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Análisis de "Fausto" de Goethe

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Fausto de Johann Wolfgang von Goethe

COMO SERIA REPRESENTADA???

Fue publicada en dos partes: Se trata de la obra más famosa de Goethe y está considerada como
una de las grandes obras de la literatura universal.1

La Primera parte fue en principio terminada por Goethe en 1806.

Goethe terminó de escribir la Segunda parte de Fausto en 1832, el año de su muerte.

Primera parte de la obra

Los principales personajes de la Primera parte de Fausto son:

 Heinrich Faust, un estudioso cuya vida en ocasiones se ha dicho que está basada en la de
Johann Georg Faust, o en el relato dramatizado de la Legend of the Doctor of Paris hecho
por Jacob Bidermann y titulado Cenodoxus.
 Mephistopheles, el diablo.
 Margarita
 Martha, vecina de Margarita
 Valentin, hermano de Margarita
 Wagner, alumno de Fausto.

La Primera parte de Fausto es una historia compleja. Se sitúa en múltiples lugares, el primero de
los cuales es el cielo. Mefistófeles hace un pacto con Dios: dice que puede desviar al ser humano
favorito de Dios (Fausto), que está esforzándose en aprender todo lo que puede ser conocido, lejos
de propósitos morales.

La siguiente escena tiene lugar en el estudio de Fausto donde el protagonista, desesperado por la
insuficiencia del conocimiento religioso, humano y científico, se vuelve hacia la magia para
alcanzar el conocimiento infinito. Sospecha, sin embargo, que su intento no está obteniendo
resultados. Frustrado, considera el suicidio, pero lo rechaza cuando escucha el eco del comienzo
de la cercana Pascua. Va a dar un paseo con su ayudante Wagner y es seguido a casa por un
perro

En el estudio de Fausto el perro se transforma en el diablo. Fausto hace un trato con él: el demonio
hará todo lo que Fausto quiera mientras esté en la tierra, y a cambio Fausto servirá al demonio en
la otra vida. El trato incluye que, si durante el tiempo que Mefistófeles esté sirviendo a Fausto este
queda complacido tanto con algo que aquel le dé, al punto de querer prolongar ese momento
eternamente, Fausto morirá en ese instante.

Al pedirle el diablo que firme el pacto con sangre, Fausto comprende que este no confía en su
palabra de honor. Al final, Mefistófeles gana esta disputa, y Fausto firma el contrato con una gota
de su sangre.
A continuación, en una de sus excursiones, Fausto conoce a Margaret (también llamada Gretchen).
Se siente atraído por ella y con regalos de joyas y ayuda de su vecina Martha, el diablo lleva a
Gretchen a los brazos de Fausto, quien la seduce y finalmente logra poseerla.

La madre de Gretchen muere por culpa de una poción adormiladora que su hija le había
proporcionado para poder gozar de mayor intimidad con Fausto. Gretchen descubre, además, que
se ha quedado embarazada. Su hermano Valentin acusa a Fausto, lo desafía y muere a manos de
Fausto y el diablo. Gretchen ahoga a su hijo ilegítimo y es condenada por el asesinato. Fausto
intenta salvarla de la muerte liberándola de la prisión, pero al no conseguirlo acude a pedir ayuda
del diablo. Gretchen, presa de la locura y negándose a escapar, muere en brazos de Fausto.

Relación entre Fausto y Mefistófeles

Mefistófeles representa para Fausto una vuelta a la juventud, le ofrece demostrarle que aún
quedan misterios del mundo que desconoce (pensamiento absolutamente absurdo para Fausto) y
le devuelve la pasión que lo movía antes de ser el sabio que es al inicio de la obra. Si bien Fausto
confía en que podrá dominar a Mefistófeles y manipularlo, la situación termina dándose de manera
distinta, es Mefistófeles quien conduce a Fausto según su gusto para que éste confíe plenamente
en él y se entregue a sus juegos.

Relación entre Fausto y Margarita

Fausto vive su amor por Margarita como un amor de iniciación, un amor adolescente. La pasión
que lo embarga (en parte por los trucos de Mefistófeles) lo mueven a acercarse a esta niña que
queda cautivada por él y su arte discursiva. Aún cuando Fausto intenta protegerla, la magia de
Mefistófeles consigue (de manera indirecta) quebrantar la paz en la vida de Margarita, lo que
desencadena en una irrefrenable locura. Luego descubrimos el encarcelamiento de Margarita y el
motivo de su encierro, que fue asesinar al hijo que nació como fruto de la unión con Fausto (aún
cuando Fausto no sabía de su hijo.

El mal y su relación con lo humano

A lo largo de la obra podemos apreciar que Goethe intenta resaltar las características puramente
humanas (como lo son los sentimientos, las emociones y las pasiones). En la primera parte de la
obra si bien éstas se presentaban como una liberación para el personaje de Fausto, también iban
de la mano con las obras de Mefistófeles, que tenían un carácter de maléficas. Todo aquello que
Fausto decidía sin detenerse a meditarlo friamente, o en las ocasiones en las que respondía a la
pasión pura, se entiende que la mano de Mefistófeles estaba detrás, garantizando que Fausto lo
haga. Lo esencialmente humano va, en la obra, de la mano del mal como si estuvieran incluidos en
la misma categoría, como si uno alimentara al otro y viceversa. Pareciera que aquellas cosas
pasionales que mueven al ser humano se encuentran en el limbo entre lo bueno y lo malo, que son
amorales, neutras, durante la obra el mal motiva la mayoría de ellas sin embargo al final de la obra
son estas mismas acciones (representadas en el amor por Margarita) las que permiten que Fausto
escape al pacto, es decir, son estas mismas pasiones las que terminan de lado del bien.

La obra sobre el conocimiento científico, la religión, la pasión y la seducción, la independencia y el


amor, entre otros temas Fausto es un científico empírico que se ve forzado a enfrentarse a
cuestiones como el bien y el mal, Dios y el diablo, la sexualidad y la mortalidad.
La lengua alemana ha sido también influida por el Fausto de Goethe, particularmente por la
Primera parte. Un ejemplo de ello es la frase «des Pudels Kern», que significa la verdadera
naturaleza o el significado profundo de algo (que no era evidente antes). La traducción literal de
«des Pudels Kern» es «la esencia del caniche», y se origina en la exclamación de Fausto al ver la
conversión del caniche (que le había seguido a casa) en Mefistófeles. Otro ejemplo se origina en la
escena en que Gretchen pregunta a Fausto si es religioso. En alemán, la palabra «Gretchenfrage»
(literalmente, «la cuestión de Gretchen») se refiere a la cuestión de suma importancia.

1.

Capítulo I

El autor

Johann Wolfgang Von Goethe

Introducción

 La taberna del Diablo

En una callejuela de Leipzig (Alemania) se encuentra la cervecería más célebre de la ciudad:


AuerbachsKeller. Bajo el cartel, enmarcado por una maravillosa filigrana de hierro forjado, un
caballero con espadín invita a un anciano a penetrar en el local. A no engañarse: el señor del
espadín no es otro que el mismísimo Diablo, tentando a un sabio, el doctor Faustus...

En un rincón de esa taberna Johann Wolfgang von Goethe (1749 – 1832) comenzó a escribir la
obra de su vida: el Fausto.

En AuerbachsKeller, todavía hoy, puede verse el inmenso tonel que, según la leyenda, usó el
Diablo para escapar del lugar.

___________________________________________________________

 El romanticismo alemán

El pico del romanticismo alemán lo constituye Johann W. Goethe (1749-1832).

El espíritu, eminentemente crítico, estaba dirigido contra la fortaleza de los conceptos tradicionales.
Su manifiesto proclama los derechos de la inspiración, del entusiasmo y de la libertad en el arte y
en el terreno político.

Johann Wolfgang Von Goethe

Johann Wolfgang Von Goethe: novelista, dramaturgo, poeta, científico, geólogo, botánico,
anatomista, físico, historiador de ciencias, pintor, arquitecto, diseñador, economista, filósofo
humanista y, durante diez años, funcionario del Estado alemán de Weimar.
De inteligencia superdotada, y provisto de una enorme y enfermiza curiosidad, hizo prácticamente
de todo y llegó a acumular una omnímoda y completa cultura.
Reconocido generalmente como uno de los más grandes y versátiles escritores y pensadores
europeos de los tiempos modernos, Johann Wolfgang Von Goethe, nacido el 28 de Agosto de
1749, y muerto el 22 de Marzo de 1832, influenció profundamente el crecimiento del romanticismo
literario.

Por diez años fue una figura política de liderazgo, un agudo observador de las grandes
revoluciones sociales e intelectuales de finales del siglo XVIII y uno de los primeros pensadores en
explorar las implicaciones de la Revolución Industrial.

Goethe es, sin embargo, un individuo sensible y delicado que luchó a través de un amplio rango de
crisis humanas y dejó un record crítico de esa experiencia.

La Vida de Goethe

Goethe nació en Frankfurt am Main, dentro de una familia de clase media. Su padre, Johann, se
retiró de la vida pública y educó a sus hijos él mismo.

A los 16 años, Goethe comenzó sus estudios en la Universidad de Leipzig, entonces un centro
cultural líder. Allí escribió sus primeros poemas.

En 1770, en la Universidad de Strasbourg, recibió una gran influencia de Johann Gottfried Von
Herder(6), quien lo introdujo a los trabajos de Shakespeare.

En 1771, Goethe recibió una Licenciatura en Leyes, en Strasbourg, y durante los siguientes 4 años
practicó leyes con su padre; escribió dos trabajos que lo llevaron a la celebridad literaria.

Durante un viaje de 2 años a Italia (1786-88), Goethe reconoció que era un artista y resolvió
dedicarse el resto de su vida a la escritura. La decisión no fue muy prometedora al principio: su
regreso a Weimar estuvo seguido por años de enajenación de la sociedad de la corte.

