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Prohibida su venta
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❛SHADOW WITCHES❜
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Índice
Prohibida su venta
Índice
Sinopsis
Advertencias de contenido
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Nota Aclatoria
Sinopsis
Lakelyn
No soy nadie. Estoy sola en el mundo, contando los días
que me faltan para cumplir dieciocho años.
Eso es hasta que me envían a un retiro con otras cinco
chicas para celebrar mi cumpleaños. Nada malo puede
pasar en el medio del bosque, ¿verdad?
Maestro Simon
Ninguna de ellas me importa.Son inútiles desperdicios
de espacio. Anhelo sentir su sangre en mis manos.
Hasta que ella aparece, mi Pequeña Sombra. Nada me
impedirá tomarla.
Advertencias de contenido
Este libro es una novela de terror y erótica. Atticus es el
líder de una secta caníbal, con acciones y motivos muy
cuestionables.
Diferencia de edad: 14 años / Bulimia / Juego de
respiración / Juego de sangre / Cautiverio / Canibalismo
/ Vibraciones de culto / Violencia doméstica/ Juego de
cuchillos / Menciones despectivas de la religión / Lujuria
instantánea / Asesinato / No-Con / Abuso parental /
primario / Eventos sacrificiales / Juego con agua
(ahogamiento)
Para quienes gustan de hombres altos, misteriosos y
caníbales…
El maestro Simon dice que te portes bien y te pongas de
rodillas.
Prólogo
Maestro Simon
Desgarrar
Gotear
Gotear.
Su sangre carmesí se desliza de su boca mientras sus
ojos abiertos se llenan de lágrimas. Patéticos murmullos
salen en cascada de ella, pero no son coherentes. Eso
podría ser porque tengo en mi mano lo único que
asegura su habla. Lo único que le quitó todas sus
súplicas. Un cálido músculo carnoso se desliza y resbala
entre mis dedos mientras sostengo su lengua en alto
para mostrársela. Un grito agónico cae de sus labios
ensangrentados mientras sus ojos vidriosos giran hacia
la parte posterior de su cabeza. Gruesas lágrimas corren
por sus mejillas, aterrizando en el suelo del bosque
debajo de ella.
No era exactamente así como se suponía que debía
suceder. Se suponía que este sería el último paso, pero
ella no se callaba. Gritaba tan fuerte por su Dios que los
pájaros volaron de los árboles y los ciervos se
dispersaron a continuación como un reguero de pólvora.
Me coloco de nuevo entre sus piernas, separando sus
muslos mojados. Mi labio se curva con disgusto cuando
me doy cuenta de que debe haberse orinado de miedo, o
de dolor, tal vez de ambas cosas. El potente olor a
amoniaco llega a mis fosas nasales, haciéndome gruñir
de fastidio.
Alcanzo su coño con mis dedos ensangrentados y los
deslizo dentro con facilidad. Busco en su interior y
encuentro lo que estoy buscando. El fino trozo de carne
que me separa de su inocencia. Poniendo fin a lo que
solía ser su pureza y dulzura. A mi rey le encantará su
regalo cuando venga a recogerla del círculo esta noche.
Me río entre dientes mientras me paro y admiro a mis
discípulos, que me rodean con asombro y maravilla en
sus ojos.
Un zumbido bajo resuena en el círculo que me rodea,
mientras los discípulos cantan alabanzas a su maestro y
a su rey.
—¡Discípulos, esta noche le damos el don de la inocencia
a nuestro rey! ¡Regocíjense en el hecho de que él nos
alabará y nos protegerá de aquellos que amenazan a
nuestros hermanos! —Los gritos y alaridos resuenan en
el bosque, el viento los lleva a los rincones más oscuros.
Levanto mi mano en el aire, agitando el músculo
ensangrentado para que todos lo vean, y digo—:
¡Discípulos, esta noche les doy la lengua de otra
inocente! Miren cómo devoro sus mentiras, haciendo que
nunca más vuelva a contar nuestros secretos.
Mis discípulos tararean sus palabras de alabanza a
través del círculo mientras sostengo la lengua sobre una
antorcha encendida, chamuscando la carne hasta que
quede crujiente, tal como me gusta. Cuando el zumbido
alcanza un crescendo, dejo caer el músculo tostado sobre
mi lengua expectante. Me deleito con el sabor metálico y
crujiente de la lengua mientras se mueve por mi boca,
haciendo que la saliva se me acumule en las comisuras.
Tragándola, meto la mano en el bolsillo de mi capa,
blandiendo la daga ornamentada, apuntándola hacia el
cielo. Los relámpagos destellan mientras el canto en el
círculo se intensifica. Inclinándome sobre una rodilla,
llevo la daga al centro del pecho de la chica.
Unos ojos grandes y redondos me miran suplicantes, la
sangre sigue brotando de su boca con súplicas bajas y
roncas. Su Dios no podrá salvarla ahora. Otro relámpago
ilumina el cielo mientras un trueno retumba en el
bosque. Llevo la daga hacia su pecho y la escucho
atravesar su piel. Al aplicar más presión, escucho el
crujido resonante de su esternón cuando la punta afilada
penetra directamente en su corazón. Un jadeo
estrepitoso retumba en la garganta de la chica, sus ojos
se ponen en blanco y su cuerpo se convulsiona en el
suelo. Con otro fuerte trueno, da su último suspiro. Su
cuerpo se queda quieto en el duro suelo, haciendo que
una pequeña sonrisa se extienda por mis labios. Nuestro
rey nos concederá la protección una vez más.
Me levanto y alzo las manos hacia el cielo. —¡Alégrense,
mis discípulos, alaben a nuestro rey mientras ofrecemos
otro sacrificio esta tarde! ¡Y así termina! —El canto
alcanza su clímax cuando un viento intenso azota los
árboles, llevándose consigo las alabanzas. Nuestras
capas se agitan a nuestro alrededor como las sombras de
nuestro rey, tratando de arrastrarnos con él. Las
antorchas se apagan, dejándonos en la oscuridad.
Capítulo 1
Lakelyn
La música cristiana se filtra a través de la puerta
mientras juego con la llave. Puedo oír a mamá cantando
y sé que faltan unos cuarenta segundos para que llegue
tarde. El miedo empieza a apoderarse de mi corazón y
me empiezan a sudar las manos.
—No, no, no —murmuro mientras mi única llave se
desliza entre mis dedos. Mis ojos recorren el umbral de
cemento roto, buscando el pequeño objeto. No es que
tenga varias llaves. Es solo una. Una sola llave para la
casa, y ahora estoy luchando por encontrarla.
Treinta segundos.
Veinte segundos.
Mi corazón se acelera y el nudo en mi garganta se hace
cada vez más grande hasta que no puedo respirar. Cierro
los ojos, respiro profundamente y me recuerdo a mí
misma que debo calmarme. Como si eso alguna vez
funcionara.
Abro los ojos y el sol brilla y refleja la llave. ¡Sí! Casi doy
un salto de alegría, pero no tengo tiempo para eso. Me
agacho, recojo la llave y la meto en el pomo de la puerta.
Entro con cuidado y cierro la puerta detrás de mí a
medida que mis ojos escudriñan la pequeña sala de estar.
El sillón reclinable vacío de papá me dice que está en su
oficina. No sé si está de buen humor o de uno de los
malos. Puedo escuchar a mamá en la cocina cantando
mientras las ollas y sartenes resuenan en el pequeño
espacio.
—¿Dónde estabas?
Salto al oír la voz y me doy vuelta. Mi hermana pequeña
está parada allí, en el pasillo oscuro, mirándome.
—La biblioteca —susurro. Me sudan las manos mientras
aliso mi vestido azul pálido. Lilianna y yo no podríamos
ser más diferentes. Mientras que yo tengo el pelo largo y
ondulado de color rojo, más pecas que piel clara y ojos
verdes, ella se parece más a nuestra madre: pelo negro
azabache y ojos marrones. Es diez meses más joven que
yo y, aunque tenía la esperanza de que creciéramos
juntas como mejores amigas, ya que ella no era mucho
más joven que yo, nunca sucedió. Ella me odia.
—Mentirosa —dice con una sonrisa burlona. Lilianna
baja la mirada hacia mis zapatillas blancas y luego sube
hasta mis ojos—. Si estabas en la biblioteca, ¿dónde está
tu mochila?
Mis ojos se abren de par en par. ¿Cómo pude olvidarlo?
Tiemblo, buscando algo que decir, pero no puedo pensar
con claridad. No puedo creer que lo haya olvidado. He
sido cuidadosa, he sido buena y ahora todo se irá al
desagüe porque olvidé mi mochila. Ella no puede
enterarse. Lilianna definitivamente se lo dirá a nuestros
padres y se quedaría sentada al margen mientras mamá
me grita y papá me pega.
—¿Chicas? —nos llama mamá.
—Ahora te toca a ti —se burla Lilianna. Veo a mi
hermana darse la vuelta y alejarse como si supiera mi
secreto. No puede saberlo.
Lilianna es la típica hermana. Es malvada y odio usar esa
palabra. Soy una buena chica y no debería pensar mal de
la gente. Pero no puedo evitarlo, no cuando ella hace
cosas a propósito para meterme en problemas. Hace dos
semanas, entró en la oficina de papá, fisgoneando quién
sabe qué. Intenté que parara, pero nadie puede impedir
que Lilianna haga lo que quiere hacer. Me echó la culpa y
yo fui la que recibió un sermón sobre el bien y el mal. Yo
fui la que tuvo que rezarle a Dios para que me
perdonara, aunque no era eso por lo que necesitaba ser
perdonada. Todo mientras papá me golpeaba seis veces
con su cinturón. Mamá estaba en la tienda, aunque no es
que fuera a ayudar.
Respiro profundamente, con las manos temblorosas
mientras vuelvo a alisarme el vestido, y me dirijo a la
cocina siguiendo la llamada de mamá. El papel pintado
de color amarillo pálido se despega del techo, hay
pequeñas grietas en el suelo de baldosas y el aroma de la
comida de mamá llega a mi nariz. Hígado. La bilis sube
por mi garganta mientras tengo arcadas en silencio. No
importa cuántas veces les diga que no me gusta el hígado
y les ruegue que me dejen pasar hambre durante la
noche, siempre soy obligada a comer el trozo más
grande.
Aprendí la lección la primera noche: callarme y comer lo
que hay en mi plato.
—Lakely, pon la mesa —me ordena mamá cuando entro
en la cocina. Miro a Lilianna, que pone cuatro vasos.
Abro el armario, bajo nuestros platos, cubiertos y
servilletas para poner la mesa.
—Mamá, quiero hablar contigo y con papá sobre algo —
la voz aguda de Lilianna resuena en la cocina.
—Oh, ¿qué es, querida? —pregunta mamá—. ¡Lakelyn,
vamos, la cena está lista! —Da una palmada, lo que me
hace estremecer. Me doy una patada en el trasero y me
apresuro a poner la mesa como les gusta.
—Se estrenará una nueva película en los cines y las
chicas están hablando de ir.
Pongo los ojos en blanco y giro el plato cuarenta y cinco
grados para que el colibrí quede de cara al reloj de la
pared. Hay una larga lista de cosas que nuestros padres
no permiten en esta casa: nada de chicos, nada de
alcohol, nada de drogas y nada de películas. Aunque ir al
cine a ver películas, figure en esa lista sea extraño, no lo
cuestiono. Así que, si Lilianna cree que la dejarán ir al
cine con sus amigas, eso no sucederá.
—Estoy segura de que tu padre y yo podemos discutirlo.
Giro la cabeza y me quedo boquiabierta. Los
extraterrestres se han apoderado de su cuerpo. Esa es la
única explicación. Mamá la habría callado antes de que
Lilianna pudiera terminar esa pregunta. Son estrictos y,
aunque conmigo es peor, la mayoría de las mismas reglas
se aplican a ella.
—Lakelyn, cierra la boca antes de que entre el diablo —
sisea mamá.
Cierro la boca de golpe y aprieto los puños contra mis
costados. Respira, uno, dos, tres, respira.
—Lilianna, ve a buscar a tu padre —dice mamá,
sonriendo hacia su hija favorita. Lilianna deja los vasos
en la encimera y me sonríe mientras cruza la cocina.
—¡No te quedes ahí parada! —La voz de mamá se
quiebra con fastidio.
Agarro los vasos sin decir nada. De todos modos, no
importaría si lo hiciera. Los coloco sobre la mesa y
agarro una cerveza Brita para Lilianna y para mí, papá
toma whisky y a mamá le gusta el vino tinto.
Contengo la respiración, tomo el plato de hígado y lo
coloco en el centro de la mesa. Me quedo a un lado,
esperando que papá y Lilianna regresen.
Afortunadamente, no pasa mucho tiempo antes de que
papá entre en la cocina.
—Hmmm, huele bien —dice con un tono un poco
demasiado alegre. Me muerdo el interior de la mejilla
para obligarme a tragar la bilis—. Vamos a comer.
Nos sentamos uno por uno. Papá se sirve primero,
mamá, Lilianna y yo al final. Dejaron el trozo más grande
de hígado para mí, como hacen una vez a la semana
cuando mamá lo prepara. Mi mano se cierra alrededor de
la cuchara para servir, odiando el momento en que la
coloco en mi plato.
—Lakelyn, ¿qué te parece si rezas unas oraciones esta
noche? —anuncia papá.
Inclino la cabeza y junto las manos. —Nuestro amado
rey, gracias por esta comida que estamos a punto de
comer. Te pedimos que otorgues tu protección a esta
cena y que sigas guiando a nuestra familia por tu camino.
En el nombre de tu discípulo, el Maestro Simon, amén.
Repito la misma oración que digo todas las noches.
—Amén—, murmuran los demás alrededor de la mesa.
—¿Cómo estuvo la escuela hoy, chicas? —pregunta papá
mientras corta su comida. Mantengo la mirada fija en mi
plato, mientras el hígado se burla de mí.
—Fue maravilloso. Recibí mi ensayo. ¿Adivina qué? ¡Ni
siquiera puedo creerlo, obtuve una A+! —Lilianna se ríe
entre dientes y escucho el roce de sus dientes contra el
tenedor. Mi ojo tiembla y mis dedos se aprietan..
—Es una noticia increíble. Sabía que lo lograrías—, la
elogia su madre. Si supieran lo que realmente está
haciendo su hija, no estarían tan orgullosos de ella.
—¿Y tú, Lakelyn? Tu madre me dijo que tenías un grupo
de estudio con algunas chicas en la biblioteca. —Siento
que sus ojos se posan en mí, taladrándome el cráneo y la
mente. Está sacando la mentira de mí. El sudor me cubre
la frente y siento un nudo en la garganta, cerrándose
alrededor de la tráquea.
—Estuvo bien —murmuro. Aunque no me apetece
mucho este hígado, me obligo a comer un bocado para
no tener que decir nada más.
—¿Qué tuviste que estudiar?
Apenas mastico la comida, trago el hígado amargo. El
sabor es casi como el de una moneda sucia que explota
en mi lengua y se desliza por mi garganta. Me estiro por
encima de la mesa para agarrar el agua y tratar de
ahogar el sabor. Tengo la boca más seca que el desierto y
siento la comida atascada en la garganta.
—Fueron matemáticas, ¿no? —pregunta Lilianna. La
miro con el ceño fruncido. ¿Qué está intentando hacer?
—Sí, claro —mi voz suena apagada e insegura. Dejo el
vaso en la mesa, incapaz de verles a los ojos.
—¿En serio? Creí que tu madre había dicho que era
inglés.
Miro de reojo a mamá antes de parpadear para mirar a
Lilianna. Su labio se curva en una sonrisa burlona antes
de tomar otro bocado de su comida. Chasquea los labios
mientras mastica.
—Tienes razón, lo olvidé. —Me muerdo el labio inferior.
Deja de asustarte.
Papá gruñe, pero no comenta nada sobre el hecho de que
yo “me haya olvidado”. No cree que alguien pueda
olvidar algo tan simple. Afortunadamente, el resto de la
cena transcurre sin problemas, incluso cuando tengo
arcadas una docena de veces para poder tragar la
comida. Lilianna mantiene la conversación centrada en
ella, como siempre, y esta podría ser la primera vez que
me siento completamente bien con eso.
