos. El Príncipe que por inclinacion se hubiera ha-
« liado dispuesto á turbar los Estados de cualquier Soberano
« ocupado en una cruzada , sabia que se exponía á una ex-
« comunion , que podia hacerle perder los suyos. Esta idea
« por otra parte se hallaba generalmente extendida y adop
tada '.»
Segun se ve , se podría , y yo me encargaría gustoso de
componer sobre este texto solo un libro muy discreto, inti
tulado de la utilidad de los sacrilegios. Mas ¿por qué hemos
de limitar esta utilidad al tiempo de las Cruzadas? Un poder
racion
que reprime,
todo el jamás
mal que
debe
evita;
ser juzgado
y este essin
el tomar
triunfoendeconside?-
la auto

ridad papal en los tiempos de que hablamos. ¡ Cuántos crí


menes no ha impedido! ¿Y qué no la debe el mundo? Por
una sola lucha mas ó menos feliz que se presenta en la his
toria , ¡ cuántos pensamientos funestos , cuántos deseos terri
bles no ha ahogado en los corazones de los Príncipes ! ¡ Cuán
tos Soberanos no se habrán dicho á sí mismos en el secreto
de su conciencia : No, no conviene exponerse ! La autoridad
de los Papas fue durante muchos siglos la verdadera fuerza
constituyente en Europa. Ella es la que ha formado la mo
narquía europea, maravilla de un orden sobrenatural, qne
no se admira ó se mira con frialdad , como sucede con el sol
porque se ve lodos los dias.
Nada diré de la lógica que toma argumentos de aquellas
famosas
cer que el palabras
Papa no, mi
hareino
podido
no ejercer
es de este
sin mundo,
crimen para
ninguna
estable^
ju

risdiccion sobre los Soberanos. Este es un lugar ya dema-


sisdo
1 Cartas
comun,sobre
delaque
historia,
en otra
[Link]
XLVIItendrémos
, pág. 495. ocasion de ha-
— 300 —
blar ; mas lo que no puede leerse sin un profundo sentimiento
de tristeza, es la acusacion intentada contra los Papas de ha
ber provocado las naciones al asesinato, Á lo menos debiera
haberse dicho ó la guerra , porque nada es mas esencial que
dar á cada cosa el nombre que le conviene. Yo sabia ya que
el soldado mata , mas ignoraba que fuese asesinando. Se ha
bla mucho de la guerra, sin advertir que es necesaria , y que
nosotros hacemos que lo sea. Pero sin meternos en esta cues
tion , basta repetir que los Papas , como principes tempora
les, tienen tanto derecho como los otros Principes para ha
cer la guerra, y que si la han hecho mas raramente, mas
justamente, y mas humanamente que los demás (lo que es
incontestable), esto es cuanto puede exigirse de ellos. Lejos
de haber provocado la guerra, al contrario la han impedido
con todas sus fuerzas , se han presentado siempre como me
diadores cuando las circunstancias lo permitían, y mas de
una vez han excomulgado ó amenazado excomulgar á los
Principes por evitarlas. En cuanto á las excomuniones, no es
fácil probar, como ya dejamos dicho, que realmente hayan
producido guerras : por otra parte , el derecho era incontes
table , y los abusos puramente humanos nunca deben tomarse
en consideracion. Si los hombres se han servido alguna vez
de las excomuniones como de un motivo para hacer la guer
ra, aun entonces habrán combatido contra la intencion de
los Papas, que jamás han querido ni han podido querer ha
cerla. Sin el poder temporal de los Papas, el mundo político
no podia subsistir ; y cuanta mas accion tenga este poder,
habrá menos guerras , pues es el único cuyo visible interés
no pide sino la paz.
En cuanto á las guerras justas, y aun santas y necesarias,
tales como las Cruzadas, si los Papas las han provocado y sos
tenido con todo su poder, han hecho bien , y les debemos por
ello inmortales acciones de gracias. Pero yo no escribo so
bre las Cruzadas. Mas si los Sumos Pontífices hubieran obra
do siempre solo como mediadores , ¿se cree que hubiesen te
nido la dicha de obtener la aprobacion de nuestro siglo? De
— 301 —
ningun modo. El Papa le desagrada de todos modos y por
todos respectos ; y sobre esto podríamos oir aun al mismo
juez 1 quejarse de que los enviados del Papa eran llamados
á aquellos grandes tratados, donde se decidía la suerte de
las naciones, y felicitarse de que este abuso no se veriücaria
ya en lo sucesivo.

1 «Durante mucho tiempo el centro político de la Europa se habia


«fijado por precision en Roma. Allí se hallaba transportado por cir-
«cunstancias y consideraciones mas religiosas que políticas; y debió
«principiar a alejarse de allí, á medida que se comenzó á saber sepa-
«rar la política de la Religion ( ¡ obra maestra por cierto ! ), y á evitar
«los males que su mezcla habia frecuentemente producido.» (Cartas
sobre la historia, t. IV, lib. XCVI, pág. 470). Yo diria al contrario,
que el título de mediador nato (entre los Príncipes cristianos), con
cedido al Sumo Pontífice, seria el mas natural de todos los títulos,
como el mas magnífico y el mas sagrado : yo á la verdad no imagino
objeto mas precioso que sus enviados en medio de todos esos grandes
congresos , pidiendo la paz sin haber hecho la guerra ; no teniendo que
pronunciar por respeto al Padre comun las palabras de adquisicion ai
de restitucion; y no hablando mas que en favor de la justicia, de la
humanidad y de la Religion. Fiat! Fiat!
CAPÍTULO XIV.

DE LA BULA IXTER CAETERA , DE ALEJANDRO VI.

ün siglo antes del que vió el famoso tratado de Westfa-


lia, un Papa, que por desgracia forma una triste excepcion
á esa larga série de virtudes que han honrado la Santa Se
de, publicó la célebre bula que dividia entrelos españoles y
portugueses todas las tierras que el genio de los descubri
mientos habia dado ó podia dar á las dos naciones en las In
dias y en la América. El dedo del Pontífice describia una lí
nea sobre el globo, y las dos naciones consentían en tomarla
como un límite sagrado que deberia respetar la ambicion de
«na y otra.
Era sin duda un espectáculo magnífico ver á dos naciones
consentir en someter sus disensiones actuales, y aun las fu-
luías , al juicio desinteresado del Padre comun de todos los
fieles, prefiriendo para siempre un árbitro ó conciliador el
mas imponente , en lugar de apelar á guerras interminables.
Grande dicha fue para la humanidad que el poder ponti
fical tuviese aun bastante fuerza para obtener este grande
consentimiento ; y este noble arbitramiento ó compromiso era
tan digno de un verdadero sucesor de san Pedro , que la bula
Inter cadera deberia pertenecer á otro Pontífice.
Aquí por lo menos, parece que nuestro siglo deberia aplau
dirle. Mas nada de eso. Marmontel en su obra intitulada : Los
lacas, ha decidido en términos expresos que de todos los crí
menes de Boi ja, esta bula fue el mas grande. Este juicio incon
cebible no debe sorprendernos siendo de un discípulo de Vol-
laire; pues vemos que un senador francés no se ha mostrado
mas razonable ni mas indulgente. Referiremos el pasaje de
este último, que es muy notable; sobre todo bajo el punto
de vista astronómico.
- 303 —
«Roma, dice, que desde muchos siglos habia pretendido
«dar los cetros y los reinos en su continente, no quiso ya
«poner mas límites á su autoridad que los del mundo; y el
«.mismo ecuador fue sometido al quimérico poder de sus conce-
«siones 1.d
No advirtió este literato que la línea pacífica descrita so
bre el globo por el romano Pontífice , era como un meridia
no y que debiendo esta especie de círculos, como todo el
mundo sabe , correr invariablemente de un polo al otro sin
detenerse en parte ninguna , si llegan á tocar al ecuador, lo
que puede suceder con facilidad, ciertamente lo cortarán en
ángulos rectos , mas esto no tiene ni puede tener inconveniente
alguno ni para la Iglesia , ni para el Estado. Por lo demás , no
se debe creer que Alejandro VI se detuviese en el ecuador,
ó lo tomase por el límite del mundo; porque este Papa tenia
mucho talento, y no era hombre para dejarse engañar. Yo
confieso ingénuamente que no comprendo por qué razon se
le pudiera acusar con justicia de haber atentado contra el
ecuador, por solo haberse constituido árbitro entre dos Prín
cipes, cuyas posesiones estaban ó debian estar cortadas por
este mismo gran círculo.
1 Cartas sobre la historia, t. III , carta LVII , pág. 137.
1 «Fabricando et construendo lineara á polo arctico ad polum an-
tarcticum.» (Bula Inter caetera de Alejandro VI, 1493).
CAPÍTULO XV.

DE LA BULA IX COENA DOMINI *.

No creemos se halle persona en la Europa que no haya


oido hablar de la bula In Coena Domini, comunmente dicha de
la Cena; pero cuántos sean los que la hayan leido, no podrá
asegurarse del mismo modo. En lo que no cabe duda es en
que un hombre muy sabio ha podido hablar de ella del mo
do menos mesurado sin haberla leido. Esta bula, dice el au
tor de las Cartas de la Historia, debe contarse en el número de
tantos monumentos vergonzosos , cuyas palabras no nos atreve
mos d citar siquiera. Al leer estas expresiones, diríase que se

* En la traduccion castellana de esta obra hecha en Valencia en


182Í, que hemos consultado frecuentemente, y á que somos deudores
no pocas veces de la recta inteligencia del sentido del Conde Maistre,
el benemérito traductor suprimió enteramente este capítulo , como que
estando suplicada esta bula eu España, y dejádose de leer universal-
mente desde el pontificado de Clemente XIV, no parece había nece
sidad de su noticia y vindicacion. Pero respetando su dictámen, nos
parece temió donde no había por qué temer, y aun inocentemente pu
do dar ocasion á algunos incautos para creer que ella debería ser una
cosa monstruosa, cuando cautelosamente se suprimía. No, justos vin
dicadores de los romanos Pontífices, no debemos omitir ninguno de
los argumentos que una crítica intemperante ha formado contra ellos.
Cuando se habla de estas cosas, y sea dicho de una vez para siempre,
no se trata de restablecer su uso , que habiéndose ya suspendido por
la Santa Sede, nos basta para asegurarnos que esta debidamente sus
pendido : la bula de la Cena pertenece ya á la historia ; se trata de ha
cer ver que aquellos procedimientos de los Sumos Pontífices, en la
ocasion y tiempo que se hicieron, nada tenían de absurdo, y pueden
sufrir la vista de una crítica imparcial. Á este modo el verdadero ca
tólico fno los reformadores, que estos mentiuntur se nosse Deum)
habla muchas veces de la disciplina antigua, no con el objeto de que
se restablezca, sino de que se vea su oportunidad en los tiempos en
que se practicaba.
— 305 —
trataba de Juana de Are, ó de Luisa Sigea. Como en nues
tro siglo no se leen ya las obras en folio, á menos que traten
de Historia natural , y estén adornadas de hermosas láminas
iluminadas, creo no será inútil presentar aquí al comun de
los lectores lo sustancial de esta famosa bula. Cuando los ni
ños se espantan de algun objeto lejano, engrandecido y des
figurado por su imaginacion , para desvanecer la impresion
que su nodriza puede excitar en ellos , diciéndoles que es un
difunto, un alma en pena, 'una alma del otro mundo, se les to
ma de la mano, y cantando se les lleva á tocar por sí el ob
jeto mismo.

Análisis de la bula In Coena Domini.

El Papa excomulga...
Artículo 1.° Á todos los herejes '.
Art. 2.° Á los apelantes al Concilio futuro *.
Art. 3.° Á los piratas que corren los mares sin patente.
Art. í.° Á todo el que se atreviese á robar alguna cosa
de un navio que hubiese naufragado 3.
1 Creo que sobre este artículo do habrá dificultad.
1 Sea el partido que se quiera sobre la cuestion de las apelaciones
al Concilio futuro, no se podría con razon vituperar á un Papa, y mas
a un Papa del siglo XIV, el reprimir severamente estas apelaciones
como absolutamente subversivas de todo el gobierno eclesiástico. Ya
en su tiempo decía san Agustín á ciertos apelantes : ¿ Y quiénes sois
vosotros para poner en movimiento á todo el universo? No dudo que
entre los partidarios más decididos de estas especies de apelaciones,
muchos convendrán de buena fe que de parte de los particulares á lo
menos, no se puede imaginar cosa mas anticatólica , mas indecente,
ni mas inadmisible bajo todos respectos. Acaso podría hacerse tal su
posicion que presentase apariencias plausibles; pero ¿qué se ha de
decir de un miserable sectario á quien el Papa, con aplauso de la Igle
sia, ba condenado solemnemente que desde lo alto de su guardilla
apela al Concilio futuro? La soberanía es como la naturaleza : nada
hace en vano : nec abundat in superfluis. ¿Á qué un Concilio gene
ral, cuando basta la argolla?
1 ¿Puede darse un caso mas noble y mas tierno de la supremacía
religiosa?
20 TOMO I.
Art. 5." Á los que establecieren en sus tierras nuevos im
puestos , ó aumentasen los antiguos , fuera de los casos se
ñalados por el derecho, ó sin el permiso de la Santa Sede '.
Art. 6.° Á los falsificadores de las Letras apostólicas.
Art. 7.° Á los que suministrasen armas y otras municio
nes de guerra á las turcos , mahometanos y herejes.
Art. 8.° Á los que embarazasen las provisiones de boca,
ú oiras cualesquiera que se llevaren á Roma para el uso de
Su Santidad.
Art. 9.° Á los que maten, mutilen, despojen ó aprisio
nen á las personas que se dirigían cerca de la Santa Sede, ó
volvian de allí.
Art. 10. Á los que causaren iguales vejaciones álos que
por devocion fuesen peregrinando á Roma.
Art. 11. Á los que se hiciesen culpables de las mismas
violencias con los Cardenales , Patriarcas, Arzobispos, Obis
pos y Legados de la Santa Sede 8.

1 Tomando en cada Estado los impuestos ordinarios, como un es


tablecimiento legal, el Papa decide aquí que no se podrían aumentar
ni establecer otros nuevos fuera de los casos previstos por la ley de la
nacion, ó en los casos imprevistos, y absolutamente extraordinarios,
en virtud de una dispensa de la Santa Sede. — Es preciso , lleno de ru
bor y de confusion lo digo , que á fuerza de haber lcido estas infamias
Haya perdido el miedo á la vergüenza ;
porque las copio sin el menor movimiento de rubor, y aun como que
siento placer en ellas. * Lo sabemos, los Príncipes son los que deben
poner los impuestos en sus Estados; pero ¿les era mas decoroso el
que el pueblo les dé la ley en ello? Véase la observacion con que ter
mina este capítulo.
2 Estos cuatro artículos pintan el siglo que los hizo necesarios.
¿Quién en nuestros dias trataría de impedir las provisiones destina
das al Papa, de esperar al paso para despojar, mutilar ó matar á los
viajeros que van á Roma, solo porque van a Roma, á los peregrinos,
á los Cardenales, ó en fin , á los Legados de la Santa Sede, etc.? Pero,
lo volvemos á repetir, los actos de los Soberanos no deben jamás juz
garse sin tener consideracion a los tiempos y lugares á que se reBeren ;
y aun cuando los Papas se hubieran excedido en estas diferentes dis-
— 307 —
Art. 12. Á los que hieran , despojen ó maltraten á al
guno en razon de las causas que siguen en Roma
Art. 13. Á los que, bajo pretexto de una apelacion fri
vola , trastadan las causas de los tribunales eclesiásticos á los
seculares.
Art. 14. Á los que entablan las causas beneficíales y de
diezmos en los tribunales legos.
Art. lo. Á. los que conducen á los eclesiásticos á estos
tribnnales.
Art. 16. A los que despojan á los Prelados de su juris
diccion legítima.
Art. 17. Á los que secuestran las jurisdicciones ó rentas
queArt.
legítimamente
18. Á los quepertenecen
imponenal nuevos
Papa. tributos á la Iglesia

sin permiso de Su Santidad.


Art. 19. Á los que proceden criminalmente contra los
eclesiásticos en causas á que puede seguirse pena capital,
sin permiso de la Santa Sede.
Art. 20. Á los que usurpan los países y tierras del So
berano Pontífice.
Lo demás es de poca importancia.
Hé aquí , pues , la famosa bula ln Coena Domini. Cada
uno puede juzgar ahora de ella; y no dudo que todo lector
justo é imparcial que la haya oido tratar de monumento ver
gonzoso, cuyas expresiones no hay valor para citarlas , estará
muy inclinado á creer que el autor que así ha juzgado de

posiciones, bastaría decir: Se han excedido , y era decir bastante.


Pero minen se debe dar lugar á exclamaciones oratorias, y menos á
palabras bochornosas.
1 De una parte se hiere, se despoja, se maltrata á los que van á
entablar sus causas en Roma , y de la otra so excomulga á los que hie
ren, despojan ó maltratan. ¿De parte de quién es la injuria? ¿quien
es el que debe ser censurado? Si no se cerrasen de propósito y volun
tariamente los ojos, todos verian que cuando hay agravios mutuos, es
una injusticia no mirar sino los de una parte; que no hay posibilidad
de evitar estos choques, y que la fermentacion que turba el vino, es
un preliminar indispensable para la clariOcacion.
20*
— 308 -
ella, ni aun siquiera la ha leido, y es lo mas favorable que
se puede pensar de un hombre de tan conocido mérito. Mu
chas de las disposiciones de la bula pertenecen á una pru
dencia superior, y todas juntas habrian hecho la policía de
la Europa en el siglo XIV. Los dos últimos papas Clemen
te XIV y Pio VI han cesado de publicarla cada año, que era
la práctica antigua : pues que lo han hecho, han hecho bien.
Sin duda han creido que se debia conceder algo á las ideas
del siglo ; pero no veo que la Europa haya ganado nada por
eso. De cualquier manera, lo que es muy conveniente obser
var , es , que nuestros atrevidos novadores han hecho correr
rios de sangre para obtener, aunque sin éxito , algunos de
los artículos consagrados por la bula ya mas há de tres si
glos, que hubiera sido una locura esperar de la concesion de
los Soberanos.
— 309 —

CAPÍTULO XVI.

DIGRESION SOBRE LA JURISDICCION ECLESIÁSTICA.

Los últimos artículos de la bula In Coena Domini versan


cási en un todo, como se acaba de ver, sobre la jurisdiccion
eclesiástica. Mil y mas veces se ha acusado á esta autoridad
de haberse introducido en los límites de la secular, llamando
á sí todas ¡as causas por medio de sofismas apoyados sobre el
juramento puesto en los contratos. Pudiera rechazarse per
fectamente esta acusacion , observando que en todos los paí
ses y en todos los Gobiernos imaginables , la direccion de los
negocios pertenece naturalmente á la ciencia ; que toda cien
cia ha nacido en los templos y salió de los templos ; y que
habiendo llegado á ser en la antigua lengua europea la voz
clerecía sinónima de ciencia, era no solamente justo, sino aun
natural , que el clérigo juzgase al seglar ó lego, es decir, que
la ciencia juzgase á la ignorancia , hasta que la extension de
las luces llegase á formar un equilibrio : que la influencia del
Clero en los negocios civiles y políticos fue entonces una fe
licidad para el género humano, muy notada por todo,s los
escritores instruidos y sinceros: que los que no hacen justi
cia al derecho canónico, jamás lo hanleido : que este código
ha dado forma á nuestros juicios , y corregido ó abolido un
sinnúmero de sutilezas del derecho romano que ya no nos
convenían, si en algun tiempo fueron buenas : que el dere
cho canónico ha sido conservado en Alemania , á pesar de
todos los esfuerzos de Lutero, por los doctores protestantes,
quienes lo han enseñado, alabado y aun comentado; y en fin,
que en el siglo XIII fue aprobado solemnemente por un de
creto de la Dieta del Imperio, reinando Federico II, honor
que jamás mereció el derecho romano 1 , etc., etc.
1 Zalweim , Princip. iur. eccles. t. II , pag. 283 et seq.
- 310 —
Mas yo no quiero usar aquí de todas estas ventajas , y solo
insisto sobre la injusticia que se obstina en no ver sino las
sinrazones ó perjuicios de una potestad , cerrando enteramen
te los ojos sobre los de la olra. Se habla incesantemente de
las usurpaciones de la jurisdiccion eclesiástica , y no se atien
de á que esta voz no puede adoptarse sin explicacion. En
efecto, gozar, tomar y aun apoderarse , no son siempre sinó
nimos de usurpar; mas aun cuando hubiese realmente usur
pacion, ¿puede haber una mas evidente ni mas injusta que
la dela jurisdiccion temporal sobre su hermana, á quien ella
tan falsamente llama su enemiga? Recuérdese, por ejemplo, el
vergonzoso estratagema que usaban los tribunales franceses
para despojar á la Iglesia de su mas incontestable jurisdic
cion. Conviene que este modo de proceder sea conocido aun
de aquellos para quienes las leyes son mas desconocidas.
« Toda cuestion ( en Francia) en que se trata de diezmos ó
«de beneficios , es de la jurisdiccion eclesiástica.
«Sin duda, decían los Parlamentos, el principio es incon-
« testable en cuanto al petitorio; es decir, si se trata, por ejem-
«plo, de decidir á quién pertenece realmente un beneficio
«que se litiga; mas si se trata del posesorio, es decir, cuál de
«los dos pretendientes posee actualmente y debe mantenerse
« en la posesion hasta que el derecho esté realmente aclara-
«do, nosotros somos los que debemos juzgar, supuesto que
«únicamente se trata de un hecho de alta policía , destinado
«á prevenir las querellas y las vias de hecho '.
«Esto es corriente, y está muy bien , diria aquí el sentido
1 Ne partes ad arma veniant. Máxima de la jurisprudencia de
aquellos tiempos, cu que las gentes se degollaban esperando la deci
sion de los Jueces. Lo que hay de mas notable es, que el derecho ca
nónico es quien honró esta teoría del posesorio, para evitar los críme
nes y las vias de hecho, como puede verse, entre otros, en el famoso
cánon Reintegrandae , tan conocido en los tribunales. Despues se ha
vuelto contra la Iglesia la arma que ella misma habia presentado á los
tribunales.
Aon hot quaesttum munu's in utu».
No para tal objeto destinada.
— 311 -
«comun. Ea, pues, decidirse pronto sobre la posesion , áfin
«de que luego pueda decidirse el fondo de la cuestion, que
« es la propiedad. Pero los magistrados responderian : No en
riendeis una palabra : no hay duda sobre la jurisdiccion de la
« Iglesia , en cuanto al petitorio ; pero hemos decidido que el
«.petitorio no puede juzgarse antes que el posesorio; y deci-
«dido que sea este, ya no es permitido examinar mas »
Y hé aquí cómo ha perdido la Iglesia una rama inmensa
de su jurisdiccion. Ahora bien , pregunto á toda persona sen
sata , hombre , mujer ó niño que sea , y tenga sentido co
mun : ¿se ha imaginado jamás una salida mas vergonzosa,
ni una usurpacion mas chocante * ? La Iglesia galicana fa
jada, como lo está un niño, por los Parlamentos, ¿conser
vaba acaso un solo movimiento libre? Se jactaba de sus de
rechos , de sus privilegios y de sus libertades ; y los magis
trados con sus casos reales , sus posesorios , y sus apelaciones
de abuso, no le habian dejado mas que el derecho de hacer
el santo crisma y el agua bendita.
No me cansaré de repetirlo, porque no amo ni sostengo la
exageracion. No pretendo resucitar ahora los usos ni el de
recho público del siglo XII ; pero no se repetirá bastante
mente que confundiendo los tiempos se confunden las ideas ;
que los magistrados franceses se hicieron eminentemente cul
pables, manteniendo un verdadero estado de guerra entre la
1 La Ordenanza freal de Francia) dice expresamente : «Que el
« petitorio se seguirá ante el juez eclesiástico. » ( Fleury , Discurso so
bre las libertades de la Iglesia galicana, Opúsculos, pág. 90). Así es
que los Parlamentos para extender su jurisdiccion, violaban la Orde
nanza real. De esto hay otros muchos ejemplos.
* En la edicion castellana hecha en Valencia se añade aquf la nota
siguiente: «En España, sin haberse adoptado este ridículo juego de
«voces, propio solamente de la mala fe, se dispuso clara y sencilla-
« mente, y es práctica constante defendida por varios autores , que los
«jueces seculares conozcan en los juicios posesorios de diezmos y be-
« nefícios; y en el reino de Valencia conocen tambien en los juicios pe-
«titorios, sobre asuntos decimales; sin que esto cause la menor queja
«ni disension entre las dos autoridades, entre las cuales reina la me-
«jor amonía. »
- 312 —
Santa Sede y la Francia, la cual transmitía á la Europa es
tas máximas perversas; y que nada hay tan falso como el as
pecto bajo el cual representaban al Clero antiguo en gene
ral , y sobre lodo á los Sumos Pontífices , que fueron incon
testablemente los maestros de los Reyes , los conservadores
de la ciencia , y los instituidores de la Europa.
LIBRO III.
Del Papa en sus relaciones con la civilización
y la felicidad de los pueblos.

