CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN
CATÓLICA CONGREGACIÓN PARA EL CLERO
NORMAS BÁSICAS DE LA
FORMACIÓN DE LOS
DIÁCONOS PERMANENTES
DIRECTORIO PARA EL
MINISTERIO Y LA VIDA DE LOS
DIÁCONOS PERMANENTES
DECLARACIÓN
CONJUNTA E
INTRODUCCIÓN
DECLARACIÓN CONJUNTA
El Diaconado permanente, restablecido por el Concilio
Vaticano II en armonía con la antigua Tradición y con los
auspicios específicos del Concilio Tridentino, en estos últimos
decenios ha conocido, en numerosos lugares, un fuerte
impulso y ha producido frutos prometedores, en favor de la
urgente obra misionera de la nueva evangelización. La Santa
Sede y numerosos Episcopados no han cesado de ofrecer
elementos normativos y puntos de referencia para la vida y la
formación diaconal, favoreciendo una experiencia eclesial
que, por su incremento,necesita hoy de unidad de enfoques,
de ulteriores elementos clarificadores y, a nivel operativo, de
estímulos y puntualizaciones pastorales.
Es toda la realidad diaconal (visión doctrinal fundamental,
consiguiente
discernimiento vocacional y preparación, vida, ministerio,
espiritualidad y
formación permanente) la que postula hoy una revisión del
camino recorrido hasta ahora, para alcanzar una
clarificación global, indispensable para un
nuevo impulso de este grado del Orden sagrado, en
correspondencia con los deseos y las intenciones del
Concilio Vaticano II.
Las Congregaciones para la Educación Católica y para el
Clero, después de la publicación, respectivamente, de la
Ratio fundamentalis institutionis
sacerdotalis para la formación al sacerdocio y del Directorio para
el ministerio y la vida de los presbíteros, han visto la necesidad de
prestar especial atención a
la temática del Diaconado Permanente, para completar el
desarrollo de cuanto se refiere a los dos primeros grados del
Orden sagrado, objeto de su competencia. Por consiguiente,
después de haber escuchado al Episcopado
universal y a numerosos expertos, las dos congregaciones
han dedicado a este tema sus Asambleas Plenarias de
noviembre de 1995. Cuanto se trató, unido a las
numerosísimas experiencias adquiridas, ha sido objeto de
atento estudio
por parte de los Eminentísimos y Excelentísimos Miembros,
por ello, las dos Congregaciones han elaborado las presentes
redacciones finales de la Ratio fundamentalis institutionis
diaconorum permanentium y del Directorio para el ministerio y la vida
de los diáconos permanentes que reproducen fielmente
instancias, indicaciones y propuestas provenientes de todas la áreas
geográficas, representadas a tan alto nivel. Los trabajos de
las dos Asambleas Plenarias han hecho surgir numerosos
elementos de convergencia y la
necesidad, cada vez más sentida en nuestro tiempo, de una
armonía concertada, para ventaja de la unidad en la
formación y de la eficacia pastoral del sagrado ministerio,
frente a los desafíos del ya inminente Tercer Milenio.
Por tanto, los mismos Padres han pedido que los dos
Dicasterios se encargaran de la redacción sincrónica de los
dos documentos, publicándolos
simultáneamente, precedidos por una única introducción
comprensiva de los elementos fundamentales.
La Ratio fundamentalis institutionis diaconorum permanentium,
preparada por la Congregación para la Educación Católica,
pretende no sólo ofrecer algunos principios orientativos sobre
la formación de los diáconos permanentes, sino también dar
algunas directrices que deben ser tenidas en cuenta por las
Conferencias Episcopales en la elaboración de sus «Ratio»
nacionales. La
Congregación ha pensado ofrecer a los Episcopados este
subsidio, análogo a la Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis,
para ayudarlos a cumplir de modo adecuado las
prescripciones del can. 236, CIC, con el fin de garantizar en la
Iglesia la unidad, la seriedad y la integridad de la formación
de los diáconos permanentes.
Por lo que se refiere al Directorio para el ministerio y la vida de los
diáconos permanentes, éste tiene valor no sólo exhortativo
sino, como también el
precedente para los presbíteros, reviste un carácter
jurídicamente vinculante allí donde sus normas «recuerdan
iguales normas disciplinares del Código de Derecho
Canónico», o «determinan los modos de ejecución de las
leyes
universales de la Iglesia, hacen explícitas sus razones doctrinales e
inculcan o
solicitan su fiel observancia».(1) En estos casos concretos, el
Directorio debe ser considerado como formal Decreto general
ejecutivo (cf. can. 32).
Estos dos documentos, que son ahora publicados por
autoridad de los respectivos Dicasterios, aunque cada uno
conserva su propia identidad y su valor jurídico específico,
se reclaman y se integran mutuamente, en virtud de su
lógica continuidad, y se desea vivamente que sean
presentados, acogidos y
aplicados siempre en su integridad. La introducción, punto de
referencia y de inspiración de toda la normativa, aquí
publicada conjuntamente, permanece indisolublemente ligada
a ambos documentos.
Ésta se atiene a los aspectos históricos y pastorales del
Diaconado Permanente, con referencia específica a la
dimensión práctica de la formación y del ministerio. Los
elementos doctrinales que sostienen las argumentaciones son
los de la doctrina expresada en los documentos del Concilio
Vaticano II y en el sucesivo Magisterio pontificio.
Los documentos responden a una necesidad ampliamente
sentida de aclarar y reglamentar la diversidad de perspectivas
de los experimentos hasta aquí realizados, tanto a nivel de
discernimiento y de preparación, como a nivel de actuación
ministerial y de formación permanente. De este modo se
podrá asegurar aquella estabilidad de criterios que no dejará
de garantizar dentro de la legítima pluralidad la
indispensable unidad, con la consiguiente fecundidad
de un ministerio que ha producido ya buenos frutos y
promete una válida contribución a la nueva
evangelización, en el umbral del Tercer Milenio.
Las normas, contenidas en los dos documentos, se refieren a
los diáconos permanentes del clero secular diocesano, aunque
muchas de ellas, con las necesarias adaptaciones, deberán ser
tenidas en cuenta por los diáconos
permanentes miembros de Institutos de vida consagrada y de
Sociedades de vida apostólica.
INTRODUCCIÓN(2)
I. El ministerio ordenado
1. «Para apacentar al Pueblo de Dios y acrecentarlo siempre,
Cristo Señor instituyó en su Iglesia diversos ministerios,
ordenados dirigidos al bien de todo el Cuerpo. Pues los
ministros que poseen la sagrada potestad están al servicio de
sus hermanos, a fin de que todos cuantos pertenecen al
Pueblo de Dios y
gozan, por tanto, de la verdadera dignidad cristiana,
tendiendo libre y ordenadamente a un mismo fin, lleguen a
la salvación».(3)
El sacramento del orden «configura con Cristo mediante una
gracia especial del Espíritu Santo a fin de servir de
instrumento a Cristo en favor de su Iglesia. Por la ordenación
recibe la capacidad de actuar como representante de Cristo,
Cabeza de la Iglesia, en su triple función de sacerdote, profeta y
rey».(4)
Gracias al sacramento del orden la misión confiada por Cristo
a sus Apóstoles continúa llevándose a cabo en la Iglesia
hasta el fin de los tiempos: éste es,
pues, el sacramento del ministerio apostólico.(5) El acto
sacramental de la ordenación va más allá de una simple
elección, designación, encargo o institución por parte de la
comunidad, ya que confiere un don del Espíritu Santo, que
permite ejercitar una potestad sacra, que puede venir sólo de
Cristo, mediante su Iglesia.(6) «El enviado del Señor habla y
actúa no con autoridad
propia, sino en virtud de la autoridad de Cristo; no como
miembro de la comunidad, sino hablando a ella en nombre de
Cristo. Nadie puede conferirse a sí mismo la gracia, ella debe
ser dada y ofrecida. Eso supone ministros de la
gracia, autorizados y habilitados por parte de Cristo».(7)
El sacramento del ministerio apostólico comporta tres grados.
De hecho «el ministerio eclesiástico de institución divina es
ejercido en diversas categorías por aquellos que ya desde
antiguo se llaman obispos, presbíteros, diáconos».(8)
Junto a los presbíteros y a los diáconos, que prestan su ayuda,
los obispos han recibido el ministerio pastoral en la
comunidad y presiden en lugar de Dios a la grey de la que son
los pastores, como maestros de doctrina, sacerdotes del culto
sagrado y ministros de gobierno.(9)
La naturaleza sacramental del ministerio eclesial hace que a él esté
«intrínsecamente ligado el carácter de servicio. En efecto, los
ministros, en cuanto dependen totalmente de Cristo, el cual
confiere su misión y autoridad, son verdaderamente "siervos
de Cristo" (cf. Rm 1, 11), a imagen de él, que ha asumido
libremente por nosotros «la condición de siervo» (Fil 2, 7)».(10)
El sagrado ministerio posee, además, carácter colegial(11) y carácter
personal,
(12) por lo cual «en la Iglesia, el ministerio sacramental es un servicio
ejercitado
en nombre de Cristo y tiene una índole personal y una forma colegial. [...].
(13)
II. El orden del diaconado
2. El servicio de los diáconos en la Iglesia está documentado
desde los tiempos apostólicos. Una tradición consolidada,
atestiguada ya por S. Ireneo y que confluye en la liturgia de
la ordenación, ha visto el inicio del diaconado en el hecho de
la institución de los «siete», de la que hablan los Hechos del
los
Apostoles (6, 1-6). En el grado inicial de la sagrada jerarquía
están, por tanto, los diáconos, cuyo ministerio ha sido siempre
tenido en gran honor en le Iglesia.
(14) San Pablo los saluda junto a los obispos en el exordio de la Carta
a los
Filipenses (cf. Fil 1, 1) y en la Primera Carta a Timoteo examina las
cualidades y las virtudes con las que deben estar adornados
para cumplir dignamente su ministerio (cf. 1 Tim 3, 8-13).(15)
La literatura patrística atestigua desde el principio esta
estructura jerárquica y ministerial de la Iglesia, que
comprende el diaconado. Para S. Ignacio de Antioquía(16) una
Iglesia particular sin obispo, presbítero y diácono era
impensable. Él subraya cómo el ministerio del diácono no es
sino el «ministerio de Jesucristo, el cual antes de los siglos
estaba en el Padre y ha aparecido al
final de los tiempos». «No son, en efecto, diáconos para
comidas o bebidas, sino ministros de la Iglesia de Dios». La
Didascalia Apostolorum(17) y los Padres de los siglos sucesivos,
así como también los diversos Concilios(18) y la praxis
eclesiástica(19) testimonian la continuidad y el desarrollo de
tal dato revelado.
La institución diaconal floreció, en la Iglesia de Occidente,
hasta el siglo V; después, por varias razones conoció una lenta
decadencia, terminando por
permanecer sólo como etapa intermedia para los candidatos a
la ordenación sacerdotal.
El Concilio de Trento dispuso que el diaconado permanente
fuese restablecido, como era antiguamente, según su propia
naturaleza, como función originaria en la Iglesia.(20) Pero tal
prescripción no encontró una actuación concreta.
El Concilio Vaticano II determinó que « se podrá restablecer
el diaconado en adelante como grado propio y permanente
de la Jerarquía... (y) podrá ser conferido a los varones de
edad madura, aunque estén casados, y también a
jóvenes idóneos, para quienes debe mantenerse firme la ley
del celibato», según la constante tradición.(21) Las razones
que han determinado esta elección
fueron sustancialmente tres: a) el deseo de enriquecer a la
Iglesia con las funciones del ministerio diaconal que de otro
modo, en muchas regiones,
difícilmente hubieran podido ser llevadas a cabo; b) la
intención de reforzar con la gracia de la ordenación
diaconal a aquellos que ya ejercían de hecho funciones
diaconales; c) la preocupación de aportar ministros
sagrados a aquellas regiones que sufrían la escasez de
clero. Estas razones ponen de manifiesto que la
restauración del diaconado permanente no pretendía de
ningún modo comprometer el significado, la función y el
florecimiento del
sacerdocio ministerial que siempre debe ser generosamente
promovido por ser insustituible.
Pablo VI, para actuar las indicaciones conciliares,
estableció, con la carta apostólica «Sacrum diaconatus ordinem»
(18 de junio de 1967),(22) las reglas
generales para la restauración del diaconado permanente en
la Iglesia latina. El año sucesivo, con la constitución apostólica
«Pontificalis romani recognitio» (18 de junio de 1968),(23) aprobó
el nuevo rito para conferir las sagradas órdenes
del episcopado, del presbiterado y del diaconado, definiendo
del mismo modo la materia y la forma de las mismas
ordenaciones, y, finalmente, con la carta apostólica «Ad
pascendum» (15 de agosto de 1972),(24) precisó las condiciones
para la admisión y la ordenación de los candidatos al
diaconado. Los elementos esenciales de esta normativa fueron
recogidos entre las normas del Código de
derecho canónico, promulgado por el papa Juan Pablo II el 25
de enero de 1983. (25)
Siguiendo la legislación universal, muchas Conferencias Episcopales
procedieron y todavía proceden, previa aprobación de la
Santa Sede, a la restauración del diaconado permanente en
sus Naciones y a la redacción de normas complementarias
al respecto.
III. El diaconado permanente
3. La experiencia plurisecular de la Iglesia ha sugerido la
norma, según la cual el orden del presbiterado es conferido
sólo a aquel que ha recibido antes el
diaconado y lo ha ejercitado oportunamente.(26) El orden del
diaconado, sin embargo, «no debe ser considerado como un
puro y simple grado de acceso al sacerdocio».(27)
«Ha sido uno de los frutos del Concilio Ecuménico Vaticano II,
querer restituir el diaconado como grado propio y
permanente de la jerarquía».(28) En base a
«motivaciones ligadas a las circunstancias históricas y a
las perspectivas pastorales» acogidas por los Padres
conciliares, en verdad «obraba
misteriosamente el Espíritu Santo, protagonista de la vida de
la Iglesia, llevando a una nueva actuación del cuadro completo
de la jerarquía, tradicionalmente compuesta de obispos,
sacerdotes y diáconos. Se promovía de tal forma una
revitalización de las comunidades cristianas, más en
consonancia con las que
surgían de las manos de los Apóstoles y florecían en los primeros
siglos,
siempre bajo el impulso del Paráclito, como lo atestiguan los
Hechos».(29)
El diaconado permanente constituye un importante
enriquecimiento para la misión de la Iglesia.(30) Ya que los
munera que competen a los diáconos son
necesarios para la vida de la Iglesia,(31) es conveniente y útil
que, sobre todo en los territorios de misiones,(32) los hombres
que en la Iglesia son llamados a un ministerio verdaderamente
diaconal, tanto en la vida litúrgica y pastoral, como en las
obras sociales y caritativas «sean fortalecidos por la imposición
de las manos transmitida desde los Apóstoles, y sean más
estrechamente unidos al
servicio del altar, para que cumplan con mayor eficacia su
ministerio por la gracia sacramental del diaconado».(33)
Ciudad del Vaticano, desde el Palacio de las Congregaciones, 22 de
febrero, fiesta de la Cátedra de San Pedro, de 1998.
Congregación para la Educación Católica
PIO CARD. LAGHI
Prefecto
+ José Saraiva
Martins Arz. tit. de
Tubúrnica
Secretario
Congregación para el Clero
DARÍO CARD. CASTRILLÓN HOYOS
Prefecto
+ Csaba Ternyák
Arz. tit. de Eminenziana
Secretario
CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN
CATÓLICA
RATIO FUNDAMENTALIS
INSTITUTIONIS
DIACONORUM PERMANENTIUM
NORMAS
BÁSICAS DE LA
FORMACIÓN
DE LOS DIÁCONOS PERMANENTES
INTRODUCCIÓN
1. Itinerarios formativos
1. Las primeras indicaciones sobre la formación de los
diáconos fueron dadas en la Carta apostólica « Sacrum
diaconatus ordinem ».(1)
Dichas indicaciones fueron recogidas y concretadas después
en la Carta circular de la Sagrada Congregación para la
Educación Católica del 16 de julio de 1969 Come è a
conoscenza, en la que se señalaban «diferentes tipos de
formación » según los « distintos tipos de diaconado » (para
célibes, casados, « destinados a lugares de misión o a países
todavía en vías de desarrollo »,
llamados a « ejercer su función en naciones de cierta
civilización y de cultura bastante avanzada »). Respecto a la
formación doctrinal, se indicaba que debía ser superior a la de
un simple catequista y, en algún modo, análoga a la del
sacerdote. A continuación se enumeraban las materias que
debían tenerse en consideración al elaborar el programa de
estudios.(2)
Posteriormente la Carta apostólica Ad pascendum precisó que «
por lo que se refiere al curso de los estudios teológicos, que
debe preceder a la ordenación de los diáconos permanentes,
compete a las Conferencias Episcopales emanar, en base a las
circunstancias del lugar, las normas oportunas y someterlas a
la aprobación de la Sagrada Congregación para la Educación
Católica ».(3)
El nuevo Código de Derecho Canónico integró los elementos
esenciales de esta normativa en el canon 236.
2. Unos treinta años después de las primeras
indicaciones, y con las aportaciones de las sucesivas
experiencias, se ha creído ahora oportuno elaborar la
presente Ratio fundamentalis institutionis diaconorum
permanentium. Su finalidad es ofrecer un instrumento para
orientar y armonizar, respetando las legítimas diferencias,
los programas educativos elaborados por las Conferencias
Episcopales y por las diócesis, que, a veces, resultan muy
diferentes entre sí.
2.Referencia a una segura teología del diaconado
3. La eficacia de la formación de los diáconos
permanentes depende en gran parte de la subyacente
concepción teológica del diaconado. Ella, en efecto,
ofrece las coordenadas para determinar y orientar el
itinerario formativo y, al mismo tiempo, señala la meta a
seguir.
La desaparición casi total del diaconado permanente en la
Iglesia de Occidente por más de un milenio, ha hecho,
ciertamente, más difícil la comprensión de la profunda
realidad de este ministerio. Sin embargo, no se puede decir
que por ello la teología del diaconado carezca de referencias
autorizadas y se encuentre a merced de las diversas opiniones
teológicas. Las referencias existen, y son muy claras, si bien
necesitan ser posteriormente desarrolladas y
profundizadas. A continuación, se señalan algunas
consideradas como más importantes, sin pretender indicarlas
todas.
4. Ante todo es preciso considerar al diaconado, al igual
que cualquier otra realidad cristiana, en el interior de la
Iglesia, entendida como misterio de comunión trinitaria en
tensión misionera. Es ésta una referencia necesaria en la
definición de la identidad de todo ministro ordenado,
aunque no prioritaria, en cuanto que su plena verdad
consiste en ser una participación específica y
una representación del ministerio de Cristo.(4) Es por esto que
el diácono recibe la imposición de las manos y es asistido por
una gracia sacramental especial,
que lo injerta en el sacramento del orden.(5)
5. El diaconado es conferido por una efusión especial del
Espíritu (ordenación), que realiza en quien la recibe una
específica conformación con Cristo, Señor y siervo de todos.
La Constitución dogmática Lumen gentium, n. 29, precisa,
citando un texto de las Constitutiones Ecclesiae Æegyptiacae, que
la imposición de las manos al diácono no es « ad sacerdotium
sed ad ministerium »,(6) es
decir, no para la celebración eucarística, sino para el servicio.
Esta indicación, junto con la advertencia de San Policarpo,
recogida también por Lumen gentium, n. 29,(7) traza la
identidad teológica específica del diácono: él, como
participación en el único ministerio eclesiástico, es en la
Iglesia signo
sacramental específico de Cristo siervo. Su tarea es ser « intérprete
de las
necesidades y de los deseos de las comunidades cristianas »
y « animador del servicio, o sea, de la diakonia »,(8) que es
parte esencial de la misión de la Iglesia.
6. La materia de la ordenación diaconal es la imposición de
las manos por parte del Obispo; la forma la constituyen las
palabras de la oración consacratoria, que
se articula en los tres momentos de la anámnesis, de la
epíclesis y de la intercesión.(9) La anámnesis (que recorre la
historia de la salvación centrada en Cristo) recuerda a los «
levitas », refiriéndose al culto, y a los « siete » de los Hechos de
los Apóstoles, refiriéndose a la caridad. La epíclesis pide la
fuerza de los siete dones del Espíritu para que el ordenando
esté en condiciones de imitar a Cristo como « diácono ». La
intercesión exhorta a una vida generosa y casta.
La forma esencial para el sacramento es la epíclesis, que consiste en
las
palabras: « te suplicamos, oh Señor, infundas en ellos el
Espíritu Santo, que los fortalezca con los siete dones de tu
gracia, para que cumplan fielmente la obra del ministerio ».
Los siete dones tienen origen en un pasaje de Isaías 11, 2,
recogido por la versión ampliada que de él hicieron los
Setenta. Se trata de los dones del Espíritu otorgados al Mesías,
que vienen después comunicados a los nuevos ordenados.
7. El diaconado, en cuanto grado del orden sagrado,
imprime carácter y comunica una gracia sacramental
específica. El carácter diaconal es el signo configurativo-
distintivo impreso indeleblemente en el alma que configura
a quien está ordenado a Cristo, quien se hizo diácono, es
decir, servidor de
todos.10 Esto conlleva una gracia sacramental específica, que
es fuerza, vigor specialis, don para vivir la nueva realidad
obrada por el sacramento. « En cuanto a los diáconos,
fortalecidos con la gracia del sacramento, en comunión con el
obispo y sus presbíteros, están al servicio del pueblo de Dios
en la
diaconía de la liturgia, de la palabra y de la caridad ».(11)
Como en todos los sacramentos que imprimen carácter, la
gracia tiene una virtualidad
permanente. Florece y reflorece en la medida en que es
acogida y re-acogida en la fe.
8. En el ejercicio de su potestad, los diáconos, al ser
partícipes a un grado inferior del ministerio sacerdotal,
dependen necesariamente de los Obispos, que poseen la
plenitud del sacramento del orden. Además, mantienen una
relación especial con los presbíteros, en comunión con los
cuales están
llamados a servir al pueblo de Dios.(12)
Desde el punto de vista disciplinar, por la ordenación diaconal, el
diácono
queda incardinado en la Iglesia particular o en la prelatura
personal para cuyo servicio fue promovido, o bien, como
clérigo, en un instituto religioso de vida consagrada o en una
sociedad clerical de vida apostólica.(13) La figura de la
incardinación no representa un hecho más o menos accidental,
sino que se caracteriza como vínculo constante de servicio a
una concreta porción del
pueblo de Dios. Esto implica la pertenencia eclesial a nivel
jurídico, afectivo y espiritual y la obligación del servicio
ministerial.
3. El ministerio del diácono en los diferentes contextos
pastorales
9.El ministerio del diácono se caracteriza por el ejercicio de los tres
munera
propios del ministerio ordenado, según la perspectiva específica de
la diaconía.
Con referencia al munus docendi, el diácono está llamado a proclamar la
Escritura e instruir y exhortar al pueblo.(14) Esto se expresa
por la entrega del libro de los Evangelios, prevista en el rito
mismo de la ordenación.(15)
El munus sanctificandi del diácono se desarrolla en la
oración, en la administración solemne del bautismo, en la
conservación y distribución de la
Eucaristía, en la asistencia y bendición del matrimonio, en
presidir el rito de los funerales y de la sepultura y en la
administración de los sacramentales.(16) Esto pone de
manifiesto cómo el ministerio diaconal tiene su punto de
partida y de
llegada en la Eucaristía, y que no queda reducido a un simple
servicio social.
En fin, el mundus regendi se ejerce en la dedicación a las obras
de caridad y de asistencia,(17) y en la animación de
comunidades o sectores de la vida eclesial, especialmente en
lo que concierne a la caridad. Este es el ministerio más
característico del diácono.
10. Las líneas de la ministerialidad originaria del diaconado
están, pues, como se deduce de la antigua praxis diaconal y
de las indicaciones conciliares, muy bien definidas. Pero, si
dicha ministerialidad originaria es única, son, en cambio,
diversos los modelos concretos de su ejercicio, que deberán
ser
sugeridos, en cada ocasión, por las diversas situaciones
pastorales de cada Iglesia. Modelos que, obviamente, habrán
de tenerse en cuenta al programar el iter formativo.
4. La espiritualidad diaconal
11. De la identidad teológica del diácono brotan con claridad
los rasgos de su espiritualidad específica, que se presenta
esencialmente como espiritualidad de servicio.
El modelo por excelencia es Cristo siervo, que vivió totalmente
dedicado al
servicio de Dios, por el bien de los hombres. El se reconoció
profetizado en el siervo del primer canto del Libro de Isaías
(cf. Lc 4, 18-19), definió
expresamente su acción como diaconía (cf. Mt 20, 28; Lc 22, 27; Jn 13, 1-
17; Fil 2,
7-8; 1 Pt 2, 21-25) y mandó a sus discípulos hacer otro tanto (cf. Jn 13,
34-35; Lc
12, 37).
La espiritualidad de servicio es una espiritualidad de toda la
Iglesia, en cuanto que toda la Iglesia, a semejanza de María,
es la « sierva del Señor » (Lc 1, 28), al servicio de la salvación
del mundo. Precisamente para que la Iglesia pueda
vivir mejor esta espiritualidad de servicio, el Señor le da un signo
vivo y
personal en el hacerse Él mismo siervo. Por esto, de manera
específica, ésta es la espiritualidad del diácono. Él, en efecto,
por la sagrada ordenación, es constituido en la Iglesia icono
vivo de Cristo siervo. El leitmotiv de su vida espiritual será,
pues, el servicio; su santidad consistirá en hacerse servidor
generoso y fiel de Dios y de los hombres, especialmente de los
más pobres y de los que sufren; su compromiso ascético se
orientará a adquirir aquellas
virtudes que requiere el ejercicio de su ministerio.
12. Obviamente, dicha espiritualidad deberá integrarse
armónicamente en cada caso con la espiritualidad
correspondiente al propio estado de vida. Por lo cual, la misma
espiritualidad diaconal adquirirá connotaciones diversas según
sea
vivida por un casado, por un viudo, por un célibe, por un
religioso, por un consagrado en el mundo. El itinerario
formativo deberá tener en cuenta estas diversas
modulaciones y ofrecer, según el tipo de candidato, caminos
espirituales diferenciados.
