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Matices de Matisse

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Vierdosdoc 98.

Mi habitación de monja tiene una ventana que mira a la ciudad y,


más allá, al mar. Digo habitación de monja porque estoy en un
convento dominicano. Mi habitación, más bien celda, contiene un
escaparate, una cama pequeña y una mesa pequeña. El convento
está situado en una colina que desciende abruptamente hasta el
fondo de un barranco, que exploraré, donde comienza a subir
abruptamente la colina de enfrente, la colina de la ciudad. Entre la
ciudad y yo, un descenso brusco y un ascenso empinado, ambos
cubiertos de casas erizadas de chimeneas, rodeadas de jardines casi
tropicales con sus palmeras y trinitarias, cactus y cambures, ropa
recién lavada, puesta a secar en los balcones. Todas muy limpias las
casas, como recién pintadas, con tejados intactos y terrazas floridas.
Todavía no sé cómo describir la luz de la tarde en el altísimo cielo.
Sé que le gustó a grandes pintores. Estoy al lado de la capilla que
decoró Matisse, o quizá ideó en su totalidad, y junto a la galería de los
esbozos suyos en carboncillo.

La hermana Myriam me espera para comer.

Cuatro monjas me sirvieron la cena. A mí sólito. Qué privilegio. Me


sentí obispo. Loca si boba obispo.
Hay una manera -tal vez varias- de ir a la ciudad antigua desde la
capilla de Matisse sin bajar al abismo. Hay un puente. Caminé por una
sinuosa calle de partes muy obscuras y partes muy iluminadas, hasta
encontrarlo. Dejé en la residencia a mis cuatro acompañantes. Iba
solo. Ya llegando al puente, vi a mi izquierda un letrero «Oasis»; miré
y no vi nada, casi me caí al no encontrar apoyo visual; bajé la vista y
vi el techo de un edificio de cinco pisos; las bajadas son bruscas; pero
yo seguí para atravesar el puente. En el medio miré hacia abajo y
sentí vértigo: el lejano fondo se perdía en la sombra que la pálida luz
de la luna en cuarto creciente no penetraba; la baranda, muy baja,
apta para suicidios y resbalones mortales. Llegué por fin a la ciudad
nueva que rodea a la antigua. No quise explorar mucho y me devolví
por el mismo camino; más bien mañana, como dicen los perezosos, o
los prudentes. La hora de la mañana tiene oro en la boca.

Sabtresdoc.

En la mañana salí solo. Dejé otra vez en el convento, con las


monjas, a mis cuatro acompañantes. En plena luz del día y con sol
brillante, bajé al abismo por un camino, serpenteante tobogán, entre
quintas -aquí las llaman villas- construidas sobre terrazas.
Internamente, todas tienen varios niveles, terrazas internas, y entre
casa y casa, jardines en terraza. La distribución de las terrazas es
laberíntica. El camino tobogán es estrecho, pero suficientemente
ancho para dejar subir autos a gran velocidad; a menudo tenía yo que
saltar hacia una terraza. El ascenso es escarpado, más que el
descenso, y tortuoso. Pronto me encontré ante las almenas de la
ciudad vieja, toda de piedra, y entré por un portal ambiguo -parecía
más bien la entrada de una casa- y deambulé por el dédalo de
callejuelas medievales. Me gustaron las ciegas, de doble, triple y
hasta cuádruple ceguera, las que se dividen y terminan ante puertas
cerradas. Recuperarían la vista si yo conociera a alguien que me
abriera desde adentro. En las videntes hay talleres de artistas,
tiendas de alfarería, ventas de artículos de hierro, fruterías, abastos,
bares, restaurantes, cafetines... Llegué a la catedral, a la oficina de
correos, a la alcaldía, todas frente a la misma plaza; visité la catedral
que tiene otra plaza por detrás y una torre cuadrada, campanario con
las campanas de más dulce sonido que yo haya oído jamás. Endulzan
las horas y las medias horas al tocarlas. Siempre en otras ciudades
me han molestado las campanas de las iglesias; aquí me placen.
No me explico por qué el cielo es tan alto ni por qué la luz, en ese
espacio inmenso, juega juegos tan pequeños. No me explico tampoco
cómo Matisse logró que le permitieran hacer esa capilla tan distinta
de todas las capillas, tan violadora de todas las convenciones
milenarias, tan penetrable a la luz del cielo, con dibujos tan simples y
a la vez tan multisugerentes -dan pie hasta para asociaciones
pornográficas. Era ya viejo y estaba enfermo cuando vino a este
pueblo. Siendo ateo, convenció a las monjas de que creía en Dios;
¡qué sinvergüenza! Aunque tal vez no las engañó, sí creía en Dios,
pero no dijo que para él, Dios era Matisse. Lo acompañó y ayudó una
bella muchacha admiradora suya y quizás le calentó su lujuria de
anciano; pero ella lo abandonó disminuyendo en su jardín una linda
flor. Después de varios años la encontró convertida en monja
dominicana. Yo no me explico cómo el perico, teniendo un hueco
debajo del pico, pueda comer. No puede ser.
Le dije a Soeur Myriam que en Venezuela llamamos a las monjas
hermanas de la caridad o hermanitas o sor Fulana; pero que en
España había oído llamarlas madres; y le pregunté cómo debía yo
llamarla a ella. Me dijo de inmediato «Hermana, basta» como
huyendo del otro apelativo ¿será porque el incesto adélfico es menos
grave que el edípico?
Sólo a Matisse reconoció Picasso como rival digno, y le temió. Con
razón. Picasso procedía por instinto, por movimientos corporales, por
agudeza de la vista. Su genio era carnal, sensual, sanguíneo. Matisse
se le escapaba porque Matisse era intelectual, cerebral, abstracto. Ni
el ojo, ni la mano, ni la tela, ni el pincel le enseñaron nada. Aprendió a
pintar leyendo notas de Leonardo y pensando.
Muchos creen que los pintores no piensan. Error. Serán argunos.

Domcuatroc.

Blas, joven historiador del arte, y su esposa Manuela, residen aquí


para un trabajo académico. Se hicieron novios a los diez años en la
escuela y se casaron hace un mes. Santo Domingo, el fundador de la
Orden Dominicana, la orden de los predicadores, en su lecho de
muerte, declaró ante todos los presentes que, aunque había sido
virgen toda su vida, siempre le había gustado la conversación de
mujeres jóvenes. Blas y Manuela han hecho amistad con uno de mis
acompañantes: el gordito. Dos cosas le gustan al gordito: la erudición
y la comida. Habla todo el tiempo con sus nuevos amigos y aprende
sin cansarse acumulando nuevos conocimientos en su insaciable
memoria. Come que da gusto y envidia, con impune deleite, no sólo
en las horas de mesa sino también en cualquier momento al
presentarse la ocasión, y nunca se queja de trastornos digestivos. Por
esa doble voracidad mi mamá lo llamaba morcón roto y barriga de
campo santo. A Santo Domingo, en su lecho de muerte, le dio
vergüenza haber hablado de su virginidad y de las mujeres jóvenes.
Blaise y Emmanuelle le dan sus conocimientos generosamente y
no se empobrecen. Tal vez las monjas sí, por el pantagruélico
consumo. Dicen que los conocimientos son lo único que uno puede
dar y conservar, dar sin perder. Sin embargo, Gurdief enseñó que el
conocimiento es material, una materia muy sutil; el que lo da, lo
pierde. Se refería, creo, a cierto tipo de conocimiento, a un carisma,
como ése de los brujos que, si enseñan la oración de matar gusanos,
después no les hace efecto cuando la rezan. Pero si se refería a todo
conocimiento, a los profesores, lo que les queda después de clase es
un bagazo verbal. ¿Será el gordito un vampiro mental?
He observado que el gordito «vela» a los demás cuando comen,
aunque él mismo esté comiendo. De los perros se dice que cuando
velan le quitan la substancia a la comida. Si uno mismo mira con
hambre al que está comiendo, se le puede saltar la hiel. ¿Por torpeza
en esa comida substancial? No sé; pero de todas maneras, y por si las
moscas, cuando como con el gordito trato de no quedar frente a él en
la mesa, o pongo algún obstáculo a su voraz mirada, un florero, un
gran libro abierto, finjo leer la prensa. Cuando me pregunta algo le
doy conocimientos ya bagaziados y me guardo los jugosos, sabrosos,
nutritivos.
Algunas personas tienen tantos conocimientos ya adquiridos y
generan tantos nuevos, que pueden prestar y regalar sin
empobrecerse ni desnutrirse. Santo Domingo, en cierta ocasión, llenó
de pan y vino las mesas desiertas de sus hermanos, con sólo
desearlo. Hay países donde las mujeres bellas se cubren porque la
mirada codiciosa del hombre las desgasta; las muy tocadas, como el
himno nacional, pierden la substancia.
He notado que Blas y Manuella, después de hablar con el gordito,
se ponen pálidos y caminan como chencha, mientras el gordito, todo
orondo y alegre, coloradito, camina con pasos de baile.
Luncincoc.

El cielo se ve tan alto porque no hay formación de nubes bajas en


esta región. ¿Por qué no hay? Matisse pintaba -dice él mismo- para
poner orden en sus ideas. A veces hay formaciones de nubes bajas,
pero en el horizonte, lo cual hace que la parte alta del cielo se vea
más alta todavía.

Marseisoc.

Almorcé con un periodista. Una extraña conversación. Yo le


conté de unos curas alemanes que redujeron todo el cristianismo al
amor al prójimo. Cristiano es el que decide dedicar su vida a ayudar a
los otros. Todo lo demás es superfluo en el cristianismo, y hasta
perjudicial, que si María era virgen, que si Dios es uno o trino, que si
el alma es inmortal, que si existe Dios, incluso. El mundo está lleno de
injusticia, enfermedad, miseria, angustia, ignorancia, mil formas de
dolor. Cristiano es el que se dedica a disminuir el sufrimiento y a
servir sin interés en convertir. Le conté que algunos de esos curas
habían ido a Latinoamérica a vivir con los indios, que no decían misa
ni enseñaban el catecismo, ni confesaban. Además de sólo ayudar,
ayudaban en los términos de los indios: a hacer casas o
embarcaciones con la técnica indígena, a curar con la medicina
autóctona. Que no eran civilizadores ni maestros de cultura
occidental, además de no enseñar religión. Que según una decisión
personal, se ponían, en cualquier país, en cualquier clase social, al
servicio de los necesitados.
El periodista no se impresionó. Me dijo que el amor al prójimo
es una gran hipocresía, que nadie quiere a nadie, que cada uno usa a
los demás para sus fines personales. Entre otras cosas, para sentirse
bien, haciéndose creer a sí mismo que se sacrifica por los otros y
sigue a Cristo. Este es el caso de los cristianos. Son preferibles los
que usan abiertamente a los otros para hacerse ricos o poderosos, o
gozar. Plata, poder, placer. ¿De dónde sacan el amor al prójimo esos
curas alemanes?
Como la pregunta me pareció retórica, no respondí nada. El
continuó. Las campanas de esta ciudad son tan delicadas como una
persona que pidiera perdón a los niños por regalarles caramelos. La
capilla de Matisse es una verdadera capilla, una iglesia, un templo.
Por fuera y por dentro. He visto iglesias modernas que parecen
polideportivos pequeños o grandes polígonos de tiro, o
multitudinarios locales de espectáculos. Aquí, en cambio, se siente el
recogimiento necesario para comunicarse con dimensiones secretas
de sí mismo y para adorar lo que supera sin límites la finitud personal.
Adorar: contemplar con asombro y temor y esperanza lo
sobrehumano.
Dos cosas asombrosas me dijo el periodista, asombrosas
porque no pertenecen a esta época, nadie habla de eso en nuestros
días. La primera: que no podía conciliar la idea de un Dios bueno con
el sufrimiento inevitable del hombre en el mundo y con la maldad. Le
hablé de la teodicea, disciplina parafilosófica que defiende a Dios
contra la acusación de ser causa del mal. Filósofos eminentes, entre
ellos nadie menos que Leibnitz, cultivaron la teodicea. No se
impresionó en lo más mínimo. Círculos viciosos, dijo, paralogismos y
hasta sofismas.
La segunda: que es imposible probar racionalmente la
existencia de Dios. Me acordé de cuando me invitaron a una
residencia femenina atendida por monjas en Mérida para que hablara
sobre las pruebas de la existencia de Dios. Estaban presentes,
además de las estudiantes residentes, estudiantes varones de la
Federación de Centros invitados para la ocasión. Era tiempo de
guerrillas y marxismo galopante. Yo, siguiendo los razonamientos de
Kant, expliqué la imposibilidad de probar la existencia de Dios con
argumentos racionales, pero afirmé que había pruebas secretas
absolutamente seguras, sólo que por ser secretas no podían
exponerse en público, y tal vez ni siquiera en privado, pues se
escondían en el fuero interno individual, en la experiencia íntima
intransmisible de la persona. Nadie quedó contento. Ni las residentes,
ni los visitantes, ni las monjas, ni yo. Me retiré entre abucheos
unánimes.
Como al principio del almuerzo el periodista se había declarado
religioso y practicante, me permití preguntarle cómo conciliaba su
práctica religiosa con esas ideas. No la concilio -dijo- no concilio nada
y hace mucho tiempo me hubiera suicidado, la vida no vale la pena,
de no ser por una fe absolutamente irracional, creo a pesar de que es
absurdo. Un solo razonamiento, tal vez, pero no apoyado en la fuerza
de la razón: Dios sufrió, yo sufro, el sufrimiento nos hace parientes,
casi nos hermana, aunque el vínculo es mas bien filial de mi parte.
Me dieron ganas de preguntarle a manos de quién sufría Dios -
sospeché alguna forma de maniqueísmo- o si el sufrimiento era parte
de la naturaleza divina, como la omnipotencia, la omnisciencia y la
bondad; pero me contuve por cortesía al ver que aquello le producía
emoción y desvié la conversación hacia otro tema. No he visto -dije-
en esta región restos de la herejía que causó la sangrienta cruzada en
tiempos de Santo Domingo, ni siquiera expresiones de resentimiento,
ni siquiera menciones. Es que no fue aquí -dijo- fue más al oeste, por
los lados de Toulouse; por allá sí quedan ciertos restos calientes.
Misietoc.
En la madrugada, con luna llena ardiendo en un cielo sin nubes,
vi las viejas constelaciones que conocí en Barquisimeto: Tauro, Orión,
el Can mayor. No todas las estrellas se retiran cuando esplende sin
obstáculo la luna llena. Palidecen un poco, pero se reconocen:
Aldebarán, Rigel, Betelgeuse, Sirio, las Tres Marías y hasta las
Pléyades con forzada atención. Me sentí en Barquisimeto, a media
noche, en el parque Ayacucho; no en Mérida, donde raras veces se
ven, y eso como a las tres de la madrugada.
Durante todo el día, mi segundo acompañante ha estado
sentado en el suelo en un rincón. Se queja de haber venido y yo
lamento haberlo traído. No es capaz de ir solo al refectorio a comer:
le da vergüenza. No puede entrar a una papelería a comprar un
cuaderno, le parece que lo van a maltratar. No pregunta ni en oficinas
de información, se aterroriza. Es como si en la infancia, los padres le
hubieran castigado toda iniciativa, de tal manera que lo único
permitido, lo único no generador de culpa, lo único impune fuera la
quietud silenciosa. Me imagino a los padres diciéndole no te muevas
de ahí o te doy una paliza; quédate quieto o te doy un tatequieto; me
imagino que de verdad lo castigaban por moverse y por hacer bulla.
Debió pasar su infancia al lado de algún enfermo grave que el ruido
mataría. Además, necesita que alguien le haga todo; si fuera por él, le
gustaría que le abrieran la bragueta y le sacaran el pipí para orinar y
se lo sacudieran (no más de tres veces, eso sí; lo mismo con aquello y
aquello otro. Y no es por pereza; es capaz de estudiar durante largas
horas todos los días sin moverse de su asiento y de su mesa; era muy
bueno haciendo tareas de escuela, y es muy bueno, ahora,
corrigiéndolas. Puede corregir setenta, cien cuadernos de ejercicios
de los alumnos sin descuidar la atención, sin quejarse. Ahí está
sentado en un rincón, todo angustiado, esperando que yo lo
acompañe a la estación de trenes y pregunte por el precio del pasaje,
por las horas de partida y llegada, por las reservaciones y le compre
el boleto y lo acompañe hasta su asiento y haga el viaje con él para
ayudarlo en el transbordo y después en la llegada y en las diligencias
de museos y bibliotecas. ¡Qué mala suerte! Yo, aquí, de mamá del
niño pequeño. ¡Tómese otra cucharadita de sopa por amor a su
mamita, hijo de putita!.
Y todo eso cuando ya ha decidido qué hacer. Porque para llegar
a ese punto pasa por mil visiones y revisiones que un minuto puede
revertir. A veces, la decisión no es auténtica, las circunstancias lo
forzan, hace lo inevitable. Una vez me dijo que quería ser soldado,
entrar en el ejército. Me sorprendió esa súbita vocación militar; pero
él me explicó que en el ejército no hace falta tomar decisiones. Las
horas de acostarse, de levantarse, de comer, de bañarse, de hacer
ejercicios, de estudiar, están previstas. Los platos de la comida están
decididos de antemano. Todo se hace obedeciendo órdenes. El
problema del ejército son los días libres que conceden al soldado
periódicamente; qué hacer en esos días equivale al infierno, un
infierno potenciado por contraste con el cielo de los demás días.
También se sintió atraído hacia la vida monástica por los mismos
motivos. Pero hasta ahora no ha podido decidirse.
Y entre mis acompañantes ¡horror! éste es el encargado de
hacer todas las diligencias de tipo práctico.

