La escritura terapéutica1
Amelia María Zerillo
La escritura tiene entre nosotros al menos 65002 años y hace aproximadamente unos
3000 que viene desarrollándose con un valor instrumental que va, desde el más
cotidiano y rudimentario, al más elevado y complejo, el que le dan aquellos que, con
su escritura, por ejemplo, preservan o transforman la vida. Entre ellos, los sujetos
interesados en la Salud Mental: los especialistas que investigan, previenen y tratan las
distintas afecciones mentales; y los sujetos afectados, los llamados “enfermos”,
quienes -alejados de esos fines científico-prescriptivos- responden a intereses más
personales, más vinculados a las experiencias de la vida, a las necesidades diarias.
De esta escritura, la de aquellos que viven en su propio cuerpo la enfermedad y
escriben con la íntima convicción de que escribir constituye una práctica terapéutica,
se ocupa este artículo. En primer lugar, explicaremos cómo la escritura devino en
práctica significante en el campo de la Salud Mental; en segundo término, y a partir de
una investigación realizada en el Frente de Artistas del Hospital Psiquiátrico Borda,
describiremos qué características tiene esta escritura que he denominado “terapéutica”
o “reparadora”; y, finalmente, mostraremos cómo pueden las ciencias vinculadas al
estudio del lenguaje ayudar a trabajar con esta escritura.
1. Antecedentes de la escritura terapéutica.
Para comenzar, es necesario señalar que la escritura terapéutica o reparadora3 alude a
un hábitus, que hace de la escritura una forma de “detenerse”, de “cobijarse”, de
"recobrar el aliento" y de “volver a ponerse en pie” reconstruyendo el tejido de la
experiencia de un modo significativo. Tal como se observó, durante una pasantía en el
Taller de Letras del Frente de Artistas y la investigación bibliográfica realizada, esta
disposición a escribir se apoya en una serie de representaciones y de prácticas
históricas que han ido legitimando esa tendencia que hace que los sujetos, que pueden
y quieren, escriban con la íntima convicción de que “escribir” les hace algún tipo de
“bien”. Entre esos hitos importantes que han hecho de la escritura una práctica
significante destacamos los siguientes:
1
XI Congreso de la Sociedad Argentina de Lingüística, del 9 al 12 de abril de 2008. Facultad de Humanidades y
Ciencias, Santa Fe. [Disponible en línea] en [Link]
otras_areas_ del_ conocimiento
2
Queda de lado aquí la disputa que sostienen J.L. Calvet ([1996], 2001), profesor de la Sorbona, y Prof. Harald
Haarmann ([1991], 2001], académico de Helsinki, respecto del origen y nacimiento de la escritura. Ambos plantean
hipótesis distintas sobre el origen de la escritura. El primero la ubica 4500 años antes de nuestra era, en la zona de la
Mesopotamia; y el segundo, 5300 años a.C, en lo que él llama la Antigua Europa, hoy territorio de la península
balcánica.
3
Reformulación que agradezco a mi directora de tesis, Mariana Di Stéfano y a Alejandra Ruiz, psicoanalista
orientadora. El término también es usado por Michele Petit Lecturas: del espacio íntimo al espacio público.
a) La escritura en la antigüedad como práctica destinada al conocimiento
de uno mismo y al recuerdo de las verdades necesarias para la vida.
Como ya lo señalara Ong (1987), la condición de perdurabilidad de la letra
escrita posibilita el regreso de lo pensado y le permite al sujeto “pensarse”;
“situarse” como diría Foucault al analizar el caso de los hombres del pasado que
necesitaban “expresar su verdad” y “reactivar las verdades que necesitaban
escuchar” para ejercer las acciones destinadas al “cuidado de uno mismo”4,
Para ello, tomaban notas, escribían tratados, cartas a los amigos y llevaban
cuadernos haciendo de la escritura una práctica significante (Foucault, 1990:
62); las cartas y escritos de los filósofos estoicos del tercer período (siglo I y II
de nuestra era), Séneca (influenciadas por la dialéctica platónica) y Marco
Aurelio, constituyen ejemplos de este período5.
b) Las prácticas de los primeros escritores cristianos destinadas a la
constitución de un yo que pudiera salvarse del pecado; las Confesiones de
San Agustín (IV d.C), como toda confessio, constituyen un acto de disciplina
penitencial de renuncia al yo pero desde el punto de vista de su expresión
verbal son un ejemplo de las prácticas que, según Foucault, se extendieron casi
hasta el siglo XVII. Las mismas estaban inspiradas en la necesidad de reelaborar
la experiencia, incluso de pensamiento, para salvar el alma.
c) Las prácticas del hombre moderno destinadas a la afirmación del sujeto.