5. La función de las Conferencias Episcopales
13. « Es función de las legítimas asambleas episcopales o
Conferencias
Episcopales deliberar, con el consentimiento del Sumo
Pontífice, si y dónde — teniendo en cuenta el bien de los
fieles— conviene instituir el diaconado como grado propio y
permanente de la Jerarquía ».(18)
El Código de Derecho Canónico reconoce a las Conferencias
Episcopales también la competencia de concretar, mediante
disposiciones
complementarias, la disciplina que atañe a la recitación de la
liturgia de las
horas,(19) a la edad requerida para la admisión (20) y a la
formación, de lo cual se ocupa el can. 236. Este canon dispone
que sean las Conferencias Episcopales las que dicten, teniendo
en cuenta las circunstancias locales, las normas oportunas
para que los candidatos al diaconado permanente, jóvenes o
adultos, célibes o casados, « sean formados para que cultiven
la vida espiritual y cumplan dignamente los oficios propios de
su orden ».
14. Para ayudar a las Conferencias Episcopales a trazar
itinerarios formativos que, atentos a las diversas situaciones
particulares, estén sin embargo en
sintonía con el camino universal de la Iglesia, la Congregación para
la
Educación Católica ha preparado la presente Ratio fundamentalis
institutionis diaconorum permanentium, que busca ofrecer un
punto de referencia para
precisar los criterios del discernimiento vocacional y los
diferentes aspectos de la formación. Dicho documento —
conforme a su misma naturaleza— indica
solamente algunas líneas fundamentales de carácter general,
que constituyen la norma que las Conferencias Episcopales
deberán tener en cuenta para la elaboración o la eventual
mejora de las respectivas rationes nacionales. De tal manera,
y sin menoscabo de la creatividad y singularidad de las
Iglesias
particulares, se indican los principios y los criterios sobre los que
puede
programarse la formación de los diáconos permanentes con
seguridad y en armonía con las demás Iglesias.
15. Además, análogamente a cuanto el mismo Concilio
Vaticano II estableció para las rationes institutionis sacerdotalis,
(21) con el presente documento se pide a las Conferencias
Episcopales que han restaurado el diaconado
permanente que sometan sus respectivas rationes
institutionis diaconorum permanentium al examen y aprobación
de la Santa Sede. Esta las aprobará,
primero, ad experimentum, y después, por un número
determinado de años, de manera que sean garantizadas
revisiones periódicas.
6. Responsabilidad de los Obispos
16. La restauración del diaconado permanente en una nación
no conlleva la obligación de restablecerlo en todas las
diócesis. Será el Obispo diocesano el que, oído
prudentemente el parecer del Consejo presbiteral y, si
existe, el del Consejo pastoral, procederá o no al respecto,
teniendo en cuenta las
necesidades concretas y la situación específica de su Iglesia
particular.
En el caso de que opte por el restablecimiento del diaconado
permanente,
procurará promover una adecuada catequesis al respecto,
tanto para los laicos como para los sacerdotes y los religiosos,
a fin de que el ministerio diaconal sea comprendido en toda su
profundidad. Además, proveerá a crear las estructuras
necesarias para la labor formativa, y a nombrar los
colaboradores idóneos que le ayuden como responsables
directos de la formación, o, según las circunstancias, pondrá
su empeño en valorizar las estructuras formativas de otras
diócesis, o las regionales o nacionales.
El Obispo, luego, se preocupará de que, sobre la base de la
ratio nacional y de la experiencia ya adquirida, sea redactado
y actualizado periódicamente un reglamento diocesano
particular.
7. El diaconado permanente en los Institutos de
vida consagrada y en las Sociedades de vida
apostólica
17. La institución del diaconado permanente entre los
miembros de los Institutos de vida consagrada y de las
Sociedades de vida apostólica está regulada por las normas de
la Carta apostólica Sacrum diaconatus ordinem. Ella establece
que « instituir el diaconado permanente entre los religiosos es
un
derecho reservado a la Santa Sede, única a la que compete
examinar y aprobar los votos de los Capítulos Generales al
respecto ».(22) Todo cuanto se ha dicho
—continúa el documento— « debe entenderse como dicho
también de los miembros de los otros Institutos que
profesan los consejos evangélicos ».(23)
Todo Instituto o Sociedad que haya obtenido el derecho de
restablecer internamente el diaconado permanente asume la
responsabilidad de asegurar
la formación humana, espiritual, intelectual y pastoral de sus
candidatos. Por lo tanto, dicho Instituto o Sociedad se
deberá comprometer a preparar un
programa formativo propio que, al mismo tiempo que recoge
el carisma y la espiritualidad propios del Instituto o Sociedad,
esté en sintonía con la presente Ratio fundamentalis,
especialmente en cuanto atañe a la formación intelectual y
pastoral.
El programa de cada Instituto o Sociedad deberá ser sometido
al examen y aprobación de la Congregación para los Institutos
de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, o de la
Congregación para la Evangelización de
los Pueblos y de la Congregación para las Iglesias Orientales
para los territorios de su respectiva competencia. La
Congregación competente, oído el parecer de la Congregación
para la Educación Católica sobre cuanto atañe a la formación
intelectual, lo aprobará, primero, ad experimentum, y después
por un número determinado de años, de modo que se
garanticen las revisiones periódicas.
LOS
PROTAGONISTAS
DE LA
FORMACIÓN
DE LOS DIÁCONOS PERMANENTES
1. La Iglesia y el Obispo
18. La formación de los diáconos, como la de los demás
ministros y de todos los bautizados, es una tarea que implica a
toda la Iglesia. Ella, aclamada por el apóstol Pablo como « la
Jerusalén de arriba » y « nuestra madre » (Gal 4, 26), a
semejanza de María, « mediante la predicación y el bautismo
engendra a una
vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por obra del
Espíritu Santo y nacidos de Dios ».(24) No solo: ella,
imitando la maternidad de María,
acompaña a sus hijos con amor materno y cuida de todos
para que todos lleguen a la plena realización de su
vocación.
El cuidado de la Iglesia por sus hijos se manifiesta en el ofrecimiento
de la
Palabra y de los sacramentos, en el amor y en la solidaridad,
en la oración y en la solicitud de los varios ministros. Pero en
este cuidado, por así decir, visible, se hace presente el
cuidado del Espíritu de Cristo. En efecto, « la articulación
social de la Iglesia sirve al Espíritu Santo, que la vivifica, para
el acrecentamiento de su cuerpo »,(25) sea en su globalidad,
sea en la singularidad de cada uno de sus miembros.
En el cuidado de la Iglesia por sus hijos, el primer protagonista es,
pues, el
Espíritu de Cristo. Es Él quien les llama, quien les acompaña y
quien modela sus corazones para que puedan reconocer su
gracia y corresponder a ella
generosamente. La Iglesia debe ser bien consciente de esta
dimensión
sacramental de su obra educadora.
19. En la formación de los diáconos permanentes, el primer
signo e instrumento del Espíritu de Cristo es el Obispo propio (o
el Superior Mayor competente).(26) El es el responsable último
de su discernimiento y de su formación.(27) Él, aunque
ejerciendo de ordinario dicha tarea por medio de los
colaboradores por él elegidos, se preocupará, sin embargo, en
la medida de lo posible, de conocer personalmente a los que se
preparan al diaconado.
2. Los encargados de la formación
20. Las personas que, bajo la dependencia del Obispo (o del
Superior Mayor competente) y en estrecha colaboración con la
comunidad diaconal, tienen una responsabilidad especial en la
formación de los candidatos al diaconado
permanente son: el director para la formación, el tutor
(donde el número lo requiera), el director espiritual y el
párroco (o el ministro al que se le confía el candidato para el
tirocinio diaconal).
21. El director para la formación, nombrado por el Obispo (o
por el Superior Mayor competente) tiene la tarea de coordinar
a las distintas personas comprometidas en la formación, de
presidir y animar toda la labor educativa en sus varias
dimensiones, y de relacionarse con las familias de los
aspirantes y de los candidatos casados y con sus comunidades
de proveniencia. Además,
tiene la obligación de presentar al Obispo (o al Superior
Mayor competente), y tras escuchar el parecer de los demás
formadores,(28) excluido el director
espiritual, el juicio de idoneidad sobre los aspirantes para su
admisión entre los candidatos, y sobre los candidatos para su
promoción al orden del diaconado.
Por sus decisivas y delicadas tareas, el director para la
formación deberá ser elegido con sumo cuidado. Debe ser
hombre de fe viva y de fuerte sentido eclesial, tener amplia
experiencia pastoral y haber dado pruebas de prudencia,
equilibrio y capacidad de comunión; debe poseer, además,
sólida competencia teológica y pedagógica.
Podrá serlo un presbítero o un diácono y, preferiblemente, no
responsable al mismo tiempo de los diáconos ordenados.
Efectivamente, sería deseable que
esta última responsabilidad permaneciese distinta de la que
toma a cargo la formación de los aspirantes y de los
candidatos.
22. El tutor, elegido por el director para la formación de
entre los diáconos o presbíteros de probada experiencia y
nombrado por el Obispo (o por el
Superior Mayor competente), es el acompañante inmediato de
cada aspirante y de cada candidato. Es el encargado de seguir
de cerca el camino de cada uno, ofreciéndole su ayuda y
consejo para la solución de los problemas que se
presenten y para la personalización de los distintos períodos
formativos.
Además, deberá colaborar con el director para la formación en
la programación de las diversas actividades educativas y en la
elaboración del juicio de idoneidad que es preciso presentar al
Obispo (o al Superior Mayor competente). Según las
circunstancias, el tutor será responsable de una sola persona o
de un grupo reducido.
23. El director espiritual lo elige cada aspirante o
candidato, y deberá ser aprobado por el Obispo o por el
Superior Mayor. Su cometido es discernir la acción interior
que el Espíritu realiza en el alma de los llamados y, al
mismo tiempo, acompañar y animar su conversión continua.
Deberá, además, dar consejos concretos para lograr la
madurez de una auténtica espiritualidad
diaconal y ofrecer estímulos eficaces para adquirir las
virtudes que a ella van unidas. Por todo esto, anímese a los
aspirantes y a los candidatos a confiarse
para la dirección espiritual sólo a sacerdotes de probada
virtud, poseedores de sólida cultura teológica, de profunda
experiencia espiritual, de gran sentido
pedagógico, de fuerte y exquisita sensibilidad ministerial.
24. El párroco (u otro ministro) es elegido por el director
para la formación de acuerdo con el equipo de formadores, y
teniendo en cuenta las diferentes
situaciones de los candidatos. Su misión es ofrecer a quien le
ha sido confiado una viva comunión ministerial, e iniciarlo y
acompañarlo en las actividades
pastorales que juzgue más idóneas para él; se preocupará,
además, de analizar periódicamente el trabajo realizado con el
candidato, y de informar sobre el
desarrollo de su tirocinio al director para la formación.
3. Los profesores
25. Los profesores contribuyen notablemente a la formación de los
futuros
diáconos. En efecto, mediante la enseñanaza del sacrum
depositum custodiado por la Iglesia, nutren la fe de los
candidatos y los preparan para la tarea de maestros del
pueblo de Dios. Por tal motivo, no sólo deben esforzarse por
adquirir la competencia necesaria y una suficiente capacidad
pedagógica, sino también por testimoniar con la vida la
Verdad que enseñan.
Para poder armonizar su aportación específica con la de las
otras dimensiones de la formación, es importante que estén
dispuestos, a tenor de las circunstancias, a colaborar y a
relacionarse con las demás personas comprometidas en la
formación. Así contribuirán a ofrecer a los candidatos
una formación unitaria y les facilitarán la necesaria labor de
síntesis.
4. La comunidad de formación de los diáconos
permanentes
26. Los aspirantes y los candidatos al diaconado permanente
constituyen, por fuerza misma de las cosas, un ambiente
peculiar, una comunidad eclesial específica que influye
profundamente en la dinámica formativa.
Los responsables de la formación se preocuparán de que
dicha comunidad se caracterice por su profunda
espiritualidad, sentido de comunión, espíritu de servicio e
impulso misionero, y por tener un ritmo bien determinado
de encuentros y de oración.
De esta manera, la comunidad de formación de los diáconos
permanentes podrá prestar una valiosa ayuda a los
aspirantes y a los candidatos al
diaconado en el discernimiento de su vocación, en la
maduración humana, en la iniciación a la vida espiritual, en
el estudio teológico y en la experiencia
pastoral.
5. Las comunidades de procedencia
27. Las comunidades de procedencia de los aspirantes y de los
candidatos al diaconado pueden ejercer una influencia no
irrelevante sobre su formación.
Para los aspirantes y los candidatos más jóvenes, la familia
puede ser una ayuda extraordinaria. Se la invitará a «
acompañar el camino formativo con la oración, el respeto, el
buen ejemplo de las virtudes domésticas y la ayuda espiritual
y material, sobre todo en los momentos difíciles... Incluso en
el caso de padres y familiares indiferentes o contrarios a la
opción vocacional, la confrontación clara y serena con la
posición del joven y los incentivos que de ahí se deriven,
pueden ser de gran ayuda para que la vocación... madure de
un modo más consciente y firme ».|(29) En cuanto a los
aspirantes y a los candidatos casados, deberá procurarse
hacer que la comunión conyugal contribuya eficazmente a
fortalecer su camino de formación hacia la meta del
diaconado.
La comunidad parroquial está llamada a acompañar el
itinerario de cada uno de sus miembros hacia el diaconado
con el apoyo de la oración y un adecuado camino de
catequesis que, al mismo tiempo que sensibiliza a los fieles
hacia este ministerio, proporciona al candidato una valiosa
ayuda para su
discernimiento vocacional.
También las asociaciones eclesiales de las que proceden
aspirantes y candidatos al diaconado puede seguir siendo para
ellos fuente de ayuda y de apoyo, de luz y de aliento. Pero, al
mismo tiempo, deben manifestar respeto hacia la llamada
ministerial de sus miembros no obstaculizando, antes bien
favoreciendo en ellos la maduración de una espiritualidad y de
una disponibilidad auténticamente diaconales.
6. El aspirante y el candidato
28. Finalmente, aquel que se prepara al diaconado « debe
considerarse
protagonista necesario e insustituible de su formación: toda
formación... es, en definitiva, una autoformación ».(30)
Autoformación no significa aislamiento, cerrazón o
independencia respecto a los formadores, sino
responsabilidad y dinamismo en responder con
generosidad a la llamada de Dios, valorando al máximo
las personas y los instrumentos que la Providencia pone a
disposición.
La autoformación tiene su raíz en una firme decisión de crecer
en la vida según el Espíritu conforme a la vocación recibida, y
se sustenta en la actitud humilde para reconocer las propias
limitaciones y los propios dones.
II
PERFIL DE LOS
CANDIDATOS AL
DIACONADO
PERMANENTE
29. « La historia de toda vocación sacerdotal, como también
de toda vocación cristiana, es la historia de un inefable diálogo
entre Dios y el hombre, entre el amor de Dios que llama y la
libertad del hombre que, en el amor, responde a
Dios ».(31) Pero junto a la llamada de Dios y a la respuesta del
hombre, hay otro elemento constitutivo de la vocación y
particularmente de la vocación ministerial: la llamada
pública de la Iglesia. « Vocari a Deo dicuntur qui a
legitimis Ecclesiæ ministris vocantur ».(32) La expresión no se
debe tomar en sentido prevalentemente jurídico, como si
fuese la autoridad que llama la que determina la vocación,
sino en sentido sacramental, que considera a la
autoridad que llama como el signo y el instrumento de la
intervención personal de Dios, que se realiza con la imposición
de las manos. En esta perspectiva, toda elección regular
expresa una inspiración y representa una elección de Dios. El
discernimiento de la Iglesia es, por tanto, decisivo para la elección
de la
vocación; y mucho más, por su significado eclesial, para elegir
una vocación al ministerio ordenado.
Dicho discernimiento debe realizarse según criterios objetivos,
que aprovechen la antigua tradición de la Iglesia y tengan en
cuenta las necesidades pastorales actuales. En el
discernimiento de las vocaciones al diaconado permanente han
de tenerse presentes los requisitos que son de orden general y
los que atañen al particular estado de vida de los llamados.
1. Requisitos generales
30. El primer perfil diaconal lo encontramos trazado en la
Primera Carta de San Pablo a Timoteo: « También los diáconos
deben ser dignos, sin doblez, no dados a beber mucho vino ni
a negocios sucios; que guarden el Misterio de la fe con
una conciencia pura. Primero se les someterá a prueba y
después, si fuesen irreprensibles, serán diáconos... Los
diáconos sean casados una sola vez y
gobiernen bien a sus hijos y su propia casa. Porque los que
ejercen bien el diaconado alcanzan un puesto honroso y
grande entereza en la fe de Cristo Jesús » (1 Tim 3, 8-10.12-
13).
Las cualidades enumeradas por Pablo son prevalentemente
humanas, como si quisiera decir que los diáconos podrán
ejercer su ministerio sólo si son modelos también
humanamente apreciados. Encontramos eco del reclamo de
Pablo en otros textos de los Padres Apostólicos, especialmente
en la Didachè y en S.
Policarpo. La Didachè exhorta: « Elegíos, pues, obispos y
diáconos dignos del Señor, hombres pacíficos, no amantes del
dinero, veraces y probados »,(33) y S. Policarpo aconseja: «
Por tanto, en presencia de su justicia los diáconos deben
ser sin mancha, como ministros de Dios y de Cristo, y no de
hombres; no calumniadores, ni de doble palabra, ni amantes
del dinero; tolerantes en todo, misericordiosos, diligentes;
procediendo conforme a la verdad del Señor que se hizo
servidor de todos ».(34)
31. La tradición de la Iglesia ha ido completando y
precisando más los requisitos que confirman la
autenticidad de una llamada al diaconado. En primer
lugar, son los que se requieren para las órdenes en
general: « Sólo
deben ser ordenados aquellos que... tienen una fe íntegra,
están movidos por recta intención, poseen la ciencia debida,
gozan de buena fama y costumbres intachables, virtudes
probadas y otras cualidades físicas y psíquicas congruentes
con el orden que van a recibir ».(35)
32. El perfil de los candidatos se completa con algunas
cualidades humanas específicas y virtudes evangélicas
exigidas por la diaconía. Entre las cualidades humanas hay que
señalar: la madurez síquica, la capacidad de diálogo y de
comunicación, el sentido de responsabilidad, la laboriosidad,
el equilibrio y la prudencia. Entre la virtudes evangélicas
tienen especial relieve: la oración, la piedad eucarística y
mariana, un sentido de Iglesia humilde y fuerte, el amor a la
Iglesia y a su misión, el espíritu de pobreza, la capacidad de
obediencia y de comunión fraterna, el celo apostólico, la
servicialidad,(36) la caridad hacia los hermanos.
33. Además, los candidatos al diaconado deben integrarse
vitalmente en una comunidad cristiana y haber practicado
con laudable empeño obras de apostolado.
34. Pueden provenir de todos los ambientes sociales y ejercer
cualquier actividad laboral o profesional a condición de que
ésta, según las normas de la Iglesia y del juicio prudente del
Obispo, no desdiga del estado diaconal.(37)
Además, dicha actividad debe conciliarse en la práctica con los
compromisos de formación y el desempeño real del ministerio.
35. En cuanto a la edad mínima, el Código de Derecho Canónico
prescribe que « el candidato al diaconado permanente que no
esté casado sólo puede ser admitido a este orden cuando
haya cumplido al menos venticinco años; quien esté casado,
únicamente después de haber cumplido al menos treinta y
cinco años ».(38)
Finalmente, los candidatos, deben estar libres de cualquier
tipo de irregularidad e impedimento.(39)
2. Requisitos correspondientes al estado de vida de los
candidatos
a)Célibes
36. « Por ley de la Iglesia, confirmada por el mismo Concilio
Ecuménico, aquellos que desde su juventud han sido llamados
al diaconado están obligados a observar la ley del celibato ».
(40) Es esta una ley particularmente conveniente para el
sagrado ministerio, a la que libremente se someten aquellos
que han recibido el carisma.
El diaconado permanente vivido en el celibato da al ministerio
algunas
singulares connotaciones. La identificación sacramental con
Cristo, en efecto, se sitúa en el contexto del corazón indiviso, es
decir, de una opción esponsal exclusiva, perenne y total del
único y supremo Amor; el servicio a la Iglesia
puede contar con una total disponibilidad; el anuncio del
Reino es favorecido por el testimonio valiente de quien, por
ese Reino, ha dejado todo, incluso sus bienes más queridos.
b)Casados
37. « Cuando se trate de hombres casados, es necesario
cuidar que sean promovidos al diaconado sólo quienes,
después de muchos años de vida
matrimonial, hayan demostrado saber dirigir su propia
casa, y cuya mujer e hijos lleven una vida verdaderamente
cristiana y se distingan por su honesta reputación ».(41)
No sólo. Además de la estabilidad de la vida familiar, los
candidatos casados no pueden ser admitidos « si no consta,
además del consentimiento de la esposa, la probidad de sus
costumbres cristianas y que no hay nada en ella, aun en el
orden natural, que resulte un impedimento o un deshonor
para el ministerio
del marido ».(42)
c)Viudos
38. « Recibida la ordenación, los diáconos, incluso aquellos
promovidos en edad más madura, están inhabilitados para
contraer matrimonio, en virtud de la
disciplina de la Iglesia ».(43) Esto mismo es válido para los
diáconos que han enviudado.(44) Ellos están llamados a dar
pruebas de solidez humana y espiritual en su estado de
vida.
Además, otra condición para que los candidatos viudos puedan
ser admitidos es que hayan provisto o demuestren estar en
condiciones de proveer adecuadamente al cuidado humano y
cristiano de sus hijos.
d)Miembros de Institutos de vida consagrada y de Sociedades de vida
apostólica
39. Los diáconos permanentes pertenecientes a Institutos de
vida consagrada o a Sociedades de vida apostólica 45 están
llamados a enriquecer su ministerio con el carisma particular
recibido. Su labor pastoral, en efecto, aun estando
bajo la autoridad del Ordinario de lugar,(46) está, también,
caracterizada por los rasgos peculiares de su estado de vida
religioso o consagrado. Ellos, por
tanto, se esforzarán por armonizar la vocación religiosa o
consagrada con la ministerial y por ofrecer su peculiar
contribución a la misión de la Iglesia.
III
EL ITINERARIO DE LA
FORMACIÓN AL
DIACONADO PERMANENTE
1. La presentación de los aspirantes
40. La decisión de comenzar el proceso de formación diaconal podrá
ser
tomada o por iniciativa del propio aspirante o por una explícita
propuesta de la
comunidad a la que pertenece el aspirante. En cualquier caso,
tal decisión debe ser aceptada y compartida por la comunidad.
El párroco (o el Superior, en el caso de los religiosos) es el
que, en nombre de la comunidad, deberá presentar al Obispo
(o al Superior Mayor competente) el aspirante al diaconado.
Lo hará acompañando la candidatura con la exposición de las
razones que la apoyan, y con un curriculum vitæ y de pastoral
del aspirante.
El Obispo (o el Superior Mayor competente), después de
haber consultado al director para la formación y al equipo de
formadores, decidirá si admitir o no el aspirante al período
propedéutico.
2. El período propedéutico
41. Con la admisión entre los aspirantes al diaconado comienza un
período
propedéutico, que deberá tener una duración conveniente. Es
un período en el que se deberá iniciar a los aspirantes en un
más profundo conocimiento de la teología, de la espiritualidad
y del ministerio diaconales y se les invitará a un
discernimiento más atento de su llamada.
42. Responsable del período propedéutico es el director para la
formación
quien, según los casos, podrá confiar los aspirantes a uno o
más tutores. Es de desear que, donde las circunstancias lo
permitan, los aspirantes constituyan una comunidad propia,
con un ritmo adecuado de encuentros y de oración, y que
prevea también momentos comunes con la comunidad de los
candidatos.
El director para la formación cuidará de que cada aspirante
sea acompañado por un director espiritual aprobado, y
mantendrá contactos con el párroco de cada uno (u otro
sacerdote) a fin de programar el tirocinio pastoral. Procurará,
también, relacionarse con las familias de los aspirantes
casados para
cerciorarse de su disposición para aceptar, compartir y
acompañar la vocación de su familiar.
43. El programa del período propedéutico, por norma, no debería
prever
lecciones escolares, sino encuentros de oración,
conferencias, momentos de reflexión y de intercambio
orientados a favorecer la objetividad del
discernimiento vocacional, según un plan bien estructurado.
Procúrese, ya en este período, implicar, en cuanto sea
posible, a las esposas de los aspirantes.
44. Los aspirantes, a tenor de los requisitos exigidos para el
ministerio diaconal, deben ser invitados a realizar un
discernimiento libre y responsable, sin
dejarse condicionar ni por intereses personales ni por
presiones externas de cualquier tipo.(47)
Al término del período propedéutico, el director para la
formación, después de haber consultado al equipo de
formadores, y teniendo en cuenta todos los datos que posee,
presentará al Obispo propio (o al Superior Mayor competente)
un informe que refleje los rasgos de la personalidad de los
aspirantes y, si se lo
piden, también un juicio de idoneidad.
Por su parte, el Obispo (o el Superior Mayor competente)
inscribirá entre los candidatos al diaconado sólo a aquellos
de los que haya conseguido, sea en virtud de su
conocimiento personal, sea por los informes recibidos de los
educadores, la certeza moral de idoneidad.
3. El rito litúrgico de admisión de los candidatos al
orden del diaconado
45. La admisión de los candidatos al orden del diaconado se
realiza mediante un rito litúrgico particular, « con el cual el
que aspira al diaconado o al
presbiterado manifiesta públicamente su voluntad de
ofrecerse a Dios y a la Iglesia para ejercer el orden sagrado; la
Iglesia, por su parte, al recibir este ofrecimiento, lo elige y lo
llama para que se prepare a recibir el orden sagrado, y de
este modo sea admitido regularmente entre los candidatos al
diaconado ». (48)
46. El Superior competente para esta aceptación es el Obispo
propio, o el Superior Mayor para los miembros de un Instituto
religioso clerical de derecho pontificio o de una Sociedad
clerical de vida apostólica de derecho pontificio. (49)
47. Por su carácter público y su significado eclesial, el rito
debe ser valorado adecuadamente, y celebrado, a ser
posible, en día festivo. El aspirante debe prepararse a él
con un retiro espiritual.
48. El rito litúrgico de admisión debe ir precedido de una
petición de adscripción entre los candidatos, escrita y firmada
manuscrita por el mismo aspirante, y aceptada por escrito por
el Obispo propio o Superior Mayor a quien es dirigida.(50)
La adscripción entre los candidatos al diaconado no da
derecho alguno a recibir la ordenación diaconal. Tan solo es
un primer reconocimiento oficial de los signos positivos de la
vocación al diaconado, que debe ser confirmado
durante los siguientes años de formación.