En el último bocado siento náuseas y siento un
hormigueo en los dedos por la necesidad de dejarlo salir
hasta la garganta. Me obligo a guardar el último sorbo de
agua hasta que mi plato esté vacío, antes de beber el
resto.
—Gracias por la cena, mamá —dice Lilianna,
inclinándose y besando la mejilla de mamá.
—Gracias por la cena —digo sin pensar.
—Las dos pueden retirarse ahora —dice papá.
Lilianna y yo nos levantamos de la mesa. Ella se dirige a
su habitación mientras yo corro hacia el baño que está al
final del pasillo. Abro la puerta de golpe y la cierro
silenciosamente detrás de mí, con la esperanza de no
alertar a nadie, y me arrodillo frente al inodoro. Los
azulejos de color azul pálido del baño se me clavan en las
rodillas y las espinillas, lo que hace que me aparezcan
marcas. Levanto la tapa del inodoro, encorvo el torso
sobre la taza y hundo el dedo. Me lo meto en la garganta
y me golpea en la parte posterior, rebotando en la úvula,
haciéndome tener arcadas sin que salga nada. Lo hago de
nuevo, llegando más abajo, apenas logrando volver a
subir antes de que el vómito se derrame en la taza del
inodoro. El sabor a hígado y el ácido que cubre mi lengua
me hacen sentir más náuseas que antes. Vomito de
nuevo, cubriendo la taza con un color marrón
desagradable, con trozos de hígado parcialmente
masticado flotando en la superficie.
Una vez que he vaciado todo mi estómago y lo único que
sale es el ácido estomacal, me estiro y descargo el
inodoro. Me toma varias veces antes de que el inodoro
vuelva a estar reluciente. Temblando, me pongo de pie,
me dirijo al lavabo para agarrar mi cepillo y pasta de
dientes. Lleno el cepillo con la pasta de menta y me lo
meto en la boca, cepillando agresivamente para quitar el
sabor a hígado y vómito. Tomo medidas adicionales
como usar enjuague bucal y un irrigador bucal,
asegurándome de que no quede ningún rastro de lo que
hago.
Respiro profundamente para recomponerme, abro la
puerta del baño y vuelvo a la cocina. Recojo los platos de
la mesa y los llevo al fregadero. Agarro la esponja y el
jabón para platos y empiezo con mis tareas de la noche.
*****
Es tarde en la noche cuando termino mis tareas. Estoy
exhausta y lista para irme a la cama. Apago la luz de la
cocina y me doy vuelta justo para chocar con Lilianna.
—Te escuché —dice ella, apoyándose contra la pared.
—No estoy segura de lo que quieres decir. —Intento
rodearla, pero Lilianna se interpone en mi camino.
—Sabes exactamente a qué me refiero —sisea ella,
cruzando los brazos sobre el pecho.
—Lo diré otra vez. No sé de qué estás hablando —
miento. Intenté ser lo más silenciosa posible, pero no hay
forma de estar completamente callada mientras vomitas.
—Crees que eres una chica muy buena, pero no engañas
a nadie —se burla Lilianna, sonriéndome.
Me muerdo la mejilla interior, negándome a dejarla
entrar en mi cabeza. A Lilianna le gusta jugar. Es
malvada y francamente cruel.
—Por favor, muévete. Quiero irme a la cama —murmuro
entre dientes.
—Tarde o temprano lo descubrirán —continúa
provocándome Lilianna—. Sólo recuérdalo.
Los ojos de Lilianna recorren mi cuerpo con la mirada, lo
que me hace moverme. No me gusta que me mire y no
me gusta que piense que sabe más que yo.
Ella se aparta lentamente y me permite salir de la cocina.
Mis manos permanecen cerradas en puños a mis
costados y siento la necesidad de vomitar nuevamente
mientras mi cerebro me engaña y me hace creer que el
hígado está atascado en mi garganta.
—Ah, por cierto, papá y mamá quieren verte en su
oficina —se ríe y se da vuelta hacia la cocina.
Cierro los ojos y me clavo las uñas en las palmas de las
manos. Está bien, solo respira. Pero eso no hace nada
para calmar los nervios que se hunden en mi piel.
Parpadeo y abro los ojos, mirando hacia la puerta. Corre.
No es la primera vez que pienso en escapar. ¿Adónde
iría? No tengo amigos, no tengo otra familia, no hay
nadie. Estoy sola en este mundo. Claro que está Travis,
pero es algo demasiado nuevo.
Inhalo profundamente y mis pies me llevan hacia la
oficina de papá. Su puerta está cerrada y puedo escuchar
voces silenciosas adentro. Mis manos tiemblan cuando
las levanto y golpeo la madera con mis nudillos. Sus
voces se detienen inmediatamente antes de que escuche
a papá decir: —Pasa.
Giro el pomo de la puerta y la empujo para abrirla. Papá
está sentado en su escritorio mientras mamá se queda a
un lado.
—Siéntate, niña —dice papá, señalando la silla frente al
escritorio.
Me muerdo el labio inferior y cierro la puerta detrás de
mí antes de sentarme rígidamente en la silla.
—Tu madre y yo lo hemos estado discutiendo y nos
gustaría hacer algo especial para tu cumpleaños—,
anuncia papá.
Mis ojos se abren de par en par, confundida y
sorprendida de que eso fuera de lo que quería hablar.
Pensé que comentaría que me había olvidado para qué
clase se suponía que debía estar estudiando.
—Cumples dieciocho años. Es un gran hito—, dice
mientras se recuesta en su silla.
Asiento con la cabeza, sin saber qué decir.
—La iglesia está eligiendo a seis chicas para que vayan
de campamento este fin de semana, y creemos que tú
deberías ir por tu cumpleaños—. Papá no pestañea
mientras habla. Miro a mamá y papá, sin creer una sola
palabra de lo que está hablando. Lo que está diciendo no
puede ser verdad, ¿o sí? Toda nuestra vida ha
transcurrido entre la escuela y la iglesia. No hay forma
de que esto no sea una broma.
—Cariño, di algo —dice mamá con irritación irradiando
de su voz.
—Eso… eso suena maravilloso —mi voz tiembla.
—Es maravilloso. Te irás mañana después de la escuela.
—Papá me sonríe.
—¿Por qué yo? —digo de golpe. Sé que odian que los
cuestionen, pero no tiene sentido que de repente me
aflojen la soga.
—¡No cuestionarás a tu padre! —susurra mamá,
mirándome con los ojos entrecerrados.
—Sí, señora —murmuro, tragándome el nudo que tengo
en la garganta.
—Está bien, querida. —Papá no se molesta en mirar a su
esposa—. La iglesia ha decidido que eres la persona
perfecta para esta… aventura.
Se me pone la piel de gallina y se me tensa la columna. La
forma en que dice "aventura" hace que parezca cualquier
cosa menos divertida, pero no lo cuestiono de nuevo.
Mamá me mira con enojo, desafiándome a hacer
cualquier cosa menos estar de acuerdo.
—Lo espero con ansias. —Las palabras salen de mi boca,
aunque no estoy segura de si debería estar esperándolo
con ansias.
—Entonces, está decidido. Mañana, después de la
escuela, tú y las otras cinco chicas se irán de
campamento —dice papá, levantándose de su silla—. Es
hora de dormir.
—Sí, señor —digo sin pensar.
Me levanto de la silla y salgo de su oficina, cerrando la
puerta detrás de mí. Lilianna está parada en la puerta de
su dormitorio, mirándome con una ceja levantada.
Parece que ella tampoco tiene idea de lo que querían
hablar conmigo. No puedo evitar que eso también me
parezca extraño. Lilianna y mamá son como dos gotas de
agua. Anhelaba esa sensación, saber cómo era tener una
padres cariñosos. Pero yo siempre fui la marginada.
Mamá buscaba razones para gritarme y castigarme. Papá
no me prestaba atención hasta que hacía algo que no
aprobaba y me pegaba por ello.
Llego a mi habitación y cierro la puerta antes de soltar
mi primera respiración completa desde que llegué a casa
temprano. Mi pequeña habitación puede que no sea gran
cosa, solo una cama individual en la esquina, con ropa de
cama de color amarillo brillante,un escritorio frente a mi
cama tiene un pequeño recipiente con bolígrafos y
detrás de la puerta hay una cómoda con el despertador
encima. Pero es mi espacio seguro, el único lugar donde
puedo respirar libremente.
No me preocupo por la luz. Me quito el vestido, saco el
pijama y me visto. Me meto bajo las sábanas y me tumbo
de lado, dejando entrar la luz de la luna por la ventana.
No pasa mucho tiempo antes de que mis párpados se
vuelvan pesados, hundiéndome en un sueño inquieto.
Capítulo 2
Maestro Simon
—¡Alabemos al rey! ¡Bendito sea! —Los cánticos
melódicos se arremolinan en el aire espeso y brumoso,
envolviéndome como una manta reconfortante. Las
figuras encapuchadas nos rodean en la oscuridad del
bosque, acercándose cada vez más a nosotros dentro del
círculo. Mi pequeña mano se extiende para tirar de la
manga de mi padre mientras mis ojos recorren el círculo.
Los rostros de todos están ocultos dentro de sus capuchas
negras. Mi padre me mira con una pequeña sonrisa
mientras me acerca al lecho de heno en el medio del
círculo.
—Hijo, lo que estamos haciendo hoy es de suma
importancia. Tenemos un pecador en medio de nosotros.
Alguien en quien deberíamos haber podido confiar, nos ha
engañado. ¿Puedes ser fuerte para mí esta noche y ayudar
a guiar a los discípulos al camino de la salvación? —
pregunta mi padre. Nunca había escuchado la voz de mi
padre así, enojada pero triste. Me da la vuelta para que
quede de cara al lado opuesto del círculo mientras se para
detrás de mí con sus manos sobre mis hombros. Me
sostiene firmemente en mi lugar.
Los cánticos continúan hasta que son tan fuertes que me
empiezan a doler los oídos. Me los tapo con las manos
para aliviar el dolor, pero mi padre me las agarra y me
obliga a bajarlas a los costados, lo que me hace
estremecer. El círculo se abre y dos figuras encapuchadas
arrastran a una mujer que solloza. Tiene barro pegado a
los pies, que le sube por las piernas como enredaderas. Su
ropa está rota en algunos puntos y pegada al cuerpo con
sudor y sangre. La sangre le corre por la cara en pequeños
riachuelos. Su cabello está enmarañado en la cabeza como
si no se lo hubiera lavado en semanas. La mujer lucha por
escapar de las figuras encapuchadas, retrocediendo tanto
como su pequeño y frágil cuerpo le permite.
—Por favor, no. ¡Juro que no quise decir eso! ¡No puedes
hacerme esto! —grita la mujer, con la voz entrecortada
por las lágrimas. Me mira y sus ojos brillan al
reconocerme, lo que la hace sollozar aún más fuerte—. ¡N-
no, por favor, no delante de él! Colin, por favor, ¡no puedes
hacerme esto a mí, a él! —Se arroja a nuestros pies sobre
el lecho de heno, se pone de rodillas con dificultad y
agarra mis manos con las suyas sucias—. Atti, cariño, por
favor dile a tu padre lo buena que he sido. —Mi madre me
ruega que la ayude a salir del agujero que se ha creado.
Me mira con dolor nadando en sus ojos mientras dejo caer
sus manos y doy un paso detrás de mi padre. Dejándola allí
para que se ocupe de las consecuencias. Sus gemidos de
dolor llegan a mis oídos y mi estómago se revuelve con
náuseas.
—Martha, sabías lo que estabas haciendo antes de
hacerlo. Sabías que estabas rompiendo nuestros votos
sagrados. No separarás a los hijos de sus padres. No
mancharás el lecho matrimonial con pecados sexuales. —
La ira en la voz de mi padre me hace temer por mi madre.
Sé que, de alguna manera, ella estaba tratando de hacer lo
mejor para mí, pero no es así como al rey le gusta que se
hagan las cosas. Cuando se coló en mi habitación a altas
horas de la noche, supe que tramaba algo malo. No podía
permitir que traicionara a mi padre llevándome lejos de
allí de esa manera. Grité y grité a todo pulmón hasta que
los guardias vinieron a salvarme de los pecados de mi
madre.
—Colin, ¡solo estaba haciendo lo mejor para nuestro hijo!
No debería tener que crecer en esta vida, ¡y tú lo sabes!
Solías pensar de la misma manera hasta que te obligaron
a convertirte en el maestro. Atti merece una vida mejor,
Colin. —Su súplica me entristece el corazón y mis ojos se
llenan de lágrimas. Me aferro a la capa de mi padre y miro
a su alrededor, observando a mi madre mientras suplica
por su vida. Ella capta mi mirada y frunce el ceño
mientras las lágrimas caen en cascada por sus mejillas
sucias—. Atti, cariño, no mires, ¿de acuerdo? Sé un buen
chico para mami. Cúbrete los oídos y mira hacia otro lado.
Solo esta última vez, por favor, escúchame .—Siento que
mi corazón se me va a salir del pecho y tengo las mejillas
mojadas por las lágrimas. Asiento con la cabeza, me tapo
los oídos y cierro los ojos.
Incluso con la presión de mis manos sobre mis oídos,
todavía puedo escuchar los agudos gritos de mi madre
mientras mi padre la sacrifica a nuestro rey, borrando sus
pecados. Allanando un camino hacia la justicia para
nosotros. Cuando vuelve a haber silencio, abro los ojos y
mi padre está agachado frente a mí, quitando mis
pequeñas manos de mis oídos. —Lo hiciste muy bien,
Atticus. Un día, continuarás guiando a los discípulos por el
camino de la justicia tal como lo he hecho yo.
Me despierto de golpe de mi pesadilla recurrente. El
sudor cubre mi cuerpo y mi aliento entra y sale de mis
pulmones. Me paso las manos por la cara y me miro a los
ojos en el espejo del techo, sobre mi cama. Están
inyectados en sangre, me veo demacrado por las
constantes pesadillas y los sacrificios que estoy
haciendo. Las bolsas debajo de mis ojos son de un
morado oscuro y están tan hundidas que ahora casi
parezco un cadáver. Nunca quise nada de esto. Respiro
profundamente. Suspiro, me incorporo y balanceo las
piernas sobre el borde de la cama. Coloco las manos
sobre las rodillas, inclino la cabeza entre ellas, cierro los
ojos y me concentro en mi respiración. Mi corazón
acelerado hace que mi cabeza palpite y trata de llevarme
de vuelta a los recuerdos que tanto intento evitar.
Mi teléfono suena en la mesilla de noche a mi lado, casi
cayéndose del soporte al vibrar. Lo agarro y pulso
aceptar la llamada. —¿Y ahora qué? —gruño por el
altavoz, me levanto y agarro mi bata de seda negra de la
silla al otro lado de mi cama—. ¿Y bien? Será mejor que
sea jodidamente bueno si me estás molestando a las seis
de la mañana. —Mirando hacia la pared de ventanas al
otro lado de la habitación, echo un vistazo hacia el denso
bosque que tengo frente a mí.
—Maestro, siento molestarlo tan temprano en la
mañana. Acabamos de recibir la noticia de que el
sacrificio ha sido confirmado. Estarán en la capilla del
rey en dos días. —La voz entrecortada del discípulo me
irrita, pero la noticia que trae me irrita aún más. Uno
pensaría que estaría feliz, pero el acto de matar
simplemente no parece satisfacerme más. Lo hago
porque tengo que hacerlo, no porque quiera. Escuchar
sus gritos es más difícil en estos días. Prefiero escuchar
los dulces gritos de placer que los de dolor. Sin embargo,
nunca los he oído en la vida real, excepto en las viejas
películas que encontré en el armario de mi padre. Ni
siquiera le agradezco al discípulo antes de colgar el
teléfono. No hay necesidad de hacerlo. Él sabe lo que
sucederá a continuación. Es el mismo ritual cada vez. Tal
vez por eso ya no me satisface.