Durante el siglo XVII, la coerción ejercida sobre el yo sensible y pensante
comienza a debilitarse. Gracias a Descartes, que confirma la existencia de una
interioridad, y a Rousseau, que promueve una nueva experiencia de la
subjetividad, la lectura y la escritura como lo muestran las investigaciones de
Chartier6, se vuelven prácticas significantes también para el resto de los
hombres. Respecto de la escritura, Rousseau destaca su carácter ordenador y
apaciguador:
¿Habéis visto alguna vez una ópera en Italia? En los cambios de
decoración … todo anda revuelto… sin embargo, poco a poco todo se
compone, no falta nada, y se queda uno sorprendido al ver que a tan
prolongado desbarajuste sucede un espectáculo maravilloso. Esa
4
Según Foucault (ob. cit.) “conócete a ti mismo” es solo una de las prácticas más conocidas y recomendadas dentro
de aquellas asignadas al “cuidado de uno mismo”.
5
Los grandes relatos del mundo clásico, aquellos que se hacían cargo de lo que el pueblo debía saber, para su
propio “cuidado” y el “cuidado” de la ciudad, seguramente también, aunque la apariencia de los textos fuera otra.
Hablamos por ejemplo de la Ilíada.
6
Rousseau inspira múltiples intentos de “apropiación” de lo escrito, como los de Louis Simon, estañador de la
región de Maine y Jacques Louis Ménetra, vidriero parisiense, casos investigados por Roger Chartier en “Prácticas
de lo escrito”, en Aries, Ph. y Duby G.: Historia de la vida privada. El proceso de cambio en la sociedad del siglo
XVI a la sociedad del siglo XVIII, Vol. 5. Madrid. Taurus. 1987.p. 126.
maniobra, poco más o menos, es la que se opera en mi cerebro cuando
me propongo escribir. (Mis confesiones [1728]: 31)
d) La escritura de los hombres de letras que practican el cuidado de sí
mismos bajo la apariencia de ocuparse de otros. Hacia finales del siglo XIX
y primera mitad del siglo XX, cuando el cientificismo otorga a un grupo
determinado de profesionales el cuidado de la salud y los movimientos sociales
impulsan el ocuparse de otro, este hábito adquirido de autoafirmarse a través de
la escritura se desvaloriza y el cuidado de uno mismo parece ya una práctica
poco recomendable. Entonces, la práctica ejemplificada por Séneca, la del
hombre que vuelve sobre su vida y la modela escribiendo sin mediaciones
profesionales, se vuelve una experiencia secreta que se oculta en los cajones o
bajo el ropaje de la ficción. La literatura parece conceder el público permiso
para ocuparse de sí mismo hablando de otros. Dice Kafka, “Gracias a que escribo
me mantengo con vida, me aferro a esa barca en la cual te encuentras tu, Felice (...)
Comprende, Felice, que tendría que perderte a ti y a todas las cosas si alguna vez perdiera
el escribir”. (Brizuela, 1993:95)
e) La escritura de los hombres contemporáneos que se apropian de las
prácticas ya legitimadas para socializar sus experiencias y defender sus
derechos. Con la posmodernidad, las ciencias son cuestionadas y las verdades
individuales junto con la escritura de los hombres que reflexionan sobre sí
mismos vuelven a rozar la esfera de lo público en múltiples formas que buscan,
como señala Ricoeur, la aprehensión y la comprensión de la vida por medio del
relato7. Un ejemplo de esta necesidad de reelaborar la experiencia por medio de
la escritura lo constituye el fenómeno de expansión de los talleres literarios,
espacios de sociabilidad que hacen de la producción escrita el centro de
reflexión e interacción de grupos minoritarios que escriben para decir, entre
otras cosas, aquello que es necesario decir.