4. El tiempo de la formación
49. Para todos los candidatos, el período de formación debe
durar al menos tres años, además del período propedéutico.
(51)
50. El Código de Derecho Canónico prescribe que los candidatos
jóvenes reciban su formación « permaneciendo al menos tres
años en una residencia destinada a esa finalidad, a no ser que
el Obispo diocesano por razones graves determine otra cosa ».
(52) Para la creación de dichas residencias « los Obispos de
una misma nación, o, si fuese necesario, también los de
diversas naciones —según
las circunstancias— habrán de unir sus esfuerzos. Elíjanse,
para dirigirlas, a superiores particularmente idóneos y
establézcanse normas esmeradísimas
relativas a la disciplina y al ordenamiento de los estudios ».
(53) Procúrese que estos candidatos se relacionen con los
diáconos de su diócesis de procedencia.
51. Para los candidatos de edad madura, célibes o casados, el
Código de Derecho Canónico prescribe que reciban su formación «
según el plan de tres años establecido por la Conferencia
Episcopal ».(54) Este debe llevarse a cabo, donde las
circunstancias lo permitan, en el contexto de una viva
participación en la
comunidad de los candidatos, contando con un calendario
concreto de encuentros de oración y de formación y, además,
de momentos comunes con la comunidad de los aspirantes.
Para organizar la formación de estos candidatos son posibles
varios modelos. A causa de sus compromisos laborales y
familiares, los modelos más comunes
prevén los encuentros formativos y académicos en las
horas de la tarde, durante el fin de semana, en los
períodos de vacación, o combinando las
diversas posibilidades. Donde los factores geográficos
presenten dificultades especiales, se deben pensar otros
modelos, que se desarrollen en un período de tiempo más
largo, o se sirvan de los medios modernos de comunicación.
52. Para los candidatos pertenecientes a Institutos de vida
consagrada o a Sociedades de vida apostólica, la formación
debe darse según las orientaciones de la ratio del propio
Instituto o Sociedad, o también, aprovechando las estructuras
de la diócesis en la que se encuentran los candidatos.
53. En los casos en que los itinerarios mencionados no se
sigan o sean impracticables, « el aspirante debe ser
confiado para su educación a algún
sacerdote de eminente virtud que lo tome bajo su cuidado, lo
instruya y pueda dar constancia de su prudencia y madurez.
Hay que atender, pues, siempre y con diligencia a que sean
admitidos a este orden sagrado solamente hombres idóneos y
experimentados ».(55)
54. En todos los casos, el director para la formación (o el
sacerdote encargado) vigile para que durante todo el tiempo
de formación cada candidato sea fiel a su compromiso de
dirección espiritual con el propio director espiritual
aprobado. Además, procure acompañar, evaluar, y, si fuera
preciso, modificar el tirocinio pastoral de cada uno de los
candidatos.
55. El programa de formación, sobre el cual se dará alguna
orientación general en el capítulo siguiente, deberá integrar
armónicamente las diversas
dimensiones formativas (humana, espiritual, teológica y
pastoral), estar bien fundamentado teológicamente, tener una
específica finalización pastoral y adaptarse a las necesidades y
a los planes pastorales locales.
56. Se deberá implicar, en las formas que se consideren
oportunas, a las esposas y a los hijos de los candidatos
casados, y asimismo también a las comunidades de
procedencia. En particular, prevéase para las esposas de los
candidatos un
programa de formación específico, que las prepare a su
futura misión de colaboración y de apoyo al ministerio
del marido.
5. Colación de los ministerios del lectorado y del
acolitado
57. « Antes de que alguien sea promovido al diaconado, tanto
permanente como transitorio, es necesario que el candidato
haya recibido y haya ejercido durante el tiempo conveniente
los ministerios de lector y de acólito »,(56) «para
prepararse mejor a las futuras funciones de la palabra y del
altar ».(57) La Iglesia, en efecto, « considera muy oportuno
que los candidatos a las órdenes
sagradas, tanto con el estudio como con el ejercicio gradual
del ministerio de la palabra y del altar, conozcan y mediten, a
través de un íntimo y constante contacto, este doble aspecto
de la función sacerdotal. De esta manera
resplandecerá con mayor eficacia la autenticidad de su
ministerio. Así, de hecho, los candidatos se acercarán a las
ordenes sagradas plenamente conscientes de su vocación, «
llenos de fervor, decididos a servir al Señor,
perseverantes en la oración y generosos en ayudar en las
necesidades de los santos » (Rm 12, 11-13) ».(58)
La identidad de estos ministerios y su importancia pastoral
están señaladas en la Carta apostólica Ministeria quaedam, a la
que remitimos.
58. Los aspirantes al lectorado y al acolitado, por sugerencia
del director para la formación, dirigirán una petición de
admisión, libremente escrita y firmada, al Ordinario (el Obispo
o el Superior Mayor), al que compete aceptarla.(59)
Realizada la aceptación, el Obispo o el Superior Mayor
procederá a conferir los ministerios, según el rito del Pontifical
Romano.(60)
59. Entre la colación del lectorado y del acolitado, es
oportuno que transcurra cierto período de tiempo para que
el candidato pueda ejercer el ministerio recibido.(61) « Entre
el acolitado y el diaconado debe haber un espacio por lo
menos de seis meses ».(62)
6. La ordenación diaconal
60. Al finalizar el período formativo, el candidato que,
de acuerdo con el director para la formación, crea reunir
los requisitos necesarios para ser
ordenado, puede dirigir al propio Obispo o al Superior Mayor
competente « una declaración redactada y firmada de su puño
y letra, en la que haga constar que va a recibir el orden
espontánea y libremente, y que se dedicará de modo
perpetuo al ministerio eclesiástico, al mismo tiempo que
solicita ser admitido al orden que aspira a recibir ».(63)
61. Junto con esta petición el candidato debe entregar
los certificados de bautismo, de confirmación, de haber
recibido los ministerios a los que se
refiere el can. 1035 y de haber realizado regularmente los estudios
prescritos
por el can. 1032.(64) Si el ordenando que debe ser promovido
está casado, debe presentar, además, los certificados de
matrimonio y del consentimiento de su mujer.(65)
62. Recibida la solicitud del ordenando, el Obispo (o el
Superior Mayor competente) comprobará su idoneidad
mediante un diligente escrutinio. Ante todo examinará el
informe que el director para la formación debe presentarle
sobre « las cualidades necesarias (en el ordenando) para
recibir el orden, es
decir, doctrina recta, piedad sincera, buenas costumbres y
aptitud para ejercer el ministerio; e igualmente, después de la
investigación oportuna, hará constar su estado de salud física
y psíquica ».(66) El Obispo diocesano o el Superior Mayor «
para que la investigación sea realizada convenientemente
puede emplear otros medios que le parezcan útiles,
atendiendo a las circunstancias de tiempo y de lugar, como son
las cartas testimoniales, las proclamas u otras informaciones ».
(67)
El Obispo o el Superior mayor competente, tras haber
comprobado la idoneidad del candidato y haberse asegurado
de que conoce debidamente las nuevas obligaciones que
asume,(68) lo promoverá al orden del diaconado.
63. Antes de la ordenación, el candidato célibe debe asumir
públicamente la obligación del celibato, según la ceremonia
prescrita; (69) a esto está también obligado el candidato
perteneciente a un Instituto de vida consagrada o a una
Sociedad de vida apostólica que haya emitido los votos
perpetuos, u otras
formas de compromiso definitivo, en el Instituto o Sociedad.
(70) Todos los candidatos están obligados a hacer
personalmente, antes de la ordenación, la
profesión de fe y el juramento de fidelidad, según las fórmulas
aprobadas por la Sede Apostólica, en presencia del Ordinario
del lugar o de su delegado.(71)
64. « Cada uno sea ordenado... para el diaconado por el propio
Obispo o con
legítimas dimisorias del mismo ».(72) Si el promovido
pertenece a un Instituto religioso clerical de derecho pontificio
o a una Sociedad clerical de vida apostólica de derecho
pontificio compete al Superior Mayor concederle las cartas
dimisorias.(73)
65. La ordenación, realizada según el rito del Pontifical
Romano,(74) debe celebrarse, de preferencia, dentro de una
Misa solemne en domingo o en una fiesta de precepto, y
generalmente en la catedral.(75) Los ordenandos « deben
hacer ejercicios espirituales, al menos durante cinco días, en
el lugar y de la manera que determine el Ordinario ».(76)
Durante el rito dése un realce especial a la participación de
las esposas y de los hijos de los ordenandos casados.
IV
LAS
DIMENSIONES
DE LA
FORMACIÓN
DE LOS DIÁCONOS PERMANENTES
1. Formación humana
66. La formación humana tiene por fin modelar la
personalidad de los sagrados ministros de manera que sirvan
de « puente y no de obstáculo a los demás en el encuentro con
Jesucristo Redentor del hombre ».(77) Por tanto, deben ser
educados para adquirir y perfeccionar una serie de
cualidades humanas que
les permitan ganarse la confianza de la comunidad, ejercer
con serenidad el servicio pastoral y facilitar el encuentro y
el diálogo.
Análogamente a cuanto la Pastores dabo vobis señala para la
formación de los
sacerdotes, también los candidatos al diaconado deberán ser
educados « a amar la verdad, la lealtad, el respeto a la
persona, el sentido de la justicia, la fidelidad a la palabra dada,
la verdadera compasión, la coherencia y, en particular, al
equilibrio de juicio y de comportamiento ».(78)
67. De particular importancia para los diáconos, llamados a
ser hombres de comunión y de servicio, es la capacidad para
relacionarse con los demás. Esto exige que sean afables,
hospitalarios, sinceros en sus palabras y en su corazón,
prudentes y discretos, generosos y disponibles para el
servicio, capaces de ofrecer personalmente y de suscitar en
todos relaciones leales y fraternas,
dispuestos a comprender, perdonar y consolar.(79) Un
candidato que fuese excesivamente encerrado en sí mismo,
huraño e incapaz de mantener relaciones normales y serenas
con los demás, debería hacer una profunda
conversión antes de poder encaminarse decididamente por la
vía del servicio ministerial.
68. En la base de la capacidad de relación con los demás está
la madurez afectiva, que deben alcanzar con un amplio margen
de seguridad tanto el candidato célibe como el casado. Dicha
madurez supone en ambos tipos de candidatos el
descubrimiento de la centralidad del amor en la propia
existencia y la lucha victoriosa sobre el propio egoísmo. En
realidad, como escribe el Papa Juan Pablo II en la Encíclica
Redemptor hominis « el hombre no puede vivir sin amor. El
permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está
privada de sentido si no se le revela el amor, si no se
encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio,
si no participa en él vivamente ».(80) Se trata de un amor, dice
el Papa en la Pastores dabo vobis, que compromete a toda la
persona, a nivel físico, psíquico y espiritual y que exige, por tanto,
pleno
dominio de la sexualidad, que debe ser verdadera y plenamente
personal.(81)
Para los candidatos célibes, vivir el amor significa ofrecer la
totalidad del
propio ser, de las propias energías y de la propia solicitud a
Jesucristo y a la Iglesia. Es una vocación comprometedora,
que debe tener en cuenta las inclinaciones de la afectividad
y los impulsos del instinto, y que, por tanto,
necesita de renuncia y de vigilancia, de oración y de
fidelidad a una regla de vida bien precisa. Una ayuda
decisiva puede venir de la existencia de
verdaderas amistades, que representan una valiosa ayuda y
un providencial apoyo para vivir la propia vocación.(82)
Para los candidatos casados, vivir el amor significa entregarse
a sí mismo a la propia esposa, en una pertenencia recíproca,
con un vínculo total, fiel e indisoluble, a imagen del amor de
Cristo a su Iglesia; significa al mismo tiempo
acoger a los hijos, amarlos y educarlos, e irradiar la comunión
familiar a toda la Iglesia y a toda la sociedad. Es una vocación
puesta hoy a dura prueba por la
preocupante degradación de algunos valores fundamentales y
por la exaltación del hedonismo y de un falso concepto de
libertad. Para ser vivida en su
plenitud, la vocación a la vida familiar debe ser alimentada
por la oración, por la liturgia y por el diario ofrecimiento de
sí mismo.(83)
69. Condición para una verdadera madurez humana es la
formación para una libertad que se presenta como
obediencia a la verdad del propio ser. «
Entendida así, la libertad exige que la persona sea
verdaderamente dueña de sí misma, decidida a combatir y
superar las diversas formas de egoísmo e individualismo
que acechan a la vida de cada uno, dispuesta a abrirse a los
demás, generosa en la entrega y en el servicio del prójimo ».
(84) La formación para la libertad incluye también la
educación de la conciencia moral, que
prepara a escuchar la voz de Dios en lo profundo del
corazón y a adherirse firmemente a su voluntad.
70. Estos múltiples aspectos de la madurez humana —
cualidades humanas, capacidad para relacionarse, madurez
afectiva, formación para la libertad y educación de la
conciencia moral— deberán tomarse en consideración
teniendo en cuenta la edad y la formación que ya poseen los
candidatos y ser planificados con programas personalizados.
El director para la formación y el tutor intervendrán en la
parte que les compete; el director espiritual no dejará de
tomar en consideración estos aspectos y comprobarlos en los
coloquios de
dirección espiritual. Son útiles, también, encuentros y
conferencias que ayuden a la revisión personal y motiven a
alcanzar la madurez. La vida comunitaria — aunque
organizada de diversas formas— constituirá un ambiente
privilegiado para el examen y la corrección fraterna. En los
casos en que a juicio de los
formadores fuese necesario, se podrá recurrir, con el
consentimiento de los interesados, a una consulta sicológica.
2. Formación espiritual
71. La formación humana se abre y se completa en la
formación espiritual, que constituye el corazón y el centro
unificador de toda formación cristiana. Su fin es promover el
desarrollo de la nueva vida recibida en el Bautismo.
Cuando un candidato inicia el itinerario de formación
diaconal, generalmente ya ha vivido una cierta experiencia de
vida espiritual como, por ejemplo, el reconocimiento de la
acción del Espíritu, la escucha y meditación de la Palabra de
Dios, el gusto por la oración, el compromiso de servir a los
hermanos, la
disposición al sacrificio, el sentido de Iglesia, el celo
apostólico. Además, según su estado de vida, posee ya una
espiritualidad bien precisa: familiar, de consagración en el
mundo o en la vida religiosa. La formación espiritual del
futuro diácono, por tanto, no podrá ignorar esta experiencia
adquirida, pero
deberá verificarla y reforzarla, para insertar en ella los rasgos
específicos de la espiritualidad diaconal.
72. El elemento que caracteriza particularmente la
espiritualidad diaconal es el descubrimiento y la vivencia del
amor de Cristo siervo, que vino no para ser
servido, sino para servir. Por tanto, se ayudará al candidato
a que adquiera aquellas actitudes que, aunque no en forma
exclusiva, son específicamente diaconales, como la
sencillez de corazón, la donación total y gratuita de sí
mismo, el amor humilde y servicial para con los hermanos,
sobre todo para con los más pobres, enfermos y necesitados,
la elección de un estilo de vida de
participación y de pobreza. María, la sierva del Señor, esté
presente en este camino y sea invocada con el rezo diario
del Rosario, como madre y auxiliadora.
73. La fuente de esta nueva capacidad de amor es la
Eucaristía que, no casualmente, caracteriza el ministerio del
diácono. El servicio a los pobres es la prolongación lógica del
servicio al altar. Se invitará, por tanto, al candidato a
participar diariamente, o al menos con frecuencia, dentro de
sus obligaciones familiares y profesionales, en la celebración
eucarística, y se le ayudará a que profundice cada vez más el
misterio. En el ámbito de esta espiritualidad eucarística
procúrese valorar adecuadamente el sacramento de la
Penitencia.
74. Otro elemento que distingue la espiritualidad diaconal es
la Palabra de Dios, de la que el diácono está llamado a ser
mensajero cualificado, creyendo lo que proclama, enseñando lo
que cree, viviendo lo que enseña.(85) El candidato
deberá, por tanto, aprender a conocer la Palabra de Dios cada vez
más
profundamente y a buscar en ella el alimento constante de
su vida espiritual, mediante el estudio detenido y amoroso y
la práctica diaria de la lectio divina.
75. No deberá faltar, además, la introducción a la oración de
la Iglesia. Orar, en efecto, en nombre de la Iglesia y por la
Iglesia forma parte del ministerio del
diácono. Esto exige una reflexión sobre la originalidad de la
oración cristiana, y sobre el sentido de la Liturgia de las Horas,
pero, sobre todo, la iniciación
práctica en ella. A tal fin, es importante que en todos los
encuentros entre los futuros diáconos se reserve un tiempo
consagrado a esta oración.
76. El diácono, en fin, encarna el carisma del servicio como
participación en el ministerio eclesiástico. Esto tiene
repercusiones importantes para su vida espiritual, que
deberá caracterizarse por las notas de la obediencia y de la
comunión fraterna. Una auténtica formación para la
obediencia, lejos de
perjudicar los dones recibidos con la gracia de la ordenación,
garantizará al impulso apostólico la autenticidad eclesial. La
comunión con los hermanos ordenados, presbíteros y
diáconos es, a su vez, un bálsamo que sostiene y estimula la
generosidad en el ministerio. El candidato deberá, por lo
tanto, ser formado en el sentido de pertenencia al cuerpo de
los ministros ordenados, en la colaboración fraterna con ellos
y en la condivisión espiritual.
77. Medios para esta formación son los retiros mensuales y
los ejercicios espirituales anuales; las instrucciones
programadas según un plan orgánico y progresivo, que tenga
en cuenta las diversas etapas de la formación; el
acompañamiento espiritual, que debe poder ser asiduo.
Misión particular del director espiritual es ayudar al candidato
a discernir los signos de su vocación, a vivir en una actitud de
conversión continua, a adquirir los rasgos propios de la
espiritualidad diaconal, alimentándose en los escritos de la
espiritualidad clásica y de los santos, y a realizar una síntesis
armónica entre el estado de
vida, la profesión y el ministerio.
78. Provéase, además, para que las esposas de los candidatos
casados crezcan en el conocimiento de la vocación del marido
y de su propia misión junto a él. Para ello, invíteselas a
participar regularmente en los encuentros de formación
espiritual.
Igualmente se procurará llevar a cabo iniciativas apropiadas
para sensibilizar a los hijos al ministerio diaconal.
3. Formación doctrinal
79. La formación intelectual es una dimensión necesaria de la
formación
diaconal, en cuanto ofrece al diácono un alimento
substancioso para su vida espiritual, y un precioso
instrumento para su ministerio. Ella es
particularmente urgente hoy ante el desafío de la nueva
evangelización a la que está llamada la Iglesia en este
difícil cambio de milenio. La indiferencia religiosa, la
confusión de los valores, la pérdida de convergencias
éticas, el pluralismo cultural, exigen que aquellos que están
comprometidos en el ministerio ordenado posean una
formación amplia y profunda.
En la Carta circular de 1969 Come è a conoscenza la Congregación para
la
Educación Católica invitaba a las Conferencias Episcopales a
que elaborasen un programa de formación doctrinal para los
candidatos al diaconado que tuviera en cuenta las diferentes
situaciones personales y eclesiales, y que excluyera al mismo
tiempo, absolutamente « una preparación apresurada o
superficial,
porque las tareas de los diáconos, según lo establecido en la
Constitución
Lumen gentium (n. 29) y en el Motu propio (n. 22),(86) son de
tal importancia que exigen una formación sólida y
eficiente ».
80. Dicha formación se ha de organizar según los siguientes
criterios:
a)la necesidad de que el diácono sea capaz de dar razón de
su fe y adquiera una fuerte conciencia eclesial;
b) la preocupación de que sea formado para los deberes
específicos de su ministerio;
c)la importancia de que adquiera la capacidad para enjuiciar
las situaciones, y para realizar una adecuada inculturación
del Evangelio;
d)la utilidad de que conozca técnicas de comunicación y de
animación de reuniones, como también de que sepa
expresarse en público y de que esté en condiciones de guiar
y aconsejar.
81. Teniendo en cuenta los anteriores criterios, los
contenidos que se deberán tener en consideración son: (87)
a)la introducción a la Sagrada Escritura y a su correcta
interpretación; la
teología del Antiguo y del Nuevo Testamentos; la interrelación
entre Escritura y Tradición; el uso de la Escritura en la
predicación, en la catequesis y, en
general, en la actividad pastoral;
b) la iniciación al estudio de los Padres de la Iglesia, y a un
primer contacto con la historia de la Iglesia;
c)la teología fundamental, con el conocimiento de las fuentes,
de los temas y de los métodos de la teología, la exposición de
las cuestiones relativas a la
Revelación y el planteamiento de la relación entre fe y razón,
que prepara a los futuros diáconos para explicar la
racionalidad de la fe;
d)la teología dogmática, con sus diversos apartados:
trinitaria, creación, cristología, eclesiología y ecumenismo,
mariología, antropología cristiana,
sacramentos (especialmente la teología del ministerio ordenado),
escatología;
e) la moral cristiana, en sus dimensiones personales y
sociales y, en particular, la doctrina social de la Iglesia;
f)la teología espiritual;
g) la liturgia;
h)el derecho canónico.
Según las situaciones y las necesidades, el programa de
estudios se completará con otras materias como el estudio de
las otras religiones, el conjunto de las cuestiones filosóficas,
la profundización de ciertos problemas económicos y
políticos.(88)
82. Para la formación teológica aprovéchense, donde sea
posible, los Institutos de ciencias religiosas ya existentes u
otros Institutos de formación teológica.
Donde sea necesario crear centros especiales para la formación
teológica de los diáconos, hágase de tal modo que el número
de horas de lecciones, impartidas a lo largo del trienio, no sea
inferior a mil. Al menos los cursos fundamentales se concluirán
con un examen, y el trienio con uno final complexivo.
83. Para acceder a este programa de formación debe
exigirse una formación básica previa, cuya amplitud
dependerá del nivel cultural del País.
84. Los candidatos deben estar dispuestos a continuar
su formación aún después de la ordenación. A tal fin,
anímeseles a formar una pequeña
biblioteca personal de orientación teológico-pastoral y a seguir
los programas de formación permanente.
4. Formación pastoral
85. En sentido amplio, la formación pastoral coincide con la
espiritual: es la
formación para la identificación cada vez más plena con la
diaconía de Cristo. Tal actitud debe presidir la articulación de
la diversas dimensiones formativas, integrándolas en la
perspectiva de la vocación diaconal, que consiste en ser
sacramento de Cristo, siervo del Padre.
En sentido estricto, la formación pastoral se realiza con el
estudio de una disciplina teológica específica, y con un
tirocinio práctico.
86. La disciplina teológica se llama teología pastoral. Esta es «
una reflexión científica sobre la Iglesia en su vida diaria, con
la fuerza del Espíritu, a través de la historia; una reflexión
sobre la Iglesia como « sacramento de salvación », como
signo e instrumento vivo de la salvación de Jesucristo en la
Palabra, en
los Sacramentos y en el servicio de la caridad ».(89) El fin de
esta disciplina es, pues, el estudio de los principios, de los
criterios y de los métodos que orientan la acción apostólico-
misionera de la Iglesia en la historia.
La teología pastoral programada para los diáconos prestará
especial atención a los campos eminentemente diaconales,
como:
a)la praxis litúrgica: administración de los sacramentos y de
los sacramentales, el servicio del altar;
b) la proclamación de la Palabra en los varios contextos del
servicio ministerial: kerigma, catequesis, preparación a los
sacramentos, homilía;
c)el compromiso de la Iglesia por la justicia social y la caridad;
d)la vida de la comunidad, en particular, la animación
de agrupaciones familiares, pequeñas comunidades,
grupos, movimientos, etc.
También serán útiles ciertos conocimientos técnicos, que
preparen a los candidatos para actividades ministeriales
específicas, como la sicología, la
homilética, el canto sagrado, la administración eclesiástica, la
informática, etc. (90)
87. En concomitancia (y posiblemente en conexión) con la
enseñanza de la
teología pastoral se debe prever para cada candidato un tirocinio
práctico, que
le permita conocer sobre el terreno cuanto ha aprendido en el
estudio. Dicho
tirocinio debe ser gradual, variado y evaluado continuamente.
En la elección de las actividades ténganse en cuenta los
ministerios conferidos, y evalúese su ejercicio.
Cuídese de que los candidatos se integren activamente en la
actividad pastoral diocesana, y de que tengan periódicos
intercambios de experiencias con los
diáconos ya comprometidos en el ministerio activo.
88. Además, se ha de procurar que los futuros diáconos
adquieran una fuerte sensibilidad misionera. En efecto,
también ellos, como los presbíteros, reciben con la sagrada
ordenación un don espiritual que los dispone para una misión
universal, hasta los extremos de la tierra (cf. He 1, 8).(91)
Ayúdeseles, pues, a adquirir una viva conciencia de esta su
identidad misionera, y prepáreseles
para hacerse cargo del anuncio de la verdad también a los no
cristianos, especialmente a sus conciudadanos. Pero tampoco
falte la perspectiva de la misión ad gentes, si las circunstancias
lo requiriesen y permitieran.
CONCLUSIÓN
89. La Didascalia Apostolorum recomienda a los diáconos de los
primeros siglos:
« Como nuestro Salvador y Maestro ha dicho en el Evangelio:
aquel que quiera ser grande entre vosotros, sea vuestro siervo, como
el Hijo del Hombre que no ha venido a que le sirvan sino para servir y
dar su vida para el rescate de muchos,
vosotros, diáconos, debéis hacer lo mismo, aunque esto
comporte el dar la vida por vuestros hermanos, por el servicio
que debéis cumplir ».(92) Es ésta una invitación actualísima
también para aquellos que hoy se sienten llamados al
diaconado, que los cuestiona para prepararse con gran
empeño a su futuro ministerio.
90. Las Conferencias Episcopales y los Ordinarios de todo el
mundo, a quienes va dirigido este documento, procuren
hacerlo objeto de atenta reflexión en comunión con sus
sacerdotes y sus comunidades. Será un importante punto de
referencia para las Iglesias en las que el diaconado
permanente es una realidad viva y efectiva; y para las demás
una invitación eficaz a apreciar el servicio
diaconal como un precioso don del Espíritu Santo.
El Sumo Pontífice Juan Pablo II ha aprobado y ordenado publicar
esta « Ratio fundamentalis institutionis diaconorum permanentium
».
Roma, desde el Palacio de las Congregaciones, 22 de febrero, fiesta de
la Cátedra de San Pedro, de 1998.
