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Jesus 27 29

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marionetas.

Jesús condenó todas las estructuras políticas y sociales del mundo tal como se
daban en su tiempo. Todas ellas eran malas. Todas ellas pertenecían a Satanás.

Cuando llegue el Reino de Dios, Dios reemplazará a Satanás. Dios gobernará sobre la
comunidad toda de la humanidad, confiriendo el Reino o el poder de gobernar (10) a
aquellos que vayan a servir a sus propósitos en la sociedad. Todo mal será eliminado y la
gente será colmada del Espíritu de Dios.

Es la diferencia entre una comunidad de los hombres en la que el mal posee el dominio
supremo y una comunidad de los hombres en la que dicho dominio corresponde al bien. Es
una cuestión de poder y de estructuras de poder. Tal vez haya ahora muchas buenas
personas en el mundo, pero el mal sigue detentando ]a superioridad, Satanás sigue
conservando el poder.

Jesús vio su actividad liberadora como una especie de lucha por el poder contra Satanás, una
guerra contra el poder del mal en todas sus formas y expresiones. Su actividad curativa era
una especie de asalto a la casa o al reino de Satanás (Mc 3, 27, par.). Y esto era posible
porque algo más fuerte que Satanás estaba actuando. En último término, el bien es más
poderoso que el mal. Jesús estaba convencido de que el Reino de Dios acabara triunfando
sobre el reino de Satanás, reemplazándole en la tierra.

¿Qué decir, pues, de la profecía de Juan el Bautista y del mismo Jesús acerca de una
catástrofe sin precedentes?

¿Esperaba Jesús que el Reino de Dios viniera después de la gran catástrofe o en lugar de ella,
como una esperanzadora alternativa?

Es preciso que sepamos más acerca de lo que supone ese Reino, antes de aventurar una
respuesta a esta pregunta. El meollo del asunto radica en captar el concreto significado
práctico del bien y del mal. Para captar el modo de percibir de Jesús, es preciso captar su
forma de entender las estructuras del mal en la sociedad y su idea de los valores que habrían
de estructurar el Reino de Dios. ¿Cuál es la diferencia entre los valores del Reino de Dios y
los valores del reino de Satanás?

7
El Reino y el Dinero
La persecución de la riqueza es diametralmente opuesta a la búsqueda de Dios o del Reino de
Dios. Dios y Mamón (el dinero) son como dos amos. Si se ama y sirve a uno de ellos, hay
que rechazar necesariamente al otro (Mt 6, 24, par.; cf. Mc 4, 19, par.). No hay compromiso
posible.

Suele considerarse que los dichos de Jesús acerca del dinero y las posesiones se cuentan entre
los «más duros» del Evangelio, y la mayoría de los cristianos tienden a suavizarlos, a
aminorar su rigor. La más asombrosa afirmación acerca del Reino de Dios no es la de que se
halle cerca, sino la de que dicho Reino ha de ser el reino de los pobres, y que los ricos,
mientras sigan siéndolo, no han de tener parte en él (Lc 6, 20-26). Tan imposible es para un
rico entrar en el Reino como lo sería para un camello (¿o para un sedal de pesca?) (1) entrar
por el ojo de una aguja (Mc 10, 25, par.). Marcos nos dice que los discípulos no salían de su
asombro ante esta afirmación (10, 24, 26). ¿Qué clase de reino iba a ser ése?

«En ese caso», se decían unos a otros, «¿quién podrá salvarse?». Jesús se les quedó mirando
y dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios; porque todo es posible para
Dios» (Mc 10, 26-27).

En otras palabras, sería preciso un milagro para que un rico pudiera entrar en el Reino de
Dios. Y el milagro no consistiría en que lograra entrar con toda su riqueza, sino en hacer que
renunciara a toda su riqueza para que pudiera entrar en el Reino de los pobres. Esto es lo que
se exigía al joven rico del Evangelio (Mc 10, 17-22, par.). Pero, como tenía demasiada poca
fe en el Reino de Dios y se fiaba demasiado de la seguridad económica, el milagro no se
produjo. El poder de Dios no pudo actuar en él para alcanzar lo imposible.