Algunas de estas nuevas formas de sociabilidad en las que la lectura y la escritura se
convierten en centros de atención para dar respuesta pública a lo que acontece se
desarrollan dentro de los hospitales psiquiátricos. Así surge en la Argentina el taller de
escritura del Hospital Alvear (Suárez, s.d), dirigido por la psicoanalista Alejandra Ruiz,
destinado a colaborar con la superación del terror provocado por la dictadura del 76;
así comienza en 1984, el taller del Frente de Artistas del Borda, buscando fortalecer la
voz y la dignidad del sufriente mental; y así se inician también los talleres del hospital
7
Con respecto a las distintas formas de manifestación de estas subjetividades resulta necesaria la lectura del trabajo
realizado por la Dra. Leonor Arfuch 2002. El espacio biográfico. Dilemas de la subjetividad contemporánea,
Buenos Aires, FCE.
Álvarez, del Posadas y de otros tantos que hay en el país8, donde la escritura se
desarrolla como una de las prácticas que la OMS recomienda para propiciar el
“bienestar subjetivo, la percepción de la propia eficacia, la autonomía, la competencia, la
dependencia intergeneracional y la autorrealización de las capacidades intelectuales y
emocionales” (OMS 2001).
Finalmente, para terminar con esta presentación de los antecedentes de la escritura
terapéutica, no escapa a la mayoría que todas estas prácticas relacionadas con el
“cuidado de sí”, biográficas o no biográficas, artísticas o no, además de presentar
beneficios psicofísicos -de los que una extensa y conocida bibliografía da cuenta-9,
constituyen “espacios de afirmación individual” a los que ya los estudiosos del
psiquismo humano han reconocido la posibilidad de compensar aspectos de la
historia personal (Freud, Lacan) y de propiciar una reelaboración que no deja de tener
contacto con la que inducen la transferencia y la interpretación (Julia Kristeva, 1995).
Sin estos fundamentos, y otros que, por razones de tiempo, no desarrollamos en este
artículo seguramente la escritura (en particular en espacios de taller) no habrían
obtenido relevancia lejos de los espacios más tradicionales ni logrado su inserción en
el ámbito de la Salud Mental.
2. Las prácticas de escritura en los hospitales psiquiátricos.
La descripción que realizamos surge de una investigación realizada en el Taller de
Letras del Frente de Artistas del Borda, en el que, la que escribe, se desempeñó
durante casi cinco años como coordinadora literaria del taller y además de observar
diferentes situaciones de escritura con distintos géneros discursivos, logró constituir
un corpus integrado por las producciones in situ de los talleristas (aproximadamente
unos 300 textos); y el material de archivo del Frente de Artistas del Borda.
La singularidad de esta escritura obligó a seleccionar herramientas de distintas
disciplinas, sobre todo de la Antropología y del Análisis del Discurso. La elección
metodológica, por un lado, llevó a someter el material a una rigurosa comparación
diacrónica y sincrónica atendiendo, a los rasgos de género, a los subtextos o
secuencias dominantes y a la escena enunciativa que despliegan; y, por otro, a
efectuar un delicado proceso de segmentación para enfrentarse con la naturaleza
ideológica de los enunciados. Como resultado de este trabajo que se extendió durante
cinco años, daremos cuenta ahora de algunos de los rasgos fundamentales de esta
escritura, tanto desde el punto de vista de su producción como de los productos
recogidos. De este modo entenderemos mejor en qué consiste el carácter terapéutico
que esta práctica tiene entre los miembros de esta comunidad.
8
Después se conocerán, por ejemplo, los talleres de escritura, de Madres de Plaza de Mayo. Ver Taller de Escritura
Antología Colectiva, Ediciones Universidad Popular Madres de Plaza de mayo, Buenos Aires, 2002.
9
Al respecto se puede consultar la investigación bibliográfica realizada en el trabajo de tesis Prácticas de escritura
en el campo de la Salud Mental. Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Oficina de Posgrado. Maestría en
Análisis del Discurso, 2007
Desde el punto de vista de la producción, un primer rasgo que caracteriza a esta
escritura que hace bien, es que, a pesar de ser urgente e inmediata, no es una escritura
catártica.10 La escritura de los talleristas del FAB necesita de un breve estímulo para
desencadenarse, de un elemento mediador entre ellos y la escritura, la consigna, que
los separa de su circunstancia y los inserta en un mundo más amplio. De hecho si
tienen que escribir solos, no lo hacen.
