¿A quién se le permite dirigir la Cena del Señor?
La Cena del Señor (también conocida como Comunión) fue instituida por Jesucristo en la
noche de Su arresto como una práctica que todos los cristianos debían observar. Además
de las enseñanzas de Jesús incluidas en los cuatro Evangelios, Pablo habló sobre la Cena
del Señor en 1 Corintios 11:23-26.
En estos pasajes, no se menciona directamente quién puede presidir o distribuir la Cena
en la iglesia. En una iglesia grande como la primera iglesia de Jerusalén (con más de 3.000
personas; Hechos 2:41, 47), es probable que muchas personas participaran en la
coordinación de la Cena del Señor.
Sin embargo, ciertas normas se desprenden de un análisis minucioso de las Escrituras. En
primer lugar, la Cena del Señor claramente debe ser dirigida por personas que sean
cristianas. Los no cristianos no forman parte de la práctica bíblica de la Cena del Señor.
Segundo, los lideres de la iglesia habrían estado muy involucrados en la Cena del Señor.
Los apóstoles fueron los primeros líderes de la iglesia en continuar la práctica. Al poco
tiempo, se habrían requerido otros líderes, tal vez incluyendo a los siete líderes que se
mencionan en Hechos 6.
Tercero, los líderes de la iglesia local están involucrados en la toma de decisiones sobre la
Cena del Señor. En otras palabras, si tu iglesia local en particular sólo permite que los
ancianos o diáconos distribuyan la Cena del Señor durante los servicios, los miembros
deben ser respetuosos de esta decisión.
Más allá de estas directrices, la Escritura da muy poco énfasis a la persona que supervisa
la Cena del Señor. Es más, el enfoque de las Escrituras se centra más en la actitud con la
que se toma y se celebra la Cena del Señor. En su enseñanza en 1 Corintios 11, Pablo
escribió sobre tomar la Cena del Señor de una manera digna y que los creyentes debían
examinarse a sí mismos antes de participar.
La Cena del Señor es una parte clave de la vida de la iglesia. Los creyentes deben participar
responsablemente, reflexionando sobre su propia vida, la gracia del Señor, y como un acto
de adoración. Cuando los creyentes se reúnen y participan en la Cena del Señor de esta
manera, lo hacen verdaderamente "en memoria de Mí" como Jesús enseñó originalmente.
Como dijo el apóstol Pablo: "Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis
esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga" (1 Corintios 11:26)
Jesús no nos abandonó cuando ascendió al cielo. Él permaneció con nosotros en Su Iglesia,
que continúa Su obra de enseñar, sanar y guiarnos. Una de las maneras más significativas
en que Él permanece con nosotros es en el sacrificio de la Eucaristía, donde el pan y el
vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, quien se encuentra plenamente
presente en el Santísimo Sacramento del Altar.
En la Sagrada Comunión, recibimos a Jesucristo, quien se entrega a nosotros en Su cuerpo,
sangre, alma y divinidad. Esta unión íntima con Cristo significa y fortalece nuestra unión
con Él y Su Iglesia. Jesús habla de la importancia de la Sagrada Comunión cuando dice: “si
no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes”
(Juan 6:53). Como la Sagrada Comunión nos une a Jesús, también nos fortalece contra el
pecado, nos ayuda a vivir una vida cristiana, y nos prepara para el banquete celestial.
La Sagrada Comunión es uno de los regalos más preciados que Jesús nos ha dado, y es
importante que nos preparemos de manera apropiada antes de recibirla. En la Iglesia
Católica Romana, una vez un niño tiene la capacidad de entender que la Eucaristía es el
regalo de la misma vida de Jesús, se le prepara con esmero para que pueda recibir su
Primera Sagrada Comunión. Además de aprender las verdades sobre la Eucaristía, el niño
se prepara a sí mismo espiritualmente y recibe el sacramento de la reconciliación, para
que pueda recibir la Sagrada Comunión con un corazón puro.
La preparación cuidadosa antes de recibir la Sagrada Comunión también es necesaria para
los adultos. Debido a que la Sagrada Comunión es un signo de unidad con la Iglesia
Católica, una persona sólo debe recibir la Sagrada Comunión si cree en lo que enseña la
Iglesia Católica, y si vive como miembro de la Iglesia, siguiendo el camino de vida que ella
establece para sus hijos. Si uno está consciente de haber cometido un pecado grave, debe
recibir el sacramento de la reconciliación antes de acercarse a la Sagrada Comunión.