CAPÍTULO I.
MISIONES.

Para conocer los servicios que los Sumos Pontífices han


hecho al mundo, seria necesario copiar todo el libro inglés
del Dr. Ryan, intitulado Beneficios del Cristianismo; porque
estos beneficios son los de los Papas, pues el Cristianismo
no tiene accion exterior, sino por medio de ellos. Todaslas
iglesias separadas del Papa se dirigen interiormente como
pueden ó saben ; mas nada pueden hacer para la propaga
cion de la luz evangélica, y por ellas sola, la obra del Cris
tianismo nada adelantará ; porque siendo justamente estéri
les desde su divorcio, no pueden recobrar su fecundidad pri
mitiva, á menos de reunirse otra vez al Esposo. Y ¿á quién
pertenece la obra de las misiones? Al Papa y á sus minis
tros. Véase esa famosa Sociedad Bíblica de Inglaterra , émula
débil y acaso peligrosa de nuestras misiones. Cada año nos
cuenta los miles de ejemplares de la Biblia que ha esparcido
por el mundo ; pero siempre se olvida de decirnos cuántos
nuevos cristianos ha producido '. Si el dinero que esta So
ciedad expende en Biblias se diese al Papa para emplearlo

1 Los males que puede causar esta Sociedad no han sido descono
cidos á la Iglesia anglicana, que muchas veces se ha mostrado teme
rosa de ellos. Pero si se llega á meditar qué especie de bienes son los
que está destinada á producir eo las miras de la Providencia , se halla
desde luego que esta empresa puede ser una preparacion evangélica,
de un género del todo nuevo y divino. Acaso podría contribuir pode
— 314 —
en las misiones, hubiera producido ya mas cristianos que
páginas tienen las Biblias.
Las iglesias separadas , y sobre lodo la primera de ellas,
han hecho varios ensayos en este género ; mas todos estos
pretendidos obreros evangélicos, separados de la cabeza de
la Iglesia, se asemejan á aquellos animales á quienes se en
seña á andar en dos piés y á contrahacer algunos movimien
tos humanos : pueden industriarse hasta cierto punto, seles
admira por la dificultad que han tenido que vencer ; mas no
obstante se percibe fácilmente que todo es forzado, y que no
están deseando sino volver á andar en sus cuatro piés.
Aun cuando semejantes gentes no tuviesen contra sí mas
que sus divisiones , no se necesitaría mas para reconocer su
impotencia. Anglicanos, Luteranos, Moravos , Metodistas,
Anabaptistas, Puritanos, Cuácaros, etc. : tal es el pueblo con
quien tienen que hacer los infieles. Escrito está : ¿Cómo en
tenderán, si no se les habla? Y con la misma verdad pudiera
decirse
Un misionista
: ¿Cómo los
inglés
creerán
ha sentido
si ellos no
bien
se entienden
este anatema,
á sí mismos?
y se ha

explicado con tanta franqueza , delicadeza y probidad reli


giosa sobre este punto, que le hacen parecer digno de la mi
sion que le faltaba.
«El misionero, dice, debe estar muy apartado de una
« mezquina y estrecha hipocresía 1 y poseer un espíritu ver-
«daderamente católico *. No es el Calvinismo ni tampoco el
rusamente á reconciliarnos la Iglesia anglicana, que ciertamente no
podrá escapar de los golpes que se la dan sino por el principio uní -
versal. * Véase sobre estas sociedades el t. XIII, pag. 161 y 176 , de
la Biblioteca de Religion.
1 Esta palabra hipocresía, que segun su acepcion natural en la
lengua inglesa, da la idea de un celo ciego, de una preocupacion 6 su
persticion, se aplica hoy en la pluma liberal de los escritores ingleses
á todo hombre que se toma la libertad de creer diferentemente que
ellos; y hemos tenido el placer de oir á los revisores de Edimburgo
acusar á Bossuet de hipócrita. (Edimb. Reo. oct. 1803, uúm. S, pá
gina 213). ¡ Bossuet hipócrita I El mundo lo ignoraba.
* ¡ El buen hombre ! Dice lo que puede , y sus palabras son nota
bles, i
— 315 —
«Arminianismo lo que debe enseñar, sino el Cristianismo.
«Su fin no debe ser el de propagar la jerarquía anglicana,
«ni los principios de los protestantes disidentes. Su objeto
«debe ser el servir á la Iylesia unicersal '. Yo quisiera que
«el misionero estuviese persuadido [Link] su ministerio no
«reposa sobre los puntos de separacion, sino sobre los que
« reunen el consentimiento de todos los hombres religiosos *. »
Hénos aquí conducidos á la eterna y vana distincion de los
dogmas fundamentales y no fundamentales , ya mil veces re
futada , por lo que seria inútil volver á tratar de ella. No hay
un dogma que no haya sido negado por algun disidente.
¿Con qué derecho, pues, se preferiría el uno al otro? Cual
quiera que niegue un dogma, pierde el derecho de enseñar
otro. Además ¿cómo podrá creerse que el poder evangélico
no es divino, y que por consiguiente puede hallarse fuera de
la Iglesia? La divinidad de este poder es tan visible como el
sol : «No parece , dice Bossuet , sino que los Apostates y sus
«primeros discípulos hayan trabajado por debajo de tierra
«para establecer tantas iglesias en tan poco tiempo, sin que
«se sepa cómo lo han hecho 3. »
La emperatriz Catalina II en una carta en extremo cu
riosa que vi en tetersburgo *, dice, que habia observado
muchas veces con asombro la influencia de las misiones so
bre la civilizacion y sobre la organizacion política de los pue
blos : «A medida , dice, que la Religion va ganando terre-
«no , se ven parecer pueblos enteros como por encanto, etc. »
La Iglesia antigua era la que obraba estos milagros, porque
entonces era legítima; y la Emperatriz habria podido fácil-
1 Aquí repite en inglés lo que antes habia dicho en griego. Cató
lico; universal, ¡qué importa ! Se deja ver la necesidad que tenia de
recurrirá la unidad, que no puede hallarse fuera de la universalidad.
* Véanse las Cartas sobre las misiones, dirigidas á los ministros
protestantes de las iglesias inglesas, por Mclvil Home, capellan que
fue de Sierra Leona en África. En inglés > Bristol, 179í.
3 Historia de las variaciones, lib. VII , núm. 16.
4 Esta carta estaba dirigida á un francés llamado Mr. de Mcillan.
que si no me engaño era del antiguo Parlamento de París.
— 316 —
mente comparar esta fuerza y esta fecundidad con la nulidad
absoluta de esta misma Iglesia separada de su tronco y raíz
principal.
El docto caballero Guillermo Jones ha observado la im
potencia de la palabra evangélica en la India ( se entiende la
India inglesa) , y desespera absolutamente de vencer las preo
cupaciones nacionales ; y así no halla otro expediente mejor
para adelantar algo, que traducir en persa y en sanscrit los
textos mas decisivos de los Profetas , y ensayar el efecto que
producen entre los naturales del país '. Siempre encontra
mos el error protestante que se obstina en principiar por la
ciencia, cuando es preciso comenzar por la predicacion im
perativa, acompañada de la música, de la pintura, de los
ritos solemnes, y de todas las demostraciones de la fe sin
discusion : mas ¿cómo se hará comprender esto al orgullo?
Claudio Buchanan , doctor en teología inglesa , publicó
hace pocos años una obra sobre el estado del Cristianismo en
la India, en la cual (obra) se ve el mas extraordinario fa
natismo unido á muchas observaciones interesantes Enca
da página se encuentra confesada la nulidad del proselitismo
protestante , como igualmente la indiferencia absoluta del
Gobierno inglés sobre el establecimiento religioso de aquel
grande país.
1 «Si hay algun medio humano para convertir á estos hombresfíos
«indios), seria acaso el traducir en sanscrit ó en persa pasajes esco-
« gidos de los antiguos Profetas, acompañados con un prefacio, donde
«se mostrase el total cumplimiento de aquellas predicciones, y exten-
«der esta obra entre los naturales que han tenido una educacion dis-
«tinguida. Si este medio y el tiempo no producían ningún efecto sa
ludable, noquedaria mas sino llorar la fuerza de las preocupaciones,
« y la debilidad de la razon dejada á sf sola (es decir , la razon no asis-
« tida). » (Obras de Guillermo Jones, en inglés, sobre los dioses de la
Grecia, la Italia y la India, en 4.°, t. I, pág. 279 y 280). Nada mas
cierto ni mas notable que lo que dice aquí Guillermo Jones sobre la
razon no asistida; mas para él y para otros muchos es una verdad
estéril.
* Véase la obra inglesa Investigaciones cristianas en Asia , por el
K. Claudio Buchanan, eu 8.° : Loodon, 1812, nona edicion.
— 317 —
« Veinte regimientos ingleses, dice, no tienen en Asia ni un
«solo capellan, y los soldados viven y mueren sin aclo nin
íc guno de religion '. Los gobernadores de Bengala y de Ma
« drás no conceden la menor proteccion á los cristianos del
«país, y prefieren regularmente para los empleos á losin-
«dios y á los mahometanos s. En Saliera, todo el país está
«sometido al poder (espiritual) delos Católicos, que han to
« niado tranquilamente posesion de él, vista la indiferencia
«de los ingleses; y el Gobierno de Inglaterra, prefiriendo
«justamente 3 la supersticion católica al culto de Buddha,
«sostiene la religion católica en Ceylan 4. Un sacerdote ca-
« tólico decia á este Gobierno : ¿ Cómo quereis que vuestra na-
«.cion se ocupe en convertir al Cristianismo sus subditos paga-
anos, cuando rehusa la instruccion cristiana á sus propios súb-
« ditos cristianos 5? Por esto no se sorprendió Claudio Bu-
« chanan al saber que cada año .se volcian á la idolatría un
tí gran número de protestantes 6. Acaso jamás se ha visto la
«religion de Jesucristo en ninguna época del Cristianismo tan
«humillada como lo ha sido en la isla de Ceylan, por lane-
« [Link] oficial que hemos hecho sufrir á la Iglesia proles-
atante 7. Es tal la indiferencia inglesa en esta parte, que si
«pluguiese á Dios quitar sus Indias á los ingleses, apenas
«quedarian en aquella tierra vestigios de haber sido gober-
« nada por una nacion que habia recibido la luz del Evangelio8. .
1 Investigaciones cristianas, pág. 80.
» Ibid. pág. 89 y 90.
s ¡ Con qué bondad conviene este Gobierno en que el Catolicismo
vale mas que la religion de Buddha !
* Investigaciones cristianas, pág. 92. »
• El Gobierno no tiene celo, porque no tiene fe. Su conciencia es
quien le quita las fuerzas, y esto es lo que el ciego ministro no ve, ó
por mejor decir, no quiere ver.
6 Investigaciones cristianas, pág. 95.
' Esta es otra nueva delicadeza del Gobierno inglés, que tiene bas
tante prudencia para no ensayar á plantar la religion de Cristo en un
país donde reina la de Jesucristo; pero ¿qué puede entender de todo
esto un eclesiástico oficial?
8 Investigaciones cristianas, pág. 283, nota.
— 318 —
«En todos los departamentos militares se observa una ex
tincion casi total del Cristianismo. Cuerpos numerosos de
«hombres envejecen léjos de su patria entre los placeres y la
«independencia, sin ver el menor signo de la religion de su
« país. Hay inglés que en veinte años no ha visto celebrar un
«oficio divino '; y es cosa bien extraña, que en cambio de
«la pimienta que nos dan aquellos infelices indios , la Ingla-
« terra no les quiera dar ni aun el Nuevo Testamento '. Cuan-
«do este autor reflexiona sobre el poder inmenso que tiene la
«Iglesia romana en la India, y sobre la incapacidad delcle-
«ro anglicano para contrarestar esta influencia, es de pare-
«cer que la Iglesia protestante debería buscar por su aliada
«á la siríaca, que se halla en los mismos países, y tiene todo
«lo que se necesita para unirse con una Iglesia pura, pues
«profesa las doctrinas de la Biblia, y desecha tambien el pri-
«mado del Papa '.»
Acabamos de oir de una boca poco sospechosa las confe
siones mas expresas sobre la nulidad de las iglesias separa
das ; y que no solamente las anula todas, una despues de
otra , el espíritu que las divide, sino que tambien nos detie
ne á nosotros y retarda nuestros progresos. Sobre este pun
to ha hecho Voltaire una observacion importante: « El ma
ce yor obstáculo, dice, para los progresos de nuestra religion
«en la India, es la diferencia de opiniones que dividen á nues-
«tros misioneros. El católico combate allí al anglicano, este
«al luterano, y estotro al calvinista; de modo que hallándo
le todos encontrados, y queriendo cada uno de ellos anun-
«ciar la verdad y acusar á los otros de mentira, asombran á
«un pueblo sencillo y pacífico, que ve llegar allí desde las

1 Investigaciones cristianas, püg. 283 y 287.


! Ibid. pág. 102.
3 Pág. 2S5, 287. Pues qué, ¿acaso la Iglesia católica profesa las
doctrinas del Alcoran?E\ clero inglés no se engañe; estas vergonzo
sas extravagancias están muy léjos de encontrar entre la gente sensa
ta de su país la misma indulgencia y la misma compasion que hallan
entre nosotros.
— 319 -
«extremidades occidentales de la tierra hombres acalorados
« para despedazarse unos á otros en las riberas del Ganges '. »
El mal no es , ni con mucho , tan grande como dice Vol-
taire, quien toma su deseo por la realidad ; pues nuestra su
perioridad sobre las sectas se halla confesada tan solemne y
manifiestamente, como se acaba de ver, por nuestros mas en
carnizados enemigos. Sin embargo, la division de los Cristia
nos es un gran mal que por lo menos retarda la grande obra,
si no la impide enteramente. ¡ Ay de las sectas que han des
pedazado la túnica inconsútil! Sin ellas todo el mundo seria ya
cristiano.
Otra razon que anula este falso ministerio evangélico es la
conducta moral de sus órganos. Ellos nunca se elevan mas
allá de la probidad, débil y miserable instrumento para to
dos los esfuerzos que exige la santidad. El misionero que no
renuncia por un voto sagrado á la mas dulce de las inclina
ciones humanas , siempre se quedará muy inferior á sus fun
ciones, y concluirá por hacerse ridículo ó culpable. Bien sa
bido es el resultado de las misiones inglesas en Otahiti : con
vertidos aquellos apóstoles en libertinos , no han tenido di
ficultad en confesarlo , y el escándalo ha resonado en toda
Europa s. .
A la verdad , ¿qué hará en medio de naciones bárbaras,
léjos de todo superior y de todo el apoyo que podría encon
trar en la opinion pública , solo con su corazon y sus pasio
nes , el misionero humano? Lo que hicieron sus colegas en
Otahiti. El mejor de estos misioneros despues de recibir su
mision de la autoridad civil , no trata sino de ir á habitar
una casa cómoda con su mujer y sus hijos , para predicar fi-

1 Voltaire, Ensayo sobre las costumbres, etc., t. I, c. 4.


2 He oído decir que de algun tiempo A esta parte se han mejorado
las cosas en Otahiti; mas sin discutir los hechos que solo presentan
vanas apariencias, no diré sino una palabra : « ¿Qué nos importan es-
« tas conquistas equívocas del Protestantismo en alguna isla impercep-
« tibie del mar del Sud, mientras que él destruye el Cristianismo ea
« Europa?»
- 320 —
losóficamente á subditos, bajo el cañon de su soberano ; pero
los verdaderos trabajos apostólicos, esos jamás se atreverá á
tocarlos con la punta del dedo.
Además, es menester distinguir entre los infieles civilizados
y los que no lo son. Á estos se les puede decir cuanto se quie
ra ; mas por fortuna el error no se atreve á hablarles. Res
pecto de los otros es muy diferente, porque saben ya bastan
te para entendernos. Cuando el lord Macartney iba á partir
para su célebre embajada , el Rey de Inglaterra pidió al Pa
pa algunos alumnos de la Propaganda para la lengua china,
lo que Su Santidad concedió desde luego. El cardenal Ror-
gia, que era presidente entonces de la congregacion de Pro
paganda , rogó por su parte al lord Macartney que tuviese la
bondad de recomendar en Pekin las misiones católicas. El
Embajador se lo prometió gustosamente, y cumplió su pro
mesa como hombre de honor ; pero quedó en extremo admi
rado cuando el Collao, ó primer ministro, le respondió: «que
«el Emperador extrañaba mucho que los ingleses protegie-
«sen en las extremidades de la Asia una Religion que sus pa-
« dres habian abandonado en Europa. « Esta anécdota, que he
sabido originalmente, prueba que aquellos hombres están
mas instruidos de lo que pensamos , aun de las cosas que á
nuestro parecer no deberian serles interesantes. Vaya un pre
dicador inglés á la China á decir á su auditorio «que el Cris-
«tianismo es la mas bella cosa del mundo; pero que esta Re
« ligion divina se corrompió desgraciadamente en su prime
ara juventud por dos grandes apostasías, la de Mahoma en
« Oriente y la del Papa en Occidente ; que habiendo princi-
«piado una y otra juntas, y debiendo durar 1260 años ', una

1 En efecto, como las naciones deben hollar la ciudad sania du


rante cuarenta y dos meses ( Apoc. is , 2 ) , es claro que por las na
ciones se debe entender los Mahometanos. Además, 42 meses de á
30 dias cada uno, hacen 1260 dias; esto es evidente. Mas cada dia sig
nifica un año, y así 1260 dias \alen 1260 años, y si á estos se añaden
los 622, que es la fecha de la egira, tenemos 1882 : luego el Mahome
tismo no puede durar mas que hasta el año 1882. Ahora, pues, la
— 321 —
«y otra deben acabar juntas y. estar ya cercanas á su fin:
«que el Mahometismo y el Catolicismo son dos corrupciones
«perfectamente paralelas y del mismo género, y que no hay
«en el universo un hombre que se llame cristiano que pue-
«da dudar de la verdad de esta profecía 4.» Seguramente
que el mandarin que oyese estas brillantes aserciones , ten
dria al predicador por loco, y se burlaria de él. En todos los
países infieles civilizados , los hombres capaces de abrazar las
verdades del Cristianismo, luego que nos oyesen , no tarda
rian en darnos la preferencia sobre todos los sectarios. Vol-
taire tenia sus razones para mirarnos como una secta que dis
putaba con las otras ; pero el sentido comun , libre de pre
venciones , percibirá desde luego que de un lado es la Iglesia
una é invariable , y del otro la herejía con sus mil cabezas.
Mucho tiempo antes de saber su nombre, ya la conocen y no
se fian de ella.
Nuestra inmensa superioridad es tan conocida, que ha lle
gado á alarmar á la Compañía de las Indias ; y la vista de al
gunos clérigos franceses , llevados á aquellos países por el
torbellino revolucionario, la sobresaltó temiendo que hacien
do cristianos, los hiciesen tambien franceses. (Estoy segura

corrupcion papal debe acabar con la corrupcion mahometana; lue


go, etc. Este es el razonamiento del 5r. Buchanan que hemos citado
arriba.
1 Cuando se piensa que tan inconcebibles extravagancias manchan
aun en el siglo XIX las obras de una multitud de teólogos ingleses,
como los doctores Daubeney , Faber , Cuninghan , Fere , Hartley , etc.,
no se puede contemplar sin un religioso terror el abismo adonde por
justo castigo de Dios se precipita la mas criminal de todas las rebelio
nes. El moderno Álila ( Napoleon Bonaparte) , menos civilizado que
el primero, arroja de sa trono al Sumo Pontífice, lo hace prisionero,
y se apodera de sus Estados. Al momento se inflama la cabeza de estos
escritores, y creen que se acabó el Pontificado, y que Dios ya no tiene
medios para salvarle. Helos aquí , pues , que empiezan á componer fo
lletos sobre el cumplimiento de las profecías, y se congratulan y
triunfan de la caída del Papa; mas entre tanto que se imprimen, el
poder y el voto de la Europa restituyen al Papa á su trono , y tranquilo
en la ciudad eterna ruega á Dios por estos insensatos.
21 TOMO I.
— 322 —
que ningun inglés instruido podrá contradecirme). La Com
pañía de las Indias dice sin duda como nosotros : venga á nos
el tu reino ; pero añade siempre el correctivo , y que el nuestro
subsista.
Mas si nuestra superioridad en este punto está reconocida
en Inglaterra, no está menos conocida la nulidad del clero
inglés para lo mismo. «No creemos, decian pocos años há
«unos diaristas estimables de aquel país, que la. sociedad de
«las Misiones sea obra de Dios... porque difícilmente senos
«persuadirá que Dios sea el autor de la confusion , y que los
«dogmas del Cristianismo deban ser sucesivamente anuncia-
«dos á los paganos por hombres que no solamente van sin ser
« enviados sino que difieren de opiniones entre sí , de un mo-
«do tan extraordinario, como los Calvinistas y los Arminia-
« nos , los Episcopales , los Presbiterianos , los Anabaptistas y
« Antianabaptistas , etc. »
mas Los
esenciales,
redactoresy luego
indicanañaden
despues
: « elEntre
débilmisioneros
sistema de tan
los doy-
he-