Domoncoc.

La ciudad antigua es redonda. En torno a sus murallas


desciende en todas direcciones la ciudad nueva. La antigua está
habitada, como si sus habitantes vivieran en el recuerdo y del
recuerdo. Muchos la visitan todo el tiempo, como si se pusieran a
recordar. Las tímidas y poderosas campanas, más que dar la hora,
invitan al recuerdo. Llaman desde el centro sagrado de la ciudad
antigua. Un llamado no violento, fácil de desoír, sosegado, desde el
centro ignoto de la vida. Aún los que viven en la ciudad antigua están
fuera de ella. El centro es secreto, se esconde. Los caminos de la
historia nos dicen cómo comenzó, cuáles vicisitudes ha sufrido, qué
cosas ha hecho, qué palabras ha pronunciado. Pero no nos revelan el
origen. No conocemos el impulso inicial que aún hoy la sostiene.
¿Está en mí, oscuro para mí mismo, el origen?
La ciudad antigua es bella. Desde mi ventana, mi mirada pasa
por encima del abismo que nos separa, pasa cuidando de no caer,
pasa venciendo el vértigo de abajo y el vértigo del alto cielo,
atraviesa el aire iluminado y la encuentra, la recorre, la acaricia,
quisiera penetrarla. La veo y veo que es bella. Pero quedo por fuera.
Yo aquí. Ella allá. Ni siquiera puedo sostener su visión. La mirada
tiende a vagar hacia el cielo, hacia la ciudad nueva, hacia el abismo.
Regresa de su errancia pero se siente excluida. La belleza es
impenetrable, insostenible, inaguantable. Terror de arrobamiento, de
perderse en la fascinación, de ser comido por el trance. Si mantego la
mirada arriesgándolo todo, entonces la atención huye hacia las ideas,
hacia cuadros pasados, hacia las urgencias del día, hacia las
necesidades del cuerpo. Por fin, la mirada se retira también,
derrotada, y se dirige a objetos permitidos.
¿Es inviolable la belleza?

Lundococ.

Estuve en Peille. No reconocí la biblioteca. Reconocí el pueblo


medieval, establecido allí desde antes de la historia escrita, celta,
ligur, reconocí las calles tortuosas, el vértigo de las terrazas. No
reconocí la biblioteca porque no estaba allí cuando fui al pueblo hace
dos años. Lo que ahora es biblioteca era una edificación siniestra
donde se habían hecho algunos trabajos de restauración,
interrumpidos por falta de fondos. Me dio gusto ver la más alta
habitación, consagrada a los niños, con el lema ORDEN-DESORDEN
este año. Los niños construían el abecedario a partir de multitud de
letras en desorden, cuadros a partir de piezas dispersas, armaban
rompecabezas, numeraban, clasificaban, o hacían lo contrario.
Extraños estantes horizontales puestos en el suelo permitían ubicar
libros según algún criterio de clasificación o de cualquier manera. El
primer contacto de los niños con los libros es placentero y permisivo,
en total libertad de movimientos y de iniciativa. Y luego, lo no
previsto por mí: Sé que en Francia, las bibliotecas reciben
normalmente a escritores franceses y extranjeros para conferencias,
coloquios, o para atender preguntas de los clubes de lectura; pero en
esta ocasión vi que los escritores eran recibidos por niños que les
presentaban libros hechos por ellos ¡por los niños! y esperaban los
comentarios y preguntas de los escritores.
Me tomaron fotos con los otros escritores y con los niños, y una
con Christiane Beloeil y el alcalde del pueblo. Observo de nuevo que
Christiane, la responsable en gran parte de esta maravilla, la
conversión de una ruina en una moderna biblioteca, tiene una mirada
aguda y penetrante, llena de ternura.

Martrecoc.

En el cielo de la madrugada la luna esplende en cuarto


menguante, acercándose al sol, y se asolea las espaldas. Matisse
puso sobre la capilla una extraña especie de cruz con medias lunas
opuestas por la convexidad. La Osa Mayor no deja de impresionarme,
tan alta en el cielo, alta también la estrella Polar, mientras Sirio,
Proción, Betalgeuse, Rigel y Aldebarán, parecen acercarse al mar. A
Pascal lo aterraba el silencio eterno de las estrellas, mientras que,
según Pitágoras, cantaban, y a los hombres de muchos pueblos les
hablaban. Es posible que el cristianismo -su teología- haya
deshumanizado progresivamente a las estrellas hasta llegar en la
modernidad a quitarles toda afinidad anímica con los hombres. En
efecto, al enseñar que Dios creó al mundo de la nada, y no de su
propia substancia, lo convierte en objeto inanimado y sólo al hombre
confiere aliento divino, a más de imagen y semejanza. En
consecuencia, quizás se le ha ido perdiendo el respeto a la naturaleza
y no se siente culpa al destruirla; cuando más, un temor tardío por los
efectos perniciosos de esa destrucción para la propia vida humana.
La cruz de Matisse sobre la capilla se ve desde el norte y desde
el sur. El altar mira hacia el sur sureste, de tal manera que el
sacerdote, al oficiar, tiene la receptiva mano izquierda hacia el este.
En un libro hecho por Matisse alternan los dibujos con páginas
manuscritas; decía que la continuidad de un estímulo lo debilita. Así,
la capilla tiene por el este, dibujos (las catorce estaciones, en orden
de escritura bustrofedón); por el oeste, vitrales; por el norte, dibujos
(la Virgen y el Niño, Santo Domingo); por el sur, vitrales. Para los
vitrales usa sólo dos colores primarios, el amarillo y el azul, y el
verde, que de ellos resulta. Los vitrales tienen formas vegetales en
extremo simplificadas, como llegando a su esencia; y una forma
geométrica emparentada, el rombo. En la fachada occidental hay un
solo vitral, enorme; él lo hizo rodear de hiedra viva, una hiedra de
grandes hojas, parecidas a las simplificadas por Matisse. Como la
única hiedra que conozco es la que cubre parcialmente la fachada
principal del seminario arquidiocesano de Mérida, me pregunto cómo
sería la hiedra de Fray Luis en su vida retirada «a la sombra tendido,
de hiedra y lauro eterno coronado».
En los dibujos, la reducción de las figuras a los trazos
indispensables para ser reconocidas me parecían resultar de una
mirada «esencialista» de Matisse, que de una vez captaba las líneas
esenciales, y de una mano certera en sus movimientos, como la de
los pintores gestuales del Japón. Pero me equivocaba. Matisse
pintaba, primero, el objeto en toda su riqueza de características
particulares, y luego, en dibujos sucesivos, le iba quitando todo lo que
no era indispensable para reconocerlo. Santo Domingo, la Virgen y el
Niño están tan «esencializados» que recortarles una línea sería
hacerlos imposibles de identificar; pero son tan ricos que conservan
en toda su plenitud madre del mundo, madre amor hijo, hijo
salvación. Cristo en hombre santo. Tal vez hacía falta ser ateo para
lograr esa belleza sin morir.
El día ha sido brillante y caliente. El cielo, más alto que de
costumbre. A lo lejos se ve el mar. Las tímidas campanas invitan en
vano al recogimiento a una población que se vierte a la calle para
disfrutar sensualmente del sol. Recuerdo por contraste el anochecer
de hace una semana cuando me asustó el relámpago al reventar
como un instante de mil soles, y el trueno como un gigantesco perro
extraterrestre, corriendo y ladrando por el cielo para romper las
nubes y derramarlas bruscamente sobre los desprevenidos
paseantes. Yo, buscando dónde escampar, corriendo en un camino
sin árboles, creando algún techo con el deseo.
Con el silencio y el sosiego de este atardecer sereno, corro
peligro de embobarme y dormitar sin sueño. Me dan ganas de beber
aguardiente, pelear con alguien o atravesar descalzo el río de La
Pedregosa.

Micatoc.

Santo Domingo, en el gran dibujo de la capilla, está levitando,


no tiene peso, no se apoya en el suelo. También el Niño Jesús está
levitando, la madre le pone las manos debajo de los pies, pero no lo
sostiene. Sólo la madre está ligada a la tierra.
Otra vez un día brillante y caliente. Soberbio, espléndido.
Verano indio, lo llaman, no sé si por la India o por las Indias. Paseo en
mangas de camisa y con la cabeza descubierta. Observe, señor, se vé
a Córcega. Noto por primera vez la inmovilidad de la ciudad antigua,
vista desde mi ventana. No porque debiera moverse, sino porque
nada en ella se mueve. Parece deshabitada como un sueño
mediterráneo en el mediodía soleado, como una alucinación o un
espejismo. De piedra. No es cierto que la luz meridional propicie el
realismo. Las cosas, ahogadas en la luz, flotan ingrávitas, pierden
realidad y tienden a deformarse como las nubes o los pensamientos.
Las muchas palmeras, las trinitarias y los cactus con sus tunas
maduras, que aquí llaman higos de barbarie, me hacen sentir al sur
de Barquisimeto; pero la troja donde el pámpano se alía con la rosa,
los olivares y laureles, las colinas calcáreas coronadas de almenas
medievales me recuerdan que estoy en la Provenza de los trovadores.

Juquinoc

En realidad no es propiamente Córcega lo que se ve, sino una


imagen, un espejismo; la curvatura de la tierra no permite una visión
directa, había dicho Soeur Myriam. Es como a las siete y media de la
mañana.
Con esa información, antes de las siete y media estaba yo
oteando el mar. No vi a Córcega, pero vi que el mar hervía a
borbotones de un color amarillo exactamente como el amarillo del
sillón en el cuadro de Matisse de 1940, llamado Muchacha en sillón
amarillo. Nadie aquí ha podido explicarme ese fenómeno, ni yo mismo
he encontrado hipótesis alguna.

Vidisioc.

Fui a Contes. Reconocí el pueblo y la entrada de la biblioteca,


aunque la primera vez que fui, hace un año, era de noche y hacía frío.
Esta vez era de día y hacía calor. Antes de llegar quedé encandilado
al ver la parte alta de la ciudad desde la carretera. El año pasado, ni
siquiera la había sospechado. Está construida sobre una gigantesca
roca y es una hazaña de la ingeniería, o mejor, albañilería medieval.
En un principio, la ciudad estaba abajo en el valle, pero un torrente
peligrosísimo, que todavía pasa por ahí, la barrió en una de esas
famosas crecientes en las que la naturaleza dice al hombre de
tecnología desarrollada: «No me has domado todavía».
Reconocí a muchas de las personas que asistieron a mi
conferencia y ellas me reconocieron a mí. Había, además, una señora
que nació en Caracas, estuvo hasta los diez años en Venezuela, y
recuerda a Maracaibo, Barquisimeto y Mérida. Nos reunimos en el
espacio de la biblioteca consagrado a los niños. No dejo de admirar
esa característica de las bibliotecas que he conocido en la Provenza,
en los llamados Alpes Marítimos: la consagración de un lugar donde
los niños tengan su primer contacto con los libros sin imposición ni
represión.
Mi conferencia dio pie para que se caldearan los ánimos entre
los participantes y se formara enconada polémica entre ellos en un
cierto desorden, con viva emoción. Cuento el incidente.
Una persona que había leído mis libros, apoyándose en citas de
ellos, sostuvo que mis planteamientos sobre Latinoamérica
sobrepasan, desbordan el caso particular nuestro y hacen reflexionar
sobre las relaciones de cultura y poder entre los pueblos a lo largo de
la historia universal. Y que sirven -este fue el detonador- para
analizar, por ejemplo, las relaciones entre Francia y Argelia. Debo
explicar que aquí llaman pie-negro a los franceses que participaron en
la colonización del norte de África y que tuvieron que regresar a
Francia después de la guerra de liberación de Argelia. Regresaron
habiendo perdido sus posesiones y reconociendo como vano todo su
esfuerzo. Todo el mundo está de acuerdo en que los pie-negro son
excelentes trabajadores; además, lo han demostrado, porque a donde
quiera que han ido se han distinguido por su honestidad, su
capacidad para el esfuerzo perseverante, su disposición para aceptar
y vencer condiciones difíciles de las tierras que cultivan, su
inquebrantable voluntad de superación. Sin embargo, algunos los
acusan de haber sido despóticos, crueles e injustos con los argelinos,
de haberlos tratado como esclavos, de haber provocado
resentimientos que frustraron la formación de una gran cultura
arabofrancesa, de una gran nación bilingüe, de una extensión de
Francia y de la francofonía.
Ahora bien, la formación de las naciones iberoamericanas -y
quizás también angloamericanas-puede ser vista como una
experiencia pie-negro exitosa. Exitosa, porque ni los intentos de los
indios por rechazar a los europeos, ni las condiciones internacionales
de aquella época, impidieron la instalación hasta hoy en día de los
europeos en América, de tal manera que las naciones americanas son
prolongaciones de Europa, cultura europea con las modificaciones
traídas por las características de los nuevos territorios, el mestizaje,
la esclavitud.
Sería cuestión de analizar esta analogía tan interesante para
saber hasta dónde puede mantenerse; pero, en todo caso, el hablar
de la formación de Latinoamérica hace pensar en la incoada y
fracasada formación de una Argelia francesa, trae recuerdos cercanos
dolorosos, lastima una herida no cicatrizada aún.
Por cierto, me han dicho que los llamaban pie-negro porque
usaban zapatos, en general negros, en vez de sandalias, babuchas o
chinelas.
Para mí, en lo personal, siempre ha sido una experiencia
agradable conocer a un pie-negro o a una pie-negro, y no les he visto
sino virtudes, y los admiro. Habré tenido la suerte de conocer a los
buenos.