No habrá lugar en el Reino de Dios para los ricos. No habrá recompensa ni consuelo para
ellos (Lc 6, 24-26). En la parábola del hombre rico y de Lázaro, el mendigo, la única razón
que se da por la que tan manifiestamente se excluye al rico de toda recompensa es la de
haber sido rico y no haber compartido su riqueza con el mendigo (Lc 16, 19-31). Esto es lo
único que el rico desea advertir a sus hermanos. Pero ¿quién iba a creerla?

De aquí se deduce que el poner el corazón en el Reino de Dios y aceptar su escala de valores
exige desprenderse de todo lo que uno posee (Mt 6, 19-21; Lc 12, 33-34; 14, 33). Jesús
esperaba que sus seguidores lo dejaran todo: casa, familia, tierras, barcas y redes (Mc 1, 18,
20, par.; 10, 28-30, par.; Lc 5, 11). Jesús, sin embargo, les advierte de la conveniencia de
sentarse primero a calcular los costos (Lc 14, 28-33).

Lo que se exige es algo más que el simple acto de dar limosna. Jesús exige distribuir total y
absolutamente todas las pertenencias materiales. Trataba de educar a la gente en el
desprendimiento y en la despreocupación acerca del dinero y las posesiones. Sus discípulos
no debían inquietarse por lo que habrían de comer y cómo habrían de vestirse (Mt 6, 25-33,
par.).

Al que te quita la capa, déjale también la túnica. A todo el que te pide, dale; al que se lleve lo
tuyo no se lo reclames... Prestad sin esperar nada. (Lc 6, 29-30, 35).

Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y dichoso tú entonces
porque no pueden pagarte. (Lc 14, 13-14).

Pero el mejor ejemplo del empeño de Jesús por educar a la gente a repartir lo que posee, es
el milagro de los panes y los peces (Mc 6, 35-44, par.). Este episodio fue interpretado por la
primitiva Iglesia y por todos los evangelistas como un milagro de multiplicación (aunque
ninguno de ellos lo dice expresamente). La forma habitual de llamar la atención sobre un
milagro consiste en decir que la gente quedó perpleja, pasmada o enmudecida. En este caso,
no se nos dice nada de esto; lo que se nos dice es que los discípulos no habían comprendido
(Mc 6, 52; 8, 17-18, 21) (2). El acontecimiento tiene un significado más profundo. Pero, en
sí mismo, no fue un milagro de multiplicación, sino extraordinario ejemplo del hecho de
compartir.

Jesús se hallaba predicando ante una gran muchedumbre en un lugar solitario. Había llegado
el momento de detenerse para comer. Algunos, sin duda, habían llevado comida; otros, por
el contrario, no lo habían hecho. Jesús y sus discípulos tenían cinco panes y dos peces; ellos
sugirieron al maestro que aconsejara a la gente que se marchara y comprara algo para comer.
Jesús dijo: No, «dadles vosotros de comer». Ellos protestaron, pero Jesús hizo que la gente se
sentara en grupos de unos cincuenta y, tomando los panes y los peces, se los dio a sus
discípulos para que «los distribuyeran».

Entonces, o bien Jesús pidió a quienes habían llevado comida que hicieran lo mismo dentro
de su grupo, o, de lo contrario, dichas personas, al ver cómo Jesús y sus discípulos repartían
su comida, comenzaron por propia iniciativa a abrir sus cestas y a repartir el contenido de las
mismas.

El «milagro» consistió en que tantas personas dejaran de pronto de sentirse propietarias de su


comida y comenzaran a repartirla, descubriendo que había mucho más que suficiente para
dar de comer a todos. Se nos dice que recogieron doce cestos de sobras de pan y pescado.
Las cosas tienden a «multiplicarse» cuando se comparten.
La primera comunidad cristiana de Jerusalén hizo el mismo descubrimiento cuando se
decidió a compartir sus posesiones. Tal vez Lucas nos ha dado una descripción un tanto
idealizada de aquella comunidad. Sin embargo, aun esto constituiría un excelente testimonio
de cómo los primeros cristianos habían entendido cuáles eran las intenciones de Jesús.

«Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes
y los repartían entre todos según la necesidad de cada uno... partían el pan en las casas y
comían juntos alabando a Dios con alegría y de todo corazón» (Hech 2, 44-46). Esto no
significa que vendieran absolutamente todo lo que tenían. Tal vez conservaran al menos sus
propios vestidos, la ropa de cama, los utensilios de cocina, sus casas y sus muebles. Pero lo
importante es que «lo poseían todo en común y nadie consideraba suyo nada de lo que
tenía» (Hech 4, 32).

Entonces, ¿qué es lo que vendían? «Los que poseían tierras o casas las vendían, llevaban el
dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba
cada uno» (Hech 4, 34-35).

Es evidente que lo que vendían no eran las casas en las que habitaban. Pero no todos ellos
vivan bajo techo. Se nos dice que se reunían unos en las casas de otros (Hech 2, 46). Lo que
probablemente vendían eran las casas que tenían alquiladas a otros. En otras palabras,
vendían sus bienes raíces, su capital o su dinero invertido. Estas eran sus posesiones, lo que
les sobraba, lo que no necesitaban realmente.

Tenemos otro ejemplo de esto en el Evangelio de Lucas. Cuando Zaqueo se convierte, se


desprende de la mitad de lo que posee y se pone a restituir, a quienes ha sacado dinero, el
cuádruplo de dichas sumas (19, 8).

Esto es, por consiguiente, lo que significa vender todas las posesiones: desprenderse de lo
superfluo y no tener nada como propio. El resultado será siempre que «ninguno de los
miembros de la comunidad pase necesidad» (Hech 4, 34).

Jesús no idealizó la pobreza. Su preocupación, por el contrario, consistía en asegurarse de


que nadie pasara necesidad, a cuyo fin combatió denodadamente el espíritu de posesión y
animó a la gente a que se despreocupara de la riqueza y repartiera sus pertenencias
materiales. Pero esto sólo es posible en una comunidad. Y Jesús se atrevió a esperar un reino
o comunidad universal estructurada de tal forma que no hubiera pobres ni ricos.

Una vez más, lo que le mueve es su ilimitada compasión por los pobres y oprimidos. Cuando
pide al joven rico que lo venda todo, no lo hace por un estricto y abstracto principio ético,
sino por la compasión que siente por los pobres. Esto destaca con toda claridad en la versión
que del mismo relato refiere el Evangelio a los Hebreos. Tras referir la primera parte del
relato, tan conocida por todos nosotros, el autor prosigue:

Pero el rico comenzó a arrascarse la cabeza porque la idea no le seducía. Y el Señor le dijo:
«¿Cómo puedes decir que has cumplido la ley y los profetas?. Porque está escrito en la ley:
'Amarás a tu prójimo como a ti mismo'. Y he aquí que muchos de tus hermanos, hijos de
Abrahán, están cubiertos de harapos y mueren de hambre, mientras que tu casa está llena de
muchas cosas buenas, de ninguna de las cuales permites que disfruten ellos» (3).

Según Joachim Jeremías, estas palabras de Jesús tienen tantos visos de historicidad como la
mayoría de las que aparecen en los cuatro Evangelios (4).

De todo lo anterior se sigue que cualquier sociedad estructurada de manera que algunos de
sus miembros sufran por causa de la pobreza, mientras otros tienen más de lo que necesitan,
forma parte del reino de Satanás. Lo que Jesús pensaba acerca de la pretendida «virtud» de
quienes no toman en serie su actitud con respecto al dinero y tratan de hallar un compromiso
entre Dios y Mamón, podemos leerlo en la conclusión del pasaje de Lucas acerca de Dios y

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