«terogéneos, las disputas son inevitables, y sus trabajos en


«lugar de ilustrará los gentiles, no son propios sino para
«aumentar las preocupaciones contra la fe, si acaso alguna
«vez llega á serles anunciada de un modo mas regular *. En

1 No solamente corren sin ser enviados. Expresion muy notable :


porque el nombre de misionero es sinónimo de enviado; y así todo mi
sionero que obra fuera de la unidad , debe precisamente decir : Yo soy
un enviado no enviado. Aun cuando la sociedad de las Misiones in
glesas fuese aprobada por la Iglesia anglicana , la misma dificultad sub
sistiría siempre, porque no siendo esta Iglesia enviada, no tiene de
recho de enviar. No enviada : tal es el carácter general , humillante
é indeleble de toda Iglesia separada de la unidad.
* ¿Qué quieren, pues, decir los diaristas con esta expresion de un
modo mas regular? ¿Puede haber alguna cosa regular fuera de la re
gla? Bien puede estar un hombre mas ó menos cerca de una barca ;
pero mas ó menos en ella no puede ser. La Iglesia de Inglaterra
tiene aun alguna desventaja sobre las otras iglesias separadas; pues
como es evidentemente sola, es evidentemente nula. (Véase el Cen
sorpolítico y literario , mensual ó antijacobino , marzo 1803 , vol. XIV,
núm. 9, pág. 280 y 281). Acaso estas palabras de un modo mas re
- m — '
« una palabra, la sociedad de las Misiones no puede hacer nin-
agun bien, y puede hacer mucho mal. No obstante, creemos que
«es un deber de la Iglesia predicar el Evangelio á los in-
« fieles '. »
Estas declaraciones son muy expresas, y no necesitan de
comentarios. En cuanto á las iglesias orientales , y todas las
que dependen ó hacen causa comun con ellas , será inútil que
nos ocupemos. Ellas mismas se hacen la justicia, pues pene
tradas de su impotencia , han acabado por convertir su apa
tía en una especie de deber. Y aun se creerian ridiculas si
se dejasen imbuir de la idea de adelantar las conquistas del
Evangelio, y por ellas la civilizacion de los pueblos.
La Iglesia, pues, es la única que tiene el honor, el poder
y el derecho de las misiones ; mas sin Sumo Pontífice no hay
Iglesia. Y qué, ¿no es el Pontífice quien ha civilizado la Eu
ropa , y creado este espíritu genefal , ese genio fraternal que
nos distinguen? Apenas se afirma la Santa Sede, cuando la
solicitud universal ocupa con enajenamiento á los Sumos Pon
tífices. Ya en el siglo V enviaron á la Nórica á san Severino,
y otros obreros apostólicos recorren las Españas, como se ve
en la famosa carta de Inocencio I á Decencio. En el mismo
siglo san Paladio y san Patricio parecen en Irlanda y en el
Norte de Escocia. En el siglo VI san Gregorio el Grande en
vía á san Agustín á Inglaterra. En el VII san Kilian predi
ca en Franconia , y san Amando á los flamencos , á los ca-
rintios , esclavones , y á todos los bárbaros que habitaban las
márgenes del Danubio. Ehiff de Werden se transporta á Sa-
jonia en el siglo VIH; san YVillebrodo y san Swidberto á la
Frisia, y san Bonifacio llena la Alemania con sus trabajos y
sus conquistas. Pero el siglo IX parece distinguirse de todos

guiar ocultan algun misterio, como muchas veces lo he observado en


las obras de los escritores ingleses.
' Ibid. Esta es una grande palabra. La Iglesia sola tiene el dere
cho , y de consiguiente el deber de predicar el Evangelio á los infieles.
Si los redactores hubieran rayado por bajo esta palabra la Iglesia, sin
duda hubieran predicado una verdad muy profunda á los infieles.
-21*
- 324 —
los demás, como si la divina Providencia hubiera querido
consolar á la Iglesia de las desdichas que tan de cerca la ame
nazaban. Durante este siglo san Siffredo fue enviado á los
suecos; Anchario de Hamburgo predica tambien á los mis
mos, como á los vándalos y á los esclavones; Remberto de
Brema , los hermanos Cirilo y Metodio á los búlgaros , á los
chazares ó turcos del Danubio , á los moravos , á los bohe
mos, y A la inmensa familia de los esclavones. Todos estos
varones apostólicos juntos podian decir con mucha razon :
Solo paramos donde no hubo ya orbe.
Hic tándem stetimus nobis ubi defuit orbis.

Mas cuando el universo se ensanchó por las memorables


empresas de los navegantes modernos, ¿no siguieron los mi
sioneros del Pontífice en pos de estos esforzados aventureros?
¿No fueron á buscar el martirio aun con mas ansia que la
avaricia buscaba el oro y los diamantes? Sus manos carita
tivas ¿ no estaban constantemente extendidas para curar los
males nacidos de nuestros vicios , y para hacer menos odio
sos á los europeos en aquellos países lejanos? ¿Qué no ha
hecho san Francisco Javier '? Los Jesuítas solos ¿no han cu
rado una de las mayores llagas de la humanidad a? Todo se ha

1 « A Paulo III Indiaedestinatus, multos passim toto Oriente chris-


tianos ad meliorem frugem revocavit, et innumeros propemodum po-
pulos ignorantiae tenebris involutos, ad Christi fidem adduxit. Nam
praeter Indos, Brachmanes, et Malabaj-as, ipse primus Paravis, Ha
lais, Jais, Acenis, Mindanais, Molucensibus, et laponibus, multis
editis miraculis, et exantlatis laboribus Evangelii lucem intulit. Per-
lustrata tandem lapouia, ad Siuas profecturus in Ínsula Sanciana
obiit. » (Véase su oficio en el Breviario de París). Los viajes de este
Santo se hallan al fin de su vida escrita por el P. Bohours, y merecen
grande atencion. Ordenados en una línea hubieran dado tres veces la
vuelta al mundo. El Santo murió á los cuarenta y seis años de su edad,
y solo empleó diez para la ejecucion de sus prodigiosos trabajos. Es
puntualmente el mismo tiempo que empleó César para sujetar y de
vastar las Galias.
* Montesquieu.
— 323 —
dicho ya acerca de las misiones del Paraguay, de la China y
de las Indias , y seria supérfluo volver á tratar sobre cosas
tan conocidas. Basta solo advertir que todo el honor que de
ellas resulla , debe atribuirse á la Santa Sede.
«Hé aquí , decia el gran Leibnilz con un noble sentimien-
«to de envidia muy digno de él, hé aquí la China abierta á
«los Jesuítas, y el Papa envia allá muchísimos misioneros.
«Nuestra falta de union no nos permite emprender estas gran-
«des conversiones Bajo el reinado del rey Guillelrao se ha-
«bia formado una especie de sociedad en Inglaterra, que te-
«nia por objeto la propagacion del Evangelio; mas hasta
«ahora no vemos haya hecho grandes progresos *. »
¿Y cómo los ha de hacer? Nunca podrá verificarlo bajo
cualquier nombre que proceda , hallándose fuera de la uni
dad ; y no solamente no hará progresos, sino que hará mu
cho mal, como nos lo confesaba poco há una boca protes
tante.
«Los Beyes, decia Bacon, son verdaderamente inexcusa-
«bles de no procurar con sus armas y sus riquezas la propa-
«gacion de la religion cristiana 3.» — Sin duda que lo son,
y lo son tanto mas (hablo solamente de los Soberanos cató
licos), cuanto que fascinados por las preocupaciones moder
nas sobre sus verdaderos intereses, no saben que todo prin
cipe que emplea sus fuerzas en la propagacion del Cristia
nismo legítimo, será infaliblemente recompensado con gran
des progresos, con un largo reinado, con una inmensa re
putacion, ó con todas estas ventajas reunidas. Sobre este
punto ni hay, ni habrá nunca, ni puede haber excepcion.
Constantino , Teodqsio , Alfredo , Carlomagno , san Luis,
san Fernando, Manuel de Portugal, Luis XIV, etc., todos

* Carla de Leibnitz citada en el Diario histórico , político y litera


rio del abate de Feller, agosto de 1774 , pág. 209.
* Leibnitz, Epist. ad Rortholtam, en sus obras en 4." , pág. 323.
— Pensamientos de Leibnitz, en 8.°, 1. 1, pág. 273.
* Bacon, Diálogo de Bello sacro. Cristianismo de Bacon, t. II,
pág. 274.
- 326 —
los grandes protectores ó propagadores del Cristianismo le
gítimo están señalados en la historia con los caractéres que
acabo de indicar. El príncipe que emprenda esta obra divi
na , y la adelante lo posible, segun sus fuerzas , sin duda po
drá pagar su tributo de imperfecciones y de desdichas á la
miserable humanidad ; mas á pesar de esto llevará siempre
sobre su frente una cierta señal que reverenciarán todos los
siglos.
Y podrá, aunque se turbe al retratarle,
La postuma opinion justificarle.
Illum aget penna metuente solví
Fama superxtes.

Por el contrario , todo príncipe que nacido en la luz de la


Religion, la desprecie ó se esfuerce para apagarla, y sobre
todo que se atreva á extender su mano sobre el Sumo Pon
tífice, ó á afligirlo sin miramiento, cuente con un castigo
temporal y visible. Reinado corto , desastres humillantes,
muerte violenta ó vergonzosa, mal renombre en la vida, y
memoria afrentosa despues de su muerte ; esta es la suerte
que le espera mas ó menos. Desde Juliano á Felipe el Her
moso , los ejemplos antiguos se hallan escritos en todas par
tes; y en cuanto á los ejemplos recientes, el hombre pru
dente antes de exponerlos con toda su claridad , hará bien
de esperar á que el tiempo los haya llevado hasta cierta pro
fundidad en la historia.
- 327

CAPÍTULO II.

LIBERTAD CIVIL DE LOS HOMBRES.

Hemos visto que el Sumo Pontífice es el jefe natural , el


promotor mas poderoso , el gran Demiurgos ó supremo ma
gistrado de la civilizacion universal , y que sus fuerzas sobre
este punto no tienen mas límite que los de la ceguedad ó mala
voluntad de los Príncipes. Mas no les debe estar menos agra
decida la humanidad , por la extincion de la esclavitud que'
han combatido sin intermision , y que acabarán de borrar in
faliblemente sin violencia , sin conmociones y sin peligro, don
de quiera que se les deje obrar.
Una de las singularidades ridiculas del último siglo, fue
la manía de querer juzgar de todo por reglas abstractas , sin
consideracion á la experiencia , lo cual es tanto mas chocan
te, cuanto que este mismo siglo no cesaba de gritar contra
todos los filósofos, que han principiado por los principios
abstractos , en vez de buscarlos en la experiencia.
Rousseau es exquisito cuando principia su Contrato so
cial por esta máxima retumbante : El hombre nace libre, y
en todas partes se halla entre cadenas.
¿Qué quiere decirnos con este nace libre? Seguramente no
hablará del hecho , pues en la misma frase continúa dicien
do, que en todas partes se halla aprisionado '. Luego se tra
ta del derecho : ¡ ah ! este debió ante todas cosas probarse con
tra el hecho.
El hombre nace libre : lo contrario de esta loca aserción es
la verdad pura. Porque en todos tiempos y en todos lugares,
hasta que se estableció el Cristianismo , y aun hasta que esta
religion hubo penetrado suficientemente en los corazones, la
esclavitud fue siempre mirada como una parte necesaria pa-
1 ¡En cadenas! Hé aquí el poeta.
— 328 -
ra el gobierno y para el estado político de las naciones , tan
to en las repúblicas, como en las monarquías, sin que jamás
baya caido en la imaginacion de ningun filósofo condenar la
esclavitud, ni en la de ningun legislador atacarla por medio
de leyes fundamentales ó de circunstancias.
Aristóteles , uno de los mas profundos filósofos de la anti
güedad, llegó á decir, como todo el mundo sabe, que había
hombres que nacían esclavos, y nada es mas cierto. Bien sé
que en nuestro siglo ha sido motejado este filósofo por esta,
asercion ; pero hubiera valido mas comprenderle bien , que
criticarle. Su proposicion está fundada en la historia entera,
que es la política experimental, y sobre la naturaleza misma
del hombre que ha producido la historia. El que haya estu
bre
diado
en suficientemente
general , si se leesta
abandona
triste naturaleza,
á sí mismosabe
, esque
demasiado
elhom-

malo para ser libre.


Examine cualquiera al hombre en su propio corazon, y
quedará convencido de que en todas partes donde la liber
tad civil pertenezca á todos, no habrá absolutamente medio,
sin algún socorro extraordinario , de gobernar á los hombres
como cuerpo de nacion.
De ahí viene que la esclavitud haya sido constantemente
el estado natural de una gran parte del género humano has
ta establecimiento del Cristianismo ; y como el sentido co
mun universal conocía la necesidad de este orden de cosas,
jamás fue combatido ni por las leyes , ni por el raciocinio.
Un gran poeta latino puso en la boca de César esta máxi
ma terrible :
El linaje humanal que tanto crece,
Solo á muy pocos hombres pertenece '.

Es verdad que esta máxima, en el sentido que le da el poe


ta, se presenta bajo un aspecto maquiavélico y chocante ;
pero bajo otro punto de vista es muy exacta. En todas par
tes el menor número ha gobernado siempre al mayor ; y es
1 «Humanum paucis vivit genus. » (Lucan. Pkars.).
— 329 —
visto que sin una aristocracia, mas ó menos fuerte y vigo
rosa, la soberanía no lo será lo bastante.
En la antigüedad el número de hombres libres era suma
mente inferior al de los esclavos. Atenas contaba cuarenta
mil de estos, y veinte mil ciudadanos '. En Roma, en don
de hácia el fin de la república habia cerca de un millon y
doscientos mil habitantes, apenas se contaban dos mil pro
pietarios 1 ; lo cual por sí solo, sin necesidad de otros datos,
manifiesta el inmenso número que habia de esclavos. Un solo
individuo tenia á veces muchos miles en su servicio 3 ; y en
cierta ocasion se vieron condenar á muerte cuatrocientos de
una sola casa, en virtud de la horrible ley que disponía que
cuando un ciudadano romano fuese muerto en su misma ca
sa, todos los esclavos que habitasen bajo del mismo techo,
perdiesen la vida * ; y cuando se trató de dar á los esclavos
un traje particular que los distinguiese, el Senado lo rehusó,
temiendo que ellos no llegasen d contarse 5.
Otras naciones nos prestarian con corta diferencia los mis
mos ejemplos : mas es preciso no detenernos, y además seria
inútil probar largamente lo que nadie ignora, á saber : «que
«hasta la época del Cristianismo, el universo siempre ha es-
«tado cubierto de esclavos, y que jamás los sábios desapro-
« baron este uso. Esta proposiciones incontrastable.»
Mas, en fin, la ley divina apareció sobre la tierra, y al ins
tante apoderándose del corazon del hombre , lo mudó de una
manera que debe excitar la eterna admiracion de todo ver
dadero observador. La Religion principió sobre lodo á tra
bajar sin descanso para abolir la esclavitud ; cosa que nin-
1 Larcher sobre Herodoto , lib. I , nota 258.
* «Vix esse duo millia hominum qui rein habeant.» (Cic. Deoffi-
cüt, ii, 21
3 [Link]. 111,140.
* Tácit. Ann. XI V, 43. Son en extremo curiosos los discursos pro
nunciados en el Senado sobre este puoto.
* Adam, Antigüedades romanas, ea inglés , en 8." : London, pá
gina 35 y sig.
— 330 —
guna otra religion, ni legislador, ni filósofo, se habian atre
vido á emprender, ni aun á soñar. El Cristianismo que obraba
divinamente , por la misma razon obraba con lentitud , por
que todas las operaciones legítimas, de cualquier género que
sean , se hacen siempre de una manera imperceptible. Por
donde quiera que se note ruidos , alborotos , estrépito , im
petuosidad, destrucciones, etc., puede creerse con seguri
dad que el crimen ó la locura son los que obran.
La Religion , pues , abrió una guerra continua á la escla
vitud , trabajando de un modo ó de otro , ya aquí , ya allá,
pero sin cesar jamás ; y los Soberanos conociendo , aunque
sin percibir por qué razon , que el sacerdocio les aliviaba de
una parte de sus penas y de sus temores, cedieron insensi
blemente y se prestaron á sus miras benéficas.
En fin, en el año 1167 el papa Alejandro III declaró , en
nombre del Concilio, «que todos los Cristianos debian ser
«exentos de la esclavitud.» Esta sola ley debe hacer grata
su memoria á lodos los pueblos ; así como sus esfuerzos para
sostener la libertad de Italia deben hacer precioso su nombre
á los italianos. En virtud de esta ley , mucho tiempo despues
declaró Luis X el Revoltoso, «que todos los siervos que aun
«quedaban en Francia debian ponerse en libertad...» Los
hombres sin embargo no volvieron á entrar sino por grados,
y muy difícilmente en su derecho natural1.
Sin duda que la memoria de este Pontífice debe ser grata á
todos los pueblos. Pertenecía legítimamente á su sublime cua
lidad la iniciativa de tal declaracion ; mas debe observarse
que hasta el siglo XII no lomó la palabra el Sumo Pontífice
sobre este punto , y aun entonces declaró mas bien el dere
cho á la libertad , que la libertad misma ; como tambien que
1 Voltaire , Ensayo sobre las costumbres , c. 83. Voltaire , corrom
pido por los sueños de su siglo, nos cita aquí el derecho natural del
hombre á la libertad. Yo celebraría saber cómo ha podido establecer
este derecho contra los hechos que testifican invenciblemente, que la
esclavitud es el estado natural de una granparte del género humano,
hasta la manumision sobrenatural.
- 331 -
no se valió para ello de violencias ni amenazas ; porque na
da de lo que se hace bien , se hace de prisa.
Donde quiera que reine otra religion que la cristiana , la
esclavitud es de derecho ; y á medida que esta santa Reli
gion se debilite , la nacion llegará á ser á proporcion menos
susceptible de la libertad general.
Acabamos de ver el estado social conmovido hasta en sus
fundamentos, porque en Europa habia demasiada libertad,
y no habia bastante religion. Aun habrá otras conmociones,
y el buen orden no se establecerá sólidamente , hasta que ó
la esclavitud ó la religion sean restablecidas.
El Gobierno solo no puede gobernar. Esta es una máxima
que se hallará mas incontestable cuanto mas se medite sobre
ella. Él tiene , pues , necesidad de valerse , como de un mi
nistro indispensable, ó bien de la esclavitud, que disminu
ye el número de las voluntades que obran en el Estado, ó
bien de la fuerza divina, que por una especie de ingerto es
piritual neutraliza la natural aspereza de estas voluntades,
y las pone en estado de obrar juntas sin perjudicarse.
El Nuevo Mundo nos ha dado un ejemplo que completa
la demostracion. ¿Qué no han hecho los misioneros cató
licos, es decir, los enviados del Papa, para extinguirla es
clavitud, para consolar, para resanar y ennoblecer la espe
cie humana en aquellos vastos países? En todas partes donde
se deje obrar á esta autoridad, producirá los mismos efec
tos. Pero las naciones que la desconocen , aunque sean cris
tianas , no deben tentar de abolir la esclavitud si aun sub
siste en ellas, pues una gran calamidad política seria infali
blemente la consecuencia de esta ciega imprudencia *.
* Acordémonos del resultado de la libertad prematura concedida
por los republicanos franceses a sus colonias; y los desórdenes y des
gracias de toda especie que lian seguido a los habitantes de la Amé
rica, antes felices bajo el gobierno paternal de la madre España , y boy
desgraciados por haberse querido emancipar, no de la esclavitud (que
no la tenían ) , sino de aquella proteccion maternal con que los miraba
como á hermanos menos instruidos. Este presente ofrecieron 4 aque
llos hoy desolados países los demagogos imprudentes de Cádiz.
— 332 —
Mas no se crea, ni debe imaginarse, que la Iglesia ó el
Papa, pues como liemos dicho ya es todo uno, no lleve otra
mira en la guerra que tiene declarada á la esclavitud sino la
perfeccion política del hombre; no, para esta autoridad hay
aun otra cosa mas elevada y mas sublime , y es la perfeccion
de la moral, de la cual la política es solo una derivacion.
Donde quiera que reine la esclavitud, no puede haber ver
dadera moral, á causa del imperio desordenado del hombre
sobre la mujer. Aun siendo esta dueña de sus derechos y de
sus acciones, es demasiado débil contra las seducciones que
por todas partes la rodean ; pues ¿qué seria si ni aun su pro
pia voluntad la pudiera defender? Entonces hasta la idea de
la resistencia se desvanecería ; el vicio se convertiría en de
ber ; y el hombre gradualmente envilecido por la facilidad
de los placeres , no podria elevarse á otro nivel que el de las
costumbres del Asia.
El Sr. Buchanan, á quien hemos citado poco hace, y de
quien tomo con gusto otra cita nueva igualmente justa que
importante, ha observado bien, que «en todos los países don-
«de no reina el Cristianismo, se advierte una cierta tenden-
«cia á la degradacion de las mujeres l. » Nada es mas evi
dentemente verdadero, y aun es muy posible asignar la ra
zon de esta degradacion , que no puede ser combatida sino
por un principio sobrenatural. Donde quiera que nuestro sexo
pueda mandar el vicio , no puede haber verdadera moral,
ni verdadera dignidad de costumbres. La mujer, que lo pue
de todo sobre el corazon del hombre , le devuelve toda la per
versidad que recibe de él , y las naciones se corrompen en
este círculo vicioso, del cual es imposible radicalmente que
salgan por sus propias fuerzas.
Por una operacion del todo contraria , aunque muy natu
ral , el medio mas eficaz de perfeccionar al hombre , es el de
ennoblecer y exaltar á la mujer ; y esto es en lo que solo el
Cristianismo trabaja sin cesar con un suceso infalible , sus-
1 Investigaciones sobre el Asia, etc., por el R. Claudio Buchanan
D. D. : Londres, 1812, pág. 86.
- 333 -
ceptible solamente de aumetilo ó diminucion, segun el gé
nero y la multitud de los obstáculos que puedan contrariar
su accion. Pero este poder inmenso y sagrado del Cristianis
mo será nulo, si no se halla concentrado en una mano úni
ca, que lo ejerza y lo haga valer. El Cristianismo disemina
do por el globo viene á ser lo mismo que una nacion que
no tiene existencia , accion , poder , consideracion , y ni aun
nombre, sino en virtud de la soberanía que la representa y
da una personalidad moral entre los pueblos.
La mujer está mas obligada * que el hombre al Cristia
nismo ; pues de este recibe la dignidad que hoy tiene. La
mujer cristiana es verdaderamente un ente sobrenatural, pues
que el Cristianismo la eleva y mantiene en un estado que no
la es natural. Mas ¡ ah ! ¡ con qué servicios inmensos no paga
esta especie de ennoblecimiento !
De este modo el género humano es naturalmente en gran
parte siervo, y no puede salir de este estado sino sobrenutu-
rahnente. Con la servidumbre no hay moral propiamente di
cha ; sin el Cristianismo no hay libertad general ; y sin el
Papa no hay verdadero Cristianismo : es decir, Cristianismo
obrador poderoso, convertidor, regenerante, conquistador,
perfeccionador. Pertenecía, pues, al Sumo Pontífice procla
mar la libertad universal ; lo hizo , y su voz resonó en todo
el universo. Él solo hizo posible esta libertad por su cualidad
de jefe único de esta Religion , que es la sola capaz de suavi
zar y rendir las voluntades, y que solo por mano del Pontí
fice podia desplegar todo su poderio. Al presente seria me
nester estar ciegq para no ver que en Europa se debilitan
todas las soberanías, y que por todos lados van perdiendola
confianza y el amor. Las sectas y el espíritu individual se au
mentan de un modo asombroso ; y así es preciso purificar las
voluntades, ó encadenarlas. No hay medio. Los Principes di
sidentes, en cuyos Estados subsiste aun la esclavitud ó ser
vidumbre, deberán conservarla, ó perecerán. Los demás se
rán conducidos, ó á la servidumbre, ó á la unidad.
* Politicamente se entiende.
- 331 —
Quisiera... mas ¿quién me asegura que viviré mañana?
Quiero, pues, escribir hoy un pensamiento que me ocurre so
bre este punto de la esclavitud, aunque sea distraerme un
lanío de mi asunto ; bien que me parece que no.
¿Qué viene á ser el estado religioso en los países católi
cos? La esclavitud ennoblecida Á la institucion antigua,
que en sí misma era útil por muchos respectos , añade este
estado una multitud de ventajas particulares, al paso que le
quita todos los abusos. En vez de envilecer al hombre , el vo
lo de la religion lo santifica. En lugar de sujetarlo á los vi
cios de otro, lo liberta de ellos ; y sometiéndolo á una per
sona por eleccion, lo declara libre respecto de los demás, con
quienei en adelante nada tendrá que ver.
Siempre que se puedan amortiguar las pasiones sin de
gradar á los sujetos , se hace un servicio inapreciable á la
sociedad ; pues se descarga al Gobierno del cuidado de vigi
lar sobre aquellos hombres, de emplearlos, y sobre todo de
pagarlos. Jamás se dió ni hubo idea mas feliz, que la de reu
nir ciudadanos pacíficos que trabajen, oren, estudien, escri
ban, den limosna, cultiven la tierra, y nada pidan á la au
toridad pública ; verdad que se hace particularmente sen
sible y manifiesta en este momento en que de todas partes
multitud de hombres agobian al Gobierno, que no sabe qué
hacerse de ellos.
Una juventud impetuosa, innumerable, libre por su des
gracia, ansiosa de distinciones y de riquezas, se precipita á
enjambres en la carrera de los empleos. Todas las profesio
nes imaginables tienen cuatro ó cinco veces mas candidatos
de los que necesitarían. No se encontrará en Europa una ofi
cina donde no se haya doblado ó triplicado el número de los
empleados de cincuenta años á esta parte. Dicen que losne-