Sadisitoc.

Christiane y Jean-Pierre me llevaron a Eze y a un castillo que


parece natural; yo pensé, en un principio, que era una formación
espontánea de la roca. También me mostraron todo el Paseo de los
Ingleses y sus grandes hoteles, y luego, los barrios desfavorecidos en
los que los infelices viven en edificios HLM (construcciones baratas de
alquiler bajo) y conocí por dentro los apartamentos: son mejores y
mejor equipados que los de la ULA para sus profesores, en la vía de
La Hechicera.
Con ellos volví a visitar la biblioteca de Cap d' Ail, tan grande y tan
ordenada. Estaba pasando una película sobre el Japón un funcionario
de la embajada, y había una exposición de papagallos y pajaritas de
papel del Japón. La biblioteca exhibe libros antiguos y recientes de la
literatura japonesa. El funcionario invitó a una ceremonia del té. Jean
Pierre me explicó que Cap d' Ail quizá no es Cabo de Ajo, pues en la
Edad Media había una pimienta afrodisíaca, «pebre d' ail, que se le
daba a los burros para estimular la reproducción: el significado sería
entonces Cabo de Burro. No me parece prueba suficiente, pues tanto
la pimienta como el ajo tienen la misma reputación, y, juntos, podrían
obrar el mismo efecto, potenciado, no sólo con los burros.
Dodisochoc.

Para dar una idea de cómo es mi tercer acompañante, bastaría


contar lo que observé hoy. Tenía gripe en la fase de moco espeso y se
apartaba discretamente para sacudirse las narices con la mano,
luego, en alguna fuente se lavaba las manos y la nariz, y se secaba
con las mangas de la camisa (fue un día caliente). Le pregunté por
qué hacía todo eso teniendo pañuelos de papel que yo mismo le
había dado. Justamente -me dijo- para economizar pañuelos. Casi se
parece al vienés que celebraba haber perdido una pierna durante la
guerra porque economizaba en zapatos y pantalones, o al
colombiano, en Mérida, que se levantaba de noche a ladrar para
economizar perro.
Lo de los mocos fue durante el paseo de esta mañana.
Habíamos subido a pie por la Avenida de los Templarios hasta el
Castillo de San Martín. Cuando bajamos por el lado opuesto, por San
Jeannet, teníamos mucha sed; llegamos a un sitio donde había un
distribuidor automático de bebidas gaseosas. No aceptó dar las
monedas necesarias argumentando que esas bebidas tenían mucho
azúcar e ingredientes químicos nocivos para la salud. Pero el
distribuidor tenía también agua de fuente. Es mejor -dijo- esperar a
llegar a la casa; el agua del grifo es potable y no cuesta nada.
Tal vez nos equivocamos al nombrarlo ecónomo del grupo, con
autoridad absoluta sobre el dinero de todos. Parece como si su ideal
fuera vivir sin gastar nada. Ni tanto que no lo alumbre.
Visité de nuevo a Jean Marc, ese gran artista, y conversé con su
amigo Patrick, gran pintor también. Fuimos todos con Christiane
Beloeil y Jean-Pierre al castillo de La Napoule, el de Henry Clews. Allí
encontramos a J.J. y C. Patricia había organizado una exposición del
pintor cubano Carlos Estévez y un recital de poesía de la cubana
Reina María Rodríguez.
El pintor cubano trata de vehicular en la plástica una búsqueda
personal de orden filisófico-religioso y una investigación de la
tradición esotérica, alquímica, mística. Ha expuesto en Venezuela.
Hablando con él en el patio del castillo le dije que, a mi entender, el
partido comunista no simpatizaba con .ese tipo de trabajo. Me explicó
que en Cuba ha habido oficialmente una gran apertura para esos
temas. Comentamos el error de confundir la religión, como poder
político, económico, moral, y la religiosidad, como dimensión íntima
del hombre.
La poetisa -tiene las mismas iniciales de Rilke y al decir su
nombre se acuerda uno de Rilke- leyó sus poemas en español, J.J. leía
la traducción francesa, por cierto muy buena, y yo servía de
intérprete para las explicaciones que ella daba y para las preguntas
del público.
Uno de los poemas es para el Che Guevara. Escribir un poema
para el Che es casi tan difícil como escribir un poema a la luna, ¿cómo
saltar sobre el montón de lo dicho bueno y de lo mal dicho? Lo logró,
sin embargo, y lo dedicó in corde al hijo del Che, que hoy tiene 35
años, es poeta y vive en la Habana. Otro tiene como tema una
poetisa norteamericana suicida, muy admirada por RMR; lo dedicó a
un joven rubio del público, con el cual no había podido entenderse en
ningún idioma, ni por señas, porque -dijo- ilustra la dificultad de los
poetas cubanos para comunicarse con sus amigos y amigos in spe del
exterior. Después del acto hablé con el joven rubio; resultó ser un
ceramista y poeta norteamericano.

Ludisinoc.

Jean-Marc me hizo ver una película sobre Matisse en Tánger.


Para mí fue una revelación saber que Matisse era de una familia de
tejedores de la parte flamenca de Francia, y ver de manera
inequívoca la relación entre la luz de Marruecos y la luz de los
cuadros pintados por él allí. Comprendí esos numerosos viajes de
Matisse como una búsqueda de luz nueva, y el interés por los tejidos
y las telas, tan evidente en su pintura.
Me asombra de Matisse que haya conservado a su lado durante
veintidós años (1932-1954) como modelo, ayudante de taller y
secretaria (y quién sabe qué más) a una mujer eslava, de otra
cultura, que ni siquiera hablaba bien el francés, Lydia Delectorskaya.
En las fotografías y en los retratos de Matisse, se ve grande, atlética.
Publicó recientemente dos libros enormes, de excelente calidad en
todos los niveles, con materiales exclusivos de su propiedad privada,
acerca de la vida y obra del gran pintor entre los años 35-39 y 39-43.
Anunció un tercero, pero no sé si saldrá porque ella se suicidó el mes
pasado. Según Sor Jacques Marie, se sentía muy sola.
¿Quién es Sor Jacques Marie?
Después de los sesenta años, Matisse sufrió de insomnio. Se
acostaba, se dormía, a las dos o tres horas se despertaba y después
le costaba conciliar el sueño. Aunque compensaba con la siesta, el
problema se agudizó tanto (y él se negó categóricamente a tomar
somníferos porque «le quitaban la sensibilidad») que decidió pagar
una mujer que lo acompañara, le pusiera conversación sobre temas
banales, le hiciera largas lecturas o le pasara sus instrumentos de
trabajo. Así las cosas, el año 41 fue sometido a una operación
quirúrgica muy delicada -corte de una parte del colon descendente-
salió bien, pero hizo eventración, la herida se le infectó y quedó con
una dificultad para hacer esfuerzos sin fajarse. Lo de la faja era
incómodo para hacerlo solo, los insomnios, además, se acentuaron,
de modo que decidió contratar una enfermera nocturna que solicitaba
en una agencia de enfermería. Una enfermera profesional, no una
especie de dama de compañía nocturna como antes. Exigía a la
agencia que la enfermera fuera joven y bonita; joven para que
soportara la vigilia y bonita para no convertir el insomnio en una
pesadilla despierto.
Una de las enfermeras le gustó mucho: Monique Bourgeois. El le
pidió que trabajara para él como modelo y así se hizo. Pero ella era de
salud delicada y, en parte para no exponerse a las tareas del
matrimonio y la maternidad, decidió hacerse monja. Tomó los hábitos
con el nombre de Sor Jacques Marie, siguió siendo amiga de Matisse y
sirvió de intermediaria entre él y la congregación dominicana para
que él realizara un gran sueño: hacer una obra de arte monumental.
Así surgió la llamada Capilla de Matisse, que veo todos los días y que
ha aumentado mi interés por la vida y obra de tan importante artista.
Sor Myriam me dijo: Muy audaz y hasta imprudente la Superiora
de las dominicanas en ese tiempo, pues uno nunca sabe qué se le
puede ocurrir a un artista. Son impredecibles. Pero tuvo suerte.
Por cierto. Sor Jacques Marie, Monique Bourgeois, ha
sobrevivido cincuenta años a sus temores por salud delicada y se
encuentra, en muy buena forma física y mental, en la congregación
dominicana de Biarritz.
Matisse dijo: «Quiero que los visitantes de la capilla se
encuentren con un ambiente donde el espíritu se eleve, donde el
pensamiento se aclare, donde el sentimiento mismo se vuelva más
liviano». Conmigo obtuvo ese resultado.

Marvenoc.

Fui al colegio Pablo Picasso, de Vallauris. Vallauris es un pueblo


famoso desde hace siglos, por la tradición de alfarería que conservan
sus habitantes. Pablo Picasso vivió allí muchos años y aprendió allí el
arte de los alfareros. El pueblo lo recuerda con el Colegio y con el
Museo Pablo Picasso.
Picasso fue admirador de Matisse, más que de ningún otro
pintor contemporáneo suyo, y dijo de él, entre otras cosas: Nadie ha
sabido nunca hacerle cosquillas a la pintura para hacerla reír tanto.
Se refería, creo yo, a la alegría de vivir, al amor por la vida, al
optimismo, al goce sensual, a la lujuria espiritual que esplende en los
cuadros de Matisse.
Hablé en español con estudiantes de dos cursos de español,
muchachos y muchachas de quince años promedio, muy adelantados
en el estudio de nuestra lengua y todavía ajenos a los problemas
políticos, económicos, sociales y militares del mundo. La protección
del próspero estado francés les permite prolongar la infancia en una
adolescencia plácida, sin los acosos y asedios que entre nosotros los
hacen participar en manifestaciones sangrientas e inútiles para
cambiar el mundo, bajo el mando de dirigentes desorbitados,
estúpidos y venales.
Los mayores, los que están por encima del nivel obligatorio
(aquí, como entre nosotros, hasta el noveno grado). Tienen una
protesta nacional que ha pasado del medio millón de manifestantes,
en contra del hacinamiento en los salones de clase, la falta de
profesores y la desconexión de los estudios con las exigencias de la
vida actual.

Miveinoc.

De noche, el número de las estrellas se ve aumentado por las


estrellas móviles y parpadeantes fingidas por la luz de posición de los
aviones que pasan continuamente a gran altura, de norte a sur, de
sur a norte. Al sur de esta residencia se sitúa, en Niza, el segundo
aeropuerto de Francia.
La luna nueva en Escorpión, y el sol, acercándose a Escorpión
me han traído la revelación de ver el interior de la capilla a diferentes
horas del día; Matisse, con los vitrales, le hace cosquillas al sol y lo
hace reír como nunca en ninguna otra parte. El suelo de mármol de
Carrara, los dibujos sobre cuadrados de arcilla de la paredes, la roca
metamórfica del altar, los candelabros de oro y la lámpara votiva de
oro se intercambian pedazos de sol coloreado de extraño modo por
los vitrales que crean unos violetas y morados ausentes en ellos. Un
juego de reglas desconocidas por mí me traslada a otro mundo,
inquieto y feliz, habitado sólo por traviesas manchas de color.
En la capilla dibujó Matisse treinta y tres figuras humanas, de la
cuales, sólo una tiene ojos nariz boca: la que está en el lienzo de la
Verónica.
Las formas estilizadas en los vidrios son cactus, árbol de la vida,
para Matisse. Le gustaban, seguramente, los higos de barbarie, y
ellos le dieron la inmortalidad.
Me tocó dar una conferencia en la biblioteca. Hubo invitaciones
por correo y afiches grandes en las vitrinas de la ciudad. Me presentó
el alcalde; no sé cómo averiguó tanto sobre mí; debe haber sido por
J.J. o por Christiane. Antes de la conferencia me entrevistó un joven
periodista muy inteligente de Nice-Matin. Hubo muchas preguntas
preguntas y muchas intervenciones. Un público muy culto y bien
informado. Después, sirvieron champaña y pasapalos. El director de
cultura me va a facilitar la visita a la quinta El sueño de Matisse,
donde vivió el pintor. La señora Lombardo, la bibliotecaria, me llevó
después a un concierto en la catedral; una orquesta alemana de
Colonia, muy buena. Vivaldi-Mozart-Bach, y en la segunda parte, el
stabat mater, de Pergolesi, con las solistas Monika Breckmann,
soprano, y Sandra Borgert, alto.
En una pequeña biografía de Bach (1685-1750) se cuenta que a
los 64 años cumplidos se estaba quedando ciego por las largas y
minuciosas partituras que debía copiar todo el tiempo. Una operación
lo dejó ciego y con infección ocular, un tratamiento médico lo mató.
Andaba apenas en los 66 años. Lo que tocaron de Bach fue el
concierto para dos violines y orquesta en re menor. Recuerdo: yo lo oí
muchas veces en Barquisimeto, en la tienda de música del Dr. Guido
Hauser, en un disco de Jehudí Menuhin, acompañado por él mismo.
Me llegó lentamente la ceguera, como un atardecer de verano -
dijo Borges- ahora puedo ver sin obstáculo todo el mundo que he
soñado. Sin embargo, cuando lo interrogaron sobre ese punto en
Francia dijo: cambiaría todo el mundo soñado por un poco de vista
sobre el mundo real, ni pendejo que fuera. Traduzco del francés: car
je ne suis pas fou, ¿non? Sólo para consolarse con engaño puede
decir un ciego que prefiere los sueños.
Matisse no leía de noche para no gastar la vista; pagaba una
lectora. Van Gog pintaba paisajes nocturnos en el campo, pero se
amarraba velas en el sombrero para ver la tela; debió dar la
impresión de locura a los campesinos. Mi tio Juan José, y que leía a la
luz de la luna; yo lo he intentado pero nunca he podido. En
Barquisimeto, el Dr. Hauser me llevó a conocer a un pianista ciego.
Paúl Freund. Ser sordo es una desgracia, pero debe ser mayor para
un músico; sin embargo, no sé si Bethoven cambiaría las sinfonías
que oía in mente por la voz de su casera.
La biblioteca está fuera de la ciudad antigua. Es un edificio
moderno pensado para ser biblioteca. Tiene cuatro pisos y un sótano.
Me gustaría conocer al arquitecto para felicitarlo por su gran obra:
invita a lecturas prolongadas; tiene un sector donde los estudiantes
pueden hacer sus tareas, y la sección de niños. J.J., me dijo el alcalde,
es el principal responsable por la construcción de tan bella biblioteca,
y Christiane Beloeil, por su equipamiento.
Antes de la conferencia, en la tardecita, asistí a una
«animación», como dicen aquí, para los niños. Una contadora de
cuentos contó porqué el ciempiés nunca pudo visitar a su amigo el
grillo, y cómo fue que un pedazo de cielo le cayó en el pecho a un
pollito dormido. Los niños, encantados de la vida, y yo también. Es
una profesión aquí el contar cuentos, y está fuertemente sostenida
por la tradición y por el estado. Conocí a una contadora de cuentos
argentina en Aix, y en Mérida, a Villafañe; de Latinoamérica, a más
nadie. Quizás no es profesión porque todos somos contadores de
cuentos. Sin embargo...
Según Sor Jacques-Marie, el suicidio de Lydia Delectorskaya fue
porque no pudo soportar la vejez: el fin de la belleza, la disminución
de la capacidad sensorial, la pérdida de la memoria reciente, los
achaques de salud; ella que fue una vez alta y elegante y toda llena
de gracia y Matisse la celebró en mil retratos.
En los años 48-51 había conciertos todos los domingos a las 10
de la mañana en la biblioteca nacional. Recuerdo pues, por lo menos,
una biblioteca de Venezuela que organizaba actividades culturales. Yo
tengo varias décadas escribiendo y nunca biblioteca alguna me ha
invitado a nada en Venezuela.
Pasado mañana, sábado, y traspasadomañana, domingo, va a
haber en Théoule sur Mer unas «Jornadas de los oficios del libro»
donde se presentará una muestra de todos los oficios del libro, desde
el autor hasta el librero: autor, corrector, ilustrador, diagramador,
dibujante, grabador, litógrafo, tipógrafo, grafista, marbreur (no sé que
es), impresor, encuadernador, dorador, iluminador, molinero de
papel, editor, distribuidor, bibliotecario, conservador del libro,
reparador del libro, librero, anticuario, buquinista. En un taller se
escenificarán todos los pasos en la hechura de un libro, desde la idea
del autor hasta el producto en manos de un lector. Incluyendo, se me
olvidaba, la fabricación artesanal del papel.
El cocinero hizo hoy una especie de ensalada con pedazos
pequeños de corazón de alcachofa, berenjena, tomate, queso, pollo,
cebolla, ajo, coliflor, todo en una salsa oscura que, sin duda, contenía
aceite de oliva, soya, jugo de carne, mostaza, crema de garbanzo,
todo coronado con lechuga fresca en hojas enteras. Yo no quería
comerme aquello; pero el hambre y la curiosidad conspiraron... una
delicia. Le voy a pedir la receta.

