Análisis de "Fausto" de Goethe
Análisis de "Fausto" de Goethe
Fue publicada en dos partes: Se trata de la obra más famosa de Goethe y está considerada como
una de las grandes obras de la literatura universal.1
Heinrich Faust, un estudioso cuya vida en ocasiones se ha dicho que está basada en la de
Johann Georg Faust, o en el relato dramatizado de la Legend of the Doctor of Paris hecho
por Jacob Bidermann y titulado Cenodoxus.
Mephistopheles, el diablo.
Margarita
Martha, vecina de Margarita
Valentin, hermano de Margarita
Wagner, alumno de Fausto.
La Primera parte de Fausto es una historia compleja. Se sitúa en múltiples lugares, el primero de
los cuales es el cielo. Mefistófeles hace un pacto con Dios: dice que puede desviar al ser humano
favorito de Dios (Fausto), que está esforzándose en aprender todo lo que puede ser conocido, lejos
de propósitos morales.
La siguiente escena tiene lugar en el estudio de Fausto donde el protagonista, desesperado por la
insuficiencia del conocimiento religioso, humano y científico, se vuelve hacia la magia para
alcanzar el conocimiento infinito. Sospecha, sin embargo, que su intento no está obteniendo
resultados. Frustrado, considera el suicidio, pero lo rechaza cuando escucha el eco del comienzo
de la cercana Pascua. Va a dar un paseo con su ayudante Wagner y es seguido a casa por un
perro
En el estudio de Fausto el perro se transforma en el diablo. Fausto hace un trato con él: el demonio
hará todo lo que Fausto quiera mientras esté en la tierra, y a cambio Fausto servirá al demonio en
la otra vida. El trato incluye que, si durante el tiempo que Mefistófeles esté sirviendo a Fausto este
queda complacido tanto con algo que aquel le dé, al punto de querer prolongar ese momento
eternamente, Fausto morirá en ese instante.
Al pedirle el diablo que firme el pacto con sangre, Fausto comprende que este no confía en su
palabra de honor. Al final, Mefistófeles gana esta disputa, y Fausto firma el contrato con una gota
de su sangre.
A continuación, en una de sus excursiones, Fausto conoce a Margaret (también llamada Gretchen).
Se siente atraído por ella y con regalos de joyas y ayuda de su vecina Martha, el diablo lleva a
Gretchen a los brazos de Fausto, quien la seduce y finalmente logra poseerla.
La madre de Gretchen muere por culpa de una poción adormiladora que su hija le había
proporcionado para poder gozar de mayor intimidad con Fausto. Gretchen descubre, además, que
se ha quedado embarazada. Su hermano Valentin acusa a Fausto, lo desafía y muere a manos de
Fausto y el diablo. Gretchen ahoga a su hijo ilegítimo y es condenada por el asesinato. Fausto
intenta salvarla de la muerte liberándola de la prisión, pero al no conseguirlo acude a pedir ayuda
del diablo. Gretchen, presa de la locura y negándose a escapar, muere en brazos de Fausto.
Mefistófeles representa para Fausto una vuelta a la juventud, le ofrece demostrarle que aún
quedan misterios del mundo que desconoce (pensamiento absolutamente absurdo para Fausto) y
le devuelve la pasión que lo movía antes de ser el sabio que es al inicio de la obra. Si bien Fausto
confía en que podrá dominar a Mefistófeles y manipularlo, la situación termina dándose de manera
distinta, es Mefistófeles quien conduce a Fausto según su gusto para que éste confíe plenamente
en él y se entregue a sus juegos.
Fausto vive su amor por Margarita como un amor de iniciación, un amor adolescente. La pasión
que lo embarga (en parte por los trucos de Mefistófeles) lo mueven a acercarse a esta niña que
queda cautivada por él y su arte discursiva. Aún cuando Fausto intenta protegerla, la magia de
Mefistófeles consigue (de manera indirecta) quebrantar la paz en la vida de Margarita, lo que
desencadena en una irrefrenable locura. Luego descubrimos el encarcelamiento de Margarita y el
motivo de su encierro, que fue asesinar al hijo que nació como fruto de la unión con Fausto (aún
cuando Fausto no sabía de su hijo.
A lo largo de la obra podemos apreciar que Goethe intenta resaltar las características puramente
humanas (como lo son los sentimientos, las emociones y las pasiones). En la primera parte de la
obra si bien éstas se presentaban como una liberación para el personaje de Fausto, también iban
de la mano con las obras de Mefistófeles, que tenían un carácter de maléficas. Todo aquello que
Fausto decidía sin detenerse a meditarlo friamente, o en las ocasiones en las que respondía a la
pasión pura, se entiende que la mano de Mefistófeles estaba detrás, garantizando que Fausto lo
haga. Lo esencialmente humano va, en la obra, de la mano del mal como si estuvieran incluidos en
la misma categoría, como si uno alimentara al otro y viceversa. Pareciera que aquellas cosas
pasionales que mueven al ser humano se encuentran en el limbo entre lo bueno y lo malo, que son
amorales, neutras, durante la obra el mal motiva la mayoría de ellas sin embargo al final de la obra
son estas mismas acciones (representadas en el amor por Margarita) las que permiten que Fausto
escape al pacto, es decir, son estas mismas pasiones las que terminan de lado del bien.
1.
Capítulo I
El autor
Introducción
En un rincón de esa taberna Johann Wolfgang von Goethe (1749 – 1832) comenzó a escribir la
obra de su vida: el Fausto.
En AuerbachsKeller, todavía hoy, puede verse el inmenso tonel que, según la leyenda, usó el
Diablo para escapar del lugar.
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El romanticismo alemán
El espíritu, eminentemente crítico, estaba dirigido contra la fortaleza de los conceptos tradicionales.
Su manifiesto proclama los derechos de la inspiración, del entusiasmo y de la libertad en el arte y
en el terreno político.
Johann Wolfgang Von Goethe: novelista, dramaturgo, poeta, científico, geólogo, botánico,
anatomista, físico, historiador de ciencias, pintor, arquitecto, diseñador, economista, filósofo
humanista y, durante diez años, funcionario del Estado alemán de Weimar.
De inteligencia superdotada, y provisto de una enorme y enfermiza curiosidad, hizo prácticamente
de todo y llegó a acumular una omnímoda y completa cultura.