1 Uno de aquellos antiguos jurisconsultos, que ya no se leen, aun


que se les debe mucho, ha dicho cou razon : «Omnia iura loquentia
«de servís habent locum ctiam in monachis, in lus sciücet quae pos-
«suut monacho adaptari.» fBaldus, Inleg. ¡ervus 4; Cod. eomm. de
succoss.).
i
— 335 -
gocios se han aumentado , pero los hombres son los que crean
los negocios, y demasiados los que se mezclan en ello. Todos
se arrojan á la vez sobre el poder y sobre las funciones, fuer
zan todas las puertas, y obligan á la creacion de nuevos des
tinos. Hay demasiada libertad , demasiado movimiento, de
masiadas voluntades desencadenadas en el mundo.
¿De qué sirven los Regulares? dicen muchos imbéciles. Pues
qué ¿no se puede servir al Estado sin tener un empleo? ¿Es
poco beneficio el de enfrenar las pasiones y neutralizar los
vicios? Si Robespierre en lugar de ser abogado, se hubiera
hecho capuchino, se hubiera dicho tambien de él al verle pa
sar : ¡Dios rnio! ¿de qué sirve este hombre?
Mil doctos escritores han demostrado hasta la evidencia
los muchos servicios que el estado religioso hace á la socie
dad ; mas yo creo utilísimo hacerlo ver por el lado que me
nos se ha mirado aun , y que á la verdad, no es el menos im
portante ; á saber , como maestro y director de un gran nú
mero de voluntades, y como suplente inapreciable del Go
bierno, cuyo mayor interés es el moderar el movimiento inte
rior del Estado, y aumentar el número de los hombres que,
nada le piden.
En el dia, gracias al sistema de independencia universal,
y al espantoso orgullo que se ha apoderado de todas las cla
ses, todos quieren ser oficiales, jueces, escritores, adminis
trar, gobernar. Se pierde la imaginacion en el torbellino de
los negocios , y gime bajo el peso enorme de los escritos. La
mitad del mundo se emplea en gobernar la otra mitad , y no
puede conseguirlo.
- 336 —

CAPÍTULO III.

INSTITUCION DEL SACERDOCIO. — CELIBATO ECLESIÁSTICO.

§ I. — Tradiciones antiguas.

No hay un dogma en la Iglesia católica, ni aun uso al


guno general, perteneciente á la alta disciplina, que no ten
ga sus raíces en lo mas profundo de la naturaleza humana,
ó lo que es lo mismo, en alguna opinion universal, mas ó
menos alterada en este ó en el otro país ; pero no obstante
comun en su origen á todos los tiempos y á todos los pue
blos.
El desenvolvimiento de esta proposicion daria materia su
ficiente para una obra interesante; mas no creo apartarme
sensiblemente de mi asunto, presentando un solo ejemplo de
esta concordia maravillosa, y elegiré la confesion, únicamen
te para hacerme entender mejor.
¿Qué cosa hay mas natural en el hombre, que ese movi
miento de un corazon que se dirige hacia otro para depositar
en él un secreto '? Un desgraciado que se halla despedazado
en su interior por el remordimiento , ó por la pena , necesita
de un amigo, de un confidente que le escuche, lo consuele,
y alguna vez tambien que lo dirija. El estómago que ha tra
gado algun veneno, y siente en sí mil angustias para arro
jarle, es la imagen mas natural de un corazon donde el cri
men ha introducido su veneno. Sufre, se agita, y entra en
convulsion hasta encontrar el oido de la amistad, ó alo me
nos el de la benevolencia.
1 Expresion admirable de Bossuet en su Oracion fúnebre de En
riqueta de Inglaterra. La Uarpe la alaba mucho en su Liceo, y coa
razon.
— 337 -
Mas cuando de la confianza pasamos á la confesion, y que
esta se hace á la autoridad, la conciencia universal reconoce
en esta confesion espontánea una fuerza, por decirlo así, ex
piadora , y un mérito acreedor á la gracia. Sobre este punto
no hay mas que un modo de pensar generalmente , desde la
madre que pregunta á su hiño acerca de un vaso quebrado,
ó un dulce que ha comido sin licencia, hasta el juez que sen
tado en su tribunal interroga á un ladron ó á un asesino.
Muchas veces el culpado, obligado por su propia concien
cia, rehusa la impunidad que hallaría en el silencio. Por no
sé qué instinto misterioso, aun mas fuerte que el de la con
servacion , parece que busca la pena que podría evitar ; y
aun en los casos donde no puede temer ni los testigos ni el
tormento, se le oye decir : ¡Sí, yo he sido; yo soy el cul
pado ! Y pudieran citarse legislaciones misericordiosas que
en semejantes casos confian á los magistrados superiores el
poder de moderar los castigos, aun sin recurrir al Sobe
rano.
«Independientemente de toda idea, sobrenatural , no pue-
«de menos de reconocerse en la simple confesion de nuestras
«fallas alguna cosa que sirve infinito para establecer en el
«hombre la rectitud de corazon y la simplicidad de conduc-
«ta '. » Además , como todo crimen es por su naturaleza una
razon para cometer otro , toda confesion voluntaria es tam
bien por su naturaleza una razon para corregirse ; pues igual
mente libra al culpado de la desesperacion y del endureci
miento, porque el crimen no puede permanecer en el co
razon del hombre sin conducirle á uno ú otro de estos dos
abismos.
«¿Sabeis, decia Séneca, por qué ocultamos nuestros vi-
«cios? Porque estamos encenagados en ellos. Luego que los
«confesemos, curaremos \ »
1 Bertier, Sobre los Salmos , t. I, pág. 31.
1 «Quare sua vitia nemo confitetur? Quia in illis etiamnum cst;
vitia sua confiteri sanitatis indicium est. ¡¡ (Sen. Epist. mor. LUI).—
Creo que en nuestros libros piadosos no se hallarán mejores consejos
22 TOMO I.
— 338 —
No parece sino que oimos á Salomon , que dice al culpa
do : «El que oculta sus pecados perecerá ; pero el que los
«confiesa y se aparta de ellos, obtendrá misericordia '. »
Todos los legisladores del mundo han conocido estas ver
dades , y las han aplicado al beneficio de la humanidad. Moi
sés se halla á la cabeza de todos, y establece en sus leyes una
confesion expresa , y aun pública *.
El antiguo legislador de las Indias ha dicho : «El que ha
«cometido un delito, cuanto mas verdadera y voluntaria-
« mente lo confiesa, tanto mas se desembaraza de él, como
«la serpiente cuando deja su piel antigua 3. »
Como estas ideas han existido en todos tiempos y lugares,
se ha hallado la confesion establecida en todos los pueblos
que habian conocido los misterios de Eleusis ; del mismo mo
do se la ha encontrado en el Perú, entre los brahmas de la
India, entre los turcos, en el Tibet y en el Japon \
Y bien , sobre este punto como sobre todos losjdemás, ¿qué
ha hecho el Cristianismo? Ha manifestado ó descubierto el
hombre al hombre , se ha apoderado de sus inclinaciones, de
sus creencias eternas y universales , ha puesto en claro sus
fundamentos antiguos , los ha desembarazado de toda man
cha, de toda mezcla extraña, los ha honrado imprimiendo
en ellos un sello divino ; y sobre estas bases naturales * ha
para la eleccion de un director, que los que pueden leerse en la ante
cedente epístola de este mismo Séneca.
1 Prov. xxviii , 13.
1 Levit. v, 5, 13 et 18; vi, 6; Num. v, 6, 7.
3 Á continuacion añade : «Pero si el pecador quiere obtener una
«plena remision de su pecado, que evite sobre todo la recaída. » (Le
yes de Menu, hijo de Brahma, en las Obras del caballero [Guillermo
Jones, en 4.°, t. III, c. 11, núm. 6í y[233).
4 Carli, Lettere americane, 1. I, lect. 19. — Extracto de los via
jes de Effremoffen el Diario del Norte: San Petersburgo, mayo de
1807, núm. 18, pag. 333. — Feller, Catecismo filosófico, t. III, nú
mero 801 , etc.
* Es decir, conformes á la naturaleza, como hemos advertido al
guna vez; pues por lo demás, esta misma universalidad da á enten
der que venia de la primitiva revelacion llevada á todas partes en la
— 339 -
establecido su teoría sobrenatural de la Penitencia y de la
Confesion sacramental.
Lo que digo de la Penitencia, podía decirse de todos los
demás dogmas del Cristianismo católico ; pero un ejemplo
basta : y espero que por esta especie de introduccion se
dejará conducir naturalmente el lector á lo que vamos á
decir.
Ha sido una opinion comun en todos tiempos, en todos
países, y en todas religiones, «que en la continencia hay
« alguna cosa de celestial , que ensalza al hombre y lo hace
« agradable á la divinidad ; y por consecuencia necesaria, que
« toda funcion sacerdotal , todo acto religioso , toda ceremo-
«nia santa concuerda poco, ó no concuerda nada con el uso,
«aun legítimo, de las mujeres. »
No hay legislacion en el mundo que sobre este punto no
haya atado á sus ministros de alguna manera , y que , aun
respecto de los demás hombres, no haya acompañado las
oraciones, los sacrificios, las ceremonias solemnes con algu
na abstinencia de este género mas ó menos severa.
El sacerdote hebreo no podia casarse con mujer repudia
da, y el sumo sacerdote ni aun podia casarse con viuda '.
El Talmud añade que tampoco podia tener dos mujeres , aun
que la poligamia estaba permitida para el resto de la na
cion s ; y todos debian estar puros para entrar en el san
tuario.
Los sacerdotes egipcios no tenían mas que una mujer * ;
y el hierofanta (ó intérprete de los ritos) entre los griegos
estaba obligado á guardar el celibato y la mas rigorosa con
tinencia \

dispersion universal, y conservada de padres á hijos, mas ó menos


pura, por la tradicion.
• Levit. xxi, 7, 9, 13.
? Talm. in Massechta. Joña.
3 Phil. apud Cunaeum de Rep. Heb. Elievir, 16, pág. 190.
4 Antigüedades griegas de Potter, 1. I, pág. 183 y 356. — Cartas
sobre la historia, t. II, pág. 871.
22*
— 340 —
Orígenes nos enseña lo que hacia el hierofanta para poder
guardar su voto 1 ; con lo que confesaba expresamente la
antigüedad cuánta era la importancia de la continencia en
las funciones sacerdotales, y cuán poco poderosa la natu
raleza humana, para conservarla, reducida á sus propias
fuerzas.
Los sacerdotes, así en Etiopia como en Egipto, estaban
en reclusion y guardaban el celibato s ; y Virgilio hace bri
llar en los campos Elíseos
Á los que castos sacerdotes fueron 3.
Las sacerdotisas de Céres en Atenas, donde las leyes las
concedían la mayor importancia, eran escogidas por el pue
blo, se alimentaban á expensas del público, estaban consa
gradas para toda su vida al culto de la diosa , y obligadas á
vivir en la mas austera continencia 4.
Así se pensaba en todo el mundo conocido. Pasan los si
glos, y se encuentran las mismas ideas en el Perú ".
¿Cuánto no han estimado, y qué honores no han tributa
do todos los pueblos del universo á la virginidad? Aunque el
matrimonio sea el estado natural del hombre en general , y

1 Contra Celsum, c. 7, num. 48. Vitle Diosc. Iib. IV, c. 79;


Plioio, Historia natural, Iib. XXXV, c. 13.
2 Bryan's Mitolog. explan, in 4.°, t. I, pág. 281 ; t. III , púg. 240,
segun Diodoro de Sicilia. — Porphyr. De abstin. Iib. IV, pág. 364.
3 «Quiquesacerdotescastidum vita manc!)[Link](Virgil. Eneid. 661).
— Heyne, que creyó ver en este verso la condenacion formal de uu
dogma de Gotinga, le añadió una nota graciosa. «Esto se entiende,
«dice, de los sacerdotes que llenaron sus deberes caste, pdre, ac
«pie ("es decir, escrupulosamente) durante su vida.» De este modo
Virgilio no es reprensible. Ha nihil est quod reprehendas. (Lon-
don,1793, in 8.°, t. II, pág. 741). Asi, pues, si se dijese de un za
patero , que era casto, esto significaría , segun Heyne , que hacia muy
bien los zapatos. Sea esto dicho sin faltar al respeto que se merece la
memoria de este hombre ilustre.
* Cartas sobre la historia, t. II, pág. 377.
* / sacerdoti nella settimana del loro servizio si astenevano dalle
mogli. (Carli, Lettere americane, 1. I, lib. XIX).
- m —
tambien un estado santo, segun la opinion igualmente gene
ral ; no obstante , se ve constantemente manifestarse en todas
partes un cierto respeto hácia una persona virgen, y mirarla
como un ente superior ; de modo que cuando pierde esta
cualidad, aunque sea legítimamente, parece que se degra
da. Las mujeres desposadas en Grecia debian hacer un sa
crificio á Diana para expiar esta especie de profanacion '. La
ley habia establecido en Atenas misterios particulares relati
vos á esta ceremonia religiosa que las mujeres los obser
vaban con mucho rigor, y temían la cólera de la diosa si lle
gaban á descuidarse en ellos3.
Se hallan vírgenes consagradas á Dios en todas partes, y
en todas las épocas del género humano. ¿Hay cosa en el
mundo mas célebre que las vestales? Con el culto de Vesta
brilló el Imperio romano, y con su caida cayó 4.
En el templo de Minerva de Atenas se habia conservado
el fuego sagrado, lo mismo que en Roma, por medio délas
vírgenes ; y estas mismas vestales se encuentran en otras
naciones, especialmente en las Indias 5 y en el Perú, donde
es muy digno de notarse que la violacion de su voto se cas
tigaba con el mismo suplicio que en- Roma 6 ; y la virgini-

1 Véase el Escoliaste de Teúcrito sobre el verso 66 del idilio 2.°


s Ibid.
3 Cualquiera que conozca las costumbres antiguas, no preguntará
sin admiracion, qué sentimiento interior era el que establecía estos
misterios, y habia tenido fuerza para persuadir su importancia. Es
preciso que esto tenga alguna raíz ; pero ¿dónde la hallaremos huma
namente?
4 Con estas memorables palabras termina la Memoria sobre las
vestales, que se lee en las de la Academia de ¡as Inscripciones y be
llas letras de París, t. V, en 12.°, por el abate Naudal.
0 Véase el Herodoto de Larcher, t. VI, pág. 133. — Carli, Lettere
americane, t. I. lect. 3, et t. I, lect. 26, pag. 438. — Not. Procop.
lib. II , de Bello Persic.
6 Carli, Ibid. t. I, lect. 8.— El traductor de Carli asegura que el
castigo de las vestales en Roma solo era fingido, y que ninguna de
ellas se quedaba en el subterráneo (t. I, lect. 9, pag. 114, nota), mas
no cita ninguna autoridad. Bien pudiera creerse que algunos pontífi
— 342 —
dad era considerada allí como un carácter sagrado , igual
mente agradable al Emperador que á la divinidad '.
En la India la ley de Menu declara que todas las ceremo
nias prescritas para los matrimonios deben entenderse con
las que son vírgenes, pues las que no lo son están excluidas
de toda ceremonia legal *.
El voluptuoso legislador de Asia dice tambien : « Que los
«discípulos de Jesús guardaron la virginidad sin que Ies hu-
«biese sido prescrita, á causa del deseo que tenían de agradar
«d Dios La hija de Josafat conservó su virginidad : Dios
« le inspiró su espíritu , y ella creyó las palabras de su Se-
«ñor y las Escrituras : era del número de las que obede-
ucen *.»
¿De dónde viene, pues, este sentimiento universal? ¿Dón
de habia aprendido Numa que para que las vestales fue
sen santas y venerables, era preciso prescribirlas la virgini
dad e?
¿Por qué Tácito, lomando con anticipacion el estilo de
nuestros teólogos , nos habla de aquella respetable Occia,
que habia presidido durante cincuenta y siete años al cole
gio de las vestales con una eminente santidad 6 ? ¿Y de dón
de venia , en fin , aquella persuasion general entre los roma
nos, de que si una vestal usaba del permiso que la daba la
ley, para poder casarse despues de treinta años de ejercicio,
esta especie de casamientos nunca eran felices 7?