Muchos de sus amigos se ofendieron porque vivió con la joven ChristianeVulpius, quien le dio un
hijo en 1789. Para legitimar este niño, Goethe se casó con Christiane, en 1806.

Goethe pasó mucho de su tiempo cerca de Jena y desde 1784 hasta 1805 desarrolló un intenso
vínculo con Federico Schiller(7), una unión que muchos juzgan como una cumbre en letras
Germánicas.

Los poderes creativos de Goethe persistieron a través de sus años sesenta y setenta, y murió en
Weimar a la edad de 82 años.

Goethe: Sus Trabajos e Influencias


En cuanto a su carrera literaria, Goethe la inició en el seno de un exasperado Romanticismo,
deudor del "SturmundDrang", cuya obra más representativa se encargó de escribir él mismo: Las
cuitas del joven Werther.

Roma supuso para él ir arrinconando esa estética en una evolución que le hizo, al cabo, renegar
del Romanticismo e identificarse con el equilibro clásico grecolatino, lo que puso fin a su
tormentosa vida interior. Fue esa revelación del Clasicismo, la verdadera raíz con la que podía
identificarse la cultura alemana. "Ahora comprendo el sentido del mármol", escribirá en una de sus
Elegías romanas.

La poesía de Goethe expresa una nueva concepción de las relaciones de la humanidad con la
naturaleza, la historia y la sociedad; sus dramas y sus novelas reflejan un profundo conocimiento
de la individualidad humana.

La importancia de la obra de Goethe puede ser juzgada por la influencia que sus escritos críticos;
su vasta correspondencia, su poesía, sus dramas y sus novelas, ejercieron sobre los escritores de
su época y sobre los movimientos literarios que él inauguró, y de los que fue la figura principal.

En sus tempranos 20 años, Goethe adquirió fama en Alemania con la representación Goetz de
Berlichingen (escrita en 1771 y publicada en 1773), la cual despreció el correcionismo, formalismo
y cosmopolitismo literarios. Tomó su inspiración de Shakespeare y del genio nativo de Goethe y le
dio cuerpo al pensamiento de su primer amigo y guía, Herder.

Mayormente celebrado durante su vida como el autor de Fausto, Goethe también fue conocido por
el satírico Reynard El Zorro (1794) y el poco épico Herman y Dorothea (1798. Sus así llamados
dramas clásicos, Ifigenia y Tauro (versión final, 1787) y Torcuato Tasso (1790), fueron muy
admirados durante el siglo XIX, como lo fueron las baladas que escribió en colaboración con
Schiller.

Algunos de sus trabajos maduros se comienzan a apreciar solo en el siglo XX, incluyendo la
segunda parte de Fausto, las irónicas Afinidades Electivas (1809) y el profundamente pasional ciclo
lírico, Divan de Este-Oeste (1819). Otros trabajos, como los sensuales hexámetros de Elecciones
Romanas (1795) y Los Viajes de Wilhelm Mestier (1821), una continuación muy discursiva de las
primeras novelas, están recibiendo sólo ahora, reconocimiento.

Goethe mismo esperó ser renombrado como un científico. La Biología ha reconocido su larga
deuda hacia él, especialmente por el concepto de morfología, el cual es fundamental a la teoría de
la evolución. Él pensó que su trabajo mas importante era ZurFarbenlehre (3 volúmenes., 1810, La
Teoría de los Colores de Goethe), en el cual intentó desacreditar la ciencia Newtoniana. Este
esfuerzo llevó a Goethe a su des-reputación con los positivistas del siglo XIX, pero el énfasis actual
en esta percepción es simpático al punto de vista de Goethe, y el primer volumen de
ZurFarbenlehre contiene la primera historia comprensiva de la ciencia.

La cuidadosa atención de Goethe a factores sociológicos, hicieron de él un importante precursor de


muchos pensadores modernos.

De igual modo, la actual escuela literaria encuentra en Goethe un primer abogado de los
conceptos, como el Weltliteratur, o literatura comparativa, y del rol decisivo jugado por el lector, al

Capítulo II

La obra

El Fausto de Goethe
Introducción

La leyenda faústica se remonta a la Antigüedad. Del siglo III es el relato de San


Gregorio Nacianceno sobre Cipriano, famoso encantador de Alejandría, que hizo pacto con el
espíritu infernal para obtener el amor de la cristiana Justina.

Sin mayores variantes, la historia de Cipriano recaló, en el siglo IX, en Alemania y fue popularizada
por Ado, arzobispo de Viena, de la cual sacó, mucho más tarde, Calderón de la Barca, el tema para
su comedia El mágico prodigioso Pero en la primera mitad del siglo XVI tomó cuerpo en un
personaje real.

Se trataba de Johann Faustus, profesor en varias universidades alemanas, quien ganó fama como
alquimista y brujo, y después de una existencia desordenada, murió trágicamente. En ese
momento se atribuyó su muerte a un pacto que Fausto había firmado con el Diablo.

La vida de Fausto como "mito fundador"

FrancoisRibadeau Dumas, en su textoHistoria de la magia, hace un seguimiento de la vida del


"príncipe de los nigromantes", Johannes Fausto, autodenominado GeorgiusSabellicusFaustus
Junior. Este personaje fue contemporáneo y amigo de los alquimistas Cornelio Agrippa y de
Teofrasto Paracelso. Desde muy joven, Johannes se siente atraído por la magia, ciencia
nuevamente en boga durante la Edad Media.

Surge en él, pues, la fascinación por Simón el mago, "padre de los gnósticos", por quien su
entusiasmo de juventud le seguirá durante el resto de su vida. La alquimia, en el ocultismo, le
concedió la independencia del espíritu y del pensamiento, fortaleciendo su adhesión al esoterismo
y al hermetismo filosófico de Hermes Trimegisto.

En un primer momento, este personaje fue partidario del reformismo, junto a Lutero, pero rompe
con este círculo a causa de su extremo y apasionado gusto por la antigüedad pagana y sus
prácticas mágicas.

Numerosos pactos diabólicos son puestos de relieve en las Demonologías de Juan Wier y Juan
Bodin.

El Fausto (Goethe)

La leyenda de Fausto fue la base para que Goethe llevara a cabo la creación de su obra dramática,
que tiene como título el apellido del mago.

Goethe explica que tomó la leyenda no para plasmarla a manera de crónica o testimonio. La
intención fue hacer una obra en la cual se mezcle el aspecto real y biográfico del ocultista, con la
poesía, es decir, conferirle al texto un grado de esteticismo, hacerlo fructuoso en el campo literario
sin dejar de lado el aspecto mítico-mágico.

Goethe reconoce que para esta empresa es necesario seguir el concepto de mímesis aristotélica.
La mímesis consiste en el proceso por el cual el artista plasma en la obra un modelo similar a la
realidad. Es una imitación, ya que es ésta quien recoge, organiza y crea una imagen de la realidad,
que será luego reconocida y reconstruida por el receptor. Compara la conexión entre ambas
realidades: la textual y la real, y es así como reconocerá el artificio literario.
Sin embargo, la mímesis aristotélica supone también, en el artista, cierta individualidad. La mímesis
no es completamente reproductiva, desde luego, para que sea una pieza artística; se necesita de la
originalidad creativa del autor.

No obstante, esta metodología reproductiva no explica con exactitud la manera en que Goethe
reconstruye la figura de Fausto dentro de la realidad textual. Obviamente, el autor cumple lo
postulado por Aristóteles: produce un modelo mímico del mago y le agrega elementos y
situaciones, diálogos y secuencias, para realzar la historia y otorgarle el grado de texto literario.

En esta versión goethiana del mito fáustico, podemos observar que, como artificio, predomina la
fusión de los tiempos; exactamente, del pasado con el presente. De igual manera, separa el tiempo
del suceso, del lugar concreto donde tuvo lugar. Por ejemplo: la Noche de Walpurgis, en la que se
refiere el lugar concreto pero no la fecha exacta.

En otros casos, Goethe ante todo busca, y encuentra un movimiento visible del tiempo histórico,
inseparable del ambiente natural y todo el conjunto de objetos creados por el hombre y
relacionados con el ambiente natural.

A lo largo de la leyenda vemos que Fausto no necesita de Mefistófeles para realizar sus
evocaciones a espíritus o a personajes del otro mundo. Tampoco para sus hechizos o sortilegios
varios, ni mucho menos para la elaboración de filtros mágicos o sus tareas alquímicas.

Mefistófeles sirve al mago como transporte o como protector. En Fausto, la figura de Mefistófeles
es el nexo entre el deseo y la satisfacción. Por ende, no desarrolla su presencia, una mera
herramienta utilitaria; por el contrario, Mefistófeles cumple los diversos deseos produciéndole
placer y regocijo, justificando los beneficios del pacto.

El ejemplo central del deseo es la posesión de Margarita y de su amor. Además de esta función, el
demonio cumple otras, aunque sean accesorias y complementarias de la primera. Entre estas,
destacan la adoctrinación del mago. Recordemos los consejos a lo largo del texto, los filtros que le
concede, y la explicación de los fenómenos que ocurren durante la Noche de Walpurgis. Es en esta
escena en donde los dones aleccionadores se aprecian con mayor claridad: Le explica con detalle
los ritos de las brujas, sortilegios diversos; lo previene de la medusa, etc. Inclusive le detalla el
papel que cumple y las restricciones a las que se ve sujeto, al momento de rescatar a Margarita:

"Te acompañaré allí, que es todo cuanto puedo hacer, pues bien sabes que ni en el cielo ni en la
tierra soy omnipotente. Turbaré la razón del carcelero, para que te apoderes de las llaves; pero
debo advertirte que sólo una mano humana puede liberarla. Yo vigilaré; tendré los caballos
encantados a punto, y os sacaré de allí. Es todo lo que puedo hacer"

El momento del pacto ha sido retratado con más fidelidad que la figura de Mefistófeles:

"Fausto - (...) ¿qué quieres de mí, maligno espíritu: bronce, mármol, pergamino o papel? También
dejo a tu elección el si debo escribirlo con un estilo, un buril o una pluma"

"Mefistófeles - ¡Cuánta palabrería! ¿Por qué te has de exaltar de este modo? Basta un pedazo de
papel cualquiera con tal que lo escribas con una gota de sangre"

"Fausto - Si así lo quieres..."