Un segundo rasgo caracterizador es que esta escritura, para los integrantes del
Taller de Letras del FAB, consiste fundamentalmente en un trabajo interior más que
exterior. Estos escritores que dedican más tiempo a la puesta en texto que a la
planificación afirman preferir, de las operaciones del proceso de escritura, el momento
de la ideación, que desarrollan al mismo tiempo que escriben. De allí que para ellos,
como demuestra mi investigación, no haya ni revisión ni reescritura.
Desde el punto de vista discursivo o textual, hay que señalar que no son los géneros
narrativos los más frecuentados por los talleristas investigados. El interés por la
narración, en la forma de diarios de vida, por ejemplo, solo se observa en los enfermos
recién ingresados que parecen recurrir a él, para contar con alguien a quien confiar las
experiencias cotidianas y recordarse quién se es hablando de sus afectos, de sus
intereses, etc. Para los talleristas que hace años están en el Borda, la prosa poética es el
subgénero preferido y la descripción, la secuencia discursiva que más desarrollan. En
estos textos, la segmentación de los enunciados mostró que los talleristas dedican más
espacio a aquellas proposiciones que cumplen en el relato la función informativa,
función que Roland Barthes (1982) ha señalado como “del orden del “ser” y no del
orden del “hacer”. Los verbos más utilizados son los propios del momento descriptivo
(Fillinich, 2003), el presente o el pretérito imperfercto. Lo que muestra la investigación
es que prefieren la prosa poética y la tipología descriptiva porque, entre otra razones, su
práctica, como sugiere Hamon, conecta a quien escribe con saberes compartidos y lo
reenvía al mundo experimentado. Para hablar de él, la descripción apela a su
competencia léxica y enciclopédica más que a las habilidades sintácticas requeridas, por
ejemplo, por la narración. Una ex poeta del Borda lo dice así: “A mí me gustan los
caballos blancos /los girasoles/Los cigarrillos rubios y los negros./El café muy
fuerte./El mate amargo./También me gustan los pepinos/-como los prepara Nomi/los
langostinos, las rabas, los locos, los erizos…/-en fin, todos los mariscos-/…/a mí me
gusta escribir boludeces. Pero en realidad, ahora que lo pienso, yo me fabrico estas
listas/ porque aquí, en el hospicio /me son muy necesarias./Así, uno no se olvida/de
quien es, al menos…/y de paso se acuerda que existen cosas lindas.” (Wagner, Marisa
[1997], 2003)
En cuanto al universo referencial de estas producciones, lejos de lo que pueda llegar
a pensarse, no domina en ellas el espacio hospitalario ni la “enfermedad”. Estos
escritores no hablan de sí mismos sino a través del sufrimiento de otros, a partir de
10
A lo largo de los casi cuatro años que la investigadora estuvo en el FAB registro solo dos casos de escritura este
tipo, ninguno de los talleristas pertenecía al grupo estable del Taller.
personajes que se les parecen pero llevan otra vida, casi siempre, fuera del hospital. En
lo que atañe al estilo verbal, más allá del lenguaje poético que se advierte en la mayoría
de las producciones, esta escritura se caracteriza por la naturaleza estática y
desagentivada de los enunciados con los que describen el mundo, y por la puesta en
escena de un enunciador con una modalidad epistémica y asertórica, que les permite, a
partir también de un registro muy cuidado, la constitución de un ethos estimable. Un
ejemplo de Carlos, uno de los talleristas del FAB: “Escribir es compartir la sensación de
un bien logrado, yo tengo sed y mis palabras son agua de manantial que convido a
todos los que quieran embeberse de su amor.”
Como último rasgo de esta escritura, hay que decir que, desde un punto de vista más
material o textual, esta escritura se presenta como poco acabada, como una escritura
que no tiene en cuenta al lector. Rasgo que no hace más que confirmar que esta
escritura, que acabamos de señalar que piensa más en el proceso que en el producto,
tiene otros objetivos que los meramente literarios, los relacionados con la dimensión
reparadora de la escritura de la que vengo hablando desde un principio.
3. Aspectos de esta escritura que la vuelven una práctica terapéutica.
Como puede advertirse hasta aquí, la escritura que hace bien, y que he dado en llamar
reparadora o terapéutica, no tiene entre estos escritores, hasta ahora, esa actitud
revisionista que sugieren Séneca, Rousseau, Kafka, Kristeva, Ricoeur, entre otros. En
este ámbito, aquello beneficioso de la escritura no está en lo escrito, en lo que se dice.