ves poco escrupulosos habrían tomado voluntariamente este engaño


sobre sus conciencias.
» Carli, Ibid. 1. I, lib. IX.
9 Leyes de Menu, c. 8, núm. 226. Obras del caballero Jones, t. III.
3 El Koran, c. 87.
* Ibid. c. 86.
5 «Virginitate aliisque ceremoniis vcnerabiles ac sanctas fecit. »
(Tit. Liv. I, 29).
6 «Occia, quae septem et quinquaginta per annos samma sancti-
monia Vestalibus sacris praesederat. » (Tacit. Ánn. //,86).
7 «Etsi antiquitus observatum infaustas fere ct parnm laetabiles
«as nuptias fuisse.» ( Just. Lip. Syngtagma de Vesl. c.6). Es come-
- 343 —
Si de Roma nos trasladamos á la China , encontramos tam
bien una especie de religiosas sujetas á la virginidad ; sus
casas están adornadas con varias inscripciones , que les da el
mismo Emperador, el cual no concede esta prerogativa sino
á aquellas que han permanecido en aquel estado durante cua
renta años '.
Así como hay esta especie de religiosos y religiosas en la
China, tambien los hay entre los mejicanos *. ¡ Qué maravi
llosa conformidad es esta entre naciones tan diferentes de
costumbres, de lengua, de carácter, de religion y de cli
ma ! Pero lo que sigue debe sorprender todavía aun mas.
Era una creencia bastante general entre los antiguos , que
la divinidad encarnaba de tiempo en tiempo, y venia bajo
de una forma humana á instruir ó consolar á los hombres.
Esta especie de apariciones se llamaban theofanias entre los
griegos , y en los libros sagrados de los brahmas se llaman
mantaras ; y estos mismos libros declaran que cuando un
dios se digna visitar de este modo al mundo , toma carne en
el seno de una virgen , sin que haya mezcla de sexos a , que
es puntualmente la misma idea que tenian los antiguos he
breos sobre el futuro Mesías \ Tambien, segun los japones,
su gran dios Xaca, era nacido de una reina que no habia
tenido comercio con ningun hombre B.
Los maoénicos , pueblos del Paraguay, que habitan junto
al gran lago Zarayas, contaban á los misioneros «que en
«otro tiempo una mujer de la mas rara belleza parió del
« mismo modo un hermoso niño, que cuando llegó á ser hom-
niente observar aquí, que Justo Lipsio lo refiere sin poner duda al
guna.
1 EI Sr. de Guignes, Viaje áPekin, en 8.°, t. II , pág. 279.
1 Idem , t. II , pág. 367 y 368. — El 8r. de Huraboldt , Vista de las
cordüleras, etc., en 8.° : París, 1816, 1. I , pág. 237 y 238.
■ Suplemento á las obras del caballero Jones, en 4.°, t. II , pági
na 648.
» Berthier , Sobre Isaías , en 8.° , t. I , pág. 293.
' Vida de san Francisco Javier, por el P. Bobours, París, 1787,
t. II; lTOl. en 12.°, pág. 5.
- 344 -
«bre hizo insignes milagros en el mundo, hasta que un día
« en presencia de níuchos discípulos suyos se elevó por los
«aires, y se transformó en este sol que ahora vemos »
Los chinos generalizan aun mas esla doctrina. Segun ellos,
«los santos, los sábios, los libertadores de los pueblos nacen
«de una virgen J. De este modo nació Heou-tsi, jefe de la
«dinastía de los Tcheou ; Kiang-Yuen, su madre , que habia
« concebido por la operacion de Chang-ty , parió su primo-
«génito sin dolor y sin mancha. » Los poetas chinos excla
man : «¡Qué brillante prodigio ! ¡qué milagro divino! Pero
« Chang-ty no tiene mas que querer. ¡ Oh grandeza ! ¡ oh san-
«tidad de Kiang-Yuen ! Lejos de ella el dolor y la mancha 3. »
Despues de la virginidad, el estado de viudez es el que ha
merecido mayor respeto entre los hombres ; y es muy digno
de notar, que entrelos muchos elogios prodigados á este es
tado por toda especie de escritores, no se encuentra que se
haya tenido nunca en consideracion el interés de los hijos,
que no obstante es muy evidente. La santidad sola es la que
se ha elogiado, y la política se ha olvidado siempre.
Bien conocida es la opinion general de los hebreos sobre
la importancia del matrimonio, y la ignominia con que mira
ban la esterilidad. Se sabe que en sus ideas la primera ben
dicion era la de la perpetuacion de las familias. ¿ Á qué , pues,
por ejemplo, los grandes elogios dados á Judith por haber
sabido unir la castidad al valor , y por haber pasado ciento y
cinco aTios en la casa de Manases su esposo sin haberle dado su
cesores? Todo el pueblo á quien esta mujer salvó, le canta
este coro : « Vos sois la alegría y el honor de nuestro pueblo ;
« porque habeis obrado con un valor varonil, y vuestro co-
« razon se ha afirmado, porque habeis amado la castidad; y
1 Muratori , Christianesimo felice : Venet. 1752, t. I , c. 5.
* Memorias de los misioneros , eu 4.°, [Link], pág. 387. — Memorias
4el P. Cibot.
3 Memorias de los misioneros, id. id. en la nota.— No presento
comentario alguno sobre estos últimos textos; pues como no se trata
aquí de disertar, cada uno es libre de pensar cómo quiera acerca de
ellos.
- 345 —
«despues de haber perdido vuestro marido, no habeis que-
«rido desposaros con otro '.»
¡Pues qué! ¿Acaso la mujer que se vuelve á casar peca
contra la castidad? De ningun modo ; mas si prefiere la viu
dez , será alabada en lodos tiempos y eu todos los puntos del
globo, á pesar de todas las preocupaciones contrarias.
En el Veda jamás se hace mencion del casamiento de una
laterales
viuda, y alenhijo
la India
nacidola del
ley tal
excluye
matrimonio
de la sucesion
a. de susco*-

Menu grita á sus discípulos : Muid del hijo de una mujer


que se haya casado dos veces s ; y mientras yo medito sobre
los textos de la venerable Asia, Kolbé me enseña que entre
los hotentotes la mujer que se vuelve á casar, está obligada á
cortarse un dedo *.
Entre los romanos se veia tributar el mismo honor á la
viudez , y mirarse con igual desestimacion las segundas nup
cias, y esto aun despues que en la declinacion del Imperio
habian casi desaparecido las antiguas costumbres : pues ve
mos á la viuda de un Emperador, que otro deseaba tomar
por esposa , declarar seria una cosa sin ejemplo é inexcusable,
que una mujer de su nombre y de su clase contrajese segundo
matrimonio 5.
En general, entre los romanos la opinion recompensaba
con una grande estimacion á las viudas que rehusaban un
nuevo entace. La lengua les habia consagrado un epíteto
1 Judith,xv, 10, 11; xvi, 26.
a Leyes de Menu, en las Obras de Jones, t. HI, c. 9, núm. 57
y 155.
3 lbid. c. 3, núm. 155.
4 Kolbé , Descripcion del cabo de Buena Esperanza : Amst. 1741,
3 vol. en 8."
3 Esta mujer fue Valeria, viuda de Maximiano, a quien Maximi
no quiso tomar por esposa : mas ella respondió entre otras cosas:
« Postremo nefas esse illius nominis ac loci feminam sine more, sine
«exemplo, maritum alterum experiri.» (Lact. De morte persec,
c. 39). Seria inútil decir que esto era una excusa ; porque la excusa
se hubiera tomado de las costumbres y de la opinion; y precisamente
de la opinion y de las costumbres es de lo que se trata.
- 346 -
particular que las distinguía ; y el nombre de unkiras ó am
onas (mujeres de un soto esposo) que se encuentra aun sobre
el mármol de los epitafios , da á conocer que este dictado se
creía
Masdigno
nadiedehatener
expresado
lugar entre
mejorlasla cualidades
opinion dehonorificas
los romanos

sobre este punto, que Propercio en su última elegía , frag


mento á la verdad tan lleno de gracia como de interés y sen
sibilidad.
Una dama romana de la mayor distincion acababa de fa
llecer. Cornelia, por su nombre, y Paula por el de su ma
rido, unía á estos dotes de la fortuna el mérito de una con
ducta irreprensible. Su muerte prematura habia hecho gran
de sensacion ; y el poeta que queria celebrar las virtudes de
Paula , imaginó dar á su'elegía una forma dramática, y ha
ciendo comparecer á Paula , y que esta tome la palabra para
dirigirla á su esposo , se oculta el poeta enteramente detrás
de esta amable sombra.
La desgraciada esposa ve de una sola ojeada la tea nup
cial que se encendió en el dia de sus bodas , y aquella otra
que precedia á su pompa fúnebre * ; y jura por sus antepa
sados, y por cuanto estima de mas sagrado en el mundo,
que entre estos dos términos no la acusa su conciencia de la
debilidad mas mínima :
Mi edad no se ha mudado con los años,
Siéndome los delitos siempre extraños,
Y entre las dos antorchas que he encendido,
Pura siempre y sin crimen he vivido 3.
Toda su gloria la funda en este matrimonio, en este amor
1 Morcelli, De slylo inscrip. lib. II, parte I, c. 3 : Roma , en 4.",
1780, pág. 328.
* Sabido es que entre los romanos el dia de las bodas el esposo lle
vaba la tea nupcial delante de la esposa, y en los funerales el pariente
mas cercano , con la cual vuelto el rostro prendía fuego á la pira don
de estaba puesto el cuerpo del difunto.
■ »Nec mu tata mea est aetas, siue crimine tota est.
Yiximus insignes ínter utramque facera.»
(Sext. Aul. Prop. Eleg. IV, 12, v. 44, 48).
— 347 —
único , en esta fe jurada á su tierno esposo una vez para
siempre : l ■•
: M tálamo de la muerte
Paso desde el tuyo honroso :
Y se leerá en mi epitafio ,
« No tuvo mas que un esposo '. »
En seguida se vuelve á mirar á su hija, y la dice :
Imitando á tu madre en cuanto puedas,
Á un solo hombre no mas tu mano cedas 4.
Dudo que jamás se hayan expresado mejor ni con mas vi
veza los sentimientos del deber, y el respeto á la buena opi
nion.-
Mas esta misma universalidad que hace poco admirába
mos , se vuelve á encontrar aquí , y la China piensa lo mis
mo que Roma. Allí se venera la honrosa viudez hasta el pun
to de hallarse muchas arcos de triunfo levantados para per
petuar la memoria de las mujeres que permanecieron viudas 3 .
El estimable viajero, heredero legítimo de un nombre ilus
tre en las letras , que nos instruye de estos usos , se extiende
despues en reflexiones filosóficas sobre lo que á él parece una
grande contradiccion del espíritu humano. «¿Cómo es, di-
«ce, que los chinos, que tienen por una desgracia morir sin
«hijos, honran al mismo tiempo el celibato de las mujeres?
«¿Cómo pueden concillarse ideas tan incompatibles? Pero ta-
«les son los hombres, etc. *»
¡ Ah ! ¡ tales son los hombres ! Él sin advertirlo se consti
tuye un eco de la filosofía del siglo XVIII. ¡ Cuán difícil es
1 ln
«Iungor,
lapide hoc,
Paule,
unituo
iuncta
sic discessura
fuisse legar.
cubili
» :

(Sext. Aul. Prop. Eley. IV, v. 33 et 36).


* «Fac teneas unum, nos imitata , virum.»
(Ibid. 68).
3 El Sr. de Guignes, Viaje á Pekin, etc., t. II, pág. 183.
* Ibid.
— 3í8 -
evitar esta especie de seduccion ! Montesquieu , del mismo
modo, por no oponerse á los errores que lo rodeaban ,j¿tuvo
" tambien la debilidad de afirmar «que el Cristianismo impide
«la poblacion, exaltando la virginidad, honrando la viudez,
«y favoreciendo las penas contra las segundas nupcias '. »
Mas sin embargo, en el mismo libro, desembarazado, no sé
cómo, de esta desgraciada influencia , y hablandojsolo según
su modo de pensar, pronuncia claramente esta grande máxi
ma moral y política : « que la continencia pública está natu-
«ralmente unida á la propagacion de la especie humana1.»
Nada es mas incontestable ; y así no hay necesidad de ex
plicar aquí las contradicciones del espíritu humano , pues no las
hay absolutamente. Las naciones que favorecen la poblacion,
y que honran la continencia , están acordes perfectamente
consigo mismas y con el sentido comun.
Pero prescindiendo del problema de la poblacion , que ya
ha dejado de ser problema, volvamos al dogma eterno del
género humano , á saber : « que nada es mas agradable á
«Dios que la continencia; y que no solamente toda funcion
«sacerdotal, como acabamos de ver, sino aun todo sacrificio,
« toda plegaria , todo acto religioso exigía preparaciones mas
«ó menos conformes á esta virtud. »
Son bien notorias las condiciones que se imponían al sa
cerdote hebreo que debia entrar en el santuario. Entre las
naciones paganas los simples iniciados eran tratados con
igual severidad; y para ser admitidos álos misterios, debian
guardar continencia y aun suspender los derechos de es
posos *.
Los romanos, cuando debian sacrificar, estaban sujetos á
la 1misma
Espíritu
preparacion
de las leyes,* lib.
, que
XXIII,
era puntualmente
c. 21. la ley de Je-

» Ibid. c. 2.
3 Antig. descub. por sus usos, lib. III , c. 1.
* «Sacris operaturi romani uxoribus abstinebant, ut erudito os-
tendit Ilrissonius in opere de Formulis : abstinebant et iudaei. » ( Huet,
Dem. evang. en 4.°, 1. I, Prop. 4, c. 2, num. 4).
— 349 —
rusalen : ¿de dónde , pues , venia esta práctica lan comun?
Todo el mundo conoce el espíritu general del Islamismo;
y sin embargo, Mahoma manda á sus sectarios que se sepa
ren de sus mujeres los dias de fiesta, y aun durante toda la
peregrinacion '. «¡Oh vosotros! les dice, los que creeis en
« Dios , si os habeis acercado á vuestras mujeres , purificaos
«antes de orar *. »
El indio que quiere guardar la fiesta Nerpou-tironnal (en
honor del fuego) debe ayunar y privarse de su mujer 3.
Bien sabida es la especie de cuaresma prescrita en el culto
de Céres, de Baco y de Isis; y todas las memorias clásicas
han repetido las quejas que los poetas amatorios dirigían á
estas deidades exigentes. Ovidio se lamenta sériamente «de
«que las amigas de Tíbulo no hayan podido prolongarle la
« vida , privándose de él algunas veces * ; y cási llega á du-
«dar de la existencia de unos dioses que dejan morir á los
« hombres de bien 3 ; y en fin exclama : Vivid piadosos y mo-
« viréis piadosos 6 ; » y en otra parte , olvidando todo lo de
más , que mira como cosas simplemente accesorias , recuer-
1 Alcoran , c. 1.
* Ibid. c. 3.
3 Sonnerat, Viaje á las Indias, pág. 2Í8,
* «Quid vos sacra iuvant? Quid nunc aegyptia prosunt
Sistra? Quid in vacuo secubuisse toro?»
fOvid. Am.).
s «Cum rapiarjt mala fata bonos (ignoscite fesso),
Sollicitor nullos esse putare Dcos. »
(Ibid. 3o et 36).
6 « Vive pius, moriere pius; cole sacra , colentem
Mors gravis a templisin cava busta trahet.»
(Ibid. 37 ct 38).
De manera que los dioses eran inexcusables de dejar morir á hom
bres tan santos como Tíbulo. En París no se discurriría mejor. Véan
se no obstante los dogmas eternos, que siempre permanecen á pesar
de estas extravagancias. — 1.° Abstinencia, privaciones, sacriQcios
por la salvacion de otro. — 2." Piedad, mérito de la abstinencia.
— 3S0 —
da la privacion general que señalaba la llegada anual de las
íiestas de Céres '.
Baco, sin embargo de ser un dios alegre , era tan inexo
rable como Céres sobre este punto. En la víspera de los mis
terios báquicos, Hércules y Omfala se someten á la ley ri
gurosa, porque al dia siguiente, al rayarla aurora, deben es
tar puros para sacrificar ' ; cuento poético que está fundado
sobre la tradicion universal, y sobre las leyes sagradas de
las naciones mas cultas. Las damas atenienses, admitidas á
celebrar estos misterios , juran solemnemente primero , que
tienen fe ; y despues , que nada tienen que reprenderse; y en
lin , que están en el estado prescrito por la ley '. Demóstenes
nos ha conservado la fórmula de este juramento.
Los filósofos hablan lo mismo que los poetas : «Guardé-
« monos , no;; dice el sábio Plutarco, de entrar por la maña-
«na en el templo, y de tocar á los sacrificios inmediatamente
«despues de haber usado de nuestros derechos; porque no
«seria decente, sin interponer la noche y el sueño, á fin de
« que hubiese un intervalo suficiente. Así nos presentarémos
« puros y limpios. . . con pensamientos enteramente nuevos*. »
Demóstenes es aun mas severo : «Yo por mí, dice, estoy
«persuadido que el que debe acercarse á los altares, ó tocar
«las cosas santas, debe ser no solamente casto durante un
«número determinado de dias, sino que debe haberlo sido
1 «Annua venerunt Cerealis tempora festi,
Secubat io vacuo sola puella toro.»
(Am. III, X, 1, 2).
* «Sic epulis functi, sic dant sua corpora somno,
Et positis iuxta secubuere toris.
Cansa , repertori vitis quia sacra parabant;
Quae facerentpuré, cum foret orta dies.»
(Fast. II, 32o et scq.).
3 La edicion Variorum sobre esle verso de Ovidio, Causa, reper
tori, etc. , ha citado una fórmula griega, y yo debo fiarme en el co
mentador de Ovidio, que seguramente no ha inventado este pasaje.
k Plut. Symp. lib. III, quaest. 7, Irad. de Amiot.
— 331 —
« toda su vida , y no haberse entregado jamás á prácticas
«viles '.»
La creencia sobre este punto estaba tan radicada en todos
los espíritus, que aun para iniciar á un hombre en las ce
remonias mas escandalosas, y en los misterios mas infames,
se exigía de él , como una preparacion indispensable , una
continencia preliminar y rigorosa, como puede verse en la
aventura romana de los Bacanales que cuenta Tito Livio s.
Tal era la opinion universal del antiguo mundo. Cuando
los navegantes del siglo XV descubrieron uno nuevo, halla
mos en aquel hemisferio las mismas opiniones. En el Perú
se celebraba el primer dia de la luna de setiembre , despues
del equinoccio, una fiesta solemne llamada el Cancu, redu
cida á una purificacion religiosa del alma y del cuerpo, y su
preparacion era la misma * : y mientras que las naciones que
han llegado ya á un cierto grado de civilizacion , convienen
con las del antiguo continente en certificarnos este dogma
universal , vemos al huron y al iroqués , que apenas son dig
nos del título de hombres, declararnos desde la^otra extre
midad del nuevo continente que es un crímen^no observar
la continencia durante las veinte y cuatro horas que prece
den á la ceremonia del calumet 4.
La antigüedad no dice al hombre que¿[piensa acercarse ú
los altares: «Examinaos bien, y si por desgracia habeis
«muerto, robado, conjurado, calumniado ó difamado á al
a guno, retiraos. » No. Cuando se trata de los dioses y de los
altares, se diria que no habia mas que un solo vicio y una so
la virtud 5.
' Demosth. contra Timocratem, edic. griega de Venecia, líííl,
en 8.°, fól. 332.
* Tit. Liv. Hist. lib. XXXIX, c. 39 et seq.
3 Ceremonias religiosas de todos los pueblos : París, 1741, eu fól.
t. VII, pág. 187.
k Makensie, Viaje al Norte de la América.
* «Vos quoque abesse procul iubeo, discedite ab aris,
Queis tulit bestema gandía nocte Venus.»
([Link]. I, lib. II,11,12).
Jerusalen, Memfis, Atenas, Roma, el Benarés , Quito, Mé
jico, y las chozas salvajes dela América , levantan suvoz de
concierto para proclamar el mismo dogma. Esta idea eterna,
comun á naciones tan diferentes , y que jamás han tenido
punto de contacto, ¿podría no ser natural *? ¿No pertenece
necesariamente á la esencia espiritual que hace que seamos
lo
bres
quesi somos?
no fuese¿Dónde
innata?la hubieran aprendido todos loshom-

Esta teoría parecerá tanto mas divina en su principio,


cuanto
la antigüedad
contrasta
corrompida
mas evidentemente
hasta el exceso,
con la moral
y que práctica
arrastraba
de

al hombre á toda especie de desórdenes, sin haber podido


no obstante borrar de su espíritu aquellas leyes escritas con
caraclé[Link] dicinos '.
Las costumbres orientales llegaron á tal estado, que un
sabio geógrafo inglés dice de ellas lo siguiente : «En los paí-
«ses orientales se hace muy poco caso de la castidad; y la
« moral sobre este artículo es tan relajada , que el comercio
ce de los dos sexos se considera allí con tanta indiferencia co-
«íiio el uso de ciertas comidas s. »
Ahora bien , estas costumbres orientales son precisamente
las costumbres antiguas, y serán eternamente las de todo
pueblo que no sea cristiano. Los que las han estudiado en
los autores clásicos, y en ciertos monumentos del arte que
nos quedan, hallarán sin duda que no hay exageracion en
lo que dice el abate Feller, á saber : «Que medio siglo de

* Es decir, conforme ála naturaleza del hombre, ¿no verémos en


ella el dedo de Dios , que desde el principio de los siglos la grabó en
el corazon, ó comunicó á los primeros padres, y que de ellos se ex
tiende por sus hijos á todos los pueblos? Véase lo que anteriormente
hemos anotado sobre este punto : en el mismo sentido puede y debe
llamarse innata, es decir, comunicada por Dios desde un principio al
padre del género humano.
1 Orig. adver. Cels. lib. I, c. 3.
. 8 Geograf. del Sr. Pinkerton , t. V , de la trad. franc. , pág. 3. —
El autor describe en este texto la grande linea de denjarcacion que
existe entre el Koran y el Evangelio.
— 353 —
«paganismo presenta infinitos mas excesos enormes que lo
adas las monarquías cristianas, desde que el Cristianismo
«reina sobre la tierra '.»
Plaulo nos ha piutado en seis versos en extremo curiosos
la moral de un hombre de bien de su tiempo, que un padre
de familias muy severo predicaba á su hijo, y era la que ca
racterizaba á un hombre irreprensible *. Léanse estos versos,
y se verá si nuestras leyes podrian hacer quemar muy bien
á un sanio de esta especie.
Si yo quisiera hacer el proceso á la antigüedad sobre el
principal artículo de la moral , citaria sobre todo lo que ella
alababa. Por ejemplo, para deprimir á los filósofos no trata
ria de poner en tortura á Sócrates , á fin de hacerle confesar
sus secretos ; ni me sectaria á la puerta de Lais para anotar
los nombres de los que entraban en su casa; no, preferiria
citar el elogio con que honró á Zenon esta antigüedad vir
tuosa 3.
Mas entre tanto, en medio de esta profunda y universal
corrupcion , se ve sobrenadar una verdad no menos univer
sal , y que es enteramente inexplicable con semejante siste
ma de costumbres. Un solo hombre está hecho para una sola
mujer, y todo lo demás no va bien.
1 Catecismo filosófico : Barcelona, 1851 , edic. de la Librería re
ligiosa.
' «...Nenio hic probibet, nec vetat
Quin, quod palam est venale , si argentara est, emas.
Nemo ire quemquam publica prohibet via,
Dum ne per fundum septum facías semitara
Dura te te abstineas nupta, vídua, virgine,
luventute, et pueris liberis, (Curcul.
ama quodI, lubet.
v. 33 et seq.J.