"Mefistófeles - La sangre es un fluido muy especial"


Este pequeño diálogo toma en cuenta el principal elemento del pacto: la sangre. Si bien es cierto,
no se pone de manifiesto ninguna de las exigencias que un pacto satánico requiere. Sin embargo,
posteriormente se entenderá que el propósito del pacto es la posesión del cuerpo y alma del mago.

En la leyenda, Mefistófeles se presenta ante Fausto junto con Satanás, mientras que en el texto no
media Satanás entre el doctor y el demonio. La desaparición de Satanás obedece a la intención de
dar a Mefistófeles mayor participación e independencia a lo largo de la obra, quien únicamente se
ve sujeto a las órdenes del mago porque así lo estipula el acuerdo.

Otra de las variaciones, es la ausencia de Helena como mujer del doctor; aunque en la Segunda
Parte su presencia sea importantísima, y la del hijo de ambos: JustusFaustus.

También la presencia de Margarita, quien es una doncella inocente y bella, perteneciente no a la


alta clase social, sino lo contrario. Su imagen se emparienta con la mujer bucólica, acentuando el
matiz de pureza y castidad que desborda su timidez. Es ella el objeto de deseo por el cual Fausto
entrega su alma a Mefistófeles.

Toda la Primera parte está plagada de ejemplos que evidencian su obsesión amorosa, aunque
Goethe no manifieste el aspecto sexual de su personaje, quien es una construcción de tendencia
asexual.

Más bien el deseo por Margarita es un deseo placentero y de contemplación. La veneración es


evidente pues Fausto cosifica a su doncella, siéndole principalmente placentera su posesión que
su compenetración vital. La salvación de Margarita obedece a que no acepta perder el motivo
mismo de su perdición, pues necesita justificar tal hecho.

Lo que ocurre con Cristóbal Wagner, es distinto. En el relato mítico, Wagner cumple una función
importantísima: la documentación e información de la vida de su maestro por vía oral. Este recurso
incrementa la leyenda, en el sentido en que no se sabe en qué punto dejan de ser verídicas las
vivencias, y pasan a retratar una figura fantástica y legendaria. En Fausto, la única funcionalidad
que desempeña es la de ayudante de laboratorio. No participa en ningún momento de las acciones,
una vez introducido el personaje Mefistófeles.

Wagner deja de ser el confidente, el consejero moral, y cede el lugar a Mefistófeles. De esta
manera, aquél desaparece del todo dejándole la posta de servidumbre al mencionado demonio,
quien tiene el poder para satisfacer por completo a su amo.

La figura del protagonista es también reconstruida de modo diferente a lo que narran las crónicas.
En ellas Fausto es un ser sumamente poderoso, independiente, muchas veces de Mefistófeles y
hasta del mismo Lucifer. Conocedor y erudito de las ciencias ocultas, es capaz de preparar sus
propios filtros, embrujos y encantamientos. No necesita de nadie para traer de vuelta a espíritus o
muertos.

Inclusive, éstos mismos le son obedientes. Hay que recordar que mantuvo una relación amorosa
con Helena de Troya, con quien se casó, según la leyenda.

En cambio, en el relato de Goethe, este mismo personaje se ve endeble anímicamente,


desprotegido, indefenso; no es autosuficiente, por lo tanto pertenece al común de los mortales.
Para integrarse dentro de la representación de mundo reproducida en el texto, Fausto necesita de
Mefistófeles, de su poder, sus consejos, su astucia, ya que es la fuente que satisface cada deseo
del protagonista.
Finalmente, dentro de todo el Primer Acto sólo hay una acción que es tomada casi literalmente,
sólo que con pequeñas modificaciones: la escena en el relato mítico se desarrolla en la ciudad
Erfurt, en la casa llamada "El Áncora"; la escena en Fausto se lleva a cabo en una taberna de
Auerbach, en Leipzig.

Como es de suponerse, si en el original fue Fausto quien zanjó la mesa, y de ella brotó el vino, en
el drama fue Mefistófeles quien lo hizo; y no para deleitar a los presentes sino para embromarlos.
El juego consistía en que los que tomaran el vino, no dejasen caer ni una gota del líquido al suelo.
Uno de ellos deja caer un poco y al instante se ve ardiendo por toda la posada.

Luego Fausto y su compañero desaparecen del lugar, y los embromados descubren que todo fue
un hechizo, una ilusión, ya que no hubo heridos ni quemados.

http://alenarterevista.wordpress.com/2008/02/17/goethe-dos-mujeres-para-un-mito-i-margarita-por-
virginia-segui-collar/
Yo, Fausto: vender el alma al Diablo
Publicado por E.J. Rodríguez

“Faustus era un individuo sumamente perceptivo y hábil, cualificado e inclinado al estudio. Lo hizo
tan bien en sus exámenes que los rectores decidieron examinarlo también para el título de
Magister. Había otros dieciséis candidatos, a todos los cuales demostró ser tan superior en
discurso, composición y competencia, que fue inmediatamente concluido que había estudiado
suficientemente y se le nombró Doctor en Teología. Para lo demás era un hombre estúpido,
irrazonable y vano; a quien después de todo sus compañeros solían llamar ‘el especulador’. Se
juntó con las peores compañías; por un tiempo durmió con las Sagradas Escrituras al otro lado de
la puerta o debajo de un banco, y no reverenció la Palabra de Dios sino que vivió una vida grosera
e impía, una vida de glotonería y lujuria (como el progreso de esta Historia pondrá
suficientemente de manifiesto). Ciertamente, el proverbio es verdadero: lo que está inclinado
hacia el Diablo, irá al Diablo.” (Historia von D. Johann Fausten, autor anónimo, 1587)

Sucedió hacia 1540 que el doctor Johann Georg Faust moría de forma aparatosamente
trágica en una habitación de la Posada del León, hotel de Staufen, ciudad alemana que se
extiende a los pies de la Selva Negra. El doctor Faust —que se estima debía de tener entre
cincuenta y sesenta años— andaba ocupado en una de sus varias vocaciones esotéricas: la
alquimia. Empezó a mezclar productos y sustancias diversas en vasos y botellas, con tan
mala fortuna que a resultas de aquel último y malhadado experimento se produjo una
potente explosión. El ruido alarmó a todo el edificio: varios inquilinos corrieron hacia la
habitación de Faust para comprobar qué había sucedido; vieron la puerta entreabierta y
algunos rastros de humo. Al entrar, encontraron sobre el suelo el cuerpo sin vida del doctor,
“horriblemente retorcido y mutilado”. El estado del cadáver espantó sumamente a los
testigos. Rápidamente corrió por Staufen la voz sobre la tragedia y al conocerse la noticia
del fallecimiento de Faust, de la aterradora disposición en que habían sido encontrados sus
despojos, los detractores del doctor —cuya mala fama lo precedía desde tiempo atrás— no
tardaron en ofrecer una explicación a por qué había resultado tan sangriento su final. El
cuerpo de Faust había quedado tan maltrecho como consecuencia no sólo de la explosión,
sino de la intervención del mismísimo Satán. El Diablo, decían, se había encargado de
reclamar lo que era suyo, rapiñando cruelmente el cuerpo del doctor, pues Faust habría
entrado en tratos con el Maligno mucho tiempo atrás, vendiendo su alma a cambio de
sapiencias prohibidas y placeres obscenos. Al cumplirse un plazo pactado de veinticuatro
años, Johan Georg Faust había recibido la visita de su nuevo dueño, que ahora lo poseería
por toda la eternidad.

Tales cosas se dijeron tras la muerte del doctor Johann Faust, figura huidiza y controvertida
que vivió en la Alemania de finales del siglo XV y principios XVI, que no ganó fama
universal —no hasta ser convertido en tema literario— pero de cuya existencia y figura
quedaron testimonios contemporáneos, incluso por parte de individuos cercanos a Martín
Lutero. Naturalmente, resulta difícil distinguir entre las informaciones veraces en torno a la
vida de Faust y las habladurías que, tanto en vida como tras su muerte, parecieron rodearlo
siempre, y que incluían numerosas referencias a la magia negra, la hechicería y los tratos
íntimos con las tinieblas. Todas estas habladurías se terminaron inspirando una de las más
conocidas leyendas de su tiempo, al ser trasladadas a la esfera literaria por obra de una
mano anónima. Es más: pronto la figura del verdadero Johann Faust quedó completamente
eclipsada por su alter ego de ficción, convertido repentinamente en arquetipo universal de
la cultura europea. Y sin embargo, por poco que pueda importar el dato, como poco podría
importar la existencia de un auténtico rey Arturo frente al enorme peso de los mitos
desarrollados en torno a él, Johann Faust existió. Nació, vivió, y fue de carne y hueso.

Recreación del aspecto que pudo haber tenido Fausto, pintada un siglo después de su
muerte.