Reconocido generalmente como uno de los más grandes y versátiles escritores y pensadores
europeos de los tiempos modernos, Johann Wolfgang Von Goethe, nacido el 28 de Agosto de
1749, y muerto el 22 de Marzo de 1832, influenció profundamente el crecimiento del romanticismo
literario.
Por diez años fue una figura política de liderazgo, un agudo observador de las grandes
revoluciones sociales e intelectuales de finales del siglo XVIII y uno de los primeros pensadores en
explorar las implicaciones de la Revolución Industrial.
Goethe es, sin embargo, un individuo sensible y delicado que luchó a través de un amplio rango de
crisis humanas y dejó un record crítico de esa experiencia.
La Vida de Goethe
Goethe nació en Frankfurt am Main, dentro de una familia de clase media. Su padre, Johann, se
retiró de la vida pública y educó a sus hijos él mismo.
A los 16 años, Goethe comenzó sus estudios en la Universidad de Leipzig, entonces un centro
cultural líder. Allí escribió sus primeros poemas.
En 1770, en la Universidad de Strasbourg, recibió una gran influencia de Johann Gottfried Von
Herder(6), quien lo introdujo a los trabajos de Shakespeare.
En 1771, Goethe recibió una Licenciatura en Leyes, en Strasbourg, y durante los siguientes 4 años
practicó leyes con su padre; escribió dos trabajos que lo llevaron a la celebridad literaria.
Durante un viaje de 2 años a Italia (1786-88), Goethe reconoció que era un artista y resolvió
dedicarse el resto de su vida a la escritura. La decisión no fue muy prometedora al principio: su
regreso a Weimar estuvo seguido por años de enajenación de la sociedad de la corte.
Muchos de sus amigos se ofendieron porque vivió con la joven ChristianeVulpius, quien le dio un
hijo en 1789. Para legitimar este niño, Goethe se casó con Christiane, en 1806.
Goethe pasó mucho de su tiempo cerca de Jena y desde 1784 hasta 1805 desarrolló un intenso
vínculo con Federico Schiller(7), una unión que muchos juzgan como una cumbre en letras
Germánicas.
Los poderes creativos de Goethe persistieron a través de sus años sesenta y setenta, y murió en
Weimar a la edad de 82 años.
Roma supuso para él ir arrinconando esa estética en una evolución que le hizo, al cabo, renegar
del Romanticismo e identificarse con el equilibro clásico grecolatino, lo que puso fin a su
tormentosa vida interior. Fue esa revelación del Clasicismo, la verdadera raíz con la que podía
identificarse la cultura alemana. "Ahora comprendo el sentido del mármol", escribirá en una de sus
Elegías romanas.
La poesía de Goethe expresa una nueva concepción de las relaciones de la humanidad con la
naturaleza, la historia y la sociedad; sus dramas y sus novelas reflejan un profundo conocimiento
de la individualidad humana.
La importancia de la obra de Goethe puede ser juzgada por la influencia que sus escritos críticos;
su vasta correspondencia, su poesía, sus dramas y sus novelas, ejercieron sobre los escritores de
su época y sobre los movimientos literarios que él inauguró, y de los que fue la figura principal.
En sus tempranos 20 años, Goethe adquirió fama en Alemania con la representación Goetz de
Berlichingen (escrita en 1771 y publicada en 1773), la cual despreció el correcionismo, formalismo
y cosmopolitismo literarios. Tomó su inspiración de Shakespeare y del genio nativo de Goethe y le
dio cuerpo al pensamiento de su primer amigo y guía, Herder.
Mayormente celebrado durante su vida como el autor de Fausto, Goethe también fue conocido por
el satírico Reynard El Zorro (1794) y el poco épico Herman y Dorothea (1798. Sus así llamados
dramas clásicos, Ifigenia y Tauro (versión final, 1787) y Torcuato Tasso (1790), fueron muy
admirados durante el siglo XIX, como lo fueron las baladas que escribió en colaboración con
Schiller.
Algunos de sus trabajos maduros se comienzan a apreciar solo en el siglo XX, incluyendo la
segunda parte de Fausto, las irónicas Afinidades Electivas (1809) y el profundamente pasional ciclo
lírico, Divan de Este-Oeste (1819). Otros trabajos, como los sensuales hexámetros de Elecciones
Romanas (1795) y Los Viajes de Wilhelm Mestier (1821), una continuación muy discursiva de las
primeras novelas, están recibiendo sólo ahora, reconocimiento.
Goethe mismo esperó ser renombrado como un científico. La Biología ha reconocido su larga
deuda hacia él, especialmente por el concepto de morfología, el cual es fundamental a la teoría de
la evolución. Él pensó que su trabajo mas importante era ZurFarbenlehre (3 volúmenes., 1810, La
Teoría de los Colores de Goethe), en el cual intentó desacreditar la ciencia Newtoniana. Este
esfuerzo llevó a Goethe a su des-reputación con los positivistas del siglo XIX, pero el énfasis actual
en esta percepción es simpático al punto de vista de Goethe, y el primer volumen de
ZurFarbenlehre contiene la primera historia comprensiva de la ciencia.
De igual modo, la actual escuela literaria encuentra en Goethe un primer abogado de los
conceptos, como el Weltliteratur, o literatura comparativa, y del rol decisivo jugado por el lector, al
Capítulo II
La obra
El Fausto de Goethe
Introducción
Sin mayores variantes, la historia de Cipriano recaló, en el siglo IX, en Alemania y fue popularizada
por Ado, arzobispo de Viena, de la cual sacó, mucho más tarde, Calderón de la Barca, el tema para
su comedia El mágico prodigioso Pero en la primera mitad del siglo XVI tomó cuerpo en un
personaje real.
Se trataba de Johann Faustus, profesor en varias universidades alemanas, quien ganó fama como
alquimista y brujo, y después de una existencia desordenada, murió trágicamente. En ese
momento se atribuyó su muerte a un pacto que Fausto había firmado con el Diablo.
Surge en él, pues, la fascinación por Simón el mago, "padre de los gnósticos", por quien su
entusiasmo de juventud le seguirá durante el resto de su vida. La alquimia, en el ocultismo, le
concedió la independencia del espíritu y del pensamiento, fortaleciendo su adhesión al esoterismo
y al hermetismo filosófico de Hermes Trimegisto.
En un primer momento, este personaje fue partidario del reformismo, junto a Lutero, pero rompe
con este círculo a causa de su extremo y apasionado gusto por la antigüedad pagana y sus
prácticas mágicas.
Numerosos pactos diabólicos son puestos de relieve en las Demonologías de Juan Wier y Juan
Bodin.