Obsérvese que todos los crímenes de esta especie no se miran sino


por el lado de la violacion de propiedad ; pues que todo hombre que se
abstenía de pasar per fundum septum, era irreprensible : y obsérvese
además, que la masa inmensa de los esclavos estaba enteramente en
tregada á la lubricidad de los amos , que eran en extremo inferiores en
número.
» Diog. Laert, lib. YII, §10.
23 TOMO I.
— 364 —
En Roma, en tiempo de los Emperadores, «cuando las
«mujeres, como lo dice muy bien Séneca, no debían contar los
«años por la sucesion de los Cónsules, sino por la de sus nia-
^ridos, dos grandes personajes , que eran Pollion y Agrippa,
«se disputaban el honor de presentar una vestal al Estado ;
«y la hija de Pollion fue preferida únicamente porgue su ma
lí dre no habia tenido sino un solo esposo, en vez de que Agrippa
« había alterado ó viciado su casa con un divorcio '. »
¿Se ha oido jamás cosa mas extraordinaria? ¿Dónde y có
mo babian encontrado los romanos de aquel siglo la idea de
la integridad del matrimonio , y la de la alianza natural de
la castidad con el altar? ¿De dónde sacaban que una virgen,
hija de un hombre divorciado , aunque nacida de legítimo
matrimonio, y personalmente irreprensible , era no obstante
menos propia que la otra para el altar ? Es preciso que estas
ideas nazcan de un principio natural en el hombre , tan an
tiguo como el hombre mismo, y por decirlo así, que sea par
te del hombre.

§ II. — Dignidad del sacerdocio.

Así , pues , el universo entero no ha cesado de atestiguar


estas dos grandes verdades : «1.a El mérito eminente de la
«castidad; 2.* la union y alianza natural de la continencia
«con todas las funciones religiosas, pero sobre todo con las
«funciones sacerdotales. »
El Cristianismo, imponiendo á los sacerdotes la ley del ce
libato, no ha hecho mas que enseñorearse de una idea natu
ral, despojarla de todo error, darla una sancion divina, y
convertirla en ley de disciplina general. Pero la naturaleza
humana se presentaba contra esta ley divina con tanta fuer
za, que no podia ser vencida sino por el poder absoluto é
inflexible de los Sumos Pontífices. Sobre todo en los siglos
1 « Praelata est Pollionis filia non ob aliud quam quod mater eius
in eodem coniugio manebat. Nam Agrippa discidio domum imminue-
bat.» (Tacit. Ann. II, 86).
— 355 —
bárbaros no se necesitaba menos que el brazo invencible de
Gregorio VII para salvar al sacerdocio. Acordémonos solo
que en el cuerpo del derecho canónico hay un capítulo inti
tulado De filiis presbyteromm. Sin este hombre extraordina
rio todo estaba humanamente perdido. Se quejan del inmen
so poder que ejerció en su tiempo. Tanto valdria quejarse de
Dios que le dió aquella fortaleza, sin la cual no hubiera po
dido obrar. El poderoso Demiurgos obtuvo cuanto era posi
ble de una materia rebelde , y sus sucesores han sostenido su
obra con tal perseverancia , que al fin han asentado el sacer
docio sobre bases inamovibles.
Estoy muy léjos de querer exagerar, ni de presentar la
ley del celibato como un dogma propiamente dicho; pero di
go, sí, que esta ley pertenece á la disciplina general; que
es de una importancia indecible, y que nunca podrémos tri
butar debidamente las gracias á los Pontífices que nos la han
conservado.
El sacerdote que tiene mujer é hijos, ya no pertenece á
su rebaño , ó por lo menos no le pertenece bastantemente,
pues carece de un poder esencial, que es el de hacer limos
na. Pensando en sus hijos , no se atreve á entregarse á los
impulsos de su corazon. Su bolsillo se cierra á la vista del
pobre , que no espera otra cosa de él sino frias exhortacio
nes. Hay además en la sociedad y comercio con las mujeres
ciertos
otros ( los
inconvenientes
seculares), porque
, que son
sony consecuencia
deben ser nulos
necesaria
para nos-
de <

un orden de cosas necesario tambien á lo menos en gene


ral. Pero no es lo mismo respecto del Clero, en particular
del sacerdote, cuya dignidad se ofende mortalmcnte con
ciertas ridiculeces. La mujer de un magistrado superior que
olvidase sus deberes de un modo visible, perjudicaria mas á
la opinion de su marido, que la de otro hombre cualquiera.
¿Y por qué? Porque los magistrados superiores están reves
tidos de una dignidad santa y venerable, que los hace ase
mejar en algun modo á la del sacerdocio. Pues ¿qué dire
mos de quien realmente es sacerdote? Ojeando casualmente
23*
— 356 —
unos diarios ingleses encuentro en ellos el artículo siguiente :
«Se ha visto la causa del reverendo... contra el marqués
«de... acusado de comercio criminal con madama... (la es-
«posa del eclesiástico). De los pormenores del proceso {apa
rece que el reverendo esposo fue ultrajado en su casa mien-
k tras estaba el domingo celebrando en la iglesia. Los abo
lí gados , para excusar á la dama, alegaban desde luego la
« franqueza con que ella confesaba abiertamente su ternura
« para con el sujeto , y además la indiferencia en esta parte
«de su esposo... Daños y perjuicios en favor de este último,
«diez mil libras esterlinas '.»
Caro cuesta , segun se ve , en Inglaterra hacer visitas á
los eclesiásticos casados durante los oficios del domingo ; pe
ro figurémonos un hombre ya notado en el público, pues
que su paciencia filosófica estaba señalada como un medio de
atenuacion , que recibe el precio de su deshonor, y que al
domingo siguiente sube al púlpito para predicar contra el
adulterio. ¿Qué efecto pueden producir sus palabras?
No solamente reflejan los vicios de la mujer sobre el ca
rácter del marido eclesiástico, en grande daño suyo, sino que
aun este no se liberta del peligro comun á todos los demás
hombres casados , es decir, de la ocasion de vivir criminal
mente. La muchedumbre de razonadores que han tratado
esta grande cuestion del celibato del Clero, parte siempre de
este gran sofisma : que el matrimonio es un estado de pureza,
cuando solo es puro para los que son puros. La esposa es
temible cuando no se la ama, y peligrosa cuando es amada.
El hombre mas irreprensible á los ojos del mundo puede ser
infame en el altar. La union , aun mas legítima , da ciertos
hábitos sin dar la prudencia. ¿Cuántos matrimonios habrá
irreprensibles delante de Dios? Muy pocos. Ahora bien, si
Ja debilidad humana establece una tolerancia de convencion
respecto de ciertos abusos , esta ley general no se ha hecho
nunca para el eclesiástico, porque la conciencia universal no

1 E. M. «t. 1804 , núm. 273 , pág. 235.


— 387 —
cesa de compararle al tipo sacerdotal que contempla en sí
misma ; de manera que nada perdona á la copia por poco
que se aleje de su modelo.
Hay cosas tan altas y tan sublimes en el Cristianismo ; hay
relaciones tan santas y tan delicadas entre el sacerdote y sus
ovejas, que no pueden pertenecer sino á hombres entera
mente superiores á los demás. La Confesion sola exige el ce
libato. Las mujeres , que deben tenerse particularmente en
consideracion sobre este punto , jamás depositarán una en
tera confianza en un clérigo casado ; pero sobre este asunto
no es fácil escribir.
Las iglesias que tan desgraciadamente se han separado de
la unidad, no han carecido de conciencia, sino de fuerza,
cuando han permitido el matrimonio delos sacerdotes. Ellas
mismas se declaran culpables cuando exceptúan á los obis
pos , y rehusan el consagrar á los sacerdotes antes de ser ca
sados *; y aun lo declaran mucho mas , cuando se apoderan
del sacerdote enviudado, acaso en la fuerza de la juventud,
y lo encierran para toda su vida en un monasterio. De este
modo convienen en la regla de que ningun sacerdote debe ca
sarse; pero admiten que por tolerancia y falta de sujetos un
lego casado puede ordenarse. Así , por un sofisma que ya
no choca á la costumbre , en lugar de ordenar á un candi
dato, aunque casado, lo casan para ordenarlo; de manera que
violando la regla antigua, la confiesan expresamente.
Para conocer las consecuencias de esta fatal disciplina, es
preciso haberlas examinado de cerca. El poco aprecio que se
hace del sacerdocio en los países donde ella rige , no puede
" Los griegos, en efecto, para poder decir que no permiten que
sus sacerdotes se casen , los hacen tomar antes este estado del matri
monio , á fin de que no se diga que sus sacerdotes se casan , sino que
los elevan de este estado al del sacerdocio, A falta de sujetos, y en en
viudando los hacen vivir en un monasterio : es la conciencia que, á
su pesar, les grita cuánto se han separado con la unidad de la pureza
de costumbres : es querer engañar á Dios y a los hombres ; pero Deus
non irridetur, y los hombres I03 miran con lástima, si no con des
precio.
- 358 —
conocerse por el que no haya sido testigo de él. El Sr. de Tott
en sus Memorias no se ha excedido en lo que ha dicho sobre
este punto. ¿Quién pudiera creer que en un país donde se
pondera tan gravemente la excelencia del matrimonio de los
eclesiásticos, fuese una injuria formal el epíteto de hijo de
clérigo? Algunos pormenores sobre este artículo picarían sin
duda la curiosidad, y aun pudieran ser útiles bajo cierto as
pecto; mas no deben servir para diversion de la malicia, y
para afligir á un órden desgraciado que, aunque todo esté
contra él, no deja de contar hombres muy estimables, en
cuanto puede juzgarse á la distancia en que la inexorable,
opinion los tiene de toda sociedad distinguida.
Buscando siempre, en cuanto me es posible, mis armas
en el campo enemigo, no puedo pasar en silencio el testimo
nio notable del mismo prelado ruso que he citado anterior
mente, para que se vea lo que él pensaba de la disciplina de
su Iglesia sobre el punto del celibato. Como su libro, ya re
comendable por el nombre de su autor, salió además de las
prensas del santo Sínodo, su testimonio tiene todo el peso que
pudiera esperarse.
Despues de haber rechazado en el primer capítulo de sus
Prolegómenos un ataque indecente de Mosheim contra el ce
libato eclesiástico, continúa el Arzobispo de Twer en estos
términos: «Creo, pues, que el matrimonio nunca ha sido
« permitido á los Doctores de la Iglesia (los sacerdotes) , ex-
« cepto en el caso de necesidad , y muy grande ; como por
«ejemplo, cuando los sujetos que se presentan para llenar las
« funciones sagradas no tienen la fortaleza necesaria para abs-
« tenerse del matrimonio que desean , y no se encuentran otros
«.mejores y mas dignos : de modo que la Iglesia, despues que
« estos incontinentes se han casado, los admite al órden sagra-
«do, por accidente mas bien que por eleccion '. »
1 «Quo qnidem cognito non erit diflicile Intellecla , an et quomodo
doctoribus Ecclesiae permissasint contagia. Scilicet, mea quidem sen-
tentia, non permissa cnqüam, praeterquam si necessitas obvenerit,
eaque magna : uti sicuti ii (sic) qui ad hoc muñas praesto sunt ab usu
- 359 —
¿Á. quién no hará fuerza la decision de un hombre en tal
posicion para ver las cosas de cerca, y además tan enemigo
del sistema católico?
Aunqüe me sea sumamente sensible recargar sobre las
consecuencias del sistema contrario, no puedo menos de in
sistir sobre la absoluta nulidad de este sacerdocio , conside
rado en sus relaciones con la conciencia del hombre. Aquel
maravilloso ascendiente que detuvo á Teodosio á la puerta
del templo, á Átila en el camino de Roma, y á Luis XIV
ante la sagrada mesa; ese poder aun mas maravilloso, que
puede enternecer un corazon endurecido, y volverlo á la vi
da ; que va á los palacios á arrancar el oro al opulento in
sensible ó distraído, para llevarlo al seno de la indigencia;
que todo lo arrostra y todo lo supera cuando se trata de con
solar una alma, ó de ilustrar ó salvar á otra; que se insinúa
tan dulcemente en las conciencias para conocer sus secretos
funestos, y arrancar de ellas la raíz de los vicios; órgano y
custodio infatigable de los enlaces santos; enemigo no me
nos activo de toda licenciosidad , dulce sin debilidad , terri
ble con amor ; suplemento inapreciable de la razon , de la
probidad , del honor, de todas las fuerzas humanas luego que
se declaran impotentes ; fuente preciosa é inagotable de re
conciliacion , de reparaciones, de restituciones, de arrepen-
mientos eficaces, de todo lo que Dios mas ama despues de
la inocencia ; fijo siempre al lado de la cuna del hombre que
bendice, y aun al lado de su cama cuando muere, dicién-
dole en medio de las exhortaciones mas patéticas , y de las
despedidas mas tiernas... Id en paz... Este poder sobrenatu
ral no se encuentra fuera de la unidad.
matrimonii temperare sibi nequeant atque hoc expetant, meliores
vero dignioresque desint : ideoque Ecclesia tales intemperantes,
postquam uxores duxerint, casu potius non delectu, sacro ordine ad-
sciscat.» CMet. Ardh. Twer, líber historiá«.s , etc. ,proI. c. 1 , pag. 3).
Es muy de notar que este Prelado babla siempre de presente, y que
visiblemente tenia en consideracion los usos de su Iglesia , tal como
la veia en su tiempo. Este oráculo griego parecerá sin duda : HoXXcSti
— 360 —
He observado largo tiempo al Cristianismo fuera de este
círculo divino, y he visto que allí el sacerdocio es impotente,
y tiembla delante de los que habia de hacer temblar. Á quien
llega á decirle ke hurtado, no se atreve ó no sabe decirle res
tituye. El hombre mas abominable no le es deudor de pro
mesa alguna : en fin, se emplea al clero como una máqui
na. Diríase que sus palabras son una especie de operacion
mecánica, que borra los pecados con la misma facilidad que
el jabon quita las manchas materiales. Es menester haberlo
visto para poder formar de ello una idea justa. El estado mo
ral del hombre que invoca el ministerio del sacerdote , es tan
indiferente en aquellos países, y se toma en tan pocaconsi-^
deracion, que es muy comun preguntarse en las conversa
ciones : ¿ Habeis cumplido el precepto pascual? Y responderse,
sí ó no, tan fríamente, como si se tratase de un paseo, ó de
una visita, que no depende sino de la voluntad de quien la
hace.
Las mujeres , en sus relaciones con el sacerdocio, son un
objeto muy digno de ejercitar un ojo observador...
El anatema es inevitable. Todo sacerdote casado decaerá
infinito de su carácter. La superioridad incontestable del Cle
ro católico pende únicamente de la ley del celibato.
Los doctos autores de la Biblioteca británica se han toma
do la libertad de establecer sobre este punto una proposicion
que parece inconcebible, y por lo mismo debe examinarse.
Dicen, pues, «que si los ministros del culto católico hubie-
«sen tenido mas generalmente el espíritu de su estado, en el
«verdadero sentido de la palabra, no hubieran sido de tanta
«consecuencia los ataques contra la Religion... Felizmente
«para la causa de la Religion, de las costumbres, y de la
«dicha de una poblacieir numerosa, el clero inglés, así el
«anglicano, como el presbiteriano 4 es muy de otro modo res-
apetable, y no presta á los enemigos del culto ni las mismas
«razones, ni los mismos pretextos '.»
Seria menester recorrer mil volúmenes para hallar una
1 Biblioth. Britan. marzo 1798 , n lim . S3 , pág. 282.
- 361 -
asercion mas temeraria ; y ella es una nueva prueba del ter
rible imperio de las preocupaciones sobre los mejores talen
tos y sobre los hombres mas estimables. En primer lugar, no
sé sobre qué estriba la comparacion ; pues para que tuviese
una base cierta, era menester que pudiese ponerse en opo
sicion un sacerdocio con otro ; y en las iglesias protestantes
ya no hay sacerdocio, porque el sacerdote ha desaparecido
con el sacrificio; y es cosa muy digna de notarse , que donde
quiera que se estableció la Reforma , la lengua , que es el
fiel intérprete de la conciencia , abolió al punto la palabra
sacerdote, en términos que ya en el tiempo de Bacon esta voz
se tomaba por una especie de injuria Así, pues, cuando
se dice el clero de Inglaterra ó de Escocia, etc. , no se habla
con exactitud ; pues no puede haber clero donde no hay clé
rigos, como no hay estado militar sin militares. Es, pues,
lo mismo que si se hubiesen comparado, por ejemplo, los cu
ras de Francia ó de Italia con los abogados ó los médicos de
Inglaterra ó de Escocia.
Pero dando á esta voz clero toda la extension posible , y
entendiendo por ella todo el cuerpo de ministros de un culto
cristiano, la inmensa superioridad del Clero católico, así en
mérito como en consideracion , es tan clara y evidente como
la luz del sol.
Puede aun observarse tambien que estas dos especies de
superioridad se confunden ; porque en un cuerpo tal como el
Clero católico, una grande consideracion es inseparable de
un gran mérito; siendo digno de notar que esta considera
cion le sigue aun en las naciones separadas , porque la con
ciencia es quien la concede, y la conciencia es un juez in
corruptible.

1 «Yo pienso, dice, que no debería usarse de la voz sacerdote,


«particularmente en los casos en que se dan por ofendidas de ella las
«personas.» (Bacon, Obras, t. IV, pág. 472; Christianisme de Ba
con, t. II, pág. 241). Con efecto, se ha seguido el consejo de Bacon,
y en la lengua y conversacion inglesa ya no se encuentra esta voz sino
cuando se nombra el priestoraft, ó fraude religioso.
— 362 —
Aun las criticas mismas que se hacen de los clérigos cató
licos prueban su superioridad. Voltaire ha dicho muy bien
que «la vida secular ha sido siempre mas viciosa que la de
« los clérigos ; pero que los desórdenes de estos han sido siem-
«pre mas notables por su contraste ú oposicion con la re-
«gla '.» Nada se les perdona, porque de ellos se espera
todo.
Alejandro VI amó la guerra , y tambien al otro sexo , en
lo que fue muy reprensible, y para hablar sin rebozo, cri
minal, en razon de su contraste con la regla, es decir, con la
sublimidad de su carácter que suponía la santidad; pero
transportémosle á Versalles , y se le podria comparar con
Luis XIV, tan justamente celebrado por sus talentos, su po
lítica y su firmeza , y que tambien amaba la guerra y las mu
jeres.
Y si esta comparacion molesta á algunas imaginaciones , á
causa de las crueldades que tan frecuentemente se citan , y
que no es del caso examinar aquí, les propondré desde lue
go á Julio II , de quien el mismo Voltaire ha dicho : « que era,
«sí, un mal sacerdote a, pero tambien un príncipe tan esti-
«mable
da que excederá
cual ninguno
á Luis
otroel de
Grande
su tiempo
por sus
3. »talentos
Este noyhay
pordu^
sus