Pio Card. Laghi
Prefecto
José Saraiva
Martins Arz. tit. de
Tubúrnica
Secretario
CONGREGACIÓN PARA EL CLERO
DIRECTORIUM PRO MINISTERIO ET
VITA DIACONORUM PERMANENTIUM
DIRECTORIO
PARA EL MINISTERIO Y LA
VIDA DE LOS DIÁCONOS
PERMANENTES
EL ESTATUTO JURÍDICO DEL DIÁCONO
El diácono ministro sagrado
1. El diaconado tiene su origen en la consagración y en la
misión de Cristo, de las cuales el diácono está llamado a
participar.(34) Mediante la imposición de
las manos y la oración consecratoria es constituído ministro
sagrado, miembro de la jerarquía. Esta condición determina su
estatuto teológico y jurídico en la Iglesia.
La incardinación
2. En el momento de la admisión todos los candidatos
deberán expresar claramente y por escrito la intención de
servir a la Iglesia(35) durante toda la
vida en una determinada circunscripción territorial o
personal, en un Instituto de Vida Consagrada, en un Sociedad
de Vida apostólica, que tengan la facultad de incardinar.(36)
La aceptación escrita de tal petición está reservada a quien
tenga la facultad de incardinar, y determina quien es el
superior del candidato. (37)
La incardinación es un vínculo jurídico, que tiene valor
eclesiológico y espiritual en cuanto que expresa la
dedicación ministerial del diácono a la Iglesia.
3. Un diácono ya incardinado en una circunscripción
eclesiástica, puede ser incardinado en otra
circunscripición a norma del derecho.(38)
El diácono que, por justos motivos, desea ejercer el ministerio
en una diócesis diversa de aquella de la incardinación, debe
obtener la autorización escrita de los dos obispos.
Los obispos favorezcan a los diáconos de su diócesis, que
desean ponerse a disposición de las Iglesias, que sufren
por la escasez de clero, sea en forma
definitiva, sea por tiempo determinado, y, en particular, a
aquellos que piden dedicarse, previa una específica y
cuidadosa preparación, para la misión ad gentes. Las
necesarias relaciones serán reguladas con un adecuado
acuerdo entre los obispos interesados.(39)
Es deber del obispo seguir con particular solicitud a los diáconos de
su diócesis.
(40) Él se dirigirá con especial premura, proveyendo personalmente
o mediante
un sacerdote delegado suyo, hacia aquellos que, por su
situación, se encuentren en especiales dificultades.
4. El diácono incardinado en un Instituto de Vida Consagrada
o en una Sociedad de Vida Apostólica, ejercerá su ministerio
bajo la potestad del obispo en todo aquello que se refiere al
cuidado pastoral, al ejercicio público del culto divino y a las
obras de apostolado, quedando también sujeto a los propios
superiores,
según su competencia y manteniéndose fiel a la disciplina de
la comunidad de referencia.(41) En caso de traslado a otra
comunidad de diversa diócesis, el
superior deberá presentar el diácono al Ordinario con el fin de
obtener de éste la licencia para el ejercicio del ministerio,
según la modalidad que ellos mismos determinarán con sabio
acuerdo.
5. La vocación específica del diaconado permanente supone
la estabilidad en este orden. Por tanto, un eventual paso al
presbiterado de diáconos no casados o que hayan quedado
viudos será una rarísima excepción, posible sólo cuando
especiales y graves razones lo sugieran. La decisión de
admisión al Orden del Presbiterado corresponde al propio
obispo diocesano, si no hay otros impedimentos reservados a
la Santa Sede(42) Sin embargo, dada la excepcionalidad del
caso, es oportuno que él consulte previamente a la
Congregación para la Educación Católica respecto a lo que se refiere
al
programa de preparación intelectual y teológica del cadidato
y la Congregación para el Clero acerca el programa de
preparación pastoral y las actitudes del
diácono al ministerio presbiteral.
Fraternidad sacramental
6.Los diáconos, en virtud del orden recibido, están unidos entre sí
por la
hermandad sacramental. Todos ellos actúan por la misma
causa: la edificación del Cuerpo de Cristo, bajo la autoridad
del obispo, en comunión con el Sumo
Pontífice.(43) Siéntase cada diácono ligado a sus hermanos
con el vínculo de la caridad, de la oración, de la obediencia al
propio obispo, del celo ministerial y de la colaboración.
Es bueno que los diáconos, con el consentimiento del obispo y
en presencia del obispo mismo o de su delegado, se reúnan
periódicamente para verificar el ejercicio del propio
ministerio, intercambiar experiencias, proseguir la
formación, estimularse recíprocamente en la fidelidad.
Estos encuentros entre diáconos permanentes pueden
constituir un punto de referencia también para los candidatos
a la ordenación diaconal.
Corresponde al obispo del lugar alimentar en los diáconos
que trabajan en la diócesis un «espíritu de comunión»,
evitando la formación de aquel
«corporativismo», que influyó en la desaparición del
diaconado permanente en los siglos pasados.
Obligaciones y derechos
7. El estatuto del diácono comporta también un conjunto
de obligaciones y derechos específicos, a tenor de los
cann. 273-283 del Código de Derecho
Canónico, que se refieren a las obligaciones y a los derechos de
los clérigos, con las peculiaridades allí previstas para los
diáconos.
8. El rito de la ordenación del diácono prevé la promesa
de obediencia al obispo: «¿Prometes a mí y mis sucesores
filial respeto y obediencia?».(44)
El diácono, prometiendo obediencia al obispo, asume como
modelo a Jesús, obediente por excelencia (cf. Fil 2, 5-11),
sobre cuyo ejemplo caracterizará la propia obediencia en la
escucha (cf. Heb 10, 5ss; Jn 4, 34) y en la radical
disponibilidad (cf. Lc 9, 54ss; 10, 1ss).
Él, por esto, se compromete sobre todo con Dios a actuar en
plena conformidad a la voluntad del Padre; al mismo tiempo se
compromete también con la Iglesia, que tiene necesidad de
personas plenamente disponibles.(45) En la plegaria y en el
espíritu de oración del cual debe estar penetrado, el diácono
profundizará diariamente el don total de sí, como ha hecho el
Señor «hasta la muerte y muerte de cruz» (Fil 2,8).
Esta visión de la obediencia predispone a la acogida de las
concretas obligaciones asumidas por el diácono con la
promesa hecha en la ordenación, según cuanto está previsto
por la ley de la Iglesia: «Los clérigos, si no les exime un
impedimento legítimo, están obligados a aceptar y
desempeñar fielmente la tarea que les encomiende su
ordinario»(.46)
El fundamento de la obligación está en la participación misma
en el ministerio episcopal, conferida por el sacramento del
Orden y por la misión canónica. El ámbito de la obediencia y
de la disponibilidad está determinado por el mismo
ministerio diaconal y por todo aquello que tiene relación
objetiva, directa e inmediata con él.
Al diácono, en el decreto en que se le confiere el oficio, el
obispo le atribuirá las tareas correspondientes a sus
capacidades personales, a la condición celibataria o familiar, a
la formación, a la edad, a las aspiraciones reconocidas como
espiritualmente válidas. Serán también definidos el ámbito
territorial o
las personas a las que dirigirá su servicio apostólico; será
igualmente especificado si su oficio es a tiempo pleno o
parcial, y qué presbítero será el responsable de la «cura
animarum», relativa al ámbito de su oficio.
9. Es deber de los clérigos vivir el vínculo de la fraternidad
y de la oración, comprometiéndose en la colaboración mutua
y con el obispo, reconociendo y promoviendo la misión de los
fieles laicos en la Iglesia y en el mundo,(47)
conduciendo un estilo de vida sobrio y simple, que se abra a
la ?cultura del dar' y favorezca una generosa caridad fraterna.
(48)
10. Los diáconos permanentes no están obligados a llevar el
hábito eclesiástico, como en cambio lo están los diáconos
candidatos al presbiterado,(49) para los cuales valen las
mismas normas previstas universalmente para los presbíteros.
(50)
Los miembros de los Institutos de Vida consagrada y las
Sociedades de Vida apostólica se atendrán a cuanto está
dispuesto para ellos en el Código de
Derecho Canónico.(51)
11. La Iglesia reconoce en el propio ordenamiento canónico
el derecho de los diáconos para asociarse entre ellos, con el
fin de favorecer su vida espiritual,
ejercitar obras de caridad y de piedad y conseguir otros
fines, en plena conformidad con su consagración
sacramental y su misión.(52)
A los diáconos, como a los otros clérigos, no les está
permitida la fundación, la adhesión y la participación en
asociaciones o agrupaciones de cualquier
género, incluso civiles, incompatibles con el estado clerical, o
que obstaculicen el diligente cumplimiento de su ministerio.
Evitarán también todas aquellas asociaciones que, por su
naturaleza, finalidad y métodos de acción vayan en
detrimento de la plena comunión jerárquica de la Iglesia;
además aquellas que acarrean daños a la identidad diaconal
y al cumplimiento de los deberes que
los diáconos ejercen en el servicio del pueblo de Dios; y,
finalmente, aquellas que conspiran contra la Iglesia.(53)
Serían totalmente incompatibles con el estado diaconal
aquellas asociaciones que quisieran reunir a los diáconos, con
la pretensión de representatividad, en una especie de
corporación, o de sindicato, o en grupos de presión, reduciendo,
de hecho, su sagrado ministerio a una profesión u oficio,
comparable a
funciones de carácter profano. Además, son totalmente
incompatibles aquellas asociaciones, que en cualquier modo
desvirtúan la naturaleza del contacto
directo e inmediato, que cada diácono debe tener con su propio
obispo.
Tales asociaciones están prohibidas porque resultan nocivas al
ejercicio del sagrado ministerio diaconal, que corre el riesgo
de ser considerado como
prestación subordinada, e introducen así una actitud de
contraposición respecto a los sagrados pastores,
considerados únicamente como empresarios. (54)
Téngase presente que ninguna asociación privada puede ser
reconocida como eclesial sin la previa recognitio de los
estatutos por parte de la autoridad eclesial competente;(55)
que la misma autoridad tiene el derecho-deber de
vigilar sobre la vida de las asociaciones y sobre la
consecución de la finalidad de sus estatutos.(56)
Los diáconos, provenientes de asociaciones o movimientos
eclesiales, no sean privados de las riquezas espirituales de
tales agrupaciones, en las que pueden seguir encontrando
ayuda y apoyo para su misión en el servicio de la Iglesia
particular.
12. La eventual actividad profesional o laboral del diácono
tiene un significado diverso de la del fiel laico.(57) En los
diáconos permanentes el trabajo
permanece, de todos modos, ligado al ministerio; ellos, por tanto,
tendrán
presente que los fieles laicos, por su misión específica, están
«llamados de modo particular a hacer que la Iglesia esté
presente y operante en aquellos lugares y circunstancias, en
las que ella no puede ser sal de la tierra sino por medio de
ellos».(58)
La vigente disciplina de la Iglesia no prohíbe que los
diáconos permanentes asuman o ejerzan una profesión con
ejercicio de poderes civiles, ni que se dediquen a la
administración de los bienes temporales o que ejerzan
cargos
seculares con la obligación de dar cuentas de ellos, como
excepción a cuanto se ha dicho sobre los demás clérigos.(59)
Dado que dicha excepción puede ser
inoportuna, está previsto que el derecho particular pueda
determinar diversamente.
En el ejercicio de las actividades comerciales y de los negocios,
(60) que les están permitidos si no hay previsiones diversas y
oportunas por parte del derecho
particular, será deber de los diáconos dar un buen
testimonio de honestidad y de rectitud deontológica, incluso
en la observancia de las obligaciones de
justicia y de las leyes civiles que no estén en oposición con el
derecho natural, el Magisterio, a las leges de la iglesia y a su
libertad.(61)
Esta excepción no se aplica a los diáconos pertenecientes a
Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida
apostólica.(62)
Los diáconos permanentes siempre tendrán cuidado de
valorar cada situación con prudencia, pidiendo consejo al
propio obispo, sobre todo en los casos y en las situaciones
más complejas. Tales profesiones, aunque honestas y útiles a
la comunidad —si ejercidas por un diácono permanente—
podrían resultar, en
determinadas circunstancias, difícilmente compatibles con la
responsabilidad pastoral propia de su ministerio. Por tanto, la
autoridad competente, teniendo presente las exigencias de la
comunión eclesial y los frutos de la acción pastoral al servicio
de ésta, debe valorar prudentemente cada caso, aunque
cuando se
verifiquen cambios de profesión después de la ordenación diaconal.
En casos de conflicto de conciencia, los diáconos deben
actuar, aunque con grave sacrificio, en conformidad con la
doctrina y la disciplina de la Iglesia.
13. Los diáconos, en cuanto ministros sagrados, deben
dar prioridad al ministerio y a la caridad pastoral,
favoreciendo «en sumo grado el mantenimiento, entre
los hombres, de la paz y de la concordia».(63)
El compromiso de militancia activa en los partidos políticos y
sindicatos puede ser consentido en situaciones de particular
relevancia para «la defensa de los derechos de la Iglesia o la
promoción del bien común»,(64) según las
disposiciones adoptadas por las Conferencias Episcopales;
(65) permanece, no obstante, firmemente prohibida, en todo
caso, la colaboración con partidos y fuerzas sindicales, que
se basan en ideologías, prácticas y coaliciones incompatibles
con la doctrina católica.
14. El diácono, por norma, para alejarse de la diócesis «por
un tiempo considerable», según las especificaciones del
derecho particular, deberá tener autorización del propio
Ordinario o Superior Mayor.(66)
Sustento y seguridad social
15. Los diáconos, empeñados en actividades profesionales
deben mantenerse con las ganancias derivadas de ellas.(67)
Es del todo legítimo que cuantos se dedican plenamente al
servicio de Dios en el desempeño de oficios eclesiásticos,(68)
sean equitativamente remunerados,
dado que «el trabajador es digno de su salario» (Lc 10, 7) y que «el
Señor ha
dispuesto que aquellos que anuncian el Evangelio vivan del
Evangelio» (1 Cor 9,14). Esto no excluye que, como ya hacía el
apóstol Pablo (cf. 1 Cor 9,12), no se pueda renunciar a este
derecho y se provea diversamente al propio sustento.
No es fácil fijar normas generales y vinculantes para todos en
relación al
sustento, dada la gran variedad de situaciones que se dan
entre los diáconos, en las diversas Iglesias particulares y en los
diversos países. En esta materia, además, hay que tener
presentes también los eventuales acuerdos estipulados por la
Santa Sede y por las Conferencias Episcopales con los
gobiernos de las
naciones. Se remite, por esto, al derecho particular para
oportunas determinaciones.
16. Los clérigos, en cuanto dedicados de modo activo y
concreto al ministerio eclesiástico, tienen derecho al
sustento, que comprende «una remuneración adecuada»(69)
y la asistencia social.(70)
Respecto a los diáconos casados el Código de Derecho
Canónico dispone lo siguiente: «Los diáconos casados
plenamente dedicados al ministerio
eclesiástico merecen una retribución tal que pueda sostener a
sí mismos y a su familia; pero quienes, por ejercer o haber
ejercido una profesión civil, ya reciben una remuneración,
deben proveer a sus propias necesidades y a las de su familia
con lo que cobren por ese título».(71) Al establecer que la
remuneración debe ser «adecuada», son también enunciados
los parámetros
para determinar y juzgar la medida de la remuneración: condición
de la
persona, naturaleza del cargo ejercido, circunstancias de lugar y de
tiempo,
necesidades de la vida del ministro (incluidas las de su
familia si está casado), justa retribución para las personas
que, eventualmente, estuviesen a su
servicio. Se trata de criterios generales, que se aplican a todos los
clérigos.
Para proveer al «sustento de los clérigos que prestan servicios a
favor de la
diócesis», en cada Iglesia particular debe constituirse un
instituto especial, con la finalidad de «recoger los bienes y las
ofertas».(72)
La asistencia social en favor de los clérigos, si no ha
sido dispuesto diversamente, es confiada a otro
instituto apropiado.(73)
17. Los diáconos célibes, dedicados al ministerio
eclesiástico en favor de la diócesis a tiempo completo, si
no gozan de otra fuente de sustento, tienen derecho a la
remuneración, según el principio general.(74)
18. Los diáconos casados, que se dedican a tiempo
completo al ministerio eclesiástico sin recibir de otra
fuente retribución económica, deben ser remunerados de
manera que puedan proveer al propio sustento y al de
la familia,(75) en conformidad al susodicho principio
general.
19. Los diáconos casados, que se dedican a tiempo completo
o a tiempo parcial al ministerio eclesiástico, si reciben una
remuneración por la profesión civil,
que ejercen o han ejercido, están obligados a proveer a sus
propias necesidades y a las de su familia con las rentas
provenientes de tal remuneración.(76)
20. Corresponde al derecho particular reglamentar con
oportunas normas otros aspectos de la compleja materia,
estableciendo, por ejemplo, que los entes y las parroquias, que
se benefician del ministerio de un diácono, tienen la
obligación de reembolsar los gastos realizados por éste en el
desempeño del ministerio.
El derecho particular puede, además, definir qué obligaciones deba
asumir la
diócesis en relación al diácono que, sin culpa, se encontrase privado
del trabajo
civil. Igualmente, será oportuno precisar las eventuales
obligaciones económicas de la diócesis en relación a la
mujer y a los hijos del diácono
fallecido. Donde sea posible, es oportuno que el diácono
suscriba, antes de la ordenación, un seguro que prevea
estos casos.
Pérdida del estado de diácono
21. El diácono está llamado a vivir con generosa entrega y
renovada
perseverancia el orden recibido, con fe en la perenne fidelidad
de Dios. La sagrada ordenación, validamente recibida, jamás
se pierde. Sin embargo, la pérdida del estado clerical se da en
conformidad con lo estipulado por las
normas canónicas.(77)
MINISTERIO DEL DIÁCONO
Funciones de los diáconos
22. El ministerio del diaconado viene sintetizado por el
Concilio Vaticano II con la tríada: «ministerio (diaconía) de la
liturgia, de la palabra y de la caridad».(78) De este modo se
expresa la participación diaconal en el único y triple munus de
Cristo en el ministro ordenado. El diácono «es maestro, en
cuanto proclama e ilustra la Palabra de Dios; es santificador, en
cuanto administra el sacramento
del Bautismo, de la Eucaristía y los sacramentales, participa
en la celebración de la Santa Misa en calidad de «ministro de
la sangre», conserva y distribuye la Eucaristía; «es guía, en
cuanto animador de la comunidad o de diversos
sectores de la vida eclesial».(79) De este modo, el diácono
asiste y sirve a los obispos y a los presbíteros, quienes
presiden los actos litúrgicos, vigilan la
doctrina y guían al Pueblo de Dios. El ministerio de los
diáconos, en el servicio a la comunidad de los fieles, debe
«colaborar en la construcción de la unidad de
los cristianos sin prejuicios y sin iniciativas inoportunas»,(80)
cultivando aquellas «cualidades humanas que hacen a una
persona aceptable a los demás y creíble, vigilante sobre su
propio lenguaje y sobre sus propias capacidades de diálogo,
para adquirir una actitud auténticamente ecuménica».(81)
Diaconía de la Palabra
23. El obispo, durante la ordenación, entrega al diácono el libro de
los
Evangelios diciendo estas palabras: «Recibe el Evangelio de
Cristo del cual te has transformado en su anunciador».(82) Del
mismo modo que los sacerdotes,
los diáconos se dedican a todos los hombres, sea a través de
su buena conducta, sea con la predicación abierta del misterio
de Cristo, sea en el transmitir las enseñanzas cristianas o al
estudiar los problemas de su tiempo. Función
principal del diácono es, por lo tanto, colaborar con el obispo y con
los
presbíteros en el ejercicio del ministerio(83), n. 9: Enseñanzas,
VII, 2 [1984], 436)] no de la propia sabiduría, sino de la
Palabra de Dios, invitando a todos a la conversión y a la
santidad.(84) Para cumplir esta misión los diáconos están
obligados a prepararse, ante todo, con el estudio cuidadoso
de la Sagrada
Escritura, de la Tradición, de la liturgia y de la vida de la
Iglesia.(85) Están obligados, además, en la interpretación y
aplicación del sagrado depósito, a
dejarse guiar dócilmente por el Magisterio de aquellos que son
«testigos de la
verdad divina y católica»:(86) el Romano Pontífice y los
obispos en comunión con él,(87) de modo que propongan
«integral y fielmente el misterio de Cristo». (88)
Es necesario, en fin, que aprendan el arte de comunicar la fe
al hombre moderno de manera eficaz e integral, en las
múltiples situaciones culturales y en las diversas etapas de la
vida.(89)
24. Es propio del diácono proclamar el evangelio y predicar la
palabra de Dios.
(90) Los diáconos gozan de la facultad de predicar en
cualquier parte, según las condiciones previstas por el Código.
(91) Esta facultad nace del sacramento y
debe ser ejercida con el consentimiento, al menos tácito, del
rector de la Iglesia, con la humildad de quien es ministro y no
dueño de la palabra de Dios. Por este motivo la advertencia
del Apóstol es siempre actual: «Investidos de este ministerio
por la misericordia con que fuimos favorecidos, no
desfallecemos. Al contrario, desechando los disimulos
vergonzosos, sin comportarnos con astucia ni falsificando la
palabra de Dios, sino anunciando la verdad, nos presentamos
delante de toda conciencia humana, en presencia de Dios» (2
Cor 4:1-2).(92)
25. Cuando presidan una celebración litúrgica o cuando según las
normas
vigentes,(93) sean los encargados de ellas, los diáconos den
gran importancia a la homilía en cuanto «anuncio de las
maravillas hechas por Dios en el misterio de Cristo, presente y
operante sobretodo en las celebraciones litúrgicas».(94)
Sepan, por tanto, prepararla con especial cuidado en la
oración, en el estudio de los textos sagrados, en la plena
sintonía con el Magisterio y en la reflexión
sobre las expectativas de los destinatarios.
Concedan, también, solícita atención a la catequesis de los
fieles en las diversas etapas de la existencia cristiana, de
forma que les ayuden a conocer la fe en
Cristo, a reforzarla con la recepción de los sacramentos y a
expresarla en su vida personal, familiar, profesional y
social.(95) Esta catequesis hoy es tan importante y
necesaria y tanto más debe ser completa, fiel, clara y ajena
de
incertidumbres, cuanto más secularizada está la sociedad y más
grandes son los desafíos que la vida moderna plantea al hombre y al
evangelio.
26. Esta sociedad es la destinataria de la nueva
evangelización. Ella exige el esfuerzo más generoso por parte
de los ministros ordenados. Para promoverla
«alimentados por la oración y sobre todo del amor a la
Eucaristía»,(96) los diáconos además de su participación
en los programas diocesanos o
parroquiales de catequesis, evangelización y preparación a
los sacramentos, transmitan la Palabra en su eventual
ámbito profesional, ya sea con palabras
explícitas, ya sea con su sola presencia activa en los lugares
donde se forma la opinión pública o donde se aplican las
normas éticas (como en los servicios
sociales, los servicios a favor de los derechos de la familia,
de la vida etc.); tengan en cuenta las grandes
posibilidades que ofrecen al ministerio de la palabra la
enseñanza de la religión y de la moral en las escuelas,(97)
la enseñanza en las universidades católicas y también
civiles(98) y el uso adecuado de los modernos medios de
comunicación.(99)
Estos nuevos areópagos exigen ciertamente, además de la
indispensable sana doctrina, una esmerada preparación
específica, pues constituyen medios
eficacísimos para llevar el evangelio a los hombres de
nuestro tiempo y a la misma sociedad. (100)
Finalmente los diáconos tengan presente que es necesario
someter al juicio del ordinario, antes de la publicación, los
escritos concernientes a la fe y a las costumbres (101) y que
es necesario el permiso del ordinario del lugar para escribir en
publicaciones o participar en transmisiones y
entretenimientos que suelan atacar la religión católica o las
buenas costumbres. Para las retransmisiones radio televisivas
tendrán en cuenta lo establecido por la
Conferencia Episcopal. (102)
En todo caso, tengan siempre presente la exigencia primera e
irrenunciable de no hacer nunca concesiones en la
exposición de la verdad.
27. Los diáconos recuerden que la Iglesia es por su misma
naturaleza misionera, (103) ya sea porque ha tenido origen en
la misión del Hijo y en la misión del Espíritu Santo según el
plan del Padre, ya sea porque ha recibido del Señor resucitado
el mandato explícito de predicar a toda criatura el Evangelio y
de bautizar a los que crean (cf. Mc 16, 15-16; Mt 28, 19). De
esta Iglesia los
diáconos son ministros y, por lo mismo, aunque incardinados
en una Iglesia particular, no pueden sustraerse del deber
misionero de la Iglesia universal y deben, por lo tanto,
permanecer siempre abiertos, en la forma y en la medida
que permiten sus obligaciones familiares —si están casados—
y profesionales, también a la missio ad gentes. (104)
La dimensión del servicio está unida a la dimensión misionera
de la Iglesia; es decir, el esfuerzo misionero del diácono
abraza el servicio de la palabra, de la liturgia y de la caridad,
que a su vez se realizan en la vida cotidiana. La misión se
extiende al testimonio de Cristo también en el eventual
ejercicio de una
profesión laical.
Diaconía de la liturgia
28. El rito de la ordenación pone de relieve otro aspecto del
ministerio diaconal: el servicio del altar. (105)
El diácono recibe el sacramento del orden para servir en
calidad de ministro a la santificación de la comunidad
cristiana, en comunión jerárquica con el
obispo y con los presbíteros. Al ministerio del obispo y,
subordinadamente al de los presbíteros, el diácono presta una
ayuda sacramental, por lo tanto intrínseca, orgánica,
inconfundible.
Resulta claro que su diaconía ante el altar, por tener su origen
en el sacramento del Orden, se diferencia esencialmente de
cualquier ministerio litúrgico que los pastores puedan encargar
a fieles no ordenados. El ministerio litúrgico del
diácono se diferencia también del mismo ministerio ordenado
sacerdotal. (106)
Se sigue que en el ofrecimiento del Sacrificio eucarístico, el
diácono no está en condiciones de realizar el misterio sino
que, por una parte representa efectivamente al Pueblo fiel, le
ayuda en modo específico a unir la oblación de su vida a la
oferta de Cristo; y por otro sirve, en nombre de Cristo mismo,
a
hacer partícipe a la Iglesia de los frutos de su sacrificio.
Así como «la liturgia es el culmen hacia el cual tiende la acción de la
Iglesia y,
juntamente, la fuente de la cual emana toda su virtud», (107)
esta prerrogativa de la consagración diaconal es también
fuente de una gracia sacramental
dirigida a fecundar todo el ministerio; a tal gracia se debe
corresponder
también con una cuidadosa y profunda preparación teológica
y litúrgica para poder participar dignamente en la celebración
de los sacramentos y de los
sacramentales.