No se conoce con exactitud el lugar y la fecha de su nacimiento, al no haber quedado


registros exactos: varias ciudades alemanas se disputan haber alumbrado al doctor. Pero
parece que podría provenir de la muy pintoresca Heidelberg o de alguna población cercana,
ya que se conserva una carta de la época en que se menciona a un “doctor Johann Faust, de
Heidelberg”. Existen otras alusiones a su figura, casi siempre vagas e inconcretas, que
hacen dudar en ocasiones sobre si “Johann Faust” fue un nombre elegido por él y distinto al
de su nacimiento, y que también parecen indicar que en ocasiones prefería darse a conocer
con algún otro sobrenombre. Sea como fuere, Faust fue un hombre cultivado, poseedor de
titulación académica muy respetable en su tiempo. Obtuvo una Magistratura en Artes en la
Universidad de Heidelberg: un diploma que certificaba su instrucción en todas aquellas
disciplinas que hoy llamaríamos “humanidades”. El enigmático doctor recorría Alemania
de punta a punta, presentándose como “físico” —o sea, como médico— y como Doctor en
Filosofía, o Teólogo. Aunque en la práctica, al parecer, dedicaba más tiempo a la
confección de horóscopos y la representación de trucos de magia, negocios más lucrativos
que lo convirtieron en una especie de brujo itinerante al servicio de quienes quisieran
contratar sus servicios. Aunque en realidad es difícil deducir la naturaleza exacta de su
carrera. Los había, al parecer no pocos, que lo acusaban de ser un estafador y de vivir de la
superchería y el engaño. Es más: parece que llegó a estar incluso en prisión. En todo caso,
debió de ser un hombre que hizo bastantes enemigos, justificada o injustificadamente, y que
levantó un buen número de rumores morbosos alrededor de su persona. Algunos
antagonistas supersticiosos recelaban temerosamente del doctor Faust a causa de sus
prácticas impías de astrología y nigromancia, además de por su supuesta aquiescencia
diabólica, y contaban algunas anécdotas terribles sobre el alcance de sus poderes, como
aquel de convertir el vino en arsénico, o el de arrancar la carne de sus enemigos mediante
conjuros. Sin embargo, entre sus adversarios más razonables y menos fantasiosos
circulaban otras acusaciones más mundanas y, aunque no sabemos si ciertas, al menos sí
más factibles, como la acusación de sodomía. Aunque Johann Faust no gozó de un gran
renombre en su tiempo —y de hecho el recuerdo de su figura quedó muy diluido tras su
muerte y pudo haber sido completamente olvidado—, algunos años después de aquel
infortunado experimento que se llevó por delante su vida comenzó a levantar el vuelo su
leyenda, en una versión tan espectacular y atrayente como horripilante e inverosímil.

Cómo surge la leyenda del doctor que vendió su alma


Hacia finales de aquel mismo siglo XVI, unos cincuenta años transcurridos desde la muerte
del Johann Faust real, se publicó en Frankfurt la Historia von D. Johann Fausten, un librito
de bolsillo que narraba brevemente, con tono tremendista y aleccionador, una biografía
ficticia del doctor que incluía un supuesto pacto con Satán. No se sabe quién escribió este
librillo ni por qué se basó precisamente en la figura de Faust, que como decíamos llevaba
ya varias décadas muerto y no era exactamente un personaje popular. No importa: tras su
publicación, el libro se convirtió rápidamente en un éxito gracias a la elocuencia y el detalle
con que describía las escenas de tratos diabólicos, apariciones y prodigios varios. La
narración, además, situaba los hechos extraordinarios en lugares muy concretos de la
geografía alemana, creando en el lector la sensación de que el libro tenía, como diríamos
hoy, un carácter “documental”. La Historia von D. Johann Fausten comenzaba
describiendo a Faust como un individuo intelectualmente superior, pero disipado y con
tendencias reprochables, que tras completar con brillantez sus estudios pronto se sintió
inclinado al aprendizaje de disciplinas prohibidas:

“Como ha sido descrito más arriba, la complexión del Doctor Faustus era tal que empezó a
amar aquello que no debería ser amado, a lo que su espíritu se dedicó día y noche,
ascendiendo con alas de águila y buscando los mismísimos fundamentos del Cielo y de la
Tierra. Por su lascivia, por su insolencia y por la remordiente locura que lo incitaba,
finalmente resolvió en usar y poner a prueba ciertos vocablos, figuras, caracteres y conjuros
mágicos en la esperanza de forzar al Diablo a aparecer ante él. De tal modo (así otros lo
contaron y así, desde luego, el propio Doctor Faustus en persona lo hizo saber más tarde)
fue a un extenso y denso bosque llamado el Spessart Wald, que está situado cerca de
Wittemberg. Durante la noche, en un cruce de caminos de estos bosques, describió ciertos
círculos con su vara en el suelo, de tal modo que los dos círculos que estaban arriba hacían
intersección con un círculo más grande. De esta manera, entre las nueve y las diez de la
noche, conjuró al diablo”

Camino en el bosque Spessart Wald: en un rincón como éste pudo ser donde Fausto, según
la leyenda, invocó a Satán.

Las escenas que siguen son de un espectacular colorido, vibrantes secuencias de


manifestaciones diabólicas que en pleno siglo XVI constituían el equivalente de nuestro
actual cine de horror en 3D. Ya sólo la secuencia completa de la invocación diabólica
compensaba al lector el precio que hubiese pagado por el librillo. Situado en el centro del
círculo que él mismo había dibujado en el suelo y a solas en mitad del bosque oscuro y
silencioso, Johann Faust pronuncia la invocación pero queda esperando en vano la
aparición del Diablo. Nada sucede y el doctor empieza a mostrarse impaciente; es entonces
cuando Satán, para reafirmar su intención de no dejarse ver, intenta asustar a Faus para
hacerlo huir. Empieza a jugar con los elementos a modo de advertencia, pues un enorme
tumulto sacude repentinamente el bosque “como si todo fuese a ser destruido”, mientras un
viento huracanado —el viento está asociado durante todo el libro a la cercana presencia del
Maligno— comienza a soplar con una fuerza inaudita, doblando los árboles más grandes de
manera tal que sus copas casi tocan el suelo. De los oscuros caminos, en cuyo cruce Faust
todavía permanece en pie —confiando en la seguridad de su círculo mágico— surgen
carruajes que pasan a toda velocidad junto a él, casi rozando sus ropas; en ellos viajan
diversos demonios a quienes Faust no alcanza a ver, pero que sabe que están allí. También
surgen de entre los árboles rayos de luz similares a relámpagos que se dirigen a toda
velocidad hacia él, dando la impresión de que lo van a golpear, pero que en último
momento vuelan en torno al círculo mágico que lo protege, como en un tornado de luz.
Aterrado, Faust contempla el apocalíptico espectáculo con estupor, hasta que todo finaliza
con el sonido de una gran y lejana explosión que da paso de nuevo a la calma habitual de
cualquier noche en el bosque.

El doctor, ante todos estos espeluznantes prodigios, se pregunta si debería abandonar el


círculo mágico para detener el proceso de invocación y sencillamente marcharse a su casa.
Pero se rehace y, determinado a conseguir su fin de hacer aparecer a Satán, decide
permanecer firme. Entonces, tras unos momentos de quietud, una suave luz ilumina las
entrañas del bosque y comienza a escucharse una agradable música: Faust puede entrever
unas escenas casi oníricas de danzas medievales y torneos con lanza y espada; escenas que
parecen provenir de otro mundo. Una vez más, se siente tentado de abandonar el círculo
mágico para que toda aquella locura termine, pero piensa que quizá el Diablo está
limitándose a poner a prueba sus nervios. A Satán no le gusta entrar en tratos con
pusilánimes, así que Faust descarta la idea de rendirse y decide demostrarle al Maligno que
el miedo no va a hacerlo renunciar. Pero nuevos prodigios, cada vez más espantosos,
vienen a intentar quebrantar su entereza. Cuando las escenas de bailes y torneos se
desvanecen, un dragón emerge de entre la oscuridad de los árboles y comienza a flotar en
torno al círculo mágico, mirando amenazadoramente al doctor. Casi al borde del pánico,
Faust flaquea ante la visión del monstruo, al que tiene revoloteando lentamente apenas a
unos palmos de su rostro, pero no pone un pie fuera del círculo aunque sabe que haciéndolo
terminaría con los amenazantes sucesos sobrenaturales que están teniendo lugar a su
alrededor.

Primera edición de la “Historia von D. Johann Fausten”, versión original del mito.

Tampoco huye cuando una estrella parece caer directamente del cielo sobre su cabeza, ni
cuando el círculo mágico es repentinamente rodeado por una cortina de fuego. Después,
llega la más impresionante visión de la noche, en la que Faust puede sospechar que está por
fin contemplando a Satán en persona: dos pequeñas luces que habían quedado como resto
de las llamas comienzan a bailar y cambiar de forma ante Faust, hasta que finalmente se
convierten en una silueta parecida a la de un hombre, sólo que completamente compuesta
de llamas. En completo silencio, la silueta de fuego camina lentamente en torno al círculo
durante varios minutos, sin pronunciar una palabra ni producir sonido alguno, como
examinando al aterrado doctor. Faust aguarda inmóvil, sumido en un mudo espanto sin
abandonar su posición en el círculo. Justo al cumplirse la medianoche, la silueta de fuego se
desvanece también. Se diría que, después de todas las pruebas anteriores, Satán ha
aparecido para evaluar a Faust y ha dado finalmente el visto bueno.