El Fausto (Goethe)
La leyenda de Fausto fue la base para que Goethe llevara a cabo la creación de su obra dramática,
que tiene como título el apellido del mago.
Goethe explica que tomó la leyenda no para plasmarla a manera de crónica o testimonio. La
intención fue hacer una obra en la cual se mezcle el aspecto real y biográfico del ocultista, con la
poesía, es decir, conferirle al texto un grado de esteticismo, hacerlo fructuoso en el campo literario
sin dejar de lado el aspecto mítico-mágico.
Goethe reconoce que para esta empresa es necesario seguir el concepto de mímesis aristotélica.
La mímesis consiste en el proceso por el cual el artista plasma en la obra un modelo similar a la
realidad. Es una imitación, ya que es ésta quien recoge, organiza y crea una imagen de la realidad,
que será luego reconocida y reconstruida por el receptor. Compara la conexión entre ambas
realidades: la textual y la real, y es así como reconocerá el artificio literario.
Sin embargo, la mímesis aristotélica supone también, en el artista, cierta individualidad. La mímesis
no es completamente reproductiva, desde luego, para que sea una pieza artística; se necesita de la
originalidad creativa del autor.
No obstante, esta metodología reproductiva no explica con exactitud la manera en que Goethe
reconstruye la figura de Fausto dentro de la realidad textual. Obviamente, el autor cumple lo
postulado por Aristóteles: produce un modelo mímico del mago y le agrega elementos y
situaciones, diálogos y secuencias, para realzar la historia y otorgarle el grado de texto literario.
En esta versión goethiana del mito fáustico, podemos observar que, como artificio, predomina la
fusión de los tiempos; exactamente, del pasado con el presente. De igual manera, separa el tiempo
del suceso, del lugar concreto donde tuvo lugar. Por ejemplo: la Noche de Walpurgis, en la que se
refiere el lugar concreto pero no la fecha exacta.
En otros casos, Goethe ante todo busca, y encuentra un movimiento visible del tiempo histórico,
inseparable del ambiente natural y todo el conjunto de objetos creados por el hombre y
relacionados con el ambiente natural.
A lo largo de la leyenda vemos que Fausto no necesita de Mefistófeles para realizar sus
evocaciones a espíritus o a personajes del otro mundo. Tampoco para sus hechizos o sortilegios
varios, ni mucho menos para la elaboración de filtros mágicos o sus tareas alquímicas.
Mefistófeles sirve al mago como transporte o como protector. En Fausto, la figura de Mefistófeles
es el nexo entre el deseo y la satisfacción. Por ende, no desarrolla su presencia, una mera
herramienta utilitaria; por el contrario, Mefistófeles cumple los diversos deseos produciéndole
placer y regocijo, justificando los beneficios del pacto.
El ejemplo central del deseo es la posesión de Margarita y de su amor. Además de esta función, el
demonio cumple otras, aunque sean accesorias y complementarias de la primera. Entre estas,
destacan la adoctrinación del mago. Recordemos los consejos a lo largo del texto, los filtros que le
concede, y la explicación de los fenómenos que ocurren durante la Noche de Walpurgis. Es en esta
escena en donde los dones aleccionadores se aprecian con mayor claridad: Le explica con detalle
los ritos de las brujas, sortilegios diversos; lo previene de la medusa, etc. Inclusive le detalla el
papel que cumple y las restricciones a las que se ve sujeto, al momento de rescatar a Margarita:
"Te acompañaré allí, que es todo cuanto puedo hacer, pues bien sabes que ni en el cielo ni en la
tierra soy omnipotente. Turbaré la razón del carcelero, para que te apoderes de las llaves; pero
debo advertirte que sólo una mano humana puede liberarla. Yo vigilaré; tendré los caballos
encantados a punto, y os sacaré de allí. Es todo lo que puedo hacer"
El momento del pacto ha sido retratado con más fidelidad que la figura de Mefistófeles:
"Fausto - (...) ¿qué quieres de mí, maligno espíritu: bronce, mármol, pergamino o papel? También
dejo a tu elección el si debo escribirlo con un estilo, un buril o una pluma"
"Mefistófeles - ¡Cuánta palabrería! ¿Por qué te has de exaltar de este modo? Basta un pedazo de
papel cualquiera con tal que lo escribas con una gota de sangre"
En la leyenda, Mefistófeles se presenta ante Fausto junto con Satanás, mientras que en el texto no
media Satanás entre el doctor y el demonio. La desaparición de Satanás obedece a la intención de
dar a Mefistófeles mayor participación e independencia a lo largo de la obra, quien únicamente se
ve sujeto a las órdenes del mago porque así lo estipula el acuerdo.
Otra de las variaciones, es la ausencia de Helena como mujer del doctor; aunque en la Segunda
Parte su presencia sea importantísima, y la del hijo de ambos: JustusFaustus.
Toda la Primera parte está plagada de ejemplos que evidencian su obsesión amorosa, aunque
Goethe no manifieste el aspecto sexual de su personaje, quien es una construcción de tendencia
asexual.
Lo que ocurre con Cristóbal Wagner, es distinto. En el relato mítico, Wagner cumple una función
importantísima: la documentación e información de la vida de su maestro por vía oral. Este recurso
incrementa la leyenda, en el sentido en que no se sabe en qué punto dejan de ser verídicas las
vivencias, y pasan a retratar una figura fantástica y legendaria. En Fausto, la única funcionalidad
que desempeña es la de ayudante de laboratorio. No participa en ningún momento de las acciones,
una vez introducido el personaje Mefistófeles.
Wagner deja de ser el confidente, el consejero moral, y cede el lugar a Mefistófeles. De esta
manera, aquél desaparece del todo dejándole la posta de servidumbre al mencionado demonio,
quien tiene el poder para satisfacer por completo a su amo.
La figura del protagonista es también reconstruida de modo diferente a lo que narran las crónicas.
En ellas Fausto es un ser sumamente poderoso, independiente, muchas veces de Mefistófeles y
hasta del mismo Lucifer. Conocedor y erudito de las ciencias ocultas, es capaz de preparar sus
propios filtros, embrujos y encantamientos. No necesita de nadie para traer de vuelta a espíritus o
muertos.
Inclusive, éstos mismos le son obedientes. Hay que recordar que mantuvo una relación amorosa
con Helena de Troya, con quien se casó, según la leyenda.