Está sobre todo en el acto de decir. Es allí, en el punto de encuentro entre el sujeto de
la enunciación y su enunciado, en el nacimiento mismo del discurso, donde adviene
sobre todo su carácter reparador. La experiencia realizada nos permite afirmar que
esta escritura reparadora:
a) Es una escritura terapéutica en tanto cuida del sujeto que escribe abriéndole
camino hacia la propia interioridad De allí que estos escritores del FAB busquen
para escribir el silencio creativo del taller, que les permite conectarse con el
propio pensamiento y suspende en ellos la condición de enfermo psiquiátrico.
Esta propiedad está vinculada directamente con la dimensión fática que puede
cumplir el lenguaje (Jakobson, 1960).
b) Es una escritura que favorece la autopercepción. Durante el proceso de
escritura y, sobre todo, al describir el mundo y los objetos a los que aluden, se
perciben percibiendo y rápidamente tienen la experiencia del propio cuerpo; lo
mismo sucede luego durante la lectura de lo que han escrito, cuando se
reencuentran con el sujeto que escribe. Dice Joel, uno de los talleristas del FAB.
No sé si eso [escribir algo] es lo importante. Lo que creo que es importante
es tratar de ver que el papel te refleja algo que no podés negar. Yo puedo
estar en un estado de autismo por el cual no puedo conectar con la realidad
pero si yo logro que esa persona autista pueda escribir la palabra “amor”,
digamos, es algo que no lo puedo discutir, el que escribió algo fui yo. Eso
es importante. (Informe de pasantía)
c) Por todas estas razones, es una escritura que fortalece la subjetividad. Pensando,
percibiendo, nombrando, retomando historias ya contadas, la escritura notifica
al sujeto quién es, qué piensa, qué valores defiende, qué tipo de experiencias lo
ponen bien o mal, cuáles son sus competencias, en qué estado se encuentran,
En la película Cómo si fuera la primera vez, sucede algo semejante. Una joven ha
perdido su memoria a largo plazo y durante el sueño de la noche olvida quién es,
con quién vive, dónde vive y a qué se dedica. Los que la quieren le hacen escribir
un diario y le graban videos haciéndola hablar para que ella misma cada mañana
al levantarse recupere su identidad y encuentre su lugar en el mundo. De la
misma manera, sucede con la escritura practicada con el sentido que le dan los
talleristas del FAB. Les recuerda que pueden sentir y pensar igual que los demás.
d) Es una escritura que sirve al cuidado de la propia estima. Con la escritura, y en
particular, con la escritura literaria y la modalidad asertórica señalada más arriba,
logran construirse una voz y una identidad social estimable: “La escritura te
permite decir algo importante, que te conmociona porque te gusta”, afirma Joel.
“Eso ¿lo escribí yo?”, se `pregunta otro tallerista, Héctor, admirado frente a un
texto suyo que no recuerda (Informe de pasantía). Y así cada nueva situación de
escritura, al darles la posibilidad de superar semana a semana los obstáculos que
la lengua y la condición psiquiátrica les impone, refuerza nuevamente la estima.
Dice Fernando:
La sociedad me obligó siempre a ser un campeón (...)Hace un tiempo yo
sufrí una depresión económica financiera y quede fuera del mundo de las
drogas sociales (...)En este presente continuo encontré un lugar donde
estoy haciendo mi mundo, donde ejercito mis músculos todos los días y se
lo debo agradecer a este bendito maldito deporte que se llama arte. El arte
es mi vivienda, mi pan. El arte es lo que me sustenta. PD: Me salí de la
carrera, ya estoy volando. La droga que necesitás está adentro. Implántala.
Implántatela.11
e) Es una escritura que cuida de quien escribe porque borra los muros que el
dispositivo hospitalario levanta entre el sufriente mental y la comunidad de
extramuros. Escribir sobre los problemas que son de todos, tomar y recrear
historias de la memoria colectiva y del patrimonio cultural que les es propio les
permite insertarse en un mundo del que las disposiciones sanitarias los expulsa;