Entonces, retornada totalmente la calma en el bosque, se produce una última aparición,


aunque más terrenal y poco espectacular: se trata de un espíritu que adopta la forma de un
fraile vestido de gris. Este espíritu, que está al servicio del propio Satán y suele ejercer de
intermediario entre el Diablo y sus invocadores humanos, es Mefistófeles, un demonio
capaz de adoptar múltiples formas. Tras saludar cortésmente a Faust, Mefistófeles le
pregunta al doctor cuál es su propósito al realizar la invocación. Faust le explica que quiere
efectuar un pacto con Satán, por lo cual lo invita a aparecer de nuevo en su casa durante la
siguiente madrugada. Mefistófeles, reticente, parece no querer saber nada del asunto y en
un principio de niega acudir a la casa del doctor. Pero Faust recuerda al espíritu su papel de
intermediario al servicio de Satán y lo convence de que debe aceptar la cita para no
soliviantar a su Maestro. Así pues, se concreta la cita: el doctor abandona el bosque y se
dirige a su casa. Mefistófeles lo visita a las cuatro de la madrugada y ambos discuten los
términos del futuro acuerdo. Lo que Faust desea obtener con su pacto diabólico es el
conocimiento más elevado, la revelación de los grandes secretos y misterios de la
existencia, esos mismos que les están vedados a los humanos. Pero Mefistófeles, duro
negociador, regatea incansablemente tratando de obtener el trato más ventajoso posible.
Finalmente, cuando llegan a un acuerdo, el pacto se redacta en un documento que el doctor
Fausto sella firmando con su propia sangre:

“Yo, Dr. Johann Faustus,

Declaro públicamente de puño y letra, en uso de mi voluntad y autoridad, lo presente:

En tanto que mis facultades espirituales han sido exhaustivamente exploradas (incluidos los
dones que me han sido dispensados y graciosamente impartidos desde lo alto), pero aun así
no consigo comprender; En tanto que es mi deseo investigar más profundamente en la
materia y propongo especular acerca de los elementos; Y en tanto que la humanidad no
enseña tales cosas:

He invocado al espíritu que se hace llamar a sí mismo Mefistófeles, un sirviente del


Infernal Príncipe del Oriente, con el encargo de que él deberá informarme e instruirme
sobre estas cosas. Mefistófeles accede, contra documento firmado y transferido a él por la
presente, en serme servil y obediente en todo.

Le prometo a él, a cambio, que cuando me haya saciado de todo cuanto deseo obtener, al
expirar veinticuatro años desde hoy, él podrá obtener, gobernar, dirigir y poseer todo cuanto
pueda ser mío de cualquier manera que a él lo satisfaga: cuerpo, propiedades, carne, sangre,
etc. Adjunto debidamente un vínculo por toda la eternidad, de puño letra y en uso de mi
facultad y autoridad, renunciando a estos bienes así como a mi mente, cerebro, intención,
sangre y voluntad. Ahora, desafío a todos los seres vivientes, a las Huestes Celestiales y a
toda la humanidad, porque así debe ser.

En confirmación y contrato de todo cuanto he escrito, mi propia sangre como certificación


en lugar de un sello.
Doctor Faustus, adepto de los Elementos y de la Doctrina de la Iglesia”

Tras firmar este contrato, Johann Faust se establece en Wittemberg, ocupando la vivienda
que un familiar le ha dejado en herencia. Por toda compañía tiene a un joven escolar,
Christoph Wagner, quien también está ansioso por obtener conocimientos prohibidos y que
será su ayudante y aprendiz. Mefistófeles también lo acompaña en la casa, ejerciendo como
sirviente e instruyéndole sobre conocimientos esotéricos, y garantizándole además una
existencia cómoda. El demonio intermediario de Satán provee al doctor de alimentos
principescos, buena bebida, ropas de lujo y otros artículos que, por lo general, roba en la
ciudad durante las noches. Además, le entrega a Faust dinero en metálico: veinticinco
coronas semanales que, sumadas a los bienes que obtiene mediante la magia y los
subterfugios de Mefistófeles, permiten al doctor llevar un estilo de vida lujoso y señorial.

Pero Faust no está del todo satisfecho: en la sola compañía de Christoph y Mefistófeles,
siente que le falta algo. Empieza a desear tener una mujer a su lado e interroga al demonio
sobre la posibilidad de contraer matrimonio. Mefistófeles se muestra tajante al respecto: el
matrimonio es una institución de Dios y “no se puede servir a Dios y al Diablo a un mismo
tiempo”. Así que la idea del matrimonio con una mujer está vedada para Faust, ya que su
único matrimonio posible es el que ya ha sellado con su pacto; un matrimonio con Satán.
Pese a estas objeciones, el doctor no se da por vencido. Desafiante, anuncia que le guste a
Mefistófeles o no, sigue teniendo intención de casarse. Es entonces cuando un viento
furioso y ardiente, como calentado por el fuego, empieza a azotar la vivienda, haciéndola
estremecerse hasta que parece estar a punto de derrumbarse. Para la horrorizada sorpresa de
Faust, el mismísimo Satán en persona se aparece ante sus ojos, no ya en forma de llamas,
sino con su verdadero aspecto, “tan horrible y malformado que Faust no podía dirigir la
mirada hacia él”. El Diablo, molesto por el desafío que Faust le ha lanzado, sólo necesita
pronunciar una frase para poner al doctor en su sitio:

—“Y ahora decidme, ¿qué es lo que pretendéis?”

“Mefistófeles se aparece ante Fausto”, de Eugène Delacroix, 1827.

Aterrorizado, Faust admite que al querer contraer matrimonio frente a la voluntad de Satán,
está incumpliendo su parte del pacto, pues sólo a Satán pertenece ya. Humildemente, el
doctor reclama perdón por su falta, tras lo cual Satán decide perdonarlo y desaparece no sin
antes advertir: “sé inquebrantable”. Pero Mefistófeles, comprendiendo que es la lujuria lo
que ha motivado el intento de rebelión de Faust, le sugiere satisfacer sus instintos de un
modo diferente, ajeno a la institución del matrimonio que tanto disgusta a Satán. El
demonio le ofrece lo siguiente: cualquier mujer que Faust desee poseer aparecerá esa
misma noche en su cama y estará obligada a acatar todos los deseos y fantasías del doctor,
sean estos cuales fueren. Y así sucede: Faust sólo ha de señalar a una mujer, y lo quiera ella
o no, Mefistófeles se encarga de que el libidinoso doctor haga uso de ella a su antojo. A
partir de ese momento el corazón del doctor se llena de alegría; Faust elige a una mujer
diferente cada día y empieza a gozar de una existencia marcada por una concupiscencia sin
barreras.

Pero no todo en su pacto diabólico resulta como Faust lo esperaba. Poco a poco, empieza a
darse cuenta de que no está obteniendo lo que se le había prometido. Si bien durante los
años siguientes ocupan al doctor los placeres terrenales, el estudio de disciplinas impías y la
redacción de libros mágicos, tal y como él quería, el descontento se va apoderando de
Faust. Mefistófeles, sí, le ha proporcionado el cumplimiento de todas sus apetencias
carnales y materiales. Pero mientras tanto le ha estado negando los conocimientos que
Faust pretendía obtener en primer lugar, aquello que eral objetivo primordial que perseguía
al firmar el pacto. El doctor se da cuenta de que mediante manipulaciones y trucos de
diversa índole, Mefistófeles ha estado engañándolo, entreteniéndolo mediante
conocimientos intrascendentes, revelaciones secundarias y experiencias sobrenaturales pero
sin grandes consecuencias, todo para desviar su atención y ocultarle hábilmente los
misterios últimos, los que Faust quiere desentrañar, incumpliendo así el pacto. Al darse
cuenta de la situación, Faust trata de romper el contrato, pero su intentona resulta inútil:
Satán, de entre todas sus maldades, es también un embustero. Faust ha sido estafado por el
Diablo. Mefistófeles, que había prometido servirle en todo, se enoja con el doctor cuando
éste lo cuestiona sobre los secretos del cielo y el infierno. El espíritu abandona su casa
diciendo “dejadme en paz”. Faust queda lógicamente decepcionado: las grandes respuestas
que confiaba obtener con su pacto, le seguirán estando vedadas. Ha vendido su alma en
vano, a cambio de placeres transitorios y conocimientos inútiles.

Al cumplirse los veinticuatro años acordados en el contrato, desencantado y


apesadumbrado, el doctor Faust yace enfermo en el lecho. Recibe la visita de un viejo
conocido, Mefistófeles, que regresa a la casa para comunicarle lo ya consabido: que los
veinticuatro años de rigor han terminado ese mismo día. Le anuncia que al día siguiente
Satán en persona aparecerá para reclamar lo que le pertenece. Esto es: el cuerpo y el alma
de Johann Faust. Consumido por el pánico, el desdichado doctor invita a su casa a una corte
de académicos y estudiantes, a quienes ha comunicado su tétrico destino y ante quienes
expresa su sincero arrepentimiento. Sus invitados escuchan con atención lo que le aguarda
al doctor y se apiadan de él, derramando lágrimas por su desdichada situación. Rezan y
solicitan clemencia a Dios, esperando que el Altísimo decida perdonar a Faust e interceda,
librándolo de las garras de Satán, quien pretende llevárselo para toda la eternidad. Pero
Faust, en su fuero interno, teme que el piadoso Creador no vaya a escuchar las
bienintencionadas plegarias de todos aquellos generosos corazones, porque su pecado, el
pacto con el Diablo, quizá va más allá de lo que Dios puede llegar a perdonar. Faust se
siente, como Caín, irremediablemente condenado. No obstante, los estudiantes que pasan la
noche con Faust, reunidos ante su lecho, siguen implorando a Dios, confiando en un último
gesto de misericordia celestial.