Juvedoc.

En cada rostro combaten muchos rostros, en cada cuerpo


combaten muchos cuerpos, en cada cosa combaten muchas cosas.
Combaten o se debaten. Se abaten, se rebaten, se arrebatan. Se
baten. ¿Con quién tengo el honor de batirme? Preguntó el fino y
honorable caballero, en la solitaria encrucijada, al galfaro pagado
para apalearlo; pero éste no respondió, se le abalanzó encima y le
asestó los catorce garrotazos convenidos. En la quietud duermen
muchos movimientos, o se esconden, o... En todo movimiento acecha
la quietud o muchos otros movimientos. Cada rasgo de un rostro es
rastro de otro rasgo, rasgo de otro rostro.
Siempre ante un mismo modelo, persona o cosa, Matisse hacía
diez, quince, treinta variaciones. No sé lo que él pensaba ni su
intención; pero sé lo que creo. Creo que exploraba, en el modelo,
rostros cuerpos cosas rasgos movimientos quietudes. Creo que a
veces buscaba alguno en particular. El caricaturista exagera algún
rasgo para hacer reconocible una figura, reconocible y risible. Matisse
hacía algo parecido pero muy diferente: ponía en evidencia, hacía
ver, a las escondidas. Su pintura era un juego de escondite que él
ganaba siempre.
Mohamed, el jardinero, a quien mostré varias series de
variaciones de Matisse en pluma y tinta china, me preguntó: «si aquí
le quedó bien, ¿por qué lo volvió a dibujar y lo fue deformando?»
Mi amigo Stephan me dijo que sí va a aparecer el tercer libro de
Lydia Delectorskaya. Lo dejó listo antes de suicidarse. El primero se
llama La aparente facilidad. Acertado título; recordé la difícil facilidad
de Horacio, recordé el no confundir simplicidad con facilidad, Jean-
Marc; recordé a mi profesora de violín en París: usted tocará bien
cuando el que lo vea tocar crea que tocar violín es muy fácil. Y yo que
me torcía como una etcétera.
El segundo se llama Contra viento y marea (esta expresión es
plural en francés; ese plural en español sería feo en sí mismo y por las
asociaciones digestivas). Acertado título; es la época que siguió a la
terrible operación. Más afortunado que Bach, sobrevivió doce años a
la intervención quirúrgica y los dedicó íntegramente a la pintura,
contra vientos y mareos. El resucitado, lo llamaban en el hospital, y
él: Me dieron una prórroga. Dos años antes de morir, dijo: «Ya
terminé mis estudios de formación y preparación, ahora voy a
comenzar a pintar». Tenía ochenta y dos años cuando dijo eso, y
pintaba desde niño.

Vivetroc.

Mi cuarto acompañante es difícil de describir sin caer en la


vulgaridad. Más bien cuento lo que le ocurrió con él al Profesor
Miroslav Marcóvich. Mientras trabajaba en su Heráclito, durante
quince años, el Profesor Marcóvich trabajó en la ULA como profesor
de griego, pero se vio obligado a dictar otras materias, por su
erudición, al faltar docentes; por ejemplo dio, psicología en la Escuela
de Letras. Para hacer comprender a sus alumnos la técnica
psicoanalítica de la asociación libre, hizo que dijeran la primera
palabra que se les ocurriera cuando él mencionara cualquier objeto.
Dijo pizarrón, salió noche misterio examen ventana sexo de la mujer.
Dijo árbol, salió verdura naturaleza leña mono nido sexo de la mujer.
Dijo la letra V, salió vaca aluvión revólver vándalo sexo de la mujer.
Dijo bicicleta, salió triciclo popcicle patineta paracleto anteojos sexo
de la mujer. Dijo Platón, salió Grecia filosofía plata platillo volador
academia sexo de la mujer. Y así. Marcóvich observó que el que decía
sexo de la mujer era siempre el mismo. Después de clase lo llamó y le
preguntó qué vínculo asociativo podía haber entre cosas tan diversas
y el sexo de la mujer, y el alumno: Profesor, es que a mí todo me
hace pensar en eso. Ese alumno de Marcóvich es mi cuarto
acompañante y no ha cambiado mucho.
Los papeles recortados de Matisse, gouaclies decoupées, son
ejemplos de movimiento en la quietud, cómo danzan esas figuras sin
que el papel se mueva, cómo cae Icaro de las estrellas del cielo a las
del mar, cómo palpita su corazón.
Fui a Fontan, muy cerca de Saorge. Aproveché para saludar a
mis amigos de Saorge y a Saorge. Sostuve una larga reunión con
niños de diez años promedio, que vinieron de Saorge a Fontan para
hablar conmigo; el maestro les había hablado de mí y les había leído
fragmentos de Amor y terror de las palabras. Me trajeron un poema
escrito y firmado por todos ellos donde hay un juego de palabras
Venus est la (allí está Venus, = Venezuela). Me dieron una rama del
árbol otoñal que más me gusta y que describo en Diario de Saorge
Estuvieron hora y media haciéndome toda clase de preguntas y al
final me pidieron que pusiera mi firma en sus cuadernos. El maestro,
José Cazajus, vino con su esposa Christine, acompañando a los niños.
Estoy convencido de que la grandeza de Francia se debe a sus
maestros de escuela.
Después tuve una larga reunión con los adultos del pueblo,
gente muy bien informada y muy distinguida. Se interesan por
Latinoamérica y su literatura. La joven bibliotecaria se llama de la
Fuente porque el marido es de origen español. Comí trucha de una
truchicultura cuyo dueño es Francois Struyf, militar retirado, escritor
activo; me regaló su libro Historias de oro.
Esos pueblos que tanto me gustan están con muchos otros en
el estrecho valle del Ruaiá. Ese valle comienza y termina en Italia,
une el Piemonte con el Mediterráneo y ha sido marcado en su historia
por esa circunstancia geopolítica. Me interesa la prehistoria de los
Alpes marítimos; toda esta región desde Genova hasta Tulón muchos
de sus actuales moradores descienden sin duda de ligures. Mi interés
por Liguria viene de que esa palabra fue mágica para mí en la
infancia; cuando yo tenía temores nocturnos, decía esa palabra y me
tranquilizaba. Aún ahora saber que esto fue Liguria me tranquiliza.
Fontan se llama así porque siempre ha habido allí inagotables
manantiales. Hubo una embotelladora de agua, hoy paralizada.
Recuerdo haber bebido agua de Fontan en Venezuela.
Mi cuarto acompañante no deja de decirme que Matisse era un
viejo lascivo. La pintura era un pretexto para ver y tocar mujeres
desnudas; esa insistencia en que las modelos y las enfermeras fueran
jóvenes y bonitas prueba que era lujurioso el viejito. La eventración
postoperatoria debe habérsele producido por esfuerzos impropios de
su edad 'ecito que no conoció la Viagra, pero en ese caso, tal vez no
hubiera pintado nada en su vejez.
Mi tercer acompañante insiste en que Matisse era
multimillonario de cuna o espía de los americanos, de los rusos, o de
los alemanes. Viajar por todas partes del mundo en primera clase en
los mejores barcos, con toda la familia, llegando a los mejores hoteles
o alquilando lujosas quintas. Comprar telas, pinturas, pinceles,
paletas, caballetes, marcos, papeles, carboncillo, tinta china, material
para maquetas, sin cuenta y sin medida. Pagar sueldo completo a
acompañantes nocturnas, enfermeras profesionales, modelos caras y
monjas. Reservar un piso completo del Hotel Regina para allí residir.
Ni que fuera Van Gogh cien años después de muerto, o él mismo
ahora.
Mi segundo acompañante todavía no ha ido al museo Matisse
en Cimiez, ahí mismo, en Niza, porque teme que lo confundan con un
árabe y lo arresten.
Mi primer acompañante tiene reunida toda la bibliografía
existente sobre la vida y obra de Matisse;
está buscando su correspondencia.
¿Será indiscreto preguntar de qué vivía Matisse? Que lo
averigüe el tercero con el primero.

Savecoc.

Todo gris amaneció el cielo, y en forma de bóveda. Solo ahora


entiendo que se haya dicho «la bóveda celeste». Me siento dentro de
una inmensa bóveda altísima. Distingo sin embargo el cercano
horizonte circular y la semiesfera allá en las alturas. También la
ciudad antigua amaneció gris. Puros matices de gris, y no hacia el
blanco, sino hacia el negro. Sólo en el oriente comienza a abrirse
levemente un largo pliegue horizontal, como un párpado ciclópeo. Por
él se asoma un ojo ensangrentado, furibundo, y derrama una
sanguaza sanguinolenta, con destellos de níquel.
Me dice Stephan que, para cortar un resfrío cuando comienza a
sentirse ardor y hasta dolor en la garganta y un malestar general y un
estado prefebril, hay que ponerse en torno al cuello un trapo húmedo
de agua muy fría y recubrirlo con otro trapo seco a temperatura
ambiente; acostarse así entre media hora y una hora leyendo o
meditando para levantarse bueno y sano.
Le conté el método del sombrero cordobés y la botella de
brandy. Se rió mucho, pero dijo que no lo usaría porque tendría que
curarse después el dolor de cabeza. Según él, todo consiste en
estimular la circulación sanguínea en la garganta. Lo que cura es la
sangre.
Cuando brilla el sol afuera, cerca del mediodía, en el interior de
la capilla, las manchas de color parecen volar de un lado a otro por el
aire entre las mínimas partículas de polvo que la luz transmuta en oro
plata diamante rubí esmeralda. Si yo fuera espontáneo hubiera hecho
lo que hizo un muchachito: intentó varias veces atrapar una mancha
morada subrayada de verde para traérsela a la mamá.
Matisse repetía muchas veces los dibujos con ligeros cambios -
de emoción decía él- hasta poder hacerlos con los ojos cerrados ¿a
qué emoción correspondería el último? Sor Jacques-Marie, cuando era
Monique Bourgeois y lo cuidaba de noche, lo vio dibujar dormido, en
el aire, con la diestra y borrar con la zurda.
El crucifijo de oro lo hizo Matisse primero en barro, y explicó
que su técnica consistía en modelar bolitas pequeñas e irlas pegando.
Así de fácil. Además, en el caso del crucifijo, había que modelar a
Cristo con todo y cruz de una vez.

Doveicoc.

Gran sorpresa en Théoule-sur-mer.


Todos los oficios y artes relacionados con el libro estaban
representados y se mostraba el movimiento de cada paso en la
elaboración del libro. Los niños eran como príncipes, tenían derecho a
preguntar todo y a participar en todo. Al final hubo una mesa
redonda.
Estuvieron presentes J.J., Christiane y Jean Siccardi.
Desde el año pasado no nos veíamos Jean Siccardi y yo; fue un
agradable reencuentro de escritores.
La gran sorpresa fue que me habían nombrado presidente
honorario del evento. El alcalde me entregó las tijeras para que yo
cortara la cinta inaugural. Dije un pequeño discurso improvisado. Me
bebí la primera copa de champaña. Me dieron puesto de honor en el
banquete. Presidí la mesa redonda. Leí un texto que había escrito en
la tarde para un libro conmemorativo del encuentro. Intervine varias
veces en la discusión y me tocó clausurar el acto. Nunca en ninguna
parte me habían hecho homenajes tan cariñosos, tan desinteresados,
tan inmerecidos.

Luveisoc.

Un día, no aguanté la curiosidad y le pregunté:


¿Por qué no hace usted retratos parecidos al modelo, como se
ve en las pinturas de antes?
Antes no existía la fotografía. Ella, ahora, permite hacer retratos
cien veces más exactos que en la pintura. En la composición de un
cuadro deben entrar tres elementos: el pintor, el modelo y los
sentimientos que éste le procura a aquél.
Antes de partir, yo había ido a desearle el feliz año. El me dijo
con una sonrisa en los ojos:
-¿Hoy se puede dar un beso?
-Muy bien, señor.
Pero yo no me movía, y la Sra. Lydia me dijo:
- Sí, en el año nuevo, el patrón besa a todo el personal. El insistió,
ruborizándose esta vez:
-Entonces, hermana, ¿se puede?
-Si usted quiere...
¿Cómo podía yo rechazar a un anciano a quien «yo» debía, a
quien «nosotros» debíamos ya tanto?
A él le costaba aceptar las limitaciones que me imponía la vida
de monja.
Dos años más tarde fui a ver a Matisse para despedirme, pues
me tocaba hacer un viaje. Lo encontré raro. No se atrevía a mirarme.
Estaba acostado en su cama. De repente la Sra. Lydia dijo:
-Está bien pues, está bien pues, ya me voy. Yo quedé intrigada.
-Quisiera pedirle una cosa, pero no me atrevo.
-Dígala, señor; después veremos.
-Quisiera besarla. Ud me dijo que yo era un abuelo para Ud.
-Es verdad, y tanto que lo voy a besar.
Después me regaló una litografía relativa a la capilla:
representa los peces. Recibí así el número uno, autografiado, de cinco
ejemplares. Después me fui a Monteils para profesar los votos
perpetuos.
La cúpula celeste amaneció totalmente gris, gris pizarra.
Cerrado el párpado ciclópeo del oriente. Pero de repente, en un
punto, entre el sur y el medio cielo, la cúpula se desgarró como
cuando se cae un pedazo de cúpula se desgarró corno cuando se cae
un pedazo de pared y vi el pico Bolívar con su glaciar de alef cursiva,
igualito. No quise investigar ese fenómeno para buscarle explicación;
lo disfruté mientras duró. Ahora, el cielo está completamente
despejado. Por la ventana, sin levantarme de mi mesita de trabajo,
veo el mar, y las olas del mar por primera vez desde aquí, y el
fantasma de Córcega.
Quiero que los que entren a mi capilla se sientan liberados de
sus cargas. Me dice Thierry que Lydia Delectorskaya se suicidó
porque había terminado su tarea. El centro de su vida fue Matisse; lo
acompañó durante veintidós años (la esposa lo dejó por mañoso,
caprichoso, exigente, egoísta, chocho) contra viento y marea, y aún
después de muerto él, ella se siguió ocupando de sus asuntos. Me
dice Thierry que el museo Matisse, el del norte, acababa de recibir de
ella la donación de sus propios recuerdos personales y la donación de
muchos objetos por parte de los herederos gracias a los buenos
oficios de ella, cuando se recibió la noticia del suicidio. Me dice
Thierry que lo confundió y conmovió profundamente la noticia, a él
que admiraba a esa mujer alta y fuerte y poderosa aun en su vejez.
La flecha cruciforme sobre la capilla pesa mil seis cientos kilos
sin contar la campana que le cuelga entre las patas. Tiene ocho veces
la media luna de oro y tres tridentes de oro. Una cruz medio pagana
con un campanario insólito. De ella dijo Matisse: Tiene la oración,
como la columna de humo de una cabaña, que sube, sube en la
tranquilidad del aire vespertino, sin que uno quiera detenerla porque
ella se lo lleva a uno consigo.
Mi cuarto acompañante me dice que Monique Bourgeois es una
pervertida sexual, sádica; se volvió monja para tantalizar al pobre
anciano lúbrico; estaba siempre con que se le acercaba y se iba. Una
calentadora profesional. Y eso de que estuviera enferma era para
ponerle banderillas al viejo toro. La verdadera monja era Lydia. Su
cristo era Matisse.
Una tarde que vine a Niza, Matisse me dijo:
-Vaya a mi taller a ver.
En el suelo estaba la cerámica del Via-crucis. Yo había visto
todos los bocetos que estaban todavía en las paredes, pero no
esperaba verlo tan simplificado. Para mí fue un choque. Mi primera
idea fue: ¿qué van a pensar las hermanas? ¿qué voy a oir? Me dio
pánico, ¡qué de dificultades tenía yo con esa capilla! El más mínimo
incidente crecía, se ampliaba. ¿Cómo lograr que esos dibujos fueran
aceptados? Quedé inmóvil, aplastada.
Regresando a su cama, le hablé de esto y de aquello, tratando
de «ahogar al pez».
Matisse, un poco molesto, sin mirarme:
-Bueno pues, ¿cómo le parece?
-Déjeme pensar un poco, otro día le digo.
No insistió. Regresé. Lo vi. Ya había reflexionado.
Había sido necesario que yo «digiriera» el viacrucis, que lo
comprendiera y me sintiera más fuerte para luchar.
Le hice preguntas para saber bien lo que él había querido
hacer.
-¿Por qué no hizo el mismo Descenso de la cruz del estudio
precedente?
-Si yo hubiera puesto todos esos estudios en forma de viacrucis,
tendríamos catorce cuadritos en secuencia lineal, mientras que el
viacrucis, camino de la cruz, es un drama donde todo se relaciona de
manera intrincada. Las estaciones son consecuentes, las unas de las
otras; no se las puede separar. Todo se centra en la cruz. Jesús muere
en la cruz, por eso la hice más grande que las otras. Para seguir el
viacrucis hay que desplazarse, por eso lo hice como camino
ascendente y serpenteante.
Cambió la virgen seis o siete veces antes de llegar a la
definitiva.
-¿Por qué la gran teta?
-Es para mostrar la maternidad de la virgen, lo único que le da
razón de ser.
-¿Y ese contraste entre la calma de Santo Domingo y la Virgen,
por una parte, y el caos del viacrucis, por la otra?
-El viacrucis es un drama, ya te lo dije, todo en él se encadena y
se desarrolla a gran velocidad.
No sé por qué se dice el viacrucis, vía es femenino. Será por la
traducción pensada: el camino.
En el medallón exterior, la Virgen se borra ante el hijo
adolescente y lo entrega al mundo. Me acordé de una foto: Mi madre
poniéndome ante el fotógrafo y tratando de esconderse lo más
posible.
Hice la capilla para Ud hermana, y sería inútil si no fuera
perfecta.
Superstición de Matisse. Cuando se quemó el convento de
Monteils, creyó que era a cambio de la capilla y se dolió mucho. ¿Será
un castigo por nuestro orgullo?
El médico, para anunciar a Matisse que moriría del corazón, le
dijo: Existe la expresión entregarse a algo de todo corazón. Ud. puede
decir más, Ud. sacrificó su corazón a la capilla.
Todos los que conocieron a Matisse de cerca coinciden en una
cosa: era un gran mamador de gallo; no era tanto lo duro como lo
seguido; cuando comenzaba a llover no escampaba; y siempre con
ojos burlones y sonrisa gozosa, llena de amistad.
El tema principal de sus numerosas cartas, casi el tema único,
es su delicada salud, y vivió ochenta y cuatro años pintando hasta el
último día. Su mujer se la pasaba en cama y lo sobrevivió. De las dos
mujeres más importantes en su vida, Lydia Delectorskaya se sentía
diariamente en peligro de muerte, acosada por toda clase de
dolencias, y tuvo que suicidarse para no ser inmortal, y Monique
Bourgeois, Soer Jacques-Marie, no ha pasado ni un solo día sin
quejarse de males incurables, y tiene sesenta años en eso. ¿Será que
para algunas personas la enfermedad es una forma de coquetería?
¿Contagiaba Matisse esa coquetería a sus allegados?

Marveisoc.

Asombro me ha causado no encontrar referencias de Matisse a


la patria y a los compromisos bélicos. Aunque estuvo en su país
durante las dos grandes guerras de este siglo, la guerra no aparece
en su pintura por ninguna parte, ni en su lenguaje. El único texto es
uno donde dice, con relación a la prisión de familiares suyos
cercanos, «la locura asesina». El único cuadro donde se muestra todo
el dolor del mundo, es el viacrucis de la capilla.
Segundo asombro: que no haya sido atacado por esa
concentración en el arte, con desprecio de la situación política. Sobre
todo durante y después de la ocupación alemana, cuando lo del arte
comprometido era sacrosanto. Aragón, me parece, debe haberlo
ayudado por amistad, pues Aragón fue la gran autoridad del partido
comunista francés en cuestiones de arte y artistas en época de poder
máximo de ese partido. Pudieron desprestigiarlo, maltratarlo,
expulsarlo, matarlo por no haber comprometido su arte.
Lo que el mar tiene hoy, no es agua, sino sol líquido hirviendo al
blanco deslumbrante. Ya el otoño había asomado su cabeza adornada
de lujosos colores, ya nos asomado su cabeza adornada de lujosos
colores, ya nos agarraba la nariz con lazo frío, ya se subía alegre
sobre las colinas y hacía cantar los pies en las avenidas de la ciudad
nueva, cuando el verano, que creíamos muerto y enterrado, lanzó un
zarpazo, tiró una tarascada y le comió los abrigos y sombreros a toda
la población.
Me sigue impresionando la quietud de la ciudad antigua. No se
le ve desde aquí ningún movimiento, como si estuviera deshabitada.
Único cambio: el gris de la piedra se oscurece o palidece según los
días y las horas del día. Único ruido: el intermitente palpitar del
campanario; claro, pero discreto y reservado. Maravilla y espanta,
como un sueño de piedra.
El español usa la misma palabra para sueño de dormir y para
sueño de soñar. A lo más que llega es al plural que es por soñar y a
que algunos pedantes digan el ensueño. En cambio en francés
(sommeil-rêve-songe), en inglés (sleep - dream), en alemán (Schiaf -
Traum) la diferencia es enorme. ¿Será que para el español, en
extremo realista sensorial, soñar es una forma de dormir? ¿Tener
sueños es como tener sueño? ¿Un desprecio de la fantasía libre? No lo
creo; por el Quijote.

Miveichoc.

Ayer, Zia Mirabdoibaghi me invitó a conversar en la mañana. La


conversación se volvió tan interesante, apasionante pudiera decirse,
que, para continuarla ayudante en la dirección del Chânteau
Villeneuve. Dos temas muy diferentes nos ligaron muy fuertemente:
Matisse y Persia. En la tarde fuimos a visitar a J.D., en su juventud,
primero vecino, luego, amigo de Matisse. Matisse, de edad avanzada
ya cuando vino a Vence, simpatizó con el muchacho y su familia; los
invitaba a tomar té y les regaló varios dibujos y ejemplares de
Baudelaire, Ronsard, Mallarmé, Charles d'0rleans, ilustrados por él.
El párpado del cíclope se abrió lentamente y el ojo se mostró
intacto, nada de sangre, una poderosa luz amarilla. Vi a Córcega y tal
vez a la isla de Elba, vi las torres de una ciudad montada sobre un
monte.
Matisse tocaba violín. Siena es mucho más interesante que
Florencia. Renacimiento igual decadencia. Ilustró el Ulises de Joyce.
Ahí viene Matisse con sus teorías -decía Renoir cuando lo veía llegar-
Renoir quien no pintaba si no había compradores de cuadros. Matisse
era pobre, pero buen administrador; además aprendió grabado;
desde comienzos de siglo trabajó en punta seca, aguafuerte,
litografía, madera grabada, y a partir de los años treinta hizo también
aguatinta, linograbado, monotipo. Desde 1910 ya tenía buenas
relaciones con coleccionistas y marchands; desde 1920 tenía amplia
clientela en todo el mundo. Se cuidaba mucho la salud y el goce
aquel lo comía con tenedor.
No imitó a nadie, nunca se retrató en grupo, no fue orientalista;
pero aprendió mucho de sus contemporáneos, de la historia del arte y
de los viajes; lo que para otros era influencia, para él era alimento.
Yo me voy compenetrando con el modelo, me voy
familiarizando, me dejo invadir por él, lo contamino con mi afecto y
trabajo lúcidamente para hacer el retrato, soy consciente de cada
pincelada, es mi obra. Sin embargo, a menudo ocurre algo
desagradable: una voluntad superior me guía la mano, una voluntad
sobrehumana, divina, usurpa mis sentidos y no soy yo más quien
pinta. Esa intervención me turba, me molesta, no la agradezco. Soy
ingrato sin remordimiento. Quiero que mi obra sea mía.
El piso de la capilla, mármol de Carrara, actúa como espejo de
los vitrales; pero en la superficie misma, manchas de colores que el
mármol no refleja, espectacularmente se distribuyen de manera
irregular y trepan las paredes, tiznando sin respeto las ropas y los
rostros de Santo Domingo, de la Virgen y del Niño.
Se me ocurrió mirar hacia afuera desde el interior de la capilla.
Sorpresa. Las hojas de cambur y todas las flores se vuelven rojas,
vistas a través del vidrio azul. Tengo que preguntarle al profesor
Spavieri la explicación de ese fenómeno.
Yo aquí, preparándome moralmente para salir de viaje mañana,
y el mistral que llega con miles de trinitarias en sus primeros soplos y
cientos de miles de hojas de plátano. Salgo a caminar y tengo que
sostenerme la cachucha con ambas manos. Debe ser cierto que en el
interior del país le amarran las orejas a los burros para que el mistral
no se las arranque, el mistral que le quita los cachos a los cornudos.
Camino entre macollas de verbena y pienso en tí. Acaricio los
setos de romero y pienso en tí. Mastico hojas de menta y pienso en tí.
Me descubro la cabeza para el mistral y pienso en tí. En tí, dueña de
todos los jugos de la vida; leve brisa que me limpia de nubarrones el
pensamiento.
Fui una vez donde un calígrafo chino para consultarle sobre el
significado de un ideograma. Creyó, tal vez, que yo era calígrafo y me
prestó un pincel. Cuando comencé a dibujar el ideograma, trazando
una línea horizontal, noté que el calígrafo dominaba un movimiento
instintivo; alcé la vista y observé en su rostro las señales de ira
contenida, como de alguien que no puede impedir un sacrilegio
contra su fe. No continué. Le di explicaciones. El sonrió al fin y me dijo
que yo había hecho ese trazo como si fuera una línea recta: hay
cuatro cambios de dirección del pincel, tres cambios de la fuerza
aplicada, dos torsiones, así como un crecendo al comienzo y un
diminuendo al final. Hoy vi una película de la mano de Matisse,
pintando. Rápidas pinceladas. Luego el técnico, pasó la misma
película en cámara lenta: vi cómo el pincel parecía detenerse con
duda antes de comenzar el trazo y cómo en cada pincelada había
cuatro o cinco decisiones sobre la fuerza aplicada, la dirección, las le-
ves torsiones de la mecha. Y eso que parecía estar rellenando un
espacio homogéneamente. No. Estaba pintando. Cada pincelada era
un dibujo.
A Matisse le gustaba mucho hacer bromas a los demás en señal
de amistad, pero era muy susceptible con su obra y su persona. Ni el
santo ni la limosna. Esa capilla va a convertirse en una venta de
verduras y frutas, le dijo Picasso; Matisse se quedó serio. Se enemistó
con André Lote y con André Bretón. Lo de Bretón es complejo. Bretón
lo visitaba mucho y él comentaba con el joven vecino J.D., qué
inteligente ese Bretón, qué ocurrente. Pero Bretón lo quiso bautizar
de surrealista y hasta ahí llegaron. No me retrato en grupo. Además,
hubo aquel famoso escándalo. Bretón lo acusó de haber obligado a
una joven a desnudarse y de haberle tomado fotos por todos lados sin
su consentimiento. Quien me conoce sabe que eso es falso.
Picasso se combinó con Sergio Rasbani, bailarín persa amigo
suyo, para hacer una broma a Matisse. En un momento dado de la
visita, el bailarín debía proponer el tratamiento pictórico de animales.
Picasso se sentía superior a Matisse en ese terreno, había dibujado,
pintado, esculpido, grabado toros, caballos, palomas, cabras,
mientras que Matisse, cuando más, el toro de Montherlant, en
Pasifae, y las palomas de plumas en las patas. Llegado el momento,
Rasbani se sintió cohibido por el respeto a Matisse y no colaboró con
su amigo.
Matisse nunca se interesó por la política. En el momento de la
liberación de Francia, cuando el gobierno ordenó poner la bandera
nacional en todas las casas, Matisse improvisó una con papeles
pintados de azul, blanco, rojo, para aprovechar de observar cómo se
comportaba esa pintura a la intemperie.
Su pieza favorita era Arabesco, de Schubert.
Muerto Matisse, alguien se llevó su violín y puso otro en su
lugar. Hasta ahora no se sabe quién hizo eso ni por qué. Hacer tema y
variaciones parece haber sido inspirado por la música. Hubo un
cuarteto en Niza llamado Henri Matisse.

Satrenoc.

Anochecí en Vence y amanecí en Lioux. Al despertar lo primero


que noto es la diferencia de la luz. Es un día despejado y brillante,
pero no tiene el esplendor de los Alpes Marítimos. Comienzo a
comprender la búsqueda de un cierto tipo de luz por parte de los
pintores. Vi los cuadros de Matisse de fines del siglo pasado, de
cuando él pintaba en sus tierras del norte, y es evidente que hay una
especie de sombra, de sordina, si se puede trasladar ese término
musical, de velo, cuando se comparan con los hechos después de
conocer la luz del sur de Francia y la de Marruecos.
Anoche, al llegar a casa de Nelly y Alex, que es como llegar a mi
propia casa, me distendí y noté que estaba cansado por tensiones
musculares inconscientes. No entiendo. Todo caminó a mi entera
satisfacción en Vence. Debe ser eso mismo: la falta, del esfuerzo
ordinario, esperado, produce un esfuerzo de readaptación a la
facilidad.

Doprinov.