Me apresuro a llamar al discípulo que se encarga del
sacrificio. Responde al primer timbre. Típico. No le doy la
oportunidad de hablar antes de soltar: —Asegúrate de
que no se den cuenta de lo que está pasando. Quiero que
las dejen a dos millas del lugar junto con las otras.
Quiero cazarlas. —Oigo el jadeo del otro lado de la línea
cuando menciono la caza—. No cuestiones a tu Maestro,
discípulo. ¡Haz lo que te pido!
Termino la llamada, arrojando mi teléfono sobre la cama
mientras una sonrisa de anticipación vertiginosa se
extiende por mi rostro.
Capítulo 3
Lakelyn
Contengo la respiración mientras llego a la esquina,
balanceo la cabeza de izquierda a derecha antes de
correr hacia el parque. Travis está allí, con las manos
cruzadas sobre el pecho. Frunzo el ceño cuando me
detengo frente a él.
—Hola —digo con voz ronca, respirando con dificultad
sólo por ese pequeño ejercicio.
—Hola —dice Travis mientras mira hacia atrás. Miro a
mi alrededor y se me cae el alma a los pies al pensar que
hay alguien que conozco, pero no veo nada.
—Recibí tu mensaje —dice finalmente, mientras me
muestra mi mochila de ayer. Se la arrebato y paso el
brazo por el asa. Me doy vuelta y lo miro fijamente
mientras asiento.
—Sí —suspiro—. Eh, mis padres me van a enviar a un
retiro, a un campamento, es... este fin de semana.
—¿Qué? —me espeta, mirándome con el ceño fruncido
como si yo hubiera tenido alguna opción. Pero la
cuestión es que no la tuve. Tengo que hacer todo lo que
me dicen mis padres o sufriré las consecuencias. Y eso es
algo que nunca disfruto hacer.
—Sí, me están enviando a mí y a algunas chicas de…
bueno, no estoy segura de dónde son las chicas, no…
Papá nunca me dijo…
—Deja de divagar y ve directo al grano—, susurra.
Aprieto los labios y me trago el nudo que tengo en la
garganta. Travis tiene un temperamento que intento
evitar. Odia que divague, que los pensamientos se me
queden atascados en la cabeza y no pueda encontrar lo
que decir.
—Lo siento —murmuro.
—No me importa que lo sientas, sólo dime a dónde vas
—pregunta, agarrando mi mano.
Lo sigo sin pensar.
—No estoy segura. Simplemente dijeron que iba a hacer
este viaje. Dijeron que estaba alcanzando un hito.
Travis no se molesta en decir nada mientras sigue
arrastrándome hacia el parque, donde se encuentra la
zona boscosa. Miro hacia atrás, sin estar segura de por
qué sintió la necesidad de arrastrarme hasta aquí, pero
no lo cuestiono. No quiero enojarlo.
Una vez que pasamos entre los árboles, Travis me da
vuelta hasta que mi espalda choca contra un árbol y la
corteza se clava en mi omóplato.
—¿Qué hito? —pregunta.
Por alguna razón, no puedo mirarlo mientras susurro: —
Mi cumpleaños... mi decimoctavo cumpleaños.
Nunca le mentí sobre mi edad. Si bien sé que está mal
jugar con un chico, también sé que está mal que sea
cuatro años mayor que yo. Pero eso no importa, no para
mí. Quiero sentirme normal, y ver a Travis es lo más
normal posible.
—Oh —murmura, mirando a lo lejos otra vez—. Casi me
olvido de tu gran día.
Quiero decirle que no hay nada especial en mi
cumpleaños. Solo tengo que terminar este último tramo
de la escuela secundaria antes de poder irme de casa.
Quiero dejar atrás esta ciudad y no volver a pensar en
ella nunca más.
—Estoy triste porque no voy a pasarlo contigo—, dice
con enfado. Inclino la cabeza hacia un lado, confundida
sobre por qué estaría molesto por esto. Nunca me
preguntó sobre mi cumpleaños ni me dijo que quería que
lo pasemos juntos.
—¿Podemos celebrarlo el próximo fin de semana? Estoy
segura de que puedo decirles que tengo que ponerme al
día con algún trabajo, ya que estaré fuera. —Me encojo
de hombros. Dudo que me crean, pero al menos puedo
intentarlo.
—Tampoco estoy seguro de que eso funcione—, dice
Travis, inclinándose hacia delante.
Lo miro con el ceño fruncido y abro la boca para
preguntarle qué quiere decir, pero Travis se acerca
corriendo y golpea sus labios contra los míos. Inhalo
profundamente, confundida sobre lo que está haciendo.
Abro los ojos de par en par, con miedo de moverme.
—Bésame de vuelta —gruñe contra mis labios.
Debería querer besarlo, pero algo dentro de mí se niega
a dejar que mis labios se muevan. Estoy congelada
contra él, rogando a mi cuerpo que se mueva, que haga
cualquier cosa. Pero no puedo.
—¡Joder! ¿Qué te pasa? —grita Travis. Se aparta y me
agarra del hombro para empujarme con más fuerza
contra el árbol.
Mi cuerpo tiembla mientras el miedo se hunde en mi
columna, dándome cuenta de que nunca debería haberlo
seguido hasta aquí.
—Te hice una maldita pregunta, Lakelyn.
Sacudo la cabeza, incapaz de hablar. Incluso si mi vida
dependiera de ello, como parece que podría ser.
—¿Qué, crees que eres demasiado buena para besarme?
¿Es eso?
Niego de nuevo con la cabeza. No creo que sea
demasiado buena. No puedo explicar por qué no puedo
moverme. Me gusta Travis, de verdad, pero algo en lo
más profundo de mi corazón me dice que está
equivocado, que esto está mal.
Estoy demasiado absorta en mi cabeza para darme
cuenta de lo que está pasando hasta que escucho el eco
del golpe en el bosque y siento el escozor irradiando a
través de mi mejilla. Papá es el único hombre que me ha
golpeado, y aunque sé que está mal, me sorprende que
Travis me haya golpeado.
Mis ojos se abren de par en par mientras las lágrimas
amenazan con caer cuando miro a Travis. No estoy
segura de por qué esperaba que se sorprendiera por sus
acciones, o al menos que se arrepintiera. Pero él
simplemente se queda allí, furioso y respirando con
dificultad. Su cabello rubio se mueve con el viento, sus
cejas se juntan y su complexión musculosa de repente ya
no me parece atractiva.
—No vales nada —escupe. Me muerdo la lengua para no
llorar. No voy a dejar que me vea derrumbarme, igual
que no voy a dejar que mi familia lo haga. Pero sus
palabras calan hondo, recordándome que no soy nada.
Vivo a la sombra de mi hermana menor y mis padres me
odian, no es que no los culpe. Pero ahora, escuchar esas
palabras de alguien a quien pensé que le gustaba me
duele más de lo que quiero admitir.
—No vales la pena —repite, burlándose mientras camina
alrededor del árbol hacia el parque.
Exhalo el aire que he estado conteniendo y me trago el
miedo. Me alejo del árbol y lo miro cruzar el parque con
piernas temblorosas antes de subir a su auto. Espero
hasta que se aleja antes de permitir finalmente que caiga
la primera lágrima.
No valgo nada.
*****
Cuando llego a casa, siento que se me forma un moretón
en la mejilla. Sé que no hay forma de evitar mirar a mis
padres a la cara, especialmente porque estoy a punto de
quedarme atrapada en un auto con ellos.
Subo la escalera de cemento rota hasta la puerta
principal, saco la llave antes de introducirla en la
cerradura. Abro la puerta de un empujón, casi esperando
que Lilianna esté allí de pie, lista para saltar, pero la sala
de estar está vacía. Tan silenciosamente como puedo,
cierro la puerta y la bloqueo. No escucho música en la
cocina como suele haber y, al echar un vistazo al
pequeño pasillo, veo abierta la puerta de la oficina de
papá.
—¿Hola? —grito, pero nadie responde, lo cual es
extraño. Uno de ellos, si no los dos, siempre está en casa.
Mamá y papá creen que nunca deberíamos quedarnos
solas, así que ¿adónde habrán ido?
Mordiéndome la mejilla, camino de puntillas hacia mi
habitación. Las puertas deben permanecer abiertas a
menos que estemos durmiendo, así que entro
directamente a mi habitación y miro a mi alrededor.
Todo parece estar en su lugar. No es que sea la primera
vez que los tres revisan mi habitación. Nunca supe qué
buscaban y nunca pregunté. Es mejor no preguntar.
Dejo mi mochila junto a mi escritorio antes de empezar a
sacar algunos vestidos. No estoy segura de cómo espera
papá que acampe dado que nunca lo he hecho. Y no cree
que las mujeres deban usar pantalones, así que no tengo
ninguno.
Sacudo la cabeza y respiro profundamente mientras saco
mi ropa interior y acomodo mi bolso. Cruzo el pasillo y
tomo mi cepillo de dientes, mi cepillo para el cabello y un
poco de pasta de dientes. Cuando termino de empacar, el
sonido de la puerta principal al abrirse llega a mis oídos
mientras cierro la cremallera de mi bolso.
—¡Lakelyn!—, grita papá.
Aprieto los labios, agarro la bolsa y salgo al pasillo. Llego
al final del pasillo y encuentro a papá de pie en la puerta
principal, observándome.
—Las chicas están esperando, vamos. —Me hace un
gesto para que me mueva.
Doy un paso adelante, manteniendo la cabeza gacha. No
mires. No te hagas notar, haz...
—¿Qué es esto? —susurra, agarrándome la barbilla.
Papá me obliga a mirarlo y sé que no lo pregunta con
cariño. No lo hace porque es mi padre y quiere
protegerme.
—Me tropecé—, miento. Soy una pecadora.
—Lakelyn —dice papá, levantando una de sus cejas
canosas.
—Lo hice. Estaba tan emocionada por este viaje que no
presté atención a los escalones. Salí y… y me tropecé.
Intenté estirarme, pero mis brazos quedaron atrapados
con mi mochila. Lo siento, sé que es una...
—No me estarás mintiendo, ¿verdad? —pregunta,
quitando su mano de mi cara.
—No, señor —miento otra vez.
—Está bien. —No estoy segura de sí me cree o no, pero
deja el tema—. Las chicas y tu madre están esperando.
Vámonos —dice, extendiendo una mano para que
camine delante de él.
Bajo la cabeza avergonzada. Soy una mentirosa. He
pecado y ahora me van a castigar. Pero lo merezco. No
valgo nada, como dijo Travis. Le mentí a mi padre sobre
lo que pasó.
Soy una pecadora.
Capítulo 4
Lakelyn
Mi espalda golpea contra la pared mientras veo figuras
oscuras entrar en nuestra casa. Contengo la respiración,
rezando para que papá o mamá no me vean escondida en
las sombras. Sé que se supone que debería estar
durmiendo en mi habitación, pero me dio sed y antes de
llegar a la cocina, escuché ruidos. No pude evitarlo, tenía
que ver quién llegaba tan tarde a nuestra casa.
—Bienvenidos, bienvenidos—, presume papá. Nunca lo
había oído tan feliz, ni siquiera cuando mamá le prepara
su plato favorito.
Oí a algunos de ellos murmurar en voz baja, pero no pude
entender lo que decían. Nunca había visto a esta gente
aquí antes; mis padres no tienen muchos amigos. Ninguno
con el que hablen de todos modos. Siempre estamos solos
ellos, Lilianna y yo. —Las niñas están dormidas y Debbie
está haciendo café y un poco de té para los demás—, dice
papá, extendiendo una mano para que lo sigan hasta su
oficina en la parte trasera de la casa.
No se nos permite entrar a la oficina de papá, a menos que
él nos llame, y eso solo sucede cuando estamos en
problemas. Una vez intenté colarme en la oficina de papá,
y mamá apenas logró evitar que papá me golpeara hasta
la muerte con un cinturón. No estoy segura de por qué lo
detuvo cuando siempre está enojada conmigo.
Mi mirada se dirige a la última figura oscura que
desaparece en su oficina antes de que la puerta se cierre.
Respiro profundamente y apoyo la nuca contra la pared,
recordando que todavía tengo sed cuando mi cuerpo casi
entra en un ataque de tos.
Abro los ojos de golpe cuando oigo pasos que se acercan,
levanto la cabeza y la giro.
—¡Ah! —grito cuando me encuentro cara a cara, bueno,
cara a estómago, con una de las figuras oscuras. Levanto
la cabeza, esperando a que me diga algo, pero el hombre
se queda allí parado, con la mayor parte de su rostro
oculto en las profundidades de su capucha. Apenas puedo
distinguir sus ojos color avellana en la oscuridad.
Aprieto mis labios aterrorizada, pero también interesada
en quién es este hombre y por qué está aquí en nuestro
pasillo.
—Atticus, ¿has encontrado el baño? —grita papá desde su
oficina. Me quedo paralizada, incapaz de moverme y
hablar. Le va a decir a mi padre que estoy husmeando, lo
presiento.
Mis ojos se abren de par en par cuando él se inclina hasta
que está a la altura de mis ojos. Conteniendo la
respiración, espero que llegue el castigo.
—Las niñas no deberían salir después del anochecer—,
susurra.
Se me llenan los ojos de lágrimas y, dándome la vuelta,
corro hacia mi habitación, cerrando de un portazo antes
de saltar a la cama y meterme bajo las sábanas...
Me despierto de golpe cuando se cierra de golpe la
puerta de un coche. Abro los ojos rápido cuando las
chicas empiezan a salir de la furgoneta y yo me muevo a
toda prisa. Casi tropiezo con el asiento antes de salir y
mis pies aterrizan en el suelo.
—Aquí es —anuncia papá. Lo veo caminar hacia la parte
trasera de la camioneta y abrir el área de carga. Una por
una, las seis chicas recogemos nuestra pequeña bolsa de
lona.
Mi corazón se acelera mientras trato de despejar mi
cabeza del recuerdo del hombre encapuchado para
poder escuchar a papá hablar.
—El campamento está a unas dos millas al norte.
Miro a mi alrededor, preguntándome si alguna de las
otras chicas está tan confundida como yo. Pero cuando
ninguna de ellas pestañea, mi confusión se calma.
—Aquí hay una bolsa con alimentos no perecederos.
Volveremos el domingo a buscarlas, chicas. —Papá nos
mira antes de volver a subir a la camioneta y dejarnos
allí de pie. Fue tan rápido que apenas puedo procesar el
hecho de que mi padre me acaba de abandonar en medio
de la nada.
—¿Alguna de ustedes se conoce? —pregunta una de las
rubias de ojos verdes, mientras sus ojos escanean el área.
Niego con la cabeza al igual que el resto de las chicas.
—Está bien, soy Samantha—, dice una de las otras
rubias, cuya cola de caballo está recogida demasiado
apretada, estirándole los ojos.
—Alicia —dice la rubia bajita que había preguntado si
nos conocíamos.
—Lacey
—Emma —dice la chica morena mientras levanta la
mano.
—Ashley.
Me muerdo el labio inferior con timidez mientras todos
sus ojos se vuelven hacia mí. —Uh... Lakelyn—, murmuro
torpemente, desviando mi mirada con la esperanza de
que se centren en cualquier cosa que no sea yo.
—Bueno, ahora que ya nos sacamos eso de encima,
sigamos adelante. No quiero estar aquí afuera cuando
oscurezca—, dice Samantha.
Todas las chicas asienten, de acuerdo con ella. Mi mirada
se desplaza ansiosamente hacia la dirección en la que
papá y mamá se han ido. Corre. El pensamiento
inesperado pasa por mi mente. Aprieto los labios y me
doy cuenta de que es la primera vez, además de la
escuela preparatoria, que me dejan sola. Papá y mamá no
tendrán idea de adónde voy. Podría escaparme y
empezar una nueva vida. No he terminado la escuela
secundaria, pero puedo trabajar en un restaurante.
Cumpliré dieciocho años la medianoche de esta noche.
No tendrían idea de dónde buscarme. Podría ser libre.