Como es de suponerse, si en el original fue Fausto quien zanjó la mesa, y de ella brotó el vino, en
el drama fue Mefistófeles quien lo hizo; y no para deleitar a los presentes sino para embromarlos.
El juego consistía en que los que tomaran el vino, no dejasen caer ni una gota del líquido al suelo.
Uno de ellos deja caer un poco y al instante se ve ardiendo por toda la posada.
Luego Fausto y su compañero desaparecen del lugar, y los embromados descubren que todo fue
un hechizo, una ilusión, ya que no hubo heridos ni quemados.
http://alenarterevista.wordpress.com/2008/02/17/goethe-dos-mujeres-para-un-mito-i-margarita-por-
virginia-segui-collar/
Yo, Fausto: vender el alma al Diablo
Publicado por E.J. Rodríguez
“Faustus era un individuo sumamente perceptivo y hábil, cualificado e inclinado al estudio. Lo hizo
tan bien en sus exámenes que los rectores decidieron examinarlo también para el título de
Magister. Había otros dieciséis candidatos, a todos los cuales demostró ser tan superior en
discurso, composición y competencia, que fue inmediatamente concluido que había estudiado
suficientemente y se le nombró Doctor en Teología. Para lo demás era un hombre estúpido,
irrazonable y vano; a quien después de todo sus compañeros solían llamar ‘el especulador’. Se
juntó con las peores compañías; por un tiempo durmió con las Sagradas Escrituras al otro lado de
la puerta o debajo de un banco, y no reverenció la Palabra de Dios sino que vivió una vida grosera
e impía, una vida de glotonería y lujuria (como el progreso de esta Historia pondrá
suficientemente de manifiesto). Ciertamente, el proverbio es verdadero: lo que está inclinado
hacia el Diablo, irá al Diablo.” (Historia von D. Johann Fausten, autor anónimo, 1587)
Sucedió hacia 1540 que el doctor Johann Georg Faust moría de forma aparatosamente
trágica en una habitación de la Posada del León, hotel de Staufen, ciudad alemana que se
extiende a los pies de la Selva Negra. El doctor Faust —que se estima debía de tener entre
cincuenta y sesenta años— andaba ocupado en una de sus varias vocaciones esotéricas: la
alquimia. Empezó a mezclar productos y sustancias diversas en vasos y botellas, con tan
mala fortuna que a resultas de aquel último y malhadado experimento se produjo una
potente explosión. El ruido alarmó a todo el edificio: varios inquilinos corrieron hacia la
habitación de Faust para comprobar qué había sucedido; vieron la puerta entreabierta y
algunos rastros de humo. Al entrar, encontraron sobre el suelo el cuerpo sin vida del doctor,
“horriblemente retorcido y mutilado”. El estado del cadáver espantó sumamente a los
testigos. Rápidamente corrió por Staufen la voz sobre la tragedia y al conocerse la noticia
del fallecimiento de Faust, de la aterradora disposición en que habían sido encontrados sus
despojos, los detractores del doctor —cuya mala fama lo precedía desde tiempo atrás— no
tardaron en ofrecer una explicación a por qué había resultado tan sangriento su final. El
cuerpo de Faust había quedado tan maltrecho como consecuencia no sólo de la explosión,
sino de la intervención del mismísimo Satán. El Diablo, decían, se había encargado de
reclamar lo que era suyo, rapiñando cruelmente el cuerpo del doctor, pues Faust habría
entrado en tratos con el Maligno mucho tiempo atrás, vendiendo su alma a cambio de
sapiencias prohibidas y placeres obscenos. Al cumplirse un plazo pactado de veinticuatro
años, Johan Georg Faust había recibido la visita de su nuevo dueño, que ahora lo poseería
por toda la eternidad.
Tales cosas se dijeron tras la muerte del doctor Johann Faust, figura huidiza y controvertida
que vivió en la Alemania de finales del siglo XV y principios XVI, que no ganó fama
universal —no hasta ser convertido en tema literario— pero de cuya existencia y figura
quedaron testimonios contemporáneos, incluso por parte de individuos cercanos a Martín
Lutero. Naturalmente, resulta difícil distinguir entre las informaciones veraces en torno a la
vida de Faust y las habladurías que, tanto en vida como tras su muerte, parecieron rodearlo
siempre, y que incluían numerosas referencias a la magia negra, la hechicería y los tratos
íntimos con las tinieblas. Todas estas habladurías se terminaron inspirando una de las más
conocidas leyendas de su tiempo, al ser trasladadas a la esfera literaria por obra de una
mano anónima. Es más: pronto la figura del verdadero Johann Faust quedó completamente
eclipsada por su alter ego de ficción, convertido repentinamente en arquetipo universal de
la cultura europea. Y sin embargo, por poco que pueda importar el dato, como poco podría
importar la existencia de un auténtico rey Arturo frente al enorme peso de los mitos
desarrollados en torno a él, Johann Faust existió. Nació, vivió, y fue de carne y hueso.
Recreación del aspecto que pudo haber tenido Fausto, pintada un siglo después de su
muerte.
“Como ha sido descrito más arriba, la complexión del Doctor Faustus era tal que empezó a
amar aquello que no debería ser amado, a lo que su espíritu se dedicó día y noche,
ascendiendo con alas de águila y buscando los mismísimos fundamentos del Cielo y de la
Tierra. Por su lascivia, por su insolencia y por la remordiente locura que lo incitaba,
finalmente resolvió en usar y poner a prueba ciertos vocablos, figuras, caracteres y conjuros
mágicos en la esperanza de forzar al Diablo a aparecer ante él. De tal modo (así otros lo
contaron y así, desde luego, el propio Doctor Faustus en persona lo hizo saber más tarde)
fue a un extenso y denso bosque llamado el Spessart Wald, que está situado cerca de
Wittemberg. Durante la noche, en un cruce de caminos de estos bosques, describió ciertos
círculos con su vara en el suelo, de tal modo que los dos círculos que estaban arriba hacían
intersección con un círculo más grande. De esta manera, entre las nueve y las diez de la
noche, conjuró al diablo”
Camino en el bosque Spessart Wald: en un rincón como éste pudo ser donde Fausto, según
la leyenda, invocó a Satán.
Primera edición de la “Historia von D. Johann Fausten”, versión original del mito.