Anochecí en Lioux y amanecí en Rognes, casa de J.J. y C., casa


increíblemente bella, toda de piedra, dividida en espacios asimétricos
en cinco niveles; amueblada y arreglada con exquisito gusto; adosada
a la parte alta de una colina en los límites del pueblo. En el lado
opuesto del pueblo están las ruinas de un castillo destruido por
terremoto, donde una castellana entró en conflicto con los aldeanos
que desde entonces usan como símbolo un cerrojo. El castillo estaba
en el vértice de una alta colina de piedra. Cerca del pueblo, también
de piedra, están todavía, y todavía sirven, las canteras de donde se
saca la famosa piedra de Rognes, usada en otros lugares como Aix-
en-Provence. Muy alta y escarpada la colina de las ruinas. Subí con J.J.
y C.; disfruté la subida, pero, para bajar, el vértigo no me dejaba;
tuvieron que ayudarme. Nací para subir, no para bajar. Por lo menos,
no para bajar lo subido con dificultad en flanco desnudo de montaña
casi vertical.
Amanecí en Rognes, pero casi no amanezco. Durante la noche
J.J. y C. escenificaron en mi presencia una disputa memorable. Ella
hacía reproches: una vez entró con otra mujer a un café donde ella
estaba y fingió no conocerla; se va sin avisar, no dice cuándo vuelve y
no llama por teléfono cuando se ausenta por varios días; cuando se
afeita, deja sucio el lavamanos; sigue frecuentando otras mujeres; es
enamoradizo, visita demasiado a Patricia en la Napoule; se deja
manipular por el escote de B.; no se deja conocer, se mantiene en el
misterio; oculta sus pensamientos más profundos; se encierra en el
auto para tener larguísimas conversaciones por celular no se sabe
con quién... J.J. trataba de defenderse; ella no lo dejaba hablar,
gritaba; al fin, él se enfureció, gritó también y se le abalanzó encima;
yo me puse entre los dos a riesgo de mi vida: era en la cocina, había
cuchillos afilados a la mano. Por fin, él se retiró e hizo sus maletas
para irse. Yo también hice la mía y pregunté si en el pueblo había
hotel y dónde; con ese frío me arriesgaba a un resfrío de padre y muy
señor mío. Tres maletas cargaba, ella lo detuvo con el argumento de
que la gran casa permitía separaciones suficientes.
Daba dolor ver a J.J. con una maleta en cada mano y otra
terciada en la espalda. Ella lo detuvo, pero él volvió a intentar salir de
la casa; ella lo empujó y le hizo caer de espaldas en mi cama, sobre
una maleta y con otra en cada mano. Parecía un sacrificado, un
crucificado. Surgió la idea de salir a estacionar mejor el carro, que
había quedado con una rueda fuera de la acera. El salió, acomodó el
carro, habló largamente con su celular y volvió con aire triste y paso
lento, pero más tranquilo. Cogió sus tres maletas y se fue a la
habitación más alta, la que está debajo del techo y tiene una cama
sin patas.
Mientras él estaba en la calle, le dije a C.: El sufre. Y ella: Puro
teatro, se monta un cine, pasa tres días bravo y luego se contenta;
además, dé sufrir, todo el mundo sufre; yo también sufro.
Me costó dormirme; tuve pesadillas; al día siguiente me
sirvieron el desayuno en silencio; yo pedí que me pusieran las suites
de Bach para cello solo y hojeé un libro de taoísmo sexual y tantrismo
hindú en la excelente biblioteca de J.J. Me llevaron a pasear en
silencio, se trataban de Ud. con delicada cortesía. Me llevaron a
Avignon a ver el castillo de los papas. C. lo ha descrito e interpretado
en varias monografías. El castillo es pesado y siniestro; es horrendo si
uno lo mira mucho. Pasearon conmigo en silencio por callejuelas
abrumadas de papas.

Matrenov.

Anochecí en Avignon y amanecí en Muihouse. De ahí pasé a


Friburgo, en autobús. La ciudad de las campanas. Hasta el tranvía
tiene un toque de campana para anunciar las estaciones. Esa torre,
ese campanario de piedra labrada por orfebres. Ese milagro que
permaneció intacto mientras toda la ciudad, a su alrededor, caía bajo
las bombas.
Al castillo de Rognes lo destruyó un terremoto. Desde sus
ruinas, doblado por el vértigo, yo veía el campanario de la iglesia con
su glande erizado de palomas. Si sería ese falo religioso, saltando con
mi vértigo, la última visión de mis ojos, el último terror. Friburgo, en
cambio, es plano. Sin náusea. Ni siquiera el vino perturba la quietud
del domo. Ningún ruido interrumpe el elogio de las campanas a los
albañiles medievales.
¿Cómo haría Matisse para que en sus dibujos blanco y negro se
viera sin equívoco que la modelo tenía ojos azules?
Fue en Friburgo donde Matisse me habló por primera vez. En un
toque matinal de campanas.
Después de mi conferencia en el castillo de Carros, hubo un
banquete. Tocó acordeón, tocó violín y cantó un hombre muy querido
y aplaudido por la comunidad. Se acercó a hablar conmigo. Desde
pequeño le dijeron los padres y los maestros que no tenía oído. No lo
creyó y estudió música. Comprobó por sí mismo la falta de oído; pero
siguió dedicado a la música. Observé que muchos pájaros desafinan y
no por eso dejan de cantar. Yo y la mayoría de los hombres
desafinamos; no es motivo para dejar de cantar.
Yo le hablé de Soublette. De Juan Soublette, ese músico
extraordinario que iluminó a Mérida con su visita de pocos años a la
escuela de música. Digo iluminó por falta de un verbo equivalente
para el espacio acústico. El que ilumina permite ver mejor y el que
quequequé permite oir mejor. Sostenía Soublette que no hay sordos
en música, sino ignorantes, mal educados y acomplejados. Aseguraba
ser capaz de corregir esa deficiencia superficial. Le cogí la palabra y
reuní entre mis alumnos de filosofía y griego antiguo a los que
notoriamente eran sordos, con reputación confirmada por expertos.
Los aceptó de alumnos de canto y a los tres meses les hacía dictado
musical con éxito perfecto y los hacía cantar a primera vista
partituras compuestas por él mismo en el momento, a fin de evitar
ejercicios previos. Cantaron sin desafinar.
Anne, Sylvie, Francoise y otras, al escuchar esta historia, se
enamoraron de él a distancia, en el acto. Sé de otras que se han
enamorado de cerca con resultados insólitos pues el taimado
Soublette opina que un músico debe tener hijos para legar su
herencia genética, pero, como no puede mantenerlos en familia
propia con esa profesión, debe tenerlos en mujeres ya casadas con
otros hombres, capaces de criar hijos por tener ocupaciones mejor
remuneradas.
Yo dibujaba bien porque aprendí a dibujar. No me cayó del
cielo. Y cómo que aprendí. Llegué a dibujar con tijera. ¡Cójeme ese
trompo en la uña! (Un intento de buscarle equivalente a la expresión
de Matisse). Pero eso nunca fue lo más importante para mí.
La iglesia de Rognes tiene un gran letrero sobre la entrada
principal: República Francesa. Según J.J., los revolucionarios
expropiaron las iglesias, o se las apropiaron; pero luego la Iglesia las
recuperó. Si pública es la mujer que por puta es conocida, todo aquél
que se reputa de república ser hijo, debe ser, a punto fijo, un hijo de
la gran puta. Sin embargo, a mí me dijo un alumno que la gran
ramera del Apocalipsis es la Iglesia católica, porque fornica con todos
los reyes de la tierra. Y llamaba reyes a todos los que mandan. Por
cierto, según Amparo Pastor y Coz, la gran ramera que aparece en la
Divina Comedia, intercambiando sadismos con un gigante, no es otra
que la propia Beatrice; porque la virgen pura contiene en su seno a la
más depravada ramera, y, a la vis conversa, en el seno de la más
depravada ramera se esconde la más pura y santísima virgen. No sé
qué pensar de esas ideas sacrilegas; me dan grima.
Blas me dijo que se pueden hacer bromas con todas las cosas
sin excepción; pero no con todas las personas; por ejemplo no debe
uno hacer bromas sacrilegas cuando esta conversando con monjas.
Yo pintaba bien porque aprendí a pintar. No me cayó del cielo. Y
vaya que aprendí. Aprendí tanto que pude siempre seguir
aprendiendo. Pude pintar mi sentimiento junto con la modelo que lo
producía. Y pinté la luz. Una guará. (Un intento por traducir el
desplante expresivo de Matisse). Una pelusa. (Otro intento; se ve que
pienso en mi gente de Barquisimeto). Pero eso nunca fue los más
importante para mí.
Jean Sicardi escribe sus novelas en una iglesia desacralizada. La
compró. Eso lo inspira. Será porque en lo uno está lo otro y en lo otro
está lo uno. Ahora ha inventado buscar mujeres pintoras que trabajen
con él, pero no para que le ilustren los libros para niños que ahora
escribe, sino para que los hagan con él. Una mutua inseminación, una
creatividad simultánea. Cada uno es macho y hembra para el otro en
la producción de la obra. ¡Ay, Jean, Jean!
Dolóploca llamó Safo a Afrodita: tejedora de engaños. Las cosas
que uno inventa para acercarse a una mujer -dice Martín Szinetar,
gran arrimador- por qué no acercarse directamente, sería más simple,
me atraes, te quiero acariciar, acuéstate conmigo. Pero olvida, quiere
olvidar, los ritos de los animales, las danzas prenupciales, los cantos
de los pájaros, la rueda de los gallos. O es intento de fundar un rito
nuevo.
Los que dicen que una iglesia gótica representa el cuerpo de la
mujer acostada, que el altar mayor es el corazón, el
circumambulatorio con sus capillas es el cerebro, el laberinto en el
medio de la nave mayor es el aparato digestivo, las dos torres son las
dos piernas levantadas, la gran entrada es etc., los que dicen todo
eso en detalle, ¿cómo explican la catedral de Friburgo, que tiene una
sola torre? O es un hombre acostado con un enorme falo, como las
figuras religiosas de las procesiones egipcias y griegas, o es una
mujer ciclópea; aquí me falta la palabra: un cíclope tiene por
naturaleza un solo ojo y le queda bien ¿cómo llamar a una mujer que
tenga por naturaleza una sola pierna y le quede bien? ¿Qué hazaña
atribuirle a Odiseo en tal caso? Porque no creo que se haya querido
representar a la sirena, como en el cuento del hombre que pescó una
sirena y la devolvió al mar, y cuando le preguntaron why? dijo how?
Bien decía mi maestro Castejón, en Nutrias, que toda metáfora
considerada en detalle y buscándole correspondencias minuciosas,
es, inevitablemente, ridicula. Catedral de Friburgo, múltiple enigma
de los albañiles medievales. El desentarabintangulador que lo
desentarabintangulare gran desentarabintangulador será. Catedral de
Friburgo, no trataré de entenderte, me basta y sobra con amarte.
Los mismos albañiles que construyeron las catedrales góticas
hicieron también la revolución contra trono y altar, y fundaron la
república laica. Explícame eso, Martín.

Micunov.