—Lake, ¿vienes? —me llama Emma, creo que se llamaba
así. Giro la cabeza y veo que la mayoría de las chicas ya
han desaparecido en el bosque, mientras que yo me he
quedado aquí soñando con escapar. Me muerdo la lengua
para decirle que no me llame así, y echo un último
vistazo a la carretera antes de subirme la bolsa de lona al
hombro.
—Sí —susurro. Puede que sueñe con escaparme, pero no
hay forma de que pueda lograrlo sola. Me da miedo mi
propia sombra y, con el recuerdo de aquellas oscuras
figuras encapuchadas de hace catorce años todavía
fresco en mi mente, no quiero estar sola.
*****
En serio, necesito ser más activa. Cuando llegamos al
campamento, estoy sudando en zonas que no sabía que
eran posibles. Me estoy quedando sin aire y resoplo tan
fuerte que las otras chicas me miran con disgusto, no es
que las culpe. Mientras que yo estoy vestida como si
fuera a la iglesia, todas ellas se ven cómodas con jeans y
camisetas. ¿Dónde encontró papá a estas chicas? Había
dicho que la iglesia las estaba trayendo, pero ¿por qué no
están vestidas como yo? No podríamos ser más
diferentes entre nosotras.
—Juro que si no se calla, la obligaré a hacerlo —le
murmura Lacey a Samantha. Contengo la respiración,
intentando lo mejor que puedo evitar respirar tan fuerte,
pero es inútil. Me estoy muriendo.
Samatha levanta la vista y pone los ojos en blanco al ver
que la estoy observando. No pasó mucho tiempo antes
de que las cinco se dieran cuenta de que yo era el
eslabón más débil. Fui la última en empezar a dirigirme
al campamento y la última en llegar.
—Parece que vamos a tener que hacer grupos de tres en
las carpas, solo nos dieron dos—, dice Ashley
chasqueando la lengua, arrojándole una de las carpas a
Lacey.
—Samantha, puedes compartir conmigo —anuncia
Alicia. Y, como si fueran cerillas y paja, todas gritan sus
nombres.
—Emma —sigue rápidamente Samantha.
Lacey y Ashley me miraron como si hubiera orinado en
su cereal. Suelto un suspiro de dolor, tampoco estoy muy
contenta con la elección. Una por una, comenzamos
lentamente a armar nuestras carpas.
Sigo a Lacey sin pensar, incapaz de concentrarme en
unirme a ellas mientras se conocen mejor. Todo lo que
puedo pensar es en esos ojos color avellana y en ese
hombre con capucha oscura de mi sueño. Me persiguió
durante semanas después del incidente del pasillo, y
supuse que no le había contado a mi padre sobre eso, ya
que papá nunca me castigó.
—¿Por qué llevas vestido? —pregunta alguien,
sacándome de mis pensamientos. Me levanto y miro
hacia atrás para ver quién es. Samantha está allí de pie
con las manos en las caderas. Alicia levanta la vista desde
su tienda de campaña, observando, mientras Emma y
Ashley se quedan a un lado, espiando como si no
estuvieran escuchando a escondidas.
—Es todo lo que tengo —respondo finalmente. Paso mis
palmas sudorosas por mi vestido, tratando de alisarlo. Si
tuviera que elegir, me encantaría usar pantalones,
aunque fuera una vez. Pero nos enseñaron que las chicas
buenas y religiosas usan vestidos, mientras que las
prostitutas usan pantalones.
—¿Me estás diciendo que todo lo que posees, todo lo que
tienes en esa bolsa, son vestidos? —Lacey señala la bolsa
que está cerca de mis pies. Miro hacia abajo y mi pie
patea la cosa que está detrás de mí.
—Sí…— digo tímidamente.
—¿Qué carajo? —se ríe Ashley.
Me estremezco ante sus palabras.
—Eso es raro —se ríe Alicia entre dientes.
—¿Por qué… no deberían todas usar vestidos también?
—pregunto. Junto los dedos, tratando de distraerme de
sus miradas de desaprobación—. Quiero decir, en la
iglesia, todas las niñas… todas las mujeres deben usar
vestidos o faldas.
—No soy de la iglesia de la que estás hablando—, se ríe
Emma.
Mis ojos las recorren una por una, mientras todas me
miran con una sonrisa cruel como si me hubieran
crecido dos cabezas. Si no son de la iglesia, ¿de dónde
son? Fui una estúpida al pensar que este viaje podría
haber sido bueno. Estaba cada vez más emocionada por
salir de esa casa para finalmente hablar con alguien que
no fueran las chicas de mi escuela preparatoria. Quería
alejarme de Lilianna, pero estaba equivocada. Todas son
como ella. Siempre voy a ser la rara.
Respiro profundamente, mis uñas se clavan en mis
palmas y mi corazón se acelera.
—Maldito bicho raro —murmura una de ellas. La bilis
me sube por la garganta y el miedo se cuela en mi pecho.
Me niego a dejar que me vean derrumbarme, así que me
agacho, levanto mi mochila y la coloco sobre mi hombro.
Murmurando que tengo que orinar, salgo corriendo
hacia el bosque. La bilis sube más y más por mi garganta
y apenas puedo tragarla antes de que se me doblen las
rodillas. Con arcadas y la espalda encorvada, meto un
dedo en la garganta que me arde, golpeando la úvula y
haciendo que se me llenen los ojos de lágrimas, pero no
sale nada. Dejo caer las manos al suelo y las lágrimas me
resbalan por las mejillas. Sacudo la cabeza y vuelvo a
meter el dedo en mi garganta, más abajo que antes, hasta
que el vómito sale a borbotones de mi boca y me cubre
los dedos, purgando todo lo que hay en mi estómago y
cubriendo mi lengua de ácido.
Me atraganto y siento que algo se me queda atascado en
la garganta. Golpeo el suelo con el puño y siento que mi
cuerpo se debilita a medida que sale más vómito de mis
labios, pero no puedo parar.
—¡Eres un monstruo!
—¡Perra fea!
—Eres una jodida estúpida.
Todas las palabras que las chicas me dicen todos los días
en la escuela. Las veces que llegué a casa odiándome a mí
misma solo para que Lilianna me dijera cuánto deseaban
mamá y papá que nunca hubiera nacido.
Una rama se parte en algún lugar cercano. Levanto la
cabeza de golpe, con vómito pegado a mi labio inferior.
Examino el área, pero no veo nada más que árboles e
insectos volando alrededor.
—¡Lake! —grita Lacey detrás de mí. Miro por encima del
hombro y entrecierro los ojos. La veo más lejos,
ahuecando su boca mientras grita mi nombre otra vez.
Me tiemblan las manos cuando me doy cuenta de que
acabo de vomitar y no puedo explicarlo exactamente.
Abro la cremallera de mi bolso de lona y saco un par de
ropa interior para limpiarme las manos y los labios.
Busco más profundamente y saco mi cepillo de dientes y
pasta de dientes. Lo más rápido que puedo, me cepillo
los dientes en un tiempo récord y tiro mi ropa interior
sucia a los arbustos.
—¡Lakelyn! —grita Lacey de nuevo.
Meto la pasta de dientes y el cepillo en el bolso antes de
ponerme de pie, con las rodillas débiles. Me doy la vuelta
y empiezo a caminar hacia ella.
—Mierda —susurra cuando aparezco ante mis ojos—.
¿Puedes no ser estúpida?
Aguanto la respiración, mi cuerpo se congela mientras
ella me mira.
—Vamos, vamos a comer algo y a hacer una fogata. —
Pone los ojos en blanco y se gira.
La sigo y ninguna de las dos dice nada mientras llegamos
al campamento. Las chicas están amontonadas alrededor
de un pequeño agujero en el suelo con un poco de leña.
—Tengo que hacer pis —anuncia Samantha, poniéndose
de pie—. ¡Mira, el monstruo ha vuelto!
Ella camina alrededor de Lacey y de mí, y su hombro
choca contra el mío al pasar. Me muerdo la lengua,
negándome a alimentar su mezquindad.
Quizás un oso se la coma.
Tan pronto como el pensamiento entra en mi cabeza,
quiero retractarme. Puede que ella sea mala, pero eso no
significa que yo también deba serlo. Puedo ser una mejor
persona.
—¿Cuál es la nuestra? —pregunto, ya que las carpas son
iguales.
Lacey señala la más lejana.
—Gracias —suspiro. Las dejo atrás y abro la cremallera
de la tienda antes de entrar. La vuelvo a cerrar y me doy
la vuelta para encontrar la ropa de cama de Lacey y
Ashley prácticamente hecha una al lado de la otra.
Apenas me dejaron espacio para estirarme. Es un
espacio diminuto en el que tendré que intentar encajar.
Respiro profundamente y me deslizo hacia la bolsa de
lona que está junto al saco de dormir. Me trago el nudo
en la garganta y empiezo a desenrollar mi saco. Miro
como lo hicieron una y otra vez, imitándolas.
Todavía no entiendo por qué papá pensó que acampar
en mi cumpleaños era una buena idea. Pero también es
mejor que estar en casa, caminando con cuidado y
conteniendo la respiración porque si suspiraba
demasiado fuerte les daría una razón para golpearme.
Hasta aquí llegó lo de tener un buen decimoctavo
cumpleaños.
—¡Samantha! —se oye un grito estridente, como el de
Emma, seguido de gritos urgentes similares de las demás
que rompen el inquietante silencio nocturno del bosque.
Dejo caer mi pequeña almohada, corro hacia la puerta de
la tienda y empiezo a luchar con la cremallera durante
un segundo antes de abrirla finalmente y salir a toda
prisa.
—¿Qué pasa? —suspiro. Lacey es la única que se da
vuelta, algo parecido al terror la invade antes de decir las
palabras que nadie quiere escuchar, especialmente en
medio del bosque.
—Samantha se ha ido.
Capítulo 5
Maestro Simon
La sangre cálida carmesí salpica mi rostro mientras paso
la cuchilla por el cuello de la chica que se retuerce. El
olor metálico de su sangre, acompañado por el olor de su
orina corriendo por su pierna, llega a mis fosas nasales.
Se arremolina y se mezcla con el olor terroso del suelo,
creando el aroma más exótico. Ella me suplicó tan
hermosamente que parara, pero me negué. Vi a los
sacrificios entrar en el bosque, pero no esperaba que ella
fuera uno de ellos. Sus ojos esmeraldas brillaban como
joyas a la luz del sol. Las pecas salpicaban su piel como
constelaciones que no podría perderme en ningún lado.
Mi pequeña sombra, la que protegí hace todos esos años.
—Atticus, ¿por qué tardaste tanto? —pregunta el señor
Wren cuando vuelvo a su oficina con los demás. El ceño
fruncido en su rostro hace que mi corazón lata más fuerte
en mi pecho—. ¿Alguna de las chicas te molestó? ¿Estaban
fuera de sus habitaciones? Si ese es el caso, el castigo será
severo porque conocen las reglas. —Da un paso hacia la
puerta, empujándome para agarrar el picaporte con su
carnosa palma. Antes de que pueda abrir la puerta de un
tirón, mi padre habla, haciendo que se me escape el
aliento que no me di cuenta que estaba conteniendo.
—Estoy seguro de que Atticus tiene una explicación
perfectamente válida para haber tardado tanto, ¿verdad,
hijo? —Mi padre me mira fijamente, asiente con la cabeza
y me pide que explique por qué tardé un minuto más de lo
que debía.
—Se me desató el zapato y tuve que detenerme un
momento para atármelo de nuevo. Le pido disculpas por
retrasar nuestra reunión, señor Wren. Sus niñas están
profundamente dormidas en las sombras de sus
habitaciones, como debe ser. —Le sonrío y tomo posición
al lado de mi padre en la parte delantera de la sala. El
señor Wren asiente, aceptando mi patética mentira antes
de empezar.
Observar a mi sombra mientras caminaba con dificultad
por el bosque fue bastante divertido. Verla caminar entre
la maleza y sobre troncos con su vestido largo me hizo
reír. El resto de las chicas, por otro lado, me hicieron
enfurecer por completo. Sus actitudes hacia mi sombra
eran inaceptables. Tuve que observar desde lejos cómo
la atormentaban con sus palabras desagradables. Lo que
daría por clavar mi daga en sus corazones. Verlas
desangrarse y ver cómo la vida abandona sus ojos. Una
de ellas yace actualmente sin vida a mis pies después de
haber encontrado su fin.
Soltando un suspiro, me inclino y arrastro a la chica por
el suelo del bosque, dejando un rastro de sangre a
nuestro paso. Es un desastre: hojas y ramitas que
sobresalen de su cabello, suciedad que estropea su piel,
que alguna vez fue perfecta. Percibo un olor a sangre,
tierra y orina que no encaja con el ambiente; un olor acre
que me hace cosquillas en las fosas nasales a medida que
avanzo por la maleza nudosa. Dejo a la chica muerta en
el suelo y miro a mi alrededor, tratando de encontrar
algo. La fuente del olor a humedad. Veo un montón de
vómito en el suelo del bosque entre las hojas.
Obviamente, es humano y no un animal enfermo y
rabioso. Esto tiene que ser lo que mi sombra estaba
haciendo aquí sola. Pensé que estaba orinando cuando se
separó del grupo y se encorvó aquí. Me quedé lo
suficientemente lejos como para no poder distinguir bien
lo que estaba haciendo. Al darme la vuelta para regresar
por donde vine, mi bota se engancha en algo blando.
Me agacho y cojo la tela de algodón blanca, del suelo del
bosque. Al acercarla a mi nariz percibo un olor a vómito
y, aún más leve, a algo dulce. Esto último me hace
estrellar mi cara contra las suaves bragas, inhalando
profundamente para que mi cerebro guarde el recuerdo
para una fecha posterior. Nunca antes había olido algo
así. Había oído hablar de ello en los vídeos porno que he
guardado de mi difunto padre, pero nunca lo había
experimentado en persona. Una sensación eufórica
hormiguea en la base de mi columna y viaja hasta mis
bolas mientras el olor se apodera de todos mis sentidos.
Dejando escapar un gemido, guardo la tela arruinada en
el bolsillo de mi capa.
Sé que estos sentimientos son erróneos, mi padre se
aseguró de que lo entendiera. Me acaricio la marca que
me hicieron en la palma cuando cumplí veinte años para
demostrar que me lo tomaba en serio. Para demostrar
que podía seguir liderando a los discípulos después de
que mi padre se hubiera ido. Mi mandíbula palpita con el
recuerdo de esa noche, la ira surge a la superficie
amenazando con explotar fuera de mí. Aprieto los
dientes y respiro a pesar de todo.
—¿Tú, Atticus, juras ante el rey guiar y proteger a los
discípulos cuando yo ya no esté aquí? —Mi padre me mira
desde su lugar en el medio del círculo. El suelo duro se
clava en mis rodillas cuando me arrodillo ante él y el resto
de la congregación. Trago saliva con fuerza antes de
responder que sí, sabiendo lo que me espera—. ¿Tú,
Atticus, juras ante el rey permanecer limpio de todo mal
en este mundo? ¿Continuar por el camino de la rectitud
sirviendo pecadores al rey?
Mientras habla, camina hacia el pozo de fuego que se
encuentra a unos pocos pies de distancia y recoge el
atizador de metal que está en el suelo. La punta brilla de
color naranja con un tinte azul. Mientras se acerca a mí,
otras dos figuras encapuchadas caminan detrás de mí,
agarrándome los brazos y sujetándome fuerte. La que está
a mi izquierda le tiende la mano a mi padre, agarrando mi
muñeca con tanta fuerza que temo que se rompa. Mi
padre me mira, esperando pacientemente a que responda.
Respiro profundamente para calmarme, miro a mi padre a
los ojos y prometo: —Yo, Atticus, juro ante el rey
permanecer puro del mal, proteger y guiar a los discípulos
por el camino de la rectitud después de que te hayas ido.
—Tan pronto como la última palabra sale de mi boca, mi
padre trae la marca con el símbolo de Saturno a mi palma.
El sonido chisporroteante sisea a través del aire mientras
el olor a carne quemada lo persigue. Un grito de dolor sale
de mi garganta y resuena a través de los árboles.