Sin embargo, justo cuando los relojes marcan la medianoche, un furibundo viento azota las
ventanas. Todos entienden que no habrá perdón: el Diablo va a venir a reclamar lo que es
suyo. Dios no ha intercedido. Los estudiantes entran en estado de pánico y huyen
despavoridos, encerrándose en una cámara contigua al dormitorio del doctor, quien se
queda completamente solo en su habitación, tendido en la cama, indefenso y horrorizado.
El rugido del viento aumenta, acompañado por una “espantosa música” que suena como si
una multitud de serpientes hubiese invadido la casa. Los estudiantes no pueden ver lo que
sucede, pero oyen los gritos desesperados del doctor, que con voz estertórea solicita auxilio
inútilmente, mientras es asesinado por Satán. Los gritos acaban por desvanecerse en la
distancia y la casa queda otra vez en calma. Cuando todo termina los estudiantes abandonan
su escondite y regresan a la habitación de Faust: allí ya sólo encuentran los restos
despedazados del doctor, diseminados por la estancia, tal que si el Diablo se hubiese
entretenido golpeándolo y lanzándolo de un lado a otro sin piedad como a un juguete de
trapo. Encuentran sus dientes desperdigados en un rincón, sus ojos arrancados en otro, y el
grueso de su cadáver, mutilado y retorcido, es un espectáculo “monstruoso de contemplar”.

La popularización de la leyenda

Fausto contempla una aparición, dibujo de Rembrandt.


La Historia von D. Johann Fausten, como vemos, relataba con pelos y señales todo el
proceso de invocación diabólica, el posterior pacto y las consecuencias finales del mismo.
El relato original, aun salpicado de constantes notas teológicas y morales, adquiría por
momentos unos niveles de viveza y realismo que dejaban hondamente impresionados a los
lectores de su tiempo. Era una combinación entre texto moralizante y novela de terror que
fascinaba a todo aquel que la leía. Dado que había bastantes lectores que consideraban que
Johann Faust era una mera invención literaria y desconocían que un doctor con ese nombre
había existido realmente, se hacían todo tipo de disquisiciones sobre el personaje, por
ejemplo en torno a la elección de su apellido, y sobre cuál era el origen y significación de
ese apellido. “Faust”, en alemán, se traduce como “puño”… lo cual, claro, no parece
albergar ninguna significación especial relacionada con el mito del pacto diabólico. Sin
embargo, en latín, “faustus” significa “fausto”, esto es, afortunado o auspicioso; mientras
que “fustus” es la vara de un médico, instrumento con el que el Faust del libro, médico de
profesión, dibuja los círculos mágicos en la tierra para invocar a Satán. El apellido del
doctor, pues, parecía perfectamente escogido como acompañamiento a su leyenda, lo cual
reforzaba la idea de que Johann faust era producto de la imaginación del autor anónimo del
libro. Pese a todo, la duda sobre si Johann Faust había existido o no, permaneció viva entre
el público hasta el siglo siguiente. Unos pensaban que sí había existido, mientras que otros
muchos consideraban que el personaje era completamente inventado. En realidad, todos
ellos tenían su parte de razón.

El libro se convirtió rápidamente en un material muy popular, en una época todavía a


caballo entre el oscurantismo medieval y la Era de la Razón. Su lectura empezó a
extenderse por todo el país y posteriormente empezó a ser publicado incluso más allá de las
fronteras alemanas, traduciéndose a diversos idiomas y convirtiéndose en un texto de éxito
en diversos rincones de Europa. A inicios del siglo XVII, el célebre dramaturgo inglés
Cristopher Marlowe adaptó el argumento en su obra La trágica historia del Doctor
Fausto, que no fue la primera revisión literaria del mito publicada en su momento pero sí la
primera firmada por un autor que hoy consideramos de categoría universal. Porque como
era costumbre en aquellos tiempos cuando un libro se convertía en un éxito popular, habían
surgido de la nada otros escritos de diversa índole protagonizados por la figura de Fausto.
Es más, entre ellos hubo alguno que estaba atribuído a su pluma, como el Magia naturalis
et innaturalis, un manual mágico supuestamente redactado por el propio doctor Johann
Faust en persona. El libro estaba formado por fragmentos incompletos del manuscrito
original, que en su día había sido incautado por el conde Anton von Staufen después de
que los restos de Fausto fuesen presuntamente emparedados en la Posada del León donde
murió.

La confusión que empezó a reinar en torno a la posible existencia de un Faust histórico


llegó a tal punto que en aquel mismo siglo XVII surgieron investigadores dispuestos a
rastrear su leyenda en busca de una posible inspiración histórica. Fue así como
generaciones posteriores descubrieron que Johann Georg Faust había sido un personaje
real, si bien los registros de sus viajes y estancias en diversos lugares de Alemania estaban
a veces distorsionados por el revuelo de la leyenda creada a posteriori. La biografía de
Johann Faust incluso se mezclaba con otras leyendas similares, como la del polaco Pan
Twardowski, un noble de Cracovia contemporáneo de Fausto que habría vendido su alma al
Diablo más o menos sobre la misma época. Dado que Pan Twardowski era considerado un
personaje ficticio, y dado que Fausto, al parecer, había cursado estudios en Cracovia en
aquel mismo momento (según el testimonio directo de un asociado de Martín Lutero), se
despertó la duda de si la leyenda de Twardowski era una versión polaca del mito fáustico o
si por contra, la Historia von D. Johann Fausten había sido influida por aquélla.

Naturalmente, existían otras fuentes anteriores que pudieron ayudar a dar forma al mito. El
tema del pacto diabólico no era ni mucho menos nuevo en la tradición europea, aunque sí
había sido bastante menos tratado que el más corriente, simplón y “de andar por casa” de la
posesión diabólica. Así, había existido por ejemplo el mito cristiano de Teófilo de Adana, o
Teófilo el Penitente, un hombre en principio virtuoso que habría hecho un pacto con Satán
para avanzar en su carrera y superar el boicot profesional de un obispo rival, pero que se
habría salvado del infierno en última instancia gracias a la intervención de la Virgen María.
También en la dramaturgia laica existían ejemplos notables, algunos incluso recientes, de
argumentos basados en pactos diabólicos pre-fáusticos: por ejemplo, poco antes del
nacimiento de Faust se había representado en Holanda la obra teatral María de Nimega, en
la que una joven decidida a perfeccionar el aprendizaje de las “siete artes liberales” llega a
un pacto con un demonio en forma de cíclope. Aunque, como en el caso de Teófilo de
Adana, y contrariamente al matiz introducido por el mito de Fausto, María de Nimega no se
condena, sino que obtiene la salvación eterna a través de su sincero arrepentimiento.

La transición hacia el Fausto moderno

El cadáver de Cenodoxus, el Buen Doctor de París, interrumpiendo a gritos su propio


funeral.

A lo largo del XVII, la figura de Fausto que tan de moda había estado a principios de siglo
fue perdiendo impacto y finalmente quedó como un referente costumbrista de la cultura
alemana que no era tomado muy en serio ni siquiera por el populacho. Convertido en una
figura folclórica y familiar, ya ni siquiera servía como relato aleccionador e incluso llegaba
a ser protagonista de parodias y chascarrillos. Sin embargo, a pesar del desentendimiento
popular, diversos literatos seguían sintiéndose impresionados por el relato del pacto
fáustico y por sus implicaciones teológicas o filosóficas: entre bambalinas, se estaba
gestando la nueva versión del mito, la que se haría universalmente célebre.

Hubo, por un lado, aportaciones que no eran exactamente versiones nuevas del mito de
Fausto, sino revisiones de leyendas muy anteriores (aunque bien pudieron recibir la
influencia del Historia von D. Johann Fausten y sus derivados). El ejemplo más notable es
el del jesuita alemán Jacob Bidermann, quien a los veintidós años de edad se destapó
como un precoz y efectivo creador de dramas teológicos. En 1602, en pleno apogeo de
popularidad del mito de Fausto, escribió el escalofriante drama Cenodoxus, basado en una
fábula medieval: La Maldición del Buen Doctor de París. Narra la historia de Cenodoxus,
un médico y filántropo del París medieval, muy admirado por su constante dedicación a los
demás, su generosidad, sus dotes intelectuales, su trato exquisito y una bondad
aparentemente inagotable. Cenodoxus curaba a los enfermos, socorría a los necesitados…
toda la ciudad lo amaba por el mucho beneficio que su actividad filantrópica suponía para
los parisinos. Un buen día, el anciano doctor cae muy enfermo y la ciudad entera, temiendo
su fallecimiento, se une en una plegaria para pedir al cielo por la mejoría de un hombre
universalmente querido. Pero la enfermedad no remite, así que se llama a un sacerdote que
le administre la extrema unción en previsión de una inminente muerte. Cenodoxus se
confiesa por última vez; el sacerdote asegura que no hay pecados nuevos que no hubiesen
sido ya confesados y que, como todo el mundo sabe, el ilustre médico está preparado para
abandonar este mundo en paz con Dios, y así conocer la Gloria celestial. El Buen Doctor
fallece finalmente, provocando el luto y el pesar de todo París.

Se organizan unas multitudinarias exequias: el cuerpo sin vida de Cenodoxus es


embalsamado y trasladado a la catedral, donde el cadáver es depositado sobre un altar de
mármol para proceder al funeral, mientras los asistentes guardan un solemne y respetuoso
silencio. Comienzan los actos fúnebres con normalidad, pero tan pronto el sacerdote
pronuncia la frase “Cenodoxus era un hombre bueno” se produce un prodigio que provoca
estupefacción y espanto. El cadáver abre la boca ante la vista de todos y, mientras dos
lágrimas brotan de sus cerrados ojos, rompe el monumental silencio de la catedral con un
grito, exclamando con voz lastimera: “¡He sido acusado!” Naturalmente, el horror cunde
entre todos los presentes; el sacerdote que oficia la ceremonia, interpretando aquel suceso
sobrenatural como un mal augurio, decide suspender el funeral y aplazarlo hasta el día
siguiente.