Tampoco huye cuando una estrella parece caer directamente del cielo sobre su cabeza, ni
cuando el círculo mágico es repentinamente rodeado por una cortina de fuego. Después,
llega la más impresionante visión de la noche, en la que Faust puede sospechar que está por
fin contemplando a Satán en persona: dos pequeñas luces que habían quedado como resto
de las llamas comienzan a bailar y cambiar de forma ante Faust, hasta que finalmente se
convierten en una silueta parecida a la de un hombre, sólo que completamente compuesta
de llamas. En completo silencio, la silueta de fuego camina lentamente en torno al círculo
durante varios minutos, sin pronunciar una palabra ni producir sonido alguno, como
examinando al aterrado doctor. Faust aguarda inmóvil, sumido en un mudo espanto sin
abandonar su posición en el círculo. Justo al cumplirse la medianoche, la silueta de fuego se
desvanece también. Se diría que, después de todas las pruebas anteriores, Satán ha
aparecido para evaluar a Faust y ha dado finalmente el visto bueno.
En tanto que mis facultades espirituales han sido exhaustivamente exploradas (incluidos los
dones que me han sido dispensados y graciosamente impartidos desde lo alto), pero aun así
no consigo comprender; En tanto que es mi deseo investigar más profundamente en la
materia y propongo especular acerca de los elementos; Y en tanto que la humanidad no
enseña tales cosas:
Le prometo a él, a cambio, que cuando me haya saciado de todo cuanto deseo obtener, al
expirar veinticuatro años desde hoy, él podrá obtener, gobernar, dirigir y poseer todo cuanto
pueda ser mío de cualquier manera que a él lo satisfaga: cuerpo, propiedades, carne, sangre,
etc. Adjunto debidamente un vínculo por toda la eternidad, de puño letra y en uso de mi
facultad y autoridad, renunciando a estos bienes así como a mi mente, cerebro, intención,
sangre y voluntad. Ahora, desafío a todos los seres vivientes, a las Huestes Celestiales y a
toda la humanidad, porque así debe ser.
Tras firmar este contrato, Johann Faust se establece en Wittemberg, ocupando la vivienda
que un familiar le ha dejado en herencia. Por toda compañía tiene a un joven escolar,
Christoph Wagner, quien también está ansioso por obtener conocimientos prohibidos y que
será su ayudante y aprendiz. Mefistófeles también lo acompaña en la casa, ejerciendo como
sirviente e instruyéndole sobre conocimientos esotéricos, y garantizándole además una
existencia cómoda. El demonio intermediario de Satán provee al doctor de alimentos
principescos, buena bebida, ropas de lujo y otros artículos que, por lo general, roba en la
ciudad durante las noches. Además, le entrega a Faust dinero en metálico: veinticinco
coronas semanales que, sumadas a los bienes que obtiene mediante la magia y los
subterfugios de Mefistófeles, permiten al doctor llevar un estilo de vida lujoso y señorial.
Pero Faust no está del todo satisfecho: en la sola compañía de Christoph y Mefistófeles,
siente que le falta algo. Empieza a desear tener una mujer a su lado e interroga al demonio
sobre la posibilidad de contraer matrimonio. Mefistófeles se muestra tajante al respecto: el
matrimonio es una institución de Dios y “no se puede servir a Dios y al Diablo a un mismo
tiempo”. Así que la idea del matrimonio con una mujer está vedada para Faust, ya que su
único matrimonio posible es el que ya ha sellado con su pacto; un matrimonio con Satán.
Pese a estas objeciones, el doctor no se da por vencido. Desafiante, anuncia que le guste a
Mefistófeles o no, sigue teniendo intención de casarse. Es entonces cuando un viento
furioso y ardiente, como calentado por el fuego, empieza a azotar la vivienda, haciéndola
estremecerse hasta que parece estar a punto de derrumbarse. Para la horrorizada sorpresa de
Faust, el mismísimo Satán en persona se aparece ante sus ojos, no ya en forma de llamas,
sino con su verdadero aspecto, “tan horrible y malformado que Faust no podía dirigir la
mirada hacia él”. El Diablo, molesto por el desafío que Faust le ha lanzado, sólo necesita
pronunciar una frase para poner al doctor en su sitio:
Aterrorizado, Faust admite que al querer contraer matrimonio frente a la voluntad de Satán,
está incumpliendo su parte del pacto, pues sólo a Satán pertenece ya. Humildemente, el
doctor reclama perdón por su falta, tras lo cual Satán decide perdonarlo y desaparece no sin
antes advertir: “sé inquebrantable”. Pero Mefistófeles, comprendiendo que es la lujuria lo
que ha motivado el intento de rebelión de Faust, le sugiere satisfacer sus instintos de un
modo diferente, ajeno a la institución del matrimonio que tanto disgusta a Satán. El
demonio le ofrece lo siguiente: cualquier mujer que Faust desee poseer aparecerá esa
misma noche en su cama y estará obligada a acatar todos los deseos y fantasías del doctor,
sean estos cuales fueren. Y así sucede: Faust sólo ha de señalar a una mujer, y lo quiera ella
o no, Mefistófeles se encarga de que el libidinoso doctor haga uso de ella a su antojo. A
partir de ese momento el corazón del doctor se llena de alegría; Faust elige a una mujer
diferente cada día y empieza a gozar de una existencia marcada por una concupiscencia sin
barreras.
Pero no todo en su pacto diabólico resulta como Faust lo esperaba. Poco a poco, empieza a
darse cuenta de que no está obteniendo lo que se le había prometido. Si bien durante los
años siguientes ocupan al doctor los placeres terrenales, el estudio de disciplinas impías y la
redacción de libros mágicos, tal y como él quería, el descontento se va apoderando de
Faust. Mefistófeles, sí, le ha proporcionado el cumplimiento de todas sus apetencias
carnales y materiales. Pero mientras tanto le ha estado negando los conocimientos que
Faust pretendía obtener en primer lugar, aquello que eral objetivo primordial que perseguía
al firmar el pacto. El doctor se da cuenta de que mediante manipulaciones y trucos de
diversa índole, Mefistófeles ha estado engañándolo, entreteniéndolo mediante
conocimientos intrascendentes, revelaciones secundarias y experiencias sobrenaturales pero
sin grandes consecuencias, todo para desviar su atención y ocultarle hábilmente los
misterios últimos, los que Faust quiere desentrañar, incumpliendo así el pacto. Al darse
cuenta de la situación, Faust trata de romper el contrato, pero su intentona resulta inútil:
Satán, de entre todas sus maldades, es también un embustero. Faust ha sido estafado por el
Diablo. Mefistófeles, que había prometido servirle en todo, se enoja con el doctor cuando
éste lo cuestiona sobre los secretos del cielo y el infierno. El espíritu abandona su casa
diciendo “dejadme en paz”. Faust queda lógicamente decepcionado: las grandes respuestas
que confiaba obtener con su pacto, le seguirán estando vedadas. Ha vendido su alma en
vano, a cambio de placeres transitorios y conocimientos inútiles.