29. En su ministerio el diácono tendrá siempre viva la
conciencia de que «cada celebración litúrgica, en cuanto obra
de Cristo sumo y eterno sacerdote y de su Cuerpo, que es la
Iglesia, es una acción sagrada por excelencia, cuya eficacia,
con el mismo título y el mismo grado, no la iguala ninguna
otra acción de la Iglesia». (108) La liturgia es fuente de gracia
y de santificación. Su eficacia
deriva de Cristo Redentor y no se apoya en la santidad del
ministro. Esta certeza hará humilde al diácono, que no podrá
jamás comprometer la obra de Cristo, y al mismo tiempo, le
empujará a una vida santa para ser digno ministro de Cristo.
Las acciones litúrgicas, por tanto, no se reducen a acciones
privadas o sociales que cada uno puede celebrar a su modo
sino que pertenecen al Cuerpo universal de la Iglesia.(109) Los
diáconos deben observar las normas propias de los santos
misterios con tal devoción que lleven a los fieles a una
consciente
participación, que fortalezca su fe, dé culto a Dios y santifique a la
Iglesia. (110)
30. Según la tradición de la Iglesia y cuanto establece el
derecho, (111) compete a los diáconos «ayudar al Obispo y a
los Presbíteros en las celebraciones de los divinos misterios».
(112) Por lo tanto se esforzarán por promover las
celebraciones que impliquen a toda la asamblea, cuidando la
participación interior de todos y el ejercicio de los diversos
ministerios.(113)
Tengan presente también la importante dimensión estética,
que hace sentir al hombre entero la belleza de cuanto se
celebra. La música y el canto, aunque pobres y simples, la
predicación de la Palabra, la comunión de los fieles que
viven la paz y el perdón de Cristo, son un bien precioso que
el diácono, por su parte, buscará incrementar.
Sean siempre fieles a cuanto se pide en los libros litúrgicos, sin
agregar, quitar o cambiar algo por propia iniciativa. (114)
Manipular la liturgia equivale a
privarla de la riqueza del misterio de Cristo que existe en ella y
podría ser un
signo de presunción delante de todo aquello, que ha
establecido la sabiduría de la Iglesia. Limítense por tanto a
cumplir todo y sólo aquello que es de su competencia.(115)
Lleven dignamente los ornamentos litúrgicos prescritos.
(116) La dalmática, según los diversos y apropiados colores
litúrgicos, puesta sobre el alba, el cíngulo y la estola,
«constituyen el hábito propio del diácono». (117)
El servicio de los diáconos se extiende a la preparación de los fieles
para los
sacramentos y también a su atención pastoral después de la
celebración de los mismos.
31. El diácono, con el obispo y el presbítero, es ministro ordinario
del bautismo.
(118) El ejercicio de tal facultad requiere o la licencia para
actuar concedida por el párroco, al cual compete de manera
especial bautizar a sus parroquianos,
(119) o que se dé un caso de necesidad. (120) Es de
particular importancia el ministerio de los diáconos en la
preparación a este sacramento.
32. En la celebración de la Eucaristía, el diácono asiste y
ayuda a aquellos que presiden la asamblea y consagran el
Cuerpo y la Sangre del Señor, es decir, al
obispo y los presbíteros, (121) según lo establecido por la
Institutio Generalis del Misal Romano, (122) manifestando así a
Cristo Servidor: está junto al sacerdote y lo ayuda, y, en modo
particular, asiste a un sacerdote ciego o afectado por otra
enfermedad a la celebración eucarística; (123) en el altar
desarrolla el servicio del cáliz y del libro; propone a los fieles
las intenciones de la oración y los invita a darse el signo de la
paz; en ausencia de otros ministros, el mismo cumple,
según las necesidades, los oficios.
No es tarea suya pronunciar las palabras de la plegaria
eucarística y las oraciones; ni cumplir las acciones y los
gestos que únicamente competen a quien preside y
consagra. (124) Es propio del diácono proclamar la divina
Escritura.(125)
En cuanto ministro ordinario de la sagrada comunión, (126) la
distribuye
durante la celebración, o fuera de ella, y la lleva a los
enfermos también en forma de viático.(127) El diácono es
así mismo ministro ordinario de la exposición del Santísimo
Sacramento y de la bendición eucarística. (128) Le
corresponde presidir eventuales celebraciones dominicales
en ausencia del presbítero. (129)
33. A los diáconos les puede ser confiada la atención de la
pastoral familiar, de la cual el primer responsable es el
obispo. Esta responsabilidad se extiende a
los problemas morales, litúrgicos, y también a aquellos de
carácter personal y social, para sostener la familia en sus
dificultades y sufrimientos. (130) Tal responsabilidad puede
ser ejercida a nivel diocesano o, bajo la autoridad de un
párroco, a nivel local, en la catequesis sobre el matrimonio
cristiano, en la
preparación personal de los futuros esposos, en la fructuosa
celebración del
sacramento y en la ayuda ofrecida a los esposos después del
matrimonio.(131)
Los diáconos casados pueden ser de gran ayuda al
proponer la buena nueva sobre el amor conyugal, las
virtudes que lo tutelan en el ejercicio de una
paternidad cristiana y humanamente responsable.
Corresponde también al diácono, si recibe la facultad de parte
del párroco o del Ordinario del lugar, presidir la celebración
del matrimonio extra Missam e impartir la bendición nupcial en
nombre de la Iglesia. (132) El poder dado al
diácono puede ser también de forma general según las condiciones
previstas,
(133) y puede ser subdelegada exclusivamente en los modos
indicados por el Código de Derecho Canónico.(134)
34. Es doctrina definida (135) que la administración del
sacramento de la unción de los enfermos está reservado
al obispo y a los presbíteros, por la
relación de dependencia de dicho sacramento con el perdón de
los pecados y de la digna recepción de la Eucaristía.
El cuidado pastoral de los enfermos puede ser confiado a los
diáconos. El
laborioso servicio para socorrerles en el dolor, la catequesis que
prepara a
recibir el sacramento de la unción, el suplir al sacerdote en
la preparación de los fieles a la muerte y a la administración
del Viático con el rito propio, son medios con los cuales los
diáconos hacen presente a los fieles la caridad de la Iglesia.
(136)
35. Los diáconos tienen la obligación establecida por la Iglesia de
celebrar la
Liturgia de las Horas, con la cual todo el Cuerpo Místico se une
a la oración que Cristo Cabeza eleva al Padre. Conscientes de
esta responsabilidad, celebrarán
tal Liturgia, cada día, según los libros litúrgicos aprobados
y en los modos determinados por la Conferencia
Episcopal. (137) Buscarán promover la
participación de la comunidad cristiana en esta Liturgia,
que jamás es una acción privada, sino siempre un acto
propio de toda la Iglesia, (138) también cuando la
celebración es individual.
36. El diácono es ministro de los sacramentales, es decir de aquellos
«signos
sagrados por medio de los cuales, con una cierta imitación de
los sacramentos, son significados y, por intercesión de la
Iglesia, se obtienen sobre todo efectos espirituales».(139)
El diácono puede, por lo tanto, impartir las bendiciones más
estrictamente ligadas a la vida eclesial y sacramental, que le
han sido consentidas expresamente por el derecho, (140) y
además, le corresponde presidir las exequias celebradas sin la
S. Misa y el rito de la sepultura.(141)
Sin embargo, cuando esté presente y disponible un sacerdote,
se le debe confiar a él la tarea de presidir la celebración.(142)
Diaconía de la caridad
37. Por el sacramento del orden el diácono, en comunión
con el obispo y el presbiterio de la diócesis, participa
también de las mismas funciones
pastorales, (143) pero las ejercita en modo diverso,
sirviendo y ayudando al obispo y a los presbíteros. Esta
participación, en cuanto realizada por el
sacramento, hace que los diáconos sirvan al pueblo de Dios en
nombre de
Cristo. Precisamente por este motivo deben ejercitarla con
humilde caridad y, según las palabras de san Policarpo, deben
mostrarse siempre
«misericordiosos, activos, progrediendo en la verdad del Señor, el
cual se ha
hecho siervo de todos». (144) Su autoridad, por lo tanto,
ejercitada en comunión jerárquica con el obispo y con los
presbíteros, como lo exige la misma unidad
de consagración y de misión, (145) es servicio de caridad y
tiene la finalidad de ayudar y animar a todos los miembros de
la Iglesia particular, para que puedan participar, en espíritu de
comunión y según sus propios carismas, en la vida y misión de
la Iglesia.
38. En el ministerio de la caridad los diáconos deben
configurarse con Cristo Siervo, al cual representan, y están
sobre todo «dedicados a los oficios de caridad y de
administración».(146) Por ello, en la oración de ordenación, el
obispo pide para ellos a Dios Padre: «Estén llenos de toda
virtud: sinceros en la caridad, premurosos hacia los pobres y
los débiles, humildes en su servicio...
sean imagen de tu Hijo, que no vino para ser servido sino
para servir». (147) Con el ejemplo y la palabra, ellos deben
esmerarse para que todos los fieles,
siguiendo el modelo de Cristo, se pongan en constante servicio a los
hermanos.
Las obras de caridad, diocesanas o parroquiales, que están
entre los primeros deberes del obispo y de los presbíteros,
son por éstos, según el testimonio de la Tradición de la
Iglesia, transmitidas a los servidores en el ministerio
eclesiástico, es decir a los diáconos; (148) así como el servicio
de caridad en el área de la educación cristiana; la animación
de los oratorios, de los grupos eclesiales juveniles y de las
profesiones laicales; la promoción de la vida en cada una de
sus fases y la transformación del mundo según el orden
cristiano.
(149) En estos campos su servicio es particularmente
precioso porque, en las actuales circunstancias, las
necesidades espirituales y materiales de los
hombres, a las cuáles la Iglesia está llamada a dar respuesta, son
muy
diferentes. Ellos, por tanto, busquen servir a todos sin
discriminaciones,
prestando particular atención a los que más sufren y a los
pecadores. Como ministros de Cristo y de la Iglesia, sepan
superar cualquier ideología e interés particular, para no
privar a la misión de la Iglesia de su fuerza, que es la
caridad de Cristo. La diaconía, de hecho, debe hacer
experimentar al hombre el amor de Dios e inducirlo a la
conversión, a abrir su corazón a la gracia.
La función caritativa de los diáconos «comporta también un
oportuno servicio en la administración de los bienes y en las
obras de caridad de la Iglesia. Los
diáconos tienen en este campo la función de «ejercer en nombre de
la
jerarquía, los deberes de la caridad y de la administración,
así como las obras de servicio social». (150) Por eso,
oportunamente ellos pueden ser elevados al oficio de
ecónomo diocesano, (151) o ser tenidos en cuenta en el
consejo
diocesano para los asuntos económicos.(152)
La misión canónica de los diáconos permanentes
39. Los tres ámbitos del ministerio diaconal, según las
circunstancias, podrán ciertamente, uno u otro, absorber un
porcentaje más o menos grande de la actividad de cada
diácono, pero juntos constituyen una unidad al servicio del
plan divino de la Redención: el ministerio de la Palabra lleva
al ministerio del
altar, el cual, a su vez, anima a traducir la liturgia en vida, que
desemboca en la caridad: «Si consideramos la profunda
naturaleza espiritual de esta diaconía, entonces podemos
apreciar mejor la interrelación entre las tres áreas del
ministerio tradicionalmente asociadas con el diaconado, es
decir, el ministerio de la Palabra, el ministerio del altar y el
ministerio de la caridad. Según las circunstancias una u otra
pueden asumir particular importancia en el trabajo
individual de un diácono, pero estos tres ministerios están
inseparablemente
unidos en el servicio del plan redentor de Dios».( 153)
40. A lo largo de la historia el servicio de los diáconos ha
asumido modalidades múltiples para poder resolver las
diversas necesidades de la comunidad cristiana y permitir a
ésta ejercer su misión de caridad. Toca sólo a los obispos,
(154) los cuales rigen y tienen cuidado de las Iglesias particulares
«como
vicarios y legados de Cristo», (155) conferir a cada uno de los
diáconos el oficio eclesiástico a norma del derecho. Al conferir
el oficio es necesario valorar atentamente tanto las
necesidades pastorales como, eventualmente, la situación
personal, familiar —si se trata de casados— y profesional de los
diáconos
permanentes. En cada caso, sin embargo, es de grandísima
importancia que los diáconos puedan desarrollar, según sus
posibilidades, el propio ministerio en plenitud, en la
predicación, en la liturgia y en la caridad, y no sean relegados
a ocupaciones marginales, a funciones de suplencia, o a
trabajos que pueden ser
ordinariamente hechos por fieles no ordenados. Solo así los diáconos
permanentes aparecerán en su verdadera identidad de
ministros de Cristo y no como laicos particularmente
comprometidos en la vida de la Iglesia.
Por el bien del diácono mismo y para que no se abandone a la
improvisación, es necesario que a la ordenación acompañe una
clara investidura de responsabilidad pastoral.
41. El ministerio diaconal encuentra ordinariamente en los
diversos sectores de la pastoral diocesana y en la parroquia
el propio ámbito de ejercicio, asumiendo formas diversas. El
obispo puede conferir a los diáconos el encargo de cooperar
en el cuidado pastoral de una parroquia confiada a un solo
párroco, (156) o también en el cuidado pastoral de las
parroquias confiadas in solidum, a uno o más presbíteros.
(157)
Cuando se trata de participar en el ejercicio del cuidado pastoral de
una
parroquia, —en los casos en que, por escasez de presbíteros,
no pudiese contar con el cuidado inmediato de un párroco—
(158) los diáconos permanentes
tienen siempre la precedencia sobre los fieles no ordenados.
En tales casos, se debe precisar que el moderador es un
sacerdote, ya que sólo él es el «pastor
propio» y puede recibir el encargo de la «cura
animarum», para la cual el diácono es cooperador.
Del mismo modo los diáconos pueden ser destinados para
dirigir, en nombre del párroco o del obispo, las comunidades
cristianas dispersas. (159) «Es una función misionera a
desempeñar en los territorios, en los ambientes, en los
estados sociales, en los grupos, donde falte o no sea fácil de
localizar al
presbítero. Especialmente en los lugares donde ningún sacerdote
esté
disponible para celebrar la Eucaristía, el diácono reúne y
dirige la comunidad en una celebración de la Palabra con la
distribución de las sagradas Especies, debidamente
conservadas. (160) Es una función de suplencia que el
diácono desempeña por mandato eclesial cuando se trata de
remediar la escasez de
sacerdotes.(161) En tales celebraciones nunca debe faltar la
oración por el incremento de las vocaciones sacerdotales,
debidamente explicadas como indispensables. En presencia de
un diácono, la participación en el ejercicio del cuidado
pastoral no puede ser confiada a un fiel laico, ni a una
comunidad de personas; dígase lo mismo de la presidencia de
una celebración dominical.
En todo caso las competencias del diácono deben ser
cuidadosamente definidas por escrito en el momento de
conferirle el oficio.
Entre los diáconos y los diversos sujetos de la pastoral se
deberán buscar con generosidad y convicción, las formas de
una constructiva y paciente colaboración. Si es deber de los
diáconos el respetar siempre la tarea del
párroco y cooperar en comunión con todos aquellos que
condividen el cuidado pastoral, es también su derecho el ser
aceptados y plenamente reconocidos por todos. En el caso en
el que el obispo decida la institución de los consejos
pastorales parroquiales, los diáconos, que han recibido una
participación en el cuidado pastoral de la parroquia, son
miembros de éste por derecho.(162) En
todo caso, prevalezca siempre la caridad sincera, que
reconoce en cada ministerio un don del Espíritu para la
edificación del Cuerpo de Cristo.
42. El ámbito diocesano ofrece numerosas oportunidades
para el fructuoso ministerio de los diáconos.
En efecto, en presencia de los requisitos previstos, pueden ser
miembros de los organismos diocesanos de participación; en
particular, del consejo pastoral,
(163) y como ya se ha indicado, del consejo diocesano
para los asuntos económicos; pueden también
participar en el sínodo diocesano. (164)
No pueden, sin embargo, ser miembros del consejo
presbiteral, en cuanto que éste representa exclusivamente al
presbiterio.(165)
En las curias pueden ser llamados para cubrir, si poseen los
requisitos expresamente previstos, el oficio de canciller,
(166) de juez, (167) de asesor,
(168) de auditor, (169) de promotor de justicia y defensor del
vínculo, (170) de notario.(171)
Por el contrario, no pueden ser constituidos vicarios
judiciales, ni vicarios adjuntos, en cuanto que estos oficios
están reservados a sacerdotes.(172)
Otros campos abiertos al ministerio de los diáconos son
los organismos o comisiones diocesanas, la pastoral en
ambientes sociales específicos, en
particular la pastoral de la familia, o por sectores de la
población que requieren especial cuidado pastoral, como, por
ejemplo, los grupos étnicos.
En el desarrollo de estos oficios el diácono tendrá siempre bien
presente que cada acción en la Iglesia debe ser signo de
caridad y servicio a los hermanos. En la acción judicial,
administrativa y organizativa buscará, por tanto, evitar toda
forma de burocracia para no privar al propio ministerio de
su sentido y valor pastoral. Por tanto, para salvaguardar la
integridad del ministerio diaconal, aquel que es llamado a
desempeñar estos oficios, sea puesto, igualmente en
condición de desarrollar el servicio típico y propio del
diácono.
ESPIRITUALIDAD DEL DIÁCONO
Contexto histórico actual
43. La Iglesia convocada por Cristo y guiada por el Espíritu Santo
según el
designio de Dios Padre, «presente en el mundo y, sin embargo,
peregrina» (173) hacia la plenitud del Reino, (174) vive y
anuncia el Evangelio en la circunstancias históricas concretas.
«Tiene, pues, ante sí la Iglesia al mundo, esto es, la entera
familia humana con el conjunto universal de las realidades
entre las que ésta vive; el mundo, teatro de la historia
humana, con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo, que
los cristianos creen fundado y conservado
por el amor del Creador, esclavizado bajo la servidumbre del
pecado, pero
liberado por Cristo, crucificado y resucitado, roto el poder del
demonio, para que el mundo se transforme según el propósito
divino y llegue a su consumación». (175)
El diácono, miembro y ministro de la Iglesia, debe tener
presente, en su vida y en su ministerio, esta realidad; debe
conocer la cultura, las aspiraciones y los problemas de su
tiempo. De hecho, él está llamado en este contexto a ser
signo
vivo de Cristo Siervo y al mismo tiempo está llamado a asumir
la tarea de la Iglesia de «escrutar a fondo los signos de la
época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que,
acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder
a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el
sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la
mutua relación de ambas». (176)
Vocación a la santidad
44. La vocación universal a la santidad tiene su fuente en el
«bautismo de la fe», en el cual todos hemos sido hechos
«verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza,
y, por lo mismo, realmente santos». (177)
El sacramento del Orden confiere a los diáconos «una nueva
consagración a
Dios», mediante la cual han sido «consagrados por la unción
del Espíritu Santo y enviados por Cristo»(178) al servicio del
Pueblo de Dios, «para edificación del cuerpo de Cristo» (Ef 4,
12).
«De aquí brota la espiritualidad diaconal, que tiene su fuente en
la que el concilio Vaticano II llama «gracia sacramental del
diaconado».(179) Además de ser una ayuda preciosa en el
cumplimiento de sus diversas funciones, esa
gracia influye profundamente en el espíritu del diácono,
comprometiéndolo a la entrega de toda su persona al servicio
del Reino de Dios en la Iglesia. Como indica el mismo término
diaconado, lo que caracteriza el sentir íntimo y el
querer de quien recibe el sacramento es el espíritu de servicio.
Con el diaconado se busca realizar lo que Jesús declaró con
respecto a su misión: «El Hijo del
hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida
como rescate
por muchos (Mc. 10, 45; Mt. 20, 28)». (180) Así el diácono vive,
por medio y en el seno de su ministerio, la virtud de la
obediencia: cuando lleva a cabo fielmente los encargos que le
vienen confiados, sirve al episcopado y presbiterado en los
«munera» de la misión de Cristo. Y aquello que realiza es el
ministerio pastoral mismo, para el bien de los hombres.
45. De esto deriva la necesidad de que el diácono acoja con
gratitud la invitación al seguimiento de Cristo Siervo y
dedique la propia atención a serle fiel en las diversas
circunstancias de la vida. El carácter recibido en la
ordenación produce una configuración con Cristo a la cual el
sujeto debe adherir y debe hacer crecer durante toda su vida.
La santificación, compromiso de todo cristiano, (181) tiene en el
diácono un
fundamento en la especial consagración recibida. (182)
Comporta la práctica de las virtudes cristianas y de los
diversos preceptos y consejos de origen evangélico según el
propio estado de vida. El diácono está llamado a vivir
santamente, porque el Espíritu Santo lo ha hecho santo con
el sacramento del Bautismo y del Orden y lo ha constituido
ministro de la obra con la cual la Iglesia de Cristo, sirve y
santifica al hombre.(183)
En particular, para los diáconos la vocación a la santidad significa
«seguir a
Jesús en esta actitud de humilde servicio que no se manifiesta
sólo en las obras de caridad, sino que afecta y modela toda su
manera de pensar y de actuar»,
(184) por lo tanto, «si su ministerio es coherente con este
servicio, ponen más claramente de manifiesto ese rasgo
distintivo del rostro de Cristo: el servicio»,
(185) para ser no sólo ««siervos de Dios», sino también
siervos de Dios en los propios hermanos». (186)
Relacionalidad del Orden sagrado
46. El Orden sagrado confiere al diácono, mediante los dones
específicos
sacramentales, una especial participación a la consagración y
a la misión de Aquel, que se ha hecho siervo del Padre en la
redención del hombre y lo mete, en modo nuevo y específico,
en el misterio de Cristo, de la Iglesia y de la
salvación de todos los hombres. Por este motivo, la vida
espiritual del diácono debe profundizar y desarrollar esta
triple relación, en la línea de una espiritualidad comunitaria
que tienda a testimoniar la naturaleza comunional de la
Iglesia.
47. La primera y la más fundamental relación es con Cristo
que ha asumido la condición de siervo por amor al Padre y a
sus hermanos, los hombres. (187) El diácono en virtud de su
ordenación está verdaderamente llamado a actuar en
conformidad con Cristo Siervo.
El Hijo eterno de Dios, «se despojó de sí mismo tomando
condición de siervo» (Fil 2, 7) y vivió esta condición en
obediencia al Padre (cf. Jn 4, 34) y en el
servicio humilde hacia los hermanos (cf. Jn 13, 4-15). En cuanto
siervo del Padre en la obra de la redención de los hombres,
Cristo constituye el camino, la
verdad y la vida de cada diácono en la Iglesia.
Toda la actividad ministerial tendrá sentido si ayuda a
conocer mejor, a amar y seguir a Cristo en su diaconía. Es
necesario, pues, que los diáconos se esfuercen por conformar
su vida con Cristo, que con su obediencia al Padre «hasta la
muerte y muerte de cruz» (Fil 2, 8), ha redimido a la
humanidad.
48. A esta relación fundamental está inseparablemente
asociada la Iglesia, (188) que Cristo ama, purifica, nutre y
cuida (cf. Ef 5, 25-29). El diácono no podría
vivir fielmente su configuración con Cristo, sin participar de su
amor por la Iglesia, «hacia la que no puede menos de
alimentar una profunda adhesión, por su misión y su
institución divina».(189)
El rito de la ordenación pone de relieve la relación que
viene a instaurarse entre el obispo y el diácono: solamente el
obispo impone las manos al elegido, invocando sobre él la
efusión del Espíritu Santo, por eso, todo diácono encuentra
la referencia del propio ministerio en la comunión
jerárquica con el obispo. (190)
La ordenación diaconal, además, resalta otro aspecto
eclesial: comunica una participación de ministro a la diaconía
de Cristo con la que el pueblo de Dios, guiado por el Sucesor
de Pedro y por los otros obispos en comunión con él, y con la
colaboración de los presbíteros, continúa el servicio de la
redención de
los hombres. El diácono, pues, está llamado a nutrir su
espíritu y su ministerio con un amor ardiente y comprometído
por la Iglesia, y con una sincera
voluntad de comunión con el Santo Padre, con el propio
obispo y con los presbíteros de la diócesis.
49. Es necesario recordar, finalmente, que la diaconía de Cristo
tiene como
destinatario al hombre, a todo hombre (191) que en su espíritu y en
su cuerpo
lleva las huellas del pecado, pero que está llamado a la comunión
con Dios.
«Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que
todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna»
(Jn 3, 16). De este plan de amor Cristo se ha hecho siervo
asumiendo nuestra naturaleza; y de esta diaconía la Iglesia es
signo e instrumento en la historia.
El diácono, por lo tanto, por medio del sacramento, está
destinado a servir a sus hermanos necesitados de salvación. Y
si en Cristo Siervo, en sus palabras y acciones, el hombre
puede encontrar en plenitud el amor con el cual el Padre lo
salva, también en la vida del diácono debe poder encontrar
esta misma caridad. Crecer en la imitación del amor de Cristo
por el hombre, que supera los límites de toda ideología
humana, será, pues, la tarea esencial de la vida espiritual del
diácono.
En aquellos que desean ser admitidos al cammino diaconal,
se requiere «una inclinación natural del espíritu para servir
a la sagrada jerarquía y a la comunidad cristiana», (192)
esto no debe entenderse «en el sentido de una
simple espontaneidad de las disposiciones naturales. Se trata de una
propensión de la naturaleza animada por la gracia, con un
espíritu de servicio que conforma el comportamiento humano
al de Cristo. El sacramento del
diaconado desarrolla esta propensión: hace que el sujeto
participe más íntimamente del espíritu de servicio de Cristo,
penetra su voluntad con una gracia especial, logrando que, en
todo su comportamiento, esté animado por una predisposición
nueva al servicio de sus hermanos».( 193)
Medios de vida espiritual
50. Lo anteriormente expuesto evidencia el primado de la
vida espiritual. El diácono, por esto, debe recordar que vivir
la diaconía del Señor supera toda capacidad natural y, por lo
mismo, necesita secundar, con plena conciencia y libertad,
la invitación de Jesús: «Permaneced en mí, como yo en
vosotros. Lo
mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si
no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no
permanecéis en mí» (Jn 15, 4).