La marca palpita en mi mano mientras los recuerdos se
filtran y me dejan sin aliento. Estoy tan cansado de
seguir estas malditas reglas. No quería esto. Mi padre me
hizo lo que soy hoy, y no estoy seguro de que me guste.
Oigo los gritos de los sacrificios rebotando en los árboles,
buscando a Samantha mientras yace muerta en el suelo
junto a mí. Saco una daga del bolsillo de mi capa, la
agarro con fuerza y me dirijo hacia las chicas que hablan
frenéticamente. Es hora de seleccionar a mi próxima
víctima.
Capítulo 6
Lakelyn
Mi ceño se profundiza a medida que las palabras de
Lacey penetran. Samantha se ha ido.
—¿Cómo lo sabes? —pregunto, acercándome al grupo y
entrelazando mis dedos.
—Sólo estaba usando el baño, no se habrá ido corriendo
—espeta Ashley, sin molestarse en mirarme.
—No debería tardar tanto —murmura Emma en voz
baja.
—Estoy bastante segura de que la escuché gritar —dice
Alicia. Me aparto mientras intercambian una mirada y,
aunque sé que es correcto sentirme preocupada por la
posible desaparición de Samantha, no tengo deseos de
preocuparme. Cuando ese pensamiento aparece en mi
cabeza, me estremezco de inmediato. No debería tener
ese tipo de pensamientos. Está mal. Es un paso más cerca
de convertirse en pecadora.
—Deberíamos salir y buscarla—, sugiere Lacey.
—Está oscuro, no estoy segura de que debamos salir —
me encuentro diciendo. Alicia se da la vuelta y me mira
con los ojos entrecerrados. Es la misma mirada que papá
me da justo antes de que yo anuncie una opinión
estúpida que tengo. Me dice que ningún hombre de
nuestra iglesia me querrá si digo lo que pienso. Me dice
que soy una pérdida de espacio y que mamá debería
haberme matado antes de que naciera. Solo cuando estoy
sollozando y suplicándole que pare, me deja ir.
Sólo para que mamá entre y me diga entonces que
deseaba haber tenido a Lilianna primero, sólo para no
tenerme a mí. Ella sigue diciéndome que nunca merecí
respirar. Me cuenta que quería ahogarme cuando era
niña, que deseaba haberme dejado morir.
—¿Quién te crees que eres? —responde Lacey.
Niego con la cabeza y me aparto de ella. No debería
haber abierto la boca.
—No podemos dejarla ahí afuera —dice Emma,
atrayendo la atención de Samantha. Dejo escapar el
aliento que había estado conteniendo cuando Lacey se
dio la vuelta y dando un paso hacia ellas.
—Tienes razón, deberíamos ir e intentar encontrarla —
suspira Alicia.
—Vamos —dice Emma, pasando por encima del pequeño
arbusto. Sacudo la cabeza mientras veo a una tras otra
adentrarse en el bosque, sin importarme que no tengan
un plan y sin darme cuenta de que no tenemos idea de
dónde estamos. Así que, aunque mi miedo a la oscuridad
está asomando su fea cabeza, las sigo de todos modos.
Samantha puede haber sido mala, pero no merece estar
perdida y asustada.
—Samantha —grita una de las chicas.
La luna brilla y apenas nos da luz mientras la
temperatura empieza a bajar. El bosque se vuelve turbio
a medida que avanzamos. Sé que deberíamos regresar,
pero no me atrevo a decírselo. Todas las chicas me odian
y no entiendo por qué. No es sorprendente dado que soy
diferente de la multitud normal, pero no puedo serlo
mucho.
Es como si la gente olvidara que aquellos que son
diferentes todavía tienen sentimientos.
Pero a nadie le importa. Ni a los estudiantes de la escuela
preparatoria. Ni a mi familia. Ni a esa figura de ojos color
avellana que me asustó en el pasillo.
—¡Samantha!—, gritan de nuevo. Mis uñas se clavan en
mi palma mientras los árboles comienzan a bloquear la
poca luz que tenemos, haciendo imposible ver a dos pies
frente a mí.
—¿Alguien trajo una linterna? —finalmente me atrevo a
preguntar.
Lacey, que está frente a mí, se detiene y nos mira a cada
una, confirmando que nadie excepto yo ha pensado en
ello hasta ahora.
—Deberíamos regresar —grita la voz de Emma mientras
una rama a nuestra izquierda se rompe. Mi cabeza se
inclina hacia un lado, el corazón me late fuerte en el
pecho. Se me erizan los pelos de la nuca al sentir que
alguien nos está observando. No puedo explicarlo. Puedo
sentir sus ojos quemándome el cráneo. Ya he sentido
esta presión angustiosa antes. No puedo explicar ni
procesar completamente lo que significa antes de que
una figura aparezca en mi campo de visión.
Una a una las chicas giran la cabeza, mirando fijamente
lo que ya veo.
—¡Oh, Mierda, no! —No estoy segura de cuál de las
chicas maldice antes de que dos de ellas se vayan. Miro a
mi izquierda justo cuando las otras dos salen corriendo,
siguiéndolas. Me trago el nudo en la garganta y miro a
los ojos del extraño. O donde supongo que están sus ojos
porque no puedo ver dentro de su capucha, pero puedo
sentir la intensidad de su mirada. Inclina la cabeza hacia
mí, jugueteando con algo en su bolsillo. Miro hacia abajo
y entrecierro los ojos antes de ver el destello de algo que
brilla a la luz de la luna. Mis ojos se abren de par en par
mientras lentamente comprendo lo que este hombre de
capucha tiene en su mano. Esto no puede ser real; esto
no puede estar sucediendo.
Pero lo es y no comprendo qué va a pasar hasta que se
acerca un paso más, con el cuchillo de joyas negras
firmemente colocado en su mano. Niego con la cabeza
como si me entendiera y mágicamente no fuera a
perseguirme.
Me toma más tiempo moverme de lo que jamás
admitiría. Mis rodillas se doblan mientras retrocedo, el
miedo me lame la columna vertebral. El aire queda
atrapado en mis pulmones cuando me doy cuenta de que
estoy a punto de morir.
—¡Ah! —grito, cayendo de espaldas en un arbusto. Mi
espalda choca contra algo blando pero duro y antes de
que pueda detenerme, miro hacia abajo. La bilis sube por
mi garganta mientras mis manos sienten el cálido aroma
metálico filtrándose en mi piel. Mi visión se vuelve
borrosa cuando observo el cuerpo de Samantha tendido
debajo de mí, con la garganta cortada, los ojos muy
abiertos como si no se diera cuenta de que iba a morir
cuando lo hizo.
Me pongo de pie con dificultad, mientras la risa profunda
del hombre de sombra resuena entre los árboles y se
instala en mis oídos. Un escalofrío recorre mi columna y
mis rodillas tiemblan antes de darme cuenta de que
necesito correr. Me doy la vuelta, recojo el dobladillo de
mi vestido y salgo corriendo.
Los árboles se mezclan entre sí y me resulta difícil ver
con claridad lo que hay frente a mí. El pánico me invade
y el corazón me late con fuerza contra el pecho. Mi
respiración se vuelve entrecortada y la sangre se me
sube a la cabeza. Una rama se engancha en la manga de
mi vestido azul y siseo en voz baja. Las lágrimas se
acumulan en mis ojos. Entre el miedo que me desgarra el
corazón y el dolor en el brazo, quiero parar. Pero la
vocecita en el fondo de mi cabeza me dice que siga
adelante.
Las ramas de los árboles y los arbustos se enganchan en
la parte inferior de mi vestido y amenazan con
destrozarlo. Las hojas crujen bajo mis pies y la ansiedad
me invade cuando oigo a la figura encapuchada detrás de
mí.
No estoy segura de cuánto tiempo puedo seguir
corriendo hasta que finalmente veo un claro en la zona
boscosa. Mi labio se curva en una sonrisa, solo para caer
en el momento en que mi pie se engancha en la raíz de
un árbol. Mi corazón se derrumba hasta mi estómago
cuando caigo al suelo por una rama. Hago todo lo posible
por evitarlo y aguantarme mientras la gravedad me
domina. Las ramas y las rocas afiladas me desgarran
mientras ruedo cuesta abajo. Cierro los ojos de golpe
justo cuando mi cuerpo se desploma en el agua turbia
del fondo. No tengo tiempo de cerrar la boca antes de
que empiece a entrar agua. Mi sangre se congela
mientras la oscuridad me envuelve como una manta fría.
Levanto la cabeza de golpe y salgo del agua, toso y
escupo en un esfuerzo por sacarla. Todo mi cuerpo arde
de dolor, parpadeo furiosamente para obligarme a abrir
los ojos y tratar de analizar mi entorno, buscando a la
figura encapuchada que me perseguía.
Pero me detengo cuando algo, más bien alguien, agarra
la parte de atrás de mi cabello y sumerge mi cabeza
nuevamente bajo el agua.
Capítulo 7
Maestro Simon
Frías gotas de agua me cubren la cara y empapan mi
capa mientras empujo con más fuerza el cuerpo de la
chica hacia el arroyo, presionándola profundamente
contra el barro y las rocas que hay debajo de ella. Casi
logra apartarme, pero la sostengo con fuerza, agarrando
su cabello con más fuerza y usando todo mi peso para
mantenerla bajo el agua. Su cuerpo comienza a quedarse
quieto antes de que la levante hacia mí. Ella balbucea
jadeando en busca de aire, la saliva se mezcla con el agua
en mi cara, sus dedos arañan mis manos que todavía
están alrededor de su garganta. Sus párpados se abren y
los orbes verde esmeralda brillan hacia mí bajo la luz de
la luna. La mirada en sus ojos me hace gemir de placer. El
miedo se mezcla con algo más que no puedo descifrar.
Nos miramos fijamente en la oscuridad, el único sonido
es nuestra respiración agitada y pesada. La dejo
recuperar el aliento antes de sumergirla de nuevo en el
agua, robándole todo de sus pulmones de nuevo. En
lugar de arañarme las manos esta vez, las aprieta contra
sí, aferrándose a ellas como si le fuera la vida en ello. La
siento temblar como una hoja en el agua fría, pero no se
agita como antes. Su falta de lucha, la aceptación de su
destino, hace que mi polla se endurezca en mis
pantalones, presionando contra mi cremallera y casi
demasiado incómoda de soportar. Cuando sus manos
comienzan a resbalar del agarre en las mías, la saco del
agua. Su cabeza se inclina hacia el cielo, con los brazos
flácidos a los costados. La sacudo con fuerza, pero sigue
flácida en mi agarre. Le doy una palmada en la mejilla, su
cabeza se balancea hacia un lado, una marca roja florece
en su piel. Una tos profunda sale de su boca, agua y saliva
salpican mi cara nuevamente. Esos ojos de piedra
preciosa me miran con una expresión vidriosa, brillando
con lágrimas que corren por su rostro.
Ella se estira y agarra mi mano con la suya mientras
lucha por recuperar el aliento. La sostengo allí por un
momento, contemplando qué hacer a continuación.
Nunca antes había estado tan íntimamente cerca de una
chica. Tocándola así, con las manos entrelazadas con
fuerza. Su piel está cálida bajo las yemas de mis dedos,
incluso después de haber estado en el agua fría durante
tanto tiempo. Su cabello está pegado a su cabeza, y
aunque ahora parece una rata ahogada, todavía hay algo
en ella que hace que mi polla se estremezca. Su aliento
me aviva la cara, el pulso se descontrola bajo mi mano
todavía envuelta alrededor de su cuello. Está temblando
de frío, sus labios comienzan a teñirse de un azul claro, el
color de ellos hace que una sonrisa tire de mis labios.
Me pongo de pie y me siento a horcajadas sobre sus
delgadas piernas, la miro temblar en el agua fría. Ella me
mira fijamente, inclinando la cabeza hacia un lado como
si estuviera esperando pacientemente lo que pueda
hacer a continuación. No hay gritos ni nada, solo silencio
mientras nos miramos. Me agacho y me acerco a su
rostro para sostenerlo entre mis manos, casi
empequeñeciendo su cabeza dentro de ellas. Atraigo su
rostro hacia mí y me inclino hacia su oído. Inhalo su
aroma, almizclado pero dulce al mismo tiempo, y
acaricio con mi nariz el cabello a un lado de su cabeza.
Mis labios acarician su oreja mientras susurro en el
silencio del bosque que nos rodea: —Corre, Pequeña
Sombra, porque si te atrapo, te arruinaré.
Nos sentamos juntos unos segundos y me preocupa que
tenga problemas de audición. Antes de que pueda
repetirlo, me empuja y se abre paso a través del agua
como un huracán, alejándose de mí a toda velocidad por
el arroyo. Una sonrisa se extiende por mi rostro mientras
la observo abrirse paso entre los árboles y los arbustos,
lo que le da una ventaja decente antes de correr tras ella.
Empujo las ramas de los árboles a un lado cuando se
enganchan en mi capa y me arañan la piel debajo; el
dolor me incita a correr más rápido para alcanzarla,
mientras observo cómo su cabello rojo se agita a su
alrededor con el viento. Su vestido empapado la retrasa
mientras intenta saltar sobre un tronco y tropieza, lo que
la hace caer de cara al suelo del bosque.
Ella rueda unos cuantos metros a lo largo de las hojas y
las ramitas caídas en el suelo. Me detengo al otro lado del
tronco. No estoy listo para que esta persecución termine
todavía. Mi polla palpita en mis pantalones,
recordándome que todavía está aquí. Me hace gruñir de
irritación, lo que llama su atención. Ella me mira desde
su lado del tronco y se pone de pie de un salto antes de
continuar su camino. Ahora es mucho más lenta que
antes, agotada por la persecución y por casi ahogarla en
el arroyo. Camino detrás de ella esperando que se rinda
de una vez. No logrará salir de este bosque de ninguna
manera.
Mi pequeña sombra se detiene en una pared de rocas.
Sabía desde el principio hacia dónde iba, guiándola hasta
el borde final del bosque. Las rocas son altas e
imponentes en la oscuridad. Puedes perderte tratando
de abrirte paso a través de ellas, a menos que sepas a
dónde vas. Corriendo a lo largo de la pared de rocas,
busca una salida para seguir adelante, me hace reír
cuando encuentra una, la sigue, y se arrincona en el
callejón sin salida que yo sabía que estaba allí. Se empuja
contra las rocas, tratando de trepar hasta la cima, pero se
desliza hacia abajo debido a su piel y ropa mojadas.
Finalmente, se da la vuelta para mirarme y se apoya
contra las rocas. Tirita de frío y sus ojos se mueven de un
lado a otro intentando encontrar una salida. Me acerco a
ella y la recorro con la mirada. Tiene el vestido pegado al
cuerpo y los pezones le sobresalen con tanta fuerza que
podrían cortar el cristal. Ahora su cuerpo tiene curvas,
muy diferentes a la niña que vi una vez. Me acerco a ella
y presiono mi cuerpo contra el suyo, empujándola con
fuerza contra la roca que hay detrás de ella.
—Pequeña Sombra, no has corrido lo suficientemente
rápido, ¿verdad? Qué pena —le susurro al oído,
apartándole el pelo mojado de la cara mientras me mira
con aprensión—. No se suponía que estuvieras aquí hoy,
Pequeña Sombra, pero me alegro mucho de que estés.
¿Tienes idea de cómo me ha hecho sentir el perseguirte?
—Ella niega con la cabeza, su cuerpo tiembla contra el
mío, buscando el calor que le ofrezco. Mi polla palpita en
mis pantalones contra su cadera mientras estamos allí de
pie. Ella mira hacia abajo y la expresión de horror en su
rostro es cómica cuando se da cuenta de lo que es—.
¿Tienes miedo, Pequeña Sombra? —Me río en su oído
mientras lamo un lado de su cara, probando las lágrimas
saladas que caen de sus ojos.