Sin embargo, justo cuando los relojes marcan la medianoche, un furibundo viento azota las
ventanas. Todos entienden que no habrá perdón: el Diablo va a venir a reclamar lo que es
suyo. Dios no ha intercedido. Los estudiantes entran en estado de pánico y huyen
despavoridos, encerrándose en una cámara contigua al dormitorio del doctor, quien se
queda completamente solo en su habitación, tendido en la cama, indefenso y horrorizado.
El rugido del viento aumenta, acompañado por una “espantosa música” que suena como si
una multitud de serpientes hubiese invadido la casa. Los estudiantes no pueden ver lo que
sucede, pero oyen los gritos desesperados del doctor, que con voz estertórea solicita auxilio
inútilmente, mientras es asesinado por Satán. Los gritos acaban por desvanecerse en la
distancia y la casa queda otra vez en calma. Cuando todo termina los estudiantes abandonan
su escondite y regresan a la habitación de Faust: allí ya sólo encuentran los restos
despedazados del doctor, diseminados por la estancia, tal que si el Diablo se hubiese
entretenido golpeándolo y lanzándolo de un lado a otro sin piedad como a un juguete de
trapo. Encuentran sus dientes desperdigados en un rincón, sus ojos arrancados en otro, y el
grueso de su cadáver, mutilado y retorcido, es un espectáculo “monstruoso de contemplar”.
La popularización de la leyenda
Naturalmente, existían otras fuentes anteriores que pudieron ayudar a dar forma al mito. El
tema del pacto diabólico no era ni mucho menos nuevo en la tradición europea, aunque sí
había sido bastante menos tratado que el más corriente, simplón y “de andar por casa” de la
posesión diabólica. Así, había existido por ejemplo el mito cristiano de Teófilo de Adana, o
Teófilo el Penitente, un hombre en principio virtuoso que habría hecho un pacto con Satán
para avanzar en su carrera y superar el boicot profesional de un obispo rival, pero que se
habría salvado del infierno en última instancia gracias a la intervención de la Virgen María.
También en la dramaturgia laica existían ejemplos notables, algunos incluso recientes, de
argumentos basados en pactos diabólicos pre-fáusticos: por ejemplo, poco antes del
nacimiento de Faust se había representado en Holanda la obra teatral María de Nimega, en
la que una joven decidida a perfeccionar el aprendizaje de las “siete artes liberales” llega a
un pacto con un demonio en forma de cíclope. Aunque, como en el caso de Teófilo de
Adana, y contrariamente al matiz introducido por el mito de Fausto, María de Nimega no se
condena, sino que obtiene la salvación eterna a través de su sincero arrepentimiento.
A lo largo del XVII, la figura de Fausto que tan de moda había estado a principios de siglo
fue perdiendo impacto y finalmente quedó como un referente costumbrista de la cultura
alemana que no era tomado muy en serio ni siquiera por el populacho. Convertido en una
figura folclórica y familiar, ya ni siquiera servía como relato aleccionador e incluso llegaba
a ser protagonista de parodias y chascarrillos. Sin embargo, a pesar del desentendimiento
popular, diversos literatos seguían sintiéndose impresionados por el relato del pacto
fáustico y por sus implicaciones teológicas o filosóficas: entre bambalinas, se estaba
gestando la nueva versión del mito, la que se haría universalmente célebre.
Hubo, por un lado, aportaciones que no eran exactamente versiones nuevas del mito de
Fausto, sino revisiones de leyendas muy anteriores (aunque bien pudieron recibir la
influencia del Historia von D. Johann Fausten y sus derivados). El ejemplo más notable es
el del jesuita alemán Jacob Bidermann, quien a los veintidós años de edad se destapó
como un precoz y efectivo creador de dramas teológicos. En 1602, en pleno apogeo de
popularidad del mito de Fausto, escribió el escalofriante drama Cenodoxus, basado en una
fábula medieval: La Maldición del Buen Doctor de París. Narra la historia de Cenodoxus,
un médico y filántropo del París medieval, muy admirado por su constante dedicación a los
demás, su generosidad, sus dotes intelectuales, su trato exquisito y una bondad
aparentemente inagotable. Cenodoxus curaba a los enfermos, socorría a los necesitados…
toda la ciudad lo amaba por el mucho beneficio que su actividad filantrópica suponía para
los parisinos. Un buen día, el anciano doctor cae muy enfermo y la ciudad entera, temiendo
su fallecimiento, se une en una plegaria para pedir al cielo por la mejoría de un hombre
universalmente querido. Pero la enfermedad no remite, así que se llama a un sacerdote que
le administre la extrema unción en previsión de una inminente muerte. Cenodoxus se
confiesa por última vez; el sacerdote asegura que no hay pecados nuevos que no hubiesen
sido ya confesados y que, como todo el mundo sabe, el ilustre médico está preparado para
abandonar este mundo en paz con Dios, y así conocer la Gloria celestial. El Buen Doctor
fallece finalmente, provocando el luto y el pesar de todo París.
Amanece el nuevo día y para entonces se ha corrido la voz sobre el fenómeno, así que
mucha más gente acude a la catedral para asistir a la reanudación del funeral. El oficiante
vuelve a comenzar la misa por el principio, pero una vez más, al llegar a la parte del sermón
que dice “Cenodoxus era un hombre bueno”, el cadáver abre la boca y lanza una
exclamación: “¡He sido declarado culpable!” Una vez más, el sacerdote detiene la misa y
la pospone para el día siguiente, mientras el público hierve de espantada excitación. Todo
París se horripila ante los sucesos que están teniendo lugar en la catedral, así que el tercer
día hay una auténtica muchedumbre aguardando morbosamente en torno al templo para ver
qué sucede esta vez. La misa funeraria comienza por tercera vez, y por tercera vez al llegar
a la parte de “Cenodoxus era un hombre bueno”, el cadáver abre la boca y se lamenta:
“¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡He sido condenado al infierno eterno!”