El movimiento continuo de Friburgo. Nunca ve uno a nadie


parado en una esquina por puro estar ahí. Si alguien se para es
porque está esperando el tranvía, o viendo las mercancías en la
vitrina antes de entrar a comprar, o preguntando a la luz roja cuándo
se va a poner verde. Y aun esa breve quietud es palpitante. La ciudad
misma es una obra cinética; los edificios y las calles están dispuestos
de tal manera que cambian sin cesar de aspecto, color, posición,
relación recíproca. A la gente no le da vértigo porque se incorpora al
movimiento general y participa en su danza caleidoscópica.
El gobierno de toda esa inquietud armoniosa lo ejercen las
campanas. Como son muchas, desigualmente distribuidas y de sonido
disímil, penetran con cinetismo acústico todas las cosas, sus latidos
se suceden con diferente intensidad, sin violencia, sin rivalizar, en un
juego de perlas ambarinas que no se estorban ni chocan en sus
impredecibles y mercuriales desplazamientos. El encaje rojizo del
domo, el encaje de piedra, se recorta un momento contra el cielo y, al
siguiente paso, un jinete de hierro se apresta a defender el portal de
Martín ante la fingida invasión de los Suavios.
Y en todo esto no hay nada que se parezca a la agitación de las
grandes ciudades. No hay prisa, ni impaciencia, ni precipitación. No
hay empujones, ni codazos, ni pisotones en el talón. Ni siquiera
apártate paloma, que voy de vuelo. Nadie sopla ni resopla, ni embiste
ni arrebata. El temple es para baile, embriaguez leve, liviano deliquio
de los sentidos, con un punto de quemante acíbar, de punzante dolor.
También aquí yo.
Todo el mundo se levanta tarde esta mañana de domingo en
Freiburg, excepto las campanas. Hay que ver con qué majestad se
pasean por las calles conversando en voz alta para despertar los
colores del cielo. Pueden permitirse cualquier cosa, por ejemplo,
incomodar a los saltimbanquis que duermen en el suelo a la entrada
de la alcaldía entre sus trapos y sacos multicolores; el día de ayer fue
largo, toda la tarde exhibieron sus artes de prestidigitación,
acrobacia, danza, y largo será también el día de hoy. Son caprichosas
las campanas: después de hacer gran alboroto se retiran en silencio,
luego, se asoman por instantes con súbita violencia, más tarde
cantan y penetran toda la ciudad, que es de ellas, mostrando el goce
de disponer del espacio y del tiempo como les da la gana, a sus
anchas. A veces salen las más pequeñas y se ponen a retozar, pero
pronto aparece una de las grandes y les impone un mínimo de orden,
no vayan a quebrar los sueños cristalinos de la ciudad dormida.
Salí a caminar y vi a una mujer de largo vestido que sostenía un
niño con la mano izquierda y un cetro con la derecha; estaba
coronada y apoyaba los pies sobre un creciente de luna. A su lado, un
caballero muy distinguido orinaba sosteniendo en las manos una
casa. Vi también un castillo descansando sobre un lirio.
La catedral de Freiburg no se esconde, no puede esconderse,
desde cualquier parte se puede ver su torre madre o las dos torres
hijas; pero no se entrega totalmente al observador: es imposible verla
de frente o desde atrás, la disposición de las calles adyacentes obliga
a perspectivas oblicuas; de lado, el espacio no es suficientemente
grande ni regular, entre mesas de cafés y tarantines de vendedores
de comida se pierde la visión, o por lo menos, se fragmenta. Pero
todo Freiburg es así: las calles no respetan la cuadrícula; así como la
catedral ha de ser imaginada, reconstruida en el pensamiento a partir
de visiones parciales, así también cualquier casa entrega sólo
escorzos fragmentarios y debe ser conquistada con esfuerzos
mentales de visualización. Toda la ciudad se da y se niega; su belleza
exige un gran esfuerzo erótico y siempre queda la sensación de no
haberla visto en plenitud, de goce incompleto; esquiva es, como una
mujer enamorada y caprichosa. La piedra de las torres, trabajada
como si fuera marfil, guarda siempre nuevos detalles y matices. La
atención no se sacia, queda encantada, capturada, hipnotizada por el
sueño de piedra, la piedra soñadora, los sutiles encajes de piedra. La
catedral parece hecha, no de piedra, sino del material con que están
hechos los anhelos secretos del corazón. Me he acercado a tocarla y
dudo de mis manos.
La mañana se acerca al mediodía. Las campanas cantan desde
otra dimensión, donde también se esconde la ciudad toda para no
confundirse con su imagen utilitaria. Salí a caminar y vi un niño
cabalgando un caracol, vi un unicornio dispuesto a clavar su cuerno
en el corazón de una doncella. Escuché las voces del agua; el agua
humilde que corre por las alcantarillas, las arterias tranquilas de una
ciudad tranquila; escuché el agua de las fuentes que se oyen mejor
de noche como mi corazón; escuché la vehemencia de la lluvia súbita
y breve que puede mojarlo a uno hasta los huesos con sólo que
atraviese la calle, a la carrera incluso.
Fui a ver a los Dalhaus. Estaba la señora Birgit, Solweig, que
está de lo más espigada e hizo el papel de amante (hombre) en una
obra de teatro, estaba también Sandra, la adoptada, más nadie.
Walter estaba de guardia, el italiano en Colmar, el pequeño con
amigos, la grande en un taller de enfermería. Se acuerdan mucho
Birgit, Solweig de la confirmación de Veva, de las palabras tan bellas
con que agradeció a los presentes, «tan joven ella y tan madura de
inteligencia». Me invitaron a comer el lunes a mediodía.
Hoy lunes hubo un incidente con los saltimbanquis. Yo creí que
eran gitanos, pero son alemanes. Jóvenes que vivían en una ciudad
de carros «Wagenburg», fueron desalojados y no tienen dónde vivir ni
trabajo. Exigen a la alcaldía que los reubique. Son revolucionarios,
protestan contra un mundo que los excluye. Piden que se acepte
legalmente la vida de los errantes, tener derecho a vivir en
carromatos, desplazándose cuando quieran. Vinieron tres policías,
luego siete más, después diez. Mayoría numérica de policías.
Tomaron las calles adyacentes, los conminaron a desalojar la entrada
de la alcaldía (Rathaus). No quisieron. Los sacaron en peso, uno a
uno, y los colocaron en la plaza de enfrente donde, por fin, se
quedaron, protestando con altoparlantes, afiches, hojas volantes,
música. Los pasantes les dieron plata para el desayuno. Luisa Wolke
me presentó su nuevo novio o marinovio; se va ella pronto para
Munich. La Dra. Gimmi ¡qué encanto! me preguntó mucho por Veva y
posó para que yo la retratara mentalmente en su emoción y en su
pensamiento y le llevara el retrato en imagen y palabras a Veva. La
recuerda cada vez que ve en el museo el cuadro antiguo de Santa
Genoveva, la que encendía las velas con sólo su presencia. «Así es
Veva». Que le llevara el retrato y un librito primoroso de mariposas y
poemas. Por cierto Solweig, me dio una cartita también para Veva. Fui
a almorzar donde los Dalhaus. Estaba Birgit, Solweig, el más
pequeño, que se ha vuelto grande, y una ayudante. Walter sigue de
guardia, hablé con él por teléfono. La grande sigue en su taller de
enfermería. Llegando al postre yo, llegó a la casa el italiano. Impacto.
El nivel de la cabeza mía apenas le alcanza la quijada. Es sereno y
reposado. Todo un hombrecito, quiere ir a Venezuela. Preguntó por
Veva. Jugué barajas con él y hablamos de carreras, profesiones,
trabajos. Piensa que le convendría una profesión práctica, las
universitarias no dan para vivir; pero no se ha decidido. Se asombró
de que Veva fuera a terminar el bachillerato el año que viene. Me
dieron las fotos que yo había pedido y posaron para que los retratara;
posaron involuntariamente, claro está, y sin darse cuenta. Llevo los
retratos.
El cielo había estado azul, azul Friburgo, pero se puso gris, gris
Pedregosa, en los días de desconsuelo. ¡Vuelve pronto, azul! Fui a
tomar café en la heladería italiana (italiana es una redundancia aquí
para las heladerías¿. Está cayendo esa lluvia suave, lenta y larga, que
no moja pero empapa. Algunos no le hacen caso, otros abren sus
enormes paraguas multicolores, los menos se envuelven en
impermeables de plástico. Vi una cruz sobre una esfera dorada; la
esfera estaba empalada por la flecha de una pirámide; la pirámide
reposaba sobre una torre cuadrada de ventanas moriscas. Vi una
campana al aire libre, sobre otra campana; sólo un arco de metal la
sostiene. Los falsos saltimbanquis, gitanos falsos, verdaderos sin
domicilio y sin trabajo, montaron una carpa grande debajo de los
árboles de la plaza (Rathausplatz¿. La lluvia los obliga a descansar, no
tocan tambor ni hacen maromas. Por ahí, en alguna parte llora • un
niño. Se oye el tañir apagado de campanas lejanas. Salí a caminar
otra vez. Vi un niño persiguiendo a un perro y a otro niño, muy
pequeño también, dominando a dos toros con las puras manitas. Vi
una gran rosa de hierro y un caballero con armadura dorada
resplandeciente que oprimía con los pies y con una especie de cetro-
lanza, a una criatura monstruosa, negra, opaca. Vi a seis caballeros
en armas, con espada y puñal, los seis haciendo pipí mientras muchos
hombres y mujeres armaban sus tarantines con tubos de metal y con
lonas para instalar las ventas de frutas, salchichas, legumbres, tortas,
recuerdos, baratijas al lado de la catedral. Vi a una señora extraña,
arrebujada en un vestido y un manto demasiado abrigados para la
estación, un niño en sus brazos pataleaba y ella irradiaba en todas
direcciones -desde los ríñones pareciera- púas largas de oro. Si te vi,
no te recuerdo. Hombre atrapado en pared, logra sacar apenas la
cabeza y una mano. Me dice algo que no oigo bien; de seguro quiere
que yo le preste un pie. Hasta la vista avispa; hasta la avispa, que
cigarrón atora. Y no vuelvas a decirme la hora, campana.

Jucinov.

Por la ventana de mi celda de monja, al lado de Matisse, yo veía


la ciudad antigua. Inmóvil ciudad de piedra. Siempre me pareció
deshabitada. Ni siquiera un pájaro o una columna de humo, o un
papagallo de cola multicolor. Un papagallo hablaría de un niño, un
niño de una madre, una madre de un hombre, un hombre de otros
hombres, de comunidad, de costumbres compartidas, de trabajo y
lucha, de miedo y agresión, de imaginaria divinidad. Nunca me dio
ningún signo de vida esa ciudad antigua, indiferente a los cambios de
luz, al tiempo y a la muerte.
Recuerdo un libro famoso entre los adultos de mi infancia: La
amada inmóvil. No he querido leer ese libro para no turbar mi
imaginación sobre su contenido. A veces he imaginado alguna forma
de necrofilia. Por cierto, en la traducción del Cantar de los Cantares,
que es de Salomón, hecha por Casiodoro de Reina y Cipriano de
Valera (casi olor de reina y amoroso de valor¿ decía, antes de las
mejoras, sus piernas son hermosas y terribles como un ejército en
formación de batalla. Los ejércitos de aquella época tenían dos alas,
la izquierda y la derecha, y en el vértice de ambas el general
comandante. Le mostré esta acertada comparación a Isidoro (regalo
de Isis¿ que fue cura y leyó a otros traductores; me comentó en el
acto, claro, eso quiere decir que la mujer no debe ser pasiva en el
acto. Sin embargo, en algunos lugares y tiempos, los hombres han
sido educados para esperar un comportamiento pasivo de la mujer
durante el acto. Piénsese en el andino que visitó un prostíbulo de
Caracas y le preguntó a la muy activa ramera en el acto: ¿Es Ud. la
que va a tochar o soy yo? Piénsese en la regla inequívoca de algunos
para determinar la inocencia de la recién casada: si se menea es
puta. Pero todo eso ha cambiado y se ha vuelto salomónico. Piénsese
en el bíblico amante que increpó a su romántica novia cuando ella
comenzó a poetizar sobre las estrella allá arriba en el cielo, diciendo:
¡Cállate, puta astronómica, y concrétate al acto!
Matisse exigía de las modelos absoluta quietud durante dos,
tres y hasta cuatro horas seguidas. Les pagaba bien, pero debían
convertirse en la ciudad antigua, volverse la modelo inmóvil del
amado nervio, una viva naturaleza muerta. Durante la guerra, Matisse
rico inmovilizó por paga a las esposas y compañeras de sus amigos
pintores pobres. Matisse pobre inmovilizaba sin paga a su propia
mujer. Una vez la puso de modelo con una guitarra; esto lo cuenta él
mismo, pasaba el tiempo para ella con lentitud exasperante; para
medio distraerse tocaba de vez en cuando una nota en una cuerda de
la guitarra; la nota le daba mala nota a Matisse que poco a poco se
molestaba más y más; al fin le dijo que cesara esa conducta musical y
se concentrara en el acto. Ella no le hizo caso y siguió con el
divertimento. Matisse dominaba su creciente furia, pero al fin estalló,
le dio una patada al caballete que cayó y arrastró en su caída a
cantidad de objetos de equilibrio inestable en la pequeña habitación;
lanzó con toda su fuerza la paleta, los pinceles, los tubos de pintura,
la gorra, los anteojos sobre los demás. La mujer, no menos furiosa, se
levantó entre maldiciones y arrojó la guitarra sobre el montón de
escombros que cresca el montón convirtiéndola en un escombro más.
Ante tan soberbio espectáculo, ambos, al mismo tiempo, rompieron a
reír y se abrazaron llorando entre carcajadas.

Visein.

Vi y oí un coro de ancianos. El más joven de los cantantes tenía


75 años. Habían logrado un acuerdo tan grande que la conjunta
ejecución parecía obra de un solo ser. Supe que ensayan una vez por
semana y se presentan en público cuatro veces al año. Musicalmente
no tienen nada que envidiar a los niños cantores de Viena ni a ningún
coro de adultos que yo haya conocido, y he conocido muchos. Uu
detalle me impresionó: aun en piezas de ritmo enfático se mantienen
inmóviles. En Venezuela, el ritmo se manifiesta inevitablemente en
movimientos involuntarios e incoercibles del cuerpo. Recuerdo la
presentación de un coro uniformado en la catedral de Mérida,
cantando canciones antiguas de la tradición religiosa de Europa. Ellos
de negro y ellas de blanco largo, formaban un ser único que se
meneaba rítmicamente según las ondulaciones sagradas, tenía
dificultad para mantener los pies en el mismo sitio y pugnaba por
desprenderse de una estabilidad a todas luces forzada para
acompañar la voz con una danza sensual ante los altares del culto.
¡Ay David! Interrogué a uno de los ancianos. Me explicó las prácticas
de disciplina para cantantes, no para bailarines; sólo el director tenía
derecho a moverse, pero sólo los brazos y la cabeza, no los hombros
ni mucho menos las caderas, y ni pensar en los pies. Rangel Crazut
afirma que la sangre negra en una persona, se pone de manifiesto
cuando al oír música menea los hombros.

Sasien.

Friburgo nada, es inundado, se ahoga en recuerdos de Nutrias,


Sabaneta, Barinas. Su cielo azul pastel, su sol brillante, sus
campanadas ambarinas se diluyen, se vuelven fantasmales en la
inmensidad caliente de los llanos barineses. Pero ahora no puedo ni
podré nunca recordar los llanos sin un matiz de Friburgo, sin fulgores
de su sol, sin que en sus nubes aparezcan los perfiles de sus edificios,
el sabor de su domo. Mi prima Estilita se sentaba a la mesa vacía,
ponía el brazo doblado sobre la mesa, la cabeza sobre el brazo y
parecía dormir con los ojos abiertos o soñar. Llegó su novio, la vio así
y dijo: ¡Qué gracioso abandono! Para mi, gracioso era lo que da risa y
no lograba entender, era un niño tonto. Dos años después fui a
visitarla, ya casada, estaba sentada a la mesa como solía en mi casa.
En eso llegó el novio, ya marido, la vio así y dijo: ¡Qué pereza tan
grande!, por eso nada camina en esta casa. Esto sí lo entendí.
En un principio yo fui a la casa de Matisse, no por él, sino para
trabajar como dama de compañía de su mujer que estaba enferma.
Gran parte del tiempo yo estaba a la espera de su llamado para
auxiliarla, y solía sentarme de medio lado en una silla poniendo los
brazos en el respaldo y apoyando en ellos la cabeza; una forma de
descansar sin perder la lucidez y la atención. Matisse, a veces venía a
conversar con ella. Yo permanecía en mi sitio, dispuesta a saltar si me
llamaban. No ponía cuidado a las conversaciones. Una vez, de
repente, Matisse se fijo en mí y me gritó: ¡No se mueva! Quédese así
y espéreme. Fue corriendo a su taller y regresó con cuadernos de
dibujar y carboncillo. ¡No se mueva!
Debo haber conocido todas las ciudades del mundo en el calor,
en las nubes y en la luz brillante de las llanuras barinesas. Cuando
llego por primera vez a una ciudad, lo que hago es reconocerla, lo que
hago es activar y ampliar en detallo, un aspecto, un escorzo, un fulgor
de Nutrias Sabaneta Barinas. Cuando ocurre esa activación y
ampliación detallada, me oriento en la ciudad que creía desconocida,
no necesito preguntar direcciones ni leer letreros, lo sé todo. Si me
pongo a eso, puedo averiguar el lugar exacto y el momento de mi
conocimiento; yo conocí a Friburgo en un Totumo del patio de mi casa
en Nutrias por el lado en que las taparas casi tocaban el borde del
techo de zinc.

Doon.

Atardecí en Friburgo, anochecí en Colonia, amanecí en Münster.


Los anabaptistas, rama agresiva de Zwinglio, se apoderaron de
Münster, hicieron mayoría, tomaron el poder. El bautismo de niños no
es válido, debe corresponder a una convicción de adulto. Por eso
rebautizaban. Además tendían al comunismo: comunidad de bienes,
trabajo colectivo sin clases. Alteraban el orden socio-económico
establecido, eran revolucionarios. Algunos de entre ellos creían que el
reino de Dios debe implantarse a sangre y fuego por la violencia
armada. El obispo sitió la ciudad. Después de dieciséis meses de
asedio, la tomó y organizó una inmensa matanza de anabaptistas, la
masacre más grande del siglo XVI en esta región, el baño de sangre
no igualado hasta ahora ni por las dos grandes guerras del XX en esta
ciudad. Ejecutó diversos géneros de tortura mortal; el más recordado:
colgarlos de las torres de la iglesia para que murieran de hambre.
Pero no era un psicópata ese obispo. Era hombre de Dios. Nuestra
religión católica tiene mucho que enseñar a Pol Pot y a los integristas
islámicos.
Por esa matanza el cielo llora de día y de noche, en invierno y
en verano, en primavera y en otoño. La gente viaja a Holanda para
que los niños conozcan el sol y pasen un día sin catecismo. Es la
ciudad de Europa que tiene más iglesias católicas con relación al
número de habitantes.
Salgo a pasear con una gran cruz sobre el pecho, como la de
Marco Parada: Embuste, esto ha cambiado mucho, no cuelgan ya.
Fui a ver la iglesia San Lamberti. Todavía tiene, colgadas del
campanario, sobre el reloj, las tres jaulas de hierro que exhibieron la
agonía, la muerte y la putrefacción de los tres jefes anabaptistas.
Lo más negro de la negrura de la leyenda negra se queda gris
ante las maldades que se han hecho mutuamente los cristianos de
Europa en nombre de Cristo y del amor. Las guerras de religión del
XVI diezmaron la población más que la peste del XV.

Lunun.