Dando un paso atrás, la empujo con fuerza hasta ponerla
de rodillas. Deja escapar un gemido de dolor cuando sus
rodillas golpean el duro suelo del bosque. Envolviendo
mis dedos en su cabello rojo, tiro de su cabeza hacia
atrás para que me mire, sus ojos verdes brillando con
lágrimas no derramadas mientras su labio inferior
tiembla. Usando mi otra mano, abro mi capa, me quito el
cinturón y bajo la cremallera. Liberando mi polla dura,
que se balancea frente a su cara. Sus ojos se abren de
miedo mientras la mira, su boca se abre ligeramente por
la sorpresa. Le sonrío y le digo—: Ahora, ¿por qué no
eres una buena, Pequeña sombra y escuchas lo que dice
el Maestro Simon? Chupa mi polla como si tu vida
dependiera de ello, porque podría ser así.
Capítulo 8
Lakelyn
La oscuridad se cierne sobre las rocas mientras la
sombra inquietante se cierne sobre mí. Las hojas
muertas flotan alrededor de sus piernas y se enganchan
en mis rodillas. Estoy congelada y muerta de miedo
mientras asimilo sus palabras lentamente. Chupa mi
polla como si tu vida dependiera de ello, porque podría ser
así. Todo esto, mientras la pregunta de quién es este
hombre encapuchado rebota en mi cabeza. No hay forma
de que los hombres vayan por ahí diciéndoles a las
mujeres que hagan eso. Estoy aterrorizada.
—No me pongas a prueba, Pequeña Sombra —gruñe. Un
siseo se escapa de mis labios cuando tira de mi cabeza
hacia atrás, halando mi cabello con saña. Es un
recordatorio de lo que dijo, que mi vida podría depender
de lo bien que pueda hacer algo que nunca he hecho
antes. Nunca he visto, y mucho menos sentido, algo así,
¿y ahora se supone que debo poner mi boca sobre ello?
Mis ojos están pegados a su polla, sin poder apartar la
mirada. Ocho pernos de metal cuelgan de su longitud.
—¿Qué hay de mal en ella? —La pregunta sale volando
de mi boca antes de que pueda detenerme. Me atrevo a
mirarlo y algo brilla en las profundidades de sus ojos,
ocultos en su capucha.
—Simon dice que abras la maldita boca —dice entre
dientes. Lleva su mano a mi boca, abriéndola a la fuerza
antes de sumergirse en ella. Me atraganto con él, mis
manos inmediatamente empujan contra sus muslos,
tratando de quitármelo de encima. Se aparta y creo que
va a detenerse, pero no lo hace. El hombre encapuchado
se empuja de nuevo dentro de mi boca, las piezas de
metal a lo largo de la parte inferior de su longitud se
arrastran por mi lengua.
—Mierda —gruñe encima de mí.
Cierro los ojos de golpe porque no quiero presenciar su
placer. La saliva se acumula en mi boca y se me escapa
por las comisuras. Papá nos enseñó a no odiar nunca,
pero yo odio a este hombre. Odio lo que me está
haciendo.
—No, eh, abre esos ojos esmeraldas —exige. La
humillación me golpea mientras escucho lo que me dice.
Se me llenan los ojos de lágrimas cuando los abro,
odiando la sonrisa malvada que tiene estampada en el
rostro. Empuja con más fuerza en mi boca, mi cráneo se
estrella contra las rocas. El dolor se irradia por mi cuello,
hasta mis rodillas, que se hunden en el suelo frío.
—Nunca pensé que sería tan agradable—, murmura para
sí mismo. Se fuerza más a entrar en mi boca y la bilis
sube por mi garganta. Voy a vomitar si no para pronto y
no sé si le importa o no.
El hombre encapuchado retrocede y me mira
entrecerrando los ojos.
—No me importa si vomitas, vas a chupar mi polla hasta
que acabe en tu linda boca —gruñe, como si escuchara la
voz dentro de mi cabeza.
—Por favor —intento suplicar, pero a él no le importa.
Aprovecha la oportunidad y se mete de nuevo en mi
boca. Soy un desastre. Mis dientes se arrastran sobre la
parte superior de su longitud y la parte inferior se
engancha en cada perforación.
El hombre toma y toma más de mí. A él no le importa ni
un ápice que yo no quiera esto, que esté aterrorizada o
que mi vida dependa de lo bien que pueda hacer esto.
¿Por qué las chicas me dejaron? Sé que ninguna
confraternizó conmigo. Piensan que soy rara, que sus
palabras no me duelen. Pero sí me dolieron. Me recordó
a mi infancia. Una vez más me estaban acosando, pero
esta vez no era mi hermana. Era un grupo de ellas.
—Mierda, tu boca… —gime encima de mí. Los sonidos de
arcadas que salen de mi boca son vergonzosos, pero él
gime en voz alta y no puedo entender sus movimientos
espasmódicos. Sus manos acunan los lados de mi cara,
mi cráneo se aplasta contra las rocas. Sus ojos se
encuentran con los míos y algo destella en ellos, pero tan
rápido como apareció, desaparece.
—Qué sombra más bonita —murmura—. Me alegro de
que hayas sido tú... —Se aparta de mi boca. No tengo
tiempo de pensar en lo que quiso decir cuando toso tan
fuerte que estoy segura de que voy a vomitar. Me sale
tanta saliva que es asqueroso.
—¡Por favor, para! —suplico, mientras las lágrimas
resbalan por mis mejillas y caen al suelo. Se me pone la
piel de gallina cuando el viento se levanta. El vestido
mojado se pega a mi cuerpo como una segunda piel.
—No creo que pueda. —Su voz suena tan baja que
apenas puedo oírlo. Niego con la cabeza, petrificada más
allá de lo creíble ante sus palabras. El hombre
encapuchado no me da la oportunidad de preguntar o
moverme antes de colocar la punta de su polla en mis
labios nuevamente.
—Abre más esa boca de puta, Pequeña Sombra.
Abro la boca sin pensar y le permito que introduzca
lentamente su miembro. Esta vez es más lento, con
cuidado de no aplastar mi cabeza contra las rocas.
Debería estar agradecida, pero ¿cómo puedo estarlo?
Está forzando su penetración en mí. No puedo respirar
mientras continúa introduciéndose en mi boca.
—Eso es, toma mi polla como una buena chica —gruñe.
Sus movimientos son insistentes, sus bolas golpean mi
barbilla, a medida que mi nariz toca su hueso púbico.
Lucho por respirar mientras sus ojos bajan hacia los
míos y todo lo que veo es oscuridad. Mis uñas se clavan
en sus muslos, con la esperanza de causarle algún tipo de
dolor.
—Carajo —tartamudea antes de que un líquido tibio se
dispare por mi garganta. Me atraganto y empujo sus
piernas, pero él no se mueve. Cierra los ojos de golpe
mientras echa la cabeza hacia atrás. Una mezcla de
salinidad y dulzura cubre mi lengua. Se aparta de mi
boca, respirando con dificultad mientras da un paso
atrás. Mis manos caen al suelo, apenas sosteniéndome
mientras toso y escupo lo que sea que me ha disparado
en la boca. Las lágrimas corren por mi rostro ante la
abrumadora necesidad de vomitar. Mis manos
hormiguean mientras lentamente meto mi dedo en la
garganta.
—No te atrevas a provocarte el vómito, Pequeña Sombra,
porque esa es la única parte de mí que obtendrás
voluntariamente. —Parpadeo hacia el hombre
encapuchado justo cuando su mano rodea mi cuello. Mis
ojos se abren de par en par cuando el aire se escapa de
mis pulmones. Mis manos se envuelven alrededor de su
muñeca, rogándole que se detenga. Pero no lo hace. Mi
cerebro se vuelve confuso, mis ojos se cruzan cuando mi
visión se vuelve borrosa y la oscuridad me arrastra hacia
abajo.
Capítulo 9
Maestro Simon
El cuerpo inmóvil de mi sombra yace en el suelo frío
frente a mí. Su pecho sube y baja con cada respiración
que toma. Pensé que era bonita antes, pero es
impresionante cuando está inconsciente. Tiene el cabello
mojado pegado a la cabeza y las mejillas manchadas de
lágrimas y suciedad esparcida sobre su ropa y su piel.
Los labios hinchados y agrietados por el abuso que
acaban de soportar. Se le pone la piel de gallina mientras
la observo, casi como si inconscientemente supiera de
mis siniestras intenciones.
Me inclino hacia abajo y arrastro un poco de semen por
la comisura de su boca, donde se había acumulado parte
de él. Admiro su textura pegajosa mientras lo empujo
hacia dentro de sus labios, para que pueda sentir mi
sabor incluso después de que se despierte. Froto mi
semen en su suave lengua, masajeándolo en cada papila
gustativa. Si pudiera marcar mi sabor en su lengua, lo
haría. Una vez que estoy satisfecho de que podrá
probarme durante las próximas horas, tomo su cuerpo
inerte y lo acuno en mis brazos mientras camino de
regreso hacia los densos árboles del bosque.
Mi polla todavía palpita levemente en mis pantalones al
recordar su boca cálida y aterciopelada sobre mí. Lo he
visto antes, pero mirarlo y experimentarlo son dos cosas
diferentes. Nunca hubiera imaginado que tendría a una
chica de rodillas frente a mí en medio de un maldito
bosque. ¿Esto cuenta como romper los votos a mi rey?
¿Hasta dónde llegan los límites del celibato?
Paso por encima de las ramas caídas mientras camino
con dificultad por el bosque oscuro que tengo delante,
intentando encontrar mi destino, miro hacia las estrellas
y sigo la más brillante, sabiendo que me llevará adonde
tengo que estar. Después de lo que parece una eternidad,
finalmente veo el parpadeo de las hogueras en la
distancia. Acelero el paso y entro en el círculo que los
discípulos han hecho para ayudarme a encontrar este
lugar. Camino por el suelo frío hasta la jaula de madera
en la esquina, la abro de golpe, gateo por la pequeña
puerta y deposito a mi pequeña sombra en la parte de
atrás. Ella se mueve un poco, murmurando algo en
sueños, pero sigue allí tumbada sin fuerzas. Me quito la
capa y la cubro con ella, para que no se congele hasta
morir. Eso frustraría por completo el propósito de
traerla aquí. Salgo arrastrándome de la pequeña jaula,
cierro la puerta antes de apoyar mi costado contra la
madera dura, mirándola fijamente. Temblando como una
hoja bajo mi capa, inconscientemente extiende la mano
para apretarla más a su alrededor. Parece tan inocente
así, casi tan inocente como la última vez que la vi. Mi
mente regresa a los recuerdos de ella vestida con su
camisón blanco, aterrorizada y temblando en el pasillo
de su casa. El comienzo, de lo que ahora parece hace
siglos.
—Muy bien, discípulos, ¿todos entienden su parte en el
ritual de mañana? —digo, recorriendo con la mirada el
círculo y observando cómo todos asienten con la cabeza
con entusiasmo. Harían cualquier cosa para complacerme
a mí o a su rey, incluso si eso significa matar a gente
inocente. Nunca estuve de acuerdo con esa parte, pero mi
padre siempre decía que “así son las cosas”.
—Bien, entonces creo que es hora de que nos vayamos a
dormir. Gracias, señor Wren, por ser el anfitrión de
nuestra reunión esta noche. Me ha complacido y, por ello,
será parte integral del ritual de mañana. —Sonrío al
hombre mayor que está de pie junto a la puerta y él me
sonríe encantado. Gira el pomo dorado de la puerta, la
abre y hace un gesto para que todos salgan. Me agradece
verbalmente, pero apenas lo escucho con la vista que
tengo frente a mí.
De pie en el pasillo, vestida con un camisón blanco con
volantes, se encuentra una de las chicas más hermosas que
he visto en mi vida. Su cabello rojo le cae por la espalda y
sus ojos esmeralda brillan de miedo mientras me mira.
—¡¿Qué diablos estás haciendo fuera de tu habitación?! —
Rompiendo el contacto visual con ella, giro mis ojos hacia
el Sr. Wren, observándolo mientras acecha a la chica
aterrorizada. Ella está temblando como una hoja, y no
estoy seguro de por qué. El Sr. Wren siempre ha parecido
tan agradable. Siempre habla de sus chicas, de sus logros e
incluso pasa fotos escolares de ellas—. ¡Lakelyn, sabes que
no se supone que estés aquí afuera después de dormir! —
La agarra del brazo, empujándola contra la pared,
escupiendo mientras le grita.
—Papá, lo siento, ¡tenía que ir al baño! —le suplica
mientras él la sacude por los hombros. Las lágrimas se
acumulan en sus ojos, su rostro está rojo de vergüenza
mientras mira a su público con el rabillo del ojo. La
mirada de miedo que tiene me enoja. Me dan ganas de
despedazar al Sr. Wren miembro por miembro. Ella es
demasiado pura para conocer ese miedo.
—No me importa una mierda. ¡Aguanta hasta la mañana,
mocosa desagradecida! —Extiende la mano de golpe, le da
una bofetada en la cara y hace que su cabeza se mueva
bruscamente hacia un lado. Un sollozo de dolor sale de su
garganta y ya no puedo contenerme más. Un segundo
después, estoy de pie en la oficina, y al siguiente estoy en el
pasillo sosteniendo al Sr. Wren por la muñeca.
—Creo que hay una explicación perfectamente válida de
por qué Lakelyn está fuera de su habitación tan tarde,
¿no? No creo que haya necesidad de más violencia —digo,
mirando a Lakelyn, sus ojos verdes inundados de lágrimas
que caen en cascada por su rostro—. Bueno, continúa.
¿Por qué necesitabas usar el baño con tanta urgencia que
desobedeciste las reglas de tus padres esta noche? ¿Te
sientes bien? —Ella tiembla de miedo mientras hago mi
mayor esfuerzo para que mi voz suene suave y
tranquilizadora para ella.
—S-sí, eh... —comienza Lakelyn mientras se sonroja y
mira al suelo antes de continuar—. Comencé mi ciclo
menstrual y necesitaba suministros —dice, respirando
entrecortadamente mientras termina de explicar. Mi
mano se aprieta sobre la muñeca del señor Wren antes de
soltarla, como si me hubiera quemado.
—Muy bien, niña. ¿Por qué no continúas con lo que
estabas haciendo? Discípulos, creo que ya terminamos.
Todos pueden seguirme, especialmente tú —le digo con
énfasis al señor Wren mientras camino hacia la puerta
principal.
Ni siquiera recuerdo otra ocasión en la que quise matar a
uno de los míos fuera de esa noche. El autocontrol que
utilicé para no arrancarle la cabeza al señor Wren fue
inmensa. Solo pensar en esa noche me enoja de nuevo.
No se suponía que ella estuviera en estos bosques esta
noche. Hicimos un trato hace años de que Lakelyn nunca
se sentaría en una jaula como esta. No estoy seguro de lo
que pasó entre entonces y ahora, pero debe haber una
buena explicación para ello. Ella nunca se mereció esto.
La forma en que me hace sentir, como si no tuviera
control, es embriagadora, y no estoy seguro de poder
renunciar a eso. Miro fijamente la forma dormida de mi
pequeña sombra, preguntándome cómo nos sacaré de
este lío.
Capítulo 10
Lakelyn
Sonrío contra la cálida tela que cubre mi cuerpo. Aunque
el suelo está frío, no me importa, no con el calor sobre mí
y el olor a sándalo y cítricos. Me aferro a la tela,
enterrando mi nariz en el aroma extrañamente familiar.
Dejo escapar un suspiro, sintiéndome segura y contenta.
No puedo recordar la última vez que me sentí lo
suficientemente cómoda como para simplemente
acostarme a dormir y sentirme como en casa.
—Estaba empezando a preocuparme de haber causado
más daño del que pretendía. —La voz del hombre me
saca de mi breve consuelo. Mi corazón se desploma hasta
mi estómago y mis ojos se abren de golpe, mirando
inmediatamente al hombre sentado frente a mí fuera de
la jaula. Su rostro está oculto en las profundidades de su
capucha. Trago saliva con fuerza, el miedo me lame la
columna mientras lo miro. A través de los barrotes de
madera, mis ojos se desplazan por el lugar, unas cuantas
antorchas iluminan el paisaje boscoso. Me trago el nudo
que tengo en la garganta y parpadeo para apartar las
lágrimas que se forman en mis ojos. ¿Por qué soy tan
llorona?