El relato termina así, con una vuelta de tuerca al concepto de condenación que suponía un
paso adelante con respecto al maniqueísmo didáctico de Historia von D. Johann Fausten y
sus derivados. ¿Por qué es condenado Cenodoxus? Probablemente por haber aspirado a una
santidad similar a la de Dios, como explicaremos más adelante. El drama Cenodoxus,
inicialmente concebido como material aleccionador para seminaristas, trascendió los muros
del monasterio y probablemente fue una de las influencias que ayudaron a darle forma a las
posteriores versiones del mito fáustico.
Johann Wolfgang von Goethe, autor de la más célebre versión del mito fáustico.
Ya en pleno siglo XX, cabe destacar el peculiar uso del mito fáustico que hicieron dos
célebres escritores alemanes, padre e hijo: Thomas Mann y Klaus Mann. El padre,
celebérrimo premio Nobel de literatura, hizo toda una reinterpretación alegórica del mito en
su última gran novela, Doktor Faustus. El libro giraba en torno a la vida de un músico,
Adrian Leverkühn, que realiza un pacto con el diablo para alcanzar la excelencia en la
composición musical; a cambio, Leverkühn habrá de renunciar al amor. Tras años de
dedicación y perfeccionamiento de su música, Leverkühn se enamora de una prostituta,
Esmeralda. Gracias a su pasión por aquella mujer —la única con la que mantiene una
relación sexual en toda su vida— descubrirá finalmente el secreto y podrá elaborar la más
alta fórmula de su arte. Sin embargo, el haber roto el pacto de renunciar al amor tendrá un
alto precio: al acostarse con Esmeralda, Adrian Leverkühn contrae una sífilis que empieza a
mermar sus facultades psíquicas y físicas, condenándolo a terminar sus días convertido en
un inválido al cuidado de su madre. La monumental novela Doktor Faustus puede ser
interpretada a muchos niveles y es demasiado compleja como para intentar abarcarla en
unas pocas líneas aquí, pero cabe decir que en ella el tema diabólico es sencillamente
alegórico. De hecho, ni siquiera sabemos si el pacto entre Leverkühn y el diablo es real o si
se trata de un producto de su imaginación. En todo caso, de entre las diferentes lecturas que
pueden hacerse del libro —como el paralelismo de la vida de Leverkühn con la biografía
del filósofo Friedrich Nietzsche, amén de toda una suerte de reflexiones sobre el arte y
otros varios temas—, es interesante rescatar la analogía que Thomas Mann traza entre el
pacto de Leverkühn/Fausto con Satán y la claudicación aquiescente de la sociedad alemana
ante el ascenso del régimen nazi. En Doktor Faustus, Alemania vende su alma al Diablo y
es finalmente destruida por ello, ya que el narrador —un amigo de Leverkühn— termina de
escribirla entre los estampidos de las bombas aliadas.
Mucho más evidente resulta esta analogía en una novela anterior que había escrito el hijo
de Thomas Mann, Klaus, durante su exilio en Holanda. En pleno1936, poco más de tres
años después de la llegada de los nazis al poder, Klaus Mann trabajó en una novela llamada
Mephisto, donde narra cómo un actor de tendencia izquierdista, Henrik Högfen, termina
vendiendo sus lealtades al régimen nazi para poder medrar en su carrera. Haciéndolo, no
sólo pervierte y abandona sus valores morales en paralelo con la propia sociedad alemana,
sino que traiciona a diversas personas cercanas, incluso conduciendo a algunas de ellas a la
destrucción. Como una amante de color con la que Högfen mantiene relaciones, pero a la
que abandona en manos de la Gestapo para impedir que se hagan públicos sus devaneos
románticos con una mujer negra (este episodio es una especie de reedición de lo sucedido
con Gretchen, la inocente jovencita cuya vida es destruida a causa de los deseos de Fausto
en la versión de Goethe). Mephisto es una novela mucho más cáustica y explícita que
Doktor Faustus a la hora de establecer un paralelismo entre la Alemania controlada por los
nazis y el doctor Fausto que ha vendido su alma al diablo. Además de basar el personaje
principal en el antiguo marido de una de sus hermanas y de retratar con crudeza los
incipientes horrores y la atmósfera opresiva y enfermiza de un régimen nazi todavía en
formación, Klaus Mann predice acertadamente la destrucción y condenación de Alemania
como producto final del pacto con el mal. Como curiosidad, el libro tardó muchos años en
ser publicado en territorio alemán, y cuando lo hizo en 1956 (cosa que Klauss Mann no
contempló, ya que se suicidó en 1949) originó uno de los pleitos judiciales más largos y
sonados relacionados con el mundillo literario y editorial.
Klauss Mann, feroz anti-nazi, comparó a Alemania con Fausto y al régimen de Hitler con
Satán en su novela de 1936 “Mephisto”.
El mito fáustico es, pues, una reedición del mito del Pecado Original. Pecado que equivale
básicamente al libre albedrío: una facultad paradójica, otorgada y castigada a un mismo
tiempo por un mismo Dios, en un bucle irresoluble de condenación que conduce al creyente
a una única salida: la de la búsqueda del perdón celestial mediante el arrepentimiento y la
sumisión. El Pecado Original expresa la idea de que ningún hombre es ajeno al afán de
pensar y actuar libremente —esto es, de conocer y juzgar— y por lo tanto está destinado a
intentar usurpar funciones que no le corresponden y que son terreno exclusivo de Dios.
Fausto está condenado desde el momento en que tiene la posibilidad de pactar un contrato
con el Diablo, porque su debilidad humana y su ansia de conocimiento lo conducirán
inevitablemente a firmarlo, como Adán y Eva estaban condenados desde el momento en
que existía la posibilidad de comer la fruta prohibida, algo que irremediablemente iban a
terminar haciendo. El agravante de Fausto, sin embargo, es el de no haber sido tentado por
un agente exterior. Adán y Eva fueron tentados por una serpiente, así que su ejercicio de
libre albedrío está atenuado por la intervención de un agente maléfico. La serpiente actúa
motu proprio para quebrantar el orden divino. Pero el doctor Fausto se empeña en morder
la fruta prohibida pese a que el propio Diablo, a través de su enviado Mefistófeles, se
muestra reacio a entregársela. Naturalmente, podría pensarse que la resistencia inicial de
Satán a pactar con Fausto es un engaño: el Diablo, a quien en algún momento se compara
en el relato con una mujer seductora, se hace de rogar. Quizá así convierte la recompensa
final en algo más apetecible y estimula aún más los deseos de fausto. Con todo, las
reticencias reales o fingidas de Satán son voluntaria y esforzadamente vencidas por Fausto,
que ya no puede alegar un ingenuo desconocimiento de las consecuencias de su acto,
porque es un hombre versado en Teología y conoce perfectamente lo que le espera si vende
su alma a Satán. Fausto se tienta a sí mismo, sin necesidad de la intervención de una
serpiente, y eso hace su crimen de naturaleza peor.