Amanece el nuevo día y para entonces se ha corrido la voz sobre el fenómeno, así que
mucha más gente acude a la catedral para asistir a la reanudación del funeral. El oficiante
vuelve a comenzar la misa por el principio, pero una vez más, al llegar a la parte del sermón
que dice “Cenodoxus era un hombre bueno”, el cadáver abre la boca y lanza una
exclamación: “¡He sido declarado culpable!” Una vez más, el sacerdote detiene la misa y
la pospone para el día siguiente, mientras el público hierve de espantada excitación. Todo
París se horripila ante los sucesos que están teniendo lugar en la catedral, así que el tercer
día hay una auténtica muchedumbre aguardando morbosamente en torno al templo para ver
qué sucede esta vez. La misa funeraria comienza por tercera vez, y por tercera vez al llegar
a la parte de “Cenodoxus era un hombre bueno”, el cadáver abre la boca y se lamenta:
“¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡He sido condenado al infierno eterno!”

El horror y la confusión se apoderan de toda la ciudad. La plebe es incapaz de comprender


que un hombre tan santo, de quien nadie puede recordar una mala acción por mínima que
fuese, haya sido condenado al tormento eterno. Uno de los amigos de Cenodoxus, Bruno, se
pregunta: “si un hombre tan bueno se ha condenado, ¿qué puedo hacer yo para
salvarme?” Pensando que el listón del perdón divino está muy alto, Bruno se retira a una
existencia monacal de completa renuncia, fundando la orden de los cartujos: la historia lo
conocerá más tarde como San Bruno.

El relato termina así, con una vuelta de tuerca al concepto de condenación que suponía un
paso adelante con respecto al maniqueísmo didáctico de Historia von D. Johann Fausten y
sus derivados. ¿Por qué es condenado Cenodoxus? Probablemente por haber aspirado a una
santidad similar a la de Dios, como explicaremos más adelante. El drama Cenodoxus,
inicialmente concebido como material aleccionador para seminaristas, trascendió los muros
del monasterio y probablemente fue una de las influencias que ayudaron a darle forma a las
posteriores versiones del mito fáustico.
Johann Wolfgang von Goethe, autor de la más célebre versión del mito fáustico.

Ya en el siglo XVIII, la llegada del racionalismo había cambiado la perspectiva de los


literatos respecto al personaje de Fausto. El alemán Gotthold Lessing reinterpretó el mito
en 1780, en una obra inacabada donde presentaba la búsqueda de conocimiento de Fausto
como una empresa legítima y no como una ambición pecaminosa. El doctor desea ampliar
el horizonte de su sabiduría, algo que el racionalismo considera un fin deseable y noble.
Para conseguirlo, tal vez yerra en la elección del procedimiento, dejándose arrastrar por la
ambición y recurriendo a un pacto indeseable con Satán. Pero el fin que persigue redime al
personaje, porque de repente, el conocimiento es visto no ya como un desafío a Dios como
en el cristianismo tradicional —en el cual se premia la ignorancia y el acatamiento ciego de
la Palabra— sino como una forma de perfeccionar el espíritu humano, haciéndolo quizá
incluso más grato al Creador. Este mismo enfoque sería el que adoptaría años después
Goethe en su famosísimo drama Faust, en el cual el doctor Fausto también evita la condena
eterna al arrepentirse de su pacto satánico. En la obra de Goethe, la más célebre, influyente
y extendida de entre todas las compuestas sobre el mito fáustico, se impone una vibración
romántica y humanista muy distinta a la del mito del siglo XVI. Goethe elabora un retablo
de ambigüedad moral, matizado por pasiones humanas tanto como por conceptos
racionales, y que está bastante alejado de la sequedad teológica, casi judicial, de la leyenda
original. El trabajo de Goethe universalizó la figura de Fausto y la hizo pervivir en la
memoria colectiva hasta nuestros días, por más que diversos giros románticos y
racionalistas hayan abandonado la esencia originaria de la leyenda.

Ya en pleno siglo XX, cabe destacar el peculiar uso del mito fáustico que hicieron dos
célebres escritores alemanes, padre e hijo: Thomas Mann y Klaus Mann. El padre,
celebérrimo premio Nobel de literatura, hizo toda una reinterpretación alegórica del mito en
su última gran novela, Doktor Faustus. El libro giraba en torno a la vida de un músico,
Adrian Leverkühn, que realiza un pacto con el diablo para alcanzar la excelencia en la
composición musical; a cambio, Leverkühn habrá de renunciar al amor. Tras años de
dedicación y perfeccionamiento de su música, Leverkühn se enamora de una prostituta,
Esmeralda. Gracias a su pasión por aquella mujer —la única con la que mantiene una
relación sexual en toda su vida— descubrirá finalmente el secreto y podrá elaborar la más
alta fórmula de su arte. Sin embargo, el haber roto el pacto de renunciar al amor tendrá un
alto precio: al acostarse con Esmeralda, Adrian Leverkühn contrae una sífilis que empieza a
mermar sus facultades psíquicas y físicas, condenándolo a terminar sus días convertido en
un inválido al cuidado de su madre. La monumental novela Doktor Faustus puede ser
interpretada a muchos niveles y es demasiado compleja como para intentar abarcarla en
unas pocas líneas aquí, pero cabe decir que en ella el tema diabólico es sencillamente
alegórico. De hecho, ni siquiera sabemos si el pacto entre Leverkühn y el diablo es real o si
se trata de un producto de su imaginación. En todo caso, de entre las diferentes lecturas que
pueden hacerse del libro —como el paralelismo de la vida de Leverkühn con la biografía
del filósofo Friedrich Nietzsche, amén de toda una suerte de reflexiones sobre el arte y
otros varios temas—, es interesante rescatar la analogía que Thomas Mann traza entre el
pacto de Leverkühn/Fausto con Satán y la claudicación aquiescente de la sociedad alemana
ante el ascenso del régimen nazi. En Doktor Faustus, Alemania vende su alma al Diablo y
es finalmente destruida por ello, ya que el narrador —un amigo de Leverkühn— termina de
escribirla entre los estampidos de las bombas aliadas.
Mucho más evidente resulta esta analogía en una novela anterior que había escrito el hijo
de Thomas Mann, Klaus, durante su exilio en Holanda. En pleno1936, poco más de tres
años después de la llegada de los nazis al poder, Klaus Mann trabajó en una novela llamada
Mephisto, donde narra cómo un actor de tendencia izquierdista, Henrik Högfen, termina
vendiendo sus lealtades al régimen nazi para poder medrar en su carrera. Haciéndolo, no
sólo pervierte y abandona sus valores morales en paralelo con la propia sociedad alemana,
sino que traiciona a diversas personas cercanas, incluso conduciendo a algunas de ellas a la
destrucción. Como una amante de color con la que Högfen mantiene relaciones, pero a la
que abandona en manos de la Gestapo para impedir que se hagan públicos sus devaneos
románticos con una mujer negra (este episodio es una especie de reedición de lo sucedido
con Gretchen, la inocente jovencita cuya vida es destruida a causa de los deseos de Fausto
en la versión de Goethe). Mephisto es una novela mucho más cáustica y explícita que
Doktor Faustus a la hora de establecer un paralelismo entre la Alemania controlada por los
nazis y el doctor Fausto que ha vendido su alma al diablo. Además de basar el personaje
principal en el antiguo marido de una de sus hermanas y de retratar con crudeza los
incipientes horrores y la atmósfera opresiva y enfermiza de un régimen nazi todavía en
formación, Klaus Mann predice acertadamente la destrucción y condenación de Alemania
como producto final del pacto con el mal. Como curiosidad, el libro tardó muchos años en
ser publicado en territorio alemán, y cuando lo hizo en 1956 (cosa que Klauss Mann no
contempló, ya que se suicidó en 1949) originó uno de los pleitos judiciales más largos y
sonados relacionados con el mundillo literario y editorial.

La interpretación del mito: qué significa el pacto fáustico

Klauss Mann, feroz anti-nazi, comparó a Alemania con Fausto y al régimen de Hitler con
Satán en su novela de 1936 “Mephisto”.

El pacto de Fausto con el diablo proporciona dos recompensas: una es la satisfacción de


aquellos placeres terrenales ansiados por el firmante del contrato. Esta es una recompensa
secundaria, y desearla es considerada perdonable en casi todas las versiones del mito, pues
responde a las imperfecciones propias de todo ser humano. No es que esta búsqueda de
placeres terrenales carezca de consecuencias: en la obra de Goethe, por ejemplo, decíamos
que el lascivo enamoramiento de Fausto provoca la muerte de la inocente Gretchen: el
doctor habrá de vivir después consumido por el remordimiento y la pena, sabiendo que ha
sido el causante de la desgracia de su amada. Con todo, no es este, ni otros devaneos
carnales, el causante de la posible condenación de Fausto.

Porque la recompensa principal que se pretende obtener con el pacto fáustico es el


conocimiento de los secretos últimos de la Creación, alcanzando un grado de sabiduría que
acercaría a un hombre al estatus de Dios. Este deseo sí resulta imperdonable para la
tradición cristiana. En la versión original es este ansia de sabiduría lo que condena a Fausto
en última instancia, como en su día fue el ansia de conocimiento lo que valió la expulsión
de Adán y Eva del Paraíso Terrenal. Cuando la primera pareja humana según los mitos
bíblicos come la fruta prohibida del Árbol del Conocimiento —el fruto que permite
distinguir entre el bien y el mal, el que otorga capacidad de juicio moral— ambos provocan
la ira de Dios y son condenados a cambiar su anterior existencia plena y feliz por una nueva
vida repleta de dolor y sinsabores. Fausto comete exactamente el mismo pecado: querer
saber más de lo que Dios le ha consentido en saber. Al pretender la obtención de la
sabiduría última, Fausto está cometiendo la blasfemia definitiva: intentar equipararse al
Creador. En lugar de recibir humildemente los dones y bienes que Dios le ha concedido,
Fausto quiere ser quien decida por sí mismo qué dones merece recibir. Para obtenerlos sin
el permiso del Altísimo, Fausto recurre al único procedimiento que, sobre el papel, puede
proporcionárselo: el pacto diabólico. Dado que Satán conoce, como Dios, los secretos
últimos, sólo a él se puede recurrir en busca de dicho conocimiento. Porque Satán es
Lucifer: “el que porta la luz”, el guardián de la sabiduría. El pecado de Lucifer, ahora un
“ángel caído”, había sido exactamente el mismo que el de Fausto: tras acumular numerosas
virtudes y conocimientos, quiso equipararse a Dios. Como consecuencia, Lucifer cayó del
cielo (fue expulsado del paraíso) y terminó condenado a vagar por la Tierra, mezclándose
en los asuntos humanos y buscando la condenación de los hombres.