11 Fernando, Revista Murashock: masaje a la neurona, Nª9, Verano de 2001.
por otra parte, al compartir con otros sus problemas e intereses se sienten parte
de una comunidad, que en el caso de los talleristas del FAB, tiene el rédito de ir
al “frente” en su lucha por la desmanicomialización y la no segregación. Dice
Juan, en uno de sus poemas: “Cuando escribo me siento libre y viajo por el
universo/ Me siento IMASUMA/el hermoso/y tengo la virtud de ver más allá
del horizonte”
Estos cinco aspectos de la escritura reparadora traen al sujeto que escribe los
sentimientos, pensamientos y conocimientos que necesita tener presentes para seguir
existiendo. Al repasar el mundo con las palabras, al ejercitar el pensamiento y el
autocontrol, respondiendo al trabajo de taller, los talleristas recuperan todo aquello
que les es propio y creen necesario, se religan y “zafan” de aquello que los oprime, se
transforman y superan con las palabras la pasividad del mundo que describen y, de
alguna manera, también la distancia que cierto discurso psiquiátrico ha instalado entre
ellos y el resto del mundo.
En resumen, en este ámbito de producción (en este caso el del FAB), en el que los
escritores se vuelven artistas, la dimensión reparadora de la escritura se observa en el
aspecto psicosocial, en los beneficios que produce la identidad construida dentro y
fuera del discurso (Faircloug, 1992; Foucault, 1973) pero sobre todo en los procesos
psicocognitivos que la escritura desencadena; en la posibilidad de percibirse percibiendo
y en la posibilidad de monitorear la memoria subjetiva, recordando y ejercitando sus
competencias lingüísticas y enciclopédicas. Dicho de otro modo, en la ratificación de la
propia humanidad a través de la palabra escrita: “Escribo para pasear en el pasado de
este árbol planchado y muerto…Dios habla, el hombre escribe, si dios no existe, escribe
el recuerdo” (Fernando, Informe de pasantía, 2004)
4. La escritura terapéutica y el análisis del discurso.
Existen otras prácticas de escritura fuera de los ámbitos tradicionales, es decir fuera
de los ámbitos académicos, profesionales y literarios. Esta ponencia da cuenta de una
de ellas, la escritura de los sujetos con padecimientos mentales, una práctica que va en
extensión y que es promovida en la actualidad por algunos psiquiatras y psicoanalistas
reconocidos, como Julia Kristeva e Irving Yalom, y por otros no tan famosos que
piden a su pacientes que lleven la escritura a la terapia. Sin embargo, a pesar de la
necesidad que gran número de sujetos tienen de la escritura (recordemos al marqués
de Sade que según dicen llegó a escribir con su propia sangre para sobrevivir a su
encierro en Chareton), esta práctica se presenta todavía como un territorio poco
investigado por los especialistas de las distintas ciencias del lenguaje.
Los que hemos tenido la experiencia de coordinar talleres de escritura en el campo
de la Salud Mental sabemos que la lingüística cuenta hoy con una serie de
herramientas y estrategias que permitirían profundizar el estudio de este tipo de
escritura de la misma manera en que lo ha hecho con otro tipo de prácticas más
profesionales o académicas. El análisis del discurso, entre otras propuestas analíticas,
nos brinda la posibilidad de acercarnos a los profesionales de la Salud Mental y de
intentar con ellos un acercamiento interdisciplinario a la escritura terapéutica que
seguramente volverá todas estas prácticas mucho más eficaces para los escritores y
más trascendentes para los especialistas.
Los interrogantes a resolver son numerosos: ¿puede la escritura ser llevada a la
terapia?, ¿requiere el mismo método analítico que la palabra hablada u otro?, ¿cuáles
podrían ser los resultados del trabajo en conjunto entre psico-analistas y analistas del
discurso?, ¿es posible que los distintos géneros conformen estadios dentro de los
procesos de recuperación de aquellos que ven afectada su salud mental?, ¿cuáles serían
los resultados de la intervención del analista sobre la escritura de los pacientes?, ¿es
pertinente intervenir sobre la escritura o debe defenderse ese espacio íntimo en el que
el sujeto y lenguaje se construyen mutuamente?, ¿cómo puede trabajarse la escritura
en el consultorio del analista? Nuestra responsabilidad como lingüistas se ve
ampliada. Queda en nosotros ayudar a estos escritores a expandir la mirada y a que se
sientan, parafraseando las palabras de Fernando, “menos árboles y menos muertos”.
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⎯2007 Practicas de Escritura en el campo de la Salud Mental. La escritura en el Taller de Letras del Frente de
Artistas del Borda. Oficina de Posgrado de Facultad de Filosofía y Letras, Maestría en Análisis del
discurso de la UBA