El conocimiento, vedado por Dios a los hombres, es la meta última de Fausto. Su búsqueda
condena al doctor, como valió la expulsión de Adán y Eva del Paraíso.
Así pues, el mito fáustico es una enmienda teológica a la cuestionable expulsión de Adán y
Eva del paraíso. Lo sucedido a Adán y Eva fue convertido en relato aleccionador pese a que
en el fondo quizá no fue ese el objeto primario del mito, que tal vez lo único que pretendía
inicialmente era el plantear una metáfora sobre la adquisición del libre albedrío y la
conciencia moral por parte del hombre, y la subsiguiente salida del ser humano del inocente
reino animal (esto es, su “expulsión del paraíso”). Sin embargo, la tradición cristiana
convierte el episodio de Adán y Eva en una lección moral, lo cual dejaba algunos
importantes cabos por atar. Es decir: Adán y Eva muerden una fruta prohibida que Dios
deja a su alcance, tentados por una serpiente que, necesariamente, es también producto de
la mano creadora de ese mismo Dios. Dicho de otro modo: Dios parece empeñado en que la
fruta prohibida sea mordida.
La extraña e innecesaria trampa tendida por Dios a sus hijos deja tras de sí varios matices
inquietantes: ¿es Dios un engañador, un burlador como el propio Satán?. El mito de Fausto,
sin embargo, lo resuelve de otra manera. En los pactos voluntarios con el Diablo, el
firmante acepta de buen grado entregar su alma al Maligno en la creencia de que la
consecución de los máximos conocimientos y placeres justificará el altísimo precio a pagar,
pero también en conocimiento de las consecuencias finales para su alma. El doctor Fausto
quiere trascenderse a sí mismo y convertirse en otra cosa que no está autorizado a ser,
aunque eso es algo que nunca va a ocurrir, pues el engaño de Satán forma parte indisoluble
de su conducta y el contrato constituye siempre una estafa. Sí, Fausto es engañado en
cuanto a la recompensa que obtendrá, pero no se le tiende una trampa porque conoce la
naturaleza del contrato que está firmando. Por otra parte, también es cierto que Fausto
confía de alguna manera en que, acercándose a los secretos del universo, podrá atenuar o
incluso evitar el pago final. Porque cuando el comprador sabe tanto como el vendedor, es
imposible que la venta se transforme en una estafa. El problema es que Fausto cree que el
vendedor le confiará alegremente todos sus secretos, porque, envalentonado por sus
aprendizajes mágicos —productos todos ellos del Diablo— cree que un pacto con Satán es
algo imposible de transgredir incluso para el mismo Satán, así que podría decirse que, a
este respecto, Fausto se engaña a sí mismo y es también el único culpable.
Así pues, la conclusión del mito es terminante: aunque siga habiendo un elemento de
engaño y de tentación externa, el ser humano es cómplice voluntario de su propio pecado
original. Fausto se condena porque quiere condenarse, porque no asume con servilismo y
humildad los dictados de Dios. La salvación pasa únicamente por renunciar al libre albedrío
y actuar según el único albedrío aceptable, el de Dios. Pese a que las aproximaciones
racionalistas y románticas intentaron liberar a Fausto del peso de la culpa, ésta ha seguido
siendo el eje fundamental del pacto fáustico, como bien ponen de manifiesto las
mencionadas adaptaciones de Thomas y Klaus Mann, en las que Alemania es culpable de
querer trascenderse a sí misma, de convertirse en algo que no es, y de pactar con fuerzas
diabólicas para conseguirlo, causando así su propia y merecida condenación.
Los conceptos e imágenes fáusticas han trascendido, como se deduce, a muchos elementos
de la cultura occidental y referencias inadvertidas al mito aparecen en los lugares más
insospechados. Los ejemplos son incontables, pero por citar solamente uno bastante
curioso: en la película de gangsters White heat, de 1949, aparece una muy famosa
secuencia: el criminal interpretado por James Cagney —cuyas ambiciones le han llevado
finalmente a ser acorralado por la policía— muere entre llamas mientras pronuncia la frase
“¡Mamá, lo he conseguido! ¡Estoy en la cima del mundo!” Una escena fáustica en toda
regla, donde un hombre ha vendido su alma y por lo tanto ha comprado su propia
condenación, a cambio de alcanzar una cima que le está vedada, por mucho que él quiera
convencerse que sí podrá alcanzarla. Obviamente, ha habido muchas adaptaciones directas
del mito de Fausto: cinematográficas, teatrales, musicales, etc. Quizá el lector quiera
echarle un vistazo a la película Faust, del director alemán F.W. Murnau, por citar un
ejemplo repleto de fascinante imaginería.
Así pues, el día en que a Johann Faust le explotó en las manos un experimento alquímico en
la habitación de una posada en Staufen y años después alguien aprovechó las habladurías
póstumas para confeccionar un librito aleccionador, ese alguien, aquel escritor anónimo,
creó uno de los grandes mitos que han modelado la moderna cultura europea. La estructura
básica de Historia von D. Johann Fausten está presente en multitud de obras de ficción que
en la mayor parte de los casos ni siquiera son consideradas fáusticas, pero que no pueden
evitar adaptar el esquema ambición-engaño-pacto-descubrimiento del engaño-caída. El
mito fáustico ha evolucionado y se ha diversificado; se ha entremezclado con mitologías
anteriores y posteriores, ha mutado y ha vuelto a mutar. Pero lo relevante es que, cuando
uno lo piensa, los pactos fáusticos están siempre a la orden del día en alguno u otro lugar
del mundo; en alguno u otro ámbito de nuestras vidas. Ya sea en política, empresa,
sociedad, familia… siempre hay alguien vendiendo su alma y la de otros al Diablo,
pagando precios exorbitados por metas inalcanzables a las que se considera con derecho de
alcanzar. Ésa es finalmente la grandeza de este mito: mire uno donde mire, Fausto está en
todas partes. Quizá, quién sabe, escribiendo estas mismas líneas. O quizá, quién sabe,
leyéndolas.