El seguimiento de Cristo en el ministerio diaconal es una empresa
fascinante
pero árdua, llena de satisfacciones y de frutos, pero también
expuesta, en algún caso, a las dificultades y a las fatigas de los
verdaderos seguidores de Cristo
Jesús. Para realizarla, el diácono necesita estar con Cristo para
que sea él quien lleve la responsabilidad del ministerio,
necesita también reservar el primado a la vida espiritual,
vivir con generosidad la diaconía, organizar el ministerio y
sus obligaciones familiares —si está casado— o profesionales
de manera que progrese en la adhesión a la persona y a la
misión de Cristo Siervo.
51. Fuente primaria del progreso en la vida espiritual
es, sin duda, el cumplimiento fiel y constante del
ministerio en un motivado y siempre
perseguido contexto de unidad de vida. (194) Esto, ejemplarmente
realizado, no solamente no obstaculiza la vida espiritual, sino que
favorece las virtudes
teologales, acrecienta la propia voluntad de donación y
servicio a los hermanos y promueve la comunión jerárquica.
Adaptado oportunamente, vale para los
diáconos cuanto se afirma de los sacerdotes: «están
ordenados a la perfección de la vida en virtud de las mismas
acciones sagradas que realizan cada día, así
como por todo su ministerio... pero la misma santidad... a su
vez contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del
propio ministerio». (195)
52. El diácono tenga siempre bien presente la exhortación
de la liturgia de la ordenación: «Recibe el Evangelio de
Cristo, del cual has sido constituido mensajero; cree lo que
proclamas, vive lo que enseñas, y cumple aquello que has
enseñado». (196)
Para proclamar digna y fructuosamente la Palabra de Dios, el
diácono «debe
leer y estudiar asiduamente la Escritura para no volverse
"vano predicador de la palabra en el exterior, aquel que no la
escucha en el interior"; (197) y ha de comunicar a sus fieles,
sobre todo en los actos litúrgicos, las riquezas de la
Palabra de Dios». (198)
Para sentir el reclamo y la fuerza divina (cf. Rom 1, 16) deberá,
además,
profundizar esta misma Palabra, bajo la guía de aquellos que
en la Iglesia son maestros auténticos de la verdad divina y
católica. (199) Su santidad se funda en su consagración y
misión también en relación a la Palabra: tomará conciencia
de ser su ministro. Como miembro de la jerarquía sus actos y
sus declaraciones comprometen a la Iglesia; por eso resulta
esencial para su caridad pastoral verificar la autenticidad de
la propia enseñanza, la propia comunión efectiva y clara con
el Papa, con el orden episcopal y con el propio obispo, no
solo respecto al símbolo de la fe, sino también respecto a la
enseñanza del Magisterio ordinario y a la disciplina, en el
espíritu de la
profesión de fe, previa a la ordenación, y del juramento de
fidelidad. (200) De hecho «es tanta la eficacia que radica en
la Palabra de Dios, que es, en verdad,
apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos,
alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida
espiritual». (201) Por eso, cuanto más se acerque a la Palabra
de Dios, tanto más sentirá el deseo de comunicarla a los
hermanos. En la Escritura es Dios quien habla al hombre;(202) en la
predicación, el ministro sagrado favorece este encuentro
salvífico. Él, por lo tanto, dedicará sus más atentos cuidados a
predicarla incansablemente, para
que los fieles no se priven de ella por la ignorancia o por la
pereza del ministro y estará íntimamente convencido del
hecho de que el ejercicio del ministerio de la Palabra no se
agota en la sola predicación.
53. Del mismo modo, cuando bautiza, cuando distribuye el
Cuerpo y la Sangre del Señor o sirve en la celebración de los
demás sacramentos o de los
sacramentales, el diácono verifica su identidad en la vida de la
Iglesia: es ministro del Cuerpo de Cristo, cuerpo místico y
cuerpo eclesial; recuerde que estas acciones de la Iglesia, si
son vividas con fe y reverencia, contribuyen al crecimiento de
su vida espiritual y a la edificación de la comunidad cristiana.
(203)
54. En su vida espiritual los diáconos den la debida importancia a
los
sacramentos de la gracia, que «están ordenados a la santificación de
los
hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, en
definitiva, a dar culto a Dios». (204)
Sobre todo, participen con particular fe en la celebración
cotidiana del Sacrificio eucarístico, (205) si es posible
ejercitando el propio munus litúrgico y adoren con asiduidad al
Señor presente en el sacramento, (206) ya que en la
Eucaristía, fuente y culmen de toda la evangelización, «se
contiene todo el bien espiritual de la Iglesia». (207) En la
Eucaristía encontrarán verdaderamente a Cristo, que, por
amor del hombre, se hace víctima de expiación, alimento de
vida eterna, amigo cercano a todo sufrimiento.
Conscientes de la propia debilidad y confiados en la
misericordia divina, accedan con regular frecuencia al
sacramento de la reconciliación, (208) en el que el hombre
pecador encuentra a Cristo redentor, recibe el perdón de sus
culpas y es impulsado hacia la plenitud de la caridad.
55. Finalmente, en el ejercicio de las obras de caridad, que el
obispo le confiará, déjese guiar siempre por el amor de Cristo
hacia todos los hombres y no por los intereses personales o
por las ideologías, que lesionan la universalidad de la
salvación o niegan la vocación trascendental del hombre. El
diácono recuerde, además, que la diaconía de la caridad
conduce necesariamente a promover la comunión al interno de
la Iglesia particular. La caridad es, en efecto, el alma de la
comunión eclesial. Favorezca, por tanto, con empeño la
fraternidad, la cooperación con los presbíteros y la sincera
comunión con el obispo.
56. Los diáconos sepan siempre, en todo contexto y
circunstancia, permanecer fieles al mandato del Señor: «Estad
en vela, pues, orando en todo tiempo para
que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y
podáis estar en pie delante del Hijo del hombre» (Lc 21, 36; cf.
Fil 4, 6-7).
La oración, diálogo personal con Dios, les conferirá la luz y la
fuerza necesarias para seguir a Cristo y para servir a los
hermanos en las diversas vicisitudes.
Fundados sobre esta certeza, busquen dejarse modelar por las
diversas formas de oración: la celebración de la Liturgia de las
Horas, en las modalidades establecidas por la Conferencia
Episcopal, (209) caracteriza toda su vida de oración; en cuanto
ministros, intercedan por toda la Iglesia. Dicha oración
prosigue en la lectio divina, en la oración mental asidua, en la
participación a los retiros espirituales según las
disposiciones del derecho particular. (210)
Estimen así mismo la virtud de la penitencia y de los demás
medios de santificación, que tanto favorecen el encuentro
personal con Dios. (211)
57. La participación en el misterio de Cristo Siervo orienta
necesariamente el corazón del diácono hacia la Iglesia y hacia
Aquella que es su Madre santísima. En efecto, no se puede
separar a Cristo de su cuerpo que es la Iglesia. La verdad de la
unión con la Cabeza suscitará un verdadero amor por el
Cuerpo. Y este amor hará que el diácono colabore
laboriosamente en la edificación de la Iglesia con la dedicación
a los deberes ministeriales, la fraternidad y la comunión
jerárquica con el propio obispo y el presbiterio. Toda la Iglesia
debe estar en el corazón del diácono: la Iglesia universal, de
cuya unidad el Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es
principio y fundamento perpetuo y visible,
(212) y la Iglesia particular, que «adherida a su Pastor y
reunida por él en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y
la Eucaristía, verdaderamente hace
presente y operante la Iglesia de Cristo, que es una, santa,
católica y apostólica». (213)
El amor a Cristo y a la Iglesia está profundamente unido a la
Bienaventurada
Virgen María, la humilde sierva del Señor, quien, con el
irrepetible y admirable
título de madre, está asociada generosamente a la diaconía de
su Hijo divino (cf. Jn 19, 25-27). El amor a la Madre del Señor,
fundado sobre la fe y expresado en el diario rezo del rosario,
en la imitación de sus virtudes y en la confiada entrega a Ella,
dará sentido a manifestaciones de verdadera y filial devoción.
(214)
Todo diácono mirará a María con veneración y afecto; en
efecto, «la Virgen Madre ha sido la criatura que más ha
vivido la plena verdad de la vocación porque nadie como
Ella ha respondido con un amor tan grande al amor
inmenso de Dios». (215) Este amor particular a la Virgen,
Sierva del Señor,
nacido de la Palabra y arraigado por entero en la Palabra,
se hará imitación de su vida. Éste será un modo para
introducir en la Iglesia aquella dimensión mariana que es
tan propia de la vocación del diácono. (216)
58. Será, en fin, de grandísima utilidad para el diácono la
dirección espiritual regular. La experiencia muestra cuánto
contribuye el diálogo, sincero y
humilde, con un sabio director, no sólo para resolver las dudas
y los problemas, que inevitablemente surgen durante la vida,
sino para llevar a cabo el
necesario discernimiento, para realizar un mejor conocimiento
de sí mismo y para progresar en el fiel seguimiento de Cristo.
Espiritualidad del diácono y estados de vida
59. Al diaconado permanente pueden ser admitidos, ante
todo, hombres célibes o viudos, pero también hombres que
viven en el sacramento del matrimonio. (217)
60. La Iglesia reconoce con gratitud el magnífico don del
celibato concedido por Dios a algunos de sus miembros y en
diversos modos lo ha unido, tanto en
Oriente como en Occidente, con el ministerio del orden, con el
que se encuentra en admirable consonancia. (218) La Iglesia
sabe también que este carisma, aceptado y vivido por amor al
Reino de los cielos (Mt 19, 12), orienta la persona entera del
diácono hacia Cristo, que, en la virginidad, se consagró al
servicio del Padre y a conducir a los hombres hacia la plenitud
del Reino. Amar a Dios y
servir a los hermanos en esta elección de totalidad, lejos de
contradecir el
desarrollo personal de los diáconos, lo favorece, ya que la
verdadera perfección de todo hombre es la caridad. En efecto,
en el celibato, el amor se presenta como signo de consagración
total a Cristo con corazón indiviso y de una más
libre dedicación al servicio de Dios y de los hombres, (219)
precisamente porque la elección del celibato no es
desprecio del matrimonio, ni fuga del
mundo, sino más bien es un modo privilegiado de servir a
los hombres y al mundo.
Los hombres de nuestro tiempo, sumergidos tantas veces en
lo efímero, son especialmente sensibles al testimonio de
aquellos que proclaman lo eterno con la propia vida. Los
diáconos, por tanto, no dejarán de ofrecer a los hermanos
este testimonio con la fidelidad a su celibato, de tal manera
que los estimulen a buscar aquellos valores que manifiestan la
vocación del hombre a la
trascendencia. «El celibato por el Reino no es sólo un signo
escatológico, sino
también tiene un gran sentido social en la vida actual para el
servicio al Pueblo de Dios». (220)
Para custodiar mejor durante toda la vida el don recibido de
Dios para el bien de la Iglesia entera, los diáconos no confíen
excesivamente en sus propias
fuerzas, sino mantengan siempre un espíritu de humilde prudencia
y
vigilancia, recordando que «el espíritu está pronto, pero la
carne es débil» (Mt 26, 41); sean fieles, además, a la vida de
oración y a los deberes ministeriales.
Compórtense con prudencia en el trato con personas cuya
familiaridad pueda poner en peligro la continencia o bien
suscitar escándalo.(221)
Sean, finalmente, conscientes de que la actual sociedad
pluralista obliga a un atento discernimiento sobre el uso de
los medios de comunicación social.
61. También el sacramento del matrimonio, que santifica el
amor de los cónyuges y lo constituye signo eficaz del amor
con el que Cristo se dona a la Iglesia (cf. Ef 5, 25), es un don
de Dios y debe alimentar la vida espiritual del diácono
casado. Ya que la vida conyugal y familiar y el trabajo
profesional reducen inevitablemente el tiempo para
dedicar al ministerio, se pide un
particular empeño para conseguir la necesaria unidad,
incluso a través de la oración en común. En el matrimonio el
amor se hace donación interpersonal, mutua fidelidad, fuente
de vida nueva, sostén en los momentos de alegría y de dolor;
en una palabra, el amor se hace servicio. Vivido en la fe, este
servicio familiar es, para los demás fieles, ejemplo de amor en
Cristo y el diácono casado lo debe usar también como
estímulo de su diaconía en la Iglesia.
El diácono casado debe sentirse particularmente
responsabilizado para ofrecer un claro testimonio de la
santidad del matrimonio y de la familia. Cuanto más crezcan
en el mutuo amor, tanto más fuerte llegará a ser su donación a
los hijos y tanto más significativo será su ejemplo para la
comunidad cristiana. «El enriquecimiento y la profundización
de un amor sacrificado y recíproco entre marido y mujer
constituye quizá la implicación más significativa de la esposa
del diácono en el ministerio público de su marido en la
Iglesia». (222) Este amor crece gracias a la virtud de la
castidad, que siempre florece, incluso mediante el ejercicio de
la paternidad responsable, con el cultivo del respeto al
cónyuge y con la práctica de una cierta continencia. Tal virtud
favorece esta donación madura que se manifiesta de inmediato
en el ministerio, evitando las actitudes posesivas, la idolatría
del éxito profesional, la incapacidad para organizar el
tiempo, favoreciendo por el contrario las relaciones
interpersonales auténticas, la delicadeza y la capacidad de dar
a cada cosa su lugar debido.
Promuévanse oportunas iniciativas de sensibilización
hacia el ministerio diaconal, dirigidas a toda la familia. La
esposa del diácono, que ha dado su
consentimiento a la elección del marido, (223) sea ayudada
y sostenida para que viva su propio papel con alegría y
discreción, y aprecie todo aquello que
atañe a la Iglesia, en particular los deberes confiados al
marido. Por este motivo es oportuno que sea informada sobre
las actividades del marido, evitando sin embargo toda
intromisión indebida, de tal modo que se concierte y realice
una equilibrada y armónica relación entre la vida familiar,
profesional y eclesial.
Incluso los hijos del diácono, si están adecuadamente
preparados, podrán apreciar la elección del padre y
comprometerse con particular atención en el apostolado y en
el coherente testimonio de vida.
En conclusión, la familia del diácono casado, como, por lo
demás, toda familia cristiana, está llamada a asumir una parte
viva y responsable en la misión de la Iglesia en las
circunstancias del mundo actual. «El diácono y su esposa
deben
ser un ejemplo vivo defidelidad e indisolubilidad en el matrimonio
cristiano ante un mundo urgentemente necesitado de tales
signos. Afrontando con espíritu de fe los retos de la vida
matrimonial y a las exigencias de la vida diaria, fortalecen la
vida familiar no sólo de la comunidad eclesial sino de lo entera
sociedad.
Hacen ver también cómo pueden ser armonizadas en el
servicio a la misión de la Iglesia las obligaciones de familia,
trabajo y ministerio. Los diáconos, sus esposas y sus hijos
pueden constituir una fuente de ánimo para todos cuantos
están trabajando por la promoción de la vida familiar». (224)
62. Es preciso reflexionar sobre la situación determinada
por la muerte de la esposa de un diácono. Es un momento de
la existencia que pide ser vivido en la fe y en la esperanza
cristiana. La viudez no debe destruir la dedicación a los
hijos, si los hay; ni siquiera debería inducir a la tristeza sin
esperanza. Esta etapa de la vida, por lo demás dolorosa,
constituye una llamada a la
purificación interior y un estímulo para crecer en la caridad
y en el servicio a los propios seres queridos y a todos los
miembros de la Iglesia. Es también una llamada a crecer en la
esperanza, ya que el cumplimiento fiel del ministerio es un
camino para alcanzar a Cristo y a las personas queridas en
la gloria del
Padre.
Es necesario reconocer, sin embargo, que este evento
introduce en la vida cotidiana de la familia una situación
nueva, que influye en las relaciones personales y
determina, en no pocos casos, problemas económicos. Por
tal
motivo, el diácono que ha quedado viudo deberá ser ayudado
con gran caridad a discernir y a aceptar su nueva situación
personal; a no descuidar su tarea educativa respecto a sus
eventuales hijos, así como a las nuevas necesidades de la
familia.
En particular, el diácono viudo deberá ser acompañado en el
cumplimiento de la obligación de observar la continencia
perfecta y perpetua 225 y sostenido en la comprensión de las
profundas motivaciones eclesiales que hacen imposible el
acceso a nuevas nupcias en conformidad con la constante
disciplina de la Iglesia, sea de oriente como de occidente (cf. 1
Tim 3, 12). (226) Esto podrá realizarse con una intensificación
de la propia entrega a los demás, por amor
de Dios, en el ministerio. En estos casos será de gran conforto
para los diáconos la ayuda fraterna de los demás ministros, de
los fieles y la cercanía del obispo.
Si es la mujer del diácono quien queda viuda, según las
posibilidades, no sea jamás descuidada por los ministros y
por los fieles en sus necesidades.
FORMACIÓN PERMANENTE DEL DIÁCONO
Características
63. La formación permanente de los diáconos implica una
exigencia humana que se pone en continuidad con la
llamada sobrenatural a servir ministerialmente a la Iglesia
y con la inicial formación al ministerio,
considerando los dos momentos como partes del único proceso
orgánico de
vida cristiana y diaconal. (227) En efecto, «quien recibe el
diaconado contrae la obligación de la propia formación
doctrinal permanente que perfeccione y actualice cada vez
más la formación requerida antes de la ordenación», de modo
que la vocación "al" diaconado continúe y se muestre como
vocación "en" el diaconado, mediante la periódica renovación
del «si, lo quiero» pronunciado el día de la ordenación. (228)
Debe ser considerada —sea de parte de la Iglesia que la da,
sea de parte de los diáconos que la reciben— como un mutuo
derecho-deber fundado sobre la verdad de la vocación aceptada. El
hecho de
tener que continuar siempre a ofrecer y recibir una
correspondiente formación integral es una obligación para los
obispos y para los diáconos, que no se puede dejar pasar.
Las características de obligatoriedad, globalidad,
interdisciplinariedad, profundidad, rigor científico y de
preparación a la vida apostólica de esa
formación permanente, están constantemente presentes en la
normativa eclesiástica, (229) y resultan todavía más necesarias
si la formación inicial no se hubiera conseguido según el
modelo ordinario.
Esta formación asume el carácter de la «fidelidad» a Cristo y a la
Iglesia y de la
«conversión continua», fruto de la gracia sacramental vivida dentro
de la
dinámica de la caridad pastoral propia de cada uno de los
grados del ministerio ordenado. Ella se configura como
elección fundamental, que exige ser reafirmada y
reexpresada a lo largo de los años del diaconado
permanente mediante una larga serie de respuestas
coherentes, radicadas en y vivificadas
por el «sí» inicial. (230)
Motivaciones
64. Inspirándose en la oración usada en el rito de ordenación, la
formación
permanente se funda en la necesidad para el diácono de un
amor por Jesucristo que le empuja a su imitación («sean
imagen de tu Hijo»); tiende a confirmarlo en la fidelidad
indiscutible a la vocación personal al ministerio («cumplan
fielmente la obra del ministerio»); propone el seguimiento de
Cristo Siervo con radicalidad y franqueza («el ejemplo de su
vida sea un reclamo constante al
Evangelio... sean sinceros... atentos... vigilantes...»).
La formación permanente encuentra, por lo tanto, «su
fundamento propio y su motivación original en el mismo
dinamismo del orden recibido», (231) y se alimenta
primordialmente de la Eucaristía, compendio del misterio
cristiano,
fuente inagotable de toda energía espiritual. También al
diácono se le puede, aplicar, de alguna manera, la exhortación
del apóstol Pablo a Timoteo: «Te recomiendo que reavives el
carisma de Dios que está en ti» (2 Tim 1,6; cf. 1 Tim 4, 14-16).
Las exigencias teológicas de su llamada a una singular misión
de servicio eclesial piden del diácono un amor creciente por la
Iglesia y para sus
hermanos, manifestado en un fiel cumplimiento de las propias
funciones.
Escogido por Dios para ser santo, sirviendo ministerialmente a
la Iglesia y a todos los hombres, el diácono debe crecer en la
conciencia de la propia ministerialidad en una manera
continua, equilibrada, responsable solícita y siempre gozosa.
Sujetos
65. Considerada desde la perspectiva del diácono, primer
responsable y
protagonista, la formación permanente representa, antes que
nada, un perenne proceso de conversión. Esta transformación
atañe al ser mismo del diácono como tal —esto es: toda su
persona consagrada y puesta al servicio de la Iglesia
— y desarrolla en él todas sus potencialidades, con el fin de hacerle
vivir en
plenitud los dones ministeriales recibidos, en cada período y
condición de vida y en las diversas responsabilidades
ministeriales conferidas por el obispo. (232)
La solicitud de la Iglesia por la formación permanente de los
diáconos sería ineficaz sin el esfuerzo de cada uno de ellos.
Tal formación no puede reducirse a la sola participación a
cursos, a jornadas de estudio, etc., sino que pide a cada
diácono, sabedor de esta necesidad, que las cultive con gran
interés y con un cierto espíritu de iniciativa. El diácono
tenga interés por la lectura de libros escogidos con criterios
eclesiales, se informe mediante alguna publicación de
probada fidelidad al Magisterio, y no deje la meditación
cuotidiana. Formarse siempre más y mejor es una parte
importante del servicio que se le pide.
66. Considerada desde la perspectiva del obispo (233) y de
los presbíteros, cooperadores del orden episcopal que llevan
la responsabilidad y el peso de su cumplimiento, la formación
permanente consiste en ayudar a los diáconos a
superar cualquier dualismo o ruptura entre espiritualidad
y ministerialidad, como también y primeramente, a
superar cualquier fractura entre la propia eventual
profesión civil y la espiritualidad diaconal, «a dar una
respuesta
generosa al compromiso requerido por la dignidad y
responsabilidad que Dios les ha confiado por medio del
sacramento del Orden; en cuidar, defender y
desarrollar su específica identidad y vocación; en santificarse a
sí mismo y a los demás mediante el ejercicio del ministerio».
(234) Ambas perspectivas son complementarias y se necesitan
mutuamente en cuanto fundamentadas, con la ayuda de los
dones sobrenaturales, en la unidad interior de la persona.
La ayuda, que los formadores deberán ofrecer, será tanto
más eficaz cuanto más corresponda a las necesidades
personales de cada diácono, porque cada uno vive el propio
ministerio en la Iglesia como persona irrepetible y en las
propias circunstancias.
Tal acompañamiento personalizado hará que el diácono sienta
el amor, con el que la Madre Iglesia está junto a su esfuerzo
por vivir la gracia del sacramento en la fidelidad. Por eso, es
de capital importancia que los diáconos puedan elegir un
director espiritual, aprobado por el obispo, con el que puedan
tener regulares y frecuentes diálogos. Por otra parte, toda la
comunidad diocesana se encuentra, de alguna manera,
comprometida en la formación de los diáconos
(235) y, en particular, el párroco u otro sacerdote designado
para ello, que debe prestar su ayuda personal con solicitud
fraterna.
Especificidad
67. El cuidado y el trabajo personal en la formación
permanente son signos inequivocables de una respuesta
coherente a la vocación divina, de un amor sincero a la
Iglesia y de una auténtica preocupación pastoral por los
fieles
cristianos y por todos los hombres. Se puede extender a los diáconos
cuanto ha
sido afirmado de los presbíteros: «La formación permanente es
necesaria ... para lograr el fin de su vocación: el servicio a Dios
y a su pueblo». (236)
La formación permanente es verdaderamente una exigencia, que se
pone
después de la formación inicial, con la que se condivide las
razones de finalidad y significado y, en confronto con la cual,
cumple una función de integración, de custodia y de
profundización.
La esencial disponibilidad del diácono delante de los otros,
constituye una expresión práctica de la configuración
sacramental a Cristo Siervo, recibida por el sagrado Orden e
imprimida en el alma por el carácter: es una meta y una
llamada permanente para el ministerio y la vida de los
diáconos. En tal perspectiva, la formación permanente
no se puede reducir a un simple
quehacer cultural o práctico para un mayor y mejor saber
hacer. La formación permanente no debe aspirar solamente a
garantizar la actualización, sino que debe tender a facilitar
una progresiva conformación práctica de la entera existencia
del diácono con Cristo, que ama a todos y a todos sirve.
Ambitos
68. La formación permanente debe unir y armonizar todas
las dimensiones de la vida y del ministerio del diácono. Por lo
tanto, como la de los presbíteros,
debe ser completa, sistemática y personalizada en sus
diversas dimensiones: humana, espiritual, intelectual y
pastoral. (237)
69. Cuidar los diversos aspectos de la formación humana de
los diáconos, tanto en épocas pasadas como ahora, es trabajo
fundamental de los Pastores. El
diácono, consciente que ha sido elegido como hombre en
medio de los hombres para dedicarse al servicio de la
salvación de todos los hombres, debe estar
dispuesto a dejarse ayudar en la mejora de sus cualidades
humanas —preciosos instrumentos para su servicio eclesial— y
a perfeccionar todos aquellos modos de su personalidad, que
puedan hacer que su ministerio sea más eficaz.
Por ello, para realizar eficazmente su vocación a la
santidad y su peculiar misión eclesial, —con los ojos fijos
en Aquel que es perfecto Dios y perfecto hombre— debe
tener en cuenta la práctica de las virtudes naturales y
sobrenaturales, que lo harán más semejante a la imagen de
Cristo y más digno de afecto por parte de sus hermanos.
(238) En particular debe practicar, en su ministerio y en su
vida diaria, la bondad de corazón, la paciencia, la amabilidad,
la fortaleza de ánimo, el amor por la justicia, el equilibrio, la
fidelidad a la palabra dada, la coherencia con las
obligaciones libremente asumidas, el espíritu de servicio,
etc... La práctica de estas virtudes ayudará a
los diáconos a llegar a ser hombres de personalidad
equilibrada, maduros en el hacer y en el discernir hechos y
circunstancias.
También es importante que el diácono, consciente de la
dimensión de ejemplaridad de su comportamiento social,
reflexione sobre la importancia de la capacidad de diálogo,
sobre la corrección en las distintas formas de relaciones
humanas, sobre las aptitudes para el discernimiento de la
culturas, sobre el valor de la amistad, sobre el señorío en el
trato. (239)
70. La formación espiritual permanente se encuentra en
estrecha conexión con la espiritualidad diaconal, que debe
alimentar y hacer progresar, y con el ministerio, sostenido
«por un verdadero encuentro personal con Jesús, por un
coloquio confiado con el Padre, por una profunda
experiencia del Espíritu».
(240) Los Pastores deben empujar y sostener en los diáconos
el cultivo responsable de la propia vida espiritual, de la cual
mana con abundancia la caridad, que sostiene y fecunda su
ministerio, evitando el peligro de caer en el activismo o en
una mentalidad «burocrática» en el ejercicio del diaconado.