La mujer tiene tres brincos, me lo dijo mi mamá. Se le


encarama primero al hombre en los talones para seguirlo a todas
partes. Esto me lo dijo ya grandecito yo, cuando, entre aviso y pedida
de permiso, le dije que iba a llegar tarde porque tenía una reunión
con unos amigos. Ya Ud. está grande; tome esta llave y
acostúmbrese, cuando salga, a no decir para dónde va ni cuando
vuelve; y cuando vuelva, a no decir dónde estuvo ni qué hizo.
Con el segundo brinco, la mujer se le monta al hombre en la
cintura. Tiene que sostenerla siempre y llevarla a todas partes y darle
parte en todo lo que hace. Acostúmbrese desde ahora a ser
misterioso, enigmático e impenetrable para la mujer. Como su papá
que, después de veinte años de matrimonio, no sé de qué vive, y nos
queremos tanto.
Si a un hombre una mujer le ha dado el primer brinco, puede
sacudírsela con un poco de arte teatral, fingiendo furor asesino ante
las preguntas Para dónde va qué va a hacer cuándo vuelve dónde
estaba qué hizo con quién andaba.
Si le ha dado el segundo brinco, todavía puede quitársela de
encima dejándola sola por largos períodos y ocultándole
sistemáticamente cómo gana su plata y cuánta tiene.
Si le ha dado el tercer brinco, ya el hombre está perdido,
porque la mujer se le ha montado en la nuca, gobierna sus sentidos y
sus pensamientos, se ha apoderado de su voluntad, lo ha convertido
en un pelele. Si acaso se da cuenta de lo que pasa, sólo le queda
consolarse con ideas: que detrás de todo gran hombre hay una gran
mujer, que la mujer es más prudente y más capaz de tomar buenas
decisiones, que la seguridad del hogar es preferible a la vida salvaje...
Matisse, ya sesentón, muy sedentario, perezoso para todo lo
que no fuera pintar y sacar cuentas, enfermo de la barriga y obeso,
necesitado de ayuda permanente en asuntos prácticos pequeños
¿cómo podía oponerse a los poderosos brincos de la bella, de la
fuerte, de la inteligente, de la incansable Lydia?

Madin.

El coro de ancianos cantó un canto tal vez de cisne, porque


todos ya han alcanzado la edad en que es normal que los hombres se
mueran. Clare, dado que los setenta años como edad de muerte es
un promedio estadístico, puede aspirarse a ser de los mayores en el
momento supremo. Cosa curiosa, a nadie le sorprende la muerte de
un anciano, más bien se espera, se desea incluso. Aunque toda edad
es buena para morir, la única condición necesaria es estar vivo, sin
embargo la muerte de un joven o de un niño o de un hombre en la
plenitud de su virilidad se siente como anormal. Pero llegando a las
chiquiticas, toda muerte es abominable, deshonrosa, como si la orden
última, originaria, inscrita en el centro del ser vivo fuera: Sé inmortal.
El coro de ancianos cantó tan bellamente que yo lo imaginé al
borde del gran abismo, resbalando hacia él, pero dejando, antes de
desaparecer, serpentinas multicolores.
Cuando a Matisse lo operaron del cáncer en el morcón, ni él ni
el cirujano esperaban buen éxito. Cuando sobrevivió sintió que le
habían dado una ñapa de vida. ¿Quién? ¿Para qué? La primera
pregunta nunca la respondió. A la segunda respondió: Para pintar.
Pero no hay que creerle mucho. Cuando los hombres hablan de sí
mismos, mienten voluntaria o involuntaria, consciente o
inconscientemente. Más bien dicen verdad sobre sí mismos no
queriendo, cuando hablan mal de los demás. Cuando cuando cuando.
Cuando me habló en Friburgo por primera vez se detuvo,
reticente, en algo que no le era fácil decir. Vencí su renuencia.
Algunos llaman lo más bello a un ejército en formación de batalla,
otros a una flota de veleros multicolores zarpando al amanecer. Safo
a aquello qué uno ama. Pero Matisse llamó lo más bello al cuerpo
humano. Y lo más bello de lo más bello al cuerpo de la mujer y lo más
bello de lo más bello de lo más bello al cuerpo desnudo de la mujer.
Como el huevo de oro que la noche pare lentamente, así el cuerpo de
la mujer desnudándose. Todo alrededor es tiniebla desgarrándose,
deshaciéndose, y ya desnudo los quilates de luz intensificándose
según las posiciones.
Tal vez era Matisse un eyaculador prematuro y ordenaba
quietud para intentar detener, atajar, retardar el derrame seminal, la
pérdida de lo divino, el quiebre de la copa sagrada. Porque una cosa
es cierta: Matisse descubrió tempranamente que en la emoción
erótica, en el ardor del deseo hay algo diferente del instinto de
conservación de la especie. El genio de la especie, engañando con la
belleza, dando placer a cambio de generación y concepción, se queda
corto ante algo centelleante deslumbrante que se asoma detrás del
deseo. Algo diferente del acto sexual, irreductible a él, heterogéneo;
pero de tal naturaleza que se pierde en el orgasmo.
Para acoger lo divino debía provocarlo con la presencia de la
mujer desnuda, pero distante, sin tocarla con el cuerpo para evitar la
eyaculación prematura; toda eyaculación es prematura. Dos horas,
tres lloras, cuatro horas con mirada minuciosa, acariciando con los
ojos. Y pintando como efecto lateral secundario de ese coito
reservado. La pintura era un precipitado sutil y sublime de la obra
alquímica, pero no su quintaesencia. No creas que me fue fácil; toqué
a menudo y lo divino se me fue por la bragueta, pero recomenzaba
siempre hasta que logré una maestría inestable, una eternidad
transitoria. Más que eso no es humano.
-Pero bueno, Enriquito, ¿y los cuadros donde no hay mujeres?
¿Tu te excitabas con los paisajes, con las cosas inanimadas, con los
colores? ¿Eras acaso un masturbador universal?
-Detrás de toda pintura había una mujer, detrás de toda pintura
de hombre siempre hay una mujer, aunque no aparezca en primer
plano. Además, a veces es tan intensa que debe distanciarse con lo
abstracto y lo formal, con la belleza reflejada, para no quedar ciego.
Lo que pasa también es que yo no soy como Picasso, que exhibía a
sus mujeres. Soy hombre reservado. Pero tenemos en común la doble
ese ss, la i y la a. Diferimos como la pco de la mte. Y de esto último sí
es verdad que no digo más nada.

Mionov.

No me gusta hablar de estas cosas porque en el mundo


occidental cristiano una tijera corta toda aproximación auténtica a lo
erótico y al cuerpo como vehículo de lo erótico. Las dos cuchillas de
esa tijera son, una, la represión religiosa, de carácter ético y estético,
que asocia al cuerpo con la maldad, el pecado, la fealdad y lo sucio;
otra, la pornografía de carácter rebelde y revolucionario, que asocia el
goce de la divinidad revelada en el cuerpo con un placer morboso
mezcla de ignorancia, fracaso y crueldad.

Judon.

Estoy huyendo hacia el sur, hacia Friburgo, con el Rin a la


derecha; me persigue de cerca lo frío, lo gris, lo lluvioso, lo católico de
Münster; pero no puede impedir que yo disfrute el soberbio y señorial
paisaje natural y cultural de esta región, erizada de aldeas y castillos,
de cuentos de hadas, inundada por la lluvia pertinaz y diluviana,
difuminada por la bruma unánime, abrasada en su intimidad por el
fuego oculto y misterioso que enloqueció a Hölderlin.

Vibren.

Los alemanes merecen gobernar el mundo porque saben


gobernarse a sí mismos. Perdón, judíos, que también merecen
gobernar el mundo porque saben gobernarse a sí mismos. A ver si se
ponen de acuerdo. Ojalá dominen las ganas de gobernar el mundo, se
contenten con gobernarse a sí mismos, que ya es mérito insuperable,
y den el ejemplo, nada más.
Una señora alemana muy gentil, cuando vio que yo me
interesaba vivamente por el paisaje, me ofreció su puesto al lado de
la ventana. Me regaló una hora inolvidable. Al devolverle su puesto
quise preguntarle su nombre para escribirlo aquí, como si la
repetición de su nombre y la descripción de su bondad pudieran
recompensarla. Me guiaba la idea del nombre inmortal, de la
inmortalidad, o al menos, la extensión de la existencia por el nombre.
Pero entonces me acordé de Hans Buchwald, quien hace muchos
años en Viena me hablaba de la inmortalidad anónima. Uno puede -
decía él- inventar gestos, palabras, pensamientos que, aceptados por
los demás y repetidos, se conviertan en parte de la vida colectiva sin
que nadie piense en atribuir su invención a alguien. Tonos de la voz,
ademanes, metáforas, cultivo de las emociones tienen este origen y
en ellos viven sin nombre los inventores. Pensé que los actos de
bondad tuvieron un comienzo, que quienes los iniciaron están vivos
en ellos y vivos en la señora alemana gentil. Me complací recordando
a Hans Buchwaid con su débil inmortalidad que, pensándola bien,
pudiera ser más fuerte que la de los héroes; la gloria de éstos se
convierte, según Borges, en una forma de olvido. De todas maneras
le pregunté su nombre a la gentil señora: Christa Michel de Neuss, un
pueblito cerca de Dusseldorf. Hablamos de esquizofrenia y del
lenguaje de los esquizofrénicos, de las lenguas inventadas que sólo el
inventor comprende y a veces ni él. Loco es el que no puede
prolongarse en una inmortalidad débil, ni prolongar sus linajes.

Sacan.

No me puedo quejar de mis cuatro acompañantes. El primero


me ha conseguido siempre la información que necesito. El segundo,
con su timidez, ha logrado involuntariamente que yo no pierda el
tiempo en relaciones y experiencias superficiales e innecesarias. El
tercero, con su tacañería, ha estirado la platica para que a estas
alturas, aunque modestamente, podamos comer todos. El cuarto, el
alumno de Marcovich, es quien le ha puesto esperma, como dice J.J., a
estos escritos.
Al acercarme a Friburgo, el frío se queda atrás, la lluvia se va, el
color gris es sustituido por el azul, el sol brilla.

Doquin.

Ni preguntándole a Diomedes Cordero pude averiguar de quién


son estos fragmentos de poema: negro el caballo trotón, negro el
revólver certero de negra repetición, negra la mala intención, negra
como un cuervo negro la punta del corazón.
Una situación que no puedo describir me duele como una
cuchillada en la barriga por el lado izquierdo.

Madisin.

La gran equivocación con respecto al dolor y al sufrimiento


consiste en creer que son el resultado de un error, de una falta de
atención que de haber habido atinada decisión no hubieran ocurrido.
Si en vez de hacer esto hubiera hecho aquello no estaría sufriendo
ahora, no tendría este dolor -dice la gente.
Pensando así se oculta la verdad: que el dolor y el sufrimiento
son inevitables, parte esencial del vivir. Pedir que no existan es pedir
que no haya vida.
Vuelvo a mirar todas las fotografías, todos los retratos y
autoretratos de Matisse. Sólo puedo asociarlo a su arte después de
los sesenta años. La edad cumbre de Matisse es sesenta años. A
partir de allí hay una meseta hasta la caída mortal; con muchas
experiencias dolorosas con sufrimiento, pero todo el tiempo
reconocible como autor de su obra. Antes de esa edad está siempre
acercándose a su cumbre, buscándola.
Me pregunto si cada hombre no tendrá una edad cumbre.
Repaso en mi pensamiento lo que sé de los hombres, y veo en todos
los casos una cierta edad como la edad propia y característica en
cada caso. Esto que digo es parecido a la akmé de los griegos, la
edad de plenitud, pero ellos la situaban entre los cuarenta y los
cincuenta años, mientras que yo la puedo ubicar, según el caso, en
cualquier período de la vida, y no quizá tanto como plenitud sino
sobre todo como identidad y como autopercepción, como sentimiento
de sí. Hombres como Matisse siempre tienen sesenta años. Otros
nunca dejan de ser adolescentes. Hay quienes se paran a los treinta y
cinco. Has visto sin duda niños sempiternos.
Sin alterar esa edad de sentimiento de sí, hay otra edad, la
edad de sabiduría, de nivel de compresión. Cosa curiosa: en las
organizaciones esotéricas e iniciáticas se asigna una cierta edad al
aprendiz y se le va cambiando con el aumento de los grados.
En los retratos de Matisse anteriores a los sesenta, se le nota
una carencia de años y una impaciencia por adquirirlos y llegar a la
cumbre de sí mismo, desde la cual, asómbrate, ya actuaba y sentía.
Dime si Picasso no fue siempre el mismo muchacho juguetón de doce
años.
La vida humana parece transcurrir entre dos polos. El de la
unidad, sin tiempo ni espacio, por lo tanto sin cambio de ninguna
especie, sin comienzo ni fin, sin centro ni periferia. El de la
multiplicidad, tiempo y espacio, por lo tanto devenir, cambio
continuo, separación de consciencia y ser, de pensar y sentir. ¿Cómo
se pasó del uno al otro? ¿Por qué el uno se diversifica? ¿Por qué hay
algo en vez de nada? La vida humana parece transcurrir también
entre dos deseos. El de la identificación con la unidad en alguna
especie de retorno. El de explorar indefinidamente lo múltiple y
variado de la experiencia mundanal. Quiero la unión con la unidad,
sea lo mismo ser y consciencia. Quiero mi herencia para gastarla en
embriagueces y burdeles; no sé si querré algún día volver.
Esto no es ningún otoño. El invierno se adelantó con sus
caballos de hielo, impuso ya su imperio gris en el cielo y los campos,
ha comenzado a distribuir sus frígidas y blancas alegrías. Sólo las
campanas de Friburgo no le obedecen, juguetonamente esparcen
rubíes, diamantes, esmeraldas calientes sobre el temblor de los
hombres. Con esos regalos estivales me consuelan a mí, que
esperaba disfrutar las glorias del otoño.
Como Matisse concibió y construyó una capilla religiosa, como
la consideró culminación y corona de toda su obra artística, como
está en servicio desde su inauguración, como los oficiantes usan en
ella las vestes sagradas diseñadas por Matisse, y en ella monjas rezan
y cantan todos los días, como la capilla es inconfundiblemente de él y
es inconfundiblemente religiosa, algunos han sostenido que Matisse
era creyente. Creyente reservado en todo caso, al igual que había
sido amante reservado. Se puede creer en Dios sin aspaviento,
discretamente. Lo presentan así o como converso de última hora a la
religión católica.
Según las informaciones recogidas por mi acompañante número
uno, Matisse no creyó, ni podía creer, en el Dios de la teología
católica. Aristóteles en sotana le daba grima. No creyó en Dios como
viejo iracundo ocupado todo el tiempo en vigilar y castigar a los
hombres; universal superego freudiano; ni como anciano permisivo,
amoroso y dulzón ocupado todo el tiempo en llevar de la mano a sus
díscolos hijos. Tampoco creyó en el Dios de Voltaire, ese Dios
ilustrado que si no existiera habría que inventarlo. Pero es evidente
que percibió una voluntad sobrehumana, divina, capaz de usurpar sus
manos cuando pintaba, y no le gustó. No quería ser médium ni banco.
Quería ser responsable único de su pintura.
En cuanto a la capilla, según mi cuarto acompañante, es el
precipitado sublime de un largo y lento orgasmo alquímico con atanor
calentado por monja. Amanecí en Friburgo y estoy mediando el día en
los campos de Francia, rumbo a París. Todavía no han llegado aquí los
caballos de hielo, el cielo es azul, el sol brilla, hay campos verdes;
pero el otoño, privado de sus adornos multicolores, ha bajado la
cabeza calva y se esconde ya bajo la tierra. Me dijo la Sra. Pinnow en
Friburgo que las hojas de los árboles enrojecen y se caen no porque
hace frío ni porque el invierno está cerca, sino porque otras hojas, las
que comienzan a nacer, las empujan hacia la muerte para tomar su
lugar; obsérvese el punto en qué la hoja marchita se desprende y se
verá el botón de la que, para nacer, la expulsó. Según ella, lo mismo
ocurre con los hombres. No me empujes tan bruscamente, ya me voy.

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