costumbres.
La misma regla tiene lugar desde el Sumo Pontífice hasta
el último tonsurado. Todo miembro del Clero católico es
1 No he buscado este pasaje en las voluminosas obras de Voltaire,
porque lo encuentro citado en la obra alemana intitulada : El triunfo
de la filosofía en el siglo XVIII, t. II, pag. 193, cuyo libro es muy
notable bajo todos aspectos.
1 Voltaire , Ensayo sobre las costumbres , etc., en 8.° , t. III , ca
pítulo 112. Le llama mal sacerdote, porque siendo no solamente sa
cerdote, sino tambien principe, tenia 1a extravagancia de no querer
ceder sus tierras y sus ciudades á los venecianos que las apetecían; y
porque teniendo que defenderse contra la mas insigne mala fe y con
tra la política mas detestable, se veia obligado a usar de las armas po
líticas para rechazar los tiros de sus enemigos.
3 Valia, pues, sin dificultad tanto como el padre del pueblo, que
tuvo con él tan grandes dependencias y negocios.
- 363 —
continuamente confrontado con el carácter ideal que se tie
ne de él, y de consiguiente es juzgado sin misericordia. Sus
pequeñas faltas son excesos ; mientras que del otro lado los
crimenes son pequeñas faltas , precisamente como entre las
gentes de mundo. En efecto, ¿qué viene á ser un ministro
del culto que se llama reformado? Es un hombre vestido de
negro que sube al pulpito todos los domingos para hablar de
cosas razonables. Este oficio cualquier hombre de bien pue
de desempeñarlo , y no excluye ninguna debilidad del hom
bre de bien. He examinado muy de cerca esta clase de hom
bres, y sobre todo he consultado la opinion de que gozan
estos ministros evangélicos, y he visto que conviene con la
nuestra en no concederles ninguna superioridad de carácter.
Hombres en todo son como los otros:
Ni su poder excede al de nosotros.
Nada se exige de ellos sino la probidad. Mas ¿qué puede
ser esta virtud humana para un terrible ministerio que re
quiere la probidad divinizada, es decir, la santidad? Pudiera
autorizarme con ejemplos famosos y anécdotas picantes ; pe
ro es un punto sobre el cual deseo pasar como sobre carbo
nes encendidos. Un grande hecho me basta , porque es pú
blico y no admite réplica ; y es la caida universal del minis
terio evangélico protestante en la opinion pública. El mal es
muy antiguo, y sube hasta los primeros tiempos de la Re
forma. El célebre Lesdiguiéres , que residió mucho tiempo en
las fronteras del ducado de Saboya, estimaba mucho y visi
taba con frecuencia á san Francisco de Sales , entonces obis
po de Ginebra. Los ministros protestantes que no podian su
frir esta amistad , resolvieron dirigir una amonestacion en
forma á aquel noble guerrero, que era aun entonces el jefe
de su partido. Si se quiere saber el efecto que produjo, y lo
que se dijo en aquella ocasion , puede leerse este suceso en
uno de nuestros libros ascéticos bastante conocido Yo no
juzgo necesario copiarlo.
1 Espíritu de san Francisco de Sales, recogido de los escritos del
— 364 —
Nos citan á la Inglaterra ; pero allí es puntualmente don
de se ve mas palpable la degradacion del ministerio evangé
lico. Los bienes del clero ban llegado cási á ser patrimonio
de los hijos segundos de las casas grandes , los cuales se di
vierten en el mundo como las gentes del mundo, dejando por
lo demás
El deber de los cánticos sagrados
Á hombres para esto solo asalariados.
En la cámara de los Pares el banco de los Obispos es una
obra de supererogacion, que podría quitarse sin producir
ningun vacío ; pues los Prelados apenas se atreven á tomar
la palabra, aun en los asuntos de religion. El clero de se
gundo orden está excluido de la representacion nacional ; y
para tenerle siempre apartado de ella, se sirven de una su
tileza histórica, que un soplo solo de la legistatura hubiera
desvanecido largo tiempo há , si la opinion no lo rechazase,
como es palpable. No solamente ha decaído este orden en la
opinion pública, sino que aun él desconfia de sí mismo ; pues
se ha visto frecuentemente á los ministros del culto inglés su
primir ó borrar en los escritos públicos la letra R. (inicial
de Reverendo J que precede á su nombre , y hace constar su
carácter; y aun se le ha visto algunas veces vestirse de se
glar, ó con un uniforme militar divertir los salones extran
jeros con su burlesca espada.
En 1805*, época en que se agitó en Inglaterra con tanto
ruido y solemnidad la cuestion sobre la emancipacion de los
Católicos , se habló de los eclesiásticos en el Parlamento con
tanta acrimonia y tanta dureza , con una desconfianza tan de
cidida, que los extranjeros quedaron sorprendidos sin com
paracion mucho mas que no los oyentes '.
[Link]
le Camus,
ningun
obispoinglés
de Belley
expresó
, en 8.°,
esteparte
sentimiento
III, c. 23. de
* Como
una buen
ma-

militar, é indignado, su primera palabra cuando le noticiaron la ve


nida fue, que si entraban por la puerta, saldrían por la ventana.
■ Un miembro de la cámara de los Comunes observó , no obstante,
que habia alguna cosa de muy extraordinario en esta especie de des
— 365 —
ñera mas enérgica que el Dr. King , eclesiástico de esta
misma nacion , quien nos ha dejado un libro de anécdotas
sumamente curiosas: «Nada, dice, ha perjudicado mas á la
« Iglesia de Inglaterra , que la avaricia y la ambicion de nues
tros obispos*. Chaudler, Willis, Potler, Gibson, Sherlock,
« han muerto escandalosamente ricos : algunos han dejado
«mas de cien mil guineas... Ellos podian ser grandes teólo-
«gos; pero el título de buenos cristianos no les pertenecía de
«modo alguno. El oro que acumularon para enriquecer á sus
«familias, se le debia á Dios , á la Iglesia y á los pobres...
«No fue poca desgracia para la causa del Cristianismo en
« Inglaterra el permiso concedido á nuestro clero de contraer
«matrimonio, cuando la Reforma no6 separó del Papismo;
«porque ha sucedido precisamente lo que debia necesaria-
amente suceder, y lo que se debería haber previsto. Desde
«aquella época nuestros eclesiásticos no han pensado mas
«que en sus mujeres y en sus hijos. Los miembros del alto
«clero sostuvieron fácilmente á unos y á otras con sus gran
ec des rentas ; pero los eclesiásticos de segundo orden, que no
«podian establecer á sus hijos con sus cortas retribuciones,
«inundaron muy pronto todos los ángulos del reino de fami-
«lias de pordioseros. No quiero examinar si la continencia es
«una virtud necesaria en quien sirve al altar, por lo menos
«le daria mas dignidad y estimacion; pero lo que no puedo
«menos de observar es, que nuestro Gobierno ninguna dife-
«rencia hace entre la mujer de un obispo y su concubina
«pues que la primera ni tiene lugar ni preferencia alguna en
encadenamiento general contra el estado eclesiástico. Si no me enga
ño, este miembro era el Sr. Stephens; pero no me atrevo á asegurarlo.
* iQué otra cosa podía esperarse , ui se debían prometer de unos
hombres cuyos primeros padres se separaron de la unidad romana por
seguir sus pasiones? Los hijos han imitado á los padres.
1 Esta expresion es por lo menos inexacta; pues baria creer que
en Inglaterra los obispos tienen concubinas como tienen mujeres; y
que estos dos estados son conocidos y siguen la misma marcha üuo y
otro. Si el Dr. Kiug ha querido usar de una chanza, por cierto que es
de poco gusto.
— 366 —
«el público, no goza de modo alguno de la clase ni de la
«dignidad de su esposo, mientras que un simple caballero,
«cuya dignidad es tambien puramente vitalicia como la del
«obispo , da no obstante á su mujer su misma clase y tí-
«tulo '.
«En mi cualidad de simple miembro de la república de las
«letras, he deseado muchas veces que se restableciesen los
«cánones que prohiben el matrimonio á los eclesiásticos. Al
«celibato de los obispos debemos cási todas estas magníficas
«fundaciones que honran nuestras dos universidades; mas
«desde la época de la Reforma, estos dos grandes emporios
«de la ciencia cuentan muy pocos bienhechores en el orden
«episcopal. Si las ricas dádivas de Laud y de Sheldon tienen
« derecho á nuestra eterna gratitud , es menester tambien
«acordarnos que estos dos prelados fueron célibes. Desde el
«principio de este siglo no hallo entre nuestros muy reve-
«rendos 2 un solo protector de las ciencias ni de los sábios;
«bien que nadie deberá admirarse de esto, si piensa en el
«espíritu que anima á todos estos prelados de fundicion real 3;
«que ciertamente no es el Espíritu Santo, por mas que en su
« consagracion ellos se dén testimonio á sí mismos de que son
«llamados al episcopado por aquel Espíritu divino. »
1 Así es que en Inglaterra la mujer del Arzobispo de Cantorbery,
que es legalmente á mi parecer el primer hombre del reino, se llama
simplemente señora (mistriss) , y no tiene clase alguna en el Estado ;
debiendo ceder el paso á la mujer de un ciudadano, á quien el Rey
haya honrado el dia anterior dándole el cintarazo ( es decir, armándolo
caballero ), la cual se llama ya dama (ladi). Yo ignoraba este derecho
público. Si realmente existe, y no lo he comprendido mal , es muy no
table, y prueba hasta qué punto ha llegado á ser contrario al clero el
espíritu de aquella legislacion; pues lo excluye por una parte dela
representacion nacional, y por otra parece complacerse en humillarlo
delante de las gentes.
1 Muy reverendos : es el título legal de los obispos en Inglaterra.
Aun el banco que ocupan en el Parlamento se llama el reverendo
banco.
* Expreso del modo que es posible la expresion inglesa: These
congé d' elire Bishops , cuya delicadeza va aneja á cosas que seria in-
- 367 -
¿Puede darse mas acrimonia ni mas desprecio? Pero lo
particularmente notable es, que este acérrimo critico, no obs
tante haber vivido siempre en país protestante , no encuen
tra otra causa sino el matrimonio de los eclesiásticos para el
envilecimiento del orden entero, y de todos los males que de
él resultan.
Es preciso tambien decir, que en el carácter de esta mili
cia evangélica * hay alguna cosa que impide la confianza y
que atrae la desestimacion ; pues ni reconoce autoridad , ni
tiene regla , ni por consiguiente creencia comun en sus igle
sias. Ellos mismos confiesan con ingenuidad, «que el ecle-
«siástico protestante no está obligado á suscribir una con-
«fesion de fe cualquiera, sino por el sosiego y tranquilidad
«pública, sin otro objeto que el de mantener entrelos miem-
«bros de una misma comunion la union exterior; y que por
«lo demás ninguna de estas confesiones puede mirarse como
«una regla de fe propiamente dicha. Los Protestantes no co-
« nocen otra regla de fe sino la santa Escritura *.»
Ahora bien, cuando uno de estos predicantes explica la
palabra , ¿ qué medios tiene para probar que cree lo que di
ce? ¿Y qué medios tiene tampoco para saber si el auditorio
se está ó no burlando de él? i mí se me figura oir á cada
uno de sus oyentes que le dice con una sonrisa escéptica :
«Á la verdad , creo que él cree que yo le creo *. »
útil explicar aquí.— Véase el libro inglés intitulado : Anécdotas poli-
ticas y literarias de estos tiempos, por el Dr. Guillermo King, 2.1
edic. Londres, 1819. —Se encuentran muchos extractos de ella en la
Revista de Edimburgo, mes de julio de 1819, num. 63.
* Hemos observado otra vez qué quiere decir esta palabra evangé
lica hablando de Protestantes : son los Luteranos que se dieron á sí
mismos el dictado de evangélicos ; pero no es demás el advertirlo : á la
sombra de este nombre vimos en el Censor de la época constitucional
párrafos bien largos del hereje español.
1 Consideraciones sobre los estudios necesarios á los que aspiran
al santo ministerio, por Cl. Ces. Chavanne : Iverdun, 1771, en 8.", pá
gina 105 y 106.
* - «P credo ch' ei credelte ch' ¡o credesse.
(Dante, Infern. XII, 9).
— 368 —
Warburton , uno de los fanáticos mas obstinados que han
existido, fundó al tiempo de morir una cátedra, para que se
probase que el Papa era el Anticristo 1 ; y para oprobio de
uuestra naturaleza desgraciada, esta cátedra no ha cesado
aun; pues en los papeles públicos inglesesde este año (1817)
se lee el anuncio de un discurso pronunciado en cumplimien
to y desempeño de su fundacion. Yo no creo absolutamente
buena fe en Warburton ; mas aun cuando esta fuese posible
en un hombre solo, ¿dónde hay valor para imaginar como
posible una série de hombres extravagantes que hayan per
dido todos la cabeza, para ¡delirar de buena fe en el mismo
sentido? El sentido comun resiste enteramente esta suposi
cion; de modo que es mucho mas probable creer que mu
chos , y acaso todos ellos , reciben su sueldo para hablar con
tra su conciencia. Figurémonos ahora á un Pitt, un Fox,
un Burke, un Grey, un Grencille, ú otras personas de esta
clase en uno de estos sermones; era preciso que el predica
dor no solo perdiese su concepto para con ellos , sino que el
descrédito se comunicase al orden entero de semejantes pre
dicadores.
Este es un caso particular ; pero hay igualmente otías mu
chas causas generales que desacreditan el carácter del cléri
go disidente en la opinion pública. Es imposible que unos
hombres de quienes constantemente se desconfía, gocen de
grande consideracion. Jamás se les mirará, aun en su mis
mo partido, sino corao abogados pagados para sostener una
1 Este nombrc di; Warburton me hace acordar que entre sus obras
se batía una edicion de Shakespeare, con un prefacio y un comentario.
Xadie, á mi ver, cncoutrará en esto qué reprender, por lo que hace
á un hombre erudito; pero ¿quien se podria figurar á un Cristóbal de
Beaumont , por ejemplo, editor y comentador de Corneille ó de Mo
liere? Ninguno. ¿Y por qué? Porque es un hombre de distinto órdeu
que Warburton. Cuo y otro llevaban mitra; pero el uno era pontífice,
y el otro no era mas que un caballero. Mi primero podria ser ridiculi
zado ó motejado, por lo mismo que al otro no se le juzgará reprensi
ble. —Se sabe que cuaudo salió á luz el Telémaco, Bossuet no halló la
obra bástanle séria para un clérigo. Yo uo diré que tenia raion ; solo
digo que Bossuet lo dijo.
— 369 -
causa. No se les disputará el talento, ni la ciencia , ni la exac
titud en llenar sus funciones , pero sí la buena fe.
«La doctrina de una Iglesia reformada, dice Gibbon, na-
«da tiene de comun con las luces y la creencia de los que son
«parte de ella; y así es que el clero moderno suscribe á las
«formas ortodoxas , y á los símbolos establecidos , con un sus-
«piro ó con una sonrisa... Las predicciones de los Católicos se
«hallan cumplidas. Los Arminianos, los Arrianos, los Socinia-
«nos, cuyo número no se debe calcular por sus cony regaciones
«respectivas, han roto y desechado el enlace y concatenacion
«de los misterios. »
Gibbon expresa aquí la opinion universal de los Protes
tantes ilustrados acerca de su clero , y de la que yo mismo
me he. asegurado por mil y mil experiencias; y así no hay
medio para el clero reformado; si predica el dogma, se cree
que miente , y si no se atreve á predicarle, se cree que el tal
clero no es nada.
Hallándose enteramente borrado el carácter sagrado de la
frente de sus ministros, los Soberanos no han podido ver en
ellos mas que unos oficiales civiles que debian marchar con
el resto del ganado bajo del cayado comun. No podrán leer
se sin interés las tiernas quejas exhaladas por un miembro
de este mismo orden desgraciado, sobre el modo con que la
autoridad temporal se sirve de su ministerio , y por lo tantp
las inseríamos aquí. Despues de haber declamado como un
hombre vulgar contra la jerarquía católica, se sobrepone
de improviso á todas las preocupaciones, y pronuncia estas
solemnes palabras :
«El Protestantismo no ha envilecido menos la dignidad
«sacerdotal '. Por no aparentar que aspiraban á la jerar-
«quía católica los clérigos protestantes, se han despojado á

1 De este modo esle carácter se halla envilecido por ambos lados.


Seria necesario do obstante decidirse y tomar un partido ; porque si el
sacerdocio está envilecido por la jerarquía , y tambien por la supresion
de la jerarquía , parece claro que Dios do ha sabido formar un sacerdo
cio ; lo cual no se puede leer sin escándalo,
24 TOMO I.
— 370 —
«toda prisa del aparato y ostentacion religiosa, y sehanso-
« metido bajamente a los piés de la autoridad temporal... Mas
« porque la vocacion de los clérigos protestantes de ningun
«modo fuese la de gobernar el Estado, no hubiera debido
«concluirse que el Estado era quien debia gobernar la Igle-
«sia Las asignaciones ó sueldos que el Estado concede á
«los eclesiasticos, los ha hecho enteramente seculares... De-
« jando los vestidos sacerdotales, no parece sino que se han
«despojado tambien de su carácter espiritual... El Estado ha
«hecho su oficio, y todo el mal debe imputarse al clero pro-
« testante. Este se ha hecho frivolo... Bien pronto susminis-
« tros ó sacerdotes no hicieron mas que su deber de ciudada-
«nos... El Estado ya no los considera sino como oficiales de
«policía... y ni los estima, ni los coloca sino en la última
«clase de sus dependientes... Desde el momento en que la
«Religion llega á ser la sierva del Estado, es permitido mi-
« rarla en este abatimiento como obra de los hombres, y aun,
«si se quiere, como una impostura *. Solamente en nuestros
« dias se ha podido ver que ocupasen los púlpitos ¡nstruccio-
«nes de industria, de política, de economía rural y de poli
«ria... El clero debe ya creer que llena su destino , y cum-
« pie todos sus deberes , leyendo en el pulpito las ordenan-
«zas de la policía. Debe publicar en sus sermones recetas
«contra las epizootias, mostrar la necesidad de la vacuna y
« predicar sobre el modo de prolongar la vida humana. ¿ Có-
1 En ninguna parte gobierna el Estado á la Iglesia, pero siempre y
en todas partes gobernará muy justamente á los que habiéndose salido
de la Iglesia, se atreven no obstante á llamarse la Iglesia. Es preciso
escoger entre la jerarquía católica y la supremacía civil : no hay me
dio. Y ¿quién se atreverá á motejar á los Soberanos que establecen la
unidad civil donde quiera no encuentran otra ? Entre , pues , en la uni
dad legítima ese clero separado, que no debe quejarse sino de sí mis
mo; y desde luego volverá á subir como por encanto á aquel alto
grado de dignidad , de donde él mismo conoce que ba caído. ¡ Con qué
buena voluntad , con qué alegría lo pondríamos allí nosotros con nues
tras propias manos ! Nuestro respeto los espera.
' Esto es precisamente lo que acabamos de decir, y que es un «sua
to inagotable de muy útiles reflexiones.
— 371 —
« mo podrá despues persuadir á sus oyentes á que se despren-
«dan de las cosas temporales y perecederas, cuando al mis
el mo tiempo se esfuerza, y autorizado por el Gobierno, á
«unir mas y mas los hombres Á las galebas de esta vida '?»
Hé aquí mucho mas de lo que yo me hubiera atrevido á
decir por mis propias observaciones; porque aunque sea re
conviniendo, me repugna mucho escribir una sola línea in
juriosa ; pero creo es un deber mostrar la opinion en toda su
claridad. Venero sinceramente á los ministros del santo Evange
lio*, que llevan ciertamente un título muy precioso. Sé tam
bien que un sacerdote es nada , si él no es ministro del santo
Evangelio ; pero este tampoco será nada si no es sacerdote.
Escuche, pues, sin repugnancia la verdad que se le dice, no
solamente sin acrimonia , sino aun con amor : « Todo cuerpo
«destinado á enseñar, decae necesariamente en la opinion,
«aun de su mismo partido, desde el momento en que no puc-
«dc confiarse e-n su buena fe ; » y el desprecio , el recelo y la
desconfianza se aumentan en razon directa de la importan
cia moral de la enseñanza. Si el eclesiástico protestante tiene
alguna mas consideracion , ó es menos extraño en la sociedad
que el de las Iglesias puramente cismáticas, es porque es
menos eclesiástico; porque la degradacion siempre es propor
cionada á la intensidad del carácter sacerdotal.
No se trata, pues, de alabarse vanamente á sí mismos, ni
de preferirse aun mas vanamente á otros , sino de oir la ver
dad y venerarla. El mismo Rousseau escribia á una señora
francesa : «Amo naturalmente á vuestro clero tanto como
«aborrezco al nuestro. Tengo muchos amigos en el clero de
1 Sobre el verdadero carácter del sacerdote evangélico , por el se
ñor Marheiuexc, profesor en Ilcidelberg, impreso en el Museo patrió
tico de los alemanes : Hamburgo.— No he visto mas que una traduc
cion francesa de esta obra en enero de 1812 ; pero me la facilitó un hom
bre que creo de toda confianza.
* Recuérdese qué quiere decir aquí esta expresion tanto Evangelio.
Mas queremos en esta parte ser nimios, que do que padezca tropiezo
ano solo de nuestros lectores. Se suponia ya esa inteligencia , dirán al
gunos ; para estos no la ponemos nosotros.
24*
— 372 —
«Francia, etc. '.» En sus Cartas de la montaña aun se ma
nifiesta mas amable , pues confidencialmente dice : « Que sus
«ministros ni saben lo que creen, ni lo que quieren, ni lo
«que dicen, ni aun se sabe lo que afectan creer, y que solo
«el interés es el que gobierna su fe *. »
El célebre helenista Mr. Federico Augusto Wolff obser
va con una rara prudencia en sus Prolegómenos sobre Ho
mero, «que cuando un libro ha sido ya consagrado por el
« uso público, la veneracion nos impide que veamos en él co
cí sas absurdas ó ridiculas : que todo lo que parece que no
« concuerda con la razon particular, se modera ó modifica
«por medio de interpretaciones convenientes ; y cuanto mas
«arte, delicadeza y ciencia se emplea en estas explicaciones,
«se cree servir mas á la Religion : que siempre se ha hecho
«así con los libros que pasan por sagrados ; y que si uno se
«determina á hacer un libro útil al comun del pueblo, no
«puede hallarse nada de reprensible en esta medida s.»
Este pasaje es un buen comentario del anterior de Rous
seau , y descubre de lleno el secreto de la enseñanza protes
tante. Pudiera formarse un libro de esta especie de textos ;
y por una consecuencia inevitable se formaría otro de los tes
timonios de indiferencia ó de desprecio con que han tratado
al orden eclesiástico los Soberanos protestantes.
Uno de ellos decide : «Que ha juzgado conveniente hacer
«ordenar una nueva liturgia mas conforme á la enseñanza
«pura de la Religion, á la edificacion pública, y al espíritu
«del siglo actual ; y por graves y muchos motivos ha de-
« terminado no permitir que los eclesiásticos se mezclen en
« manera alguna en la redaccion de estas fórmulas litúrgi
ca cas k. »