Particularmente la formación espiritual deberá desarrollar
en los diáconos aspectos relacionados con la triple diaconía
de la palabra, de la liturgia y de la caridad. La meditación
asidua de la Sagrada Escritura realizará la familiaridad y el
diálogo adorante con el Dios viviente, favoreciendo una
asimilación a toda la Palabra revelada. El conocimiento
profundo de la Tradición y de los libros
litúrgicos ayudará al diácono a redescubrir continuamente
las riquezas inagotables de los divinos misterios a fin de
ser digno ministro. La solicitud
fraterna en la caridad moverá al diácono a llegar a ser
animador y coordinador de las iniciativas de misericordia
espirituales y corporales, como signo viviente de la caridad de
la Iglesia.
Todo esto requiere una programación cuidadosa y realista
de medios y de tiempo, evitando siempre las
improvisaciones. Además de estimular la
dirección espiritual, se deben prever cursos y sesiones
especiales de estudio sobre cuestiones de temas, que
pertenecen a la grande tradición teológica
espiritual cristiana, períodos particularmente intensos de
espiritualidad, visitas a lugares espiritualmente significativos.
Con ocasión de los ejercicios espirituales, en los cuales debería
participar por lo menos cada dos años, (241) el diácono no
olvidará trazar un proyecto concreto de vida, para examinarlo
periódicamente con el propio director espiritual. En este
proyecto no podrá faltar el tiempo dedicado cada día a la
fervorosa
devoción eucarística, a la filial piedad mariana y a las prácticas de
ascética
habituales, además de la oración litúrgica y la meditación
personal. El centro unificador de este itinerario espiritual es
la Eucaristía. Esta constituye el criterio orientativo, la
dimensión permanente de toda la vida y la acción
diaconal, el medio indispensable para una perseverancia
consciente, para un auténtica renovación, y para alcanzar así
una síntesis equilibrada de la propia vida. En tal óptica, la
formación espiritual del diácono descubre la Eucaristía como
Pascua en su anual celebración (Semana Santa), semanal (de
Domingo) y diaria (la Misa de cada día).
71. La inserción de los diáconos en el misterio de la Iglesia, en
virtud de su
bautismo y del primer grado del sacramento del Orden, hace
necesario que la
formación permanente refuerce en ellos la conciencia y la
voluntad de vivir en comunión motivada, real y madura con los
presbíteros y con su propio obispo, especialmente con el Sumo
Pontífice, que es el fundamento visible de la unidad de toda la
Iglesia.
Formados de esta manera, los diáconos en su ministerio
serán animadores de comunión. En particular en aquellos
casos en los que existen tensiones, allí
propondrán la pacificación por el bien de la Iglesia.
72. Se deben organizar oportunas iniciativas (jornadas de
estudio, cursos de actualización, asistencia a cursos o
seminarios en instituciones académicas) para profundizar
la doctrina de la fe. Particularmente útil en este campo,
fomentar el estudio atento, profundo y sistemático del
Catecismo de la Iglesia Católica.
Es indispensable verificar el correcto conocimiento del
sacramento del Orden, de la Eucaristía y de los sacramentos
comúnmente confiados a los diáconos, como el bautismo y el
matrimonio. Se necesita también profundizar en los ámbitos y
las temáticas filosóficas, eclesiológicas, de la teología dogmática,
de la Sagrada Escritura y del derecho canónico, útiles para el
cumplimiento de su ministerio.
Además de favorecer una sana actualización, estos
encuentros deberían llevar a la oración, a una mayor
comunión y a una acción pastoral cada vez más incisiva como
respuesta a la urgente necesidad de la nueva evangelización.
También se deben profundizar, de modo comunitario y con un
guía autorizado, los documentos del Magisterio, especialmente
los que explican la posición de la Iglesia en relación con los
problemas doctrinales o morales más frecuentes de cara al
ministerio pastoral. De este modo se manifestará y demostrará
eficazmente la obediencia al Pastor universal de la Iglesia y a
los pastores
diocesanos, reforzando así la fidelidad a la doctrina y a la
disciplina de la Iglesia en un sólido vínculo de comunión.
Además, resulta de gran interés y utilidad estudiar,
profundizar y difundir la doctrina social de la Iglesia. De
hecho, la inserción de buena parte de los
diáconos en las profesiones, en el trabajo y en la familia,
permitirá llevar a cabo manifestaciones eficaces para el
conocimiento y la actuación de la enseñanza
social cristiana.
A quienes posean la debida capacidad, el obispo puede
encaminarlos a la especialización en una disciplina
teológica, consiguiendo, si es posible, los
títulos universitarios en los centros académicos pontificios o
reconocidos por la Sede Apostólica, que aseguren una
formación doctrinalmente correcta.
Finalmente, tengan siempre presente el estudio sistemático,
no solamente a fin de perfeccionar su conocimiento, sino
también para dar nueva vitalidad a su ministerio, haciendo
que responda cada vez más a las necesidades de la comunidad
eclesial.
73. Junto a la debida profundización en las ciencias sagradas,
se debe cuidar una adecuada adquisición de las metodologías
pastorales (242) para lograr un ministerio eficaz.
La formación pastoral permanente consiste, en primer lugar, en
promover continuamente la dedicación del diácono por perfeccionar
la eficacia del propio ministerio de dar a la Iglesia y a la sociedad
el amor y el servicio de Cristo a
todos los hombres sin distinción, especialmente a los más débiles y
necesitados.
De hecho, el diácono recibe la fuerza y modelo de su
actuar en la caridad pastoral de Jesús. Esta misma
caridad empuja y estimula al diácono,
colaborando con el obispo y los presbíteros a promover la misión
propia de los
fieles laicos en el mundo. Él está estimulado «a conocer cada vez
mejor la
situación real de los hombres a quienes ha sido enviado; a
discernir la voz del Espíritu en las circunstancias históricas en
las que se encuentra; a buscar los métodos más adecuados y
las formas más útiles para ejercer hoy su ministerio»
(243) en leal y convencida comunión con el Sumo Pontífice
y con el propio obispo.
Entre estas formas, el apostolado moderno requiere también el
trabajo en equipo que, para ser fructuoso, exige saber
respetar y defender, en sintonía con la naturaleza orgánica de
la comunión eclesial, la diversidad y complementariedad de los
dones y de las funciones respectivas de los
presbíteros, de los diáconos y de todos los otros fieles.
Organización y medios
74. La diversidad de situaciones, presentes en las iglesias
particulares, dificulta la definición de un cuadro completo
sobre la organización y sobre los medios idóneos para una
congrua formación permanente de los diáconos. En necesario
escoger los instrumentos para la formación en un contexto de
claridad
teológica y pastoral. Parece más oportuno, por lo tanto,
ofrecer solamente algunas indicaciones de carácter general,
fácilmente traducibles a las diversas situaciones concretas.
75. El primer lugar de formación permanente de los
diáconos es el mismo ministerio. A través de su ejercicio, el
diácono madura, centrándose cada vez más en su propia
vocación personal a la santidad en el cumplimiento de los
propios deberes eclesiales y sociales, en particular las
funciones y
responsabilidades ministeriales. La conciencia de
ministerialidad constituye el tema preferencial de la específica
formación, que viene dada.
76. El itinerario de formación permanente debe desarrollarse
sobre la base de un preciso y cuidadoso proyecto establecido
y verificado por la autoridad competente, con el distintivo de
la unidad, estructurada en etapas progresivas, en plena
sintonía con el Magisterio de la Iglesia. Es oportuno
establecer un mínimo indispensable para todos, sin
confundirlo con los itinerarios de
profundización. Este proyecto debe tomar dos niveles
formativos íntimamente unidos: el diocesano que tiene como
punto de referencia el obispo o a su
delegado, y aquel de la comunidad en donde el diácono ejerce
el ministerio, que tiene su punto de referencia en el párroco u
otro sacerdote.
77. El primer nombramiento de un diácono para una
comunidad o un ámbito pastoral represente un momento
delicado. Su presentación a los responsables de la comunidad
(párrocos, sacerdotes, etc.) y de ésta hacia el mismo diácono,
además de favorecer el conocimiento recíproco, contribuirá a
lograr
rápidamente la colaboración sobre la base de la estima y del
diálogo respetuoso en un espíritu de fe y de caridad. Puede
resultar fructuosamente formativa la
propia comunidad cristiana, cuando el diácono se configura
en ella con el ánimo de quien sabe respetar las sanas
tradiciones, sabe escuchar, discernir, servir y amar a la
manera del Señor Jesús.
Un sacerdote ejemplar y responsable, encargado por el obispo,
seguirá con particular atención la experiencia pastoral
inicial.
78. Se deben facilitar a los diáconos encuentros periódicos de
contenido
litúrgico, de espiritualidad, de actualización, de evaluación y
de estudio a nivel diocesano o supradiocesano.
Será oportuno prever, bajo la autoridad del obispo y sin
multiplicar las estructuras, reuniones periódicas entre
sacerdotes, diáconos, religiosas, religiosos y laicos
comprometidos en el ejercicio del cuidado pastoral, sea para
superar el aislamiento de pequeños grupos, sea para
garantizar la unidad de
perspectivas y de acción ante los distintos modelos pastorales.
El obispo seguirá con solicitud a los diáconos, sus
colaboradores, presidiendo los encuentros, según sus
posibilidades y, si se encuentra impedido, procurará que
alguien le represente.
79. Se debe elaborar, con la aprobación del obispo, un plan de
formación
permanente realista y realizable, según las disposiciones
presentes, que tenga en cuenta la edad y las situaciones
específicas de los diáconos, junto con las exigencias de su
ministerio pastoral.
Con esa finalidad, el obispo podrá constituir un grupo de
formadores idóneos o, eventualmente, pedir colaboración a las
diócesis vecinas.
80. Sería de desear que el obispo instituya un organismo de
coordinación de
diáconos, para programar, coordinar y verificar el ministerio
diaconal: desde el discernimiento vocacional, (244) a la
formación y ejercicio del ministerio, comprendida también la
formación permanente.
Integrarán tal organismo el mismo obispo, el cual lo
presidirá, o un sacerdote delegado suyo, junto a un número
proporcionado de diáconos. Dicho organismo no dejará de
tener los debidos lazos de unión con los demás organismos
diocesanos.
El obispo dictará normas propias que regularán todo lo que
se refiere a la vida y al funcionamiento de ese organismo.
81. Para los diáconos casados se deber programar, además
de las ya dichas, otras iniciativas y actividades de formación
permanente, en las que, según la oportunidad,
participarán, de alguna manera, su mujer y toda la
familia,
teniendo siempre presente la esencial distinción de funciones
y la clara independencia del ministerio.
82. Los diáconos deben valorar todas aquellas iniciativas que
las Conferencias Episcopales o las diócesis promuevan
habitualmente para la formación
permanente del clero: retiros espirituales, conferencias,
jornadas de estudio, convenios, cursos interdisciplinares de
carácter teológico-pastoral.
También procurarán no faltar a las iniciativas que más
señaladamente pertenecen a su ministerio de evangelización,
de liturgia y de caridad.
El Sumo Pontífice, Juan Pablo II, ha aprobado el presente Directorio
ordenando su promulgación.
Roma, desde el Palacio de las Congregaciones, 22 de febrero, fiesta de
la Cátedra de San Pedro, del 1998.
Darío Card. Castrillón Hoyos
Prefecto
Csaba Ternyák
Arzobispo titular de
Eminenziana Secretario
ORACIÓN
A LA SANTÍSIMA VIRGEN
MARÍA
MARÍ
A,
Maestra de fe, que con tu obediencia a la Palabra de Dios,
has colaborado de modo eximio en la obra de la Redención,
haz fructuoso el ministerio de los diáconos, enseñándoles a
escuchar y anunciar con fe la Palabra.
MARÍA,
Maestra de caridad, que con tu plena disponibilidad al
llamado de Dios, has cooperado al nacimiento de los fieles en
la Iglesia, haz fecundo el ministerio y la vida de los diáconos,
enseñándoles a donarse en el servicio del Pueblo de
Dios.
MARÍ
A,
Maestra de oración, que con tu materna intercesión, has
sostenido y ayudado a la Iglesia naciente, haz que los diáconos
estén siempre atentos a las necesidades de los fieles,
enseñándoles a descubrir el valor de la oración.
MARÍA,
Maestra de humildad, que por tu profunda conciencia de ser la
Sierva del Señor has sido llena del Espíritu Santo, haz que los
diáconos sean dóciles instrumentos de la redención de Cristo,
enseñándoles la grandeza de hacerse
pequeñ
os.
MARÍA,
Maestra del servicio oculto, que con tu vida normal y
ordinaria llena de amor, has sabido secundar en manera
ejemplar el plan salvífico de Dios, haz que los diáconos sean
siervos buenos y fieles, enseñándoles la alegría de servir en
la Iglesia con ardiente amor.
Amén.
ÍNDICE
DECLARACIÓN CONJUNTA E INTRODUCCIÓN
Declaración conjunta
Introducción
I. El ministerio ordenado
II. El Orden del diaconado
III. El diaconado permanente
NORMAS BÁSICAS
DE LA FORMACIÓN DE LOS DIÁCONOS PERMANENTES
Introducción
1.Itinerarios formativos
2.Referencia a una segura teología del diaconado
3.El ministerio del diácono en los diversos contextos pastorales
4.Espiritualidad diaconal
5.Función de las Conferencias Episcopales
6.Responsabilidad de los Obispos
7. El diaconado permanente en los Institutos de vida
consagrada y en las Sociedades de vida apostólica
I. Los protagonistas de la formación de los diáconos permanentes
1.La Iglesia y el Obispo
2.Los encargados de la formació
3.Los profesores
4.La comunidad de formación de los diáconos permanentes
5.Las comunidades de procedencia
6.El aspirante y el candidato
II. Perfil de los candidatos al diaconado permanente
1.Requisitos generales
2.Requisitos correspondientes al estado de vida de los candidatos
a)Célibes
b)Casados
c)Viudos
d)Miembros de Institutos de vida consagrada y de
Sociedades de vida apostólica
III. El itinerario de la formación al diaconado permanente
1.Presentación de los aspirantes
2.Período propedéutico
3.El rito litúrgico para la admisión de los candidatos al orden del
diaconado
4.El tiempo de formación
5.Colación de los ministerios del lectorado y del acolitado
6.La ordenación diaconal
IV. Las dimensiones de la formación de los diáconos permanentes
1.Formación humana
2.Formación espiritual
3.Formación doctrinal
4. Formación
pastoral
Conclusión
DIRECTORIO PARA EL MINISTERIO Y LA VIDA DE LOS
DIÁCONOS PERMANENTES
1. El estatuto jurídico
del diácono El diácono,
ministro sagrado
La incardinación
Fraternidad sacramental
Obligaciones y derechos
Sustento y aseguración civil
La pérdida del estado diaconal
2. El ministerio del
diácono Funciones
diaconales
Diaconía de la
palabra Diaconía
de la liturgia
Diaconía de la
caridad
La misión canónica de los diáconos permanentes
3. Espiritualidad del
diácono Contexto
histórico actual
Vocación a la santidad
Relacionalidad del orden
sagrado Medios de vida
espiritual
Espiritualidad del diácono y estados de vida
4. La formación permanente
del diácono Características
Motivaciones
Sujetos
Especificidad
Ámbitos
Organización y medios
Oración a la Santísima Virgen María
NOTAS
(1) Cf. Pontificio Consejo para la Interpretación de los Textos
Legislativos, Aclaraciones sobre el valor vinculante del artículo 66
del Directorio para el Ministerio y la vida de los Prebíteros, 22 de
octubre de 1994, en Revista Sacrum Ministerium 295. 263.
(2) Esta parte introductiva es común a la «Ratio» y al
«Directorio». En el caso de publicación separada de los dos
documentos, éstos deberán llevarla.
(3) Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Lumen Gentium, 18.
(4) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1581.
(5) Cf. ibidem, n. 1536.
(6) Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1538.
(7) Ibidem, n. 875.
(8) Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Lumen Gentium, 28.
(9) Cf. ibidem, 20; C.I.C., can. 375, § 1.
(10) Catecismo de Iglesia Católica, 876.
(11) Cf. ibidem, n. 877.
(12) Ibidem, n. 878.
(13) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 879.
(14) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Lumen Gentium, 29; Pablo VI,
Carta Ap.
Ad Pascendum (15 agosto 1972), AAS 64 (1972), 534.
(15) Además, entre los 60 colaboradores que aparecen en sus
cartas, algunos están nombrados como diáconos: Timoteo (1
Tes 3, 2), Epafra (Col 1, 7), Tiquico (Col 4, 7; Ef 6, 2).
(16) Cf. Epist. ad Philadelphenses, 4; Epist. ad Smyrnaeos, 12, 2; Epist.
ad Magnesios, 6, 1: F. X. Funk (ed), Patres Apostolici, Tubringae
1901, pp. 266-267; 286-287; 234-235.
(17) Cf. Didascalia Apostolorum (Siriaca), capp. III, XI: A. Vööbus
(ed.), The
«Didascalia Apostolourm» in Syriae (texto original y traducion en
inglés), CSCO vol. I, n. 402, (tomo 176), pp. 29-30: XI: A. Vööbus
(ed.), CSCO vol. II, n. 408, (tomo 180), pp. 120-129; Didascalia et
Constitutiones Apostolorum, Paderbornae 1906,
I, pp. 212-216.
(18) Cf. los Cánones 32 y 33 de los de Concilios de Elvira
(3003), el Canon 5 del Concilio de Arles I (314), el Canon 18
del Concilio de Nicea (325).
(19) Cada Iglesia local, en los primeros tiempos del
cristianismo, debía tener un número de diáconos
«proporcionado al de los miembros de la Iglesia», para que
rudieran conocer y ayudar a cada uno» (cf. Didascalia de los doce
apóstoles,III, 12: (16) F. X. Funk, ed. cit., I, p. 208. En Roma, el
papa San Fabián (236-250)
había dividido la ciudad en siete zonas («regiones», más tarde
llamadas
«diaconías») en las que era colocado un diácono
(«regionarius») para la promoción de la caridad y la
asistencia a los necesitados. Análoga era la
organización «diaconal» en muchas ciudades orientales y
occidentales en los siglos tercero y cuarto.
(20) Cf. Concilio de Trento, Sesión XIII, Decreto De reformatione, c. 17:
Conciliorum Oecumenicorum Decreta, ed. biligue cit., p. 750.
(21) LG 29.
(22) AAS 59 (1967), 697-704.
(23) AAS 60 (1968), 369-373.
(24) AAS 64 (1972), 534-540.
(25) Los cánones que hablan explícitamente de los diáconos
son una decena: 236, 276, § 2, 3o; 281, § 3; 288; 1031, §§ 2-3;
1032, § 3; 1035, § 1; 1037; 1042, 1o; 1050, 3o.
(26) Cf. C.I.C., can. 1031, § 1.
(27) Pablo VI, Cart. Ap. Sacrum Diaconatus Ordinem: (18 de junio de
1969): AAS
59 (1967), p. 698.
(28) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 29;
Decr. Orientalium Ecclesiarum, 17; Juan Pablo II, Alocución (16
de marzo de 1985), n. 1: Enseñanzas, VIII, 1 (1985), p. 648.
(29) Juan Pablo II, Catequesis en la Audiencia General del 6 de
octubre de 1993; n. 5: Enseñanzas, XVI, 2 (1993), p. 954.
(30) «Una exigencia particularmente sentida de cara a la
decisión del restablecimiento del diaconado permanente
era y es la de una mayor y más
directa presencia de los ministros de la Iglesia en los
distintos ambientes de la familia, del trabajo, de la escuela,
etc. además de las estructuras pastorales ya existentes»
(Juan Pablo II, Catequesis en la Audiencia General del 6 de
octubre de 1993, n. 6: Enseñanzas, XVI, 2, (1993), p. 954.
(31) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen Gentium, 29b.
(32) Cf. Ibidem, decr. Ad gentes, 16.
(33) Ibidem, Decr. Ad gentes, 16. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n.
1571.
(1) Cf. Pontificio Consejo para la Interpretación de los Textos
Legislativos, Aclaraciones sobre el valor vinculante del artículo 66 del
Directorio para el Ministerio y la vida de los Presbíteros, 22 de
octubre de 1994, en Revista Sacrum Ministerium 295. 263.
(2) Esta parte introductiva es común a la «Ratio» y al
«Directorio». En el caso de publicación separada de los dos
documentos, éstos deberán llevarla.
(3) Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Lumen Gentium, 18.
(4) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1581.
(5) Cf. ibidem, n. 1536.
(6) Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1538.
(7) Ibidem, n. 875.
(8) Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Lumen Gentium, 28.
(9) Cf. ibidem, 20; C.I.C., can. 375, § 1.
(10) Catecismo de Iglesia Católica, 876.
(11) Cf. ibidem, n. 877.
(12) Ibidem, n. 878.
(13) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 879.
(14) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Lumen Gentium, 29; Pablo VI,
Carta Ap.
Ad Pascendum (15 agosto 1972), AAS 64 (1972), 534.
(15) Además, entre los 60 colaboradores que aparecen en sus
cartas, algunos están nombrados como diáconos: Timoteo (1
Tes 3, 2), Epafra (Col 1, 7), Tiquico (Col 4, 7; Ef 6, 2).
(16) Cf. Epist. ad Philadelphenses, 4; Epist. ad Smyrnaeos, 12, 2;
Epist. ad Magnesios, 6, 1: F. X. Funk (ed), Patres Apostolici,
Tubingae 1901, pp. 266-267; 286-287; 234-235.
(17) Cf. Didascalia Apostolorum (Siriaca), capp. III, XI: A. Vööbus (ed.),
The
«Didascalia Apostolorum» in Syriae (texto original y traducción en
inglés), CSCO vol. I, n. 402, (tomo 176), pp. 29-30; Vol. II, n. 408,
(tomo 180), pp. 120-129;
Didascalia Apostolorum, III, 13 (19), 1-7: F. X. Funk (ed.),
Didascalia et Constitutiones Apostolorum, Paderbornae 1906,
I, pp. 212-216.
(18) Cf. los Cánones 32 y 33 Concilio de Elvira (3003), los
canones 16 (15), 18, 21 del Concilio de Arles I (314), los
canones 15, 16, 18 del Concilio de Nicea I (325).
(19) Cada Iglesia local, en los primeros tiempos del
cristianismo, debía tener un número de diáconos
«proporcionado al de los miembros de la Iglesia», para que
pudieran conocer y ayudar a cada uno» (cf. Didascalia de los doce
apóstoles, III, 12: (16) F. X. Funk, ed. cit., I, p. 208). En Roma, el
papa San Fabián (236-250)
había dividido la ciudad en siete zonas («regiones», más tarde
llamadas
«diaconías») en las que era colocado un diácono
(«regionarius») para la promoción de la caridad y la
asistencia a los necesitados. Análoga era la
organización «diaconal» en muchas ciudades orientales y
occidentales en los siglos tercero y cuarto.
(20) Cf. Concilio de Trento, Sesión X (XXIII) XIII, Decreto De
reformatione, c. 17:
Conciliorum Oecumenicorum Decreta, ed. bilinüe cit., p. 750.
(21) LG 29.
(22) AAS 59 (1967), 697-704.
(23) AAS 60 (1968), 369-373.
(24) AAS 64 (1972), 534-540.
(25) Los cánones que hablan explícitamente de los diáconos
son una decena: 236, 276, § 2, 3o; 281, § 3; 288; 1031, §§ 2-3;
1032, § 3; 1035, § 1; 1037; 1042, 1o; 1050, 3o.
(26) Cf. C.I.C., can. 1031, § 1.
(27) Pablo VI, Cart. Ap. Sacrum Diaconatus Ordinem: (18 de junio de
1969): AAS
59 (1967), p. 698.
(28) Juan Pablo II, Alocución (16 de marzo de 1985), n. 1:
Enseñanzas, VIII, 1 (1985), p. 648. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. Lumen gentium, 29; Decr. Orientalium Ecclesiarum, 17.
(29) Juan Pablo II, Catequesis en la Audiencia General del 6 de
octubre de 1993; n. 5: Enseñanzas, XVI, 2 [1993], p. 954).
(30) «Una exigencia particularmente sentida de cara a la
decisión del restablecimiento del diaconado permanente
era y es la de una mayor y más
directa presencia de los ministros de la Iglesia en los
distintos ambientes de la familia, del trabajo, de la escuela,
etc. además de las estructuras pastorales ya existentes»
(Juan Pablo II, Catequesis en la Audiencia General del 6 de
octubre de 1993, n. 6: Enseñanzas, XVI, 2, (1993), p. 954.
(31) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen Gentium, 29b.
(32) Cf. ibidem, decr. Ad gentes, 16.
(33) Ibidem, Decr. Ad gentes, 16. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n.
1571.
(34) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 28a.
(35) Cf. C.I.C., can. 1034, 1; Pablo VI, Cart. ap. Ad pascendum,
I, a: l.c., 538. (36) Cf. C.I.C., cann. 265-266.
(37) Cf. C.I.C., cann. 1034, § 1; 1016; 1019. Cost. ap. Spirituali
militum curae, VI, §§ 3-4; C.I.C., Can. 295, § 1.
(38) Cf. C.I.C., cann. 267-268, § 1.
(39) Cf. C.I.C., can. 271.
(40) Cf. Pablo VI, Carta Ap. Sacrum Diaconatus ordinem, VI, 30:l.c., 703.
(41) Cf. C.I.C., can. 678, 1-3; 715; 738; cf. también Pablo VI,
Carta Ap. Sacrum Diaconatus Ordinem, VII, 33-35: l.c., 704.
(42) Cf. Secretaría de Estado, Carta al Cardenal prefecto de la
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los
Sacramentos, Prot. N. 122.735, del 3 de enero de 1984.
(43) Cf. Conc. Vat. II Decr. Christus Dominus, n. 15; Pablo VI,
Carta ap. Sacrum Diaconatus Ordinem, 23: l.c., 702.
(44) Pontificale Romanum - De Ordinatione Episcopi, Presbyterorum et
Diaconorum, n. 201 Ed. typica altera, Typis Vaticanis, 1990, p. 110; cf.
también
C.I.C., can. 273.
(45) «...Quien estuviese dominado por una mentalidad de
contestación, o de oposición a la autoridad, no podría
cumplir adecuadamente las funciones
diaconales. El diaconado no puede ser conferido sino a aquellos que
creen en el
valor de la misión pastoral del obispo y del presbítero, y en la
asistencia del
Espíritu Santo que les guía en su actividad y en sus decisiones.