Lo reciben los buenos, y lo reciben los malos:
pero con desigual fruto: para unos la Vida,
para otros, la muerte
Es muerte para los pecadores y vida para los justos:
mira cómo un mismo alimento
tiene efectos tan contrarios
¿Qué se necesita para hacer la Primera Comunión?
Para celebrar la Primera Comunión se ha de tener en cuenta varios requisitos para llevarla
a cabo:
1. Bautismo
En primer lugar, es necesario haber recibido el Bautismo, éste es el primer sacramento de
la iniciación cristiana e indispensable para nuestra salvación.
De echo, desde este momento empieza la preparación para la Comunión.
Sabemos que en el bautizo quedamos limpios del pecado original y por ello, recibimos la
Gracia Santificante, convirtiéndonos de este modo en Hijos de Dios, miembros de la Iglesia
y Templos del Espíritu Santo.
Será desde este momento, donde los padres se ocupan de este encuentro personal con
Jesús, a través del día a día, con la familia, en la escuela, con sus amigos…
Se les va formando de esta forma, hasta llegar el momento de la catequesis, que se les
prepara durante varios años más concretamente, para recibir la Primera Comunión.
2. Catequesis
La catequesis normalmente tiene una duración de dos o tres años, donde se les enseñan
las verdades fundamentales de la fe católica, junto con las oraciones básicas y el
significado de los sacramentos.
Se les explica para que puedan entender y asimilar el significado del misterio de Cristo,
mediante distintos recursos y puedan recibirle con fe y devoción.
Se les capacita para que puedan comprender la importancia de la preparación espiritual
ante el recibimiento de este sacramento.
Los catequistas y el sacerdote ayudan a los Padres, siendo suyo el compromiso de educar
a sus hijos en la fe.
3. Confesión
Para recibir a Jesús en la Eucaristía, es necesario que se le prepare al niño y a la niña en el
sacramento de la Confesión.
Enseñarle que este sacramento es un encuentro con la misericordia de Dios, mediante el
cual nos perdona de todos los pecados cometidos después del bautismo por medio de la
absolución que da el sacerdote.
Enseñarles y ayudarles a que sepan la fealdad del pecado, la importancia del
arrepentimiento, la intención de no caer en esas faltas y el efecto que conlleva el decirle
todos los pecados al sacerdote, aunque les de vergüenza.
Destacarles la importancia de esta primera confesión y comunión, que abre un camino
para nuestra vida en amistad con Jesús. Es importante para la vida del cristiano
permanecer en esta fidelidad.
Recibir en la Comunión al mismo Cristo que se nos da produce unos frutos en nosotros,
los cuales mencionamos a continuación:
La comunión nos une más íntimamente a Jesús. «Quién come mi Carne y bebe mi Sangre
permanece en mí y yo en él» (Jn 6,56). En esta relación de intimidad, en cierto modo, Él
nos va transformando: Al igual que necesitamos la comida para nuestra vida corporal, le
necesitamos a Él para nuestra vida espiritual. «La comunión con la Carne de Cristo
resucitado, vivificada por el Espíritu Santo y vivificante, conserva, acrecienta y renueva la
vida de gracia recibida en el Bautismo» (CIC 1392).
Frutos de la Primera Comunión
La comunión nos separa del pecado. Para recibirle es necesario reconciliarnos por medio
de la confesión y de este modo, nos protege de pecados futuros.
Nos va fortaleciendo en la caridad que tiende a debilitarse y esta caridad vivificada borra
los pecados veniales. Va reparando nuestras fuerzas y dándose a nosotros por medio de la
comunión, refuerza nuestro amor.
En la medida que participamos de la comunión vamos incrementando nuestro amor, y ello
nos preserva de futuros pecados mortales.
Al recibir la comunión, se entra en esa alianza con el Cuerpo de Cristo, uniéndose entre sí
y dando lugar a la Iglesia. «La Eucaristía hace la Iglesia» (CIC 1396).
Al recibir la Eucaristía, que es la caridad misma, transforma nuestra caridad y compromiso
con los más necesitados.