1 Cartas de J. J. Rousseau en 8.° , t. II , pág. 201.


• Id. Carta Il de la montaña.
3 Frid. Aug. WolfE , Prolegomeno in Homerum : Halis Saxonum,
179b\ 1. I , num. 30 , pag. 163.
* Diariode Paris, 21 dediciembre de 1808, núm.536, pág. 2573.
—Es preciso confesar que es un singular espectáculo el ver que se de-
- 373 —
Otro prohibe á todos los ministros y predicantes de sus
Estados usar la fórmula : Dios os bendiga, etc., «atento que,
«dice el Príncipe, los eclesiásticos tienen ellos mismos nece-
«sidad de la bendicion divina; y ser mucha arrogancia de
«parte de un mortal querer hablar en nombre de la Provi-
«dencia '.»
¡ Qué sacerdocio! ¡y qué opinion! La he observado cui
dadosamente en los libros, en las conversaciones, en las ac
tas de la soberanía ; y siempre la he hallado invariablemen
te enemiga del orden eclesiástico. Aun puedo añadir mas (y
Dios me es testigo que no miento) , que contemplando mi
llares de veces á estos ministros, ilegítimos sinjluda, y jus
tamente envilecidos, pero sin embargo no tanto rebeldes,
como hijos de rebeldes, y víctimas de las preocupaciones ti
ránicas ,
Que acaso solo un Dios omnipotente
Podra arrancar de nuestra ilusa mente ,

sentía yo en mi corazon un tierno interés , una tristeza fra


ternal, una compasion llena de delicadeza y de respeto ; en
fin, no sé qué sentimiento indefinible, que no encontraba,
ni con mucho, en sus propios hermanos.
Si los escritores que he citado al principio de este artículo
se hubiesen contentado con afirmar «que el Clero católico
«habría evitado probablemente grandes desgracias , si se hu-
«biera penetrado mas de los deberes de su estado, » acaso no
hubieran hallado quien les contradijese , ni aun entre el mis
mo Clero : porque ningun sacerdote católico se figura llegar
á lo que piden sus sublimes funciones, y antes bien cree que
le falta siempre alguna cosa ; pero concediendo que deben
clara al estado eclesiástico incapaz de mezclarse en los negocios ecle
siásticos.
1 Diario del Imperio , del 17 de octubre de 1809, pág. 4 ( con la rú
brica de Francfort de 11 de octubre). Por la misma razon, en un padre
de familia seria mucha arrogancia si diese la bendicion á su hijo. ¡ Qué
fuerza de razonamiento ! Pero todo esto no es mas que un sarcasmo
contra el Clero que se aborrece.
— 374 —
condenarse ciertas relajaciones, frutos inevitables de una lar
ga paz, no es menos cierto que con el Clero católico nunca
podrá entrar en comparacion otro , ni por su buena conduc
ta, ni por la consideracion que de ella nace ; y esta conside
racion es tan clara, que no puede ponerse en duda sino por
los que adolecen de una ceguera voluntaria.
Sin duda es gran fortuna que la experiencia mas magní
fica haya venido en nuestros dias á apoyar esta teoria incon
testable en sí misma, para que despues de haber demostra
do lo que debe ser, pueda yo igualmente demostrar lo que
es. ¿Qué espectáculo no ha dado al mundo el Clero francés
dispersado en las naciones extranjeras? Á la vista de sus vir
tudes, ¿qué sirven las declamaciones enemigas? El Clero
francés, exento de toda autoridad, rodeado de seducciones,
gran parte de él en la flor de la edad y de las pasiones, im
pelido á dejar su austera disciplina en las naciones extranje
ras, que acaso hubieran aplaudido si se hubiesen dejado lle
var á lo que nosotros llamamos crimenes, este Clero ha per
manecido no obstante invariablemente fiel á sus votos. ¿Qué
fuerza es, pues, la que lo ha sostenido para mostrarse cons
tantemente superior á las debilidades de la humanidad? Él
se ha adquirido sobre todo la estimacion de Inglaterra , jus
ta apreciadora de sus talentos y virtudes, como hubiera sido
inexorable acusadora de sus menores faltas. En aquel país ,
el hombre que se presenta para entrar en una casa inglesa,
sea con título de médico , de cirujano , ó de maestro , etc. ,
no pasa de los umbrales si es célibe ; porque una prudencia
suspicaz y recelosa desconfia, de todo hombre cuyos deseos
no tienen un objeto fijo y legal. Diríase que no se confia mu
cho de la resistencia, cuando se teme tanto el ataque. Solo
el sacerdote católico ha sido exceptuado en esta sospechosa
delicadeza; y ha entrado en las casas inglesas en virtud
de ese mismo título que excluía de ellas á los demás hom
bres.
Una opinion rencorosa de tres siglos no ha podido impe
dir que se creyese la santidad del celibato religioso. La des
— 375 —
confianza se tranquilizó á la vista del carácter sacerdotal tan
grande, tan asombroso, tan enteramente inimitable l, como la
verdad de donde emana , y el mismo inglés acaso que habia
frecuentemente hablado ó escrito segun sus preocupaciones
contra el celibato eclesiástico , veia sin recelo á su mujer ó su
hija tomando leccion de un sacerdote católico : ¡ tan infalible
es la conciencia ! ¡ y tan poco la detiene lo que dice la boca,
ni lo que el espíritu imagina!
Las mujeres mismas consagradas á este mismo celibato
han participado de la misma gloria. ¡ Cuánto no habia de
clamado el filosofismo contra los votos forzados, y las víctimas
del claustro M Y no obstante , cuando una asamblea de locos
que hadan cuanto podían para ser unos picaros 3 tuvo el sa
crilego placer de declarar ilegítimos los votos, y de abrir los
claustros, fue menester pagar á una mujer desvergonzada
del pueblo para que se presentase en la barra de la Ásam-

1 Expresiones muy sabidas de Rousseau á propósito de los carac-


téres de verdad que brillan en el Evangelio.
* Estas locas declamaciones se hallan reunidas, y por decirlo así
eondensadas en la Melania de La Harpe. En vano el autor, despues de
su conversion y desengaño , hizo las mas vivas instancias para que esta
pieza se quitase del repertorio. Se le negó con obstinacion , y esta falta
de delicadeza hace mas daño á la nacion francesa de lo que se piensa.
Dirán, esto es nada , y yo digo que es mucho; porque este ejemplo se
une á la nueva edicion de Voltaire, á la estampa de Zambri , en la Bi
blia de Sacycon láminas, í¡ la estereotipa de Juana de Arcó la Pucelle,
anunciada en todos los catálogos con el discurso sobre la Historia uni
versal, y las Oraciones fúnebres de Bossuet, etc.
3 Expresiones satíricas de Burke en su Carta al Duque de Bedfort,
hablando de la Asamblea constituyente , acerca de la cual todo el mun
do tiene que decir, parodiando á cierto poeta francés, que no deja de
tener su mérito literario :
Para ajar su memoria,
Severa é imparcial graba la historia
En las ruinas que el tiempo ha descuidado
La voz Constituyente ; y de contado
Le deja , desde el punto en que lo asienta ,'
En un nombre glorioso eterna afrenta.
.t [La Kavegacion, Cant. VI).
- 376 —
blea á representar el papel de la religiosa libre *. Las ves
tales francesas desplegaron en aquella época toda la cons
tancia ó intrepidez de los sacerdotes, en las prisiones y en
los cadalsos **, y las que por la tempestad revolucionaria
fueron dispersadas en los países extranjeros , y hasta en la
América, lejos de ceder á las seducciones mas peligrosas, hi
cieron
peto á admirar
sus votos,por
y eltodas
librepartes
ejercicio
el amor
de todas
á su las
estado,
virtudes.
el res-

¡ Y pereció esta santa y noble Iglesia galicana! Pereció, y


no podríamos consolarnos de su pérdida , si el Señor no nos
hubiese reseñado alguna semilla '.
La alta nobleza del Clero católico se debe toda entera al
celibato; y como esta severa institucion es enteramente obra
de los Papas, que se hallaban animados y conducidos en su
interior por un espíritu, acerca del cual no puede la con
ciencia equivocarse, toda esta gloria se debe á ellos, y de
ben ser considerados por todos los jueces imparciales y com
petentes como los verdaderos educadores del sacerdocio.

§ III. — Consideraciones políticas. — Poblacion.

Redoblando siempre el error su fuerza en razon de la im


portancia de las verdades que combate, se ha agotado en in
vectivas contra el celibato religioso, y despues de haberlo
atacado por el lado de las costumbres, no ha omitido acu
sarlo
* Elalfuror
tribunal
impío 6deimpudente
la política
de los
, como
filosofosjacobinos
contrario árevoluciona
la pobla-

rios llegó aun á mas , á vestir á unas prostitutas de hábito de religiosas,


y derramarlas por las calles y paseos públicos, para con sus ademanes
lúbricos denigrar al estado; pero est Oeus in coelo: ellas mismas se
abochornaron, y movidas de no sé qué fuerza interior, confesaban pú
blicamente que habían sido pagadas para aquella farsa.
" Véase en el t. VI de la Biblioteca de fieligion,p&%. 213, un ras
go brillante de esta constancia. ¡ Cuántos otros pudiéramos citar ! Al
leer sus interrogatorios delante de los satélites de la revolucion, se figu
ra uno verse trasladado á los tribunales de los antiguos tiranos.
1 Nisi Dominus... reliquisset nobis semen. (Itai. i, 9).
- 377 -
cion. Warburton ha dicho que la ley que santifica el celibato
es esencialmente destructiva de los Estados 1 ; y Rousseau , des
pues de haber hablado en una nota con que adorna su He
loisa, en el tono y con la ciencia propia de un cuerpo de
guardia, observa además, que «para saber á qué debemos
«atenernos sobrela ley del celibato, basta considerar que
asi ella se generalizase, destruiría el género humano »
Estos dos ciegos voluntarios pueden representar á todos
los demás. Ya se habia respondido sin duda á todos estos so
fistas de una manera victoriosa. Ya Bacon, á pesar de sus
preocupaciones de tiempo y de secta, nos habia hecho pen
sar en algunas ventajas señaladas del celibato 3. Ya los eco
nomistas habían sostenido y probado muy bien, que el le
gislador nunca debe ocuparse directamente de la poblacion,
sino solamente de las subsistencias, dejando á nuestro cargo
lo demás. Ya muchos escritores pertenecientes al Clero ha
bian rechazado varonilmente los dardos lanzados contra su
orden, por respecto á la poblacion * ; pero es una singula
ridad muy notable que esta fuerza oculta que juega con el
universo, se haya servido de una pluma protestante para pre
sentarnos la demostracion rigorosa de esta verdad , tanto y
tan neciamente contradicha.
Hablo del Sr. Malthus, cuya obra profunda sobre el prin
cipio de la poblacion es uno de aquellos libros raros , despues
de los cuales es ya excusado tratar del mismo asunto. Antes
que1 Divina
él, nadie,
legislacion
á mi juicio,
de Moisés.
habia
En inglés
probado
, B. II , completa
sec. 3. y cla-

2 Rousseau (Carta al Arzob.). Cualquiera podría proponer un ar


gumento de la misma fuerza , como por ejemplo : « Toda práctica que si
« se generaliza puede destruir un cuerpo orgánico cualquiera , es mala
« para este cuerpo : es así que la poda de los árboles , si se extiende á to-
«das sus ramas, destruye el fruto y tambien el mismo árbol; luego la
a poda de los árboles frutales es mala, y no debe practicarse jamás.»
* ' Sermones ftdeles , sive interiora rerum. (C. 8, De nupt. et celib.
opp. t. X,in 8.°,pag.20).
* Véanse en el t. VI de la Biblioteca de Religion, pág. 217 y sig.
—Idem,[Link],pág.9,S2.
- 378 —
ramente esta grande ley temporal de la Providencia , « que
«no solamente no han nacido todos los hombres para casar-
ase y reproducirse, sino que, en todo Estado bien ordenado,
«es preciso que haya una ley, un principio, una fuerza cual-
« quiera que se oponga á la multiplicacion indefinida de los
«matrimonios.» El Sr. Malthus observa que siendo inferior
la multiplicacion de los medios de subsistir , aun en la supo
sicion mas favorable al aumento de la poblacion , en la enor
me proporcion respectiva de las dos progresiones , una arit
mética y otra geométrica, se sigue en consecuencia, que el
Estado, en virtud de esta desproporcion , permanece en una
situacion continua de peligro si la poblacion se deja y aban
dona enteramente á sí misma; lo cual hace necesaria la fuer
za reprimente de que hemos hablado.
Los doctos revisores de Edimburgo han dado á esta ver
dad un completo homenaje : «La historia antigua, dicen, y
«la historia moderna, presentan innumerables ejemplos de
«la miseria producida por el olvido de esta prudente absti-
« nencia [con relacion al matrimonio) , y no presentan uno solo
«de que haya producido ningun inconveniente al Estado por
«su demasiada influencia »
Ahora bien, el número de los matrimonios no puede res
tringirse en un Estado sino de tres maneras : por el vicio,
por la violencia, ó por la moral. Los dos primeros medios
no debiendo ofrecerse siquiera á la mente del legislador, que
da solo el tercero, es decir, que es preciso «que haya en el
«Estado un principio moral que se dirija constantemente á
«restringir el número de los matrimonios. » Mas esta restric
cion moral, como la llamaba muy bien el Sr. Malthus, no pue
de ser, como él mismo lo confiesa, sino muy difícilmente es
tablecida. Para llegar á este fin deseado , propone él ciertas
escuelas morales , donde se instruya al pueblo sobre este pun
to interesante. Mas esta es la fábula del cascabel, y la difi
cultad está en cómo ó quién ha de ponerlo. Proponed á
un joven que arde en amor y en deseos , que se abstenga
* Revista de Edimburgo, agosto de 1810, núm.27, pág. 473.
— 379 —
del matrimonio , sin cesar de ser casto , á fin de mantener el
equilibrio entre la poblacion y las subsistencias, y verás lo
que responde ; cierto que recibirá bien esta propuesta. Solo
la Iglesia (es decir, el Sumo Pontífice) ha resuelto, por me
dio de la ley del celibato eclesiástico , el problema con toda
la perfeccion que cabe en las cosas humanas ; pues que la
restriccion católica no solamente es moral, sino didina, y la
Iglesia la apoya en motivos tan sublimes , en medios tan efi
caces , y sobre amenazas tan terribles , que no es posible al
entendimiento del hombre imaginar cosa alguna igual , ni
aun que se le parezca '.
No queda, pues, la menor duda sobre la excelencia del ce
libato religioso , y sobre la futilidad de los argumentos con
que se ha querido atacarle políticamente. No obstante , aun
se puede mirar esta cuestion bajo un aspecto del todo nue
vo , y resolverla por un razonamiento acaso mas convincen
te, porque ataca al entendimiento por un lado mas accesible
á la persuasion.
Cuando cada matrimonio da uno con otro tres hijos al Es
tado, la poblacion es estacionaria, no se aumenta; porque
dos son precisos para reemplazar al padre y á la madre , y
la mitad de los niños que nacen mueren en la edad infantil.
Si despues de esto se quitan los que deben morir antes de
llegar á la edad de la reproduccion , se hallará que el resto
es muy poca cosa. Es preciso, pues, que cada matrimonio dé
* La consecuencia que se sigue del principio que establece el señot
Malthus es tan evidente, que es de admirar como él mismo no la haya
sacado expresamente, y aun tambien que su sabio traductor el Sr. Pre-
vot de Ginebra haya omitido igualmente sacarla. Reflexionando sobre
esta restriccion protestante , creí en un principio que no debia buscarse
otra explicacion sino la que resulta de la fuerza de las preocupaciones,
y sobre todo de las preocupaciones antiguas, que apenas nos permiten
dejar los dogmas que aprendimos en nuestra juventud , ni avergonzar
nos (como dice Horacio ) á los sesenta años de lo que creimos á los quin
ce. Mas no he tardado en concebir una idea mucho mas satisfactoria,
y es, que estos dos grandes talentos, viendo que la consecuencia era
tan clara é inevitable, se han contentado con fijar el principio, para evi
tar las quejas de las preocupaciones que los rodeaban.
— 380 —
cuatro hijos, para que la poblacion se aumente y florezca.
Ahora bien, no existe ningun verdadero sacerdote, cuya
prudente y poderosa influencia no haya proporcionado acaso
cien hijos al Estado ; porque la accion que sobre este punto
ejerce, nunca está suspendida, y su fuerza no tiene límites;
de modo que puede decirse que nada hay tan fecundo como
la esterilidad del sacerdote. La fuente inagotable de la po
blacion , no de aquella poblacion precaria , miserable, y aun
peligrosa, sino de una poblacion sana, opulenta y disponi
ble, es la continencia en el celibato, y la castidad en el ma
trimonio. El amor es el que une, pero la virtud es la que pue
bla. Platon decia : « Hagamos que sean los matrimonios tan
«ventajosos como pueden ser al Estado, y acordémonos que
« los mas santos son los mas ventajosos 1 ; » pues lo que en
tonces era solo un sueño alegre, ha llegado á ser en nuestros
dias el estado habitual de toda sociedad humana, que ha re
cibido la ley divina en toda su plenitud; es decir, que se en
cuentra en ella una fuerza oculta y poderosa en su mas alto
grado, que no duerme nunca y que trabaja sin cesar en la
santificacion , es decir, en la fecundidad de los matrimonios.
Todas las religiones del mundo , aun sin exceptuar el Cris
tianismo separado de la unidad , se detienen á la puerta de
la cámara nupcial. Una sola Religion entra con los esposos,
y vela sin cesar sobre ellos. Un espeso velo cubre su accion ;
mas basta saber lo que es esta Religion para saber lo que ella
hace. Una gran parte de su inmenso poder se ha transferido
enteramente á la legislacion de los matrimonios; y lo que
consigue en este género, no es conocido sino del pequeño nú
mero de hombres que pueden , que saben y que quieren ab
solutamente saber. Ahora bien , decir del ministro célibe de
este santo poder que perjudica á la poblacion, es lo mismo que
decir que el agua perjudica á la vegetacion , porque ni la es
piga ni la vid crecen en el agua.
1 Plato, De Republica, lib. V, opp. VII, edit. Bipont. pag. 22.—
Despues de este bello pasaje de pura teoría , léase eu cuanto á la prácti
ca el epigrama de Marcial : Uxor, vade (oras, etc. , etc.
— 381 -
Entre las cartas de san Francisco de Sales se encuentra la
de una señora de distincion , que consultó al Santo sobre si
podria en conciencia separarse de su esposo en ciertos dias
solemnes , en los cuales quisiera ella ser una santa. El Pre
lado le responde manifestándola las leyes del santo lecho con
yugal; y nosotros gustosamente copiaríamos aquí esta carta,
si no temiésemos la risa sardónica del vicio, que es insopor
table
Así, pues, siendo el celibato eclesiástico doblemente útil
á la poblacion no solo como restriccion moral sin corrupcion,
sino tambien como principio fecundo sin interrupcion ni lí
mites, se sigue que es imposible imaginar una institucion
mas ventajosa políticamente, y que todos los Soberanos del
universo deberían adoptarla , prescindiendo de toda otra con
sideracion, como una simple medida de gobierno.
Gracias y honor eterno á Gregorio VII y á sus suceso
res , que han mantenido la integridad del sacerdocio contra
todos los sofismas de la naturaleza , del ejemplo y de la he
rejía.
1 Puede verse sobre este punto capital la moral severa de Fenelon
(Obras espirituales, en 12.°, t. III: Del matrimonio, núm.26), y
tambien las Obras de madama Guyon en una carta que escribió á un
militar amigo suyo. — Cartas cristianas y espirituales de madama
Guyon, t. II, 3í de sus obras: Londres, en 12.°, 1768, carta XVI,
pág. 43).

FIN DEl TOMO PRIMERO.


ÍNDICE.

PÁS.
Advertencia de los editores de la Biblioteca de Religion. 7
Biografía. 21
Discurso preliminar. 23
LIBRO I.
Del Papa con relacion á la Iglesia católica.
Capítulo I. — De la infalibilidad . 41
Cap. II. — De los Concilios. 51
Cap. III.— Definicion y autoridad de los Concilios. 54
Cap. IV. — Analogías sacadas del poder temporal. 61
Cap. V. — Digresion sobre lo que se llama la juventud de las na
ciones. 66
Cap. VI. — La supremacía del Sumo Pontífice ha sido recono
cida en todos tiempos. — Testimonios católicos que han dado
de ella las Iglesias de Occidente y de Oriente. 69i
Cap. VII. — Testimonios particulares de la Iglesia galicana. 86
Cap. VIH. — Testimonio jansenista. — Texto de Pascal, y re
flexiones sobre el peso de ciertas autoridades. 80
Cap. IX. —Testimonios de los Protestantes. 95
Cap. X. —Testimonios de la Iglesia rusa, y por ella los de la
Iglesia griega disidente. 102
Cap. XI.— Sobre algunos textos de Bossuet. 111
Cap. XII. — Del concilio de Constanza. 122.
Cap. XIII. — De los cánones en general, y de la apelacion á su
autoridad. 128
Cap. XIV. — Examen de una dificultad particular que se nos
presenta contra las decisiones de los Papas. 133
Cap. XV.— Infalibilidad de hecho. — Liberio y Honorio. 139
Cap. XVI. — Satisfácese á algunas objeciones. 160
Cap. XVII.— De la infalibilidad en el sistema filosófico. 166
Cap. XVIII.— No hay peligro alguno en reconocer la supre
macía. 168
— 384 —
Cap. XIX. — Continuacion del mismo asunto.—Esplicaciones
ulteriores sobre la infalibilidad. 173
Cap. XX. — Última explicacion sobre la disciplina. — Digresion
sobre la lengua latina. 177
LIBRO II.
De las relaciones del Papa con las soberanías temporales.
Cap. I. — Algunas palabras sobre la soberanía. 185
Cap. II. — Inconvenientes de la soberanía. 188
Cap. III. — Ideas antiguas sobre el gran problema. 191
Cap. IV. — Otras consideraciones sobre el mismo asunto. 198
Cap. V. — Carácter distintivo del poder ejercido por los Papas. 201
Cap. VI. — Poder temporal de los Papas.— Guerras que ban
sostenido como Príncipes temporales. 206
Cap. VII. — Objetos que se propusieron los antiguos Papas en
sus contestaciones con los Soberanos. 223
Art. i. — Santidad de los matrimonios. 223
Art. ii. — Mantenimiento de las leyes eclesiásticas, y de las cos
tumbres sacerdotales. 231
Art. ni. — Libertad de la Italia. 241
Cap. VIII. — De la naturaleza del poder ejercido por los Papas. 259
Cap. IX. — Justificacion de este poder. 253
Cap. X. — Ejercicio de la supremacía pontifical sobre los Sobe
Cap.
ranos
[Link].
— Aplicacion hipotética de los principios precedentes. 204
273
Cap. XII. — Sobre las pretendidas guerras producidas por el
choque de las dos potestades. 280
Cap. XIII. — Continuacion del mismo asunto. — Reflexiones so
bre estas guerras. 296
Cap. XIV. — De la bula Inter caetera,áe Alejandro VI. 302
Cap. XV. — De la bula In Coena Domini. 304
Cap. XVI. — Digresion sobre la jurisdiccion eclesiástica. 309
LIBRO III.
Del Papa en sus relaciones con la civilizacion y la felicidad
de los pueblos.
Cap. I.— Misiones. 313
Cap. II. — Libertad civil de los hombres. 327
Cap. III.— Institucion del sacerdocio.— Celibato eclesiástico. 336
S I. — Tradiciones antiguas. 336
g II. — Dignidad del sacerdocio. 354
§ III.— Consideraciones políticas. — Poblacion. 376

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