En particular se insiste en que el diácono debe «profesar al
obispo reverencia y obediencia»... el servicio del diácono está
dirigido, después, a la propia comunidad cristiana y a toda la
Iglesia, hacia la cual debe cultivar una profunda adhesión, por
motivo
de su misión y de su institución divina» (Juan Pablo II,
Catequesis en la audiencia general del 20 octubre 1993, n.
2: «L'Osservatore Romano», 21
octubre 1993, n. 2: Enseñanzas XVI, 2 [1993], p. 105).
(46) Cf. C.I.C., can. 274, § 2.
(47) «...Entre los deberes del diácono está el de "promover
y sostener la actividad apostólica de los laicos". En cuanto
presente e inserto más que el sacerdote en los ambientes
y en las estructuras seculares, él se debe sentir
animado a favorecer el acercamiento entre el ministerio
ordinario y la vida de los laicos, en el común servicio al Reino
de Dios» (Juan Pablo II, Catequesis en la Audiencia General del
13 de octubre de 1993, n. 5: «L'Osservatore Romano», 14
octubre 1993 Enseñanzas XVI, 2 [1993], pp. 1002-1003); cf. C.I.C. can.
275.
(48) Cf. C.I.C., can. 282.
(49) Cf. C.I.C., can. 288, en referencia al can. 284.
(50) Cf. C.I.C., can. 284, Congregación para el Clero, Directorio
para el ministerio y la vida de los presbíteros Tota Ecclesia (31
enero 1994), n. 66; Libreria Editrice Vaticana, 1994, pp. 67-68;
Consejo para la Interpretación de los Textos
Legislativos, aclaración a cerca del valor vinculante del
artículo 66, 22 octubre 1994; Rivista «Sacrum Ministerium» 2
(1995), p. 263.
(51) Cf. C.I.C., can. 669.
(52) Cf. C.I.C., can. 278, 1-2, en explicitación del canon 215.
(53) Cf. C.I.C., can. 278, 3 y can. 1374; y también Conferencia
Episcopal Alemana, Dech. «Iglesia Católica y masonería», 28 de
febrero de 1980.
(54) Cf. Congregración para el Clero, Declar. Quidam Episcopi
(8 de marzo de 1982), IV: AAS 74 (1982), 624-645.
(55) Cf. C.I.C., can. 299, 3; can. 304.
(56) Cf. C.I.C., can. 305.
(57) Cf. Juan Pablo II, Alocución a los Obisbos de Zaire en Visita
«ad Limina» (30 abril 1983), n. 4: Enseñanzas VI, 1 (1983), pp.
1112-1113); Alocución a los
Diáconos permanentes (16 marzo 1985): Enseñanzas, VIII, 1
(1985), pp. 648-650; cf. también Alocución para la ordenación
de ocho nuevos obisbos en Kinshasa (4 mayo 1980), 3-5:
Enseñanzas, III 1 (1980), pp. 1111-1114; Catequesis de la
Audiencia General (6 octubre 1993): Enseñanzas, XVI, 2 (1993), pp. 951-
955.
(58) Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Lumen gentium, 33; cf.
también C.I.C., can. 225.
(59) Cf. C.I.C., can 288, referencia al can. 285, §§ 3-4.
(60) Cf. Ibidem, can. 288, referencia al can. 286.
(61) Cf. Ibidem, can. 222, § 2 y también can. 225, § 2.
(62) Cf. Ibidem, can.
672. (63) C.I.C., can.
287, § 1.
(64) Ibidem, can. 287 § 2.
(65) Cf. ibidem, can. 288.
(66) Cf. Ibidem, can. 283.
(67) Cf. Pablo VI, Carta Ap. Sacrum Diaconatus Ordinem, 21: l.c., 701.
(68) Cf. C.I.C., can. 281.
(69) «Los clérigos dedicados al ministerio eclesiástico merecen
una retribución conveniente a su condición, teniendo en
cuenta tanto la naturaleza del oficio
que desempeñan como las circunstancias de lugar y
tiempo, de manera que puedan proveer a sus propias
necesidades y a la justa remuneración de aquellas personas
cuyo servicio necesitan» (C.I.C., can. 281, § 1).
(70) «Se ha de cuidar igualmente de que gocen de asistencia
social, mediante la que se provea adecuadamente a sus
necesidades en caso de enfermedad, invalidez o vejez» (C.I.C.,
can. 281, § 2).
(71) C.I.C., can. 281, § 3. Con el término remuneración en el
derecho canónico se quiere indicar, a diferencia del derecho
civil, mas que el estipendio en sentido
técnico, la compensación apta que permita un honesto y
congruente sustento del ministro, cuando tal compensación es
debida por justicia.
(72) Ibidem, can. 1274, § 1.
(73) Ibidem, can. 1274, § 2.
(74) Cf. Ibidem, can. 281, § 1.
(75) Cf. Ibidem, can.
281, § 3. (76) Cf. C.I.C.,
can. 281, § 3.
(77) Cf. Ibidem, cann. 290-293.
(78) Conc. Ecum. Vat. II, Cost. dogm. Lumen Gentium, 29.
(79) Juan Pablo II, Alocución (16 marzo 1985), n. 2: Enseñanzas,
VIII, 1 (1985), 649; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Lumen
Gentium, 29; C.I.C., can. 1008.
(80) Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, Directorio para
la
aplicación de los Principios y Normas sobre el Ecumenismo (25 marzo 1993),
70:
l.c., p. 1069; cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta
Communionis notio
(28 mayo 1992), AAS 85 (1993), pp. 838 ss.
(81) Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, Directorio para
la
aplicación de los Principios y Normas sobre el Ecumenismo (25 marzo 1993),
71:
AAS 85 (1993), 1068.
(82) Pontificale Romanum - De ordinatione Episcopi, Presbyterorum et
Diaconorum, n. 210. Ed. typica altera, 1990: «Cree lo que
lees, enseña lo que crees, y practica lo que enseñas».
(83) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen Gentium, 29.
«Toca también a los diáconos servir al Pueblo de Dios en el
ministerio de la Palabra en comunión con el obispo y con su
presbiterio» (C.I.C., can. 757); «En la
predicación, los diáconos participan en el ministerio de los
sacerdotes» (Juan Pablo II, Alocución a los Sacerdotes,
Diáconos, Religiosos y Seminaristas en la
Basílica del Oratorio de S. José - Montreal, Canada [11 de
septiembre de 1984, n. 9: AAS 77 [1983], p. 396).
(84) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, n. 4.
(85) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, 25;
Congregación para la Educación Católica, Carta circ. Come è a
conoscenza; C.I.C., can. 760.
(86) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 25a;
Const. dogm. Dei verbum, 10a.
(87) Cf. C.I.C., can. 753.
(88) Ibidem, can. 760.
(89) Cf. Ibidem, can 769.
(90) Cf. Institutio Generalis Missalis Romani, n. 61; Missale
Romanum, Ordo Lectionis Missae Praenotanda, n. 8, 24 y 50:
ed. typica altera, 1981.
(91) Cf. C.I.C., can. 764.
(92) Cf. Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y
la vida de los presbíteros, nn. 45-47; l.c. 43-48.
(93) Cf. Institutio Generalis Missalis Romani, 42, 61; Congregación
para el Clero, Pontificio consejo para los Laicos, Congregación
para la Doctrina de la Fe,
Congregación Para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,
Congregación para los Obispos, Congregación para la Evangelización
de los
Pueblos, Congregación para los Institutos de Vida Consagrada
y las Sociedades de Vida Apostólica, Pontificio Consejo para la
Interpretación de los Textos
Legislativos, Instrucción sobré algunas cuestiones acerca de la
colaboración de los fieles laícos en el sagrado ministerio de los
sacerdotes, (15 agosto 1997), art. 3.
(94) Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, n. 35;
cf. n. 52; C.I.C, can. 767, § 1.
(95) Cf. C.I.C., Can. 779; cf. también Directorio Catequístico
General, editio typica altera, Typis Vaticanis 1997, n. 216.
(96) Pablo VI Exhort. Ap. Evangeli Nuntiandi (8 dic. 1975); A.A.S.
68 (1976), 5s. (97) Cf. C.I.C., cann. 804-805.
(98) Cf. Ibidem, can. 810.
(99) Cf. Ibidem, can. 761.
(100) Cf. Ibidem, can. 822.
(101) Cf. Ibidem, can. 823, § 1.
(102) Cf. C.I.C., can. 831, § 1.
(103) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad
gentes, 2a. (104) Cf. C.I.C., can. 784, 786.
(105) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 16; Pontificale Romanum
- De
ordinatione Episcopi, presbyterorum et diaconorum, n. 207; ed. cit.,
p. 122 (Prex Ordinationis).
(106) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 29
(107) Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 10.
(108) Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum
Concilium, 7d. (109) Cf. Ibidem, 22, 3; C.I.C., cann.
841, 846.
(110) Cf. C.I.C., can. 840.
(111) «Los diáconos participan en la celebración del
culto divino, por norma según la disposición del derecho»
(C.I.C., can. 835, § 3).
(112) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1570 cf.
Caeremoniale Episcoporum, nn. 23-26.
(113) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 26-27.
(114) Cf. C.I.C., can. 846, § 1.
(115) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosantum Concilium, n. 28.
(116) Cf. C.I.C., can. 929.
(117) Cf. Institutio generalis Missalis Romani, nn. 81b, 300, 302;
Institutio generalis Liturgiae Horarum, n. 255; Pontificale Romanum -
Ordo dedicationis ecclesiae et altaris, nn. 23, 24, 28, 29, Editio
typica, Typis Polyglottis Vaticanis 1977, pp. 29 et 90; Rituale
Romanum - De Benedictionibus, n. 36, Editio typica,
Typis Polyglottis Vaticanis 1985, p. 18; Ordo coronandi imaginem
beatae Mariae Virginis, n. 12, Editio typica, Typis Polyglottis
Vaticanis 1981, p. 10;
Congregacion para el Culto Divino, Directorio para las
celebraciones en ausencia de presbíteroChristi Ecclesia, n. 38:
Notitiae 24 (1988), pp. 388-389; Pontificale Romanum - De
Ordinatione Episcopi, Presbyterorum et Diaconorum,
n. 188: («Immediate post Precem Ordinationis, Ordinati stola
diaconali et
dalmatica induuntur, quo eorum ministerium abhinc in
liturgia peragendum manifestetur») y 190: ed. cit. pp. 102, 103;
Caeremoniale Episcoporum, n. 67,
Editio typica, Libreria Editrice Vaticana 1995,
pp. 28-29. (118) C.I.C., can. 861, § 1.
(119) Cf. C.I.C., can. 530, n. 1.
(120) Cf. Ibidem, can. 862.
(121) Cf. Pablo VI, Carta apost. Sacrum Diaconatus Ordinem, V, 22, 1:
l.c., 701.
(122) Cf. Institutio Generalis - Missale Romanum, nn. 61, 127-
141, editio typica altera 1975.
(123) Cf. C.I.C., can. 930, § 2.
(124) Cf. Ibidem, can. 907; Congregación para el Clero, etc.
Instrucción I
Ecclesiae de mysterio (15 agosto 1997), art. 6.
(125) Cf. Pablo VI, Carta apost. Sacrum Diaconatus Ordinem, V, 22, 6,
l.c., 702.
(126) Cf. C.I.C., can. 910, § 1.
(127) Cf. C.I.C., can. 911, § 2.
(128) Cf. Ibidem, 943 y también Pablo VI, Carta apost.
Sacrum Diaconatus Ordinem, V, 22, 3: l.c., 702.
(129) Cf. Congregación para el Culto Divino, Directorio para
las celebraciones en ausencia de presbítero Christi Ecclesia, n.
38: l.c., 388-389; Congregación para el Clero, etc. Instrucción
Ecclesiae de mysterio (15 agosto 1997), art. 7.
(130) Cf. Juan Pablo II, Exhort. Apost. Post-sinodal Familiaris
Consortio (22 nov. 1981), 73: A.A.S. 74 (1982), 170-171.
(131) Cf. C.I.C., n. 1063.
(132) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Lumen Gentium, 29; C.I.C., can. 1108,
§§ 1-2;
Ordo Celebrandi Matrimonium, ed. typica altera
1991, 24. (133) Cf. C.I.C., can. 1111, §§ 1-2.
(134) Cf. Ibidem, can. 137, §§ 3-4.
(135) Concilio Florentino, bulla Exsultate Deo (DS 1325);
Concilio Tridentino, Doctrina de sacramento de extremae unctionis,
cap. 3 (DS 1697) y can. 4 de extrema unctione (DS 1719).
(136) Cf. Pablo VI, Carta apost. Sacrum Diaconatus
Ordinem, II, 10; l.c., 699; Congregación para el Clero, etc.
Instrucción Ecclesiae de mysterio (15 agosto 1997), art. 9.
(137) Cf. C.I.C., can. 276, § 2, n. 3.
(138) Cf. Institutio Generalis Liturgiae Horarum, nn. 20; 255-256.
(139) Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 60;
cf. C.I.C., can. 1166 y can. 1168; Catecismo de la Iglesia Católica, n.
1667.
(140) Cf. C.I.C., can. 1169, § 3.
(141) Cf. Pablo VI, Carta apost. Sacrum Diaconatus Ordinem,
V, 22,5: l.c., 702 y también Ordo exsequiarum, 19; Congregación
para el Clero, etc. Instrucción Ecclesiae de mysterio (15 agosto
1997), art. 12.
(142) Cf. Ritual de las bendiciones, Premisas generales 18 c.
(143) Cf. C.I.C., can. 129, § 1.
(144) S. Policarpo, Ad Phil., 5, 2 SC 10bis, p. 182; citado en Lumen
Gentium, 29a.
(145) Pablo VI, Carta ap. Sacrum Diaconatus Ordinem, l.c., 698.
(146) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen Gentium, 29.
(147) Pontificale Romanum - De ordinatione Episcopi,
Presbyterorum et Diaconorum, n. 207: ed. cit., p. 122 (Prex
Ordinationis).
(148) Cf. Hipolito, Traditio Apostolica, 8,24; S. Ch. 11 bis. pp. 58-63; 98-
99;
Didascalia Apostolorum (Siriaca), capp. III, XI: A. Vööbus (ed) The
«Didascalia Apostolorum» in Syriae, CSCO, vol. I, n. 402 (toma 176),
pp. 29-30; vol II, n. 408 (toma 180), pp. 120-129; Didascalia
Apostolorum III, 13 (19), 1-7: F. X. Funk (ed), Didascalia et
Constitutiones Apostolorum, Paderbornae 1906, I, pp. 212-216;
Conc. Ecum. Vat. II, Dec. Christus Dominus, 13.
(149) Concilio Ecuménico Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes,
nn. 40-45.
(150) Pablo VI, Carta ap. Sacrum Diaconatus Ordinem, V, 22, 9:
l.c., 702. Cf. Juan Pablo II, Catequesis en la Audiencia general
del 13 de octubre de 1993, n. 5:
Enseñanzas XVI, 2 (1993), pp. 1000-1004.
(151) Cf. C.I.C., can. 494.
(152) Cf. Ibidem, can. 493.
(153) Cf. Juan Pablo II, Alocución a los diáconos
permanentes de U.S.A, Detroit (19 de septiembre de 1987), n.
3: Enseñanzas, X, 3 (1987), 656.
(154) Cf. C.I.C., can. 157.
(155) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Cost. Dogm. Lumen Gentium, 27a.
(156) Cf. C.I.C., can. 519.
(157) Cf. ibidem, can. 517, § 1.
(158) Cf. ibidem, can. 517, § 2.
(159) Cf. Pablo VI, Carta ap. Sacrum Diaconatus Ordinem, V, 22, 10:
l.c., 702.
(160) Cf. C.I.C., can. 1248, § 2; Congregación para el Culto
Divino, Directorio para las celebraciones en ausencia de
presbítero Christi Ecclesia n. 29: l.c., 386.
(161) Juan Pablo II, Catequesis en la Audiencia general del
13 de octubre de 1993, n. 4: Enseñanzas XVI, 2 (1993), p.
1002.
(162) Cf. Pablo VI, Carta ap. Sacrum Diaconatus Ordinem, V, 24:l.c.,
702; C.I.C.,
can. 536.
(163) Cf. Pablo VI, Carta ap. Sacrum Diaconatus Ordinem, V, 24:l.c.,
702; C.I.C.,
can. 512, § 1.
(164) Cf. C.I.C., can. 463, § 2.
(165) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Lumen Gentium 28; Decr. Christus
Dominus
27; Decr. Presbyterorum Ordinis 7; C.I.C., can. 495, § 1.
(166) Cf. C.I.C., can. 482.
(167) Cf. ibidem, can. 1421, § 1.
(168) Cf. ibidem, can. 1424.
(169) Cf. ibidem, can. 1428, § 2.
(170) Cf. C.I.C., can. 1435.
(171) Cf. ibidem, can. 483, § 1.
(172) Cf. ibidem, cann. 1420, § 4; 553, § 1.
(173) Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum concilium, 2.
(174) Ibidem, Const. dogm. Lumen gentium, 5.
(175) Ibidem, Const. past. Gaudium et spes, 2b.
(176) Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 4a.
(177) Ibidem, Const. dogm. Lumen gentium, 40.
(178) Ibidem, Decr. Presbyterorum Ordinis, 12a.
(179) Ibidem, Decr. Ad gentes, 16.
(180) Juan Pablo II, Catequesis en la Audiencia General
del 20 de octubre de 1993, n. 1: Enseñanzas, XVI, 2 (1993),
p. 1053.
(181) «Todos los fieles deben esforzarse, según su propia
condición, por llevar una vida santa, así como por
incrementar la Iglesia y promover su continua
santificación» (C.I.C., can. 210).
(182) Estos «sirviendo a los misterios de Cristo y de la
Iglesia, deben conservarse inmunes de todo vicio, agradar a
Dios y hacer acopio de todo bien ante los hombres (cf. 1 Tit 3,
8-18 y 12-13)» Conc. Ecum. Vat. II, Cost. Dogm.
Lumen gentium, 41. Cf. También Pablo VI, Lett. Ap. Sacrum Diaconatus
Ordinem,
VI, 25: l.c., 702.
(183) «Los clérigos en su propia conducta, están obligados
a buscar la santidad por una razón peculiar, ya que,
consagrados a Dios por un nuevo título en la recepción del
orden, son administradores de los misterios del Señor en
servicio de su pueblo» (C.I.C., can. 276, § 1).
(184) Juan Pablo II, Catequesis en la Audiencia General
del 20 de octubre de 1993, n. 2: Enseñanzas, XVI, 2 (1993),
p. 1054.
(185) Ibidem, n. 1: Enseñanzas, XVI, 2 (1993), p. 1054.
(186) Conc. Ecum. Vat. II., Decr. Apostolicam Actuositatem, 4,
8; Const. Gaudium et spes 27, 93.
(187) Cf. Juan Pablo II, Alocución (16 marzo 1985), n. 2:
Enseñanzas, VIII, 1 (1985), 649; Exhort. Ap. Post-sinodal Pastores
dabo vobis, 3; 21: o.c., 661; 688.
(188) Cf. Juan Pablo II, Exhort. Ap. Post-sinodal Pastores dabo vobis,
16: o.c., 681.
(189) Juan Pablo II, Catequesis en la Audiencia General
del 20 de octubre de 1993, n. 2: Enseñanzas, XVI, 2 (1993),
p. 1055.
(190) Cf. Pablo VI, Carta ap. Sacrum Diaconatus Ordinem, V, 23: o.c.,
702.
(191) Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Redemptor hominis(4 marzo 1979),
nn. 13-17:
A.A.S. 71 (1979), pp. 282-300.
(192) Cf. Pablo VI, Carta ap. Sacrum Diaconatus Ordinem, II, 8: o.c.,
700.
(193) Juan Pablo II, Catequesis en la Audiencia General 20 de
octubre de 1993), n. 2: Enseñanzas, XVI, 2 (1993), p. 1054.
(194) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis nn.
14 e 15; C.I.C., can. 276, § 2. n. 1.
(195) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 12.
(196) Pontificale Romanum - De ordinatione Episcopi,
Presbyterorum et Diaconorum, n. 210; ed. cit., p. 125.
(197) S. Agustín, Serm. 179, 1: PL 38, 966.
(198) Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Dei verbum, 25; cf. Pablo
VI, Carta ap.
Sacrum Diaconatus Ordinem, VI, 26, 1: o.c., 703; C.I.C., can. 276, § 2, n. 2.
(199) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 25a.
(200) Cf. C.I.C., can. 833; Congregación para la Doctrina de
la Fe, Professio fidei et iusiurandum fidelitatis in suscipiendo
officio nomine Ecclesiae exercendo: AAS 81 (1989), pp. 104-
106 y 1169.
(201) Conc. Ecum. Vat II, Const. dogm. Dei Verbum, 21.
(202) Cf. Conc. Ecum. Vat II, Const. litur. Sacrosanctum Concilium, 7.
(203) Cf. ibidem, Const. litur. Sacrosanctum Concilium, 7.
(204) Ibidem, Const. litur. Sacrosanctum Concilium, 59a.
(205) Cf. C.I.C., can. 276, § 2, n. 2; Pablo VI, Carta ap.
Sacrum Diaconatus Ordinem, VI, 26, 2: l.c., 703.
(206) Cf. Pablo VI, Carta ap. Sacrum Diaconatus Ordinem, VI, 26, § 2:
o.c., 703.
(207) Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 5b.
(208) Cf. C.I.C., can. 276, § 2, n. 5; cf. Pablo VI, Carta ap.
Sacrum Diaconatus Ordinem, VI, 26, 3: l.c., 703.
(209) Cf. C.I.C., can. 276, § 2, 3.
(210) Cf. ibidem, can. 276, § 2, 4.
(211) Cf. ibidem, can. 276, § 2, 5.
(212) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Lumen gentium, 23a.
(213) Ibidem, Decr. Christus Dominus, 11; C.I.C., can. 369.
(214) Cf. C.I.C., can. 276, § 2, n. 5; Pablo VI, Carta ap.
Sacrum Diaconatus Ordinem, VI, 26, 4: l.c., 703.
(215) Juan Pablo II, Exhor. ap. post-sinodal Pastores dabo
vobis, 36, en la que sy Santidad cita la Propositio 5 de la Padre
Sinodal: l.c., 718.
(216) Cf. Juan Pablo II, Aloc. a la Curia Romana (22 dic.
1987), AAS 80 (1988), 1025-1034; Carta apost. Mulieris
dignitatem 27, AAS 80 (1988), p. 1718.
(217) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 29b.
(218) «His rationibus in mysteriis Christi Eiusque missione
fundatis, coelibatus... omnibus ad Ordinem sacrum
promovendis lege impositum est»: Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Presbyterorum ordinis, 16; cf. C.I.C., can. 247, § 1; can. 277, § 1;
can. 1037.
(219) Cf. C.I.C, can. 277, § 1; Conc. Ecum. Vat. II, Decr.Optatam totius,
10.
(220) Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes con motivo del
Jueves Santo, Novo incipiente (8 abril 1979), 8: AAS 71 (1979),
408.
(221) Cf. C.I.C., can. 277, § 2.
(222) Juan Pablo II, Alocución a los diáconos permanentes de
U.S.A. en Detroit (19 de septiembre de 1987), n. 5: Enseñanzas,
X, 3 (1987), 658.
(223) Cf. C.I.C, can. 1031, § 2.
(224) Juan Pablo II, Alocución a los diáconos permanentes (19
de septiembre de 1987), n. 5: Enseñanzas, X, 3 (1987), 658-659.
(225) Cf. C.I.C, can. 277, § 1.
(226) Cf. Pablo VI, Carta ap. Sacrum Diaconatus Ordinem, III,
16: l.c., 701; Pablo VI, Carta ap. Ad pascendum, VI: l.c., 539:
C.I.C., can. 1087; Eventuales excepciones se regulan en
conformidad con la Carta Circular de la
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,
a los
Ordinarios Generales de los Institutos de Vida Consagrada Y de
las Sociedades de Vida Apostólica, n. 26397, del 6 de junio
1997, n. 8.
(227) Juan Pablo II, Exhort. Ap. Post-sinodal Pastores dabo vobis, 42.
(228) Juan Pablo II, Catequesis en la Audiencia general 20 de
octubre de 1993), n. 4: Enseñanzas, XVI, 2 (1993), p. 1056.
(229) Cf. Pablo VI, Carta ap. Sacrum Diaconatus Ordinem, II, 8-
10; III, 14-15: l.c., 699-701; Carta ap. Ad pascendum, VII: l.c., 540;
C.I.C., can. 236, can. 1027, can. 1032, § 3.
(230) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. post-sinodal Pastores dabo vobis,
70: l.c., 778.
(231) Juan Pablo II, Exhort. ap. post-sinodal Pastores dabo vobis, 70:
l.c., 779.
(232) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. post-sinodal Pastores dabo
vobis, 76; 79: l.c., 793; 796.
(233) Cf. Conc. Ecum. Vaticano II, Decr. Christus Dominus
15; Juan Pablo II, Exhort. ap. post-sinodal Pastores dabo vobis,
79: l.c., 797.
(234) Congregación para el Clero, Directorio para el
ministerio y la vida de los presbíteros (31 de enero de 1994), n.
71: ed cit., p. 73.
(235) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. post-sinodal Pastores dabo vobis,
78: l.c., 795.
(236) Congregación para el Clero, Directorio para el
ministerio y la vida de los presbíteros Tota Ecclesia, 71: ed.
cit., p. 72.
(237) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. post-sinodal Pastores dabo vobis,
71: l.c., 783;
Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la
vida de los presbíteros Tota Ecclesia, n. 74. ed. cit., p. 75.
(238) Cf. S. Ignacio de Antioquía: «Es necesario que los diáconos,
que son
diáconos de los misterios de Cristo Jesús, agraden a todos. No
son, en efecto, diáconos de comida y bebida sino que sirven
a la Iglesia de Dios» (Epist. ad Trallianos, 2, 3: F. X. Funk, o.c.,
I. pp. 244-245).
(239) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. post-sinodal Pastores dabo vobis,
72: l.c., 783;
Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la
vida de los presbíteros Tota Ecclesia, n. 75: ed. cit., pp. 75-76.
(240) Juan Pablo II, Exhort. ap. post-sinodal Pastores dabo vobis 72:
l.c., 785.
(241) Cf. Pablo VI, Carta ap. Sacrum Diaconatus Ordinem, VI, 28: l.c.,
703; C.I.C.,
can. 276 § 4.
(242) Cf. C.I.C., can. 279.
(243) Juan Pablo II, Exhort. ap. post-sinodal Pastores dabo vobis, 72: l.c.,
783.
(244) Cf. C.I.C., can. 1029.