La soberbia de querer parecerse a Dios, o dicho en términos actuales, la pretensión de


alcanzar conocimientos más allá de lo que la Iglesia consideraba deseable, era el crimen por
el que Fausto paga con el infierno. Un ser humano ha de reconocerse imperfecto y
renunciar a la intención de alcanzar la divina perfección o será severamente castigado. Sólo
así se podía entender la inexplicable condenación del admirable Cenodoxus, el Buen
Doctor de París, quien durante su vida no ha hecho absolutamente nada para ganar un
castigo y sí para garantizarse el cielo. Sin embargo, son tantas sus virtudes que sólo cabe
sospechar que Cenodoxus ha sucumbido a la soberbia —y al pacto diabólico en alguna de
sus formas— para intentar equipararse a la santidad del propio Dios.

El mito fáustico es, pues, una reedición del mito del Pecado Original. Pecado que equivale
básicamente al libre albedrío: una facultad paradójica, otorgada y castigada a un mismo
tiempo por un mismo Dios, en un bucle irresoluble de condenación que conduce al creyente
a una única salida: la de la búsqueda del perdón celestial mediante el arrepentimiento y la
sumisión. El Pecado Original expresa la idea de que ningún hombre es ajeno al afán de
pensar y actuar libremente —esto es, de conocer y juzgar— y por lo tanto está destinado a
intentar usurpar funciones que no le corresponden y que son terreno exclusivo de Dios.
Fausto está condenado desde el momento en que tiene la posibilidad de pactar un contrato
con el Diablo, porque su debilidad humana y su ansia de conocimiento lo conducirán
inevitablemente a firmarlo, como Adán y Eva estaban condenados desde el momento en
que existía la posibilidad de comer la fruta prohibida, algo que irremediablemente iban a
terminar haciendo. El agravante de Fausto, sin embargo, es el de no haber sido tentado por
un agente exterior. Adán y Eva fueron tentados por una serpiente, así que su ejercicio de
libre albedrío está atenuado por la intervención de un agente maléfico. La serpiente actúa
motu proprio para quebrantar el orden divino. Pero el doctor Fausto se empeña en morder
la fruta prohibida pese a que el propio Diablo, a través de su enviado Mefistófeles, se
muestra reacio a entregársela. Naturalmente, podría pensarse que la resistencia inicial de
Satán a pactar con Fausto es un engaño: el Diablo, a quien en algún momento se compara
en el relato con una mujer seductora, se hace de rogar. Quizá así convierte la recompensa
final en algo más apetecible y estimula aún más los deseos de fausto. Con todo, las
reticencias reales o fingidas de Satán son voluntaria y esforzadamente vencidas por Fausto,
que ya no puede alegar un ingenuo desconocimiento de las consecuencias de su acto,
porque es un hombre versado en Teología y conoce perfectamente lo que le espera si vende
su alma a Satán. Fausto se tienta a sí mismo, sin necesidad de la intervención de una
serpiente, y eso hace su crimen de naturaleza peor.

El conocimiento, vedado por Dios a los hombres, es la meta última de Fausto. Su búsqueda
condena al doctor, como valió la expulsión de Adán y Eva del Paraíso.

Así pues, el mito fáustico es una enmienda teológica a la cuestionable expulsión de Adán y
Eva del paraíso. Lo sucedido a Adán y Eva fue convertido en relato aleccionador pese a que
en el fondo quizá no fue ese el objeto primario del mito, que tal vez lo único que pretendía
inicialmente era el plantear una metáfora sobre la adquisición del libre albedrío y la
conciencia moral por parte del hombre, y la subsiguiente salida del ser humano del inocente
reino animal (esto es, su “expulsión del paraíso”). Sin embargo, la tradición cristiana
convierte el episodio de Adán y Eva en una lección moral, lo cual dejaba algunos
importantes cabos por atar. Es decir: Adán y Eva muerden una fruta prohibida que Dios
deja a su alcance, tentados por una serpiente que, necesariamente, es también producto de
la mano creadora de ese mismo Dios. Dicho de otro modo: Dios parece empeñado en que la
fruta prohibida sea mordida.

La extraña e innecesaria trampa tendida por Dios a sus hijos deja tras de sí varios matices
inquietantes: ¿es Dios un engañador, un burlador como el propio Satán?. El mito de Fausto,
sin embargo, lo resuelve de otra manera. En los pactos voluntarios con el Diablo, el
firmante acepta de buen grado entregar su alma al Maligno en la creencia de que la
consecución de los máximos conocimientos y placeres justificará el altísimo precio a pagar,
pero también en conocimiento de las consecuencias finales para su alma. El doctor Fausto
quiere trascenderse a sí mismo y convertirse en otra cosa que no está autorizado a ser,
aunque eso es algo que nunca va a ocurrir, pues el engaño de Satán forma parte indisoluble
de su conducta y el contrato constituye siempre una estafa. Sí, Fausto es engañado en
cuanto a la recompensa que obtendrá, pero no se le tiende una trampa porque conoce la
naturaleza del contrato que está firmando. Por otra parte, también es cierto que Fausto
confía de alguna manera en que, acercándose a los secretos del universo, podrá atenuar o
incluso evitar el pago final. Porque cuando el comprador sabe tanto como el vendedor, es
imposible que la venta se transforme en una estafa. El problema es que Fausto cree que el
vendedor le confiará alegremente todos sus secretos, porque, envalentonado por sus
aprendizajes mágicos —productos todos ellos del Diablo— cree que un pacto con Satán es
algo imposible de transgredir incluso para el mismo Satán, así que podría decirse que, a
este respecto, Fausto se engaña a sí mismo y es también el único culpable.

Así pues, la conclusión del mito es terminante: aunque siga habiendo un elemento de
engaño y de tentación externa, el ser humano es cómplice voluntario de su propio pecado
original. Fausto se condena porque quiere condenarse, porque no asume con servilismo y
humildad los dictados de Dios. La salvación pasa únicamente por renunciar al libre albedrío
y actuar según el único albedrío aceptable, el de Dios. Pese a que las aproximaciones
racionalistas y románticas intentaron liberar a Fausto del peso de la culpa, ésta ha seguido
siendo el eje fundamental del pacto fáustico, como bien ponen de manifiesto las
mencionadas adaptaciones de Thomas y Klaus Mann, en las que Alemania es culpable de
querer trascenderse a sí misma, de convertirse en algo que no es, y de pactar con fuerzas
diabólicas para conseguirlo, causando así su propia y merecida condenación.
Los conceptos e imágenes fáusticas han trascendido, como se deduce, a muchos elementos
de la cultura occidental y referencias inadvertidas al mito aparecen en los lugares más
insospechados. Los ejemplos son incontables, pero por citar solamente uno bastante
curioso: en la película de gangsters White heat, de 1949, aparece una muy famosa
secuencia: el criminal interpretado por James Cagney —cuyas ambiciones le han llevado
finalmente a ser acorralado por la policía— muere entre llamas mientras pronuncia la frase
“¡Mamá, lo he conseguido! ¡Estoy en la cima del mundo!” Una escena fáustica en toda
regla, donde un hombre ha vendido su alma y por lo tanto ha comprado su propia
condenación, a cambio de alcanzar una cima que le está vedada, por mucho que él quiera
convencerse que sí podrá alcanzarla. Obviamente, ha habido muchas adaptaciones directas
del mito de Fausto: cinematográficas, teatrales, musicales, etc. Quizá el lector quiera
echarle un vistazo a la película Faust, del director alemán F.W. Murnau, por citar un
ejemplo repleto de fascinante imaginería.

Así pues, el día en que a Johann Faust le explotó en las manos un experimento alquímico en
la habitación de una posada en Staufen y años después alguien aprovechó las habladurías
póstumas para confeccionar un librito aleccionador, ese alguien, aquel escritor anónimo,
creó uno de los grandes mitos que han modelado la moderna cultura europea. La estructura
básica de Historia von D. Johann Fausten está presente en multitud de obras de ficción que
en la mayor parte de los casos ni siquiera son consideradas fáusticas, pero que no pueden
evitar adaptar el esquema ambición-engaño-pacto-descubrimiento del engaño-caída. El
mito fáustico ha evolucionado y se ha diversificado; se ha entremezclado con mitologías
anteriores y posteriores, ha mutado y ha vuelto a mutar. Pero lo relevante es que, cuando
uno lo piensa, los pactos fáusticos están siempre a la orden del día en alguno u otro lugar
del mundo; en alguno u otro ámbito de nuestras vidas. Ya sea en política, empresa,
sociedad, familia… siempre hay alguien vendiendo su alma y la de otros al Diablo,
pagando precios exorbitados por metas inalcanzables a las que se considera con derecho de
alcanzar. Ésa es finalmente la grandeza de este mito: mire uno donde mire, Fausto está en
todas partes. Quizá, quién sabe, escribiendo estas mismas líneas. O quizá, quién sabe,
leyéndolas.

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