Me duelen los músculos mientras me incorporo y me
apoyo contra la jaula. Me cubro el cuerpo con la tela para
intentar esconderme de la mirada del hombre
encapuchado. Siento que sus ojos me perforan el cráneo
y no entiendo por qué.
—¿Dónde estoy? —digo de golpe.
—En una jaula. —Su voz se escucha a través del viento.
Pongo los ojos en blanco y me muerdo la lengua, aunque
sé que no debo hacerlo. Papá siempre decía que no era
propio de una dama, y la próxima vez que me viera
hacerlo iba a tener un gran problema. Fue suficiente
advertencia para que nunca lo volviera a hacer hasta
ahora.
—¿Por qué estoy en una jaula? —pregunto, rodeándome
las rodillas con los brazos.
—Yo te puse ahí.
Cierro los ojos para no girarlos ni lanzarle dagas con mi
mirada. Odio que se muestre críptico y no me diga la
verdad. Sé que no tengo derecho a exigirle que me lo
diga, pero siento que la cabeza me va a estallar en
cualquier momento. Tengo miedo y la ansiedad que se
apodera de mis entrañas hace que la bilis suba por mi
garganta.
—¿Por qué no me miras? —pregunta el hombre
encapuchado. Frunzo el ceño y mis ojos se posan en él.
Está sentado frente a la jaula, con las manos apoyadas en
las rodillas y parece tranquilo.
Por alguna razón que me irrita, no quiero que se vea
bien, conmigo sentada aquí, con frío y sintiendo cosas.
—No estoy segura —respondo. Pecadora. Me arden las
mejillas y solo puedo imaginar lo roja que está mi cara.
Mis ojos se mueven hacia abajo, pero por la forma en que
está sentado, no puedo ver nada. Todo lo que puedo
pensar es en lo que me hizo.
—¿Por qué me dejaste inconsciente? —pregunto,
incapaz de apartar la mirada.
—No responderé a tus preguntas si no puedes mirarme.
En contra de mi mejor juicio, mi mirada recorre su
cuerpo hasta que encuentro sus ojos. Algo destella en su
rostro, pero al igual que la última vez, tan pronto como
aparece, desaparece. Sus ojos color avellana miran
fijamente los míos como si estuviera buscando mi alma.
Quiero decirle que tal vez no tenga una, pero mantengo
la boca cerrada. La mayor parte de su rostro todavía está
oculto en las profundidades de su túnica y en la
oscuridad, pero algo en él se siente demasiado familiar.
Eso es, hasta que una sonrisa se extiende por su rostro y
dice: —Ahí está. El respeto que tu amo merece.
Aprieto los labios, molesta por sus palabras. Después de
todo lo que hizo, no tiene derecho a hablar de respeto.
—¿Disculpa? —Las palabras salen volando de mi boca.
Un escalofrío de miedo me recorre la espalda, pero lo
contengo. Puede que sea una chica ingenua, pero no voy
a dejar que me pisotee.
El hombre encapuchado parpadea y ladea la cabeza
mientras me observa. Le sostengo la mirada, intentando
demostrar que no estoy a punto de vaciar todo lo que
tengo en el estómago y hacerme un ovillo mientras lloro.
—¿Quién te golpeó? —pregunta.
Automáticamente mi mano se extiende hacia mi cara,
presionando mi dedo contra el moretón que me hizo
Travis.
—Nadie —murmuro, apartando la mirada de él. No
debería sentirme avergonzada, pero lo estoy. Aunque me
gustaba pensar que Travis era mi novio, que si bien
apenas nos viéramos por culpa de mis padres, él me
entendía. Eso fue hasta que me dio una bofetada.
—No me mientas. Es un pecado —gruñe.
Trago saliva y asiento con la cabeza. No levantarás falso
testimonio contra tu prójimo.
—No es importante. —Me encojo de hombros y acerco
más las rodillas al pecho.
—Es mentira, otra vez.
—No es mentira —le miro con el ceño fruncido—. No es
importante. No importa.
Cuando era niña, a mis padres nunca les importé. Lo
único que les importaba era Lilianna. Ambos me dejaron
en claro que yo era una niña no deseada y, aunque sé que
tengo mis defectos, me golpeaban por cualquier motivo
que se les ocurría.
—Dime quién te golpeó —exige.
Niego con la cabeza. Aunque le dijera que fue Travis, no
saldría nada bueno de ello.
—No pienses en mentirme —advierte.
Aprieto los labios y decido si seguir mintiéndole, pero
con solo mirarlo sé que no aceptará excusas.
—Fue un chico.
Los ojos del hombre encapuchado se oscurecen, sus
manos se cierran en puños y sus nudillos crujen por la
fuerza. Si no lo supiera mejor, pensaría que está molesto
porque alguien me golpeó.
—¿Por qué te golpeó? —pregunta finalmente.
—No estoy segura. Yo... nosotros... —Me encojo de
hombros y me quedo en silencio. No sé por qué Travis
me golpeó; a estas alturas, parece que estoy viviendo
otra vida.
—¿Qué estabas haciendo antes de que te golpeara,
Lakelyn? —pregunta.
Mis ojos se clavan en los suyos al oír mi nombre. ¿Cómo
lo sabe? ¿Y por qué parece que no es la primera vez que
lo dice? Pero no tengo oportunidad de decir nada antes
de que empiece a ponerse de pie. No puedo apartar la
mirada de él, el miedo a quedarme sola me agarra por el
cuello.
—¿Puedes decirme tu nombre? —pregunto de golpe,
tratando de decir algo para que se quede.
El hombre encapuchado me mira de reojo. Puedo ver las
palabras en la punta de su lengua, pero suspira y sacude
la cabeza. Le suplico que no me deje, pero no le importa
y sigue caminando dejándome sola. Me aferro el paño a
la nariz y aspiro su aroma. Cierro los ojos de golpe, el
olor a cítricos y sándalo me aporta algo de calma.
Pero sé, en algún lugar de mi cabeza, que estoy a punto
de morir.
Capítulo 11
Maestro Simon
En el momento en que se incorporó y giró la cabeza para
mirarme de frente, pude sentir que mi ira salía a la
superficie, amenazando con estallar y destrozar todo lo
que nos rodeaba. Es irracional, lo sé. El moretón que
florece en su mejilla me hace querer matar a alguien,
desangrarlo y ver cómo la vida abandona sus ojos por
haberle dejado una marca. El único que tiene permitido
dejarle marcas soy yo. Me detengo en seco ante ese
pensamiento, reflexionando sobre los sentimientos que
se agitan en mi estómago y mi cabeza. Ella es mía. Creo
que siempre lo ha sido, pero el universo debe haber
tenido otros planes. ¿O no? Terminó en mis garras como
un cordero para el matadero, pero ¿realmente tiene que
terminar de esa manera?
Miro hacia atrás y veo la jaula de madera en la oscuridad
del bosque. Alcanzo a ver su pálida piel brillando bajo la
luz de la luna. Se aferra a los listones de madera,
haciéndolos sonar como si le fuera la vida en ello,
esperando que cedan y la liberen. Me imagino que son
mis brazos los que la rodean, sujetándola fuerte,
amenazando con devorarla por completo en lugar de esa
jaula. Mi mente se enfoca en la tarea que tengo por
delante y no estoy seguro de poder completarla. Ver
cómo la vida se desangra de un sacrificio es terapéutico
para mí, pero saber que será ella la que esté bajo mi
espada me pone triste. La última vez que sentí esta
tristeza fue cuando mi madre estuvo en el círculo.
Cuando mi madre me suplicó que la salvara, me rompió
el corazón. ¿Qué me hará escuchar los gritos de ayuda
que vengan de Lakelyn?
Ella no debería estar aquí, carajo. Me doy la vuelta y
camino con dificultad por el bosque en busca de mis
discípulos. Cuando los encuentro, están apiñados
alrededor de una gran hoguera cerca del pozo de
sacrificios. Acercándome sigilosamente por detrás de
ellos, oigo su parloteo sobre las chicas que trajeron aquí,
uno alardeando de cómo lograron convencerlas de venir
a este falso viaje de campamento. Una voz se alza frente
a mí y me hace detenerme. Los discípulos que lo rodean
todavía me miran sin decir palabra mientras el hombre
continúa hablando.
—Le dije a Lakelyn que este era un regalo para su
decimoctavo cumpleaños, que le haría bien ir a acampar
con un grupo de chicas. Incluso le dije que sería relajante
para todas. —El Sr. Wren comienza a reírse como una
hiena—. Todavía no puedo creer que ella realmente lo
haya creído. Debería saberlo mejor. Nunca la dejaría ir a
acampar en medio de la nada sin un acompañante. Debe
pensar que soy estúpido, y solo por eso se merece estar
aquí.
Aprieto los puños a los costados, resistiendo el impulso
de extender la mano y estrangular al hombre
desagradecido que tengo frente a mí. Respiro
profundamente para calmarme, me aclaro la garganta y
el señor Wren se da la vuelta como si su capa estuviera
en llamas. La expresión de su rostro no tiene precio y me
hace preguntarme si se orinó de miedo—. M- Maestro
Simon. Señor, no sabía que había regresado de su
cacería. Bienvenido. —Hace una reverencia ante mí,
extendiendo los brazos detrás de él en un gesto
grandilocuente.
—Hola, discípulo. No pude evitar escuchar tu
conversación. Por favor, ¿por qué no me explicas un poco
más por qué Lakelyn está aquí con los otros sacrificios?
Pensé que ya habíamos hablado de esto antes. Ella no
debería estar aquí, señor Wren. —La amenaza en mi voz
lo hace temblar ante mí. Tartamudea, sus palabras son
de pánico, y no tengo idea de qué diablos está tratando
de decir, lo que lo hace sentir culpable ante mis ojos—.
Habla con claridad, discípulo, o estarás en el otro
extremo de mi espada.
—Maestro, hay cosas que usted simplemente no
entiende. —Se retuerce las manos frente a él mientras
me mira como un niño al que llamaron a la oficina del
director—. Lakelyn es...
El señor Wren se queda callado cuando se oyen gritos
que vienen del otro lado del campo, en otra jaula. Un
discípulo tira de una de las chicas por el pelo a través del
suelo frío. Abre la puerta de la jaula de una patada y la
arroja dentro. Ella cae al suelo con un ruido sordo como
una muñeca de trapo, gritando y llorando por su Dios
que nunca la salvará. Me vuelvo hacia el señor Wren y no
lo veo por ningún lado. Doy vueltas, buscándolo. Lo veo
huir hacia el lado opuesto del campo, con su túnica
ondeando detrás de él.
Soltando un bufido, inclino la cabeza hacia atrás y miro
la luna que brilla con fuerza, burlándose de mí. Ya casi es
la hora y me sudan las manos de los nervios. El crepitar
del fuego que hay delante me trae paz mientras trato de
darle sentido a la agitación emocional que siento en mi
interior. Miro la marca que tengo en la mano y la froto
con los dedos, pensando en tiempos más felices. Una
época en la que tenía una madre que me ayudaba a darle
sentido al caos que había en mi mente. Cuando tenía un
padre que estaba a cargo y que se ocupaba de todo. Una
época en la que no me encargaban destruir familias por
el bien de la mía.
—Maestro Simón. —Un discípulo, cuyo nombre no me
importa recordar, me llama desde el otro lado del fuego.
Señala con la cabeza hacia la luna, como si fuera un
faro—. Es la hora, señor.
Meto las manos en los bolsillos y doy media vuelta para
volver a la jaula de madera que alberga a mi pequeña
sombra. Cuando llego, está acurrucada en un rincón,
temblando bajo mi capa y respirando profundamente
como si estuviera dormida. Debe sentir que estoy aquí,
porque abre los ojos de golpe y me mira directamente. El
verde de sus irises brillando bajo la luz de la luna me
revuelve las entrañas. Se sienta y se envuelve las rodillas
con las manos esperando que diga algo, cualquier cosa.
Puedo sentir su energía nerviosa saliendo de ella en
oleadas mientras abro la puerta de su jaula. Le tiendo la
mano y le hago un gesto: —Ya es hora, Pequeña Sombra.
Capítulo 12
Lakelyn
Mis músculos se debilitan de tanto golpear las rejas
tratando de escapar. No tengo idea de por qué estoy
aquí, y eso debería ser lo que trate de averiguar. En
cambio, me pregunto cómo lo conozco. Hay algo en sus
ojos cuando me mira. Me hace sentir incómoda pero
segura al mismo tiempo. Grita peligro, lo sé. Pero no
puedo evitar que una pequeña parte dentro de mí, sienta
curiosidad por su identidad.
Mis manos se apartan de los barrotes. Me inclino hacia
atrás, me pongo su túnica sobre los hombros y la
sostengo contra mi pecho. Incluso con esta capa, el
viento me provoca escalofríos en la columna. Mis dientes
empiezan a castañetear y juro que se romperán con la
presión. La luna apenas arroja luz, lo que me aterroriza
aún más porque tengo miedo de la oscuridad. Estar
sentada en esta jaula también me horripila. Cada ruido
me provoca escalofríos de pánico en las venas, mi
corazón se acelera y mis ojos se mueven rápidamente en
todas direcciones tratando de averiguar de dónde
provienen los ruidos. Sé que es inútil, pero debo hacer
algo para mantenerme despierta. Lentamente, mi cuerpo
comienza a caer hasta que mi cabeza descansa contra el
suelo, mis párpados se cierran mientras el sueño se
apodera de mí.
No sé cuánto tiempo he dormido antes de sentir que
alguien me observa. Abro los ojos de golpe y me siento
atraída de inmediato por el hombre de ojos color
avellana. Me incorporo lentamente. Me llevo las piernas
al pecho y me rodeo las rodillas con los brazos. Espero a
que diga algo, pero él se limita a mirarme. Me muerdo el
labio, sin saber si debería hablar primero, cuando sus
ojos bajan hasta mi boca. Es solo un momento, pero es lo
suficientemente largo como para que quiera
interrogarlo.
No estoy segura de cuánto tiempo nos miramos el uno al
otro antes de que él meta la mano en su bolsillo y saque
una llave. Mis ojos siguen su mano mientras desbloquea
la jaula y abre la puerta. Hace un gesto con la mano
extendida, indicándome que me acerque a él.
—Ya es hora, Pequeña Sombra.
Sacudo la cabeza antes de saber qué estoy haciendo. No
sé para qué es hora, pero el brillo en sus ojos y el hecho
de que estoy encerrada en una jaula, me dicen que
debería hacer cualquier cosa menos tomar su mano.
—No hagas esto más difícil de lo necesario.
Mi cabeza sigue negando como si eso fuera suficiente
para convencerlo. Sé que no es así.
—Necesito que confíes en mí. —Casi suena sincero. Esa
vocecita en mi cabeza me grita que no le tome la mano.
Pero la mirada en sus ojos me cuenta otra historia. No
estoy segura de qué creer.
Me trago el miedo que se me acumula en la garganta y
me tiembla la mano al extenderla. La deslizo en la suya y
salgo de la jaula con cuidado. Su piel está fría al tacto,
áspera y con la dosis justa de suavidad. Me ayuda a
ponerme de pie y miro al hombre enigmatico, con el
rostro oculto en las profundidades de su capucha.
—¿Alguna vez me dirás tu nombre? —susurro.
Inclina la cabeza hacia un lado, pensando en mis
palabras. Su mandíbula tiembla mientras sus ojos
parpadean detrás de mí. No me atrevo a apartar la
mirada, temo que, si no me mantengo firme, nunca
descubriré su nombre.
—Dime un hecho que nadie sepa sobre ti y tal vez lo
haga—, dice finalmente.
Frunzo el ceño. Estar en una situación incómoda me
destroza los nervios y no puedo pensar en nada.
—Odio el hígado —digo de golpe.
—La mayoría lo hace, así que no me sorprende.
Cuéntame algo más, un secreto, el más oscuro.
Trago saliva y aparto la mirada de él. No puedo decírselo.
No puedo decírselo a nadie. Si alguien supiera lo que
pienso, me internaría.
—No tengo —le digo. Quizá saber su nombre no sea tan
importante.
Me agarra la barbilla con fuerza y me obliga a mirarlo.
—Ah, ah, ah, lo veo en la punta de tu lengua. Escúpelo.
Intento negar con la cabeza, pero el agarre que tiene en
mi cara me detiene.
—Sé una buena chica y dímelo.
Mi estómago se aprieta y la presión se abre paso entre
mis piernas mientras siento que algo cálido y húmedo se
acumula en mi centro.
—A veces pienso en matar a mis padres —susurro.
Sus ojos se abren de par en par por un momento antes
de enfriar su expresión.
—¿Por qué?
—Ese es otro secreto, y sólo pediste uno. ¿Cómo te
llamas?
Sus labios se curvan en una sonrisa burlona y asiente con
la cabeza.
—Me has pillado —dice. Su mano se aparta de mi cara.
Una pequeña parte de mí ya echa de menos su tacto.
—Atticus. —La palabra en voz baja apenas llega a mis
oídos. Me toma un segundo darme cuenta de lo que ha
dicho, pero cuando lo hago, no puedo evitar sonreír.
—Me gusta.
—Serías la primera.
Abro la boca para decir algo cuando escucho un zumbido
detrás de mí. Justo cuando giro la cabeza, Atticus me
agarra la muñeca.
—¡Quién! ¿Qué? —Salto hacia atrás. Bajo la mirada de
golpe, confundida por lo que está haciendo. Entonces veo
una cuerda gruesa envolviéndose alrededor de mi
muñeca. Intento tirar de mis manos hacia atrás, pero su
agarre firme me detiene. Mi cerebro no funciona lo
suficientemente rápido antes de que él haga un nudo,
atando y manteniendo juntas mis muñecas.
El zumbido se hace más fuerte y el miedo se infiltra en
mis venas.
—¿Atticus? —murmuro.
—Te dije que ya era hora —es lo único que dice justo
cuando se encienden varios fuegos detrás de nosotros.
Mi cabeza gira de repente. Hay seis fuegos pequeños en
círculo mientras una gran cruz de madera se encuentra
en el medio. Mis ojos se abren de par en par cuando
comprendo que algo anda muy mal.
—Por favor, por favor, no lo hagas —me encuentro
diciendo.
Atticus no dice nada, aunque yo no esperaba que lo
hiciera. No tengo la oportunidad de moverme antes de
que su brazo me rodee la cintura y me levante del suelo.
Un grito se escapa de mis labios, mi garganta arde por la
fuerza que puse detrás de él.
Me lleva hacia la cruz, mis piernas patean, luchando
contra su agarre. Puede que no tenga ninguna
oportunidad, pero al menos tengo que intentarlo. O eso
es lo que me digo a mí misma. No puedo simplemente no
hacer nada. Pero todo es inútil. Él es más fuerte que yo,
mucho más fuerte.
El zumbido nos envuelve. Intento mirar a mi alrededor
para ver quién está ahí, pero estoy demasiado
concentrada en la cruz frente a la cual se detiene Atticus.
Me baja y me voltea, de modo que quedo girada, con los
brazos enganchados por encima de la cabeza.
—¡Alto! —grito, implorando. Intento golpearlo con los
pies, pero me detienen. Alguien, o dos, me agarran los
tobillos y me juntan las piernas. Miro hacia abajo,
congelada por el miedo, mientras uno me sujeta las
piernas contra la madera y el otro las ata.
—¡Alto! ¡Por favor, alto! —grito desesperadamente
mientras lucho contra la sujeción, mi corazón
aterrorizado casi se desgarra de mi pecho, las lágrimas
caen por mis mejillas.
Atticus se pone de pie y retrocede lentamente. No puedo
imaginar que me deje, aunque haya sido él quien me
trajo aquí. Siento que no puedo recuperar el aliento.
Se da la vuelta y se enfrenta a las sombras oscuras que
forman un semicírculo observándolo.
—Bienvenidos, mis discípulos, es un momento de alegría
verlos a todos nuevamente.
Todos murmuran sus respuestas. No puedo escuchar lo
que dicen debido a la presión que se acumula en mi
cabeza. Me duelen los dientes de lo fuerte que aprieto la
mandíbula. ¿Por qué habré confiado en él? Debería
haberme resistido más. Hay un millón de cosas que
debería haber hecho. ¿Por qué pensé que papá tenía
buenas intenciones al enviarme a este viaje? Soy tan
estúpida.
—Esta noche nos han traído un regalo especial —
resuena la voz de Atticus en la zona boscosa.
Se forman nuevas lágrimas en mis ojos y mi visión se
vuelve borrosa, haciendo que las figuras oscuras se
mezclen mientras ululan y gritan emocionadas.
—Las inocentes que nos traigan deben ser examinadas
para comprobar su pureza en nombre de nuestro rey —
anuncia. La multitud se calla y una sensación extraña se
cuela en mis huesos. Atticus se da la vuelta y me mira.
Me trago el nudo que tengo en la garganta y siento que
se me cierran las vías respiratorias. Soy incapaz de
apartar la mirada cuando Atticus da un paso adelante y
se coloca frente a mí, mete la mano en la parte inferior
del vestido. Contengo la respiración mientras lo sube,
dejando expuestas primero mis rodillas y luego mis
muslos. Niego con la cabeza y le suplico que no lo haga.
Se detiene justo antes de mi sexo y empuja mis bragas a
un lado, dejándome al descubierto para que todos
puedan verme. Sus dedos rozan mis labios, lo que hace
que me cueste respirar. Mis ojos se fijan en los suyos
mientras abre mis pliegues y uno de sus gruesos dedos
se hunde en mí. No puedo respirar, estoy confundida por
el hecho de que mi cuerpo esté reaccionando a él de
maneras que nunca antes había hecho. En lugar de tener
miedo, estoy emocionada. Algo anda mal conmigo.
Contengo la respiración mientras él me hurga, su dedo
grueso me hace sentir llena como nunca antes. Nuestros
ojos se encuentran, su mandíbula se mueve mientras
parpadea lentamente. No estoy segura de lo que está
haciendo, pero en un abrir y cerrar de ojos su dedo deja
de moverse como si hubiera encontrado lo que estaba
buscando.
—Mía.
Capítulo 13
Maestro Simon
En el momento en que mi dedo roza su delgada barrera,
se acabó el juego para mí. Todas las dudas que tenía en
mi mente se desvanecen en un milisegundo. Mis ojos
chocan con los suyos mientras susurro: "Mía",
provocando un escalofrío que recorre su cuerpo. Su coño
se aprieta alrededor de mi dedo que todavía está dentro
de ella. La humedad comienza a acumularse a su
alrededor, goteando por sus piernas. El rostro de
Lakelyn es una mezcla de placer, confusión y miedo
mientras me mira fijamente. Las llamas del fuego se
reflejan en sus ojos, la brisa agita su cabello, alrededor
de su rostro, el aroma de las manzanas, y el olor terroso
del agua del arroyo flota a través de mis fosas nasales.
Retiro suavemente mi dedo de su coño resbaladizo,
extiendo la mano y me lo meto en la boca. Su sabor
almizclado explota en mis papilas gustativas,
haciéndome gemir de placer. Ella tiembla contra la cruz y
me observa lamer su esencia de mi dedo. Me inclino
hacia ella y susurro—: Te acuerdas cuando te dije que
confiaras en mí? —Asiente con la cabeza contra mi
mejilla, su aliento rozando mi nariz—. Necesito que seas
una buena chica para mí y te prometo que cuidaré de ti,
asiente si entiendes. —Lakelyn se queda quieta un
momento. Temo que se haya desmayado, pero luego
asiente con la cabeza lentamente mientras deja escapar
un profundo suspiro.
Dando un paso atrás, lejos de Lakelyn, me vuelvo hacia
mis discípulos y levanto mis manos en el aire listo para
dar el mejor espectáculo de mi vida.
—¡Discípulos! ¡Otra alma pura nos ha sido enviada para
obsequiar a nuestro rey! ¡Oh, qué feliz estará de recibir
esta bendición de sus hijos obedientes! —Blandiendo la
daga, la sostengo frente a mí, la luz del fuego brillando en
ella siniestramente. El zumbido en el círculo aumenta de
volumen mientras me deslizo para pararme frente al
cuerpo aterrorizado de Lakelyn. Las lágrimas brillan en
sus ojos, haciendo que mi polla se ponga dura en el
momento más inconveniente—. ¡Antes de entregar a los
inocentes a nuestro rey, debemos absolverlos de la
capacidad de decir nuestros secretos en el más allá!
Mientras el zumbido alcanza su punto máximo, me lanzo
rápidamente, separando los labios de Lakleyn con mis
dedos y agarrando su lengua con brusquedad. Sus
murmullos de pánico llegan a mis oídos mientras la baba
se desliza por su mejilla. Llevo la daga a su músculo,
hago un pequeño corte en él, viendo la sangre fluir por
mis dedos mientras su grito perfora el bosque. Antes de
que su grito termine, tomo la daga y la libero de sus
ataduras rápidamente. Enganchándola por la cintura,
sosteniéndola cerca de mi cuerpo, lanzo la daga a la
cabeza del discípulo más cercano. Se aloja en la cuenca
de su ojo, la sangre sale a borbotones a través de su
capucha negra. Sus gritos de dolor son suficiente
distracción para que derribe la cruz de madera de una
patada, arrojando palos en llamas y cenizas por todas
partes, cortando efectivamente cualquier acceso para
que lleguen a nosotros. Agarro a mi pequeña sombra
sollozante por la cintura, levantándola sobre mi hombro
y salgo corriendo hacia las colinas. Saltando troncos y
siendo atrapado por zarzas que me cortan la túnica.
En mi prisa, tropiezo con un tronco y ambos rodamos
colina abajo, aterrizando en el arroyo. Los sollozos de
Lakelyn son la única forma que tengo de encontrarla en
la oscuridad de la noche. Está hiperventilando y no
tenemos tiempo para que me detenga y la haga sentir
mejor. Agarrando su mano, la saco del agua y la arrastro
a través del arroyo hasta el otro lado.
Desafortunadamente para nosotros, el otro lado es una
pared de rocas y no hay forma de que pueda subirnos a
los dos allí. Hago girar a Lakelyn y la empujo contra las
rocas, dándole una bofetada en la mejilla, aturdiéndola lo
suficiente como para que se calle.
—Necesito que te calles la boca, niña bonita, y me oigas.
Si vamos a salir con vida de este bosque, necesito que
seas fuerte y me escuches. Sé que estás sufriendo, pero
no tenemos tiempo para lidiar con eso ahora mismo.
Asiente si lo entiendes. —Ella asiente frenéticamente
mientras intenta con todas sus fuerzas recomponerse
visiblemente—. Buena chica. Voy a levantarte, luego vas
a agarrarte de esa cornisa en la roca y subirte hasta allí,
¿entiendes? —Ella asiente y luego se da la vuelta
rápidamente. Inclinándome, agarro su pie, lo coloco en
mis manos y la levanto lo más alto que puedo. Ella se
agarra de la cornisa y se impulsa el resto del camino
hacia arriba, gruñendo de dolor. Cuando está arriba, casi
espero que me deje, pero se da la vuelta y extiende su
pequeña mano para ayudarme.
Retrocediendo unos pasos, corro hacia la roca, pongo mi
pie sobre ella y salto tan fuerte como puedo,
agarrándome de la cornisa mientras intenta jalarme
hacia arriba con ella. Una vez que lo logro, ambos
colapsamos en el suelo, tratando de recuperar el aliento.
Su pequeña mano se extiende hacia mí y envuelve la mía,
el pequeño movimiento calienta mi corazón helado.
Mirándola, me da una pequeña sonrisa sangrienta antes
de ponerse de pie y jalarme con ella. Caminamos por el
bosque durante horas, ambos temblando de frío y
débiles por el viaje. Cuando el sol empieza a salir por el
horizonte, veo una choza destartalada escondida entre
los árboles.
La cabaña está hecha de troncos con enredaderas que la
rodean por todas partes, las ventanas están cubiertas
con madera contrachapada. Los árboles y la maleza la
rodean tan bien que casi podrías pasarla por alto y
pensar que ni siquiera existe. Escondo a una exhausta
Lakelyn detrás de unos árboles mientras voy a investigar
la cabaña yo mismo. Las tablas de madera del suelo del
porche crujen bajo mis botas cuando me acerco a la
puerta principal. La puerta apenas cuelga de sus bisagras
cuando la empujo para abrirla. Un aire rancio y mohoso
me asalta cuando entro. Recorro con la mirada el
pequeño espacio, parece que ha estado deshabitado
durante años. La sala de estar, está cubierta de polvo con
un viejo sofá floral de los años sesenta contra la pared y
un televisor de caja frente a él. La cocina a la izquierda
alberga solo una nevera, un fregadero y una estufa.
Continúo por el pasillo y encuentro un baño que
definitivamente ha visto días mejores. Hurgo en los
gabinetes, encuentro un botiquín de primeros auxilios y
lo meto debajo del brazo. La única otra habitación en la
casa es un dormitorio. En la habitación hay una cama de
matrimonio con un edredón de flores encima y una
mecedora en la esquina. A un lado hay una cómoda de
madera grande. Al abrir los cajones que rechinan,
encuentro ropa vieja de hombre y mujer. No son las
opciones más elegantes, pero sirven. Una vez que me
cercioro de que es seguro, dejo el botiquín de primeros
auxilios en el sofá y vuelvo a Lakelyn.
Ella está dormida contra los árboles cuando llego y casi
odio tener que despertarla. Me inclino, la levanto y la
llevo al estilo nupcial de regreso a la cabaña. La siento en
el sofá, hurgo en la cocina en busca de un vaso y casi
alabo al rey cuando la llave del fregadero funciona y
finalmente sale agua limpia. Al regresar a Lakelyn,
inclino el vaso con agua hacia sus labios y ella sisea por
la temperatura fría antes de beberla de un trago.
—Sé que eres una pequeña sombra cansada, pero
tenemos que arreglar esa lengua tuya. —Saco el botiquín
de primeros auxilios y lo coloco entre nosotros. Clasifico
todas las cosas que hay dentro, agradecido de encontrar
un kit de costura. Lakelyn me mira con ojos
aterrorizados cuando se percata de lo que estoy a punto
de hacer e intenta levantarse del sofá para correr. Agarro
sus manos entre las mías y la sostengo allí antes de
hablar finalmente—. Después de todo lo que acabas de
pasar y por lo que pasarás, esta es la menor de tus
preocupaciones, Lakelyn. Puedes hacerlo. Tienes que
hacerlo. —Ella no me responde, y no necesita hacerlo.
Agarro la aguja y el hilo y me pongo a trabajar. Ella saca
la lengua; apenas se sostiene con un delgado trozo de
músculo en el lado izquierdo.
Tan pronto como empujo la aguja a través del músculo
blando, ella suelta un chillido y sus uñas se clavan en mi
muslo haciéndome jadear.
—Mierda, eso es todo, nena, hazme sufrir también,
Lakelyn. —Continúo con mi trabajo, y todo el tiempo sus
uñas me hacen sangrar. Mi sangre se filtra a través de
mis pantalones mientras la de ella gotea por mi brazo.
Una vez que termino, ato el extremo y bajo la aguja.
Mirándola a los ojos llenos de lágrimas, susurra—: ¿Qué
hacemos ahora? —mientras una lágrima corre por su
mejilla ensangrentada.
Nota Aclatoria
Aquí están las edades de Lakelyn y Atticus durante los
dos primeros flashbacks.
Lakelyn – 4 años | Atticus – 18 años
Lakelyn – 11 años | Atticus 25 años
Así como sus edades en el presente
Lakelyn – 18 años | Atticus 32 años
Durante los flashbacks, Atticus nunca la acarició ni la
deseó de esa manera. La protegía como un hermano,
pero nunca vio nada sexual en ella.
Además, esta es una precuela de un libro en el que están
trabajando Ryan y Loralai.